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sábado, 28 de febrero de 2026

Helleborus [eléboro]


 


+ Hago fotos, las archivo y, al cabo de los meses o de los años, las recupero. Invoco aquellos momentos y regresan al olvido. Movimientos que no implican otra cosa que el moviendo en sí mismo. Los trabajos y los días.


+ Un aliento de frivolidad, superficial y prescindible. El tiempo nos arroja juicios que ignorábamos.


+ He indagado en la vida de una estrella de rock menor que confiesa en sus memorias que su mayor problema han sido sus adicciones, también relata los problemas económicos por los que ha pasado en los últimos años. También, he buscado datos de un estafador a raíz de una noticia en el periódico. En ambos casos se aparece la ciudad de Madrid, lugares por los que he transitado, bares en los que he tomado café, plazas o calles, barrios y estaciones de metro. El cantante tiene su brillo y su vida, quizá, merezca esa novela que yo no escribiré. El estafador, también. Las novelas están al alcance de nuestra mirada: personajes y escenarios. Pero sobre ambas realidades el dinero parece imperar. El dinero como motor y freno de la vida. Lo pienso y pienso en todos los fracasos económicos que he visto y que han actuado como una vacuna o antídoto: vidas que me han mostrado una sima de la que huir (pequeñas dosis de veneno que previenen del veneno en sí). En fin, la vida.


+ La novela en sí, principalmente, requiere, en primer lugar, una estructura. A partir de ahí, todo.


+ Canciones que se lleva el viento, monedas que brillan con el sol de otoño, la mano del vagabundo, la sonrisa de la niña que espera su turno, el perro que se sienta, la lluvia y el sol, las canciones de Radio Futura, el ritmo y el silencio, una guitarra, el metrónomo, el abrazo y el cuerpo amado, la rutina y su ruptura, Madrid, un Madrid que hemos construido a lo largo de cuarenta años, en la distancia, canciones de amor, canciones y olvido, llamadas telefónicas en la noche, trenes nocturnos, el último viaje del Rías Baixas, los documentos y los monumentos, la historia y su olvido, la rápida carrera de un corredor, trajes oscuros, vaporosas bufandas en el otro lado del río, una pizca de absurdo, las derivas de las obligaciones diarias, el dolor que produce la escritura, las curas que precisa la escritura, leer y dormir, el sueño, he aquí el resultado de una vía: nada, canciones que olvidé y en su momento fueron casi un credo, todo se desvanece. Madrid, otra vez queda atrás.


+ Por razones que no vienen al caso, he acudido a la obra de Saavedra Fajardo República literaria en la que encuentro un juicio que considera que a los libros de política como “dañosa mercancía”. Poco antes había leído un artículo que contenía las cuestiones que Podemos arguye para no integrarse en una posible, o imposible, coalición de izquierdas. Después reviso algunos tomos de ciencia política que me resultaron totalmente decepcionantes. Vanas y obvias explicaciones, vacías y ruidosas como un sonajero o una maraca. Tanto explicar, nada encontrar. Finalmente, concluyo que hay una cháchara muy peligrosa, que quizá sea la misma de la que habla Diego Saavedra Fajardo y que perdura a lo largo de los siglos. Ay, los politólogos charlatanes cuanto mal ocasionan. Al tiempo, otro artículo que ofrece una pincelada estadística dice que ni con la unión lograrían sumar los escaños suficientes. La rendición no cabe. Ni el desánimo. El día muere. Mañana en Madrid. A la vuelta, veremos.


+ La cita completa: “¡Oh libros, aun para reconocidos peligrosos, en que la verdad y la religión sirven para la conveniencia! ¡Cuánta tiranías habéis introducido en el mundo y cuántos reinos y repúblicas se han perdido por vuestros consejos! Sobre el engaño y la malicia fundáis los aumentos y conservación de los estados, sin pensar que pueden durar tan poco sobre tan falsos cimientos.” De eso se trata, de la conveniencia, nunca de otra cosa, y, como se ha repetido tantas veces, el papel todo lo aguanta, pero cuando el proyecto llega a su ejecución y aparece la construcción y esta se desmorona cuando el viento sopla, se precisa una explicación y si esta no satisface a nadie, salvo al que a sí mismo se escucha, la cita cobra sentido. Veo yo a los falsos profetas, a los intrigantes aduladores, a los peligrosos consejeros. En fin, ¿está agotado el ciclo político? Quién sabe.


+ “Campos de eléboro”, leo e la República literaria. El eléboro es una planta que contribuye a aumentar la memoria, pero, cómo no, tiene un peligro: es muy tóxica y las dosis deben administrarse con prudencia. La unión entre memoria y locura es un tópico. Demasiada memoria resulta pernicioso y el olvido, en muchas ocasiones, es deseable. Lo dejo aquí. La lectura República literaria de Diego Saavedra Fajardo ha deparado ideas y momentos punto más que interesantes. Insisto, la poca pertinencia de los muchos libros y la necesidad de un escrutinio se unen a las cualidades y los peligros del eléboro. Lo recordaré, tanto lo uno como lo otro. 


+ [Viaje a Madrid]: Me quedo, finalmente, con la exposición de Juan Uslé en el Reina Sofía. La coherencia y la depurada técnica se unen para realzar la condición expresiva de la pintura que hunde sus raíces, en mi percepción, en recuerdos entrevistos de un tiempo donde la intuición reemplazaba al conocimiento y, ante su pintura, se confirmado lo acordado de la propia intuición. La fotografía de Uslé también contribuye al proceso de establecer la calidad del espectador (yo). Por otro lado, he visto soberbia y humanidad, hemos viajado en metro y hemos caminado mucho: en tiendas y en bares he visto una cosa y la otra. Es lo humano, así de complejo. Dibuje y, por primera vez, rompí una hoja: no me gustaba lo que había hecho, no pasa nada: siempre hay una primera vez. El tren fue un complejo y aglutinante medio para reunir y ordenar las piezas del viaje; me leí de cabo a rabo El País. Queda un grato recuerdo de Madrid: fuimos felices en nuestra alegría.


+ Imagen: puerta y muros. [Madrid].

sábado, 22 de noviembre de 2025

Tiempo

 


+ Un viaje que trae consigo olvido y tristeza. El paso del tiempo, su huella en las personas, en los edificios. No hay voluntad, una ceguera. El tiempo. Todo permanece en el recuerdo. Me alejo y la tristeza persiste. No hay otra cosa que la serena certeza de caducidad. El paso de los años. Vuelvo la vista atrás y veo lo que sé que habría de ver. 


