sábado, 30 de mayo de 2015
Contexto
+ Un hombre me cuenta que comenzó a trabajar a los catorce años, en el mar. Se preparó: aprendió mecanografía y taquigrafía, estudió por las noches, se guardó de malgastar el dinero que tanto le costaba ganar. La vida le sonrió, afirma con solemnidad, pero el trabajo fue la clave. La suerte no existe. El trabajo y la preparación. Yo insisto en la necesidad de la suerte, la oportunidad y la visión de ambas, pero él regresa a que la clave está el trabajo y el sacrificio. Me cuenta cómo sus hijos se han colocado bien, y todo se debe a una suerte de astucia entre soltar cuerda y atar corto, dar y quitar y luego proponer la responsabilidad. El registro de su vida es positivo. Trabajón en Correos cuando Correos era Correos, hoy es otra cosa: algo que se desmorona, que languidece y se deja morir a la espera de demostrar que lo público es malo y es preferible lo privado: qué estrategia, qué ya a nadie se le escapa este truco, ese truco malo y efectivo. Se lo digo y todo lo cifra en el avance de la informática, de cómo antes no había más que dinero en papel y en moneda y hoy todo es plástico, un dinero que no se ve. Esto recoge la decadencia de la sociedad: el plástico y su baja calidad, frente al papel y el metal, frente a otros materiales: la madera, la piedra, los tejidos. Le doy la razón porque la tiene. El reloj marca las horas, y la aguja del segundero no se detiene nunca: ese inquietante flujo. Le digo que tengo prisa y, finalmente, añade que si uno conoce al padre conoce al hijo. Esta frase certifica su triunfo vital: esta orgulloso de sus hijos, de la tarea cumplida, en la espera en calma del último momento. Me voy y parece dormido, es una pieza en tres movimientos: el esfuerzo del adolescente, la consecución del hombre, el plácido retiro del viejo. La espera del último suspiro. El secreto es el mismo que para andar en bicicleta: no parares a pensar, porque el que se para, se cae.
+ Fue una agradable cena. Un dinero bien empleado. La celebración es lo más próximo al sortilegio que conjura la muerte. La lubina cruda, transparente y helada en su mar de limón y aceite, la merluza: láminas blancas y perfectas sobre una compota de tomate, el arroz, el flan de huevo y el rumor de la crema que estalla e inunda de un crujiente y esperanzado dulzor. La conversación, los otros clientes, la música entreverada con el lejano rumor del Festival de Eurovisión. Fuera ya, la noche era clara y el viento azotaba los cuerpos, como un oleaje invisible, implacable, dispar. En fin, un dinero bien empleado porque fue un regalo que no se paga con dinero.
+ Jarvis Cocker en su Sunday Service felicita a Bob Dylan, que hoy 24 de mayo está de cumpleaños. El domingo tiene sus aristas doradas, que tanto agradan a los que dormimos la siesta y soñamos con playas y relojes, guitarras y pueblos de la costa sur de Inglaterra y un Bob Dylan en coches negros, cámaras de fotos y cigarrillos, guitarras en Denmark Street. En fin, el domingo: sin restricciones. Versiones, dedicaciones, raros y especiales. All The Tired Horses.
+ Hay detalles que resuelven extrañas preguntas: motivos náuticos, faros, golondrinas, veleros. ¿Son tatuajes o son los ornamentos que decoran la entrada de una casa, junto a la carretera, frente al mar? ¿Son intercambiables: los ornamentos y los tatuajes? La mañana ofrece reflexiones que no tienen mucho valor, pero, a veces, ese punto de cocción, esa hermosa paradoja nos reconcilia con otros que fuimos: más soñadores, ebrios de viento y libres de sueldos y horarios.
+ Un estado de pasividad, la indiferencia que muestran un milano cuando se dejan caer sobre un ratón. Lo hace sin sentido alguno, un comportamiento moralmente neutro. Hay que alimentarse día a día. El presente, sin otro motivo. Llega la hora de regresar a casa y la reflexión se debate entre el silencio o la indagación en la jornada laboral. Sabemos que no hay nada más deseable que un sistema de cajas estancas. La música da paso al ensueño y a la sinestesia. El grado cero de la escritura es la desnudez de ornamentos, la expresión natural en su contexto natural, el espíritu limpio de su tiempo; pues eso: silencio.
+ Imagen: inquietantes figuras de una atracción de feria. Su relación con lo humano es algo más que una mera apariencia. Como una investigación sobre la maternidad y el egoismo, sobre la paternidad y la no consciencia. Ese niño-sirena que duerme en brazos de su madre, ese optimismo ligero y deforme. Como los clowns que habitan las películas de terror barato. Una tarde cualquiera, un tiempo cualquiera. Carpe diem.
sábado, 23 de mayo de 2015
El extranjero
+ ¿Soy un extranjero, un extranjero de mí mismo, en el corazón de mi mismidad?
+ Todo comenzó cuando yo conducía hacia el trabajo, cuando en el programa de radio de cada mañana llegó el invitado que habla de libros y de las impresiones que estos le producen, los sentimientos que se despiertan y las posibles conexiones. El invitado, esa mañana de martes, inició su intervención con Camus, con El extranjero. Afirmaba que sin duda era una metáfora del hombre que habría de llegar con la Segunda Guerra Mundial, la guerra y sus horrores. Expuso su punto de vista con detalle y precisión. Añadió que había leído la novela siete veces, siempre en la misma edición: un libro muy gastado ya, y muy anotado, desencuadernado, viejo y sucio, pero personal: la presencia de lo vivido. Volvería a él, otra vez, durante este verano: sin prisa, con delectación, a pesar del dolor que sabe que le va a producir. Entonces, cuando terminó está última afirmación sobre la lectura y el dolor, recordé la novela, vagamente, la recordé como un flash que deslumbra súbitamente al conductor despistado, ausente, evaporado. El invitado volvió sobre el libro una vez más: realmente era importante para él, algo definitivo en su biografía literaria. Me interesó su manera de entender su papel de lector: una suerte de regreso y alejamiento del libro a lo largo de los años, pero siempre palpitando tras él una idea, un recordatorio de las posibilidades de la indolencia y el mal. Me quedé pensando en ese desapego que el protagonista muestra y que el invitado subrayaba. Pero yo había perdido la verdad de la lectura, mi recuerdo no me sirve: es necesaria una impresión fresca para fundar un juicio. Decidí volver a leerlo. Y lo hice: en dos días, en un robo al sueño y al descanso, sin poder detenerme. Terminé el libro y regresó aquella sensación de la primera lectura. Todo estaba dirigido al discurso que el protagonista lanza contra el cura en el final del libro. Un discurso certero y definitivo sobre el absurdo de la vida, un negocio que no cubre gastos. Para mí lo más importante del libro es esa conversación, certifiqué que la narración es un contexto necesario e imprescindible para llegar a ese punto, al discurso: tan conectado con la modernidad, con el sinsentido, y al tiempo resulta una recolección de una suerte de literatura sapiencial que se extiende a lo largo de los siglos [qué largo sería detallarla]. Una cuestión de perspectivas. Lo que para él era relevante: la indiferencia del protagonista, su tibieza, su desapego, para mí era secundario [en cierto sentido], porque lo importante es su convencimiento en la falta de sentido de la vida, de que tanto es morir hoy como dentro de veinte años. Cómo me recordó a Marco Aurelio, qué presencia, qué herramienta para hacer que las preocupaciones desciendan a la profundidad. La irrelevancia del ser humano y sus preocupaciones. Nacer, crecer, morir: una vez que Dios ha muerto, el hombre ha de ocupar su lugar y establecer reglamentos y castigos, premios y ofensas. Una manera de conducirse que le aboca a la soledad, la soledad absoluta y absurda. ¿Cómo romper el maleficio?
+ No pudo ser de otra manera. Con su estilo claro y certero, la lectura de El extranjero impregnó la semana de melancolía. La melancolía es el desarrollo del humor negro, una enfermedad que obliga a la postración y a lo contemplativo. Indagaciones sobre la novela y su conexión con la realidad, esquemas sobre lo que es fundamental y lo que es accesorio, el sentido de la rutina, el dinero, el paso del tiempo, su huella, el cuerpo y sus esclavitudes. El paisaje se desdibuja, las conversaciones de los compañeros de trabajo son una música lejana y ensordecida, confesiones y la noticia de la proximidad de la muerte en las habitaciones de la muerte. Todo se acelera, pero hay un instante de paz. Es esa placidez de la ría a las siete y media de la mañana, el perfil de las bateas, el puente en su estructura de vieja reliquia anterior al diluvio, anterior a la glaciación. El día comienza y el tráfico se mueve con una inercia propia de seres con un sistema nervioso delicado, frágil, simple: como insectos. Los coches son insectos, me digo. Los coche insertos en sus carriles son muy poca cosa en comparación con los árboles y la lámina azul intenso. No hay nubes y el cielo es puro y exacto. ¿La vida es un regalo? El sentido que puede llegar a tener la vida es mediante una construcción diaria y sin interés, sin reflexiones sobre la trascendencia. El amor es la estructura: en un sentido amplio, sin abusar de la palabra, sin obligarla a contener espurias ataduras, esclavitudes y baratijas. El sol regresó y su luz tiñó la mañana de una alegría renovada: después de la tormenta.
+ La poesía: leo de Luis Alberto de Cuenca "Brujas suicidas en un bar" y rescato un fragmento: "Las brujas. Sus escobas alineadas / en el aparcamiento intergaláctico". ¿Me reconforta? Sí. Hago una pausa y recuerdo bares y desgarros. Como un licor, como un veneno, en ocasiones el pasado regresa y me recuerda quién soy o quién fui. ¿Hay alguna distinción entre una cosa y la otra? Hay brujas en el gym, con sus mallas doradas o fucsia, con sus tatuajes tribales o con esos dibujos de helados de cucurucho, muñequitas o nombres y frases. Esas brujas tan hermosas que esculpen con dolor y disciplina su cuerpo. ¿A quién besarán, quién acariciará esos muslos tensos y aéreos, el peso exacto de sus senos, el dibujo de su pubis? Y termina el poema, ya muertas las brujas en su suicidio etílico: "En cuanto a las escobas, nadie sabe / para qué sirven, ni le importa a nadie / qué ha sido de sus dueñas".
+ La modernidad es angustia, la angustia es miedo, el miedo es paralizante. Luchar contra el miedo. Nunca pasa nada, es la sentida sentencia: nunca pasa nada. Aquella cita que apunté y que retomo hoy: "durante mi vida he sufrido miles de desgracias que nunca llegaron a ocurrir". La risa como medicina. La cita podría ser de Montaigne, o no: en este momento carece de importancia.
+ [Imagen: colección de teteras en una tienda muy especial de Oporto. El té como bálsamo y certificado del presente: como ritual y presencia].
sábado, 16 de mayo de 2015
Kitsch
+ “I think that minimalism has become kitsch”, Grayson Perry.
