+ En las últimas semanas he escuchado declaraciones de personas que considero poseedoras de una inteligencia, digamos, superior que me han dejado perplejo. ¿Puede alguien que domina con destreza los entresijos impensables para el vulgo, donde yo me incluyo, de la matemática superior creer en la numerología y en el horóscopo, cuando no en la reencarnación? Ante la extrañeza y lo paradójico debo afirmar que es factible esta unión de contrarios. Yo he escuchado proclamas y defensas de estas supersticiones expresadas con vehemencia y desafío. La defensa de estas supersticiones me parecen una falta de respeto hacia ese saber adquirido, que no tiene otra base posible que la racionalidad, y una falta de respeto hacia mi persona porque en la proclama hay una cierta imposición, un cuestionamiento y una orden de asumir lo inasumible. Lo tolero, pero el verbo tolerar tiene unos matices que no resultan precisamente positivos. Acepto escuchar la tontería porque no que hay más remedio y por la convivencia no digo lo que me molestan esas creencias. El día a día así es, exige soportar a hombres y mujeres y sus cosas y hacer como si nada pasase. Así, la nave va. Mientras, regreso a Houellebecq.
+ Tampoco se debe tomar muy en serio lo anterior y, cómo no, establecer la distancia que la risa otorga. No hay otra. Restarse importancia a uno mismo siempre es una apuesta por la salud. Y, por otra parte, de las personas hay que coger lo bueno y pertinente y apartar aquello que carece de interés. Dejo el comentario porque la complejidad me abruma y lo paradójico supera con creces este espacio, tan disminuido.
+ Me he comprado el libro de poemas de Houellebecq que apareció en marzo. ¿Le he perdonado que todavía no haya publicado una novela? Ay, sí, le perdono. Me sumerjo en esa marejada del presente y, ya entrada la noche, inicio la lectura de Combat toujours perdant. Esa pérdida sí que no admite discusión. Tengo mis defectos, y no son pequeños, pero se impone una temprana aristocracia que me salva del idiotismo: aquí no entran otra cosa que el peso de los cuerpos, sus dimensiones, aquello que la razón me permite evaluar y ese consenso que siempre estoy dispuesto a revisar. Así, inicio la lectura del poemario.
+ Al poemario de Houellebecq en Le Monde lo califican más que de libro de “une plaquette”. Me quedo con las resonancias que la palabra francesa tiene en mi imaginario. El imaginario francés de la malaise. Así, la nave va.
+ Lo trivial me da pistas sobre mis caminos y sus derivadas.
+ Durante la noche, me ha acosado la imagen de mi propia muerte. Una angustia pasajera que se confundió con los sueños. Tuve miedo y ya no lo tengo.
+ No soporto oír “en base a”. He visto que la Real Academia lo acepta, pero eso a mí, de otra manera no puede ser, me da igual. [¿Quiénes esgrimen esta muletilla con cierta frecuencia en el diario trabajar se tratan ampliamente? No, pero hay un rasgo de igualación y falta de reflexión que reverbera].
+ Ayer, en Vigo, compré Romanticismo de Rüdiger Safranscki. Tema que me interesa donde los haya. El Romanticismo como clave para comprender el presente. Y, me digo, en un aparte, ¿se podría comprender el Rockerismo sin el Romanticismo? Definitivamente: no. Así, la nave va.
+ Imagen: no recuerdo cuando tomé la foto. La recupero con la convicción han pasado muchos años del disparo y de que la intención era capturar una cierta trivialidad que flotaba en la figura. Selectivamente, recuerdo.