+ ¿La erótica de amor a la sabiduría o el liberalismo pétreo de el conocimiento es poder? Así se abre el libro de Sloterdijk, Crítica de la razón cínica. Lo he vuelto a abrir porque en una entrevista Macron se dice deudor del filósofo alemán, de su punto de vista sobre la historia, de su manera de ser contemporáneo. Yo leí el libro hace muchos años, tomé notas y apunté citas. El recuerdo es gozoso y la apertura del libro, la lectura de las primeras páginas me devuelven esa certeza de la posibilidad de otros puntos de vista. Supongo que yo no soy capaz de llegar a un tanto por ciento elevado del libro, pero me sirve. Ha conseguido que me plantee algunos asuntos en el desarrollo de la acción diaria. Algo así decía también Macron, pero yo no soy Macron. El telón de fondo son las elecciones presidenciales francesas, pero sobre ello está el ascenso de la ultraderecha, o la conversión de la derecha tradicional en ultraderecha nacionalista. En ese sentido, también, la Crítica de la razón cínica ilumina.
+ Le dije que los tatuajes, en mi opinión, son talismanes. Me dijo que no, que los tatuajes son principalmente estéticos [dudé de que coincidiesen las laberínticas dudas que yo tengo con sus sólidas certezas, con el entendimiento de la palabra y sus referente: ¿estética?]. Quizá tenga razón porque el maquillaje y lo totémico se unen. En resumidas cuentas, no es posible el hombre sin religión y este era el sentido de mis palabras.
+ “… una despedida del espíritu de las metas alejadas, una mirada clarividente en la carencia original de fines por pare de la vida, una limitación del deseo de poder y del poder de deseo…, en una palabra: comprender la herencia de Diogenes. ” Sloterdijk, Crítica de la razón cínica.
+ Sobre su estructura, el texto se monta solo. Sin compañía, en silencio, arropado por el café y el rumor del aparato que recoge la humedad, bajo la égida del flexo, en la verdad de la lluvia ahí fuera, el saber que el viento agita los árboles allí donde no estamos, la respiración de los animales en nuestra ausencia. Esta cámara hermética, sin sobresaltos, sin esperanza, sin miedo.
+ Tomo el título de la entrada de la Crítica de la razón cínica porque es este un estado de ánimo que me embarga. El cuidado del jardín, sin consecuencias, en la desesperante existencia de una hortaliza, tal vez de una lechuga. “[…] en la que se cultivan las azucenas benjaminianas, las flores del mal pasolinianas y las cerezas silvestres freudianas.”
+ En estos días, en el desarrollo de la campaña electoral de la segunda vuelta en Francia, con se ha terminado ya, hoy, en el día de la votación, persiste la lectura del libro de Edwy Plenel La victoire des vaincus. À propos des gilets jaunes. Más que comprender algunas cuestiones pendientes, se afianza len mí a cierta percepción de los haces que determinan el avance de la ultraderecha, que si obviamos cuestiones de detalle pueden ser traducidas a España. Se trata de la precarización de unas clases sociales y la concentración de la riqueza en otras, un hecho objetivo al que no se le da solución, aunque sí respuesta respuestas. Soy un cínico y, por lo tanto, los discursos que me llegan solo los puedo tomar desde el podium de la ironía, quizá del sarcasmo. Veo a Macron y su reflejo es Pedro Sánchez, pero también Feijoo. Veo a MLP y veo a Abascal. La política es eso: imágenes, espejos, retrovisores, pronósticos, errores y presupuestos, balances y contiendas. El poder, la autoridad, el BOE. Es también la colección de fotos de Macron en diversos escenarios y con diversos atuendos, preparados con inteligencia para cada momento. La política, más que nunca, es comunicación, entre otras importantes cosas que enmascara pero no diluye. En libro de Plenel advierto razones que no advertí en una primera lectura y esto se debe a que dichas razones se han acentuado gravemente en los últimos dos años, la pandemia y la guerra. Si a esto último sumamos las certezas afirmaciones voy encontrando en la introducción a la Crítica de la razón cínica, se constituye un desolado panorama, donde el camino a la ultraderecha parece allanado. ¿Hay que conformarse o pasar a la acción? ¿Preguntas, diatribas o afirmaciones?
+ En relación al párrafo anterior no me queda más remedio que copiar un fragmento de La crítica: “Esa confianza [pequeño-burguesa en el saber es poder] está hoy en día en descomposición. Solamente entre nuestros jóvenes y cínicos estudiantes de medicina hay una línea nítida que lleva de la carrera al standard de vida. Casi todos los restantes viven con el riesgo de aprender para el vacío.” Esta escrito en 1981. Sigue vigente, describe y traza un retrato con precisión, pero con un talento que va más allá de la copia fotográfica.
+ Al título de la entrada añado: aprender para el vacío. También de S.
+ Me entretengo con un subgénero de sonetos, a las damas cantoras. En ese sentido gira la idea del “aprender para el vacío”, pero no es tal. El vacío no es tal vacío, sino que resulta ser este aprendizaje un fiel y preciso instrumento de medida, un entrenamiento para las noticias y las opiniones que nos llegan día a día, una meta y un destino. La lectura en sí no es vacío, aunque a veces sí logre ese vaciarnos, tan necesario.
+ En la distancia y la lejanía me dibujo.
+ Imagen: un recuerdo del invierno, la nostalgia de un abismo, de la tendencia al abismo, un abismo olvidado.
sábado, 30 de abril de 2022
Una pequeña floricultura filológica / Aprender para el vacio
sábado, 23 de abril de 2022
Rutinarios acercamientos a un punto de realidad
+ La historia del aristócrata y del charlatán, ambos comisionistas, tiene un atractivo rescoldo moral que nos atañe a todos. De vez en cuando, salta a la palestra pública un personaje que se convierte en chivo expiatorio, merecida o inmerecidamente [si es que las etiquetas del merecimiento y la culpa tiene cabida]. Yo veo al apuesto aristócrata como parte de una narración muy amplia o inabarcable, en la que se mezclan las revistas del corazón con la consolidación de una clase social que proviene más allá del franquismo, pero que en la dictadura realizó sustanciosos negocios. Por ello, el aristócrata tiene un papel protagónico, ejemplar o epitome de una manera de enriquecerse. Todo reside en su apostura, su mirada, ese saber estar, una erótica propia de un siglo xix traspasado al siglo xxi. Permanece un algo de novela de costumbres y de novela realista en su persona, con ese poso moral que queda tras la desnuda exposición de los hechos, como un notario que diese cuenta de una peripecia. Escudriño la trayectoria del aristócrata, porque la del charlatán poco interés tiene [o el interés se aleja sin perder fuerza, pero pertenece a otro ámbito], y veo en él rasgos que parecen equipararlo a un personaje de Flaubert, de Zola o, incluso, si nos escoramos hacia nuestro presente, de Houellebecq, en su narrativa con ese regusto decimonónico. En todo caso, es carne de narración porque las descripciones de su persona, gustos y maneras se prestan muy bien a ese amplio ámbito que es la novela. Amores, separaciones, carísimos restaurantes, ese gusto por la ropa: los trajes cruzados, el smoking, el chaqué, celebraciones y portadas de revistas del corazón; veleros de lujo, zapatos a medida, gafas de sol carísimas y de un peculiar solo uso, trabajos insólitos e inverosímiles. Lo tiene todo. Sobre la noticia triunfa la materia narrativa.
+ Nos gusta juzgar, la superioridad moral produce un extraño placer. Estudio mis momentos de rabia y no tengo disculpa, pero tampoco deseo el perdón.
+ El ejercicio diario me aporta libertad, esa cuadrícula que es el día a día. Benditas rutinas.
+ Trazo el trabajo para los próximos seis meses. Hay en ello una erótica ordenacista y con tendencia al clasicismo. Yo soy un clásico, en el sentido que oí adjetivar en los bares, hace ya mucho tiempo. El clasicismo entendido como una permanencia anticuada en las costumbres de otros momentos, en la frecuencia en que se visitan las tabernas y en la insistencia en los mismos licores. Hoy los licores son libros y bicicleta estática; salvando la cuestión de la salud, que no es pequeña cuestión, son la misma cosa: estrategias para soportar la vida. El verbo soportar parece demasiado violento, definitivo, tajante, pero soportar es un trabajo de la voluntad, la única receta para el encarar lo diario. Lo diario, benditas rutinas.
+ Cuando veo el barco que el aristócrata ha comprado me recuerda un juguete. ¿Soporta el aristócrata bien lo rutinario? Me da la impresión de que el juguete terminará por causarle hastío, aburrimiento, la zozobra de lo insulso.
+ Mientras resumo las ediciones del Conde no dejo de sentir un aliento de voluntad, me tengo que sobreponer y entiendo el aburrimiento como medida de la cosas y de la realidad. En un juego de sombras, el día se confunde con la noche, se aproxima una teoría y desaparece inmediatamente, cada paso es un paso hacia el abismo. He dejado a un lado lecturas más placenteras, pero yo no busco el placer sino un conocimiento que se construye sobre su propia destrucción. Leo en francés como hago ejercicio. Ahora un párrafo más en el camino hacia la meta. Es así, mediante una innegable disciplina, como me alejo de lo que soy y de lo que fui, como presiento lo que seré, pero no me duermo en la tarea, sigo.
