sábado, 5 de septiembre de 2015

Lectura rápida




+ A veces necesito con urgencia  un libro para leer de un tirón, una novela que comenzar y terminar en un mismo día o en dos, no más de tres días, nunca cuatro días. Obviamente: la brevedad es una cualidad cuando la condensación es un logro y no una muestra de incapacidad. Sin dispersiones. Una tarde es una fracción deseable, por qué no: sería, sin duda, la opción perfecta. Un libro como una droga, un libro que vaya más allá de sí mismo, que su efecto dure unas horas: como el hachís, como un whisky venenoso, levemente venenoso. Confío en ello, ya que es una manera de atrapar una totalidad que me redime de lo fragmentario cotidiano. Una posibilidad de agregarle al ritmo de los días un aliento de fantasía o irrealidad: establecer los límites de lo vivido, elevar el punto de vista, el punto de fuga.

+ Así, llegó de repente una intuición. Leía con placer el Cuaderno de verano, de Luis Alberto de Cuenca, cuando un poema me llevó hasta el libro elegido. La sorpresa anima la alegría de la lectura: Carmilla. Carmilla y Laura, detalla el poema, que no es gratuito y va más allá de lo leído, para traspasar percepciones y certezas. A renglón seguido, lo compré en formato digital por menos de dos euros y esa inmediatez era otra satisfacción: la unión de la novela gótica con la prontitud del siglo XXI. Comencé una noche de viernes y el sábado, tras la siesta, lo había terminado. No podía ser mejor y nunca menos ejemplar. Una historia de vampiros, sobre el amor y la muerte, el vuelo de un amor prohibido: el amor entre mujeres. Esa nota ilumina las posibilidades de la metáfora, aunque uno, en muchas ocasiones, prefiera la lectura literal, porque en ella se contiene lo netamente literario y esquiva escolios indeseables. Sin dilaciones, la fuerza del amor, la necesidad de la posesión del cuerpo de la amada, el filo acerado de la muerte y la consumación sexual siempre en suspenso.

+ La narración está muy bien ordenada y ello contribuye a incrementar los efectos sorpresivos sobre el lector. Finalmente: la certeza de que lo imposible adorna las pasiones. El argumento es sencillo: Laura y su padre presencian el accidente de un carruaje, como consecuencia de ello aparece en sus vidas Carmilla, hermosa, ambigua, extraña. Carmilla está enmorada de Laura, pero no es algo explícito, aunque fácilmente se supone, como una melodía que trae el viento, que apenas se adivina. Carmilla precisa de sangre humana para vivir, porque Carmilla es un vampiro. Finalmente, Carmilla se ve abatida debido a una fuerte necesidad de justicia poética que cierra con perfección el círculo que se comienza a dibujar en el inicio del libro.  No es posible evitar que la voz, la confesión de Laura nos aproxime a una duplicidad, a la ambivalencia de Carmilla: el amor y la muerte. Algo tan presente en la pasión. Evidentemente, en esa diana hay una metáfora, pero también lo literal forma parte del relato y es muy importante: lo estructura y da idea del terror como manto y ocultación una verdad subterránea y simultánea. El amor como proyecto y/o como condena. Bajo la violencia y el terror se oculta el amor de una adolescente por otra adolescente, que una veces parece correspondido y otras no. ¿Así es la vida? Con sus mil facetas, cada segundo es inaprensible: sólo el orden que lo escrito propone sirve y guía. La moraleja de esta rápida lectura es la presencia de la nada, lo fugaz y violento que el amor, el deseo y el sexo contienen. Todo es evaporación, niebla confusa en la alta montaña de los sentimientos y el sexo. Se agolpan viejos recuerdos de amigos y amigas que el tiempo ha borrado: sus nombres, sus rostros; nada es permanente, pero la literatura nos deja a una Carmina y a una Laura que se aman en el ámbito de los siglos y la seguridad de los libros en las estanterías.

+ ¿La irregularidad frente a la simetría? Un dato: libros que llegan del pasado, en su momento ignorados: hoy centro de una investigación sobre aquel pasado. No merece la pena una indagación profunda y en exceso seria: llegados al reino de la risa. Otro fauno ha sido entrevisto esta mañana en los bosque que frecuento, en su borde, en su frontera. Él es la encarnación del miedo pánico: su sonido, el ulular del viento, la cuerda que vibra en soledad, el árbol que cae y nadie conoce el sonido que produce en su caída. Irregularidades, vértices, lejanía.


+ Imagen: en algún lugar de Londres, donde podría habitar Carmilla. ¿Por que asociar esta ciudad con ella? Llega un momento, siempre llega un momento en que se necesita una investigación, ¿es el caso?

sábado, 29 de agosto de 2015

Insomnio



+ Llega un sonido de música. Es un sonido confuso e intermitente, pero destaca una voz, una voz que no se puede confundir. En un instante es posible ya reconocer a Bambino. Cómo lo recuerdo, cómo recuerdo aquél póster en un pub en una callejuela de Salamanca. Qué unión, qué hallazgo. La música crece y aparece un coche de los que no necesitan carnet. Es una llama amarilla débil y sinuosa, lo conduce un hombre de sesenta o setenta años, quizá cincuenta: esas edades imposibles, sin determinación, aleatorias. Lleva una gorra verde de productos agrícolas, sus patillas son de un considerable tamaño y su camisa de cuadros aporta algo de far-west o de culminación canadiense: o la caza del oso o el leñador en el tajo: tan fotográfico. Reconozco la canción de Bambino: Payaso. Desaparece el cochecito, con su conductor, con su música y queda un perfume del pasado, del viaje realizado y sus meandros, sus afluentes. "Payaso con careta de alegría" resuena y la vida rueda displicente.

+ Alguien pone en cuestión los comentarios sobre una novela, no sin violencia. La caducidad es el acento. Otra vez, el triunfo de la indiferencia.

+ He comprado una edición de La arboleda pérdida de Alberti. Es un libro de segunda mano que tiene escrito en su primera página el nombre de Arturo y una A grande y rodeada de hojas y filigranas, una A roja y esbelta. No sé, hay algo que me gusta en la inicial y no deseo investigar las razones de esta preferencia. No importa mucho, la verdad, es un detalle que no conduce a ningún lugar, una digresión sin espesor. Finalmente, abrí el libro en una de esas partes donde aparecen las fotografías. En una de ellas se puede ver un grupo de personas tras un banquete. De inmediato reconozco a Alberti, a Lorca, a Buñuel y a Alberto Sánchez. Como una cosa lleva a la otra sin remedio, me digo que hay algo que anuncia el brillo que estas figuras poseen, en contra de las que las rodean: que se diluyen el algo que se podría llamar, sin propiedad, masa. ¿Es tangible esta afirmación? Hay rostros que llevan inscrito un aliento divino, el fuego creativo o la elevación sobre los que los rodean, me digo sin dudar, pues hay algo que la experiencia aporta. Lo hemos comprobado en alguna ocasión: como hay personas que se distinguen por el carisma. ¿Carisma? La palabra nos remite a lo religioso, pues dice el DRAE que es un "Don gratuito que Dios concede a algunas personas en beneficio de la comunidad". Es un don, en definitiva, como lo es la poesía o el amor. Es el don lo que yo percibo en esta foto, lo que cualquiera podría ver sin conocer a los protagonistas. Ocasiones hay en las que lo carismático está muy por encima de la obra, pues se diría que se conecta este don con la belleza y el atractivo, el don o el carisma es una erótica indiscutible. No se pierde, no se regala, está ahí sin haber sido llamado, sin esperar nada. La belleza o algo que por encima de ella está: el carisma. 

+ Trompicar [Drae]: 2ª: Promover a alguien, sin el debido orden, al oficio que a otro pertenecía.

+ Insomnio: de la cama al televisor y del televisor a la cama. ¿Qué se saca en limpio? La ruleta eterna que promete maravillosos y suculentos premios; una reportera nos explica mediante su propia, profesional y circunstancial experiencia qué supone cruzar la frontera entre Turquia y Hungría, cuáles son las circunstancia: vitalmente: la ocasión de un vívido reportaje; flamenco y más flamenco; un gaucho evoluciona sobre un tablado de largas y sonoras tablas que son un instrumento musical más: la percusión y su verdad sin discusión; algo de Colombia que no entendemos muy bien: hay un dolor constante que impide la concentración. Sin sueño. Libros, deportes, música, experiencia. Miro hacia el ventanal y todo es un contraluz en la penumbra provocado por la acción de las farolas de la calle: las varas que sostienen las orquídeas son mástiles en la oscuridad: como barcos que transportasen vampiros, no hay otra cosa que un negro desleído, los muebles son amenazas, hace calor y el tic tac de dos relojes se superpone en extraño ritmo: qué música esconden los relojes: lo intento nombrar, pero no es posible: el dolor continúa ahí: incapacitante y regular: un reloj más. No llega el sueño: la cama es incomoda y la ausencia del descanso es toda una lección. Finalmente, conseguí dormir tres cuartos de hora, sonó el despertador y en ello hay otra enseñanza. Un reto, el día comienza, ahora mismo.

+ La jornada laboral bajo el influjo del insomnio es otra enseñanza, en su diferencia está su altura, en su altura la posibilidad de otra visión. El insomnio trasmuta o trompica todo lo dado y lo ofrece como una vana realidad, otra, una posibilidad que no es y es. Frases que no dicen nada, sin referentes se avanza así. Un postigo, un umbral.


+ Imagen: Silvano, Siglo I d.C., Museo Arqueológico Nacional, España. En la penumbra: la pequeña estatua habla sin palabras. Un espíritu tutelar de los bosques y los campos. Un emblema semanal, una estampa de bolsillo. Uvas, espigas de trigo, leche, carne, vino, miel, cerdos. Ofrendas paganas que extraen incertezas de las certezas, la magia del minuto: el insomnio es una excavación arqueológica.

sábado, 22 de agosto de 2015

La niebla




+ [La importancia de lo fallido o la tarea y el fracaso]. A punto de coronar la cumbre, decido dar vuelta: la niebla comienza a rodearme y siento una punzante desilusión que anida en lo más interno de mis convicciones: las socava, las trocea, convierte en polvo el mármol y en astillas el acero que un día trazó la estructura de unas ideas de fuerza. La niebla me impide ver más allá de un metro y medio y las piedras comienzan a humedecerse: esas lajas de piedra pizarrosa que me escrutan. Minúscula y fortísima vegetación de alta montaña. La prudencia es la primera ley: quizá la única ley, la niebla es como una droga: alguien me dice. Te atonta y si comienzas a caminar, lo harás en círculos, sin una dirección. Mi corazón late con rapidez, me duele el pecho y noto esa humedad en el rostro y en las manos. Un frío delicado, una sutil y delgada capa de realidad. Es otra realidad, tan extraña a lo común: a mi vida ordinaria. ¿Hay algún indicio en el rostro? Pienso en mi rostro y no termino de encontrar una correspondencia con lo que veo en el espejo cada mañana y una cierta idea que tengo, que me acompaña, es uno de los efectos que produce la niebla: más allá de la tristeza.

