sábado, 27 de febrero de 2016
Las aproximaciones del día
+ En la reflexión sobre la ciudad se debate en asuntos menores, detalles trenzados con los mimbres de lo pequeño, lo insignificante, lo no visible [en un primer golpe de vista]. La gente que camina, su ropa y sus zapatos; los escaparates; aquello que ha sido tirado al suelo: envoltorios, colillas, papeles; la luz, los reflejos, las sombras; la línea de sombra que proyecta un edificio sobre el pavimento. Por ejemplo: en lo que nadie repara porque no merece la pena. La composición de esa idea traspasa los límites de lo que está dado. Se podría hablar de detritus cotidiano: bolsas de plástico, logotipos sin mucho valor, el marketing espontáneo de los vendedores, los mercados callejeros o los cafés sin un proyecto previo, fruto de lo que ha llegado, esa acumulación de decoraciones y ornamentos. La cerveza es un filtro, una minúscula inspiración. Allí está todo.
+ Alguien, célebre, escribe sobre la ciudad de Porto. Se percibe con claridad que es un texto de compromiso, hurtado al reposo, requerido por la prisa, donde gobierna la escritura un desconocimiento palpable. Sin embargo, sabemos que existe una ciudad que se esconde tras tópicos y piezas trabajadas durante años: esos resortes que el escritor maneja, que se conocen bien y que aportan poco. Un truco del que se conoce su armazón resulta tedioso y ya no es truco sino ortopedia. Cafés que se han visitado y no se corresponden con la percepción de ese que escribe, calles que son otras calles y no esas, el paisanaje que difiere con indiferencia. Es muy complejo abarcar en una página la totalidad de un viaje, de una aproximación, por eso siempre es preferible entregarse a esa pequeña calderilla a la que nadie presta atención. Ahora, yo, pasearía por la Rua de Santa Caterina, luego bajaría hasta a Avenida dos Aliados y me iría hacia Boa Vista, sin prisa, quizá algún café antes de llegar a Miguel Bombarda o así. Pero yo ya he estado muchas veces, lo visto todo y no he visto nada, lo sé todo y todo ignoro, y esa es mi consciencia plena. Calles, museos, bares, ebriedad y olvido, sobriedad y presencia. El amor, la amistad, las laberínticas y herméticas posibilidades que hemos rechazado. Sin embargo, la parquetematizacion de cualquier visón afecta a aquellos que rechazan ese molde: imposible escapar.
+ El parque temático nos acecha ya en el mismo momento de entrar en el aeropuerto: esa es la taquilla, la puerta de acceso.
+ Trato de ver la ciudad, hoy, como la vio Borges. Parece un regreso a una estética y es un regreso en sí, sin duta. Nunca han abandonado esta forma de ver, simplemente se ha replegado. Emerge de un libro comprado hace más de un año. El primer poema ya es una declaración: contra lo dado: "en el lugar de mi ceniza".
+ Volando, traduzco un fragmento de Michael Sheringham: "… la indeterminación es la llave para la libertad creativa".
+ Peregrinos que transitan en sus ultramodernos atuendos por los senderos que les conducen a Compostela. Sus gafas espejadas, sus impermeables flúor intenso, las zapatillas con cámara de aire o con gel amortiguador. Caminan satisfechos y disparan sus fotos digitales sin prestar atención al paisaje. Bastones telescópicos, brújulas virtuales, la localización automática o el teléfono asistido por satélite. Yo estoy al margen, yo soy una figura en el paisaje que se puede equipar al perro que ladra o al gato que caza, indiferente. Su misión es importante y el compromiso tan íntimo que se hace llama transparente, sólida lámina de diamante rasgado: el surrealismo es la contraseña, la vida vista en el detalle es lo paradójico. Romper con lo automático es desvirtuar el aburrimiento, lo cotidiano parece revestido, entonces, de brillo y valor. Sin precio es mejor. Continua, en el siglo XXI, el peregrino su caminar hacia su entraña de soberbia y finitud.
+ Leo a Borges, una vez más, en esta tarde sin lluvia, pero con el anuncio de tormentas y chaparrones; todo se puede leer en la nubes en las nubes. La poesía es una posibilidad hermética.
+ Imagen: el cielo de Madrid hace unos meses, la fotografía parece retocada, pero no ha sido retocada, es el color que en ese momento, un día de noviembre de 2015, adquirió el cielo de Madrid. Extraño y posible, las combinaciones con un punto menos que infinitas, o quizá ni eso.
sábado, 20 de febrero de 2016
Flecos
+ [La realidad y la ficción son caras de un mismo plano. Lo afirmo. Que por capilaridad se conecta la una con la otra y crean confusión, lo sostengo]. Se observa, en la primera hora de la mañana como los coches se dirigen hacia el puente y la música que suena en el nuestro transforma la rutina del desplazamiento en una postal multicolor con tintes futurista. Es una manera de construir una herramienta contra la reiteración y la abulia. Por eso tengo una preferencia indiscutible: las listas aleatorias, o la totalidad de la música en el reproductor. Diez mil canciones pueden con todo, o eso creen.
+ La acumulación de objetos (libros, cacharros, figuritas, por ejemplo) llevan a componer un paisaje de desorden y un autorretrato muy fiel. Demasiadas cosas se oponen a la finitud que lo gobierna todo. No es bueno tener muchas posesiones, decía algún monje budista, que en otro tiempo entretenía tardes de verano y lluviosas noches invernales. Una cabaña es suficiente, el alimento escaso y las posesiones mínimas, ni siquiera esa esponja para el baño. Es llegar a una casa y comenzar un análisis de los libros, los bibelots, lo cojines y la disposición de la prensa diaria [si hay]. Todo un retrato de sus habitantes. Pero por qué no comenzar por lo propio y particular.
+ Ondas do mar de Vigo. La nunca llega a ser violenta, pero tiene sus peligros. Nada está dado.
+ La casa estaba sumida en la oscuridad, del exterior llegaban los reflejos de la ciudad, las luces crispadas de la autopista, los neone violentos. Dejé que aquella oscuridad melancólica y persistiese. Llovía débilmente y un rumor de electrodomésticos y tráfico traían el sentido último de la ciudad. Libros, retratos de familia, títulos universitarios en sus antiguos marcos. Orlas, el vademécum, ceniceros sin uso, botellines de cerveza vacíos, la lejanía y el horizonte que la ciudad ofrecía a los pisos más altos. Todo era nostalgia y ejercicio de olvido. La insistencia en los recuerdos es un vicio como otro cualquiera.
`+ [Escenario expresionista en una noche extremadamente lluviosa]. Sobre un desmonte de eleva el triángulo que forma la coronación de una fachada, el único que se puede ver desde la carretera; hay una hiriente luz en la oscura y esponjosa noche. Llueve sin ritmo. Coches que bajan la cuesta, prudentes, lentos y brillantes como el charol del que se juega lo que ya no tiene. Libros, chocolate y café. En otro tiempo tendría un pequeño tesoro de cigarrillos, papel de fumar y hachís; hoy sólo es un recuerdo con el mismo valor de un sueño entrevisto: ninguno.
+ Imagen: cómo la niebla toma el bosque.
sábado, 13 de febrero de 2016
Detritus (I)
+ Entereza. Aguantar. Al mal tiempo, buena cara. Todo es opinión. Hay cúmulos de sentencias que nos ayudan a llevar con 'entereza' la carga de lo diario, sin saber que es lo diario, sin saber que en la realidad se esconde un mundo fascinante. Más allá, de la fantasía, la realidad ofrece tantas caras que son inabarcables.
+ Ha llegado la lluvia. Lluvia y niebla. Poco a poco se desvanece el paisaje, un difuminado sistema de bateas y barcos está próximo a desaparecer definitivamente. Como un chispazo, me viene a la memoria La muerte en Venecia: la película. La niebla es engañosa, pervierte la percepción. Los coches sólo son luces rojas que se alejan, luces amarillas que se aproximan. No hay colores, no hay formas. La muerte en Venecia pertenece a un momento significativo, hoy es un recuerdo complejo, muy difíicil reconstruirlo.
+ Lo recordado siempre es una elaboración creativa e interesada, conforme a unos objetivos discursivos. La retórica, la estrategia, la táctica. "Seamos pragmáticos", parecen recitar los cuervos que se alejan hacia los altos eucaliptos.
+ Parecen recitar los cuervos el Salmo 127.2 : "De nada sirve trabajar de sol a sol /y comer un pan ganado con dolor/ cuando Dios lo da a sus amigos mientras duermen"
+ El puente se transforma, la lluvia y la niebla: le otorgan otra vida. Los barcos emprenden su camino al centro de la ría. Llueve con fuerza. Observas esas hojas esparcidas por el asfalto, su textura es una posibilidad. Sedimentos, arterias, venas calcificadas. Las observas y no hay nada que añadir.
+ Hoy no dormiré y no es una promesa, ni un divertimento.
+ Imagen: madera bajo la lluvia.
sábado, 6 de febrero de 2016
Nuevas profesiones
+ La mañana se revela en estanques, esteros y pozas. A lo lejos, bajo las nubes, se eleva el dibujo de las montañas. Son las primeras horas de luz del día, pero es un día nuboso, cálido, sin lluvia. El verde se ha apagado y asoma como una negruzca pincelada, profunda: negra el borde, verde en su centro. El puente es el trazo nervioso entre la niebla, tirantes y líneas rectas que se desvanecen. Camina un perro por el arcén, las cunetas atesoran piedras y arenas plateadas, cae una columna de agua con fuerza. Hay música más allá de la ría. Y una vez más, pienso en la soledad, en la música que arropa el sueño. Los coches son autómatas, los conductores estelas de sueño y sombra, como si una mano invisible los impulsase en esa carrera hacia los trabajos y los jornales. Es insoslayable: toda esta actividad se torna absurda si se para uno a pensar, como el que van en bicicleta y piensa en el equilibrio: se cae al suelo.
+ Dos cuervos solitarios cruzan sobrevuelan los altos eucaliptos. Pienso en Odin y regreso a mi tarea. Pienso en todos los poemas que una y otra vez leí durante los últimos meses. Alguien, en una emisora de radio, reclama una voz solida de cultura y estudio, pues es la única posibilidad para la duda. No tengo dudas, tampoco respuestas ni certezas, hay un momento de conciencia en suspenso, la tranquilidad: sólo la tarea diaria, a cada momento lo suyo, sin prestar atención al anterior o al posterior. El día se desvanece sin pesadumbres. Otro comienza.
+ El tajo es la duda y la duda es el tajo, apunto en un papel que más tarde pierdo, pero ya no olvidaré la frase: carece de sentido, su interpretación se abre y se cierra como una flor venenosa.