+ Imagen: el abismo del paisaje, las cumbres, las nubes, la sombra.
sábado, 16 de abril de 2022
S/T
+ Ya es de día y abro el libro de Joan Margarit Arquitecturas de la memoria, un libro que compré hace unos años en Madrid, en la librería Pasajes. Leo este libro página a página desde hace mucho tiempo, con cierto método, con una cierta delectación que se sostiene sobre la morosidad aplicada en las palabras, tanto en castellano como en catalán [se trata de una edición bilingüe]. Abro la página que toca y percibo la transmisión de un estado de ánimo que se corresponde con la tranquilidad, con un falso estatismo: “como si el orden fuese un gran bostezo / con el cual el futuro nos devora.” Estamos C. y yo en el Norte de Galicia, en las Rías Altas, mecidos en el silencio, adormecidos, con los planes todavía por desarrollar. La música interior me desplaza y encuentro en los versos leídos un anclaje a la realidad, ese mundo por construir, la exploración diaria del estado de ánimo. No es tristeza, tampoco alegría, una suerte de ataraxia, una tendencia a lo estable y a lo permanente [esa quimera. Así, conduzco tranquilo, con la serenidad de los años y el asombro de la distancia. Paisaje, viento, lluvia, el mar, el océano, lo inmenso. La imposibilidad de abarcar las dimensiones del paisaje me subyga y por un instante recuerdo La atracción del abismo de Argullol. Cierro el libro de Margarit y recuerdo momentos y conservaciones, caigo en el sueño, otra vez un pasaje onírico recurrente. Nada me desvela. El sueño y la vigilia son hermanos que nunca llegar a tocarse, tampoco a ver sus caras.
+ La guerra continua y la inflación se dispara, el paro se eleva y todo parece en calma, aquí. Es un espejismo, el oasis que nos acoge.
+ Las rías por explorar, casas aisladas en la ribera, carreteras sinuosas y poco transitadas, veloces vehículos en el inicio de la noche, amaneceres, anocheceres, el supermercado a pié de carretera, bares de carretera, faros, conos de luz, gasolineras, neones, antiguas fábricas de conservas, hoy abandonadas, depósitos de minerales, puertos recónditos, robles y abedules, una rampa, el viento que agita los árboles, el casi imperceptible discurrir de una melodía en la radio del coche, recuerdos y olvidos, silencio, la hermética tranquilidad de la habitación en el molino, café con leche, rosca, pan, mantequilla y mermelada, el reloj de pared, rías profundas, serpenteantes, aparecen y desaparecen, esteros, los árboles que se balancean sobre la orilla, tu voz es un rumor, se agitan los árboles, es el viento. Las vacaciones terminan y yo prefiero el turismo al viaje, soy otro, más sólido, menos etéreo.
+ Han pasado dos días y parece una eternidad. Las rías altas son otra cosa, me digo y no tengo fotos. He subido algunas fotos a Twitter, pero poca cosa. Los cafés matinales y porciones de bizcocho, suave y esponjoso. Como si los anclajes de la memoria se hiciesen materia en los pequeños de talles, las notas que un día regresarán para decirnos que fuimos felices y no lo sabíamos. Por eso mismo erais felices, por desconocimiento, parece decir una voz que llega más allá del océano. Leí un poema y lo he olvidado. Una nota en el correo electrónico me lo recuerda. A veces, solo a veces, me parece que todo podría volver a comenzar, esa posibilidad me inquieta. Percepciones, apariencia de eternidad, vigilantes pájaros en las aristas de la carretera, son cuervos, negros e inteligentes. Te dije que su padre tenía un cuervo que hablaba, los cuervos hablan, ¿sabes?, el cuervo se llamaba Luis y lo robaron unos albañiles que trabajaban en una casa vecina, eso me contó. Ay, el aliento poético de los días de vacaciones. Ahí estábamos, una vez más.
+ Ordeno las fotos, las copio en un disco duro externo y las borro del disco del ordenador. Todo ello encaminado a conseguir más espacio para instalar un sistema operativo nuevo. Las operaciones informáticas tienen algo esperanzador, como si la juventud se pudiese adquirir con una actualización. Nada más lejos de la verdad porque cada actualización es un recuerdo de que llegará un momento en que resultará imposible actualizar. Esta pequeña reflexión se une a la poética de los últimos días y la informática ante la magnitud del océano no es nada. Una frivolidad propia de los que con ello trabajos, un día el sol se apagará como decía un tópico tantas veces escuchado. Es jueves, Jueves Santo. Nada me dice, hoy.
+ Viernes Santo: el mismo silencio, el mismo vacío. ¿La resurrección del Señor? Vanas esperas, vanas esperanzas.
+ Imagen:desde el Cabo Ortegal: esa romántica fascinación por el paisaje, por el abismo del paisaje.
sábado, 9 de abril de 2022
Los abismos, el abismo
+ [Je suis un autre]. Rimbaud. Acabo de visitar un supermercado que inauguraron no hace muchos días. Espero por C. Salgo del supermercado y me siento en un banco y comienzo a leer una página del libro de R. que llevo, que siempre llevo en el coche, en el asiento trasero. Las Iluminaciones. Tras la visita al supermercado [que me transmitió esa filosa sensación de no lugar], me senté en un banco y abrí el libro ante la imposibilidad de sustraerme al devenir de la calle en sí misma, de los peatones, de los paseantes. Los atareados y los holgados. Allí estaba yo, en el banco y en la soledad del que espera, pero con la recóndita compañía del libro. Comencé la lectura en francés, sin recurrir a la página par, donde está la versión española. Fui entonces consciente de que hay recovecos idiomáticos reservados a los hablantes nativos, pero ni siquiera estos pueden penetrar en ciertas resonancias que un texto tiene. Pronuncié interiormente algunas frases en busca de una música definitiva, que me iluminase, a mí también, y hallé una extraña erótica de la vida misma, la realidad y lo cotidiano. Allí estaba el trámite que resolvía C., la pátina de hiperrealidad del súper, mi atuendo y el atuendo de los otros viandantes. Toda esa marea de la realidad. ¿El yo es otro? Sí, me transforme. El abismo estaba allí
+ Encuentro en el libro de Argullol, La atracción del abismo, un fragmento del poema de Leopardi El infinito. La cita la coloca el autor dentro de una reflexión sobre el cuadro de Friedrich El viajero sobre el mar de nubes. Cuadro tan conocido como emblemático del romanticismo resulta. Ambas balizas, Leopardi y Friedrich, me marcan un sendero que se dirige hacia la propuesta explicativa de cierta desazón, un desazón punzante o sorda, una desazón que siento ante la inmensidad del paisaje. Recuerdo que C. y yo en el faro del fin del mundo, ante las inabarcables dimensiones del océano y ante un inquietante silencio percibimos esa atracción del abismo, una vibración que susurraba en mi interior palabras sin un referente definido ni definible, que solo eran sonidos amortiguados que buscaban con ansia el clamor de un significado sólido e inmutable. Ese imposible, ese anhelo. (Ay, ya lo sabemos: el significante sin significado es un oxímoron, pero yo solo hablo de sueños y precipicios).
+ «La estéril región de nuestros años» (Villamediana)
+ Mañana ebria o mañana de ebriedad o mañana de borrachera o mañana borracha. Así leí yo aquel fragmento recogido en las Iluminaciones. Salíamos de viaje y C. debía realizar un trámite, yo esperaba. Visité un supermercado recién inaugurado y comprobé el tacto de la ciencia ficción, pero, también, de la vacuidad del consumo, ese trampantojo. Salí a la calle, me senté en un banco y abrí el libro que llevaba en el bolsillo, las Iluminaciones. Presentía una conexión en la portada verde y en autorretrato de Rimbaud fumando. Una conexión con la adolescencia y con cuentas no resueltas. “Matinée d’ivresse”, la ebriedad y la evocación del hachís, en sonido del idioma y un cierto hiato entre la traducción y el propio texto [ay, lo intraducible]. Me dio la sensación de que solamente el propio R. podría llegar al núcleo del breve texto, pero, así mismo, sentía que mi propio texto era el que leía: en el banco, ante el paso de los peatones, en la espera, con mi atuendo, mis gafas y mi melena, “la máscara que nos ha gratificado”. El yo es otro y con cada cambio se formula su impermanencia. Me miro en el espejo y soy un dandy de 17 años. Otro disfraz.
+ Leo, cada día, una o dos páginas de Paradiso, la novela de Lezama Lima. La prosa me devuelve un placer que perdí cuando se terminó la adolescencia [quizá no hace tanto porque el lector siempre conserva esa erótica intacta]. Se trata de saborear el engarce de las palabras y la capacidad de elevar un mundo tras la lectura, sentirse impelido hacia el teclado o la pluma y plasmar esa ambivalente posibilidad, ese intento de capturar el momento eterno que se destila tras la lectura. Ay, la lectura. No quiero ir más rápido, deseo ese instante en el curso de las tareas diarias, tras el alimenticio trabajo, el brillo de la prosa en el océano de lo cotidiano. Mientras, tiendo hacia el infinito; otro abismo.
+ De algún lugar arranco una fragmentación de lo que se puede contar. Solapadas, la anécdotas del día tienen sentido por sí mismas, por la yuxtaposición, pero el sentido se lo da la cercanía, los hechos que parecen completarse los unos a los otros, la rara experiencia del sueño y su correlato en la vigilia, como si se uniesen en una comunión que tiende a la unidad. Los fragmentos suman más que el todo, por eso la táctica empleada en este diario.
+ En Portugal compro periódicos y revistas que voy leyendo durante un largo tiempo, que se puede alargar durante meses. Como si el día de la adquisición quedase encapsulado. Ahí encuentro un extraño y extravagante placer. Hoy he leído uno de estos periódicos y esto supone un retorno al pasado, a un tiempo que ya no es y que yo recreo. Son entretenimientos que hacen la vida soportable, que constituyen un salto o un hito, una señal desde donde transitar por la rutina. Otro día, otra noche.
