+ ¿Por qué lo banal, por qué lo vulgar, por qué ese gusto por el kistch? ¿Porque hemos dimitido de acartonadas elegancias y del buen gusto? No hay respuesta sino un punto de vista que hace posible la descripción de las preguntas.
+ Bovarismos: mientras hago el ejercicio diario, como viene siendo habitual en los últimos días, pongo un programa grabado de la radio pública francesa. Así, he transitado por la obra de Foucault, Bourdieu y Flaubert. Divulgación. Es en este último donde estoy ahora mismo, estoy con Flaubert. Ha sido enriquecedor escuchar el programa, con los datos y las opiniones me hago una composición que se conecta con mi propia biografía, con las ansias novelísticas de otro tiempo, con los desmanes noveleros olvidados en noches que ya olvidé. Entre muchas razones dadas, vuelvo a recoger aquella de los libros tienen un punto de toxicidad, idea que expresan algunos personajes de la novela. El deseo de que la realidad se aproxime a la realidad libresca no deja de ser una enfermedad. Quizá, también, el Quijote participa de este extraña verdad: el veneno de la lectura. Y, ahí es a donde quiero llegar, yo he sufrido este envenenamiento del que, lo sé, nunca me curé. Hay una atenuación, pero nunca me recuperaré en su totalidad porque es una enfermedad que nació conmigo y conmigo morirá. Lo sé: Mme. Bovary c’est moi. Punto y seguido.
+ Continuo mi excursión turística por el mundo de Flaubert. Descubro pliegues que intuía pero que no había concretado en su momento. Hoy me acerco, una vez más, a la toxicidad de la literatura, de cómo F. dirige su vida, no sé si con un proyecto o espontáneamente, hacia el ejercicio de la escritura. La escritura que siempre llega con el parto de la lectura, la escritura, pues, es la hija de la lectura. Me identifico con F. y repaso mi biografía y compruebo que la inclinación libresca ha estado ahí, sin interrupciones. Nunca he dejado de leer y la lectura, en ocasiones, ha actuado como un veneno, en ocasiones ha ejercido su poder curativo. Veneno y remedio, la toxicidad en la dosis adecuada cura. Ay, volví a Normandía mientras pedaleaba en la bicicleta estática, la oposición entre el pueblo, la capital de provincias y ese Paris al que Emma nunca llegará. Emma Bovary, la figura que nos ha legado Flaubert, que se ramifica sin desmayo, que abarca tantas interpretaciones, la oposición al romanticismo y la victoria del mismo sobre sí mismo. La excursión continua y yo me recojo a mi estudio, a mi investigación, sin dejar de tener presente a Flaubert [el de los podcasts de la radio pública francesa, entro los innumerables F. que hay].
+ La estela de Flaubert arranca en mi recién terminada adolescencia. Creo recordar el simbiótico iluminar que supusieron Mme. Bovary y La Educación sentimental. Ambas constituyeron una forma de entender la realidad que se prolonga hasta el presente y se relaciona, sin duda, con la afilada mirada de un anatomista o de un forense. Todo se puede ver desnudo de lírica, aunque cause un cierto dolor, aunque tenga el coste de arrojarse en los brazos del nihilismo. La descripción de lo vulgar con elevada precisión es una conquista interior, ver lo sublime en lo vulgar es un triunfo sobre la mediocridad que imponen los pequeños burgueses [tan bien retratados por F. y que siempre he observado con insistente curiosidad]. Relojes caros, restaurantes de buen tono, prendas de marca con la marca bien visible, coches impresionantes, un sumatorio de cuentas y propiedades y, luego, su exposición en la comida familiar. Ahí tenéis todo ese elenco de medallas y trofeos. El fin de semana en el balneario, la excursión por Florencia plagada de aburridas estatuas y pesadísimos cuadros, “cuánto cuadro, qué fatiga”, el collar de perlas, la pulsera de oro, la trituradora de papel y el ordenador a juego con la vajilla, todo en granate, digo yo. Eso me dio Flaubert, pero también muchas otras cosas. ¿Recuerdas como Homais recibe la Legión de Honor mientras la hija de Emma termina trabajando en una embrutecedora fábrica textil? Qué lección. Continuo en la estela de Flaubert.
+ Después de terminar de escribir el fragmento anterior abrí el libro de Houellebecq en curso, Sérotonine. Habla H. de la sala de pasos perdidos de la Estación de Saint-Lazare. Habla de la banalidad del centro comercial. Una vez terminados los dos o tres párrafos no pude de dejar de relacionarlos sobre lo dicho/escrito sobre el pequeño burgués que presume de sus momentos de solaz, tan bien merecidos, tan bien procurados por su trabajo tenaz, terco y enriquecedor [un sentido espiritual, moral y económico]. Todo ese juntarse las piezas parece hacerse por ensalmo y arroja un conjunto de indiscutible valor, un documento sociológico. Y es ahí donde encuentro el punto de unión entre lo dicho y lo leído en H.: la banalidad. Lo banal como bandera, como declaración de principios. Los centros comerciales y los balnearios de buen tono parecen coincidir en esa calidad del no-lugar, equiparaciones banales y prescindibles. Yo sé que esto que digo tiene un punto de soberbia, pero, llegados a un punto, qué nos queda sino es la soberbia.
+ Yo soy el que da cuenta de lo vulgar, me digo no sin vanidad.
+ Imagen: la foto de los bañistas en el final de la primavera la tomo y la edito con mi teléfono móvil. La cámara es instrumento, y como tal es un medio, que no un fin. Cuenta el resultado final y mi intención se ve reflejada en la imagen: la querencia por una suerte de acento pictórico pasado de moda. Poco más que eso, un experimento que acierta. Para llevarlo a un tapiz con gran saturación de colores. Mientras, en el reproductor suena Bach. Resulta irónico.
sábado, 18 de junio de 2022
Las múltiples caras de lo banal
sábado, 11 de junio de 2022
Playas de Normandía
+ Los sueños me interesan más por cómo pueden explicar el pasado que por las posibilidades de adelantar el futuro, de vaticinar actos o de iluminar extrañas y laberínticas relaciones entre personas, hechos y lugares. Por esta razón me parece que describir un sueño a la manera en que fríamente se analiza una oración desde la sintaxis arroja luz sobre el pasado. En primer lugar, creo que la unión entre lo vivido y lo soñado se da sin solución de continuidad. El sueño, de alguna manera, no deja de ser una limpieza, una excreción, y no necesita ser interpretado, sino reciclado, llevado a un punto de recogida para su tratamiento. Para mí este punto de recogida sería el texto, este texto, por ejemplo. Aquí y en ningún otro lugar toma fuerza, consistencia la idea de la narración como expiación. Ay, y después de todo esto, me remito a mi sueño de pintores de retratos que ganan mucho dinero, entre el burgués y el bohemio, hacia la búsqueda de un estilo perfecto. Un anhelo. Residencia repartida entre Madrid, Paris y Tánger, aspecto descuidado y elegante, pelo ni largo ni corto, piel bronceada y espacioso chalet de una planta con estudio, en algún paraje de Toledo donde el campo tiende al infinito. No sé, me remito a un deseo o la construcción de un personaje que vi en algún dominical en alguna sala de espera de la consulta de un dentista o en el salón de una peluquería. Y luego este personaje, el del sueño, realiza una extraña pregunta: ¿quién es la esposa de tu trabajo? No respondí. Pero el sujeto era el anhelo de esa vida bohemia y burguesa antes citada, a partes iguales; el verbo, la pintura y la residencia extravagante y cara; los complementos y la circunstancia se repartían entre los notables retratados, la lectura en las salas de espera y la actuación retardada de mi trabajo que se resiente. ¿Quién es la esposa de tu trabajo? La pregunta está por responder y la respuesta no deja de ser un límite. El límite y la razón de ser alguien parecen unirse.
+ ¿Cómo se relaciona con el pasado la pregunta que plantea el sueño ? ¿El trabajo como núcleo de la identidad o como un atributo importante que no llega a definir? ¿Definir se entiende como una labor de acotación, de establecer límites? En resumen, la unión entre trabajo e identidad no se puede obviar. El trabajo hace a la persona y determina su manera de actuar, su personalidad, sus afectos y rechazos. ¿Somos nuestro trabajo? Un asunto para discutir. Y, en realidad, todas estas cuestiones, con sus dudas y certezas, son una reflexión que mantengo desde hace tiempo, a lo que debería sumar esa clasificación que supone el salario, la traducción que tiene en un estándar de vida. El sueño trata de atrapar esa categorización que establece el trabajo, el salario y su traducción simbólica.
+ Playas de Normandía donde fuimos felices, extraños en un mundo nuevo, lejanos y persistentes ladridos de perros tristes, alegría de vino y queso, alegría de licores y olvido, playas de Normandía donde fuimos felices, cementerios de Normandía donde fuimos eternos.
+ [Tiempo de espera]. Por un momento, creo que lo propio de este momento es la espera y nombro este fragmento como Tiempo de espera. La enfermedad de C., el aguardar por la solución de mi plaza, los tiempos de la investigación, la concordia y un reencuentro que no llega y que ya no deseo. No es así, no es este un tiempo de espera sino que todo tiempo es un tiempo de espera. Lo anoto porque tengo, ahora mismo, la necesidad de anotarlo, mientras percibo la punzada de la espera, mientras rechazo esa misma punzada que pone al descubierto un doloroso rasgo del tiempo y de su inexorable paso, de su labor de erosión y olvido. El tiempo de espera es más que una unidad de medida, es el núcleo mismo de lo vivido y lo por vivir.
+ [Apunte fuera de tiempo] Tengo una breve charla con un hombre que, considero yo al primer golpe de vista, resulta muy atildado, en exceso incluso. Una suerte de pulcritud ceñida al tiempo presente: camisa blanca, vaqueros y zapatillas rojas NB que no desentonan. Pero sobre su atuendo triunfa un collar de cuero, creo que es cuero, un hilo de cuero negro sobre el que danzan unas medallitas de plata, entre ellas: la mano de Fátima. Entiendo que son amuletos y que el hombre es supersticioso. Está suavemente bronceado, le han cortado el pelo cortado con primor y parece que ir al gimnasio, pues bajo la camisa se dibujan sus músculos con precisión. Se gusta, es evidente. Al tiempo, su expresión es contundente y se sabe capitán de algún barco que yo desconozco pero que tiene una indiscutible importancia. Vuelvo sobre lo mismo, ante todo, destacan sus amuletos y creo que ahí se resume su persona, la confianza del personaje, su solidez, su apostura. Le miré a los ojos y él esquivó mi mirada. Algo había que yo no alcanzo a comprender, algo sin importancia pero que, estimo, merece ser reseñado porque en ese evitar mi mirada se resume algo de su persona que se conecta con un núcleo vibrante que del todo lo puede, o que cree que todo lo puede.
