sábado, 28 de octubre de 2017

Biblionauta




+ Vuelvo a preguntarme por la biblioteca, por el archivo. Me ciño a lo que yo construyo, a la acumulación en torno a unos haces conceptuales. Una idea de vida, la historia como posible comprensión, la poesía y sus cimientos en el pasado, desentrañar la ciencia y trasladarla al ámbito de la lectura, la mitología, el Siglo de Oro, Foucault. Libros sobre música o sobre pintura, que se subordinan a las posibilidades anteriores. Toda biblioteca tiene un algo arquitectónico, cada libro es un ladrillo que suma en la composición del volumen. Los vemos y los apreciamos, los apreciamos y se constituyen en vaga y vaporosa identidad. Pero la identidad no nos interesa demasiado, salvo como un contenedor que se llena o se vacía, según la necesidad. La ausencia de estabilidad define un punto de vista que alcanza, cómo no, a la lectura, a la acumulación de libros. ¿Componen un retrato? Sin duda. Ahí podría rastrear momentos de mi vida, victorias, derrotas y tiempos muertos. Sobre todo tiempos muertos, porque las victorias son pocas, pero tampoco son muchas las derrotas. Libros que encontramos y no pagamos por ellos casi nada, dispendios onerosos, regalos, hallazgos en librerías en línea. No es una bibliografía, pero hoy por hoy, la disposición sí es bibliográfica, mejor: temática. Yo comprendo ese orden, pero me niego a explicarlo porque prefiero que se mantenga el aspecto de archivo, algo que todavía está por recibir un sentido. Y de sentidos se trata, como un hermeneuta.

+ Sueño con bosques de bambú, la lluvia fina y persistente. Japón, un grabado, tintoreros que tiñen la seda de un azul profundo. Despierto, llueve y saldré a correr. Persiste la sensación cristalina de las mañanas de la infancia, que se enlazan con el sueño. Un bucle, un círculo, una curva parabólica. Regreso de correr y el vapor de lo soñado se desvanece definitivamente cuando entro en el portal del edificio: del bar llegan los olores de la fritanga matutina (pan tostado y cruasanes a la plancha, propicios para la mantequilla y la mermelada) que me retrae a un Londres no tan lejano). Cada paso anuncia una nueva sinestesia.

+ En G. Genette: «Le choix de ce nom est en lui-même une œuvre d’art».

+ Una potencialidad en las relaciones personales que se hace materia en la posibilidad que ofrecen los aviones, la ausencia de fronteras o el dominio de los idiomas. Es esto lo que me interesa preservar, pero no es esta una prioridad común. Dejo a un lado la divagación. Mientras, música de Nino Rota, el paisaje tras el incendio y una nostalgia de veraneos no vividos. La fuerza del sueño hace transparente la mañana. Los árboles quemados dibujan lo que fueron inhóspitas lenguas de fuego ante las que las palabras nada pueden, esas sensibleras palabras que decaen en los periódicos del viernes. No puedo ver más allá de la niebla. Y la niebla es hermosa, sobre el río Miño, sobre el río Avia. Se filtra la música, me pliego a la densidad de un acorde menor que se sostiene en las cuerdas graves de un piano. Pienso en relatos que escuché en la infancia, relatos sobre veraneos en Lira (La Coruña), playas y casas de piedra casi en la arena. La vegetación de la mediana está seca, fue arrasada por el fuego, también. Las relaciones personales trazan un dibujo agradable: dos cafés, una charla y un silencio que no resulta incomodo, sino que es el resultado de lo anterior: los cafés y la charla. El viento agita la furgoneta y no hay nada extraño, a esta  hora, en ese deslizarse por la autovía con tanta pericia. Escribo, me paro y cierro el ordenador. Ya es jueves.

+ Imagen: la habitación que no se reconoce a sí misma porque la falta de foco la equipara a cualquier habitación. Ese es nuestro destino.

sábado, 21 de octubre de 2017

Lo mínimo




+ Estilos que se imponen, que determinan un instante, una época (tal vez). Escucho en el coche I Need You, de los Beatles y no puedo evitar pensar a quién se dirige la canción. Quién es la interlocutora o la destinataria de la canción. ¿Existe una interlocutora/destinataria? termino por preguntarme y conozco la respeusta. La canción es de Georges Harrison y tiene el sello personal de equilibrio y melancolía, un retorno a una infancia no vivida, deseos no alcanzados. Sí, en varios lugares se atestigua que la destinataria de la canción es Pattie Boyd, y es verdad, pero sólo en un sentido. En nuestra búsqueda de lo paradójico, quizá, eso no tiene ninguna importancia, ya que al final es la forma la que otorga el sentido y el sentido se abre a la interpretaciones y, al tiempo, el autor pierde su dominio. ¿Un rechazo de la lectura recibida? Recuerdo, simultáneamente, a Petrarca, a Garcilaso, a Lope. Sus hallazgos transcienden a la amada y se constituyen en contenedores vacíos donde todos podemos incluir lo que deseamos: su naturaleza es la flexibilidad. Los estilos se imponen y determinan instantes y épocas, pero no son eternos porque su naturaleza es el cambio y la impermanencia. ¿Que cosa no está sometida al dictado del cambio? El reinado es efímero desde el nacimiento, lo que hoy es actual ya ha comenzado a morir. Allá van las razones de una interpretación, suplantada por su hija: el momento.

+ Lo anterior viene a subrayar la importancia de la forma, sobre todo cuando uno se asoma a crónicas periodísticas donde se alaban libros en función de extrañas insinuaciones, libros con versos mal medidos, torpemente trabados y desagradablemente sensibles. Y, lo sé y no me entristece, no tiene importancia alguna.

+ Patria: no dicen España y dicen Estado Español, en lugar de molestarme, me agrada. Prefiero la realidad que expone la construcción aburrida y burocrática que las buenísimas posibilidades del peor romanticismo, mostradas por las palabras patria o nación. Estos días de aburrimiento y temor. Pero, como siempre, no tengamos miedo.

+ Un endecasílabo (Lope): «fuerza será mariposear el hielo»

+ Tres colecciones: sombreros y gorros, máscaras de cartulina y marca páginas. Ninguna de las tres responde a plan previo. Son espontáneas y sin destino, no hay nada que completar. Su naturaleza quebradiza impide considerarlas como propias colecciones, sólo son porque se constituye una categoría automática: el sombrero, la máscara, el marca páginas. Bien, ¿y los libros? ¿son también una colección o tienen un marchamo que los elevan a un estadio superior: la biblioteca?

+ ¿Biblioteca o archivo?

+ Los incendios respiran el aire del infierno, el infierno abre sus puertas y ese horno siniestro hace que el sueño sea pesadilla y la pesadilla, realidad palpable en el humo, el resplandor y el miedo. Veremos los bosques arrasados y arrojará el paisaje una idea de la humanidad, de la compleja concatenación de hechos que lleva hasta este horror.


+ Imagen [4]: una vez más, lo que queda después de desposeer el esquema del detalle. Dos colores, cuatro objetos, su silueta, el recorte. Todavía se puede ir más allá: la ruptura del foco, pero no.

sábado, 14 de octubre de 2017

Música de cámara


+ ¿Por qué nos interesa un autor, por qué detestamos a otro? ¿Qué buscamos? Los motivos son variados, pero dos, en especial, me interesan hoy: la reafirmación de nuestras opiniones y la posibilidad de leer en contra de nuestras opiniones. Qué ejercicio el buscar aquello que no conviene a nuestro punto de vista, el envés de aquello que aflora en contra de nuestros argumentos y los puede desarmar. No es un ejercicio de estilo sino el indicio de una capacidad oculta. Llevar hasta la tensión nuestras certezas nos puede dar una victoria sobre nosotros mismos. Descabezar a la soberbia. [En el párrafo hay una intencionada inflación de pronombres de primera persona del plural, ni es la modestia ni lo académico lo que vibra en su intención, sino una maniobra de ocultamiento: tras el nosotros, nadie está].

+ En la soledad de la librería, dejo a un lado el repaso a lo lomos de la sección de filosofía, me siento en un sofá y comienzo a observar a las personas que por allí transitan. Padres e hijos, mujeres solas, hombres con zapatillas y americana. El silencio se rasga por la caída de una pluma sobre la espumosa alfombra verde agua mar. Hay algo cálido y sensual. Un rito, una espera, el velo neutro de la luz del otoño, lechosos fluorescentes y una inhabilitada máquina de café. Ay, esos objetos olvidados e inútiles, qué cerca estoy de vosotros. Me hundo en la butaca. La butaca me devora.

+ [Gente que se retrata con gente famosa]. La celebridad es un imán. El hombre o la mujer célebre se constituyen en emblemas donde se contienen las más variadas cualidades y ornamentos. Las características disfrazan a la persona o crean una persona más allá de su verdad cotidiana, de su ámbito íntimo, del reflejo en el espejo al final del día. Durante tiempo he observado fotos en las que se ve al admirador y al admirado en un destello instantáneo. Un hilo recorre estos retratos: el admirador sonríe y está contento, el admirado ni sonríe ni parece feliz. Hay una resignación mineral, que se puede denominar aburrimiento, cansancio o resignacón. En ocasiones es muy acusada esta circunstancia, otra veces es algo leve y casi impalpable. Nuestro tiempo acumula detalles que lo transcienden, pero localizaros y subrayarlos no es fácil, una vez que se encuentran se les debe buscar un sentido, pero ese sentido es incierto e inestable. Este es nuestro tiempo. Nuestras pantanosas realidades nos ofrecen entretenimientos en forma de observación que circunvalan lo diario en una atroz certeza: el coleccionismo es una forma de vida, con sus diferentes concreciones, con sus derivadas en la vida ordinaria. Los retratos dobles (generalmente dobles: el anónimo y el célebre) habitarán las pantallas de los teléfonos y ahí se esconderá un mensaje: pesada losa es la fama, la muerte la intimidad, la vida del selfie, la dura arista que ilumina el anónimo admirador.

+ La poesía como técnica expresiva, pero sobre todo: es una forma. ¿Cuánto poemas, en los últimos años, hemos leído que estaban mal medidos? Ah, sí, pero tenían mucho sentimiento y resultaban ser ‘la cartografía de la ilusión’. Luego remató con ‘lo hermoso y lo intenso’. Yo he dimitido de casi todo, pero me niego a dar por buenos versos mal medidos, mal acentuados. Sin fin.