+ Imagen: fuera de foco.
sábado, 2 de abril de 2022
Destrucción [Anéantir] y conexiones
+ He terminado la última novela de Michel Houellebecq, Anéantir. Sin llegar a ser una obra cerrada y redonda, encierra en sí numerosas virtudes. Virtudes sobre la que destaca la capacidad del autor para capturar el espíritu de nuestro tiempo, una razón que se puede percibir con claridad en otras de sus novelas. Como extensión y contraste de mis intuiciones, escuchaba a un crítico en un pod-cast. El crítico no se explicaba el porqué del éxito del autor fuera de Francia, al ser, según su opinión, muy localista, al precisar ciertos conocimientos sobre la cultura parisina que los cuales las novelas resultan casi herméticas. No puedo estar más en desacuerdo, me dije, ya que, precisamente, por ese localismo se llega a una cierta suerte universalismo. Lo que H. nos ofrece es el retrato del hombre occidental mediante un punto de vista que alcanza a la totalidad de Europa. Un hombre sin referentes, sin un dios, triste o deprimido, absorto, aburrido, que llena sus días mediante las consolaciones que ofrece la vida moderna. Esos teléfonos, aquellas pantallas, los medicamentos y otras tecnologías. El paisaje del siglo XXI es extraño, la naturaleza alejada de nuestras vidas y el sentimiento de ciencia ficción que todo lo impregna sin aportar respuestas ni plantear preguntas. La ciencia ficción es el marco porque nuestra vida se ha integrado en esa ciencia ficción, que es desde donde parten los relatos de H.
+ Consiguió que se me escapase una sonrisa cuando el crítico que dijo que la obra de H. no le gustaba porque carecía de estilo [como puede ser la obra de Quignard]. Me dije: eso no es un defecto, eso es una virtud. Y allí estaba, atento y sonriente, el grado cero de la escritura.
+ No desarrolle la semana anterior la idea del suicidio como acto de comunicación. Pienso en la mujer que se arrojó desde un quinto piso y se estrelló contra el pavimento de granito. La destrucción del cuerpo, del rostro tal vez, tiene un significado, un sentido que se puede desentrañar. Desentrañar no equivale a entrar una certeza, la verdadera razón. Muy al contrario, esa explicación es la clave que buscamos en la creencia de que su utilidad para sobrevivir.
+ [Piranesi] He comenzado a leer el libro de Rafael Arugullol La atracción del Abismo / Un itinerario por el paisaje romántico. Se aúnan, ya en el título, dos cuestiones de son, desde tiempo atrás, de mi interés. Lo romántico como rasgo de ciertas personalidades y, también, como raíz de lo que hoy entendemos como moderno o post-moderno. Por otra parte, está la cuestión del paisaje, sobre la que tantas veces reflexión; últimamente, en el sentido de la amplitud y la imposibilidad de abarcar, desde lo mínimo, una región. Ay, esa minucia que somos ante un bosque, y este tan mermado ante una montaña. Las arquitecturas de Pinaresi son desconcertantes, entre otras razones, por la ampulosidad de las dimensiones del edificio y la insignificancia de las figuras humanas. En detalle observo los gravados que encuentro en internet y recuerdo la primera vez oí hablar de el italiano. Recuerdo la conversación y la sugerencia que supuso escuchar sobre aquellas cárceles de pesadilla, la pesadilla que habita en el combate entre lo descomunal y en lo irrelevante. Tardé años en encontrarme con la primera imagen de P. y no me defraudó. Ahora que recupero el recuerdo, siento la punzada del tiempo y una suerte de constatación. Mis temas me acompañan y me modula, entiendo la realidad a través de su configuración. Cuántos haces palpitan en lo diario, cuántos emergen, cuántos se sumergen en el olvido. Pero yo yo, un otro yo.
+ Continuo con la lectura anterior y no puedo dejar a un lado que todo lo de Pinaresi tiene un conexión con los días que pasé dentro de lo propuesto por Houellebecq en Aneantir. Se trata de la condición del hombre moderno, de su soledad, el ansia por encontrarse completo y la misma imposibilidad de esa solidez. Pienso en los adjetivos y sustantivos abstractos que se utilizan para describir los grabados de las cárceles de P. y uno vibra con especial y sorda insistencia: acedía. La acedía como gran definición de mi tiempo y mis coetáneos. Ay, el aburrimiento como medida de los que me acompañaron y ya ni por la calle me saludan. Como un Thomas De Quincey de provincias, así es el periplo. Porque esto no es Londres.
+ [Je suis un autre] Queda pendiente una reseña sobre una breve e intensa lectura de Rimbaud.
+ [Anéantir] En realidad el sustantivo que da título a la novela me sirve para describir una sucesión de días que se ven impregnado por la tristeza. Una tristeza inmotivada, me digo sin mucho convencimiento. Este punto se une mi tristeza con una destilada sensación de precariedad que he visto en la novela, lo instable ya conocido se hizo materia diaria durante tres semanas. Ahora hay un vacío que trato de llenar con Sérotonine. No tengo remedio
+ Imagen: Angoulême.
sábado, 26 de marzo de 2022
La muerte, tan cotidiana
+ [Muertes por desesperación] Hacia el final del libro de Michel J. Sandel La tiranía del mérito hay un apartado que se titula “Muertes por desesperación”, que hace referencia a las personas que han abandonado la esperanza de encontrar un trabajo y se dejan ir. Mueren por suicido, sobredosis o enfermedades hepáticas debidas al abuso de bebidas alcohólicas. Mientras leo estas páginas, de una manera tangencial, aunque no ajena, recuerdo ver estas estampas en mi juventud, sentir el temor de caer en una espiral similar. El paro, la ausencia de ingresos, la desesperanza que contrasta con la oferta de posibilidades para el deseo. Ay, el deseo. Los coches, las casas, las familias. Fiestas y celebraciones que se le niegan al que se encuentra en el margen. La desesperanza que conduce a la desesperación es uno de los temas en esos haces sobre los que reflexiono a diario, con mas pena que incertidumbre.
+[El suicido como acto de comunicación].
+ Hoy se ha muerto P. Lo conocía desde hace años y no recuerdo la última vez que le vi, quizá en una comida, quizá en un funeral. Hay un constante zumbido que me desconcentra. Lo dejo y trato de escribir, de leer. La muerte es la medida del hombre porque conoce su verdad incuestionable, que a todos nos atañe, por encima de todas, absolutamente de todas, las circunstancias. Mientras, continua la guerra. Trato de poner orden y son las once menos cuarto de la mañana.
+ Leo un texto de Alfonso Armada sobre la guerra en Ucrania o un texto sobre todas las guerras. Hay una melancolía que por carácter no me resulta ajena. Recuerdo, mientras leo, una velada justificación de las razones de Putin y recuerdo el silencio que se hizo, culminado por un “yo en ningún momento defiendo a Putin”. Al final concluí que se trata de un necio, poco más, sin mala intención, pero un necio. ¿Son los necios sin mala intención los que sustentan la maldad? No lo sé, me sumo a esa melancolía que producen los bombardeos y las buenas intenciones que paralizan las acciones necesarias en las guerras. Siempre con el débil, nunca con el agresor.
+ El texto al que me refería anteriormente se ordena por días y citas. Dice A. A., en un momento: A veces callar es más difícil que hablar. Lo escribe el viernes 11 de marzo, ¿dónde estaba yo, en qué pensaba, qué leía? ¿tiene alguna importancia? Guardo silencio.
+ Enfilo el final de Anéantir. Ha sido una agradable tarea con sus grandes momentos amargos. La lectura de la obra de H. me posiciona en el mundo que me ha tocado. Plantea temas que son de actualidad bajo ese prisma entre la depresión y la sci-fi, una suerte de giro en lo diario, en el desarrollo de las rutinas y sus crestas. Me dejo mecer por esa idea, los paisajes, las costumbres, el derrumbarse de Europa, la decadencia que me embarga. ¿Soy yo? En algún sentido, sí. Se trata de la muerte, como en los últimos días la he visto próxima. Primero, el suicido de la hija de la amiga de mi madre, luego la pobre chica que el acosador mató brutalmente mediante una colisión frontolateral, ayer la muerte de P. Son tres balizas que estructuran la semana. En el medio de ello, la aparición del cáncer de Paul R. en la novela de H. Una suma cero, me digo como si fuese un periodista opinador en la primera hora de la mañana. Ahora he estado leyendo sobre la reproducción, una reflexión que se da en la novela de H. Bien, lo he pensado siempre y ahora lo certifico. ¿Qué certifico? La vida no tiene ningún sentido. Salvo la reproducción, y, para que ella sea posible, el trabajo que anula toda reflexión. Qué razón tenía Heidegger cuando exponía que la verdadera razón del ser está en la mano del que se aburre o del que se angustia. La carencia de hijos nos arroja con dolorosa clarividencia hacia esa certeza. Vuela la afirmación, vuela con vigor la afirmación La vida no tiene sentido.
+ He terminado Anéantir. Queda un hueco. Desde luego, no es mi novela preferida de H., pero hay asuntos que han resultado de utilidad para mi posicionamiento en el mundo, en la multiforme realidad. Debo reflexionar. Esta tarde espero escuchar un pod-cast de la radio pública francesa sobre la novela. No tengo opinión, nunca tengo opinión. Como alguien decía, escribir bien, tener opiniones mal. Y así.
+ El párrafo anterior está escrito al calor de una comida a la que no deseaba ir, que no fue tan mal como esperaba, pero que tampoco fue bien. Reside en el malestar una salvación. Me impide centrarme y al tiempo me libera.
+ Ayer conecté la radio del coche al teléfono mediante el Bluetooth. Luego busqué algún pod-cast sobre Anéantir. Las opiniones fueron diversas, pero todas coincidían en un punto, la favorables y las negativas. El punto es la capacidad de Michel Houellebecq para capturar el espíritu del tiempo. No me cabe la menor duda.
+ Imagen: Una cadena verde y blanca en la oscuridad. ¿Un emblema para descifrar?
sábado, 19 de marzo de 2022
Sin atajos
+ La reflexión de la guerra siempre termina derivando en una reflexión sobre el ser humano, sobre su naturaleza y sobre la determinación de sus acciones. La pregunta sobre podemos encontrar una explicación psicológica en las razones que desencadenan la agresión no parece el planteamiento más adecuado. El otro día, en la radio, alguien, que no recuerdo el nombre, dijo algo que me pareció tremendamente acertado: Puntin es una estructura. De eso se trata. Es una estructura como lo fueron Franco, Hitler o Stalin. No deja de ser la cúspide de una pirámide con sus cimientos bien asentados en los micro poderes, que terminan por sostener todo el edificio. A la vez, veo imágenes y entiendo que no solo hay maldad, sino que la comprensión y la cooperación forman parte de esa naturaleza humana. Quizá no resulten posibles las definiciones precisas, pero se debe intentar ahondar en lo leído y lo visto para establecer preguntas que nos permitan avanzar el en camino de la comprensión. Un camino, no una meta.
