sábado, 30 de octubre de 2021

Paréntesis (3)

roy lichtenstein

+ Vuelvo a ver las imágenes de la entrada anterior y me fijo en el detalle del ojo derecho de la mujer en el baño, la que yo amplio, la que disparé ante el cuadro. Me fijo y veo tristeza y pregunto si esto es una opinión o un hecho cierto e indiscutible. En cualquier caso, es tristeza lo que me llega y no soy capaz de discernir si se trata de un motivo o es mi estado de ánimo. Mi variable estado de ánimo. Días que se van y esa estela del cansancio. La construcción de una identidad me fatiga y, al mismo tiempo, me veo abocado a ello, desde siempre y con la contundencia de lo que se sabe imposible de alcanzar. Estudio por la mañana asuntos que no me interesan mucho, pero que me puede procurar un trabajo similar al que realizo pero en otro ámbito, quizá mejor, quizá no. Quedo en suspenso y vuelvo a ver el cuadro en su amplitud, donde ya no distingo esa tristeza sino una alegría banal y propia de los años sesenta del siglo pasado, un contraste con otras realidades, un acento que conserva validez y todavía caracteriza ese fluir humano en las eras de los medias y las frivolidades. ¿Soy yo? Sí, eres tú, me responde la mujer en el baño.

+ Me debato entre la opinión, el conocimiento y un aliento lírico. No sé dónde estoy, pero me inclino por lo último y no me gusta mucho. La especialidad se transforma y muestra un vacío. Esa vacío es la lírica y sus impresiones. ¿Toda poesía actual es lírica, cabrían otros modos o es ya imposible? Veo los poemarios pendientes y domina un yo territorial, aunque esta nación sea lo cotidiano ahí está. Lo observo y me observo y encuentro un punto de unión. Soy de otro tiempo y de otro lugar, mundo que quizá no hayan existido nunca y me conduzcan a una extraña nostalgia, la nostalgia de lo no vivido. La opinión, el conocimiento y el aliento lírico, tres vectores de mi presente, que no alcanzan la solución, pero tampoco la intentan. Soy yo, no ellos.

+ Separa un libro, lo deja para cuando llegue el momento del viaje, que será dentro de unos meses. Lleva repitiendo este rito desde hace años. Es una elección cuidadosa, nunca improvisada. Con el tiempo ha decidido que los libros de poesía y las novelas queden descartadas ya desde un primer momento. Se ha vuelto maniático, lo percibe, pero, en realidad, no ha sido una transformación sino que los acentos se han intensificado. Por fin, se decide. Un libro sobre la historia de Francia, para tratar de solventar algunos huecos. Es fácil. Se se sentará en su asiento en el vagón de tren y comenzará a leer con la ayuda del diccionario electrónico que se ha descargado en el teléfono. Es fácil. De vez en cuando le da por observa la portada del libro, pero sin llegar a abrirlo. Napoleón señala un punto en un mapa desplegado, su severa expresión contiene todo un propósito, el destino de una personalidad, la razón de un carácter. Qué pretende adquirir con su lectura, más allá del entretenimiento, del pausado discurrir de las horas que habrá de pasar en el tren. No hay un propósito porque la lectura debe conducir a la conversación, se dice, y, ahora, no habla con nadie, con nadie hablará de las dudas que lo asaltarán cuando penetre en la sucesión de acontecimientos que se producen en el siglo XIX y que tanto le intrigan. ¿Qué sentido tiene leer, salvo ese llenar el tiempo detenido del viaje en tren? No tiene sentido, termina por decirse, pero ¿hay algo que tenga sentido? ¿algo más allá de la muerte? Así, se condensa el tráfago de la semana, los sinsabores y pequeñas angustias, la debilidad de lo visible, la certeza de la finitud, pero su necesidad, también. Deja, por fin, el libro en un hueco de la estantería y bebe un poco de café. Ahí estoy yo, se dice, cierra los ojos y el sábado llega a su fin.

+ Sin dudar, he sumado a la colección de poetas en marcha de lectura sistemática a León Felipe. Una cuestión biográfica o una deuda pendiente, una laguna en mi lánguida cultura o una estancia moral que debe ser habitada. No importa, ahí está la Antología rota. [¿Se suma al equipaje libresco que el hombre prepara para esa tarea pendiente, ese viaje por hacer en el inicio del próximo año?]

+ Los pequeños placeres: chocolate negro y café caliente, cargado y sin azúcar. Leves recuerdos de playas y acantilados, la sal y el verano, un cierto viento que se carga con las sugerencias de la lectura anterior: León Felipe.

+ El malestar regresa pero bajo una faz distinta, el rostro conmovido y vergonzoso del que se ve derrotado. Ahora soy otro, me digo y sé que no es verdad, simplemente recupero fuerzas. Las fuerzas se encuentran en el amor, el trabajo, la poesía y el agradecimiento. El agradecimiento a quien merece esa gracia. Lo sé, soy magnánimo y eso me hace ser quien soy. Un rasgo que constituye mi principio rector. Ahí me centro, esto celebro.

+ Imagen:  un fragmento del cuadro de Roy Lichtenstein, una continuidad en la ilustración, un seguidismo en la idea.

sábado, 23 de octubre de 2021

Paréntesis (2)


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 + El desengaño es la constatación de una verdad incomoda que nos pone ante la realidad de nuestra vida y experiencia, al tiempo que corrige nuestras erróneas percepciones. El desengaño resulta ser el núcleo barroco, donde se produce una revelación transformadora y paralizante. Tal vez toda la poesía trate el tema, pero nunca con tal intensidad como sucede en el ámbito Barroco; en especial, toda la lírica española. Recuerdo lecturas y me atrinchero en sus posibilidades, el abanico de conocimiento que se abre. Un edificio, una ruina, el rastro del pasado, la vida que no volverá, el ver a los jóvenes en su amplia capacidad de disfrute, su energía, el paso del tiempo y su implacable verdad, voluntariosa ceguera. La naturaleza se eleva entre la tranquilidad del otoño. Ese volcán que no cesa nos recuerda la insignificancia que resultamos ser. ¿El desengaño? El emblema del día, el emblema del otoño de la vida.

+ Veo cuadros que vi hace tiempo, mucho tiempo. Los vuelvo a ver en el reproductor de imágenes del ordenador. Un puente hacia el pasado, un retorno a los viajes y las excursiones a museos. Amplio las imágenes y estudio a otros visitantes. Me recreo en esta distancia y en sus posibilidades. Antenas que se desplegaron y hoy ofrecen los frutos de aquellas indagaciones.

+ Como por ensalmo fui consciente de su soledad. Aquel continuo frecuentar el bar y el tacto nervioso sobre el móvil delataban su falta de compañía, salvo esa compañía que proporcionan los bares [que nunca es poca cosa]. Yo lo conozco desde niño y lo he visto envejecer. Así, cuando dijo que era de poco llorar y ni siquiera había llorado cuando murió su madre, me hice cargo de su situación. La cerveza, el tabaco, el teléfono, mañas para tratar de esquivar el dolor, tal vez. Comprendí algo, un punto inefable que solo la poesía podría transmitir. Un gran poeta de lo cotidiano, de las pequeñas cosas, del feble humo de los días y las noches. El trabajo, la conversación y el enfrentarse en soledad a la cama de la humilde pensión, olores de pensión, cuerpos y durmientes embalsamados. No recuerdo su nombre, pero ahí sigue: ante su móvil y su cerveza, a la espera de una palabra tan cotidiana como valiosa, una palabra que no llegará.

+ Imagen: Contrapongo tres imágenes. La primera es una vista nocturna de Madrid, las dos siguientes corresponden a una visita al Museo Thyssen, ante la vista de un cuadro de Roy Lichtenstein. La importancia de la serie radica en la evocación del días pasados, del tiempo que se diluyó y que crea recuerdos y ausencia. La permanencia no es una elección.

sábado, 16 de octubre de 2021

Paréntesis (1)


primera vista

+ En la primera hora de la mañana del viernes leo una crítica que cuestiona o pone entre paréntesis la palabra realismo. Un cajón de sastre que resulta cómodo y tiende hacia lo irrelevante, hacia la pereza que produce establecer conceptualmente el marco o el contexto de una obra de arte, bien plástica, bien literaria, narrativa o estática. La razón es clara. Se saltan muchas etapas, se desdeñan razones y se establece una frontera que facilita la clasificación. Pero, bien sabido es, las fronteras son tan inestables como permeables y la complejidad de una posible lectura no se resuelve en la etiqueta que se asigna. Sigo con mis tareas pero sé que, a lo largo del día, volveré sobre le tema, al tiempo que añoro mi investigación, pero estamos en otro momento.

+ He visto una persona duplicada. Extraña situación. No es la primera vez que veo a esta persona duplicada. ¿Qué lectura debo establecer?

+ La música de Astor Piazolla llega intensa y nerviosa. La identifico con la ciudad moderna, con el ritmo del metro y las prisas de las calles, las cafeterías en hora punta, el olor a café y a croissant, calles y edificios, plazas y arrabales. Llega y se va. Indago en su biografía y se eleva la decisión, la audacia y la contradictoria y problemática existencia, común a todos los hombre y mujeres. La música permanece y, así, una idea que pervive. La noche se cierra y yo cierro mi teléfono, esta biblioteca de Babel. Argentina en la memoria, como un deseo no alcanzado que se ancla en la adolescencia. Recuerdo a Borges, a Sábato, a Cortazar, los recuerdo y desearía volver a ellos [en especial al Sábato de Sobre héroes y tumbas], pero no es posible. Tareas que me ocupan y me retienen. Astor se desvanece en horizonte y la noche se ha cerrado tras diluirse los último hilos dorados del día entre las montañas. Es viernes a la noche. Se cierra el arco.

+ Regresamos, una vez más, a la liturgia del restaurante y el fin de semana, sustitutos de viajes no realizados, pendientes de la solución de diversas circunstancias y ocupaciones. El trabajo diario se debe ver compensado por dosis de ilusión, que establece una suerte de equilibrios entre la obligación, el esfuerzo y una pizca de hedonismo. La estructura lo es todo, como se sabe desde tiempos inmemoriales. Tanto en la ingeniería como en la trabazón de la obra de arte, incluso en aquella que abjuran del orden. Pero romper ese orden es tender hacia la maestría, hacia lo genial. Recuerdo bien aquel relato sobre la construcción de un palacio japonés (o quizá chino, porque, en realidad, no recuerdo tan bien como quisiera) que alcanza la prístina perfección, cuando se lo muestran al emperador este reclama un martillo y rompe con él el basamento de una columna y exclama: ahora, sí, ahora es merecedor de mi persona. ¿Es el martillo o el basamento roto una equiparación con el restaurante? Ni una cosa ni la otra, sino el gesto mismo. La ruptura, el rechazo de una simétrica reiteración de lo diario. Y, así, en ello estamos. Tomaremos el coche hacia la siete, daremos un paseo por Baiona, iremos al restaurante escogido y registraremos esa ruptura de la rutina, esa elevación en lo diario, la cumbre de las sosegadas y alegres tarde y noches del sábado.