+ Un pensamiento más: (ti)niebla. Descomponer palabras es un arte de filólogo en vacaciones que no tiene más (des)tino que un chiste fácil para encauzar el vértigo y la certeza de la muerte. Aquí sería un buen lugar para adentrarse en las simas y los miedos: conjurarlos, pero hay que avanzar hacia la base de la montaña, volver a atisbar el glaciar de circo, volver al mundo de los vivos. No, tampoco es para tanto. Hace frío, pero es soportable y el peso de la mochila no llega a los cinco kilos. Se avanza como los automóviles se deslizan por autopista en un atasco postvacacional, con aparente facilidad, con exasperante lentitud, sin tener en cuenta lo que se acumula en su diseño del automóvil, en sus funciones, en su historia, todo eso humano que ningún hombre en su individualidad puede contener. No, sin pensamientos: un grado cero, por favor.

+ El desánimo es una herramienta ocasional, mejor: un contraste. Esa tristeza que aporta la niebla, ese extraño descenso hacia un núcleo desconocido, que reside en la mismidad de lo propio. ¿Es tiempo de hacer un balance?

+ Como vampiros que flotan en la noche, las citas vagan en el insomnio: poetas, filósofos, novelistas. Estos fragmentos contribuyen a la construcción de un relato que aspira a la conciliación del sueño. En paralelo, historias sobre corrupción política y administrativa, fortunas que se han levantado al amparo de lo público al tiempo que se desprecia y se degrada su importancia. Este cruce de voces aporta una extraña tranquilidad, cerca de las cumbres, pero con el sonido de una verbena lejana: música electrónica y risas jóvenes: el deseo y su consecución. Ideas que se resisten a sumergirse en el lago del sueño. Salvaremos este obstáculo.

+ El otro día le vi, mientras nosotros paseábamos con desgana por la feria: tarde de domingo. Allí estaba, en la feria, tras una de la barracas: ese era su trabajo: una consumación que no hería ni a la lógica ni al destino. La vida se compone de estas simetrías, me dije mientras nos alejábamos. En fin: las ferias siempre llaman mi atención porque se me aparecen como un cofre que atesora peculiares historias, entre la canallesca y el romanticismo errático del circo: como rendirse a todo lo fotográfico que hay en ellas. Ese estatismo me produce una extraña vibración: no puedo dejar de observar a las personas que atienden las casetas: generalmente parecen agotados y al borde del colapso, una congestión general y una ausencia de ilusión que espantan: poco sonríen y los que lo hacen esbozan una mueca cansina. Qué importa, allí le vi, tras el mostrador de una tómbola en la que se rifan esos peces dorados sumergidos en esa pecera de plástico barato, con su comida y  una red. El lugar natural para su persona, me dije y estudie por breve tiempo su cara como de madera y tristeza. Ordenaba las peceras para formar una pirámide. Qué viejo estaba, como se habían desleído sus tatuajes: corazones rojos y esquemas de grupos de rock duro. Recuerdo que una vez compró un mono y ese fue su mayor atributo: paso a ser Luis el del Mono y hasta ahora. Paseaba con el mono por las calles como un emblema de lo singular de su persona. Sristocracia de lo cutre. Trabajó en un circo, sirvió en la legión y, una vez, tuvo una novia. La cocaína y el hachís eran sus particulares pasatiempos cuando no trabajaba en el puerto descargando pescado congelado. Hacía tantos años que no le veía, y estaba tan envejecido: no pude menos que verme reflejado en su decadencia, en ese nerviosismo ordenancista con las peceras y con los tatuajes, bajo esa tintura de los fluorescentes. Pero no me reconoció, ni yo quise saludarlo a él. Sólo era una aparición de las navidades del pasado. Todas esas historias que son la misma: la soledad. ¿Se llamaba Luis, Luis el de Mono? Sí, al menos lo del mono está dentro del campo de la verdad. Ay, qué palabra: la verdad.


+ Imagen: refugio de montaña: como un emblema, como un escapulario.

sábado, 15 de agosto de 2015

Sendas




+ Ascenso a la montaña. La preparación del viaje es una figura literaria por nombrar. Planificar la ascensión, una lista de alimentos y bebidas, la ropa, los bastones. La topografía, las pendientes, la distribución del tiempo de ascenso. No es una ruta difícil, apenas son veinticinco kilómetros: un paseo, pero el hecho de fijar la fecha en el calendario y penetrar en la espera del momento aporta alegría e ilusión. Pensar en divisar el paisaje desde la altura y aspirar el viento fresco de la montaña, traspasar el ámbito de lo diario para adentrarse en un territorio mágico y plagado de insinuaciones.

+ Como un sueño, sin posibilidad de despertar, tal vez.

+ Otro día, cualquier día. La montaña palpita en mi interior. Vemos en la pantalla del ordenador caminos, sendas y carreteras. Los planes son claros. Ascender hasta la cumbre más alta de Galicia. Una vez allí, descender. Es una consideración intempestiva, pero es este el humor que me abraza en la tarea diaria de levantarse de cama y luchar con el movimiento del reloj: ese artefacto maldito e inevitable.

+ Creo recordar su rostro, cuando camina con sus hijas por la calle, por cualquier calle: es un buen padre. Ese es su aspecto y sé que acierto cuando hago esta afirmación. Por otro lado, cada semana escribe una 'sábana' en el periódico local sobre arte, literatura y aledaños.  Es lo que se puede denominar una persona sensible, que no se equipara necesariamente con una persona con buen gusto, aunque lo intente, aunque imposte ese personaje. Al tiempo, su tarea me parece un trabajo de titanes, ímprobo, fundamentalmente: rellenar esa página aburrida página le cuesta mucho esfuerzo, eso se transmite y es su aplicación y voluntad la que la lleva puerto: pero no a buen puerto: in my opinion, of course, porque eso no es posible: no está a su alcance: creo a mí también se me escapa y eso hace que identifique con él, con su impotencia. Me siento conmovido por su trabajo, sin duda. Una tarea compleja que yo no sería capaz de emprender: escribir tiene algo doloroso y eso, cuando la incapacidad es manifiesta, se trasluce con mucha precisión: cómo se recortan esos perfiles de la imposibilidad y qué laceraciones producen sus aristas: lo sé. Finalmente, camina por la calle y es antiguo, me digo, como lo es el papel, la literatura, como lo soy yo mismo. Somos de otro siglo, pues todo parece terminarse tras los treinta años [aunque no sea cierto] y la proximidad a la senectud es obvia [o no tanto, pues todo es cuestión de un punto de vista: elegido: todo depende de nuestras líneas de fuga]. Glosas y paráfrasis, asombrados enunciados, ponderaciones insólitas y un poco vergonzantes, pero hay que escribir cada semana: esa es la condena, agradable condena, tal vez. Qué traspasadas tardes: en la edad madura, cuando la poesía ha caducado. Yo le veo caminar por la calle y creo no equivocarme: es un buen padre y un día sus hijas harán una recolección de sus escritos y sentirán un extraño orgullo, porque tendrán un tesoro: el trabajo de su padre encuadernado en pastas duras. Ese perdurar me inquieta, yo que prefiero que el viento se lleve el polvo absurdo de lo realizado por mí: no tengo mucho aprecio por mis textos y eso conduce a su extinción en el momento de su nacimiento, tampoco tengo hijos que hagan esa tarea de juntar y encuadernar: afortunadamente. Volver a los grandes textos y dudar de la autoría, de la posibilidad de un autor es una frágil guía de lectura, pero no conozco otra: y es tremendamente inflexible y cruel. Qué decir a esta figura de la ciudad, a esta silueta que destaca entre la masa por su trabajo público y literario, un tanto afortunado, otro tanto desafortunado. El tránsito de los días y las noches desdibujan todo lo sólido que se ha atesorado en su interior: ¿todavía subsiste la capacidad de dudar? No tengo otra herramienta, pienso con frecuencia. La duda.

+  Qué recorte de la realidad arrojarán las próximas semanas. Desde Peña Trevinca a Lisboa, con la rutinaria estación intermedia de los trabajos diarios: la mañana y la tarde, separadas por el filo de una personalidad apuntada: neutra, en un imposible grado cero. Poemas que se han escrito solos y flotan en el avanzar nocturno, cuando el día ni siquiera ha nacido. Oh, hora asombrada de borrachos y esclavos, los hombres y las mujeres honrados duermen, mientras, tú, vigilas la ciudad. Sin estridencias.


+ El poder no es un objeto, es una estrategia. Repensado a Foucault esta mañana, cuando débilmente comenzaba a llover.

+ Imagen: en un museo: los que fotografían fuera de foco. ¿Cuál es el enlace con las aristas de lo real? Por determinar, para decir el que se aleja de la imagen: pero no es así.

sábado, 8 de agosto de 2015

[Re]-construcción




 + Volviendo a Dámaso Alonso: me gusta el tono que transite un texto suyo que he encontrado por casualidad en su libro Poesía Española.  Habla Dámaso Alonso de Cambridge y de Góngora. Se trata del perfil de la ciudad universitaria, de las praderas de césped, los edificios y un sabor inagotable por el saber y el buen gusto. El buen gusto poético: es un proyecto de vida, una fuente de placeres y de dudas, de esfuerzos cuya recompensa no es monetaria, pero que su valor es mucho más elevado que una pensión vitalicia (!). Siempre con nosotros: la hipérbole. El hecho de transitar Las Soledades de Góngora es una apuesta extraña, pienso mientras abandono el libro de D.A. Todo esto es un viaje que se encamina a la escritura de unas veinte o veinticinco páginas, una detenida lectura, en otro nivel: bajo la norma, en el corsé de las interpretaciones anteriores y con la certeza que es complejo  o imposible decir algo nuevo. Pero el intento es suficiente, desentrañar un poema largo, bucear en él, sumergirse y tratar de (re)construir una lectura adecuada a nuestro momento. Ahora, hoy domingo, comienza la aventura y el patronazgo de Dámaso Alonso es una buena señal, un recuerdo suyo de Cambridge podría ilustrar el frontispicio: "nos impedían jugar al tenis en domingo".

+ Distort time.

+ Las maneras posibles de presentar la información determinan esta misma información. Ningún esquema es inocente, mucho menos neutro. Uno accede al documento y no tiene la certeza de llegar a sus últimas intenciones, quizá porque ni siquiera el redactor tenía esa conciencia. Pero ahí está el mensaje: laberintos que distorsionan su "verdad". La reflexión sobre la verdad es importante cada vez que se acomete la tarea de desvelar esa pluralidad de significados: aunque sea una breve nota interna: ahí reside el resorte que da vida a todo esa sistemática. Lo hemos visto en muchas ocasiones: faltas de concordancia, imposibilidad de expresión, incomprensión de períodos completos, formulismos vacíos y sin relato. Lo funcional no es inocente, tampoco.


+ Desautomatización: pronunciar una palabra continuamente hasta que pierda su significado y sólo sea un sonido. Poesía.

