+ [La etiqueta que abre la entrada pertenece a NIetzsche y la recojo en La construcción social de la realidad de Berger y Luckmann].
+ Vivir en la sospecha se hace cada vez más necesario. Las noticias, los rumores, las certezas. Nada es lo que parece, me dice alguien mientras regresamos del trabajo y yo asiento. Espejismos. Sólo leo y evito cualquier contacto con la televisión: el televisor apagado en una esquina del salón me parece un objeto extraño. No tengo teléfono, bueno: sí tengo teléfono pero es un teléfono que perdió su actualidad diez o quince años atrás. Es como no tener teléfono. Abro libros de poesía y sé que no es es lo que leo lo que me hace, trabajo en un sentido contrario porque el sentido en sí no me interesa. Quiero desmontar todo aquello que me dieron, examinarlo y decidir. No es fácil. Como ejercicios espirituales, como una plegaria a la nada. Aprecio la primera hora del día cuando es un día feriado. Ahí, en silencio, sin más sonido que el rumor eléctrico del respirar de los electrodomésticos. Cajas vacías.
+ «Hay tráfico lento en la carretera de La Coruña», en la primera hora de la mañana es lo que oigo en la radio, nada más despertarme. Trato de reconstruir la imagen que yo tengo de la A6, lo intento y se acumulan la imágenes sin orden. Lo dejo y pienso en el tráfico lento, en la anomia que el conductor ostenta, las filas, las ringleras, el río inerte que resulta ser una carretera. En sí misma la autopista es un paisaje sin alma. La autopista. Esto es una señal débil, porque bajo esa geometría existe una lírica suficiente y autónoma. Las conversaciones, los pensamientos, la música, las dudas y las certezas. Ese impulso que hace que el día comience. Apago la radio y desayuno en silencio: el pan en su honrada limpieza bendice el inicio del día. Un otro arte de vivir.
+ Correr con música resuelve muchas dudas, mejor: las diluye. El sendero, el río, orillas cósmicas, música aleatoria. Creo con firmeza en las posibles sensaciones que devienen del esfuerzo y la dedicación musical. Los perros ladran, el rumor de la corriente, el viento entre las hojas. Una leve brisa que recuerda el frío invernal, pero es primavera, primavera en su esplendor. Los cuerpos sumergen la duda en la corriente histórica: allí donde todo pierde su solidez. Corro. La tarea es llegar al no-pensar; alguna vez lo logro. Las tareas diarias restituyen la confianza en el ser humano, en la posibilidad de esquivar la muerte [esta falsa impresión me permite observar mis trucos y ver que son malos y prescindibles]. Corro.
+ Se manifiesta la idea de una biblioteca en ruinas. En estos días la biblioteca está en cuestión, el orden alfabético que propone, el orden temático [también]. Esa biblioteca en ruinas resuelve la marejada tempora. Cómo la muerte arrebata el impulso diario, su sola presencia otorga la textura única a lo diario. La vida precisa un sistema de pesos y contrapesos para ser estimada en su justo valor, para situarla en el lugar que le corresponde. La biblioteca en ruinas orla las ruinas de mi inteligencia. Libros, folletos, artículos, papeles, mis escritos, mis pobres escritos. La biografía no es transparente ni fija, su movilidad constituye su esencia: cada lector tiene su versión, la suma de las versiones no es equiparable a la verdad. ¿La verdad? Un substrato podría dar coherencia, pero ¿es posible hallarlo ya?
+ [Cita]: (Sloterdijk, Normas para el parque humano): «… hay en el mundo discursos que hablan de la comunidad humana como si se tratara de un parque zoológico que al mismo tiempo fuese un parque temático (…) el sostenimiento de hombres en parques o en ciudades se revela como una tarea zoopolítica.»
+ La cita anterior nos sirve de medida. En ocasiones nos resistimos a su aplicación, pero esta suspensión del juicio no es fácil, no es posible.
+ Imagen: el placer de disparar sobre las pantallas, el placer de deformar lo que ellas arrojan hasta convertirlo en una figura irreconocible. No sé cuándo disparé, ni dónde, tampoco sé quién es el retratado. La nada.
+ Mientras una persona cercana se muere, yo camino bajo los puentes, junto a los ríos y veo, en un instante, volar mariposas azules. Cantan los pájaros y la desolación se instala. El sol acentúa un dolor sordo, la certeza de la muerte. Un sol que transforma el color de la hojas: desde un verde oscuro hasta una transparencia de gasa o tejido dérmico, la piel de una rana o la piel de un elefante que se ha retirado, curtido y ahora tiene el esperor del papel. Tonos grises en la tierra, el agua jadeante que se arroja a las cunetas desde las laderas. Barro o ceniza. Sin etiquetas avanzo junto a las paredes de los estribos que sostienen el tablero de un puente. Como criaturas que en algún momento estuvieron vivas. La muerte es un relato. Hoy todo es relato, pero no sé decir si este relato es una palabra que se emplea metafórica o literalmente. El que habla pierde algo en la dicción. Yo guardo silencio y estudio la estructura o el muro y apunto en mi libreta: no hay deficiencias, no hay daños. Constato un momento, pero me doy la vuelta y el aire boscoso alienta una certeza: mi escritura es mi desaparición.
+ En un título de un poemario leo «… dar un grito» y me pregunto ¿por qué no utilizar gritar? Dar está vacío de contenido, pues ese dar no es el mismo dar que el que aparece en «… dar la vida». Si se tiende a la condensación, hay una posibilidad de triunfo. Pero, ya lo sabemos, el triunfo nunca es posible porque el resultado es siempre el mismo.
+ Versos: «Vestido ya de tendero / de tienda de ultramarinos». Así comienzan el poema de Alberti «Mi entierro».
+ Los gatos son silencio, la negativa a expresarse, salvo sus mordiscos y sus arañazos. Sólo quiero la comida a mi hora, tampoco es pedir tanto, parece decir mientras maúlla lastimeramente. Y tiene razón. Unas caricias, algo de respeto, la comida apropiada en el momento apropiado. Como el órgano sutil de la naturaleza: la caza a primera hora de la mañana, el ratón o el topo que cae en sus garras. Esas patitas delicadas cargadas de crueldad insólita, de la que sólo nos protege su manejable tamaño. Más que independencia, es deseo sin dirección, insensible y certero.
+ «No se lee para reconocerse uno mismo, sino para conocer algo que no es uno mismo» Miguel Morey cuando describe un pensamiento fuerza de (F.) en Escritos sobre Foucault.
+ Mudanzas. Cajas, amplios pasillos, sillas giratorias. Los rostros se reflejan en el ritmo de la respiración. Hace calor, se anuncia una tormenta y las conversaciones giran en torno a los cuidados paliativos y la sedación. Ahí queda todo. ¿Cuántos tipos de inteligencia hay? ¿Sólo hay una la posibilidad? Ahí queda. Miope, agudamente ágil para las matemáticas y la física, incapaz para la empatía. Es un corcho, alguien me dijo. No puedo dejar de estudiar su sorpresa ante el cambio vital al que se ve abocado. Tampoco es para tanto. ¿Volveré a verlo? Urbanizaciones, el edificio como proyecto vital, la torre, los chalets, puentes y viaductos. Ya su rostro se ha desvanecido, ya sólo flota su nombre. Sombras.
+ Imagen: la selección de la imagen viene determinada por la lectura de unos poemas de M. Houllebecq, en concreto: uno que habla sobre un viaje en TGV, la semejanza que hay con un posible tránsito hacia la muerte. Luces, nocturnidad, una ciudad que no se identifica. La abstracción del tráfico, la noche y sus equívocas invitaciones.


+ Hay un snobismo contemporáneo que comienza a estar demodé. Muy demodé. Un snobismo que gira en torno a un léxico amplio, preciso y con una deliberada tendencia a la irónica condescendencia. Hay maneras y maneras de distinguirse. Unas veces se acierta y otras veces se falla. El tiempo da y quita razones (etc.). Lo alto y lo bajo, la técnica y lo plural. Una vez que ha pasado de moda el snob se transforma en figura de cera, balaustre en anticuario. Ay, cuántas veces hemos oído sus afirmaciones y sentimos la leve brisa de suficiencia que desprendía, hoy todo ha cambiado, pero ellos siguen ahí: en su antigüedad finita y parcial. Nosotros, no. Nosotros seleccionamos la ultramodernidad y, en la selección, acertamos.
+ «… un poema es un significante total y a la par un complejo de múltiples significantes parciales (acento, consonantes, vocales, palabras, verso, estrofa, etc.) y de infinitas relaciones tendidas entre todos estos elementos.» [Dámaso Alonso cuando se refiere a la poesía de Garcilaso de la Vega, en Poesía española (Ensayo de métodos y límites estilísticos)].
+ ¿Como se afirmaba en aquel poema, abril es el mes más triste?
+ Me hablan de la vida sentimental de un conocido, de las mujeres de las que se ha divorciado, de los hijos que con ellas ha tenido. Escucho detenidamente, pero sé que en un momento lo olvidaré: sin remisión. Según los años van pasando, encuentro las conversaciones sobre personas cansinas e intercambiables. Todas las vidas tienen un punto de fricción y un punto de encuentro, todas las vidas se parecen porque en lo sustancial resultan ser lo mismo. Al cabo de unos minutos el relato termina y veo como el que me ha puesto al día se aleja con su mercancía de chismes y puntualizaciones. Una vida nunca es materia de novela, sino al contrario: la vida se puede ver engrandecida por la sustancia novelesca, por los meandros narrativos y las acentuaciones sobre los hechos y su descripción. La vida sentimental suele ser muy parecida y con una cronología similar, lo que la eleva es la expresión de ella misma, su constitución como obra de arte, lo demás es viento o humo. No pierdo un minuto más y me centro en el suave canto de los pájaros en el mes de mayo, nunca un mes triste, nunca un mes doloroso.
