sábado, 26 de agosto de 2017
Balizas
+ En los favoritos de mi navegador agrego blogs con una cierta asiduidad. Los visito sin orden, sin previsión, con una carencia de sistema que propicio. Sin llegar a estimar la razón, me resultan estos documentos presencias amistosas que me acompañan en la sucesión de los días. Yo tengo la esperanza de que esto suceda con el mío, pero no estoy seguro. Con todo, hay una ausencia que hoy ha cristalizado en una página en un absoluto blanco, como un paisaje nevado que se observa de cerca. Rafael Narbona no está, desde hace un largo tiempo, desde una lejana entrada sobre Unamuno. Me gustaba mucho leer su entradas, encontraba en ellas una fluidez de prosa que aprecio especialmente. La textura es importante. Después de esta temporada en el infierno [materialista] he regresado con una fuerza diferente, recóndita y sopesada. Rafael N. no está y no encuentro la manera de trazar una explicación. Pienso en sus desordenes y los comparo con los míos. Veo que mantener un blog es una tarea compleja que obliga a enfrentamientos interiores no siempre deseados ni agradables, pero existe algo que lo hace que se asemeje a nuestro ejercicio físico, a la ingesta de un medicamento, la observancia de una dieta saludable. ¿Para qué? No hay una respuesta providencial, al contrario: la cuestión se resume en una construcción diaria que se aproxima a la oración. La oración como remedio para los males del alma. Rafael N. ya no está, no sé si volverá o es un adiós definitivo. He participado de esos retazos de su vida, donde relataba sus problemas con su enfermedad, el recuerdo de su padre, me gustaba cuando hablaba del Parque del Oeste, cuando se acercaba a ciertos escritores, me gustaban sus entradas muy largas y bien estructuradas. Una pulcritud que condensa todo lo que puedo esperar de una noticia de un ‘ningún lugar’. Ay, tampoco aparecen entradas en el blog de Julio Martínez Mesanza, sin embargo creo que es una desaparición diferente. Qué vida, me digo, esta reclusión entre libros y pantallas, entre el Conde de Villamediana y los látigos de la crítica literaria y de la teoría de la literatura. Esta vida la he creado yo, sin duda, y a veces me agrada y otras veces no. Cuán variable soy en mis concatenaciones.
+«El trastorno bipolar es un pasillo con dos puertas. Si abres una, te encontrarás a los hermanos Marx, encabalgando disparates o jugando con un trombón. Si abres la otra, te toparás con Christopher Walken apuntando a su cabeza con un revólver». En una entrevista, Rafael Narbona.
+ La bipolaridad y el sufrimiento. El sufrimiento.
+ [Llego a un punto en que me encuentro con que R.N. sigue publicando regularmente sus artículos en el suplemento habitual. ¿Pierde sentido el primer párrafo? En ningún caso, incluso: al contrario, se establece una correlación entre lo que sucede y lo que podría suceder, que son planos de una misma realidad, pero con perspectivas diferentes: los errores pueden llegara a iluminar zonas de sombra y mostrarnos detalles insospechados].
+ Abriré el pequeño volumen donde se antóloga la poesía de J.M.M: Soy en mayo.
+ No puedo dejar de escuchar a Nina Simone. Durante casi una hora, el viernes, antes de salir a pasear, a tomar la cerveza helada, hablar y sentir el viento en la cara. Aquí, en el estudio, entre la somnolencia y un aroma poético de café y pan recién hecho, las cosas son distintas. No es vida, me digo, este sumergirse en la lectura y esperar que comience a llover, oír la lluvia y regresar a un poema, cualquier poema. Garcilaso, Góngora, Villamediana. Endecasílabos que se derraman entre las manos, a la busca de un sentido y la captura del ritmo, la estructura, el delicado esbozo de una rima. Antonio Colinas, Claudio Rodríguez, José Hierro. Otras listas, otros poemas. Todo lo que sé no vale nada, pero a mí me sirve. «Las cosas que yo sé las sabe un tonto cualquiera / mi corazón va solito por la carretera», decía Kiko Veneno en Salta la Rana. Un saber muy recóndito, que carece de reflejo en la vida ordinaria, pero la carretera es una realidad inapelable, geométrica. Con acierto, una vez dije: la carretera muerde. No estoy seguro. La voz de Nina Simone se asemeja a las carencias que observo en mi persona, que me hacen tan auténtico como débil. No sé si la voz de N. S. se corresponde con su personalidad. Yo y mis carencias somos uno y lo uno sin lo otro no se entiende. Aparco las canciones de N. S. y me dejo llevar por K. V. Es otra hora. El café es un milagro, la estela de la mañana es lejana, aquellas conversaciones telefónicas, papeles, croquis y mediciones, todo es humo. Guitarras en la noche que son la compañía del nostálgico que no encuentra el camino de regreso. Cierro el ordenador.
+ Imagen: tres mujeres y dos momentos, que se suceden en síncopa. La ruptura del ritmo, si se perpetúa, es un nuevo ritmo. Por otro lado, la fotografía atrapa el tiempo como ningún otro dispositivo lo puede atrapar [ni el cine, ni el vídeo, tampoco la música]. Es la razón nuclear de su evanescente prontitud, la baliza en la realidad para el que quiere ver. Yo veo y valoro las fotos que saqué desde lo alto en la plaza que hay frente al MNCARS. Las mujeres hablan entre ellas, sacan sus teléfonos, los guardan y desaparecen. Capto estas dos fotos y son testimonio de un momento, dos instantes sin relevancia, perdidos en el fondo de la historia (otra vez con minúscula). Luego, recuerdo, fui a la Estación de Atocha a esperar a un amigo que llegaba en el Ave. Todo se disolvió hasta que he abierto la capeta donde se contienen las fotos que cuelgo. Qué sentido ofrecen las estas fotos: son una invocación del pasado, como se ha dicho: balizas que marcan la trayectoria temporal de mis viajes, desplazamientos y amortizaciones vitales. Así queda.
sábado, 19 de agosto de 2017
Matriz
+ Miro hacia atrás: me dedico durante un buen rato a ver las fotos que he disparado de un tiempo a esta parte. Y veo que hay un hilo que aparece y desaparece, es una foto recurrente: disparo a los pies de algunas personas, nunca más arriba de sus rodillas, quizá hacia los muslos, pero nada más. Con estos mimbres el cesto psicoanalítico se erige en el centro de una comedia. Un cesto ocupa el escenario, un gran cesto (…) Me detengo y pienso: pies, zapatos, medias, calcetines, la fragilidad del pie que se contiene en un disparo sin proyecto. Qué frágil, qué delicado es el pie. Qué significado tiene o sólo es un significante que reclama ser completado.
+ Un error: fijarse en el resultado y no en el procedimiento para llegar a ese resultado.
+¿Mi tiempo? Se resume esta cuestión en la diatriba que me lleva asaltando durante días, semanas quizás. [Ahora pongo música electrónica que se descarga de una página de una radio en línea: expansión, incendios, el viejo julio de 2017 ya ha muerto y agosto en la mitad del camino correrá su misma suerte]. ¿Expresión? Otra cuestión donde se baten las ideas y su vestido. El ropaje es un fin en sí mismo o esto ni siquiera resulta una marca de calidad. La literatura es un haz de ideas o una expresión de unas ideas con independencia de su pertinencia o impertinencia. Creo haber navegado durante mucho tiempo en el mar del psicologismo y de la impresión, pero nunca fui un vasallo de estos criterios, muy al contrario. Si una característica positiva tiene mi posición es la duda. ¿La razón, el racionalismo? Está bien un método firme, pero una excesiva rigidez o una ausencia de la oportuna flexibilidad incapacita el criterio, para llegar a una conclusión aceptable las posiciones deben ser variables. ¿El arte supone una realidad segunda? En verdad los referentes se pueden rastrear hasta llegar a una conexión con lo visible, lo perceptible, pero no estoy seguro si merece la pena. Sabido es que todo discurso supone una posición de partida y que establecer una relación de igualdad entre ciencia, ciencia social y humanidades es peligroso, porque conduce a una confusión extrema. La ciencia tiene capacidad de predicción, esta es una de sus razones: cuando se utiliza la física para calcular las cargas que un puente puede soportar es con el objetivo de que el puente no se caiga cuando un determinado peso transite [futuro] sobre su tablero; y qué decir de la predicción del tiempo atmosférico, que se apoya igualmente en la física, los modelos matemáticos y se auxilian con la potencia informática. ¿Se pueden igualar en la razón la física y el estudio teórico de la literatura o son razones distintas la una y la otra? ¿Todo pasa por una formalizar los fenómenos? ¿es posible reducir la literatura a matemática? Tengo serias dudas, siendo amable. La cuestión palpita todavía porque tampoco se puede resumir una posición materialista acerca de la literatura con cuatro trazos, con comparaciones, aunque bien traídas, incompletas. ¿Continuará esta investigación?
+ [Tras lo anterior]. Entro en la tienda de segunda mano, revuelvo y encuentro un libro de Luis Magrinyà: Los dos Luises, en edición del Círculo de Lectores. 3 €. No lo dudo y pago los tres euros que cuesta. La novela tiene una capacidad de evasión muy necesaria, pero también es una vía de conocimiento. ¿Un saber sólido, muy sólido? Ay, la teoría y sus venenosos meandros, en cada curva acecha el líquido que nos fulmina, nos debilita, que postrados nos deja. En un primer momento no me gusta la portada (?), pero acabo por apreciar una idea de un otro tiempo, un algo de los años ochenta o noventa. Lo compruebo y sí: años noventa, en su grandeza y colorido. Aquí se debate mi nostalgia, ¿pero dónde está esa patria a la que volver, a la que no volveremos? ¿los años noventa del pasado siglo? No sé qué me deparará el libro, no sé si lo terminaré, pero está aquí, frente a mí. Es una promesa o una advertencia. [Horas más tarde]. Avanza la lectura y un espesor indeterminado me atrapa. Con suavidad reconstruyo una época que fue mía y hoy no es ni siquiera historia [con minúscula, obviamente]. Se mezcla esta percepción, este perfume antiguo, con la imágenes de un conocido: a bordo de un velero, rubio, seguro, un mascarón, un doble de sí mismo, el juego se sirve en los laberintos de la red; pero la novela tiene una mayor presencia que aquél que no recuerda mi rostro, ni mi nombre. Avanzo y percibo una calidad de prosa que me devuelve mi biografía como un intento fallido; esto explica muchas cosas. Asuntos que se enlazan con el párrafo anterior. La teoría y la intención de penetrar en secretos y motivos que se organizan en función de una vocación no culminada, pero que no se ha abandonado. Sí, no creo que la teoría de la literatura sea una ciencia, es más: dudo que pueda alcanzar ese estatuto y pretender tal estatuto es desvirtuarla. Pero la novela está aquí y en ella me resuelvo. Avanzo y el sabor del café es una baliza en todo el cúmulo de sensaciones que la tarde de agosto me aporta: elementos para el olvido, elementos para la nostalgia [la construcción del nostos].