+ Hoy los pájaros, durante la mañana, me han acompañado. He visto reptiles y hormigas, libélulas muertas en el borde de una piedra: dos o tres. Una familia de cuervos que se alejaba hacia el fondo de un valle. La mañana comenzó con una sutil niebla que terminó por disiparse. No había tráfico, la carretera desierta es una paisaje de ciencia ficción. Detenerse ante la realidad y comprobar que es muy extraña: inabarcable, incomprensible. Todo es 'raro', basta un momento de lucidez para advertir que la vida es una cosa anómala, inusual. Por qué. No hay nada que indique un camino y, sin embargo, ahí está: en cada inspiración / expiración, en el moviendo nervioso de los insectos, en la espera de una araña en su tela, en el vuelo de las palomas. De un taller mecánico llega el sonido de unos golpes contundentes, cruza un camión con productos químicos altamente contaminantes, una pala excavadora remueve la tierra del camino de entrada a una cantera abandonada. Siento una unidad de todo ello, como si se tratase de una tabla flamenca: el motivo: la mañana de un viernes de agosto.

+ Qué inquietud ante la cantera abandonada. Ese costurón en el paisaje. Si uno se acerca puede observar el lago que se ha formado en el fondo de la cantera. En la otra orilla: un acopio de tierras y escorias. Altas paredes verticales de piedra desnuda. Hay un camión abandonado: la oxidación lo va reduciendo a una materia ocre y singular, muy plástica. El punto fotográfico que se contiene aquí es lo de menos, lo importante es la metáfora que alberga y la literalidad que la sostiene. La destrucción de la naturaleza, la prostitución del paisaje en beneficio del progreso. Y ante el costurón no cabe otra pregunta: ¿merecía la pena? Todo por el crecimiento sin barreras.


+ Imagen: el recorte de unas ramas. El cielo y su color, una agradable tarde en el Sur de Inglaterra, a mediados de octubre del año pasado. Como el sabor del té, como las pastas y la nata, conversaciones a media voz, el viento y las manos, los labios, la presencia del tiempo en los gestos y su suspensión momentánea. Una poesía portatil.

sábado, 1 de agosto de 2015

La ebriedad de lo real




+ Leo en estos días, a saltos, Cuaderno de vacaciones, de Luis Alberto de Cuenta. No es necesario decir que me gusta de una manera especial que se conecta con mi imaginario. Hay un hilo que conduce a la edad, al paso del tiempo, a la muerte: tal vez. La muerte es el tema de la poesía, me dicen y yo asiento, con su látigo: el tiempo. Esta temática acompaña el comienzo del día y el recogimiento de la jornada: una hélice, un contorno que se cierra sobre sí mismo como un lazo. Pero la elegancia y una alegría de vivir, la consecución de motivos para justificar el amanecer y la llegada de la noche hacen que todo adquiera sentido: el sentido del momento, el gobierno del dios del momento. Los cómics, la mitología escandinava, el cine negro y el rocánrol de los ochenta, en Madrid. Madrid, ese escenario: bien sentimental, bien novelesco. Qué bien entiendo ciertos paisajes y ciertos personajes. Amigos que nunca conoceré y que disfruto, tanto, de su compañía. Cierro Cuaderno de vacaciones y el sueño me acoge en su ámbito.

+ Veo a mi querido Herman Monster y, una vez más, me transmite una tranquilizante alegría. Cada día, en cada momento: exageradamente, certeramente. No es irónico: esta figura de plástico contiene en su materia ideas que afinan mi intuición y mi entender. La vida es teatro, parece que me dice con su maletín de hierro y su sonrisa franca, la disposición del hogar es un escenario, el bar o la plaza pública, el centro de trabajo o el calabozo. El veneno del sexo y el antídoto del amor, las muestras de entrega y la canción que se recuerda sin dificultad: mientras silba y sólo yo lo oigo: esa canción: Mercuriana [Radio  Futura]. Así tomo esta cita: "… el mundo es parte luz y parte sombra / y yo soy parte fuerza y parte indecisión". Veo que la letra me definie, en cierto sentido. Pasan los días y se repite la plegaria: cuando llegue la noche que el sueño resguarde nuestro cuerpo sin más precio que un gramo de oscuridad y silencio. Y así, Herman me condecerá un buen dormir: con su apreciable/apreciada sonrisa.

+ Continúa la persecución de un tema. No es fácil. Hay evaporados surtidores: canciones, rizomas, estepas, pliegues, texturas o playas infinitas. La acumulación es el fundamento de una marea erótica: llega el silencio y se diluye el significado. Lo sacralizado palpita sobre la solida piedra de lo pagano, dice alguien en algún lugar y no lo contradigo: por pereza.

+ Cuadernos de dibujo, libretas de notas, hojas y folios que vuelan y se pierden. Notas, croquis, listas. En el centro, una impresión pasajera: el apunte del día.

+ Borrachos de realidad: el perfil de los amaneceres: la línea que forman los edificios, la música, los que regresan a casa, los que van al trabajo, luces, destellos, colecciones, agrupamientos, taxonomías. Toda promesa se escribe sobre hielo. Hand in glove, The Smiths. Es el momento de la canción y se celebra. Baudelaire guía el camino del noctámbulo, pero él no lo sabe: sus zapatillas cansadas, el vaquero tan rozado, la camiseta azul ceniza con letras negra: ilegibles, su pelo al viento y el cigarrillo irreverente. Es el amanecer que se imagina en la lejanía. Una mirada profunda y sostenida.

+ La historia de un hombre que en una fiesta, mientras sonaba la orquesta, quemó un billete de quinientos euros. El vértigo era su consigna. Los días eran beber sin parar y aprovechar sin descuidos los beneficios de la cocaína. Cerraban burdeles y compraba las misas del patrón. Una noche comprobó que ya no tenía nada: abruptamente. Su empresa de construcción había desaparecido, el banco le embargaba todo lo embargable, su mujer le abandonó y los ¿amigos? habían desaparecido. El que quemó el billete vaga por los arcenes y por los caminos, bebe el vino barato y amargo,
[*noventa céntimos], que encuentra en la tienda-bar del pueblo de sus padres: donde vive en la casa de la que se avergonzó un día. Y el cartón de vino le permite continuar con su vida opaca y no tirarse al río: su apego a la vida es paradójico. Tras la puerta está tirado sobre un colchón húmedo y desfondado. El próximo mes cumplirá cuarenta y nueve. Poco más: es una de las muchas historias que la semana ha desgranado, la moraleja no tiene importancia, sólo el hecho de haber escuchado el relato y que ahora quede aquí su constancia. Borracheras de realidad, esperanza de anulación.

+Imagen: contra la gran pantalla, donde se refleja una hiperrealista imagen generada por ordenador. El recorte es el principio de la taxonomía: se prolonga el inicio.

sábado, 25 de julio de 2015

Archivo(s)




+ La lluvia de la primera hora del día es transparente, una cortina sutil, pero si se eleva la mirada se transforma en una opaca resistencia, en una masa absoluta y continua: del gris pronfundo al negro impenetrable. La capa de niebla que envuelve los edificios, el calor palpitante, el bochorno. Todavía es noche cerrada y quienes caminan por las calles son más espectros que humanos. Hay una metáfora sin desvelar: lo espectral y lo humano.

+ El descrédito de la novela. Se puede observar desde hace tiempo, mucho tiempo. La novela es para adolescentes, para personas que todavía no han llegado a la verdad de la vida. ¿Existe la verdad de la vida? Pero lo volvemos a oír, en una terraza, en una noche calurosa, en el filo de las conversaciones, en la discusión perdida. No es importante, pero la novela está ahí: como articulación, un conector entre lo vivido y lo recordado, no hay otra cosa que relato. ¿Novela? Toda conversación se contiene en su estructura, carece de importancia. Dicen que les interesa el ensayo, pero da la impresión de que no leen, aunque no lo confiesen, no está bien visto: hay otras ocupaciones más urgentes y la lectura carece de importancia: estoy de acuerdo, pero guardo silencio. Hay tantas cosas inútiles a las que entrego todos mis esfuerzos.

+ Cómo los archivos tienen una organización que rebasa al archivero, reflexiono en la primera hora del día: el coche, como tantas veces, avanza suavemente en la oscuridad, sin tráfico, en la calidez de la música. Un disco que vibra en el fin de la noche: es una luna insospechada y ausente. Pero el archivo reclama su tiempo. Se muestra una disposición natural, como si su peso se fuese posando sin disciplina, sin aceptar ordenes: tal que una decantación milenaria. Recuerdo ser el señor de un extenso archivo al que no fui capaz de dar forma, que se rebeló y que todavía no alcanzo a comprender, que pienso en él y que me otorga una guía para establecer ciertos compartimentos en la "vida cotidiana". Tan semejante a las estrategias de algunos escritores de periódicos: tan visibles, tan evidentes que dejan de cumplir su función: durante un momento me detengo y me hago con la idea de que soy incapaz de llegar a ese núcleo pues estoy totalmente envenenado por la manía del análisis. El archivo me dejó esa marca. La marca invisible que cuestiona el orden y se somete a él.

+ Regreso a Ourense. La autovía, una vez más, se depliega en su geometría lineal y articulada, sin posibles errores. La autovía, finalmente, es un territorio sin identidad que define el momento en el que vivimos: obesidad, whatsapp y tatuajes: nada de ello tiene importancia, al menos eso semeja mientras conduzco. Las balizas, las señales, las marcas en el pavimento, no hay sujeto: la sintaxis del verbo sin actor, sólo son circunstancias invariables y un predicado extenso y evanescente. Su estatismo es engañoso. Su palabra es no-lugar, su emblema: la impersonalidad.


+ Imagen: una guitarra en el olvido, no está afinada y ahora es ornamento, ha perdido su función: una metáfora más: el archivo en cualquier lugar: la vida se transforma en documento y éste permite una otra comprensión de la vida. Y  la nave va.

sábado, 18 de julio de 2015

No-lugar




+ [Regreso de Oporto por la A28_ duermo y percibo la velocidad como un ornamento]: Un día más, otro día, el mismo paisaje: añorado, amado, que se olvida: también. La potencia transitoria del verano arroja una luz tangencial: desvela aristas y líneas aceradas en el interior del coche, a pesar de ser totalmente negro. El negro es una señal, es lo idéntico, la pasión remota. La ciudad es otra y así se debe reconocer, al primer golpe de vista: ya. Se elevan los edificios como los guerreros del cansancio. Hay en la calle alegría y los mercadillos ofrecen una gran variedad de objetos inútiles, que tanta importancia tienen en el sostenimiento de la persona. Hablamos sobre el olvido/desprecio en el que ha caído la literatura. Ya a nadie le interesa, ni siquiera a aquellos que un día fue motor de su vida y hoy son aburridos funcionarios de su expansión: profesores de enseñanza secundaria en excedencia. En una librería me llama la atención un cuadernillo sobre poesía trovadoresca. Qué curioso, cómo ha pervivido hasta hoy esa visión. cómo en alguna medida es posible reconstruirla. Se acumulan los obstáculos, pero llega hasta nosotros para contar lo que siempre ha estado ahí: la vida, el amor y la muerte. Las triadas son propias de la antigüedad, el presente prefiere lo dual: conectado/desconectado. Se llega a ese punto en que todo es estilo y su unión en la costura es fundamental: de ahí emana el cansancio que produce el calor, el dolor de cabeza, la necesidad de cerrar los ojos en el coche: mientras C. conduce y yo me dejo llevar por la certeza de la velocidad.