+ El pianista, frente a la plaza, interpreta El amor brujo (La danza del Fuego) de Falla. Es una adaptación para piano, pero recoge la fuerza de la orquesta. Arropa la plaza y eleva su geometría a un ámbito imprevisto. Me asombra su destreza y su concentración, sin embargo, otras veces, le he visto contestar mensajes de texto mientras con la mano izquierda sostenía con maestría un bajo contundente, con una elegante indiferencia y una neutralidad distante, un estilo que contrasta con la anomia de la pantalla del intercambiable smart-phone. Es polaco y una vez conversamos [en francés, mucho mejor él que yo], entre cafés y sus afilados cigarrillos rubios. Yo creo que en la escudilla siempre hay una buena recaudación y, al mismo tiempo, disfruta con el piano: una conexión necesaria y gratificante. De Lou Reed a Mahler, Bach o Eric Satie, quizá Listz, los Beatles. Le digo a C. que es muy agradable escuchar a Falla a esta hora, cuando la noche es ya certeza, y le digo también que un día se irá y nunca más lo volveremos a ver. Ella se ríe y yo me doy cuenta, de inmediato: eso mismo se puede decir de cualquier persona. La última nota sostenida es profunda y hermética, una nota grave que retumba en las piedras y en los cristales de los ventanales de la plaza. Materia poética sin la obligada forma: sería el momento del trabajo del poeta, que, como el compositor, precisa silencio, estudio e intuición. Es hora de regresar.

+ Imagen: puertas. Puerta (-s). La puerta es recurrente en la fotos que disparo allí donde voy. Las puertas son algo más que su función porque hay una suerte de ornamentos y formas que expresan el deseo de transcender. Sin embargo, elijo una puerta que no posee ese rédito, pero su belleza se la da la salitre, el sol y el paso del tiempo. Cómo se deshace el color para ser otra cosa, como las arrugas de un rostro, como la huella de un cuerpo en un sofá. Colores deseables que hablan de esa música de cámara, los colores que no se improvisan porque son fruto de lo orgánico.

sábado, 7 de octubre de 2017

Divergencias


+ Nieblas matutinas que ilustran la entrada del otoño. Comienzan las hojas de los árboles a tomar un tono lustroso, el amarillo que es más que amarillo, un color profundo y sin transparencia. El paisaje transmite el sentido del tiempo. Conduzco como el que reza y sólo se detiene en el ritmo de la oración, pero no en sus posibles aperturas significativas, esos huecos que no se llenan. El coche es un habitáculo recursivo que se nutre de la música que lo adorna. La música, el pensamiento de mi finitud, la compañía no deseada que quiebra el equilibrio entre la máquina, el hombre (yo) y el paisaje. Trato sin conseguirlo de suspender mi atención. Tengo una gran resistencia. La niebla continuará ahí cuando yo ya no esté. Ni tú, tú tampoco estarás.

+ Ante los hechos: la historia, contada por un idiota furioso, carece totalmente de significado.

+ El viaje se prolonga durante meses. Son los libros, las revistas y los periódicos que se han comprado. También, los billetes de autobús, los tickets de los estacionamientos, las facturas de los restaurantes. Restos, esquirlas, bagatelas. Pero aquí reside una suerte de realidad que trasciende al desplazamiento. Por un momento pertenecimos a aquella realidad. Ahora el ticket del estacionamiento en Poitiers sirve de marca-páginas. La ciudad natal de Foucault, la casa de sus padres, la lluvia fina y la bandera francesa. Constatamos una intuición y sentimos una elegante tristeza que duró un minuto o dos; aquí reconocí una mi frívola tendencia estética. Ese soy yo, desde siempre: un flâneur, un dilettante. Esta dualidad se vuelve a mostrar en todo lo que se atesora durante tres días, un algo que extiende su reinado más allá de lo temporal y se instala en una memoria fingida y vagabunda. Horas en la habitación, tras el estudio y la derrota de cada jornada: ay, quién parará el reloj.

+ ¿En qué idioma se habla de metales de color y metales grises? Los primeros serían el oro o el cobre, los segundos el hierro o la plata. No deja de haber un sentido en el hallazgo, un misterio sobre que construir una lectura posible. Las bifurcaciones ofrecen siempre explicaciones a la multiplicidad cambiante de la vida. La vida como reflejo, el reflejo como ficción.

+ Atesorar libros que no se leen es un vicio como otro cualquiera. Lo sé y no lo abandono. Más fácil fue abandonar el tabaco. .

+ ¿Torino, Milano, Genova…? Las propuestas cobran fuerza y un día cualquiera estamos en el aeropuerto, las maletas, los libros y la convicción de que ninguno de esos libros se leerá, así funciona el proyecto. Lo repito ¿Torino, Milano, Genova…? ;-)

+ Imagen: lo que tras las ventanas habita tiene per se misterio y posibilidad. El maniquí expone su verdad que imitación del cuerpo humano, de discreto proyecto, de esbozo. [Bath, UK]

sábado, 30 de septiembre de 2017

Contra el abismo


 + Lo diario esconde misteriosos meandros, la vida cotidiana precisa un ejercicio de extrañamiento. La lejanía lo es todo. Conduzco y la música traza un otro paisaje.

+ Tontas tardes de los domingos lluviosos. A veces leo en inglés y otras en francés, pero después me dejo llevar y pierdo el tiempo con los vídeos de Morrissey en aeropuertos en los que nunca estaré. Recuerdo, ahora, aquel tiempo cuando descubrí a los Smiths y me pregunto qué quedará de todo aquello, mientras veo estos vídeo en línea. Morrissey es otro y yo también soy otro yo, pero algo permanece: eso me gustaría creer. ¿El fundamento del destino: el carácter? Sobre ello algo reflexioné la semana pasada a raíz de dos encuentros, dos charlas. Dos personas que se guían por el mismo discurso de lo útil y lo conveniente me trasladan a todas las posibilidades taxonómicas que la personalidad ofrece. Somos susceptibles de ser clasificados (qué intención hay en esta pasiva). Tenemos una casilla preparada para la guía de nuestros actos. Veo al cantante en el aeropuerto: tiene sobre peso, el pelo cano y escaso y un atuendo que no casa con una adolescencia nunca enterrada. El sexo, el fracaso, todo un día perdido en la cama, libros de Wilde, estuches, colegios grises, aquella ciudad, sus reglas, sus castigos. Aquí el reflejo se traslucía en la lujuriosa melancolía que hacíamos nuestras. Volvería a hacer lo mismo, me dijo alguien con mucha razón. El carácter es el destino, decía Heráclito, el Oscuro; una vez más, lo suscribo.

+ Cuando corro, las canciones rebasan su condición de acompañamiento y se transforman en etiquetas del pasado, etiquetas variables. Como la sugerencia de un perfume, el sabor de un alimento, una palabra que nos devuelve a aquella tarde. Así las utilizo. Así las elijo. Qué inestable resulta el pasado y qué condicionado está por el presente, por lo que hoy somos sin olvidar lo que ayer fuimos. Es el cambio, que tan acertadamente los budistas localizan (aunque no únicamente, nadie se olvide de Heráclito, el Oscuro). Las canciones no son un ornamento, ni un regalo, sino, más bien, algo nuclear y definitivo, que se une a nuestra biografía y en momentos inesperados, emergen para constituir aquel mundo que solamente vuelve a existir en esa fracción: lo rememorado. Corro entre los árboles y escucho a Adele, y me siento un agente secreto, arropado por las volutas del celuloide fílmico, ¿es parte de mi pasado? Yo elijo y decido que sí, pues su flexible naturaleza me sirve para establecer diques, canales y playas, inmensas playas a la manera de la Ile de Ré.

+ Recorro las lecturas obligatorias, por mi marcadas. La disciplina impone su ritmo. Ineludible, un ritmo ineludible. Títulos. Las constelaciones que arropan el deseo y el proyecto. Sólo el trabajo diario traerá una astilla de luz. Un solo destello.

+ Abro esta pequeña libreta de tapas negras duras. Tomar notas y desechar notas, me digo. Una vez en Francia no escribí nada allí, en el avión dos notas. Una sobre escribir en los aviones y otra sobre el libro que leía un joven en la otra fila, más allá del estrecho pasillo. ¿El mito de Sísifo de Albert Camus? Podría ser. Era un libro de bolsillo, de la editorial Folio. Un joven entre lo intelectual y lo alternativo, con más de lo primero que de lo segundo. No alcanzaría los treinta años y su barba, sus gafas y su pelo rizo y desordenado formaban un conjunto muy bien equilibrado. ¿Estábamos ya en Francia? Creo que sí, para constatarlo vi que la mujer que estaba a mi lado escuchaba en el teléfono Death Cab For Cutie. Bueno, una cuestión de estilo, me dije y cerré los ojos: soy un curioso sin remedio. Estas eran las notas, acabo de romperlas y me preparo para ir al trabajo. Las notas ya no son asunto del presente.


+ Imagen: nos detiene el desorden, lo observamos y habla del momento, del presente. No hay una clara intención en el disparo y cuando emerge en la patalla creemos encontrar un sentido: no hay tal sentido, todo permanece abierto (ayer y hoy).

sábado, 23 de septiembre de 2017

Cae la noche

 
+ El accidente del que soy responsable y me supone un gasto considerable me hace pensar en lo banales que pueden llegar a ser las preocupaciones. Al mismo tiempo, recuerdo, esta mañana como me comunicaron que alguien permanece postrado en la cama sin dejar de perder peso, sin poder hablar, sin poder moverse. ¿Qué es el dinero ante eso? La misma imposibilidad que aquélla que tiene el que desea comprar el conocimiento del un idioma, la capacidad de tocar un instrumento, de nadar. Lo que el dinero soluciona, y lo que el dinero no soluciona. Etc.

+ «… el universo se resume en ese sol sobre un palacio en Venecia que nos hace elegir ese viaje» Proust en Contra Sainte-Beuve. No cabe hacer una glosa porque rescatar la cita de su habitáculo traiciona el espíritu de la tarde de lectura (un sábado cualquiera). Vibra esa idea del declinar del día en Venecia, como haber recorrido un largo camino para asistir a la falta de permanencia que tienen los paisajes. De la misma manera, en una autopista, entre marisma, vimos como el sol doraba el paisaje y tal vez transformaba aquellas varas elegante en una melena rubia o cenicienta, pero no era el pelo la mejor comparación, sino un algo por descubrir y que no lográbamos atisbar. Ay, los coches, las carreteras secundarias, los pequeños albergues donde comemos pato o salmón, huevo ligeramente hervido, brioches sin diéresis (como conviene), y crema al punto de la flor de la sal. Sin vino, sin ebriedad, con la lucida transparencia de un milagro sin concreción: la vida en sí, incluso en Venecia.

+ Alguien ha entrado en el tramo final. A primera hora de la mañana entro en la oficina y me dicen, en voz baja, que acaban de comenzar a sedarlo. Quien me lo dice tiene los ojos húmedos. Ahora lo recuerdo, recuerdo cómo se reía, cómo bebía vino blanco y explicaba aquello que le aportaba la natación, después nos contó algo de su hijo que había comenzado a estudiar Historia, porque le interesaba mucho la Historia del Arte. Debido a esto último, la familia realizó un viaje por Francia: catedrales, castillos y, como colofón, para que la más pequeña tuviese un premio, acabaron en Euro Disney. Tenía mucha gracia contándolo. Sentí una extraña pena, similar a cuando mi madre murió, pero con otra sensación de distancia y extrañamiento: como si mi propia muerte se acercase. El dolor, la transición, el viento leve de las tardes de abril. Ayer vi a su padre, en una cafetería, con el periódico, con el café con leche, en sus noventa y seis años; tendrá que enterrar a su hijo y alguien me preguntó esta mañana: ¿se lo contarán al padre? Qué responder.

