sábado, 1 de julio de 2017

Mitologías, dioses y canciones

 

+ Han regresado. Las canciones de los Beatles han regresado sin ser llamadas, pero aquí están. No me incordian, aunque me desconciertan. No es una cuestión de estilo ni de inspiración. Me asombra su facilidad y las dificultades que encierran en sí. Las lecturas se multiplican y no puedo parar de preguntarme por mi propia trayectoria, ya que considero que está tremendamente inspirada por los cuatro de Liverpool [los cuatro en unión, nunca por separado]. Digo lo que digo porque una de las primeras imágenes en movimiento que recuerdo son unos dibujos animados donde ellos corren alegres, vestidos de atildado traje con corbata estrecha [luego estarían así, en figura de cera, en el lateral izquierdo del SPLHCB]. Mi madre, someramente, me explicó de qué se trataba y que el guapo era Paul. Me acompañó aquella imagen durante la infancia. Yo quería ser como ellos y ese deseo todavía palpita en mi interior. Pero hoy es otra cosa. Quería ser guapo, rico y sin obligaciones. Nada de esto ha sido posible.

+ ¿Son medicinales las canciones de los Beatles? Sin duda, sin duda, me digo y arranco el coche. Suena S.P. y me dejo ir. Aquí está todo, todo lo que soy y todo lo que seré, añade una de mis máscaras, una querida máscara [lo sé]. Es «A Day in The Life», un día en la vida, ¿en mi vida? La canción tiene que ver con mi mismidad en la medida en que Londres siempre ha sido un territorio mítico. Pleno de canciones, sugerencias y lecturas. No todo el mundo lo comprende y detesta la ciudad sin plantear una alternativa. La cuestión no es si me gusta o no me gusta Londres, el centro está en esa atmósfera que cuajó a mediados de los años sesenta y de la que somos deudores, que con alegría se superpuso a la estirada seriedad romántica [a la que también nos debemos]. Pasear por Kensington y recordar la canción. Pensar en Lennon y en MacCartney, en su aspecto, en sus conceptos diametrales: el orden y el desorden, el hachís y la heroína, sus parejas, sus hijos, el traslucido mensaje que transmiten los instrumentos: la guitarra y el bajo, los teclados como superficie de unión. En una ocasión C. y yo nos perdimos en las inmediaciones de Redcliffe, dábamos vueltas y regresábamos al mismo punto. No había teléfonos inteligentes y el recorrido se basaba en una gruesa guía de bolsillo. Una y otra vez. En mi cabeza sonaba el puente entre una parte y otra parte de la canción, como si Tara volviese a estrellarse en aquél punto, contra una de aquellas farolas. La vida del descapotable y la etérea modelo, qué vanos resultan los diarios, la historia que cuentan (sin principio ni final). Leo uno de los capítulos de Esto no es música de José Luis Pardo y esto trata: «[14] Sueños dorados. Cerca y lejos». No sé, quizá no se llame medicina, sino que sea un narcótico traslaticio, que nos lleva de la plenitud de lo diario a un tiempo en suspenso donde habitan aquellas intuiciones de la infancia, los atildados chicos del peinado-mopa que corrían divertidos. John, Paul, Georges, Ringo. Pero ahora era otra cosa, el sonido era otro; la orquesta, el bajo, la guitarra, la voz, las voces. Y el accidente que encomienda la canción a una fuerza superior que se inscribe en la hora del nacimiento: el destino.

+ Una vez más: el carácter es el destino.

+ Hoy, otra vez, los Beatles me ayudan en el camino hacia el trabajo. En el Mp3 hago que suene el S.P. Es el disco del momento, el verano anuncia su presencia y lo sólido se hace líquido. No es el frío, sino la melancolía de los esfuerzos inútiles. Unas veces medicina, otras veces veneno, siempre nuevos, siempre jóvenes [ese es nuestro deseo]. Explicar la conjunción de los Fab Four no es posible, pero, como tantas veces, no se trata de hechos sino de opiniones y aquí se abren las puertas de un gran horno [decía Arthur Machen]. Y, cómo no, me fijo y pienso en las bandas tributo, que llegan a una precisión musical diabólica, aunque pronto se quiebra la posibilidad: lo único que nos interesa es la grabación, la niebla que se condensa en torno a la música, la leyenda, el mito sagrado y londinense que es una manera de vestir para nunca abandonar la juventud. Ahí está el legado sacro que nos subyuga. Los vemos y nada decimos; salvo, en silencio, pensamos: las bandas tributo no son para nosotros, porque lo nuestro es deseo de eternidad. El coche, arropado por Fixing a Hole, es otro coche.

+ Cuando la melancolía me ataca recurro a los Beatles. Da resultado. Lo recomiendo, pero no estoy seguro que funcione con todo el mundo. Escucho S.P. en el orden correcto [el del disco] y comienzo a sentirme mejor. No bien, sino mejor, o en otras coordenadas. No deseo que desaparezca una cierta perspectiva, un pesimismo sereno, sino que busco adquirir la capacidad de soportarlo y moldearlo en beneficio propio, una incierta inversión del malestar. Hay un espesor diario que se contrapone a la liviana certeza nocturna. Para dormir invito a un gato imaginario que se recuesta contra mi cama, le pregunto que qué tal  y me responde sin presunción: miau. Así. La melancolía puede ser un arma, pero también un veneno. A veces, a estas alturas, creo manejarla y me equivoco, hacer propio el error es comenzar a acertar. Laberintos, fosas, pasadizos, huecos, baches, agujeros, acertijos. Una acumulación de vacíos, nada menos, nada más. El disco cumple su función.

+ He encargado un póster del S.P. con la idea de enmarcarlo y dejar que presida el estudio. Una invocación a todo lo sagrado que puedo soportar. Los Beatles están bien como patronos, como emblema, como transición hacia el ateísmo. Dios ha muerto.

+ [En algún lugar de Londres]: contra la ventana se apoya la mochila, la luz la transforma en algo fantasmal. Insisto en la idea porque es la idea de los últimos días. La mochila tras el translucido cristal arroja su calidad lechosa e informe. Nada más allá del equipaje, pero el equipaje no logra alcanzar el límite de la propia vida. Una centralidad, el olvido.

sábado, 24 de junio de 2017

Posición



 


+ Leo a Proust a saltos. Entre su prosa hay sugerencias que me llevan tiempos remotos, anclados en el siglo pasado. El hecho de nombrar un otro tiempo como ‘el siglo pasado’ establece alternativas y fronteras. No soy el que fui, aunque algo hay que se mantiene. ¿Qué permanece, qué muta? Un traspaso, una intención, el humano desleírse en lo diario: los afanes, las decepciones, bolsas de dolor, bolsas de alegría. Se decanta uno mismo en su propio vaso. Cierro a Proust y creo en esa vocación literaria que a mí me faltó. La pasión lo es todo, pero sobre ello está la vida misma, la alegría que viene a iluminar esa cotidiana realidad.

+ Busco el sentido que mi madre quería darle a la expresión «está en la tierra de su padre». Ella pronunció la sentencia cuando mi padre y yo nos fuimos juntos a donde él había nacido. Un viaje en tren. Años más tarde, una vez ella muerta, creí alcanzar el sentido de sus palabras. En mi humilde coche recorrimos una carretera paralela a un cauce, en el que cada cierta distancia se establecía una presa o una represa. Una vez que el coche quedaba aparcado, dábamos un paseo y estudiábamos la geometría y los perfiles de aquellas viejas construcciones donde mi padre había trabajado en su juventud. ¿Era aquello a lo que ella se refería? En eso confié, mientras me explicaba cómo los camiones bajaban de una cantera, ya abandonada. La bóveda de la presa era un desafío. El agua espejeaba y en ella el extraño reflejo de la montaña parecía expresar deseos sin confesión. Terminamos en la provincia de Zamora. Los nombres ocultan y muestran realidades, son variables y caprichosos. Zamora retumbó en mi fantasía: aquel cartel con oxido y verdín. La tierra de mi padre se componía de la sensación narcótica del calor de agosto y el tacto de la cerveza helada (sin alcohol). Sólo fue un instante, pero comprendí a mi madre, en la lejanía. Sólo una expresión, sólo una posición.

+ Deslizarse en un despacho y ver los emblemas que lo presiden, tomar una posición y decir no. No hay por juzgar, únicamente se necesita una enumeración sin aderezos, guardarla y al cabo del tiempo rescatarla. Ahí reside una definición, pienso. La definición queda en un margen de los textos sobre la persona, para aclarar motivaciones y rechazos. Las fotos de los hijos, recuerdos de algún viaje, cubiletes para bolígrafos, los bolígrafos mismos, plumas estilográficas o portaminas. Un cuadro, una vista, la foto escogida en su marco dorado. Quieren hablar de la persona y no lo consiguen, ya que falta la otra mitad: la voz que los sustenta. Habría una solida obligación de consolidar esa declaración en un texto. ¿Qué desear pues? El texto se escribe sólo, sin ayudas ni manifiestos.

+ «El aire se serena / y viste de hermosura y luz no usada, / Salinas, cuando suena / la música extremada, / por vuestra sabia mano gobernada». «A Francisco Salinas», de Fr. Luis de León.

+ Conversaciones sobre otras personas que terminan por perturbar lo diáfano del día. Cuanto todo está mal, alguna responsabilidad tendrá el que se queja. Pero hacer oídos sordos es el mejor ejercicio. El calor, la transparencia del día o el café amargo. Líneas quebradas, la pantalla del ordenador, las chispas de un motor averiado. Nadie acierta, todos se equivocan, le oigo decir entre suspiros y cansancio. La injusticia se cierne sobre su biografía, escanciados versos sin voz. La injusticia no es tal, pero manifiesta su descontento y la mezquina inquina de los otros. Salvo él, salvo dos o tres personas que hablan de inversiones y coches carísimos, vacaciones, cruceros cinco estrellas, pero el sentido y la voz del labrador que no desiste. Habría que iluminar esas parcelas de la realidad para su vergüenza.

