sábado, 26 de mayo de 2018

Irrelevante


LISBOB


+ Paseamos por una playa de aires californianos y todo resulta perfecto. Hay un equilibro que podría llegar a ser inquietante, fantasmal, muy cinematográfico. Comienza la puesta de sol y los paseantes se paran para disparar sus teléfonos. Pareciese que se han coordinado. Pienso que no se trata de fotografía, sino de la constatación de una presencia, de la calidad de espectador del espectáculo: el sol se hunde misteriosamente en el mar y un ensangrentado festival rojo tiñe el mar. No disparamos ninguna foto. Lo tenue de la noche comienza a invadir el paseo y se perfilan sombras e insinuantes siluetas. La perfección del momento perdura. Hay una semejanza con lo que el escenario cinematográfico deseado nos ofrece: sonrisas, paso calmo, la carrera sosegada, un perro, otra foto, unos se besan con una primera pasión dentro de un viejo coche, en el ordenado aparcamiento hay amor y paz. Trato de extraer una conclusión y no soy capaz, un vapor que inunda la tarde resulta ser ebriedad contenida y sin substancia. La primavera ofrece uno de sus engañosos regalos. La vida y el dolor se debaten bajo la capa de amable serenidad. El balance deberá esperar, el día se ha coagulado.

+ Centro médico a las cinco y media de la tarde: calor, geometría y cansancio. Grises paredes, cristal, cemento y un calor pegajoso. La edad regala calma. No tengo prisa. No he traído nada para leer, no tengo un teléfono que escrutar, ni radio, ni ningún otro artilugio. Me centro en contemplar los edificios que se ven desde las ventanas, observo a los otros pacientes, veo como en la pantalla se dan buenos consejos: hacer ejercicio, una dieta saludable, buenos modales en cualquier circunstancia. Voy de un espacio a otro: del taller mecánico a la consulta del médico. El punto de unión es la necesidad de reparar lo gastado, lo estropeado. Mi coche y yo unidos en una dimensión, en una necesidad de cuidados. La chica del percing en el labio me pregunta si hace falta número y le digo que sí, le indico dónde: muy educadamente me da las gracias. Me llaman y expongo mi caso. Sé que es cosa de la edad y el médico asiente. El cuerpo se gasta como se gastan los rodamientos del coche. Todo tiende a su fin, pero como cada día tiene su afán, éste resulta ser la solución de tareas pendientes: rebaja del seguro del coche, cambio de aceite del coche y visita al médico. Todo ha sido resuelto satisfactoriamente: una pequeña alegría el ver cómo las aguas corren por su natural cauce, sin detenerse, sin desbordarse.

+ Imágenes que se solapan. Ha comenzado a hacer calor, algo que crece y cuaja. La coagulación, el rojo desvaído, la herida que ya no es tal. Brillos, cristales, acero afilado. Palabras. He leído algunos fragmentos de un libro que tomé en la biblioteca del estante de las novedades. Me gustó su materialidad. Lo abro y me encuentro con el relato de cómo la madre del autor muere. Conexiones en el punto más alto de la primavera. Recuerdo aquella habitación tan blanca donde cada sonido se multiplicaba hasta extinguirse, los muebles, el rostro de mi madre (la última vez que la vi). El resultado de todo el proceso era el esperado y allí estaba la muerte, que no era nada, un segundo o ni eso, ni siquiera una fracción de segundo. ¿Hay alguna señal en el hecho de coger el libro, tomarlo en préstamo y abrirlo, esta tarde, a esta hora, en esa página? Algo late más allá del sonido armónico del reloj que guía mis horas, que las cuartea. Las guitarras duermen en sus hermosos estuches, negros como ataúdes de vampiro. La tarde es hermosa, limpia, exacta, transparente. Yo no soy el mismo, nadie es el mismo diez años después. Me asomo a la ventana y veo la calle vacía, pienso en todas esas personas que ahora están en la playa, ajenos al paso del tiempo, pienso en los vecinos que ayer se iban a su casa de veraneo ‘Pili, ¿qué buscas en el bolso? / Nada, me he dejado el teléfono en casa’, él salió del ascensor y ella subió (a buscar su teléfono), ahora que es sábado estarán en una terraza: la dorada cerveza, el cigarrillo rubio, la solida marcha de los estudios de sus hijos, el tiempo de la hipervelocidad, el coche, la jubilación. Yo me siento en la cama y escribo esto que escribo, que se parece mucho a la vida, pero no es la vida. Sólo imágenes que se solapan.

+ Media tarde del sábado: vídeos de Paul Weller. Un poco de ordenado ruido para culminar el día. Pensé que hoy rendiría mejor y no ha sido así. Noto que una falta de estructura ha gobernado la jornada, me desagrada y debo solucionarlo. Paul empuña su SG y ahí veo yo un punto de apoyo: la energía, la distorsión, la voz de la clase obrera. Yo estoy ahí, desde hace mucho tiempo, antes de saber de su existencia.

+ Después de la lectura de un breve fragmento, no puedo dejar de pensar en la estrategias del sueño, de cómo alcanzar el sueño. El narrador cuenta como siento un niño, a pesar de su claustrofobia, descendió a una cueva, un lugar prohibido. Mientras reposa en la cama a la espera de que la vigilia se desvanezca se imagina que ha quedado allí atrapado, bajo la tierra, y su existencia no es otra cosa que la construcción de una vida. Su vida. Yo también tengo instrumentos similares. En mi caso imagino paisajes nevados, extensos, escarpados o infinitos. La niebla me reconforta, mientras estoy en el templado lecho que mi cama es. Supongo que todos empleamos algún tipo de narración para dormir, como si en la narración misma se contuviese un hipnótico remedio. Al mismo tiempo, me doy cuenta que nunca he hablado de esto con nadie. Me pregunto si es mejor no hablar de estas cosas, si es algo tan íntimo como lo meramente fisiológico o sexual. Atraviesan las preguntas la tarde del domingo y sé que es indolencia y falta de método. Me dispongo para el paseo, el paseo dominical en la provincia.

+ El fragmento al que en el bloque anterior me refería pertenece al libro de David Monteagudo Hoy he dejado la fábrica. Un libro que tomé de la balda de novedades en la biblioteca pública. Ha resultado ser un feliz descubrimiento. También es de D.M el fragmento de la madre muerta.


+ Canciones sin cuerpo, son trises pero esto no las hace mejores. La voz quebradiza no termina de alcanzar lo que pretende. No me gusta, pero me explica cosas que antes no comprendía. Sobre la noche, sobre la cocaína, otras drogas, sobre cierta aristocracia cutre y ramplona, pero con su lírica, su charm antiguo y falso. La enseñanza es que el tiempo no perdona a nadie, y aquéllos que se anclaron en la infancia o en una adolescencia prolongada sucumben dolorosamente.


+ El ordenador dormirá, pero su latencia me acompañará mientras duermo.

+ Imagen: alguna cafetería y su evanescente irrelevancia.

sábado, 19 de mayo de 2018

Restos



+ Pongo la emisora en línea Alouette (alondra). Pongo esta generalista emisora francesa     porque me recuerda los días cuando viajábamos por Poitou-Charentes en un Twingo alquilado: pequeño, reluciente, amable. Esta era la música que sonaba. Ahora que escucho la emisora recompongo aquel viaje. El tránsito por la autopista de los pájaros, con ese poético nombre que casi es un título para un poemario, porque sé que no es infrecuente que los pájaros se estrellen contra los camiones y los autobuses, por lo tanto se podría poner de relieve la relación entre la autopista y la muerte (con tantas y tantas ramificaciones). El que por trabajo ha caminado por los arcenes y las cunetas sabe de estas muertes anónimas. La autopista de los pájaros, Alouette, el Twingo, todo permanece inalterable en un lugar que yo custodio.

+ El mendigo que habitaba en la calle donde yo vivo ha desaparecido. También han desaparecido sus pertenencias: atados de bolsas de plástico, un mugriento saco de dormir y alguna que otra cosa, de la que ignoro su filiación. Mantenía una actitud arrogante, con una incierta aristocracia: el tabaco, la suciedad mineral, el café y la ausencia de bebidas alcohólicas. De un tiempo a esta parte comenzó a desmejorarse, terminó por replegarse en sí mismo y permanecer tirado en un portal como un ovillo. Antes la gente se paraba con él y hablaba, ya nadie se paraba con él. Como si hubiese algo similar a la oración o un memento mori: todos estamos condenados a la misma pena, con independencia de nuestra actividad, trabajo o estatus. Despareció y quedó un vació que nadie llenará, pero ese vacío tiene una corta presencia, pronto nos olvidaremos salvo que salte en una conversación, entonces su resurrección no será gloriosa sino una constatación del paso del tiempo, su ciego caminar, abrupto y certero.

+ Un cualquier rostro ordenado por el paso del tiempo. Primero se la ve como adolescente en una foto en blanco y negro; después aparece ya con una cierta edad, en tras la treintena: ha ganado peso, pero su mirada es segura y alegre; los cuarenta, los cincuenta donde ya ese ha teñido el cabello de rojo. Ese color que hace que sus ojos verdes resalten. No esconde las arrugas, no se maquilla, no duda: sonríe. Cierro la página y regreso a otras obligación en la infusión del tiempo y su certeza. Vuelvo a la primera imagen y recompongo esa realidad con la realidad del día de hoy, nada ha cambiado, nada es lo mismo.

+ Se planifican viajes. Los aviones y los aeropuertos, la mecánica que hemos aprendido y ya la damos por hecha, un automatismo interior. Hemos adquirido esa indiferencia no fingida, que se tamiza en la música que del Mp3 nace. ¿Es elegancia? Libros que no se leen, libretas donde no se escribe, revistas en el regazo para ver las fotos y entresacar titulares. Nada nos interesa y nos gustaría dormir, pero no lo logramos. El avión es nuestro emblema, a disgusto es nuestro emblema. El desplazamiento, la ruptura de la distancia, el horizonte difuminado. Se planifican viajes en la profundidad de la provincia, viajes que nos lanzan a ciudades mágicas, misteriosas, más inmersas en el sueño que en la vigilia, ya que esa es la calidad metafórica del viaje: nace, se desarrolla y muere. Ahora sabemos que iremos en noviembre a Madrid, pero esto no es un viaje, esto es una visita, una reunión anual, lo que implica que la ciudad es otra ciudad: no la del turista, no la del viajero. La reunión con los amigos traza otro mapa, otras calles y otro destino. Así se envejece.

+ Cogeré el coche para ir a trabajar y volverán a sonar la canciones napolitanas interpretadas por Pavarotti. La melancolía en el inicio del martes.