+ «El que ve lo de ahora ha visto todo cuanto hubo desde la eternidad y cuanto habrá hasta el infinito, pues todo tiene igual origen y aspecto». Marco Aurelio, Meditaciones.
+ El conductor como emblema de la ultramodernidad. Anónimo, decidido, casi ciego. Merece un poema trufado de electricidad y sensación, locura y baile frenético; el conductor es un dios menor que se hace carne en cada hombre que toma el volante, el volante se empuña como el que toma una espada. Madrugadas ásperas, luces, despiadadas volteretas. Sólo existe la pista, el simulacro y la interpretación actoral: madrugar para acudir al trabajo, legiones de ‘commuters’ embelesados por sus teléfonos, música que acuna la desesperanza en la primera hora, el día transparente, el día lluvioso, el día soleado. Una reiteración. Pasa con su maletín y su discordia: es la muerte en el atuendo actual: traje, corbata estrecha, negra, barba cuidada, un reloj de colores y un Mini negro. También negro. Así he visto yo hoy el emblema de la ultramodernidad. La muerte en su Mini negro con destellos de plata y oro.
+ Imagen(-es) yuxtapuesta-(s): las texturas encierran en sí una poética, un proyecto que el fotógrafo establece con su selección, el disparo y la última decisión: mostrar las fotos en una secuencia solapada. No se tratada de crear un mensaje aleatorio, sino de prescindir del mensaje mismo. Un vacío: colores, formas mínimas, ausencia. (Las dos fotos se hicieron en Gijón en el mes de abril de 2017, en busca de esa abstracción que nos compete).
+ Tres verbos en primera persona: compro, utilizo, escucho. Su desarrollo discursivo me caracteriza en el día de hoy, un rastro que permanece, una expansión que deberá explicarse. Hoy, un viernes de mayo, llueve mientras recuerdo los pueblos que visitamos recientemente, junto al Cantábrico, en la costa Asturiana. Qué queda de aquéllo. Olas que dibujaron figuras. Una cuestión de estilo. [Una arquitectura inútil].
+ Compro libros en ese éter que resulta ser internet. Llegan hasta mi domicilio y abro los paquetes, todo un ritual. Los contemplo y descubro anotaciones, pequeñas etiquetas donde se leen las señas de una librería en Bilbao o en Murcia, anotaciones a lápiz, subrayados en fluorescente, una flor dibujada con bolígrafo verde, torpe pero tierna. Me pregunto por sus vidas anteriores, por sus anteriores dueños y sé que no hay respuesta. Yo sólo soy una estación en su infinito (?) viaje: un día esta acumulación de libros se disgregará y viajarán estos libros hasta otros hogares , viajarán guiados por esas etéreas librerías en internet o lo que en ese momento exista. No me produce desconsuelo esta constatación de lo temporal que se ofrecen las distintas signaturas. Aquí un hito en el camino, ese es mi yo preferido para el día de hoy: el lector que soy y que trata de atrapar los límites de su lectura. Hecho.
+ «En el asfalto fondos / De joyerías cándidas / Se aparecen a todos.» Noche céntrica, Jorge Guillén, en Aquí mismo de Aire nuestro.
+ Utilizo como marca páginas tiras que recorto de volanderas hojas publicitarias (zapaterías, pizzerías, centros de belleza…), que me entregan en las calles y guardo en un bolsillo con descuido. O bien billetes de tren, de metro o de autobús. También, boletos no premiados, marcadores, la entrada gris de un museo. No hay ninguna intención en ello, pero si una costumbre se sedimenta es porque algo se esconde tras sus costuras. ¿La humildad, las posibilidades funcionales, el colecciones mínimo? A saber.
+ Escucho a alguien decir que, en sus incios, escribió unas canciones sobre la fascinación que el alcohol le producía. Como éste incidió en su manera de desear y relacionarse, un Lucifer emergía desde los recuerdos infantiles. Considero el tema como una venenosa y potente lujuria. La lujuria alcohólica: botillería, líquidos, colores, formas, vasos o copas, transparencias, la media luz nocturna, gestos, los reflejos, la risa como evasión, la evasión como destino. Hablaba el compositor de reuniones familiares donde una amiga de sus padres le decía: «Pon más gin, pon más gin, Juan, más gin», y ahí nació la fascinación. Se pueden escribir canciones sobre cualquier cosa, pero el tema del alcohol encierra en sí peligros insospechados, turbulencias y escabrosas excursiones [excursión en ese sentido que tiene su literalidad: salirse del curso ordinario].
+ Autores pendientes de revisión (?): Fray Luis de León, Santa Teresa, San Juan de la Cruz. No es necesariamente una triada, pero hoy funcionan así los tres escritores, ¿mañana?
+ [Lo gastado]: (filosofía de), (dato histórico) (política de). En una contabilidad restan más que suman. Si a alguien le oigo emplear alguna de estas engastadas piedras no preciosas, pierde enteros. Hmmmm: ¿perder enteros? Ay, yo en lo mismo, yo en lo gastado.
+ Imagen: ¿hasta qué punto resultan intangibles las olas del mar, su dibujo, su impermanencia necesaria?

+ Elina Löwensohn: por casualidad llego hasta la actriz: el vídeo de un grupo. Una búsqueda y su rostro aparece en la pantalla. Fragmentos de vídeos donde ella habla en inglés o en francés. Su rostro es una invitación, aunque la palabra no me guste demasiado. Nace en 1966 en un avión. Son acotaciones o notas a pié de página en una mañana de sábado. No puedo por menos que sorprenderme del mundo en que vivo, todo se solapa a gran velocidad y sin posibilidad de permanencia. Este rostro se difumina al igual que otras búsquedas , pero quiero dejar constancia de que he indagado en la red. Me gusta su rostro y su manera de envejecer. Tiene los mismos años que yo tengo y en esa simetría emerge mi visión del paso del tiempo. El paso del tiempo es el tema, siempre es el tema y Elina Löwensohn, hoy, constituye un emblema.
+ En el Coloquio de los perros: «Berganza: «Ambición es, pero ambición generosa, da de aquel que pretende mejorar su estado sin perjuicio de tercero / Cipión: Pocas o ninguna vez se cumple con la ambición que no sea con daño de tercero / Berganza: Ya hemos dicho que no hemos de murmurar / Cipión: Sí, que yo no murmuro de nadie».
+ Entro en un librería y comienzo a curiosear. Llegó a la sección de biografías y memorias donde encuentro las cartas de un compositor, del que no recuerdo el nombre [o no deseo recordarlo]. Paso las páginas y me detengo, sigo y sonrío, algo me queda por descifrar y lo doy por bueno. Y así. Pienso que es un libro interesante, me gusta su contenido y el continente: unas dimensiones adecuadas, la tipografía en su justa media, la portada carece de estridencias y no trata de atraer al lector con cantos de sirena [tan habitual: una foto o un cuadro sorpresivos se solapan sobre la esencia libresca con el objetivo de enmascarar lo que no debe ser enmascarado]. Lo cierro y lo dejo en su sitio. Creo que hago bien en no comprarlo, pues mi acumulación tiende a la tormente o al marasmo. Sin embargo, y esto es lo que vale, lo que cuenta en el final del día, es un libro que me gustaría encontrar en un casa a la que yo fuese a pasar unos días. Me gustaría abrirlo en una galería que se asomase a prados infinitos con vacas cursivas y cuervos caligráficos, asistido por el aroma cafetero en la primera hora de la mañana, leer tras correr sin prisa ni objetivo: cinco o siete kilómetros. Esta ensoñación me depara un buen motivo para el aislamiento elegido y necesario. Poco más.
+ Aprecio las portadas de los libros que no tratan de capturar al lector mediante una llamativa imagen. Siempre desconfío, casi siempre acierto.
+ Una cena, conversaciones sobre el amor, la belleza y la soledad en la edad madura. El sexo, las jornadas laborales agotadoras, el éxito y el fracaso. Ser mujer, ser madre, quizás olvidarse del propio cuerpo y permanecer en suspensión sobre una solución salina. Gatos para solteronas, calvos y hombres atractivos que no son objeto del deseo, salsa picante y cerveza helada, un tema, otro y la sucesión de los días que nunca volverán [como este mismo instante en que escribo, en que tú lees], los fisioterapeutas, el dolor de espalda, los calambres que produce el uso del ratón. Pero todo es agradable hoy: la temperatura, la comida, la cerveza helada. Tras un año sin vernos, la reunión es un fluir cálido y honesto, sin dobleces ni acompañamientos interesados. Qué pobres son algunos ricos y afamados hombres y mujeres, qué poco se necesita para la dicha: correr sin objetivo media hora al día, amistades y poca esperanza. Podría añadir otras razones pero lo dejo en el instante en que se hace diamante eterno la conversación. Sin miedo, sin esperanza.
+ Imagen: la arquitectura que nadie desea, la arquitectura que nadie fotografía.

+ Me embarco en la recolección libresca. Sábado por la mañana en la biblioteca pública, una visita fugaz y certera, aunque hoy me haya dejado llevar por una súbita intuición, pero que no creo que resulte errónea. Se trata de la poesía de Bolaño. Un tomo con unas dimensiones considerables, como el fragmento de una viga, que tiene algo constructivo y subterráneo; leo tres o cuatro espigadas estrofas y encuentro una conexión con uno de mis temas: el detritus. Se deben vigilar las afinidades, estimularlas, revisarlas, establecer una ponderación, y, por qué no, dimitir, desertar, saltar al vacío. Ese es el diálogo que pretendo. Abro el libro y encuentro paisajes en los márgenes de la realidad, las dobleces no admitidas. Cunetas, bares de carretera, paraguas olvidados en una explanada. Barro, nubes, acerados automóviles, autobuses o camiones. El libro espera, yo espero. Primero la obligación, después la devoción.