+[5:50, la radio]. Habla un cura de la transparencia. Todo viene, sin que él lo diga, del filosofo coreano Byung-Chul Han. Resulta evidente para aquél que lo conoce. Sin embargo, lo que pretende es sacar un beneficio castrador. Una afirmación más para el inventario de la debilidad.  Pero no. Todo eso me inoportuna levemente. Luego las noticas. El día comienza con calor, hay música y todo parece abierto. Esa sensación de apertura se acentuada por las cuestiones propias a las que nos obligamos. Un desgaste en el lustre de los días, en la percepción de la novedad. La transparencia no es mala, ni buena; como casi todo, como todo. Es una herramienta que suplica adecuación a las posibles funciones, nada que tenga que ver con la incomunicación ni con esa esclavitud contemporánea que pretende el cura. La esclavitud para ser tal no tiene escapatoria, la que el menciona es precisamente un escape en sí mismo. Declaraciones en los juzgados, amistades, concejales. Etc.

+ Imagen(es): cabaña de pastores [ahora: refugio de montaña para montañeros, en las proximidades del Lago de Sanabria]. [En la tierra de mi padre: la soledad y el abandono que se percibe en las dos imagenes da cuenta de una realidad, del abandono de formas de vida tradicionales en beneficio de lo urbano; cuántos se han ido, que nunca volverán, mucho menos sus hijos, un índice de melancolía se atesora en las fotos que he subido, no por su calidad (presencia o ausencia), sino por el testimonio que para mí son recuerdo de la tierra de mi padre].

sábado, 17 de junio de 2017

L´homme du monde

 

+ [Primera declaración]. Cada día aporta su relato. Unos vienen y otros se van. Matizan o delimitan el anterior y parece que hubiese una decantación que conduce los sedimentos hacia el fondo, allí emerge un dibujo: la verdad que esclarece la continuidad. Oímos historias sobre agravios, desencuentros y humillaciones. Intuimos ciertos reflejos lejanos, los rememoramos y asentimos con impostado convencimiento. No es cinismo, es necesidad. Las historias descargan al contador, como si expulsase un humor venenoso y fatal. Allí se coloca la penitencia: el oyente. Y si no interrumpe y asiente con esas ligeras palabras que sólo tienen por función comprobar la certeza del canal, mejor. Felicitaciones, recursos, ambivalentes constataciones que no sirven de nada pues nada devuelven al estado anterior. Sonrió y dijo que de alguna manera se hacía justicia, yo entregué una felicitación seria y eficaz. Había paz y la mañana llegaba a su fin, el lunes se encaminaba hacia su muerte cotidiana.

+ [Segunda declaración]. Soy mundano y ese es mi encanto: lo superficial, lo débil y el vapor de mi tacto. Lo sé y lo mantengo. Así me hablaba hace tiempo. El viento levantaba su cabello y dejaba ver la línea de la calavera, aquella curva perfecta. Recitaba poemas y citaba a Proust. La noche, el vino y su silueta. Sus amores y la defensa de su genealogía. Sus padres, sus abuelos, los coches familiares: negros y amarillos, caballos con nombres persas, elegantes cigarrillos y gatos soñolientos en casas solariegas. Avenidas con eucaliptos centenarios, fuentes con caños broncíneos, esculturas de falso mármol. Su mundanidad se la otorgaba su falta de ocupación, la pereza y el silencio matinal. Cigarrillos y novelas en inglés sobre la mesa del comedor. No engañaba.

+ [Tercera declaración]. Aspecto cuáquero y olor a tabacazo recién fumado. El humo y la sombra. Unos ojos penetrantemente acuosos y la certeza de la jurisprudencia, esos lomos librescos, casi maderables, que adornaban los armarios metálicos. Rojo, azul, siena. Secretario de ayuntamiento, senderista y políticamente comprometido con el nacionalismo. Su voz no era firme, pero estaba muy seguro de lo que decía. Resolutivo y meticuloso. Observarle con cuidado no era una tarea apasionante, pero el cazador de mariposas debe caminar mucho antes de clavar el alfiler. A veces la búsqueda termina por ser en vano. En el caminar estaba yo y no me orientaba. Sabía que poco obtendría pero este estudio resultaba punto menos que necesario. Se afina el instrumento en la monotonía, lejos del escenario, en la mediocre penumbra de lo diario negativo. Sentenció con razón y desaparecimos de allí. Dije: se nota que sabe de lo que habla, quien conmigo caminaba negó con torpe suficiencia, la suficiencia que se ve raptada por la estulticia y el esperpento que llega desde la ignorancia. Yo sí un hombre mundano y con ese cinismo que aleja de lo infértil, inelegante, prescindible. Los días se desgajan sin más substancia que el ronroneo de conversaciones sin interés.

+ [Cuarta declaración]. No intento clasificar sujetos, ni hacer claro en sus motivos. Observo y olvido, pero esto me aporta un conocimiento preciso de las acciones y los motivos. Me gusta creer que doy en la diana, pero sólo emito un dictamen cuando no hay margen para el error. Escucho porque el silencio resulta ser el arma del sabio, cuando menos hables menos te equivocarás. Para comprender se debe encauzar el juicio desde la humildad. ¿Para qué un juicio? Por entretemiento probatorio.

+ [Escolio_001] «Llega a ser lo que eres» Píndaro.

+ [Quinta declaración] Y citó a Searle: «Hablar una lengua es tomar parte en una forma de conducta (altamente compleja) gobernada por reglas. Aprender y dominar una lengua es (inter alia) haber aprendido y dominado tales reglas». La afirmación zanjó la diatriba. Su autoridad era evidente, mucho más tras el largo silencio que había ostentado. ¿Por qué negar esa cualidad de la lengua, con tanta insistencia y falta de pericia? Hablar de todo y en todo errar. Ese elegancia en el silencio lleva un sello de victoria e indiferencia, la que se matiza en cada gesto y en cada voluta del eterno cigarrillo negro entre sus finos dedos. Así, en la tarde de agosto, la verdad y el dios del momento resplandecía como brillo verde y oro que se derramaba desde las copas de los árboles. «Searle, dijo». Y el silencio obró el milagro, se oyó a un cuervo graznar y la noche comenzó a tomar el lote asignado, su propio lote.

+[Summa]: Han sido días donde me dejé llevar por la contemplación y este contemplar terminó por resultar admirable y didáctico. ¿Qué se aprende? ¿Es un reflejo de la propia estulticia? ¿Cómo reconocerla, dónde habita? Las preguntas se hacen solidas en el momento en que se abandona la observación y se pasa a la escritura [este preciso momento]. El tiempo en suspenso y la vida como escaparate o teatro. Vieja fórmula para evitar lo dado y atreverse con lo posible y lo imposible. La sospecha es nuestra guía en la noche teatral.

+ Imagen: pasillos del metro de Madrid, como necesidad de cuadricular y abstraer un todo diario para evitar la tendencia elegante hacia lo futil.

sábado, 10 de junio de 2017

Index


 



 

+ Por casualidad reviso fotos del edificio Torres Blancas de Sainz de Oiza, en Madrid. Cómo ha envejecido la construcción. Y no ha envejecido mal, pero sí, es un edificio viejo ya, con una dignidad que nos remite a esos mundos posibles que no cuajaron, más allá de una estética que resultase ser una reconstrucción histórica. Las formas orgánicas contra la línea recta, la planta que se eleva en extrusión. Hay fotos donde aparece la planta vacía y lóbrega o blanca e inmaculada. Son los áticos, que tienen unas dimensiones imposibles: cuatro cientos metros cuadrados, tres millones de euros. Se proyectaron dos torres, pero sólo se construyó una, pero la denominación es en plural, como si la ausencia de la segunda torre no fuese óbice para limitar la pieza al singular. Una vez vi las Torres Blancas mientras surcaba la M-30, me pareció algo fantasmal, el misterio atesorado por fascinaciones tardo-adolescentes, el humo y el licor orlaban esa visión. Podría haber imaginado un relato post-sci-fi, pero yo estaba embebido en una línea estética de turbantes, hachís y whisky helado, sin hielo, venenoso. Las Torres, con muy buen criterio, me ignoraron y yo seguí en aquel coche el deslizarse de la vida. Ahora las veo y las siento pretéritas, como pretérito estoy yo. Una paradoja, otra más.

+ Una nota respecto a lo anterior: hubo días en que Madrid parecía ser Texas; una ciudad elevada en medio de un desierto, con sus rascacielos de cristal y acero. Hoy regreso a esa visión y me alejo de ella rápidamente; prefiero un algo acuático y vegetal.

+ [Crhistina Rosenvinge]. ¿Imperfecciones? El arte, la lectura, gradaciones, estudio y olvido, mitos o deserciones. Me dejo llevar y no me centro. 0:30. Veo un vídeo en que se entrevista a CR. Recuerdo que en noviembre del pasado año vi a CR en Madrid. Era muy menuda y tiraba de un carro de la compra por una calle del centro, próxima a la Calle Mayor. Ahora, en el vídeo, aprecio su cadencia, la cultura y una abrirse que representa una manera de entender que hunde sus raíces en una burguesía y en una izquierda bien conocida; a lo lejos, pero bien conocida. Así,  entiendo lo que dice, lo comparto. Ella ya no es joven, yo tampoco soy joven y lo sé. En otro vídeo toca lo que parece una maravillosa Telecaster Rosewood, aunque no es auténtica [¿importa eso hoy?]. Me sumerjo en el guitarreo. Envidio esa fácil disposición. Esto me lleva a pensar que en muchas ocasiones me ha faltado una necesaria flexibilidad. Ahora que todo se ha sedimentado comienzo a comprender, ¿es tarde ya? Es ese entender el paso del tiempo y el decaimiento de las edades. Sombras. Distingo la persona del personaje; se ilumina la pantalla y comienza el proceso de desconexión: el ordenador termina por apagarse. 1:28.

+ [Dos citas en relación (o no)] 1.- «El enorme éxito del que gozaron los poemas de Lamartine no puede explicarse sin esta ligazón estrecha entre una manera de decir y una manera de inscribirse carnalmente en el mundo» Dominique Maingueneau. 2.- «Cada día atribuyo menos valor a la inteligencia. Cada día me doy más cuenta de que sólo desde fuera de ella puede volver a captar el escritor algo de nuestras impresiones, es decir, alcanzar algo de sí mismo y de la materia única del arte. Lo que nos facilita la inteligencia con el nombre de pasado no es tal». Proust en Contra Sainte-Beuve.