+ Algunos de los vídeos de Katy Perry son todo un tema, una fuente de ideas que no llegan a tener concreción textual por falta de entusiasmo, debido  a un clima de tristeza que me embarga: la muerte en su realidad más palpable. Katy Perry tiene una de acidez crítica que enriquece el panorama de la planicie dominical, pero que no consigue de alejarme del pensamiento recurrente, la habitación impoluta donde él comienza a morir, como si los demás no muriésemos un poco en cada inspiración / exhalación. Katy Perry no me aleja de la realidad, cuando yo veo que hay un deseo de abrir la reflexión que se expande, que inserta en el baile y la diversión más o menos frívola una rédito de crítica. Ahí me quedo, a la espera de un momento más propicio. Mientras me quedo con el acertado sentido del espectáculo que K.P. tiene. (Mientras esto escribía el había muerto, nada cambia).

+ El accidente, el dinero, papeles que suponen una sanción, ministros, libros, calcetines, polizas, billetes de avión, sellos y timbres, ropa esparcida, gestos y malhumor, la tristeza, café, agua, tasas, un libro que acaba de llegar, el reloj y su ritmo, letanías, sobres, buzones, manuales, la carretera, un estanco, el olvidado vicio del tabaco, el siempre presente vicio de la bebida, instrumentos de medición que dan una idea de la vida y sus límites. Los límites vitales.

+ Leibniz citado por Deleuze & Guattari: «Je croyais entrer dans le port, mais… je fus rejeté en pleine mar». Así estamos, siempre en el mar, sin llegar a puerto, sin atisbar tierra. Se desmaya la tarde sobre sí misma y un sueño pesado nos alcanza, pero el café  ayuda a continuar la jornada: resistimos y leemos con desvanecida intención, con el auxilio del diccionario en línea (dicc. de francés). Son esquema previos que nos han dado una consistencia mínima, la que nos permite en el desasosiego inmenso del océano. La muerte lo alcanzó hoy a él, mañana me tocará a mí: tal vez no.

+ [La pequeña iglesia junto al atlántico astillero posee ese perfil de los joyeros o los estuches, en su interior la respiración de los allegados es una sola respiración, pero él ya sólo es un polvo gris, o ni siquiera eso: sus cenizas se diluyen en las profundidades de la ría, nada ni nadie hará que regrese; el astillero es descomunual y suenan las sirenas que anuncian el fin de la jornada: secas, profundas, como un bajo continuo, una sola nota que inunda la geometría de la costa].


+ Imagen: mi innegable tendencia a la abstracción o al informalismo.

sábado, 16 de septiembre de 2017

Flow

   
+ He puesto en reproducción continua el sonido de las olas que mueren en la playa. Es una monotonía que invita al sueño y a la profundidad del olvido. En el olvido me hallo. Poco  poco, dejo que se disuelvan los pensamientos recurrentes sobre el pasado, recuerdos que cercan la tranquilidad de la tarde. Se hunden los recuerdos en ese mar imaginario que se compone de oscuridad y Mp3. La carrera ha sido provechosa y tranquila, la fina lluvia concentró el esfuerzo, la lucha contra mi tendencia a no hacer ejercicio. Las olas son otra constatación de lo impermanente, su ritmo y su geometría que yo no puedo atrapar, que no sé cómo se atrapa.

+ ¿Debe la tipografía adecuarse al momento histórico en que fue publicado el libro; una tipografía romántica, una tipografía gótica, barroca, neoclásica (…) según el autor fuese un autor del romanticismo, medieval, barroco (…)? Es ésta una pregunta que se compone con las sugerencias que la lectura de Seuils que G. Genette nos ofrece.

+ [Hacer y deshacer la maleta]. El armar un objeto tiene alguna relación con el orden que se le debe imponer al equipaje: la distribución, la elección, lo que se admite y lo que se desecha. Luego están los libros que se llevan de viaje y no se leen, como si fuesen talismanes o amuletos, superficiales supersticiones con una cínica intención. Libretas, lápices, bolígrafos. ¿Tomar notas? Notas que se quedaran en ese simple hecho del escribir, por rellenar huecos o por darle un sentido a lo que no debe tenerlo. El tiempo en suspenso del turista (que es lo que todos somos) precisa de simulacros. Las fotos, las notas, los mapas. Veo la maleta a medio terminar en el suelo y sé que recoge en sí el dibujo de mi persona, pero no quiero indagar en ella a miedo de ver en el espejo algo que no me guste. Es mi tendencia, la falta de concreción, el equilibrio entre fuerza e indecisión [repetido últimamente, robada a una canción de Radio Futura que empleo en mis rutinas deportivas: la carrera sosegada y sin reloj]. Flota la incertidumbre que el viaje contiene, aunque no sea viaje sino turismo y sus límites están perfectamente definidos y acotados por la tarjeta de crédito, las reservas y las direcciones en línea, también los correos electrónicos. Yo soy el equipaje, me digo y la frase no acaba de cuajar porque no sé si me gusta o no me gusta: fuerza e indecisión.

+ [Francia - Aquitania]: conducir por autopistas con un preciso control sobre la velocidad, música electrónica, la niebla, los pájaros. Vemos un gran grupo de cisnes. La ruta es agradable y el mundo es nuestro. El paréntesis vacacional nos traslada a otro mundo. Hay un proceso: el viaje en coche hasta Porto, el avión, aterrizamos en La Rochelle, recogemos el coche de alquiler y nos dirigimos a la casa de nuestra anfitriona. Hay un espíritu del lugar que comienza a empaparnos. No se trata de postales ni de reconstruir melancólicas intuiciones, ni de ver un aspecto artístico ni cultural. Se trata de nuestras vidas y el tiempo que llevamos juntos, de la verdad de nuestros sentimiento, a veces sin palabras, otras veces con gestos, pero en la cercanía del paisaje, que ilustra la relevancia y la solidez que algunas relaciones alcanzan con el tiempo. Ay, el paso del tiempo en estas marismas es equiparable al paso del tiempo en nuestra casa, pero aquí se impregna de una parte de nosotros que se nos oculta, que palpita y no se deja ver con facilidad. Comprar libros, parar en albergues a la vera de carreteras secundarias, pasear sin rumbo, comprar un periódico y no leerlo, practicar el idioma, buscar y encontrar, bajo la lluvia, la casa natal de M. Foucault y sentir pena por él, a pesar de la magnificencia de la casa de su padre, el dolor se focalizaba allí: en el hogar (debería releer la biografía de Didier Eribon, pero no hay tiempo en este momento).

+ Imagen: las pistas de un pequeño aeropuerto, bajo la lluvia del final del verano. Melancolía.

sábado, 9 de septiembre de 2017

Una silla, la lectura y un intermedio



+ Me tiro en la cama de mi estudio y leo poemas en inglés, poemas que tratan de cómo desde Dover se puede ver la costa francesa. Ruge la marea, que está alta, hay calma y la luz es un rastro de melancolía. Me remito a interpretaciones sobre el poema y me vuelvo a preguntar si es posible una única lectura del poema, o las variaciones se contienen ya en el poema. Prefiero no buscar el significado de las palabras que desconozco y dejar un margen a la indeterminación, ¿son estos los indicios difusos de los que hablaba Foucault? El hecho de no completar la lectura de un poema no deja de ser una experimentación lectora: lleno los huecos con mi propia experiencia, con mis lecturas, con mi ‘realidad’, algo que no deja de pervertir el sentido originario, pero ¿qué importancia puede tener en este instante? Estoy jugando y sé que cada momento de lectura constituye una obra distinta al momento anterior. Y qué es la obra si no una sucesión de lecturas: de lo sincrónico a lo diacrónico. Y así todo lo que se constituye en arte dentro del contenedor del canon. El canon es el problema y hasta este poema aquella cuestión me llevó. Se diluye en la certeza de la costa de Dover, como si yo hubiese estado allí en alguna ocasión. No, nunca estuve, pero sí vi una película que protagonizaba Nick Cave, 20.000 días en la tierra, en la que aparecía Dover o unos paisajes similares, para el caso me vale, sea o no sea Dover.

+ Un vídeo sobre los acantilados de Dover: esa blanca pared. Nada añade al poema, porque la relación es meramente literaria. [El poema: «Dover Beach» de M. Arnold].

+¿Mutación y diversidad? Entresacado de B H. Smith desde Pozuelo Yvancos

+ «With tremulous cadence slow, and bring  / The eternal note of sadness in.» (cita del poema citado, sin ningún tipo de rigor, como es propio de quien se quiere desprender de las capacidades adquiridas, siempre inferiores al talento innato, que tampoco posee). La noche, el mar, sonidos o rumores. El poema cobra sentido en boca del crítico, pero nosotros hemos permanecido en la intuición impresionista: la menos válida de las aproximaciones a un poema, pero era lo que deseabamos: recrear interesadamente.

+ Compro el periódico Público en Porto. Lo leo con calma, en casa, después de regresar, y termino por quedarme en un suplemento de viajes y gastronomía. Al final del citado suplemento, hay un artículo de Miguel Esteves Cardoso sobre el Dry Martini. Yo no bebo, pero el artículo me interesa mucho: lo recorto y lo guardo dentro de un tomo del mismo autor que poseo desde hace dos o tres años, que abro cada cierto tiempo para leer un artículo: con calma y en la espera de capturar algo que sé que se me escapa. Me gusta mucho la sensualidad con la que se aborda la elaboración del brebaje, el detalle, la cuidada selección, la nota crítica sobre las ginebras con una graduación inferior a 40º. Es importante ritualizar nuestras aficiones, en el caso de la bebida muchísimo más. Yo no bebo, pero lo entiendo; no fumo, pero comprendo a los que fuman. ¿Por qué? Porque el vapor que aporta la ebriedad no es muy diferente al que aportan ciertas lecturas y ayer en Porto sentí esa punzada de la desautomatización, el descorrerse el velo y ver como todo es rarísimo. Las gentes, el turismo, el hecho nada vulgar de comer y respetar las reglas que imprime el entrar en un restaurante, el discurrir de los vehículos; sistemas, maneras y modos que se hacen institución y no somos capaces de cuestionarlos porque son tan nuestros como nuestro propio respirar. El turismo me llama la atención y disparo fotografías con un incierto automatismo. Pero, finalmente, lo que hace que desemboque en la extrañeza es el artículo de M.E.C. Es que el artícuol me lleva a Lisboa, a una casa con libros y a un sofá donde dos amigos comienzan a beber sabedores de una próxima y melancólica borrachera. La teatralidad me subyuga. El poder que tiene el teatro se manifiesta en estos mis gustos por el personaje y su entorno. Veo una Lisboa que nunca vi pero que imagino entre sorbos de mi aguado café, una Lisboa que es muy moderna sin olvidarse de su pasado, entre Pessoa y el Mp3, entre los Fados y la electrónica y el sabor del gin y del vermut blanco con el perfume cítrico de la transparente monda del limón. Una letra dorada y caligráfica sobre la escena que compongo. Dejo el tomo en su estante [literatura, historia, sociedad y política portuguesa] y me dirijo a la cocina: hay que recoger el lavavajillas, otro rito.