+ Me llega al correo-e una foto del mendigo de que antes hablé. El mendigo está en un hospital y ya no es él. Se ha transformado o, mejor, se ha vaciado. Su persona puede estar allí, pero él ya no. Sin la barba, sin la rasta, sin su sucia beisbolera, ni los mugrientos pantalones, ni las mil bolsas con mil ingenios ficticios, ni las medio terminadas colillas o los posos de los cafés con leche: cafeína, magdalenas y azúcar. Es un hombre de madera, pero ya no es él. Me pregunto si volverá a lo mismo y no soy capaz de responder. Se bifurca el camino de la respuesta: volverá o no volverá, será él o será otro, conservará su nombre pero, según decida, se unirá al significado anterior o a un nuevo significado. En cualquier caso, los vecinos del barrio encontrarán una bonita explicación con sentido metafórico, ejemplar y fabulístico . Hoy de madera, mañana de papel: carne de artículo de costumbres, historias que se multiplican en la boca de los vecinos de mi barrio.

+ La foto del mendigo ha saltado a la prensa escrita. El pronóstico se cumple: artículo de costumbres. Vigilar la creación de un personaje no deja de ser toda una lección de cálculo y medida. En ello seguimos, en la observación detenida, taxonómica y diferenciada.

+ Imagen: la proyección de la luz solar sobre una pared blanca. La foto se ha pasado por dos o tres filtros para conseguir un aspecto pictórico, la idea estaba ahí cuando disparé.

sábado, 12 de mayo de 2018

Ramificaciones




+ No recuerdo cuando colgué de esta pared la primera imagen. No quiero recordarlo porque eso le otorga una indefinida prestancia que me agrada. Prefiero desconocer el número y descansar en la idea de su permanencia en la memoria: cuando la tristeza te asalte, piensa en Nápoles [ahora pienso en esa postal que pensaba enviar y no envié, que me guardé para mí].

+ ¿De dónde ha surgido la vaporosa sensación (del momento) que tiene el lector sobre su participación en un fenómeno colectivo: ese lector tan afín a la librería coqueta, a la charla sobre libros, al té matcha o al mate, al cigarrillo electrónico o a la radio en internet? ¿De la publicidad, del marketing, de los suplementos literarios, internet mismo, la televisión, la escuela, la academia…? ¿Recepción estética o estrategia de mercado? Así paso ante las coquetas librerías donde no entro y trato de comprender algo a lo que nombre no doy, me detengo y veo mi reflejo en un escaparate y sé que no soy yo el que cuenta, pero eso no me importa nada. Ya son muchas las personas que me han retirado el saludo. Camino hacia la biblioteca, como cada quince días, siempre en sábado.

+ Mientras me enfrento a algunos textos, textos que me rebasan y me exigen un esfuerzo que casi se torna en físico, una idea recurrente me asalta. Como esa melodía que nos atrapa y se repite en nuestra cabeza y nos resulta imposible expulsar. Ahí se instala, con desagrado y percusión, un timbre y un pulso marcado. Leo y llega esa insufrible intrusa: las personas que te retiran el saludo y no sabes bien porqué, pero que, al tiempo, suscitan sospechas y un desagradable malestar (esa canción reiterada: imposible que se detenga). El otro día le vi desde lejos con sus hijos y él me vio, pasamos muy cerca y me evitó, evitó saludarme con un rostro entre la contención y el mal disimulo. Es muy poca cosa y corre mucho: la rapidez es un emblema de vida moderna por donde se canaliza la frustración y las enfermedades de nuestro tiempo. La velocidad es una identidad, la competición es su zenit. La vida es correr, correr como un conejo y prepararse para la próxima prueba. Un conejo con un carísimo reloj que envía una ingente cantidad de datos a un ordenador, se analizan los datos y lo arrojado es vida, el preciado sentido de la vida. Marcas, peso, gesto angustiado. No sé si me concierne su desprecio, pero no deseo averiguarlo. Sólo quiero expulsar esa canción y centrarme en el libro: Anatomy ofr Cricism, N. Frye. Lo propio sería escribir un soneto, me digo, pero tiempo no hay, sólo debo centrarme en la lectura. [Este punto tiene carácter medicinal: apartar la idea que me impide continuar].

+ [Un poco más sobre lo anterior]. Las llamadas sin contestar que no son devueltas. Nada más, el resto es silencio [decía…].

+ Sobre mi identidad: la pared donde cuelgo los escogidos momentos enmarcados, que son imágenes, que son muchos más. Algunas son recuerdos, otras elecciones y hay imágenes que llegaron por casualidad y no sabría clasificarlas, pero tampoco lo deseo. Sé que hay una taxonomía, pero evitar todo inventario lleva a centrarse en lo que mi persona deja ahí: el tiempo del viaje, el tiempo de la metáfora: el viaje como imagen del transito vital: partir, vivir, regresar: morir.

+ Tuve el privilegio de poder estudiar cómo funcionaba todo aquel equipo que asfalta carreteras. Desde el ingeniero hasta el que con la pala arreglaba los flecos de la tongada recién extendida. Mi observación se centró no tanto en la técnica como en el entusiasmo, porque el entusiasmo me interesa mucho, porque creo el entusiasmo es lo que es lo que mueve el mundo. El entusiasmo con sus mil vestidos, con el millón de vestidos. Veo una relación entre la ilusión y el juego. No son cosas disímiles, al contrario: se unen en un punto: el entretenimiento y el ahuyentar la muerte. Conjuros, rituales, organización. La ropa, los gestos, las maneras. Una experiencia construida durante décadas. Los hijos que esperan en casa, la mujer, la comida, la cama, la humedad del día que amanece, el frío y el viento. El pavimentado se produjo durante la noche y todo se cubrió de irrealidad.  Luego llegaron los pintores y aquello volvió a ser una carretera. Luces densas, focos, pilotos rojos y pitidos de aviso. La maquinaria tiene su propia respiración. Hice fotos, escuché conversaciones, saboree el chocolate barato que compré por la tarde en el supermercado. La idea final, el poso se centró en el juego, en la seriedad con que los niños practican el juego, no tan diferente al trabajo de los adultos. Sin juego, sin sus reglas, espacios y tiempos, la vida no podría darse.

+ Aquella cita de La Rochefoucauld: «La hipocresía es el homenaje que el vicio rinde a la virtud.» En una nota se dice que la cita probablemente no pertenezca a LR. Finalmente, esto no tiene importancia. Cuando salta una cita en la radio o en la tv, no puedo menos que poner en cuarentena tal atribución. La palabra tiene unos de sus pilares en la posibilidad de ocultar, retorcer, enmascarar (…), la mentira: todo aquello que no se corresponde con lo sabido y con lo visto, y deliberadamente se perturba. Pero, por volver al inicio, la cita tiene su verdad con independencia de la atribución.

+ La taxonomía de las imágenes que cuelgan en las paredes de este cuarto. Una tarea por emprender. ¿Se funda ahí una explicación de la identidad? A un lado lo dejo, mientras: las noticias desgranan lo que el día será en las redacciones, a mí me espera otra realidad. Las imágenes tienen mucho de emblema y representación. Las imágenes dormirán y yo desarrollaré en lo diario la combustión de la biografía. Debo coger el coche e irme al trabajo.

+ Tratar de entenderse uno a sí mismo es tarea inagotable, que nunca llega a puerto, que nunca abandona el cambiante escenario del tiempo. El tiempo y el mar tienen en común la imprevisión y su inestable materia. Comprimidos en una realidad mensurable, lo cuantitativo poco vale, porque la elevación o el descenso se ven condicionados por resortes internos, vaivenes, elementos móviles y ocultos. Las mareas, los trabajos y los días, el reloj de arena, las playas y los acantilados, la fina espuma de los temporales, la espuma fina de los días. Todo un arco que contempla el discurrir de lo vivido y lo por vivir. Me inclino hacia los libros de Renacimiento y rescato el tan querido tomo de Julio Martínez Mesanza: Soy en mayo. Por en mayo estamos, por yo fui por primera vez en mayo. Sic. No busco ya entenderme y eso me ha otorgado una renovada libertad y alegría. Ahí estamos.


+ Imagen: ¿cuál es la palabra para este pequeño objeto, el que aguanta la contraventana, que la fija, que impide que el viento la bata? No lo sé. El caballito de mar es poético en su minúscula realidad, con su función y su verdad humilde.

sábado, 5 de mayo de 2018

… por do el dolor la guía


1939-La Rochelle


+ [El título de la entrada es un fragmento del soneto xxxii de Garcilaso]

+ Algún crítico afirmaba que escribía con la televisión encendida, con programas banales que le marcaban un ritmo adecuado a sus texto. No dudo de la eficacia del método, pero yo soy incapaz de escribir con la televisión [aunque sí con la radio]. La televisión me desagrada y creo que el problema es mío, particularmente mío. Es un problema que se extiende a no poco ámbitos, durante no pocos años. Mis selectivos rechazos son la resultante de años de ensimismamientos, de elegantes posturas sin elegancia, atravesados acordes de elitismo sin élite. Ahora se muestran su función y su resultado:un vacío ontológico. Y me comparo: el de hoy y el de ayer. El disgusto se extiende y no alcanzo a encajar el sistema de deserciones que he provocado. La tv chorrea sus músicas y diálogos, escribo esto bajo su influjo lejano, que atraviesa puertas y paredes. La declaración clarifica la voluntad: la enmienda y su retorno.

+ Convivir con fantasmas y resucitados. Tareas complementarias y herméticas, el trabajo, el estudio, la pasión, el olvido. Todo suma y nada resta, el sedimento se deja ver en el fondo del vaso: ahora el agua está clara. Los cuervos sobrevuelan en la primera hora la ría, graznan y se deslizan suaves en el aire, se posan, saltan y vuelven a graznar. Los cuervos son ligeros y astutos. Los veo, me ven. Su indiferencia transita la mañana, buscan comida y poco más, sin preocupación, sin planteamientos, sin valoraciones. No hay biografía, no hay historia. No los podrás capturar, con más listos que tú, alguien dijo no hace mucho a otro que quería atrapar uno para tenerlo. Sólo por tenerlo. Cierto: les puso trampas, pero de nada sirvieron. Conocí a un chófer que tenía un cuervo que hablaba, como un loro. No es algo extraño. No recuerdo el sabor de los licores, hoy me desagradan.

+ Entre los mandamiento del chófer de lujo el sexto dice: «hablarás idiomas y serás culto». La palabra cultura representa un haz de posibilidades que no se dejan atrapar. Como los rayos que surgen de los ojos de la amada en cierta poesía antigua. La cultura lo es todo, la cultura no es nada.

+ Demasiado inmerso en los Siglos de Oro. Cada plazo cumplido nos da cuenta de la realidad que a todos atañe. Se refleja aquí la caducidad de toda obra humana, de la persona. Ese sentimiento barroco.

+ Ver su reloj fue encontrar una clave de bóveda. Todo cobraba sentido. Un Omega Constellation. Lo siento, no puedo dejar de fijarme en los detalles porque ellos dan el tono, acercan sentidos, marca posiciones. Por una parte la presencia del dinero, por otra la ausencia de gusto.