+ Necesito contraponer a una suerte de positivismo reinante una afirmación humanística. Lo resumo en una boutade: no se puede confundir la ginecología con el amor. Ahí voy. Hay saberes que parecen equiparables por un principio administrativo, el que otorga los títulos y se adhiere a una tradición académica, pero que no hay tal posibilidad. No hay posibilidad. Una cosa es la física, otra la filología, no cabe equiparación, ni carriles paralelos. Vuelo sobre mis lecturas con la afirmación anterior: no igualemos la ginecología y el amor, porque ni siquiera el ginecólogo lo hará. ¿La ginecología, el sexo y el amor? El barítono calla y deja espacio al silencio.
+ Rescato una entrevista a Dámaso Alonso realizada por Paco Rabal, donde dice que la poesía es un potente motor del mundo, pero menos evidente. Percibo que cada vez estoy más en este ámbito, un espacio por descubrir y por construir, una tarea que me lleva el día completo, pues es un vivir poéticamente y a tiempo completo, sometido a los pliegues y dobleces que ofrece el día y sus aledaños. La música, la fotografía, las conversaciones, el trabajo, paisajes o arquitecturas, libros, cuadros, calles, avenidas rememoradas. ¿Comunicación o conocimiento?, hay preguntas que ya no me hago, lo dejo en esa razón menos evidente y muy importante. Leer poesía, me digo, cierro el ordenador y me dispongo para que los últimos minutos del día se empleen en un otro soneto de Góngora, un otro más.
+ Las carreteras secundarias son otra cosa. Las casas en sus orillas, un perro que pasa sin cuidado, una mujer que observa el tráfico, un letrero que nos llama la atención, las nubes, el árbol singular, la cerca, unas vacas, un pueblo que queda atrás y su nombre es apenas una estela de humo. Un rumor de música y viento se posa en el interior del coche, con un tono catedralicio, da la nota, la talla en la empresa que nos ocupa. Comienza a llover levemente y sabemos que toda la poesía actual es lírica, heredera sin duda del romanticismo. Somos románticos en su sentido más exacto y certero. La necesidad de expresar la unicidad del yo es nuestra brújula, a cada momento lo vemos, en cada gesto, en cada tatuaje. Somos únicos, descubrimos en cada vibración. Nos miramos demasiado al espejo, compramos juventud al cirujano plástico y la personalidad al librero. Necesitamos armarnos de detalles y características muy novedosas. Ese cementerio de lo cotidiano forma una pirámide de deseos incompletos. Las carreteras secundarias son otra cosa, como si tu personalidad les diese igual: hacia ahí tienda la conversación y se apaga la música, se apaga el día.
+ Un extraño ataque de amor por la historia del español me asaltó después de regresar de los hermosos días en Asturias. Sé que tiene que ver por una otra suerte de indagar en los rasgos del español de Asturias, en los restos del antiguo leonés; una indagación que derivó hacia un sortilegio que se esconde en los arcanos y filológicos saberes que se ocupan del origen de nuestra lengua. Asomarse a ese edificio inconmensurable que resulta ser una lengua tal que la española produce un vértigo real, físico (en mí caso). Todos, mujeres y hombres que han trabajado para darnos la herramienta imprescindible que es el idioma se diluyen en el cieno del tiempo, sin poder saber nada de ellos, quizá, como mucho, algún dato, alguna característica de su tiempo. Ya, las metafonías, asimiliaciones y disimilaciones, aperturas y cerrazones vocálicas, la acentuación o lo patrimonial contra el cultismo. Haces que perduran, pero ¿y todos lo que hablaron, los que nombraron el mundo e hicieron que ese nombrar evolucionase y llegase hasta aquí? El uso de la herramienta la engrandece allí donde se empuña, allí donde golpea, corta o clava. Ese uso es registro más vivo y real de los que ya no están. El brillo poético traslada al lector a las vidas que ya nunca serán otra cosa que viento y palabra, pero la palabra alarga su vida, ajena al que la pronunció. La poesía es condensación, me digo y regreso al libro de Lapesa.
+ Imagen: fragmento de la puerta de entrada a San Miguel de Lillo, que complementa la foto de semana pasada, aunque se trate de una versión muy diferente, alejada de la calidad de la postal. Me digo: antes la postal, ahora lo poético: el paso del tiempo, lo irregular, la belleza del óxido, la madera y su vida. Atravesados por el impulso poético.

+ Dos o tres días son suficientes para hacer un viaje con agradables notas de turismo convencional. Gastronomía, paisaje y cultura. Quizá se trate de dejar a un lado algunas de nuestras normas estéticas y morales (en tanto costumbres aquilatadas), aunque no todas, aunque no en demasía, y ceder en el tránsito de los días de vacaciones.
+ [Libros que se incluyen en el equipaje y que no se leen (como suele ser habitual)]. Una antología de la poesía de Góngora, Las novelas ejemplares y la impresión de un prólogo a un conjunto de estudios sobre ciberpolítica [que sí llego a leer y a subrayar, al menos, en su mitad, esto se debe destacar por lo insólito]. En fin, la lectura en los viajes resulta ser otra muy distinta, pues se centra en los periódicos y en las hojas volanderas. En un ingenuo intento por adquirir un poco del espíritu del lugar; me interesan, por ejemplo, pequeñas noticias en las que se da cuenta de la situación de un saneamiento en un barrio del que nunca volveré a oír hablar, la concesión de un título honorífico a un empresario que mientras leo el suelto olvido su nombre, o ese artículo costumbrista acerca de la no muy célebre Semana Santa local. Persisten con mayor intensidad las fotos, las esquelas y los anuncios por palabras, pero su duración tampoco es mucho mayor. Resta, eso sí, una sensación de que todos los lugares son el mismo lugar, a pesar de notables y evidentes diferencias. Las ambiciones, el brillo de la soberbia, la lujuria de la vanidad, lo real que la muerte es, el olvido, cómo no, al que está destinada toda obra humana. Y regreso a lo mismo, como siempre. Uno alimenta la ficción de que es posible capturar ese algo inasible que conforma el lugar, pero uno se equivoca. Un ingenuo error que se transforma fácilmente en ironía. Posarse en los nombres de calles y plazas, de iglesias o de los museos. Horarios de autobuses, el color de los taxis, librerías o tiendas de recuerdos. Esa recopilación, esa nómina de elementos que el viento del tiempo ha de llevarse sin piedad. Y, mientras, los libros dormitan en la mesilla de la habitación del hotel, emblemas que recogen el sentido último de los días de vacación, queda atrás cierta seriedad circunspecta de lo diario y se abre una flor de suave y ligera suspendida en el anguloso sucederse de los segundo, de los minutos, de las horas.
+ La conducción resulta fluida. Sin embargo, el problema de las autovías y autopistas es que resultan neutras, son bandas que parecen no tener fin, donde la sucesión de los carteles poco más es que un inventario, los árboles y los viaductos parecen ser siempre los mismos. Algo que enraíza en las características de nuestra época, en la hipervelocidad, los espacios intecambiables y la falta de personalidad. Pasan los coches, quedan atrás los letreros de las poblaciones, se llega al destino y entramos en un garaje. No podría decir dónde estamos, salvo por la certeza que aportan los mapas.
+ Las tiendas de recuerdos atesoran en su interior una cualidad dúctil y flexible. Garantizan balizas para delimitar los años que se van, recuerdos que quedan en las casas como testimonios de un tiempo: éste, sin ir más lejos. Ay, ¿es posible comprar recuerdos? Si se pudiese, no cabría mayor felicidad. Comprar, vender, intercambiar recuerdos, en un sentido literal, nunca figurado. Ay, pero no es posible, desgraciadamente, no es posible. Sólo son posibles esas balizas que nos indican que en 1989 estuvimos en Oviedo y eran las fiestas de San Mateo. De ello dan cuenta un llavero, un calendario, un bolígrafo o unos vasos desparejados. Las tiendas de recuerdos venden pistas para el olvido, nosotros compramos esa mercancía y el veneno se extiende inmediatamente.
+ Yo pensé en una ría como un escenario para un cuento de hadas. Bosques espesos, remansos amplios y una luz dorada que baja desde el cenit; pasarelas de cuerdas y tablones que unían islas, que partían desde altos árboles a altos árboles hasta llegar a masas de rocas y liquen, cobijadas por las altas copas, los helechos, la humedad, el verde intenso, el vuelo brillante de una luciérnaga. Pensaba yo que era la ría de Viveiro, pero no era así. Todo se relacionaba, ahora lo sé, con un sueño lejano donde yo caminaba por esas pasarelas, donde mi madre nos hablaba de su infancia y de cuánto le gustaba dibujar y salir al campo para encontrar violetas. Cuando murió, en la tumba, mi padre depositó una maceta con violetas. Recuerdo la escena, recuerdo esa ría que nunca existió. Hay estelas en el tiempo que parecen tocarse, levemente. Nos alejamos por una carretera secundaría.
+ Imagen: una foto de Santa María del Naranco. Busco que la foto tenga la calidad, la textura de una postal, que contenga ese impulso turístico que ha guiado el viaje, y creo que lo logro. ¿Hay un sentido irónico en el disparo? No, es una lectura literal de lo que fueron estos días, de la felicidad, del espacio y el tiempo para el amor. Los misterios que atesora la construcción se cristalizan en la geometría de dos manos en su entrelazamiento mientras contemplan el pasado y el pasado les ignora, como no podría se de otra forma.