+ Un poco más de N.F. Sobre los momentos ingenuos que toda ciencia tiene. ¿El estudio sistemático de la literatura posee ese estatuto de ciencia? ¿Qué importancia puede tener en estas horas previas a volar hacia Francia? Bien sé que libro llevaré, lo que es lo mismo: bien sé que libro no leeré en Francia. Caligráfico emblema de mi mismidad.

+ Imagen: la silla que se ha colocado junto a los contenedores de la basura y bajo un grafiti. Nada tan propicio como la nostalgia para iniciar unas vacaciones, una narcótica nostalgia. Una propuesta para el futuro, parace marcar la silla desechada. Con el encuadre recortamos la silla y la aislamos de los contendores y del grafiti, que le restan verdad, que le imprimen sentidos no deseados por el que dispara, que el que dispara es el dios del momento: minúsculo y transitorio.

sábado, 2 de septiembre de 2017

Ready-made


+ No sin dificultad, avanzo en la lectura de los Cuatro ensayos de N. Frye. No sé, me propuesto leerlo en inglés y no tengo prisa. Con la ayuda de un diccionario en línea, logro avanzar unas páginas en la calurosa tarde de un sábado de agosto. Tengo la necesidad de encontrar una explicación a mi rechazo del veneno absorbido por osmosis durante las últimas tres semanas. No entiendo muy bien la necesidad de acudir a objetivaciones científicas en un camino crítico. N. Frye me da ideas y cierta seguridad (si este sustantivo se puede emplear en este contexto). Me interesa la manera cómo expone la consecución de un punto de vista crítico, la constitución de la persona como crítico. Incide en el aspecto necesario de establecer un criterio: leer literatura hasta conseguir un «make an inductive survey of his own field».

+ Como todo es saltar de una piedra a otra piedra y sortear así el riachuelo. De una historia a otra historia. La actualidad hace que broten esquirlas de vida, que componen un mosaico de narraciones yuxtapuestas que reclaman un sentido que no hemos de otorgar. Un famoso es padre con setenta años, un torero opina sobre el amor a los animales, otro le niega cualquier tipo de derecho a los animales ya que es ésta una cuestión privativa del animal humano y así justifica la tauromaquia, uno se de dice idealista y el otro materialista, un olor a podredumbre se esparce desde las palabras de aquel político que es incapaz de ver el sufrimiento del que trabaja y no llega a nada, del que no trabaja y sabe que nunca volverá a trabajar. Es el contexto. La historia se modula en el presente y nos preguntamos qué modulaciones sufrirá este nuestro presente. ¿Gloria, crecimiento, crisis, lucha, vencedores y vencidos, aislados, mentiras y medias verdades, legiones de ladrones que se han honrado en el crisol de los bailes de sociedad donde se convocan ramilletes de señoritas para el solaz de esos fumadores de puros, bebedores de whisky caro, ajardinados opinadores en las terrazas nocturnas de agosto? El panorama se establece por sí mismo, lo contemplo y acaba de mutar una vez más. Grandes fotos y pequeños libros de fotografía, prefiero lo segundo. Una vez más, Nan Goldin: nada busco en sus fotos y me encuentro con un retrato de mis otros años: la oscuridad y el deseo, un deseo insatisfecho y la larga carrera hacia la nada. ¿Todo ha quedado atrás? Regreso al principio: saltar de piedra en piedra para no llegar a ningún lugar, salvo cruzar el riachuelo sin mojarnos los pies. Abro el libro y estudio El almuerzo de las Drag Queens, todos estamos ahí: compartir comida y risas, hablar, reconocerse, el paisaje que se hace paisaje en nuestros ojos, la constatación del paso del tiempo que se captura en el disparo fotográfico. Así, oigo las opiniones racistas que se fundan en la expansión de la muerte, pero yo no miro para otro lado y guardo un silencio que desaprueba, que desarma el argumento porque no se permite su elaboración mediante la réplica. La vida no sólo es esto, pero esto también es la vida.

+ ¿He localizado la tumba de M. Foucault? Cimetière de Vendeuvre du Poitou.

+ Las tumbas nunca dejan de ser el rescoldo de la vanidad, una joya que nada importa. Visitar tumbas es una afición que yo no practico, aunque sí he llegado hasta cementerios un poco por casualidad, con una pizca de intención. Tumbas anónimas, que tienen el mismo valor que las tumbas de las celebridades. Necrópolis londinenses, con su desorden vegetal, con la casualidad del paseo de los deseocupados no-viajeros.

+ Mujeres ante el café. Son mujeres que con veintitrés años eran señoras, con esa edad se casaron y abandonaron no sin tristeza la juventud. Tienen hijos, una hipoteca y amigas, amigas con las que toman café. Las veo y son tres y las tres fuman, las tres tienen pulseras de oro que tintinea con gracia de gato travieso y ladrón, las tres ven a sus hijos crecer y ninguna acaba de entenderlos. Una de ella mira al horizonte con aburrimiento. El humo es una voluta sin consistencia y sus ojos acuosos retienen una gracia leve y sensual, son quizá sus pechos, el dibujo de sus hombros, el perfil de los muslos o los gemelos bien tallados. Todavía soy joven parece pensar, pero sabe que eso depende de ella y no desea hacer el esfuerzo que supone volver a plantearse la vida como un juego y no como una administrativa rutina, fluida y previsible. Más cómodo es así, pronto regresará a casa y frente al televisor le parecerá que comprende el sentido de la vida. Y sí, lo comprende, en su acotado contexto comprende el sentido de la vida, de su vida. Su hijo ha llamado porque hoy no duermen en casa, hoy ha venido su novia, y este es el sentido de la vida: un fragmento el ciclo eterno.

+ La vida no tiene sentido y cada uno le debe dar un sentido, porque es algo abierto, porque nada está escrito. Ahí reside su grandeza. Con esta idea me acoge el sueño y quiero confiar en ella. Ay, debates entre la libertad y el determinismo, nunca me aclaro, siempre comienzo en el mismo punto y al mismo punto vuelvo. Rescato una paráfrasis de Radio Futura: soy mezcla de fuerza e indecisión. Voluntad y duda. La duda.

+ Imagen: estructuras sin nombre, estructuras que no participan y que su función está en suspenso. Sin contenido, el ensamblaje adquiere unos límites más allá de su geometría: el vacío.

sábado, 26 de agosto de 2017

Balizas





+ En los favoritos de mi navegador agrego blogs con una cierta asiduidad. Los visito sin orden, sin previsión, con una carencia de sistema que propicio. Sin llegar a estimar la razón, me resultan estos documentos presencias amistosas que me acompañan en la sucesión de los días. Yo tengo la esperanza de que esto suceda con el mío, pero no estoy seguro. Con todo, hay una ausencia que hoy ha cristalizado en una página en un absoluto blanco, como un paisaje nevado que se observa de cerca. Rafael Narbona no está, desde hace un largo tiempo, desde una lejana entrada sobre Unamuno. Me gustaba mucho leer su entradas, encontraba en ellas una fluidez de prosa que aprecio especialmente. La textura es importante. Después de esta temporada en el infierno [materialista] he regresado con una fuerza diferente, recóndita y sopesada. Rafael N. no está y no encuentro la manera de trazar una explicación. Pienso en sus desordenes y los comparo con los míos. Veo que mantener un blog es una tarea compleja que obliga a enfrentamientos interiores no siempre deseados ni agradables, pero existe algo que lo hace que se asemeje a nuestro ejercicio físico, a la ingesta de un medicamento, la observancia de una dieta saludable. ¿Para qué? No hay una respuesta providencial, al contrario: la cuestión se resume en una construcción diaria que se aproxima a la oración. La oración como remedio para los males del alma. Rafael N. ya no está, no sé si volverá o es un adiós definitivo. He participado de esos retazos de su vida, donde relataba sus problemas con su enfermedad, el recuerdo de su padre, me gustaba cuando hablaba del Parque del Oeste, cuando se acercaba a ciertos escritores, me gustaban sus entradas muy largas y bien estructuradas. Una pulcritud que condensa todo lo que puedo esperar de una noticia de un ‘ningún lugar’. Ay, tampoco aparecen entradas en el blog de Julio Martínez Mesanza, sin embargo creo que es una desaparición diferente. Qué vida, me digo, esta reclusión entre libros y pantallas, entre el Conde de Villamediana y los látigos de la crítica literaria y de la teoría de la literatura. Esta vida la he creado yo, sin duda, y a veces me agrada y otras veces no. Cuán variable soy en mis concatenaciones.

+«El trastorno bipolar es un pasillo con dos puertas. Si abres una, te encontrarás a los hermanos Marx, encabalgando disparates o jugando con un trombón. Si abres la otra, te toparás con Christopher Walken apuntando a su cabeza con un revólver». En una entrevista, Rafael Narbona.

+ La bipolaridad y el sufrimiento. El sufrimiento.

+ [Llego a un punto en que me encuentro con que R.N. sigue publicando regularmente sus artículos en el suplemento habitual. ¿Pierde sentido el primer párrafo? En ningún caso, incluso: al contrario, se establece una correlación entre lo que sucede y lo que podría suceder, que son planos de una misma realidad, pero con perspectivas diferentes: los errores pueden llegara a iluminar zonas de sombra y mostrarnos detalles insospechados].

+ Abriré el pequeño volumen donde se antóloga la poesía de J.M.M: Soy en mayo.