+ Fuimos a la segunda de Mahler. Todavía no me lo he explicado y persiste su influjo. En algún lugar leo que la pregunta de la obra es si hay vida tras la muerte. Yo sé que durante la interpretación de la obra el tiempo se suspendió. Me embargó la idea de impermanencia. Terminó la segunda de Mahler y ya no llovía. El público, a la salida, se arremolinaba en la entrada del metro. El viaje subterráneo, los rostros de las personas, el regreso a la superficie. Todo parecía encajar con extraña perfección. No es otra cosa: el vuelo del tiempo.


+ Como un futuro no previsto, así vague por la calles de Madrid. El primer día, visité el Prado yo solo y allí volví a ver cuadros con los que he establecido una relación íntima. El segundo caminamos juntos y fuimos al cine. Un entretenimiento. El tercero, una obra de teatro que no me gustó. El lunes, caminamos mucho y sentí el tacto de las palabras, una medicina, un ensalmo, el reverso del tiempo. El tiempo, me dije, es el tema. De regreso a Galicia, pensé en el paisaje, en los amigos, en los sueños y en la posibilidad de permanecer silenciosamente, con la mirada suspendida, sin pensar en nada, en absolutamente en nada. Es cierto, dibujé cuatro escenas urbanas y un interior: el Museo del Prado,  y fue suficiente. Los dibujos son una imagen de la muerte, también.

 

+ Imagen:  esos pasadizos futuristas que hablan del pasado, del presente y del futuro, que se repiten secuencialmente como se repiten las estaciones y las edades. Vale. El orden de las transiciones.

sábado, 1 de noviembre de 2025

Forsan et haec olim meminisse iuvabit

 



+ Extrañas citas que me llegan sin desearlo. No sé a qué atenerme. Dedico un instante a la reflexión y no digo nada. ¿El silencio es una decisión o una muestra de la falta de sangre en las venas? No le doy importancia porque yo no quiero responder. Sé demasiadas cosas como para expresar mi rechazo. Es un truco que aprendí hace no demasiado: el silencio ante los terraplanistas es aplicable a muchas otras necedades, incontables necedades. Este es mi silencio. Leo, otra vez, la cita que ha puesto en su perfil y creo desvelar ciertos secretos, pero no es así. En realidad he recompuesto las piezas y me he aproximado un poco más a la totalidad, su totalidad. Lo dejo a un lado. No tiene importancia.


+ Estampas de la gran ciudad: obras, autopistas, aeropuertos, el metro, taxis, calles desiertas, calles abarrotadas, tiendas y bares giratorios, discotecas y pubs elegantes, decadentes, miserables. Todo lo recuerdo y nada olvido. Acabo de leer un breve texto de un escritor que en otro tiempo me gustó mucho . No leeré otra vez sus novelas, no quiero correr el riesgo de una decepción o de que regrese un transido entusiasmo. El gesto de una mujer con falta muy larga que apoya su pie en una pared para atar los cordones de sus zapatillas de baloncesto verdes: estudiar el gesto desde la anatomía y conformarse con el esbozo que se hace mientras todo se desvanece. Ese extraño erotismo que es suponer una vida, encajar en la suposición el amor y el deseo. Estampas que no olvido. La mujer que llora en el metro como si susurrase, nadie le dice nada, yo tampoco. En el metro otra vez, alguien ofrece pañuelos de papel mientras enseña la llave de una casa que dice que acaban de embargarle, nadie le mira y él pide que le miren a la cara, una mujer le da una moneda y él le ofrece el paquetito de pañuelos de papel, ella rechaza los pañuelos y le desea suerte al hombre. Desayuno tres días en el mismo bar, pido, los tres días, la misma comanda, veo que hay rostros que se repiten, otros no, no creo que haya un significado oculto en estas simetrías. Una pensión cerca del corazón de la ciudad: largos pasillos, puertas cerradas, la decoración extraña de las pensiones, algo humano, algo impersonal, célebres cuadros en formatos muy reducidos, un llavero con tres llaves: la del portal de la calle, la de la puerta de entradas, la llave de la habitación. Veo la televisión a oscuras. En la calle hay una manifestación. Rostros, animales de compañía, ropa de deporte, canciones que ya no recuerdo y alguien las silba mientras pasa delante de mí: estoy sentado en un banco y observo. Una lámina de agua muy brillante, un hombre vestido de verde y amarillo riega los árboles, no hay ruido alguno. Paseo y veo una placa: consulto el teléfono y veo que aquí asesinaron a un hombre de treinta y cinco años, soltero. Volvía de hacer deporte. Yo no olvido, fue ETA: qué miseria. Cerca hay otra placa: una mujer de setenta y dos años volvía de una celebración, la alcanzó una bomba, murió. Queda la placa. Todo se olvida, me digo y sigo el paseo sin poder dejar de pensar en aquellas vidas quebradas hace cuarenta años. Quizá son más de cuarenta años. No lo sé. Ya nadie se acuerda. ¿Alguien se para en estas placas? La vida no admite definiciones. La muerte cesa todo intento de definir la vida. Demasiado amplio todo para un instante. El metro una vez más y hay otras historias que prefiero dejar a un lado. Quizá en otro momento. Hoy no. Son las estampas de unos días que estuve en Madrid. Son asunto que poco a poco olvidaré. O tal vez no.


+ No es verdad que el buen paño en el arca se venda. Hoy menos verdad que nunca antes. Lo que no implica calidad, ni bondad, ni un posible optimismo.


+ En uno de los cuadernos de Luis Rosales me encuentro con la cita en latín:  «Forsan et haec olim meminisse iuvabit» se traduce con un significado similar a "Quizás algún día nos acordemos de esto con alegría" o "Tal vez algún día nos plazca recordar estas cosas”.  Gobierna el afán del día la posibilidad que abre, a modo de cura, a modo de táctica en el conjunto de la estrategia. Un día recordarás esto que te causa dolor con cierto agradecimiento: soy el que soy por aquello que fue. El afán del día de hoy es este.