+ Imagen: el no-lugar como estado de ánimo.
sábado, 4 de junio de 2022
En el no-lugar del lenguaje
+ Algo en la radio sobre Lou Reed y David Bowie. Algo sobre Elton John. Mientras, hago mi ejercicio en la bicicleta estática, escucho la música y las palabras que la acompañan. Música que ya es música antigua, me digo, pero para mí tan actual porque, quizá, llegué tarde a ella, pero llegué y se convirtió en una suerte de amuleto [qué necesarios son los amuletos a pesar del saber que no son otra cosa que un engaño, benigno engaño]. Suena, en otro momento, Neil Young; en cierta manera, le tengo devoción, un emblema [sus canciones, la guitarra, el tiempo]. Escruto el reloj y todavía falta más de media hora para terminar, concluyo que estos ejercicios para mantener el peso están próximos a la oración. ¿La oración? ¿Cuánto hace que no rezas, has rezado alguna vez? Preguntas que están en suspenso. Hoy es viernes y hace mucho calor, como un certero poema soy yo el que se refleja en el espejo, la sombra que se proyecta sobre la arena. Amuletos, emblemas y oraciones, una triada para enfrentarse el tráfago diario.
+ Un semblanza de la vida de Michel Foucault en la radio francesa, en línea, resulta suficiente para evocar viejos demonios, demonios vencidos y que espero que no regresen nunca [no regresarán, lo sé y esta es mi fuerza]. Mientras realizo mi ejercicio diario escucho por segunda vez el programa y recuerdo un viaje de regreso de Compostela, con la égida de la biografía de Foucault. Recuerdo cómo leía la vida de Foucault escrita por Didier Eribon como si fuera un devocionario, la vida de un santo o algo similar, a sabiendas de que ese rescoldo moral era, precisamente, del que huía. Así comenzó una aventura que se extiende hasta el día de hoy. Aquel viaje tuvo un algo de iniciación a un secreto nunca desvelado, siempre oculto. Hubo cosas que intuí y otras que creí entender, flecos y puertas abiertas que fueron franqueadas con el tiempo, que dieron paso a corredores que todavía no he transitado o a los que he regresado con otros ojos. Me gusta en especial una expresión de uno de los intervinientes: erudición y barroquismo [ en realidad lo que dice y es un tanto intraducible es: érudit et flamboyant]. Es la prosa difícil la que me atrapó en otro tiempo, la que hoy rememoro. Rememoro el viaje en tren entre Santiago y Pontevedra y la sensación de vacío que se veía aliviada por la biografía de F. El tiempo ha pasado, tal vez casi veinte años, pero la vibración todavía resuena y este resonar es el que abre las puertas a la curiosidad, al deseo de desentrañar secretos que plantean preguntas sin respuesta.
+ Dar cuenta del título de la entrada es pervertir la misma entrada, como aquello de que él se nombra filosofo permanecerá inhabilitado para el oficio [extensible a cualquiera afecto artístico, que no técnico, donde toda profesión/oficio tiene unos límites y unos núcleos claros e indubitables]. Me acerco a es no-lugar que resulta ser el lenguaje porque creo entender lo que Foucault quiere proponer, la invitación que hace y que yo tomo con cierto egoísmo, no un egoísmo pernicioso sino saludable y vital. Sin duda, esa oposición radica en el rechazo a las explicaciones y a la búsqueda de un sentido, porque se trata, más que de buscar un sentido, de construir un sentido. Ahí está la cuenta que ofrezco ahora mismo: construyo en lugar de buscar, construyo porque solo lo construido puede ser demolido. La demolición avanza y yo descanso en ella, lo que desde siempre he hecho.
+ ¿Por qué llevo un blog? La pregunta carece de respuesta o no estoy dispuesto a articularla. Podría decir, y lo digo, que se trata de una suerte de taller o de bicicleta estática, entre el ensayo para la actuación y el ejercicio que me permite seguir en forma. Escribir es una parte substancia de mi persona, sobre ella y con el gobierno de la nave está la lectura. Escribir y leer, caras de una misma moneda. Por eso escribo, porque leo, y leo para escribir. Nada más. Cierto es, nadie me ha pedido explicaciones, pero yo necesito, tantas veces, contestarme a mí mismo.
+ Cada vez me interesa emitir juicios sobre escritores sobrevalorados. He llegado a una edad en que ya no puedo perder el tiempo. Me aíslo en la lectura de mis clásicos.
+ Imagen: en el punto álgido de la primavera el árbol se ofrece como objeto único, como representación de todos los árboles. Disparé rápido y con precisión, el momento permitía ese rédito que otorga el saber que uno acierta. Disparé y acerté. Un emblema, una senda.
sábado, 28 de mayo de 2022
Un errabundo errar
+ Por una parte, la literatura de ficción o memorialística resulta moralmente neutra; respecto a otros tipos de expresión artística tiene una notable diferencia: la implicación del creador con la obra es muchísimo más importante e intensa. Paradójicamente, según se alejan en el tiempo y en el espacio el escritor y la obra, el primero pierde en beneficio de la segunda parte del binomio. Es ahí cuando yo entiendo que se produce la muerte del autor, en ese alejamiento, cuando lo moral se ha diluido porque no hay otra intención que el sentido que el lector le da y el sentido del escritor, aunque no ha desparecido, no deja de ser uno entre tantos.
+ La primacía de una interpretación no se ve condicionada por la intención del autor, a no ser que así lo desee el lector.
+ Al hilo de algo que escucho en la radio del coche: hay tres niveles: el turismo, el viaje y errabundo errar, con una gradación decreciente de intenciones: la mayor intencionalidad está en el turista, la menor el errabundo errar. Me sumo a los primeros, desearía estar en los terceros y el viaje no me interesa porque tiene un propósito utilitarista claro, muy claro y yo, ay, es algo de lo que huyo.
+ Después de leer Le Consentement, de V. S., no he podido de dejar de recordar los diarios de Gil de Biedma, donde, también, se relatan episodios de prostitución infantil en Filipinas. Yo no sé, el contexto da alternativas de lectura pero hay un algo que permanece a pesar de los cambios de época y mentalidades. Recuerdo haber leído con atención aquello diarios y quedar sorprendido con declaraciones posteriores que calificaban los hechos declarados como una suerte de cotilleo. No, el escritor escribe de su puño y letra que paga por tener sexo con un niño de doce o trece años. Durante mucho tiempo Las personas del verbo quedaron arrinconadas en un estante, a la espera de un mejor momento, porque tras la lectura no tuve otro remedio que apartar el libro de mis lecturas. Hoy lo he tomado, después de terminar el libro de V. S. Leía algunos poemas y me parecieron tan buenos como la primera vez que los leí, algo que vibraba y que tiene que ver con una capacidad expresiva que se condensa, una vasta cultura que no se muestra pero ahí está, una suerte de yo poético firme y poderoso. Continué durante un rato hasta que no pude continuar. Ha regresado a su rincón, hasta que pase otro tiempo, hasta que alcance una naturaleza documental que lo aleje de su verdad, o, vaya, que se construya otra.
+ Invoco, para le lectura Gil de Biedma, la muerte del autor, ese alejamiento y disolución de la persona que escribió los versos que hoy no puedo leer. Pero, ¿es realmente necesario volver a su poesía? He descreído de tantas cosas que otra no hace cuenta. Invoco la muerte del autor y no funciona.
+ Mientras C. está en su habitación de hospital, yo escribo. Todo lo que se disgrega es susceptible de volver a unirse. En ello estoy y la escritura es otro fármaco, en su doble vertiente de veneno y remedio.
+ Imagen: foto de una sala de espera y de visitas en la sexta planta. La geometría parece encerrar en sí explicaciones, pero no hay explicaciones. No hay nada, me resisto a encontrar signos o significados allí donde otros los ven. Se dibuja en las líneas rectas la verdad de la construcción, el peso de los años sobre el diseño, ese punto en que todo se funde en la historia menos, la de los detalles, la de los dioses del hogar. Solo es eso, un posible sentido: el paso del tiempo, común a todo comentario que se pueda hacer bien a una arquitectura, bien a un poema. El tema, siempre, el paso del tiempo y su correlato, que, hoy, queda en blanco.
sábado, 21 de mayo de 2022
Otros días
+ Estos días de primavera, bajo una lluvia leve y constante, un rumor poético se cierne sobre el paisaje, como si éste se abismase, que contuviese explicaciones que no deseamos, que no necesitamos. La necesidad de leer y escribir no dejan de ser vicios, y la inmensa certidumbre del paisaje me aleja de las dos actividades. Necesito fuerza, necesito concentración, me digo y contemplo las montañas, el azulado resplandor de las cumbre lejanas y pienso en todos los importantes lienzos que he visto, que he escrutado en busca de ese mismo azul. Es un día para la poesía y la incertidumbre.
+ La lectura de Le Consentemet me lleva una vez más por calles de Paris, por ese estado de ánimo que conllevan los paseos por las ciudades. Sin embargo, contrasta con la sórdida certeza de que la literatura es un arte moralmente neutro, donde se permiten comportamientos que en otros ámbitos son netamente censurables. Reconstruyo ese mundo de los ochenta donde G., así se le nombra en el libro, se dedicaba a perseguir ninfas y a verterlo, con un gran estilo, en sus libros. Declaraciones de pedófilo, las declaraciones de un ogro. Finalmente, regreso a ese continuo martilleo de lo determinado y lo indeterminado, el servo arbitrio y el libre albedrío. No sé, me resulta tan sumamente sórdido y continúo su lectura.
+ Días de hospital. Veo a un conocido. Ni siquiera nos saludamos. Sé que es el, a pesar de la mascarilla, porque su forma de vestir no ha cambiado nada en los últimos cuarenta años. El color dominante es el marrón, calza náuticos de color marrón y su corte de pelo es el mismo que hace, eso, cuarenta años. No ha perdido pelo, no le ha encanecido el cabello, continúa con su pelo con un aspecto entre grasiento y brillante, pero se podría decir que su aspecto es atildado, limpio, ordenado. No recuerdo mucho, salvo que tenía unas grandes cualidades para la música y que fuma mucho. No nos saludamos, no sé si me reconoció (yo creo que sí), le vi y me vio, le estudié desde lejos y no pensé en nada. El tiempo todo lo diluye.
