sábado, 30 de mayo de 2026

La rosa y la ortiga

 


+ El sábado me levanté media hora más tarde de lo habitual. Tenía que cumplir con una obligación que había aceptado voluntariamente: la vigilancia de un examen de oposición. La compensación económica me pareció suficiente y me motivó, aunque había un coadyuvante deseo de, digamos, experiencia. Me levanté a las siete de la mañana y me encaminé hacia mi destino. Un tiempo para la soledad y el pensamiento. La carretera despejada, la música barroca, la aséptica voz  con la que el navegador me indicaba el camino. Reflexioné sobre mi escritura, sobre la guitarra como catalizador de lo diario y lo futuro, las amistades, el amor y el respeto a las personas, pero sin entrar en intimidades más allá de una cortesía [distante]. Me perdí porque no seguí las indicaciones que el navegador me dio, debí realizar una subida y un descenso por carreteras las que nunca antes había transitado. y vi la ciudad de Vigo desde las altura, nunca antes había tenido este punto de vista: en el fondo las islas, en la primera línea las casas que donde se confunde lo urbano con lo rural, tras ellas: la ciudad. Retomé la ruta y alcancé el destino. Todo cesó, por un momento. El desplazamiento se había convertido, por ensalmo, en viaje. El viaje, en una de sus posibilidades, está relacionado con la soledad y con una motivación precisa. Lo demás es turismo, un término y un estado que no rechazo porque disfruto fuera de caducos sentidos de buen y mal gusto. Somos turistas, no viajeros, me digo y me encamino al edificio de la universidad. Un bosque, los edificios, el pavimento desgastado por pisadas de miles de alumnos a lo largo de los años. Esperaban los opositores. Entré en el edificio y me dieron las instrucciones. Todo pasó lentamente. El tiempo detenido y la impresión de estar ante una performance. Todo es teatro, me dije, y sé cuál es mi papel, conozco el papel de los opositores y el del tribunal. Pasó el tiempo y regresé con el acompañamiento de la música de Peter Frampton: dos guitarras y su voz. Canciones que no recordaba, canciones que eran otras canciones en esas versiones acústicas. Pensé en los rostros de los opositores, en su atuendo y en las posibilidad de adivinar sus vidas. Alejé de mí esa fantasía y conseguí no pensar en nada. La nada, el vacío, la carretera es una metáfora de la vida, la carretera permanece más allá del tránsito y las personas. La oposición emparentaba con aquella permanencia más allá del sujeto. Lo dejé y estaba en casa. Todo está bien, me dije.


+  Durante años trabajé en una empresa de conservación de carreteras. Quince años, tal vez más. Entre las muchas ocupaciones que desempeñé se encontraba el auxilio a los accidentes de tráfico. Eso me ha dado una visión de la realidad que está dominada por la finitud y la fragilidad de la existencia. Que una vida se rompa es cuestión de un instante. Una mala maniobra o la inconsciencia de coger un coche después de haber bebido, la estupidez o, incluso, la maldad. La vida del fallecido se extingue, pero lsus seres queridos, compañeros de trabajo o simples conocidos late bajo esa angustia de lo inevitable, ese mundo del que no se regresa: la muerte. El vacío, en mayor o menor grado, no se supera. Permanece, pero la vida sigue. Una madre nunca olvida. Viene esto a cuento de que domingo pasado nos dirigimos a Sanxenxo y nos vimos obligados a desviarnos de la carretera principal. La carretera estaba cortada y, desde donde estábamos, pudimos ver el azul intenso e inquietante de las luces de las ambulancias y de los coches de la Guardia Civil. Sabía que había pasado algo grave, muy grave. Luego, ya en el Sanxenxo, consultamos nuestros teléfonos y nos enteramos que una chica había muerto con su hija en los brazos porque la arrolló un automóvil en un paso de cebra. Me consternó. La fragilidad de la vida no se percibe con facilidad porque estamos inmersos en la rutina, en la inercia de lo cotidiano, estados que desdibujan todo lo existencial que nos atañe. Vivir y morir, la reflexión del día, aquello que me asalta cada noche antes de dormir. Regresamos por la autovía y los relámpagos nos acompañaron, como el enfado de los dioses. Todo palideció y me sumé al silencio que  se imponía, solo roto por la tormenta. La música que destilaba el reproductor era solemne y establecía una distancia con lo dado. No tuve miedo, no hacía frío, el silencio se impuso, otra vez. No más palabras.