+ Imagen: planos paralelos que no ofrencen nada más que luz y sombra; las flores como balizas de los años, la silueta de una ventana y el fulgor que tras ella palpita escriben en zig-zag la caligráfica rutina del acostarse, dormir y levantarse, la cena y el desayuno con el reloj digital que testifica esas horas de la noche y de la madrugada. Todo un mundo, o la nada.

sábado, 3 de junio de 2017

Ductus



+ [Ductus: cualidades de la escritura manual, básicamente: el trazo]

+ Dirección, secuencia, trazo. Así caminaba por las calles de Madrid. Y las miradas hacia ella resultaban inútiles. El día era hermoso en su limpieza, el sol, su reflejo en los cristales, la luz tan limpia, el cielo limpio. Su piel era transparente y sus pasos se elevaban sobre el pavimento. La observaban, la estudiaban y ella permanecía ajena. Un té, una pasta de coco, la mirada elevada de un bebé. Ni más, ni menos. Sólo ella.

+ [Encontrar dinero]. Encontrar dinero en un parking, un billete de 50 €, tomarlo y no pensar. Si hubiera estado alguien buscando algo, le preguntaría y si me dijese que había perdido un billete de 50 €, se lo hubiese dado. Pero no sucedió esto. Pronto lo gastamos. Un libro, unas tapas y unas cervezas. Una alegría doméstica y sensorial. En el espejo de la tarde se reflejan las vidas y las potencias del dinero. Me pliego y soy flexible. El dinero tiene poder, es el poder en sí, pero también es veneno y peligro. La ambivalencia se puede extender a la totalidad.

+ Me cuentan como alguien ha caído en la locura. Recuerdo sus esfuerzos por hacerse funcionario y la consecución del propósito. Recuerdo sus anhelos, las promesas y la alegría. Fue hace tiempo, cinco o seis años, quizá más. Se compró un coche, él y su novia compraron un piso, no sé: ¿tuvieron hijos? La vida se compone de sucesiones sin cortes abruptos, eso parece, pero no es así; no hay una regla, la regla es posterior. Se puede deducir y encontrar explicaciones, pero son unas explicaciones que nadie advierte en el momento. Como leer libros de historia, las razones siempre están en función del presente, en el momento resulta imposible atisbar ese fluido invisible y letal.

+ [La locura]. Comenzó a aprenderse teléfonos de memoria, a llevar a un extremo ridículo sus funciones y tareas: puntillismo, exigencia, mal humor. Cayó en el silencio y un día se derrumbó. El silencio siempre resulta ser sintomático, más tarde el loco se hunde en el aislamiento. Qué palabra, loco. Ahora está postrado en una cama, pero no estoy seguro de que esto sea cierto. Lo apunto y poco más. Loco es el substantivo que emplea quien me lo cuenta y yo pienso todo lo que yo he leído sobre el tema, la falta de consistencia del propio sustantivo. Pero, finalmente, lo recuerdo a él y trato de trazar su perfil, pero es un esbozo del pasado que carece de correlación en el presente. El pasado, el presente, la locura. Indicios nunca vi, pero si pienso un poco: su padre padeció depresiones y era un hombre bueno, pero inestable. La locura, el loco, su entorno y las explicaciones espontáneas que florecen en la hora del café, en el tránsito del ocio y de la nada. Yo no tengo que decir, repito, nada que decir.

+ El parte del tráfico en la radio dibuja un mundo total y extraño, aunque en un momento me dirija al trabajo en coche. Yo también. El dibujo de la carretera sobre el mapa, el color rojo de las nacionales, su abstracción, su desvanecimiento. Un día me detendré a pensar en todo esto y dispondré en un texto las sugerencia que recibo a diario, mis reflexiones y la pintura espuria de lo diario, que se eleva y alcanza el rango de explicación. Hoy no; hoy no, no tengo tiempo, debo coger el coche e ir al trabajo.


+ Imagen: Burela. Un alto en el camino, un paseo, tres fotos.

sábado, 27 de mayo de 2017

El arte de la desconfianza

  

+ [La etiqueta que abre la entrada pertenece a NIetzsche y la recojo en La construcción social de la realidad de Berger y Luckmann].

+ Vivir en la sospecha se hace cada vez más necesario. Las noticias, los rumores, las certezas. Nada es lo que parece, me dice alguien mientras regresamos del trabajo y yo asiento. Espejismos. Sólo leo y evito cualquier contacto con la televisión: el televisor apagado en una esquina del salón me parece un objeto extraño. No tengo teléfono, bueno: sí tengo teléfono pero es un teléfono que perdió su actualidad diez o quince años atrás. Es como no tener teléfono. Abro libros de poesía y sé que no es es lo que leo lo que me hace, trabajo en un sentido contrario porque el sentido en sí no me interesa. Quiero desmontar todo aquello que me dieron, examinarlo y decidir. No es fácil. Como ejercicios espirituales, como una plegaria a la nada. Aprecio la primera hora del día cuando es un día feriado. Ahí, en silencio, sin más sonido que el rumor eléctrico del respirar de los electrodomésticos. Cajas vacías.

+ «Hay tráfico lento en la carretera de La Coruña», en la primera hora de la mañana es lo que oigo en la radio, nada más despertarme. Trato de reconstruir la imagen que yo tengo de la A6, lo intento y se acumulan la imágenes sin orden. Lo dejo y pienso en el tráfico lento, en la anomia que el conductor ostenta, las filas, las ringleras, el río inerte que resulta ser una carretera. En sí misma la autopista es un paisaje sin alma. La autopista. Esto es una señal débil, porque bajo esa geometría existe una lírica suficiente y autónoma. Las conversaciones, los pensamientos, la música, las dudas y las certezas. Ese impulso que hace que el día comience. Apago la radio y desayuno en silencio: el pan en su honrada limpieza bendice el inicio del día. Un otro arte de vivir.

+ Correr con música resuelve muchas dudas, mejor: las diluye. El sendero, el río, orillas cósmicas, música aleatoria. Creo con firmeza en las posibles sensaciones que devienen del esfuerzo y la dedicación musical. Los perros ladran, el rumor de la corriente, el viento entre las hojas. Una leve brisa que recuerda el frío invernal, pero es primavera, primavera en su esplendor. Los cuerpos sumergen la duda en la corriente histórica: allí donde todo pierde su solidez. Corro. La tarea es llegar al no-pensar; alguna vez lo logro. Las tareas diarias restituyen la confianza en el ser humano, en la posibilidad de esquivar la muerte [esta falsa impresión me permite observar mis trucos y ver que son malos y prescindibles]. Corro.

+ Se manifiesta la idea de una biblioteca en ruinas. En estos días la biblioteca está en cuestión, el orden alfabético que propone, el orden temático [también]. Esa biblioteca en ruinas resuelve la marejada tempora. Cómo la muerte arrebata el impulso diario, su sola presencia otorga la textura única a lo diario. La vida precisa un sistema de pesos y contrapesos para ser estimada en su justo valor, para situarla en el lugar que le corresponde. La biblioteca en ruinas orla las ruinas de mi inteligencia. Libros, folletos, artículos, papeles, mis escritos, mis pobres escritos. La biografía no es transparente ni fija, su movilidad constituye su esencia: cada lector tiene su versión, la suma de las versiones no es equiparable a la verdad. ¿La verdad? Un substrato podría dar coherencia, pero ¿es posible hallarlo ya?

+ [Cita]: (Sloterdijk, Normas para el parque humano): «… hay en el mundo discursos que hablan de la comunidad humana como si se tratara de un parque zoológico que al mismo tiempo fuese un parque temático (…) el sostenimiento de hombres en parques o en ciudades se revela como una tarea zoopolítica.»

+ La cita anterior nos sirve de medida. En ocasiones nos resistimos a su aplicación, pero esta suspensión del juicio no es fácil, no es posible.


+ Imagen: el placer de disparar sobre las pantallas, el placer de deformar lo que ellas arrojan hasta convertirlo en una figura irreconocible. No sé cuándo disparé, ni dónde, tampoco sé quién es el retratado. La nada.

sábado, 20 de mayo de 2017

Relato

 

+ Mientras una persona cercana se muere, yo camino bajo los puentes, junto a los ríos y veo, en un instante, volar mariposas azules. Cantan los pájaros y la desolación se instala. El sol acentúa un dolor sordo, la certeza de la muerte. Un sol que transforma el color de la hojas: desde un verde oscuro hasta una transparencia de gasa o tejido dérmico, la piel de una rana o la piel de un elefante que se ha retirado, curtido y ahora tiene el esperor del papel. Tonos grises en la tierra, el agua jadeante que se arroja a las cunetas desde las laderas. Barro o ceniza. Sin etiquetas avanzo junto a las paredes de los estribos que sostienen el tablero de un puente. Como criaturas que en algún momento estuvieron vivas. La muerte es un relato. Hoy todo es relato, pero no sé decir si este relato es una palabra que se emplea metafórica o literalmente. El que habla pierde algo en la dicción. Yo guardo silencio y estudio la estructura o el muro y apunto en mi libreta: no hay deficiencias, no hay daños. Constato un momento, pero me doy la vuelta y el aire boscoso alienta una certeza: mi escritura es mi desaparición.

+ En un título de un poemario leo «… dar un grito» y me pregunto ¿por qué no utilizar gritar? Dar está vacío de contenido, pues ese dar no es el mismo dar que el que aparece en «… dar la vida». Si se tiende a la condensación, hay una posibilidad de triunfo. Pero, ya lo sabemos, el triunfo nunca es posible porque el resultado es siempre el mismo.

+ Versos: «Vestido ya de tendero / de tienda de ultramarinos». Así comienzan el poema de Alberti «Mi entierro».

+ Los gatos son silencio, la negativa a expresarse, salvo sus mordiscos y sus arañazos. Sólo quiero la comida a mi hora, tampoco es pedir tanto, parece decir mientras maúlla lastimeramente. Y tiene razón. Unas caricias, algo de respeto, la comida apropiada en el momento apropiado. Como el órgano sutil de la naturaleza: la caza a primera hora de la mañana, el ratón o el topo que cae en sus garras. Esas patitas delicadas cargadas de crueldad insólita, de la que sólo nos protege su manejable tamaño. Más que independencia, es deseo sin dirección, insensible y certero.