+ Imagen: tres momentos: la pensión y la pintura simétrica [la reproducción del cuadro de Murillo que encuentro en el pasillo de la pensión habla desde el pasado y ofrece una visión que nos desarma, esa es la duplicidad o simetría], la calle y su expresión plástica que tiende a lo espontáneo [carteles que anuncian diversas noticias y convocatorias, el perro impasible que corona el conjunto, se conforma una inveterada expresión artística: la necesidad de ser y ser escuchado y el arte se destila de esta casualidad], el metro [la soledad, lo actual y la fugacidad: el tiempo se hace carne es su fluida realidad].

sábado, 11 de octubre de 2025

Le flâneur

 


+ Escucho, en el reproductor en línea, a Miguel Sánchez-Ostiz leer un fragmento de su dietario de 1995. Me quedo con la idea del naufragio y el no saber a dónde de se va. La escritura de los diarios que tienen por objetivo su publicación tiene algo de puesta en escena, un aderezarse en trucos y emboscaduras. He escuchado a M.S.-O. con interés. Me intereso, así mismo, por su libro La negra provincia de Flaubert, que  es más el interés por el título que ninguna otra cosa. No poca cosa, me digo. Y sigue la tarde en su órbita.


+ El bosque, árboles. El monte, árboles esparcidos y otras cosas. No sé. La división entre una realidad y la otra tiende a unos límites imprecisos, pero el bosque se impone magnánimo. Un capricho, solamente.


+ Veo unas fotos y un texto de Sophie Calle en una revista antigua. La revista se acerca, o sobrepasa, ya, los treinta años. Los años noventa, me digo. El Europeo. Es antigua, pero no ha envejecido y mantiene un aliento de actualidad. Reflexiono sobre el texto de S.C., sobre los días que pasé en Madrid, sobre las tareas y su resolución. Esa felicidad que produce rematar bien las tareas, por una parte. Por otra, la suma de conversaciones, paseos y desplazamientos, clases y reuniones informales y productivas. Vuelvo a S. C. y me doy cuenta que hay una serie de intereses que se han mantenido a lo largo de los años. Antes no, pero ahora sí lo comprendo: ciertos meandros me han conducido hasta donde estoy. La travesía es un relato. Todo narrar es un viaje. Llegué a Madrid un domingo y regresé un viernes. Llegué a las dos y a las dos me fui. Ese arco. Los cuerpos, las voces, la silueta de los cuerpos. Una definición que no se deja atrapar. El texto de S. C. habla de matrimonios, divorcios, encuentros y despedidas, Paris o Nueva York, por ejemplo. El aeropuerto de Orly, una avenida sin nombre, el filo de una foto en blanco y negro. Todo deviene en una escritura automática, la que se desliza de las sugerencias que ofrece el tomar de una estantería la revista de la que me había olvidado. Se trata de eso: pasear sin rumbo ni propósito. Je suis le flâneur.


+ La rutina desdibuja el peso de los gestos y el movimiento de los cuerpos. Las personas pierden su sustancia, se diluyen en un gris extraño y profundo. Bastan unos días fuera de los días de trabajo, con sus ritmos y sus pausas, para volver a ver lo que ya no veíamos. Lo decía David Hockney: el mayor espectáculo es ver a las personas en su desarrollo diario. Lo suscribo. 


+ “The idea that figure painting might disappear has always seemed naive to me. The most interesting thing we see in the world is another human being." David Hockney.


+ ”Other people fascinate me, and the most interesting aspect of other people— the point where we go inside them— is the face. It tells all.” David Hockney.


+ Con esta idea implícita fuimos a París y allí nos encontramos con esto que el pintor manifestó en su momento y hace un poco copié. 


+ Imagen: fruto de la casualidad es el recorte. Recorto un pequeño fragmento de una foto y aplico una serie de efectos. Queda lo que queda. Un baño de irrealidad. Como el paseo mismo, como la observación misma. 

sábado, 4 de octubre de 2025

Sin indicaciones (29)

 


+ Las pruebas médicas son balizas en el camino. Separan la rutina de una posible excepcionalidad, pero hemos aprendido a construir cajas herméticas. Ay, las cajas herméticas, qué bien funcionan. El instante eterno, me digo y continuo con la escritura, a la espera de que llegue la noche y pueda leer alguna cosa suelta, algún fragmento que me aleje de la investigación y sus incertidumbres. Cuando llegue a la prueba, esa es mi intención, estudiaré con milimétrico ánimo el escenario, las posibilidades pictóricas, pero no me apartaré del verdadero propósito de la cita: descubrir si algo se esconde, o no, en la oscuridad del cuerpo. La oscuridad del cuerpo, ese sintagma.


+ Próximos viajes a Madrid. Iré, por motivos distintos, dos veces a Madrid antes de que termine el año. No tiene mucha importancia. Antes era distinto. Nos acostumbramos. Hoy intenté hacer un recuento de las veces que he estado en Madrid y me ha resultado imposible. No tiene mucha importancia. Algo que se desliza, un error en la memoria, paisajes, anécdotas, conversaciones. El aeropuerto, la estación del tren o la estación de autobuses, el metro. Rostros indefinidos. No tiene mucha importancia. Retomo el hilo. Antes de que acabe el año iré dos veces a Madrid [de hecho, cuando esto se publique, la primera estancia se habrá terminado]. Largos paseos por calles y parques, las avenidas y los monumentos. Todo se aleja y algo queda en el aire. No comprendo. Me dejo ir y no pienso mucho, eso he ganado con los años. Una reverberación en la última hora de la tarde. Ya está preparados los billetes de tren. Leeré y espero trabajar en la investigación, que no es una investigación sobre le mal, sino sobre la lectura de un poeta. Empresa imposible. Calles. Agenda. Bibliotecas. Mapas. Ocupaciones. Todo me hace olvidar esa condición mortal que me embarga. Soy yo y mi tiempo, limitado y precioso. 