+ Libros que esperan porque es este un tiempo en suspenso. La espera determina el día a día, todo lo recubre y todo alcanza. El cambio y el regreso, se define un momento por las presencias y las ausencias, los que vuelven y los que nunca han estado. No sé, solo palabras. Así, llevó el libro de Vanessa Springora y no leo nada, ni siquiera abro el libro, pero el libro está allí: en mi bolsillo, con la reflexión que conlleva, que no es otra que la debilidad moral de la literatura, un frágil juicio sobre el escritor que lo idealiza al tiempo que diluye culpas y sentencias. El escritor se difumina hasta desaparecer, esa idea de que “el escritor ha muerto”, como dijo R. Barthes (R. B., al parecer, suscribió el manifiesto a favor de la pedofilia que apareció en Le Monde auspiciado por el ogro, redactado por ese mismo ogro). ¿Equivocaciones, errores, el elitismo de la distinción del escritor? Se abre un vacío que no deberé llenar, porque ese vacío es la representación de posiciones soberbias e irregulares, la irregularidad.
+ La irregularidad es lo común a lo cotidiano, nada de simetrías ni líneas rectas, sin una posibilidad de perfección, en ese punto que todo se ha desarticulado. El viento que no cesa, la lluvia que no alcanza la calma. Una vibración, un sonido, lo indistinguible, el poema que no recuerdo, la sentencia que acude como un veneno, como un remedio.
+ Imagen: simetrías.
sábado, 14 de mayo de 2022
Lo singular
+ Leo algo de José Luis Pardo sobre el arte y los objetos de culto, sobre la relación del devenir histórico entre ambos. La idea de arte y creencias la llevo observando desde tiempo atrás, hasta el punto el punto de que pienso que no se restringe exclusivamente al ámbito del arte, sino que lleva mucho más allá e impregna la vida cotidiana. Sin ir más lejos, pienso en los tatuajes, que en inglés, traducción literal, se denominan arte corporal [body art]. Si sigo el camino de las suplantaciones llego hasta la certeza de que hay una necesidad de espiritualidad en hombre que no la puede evitar, una necesidad que se determinada por la certeza de la muerte. Esta muerte es la que nos acerca al arte como posible explicación o como consolación, pero también actúa en este plano el tatuaje: a la manera de los supersticiosos amuletos. Lo sé, es difícil vivir sin creer en algo, aunque este algo no implique transcendencia.
+ Me dijo que solo le gustaban dos tipos de tatuajes: los que se hacían los descendientes de los presos en los campos de concentración: el mismo numero con el que habían marcado a sus abuelos. Y, el segundo tipo de tatuajes, los que responden a un punto irónico; por ejemplo; los tatuajes de Mark Jacobs, esos EME’s o Bob Esponja. ¿Por qué? Porque ninguno de los dos responde a una superstición.
+ Y si reclamo una identidad temporal en lugar de una identidad espacial. Es decir, me gustaría volver a hablar como hablaba la nobleza o el pueblo en Siglo de Oro, reclamo una reconstrucción de la legua del XVII en beneficio de ese mi sentimiento. Quiero que mi identidad se ancle en el tiempo y no el espacio. Dijo todo esto en un tono irónico que desvela cierta inmodestia.
+ Leo un texto donde un profesor habla de la poesía de otro profesor. Poesía oculta, poesía inédita, poesía póstuma. Es un texto antiguo y los dos han muerto, el primero recientemente, el segundo hace décadas. Es imposible no tener presente alguna de las sentencias que Marco Aurelio dedica a la muerte, ese estado donde los que te admiran y los que admirarán han de morir como tú y así se borra cualquier rastro de tu memoria. Se extiende lo literario, conocimiento frágil, y se une esta a una cita vista en una librería en Viana do Castelo, que se podrías resumir en que las flores más bellas son las que se cortan cuando todavía se ignora la muerte. La cita, antes, habla sobre fragilidad del conocimiento poético y reflexiono sobre esa fragilidad de la poesía, ese conocimiento que tanto me ha condicionado. Todo ello sumaba y la tarde era agradable, hasta alcanzar ese punto, digamos, lírico. La compañía de C., el estallido primaveral de las terrazas, las flores orgullosas y festivas, la luz, el contraste entre los jóvenes y los viejos, cierta atenuación de viejas tristezas, la conducción agradable, los límites del mar, los límites del continente. Todo suma y en la suma se manifiesta la muerte, pero el tiempo, misteriosa y falsamente, se ha detenido. Es suficiente. Es un límite personal y no un instrumento para mostrar la disposición del paisaje, pero lo acogemos en el inventario del día porque sin su presencia nada es posible, como no hay luz sin sombra, ni sombra sin luz. ¿Aprendimos algo? Sí, la presencia del inefable y frágil conocimiento de lo poético son materia constituyente de nuestra sentimentalidad.
+ He comenzado a leer el libro de Vanessa Springora Le Consentement. A raíz del inicio de la lectura me descargué un podcast de la radio francesa sobre el libro. Lo escuché en el coche del trabajo, en un desplazamiento rutinario, y surgió la pregunta sobre el tema, como si se tratase de una cuestión escolar. ¿El tema? ¿Qué tema? ¿La pedofilia y la gloria literaria, el modo en que la fama diluye el delito? ¿El tema principal es este y no otro, pero también sus ramificaciones y la conformidad, por no decir otra cosa, social y cultural? El abuso que el adulto ejerce sobre la menor se resuelve en una extraordinaria posición de fuerza donde se obtiene el placer sexual unido al placer de la dominación. Los cuerpos jóvenes en manos de hombres maduros, con un algo de vampiro, con un mucho de ogro. Recuerdo la publicación del libro y de qué manera llamó mi atención, cómo indagué sobre los protagonistas del libro y cómo postergué su lectura a sabiendas de que llegaría su momento. Ahora que la polémica parece apagada comienzo su lectura. Pienso en esa fascinación de la adolescente por el escritor de éxito y prestigio mientras me debato entre los paisajes, arquitecturas y parques parisinos, entre conversaciones y escenas. La protagonista habla del divorcio de sus padres y de una muñeca a tamaño natural que encuentra en el armario del dormitorio de su padre mientras recuerda la manía por el orden que él tenía, como descubre que ha movido unos tomos. Pienso en todo lo que ignoro y todo aquello que mi imaginación no alcanza en relación con esas posibles vidas que se desarrollaban en los años ochenta, cuando yo también era adolescente. ¿Quién era yo en los años ochenta? Recuerdo esa misma fascinación por la literatura, conectada con la creación de una personalidad porque creía yo encontrar ahí una suerte de redención a ciertas carencias. Qué equivocado estaba, me digo hoy sin mucha convicción. Deseaba esa singularidad del escritor, una singularidad que como una sombra fantasmal me ha acompañado durante demasiados años. Ay, eso evoco yo en los inicios del libro de V. S. Seguiré leyendo, pero permanece esa percepción condicionada por mi propia biografía y ahí busco explicaciones que sé que no encontraré.
+ La lectura está condicionada, pero qué lectura no está condicionada. Mis incapacidades y mis virtudes están en comunión de extremas yuxtaposiciones.
+ Imagen: una pausa en el citado podcast, mientras conduzco, mientras bebo agua, mientras como una manzana disparo la cámara del teléfono.
sábado, 7 de mayo de 2022
El diagnóstico y la valoración
+ El diagnóstico se debate entre la posibilidad de un continuar pausado y sin sobresaltos y un final feliz, un paulatino apagarse. Desprecio el diagnóstico y me centro en la escritura, en su erótica: la pluma, el papel, la tinta. Poco más, pues no estoy firmando una sentencia de muerte ni el salvoconducto para huir de la guerra, el documento que abre las fronteras no está entre mis atribuciones. No tengo atribuciones.
+ Me resulta complicado no rescatar citas de la Crítica. En este caso, en un laberinto, cito a Sloterdijk que, a su vez, cita a Gottfried Benn. “Ser tonto y tener trabajo, he ahí la felicidad.” Sin duda me sumo a ese cinismo, no como escudo ni como emboscadura, sino como suma de indicios y balizas para conducirme en lo diario. Sé que se podría traducir en una insomne desconfianza pero se traduce, finalmente, en una placentera ironía, que evita el sarcasmo aunque siempre lo bordea. Ser tonto, no pensar, asentir, no disentir, acepta el poder y no rechazar la autoridad, vértebras de ceniza y viento, lejanía y poemas dignos de olvido, pero no. No soy tonto y ahí está el centro de la indiferencia. La inversión de Sloterdijk: “ ser inteligente y, sin embargo, realizar su trabajo, tal es la conciencia infeliz en la forma modernizada y enferma de la Ilustración.”
+ A veces, no sé si irónicamente, cuando veo un coche muy caro, muy nuevo, muy reluciente, no dejo de exclamar: ahí va un hombre de gran mérito. Nunca sé si me equivoco, pero acierto cuando ve en ello el reflejo de muchas miradas. Y ese es el diagnóstico. Soy un observador y como tal me acerco al hormiguero.
+ Descarté las valoraciones. Todo tenía sentido, sin embargo, no había necesidad de emitir un juicio. No se trata, me dije, de un simple me gusta o no me gusta. Aquella música atacaba mis nervios en su propia raíz. No importa, todo tenía sentido. Pensé en amplias casas de campo, aisladas, con sus muros caleados de un blanco intenso, patios interiores cuadrados, luminosos y frescos, tanto calor en invierno como frío en verano. Olvidé cosas que debería haber olvidado años atrás, ahora ocupaba el lugar que le correspondía, yo nada hice. Tal vez desistir, olvidar que hay una parte cuantitativa que determina el juicio, dejar a un lado, también, ese otro rasgo, pensar que no tiene importancia la calidad, la excelencia, el mérito. Olvidar el mérito, me digo y no sé qué pensar. La casa me daba tranquilidad, pensé en ella otra vez y caí en un profundo sueño.
+ “Fue entonces cuando comencé a interesarme por detalles irrelevantes en fotos de gran relevancia. Me refiero que en la pantalla del ordenador recortaba elementos en los que nadie se fijaría. V. gr.: foto de un político de primera fila, lo rodea una multitud de periodistas y reporteros gráficos, en la esquina superior izquierda un hombre asiste pasmado al espectáculo; recorto esa esquina superior izquierda, la amplio y observo al hombre: no conozco nada de él, nada sé, está ahí perplejo ante la historia, yo soy el que rescata eso. Otro ejemplo: la actriz que pasea y el paparazzo dispara, una grupo de mujeres observa la escena; yo recorto. El célebre filosofo en Salzburgo se detiene, junto a su novia, y apoya la bicicleta contra su cadera, un japonés mira a la cámara sin saber, con un desconocimiento absoluto sobre lo que tras la cámara se esconce; recorto. Una emboscadura más, me digo y regreso a mi tarea de perder el tiempo frente a la pantalla.”