+ Veo a los gatos agazapados, aburridos de la lluvia y el plomizo cielo. La lluvia cansa, pero dará paso al sol. Los ciclos se completan sin darnos cuenta, tal es el fluir del todo, que nunca se detiene, un otro algo donde nosotros estamos incluidos. La sensación de estabilidad resulta engañosa, esa estabilidad se ve traicionada por los años: los años nos hacen sabios porque comenzamos a entender el mecanismo que hace que todo funcione: el cambio. Los gatos son indiferentes al cambio porque para ellos sólo existe presente y una nebulosa de recuerdos más orientados a la supervivencia que a la melancolía. Los amigos que desaparecen, las tiendas y los bares que han cerrado, locales comerciales en abandono, edificios derrumbados que dan paso a otros edificios que nos sorprenden pero que terminarán por integrarse en la rutina. La lluvia parece más un estado o una condición que un fenómeno metereológico. He visto revistas mecanografiadas, con fotos malas, una pésima impresión en blanco y negro. Una revista del año 1995. Tan sólo veintitrés años. ¿Es mucho? Para mí nada, para el que tiene dieciocho: una eternidad, sobre todo porque a esa edad el tiempo carece del valor que para mí tiene. He aprendido a medir de otra manera, un aprendizaje de esfuerzo y dolor, que se traduce en mi edad y mis amistades perdidas. Como una depuración, todo cobra el valor de la transparencia y lo transitorio. Lo sé, lo repito, somos cambio, impermanencia, alejamiento y olvido. Poemas antiguos que ya nadie lee, pero que en su momento saltaban de lengua en legua como hoy lo hacen canciones y programas de televisión. Todo se verá sepultado.

+ En la primera hora del domingo leo con atención una crónica sobre cómo las rías gallegas se han ido hundiendo en los últimos milenios. Se nos muestra su geografía siete mil años atrás y cuatro mil años atrás. Bosques, valles, praderas, un paisaje muerto que permanece bajo las aguas. Podré ver la costa y pensar en todo lo que no volverá. Qué vidas se desarrollaban allí. ¿El amor, la maternidad, el fuego, la amistad o el odio, las comunicaciones o una poesía ignota (…)? La lluvia sólo trae melancolía, la noticia confirma la caducidad, leo y escucho música. La música parece detener el tiempo, pero sólo es un parecer, una ficción, en ella descanso como antes se descansaba en las drogas o en la ebriedad. Dejo el libro y me complazco en la cadencia que ofrece la partitura de la Sinfonía Nº 4 de Anton Bruckner. Sólo la música atenúa esa certeza que la crónica me arrojó en la primera hora de la mañana.

+ Bosques, valles, praderas. El derecho a divagar mientras se despereza la música, lenta y sublime. El romanticismo donde siempre he habitado, incluso cuando a él me oponía. He aprendido a dejarme mecer por la corriente y ahí reside mi fuerza: en no hacer oposición. El paisaje codificado como espejo.

+ Abro el periódico el día festivo y viene una entrevista con José Fariña Tojo, catedrático en la Escuela de Arquitectura de Madrid. Dice que el urbanita tiene una visión totalmente distinta del que vive en el campo. El primero ve belleza y el segundo oportunidades u obstáculos para la producción. Esto acota muy bien la bobalicona mirada que muchos tienen sobre la naturaleza, el complaciente discurso del que no admite responsabilidad sobre los hechos, mientras le resulta extremadamente sencillo opinar. Recuerdo en un bar a una empleada publica del servicio de atención hospitalaria a domicilio que atendía el susodicho servicio con un desvío a su teléfono móvil, que se llevaba de compras a lo largo de la mañana, que desconectaba o conectaba a su antojo. Una persona que, por razones que no vienen al caso, establecía los límites de su responsabilidad en función de sus caprichos. A lo que iba, decía ella que disfrutaba muchísimo del rural (remarcando con engolada voz la palabra), que relajaba y acrecentaba la empatía, que la desconexión del tráfago diario resultaba una medicina. Así, mientras fumaba y redondeaba su medio litro de cerveza. Una postal idílica en los días soleados, mientras el vino orla la conversación y todo brilla como nunca brilla para el que se ve en el trabajo diario, en las faenas del campo, bajo la dura sentencia de las estaciones. El cansancio honrado. La frivolidad tiene su momento, pero siempre debe estar teñida por el desengaño y la sospecha. Ninguno de estos dos acentos los contemplaban su cháchara deslavazada e insostenible. Seguirá con la falta de seriedad en su trabajo y con sus opiniones prescindibles, pero todavía será escuchada y reclamará atención y respeto por sus opiniones. Ahí veo yo la diana del catedrático, tan acertada.

+ Imagen: un memento mori  que encontramos en un cruce de calles en La Rochelle. La acumulación enmarca la calavera: tubos, placas, cables, una fecha (1939). El resultado de la suma es superior al número de elementos que la componen. Puedo recomponer con exactitud el momento, poco después de haber entrado en una librería y haber adquirido un volumen de Foucault. Permanece el recuerdo, permanece una idea de la muerte que se une a lo metafórico del viaje.

sábado, 28 de abril de 2018

El museo sonámbulo


+ Esta tarde he pensado en determinados cuadros que tuve la suerte de ver: exposiciones, revistas, libros, catálogos. Los recuerdo con cariño porque me han iluminado no pocas veces, aunque no sea yo un iluminado. En fin, hay algo que me agrada y de lo que me encuentro realmente próximo; se trata, en definitiva, de reflejar escenas absolutamente contemporáneas mediante técnicas, composiciones, formatos, disposiciones, gestos (…) de otras épocas. Recuerdo, en este sentido, a Otto Dix y su retrato de Hugo Erfurth con perro.  Lo vi hace ya muchos años y me sedujo la posibilidad de capturar el presente mediante recursos técnicos del pasado: la tabla y el temple de antiguos maestros alemanes. Ahora, que me doy un respiro, pienso en un (im)posible retrato de un skateboarder al que se le da forma desde los presupuestos renacentistas, de un renacimiento italiano. Tal vez, como aquellos pequeños formatos que se empleaban para enviar a la prometida de un matrimonio concertado, y así tener una idea del que sería su futuro marido. Medio cuerpo, con las ropas propias de su actividad, el peinado tal como lo veríamos hoy, un pendiente en la nariz, un mechón verde, un collar de gruesas cuentas de madera, tal vez un tatuaje tras la oreja: ¿una salamandra? Claro, debería tener símbolos ocultos, propicios para una interpretación. Sigo hilando mientras divago hasta llegar a la conclusión de que todo es juego, tanto el del pintor como el del retratado, el que observa y el que es observado. Yo sigo con eso y me levanto para buscar el grueso tomo que compré en la exposición de Otto Dix en la Fundación Juan March, en Madrid… 10 de febrero - 14 de mayo 2006. E la nave va.

+ Suite Bergamasque: Clair De Lune Debussy.

+ Afirmaba Gautier de Chântillon en el siglo xii: «soy el mejor poeta nuestro tiempo y cedo a los demás el desierto de la prosa» [En Curtius Literatura europea y Edad Media Latina, p. 681 «El orgullo del poeta»]. No hay mucho más que decir.

+ Ni el Conde de Villamediana ni Garcilaso salieron de mi equipaje, pero los llevé conmigo a Nápoles y así los dos regresaron a Nápoles. Supersticiones ancladas en el filo de la personalidad, que más que supersticiones son juegos estéticos, más irónicos que inocentes, menos cínicos que medicinales.

+ Me ha asaltado otro sueño arquitectónico. Me hubiera gustado que fuese Nápoles o Salamanca, quizás La Rochelle, pero no. Había algo siniestro. Algo que me ronda durante la última semana: la decepción conmigo mismo, y ahora se refleja en el escenario de una ciudad que podría ser Londres como podría ser Poitiers. Sé que es transitorio, como lo son ciertos dolores de cabeza, pero incide en mis rutinas, me debo oponer a su veneno y lo consigo, pero con esfuerzo, no con la celeridad deseada. Me veo en el espejo y sé quién soy. En el sueño era yo y mi desconocimiento de la ciudad me hizo aventurar que era un Londres gótico y oscuro, ese goticismo propio de la estética del comic y ciertas películas. En el sueño hablé con un poeta en las escaleras de entrada de una iglesia. El poeta me despreció al tiempo que me decía sin despedirse, sin mirarme a la cara: sé feliz, y ahí está el sentido de todo el sueño, el vacío y la falta de reconocimiento. Una bagatela. El análisis es una medicina. Recuerdo haber leído sobre el uso que la hermenéutica tiene sobre los sueños y así lo veo: no se trata de interpretar los sueños, sino de saber que los sueños son una excrecencia que ha surgido de la propia vida, que se deben extirpar y analizar: como el tumor que pueden llega a la sala de anatomía patalógica. Lo sé y aplico el escalpelo sobre los sedimentos petrificados, abandono y regreso al trabajo: con serenidad y tristeza. Una tristeza elegante y evaluativa. La tristeza se desvanece y el trabajo se impone: esta es mi victoria.

+ Observo que, en las fotos que acopio en el disco duro del ordenador, se repiten retratos de vigilantes de sala en los museos (¿la casa de las musas?). Semeja un trabajo muy aburrido y paradójico: convivir con Turner, Velazquez, la escultura griega, la escultura romana o los mosaicos de Pompeya (…), el arte contemporáneo o la joyería victoriana, y reiteradamente observar, leer en la pantalla del teléfono, observar sin estudiar a los visitantes, estudiar con distraída indiferencia a los que los cuadros ven, volver sobre el teléfono o sobre el libro. Circunspectos, ataviados con uniformes más o menos felices, con caras de cansancio, consultan el reloj y todavía falta mucho. Los he visto y su retrato es el retrato de un trabajo, de un estar, de recibir dinero por esperar, por hacer presencia, porque los que llegan se sepan vigilados. Los veo y no dejo de sentir una extraña solidaridad: los trabajadores del museo sin cualificación académica: vigilantes, limpiadores y limpiadoras, camareros de cafetería, taquilleros y taquilleras, dependientes de la tienda, guardias jurados (…), más allá de las nobles profesiones, el sustento en un ámbito tan solemne nos sorprende porque nunca nos planteamos qué piensan ellos sobre su trabajo, sobre el museo mismo y sobre las obras que ahí habitan. ¿No hay lugar para la transparencia? ¿Nadie ha escrito sobre ellos, con todo lo que tienen que mostrar para una analítica del museo, de su función, de su orgánica constitución?