+ [Arte]. Se contraponen dos exposiciones vistas en los últimos días. Abstracciones de otro mundo ya. El tiempo pasa sobre ellas y las transforma. Lo que ayer fue actual hoy es arqueología. Las salas determinan la visión y no se puede pervertir ese recorrido, aunque se intente. Los formatos, el color, su ausencia, el silencio roto con timidez por el deslizarse de una ninfa recién tatuada. Hay una lírica invisible en el Museo de Arte Contemporáneo y ya no nos preguntamos por el futuro de todo ‘esto’. Ella lo sabe y su vaporosa presencia atestigua la cadencia de los cuadros, que se ordenan cronológicamente y muestran un envejecer que a todos nos atañe, también a ella, también a su flamante tatuaje, que será testigo del paso del tiempo en la propia degradación de la piel. Así, los lienzos, algunos, no todos, han perdido tersura y las depresiones que se forman en el entorno de los bastidores son evidentes signos del paso del tiempo, el color negro parece polvoriento y se ve que son cuadros con su cotización y su salón burgués o su sala de consejo de dirección [se me ocurre que podrían estar en la recepción de una boyante naviera con expansión internacional]. El pintor tiene sus años, es un anciano ya. Las fotos de su juventud nos muestran la promesa de una vocación que se alcanza, que culmina en esta muestra donde se acumula su obra. La obra. Pero hay algo que desafina y no logramos acertar. Lo sé: se percibe con evidencia el paso del tiempo sobre los cuadros, han quedado embalsamados en los años ochenta del pasado siglo, pero no consiguen que aquel momento renazca. Ay, qué gran diferencia con los de Luis Gordillo de un otro día, que respiraban el mismo aire que nosotros respirábamos ante ellos, que eran tan siglo XXI como lo podría ser el mismo Velázquez. Pero nada es eterno, salvo el mismo tiempo. Yo soy esa historia con minúscula que no puede regresar a su tiempo, los cuadros vistos constatan esa incapacidad.
+ Imagen: el trazo soberano que la cámara describe sobre el Museo de Arte Contemporáneo: es arte todo lo que puebla sus salas, ¿y lo que atrapa esta razón, es también arte?
sábado, 12 de agosto de 2017
Una historia del silencio
+ Mientras ,leo, otra vez, Sepulcro en Tarquinia, un perro ladra unos pisos más abajo. Tiene ese ladrido la calidad mortecina y lluviosa que la tarde tiene. El paralelismo semeja alegórico, pero prefiero detenerme en la lectura y medir versos y escanciar el segundo que se acaba de marchar para nunca volver. Ay, estos volúmenes negros, con la imagen que el verso ilumina con precisión. Este acompañar la tarde, el acompasado sonido de los cacharros en la cocina, el zumbido de un electrodoméstico, la lejana televisión que sólo es rumor o viento. La tarde del jueves acoge en su pequeña realidad todo el avispero de lo vivido. La semana se aproxima a su fin y un recuento innecesario se agolpa entre mis dedos: los destierro para volver al libro: «se abrieron las cancelas de la noche».
+ He conducido con reconcentrada atención. La música era electrónica un tanto anticuada, y no es un contrasentido: los años pasan tan rápido. Siento esa punzada elegante de lo vivido con intensidad, con la precisión de un relojero judío en el centro de Praga, me digo sin saber lo que digo. Son imágenes que me arropan en el conducir y luego pienso en alegorías y metáforas, como si hubiese desde aquí una posibilidad de lectura. Leer los espacios, leer a las personas. Me dejo llevar hasta llegar al silencio de los bosques que se orillan en la carretera. Tengo la estela de algunos versos, pero no quiero pensar en nada más que el itinerario. Lo consigo y sé que es un triunfo. Con qué poco me conformo en este final de la semana, en su agotamiento: lo laboral, lo festivo, lo literario.
+ Sobre las opiniones acerca de la literatura como terapéutica. «Lo bueno de no tener personalidad es que uno puede suplantar a cualquiera, y ese es el talento de Ripley, el de ser capaz de hacerse pasar por cualquier otro», José Luis Pardo en Estética de lo peor (De las ventajas e inconvenientes del arte para la vida). Si copio esta cita es para establecer un puente entre literatura y terapéutica. Pero es un puente que se construye para ser dinamitado inmediatamente, una voladura controlada y con la intención de preservar la literatura de usos no deseados. La literatura no tiene objeto y por eso es posible su uso para tantos propósitos, tan diversos como espurios. En el tomar un relato como percha para escalar a la cumbre y establecer un discurso hay un algo perverso que es preciso determinar, pues esta utilización interesada rebaja la narración ya que la desposee de su anclaje en la realidad. Ay, la realidad, qué palabra. Cierro este periódico donde leo el comienzo de la crónica cultural, el apartado libresco: «Si X no existiese, habría que inventarlo, porque es necesario que todo…»
+ Exposición de Luis Gordillo en el CGAC.
+ Repaso fotografías e intento apreciar la huella del tiempo en ellas, en mí. Yo soy tiempo y la fotografía es tiempo. Destacar esta característica de la fotografía es destacar lo obvio, pero lo obvio contiene una verdad que se hace auténtica en la propia constatación, en su reflejo. Como en tantas expresiones artísticas, el paso del tiempo es el tema, quizá el único tema. Se plantea y se necesita una definición de tiempo, de aburrimiento, de entretenido (pasa-)tiempo. Aburrirse es lo insoluble, carente de capacidad para la dilución, permanece sin alterarse, sólido y opaco es el aburrimiento. Hay fotos que captan con precisión la naturaleza de los momentos banales y aburridos. Así, veo las fotos de Nan Goldin y me dejo llevar por innecesarias suposiciones. Pesar la intuición y rechazar sus atisbos, por qué se debe reflexionar y establecer un medio acuso donde flotar sin consecuencias. No, no es posible. Pero ahí está el aburrimiento para elevar la angustia. El mal de nuestro tiempo, ¿debe ser rechazado el aburrimiento o debemos centrarnos en él? Alguien me decía que para que se esfume el aburrimiento lo mejor es pensar en él, hacerlo girar, describirlo, definirlo, asumir su función de carencia y espanto, pero, claro, eso ya es un trabajo: el antagonista del aburrimiento. Estudio detenidamente las agujas del reloj y veo mi propio rostro. La baja calidad de la foto resuelve la certeza que atesora en lo que pronto será arte, casi como una religión, casi como una fe. I’ll be your mirror, dice N.G y yo lo suscribo.
+ N.G dice preferir para las fotos el libro, como mejor formato para mostrar las fotos. Pienso en ello y creo que está acertada. La habitación como recinto para ver las fotos, para pesarlas, para reconstruir o destruir. Pero ¿y esos grandes formatos que, precisamente, son por el formato? Y así recuerdo unas gigantescas fotos de unas zapatillas. Cada día tiene su afán.
+ [¿Sabias que a finales del siglo xix un libro amarillo se entendía como un libro ‘licencioso’? ¿?licencioso’ se equipara a lo atrevido en materia sexual, lo abiertamente inmoral? Sin duda, ese es el significado y en ese sentido apunto lo que apunto, este sentido y no en ningún otro].
+ Imagen: lo fragmentario de nuestra existencia.
sábado, 5 de agosto de 2017
Un cierto aire de familia
+ Franco Battiato trae consigo el aire de un tiempo que no ha de volver. Aquel tiempo en que yo no entendía nada, y no quiere esto decir que ahora entienda algo, pero ahora lo sé: no entiendo nada. Paisajes, geometría, coches y cigarrillos. El licor helado y los campos sobre los que vuela un águila mientras unos chicos beben y fuman y hablan sobre filosofía, pintura y poesía. La juventud dura poco, pero se convierte en un espejo de la vida, un programa que se ha desarrollar durante década. No entiendo nada, puedo decir ahora con seguridad y arrogancia. Y robo una frase a una canción de Kiko Veneno: lo que sé lo sabe un tonto cualquiera. Hay un aire de inocencia en todo lo que me rodea y no creo que sea necesariamente malo. Como recuperar aquella inocencia que se sumergió en edades superadas, ¿he desandado el camino que asegura la verdad sobre las dimensiones de los viajes, o la técnica para alcanzar una posición en la vida, o lo que la lectura representa, por ejemplo? El espacio me sorprende como a un niño lo sorprende el funcionamiento de una linterna. De todo dudo y todo afirmo. Las lecturas que van dando estructura a este verano son determinantes en el proceso de ruptura y demolición de antiguas certezas y en la construcción de otras nuevas. Primero se contempla y estudia la montaña, se comienza la ascensión, se corona la cumbre y se termina por descender al valle. Ese movimiento oculta una metáfora o una alegoría sobre el aprendizaje: llenar y vaciar y en el vacío dejarse en suspenso. Flotar, nadar, dormir. Un campo léxico que se abre y una rosa que se muere.
+ Recuerdo un restaurante en Oporto para una cierta clase alta. Un portero, una escalera angosta, un luminoso recibidor, salas recoletas e inmaculadamente blancas, sin distorsiones, comida asiática, ese acento japonés, una amplia terraza con una luz tenue y lechosa. No recuerdo bien cómo llegamos allí ni por qué nos franquearon la entrada, pero allí estábamos. Recorrí los grupos de personas y me fijé en uno en el que había tres niños de corta edad. Recordar aquellas personas equivale a constatar la lejanía que el ser humano tiene respecto a sí mismo. El pescado hervido guarnecido con fresas heladas, champán, pantallas líquidas, niños con ropa carísima, mujeres hermosas, hombres apuestos, camareros tatuados y distantes. Se veía el río, su impasible presencia valía más que todo el oro del mundo. Poder estudiar las escenas de conversaciones banales y suspiros ausentes, establecidos con cierto cansancio estudiado, era un privilegio. Sus ropajes, los zapatos, los gestos, la tranquilidad de la situación. Fuera, aunque era verano, una brisa fría llegaba del océano. El tono poético se adentraba en la lírica de los primeros años del siglo XXI, lo que no aporta mucho, pero establece un sistema de coordenadas: música independiente, tres o cuatro tarjetas de crédito, viajes frecuentes a Londres y los buenos hoteles de la capital británica, el reloj carísimo, el BMW, la tradición familiar de los días en el campo, cierto aire mundano y la arrogancia de la aristocracia local. Me pregunté qué leerían, me pregunté si habrían leído Os Maias y me di cuenta que estas preguntas no tenían sentido: el chispazo del oro todo lo suple. A la luz de la luna sus risas traslucían la seguridad y un poso de olvido y desengaño que el juego de los niños atenuaba, los gritos y los berrinches trasladaban a los padres al centro de la verdad: la sucesión y crianza de las generaciones podría ser el único sentido de la vida, un otro algo que carece de interés. Una mucama apareció y la saludaron con una apreciable dulzura, se llevó a los tres niños y la calma regresó a la terraza, desde donde se podía ver con especial definición el puente de Arrabida: su arco reflejaba la flexibilidad de la escena como ningún otro retrato de grupo podría haber hecho. Tenían un aire de familia: el cansancio.
