sábado, 25 de abril de 2026

El tiempo de la postfotografía es nuestro tiempo

 


+ “La imagen como flujo y no como monumento”, dice alguien y yo lo anoto. ¿La muerte de la fotografía?  La cuestión tiene su interés y yo lo intuí hace más de un año. Todo llega con la inflación de las imágenes que inundan los teléfonos, la posibilidad de hacer buenas fotos con este equipo tan modesto [algo que no sucedía hasta no hace demasiado, pues se precisaba una cámara y unos objetivos muy caros, tras los que el proceso de revelado imponía una tenaz dificultad]. He llegado al convencimiento  de que con conocer la regla que divide en nueve secciones el fotograma y un proyecto que le dé unidad a una serie resulta casi suficiente. Con lo anterior no me alejo de la pintura, sino que me sumerjo en ella y de ella se tomó la importancia y aristocracia que podría alcanzar la fotografía. Por esta razón vuelvo a ver los tejados que capturó Nicéphore en 1826, lo que viene a considerarse la primera fotografía de la historia. En estos tejados está ya una pista para entender la deriva fotográfica, su declive y decadencia: desde esa imperfección primera se voló hasta el presente y todo han sido avances tecnológicos, mientras que la pintura se mantuvo incólume a lo largo de este tiempo, firme en su incontestable materialidad. El estatismo pictórico no es una victoria, es la eternidad. Por otra parte, de ninguna manera el componente económico del arte no se puede dejar a un lado y la fotografía ha visto como su condición de mercancía o de objeto suntuario perdía el valor de intercambio. En su naturaleza repetitiva estaba el pecado, la ruptura del aura tenía consecuencias. El dispositivo se ha devorado a sí mismo y se ha impuesto el criterio múltiple del tsunami fotográfico diario. La idea que abre el párrafo es definitiva: el flujo fotográfico impide la fotografía en sí misma, ni monumento, ni documento.


+ ¿Por qué yo vi esta crisis de la fotografía con cierta anticipación? Por la repetición epigonal de motivos y técnicas que pude observar en museos y revista digitales. Todo un signo agónico. A ello debo sumar la inflación de imágenes que producen los teléfonos. La suma de ambas realidades implica un desplazamiento. Cualquiera puede hacer una buena foto, hasta la casualidad es una buena fotógrafa: el disparo fortuito envía una señal icónica. A estas apreciaciones deberíamos sumar un cierto cansancio y una pérdida de valor generalizada. Ay, el valor y sus derivadas. 


+ ¿Sobreviven las fotos como documento o, todavía, pueden ir un poco más allá? 


+ La disquisición  nos habla de la variabilidad y la arbitrariedad del gusto, de lo canónico, nos habla de volatilidad que tiene el valor (social, estético o económico). La lección está ahí: todo desaparecerá, nada permanece, el cambio es la esencia de cualquier actividad humana y el arte no está al margen. Baste con asomarse a la constitución histórica de cualquier relato biográfico de una disciplina para ver que la visión sobre ella no ha hecho otra cosa que evolucionar y, al tiempo, mostrar el contexto en el que se inserta. No podemos desligar la muerte de la fotografía de nuestro momento histórico.


+ La fotografía ha muerto. La afirmación resulta de gran utilidad para desenvolverse en el día a día. La vida cotidiana está impregnada de lo que fue y todavía se resiste al olvido. La fotografía fue el contenedor sentimental de la memoria de la clase media y trabajadora, permitió retratos y escenas. Esta función la ha disuelto el teléfono, que ha usurpado al álbum y a la cámara. Solo pantallas. Nada más que pantallas.


+ Esta reflexión sobre el final de la fotografía (o sobre su supuesto final) nos puede ayudar a pensar el mundo que habitamos. Pensar en cómo se ha ido modificando la idea sobre determinadas parcelas de la realidad. La fotografía, así lo recuerdo, constituía una unión entre técnica y expresión. Recuerdo la fotografía química y el advenimiento de la fotografía digital. La segunda abrió una posibilidad insospechada y de consecuencias que se sustancian en lo que en el título propongo [“El tiempo de la postofotografía es nuestro tiempo”] porque comenzó una demolición que llega hasta lo que hoy presenciamos. Para revelar, el proceso culinario del laboratorio fotográfico, requería un adiestramiento que no resultaba fácil de adquirir. Los materiales para esta tarea no resultaban baratos. Recuerdo una proceso que se denominaba “sistema de zonas”, un proceso que comenzaba con el cálculo de velocidades y aperturas que se determinaban con vistas al revelado. Recuerdo ver fotos en exposiciones y en periódicos y pensar que había una técnica compleja que se debía adquirir y que conducía a una posición en la socialización artística, igualmente, compleja. Entrar en ese mundo era entrar en una suerte de Parnaso. Ya sabemos: el capital simbólico. Hoy todo aquello se ha visto trastocado. Muchas veces pienso que los equipos que vemos en la ruedas de prensa están más relacionados con una puesta en escena que con una necesidad real. ¿Qué tiene que ver esto con lo cotidiano? Lo cotidiano se determina por la pantalla como catalizador y depósito de lo real.