+ El kitsch es un territorio, un algo a lo que pertenecemos. Sin darse cuenta uno entra en su ámbito comparativo: yo no soy kitsch, eso es para los demás. Pero, como tantas otras cosas, es un punto de vista y todo el mundo tienen un punto de vista: lo que no es decir mucho. Otra cosa es la elegancia, que tiende a lo absoluto y se escapa del corsé territorial. La elegancia se reconoce pronto: quién puede dudar de las manos de un pianista, de los lienzos en un corredor bien iluminado y sin público, de la maestría de unos tomos en el mercado de las pulgas: baratos y singulares. Pero la vulgaridad habita en nosotros, en gestos y renuncias, en las discusiones, en los desencuentros, y mientras caminamos con prisa no reparamos en la belleza de los detalles. No es elitismo, se trata de elecciones.
+ La niebla, en la primera hora, cubre la ría. Ese desvaído paisaje, los elementos fuera de foco, el gris apagado y los pájaros que vuelan sin fuerza, que se dejan mecer por la brisa, la suave brisa de la mañana. Lucho contra la melancolía y recuerdo frases que dan fuerza, alegría circunstancial y risa y música. Hay algo que queda en suspenso. Se repite la escena y recuerdo haber ya escrito este párrafo. Secuencias, hitos, marcas en el calendario: todo pasa y la niebla regresa, como habrá de regresar cuando ya no estemos, cuando ya no importe. Pero hoy es martes, y me espera la lectura y el estudio: la rutina diaria que vivifica los días y las noches. El placer de la conversación, el regalo del silencio, el amor y su solida realidad. Como si este apunte hubiese sido ya escrito: certifico su permanencia.
+ Reflexión sobre la pasiva: el foco en el sujeto acrecienta su peso. ¿Era necesario? Se debe vivir para el instante. Nadie lo hará por ti: la lectura o el alimento.
+ [Empleada de banca, tal vez]. Traté de recordar a modo de inventario su comportamiento las cuatro o cinco veces que la vi en las últimas semanas. El cálculo y las metas, la consecución y el trabajo duro. Las metas. Vuelven las palabras de los faunos una y otra vez, su correr por los campos, más allá de los árboles, más allá del bosque. La risa es la medida, no hay otra cura. Esto queda a un lado: recuerdo sus palabras y sus gestos, su manera de mover las manos, sus botas rojas, su chaqueta roja y su vestido negro, sus medias negras. La plasticidad de su atuendo era inadecuada, elegida con cuidado, pero inadecuada. Entre lo formal y lo informal, para la calle y para la oficina. El peinado completaba el esquema: corto y desordenado. Manos afiladas y poco maquillaje. No se rió, no sonrió, no dijo nada y dejó la moneda sobre la barra. Tomó su café en una de las mesas próximas al ventanal. Era su media hora de descanso. El café, el periódico y una llamada. No podía dejar de pensar en cuáles serían sus ocupaciones, al tiempo que no entendía muy bien por qué me intrigaba: un veneno que se llama curiosidad o novelería o fermento para lo literario, para lo inútil. Sin ganas de investigar, prefería imaginar su vida: oficinista, empleada de seguros, recepcionista en una clínica dental. No sé. Otras veces la vi en la cola del banco. Jugaba con la llave de su coche: nerviosa y segura de su belleza. Es tan compleja y equívoca la belleza. Llegué al final: su atractivo era un equilibrio entre su indudable belleza y su kitsch espontáneo.
+ Otra mujer: pienso en su piel destrozada por el viento y el sol, por las mañanas cerca del mar. La salitre, la arena. Su pelo parece quemado, sus labios secos apenas sonríen. Un reloj parpadea: la consulta se demora. Ella me mira y me pregunta cuál se mi turno. ¿Qué edad tiene? No creo que supere los treinta y cinco, pero no lo podría afirmar. El viento ha dibujado su cara y sus hombros desnudos. El trabajo y la fe en la vida. Yo carezco de esas certezas, me digo y ya es su turno. Todo esa baratija minimalista de la consulta contrasta con la verdad del cuerpo escuálido que desaparece tras la puerta de aluminio. Sí, el minimalista es el nuevo snob: sine nobilitas. El centro del kitsch: el contraste entre la mujer y el centro de salud: el margen de aristas y el cuerpo trabajado por la naturaleza: el viento, el mar, la arena.
+ Para su Audi: antiguo y ventrudo, viejo y lustroso, plata pulida, cristal verde pálido. Baja la ventanilla y me dice que hay una pila de piedras: si lleva un leve temblor las piedras se caerán sin remedio. No sé, ¿un terremoto? Asiente y yo me fijo su camisa: en cada pecho un tigre. LA barba recortada, las gafas oscuras, el gran anillo. El disco de zarzuelas. Sonríe y es educado, un tanto entrañable. Nos saludamos y sube la ventanilla. Veo como el coche se aleja y trato de establecer nexos: no merece la pena: la estampa del momento. Poco más. Los tigres, la zarzuela, los terremotos. Etc.
+ Una simulación, una forma simple: como siempre. El fragmento y lo entrevisto es un contrapeso, una medicina en el paso del tiempo.
+ El ruido me molesta y busco una emisora: música clásica, sin saber en concreto qué suena: es música renacentista: un laúd y una voz evaporada en el transito de los siglos. El valor del vapor: ninguno, el mismo que la totalidad ante la muerte. Es esta mi tendencia y debo conseguir reírme de ella: en ello trabajo y por momentos lo consigo. El día llega a su fin.
+ Imagen: lo mínimo: líneas. El minimalismo, en verdad, es otro kitsch más, pero es el nuestro: con plena consciencia.
sábado, 9 de mayo de 2015
La oscuridad
+ En ocasiones un pequeño detalle, una frase suelta, una mirada de desdén o desprecio nos hacen reconocer una suerte de enfermedad que ha vivido en nosotros durante años y no la habíamos reconocido, o nos negábamos a reconocer. Una enfermedad que nos ha hecho daño, silenciosamente. Son venenos que nos inyectaron y los desconocemos. Tal vez en la infancia, quizá en la adolescencia, podría que ser que más tarde: en el inicio de la madurez. Cuando digo esto me resulta imposible no pensar en una persona en concreto: se trata de una vecina que no me saluda fuera del edificio y cuando coincido con ella en el ascensor se esponja en una suerte de confidencias estúpidas: los quebraderos de cabeza que le supone la mudanza a la casa en la playa, las preocupaciones que le da su marido con la moto de gran cilindrada con la que se pierde en la costa o su hijo en una universidad británica, tan cara, un esfuerzo tan grande. Con el dinero que tiene no sé porqué vive todavía en un edificio tan cutre como este, me pregunto. Se tiene por una persona con clase, que pertenece a un sector social superior, un círculo importante en la capital de provincia, y le gusta que quede constancia en sus gestos y sus palabras, aunque siempre hay algo que la traiciona. Por ejemplo: su dequeísmo. Su vida es simple, que no sencilla. Ella es profesora en un colegio religioso y su marido empleado de banca, aunque su porte es aristocrático y elegante: es guapo, sin duda. Ella desconoce su lugar en el mundo: vive una ficción de casino y corbatas de seda, de veraneos y gin-tonic en club de yates, de hijos, bodas gloriosas y colocaciones soberbias. Su felicidad radica en el desconocimiento de su posición: ha creado una hornacina impenetrable donde una persona del vulgo no tiene cabida. No deseo intimar con ella, pero si me tuerce la cara en la calle y luego en el ascensor me hace esas confidencias tan importantes, con ese tono tan intimista, me esta otorgando un incierto derecho. Puedo juzgarla, puedo hacer un retrato, puedo utilizar bien la sátira o la ironía, según me levante. Sin embargo hay algo nuclear en sus maneras que traza el mapa de su estupidez, la estupidez propia de la ciudad en la que vivo: para bien y para mal. Ella es un emblema y su marido su ayudante mágico. Esa perfección inquebrantable de mesocracia falsa y verano y casino, y traje de noche y cocteles bien afinados. Es esa novela de lo barato y la aspiración, donde los vestidos se cortan de las cortinas y al tiempo se fingen embutidos en el viento de la historia porque un día el presidente del gobierno les dio la mano y otro día vieron bailar al rey en la Escuela Naval. Total, que no me interesan sus opiniones, no me interesan sus hijos, ni su patriotismo, nada me es próximo en ellos, pero debo aguantar con educación su confidencia en el ascensor: una vez más. Y nos da una lección, una más: cómo hacer una maleta para un vuelo trasatlántico. Qué estilo, qué manera de retratarse.
+ Mientras escribo suena el Nº9 de los Beatles: todo ayuda.
+ La noche es oscura y llueve. Es una lluvia molesta y constante, fina, afilada, que a veces crece y se transforma en un torrente que golpea un pequeño tejado: suena rítmica y amenazante. El día de hoy ha terminado, pronto apagaré la luz. El tránsito hacia el domingo siempre es extraño. Ese sumirse en el sueño sin la condena del despertador. Pronto estaré en los portales del sueño y pensaré en todo lo que el día me ha dado y me ha quitado. Pensaré, ante todo, en la enfermedad, en el torbellino que nos conduce a lo oscuro que habita en nosotros, un otro yo que desconocemos, que regresa en ocasiones con toda su herencia de odio y rencor, que emerge de las tinieblas del pasado. ¿Es el destino? Cada nombre que empleamos se apropia de una parte de nosotros, las etiquetas no son gratuitas. He leído páginas insustanciales en periódicos insustanciales, y al leerlas he sentido una melancolía muy unida a su raíz etimológica: la bilis negra. El color negro que todo lo abarca. Ese oscuro líquido que circula por las venas de la provincia. Es una cárcel, son sus habitantes, sus maneras, su peculiar y estúpida mediocridad. El sueño es reparador, en mi caso. La noche es una ciénaga y pienso en los que abrevan en los bares, los que fuman en los soportales y ven llover, en el tacto suave de un seno en la bancada junto a una iglesia, en esos besos que no volverán. Y la lluvia no cesa y el sueño no llega. Apago la luz.
+ El fragmento anterior estaba gobernado en su redacción por el dolor de cabeza. Agudo, afilado, exacto. Qué lírica contienen el dolor de cabeza si nos aleja y nos lanza contra un pozo oscuro donde el silencio y la oscuridad son el único consuelo.
+ La totalidad es móvil. Nada permanece, todo cambia. ¿No lo sabías?
+ En la óptica observo cómo se desenvuelven los empleados y los jefes, cómo utilizan sus reglas metálicas [sobre el rostro de una mujer de mediana edad], sus lupas, la maquina que se asoma a la profundidad del globo ocular, los gestos y la proximidad. Espero mi turno. Es el dueño quién me atiende, solícito. Tiene mi edad. Es un hombre pulcro, aunque huele a tabaco: suave y perfumado. La vida es un espectáculo asombroso cuando uno comienza a fijarse en los pequeños detalles que estructuran la escena. Adminículos, monturas, expositores, espejos, una oreja de goma donde se aloja un audífono, la silla de plástico transparente, sobres, bolsas con el logotipo, herramientas delicadísimas, esferas de metal que no sabría decir si la suya es una función decorativa o técnica. Pero, más tarde, prefiero centrar mi atención en el fluir de las palabras, en su tono y ornato: otro nivel de abstracción, me digo no sin pedantería. Hay algo allí que me reconcilia con mi mismidad, que rebaja un malhumor que arrastro desde hace días. Supongo que se relaciona con el orden, con la pertinencia de los ritos y ese aroma de limpieza y muebles nuevos. El viernes semeja evanescente, qué palabra para este momento, pero qué precisa para el instante y para la eternidad.