+ ¿Cuáles son las cosas que podemos cambiar y cuáles son las que no podemos cambiar? Esta pregunta se plantea en torno a lo que el día ofrece y las trazas de angustia que contiene [en tantas ocasiones], y la angustia no es otra cosa que miedo. Miedo, esa incertidumbre. Hay un rédito en cada aceptación, pero aceptar siempre no es lo correcto. No hay un manual de instrucciones o estas se van escribiendo según el día avanza y cuando se fijan, muchas de ellas, ya no son válidas. Dedicarse a una actividad y centrarse en ella sin pedir nada a cambio salvo la certeza de las rutinas que otorga, un horario, ejercicio, comida saludable, hablar poco, el amor, la amistad, el rechazo de la esperanza y el rechazo del miedo. Quizá no sea muy original, pero resulta útil. La lucha diaria contra la acedía transforma lo gris y plano en un paisaje conmovedor: niebla, destellos en el fondo [es una casa habitada por gatitos, quizá, gatitos felices], troncos, umbrías, la música de Bach, una pila de libros comenzados que comienzan a dejar de ser nebulosa para establecerse como galaxia tan ramificada como fuerte [hasta que se abandone la lectura]. ¿Es necesario tratar de cambiar lo que no se puede cambiar? De esfuerzos inútiles se nutre la melancolía. El regreso a una patria que nunca existió, me digo y veo como la noche se eleva sobre el día, los noctámbulos comienzan su periplo, se oye un ladrido y el sueño me acoge en su regazo. Dormir es un privilegio.
+ Despierto. Un lejano soniquete de de despertador me sobresalta, como campanillas agitadas por una sierra. No son todavía las seis menos cuarto. Todo comienza. Enciendo la radio y alguien hace una entrevista. Creo reconocer la voz, pero no estoy seguro, la voz es familiar, pero no acierto. Le resto importancia, sin embargo me carcome la curiosidad. Tengo una habilidad especial para reconocer voces, rostros o gestos. Me da impresión que es un atavismo del hombre cazador que todos llevamos dentro. Me intriga. Escucho sus opiniones sobre música, que es de lo se trata en la entrevista. Y, repentinamente, el entrevistado dice que aunque Camarón no entendía a García Lorca hizo unas grades interpretaciones de sus poemas. Eso me sobresaltó como me sobresaltaron las molestas campanillas-sierra de un otro despertador unos minutos antes. ¿Camarón no comprendió a García Lorca? Una cosa lleva a la otra y encontré, sin error, el nombre del entrevistado. Volqué el café en su taza, vertí el salvado de avena y la lecitina de soja, corté el pan, y me dispuse a comenzar mi desayuno, mientras olvidaba el nombre de aquel triunfador, un hombre de éxito, el hombre del momento, tan seductor, tan flojo.
+ Historias de banqueros o bancarios que se suicidan, una hilera de libros, el café sin azúcar, kilómetros por recorrer, pequeños hoteles lejos de la costa, pan recién horneado, el tema del autor y su muerte, ¿qué es un autor?, un poema, el sendero por el que correr todas las tardes, la actualidad, el amor, la amistad. Afloran las imágenes con perfección según la carrera toma su ritmo. Hay un rimo indiscutible, ese que permite llegar en el punto justo de cansancio. Hoy lo he logrado.
+ [Imagen]. Ver-observar-contemplar ciertas obras de arte del momento se revela como una transición perpleja hacia lo plano, lo acostumbrado, y quizá lo aburrido. La sorpresa está fuera del proyecto estético, o se ha sumergido hasta construir una suave y leve mentira. Pero con 17 años todo resulta diferentes: burbujas, chispas y renovación constante. Ahí está el centro de la diana.
sábado, 29 de julio de 2017
Verano
+ La música me hace compañía cuando necesito esta escogida soledad. Apago la luz y escucho a Debussy. La mer. La sugerencia reside en la capacidad de imaginar paisajes de playas que se anclan en la infancia, las rocas y la arena, una opacidad verdosa del mar en las tardes veraniegas, cuando ya era hora de regresar a la ciudad. Algo quedaba allí, entre sueños, y mientras la noche caía y la ciudad era un decorado luminoso yo pensaba en lo que podía suceder en la playa. Vuelos inspirados. Ahora Debussy me traslada a aquel momento, al instante de caer en el sueño. Se trata, finalmente, de no pensar, o de pensar sin dirección, recuperar momentos intenso que no eran ni felices ni infelices, pero que fecundaban un principio narrativo: todo lo que o se cuenta es lo que engrandece el relato. Flecos como diamantes, diamantes como abrazos y el surrealismo entrevisto del tirante muslo de una muchacha: era mayor que nosotros y ya era una mujer y nosotros niños. Esa playa, el dibujo de los cuerpos, la razón de la música en este momento preciso, exacto y efímero. Los minutos candentes que se deshacen al contacto con la luz. Afilado entendimiento que se perdió con la infancia. ¿Recuperarlo? Ya no es posible o la tarea es otra bien distinta.
+ Repaso en un prontuario para profesores de español los niveles y graduaciones del dominio de una lengua. Me paro a romper el automatismo de la lectura cuando se refiere al dominio sobre hablar de uno mismo, de sus pertenencias, de las personas que conoce y las actividades que desarrolla. Siempre produce un cierto vértigo esta taxonomía que todo idioma arropa en su interior, mucho más cuando es necesario hacerla explícita. Cuando dejo el prontuario y retomo el Ruiz de Elvira, las genealogías de los dioses griegos me sumergen en un espacio nuevo, más denso, menos comprensible. Esta oscilación entre lo transparente, lo traslucido y lo opaco, condiciona la visión del viernes. Una cena con amigas. Hablaremos y nos reiremos, entre la anécdota intrascendente y la seguridad que toda biografía encierra en sí, a donde todo se dirige. Los niveles básicos de la vida y la elevación que el mito ofrece, como ejemplo, como enseñanza, como materia literaria que apunta a un disfrute netamente romántico [¿somos nosotros otra cosa que flecos del romanticismo?], me comprime, trato de poner en suspenso estas ideas y alejar el fantasma de la melancolía: nos fácil ya que mi principio rector tiene mucho de este veneno: el humor negro, el cólico negro. Vaya, son los esfuerzos infructuosos que cristalizan, pero para eso está la clasificación taxonómica: para equilibrar lo diario. No, no pensar, el grado cero de lo cotidiano, me digo y no pienso en R. Barthes.
+ Llego a Proust de una manera indirecta y me detengo en su figura, como escritor, como personaje. Veo esa necesidad de dividirse entre un yo ordinario y viviente y un yo supremo que se inclina hacia la escritura. Lo fútil frente a lo nuclear. Más tarde su larga descripción sobre cómo cae en el sueño me muestra un camino ya conocido y acostumbrado: yo también hago ejercicios para sumergirme en el sueño. Provoco yo esa entrada mediante la rememoración de espacios que en ese momento supongo desiertos, con el aleteo de una posibilidad en el paisaje y en el olvido: bosques, prados, plazas, iglesias, salas de museo o deshabitadas casas donde atisbamos la felicidad con formas y maneras adolescentes. Proust habla de la casa sumida en el sueño, en ese torbellino donde cobran vida los objetos, esa animación súbita se parece mucho a un delicado narcótico, agradable y levemente venenoso. Cierro el libro y vuelvo sobre ese paradójico Contre Sainte-Proust, que hace un juego con el libro de Marcel: Contre Sainte-Beuve. La circularidad en la lectura constituye el programa al me adhiero por momentos, pero del que siempre termino por desertar. Como una combinación no deseada. Definitivamente, cierro todos los libros y acompaño a mi padre a hacer las curas de la cicatriz que le han hecho para extirpar un pequeño tumor, benigno y molesto. Todo ese aparataje del dispensario, la presencia de la enfermera, la mesa y los bolígrafos, la impresión digital en la que un perro y un gato se entrelazan amorosamente. Lo repaso todo como el que elabora un preciso y detallado inventario. ¿Es Proust? Sugerencias que en los círculos se abrazan sin remisión. Ahora sí, ahora que todos los libros están cerrados, entro en el sueño.
+ La carrera hoy ha sido transparente. Sin esfuerzo, sin cansancio, lenta y segura. La música es la armonía interna de esta suerte de rezo. ¿Oraciones? Es la creencia en la salud que a todos nos alcanza. Correr es una religión, como casi todo lo que nos ocupa, una vez que dios ha muerto. Corremos y nos diluimos en la carrera, desaparece en el esfuerzo la preocupación o la tristeza, otorga sentido a nuestra velocidad la competición: qué hermosos colores brillantes en las pistas y los caminos: naranja, azul eléctrico, verde intenso de prado irlandés, amarillos fluorescentes. Zapatillas a 150 euros, camisetas a 40 euros, pantalones a 60 euros. El reloj que todo lo sabe sobre nuestra carrera y un largo y estéril etcétera. Yo no. Yo corro y no me gusta, sólo lo hago por no coger sobrepeso, porque menos que correr menos me gusta estar gordo y esa condición es responsabilidad del que la sufre. Bueno, lo acepto: en todo esto hay un acento moral que se cuaja en la satisfacción que produce la marca o la pérdida de peso. Qué livianas alegrías, que infundadas metas.
+ [Ayer vi un vídeo sobre la obra del filósofo coreano o alemán: Byung-Chul Han. Como en otras ocasiones, tras buscar su foto en internet, colijo que es atractivo y este un valor que fundamenta en gran medida de lo que dice; pero esto no importa y no es momento de establecer un excurso sin dirección. Simplemente: no estoy de acuerdo con su tono apocalíptico, este sí es el mejor de los mundos posibles en comparación con los anteriores, perfeccionable en gran medida, injusto, mentiroso, pero mucho mejor que los anteriores. La oportunidad hace el éxito del momento, pero es muy caduca. Han me parece viejo antes de nacer].
+ Imagen: campo de futbol. El deporte, ¿espectáculo o fármaco? En el olvido, el campo de futbol de la estepa se nos muestra como paradójico e inactual: el olvido. Ahí estoy yo y disparo.
sábado, 22 de julio de 2017
El impostor.
+ Un disfraz, una máscara, el embozo de una capucha. Se desliza por la noche en tu dormitorio e intercambia aliento y razones en tu sueño. Insufla su veneno. El impostor se hace con el personaje, llega a imitarte hasta el punto que deja de ser imitación y se transforma en sustancia. La ropa, la música de la voz, los gestos, el movimiento. No es un actor, es un vampiro. La seducción traspasa sus palabras, el discurso es acero o hielo, oleaje o viento, la suavidad del verde prado, la cálida arena dentro del puño.