+ Pienso en el sintagma: político de primera fila y en el fragmento anterior [recortado de parte ninguna]. Designar un ámbito supuestamente artístico me reduce a una suerte de mago o taumaturgo. ¿Soy un hechicero? No creo en nada, me digo y comienzo otro párrafo con esa nausea tan particular ante el nihilismo, mientras lo abrazo. El sintagma es la expresión de un deseo y el certificado de mi propio fracaso, si es que en términos de éxito y fracaso hablamos, ahora, cuando las etiquetas decaen. El político de primera fila también se da en el ámbito local, no necesariamente se debe circunscribir su acción a las altas esferas. El político de primera fila se ve reconocido en la calle, lo saludan con una velada vehemencia, él está satisfecho y hace. Ese hacer es lo que lo coloca en la primera fila. Yo observo y, algunas veces, participo en situaciones similares que me desagradan moderadamente. Se trata de una personalidad que se ve inclinada hacia el reconocimiento, con una alta opinión de sí mismo y de la misión que se ha sido encomendada. Pero, digo yo, cabe preguntarse quién le ha encomendado esa misión sino él mismo. Se trata de la unión entre carácter y destino, que yo puedo ver, que reitero. En ello me reconozco y no paro de utilizar como patrón de medida. Así, una vez más, el carácter es el destino.
+ El escritor come una manzana ante las cámaras y dice que él nunca bebe alcohol. Yo lo conocí ya como alcohólico irredento. ¿Se puede afirmar que mentía? Es esa la esclavitud del personaje, el que devora sin piedad a la persona. En la entrevista todavía era joven y yo no sabía de él, ahora todo es tan distinto. ¿Decepción? No, una certificación del mundo como teatro, la dramaturgia de lo cotidiano.
+ Otro fragmento de la misma nada: “Sin conocer el porqué, comencé a atesorar libros sobre Francia. Una geografía para Sci-Po, una historia de Francia, una historia de la literatura francesa. Regresé al estudio del francés y me sumergí en un extraño programa sin objetivo aunque sometido una disciplina estricta, donde, tras la jornada laboral, me sometía a lo que, de alguna manera, se puede denominar un tiempo de estudio amplio. Ahora, meses después, creo entenderlo.” Hasta aquí llego en mi ensayo, que enlaza con un párrafo anterior. ¿Novela? No, es como el pianista aficionado que ensaya una escala en el piano, que deriva en una melodía que promete pero que no cuaja.
+ Imagen: Vigo.
sábado, 30 de abril de 2022
Una pequeña floricultura filológica / Aprender para el vacio
+ ¿La erótica de amor a la sabiduría o el liberalismo pétreo de el conocimiento es poder? Así se abre el libro de Sloterdijk, Crítica de la razón cínica. Lo he vuelto a abrir porque en una entrevista Macron se dice deudor del filósofo alemán, de su punto de vista sobre la historia, de su manera de ser contemporáneo. Yo leí el libro hace muchos años, tomé notas y apunté citas. El recuerdo es gozoso y la apertura del libro, la lectura de las primeras páginas me devuelven esa certeza de la posibilidad de otros puntos de vista. Supongo que yo no soy capaz de llegar a un tanto por ciento elevado del libro, pero me sirve. Ha conseguido que me plantee algunos asuntos en el desarrollo de la acción diaria. Algo así decía también Macron, pero yo no soy Macron. El telón de fondo son las elecciones presidenciales francesas, pero sobre ello está el ascenso de la ultraderecha, o la conversión de la derecha tradicional en ultraderecha nacionalista. En ese sentido, también, la Crítica de la razón cínica ilumina.
+ Le dije que los tatuajes, en mi opinión, son talismanes. Me dijo que no, que los tatuajes son principalmente estéticos [dudé de que coincidiesen las laberínticas dudas que yo tengo con sus sólidas certezas, con el entendimiento de la palabra y sus referente: ¿estética?]. Quizá tenga razón porque el maquillaje y lo totémico se unen. En resumidas cuentas, no es posible el hombre sin religión y este era el sentido de mis palabras.
+ “… una despedida del espíritu de las metas alejadas, una mirada clarividente en la carencia original de fines por pare de la vida, una limitación del deseo de poder y del poder de deseo…, en una palabra: comprender la herencia de Diogenes. ” Sloterdijk, Crítica de la razón cínica.
+ Sobre su estructura, el texto se monta solo. Sin compañía, en silencio, arropado por el café y el rumor del aparato que recoge la humedad, bajo la égida del flexo, en la verdad de la lluvia ahí fuera, el saber que el viento agita los árboles allí donde no estamos, la respiración de los animales en nuestra ausencia. Esta cámara hermética, sin sobresaltos, sin esperanza, sin miedo.
+ Tomo el título de la entrada de la Crítica de la razón cínica porque es este un estado de ánimo que me embarga. El cuidado del jardín, sin consecuencias, en la desesperante existencia de una hortaliza, tal vez de una lechuga. “[…] en la que se cultivan las azucenas benjaminianas, las flores del mal pasolinianas y las cerezas silvestres freudianas.”
+ En estos días, en el desarrollo de la campaña electoral de la segunda vuelta en Francia, con se ha terminado ya, hoy, en el día de la votación, persiste la lectura del libro de Edwy Plenel La victoire des vaincus. À propos des gilets jaunes. Más que comprender algunas cuestiones pendientes, se afianza len mí a cierta percepción de los haces que determinan el avance de la ultraderecha, que si obviamos cuestiones de detalle pueden ser traducidas a España. Se trata de la precarización de unas clases sociales y la concentración de la riqueza en otras, un hecho objetivo al que no se le da solución, aunque sí respuesta respuestas. Soy un cínico y, por lo tanto, los discursos que me llegan solo los puedo tomar desde el podium de la ironía, quizá del sarcasmo. Veo a Macron y su reflejo es Pedro Sánchez, pero también Feijoo. Veo a MLP y veo a Abascal. La política es eso: imágenes, espejos, retrovisores, pronósticos, errores y presupuestos, balances y contiendas. El poder, la autoridad, el BOE. Es también la colección de fotos de Macron en diversos escenarios y con diversos atuendos, preparados con inteligencia para cada momento. La política, más que nunca, es comunicación, entre otras importantes cosas que enmascara pero no diluye. En libro de Plenel advierto razones que no advertí en una primera lectura y esto se debe a que dichas razones se han acentuado gravemente en los últimos dos años, la pandemia y la guerra. Si a esto último sumamos las certezas afirmaciones voy encontrando en la introducción a la Crítica de la razón cínica, se constituye un desolado panorama, donde el camino a la ultraderecha parece allanado. ¿Hay que conformarse o pasar a la acción? ¿Preguntas, diatribas o afirmaciones?
+ En relación al párrafo anterior no me queda más remedio que copiar un fragmento de La crítica: “Esa confianza [pequeño-burguesa en el saber es poder] está hoy en día en descomposición. Solamente entre nuestros jóvenes y cínicos estudiantes de medicina hay una línea nítida que lleva de la carrera al standard de vida. Casi todos los restantes viven con el riesgo de aprender para el vacío.” Esta escrito en 1981. Sigue vigente, describe y traza un retrato con precisión, pero con un talento que va más allá de la copia fotográfica.
+ Al título de la entrada añado: aprender para el vacío. También de S.
+ Me entretengo con un subgénero de sonetos, a las damas cantoras. En ese sentido gira la idea del “aprender para el vacío”, pero no es tal. El vacío no es tal vacío, sino que resulta ser este aprendizaje un fiel y preciso instrumento de medida, un entrenamiento para las noticias y las opiniones que nos llegan día a día, una meta y un destino. La lectura en sí no es vacío, aunque a veces sí logre ese vaciarnos, tan necesario.
+ En la distancia y la lejanía me dibujo.
+ Imagen: un recuerdo del invierno, la nostalgia de un abismo, de la tendencia al abismo, un abismo olvidado.
sábado, 23 de abril de 2022
Rutinarios acercamientos a un punto de realidad
+ La historia del aristócrata y del charlatán, ambos comisionistas, tiene un atractivo rescoldo moral que nos atañe a todos. De vez en cuando, salta a la palestra pública un personaje que se convierte en chivo expiatorio, merecida o inmerecidamente [si es que las etiquetas del merecimiento y la culpa tiene cabida]. Yo veo al apuesto aristócrata como parte de una narración muy amplia o inabarcable, en la que se mezclan las revistas del corazón con la consolidación de una clase social que proviene más allá del franquismo, pero que en la dictadura realizó sustanciosos negocios. Por ello, el aristócrata tiene un papel protagónico, ejemplar o epitome de una manera de enriquecerse. Todo reside en su apostura, su mirada, ese saber estar, una erótica propia de un siglo xix traspasado al siglo xxi. Permanece un algo de novela de costumbres y de novela realista en su persona, con ese poso moral que queda tras la desnuda exposición de los hechos, como un notario que diese cuenta de una peripecia. Escudriño la trayectoria del aristócrata, porque la del charlatán poco interés tiene [o el interés se aleja sin perder fuerza, pero pertenece a otro ámbito], y veo en él rasgos que parecen equipararlo a un personaje de Flaubert, de Zola o, incluso, si nos escoramos hacia nuestro presente, de Houellebecq, en su narrativa con ese regusto decimonónico. En todo caso, es carne de narración porque las descripciones de su persona, gustos y maneras se prestan muy bien a ese amplio ámbito que es la novela. Amores, separaciones, carísimos restaurantes, ese gusto por la ropa: los trajes cruzados, el smoking, el chaqué, celebraciones y portadas de revistas del corazón; veleros de lujo, zapatos a medida, gafas de sol carísimas y de un peculiar solo uso, trabajos insólitos e inverosímiles. Lo tiene todo. Sobre la noticia triunfa la materia narrativa.
+ Nos gusta juzgar, la superioridad moral produce un extraño placer. Estudio mis momentos de rabia y no tengo disculpa, pero tampoco deseo el perdón.
+ El ejercicio diario me aporta libertad, esa cuadrícula que es el día a día. Benditas rutinas.
+ Trazo el trabajo para los próximos seis meses. Hay en ello una erótica ordenacista y con tendencia al clasicismo. Yo soy un clásico, en el sentido que oí adjetivar en los bares, hace ya mucho tiempo. El clasicismo entendido como una permanencia anticuada en las costumbres de otros momentos, en la frecuencia en que se visitan las tabernas y en la insistencia en los mismos licores. Hoy los licores son libros y bicicleta estática; salvando la cuestión de la salud, que no es pequeña cuestión, son la misma cosa: estrategias para soportar la vida. El verbo soportar parece demasiado violento, definitivo, tajante, pero soportar es un trabajo de la voluntad, la única receta para el encarar lo diario. Lo diario, benditas rutinas.
+ Cuando veo el barco que el aristócrata ha comprado me recuerda un juguete. ¿Soporta el aristócrata bien lo rutinario? Me da la impresión de que el juguete terminará por causarle hastío, aburrimiento, la zozobra de lo insulso.