+ La casa de las musas es el museo. Yo soy mi museo, pero las salas hoy permanecen vacías, por una profunda limpieza y ornato, por expulsar las plagas propias de estas estancias. Las musas no están y su ausencia produce tristeza y silencio. El sistema de metáforas nos configura, me interesan esos «indicios difusos» de los que Foucault hablaba, la suma de las dos razones guía una viaje que he emprendido y no sé hasta dónde me llevará, si regresaré. Los viajes siempre son interiores Así pensé en todo ello cuando nos plantificamos frente a la casa natal del filósofo en Poitiers. Vuelvo a pensar en aquel tour en coche alquilado por infinitos campos, por la autopista de los pájaros, dentro del túnel que los árboles forman poco antes de llegar a Cognac. E insisto: los viajes son siempre interiores. Ese contraste entre lo vivido y lo esperado, lo planificado y sus meandros. Nadie nos explica el fondo de la cuestión, pero siempre palpita y le ponemos nombres que no aciertan. Me siento y leo, pienso en el vacío de las salas y que la limpieza es una necesidad que nunca termina de alcanzar un final. Me veo en el espejo y me reconozco: sé quién soy. Esto es suficiente. Cierro el ordenador.

+ ¿Quiénes en mi interior son los vigilantes de sala, los que limpian, los que las entradas venden, quiénes son los que cobran en la tienda del museo, hacen café o multiplican combinados, quiénes fotocopían, mecanografían o cambian el foco fundido?, ¿qué museo soy yo, quiénes habitan en mí?, ¿dónde están las piezas que componen la exposición permanente, dónde la temporal?


+ Imagen: es la constatación fuera de foco de una noche bajo el patrocinio del piano [en el San Carlo - Nápoles]. Primero fue mecanográfico, luego aceptable y, finalmente, sublime. Sólo este retazo puede darnos una idea lejana del vapor romántico que inundó el teatro. Un sueño adelgazado de realidad. También el desenfoque es otro vacío, el museo duerme, pero aquél piano, sin duda, ocupa una sala en el sonámbulo museo. (En virtud del amor).

sábado, 21 de abril de 2018

Incertidumbre (-s)


Archeologico-Napoli


+ La lluvia, el frío, la grisalla que las primeras horas del día levantan contra aquél que emprende su diario camino al trabajo. La poesía se compone de múltiples elementos: el primero es un necesaria estructura, que aunque invisible está ahí para contener los elementos que integran y muestran el edificio final. Habitamos un tiempo y un espacio, su relato nos da la sensación de inmortalidad. Ahí se ahorma la elevación: somos desde el romanticismo lírica. En el amor, en las relaciones personales, en los gustos. Cómo se moldean los gustos, en función de esas elevaciones, como para darse un toque de rouge, una elegante distinción frente a los que desconocen. El día a día atrapa para sí la única verdad, en ella descansamos y tratamos de recomponer una idea medieval de la belleza y, al tiempo que rescatamos las lecturas, desistimos de nuevos consejos [ni siquiera a nosotros mismos]. Esa es la manera de vaciarse en la indagación hacia la belleza [qué palabra].

+ «La transmisión de los conocimientos se hacía de manera trivial, árida, mecánica y, por eso, justamente, efectiva». Curtius en Literatura europea y Edad Media Latina, p. 623; donde se refiere a cierta enseñanza de la gramática (con lo que contextualmente supone) en la  tardía romanidad y en la primera Edad Media. El estudio no es divertido, el estudio resulta tedioso, nadie asegura a nadie que tras el esfuerzo estará la victoria y si alguien promete gloria: o es un necio o es un malvado, también podría ser ambas cosas: simultáneamente. El estudio no es democrático: no todos somos iguales. El virtuoso del violín o del piano ha transitado el dolor; el dolor no garantiza la grandeza: muchos son los llamados y pocos los elegidos. ¿Qué es la grandeza? La fuerza necesita a la fuerza, su suma atraviesa y traspasa el tiempo pero no lo detiene. Vuelvo sobre mis libros: sin miedo y sin esperanza.

+ Me interesan mucho mis sueños paisajísticos, urbanos y arquitectónicos, pero no por una posible interpretación, sino por la rememoración y la contemplación erótica de espacios propicios para el amor. He visto rías hermosas donde los árboles sumergían sus ramas como hermosos brazos sus ramas en las aguas ni saladas ni dulces; ciudades que nunca visitaré y en donde encontré el propicio espacio para una reflexión sobre el sentido de la lectura, sin llegar a conclusión alguna; estancias abiertas sobre regiones de verde intenso y cielos infinitos y azules que traspasan los ojos para posarse en el alma. No sé si esto se ha dado o yo lo he construido en el recuerdo, sin embargo hay momentos en que me acompañan y restituyen la paz y la confianza en la imaginación con escape sano. Oh, espacios que se han desposeído del tiempo, algo que no resulta posible en la vigilia, pero sí en el sueño o en su reconstrucción. Pero hoy es sábado y he madrugado para poder leer tres o cuatro cosas que ofrecen una innegable dificultad. Romper el sueño y abrir el día a las seis de la mañana donde se ilumina el entendimiento, bien lo sé. He leído, he escrito y ahora escribo (en el ordenador y no a mano). Resulta satisfactorio, pero despertar ha resultado ser abandonar un laberinto de calles donde la luz baja acuchillada entre los rectángulos que forma la trama urbana; qué melancolía de aquello que no se ha poseído, la nostalgia de una patria sin lugar en el mundo (de los despiertos): pensé que era Nápoles y tal vez fuese Nápoles. En Nápoles habito cuando sueño y soy aquél que no fui en el Siglo de Oro.

+ [Marco y elogio del kitsch] He encontrado una pequeña libreta que perteneció a mi madre. Era una libreta en donde ella pegaba las etiqueta que se adhieren a las piezas de fruta: manzanas, naranjas, melones (…) Es una colección interesante, porque al estar descontextualizadas, las etiquetas arrojan un arte imperceptible, que raramente el comprador repare en él. Una suerte de kitsch, algo que resulta próximo y efectivo. Podrían articularse unas hipótesis sobre las razones de su diseño, su función y su pervivencia, pero no es esto lo que me interesa. Me interesa ese rasgo de mi carácter que se refleja en esa pequeña colección: mi interés por el detalle de la vida cotidiana, la celebración de lo diario y la acumulación de objetos que se cargan de significado [tal vez por descubrir, tal vez no, porque carecen de él]. Las estanterías, las paredes, el corcho donde reposa el calendario y las tareas pendientes, son los lugares donde se van posando esos fragmentos de realidad, de realidades en el contexto del kitsch. Postales, muñequitos de plástico, dados, narices de payaso, dorados gatos japoneses, figuras de tigres, vaqueros verdes, piedras rosadas muy pulidas, muy brillantes (…) Todo eso habla de nosotros y no sabemos muy bien qué dice porque es un balbuceo, salvo ese gusto por el detalle cotidiano: nada hay. Como las piedras que voy depositando en un compartimento del coche: otro espacio: montañas coronadas, Cambridge, Pompeya (…) Todo gira sobre el mismo eje, dotar a la vida de la magia necesaria: la sorpresa y el regalo que los ofrece lo cotidiano. Hoy el regalo es haber encontrado la libreta en uno de los cajones de la cocina, mi madre ha regresado por un momento con esa acumulación tan nuestra. Horror vacui, sin duda.

+ Sólo desde lo cotidiano podremos pensarnos, oigo decir a alguien. ¿Merece la pena pensarse? Como las desnortadas conversaciones sobre economía, sobre la teología económica: términos sin referentes, círculos concéntricos sin concreción, la voz se alza y el vino fluye alegre y peligroso. Son esos venenos. La tarde languidece y suena una canción napolitana: me obsesiono. La guerra del norte contra el sur se condensa en lo económico y en su teología, dice otro en algún otro lugar y yo sigo a lo mío: la canción napolitana.

+ «Dijo Platón que el cuerpo es la prisión del alma o tal vez fue Pitágoras o fueron ambos quienes hicieron tal afirmación; pero el caso es que yo reivindico la plástica como un derecho, sin duda alguna, y tú estás gordo, muy gordo y deberías adelgazar inmediatamente, pero inmediatamente digo yo», sentenció blandiendo el dedo índice contra el cielo de potentes focos televisivos y los desvanecidos forillos. Una niebla desordenó mi entendimiento cuando escuché estas cuestiones en un debate sobre la cirugía plástica y las dietas de adelgazamiento: el argumento de autoridad es demoledor, siempre que se confíe en el nombre que sustenta el aserto.

+ [… y dice Umberto Eco]: «Y precisamente aquel año leo L’Esprit du temps de Edgar Morin, el cual dice que para poder analizar la cultura de masas hace falta disfrutar secretamente con ella, que no se puede hablar del juke box si te repugna tener que introducir en la máquina la monedita… ¿Por qué entonces no usar mi tebeos y mis novelas policíacas como objeto de trabajo?» [U.E. nota anterior a la «Introducción» en Apocalípticos e integrados].

+ Parcial, apasionada y política.

+ Imagen: otra foto de Nápoles. El hombre que observa como se le fotografía es un vigilante del Museo Arqueológico Nacional. En ningún caso tiene el aspecto que se puede esperar del vigilante de tan magnificente colección. Pero el contraste no es con el lujo, con el preciosismo, ni siquiera con la grandeza. Se trata de la perfección que hace pardoja con lo cotidiano del hombre y sus imperfecciones (las de todos nosotros), que su trabajo parece ser más que esperar a que llegue la hora de la salida, sin imposturas, sin uniformes diseñados en el abstracto universo del triunfante modisto/-a. Es un hombre corriente, y ahí reside la grandeza tanto del museo como de su figura; ahí es donde nos reflejamos cuando la tarde declina en Nápoles.

sábado, 14 de abril de 2018

Relaciones

Pontepei

Combarro

Londres



+ Veo el retrato de Rimbaud de Forain y envidio esa síntesis que su técnica de acuarela ofrece. El negro, los ojos son un rasgo suficiente, la gama de grises. Leo y no recuerdo nada, alguien decía y en eso estoy. Pero debo recordar, reconstruir lo leído, recomponerlo y volver a olvidarlo. Mis ejercicios me abocan a una investigación sobre mi biografía, y no me agrada. Algo veo en ese retrato de R., algo próximo y no agradable. ¿La ebriedad? ¿La ebriedad de los venenos, la ebriedad de la poesía? Ay, ahí veo mi romanticismo, lo detecto y regreso al deseo de capturar trazos y sugerencias.

+ [Nápoles] Según pasa el tiempo y las impresiones se sedimentan emerge una idea de transición. Me interesa mucho cómo germina esta idea, como se expande y fertiliza los trabajos y los días. Cómo hemos pasado de ser unos a ser otros y continuar siendo los mismos [ay, qué amor por la paradoja]. De un punto a otro sin interrupciones, sin bruscos saltos, se eleva su mayestática presencia: Nápoles y una cierta idea de vida. Es decir, hemos estado en Nápoles y algo de la ciudad ha quedado en nosotros debido a que ya estaba en nosotros. Presencias mineralizadas e inconscientes. Pasamos de ser unos a ser otros, me pregunto a qué responde la afirmación, pero paulatinamente, sin rupturas, dejo la cuestión en suspenso. Veo una compleja comunión que está anclada en la construcción sentimental que he realizado a lo largo de los años, y la visión estética se unió a intuiciones que se remontan a la infancia. Respiraba bajo el manto de lo ordinario, las obligaciones y la rutina, y, a veces, pensaba en la Bahía de Nápoles y un enamoramiento súbito me embargaba. Total, que hemos asistido al despliegue de la rara belleza que la ciudad atesora, que se reservaba para nosotros, y entiendo que lo apreciamos porque, como dije antes, ya había algo nuestro en ese despliegue caótico y sensual. El cielo, la trama urbana, las edificaciones y su envejecimiento, una nota elitista, una nota popular, la comida, las tiendas como escenarios, los trenes, hombres y mujeres, motos y automóviles, cuestas, avenidas y el mar, la línea del mar y el Vesubio, los perros y sus dueños, el pesebre como arte, la calle como religión.