+ La acumulación de libros dice muy poco en mi beneficio. Yo impongo razones a mis rutinas, pero éstas se rebelan en mi contra. Hoy, domingo, soy incapaz de leer. El calor, la sed, un sordo dolor de cabeza. Algo me impide concentrarme en la lectura. Los libros son testigos mudos [toda lectura es muda, necesariamente], y recuerdo el Fedro de Platón y el descrédito de la escritura, aquellas objeciones que se hacen mediante el mito. La lectura no es una actividad, aunque tenga esa apariencia útil. Sé de patológicos vagos que se han erigido en grandes lectores. Una vida dedicada a la lectura de La Montaña Mágica. ¿Siete veces, ocho veces, diez veces la ha leído? Esta entrega es enfermedad y retraso en la asunción de responsabilidades, una isla en medio de la nada. Poco hace falta: silencio, una taza de café, una luz bien dirigida. Leer es dormir, dormir el sueño de otro. Vuelve el Fedro y sus meandros. Y su apariencia de asunto serio la convierte en un veneno. Novelas, ensayos, poemas interminables. Así el día amanece para el que ha pasado toda la noche enfrascado en lecturas baldías: cementerios y humaredas, el sueño llega como una afección.
+ Cruzaba la Meseta y no podía dejar de pensar en mi condición mortal, con perpleja ironía, en el filo de lo paradójico, en la sonrisa que se acerca a la risa. Las carreteras muestran la fragilidad de nuestra existencia y no está de más detenerse en ello. El aire acondicionado era un regalo divino, la música propicia y el destino venturoso. La lectura era el tema que me llevaba a Ávila durante tres días. Tres días de charlas sobre la lectura, la cuestión académica y su taxonomía. La taxonomía es fundamental, sobre ella se erigen las teorías, se modulan hipótesis y los argumentos escriben el desarrollo circular de algunas conversaciones, conversaciones sin fin. No podría encontrar un pasatiempo más extravagante y dinámico. Qué apariencia de labor. Notas, preguntas y esquemas, dibujos o fantasías y arabescos discursivos. Mi fastuoso entender se pliega sobre sí mismo y ofrece vueltas y revueltas sobre el tema: el autor como parte integrante del texto, sin el que es imposible llegar a un sentido sólido o duradero (?). El contexto hace la lectura o es sólo en una visión formalista donde cabe el desnudo texto y su verdad más aquilatada. Ay, la verdad y sus nombres. La lluvia torrencial amenaza las variaciones, en la ciudad de la Santa, otra lectora, otra escritora, todo es según el cristal con el que se mire, [el paisaje].
+ Paisajes infinitos, la muralla y su geometría, campos, tejados, ángulos y aristas, perfiles, la más austera de las artes encuentra el idóneo acomodo en esta ciudad, tan desconocida para mí: desconocida antes de llegar, mucho más desconocida tras abandonarla en medio de la lluvias infinitas. Atravesaba sus calles y no me detenía en nada, pues encontrar un camino correcto era la tarea. Escaparates, vidrieras, campanarios o juegos infantiles en el margen de un parque. Son las nueve y media de la mañana y el calor es una amenaza cierta, pero tras él palpita la lluvia, es un presentimiento que no ha de errar. La lectura me guía en este laberinto. Desentraño las canciones que recuerdo y reposan en el reproductor que duerme en mi mochila. Hoy no pondré música. El tableo de una cigüeña me devuelve a una otra Salamanca, tan libresca como esta Ávila donde duermo, pero tan distinta en las lecturas y las expectativas mostradas. ¿Soy otro? Sin duda. ¿Soy un impostor? Algo de ello hay, como en todo lector que se precie: una transformación instantánea, pero pasajera. La impostura es parte del juego y el juego es disfraz y fiesta y apropiación.
+ Y ahora copio el soneto que Góngora le dedicó al Conde de Villamediana con motivo del Faetón de este segundo. Las razones me las guardo, pues recónditas son, y en llegando a Ávila:
En vez de las Helíades, ahora
coronan las Pïérides el Pado,
y tronco la más culta, levantado,
suda electro en los números que llora.
Plumas vestido ya las aguas mora
Apolo, en vez del pájaro nevado
que a la fatal del joven fulminado
alta rüina voz debe canora.
¿Quién, pues, verdes cortezas, blanca pluma
les dio? ¿Quién de Faetón el ardimiento,
a cuantos dora el sol, a cuantos baña
términos del océano la espuma,
dulce fía? Tu métrico instrumento,
oh Mercurio del Júpiter de España.
[Faetón es un emblema, sin duda. Yo lo tomo prestado, pero más como advertencia que como definición. Aquí queda y suspendo la razón de su presencia en esta entrada, pensada de camino a Ávila, en los límites de la A-6].
+ Imagen: sombras que desean manifestar un sentido y se quedan en la abstracción lábil de su geometría incierta.
sábado, 15 de julio de 2017
Duplicado
+ El regreso. Lluvia, un diluvio que avanza en línea recta, se quiebra y regresa. El coche responde bien, pero parece imposible que el limpia-parabrisas consiga apartar tantísima agua. Lluvia infinita y extraña. Las calzadas y el aire son una masa gris que se enfrenta a otra indeminada masa: la calzada y su deslabazado desenfoque. Desdibujadas formas. Adivinar y sortear a los otros vehículos se convierte en la tarea. No se debe pensar. El vacío que se encierra en la posibilidad de un accidente acrecienta la incertidumbre. ¿Estoy duplicado?, me pregunto impasible mientras me rebasa un todo terreno azulado. La lluvia remite, por poco tiempo. Regreso a la velocidad máxima [120 Km / h] y la música de los Beatles comienza a resultar odiosa [llevo horas con ella y no tengo ganas de oír más estas canciones, pero tampoco quiero cambiar]. Opto por el silencio que no es silencio sino el crepitar de la lluvia contra los cristales y las chapas. Primera morada, primera estación de este via crucis.
+ [Dos días más tarde, a salvo, en casa, tirado sobre la cama]. Reviso el blog y me encuentro con que he insertado dos veces la misma imagen. ¿Qué decir? ¿Por qué esta imagen y no otra? Unas cercas, algo de vegetación y una medianera en desnudo ladrillo. Mi imagen se eleva y me habla: eres tú y la inconsistencia que quiere ser solida y eres líquido aire. Hermoso líquido aire. Vienen desde el pasado explicaciones que no deseo escuchar, que hablan de lo que fui y no quería ser, aquel mi otro yo que se pegaba a este que emerge cada día. Encontré el vacío y un grado cero del yo. Comencé a avanzar, pero no busqué el triunfo y no encontré el triunfo. No era esa la geometría que planificada cuando viré la nave. Creo que esto es lo que magnifica la reiteración de la imagen, pero podría dudar, pero no desplazarme de este cero que es élite y que es suelo o plebe. Ahí estoy ahora.
+ Durante unos minutos me quedo a observar con detenimiento los libros que se agrupan en los estantes de la tienda de segunda mano, mejor, de la tienda de empeños. No hay un orden, no hay una intención. Junto a manuales de mecanografía se pueden encontrar las memorias de una concursante de Gran Hermano, los sonetos de Lope o de Góngora, un prontuairo de mecánica para motos BMW o una partitura de Eric Satie, guías para un curso de Derecho Civil en la Uned, normas para la pesca en los ríos o sistemas de clasificación de piedras y conchas con el objeto de hacer una ‘bonita’ colección. ¿Tiene sentido? ¿Hay una forma de reconstruir los espacios donde hasta hace poco estos libros ocupaban una casilla, su casilla? ¿Es un orden espontáneo o un simple desorden o un desorden simple? Nadie responde. Quién podría responder. No se han ordenado, es un archivo sin criterio o con un criterio implícito que no se dejará descubrir. Buscar los nexos de unión y su geometría penetraría en una hermenéutica inútil y fantasmal, que no conduce a ningún lugar, salvo a lo incierto de la postura, esa postura que no es ya indagación, sino literatura en sí misma. Un argumento. Desvelar las posibilidades, las junturas o costuras, el ensamblaje de unos libros con otros: yuxtapuestos y opuestos, tangentes y cortantes, similares y disímiles. Sin más criterio que la elaboración de la historia de los anteriores propietarios de esa truncada biblioteca. Ya es literatura esta suposición, pero se queda en apunte, en el reflejo que arroja el charco que se evapora. Libros, humo y ceniza.
+ La propuesta anterior duda sobre sí misma. Nada hay en su superficie espejada. Las mañanas de los sábados caen, en ocasiones, en un torbellino de desocupadas alucinaciones. Parte de un poema y se detiene, como un tren averiado, un poema que es más que forma, un poema sobre que se eleva sobre su suelo. Sin más.
+ Alguien dice conocerme y yo sé que eso no es posible, pero dejo que trate de adivinar. No soy yo al que cree reconocer. Esa confusión hace que dude. No soy yo, repito en mi interior: es extraño y agónico: ¿un reflejo, una multiplicación, un renacimiento? No soy yo el desaparecido o yo soy el que se duplicó. Me vuelve a preguntar si nos conocemos de algo y yo le digo que no, finalmente. No está convencida, no entiendo muy bien su insistencia y regreso a mi silencio.
+ Bach y poco más. Después, un silencio espeso que subraya la densidad del calor. El aire no es fuego, aunque vibre como las brasas vibran. No me gusta el calor, como tampoco le gusta el calor a algunos perros. Bach deja sus huella en el aire, la leve sentencia, el hilo que se difumina, como en el otoño las hogueras ascienden su humo, pero ahora el calor me atenaza. El silencio llega y me tranquiliza.
+ Imagen: el coche, la lluvia, la carretera.
sábado, 8 de julio de 2017
Pop de cámara [simulacros]
+ [Chamber Music / Chamber Pop]. La expresión halla el puente entre dos mundos disímiles: texturas, melodías y un cierto aire anticuado. Lo antiguo tiene elegancia y misterio. Joyas, perfumes, camisas para usar con gemelos. Anillos con el dibujo de una calavera y guitarras esmeradamente pulidas donde no se refleja el rostro de la esperanza: todo ha muerdo: Dios, el autor, el arte. La música de cámara o el pop de cámara me hace pensar en salones de un considerable tamaño donde se juntan ocho personas a escuchar como una novena persona toca la guitarra y canta; licores verdosos o ajenjo, gin seco, vino pajizo y casi helado; mujeres en la transparencia última de la tarde, eróticos gatos que desprecian a estos humanos ruidosos y aburridos, ¿dónde está el loro automático, el pez sirio, las violas mecánicas? La totalidad surrealista de otra tarde en compañía de las visitas y sus conversaciones banales. Pero no, hoy el pop de cámara habla de la ausencia y el paso del tiempo, que es el tema de todo arte, que desemboca en la gran apertura: por qué debemos desaparecer. A veces parece que encuentro la salida y ese espejismo es el afán del día, el día que se desvanece.