+ Fuimos al restaurante y encontramos lo que buscábamos. No podía ser de otra manera. Antes de llegar nos fijamos en como la luz otoñal perfilaba la silueta de los montes y las urbanizaciones, nos fijamos en el mar calmo y las líneas que las nubes trazaban, entre rojas y negra, próximas a la noche, con destellos azules. La cena no pudo ser mejor y regresamos satisfechos de haber celebrado la llegada del otoño, o cualquier otra cosa, porque el motivo era indiferente y la celebración cobraba valor en sí misma, sin necesidad de otras razones. Hablamos de ello y sentí lejanos los días de hospital de C., sentí lejanas esas desavenencias que no he provocado pero que me hirieron, sentí el peso de la vida disuelto en la alegría y la música que se desperezaba desde el teléfono hasta los altavoces. Era sábado y todo había salido bien, ¿por qué no habrá de continuar esta totalidad por esta fluida senda?

+ Imagen: una primera vista de exposiciones visitadas [algo que se completará en la siguiente entrada].

sábado, 9 de octubre de 2021

La complicación

Mercería
 

+ Que la comida aporta felicidad no es ningún descubrimiento, pero atestiguarlo resulta ser un principio de alegría incuestionable. Ayer, viernes, C. y yo fuimos al italiano que solemos ir. Pedí pizza y el sabor intenso del Gorzonzola me devolvió el entusiasmo hurtado por los días de estudio, siesta, trabajo y sueño, en ese orden milimétrico y ordenancista. La culminación fue el tirsamisú. Me gustó ver como la gente disfrutaba con la celebración de cumpleaños y cenas de amigos. Quizá durante mucho tiempo he minusvalorado estas pequeñas delicias que se insertan en lo cotidiano y cotidiano son también. En la hora de recuperar la fuerza necesaria para el camino diario es esta una gran confirmación: la comida aporta felicidad. En ello estoy.

+ Escucho en la mañana del sábado asuntos turísticos sobre Dakota del Sur.

+ Espontáneamente digo: “… y no hablaba a humo de pajas.” En definitiva, la cervantina expresión se ajustaba a aquel preciso momento, a la conversación, a la persona que yo calificaba por su sensata seriedad. Resuenan ecos de nuestras lecturas y de otras influencias, como un eco que se expande más allá del momento y el lugar.

+ Pienso, durante un momento, en la necesidad que las personas tiene de adquirir elementos que completen y realcen su identidad. Un amplio arco que puede ir desde una bandera hasta la  entrega al deporte [aficionado]. El arco que he propuesto no responde a ninguna sistemática y es algo que me viene a la cabeza después de observar a corredores y ciclistas por las calles de esta ciudad, que se entregarán mañana a competiciones de aficionados pero con una seriedad, quizá, superior a la propiedad de los profesionales.

+ “De una dama que, quitándose una sortija, se picó con un alfiler”, Góngora. Me llega un artículo de Luis Beltrán Almenara sobre este soneto. Lo leo, fragmentariamente, en el teléfono. Leo el soneto y leo el artículo mientras espero y, al tiempo, no dejo de pensar en las intenciones del texto en su momento de su creación y en estos ámbitos que alcanza mientras se expande. No hay una respuesta clara, como casi siempre. Leo y me admiro de la destreza y la complicación, y sé que esta naturaleza es su razón de ser. Algo que se mantiene. La complicación , esa necesidad de entender y la dificultad misma de llegar hasta ahí. El centro del poema podrá ser irónico o podrá tratar de establecer una nexo estático entre la tradición y su momento, la modificación del tópico petrarquista, pero se mantiene esa complicación a lo largo del tiempo. Desentrañar el poema no deja de ser también otro pasatiempo.

+ Imagen: mercería.

sábado, 2 de octubre de 2021

El mes en curso

 

atocha

+ ¿Cuántas veces he titulado una entrada con el nombre del mes en curso? ¿Un recurso fácil, tal vez? No tengo respuesta y no quiero averiguar la razón, aunque obtener el dato no sea demasiado complicado, pero su interpretación se dibuja como intrincada e innecesaria. Me inclinaré por una carencia de chispa para recoger la calderilla del día, ese rédito que se vierte aquí, con mayor o menor fortuna. Así, se disipa septiembre el séptimo mes en Roma, el noveno en nuestro mundo. Todos los momentos que se acumulan en este continente son el mismo mundo gobernado por mi interés en hacer de la escritura una baliza en lo diario, una tarea que me configura, una obligación impuesta y que se traduce, sin paradojas, en una libertad portátil e íntima. Ahora no tomo notas, ahora recuerdo y el recuerdo es un tamiz, un filtro que limpia y construye ese otro mundo. Bueno, septiembre llega a su fin y asoma octubre.

+ Un tweet sobre los reflejos en los cuadros holandeses del siglo XVII. Lo leo con interés y me pregunto por la razón de la herramienta. Siempre es lo mismo, el cuchillo sirva tanto para el trabajo como para el asesinato. “¿Por qué es el mismo el giro del brazo cuando siembra que cuando siega, el de amor que el de asesinato?”, Claudio Rodríguez.

+ Y mientras hago un seguimiento de bulos en red e identifico un cierto motor político en la podredumbre de las redes, que no es su totalidad, ni creo yo que sea su amplia mayoría, pero sí que el ruido se manifiesta con poderoso impacto.

+ Breves interrupciones que establecen un ritmo por desentrañar, su transcripción es materia de agenda. ¿Agendable?

+ Entre tareas, libre de presión o con una presión bajo control, no sé. Los días pasan y el otoño se estable mientras septiembre llega a su fin. Escucho un podcast sobre Alfonso X el Sabio, regresa una vez más esa certeza de las grandes laguna que mi conocimiento tiene, pero lo que extraigo de mayor valor es esa confirmación de una cierta querencia hacia la lectura y el conocimiento en determinadas personas. Creo estar ahí. No necesito confirmaciones. Se aproxima el fin de semana y también es un ritmo oculto. Turbulencias y yuxtaposiciones. Leo y contesto correos electrónicos. La actividad es el fármaco. Fármaco en griego tiene la doble vertiente de cura y veneno. ¿Depende de la dosis? No hago otra cosa que leer y escribir, me parece oír bajo el tic-tac del reloj que preside el estudio. El reloj, el calendario, el teléfono, todos ellos: vanitas.

+ Imagen: otros otoños y el mismo otoño, la geometría no vence al perfil de las nubes. [Mientras, yo esperaba que llegase un tren].

sábado, 25 de septiembre de 2021

Salve Lucru[m]

Salve Lucrum

Pompeya

+ Recuerdo con precisión muchas cosas de nuestro viaje a Nápoles, de la visita a Pompeya, pero hay una que destaca hoy de una manera especial. Para comenzar por el principio debería volver a aquella mañana limpia cuando nos dirigimos a la Stazione Di Napoli Centrale en la Plaza Garibaldi. Compré los billetes y nos dirigimos al andén para esperar el tren que nos llevaría a Pompeya. No pude dejar de observar al resto de viajeros, integrados en su mayoría por turistas (como nosotros). No sentía yo nada irrelevante o inferior en el término turista, pues es una condición de nuestro tiempo que no es incompatible con cierto sentimiento de cosmopolitismo y eso, para qué engañarnos, me gusta. El tren partió y a buen ritmo cruzaba pueblos con resonancias hermosas, por ejemplo: Torre di Greco. Subió un conjunto de músicos rumanos y sonó aquella conocida canción de Renato Carosone Tu vuo fa l’americano [mientras escribo pongo la versión de R. C. en el reproductor de vídeo]. Mientras, corría el paisaje con la vigilancia del Vesubio y nosotros, C. y yo, saboreamos una delicada alegría adornada por la música y el idioma. Cayeron las monedas en el sombrero que pasó ante los felices viajeros. Así, llegamos a la estación de destino. Nadie nos pidió aquellos hermosos billetes, de cartón y con filetes dorados, billetes que todavía conservo y, ahora, han tornado su función, pues se han convertido en marca páginas. Caminamos y guardamos silencio y entramos en la ruinas, en las excavaciones. No pudimos menos que maravillarnos, en un sentido amplio y neutral, sin tratar de establecer una conexión con el pasado, sino con una relevante huella en el presente de todo aquello, de tal memento. Allí estaba la muerte y la vida, la característica principal del presente: su fugacidad. Se reflejaba en nuestros ojos el escenario y condicionaba nuestro silencio asombrado, solo interrumpido por otro visitantes (tal como nosotros a ellos también los interrumpíamos). Fue entonces cuando penetramos en aquella villa en la que su entrada, como recibimiento, habían incrustado teselas para escribir la frase: Salve Lucru[m]. Qué claves me otorgaba, sobre los afanes y los días, sobre un impulso del que carezco. Allí estaba todo y no había nada. La tarde comenzó a declinar y regresamos en el mismo tren, sin música y con el aliento de un poema de Leopardi y una misión cumplida. Esos momentos que le dan sentido a la vida, un sentido efímero y transparente cargado de promesas y desafíos.

+ Rescato libros de las estanterías, libros que son espejo del pasado y hago la cuenta de todo el dinero que en ellos se gastó y sé que carece de importancia. Ay, la contabilidad como una de las bellas artes.

+ Me refiero al libro de David Leavitt titulado Baile en familia. Ya la portada me traslada al pasado, a un tiempo que no fue mejor, pero tampoco peor. Ese joven tirado en una cama, adormecido, ese dibujo de lápiz de color. Lo veo y me veo. Mis sueños y las porfías del destino [ese resultado de nuestro carácter, me digo una vez más]. Tiempos de ebriedad y citas literarias, “peces asirios” y tabaco negro en su distinción y distancia. Eran timbres y ausencias, portales y besos hurtados, la recién abandonada adolescencia. La nunca abandonada adolescencia. No había lucro ni perspectivas de su presencia en futuro próximo. Otro día, me dije mientras dejaba el libro de D. L. en su lugar, me pararé a pensar en aquellos que culminaron el proyecto económico con éxito, pero ahora, C. y yo, debemos coger el coche y recorrer la costa, tomar algún que otro café, charlar, regresar y dormir a la espera del comienzo de la semana. ¿Dónde está la plusvalía?