+ [Pompeya] Reviso las fotos del viaje a Nápoles y veo que aquello que fotografié lo había fotografiado anteriormente: temas y motivos. De entre ellas rescato una foto donde se refleja la base de una escultura vista en Pompeya: un centauro de Igor Mitoraj. En la base hay rostros vendados. Intenté descifrar su significado, pensé en anclarlo en una imposible antigüedad grecolatina, lo dije y me callé. Algo había que invitaba al silencio: la certeza de que Pompeya habla de la finitud de toda empresa humana, independientemente de consideraciones morales. La ruina es un emblema y los rostros vendados nos hablan de ceguera, una ceguera que permite al vendado distinguir siluetas, pero no detalles. Caminamos por las calles de la excavación y sentimos nuestros cuerpos como vaporosas plumas en la corriente violenta de la historia. Como Fabrizio del Dongo, ni quiera sabíamos dónde estábamos, ni a quién acabamos de ver. Se sedimentan las impresiones y somos transición, repito. Volvimos en tren y el perfil de la bahía invitaba a las melancólicas reflexiones sobre lo fugaz y la necesidad de aprovechar la vida y sus regalos, evitando el dolor, sin olvidar que siempre está al acecho. Nápoles fue un escenario más que propicio para el amor, el fruto de más de veinte años en compañía y comunión, la enseñanza de Pompeya fue otra. Caras del misma moneda: Nápoles y Pompeya, la vida y la muerte.

+ Los dos apuntes anteriores me trasladan a una cita de Goethe donde afirmaba que todo aquél que haya estado en Nápoles tiene la posibilidad de recordar la ciudad y curarse de la afección de la tristeza. No sé. Pienso en Nápoles y reconstruyo historias que nunca han sucedido. Ahora regreso a Dante, a los laberintos de su interpretación. Algo se me escapa y sé que en esa fuga está lo nuclear. Indagar es el pan nuestro de cada día, lo que no implica necesariamente aciertos y certezas. Quizá, incluso, todo lo contrario.

+ Mientras leo: las voces se deslizan hasta mi espacio de lectura. El espacio es mi límite, pero evito pensar en el volumen, en la cristalización del cuerpo. No. Hay otras posibilidades, pero están contenidas en este espacio y en este tiempo, lo que constituye el presente, la presencia. Volvemos a la idea de que no somos otra cosa que tiempo. Las voces que vienen de otras viviendas están vivas: risas, llamadas, advertencias, gritos solapados con amenazas [los niños en esta hora se ponen imposibles]. Esa vitalidad contrasta con la acumulación, de libros, libretas y papeles, bolígrafos, lápices y gomas de borrar. Mi mundo altera lo diario en el punto de cocción de lo ficticio, aunque verosímil. Mi reclusión voluntariamente me aparta de lo diario y regresar es un ejercicio, nunca penoso, nunca fácil.

+ La primera hora de la mañana. Todo se repite y la reiteración resulta agradable. Lo previsible, contra la propuesta que ofrece aventuras sin fin, tiñe lo diario de la necesaria tranquilidad que ayuda a enfrentarse a la lectura. La lectura gobierna el núcleo. El núcleo varía, pero mantiene ciertos rasgos: la permanencia de la lectura, una incierta alucinación, el ritmo y la disciplina. El día comienza y ayer me llegó un disco de canción napolitana. ¿Relaciones?


+ Imagen: una vez más, el sentido llega desde la yuxtaposión. Pompeya, un paseo por Combarro, una exposición en Londres. Tras las tres fotos, estamos nosotros dos: es ese el nexo. ¿Cómo desverlarlo, por qué desvelarlo?

sábado, 7 de abril de 2018

Sapientia et fortitudo




+ [El tópico que sirve de emblema a la entrada se podría corresponder con el posterior ‘las armas y las letras’, con ese conocido ejemplo que aparece en El Quijote. Pero cabe una otra lectura: la distinción entre la acción y el pensamiento; hoy, es ésta última horquilla la que me interesa]

+ Decía algún poeta que abril es el mes más cruel. Leí que con ello se refería a los caídos en los campos de amapolas de la I Guerra Mundial. Los ingleses llevan amapolas en la solapaba para recordar este hecho. Campos devastados. El poeta es T.S. Eliot y el poema The Wasted Land  . Del estante recoge el libro y lo abre, se deja llevar por el ritmo y encuentra en su lectura el aliento de otro tiempo, ¿es el tema, es el sentimiento? Rechaza la última posibilidad y se queda con la constatación de lo inevitable. Morirás y la muerte habrá de otorgar en su putrefacción nueva vida. Tierra negra, lombrices, la raíz seca, la raíz carnosa. ¿Se trata de los caídos en la I GM o se trata de los muertos en su absoluta amplitud? Toma los Dublineses y busca «Los muertos». Ahí esta la clave, su clave vital, el hilo que mantiene unido el presente y el pasado. Su destacada tendencia a la tristeza, asumida ya como una parte inseparable de su principio rector. No puede ver otra cosa que caer la nieve en los yermos que rodean Dublin. El espejo retrata el paso del tiempo, las bolsas bajo los ojos, la arrugas, una niebla en los ojos. Dónde está la adolescente que se preguntaba por el sentido del poema, por el cuento de Joyce. ¿Sigues ahí, tras el velo de la vejez? Quiere pensar que sí y recuerda aquella sentencia medieval en la que se afirmaba que el adolescente debe tener algo de viejo y el viejo algo de adolescente. No juzgará, no tratará de comerciar con la sensata elocuencia, ni tampoco esparcirá consejos que nadie le ha pedido. Comienza abril, un mes cruel, muy cruel, como crueles todos los meses son.

+ En Nápoles compré un ejemplar, en italiano, of course, de I Canti. Volví a leer «El infinito» y volví a pensar en la vida de Leopardi. Volví a pensar en el último verso del poema: «e il naufragar m’è dolce in questo mare». Y no dejé de pensar en lo que había leído en Terry Eagleton sobre una posición burguesa ante las letras. Una triste paz me invadió mientras los músicos rumanos tocaban con pulso, pero sin un fraseo adecuado ese conocido Tu vuò fà l'americano de Renato Carosone. ¿Yo, también, soy un fingidor?

+ [La acción]: No puedo evitarlo: me siento culpable por llevar una vida contemplativa [¿debo poner aquí una marca que indique el tono irónico de la declaración?]. Mi vida contemplativa es una parte de mi vida; la mitad, exactamente. La otra parte ha sido paro, trabajo manual, trabajo de archivos y es, en este momento, un trabajo de inspección, totalmente ajeno a mi objeto de estudio. ¿Es esto acción? No lo sé, pero siempre he procurado mantener un esquema axiológico coherente, tanto en un ámbito, como en el otro ámbito. Y creo que esta disciplina de normas dadas cuenta más que una declaración de principios. Estas guías son los que me interesan y en las que persevero, que nunca alcanzaré en su perfección, pero se trata, como siempre, de un camino y no de una meta, aunque la meta siempre está presente. Regreso al principio: leo en el avión a Terry Eagleton y hace que me sienta mal, culpable, algo que no dura demasiado, pero que sí consigue que sienta una leve desazón larvada en lo profundo de la biografía. Los fantasmas siempre están dispuestos a emerger, a acudir a la más ligera de la llamadas. Regreso a casa y leo en el ordenador que acusan a T.E. de arribista y de tener tres o cuatro casas, vaya de ser un burgués al uso, que contrasta, al parecer, con su marxismo rampante. Más que verosímil porque sé de algunos  marxistas-leninistas que en sus adosados, ante la pantalla de la tablet, planean substanciosas vacaciones por Europa o encargan frivolidades roqueras con un ánimo erudito entre la cultura popular y un incierto Mondo brutto. Pero, bien lo sé, no importa nada que T.E. sea consecuente o inconsecuente entre lo dicho y su vida, porque la verdad de sus palabras no depende de que la coherencia vital. Ni en su caso, ni en ninguno. El avión avanzaba y la lectura me hacía recordar que sin ocio no es posible la especulación, el estudio (ya que la palabra proviene de otra palabra griega que, muta mutandis, quiere decir ocio, también).  En ese terreno estamos T.E., el que compra vinilos y yo, cada uno con sus contradicciones: esa es la pétrea realidad del hombre en su día a día: la paradoja. Está bien saberlo.

+ [Farsantes]: Leí sus escritos y escuché sus palabras, traté de comprenderlos y perdí el tiempo. Hoy lo recuerdo todo y sé que no había nada. Qué ingenuo era yo, qué ingenuos eran ellos. Han pasado los años y todo se recuerda como una borrachera continuada, como un sueño que se desarrolla a través de pasadizos laberínticos, en el subsuelo, en la noche que habita bajo las calles. Emblemas de la juventud que no ha de volver. Yo era una farsante más en el reparto de papeles de una odiosa y absurda compañía teatral, pero ahí estuvimos.

+ Imagen: una vieja foto del 2015. ¿Realmente resulta tan antigua, vieja, desgastada? Emerge y permanece una intención. Los carteles que en las ciudades encontramos transmiten mensajes indescifrables, nos conformamos con aquello que parecen insinuar, pero no insinúan nada: ponemos en lo que vemos nuestra conformación lejana, la configuración de nuestra persona. Portugal, finalmente.

sábado, 31 de marzo de 2018

Entre dos tiempos




+ [El amor por algunas arquitecturas espontáneas que se manifiestan en las proximidades de la costa portuguesa: falta de simetría, azulejos imposibles y cables adheridos a la fachada sin orden ni concierto. Lo feo nos informa de nuevas rutas de aproximación a lo mismo: la creatividad y su oculta capacidad de ilusión. El frente espera el desvelado despertar].

+ Sueño con Santiago de Compostela y no deja de ser un escenario propicio para el cine de espías, pero sólo es un sueño que carece de nombre, de estructura, de personajes. Cielo azul profundo, incidir en nuestro propio nombre, el coche, luces que deslumbran, el abordaje de la interrogación. Sin máscaras, el día nos ofrece su verdad de luces emergentes y líneas rectas, paralelas, perpendiculares. Todo se mezcla con eternas autopistas, edificios de cristal, acero y hormigón, farolas, jardines sin paseantes, luces oscilantes, pilotos rojos que se deshilan en un desvío hacia la nada. La protección imaginaria establece un sistema de espionaje, pero se queda en la extraña sensación que un sueño muy vívido produce cuando se desvanece: el contraste entre lo vivido en el sueño, la certeza de la vigilia, a las tres y cuarto, cuando faltan horas para acudir al trabajo. Un compromiso con la ruptura de los imaginarios. Una apuesta, una pérdida.