+ «No se lee para reconocerse uno mismo, sino para conocer algo que no es uno mismo» Miguel Morey cuando describe un pensamiento fuerza de (F.) en Escritos sobre Foucault.


+ Mudanzas. Cajas, amplios pasillos, sillas giratorias. Los rostros se reflejan en el ritmo de la respiración. Hace calor, se anuncia una tormenta y las conversaciones giran en torno a los cuidados paliativos y la sedación. Ahí queda todo. ¿Cuántos tipos de inteligencia hay? ¿Sólo hay una la posibilidad? Ahí queda. Miope, agudamente ágil para las matemáticas y la física, incapaz para la empatía. Es un corcho, alguien me dijo. No puedo dejar de estudiar su sorpresa ante el cambio vital al que se ve abocado. Tampoco es para tanto. ¿Volveré a verlo? Urbanizaciones, el edificio como proyecto vital, la torre, los chalets, puentes y viaductos. Ya su rostro se ha desvanecido, ya sólo flota su nombre. Sombras.

+ Imagen: la selección de la imagen viene determinada por la lectura de unos poemas de M. Houllebecq, en concreto: uno que habla sobre un viaje en TGV, la semejanza que hay con un posible tránsito hacia la muerte. Luces, nocturnidad, una ciudad que no se identifica. La abstracción del tráfico, la noche y sus equívocas invitaciones.

sábado, 13 de mayo de 2017

Selector




+ Hay un snobismo contemporáneo que comienza a estar demodé. Muy demodé. Un snobismo que gira en torno a un léxico amplio, preciso y con una deliberada tendencia a la irónica condescendencia. Hay maneras y maneras de distinguirse. Unas veces se acierta y otras veces se falla. El tiempo da y quita razones (etc.). Lo alto y lo bajo, la técnica y lo plural. Una vez que ha pasado de moda el snob se transforma en figura de cera, balaustre en anticuario. Ay, cuántas veces hemos oído sus afirmaciones y sentimos la leve brisa de suficiencia que desprendía, hoy todo ha cambiado, pero ellos siguen ahí: en su antigüedad finita y parcial. Nosotros, no. Nosotros seleccionamos la ultramodernidad y, en la selección, acertamos.

+ «… un poema es un significante total y a la par un complejo de múltiples significantes parciales (acento, consonantes, vocales, palabras, verso, estrofa, etc.) y de infinitas relaciones tendidas entre todos estos elementos.» [Dámaso Alonso cuando se refiere a la poesía de Garcilaso de la Vega, en Poesía española (Ensayo de métodos y límites estilísticos)].

+ ¿Como se afirmaba en aquel poema, abril es el mes más triste?

+ Me hablan de la vida sentimental de un conocido, de las mujeres de las que se ha divorciado, de los hijos que con ellas ha tenido. Escucho detenidamente, pero sé que en un momento lo olvidaré: sin remisión. Según los años van pasando, encuentro las conversaciones sobre personas cansinas e intercambiables. Todas las vidas tienen un punto de fricción y un punto de encuentro, todas las vidas se parecen porque en lo sustancial resultan ser lo mismo. Al cabo de unos minutos el relato termina y veo como el que me ha puesto al día se aleja con su mercancía de chismes y puntualizaciones. Una vida nunca es materia de novela, sino al contrario: la vida se puede ver engrandecida por la sustancia novelesca, por los meandros narrativos y las acentuaciones sobre los hechos y su descripción. La vida sentimental suele ser muy parecida y con una cronología similar, lo que la eleva es la expresión de ella misma, su constitución como obra de arte, lo demás es viento o humo. No pierdo un minuto más y me centro en el suave canto de los pájaros en el mes de mayo, nunca un mes triste, nunca un mes doloroso.

+ «El que ve lo de ahora ha visto todo cuanto hubo desde la eternidad y cuanto habrá hasta el infinito, pues todo tiene igual origen y aspecto». Marco Aurelio, Meditaciones.

+ El conductor como emblema de la ultramodernidad. Anónimo, decidido, casi ciego. Merece un poema trufado de electricidad y sensación, locura y baile frenético; el conductor es un dios menor que se hace carne en cada hombre que toma el volante, el volante se empuña como el que toma una espada. Madrugadas ásperas, luces, despiadadas volteretas. Sólo existe la pista, el simulacro y la interpretación actoral: madrugar para acudir al trabajo, legiones de ‘commuters’ embelesados por sus teléfonos, música que acuna la desesperanza en la primera hora, el día transparente, el día lluvioso, el día soleado. Una reiteración. Pasa con su maletín y su discordia: es la muerte en el atuendo actual: traje, corbata estrecha, negra, barba cuidada, un reloj de colores y un Mini negro. También negro. Así he visto yo hoy el emblema de la ultramodernidad. La muerte en su Mini negro con destellos de plata y oro.

+ Imagen(-es) yuxtapuesta-(s): las texturas encierran en sí una poética, un proyecto que el fotógrafo establece con su selección, el disparo y la última decisión: mostrar las fotos en una secuencia solapada. No se tratada de crear un mensaje aleatorio, sino de prescindir del mensaje mismo. Un vacío: colores, formas mínimas, ausencia. (Las dos fotos se hicieron en Gijón en el mes de abril de 2017, en busca de esa abstracción que nos compete).

sábado, 6 de mayo de 2017

Arquitectura inútil


+ Tres verbos en primera persona: compro, utilizo, escucho. Su desarrollo discursivo me caracteriza en el día de hoy, un rastro que permanece, una expansión que deberá explicarse. Hoy, un viernes de mayo, llueve mientras recuerdo los pueblos que visitamos recientemente, junto al Cantábrico, en la costa Asturiana. Qué queda de aquéllo. Olas que dibujaron figuras. Una cuestión de estilo. [Una arquitectura inútil].

+ Compro libros en ese éter que resulta ser internet. Llegan hasta mi domicilio y abro los paquetes, todo un ritual. Los contemplo y descubro anotaciones, pequeñas etiquetas donde se leen las señas de una librería en Bilbao o en Murcia, anotaciones a lápiz, subrayados en fluorescente, una flor dibujada con bolígrafo verde, torpe pero tierna. Me pregunto por sus vidas anteriores, por sus anteriores dueños y sé que no hay respuesta. Yo sólo soy una estación en su infinito (?) viaje: un día esta acumulación de libros se disgregará y viajarán estos libros hasta otros hogares , viajarán guiados por esas etéreas librerías en internet o lo que en ese momento exista. No me produce desconsuelo esta constatación de lo temporal que se ofrecen las distintas signaturas. Aquí un hito en el camino, ese es mi yo preferido para el día de hoy: el lector que soy y que trata de atrapar los límites de su lectura. Hecho.

+ «En el asfalto fondos / De joyerías cándidas / Se aparecen a todos.» Noche céntrica, Jorge Guillén, en Aquí mismo de Aire nuestro.

+ Utilizo como marca páginas tiras que recorto de volanderas hojas publicitarias (zapaterías, pizzerías, centros de belleza…), que me entregan en las calles y guardo en un bolsillo con descuido. O bien billetes de tren, de metro o de autobús. También, boletos no premiados, marcadores, la entrada gris de un museo. No hay ninguna intención en ello, pero si una costumbre se sedimenta es porque algo se esconde tras sus costuras. ¿La humildad, las posibilidades funcionales, el colecciones mínimo? A saber.

+ Escucho a alguien decir que, en sus incios, escribió unas canciones sobre la fascinación que el alcohol le producía. Como éste incidió en su manera de desear y relacionarse, un Lucifer emergía desde los recuerdos infantiles. Considero el tema como una venenosa y potente lujuria. La lujuria alcohólica: botillería, líquidos, colores, formas, vasos o copas, transparencias, la media luz nocturna, gestos, los reflejos, la risa como evasión, la evasión como destino. Hablaba el compositor de reuniones familiares donde una amiga de sus padres le decía: «Pon más gin, pon más gin, Juan, más gin», y ahí nació la fascinación. Se pueden escribir canciones sobre cualquier cosa, pero el tema del alcohol encierra en sí peligros insospechados, turbulencias y escabrosas excursiones [excursión en ese sentido que tiene su literalidad: salirse del curso ordinario].

+ Autores pendientes de revisión (?):  Fray Luis de León, Santa Teresa, San Juan de la Cruz. No es necesariamente una triada, pero hoy funcionan así los tres escritores, ¿mañana?

+ [Lo gastado]: (filosofía de), (dato histórico) (política de). En una contabilidad restan más que suman. Si a alguien le oigo emplear alguna de estas engastadas piedras no preciosas, pierde enteros. Hmmmm: ¿perder enteros? Ay, yo en lo mismo, yo en lo gastado.


+ Imagen: ¿hasta qué punto resultan intangibles las olas del mar, su dibujo, su impermanencia necesaria?

sábado, 29 de abril de 2017

En la frontera de mayo




+ Elina Löwensohn: por casualidad llego hasta la actriz: el vídeo de un grupo. Una búsqueda y su rostro aparece en la pantalla. Fragmentos de vídeos donde ella habla en inglés o en francés. Su rostro es una invitación, aunque la palabra no me guste demasiado. Nace en 1966 en un avión. Son acotaciones o notas a pié de página en una mañana de sábado. No puedo por menos que sorprenderme del mundo en que vivo, todo se solapa a gran velocidad y sin posibilidad de permanencia. Este rostro se difumina al igual que otras búsquedas , pero quiero dejar constancia de que he indagado en la red. Me gusta su rostro y su manera de envejecer. Tiene los mismos años que yo tengo y en esa simetría emerge mi visión del paso del tiempo. El paso del tiempo es el tema, siempre es el tema y Elina Löwensohn, hoy, constituye un emblema.

+ En el Coloquio de los perros: «Berganza: «Ambición es, pero ambición generosa, da de aquel que pretende mejorar su estado sin perjuicio de tercero / Cipión: Pocas o ninguna vez se cumple con la ambición que no sea con daño de tercero / Berganza: Ya hemos dicho que no hemos de murmurar / Cipión: Sí, que yo no murmuro de nadie».