+ Conciertos de Brandenburgo: el gran antidepresivo, más curativo que cualquier pastilla, al nivel de la carrera sin descanso: diez kilómetros en una hora. Diez kilómetros por hora, esa es la velocidad adecuada. Ni más ni menos. Bach lo atestigua. Cierro y paso a la Variaciones Goldberg: primero en el piano, luego en el clave. Así se van los días, entre la postración y la entrega, la lucha contra el malestar y el paseo dominical. Con testaruda obstinación avanzan los libros, entre lo árido y lo venturoso. ¿Sin meta? Sin meta.

+ El no-lugar como marco esencial de lo transitorio: la totalidad. El baño de la estación de servicio, el comedor de un restaurante en la autopista, la tienda de regalos en el aeropuerto, el metro, el autobús, el hall de un hotel que no se recuerda salvo por los detalles plásticos del mostrador de recepción. Otros escenarios posibles. El amor se desarrolla en un ámbito que carece de personalidad.

+ Malestar, una vez más. La aglomeración en el centro comercial es especialmente desagradable. Las personas se deslizan por un recorrido previo, por una senda marcada. Me produce un extraño mareo, una sensación de pérdida y desorientación, el tiempo y el espacio se ven distorsionados y un reflejo de ebriedad se posa en cada rostro. Es un torbellino. Lo comento y no soy el único: a otros les sucede en distintas medidas. No deseo analizarlo, sólo es una taxonomía. Colocarlo en su justo lugar: a evitar. Mientras queda atrás el centro comercial, la autopista parece peligrosa: adelantamientos, velocidad excesiva, un penoso atasco y un repentino síntoma: lo impersonal, la muerte del sujeto, el derribo de la identidad. No es malo, es impuesto.

+ "Sous le moi qui agit, il y a des petits moi qui contemplent", G. Deleuze.

+ (Un plan de trabajo [sobre Foucault y su obra]: el ámbito: la novela). La acumulación de libros en torno al autor llega a formar una unidad que tiene su valor, que alcanza precisión mediante un solaparse las lecturas de los unos y de los otros. Como una suerte de recepción, de suma de datos, visiones biográficas y obra en sí. ¿Es una novela? Creo haber llegado a un punto en que puedo afirmar su verdad cambiante y modificable. Sin un formato preciso, asequible, preestablecido, el hecho de pasar de un libro a otro da una idea de un cuerpo múltiple y multiforme, es lo inasible de la persona [de Foucault, en este caso], pero también una creación que el lector hace mediante superposiciones, planos paralelos y niveles, estratos y fugas. ¿Es posible trasladar esta combinatoria a cualquier persona,  cualquier biografía? Es una tarea, pues la facilidad en el autor escogido es que hay una obra y unos libros sobre esa obra, una biografía e introducciones, breves apuntes y tesis doctorales. El material es netamente libresco, aunque se pueda ver algún vídeo en red, alguna entrevista o fotos y recortes de periódicos, entrevistas o debates. El caso contrario es escritura en sí, y ahí está el núcleo permanente de la narración. ¿Cómo llegar a una intersección entre ambas posibilidades? Continúa el plan de trabajo con F., mientras el envés espera su momento. ¿Llegará?


+ Imagen: el recorte, el anonimato, los zapatos que no se asocian a un rostro, el inicio de un paso. Acumulaciones, hace calor y se puede percibir un reflejo en todos los detalles que se encuentran en el mirar simple, sencillo, sin intención.

sábado, 11 de julio de 2015

Microniveles




+ En el camino encuentro un coche: nuevo, blanco, de bajo precio. En su asiento trasero y en el maletero, a la vista, ya que ha sido retirada la bandeja que guarnece el maletero, se ven libros de ajedrez, matemáticas y razones del Universo. Está aparcado en la cuneta como una invitación a las suposiciones. Está matriculado recientemente y el concesionario está en Cangas, como se puede leer en el faldón de la matrícula, lo que no quiere decir nada pues nada aporta. Análisis matemático, aperturas, caballos y torres, los dos primeros segundos del Universo. No son ni dos ni quince libros, a ojo de buen cubero podrían llegar a ser más de cien, más quizá. ¿Una mudanza o una biblioteca portátil? Todo conduce y apunta a un estudio de las monomanías, el coleccionista y la acumulación de objetos cargados de significado. ¿Cómo vaciar este tesoro de pesos y medidas?

+ [Encuentro]. Después de un largo distanciamiento lo veo acercarse con su bicicleta. No es difícil reconocerlo. Por el arcén se desliza con soltura, el casco brilla en una extraña incandescencia y el color bronce de los metales de su bicicleta es épico. Le llamo y se sorprende. En el primer momento no me reconoce, pero al cabo de unos minutos se relaja y sonríe. Bromeamos y celebramos algo así como el sol, el buen tiempo que nos arropa. Es su camino de vuelta, debe recoger su coche en el taller. Nos damos la mano y le veo alejarse cuesta abajo. La figura termina por convertirse en un punto sin definición. Algo se agita en el aire, algo que vibra con soltura y sin consentimiento, como una membrana invisible y rítmica. Pienso que todas las comparaciones son pragmáticas y que no merece la pena hacerlas: no aclaran nada. Lo literal es preferible: es reconfortante el encuentro porque zanja malentendidos y aristas. ¿Qué tiempo es este, hay un astro que determina encuentros y desencuentros, un demonio oculto en cada curva: tal vez? No insistir es la materia de la elegancia. ¿La elegancia en la exposición, tal vez?

+ Siento cierto rechazo instintivo por los libros que tienen en la portada una imagen de gran calidad, plástica y certera. Prefiero libros desnudos, con el título, el autor y un motivo humilde y significativo; por ejemplo: la espiga que figura en los libros de Arco Libros en su colección Lecturas. Tal vez, o esas limpias portadas de Gallimard, con el título y el autor, que la única frivolidad es la tinta roja. ¿Qué pensar de esas ediciones que se adornan con un foto en blanco y negro, tal que esa donde se besan dos amantes en París: la foto de Doisneau, o las que tejen un cuadro prerrafaelita, una lámina de ilustre calidad de un melancólico pintor ante la gran ciudad? Se evitan, así, los escaparates.

+ [Ellos]. Cada viernes, cada sábado, recorremos tres o cuatro bares y allí están ellos. Parecen dotados de una extraña ubicuidad, son la representación de un segmento de la ciudad que oscila entre el fingimiento y solapadas articulaciones de los estratos sociales: hay que dejar nuestra clase bien definida, que nadie penetre en nuestros círculos.  Les veo y pienso en sus soberbias colocaciones: director de banco, jefe de administración en un ayuntamiento limítrofe y pequeño, profesor en la Escuela Naval de una asignatura sin interés, ingeniero en una oscura empresa de tendidos eléctricos. Casi llegan, casi son, pero hay algo que falta que es suplido por elevadas dosis de maneras y perfumes. Los ves saludarse y piensas que el mundo es de ellos, un mundo que interesa poco. Beben y fuman con afectación, sus marcas son evidentes: una clase superior que oscila entre el baile de sociedad, la provincia y el veraneo en la costa. Tienen pequeños yates, motos veloces, esposas maquilladas y teñidas a la moda de las rubias volátiles. Sus hijos, sus cervezas heladas, el rumor de sus opiniones sensatas y conservadoras. Allí están, con su testimonio de clase: desclasados, turbios en su limpieza, presumidos y anticuados. Son apellidos compuestos, apellidos con preposiciones y conjunciones, son apellidos que se remontan al envanecimiento de los comerciantes que enriquecieron en el XiX y se arruinaron en el XX. Abogados o tenderos, notarios o aprovisionadores de buques. Son los viejos y rebarnizados muebles que decoran la ciudad. Aunque su tiempo ha pasado, se empeñan en permanecer hasta altas horas entre las risas que transmiten el fútbol y la ginebra cara y transparente: "color de ginebra mala", decía Gil de Biedma, pues el color de la ginebra siempre es el mismo: buena o mala: transparente. Así se construye el presente. Pero no quiero ir a los mismos bares que van ellos, no quiero verles, no quiero oír como se ríen. No quiero ver los corros que forman sus mujeres, mientras ellos emiten contundentes y fundadas opiniones sobre la crisis del euro o la próxima temporada en 2-B, tal vez las veleidades de un nuevo partido político, o las prístinas virtudes de uno antiguo del agrado de su gusto. No son malos, no son buenos, no son listos, no son tontos. Son ellos.

+ [Ellas] A su coche se le ha pinchado una rueda en el borde de la autovía. Llega la noche, tras la tarde de playa y cerveza sin alcohol, y comienza a contar la peripecia. Sus uñas tienen un color rosa imposible, antinatural, tan plástico como efectivo: todavía tiene un aliento de juventud, que desea retener, y este color es una estrategia y un seguro. Si uno observa con detalle el tatuaje que hay en el envés de su muñeca izquierda adivina un nombre. Un nombre que tal vez no diga nada. Es el nombre de su ahijado, ella no tiene hijos. Su pelo vuela en ese espacio sin costuras que es la plaza, la terraza, el velador y las amigas. Una clara de limón, con burbujas eléctricas, y un cigarrillo esbelto y mortífero. No piensa en la vejez, salvo cuando regresa a su apartamento y la oscuridad de la habitación la aprisiona. Pero ahora ríe y explica como un operario de la carretera que caminaba por la cuneta la ayudó, y como esa ayuda no sirvió de nada. Es que las tuercas las apretaron con un instrumento neumático y ahora, a mano, es imposible. Le pareció un hombre feo y un poco amanerado, afectado, muy pendiente de encontrar las palabras adecuadas. No le gustaba aquella forma de expresarse. Una de sus amigas le preguntó por la playa. Al final llegó tarde y, casi, no merecía la pena. La vida es así, como una alegoría del tránsito vital. Se conformaron con una ronda más, a una le dolía la cabeza, la otra tenía que madrugar, y las demás estaban desganadas. Tenía necesidad de ver la noche y sus luces, de bailar, de recuperar la alegría que el pinchazo le había robado, pero no era posible. No era posible, se repitió para sí, y aquel día comenzó el camino hacia la vejez: ya no funcionaba el sortilegio de los colores y el licor. El pinchazo fue una señal y ahora, mientras abría el portal, lo comprendía todo. Todo. La senectud había comenzado mucho antes de la señal, aquello sólo era una baliza móvil.


+ [Imagen*] ¿El mar, una ola, la marea? El color verde encierra el pliegue que el mar ofrece: sobre sí mismo. La berza atesora trabajo y voluntad, riqueza y armonía. Un emblema. El mundo que se contiene en la cabeza de un alfiler. Muere el día.

sábado, 4 de julio de 2015

Sin intensidad




+ El calor llega como un gato, sin hacer ruido. Arrogante y felino, ya en la primera hora del día. Se instala y produce ese malestar tan conocido: pesadez, dolor de cabeza, pereza absoluta, pereza contra la que luchar. Sin descanso. Como una droga perfumada, el hachís antiguo y barnizado, se extiende por la casa y la lectura se hace difícil o imposible. No es personal, alguien dice en el televisor, y esa expresión cobra una fuerza que no le corresponde. Es un ruido, un rumor ascendente. Viento cálido en la última hora del día, el vapor de la electrónica, el humo frágil del deseo. Agua con limón y un viejo diario que nos lleva a un tiempo que fue nuestro y hoy no nos pertenece: adiós a la adolescencia, la eterna adolescencia: qué pronto envejece todo. Un momento para la actualidad y nos olvidamos del lunes, cómo entramos en el martes, en los ámbitos de la noche. Como una verso lejano y en el olvido, pero aquí está. Otros veranos que se fueron, como todo: todo es pasar.