+ Matrimonios o parejas unidas en un proyecto, que más que proyecto es una misión. ¿Es importante tener una misión? Los he visto durante años pasear con firmeza, los he visto envejecer, vi cómo creía su hijo y como sigue sus pasos en pos de un destino. Ahora son viejos y conservan el entusiasmo en las salas de conferencias, en las presentaciones de libros y en las manifestaciones. No dejan de conformar un cuadro costumbrista, así de deformada está mi mirada: todo bajo un prima literario que va rotando y aquí aplicó la plantilla del realismo decimonónico, como si se tratasen de una novela que desea mostrar con periodismo narrativo la vida de los habitantes de la pequeña villa y sus esfuerzos por dar sentido a la vida. Yo ya sólo puedo ver las cosas desde este punto, no sé si acertada o equivocadamente, pero el aroma de la humedad lo invade todo.

+ Los edificios, a partir de un cierto tiempo, comienzan a ver germinar en su interior las obras de conservación y mantenimiento, también las reformas y replanteos: se cambian los baños y las cocinas, se tiran tabiques, se cierran balcones que pasan a ser galerías, un taladro suena, el golpe del martillo es atronador, una radial afina un acero insomne. Esto tiene un significado, algo que acerca el desarrollo vital de las personas y la cascada de modificaciones que establecidas en el edificio. ¿Cuántos tabiques tiramos y levantamos según el tiempo pasa sobre nosotros, dónde va aquella cocina con la que nacimos y, aunque el espacio es el mismo, su disposición resulta irreconocible, así, también, el baño o los salones de nuestro interior? La aflicción de todo pensamiento tiene su raíz en el tiempo y su correlación: la muerte.

+ Los días de vacaciones resultar ser días de alegría por una feliz conjunción de elementos, sobre el que sobresale presidiendo la cúspide: la compañía. Lo que da sentido al viaje es el comentario y la respuesta conjunta, ciertas discrepancias y una mutua comprensión y cuidado. Se eleva el paisaje, la foto se dispara, las conversaciones, la cerveza helada, la deseada comida ente el mar encrespado, el tímido vuelo de una paloma que se pierde en el horizonte y restablece un poético equilibrio, el tren, la ruina, el goce compartido ante la belleza. Y llega la noche y el día ha sido propicio para el amor y para el arte, cosas que le dan sentido la una a la otra. Esa curiosidad, el interés por la belleza intemporal se manifiesta en gestos más que en palabras, y de ahí emerge la grandeza de las pequeñas cosas: mano vendada, la sonrisa, el espacio entre los cuerpos cuando la noche nos acoge. Hemos visto Nápoles y la felicidad habitaba en cada nota de cada canción que nos llegaba, desde el piano, desde los cantantes callejeros, desde algún balcón. Vista y cuadros, esculturas clásicas y las burbujas eléctricas que regalan las comessas. La cámara de fotos es incapaz de dar cuenta de la vida.

+ Todo tiene su cara oscura. Leo sobre Nápoles y el crimen. Tanto se debe huir de una visión determinada por nuestros parámetros como de una azucarada postal en tecnicolor. En ese intervalo me quedo, mientras tomo el libro de Goethe sobre su estancia en Nápoles. De las postales también se vive, pero uno está obligado a buscar en contrapeso y usarlo en la valoración.

+ [Entre dos tiempos]: el tiempo de la vida ordinaria y el tiempo del viaje [o del turismo]. Que agradable resulta observar el alargamiento de los días, una percepción que contrasta con el fluir imparable de lo cotidiano. Ese es este contraste el que pretende ilustrar el título de la entrada. Mi vida diaria frente a la visión operística que de Nápoles hemos tenido. El regreso y el subrayado que otorga lo vivido. Ahora, nuestro paisaje es otro, durante un instante: mientras la automática visión se aparta y no regresa lo dado, lo que no se cuetiona. Juegos de espejos y asombrosas dimensiones de lo real: no hay otra y todo lo que contribuya a destacarlo bien bienvenido es. Desde el Belvedere.


+ Imagen: una sala vacía del Museo Arqueológico Nacional de Nápoles, un fragmento sin interés alguno pero con una significación por establecer, que no deja de ser un acto creativo más. Tan sólo dilectantismo.

sábado, 24 de marzo de 2018

«Ineluctable modalidad de lo visible»



+ [El título recoge el inicio del capítulo 3 del Ulises de Joyce. No soy el primero que utiliza la cita, ni seré el último, ya que pone de relieve una verdad incontestable: no se admite discusión sobre lo que vemos, ¿o sí? Es un debate que mantendré en algún momento y para ello me preparo, esta entrada no deja de formar parte del entrenamiento: mientras, en lo diario habito, cómo no].

+ Antiguos poetas que ya nadie lee, salvo yo [= eso me gusta creer]. Regreso de mi diario trabajo y abro el grueso tomo y comienzo a leer/analizar sonetos. Un trabajo, todo un trabajo. ¿Quién, salvo yo, le interesa este armazón, la calidad de los acentos y el ritmo de los endecasílabos, la temática? Automático, reflejos dorados, silencio, entrega, tiempo y fortuna. Tiempo y fortuna, esa es la clave. No puedo ya pensar en términos de utilidad y beneficio, porque el beneficio es otro. Y no dejo de bendecir lo diario, el día que amanece, crece y muerte, en ello estoy. Como y descanso, leo, subrayo, vuelvo a leer, anoto ideas, me canso y llega la hora de la cerveza helada. Noche, lluvia, calles negras o grises de pelo de rata. Corre un gato con una salchicha en la boca, mira y vuelve a lo suyo. Los poetas que nadie lee me acompañan por las calles. Viejas canciones pop que escuchaba cuando era joven, esas guitarras afiladas y bien rimadas, pero no regresan, ahora el tiempo es inestable y esa es la única manera de llegar a su significado, a su sentido. El sentido es el vacío, pues no hay nada. Camareros aburridos, olor a carne recocida, algún fumador en la terraza mientras la humedad avanza por los cuerpos y por los muros. Es un emblema. El color del barro, una cucharilla tirada en el suelo, el blando tacto de la noche: húmeda, exacta, huidiza.

+ Sin desearlo, avanzo en la lectura de Joyce y la intuición se mueve hacia la certeza: el tema es lo cotidiano. La vida cotidiana. El fluir en lo diario es la vida, no hay otra y hacia ahí apunta todo. No me doy cuenta repentinamente, sino que es un movimiento al que le ha llevado cuajar. Observaciones, detenidas observaciones sobre la textura que conforma la vida diaria y sus eslabones, reflexión y silencio. Huyo de la imaginación, no me interesan los mundos imaginados, prefiero la penetración en el detalle, los taladros que realiza el movimiento del reloj: lo escucho, una cresta, un pico, una araña que teje. Me interesa la mugre que atesoran los baños públicos, pero también los muestrarios de cosmética que puedo ver en los supermercados, luces y sombras de una misma moneda: la cara y la cruz; el detritus, la elevación de una protesta en la cola del cine, palomas que elevan el vuelo y ensombrecen la catedral. No hay manera de atrapar esa corriente, superior a cualquier intento de establecer un mundo al margen de éste. Me entrego a esa realidad que no para de cambiar, que se establece y muestra sus posibilidades en el gozne que los discursos, sin necesidad de ellos, por encima del concepto y el contextos, pues ambas etiquetas las determina ella sin voluntad sobre ese absoluto. Vuelvo al libro y abandono el ordenador.

+ La conducción establece un marco posible, el reglamento y sus límites, el registro musical de cada mañana donde se entreveran canciones y sonatas, nunca se sabe qué saltará en el próximo corte, luces brillantes en la oscuridad última de la noches: cuando era niño tenía una idea muy equivocada el amanecer: una sinfonía paralizante. Cuántas razones han aportado la misma decepción. El volante afirma la conexión con la verdad del trabajo diario y el orden que establece con respecto al desorden mismo de la naturaleza, por eso prefiere la ciudad, me digo y miro al frente. Caen gruesas gotas de lluvia y se estrellan contra el parabrisas, contra el cristal que ésta un poco empañado y me obliga a poner la calefacción: odioso olor de motor y estancamiento. Abro la ventanilla y la mañana contiene un frío de marzo que es agradable para el que sabe entenderlo. Vibra el recuerdo de lo leído antes de dormir, la calidez del viejo tomo que se ha perlado de manchas amarillas con una orla negruzca: hay belleza en esa marca del tiempo. No hay otra. Aprecio el tacto de las rutinas y mi condición de commuter no es un atuendo cualquiera. Preferiría ir en tren que ir en coche, pero debo disfrutar de la conducción y sus parámetros, la esfericidad del día que comienza. Sé qué hacer hasta la hora de salir, todo está bien organizado; tras la comida, comenzaré otro trabajo: la investigación, el rebuscar palabras en cientos de sonetos y con ellas elevar una posibilidad. Cuenta, por precisión, esa misma posibilidad que se concreta en lo verosímil. Aprecio el fluido río de la vida, meandros, rápidos, remansos. Hablaré antes de comenzar: un asesinato, el castigo a las pensiones, el presidente del gobierno y su falta de solidez, sus amigos, la chica que desapareció, las luces brillantes de los coches de policía: son azules, ambulancias, la cunetas se atascan y es preciso hacer que el agua fluya libre por sus costados de hormigón, el cemento y la grava pulida. Me siento ante el ordenador y una realidad se alumbra. Apunto nombres, recuerdo una cita, pienso en lo que debo decir llegado el momento; cómo me gusta planificarlos correos electrónicos, las entrevistas, las reuniones, la citas. Una inspiración, una expiración. El día recorre mi cuerpo y le da sentido, yo se lo doy con esa oración dirigida a los pequeños detalles. La vida de los pequeños detalles que conforma y estructuran lo diario.