+ Entro en un librería y comienzo a curiosear. Llegó a la sección de biografías y memorias donde encuentro las cartas de un compositor, del que no recuerdo el nombre [o no deseo recordarlo]. Paso las páginas y me detengo, sigo y sonrío, algo me queda por descifrar y lo doy por bueno. Y así. Pienso que es un libro interesante, me gusta su contenido y el continente: unas dimensiones adecuadas, la tipografía en su justa media, la portada carece de estridencias y no trata de atraer al lector con cantos de sirena [tan habitual: una foto o un cuadro sorpresivos se solapan sobre la esencia libresca con el objetivo de enmascarar lo que no debe ser enmascarado]. Lo cierro y lo dejo en su sitio. Creo que hago bien en no comprarlo, pues mi acumulación tiende a la tormente o al marasmo. Sin embargo, y esto es lo que vale, lo que cuenta en el final del día, es un libro que me gustaría encontrar en un casa a la que yo fuese a pasar unos días. Me gustaría abrirlo en una galería que se asomase a prados infinitos con vacas cursivas y cuervos caligráficos, asistido por el aroma cafetero en la primera hora de la mañana, leer tras correr sin prisa ni objetivo: cinco o siete kilómetros. Esta ensoñación me depara un buen motivo para el aislamiento elegido y necesario. Poco más.

+ Aprecio las portadas de los libros que no tratan de capturar al lector mediante una llamativa imagen. Siempre desconfío, casi siempre acierto.

+ Una cena, conversaciones sobre el amor, la belleza y la soledad en la edad madura. El sexo, las jornadas laborales agotadoras, el éxito y el fracaso. Ser mujer, ser madre, quizás olvidarse del propio cuerpo y permanecer en suspensión sobre una solución salina. Gatos para solteronas, calvos y hombres atractivos que no son objeto del deseo, salsa picante y cerveza helada, un tema, otro y la sucesión de los días que nunca volverán [como este mismo instante en que escribo, en que tú lees], los fisioterapeutas, el dolor de espalda, los calambres que produce el uso del ratón. Pero todo es agradable hoy: la temperatura, la comida, la cerveza helada. Tras un año sin vernos, la reunión es un fluir cálido y honesto, sin dobleces ni acompañamientos interesados. Qué pobres son algunos ricos y afamados hombres y mujeres, qué poco se necesita para la dicha: correr sin objetivo media hora al día, amistades y poca esperanza. Podría añadir otras razones pero lo dejo en el instante en que se hace diamante eterno la conversación. Sin miedo, sin esperanza.

+ Imagen: la arquitectura que nadie desea, la arquitectura que nadie fotografía.

sábado, 22 de abril de 2017

Leer poesía




 + Me embarco en la recolección libresca. Sábado por la mañana en la biblioteca pública, una visita fugaz y certera, aunque hoy me haya dejado llevar por una súbita intuición, pero que no creo que resulte errónea. Se trata de la poesía de Bolaño. Un tomo con unas dimensiones considerables, como el fragmento de una viga, que tiene algo constructivo y subterráneo; leo tres o cuatro espigadas estrofas y encuentro una conexión con uno de mis temas: el detritus. Se deben vigilar las afinidades, estimularlas, revisarlas, establecer una ponderación, y, por qué no, dimitir, desertar, saltar al vacío. Ese es el diálogo que pretendo. Abro el libro y encuentro paisajes en los márgenes de la realidad, las dobleces no admitidas. Cunetas, bares de carretera, paraguas olvidados en una explanada. Barro, nubes, acerados automóviles, autobuses o camiones. El libro espera, yo espero. Primero la obligación, después la devoción.

+ Necesito contraponer a una suerte de positivismo reinante una afirmación humanística. Lo resumo en una boutade: no se puede confundir la ginecología con el amor. Ahí voy. Hay saberes que parecen equiparables por un principio administrativo, el que otorga los títulos y se adhiere a una tradición académica, pero que no hay tal posibilidad. No hay posibilidad. Una cosa es la física, otra la filología, no cabe equiparación, ni carriles paralelos. Vuelo sobre mis lecturas con la afirmación anterior: no igualemos la ginecología y el amor, porque ni siquiera el ginecólogo lo hará. ¿La ginecología, el sexo y el amor? El barítono calla y deja espacio al silencio.

+ Rescato una entrevista a Dámaso Alonso realizada por Paco Rabal, donde dice que la poesía es un potente motor del mundo, pero menos evidente. Percibo que cada vez estoy más en este ámbito, un espacio por descubrir y por construir, una tarea que me lleva el día completo, pues es un vivir poéticamente y a tiempo completo, sometido a los pliegues y dobleces que ofrece el día y sus aledaños. La música, la fotografía, las conversaciones, el trabajo, paisajes o arquitecturas, libros, cuadros, calles, avenidas rememoradas. ¿Comunicación o conocimiento?, hay preguntas que ya no me hago, lo dejo en esa razón menos evidente y muy importante. Leer poesía, me digo, cierro el ordenador y  me dispongo para que los últimos minutos del día se empleen en un otro soneto de Góngora, un otro más.

+ Las carreteras secundarias son otra cosa. Las casas en sus orillas, un perro que pasa sin cuidado, una mujer que observa el tráfico, un letrero que nos llama la atención, las nubes, el árbol singular, la cerca, unas vacas, un pueblo que queda atrás y su nombre es apenas una estela de humo. Un rumor de música y viento se posa en el interior del coche, con un tono catedralicio, da la nota, la talla en la empresa que nos ocupa. Comienza a llover levemente y sabemos que toda la poesía actual es lírica, heredera sin duda del romanticismo. Somos románticos en su sentido más exacto y certero. La necesidad de expresar la unicidad del yo es nuestra brújula, a cada momento lo vemos, en cada gesto, en cada tatuaje. Somos únicos, descubrimos en cada vibración. Nos miramos demasiado al espejo, compramos juventud al cirujano plástico y la personalidad al librero. Necesitamos armarnos de detalles y características muy novedosas. Ese cementerio de lo cotidiano forma una pirámide de deseos incompletos. Las carreteras secundarias son otra cosa, como si tu personalidad les diese igual: hacia ahí tienda la conversación y se apaga la música, se apaga el día.

+ Un extraño ataque de amor por la historia del español me asaltó después de regresar de los hermosos días en Asturias. Sé que tiene que ver por una otra suerte de indagar en los rasgos del español de Asturias, en los restos del antiguo leonés; una indagación que derivó hacia un sortilegio que se esconde en los arcanos y filológicos saberes que se ocupan del origen de nuestra lengua. Asomarse a ese edificio inconmensurable que resulta ser una lengua tal que la española produce un vértigo real, físico (en mí caso). Todos, mujeres y hombres que han trabajado para darnos la herramienta imprescindible que es el idioma se diluyen en el cieno del tiempo, sin poder saber nada de ellos, quizá, como mucho, algún dato, alguna característica de su tiempo. Ya, las metafonías, asimiliaciones y disimilaciones, aperturas y cerrazones vocálicas, la acentuación o lo patrimonial contra el cultismo. Haces que perduran, pero ¿y todos lo que hablaron, los que nombraron el mundo e hicieron que ese nombrar evolucionase y llegase hasta aquí? El uso de la herramienta la engrandece allí donde se empuña, allí donde golpea, corta o clava. Ese uso es registro más vivo y real de los que ya no están. El brillo poético traslada al lector a las vidas que ya nunca serán otra cosa que viento y palabra, pero la palabra alarga su vida, ajena al que la pronunció. La poesía es condensación, me digo y regreso al libro de Lapesa.

+ Imagen: fragmento de la puerta de entrada a San Miguel de Lillo, que complementa la foto de semana pasada, aunque se trate de una versión muy diferente, alejada de la calidad de la postal. Me digo: antes la postal, ahora lo poético: el paso del tiempo, lo irregular, la belleza del óxido, la madera y su vida. Atravesados por el impulso poético.

sábado, 15 de abril de 2017

Vacaciones


 


+ Dos o tres días son suficientes para hacer un viaje con agradables notas de turismo convencional. Gastronomía, paisaje y cultura. Quizá se trate de dejar a un lado algunas de nuestras normas estéticas y morales (en tanto costumbres aquilatadas), aunque no todas, aunque no en demasía, y ceder en el tránsito de los días de vacaciones.

+ [Libros que se incluyen en el equipaje y que no se leen (como suele ser habitual)]. Una antología de la poesía de Góngora, Las novelas ejemplares y la impresión de un prólogo a un conjunto de estudios sobre ciberpolítica [que sí llego a leer y a subrayar, al menos, en su mitad, esto se debe destacar por lo insólito]. En fin, la lectura en los viajes resulta ser otra muy distinta,  pues se centra en los periódicos y en las hojas volanderas. En un ingenuo intento por adquirir un poco del espíritu del lugar; me interesan, por ejemplo, pequeñas noticias en las que se da cuenta de la situación de un saneamiento en un barrio del que nunca volveré a oír hablar, la concesión de un título honorífico a un empresario que mientras leo el suelto olvido su nombre, o ese artículo costumbrista acerca de la no muy célebre Semana Santa local. Persisten con mayor intensidad las fotos, las esquelas y los anuncios por palabras, pero su duración tampoco es mucho mayor. Resta, eso sí, una sensación de que todos los lugares son el mismo lugar, a pesar de notables y evidentes diferencias. Las ambiciones, el brillo de la soberbia, la lujuria de la vanidad, lo real que la muerte es, el olvido, cómo no, al que está destinada toda obra humana. Y regreso a lo mismo, como siempre. Uno alimenta la ficción de que es posible capturar ese algo inasible que conforma el lugar, pero uno se equivoca. Un ingenuo error que se transforma fácilmente en ironía. Posarse en los nombres de calles y plazas, de iglesias o de los museos. Horarios de autobuses, el color de los taxis, librerías o tiendas de recuerdos. Esa recopilación, esa nómina de elementos que el viento del tiempo ha de llevarse sin piedad.  Y, mientras, los libros dormitan en la mesilla de la habitación del hotel, emblemas que recogen el sentido último de los días de vacación, queda atrás cierta seriedad circunspecta de lo diario y se abre una flor de suave y ligera suspendida en el anguloso sucederse de los segundo, de los minutos, de las horas.