+ Imagen: en algún edificio, mientras en el exterior llueve: hay una abstracción en el recorte, el recorte es intencionado: la búsqueda de una composición que desmonte lo reconocible.
sábado, 2 de mayo de 2015
Códigos
+ En un catálogo de maquinaría de jardinería hay un modelo que se ríe estrepitosamente. Viste un pantalón claro y una camisa verde, a su lado una mujer parece empasta contra el fondo y ajena a la alegría imposible de su compañero: parece contenta, pero con la felicidad propia de las estatuas de cera. Todo resulta excesivamente codificado y un aire de falsedad recubra la escena: hay menos vida en las figuras que en las herramientas o los setos que componen la escena. Ella es hieratismo en su sonrisa y él ríe: sin motivo. Me fijo con más detalle y esa risa me recuerda las esculturas de Juan Muñoz que se aposentan en un parque, en Oporto. Es el mismo rostro, es la misma risa histérica. Trato de establecer una conexión a sabiendas de que no existe o que el hecho de plantear la posibilidad es forzar la conexión. Es materia para la investigación, obra por construir, la sugerencia y el motivo del día: la risa que estalla sin motivo.
+ Los deseos se solapan con las felicitaciones, alguien me dice y poco después leo una cita: "anillo de oro en nariz de un puerco". La yuxtaposición de las dos aserciones crea un significado desconocido y/o desconcertante. Se ilumina el día con una luz especial, una luz que descubre parcelas de lo real ancladas en la rutina. Su visión es la visión: el atuendo y su sentido, es un reflejo de la personalidad, la belleza sin gusto: el oro en la nariz del puerco. Maquillaje y sensaciones confusas que se dirigen hacia la reproducción. Un sentido literal, una mancha de vino en la camisa, imprevista irracionalidad en el orden diario. Las felicitaciones, los deseos, el engaño del oro: el oro no es comestible, el cerdo sí. Una turbulencia desordena todo lo que el día trajo, el sueño es tranquilo y reparador. No recuerdo nada de lo soñado, eso está bien.
+ "¿Es la Luna o es el anuncio de la Luna?" Juan Ramón Jiménez.
+ Comienza a llover. La bocana de la ría se ve enmascarada por un niebla densa e impenetrable. Son poderosas las luces del puerto a esta hora: casi el mediodía: es su oscilar, como si atesorasen realidades y alegorías. La marea está alta, los camiones se alejan rápidos y aéreos. Nadie está en los bancos de almejas. Ese trabajo, que duerme, que latente espera la bajamar. Un trabajo duro y no muy bien pagado. Comienza un fin de semana largo. No es nostalgia, pero se percibe cierto cansancio: nadie está preparado para esta lluvia insistente.
+ Imagen: fragmento del grupo escultórico de Juan Muñoz, en el jardín de la Cordoaria, en las proximidades del hospital de Santo António, en Oporto.
sábado, 25 de abril de 2015
El orden alfabético
+ La acumulación de libros, de monedas, sellos, cuadros, joyas. Plumas, lápices, bolígrafos, tinteros. Cuadros, bolsos, relojes. [Etc]. Finalmente, las estructuras y estrategias que se usan para mostrar la magnificencia de la colección son la colección misma, por encima de esos objetos. La disposición del decorado es más importante que el espectáculo, que todo coleccionista supone y establece en función de una idea de orden.
+ "(…) el orden alfabético, que tiene la ventaja de no aspirar a tener sentido". [Sin referencia].
+ "Ordenar un mundo visible". [Sin referencia].
+ Esquemas para la redacción de un catálogo: la música que suena de camino al trabajo en modo aleatorio, las listas de reproducción, el abanico de canciones y detalles. No hay una hoja en blanco, el discurrir del tráfico escribe la primera entrada, y así todo.
+ Un mono que busca su libreta, en su mesilla, junto a su cama de mono resposable y trabajador, busca su libreta cuando se despierta en mitad de la noche. La encuentra y anota su último sueño. Retorna al sueño con satisfacción, recoge la cosecha y descansa. El mes de abril se aproxima a su final, como la llegada de la primavera: todo llega. El mono se lanza a su onírica aventura entre montañas y valles, atento a la cosecha y a la floración, entre la risa y la broma mientras esquiva las tristezas y las decepciones, la traición y la burla. Se ríe y continua su aventura, como un rey sin reino, como una corona sin rey. Baila y toca su pequeña guitarra de cuerdas de acero y viento, canta y ríe, la risa y el baile, la transformación de lo real en otro pliegue de esa misma realidad. Una tarea para este pequeño mono responsable y trabajador.
+ La cirugía estética como síntoma. Se extenderá a la totalidad de la población como se extendieron los tatuajes no hace demasiado. Al alcance de cualquier bolsillo. La transformación del rostro es la transformación de la persona. Se modula el sujeto hasta que sinuosamente sintoniza con el canon del momento. Mujeres acuáticas, hombres sin grasa, niños sin crítica. Ya estamos en el futuro y el futuro no es gris, no es negro, no es luminoso, el futuro es rutina y olvido.
+ Esa confusión de aromas que se da en las tiendas de los aeropuertos, esos brillos acerados, de filo y esquema, embalajes, precintos, plásticos inmaculados, la luces que rozan el deslumbramiento, pasillos y atracciones y baratijas. Ese estallido que confunde y electriza. Alguien que se para ante unas botellas de whisky, otro que confunde el tabaco con el café, revistas y libros, chocolate, galletas, lágrimas de aceite, caviar o respiradores. En el abismo del aeropuerto la distracción es observar a las personas ante los cebos. Gafas de sol irisadas. Uno también se deja llevar por el celofán de lo accesorio y recuerda sin nostalgia la infancia. Esa nota que ofrece la confusión entre sensaciones. Suena el despertador y el aeropuerto se desvanece, o esa es la impresión, ¿la realidad superpuesta lo advierte?
+ Imagen: carro de supermecado en una esquina: cubista y temporal, su plasticidad depende de su descontextualización. Acero que se recorta contra la esquina del garaje, que ofrece su geometría como una muestra de lo actual. Modulaciones de lo real, transformaciones de la percepción.
sábado, 18 de abril de 2015
¿Metáforas o metonimias?
+ Los Rolling Stones suenan incansables en el reproductor del coche. Es el camino a las playas. La gente corre con despreocupación y el filo de las guitarras es un perfil exacto. Alguna armónica, algún violín, una escala pentatónica menor, la afinación en sol, el deslizarse del bottleneck. Todo está en calma, la perfección es el nombre del instante anterior, el momento que se desentiende de su existencia. El ritmo se acelera y el sabor del café tiene aspiración de eternidad, ese momento que no volverá.
+ [Aproximaciones]. Una lectura literal de sus palabras indicaba más de lo que él desearía. Desnuda su expresión de toda tintura irónica, mostraba lo profundo de sus desprecios. Me gustaría saber hasta qué punto tiene sentido emplear la palabra profundo, pero, así también, es literal: una sima que se hunde en su vocabulario, en las modulaciones de su voz, en el estigma que palpita. Sacó una vieja agenda que se cerraba con una goma de plástico, y dijo que allí residía su poder, explicó detenidamente qué entendía por poder, su voluntad como piedra de toque. Guardó la agenda en un bolsillo interior de la chaqueta. Era la segunda vez que le veía y era la segunda vez que me mostraba la agenda. No me produjo curiosidad, pienso que no tengo necesidad alguna de conocer su contenido. Sin embargo su hija era un interesante misterio, pero la resolución de los enigmas que suscitaba requería determinaciones que yo no estaba dispuesto a emprender. Su rostro andrógino, su revamp style, el pelo y su consistencia, las blusas y las transparencias, el nerviosismo gestual, la mirada firme y afilada. Su erotismo es venenoso y lejano, para la contemplación y, mientras se mantenga la distancia, agradable. Apagué el televisor, era hora de descansar.
+ [Otro día: cambio la lista de reproducción y elijo el álbum blanco de los Beatles y surge otro paisaje, otros ámbitos: hay una cuestión en aire que está a punto de incendiarse, pero ese prólogo no llega a tomar forma por carencia de comburente. Todavía es noche cerrada y el avanzar por la carretera hacia el centro de trabajo tiene algo fluvial y antiguo, pero la noche no es una certeza, es una realidad, la noche oscura del alma].
+ Los bosque guardan sus miedos y sus alegrías con avaricia, ¿son metafóricos o metonímicos? Quedan, por un momento, a un lado. Procesos que se detienen pero que en cualquier momento retornan a la composición. Cómodo fue el hijo de Marco Aurelio, el contraste entre el padre y el hijo es más que notable. Hay un simetría que se mantiene, que ayuda a comprender lo permanente. Los bosques reverdecen. Las hojas comienzan a tapar las capas de liquen que se acumulan sobre los troncos y las ramas. Es otro paisaje, son otros padres, son otros hijos: permanece la relación y la posibilidad del error. Del hombre bueno nacerá un demonio, y no reconocerá su persona en la de su hijo. Un tono profético ilumina la semana, la posibilidad del error está siempre presente.
+ More or less, Nietzsche: lo que no te destruye te hará fuerte.
+ [Imagem]: el que camina por el museo, su avaricia de imágenes: dispara sin descanso, camina y dispara, se detiene y dispara. Dispara. Más tarde, se disuelve en la masa que transita las calles. ¿Metáfora o metonimia?
sábado, 11 de abril de 2015
Bric-à-brac
+ Las clasificaciones son parte de la realidad cotidiana, implícitas o explícitas: recubren lo vital. Un mapa, los lineales en el supermercado, los colores, las zonas en una gasolinera: ligeros y pesados, las etiquetas, los marcadores (...) Un mundo organizado, que impone esa lógica y su necesidad a la naturaleza, que es ajena al edificio conceptual, porque simplemente es: con independencia del archivo y la archivística. Así: un hombre espera a la puerta de unos grandes almacenes, ve pasar adolescentes, parejas, viejos, mujeres, niños (…) Estudia su vestuario, sus gestos, los peinados y los tatuajes o la ausencia de estos. Se debate en el filo de los parecidos y las diferencias, todos están en lo humano, todos están vivos, pero cada vida se materializa en una apariencia diferente. El archivo intenta componer el día, pero no lo logra, algo se revela y dice que no, que el caos es la respuesta. El hombre se abandona al sol de media tarde.
+ "… tener hábito de conjeturar frente a lo verosímil es propio de quien también está con el mismo hábito respecto a la verdad" Poética, Aristóteles, (1355a).
+ [Lo vintage o el bric-à-brac]. Hay una conexión entre la aceptación del feismo y la reconstrucción estética y retórica. Atrás queda el acero inox y surge la botella de cristal sepia, con tapón de corcho, donde guardar el té verde helado. La construcción a base de segmentos en principio inconexos se extiende a todo lo vital: lo viejo es nuevo y lo viejo es el futuro vintage, pero sobre ello está el bricolage, ensamble de lo inesperado.