+ Me pregunto el porqué, por qué me molestaban sus cuadros, sus fotos. Creo que se trataba de la cotización que habían alcanzado y de lo vacuo de su propuesta [= eso me gusta creer]. Me parecían los cuadros excesivamente decorativos, propicios para una naviera de tamaño medio en su sala de reuniones, brochazos, líneas producidas al arrastrar una pesada espátula sobre al masa fresca de pintura blanca y verde, que cuajaba en un negro fundamental y un tanto graso. Paisajes, ondulaciones, colores mezclados. Pero las fotos eran de lo peor, ya que desvelaban una falta de talento absoluta. ¿Cómo no se daba cuenta? Con la pintura podría disimular su mediocridad, incluso nos podría haber hecho creer que era brillante, pero la fotografía mostraba la pobre composición de su imaginario. Sé que estuvo en Londres, que fotografía cementerios y que una piedra o una losa lo llevaron por la calle de la amargura. Pensé en la expresión: la calle de la amargura, y, acto seguido, recordé la conversación sobre la losa negra que lo subyugaba. Creo que quería hablar de amor, de sentimientos, de fracasos sentimentales en la otra orilla del río, pero le parecía que enturbiaba su figura de artista que emerge de entre los mortales para ser un cotizado concepto. Pintura-pintura y la foto como archivo, frente a la biblioteca. Mal digeridas lecturas filosóficas y una opaco licor que no era whisky ni vodka, que lo bebía muy frío y lo lleva al silencio. Pero no comprendo porque me molesta todo lo suyo, cuando lo veo en el museo. Lienzos grandes, pesados, sin memoria, náufragos, ingenuos y oscuros, sin vida que aportar, aunque eso ya no interesa. Su cotización o el éxito, se trataría de eso, quizá es envidia de poder tener una vida y un personaje, pero los cuadros son un desastre, ni siquiera sé porqué pinta, si eso no está ya en la estala de su personaje. Ello explica la fotografía, como si hubiera más peso de concepto o discurso, ya agotado en la verticalidad de sus cuadros, como una chispa que no dura más que una división del segundo. No es mala persona, pero creo que también hace vídeos, esas son las últimas noticias.

+ Sinceramente me causa una agradable y sincera ternura la foto de Marilyn Monroe leyendo el Ulises. Yo he detenido la lectura para buscar la foto en la red. La veo y me conmueve. ¿Entendía el libro, leía el libro o sólo era una paradójica pose? Por supuesto que sí, entendía el libro, me digo en su defensa y en el rechazo del chiste fácil. Hay que volver al núcleo de la recepción y no discutir la capacidad del lector, del receptor. Yo me sumerjo y encuentro notas biográficas que me atañen: qué odioso aquello que declaraba tú eso no lo entiendes [= todo la mareante marea de arte sin explicación ni razón, salvo su valor crematístico]. ¿Qué hay que entender? La camiseta de tiras multicolor es fantástica. La chica lee con interés y yo lo comprendo. Lo iconos reproducen los chispazos de deseo que nos guían en el transcurso de lo visible, lo diario, lo palpable. Corazón roto por la estupidez. Lee y es suficiente. Quién se erige en juez y establece una suerte de hiato entre ella y el libro. Hay que ser muy osado. Sólo es un foto, quizá no leía, pero hay algo que nos indica que la verdad se oculta en esas irrupciones de lo especial. Vuelvo al libro y soy yo el que lo comprende, si es que la palabra es adecuada: ¿y M.M.? Ella le da sentido, un sentido que yo hoy deseo en su sensual totalidad.

+ Ay, me asalta el recuerdo de The Misfits.

+ Imagen: en febrero, tal vez. Los andamios como una promesa artística, que no depende de otra cosa que de la inserción en el contexto adecuado, con el manto conceptual adecuado; si lo deseamos lo leeremos así, de lo contrario: no. Finalmente, la elección nos pertenece.

sábado, 17 de marzo de 2018

La puerta que el resfriado me abrió


arco2018


+ Un resfriado que terminó por afectar a los oídos, con una consecuente sensación de debilidad y vértigo. La cama como única posibilidad. Sin lectura, con la compañía de la radio, pero un con volumen tan bajo que resultaba imposible comprender qué se decía. Parecía el programa de unos ejercicios espirituales destinados a esclarecer las verdaderas razones vitales. El porqué de mis dos trabajos, la lectura como centralidad de lo cotidiano, la música que acompaña y matiza las ideas, desmorona certezas y erige palacios de la memoria. Esa revolución me aprisionaba contra la cama, no era un dolor físico, no era una pesadumbre moral, se trataba del nunca discutible vértigo. Pero una puerta se abría: no dejaba de estar haciendo un examen de conciencia, algo que llevo toda la vida realizando, y en este caso se dirige hacia a lo que poco a poco ha estructurado el deseo (intelectual) en mi vida.

+ El intento de observar con fría atención me resulta complicado. Los pasillos del supermercado, colores y luces, se ven poblados de hombres y mujeres en fin de semana. Su atuendo, el gesto y la ausencia de prisa les desvela. Hay toda una aproximación sociológica en mi investigación (¿se la puede denominar así?). Qué interés en la elección del producto, lectura de etiquetas, consejos a los hijos, presencia de recuerdos, elaboración de decisiones. La cotidiana tiene una riqueza que no se puede atrapar, pero tampoco lo intento. Todo se resuelve en imaginarias fotografías en donde el acto simple se descontextualice y se cargue de esa irrealidad que se percibe en la fotos colgadas en el museo. A poco que uno descienda y se fije atentamente en lo que le rodea, todo se vuelve extraño y de compleja comprensión. Sucede así con una palabra, con cualquier palabra: se pronuncia lentamente durante unos minutos, sin solución de continuidad y arroja un sonido extraño y la comprensión se desmorona. Hay errores en la mecanografía que resultan ser grandes hallazgos.

+ Aquél recuerdo del rostro del escueto fotógrafo me asaltó mientras discurría un sueño donde un archivo no dejaba de envolverse sobre sí mismo de una manera sistemática, que al tiempo también me envolvía a mí, que me atrapaba. Una pesadilla fruto de los medicamentos y la fiebre. La mirada de pájaro del fotógrafo me salvó de aquella trituradora de cifras estampadas en enormísimas sábanas de papel o de seda blanda. Yo lo había visto en la vigilia en una conferencia de la feria de arte. Era menudo, ágil y nervioso, pero estaba en silencio y expectante. Me senté y traté de atender a lo que el crítico decía, pero, realmente, no me interesaba mucho: sólo las personas me interesaban y mucho menos los discursos. Los pájaros son inocencia y vacío, pero mi pájaro preferido es el cuervo que se opone a las etiquetas anteriores, pero el fotógrafo era esto y esto es lo que veo en las fotos suyas que he buscado en la red.

+ ¿Cuántos meses han pasado? Prefiero mantenerme en la ignorancia y pensar que el tiempo carece importancia. Pero he vuelto a leer el primer capítulo del Ulises de Joyce. Y recordé lo que dijo el catedrático aquella tarde en Ávila, mientras llovía intensamente: Ulises es como las patatas revolconas, no me sienta bien su lectura, debo evitar la lectura como la ingesta de patatas. Y la lectura continuó y entendí el porqué de sus palabras, lo vulgar de su opinión, como un cierto vacío y unas risas que se lo permitían su dignidad cobró extensión entre el auditorio. No me ofende, pero sé que el Ulises es un libro muy próximo más por la cercanía con otros lectores que por mí mismo. Y, así, creo que la fiebre se mantiene y ha matizado esta lectura súbita e inesperada. Ha sido una inyección de auténtica pasión por la lectura, en esta tarde de marzo, en un tal que martes y 13. La lectura es esto: cierto decaimiento, abrir el libro, comenzar y sentir que siempre ha estado ahí y una fuerza y rememoración se eleva para hacernos más literarios en nuestro discurrir vital. La literatura es un compromiso con el día a día, en ello se manifiesta mi pasión por los libros, ya que son el tamiz mediante el cual comprendo lo diario. Manifiesto mi adhesión por Joyce, en esta tarde del final del invierno, cuando los días ya han crecido lo suficiente para albergar una esperanza que se funda en deshielo y la promesa de las playas y los amores adolescentes.

+ Una leve recaída una semana después. El dolor de cabeza, un mareo leve, el sueño pesado y muy extenso. Las metáforas del espacio producen una sensación de olvido y pesadez. La extensión del sueño se resuelve en historias nada oníricas, sino ancladas en lo diario. Lo diario es la matriz que nos constituye. La fiebre era escasa y al despertarme había desaparecido. Esa puerta abierta me muestra mi parte angulosa y desconocida, veo formas curvas, pero una indefinición definitiva. Se eliminan miedos y se muestra una sorpresa constante. No hay daño. Vuelvo al Ulises.

+ Imagen: me interesaban los cuadros, me interesan las personas y su estatismo.

sábado, 10 de marzo de 2018

Contenedores


+ Rescato las notas tomadas en el metro hace dos semanas. Es la hoja cuadriculada de una libreta de medio folio, con letra rápida en tinta de bolígrafo de punta fina. Por cierto, un bolígrafo estupendo de sólo treinta céntimos. El hecho de tomar notas dibuja un panorama, o, mejor, lo crea. La percepción de la realidad se ve transformada por el paso de la visión a la palabra escrita, se desprende y se transforma en otra cosa. No creo que nadie más que yo lea estas notas, pero ya no soy yo el mismo: un yo escribe y un yo lee las notas. Ese juego de espejos en esta hora del sábado lluvioso reconquista un terreno de ficción y realidad, como el haz y el envés de una hoja transparente.

+ La presencia de Foucault en el semanario francés que compré en un kiosco para leer en el avión resulta emblemática [en el preciso sentido que el término tiene]. ¿Soy un snob? Ayer vi a una persona con una libreta que en las guardas tenía la misma foto de la revista. F. mira al frente y parece inquirir al que la foto ve: preguntas que abren un abanico de posibilidades, preguntas que cambian o demuelen las certezas. ¿F. es un icono que se debe mostrar, como una bandera, como un lazo pleno de significado, el escudo de algún club? No participo en ello. La revista hablaba de educación, de políticos muy atareados y de la buena mesa, de las costumbres tan francesas de los fines de semana en automóvil: guía turística, vino y albergue. Recuerdo como Francia me enamoró: carreteras, pueblos e infinitos viñedos. Entre esas agradables razones estaba él. ¿Qué ha sido de todo aquello, dónde vive, salvo en mi recuerdo? En aquel viaje fuimos a visitar la casa natal de Foucault. Llovía y había una poética melancolía en todo Poitiers,. F. desde el primer momento que tuve noticia de él no me pareció especialmente feliz, sino producto de una tensión que no tenía forma de ser resuelta; luego me adentré en su obra y en su biografía y no me equivocaba. Ante aquella flamboyante mansión en Poitiers me llevaba a pensar en su difícil infancia, la complicada relación con su padre, su homosexualidad. Con todo, creo que fue capaz de construir una persona que le satisfacía, aunque el dolor nunca desapareció: alcohol, drogas, jornadas de trabajo imposibles, la entrega del cuerpo en la dominación sexual (…) Ahora sirve su rostro para decorar libretas, me digo y el avión es una cápsula que me permite el aislamiento y la ruptura con lo automático. Volveremos a Francia, me digo y caigo en un sueño ligero.