+ Mientras escribo, una y otra vez, escucho “Lovely Rita”. Los Beatles emergen desde el pasado y todavía mantienen su aristocrática presencia. Sin mayor razón: la paradoja de la canción: cualquier motivo es bueno para hacer una gran canción, incluso una inspectora de parquímetros que sanciona a McCartney.


+ “El arte falta do[nde] el sujeto sobra” , dice en un verso Bartolomé Lupercio Argensola que tomo al vuelo poco antes de devolver en la Biblioteca Pública la antología. Yo no podría expresarlo mejor


+ Imagen: foto aleatoria, de regreso a casa, cuando ya la noche ha caído, encuadro y disparo. Una posibilidad. Esto me interesa: sus límites estéticos e insustanciales.


sábado, 18 de abril de 2026

A Grief Ago


 + Una conversación de circunstancia revela que hay ciertas parcelas oscuras en nuestro interlocutor. Podríamos indagar en su biografía, pero el nerviosismo latente y su referencia a las relaciones personales y de pareja nos muestra un deseo oculto. Eso pensamos. No nos equivocamos, pero solo son indicios, pistas para desvelar un interior que nos esta vedado, pero, al mismo tiempo, no deseamos conocer. Me deshago del pensamiento inmediatamente y paso a otra cosa. No dar importancia a ciertos aspectos de lo cotidiano es salud mental. La curiosidad mató al gato. Me deshago de esa vulgar curiosidad sin especiales dificultades.


+ Siempre hay que tener muy presente que la lectura directa de las obra nunca puede ser suplida por ninguna fuente secundaria, por excelente que esta sea. ¿Qué decir, pues, de lasa terciarias, no ya de la opiniones que vuelan entre las oficinas bancarias o los bares? Silencio.


+ [“A Grief Ago”]: un poema de Dylan Thomas que leo el sábado por la mañana y me entrega una visión. La acojo con cariño y trato de mantenerla viva el mayor tiempo posible. La traducción que aparece es “Desde antes de una aflicción”, me vale y prosigo. Se trata de tener un sentido y regresar a los versos en inglés. La música del idioma se impone.


+ Padres divorciados, hijos de padres divorciados, madres divorciadas. El abanico que nos ofrece la hamburguesería de alta gama en la tarde-noche del sábado es, en sí, una cata sociológica. Sus conversaciones, sus gestos, sus gustos. El futbol, amigos que emergen desde el teléfono, la llamada de la madre, la posibilidad de una serie o una película. Todo pertenece a este particular zeitgeist. Sin ninguna intención sistemática, observo en silencio. La vida se reconduce en el óleo sobre tabla (que alcanza mayor precisión que sobre lienzo). Escenas de lo cotidiano que tienden a la poesía. Subjetivamente, me recojo.


+ Conversaciones sobre la maldad que se diluyen rápidamente. Sin embargo, ese rastro de impudicia queda flotando en el aire. Lo he sentido otras veces. La maldad, llegado un momento, no resulta fácil esconderla. Su manifestación es persistente. La voluntad de esconder el propio daimon se descompone y surge ese dios interno: el mal y la estupidez. Lo bueno, lo malo, los valores transmutados. Soy yo el que juzga y guarda silencio. Lo sé, acierto. Una ver más, acierto. 


+ Un día más alguien insiste en el asunto de la maldad y yo no puedo dejar de estudiar como esta mancha aceitosa se extiende. Un proceso lento e inexorable. Lo estudio, qué hacer si no. La fiebre es lenta y afecta al conjunto, el grupo se contagia y todos alcanzan la misma conclusión que relaciona con la estupidez. Sí. Una idiocia roma, sin ningún atisbo de ingenio, que se recorta contra lo diario. Lo sé. El silencio que debe guardar el observador, pero ¿hay algo más silente que este espacio?


+ Le ha muerto su padre súbitamente y la postración asoma en su extremada delgadez, en su pelo y en las manos. Sus manos tienen la serenidad del que debe aceptar. No hay otra. Así es la muerte. Su lección y lo inexorable del su mandato. 