+ No puedo dejar de escuchar a Nina Simone. Durante casi una hora, el viernes, antes de salir a pasear, a tomar la cerveza helada, hablar y sentir el viento en la cara. Aquí, en el estudio, entre la somnolencia y un aroma poético de café y pan recién hecho, las cosas son distintas. No es vida, me digo, este sumergirse en la lectura y esperar que comience a llover, oír la lluvia y regresar a un poema, cualquier poema. Garcilaso, Góngora, Villamediana. Endecasílabos que se derraman entre las manos, a la busca de un sentido y la captura del ritmo, la estructura, el delicado esbozo de una rima. Antonio Colinas, Claudio Rodríguez, José Hierro. Otras listas, otros poemas. Todo lo que sé no vale nada, pero a mí me sirve. «Las cosas que yo sé las sabe un tonto cualquiera / mi corazón va solito por la carretera», decía Kiko Veneno en Salta la Rana. Un saber muy recóndito, que carece de reflejo en la vida ordinaria, pero la carretera es una realidad inapelable, geométrica. Con acierto, una vez dije: la carretera muerde. No estoy seguro. La voz de Nina Simone se asemeja a las carencias que observo en mi persona, que me hacen tan auténtico como débil. No sé si la voz de N. S. se corresponde con su personalidad. Yo y mis carencias somos uno y lo uno sin lo otro no se entiende. Aparco las canciones de N. S. y me dejo llevar por K. V. Es otra hora. El café es un milagro, la estela de la mañana es lejana, aquellas conversaciones telefónicas, papeles, croquis y mediciones, todo es humo. Guitarras en la noche que son la compañía del nostálgico que no encuentra el camino de regreso. Cierro el ordenador.

+ Imagen: tres mujeres y dos momentos, que se suceden en síncopa. La ruptura del ritmo, si se perpetúa, es un nuevo ritmo. Por otro lado, la fotografía atrapa el tiempo como ningún otro dispositivo lo puede atrapar [ni el cine, ni el vídeo, tampoco la música]. Es la razón nuclear de su evanescente prontitud, la baliza en la realidad para el que quiere ver. Yo veo y valoro las fotos que saqué desde lo alto en la plaza que hay frente al MNCARS. Las mujeres hablan entre ellas, sacan sus teléfonos, los guardan y desaparecen. Capto estas dos fotos y son testimonio de un momento, dos instantes sin relevancia, perdidos en el fondo de la historia (otra vez con minúscula). Luego, recuerdo, fui a la Estación de Atocha a esperar a un amigo que llegaba en el Ave. Todo se disolvió hasta que he abierto la capeta donde se contienen las fotos que cuelgo. Qué sentido ofrecen las estas fotos: son una invocación del pasado, como se ha dicho: balizas que marcan la trayectoria temporal de mis viajes, desplazamientos y amortizaciones vitales. Así queda.

sábado, 19 de agosto de 2017

Matriz

 

+ Miro hacia atrás: me dedico durante un buen rato a ver las fotos que he disparado de un tiempo a esta parte. Y veo que hay un hilo que aparece y desaparece, es una foto recurrente: disparo a los pies de algunas personas, nunca más arriba de sus rodillas, quizá hacia los muslos, pero nada más. Con estos mimbres el cesto psicoanalítico se erige en el centro de una comedia. Un cesto ocupa el escenario, un gran cesto (…) Me detengo y pienso: pies, zapatos, medias, calcetines, la fragilidad del pie que se contiene en un disparo sin proyecto. Qué frágil, qué delicado es el pie. Qué significado tiene o sólo es un significante que reclama ser completado.

+ Un error: fijarse en el resultado y no en el procedimiento para llegar a ese resultado.

+¿Mi tiempo? Se resume esta cuestión en la diatriba que me lleva asaltando durante días, semanas quizás. [Ahora pongo música electrónica que se descarga de una página de una radio en línea: expansión, incendios, el viejo julio de 2017 ya ha muerto y agosto en la mitad del camino correrá su misma suerte]. ¿Expresión? Otra cuestión donde se baten las ideas y su vestido. El ropaje es un fin en sí mismo o esto ni siquiera resulta una marca de calidad. La literatura es un haz de ideas o una expresión de unas ideas con independencia de su pertinencia o impertinencia. Creo haber navegado durante mucho tiempo en el mar del psicologismo y de la impresión, pero nunca fui un vasallo de estos criterios, muy al contrario. Si una característica positiva tiene mi posición es la duda. ¿La razón, el racionalismo? Está bien un método firme, pero una excesiva rigidez o una ausencia de la oportuna flexibilidad incapacita el criterio, para llegar a una conclusión aceptable las posiciones deben ser variables. ¿El arte supone una realidad segunda? En verdad los referentes se pueden rastrear hasta llegar a una conexión con lo visible, lo perceptible, pero no estoy seguro si merece la pena. Sabido es que todo discurso supone una posición de partida y que establecer una relación de igualdad entre ciencia, ciencia social y humanidades es peligroso, porque conduce a una confusión extrema. La ciencia tiene capacidad de predicción, esta es una de sus razones: cuando se utiliza la física para calcular las cargas que un puente puede soportar es con el objetivo de que el puente no se caiga cuando un determinado peso transite [futuro] sobre su tablero; y qué decir de la predicción del tiempo atmosférico, que se apoya igualmente en la física, los modelos matemáticos y se auxilian con la potencia informática. ¿Se pueden igualar en la razón la física y el estudio teórico de la literatura o son razones distintas la una y la otra?  ¿Todo pasa por una formalizar los fenómenos? ¿es posible reducir la literatura a matemática? Tengo serias dudas, siendo amable. La cuestión palpita todavía porque tampoco se puede resumir una posición materialista acerca de la literatura con cuatro trazos, con comparaciones, aunque bien traídas, incompletas. ¿Continuará esta investigación?

+ [Tras lo anterior]. Entro en la tienda de segunda mano, revuelvo y encuentro un libro de Luis Magrinyà: Los dos Luises, en edición del Círculo de Lectores. 3 €. No lo dudo y pago los tres euros que cuesta. La novela tiene una capacidad de evasión muy necesaria, pero también es una vía de conocimiento. ¿Un saber sólido, muy sólido? Ay, la teoría y sus venenosos meandros, en cada curva acecha el líquido que nos fulmina, nos debilita, que postrados nos deja. En un primer momento no me gusta la portada (?), pero acabo por apreciar una idea de un otro tiempo, un algo de los años ochenta o noventa. Lo compruebo y sí: años noventa, en su grandeza y colorido. Aquí se debate mi nostalgia, ¿pero dónde está esa patria a la que volver, a la que no volveremos? ¿los años noventa del pasado siglo? No sé qué me deparará el libro, no sé si lo terminaré, pero está aquí, frente a mí. Es una promesa o una advertencia. [Horas más tarde]. Avanza la lectura y un espesor indeterminado me atrapa. Con suavidad reconstruyo una época que fue mía y hoy no es ni siquiera historia [con minúscula, obviamente]. Se mezcla esta percepción, este perfume antiguo, con la imágenes de un conocido: a bordo de un velero, rubio, seguro, un mascarón, un doble de sí mismo, el juego se sirve en los laberintos de la red; pero la novela tiene una mayor presencia que aquél que no recuerda mi rostro, ni mi nombre. Avanzo y percibo una calidad de prosa que me devuelve mi biografía como un intento fallido; esto explica muchas cosas. Asuntos que se enlazan con el párrafo anterior. La teoría y la intención de penetrar en secretos y motivos que se organizan en función de una vocación no culminada, pero que no se ha abandonado. Sí, no creo que la teoría de la literatura sea una ciencia, es más: dudo que pueda alcanzar ese estatuto y pretender tal estatuto es desvirtuarla. Pero la novela está aquí y en ella me resuelvo. Avanzo y el sabor del café es una baliza en todo el cúmulo de sensaciones que la tarde de agosto me aporta: elementos para el olvido, elementos para la nostalgia [la construcción del nostos].

+ [Arte]. Se contraponen dos exposiciones vistas en los últimos días. Abstracciones de otro mundo ya. El tiempo pasa sobre ellas y las transforma. Lo que ayer fue actual hoy es arqueología. Las salas determinan la visión y no se puede pervertir ese recorrido, aunque se intente. Los formatos, el color, su ausencia, el silencio roto con timidez por el deslizarse de una ninfa recién tatuada. Hay una lírica invisible en el Museo de Arte Contemporáneo y ya no nos preguntamos por el futuro de todo ‘esto’. Ella lo sabe y su vaporosa presencia atestigua la cadencia de los cuadros, que se ordenan cronológicamente y muestran un envejecer que a todos nos atañe, también a ella, también a su flamante tatuaje, que será testigo del paso del tiempo en la propia degradación de la piel. Así, los lienzos, algunos, no todos, han perdido tersura y las depresiones que se forman en el entorno de los bastidores son evidentes signos del paso del tiempo, el color negro parece polvoriento y se ve que son cuadros con su cotización y su salón burgués o su sala de consejo de dirección [se me ocurre que podrían estar en la recepción de una boyante naviera con expansión internacional]. El pintor tiene sus años, es un anciano ya. Las fotos de su juventud nos muestran la promesa de una vocación que se alcanza, que culmina en esta muestra donde se acumula su obra. La obra. Pero hay algo que desafina y no logramos acertar. Lo sé: se percibe con evidencia el paso del tiempo sobre los cuadros, han quedado embalsamados en los años ochenta del pasado siglo, pero no consiguen que aquel momento renazca. Ay, qué gran diferencia con los de Luis Gordillo de un otro día, que respiraban el mismo aire que nosotros respirábamos ante ellos, que eran tan siglo XXI como lo podría ser el mismo Velázquez. Pero nada es eterno, salvo el mismo tiempo. Yo soy esa historia con minúscula que no puede regresar a su tiempo, los cuadros vistos constatan esa incapacidad.

+ Imagen: el trazo soberano que la cámara describe sobre el Museo de Arte Contemporáneo: es arte todo lo que puebla sus salas, ¿y lo que atrapa esta razón, es también arte?

sábado, 12 de agosto de 2017

Una historia del silencio

 

+ Mientras ,leo, otra vez, Sepulcro en Tarquinia, un perro ladra unos pisos más abajo. Tiene ese ladrido la calidad mortecina y lluviosa que la tarde tiene. El paralelismo semeja alegórico, pero prefiero detenerme en la lectura y medir versos y escanciar el segundo que se acaba de marchar para nunca volver. Ay, estos volúmenes negros, con la imagen que el verso ilumina con precisión. Este acompañar la tarde, el acompasado sonido de los cacharros en la cocina, el zumbido de un electrodoméstico, la lejana televisión que sólo es rumor o viento. La tarde del jueves acoge en su pequeña realidad todo el avispero de lo vivido. La semana se aproxima a su fin y un recuento innecesario se agolpa entre mis dedos: los destierro para volver al libro: «se abrieron las cancelas de la noche».

+ He conducido con reconcentrada atención. La música era electrónica un tanto anticuada, y no es un contrasentido: los años pasan tan rápido. Siento esa punzada elegante de lo vivido con intensidad, con la precisión de un relojero judío en el centro de Praga, me digo sin saber lo que digo. Son imágenes que me arropan en el conducir y luego pienso en alegorías y metáforas, como si hubiese desde aquí una posibilidad de lectura. Leer los espacios, leer a las personas. Me dejo llevar hasta llegar al silencio de los bosques que se orillan en la carretera. Tengo la estela de algunos versos, pero no quiero pensar en nada más que el itinerario. Lo consigo y sé que es un triunfo. Con qué poco me conformo en este final de la semana, en su agotamiento: lo laboral, lo festivo, lo literario.