+ Opiniones que hacen treinta años nos dejaban perplejos y pensativos, hoy parecen poco menos que tonterías huecas o juguetes de niños aburridos, malcriados, que han descubierto el alcohol y sus fascinantes engaños sin tener en cuenta que todo tiene consecuencias. Comienzo a ver un vídeo de una entrevista en los años ochenta del siglo pasado: el cantante se empeña en calificar de estúpidos a aquellos que van a sus conciertos [quizá tuviese razón], mientras el guitarrista, de hito en hito, da pequeños sorbos a un turbio licor, luego besa a una chica, con pasión impostada. ¿Quiénes eran, quiénes son, quiénes somos? La pregunta es una referencia al arqueo de las fascinaciones y los deslumbramientos, que la edad termina por limar, sin embargo: su música continua siendo la misma, con la misma fuerza: la simplicidad, la disonancia y el ruidismo. Absoluta y necesaria. La música siempre está por encima del interprete, que no deja de ser un medio. Como decía aquella estudiante: nos gusta el arte, pero no nos gustan los artistas.¿Es esto lo que queda: el ruido, la pasión en la nota que se sostiene, el trazo independiente de la mano? Sin duda, ese rumor que se confunde con el oleaje, con el viento de la tarde de verano.

+ Su aspecto es un símbolo de algo más allá de lo extraño, que sucumbe a su condición de extranjero. Aunque ya nada es extraño, él lo es. Una espesa barba blanca, una cazadora vaquera cubierta de escudos de diversos países, un casco blanco, unas botas gruesas y contundentes. Conduce una motocicleta muy vieja: un azul pastoso y apagado, metales ennegrecidos, plásticos agrietados. Una mochila pequeña, unas gafas como un antifaz, una sonrisa entre la burla y el desprecio: como un Falstaff motorizado. Lo sé, sólo es una idea pasajera. Arranca su moto y comienza la travesía, la lenta travesía. Es emblemático y lo sabe. Representa un mundo en proceso de fosilización, que ha muerto, que se transforma en piedra. Un mineral para conservar en la vitrina de nuestra colección.

+ Ahora suenan los Smiths y son el abrigo que recoge el latir de la mañana, de la mañana de este jueves que se agota: "Take me out tonight…"

+ ¿Qué importancia o significado tiene confundir mirar con ver, oír con escuchar? ¿Por qué estos matices se diluyen? El locutor le pregunta a un adolescente si 'aplicó' para la universidad. ¿Policías del idioma, observadores de su vida, cuál es el rol?


+ Imagen: La foto se tomó en Kew Gardens. En ella se contiene el momento, el día que ya no volverá. Lo agradable del paseo, la conversación y la preplejidad ante las personas y sus hechos menos palpables. Queda el recuerdo, como queda el diario en el cajón: a la espera de que sea descubierto. Quién lo escribió no sabe quién terminará por leerlo: sin destinatario.

sábado, 27 de junio de 2015

Lo verosímil




+ Me encamino al hospital para hacer una visita. Subo en el ascensor a la planta a donde debo ir y me encuentro con la mujer de un sonriente político. La acompañan dos mujeres, semejan una madre y una hija, parece que se han encontrado casualmente hace un momento. La madre y la hija son solícitas y la mujer del político es condescendiente, displicente. Le explican los problemas que han tenido con un niño: un hijo o un sobrino. No le presto mucha atención, porque me interesa el atuendo de la mujer del político, su bolso carísimo [Loewe], su fular, los zapatos, el dibujo de sus uñas estilizadas por el esmalte, su risa, su sonrisa un tanto carnavalesca y ficticia. Hay algo luciferino en su manera de asentir, pero inverosímil. Es el posibilismo, la certeza de un poder no demasiado concreto, pero certero y exacto. Se despiden al salir del ascensor. Cada una de ellas representa una edad. Continuo mi camino por los pasillos, ante el resplandor del verde agua y el suelo color burdeos desleído. No hay tristeza, el aire acondicionado subordina mi respiración. Hay paz, son las seis y media de la tarde. La visita es breve y regreso al ascensor. Una vez fuera, con el viento cálido que llega de la montaña, siento que la caducidad de la vida es necesaria. Recuerdo a la mujer del político y me da la impresión de que su tiempo ha pasado, que habita en lo pretérito y arqueológico. Estas impresiones se deshacen conforme me alejo en el coche, con la música alta, con el pensamiento en otra tarea.

+ Los días y las noches, sus ocupaciones, sus placeres, se suceden fluidamente. Lo deseable, lo accesorio, lo presente, la ausencia. No hay un momento de cortes abruptos. Hay un dios lar al que agradecer esta dádiva. Mi cita anual con el reconocimiento de empresa ha sido un éxito. Mi salud es buena. Otra dádiva.

+ Hay un hombre que limpia su coche con un escrúpulo inverosímil. No es un coche especial, al contrario, se trata de un Citroën ZX que tiene más de veinticinco años. Utiliza un spray de silicona para las partes plásticas,  dos tipos de jabón, dos tipos de bayetas. Fuma con parsimonia, mientras contempla como va quedando el coche. Termina y recoge el instrumental, se aleja despacio. Me dicen que sería motivo suficiente para un cuento o para un corto cinematográfico, no lo dudo, pero me parece más acertado indagar en sus pulsiones, eso que lo arroja al comportamiento compulsivo: la limpieza, el brillo, el humo del tabaco. Si uno se detiene, ve a un hombre sin interés, un hombre que se disuelve con facilidad en la masa, pero esa obsesión le otorga un estatuto de símbolo. Un desliz, un error quizá, algo hay que se oculta en esta tarea incesante y precisa. El ejemplo supera al ejemplar.

+ Otro día en el hospital, entre conversaciones y enfermos. Alguien llora, alguien con resignación se deja llevar por el consuelo del que parece ser su padre, una mujer ríe con alegría indisimulada. En la sala de espera hay una luz de última hora de la tarde: tangencial y dorada, que oscila entre el naranja y un ceniciento amarillo pálido. Hablamos y escucho, no intervengo, salvo para asentir. La enfermedad es un medida, los enfermeros evolucionan por los pasillos con sus tareas a cuestas, los médicos son los grandes ausentes, pero, en la constante paradoja, su ausencia es un presencia absoluta. Es un mundo extraño e incomprensible para mí, cuando regreso a él siempre regreso al mismo lugar de inexistencia y punto muerto. Un no tiempo, un no lugar.

+ Hay un momento del día en que el recuerdo de Madrid llega sin avisar. Mediante los acordes de una guitarra eléctrica pasada por el filtro de un chorus y una distorsión ligera. Ese momento de la canción me trae estampas de Madrid, que no son otra cosa que paseos sin rumbo, aleatorias conversaciones y cafeterías sin identidad, que acogen al paseante con rutinaria hospitalidad. Un pastel con frutas, un café negro y aguado, la picante agua con gas es metafórica cuando salta en la caverna de la boca. El viento es un turbión de líricas locuras ancladas en la adolescencia, como una rémora, como una elevada noticia del no lugar. Madrid espera. Noviembre.


+ Imagen: Madrid, durante un largo paseo. Una estatua, sus ojos pintados de rojo, su suficiencia. Son restos de otro mundo. El tiempo no se detiene.

sábado, 20 de junio de 2015

Retorno




+ [Noticia sobre monstruos]. Leo sobre el vampiro. También sobre el hombre creado con fragmentos de otros hombres. Es sábado y llega con el periódico la crónica del año sin verano, del largo invierno al que sucedió, por caprichos meteorológicos, otro invierno. Un extenso e interesante artículo de P. Unamuno en El Mundo da alcance al encierro que propició Lord Byron el 16 de junio de 1816 en la Villa Diodati, a orilla del lago Lemán. Allí se gestó la historia del vampiro, de Pollidori, y el Monstruo del Dr. Frankenstein, de Mary Shelly. Se detallan partes del libro que sobre el acontecimiento escribió el colombiano William Ospina: El año del verano que nunca llegó, Random House. Tras la siesta y mientras escucho a Bach, leo el artículo con agrado, otra vez, sin prisa. Reconozco en el desarrollo del artículo partes que me pertenecen, que son elementos móviles y vivos de mi biografía. Recuerdo, así, Remando al viento, la película de Gonzalo Suárez. Luego, me llega una breve exposición que hice en una clase de inglés sobre Mary Shelly y su libro. Un poco más tarde recuerdo cuando C. y yo recorrimos Cambridge sin prisa, en una tarde de otoño, recuerdo como entramos en una librería plena de tomos del siglo XIX y grabados, recuerdo las acristaladas vitrinas con cerrojo donde se alienaban joyas que no bajaban de las quinientas libras, pero guardo con cariño la imagen de un pequeño libro donde se recogían fragmentos en prosa de Lord Byron: no era caro, pero no lo compré. Ahora pienso en él, ¿continuará en el estante, habrá sido vendido o tendrá que esperar unos cuantos años? Su vida es muy parecida a la de cualquier persona, el futuro es un haz de vacíos, mientras: la balda y el cristal.

+ Una de mis posesiones más preciadas es una figura de unos quince centímetros de altura. Es Herman Monster. Es un emblema, es un dios lar: mejor. Me fascina esa reunión entre comedia y terror, el monstruo como imagen de uno mismo, pero revestido de la risa. Frente al miedo, la risa.

+ Comienzo a leer La broma infinita de D.F. Wallace. Una reconciliación con la novela, después de ¿tanto tiempo? Nunca ha habido un alejamiento. Leo Cabalos e lobos. La novela, su momento, el diálogo con la vida cotidiana, ese contraste, su elevación, su defunción y su resurrección. Pienso en eso que he oído tantas veces: ya no leo novelas, me han dejado de interesar.  No quiero entrar en ese círculo de referencias y tópicos. [Un poco después]. La medida es la novela, es la forma artística que fundamenta un conocimiento social más allá de números y casillas, llega a lo que no se puede abarcar con el conocimiento exacto, lo plural y lo multiforme. ¿Qué interés tiene este saber? Es una pregunta que vuela sin respuesta, lo sabremos.

+ Suena Snow Patrol. Cierra tus ojos y piensa en un no-lugar, piensa en la nieve. Lo hago. La música me retorna al pasado, me dejo llevar y vuelvo a cerrar los ojos y las guitarras son las balizas que me guían, hay algo que comprendo y no quiero que se sedimente en palabras e ideas.