+ Imagen: este espacio es el espacio de una exposición de muebles de cocina, parece una casa, pero no lo es. La simulación establece sus coordenadas en la primera hora de la mañana. Disparo mientras pego la cámara del teléfono contra el cristal de escaparte y, tras esta acción, continuo mi camino hacia mi trabajo. He roto la rutina, por ensalmo.

sábado, 11 de abril de 2026

Repertorio


 + En un poema leo la palabra “vástago” y no me puedo resistir. Busco la palabra en el diccionario de la RAE. Entre sus acepciones, las esperadas, surge una cuarta :“pieza en forma de varilla que sirve para articular o sostener otras piezas.” No es que sea extraña en sí, pero es desde donde quiero leer el poema. El poema cambia y mejora. No soy yo quien debe alterar el significado, la lectura que pretendió el poeta, pero el poema, ay, ya no es suyo. El sintagma: “vástago del horror”. Ahora sí, ahora sí lo encuentro en el repertorio.

+ Lectura y escritura van de la mano. Aunque el lector no escriba, sí existe una relación entre lo uno y lo otro: la lectura es un volver a escribir. El galimatías que acabo poner negro sobre blanco no me redime, pero tampoco esa es mi intención.


+ Hace años aprendí algo sobre la comunicación: hay una suerte de vacío entre dos personas que hablan porque uno expresa una idea y el otro entiende otra cosa. Lo compruebo a diario. Hablo y ejemplifico, tangencialmente, con una anécdota y el interlocutor la toma como tema principal, entonces, parece que resulta imposible reconducir la conversación. Lo tengo muy presente y he desistido de incidir en lo que deseo comunicar, ya que veo ahí una imposibilidad manifiesta. No estoy dispuesto fatigarme inútilmente. Esto es así, siempre que no vayan en ello mis intereses. Si así es, lucho y, vaya, suelo vencer. Me interesan estos rasgos de lo cotidiano que encierran en sí mismos extrañas novelas. La novela de la vida, tal vez.


+ En el inicio de un extenso texto de Fray Martín Sarmiento se muestran los desvelos que tienen tantos hombres para influir en el curso de su fortuna. La captatio benevolentia que se guarda en este prólogo nos habla de esos “hombres, que no piensan en otra cosa sino en averiguar conexiones, amistades, y aun simples benevolencias, para utilizarse en ellas á costa agena  (sic) con solo el mérito de importunos.” Aquí queda. Hablamos C. y yo de estas articulaciones que se dan en diversos ámbitos de la realidad humana. En el arte, en los negocios o en la caridad. La necesidad de satisfacer el ego no conoce fronteras. Nos situamos en un extremo y observamos. Todo ha sido ya pensado y repensado, pero recordar ciertos acentos no viene mal para conducirse en lo diario y otorgar a nuestros juicios un mayor peso.


+ Se han terminado estas pequeñas vacaciones. He adelantado algo en la escritura, pero, sobre todo, alcanzo un tono que espero mantener y me permitirá llegar a mi objetivo, marcado en octubre. No es poca cosa y me satisface. Me satisface moderadamente.


+ Hoy en el banco presencié, para mi disgusto, como a una mujer le denegaban un adelanto sobre la pensión debido a deudas no saldadas, que estaban generando unos intereses elevados para su economía. Me detuve a pensar y a olvidar. No sin disgusto, se alejó, pero no había enfado en su rostro sino resignación. Antes de irse, la empleada le dijo que lo sentía. No lo dudo. Pero no se puede vivir con el dolor de los otros. Lo cotidiano se solapa y reaparece con una pátina de irrealidad, bajo el tamiz de la ficción. De eso se trataba, la moraleja que esconde. Hoy, cuando todas las moralejas rechazamos.


+ Imagen: "Londres - marzo del 2010". ¿Dónde está todo aquello, más allá de la foto? Ay, todavía mis padres vivían. Hoy el mundo es otro, yo soy otro y ellos no están. Queda la foto: esa marea humana tan incomprensible como imparable. El mundo no ha parado de girar, cuando ellos estaban, ahora que no están.

sábado, 4 de abril de 2026

VIda

 



+ Mis hermanos y yo vendimos la casa de mis padres. Mis padre ya nunca estarán. Ambos han muerto. La venta culmina un proceso. El vacío, hoy, es más palpable que ayer. Ni mi madre ni mi padre volverán. No es tristeza, sino una nueva perplejidad. Una perplejidad que me lleva a romper con los automatismos y me enfrenta a la sentido de la vida, algo que no reconozco como tal: la vida no tiene sentido, salvo el que nosotros le demos. La casa vacía, los muebles que ya no están, el recuerdo de algunas fotos, vajillas y cristalerías, los cuadros y las huellas que dejaron en las paredes y que los pintores adecentaron para la venta. Podría hacer un inventario de objetos y momento, pero ya no me interesa. Recuerdo, únicamente, o eso deseo, aquellos momento que en el pasado construí para el día de hoy: cuando con mi padre subimos a la montaña más alta de Galicia, aquel día que C. y yo comimos con ellos en Portugal. La lamprea, el recorte las cumbres, ríos y playas, Baiona y A Fortaleza. Muchas otras cosas que hoy son un ensayo de una explicación que no llegará.


