+ Continúa la reflexión, mi reflexión, sobre la amistad y, en este caso, sobre su disolución. Una disolución irremediable que viene más del desgaste y el cansancio que del enfado. No se puede cuantificar ni el desgaste ni el cansancio, pero sí son perceptibles. Durante el último mes me he hecho cargo de que para una persona que yo pensaba que yo era importante no lo soy. No se lo comunicaré, pero lo tendré presente. No soy rencoroso ni justiciero. Sin embargo, hay un poso amargo que no deseo que se trasluzca: por el bien común.
+ Viaje en la noche por el campus de la Universidad de Vigo, obra del arquitecto Miralles. ¿Una película metafísica o de ciencia ficción, ambas cosas? Al menos, el escenario era este.
+ La guitarra y la poesía de Antonio Colinas. Tras la muerte de mi padre estas dos realidades se hicieron unidad: un conjuro contra la muerte. Los conjuros resultan, al final, inútiles, pero imprescindibles. Hay cosas que ahora entiendo, cosas que intuí, cosas que no volverán y cosas que permanecen. Lo vuelvo a pensar ahora tras atravesar días en los que reflexioné sobre la amistad y su deterioro, sobre el desgaste que el tiempo y su usura aplican sobre las personas y que conducen a preguntarse si estas de hoy son aquellas de ayer y todo se resuelve en que, definitivamente, todo es cambio. Nada nuevo.
+ Imagen: los restos de unas vidas que ya no son.