+ Sobre las opiniones acerca de la literatura como terapéutica. «Lo bueno de no tener personalidad es que uno puede suplantar a cualquiera, y ese es el talento de Ripley, el de ser capaz de hacerse pasar por cualquier otro», José Luis Pardo en Estética de lo peor (De las ventajas e inconvenientes del arte para la vida). Si copio esta cita es para establecer un puente entre literatura y terapéutica. Pero es un puente que se construye para ser dinamitado inmediatamente, una voladura controlada y con la intención de preservar la literatura de usos no deseados. La literatura no tiene objeto y por eso es posible su uso para tantos propósitos, tan  diversos como espurios. En el tomar un relato como percha para escalar a la cumbre y establecer un discurso hay un algo perverso que es preciso determinar, pues esta utilización interesada rebaja la narración ya que la desposee de su anclaje en la realidad. Ay, la realidad, qué palabra. Cierro este periódico donde leo el comienzo de la crónica cultural, el apartado libresco: «Si X no existiese, habría que inventarlo, porque es necesario que todo…»

+ Exposición de Luis Gordillo en el CGAC.

+ Repaso fotografías e intento apreciar la huella del tiempo en ellas, en mí. Yo soy tiempo y la fotografía es tiempo. Destacar esta característica de la fotografía es destacar lo obvio, pero lo obvio contiene una verdad que se hace auténtica en la propia constatación, en su reflejo. Como en tantas expresiones artísticas, el paso del tiempo es el tema, quizá el único tema. Se plantea y se necesita una definición de tiempo, de aburrimiento, de entretenido (pasa-)tiempo. Aburrirse es lo insoluble, carente de capacidad para la dilución, permanece sin alterarse, sólido y opaco es el aburrimiento. Hay fotos que captan con precisión la naturaleza de los momentos banales y aburridos. Así, veo las fotos de Nan Goldin y me dejo llevar por innecesarias suposiciones. Pesar la intuición y rechazar sus atisbos, por qué se debe reflexionar y establecer un medio acuso donde flotar sin consecuencias. No, no es posible. Pero ahí está el aburrimiento para elevar la angustia. El mal de nuestro tiempo, ¿debe ser rechazado el aburrimiento o debemos centrarnos en él? Alguien me decía que para que se esfume el aburrimiento lo mejor es pensar en él, hacerlo girar, describirlo, definirlo, asumir su función de carencia y espanto, pero, claro, eso ya es un trabajo: el antagonista del aburrimiento. Estudio detenidamente las agujas del reloj y veo mi propio rostro. La baja calidad de la foto resuelve la certeza que atesora en lo que pronto será arte, casi como una religión, casi como una fe. I’ll be your mirror, dice N.G y yo lo suscribo.

+ N.G dice preferir para las fotos el libro, como mejor formato para mostrar las fotos. Pienso en ello y creo que está acertada. La habitación como recinto para ver las fotos, para pesarlas, para reconstruir o destruir. Pero ¿y esos grandes formatos que, precisamente, son por el formato? Y así recuerdo unas gigantescas fotos de unas zapatillas. Cada día tiene su afán.

+ [¿Sabias que a finales del siglo xix un libro amarillo se entendía como un libro ‘licencioso’? ¿?licencioso’ se equipara a lo atrevido en materia sexual, lo abiertamente inmoral? Sin duda, ese es el significado y en ese sentido apunto lo que apunto, este sentido y no en ningún otro].

+ Imagen: lo fragmentario de nuestra existencia.

sábado, 5 de agosto de 2017

Un cierto aire de familia




+ Franco Battiato trae consigo el aire de un tiempo que no ha de volver. Aquel tiempo en que yo no entendía nada, y no quiere esto decir que ahora entienda algo, pero ahora lo sé: no entiendo nada. Paisajes, geometría, coches y cigarrillos. El licor helado y los campos sobre los que vuela un águila mientras unos chicos beben y fuman y hablan sobre filosofía, pintura y poesía. La juventud dura poco, pero se convierte en un espejo de la vida, un programa que se ha desarrollar durante década. No entiendo nada, puedo decir ahora con seguridad y arrogancia. Y robo una frase a una canción de Kiko Veneno: lo que sé lo sabe un tonto cualquiera. Hay un aire de inocencia en todo lo que me rodea y no creo que sea necesariamente malo. Como recuperar aquella inocencia que se sumergió en edades superadas, ¿he desandado el camino que asegura la verdad sobre las dimensiones de los viajes, o la técnica para alcanzar una posición en la vida, o lo que la lectura representa, por ejemplo? El espacio me sorprende como a un niño lo sorprende el funcionamiento de una linterna. De todo dudo y todo afirmo. Las lecturas que van dando estructura a este verano son determinantes en el proceso de ruptura y demolición de antiguas certezas y en la construcción de otras nuevas. Primero se contempla y estudia la montaña, se comienza la ascensión, se corona la cumbre y se termina por descender al valle. Ese movimiento oculta una metáfora o una alegoría sobre el aprendizaje: llenar y vaciar y en el vacío dejarse en suspenso. Flotar, nadar, dormir. Un campo léxico que se abre y una rosa que se muere.

+ Recuerdo un restaurante en Oporto para una cierta clase alta. Un portero, una escalera angosta, un luminoso recibidor, salas recoletas e inmaculadamente blancas, sin distorsiones, comida asiática, ese acento japonés, una amplia terraza con una luz tenue y lechosa. No recuerdo bien cómo llegamos allí ni por qué nos franquearon la entrada, pero allí estábamos. Recorrí los grupos de personas y  me fijé en uno en el que había tres niños de corta edad. Recordar aquellas personas equivale a constatar la lejanía que el ser humano tiene respecto a sí mismo. El pescado hervido guarnecido con fresas heladas, champán, pantallas líquidas, niños con ropa carísima, mujeres hermosas, hombres apuestos, camareros tatuados y distantes. Se veía el río, su impasible presencia valía más que todo el oro del mundo. Poder estudiar las escenas de conversaciones banales y suspiros ausentes, establecidos con cierto cansancio estudiado, era un privilegio. Sus ropajes, los zapatos, los gestos, la tranquilidad de la situación. Fuera, aunque era verano, una brisa fría llegaba del océano. El tono poético se adentraba en la lírica de los primeros años del siglo XXI, lo que no aporta mucho, pero establece un sistema de coordenadas: música independiente, tres o cuatro tarjetas de crédito, viajes frecuentes a Londres y los buenos hoteles de la capital británica, el reloj carísimo, el BMW, la tradición familiar de los días en el campo, cierto aire mundano y la arrogancia de la aristocracia local. Me pregunté qué leerían, me pregunté si habrían leído Os Maias y me di cuenta que estas preguntas no tenían sentido: el chispazo del oro todo lo suple. A la luz de la luna sus risas traslucían la seguridad  y un poso de olvido y desengaño que el juego de los niños atenuaba, los gritos y los berrinches trasladaban a los padres al centro de la verdad: la sucesión y crianza de las generaciones podría ser el único sentido de la vida, un otro algo que carece de interés. Una mucama apareció y la saludaron con una apreciable dulzura, se llevó a los tres niños y la calma regresó a la terraza, desde donde se podía ver con especial definición el puente de Arrabida: su arco reflejaba la flexibilidad de la escena como ningún otro retrato de grupo podría haber hecho. Tenían un aire de familia: el cansancio.

+ ¿Cuáles son las cosas que podemos cambiar y cuáles son las que no podemos cambiar? Esta pregunta se plantea en torno a lo que el día ofrece y las trazas de angustia que contiene [en tantas ocasiones], y la angustia no es otra cosa que miedo. Miedo, esa incertidumbre. Hay un rédito en cada aceptación, pero aceptar siempre no es lo correcto. No hay un manual de instrucciones o estas se van escribiendo según el día avanza y cuando se fijan, muchas de ellas, ya no son válidas. Dedicarse a una actividad y centrarse en ella sin pedir nada a cambio salvo la certeza de las rutinas que otorga, un horario, ejercicio, comida saludable, hablar poco, el amor, la amistad, el rechazo de la esperanza y el rechazo del miedo. Quizá no sea muy original, pero resulta útil. La lucha diaria contra la acedía transforma lo gris y plano en un paisaje conmovedor: niebla, destellos en el fondo [es una casa habitada por gatitos, quizá, gatitos felices], troncos, umbrías, la música de Bach, una pila de libros comenzados que comienzan a dejar de ser nebulosa para establecerse como galaxia tan ramificada como fuerte [hasta que se abandone la lectura]. ¿Es necesario tratar de cambiar lo que no se puede cambiar? De esfuerzos inútiles se nutre la melancolía. El regreso a una patria que nunca existió, me digo y veo como la noche se eleva sobre el día, los noctámbulos comienzan su periplo, se oye un ladrido y el sueño me acoge en su regazo. Dormir es un privilegio.

+ Despierto. Un lejano soniquete de de despertador me sobresalta, como campanillas agitadas por una sierra. No son todavía las seis menos cuarto. Todo comienza. Enciendo la radio y alguien hace una entrevista. Creo reconocer la voz, pero no estoy seguro, la voz es familiar, pero no acierto. Le resto importancia, sin embargo me carcome la curiosidad. Tengo una habilidad especial para reconocer voces, rostros o gestos. Me da impresión que es un atavismo del hombre cazador que todos llevamos dentro. Me intriga. Escucho sus opiniones sobre música, que es de lo se trata en la entrevista. Y, repentinamente, el entrevistado dice que aunque Camarón no entendía a García Lorca hizo unas grades interpretaciones de sus poemas. Eso me sobresaltó como me sobresaltaron las molestas campanillas-sierra de un otro despertador unos minutos antes. ¿Camarón no comprendió a García Lorca? Una cosa lleva a la otra y encontré, sin error, el nombre del entrevistado. Volqué el café en su taza, vertí el salvado de avena y la lecitina de soja, corté el pan, y me dispuse a comenzar mi desayuno, mientras olvidaba el nombre de aquel triunfador, un hombre de éxito, el hombre del momento, tan seductor, tan flojo.

+ Historias de banqueros o bancarios que se suicidan, una hilera de libros, el café sin azúcar, kilómetros por recorrer, pequeños hoteles lejos de la costa, pan recién horneado, el tema del autor y su muerte, ¿qué es un autor?, un poema, el sendero por el que correr todas las tardes, la actualidad, el amor, la amistad. Afloran las imágenes con perfección según la carrera toma su ritmo. Hay un rimo indiscutible, ese que permite llegar en el punto justo de cansancio. Hoy lo he logrado.