+ La previsión y preparación de un viaje aportan a lo diario una nota de alegría. Cafés en terrazas, paseos, librerías, parques, una ciudad por descubrir, el perfil de los perros en el contraluz de la tarde, los anhelos y afanes de sus dueños. Más cosas que no se pueden adivinar, que pervivirán, que aletean, que respiran por sí mismas más allá de su medio natural. Una acumulación los indicios se traduce en alegría. Todo apunta a la construcción de una nueva realidad, adormecida.
+ Muere el día.
+ ¿Se debe desvelar el origen del título de la entrada? ¿El lugar donde se encuentra, la razón de su razón, la función que desempeña en la totalidad? Los «átomos volantes del olvido» son las horas; el tiempo: uno de los ejes de la Fábula mitológica de Faetón, del Conde de Villamediana. Me parece un gran hallazgo y lo recupero para dejar constancia de mis lecturas, esa deriva áurea que me embarga, cada vez con mayor intensidad. Y sigue sonando Strauss II con nervio de vals y certeza temporal: el timbre de la percusión agudiza la ritmo de la lectura. Así queda.
+ Veo jugar a tres gatos, una gatita se acerca hasta donde estoy y se aprieta contra mis tobillos. Una explicación emerge en sus movimientos, pero permanece oculta. Más tarde llueve con intensidad, para, luce el sol y regresan las nubes, las negras nubes. Se sedimenta el instante, el trabajo requiere concentración, pero hay momentos, intervalos en los que se percibe esa calidad que el paso del tiempo esparce sobre los objetos, los animales y las personas. Un edificio que se desmorona, la caída de una mano sobre la mano amada que agoniza, el sentido último de un maullido, la tranquilidad del trabajo bien hecho. Una colección de esquirlas de poesía, ese mundo lírico donde se construye un yo poético que nace, vive, muere y, luego, resucita con nuestra ayuda y dedicación. Son los impulsos que constituyen las metas diarias. Los gatos se refugian en un alféizar, me miran y su indiferencia es casi emblemática. Así acometeremos el mes de abril, aquél del que decían que era el más triste, pero que su rastro sea fructífero.
+ [Gentes a las que saludar]. Así es la provincia. Gente que no tienes nada que decirles, te miran y los miras, te saludan o no, y la vida continua. Las dimensiones de las ciudades condicionan la relación entre sus habitantes, para bien y para mal; esto no deja de ser una idea sustentada en la tautología, en el reflejo innecesario. Le veo y tras sus enormes gafas de sol pasta negra me observa, me dirige un movimiento de cabeza displicente y continúa: gabardina negra, paraguas negro, vaqueros negros recién estrenados. Me vuelvo y desaparece entre la masa. Una chica que estudió conmigo y ahora cuida ancianos; era guapa o muy guapa, y todavía conserva un estilo decadente y vampírico, pero ya nada es lo que era. La fuerza de la juventud se agota en la cincuentena. Me sonríe y yo sonrío, ese es el saludo. Supongo que está divorciada y en una no muy buena situación económica, su ropa la delata. La anciana a la que acompaña tose y ella agarra su mano con amor. Me reconforta. Un otro personaje de la mañana provinciana: sobrepeso, atildado, la gomina ara sus cabellos casi rubios, reloj caro, gafas doradas caras, terno caro. Me mira y no me mira, duda, pero me saluda. Pesa mi status que no es el adecuado para su persona, pero sí que puede hacer una excepción (hoy es sábado), al menos hoy. Continúo mi camino con mis libros y una literatura por elevar, un discurso engendrado que crece, en el que confío y en el que sí creo. Debo remarcar aquí el lema que me guía: el carácter es el Destino. La Fortuna colabora en todo este discurrir. Anota la posibilidad de unir las dos figuras: Destino y Fortuna.
+ Imagen: una persona que camina frente a la entrada de un gran museo, pero camina con un objetivo ajeno a la magnífica colección que alberga el edificio. Disparar la cámara es un ejercicio de extrañamiento, el desenfoque una certera verdad.

+ El título de la entrada corresponde a la dedicatoria que hace Góngora al Duque de Béjar en la Primera Soledad; necesidad inexcusable y habitual para los poetas, para los escritores, la de las dedicatorias en el Siglo de Oro. La traslación de la fórmula se remite a las montañas nevadas, los abetos son muros que son laderas, las almenas de diamante la nieve sobre los picos. La imagen tiene una fuerza que se expande hacia las consideraciones críticas que entroncan con un sistema de símbolos y posibilidades. No importa. Cuenta la sucesión que se cristaliza y me acompañará esta semana. La imagen tan poética como imposible de trasladar a una imagen coherente. En ello estamos.
+ Noticias a primera hora como riachuelos que mueren antes de alcanzar un otro río que llevase su agua al mar; la tierra los absorbe y se quedan en nada. La actualidad es una sucesión de posibilidades, pero poco, muy poco permanece. La lectura de la Historia nos otorga esa vista panorámica.
+ A veces la tristeza es inspiración, otras paraliza. No es agradable, pero llega sin saber cómo. He pensado en ello y creo que, en muchas ocasiones, no hay razones determinadas ni fijas. No se puede centrar mi tristeza en una razón única. Es un haz, pero se ve venir, como la marea que sube. Tengo un remedio: las Meditaciones de Marco Aurelio. Llego a ellas y me coloca en el lugar exacto en el que estoy, en lo que hago y en lo que deseo. Finalmente, se deben acallar los deseos, ¿se trata de esto? Me digo: «Muros de abeto, almenas de diamante». El mundo espera ahí fuera y es un gran tablero de juego, somos sus fichas, somos sus jugadores. Tomo decisiones firmes y las mantengo durante tiempo, mucho tiempo. Un largo y fructífero tiempo. Es una tarea, la lucha contra la negra tristeza.
+ Poemas que se acumulan y esperan su momento. Voy cribando, pero no como criterio estético, sino en pseudoformato de elaboración programática. Una otra posible lectura se debate en su nacer tal que mariposa en prado undoso. ¿Cómo y por qué se va adhiriendo un sistema conceptual elaborado con un repertorio léxico prestado, adquirido y sin una posible sistemática?
+ La sombra de la tristeza dibuja el día desde la oscuridad. ¿El oxímoron? «carro es brillante de nocturno día» Góngora en la Soledad Primera. Lo uno se une a lo otro y se establece una razón poética para el día, la que reside en la técnica exacta del posiblemente más grande poeta. Aunque, claro está, la calificación no deja de ser otro oxímoron: la grandeza es del poema, no del poeta, porque el último se diluye en su propia temporalidad, el primero permanece en la lectura sucesiva. La móvil lectura, independiente y certera.
+ Música: Strauss II. Dejo que vals mezcle las horas de la siesta con los recuerdos de mañana, que se van diluyendo en el olvido como el azúcar en el agua. Tres por cuatro, bailes imaginados, automóviles y motocicletas, ciclistas y peatones, la radio de fondo y el fluir grato de la vida, su falta de proyecto y esa grandeza que reside en esas ausencias. El Vals del Emperador aglutina respuestas a preguntas no formuladas.
+ Imagen: cómo se dobla sobre sí mismo lo diario, las sombras, las pisadas, el tacto de la piedra; abierta, la realidad es un infinito poético. Esta inmensidad se resume en una abstracción, bastaría con utilzar un filtro que desenfocase la imagen.


+ No me di cuenta, pero en el blog hay dos imágenes seguidas de hojas secas, otoñales. Ambas fotos las tomé en Londres en el final del año pasado, en el final del 2016. Debería tratar de encontrar una clave o una piedra de toque que explicase esta querencia. Lo hago, pero nada encuentro. Tampoco tengo mucha intención. Se trata de jugar con las posibilidades que la realidad nos ofrece. ¿Todo es juego? No es una mala manera de observar la vida, lo vivido. Hojas secas en Londres, la caída de la hoja en Londres. Eran los inicios de diciembre y hacía calor, un calor raro para la época y la latitud. Días soleados, la ropa de verano, el sabor de la cerveza helada. Se acumulan recuerdos, buenos recuerdos. Pero ahí están las hojas secas, el memento mori. Siempre es necesario el contrapeso, el contrapeso es la hoja seca frente a la lujuria de la ciudad en un extraño verano en el final del otoño. Nada se resiste al paso del tiempo, pero recordarlo es incidir en el tópico literario: el día muerte, muchacha coge la flor, las cuatro edades (…) Triadas de razones que nos invitan a disfrutar. Aquí encuentro la sensualidad auténtica. En ella permanezco y quiero creer que esa es la razón porque dos semanas seguidas aparecieron hojas secas. Ahí está todo, esto es lo que nos debe impulsar. Queda abierto.
+ Me remito al poema sobre Rimbaud y Verlaine, sobre su estancia en Londres. Es un poema de Luis Cernuda. Lo leo y recuerdo Camden, lo leo y pienso en ese estigma de barrio pobre y sombrío, tomado por la espesura de noches, humaredas y nieblas casi doradas. Es un sentimiento antiguo, gastado, que reverdece en ocasiones. La estampa de un lugar visitado acrecienta un conocimiento tangente y pobre, pero con el valor suficiente para llenar la tarde del sábado. «La casa es triste y pobre, como el barrio, / Con la tristeza sórdida que va con lo que es pobre, / No la tristeza funeral de lo que es rico sin espíritu». Verlaine el borracho, Rimbaud el golfo; en palabras y sentencia del poeta sevillano. Pero Camden (…)
+ No acabo la sentencia anterior y dejo en suspenso una idea que sobre el barrio londinense yo tenía y ya no tengo. El poema, en cuestión, tiene un título que invoca una reminiscencia lejana de mi biografía: «Birds in the night». Así queda. Todo está abierto y dispuesto a ver su fecunda posibilidad.