+ La conducción resulta fluida. Sin embargo, el problema de las autovías y autopistas es que resultan neutras, son bandas que parecen no tener fin, donde la sucesión de los carteles poco más es que un inventario, los árboles y los viaductos parecen ser siempre los mismos. Algo que enraíza en las características de nuestra época, en la hipervelocidad, los espacios intecambiables y la falta de personalidad. Pasan los coches, quedan atrás los letreros de las poblaciones, se llega al destino y entramos en un garaje. No podría decir dónde estamos, salvo por la certeza que aportan los mapas.

+ Las tiendas de recuerdos atesoran en su interior una cualidad dúctil y flexible. Garantizan balizas para delimitar los años que se van, recuerdos que quedan en las casas como testimonios de un tiempo: éste, sin ir más lejos. Ay, ¿es posible comprar recuerdos? Si se pudiese, no cabría mayor felicidad. Comprar, vender, intercambiar recuerdos, en un sentido literal, nunca figurado. Ay, pero no es posible, desgraciadamente, no es posible. Sólo son posibles esas balizas que nos indican que en 1989 estuvimos en Oviedo y eran las fiestas de San Mateo. De ello dan cuenta un llavero, un calendario, un bolígrafo o unos vasos desparejados. Las tiendas de recuerdos venden pistas para el olvido, nosotros compramos esa mercancía y el veneno se extiende inmediatamente.

+ Yo pensé en una ría como un escenario para un cuento de hadas. Bosques espesos, remansos amplios y una luz dorada que baja desde el cenit; pasarelas de cuerdas y tablones que unían islas, que partían desde altos árboles a altos árboles hasta llegar a masas de rocas y liquen, cobijadas por las altas copas, los helechos, la humedad, el verde intenso, el vuelo brillante de una luciérnaga. Pensaba yo que era la ría de Viveiro, pero no era así. Todo se relacionaba, ahora lo sé, con un sueño lejano donde yo caminaba por esas pasarelas, donde mi madre nos hablaba de su infancia y de cuánto le gustaba dibujar y salir al campo para encontrar violetas. Cuando murió, en la tumba, mi padre depositó una maceta con violetas. Recuerdo la escena, recuerdo esa ría que nunca existió. Hay estelas en el tiempo que parecen tocarse, levemente. Nos alejamos por una carretera secundaría.


+ Imagen: una foto de Santa María del Naranco. Busco que la foto tenga la calidad, la textura de una postal, que contenga ese impulso turístico que ha guiado el viaje, y creo que lo logro. ¿Hay un sentido irónico en el disparo? No, es una lectura literal de lo que fueron estos días, de la felicidad, del espacio y el tiempo para el amor. Los misterios que atesora la construcción se cristalizan en la geometría de dos manos en su entrelazamiento mientras contemplan el pasado y el pasado les ignora, como no podría se de otra forma.

sábado, 8 de abril de 2017

Átomos volantes del olvido




+ La previsión y preparación de un viaje aportan a lo diario una nota de alegría. Cafés en terrazas, paseos, librerías, parques, una ciudad por descubrir, el perfil de los perros en el contraluz de la tarde, los anhelos y afanes de sus dueños. Más cosas que no se pueden adivinar, que pervivirán, que aletean, que respiran por sí mismas más allá de su medio natural. Una acumulación los indicios se traduce en alegría. Todo apunta a la construcción de una nueva realidad, adormecida.

+ Muere el día.

+ ¿Se debe desvelar el origen del título de la entrada? ¿El lugar donde se encuentra, la razón de su razón, la función que desempeña en la totalidad? Los «átomos volantes del olvido» son las horas; el tiempo: uno de los ejes de la Fábula mitológica de Faetón, del Conde de Villamediana. Me parece un gran hallazgo y lo recupero para dejar constancia de mis lecturas, esa deriva áurea que me embarga, cada vez con mayor intensidad. Y sigue sonando Strauss II con nervio de vals y certeza temporal: el timbre de la percusión agudiza la ritmo de la lectura. Así queda.

+ Veo jugar a tres gatos, una gatita se acerca hasta donde estoy y se aprieta contra mis tobillos. Una explicación emerge en sus movimientos, pero permanece oculta. Más tarde llueve con intensidad, para, luce el sol y regresan las nubes, las negras nubes. Se sedimenta el instante, el trabajo requiere concentración, pero hay  momentos, intervalos en los que se percibe esa calidad que el paso del tiempo esparce sobre los objetos, los animales y las personas. Un edificio que se desmorona, la caída de una mano sobre la mano amada que agoniza, el sentido último de un maullido, la tranquilidad del trabajo bien hecho. Una colección de esquirlas de poesía, ese mundo lírico donde se construye un yo poético que nace, vive, muere y, luego, resucita con nuestra ayuda y dedicación. Son los impulsos que constituyen las metas diarias. Los gatos se refugian en un alféizar, me miran y su indiferencia es casi emblemática. Así acometeremos el mes de abril, aquél del que decían que era el más triste, pero que su rastro sea fructífero.

+ [Gentes a las que saludar]. Así es la provincia. Gente que no tienes nada que decirles, te miran y los miras, te saludan o no, y la vida continua. Las dimensiones de las ciudades condicionan la relación entre sus habitantes, para bien y para mal; esto no deja de ser una idea sustentada en la tautología, en el reflejo innecesario. Le veo y tras sus enormes gafas de sol pasta negra me observa, me dirige un movimiento de cabeza displicente y continúa: gabardina negra, paraguas negro, vaqueros negros recién estrenados. Me vuelvo y desaparece entre la masa. Una chica que estudió conmigo y ahora cuida ancianos; era guapa o muy guapa, y todavía conserva un estilo decadente y vampírico, pero ya nada es lo que era. La fuerza de la juventud se agota en la cincuentena. Me sonríe y yo sonrío, ese es el saludo. Supongo que está divorciada y en una no muy buena situación económica, su ropa la delata. La anciana a la que acompaña tose y ella agarra su mano con amor. Me reconforta. Un otro personaje de la mañana provinciana: sobrepeso, atildado, la gomina ara sus cabellos casi rubios, reloj caro, gafas doradas caras, terno caro. Me mira y no me mira, duda, pero me saluda. Pesa mi status que no es el adecuado para su persona, pero sí que puede hacer una excepción (hoy es sábado), al menos hoy. Continúo mi camino con mis libros y una literatura por elevar, un discurso engendrado que crece, en el que confío y en el que sí creo. Debo remarcar aquí el lema que me guía: el carácter es el Destino. La Fortuna colabora en todo este discurrir. Anota la posibilidad de unir las dos figuras: Destino y Fortuna.


+ Imagen: una persona que camina frente a la entrada de un gran museo, pero camina con un objetivo ajeno a la magnífica colección que alberga el edificio. Disparar la cámara es un ejercicio de extrañamiento, el desenfoque una certera verdad.

sábado, 1 de abril de 2017

Muros de abeto, almenas de diamante




+ El título de la entrada corresponde a la dedicatoria que hace Góngora al Duque de Béjar en la Primera Soledad; necesidad inexcusable y habitual para los poetas, para los escritores, la de las dedicatorias en el Siglo de Oro. La traslación de la fórmula se remite a las montañas nevadas, los abetos son muros que son laderas, las almenas de diamante la nieve sobre los picos. La imagen tiene una fuerza que se expande hacia las consideraciones críticas que entroncan con un sistema de símbolos y posibilidades. No importa. Cuenta la sucesión que se cristaliza y me acompañará esta semana. La imagen tan poética como imposible de trasladar a una imagen coherente. En ello estamos.

+ Noticias a primera hora como riachuelos que mueren antes de alcanzar un otro río que llevase su agua al mar; la tierra los absorbe y se quedan en nada. La actualidad es una sucesión de posibilidades, pero poco, muy poco permanece. La lectura de la Historia nos otorga esa vista panorámica.

+ A veces la tristeza es inspiración, otras paraliza. No es agradable, pero llega sin saber cómo. He pensado en ello y creo que, en muchas ocasiones, no hay razones determinadas ni fijas. No se puede centrar mi tristeza en una razón única. Es un haz, pero se ve venir, como la marea que sube. Tengo un remedio: las Meditaciones de Marco Aurelio. Llego a ellas y me coloca en el lugar exacto en el que estoy, en lo que hago y en lo que deseo. Finalmente, se deben acallar los deseos, ¿se trata de esto? Me digo: «Muros de abeto, almenas de diamante». El mundo espera ahí fuera y es un gran tablero de juego, somos sus fichas, somos sus jugadores. Tomo decisiones firmes y las mantengo durante tiempo, mucho tiempo. Un largo y fructífero tiempo. Es una tarea, la lucha contra la negra tristeza.

+ Poemas que se acumulan y esperan su momento. Voy cribando, pero no como criterio estético, sino en pseudoformato de elaboración programática. Una otra posible lectura se debate en su nacer tal que mariposa en prado undoso. ¿Cómo y por qué se va adhiriendo un sistema conceptual elaborado con un repertorio léxico prestado, adquirido y sin una posible sistemática?

+ La sombra de la tristeza dibuja el día desde la oscuridad. ¿El oxímoron? «carro es brillante de nocturno día» Góngora en la Soledad Primera. Lo uno se une a lo otro y se establece una razón poética para el día, la que reside en la técnica exacta del posiblemente más grande poeta. Aunque, claro está, la calificación no deja de ser otro oxímoron: la grandeza es del poema, no del poeta, porque el último se diluye en su propia temporalidad, el primero permanece en la lectura sucesiva. La móvil lectura, independiente y certera.

+ Música: Strauss II. Dejo que vals mezcle las horas de la siesta con los recuerdos de mañana, que se van diluyendo en el olvido como el azúcar en el agua. Tres por cuatro, bailes imaginados, automóviles y motocicletas, ciclistas y peatones, la radio de fondo y el fluir grato de la vida, su falta de proyecto y esa grandeza que reside en esas ausencias. El Vals del Emperador aglutina respuestas a preguntas no formuladas.

