+ El sábado me levanté media hora más tarde de lo habitual. Tenía que cumplir con una obligación que había aceptado voluntariamente: la vigilancia de un examen de oposición. La compensación económica me pareció suficiente y me motivó, aunque había un coadyuvante deseo de, digamos, experiencia. Me levanté a las siete de la mañana y me encaminé hacia mi destino. Un tiempo para la soledad y el pensamiento. La carretera despejada, la música barroca, la aséptica voz con la que el navegador me indicaba el camino. Reflexioné sobre mi escritura, sobre la guitarra como catalizador de lo diario y lo futuro, las amistades, el amor y el respeto a las personas, pero sin entrar en intimidades más allá de una cortesía [distante]. Me perdí porque no seguí las indicaciones que el navegador me dio, debí realizar una subida y un descenso por carreteras las que nunca antes había transitado. y vi la ciudad de Vigo desde las altura, nunca antes había tenido este punto de vista: en el fondo las islas, en la primera línea las casas que donde se confunde lo urbano con lo rural, tras ellas: la ciudad. Retomé la ruta y alcancé el destino. Todo cesó, por un momento. El desplazamiento se había convertido, por ensalmo, en viaje. El viaje, en una de sus posibilidades, está relacionado con la soledad y con una motivación precisa. Lo demás es turismo, un término y un estado que no rechazo porque disfruto fuera de caducos sentidos de buen y mal gusto. Somos turistas, no viajeros, me digo y me encamino al edificio de la universidad. Un bosque, los edificios, el pavimento desgastado por pisadas de miles de alumnos a lo largo de los años. Esperaban los opositores. Entré en el edificio y me dieron las instrucciones. Todo pasó lentamente. El tiempo detenido y la impresión de estar ante una performance. Todo es teatro, me dije, y sé cuál es mi papel, conozco el papel de los opositores y el del tribunal. Pasó el tiempo y regresé con el acompañamiento de la música de Peter Frampton: dos guitarras y su voz. Canciones que no recordaba, canciones que eran otras canciones en esas versiones acústicas. Pensé en los rostros de los opositores, en su atuendo y en las posibilidad de adivinar sus vidas. Alejé de mí esa fantasía y conseguí no pensar en nada. La nada, el vacío, la carretera es una metáfora de la vida, la carretera permanece más allá del tránsito y las personas. La oposición emparentaba con aquella permanencia más allá del sujeto. Lo dejé y estaba en casa. Todo está bien, me dije.
+ Durante años trabajé en una empresa de conservación de carreteras. Quince años, tal vez más. Entre las muchas ocupaciones que desempeñé se encontraba el auxilio a los accidentes de tráfico. Eso me ha dado una visión de la realidad que está dominada por la finitud y la fragilidad de la existencia. Que una vida se rompa es cuestión de un instante. Una mala maniobra o la inconsciencia de coger un coche después de haber bebido, la estupidez o, incluso, la maldad. La vida del fallecido se extingue, pero lsus seres queridos, compañeros de trabajo o simples conocidos late bajo esa angustia de lo inevitable, ese mundo del que no se regresa: la muerte. El vacío, en mayor o menor grado, no se supera. Permanece, pero la vida sigue. Una madre nunca olvida. Viene esto a cuento de que domingo pasado nos dirigimos a Sanxenxo y nos vimos obligados a desviarnos de la carretera principal. La carretera estaba cortada y, desde donde estábamos, pudimos ver el azul intenso e inquietante de las luces de las ambulancias y de los coches de la Guardia Civil. Sabía que había pasado algo grave, muy grave. Luego, ya en el Sanxenxo, consultamos nuestros teléfonos y nos enteramos que una chica había muerto con su hija en los brazos porque la arrolló un automóvil en un paso de cebra. Me consternó. La fragilidad de la vida no se percibe con facilidad porque estamos inmersos en la rutina, en la inercia de lo cotidiano, estados que desdibujan todo lo existencial que nos atañe. Vivir y morir, la reflexión del día, aquello que me asalta cada noche antes de dormir. Regresamos por la autovía y los relámpagos nos acompañaron, como el enfado de los dioses. Todo palideció y me sumé al silencio que se imponía, solo roto por la tormenta. La música que destilaba el reproductor era solemne y establecía una distancia con lo dado. No tuve miedo, no hacía frío, el silencio se impuso, otra vez. No más palabras.
+ Las obligaciones nos hacen entender como los lazos invisibles de la realidad son más fuertes que todo aquello que se manifiesta desde lo inmediato y perceptible. Relaciones que se mantienen dormidas durante años y un buen día despiertan. Aquello
+ La rosa y la ortiga, sintagma recogido al vuelo. Me vale de título porque contiene una oposición entre dos realidades del reino vegetal. Lo vegetal poético, me digo y continúo con mi trabajo en la tarde del miércoles.
+ Imagen: las silla desechada, con una de sus patas doblada y, por lo tanto, inútil, representa un estado de cosas: la descomposición diaria de la realidad que, sin embargo, no produce desánimo sino perplejidad. Vale