+ [Visiones desde noche tardía sin sueños, ni pesadillas: un poema (im)posible para una cam-girl muy joven]. La cam-girl se queja de la soledad y los mirones le susurran que es hermosa, que es muy dulce y su voz destila inteligencia. Ella tiene una mirada triste y es más triste cuando empuña el dildo multicolor, de cristal o de acero: quién sabe. Los mirones susurran sus tontas consolaciones: sólo buscan ese espacio sexual entre el alivio y la prisa. Ella gana unas monedas, unos billetes y alguien piensa en ella, alguno que la amó en secreto y sin esperanza. La cam-girl es hermosa y muy joven, pero tiene conciencia de la textura vital que la maldice, que la hunde en una tristeza motivada y visible. Los mirones no tienen sensibilidad, sólo desean ver sus pequeños pechos, sentir su calor en el frío del cristal de la pantalla. Hoy sus sueños le hablaran de cuervos y tres elementos fundamentales: el ritmo, la transformación y el amor. Todavía una chispa de alegría la espera al despertarse. Sonidos que vuelan, cuervos que advierten del peligro: no te duermas porque ahí está acechando el engaño.
+ En el Casón del Buen Retiro reza una sentencia: Todo lo que no es tradición es plagio. No lo sabía y continuo perplejo: cuántas veces pasé por allí y nunca se me ocurrió leer lo que en el frontispicio está escrito. ¿Qué aporta, qué actualiza? Una certeza lejana que nos lleva a poemas sobre la guerra y la tristeza del mes de abril: el mes más triste. Pero basta ya de acertijos. Madrid es una esperanza de alegría en el horizonte. Pintura, paseos y el amor.
+ La coloración de la ría oscila entre un azul ultra titanio y el reflejo hiriente del mediodía, una luz deslumbrante que se estrella contra el agua, con un leve matiz verde. Los cuervos retoman el camino de regreso, todavía queda una hora y media de jornada laboral. La circunferencia se cierra.
+ Imagen: libros sobre pintura, libros de grandes dimensiones y portadas coloristas; libros que son objetos y su función está en otro lugar que no es la lectura, sino la contemplación o el ornamento. Como siempre, las posiblidades están extrañamente abiertas, para sorpresa de los creadores del momento. [Sic].
sábado, 30 de enero de 2016
Elevación
+ Fotos de boda, reportajes de boda. Mientras las veo en la red, escucho a Chuck Berry. Ese todo nupcial me resulta codificado en exceso, incluso lo que intenta ser innovador, y la música de Ch. B. acentúa esa particular manera: manos que se agarran desmayadas, flores que simbolizan la pureza (?), oferentes esposas, devotos maridos. Los sacerdotes, los padres de los novios, niños e invitados. La felicidad es una explosión programada y controlada. Champagne, vino, licores dulzones. La vida fluye sin detenerse, pero queda esa constancia: las fotos son el veneno.
+ La iniciales de Chuck Berry se corresponden con las de Charles Baudelaire. Ch.B. = Ch.B. ¿Hay un mensaje oculto, una pirueta alegórica?
+ "… la buena voluntad de hoy no garantiza la buena voluntad de mañana". Recogido en ¿Qué es política? de Hannah Ardendt.
+ La tradición oculta de los marca páginas: como un tesoro se juntan sus cuerpos de papel en la intimidad de su nicho de madera. Nunca tuve la intención de hacer una colección, y no es tal, pues carece totalmente de un sistema, de una clasificación, de un orden. Podría alcanzar este orden, pero no se trata de eso, sino de la constancia de la lectura y las librerías que ya no existen. ¿Son un fetiche, en su sentido más literal? Sí, un amuleto, el horóscopo del día que nunca llegará. Hay matices innecesarios, pero son todo un mundo sin descubrir, que palpita en silencio en su reducto de madera y viento.
+ A modo de confesión, tres cosas que me interesan mucho, y no necesariamente por ese orden: las guitarras, los árboles y la tipografía. Veo los libros que he atesorado sobre las materias y tienen una especial forma de escribir una biografía. Un dibujo exacto de lo que fui y de lo que soy. Otra confesión: para mí la contemplación de los libros que se albergan en una casa son, redundantemente, un libro abierto: títulos, manera de gastarse, encuadernaciones, ediciones (…). Cuánto habla esto de la persona, sin ella desearlo. Manías clasificatorias. Listas, clasificaciones y cruces rojas. Lo intransitable y lo necesario, la razón oculta en las compras. Implícito va ese mensaje. Libros, discos, cuadros o láminas. Y, más tarde, pensaré en las posibilidades paisajistas de los dormitorios de los que me cruzo en el día a día: esa mórbida imaginación. Muere el día.
+ Otro interés: la caligrafía victoriana. Para ejercitarse a diario con el convencimiento de que nunca se alcanzará un competencia mínima, pero lo importante es la tarea, la disciplina, el horizonte de lograr una línea recta sin titubeos. Poco más.
+ Foto: la lluvia, el pavimento, la captura de una abstracción.
sábado, 23 de enero de 2016
Diletantes
+ Hemos visitado museos y galerías de arte sin un propósito claro. Por pasear, por ver gente y, tal vez, cuadros. Esa manera de ver pasar la vida: sin intervenir en ella, con una elegancia trasnochada y superflua. Grandes cuadros, prescindibles cuadros, herméticas exposiciones, aleatorias muestras. El arte es una vía de entretenimiento y observación indispensable para el flâneur. Allí se da una concentración de intereses y posturas que no se aprecia en otro lugar. El estudiante con su bloc de notas, la mujer que hace de su pasatiempo la razón del vivir, el ligón con la víctima, el hombre sabio, la niña aburrida y el colegio como rebaño del hastío y la prisa. Sentarse en una bancada y ver pasar a la gente es un placer sin par. Se abre un mundo insospechado y, al tiempo, ver el cuadro. Así he repasado obras de libro de texto: Velázquez, Turner, Van Gogh. Pero muchos, muchísimos más sin esa importancia. El análisis del contexto aporta una visión enloquecida de lo que realmente importa. Para eso están estas catas pseudo sociológicas: entretenimiento y diletantismo.
+ Lo anterior aplicado al concierto de música clásica. Así mismo, el concierto de jazz. Una lista demasiado larga y pretenciosa. Qué importa. Es muy similar a poner nota a los libros, a los discos, a las películas. Me gusta/no me gusta. Pero el vicio de las listas no admite discusión y en eso estamos. Un día se muere una estrella del pop y es mucho más interesante la hagiografía espontánea que la biografía. Contemplar y estudiar a los otros sin consecuencias. Hay, en efecto, una contradicción notable, pero es complejo esquivarla. Hoy no llueve, quién nos ha bendecido con esta tregua.
+ La realidad es muy rica. Imposible atraparla. Como el gato que, inmóvil durante horas, espera a su presa: ratón o pajarito, le da alcance, juega con él y lo olvida. La realidad cotidiana, el día a día, lo vulgar y lo rutinario tienen el poder de la sorpresa. Sólo hay que evitar las visiones automáticas. Elevarse sobre el escenario y dejar de ser uno más, para contemplar: como espectador. Lejos ya de lo dado, aparece la sorpresa, la poesía y lo magnífico. No hay realidades superiores a otras, ni inferiores: que se lo digan a los muertos. Tan extremadamente sinuosa, fértil e incomprensible.
+ La gata que pasea tranquila, la transparencia del día de enero, una brisa fría, pero no heladora. El sabor del café, la pastas escocesas con exceso de mantequilla, un requiem que nadie consigue identificar. El tiempo se ha detenido. La gata con sus patitas blancas acaricia la yerba, salta un pequeño ratón y lo caza al vuelo. La muerte se hace materia en sus garras. Esa transformación que va de la ternura de su cara mimosa a la fiera que esconde, la gran cazadora de los prados y las huertas muestra sus dientes filosos. Somos ambiguos, caras ocultas, serpientes y jilgueros, reptiles y ángeles.
+ En algún sitio se puede leer una entrevista con Michael Cain donde el actor británico dice que en su juventud bebía una botella de vodka a diario, y añade que le recomienda a un actor joven que no haga caso de los consejos que le darán los actores viejos: siempre le sentenciarán que lo deje, que es una profesión podrida. Una botella diaria de vodka y una profesión podrida. Hay algo en la yuxtaposición que me gusta, me gusta mucho y parece explicar ciertos momentos de mi vida: cosas que he hecho, cosas que he visto. Excusas para beber, el sufrimiento como el vaso de licor, "color de ginebra mala", como si difiriese ese color del color de la ginebra de calidad. Un sabor medicinal y profundo. El vodka helado, vasos helados, zumo de naranja. Suave y certero, como un caramelo. Pero Michael Cain abandonó la bebida y ya no da consejos, quizá nunca los dio. Se cierran los aposentos de la noche.
+ Imagen: atareados y anónimos, se pueden ver en los centros comerciales a última hora de la tarde; gesticulan sin alzar la voz, anotan y se miran sin esperar nada. Ha caído la noche, una vez más: recogen sus cosas y desaparecen. Cierran el centro comercial. [Algún lugar en Oporto].
sábado, 16 de enero de 2016
Para los raros
+ Hoy, en el trabajo, alguien me dijo que se había muerto David Bowie. Llovía, llovía con intensidad. Recordé unas palabras de Jarvis Cocker: "D.B. fue un paraguas para todos aquellos que se siente diferentes". Lo raro, lo extraño, lo que habita en los márgenes y más allá. Pienso en la palabra normalidad y recuerdo cómo la he oído pronunciar muchas veces, cómo me he sentido herido por ella. ¿Soy normal? No, respondo mientras la lluvia continua cayendo, el viento se estrella contra la cristalera y un cuervo se posa en un charco. Esa falta de uniformidad siempre ha sido un deseo, en Bowie se encarnó con una libertad extraña que se reflejaba en su ambición, en su calidad circense, el disfraz, el teatro, la comedia. De tanto interpretar uno pierde su humanidad. La coca lleva a la una comunión: la conexión con la divinidad del cuarto de hora. Recordé a algunos que encuerados lo imitaron allá a finales de los setenta aquí, en la provincia, una mezcla de dandismo y heroína: ya han muerto todos. Aquella aristocracia de crápulas de buena familia son hoy materia de novela nostálgica, pero Bowie es verdad.
+ David Bowie en su último vídeo transmite con exactitud la certeza de la muerte, su inminencia y la dolorosa inquietud que produce. Cuando se ve con detenimiento el vídeo se percibe que terminó su carrera y su vida brillantemente. Ese paraguas para los raros se abre, lo que a todos nos atañe: la propia vida, esa sombra a la que nos precipitamos con cada latido, con cada inspiración, al amanecer, al anochecer. Y suena un extraño coro ruso, mientras escribo, cuerdas que descienden hacia el caos de la lluvia y la resurrección de la maleza, cortada ayer, hoy se eleva sobre su límite.