+ Imagen: cómo se dobla sobre sí mismo lo diario, las sombras, las pisadas, el tacto de la piedra; abierta, la realidad es un infinito poético. Esta inmensidad se resume en una abstracción, bastaría con utilzar un filtro que desenfocase la imagen.

sábado, 25 de marzo de 2017

Madrid (marzo 2017) [y 2]





+ No me di cuenta, pero en el blog hay dos imágenes seguidas de hojas secas, otoñales. Ambas fotos las tomé en Londres en el final del año pasado, en el final del 2016. Debería tratar de encontrar una clave o una piedra de toque que explicase esta querencia. Lo hago, pero nada encuentro. Tampoco tengo mucha intención. Se trata de jugar con las posibilidades que la realidad nos ofrece. ¿Todo es juego? No es una mala manera de observar la vida, lo vivido. Hojas secas en Londres, la caída de la hoja en Londres. Eran los inicios de diciembre y hacía calor, un calor raro para la época y la latitud. Días soleados, la ropa de verano, el sabor de la cerveza helada. Se acumulan recuerdos, buenos recuerdos. Pero ahí están las hojas secas, el memento mori. Siempre es necesario el contrapeso, el contrapeso es la hoja seca frente a la lujuria de la ciudad en un extraño verano en el final del otoño. Nada se resiste al paso del tiempo, pero recordarlo es incidir en el tópico literario: el día muerte, muchacha coge la flor, las cuatro edades (…) Triadas de razones que nos invitan a disfrutar. Aquí encuentro la sensualidad auténtica. En ella permanezco y quiero creer que esa es la razón porque dos semanas seguidas aparecieron hojas secas. Ahí está todo, esto es lo que nos debe impulsar. Queda abierto.

+ Me remito al poema sobre Rimbaud y Verlaine, sobre su estancia en Londres. Es un poema de Luis Cernuda. Lo leo y recuerdo Camden, lo leo y pienso en ese estigma de barrio pobre y sombrío, tomado por la espesura de noches, humaredas y nieblas casi doradas. Es un sentimiento antiguo, gastado, que reverdece en ocasiones. La estampa de un lugar visitado acrecienta un conocimiento tangente y pobre, pero con el valor suficiente para llenar la tarde del sábado. «La casa es triste y pobre, como el barrio, / Con la tristeza sórdida que va con lo que es pobre, / No la tristeza funeral de lo que es rico sin espíritu». Verlaine el borracho, Rimbaud el golfo; en palabras y sentencia del poeta sevillano. Pero Camden (…)

+ No acabo la sentencia anterior y dejo en suspenso una idea que sobre el barrio londinense yo tenía y ya no tengo. El poema, en cuestión, tiene un título que invoca una reminiscencia lejana de mi biografía: «Birds in the night». Así queda. Todo está abierto y dispuesto a ver su fecunda posibilidad.

+ Una vieja obsesión: las maquetas como ejemplificación de la necesidad de capturar y reflejar una forma. Me gusta apreciar un estilo en la maqueta, donde la arquitectura es más pensamiento que en ningún otro lugar, ya que la función es asesina de la poesía [en el sentido lírico que nuestra época entiende poesía, ese reflejo del yo].

+ ¿Por qué un Madrid-2? No hablaré de Madrid, porque quiero preservar un secreto que se une a los rostros, los cuerpos, el desplazamiento, la reflexión, el pasmo pacífico de los taxistas, la violencia de la luz dorada del sol cuando el invierno finaliza. La razón del título se fija en la imagen que ilustra la entrada.

+ Imagen: un recorte contra el cielo, no es un emblema, tampoco contiene una simbología que se deba interpretar para darle un sentido. Sólo es una baliza en un camino, el hito que ayuda a orientarse; nada más. Arquitectura que regresa a su ámbito, de las tres dimensión a la poética realidad del plano. No se trata de avanzar, sino de permanecer.

sábado, 18 de marzo de 2017

Madrid (marzo 2017) [1]




+ Aterrizo y la ciudad me espera impaciente [esto me gusta creer a mí]. Me aguardan ocupaciones y afanes que se extienden a lo largo de un año y en quince minutos conocerán su resultado. El viaje ha sido tranquilo.

+ [Avión]. Me siento en el lugar que me corresponde, lo ordeno todo, pero algo se me ha olvidado. Me levanto, me siento de nuevo y noto que algo se rompe. El reproductor de Mp3 se ha roto, le ha saltado la tapa y ahora muestra su intrincado interior. Veo una semejanza con una cabeza a la que se le hubiese quitado la parte superior del cráneo, esas figuras didácticas para comprender la anatomía del cuerpo humano. Esto no interesa demasiado, lo que me llama la atención es el hiato entre el exterior y el interior. Un exterior mínimo, un interior laberíntico: impenetrable. ¿Una traducción poética? He arreglado con mucha pericia el cacharro y sé que he aprendido algo que ahora debe sedimentarse, un proceso que me ayudará a concretar una otra idea del interior y del exterior. Queda abierto.

+ Por la calle oigo a alguien que su novia es coaching en una empresa de big data. ¿En qué consiste su trabajo?, le pregunta el interlocutor, y el chico, muy joven, muy anillado, muy tatuado, responde que hace juegos para animarlos y que aumente la productividad. Me alejo no sin antes escuchar un dubitativo y escéptico “ajá”. Madrid se ve inundado por la luz del sol de marzo, hay viento y la gente se engalana para la esperanza del verano (es decir: se quita ropa), pero todavía no es verano, ni siquiera es primavera. Palabras que vuelan de boca en boca que remiten a una realidad más allá del tiempo y del espacio. La esperanza de una agradable vida con la persona amada. Aquí reside todo, no hay mucho más.

+ Veo pasar por la Gran Vía al cantante que ha modificado su imagen recientemente. Del pop cínico a un estilo de coñac, espesas alfombras y pesados muebles. Barbour, náuticos, pantalón de lona, camisa de rayas; barba, gomina y pipa en arabesco. Tengo su canción en el Mp3. A L. no le gustó y lo entiendo, en ese sentido que a ella no le gustó a mí tampoco me gusta, pero yo me he rendido a un desarrollo guitarrístico ascendente, rápido y bien rimado. Ninguna de las otras canciones del disco me gustan,  el disco no me parece gran cosa: prescindible. Continuo mi paseo y creo haber comprendido el sentido de la canción, que no es más que un formalismo que no cuaja. Es el vacío que impone la necesidad de producir, la demanda del mercado.

+ Mientras recuerdo el día que pasé en Madrid, con sus obligaciones y sus ornamentales entretenimientos, abro el paquete que llega desde Toledo. Viene entre otros, el libro de Santiago Auserón, El ritmo perdido, recojo una cita: «Quizá uno no acaba de entender las cosas hasta el día en que a nadie - o pocos más- interesan». Aquí queda, y continúo con la meditación sobre la ciudad y un futuro que se abre ante mí.

+ Lewis Baltz en la Fundación Mapfre. Es un día tranquilo y se agradece la poca afluencia a la exposición. Sólo somos tres personas, no nos molestamos. Las fotos me confirman mis expectativas: hay una conexión entre el fotógrafo y una idea que yo tengo de hacer fotos, que va más allá de las propias fotos y se convierte en una proyección integradora de la realidad, de un segmento de la realidad que yo deseo significativo y nuclear. Lo que no interesa, en definitiva. Cunetas, acumulaciones caóticas (qué rédito tiene la figura retórica), construcciones sin identidad, sin intención de poseer una personalidad o un estilo, automóviles recortados contra fondos neutros, almacenes, persianas, ventanas que sólo son un rectángulo. También, sus fotos en color. Pero para no abundar en la recolección de los motivos, lo dejamos en esa forma de seleccionar los elementos que ofrece lo cotidiano, toda la carga de las intenciones. Se eleva sin remisión lo posible, confundo lo mío con lo suyo sin solución. Fuera hace un día soleado y el capítulo arte del breve viaje a Madrid ha quedado cumplido. Poco, breve y bueno.

+ [El el metro]. Se sientan ante mí una pareja que están en sus treinta [ay, cómo me gusta este calco del inglés]. Ambos se entretenienen con sus pantallas. Ella tiene la cara plagada con unas manchas rosadas que se concentran en la nariz, el entorno de la boca y en las mejillas. Es rubia y vaporosa, una princesa renacentista con bolso de Purificación García, reloj Marc Jacobs y mokasines Todds; ay, ni es guapa ni es fea. Comienza un proceso que la transforma. Una crema que extiende por toda su cara con cuidado, el negro de humo que deposita en sus pestañas, un azul ligero en los párpados. Espera. Al cabo, deposita sobre el su mano una pasta color carne que ha de extender por su rostro con una brocha. Desaparecen totalmente las manchas. Sobre su regazo tiene una bolsa de tela de donde saca y retorna las herramientas, los botes y los tubos. Ahora es otra, su rostro ha ganado seguridad. Llega el momento de abandonar el vagón, besa a su novio y se dicen que se verán a la noche. Creo entender el germen de un poema, lo valoro y me abandono a la música de Santiago Auserón, sin poder olvidar el tema de la persona, el personaje y su máscara [¿cuántos somos a lo largo del día?].

+ Cuando se solapan las tres imágenes surge el espíritu del día, un dios menor y esquivo. Los árboles, su floración y una sombra (de un árbol, un otro árbol). El mesaje debe permanecer en lo criptico. Su éxito  se refleja en la sucesión de posibilidades. Son las condiciones de posibilidad, del proyecto que nace, que nace en Madrid. Creo que estas condiciones viven en los árboles que puede encontrar de camino a la Uned, al Edificio de Humanidades. [Jarvis Cocker: yeah, the trees, those useless trees produce the air that i am breathing. yeah, the trees, those useless trees; they never said that you were leaving].

sábado, 11 de marzo de 2017

Un dios llamado Oscuridad




+ ¿Nos referimos a la Fortuna y a su caracterización, a sus detalles y diferencias? El gobierno del mundo por parte de la Fortuna es una explicación medieval de la realidad, en relación con la voluntad divina y con una posible corrección mediante la virtud. Interesa una Fortuna que se declara caprichosa y sin posibilidad de cambio, ni de enmienda sobre sus designios. Sobre lo divino y lo humano, sus decisiones son inapelables. A uno le tocan 5 millones en la Lotería Primitiva y es su desgracia; otro se emparienta con aquella ‘la mujer de sus sueños’ y comienzan a sufrir los dos; el más alejado entra por la puerta grande de esa soberbia colocación laboral, y aquí localizamos su muerte en vida. Tentar a la Fortuna supone exponerse a su maldición y sus caprichos, como bien sabían los griegos, ya que el peor de sus castigos es la consecución de los deseos. Así se puede invocar el inicio del siglo XXI, las razones del capricho de la ‘varia diosa’.