+ Mientras resumo las ediciones del Conde no dejo de sentir un aliento de voluntad, me tengo que sobreponer y entiendo el aburrimiento como medida de la cosas y de la realidad. En un juego de sombras, el día se confunde con la noche, se aproxima una teoría y desaparece inmediatamente, cada paso es un paso hacia el abismo. He dejado a un lado lecturas más placenteras, pero yo no busco el placer sino un conocimiento que se construye sobre su propia destrucción. Leo en francés como hago ejercicio. Ahora un párrafo más en el camino hacia la meta. Es así, mediante una innegable disciplina, como me alejo de lo que soy y de lo que fui, como presiento lo que seré, pero no me duermo en la tarea, sigo.
+ Imagen: el abismo del paisaje, las cumbres, las nubes, la sombra.
sábado, 16 de abril de 2022
S/T
+ Ya es de día y abro el libro de Joan Margarit Arquitecturas de la memoria, un libro que compré hace unos años en Madrid, en la librería Pasajes. Leo este libro página a página desde hace mucho tiempo, con cierto método, con una cierta delectación que se sostiene sobre la morosidad aplicada en las palabras, tanto en castellano como en catalán [se trata de una edición bilingüe]. Abro la página que toca y percibo la transmisión de un estado de ánimo que se corresponde con la tranquilidad, con un falso estatismo: “como si el orden fuese un gran bostezo / con el cual el futuro nos devora.” Estamos C. y yo en el Norte de Galicia, en las Rías Altas, mecidos en el silencio, adormecidos, con los planes todavía por desarrollar. La música interior me desplaza y encuentro en los versos leídos un anclaje a la realidad, ese mundo por construir, la exploración diaria del estado de ánimo. No es tristeza, tampoco alegría, una suerte de ataraxia, una tendencia a lo estable y a lo permanente [esa quimera. Así, conduzco tranquilo, con la serenidad de los años y el asombro de la distancia. Paisaje, viento, lluvia, el mar, el océano, lo inmenso. La imposibilidad de abarcar las dimensiones del paisaje me subyga y por un instante recuerdo La atracción del abismo de Argullol. Cierro el libro de Margarit y recuerdo momentos y conservaciones, caigo en el sueño, otra vez un pasaje onírico recurrente. Nada me desvela. El sueño y la vigilia son hermanos que nunca llegar a tocarse, tampoco a ver sus caras.
+ La guerra continua y la inflación se dispara, el paro se eleva y todo parece en calma, aquí. Es un espejismo, el oasis que nos acoge.
+ Las rías por explorar, casas aisladas en la ribera, carreteras sinuosas y poco transitadas, veloces vehículos en el inicio de la noche, amaneceres, anocheceres, el supermercado a pié de carretera, bares de carretera, faros, conos de luz, gasolineras, neones, antiguas fábricas de conservas, hoy abandonadas, depósitos de minerales, puertos recónditos, robles y abedules, una rampa, el viento que agita los árboles, el casi imperceptible discurrir de una melodía en la radio del coche, recuerdos y olvidos, silencio, la hermética tranquilidad de la habitación en el molino, café con leche, rosca, pan, mantequilla y mermelada, el reloj de pared, rías profundas, serpenteantes, aparecen y desaparecen, esteros, los árboles que se balancean sobre la orilla, tu voz es un rumor, se agitan los árboles, es el viento. Las vacaciones terminan y yo prefiero el turismo al viaje, soy otro, más sólido, menos etéreo.
+ Han pasado dos días y parece una eternidad. Las rías altas son otra cosa, me digo y no tengo fotos. He subido algunas fotos a Twitter, pero poca cosa. Los cafés matinales y porciones de bizcocho, suave y esponjoso. Como si los anclajes de la memoria se hiciesen materia en los pequeños de talles, las notas que un día regresarán para decirnos que fuimos felices y no lo sabíamos. Por eso mismo erais felices, por desconocimiento, parece decir una voz que llega más allá del océano. Leí un poema y lo he olvidado. Una nota en el correo electrónico me lo recuerda. A veces, solo a veces, me parece que todo podría volver a comenzar, esa posibilidad me inquieta. Percepciones, apariencia de eternidad, vigilantes pájaros en las aristas de la carretera, son cuervos, negros e inteligentes. Te dije que su padre tenía un cuervo que hablaba, los cuervos hablan, ¿sabes?, el cuervo se llamaba Luis y lo robaron unos albañiles que trabajaban en una casa vecina, eso me contó. Ay, el aliento poético de los días de vacaciones. Ahí estábamos, una vez más.
+ Ordeno las fotos, las copio en un disco duro externo y las borro del disco del ordenador. Todo ello encaminado a conseguir más espacio para instalar un sistema operativo nuevo. Las operaciones informáticas tienen algo esperanzador, como si la juventud se pudiese adquirir con una actualización. Nada más lejos de la verdad porque cada actualización es un recuerdo de que llegará un momento en que resultará imposible actualizar. Esta pequeña reflexión se une a la poética de los últimos días y la informática ante la magnitud del océano no es nada. Una frivolidad propia de los que con ello trabajos, un día el sol se apagará como decía un tópico tantas veces escuchado. Es jueves, Jueves Santo. Nada me dice, hoy.
+ Viernes Santo: el mismo silencio, el mismo vacío. ¿La resurrección del Señor? Vanas esperas, vanas esperanzas.
+ Imagen:desde el Cabo Ortegal: esa romántica fascinación por el paisaje, por el abismo del paisaje.
sábado, 9 de abril de 2022
Los abismos, el abismo
+ [Je suis un autre]. Rimbaud. Acabo de visitar un supermercado que inauguraron no hace muchos días. Espero por C. Salgo del supermercado y me siento en un banco y comienzo a leer una página del libro de R. que llevo, que siempre llevo en el coche, en el asiento trasero. Las Iluminaciones. Tras la visita al supermercado [que me transmitió esa filosa sensación de no lugar], me senté en un banco y abrí el libro ante la imposibilidad de sustraerme al devenir de la calle en sí misma, de los peatones, de los paseantes. Los atareados y los holgados. Allí estaba yo, en el banco y en la soledad del que espera, pero con la recóndita compañía del libro. Comencé la lectura en francés, sin recurrir a la página par, donde está la versión española. Fui entonces consciente de que hay recovecos idiomáticos reservados a los hablantes nativos, pero ni siquiera estos pueden penetrar en ciertas resonancias que un texto tiene. Pronuncié interiormente algunas frases en busca de una música definitiva, que me iluminase, a mí también, y hallé una extraña erótica de la vida misma, la realidad y lo cotidiano. Allí estaba el trámite que resolvía C., la pátina de hiperrealidad del súper, mi atuendo y el atuendo de los otros viandantes. Toda esa marea de la realidad. ¿El yo es otro? Sí, me transforme. El abismo estaba allí
+ Encuentro en el libro de Argullol, La atracción del abismo, un fragmento del poema de Leopardi El infinito. La cita la coloca el autor dentro de una reflexión sobre el cuadro de Friedrich El viajero sobre el mar de nubes. Cuadro tan conocido como emblemático del romanticismo resulta. Ambas balizas, Leopardi y Friedrich, me marcan un sendero que se dirige hacia la propuesta explicativa de cierta desazón, un desazón punzante o sorda, una desazón que siento ante la inmensidad del paisaje. Recuerdo que C. y yo en el faro del fin del mundo, ante las inabarcables dimensiones del océano y ante un inquietante silencio percibimos esa atracción del abismo, una vibración que susurraba en mi interior palabras sin un referente definido ni definible, que solo eran sonidos amortiguados que buscaban con ansia el clamor de un significado sólido e inmutable. Ese imposible, ese anhelo. (Ay, ya lo sabemos: el significante sin significado es un oxímoron, pero yo solo hablo de sueños y precipicios).
+ «La estéril región de nuestros años» (Villamediana)
+ Mañana ebria o mañana de ebriedad o mañana de borrachera o mañana borracha. Así leí yo aquel fragmento recogido en las Iluminaciones. Salíamos de viaje y C. debía realizar un trámite, yo esperaba. Visité un supermercado recién inaugurado y comprobé el tacto de la ciencia ficción, pero, también, de la vacuidad del consumo, ese trampantojo. Salí a la calle, me senté en un banco y abrí el libro que llevaba en el bolsillo, las Iluminaciones. Presentía una conexión en la portada verde y en autorretrato de Rimbaud fumando. Una conexión con la adolescencia y con cuentas no resueltas. “Matinée d’ivresse”, la ebriedad y la evocación del hachís, en sonido del idioma y un cierto hiato entre la traducción y el propio texto [ay, lo intraducible]. Me dio la sensación de que solamente el propio R. podría llegar al núcleo del breve texto, pero, así mismo, sentía que mi propio texto era el que leía: en el banco, ante el paso de los peatones, en la espera, con mi atuendo, mis gafas y mi melena, “la máscara que nos ha gratificado”. El yo es otro y con cada cambio se formula su impermanencia. Me miro en el espejo y soy un dandy de 17 años. Otro disfraz.
+ Leo, cada día, una o dos páginas de Paradiso, la novela de Lezama Lima. La prosa me devuelve un placer que perdí cuando se terminó la adolescencia [quizá no hace tanto porque el lector siempre conserva esa erótica intacta]. Se trata de saborear el engarce de las palabras y la capacidad de elevar un mundo tras la lectura, sentirse impelido hacia el teclado o la pluma y plasmar esa ambivalente posibilidad, ese intento de capturar el momento eterno que se destila tras la lectura. Ay, la lectura. No quiero ir más rápido, deseo ese instante en el curso de las tareas diarias, tras el alimenticio trabajo, el brillo de la prosa en el océano de lo cotidiano. Mientras, tiendo hacia el infinito; otro abismo.
+ De algún lugar arranco una fragmentación de lo que se puede contar. Solapadas, la anécdotas del día tienen sentido por sí mismas, por la yuxtaposición, pero el sentido se lo da la cercanía, los hechos que parecen completarse los unos a los otros, la rara experiencia del sueño y su correlato en la vigilia, como si se uniesen en una comunión que tiende a la unidad. Los fragmentos suman más que el todo, por eso la táctica empleada en este diario.
+ En Portugal compro periódicos y revistas que voy leyendo durante un largo tiempo, que se puede alargar durante meses. Como si el día de la adquisición quedase encapsulado. Ahí encuentro un extraño y extravagante placer. Hoy he leído uno de estos periódicos y esto supone un retorno al pasado, a un tiempo que ya no es y que yo recreo. Son entretenimientos que hacen la vida soportable, que constituyen un salto o un hito, una señal desde donde transitar por la rutina. Otro día, otra noche.