+ En otro momento, y como retorno, Las palabras y las cosas de Foucault. Ya casi no recordaba el inicio, dedicado a Las Meninas. Recupero el cuadro, busco el ejemplar de José López-Rey sobre Velázquez y me sorprende encontrar junto al cuadro que busco una reproducción del Matrimonio Arnolfini. Tanto uno como el otro los he visto varias veces; el primero no sabría decir cuántas, el segundo: dos al menos. Recuerdo, en ambos casos, pararme durante tiempo ante ellos y escrutar con una curiosidad rayana con la lujuria sus detalles, los espejos: fundamentalmente. Los espejos son una fuente de misterios, pero en la pintura, con su lírica callada, logran establecer territorios más allá del espectador y del pintor, esquemas y cuestiones insolubles. Dejó el libro y, una vez más, certifico que la relación con los cuadros es cambiante. Así me sucede hoy con Foucault, que me resulta luminoso, lleno de transparencias y veladoras que inspiran el comienzo del fin de semana: tan deseado, que sumergen la incertidumbre y el malestar en una laguna negra y desplazada.

+ Reflexiono, por un instante, en cómo las familias se forman, en el amor de las hijas por la madres, de las madres por las hijas, en la enfermedad y el cuidado y la cura. Pero no llego a ningún lugar, sólo es un repertorio, un catálogo de las familias que he visto fundarse en los últimos años, cómo unas han resistido [hasta el momento] y cómo otras se han roto sin remedio. Todo es fluir y no se puede detener, la muerte es más un desplazamiento hacia un punto que ese mismo punto. Dónde copié la cita del Cuaderno de Nueva York, de José Hierro: "Engaño es grande contemplar de suerte / toda la muerte como no venida, / pues lo que ha se pasó de nuestra vida / es no pequeña parte de la muerte" Lope de Vega. Y así, así se va la vida y detenerse es un imposible y es más extraño el fluir que el reposar, aunque el primero sea lo esencial y lo segundo un imposible. Lo paradójico da la medida, siempre. ¿Esencial, imposible? ¿se contradicen?

+ Imagen: fragmento del cuadro de David Hockney Mr and Mrs Clark and Percey 1970-1. El recuerdo del momento, de la hora del día: la llovizna débil. La soledad de las salas, el encuentro con el cuadro permanece. Puedo volver  ese preciso instante cuando disparo sobre la parte inferior derecha del cuadro. Este teléfono atesora un momento de alegría y reencuentro con la pintura y con el amor. [Más tarde, mientras busco referencias del cuadro, me encuentro con la ficha de la propia Tate: el cuadro se relaciona con el Matrimonio Arnolfini: es un círculo se cierra sobre sí mismo: como esta figura: ourobouros].

sábado, 13 de junio de 2015

El día



+ [Las mañanas]. Cuando uno está de vacaciones e invierte la rutina diaria se encuentra con sorpresas insospechadas. Ese fragmento del día, cuando se aproximan las dos de la tarde, es extraño. No en sí, si no por lo que uno ve, por esa perdida de lo automático, del encuentro con lo 'raro'. Raras somos todas, que decía una pintada: con mucho acierto. Madres góticas: el vestido morado como el de un nazarenos, con ribetes dorados, tacones elevadísimos y los párpados violáceos o negros. La niña es una niña sin más, quien destaca en el paisaje urbano es la madre y su goticidad. Esos abalorios de cristal y  bronce. Camina vaporosa con su niña de la mano, que parece indiferente al día, a la pesadez del calor. Hay un aire de tormenta en toda la calle. Me cruzo con ella y me parecen extraídas de una irrealidad ajena y posterior, muy futurista. Trato de reconocer la imagen y encuadrarla en una supuesta colección fotográfica. No hay nada que hacer.

+ [Las tardes]. Matrimonios sin hijos que los viernes bajan desde sus barrios al centro, para ir a los bares y beber vino dulce. Ella es alta, él también. Caminan seguros y serios, pero a veces ríen, pero sin ganas, sin complicaciones. No hay transiciones. Hay en sus rostros un viejo resabio de aristocracia campesina. El cuero y la seda roja, los tacones y el puro pequeño y esbelto que él fuma sin ganas. Hablan pausadamente y parecen recuperar un pasado lleno de gloria y brillo. Creemos que son ya mayores y nos equivocamos, pero su aspecto es vetusto como la ciudad es vetusta. El vino de la tristeza, el vino del olvido, el vino del aburrimiento y la espera. Hoy, viernes, volverán a sus conversaciones a media voz, a sus manos de tiza y alambre, a su estatura imposible, a su aburrimiento mineral y verdadero.

+ [El comienzo del día]. Música electrónica en la madrugada. Uno que regresa de sus ocupaciones nocturnas, que ha sido tomado por un espíritu cruel e implacable. Su rostro emite una luz pálida, es su barba, que ilumina la calle mientras llega el día, el vuelo de una duda. Un desleído poso de mala ebriedad, lejana y eterna. Su tristeza es pública, pero no hay remedio. Como un emblema ciudadano levanta el día con sus propias manos. Un mal sueño que debe continuar durante el día hasta regresar a la pesadilla de la noche. Una bruja piadosa lo bendice y, quizá, podría dormir en la espesura de un jardín recoleto y humano, como los portales que tantas veces y con amor lo han acogido. Hoy no lloverá.

+ La semana encierra acertijos, y los acertijos atesoran un emblema. La noche como guarida.

+ Imagen: los geométricos azulejos: Portugal. Se contiene en el patrón, una idea que palpita en cada despertar: el desconocimiento y la certeza. ¿Repetición, igualdad, simetría?

sábado, 6 de junio de 2015

Intermedio



+ Con el tiempo se aprende que no hay otra elección que convivir con el error y la ausencia de talento. Quizá no sea tan importante: el talento puede llegar a ser una maldición. ¿Elogio de aldea y menosprecio de corte? Un verso de Borges habla del sueño y de su importancia, de que no es simple reposo. ¿Una vida enclaustrada en la propia vida? Aleatoriamente, se han formado una imagen de sí mismos, más próxima a la estatua que a un dibujo en el viento: ¿somos otra cosa distinta? ¿Ausencia de talento? Hay que volver a las unidades de medida de nuestra escala, o pensar qué se debe medir y qué no es posible medir. Borges aporta una cartografía, temporal, más allá de las carencias.

+ En la radio alguien dice que esa suerte de predicción que contienen los sueños no es extraña, ni misteriosa. Hace una cuenta entre la gente que duerme diariamente y lo que estadísticamente se puede estimar como posible, probable o certeramente acertado: habrá un número de sueños que se cumplirán porque la matemática se lo otorga. Pero ¿se trata de eso? Confundir el amor con la ginecología, la ebriedad con el funcionamiento del hígado, la muerte con el fin de la vida. Esa tendencia a esclarecer misterios mediante el escalpelo de la ciencia. ¿Por qué resolver y no plantear preguntas? Lo insoluble es lo humano, lo "fieramente humano" [Blas de Otero, en ese momento: 6 de la mañana del sábado y suena la 5ª de Mahler].

+ "La poesía no es ciencia, sino sabiduría: una sabiduría de lo ignorado". Ángel Crespo, Aforismos.

+ [Pájaros]. El vuelo sostenido de una gaviota, el graznido de la urraca, el gorrión que se estrelló contra un autobús y yace en la cuneta: todavía palpitante, pero muerto ya, sin remedio, como un juguete al que se le hubiese roto la cuerda. Otro pájaro muerto: es elegante como un entierro en Higthgate, en Londres, en un atardecer soleado de invierno, luctuoso en su plumaje blanco y negro, sus patas como alambres y el pico erecto, afilado, sutil. Las costuras del día se tensan, pero no hay peligro. Sin nubes, con una brisa suave, la muerte es una costumbre enojosa, pero al tiempo es el tema, la totalidad. La necesidad de la muerte, su constitución como medida.  La ría está serena: unos hombres pescan en los bajíos y sus cañas son esbeltas y aceradas, se reverbera la espuma, un barco en la lejanía es menos que su dibujo, grúas y señalizaciones. Aquí y ahora, no hay nada más. Continuo mi camino. El vuelo de una grulla hacia la otra orilla es la certeza del futuro: su ilusión y su deslavazado andamiaje.

+  Imagen: en Bath, al atardecer: muy otoñal, muy demodé. ¿Por qué una imagen se presta a estar fuera de foco y otra no? ¿Hay una respuesta?  El tema: ¿el impresionismo es la ausencia de enfoque?

sábado, 30 de mayo de 2015

Contexto




+ Un hombre me cuenta que comenzó a trabajar a los catorce años, en el mar. Se preparó: aprendió mecanografía y taquigrafía, estudió por las noches, se guardó de malgastar el dinero que tanto le costaba ganar. La vida le sonrió, afirma con solemnidad, pero el trabajo fue la clave. La suerte no existe. El trabajo y la preparación. Yo insisto en la necesidad de la suerte, la oportunidad y la visión de ambas, pero él regresa a que la clave está el trabajo y el sacrificio. Me cuenta cómo sus hijos se han colocado bien, y todo se debe a una suerte de astucia entre soltar cuerda y atar corto, dar y quitar y luego proponer la responsabilidad. El registro de su vida es positivo. Trabajón en Correos cuando Correos era Correos, hoy es otra cosa: algo que se desmorona, que languidece y se deja morir a la espera de demostrar que lo público es malo y es preferible lo privado: qué estrategia, qué ya a nadie se le escapa este truco, ese truco malo y efectivo. Se lo digo y todo lo cifra en el avance de la informática, de cómo antes no había más que dinero en papel y en moneda y hoy todo es plástico, un dinero que no se ve. Esto recoge la decadencia de la sociedad: el plástico y su baja calidad, frente al papel y el metal, frente a otros materiales: la madera, la piedra, los tejidos. Le doy la razón porque la tiene. El reloj marca las horas, y la aguja del segundero no se detiene nunca: ese inquietante flujo. Le digo que tengo prisa y, finalmente, añade que si uno conoce al padre conoce al hijo. Esta frase certifica su triunfo vital: esta orgulloso de sus hijos, de la tarea cumplida, en la espera en calma del último momento. Me voy y parece dormido, es una pieza en tres movimientos: el esfuerzo del adolescente, la consecución del hombre, el plácido retiro del viejo. La espera del último suspiro. El secreto es el mismo que para andar en bicicleta: no parares a pensar, porque el que se para, se cae.

+ Fue una agradable cena. Un dinero bien empleado. La celebración es lo más próximo al sortilegio que conjura la muerte. La lubina cruda, transparente y helada en su mar de limón y aceite, la merluza:  láminas blancas y perfectas sobre una compota de tomate, el arroz, el flan de huevo y el rumor de la crema que estalla e inunda de un crujiente y esperanzado dulzor. La conversación, los otros clientes, la música entreverada con el lejano rumor del Festival de Eurovisión. Fuera ya, la noche era clara y el viento azotaba los cuerpos, como un oleaje invisible, implacable, dispar. En fin, un dinero bien empleado porque fue un regalo que no se paga con dinero.

+ Jarvis Cocker en su Sunday Service felicita a Bob Dylan, que hoy 24 de mayo está de cumpleaños. El domingo tiene sus aristas doradas, que tanto agradan a los que dormimos la siesta y soñamos con playas y relojes, guitarras y pueblos de la costa sur de Inglaterra y un Bob Dylan en coches negros, cámaras de fotos y cigarrillos, guitarras en Denmark Street. En fin, el domingo: sin restricciones. Versiones, dedicaciones, raros y especiales. All The Tired Horses.