+ Una vieja obsesión: las maquetas como ejemplificación de la necesidad de capturar y reflejar una forma. Me gusta apreciar un estilo en la maqueta, donde la arquitectura es más pensamiento que en ningún otro lugar, ya que la función es asesina de la poesía [en el sentido lírico que nuestra época entiende poesía, ese reflejo del yo].
+ ¿Por qué un Madrid-2? No hablaré de Madrid, porque quiero preservar un secreto que se une a los rostros, los cuerpos, el desplazamiento, la reflexión, el pasmo pacífico de los taxistas, la violencia de la luz dorada del sol cuando el invierno finaliza. La razón del título se fija en la imagen que ilustra la entrada.
+ Imagen: un recorte contra el cielo, no es un emblema, tampoco contiene una simbología que se deba interpretar para darle un sentido. Sólo es una baliza en un camino, el hito que ayuda a orientarse; nada más. Arquitectura que regresa a su ámbito, de las tres dimensión a la poética realidad del plano. No se trata de avanzar, sino de permanecer.



+ Aterrizo y la ciudad me espera impaciente [esto me gusta creer a mí]. Me aguardan ocupaciones y afanes que se extienden a lo largo de un año y en quince minutos conocerán su resultado. El viaje ha sido tranquilo.
+ [Avión]. Me siento en el lugar que me corresponde, lo ordeno todo, pero algo se me ha olvidado. Me levanto, me siento de nuevo y noto que algo se rompe. El reproductor de Mp3 se ha roto, le ha saltado la tapa y ahora muestra su intrincado interior. Veo una semejanza con una cabeza a la que se le hubiese quitado la parte superior del cráneo, esas figuras didácticas para comprender la anatomía del cuerpo humano. Esto no interesa demasiado, lo que me llama la atención es el hiato entre el exterior y el interior. Un exterior mínimo, un interior laberíntico: impenetrable. ¿Una traducción poética? He arreglado con mucha pericia el cacharro y sé que he aprendido algo que ahora debe sedimentarse, un proceso que me ayudará a concretar una otra idea del interior y del exterior. Queda abierto.
+ Por la calle oigo a alguien que su novia es coaching en una empresa de big data. ¿En qué consiste su trabajo?, le pregunta el interlocutor, y el chico, muy joven, muy anillado, muy tatuado, responde que hace juegos para animarlos y que aumente la productividad. Me alejo no sin antes escuchar un dubitativo y escéptico “ajá”. Madrid se ve inundado por la luz del sol de marzo, hay viento y la gente se engalana para la esperanza del verano (es decir: se quita ropa), pero todavía no es verano, ni siquiera es primavera. Palabras que vuelan de boca en boca que remiten a una realidad más allá del tiempo y del espacio. La esperanza de una agradable vida con la persona amada. Aquí reside todo, no hay mucho más.
+ Veo pasar por la Gran Vía al cantante que ha modificado su imagen recientemente. Del pop cínico a un estilo de coñac, espesas alfombras y pesados muebles. Barbour, náuticos, pantalón de lona, camisa de rayas; barba, gomina y pipa en arabesco. Tengo su canción en el Mp3. A L. no le gustó y lo entiendo, en ese sentido que a ella no le gustó a mí tampoco me gusta, pero yo me he rendido a un desarrollo guitarrístico ascendente, rápido y bien rimado. Ninguna de las otras canciones del disco me gustan, el disco no me parece gran cosa: prescindible. Continuo mi paseo y creo haber comprendido el sentido de la canción, que no es más que un formalismo que no cuaja. Es el vacío que impone la necesidad de producir, la demanda del mercado.
+ Mientras recuerdo el día que pasé en Madrid, con sus obligaciones y sus ornamentales entretenimientos, abro el paquete que llega desde Toledo. Viene entre otros, el libro de Santiago Auserón, El ritmo perdido, recojo una cita: «Quizá uno no acaba de entender las cosas hasta el día en que a nadie - o pocos más- interesan». Aquí queda, y continúo con la meditación sobre la ciudad y un futuro que se abre ante mí.
+ Lewis Baltz en la Fundación Mapfre. Es un día tranquilo y se agradece la poca afluencia a la exposición. Sólo somos tres personas, no nos molestamos. Las fotos me confirman mis expectativas: hay una conexión entre el fotógrafo y una idea que yo tengo de hacer fotos, que va más allá de las propias fotos y se convierte en una proyección integradora de la realidad, de un segmento de la realidad que yo deseo significativo y nuclear. Lo que no interesa, en definitiva. Cunetas, acumulaciones caóticas (qué rédito tiene la figura retórica), construcciones sin identidad, sin intención de poseer una personalidad o un estilo, automóviles recortados contra fondos neutros, almacenes, persianas, ventanas que sólo son un rectángulo. También, sus fotos en color. Pero para no abundar en la recolección de los motivos, lo dejamos en esa forma de seleccionar los elementos que ofrece lo cotidiano, toda la carga de las intenciones. Se eleva sin remisión lo posible, confundo lo mío con lo suyo sin solución. Fuera hace un día soleado y el capítulo arte del breve viaje a Madrid ha quedado cumplido. Poco, breve y bueno.
+ [El el metro]. Se sientan ante mí una pareja que están en sus treinta [ay, cómo me gusta este calco del inglés]. Ambos se entretenienen con sus pantallas. Ella tiene la cara plagada con unas manchas rosadas que se concentran en la nariz, el entorno de la boca y en las mejillas. Es rubia y vaporosa, una princesa renacentista con bolso de Purificación García, reloj Marc Jacobs y mokasines Todds; ay, ni es guapa ni es fea. Comienza un proceso que la transforma. Una crema que extiende por toda su cara con cuidado, el negro de humo que deposita en sus pestañas, un azul ligero en los párpados. Espera. Al cabo, deposita sobre el su mano una pasta color carne que ha de extender por su rostro con una brocha. Desaparecen totalmente las manchas. Sobre su regazo tiene una bolsa de tela de donde saca y retorna las herramientas, los botes y los tubos. Ahora es otra, su rostro ha ganado seguridad. Llega el momento de abandonar el vagón, besa a su novio y se dicen que se verán a la noche. Creo entender el germen de un poema, lo valoro y me abandono a la música de Santiago Auserón, sin poder olvidar el tema de la persona, el personaje y su máscara [¿cuántos somos a lo largo del día?].
+ Cuando se solapan las tres imágenes surge el espíritu del día, un dios menor y esquivo. Los árboles, su floración y una sombra (de un árbol, un otro árbol). El mesaje debe permanecer en lo criptico. Su éxito se refleja en la sucesión de posibilidades. Son las condiciones de posibilidad, del proyecto que nace, que nace en Madrid. Creo que estas condiciones viven en los árboles que puede encontrar de camino a la Uned, al Edificio de Humanidades. [Jarvis Cocker: yeah, the trees, those useless trees produce the air that i am breathing. yeah, the trees, those useless trees; they never said that you were leaving].

+ ¿Nos referimos a la Fortuna y a su caracterización, a sus detalles y diferencias? El gobierno del mundo por parte de la Fortuna es una explicación medieval de la realidad, en relación con la voluntad divina y con una posible corrección mediante la virtud. Interesa una Fortuna que se declara caprichosa y sin posibilidad de cambio, ni de enmienda sobre sus designios. Sobre lo divino y lo humano, sus decisiones son inapelables. A uno le tocan 5 millones en la Lotería Primitiva y es su desgracia; otro se emparienta con aquella ‘la mujer de sus sueños’ y comienzan a sufrir los dos; el más alejado entra por la puerta grande de esa soberbia colocación laboral, y aquí localizamos su muerte en vida. Tentar a la Fortuna supone exponerse a su maldición y sus caprichos, como bien sabían los griegos, ya que el peor de sus castigos es la consecución de los deseos. Así se puede invocar el inicio del siglo XXI, las razones del capricho de la ‘varia diosa’.
+ He visto caer la nieve. Lenta, esponjosa, llena de una apariencia mortecina. Cubría prados y árboles, una niebla densa desdibujaba el paisaje, la música de piano en la radio reflejaba bien el contenido del pronóstico del tiempo. Ningún pájaro volaba, no había más sonido que la radio del coche y el run-run acompasado del motor. Siempre vigilante, siempre atento. La niebla es hipnótica en un sentido estricto. La nieve es fría y hermosa, la conjunción nos lleva a pensar en un sueño del que nunca se despierta: palacios de hielo, praderas de nieve, carreteras sin fin. El camión pasó y me devolvió a la vida. Un rugido de bestia insaciable. Acordes superpuestos, zumbidos y acoples de amplificador. Ay, el ruido bajo la nieve. Blanca diosa de la mañana, levántame cuando me caiga.
+ «Yo soy muy sensual. El día que me falle la sensualidad, tomar una copa, sentir el buen tiempo, meterme en una piscina, o en el mar, ver a alguien que está muy bien físicamente… El día que todo eso me falle, la vida será un sitio inhóspito». Dice Gil de Biedma en una entrevista que leo un sábado por la mañana, que apunto ahora aquí. ¿De qué da fe? Una celebración necesaria de la vida, una prontitud de frivolidad y sustancia que nos arrebata, el disfrutar excelso del estar vivos. Los cuerpos, la comida, el paisaje, un poema, un cuadro, la poca necesidad de hablar [en ocasiones], un paseo, la lejanía del horizonte, el trabajo bien hecho, está página sin dimensiones. Esto y mucho más, que se atesora en el interior y nos permite sobrellevar la planicie de lo diario, de la realidad circundante. [Según leí el diario del autor estas afirmaciones suyas en la entrevista han sufrido una metamorfosis: no es la misma sensualidad la suya que la mía, pero prefiero conservar lo escrito y no enmendarlo].