+ Un lugar preferido: el Royal Crescent de Bath. En el desconocimiento de razones, el Crescent se une a la figura de David Bowie
+ Estos días, durante esta semana, camino del trabajo en el coche ha sonado David Bowie, sin descanso. Extraño viaje al universo del de Brixton. La noche, la lluvia y la profundidad de un saxo, alguna vez, no siempre. Pienso en él y en toda esa moralidad que desvela el juicio sobre sus vicios y sus consecuencias. Cada vez oigo sonar los tambores de lo moral con mayor frecuencia, y me pregunto si será la edad, el transito necesario. La cocaína, el sexo inseguro, la bisexualidad, las salidas y las entradas, lo cambiante y lo permanente. Tomo una curva, un desvío y la jornada laboral comienza. El paréntesis se abre, se cierra. El regreso se viste de la música de Bowie, una vez más: recuerdo el catalogo de la exposición del 2013 sobre D.B en el Victoria&Albert, comprado en el V&A por 5 libras: era el mejor de los catálogos de sala, que estaban allí en un montón, ese reciclaje que ofrece los fondos de la librería del museo. Recuerdo llevarlo a la cama, y estar durante media hora embobado por las fotos, por el vestuario, por la promesa que encierra. Faltaba una semana para que D.B. muriese.
+ Esparcidos en las estanterías del escaparate de la tienda de empeños se disponen relojes, plumas, cámaras de fotos, anillos y pulseras. Muchas otras cosas, cosas que no necesito: vajillas, calibradores, jarrones con dibujos de Dalí. El brillo del oro se distingue entre plomizos grises y austeros negros, profundas ilusiones y reflejos apagados. La tienda de empeños me muestra una serie de razones y se unen con la música que desaparece. Ya no suena en mi coche Bowie. Ha dado paso al silencio. Debo buscar una selección, creo que comenzaré por Debussy.
+ Imagen: abstracción. El blanco es el luto, el suelo de madera: la certeza de la vida embalsamada.
sábado, 9 de enero de 2016
El sueño y la vigilia
+ Me miré en el espejo y me pareció ver el rostro de Roland Barthes. ¿Se debe a mi corte de pelo, a cómo me he colocado la bufanda, a largas lecturas arropadas por un aliento parisino? No es preciso averiguarlo, el placer del reconocimiento reside en la sorpresa. Y el espejo devuelve una razón onírica. Los sueños se deben interpretar sin demasiadas pretensiones, como un juego, como el que lee el horóscopo y no cree en él. La líneas de la mano ofrecen mensajes móviles, en lo que la permanencia no es posible: si se sabe esto, la tranquilidad evapora la ansiosa velocidad del momento. Conferencias de poetas del 27, caligrafía victoriana, subrayadores, portaminas y artículos impresos por leer y anotar. Me miro en el espejo y me pregunto por el grado cero de la escritura. ¿Mi rostro se adapta a las lecturas que voy desgajando en lo diario? Transiciones y pausas. Apago la luz y duermo.
+ El sonido del mar, la madera de un barco que cruje, las gaviotas y sus chillidos. Sé de alguien que podía establecer la distancia a la costa por el chillido de las gaviotas. Pero no se trata de eso. Es una banda sonora continua que he descargado en mi ordenador, propicia para el sueño; la acompaña la imagen de un velero de época en un desolador océano gris claro. Suena y me adormezco con la imagen solitaria del barco. En el sueño el barco continua su singladura hacia ningún lugar. Así, el descanso, la noche, el sueño se ve como una travesía sin destino.
+ Suena un vals. Viena. Qué cine, me digo y sostengo el lápiz. Pero no es Viena, es Jean Sibelius, el Vals caballeresco, opus 46. Así, que todo retorna a un paisaje nevado e infinito. Los problemas de Sibelius con el tabaco y el alcohol, su longevidad, la sinfonía como arquitectura diamantina. Tres por cuatro, no todo es alegre, astillas de melancolía asoman en la invitación al baile. Paso la página. Cierro el libro y dejo el lápiz en el tarro que le corresponde. El sueño, otra vez, me acoge victorioso y maternal.
+ Oporto bajo la lluvia, la intensa lluvia. Qué difícil es conducir por la Autovía, qué incertidumbre, qué inseguridad ofrecen los adelantamientos. La parada en el área de servicio viene servida con la granizada intensa. El pavimento se ha cubierto de un manto blanco y resbaladizo. El café reconforta, rescata el placer de las entrañas del desplazamiento. Llueve y hay tantas cuestiones sin respuesta. El día libre, la lejanía del trabajo, una suspensión momentánea de las obligaciones. El café es un veneno suave: el nervio se tensa y la conducción se retoma con seguridad. La música adorna la conducción. Como un pasadizo, como los edificios de los sueños, el toque de irrealidad acrecienta la sensación de peligro y vacación. Se rebela el cielo oscuro contra la obra humana, parece que tuviese una conciencia que lucha contra la infamia constructiva. Un dibujo en el cielo, es un cuervo al que la lluvia no le importa.
+ Imagen(es): Tres texturas. La huella del invierno sobre los jardines del Serralves, Oporto. La tierra, las ramas, el agua sobre el mármol. Su figuración, el preciso debate entre la renovación, la muerte y la vida, horas de luz incierta. El peso ingrávido de una mano amada: su estructura y composición. Hay un inicio, un propósito para el año que comienza en las tres imágenes.
sábado, 2 de enero de 2016
Música aleatoria
+ Alguna vez he hablado de este libro. Es un tomo curioso, con un tamaño muy cómodo, un libro que me costó, creo recordar, un euro. Un precio que invita a comprar lo que sea y este libro está muy por encima: una extraña brújula que de vez en vez emerge para ubicar un mundo trenzado de alcohol, grafomanía y soledad. Total, es una biografía en imágenes de C. Bukowski. Abro el libro y comienzo a pasar la páginas, sin prisa, sin un objetivo, con una lujuriosa delectación. Fotos de sus antepasados en Alemania, sus padres en una California traspasada por el color desvaído del sepia fotográfico que la técnica y el tiempo aportan sin intención y que subliman esas vistas, esos rostros. Coches y casas, playas infinitas. El atuendo podría servir como inspiración a modistos de vanguardia, me digo sin convencimiento y suena Sibelius. La música ensalza el momento. Me imagino a mí mismo como protagonista de un cuadro, un interior muy enfocado al horror vacui: con este libro en la mano, recostado, con la pila de libros que me esperan. Esta demora tendría como marco una pintura de principios del siglo veinte: una vieja técnica renacentista sobre tabla, un dibujo escrupuloso y colores que tienden a lo oscuro sin olvidar una incierta veladura. Paso página. Un cementerio, un certificado de defunción. La vida se traduce en muy poca cosa. Bukowski apuesta en las carreras de caballos y le retratan: qué afán. El licor y las mujeres, sus oficios y el oficio de escribir. La escritura o la vida. La vida no es otra cosa que interpretar y explicar o transmitir esa explicación. Así, encargo un libro de Hannah Arendt: Política. Mi interés se amplia. Unas vacaciones en un resort: El escenario y las poses, el vínculo entre el hombre que trabaja en su libro [siempre el mismo, como cualquier escritor] y el hombre que disfruta del ocio, con la lata de cerveza en la mano, como un arma; sonríe, fuma, se mira desnudo ante un espejo y saluda. La vida, así, es poca cosa o lo es todo. Finalmente, en las últimas páginas, de da cuenta de las portadas de sus libros. Ese mosaico nos lleva al final: dibujos de R. Crumb que retrata a Bukowski en su casa de San Pedro. Es el primer día del año y la música se desliza y se impone sobre el traqueteo de la lluvia, dejo el libro de Bukowski y sueño con una próxima y fugaz visita a Porto. Las promesas no son humo, son necesidad y hay cumplirlas: conduciré sin prisa y con una selección de música aleatoria, buenas canciones.
+ Música de Luis de Freitas Branco. Consulto en la web y me entero de que descubrió en la Biblioteca Municipal de Évora la ópera de Calderón de la Barca: Celos aun del aire matan (1660). Las Metamorfosis, como tantas otras veces son inagotable fuente de inspiración. Cierro la página.
+ La voluntad conforma todo proyecto, lo impulsa, lo establece o lo desmorona. ¿Es hoy posible un elogio de la pereza? No, es el pecado prohibido, peor que cualquier otro, quizá el único que ha sobrevivido, pues otros, ahora, son virtud: el egoísmo, la avaricia, la soberbia. La presencia de la voluntad es constante en los medios de comunicación, en las entrevistas con creadores o políticos o periodistas. La voluntad es una razón moral y quién no admite su reinado está pecando gravemente contra todos sus congéneres. Se ha decantado por el filtro del turbo capitalismo y en lugar de ser un instrumento, se ha convertido en un intocable emblema: la religiosa creencia en el progreso y la velocidad rotula el dibujo de un esforzado cocinero de éxito. Ese es el emblema que me imagino yo. Oigo al cocinero de mucho éxito relatar cómo es su vida y cómo invoca a la libertad y la sumisión total a un proyecto que él llama sueño. Hay una gran cantidad de confusiones en su parlamento: las declaraciones de intenciones forman parte de un sistema de certezas que están más próximas a unas técnicas de venta que a lo íntimo de su persona: los sueños. El maratón, la cocina, el trabajo, una suerte de vanguardia sin nombre. Está en lo cierto, sin duda, y la aclamación que lo sustenta revela las directrices de un tiempo, su tiempo: banalidad, precisión, dinero. Algo hay decadente en todo ello, que se hace material en este momento de aventuras sin riesgo, de viajes embutidos en la agenda, del parque temático y la profilaxis. Es un modelo, es un ejemplo. La vida ejemplar se impone: elige: hoy ya es tarde para comenzar.
+ Al final del día me resulta imposible no hacer una comparación entre Bukowski y el cocinero. Trato de establecer una posición. Las posibilidades entre un extremo y otro son muchas, y quizá ni siquiera se trate de extremos: la obsesión: el trabajo,el éxito, el alcohol, la grafomanía. Etc. Aquí descansa la idea: toda invocación a la voluntad es moral, una norma obligatoria e inexcusable. Pero el proyecto absorbente se desea sobre el horizonte de la pereza: la pereza como garantía de la paz y la conservación del planeta. Etc.
+ Título: Ett ensamt skidspår [trad. Una pista de esquí solitaria], Jean Sibelius. Copio el título del melodrama, me parece suficiente. Una breve y melancólica pieza. La imagen es suficiente. Jean Sibelius en Radio Nacional de España, Radio Clásica, Grandes ciclos dirigido por Eva Sandoval, qué regalo. Se ha terminado el ciclo Sibelius.