+ Tengo una lista que he titulado Haces, indicios difusos y condiciones de posibilidad. En ella apunto supuestos temas de conversación sobre los que reflexiono. La lista crece y yo encuentro que algunas intuiciones se dirigen correctamente hacia un destino. Las redes sociales, el auge imparable de los populismos, la información como generadora de realidad, etc. En fin, lo último que he apuntado es que la guerra que ha desatado Putin es un catalizador que nos introducirá en una suerte de ciencia ficción, que es la esencia ética y estética de nuestro tiempo. Triunfa el teléfono como elemento nuclear de la identidad.
+ Puntin es una estructura, y me lleva a pensar que toda explicación psicológica es errónea. Dicho esto, cierro el ordenador.
+ Continuo con la lectura de Anéantir. He terminado el ensayo de H. sobre H.P.L.
+ He tomado L’éducation sentimentale de su lugar, de la balda donde se aloja la literatura francesa. Apenas he leído 15 páginas y me ha golpeado, con suavidad, la erótica de la prosa de Flaubert. Hay cosas que solo se pueden entender con una lectura directa, el resto es olvido.
+ Imagen: 2017.
sábado, 12 de marzo de 2022
Una camisa de once varas
+ La frase que encabeza la entrada resume una idea o un estado de ánimo que me embarga desde hace días. Meterse en camisas de once varas, o, lo que es lo mismo, emprender empresas que están por encima de nuestras posibilidades. Se une, por proximidad, a la funesta aventura de Faetón. Se han acumulado una serie de acontecimientos que intensifican la sensación de haber fallado, me enfrento a ello y sé que no es así, al menos en su totalidad; pero esa niebla me embarga y me debilita. Como Faetón, me parece que he tomado el carro del Sol y he errado en la trayectoria del amanecer a la noche, la trayectoria del astro sobre el periplo vital: la biografía. Repito que solo es una percepción, y que esta no se corresponde con los hechos, con las reacciones de las personas ante mi trabajo diario, pero no consigo sacudirme ese extraño ennui. ¿Es el tiempo o es algo propio de la edad?
+ ¿Se trata de la estación del año, del tránsito hacia la primavera que se aproxima; tal vez sí, tal vez no? La tristeza se debate entre el vapor y la tierra, pero no perdurará.
+ La arquitectura se mantendrá a lo largo de los siglos, sin remedio. Hemos visto horribles casas producto de la unión del dinero rápido y la falta de gusto. Me pregunto si esto se transformará, en el futuro, en una curiosidad digna de un viaje que lleve al turista a contemplar estas absurdas construcciones, constituidas ya en reclamo para el curioso. No lo sé, no tengo esa capacidad de previsión [¿alguien la tiene?], pero percibo que hay algo que está latente en su corporeidad.
+ Según me adentro en selvas de argumentos en relación con el determinismo, veo caer un cierto velo. No resulta agradable y creo que todos ellos tienen una solidez que se debe modular. No hay una libertad absoluta, pero tampoco la determinación es insoslayable, me digo y me propongo como meta a la que llegar. No hay una fórmula que me salve de la duda y veo que finalmente esa meta es la que dirige la investigación. Un camino medio que me otorgue una explicación sobre la biografía, la mía y la de todos. Puntos de partida, contextos y herencias [biológicas y económicas]. Haces que se cruzan en un punto: una persona en concreto y su biografía, la trayectoria y el destino. Ay, el destino.
+ “… d’une chute immobile dans un espace abstrait” en Anéantir, p. 254
+ Escucho la radio un poco más tarde de lo habitual, mientras realizo mi sesión diaria de bicicleta estática. Un contertulio dice que se ha errado en determinar el marco que posibilitaba entender a Rusia y a Puntin. No puedo evitarlo, ¿por qué si aquel marco era incorrecto y el que se propone ahora es el adecuado?
+ Su madre ha muerto recientemente, en sus brazos, tras varios días de aislamiento debido al covid. Me cuenta que ha tenido un ataque de ansiedad y me muestra las pastillas que el médico le ha recetado, me explica la pauta que le han dado. Hablamos de si el dolor se debe soportar o aplacarse, aplacarse con lo que tenemos a mano. Sin duda, sufrir no sirve para nada. Sonríe y me dice que sí. Ha perdido varios dientes desde que yo lo conozco, son signos de vejez que se acumulan en la montaña de la ansiedad.
+ Imagen: la arquitectura, el urbanismo, símbolos, senderos, ausencias, imperfección.
sábado, 5 de marzo de 2022
Mini-Break
+ Según avanzo con la lectura de H. P. Lovecraft / Contre le monde, contre la vie de M. H. se confirma una antigua certeza. Sin determinar su beneficio o su perjuicio, alimentar el gusto literario crea una tendencia al relativismo porque los juicios morales son ajenos al binomio autor-obra, ya que la segunda toma vida por sí misma y en el primer sujeto resulta indiferente su virtuosismo a la hora de crear la obra de arte. Y, así, quizá se pueda extender a toda obra de arte, donde la pericia se impone a la buenas intenciones, pero, también, a las malas intenciones.
+ Se percibe sobre la superficie de las cosas una delgada capa de ciencia ficción. Un truco que se manifiesta en cada una de las tareas que en lo diario se van dado paso. La conducción, la consulta del teléfono, una foto que se edita con un fin diferente al que en primer lugar se propuso, los bolígrafos con tinta de gel, el sonido de las máquinas, el andamiaje y los apeos, la pantalla del ordenados […] Todo ello se debe a que la lectura de Anéantir comienza a obrar su meritorio efecto: el narcótico que ciertas lecturas suponen. En este caso, el desplazamiento de la percepción en obvio y está condicionado por la sucesión de imágenes, modos y maneras que ofrecen los personajes de la novela, también el paisaje y la arquitectura, el urbanismo y la decoración. La gastronomía, cómo no. Qué placer, lo sabía y ahora lo atestiguo.
+ Un recorrido previsible, traduzco con rapidez. He estado recolectando méritos para la plaza y acabo de leer la cita en la pantalla. Pronto iremos C. y yo a la parte de A Costa da Morte que no conocemos, que yo no conozco. Se suman realidades e ilusiones, alucinaciones quizá oasis en lo diario. ¿Son tan previsibles los recorridos? En cierta medida sí y en ello descanso, pero lo contingente acecha a la vuelta de la esquina. No creí que fuese a estallar la guerra en Ucrania. Me pregunto si he pecado de ingenuidad o me dejado arrastrar por los indicios que me llegaban desde los medios de comunicación; en cualquier caso, sí estoy seguro de que se escapa a mi capacidad la adivinación, pero no sólo a mí se me escapa. Me centraré en la lectura y en el próximo viaje, lo que llama en U.K. un mini-break.
+ [Mini-break]
+ Une haine absolue du monde en général, aggravé d’un dégoût particulier pour le monde moderne. Voilà qui résume bien l’attitude de Lovecraft [M. Houellebecq en H.P. Lovecraft / Contre le monde, contre la vie].
+ Hemos pasado C. y yo tres días en A Costa da Morte. El mar y su fuerza, la transición entre el campo y la inmensidad del mar me trasladaron a un estado de ánimo entre el asombro y la tristeza. Según el tiempo pasa, la inmensidad me condiciona y me obliga a inspeccionar el pasado, el futuro y evitar el presente. Como una cometa que sostiene en el aire, supongo que es una constatación de lo evanescente y frágil que resulta la vida. Todo cambia en un instante. Desde aquí vemos la guerra y no sabemos nada de ella, salvo las ráfagas que se destilan desde el teléfono o desde la radio. Yo sigo con mi letanía de indagaciones y no llego a ningún lado. Me condiciona la incertidumbre que la plaza me ocasiona.
+ Imagen: aquel mar, todos los mares.
sábado, 26 de febrero de 2022
Búsqueda y encuentro
+ Las horas que estuve en Madrid creí entender ciertos aspectos sobre el paso del tiempo, los proyectos y la brevedad de la juventud, la brevedad de la vida en sí. Como el espectador que soy, observé a los jóvenes caminar, reír y mirarse. Escuché entrecortadas conversaciones, maneras de creer en la inmortalidad y escenas de amor en los pasillos del metro. Todo lo que vi lo había vivido yo en su momento, ecos del pasado, esferas que se alejan, y nada me resultaba ajeno, pero, simultáneamente, nada me pertenecía ya. Me dije que yo no soy juez, ni tampoco parte. Solo un paseante por una ciudad que no es la suya. Un paseante con una misión y el paseo para él solo es una terapia previa a una prueba que se desarrolla en hora y media tras meses de trabajo. Así, veo y no valoro, esbozo un apunte del natural y me retiro; he adoptado esta posición con el paso del tiempo, en el trenzado de mi trayectoria vital. La biografía se desvanece en esta individualidad sumergida en los trayectos, los movimientos y la consecución de unos objetivos modestos y accesibles. Mi otro yo vio su reflejo en el espejo de la habitación del hotel, ambos se fundieron y yo conseguía llegar a un deseado y merecido descanso. Llegó el sueño. Yo soy un otro, me dije y quedé profundamente dormido. Por eso, el sueño es la imagen de la muerte.
+ Un artículo más sobre el determinismo. Se acumulan, los leo y sigo en la misma posición, que me disgusta pero que soy incapaz de abandonar. El carácter es el destino. Y se impone una cuestión de grados y modulaciones. No soy capaz, ¿todavía?, de establecer unos límites claros, una estructura de preguntas que planteen la razón de ciertos indicios. Lo intento una vez más y no hay más certeza que su búsqueda.
+ La coordinación se opone a la subordinación, ya que se da entre elementos de la misma categoría. La sintaxis como herramienta de medida para las relaciones entre personas. Herramienta, que no metáfora.