+ Imagen: fuera de foco.
sábado, 2 de abril de 2022
Destrucción [Anéantir] y conexiones
+ He terminado la última novela de Michel Houellebecq, Anéantir. Sin llegar a ser una obra cerrada y redonda, encierra en sí numerosas virtudes. Virtudes sobre la que destaca la capacidad del autor para capturar el espíritu de nuestro tiempo, una razón que se puede percibir con claridad en otras de sus novelas. Como extensión y contraste de mis intuiciones, escuchaba a un crítico en un pod-cast. El crítico no se explicaba el porqué del éxito del autor fuera de Francia, al ser, según su opinión, muy localista, al precisar ciertos conocimientos sobre la cultura parisina que los cuales las novelas resultan casi herméticas. No puedo estar más en desacuerdo, me dije, ya que, precisamente, por ese localismo se llega a una cierta suerte universalismo. Lo que H. nos ofrece es el retrato del hombre occidental mediante un punto de vista que alcanza a la totalidad de Europa. Un hombre sin referentes, sin un dios, triste o deprimido, absorto, aburrido, que llena sus días mediante las consolaciones que ofrece la vida moderna. Esos teléfonos, aquellas pantallas, los medicamentos y otras tecnologías. El paisaje del siglo XXI es extraño, la naturaleza alejada de nuestras vidas y el sentimiento de ciencia ficción que todo lo impregna sin aportar respuestas ni plantear preguntas. La ciencia ficción es el marco porque nuestra vida se ha integrado en esa ciencia ficción, que es desde donde parten los relatos de H.
+ Consiguió que se me escapase una sonrisa cuando el crítico que dijo que la obra de H. no le gustaba porque carecía de estilo [como puede ser la obra de Quignard]. Me dije: eso no es un defecto, eso es una virtud. Y allí estaba, atento y sonriente, el grado cero de la escritura.
+ No desarrolle la semana anterior la idea del suicidio como acto de comunicación. Pienso en la mujer que se arrojó desde un quinto piso y se estrelló contra el pavimento de granito. La destrucción del cuerpo, del rostro tal vez, tiene un significado, un sentido que se puede desentrañar. Desentrañar no equivale a entrar una certeza, la verdadera razón. Muy al contrario, esa explicación es la clave que buscamos en la creencia de que su utilidad para sobrevivir.
+ [Piranesi] He comenzado a leer el libro de Rafael Arugullol La atracción del Abismo / Un itinerario por el paisaje romántico. Se aúnan, ya en el título, dos cuestiones de son, desde tiempo atrás, de mi interés. Lo romántico como rasgo de ciertas personalidades y, también, como raíz de lo que hoy entendemos como moderno o post-moderno. Por otra parte, está la cuestión del paisaje, sobre la que tantas veces reflexión; últimamente, en el sentido de la amplitud y la imposibilidad de abarcar, desde lo mínimo, una región. Ay, esa minucia que somos ante un bosque, y este tan mermado ante una montaña. Las arquitecturas de Pinaresi son desconcertantes, entre otras razones, por la ampulosidad de las dimensiones del edificio y la insignificancia de las figuras humanas. En detalle observo los gravados que encuentro en internet y recuerdo la primera vez oí hablar de el italiano. Recuerdo la conversación y la sugerencia que supuso escuchar sobre aquellas cárceles de pesadilla, la pesadilla que habita en el combate entre lo descomunal y en lo irrelevante. Tardé años en encontrarme con la primera imagen de P. y no me defraudó. Ahora que recupero el recuerdo, siento la punzada del tiempo y una suerte de constatación. Mis temas me acompañan y me modula, entiendo la realidad a través de su configuración. Cuántos haces palpitan en lo diario, cuántos emergen, cuántos se sumergen en el olvido. Pero yo yo, un otro yo.
+ Continuo con la lectura anterior y no puedo dejar a un lado que todo lo de Pinaresi tiene un conexión con los días que pasé dentro de lo propuesto por Houellebecq en Aneantir. Se trata de la condición del hombre moderno, de su soledad, el ansia por encontrarse completo y la misma imposibilidad de esa solidez. Pienso en los adjetivos y sustantivos abstractos que se utilizan para describir los grabados de las cárceles de P. y uno vibra con especial y sorda insistencia: acedía. La acedía como gran definición de mi tiempo y mis coetáneos. Ay, el aburrimiento como medida de los que me acompañaron y ya ni por la calle me saludan. Como un Thomas De Quincey de provincias, así es el periplo. Porque esto no es Londres.
+ [Je suis un autre] Queda pendiente una reseña sobre una breve e intensa lectura de Rimbaud.
+ [Anéantir] En realidad el sustantivo que da título a la novela me sirve para describir una sucesión de días que se ven impregnado por la tristeza. Una tristeza inmotivada, me digo sin mucho convencimiento. Este punto se une mi tristeza con una destilada sensación de precariedad que he visto en la novela, lo instable ya conocido se hizo materia diaria durante tres semanas. Ahora hay un vacío que trato de llenar con Sérotonine. No tengo remedio
+ Imagen: Angoulême.
sábado, 26 de marzo de 2022
La muerte, tan cotidiana
+ [Muertes por desesperación] Hacia el final del libro de Michel J. Sandel La tiranía del mérito hay un apartado que se titula “Muertes por desesperación”, que hace referencia a las personas que han abandonado la esperanza de encontrar un trabajo y se dejan ir. Mueren por suicido, sobredosis o enfermedades hepáticas debidas al abuso de bebidas alcohólicas. Mientras leo estas páginas, de una manera tangencial, aunque no ajena, recuerdo ver estas estampas en mi juventud, sentir el temor de caer en una espiral similar. El paro, la ausencia de ingresos, la desesperanza que contrasta con la oferta de posibilidades para el deseo. Ay, el deseo. Los coches, las casas, las familias. Fiestas y celebraciones que se le niegan al que se encuentra en el margen. La desesperanza que conduce a la desesperación es uno de los temas en esos haces sobre los que reflexiono a diario, con mas pena que incertidumbre.
+[El suicido como acto de comunicación].
+ Hoy se ha muerto P. Lo conocía desde hace años y no recuerdo la última vez que le vi, quizá en una comida, quizá en un funeral. Hay un constante zumbido que me desconcentra. Lo dejo y trato de escribir, de leer. La muerte es la medida del hombre porque conoce su verdad incuestionable, que a todos nos atañe, por encima de todas, absolutamente de todas, las circunstancias. Mientras, continua la guerra. Trato de poner orden y son las once menos cuarto de la mañana.
+ Leo un texto de Alfonso Armada sobre la guerra en Ucrania o un texto sobre todas las guerras. Hay una melancolía que por carácter no me resulta ajena. Recuerdo, mientras leo, una velada justificación de las razones de Putin y recuerdo el silencio que se hizo, culminado por un “yo en ningún momento defiendo a Putin”. Al final concluí que se trata de un necio, poco más, sin mala intención, pero un necio. ¿Son los necios sin mala intención los que sustentan la maldad? No lo sé, me sumo a esa melancolía que producen los bombardeos y las buenas intenciones que paralizan las acciones necesarias en las guerras. Siempre con el débil, nunca con el agresor.
+ El texto al que me refería anteriormente se ordena por días y citas. Dice A. A., en un momento: A veces callar es más difícil que hablar. Lo escribe el viernes 11 de marzo, ¿dónde estaba yo, en qué pensaba, qué leía? ¿tiene alguna importancia? Guardo silencio.
+ Enfilo el final de Anéantir. Ha sido una agradable tarea con sus grandes momentos amargos. La lectura de la obra de H. me posiciona en el mundo que me ha tocado. Plantea temas que son de actualidad bajo ese prisma entre la depresión y la sci-fi, una suerte de giro en lo diario, en el desarrollo de las rutinas y sus crestas. Me dejo mecer por esa idea, los paisajes, las costumbres, el derrumbarse de Europa, la decadencia que me embarga. ¿Soy yo? En algún sentido, sí. Se trata de la muerte, como en los últimos días la he visto próxima. Primero, el suicido de la hija de la amiga de mi madre, luego la pobre chica que el acosador mató brutalmente mediante una colisión frontolateral, ayer la muerte de P. Son tres balizas que estructuran la semana. En el medio de ello, la aparición del cáncer de Paul R. en la novela de H. Una suma cero, me digo como si fuese un periodista opinador en la primera hora de la mañana. Ahora he estado leyendo sobre la reproducción, una reflexión que se da en la novela de H. Bien, lo he pensado siempre y ahora lo certifico. ¿Qué certifico? La vida no tiene ningún sentido. Salvo la reproducción, y, para que ella sea posible, el trabajo que anula toda reflexión. Qué razón tenía Heidegger cuando exponía que la verdadera razón del ser está en la mano del que se aburre o del que se angustia. La carencia de hijos nos arroja con dolorosa clarividencia hacia esa certeza. Vuela la afirmación, vuela con vigor la afirmación La vida no tiene sentido.
+ He terminado Anéantir. Queda un hueco. Desde luego, no es mi novela preferida de H., pero hay asuntos que han resultado de utilidad para mi posicionamiento en el mundo, en la multiforme realidad. Debo reflexionar. Esta tarde espero escuchar un pod-cast de la radio pública francesa sobre la novela. No tengo opinión, nunca tengo opinión. Como alguien decía, escribir bien, tener opiniones mal. Y así.
+ El párrafo anterior está escrito al calor de una comida a la que no deseaba ir, que no fue tan mal como esperaba, pero que tampoco fue bien. Reside en el malestar una salvación. Me impide centrarme y al tiempo me libera.
+ Ayer conecté la radio del coche al teléfono mediante el Bluetooth. Luego busqué algún pod-cast sobre Anéantir. Las opiniones fueron diversas, pero todas coincidían en un punto, la favorables y las negativas. El punto es la capacidad de Michel Houellebecq para capturar el espíritu del tiempo. No me cabe la menor duda.
+ Imagen: Una cadena verde y blanca en la oscuridad. ¿Un emblema para descifrar?
sábado, 19 de marzo de 2022
Sin atajos
+ La reflexión de la guerra siempre termina derivando en una reflexión sobre el ser humano, sobre su naturaleza y sobre la determinación de sus acciones. La pregunta sobre podemos encontrar una explicación psicológica en las razones que desencadenan la agresión no parece el planteamiento más adecuado. El otro día, en la radio, alguien, que no recuerdo el nombre, dijo algo que me pareció tremendamente acertado: Puntin es una estructura. De eso se trata. Es una estructura como lo fueron Franco, Hitler o Stalin. No deja de ser la cúspide de una pirámide con sus cimientos bien asentados en los micro poderes, que terminan por sostener todo el edificio. A la vez, veo imágenes y entiendo que no solo hay maldad, sino que la comprensión y la cooperación forman parte de esa naturaleza humana. Quizá no resulten posibles las definiciones precisas, pero se debe intentar ahondar en lo leído y lo visto para establecer preguntas que nos permitan avanzar el en camino de la comprensión. Un camino, no una meta.