+ Hoy de refilón le vi y él me vio. Me reconoció y yo a él lo reconocí. Bien. No nos saludamos. La última vez que hablé con él fue en un garito de ultimísimas horas, en avance de una ebriedad desaconsejable. No hay que pensar mucho. Veinte, treinta años, tal vez. Me confesó, en aquel momento, su ambición más firme: dinero. Se casó bien. Lo último es una suerte de expresión un tanto desagradable, pero en su léxico encaja perfectamente, supongo hoy, supuse ayer. Ha hecho dinero y eso se refleja en su atuendo, de un gusto pasado de moda y un tanto preppy, en sus coches, en su moto, en la localización de su vivienda, junto al parque principal de la pequeña ciudad [La negra provincia de Flaubert, es el título de un libro de Miguel Sánchez-Ostiz que me viene al pelo], hermosas vistas, suelo de mármol y cuadros con firmas destacadas de la remota región de los ríos y la lluvia, cuadros que están perfectamente ubicados: siempre dentro de un realismo sin escorarse [en la conjetura flota una afinada certeza]. No nos saludamos, yo no tenía ganas, él no lo sé, pero supongo que tampoco. El tiempo cubre de una capa de polvo y oscuridad hechos del pasado. A veces emergen. Hoy, ya no. Mejor así, para todos.


+ Lo reconozco: no evité su mirada y, luego, torcí la cara. No es mala educación, es la moneda falsa y la moneda buena en carne mortal. La moneda falsa desplaza a la buena.


+ Imagen: Un cierto desorden; así, estos días: acumulaciones caóticas que se resuelven en un sistema de mínimos y máximos que termina por darle sentido a las tareas. Así sea.

sábado, 21 de junio de 2025

Dos días y medio en París: “End Bossiness Soon”

 


+ Tres días pueden resultar escasos o una eternidad. Esta idea me viene desde la lectura de Ébano de Ryszard Kapuściński. La lectura del libro llegó a raíz de un comentario en alguna red social de un antiguo compañero de trabajo, un informático que lee libros interesantes. Yo tenía un ejemplar de Ébano y sabía exactamente donde estaba. Nos fuimos a Paris con un propósito claro, del que en breve daré breve cuenta, y me pareció una buena compañía para el viaje relámpago. En el aeropuerto Saa Carneiro, el aeropuerto de Oporto, comencé la lectura. En los primeros compases se realiza una apreciación sobre el tiempo que yo llevo incubando desde hace unos meses: el tiempo no tiene porque estar necesariamente contenido por la dictadura del reloj. Hay un punto donde los africanos esperan en un estado de casi hibernación, absortos, hipnóticos, y no es una espera sino el apagamiento que se produce hasta que la seña se muestrasl: el acontecimiento, que no necesariamente responde a un horario (el autobús partirá cuando esté lleno, y no a una hora determínala, y así todo, apunta, más o menos Kapuściński). Por eso digo que el tiempo pasado en París no es tanto el que marca el calendario, sino el que hemos construido C. y yo en los aledaños de Place de la Nation, con las conexiones en metro, con la contemplación de la pintura, con el estudio de los atuendos, maneras y caminares, lentos, apresurados, elegantes, torpes o neutros. Como lo perros, como los gatos, que pueden estar horas sin moverse con la vista fija en una tapia, en la hierba, en un árbol. Sin más, ese tiempo que moldeamos en nuestro beneficio: tres días en París, que bien pudieron ser tres meses. La importancia se la otorgamos nosotros, no la acumulación de trofeos turísticos.


+ ¿Viaje o turismo? Hemos viajado porque teníamos un propósito. No hemos sido turistas: por nuestro atuendo, por nuestro propósito. El propósito, bien cumplido, fue la visita a la exposición de David Hockney en la Fundación Louis Vuitton, David Hockney 25. Sin más.


+  “End Bossiness Soon”: que el autoritarismo se termine pronto. Este es el lema que luce David Hockney en un chapa de su solapa en su autorretrato más reciente, donde ya la decrepitud anuncia el final. Y es comprensible y de plena actualidad. Ajustado a su momento, a nuestro momento. Me conmueve el cuadro por su significado, esa lucha porque la vida tenga sentido mediante la pintura y el trabajo, con la búsqueda de la celebración de la misma. Lo comprendo, sin más. No es necesario un escolio.


+ [Frédéric Chopin: 21 nocturnos interpretados por Thomas Schwan]. La música recoge algo más que un estado de ánimo. Se trata de un contexto. Lo fluido, lo maleable, una idea de Romanticismo, lejano, pero recuperable. El decorado termina por imponerse. Tras la visita a París no ha habido cambios, pero es de esto de lo que se trataba. De una permanencia que hoy la música alberga. Música escogida para este momento. No producen ya los viajes melancolía, se atraviesa el tiempo y se llega al punto del que se había partido sin esperanza, sin miedo. Qué de una vez se termine el autoritarismo, esa es la extensa lección.


+ La afirmación de D. H. me concierne especialmente. Quizá la brutalidad que nos acecha no sea nueva, sino que simplemente se viste de un ropaje renovado, un atuendo tecnológico, pero siempre ha estado ahí y ese autoritarismo que nos acecha debe finalizar. Quizá sea una imposición y las vías de desarrollo de la tecnología tendrían que ser otras, más humanas, más amables, pero, veo yo, llegará un momento en que el ajuste será insoslayable y en ese momento se repondrá el equilibrio, un frágil y delicado equilibrio, el equilibrio que hoy se ha visto subvertido. En este tiempo de neo-fascitas y neo-rojipardos debemos confiar en lo que la pintura de D.H. nos transmite: la celebración de la vida. De ahí la importancia de los dos días y medio en París o tres días en París (como se prefiera), esa velada visita a D.H., también algunos queridos pintores del Louvre.


+ Ay, la pintura:  nuestra conexión, nuestra comunión con esta privilegiada forma de comunicarse. En lo más alto de las formas de arte: la pintura, junto a la  la poesía y a música. 


+ Imagen: esos objetos baratos y kitsch que nos ayudan a entrever un universo, a simular una elegancia que establece distancia con el presente, una elegancia que no existe: y mejor así. [En París].

sábado, 30 de diciembre de 2023

Psicopompo

+ [Psicopompo: entidad que en las mitologías o religiones tiene el papel de conducir las almas de los difuntos hacia la utratumba, cielo o infierno]. Aquí incluiría el avión, como animal mitológico de nuestro presente, presente que se remonta a los años sesenta del siglo pasado, pues al Boing 737 me refiero. Sea.