+ Las obligaciones nos hacen entender como los lazos invisibles de la realidad son más fuertes que todo aquello que se manifiesta desde lo inmediato y perceptible. Relaciones que se mantienen dormidas durante años y un buen día despiertan. Aquello 


+ La rosa y la ortiga, sintagma recogido al vuelo. Me vale de título porque contiene una oposición entre dos realidades del reino vegetal. Lo vegetal poético, me digo y continúo con mi trabajo en la tarde del miércoles.


+ Imagen: las silla desechada, con una de sus patas doblada y, por lo tanto, inútil, representa un estado de cosas: la descomposición diaria de la realidad que, sin embargo, no produce desánimo sino perplejidad. Vale 


sábado, 23 de mayo de 2026

Un deseo

 


+ La prosa sencilla, el café amargo y templado, una mañana nublada. Leo que alguien dice que los lugares donde fuiste feliz no son espacios sino tiempos. No estoy de acuerdo. Ni siquiera son tiempos. Son construcciones que se han elaborado con el paso de los años y no responden a otra cosa que a una idealización de la felicidad, ligada, si se quiere, al espacio o al tiempo. No me puedo alejar mucho, pero la felicidad no es un destino, más bien es el recuerdo de aquello. Hay una tarea que consiste en discutir la idealización de la realidad y el tiempo de esa tarea es ahora. ¿Es conveniente subvertir todos estos asideros? Hay una relación estrecha entre esta necesidad de desmontar el artefacto y la búsqueda de la independencia. Yo estoy aquí, con todas consecuencias que tiene: el aislamiento, un recogimiento sobre las propias necesidades y renunciaciones, la selección de las personas y lugares, reuniones y celebraciones. La lectura es el refugio necesario; la selección de libros, la tarea siempre inacabada. Ay, hablar con los muertos. No hay otra.


+ He pasado dos o tres días postrado debido al tercer contagio de COVID. Fiebre, dolor muscular y dolor de cabeza. Profundos sueños, extraños y premonitorios. Nunca se cumplirán sus designios, me digo. Las premoniciones pueden acertar o ser fallidas. Me interesa el estado y esa niebla que se construyó en el calor y la oscuridad. Estoy repuesto y lo veo en la lejanía, como si le hubiese sucedido a otro.


+ Tras la postración llega un tiempo de paz y observación. Todo llega a estabilizarse. Un deseo.


+ Imagen: la arquitectura destinada a desaparecer casi instantáneamente, el hormigón sostiene la madera y la madera terminará por pudrirse en el abandono y el hormigón pervivirá como un virus pervive y será el recuerdo de algo que fue y no es ya

sábado, 16 de mayo de 2026

Ruido

 


+ Días de lluvia. Intermitente. Veo, observo comportamientos que responden a unos ciclos que no soy capaz de determinar y que se alejan de mis propósitos. Sin embargo, no puedo dejar de prestarles atención. Lo cotidiano es un misterio que no desvelo, me gusta que se mantenga ese punto de ruido y distancia. El ruido que busca un orden, la lluvia y su ritmo todavía por descubrir. 


+ He descargado en el teléfono una medidor de decibelios. La idea es registrar el ruido imperante mediante una sistemática débil, pero, al menos, con un instrumento de medición. He visto que hay revisores de amplificadores y guitarras eléctricas que colocan un medidor de decibelios grande y, cuando supera la barrera de los 100 dB, se emocionan y se alegran. No sé. El ruido. Todo un tema. ¿Su definición? Un límite aceptable tras el cual el desorden resulta molesto.


+ ¿Cuál es mi idea de ruido? El caos y su belleza por resolver.


+ Todas las mañanas un conductor de autobús hace sonar su claxon para saludar a unos niños que esperar para entrar en el jardín de infancia. Diez o veinte segundo de bocina. Me exaspera. El malhumor de la mañana. Me sobresalta. ¿Es la edad o algo interior que siempre ha estado ahí? 


+ El ruido es música, el ruido es arte. Una función que moldea el instrumento. El instrumento que define la función. Se llamaba ruidismo y lo he disfrutado. Todavía lo disfruto porque yo lo elijo, sin imposiciones.