+ Imagen: la suma desordenada de elementos provoca una sensación de malestar, pero se puede revertir. Siempre es preciso invertir los valores, cuando nos viene bien. Lo estético es una imposición moral, me pregunto y subo la foto: mientras suena Ett ensamt skidspår. No llueve, por el momento.
sábado, 26 de diciembre de 2015
Coleccionismo
+ El regalo del día consiste en el aroma que desprende el café recién hecho a las seis de la mañana de un sábado de diciembre. El café resulta una droga liviana, que aporta una alegría extraña y que se va introduciendo por capilaridad en el tracto de la lectura y la escritura. Son ritos, una conjura contra lo diario. Sin normas, pero con un pacto entre la alegría y la verdad que se transforma y se construye en cada despertar. Hay una clara influencia de lo leído en las últimas semanas, con intensidad: Sobre los ángeles. La forma establece el dominio de la totalidad. La música nos traslada a la Edad Media y no admitimos una oscuridad absoluta, eso es ignorar la sustancia de los tiempos: no hay absolutos. Todavía palpita la noche y esa música trae consigo paisajes, animales y figuras que se han visto en cuadros, que se han elevado sobre crónicas, romances y poemas. El café es una conexión exacta con algo que no queremos terminar de definir por miedo a que se rompa.
+ No hace demasiado pasamos junto a unos aerogeneradores. Su imponen figura en la cercanía explica nuestro momento y nos acerca a las fábulas del momento, que son un hervidero bajo lo cotidiano. Como los jardines botánicos arropados por acero inoxidable mate, como las estaciones de metro, como lo hipertecnológico en el centro de la naturaleza. Hemos llegado a la ciencia ficción y ya todo es ascender. Veo el aerogenerador y me sobrepasa. Son esos ejercicios de desautomatización. A su lado las ovejas pastan indiferentes, con ese aire medieval, de tabla flamenca o de pintura al huevo alemana. Retratos posibles, con estos elementos al fondo: los descomunales molinos, las ovejas, mi soledad en el campo.
+ [El que no llega]. Y pienso en Cambridge Circus, durante un día lluvioso, en octubre. Poco antes de llegar habíamos visitado Denmark Street, para ver guitarras eléctricas y acústicas y bajos eléctricos. Caminamos con indiferencia bajo la lluvia, sin dar importancia a nada de lo que nos rodeaba, con un aire cosmopolita y banal. Las salidas de los teatros y restaurantes iluminados levemente, una delicuescente cascada de faroles dorados. Llueve y Londres es un escenario en sí mismo y eso contribuye con nuestra actitud: el fingimiento. Esa sensación peliculera y fatal, un sueño atravesado por insinuaciones y paraguas sospechosos. Espías y dobles agentes, triples agentes. Creo encontrar en ese momento una razón poética: el inicio de un soneto para agentes secretos, cenas caras y escasas, copas de vino en las estaciones de tren del norte de la ciudad. Un viaje rápido a Oxford: la autopista, los campos, caballos, un viejo avión de época: los años veinte del siglo veinte. Ahora, mientras escribo, llueve intensamente y leo algo sobre Kim Philby, sobre Guy Burguess. Suenan canciones de soul, tamizadas por la intensidad del café que hierve en la cocina. Llueve y los golpes de las gotas contra el cristal son un ritmo ajustado al momento, sincopas que hablan del confort y los placeres minúsculos: la lectura, el café, la música. No mucho más: regreso a los espías y recuerdo como Londres me fascina. Tinker Tailor Soldier Spy. Alec Guinness. Quizá por eso en uno de los estantes reposa una matriuska, de color naranja, pero nadie conoce el significado de la matriuska: ahora lo desvelo con intencionada novelería. Etc.
+ "Se puede hacer un poema épico de la lucha que sostienen los leucocitos en el ramaje aprisionado de las venas." Federico García Lorca, 1932
+ Imagen: Londres a media tarde, en el momento en que un sueño se despierta y se emprende el camino al salón de té: té tibio y tartas de chocolate. El vuelo del espía comienza, pronto el ámbito de la cama acogerá la cosecha del día.
sábado, 19 de diciembre de 2015
Lámina de diamante, alma de diamante
+ La semana comienza con una supuesta localización en un ría gallega de la Segunda Soledad de Góngora. Resulta muy interesante conducir sin prisas junto a la ría de Vigo con esta idea en la cabeza. Se hace materia el poema y los tránsitos de las últimas semanas, de los últimos meses. Islas, piscatores, nudosas texturas, el verde profundísimo, los esteros. Ese color ocre, el viento suave de la tarde de los últimos días del otoño. Allá a lo lejos se detiene el tiempo, pero no es un asunto nuestro, ya. Sólo somos lectores, en contra tenemos el tiempo. Pero son las imágenes que se incrustan en el imaginario personal las que han de perdurar: desde ese cristal se ve la ría, su extensión, la geometría de bateas y el Puente de Rande, como resto de un tiempo que ya fue nuestro y poco a poco se olvida.
+ Una reflexión sobre la basura. Son objetos que un día tuvieron otra vida, pero ahora se amontonan en esquinas y rincones. Lugares a donde nadie mira. Casas abandonadas, cunetas, fosos. La vegetación silvestre engulle esos restos de todos los naufragios: hilos, envoltorios, llaves sin cerradura, cerraduras sin llave, la herrumbre y el gasto de las vidas, sin recompensa. La contemplación estremece, pero no es momento de detenerse. Caminar y olvidar. Quién tiene mala memoria alcanza un espejismo: la felicidad.
+ "… en el primer caso la serpiente es directamente el diablo, en el segundo es un simple vehículo del diablo…"
+ Contemplar las nubes, estudiarlas, tal vez, pastor de nubes. Es como una fuerza insondable, algo que crece tras las montañas, algo superior a ellas mismas y más antiguo. Ver esas gruesas nubes, inabarcables, trae consigo la insinuación de grandes cuadros, cuadros inteligentes y certeros. Algo más que un ornamento. Espero en una cuneta y las nubes se desplazan con rapidez, dibujan un atisbo de épica. La mitología y el recuento de versos y libros. Es tan sumamente literario. En campo abierto y los molinos de viento eléctricos diseminan el paisaje. No hay preguntas.
+ Las canciones de los Smiths no están anticuadas, pero no son ya de este tiempo. Hoy las cosas son bien distintas, se hace de noche y esas afiladas guitarras tienen un poder evocador, que me alejan de este momento. Y llueve, es una lluvia cadenciosa y rítmica. Cada anécdota es un triunfo sobre el pasado, se escuchan con atención, se ríen, ensayan y lo intentan otra vez. Son certezas que riman con la lluvia.
+ La muerte, en lo diario. Me lo cuentan, con pena. Se cayó y permaneció en el suelo durante más de veinticuatro horas, ensangrentada. ¿Cuántos años tenía? Sobrepasaba los noventa, pero no puedo determinar exactamente su edad. Vivía sola, en el interior de su madriguera, con poca luz y sin calefacción, casi no necesitaba comer, apenas dormía y su tiempo transcurría entre la ventana, la cama y una pocas compras que realizaba cada dos o tres días: un cartón de leche, pan y fruta: una manzana, un plátano, una naranja. Y la vida se iba en su sorda vibración: atenuada. Se cayó y permaneció más de un día tirada en el suelo, a nadie está dado reconstruir esa angustia. Cuando dos vecinos entraron en la casa tiritaba nerviosa. Sus piernas sin carne ensangrentadas hablaban sin palabras: la ves, un día fue una niña. La llevaron al hospital y allí murió, sus hijos no dijeron nada, la funeraria se encargó de todo. Como si no hubiese existido nunca. Una esbelta columna de humo asciende en el crematorio. Esos mundos que desaparecen con cada muerte, la vida común, el tránsito cotidiano. No volverá a la tienda, ni abrirá su buzón, tampoco estará para ver como comienza el año desde su ventana. Ni siquiera eso, las persianas están bajas.
+ Incansable, suena Sibelius.
+ Imagen: nubes.
sábado, 12 de diciembre de 2015
Escucha
+ La sensación placentera de una tarde noche de conversaciones, cerveza y pequeños y humildes manjares detiene el tiempo. Es un instante de luz y verdad. La verdad construida y necesaria, en nuestro propio interés. Son momentos cargados de poesía y oportunidad. El viento es suave y el otoño no es otoño, sino una prolongación del verano. Las calles transmiten alegría y deseo de vivir, no es la Navidad, hay algo diferente en esa noche de sábado. La palabra vibra en el ambiente, pero se resiste a ser capturada.
+ Una burbuja de poesía barroca y música de ese momento. Un laúd que suena, una tirada de octavas reales que se leen sin prisa. Y fuera llueve, suavemente llega el sonido del golpeteo sobre una tejadillo. No se detiene el tiempo, pero la sensación es esa
+ Historia de la fotografía. Abro el libro y dejo que fluya su vida en mis manos. Así llego a esos extraños paisajes en sepia. Pyramid, se titula uno: unas rocas en el Lago Pirámide de Nevada, en 1868; montañas de Uintah, en Utah, 1869. Me quedo un largo rato estudiando las fotos. El color y la presencia que ese estatismo me otorga en la tarde del miércoles festivo. La música de Bach abre un camino que hace que la irrealidad del momento se acreciente. Una burbuja, un puente entre una sensibilidad y la mía. Aquí estoy ante el grueso tomo que se abre en las páginas 198 y 199, ese aspecto de metal gastado en el uso en el taller o en el trabajo diario que añade brillo y restos de grasas y costurones: así se me asemeja. Pero no. El referente es otro. Días luminosos en paisajes que serían una plenitud de azules y verdes intensos, pero eso no se corresponde con la representación. Dudo que en la intención del fotógrafo estuviese la idea que hoy transmiten las fotos: un paisaje desolado y profundo, en el que la ausencia de figuras y animales nos hace participar de una inquietante realidad del tiempo: todo pasa y nada permanece. Ese agrio paisaje lunar es nuestro hábitat: la recuperación de la memoria, que se sumerge, otra vez, en la estantería. [Antes de regresar a la estantería, el tomo me regala la estampa de una japonesa que muestra sus pechos: colores desvaídos sobre el mismo sepia, la certeza de que ya no vive y en la foto es una adolescente, y no cabe otra respuesta: las fotos en su hieratismo son finitud]
+ Ejercicios diarios para no perder el punto de vista, la posición privilegiada: no olvides que eres mortal, subrayan.
+ Y escucho a Sibelius, al tiempo: hay una suerte de otoño teñido de días luminosos, nieblas en las primeras horas y estrellas en la últimas horas de la noche. Escucho a Sibelius y recuerdo su afirmación de cómo llegan las primeras nieves. Hace frío a primera hora y la niebla asciende desde los arroyos. Es una imagen fantasmal que de alguna manera ha de pervivir durante el resto del día: los luminosos y extraños días de diciembre. Una grulla sobrevuela la ría y pienso en que alguien dijo que las Soledades de Góngora se podrían localizar en las Rías Bajas. Estudio la bajamar y trato de establecer un paralelismo. No hace falta. Parece que la ascensión de Sibelius habla de la muerte, de la proximidad de la muerte. Se dibuja el vuelo de un cuervo, un gato traspasa un muro vegetal, las ovejas pastan medievalmente. El viernes está esmaltado de fuego y alegría. Profundos acordes de piano nos recuerdan quiénes somos, tal vez.