+ [Las historias del Tren Nocturno]. Hubo un tiempo en que viajaba en trenes nocturnos. Las historias se sucedían y llegado un momento, en el vagón-restaurante, entre cervezas y cigarrillos, se desnudaban las almas de los que no se volverían a ver, los nunca se volverían a ver: qué inquietante en la memoria. Recuerdo un viaje a finales de los noventa, en el último Rías-Baixas. Madrid estaba al otro lado de la noche y los pasajeros del compartimento nos mirábamos con altanería. Eso fue en un principio. Basto sacar los cigarrillos y ofrecerlos para romper una barrera: hoy ya nadie fuma en los trenes [hace seis años que no fumo]. La chica que se iba a Londres, el chico que gestionaba una Ong dedicada a recuperar ordenadores para países africanos, el empleado de banca un poco canalla, un poco coquero, con su bolsita de magia blanca que ofrecía sin distinción, yo. Les miraba y les escuchaba y asentía, no tenía ganas de participar. Ahora llegaría el momento de la narración, de estructurar una historia, de perfilar unos personajes y encaminarse a una moraleja, pero ya no hay tiempo para consejas. Había otro invitado, era un portugués que se había colado en el tren. En Goians. Sucio y muy joven. Bebió cerveza y le aconsejaron esconderse. Él sonreía, como si no entendiese nada, como si aquello no fuese con él. Cuando llegamos a Madrid le esperaban unos guardias jurados. Recuerdo como corrió, como le alcanzaron, como cayó al suelo, como me perdí yo en el metro. A veces creo que le vuelvo a ver, cuando en Madrid un cuajo de frío y melancolía me asalta. Ubi sunt?
+ Algo que sin duda me han aportado las regulares visitas al(os) museo(s) de arte contemporáneo y aledaños es una suerte de gusto por el detalle y lo paradójico. Todo se resume en el reconocimiento de lo automático y el exorcismo que sucede a continuación. Mientras pienso en ello veo un programa sobre uno de los hoteles más caros y lujosos del mundo. Un hotel en un país árabe, un hotel de dimensiones sobrehumanas, una extraña construcción a mayor gloria de la nada. Tal vez yo no comprenda la verdad de su existencia, pero de eso se trata: de no entender, de buscar y acariciar la perplejidad. Uno de los encargados de la recepción hace una entrevista telefónicos a una mujer alemana. El centro de la entrevista consiste en un test sobre el lujo. El lujo: marcas, marcas, marcas. Le pregunta por champán, por zapatos, bolsos, relojes, maquillaje (…), hasta que llega a un punto donde ella no puede contestar, donde su erudición marquítica se ha agotado. El entrevistador sonríe satisfecho, el luxury-test ha vuelto a funcionar, dice ufano: no puede trabajar aquí, el nivel de conocimientos es exigente, muy exigente. Como siempre, una cosa lleva a la otra y recuerdo a Kenko Yoshida, cuando dice que ante la perfección de un palacio no cabe otra cosa que romper algo para que haya una imperfección: una columna rota. Todo se hila y llega al principio: la perplejidad ante el comportamiento de los humanos y de sus obras. No puede dejar de crecer una vibrante misantropía: no me interesan lo carísimos hoteles donde semanalmente las sillas se renuevan de pan de oro y estolidez. El abrigo de la noche es el mayor consuelo, la alegría del que ha trabajo con justicia durante el día, lo demás es accesorio.
+ Se detuvo en aquel lugar, en aquella calle y contuvo la respiración, durante un instante. Estaba allí y podría estar en cualquier otro sitio. Esa inconsistencia urbana era remota e ilegible. Un lugar perfectamente intercambiable. Alcorcón, Móstoles, Getafe. No podría acertar, pero allí estaba su casa, su mujer y sus hijos. Ladrillos, verjas, bancos. Todo repetido hasta la nausea. Ya no era joven y no lo quería aceptar. Después de veintocho años nos vimos fugazmente en una estación de metro. Los fantasmas a veces pierden su condición transparente.
+ Imagen: reciente, el maniquí me llama con su agresiva pose. Un niño en posición de pelea, su traje, su calva perfecta, el recorte contra esa pared tan pictórica. La hora de comer se aproxima y el niño inmóvil reclama atención y pleitesía. Nadie le mira, nadie le escucha. Disparo y desaparezco, la foto es la constatación de la presencia.
sábado, 4 de abril de 2015
Música
+ [Vapor]: anteriormente una calavera o un esqueleto remitían a la muerte, pero ahora el memento mori es un motivo para la moda o para el arte [contemporáneo] en una incierta vena banal. Los huesos son cool. La canalización de los símbolos habla y describe el momento, sin cortes ni contrastes morales: es un hecho, un espejo que constata el rechazo a la finitud. Mientras en otras épocas la muerte era la muerte, ahora se enmascara y se evita su presencia, su certeza. Así, también, sucede con la vejez y la decrepitud, con la enfermedad y el dolor. Sólo lo fluido y suave se puede aceptar. Esa textura sedosa que recubre los días y las noches. Los suplementos dominicales descansan sobre la mesa que se dispone frente al televisor: color, papel estucado, mujeres que sólo habitan en el corazón del retoque fotográfico, hombres de cera en su carne impasible. Las calaveras que se ven en la revista están desgajadas de los que ven la revista, son ajenas a ellos, pero en ellos también se contiene una calavera: aunque no les guste y prefieran una visión irónica de su naturaleza mortal. Así hay pulseras, camisetas, tatuajes, pósters, cinturones (…) No hay posibilidad de conjurar el fin. La finitud continua siendo la medida de todo lo humano, su razón, esa razón de la que nadie escapa. Cierro la revista sin miedo ni esperanza.
+ "Se podría decir que el cuento es el arte de la omisión". Géneros literarios, Kurt Spang.
+ Todo lo que no se dice y se debe sobreentender. Hablamos en el museo y nos encontramos con nosotros, con la intimidad que a lo largo de los años hemos disfrutado, construido, perdido y recuperado. No hacen falta más palabras, la galería se asoma a una extensión de césped considerable y allí se contiene nuestra historia, la que en ese momento protagonizamos. Somos el resultado del pasado, pero no somos el pasado, así: podemos construir la narración conforme a nuestras necesidades. La búsqueda del equilibrio y la alegría. Oporto muestra una de sus caras, nunca antes vista, muchas veces intuida. La renovación es el tema del día.
+ La voz humana es el instrumento del que derivan todos los demás, de una manera subordinada: of course. Por antonomasia, repito con entusiamo antes de que comience el concierto, mientras nos perdemos en los ornamentos de la sala. La luz decrece y se cierran las puertas. Aparecen los músicos, una pequeña introduccion a la polifonía. Todo se detiene. Suena un réquiem y las voces transportan la imaginación a capillas o catedrales de un primer renacimiento portugués. Esa catedral de Braga es ahora el motivo de una volatil rememoración, ahí se reconstruye: en un escenario futurista de láminas de cobre sobre madera, de seda plateada y reposabrazos transparentes. La mano que acaricio vibra suavemente. Hay una mujer de una belleza pasmosa en nuestra cercanía. Parece imposible que exista un ser humano tan perfecto: es inquietante. Sus perfectos rasgos asiáticos, el pelo negro como el viento nocturno, la serena sucesión de sus gestos. Luego, cuando la vemos sola, en el restaurante de A Casa da Música, su articulada manera de llevar la copa a los labios nos enamora: hay que apreciar el arte del instante en toda su grandeza, en su plenitud. La cena no fue buena, pero el escenario y los personajes nos salvaron de la mediocridad: esa playa de música y viento, el ballet, los labios rojos y la piel tan blanca, sin maquillaje. En la terraza Porto es una extensión para soñar, sin cálculos.
+ No es la primera vez que la decisión entre el café o el té resulta compleja, tan compleja. Cada uno tiene su punto exacto de excitación. El momento decide con su automatismo infalible.
+ Imagen: terraza de A Casa da Música. La noche es translucida.
sábado, 28 de marzo de 2015
Apariencias. [El hielo y la noche]
+ En la radio, como comentario del accidente aéreo, un locutor dice: "he tenido el privilegio de sobrevolar los Alpes en muchas ocasiones, y puedo decir sin temor a equivocarme que es como un escenario, es un paisaje de cuento y ahora veo un contraste macabro, que me sobrecoge". Por seguir con la comparaciones: como el que dice: es un cuadro tan bueno que parece una fotografía, aunque nunca diría lo contrario: es una foto tan buena que parece un cuadro. Apago la radio y pienso en esa manera de ver las cosas, de guiarse por la vida. Todo lo que emerge de la persona en esa afirmación del "es como un escenerio", que refleja la arquitectura de sus ideas: la simpleza. En otra emisora, en la radio del coche: una periodista subraya, con inteligencia, que tras saber que han muerto un grupo de estudiantes de intercambio se ha preguntado por qué en todas las lenguas del mundo hay un nombre para el hijo que pierde al padre, huérfano, pero no al contrario. El padre que pierde al hijo no tiene una denominación. No es la primera vez que lo oígo, pero ahora arroja una incierta luz sobre el dolor. Nunca es necesaria la originalidad para acertar. La mañana continua y las especulaciones crecen. Hay algo de espectáculo en las narraciones, en las opiniones fundadas y en las opiniones infundadas, en la exposición de la tristeza hay algo teatral, y necesario. Más tarde, en otra radio, una más, otra más, una psicóloga dice que en otra catástrofe fue imposible evitar que ciertos periodistas dejasen de acosar a los familiares de los fallecidos. Así, entre unos testimonios y otros, queda en suspenso la idea de la finitud, de los ritos, de las transiciones que marcan la actualidad. Lo abandono todo, y regreso a la música. Bach. Hay una decantada pureza que evita la explicación, que se aleja de las soluciones y sólo plantea preguntas sin voz, preguntas que se elevan en el aire y se incendian, para desaparecer definitivamente. La mañana es limpia y pensar en esas familias resulta inquietante, aunque: ¿cuántas tragedias similares se producen a diario, cuántos muertos arrojan cada fin de semana los accidentes de tráfico? Pero lo inmediato se centra en el número y en la calidad, nunca en el detalle, en el silencio que arropa cada pequeña noticia de muertos y heridos. En un astillero un hombre fallece al caerle una plancha de mil kilos, la vida continua.
+ [El accidente cobra una dimensión extraña. Donde antes había accidente, ahora hay intención. Las preguntas se suceden, pero, en un primer momento, no se dirigen hacia un lugar concreto, es la perplejidad absoluta: el copiloto estrelló el avión contra las montañas con una planificada frialdad. ¿Qué es lo humano, qué es la enfermedad, qué es el mal, dónde está? Se oyen comentarios de los que conocían al copiloto y se percibe como lo cotidiano y la ausencia de relieve es la medida: nadie lo podría prever, era una persona normal. Qué desagradable es el adjetivo normal, todavía un paso más allá: la unión entre lo normal y lo moralmente aceptable].