+ No sé si Madrid es la ultratumba, pero a veces sí me lo ha parecido. Por ejemplo, cuando subo al metro en las horas punta, tanto a la ida como a la vuelta del trabajo. Los rostros fijos en la pantalla del teléfono, las caras serias, ausentes, una cierta resignación, un cierto desapego. No me hago preguntas. Llevo la música barroca en mis auriculares. La música proviene de una emisora francesa que no tiene ni comentaristas ni publicada, sin tengo una duda consulto la pantalla. Sonaba Bach. Fue entonces cuando me sentí lejano y diferente, se acentuó mi condición de observador, pensé. Sí. De eso se trataba y no lo veía como un rasgo de superioridad, sino que se trataba de una línea paralela, ajena a aquella realidad del commuter. Yo, aunque en apariencia sí, era ajeno a todo aquello. Mi viaje no era de ocio, pero carecía de premuras y urgencias. Pensé en la fotografía, en la pintura, en la descripción de la escena. Pensé en la sociología, en la política o en el urbanismo. Pero no pensé en la religión, pues en ese momento, y a riesgo de equivocarme, me pareció superada. La ultratumba, me dije. No es el infierno en vida, pero tampoco el paraíso. El sentido de la vida no cabe en este vagón. Todo está en suspenso, el no lugar y el no tiempo. La desconexión certifica la realidad cotidiana. Yo no soy nada, no soy nadie. El avión me ha traído hasta aquí y la ciencia ficción es esto: la anulación, la anomia, el cansancio. Pensé en el avión, en mi libreta de notas y en la tarea que debía acometer. La mitología me ayuda a comprender donde estoy, pero no me da respuestas ni soluciones. Tampoco las busco. El convoy de metro sigue su camino hacia el centro.


+ Dentro de ese mundo estaba la Biblioteca Nacional de España. Rimbombante. Maderas nobles, mullidas moquetas, brillantes herrajes de latón o bronce.  Grandes lienzos con escenas históricas, confort, un ruido blanco que invita a la concentración, mullidas butacas, pupitres inclinados, con su luz roja para los recados, con su flexo de perfecta iluminación. Un techo tan alto, una luz mortecina y perfecta. La lectura, las notas, el latido de los tiempos eternos. No estaba solo, conmigo vibraban todos los que fui. La vida convergía en aquellos instantes, en un perfecto equilibrio, el balance entre las ambiciones, las derrotas y los triunfos. Por un momento, todo daba igual, solo contaban aquellos libros, las notas en la libreta que a tal efecto tengo, el bolígrafo, el portaminas, la libreta de los dibujos, con sus tapas rojas. Los ritos cimientan los trabajos y los días. Vale.


+ Los mundos contemplados lo son en función del espectador, del observador. Yo soy el que los crea. Así, cuando compongo un cuadro que nunca se pintará, elijo personajes y descarto posibilidades, estoy en plena construcción de la visión. La visión se acrecentó los días de Madrid porque me vi sumido en una extraña catarata de nervios y expectativas, que terminó por pasarme factura. El orden, la organización y la estructura constituyen la esencia, aunque no sean visibles y yo rompí mis lazos con esa realidad. La realidad de la estructura. Eso fue, y no otra cosa, lo que me derribó. La visión de mí mismo mientras me desmayaba me llevó hasta el núcleo de la muerte. Entendí que me podría haber muerto y el proceso hubiera sido el mismo. Resucité. Vi los rostros de dos hombre trajeados y con corbata que me auxiliaron. Aquel pasillo inmenso y desangelado. Era la vida, otra vez, y yo dormía plácidamente. El sueño es la imagen de la muerte. En ella me encontré sin reflexionar demasiado. Extensa carreteras bordeadas de bosque de coníferas, cabañas en el centro del bosque, jugadores de tenis que se habían retirado a esa inmensidad, la línea clara, poemas que recuerdo, poemas que no olvido, la mano amiga, la voz del jugador de póker, el silencio del bosque, un pájaro que cruza sobre los árboles, un ave de presa, el coche se desliza, siento frío, el frío del invierno. El frío de la muerte. Pero resucité. Vi la plaza de toros, sentí dolor por los animales maltratados, subí la cuesta y era yo otra vez, pero más viejo. La edad se refleja en nuestro rostro, más tarde: en nuestra voz. Me cedieron el asiento en el metro y me hizo gracia, por primera vez me cedieron en el asiento.


+ Ha pasado la mañana con la resolución de gestiones. Papeles, correos electrónicos, errores y enmiendas. Alguna opinión que vuela a la hora del café. Juicios. Una noticia que leo y olvido. Hay una retórica que le da sentido al discurso, es la retórica misma, el fin es el discurso. No me parece mal. No estoy yo para elegir, lo que me dan lo tomo y lo valoro. La justa medida. No mido, observo. Otros miden y yo me alejo. En la primera hora hacía un frío provocado por la humedad. La presiento. Crece y se resolverá en lluvia intensa. La lluvia no me gusta. Es la incomodidad. Si estuviese todo el día en cama, si la única obligación fuese el perezoso placer de la lectura. No es así. Luego el ambiente se templo y había silencio, un silencio confortable. Llegaron noticias del avance de la gripe, que los servicios de urgencia están al límite. Alguien me comentó algo sobre los problemas de los coches eléctricos. Leí una noticia y entendí que el redactor no sabía mucho del tema. Conocer los límites ayuda. Las horas pasaban sin desmayo. Llegó el momento de apagar el ordenador y regresar a casa. Estaba cansado y no había razón. El clima me mata.


+ Ha regresado la lluvia. 


+ Imagen: Recortes, sombras, un reflejo. La tarde de noviembre es luminosa. Vale.

sábado, 23 de diciembre de 2023

Sin indicaciones (12)



+ Quizá en breve regrese a Madrid. O no. En el momento en que esto escribo no es una certeza, sino una posibilidad. Ha resultado imposible no realizar planes en este previo. Una lista de tareas, de trabajos, visitas y paseos esquinados. Cafeterías, calles, caminatas por El Retiro. Papelerías, librerías, tiendas de ropa. Y una reunión, el único motivo del viaje. Si allá llego espero ir a la Biblioteca Nacional, tomar apuntes, intentar entender quién soy. Nada tan agradable. El silencio, la luz tenue, la nobleza de la madera y la moqueta. Los procedimientos y el tarjetón donde se asigna el puesto de lectura. También está la imagen del tren, la lectura en el tren, la observación de los otros pasajeros. Sé la edad que tengo y la veo reflejada en las grandes cristaleras de los vagones. Establezco distancia. Nadie es insustituible, todo es pasajero, la vida es breve y lo obvio es nuestro reflejo en el cristal.