+ Tengo una lista que he titulado Haces, indicios difusos y condiciones de posibilidad. En ella apunto supuestos temas de conversación sobre los que reflexiono. La lista crece y yo encuentro que algunas intuiciones se dirigen correctamente hacia un destino. Las redes sociales, el auge imparable de los populismos, la información como generadora de realidad, etc. En fin, lo último que he apuntado es que la guerra que ha desatado Putin es un catalizador que nos introducirá en una suerte de ciencia ficción, que es la esencia ética y estética de nuestro tiempo. Triunfa el teléfono como elemento nuclear de la identidad.
+ Puntin es una estructura, y me lleva a pensar que toda explicación psicológica es errónea. Dicho esto, cierro el ordenador.
+ Continuo con la lectura de Anéantir. He terminado el ensayo de H. sobre H.P.L.
+ He tomado L’éducation sentimentale de su lugar, de la balda donde se aloja la literatura francesa. Apenas he leído 15 páginas y me ha golpeado, con suavidad, la erótica de la prosa de Flaubert. Hay cosas que solo se pueden entender con una lectura directa, el resto es olvido.
+ Imagen: 2017.
sábado, 12 de marzo de 2022
Una camisa de once varas
+ La frase que encabeza la entrada resume una idea o un estado de ánimo que me embarga desde hace días. Meterse en camisas de once varas, o, lo que es lo mismo, emprender empresas que están por encima de nuestras posibilidades. Se une, por proximidad, a la funesta aventura de Faetón. Se han acumulado una serie de acontecimientos que intensifican la sensación de haber fallado, me enfrento a ello y sé que no es así, al menos en su totalidad; pero esa niebla me embarga y me debilita. Como Faetón, me parece que he tomado el carro del Sol y he errado en la trayectoria del amanecer a la noche, la trayectoria del astro sobre el periplo vital: la biografía. Repito que solo es una percepción, y que esta no se corresponde con los hechos, con las reacciones de las personas ante mi trabajo diario, pero no consigo sacudirme ese extraño ennui. ¿Es el tiempo o es algo propio de la edad?
+ ¿Se trata de la estación del año, del tránsito hacia la primavera que se aproxima; tal vez sí, tal vez no? La tristeza se debate entre el vapor y la tierra, pero no perdurará.
+ La arquitectura se mantendrá a lo largo de los siglos, sin remedio. Hemos visto horribles casas producto de la unión del dinero rápido y la falta de gusto. Me pregunto si esto se transformará, en el futuro, en una curiosidad digna de un viaje que lleve al turista a contemplar estas absurdas construcciones, constituidas ya en reclamo para el curioso. No lo sé, no tengo esa capacidad de previsión [¿alguien la tiene?], pero percibo que hay algo que está latente en su corporeidad.
+ Según me adentro en selvas de argumentos en relación con el determinismo, veo caer un cierto velo. No resulta agradable y creo que todos ellos tienen una solidez que se debe modular. No hay una libertad absoluta, pero tampoco la determinación es insoslayable, me digo y me propongo como meta a la que llegar. No hay una fórmula que me salve de la duda y veo que finalmente esa meta es la que dirige la investigación. Un camino medio que me otorgue una explicación sobre la biografía, la mía y la de todos. Puntos de partida, contextos y herencias [biológicas y económicas]. Haces que se cruzan en un punto: una persona en concreto y su biografía, la trayectoria y el destino. Ay, el destino.
+ “… d’une chute immobile dans un espace abstrait” en Anéantir, p. 254
+ Escucho la radio un poco más tarde de lo habitual, mientras realizo mi sesión diaria de bicicleta estática. Un contertulio dice que se ha errado en determinar el marco que posibilitaba entender a Rusia y a Puntin. No puedo evitarlo, ¿por qué si aquel marco era incorrecto y el que se propone ahora es el adecuado?
+ Su madre ha muerto recientemente, en sus brazos, tras varios días de aislamiento debido al covid. Me cuenta que ha tenido un ataque de ansiedad y me muestra las pastillas que el médico le ha recetado, me explica la pauta que le han dado. Hablamos de si el dolor se debe soportar o aplacarse, aplacarse con lo que tenemos a mano. Sin duda, sufrir no sirve para nada. Sonríe y me dice que sí. Ha perdido varios dientes desde que yo lo conozco, son signos de vejez que se acumulan en la montaña de la ansiedad.
+ Imagen: la arquitectura, el urbanismo, símbolos, senderos, ausencias, imperfección.
sábado, 5 de marzo de 2022
Mini-Break
+ Según avanzo con la lectura de H. P. Lovecraft / Contre le monde, contre la vie de M. H. se confirma una antigua certeza. Sin determinar su beneficio o su perjuicio, alimentar el gusto literario crea una tendencia al relativismo porque los juicios morales son ajenos al binomio autor-obra, ya que la segunda toma vida por sí misma y en el primer sujeto resulta indiferente su virtuosismo a la hora de crear la obra de arte. Y, así, quizá se pueda extender a toda obra de arte, donde la pericia se impone a la buenas intenciones, pero, también, a las malas intenciones.
+ Se percibe sobre la superficie de las cosas una delgada capa de ciencia ficción. Un truco que se manifiesta en cada una de las tareas que en lo diario se van dado paso. La conducción, la consulta del teléfono, una foto que se edita con un fin diferente al que en primer lugar se propuso, los bolígrafos con tinta de gel, el sonido de las máquinas, el andamiaje y los apeos, la pantalla del ordenados […] Todo ello se debe a que la lectura de Anéantir comienza a obrar su meritorio efecto: el narcótico que ciertas lecturas suponen. En este caso, el desplazamiento de la percepción en obvio y está condicionado por la sucesión de imágenes, modos y maneras que ofrecen los personajes de la novela, también el paisaje y la arquitectura, el urbanismo y la decoración. La gastronomía, cómo no. Qué placer, lo sabía y ahora lo atestiguo.
+ Un recorrido previsible, traduzco con rapidez. He estado recolectando méritos para la plaza y acabo de leer la cita en la pantalla. Pronto iremos C. y yo a la parte de A Costa da Morte que no conocemos, que yo no conozco. Se suman realidades e ilusiones, alucinaciones quizá oasis en lo diario. ¿Son tan previsibles los recorridos? En cierta medida sí y en ello descanso, pero lo contingente acecha a la vuelta de la esquina. No creí que fuese a estallar la guerra en Ucrania. Me pregunto si he pecado de ingenuidad o me dejado arrastrar por los indicios que me llegaban desde los medios de comunicación; en cualquier caso, sí estoy seguro de que se escapa a mi capacidad la adivinación, pero no sólo a mí se me escapa. Me centraré en la lectura y en el próximo viaje, lo que llama en U.K. un mini-break.
+ [Mini-break]
+ Une haine absolue du monde en général, aggravé d’un dégoût particulier pour le monde moderne. Voilà qui résume bien l’attitude de Lovecraft [M. Houellebecq en H.P. Lovecraft / Contre le monde, contre la vie].
+ Hemos pasado C. y yo tres días en A Costa da Morte. El mar y su fuerza, la transición entre el campo y la inmensidad del mar me trasladaron a un estado de ánimo entre el asombro y la tristeza. Según el tiempo pasa, la inmensidad me condiciona y me obliga a inspeccionar el pasado, el futuro y evitar el presente. Como una cometa que sostiene en el aire, supongo que es una constatación de lo evanescente y frágil que resulta la vida. Todo cambia en un instante. Desde aquí vemos la guerra y no sabemos nada de ella, salvo las ráfagas que se destilan desde el teléfono o desde la radio. Yo sigo con mi letanía de indagaciones y no llego a ningún lado. Me condiciona la incertidumbre que la plaza me ocasiona.
+ Imagen: aquel mar, todos los mares.
sábado, 26 de febrero de 2022
Búsqueda y encuentro
+ Las horas que estuve en Madrid creí entender ciertos aspectos sobre el paso del tiempo, los proyectos y la brevedad de la juventud, la brevedad de la vida en sí. Como el espectador que soy, observé a los jóvenes caminar, reír y mirarse. Escuché entrecortadas conversaciones, maneras de creer en la inmortalidad y escenas de amor en los pasillos del metro. Todo lo que vi lo había vivido yo en su momento, ecos del pasado, esferas que se alejan, y nada me resultaba ajeno, pero, simultáneamente, nada me pertenecía ya. Me dije que yo no soy juez, ni tampoco parte. Solo un paseante por una ciudad que no es la suya. Un paseante con una misión y el paseo para él solo es una terapia previa a una prueba que se desarrolla en hora y media tras meses de trabajo. Así, veo y no valoro, esbozo un apunte del natural y me retiro; he adoptado esta posición con el paso del tiempo, en el trenzado de mi trayectoria vital. La biografía se desvanece en esta individualidad sumergida en los trayectos, los movimientos y la consecución de unos objetivos modestos y accesibles. Mi otro yo vio su reflejo en el espejo de la habitación del hotel, ambos se fundieron y yo conseguía llegar a un deseado y merecido descanso. Llegó el sueño. Yo soy un otro, me dije y quedé profundamente dormido. Por eso, el sueño es la imagen de la muerte.
+ Un artículo más sobre el determinismo. Se acumulan, los leo y sigo en la misma posición, que me disgusta pero que soy incapaz de abandonar. El carácter es el destino. Y se impone una cuestión de grados y modulaciones. No soy capaz, ¿todavía?, de establecer unos límites claros, una estructura de preguntas que planteen la razón de ciertos indicios. Lo intento una vez más y no hay más certeza que su búsqueda.
+ La coordinación se opone a la subordinación, ya que se da entre elementos de la misma categoría. La sintaxis como herramienta de medida para las relaciones entre personas. Herramienta, que no metáfora.
+ [Madrid]. Fui a la exposición de Picasso y no resultó ser lo que yo esperaba. Algunos cuadros y muchos grabados. Me dediqué más a ver cómo el público se entretenía con las obras que a ver yo los propios cuadros. En realidad la función de la visita era más terapéutica que contemplativa y surtió efecto. Me fui bajo la égida de la idea del genio y su obra, las suma de contradicciones entre el artista y el hombre. Hacía calor y Madrid se desvanecía ante mis ojos, un Madrid que ya no era nuestro, un Picasso que certificaba su calidad y abría cuestiones que no resolvería ese día, ni durante los siguientes; quizá, nunca.