+ Escucho atentamente y no respondo; salvo el uso de los resortes fácticos, mi boca no pronuncia palabra alguna. No le gusta, pero no puede enfrentarse a este inconveniente. Oh, mi 'no tengo opinión' se equipara al «Preferiría no hacerlo» de Bartleby, el escribiente. Soy una pulida superficie negra donde se refleja su rostro, pero no es ya su rostro sino otra razón: un fantasma. Reconocer a este fantasma se revela como un sortilegio, sin dominio, sin sentido, lejano, ausente, la imagen de su propia muerte y de lo poco que es [como cualquiera, como cualquiera], pero para quien es tan importante la propia imagen la constatación resulta muy dolorosa. En esto estamos: preferiría no hacerlo.
+ Slavoj Žižek en domingo. Veo el vídeo y pienso en los temas propuestos [por ejemplo]: la necesidad de una burocracia, la robotización, el paro o el ocio perpetuo, los futuros utópicos, la resignación cínica (…) ¿El cinismo siempre es de derechas? La lectura nos lleva de una orilla a otra, sin esperanza, sin miedo. La apócrifa sentencia [o la maldición] china, dice el esloveno: que vivas tiempos interesantes. Macron, Berlusconi, otros y otros que saltan y se plantan en el centro del poder, Trump, la apariencia, la nada, pero hay una reorganización del espacio político que no deja de estar tutelada. La ruptura del bipartidismo o su regreso. Nada sucede por casualidad, con una lógica interna no programada se impone. Así, la organización posee racionalidad [en su aspecto moral], pero no un autor. El autor ha muerto, hasta en los casos más significados. Cierro por un momento el vídeo, regreso a lectura, me detengo y preparo café. En el café está el secreto, la cafeína como comunión intangible. (Mientras a Žižek lo ponemos en la cuarentena de la duda, comprendemos su entendimiento de la realidad del mensaje: el medio es el mensaje, que decía no hace tanto McLuhan ¿no?)
+ «… para acabar con el “bacilo de la venganza” que domina la gestión del destino», en Esto no es música de José Luis Pardo, en referencia a Nietzche, (p. 432). Y un poco más adelante (p. 437, nota 2): «un edificio de oficinas que se puede reutilizar como colonia de viviendas o como hotel no es un verdadero edificio de oficinas, sino únicamente una ficción de tal cosa». ¿Dónde está el puente entre las dos citas? En el simulacro, en la elaboración de ficciones para sustituir al destino. Sigo con Faetón y su calidad de emblema se impone en la textura de la mañana.
+ La vida cotidiana y la decoración: los recuerdos de viajes como muestra de lo que soy. Estoy interesado en ver cómo se acumulan los objetos en los hogares, también en mi caso particular. Una postal de Cudillero, un gato de plástico transparente y pequeño, una letra F de una imprenta, por ejemplo [mi ejemplo]. Es un marco para el individuo, esta ficción necesaria. ¿Contextos? Fetiches y ornamentos que dotan lo diario de un halo satisfactorio. Esa niebla que transforma el estado gaseoso de los viajes en la solida realidad decorativa. Caracolas, máscaras venecianas, bolígrafos, láminas, fotografías, álbumes fotográficos, fondos de pantalla, un foulard, una piedra. La identidad esquiva lo dado y trata de encontrar refugio en lo paradójico e inusual. Viajamos para sorprendernos o nos sorprendemos para viajar. Media entre el viaje y el regreso un tiempo estático, un camino que precisa balizas: el bibelot o el souvenir. Pronto en Ávila, pronto de regreso.
+ Imagen: (HH) = (Habitación de Hotel) / Nº1.
sábado, 1 de julio de 2017
Mitologías, dioses y canciones
+ Han regresado. Las canciones de los Beatles han regresado sin ser llamadas, pero aquí están. No me incordian, aunque me desconciertan. No es una cuestión de estilo ni de inspiración. Me asombra su facilidad y las dificultades que encierran en sí. Las lecturas se multiplican y no puedo parar de preguntarme por mi propia trayectoria, ya que considero que está tremendamente inspirada por los cuatro de Liverpool [los cuatro en unión, nunca por separado]. Digo lo que digo porque una de las primeras imágenes en movimiento que recuerdo son unos dibujos animados donde ellos corren alegres, vestidos de atildado traje con corbata estrecha [luego estarían así, en figura de cera, en el lateral izquierdo del SPLHCB]. Mi madre, someramente, me explicó de qué se trataba y que el guapo era Paul. Me acompañó aquella imagen durante la infancia. Yo quería ser como ellos y ese deseo todavía palpita en mi interior. Pero hoy es otra cosa. Quería ser guapo, rico y sin obligaciones. Nada de esto ha sido posible.
+ ¿Son medicinales las canciones de los Beatles? Sin duda, sin duda, me digo y arranco el coche. Suena S.P. y me dejo ir. Aquí está todo, todo lo que soy y todo lo que seré, añade una de mis máscaras, una querida máscara [lo sé]. Es «A Day in The Life», un día en la vida, ¿en mi vida? La canción tiene que ver con mi mismidad en la medida en que Londres siempre ha sido un territorio mítico. Pleno de canciones, sugerencias y lecturas. No todo el mundo lo comprende y detesta la ciudad sin plantear una alternativa. La cuestión no es si me gusta o no me gusta Londres, el centro está en esa atmósfera que cuajó a mediados de los años sesenta y de la que somos deudores, que con alegría se superpuso a la estirada seriedad romántica [a la que también nos debemos]. Pasear por Kensington y recordar la canción. Pensar en Lennon y en MacCartney, en su aspecto, en sus conceptos diametrales: el orden y el desorden, el hachís y la heroína, sus parejas, sus hijos, el traslucido mensaje que transmiten los instrumentos: la guitarra y el bajo, los teclados como superficie de unión. En una ocasión C. y yo nos perdimos en las inmediaciones de Redcliffe, dábamos vueltas y regresábamos al mismo punto. No había teléfonos inteligentes y el recorrido se basaba en una gruesa guía de bolsillo. Una y otra vez. En mi cabeza sonaba el puente entre una parte y otra parte de la canción, como si Tara volviese a estrellarse en aquél punto, contra una de aquellas farolas. La vida del descapotable y la etérea modelo, qué vanos resultan los diarios, la historia que cuentan (sin principio ni final). Leo uno de los capítulos de Esto no es música de José Luis Pardo y esto trata: «[14] Sueños dorados. Cerca y lejos». No sé, quizá no se llame medicina, sino que sea un narcótico traslaticio, que nos lleva de la plenitud de lo diario a un tiempo en suspenso donde habitan aquellas intuiciones de la infancia, los atildados chicos del peinado-mopa que corrían divertidos. John, Paul, Georges, Ringo. Pero ahora era otra cosa, el sonido era otro; la orquesta, el bajo, la guitarra, la voz, las voces. Y el accidente que encomienda la canción a una fuerza superior que se inscribe en la hora del nacimiento: el destino.
+ Una vez más: el carácter es el destino.
+ Hoy, otra vez, los Beatles me ayudan en el camino hacia el trabajo. En el Mp3 hago que suene el S.P. Es el disco del momento, el verano anuncia su presencia y lo sólido se hace líquido. No es el frío, sino la melancolía de los esfuerzos inútiles. Unas veces medicina, otras veces veneno, siempre nuevos, siempre jóvenes [ese es nuestro deseo]. Explicar la conjunción de los Fab Four no es posible, pero, como tantas veces, no se trata de hechos sino de opiniones y aquí se abren las puertas de un gran horno [decía Arthur Machen]. Y, cómo no, me fijo y pienso en las bandas tributo, que llegan a una precisión musical diabólica, aunque pronto se quiebra la posibilidad: lo único que nos interesa es la grabación, la niebla que se condensa en torno a la música, la leyenda, el mito sagrado y londinense que es una manera de vestir para nunca abandonar la juventud. Ahí está el legado sacro que nos subyuga. Los vemos y nada decimos; salvo, en silencio, pensamos: las bandas tributo no son para nosotros, porque lo nuestro es deseo de eternidad. El coche, arropado por Fixing a Hole, es otro coche.
+ Cuando la melancolía me ataca recurro a los Beatles. Da resultado. Lo recomiendo, pero no estoy seguro que funcione con todo el mundo. Escucho S.P. en el orden correcto [el del disco] y comienzo a sentirme mejor. No bien, sino mejor, o en otras coordenadas. No deseo que desaparezca una cierta perspectiva, un pesimismo sereno, sino que busco adquirir la capacidad de soportarlo y moldearlo en beneficio propio, una incierta inversión del malestar. Hay un espesor diario que se contrapone a la liviana certeza nocturna. Para dormir invito a un gato imaginario que se recuesta contra mi cama, le pregunto que qué tal y me responde sin presunción: miau. Así. La melancolía puede ser un arma, pero también un veneno. A veces, a estas alturas, creo manejarla y me equivoco, hacer propio el error es comenzar a acertar. Laberintos, fosas, pasadizos, huecos, baches, agujeros, acertijos. Una acumulación de vacíos, nada menos, nada más. El disco cumple su función.
+ He encargado un póster del S.P. con la idea de enmarcarlo y dejar que presida el estudio. Una invocación a todo lo sagrado que puedo soportar. Los Beatles están bien como patronos, como emblema, como transición hacia el ateísmo. Dios ha muerto.
+ [En algún lugar de Londres]: contra la ventana se apoya la mochila, la luz la transforma en algo fantasmal. Insisto en la idea porque es la idea de los últimos días. La mochila tras el translucido cristal arroja su calidad lechosa e informe. Nada más allá del equipaje, pero el equipaje no logra alcanzar el límite de la propia vida. Una centralidad, el olvido.
sábado, 24 de junio de 2017
Posición
+ Leo a Proust a saltos. Entre su prosa hay sugerencias que me llevan tiempos remotos, anclados en el siglo pasado. El hecho de nombrar un otro tiempo como ‘el siglo pasado’ establece alternativas y fronteras. No soy el que fui, aunque algo hay que se mantiene. ¿Qué permanece, qué muta? Un traspaso, una intención, el humano desleírse en lo diario: los afanes, las decepciones, bolsas de dolor, bolsas de alegría. Se decanta uno mismo en su propio vaso. Cierro a Proust y creo en esa vocación literaria que a mí me faltó. La pasión lo es todo, pero sobre ello está la vida misma, la alegría que viene a iluminar esa cotidiana realidad.