+ Hay detalles  que resuelven extrañas preguntas: motivos náuticos, faros, golondrinas, veleros. ¿Son tatuajes o son los ornamentos que decoran la entrada de una casa, junto a la carretera, frente al mar? ¿Son intercambiables: los ornamentos y los tatuajes? La mañana ofrece reflexiones que no tienen mucho valor, pero, a veces, ese punto de cocción, esa hermosa paradoja nos reconcilia con otros que fuimos: más soñadores, ebrios de viento y libres de sueldos y horarios.

+ Un estado de pasividad, la indiferencia que muestran un milano cuando se dejan caer sobre un ratón. Lo hace sin sentido alguno, un comportamiento moralmente neutro. Hay que alimentarse día a día.  El presente, sin otro motivo. Llega la hora de regresar a casa y la reflexión se debate entre el silencio o la indagación en la jornada laboral.  Sabemos que no hay nada más deseable que un sistema de cajas estancas. La música da paso al ensueño y a la sinestesia. El grado cero de la escritura es la desnudez de ornamentos, la expresión natural en su contexto natural, el espíritu limpio de su tiempo; pues eso: silencio.


+ Imagen: inquietantes figuras de una atracción de feria. Su relación con lo humano es algo más que una mera apariencia. Como una investigación sobre la maternidad y el egoismo, sobre la paternidad y la no consciencia. Ese niño-sirena que duerme en brazos de su madre, ese optimismo ligero y deforme. Como los clowns que habitan las películas de terror barato. Una tarde cualquiera, un tiempo cualquiera. Carpe diem.

sábado, 23 de mayo de 2015

El extranjero




+ ¿Soy un extranjero, un extranjero de mí mismo, en el corazón de mi mismidad?

+ Todo comenzó cuando yo conducía hacia el trabajo, cuando en el programa de radio de cada mañana llegó el invitado que habla de libros y de las impresiones que estos le producen, los sentimientos que se despiertan y las posibles conexiones. El invitado, esa mañana de martes, inició su intervención con Camus, con El extranjero. Afirmaba que sin duda era una metáfora del hombre que habría de llegar con la Segunda Guerra Mundial, la guerra y sus horrores. Expuso su punto de vista con detalle y precisión. Añadió que había leído la novela siete veces, siempre en la misma edición: un libro muy gastado ya, y muy anotado, desencuadernado, viejo y sucio, pero personal: la presencia de lo vivido. Volvería a él, otra vez, durante este verano: sin prisa, con delectación, a pesar del dolor que sabe que le va a producir. Entonces, cuando terminó está última afirmación sobre la lectura y el dolor, recordé la novela, vagamente, la recordé como un flash que deslumbra súbitamente al conductor despistado, ausente, evaporado. El invitado volvió sobre el libro una vez más: realmente era importante para él, algo definitivo en su biografía literaria. Me interesó su manera de entender su papel de lector: una suerte de regreso y alejamiento del libro a lo largo de los años, pero siempre palpitando tras él una idea, un recordatorio de las posibilidades de la indolencia y el mal. Me quedé pensando en ese desapego que el protagonista muestra y que el invitado subrayaba. Pero yo había perdido la verdad de la lectura, mi recuerdo no me sirve: es necesaria una impresión fresca para fundar un juicio. Decidí volver a leerlo. Y lo hice: en dos días, en un robo al sueño y al descanso, sin poder detenerme. Terminé el libro y regresó aquella sensación de la primera lectura. Todo estaba dirigido al discurso que el protagonista lanza contra el cura en el final del libro. Un discurso certero y definitivo sobre el absurdo de la vida, un negocio que no cubre gastos. Para mí lo más importante del libro es esa conversación, certifiqué que la narración es un contexto necesario e imprescindible para llegar a ese punto, al discurso: tan conectado con la modernidad, con el sinsentido, y al tiempo resulta una recolección de una suerte de literatura sapiencial que se extiende a lo largo de los siglos [qué largo sería detallarla]. Una cuestión de perspectivas. Lo que para él era relevante: la indiferencia del protagonista, su tibieza, su desapego, para mí era secundario [en cierto sentido], porque lo importante es su convencimiento en la falta de sentido de la vida, de que tanto es morir hoy como dentro de veinte años. Cómo me recordó a Marco Aurelio, qué presencia, qué herramienta para hacer que las preocupaciones desciendan a la profundidad. La irrelevancia del ser humano y sus preocupaciones. Nacer, crecer, morir: una vez que Dios ha muerto, el hombre ha de ocupar su lugar y establecer reglamentos y castigos, premios y ofensas. Una manera de conducirse que le aboca a la soledad, la soledad absoluta y absurda. ¿Cómo romper el maleficio?

+ No pudo ser de otra manera. Con su estilo claro y certero, la lectura de El extranjero impregnó la semana de melancolía. La melancolía es el desarrollo del humor negro, una enfermedad que obliga a la postración y a lo contemplativo. Indagaciones sobre la novela y su conexión con la realidad, esquemas sobre lo que es fundamental y lo que es accesorio, el sentido de la rutina, el dinero, el paso del tiempo, su huella, el cuerpo y sus esclavitudes. El paisaje se desdibuja, las conversaciones de los compañeros de trabajo son una música lejana y ensordecida, confesiones y la noticia de la proximidad de la muerte en las habitaciones de la muerte. Todo se acelera, pero hay un instante de paz. Es esa placidez de la ría a las siete y media de la mañana, el perfil de las bateas, el puente en su estructura de vieja reliquia anterior al diluvio, anterior a la glaciación. El día comienza y el tráfico se mueve con una inercia propia de seres con un sistema nervioso delicado, frágil, simple: como insectos. Los coches son insectos, me digo. Los coche insertos  en sus carriles son muy poca cosa en comparación con los árboles y la lámina azul intenso. No hay nubes y el cielo es puro y exacto. ¿La vida es un regalo? El sentido que puede llegar a tener la vida es mediante una construcción diaria y sin interés, sin reflexiones sobre la trascendencia. El amor es la estructura: en un sentido amplio, sin abusar de la palabra, sin obligarla a contener espurias ataduras, esclavitudes y baratijas. El sol regresó y su luz tiñó la mañana de una alegría renovada: después de la tormenta.

+ La poesía: leo de Luis Alberto de Cuenca "Brujas suicidas en un bar" y rescato un fragmento: "Las brujas. Sus escobas alineadas / en el aparcamiento intergaláctico". ¿Me reconforta? Sí. Hago una pausa y recuerdo bares y desgarros. Como un licor, como un veneno, en ocasiones el pasado regresa y me recuerda quién soy o quién fui. ¿Hay alguna distinción entre una cosa y la otra? Hay brujas en el gym, con sus mallas doradas o fucsia, con sus tatuajes tribales o con esos dibujos de helados de cucurucho, muñequitas o nombres y frases. Esas brujas tan hermosas que esculpen con dolor y disciplina su cuerpo. ¿A quién besarán, quién acariciará esos muslos tensos y aéreos, el peso exacto de sus senos, el dibujo de su pubis? Y termina el poema, ya muertas las brujas en su suicidio etílico: "En cuanto a las escobas, nadie sabe / para qué sirven, ni le importa a nadie / qué ha sido de sus dueñas". 

+ La modernidad es angustia, la angustia es miedo, el miedo es paralizante. Luchar contra el miedo. Nunca pasa nada, es la sentida sentencia: nunca pasa nada. Aquella cita que apunté y que retomo hoy: "durante mi vida he sufrido miles de desgracias que nunca llegaron a ocurrir". La risa como medicina. La cita podría ser de Montaigne, o no: en este momento carece de importancia.

+ [Imagen: colección de teteras en una tienda muy especial de Oporto. El té como bálsamo y certificado del presente: como ritual y presencia].

sábado, 16 de mayo de 2015

Kitsch




+ “I think that minimalism has become kitsch”, Grayson Perry.

+ El kitsch es un territorio, un algo a lo que pertenecemos. Sin darse cuenta uno entra en su ámbito comparativo: yo no soy kitsch, eso es para los demás. Pero, como tantas otras cosas, es un punto de vista y todo el mundo tienen un punto de vista: lo que no es decir mucho. Otra cosa es la elegancia, que tiende a lo absoluto y se escapa del corsé territorial. La elegancia se reconoce pronto: quién puede dudar de las manos de un pianista, de los lienzos en un corredor bien iluminado y sin público, de la maestría de unos tomos en el mercado de las pulgas: baratos y singulares. Pero la vulgaridad habita en nosotros, en gestos y renuncias, en las discusiones, en los desencuentros, y mientras caminamos con prisa no reparamos en la belleza de los detalles. No es elitismo, se trata de elecciones.

+ La niebla, en la primera hora, cubre la ría. Ese desvaído paisaje, los elementos fuera de foco, el gris apagado y los pájaros que vuelan sin fuerza, que se dejan mecer por la brisa, la suave brisa de la mañana. Lucho contra la melancolía y recuerdo frases que dan fuerza, alegría circunstancial y risa y música. Hay algo que queda en suspenso. Se repite la escena y recuerdo haber ya escrito este párrafo. Secuencias, hitos, marcas en el calendario: todo pasa y la niebla regresa, como habrá de regresar cuando ya no estemos, cuando ya no importe. Pero hoy es martes, y me espera la lectura y el estudio: la rutina diaria que vivifica los días y las noches. El placer de la conversación, el regalo del silencio, el amor y su solida realidad. Como si este apunte hubiese sido ya escrito: certifico su permanencia.

+ Reflexión sobre la pasiva: el foco en el sujeto acrecienta su peso. ¿Era necesario? Se debe vivir para el instante. Nadie lo hará por ti: la lectura o el alimento.

+ [Empleada de banca, tal vez]. Traté de recordar a modo de inventario su comportamiento las cuatro o cinco veces que la vi en las últimas semanas. El cálculo y las metas, la consecución y el trabajo duro. Las metas. Vuelven las palabras de los faunos una y otra vez, su correr por los campos, más allá de los árboles, más allá del bosque. La risa es la medida, no hay otra cura. Esto queda a un lado: recuerdo sus palabras y sus gestos, su manera de mover las manos, sus botas rojas, su chaqueta roja y su vestido negro, sus medias negras. La plasticidad de su atuendo era inadecuada, elegida con cuidado, pero inadecuada. Entre lo formal y lo informal, para la calle y para la oficina. El peinado completaba el esquema: corto y desordenado. Manos afiladas y poco maquillaje. No se rió, no sonrió, no dijo nada y dejó la moneda sobre la barra. Tomó su café en una de las mesas próximas al ventanal. Era su media hora de descanso. El café, el periódico y una llamada. No podía dejar de pensar en cuáles serían sus ocupaciones, al tiempo que no entendía muy bien por qué me intrigaba: un veneno que se llama curiosidad o novelería o fermento para lo literario, para lo inútil. Sin ganas de investigar, prefería imaginar su vida: oficinista, empleada de seguros, recepcionista en una clínica dental. No sé. Otras veces la vi en la cola del banco. Jugaba con la llave de su coche: nerviosa y segura de su belleza. Es tan compleja y equívoca la belleza. Llegué al final: su atractivo era un equilibrio entre su indudable belleza y su kitsch espontáneo.