+ Imagen. Durante un paseo por Madrid, a última hora, el estudio de tatuajes. A través de un escaparate se ve la escena y tiene algo de interior holandés, de laboriosidad burguesa anclada en inicio de la modernidad. El camino continua y el trabajo no se detiene. Los días son hermosos en su sucesión acorde con sus ritmos.
sábado, 5 de diciembre de 2015
Banquetes
+ El gusto por lo paradójico se manifiesta con mucha frecuencia, más de lo deseable. Por ejemplo, en las conversaciones de sobremesa, en los previos a la comida. Hablar del perro que caza salmones, del candidato y su guitarra eléctrica, las capacidades ornamentales de aquél que ya no está, de sus hermosas y descarriadas hijas. El ejemplo, la sentencia, la conseja. Así, la conversación deriva hacia lo íntimo, donde la paradoja también tiene cabida. Ese salto entre lo que se espera y el deseo se hace carne mortal en esas apreciaciones que el vino y el licor impulsan. Observar su desarrollo, el ámbito de expresión y la consecución es un entretenimiento empalagoso. Llegado un momento, todo es sabido. Los chistes, las risas, los gestos. Se han visto en demasiadas ocasiones y no reflejan más que una arista iluminada: vidas que consisten en digestiones y trabajo, trabajo y sueño, el tránsito de los días y las noches. Émulo del tiempo, la mirada se disuelve. No volveré más, me digo y la tarde es transparente en su camino hacia la noche, hacia su oscuridad y su certeza.
+ El dialogo y el banquete van de la mano. La mesa bien puesta, los platos bien cocinados y el vino abren los sentidos e iluminan el ingenio. Pero también la maldad, la maldad que crece contra los ausentes. Al que llaman espantapájaros, el otro que es un borracho o jugador, que dilapida el pan de sus hijos, y el de las deudas y el del sexo rápido y el que vaguea y que el paga sin preguntar. Total, conforme avanza la comida se aprecia como los muros se derrumban. El que no bebe resulta inquietante, como todos los abstemios. En ausencia de alcohol, cuando los otros beben, se llega al centro de las personas, que hasta ellos desconocen: cuando la maledicencia los desnuda y les traiciona, sin percibirlo siquiera.
+ [1 Corintios 1:28, Biblia de Jerusalem]: "Lo plebeyo y despreciable del mundo ha escogido Dios; lo que no es, para reducir a la nada lo que es".
+ [Las vestimentas, el vestuario del héroe]. El cambio de aspecto contiene subterráneas razones, también la persistencia en un estilo alcanzado: años atrás, quizá en la adolescencia. Qué es lo que se puede esperar, qué es lo conveniente: agitaciones sinuosas y fluidas. Detalles en el atuendo, fosilizaciones de antiguos gestos, su renovación, el rubro y la sentencia que se materializa en lo diario. Ayer parecía aniñado, en el viento que desorienta, pero una ráfaga lo transforma todo: un hombre, con su madurez y su peso, delgado y afilado, sin sonrisa ya. Vierte el tiempo su sentencia y ésta es peligro y certeza.
+ Imagen. El autobús trata de salir de Bath, con destino Londres. Desde esa altura se ven las luces de las casas: se traspasa la intimidad: el salón, la habitación, el momento de la lectura, la charla, el televisor en soledad. Un semáforo detiene el autobús y se ofrece el hervidero de un restaurante, en un primer piso, a la altura de los asientos de los pasajeros. Qué realidades engastadas en el espacio que las comprime, disímiles y simultáneas. Así es el observador y el observado.
sábado, 28 de noviembre de 2015
Señales
+ Caligrafía. A veces me gusta observar la letra de otras personas, sin intención de llegar a ningún punto, sin el objetivo de desvelar su personalidad o el estado de ánimo que les condujo hasta esos trazos, esos quiebros, la ruptura o el continuismo. Luego, me fijo en la mía y en su evolución. La letra es algo tan personal como lo son las huellas dactilares, en donde se reúnen estados de ánimo y avances de una intención. La caligrafía es la sublimación de un estilo, la transformación del gesto en una suerte de arte menor, pero con su gran importancia. Plumas, papeles, tintas. La tinta rojo o la tinta verde, el trazo seguro y la curva de un gesto. Decían los calígrafos chinos que todo surge del interior y que la mano sólo es el último punto antes de llegar a su destino: el ideograma recorre el cuerpo y se hace materia en el último momento; mientras, es un espíritu, un fantasma que vuela a través de las entretelas misteriosas del que escribe. Cuánta ignorancia se atesora en el que desprecia la letra, el oficio manual del escribiente y prefiere un teclado en su geometría y exactitud.
+ Con cuánta frecuencia mi letra no se entiende, con cuánta frecuencia.
+ Dibujo. Unas limpias líneas que duermen tras el cristal, brilla el cristal por la luz que incide sobre él con una violencia leve, pero constante. Líneas que tallan una mano y esa mano es la vida que resiste tras el tránsito del tiempo. Ya no está aquél que dibujó con maestría esa suerte de metáfora de la totalidad: la mano como herramienta, que junto al lenguaje forma y conforma lo humano, lo verdaderamente humano: la herramienta y la comunicación. Sí, es redundante dibujar una mano: pues es un gesto que se hace así mismo, como el ouroboros que nos posee: aunque lo ignoremos. Ese círculo que se cierra y habla de sí: el inicio es el principio, el principio es el inicio. Salgo de la sala y contemplo mi mano bajo las cuchillas de luz que traspasan los ventanales y caen sobre mí, sobre el enlosado de fría piedra gris. Ahí está todo: para el amor, para el asesinato. "¿Por qué es el mismo el giro del brazo cuando siembra que cuando siega, el del amor que el del asesinato?", escribía Claudio Rodríguez. Eran otros tiempo, pero algo permanece y lo hemos visto en el dibujo de la mano, que es mi mano y no es mi mano.
+ Como un koan: es mi mano y no es mi mano, cuando la luz cae sobre ella y la dibujo, sin prisa.
+ Fotografías. Otro tiempo, otra edad. Fotos en blanco y negro. Rescato del álbum familiar una en concreto, se ve a nuestros padres cuando eran jóvenes, en una fiesta en la que se finge una boda: una fiesta de disfraces. Son muy jóvenes y se ríen ante la cámara. Ay, esa entrega de la certeza: mi madre ya no está y eso es un punto de dolor constante y sordo, como un zumbido. La foto establece una frontera, una barra infranqueable. ¿Dónde está aquel momento, dónde se ha ido aquella felicidad? ¿Es posible rescatarla? Esas preguntas flotan sin descanso, ahora y siempre. Mejor sería no plantear estos y otros imponderables. ¿Se trata de acallar las voces del homúnculo que nos habita, que quiere recordarnos quién somos, qué no somos? Hoy ha comenzado a hacer frío y vuelvo a ver la foto, yo ya soy mucho más mayor que ellos en ese momento: veinte, veinticinco años. Tengo edad suficiente para ser el padre de unos jóvenes como ellos: en la foto, en el vértigo del tiempo. No sé, aquí se ve próximo el fin del otoño y la entrada del invierno. Luego, por teléfono, hablo con mi hermano de exposiciones de fotos, de la Barcelona de los años cincuenta, de gitanos y hogueras, de un flamenco esmaltado y verdadero. Pero las fotos están ahí, como recuerdo de nuestra caducidad, el tiempo limitado y feliz que se derrama en cada inspiración, expiración. Cierro los ojos y vuelve a mí aquella fiesta de disfraces en la que mis padres fueron tan felices.
+ Imagen: última foto que tomo cuando me voy de Madrid a principios de noviembre. El pasillo del metro, deshabitado, gris, vibrante. Soy yo o es el viento que llega de la meseta, no hay nadie más allá de las luces, me digo y me encamino hacia el andén, donde el convoy me llevará al aeropuerto. Una vez más.
sábado, 21 de noviembre de 2015
Huesos mortales, alma inmortal
+ Hay algo inesperado en los museos, siempre. Es una sorpresa que aguarda y que se relaciona con el estado de ánimo del visitante. Es imposible la duplicidad, un día la visita se compone de aburrimiento o tedio, días después se descubre, una vez más, el deslumbrante misterio de la pintura. La pintura: reina sobre la abulia del día y transforma el vacío en luminosa certeza. Así buscaba yo en el Prado La caída de Faetón. Como una chispa que salta en el bando de trabajo del metalúrgico, me di cuenta de que no era posible, que es un cuadro que no está expuesto. Sin embargo, el azar me llevó, otra vez, hacia La Condesa de Vilches: su carnalidad, su acuosa y penetrante mirada: el cielo de sus ojos. Lo admito, tengo enmarcada una pequeña reproducción del cuadro, que cuelga en mi cápsula de lectura, desde donde esto escribo; a veces abandono la lectura y me centro en el cuadro: un momento, un instante. En fin, qué gozoso encuentro: un emblema y un amuleto. Lo recuerdo, la calles de Madrid me había sobrepasado, un cansancio delicuescente y antiguo me lleva al fondo de mi mismidad: donde los posos son oscuros y satinados se agitan, pero ella, Amalia, la condesa, me rescató, me liberó del hombre de luto. Ese ámbito francés, la lejanía en lo oscuro, la luz, esa posición del cuerpo, la línea de las manos, qué cercanía, qué enamoramientos. La luz que se desliza por la piel desplaza la tristeza, la curva del retorno. Una medicina.
+ Rescato de la estantería Los huesos del poeta, de Pedro Flores.
+ Los barrios del extrarradio. Los veo desde el avión, sé que por alguno he paseado: hace tiempo, unos años atrás. Llegar en autobús o en un metro lejano y transparente, a la luz del paisaje, lejos de los túneles y las estaciones oscuras. Edificios repetidos hasta la nausea, sus torres clonadas, el vacío de los parques humildes y pelados, otras veces no: parques altivos y con árboles enhiestos y arqueológicos. Las calles peinadas por el trabajo diario y la obligación regular de los hijos y los matrimonios que perviven más allá de la jubilación. Pasear aquellas calles, beber el coñac honrado de las horas vespertinas, fumar tabaco rubio y ver cómo los mercadillos se extendían hasta los inicios del campo. Eran otros tiempos, otros afanes. La poesía se transforma en poética, en tesis y explicación. Hay una pérdida en todo ello y eso está bien, el cambio es único significado posible que se puede entrever desde el avión. El cambio es la única respuesta posible. Se extienden esos barrios y son nuevas edificaciones, nuevos matrimonios, renovados afanes. Siempre lo mismo: cambio.