+ [Madrid]. Fui a la exposición de Picasso y no resultó ser lo que yo esperaba. Algunos cuadros y muchos grabados. Me dediqué más a ver cómo el público se entretenía con las obras que a ver yo los propios cuadros. En realidad la función de la visita era más terapéutica que contemplativa y surtió efecto. Me fui bajo la égida de la idea del genio y su obra, las suma de contradicciones entre el artista y el hombre. Hacía calor y Madrid se desvanecía ante mis ojos, un Madrid que ya no era nuestro, un Picasso que certificaba su calidad y abría cuestiones que no resolvería ese día, ni durante los siguientes; quizá, nunca.
+ Me he renviado desde el teléfono al correo un artículo sobre cómo desarrolla la lectura Michel Houellebecq. Un momento en que el acercamiento al escritor es notable. Reflexiono sobre ello. Un aliento de ciencia ficción y un análisis del presente desde un futuro próximo y netamente novelesco. Cuánto me gusta el ambiente que se eleva desde el libro, es una suerte de ennui altamente cautivador, al menos en mi percepción de mi propio gusto. Un gusto que se conecta con los ires y venires del yo. Y copio la cita en el siguiente párrafo, porque me identifico con el placer que reporta la lectura en los trenes, la obsesión por la lectura, ese destino.
+ “À l’opposé de ces conditions de lecture dégradées, je connais peu de bonheurs plus intenses (et je me suis souvent demandé si j’étais le seul à le ressentir) que celui de lire un bon livre, confortablement installé dans un train qui traverse un beau paysage. On plonge dans le livre, on s’y imerge complètement ; de temps en temps, on lève les yeux de ses pages pour contempler le paysage qui défile ; et on continue, on alterne les deux sensations, qui semblent se renforcer l’une l’autre, et on a envie que ça dure longtemps, toujours.”
+ Resumo lo anterior: qué agradable resulta leer en el tren, levantar la vista del libro y escrutar el paisaje, regresar a la lectura y entender que hay algo como una cápsula que nos arropa en esta operación. Lo suscribo en su totalidad. Así regresé de Madrid. 4 agradables horas de viaje.
+ Sigo con la lectura de la entrevista a H. y llego a un punto en que me doy cuenta de prefiero el libro impreso al libro electrónico, que considero el libro impreso como el verdadero libro. La materialidad del libro también es lectura y literatura. “… dans un sens, lire un livre médiocre, mais imprimé, qu’un des chefs-d’œuvre de la littérature, stockés sous forme digitale.” Así queda por hoy.
+ Imagen: equilibrio.
sábado, 19 de febrero de 2022
Paréntesis (y 18)
+ Llegó el momento de cerrar el paréntesis. Cuando esto se publique habrá llegado el día. Se publicará la entrada y yo comenzaré a prepararme para realizar el examen. Tras más semanas que las que han establecido los paréntesis, pero siendo estos el núcleo central de la preparación, esa totalidad se sumerge en la hora y media de transición hacia otro trabajo, hacia un anhelo que se debería ver cumplido por el esfuerzo pero que está, como tantas veces, con la inabordable fortuna. O tal vez debería escribir Fortuna. Ay, la Diosa Varia, cuánto en ti entiendo y cuánto soy incapaz de presentir, explicarme en estos momentos de espera. Todo acto da para un estudio de detalles y movimiento, no sería menos esta temporada. Reflexionaré mientras regrese y tal vez escriba algo en alguno de los papeles que duermen en la mochila, pero esto ya está escrito y permanece el tiempo que ha de permanecer.
+ Los libros me esperan, esperan por mí en su silencio eterno, en su silente capacidad de adaptarse al lector, a sus deseos y rechazos. Pensaré en el tren cada una de las lecturas pendientes, en la importancia de acercase a ellas con ilusión y sin esperanza, descubrir en esos pliegues realidades que me son tan cercanas como desconocidas. No es momento de acudir a citas pero sí a fragmentos musicales que en su verdad abstracta contengan el momento que me embarga: la necesidad del tránsito de lo posible a lo certero, de la potencia al acto. Un momento de respiro.
+ La primera hora de la mañana del martes, llueve levemente y no hace frío. He escuchado en la radio matices sobre la ultraderecha, sobre la disolución de un grupo de punk-rock patrio de los años ochenta, sobre los vientos de guerra que llegan desde el Este. Yo tengo mi particular preocupación y el mundo gira, el individuo apenas es nada. Veo mis libros y me reconozco en ellos, a través de etapas vitales y de cumbres y hondonadas que fueron relevantes y hoy son un recuerdo, ese punto donde nos convertimos en extraños. Pienso un poco en lo que escuché en la radio mientras hacía ejercicio en la bicicleta estática y veo en ello la espuma de los días que cuajará en ese bloque que es la Historia. Veo una foto de Schelling en el teléfono y bajo su rostro se expande una poderosa frase sobre la Historia. Ahora me veo lejos de todo eso, pero pronto regresará esa dolorosa reflexión, la reflexión sobre el tiempo, los hombres y sus acciones, sus hechos, su inacción o la brutalidad. Primera hora de la mañana, otro día que se va: me molesta mucho de la prueba su potencia metafórica, pero la vida no es otra cosa: el paso del tiempo y su inaplazable destino.
+ Es miércoles y continua esa lluvia leve y cristalina. Los gatos se refugian donde pueden y yo comienzo a sentir la presión de la prueba. Dejo todo a un lado y comienzo a escribir con la esperanza de que surta efecto la medicina que en sí contiene todo proceso de redacción.
+ Sí, surte efecto y cierro ya hasta el regreso.
+ [Cierro el paréntesis 18 y con ello esta serie]
+ Imagen: el no-lugar como principio metafórico.
sábado, 12 de febrero de 2022
Paréntesis (17)
+ Algo de Jorge Guillén en la última hora de la tarde en este primer día de vacaciones, este jueves de febrero. Una conversación telefónica, unos mensajes en la mensajería instantánea, un Pdf que descargo, leo y guardo porque me parece que me será de utilidad en un futuro breve, unas semanas que pasará, ay, rápido. Me detengo y estudio los lomos de todos estos libros que he ido acumulando a lo largo de los años y se establece un extraño puente con los verso que acabo de leer. El teléfono reposa como cartílago negro, oscuro y expectante, en su duermevela. El ordenador me sirve para escribir y para viajar por mundos que no me pertenecen y que solo me interesan durante un instante. Ay, los bolígrafos agotados, los lápices, la manía del subrayar y resaltar con colores fluorescentes, todo ello soy yo, pero también otras razones y rasgos que se emboscan el olvidos cotidianos. Ahora soy el que escribe y, qué bien lo sé, es una manera de no ser.
+ Sólo falta un paréntesis, el número 18.
+ ¿Habrá un número 19? No resulta improbable su existencia. [Si esta entrada tuviese un título sería este: palacios del olvido]
+ Vídeos que se ven en el inicio de la noche, un tanto absurdos, un tanto descriptivos del momento presente. Esa invocación a lo extraño de “el tiempo que nos tocó vivir”, como si otro tiempo no lo fuese, como si vivir en sí mismo no fuese algo extraño. Me siento ajeno a estas cuitas y me refugio en el sueño, el sueño reparador producto del trabajo intenso y bien hecho. Los ecos de otros tiempos se han acallado, qué gran remedio es la tarea cumplida, qué medicina prodigiosa. Comienzo en día en la bicicleta y termino el día en calor de la cama, con todos los pasos previstos bien cumplidos. No hay otra poesía y, así, en la radio oigo invocar la muerte como todo tema de cualquier poesía, qué descubrimiento.
+ Pronto se cerrará el paréntesis.
+ Imagen: esta imagen complementa a la de la semana anterior porque forma parte del mismo recorrido, la misma secuencia. Paisajes en el olvido, palacios del olvido.
sábado, 5 de febrero de 2022
+ Paréntesis (16)
+ Por razones que no vienen al caso, he estado revisando planos y fotos aéreas de los años cincuenta del pasado siglo. También tuve ocasión de ver documentos de deslindes elaborados en ese tiempo, documentos que se hacían a mano y con una caligrafía excelente, que ya no se estila. En realidad, esa sensación de asomarse a otro mundo no es correcta, pues en realidad se trata de un reflejo de este momento en que vivimos porque la primera sensación de extrañeza, luego diluida, dio paso a la constatación que todo es materia del recuerdo, con el agravante de la nostalgia. Hoy repaso textos e informes digitales y, ahora veo, que discurren por el mismo camino. Esa suerte de poso que se resuelve en estratos, una fosilización que conduce a todo presente a su inestable lugar en la Historia o en la historia. Cierro el ordenador y dejo la mente en blanco, todo tiende a ocupar su lugar necesario.
+ Quedamos a medio camino, en un bar de carretera, uno de esos lugares donde se dan comidas al medio, cafés y partidas de dominó por la tarde y unas cenas animadas con baile a la noche. Reinaba la tranquilidad, levemente interrumpida por el rumor del tráfico. Hablamos durante casi una hora sobre asuntos de trabajo y convenios colectivos, los inconvenientes y las ventajas de tener una jornada laboral vespertina. El café, la conversación, la temperatura, todo resultó adecuado. Nos despedimos y cruzamos aquella minúscula región que no merece esa etiqueta pero que a mí me gusta denominarla así, mejor que sector [que es lo que corresponde]. Revisé la documentación que me prestó para el examen y me di cuenta de que la amistad brota insospechadamente. Afinidades electivas, me dijo no sin cierta pedantería.
+ Reservo Anéantir para el regreso de Madrid, cuando ya el examen haya pasado. He dejado la novela sin desempaquetar en el dormitorio y observo el celofán que la protege, la elegancia de la materialidad del libro, la tipografía y la promesa que esconde. Así, ahí duerme, a la espera. Necesaria espera.