+ Lo caótico, lo aleatorio, una expresión de las posibilidades que ofrecen los instrumentos musicales, pero también todo aquello que genera ruido. Me coloco en un punto intermedio entre la ambientación y la observación. Soy actor y espectador. Mi guitarra fluye en ese sentido. Yo afirmo la no-música que brota de mis dedos. Un saco de boxeo, tal vez.


+ Más poético que reflexivo. Verso libre, sin rima ni medida.  


+ Imagen: pedales de efectos de guitarra que se intercalan en los proyectos diarios, este: el ruido y la exploración de sus texturas. 

sábado, 9 de mayo de 2026

Humus: tierra

 


+ Le daba vueltas a un poema de H. sobre la venta de pisos y los agentes inmobiliarios, sobre un barrio de París en donde se encuentra, conforme a su poema y que no recuerdo en su literalidad y no busco la cita, una de las avenidas más lúgubres de Europa. El poema se veía acompañado de un plano extraído de algún navegador y mostraba el precio de una vivienda en el segundo piso de una torre de treinta y tres plantas [casi medio millón de euros]. Pensé en París, pensé en “La Place de la Nation”, pensé en todo lo leído y todo lo olvidado, sobre la ciudad y las personas que nos cruzamos en el metro, en la calle, sus rostros y sus atuendos, pensé en una cierta rutina melancólica y ensimismada que me embarga con frecuencia. Dejé el libro y volví al teléfono. Siempre vuelvo a mi iPhone, mi muy viejo iPhone [como en una novela de H., Aneantir]. Allí estaba la noticia. G.B.M. había muerto tras una larga lucha contra el cáncer. Un deportista destacado,. 58 años. El filo del tiempo que indica aquella frase “nadie es tan joven como para morir mañana, ni tan viejo como para vivir un día más”.  Me conmovió. Una señal. Recordé la última vez que le vi: en una plaza, sentado en la terraza de un bar, mucho más viejo y sonriente, rodeado de gente, un día de verano, tal vez, y poco más. Volví a la lectura, volví al Romanticismo y todo estaba allí, nada se había movido de su sitio. Yo, imperturbable, debía esperar mi turno y, mientras, escapar de los sortilegios que nos impulsan a creer que somos más de lo que somos. Ay, trampantojos y engaños para soportar los días y sus noches. La lectura no sirve de cura, pero tampoco se pretende.


+ Tras la noticia de la muerte del deportista, rescato de la estantería el libro de fotos de Nan Goldin. Aunque me he apartado de la fotografía en ese sentido impuesto de que considero que ya está cerrada, me siguen interesando ciertas fotos [incluso las que yo disparo]. Me interesa la falta de pretensiones y un horizonte que sitúa en documentar la vida, algo que podría valer, simultáneamente, para la escritura. Un diario, tal vez. Desgarradas cartas y emociones y trazos de amistad y amor. La violencia, el espesor de lo cotidiano, los instrumentos del día a día, el reflejo, la luz, la presencia de la muerte, el trabajo imperceptible del cambio, esencia de la realidad. Los cuerpos, los gestos, los espacios. Tal vez un apunte se convierta en el proyecto vital que hemos trazado y desconocemos su alcance. Esa frontera entre lo planificado y lo espontáneo define lo cotidiano. Las fotos de Nan Goldin me devuelven aquel momento en que comencé a entender cómo se articulan las relaciones, el poder y las deserciones. Ese entender tan frágil y cambiante. Dejé el libro en su sitio, bebí un largo trago de café y me centré en mis investigaciones. Se desvanecía todo lo vivido, sentí el tiempo desleírse.


+ ¿58 años, cuánto es? ¿60? ¿Poco, nada?


+ Cierta asunción de la mortalidad nos lleva a desplazar los valores hacia ámbitos en donde se desvanece el dominio de lo inmediato y los afanes diarios. Hay una exactitud en la hora de la muerte. Se nos ha comunicado nuestra finitud mediante la muerte de G.B.M., pero todavía hay muchas cosas pendiente que, de ser así, si no se terminan, tampoco pasaría nada. Un impulso a la tarea pendiente, que solo es una e importante, pero prescindible. Así es lo humano, tendiente al humus. [En el Corominas: Humano: fin S. XII Tom. del lat. Humanos ‘relativo al hombre, humano’ (relacionado con el lat. humus ‘tierra’ y sólo desde más lejos como homo: hombre / 1220-50].