+ Sobre las plusvalía habría que escribir un tratado. Un tratado centrado en la lectura y su influencia en el destino de los lectores, ¿será esta la plusvalía a la que se refería en aquel lejano bar de en Toledo? A saber. Ahora no recuerdo otra cosa que esa palabra y el sabor agrio de un vino barato que caía chispeante desde una frasca sutil. La plusvalía estaba contenida en aquella conversación y en el olor a leña vieja y a mostrador refregado con lejía. Síntomas de envejecimiento son estos acrisolados recuerdos, minerales extraídos de las profundidades de una memoria que ya ni ese nombre admite, salvo por una conexión fósil con todo lo que fuimos y lo que hoy no somos.

+ Durante un instante perdí esta nota o entrada. Sentí una ligera melancolía, como si lo escrito tuviese más valor del que en realidad tiene, que no es poco, ni mucho, sino una extraña calidad que me sirve para orientarme en lo diario. Un algo que tampoco hubiera perdido definitivamente porque su reconstrucción hubiera sido una nueva cartografía para los mismos mares y costas.

+ Imagen: poco hay que decir, la villa en Popeya, aquel día, recuerdos de la felicidad que irradia hasta el día de hoy, hoy  mismo.

sábado, 18 de septiembre de 2021

Septiembre

abstracción

+ Las fotos de la entradas anteriores corresponden a un viaje que hice con mi padre años atrás al Lago de Sanabria. Subimos a la Laguna de Peces con la intención de llegar caminando hasta Peña Trevinca. Este era el motivo del viaje, que no llegamos a alcanzar, pues la niebla y una fina lluvia nos lo impidió cuando estábamos muy cerca de la cumbre. Mi padre quedó rezagado y yo continué, vi la cumbre y me pareció peligroso intentar el ascenso; entonces, deshice el camino y llegué hasta donde mi padre se había sentado a descansar. Regresamos con esfuerzo y con un cansancio extraño. Aquel día caminamos casi cincuenta kilómetros y no llegamos a la meta. La importancia del día estaba en el esfuerzo conjunto y en las conversaciones que se sucedieron y que no recuerdo, salvo su tono y ambiente. Hace tiempo ya, pero permanece presente su calidad y frescura. Guardo el tesoro del recuerdo.

+ La casualidad me lleva a leer un resumen sobre el acceso a la condición de alto funcionario en la China Imperial. Es decir, la consecución del mandarinato. El laborioso y costoso proceso de exámenes y pruebas crea una clase dirigente muy solida y hermética. La preparación de una prueba de acceso, de una oposición tiene un componente deportivo y una tendencia clara a lo elitista. La unión del mérito y la capacidad cuajan en una personalidad y en un ambiente social. Aquellos puntos que se iluminaban mediante los conceptos de capital social y capital simbólico toman cuerpo en la lectura de este breve resumen. De aquí llego a la idea de la cuestión de lo determinado y, en contraposición, de la libertad. ¿Hay una igualdad efectiva en el acceso a los deseados puestos de una administración, que requieren dinero, tiempo y familia? No puedo dejar de pensar en ello mientras me digo que todas las posiciones están regidas por líneas de fuerza que escapan a la voluntad del individuo, porque si por arriba hay una idea de mérito, por debajo una idea de culpa sobrevuela el destino, y ambas comparten condicionantes muy próximos: el nacimiento. Volver a plantearme las cuestiones del destino y su configuración me transporta a una cascada de preguntas que no terminan de cuajar en una respuesta satisfactoria o solidad, sino que dan paso a una suma de nuevas cuestiones. La circularidad de mis tribulaciones se une íntimamente con mi biografía y la necesidad que últimamente sufro. Deseo poner la mente en blanco, pero no alcanzo. Una vez más, me rescata la música y en ella se disuelven los mandarines, los brillantes opositores y los fracasos estrepitosos.

+ Duermen mis tareas poéticas. Un sueño profundo y sin alteraciones. Ellas me me esperan, yo las espero.

+ Bajo desde el limite de la provincia con Radio Clásica a un volumen bajo, casi inaudible. El colchón que forman los violines casi no se percibe y hay un contraste entre mis pensamientos y el intenso regusto romántico que te el paisaje atesora. Entre la luz y la sombra, con el rumor de la tormento, sin colores, un leve azul negruzco que dibuja el perfil de la nube, la luna en cuarto decreciente, un rayo que ilumina las copas de los árboles, así, me desplazo y mis pensamientos tienden hacia el reposo, al recuerdo de calles y tiendas, el frío del otoño y lo propicio del viaje para hacer recuento. Finalmente, todo se disuelve en el silencio. Apago la radio y el motor hace de telón de todo este particular sturm und drang. Es septiembre, mes predilecto.

+ Lo que oímos, lo que entendemos y lo que se nos quiso comunicar no tienen porque necesariamente coincidir. La distancia que hay entre los tres puntos es variable. Estas circunstancia hay quien se desenvuelve bien y sabe utilizar mediante los huecos producidos su herramienta más preciosa: el engaño. Un habilidad, sin duda. Una habilidad que no equipara la verdad con la mentira pero que sí aporta un aliento de verosimilitud. Ese trampantojo.

+ Imagen: la suma de líneas rectas que se ven rescatadas de un tiempo no tan lejano, ni tan extremos, una cierta calma, el horizonte y el paso de los días: un septiembre en el recuerdo fue el marco de la foto.

sábado, 11 de septiembre de 2021

El horizonte

Sanabria

+ Las calurosas tardes en el hospital arrojan la visión de una vida detenida, ausente de la realidad, un reloj parado que siempre marca la misma hora. La ausencia de decoración, la liviana estructura, el filo de los elementos de acero, las ventanas que nunca se abren, la atmósfera y los olores, penetrantes y llenos de enfermedad con la esperanza de la salud, también el remedio y la ilusión. Las habitaciones de hospital nos trasladan a dramas anteriores y a victorias recientes, a la lucha y la imposibilidad contra la que la voluntad se estrella. Novelas, crucigramas, televisores insomnes, literatura y artificio contra la realidad de la carne y la ausencia de espíritu. Se debate el esfuerzo y la desmayada asunción de una fiebre alta, unas décimas tal vez. Mientras, en esos mismos muros, habita el virus y su retórica que inunda los noticiarios, cada día un poco menos, cada día que pasa un poco más en el olvido. Escribo y sé que también pierdo algo en cada golpe de tecla, esa lírica que tiene el silencio, el acorde sostenido de los versos no leídos, la memoria húmeda de los días de fiesta y amaneceres rotos entre risas y copas de licor. Todo está aquí, todo se contiene en este instante.

+ Sigo con la preparación del examen y me extravío en temas tangentes. Es una descompresión admitida y necesaria. Mi interés es amplio y versátil, por todo me puedo interesar ya que considero que cualquier cosa pertenece a un ámbito más amplio donde yo habito, donde quiero habitar. Así se afianza la voluntad, pero también su premio.

+ Última hora de un martes cualquiera de un mes de septiembre más, uno más en el largo camino ya recorrido. El mes de septiembre, mi mes predilecto, una querencia dominada por esa luz tan especial, que baña de intensidad los perfiles y las siluetas con una capa de elegante presencia. No es poesía ni pintura, solo el recuerdo de viajes y conversaciones, un licor lejano y el atisbo de otro horizonte. Tal vez Normandía, tal vez Nápoles, la presencia del océano y su majestad.

+ La extensión de las entradas se ve reducida por el efecto de ese examen que debo preparar, que quiero culminar con éxito. Importa más la presencia que la cantidad.

+ Imagen: un puente en medio de la nada, un puente que merecería un estudio, un poema, una canción. Quizá, una canción.

sábado, 4 de septiembre de 2021

La hora indecisa

Piedras
 

+ Se cumple en centenario del nacimiento de Fernando Fernán-Gómez. Rescato su libro de memorias El tiempo amarillo y no leo nada porque me entretengo en ver las fotos. Cada foto contiene una sugerencia que no llega a cuajar. La vida de una persona después de su muerte queda cerrada, y este final parece darle sentido. Conforme la fecha del fallecimiento más se aleja, más calidad de personaje adquiere el muerto. Una vez vi a Fernán-Gómez, cruzamos una mirada sin más. El sostenía un whisky en sus afiladas y pequeñas manos y aquellos ojos azules que parecía de una flexible goma me escrutaron. Yo, también, lo estudié. Ahora, ante el libro de memorias, me siento un poco antiguo, como mis recuerdos, como mis propios libros, esta biblioteca con aires de ordenado estudioso pero, también, de especial dilectante. A esto pertenecía la idea de Fernando Fernán-Gómez, que hoy o mañana cumpliría cien años.

+ Qué poca cosa son cien años, una vez muertos no son nada.

+ [Domingo por la tarde, hacia las cuatro, hacia las cinco]. Veo largamente el documental sobre la vida de Paco Umbral, sobre Francisco Umbral. Bien, pero no. Lo que yo vi en Umbral y me fascinó en su momento no aparece (como no puede de ser de otra forma, porque en caso contrario el documental lo debería haber realizado yo, cosa punto menos que imposible). No aparece aquel Madrid que tanto amé a lo lejos, aunque haya algo que se le parezca o se produce en una paralela transición. No encuentro el abrigo que yo compré, pero sí hablan de su abrigos cruzados y bufandas y frío. Con todo, me vale de guía para explicarme la muerte de alguien que yo fui y que nunca llegó a nacer. ¿Por qué no nació aquel que intenté? Por la misma razón que Francisco Pérez Martínez llegó a ser Paco Umbral. Regreso, así, al determinismo, que es lo que el documental me certifica. Se cierra la pantalla e iré a buscar alguno de sus libros, de tantos que hay en esta casa, los que estaban y los que yo he traído. Ay, dónde estarán aquel, Las ninfas

+ Cojo y abro por su primera página El Giocondo. Es esta la novela de Umbral elegida, más bien tomada al azar. De ahí, de su primera página, robo el título de la presente entrada.

+ [Aniversarios]. La muerte de Umbral, el nacimiento de Fernán-Gómez. Los aniversarios no son balizas, con certificados con acuse de recibo.

+ Noticias que por azar nos llegar y explican aspectos sombríos del pasado, luz sobre un rostro, imagen difuminada y en la lejanía. Se atraviesa el cristal pero en él nada permanece, así es la luz. Me habló K. de él y lo recordé cuando era joven, le volvía ver y pensé: siempre fue un parásito. Lo que con veinte años tiene gracia, cuando se rondan los sesenta, es penoso. Triste y mezquino, hundido en sus estrategias de supervivencia moral. Lo olvidé, olvidé su nombre pero emergió como el madero de un naufragio. Estupidez.