+ Petrarca y su desenterramiento. ¿Es ese el tema, los ladrones de cadáveres sublimes? Petrarca, por ejemplo, Cervantes como complemento de esa cacería de turismo y oportunidad: como dicen los cursis: poner en valor. La muerte del escritor, del músico, del pintor. Las exequias y el cadáver: inflado polvo gris, dador de dineros y escultor de progresos y turísticos faros. Estamos ante el parque temático total, que necesita de nuevas atracciones que hagan de cebo para los turistas: esa industria. El barrio de las letras, los viejos y los jóvenes creen verse reflejados en esas biografías, con el testimonio del ataúd, de la cripta, las monjas que custodian al muerto celebre. Pero no, el libro es una larga reflexión sobre el amor no correspondido, sobre el amor, su sentencia. Esa distancia que establece la figura de Laura. La vemos en la iglesia, vemos al poeta, nos vemos a nosotros: como lectores de ese juego de espejos. Pero esto parece no interesar, se trata de hablar de cajas registradoras y de recuerdos de plástico malo, de fotos junto a la tumba y de cafés con el nombre del poeta a tres euros cincuenta. No es el mal, es la banalidad.
+ Baraka: la suerte, la racha, quizá el carisma en un sentido de triunfo y comunión con los otros: casi como una capacidad para enamorar. No creo que esta defición sea todo lo precisa que deba, pero a mí me vale. Baraka es una palabra que proviene del árabe y es muy del gusto de los jugadores de poker. Tener baraka es que todas las cartas vengan con su particular bendición: el triunfo sobre las otras manos. Así hay políticos con baraka o actores o empresarios: cualquier puede estar ahí. ¿Cualquiera? Es algo que he aprendido en el casino de la vida cotidiana: se tiene o no se tiene y oponerse o intentar forzar la situación sólo produce perjuicios. Por qué éste y no aquél, no es algo de lo que ocuparse. Es complejo cuantificarlo, determinar la cantidad de trabajo o éxito que compone ese triunfo, pero está ahí y se puede ver, cómo llega, cómo cuaja. Así se aproximan las elecciones, en clima que reina más la oportunidad que la capacidad. Mientras, se dan las cartas: una vez más. Baraka 2015, sería el título de la película
+ Imagen: a la entrada del museo: con una contenida emoción, con una contenida impaciencia: ¿seremos más cultos a la salida? Ahí está la lista de los más grandes. Qué unión, qué certezas.
sábado, 14 de noviembre de 2015
Emblemas
+ El avión aterriza en Madrid sin incidencias. Un martes cualquiera de un noviembre cualquiera y el aeropuerto es una pausa en la vida, como si nos hubiesen desconectado, convertidos en mercancía. La estabulación es precisa y nuestro caminar fluye: entrar, salir, la cinta mecánica, entrar y salir, la escalera mecánica, los controles, los puestos de comida y de objetos de lujo, un recorrido que es resultado de muchos saberes y extensas experiencias. Entrar y salir de pasillos y recibidores grandísimos y muy luminosos, tan cegadores a veces. Todo se nos escapa y nuestra visión se condiciona, intencionadamente, por los siglos XVI y XVII. La poesía es de gran ayuda o, se puede decir, un manual para encarar el desasosiego que aporta el viaje en el low-cost: henchido de vanidades y asperezas. Espejos y trucos. Nunca tiene demasiada importancia. Madrid es el destino.
+ Los poetas malditos. Camino por los pasillos que comunican los andenes de las estaciones de metro con otras estaciones. Lo que carece de personalidad nos sitúa ante la nuestra: el vacío. Los rostros son un espectáculo en sí mismo y nuestro rostro es uno más entre mil, en su sucesión, en el efecto yuxtapuesto que resulta de su contemplación. Sin demasiada esperanza me dirijo a la biblioteca central. He de encontrar unos libros y proceder a entresacar información y datos. Son labores subalternas que me resultan muy agradables: el viaje, la localización del edificio y la petición de los libros. En la soledad, en la penumbra que ofrece la biblioteca me paro a pensar en si es el estilo de vida deseado el que marca una vocación. El ejemplo más claro es el de los poetas malditos, que navegan entre lo excelso y el hambre. Esa distinción, esa libertad que tiene un precio alto y extraño. El precio, el coste y el beneficio. Alguien decía que la vida es un negocio que no cubre las pérdidas. La biblioteca, los lectores, el bibliotecario, libros, luz tamizada. En la biblioteca central el tiempo se ha detenido y carecen de importancia las preguntas que hace un momentos nos llenaban de un ácido desasosiego. ¿Una esquirla de luz y paz?
+ "Que necio era yo antaño /aunque hogaño soy un bobo", decía el romance de Góngora. Hay enfermedades que no se curan, cómo lo sabemos.
+ El bar de los emblematistas. Resultaba interesante escuchar cómo se expresaban aquellos tres hombres. Uno decía "es usted muy inteligente" y el otro replicaba "sólo es cultura general". Su conversación trataba de la belleza. Mujeres bellas, hombres bellos, bellas melodías de hermosísimos conciertos en el Auditorio Nacional. Mencionaron a Malher y se conmovieron. Qué inteligente. Sólo es cultura general. Vestían ropa vieja y remendada, bebían de pequeños vasos de cerveza y masticaban las patatas fritas como si de un manjar se tratase: y tal vez sí era un manjar, ya que la posición del gourmand es la que determina la calidad de la delicatessen . El bar era un bar asturiano en el centro de Madrid, una isla en un mar de gastronomía y pijerío tras el trabajo semanal: esos bares de la distancia y el saber sin fundamento, con sus decoraciones y la acumulación sintáctica de adjetivos y sustantivos elevados y contradictorios. Pero no. Se atesoraban allí lecciones que no se pueden llevar al papel porque giraban en una comunión perfecta de voces e imágenes. La belleza de Audrey Hepburn, su estilo, la elegancia hecha mujer. Y pregunta uno, sin venir a cuento, cuántas cuerdas tenía la guitarra de Narciso Yepes. Otro responde que ocho y que le dio clases particulares de dibujo técnico a uno de sus hijos. Qué inteligente es usted. Culto, te ha dicho que culto, no inteligente. Todos ríen con ganas, sin imposturas. ¿Cuál es la diferencia? La noche de noviembre era inverosímilmente cálida, la cerveza helada recogía todas esas verdades y otras: el fracaso, el emblema del fracaso, pero con una alegría de vivir muy doméstica, muy castiza, traspasada de serenidad y asunción.
+ El metro. Hablan sobre sus proyectos de futuro y son jóvenes, muy jóvenes. Un máster, una boda, el trabajo y las posibilidades que se les ofrecen. "Pagaremos por trabajar y así tener experiencia para poder trabajar y cobrar un sueldo de mierda", se rieron. "Yo lo tengo claro, voy a hacer el máster de bioquímica, que me abrirá las puertas de la investigación". "Te pedirán un ocho, como mínimo". Trato de argumentar que podría entrar "ya que...", pero el otro negó con seguridad: sabía de lo que hablaba y esto le otorgaba autoridad. No puedo olvidar cómo su cara se ensombreció, poco antes de llegar a la estación de Moncloa. Todavía era joven, muy joven. Tercero o cuarto de carrera. Conozco estas desilusiones y el tiempo me ha enseñado que no merece la pena sumergirse en ese estanque de aguas putrefactas. Bajó la cabeza y no volvió a hablar.
+ Un hombre de luto habita en mi interior. Me examina y me explica cuáles son mis irreparables culpas. Es exhaustivo y certero. Desgrana el pasado sin piedad. A veces crece, otras mengua. Es alto y afilado, tiene un espeso bigote negro y un sombrero siniestro. Le escucho y hablo con él: qué error. Parece que lo hubiese dibujado con trazos nerviosos un hábil ilustrador de periódico, de chistes paradójicos y tristes. El hombre de negro no permite el descanso. Pero, cuando subo al coche, cuando enciendo la radio, suena Bach y puedo observar como ese hombre de traje oscuro de raya diplomática, se desvanece, se difumina, se hunde en su propia hiel. El viernes es luminoso.
+ Imagen: las sombras, la luz, el atardecer y esa geometría que no promete nada ni nada significa. La reparación de lo vivido, se podría poner allí: pero sería inexacto y las líneas hablan de lo contrario: lo exacto. Lo certero.
sábado, 7 de noviembre de 2015
Permanencia
+ Qué fatiga: autobuses, trenes, estaciones, aeropuertos, aviones. Gente con su aislamiento en manera de teléfono y auriculares, barritas de chocolate, gominolas, café cargado, o un bollo con regusto a mantequilla rancia y un poco de mermelada de fresa o melocotón. El agua fría y reparadora de la fuente de acero espejado que se encuentra en un pasillo, un pasillo sin identidad ni pretensiones. El desplazamiento. El metro, las paradas y los rostros cansados ajenos a los días de ocio y aventura urbana que nos regalamos: el senderismo de las aceras y las avenidas, el tránsito de la conversaciones y el cansancio honesto al final de la jornada ante un televisor al que se le ha quitado la voz. La fatiga del viaje la compensa la compañía y la amistad. Una vez oí una compañera de oficina decir que el hecho de entrar en el aeropuerto levanta su ánimo: ese era el comienzo del viaje y lo múltiple y modernísimo del recinto la trasladaba a algo similar a una película, donde ella, por supuesto, era la protagonista. No lo asumía en aquel momento, ahora lo aparto y sé que era más un deseo que el poso filtrado de sus experiencias. Es un tránsito lleno de perplejidades que van desde quitarse el cinturón y las botas a sufrir las incomodidades de la presión artificial de la cabina, los precios elevados de los puestos de comida y bebida de las terminales o los sillones incomodos y escasos que se disponen en hilera: emblema de la espera. Pero la fatiga tiene su recompensa, que es la que nos impulsa: bien el amor, bien la amistad.
+ Días de Madrid, días para la amistad. Días de Lisboa, días para el amor. Londres, el olvido o el recuerdo: por actualizar.
+ Extrañamientos. ¿Por qué las ovejas trasladan mis divagaciones al ámbito de lo medieval? Sí, sin duda es un extraño proceso. Las veo en una loma, en un prado, casi estáticas, bajo un sol dorado y suave de otoño, su pelaje que destaca contra el verde intenso, su forma, su queda mirada: entre la estupidez y la resignación. Nada les importa, pero ahí está lo medieval: me digo y es una intución pictórica, un pictorialismo centrado y verdadero. Ahí es donde reside la representación de la vida pastoril, del bucle del cuadro, la reiteración y el subrayado: son manías que uno atesora y, al tiempo, se acrecientan sin saber cómo. Y, en ese momento, recuerdo cuadros vistos de los que no rescato ni el nombre ni el autor, sólo las ovejas en un extremo, en un pequeño recuadro que forma una ventana al paisaje. El pastor y su rebaño. Allí están. ¿Lo medieval? La vida diaria se construye así, sin pausas y con un poco de alegría o imaginación, en el corolario y en el conjuro contra la muerte.