+ Otra mujer: pienso en su piel destrozada por el viento y el sol, por las mañanas cerca del mar. La salitre, la arena. Su pelo parece quemado, sus labios secos apenas sonríen. Un reloj parpadea: la consulta se demora. Ella me mira y me pregunta cuál se mi turno. ¿Qué edad tiene? No creo que supere los treinta y cinco, pero no lo podría afirmar. El viento ha dibujado su cara y sus hombros desnudos. El trabajo y la fe en la vida. Yo carezco de esas certezas, me digo y ya es su turno. Todo esa baratija minimalista de la consulta contrasta con la verdad del cuerpo escuálido que desaparece tras la puerta de aluminio. Sí, el minimalista es el nuevo snob: sine nobilitas. El centro del kitsch: el contraste entre la mujer y el centro de salud: el margen de aristas y el cuerpo trabajado por la naturaleza: el viento, el mar, la arena.

+ Para su Audi: antiguo y ventrudo, viejo y lustroso, plata pulida, cristal verde pálido. Baja la ventanilla y me dice que hay una pila de piedras: si lleva un leve temblor las piedras se caerán sin remedio. No sé, ¿un terremoto? Asiente y yo me fijo su camisa: en cada pecho un tigre. LA barba recortada, las gafas oscuras, el gran anillo. El disco de zarzuelas. Sonríe y es educado, un tanto entrañable. Nos saludamos y sube la ventanilla. Veo como el coche se aleja y trato de establecer nexos: no merece la pena: la estampa del momento. Poco más. Los tigres, la zarzuela, los terremotos. Etc.

+ Una simulación, una forma simple: como siempre. El fragmento y lo entrevisto es un contrapeso, una medicina en el paso del tiempo.

+ El ruido me molesta y busco una emisora: música clásica, sin saber en concreto qué suena: es música renacentista: un laúd y una voz evaporada en el transito de los siglos. El valor del vapor: ninguno, el mismo que la totalidad ante la muerte. Es esta mi tendencia y debo conseguir reírme de ella: en ello trabajo y por momentos lo consigo. El día llega a su fin.


+ Imagen: lo mínimo: líneas. El minimalismo, en verdad, es otro kitsch más, pero es el nuestro: con plena consciencia.

sábado, 9 de mayo de 2015

La oscuridad

 
+ En ocasiones un pequeño detalle, una frase suelta, una mirada de desdén o desprecio nos hacen reconocer una suerte de enfermedad que ha vivido en nosotros durante años y no la habíamos reconocido, o nos negábamos a reconocer. Una enfermedad que nos ha hecho daño, silenciosamente. Son venenos que nos inyectaron y los desconocemos. Tal vez en la infancia, quizá en la adolescencia, podría que ser que más tarde: en el inicio de la madurez. Cuando digo esto me resulta imposible no pensar en una persona en concreto: se trata de una vecina que no me saluda fuera del edificio y cuando coincido con ella en el ascensor se esponja en una suerte de confidencias estúpidas: los quebraderos de cabeza que le supone la mudanza a la casa en la playa, las preocupaciones que le da su marido con la moto de gran cilindrada con la que se pierde en la costa o su hijo en una universidad británica, tan cara, un esfuerzo tan grande. Con el dinero que tiene no sé porqué vive todavía en un edificio tan cutre como este, me pregunto. Se tiene por una persona con clase, que pertenece a un sector social superior, un círculo importante en la capital de provincia, y le gusta que quede constancia en sus gestos y sus palabras, aunque siempre hay algo que la traiciona. Por ejemplo: su dequeísmo. Su vida es simple, que no sencilla. Ella es profesora en un colegio religioso y su marido empleado de banca, aunque su porte es aristocrático y elegante: es guapo, sin duda. Ella desconoce su lugar en el mundo: vive una ficción de casino y corbatas de seda, de veraneos y gin-tonic en club de yates, de hijos, bodas gloriosas y colocaciones soberbias. Su felicidad radica en el desconocimiento de su posición: ha creado una hornacina impenetrable donde una persona del vulgo no tiene cabida. No deseo intimar con ella, pero si me tuerce la cara en la calle y luego en el ascensor me hace esas confidencias tan importantes, con ese tono tan intimista,  me esta otorgando un incierto derecho. Puedo juzgarla, puedo hacer un retrato, puedo utilizar bien la sátira o la ironía, según me levante. Sin embargo hay algo nuclear en sus maneras que traza el mapa de su estupidez, la estupidez propia de la ciudad en la que vivo: para bien y para mal. Ella es un emblema y su marido su ayudante mágico. Esa perfección inquebrantable de mesocracia falsa y verano y casino, y traje de noche y cocteles bien afinados. Es esa novela de lo barato y la aspiración, donde los vestidos se cortan de las cortinas y al tiempo se fingen embutidos en el viento de la historia porque un día el presidente del gobierno les dio la mano y otro día vieron bailar al rey en la Escuela Naval. Total, que no me interesan sus opiniones, no me interesan sus hijos, ni su patriotismo, nada me es próximo en ellos, pero debo aguantar con educación su confidencia en el ascensor: una vez más. Y nos da una lección, una más: cómo hacer una maleta para un vuelo trasatlántico. Qué estilo, qué manera de retratarse.

+ Mientras escribo suena el Nº9 de los Beatles: todo ayuda.

+ La noche es oscura y llueve. Es una lluvia molesta y constante, fina, afilada, que a veces crece y se transforma en un torrente que golpea un pequeño tejado: suena rítmica y amenazante. El día de hoy ha terminado, pronto apagaré la luz. El tránsito hacia el domingo siempre es extraño. Ese sumirse en el sueño sin la condena del despertador. Pronto estaré en los portales del sueño y pensaré en todo lo que el día me ha dado y me ha quitado. Pensaré, ante todo, en la enfermedad, en el torbellino que nos conduce a lo oscuro que habita en nosotros, un otro yo que desconocemos, que regresa en ocasiones con toda su herencia de odio y rencor, que emerge de las tinieblas del pasado. ¿Es el destino? Cada nombre que empleamos se apropia de una parte de nosotros, las etiquetas no son gratuitas. He leído páginas insustanciales en periódicos insustanciales, y al leerlas he sentido una melancolía muy unida a su raíz etimológica: la bilis negra. El color negro que todo lo abarca. Ese oscuro líquido que circula por las venas de la provincia. Es una cárcel, son sus habitantes, sus maneras, su peculiar y estúpida mediocridad. El sueño es reparador, en mi caso. La noche es una ciénaga y pienso en los que abrevan en los bares, los que fuman en los soportales y ven llover, en el tacto suave de un seno en la bancada junto a una iglesia, en esos besos que no volverán. Y la lluvia no cesa y el sueño no llega. Apago la luz.

+ El fragmento anterior estaba gobernado en su redacción por el dolor de cabeza. Agudo, afilado, exacto. Qué lírica contienen el dolor de cabeza si nos aleja y nos lanza contra un pozo oscuro donde el silencio y la oscuridad son el único consuelo.

+ La totalidad es móvil. Nada permanece, todo cambia. ¿No lo sabías?

+ En la óptica observo cómo se desenvuelven los empleados y los jefes, cómo utilizan sus reglas metálicas [sobre el rostro de una mujer de mediana edad], sus lupas, la maquina que se asoma a la profundidad del globo ocular, los gestos y la proximidad. Espero mi turno. Es el dueño quién me atiende, solícito. Tiene mi edad. Es un hombre pulcro, aunque huele a tabaco: suave y perfumado. La vida es un espectáculo asombroso cuando uno comienza a fijarse en los pequeños detalles que estructuran la escena. Adminículos, monturas, expositores, espejos, una oreja de goma donde se aloja un audífono, la silla de plástico transparente, sobres, bolsas con el logotipo, herramientas delicadísimas, esferas de metal que no sabría decir si la suya es una función decorativa o técnica. Pero, más tarde, prefiero centrar mi atención en el fluir de las palabras, en su tono y ornato: otro nivel de abstracción, me digo no sin pedantería. Hay algo allí que me reconcilia con mi mismidad, que rebaja un malhumor que arrastro desde hace días. Supongo que se relaciona con el orden, con la pertinencia de los ritos y ese aroma de limpieza y muebles nuevos. El viernes semeja evanescente, qué palabra para este momento, pero qué precisa para el instante y para la eternidad.


+ Imagen: en algún edificio, mientras en el exterior llueve: hay una abstracción en el recorte, el recorte es intencionado: la búsqueda de una composición que desmonte lo reconocible.

sábado, 2 de mayo de 2015

Códigos




+ En un catálogo de maquinaría de jardinería hay un modelo que se ríe estrepitosamente. Viste un pantalón claro y una camisa verde, a su lado una mujer parece empasta contra el fondo y ajena a la alegría imposible de su compañero: parece contenta, pero con la felicidad propia de las estatuas de cera. Todo resulta excesivamente codificado y un aire de falsedad recubra la escena: hay menos vida en las figuras que en las herramientas o los setos que componen la escena. Ella es hieratismo en su sonrisa y él ríe: sin motivo. Me fijo con más detalle y esa risa me recuerda las esculturas de Juan Muñoz que se aposentan en un parque, en Oporto. Es el mismo rostro, es la misma risa histérica. Trato de establecer una conexión a sabiendas de que no existe o que el hecho de plantear la posibilidad es forzar la conexión. Es materia para la investigación, obra por construir, la sugerencia y el motivo del día: la risa que estalla sin motivo.

+ Los deseos se solapan con las felicitaciones, alguien me dice y poco después leo una cita: "anillo de oro en nariz de un puerco". La yuxtaposición de las dos aserciones crea un significado desconocido y/o desconcertante. Se ilumina el día con una luz especial, una luz que descubre parcelas de lo real ancladas en la rutina. Su visión es la visión: el atuendo y su sentido, es un reflejo de la personalidad, la belleza sin gusto: el oro en la nariz del puerco. Maquillaje y sensaciones confusas que se dirigen hacia la reproducción. Un sentido literal, una mancha de vino en la camisa, imprevista irracionalidad en el orden diario. Las felicitaciones, los deseos, el engaño del oro: el oro no es comestible, el cerdo sí. Una turbulencia desordena todo lo que el día trajo, el sueño es tranquilo y reparador. No recuerdo nada de lo soñado, eso está bien.

+ "¿Es la Luna o es el anuncio de la Luna?" Juan Ramón Jiménez.

+ Comienza a llover. La bocana de la ría se ve enmascarada por un niebla densa e impenetrable. Son poderosas las luces del puerto a esta hora: casi el mediodía: es su oscilar, como si atesorasen realidades y alegorías. La marea está alta, los camiones se alejan rápidos y aéreos. Nadie está en los bancos de almejas. Ese trabajo, que duerme, que latente espera la bajamar. Un trabajo duro y no muy bien pagado. Comienza un fin de semana largo. No es nostalgia, pero se percibe cierto cansancio: nadie está preparado para esta lluvia insistente.


+ Imagen: fragmento del grupo escultórico de Juan Muñoz, en el jardín de la Cordoaria, en las proximidades del hospital de Santo António, en Oporto.