+ Escribo para completar lo que no he dicho o lo que nunca diré. Adivinanzas en las cartas al director del periódico que leo a media mañana, sentencias en los titulares, acompasadas reiteraciones en el malhumor de la camarera. No soy yo el que juzga. La conducta, decía uno que era la medida de las cosas. No lo creo. La palabra conducta no me gusta. Conducir o conducirse. Analizo la etimología y con facilidad llego al verbo latino, a las formaciones que en español da. Aquí lo digo, fuera no. Es un espacio y un tiempo que se adelgazan. La conducta decía mientras olvidaba los hechos que lo llevaron a la cárcel, pero sumido en su soberbia y en la falta, precisamente, de capacidad de conducir el carro que le habían encomendado, que a sí mismo se había encomendado. Recordé a Faetón y todo el despliegue simbólico que conlleva. No es una obra de arte, es la sabiduría, es conocimiento. La hibris y su contrario. Se completan los silencios, aquí, ahora, cuando se lea esto o cuando en el vació intercibernético se deslice su olvido. Como una oración, me digo. Un ejercicio semanal para reducir la distancia entre lo que soy y lo que fui, lo que seré. Sin invocar conductas ni deserciones, lejos del delito.


+ Expreso tres o cuatro ideas y me dan la razón, sin debatir. Entiendo que no tengo razón, sino que me dan la razón. ¿Por qué? Porque mi posición en el tablero ha variado y cuando uno alcanza un punto superior, aunque no elevado, uno se carga de autoridad. Yo lo observo y no me lo creo. Asumo este nuevo rol, pero no me interesa. El interés se centra en los poetas del siglo de oro, hoy. ¿Mañana? No lo sé.


+ Aparecen inconvenientes que dificultan el viaje a Madrid. Tuve dudas, lo vi y ahora no lo veo. Se ha desvanecido, pero puede regresar. Me sonrío y leo la palabra estoicismo, que luego reflexionaré sobre ella. Tenía cierta ilusión en ir, pero tampoco me siento decepcionado. Los ritmos son así y así se pasan las semanas, los meses y los años. Planes que no se concretan, proyectos que fructifican. Todo deriva en lo mismo. Tomo el soneto de Góngora que cite el otro día en otro espacio y recorto el último terceto: “[…] más tú y ello, juntamente, / en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.” Este final del último terceto contiene la idea que ahora me embarga y me pregunto si es algo de ahora mismo o es un algo que se mantiene desde hace mucho tiempo. Esa tendencia a verlo todo desde este prisma de la caducidad. Sí, ese soy yo, el que se sabe mortal, el que se sobrepone a su condición mortal sin rechazar su finitud. En otro es defecto, en mí virtud. Llamo por teléfono. Se abre una posibilidad. Me resulta curioso como me intereso por el viaje. Cómo yo transito, cómo yo soy el que soy, en un alarde de soberbia. Sí, soy el que soy. No he vencido, tampoco pierdo, porque el juego me resulta indiferente en sus resultados y me centro en su evolución, en sus ornamentos, las volutas y los capiteles desnudos, el fuste y la basa. Mientras, suena Solsbury Hill en versión de Erasure.


+ A mi manera soy un clásico. Un exceso del empleo de la primera persona. Pero, ¿podría ser de otra forma cuando se trata de un diario?


+ El tacto de lo moderno me permite entender el pasado. El pasado como el restaurante automático o la perversión de los teléfonos convertidos en terminales de la personalidad. Leer el pasado es entender el presente, al menos en esta lectura reside esa voluntad de alcanzar el imposible y móvil destino de toda comprensión. Música electrónica, aplicaciones para comprar billetes, billetes mediante códigos en la pantalla, libros en línea, los repositorios de los libros digitalizados, el tren como expresión de la velocidad, la velocidad como guarida del desánimo. El desánimo que vibra en las conversaciones, la ilusión de los adolescentes, los bailes, la música de baile, las listas de reproducción, una queja, el precio de los alimentos, el precio del combustible. Hago recuento y bebo café. El café es mi modernidad. Taza de plástico rojo, termo de acero con un vacío que mantiene el calor del café durante horas, la disipada luz del flexo sobre un extremo del tablero que hace las funciones de mesa. Así, este el afán del día: dejar constancia de los elementos de la decoración. Por ejemplo.


+ Término nuevo: “literatura gris”, aquella que es muy difícil de localizar. ¿Qué puede aparecer en esos pozos inmensos?


+ Para finalizar, cierro el círculo: voy a Madrid. Queda pendiente el relato, si tal cosa se da.


+ Imagen: el propio desorden del momento, la propia foto en sí, ambas realidades se entrelazan y me definen. Aquí y ahora, no sé mañana.

sábado, 15 de julio de 2023

Ver la vida pasar


+ Han pasado los días de viaje. Todos queremos ser viajeros y nadie quiere ser turista. En ello me detengo. Observo en Segovia a los grupos de japoneses. Uno de estos grupos lo volveré a ver, con manifiesto cansancio, en la tarde del mismo día, en Ávila. Una vez me contaron que en tres días se puede ver una parte muy importante del patrimonio español en un radio de doscientos kilómetros en torno a Madrid, un pretendido tour en el que se incluiría el Museo Del Prado. Yo, en alguna ocasión, he participado de festines similares y he terminado con una terrible borrachera que, cómo no, derivó en una espectacular reseca. No es el síndrome de Stendhal, no hay lírica, sino malestar, profundo malestar somático. Supongo que a estos japoneses les pasará algo similar. Sin embargo, no lo descarto, quizá aquí resida el placer. Quién sabe. La digestión de tanta historia, arquitectura y arte se vuelve contra uno, creo yo. Y, aunque no soy yo quién para dar consejos, quizá sea mejor elegir dos o tres cosas [una vista de Segovia y otra de Ávila, un breve paseo por Toledo y cinco cuadros significativos en el Prado] y, luego, sentarse en una terraza a ver cómo evolucionan los españoles en todo su esplendor. Desde atalaya privilegiada, la terraza, todo se tiñe de una suave melancolía, donde se abrazan por contraste los modos y costumbres de lo propio con lo visitado para resolverse en una nueva diatriba. Un alimento para la duda, la nutritiva duda. Pero, claro, esto es literatura, ¿no?, y la literatura no es un valor en alza (de ahí su importancia). Me detengo y dejo de dar consejos que nadie me ha pedido. El apunte es válido y lo aplico a mi persona. Con calma han pasado los días de viaje, que han resultado muy provechosos y, pienso ahora, que su grandeza reside en una programada improvisación, esas leves líneas que funcionan a modo de carril, que nos protegen de pérdida indeseada del precioso tiempo y nos dejan la libertad necesaria para sentarnos en el banco de un parque cualquiera para no hacer nada, salvo ver la vida pasar.