+ [Imagen]. Ver-observar-contemplar ciertas obras de arte del momento se revela como una transición perpleja hacia lo plano, lo acostumbrado, y quizá lo aburrido. La sorpresa está fuera del proyecto estético, o se ha sumergido hasta construir una suave y leve mentira. Pero con 17 años todo resulta diferentes: burbujas, chispas y renovación constante. Ahí está el centro de la diana.

sábado, 29 de julio de 2017

Verano

 

+ La música me hace compañía cuando necesito esta escogida soledad. Apago la luz y escucho a Debussy. La mer. La sugerencia reside en la capacidad de imaginar paisajes de playas que se anclan en la infancia, las rocas y la arena, una opacidad verdosa del mar en las tardes veraniegas, cuando ya era hora de regresar a la ciudad. Algo quedaba allí, entre sueños, y mientras la noche caía y la ciudad era un decorado luminoso yo pensaba en lo que podía suceder en la playa. Vuelos inspirados. Ahora Debussy me traslada a aquel momento, al instante de caer en el sueño. Se trata, finalmente, de no pensar, o de pensar sin dirección, recuperar momentos intenso que no eran ni felices ni infelices, pero que fecundaban un principio narrativo: todo lo que o se cuenta es lo que engrandece el relato. Flecos como diamantes, diamantes como abrazos y el surrealismo entrevisto del tirante muslo de una muchacha: era mayor que nosotros y ya era una mujer y nosotros niños. Esa playa, el dibujo de los cuerpos, la razón de la música en este momento preciso, exacto y efímero. Los minutos candentes que se deshacen al contacto con la luz. Afilado entendimiento que se perdió con la infancia. ¿Recuperarlo? Ya no es posible o la tarea es otra bien distinta.

+ Repaso en un prontuario para profesores de español los niveles y graduaciones del dominio de una lengua. Me paro a romper el automatismo de la lectura cuando se refiere al dominio sobre hablar de uno mismo, de sus pertenencias, de las personas que conoce y las actividades que desarrolla. Siempre produce un cierto vértigo esta taxonomía que todo idioma arropa en su interior, mucho más cuando es necesario hacerla explícita. Cuando dejo el prontuario y retomo el Ruiz de Elvira, las genealogías de los dioses griegos me sumergen en un espacio nuevo, más denso, menos comprensible. Esta oscilación entre lo transparente, lo traslucido y lo opaco, condiciona la visión del viernes. Una cena con amigas. Hablaremos y nos reiremos, entre la anécdota intrascendente y la seguridad que toda biografía encierra en sí, a donde todo se dirige. Los niveles básicos de la vida y la elevación que el mito ofrece, como ejemplo, como enseñanza, como materia literaria que apunta a un disfrute netamente romántico [¿somos nosotros otra cosa que flecos del romanticismo?], me comprime, trato de poner en suspenso estas ideas y alejar el fantasma de la melancolía: nos fácil ya que mi principio rector tiene mucho de este veneno: el humor negro, el cólico negro. Vaya, son los esfuerzos infructuosos que cristalizan, pero para eso está la clasificación taxonómica: para equilibrar lo diario. No, no pensar, el grado cero de lo cotidiano, me digo y no pienso en R. Barthes.

+ Llego a Proust de una manera indirecta y me detengo en su figura, como escritor, como personaje. Veo esa necesidad de dividirse entre un yo ordinario y viviente y un yo supremo que se inclina hacia la escritura. Lo fútil frente a lo nuclear. Más tarde su larga descripción sobre cómo cae en el sueño me muestra un camino ya conocido y acostumbrado: yo también hago ejercicios para sumergirme en el sueño. Provoco yo esa entrada mediante la rememoración de espacios que en ese momento supongo desiertos, con el aleteo de una posibilidad en el paisaje y en el olvido: bosques, prados, plazas, iglesias, salas de museo o deshabitadas casas donde atisbamos la felicidad con formas y maneras adolescentes. Proust habla de la casa sumida en el sueño, en ese torbellino donde cobran vida los objetos, esa animación súbita se parece mucho a un delicado narcótico, agradable y levemente venenoso. Cierro el libro y vuelvo sobre ese paradójico Contre Sainte-Proust, que hace un juego con el libro de Marcel: Contre Sainte-Beuve. La circularidad en la lectura constituye el programa al me adhiero por momentos, pero del que siempre termino por desertar. Como una combinación no deseada. Definitivamente, cierro todos los libros y acompaño a mi padre a hacer las curas de la cicatriz que le han hecho para extirpar un pequeño tumor, benigno y molesto. Todo ese aparataje del dispensario, la presencia de la enfermera, la mesa y los bolígrafos, la impresión digital en la que un perro y un gato se entrelazan amorosamente. Lo repaso todo como el que elabora un preciso y detallado inventario. ¿Es Proust? Sugerencias que en los círculos se abrazan sin remisión. Ahora sí, ahora que todos los libros están cerrados, entro en el sueño.

+ La carrera hoy ha sido transparente. Sin esfuerzo, sin cansancio, lenta y segura. La música es la armonía interna de esta suerte de rezo. ¿Oraciones? Es la creencia en la salud que a todos nos alcanza. Correr es una religión, como casi todo lo que nos ocupa, una vez que dios ha muerto. Corremos y nos diluimos en la carrera, desaparece en el esfuerzo la preocupación o la tristeza, otorga sentido a nuestra velocidad la competición: qué hermosos colores brillantes en las pistas y los caminos: naranja, azul eléctrico, verde intenso de prado irlandés, amarillos fluorescentes. Zapatillas a 150 euros, camisetas a 40 euros, pantalones a 60 euros. El reloj que todo lo sabe sobre nuestra carrera y un largo y estéril etcétera. Yo no. Yo corro y no me gusta, sólo lo hago por no coger sobrepeso, porque menos que correr menos me gusta estar gordo y esa condición es responsabilidad del que la sufre. Bueno, lo acepto: en todo esto hay un acento moral que se cuaja en la satisfacción que produce la marca o la pérdida de peso. Qué livianas alegrías, que infundadas metas.

+ [Ayer vi un vídeo sobre la obra del filósofo coreano o alemán: Byung-Chul Han. Como en otras ocasiones, tras buscar su foto en internet, colijo que es atractivo y este un valor que fundamenta en gran medida de lo que dice; pero esto no importa y no es momento de establecer un excurso sin dirección. Simplemente: no estoy de acuerdo con su tono apocalíptico, este sí es el mejor de los mundos posibles en comparación con los anteriores, perfeccionable en gran medida, injusto, mentiroso, pero mucho mejor que los anteriores. La oportunidad hace el éxito del momento, pero es muy caduca. Han me parece viejo antes de nacer].

+ Imagen: campo de futbol. El deporte, ¿espectáculo o fármaco? En el olvido, el campo de futbol de la estepa se nos muestra como paradójico e inactual: el olvido. Ahí estoy yo y disparo.

sábado, 22 de julio de 2017

El impostor.

   
 + Un disfraz, una máscara, el embozo de una capucha. Se desliza por la noche en tu dormitorio e intercambia aliento y razones en tu sueño. Insufla su veneno. El impostor se hace con el personaje, llega a imitarte hasta el punto que deja de ser imitación y se transforma en sustancia. La ropa, la música de la voz, los gestos, el movimiento. No es un actor, es un vampiro. La seducción traspasa sus palabras, el discurso es acero o hielo, oleaje o viento, la suavidad del verde prado, la cálida arena dentro del puño.

+ La acumulación de libros dice muy poco en mi beneficio. Yo impongo razones a mis rutinas, pero éstas se rebelan en mi contra. Hoy, domingo, soy incapaz de leer. El calor, la sed, un sordo dolor de cabeza. Algo me impide concentrarme en la lectura. Los libros son testigos mudos [toda lectura es muda, necesariamente], y recuerdo el Fedro de Platón y el descrédito de la escritura, aquellas objeciones que se hacen mediante el mito. La lectura no es una actividad, aunque tenga esa apariencia útil. Sé de patológicos vagos que se han erigido en grandes lectores. Una vida dedicada a la lectura de La Montaña Mágica. ¿Siete veces, ocho veces, diez veces la ha leído? Esta entrega es enfermedad y retraso en la asunción de responsabilidades, una isla en medio de la nada. Poco hace falta: silencio, una taza de café, una luz bien dirigida. Leer es dormir, dormir el sueño de otro. Vuelve el Fedro y sus meandros. Y su apariencia de asunto serio la convierte en un veneno. Novelas, ensayos, poemas interminables. Así el día amanece para el que ha pasado toda la noche enfrascado en lecturas baldías: cementerios y humaredas, el sueño llega como una afección.

+ Cruzaba la Meseta y no podía dejar de pensar en mi condición mortal, con perpleja ironía, en el filo de lo paradójico, en la sonrisa que se acerca a la risa. Las carreteras muestran la fragilidad de nuestra existencia y no está de más detenerse en ello. El aire acondicionado era un regalo divino, la música propicia y el destino venturoso. La lectura era el tema que me llevaba a Ávila durante tres días. Tres días de charlas sobre la lectura, la cuestión académica y su taxonomía. La taxonomía es fundamental, sobre ella se erigen las teorías, se modulan hipótesis y los argumentos escriben el desarrollo circular de algunas conversaciones, conversaciones sin fin. No podría encontrar un pasatiempo más extravagante y dinámico. Qué apariencia de labor. Notas, preguntas y esquemas, dibujos o fantasías y arabescos discursivos. Mi fastuoso entender se pliega sobre sí mismo y ofrece vueltas y revueltas sobre el tema: el autor como parte integrante del texto, sin el que es imposible llegar a un sentido sólido o duradero (?). El contexto hace la lectura o es sólo en una visión formalista donde cabe el desnudo texto y su verdad más aquilatada. Ay, la verdad y sus nombres. La lluvia torrencial amenaza las variaciones, en la ciudad de la Santa, otra lectora, otra escritora, todo es según el cristal con el que se mire, [el paisaje].

+ Paisajes infinitos, la muralla y su geometría, campos, tejados, ángulos y aristas, perfiles, la más austera de las artes encuentra el idóneo acomodo en esta ciudad, tan desconocida para mí: desconocida antes de llegar, mucho más desconocida tras abandonarla en medio de la lluvias infinitas. Atravesaba sus calles y no me detenía en nada, pues encontrar un camino correcto era la tarea. Escaparates, vidrieras, campanarios o juegos infantiles en el margen de un parque. Son las nueve y media de la mañana y el calor es una amenaza cierta, pero tras él palpita la lluvia, es un presentimiento que no ha de errar. La lectura me guía en este laberinto. Desentraño las canciones que recuerdo y reposan en el reproductor que duerme en mi mochila. Hoy no pondré música. El tableo de una cigüeña me devuelve a una otra Salamanca, tan libresca como esta Ávila donde duermo, pero tan distinta en las lecturas y las expectativas mostradas. ¿Soy otro? Sin duda. ¿Soy un impostor? Algo de ello hay, como en todo lector que se precie: una transformación instantánea, pero pasajera. La impostura es parte del juego y el juego es disfraz y fiesta y apropiación.