+ Fuimos a la casa de mis padre C. y yo por última vez un miércoles cuando ya era de noche. ¿Un rito o un conjuro, ni una cosa, ni la otra?  Dejamos el coche en el parking subterráneo y salimos a la calle. Hacía viento. Un poco de frío quizá. Fue entonces cuando me crucé con él, aunque no lo reconocí hasta que lo sobrepasamos. Podrían ser veinticinco años desde la última vez que lo vi. No lo sé. Alto, cara triste, una barba rala y canosa, un andar cansado. Es notario. Ha conseguido su objetivo. Eso lo sé desde hace tiempo, pero nada más sé y este dato no es suficiente para emitir un dictamen. Tampoco se trata de emitir dictámenes. Los juicios son innecesarios, mucho más cuando nada los ha pedido. Curiosamente lo reconocí por su forma de caminar y por la manera en que en la espalda abrazaba un brazo al otro brazo. La tristeza flotaba en su figura. Recordé su nombre, pero, al poco, me di cuenta de que debía colocarle el necesario don y no es irónico.


+ La tristeza de estos días llega desde el pasado. No lo permitiré.


+ Regreso a lecturas que siempre han resultado vitamínicas. No me gusta el adjetivo, pero casa bien con el contexto. Vitamina proviene de vida en latín (vita, ae).


+ He encontrado en un iPhone 17 Pro un rasgo de mi visión del mundo, que no se puede desprender de lo literario. A la manera de Flaubert, me di cuenta, y acertaba, de que en el teléfono se condensaba toda una personalidad y una biografía. Un detalle que permite entrever el futuro. Ay, qué importante ver como se ve en las novelas decimonónicas: el detalle, la estructura, la descripción y el valor simbólico de los objetos. Ay, los objetos, qué expresivos.


+ Hoy nos hemos quedado en casa porque C. no estaba bien. La postración no es un estado moral, tampoco una decisión. Rechazo los juicios morales. Leo juicios y mordientes sobre la eutanasia de Noelia. No hay mucho que decir, salvo protegernos de aquellos que quieren limitar nuestras decisiones, sobre todo cuando atañen a nuestra única propiedad: la vida. No es fácil. Los derechos adquiridos se pueden revertir. Pongo 1979, otra vez. La canción me transporta a un estado de disfrute complejo. ¿Disfrute? Se trata de que no hay una memoria estable, sino que es una constante construcción, demolición y reconstrucción. Me gusta tener consciencia de ese movimiento. Simultáneamente, no puedo dejar de pensar en las decisiones personales y su implicación en la vida diaria. Que nadie nos interrumpa nuestro descanso.


+ [Domingo de Ramos]: ensalmo cibernético: percibo una amplitud que no soy capaz de asumir. Los límites de mi ignorancia son mi conocimiento. Arquitectos, pintores, extrañas sectas de artistas en el desierto de Arizona, lectura y olvido. Claude Vinh-San, extraña musica para la mañana dominical. Jazz. Páginas que visito y siento, otra vez, la carencia de aquello que no fui, que no alcancé. Me refugio en la receta del olvido y la certeza de que hemos sido educados para mantener promesas. Rechazo la capacidad de prometer y me repliego. Silencio. Música. El café cargado, caliente. Una descarga eléctrica. Cuadros y casas, un deseo no satisfecho, la distancia necesaria entre vida y trabajo: eso no es un error, es una declaración. La vida como transparencia. Adelgazamiento, tal vez.


+ [Primer días de vacaciones, lunes]: son las diez de la mañana, me detengo y abandono el proceso de escritura, el doloroso proceso de escritura. Paseo y termino por ver un extraño aleteo. Es una mariposa negra que cuando despliega sus alas ofrece un circulo entre el naranja y el rojo. Se posa en una maceta y durante unos segundos la observo. Sus antenas se mueven con parsimonia y abre y cierra lentamente las alas. No hay un pensamiento claro, sino abandono en la propia presencia del insecto. ¿Es un regalo? Sí, inesperado y extraño. Reparar en su dimensión y en la hora del día, en el cielo despejado, me otorga una paz cierta. La vida, ahora, resulta trasparente, límpida como el agua en el vaso, antes de ser ingerida. Lo conservaré.


+ Pienso, una vez más, en el iPhone 17 Pro. El rechazo que me produce en más acumulativo que intenso. También es cierto: se deshilacha entre tareas y canciones. La poesía tiene un poder enorme, el rencor ahí se diluye.