+ La tierra, la tierra vegetal, negra y aceitosa, con restos de hojas, raíces y tallos, profunda, aromática, orgánica y fructífera, el receptáculo de la vida, los tiempos y las esperas, el renacer, el morir, el renacer. La temporalidad es la única respuesta posible a cualquier enigma, el sentido de toda la poesía es la muerte.


+ Imagen: Extraña prisión.


sábado, 2 de mayo de 2026

Lo trivial

 


+ En las últimas semanas he escuchado declaraciones de personas que considero poseedoras de una inteligencia, digamos, superior que me han dejado perplejo. ¿Puede alguien que domina con destreza los entresijos impensables para el vulgo, donde yo me incluyo, de la matemática superior creer en la numerología y en el horóscopo, cuando no en la reencarnación? Ante la extrañeza y lo paradójico debo afirmar que es factible esta unión de contrarios. Yo he escuchado proclamas y defensas de estas supersticiones expresadas con vehemencia y desafío. La defensa de estas supersticiones me parecen una falta de respeto hacia ese saber adquirido, que no tiene otra base posible que la racionalidad, y una falta de respeto hacia mi persona porque en la proclama hay una cierta imposición, un cuestionamiento y una orden de asumir lo inasumible. Lo tolero, pero el verbo tolerar tiene unos matices que no resultan precisamente positivos. Acepto escuchar la tontería porque no que hay más remedio y por la convivencia no digo lo que me molestan esas creencias. El día a día así es, exige soportar a hombres y mujeres y sus cosas y hacer como si nada pasase. Así, la nave va. Mientras, regreso a Houellebecq.


+ Tampoco se debe tomar muy en serio lo anterior y, cómo no, establecer la distancia que la risa otorga. No hay otra. Restarse importancia a uno mismo siempre es una apuesta por la salud. Y, por otra parte, de las personas hay que coger lo bueno y pertinente y apartar aquello que carece de interés. Dejo el comentario porque la complejidad me abruma y lo paradójico supera con creces este espacio, tan disminuido.


+ Me he comprado el libro de poemas de Houellebecq que apareció en marzo. ¿Le he perdonado que todavía no haya publicado una novela? Ay, sí, le perdono. Me sumerjo en esa marejada del presente y, ya entrada la noche, inicio la lectura de Combat toujours perdant. Esa pérdida sí que no admite discusión. Tengo mis defectos, y no son pequeños, pero se impone una temprana aristocracia que me salva del idiotismo: aquí no entran otra cosa que el peso de los cuerpos, sus dimensiones, aquello que la razón me permite evaluar y ese consenso que siempre estoy dispuesto a revisar. Así, inicio la lectura del poemario. 


+ Al poemario de Houellebecq en Le Monde lo califican más que de libro de “une plaquette”. Me quedo con las resonancias que la palabra francesa tiene en mi imaginario. El imaginario francés de la malaise. Así, la nave va.


+ Lo trivial me da pistas sobre mis caminos y sus derivadas.


+ Durante la noche, me ha acosado la imagen de mi propia muerte. Una angustia pasajera que se confundió con los sueños. Tuve miedo y ya no lo tengo. 


+ No soporto oír “en base a”. He visto que la Real Academia lo acepta, pero eso a mí, de otra manera no puede ser, me da igual. [¿Quiénes esgrimen esta muletilla con cierta frecuencia en el diario trabajar se tratan ampliamente? No, pero hay un rasgo de igualación y falta de reflexión que reverbera].


+ Ayer, en Vigo, compré Romanticismo de Rüdiger Safranscki. Tema que me interesa donde los haya. El Romanticismo como clave para comprender el presente. Y, me digo, en un aparte, ¿se podría comprender el Rockerismo sin el Romanticismo? Definitivamente: no. Así, la nave va. 


+ Imagen: no recuerdo cuando tomé la foto. La recupero con la convicción han pasado muchos años del disparo y de que la intención era capturar una cierta trivialidad que flotaba en la figura. Selectivamente, recuerdo.