+ La nieve me otorga una imagen que guardo como oro en paño. Qué hermosa expresión la de «oro en paño», qué colores contradictorios: el blanco puro y el amarillo del oro. [Minutos después, caigo en la cuanta de que el blanco y el oro son los colores del Vaticano; desde luego que los tiros no iban por ahí].
+ Llega un momento que, tras haber leído unos cuántos versos y unas cuántas opiniones y juicios del poeta, uno cae por la pendiente de buscar acontecimientos y fotografías personales. Reconstruir una vida es peligroso, pues siempre se está en el filo de confundir motivos vitales con esas tenues verdades estéticas que algunas obras de arte atesoran pero que no pueden ser traducidas a otro lenguaje, que no admiten reflejos viales. Sólo son posibles en lo propio. En ese filo se debaten los vídeos que veo sobre Gil de Biedma, del que leí ayer unos diez o doce poemas, una lectura que se alargó hasta más allá de la una de la madrugada, más allá de lo deseable. Ahora, en un intermedio que me concede el Siglo de Oro, regreso a su figura y hay muchas cosas que no comprendo, que no puedo estilizar en una línea biográfica, pero que sé que todo ello va en detrimento de la propia lectura, de la propia poesía, pero debo continuar esa investigación mínima. Cierro los vídeos y vuelvo sobre Góngora, sobre la fábula de Píramo y Tisbe: su poesía, la ausencia biográfica. Hay momentos en los que sólo cabe un formalismo lector; éste es uno de ello y de ello dejo constancia. Queda abierto.
+ No puedo evitar un aire de melancolía que viene dado por una circunstancia que soy incapaz de controlar. Se suman lecturas venenosas, un tiempo inestable y el espejo de la edad. Desafíos, batallas perdidas y algunas humillaciones perdidas en el tiempo. Pero me deshago de este fardo y escucho con atención el rumor de la primavera, que comienza a despuntar en los brotes de los árboles. Cojo el ligero tomo de Marco Aurelio y recuerdo que todo malestar es siempre interno, y la tarea es localizarlo y anularlo. Lo intento y lo consigo.
+ Ahora, un poco más tarde de haberme duchado, dejo a un lado el libro de Gil de Biedma, su diario. No sé, creo que no continuaré, aunque no lo puedo asegurar. Hay algo en el personaje que no me gusta, que me pone nervioso, que detesto. Una estridencia molesta. El sábado devolveré estos libros a la biblioteca pública y dejaré Las personas del verbo, su poesía, en el lugar del estante que le corresponde. Al mismo tiempo, mientras escribo lo que escribo, me parece que todo este su mundo es algo antiguo y gastado, desligado de los poemas, que su contemplación perjudica con enojo la lectura. Curiosamente, insisto, creo que no arrojan luz sobre la poesía sino que, al contrario, enturbian una suerte de limpidez, como si un barro sedimentado en el fondo aflorase para pervertir el agua clara.
+ Termino por dar con la clave de mi malestar, y la raíz está en los Diarios de Gil de Biedma.
+ Lo recuerdo. Fue en los diarios de Andrés Trapiello donde tuve la primera noticia de la estancia de Gil de Biedma en Filipinas y su trato sexual con niños, vaya: la pederastia del gran poeta. Lo había olvidado, pero cada vez que volvía sobre sus poemas algo desagradable parecía respirar en su profundidad. Sí, es eso, una miseria profunda. Cuando llegué a la lectura del episodio en su diario no podía creer lo que leía, la frivolidad destilada, una abrumadora verdad que provenía de su propia y no culpable confesión. No había arrepentimiento, sólo frivolidad. Se derrumbó la grandeza de su poesía en un instante. No sé si estoy obligado a separar una cosa de la otra, pero no quiero hacerlo, no creo que se pueda hacer, ni se deba tan siquiera.
+ Y algo que extraigo de El Confidencial, escrito por Alberto Olmos: «Los aficionados a la diarística emparentarán enseguida ese gusto por los chicos de Gil de Biedma, y su consiguiente relato en páginas privadas, con relatos similares que figuran en el conocido Diario de André Gide, autor de cabecera de nuestro poeta. ¿Qué hacer con esas páginas, con esa delincuencia? ¿Callarla, evitarla, enterrarla? Entre el apetito de castración de quienes sacarían a un autor de los libros de texto por haber mantenido relaciones sexuales con menores, y la connivencia amical de otros que se limitan a hacer la vista gorda, solo queda apelar a la literatura como juez imparcial de una obra concreta. Esto es: ¿hay verdad y belleza y testimonio en ese libro?»
+ Lo anterior me lleva a una frase que suelo repetir: nos gusta el arte, pero no nos gustan los artistas. Hace años se la oí a una persona brillante en lo suyo, la Historia del Arte. Conservo esta enseñanza con cariño. Y ahora la recupero mientras dejo esta poesía de Gil de Biedma en cuarentena.
+ Imagen: hojas secas, el otoño, la ampliación de una verdad que se oculta pero termina por emerger.

+ El genio protector del lugar se nos aparece cuando nos disponemos a verlo, a escucharlo, para lo que no sirve la función ordinaria de los ojos y los oídos. Se manifiesta de diversas maneras, pero siempre con nuestra colaboración. Allí, presente e inmutable, en su materia permanente y en su tiempo estático. Una serpiente que guarda el lugar es la imagen, pero su realidad va más allá.
+ [Tres puntos en un posible mapa, para un (im)posible proyecto]. Borde(s) de encuentro; condición(es) de posibilidad; superficie(s) de equilibrio. Son puntos que sugieren pero que no determinan. Se alejan cuando se hace materia el proyecto, su función es de esbozo más que de trazo. (?)
+ Súbitamente me asaltó una imagen de la infancia. Yo tendría menos de diez años y una chica, mayor que yo, ¿tres años, cinco años?, se bañaba a mi lado, en el mar. Nadaba muy cerca y yo la observaba. Me sonrió. Recuerdo las tiras verdes de su bañador, que sostenían sus leves pechos. A eso se reduce el recuerdo. Ni siquiera sé porqué recordé hoy la imagen, mientras conducía pacientemente. Me asaltó, con una contenida erótica que ya estaba presente en su origen. No quiero averiguar nada, sólo deseo que aquel mundo se sumerja lentamente en aquel mar que no volverá.
+ Doy fe de la [inexistente] estética de los furgones blindados, donde todo es funcional y no se percibe ningún ornamento. Peso, seguridad, firmeza. Amarillo y negro contra el verde de los árboles, contra el cielo limpio del inicio de la primavera. Avanza en su hierático rumbo, lleno de billetes y monedas, tripulado por hombres armados y con chalecos antibalas. Un acento cinematográfico. Gafas de sol y expresión seria, muy seria. Lo veo pasar por aquella carretera orlada de coníferas, y lo estudio en su reluctancia. Parece de otro mundo, el furgón blindado. En efecto, es de otro mundo.
+ Detritus en latín viene a ser algo así como molienda, lo que queda tras la descomposición de un sólido. Polvo, viento, nada. Su rendimiento tiende a la expansión. Un edificio, un automóvil, una profesión. Todo aquello que se desvanece para convertirse en polvo, que pierde su cohesión y se transforma en un algo que carece, todavía, de nombre; que quizá nunca alcance un nombre. El polvo en las cunetas, aquel elemento que se olvida y el sol y la lluvia transforman en partículas indeterminadas, lo biológico que se hace tierra negra y fructífera. Abono, líquidos, arena o tierra. Su imagen dispersa nos indica que hay un margen que tiende a la irrelevancia. Materia muerta que un día fue vida, esa aparente contradicción. Este es nuestro mundo, estos somos nosotros. Si no lo somos todavía, lo seremos.
+ Góngora, endecasílabo final de un famoso soneto: «… en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada». Así queda, el detritus.
+ Voy a correr y pienso, otra vez, en la geometría de los furgones blindados, donde todo es función, donde no cabe el ornamento, ni el gesto de identidad que atesoran el resto de los vehículos. No les hace falta. ¿En qué emblema se contienen? ¿La función como totalidad?
+ Imagen: la acumulación es el comienzo, la tierra negra se forma y se conforma para dar vida.

+ Se aproxima la primavera, los días crecen y se disfruta del sol, cuando la lluvia lo permite. No, es contante, pero la percepción es esa. He conducido sin prisas entre bosques y aldeas, he visto a los gatos saltar desde un tejado a otro, las ninfas ocultas me han susurrado secretos que nunca revelaré. Hay un viento eterno que me permite sobrellevar en tránsito de las estaciones, la constatación ineludible del paso del tiempo. Son juegos, perfeccionados con los años, con tanta rentabilidad.
+ Asisto a un breve pase de diapositivas de los cuadros del padre de Alma Mahler, Emil Jakob Schindler. Paisajes, bocetos, apuntes. Me llama la atención una marina que está en un museo de Moldavia. No trato de entender nada, al contrario: es una recuperación de otros momentos vividos y lejanos, de días de la adolescencia y las playas, tan lejanos como extraños. Esto me lleva a pensar en quiénes somos, en la coherencia biográfica, la cohesión de los hechos que se produce más por decantación o sedimentación que por la respuesta a un plan previo. Me interesa la sedimentación y en el cuadro se refleja una trayectoria que no ha terminado, pero que se dirige sin brújula a un no se sabe dónde. No creo que todo el mundo actúe de la misma manera, pero la condición del carácter es lo que imprime el impulso a la trayectoria, o se lo resta, lo desvía o hace que se hunda la nave y duerma en el fondo de ese océano sin nombre. Suena la número dos de Mahler. Buscaré una no-explicación en la mitología, por construir un muro de hielo y diamante.