+ La política me resulta extraña a pesar de que mi posición está clara. Me resulta extraño todo aquello que no alcanzo a ver. Se trata de que estamos ante la pantalla, ante la escenificación en el escenario pero no alcanzamos a ver lo que detrás sucede: guardarropía, camerinos, maquillaje, ensayos, repartos, adaptaciones del textos, directores o iluminadores, y un etcétera paralelo que se extendería en exceso. Vemos las intervenciones televisivas y vamos a votar, tomamos una posición y leemos una declaración en un periódico digital, sospechamos algo y nunca tendremos la posibilidad se saber hasta que punto esta sospecha tiene una razón lo suficientemente sólida para transformarse en certeza. Así, toda esta reflexión viene de estos días donde, a la noche, C. y yo vemos Baron Noire. Y me preguntó, ¿es así? y C. con muy buen criterio me responde: es peor. Sin duda.
+ He visto, entre visillos, las costuras de la pequeña política local. Esto me da un instrumento de medida y comprensión. Coincido en intuiciones e indicios que la serie me envía. Sí, así es.
+ Me resisto a aceptarlo, pero el tema es la política en sí, y tras ella la ambición. Sigo con la estela determinista que implica la imposición de una personalidad, su soberanía y sus miserias, la imposibilidad de sustraerse a eso que uno es. La política cuando es observada en detalle, aunque sea desde lejos y con una información tan sesgada como defectuosas, da una idea general de la soberbia, de esa victoria y derrota de los modos y costumbres; como si de una definición se tratase.
+ Hace tiempo que mis ideas sobre qué es arte y qué no es arte las guardo para mí y para los míos. Hoy se cumplen cien años de la publicación del Ulises.
+ Imagen: playas en invierno, ¿una serie?
sábado, 29 de enero de 2022
Paréntesis (15)
+ Soberbias colinas sobre las que se alza la orgullosa ciudad, leo el soneto y traduzco su espíritu a la senda diaria: levantarse, desayunar, el ejercicio físico (la bicicleta estática), estudiar, comer, descansar, trabajar, cenar y dormir. El camino y sus trabajos se comprimen en la agenda, en el programa estipulado previamente, es esa la medicina. Lo rutinario es deseable y su ruptura (por un momento, solo por un momento), un regalo. Estos regalos tienen su dosificación. Me define este gusto que se eleva sobre la molicie, esa inclinación a la lista de tareas; programar, escribir y tachar. Un desafío, o ni siquiera eso.
+ Me llega una diatriba. ¿La evolución y el avance de la sociedad se debe a una razón de ambición o las razones que propicia la cooperación? No es un asunto fácil de dirimir, quizá porque no haya nada que dirimir. Sin ambición no es posible alcanzar una meta, sea de la magnitud que esta sea, pero, socialmente, la cooperación juega un destacado papel en los pasos que se van dando en pos de esa meta: el progreso. Creo que aunque no son rasgos de la personalidad alejados entre sí, no están el mismo plano. La ambición es netamente humana, la cooperación es una característica de diversos animales, desde las hormigas hasta los elefantes [por poner casos extremos]. Vaya, la cooperación se ve subordinada a la ambición. El tema da que pensar y enlaza, cómo no, con la cuestión de la determinación. Todo suma, nada resta, en el camino de la duda.
+ Recuerdo Caminha en noviembre, en el 2020. Recuerdo los paseos que dimos C. y yo. Qué lejano resulta hoy, en la senda del examen, en este preciso momento y en ningún otro. Falta menos de un mes para la prueba, en Madrid, a las diez de la mañana, un sábado. Poco más. Qué certeza, el paso del tiempo y su tiránica verdad.
+ Descompresión: tomo una larga colección de poesía, una antología del catálogo de una editorial [Cátedra] y llego, ¿sin saber por qué?, hasta Garcilaso de la Vega. Ahí me encuentro con mi viejo amigo, el Soneto XXIII. Ahí está, ahí ha estado siempre. “Marchitará la rosa el viento helado, / todo lo mudará la edad ligera, / por no hacer mudanza en su costumbre.” Y al copiar este el último terceto recuerdo a las jóvenes que he visto felices en su atuendo de adolescencia y fin de semana, la alegría del momento, la imposibilidad de pensar en nada que no sea eterno. “La vena / del oro” y “rosa y azucena” vuelan entre esos corros de las siete de la tarde, con previsiones etílicas, con sabores de sexo temprano, tersas mejillas, azulados párpados y tímidas aspiraciones vitales. Ay, la descompresión salió cara porque el paso del tiempo es la más firme certeza que tenemos, a la que sucede la muerte: tema de toda poesía que quiera para sí esa etiqueta.
+ Cuando nos asomamos a las representaciones prehistóricas lo hacemos con la extrañeza de encontrarnos ante un algo artístico que admite explicaciones e interpretaciones hasta un cierto punto, lo que hoy creemos entender llegará un momento que alcanzará esa enigmática posición. Veo un aplicación informática que instalada en un teléfono realiza un escáner de puntos que, luego, reproduce el objeto o la escena con una inquietante exactitud. Pero, aunque por un momento el temor me asalte, me doy cuenta que toda obra humana tiende hacia esa extraña sedimentación a la que me refería al inicio de este párrafo. Nada cambia, nada permanece.
+ Entradas cortas, entradas extensas, ¿dónde está la diferencia, soy yo o es otro?
+ Compro Anéantir, la última novela de Houellebecq. Será la lectura en mi viaje a Madrid, a la ida y a la vuelta, en el intermedio, tras el examen, en la prolongación de la espera.
+ Imagen: Aveiro - Portugal.
sábado, 22 de enero de 2022
Paréntesis (14)
+ Una fecha, un plazo y un examen. La triada se traduce una inestabilidad que me cansa pero no me anula. Los retos no me gustan y, sin embargo, a ellos hay que plegarse. C. y yo vemos series sobre el poder, la política y la ambición. No necesariamente se correspondería la narración con la realidad, pero sí que captura una personalidad. Cuánto llevo reflexionado sobre la materia, es decir: sobre sí hay una suerte de predeterminación o la libertad es la guía de toda biografía. Yo sé que hay condicionantes que se resumen en la personalidad, en la autoestima o en su ausencia, en la ambición o en la humilde debilidad. No hay valoraciones, tal vez, pero estimar o desestimar una razón condiciona lo diario y lo diario es la preparación de este examen, con su fecha, con su plazo, con la suma inestable de acuerdos y desacuerdos.
+ Recuerdo el placer de pasear, entrar en un bar, pedir un café y leer el periódico del día. También podría sustituir el periódico por un libro. Leer es un abismo entre lo íntimo y lo plural, que contiene una parte de nuestro interior que desconocemos, que debe ser creada y revelada. Lo añoro mientras espero ese día del examen. En esa urna estoy, en esta esfera me contengo. No leo nada que me interese, pero el premio es grande y deseable. Insisto, no leo nada que me interese.
+ El café, espero.
+ Una foto me llega. Se trata de una habitación de una casa del ayuntamiento en Birminghan en 1969. Es desoladora. Es la pobreza que se hace materia en la presencia de cuatro niños, en sus rostros y en su gesto hiérático. Una cama sin colchón, las paredes ajadas, el papel pintado roto y ahí asoman las el estuco y el ladrillo. Damos todo por supuesto y de repente aparece una imagen que transforma lo diario, al menos, la visión de lo diario. El día continua. El pasado permanece.
+ El plazo condiciona la extensión de las entradas.
+ Imagen: rescato imágenes de años atrás, en este caso de un viaje de dos días a Aveiro, semanas antes de la Navidad. Recuerdo aquellos días y creo que esta imagen me revela aspectos del momento, que se han posado, se han transformado en recuero y en presencia. Pero, lo sé, cuidado hay que tener con la nostalgia, es un vicio que pasa factura. El presente, el pasado, el futuro, solo palabras. Palabras, ni más ni menos.
sábado, 15 de enero de 2022
Paréntesis (13)
+ Han pasado ya las Navidades. Queda esa sensación de superar un examen, de comenzar a preparar el siguiente, aunque todavía hay tiempo. Tiempo. El tiempo no es un capital que se pueda ahorrar o malgastar, es solo una unidad de medida que tiene o no tiene una correlación con lo real. Todos los modelos guardan en sí imperfecciones que conducen al error, el tiempo no deja de participar de esta naturaleza y su error es confundir el tiempo cronológico con el tiempo interior, ese que nos muestra su celeridad [cuando no hay tal]. Sin embargo, entre todas las balizas temporales, es la de la Navidad la que más certeramente se encamina hacia el examen. El año que muerte y el año que comienza, los ausentes, los presentes y aquellos que se han distanciado. El recuento es necesario y breve. Me alejo de los sistemas de culpas, méritos, recompensas y castigos, me centro el paisaje y en la tranquila y circular vida de los gatos, lo hago porque creo que ahí se atesora una suerte de sabiduría que rebasa la constante evaluación de nuestras vidas.
+ La encontramos y resultaba evidente que había bebido, aunque se mantenía en un punto sereno y tranquilo, a pesar de saltar de tema en tema y, despuésm centrarse en sus dolores, de varios tipos, con diversas profundidades. Certifiqué el paso del tiempo y su labor de zapa. La vi y me di cuenta de que tenemos la misma edad. ¿Qué quiere decir eso? Nada. Quedó una suerte de ternura flotando en el aire, el aire frío de diciembre.
+ Es un instante, poco antes de llegar a casa, cuando aparece en la radio, en Radio Clásica, una mención al velo de Maya. Se desvanece el decorado y el yo se disuelve con la ausencia de ese decorado. No hay nada, me digo y estoy muy cansado, con el deseo de llegar a cama y abandonarme a esa otra disolución que resulta ser el sueño. Sí, estoy de acuerdo, pero poco importa. El yo tiene tanto peso que me oprime y me impide respirar, me centro en exceso en mi persona cuando esta no tiene tanta importancia, pero eso es algo que me vino dado por tradición, sociedad y contextos. Religiosamente me vi reflejado en esa pesadez del alma, sin pensar en su posible desaparición, como si esta fuese a perdurar más allá de la eternidad. ¿No es así? El velo de Maya me despertó en medio de la noche, fui al baño, regresé a cama, dormí y no recordé nada. Benitas noches sin sueños.