+ [Ángel González]: un poema suyo me trae paisajes de Castilla y me reconforta recuperar momentos: iba yo en coche desde Segovia a Ávila en coche y era surcar un mar cerealístico en una chalupa [mi coche], también recordé llegar en la misma chalupa a Segovia y ver alzarse en el paisaje la torre de la catedral. Así queda finaliza día.


+ La venta de la casa de mis padres ha incidido en mi humor, en la rutina diaria. Percute y martillea. Se ha cerrado una larga época. Trato de entender la vida de mis padres y se evaporan lo indicios. La brevedad del instante. Mitología domésticas que se han difuminado. Se desvene todo ese tiempo y no me queda otra cosa que el recuerdo. Aquellos momentos que sabía que un día recordaría. Trabajé el momento y el momento hoy regresa. Vale más esto que los objetos. La casa tiene vida propia y ahora ha emprendido una singladura nueva. Todo confluye en ese río. Fluye el tiempo, las personas se van y los objetos se entregan a otros dueños. Se vende, se compra. El ciclo es imparable. Las generaciones de los hombre son como las hojas de los árboles, decía el filósofo griego. Pero me afecta, siento pena, todo aquello se ha desvanecido como el día desaparece cuando la noche llega.


+ [“Birds in the night”]: Leo el poema de Luis Cernuda y me quedo pensativo. Sobre Rimbaud y Verlaine en Londres, en Canden. El lugar y su sordidez, la instalación de una placa, los poetas y los políticos, esas realidades disímiles [¿tan disímiles son, no hemos conocido, acaso, políticos-poetas y poetas-políticos, no hemos sostenido, tantas veces, que el arte es, sobre todo, una forma?]. Pienso en mi lugar en el mundo y si he desperdiciado mis talentos. No hay caso. También así fue el final del día.


+ Imagen: cuando consultor las propiedades del archivo puedo ver que. las tres fotos las disparé en febrero de 2023. El tiempo que ha pasado se suma a otras experiencias, mi padre estaba vivo y aquel día, C. y yo, fuimos con el a la playa. No sé que queda en las fotos, pero algo permanece.

sábado, 28 de marzo de 2026

Sin indicaciones (36)

 


+ ¿Tendría que interesarme la entrevista al pintor? No. Prefiero continuar en la ignorancia de sus opiniones. Tener presente la muerte del autor que decía Barthes me resulta útil. Hoy, también.


+ La tristeza es un vicio, decía Pessoa. Hay usos espurios de esta afirmación. Proviene el inadecuado uso de creyentes ilusionados y fantasiosos. Tengo ese rasgo. La tristeza. Viene y va, se detiene y desaparece, pero late en una profundidad extraña. Desconocida. Lo sé. Mi carácter, la imposibilidad de sustraerme a lo que soy o lo que fui. Flashes que llegan del pasado, un presente que resulta confortable e incómodo (y de ninguna manera es esto una contradicción), personas con las que me cuesta comunicarme y, al mismo tiempo, resultan plenamente explicables. El futuro ya está aquí, decía la canción. No es miedo, es tristeza, a veces complementarias, siempre distintas. Escribo y no sé de mis interlocutores. Los fantasmas se beben los besos que se envían en las cartas, decía Kafka. Basta ya de citas. Silencio.


+ Desconocidos, conocidos e íntimos. Una triada clasificatoria, un punto de orden y un espacio para el olvido. 


+ Imagen: trabajadores tras las cortinas del museo de arte contemporáneo. Basta la mirada para elevar el gesto a discurso.

sábado, 21 de marzo de 2026

Los dioses lares

 


+ Ha dejado de llover. Las conversaciones sobre el tiempo son una apuesta por la neutralidad. Sin embargo, entiendo que al ser la lluvia una incisiva presión sobre mi estado de ánimo la observación es punto más que necesaria. Pasear, asomarse a las calles, sentir la caricia del aire. Hoy encuentro razones para disfrutar de las últimas horas de la tarde del domingo. Queda así.


+ Libros de poesía pendientes. Su lectura estructura el paso del tiempo. Compartimentos estancos que nos devuelven la imagen del tiempo renovada y libre de condiciones. Compartimentos estancos o esa es la intención. No busco exactitud, tampoco un reflejo. ¿Conocimiento? La derivaba de los años me ha enseñado a que la desconfianza es un primer acercamiento, pero no puede determinar el curso de las investigaciones.


+ Recibo noticias de alguien que permanecía en la sombra. Una necrológica. Un intercambio de datos, un acercamiento filosófico para los que desconocen las filosofía en sus más rudimentarios principios. Algo de eso hay. Reconocimiento y lejanía.