+ Alguna página más de El Giocondo y una conversación sobre Umbral con K. Más que sobre Umbral, sombre nosotros mismos y la pérdida de contexto, la literatura como ámbito de la persona/personaje y el pasado que se transforma en cofre para ciertos textos. Un cofre inexpugnable, un cofre hermético, imprescindible. La conversión resultó agradable, fluida y bien estructurada. Se agradece tanto esa proximidad.

+ Imagen: piedras, piedras que carecen de título, una tendencia.

sábado, 28 de agosto de 2021

Madrid, hoy, en la lejanía - Los últimos días de agosto

Madrid-Plaza de España
 

+ Como en tantas ocasiones, la radio me inspira. Escucho un programa sobre Galdós y su tiempo, la biografía del escritor y su obra. He leído algunas de sus novelas y creo que tengo una cuenta pendiente con él. Quizá la cuenta pendiente sea conmigo mismo, porque más que una cuenta es una laguna.

+ Regreso a esa tarea que resulta ser la lectura simultánea de tres libros de poesía. Desde que estoy embarcado en esta preparación para un examen que podrá ser o podrá no ser, he abandonado su compañía. Hoy, domingo, en el medio de cierto asueto vespertino, abro el volumen de Ángel González. No sé, quizá sea un certero adelanto; pienso cuando leo “Nota necrológica”, cobre la vida, “Su biografía / -es decir, su expediente- / se cerró un día de brumoso enero” Vuelve una idea de Madrid, de La Castellana, de Nuevos Ministerios, donde el poeta trabajó civilmente en el Ministerio de Obras Públicas (así se llamaba entonces el MITMA). Recuerdo paseos en ese entorno, recuerdo el interior del edificio, recuerdo algunas personas con las que tomé café o comí en aquella cafetería inmensa y desangelada. Lo presentí en los anchos pasillos orlados por las mesas de los uniformados conserjes. Leo el poema que se dedica a un probo funcionario, que más que una persona es toda una clase social de aquellos tristes años de la dictadura, y al leerlo regresa una parte de mí que ya es mineral, que se ha transformado en el fósil de los años noventa del siglo pasado. Ahora, en esta cabalgada o preparación para la plaza, ¿mi plaza?, todo ello adquiere un nuevo significado que el propio poema ilumina de manera extraña y certeza. Me digo, qué grande Ángel González, que maestría.

+ Dónde estaba yo en aquel Madrid, mientras bajaba yo por el Paseo de las Delicias hacia Legazpi. ¿Quién podría responderme?

+ Sé que en unos meses volveré a Madrid y quizá se cumpla esa costumbre de visitar la ciudad todos los años. Me lo dijo un primo mío en una ocasión: a Madrid hay que ir, al menos, una vez al año. No, yo no he tomado ese propósito, pero el rito se ha cumplido espontáneamente. Tiene para mí Madrid algo familiar pero al tiempo altivo y displicente, que me atrae con un poder que emana de mitologías infantiles y transfundidas por amigos y familiares. Oía yo de niño el nombre de la ciudad e imaginaba mundos que todavía palpitan, en las lecturas, en los cuadros, en las fotografías. Leía a Umbral y yo veía allí un París manchego y precioso, con difíciles contradicciones de abrigo de cachemir y morcilla de Burgos, vinache y sofá rojo abandonado en una calle cualquiera de Malasaña o Lavapiés. Algo absurdo y brillante, bendecido por el brazo perdido de Valle-Inclán. Una meta que se enraizaba con una Galicia mucho más mitológica que verdadera. Nunca seré otro que aquel que fui, aunque los matices enmascaren al adolescente que en la noche leía Las ninfas, aquella huída.

+ Y vuelvo a Francisco Brines. Hace un intenso calor que levanta polvo y arrasa la hierba que ha comenzado a crecer. Los frutos maduros se precipitan contra el suelo y la gata maúlla sin ganas: no tiene hambre, no tiene sed, tampoco quiere amor, tampoco quiere lágrimas. El tiempo se desliza y el estudio me aparta de los negros pensamientos. Como un ensalmo, como un conjuro. Leo poemas y la tarde languidece. Playas, carreteras y el océano infinito. Vibra la cuerda última de la guitarra, una nota que queda suspendida en el aire, esa tensión liberada. Memoria y abrazos, el café templado, papeles y bolígrafos, libros, apuntes, rotuladores rojos y rotuladores verdes, sin miedo, sin esperanza.

+ Radio Futura, como baliza de un Madrid que nunca conocí y que siempre tengo muy presente. Mientras recorremos la carretera que bordea la costa, C. y yo escuchamos a Radio Futura. Viejas canciones, “señales de otro mundo.” No me parecen tan antiguas las canciones y yo menos viejo (no soy viejo). La luz de las última de la tarde matiza los perfiles de Vigo, esa línea quebrada. Aquí y ahora, comienza todo, bajo el manto de esta música.

+ También escuché un poema de Gloria Fuertes, recitado por ella misma. Así, terminó el lunes.

+ Imagen: Madrid, Plaza de España, desde la última terraza del Hotel Riu.

sábado, 21 de agosto de 2021

Si escribiera un poema [...]

Change

+ Observo al vendedor de coches. Lo observo con detenimiento. El pelo engominado, la camisa con rebordes en otro color ligeramente más claro, con pespuntes rojos, la colección de pulseras, colgantes y medallas que asoman en el cuello desnudo. Me pregunto si tendrá tatuajes. Lo observo. Su gran anillo y la voz profunda, la dicción lenta. Observo su letra infantil y su seguridad, una cierta arrogancia, una cierta incapacidad para las preposiciones. Mis deformaciones me llevan por una senda de indicios y dudas. No está de acuerdo con lo que le digo y eso le disgusta mucho. No es algo personal, pero se transforma en oposición en la que la identidad parece jugar un papel relevante. Termino, me despido y no me devuelve el saludo. Al día siguiente, su inmediato superior me llama y se pliega a todas mis indicaciones. No pienso mucho sobre el tema, queda en el aire la colección de pulseras y collares que me dieron la impresión de ser su característica más relevante. El vendedor de coches tenía materia para encarnar un retrato muy de nuestra época, esa atmósfera que se desprendía de su persona.

+ Escucho hablar en la radio sobre aquel escritor que tanto leí. ¿Cómo ha variado su imagen, cómo se ha desplazado? No soy el mismo y las razones de mi interés por él han variado, hoy son bien distintas, sino opuestas. Como el vendedor de coches, lo observo en la distancia, entre la tumba y el panteón, la biblioteca y el cuaderno de apuntes.

+ Soy un observador o soy un investigador; quizá, ambas posiciones son compatibles.

+ Durante un breve instante llegó hasta mí un aire londinense. Vi una foto de una chica que trabaja en un club musical, busqué datos sobre ella en la red y surgió un mundo recóndito y sin mayor existencia que el ámbito de lo imaginado. Pero lo importante era el recuerdo de las calles, de los mercados, de las plazas y las tiendas, esos mimbre que permiten imaginar vida que nunca llegaremos a atisbar. En ese orden, ella encarnaba el esquema necesario del emblema, como resultado de todo lo posible, lo que se transmite, la noción de belleza y la atracción que produce la juventud. Nada más lejos.

+ Debo esperar hasta las cinco y media y de la estantería tomo Habla, memoria, de Nabokov. Leo veintitantas páginas y creo entender mi fascinación por esa prosa del detalle y la exactitud. Eran otro tiempos, pero los actuales conservan aquella semilla. No se trata de la escritura, sino de una forma de ver y me pregunto si se puede separar una cosa de la otra. Nabokov inicia su libro de memorias con la muestra de los dos abismos en los que está constreñida la vida de los hombres: antes del nacimiento, después de la muerte. Ambos abismos son igualmente insondables e incomprensibles, pero el primero parece tener una expresión menor. Esto sucede hasta que nos llega una foto de nuestros padres anterior a nuestro nacimiento. Todo estaba ahí, salvo nosotros. ¿Me acompañará la idea a lo largo de la semana, es, acaso, la semilla de otra idea?

+ Si escribiera un poema, encuentro el título.

+ Con cierta fluidez discurren los días, el olvido y la concreción de las tareas diarias celebran una alegría fugaz pero intensa. Sonidos aplacados, la música de los pájaros, el traqueteo de las teclas del ordenador, los subrayadores, los lápices, el bolígrafo de punta fina, el rotulador grueso, el sabor del café, la luz y las sombras, un perfil y otra sombra. Una suma y una resta. Los días se encuentran en ese terminarse que es la noche, ahí indago poco antes de dormir.

+ Imagen: la esquina que todo lo acoge.

sábado, 14 de agosto de 2021

Cambio y movimiento

Serralves
 

+ Las conversaciones en las cafeterías se suceden sin mucho orden pero con una estructura subterránea que surge de su propia espontaneidad. De un tema a otro, sin mucho interés, salvo escucharse y decir, establecer preferencias y desencuentros con los gustos, se elevan pretensiones fútiles, volutas innecesarias o arabescos teñidos de viajes y lecturas nunca concluidas. Por alfileres se ven cogidas la razones y los argumentos, pero poco importa, solo cuenta el paso del tiempo, la infusión, el café o esa pequeña copa de licor que endulza las bocas sedientas de placeres minúsculos y cotidianos. La personalidad es así: afirmación, identidad y convicción. El silencio muestra una senda que conduce a la observación y el estudio. Personas que vienen, personas que se van, sus logros, sus preferencias, la distinción de un restaurante y la esclavitud de una relación imperfecta, desigual, asimétrica. Todo tiene ese aire dominado por la necesidad de cambio e impermanencia. Al final, la noche termina y todo ha sido un sueño regado de palabras y risas, imágenes y recuerdo, estallidos y silencios. Nadie ha regresado, hoy. Es lunes.

+ Mi actividad se ha visto modificada, el ritmo de los días es otro porque se ha impuesto otro orden en función de las nuevas obligaciones. La flexibilidad ante el cambio se muestra como una tarea y una meta, y, más que una destreza o habilidad, se trata de una disposición larvada, que emerge en el momento necesario. La determinación, tal vez.

+ En la radio oigo un podcast sobre Emilia Pardo Bazán. Se transita sobre las cuestiones del determinismo, en el que ella parecía no creer pero que sí lo reflejaba en sus novelas. La invitación está sobre la mesa. Se trata de ver si leo o no leo La cuestión palpitante. Creo que se trata de una tarea pendiente, que promete aportar claves en alguno de los temas que articulan una suerte de guía de viaje que voy construyendo. Ay, esos temas abiertos que se completan con lecturas y conversaciones, fotografías y esquemas, el croquis y su referente. Apunto el libro en una lista de “deseos” y creo haber participado en su naturaleza, de alguna manera, pero  no es así. Nadie se baña dos veces en el mismo río, pero debe, al menos, bañarse una vez para adquirir su conocimiento.