+ Hay una definición de lo qué es arte que se resume en la tautología: arte es todo aquello que se cuelga en las paredes del museo. Sí, tal vez sí o tal vez no, pero sólo es un enlace, una conexión con una idea que se vierte desde algún texto más o menos técnico sobre una cierta visión de la realidad en el Siglo de Oro: en este preciso momento. La vida como museo. Y ese museo, ámbito, en principio, permanente, está atravesado de una innegable sensación de transitoriedad. Nos gusta lo paradójico. Cuando uno se asoma a lo de hoy aparece ya no está.
+ El bosque es un lugar en el que pensar, un lugar que sirve de refugio en el momento que la desconexión con lo ordinario es algo más que necesaria. Sendas que se adentran en la espesura, la luz que desciende entre las hojas, la desnudez de las ramas en invierno, los árboles de hoja caduca, de hoja perenne. Todo ello y muchas otras cosas conforman unidades estables, que dan una pista por donde comenzar cuando de mantenerse al margen se trata: no pensar porque esto es una pérdida de tiempo. El tiempo supone un lastre, el mero nombrarlo es ya un lastre.
+ Imagen: callejón en Oporto. La presencia de la valla publicitaria establece una frontera con la realidad, pero cabe preguntarse qué realidad, porque ni es ésta única ni permanente.
sábado, 31 de octubre de 2015
Descanso
+ Abro el juego de cartas [Oblique Strategies] que propone Brian Eno para facilitar la elaboración de un disco cuando se está en la sala de grabación o en la postproducción de la obra. Barajo y me sale, fruto del azar que facilita ese barajar propio de la baraja, una sentencia, una pregunta sin plantear, un mandato: Be less critical more often. Ser menos crítico con mayor frecuencia, traduzco automáticamente. Una cierta evaporación, una levedad esencial, el trazo aéreo de la estela de un avión que se contempla desde la tierra con indiferencia, con la ignorancia absoluta de los que viajan en el avión. No tiene demasiada importancia, hay procesos de restauración lentos, pero seguros: la culpa no añade nada. Sin intención crítica, sin descensos, sin ascensos. El justo medio.
+ La ternura del monstruo. La criatura del Dr. Frankenstein nos sorprende, le vemos caminar, confundir a la niña con una flor y arrojarla al lago: ignorante de la brutalidad que acaba de cometer. La muerte lo acosa, pero el camina y parece no pensar, su camino ha sido trazado y no puede oponerse al proyecto. Su rostro, el rostro que nos hemos formado en la lectura, ahí está y ya forma parte de nosotros, somos indisociables, una unión de márgenes y fronteras: todos somos monstruosos, lo sé y lo admito y me ayuda. Ahora veo en una estantería a mi querido Herman Monster y le doy las gracias por hacerme reír y por ayudarme a tomarme menos en serio. Debes ser menos crítico, como recomienda Brian Eno, como susurra Herman.
+ Por razones que no vienen al caso, durante toda la mañana he estado contemplando la ría. Los undosos movimientos de la sedosa lámina de agua: primero suaves, luego agitados. Su observación aporta la certeza de lo minúscula que es la vida de un solo hombre, pero al mismo tiempo de la totalidad: qué ajenas son las mareas a los desvelos de los mariscadores, agricultores del mar, nada les importan sus vidas, sus desvelos, el frío y la humedad en sus cuerpos. Pero, ya de vuelta, sonó en mi selección aleatoria Anabel Lee en versión de Radio Futura musicada del poema, que realizó en el siglo pasado Santiago Auserón. La ilustración es precisa y me lleva a fantasías que anidaron en mi infancia sin consecuencias, salvo una cierta mirada romántica sobre la realidad, que ilumina sombras y oscurece luces. Lo sé y lo repito con frecuencia: como hijos del romanticismo, que no ha sido rebasado, ni siquiera en este momento de electrónicas y comunicaciones instantáneas. Sí: el amor, la fuerza de la pesadumbre, la amistad, el arrebatado impulso del arte, la certeza de una vida en dentro de nuestra vida: como cine, como novelas.
+ Más tarde, en un desliz, virtud de la casualidad, me encuentro con que existe la posibilidad de que la Segunda Soledad de Góngora esté localizada en la ría de Pontevedra. Me centro y trato de establecer un contexto que se aproxime al momento de la Ría de Pontevedra en el Siglo de Oro. Creo que sí hay una conexión: el cielo y el recorte de los montes, el agua que undosa aletea y hace cabriolas blancas de yeso y ceniza. No sé, quizá no se ajuste a nada esa propuesta que sitúa a Góngora en Galicia, pero es válida para elevar la circunstancia ordinaria del día. Llueve y la lluvia es eterna.
+ Una cita, un fragmento de un poema de Andrés Sánchez Robayna: "Madera de una silla rota,/ tirada, sin abrigo./ Fue fatiga y reposo, fue convivir pacífico." La verdad honrada de los muebles, su estampa, el hacerse a los cuerpos como los zapatos se hacen al pie. Y como un perro viejo, con crueldad se abandonan en los vertederos, se olvidan en las cunetas, en los sobrantes de las carreteras, cuando lo suyo, lo ideal, sería que se transformasen en leña y el fuego les diese una nueva y breve vida: plena de aristocracia y certeza. Sillas que un día fuisteis reposo y hoy sois basura. El viento del Sur, una vez más, trae lluvia y un calor espeso y sobrenatural [en clara exageración, se acerca el día de Difuntos].
+ Imagen: un hombre pinta los ornamentos que se superponen a las hojas de una puerta. Allí en lo alto de la escalera. Y un verso resuena, sin ser citado: "Descansa, al fin publicando sus penas; yo solo, mudo amante,/ los hierros callaré de mis cadenas". Sí, se trata de Las firmezas de Isabela de Góngora, ¿la relación con la escalera, con el pintor, con la puerta? Por determinar, pero en la senda del "mudo amante" y sus cadenas y la escalera como universo simbólico pleno y autónomo: o no.
sábado, 24 de octubre de 2015
Transiciones, permanencia e intución
+ La carrera. El domingo por la mañana acompaño a mi hermano a una carrera, una media maratón. El color del cielo es el gris que trae la lluvia y la niebla, un plomo viejo y pesado. Este plomo tan otoñal hace que los atuendos de los corredores destaquen con fuerza: amarillos, azules electrizantes, naranjas, verdes explosivos. Zapatillas de ciencia ficción en el presente inmortal. La entrega es clara y certera. Más de mil participantes. Sus verdades y mi enmascaramiento tras la pantalla que traza la música del Mp3. Observo y no sé si soy observado, pero me dispongo a estudiar la carrera, sus liturgias y sus ritos, la función social y el acervo que se atesora en estas gestualidades. Un sociólogo de fin de semana, el envés del filólogo que finjo ser: un pensador de ocasión. Nada. No es una cuestión de respuestas, ni siquiera de plantear preguntas, observar sin motivo y lanzar una mirada hacia el fondo del asunto, obviarlo y dejarse mecer por una tristeza dulce y falsa, sin esperar mucho. Que el tiempo se deslice y nuestra indiferencia lo enaltezca . Y así es. Me sorprende ver a conocidos lanzarse con el rostro desencajado al final de la prueba. Una velocidad, un estilo, una razón de ser. Pienso en los que tienen hijos, en sus ilusiones y en el paso de los días, en la razón del trabajo y la reproducción. Pero, lo dicho, no encuentro nada. De regreso hablamos de la mujer de uno que falleció hace unos días, decía ella que le gustaría creer, en ese momento, pero pronto rectificaba y se entregaba a la tarea de asimilar la ausencia de su marido y la crianza de los dos hijos. Creer, ahí es donde todo se resume: la carrera, los hijos, el trabajo, el placer de ver sin ser visto. El placer y el dolor van unidos y en la carrera se percibe con claridad, la muerte es la prueba final. Todos ellos morirán, del primero al último, pero no es momento de pensar en ello, nadie ni nada se puede detener.
+ [El cambio es el motor. El motor es el cambio. No hacer nada. La inactividad]. He leído algo sobre una intervención artística: una falsa becaria, Pilvi Takala, artista finlandesa, 1981, es admitida en una empresa de auditorias. Pilvi lleva a cabo su proyecto: a la manera del escribiente Bartleby permanece en las oficinas sin hacer nada: en un rincón, en el ascensor, en un archivo. Casi nadie en la empresa sabe cuál es su propósito. ¿El resultado? Un inquietante malestar y nerviosismo entre sus supuestos compañeros de trabajo. La inactividad no se puede tolerar, ese espacio que se abre abismalmente, en el gozne del tiempo, el tiempo que se rompe y la jornada laboral comienza a perder sentido por esta manera de subrayar lo convencional que recubre la totalidad del día: horarios, tareas y responsabilidades. Como siempre, el tema es el tiempo y, por ende, la guadaña. La guadaña resume todo hacer artístico, humano: también.
+ [Tarea]. Imponerse tareas y comprometerse con ellas es una medicina, un fármaco: en su doble sentido: lo que cura, lo que envenena. Así, dedico diariamente quince minutos a leer La Cartuja de Parma, así me dejo mecer por la textura de la obra de arte que se eleva sobre la narración. La narración como materia, su inconsistencia y el peligros equilibrio entre la medicina y el veneno. Ay, cuánto se ha dicho ya, cuánto se dirá. Y otra vez, en el tópico, pienso en Fabrizio del Dongo y en la batalla de Waterloo, que él no sabe que está allí, que no sabe que es el final de su admirado Napoleón, en resumen: desconoce lo que sucede. Pienso en ello en el comienzo del día y me digo que todos somos un poco Fabrizio, y no sabemos dónde estamos y solamente comprenderemos con la distancia, una vez que todo haya sucedido y tengamos la perspectiva necesaria y suficiente. La lectura, también, es un arte; en ello estoy.
+ Y decía Valcárcel Medina: "la vida bien vivida, es arte". Para tomar nota, para recordar durante todo un día, para glosa o, tal vez y mejor, para permanecer en silencio.
+ Imagen: la abstracción de un disparo fortuito: tras la lluvia aparecen claros y las sombras se recortan con dureza, sin templanza: metafóricas estelas del paso del tiempo.
sábado, 17 de octubre de 2015
Simulacro (S)
+ [La carretera y su lírica]. Recojo de la estantería un libro, una antología de Gerardo Diego y encuentro un poema que pertenece a su libro Soria. El poema se titula "Por tus carreteras largas". Lo leo mientras un molesto dolor de espalda comienza a remitir, lo leo con interés mediante una volátil conexión entre lo dicho y lo que yo alcanzo a recuperar. Al mismo tiempo, he puesto la música de Leon Bridges en un modo aleatorio, en la página de streaming que suelo utilizar. Leon Bridges me lleva, también a pensar en carreteras: Viajes que recuerdo con mucho cariño, ya por la inspiración de la amistad, ya por la certeza del amor. Escribe Gerardo Diego: "Caminar por camina,/ sin voluntad ni destino,/ por el placer de tornar/ otra vez por el camino (…)". Conducir, en ocasiones, es un placer, un placer extraño: la música, el viento, el paisaje, la conversación, el desplazamiento sin destino ni obligaciones. Una patria sin territorio / un territorio sin patria.