+ He visto caer la nieve. Lenta, esponjosa, llena de una apariencia mortecina. Cubría prados y árboles, una niebla densa desdibujaba el paisaje, la música de piano en la radio reflejaba bien el contenido del pronóstico del tiempo. Ningún pájaro volaba, no había más sonido que la radio del coche y el run-run acompasado del motor. Siempre vigilante, siempre atento. La niebla es hipnótica en un sentido estricto. La nieve es fría y hermosa, la conjunción nos lleva a pensar en un sueño del que nunca se despierta: palacios de hielo, praderas de nieve, carreteras sin fin. El camión pasó y me devolvió a la vida. Un rugido de bestia insaciable. Acordes superpuestos, zumbidos y acoples de amplificador. Ay, el ruido bajo la nieve. Blanca diosa de la mañana, levántame cuando me caiga.

+ «Yo soy muy sensual. El día que me falle la sensualidad, tomar una copa, sentir el buen tiempo, meterme en una piscina, o en el mar, ver a alguien que está muy bien físicamente… El día que todo eso me falle, la vida será un sitio inhóspito». Dice Gil de Biedma en una entrevista que leo un sábado por la mañana, que apunto ahora aquí. ¿De qué da fe? Una celebración necesaria de la vida, una prontitud de frivolidad y sustancia que nos arrebata, el disfrutar excelso del estar vivos. Los cuerpos, la comida, el paisaje, un poema, un cuadro, la poca necesidad de hablar [en ocasiones], un paseo, la lejanía del horizonte, el trabajo bien hecho, está página sin dimensiones. Esto y mucho más, que se atesora en el interior y nos permite sobrellevar la planicie de lo diario, de la realidad circundante. [Según leí el diario del autor estas afirmaciones suyas en la entrevista han sufrido una metamorfosis: no es la misma sensualidad la suya que la mía, pero prefiero conservar lo escrito y no enmendarlo].

+ La nieve me otorga una imagen que guardo como oro en paño. Qué hermosa expresión la de «oro en paño», qué colores contradictorios: el blanco puro y el amarillo del oro. [Minutos después, caigo en la cuanta de que el blanco y el oro son los colores del Vaticano; desde luego que los tiros no iban por ahí].

+ Llega un momento que, tras haber leído unos cuántos versos y unas cuántas opiniones y juicios del poeta, uno cae por la pendiente de buscar acontecimientos y fotografías personales. Reconstruir una vida es peligroso, pues siempre se está en el filo de confundir motivos vitales con esas tenues verdades estéticas que algunas obras de arte atesoran pero que no pueden ser traducidas a otro lenguaje, que no admiten reflejos viales. Sólo son posibles en lo propio. En ese filo se debaten los vídeos que veo sobre Gil de Biedma, del que leí ayer unos diez o doce poemas, una lectura que se alargó hasta más allá de la una de la madrugada, más allá de lo deseable. Ahora, en un intermedio que me concede el Siglo de Oro, regreso a su figura y hay muchas cosas que no comprendo, que no puedo estilizar en una línea biográfica, pero que sé que todo ello va en detrimento de la propia lectura, de la propia poesía, pero debo continuar esa investigación mínima. Cierro los vídeos y vuelvo sobre Góngora, sobre la fábula de Píramo y Tisbe: su poesía, la ausencia biográfica. Hay momentos en los que sólo cabe un formalismo lector; éste es uno de ello y de ello dejo constancia. Queda abierto.

+ No puedo evitar un aire de melancolía que viene dado por una circunstancia que soy incapaz de controlar. Se suman lecturas venenosas, un tiempo inestable y el espejo de la edad. Desafíos, batallas perdidas y algunas humillaciones perdidas en el tiempo. Pero me deshago de este fardo y escucho con atención el rumor de la primavera, que comienza a despuntar en los brotes de los árboles. Cojo el ligero tomo de Marco Aurelio y recuerdo que todo malestar es siempre interno, y la tarea es localizarlo y anularlo. Lo intento y lo consigo.

+ Ahora, un poco más tarde de haberme duchado, dejo a un lado el libro de Gil de Biedma, su diario. No sé, creo que no continuaré, aunque no lo puedo asegurar. Hay algo en el personaje que no me gusta, que me pone nervioso, que detesto. Una estridencia molesta. El sábado devolveré estos libros a la biblioteca pública y dejaré Las personas del verbo, su poesía, en el lugar del estante que le corresponde. Al mismo tiempo, mientras escribo lo que escribo, me parece que todo este su mundo es algo antiguo y gastado, desligado de los poemas, que su contemplación perjudica con enojo la lectura. Curiosamente, insisto, creo que no arrojan luz sobre la poesía sino que, al contrario, enturbian una suerte de limpidez, como si un barro sedimentado en el fondo aflorase para pervertir el agua clara.


+ Termino por dar con la clave de mi malestar, y la raíz está en los Diarios de Gil de Biedma.

+  Lo recuerdo. Fue en los diarios de Andrés Trapiello donde tuve la primera noticia de la estancia de Gil de Biedma en Filipinas y su trato sexual con niños, vaya: la pederastia del gran poeta. Lo había olvidado, pero cada vez que volvía sobre sus poemas algo desagradable parecía respirar en su profundidad. Sí, es eso, una miseria profunda. Cuando llegué a la lectura del episodio en su diario no podía creer lo que leía, la frivolidad destilada, una abrumadora verdad que provenía de su propia y no culpable confesión. No había arrepentimiento, sólo frivolidad. Se derrumbó la grandeza de su poesía en un instante. No sé si estoy obligado a separar una cosa de la otra, pero no quiero hacerlo, no creo que se pueda hacer, ni se deba tan siquiera.

+ Y algo que extraigo de El Confidencial, escrito por Alberto Olmos: «Los aficionados a la diarística emparentarán enseguida ese gusto por los chicos de Gil de Biedma, y su consiguiente relato en páginas privadas, con relatos similares que figuran en el conocido Diario de André Gide, autor de cabecera de nuestro poeta. ¿Qué hacer con esas páginas, con esa delincuencia? ¿Callarla, evitarla, enterrarla? Entre el apetito de castración de quienes sacarían a un autor de los libros de texto por haber mantenido relaciones sexuales con menores, y la connivencia amical de otros que se limitan a hacer la vista gorda, solo queda apelar a la literatura como juez imparcial de una obra concreta. Esto es: ¿hay verdad y belleza y testimonio en ese libro?»

+ Lo anterior me lleva a una frase que suelo repetir: nos gusta el arte, pero no nos gustan los artistas. Hace años se la oí a una persona brillante en lo suyo, la Historia del Arte. Conservo esta enseñanza con cariño. Y ahora la recupero mientras dejo esta poesía de Gil de Biedma en cuarentena.


+ Imagen: hojas secas, el otoño, la ampliación de una verdad que se oculta pero termina por emerger.

sábado, 4 de marzo de 2017

Genius loci




+ El genio protector del lugar se nos aparece cuando nos disponemos a verlo, a escucharlo, para lo que no sirve la función ordinaria de los ojos y los oídos. Se manifiesta de diversas maneras, pero siempre con nuestra colaboración. Allí, presente e inmutable, en su materia permanente y en su tiempo estático. Una serpiente que guarda el lugar es la imagen, pero su realidad va más allá.

+ [Tres puntos en un posible mapa, para un (im)posible proyecto]. Borde(s) de encuentro; condición(es) de posibilidad; superficie(s) de equilibrio. Son puntos que sugieren pero que no determinan. Se alejan cuando se hace materia el proyecto, su función es de esbozo más que de trazo. (?)

+ Súbitamente me asaltó una imagen de la infancia. Yo tendría menos de diez años y una chica, mayor que yo, ¿tres años, cinco años?, se bañaba a mi lado, en el mar. Nadaba muy cerca y yo la observaba. Me sonrió. Recuerdo las tiras verdes de su bañador, que sostenían sus leves pechos. A eso se reduce el recuerdo. Ni siquiera sé porqué recordé hoy la imagen, mientras conducía pacientemente. Me asaltó, con una contenida erótica que ya estaba presente en su origen. No quiero averiguar nada, sólo deseo que aquel mundo se sumerja lentamente en aquel mar que no volverá.

+ Doy fe de la [inexistente] estética de los furgones blindados, donde todo es funcional y no se percibe ningún ornamento. Peso, seguridad, firmeza. Amarillo y negro contra el verde de los árboles, contra el cielo limpio del inicio de la primavera. Avanza en su hierático rumbo, lleno de billetes y monedas, tripulado por hombres armados y con chalecos antibalas. Un acento cinematográfico. Gafas de sol y expresión seria, muy seria. Lo veo pasar por aquella carretera orlada de coníferas, y lo estudio en su reluctancia. Parece de otro mundo, el furgón blindado. En efecto, es de otro mundo.

+ Detritus en latín viene a ser algo así como molienda, lo que queda tras la descomposición de un sólido. Polvo, viento, nada. Su rendimiento tiende a la expansión. Un edificio, un automóvil, una profesión. Todo aquello que se desvanece para convertirse en polvo, que pierde su cohesión y se transforma en un algo que carece, todavía, de nombre; que quizá nunca alcance un nombre. El polvo en las cunetas, aquel elemento que se olvida y el sol y la lluvia transforman en partículas indeterminadas, lo biológico que se hace tierra negra y fructífera. Abono, líquidos, arena o tierra. Su imagen dispersa nos indica que hay un margen que tiende a la irrelevancia. Materia muerta que un día fue vida, esa aparente contradicción. Este es nuestro mundo, estos somos nosotros. Si no lo somos todavía, lo seremos.

+ Góngora, endecasílabo final de un famoso soneto: «… en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada». Así queda, el detritus.

+ Voy a correr y pienso, otra vez, en la geometría de los furgones blindados, donde todo es función, donde no cabe el ornamento, ni el gesto de identidad que atesoran el resto de los vehículos. No les hace falta. ¿En qué emblema se contienen? ¿La función como totalidad?


+ Imagen: la acumulación es el comienzo, la tierra negra se forma y se conforma para dar vida.