+ Busco el sentido que mi madre quería darle a la expresión «está en la tierra de su padre». Ella pronunció la sentencia cuando mi padre y yo nos fuimos juntos a donde él había nacido. Un viaje en tren. Años más tarde, una vez ella muerta, creí alcanzar el sentido de sus palabras. En mi humilde coche recorrimos una carretera paralela a un cauce, en el que cada cierta distancia se establecía una presa o una represa. Una vez que el coche quedaba aparcado, dábamos un paseo y estudiábamos la geometría y los perfiles de aquellas viejas construcciones donde mi padre había trabajado en su juventud. ¿Era aquello a lo que ella se refería? En eso confié, mientras me explicaba cómo los camiones bajaban de una cantera, ya abandonada. La bóveda de la presa era un desafío. El agua espejeaba y en ella el extraño reflejo de la montaña parecía expresar deseos sin confesión. Terminamos en la provincia de Zamora. Los nombres ocultan y muestran realidades, son variables y caprichosos. Zamora retumbó en mi fantasía: aquel cartel con oxido y verdín. La tierra de mi padre se componía de la sensación narcótica del calor de agosto y el tacto de la cerveza helada (sin alcohol). Sólo fue un instante, pero comprendí a mi madre, en la lejanía. Sólo una expresión, sólo una posición.
+ Deslizarse en un despacho y ver los emblemas que lo presiden, tomar una posición y decir no. No hay por juzgar, únicamente se necesita una enumeración sin aderezos, guardarla y al cabo del tiempo rescatarla. Ahí reside una definición, pienso. La definición queda en un margen de los textos sobre la persona, para aclarar motivaciones y rechazos. Las fotos de los hijos, recuerdos de algún viaje, cubiletes para bolígrafos, los bolígrafos mismos, plumas estilográficas o portaminas. Un cuadro, una vista, la foto escogida en su marco dorado. Quieren hablar de la persona y no lo consiguen, ya que falta la otra mitad: la voz que los sustenta. Habría una solida obligación de consolidar esa declaración en un texto. ¿Qué desear pues? El texto se escribe sólo, sin ayudas ni manifiestos.
+ «El aire se serena / y viste de hermosura y luz no usada, / Salinas, cuando suena / la música extremada, / por vuestra sabia mano gobernada». «A Francisco Salinas», de Fr. Luis de León.
+ Conversaciones sobre otras personas que terminan por perturbar lo diáfano del día. Cuanto todo está mal, alguna responsabilidad tendrá el que se queja. Pero hacer oídos sordos es el mejor ejercicio. El calor, la transparencia del día o el café amargo. Líneas quebradas, la pantalla del ordenador, las chispas de un motor averiado. Nadie acierta, todos se equivocan, le oigo decir entre suspiros y cansancio. La injusticia se cierne sobre su biografía, escanciados versos sin voz. La injusticia no es tal, pero manifiesta su descontento y la mezquina inquina de los otros. Salvo él, salvo dos o tres personas que hablan de inversiones y coches carísimos, vacaciones, cruceros cinco estrellas, pero el sentido y la voz del labrador que no desiste. Habría que iluminar esas parcelas de la realidad para su vergüenza.
+[5:50, la radio]. Habla un cura de la transparencia. Todo viene, sin que él lo diga, del filosofo coreano Byung-Chul Han. Resulta evidente para aquél que lo conoce. Sin embargo, lo que pretende es sacar un beneficio castrador. Una afirmación más para el inventario de la debilidad. Pero no. Todo eso me inoportuna levemente. Luego las noticas. El día comienza con calor, hay música y todo parece abierto. Esa sensación de apertura se acentuada por las cuestiones propias a las que nos obligamos. Un desgaste en el lustre de los días, en la percepción de la novedad. La transparencia no es mala, ni buena; como casi todo, como todo. Es una herramienta que suplica adecuación a las posibles funciones, nada que tenga que ver con la incomunicación ni con esa esclavitud contemporánea que pretende el cura. La esclavitud para ser tal no tiene escapatoria, la que el menciona es precisamente un escape en sí mismo. Declaraciones en los juzgados, amistades, concejales. Etc.
+ Imagen(es): cabaña de pastores [ahora: refugio de montaña para montañeros, en las proximidades del Lago de Sanabria]. [En la tierra de mi padre: la soledad y el abandono que se percibe en las dos imagenes da cuenta de una realidad, del abandono de formas de vida tradicionales en beneficio de lo urbano; cuántos se han ido, que nunca volverán, mucho menos sus hijos, un índice de melancolía se atesora en las fotos que he subido, no por su calidad (presencia o ausencia), sino por el testimonio que para mí son recuerdo de la tierra de mi padre].
sábado, 17 de junio de 2017
L´homme du monde
+ [Primera declaración]. Cada día aporta su relato. Unos vienen y otros se van. Matizan o delimitan el anterior y parece que hubiese una decantación que conduce los sedimentos hacia el fondo, allí emerge un dibujo: la verdad que esclarece la continuidad. Oímos historias sobre agravios, desencuentros y humillaciones. Intuimos ciertos reflejos lejanos, los rememoramos y asentimos con impostado convencimiento. No es cinismo, es necesidad. Las historias descargan al contador, como si expulsase un humor venenoso y fatal. Allí se coloca la penitencia: el oyente. Y si no interrumpe y asiente con esas ligeras palabras que sólo tienen por función comprobar la certeza del canal, mejor. Felicitaciones, recursos, ambivalentes constataciones que no sirven de nada pues nada devuelven al estado anterior. Sonrió y dijo que de alguna manera se hacía justicia, yo entregué una felicitación seria y eficaz. Había paz y la mañana llegaba a su fin, el lunes se encaminaba hacia su muerte cotidiana.
+ [Segunda declaración]. Soy mundano y ese es mi encanto: lo superficial, lo débil y el vapor de mi tacto. Lo sé y lo mantengo. Así me hablaba hace tiempo. El viento levantaba su cabello y dejaba ver la línea de la calavera, aquella curva perfecta. Recitaba poemas y citaba a Proust. La noche, el vino y su silueta. Sus amores y la defensa de su genealogía. Sus padres, sus abuelos, los coches familiares: negros y amarillos, caballos con nombres persas, elegantes cigarrillos y gatos soñolientos en casas solariegas. Avenidas con eucaliptos centenarios, fuentes con caños broncíneos, esculturas de falso mármol. Su mundanidad se la otorgaba su falta de ocupación, la pereza y el silencio matinal. Cigarrillos y novelas en inglés sobre la mesa del comedor. No engañaba.
+ [Tercera declaración]. Aspecto cuáquero y olor a tabacazo recién fumado. El humo y la sombra. Unos ojos penetrantemente acuosos y la certeza de la jurisprudencia, esos lomos librescos, casi maderables, que adornaban los armarios metálicos. Rojo, azul, siena. Secretario de ayuntamiento, senderista y políticamente comprometido con el nacionalismo. Su voz no era firme, pero estaba muy seguro de lo que decía. Resolutivo y meticuloso. Observarle con cuidado no era una tarea apasionante, pero el cazador de mariposas debe caminar mucho antes de clavar el alfiler. A veces la búsqueda termina por ser en vano. En el caminar estaba yo y no me orientaba. Sabía que poco obtendría pero este estudio resultaba punto menos que necesario. Se afina el instrumento en la monotonía, lejos del escenario, en la mediocre penumbra de lo diario negativo. Sentenció con razón y desaparecimos de allí. Dije: se nota que sabe de lo que habla, quien conmigo caminaba negó con torpe suficiencia, la suficiencia que se ve raptada por la estulticia y el esperpento que llega desde la ignorancia. Yo sí un hombre mundano y con ese cinismo que aleja de lo infértil, inelegante, prescindible. Los días se desgajan sin más substancia que el ronroneo de conversaciones sin interés.
+ [Cuarta declaración]. No intento clasificar sujetos, ni hacer claro en sus motivos. Observo y olvido, pero esto me aporta un conocimiento preciso de las acciones y los motivos. Me gusta creer que doy en la diana, pero sólo emito un dictamen cuando no hay margen para el error. Escucho porque el silencio resulta ser el arma del sabio, cuando menos hables menos te equivocarás. Para comprender se debe encauzar el juicio desde la humildad. ¿Para qué un juicio? Por entretemiento probatorio.
+ [Escolio_001] «Llega a ser lo que eres» Píndaro.
+ [Quinta declaración] Y citó a Searle: «Hablar una lengua es tomar parte en una forma de conducta (altamente compleja) gobernada por reglas. Aprender y dominar una lengua es (inter alia) haber aprendido y dominado tales reglas». La afirmación zanjó la diatriba. Su autoridad era evidente, mucho más tras el largo silencio que había ostentado. ¿Por qué negar esa cualidad de la lengua, con tanta insistencia y falta de pericia? Hablar de todo y en todo errar. Ese elegancia en el silencio lleva un sello de victoria e indiferencia, la que se matiza en cada gesto y en cada voluta del eterno cigarrillo negro entre sus finos dedos. Así, en la tarde de agosto, la verdad y el dios del momento resplandecía como brillo verde y oro que se derramaba desde las copas de los árboles. «Searle, dijo». Y el silencio obró el milagro, se oyó a un cuervo graznar y la noche comenzó a tomar el lote asignado, su propio lote.
+[Summa]: Han sido días donde me dejé llevar por la contemplación y este contemplar terminó por resultar admirable y didáctico. ¿Qué se aprende? ¿Es un reflejo de la propia estulticia? ¿Cómo reconocerla, dónde habita? Las preguntas se hacen solidas en el momento en que se abandona la observación y se pasa a la escritura [este preciso momento]. El tiempo en suspenso y la vida como escaparate o teatro. Vieja fórmula para evitar lo dado y atreverse con lo posible y lo imposible. La sospecha es nuestra guía en la noche teatral.
+ Imagen: pasillos del metro de Madrid, como necesidad de cuadricular y abstraer un todo diario para evitar la tendencia elegante hacia lo futil.
sábado, 10 de junio de 2017
Index
+ Por casualidad reviso fotos del edificio Torres Blancas de Sainz de Oiza, en Madrid. Cómo ha envejecido la construcción. Y no ha envejecido mal, pero sí, es un edificio viejo ya, con una dignidad que nos remite a esos mundos posibles que no cuajaron, más allá de una estética que resultase ser una reconstrucción histórica. Las formas orgánicas contra la línea recta, la planta que se eleva en extrusión. Hay fotos donde aparece la planta vacía y lóbrega o blanca e inmaculada. Son los áticos, que tienen unas dimensiones imposibles: cuatro cientos metros cuadrados, tres millones de euros. Se proyectaron dos torres, pero sólo se construyó una, pero la denominación es en plural, como si la ausencia de la segunda torre no fuese óbice para limitar la pieza al singular. Una vez vi las Torres Blancas mientras surcaba la M-30, me pareció algo fantasmal, el misterio atesorado por fascinaciones tardo-adolescentes, el humo y el licor orlaban esa visión. Podría haber imaginado un relato post-sci-fi, pero yo estaba embebido en una línea estética de turbantes, hachís y whisky helado, sin hielo, venenoso. Las Torres, con muy buen criterio, me ignoraron y yo seguí en aquel coche el deslizarse de la vida. Ahora las veo y las siento pretéritas, como pretérito estoy yo. Una paradoja, otra más.
