+ Hago fotos, las archivo y, al cabo de los meses o de los años, las recupero. Invoco aquellos momentos y regresan al olvido. Movimientos que no implican otra cosa que el moviendo en sí mismo. Los trabajos y los días.
+ Un aliento de frivolidad, superficial y prescindible. El tiempo nos arroja juicios que ignorábamos.
+ He indagado en la vida de una estrella de rock menor que confiesa en sus memorias que su mayor problema han sido sus adicciones, también relata los problemas económicos por los que ha pasado en los últimos años. También, he buscado datos de un estafador a raíz de una noticia en el periódico. En ambos casos se aparece la ciudad de Madrid, lugares por los que he transitado, bares en los que he tomado café, plazas o calles, barrios y estaciones de metro. El cantante tiene su brillo y su vida, quizá, merezca esa novela que yo no escribiré. El estafador, también. Las novelas están al alcance de nuestra mirada: personajes y escenarios. Pero sobre ambas realidades el dinero parece imperar. El dinero como motor y freno de la vida. Lo pienso y pienso en todos los fracasos económicos que he visto y que han actuado como una vacuna o antídoto: vidas que me han mostrado una sima de la que huir (pequeñas dosis de veneno que previenen del veneno en sí). En fin, la vida.
+ La novela en sí, principalmente, requiere, en primer lugar, una estructura. A partir de ahí, todo.
+ Canciones que se lleva el viento, monedas que brillan con el sol de otoño, la mano del vagabundo, la sonrisa de la niña que espera su turno, el perro que se sienta, la lluvia y el sol, las canciones de Radio Futura, el ritmo y el silencio, una guitarra, el metrónomo, el abrazo y el cuerpo amado, la rutina y su ruptura, Madrid, un Madrid que hemos construido a lo largo de cuarenta años, en la distancia, canciones de amor, canciones y olvido, llamadas telefónicas en la noche, trenes nocturnos, el último viaje del Rías Baixas, los documentos y los monumentos, la historia y su olvido, la rápida carrera de un corredor, trajes oscuros, vaporosas bufandas en el otro lado del río, una pizca de absurdo, las derivas de las obligaciones diarias, el dolor que produce la escritura, las curas que precisa la escritura, leer y dormir, el sueño, he aquí el resultado de una vía: nada, canciones que olvidé y en su momento fueron casi un credo, todo se desvanece. Madrid, otra vez queda atrás.
+ Por razones que no vienen al caso, he acudido a la obra de Saavedra Fajardo República literaria en la que encuentro un juicio que considera que a los libros de política como “dañosa mercancía”. Poco antes había leído un artículo que contenía las cuestiones que Podemos arguye para no integrarse en una posible, o imposible, coalición de izquierdas. Después reviso algunos tomos de ciencia política que me resultaron totalmente decepcionantes. Vanas y obvias explicaciones, vacías y ruidosas como un sonajero o una maraca. Tanto explicar, nada encontrar. Finalmente, concluyo que hay una cháchara muy peligrosa, que quizá sea la misma de la que habla Diego Saavedra Fajardo y que perdura a lo largo de los siglos. Ay, los politólogos charlatanes cuanto mal ocasionan. Al tiempo, otro artículo que ofrece una pincelada estadística dice que ni con la unión lograrían sumar los escaños suficientes. La rendición no cabe. Ni el desánimo. El día muere. Mañana en Madrid. A la vuelta, veremos.
+ La cita completa: “¡Oh libros, aun para reconocidos peligrosos, en que la verdad y la religión sirven para la conveniencia! ¡Cuánta tiranías habéis introducido en el mundo y cuántos reinos y repúblicas se han perdido por vuestros consejos! Sobre el engaño y la malicia fundáis los aumentos y conservación de los estados, sin pensar que pueden durar tan poco sobre tan falsos cimientos.” De eso se trata, de la conveniencia, nunca de otra cosa, y, como se ha repetido tantas veces, el papel todo lo aguanta, pero cuando el proyecto llega a su ejecución y aparece la construcción y esta se desmorona cuando el viento sopla, se precisa una explicación y si esta no satisface a nadie, salvo al que a sí mismo se escucha, la cita cobra sentido. Veo yo a los falsos profetas, a los intrigantes aduladores, a los peligrosos consejeros. En fin, ¿está agotado el ciclo político? Quién sabe.
+ “Campos de eléboro”, leo e la República literaria. El eléboro es una planta que contribuye a aumentar la memoria, pero, cómo no, tiene un peligro: es muy tóxica y las dosis deben administrarse con prudencia. La unión entre memoria y locura es un tópico. Demasiada memoria resulta pernicioso y el olvido, en muchas ocasiones, es deseable. Lo dejo aquí. La lectura República literaria de Diego Saavedra Fajardo ha deparado ideas y momentos punto más que interesantes. Insisto, la poca pertinencia de los muchos libros y la necesidad de un escrutinio se unen a las cualidades y los peligros del eléboro. Lo recordaré, tanto lo uno como lo otro.
+ [Viaje a Madrid]: Me quedo, finalmente, con la exposición de Juan Uslé en el Reina Sofía. La coherencia y la depurada técnica se unen para realzar la condición expresiva de la pintura que hunde sus raíces, en mi percepción, en recuerdos entrevistos de un tiempo donde la intuición reemplazaba al conocimiento y, ante su pintura, se confirmado lo acordado de la propia intuición. La fotografía de Uslé también contribuye al proceso de establecer la calidad del espectador (yo). Por otro lado, he visto soberbia y humanidad, hemos viajado en metro y hemos caminado mucho: en tiendas y en bares he visto una cosa y la otra. Es lo humano, así de complejo. Dibuje y, por primera vez, rompí una hoja: no me gustaba lo que había hecho, no pasa nada: siempre hay una primera vez. El tren fue un complejo y aglutinante medio para reunir y ordenar las piezas del viaje; me leí de cabo a rabo El País. Queda un grato recuerdo de Madrid: fuimos felices en nuestra alegría.
+ Imagen: puerta y muros. [Madrid].