+ Una agradable mañana que prologa la primavera. Café, celebración y conversación distendida y banal. Lo banal no es necesariamente un rasgo negativo. Café con leche sin azúcar muy caliente. El cielo es transparente y hay un perro que juega, casi un cachorro. No hay tema, me digo y me dejo envolver por las conversaciones sin llegar a participar, como la pluma que roza la piel. Me reconcilio con la humanidad: qué poco hace falta: un café y risas, ilusiones y una juventud no tan lejana. Agradezco el regalo de los dioses, los dioses lares


+ Vuelvo a la pintura. Por casualidad, en la irregular y aleatoria navegación me encuentro con cuadros y fotos de un pintor que si no fuese por la relevancia de su hijo nunca hubiera llegado a su obra. La cuestión es que su pintura me parece interesante, con la salvedad de que la estoy viendo en una pantalla y esto es un doble engaño: el engaño de la pintura y el engaño de la pantalla, sin las propias dimensiones del objeto, el objeto se ha transformado ya en otra cosa. Estudio por el aire su biografía que me lleva a plantearme, otra vez más, la diferencia que se establece entre el éxito y el fracaso. Ambas etiquetas son arbitrarias y móviles. ¿Fracaso, éxito? Un decisión, tal vez. ¿Se trata solo de etiquetar o debemos dejar la tarea de la clasificación a un lado y, sencillamente, vivir? Responder esta cuestión sí que es toda una tarea que lleva toda una vida alcanzar. 


+ Imagen: un ensayo de espiral con el que me encuentro en un paseo por Madrid en la compañía de C. Queda la señal de un tiempo feliz, que se debe conservar como el sortilegio que es: contra el desánimo.

sábado, 14 de marzo de 2026

Reelaboración

 


+ Hay un estudio implícito en las conversaciones sobre las otras personas, aunque yo, como observador vocacional, me mantengo al margen y mis intervenciones son punto menos que neutras o totalmente vacías. Lo siento, yo no he venido aquí para darle la razón a nadie, tampoco para quitársela. He visto gran desconocimiento sobre cuestiones básicas de sintaxis y he guardado silencio: qué quieres de postre: helado o tarta, qué debe presentar: una nota simple del registro de la propiedad o una declaración responsable. No importa y, realidad, no lo siento, solo me mantengo al margen. El margen lo establezco en cada momento y su movilidad es mi dominio. Escucho atentamente lo que sobre los otros me dice y yo no añado nada. Ni añado, ni quito. Preferiría que no me contasen nada, pero eso no es posible. El apunte de la circunstancia es su disolución. 


+ Veo en las últimas fotos que he colocado en este espacio un algo de expresionismo. La búsqueda de un límite en las dimensiones y la perspectiva. También en los dibujos que hago en la libreta y, así mismo, en su coloreado. Las imágenes se pueden analizar desde múltiples perspectivas, aunque hoy yo las prefiero ver en la sintonía con ciertas balizas sentimentales en lo diario. Las fotos de mi movil son entradas en un diario y, también, las que aparecen en la libreta de los dibujos y se unen a estas entradas. No sé. La necesidad de que haya constancia de lo vivido y la reflexión sobre su devenir.


+ Lo que decía ella: los recuerdos son construcciones. Lo decía mientras hablaba de cómo había llegado a asumir la demencia de su madre y la necesidad de cuidarla aunque su madre ya no es su madre, sino el contenedor de su madre. Ay, quizá todavía sienta que ella es ella, “mi madre, a veces, tiene una reconexión con lo que fue”, pero, ay, la mayor parte del tiempo no está. La memoria es una construcción, una selección y un relato que varía. El cambio es la clave. M. no lloró, pero estaba triste. Luego volvió a hablar del trabajo, pero a mí esa conversión, qué le voy a hacer, no me interesaba y, sin ser maleducado, me distancié. Mi neutralidad. Luego, a lo largo de fin de semana, no pude dejar de pensar en su situación. La tristeza, me dije y continué con mi camino. Mi camino, ay.


+ La reelaboración me interesa y, al tiempo, no puedo escapar de su influjo. Qué hago yo todo el día: coser, descoser y volver a coser.


+ “La sensación era extraña. Como si de repente comenzaste a entenderlo todo. Y cuando digo todo lo digo en la máxima expresión de la palabra todo. Bien. En realidad me refiero a que había comenzado a percibir con claridad la forma en cómo funcionan determinados resortes sociales y profesionales, compartimentos no necesariamente estancos. Esos procesos de socialización me sorprendían, los observaba como un primatólogo observa a la familias de gorilas que componen un clan. Tal vez ese punto de observación era soberbio, pero no encontraba ningún otro desde donde describir lo que a diario veía. Descripciones que eran de uso particular y sin un objetivo determinado, salvo comprender. Una compresión intransitiva. Y lo que  veía me parecía fútil, irrelevante e infantil. Ser observador es una apuesta por la irrelevancia, el observador es necesario que se camufle en el boscaje y no se manifieste ante la población observada."