+ Una nota respecto a lo anterior: hubo días en que Madrid parecía ser Texas; una ciudad elevada en medio de un desierto, con sus rascacielos de cristal y acero. Hoy regreso a esa visión y me alejo de ella rápidamente; prefiero un algo acuático y vegetal.
+ [Crhistina Rosenvinge]. ¿Imperfecciones? El arte, la lectura, gradaciones, estudio y olvido, mitos o deserciones. Me dejo llevar y no me centro. 0:30. Veo un vídeo en que se entrevista a CR. Recuerdo que en noviembre del pasado año vi a CR en Madrid. Era muy menuda y tiraba de un carro de la compra por una calle del centro, próxima a la Calle Mayor. Ahora, en el vídeo, aprecio su cadencia, la cultura y una abrirse que representa una manera de entender que hunde sus raíces en una burguesía y en una izquierda bien conocida; a lo lejos, pero bien conocida. Así, entiendo lo que dice, lo comparto. Ella ya no es joven, yo tampoco soy joven y lo sé. En otro vídeo toca lo que parece una maravillosa Telecaster Rosewood, aunque no es auténtica [¿importa eso hoy?]. Me sumerjo en el guitarreo. Envidio esa fácil disposición. Esto me lleva a pensar que en muchas ocasiones me ha faltado una necesaria flexibilidad. Ahora que todo se ha sedimentado comienzo a comprender, ¿es tarde ya? Es ese entender el paso del tiempo y el decaimiento de las edades. Sombras. Distingo la persona del personaje; se ilumina la pantalla y comienza el proceso de desconexión: el ordenador termina por apagarse. 1:28.
+ [Dos citas en relación (o no)] 1.- «El enorme éxito del que gozaron los poemas de Lamartine no puede explicarse sin esta ligazón estrecha entre una manera de decir y una manera de inscribirse carnalmente en el mundo» Dominique Maingueneau. 2.- «Cada día atribuyo menos valor a la inteligencia. Cada día me doy más cuenta de que sólo desde fuera de ella puede volver a captar el escritor algo de nuestras impresiones, es decir, alcanzar algo de sí mismo y de la materia única del arte. Lo que nos facilita la inteligencia con el nombre de pasado no es tal». Proust en Contra Sainte-Beuve.
+ Imagen: planos paralelos que no ofrencen nada más que luz y sombra; las flores como balizas de los años, la silueta de una ventana y el fulgor que tras ella palpita escriben en zig-zag la caligráfica rutina del acostarse, dormir y levantarse, la cena y el desayuno con el reloj digital que testifica esas horas de la noche y de la madrugada. Todo un mundo, o la nada.
sábado, 3 de junio de 2017
Ductus
+ [Ductus: cualidades de la escritura manual, básicamente: el trazo]
+ Dirección, secuencia, trazo. Así caminaba por las calles de Madrid. Y las miradas hacia ella resultaban inútiles. El día era hermoso en su limpieza, el sol, su reflejo en los cristales, la luz tan limpia, el cielo limpio. Su piel era transparente y sus pasos se elevaban sobre el pavimento. La observaban, la estudiaban y ella permanecía ajena. Un té, una pasta de coco, la mirada elevada de un bebé. Ni más, ni menos. Sólo ella.
+ [Encontrar dinero]. Encontrar dinero en un parking, un billete de 50 €, tomarlo y no pensar. Si hubiera estado alguien buscando algo, le preguntaría y si me dijese que había perdido un billete de 50 €, se lo hubiese dado. Pero no sucedió esto. Pronto lo gastamos. Un libro, unas tapas y unas cervezas. Una alegría doméstica y sensorial. En el espejo de la tarde se reflejan las vidas y las potencias del dinero. Me pliego y soy flexible. El dinero tiene poder, es el poder en sí, pero también es veneno y peligro. La ambivalencia se puede extender a la totalidad.
+ Me cuentan como alguien ha caído en la locura. Recuerdo sus esfuerzos por hacerse funcionario y la consecución del propósito. Recuerdo sus anhelos, las promesas y la alegría. Fue hace tiempo, cinco o seis años, quizá más. Se compró un coche, él y su novia compraron un piso, no sé: ¿tuvieron hijos? La vida se compone de sucesiones sin cortes abruptos, eso parece, pero no es así; no hay una regla, la regla es posterior. Se puede deducir y encontrar explicaciones, pero son unas explicaciones que nadie advierte en el momento. Como leer libros de historia, las razones siempre están en función del presente, en el momento resulta imposible atisbar ese fluido invisible y letal.
+ [La locura]. Comenzó a aprenderse teléfonos de memoria, a llevar a un extremo ridículo sus funciones y tareas: puntillismo, exigencia, mal humor. Cayó en el silencio y un día se derrumbó. El silencio siempre resulta ser sintomático, más tarde el loco se hunde en el aislamiento. Qué palabra, loco. Ahora está postrado en una cama, pero no estoy seguro de que esto sea cierto. Lo apunto y poco más. Loco es el substantivo que emplea quien me lo cuenta y yo pienso todo lo que yo he leído sobre el tema, la falta de consistencia del propio sustantivo. Pero, finalmente, lo recuerdo a él y trato de trazar su perfil, pero es un esbozo del pasado que carece de correlación en el presente. El pasado, el presente, la locura. Indicios nunca vi, pero si pienso un poco: su padre padeció depresiones y era un hombre bueno, pero inestable. La locura, el loco, su entorno y las explicaciones espontáneas que florecen en la hora del café, en el tránsito del ocio y de la nada. Yo no tengo que decir, repito, nada que decir.
+ El parte del tráfico en la radio dibuja un mundo total y extraño, aunque en un momento me dirija al trabajo en coche. Yo también. El dibujo de la carretera sobre el mapa, el color rojo de las nacionales, su abstracción, su desvanecimiento. Un día me detendré a pensar en todo esto y dispondré en un texto las sugerencia que recibo a diario, mis reflexiones y la pintura espuria de lo diario, que se eleva y alcanza el rango de explicación. Hoy no; hoy no, no tengo tiempo, debo coger el coche e ir al trabajo.
+ Imagen: Burela. Un alto en el camino, un paseo, tres fotos.
sábado, 27 de mayo de 2017
El arte de la desconfianza
+ [La etiqueta que abre la entrada pertenece a NIetzsche y la recojo en La construcción social de la realidad de Berger y Luckmann].
+ Vivir en la sospecha se hace cada vez más necesario. Las noticias, los rumores, las certezas. Nada es lo que parece, me dice alguien mientras regresamos del trabajo y yo asiento. Espejismos. Sólo leo y evito cualquier contacto con la televisión: el televisor apagado en una esquina del salón me parece un objeto extraño. No tengo teléfono, bueno: sí tengo teléfono pero es un teléfono que perdió su actualidad diez o quince años atrás. Es como no tener teléfono. Abro libros de poesía y sé que no es es lo que leo lo que me hace, trabajo en un sentido contrario porque el sentido en sí no me interesa. Quiero desmontar todo aquello que me dieron, examinarlo y decidir. No es fácil. Como ejercicios espirituales, como una plegaria a la nada. Aprecio la primera hora del día cuando es un día feriado. Ahí, en silencio, sin más sonido que el rumor eléctrico del respirar de los electrodomésticos. Cajas vacías.
+ «Hay tráfico lento en la carretera de La Coruña», en la primera hora de la mañana es lo que oigo en la radio, nada más despertarme. Trato de reconstruir la imagen que yo tengo de la A6, lo intento y se acumulan la imágenes sin orden. Lo dejo y pienso en el tráfico lento, en la anomia que el conductor ostenta, las filas, las ringleras, el río inerte que resulta ser una carretera. En sí misma la autopista es un paisaje sin alma. La autopista. Esto es una señal débil, porque bajo esa geometría existe una lírica suficiente y autónoma. Las conversaciones, los pensamientos, la música, las dudas y las certezas. Ese impulso que hace que el día comience. Apago la radio y desayuno en silencio: el pan en su honrada limpieza bendice el inicio del día. Un otro arte de vivir.
+ Correr con música resuelve muchas dudas, mejor: las diluye. El sendero, el río, orillas cósmicas, música aleatoria. Creo con firmeza en las posibles sensaciones que devienen del esfuerzo y la dedicación musical. Los perros ladran, el rumor de la corriente, el viento entre las hojas. Una leve brisa que recuerda el frío invernal, pero es primavera, primavera en su esplendor. Los cuerpos sumergen la duda en la corriente histórica: allí donde todo pierde su solidez. Corro. La tarea es llegar al no-pensar; alguna vez lo logro. Las tareas diarias restituyen la confianza en el ser humano, en la posibilidad de esquivar la muerte [esta falsa impresión me permite observar mis trucos y ver que son malos y prescindibles]. Corro.
+ Se manifiesta la idea de una biblioteca en ruinas. En estos días la biblioteca está en cuestión, el orden alfabético que propone, el orden temático [también]. Esa biblioteca en ruinas resuelve la marejada tempora. Cómo la muerte arrebata el impulso diario, su sola presencia otorga la textura única a lo diario. La vida precisa un sistema de pesos y contrapesos para ser estimada en su justo valor, para situarla en el lugar que le corresponde. La biblioteca en ruinas orla las ruinas de mi inteligencia. Libros, folletos, artículos, papeles, mis escritos, mis pobres escritos. La biografía no es transparente ni fija, su movilidad constituye su esencia: cada lector tiene su versión, la suma de las versiones no es equiparable a la verdad. ¿La verdad? Un substrato podría dar coherencia, pero ¿es posible hallarlo ya?
+ [Cita]: (Sloterdijk, Normas para el parque humano): «… hay en el mundo discursos que hablan de la comunidad humana como si se tratara de un parque zoológico que al mismo tiempo fuese un parque temático (…) el sostenimiento de hombres en parques o en ciudades se revela como una tarea zoopolítica.»
+ La cita anterior nos sirve de medida. En ocasiones nos resistimos a su aplicación, pero esta suspensión del juicio no es fácil, no es posible.