+ El no-lugar es el espacio que nos pertenece, así lo veo ahora mismo [lo que no impide un cambio brusco de rumbo: la paradoja]. Por su incapacidad para hacerse concreto nos retrata con una precisión singular y exacta. Autopistas, establecimientos de comida rápida, pasillos de aeropuertos, gasolineras, cafeterías de hospital, piscinas públicas, estaciones de autobús, esferas o estuches vacíos de guitarras eléctricas. La poética del desastido, en la sala de espera: rostros vacíos que escrutan las brillantes pantallas de sus teléfonos. El día llega con lluvia y todo la ciudad es un escenario para los prólogos del deseo, que no se consumará. Llueve.
+ [Zenit / Nadir].
+ La conversación debe, necesariamente, estar gobernada por un genio que aparece cuando los dos interlocutores hacen presencia y se reconocen como iguales, pero mantienen sus diferencias, cuando se prestan a los juegos de turnos, pausas y silencios. Un genio del momento, para el momento. Nos tutela un dios menor, que impera sobre los encuentros y sus meandros. Intentamos observarlo, sin embargo es esquivo y se difumina. El coche avanza sin dificultad, con una fluidez que resulta equívoca: ¿es un coche o es una balsa? ¿un cofre, tal vez? Aquí comienza la conversación, éste es su punto de partida.
+ Imagen: la superposición de planos. El cielo, la medianera, el muro de ladrillo. Sobre su geometría gobierna una idea de detritus. Algo repetido, algo que definine y delimita. Los bordes de la realidad contienen en sí claves insospechadas, buscarlas es la tarea de hoy [¿y para mañana, qué?]

+ La traducción del título que encabeza la entrada viene a ser algo así como «callemos sobre nosotros mismos». Mantener silencio sobre nuestra persona, sobre nuestras opiniones, sobre lo que deseamos añadir a lo que no necesita aditivos. La consigna se recoge de un libro de Miguel Morey sobre Foucault, y viene de Bacon. Dejemos que el texto hable sin pervertirlo con nuestros juicios y opiniones, tan prescindibles. Así, con esta intención, he cogido las Letrillas de Góngora en la biblioteca. Leer, y nada más, palpar la música del idioma, su propia piel, la consistencia de los enlaces, como mucho determinar el verbo principal y sus complementos, quizá el sujeto. Leer, sólo leer. Nada más allá. Pienso en un periodista (especialista provinciano en diversos ámbitos artísticos) que leo a veces, que escribe todos los fines de semana en el periódico local. Hay un placer morboso en esta lectura porque él pone de relieve el valor de sus sentimientos en la percha de cualquier novela, poema, cuadro o música, con unos repetidos clichés espaciales, paisajísticos o ético-morales. Sé que tiene su reputación y a ese mundo no me pliego. Sonrío y le doy un largo trago a la amarga y fría cerveza. Y yo me digo que no hay nada más bello que esa hoja en blanco que nadie va a manchar. Pero no me acostumbro y comienzo a hablar, a escribir y digo estas cosas que tan poco valor tienen. Ay, callemos sobre nosotros mismos, por favor.
+ Me resulta particularmente enojosa la expresión: si x no existiese, habría que inventarlo. En el mismo orden, detesto: hay que reinventarse. Abandona tu zona de confort. Y así todo. He dimitido de mis propias manías para que otros venga a imponerme su visión. Otro cosmos necesario: el silencio.
+ Hay una erótica en los objetos de escritorio a la que no me puedo substraer. Portaminas, notas adhesivas, gomas de borrar, baratos bolígrafos de tinta verde, libretas de diferentes tamaños, la tinta azul de la pluma, lápices de colores, iluminadores fluorescentes (…) ¿Me aportan seguridad o sólo es un reflejo de un cierto confort que tanto aprecio, en el escenario de mi estudio mientras leo con un jazz suave y monótono? Todo un territorio, me digo, una nación, un país donde los límites no se han establecido, por el momento. Fuera llueve, hace sol o el viento sopla con fuerza, yo leo, tomo notas, escucho la música y vuelvo a Góngora: elogio de aldea, menosprecio de corte.
+ «¿Dónde podría yuxtaponerse no ser en el no-lugar del lenguaje?» (Foucault, en Las palabras y las cosas)
+ Suena en mi reproductor Carmen, lo que imposibilita cualquier lectura. No hay concentración salvo la que la música requiere. Coros, ascensos, descensos. Música que atraviesa el aire espeso de la tarde del sábado y ofrece una carta de batalla. Contra los baches de lo diario, contra la planicie en que se resuelve, siempre, la actualidad. Aquí hemos llegado por nuestra falta de ambición.
+ El domingo, temprano, veo Vidas rebeldes, o mejor: Los inadaptados, la traducción literal del título en inglés. Amanece lentamente y el blanco y negro lo inunda todo. No sé qué palabra emplear, pero me impresionan los caballos, me remito a los personajes y a la yuxtaposición de los diálogos que me llevan a pensar en un imposible sistema de turnos. Es de día ya, cuando termina la película y regreso a la sugerencia que me arrastró hasta aquí. Se cierra un círculo. Dejo que suene la canción de Auserón: Los inadaptados. Suena y el día es otro, hacía tiempo que no sentía esa nostalgia de lo no vivido, pero es domingo, no llueve y me espera una larga sesión de lectura. [No quiero escribir más sobre la sensación de extrañamiento que me ha producido la película, vuelvo al inicio: callemos sobre nosotros mismos].
+ [Misfits, es la palabra en inglés, en español: los inadaptados].
+ Imagen: la mirada del animal disecado decatanda por el filtro fotográfico. Se transmite una lejanía que no se atrapará, el huir en el campo que el cazador alcanza, que el taxidermista dibuja y que el que empuña la cámara trata de devolver a la vida [sin lograrlo]. Queda el tono de la tarde otoñal, poco más, salvo la constancia de la muerte, que encabeza el sentido de la foto: nadie ni nada le devolverá la vida al ciervo. Y, mientras cierro el párrafo, recuerdo aquella corza entrevista en su intimidad, el húmedo y suculento fondo del bosque, allí a donde nadie llega, donde habita la erótica recóndita del animal ajeno, desconfiado de nuestra mismidad; esa perturbación.

+ Al cabo del tiempo, me vuelvo a encontrar con la poesía de Jaime Gil de Biedma. Las personas del verbo. Leo los poemas en la cama, en la ultimísima hora del sábado. El tiempo ha pasado y hemos transitado sin pena ni gloria el paraíso y el infierno. En la lectura de estos poemas hay algo que tiene que ver con la revisión y el examen del pasado. El pasado es una resaca, una playa donde se ven arrojados los restos de todos los naufragios. El pasado siempre es naufragio, porque sabemos bien a donde conduce su acumulación. La nada, ahí está. Los poemas flotan en una solución plasmática, se dejan querer pero contienen la violencia del fracaso y la victoria de la muerte sobre nuestra totalidad. Cuánto amamos esta poesía, cuánta identificación. Eramos unos adolescentes que prolongaban el fin de la infancia más allá de los treinta años, la poesía de Gil de Biedma era una buena bandera, un adecuado emblema. Hoy reposa el libro en la mesilla de noche y yo soy otro, el mismo, pero otro. Soy mi propio exilio, con debates y sin certezas.
+ En qué nos debemos fijar, ¿en los hechos o en las ideas declaradas? La pregunta se puede utilizar en diversos ámbitos de la vida, pero yo la oí formulada para que se aplicase sobre los partidos políticos. Yo, en estos días, dejé que cayese la cuestión sobre el comportamiento de algunas personas y las declaraciones que realizan sobre esas sus conductas. El resultado era el esperado: contradictorio. Pero, más tarde, podemos ser nosotros mismos los que suframos esta cuestión. Tampoco se sostiene, entré en las mismas contradicciones, vi mis declaraciones grandilocuentes y vacías y mis actos guiados por mi interés, lo aleatorio y la debilidad. He de pensar detenidamente en todo ello.
+ He rescatado a Brígida de su sueño, de su ataúd de diablesa vampírica. Brígida es mi guitarra española. Ensayo acordes y trato de ‘sacar’ una canción, cantar un poco y sentir ese recóndito placer que es la música. En la modestia del dilectante que carece totalmente de cualidades, que reside, en contra de su voluntad, en la amusía.
+ [Música]. Un jazz casi inaudible, donde se mezcla lo brasileño y una aire de los años setenta. Flautas, guitarras con cuerdas de nailon, lejanas percusiones. Incluso un piano. Se evocan arquitecturas, licores, vestidos verdes pastel, conversaciones sobre literatura medieval o matermáticas superiores, economía, filología o el cultivo de jardines en el Norte de Inglaterra. Todo sucede en un vanguardista chalet en Los Ángeles. Es un escenario que se eleva sobre el discurrir por una sinuosa carretera. La sucesión de imágenes se nutre de una sobrevenida necesidad de sentir el tacto vital y cinematográfico de esta música y sus posibles escenarios. La vida es así. Sorpresas y elevaciones donde no se espera más que mesetas. La posibilidad se abre porque uno está dispuesto a ello. Cada momento se convierte en un regalo, lo valoramos como se debe valorar. El regalo es este minuto. Hoy la insinuación de sofisticadas fiestas, champagne en pequeñas dosis, su música, los vestidos, el brillo de los instrumentos, la vista de una bahía y la canción que flota en el tiempo. ¿Soy yo? Sin duda, por un momento, en una ensoñación.