+ Imagen: recorte.


sábado, 7 de marzo de 2026

Sin indicaciones (35)

 




+ La soberbia es un tema. La estulticia va de su mano. Lo he visto en tres o cuatro ocasiones en el último viaje a Madrid y, lejos de indignarme, se convirtió en un tema muy interesante para observar. Esta soberbia vino de la mano de hombres jóvenes, bien parecidos y bien vestidos. Su altisonancia resultaba, por otra parte, un tanto ridícula. Yo sé que la edad me otorga un punto de vista privilegiado. Todo eso lo he visto antes y he visto cómo se desmoronaba, que es el destino de todos los pecados, vicios y virtudes. Esa plantación de la finitud desmonta cualquier presunción. Sin embargo, me agradó en el probador el gesto de una chica de la tienda a la que el mocetón ignoró tras darle un golpe mientras miraba hacia el frente embutido en su chaqueta de pelo y sus gafas de dorado cristal espejado. Nos miramos y sonreímos. Aquello desmontaba cualquier tontería del bigardo. Me reí internamente y me despreocupé, era un emblema de nuestro tiempo: el mío, con casi sesenta, y el de chica, que no llega a los treinta. Nada permanece, todo es cambio, pero se mantienen usos y costumbre tan estúpidos y prescindibles como aquellos del pasado.


+ Sigo con Saavedra Fajardo y su República Literaria. Hay una enseñanza: no hace falta tener demasiados libros y se debe sospechar de aquel que presume de extensa biblioteca. Pocos libros, poco tiempo, más vida que la libresca o la cultura, con mayúscula o minúscula, siempre con “k”. Pero esto es pedir demasiado. El silencio se impone. Al poco tiempo, entro en un debate sobre la redacción del libro, sobre las dos versiones de la redacción, que hasta se pueden considerar, en algún momento, contradictorias. La lección me enseña, o me recuerda, la necesidad de no dar nada por hecho y que la inconsistencia de la autoría es una norma más estable de lo que, en un principio, podría parecer. Pocos libros y con un acercamiento desconfiado, la desconfianza contra la autoría. Una suma que va más allá de los sumandos y se dispara hacia un punto de vista que deshecha los tópico, o esa es la voluntad. La voluntad que impone al afán del día.


+ La soberbia es todo un tema. La ira, el rencor o la cólera. Buscaría adjetivos, encontraría rostros y recordaría situaciones y daría a la redacción anécdotas para sustentar la vieja idea de que “el carácter es el destino”, aunque disiento: la soberbia la atempera la trayectoria vital, bien en un sentido, bien en otro sentido. Me quedo con la estampa recibida en Madrid estos días, que fue suficiente para unir soberbia y estúpida disposición. El imbécil que se admira en el espejo, como un emblema.


+ Añado: la estupidez es todo un tema. Observaciones en el discurrir de lo diario, reflejos que se anotan y luego se desechan. Una estupidez observada que se relaciona con una incierta hybris. El estudio no se detiene. Soberbia y estupidez se juntan en un punto. Es punto me interesa, esa confluencia es lo que observo.


+ Imagen: escaleras, puertas, ventanas y sombras.


sábado, 28 de febrero de 2026

Helleborus [eléboro]


 


+ Hago fotos, las archivo y, al cabo de los meses o de los años, las recupero. Invoco aquellos momentos y regresan al olvido. Movimientos que no implican otra cosa que el moviendo en sí mismo. Los trabajos y los días.


+ Un aliento de frivolidad, superficial y prescindible. El tiempo nos arroja juicios que ignorábamos.


+ He indagado en la vida de una estrella de rock menor que confiesa en sus memorias que su mayor problema han sido sus adicciones, también relata los problemas económicos por los que ha pasado en los últimos años. También, he buscado datos de un estafador a raíz de una noticia en el periódico. En ambos casos se aparece la ciudad de Madrid, lugares por los que he transitado, bares en los que he tomado café, plazas o calles, barrios y estaciones de metro. El cantante tiene su brillo y su vida, quizá, merezca esa novela que yo no escribiré. El estafador, también. Las novelas están al alcance de nuestra mirada: personajes y escenarios. Pero sobre ambas realidades el dinero parece imperar. El dinero como motor y freno de la vida. Lo pienso y pienso en todos los fracasos económicos que he visto y que han actuado como una vacuna o antídoto: vidas que me han mostrado una sima de la que huir (pequeñas dosis de veneno que previenen del veneno en sí). En fin, la vida.


+ La novela en sí, principalmente, requiere, en primer lugar, una estructura. A partir de ahí, todo.