+ En el Fedro de Platón, respecto a la escritura: "Apariencia de sabiduría y no sabiduría verdadera (…); … y serán fastidiosos de tratar, al haberse convertido, en vez de sabios, en hombres con presunción de serlo". Así he visto el pasado, me he visto a mí mismo y el ejercicio ha sido provechoso. Como una guía para corregirse, para permanecer en silencio: atraer hacia uno la posibilidad de callar ante lo que no se conoce o se conoce mal.
+ [Alberto García-Alix]. Decía el fotógrafo que se despertó una noche que llovía intensamente y sintió la necesidad de recorrer la M-30 con su moto, bajo la lluvia. ¿Por qué?, le preguntó el entrevistador. Alguien tenía que hacerlo (sic), contestó. Durante mucho tiempo me pareció una pose, sin embargo hoy para mí es un acercamiento a una definición de la oración: rezar. Por eso escribo yo aquí: alguien tiene que hacerlo, por los que no pueden, con independencia de ser leído o no.
+ [Relatos que parecen llegar desde el pasado, pero son presente y en el presente se desarrollan]. Después de un paseo cerca del mar, regresamos a la ciudad. Un agradable paseo: la ría, los pinos, la otra orilla y los perfiles del puerto y los barcos: descargas, estivas, grúas. Entonces, en una calle peatonal, secundaria, lo veo pasar con prisa, nervioso. Casi no lo reconozco, él no me reconoció. Está envejecido, colorado, gordo sin llegar a ser obeso. Ha perdido todo el pelo, lleva una beisbolera y una zamarra ajada por la lluvia y el sol. Continua en Londres, me dice y todavía no ha terminado de reconocerme, le llevará unos minutos todavía. Me dice que su padre ha muerto y tienen problemas para liquidar la herencia, baja los ojos y permanece en silencio. Hay algo sobre los liberales en el Reino Unido, sobre nuestros conservadores patrios. El liberalismo. Ha vivido en Londres mucho sobre los servicios sociales, pero no es culpable, no tiene maldad, ya no tiene maldad. Quedaron atrás noches eternas de alcohol y bailes, de madejas de amores e interminables cuestiones sobre el mundo greco-latino y la gloria pasada de España. Ahora suspira por un relato, una historia y me digo que ese es el momento literario que deseo, con una inflexión política, ¿con mensaje? Tal vez, pero el día es transparente y lo oscuro se remonta a años atrás, donde está el origen de todo, absolutamente de todo.
+ Cansancio de vivir. Los días son soleados, hay lecturas esperando, nada interrumpe la transición entre las noches y los días, también ha remitido el molesto dolor de espalda. Pero no. No es que vayamos a suicidarnos, nunca tan lejos de tal propósito, pero el disgusto se acrecienta y no ha motivo. Lo sé: esto dura un día y medio. Sé, también, que hay complacencia en ello, como una nota de elegancia que se rebela contra el tedio y los perfiles romos de lo diario. Ay, esa gente que se ve tan ilusionada con sus juguetes tan grandes y caros me desasosiegan. Yo no, nunca he sido así y sé que ahora soy el que soy por mis renuncias, por mi falta de interés en esos juegos y en otros juegos. El simulacro y la realidad se unen y yo no me intereso, estoy en un margen: y con Heráclito de Éfeso: el carácter es el destino.
+ Imagen: dos hombres toman café en A Casa da Música. El tiempo se ha detenido, el espacio no es una frontera y hay crédito: dinero para café y libros. ¿Es la felicidad?
sábado, 10 de octubre de 2015
Vapor
+ Las noches de los viernes acentúan una magia subterránea, aunque esto no tiene, necesariamente, un sentido positivo. Esa magia consiste en su raíz en que se ven descubiertos fantasmas, del pasado y del presente, fantasmas que profetizan un futuro indeseable. En otras palabras, el cruzarse con un conocido visiblemente deteriorado no deja de causar inquietud. Le vemos un poco más delgado, pero con un extraño sobrepeso que se localiza en su vientre, que parece caer, como un peso muerto: una balón redonde y, tal vez, negro. No se ha afeitado, pero tampoco se puede decir que tenga barba. Sus ojos están alucinados, camina con pasos pequeños y hay algo hierático en su expresión que no se concreta, que no se identifica, que resulta desagradable a la observación. Le conozco más de lo que deseo. Sus palabras fueron algo incomprensible en un primer momento, como un reguero de acertijos y dobles sentidos, luego llegó un punto sin retorno en que vi que todo aquello era una pantalla tras la cual no había nada, sólo un simulacro de ingenio y oportunidad. Ahora está gravemente enfermo, enfermo de sí mismo y su alcoholismo y su tendencia a la cocaína. Y, regreso al comienzo, es una magia lo que se aloja en su deambular, en la levitación sobre el pavimento de piedra, algún truco que desconocemos y no tenemos intención de indagar en él. Son fragmentos del pasado que emergen sin una cualidad moral clara: no hay una enseñanza, salvo la descomposición de la persona: gradual y exacta. ¿Cómo estará la próxima vez que le crucemos, cuál será su mácula? ¿Y la mía, y la tuya?
+ Sin un lugar determinado a dónde ir [No particular place to go, Chuck Berry]. El otro día llegó la música de Chuck desde algún lugar profundo del reproductor de Mp3 que tengo en el coche, que funciona continuamente cuando conduzco. No recuerdo qué canción emergió, sí recuerdo la primera hora de la mañana, su luz y una vana tristeza sin motivo: Chuck Berry consiguió que me animase. Cómo se lo agradezco, de la misma manera que hay poemas que consiguen que se afine la mirada sobre el día o se oscurezca el brillo deslumbrante, obsceno y barato de la soberbia estúpida. Por eso, hoy domingo, cuando han comenzado las lluvias su trabajo, su zapa que se desliza por la piel áspera del asfalto y engasta en plomo viejo las farolas y los metales sin apresto. Total, suena la canción y me embelesa ese robar el beso a la novia, ese conducir con alegría sin un destino determinado, la luna dorada, ella le dice que conduzca despacio y el viaje es un fin en sí mismo. Kokomo, Indiana, es el destino; tal vez. Ay, quién pudiera escribir un soneto que diese con esta intensidad; mientras tanto: No particular place to go.
+ Por la noche, antes de dormir, El cuaderno de vacaciones, de Luis Alberto de Cuenca. Ay, qué mundos. No sé si participo en ellos, pero sé que disfruto, que su lectura reconforta sin ser empalagosa, hiriente, entrometida. Qué clásico, qué moderno, qué equilibrio. Aquí vive la lírica y su perfil claro, la línea clara tan amada [por Luis Alberto y por mí]. Tintín me ayudará, una vez más, a conciliar el sueño.
+ Preparación. Primero se reduce la ingesta: sólo arroz blanco, carnes blancas y ausencia de lácteos. Un juego de blancos. Luego, el último día, se llega al ayuno, salvo un poco de caldo transparente y agua. La comida se aleja y su carencia ilumina partes de la realidad que no estaban ocultas pero sí enmascaradas. Así, un paseo por las calles nos muestra cómo la gente se comunica con sus teléfonos 'inteligentes', cómo comen, beben y charlan. Hay una distancia que desautomatiza lo ordinario y lo lanza a una red de perplejidades. No importa, el curso de la vida es poco o nada reflexivo, como el que pedalea: si piensa se cae. Pero el hambre es un estilete. Permanece la visión, cuando ya la performance está en lo diario y su concreción artística es residual y museística: todo es puesta en escena, escenario y sin un lugar determinado a donde acudir, toda visión se fundamenta en lo diario, me digo. La violenta atracción que produce lo cotidiano se refleja en el espejo del hambre.
+ ¿Es el mismo cuadro que yo veo que el que tú ves, el que ve el que no le interesa la pintura o la desprecia o el que se ha pasado años en su compañía mediante visitas, contemplaciones y lecturas? ¿Qué hay por encima de ella? No lo sé, pero ese algo está mucho más allá de las intenciones del autor y al mismo tiempo es inaprensible, como lo demuestra la historia de la crítica en materia de arte o literatura, cada época y sus variaciones, ese diálogo, al menos, una interpretación, cuando no innumerables. Así me asomo al estimulo del centro de salud, donde me harán la prueba. Tantos rostros, tantos afanes. Observo. Es un entretenimiento portatil, auténticamente portatil. Atuendo, maquillaje, relojes, zapatos, uñas pintadas, gafas, batas, ropa interior que emerge en una transparencia, bastones, disposición, gesto, postura o posición, escorzo o decúbito, luz perpendicular, luz mortecina, ascensores y ojos clavados en el techo de celofán, la mujer que camina despacio, la mujer joven que se resguarda en una esquina y solloza, el hombre que sonríe levente tras salir de la consulta, llaves, taquillas, camisones hospitalarios, camillas, visitadores médicos, mujeres con maletín y tableta electrónica, teléfonos 'inteligentes', cielos de neón, cielos fluorescentes, armonía y belleza, vida y transición. El cuadro no necesita ser pintado, en cada visión hay un gran fresco: en este caso renacentista: según mi criterio y gusto, con un surtido de claves e insinuaciones. Luego, algo fauvista, después el desorden de una secuencia televisiva atrapada en un cuarto oscuro en el vientre del museo. Cuánto se contiene en quince minutos, que realidad tan inabarcable. El reloj se detiene, por un momento, aunque sólo sea una fantasmagórica apariencia.
+ Escribía para los pocos, hoy plural y arborescente: puebla bibliotecas. Comenzamos con su lectura, desde el respeto, pero sin miedo. Ahí estamos, aquí estamos.
+ Littera gesta docet; quid credas alegoría. Moralis quid agas; quo tendas, anagogia. Lo literal te enseña los hechos, lo alegórico lo que hay que creer; el sentido moral lo que has de hacer, la anagogia [= paso de lo literal a una esfera superior: topos uranus: lugar celestial] a dónde has de tender.
+ En Italia hay un rapero que titula uno de sus discos: Anagogia. Lo plural, lo múltiple, lo inasible.
+ Hoy viernes se presenta el otoño con el aspecto independiente de un gato aventurero, pero con necesidad de cariño y caricias. La tarde establece un cálido filo de compras, terrazas y madres e hijos en el comienzo del fin de semana. Se presiente, una vez más, la lluvia y esto no deja de invitar al disfrute, a tomar el valor del momento y olvidar su precio: es precario. Cada enseñanza se incrusta en la edad alcanzada, como la carrera hacia la nada.
+ Imagen: el fantasma que se hace carne en la imagen de Eduardino, esa etiqueta. Qué miedo transmite ese payaso, que invita a beber y casi es una advertencia. Qué ebriedades, qué vapor.
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