+ Vistas de Nueva York. Nueva York es un tema en sí mismo. Una poética, un naufragio y una capilla en la que recogerse. Veo la ciudad cuando cierro los ojos. Tantas veces he estado allí y no he llegado [nunca]. Lo sé. Otro tanto me sucede con Venecia: será mejor no ir, será mejor dejar que se mantenga la idea poética, el flujo sin venenos, el agua clara, el cristal puro de la imaginación. Retengo poemas que hablan de teléfonos de baquelita, de pistolas y espadas de luz, traigo y rememoro taxis amarillos, vagones de plata, la tramoya gris y las esbeltas simetrías del atardecer: el incendio solar de cada tarde de agosto se recorta contra rascacielos y barcos, los barcos de oscuridad y silencio. La nieve hace que recuerde, que mantenga esa imagen, ese latido. Dimensiones que nos alejan de la vida y de la muerte. Vierten los sueños imágenes: camino por una avenida y al fondo veo los trasatlánticos, camino por un parque y una ardilla me mira y la miro, nos estudiamos sin hablar, camino por una plaza y creo estar en Londres y no: estoy en Nueva York: los sueños lo pueden todo, mis sueños siempre son urbanismo y lírica urbana. No quiero explicaciones, pronto volveré a Porto.
+ [Copio]:
"(En el avión,
mientras el último sol rasa en el ala,
desenvuelves la caja azul celeste.
En su tapa se lee:
Tiffany & Co.
Nada malo puede suceder)"
Juan Cobos Wilkins: "T & C", en Historia poética de Nueva York en la España contemporánea, Julio Neira.
+ Sueño con pájaros. Soñar con pájaros es equivalente a una súbita llegada de riquezas, equivalente a la llegada de un tiempo de prosperidad. Así lo leo en una página que elijo sin convicción. ¿Es un oráculo? La posibilidad de una compensación a la travesía diaria es atractiva, pero eso es sano. Los venenos se deben elegir con cuidado, no vayan a manchar la estampa sepia del dandy que ya no somos. El día comienza.
+ La imagen viene de la noche y del carnaval, los restos de un baile atraviesan el tiempo y dibujan la nostalgia: las posesiones sin valor, el hastío de lo no recibido. Es una niña y su rostro aparece como una máscara, su tiempo se desvanece: no lo sabe. La evaporación es un fenómeno que rebasa lo físico.
sábado, 21 de marzo de 2015
Transformaciones

+ Hospitales (2). La agonía se construye diariamente. Inconsútil. Las guardias y los turnos se agrupan en un calendario: casillas donde el moribundo ocupará un lugar. Una tarea, las horas puntas, los descansos y los fines de semana. Morir es un apunte en una agenda, pero la muerte nunca espera. Sigo caminando. Las ventanas de las habitaciones de la muerte tienen la luz prendida. ¿Quién agoniza ahora? Vuelvo a casa tarde y ese resplandor es un emblema que defiende a todos los habitantes de la ciudad. Nada es más propio del hombre libre que repensar su muerte, cada día, cada noche antes de dormir: el sueño es una imagen de la muerte. Los cromados de los hospitales vierten una rima interna, tan desagradable como higiénica.
+ Sangre. Extracción de sangre en la primera hora del día [libre]. Camino hacia el hospital, sin prisa, acogido por la música y el viento suave y fresco de la mañana. A mí lado van dos estudiantes, con sus carpetas y con sus bolsas, donde duerme el ordenador o la tableta. Subo el volumen del reproductor de Mp3. Al cruzar un esquina, un hombre de mi edad [en el final de los cuarenta] camina visiblemente ebrio. Son las 7:44. Me identifico con él, con su momento, con el caminar vacilante. El pasado emerge. La vida cotidiana no se pude despreciar, así: cada esquina esconde una máxima. Sólo hay que leer, nunca entre líneas: en su literalidad.
+ Atreverse a saltar. El trampolín arroja la estructura de la infancia, vuela sobre la tarde, se funde con el ronroneo de las olas. Café cerca del mar, el libro de Juan Ramón. Luego, en el coche, suena Marianne Faithfull. No es una frivolidad. Monedas, cuentas de cristal, unas llaves que no abren ninguna cerradura. La fe, la esperanza, la caridad. Unos niños acumulan arena cerca de las rocas, son montañas como pirámides, como prismas de avena y oro, conos de viento: el viento que los desgaja. Dónde duermen (…)
+ Inversiones: [la lectura (de Žižek: Sobre la violencia)]. Se muetra la dicotomía entre lo eterno y la finitud, lo primero es lo deseable y lo segundo la maldad. Pero esto, como todo, admite una inversión. Como es sabido, la inversión de los términos juega a nuestro favor, y la adaptamos a nuestra circunstancia, a la oportunidad, a la necesidad. Es la ocasión lo que debe establecer la (in)coherencia y su oportunidad. El poseso recupera su aspecto humano y muere en paz. Ese tránsito es el núcleo, lo que permanece en su identidad. La muerte es una herramienta. La finitud frente al egoísmo de lo eterno e inalcanzable: que lastra la elección, que deviene en esclavitud: ¿la esclavitud os hará libres?
+ Imagen: restos pizarra en una hora temprana, un mes de agosto, dos años atrás. Las minas de pizarra y su huella en el paisaje, el zarpazo de la minería, del consumo y su ultra-velocidad.
sábado, 14 de marzo de 2015
Senderos
+ Hospital. Siempre la entrada es inquietante. Los rostros, los afanes, la prisa o la fatiga. Colores pálidos. El café es excelente, hay hombres que desayunan con calma, mientras leen el periódico, unos operarios hablan en una mesa y es, para ellos, una jornada más, otra más, en una mesa retirada: alguien que parece no haber dormido, estira sus dedos y los estudia, con ojos fríos y acuosos. Mostradores de acero y pocillos eternamente blancos. Esmerado dibujo de la mañana: limpio y exacto. La consulta es funcional y la doctora muy joven, lleva un anillo de plata y teclea con seguridad, algo indica que ha asistido a clases de mecanografía, se teléfono descansa al lado del teclado, habla con seguridad y su letra es clara: cuánto han cambiado las cosas. Se despide sin ceremonias, su vista retorna a la pantalla. Fuera ya, la mañana es fría. Por el retrovisor, el edificio gris y pesado se aleja. La música nos remite a la generación del 27. Hace cinco años que pasó todo, aquellas visitas, aquellas noches, operaciones y convalecencias. Allí descansa una baliza, la vida que ya no está.
+ David Bowie. Ska, Nothern Soul. Una vista de Londres. La plata y el mechero de oro viejo. El humo era atractivo, ahora se ha convertido en una renuncia y no es ya ni siquiera un deseo. El humo oscuro del hachís, tampoco. Los veo fumar en un descansillo, su piel es transparente y sus ojos agua azul o verde. Ese verde del mar en los días de tormenta. Como las manos de un niño de dos o tres años: uñas de nácar. Están impasibles y contemplan el tráfico, como un río incesante y peligroso, para advertir o para escrutar. Carpetas sin contenido, bolígrafos rojos, folios en blanco. Lejos de la obligación la mañana es eterna, su contenido inabarcable.
+ Durante unas horas iba y venía la narración. La hija de una poderosa familia, su extraña belleza que llegaba desde la seguridad del dinero y el poder. Su padre le repetía que era necesario establecer una red de contactos, que uno no era nadie si no conseguía ciertas arbitrariedades administrativas. Ella lo relataba con pena, casi con vergüenza: pertenecía a esa aristocracia local y le desagradaba: casino y veraneo en comunidad de iguales, estudios y matrimonios en el mismo círculo selecto. Su padre había muerto hacía meses y lo recordaba, contaba como todas noches escribía en un cuaderno: detallaba el día: lo logrado y lo pendiente. Esa contabilidad y esa avaricia eran desconcierto y ausencia. "Si encuentro los diarios, no lo los leeré". Todos sabíamos que eso no era posible, su obligación era indagar y encontrar preguntas sobre sí misma. Una necesidad. En sus ojos se veía el desconcierto de la muerte y la turba del sinsentido, pero la curiosidad era la medida: ella misma, el vasto territorio del desconocimiento. Allí reposa el recuerdo de su padre.
+ Para algunos el diario es una necesidad, porque lo escrito es muy diferente a lo pensado, a lo vivido. Hay una extraña decantación en la letra, en el pulso de la caligrafía, en el misterioso canal que une el pensamiento con la mano. Ella sabe donde están los cuadernos, pero debe retrasar la lectura, aunque no evitarla, la ocasión se mostrará sin velos.
+ Músicos en el East End, los disfraces antiguos y los aparejos de la actualidad. Pete Doherty y una guitarra española, una maleta de cartón, los sombreros y los cigarrillos, la cocaína y el velo de la nocturnidad. Así, ideas de paisajes y personajes asaltan el paseo de la tarde: esa música y los escaparates. Nada interesa tanto como el tacto del tiempo, su presencia o la inconsistencia de los proyectos. Un perfil exacto.
+Imagen: un embalaje y la abstración que ofrece. Es obra de la casualidad, de lo aleatorio: ahí reside su fuerza, su verdad.
sábado, 7 de marzo de 2015
Subrayados y notas [marginales]
+ Hay una lluvia intensa que enmascara la calle. Es un gris neutro, absoluto, opresivo. Los libros descansan en el estante y durante un momento la música se detiene. Oigo la lluvia caer, el ruido sordo de un lejano televisor, las notas sincopadas de una canción que no es posible adivinar. El café es un bebedizo aguado y su regusto ácido nos aleja de lo monótono de la tarde: la exactitud o la elegancia expositiva; se debe elegir. Llegan noticias de Brixton y se puede ver cómo el barrio londinense se transforma en un destino turístico: así la web de viajes de un diario de tirada nacional lo recomienda: visita Londres, visita Brixton. Llueve. Es de particular interés observar cómo se erosionan escenarios y territorios: se decolora su épica y su lírica se transforma en el ornamento de un parque temático: turístico, seguro, (de) moda. Finalmente, la visión es la visión del suplemento dominical: tiendas, atuendos, café y licores, o vino y tapas, hipsters y bicicletas, cup-cakes y mujeres verticales, hombres esquinados e insuficientes, a juego con el esplendor de los cafés y los locales de ropa ultra-actual. La red se extiende y es una manera de entender la vida, de la cual no estamos lejos [aunque a veces nos guste pensar que sí]. ¿Cabe preguntarse por lo auténtico: es ya una palabra sin referente?
+ Abro Las flores del mal y me encuentro con una fotografía que recorté años atrás. No puedo evitar la sonrisa: se trata de un coche de caballos tirado por cebras (!). El zoólogo Walter Rothschild (1868 -1937) se paseaba por Londres, cómo no, en un coche tirado por cebras. También tenía canguros en su jardín. Hace tiempo oí que Lord Byron, en su estancia en Roma poseía una jirafa, en otro momento me llegó la noticia de que Dalí paseaba por Nueva York con un oso hormiguero. No sé si es cierto, y no quiero averiguarlo. Estas notas paradójicas en el discurrir de la semana son subrayados de absurdo y alegría que despiertan a los niños salvajes que habitan en mi interior, atrincherados entre los libros, acampados junto a los tigres de juguete y las figuras de chinos con farolillo, hogueras que vigilan mi sueño. Me detengo y regreso a Las flores del mal, otra edad, pero en el mismo carril.