+ Extraño estudio y preparación de un examen. Conocimiento que aunque no me resultan extraños sí son lejanos, huidizos, con una aplicación práctica que me lleva a situarme en un polo opuesto al acostumbrado. El cambio de rumbo indica que las posibilidades son casi ilimitadas, en ello descanso mientras me olvido de desaires y rencores (no míos, por supuesto)

+ El rencor es un vicio de tontos, porque no se obtiene nada a cambio, solo un sufrimiento que al objeto de ese odio no le afecta.

+ Imagen:Serralves, nunca tan lejos, nunca tan cerca.

sábado, 7 de agosto de 2021

En las tardes de agosto

alguienqueespera

+ Ayer viernes estuve a punto de morir en un accidente de tráfico. Fue un instante, un suspiro en un adelantamiento. Vi el coche negro venir hacia mi y, con pericia, lo esquivé. ¿La muerte? Un poco más adelante me detuve y continué escuchando el programa de radio en curso mientras el percance sucedió, el percance que no llegó a tener lugar. El programa trataba sobre la persistencia de los muros de la paz (peace walls) en Belfast. Descubrí que el conflicto todavía estaba allí, que las rencillas estaban enconadas y que el asunto de la identidad permanecía y continuaba separando las comunidades, católicos y protestantes. Yo estaba vivo y el asunto de Irlanda del Norte me interesaba, pero podía estar muerto y haberme desvanecido definitivamente. No sucedió y mi reflejo en el cristal del retrovisor me devolvió la estampa de un hombre cansado pero todavía con ilusiones y con la capacidad y la fuerza para luchar por algunas cosas que no se oponen a nadie, desafíos que unen un buen estado físico con el esfuerzo intelectual. Ay, el conflicto.

+ Ver la cara de la muerte no se traduce en algo tangible, al contrario, la muerte como tal no tiene existencia y uno percibe cuando está frente a ese momento, por llamarlo de alguna manera, la fragilidad de lenguaje y lo necesario que es nombrar todo. Esto último, nos distancia de los animales grandemente, igual que la conciencia de nuestra finitud. Ningún animal tiene conciencia de la muerte, mucho menos la palabra adecuada para el evento . Hay un antes y un después, cierto; todo cesar pero ¿nombrarlo? . Poco más puedo decir. Absolví culpas y me entregué al placer de una bifurcación que no tomé. Lo entendí así mientras cambiaba de emisora y comenzaba a arroparme una intensa melodía barroca. El Barroco estaba allí, en la filigrana vegetal, en la certeza de la caducidad de la vida, en la posibilidad de un otro camino que no se tomó. Ahora lo escribo y trato de establecer un punto de conexión entre lo diario y lo excepcional. Todo quedó en el regreso a lo cotidiano, la auténtica vida.

+ Mientras C. y yo tomábamos algo en una terraza, a nuestro lado una pareja joven se reían, se besaban y proferían gritos que anunciaban alegría. Ella me pareció expectante y él  resultaba violento, en sus palabras y en sus gestos. Ella no tenía tatuajes visibles, él tenía los brazos cubiertos. Parecían tener en torno a los veinticinco años. Él no paraba de realizar declaraciones sobre su persona y sus gustos, sobre su personalidad y sus fundamentos vitales. No me gustaba escuchar aquellas razones pero resultaba imposible no hacerlo. No me gusta juzgar, pero el juicio es una esfera que se desliza por un plano inclinado. No lo dudé, se trataba de una persona violenta y ella, me pareció, sumisa. Una vez más me pregunté por cómo el carácter es invariable o sobre la posibilidad de mejorarlo. Se alejaron calle abajo, con un paso nervioso y la tensión invariable del comienzo de una relación. Es más que probable que no los volveré a ver nunca, pero esa sensación que me dejó la escena se apoderó de lo que de la tarde quedaba, en ese viejo compañero de viaje que es el determinismo o la posibilidad de un libero arbitrio. No sé, me inclino por lo primero.

+ Al hilo de lo anterior, he leído unos interesantísimos artículos del psiquiatra Pablo Malo sobre el mérito y el talento. El talento es como la belleza, la inteligencia como la estatura que se alcanza (aunque está, indudablemente, depende de la alimentación y otros, nos encontramos con hermanos que llevando un mismo sistema de vida uno es alto y el otro bajo, y de la misma manera: uno triunfa académicamente y el otro es un desastre). Mi interés se centra en esa tóxica y violenta frase: “si quieres puedes”, por lo tanto la situación que disfrutas o padeces depende sin duda de ti mismo. No estoy de acuerdo con que la voluntad cubra todas las carencias que tienes a causa de la lotería genética (no hablemos ya de la lotería social, que tan determinante resulta), pero esto tiene una implicación muy controvertida y aquí entra lo anterior. El chico que vimos en la terraza tenía un carácter violento, era palpable, pero ¿eso es consustancial a su persona, es algo adquirido y modificable? Si es lo primero la culpa se disuelve y la aparición del concepto de culpa me preocupa, me preocupa mucho. ¿Somos culpables de la posición vital que ocupamos, es meritorio alcanzar determinadas jerarquías? Si le preguntamos al que ha llegado a un puesto alto en la vida, sin duda, dirá que el mérito es del trabajo y de su recta diligencia. ¿Qué dice el fracasado: yo tengo la culpa de mi fracaso? La culpa, esa tenaza, el mérito, ese premio. Seguiré indagando porque es un tema fundamental, del que tengo algunas certezas, pero más que certezas son indicios.

+ […] “donde no hay fin seguro ni horror breve”, verso del segundo terceto del soneto del  Conde de Villamediana dedicado al Conde de la Coruña con motivo de su asesinato.

+ El domingo por la tarde cayó una lluvia normanda. Espesa, gris, lírica. Un aliento que nos recordó días del pasado, de un viaje en 2019. Normandía. La lluvia desdibujaba la autopista y de los automóviles quedaba solamente el rastro de sus pilotos rojos, las luces ámbar también. Los recuerdos se enlazan sorpresivamente e iluminan el transito inasible del presente. Fue tomado el día como una celebración del agua, el café y las meriendas en las panaderías con cafetería. Un pequeño regalo, inesperado y agradable.

+ Imagen: alguien que espera o que indagaba en el horizonte del museo, no lo sé, nadie lo sabe, ni siquiera el protagonista de la foto. ¿Es él es el protagonista de la foto?

sábado, 31 de julio de 2021

Ceniza

Oporto

+ Observo que un aire de pesimismo se ha instalado en mi entorno, quizá rebase este mi ámbito y se trate de una alog más generalizado, un algo que se relaciona con el espíritu de nuestro tiempo. La subida de los precios, el decalage entre ingresos y gastos, la inflación, el cuestionamiento del sistema de pensiones, la pandemia y sus consecuencias, la crisis y la deuda soberana. Estos puntos y muchos otros convergen en el ánimo de los que me rodean, de una manera consciente o inconsciente, pero con una presencia indiscutible. Vuelvo yo a Marco Aurelio y el remedio es eficaz pero la última lanza se ha roto. Si se ha roto otra habrá que fabricar, me digo. Fundamentalmente, como sostén de la vida, el problema es económico.  La resignación quizá no sea una virtud, me lleva a pensar en la exposición que una persona de veinticinco años hace, donde todo el peso del esfuerzo recae sobre el trabajador, el pensionista , el funcionario o el parado. Se centra su argumentación en que el dinero no llega, pero al mismo tiempo percibo con claridad las calas que el mismo tiene, la falta de apoyo en la realidad y la manipulación que se percibe. El discurso ha calado y la resignación se instala, pero todo tiene un límite, me digo, la tensión se puede mantener hasta un punto y a partir de este el pronóstico carece ya de sentido. Le digo que sí y se ríe al tiempo que trata de lanzar un mensaje de esperanza, pero en él, sin duda, el pesimismo lo ha empapado.

+ Acertada me parece la etiqueta "terror o miedo ontológico."

+ Hoy un podcast me he llevado a un poeta muy joven (17 años,  ganó su primer premio con 14  y comenzó a escribir con 7 años). Se llama Mario Obrero y sus poemas me han deslumbrado. Hay un aliento divino, pero no es mérito sino nacimiento, una conjunción de genes y posición. La vida admite posibilidades varias, pero se traduce en una única existencia. Llega el sábado y leo en una librería el poemario que ganó el prestigioso premio Loewe. Me quedo en blanco porque no soy capaz de enjuiciarlo o no deseo hacerlo porque me invade la abulia, una desazón instalada en mi interior desde hace casi un año. Mario Obrero se aleja de horizonte. Hay una distancia generacional importante y he aprendido a leer fuera de mí mismo, lo que no implica que el criterio no esté condicionado por la época, lo social y lo político, la economía o los puntos de vista del momento, este momento de tanta profundidad y desazón. Debo decir que mi ración diaria de poesía está integrada por tres poetas: Joan Margarit, Ángel González y Francisco Brines. ¿Es desde ahí desde donde leo? La pregunta no se responde y vuelvo sobre el pequeño tomo. Hay algo que me gusta y que se conecta con lo cotidiano, con la verdad de las pequeñas cosas que dicen más de lo que se espera de ellas, si se las sabe escuchar. Y de escuchar se trata y en ello me quedo, con el juicio en suspenso. Volveré sobre el poemario, en la librería, un sábado cualquiera, cualquier sábado.

+ La certeza de la mortalidad se traduce en una tristeza que debe ser vencida. Llegar a un estado de plena calma es la meta, una oculta meta que, sin duda, llegará. La certeza de la muerte es una herramienta para enfrentarse a las dificultades, pues en ella todo tiende a la nada, lo bueno y lo malo.

+ No puedo menos que pensar en el Don de la ebriedad de Claudio Rodríguez. Y ese pensar me lleva a la consideración que el estallido meritorio de la poesía más nuclear se da en esas edades en las que, para la mayoría, hay un debate entre la edad adulta y la niñez, o esa prolongación que resulta ser la adolescencia. El que tiene una visión y la capacidad para trasladarla está próximo a la divinidad, pero ese don no es para todos ni todos lo pueden soportar. Cómo no pensar en Rimbaud. Y así, la mañana avanza, con el rescoldo del sueño, con la enfermedad del pasado y sus venenos. Soy yo el que se daña y la poesía no me cura, pero tampoco la evito. “Siempre la claridad viene del cielo”. “Es un don”, me digo y no vuelvo sobre las razones biográficas que arrastran el torrente de la vida.