+ El ansia de unidad, el anhelo de coherencia, la imposibilidad de ambas.
+ Unidad y coherencia, repito mientras abandono la tarea diaria porque ya la culminé. No soy yo, la apariencia me arropa y me lanza al olvido.
+ Imagen: desde el fondo del archivo .
sábado, 8 de enero de 2022
Paréntesis (12)
+ No dejo de pensar en los días que C. y yo estuvimos en Noia, Fisterra y Corcubión. Pienso, concretamente, en la playa de Carnota y en los recortes de la costa. Mi pensamiento se dirige a un mundo medieval producto de tópicos y películas en tecnicolor, una idea corregida mediante lecturas y posiciones más o menos relativistas. El tiempo y el contexto. Quiénes eran aquellos hombres de los que nada sabemos y allí vivieron. El cansancio adormece mi espíritu y caído en el sueño mientras trato de deslindar lo que sé y lo que supongo sobre aquella costa. Nada sé, nada olvido.
+ Me llegan noticias de célebres historias de padres e hijos. El deseo de agradar al padre y la imposibilidad de conseguirlo. Padres e hijos, padres e hijas. Violencia, fracaso, la arista cortante y biográfica que nos conmueve y nos asusta. No es una iluminación, es el abismo que bosqueja una vida, algo que se adivina pero que queda muy lejos. Así, mientras cruzaba el puente, lo vi pasar. Solo y sin alegría, envejecido y solo. ¿Padres sin hijos? La paradoja no es casual y se refleja en su perfil. Medité sobre nuestro tiempo y el vacío se asomó en la tarde despejada y calurosa de diciembre. Extraño mundo, me dije y continué mi camino en el coche del trabajo.
+ Alguien me indica que la imagen de la entrada anterior la utilizo, aquí, por segunda vez. Es posible y, al tiempo, marca una tendencia. Podría definirme por imágenes y estas ser una guía para comprender el porqué y el cómo ciertas características, sobre todo urbanas, me atraen. Sé que es algo que tiene que ver con el derrumbe y los márgenes, la atracción por aquello que se aparta de lo planificado y supone un hiato en la continuidad, la necesaria continuidad. Queda constancia.
+ Apunto: Palacios de la memoria. No es un título, sino una técnica para la memoria. Esos lugares donde se van colocando los elementos que deben recordarse. Me gusta como título y la correspondencia con el posible contenido no tendría que venir necesariamente por la vía de una lírica post romántica o pseudo romántica, muy al contrario: la vena surge de la necesidad de alcanzar un trabajo mediante la formación y el esfuerzo, como el diario de un opositor que tiene una vida paralela poco antes de dormir, con interlocutores, trovadores, juglares y damas, torneos y extensas bibliotecas donde los monjes copian, escriben y estudian. Se elevan estos palacios y estos monasterios, los castillos, bajo la égida de las lecturas que los inspiraros. Pero, esto, solo es un título y un viento de inspiración y olvido. Queda constancia, también.
+ Comienza la primera semana del año. Los trabajos y los días, me digo y emprendo el camino hacia ese núcleo de vital importancia en la constitución de la rutina. Ahora escucho el correr del reloj de pared que preside mi ámbito de estudio y presiento su vaticinio, lo ignoro y doy un largo trago a este café aguado y oscuro. Los bolígrafos y los rotuladores, elementos de esta cocina sin fuego ni humos. El vaso azul oscuro, que, según reza en su fondo, se fabricó en Rusia, me observa como si se tratase de un Dios Lar, el que protege a los habitantes de la casa desde su recóndita humildad. Prosigue el estudio, continua el camino, no me detengo, pero observo. Siempre observo, constante y presente verdad.
+ Un posible tema de estudio: la necesidad de agradar a los padres, en concreto: al padre. Quizá no se trate de un tema de estudio sino el inicio de una novela, una novela a la que se agregan materiales con ese núcleo temático que es el agradar al padre. K. me comenta por teléfono una biografía que está leyendo y el motor del texto no es otro que esta imposibilidad de agradar al padre, es también una de la claves para entender a una cazadora de niñas enviada la asquerosa misión por su amigo, el monstruo, he visto este reflejo en mi rostro y en otro muchos rostros. Tras esta escueta exposición, me detengo porque se me plantea la duda de si esto es una explicación o una justificación. Ahora que no creo en la culpa ni en el mérito, qué me queda, ¿la explicación o la justificación? Sigo creyendo que los pecados de los padres o de los hijos son pecados de los padres o de los hijos, nunca heredables, nunca ni del padre ni del hijo, sino de su propietario.
+ Imagen: paseos, sin foco, sin indicios, sin pruebas.
sábado, 1 de enero de 2022
Paréntesis (11)
+ Escucho como interpreta un joven pianista una partitura de Chopin. Es un niño cuando realiza la interpretación, pero el piano superpone una substancia que está más allá de la edad y del tiempo. Quizá se trate de una suspensión temporal, una apuesta contra la finitud. Así, recuerdo aquella receta en la que se recomendaba enfocar todo análisis poético hacia la muerte, pues es este el único tema que la poesía tiene y del que derivan todos los subtemas, los posibles subtemas. El piano traza una línea en esta mañana de Navidad, en el día de Noche Buena. Como mi formación me inclina a considerar todo lo humano como convencional, salvo lo netamente biológico, me entretengo con una suerte de mágica inversión y acudo a motivaciones insertas en la biografía y la experiencia. Conjuros para abordar el final de otro año. Vence Chopin.
+ El piano vence y yo cumplo, un día más, con la tarea que me he impuesto. También es una victoria.
+ Asisto a los resultados de un accidente mortal [la víctima falleció horas después del impacto del coche contra el camión]. Esos plásticos negros esparcidos por el asfalto, grandes y pequeños, oblongos y puntiagudos, brillantes y opacos. Esos plásticos negros son una constante en todos los accidentes, dispersión y desorden. Vi al hombre y parecía dormir, con un hilo de sangre en la sien derecha, con las manos entrelazadas, lo vi sabía que moriría pronto, era cuestión de horas. No llovía, pero había llovido mucho, los árboles se agitaban y la pista de frenado se cubría de hojas secas, el propósito del invierno. Son solo detalles de un momento, de cuando un hombre agoniza y se elevan pájaros negros en el cielo gris. Todos los equipos regresan a sus bases, el herido al hospital, el viento a su hogar se dirige. Yo sigo allí, detenido ante el vacío que inunda la totalidad. Un hombre muere, sale el suceso en un breve del periódico, me acodo y leo un poema en el teléfono, pronto terminará el año.
+ Sin propósitos para el nuevo año, abierto a las posibilidades que me ofrezca el devenir. Los árboles se agitan, caen las hojas, el trabajo del inverno es tan metafórico que asusta. Ya lo dije y lo repito. Este cuaderno me aleja de mi otro yo, me aproxima a un ámbito filtrado. Susurra la noche.
+ Se desvanecen las certezas musicales de la juventud. Un tránsito que me lleva a otro reinos, entrevisto en la noche, adivinados en viajes por Normandía, lecturas al calor de la noche lluviosa donde un poderoso caballero dispone su muerte como la liturgia que resulta ser el traspaso de su poder a su hijo. Veo aquello, observo y estudio el pasado y no ilumina esta indagación el presente, mucho menos el futuro. Ay, emisoras de radio que habéis muerto sin descendencia, ahogadas en el auto-tune y en el vacuo tintineo de algunas melodías insustanciales. Es ley, todo debe morir, ¿pero tan perentoriamente, tan sin dignidad?
+ Me acompaña el piano mientras conduzco. He conectado mi teléfono al equipo de música del coche del trabajo. Escogí una emisora en línea donde sólo ponen música de piano, nadie habla, las piezas se suceden sin presentaciones. Pongo el volumen muy bajo, de tal manera que el sonido del motor compite contra las techas y las cuerdas del piano pero sin llegar a imponerse. Veo con otros ojos, me digo. La exacta posibilidad de un mapa, la descripción del territorio, la carretera, que es narración y es narrativa. Vidas, cruces, muerte y vida, árboles, pájaros y gatos, las nubes, el brillo acharolado del asfalto, una poética astilla de luz, vibración y espanto porque la muerte siempre está ahí. Le doy la razón aunque no la tiene pero lo prefiero a tener que mantener mi postura. Ese claustro: el coche, el piano y el paisaje.
+ Ay, cuando la lluvia es un estado de ánimo.
+ Primer día del año, otro día más.
+ Imagen: Oporto, hace años, en otro momento, quizá el mismo tiempo que hoy nos ocupa [sin lluvia].
sábado, 25 de diciembre de 2021
Paréntesis (10)
+ Guías para experimentos. Leo con interés un breve vocabulario que sirve para elaborar experimentos sencillos. Muchas veces he pensado que todo vocabulario pretende contener en sí el mundo, un mundo. No lo dudo, ahora mismo, no lo dudo ya que, en realidad, más que definir lo que hace es establecer un mundo o un universo limitado por las definiciones. Estos límites son perfectos y en su perfección encierra la perfección de su realidad. En el ámbito perfecto del laboratorio todo es previsible y no hay lugar para las sacudidas de la incertidumbre. Pero, ay, la vida es otra cosa. La vida no se deja contener en la definición y, ni siquiera así, la vida admite mayores extensiones, definiciones, contenedores estancos.
+ Casi al mismo tiempo que la lectura anterior, me dejo ir por noticas sobre restaurantes caros y precisos. El dinero y la colaboración entre la élite y la exclusión parecen conjurarse para tratar de evitar la certidumbre del tiempo, su implacable labor, la diaria socavación de las certezas. Quizá una tendencia a la eternidad mediante lo exclusivo e inexplicablemente exquisito (palabra que en portugués no es otra cosa que absurdo). Esa arrogancia o soberbia me asombran, me admiran y creo que son dignas de observación y estudio, por contener en ellas trazas o indicios del miedo, de la imposibilidad de vencer nuestra condición mortal. Pero, así, es, queda el intento de traspasar la certeza de la muerte. Tratar de establecer, también aquí, un ámbito seguro, en donde se pueden repetir los ritos como si se conjurase su propio devenir: un desafío a la muerte. El simulacro da su fruto y funciona, durante un instante funciona, pero cae la noche y las ilusiones se disuelven en la oscura, profunda y hermética verdad.