+ Canciones que se lleva el viento, monedas que brillan con el sol de otoño, la mano del vagabundo, la sonrisa de la niña que espera su turno, el perro que se sienta, la lluvia y el sol, las canciones de Radio Futura, el ritmo y el silencio, una guitarra, el metrónomo, el abrazo y el cuerpo amado, la rutina y su ruptura, Madrid, un Madrid que hemos construido a lo largo de cuarenta años, en la distancia, canciones de amor, canciones y olvido, llamadas telefónicas en la noche, trenes nocturnos, el último viaje del Rías Baixas, los documentos y los monumentos, la historia y su olvido, la rápida carrera de un corredor, trajes oscuros, vaporosas bufandas en el otro lado del río, una pizca de absurdo, las derivas de las obligaciones diarias, el dolor que produce la escritura, las curas que precisa la escritura, leer y dormir, el sueño, he aquí el resultado de una vía: nada, canciones que olvidé y en su momento fueron casi un credo, todo se desvanece. Madrid, otra vez queda atrás.


+ Por razones que no vienen al caso, he acudido a la obra de Saavedra Fajardo República literaria en la que encuentro un juicio que considera que a los libros de política como “dañosa mercancía”. Poco antes había leído un artículo que contenía las cuestiones que Podemos arguye para no integrarse en una posible, o imposible, coalición de izquierdas. Después reviso algunos tomos de ciencia política que me resultaron totalmente decepcionantes. Vanas y obvias explicaciones, vacías y ruidosas como un sonajero o una maraca. Tanto explicar, nada encontrar. Finalmente, concluyo que hay una cháchara muy peligrosa, que quizá sea la misma de la que habla Diego Saavedra Fajardo y que perdura a lo largo de los siglos. Ay, los politólogos charlatanes cuanto mal ocasionan. Al tiempo, otro artículo que ofrece una pincelada estadística dice que ni con la unión lograrían sumar los escaños suficientes. La rendición no cabe. Ni el desánimo. El día muere. Mañana en Madrid. A la vuelta, veremos.


+ La cita completa: “¡Oh libros, aun para reconocidos peligrosos, en que la verdad y la religión sirven para la conveniencia! ¡Cuánta tiranías habéis introducido en el mundo y cuántos reinos y repúblicas se han perdido por vuestros consejos! Sobre el engaño y la malicia fundáis los aumentos y conservación de los estados, sin pensar que pueden durar tan poco sobre tan falsos cimientos.” De eso se trata, de la conveniencia, nunca de otra cosa, y, como se ha repetido tantas veces, el papel todo lo aguanta, pero cuando el proyecto llega a su ejecución y aparece la construcción y esta se desmorona cuando el viento sopla, se precisa una explicación y si esta no satisface a nadie, salvo al que a sí mismo se escucha, la cita cobra sentido. Veo yo a los falsos profetas, a los intrigantes aduladores, a los peligrosos consejeros. En fin, ¿está agotado el ciclo político? Quién sabe.


+ “Campos de eléboro”, leo e la República literaria. El eléboro es una planta que contribuye a aumentar la memoria, pero, cómo no, tiene un peligro: es muy tóxica y las dosis deben administrarse con prudencia. La unión entre memoria y locura es un tópico. Demasiada memoria resulta pernicioso y el olvido, en muchas ocasiones, es deseable. Lo dejo aquí. La lectura República literaria de Diego Saavedra Fajardo ha deparado ideas y momentos punto más que interesantes. Insisto, la poca pertinencia de los muchos libros y la necesidad de un escrutinio se unen a las cualidades y los peligros del eléboro. Lo recordaré, tanto lo uno como lo otro. 


+ [Viaje a Madrid]: Me quedo, finalmente, con la exposición de Juan Uslé en el Reina Sofía. La coherencia y la depurada técnica se unen para realzar la condición expresiva de la pintura que hunde sus raíces, en mi percepción, en recuerdos entrevistos de un tiempo donde la intuición reemplazaba al conocimiento y, ante su pintura, se confirmado lo acordado de la propia intuición. La fotografía de Uslé también contribuye al proceso de establecer la calidad del espectador (yo). Por otro lado, he visto soberbia y humanidad, hemos viajado en metro y hemos caminado mucho: en tiendas y en bares he visto una cosa y la otra. Es lo humano, así de complejo. Dibuje y, por primera vez, rompí una hoja: no me gustaba lo que había hecho, no pasa nada: siempre hay una primera vez. El tren fue un complejo y aglutinante medio para reunir y ordenar las piezas del viaje; me leí de cabo a rabo El País. Queda un grato recuerdo de Madrid: fuimos felices en nuestra alegría.


+ Imagen: puerta y muros. [Madrid].