+ Mis hermanos y yo vendimos la casa de mis padres. Mis padre ya nunca estarán. Ambos han muerto. La venta culmina un proceso. El vacío, hoy, es más palpable que ayer. Ni mi madre ni mi padre volverán. No es tristeza, sino una nueva perplejidad. Una perplejidad que me lleva a romper con los automatismos y me enfrenta a la sentido de la vida, algo que no reconozco como tal: la vida no tiene sentido, salvo el que nosotros le demos. La casa vacía, los muebles que ya no están, el recuerdo de algunas fotos, vajillas y cristalerías, los cuadros y las huellas que dejaron en las paredes y que los pintores adecentaron para la venta. Podría hacer un inventario de objetos y momento, pero ya no me interesa. Recuerdo, únicamente, o eso deseo, aquellos momento que en el pasado construí para el día de hoy: cuando con mi padre subimos a la montaña más alta de Galicia, aquel día que C. y yo comimos con ellos en Portugal. La lamprea, el recorte las cumbres, ríos y playas, Baiona y A Fortaleza. Muchas otras cosas que hoy son un ensayo de una explicación que no llegará.
+ Fuimos a la casa de mis padre C. y yo por última vez un miércoles cuando ya era de noche. ¿Un rito o un conjuro, ni una cosa, ni la otra? Dejamos el coche en el parking subterráneo y salimos a la calle. Hacía viento. Un poco de frío quizá. Fue entonces cuando me crucé con él, aunque no lo reconocí hasta que lo sobrepasamos. Podrían ser veinticinco años desde la última vez que lo vi. No lo sé. Alto, cara triste, una barba rala y canosa, un andar cansado. Es notario. Ha conseguido su objetivo. Eso lo sé desde hace tiempo, pero nada más sé y este dato no es suficiente para emitir un dictamen. Tampoco se trata de emitir dictámenes. Los juicios son innecesarios, mucho más cuando nada los ha pedido. Curiosamente lo reconocí por su forma de caminar y por la manera en que en la espalda abrazaba un brazo al otro brazo. La tristeza flotaba en su figura. Recordé su nombre, pero, al poco, me di cuenta de que debía colocarle el necesario don y no es irónico.
+ La tristeza de estos días llega desde el pasado. No lo permitiré.
+ Regreso a lecturas que siempre han resultado vitamínicas. No me gusta el adjetivo, pero casa bien con el contexto. Vitamina proviene de vida en latín (vita, ae).
+ He encontrado en un iPhone 17 Pro un rasgo de mi visión del mundo, que no se puede desprender de lo literario. A la manera de Flaubert, me di cuenta, y acertaba, de que en el teléfono se condensaba toda una personalidad y una biografía. Un detalle que permite entrever el futuro. Ay, qué importante ver como se ve en las novelas decimonónicas: el detalle, la estructura, la descripción y el valor simbólico de los objetos. Ay, los objetos, qué expresivos.
+ Hoy nos hemos quedado en casa porque C. no estaba bien. La postración no es un estado moral, tampoco una decisión. Rechazo los juicios morales. Leo juicios y mordientes sobre la eutanasia de Noelia. No hay mucho que decir, salvo protegernos de aquellos que quieren limitar nuestras decisiones, sobre todo cuando atañen a nuestra única propiedad: la vida. No es fácil. Los derechos adquiridos se pueden revertir. Pongo 1979, otra vez. La canción me transporta a un estado de disfrute complejo. ¿Disfrute? Se trata de que no hay una memoria estable, sino que es una constante construcción, demolición y reconstrucción. Me gusta tener consciencia de ese movimiento. Simultáneamente, no puedo dejar de pensar en las decisiones personales y su implicación en la vida diaria. Que nadie nos interrumpa nuestro descanso.
+ [Domingo de Ramos]: ensalmo cibernético: percibo una amplitud que no soy capaz de asumir. Los límites de mi ignorancia son mi conocimiento. Arquitectos, pintores, extrañas sectas de artistas en el desierto de Arizona, lectura y olvido. Claude Vinh-San, extraña musica para la mañana dominical. Jazz. Páginas que visito y siento, otra vez, la carencia de aquello que no fui, que no alcancé. Me refugio en la receta del olvido y la certeza de que hemos sido educados para mantener promesas. Rechazo la capacidad de prometer y me repliego. Silencio. Música. El café cargado, caliente. Una descarga eléctrica. Cuadros y casas, un deseo no satisfecho, la distancia necesaria entre vida y trabajo: eso no es un error, es una declaración. La vida como transparencia. Adelgazamiento, tal vez.
+ [Primer días de vacaciones, lunes]: son las diez de la mañana, me detengo y abandono el proceso de escritura, el doloroso proceso de escritura. Paseo y termino por ver un extraño aleteo. Es una mariposa negra que cuando despliega sus alas ofrece un circulo entre el naranja y el rojo. Se posa en una maceta y durante unos segundos la observo. Sus antenas se mueven con parsimonia y abre y cierra lentamente las alas. No hay un pensamiento claro, sino abandono en la propia presencia del insecto. ¿Es un regalo? Sí, inesperado y extraño. Reparar en su dimensión y en la hora del día, en el cielo despejado, me otorga una paz cierta. La vida, ahora, resulta trasparente, límpida como el agua en el vaso, antes de ser ingerida. Lo conservaré.
+ Pienso, una vez más, en el iPhone 17 Pro. El rechazo que me produce en más acumulativo que intenso. También es cierto: se deshilacha entre tareas y canciones. La poesía tiene un poder enorme, el rencor ahí se diluye.
+ [Ángel González]: un poema suyo me trae paisajes de Castilla y me reconforta recuperar momentos: iba yo en coche desde Segovia a Ávila en coche y era surcar un mar cerealístico en una chalupa [mi coche], también recordé llegar en la misma chalupa a Segovia y ver alzarse en el paisaje la torre de la catedral. Así queda finaliza día.
+ La venta de la casa de mis padres ha incidido en mi humor, en la rutina diaria. Percute y martillea. Se ha cerrado una larga época. Trato de entender la vida de mis padres y se evaporan lo indicios. La brevedad del instante. Mitología domésticas que se han difuminado. Se desvene todo ese tiempo y no me queda otra cosa que el recuerdo. Aquellos momentos que sabía que un día recordaría. Trabajé el momento y el momento hoy regresa. Vale más esto que los objetos. La casa tiene vida propia y ahora ha emprendido una singladura nueva. Todo confluye en ese río. Fluye el tiempo, las personas se van y los objetos se entregan a otros dueños. Se vende, se compra. El ciclo es imparable. Las generaciones de los hombre son como las hojas de los árboles, decía el filósofo griego. Pero me afecta, siento pena, todo aquello se ha desvanecido como el día desaparece cuando la noche llega.
+ [“Birds in the night”]: Leo el poema de Luis Cernuda y me quedo pensativo. Sobre Rimbaud y Verlaine en Londres, en Canden. El lugar y su sordidez, la instalación de una placa, los poetas y los políticos, esas realidades disímiles [¿tan disímiles son, no hemos conocido, acaso, políticos-poetas y poetas-políticos, no hemos sostenido, tantas veces, que el arte es, sobre todo, una forma?]. Pienso en mi lugar en el mundo y si he desperdiciado mis talentos. No hay caso. También así fue el final del día.
+ Imagen: cuando consultor las propiedades del archivo puedo ver que. las tres fotos las disparé en febrero de 2023. El tiempo que ha pasado se suma a otras experiencias, mi padre estaba vivo y aquel día, C. y yo, fuimos con el a la playa. No sé que queda en las fotos, pero algo permanece.