+ Los días pasan y el verano se desvanece, poco a poco, imperceptible y paulatino se hunde en el abismo del olvido. Veo niños felices, jóvenes que no esperan nada salvo el anochecer, gatos y perros despreocupados. Siento la nostalgia de lo que no se vivió y me duele su embate, lo resisto pero no alcanzo la ataraxia, la deseada ataraxia. Busco ese instante de eternidad y no aparece. Un poema, tal vez, un poema que me dé una clave para abrir la puerta de la calma. Sólo es un momento y todo regresa al punto de partida. La biografía que estudio todos los días me da razones y me quita certezas. Llego, una vez más, a ese condicionante que es el carácter. Estudio y los días pasan. No tengo otra cosa que una voluntad de hacer, de reconstruir lo que no se ha derrumbado. Lo atisbo. Conduzco con la leve compañía de la música y el aire acondicionado, no son vicios. ¿Vicios? ¿Por qué depositar en todo una razón moral que nos condicione? Trato de dejar la culpa y el pecado en un apartado olvido. Lo intento, una vez más.

+ Tras la espesura de la noche, llega el día con noticias preocupantes sobre la salud de un conocido. ¿Es un aviso? El peso del párrafo anterior se ha disuelto en el pleno y soleado jueves. El ruido percutor de una maquina que tritura piedras, el maullido de la gata, la pauta que marca el reloj de pared. ¿Tan costosa es la calma? ¿Y, si es costosa, es calma? Avanzo en una oscuridad con la convicción del sentido del trabajo bien hecho, poco más.

+ Imagen: Oporto, hace unos años.

sábado, 24 de julio de 2021

Vapor

Recorte
 

+ Los dictámenes médicos y las sentencias judiciales me llevan a pensar que la ciencia no es tanto un resultado como un camino. Ciencia no es otra cosa que un sistema de establecer un conocimiento, pero el conocimiento en sí mismo necesita que se pueda cuestionar (Popper y lo falsable) .  ¿Por qué cuando tenemos una dolencia grave o debemos someternos a una operación pedimos una segunda opinión? ¿Porque desconfiamos de la medicina o porque sabemos que hay un margen complejo entre la interpretación de los hechos y su verdad, porque sabemos, espontáneamente, cuál es la naturaleza de la ciencia? Me parece que con las sentencias controvertidas sucede otro tanto; no alcanzamos a comprender, legos en la materia que somos, su alcance y su extensión, su fundamento, que va más allá del hecho concreto, ese hecho concreto que se diluye en la materia histórica, que sin conocer la serie es imposible valorar.

+ El calor resulta pesado. Una fina capa se deposita sobre los objetos y yo me pregunto por el ser del que nos habla Parmenides. Hay un acento poético que me persigue, lo observo y se relaciona con una idea de totalidad, con una extensión que va más allá de lo que he leído, de lo que comprendo y de lo que recuerdo. Es una forma de estar, me digo y contrapongo un verbo contra el otro: el ser, el estar. En portugués todavía tenemos, a mayores, ficar. Fica en bora. Nada me interrumpe mientras conduzco: música barroca, el aire acondicionado y las lecturas del día que resuenan en mi cabeza, como si dos sabios me examinasen sobre las mismas. Respondo y rehago todo lo leído, las notas tomadas, las dudas y las certezas. El calor es pesado y el frío aire que expulsan la toberas del auto lo mitigan, lo transforman en una agradable sensación. Siento mi edad, la finitud y me desdigo. Alguien dijo que cuando conoció a su marido era un hombre triste, pero ahora ha cambiado; el sonríe y asiente. La tristeza, la alegría, la desazón, el pesimismo, el cansancio del futuro. Vuelvo a Parmenides y esa fina película todo lo recubre. ¿Es el ser? Hoy no leeré nada más.

+ Los cuadros en el recuerdo se transforman en imágenes que difieren de ellos mismos y se trasladan a una idea de las salas y de los espectadores, como si el cuadro en sí mismo fuese una baliza de aquel momento en que estuvimos ante su presencia, como si el cuadro nos llevase a un contexto breve y huidizo. Así, bajo este paraguas, recuerdo a las personas que vi aquel día que estuvimos en el museo de Rouen, ante un cuadro de Monet. Recuerdo la catedral de Rouen. Recuerdo haber visto en Rouen El barbero de Sevilla. Recuerdo a aquellas personas en el museo con el amparo de una sombra de ensoñación y tristeza, una delicada y elegante tristeza (tal vez no era tristeza, sino un spleen snob y tardío). Una intención de relación entre ese presente y el que vivió Flaubert. Pero no, todo se transformas y los recuerdos son bellos, los días que fuimos felices en Normandía C. y yo.

+ Descubrimos, por ensalmo, detalles que iluminan una idea de nuestro pasado, y no se trata de un pasado histórico, sino de un pasado personal e íntimo y, en apariencia, sólido. La imagen de una persona se ve modificada a la luz de datos ignorados, que, pretendidamente, permanecían ocultos para preservar esa su identidad. Bien. Pero la mentira aunque se esconda tiende a emerger y, cuando esto sucede, su aparición trastoca la realidad, la realidad de la persona en cuestión. El engaño, el ocultamiento, los rostros duplicados, la emboscadura, la rabia y el rencor. Un todo que contribuye a desdibujar el perfil de la persona que creíamos conocer. El proceso puede ser paulatino o abrupto, pero, en cualquier caso, irreversible. Un caso para estudiar, un caso para estudiarnos. Nunca el cambio termina por llegar a su culminación.

+ Ayer, mientras descendía en coche, a una velocidad moderada, desde la montaña hacia el valle, llegó una iluminación. Ese percibir la vida en una modera inmortalidad, en un intenso instante de eternidad. Esa sensación del adolescente que se cree imbatible, que la muerte no va con él. Como una droga, como el suspiro de un dragón al acecho, el león que se despierta sabiéndose soberano. Me dije, sin rubor, sin presunción, una de mis virtudes centrales es mi carácter magnánimo. Esa es mi victoria, aquí comienza el tiempo y aquí termina. Entonces fue cuando, en la radio del coche, comenzó a sonar Bach.

+ Cuando la liquidez es un rasgo de nuestro tiempo, a veces, pienso que lo próximo será el vapor. El vapor como signo y como síntoma. Lo veo, lo estudio y lo propongo a mi mismidad, en silencio. Todo desaparece tal que agua que hierve. Así, la política, la historia, la sociedad, ese desvanecimiento que conduce al vapor. Seguiré en la senda.

+ Imagen: hace años, de un cartel que anunciaba o una obra de teatro o una película, disparé sobre esta mano, un recorte. Queda en el evaporado pasado la imagen de un algo que ya no recuerdo y esta constatación es una presencia "que se desvanece."

sábado, 17 de julio de 2021

Velocidad

Fragmento

+ “Al final todos fracasamos”, escucho a Juan Marsé en el programa Documentos de RNE. El programa me interesa mucho, lo sigo hasta el final y queda, cómo no, un regusto amargo. Su vida es una vida especial pero en los rasgos principales se equipara con todas. Ese punto de unión me devuelve la otra cara de la moneda, la voluntad de un estilo, la consecución de una prosa fruto de una intuitiva inteligencia. Rescato algún libro suyo y leo párrafos al azar. Percibo la música y la afinada perfección estructural, quizá sea suficiente y no creo que deba adentrarme en razones sociológicas que expliquen el éxito de sus libros, la traducción de los mismo a la gran pantalla y el alcance de los premios más prestigios del país. En fin, quedan los libros y, de alguna manera, las biografías se deben dejar a un lado si lo que se quiere es llegar a eso que podría ser un núcleo, como si se fuese posible apartar diferentes capas que componen el hecho literario y escoger lo que nos viene bien en cada momento. Me quedo con la frase, con esa constatación del fracaso, porque así es: todos hemos de morir, lo que cierra toda biografía al tiempo que le da sentido, una explicación a todo el recorrido y a toda la trayectoria vital del escritor y del ciudadano común. Nosotros.

+ Recuerdo haber olvidado, intencionadamente, un libro de poemas en un aeropuerto. Me molestó su lectura, quizá el tono grandilocuente, la vacuidad y lo prescindible de su escritura. Los poemas aludían, cómo no, a la caducidad y al paso del tiempo. La estela que trazó sobre un viaje que hice, hace más de veinte años, a Andalucía contaminó el regreso, con el sabor del tabaco y un whisky todavía palpitante en el paladar. Recuerdo la portada, me he olvidado del título (no es cierto). El otro día, en el camino de regreso, en la radio surgió la voz del poeta y sus declaraciones me parecieron ingenuas pero no vanidosas, como yo presumí en un principio. Hablaba de sus años escolares, de las lecturas y de su afición al futbol. Resumí la entrevista mentalmente y, cuanto terminé, me dije que debería volver al libro que abandoné en el aeropuerto. Bien sé yo que no lo haré porque la tasación de las lecturas a día de hoy es otra y ese elemento no entra en este mi canon. Pero me pareció bien, me gustó esa reconciliación con un autor que quizá no se merecía aquel desprecio. ¿Soy otro? Nunca soy el mismo y, por lo tanto, lo leído varía como varía la persona. Hoy trataré de no verme reflejado en ningún espejo.

+ No conseguí evitar mi reflejo. Allí estaba yo y no era yo. Es mejor no pensar mucho, decía un compañero de trabajo, y, al tiempo, otro apostillaba: mejor no pensar nada. No pienso nada. Abro el teléfono y le doy al enlace. No pienso nada. Lo intento. Mi rostro en el espejo es la certeza de la vida. Veo mis libro y carezco de palabras para emboscarme.

+ Escribe una referencia en el buscador y casi instantáneamente tiene el documento. Parece un milagro y no lo es. La técnica pone en nuestras manos lo que antes era un trabajo arduo y con unos desplazamientos implícitos. No sé si me desagrada, no sé si estoy conforme, pero sí perplejo porque no encuentro una rendija para automatizar estas rutinas y eso equivale a una cierta dosis de ansiedad, pues la textura de la vida es en estas situaciones cuando se revela. El aburrimiento, la angustia, la percepción del paso del tiempo forman una triada que eleva la descripción y la constituye como explicativa realidad. Desisto y no busco más. Al tiempo, recuerdo ver, hace un momento, un artículo sobre el origen de un insigne escritor y estuve tentado a abrirlo y leer, pero no lo hice. ¿Estoy desmotivado? No, estoy perplejo ante el avance turbo acelerado de la técnica y la poca explicación que encuentro para ello, salvo la constatación de lo absurdo de la vida, su falta de sentido, esa textura que me arroja el vértigo de la híper-velocidad. Aquí cierro este paréntesis.