+ Imagen: el placer de disparar sobre las pantallas, el placer de deformar lo que ellas arrojan hasta convertirlo en una figura irreconocible. No sé cuándo disparé, ni dónde, tampoco sé quién es el retratado. La nada.
sábado, 20 de mayo de 2017
Relato
+ Mientras una persona cercana se muere, yo camino bajo los puentes, junto a los ríos y veo, en un instante, volar mariposas azules. Cantan los pájaros y la desolación se instala. El sol acentúa un dolor sordo, la certeza de la muerte. Un sol que transforma el color de la hojas: desde un verde oscuro hasta una transparencia de gasa o tejido dérmico, la piel de una rana o la piel de un elefante que se ha retirado, curtido y ahora tiene el esperor del papel. Tonos grises en la tierra, el agua jadeante que se arroja a las cunetas desde las laderas. Barro o ceniza. Sin etiquetas avanzo junto a las paredes de los estribos que sostienen el tablero de un puente. Como criaturas que en algún momento estuvieron vivas. La muerte es un relato. Hoy todo es relato, pero no sé decir si este relato es una palabra que se emplea metafórica o literalmente. El que habla pierde algo en la dicción. Yo guardo silencio y estudio la estructura o el muro y apunto en mi libreta: no hay deficiencias, no hay daños. Constato un momento, pero me doy la vuelta y el aire boscoso alienta una certeza: mi escritura es mi desaparición.
+ En un título de un poemario leo «… dar un grito» y me pregunto ¿por qué no utilizar gritar? Dar está vacío de contenido, pues ese dar no es el mismo dar que el que aparece en «… dar la vida». Si se tiende a la condensación, hay una posibilidad de triunfo. Pero, ya lo sabemos, el triunfo nunca es posible porque el resultado es siempre el mismo.
+ Versos: «Vestido ya de tendero / de tienda de ultramarinos». Así comienzan el poema de Alberti «Mi entierro».
+ Los gatos son silencio, la negativa a expresarse, salvo sus mordiscos y sus arañazos. Sólo quiero la comida a mi hora, tampoco es pedir tanto, parece decir mientras maúlla lastimeramente. Y tiene razón. Unas caricias, algo de respeto, la comida apropiada en el momento apropiado. Como el órgano sutil de la naturaleza: la caza a primera hora de la mañana, el ratón o el topo que cae en sus garras. Esas patitas delicadas cargadas de crueldad insólita, de la que sólo nos protege su manejable tamaño. Más que independencia, es deseo sin dirección, insensible y certero.
+ «No se lee para reconocerse uno mismo, sino para conocer algo que no es uno mismo» Miguel Morey cuando describe un pensamiento fuerza de (F.) en Escritos sobre Foucault.
+ Mudanzas. Cajas, amplios pasillos, sillas giratorias. Los rostros se reflejan en el ritmo de la respiración. Hace calor, se anuncia una tormenta y las conversaciones giran en torno a los cuidados paliativos y la sedación. Ahí queda todo. ¿Cuántos tipos de inteligencia hay? ¿Sólo hay una la posibilidad? Ahí queda. Miope, agudamente ágil para las matemáticas y la física, incapaz para la empatía. Es un corcho, alguien me dijo. No puedo dejar de estudiar su sorpresa ante el cambio vital al que se ve abocado. Tampoco es para tanto. ¿Volveré a verlo? Urbanizaciones, el edificio como proyecto vital, la torre, los chalets, puentes y viaductos. Ya su rostro se ha desvanecido, ya sólo flota su nombre. Sombras.
+ Imagen: la selección de la imagen viene determinada por la lectura de unos poemas de M. Houllebecq, en concreto: uno que habla sobre un viaje en TGV, la semejanza que hay con un posible tránsito hacia la muerte. Luces, nocturnidad, una ciudad que no se identifica. La abstracción del tráfico, la noche y sus equívocas invitaciones.
sábado, 13 de mayo de 2017
Selector
+ Hay un snobismo contemporáneo que comienza a estar demodé. Muy demodé. Un snobismo que gira en torno a un léxico amplio, preciso y con una deliberada tendencia a la irónica condescendencia. Hay maneras y maneras de distinguirse. Unas veces se acierta y otras veces se falla. El tiempo da y quita razones (etc.). Lo alto y lo bajo, la técnica y lo plural. Una vez que ha pasado de moda el snob se transforma en figura de cera, balaustre en anticuario. Ay, cuántas veces hemos oído sus afirmaciones y sentimos la leve brisa de suficiencia que desprendía, hoy todo ha cambiado, pero ellos siguen ahí: en su antigüedad finita y parcial. Nosotros, no. Nosotros seleccionamos la ultramodernidad y, en la selección, acertamos.
+ «… un poema es un significante total y a la par un complejo de múltiples significantes parciales (acento, consonantes, vocales, palabras, verso, estrofa, etc.) y de infinitas relaciones tendidas entre todos estos elementos.» [Dámaso Alonso cuando se refiere a la poesía de Garcilaso de la Vega, en Poesía española (Ensayo de métodos y límites estilísticos)].
+ ¿Como se afirmaba en aquel poema, abril es el mes más triste?
+ Me hablan de la vida sentimental de un conocido, de las mujeres de las que se ha divorciado, de los hijos que con ellas ha tenido. Escucho detenidamente, pero sé que en un momento lo olvidaré: sin remisión. Según los años van pasando, encuentro las conversaciones sobre personas cansinas e intercambiables. Todas las vidas tienen un punto de fricción y un punto de encuentro, todas las vidas se parecen porque en lo sustancial resultan ser lo mismo. Al cabo de unos minutos el relato termina y veo como el que me ha puesto al día se aleja con su mercancía de chismes y puntualizaciones. Una vida nunca es materia de novela, sino al contrario: la vida se puede ver engrandecida por la sustancia novelesca, por los meandros narrativos y las acentuaciones sobre los hechos y su descripción. La vida sentimental suele ser muy parecida y con una cronología similar, lo que la eleva es la expresión de ella misma, su constitución como obra de arte, lo demás es viento o humo. No pierdo un minuto más y me centro en el suave canto de los pájaros en el mes de mayo, nunca un mes triste, nunca un mes doloroso.
+ «El que ve lo de ahora ha visto todo cuanto hubo desde la eternidad y cuanto habrá hasta el infinito, pues todo tiene igual origen y aspecto». Marco Aurelio, Meditaciones.
+ El conductor como emblema de la ultramodernidad. Anónimo, decidido, casi ciego. Merece un poema trufado de electricidad y sensación, locura y baile frenético; el conductor es un dios menor que se hace carne en cada hombre que toma el volante, el volante se empuña como el que toma una espada. Madrugadas ásperas, luces, despiadadas volteretas. Sólo existe la pista, el simulacro y la interpretación actoral: madrugar para acudir al trabajo, legiones de ‘commuters’ embelesados por sus teléfonos, música que acuna la desesperanza en la primera hora, el día transparente, el día lluvioso, el día soleado. Una reiteración. Pasa con su maletín y su discordia: es la muerte en el atuendo actual: traje, corbata estrecha, negra, barba cuidada, un reloj de colores y un Mini negro. También negro. Así he visto yo hoy el emblema de la ultramodernidad. La muerte en su Mini negro con destellos de plata y oro.
+ Imagen(-es) yuxtapuesta-(s): las texturas encierran en sí una poética, un proyecto que el fotógrafo establece con su selección, el disparo y la última decisión: mostrar las fotos en una secuencia solapada. No se tratada de crear un mensaje aleatorio, sino de prescindir del mensaje mismo. Un vacío: colores, formas mínimas, ausencia. (Las dos fotos se hicieron en Gijón en el mes de abril de 2017, en busca de esa abstracción que nos compete).
sábado, 6 de mayo de 2017
Arquitectura inútil
+ Tres verbos en primera persona: compro, utilizo, escucho. Su desarrollo discursivo me caracteriza en el día de hoy, un rastro que permanece, una expansión que deberá explicarse. Hoy, un viernes de mayo, llueve mientras recuerdo los pueblos que visitamos recientemente, junto al Cantábrico, en la costa Asturiana. Qué queda de aquéllo. Olas que dibujaron figuras. Una cuestión de estilo. [Una arquitectura inútil].
+ Compro libros en ese éter que resulta ser internet. Llegan hasta mi domicilio y abro los paquetes, todo un ritual. Los contemplo y descubro anotaciones, pequeñas etiquetas donde se leen las señas de una librería en Bilbao o en Murcia, anotaciones a lápiz, subrayados en fluorescente, una flor dibujada con bolígrafo verde, torpe pero tierna. Me pregunto por sus vidas anteriores, por sus anteriores dueños y sé que no hay respuesta. Yo sólo soy una estación en su infinito (?) viaje: un día esta acumulación de libros se disgregará y viajarán estos libros hasta otros hogares , viajarán guiados por esas etéreas librerías en internet o lo que en ese momento exista. No me produce desconsuelo esta constatación de lo temporal que se ofrecen las distintas signaturas. Aquí un hito en el camino, ese es mi yo preferido para el día de hoy: el lector que soy y que trata de atrapar los límites de su lectura. Hecho.
+ «En el asfalto fondos / De joyerías cándidas / Se aparecen a todos.» Noche céntrica, Jorge Guillén, en Aquí mismo de Aire nuestro.
+ Utilizo como marca páginas tiras que recorto de volanderas hojas publicitarias (zapaterías, pizzerías, centros de belleza…), que me entregan en las calles y guardo en un bolsillo con descuido. O bien billetes de tren, de metro o de autobús. También, boletos no premiados, marcadores, la entrada gris de un museo. No hay ninguna intención en ello, pero si una costumbre se sedimenta es porque algo se esconde tras sus costuras. ¿La humildad, las posibilidades funcionales, el colecciones mínimo? A saber.
+ Escucho a alguien decir que, en sus incios, escribió unas canciones sobre la fascinación que el alcohol le producía. Como éste incidió en su manera de desear y relacionarse, un Lucifer emergía desde los recuerdos infantiles. Considero el tema como una venenosa y potente lujuria. La lujuria alcohólica: botillería, líquidos, colores, formas, vasos o copas, transparencias, la media luz nocturna, gestos, los reflejos, la risa como evasión, la evasión como destino. Hablaba el compositor de reuniones familiares donde una amiga de sus padres le decía: «Pon más gin, pon más gin, Juan, más gin», y ahí nació la fascinación. Se pueden escribir canciones sobre cualquier cosa, pero el tema del alcohol encierra en sí peligros insospechados, turbulencias y escabrosas excursiones [excursión en ese sentido que tiene su literalidad: salirse del curso ordinario].
+ Autores pendientes de revisión (?): Fray Luis de León, Santa Teresa, San Juan de la Cruz. No es necesariamente una triada, pero hoy funcionan así los tres escritores, ¿mañana?
+ [Lo gastado]: (filosofía de), (dato histórico) (política de). En una contabilidad restan más que suman. Si a alguien le oigo emplear alguna de estas engastadas piedras no preciosas, pierde enteros. Hmmmm: ¿perder enteros? Ay, yo en lo mismo, yo en lo gastado.
+ Imagen: ¿hasta qué punto resultan intangibles las olas del mar, su dibujo, su impermanencia necesaria?
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