+ He pensado en escaleras que he visto en los últimos años. Desde el archivo de Indias en Sevilla hasta las del Louvre, en Madrid: el Palacio Real o la Biblioteca Nacional, El Prado o, un poco más allá, en Aranjuez. Me he fijado en ellas desde una inexperta mirada, deliberadamente ignorante, sin ganas de indagar para preservar cierta admiración y sorpresa inocente, vano propósito, tal como contaminado estoy, como si en la no ingenua ignorancia se atesorase una posibilidad de llegar a significados ocultos. No sé. Algo he logrado con esta suerte de fascinación o fantasía que yo he tejido. Desde lo alto, desde el piso inferior, tratando de encontrar el sentido representativo y teatral que la escalera tiene en estas naturalezas magnificadas. Hay otras escaleras, más humildes, aunque igualmente interesantes y evocadoras. Pero lo que me interesa hoy, en este momento, es la relación entre las escaleras y el poder, la representación del poder. He leído algo, hace un minuto o dos, sobre el tema: cómo dibujarlas, cómo proyectarlas, sin embargo, con todo, prefiero permanecer en esa deliberada inocencia, que es más una tendencia a un límite que el límite en sí mismo, lo prefiero a la lectura que tratados y explicaciones de arquitectos que me iluminen. Prefiero, en definitiva, preservar mi docta ignorancia. Y así todo.
+ En dos ocasiones he utilizado la descripción “acumulación” para acompañar a las imágenes que aquí cuelgo. Acumular es un verbo parasintético, por lo tanto su raíz está en cúmulo. Sin embargo, en latín ya está completado el proceso gramatical que nos otorga la palabra y su espectro. Me quedo con cúmulo: montón de cosas sin orden. Ahí está la raíz de las imágenes, una suma que no se resuelve en un resultado sino en desorden y posibilidad clasificatoria. Como la escalera, misteriosa realidad, misterios planos de la realidad.
+ La lluvia no cesa, no me acostumbro.
+ Imagen: la mañana, el amanecer, un hiato, la transición, llueve, una vez más, llueve.