+ ARCO: el arte contemporáneo como vehículo de inversión, posturas y distracciones. Nada más entrar en la feria recordé lo que dijo la profesora de italiano: no soporto a Fellini porque no soporto el circo [ese punto siniestro de los payasos, el maquillaje excesivo, los trajes de lentejuelas de las trapecistas, por ejemplo]. Yo estaba allí y admiré el atuendo, los gestos y las distancias de los visitantes. Sus cámaras pequeñas y perfectas, sus mundanos amores y desamores, el reflejo de lo exclusivo y territorial. Vuelvo, tras un momento, sobre mis ideas acerca de una colección como estímulo y como configuración de la personalidad, donde se puede diluir el yo para alumbrar un nuevo yo: la visita a lo mejor de la persona, tal vez. Estos juegos, me digo, conducen a una hipóstasis, a una pretensión de autenticidad. Recuerdo los paseos por los amplios pasillos, con los stands a mi vera, como un río de personas y conversaciones yuxtapuestas. Trato de hilar la colección con el atuendo y la panoplia de abrigos, sombreros, hilados finos, botas, tacones imposibles, medias eróticas, atrevidos tatuajes tan sobreexpuestos como frívolos, melenas al viento de la calefacción: oh, la bomba de calor, cigarrillos electrónicos (prohibidos y utilizados sin desdoro), cuero y seda, miradas acrílicas, dentelladas de oro perfecto y reluciente, el pez sin escamas, la mujer infinita, el hombre dulcificado, el hombre de cristal, el hombre de azúcar y sal. Mucho más. El desfile, la variedad, el gustar y el sorprender. Meses de preparación para culminar con el momento en que dios se hace carne mortal. Y yo con mi bolsa azul turquesa llena de libros y con la bufanda gris como mi gris era mi presencia: qué autoridad subterránea la del espectador silencioso e invisible, libros y apuntes, bolígrafos, libretas y un pequeño ordenador que casi todo lo puede. Quise comer y no encontré dónde, quise beber y tampoco puede hacerlo, había algo bíblico y alegórico en el aquella acumulación de objetos y personas extremadamente amaneradas. Por fin salí y el caminar por la cinta transportadora fue un alivio. Veía el cielo con esos reflejos de aviones nocturnos y sabía que era viernes, que pronto volaría hacia casa y que esa profundidad azul de la noche tenía más de verdad que los diccionarios recién abandonados. Ay, me dolía la espalda y ese recordar: eres mortal. El dolor es tangible, el sujeto de toda colación. El parecetamol me devolvió mi humanidad y dormí sin pesares. Soñé con el arte y con los artistas, con los mediadores y los mercaderes, soñé y los veía desde una distancia deseada. Ya nada me asusta, he cruzado un río que limpia la memoria de membranas y resortes malignos. Yo también soy otro, sin haber comprado obra. La obra.

+ Las personas necesitamos tejer una vida. Esta obviedad, en cuanto se para uno a pensar un poco, tiene unas ramificaciones que dan vértigo. Trataré de explicarme. Los últimos días en Madrid, entre conferencias y las soledades del transporte público, me llevaron a ver todo desde una óptica fotográfica, porque yo así lo elegí. Si hacemos un disparo sobre cualquier situación o escena de la vida cotidiana, ésta pierde gran parte de su contexto, por esta razón se abren interpretaciones y sentidos insospechados. Cuando ya es otro el que ve la situación o la escena fotografiada y sin referentes, las posibilidades se ensanchan, los sentidos son otros y, en ocasiones, estos sentidos se oponen al principio rector que el fotógrafo había empleado para lograr sus fines, el que guía la elección de un encuadre, un punto de vista, una velocidad, el enfoque o el desenfoque; los elementos que posicionan el resultado final son solo una propuesta, nunca una lectura cerrada. Tejer una vida supone actividad, un censo de acciones que van desde el levantarse al acostarse. La organización, la agenda, la disposición de los elementos en el discurrir de lo cotidiano, un extenso repertorio de verdades construidas o a medio construir, que valen lo que vale un segundo, pues cada uno de ellos nos conduce a la muerte. El olvido, la suplantación de nuestra temporalidad. Así, buscar la personalidad adecuada a nuestra biografía es la tarea que nos imponemos, consciente o inconscientemente. La narración es el telar, la tela se deshilacha según el telar la produce. Veo toda esa amplificada actividad de la feria de arte contemporáneo y reconozco la capacidad metafórica que el hecho teatral tiene. ¿Artaud me guiará en la «noche oscura del alma»? Deseaba aportar esos fragmentos a mi mismidad, pero pronto me di cuenta de resultaban opuestos a mi yo actual. Quizá tuviese que ver con otro que fui, pero he envejecido y ahora todo se ha desprovisto de capas de maquillaje y de ropajes más o menos acertados. ARCO hablaba mucho de mí, de asuntos que ya no me interesan, de una cierta personalidad que buscaba y que encontré, que vestí y que deseché. Ahora lo sé. La escritura posibilita la indagación, emerge un otro yo que permanecía en el fondo de mi consciencia; ahora lo veo y le digo que regrese a su lugar. Me obedece y continuo con la idea sobre el teatro y la vida que Artaud me aporta, la crueldad como método, ese subrayado.

+ Un leve y constante dolor de espalda me acompañó. Un dolor muscular. Sé a qué fue debido: posiciones inadecuadas en la silla de la sala de conferencias y el peso excesivo durante todo el día. Sé que las incomodidades nos aproximan a la centralidad de la visión. El vidente nunca duerme. Un dolor agudo mata la visión y el entendimiento, sólo cabe la concentración sobre su materia inasible. Luego, el avión fue rumores, zumbidos, cristales que entrechocan. Reflexiono, subrayo y tomo notas. Qué oficio el mío: sin sueldo, sin conclusión. Contaré las monedas que tengo.


+ Imagen: una foto que se disparó sin intención. La falta de foco, la oscuridad, la ausencia de previsión. Soy yo.

sábado, 3 de marzo de 2018

Anotaciones del día a día




+ Hombres que espían conversaciones, las conversaciones que fluyen en las pantallas. Gafas, zapatos resistentes, aburrimiento. Escucho a los Beatles en el tránsito que el metro ofrece y ese contexto es el único que puede explicar mis confusas impresiones en éstas las primeras horas del día. Los pasajeros duermen con sus teléfonos entre sus manos, se reflejan en los cristales, se agita el vagón. Nostalgia de otra ternura, ternura que nunca existió. Construyo la narración de sus vidas y, a partes iguales, es acierto y es error. El hombre parece que se derrumbase sobre sí mismo: se inclina, sus ojos se clavan en sus zapatos y suspira, eleva la mirada y el pelo se agita, aunque pronto regresa a su ordenado peinado. El hombre baja en San Bernardo, quiero pensar que es un empleado de una papelería, una tendencia a la equivocación en la que triunfa el intuir, la prueba y el error. Creo que no supera los cuarenta años, pero parece mayor, quizá siempre ha sido así: el atuendo lo es todo. Me difumino en la masa. Un entretenimiento cuando la noche se retira y el día espera para hacer presencia, en el subsuelo escucho a los Beatles y sorteo la prisa. ¿Esto conforma el día a día? Sin duda alguna.

+ Tomo un libro de fotografía del estante. Es una historia de la fotografía o, mejor, la historia de una extensa colección de fotografía. Su ordenación es temporal y no temática. Veo la fotos y trato de establecer un puente entre mi día a día y lo que las fotos me aportan. Subir al coche, poner música, dirigirse al trabajo; el estudio, los paseos, correr, disfrutar de los bares y las cafeterías (en la última hora de la tarde, la hora de la merienda-cena). Se puede intentar ver todo desde una óptica prestada o hurtada, el disparo fotográfico en este caso. Visiones pop, visiones industriales, documentadas aceleraciones del presente hacia el futuro, retratos o paisajes. No necesito la cámara. Eso me regala una productiva insatisfacción. He visitado una larga acumulación de arte contemporáneo y esperaba encontrar una respuesta a una pregunta: cómo mantener una alucinada visión sobre la realidad, ya que pensaba que allí se encontraba una respuesta, el venero donde encontrar la respuesta. Finalmente, todo se transforma en la certeza de que el tiempo ha pasado y la edad es una conquista, con su precio, pero con su recompensa. Me he alejado de los intentos de comprender el arte contemporáneo y me dejo llevar por el gusto, por la construcción de una visión y veo que en ello hay un particular y personal utilitarismo. Paseo por el dédalo de las galerías, paredes blancas y obras y obras que condensan una marcada apuesta por la inversión. Crear valor es bueno, pero yo estoy en otra cosa: más lejana, opuesta, paradójica quizá. Resulta complicado, ¿imposible?, separar las obras de su precio, de sus promesas de revalorización. Abro el libro de fotografía y el blanco y negro esconde una invitación a la duda: en su momento esto fue vanguardia, hoy es algo muy antiguo, muy antiguo. Geometría, duplicidades, espejos de acero o de cristal. El puente entre mi día a día y las fotos une el deseo y su figurada sombra: me concentro, observo detenidamente un depósito naranja, portátil, para transportar gasolina, el depósito está pensado para una pequeña barca neumática; lo sopeso y creo verlo sobre una peana blanca y protegido por una urna de cristal blindado: lo traslado al contexto del museo y la obra está ya ahí. Esa es la idea de fotografía, su envés. Disparad y ampliad hasta los tres metros por dos, ahí se rompe lo automático y emerge la obra, aquel pensamiento que conduce a la duda y a la sorpresa. Es martes, pronto dormiré, con la certeza de lo vivido y con el olvido de la muerte, mientras me sumerjo en el sueño.

+ El sueño es la imagen de la muerte.

+ La luz se hace y veo que el tema es la vida cotidiana. Ella no se enfrenta a nada, pues todo lo incluye, nada excluye. Esta sensación de inclusión es la que he buscado durante las últimas semanas, que espontáneamente surgía en los lugares habituales por los que transito: una ebriedad ligera ante la magnitud del fenómeno, un enamoramiento lujurioso de lo real dado y compartido. La erótica circula en todos los actos del día: levantarse, el desayuno, el viaje al trabajo, el trabajo, la comida, el estudio, el paseo, las últimas lecturas del día, el momento en que el sueño me acoge. El viaje, el turismo, las visitas a los museos o a los centros comerciales. Compras semanales, adquisición de vestuario, cenas o cervezas en los bares habituales. El mejor instrumento para acotar este vértigo ha resultado ser la fotografía: como autor, como observador. La fotografía documenta y establece una vía de conocimiento: esta ambivalencia otorga fuerza a nuestra visión. Y la palabra visión no me gusta, pero otra no encuentro: la crónica del vidente. He rescatado dos libros: 1) Mitologías de R. Barthes y 2) Everyday Life de M. Sheringham. Como si de dos atlas para la descripción de planetas ignotos y complementarios se tratase, buscaré las razones que ilustren mi investigación en mi particular realidad, en la conexión con las otras realidades, y con las posibles divergencias, todo ello dentro de ese ámbito común que es el día a día. No hay otra.


+ Imagen: no es un disparo fortuito, pero lo intenta. La simulación de la casualidad se reviste de un programa que encaja en lo que voy viendo, digiero y transformo en esta otra realidad: el blog. Everyday life.