+ Ha muerto Jose Luis Pérez de Arteaga, el gran crítico musical. He abierto su libro sobre G. Mahler y he comenzado la lectura. Setí pena. La misma pena que cuando murió Amy Winehouse. Conducía por solitarias carreteras y llegó la noticia. Recuerdo su voz y su magisterio, recuerdo que desprendía un saber que traspasaba las ondas. La silueta de los bosques son un aviso; apagué la radio y dejé que se oyesen los pájaros, el viento, la corriente inquieta de un arroyo. Esto no llegó al minuto, suficiente. Regreso a Mahler.
+ Imagen: en la parte de atrás de la ciudad. Es Oporto. No es un barrio marginal, tampoco está muy alejado del centro. Tras la Avenida de Boa Vista se esconde este retazo que conecta con algo tan de mi gusto como es el contraste paradójico entre lo muy moderno y lo que se resiste a morir y aporta ese grano de autenticidad. No hablo de tradiciones, ni de elementos a conservar, pero el día que se urbanice este fragmento, la cohesión entre la ciudad y yo cambiará de registros y será un poco menos mi pasado. El pasado lo contiene la foto: árboles, casas baratas, muros repintados de pintadas. Allí duerme otra intuición que no termina de concretarse, que no deseo concretar.

+ El carbunclo es una piedra preciosa. El carbunclo no es otra cosa que el rubí. También es una enfermedad contagiosa, lo que muchas veces se ha llamado ántrax. La doble naturaleza de la palabra se une en el color rojo y el color rojo es el elegido para los últimos días de enero y los primeros de febrero, como empresa o enseña. El rubí y la enfermedad, el contagio y el lujo del rojo intenso de la piedra preciosa. Comienzan a crecer los días y hay en ello una alegría contenida, que apacigua la lluvia, una lluvia que persiste y atempera el fulgor del rojo. El rojo continúa vibrando, incluso cuando duerme.
+ Inicio el domingo con la música seriada de Philip Glass. Me sugiere un viaje en coche por paisajes desiertos, donde en el fondo se alza un raquítico árbol. Un cielo pleno, azules polarizados, viento suave, una cálida sensación de comienzo. Una nota sostenida, una voz, un instrumento que no llego a identificar, quizá sea un teclado, la síntesis de una flauta. La electrónica transforma la visión y cierro los ojos y vuelvo a esa carretera que no conduce a ningún lugar. La sensación de no pertenencia se acrecienta. Estamos despojados de la posibilidad de llegar a saber lo que realmente los otros piensan de nosotros, el fluir de la música y el imaginario automóvil inciden en esta certeza. Son cosas que se piensan cuando se viaja solo, cuando se conduce solo. Conducir es un placer, sentencia que precisa matices. Conducir es un verbo transitivo, yo soy el sujeto y el coche el agente, el complemento directo. La precisión no es necesaria, pero se funden extrañas razones, quién lleva a quién. Debo centrarme en el coche: es un Mini oscuro, con techo solar que me ha costado 17.900 euros, tiene un potente equipo musical [donde suena Philip Glass], es potente, es brillante, es muy moderno, ultramoderno. El domingo es propicio para los ensueños seriales, minimalistas, centrados en un arte no realizado, que nunca se realizará. 1970, es el año de la composición.
+ 1970 invita al ensueño de un verano intenso con tardías notas hippies. La India, extensos prados recién segados, estudiantes de vacaciones que hacen auto-stop y tienen relucientes mochilas granates y verdes. Me fijo en sus misteriosos estuches de guitarra. Se ensambla todo en la mañana y el resultado es un hermoso y provincial bric-a-brac inmaterial. Ahí me reflejo, sin problemáticas.
+ La tempestad asoma su rostro, el viento y la lluvia, el frío y el gris profundo. No hay excusas, formamos parte de la meteorología: se refleja en lo diario y afecta a nuestro estado de ánimo. No hay excusas, tomo el libro de Marco Aurelio y después de leer se produce una ordenación. Cada elemento ocupa su lugar sin discusiones, el día comienza. El viernes tiene magia.
+ [Sobre un Mini que deseaba y no compré]. Lo vi durante días en la gran cristalera del vendedor de coches de segunda mano. Lo admiraba, sinceramente, lo admiraba. Así he visto cuadros, con esa misma entrega, pero con la conciencia de que en el momento en que me alejase de la sala, del museo, el cuadro penetraría en otra dimensión. La memoria, la memoria que selecciona momentos y los hace emerger sin coste alguno. Sé que con una postal, una foto, una imagen en un libro es suficiente. Ni siquiera eso. Con los coches me sucede algo similar. Los veo y los aprecio, pero no los deseo. Vi algún Aston Martin realmente hermoso, una belleza violenta como el caballo que corre desbocado sobre los prados mojados, bajo la lluvia intensa; me enamoró un Ferrari negro diamante que se dibujaba en el cristal acerado del expositor en Kensington; o un Bentley tenía algo luferino en su perfección negra o plateada, levemente invisible. Tres coches, tres olvidos. De uno de ellos incluso hice una foto. Hoy volví a pasar por delante del establecimiento del vendedor de coches de segunda mano y el Mini ya no estaba allí. Ahora se abre la posibilidad de jugar con la adivinación: quién es el propietario, qué le gusta exactamente del coche que ha adquirido, lo aprecia en la medida que yo lo aprecio. No. Para mí sólo es un objeto ornamental que me atrae pero, al tiempo, decido no necesitarlo. El día me bendice y yo lo agradezco con humilde nostalgia.
+ «Los edificios que fundé en el viento / él se los llevó, como él los sostenía» Juan de Tassis y Peralta, Conde de Villamediana, [en un soneto].
+ Comienza en la BBC-3 [Música Clásica] la primera sinfonía de Tchaikovsky. Abandono la escritura, la lectura y dejo que nada interrumpa la música. Es invierno y la intimidad del hogar define los límites.
+ [Imagen]: un Rolls en uno de esos callejones [Mews] de Londres: antes eran cuadras de caballos, hoy son carísimas viviendas. El coche está a tono con el cinematográfico escenario, nada desentona. Qué delicado, qué lujurioso este coche blanco tan pasado de moda. En eso estamos: vemos, disparamos y desaparecemos. Como por ensalmo. [Intencionadamente, le he añadido un filtro sepia y otro azul para que la foto tenga ese apecto anticuado: en ello me reflejo].

+ Desde hace dos semanas no dejo de escuchar Los inadaptados de Juan Perro, Santiago Auserón. Me entristece, pero disfruto con esta tristeza. Ya se sabe, esos vicios que germinan en la adolescencia. Pero ahora soy otro. La risa, el día limpio, el brillo del amor. Mi lado mejor (ay, que ha salido una rima interna, pero no cuenta). La película, el concierto, la guitarra afilada y limpia. He aprendido tantas cosas y muchas otras que he olvidado. Así soy yo ahora. Y Radio Futura todavía emerge, de vez en vez, el perfil de los jóvenes que vieron a R.F. en Compostela, en el estrépito de la adolescencia.
+ No sé. Nunca sé. Pienso en calles de Madrid, en paseos por barrios a los que nunca nadie va, salvo para dormir [cosa que si se rasca un poco se ve que es falso y la vida es otra cosa, pero hay que indagar, sin remedio]. Recuerdo con mucha precisión piscinas cerradas, con el agua a media altura y plagadas de hojas secas, recuerdo el perfil de las torres, recuerdo autobuses muy veloces. Más allá de la M-30. Es poético el recuerdo porque el recuerdo es también el recuerdo de la amistad, su presencia en la lejanía del tiempo y de la distancia. Hablamos y caminamos, alguna cerveza. Palomas oscuras, niños, sus madres todavía muy jóvenes y joviales, el deseo latente, belleza y lujuria. El transparente humo de las hogueras a las que nunca se llega. La comunicación es la meta, la clave para penetrar en el mundo mágico de lo posible en la contemplación.
+ Escucho a los pájaros, durante un breve momento. Sólo es silencio.
+ No puedo resistirme a copiar los primeros versos de la Soledad segunda de Góngora. Los copio y pienso en que realmente estos versos dibujan el nacimiento de la Ría de Vigo. Cada vez que estoy cerca de las salinas del Ulló pienso:
Éntrase el mar por un arroyo breve
que a recibillo con sediento paso
de su roca natal se precipita,
y mucha sal no sólo en poco vaso,
mas en su rüina bebe,
y a su fin (cristalina mariposa
no alada, sino undosa)
en el farol de Tetis solicita.
+ Me llegan datos sobre A Day in The Life, de los Beatles. Finalmente, veo que la canción es sobre esto: lo cotidiano. Lo que aparece en las páginas de sucesos, el desayuno, los autobuses, un cigarrillo, un sueño, un acorde sostenido que se pierde en la tensión de la aguja contra el microsurco. Suena otra vez, es domingo y se rebela, una vez más, con una superioridad que rebasa a cualquier himno porque su designio es lo ordinario, aquello a lo que no se le presta atención. La música tiene esa magia de la que carece cualquier otro medio de expresión, consiste esta magia en el poder abstracto de la evocación que queda a disposición. Esa recepción crea arte, el arte no se circunscribe al reducto del museo o la sala de conciertos, la biblioteca o a la voz del conferencia en el aula casi vacía, hay un espacio superior que se llena de lo intangible. Suena otra vez el himno a lo cotidiano y asentimos, con la bandera que hace batalla por el día a día.
+ [Imagen]: disparo contra las gastadas puertas de un abandonado taller mecánico. No serían estas puertas extrañas a la blanca pared de un museo porque ellas atesoran algo muy de nuestro tiempo: lo que se desvanece, la arena que cae de la mano sobre la playa, el olvido y el sosiego de los materiales sin importancia. Arte es todo aquello que cuelga en las paredes de los museos, incluso lo que no cuelga también. Este es el caso, el aleatorio caso.