+ También el dolor o principalmente el dolor nos da la medida de nuestra persona.

+ Imagen: fragmento de un mundo desaparecido, mi pasado, tu pasado.

sábado, 10 de julio de 2021

Mundo extraño

 

OIA

OIA

OIA

+ Con ánimo y entusiasmo trabajo en la Fábula mitológica de Faetón del Conde de Villamediana. El relato del mito de Faetón se acopla a la biografía del autor con una esperada simbiosis. El Conde ascendió y terminó por caer, como sucede con el hijo de Apolo. ”Oponte a la invasión de tu destino”, le dice Apolo a Faetón, algo que no es posible. Se une, así, este verso a aquella máxima rescatada de Heráclito de Éfeso: “el carácter es el destino”. Escribo y no puedo dejar de interrogarme sobre mi condición, sobre qué mito debería elegir para mí, como emblema, como el Conde parece haber elegido a Faetón, pero también a Ícaro. No encuentro respuesta, no quiero encontrar una solución.  

+ A destacar: la rima Fortuna / Luna.

+ Regreso al programa de lectura: Paradiso y la poesía de Ángel González, Francisco Brines y Joan Margarit. Es sábado, llueve y hace calor, el ambiente está templado.

+ Ayer, C. y yo, fuimos a recorrer la costa entre A Garda y Baiona. En primer lugar, merendamos unas croquetas y un revuelto en A Garda, al tiempo que bebíamos cerveza helada. Magnífico. No hacía calor, no había viento, no había alborotos. La tarde poseía una calma basada en un cierto estatismo. No era temprano y decidimos regresar por la línea de costa antes mencionada, esa hermosa carretera con las montañas a un lado y al otro lado el océano. Fue cuando decidí acercarnos al Monasterio de Oia. Ya casi eran las diez de la noche. Había una fiesta en las inmediaciones y la gente bebía y charlaba, se reían y parecían felices. Pensé en los días del confinamiento y en que a mí no me afectaron tanto como le afectaron a otros. Se reían, ¿felices? La alegría contrastaba con la hierática permanencia de la mole de piedra, que se enfrentaba al océano en un imposible combate. La razón de ser de los monasterios y cenobios, el océano, el silencio roto por la olas y el ruido del motor. Mundo extraño.

+ “Todo se hunde a sus pies: ideología, patria, familia, fortuna, prestigio, es decir, honra. Todos los sueños juveniles se concentran en un destierro monótono y silencioso - a él, todo ruido, ornato y soberbia - junto al río Henares.” En la introducción de Obras del Conde de Villamediana, por Juan Manuel Rozas.

+ La imagen de Villamediana es la imagen del fracaso del que todo lo tuvo, y un todo, sin duda, gobernado por la soberbia. Nada escapa al barroco triunfo de la finitud y su obra nave este mar de desengaño y exceso. El desengaño es uno de sus más característicos emblemas, gobierna su poesía desde el inicio hasta el final, tal que un río subterráneo, un filón donde asoma su imagen desdibujada. Leo un soneto y pienso en instante en que culmina su composición, el tiempo que ha pasado desde entonces, la jerarquía que se ha impuesto, la brevedad de esta y recuerdo un programa sobre edades geológicas que ayer escuché en RNE. La poesía y las edades geológicas atemperan la perspectiva del diario, porque, así, lo cotidiano y la rutina quedan disueltas en ese terminarse que es la vida. Triunfa el Barroco, entre formas vegetales esculpidas en dura piedra y el incansable tic-tac del reloj; se muestras la vida en su plenitud veraniega.

+ Muere el día. Un vaso de café colmado, el teléfono, bolígrafos y rotuladores, libretas, un altavoz inalámbrico, folios, cuatro pinzas, libros, libros, una memoria externa, libros, una moneda húngara, fichas cubiertas, fichas vacías, fichas limpias, notas adhesivas, cables, un reloj, diccionarios, manuales, novelas y ensayos, el calendario, fotos, extensiones, libros. Muerte el día y los objetos dejan constancia de nuestro paso y tránsito por su dimensión. El tiempo y el espacio se confunden mientras caigo en el sueño, al que acuden historias que no recordaré. Despierto tranquilo y veo la hora en el teléfono. No es hora de levantarse y todavía podré dormir un poco más. Caído en ese hueco que es el sueño. Me transporto a otras edades que ya no me interesan. La edad no es una cárcel, la persona sí. Amanece, me levanto, hago ejercicio y la reiteración del día es un espejo donde disolverse. Regreso a la rutina.

+ Imagen: tres momentos, el mismo día.

sábado, 3 de julio de 2021

Un instante de decadencia

 

Simetría

+ Un instante de decadencia, el ánimo se transforma en niebla, este desvanecimiento contrasta con la luminosidad del día. Analizo los motivos y esta estrategia no funciona. Un refugio, tal vez. Una pausa, quizá. El ritmo que marca el segundero del reloj guía la escritura, lo que ahora escribo. Las razones se desvanecen y algo tiene que ver con la generalizada inconsistencia, con la certeza del cambio. Nada permanece, me digo y veo el vaso con café medio vacío, medio lleno; no sé. Un poema, tal vez. Son esquirlas de lo cotidiano contra las que luchar, pero, a veces, causa una fatiga que paraliza toda acción. ¿Toda acción? No, de ninguna manera.

+ Hace calor, estamos, ya, de pleno, en el verano. Leo, escribo, regreso a la lectura y me detengo. Es un círculo que comienza por la mañana y termina hacia la hora de comer. Hoy es viernes y no trabajo. He aprovechado la tarde para indagar en dos o tres materias que me preocupan. La lectura me conecta con algo intemporal, que me redime, que me consuela. En ello estoy ahora mismo. C. y yo daremos un paseo dentro de un momento. Para mañana hemos planificado algún tipo de excursión, sin muchos detalles, sin muchas previsiones. Lo sé, se logra un equilibrio y hay que descansar en él, todo lo que se puede porque su desmoronarse es una realidad sin cuestión. ¿Hay hechos incontestables? El derrumbe y la ruina son consustanciales al paso del tiempo y el cambio es la única naturaleza fundamental que hoy puedo reconocer. Pero estos instantes, que simulan eternidad como un trampantojo en una medianera simula un paisaje, me subyugan, me seducen hasta llegar a un punto de erotismo. La erótica del dios del instante. Se traduce, pues, en una alto en el camino.

+ Altibajos en el movimiento, el cambio no es una explicación, es la pregunta en sí misma.

+ ¿Postmodernos?

+ Resultó reconfortante el recorrido que C. y yo hicimos el sábado. El tacto de lo que ya no volverá; presencias y ausencias, el mapa que elaboramos al azar mientras el coche se desliza por carreteras secundarias. Así, llegamos a Oseira, aparcamos y sin saber qué hacíamos nos dirigimos a la entrada del monasterio. Pronto comenzará una visita guiada, nos dijeron y, sin pensarlo mucho, nos apuntamos. Yo había estado allí cuando era niño y tenía ciertos recuerdos, imágenes nítidas y ensoñaciones vagas, construidas el discurrir de los años. Se presentó nuestro guía y entramos en el primer claustro de los tres que tiene el monasterio. Las palabras del guía, un monje de mediana edad, eran amables y fluidas, con una delicada dicción y un fraseo ordenado fruto de la experiencia y una paciente serenidad. Así, en el silencio del claustro, bajo la mirada indiferentes de las torres, con la caricia del agua de las fuentes, tratamos de ver más allá de nuestros ojos con la ayuda de sus palabras, imaginar otras vidas y afanes, y creímos alcanzar algún tipo de conocimiento, pero no deja de ser un esbozo de una improbable posibilidad. La relación con el pasado es compleja, me digo mientras veo este poso de los siglos; se observa desde el presente pero entiendo que falta una visión, una iluminación que nos acerque a lo aquellos hombres entendieron; cómo se ha construido nuestra realidad depende de lo que antes fue y ahora no es sino relato. Preguntarse por aquellas vidas es preguntarse por las nuestras porque el destino de las unas y las otras se dirige a la igualdad. La construcción del hilo conductor en donde trato de ordenar intuiciones, indicios y premoniciones es una tarea que tiende a lo inestable. Me repito la palabra, ahora, ante el teclado del ordenador: inestable. Leo sobre la economía del monacato en Galicia, sobre la constitución de los monasterios, sobre el siglo XVIII y el siglo XIX y los cambios producidos en ambas centurias, las transiciones que se han producido desde ese momento hasta nuestro presente, el Antiguo Régimen y la Modernidad. Leo y me disuelvo en la mañana de domingo, con un cierto sopor, con un viento frío que se levanta y parece anunciar lluvia.

+ Releo el párrafo anterior y me da la impresión de que queda una sensación de falta de solidez. Trasformado el presente en texto, solo es una aproximación a la agradable sensación de ruptura con la rutina, con lo dado, con el cansancio y la esperanza; se agradece la mano amada, la música y la conexión con el pasado, con ese intento de comprenderlo.

+ Imagen: en otro tiempo, en otro lugar, la puerta hacia el olvido.

sábado, 26 de junio de 2021

Sic transit gloria mundi

escaleras

+ Recuerdo a personas [o personajes] de insignes apellidos que florecieron en mi lejana adolescencia. Un porte mayestático y una cierta indolencia, una elegancia de colegios carísimos y de excursiones a Londres para adquirir un vestuario insospechado en aquellas épocas tan lejanas, tan próximas. Viajes en barco por el canal, como ellos decían, de la isla al continente. Los observé de cerca y en aquel momento ignoraba que todo su esplendor de aquella insigne familia provenía de su íntima relación con el franquismo, de un hilo directo con el dictador. Recuerdo a uno de ellos que, en una tarde de primavera, me mostró El Anticristo de Nietzsche. Me dijo que eso escandalizaba terriblemente a sus padres, mucho más que cualquier panfleto comunista, la hoz y el martillo o la simple foto de Marx que adornaba la cabecera de su cama, en lugar del crucifijo que siempre había estado allí. Tomé en libro de la biblioteca y no hablé con nadie sobre aquella conversación. Fue revelador, pero no en el sentido que me había comunicado el rebelde lector de El anticristo, sino en una profunda conexión con una prosa brillante, deslumbradora, imposible. Sé que era una posesión, un tesoro preciado que me lanzaba hacia el futuro deseos y voluntades por alcanzar, un algo que todavía poseo. Poseo una extraña capacidad para penetrar en la calidad de la prosa, en los enlaces que permite la sintaxis [un algo que se eleva sobre los idiomas, lastrado en las profundas simas de la estructura profunda]. Me fascinó y continué con su lectura. Continué, a lo largo de los años, con Nietzsche. Continué en acuerdo y en desacuerdo, frente a la belleza y la brutalidad, contra Nietzsche y a mi favor; cuando me conviene lo tomo, cuando me conviene lo rechazo y lo aparto. Una vez apreciada esa inversión de los valores, recuerdo a aquellas personas y pienso en su decadencia, en sus grandezas y en sus miserias, en cómo el tiempo los ha borrado, en que hoy solo parece quedar aquel reflejo de Nietzsche. Un reflejo que no es poco, un reflejo que mantiene hoy su fulgor. Sic transit gloria mundi.