 + Y ahora copio el soneto que Góngora le dedicó al Conde de Villamediana con motivo del Faetón de este segundo. Las razones me las guardo, pues recónditas son, y en llegando a Ávila:


En vez de las Helíades, ahora
coronan las Pïérides el Pado,
y tronco la más culta, levantado,
suda electro en los números que llora.

Plumas vestido ya las aguas mora
Apolo, en vez del pájaro nevado
que a la fatal del joven fulminado
alta rüina voz debe canora.

¿Quién, pues, verdes cortezas, blanca pluma
les dio? ¿Quién de Faetón el ardimiento,
a cuantos dora el sol, a cuantos baña

términos del océano la espuma,
dulce fía? Tu métrico instrumento,
oh Mercurio del Júpiter de España.

  
[Faetón es un emblema, sin duda. Yo lo tomo prestado, pero más como advertencia que como definición. Aquí queda y suspendo la razón de su presencia en esta entrada, pensada de camino a Ávila, en los límites de la A-6].

+ Imagen: sombras que desean manifestar un sentido y se quedan en la abstracción lábil de su geometría incierta.

sábado, 15 de julio de 2017

Duplicado



+ El regreso. Lluvia, un diluvio que avanza en línea recta, se quiebra y regresa. El coche responde bien, pero parece imposible que el limpia-parabrisas consiga apartar tantísima agua. Lluvia infinita y extraña. Las calzadas y el aire son una masa gris que se enfrenta a otra indeminada masa: la calzada y su deslabazado desenfoque. Desdibujadas formas. Adivinar y sortear a los otros vehículos se convierte en la tarea. No se debe pensar. El vacío que se encierra en la posibilidad de un accidente acrecienta la incertidumbre. ¿Estoy duplicado?, me pregunto impasible mientras me rebasa un todo terreno azulado. La lluvia remite, por poco tiempo. Regreso a la velocidad máxima [120 Km / h] y la música de los Beatles comienza a resultar odiosa [llevo horas con ella y no tengo ganas de oír más estas canciones, pero tampoco quiero cambiar]. Opto por el silencio que no es silencio sino el crepitar de la lluvia contra los cristales y las chapas. Primera morada, primera estación de este via crucis.

+ [Dos días más tarde, a salvo, en casa, tirado sobre la cama]. Reviso el blog y me encuentro con que he insertado dos veces la misma imagen. ¿Qué decir? ¿Por qué esta imagen y no otra? Unas cercas, algo de vegetación y una medianera en desnudo ladrillo. Mi imagen se eleva y me habla: eres tú y la inconsistencia que quiere ser solida y eres líquido aire. Hermoso líquido aire. Vienen desde el pasado explicaciones que no deseo escuchar, que hablan de lo que fui y no quería ser, aquel mi otro yo que se pegaba a este que emerge cada día. Encontré el vacío y un grado cero del yo. Comencé a avanzar, pero no busqué el triunfo y no encontré el triunfo. No era esa la geometría que planificada cuando viré la nave. Creo que esto es lo que magnifica la reiteración de la imagen, pero podría dudar, pero no desplazarme de este cero que es élite y que es suelo o plebe. Ahí estoy ahora.

+ Durante unos minutos me quedo a observar con detenimiento los libros que se agrupan en los estantes de la tienda de segunda mano, mejor, de la tienda de empeños. No hay un orden, no hay una intención. Junto a manuales de mecanografía se pueden encontrar las memorias de una concursante de Gran Hermano, los sonetos de Lope o de Góngora, un prontuairo de mecánica para motos BMW o una partitura de Eric Satie, guías para  un curso de Derecho Civil en la Uned, normas para la pesca en los ríos o sistemas de clasificación de piedras y conchas con el objeto de hacer una ‘bonita’ colección. ¿Tiene sentido? ¿Hay una forma de reconstruir los espacios donde hasta hace poco estos libros ocupaban una casilla, su casilla? ¿Es un orden espontáneo o  un simple desorden o un desorden simple? Nadie responde. Quién podría responder. No se han ordenado, es un archivo sin criterio o con un criterio implícito que no se dejará descubrir. Buscar los nexos de unión y su geometría penetraría en una hermenéutica inútil y fantasmal, que no conduce a ningún lugar, salvo a lo incierto de la postura, esa postura que no es ya indagación, sino literatura en sí misma. Un argumento. Desvelar las posibilidades, las junturas o costuras, el ensamblaje de unos libros con otros: yuxtapuestos y opuestos, tangentes y cortantes, similares y disímiles. Sin más criterio que la elaboración de la historia de los anteriores propietarios de esa truncada biblioteca. Ya es literatura esta suposición, pero se queda en apunte, en el reflejo que arroja el charco que se evapora. Libros, humo y ceniza.

+ La propuesta anterior duda sobre sí misma. Nada hay en su superficie espejada. Las mañanas de los sábados caen, en ocasiones, en un torbellino de desocupadas alucinaciones. Parte de un poema y se detiene, como un tren averiado, un poema que es más que forma, un poema sobre que se eleva sobre su suelo. Sin más.

+ Alguien dice conocerme y yo sé que eso no es posible, pero dejo que trate de adivinar. No soy yo al que cree reconocer. Esa confusión hace que dude. No soy yo, repito en mi interior: es extraño y agónico: ¿un reflejo, una multiplicación, un renacimiento? No soy yo el desaparecido o yo soy el que se duplicó. Me vuelve a preguntar si nos conocemos de algo y yo le digo que no, finalmente. No está convencida, no entiendo muy bien su insistencia y regreso a mi silencio.

+ Bach y poco más. Después, un silencio espeso que subraya la densidad del calor. El aire no es fuego, aunque vibre como las brasas vibran. No me gusta el calor, como tampoco le gusta el calor a algunos perros. Bach deja sus huella en el aire, la leve sentencia, el hilo que se difumina, como en el otoño las hogueras ascienden su humo, pero ahora el calor me atenaza. El silencio llega y me tranquiliza.


+ Imagen: el coche, la lluvia, la carretera.

sábado, 8 de julio de 2017

Pop de cámara [simulacros]

 

+ [Chamber Music / Chamber Pop]. La expresión halla el puente entre dos mundos disímiles: texturas, melodías y un cierto aire anticuado. Lo antiguo tiene elegancia y misterio. Joyas, perfumes, camisas para usar con gemelos. Anillos con el dibujo de una calavera y guitarras esmeradamente pulidas donde no se refleja el rostro de la esperanza: todo ha muerdo: Dios, el autor, el arte. La música de cámara o el pop de cámara me hace pensar en salones de un considerable tamaño donde se juntan ocho personas a escuchar como una novena persona toca la guitarra y canta; licores verdosos o ajenjo, gin seco, vino pajizo y casi helado; mujeres en la transparencia última de la tarde, eróticos gatos que desprecian a estos humanos ruidosos y aburridos, ¿dónde está el loro automático, el pez sirio, las violas mecánicas? La totalidad surrealista de otra tarde en compañía de las visitas y sus conversaciones banales. Pero no, hoy el pop de cámara habla de la ausencia y el paso del tiempo, que es el tema de todo arte, que desemboca en la gran apertura: por qué debemos desaparecer. A veces parece que encuentro la salida y ese espejismo es el afán del día, el día que se desvanece.

+ Escucho atentamente y no respondo; salvo el uso de los resortes fácticos, mi boca no pronuncia palabra alguna. No le gusta, pero no puede enfrentarse a este inconveniente. Oh, mi 'no tengo opinión' se equipara al «Preferiría no hacerlo» de Bartleby, el escribiente. Soy una pulida superficie negra donde se refleja su rostro, pero no es ya su rostro sino otra razón: un fantasma. Reconocer a este fantasma se revela como un sortilegio, sin dominio, sin sentido, lejano, ausente, la imagen de su propia muerte y de lo poco que es [como cualquiera, como cualquiera], pero para quien es tan importante la propia imagen la constatación resulta muy dolorosa. En esto estamos: preferiría no hacerlo.

+ Slavoj Žižek en domingo. Veo el vídeo y pienso en los temas propuestos [por ejemplo]: la necesidad de una burocracia, la robotización, el paro o el ocio perpetuo, los futuros utópicos, la resignación cínica (…) ¿El cinismo siempre es de derechas? La lectura nos lleva de una orilla a otra, sin esperanza, sin miedo. La apócrifa sentencia [o la maldición] china, dice el esloveno: que vivas tiempos interesantes. Macron, Berlusconi, otros y otros que saltan y se plantan en el centro del poder, Trump, la apariencia, la nada, pero hay una reorganización del espacio político que no deja de estar tutelada. La ruptura del bipartidismo o su regreso. Nada sucede por casualidad, con una lógica interna no programada se impone. Así, la organización posee racionalidad [en su aspecto moral], pero no un autor. El autor ha muerto, hasta en los casos más significados. Cierro por un momento el vídeo, regreso a lectura, me detengo y preparo café. En el café está el secreto, la cafeína como comunión intangible. (Mientras a Žižek lo ponemos en la cuarentena de la duda, comprendemos su entendimiento de la realidad del mensaje: el medio es el mensaje, que decía no hace tanto McLuhan ¿no?)

+ «… para acabar con el “bacilo de la venganza” que domina la gestión del destino», en Esto no es música de José Luis Pardo, en referencia a Nietzche, (p. 432). Y un poco más adelante (p. 437, nota 2): «un edificio de oficinas que se puede reutilizar como colonia de viviendas o como hotel no es un verdadero edificio de oficinas, sino únicamente una ficción de tal cosa». ¿Dónde está el puente entre las dos citas? En el simulacro, en la elaboración de ficciones para sustituir al destino. Sigo con Faetón y su calidad de emblema se impone en la textura de la mañana.

+ La vida cotidiana y la decoración: los recuerdos de viajes como muestra de lo que soy. Estoy interesado en ver cómo se acumulan los objetos en los hogares, también en mi caso particular. Una postal de Cudillero, un gato de plástico transparente y pequeño, una letra F de una imprenta, por ejemplo [mi ejemplo]. Es un marco para el individuo, esta ficción necesaria. ¿Contextos? Fetiches y ornamentos que dotan lo diario de un halo satisfactorio. Esa niebla que transforma el estado gaseoso de los viajes en la solida realidad decorativa. Caracolas, máscaras venecianas, bolígrafos, láminas, fotografías, álbumes fotográficos, fondos de pantalla, un foulard, una piedra. La identidad esquiva lo dado y trata de encontrar refugio en lo paradójico e inusual. Viajamos para sorprendernos o nos sorprendemos para viajar. Media entre el viaje y el regreso un tiempo estático, un camino que precisa balizas: el bibelot o el souvenir. Pronto en Ávila, pronto de regreso.


+ Imagen: (HH) = (Habitación de Hotel) /  Nº1.