+ [León]: Todo fue caminar y detenerse, retomar el paseo y preguntarse por los motivos que la ciudad eleva, por los razones de los ciudadanos para levantarse cada mañana y trabajar, ese ciclo indesmallable. Agua, café, algo de conversación, el color de la piedra, las líneas y los perfiles del horizonte, pájaros y gatos. Hablamos y recordamos otros tiempos, otros viajes, recordamos como un año atrás, cuando comenzó el tratamiento para la enfermedad de C, las laberínticas transiciones no agotaron las fuerzas, sin desfallecer avanzamos en aquella noche de pasillos blancos, máquinas dosificadas del carísimo líquido naranja, analíticas y medicina nuclear. La medicina nuclear y la estricta postración que exige para que funcionen sus elementos de diagnóstico. Ha pasado el tiempo y estamos aquí, ha pasado un año y en la catedral de León, ante sus vidrieras, pienso en ese intangible que es estimar a todos los que antes vieron la luz y la piedra desde aquí, desde donde ahora estamos los dos, un tanto abortos, un tanto escépticos. No hay solución de continuidad. Hace calor y siento la urgencia de descansar, pero no es cansancio sino la sed de otro tiempo, un tiempo que no ha de volver. Me hago cargo de mi edad. Guardo silencio y me reconcentro, es un defecto que yo tengo, algo que no me gusta: subir, bajar, no alcanzar la estabilidad, y saber que nadie está libre de las simas de lo cotidiano, mi humor es cambiante, el cierre es austeridad y ausencia de la generosa comprensión del otro. Solo es un momento, pero es. Demasiado examen de conciencia, me digo y alzo la vista y trato de entender el programa propagandístico de la catedral: no lo conseguiré, pero abandono la expresión interior de los pecados y sus penitencias. Cuánto daño me ha hecho la técnica de la confesión. He aprendido a vivir con todo ello. Guardo silencio y no es agradable. Paseamos junto a los restos de la muralla y la mano es el dibujo del amor, la leve mano de C.


+ [Palencia]: Dibujo una silla, una botella y un vaso. Son dibujos característicos en mis libretas, un rasgo o un índice. Deliberadamente asimétricos, contienen una idea sobre el dibujo en sí mismo más próximo a una práctica que a un resultado, más el trabajo en sí que el producto del mismo. Comimos en un restaurante un tanto pasado de moda pero muy limpio. El color verde de las paredes me recordó tiempos pasados y me detuve en ello mientras guardaba la libreta roja. En realidad hay demasiadas cosas que me recuerdan el pasado, mi tiempo se orienta hacia el pasado, se hunde en recuerdos que se desdibujan en una niebla, pero que siempre terminan por concretarse. Así, me hizo recordar tiempos de la infancia y viajes larguísimos en tren, estaciones ocres y paisajes secos y duros, como si viese a mi padre mucho más joven de lo que yo ahora soy, a mi madre, a mis hermanos que son niños. Ese verde no es otra cosa que una guía. Los colores, la historia, la narración de la infancia. Todo se acumula y nada se pervierte, lo conservo con cariño y no lo comento. Guardo silencio. Estoy callado en exceso y no es bueno. Trato de corregirme. Comemos y nos encaminamos a Valladolid. La música establece seguridad y confianza. El coche se desplaza con soltura, responde bien. No necesito ir rápido, la velocidad no me interesa. El color verde que vi en las paredes del restaurante es ese que llaman verde inglés, creo. No sé. Queda atrás y, como sucede con los sueños, lo recordado se difuminó. El navegador me indica el camino al parking del hotel, pero yo me confundo varias veces y realizamos varios círculos, que se terminan por resolver. Valladolid. 


+ [Un banco cualquiera en el Campo Grande, Valladolid]: Nos sentamos porque estábamos cansados. Nos sentamos en el banco porque nos gusta sentarnos en los bancos y ver a la gente pasar. En silencio. A veces, consulto el teléfono, otras veces: no. El tiempo pasa y yo dibujo, sin mucha intención, en la liberta roja. Trato de memorizar los colores para que, en el futuro, cuando llegue a casa y toqué colorear, ser lo mas fiel posible a lo observado. Es un propósito fallido de partida, pero el objeto no es acertar, no se trata de constatar fielmente lo que vi, sino dejar testimonio de un algo que observé y que brotaba de la voluntaria y voluntariosa torpeza de mi mano derecha. Hablamos de la familia y de los amigos, fuimos generosos con sus errores y maldades y, también, agradecimos cierta cortesía, poco más. Las conversaciones fueron breves. Hablamos de Valladolid, de las esculturas que vimos antes de comer, de Vicente Escudero y su arte. Conversaciones reflexivas, pausadas, atenuadas por el rumor de la leve brisa entre los árboles. Pensé en los árboles. Pensé en cómo se adquiere, en medio del caluroso julio de Castilla, al fresco abrigo de los árboles en el Campo Grande, la condición de intimidad con la otra persona, ese trabajo. Todo es trabajo, esfuerzo, orden y estructura. Ay, la estructura y lo arquitectónico de la vida, de la novela de la vida. Pasó una mujer muy joven con un perro y un niño, se detuvieron ante nosotros y ella nos sonrió. No sé. Si das alegría, recibes alegría, también: a la inversa. El cielo era claro y en el teléfono se anunciaban tormentas que nunca llegaron. Seis días estuve en Castilla y no llovió, todos los días el teléfono vaticinó lluvias.