+ Me he renviado desde el teléfono al correo un artículo sobre cómo desarrolla la lectura Michel Houellebecq. Un momento en que el acercamiento al escritor es notable. Reflexiono sobre ello. Un aliento de ciencia ficción y un análisis del presente desde un futuro próximo y netamente novelesco. Cuánto me gusta el ambiente que se eleva desde el libro, es una suerte de ennui altamente cautivador, al menos en mi percepción de mi propio gusto. Un gusto que se conecta con los ires y venires del yo. Y copio la cita en el siguiente párrafo, porque me identifico con el placer que reporta la lectura en los trenes, la obsesión por la lectura, ese destino.
+ “À l’opposé de ces conditions de lecture dégradées, je connais peu de bonheurs plus intenses (et je me suis souvent demandé si j’étais le seul à le ressentir) que celui de lire un bon livre, confortablement installé dans un train qui traverse un beau paysage. On plonge dans le livre, on s’y imerge complètement ; de temps en temps, on lève les yeux de ses pages pour contempler le paysage qui défile ; et on continue, on alterne les deux sensations, qui semblent se renforcer l’une l’autre, et on a envie que ça dure longtemps, toujours.”
+ Resumo lo anterior: qué agradable resulta leer en el tren, levantar la vista del libro y escrutar el paisaje, regresar a la lectura y entender que hay algo como una cápsula que nos arropa en esta operación. Lo suscribo en su totalidad. Así regresé de Madrid. 4 agradables horas de viaje.
+ Sigo con la lectura de la entrevista a H. y llego a un punto en que me doy cuenta de prefiero el libro impreso al libro electrónico, que considero el libro impreso como el verdadero libro. La materialidad del libro también es lectura y literatura. “… dans un sens, lire un livre médiocre, mais imprimé, qu’un des chefs-d’œuvre de la littérature, stockés sous forme digitale.” Así queda por hoy.
+ Imagen: equilibrio.
sábado, 19 de febrero de 2022
Paréntesis (y 18)
+ Llegó el momento de cerrar el paréntesis. Cuando esto se publique habrá llegado el día. Se publicará la entrada y yo comenzaré a prepararme para realizar el examen. Tras más semanas que las que han establecido los paréntesis, pero siendo estos el núcleo central de la preparación, esa totalidad se sumerge en la hora y media de transición hacia otro trabajo, hacia un anhelo que se debería ver cumplido por el esfuerzo pero que está, como tantas veces, con la inabordable fortuna. O tal vez debería escribir Fortuna. Ay, la Diosa Varia, cuánto en ti entiendo y cuánto soy incapaz de presentir, explicarme en estos momentos de espera. Todo acto da para un estudio de detalles y movimiento, no sería menos esta temporada. Reflexionaré mientras regrese y tal vez escriba algo en alguno de los papeles que duermen en la mochila, pero esto ya está escrito y permanece el tiempo que ha de permanecer.
+ Los libros me esperan, esperan por mí en su silencio eterno, en su silente capacidad de adaptarse al lector, a sus deseos y rechazos. Pensaré en el tren cada una de las lecturas pendientes, en la importancia de acercase a ellas con ilusión y sin esperanza, descubrir en esos pliegues realidades que me son tan cercanas como desconocidas. No es momento de acudir a citas pero sí a fragmentos musicales que en su verdad abstracta contengan el momento que me embarga: la necesidad del tránsito de lo posible a lo certero, de la potencia al acto. Un momento de respiro.
+ La primera hora de la mañana del martes, llueve levemente y no hace frío. He escuchado en la radio matices sobre la ultraderecha, sobre la disolución de un grupo de punk-rock patrio de los años ochenta, sobre los vientos de guerra que llegan desde el Este. Yo tengo mi particular preocupación y el mundo gira, el individuo apenas es nada. Veo mis libros y me reconozco en ellos, a través de etapas vitales y de cumbres y hondonadas que fueron relevantes y hoy son un recuerdo, ese punto donde nos convertimos en extraños. Pienso un poco en lo que escuché en la radio mientras hacía ejercicio en la bicicleta estática y veo en ello la espuma de los días que cuajará en ese bloque que es la Historia. Veo una foto de Schelling en el teléfono y bajo su rostro se expande una poderosa frase sobre la Historia. Ahora me veo lejos de todo eso, pero pronto regresará esa dolorosa reflexión, la reflexión sobre el tiempo, los hombres y sus acciones, sus hechos, su inacción o la brutalidad. Primera hora de la mañana, otro día que se va: me molesta mucho de la prueba su potencia metafórica, pero la vida no es otra cosa: el paso del tiempo y su inaplazable destino.
+ Es miércoles y continua esa lluvia leve y cristalina. Los gatos se refugian donde pueden y yo comienzo a sentir la presión de la prueba. Dejo todo a un lado y comienzo a escribir con la esperanza de que surta efecto la medicina que en sí contiene todo proceso de redacción.
+ Sí, surte efecto y cierro ya hasta el regreso.
+ [Cierro el paréntesis 18 y con ello esta serie]
+ Imagen: el no-lugar como principio metafórico.
sábado, 12 de febrero de 2022
Paréntesis (17)
+ Algo de Jorge Guillén en la última hora de la tarde en este primer día de vacaciones, este jueves de febrero. Una conversación telefónica, unos mensajes en la mensajería instantánea, un Pdf que descargo, leo y guardo porque me parece que me será de utilidad en un futuro breve, unas semanas que pasará, ay, rápido. Me detengo y estudio los lomos de todos estos libros que he ido acumulando a lo largo de los años y se establece un extraño puente con los verso que acabo de leer. El teléfono reposa como cartílago negro, oscuro y expectante, en su duermevela. El ordenador me sirve para escribir y para viajar por mundos que no me pertenecen y que solo me interesan durante un instante. Ay, los bolígrafos agotados, los lápices, la manía del subrayar y resaltar con colores fluorescentes, todo ello soy yo, pero también otras razones y rasgos que se emboscan el olvidos cotidianos. Ahora soy el que escribe y, qué bien lo sé, es una manera de no ser.
+ Sólo falta un paréntesis, el número 18.
+ ¿Habrá un número 19? No resulta improbable su existencia. [Si esta entrada tuviese un título sería este: palacios del olvido]
+ Vídeos que se ven en el inicio de la noche, un tanto absurdos, un tanto descriptivos del momento presente. Esa invocación a lo extraño de “el tiempo que nos tocó vivir”, como si otro tiempo no lo fuese, como si vivir en sí mismo no fuese algo extraño. Me siento ajeno a estas cuitas y me refugio en el sueño, el sueño reparador producto del trabajo intenso y bien hecho. Los ecos de otros tiempos se han acallado, qué gran remedio es la tarea cumplida, qué medicina prodigiosa. Comienzo en día en la bicicleta y termino el día en calor de la cama, con todos los pasos previstos bien cumplidos. No hay otra poesía y, así, en la radio oigo invocar la muerte como todo tema de cualquier poesía, qué descubrimiento.
+ Pronto se cerrará el paréntesis.
+ Imagen: esta imagen complementa a la de la semana anterior porque forma parte del mismo recorrido, la misma secuencia. Paisajes en el olvido, palacios del olvido.
sábado, 5 de febrero de 2022
+ Paréntesis (16)
+ Por razones que no vienen al caso, he estado revisando planos y fotos aéreas de los años cincuenta del pasado siglo. También tuve ocasión de ver documentos de deslindes elaborados en ese tiempo, documentos que se hacían a mano y con una caligrafía excelente, que ya no se estila. En realidad, esa sensación de asomarse a otro mundo no es correcta, pues en realidad se trata de un reflejo de este momento en que vivimos porque la primera sensación de extrañeza, luego diluida, dio paso a la constatación que todo es materia del recuerdo, con el agravante de la nostalgia. Hoy repaso textos e informes digitales y, ahora veo, que discurren por el mismo camino. Esa suerte de poso que se resuelve en estratos, una fosilización que conduce a todo presente a su inestable lugar en la Historia o en la historia. Cierro el ordenador y dejo la mente en blanco, todo tiende a ocupar su lugar necesario.
+ Quedamos a medio camino, en un bar de carretera, uno de esos lugares donde se dan comidas al medio, cafés y partidas de dominó por la tarde y unas cenas animadas con baile a la noche. Reinaba la tranquilidad, levemente interrumpida por el rumor del tráfico. Hablamos durante casi una hora sobre asuntos de trabajo y convenios colectivos, los inconvenientes y las ventajas de tener una jornada laboral vespertina. El café, la conversación, la temperatura, todo resultó adecuado. Nos despedimos y cruzamos aquella minúscula región que no merece esa etiqueta pero que a mí me gusta denominarla así, mejor que sector [que es lo que corresponde]. Revisé la documentación que me prestó para el examen y me di cuenta de que la amistad brota insospechadamente. Afinidades electivas, me dijo no sin cierta pedantería.
+ Reservo Anéantir para el regreso de Madrid, cuando ya el examen haya pasado. He dejado la novela sin desempaquetar en el dormitorio y observo el celofán que la protege, la elegancia de la materialidad del libro, la tipografía y la promesa que esconde. Así, ahí duerme, a la espera. Necesaria espera.
+ La política me resulta extraña a pesar de que mi posición está clara. Me resulta extraño todo aquello que no alcanzo a ver. Se trata de que estamos ante la pantalla, ante la escenificación en el escenario pero no alcanzamos a ver lo que detrás sucede: guardarropía, camerinos, maquillaje, ensayos, repartos, adaptaciones del textos, directores o iluminadores, y un etcétera paralelo que se extendería en exceso. Vemos las intervenciones televisivas y vamos a votar, tomamos una posición y leemos una declaración en un periódico digital, sospechamos algo y nunca tendremos la posibilidad se saber hasta que punto esta sospecha tiene una razón lo suficientemente sólida para transformarse en certeza. Así, toda esta reflexión viene de estos días donde, a la noche, C. y yo vemos Baron Noire. Y me preguntó, ¿es así? y C. con muy buen criterio me responde: es peor. Sin duda.
+ He visto, entre visillos, las costuras de la pequeña política local. Esto me da un instrumento de medida y comprensión. Coincido en intuiciones e indicios que la serie me envía. Sí, así es.
+ Me resisto a aceptarlo, pero el tema es la política en sí, y tras ella la ambición. Sigo con la estela determinista que implica la imposición de una personalidad, su soberanía y sus miserias, la imposibilidad de sustraerse a eso que uno es. La política cuando es observada en detalle, aunque sea desde lejos y con una información tan sesgada como defectuosas, da una idea general de la soberbia, de esa victoria y derrota de los modos y costumbres; como si de una definición se tratase.
+ Hace tiempo que mis ideas sobre qué es arte y qué no es arte las guardo para mí y para los míos. Hoy se cumplen cien años de la publicación del Ulises.
+ Imagen: playas en invierno, ¿una serie?










