sábado, 26 de septiembre de 2026

Realizarse y no-realizarse

 


+ Veo un vídeo de los Smiths a última hora de la tarde del miércoles, antes de irnos de viaje C. y yo.  Es el concierto en Madrid del 18 de mayo 1985. Como previo al concierto suena “Danza de los caballeros”, parte del ballet Romeo y Julieta de Prokofiev. No sé si pertenece al concierto o se ha añadido en el montaje. Con todo, le otorga a la escena del público expectante ante el inicio del concierto, un aire solemne e inquietante. Un aire épico, quizá. El miedo, tal vez, o la angustia que propone esa danza me llevan a pensar en aquellos días en que K. asistió al concierto y luego nos lo contó. Una misa laica. Así son los conciertos. Cayó cerca de él la reliquia: la camisa que Morrissey arrojó al público. Ello desató una lucha entre espectadores. Me lo puedo imaginar. La primera canción que suena es “William, It Was Really Nothing”, sobre el matrimonio o un matrimonio que no llegará producirse. Una idea de la vida cotidiana en un pueblo sin interés de personas sin interés que deben marcharse allí si quieren realizarse. Me detengo en todo lo reflexivo que tiene el verbo realizar, como auntoconstrucción, como la elaboración de un personaje: eso es Morrissey, esa es su necesaria huida. Sigo viendo el concierto y no puedo de pensar en la palabra: realizarse. No hay nada tras ella. No hace falta irse a Londres. Londres está lejos y hace frío. Es una trampa. ¿Por qué no hablar de los quedaron en el camino y no alcanzaron a Morrissey en su apartamento de Kensington, los que terminaron en un trabajo miserable en la gran ciudad o no tienen otra cosa que vagar por sus calles? Hoy todo es tan distinto y como un extraño poema que nos perturbó y hoy no transmite ya nada porque todo se ha resuelto sin misterio, aletea una pregunta sobre dónde están ahora aquellos adolescentes, cuántos han muerto ya. Y me digo: eso es la muerte, el olvido y la irrelevancia. La camisa de Morrissey vuela sobre el público y los jóvenes se pelean por ella, un fotograma que define un momento, pero ya solo es memoria.


+ C. y yo estuvimos en el fin del mundo durante unos días. 


+ Imagen: los restos del día, el regreso al hogar.

sábado, 19 de septiembre de 2026

Cuando me desvanezco [parte segunda]

 


+ La enfermedad es un tema insoslayable. La reflexión sobre la enfermedad aparece junto a ella, en el momento en que esta emerge. No hay alternativa y no es algo que necesariamente vaya unido a la edad, pero la edad, para el común, funciona como incentivo para detenerse y pensar en lo efímero y nuestra incapacidad para escapar de esta circunstancia, que siempre va unida a la desaparición. Todos los estímulos conducen a este punto.


+ Cuando me desvanezco muero, así los clásicos asociaban el sueño a la muerte, yo también. El desvanecimiento me devuelve un instrumento conforme a la necesidad del día.


+ Imagen: los restos del día, el regreso al hogar.

sábado, 12 de septiembre de 2026

Cuando me desvanezco [parte primera]

 


+ Observo ciertos rasgos comunes entre mis dibujos y los ejercicios que aplico con mis guitarras, algo que tal vez alcance a la escritura. Personales, nerviosos, irregulares. Los trazos tienen la justa y necesaria intensidad, fuerza y decisión, pero no culminan una veces y otras casi alcanzan el propósito, aunque terminan por vencer. Algo similar sucede con la guitarra y, también, con la escritura. Repito, ese binomio de nervio e irregularidad, tan personal, es lo que los define.


+ El martes sufrí un desvanecimiento. Lo pude ver llegar: el calor, el sudor, la niebla. No me caí porque tengo un pequeño protocolo para evitarlo. Funciona. Un reflejo de la muerte. Ahí pude ver lo contradictorio de estar vivo. No morí, pero sentí el desvanecimiento como una imagen de la muerte. Está bien así. Una lección.


+ Esas irregularidades ahora me dan alas, antes fueron causa de dolor. En ellas descanso.


+ Imagen: lo irregular.

sábado, 5 de septiembre de 2026

Veinticinco fotos

 


+ Unos días atrás hice el experimento de fotografiar mi camino al trabajo, la ida y la vuelta. Cuando lo planteé restringí el número de fotos a 25. Fotos anodinas y prescindibles, pero que se cargan de simbolismo si las uno a reflexiones que a diario se desarrollan en este itinerario. La política, el amor, la poesía, el trabajo, la relaciones personales, adhesiones y rechazos, los animales como guardianes de todo lo divino que resta en nosotros y el lenguaje nos ha hurtado sibilinamente. La sibila nos vigila para poder pronosticar nuestro destino [yo ya sé donde se esconde el destino, la clave es el carácter].


+ Mode: “Lust for Life” by Iggy Pop.


+ El interés por establecer límites, la necesidad de saltarse los límites. Entre lo uno y lo otro me debato, hoy.


+ Regreso al concepto barroco del desengaño. Una líquida razón que se extiende por toda la realidad. Desde la religión hasta el amor, el comercio, la política o la arquitectura, por ejemplificar con ámbitos, aunque no contrapuestos, sí distintos. ¿Sirve para elaborar el desengaño un análisis sobre el presente? Estimo que sí, en el sentido de vaivén que implica: del Renacimiento al Barroco, hoy nos adentramos en una edad oscura. 


+ He vuelto a ver las veinticinco fotos y hay algo que se me escapa. Como si un demonio hubiese disparado por mí la cámara. Como si bajo su estructura de reflejo de lo diario se escondiese una posible interpretación onírica. Se trata de que al hacer el pase de diapositivas en el ordenador me cuesta reconocer los edificios y las calles que a diario transito de camino al trabajo. Se trata de una inversión de la percepción que yo no he buscado, pero que ahora se muestra o florece. Pienso en ello y me doy cuenta de que puedo entender el engaño que la fotografía supone. Es lo que acabo de pensar cuando terminó el pase de fotografías.


+ Imagen: 5/25.