+ Por recomendación leo el libro de E. H. Carr Qué es la historia. Dejo otras cuestiones al margen y trato de establecer una idea sobre qué es la historia en relación con el momento presente. Separo el ámbito personal de la actualidad política, económica y cultural; también delimito mi faceta académica, sus lecturas y la escritura, relaciones y silencios [mi particular silencio en torno a mi investigación]. La pregunta tiene especial incidencia sobre la última faceta que he acotado, pero es ante la primera, mi ámbito personal, donde el desarrollo es más amplio y percutor. ¿Me plantifico con una idea meramente mitológica o teológica (donde el camino es hacia la perfección) o me entrego a una suerte de cinismo amargo y certero (nada tiene sentido), tan próximo a un nihilismo que me ha acompañado desde meses atrás? ¿Existe la posibilidad de un camino intermedio? ¿Tiene sentido, en definitiva, plantear estas preguntas en el hilo y el fluido circuito de lo diario? Veo el presente político desde la incertidumbre que me produce las nuevas derechas, cuando me digo que llamarlas fascismo es un error que no deja de llevar hacia la equivocación. Pienso en el salario mínimo interprofesional, en las pensiones y su cálculo, en el elevado nivel de paro, en el alza de los precios. Pienso en las posibles soluciones a los problemas y me da impresión de que todo se articula en un devenir sin proyecto, un actuar espontáneo fruto de las necesidades de la mercadotecnia política (he apuntado en una lista de temas en mi libreta electrónica la palabra spin doctor porque creo que se cristaliza en ella una de las razones de lo que pasa en este preciso momento, en cómo se dibuja la política y sus afanes; nunca tan diferentes). No quiero centrarme en los asuntos políticos, económicos o laborales, pero tampoco en la íntima realidad de lo diario, en sus valles y montañas; lo que me interesa es el clima, esa necesidad de comprender a la que me invita la lectura de Qué es la historia. Y escribo la palabra comprender y entiendo que se trata más de una aspiración que de una meta, una disposición que un rasgo de mi identidad. Vuelvo sobre el párrafo anterior y recuerdo aquella familia enriquecida al calor del franquismo y la explicación sobrevuela y comprendo que en la adolescencia tenía una explicación de la que hoy carezco y el relato que me cuento es otro, y el que en el futuro tejeré otro distinto, pero ni tan siquiera los hechos permanecen porque estos son fruto de las visiones que vamos obteniendo, del presente que habitamos. Ha sido una buena recomendación, una lectura que se extiende pero que, al mismo tiempo, tiene sus raíces en el pasado, en preguntas y lecturas anteriores. La persona se forma así, su criterio, sus convicciones y sus desacuerdos.

+ Las portadas de los libros dicen mucho de quién los compra, retratan sus sentimientos y una idea sobre uno mismo y, también, dan cuenta del presente y de la sociedad en la que vivimos. Yo observo las portadas en los escaparates y me doy cuenta de que todas y cada una de ellas tienen una ilustración atractiva. Una foto, un cuadro, un dibujo. Es cierto, no es extraño que los libros técnicos, los libros de texto y otros tomos carezcan de este rasgo material, la ilustración en la portada, pero, para qué engañarnos, son un caso extraño y que ponen de relieve que la razón por la que se adquieren no es el humilde y digno entretenimiento, pues hay una obligación implícita en su compra. Dicho esto, se debe añadir que no siempre los libros han tenido una portada, o al menos no siempre ha sido tan vistosa como ahora lo es (esto se puede relacionar con las cuestiones técnicas de la impresión como con el mercado del libro y su expansión, razones que dejamos a parte). Si observa una biblioteca con una cierta antigüedad, nos damos cuentas de que su color es pardo, marrón, con algún destello dorado, pero, en definitiva, su aspecto resulta sobrio y solemne; por el contrario, los libros que ocupan nuestras estanterías son coloridos y el muro que forman es alegre y variopinto en formatos, brillos y gamas cromáticas. Todo esto me lleva al párrafo anterior, a cómo podemos ver y clasificar los momentos de nuestras vidas: en este caso mediante los libros que hemos ido adquiriendo a lo largo de  los años y cómo en ellos se ven reflejados los testimonios de otros tiempos donde fuimos otros y donde seguimos siendo los mismos.

+  La historia, la academia, la intimidad de lo cotidiano; las visiones posibles y la construcción de la visión. En ello estamos, deslindando el territorio. ¿Nuestro territorio, territorio?

+ Imagen: escaleras.

sábado, 19 de junio de 2021

Fiat lux

Mad-3
 
Mad-2

Mad-1

+ Las lecturas se acumulan. Tengo muchísimos libros pendientes y muy poco tiempo; me digo en paralelo con aquel adagio latino que el trabajo es amplio y la vida breve, muy breve [ars longa vita brevis]. La vida es breve y esa sensación se une con la inmensidad de lo escrito, con esta relación entre los vivos y los muertos. Una filia. No descanso, no me rindo. Ahora estoy entre dos mares, la filosofía y la historia, entre los fundamentos de la una y de la otra. Necesito saber, necesito conocer el lugar donde se instalan los cimientos. Escribo una memoria sobre mi actividad investigadora del año en curso y no dejo de sorprenderme. ¿Soy yo o ya es otro? Nada permanece y la lectura me espera, me esperan libros que no tendré tiempo para leer. ¿Tantos son?, me pregunto en un ingenuo ejercicio de indagación. Ay, ese muro que componen los libros leídos y los libros por leer. Un reflejo pálido de nuestro interior, deseos no cumplidos, proyectos desechados, pero ahí estoy: en ese reflejo.

+ El título de la entrada se traduce como “sea la luz.” Dios pronuncia la frase y es la luz la que yo deseo hoy. En forma de poema,  tal vez en materia pictórica, en los devaneos que el día y los momentos que me ofrecen. Poco a poco, alcanzo una serena contemplación. Regreso a la lectura.

+ El mundo digital plantea problemas que tendrán su recorrido, sus meandros y una desembocadura. Es decir, como toda obra humana llegará a su fin, pero, en este momento, parece ser algo todavía sólido, pues nosotros asistimos a su nacimiento, asistimos al inicio de su desarrollo y ahora su permanencia es incuestionable [aunque, por definición, así no es, pues hacia la desaparición todo tiende]. Se podrán hacer vaticinios sobre su evolución, pero, generalmente, las predicciones tienen un sesgo que las inclina hacia el error. Observo el fenómeno, escucho debates, estudio a las personas que me rodean y su relación con el mundo digital. En concreto, más concretamente, habló con un hombre que se acerca a los setenta años y que se queja de que está excluido de ese mundo, que no comprende y que no le interesa, pero que cada vez le resulta más necesario. Desaparecen las oficinas bancarias, las mercancías llegan al domicilio como por ensalmo, nos comunicamos sin barreras. Hay un mundo, un otro mundo o simplemente es un trampantojo que nos engaña y lo substancial permanece inalterable en el mismo lugar donde siempre ha estado. El hombre no responde, no puede responder; yo, tampoco.

+ Intento establecer un marco de comprensión. Hay personas sobre las que tengo un conocimiento limitado pero suficiente como para establecer su trayectoria. Me refiero a personas que han triunfado según ciertos estándares que contemplan la posesión de un buena casa, un buen coche y una perfecta familia. Mientras escribo recuerdo una canción de los Kinks, Plactic man. Hay trayectorias que parecen tan buenas que semejan responder a un cuidadoso proyecto. El proyecto que comienza en la infancia, se consolida en la adolescencia y culmina en el inicio de la edad madura. Todo ello se relaciona, a mi modo de entender, con una personalidad, una familia y la oportunidad. Pero, así mismo, pienso que hay pliegues insospechados. Consigo atisbar el cómo y los porqués de una razón de vida, que, finalmente, se disuelve en el mar de la incerteza. Ese es el marco, ningún otro puede cabe. Lo incierto.

+ Respecto al párrafo anterior,  la canción mencionada, una cita: “But no one knows he really is a plastic man .“

+ Todavía, la luz no se llegó. ¿Mientras, qué? Camino en la oscuridad pero con la firme convicción de que soy yo el que responde. No es poco.

+ En E. H. Carr: “… una teoría cíclica: la típica ideología de una sociedad en decadencia.” Y, en nota a pie de página, se remite a Marco Aurelio: “cómo todo lo que ahora pasa ocurrió ya en pasado y volverá a acontecer el futuro.” ¿Vivimos un momento de decadencia, lo que sucede ahora sucedió ya en el pasado? No responderé por el momento, aunque tiendo a pronunciar una afirmación con matices. Pensaré en ello.

+ Parmenides en el ordenador. Leer, contrastar y regresar a la lectura. Fragmentos del libro de García Morente Lecciones preliminares de filosofía. Cuatro poemas que se desgranan sin dificultad. Hace calor, un calor intenso y pesado. Prefiero el otoño al verano y estoy en el otoño de mi vida y todavía debo comprender los cambios, las novedades, el que ahora soy. El sabor del café y una prosa sin verbos, sincopada y abstracta, sin ataduras. El arte como tabla de salvación, algunas personas que conocí y no recuerdo su nombre, conversaciones difuminadas que regresan del pasado. ¿El verbo principal? Parmenides es un misterio, los misterios tienden a la oscuridad, la oscuridad se hace piedra. No hay ciclos o todo son ciclos, en cualquier caso la dualidad trae tras de sí una manifiesta incapacidad para la expresión ordenada. Otro vaso de café, su opacidad y el aire levemente verdoso de un poema. ¿Cómo es el aire verde de un poema desgajado de una vieja antología? Las amplios corredores blancos del hospital, las habitaciones de la muerte, pienso un poco y ya no está. Luz en el blanco corredor del hospital. Fiat lux.

+ Imagen: tres imágenes solapadas, tres imágenes con mi tendencia a lo abstracto, a la geometría. Vale.