+ “La imagen como flujo y no como monumento”, dice alguien y yo lo anoto. ¿La muerte de la fotografía? La cuestión tiene su interés y yo lo intuí hace más de un año. Todo llega con la inflación de las imágenes que inundan los teléfonos, la posibilidad de hacer buenas fotos con este equipo tan modesto [algo que no sucedía hasta no hace demasiado, pues se precisaba una cámara y unos objetivos muy caros, tras los que el proceso de revelado imponía una tenaz dificultad]. He llegado al convencimiento de que con conocer la regla que divide en nueve secciones el fotograma y un proyecto que le dé unidad a una serie resulta casi suficiente. Con lo anterior no me alejo de la pintura, sino que me sumerjo en ella y de ella se tomó la importancia y aristocracia que podría alcanzar la fotografía. Por esta razón vuelvo a ver los tejados que capturó Nicéphore en 1826, lo que viene a considerarse la primera fotografía de la historia. En estos tejados está ya una pista para entender la deriva fotográfica, su declive y decadencia: desde esa imperfección primera se voló hasta el presente y todo han sido avances tecnológicos, mientras que la pintura se mantuvo incólume a lo largo de este tiempo, firme en su incontestable materialidad. El estatismo pictórico no es una victoria, es la eternidad. Por otra parte, de ninguna manera el componente económico del arte no se puede dejar a un lado y la fotografía ha visto como su condición de mercancía o de objeto suntuario perdía el valor de intercambio. En su naturaleza repetitiva estaba el pecado, la ruptura del aura tenía consecuencias. El dispositivo se ha devorado a sí mismo y se ha impuesto el criterio múltiple del tsunami fotográfico diario. La idea que abre el párrafo es definitiva: el flujo fotográfico impide la fotografía en sí misma, ni monumento, ni documento.
+ ¿Por qué yo vi esta crisis de la fotografía con cierta anticipación? Por la repetición epigonal de motivos y técnicas que pude observar en museos y revista digitales. Todo un signo agónico. A ello debo sumar la inflación de imágenes que producen los teléfonos. La suma de ambas realidades implica un desplazamiento. Cualquiera puede hacer una buena foto, hasta la casualidad es una buena fotógrafa: el disparo fortuito envía una señal icónica. A estas apreciaciones deberíamos sumar un cierto cansancio y una pérdida de valor generalizada. Ay, el valor y sus derivadas.
+ ¿Sobreviven las fotos como documento o, todavía, pueden ir un poco más allá?
+ La disquisición nos habla de la variabilidad y la arbitrariedad del gusto, de lo canónico, nos habla de volatilidad que tiene el valor (social, estético o económico). La lección está ahí: todo desaparecerá, nada permanece, el cambio es la esencia de cualquier actividad humana y el arte no está al margen. Baste con asomarse a la constitución histórica de cualquier relato biográfico de una disciplina para ver que la visión sobre ella no ha hecho otra cosa que evolucionar y, al tiempo, mostrar el contexto en el que se inserta. No podemos desligar la muerte de la fotografía de nuestro momento histórico.
+ La fotografía ha muerto. La afirmación resulta de gran utilidad para desenvolverse en el día a día. La vida cotidiana está impregnada de lo que fue y todavía se resiste al olvido. La fotografía fue el contenedor sentimental de la memoria de la clase media y trabajadora, permitió retratos y escenas. Esta función la ha disuelto el teléfono, que ha usurpado al álbum y a la cámara. Solo pantallas. Nada más que pantallas.
+ Esta reflexión sobre el final de la fotografía (o sobre su supuesto final) nos puede ayudar a pensar el mundo que habitamos. Pensar en cómo se ha ido modificando la idea sobre determinadas parcelas de la realidad. La fotografía, así lo recuerdo, constituía una unión entre técnica y expresión. Recuerdo la fotografía química y el advenimiento de la fotografía digital. La segunda abrió una posibilidad insospechada y de consecuencias que se sustancian en lo que en el título propongo [“El tiempo de la postofotografía es nuestro tiempo”] porque comenzó una demolición que llega hasta lo que hoy presenciamos. Para revelar, el proceso culinario del laboratorio fotográfico, requería un adiestramiento que no resultaba fácil de adquirir. Los materiales para esta tarea no resultaban baratos. Recuerdo una proceso que se denominaba “sistema de zonas”, un proceso que comenzaba con el cálculo de velocidades y aperturas que se determinaban con vistas al revelado. Recuerdo ver fotos en exposiciones y en periódicos y pensar que había una técnica compleja que se debía adquirir y que conducía a una posición en la socialización artística, igualmente, compleja. Entrar en ese mundo era entrar en una suerte de Parnaso. Ya sabemos: el capital simbólico. Hoy todo aquello se ha visto trastocado. Muchas veces pienso que los equipos que vemos en la ruedas de prensa están más relacionados con una puesta en escena que con una necesidad real. ¿Qué tiene que ver esto con lo cotidiano? Lo cotidiano se determina por la pantalla como catalizador y depósito de lo real.
+ Mientras escribo, una y otra vez, escucho “Lovely Rita”. Los Beatles emergen desde el pasado y todavía mantienen su aristocrática presencia. Sin mayor razón: la paradoja de la canción: cualquier motivo es bueno para hacer una gran canción, incluso una inspectora de parquímetros que sanciona a McCartney.
+ “El arte falta do[nde] el sujeto sobra” , dice en un verso Bartolomé Lupercio Argensola que tomo al vuelo poco antes de devolver en la Biblioteca Pública la antología. Yo no podría expresarlo mejor
+ Imagen: foto aleatoria, de regreso a casa, cuando ya la noche ha caído, encuadro y disparo. Una posibilidad. Esto me interesa: sus límites estéticos e insustanciales.