+ No he leído El sueño de Escipión. ¿Por qué no lo he leído? ¿Debería leerlo? ¿Se trata de una cuenta pendiente? ¿Cuántos libros no llegaré a leer y resultan fundamentales en el programa que me he marcado? No utilizaré ningún adagio para reflejar la realidad que se impone: es imposible llegar a un mínima fracción de lo que se ha escrito, a una minúscula fracción, despreciable. Por ello la selección es tan importante, ese establecer una canon personal [y, tal vez, portátil]. Ese programa o canon siempre está presente, incluso cuando me alejo de él y me establezco o bien en sus márgenes o lejos de ellos. Así, en mi cuaderno, anoto El sueño de Escipión tras leer su resumen en línea. Una anotación que se pierde en el océano de las libretas de notas, insondable, irresoluble.
+ Encuentro una edición del libro: 56 páginas, 21 euros. El comentario la pondera y termina con un “elegantemente sobria”.
+ Imagen: 28, solo un número, sin necesidad de un significado, sin adelantar una predicción, solo por la belleza de sus formas, por el azul y por la piedra. Nada más, nada menos.
sábado, 18 de diciembre de 2021
Paréntesis (9)
+ No era el silencio sino un murmullo casi imperceptible pero constante y profundo. Era el océano. Desde allí, en lo alto, sobre la punta donde se alza el faro, veíamos los barcos maniobrar en la bocana de la ría, barcos de dimensiones considerables que parecían juguetes dirigidos mediante control remoto, también, insignificantes barcos de pesca que se debatían en el juego de las suaves olas, con su ritmo de arte menor. Octosílabos, tal vez, serían las estrofas más adecuadas. El rumor penetraba en el interior de nuestros cuerpos y transmitía una paz nunca antes percibida, deshacía la corriente del tiempo y establecía conexiones con una eternidad imposible. No había otro sonido que ese rumor del océano. Se realizó una operación mecánica en uno de los barcos y llegó amplificado el rugir del motor, que semejaba la respiración de un animal, una respiración que se ahogaba en el tenue rumor del océano.Ese sonido, entre la poesía, la música y la sabiduría. La sabiduría del silencio. Miré al horizonte y cerré los ojos, todo estaba allí y permanecería mucho tiempo después de nuestras muertes, de las muertes de nuestros coetáneos y los que nos sucedan.
+ Me olvidé de llevar un libro para el viaje, para esas extrañas horas antes de dormir en cama extraña, esos libros que rara vez abro. Así, una vez que llegamos a Noia y comenzamos el paseo, le dije a C. que había localizado una librería en el teléfono. Una pequeña librería. Vi una estantería en la que se encontraban varios tomos de la colección de bolsillo de Alianza Editorial. Pasé sobre los lomos con mi vista, escrutando títulos y autores. Había varios de mi agrado, otros que resultan ser cuentas pendientes y, muchos, muchísimos, que sé que nunca leeré. ¿Por qué me decidí por Guillermo el Mariscal? Fundamentalmente por la temática, pero me decidió, finalmente, el autor, Georges Duby. Estaban en ese sentido de saldar cuentas y encontrar la vía en la que penetré hace tiempo. La Edad Media, la Caballería y la permanencia del hombre como tal, a pesar de las diferencias, a pesar del paso del tiempo. No me equivoqué, aunque sí me produjo desazón todo el rito de la muerte del Mariscal, el rito y el tránsito de un hombre hacia sus hijos. Leí en silencio y contrasté lo leído con el silencio filoso en el fin del mundo. Allá abajo los barcos resultan irrelevantes, en mi interior la sensación de finitud me otorga paz, me salva del miedo. Por un momento, solo por un momento.
+ Visita al CGAC y parece que hay un hilo conductor entre los días anteriores y la exposición. No es cosa para pensar, ni para aventurar hipótesis. Como coda del viaje cumple su función. Lo anoto.
+ El cuaderno en donde se preparan los pequeños poemas es, también, una suma de poemas. Esto creo entender cuando leo algo sobre la antigua poesía japonesa. Es un esbozo, un breve interludio, el viento fresco de la mañana o un suspiro en el corazón del teléfono. Lo anoto.
+ De los viajes queda un rumor que se prolonga durante días o semanas, que tras meses despierta singularmente. Quizá se trate de que quede para siempre, cuando ese siempre tenga no sea una dirección difusa.
+ Imagen: tres imágenes del museo sin mayor intención que capturar un cierto vacío que se aloja en los blancos de los lienzos de pared, esquinas y otros rincones.
sábado, 11 de diciembre de 2021
Paréntesis (8)
+ Los días de diciembre se reparten entre el estudio y el trabajo, pero quedará un hueco para el viaje, un viaje a lo cercano, pero no por ello conocido. Se trata de ir a Noia y alrededores, para terminar el sábado en Santiago de Compostela. El equilibrio está en la ruptura de la rutina, hay descanso.
+ Se aproxima el invierno. El frío avanza mientras el gris ya recubre la totalidad del paisaje. Sin matices, el sutil difuminarse de los perfiles avanza en un día plomizo, pesado, intenso. Suena el latido del reloj de pared, no hay sombras que se proyecten, el flexo es una coordenada del deseo, el deseo dormido. Todo duerme en esta hora del medio día, todo es fulgor apagado. Siento el invierno en mi cuerpo, en la punta de los dedos mientras escribo y el frío me hace sentir la vida en esta aguda vertiente. Agua fría, viento, los árboles insospechados de los atardecer que son noche cerrada y sin estrellas ni luna. Busco otro poema y el que encuentro no habla de otra cosa que no sea la muerte y su hermano, el tiempo. Bolígrafos, lapiceros, rotuladores, resma de papel, libros en el olvido. Todo habrá de pasar y este tiempo de preparación se sola con aquel otro, el del olvido.
+ La lluvia es intensa y oculta el paisaje. Otro día, el invierno, el final del otoño. Una poética y un olvido.
+ Quizá se trate del estudio de vidas ejemplares, de caídas y de remontadas. La vida como narración y ese espectáculo que guía el entusiasmo. El que se sabe elegido por los dioses parece ignorar su indiferencia ante los hombres. Se levanta y vuelve a caer. Sin embargo, la fortuna parece que le sonríe una vez más. Breve espejismo. No hay debate. Se desluce y envejece pero mantiene la arrogancia y se escucha su voz, el timbre y el golpe. Fuerte es su oración y breve su eco.
+ Imagen: fotos anteriores a la pandemia, las veo y pienso si en ellas se puede contener una profecía y, al momento dudo. Mi yo del pasado le envía un mensaje al yo del presente, barajo y me abandono en el sonido de la lluvia contra el pavimento.
sábado, 4 de diciembre de 2021
Paréntesis (7)
+ Tras toda una mañana y parte de la tarde dedicado al estudio de estos temas que no me interesan demasiado pero que el fruto posible tanto me motiva, me entrego, breve y con intensidad, a lectura de algunos poemas escogidos. León Felipe, otra vez. Hay en la música un consuelo sosegado que me invita a la lejanía y a la posesión de la calma, ahí están sus poemas y, en ellos, el núcleo de su música. Lo que aprendo lo olvido y queda ese poso, la certeza de que el minuto y la eternidad conforman una única sentencia: el olvido. El olvido me subyuga y me salva, en lo paradójico y en lo transitorio. Abro el libro y, mientras, escucho el tic-tac del reloj de pared. Ya no es mi mundo, me digo y sonrío porque sé que no es verdad. Estoy vivo.
+ Un grueso tomo me ofrece poemas que se distribuyen a lo largo de la historia de la literatura española, casi hasta llegar al presente. Leo, salteados, dos sonetos y dos poemas sin estructura canónica. Me llega la noticia de que no sé nada, que todo lo he olvidado. En ello descanso y trato de digerir la intuición de que la política es algo más que el gobierno de la ciudad. Los cuatro poemas me alejan del tiempo presente. La pandemia, la crisis, el ascenso de la intolerancia. Todo y más, me digo, todo es lejano en este momento. Aquí sigo y el frío asciende desde el sueño y en las manos hace su trabajo.
+ Me gusta el frío.
+ Titularía, de no estar entre paréntesis, la entrada: lejanía.
+ El día se apaga y una espesa cortina de lluvia lo cubre todo, absolutamente todo. Ese vacío que se instala tiene un rasgo común con otros momentos de la biografía. Lo presiento porque es un indicio de la tristeza. Esa pena, tan larvada, tan leve. Puedo luchar contra su percusión y lo hago, pero la lluvia y su espesor persisten. No soy yo, me digo, es el clima. Cae la noche y pienso en viejos castillos, abadías, ruinas. Es un catálogo de lugares comunes, es el Romanticismo, porque somos hijos del Romanticismo y no podemos escapar de su influjo. Yo me dejo llevar y sonrío.
+ Y dice el hombre que está en la mesa de al lado, con visible ironía y manifiesto estruendo: “… y mi hermano es tan malo como mi padre y tan holgazán que salió a mi madre.” Las mujeres que están con él lo miran con indiferencia y asienten, sin convencimiento. Los tres fuman, los tres beben café con leche. Una idea pictórica, un aliento narrativo. La tarde declina tras las grúas de los astilleros, de los muelles de reparación. Olor a mar y a pescado fresco, líneas que se pierden en el horizonte, nubes deshilachadas, restos del día sobre el asfalto, hubo mercadillo y quedan algunos restos en la plaza. El hombre pide otro café y se ríe con hueca sonoridad. Me voy y me alejo. La música es divina, la música me aísla.
+ Imagen: hace dos años, Uned - Edificio de Humanidades. Una senda, un rastro que define el paréntesis: para quién lo sabe.