+ En la biblioteca cogí un libro al azar. Estaba anotado a lápiz: alguien se había tomado el trabajo de poner en su lugar al autor: jovencito es usted un indocumentado que no sabe de qué está hablando, pero yo se lo voy a explicar. Había veces que tenía razón, otras no, pero esa tarea inútil sólo puede producir melancolía. Dejé el libro y me quedé pensando en esas tareas inútiles, pensaba y allí estaban los rostros tristes y pesados como su tristeza, entre los periódicos y las revistas ilustradas: viejos prematuramente viejos. La solidaridad con el que sufre en el sordo silencio de la biblioteca es una obligación que va más allá del lujo y de la indignación. Eso pensaba cuando me fijé en él: había sido aquello que se denominaba un hijo de papá, ahora dormitaba: entre los mendigos que cargan el móvil en la gratuidad de la sala de lectura y los parados que se ilustran con diarios económicos, jubilados adormilados sobre ejemplares de Milton o Gironella, quién sabe. Allí estaba y era un rescoldo: su ropa, su peinado atildado, bolsas bajo los ojos, el rostro abotargado: una expresión hipnótica. Lo recuerdo: fue guapo, muy guapo; también recuerdo a su novia: una ninfa de cocaína y tabaco rubio, gloss y abrigos de pieles, nácar imposible y el aroma de la familia y desayuno en la cama un miércoles de mayo: el servicio con cofia y las arañas del salón descolgadas. No había llegado y sufría. Su belleza fue su condena. Se hizo tarde y continué mi camino.
+ "La belleza juega, vivaz, con las máscaras" Luis Antonio de Villena, en Hymnica.
+ Regresamos a esa Grecia creada por nosotros. Como un manual, un prontuario de esquemas y sensaciones, más que la instrucción exacta. Poemas e inscripciones, vasijas de cerámica negra, libros en la estantería. La antología Oxford de Browra descansa, y basta con recordar sus tapas azules, su aspecto de devocionario, las notas a lápiz de hace cincuenta o cincuenta y cinco años que alguien escribió: subrayados y observaciones transparentes. ¿Iré a Lancashire para devolver el libro a la biblioteca de la universidad, el libro que alguien nunca devolvió y yo terminé por comprar en una librería de lance? No hay proyecciones, ni núcleos, solo está el sueño, el descanso. Suena Led Zeppelin: así, en la espuma última del día.
+ Entender lo que nos rodea: sin recetas, pero con un muestrario [de colores]. Existen temporadas que se caracterizan por un caos maligno, ¿es el caos maligno per se? ¿qué es eso que un día te lleva a discutir con una bibliotecaria [aturdida, nerviosa y maleducada] y al día siguiente poco falta para entrar en una pelea [horrorosa] con unos forzudos anfetamínicos? Todos lo sabemos: no hay instrucciones de uso, sin embargo: se pueden atisbar unas líneas, unas líneas de fuerza, pero ¿dónde están ancladas? Pensaré en ello y no encontraré soluciones, el tiempo de espera traza un camino hacia el entendimiento.
+ Imagen: paisaje londinense: un bar, algún scone, nata y té rojo. Unos niños jugaban y sus padres eran tan jóvenes que se aproximaron al juego y entonaron una canción, que no comprendimos, pero nos hizo reír. Allí seguirán, como hadas miríficas de nuestro territorio sentimental.
sábado, 28 de febrero de 2015
Venenos y antídotos [cotidianos]
+ [La oportunidad y la suerte, la voluntad y el talento]. Cualquier empresa humana precisa suerte, una pizca de suerte como el pan necesita la sal. Esta afirmación ha volado durante la última semana a mi alrededor. ¿Por qué uno y no el otro alcanza lo deseado por ambos, siendo los dos, en apariencia, iguales en mérito y disposición? Un periodista asciende vertiginosamente a las cimas de su profesión, un abogado y un tabernero obtienen el favor de los clientes, un músico ve cómo el público se entrega a sus canciones con pasión devota. Pero a su lado estaban otros que con méritos similares y tanta o mayor simpatía, otros que han fracasado en el intento, el mismo intento. Maquiavelo muestra que una combinación de suerte y capacidad llevan al éxito. Este éxito, continua, tiene mucho que ver en cómo la persona coincide con lo que el momento demanda. Lo que triunfa hoy mañana se considerará totalmente carente de interés. Un poco más allá: se debería estudiar la persona en conjunto y no sólo aquello que brilla, pues en las sombras se oculta una verdad, una realidad áspera de sufrimiento y derrota, la que da la medida real, por donde se comienzan a cuestionar los perfiles exactos de las figuras sobre los pedestales. Al tiempo la calderilla resuena en los bolsillos, es momento de ahorrar.
+ El locutor transmite una tristeza mineral, cada jornada. Hoy, al contrario, mostraba serenidad y alegría, una alegría contenida. Su voz se ha transformado, ha desaparecido ese cansancio que era ya característica. Suena la música y el atasco se diluye, no hay ninguna relación entre una cosa y la otra. Bach, una vez más.
+ [Batjin]: Las fronteras entre lo que es arte y no arte, literatura y no literatura, no han sido fijadas por los dioses de una vez para siempre.
+ Indagar en el método de trabajo [intelectual] ajeno es importante, pero en la distancia y sin contaminaciones, como el que contempla una manada de leones desde un coche blindado.
+ ¿Nueva York es el paisaje del mundo, el espejo donde se mira cualquier intento de modernidad? La modernidad ha muerto y el espacio se ha derogado: no hay distancia, todo vuela, todo es núcleo binario en el éter. Nueva York, reducto poético.
+ Compró el catálogo de la exposición en inglés por sentir una lejanía agradable y esclarecedora. From Revolt to Postmodernity (1962-1982). Estudia las fotos en la cama, un viernes cualquiera, más allá de las doce de la noche. Qué rápido envejece todo, se dice mientras ve aquello que un día le pareció la ultramodernidad y hoy es paleografía, dato histórico, reconstrucción y serie que aclara, el documento de la actualidad dormida para siempre en el pasado. Ve una foto de Esther Ferrer y se da cuenta de que no todo está perdido. La desnudez como texto en su marco sintáctico imprescindible, los cuerpos son el mensaje, el mensaje es su persistencia más allá de las horas: el recuerdo. Cierra el volumen y el sueño lo acoge en una muelle suavidad, fluyen transiciones y esquemas, se desvanecen.
+ [Imagen: París, cerca de la Garde du Nort. 2012. Ella trata de guardar un maniquí en su bolso, la tarea parece imposible, todavía no ha comenzado a llover, pronto se terminará septiembre. Persiste aquel viaje fugaz y su poesía llena la tarea del día].
sábado, 21 de febrero de 2015
Fragmentos
+ Voss, by Alexander McQueen. ¿Quién podría dudarlo? Alexander McQueen fue un creador único, revolucionario, lo que con demasiada frecuencia e inexactitud se denomina un genio. Un genus loci , pero a la inversa, desbocado y destructor: el Londres de comienzo del milenio y la voluntad de suicidio, la poco soportable existencia del artista, su ego y su dolor, el dolor infligido, la muerte: una vez más. En la lejanía resulta seductor, pero, quién no lo sabe, su compañía no era muy recomendable. Retomo el principio, la primera cláusula: he visto el desfile Voss en la red, esta noche: la teatralidad parte de un estadio primitivo que extrae esquirlas a la actualidad y las conecta con el pulso de lo telúrico y lo real en el momento previo a la ebullición. Lo real se multiplica y traspasa el mundo de la moda o del arte, [qué importan las etiquetas]. Es una liturgia de lo palpitante. Pero añadir palabras pervierte lo depurado, lo decantado y exacto: la mugre, la podredumbre, el gusto por la sastrería más exacta, el oficio, la droga como virtud e infierno, el sobrepeso y los cuerpos de alquiler, un Londres que nunca podremos ver ni intuir, traiciones y el dibujo afilado del reflejo en el espejo, la paredes espejadas, azules pálidos que nos harán soñar, repentinamente disueltos. Plumas de avestruz teñidas de rojo y negro, cristales para el microscopio tintados con una simulación de sangre fresca. Reflejos e introspecciones. La transformación de los cuerpos. Poco más. Sin palabras. Sin más.
+ [El café en el club de yates a las diez de la noche un día de carnaval]. Llueve intensamente y nos permiten, sin ser socios, pasar al gran salón. Las mesas están cubiertas con corazones rojos: es San Valentín, alguna está dispuesta para la cena: vasos, copas, platos, cubiertos brillantes y servilletas de un blanco inmaculado y paradójico. Fuera la lluvia ha parado. Ocupamos una mesa junto a la cristalera. Entra un hombre muy alto disfrazado de gnomo, su mujer es una bruja con escoba y sombrero cónico, el hijo semeja un personaje de cómic, o no: mi desconocimiento es grande. Hay una entrada fantástica: una ninfa que ha sobrepasado los ochenta años, en su coquetería habita la adolescente que fue: sólo es una impresión, pero me agrada. Hablamos y reímos, con fuerzas renovadas. Fuera el viento agita los mástiles de los barcos. La música ligera es realmente ligera y las conversaciones son fugaces y amortiguadas. Hay una alegría previa a la fiesta, una alegria agradable y humilde, que reconforta y añade tranquilidad. En el camino de regreso pienso en cómo ha de discurrir la fiesta, en su narración, en el punto de vista, en la anécdota que le daría estructura a un posible/imposible relato. Se cierra el episodio y nos adentramos silenciosamente en otro, uno nuevo, un descubrimiento de bares y parroquianos. Etc. La vida es una suma de fragmentos, la suma de los fragmentos no es superior a su individualidad, pero los bailes continuan sin nosotros: como siempre ha sucedido.
+ Una batalla que nos enfrenta con una parte de nosotros, la que se resiste, la que es incapaz de atravesar la fina y acuosa película de carencias y presupuestos.
+ Pronto comenzaré a trabajar con el Diario de un poeta recién casado. Será una aventura que durará, como poco, cuatro meses.
+ [Los horarios y los espacios]. Me intrigan los espacios donde se desarrolla la vida: los centros de trabajo, el hogar (el salón, la cocina, los dormitorios, los baños, los garaje, los trasteros), gimnasios o aulas, por ejemplo. Me intrigan cuando los contrapongo a lo inusual, a esos espacios donde alguien se ve sorprendido y desorientado: el tanatorio, la comisaría, la sala de hospital donde se recibe la peor noticia que se puede recibir. Esa contraposición me habla de lo que se somete al horario y lo está fuera de él. Acogidos por la rutina, cuando ésta se rompe emerge el fantasma de lo posible, lo que no había sido sospechado. Los pesos y contrapesos habituales articulan la estructura de lo cotidiano, cuando se ven desautorizados aparece el fantasma: la finitud, el término de la temporalidad: lo más preciso que se puede enunciar sobre la persona.