+ Dejé a C. en la Estación de Segovia, Guiomar. Salí de la estación solo y puse la música muy alta, dejé que el navegador me guiase hacia Ávila. El coche se deslizaba con una asombrosa fluidez. Quise a mi viejo Skoda como se quiere a un viejo amigo. A pesar de los gastos causado en los últimos meses, quise a mi viejo Skoda. Le agradecía que estuviese allí conmigo. El aire acondicionado me produjo placer. Me distancié de lo que llevaba días pensando y logré un aislamiento ambiguo e impuro, pues no resultaba todo lo terapéutico que yo hubiera podido desear: al contrario. Cambié en la radió en línea la emisora pop por la de música clásica. Qué revelación. Un piano, sobre el que no quise indagar, esmaltaba el paisaje de geométrica vanguardia. Recordé personas que se han alejado, de las que yo me he alejado. Recordé las cosas que de ellos aprendí y me di cuenta de que había olvidado sus voces, pero no sus rostros. Regresé a ese vacío que me ofrecía la música, el paisaje y el aire acondicionado. Una cámara hermética. ¿Dónde estaba C.? Estaría, a esa hora, en Madrid para hacer el transbordo y volver sobre los pasos, ya sin parar en Segovia, para regresar a Galicia [qué trayecto tan absurdo]. Mientras, yo me deslizaba por las pendientes con asombrosa facilidad. Mi conducción estaba en el justo punto, dentro de las normas que la vía precisaba, que la señalización horizontal y vertical imponen con sabio criterio. En el reloj vi que eran ya las cuatro y cuarto, lo que se traducía que C. ya lleva un corto trecho del viaje de regreso (Madrid - Pontevedra). Yo me dirigía a tareas que me he impuesto (pensé en ello y abandoné pronto esas ideas). Calculé gastos e ingresos, el balance desde principio de año y me pareció que tenía que, en los próximos meses, contener los gastos. Ahí quedó este breve examen de conciencia. Ay, la conciencia. “Estos días azules y este sol de la infancia…” Repetí el nombre de la estación de Segovia y me dije qué extraña es la vida de las palabras. 


+ [Un paseo nocturno por Ávila, intramuros]: También mi vida es extraña y extraña es toda vida que llegas a conocer con algún grado de penetración e intimidad. Ávila se dibujaba en perfiles y sombras. Investigaba los escaparates de las tiendas de alimentación, me demoraba ante la luz de una ventana (allí, en lo alto), saboreaba el silencio y la soledad. Paseaba absorto en el recuerdo de Fortunata y Jacinta. Esto me devolví un tiempo que nunca fue el mío, pero podía intuir. Aquellas casas, aquellos palacios, el descenso de la vida en sus últimos tramos. La verdad oculta tras las piedras, sentencias que no alcanzarán concreción. Escuché a unos adolescentes hablar en árabe, tal vez árabe. Eran fuertes y vestían galácticamente. Me senté a una distancia prudencial y sus voces tenía algo de hipnótico: el idioma, su contundencia gutural, los gestos y la desafiante certeza de los que todavía son eternos. El horizonte de montañas azules y nubes espesas que el inicio de la noche comienza a difuminar. Todavía no era de noche y amenazaba una tormenta que no llegó a cuajar. Cayó la noche, bebí agua (se había calentado y ofrecía una blanda y sensual sensación de fluido, como un cuerpo que se recuerda por extraña sinestesia: su dibujo, su silueta), terminé la botella y la tiré a la papelera. Traspasé la muralla por la puerta del Mercado Grande y continué mi paseo. Toda la vida se ahorma en un trazo: solo es un deseo. Me senté, intenté dibujar y no lo conseguí. Hay que saber cuándo es el momento y cuándo uno debe detenerse. Así, otro espacio estanco, un aislamiento, un silencio y una acotación [ya no eres joven y compórtate, aunque no te guste, conforme a tu edad].


+ Mi persona se refleja en los dibujos de mi cuaderno rojo. Rápidos y nerviosos trazos sobre lo cotidiano, los objetos, nunca las personas, sin intención de perfeccionar la técnica porque más que una práctica es una terapia. Más tarde, una vez en casa, coloreo lo que antes dibujé sin arte ni parte. Coloreo y todo se para, la conexión entre la mano y el papel precisa un mediador: el lápiz de color [para lo torpe que soy, qué exigente soy con las herramientas: la manía es mi identidad, pero lo disimulo]. 


+ “Elle prenait déjà les courses suivantes de la main gauche et tapait sans regarder de la main droite.” La place, Annie Ernaux.


+ La cita anterior es la última frase de la breve ¿novela? de A.E. He pensado mucho en este final y entiendo lo literario que hay aquí, en ese punto de conocimiento que no resulta transmisible salvo por el desarrollo narrativo magistralmente ofrecido. El secreto está en la cantidad y la administración de la misma. Sé que voy a releer el libro. En breve, quizá en breve. La próxima lectura tiene que ser, necesariamente, la traducción al español. Tarea pendiente, pues. Apunto en la agenda electrónica en que se han constituido las lista que me ofrece mi sesión en la Biblioteca Pública de Pontevedra.


+ ¿La traducción del libro de A.E. es lectura o re-lectura?


+ Llego a la biblioteca y finalmente decido no coger el libro de A.E., quizá por no romper cierta magia que quedó en suspenso tras su lectura. Quizá cambie de opinión.


+ En sueños me llega un título: El papel tumbado. Lo escribí en un post-it porque sé que, de no haberlo hecho, nunca lo hubiera recordado. Intento darle sentido pero no soy capaz. Se lo comenté a C. y me dijo que no le gustaba. No sé, creo que no se trata de gustar o no gustar. ¿Podría conmutar ’tumbado’? Tampoco tengo una opinión sobre ello, prefiero mantener el adjetivo, alejarme de cierta idea del buen o mal gusto, establecer mi razón en el desarrollo de una ráfaga de onírico absurdo, incluso: áspero y punzante sueño. ¿Podría eliminar, así, ‘papel’, y como resultado: El tumbado? Sigo sin saber y esta ausencia es precisamente donde se muestra su inquietante realidad, porque cuando el sueño apunté en el papel amarillo [ese post-it] renuncié deliberadamente a dejar constancia de su contexto: por lo tanto, difuminadas las condiciones para su explicación, queda solo una huella que podría llevar a reconstruir aquello que nunca existió. De esto sí que estoy seguro, no irá más allá su vida de esta anotación en esta suerte de diario.


+ Por encima he leído algo sobre los hermanos Machado. Algo, también, sobre Guiomar y Leonor. Sobre Leonor Izquierdo un poco más. No entiendo el porqué se me aparece un hilo que me lleva a Fortunata y Jacinta. ¿Una tarea más que apuntar y resolver? No.


+ Imagen: tapia, pájaro, cielo.