+ El determinismo no es un tema, es el tema. Las cartas que te han tocado son definitivas y no admiten cambios. Palabra que resuenan en el rutinario desarrollo del día. Me entristezco. Me enfrento a la tristeza y gano. Tampoco deseo la engañosa felicidad. ¿Ataraxia? A veces el despliegue de la rutina me parece un campo de observación en donde puedo clasificar elementos y dejarlo en la casilla que les corresponde. No sé. Ni está bien, ni está mal. Son debates que tengo mi propia mismidad, en silencio, en el interior. Cierro los ojos y duermo, los sueños me asaltan, aunque no me perturban. Escucho viejas canciones y recupero tiempos que parecen distintos, pero están íntimamente unidos al presente. Estos son los materiales que me permiten entender algo sobre mí. Me parece que este ensimismamiento siempre ha estado ahí, desde la cuna. Debo avanzar.
+ Sin miedo, sin esperanza. Ahí me mantengo.
+ La carpeta que cree en el ordenador con el nombre de “Fotografía” tiene un contenido extraño y diverso. En ella guardo enlaces e imágenes que se resuelven en motivaciones, intereses e indicios. Necesito tener un archivo permanente de asuntos que me hagan pensar sobre cómo se desenvuelve lo diario. Hay otras razones, porque me parece que reflexionar sobre la historia de la fotografía nos ayuda a establecer balizas en un camino hacia el presente que se muestra esquivo, pero, así, queda delimitado y nos evita distraernos. Me fijo en la foto de un accidente de automóvil: son los años treinta del siglo XX, es un lustroso coche, que brilla como una pistola en la noche, imbuido en un ambiente de cine negro, tres personas lo contemplan y parecen comunicarnos que “el futuro ya está aquí”. Cierro la imagen y abro el enlace de una exposición que ya caducó y me devuelve una suerte de entender la vida desde una óptica operística. Las realidades me asaltan y se desvanecen. Guardo una captura de pantalla de una chillona actriz que un día nos interrumpió un agradable café en la cafetería de un hotel. Sus expresiones de entusiasmo regresan y retumban cuando veo su rostro. Es un aviso. El conjunto forma un todo con ansia de alcanzar un nombre. Eso deseo yo, alcanzar un nombre y un adjetivo que en su naturaleza de sintagma preciso y solido me devuelva un punto de vista incuestionable. Es un ansia que no se cumplirá, pero, lo sé, vale más el proyecto que su consecución. Así, el camino y la posada. Cervantinamente.
+ La rutina, en contra de lo que muchos piensan, es una bendición. Mi ilustrada concha-refugio me pone a salvo de las opiniones y los esfuerzos infructuosos, me dejo llevar. El silencio. La distancia. Hablo y escucho. Mi posición se refleja en mis manos, la tranquilidad. Hablo y escucho. No espero nada ni de hoy ni de mañana. Palabras.
+ Imagen: doy un paseo, entro en la facultad de BB.AA. de Pontevedra y veo el casillero que ilustra esta entrada: se relaciona con el primer párrafo, en un sentido amplio y abierto.