+ [Martes de carnaval]. ¿El carnaval es una transgresión o está enjaulado en lo que el poder permite, es una semana de irreverencia dentro de los cauces de lo aceptable y lo sensato, lo que establece lo presupuesto: carteles y pregones, en su ruptura controlada, iluminación y charangas, una partida dentro de los gastos municipales? Es bueno que el pueblo se divierta. [Y preguntaba Ferlosio: el pueblo, ¿quién ese mozo?]. Yo, mientras, paseo y veo la alegría de los niños y el transformarse de los mayores en el otro, el que aparta la máscara cotidiana. La música marca una distancia necesaria: en el Mp3: Nick Cave. Adolescentes que se tiran huevos y harina, piratas y vampiresas, las luces de colores y la baratija musical. Me veo en la lejanía y avanzo. Pienso en Fellini y en I Vitelloni: ese baile de disfraces tan triste, como tristes son todos los amaneceres tras las fiestas: la luz del día romper el hechizo y lo que se puede ver son las aristas de la realidad, todo lo que se refiere al trabajo y a la rutina, a las obligaciones, lejos ya el vapor del enamoramiento y el alcohol. Avanzo hasta llegar a la Facultad de Bellas Artes, donde entro por casualidad en la sala de exposiciones. Hay una colección de retratos del fotógrafo japonés Hiroh Kikai: Retratos de Asakusa. Se restablece la conexión, las antenas vuelven a recibir noticias del exterior. Las calles son otras, las personas son otras y la trampa del paréntesis carnavalesco me resulta indiferente. No es Batjin, no es el carnaval de la Edad Media, es el carnaval que se suelda a la mercadotecnia política. Baile de concejales en las plazas, aclamados y esculpidos por las palmadas en la espalda. Mientas los retratos de Hiroh Kikai preservan el tiempo de los muertos: los que han sido fotografiados. Fuera boquean las tristes y fungibles fotos de los teléfonos: infinitas y llenas de la sustancia de lo sociológico: síntomas. Cada muestra, cada evidencia, cada esperanza.
+ [Imagen: alguien toma notas, hace fotos de los cuadros en el musero, que viste bata y camina con segura autoridad. La marca: aquello que está fuera de foco y no necesita ser identificado. ¿Lírica?]
sábado, 14 de febrero de 2015
Sedimentos
+ "Hápax": En lexicografía o en crítica textual, voz registrada una sola vez en una lengua, en un autor o en un texto. [Drae]. [Una posibilidad: la palabra como herramienta, un uso simbólico en lo cotidiniado, como estilo o como medida].
+ Ha terminado una semana larga. [Lectura y escritura]. Se hacen sólidos ciertos presupuestos, las intenciones y el proyecto, el que se eleva por encima de todos aquéllos que se subordinan secuencialmente. Discernir y establecer una jerarquía: el objetivo. Finalmente, no deja de ser una figura que se clarifica en la niebla, que, pronto, se vuelve a sumergir en ella y todo comienza de nuevo. Hay una reticencia a hacer explícito el proyecto o la líneas maestras que guían las tareas diarias. La propia indefinición se manifiesta como marca de fábrica, la filigrana, el monograma. Niebla, suspensión entre lo aéreo y lo acuoso.
+ "En edición diferente los libros dicen cosa distinta" Juan Ramón Jiménez. Podría tomarse hoy como un lema, como una ventura para emprender un batalla ya perdida, pero no. Es algo íntimo y verdadero, que se comparte con los que uno va eligiendo para travesías y estancias. Es más, creo que la cita puede despertar un desprecio condescendiente en una generalidad abocada a las pantallas y a los sucedáneos de la vida: o no. ¿O no? La vida es siempre una elección y no se trata de respetar las elecciones sino de obviar aquellas que atentan contra nuestra conciencia estética. ¿Dicen cosas distintas? Sí, por supuesto, pero no todos se percatan de esa distinción, lo demás importa poco.
+ La tarde del domingo gira en torno de una excursión a la playas y unos refrescos en un despacho de pan, que, a su vez, es cafetería. Entretenimientos sencillos, conversaciones serenas, reflexivas, evaporadas. ¿Es un triunfo? Sin duda. Grupos que hablan y ríen, niños y ancianos, mujeres jóvenes, sus hijos, los niños que corren, periódicos, palabrerío, chistes y risas, pasteles, patatas fritas, cerveza, café, revistas, golosinas, teléfonos y, otra vez, risas. El televisor es un ornamento, nadie le presta demasiada atención: se suceden las imágenes y son un baile de luces y movimiento sin sentido. La tarde declina y los colores del mar reverdecen viejas impresiones, la luna se eleva sobre la ría, lentamente, y hay un rumor de nocturnidades acalladas. Tiendas de ropa, heladerías y taxistas en un plasmático aburrimiento. Noticias de otra realidad muy ajena a la nuestra hacen que el vértice cambie de orientación. Es agradable conducir por la costa y escuchar el Réquiem, escrutar el modo menor y esperar que la voz del presentador se extinga. Se estremece la tarde, los árboles se agitan y una muchacha cruza la carretera con despreocupada certeza: la vida es suya, es su propiedad broncínea, sin duda alguna, por un momento, por un breve momento: su juventud.
+ Venecia ha muerto. Veo en la red una colección de fotos de Venecia. Son tres fotógrafos en fin de semana, como si se hubiesen entregado a una cacería. Comentan que su viaje es literario y resume un avance en sus horizontes poéticos y fotográficos. Las fotos son buenas en algún sentido que no me interesa y creo que captan un aire lejano y palpitante, más por la casualidad de apretar el botón que por un proyecto: Venecia es tan hermosa como fúnebre, y esta alianza eleva cualquier intención. Pero hay algo que flota en torno al cadáver, tal vez moscas, tal vez mariposas negras. Es la sensación de parque temático: algo tan nuestro, del momento, en lo que participamos aunque nos opóngamos. Esta es la estampa, sumada a la felicidad obligatoria, a la relación amistosa intensa y discursiva, al impulso optimista e imparable. Venecia fue otra cosa. Venecia ha muerto. Para mí es triste, después de haber amado esta ciudad en la distancia. Hombres en bermudas, con cámaras grandísimas y muy caras, con aspecto intercambiable, así son ellos: mediana edad, futuras profesiones de fe, afines en su concepción, atrapados sin remedio en el marasmo que lleva y trae turistas como olas henchidas de los restos del naufragio. Llega un momento en el que se debe desistir. Nunca volveré a Venecia, ya que nunca estuve en Venecia.
+ En mi libro electrónico hay dos fragmentos, dos avances editoriales. Ambos tratan del padre, por casualidad, sin intención. ¿Autobiografía o novela, el anclaje en lo real o una técnica, la técnia en sí? Es un tema del momento, si es que el momento admite temáticas. El yo es yo poético o no es, [suma y sigue]. ¿Hay algo literario sin la revancha contra la temporalidad, es el discurso siempre el reflejo de una pérdida, es la muerte siempre el tema? El paso de las horas otorga cierta lucidez: vendrán otras lecturas y complicarán la visión, siempre ha sido así: una intuición, su elevación y su desmoronamiento. Las ruinas son bellas porque atesoran verdad y símbolos que ayudan a poetizar. Una herramienta más en la caja de herramientas.
+ Imagen: Hackney, 2014. Los reflejos contienen insólitos relatos, que se harán carne más tarde: en la soledad de la pantalla, antes de editar la foto. El paso de las horas en la indolencia del paseo, sin rumbo, sin artificios, en el amor solido e incorruptible. La vitrina con las botellas donde se han estampado rostros se superpone a los edificios, parece que la imagen tiene fuerza, se dispara y el resultado final esboza cuestiones propias del pasado, de aquel día en el recuerdo: el mercado de las flores, los cafés, las muchachas y sus enamorados en los cafés de moda, el cielo a punto de descargar su lluvia fría y aromomática: el Mar del Norte, el café y los pasteles o las chocolatinas, que en su envoltorio hay un corazón dorado. El amor. Allí está, el reflejo: una vez más: espejos y propuestas.
sábado, 7 de febrero de 2015
Signo y señal
+ [Los placeres] Algún sábado por la mañana cojo el coche y conduzco hasta Marín. Voy a un café cualquiera. Me dejo llevar por la música del Mp3 y, entonces, me entrego a la lectura del periódico. Es algo muy antiguo y evaporado. Se puede ver en el gesto de los que me rodean, sumergidos en sus teléfonos: el contraste es la intensidad que define el momento. La política, la literatura, lo actual, lo inactual. El tacto de las mesas, el aroma del café, el tránsito de los peatones. Hay mil placeres sencillos donde elegir, su elevación es una tarea propia y diaria. Sin gastar mucho dinero, sin gastar nada de nada, sin gastarse en el intento.
+ "Le vi muy enamorado, enamorado del amor"
+ Hay un punto medio entre el despilfarro y la tacañería. Dónde está. La tarea de cada semana. Una de ellas, nunca la única, pero sí con su importancia. Despreciar el dinero es tan insensato como rendirle culto.
+ Los espacios en los que nos desenvolvemos nos configuran. Habitaciones, cocinas, despachos, vestuarios, piscinas, elevadores, trasteros o garajes, por decir algo. Día a día, la reflexión sobre sus oportunidades y derivaciones conduce a ordenar y clasificar la vida. La vida tiene tantas posibilidades en su clasificación, en sus definiciones. Un tablero infinito, a lo largo y a lo ancho, hacia lo alto, hacia las profundidades. La vida cotidiana arroja una fuerza imparable, que arrastra tras de sí los sueños y las ebriedades. Cuántos esfuerzos para asomarse a su estructura, a su constitución, el intento de establecer cuadrículas y formatos. La palabra es útil, el dibujo imprescindible. Mapas y conceptos que se unen y nos dan un respiro. La risa es el mejor aliado, nada sin ironía. La ironía es la brújula.
+ [La vie quotidienne]. La vida cotidiana es inabarcable, preferible a cualquier otra ficción. Calles, escaparates, paseantes, automóviles, bicicletas, ciclistas, niños o ancianos, carriles, luminarias, espejos, barrenderos. Cada peatón tiene su novela, sus novelas. Vidas que se cruzan, intersecciones, formularios en blanco que no se cubrirán. Detenerse y obviar lo codificado, ver la totalidad desde una perspectiva nueva y paradójica, pero no falsa. El espectáculo es grande, aunque lo oculte la costumbre.
+ El significado de los sueños. Sueño que vuelo y, cuando me despierto, inmediatamente, busco el significado en la red: sólo me quedaré con una cosa: es un buen augurio. Lo demás no me interesa, pues busco más el emblema que su razón [de la que sistemáticamente desconfío]. La escena es la siguiente: estoy con un amigo en una playa. Hablamos y decidimos escalar las rocas y pasar a otra playa, [diría yo que se trata de la playa de Lapamán]. De repente, cuando estoy en lo alto de la roca emprendo el vuelo: con ligereza y suavidad. Ahí quedó la cosa. Pasó la mañana y regreso a comer. Me encuentro en el buzón con que ha llegado el facsímil de Platero y yo. Abro el pequeño paquete y trato de ver algún tipo de conexión entre el libro y el sueño. Pronto me olvido de esas y otras investigaciones o derivadas. "Platero es pequeño, peludo, suave…"
+ Primera hora del viernes: hay un grupo de cinco chicos y una chica en las proximidades de mi portal. Todos visten de negro y ella lleva unos zapatos de plataforma muy caracterísiticos. En esta hora, las siete y media de la mañana, cuando todavía es noche cerrada y el día ni siquiera se prepara para abrir su ámbito, tienen un no sé qué que me traslada a un Londres de los años ochenta del siglo pasado. Un Londres que yo conozco muy bien: librescamente, a través de fragmentos de películas e imágenes televisivas, canciones o novelas. ¿Un conocimiento inferior que el recuerdo de aquél que sí estuvo allí, que lo vivió? En esta hora no interesa la respuesta, pues el grupo de jóvenes noctámbulos tiene elegancia y presencia, una suerte de eternidad, de eternidad falsa: la primera hora del día los disolverá en la masa anodina. Ahora son un recuerdo en el paisaje, una oración a los dioses de la temprana ebriedad, un suspiro, una imagen que me acompañó durante unos minutos, una hora a lo sumo. Ahí está su grandeza: su fugacidad.
+ Imagen. Una escultura, parte de un grupo escultórico: en el centro de la narración estaba el Minotauro. Otros laberintos a la orilla del río, que discurre hacia su desembocadura indiferente. Pronto comenzará el día, pero el estatismo de las esculturas es una metáfora por establecer en nuestro discurso. Patente, sin heridas, ataraxia.
sábado, 31 de enero de 2015
Al anochecer
+ Una oficina de correos. Desorden y vejez repentina. Uno de los empleados dice que no sólo los recortes afectan a la sanidad y se encoge de hombros. La empleada no dice nada, mira hacia sus manos. La empleada se come las uñas y se acerca a los cincuenta años, es amable y sosegada, conserva algo infantil o inocente. Fuera el viento anuncia lluvia y hay una sombra que ha teñido la calle. Camiones, furgones, coches y motos esperan que el semáforo se abra. La gente camina sin prisa, es media mañana. Vuelan las gaviotas, se alejan del mar: es un mal presagio.
+ Por la mañana, cuando todavía es noche cerrada, suena, camino del trabajo, un barroco especial: dulces y afilados acordes de clave, surca la atmósfera, posteriormente, un bajo continuo. Son espectros, los coches a esas horas son espectros que la música transforma en poesía: los pilotos rojos, su deslizarse en las glorietas, la velocidad y la señalización. Como el torrente sanguíneo, como la savia que asciende por el tronco, como el río que se precipita en el mar. Pero ahí está, ahí esta la música y su encantamiento.
+ Otra mañana: canciones sin palabras de Felix Mendelssohn. Hay una iluminación lírica: la lluvia intensa, la oscuridad el deslizarse, una vez más, de los coches. Espectros poblados de biografía y circunstancia. Cristaliza el invierno: el viento y la lluvia, el frío, la decadencia.
+ ¿Experiencia o experimento? Entresacada la pregunta del perfil de Rafel Argullol en la web, flota esta oposición en los interludios del miércoles. La experiencia nos remite al poso, a la sedimentación, a la certeza de lo visto cien veces, mientras que el experimento es la novedad que se abre paso trazando un camino en la espesura. Bosques, sederos, cumbres. Las metáforas nunca son gratuitas, su eficacia depende más del momento que de su verdad nuclear, el que sabe apuntar acierta. La contraposición continúa en el filo del jueves.
+ Un comportamiento paradójico: hace meses que no habla con nadie, salvo lo estrictamente necesario. Siempre está ausente, da los buenos días y se refugia en una sala: mira hacia la pared. Silva y canta. No hay nada que comprender. Un viernes hace una afirmación extemporánea que a todos sorprende y provoca un nerviosismo tenso. Su cuello palpita. Todo ello lleva a plantearse qué es el trabajo, qué une, qué separa. Ese equilibrio de buen hacer y distancia. Pero la enfermedad y su circunstancia determinan la mañana. Me preguntan: hago un relato breve y añado que nadie está libre del abismo [no con estas palabras, pero es el espíritu]. Continua lloviendo y el viernes se vierte en la nocturnidad, en el sueño o en la ebriedad, según las apetencias.
+ Suena 'Yo la tengo'. Es una música muy adecuada para el día. La lluvia golpea los cristales.
+ Es un amante de las cafeterías, del café y de la conversación. Una vez por semana se lo permite, con su mujer. La tarde del sábado. Café fuerte, espeso, sin azúcar. Para beberlo lentamente, en pocillo pequeño, sin música, con el calor de conversaciones extrañas, ante una cristalera amplia, arropado por la voz de su mujer. Después de tantos años, la ama sinceramente y bebe una vez más, del pequeño pocillo [¿pocillo= pozo pequeño?]
+ Imagen: otoño en Bath, Inglaterra. La foto me plantea una cuestión personal y biográfica: de dónde viene mi interés por las fotos fuera de foco, un error que va más allá de la casualidad y podría explicar como algunas zonas de sombra se constituyen en territorios de explicación. El espacio, la figura, las luces, esa totalidad desenfocada que establece un dominio: qué se desvanece, quién se desvanece en la oscuridad [de la noche].
sábado, 24 de enero de 2015
Epojé / [ἐποχή]
+ [Epojé: 1. la suspensión del juicio 2. la puesta entre paréntesis de la realidad misma].
+ De una manera explícita o implícita, cada uno va trenzando su propio canon, asiente o disiente, determina su posición en el tablero: la que desea y la que posee en relación con otras piezas.
+ Fernando Castro Flórez, poco antes de dormir. Imparable verbo, acontecimientos y sugerencias que preceden al sueño. Un vídeo de una hora y veinte minutos, en la red. El verbo fluido y estructurado, cierta propensión a la exageración y a lo multiforme, al contexto y a la doblez de la resma de folios: cartografía, brújula, compás. El arte es algo más que la ilustración de un pensamiento. La noche acoge esa irrupción en el sueño. Se adelgaza un poco más la delgada línea que separa la vigilia del sueño. (Durante toda la mañana se mantuvo ese impulso: en el coche, con su ropaje musical, en el trabajo y en la diligente consecución de la tarea: por la tarea en sí y no por la obligación, en la pausa del café y la magdalena, en el regreso y la renovación de la música dormida). Ahora, luego también, suena Handel. Un poco más tarde volveré a Eça de Queiroz, a esa primera página del Mandarim: una y otra vez, una y otra noche; más tarde quizá regrese a FCF, tal vez sí, tal vez no.
+ [Finalmente, pasados dos días, regreso y encuentro la famosa cita de Baudelaire en boca de FCF: "(…) la crítica debe ser parcial, apasionada y política"]
+ La mañana luminosa del lunes: fría y exacta. La autovía contiene en sí una vida extraña y móvil. Pájaros que se enfrentan al tráfico para rescatar el grano que cae de los camiones, el tráfico en sí, las mariscadoras que atraviesan pasarelas y plataformas en la frialdad del día: sus cuerpos se sumergen hasta la cintura, llevan flotadores donde aposentan los cubos donde se depositarán esas piedras llenas de vida: las almejas, luego están los caminantes. Como en todo ámbito, hay ritmos y silencios, contrapuntos y síncopas. Yo lo veo todo desde la distancia y la música del coche es un refugio. Recuerdo que cuando compré el único coche que compré me importaba más su equipo de música que cualquier otra cosa [en segundo lugar, que consumiese poco, poquísimo]. El frío no se diluye, pero el sol calienta levemente la atmósfera: es un tono templado y sutil. Las gaviotas levantan el vuelo y se pierden más allá de la isla, en Marín: columnas de humo se elevan y yo pienso en alguna cafetería donde me bebí con delectación un café americano mientras leía fragmentos de filosofía política o lírica tradicional o el párrafo definitivo de Simenon, ese que nos lleva a la línea clara. Ahora que es de noche, la mañana de lunes es un decorado operístico y su altura se confunde con la altura del cielo, del sol, del firmamento.
+ Sobre el futuro: como ilusión, como ficción, como narración sin esqueleto. Últimamente veo como se acoge en los periódicos una suerte de hilo esquemático y funcional que predice lo que serán la totalidad en los años próximos: y me pregunto si esto será una frontera o un cambio fluido o tal vez un dictum sensual o erótico [lo dudo: lo que permanece es la arista]. Coches que no precisan de conductor, maquinas pensantes, la adivinación y el pronóstico de la biografía a través de sensores eléctricos conectados al cráneo: vibraciones misteriosas e invisibles que hablan más de nosotros mismos que nuestra prosa o nuestro diario íntimo. En un primer momento da miedo, luego uno se hace cargo de que todas las profecías son apuestas que nacen malogradas, y así la tarde pasa entre la lectura y el café, notas que se toman sin motivo y sin un fin determinando, suena Shostakovich y aparece un libro que creíamos perdido, finalmente: nada nos importa, en este claustro de adivinaciones hay demasiado trabajo como para pre-ocuparse de lo que no-sucederá.
+ Ay, esos mundos optimistas: ¿vivimos/viviremos en el mejor de los mundos posibles? El alivio del martes es pensar que en el Teixadal de Casaio estará nevando, ¿continuará el guijarro que depositamos allí, sobre otros guijarros que otros depositaron? Es un enigma que ilumina el arranque del día.
+ [El arte de hacerse con las reglas del juego]. Hay momentos en que se desvela una especial capacidad (o incapacidad, en algún caso) para adquirir los instrumentos necesarios que llevan a la integración o a los márgenes de esa supuesta comunidad. Es la capacidad de observar, ordenar y utilizar las reglas del juego. Fronteras y permisos, autorizaciones y negaciones, simpatía o antipatía que debe ser modulada. La estructura estaba allí, adquirirla es una tarea insoslayable. A diario se deben hacer, con mayor o menor intensidad, estos ejercicios que establecen los juego de la vida. Con seriedad juegan los niños, con seriedad juegan sus juegos los mayores. El arte, los negocios, la conducción de maquinaria pesada. Todo juego y cada una de sus reglas es un conjuro contra la evidencia de la muerte.
+ Parque temático: la obligación de asumir un papel en la representación diaria: lo cotidiano maravilloso, su peso, su levedad, su transparencia, lo consciente, el inconsciente, implícito o explícito. No tiene mayor consistencia que su apunte. El crítico o el artista deben situarse en su contexto y ser plenamente conscientes de él: el momento histórico: desentrañarlo y definirlo. Hacerse cargo: para pensar detenidamente en esta expresión, hasta que pierda peso, hasta que llegue su desautomatización. En breve.
+ "En el caos no hay error" A cara o cruz, Radio Futura.
+ [Imagen: un instante de resignación en un importante centro de arte contemporáneo. Todavía resuena su nombre y algo se estremece en el interior de un espectador. Una mañana de domingo, todavía con el aleteo del verano en los parques, aunque el otoño ha establecido su dominio en Londres].
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