sábado, 27 de septiembre de 2014
Viernes
+ El insomnio ilumina facetas, se abre una puerta que conduce hasta margen de nuestra mismidad. Extraños sonidos: un traqueteo débil, pero continuo, como una respiración, atenazado, sordo, certero; un grifo que gotea; el coche que rasga la madrugada; alguien regresa y la caja de resonancia que es el hueco de las escaleras amplifica esos pasos, esas risas, esas caricias [se pude llegar a escuchar como se desliza la mano por la espalda y como la risa se ahoga en un beso]. Hay libros en la mesilla. Poemas y análisis certeros. En este momento no interesan, el desasosiego y el desamparo entran en la escena para transformar el gusto. Idealizaciones, el camino que todos los días se recorre hacia el trabajo, ahora, parece una metáfora. No lo es. Tan literal como corto. El día asoma y la ciudad despierta, otros, todavía, duermen, yo no.
+ Se acumula la lectura, una semana más.
+ Cuarenta y cinco minutos en Portugal: un periódico, un café con leche, agua mineral con gas y una bolsa de patatas fritas. Ese fue el gasto que hicimos, nada más. Ahora, en la quietud de la habitación [del gabinete de lectura, mejor], paso las hojas del diario con indolencia. He leído un artículo completo sobre la elaboración de documentales, documentales que tratan sobre la dicotomía entre el campo y la ciudad. Pienso en ello: autopistas que conectan la ciudad con casas rurales, la ultra velocidad, pantallas de plasma y ofertas culinarias, ordenadores, teléfonos y animales en semi-libertad. Fotos publicitarias de compañías aéreas. Los aeropuertos son una metáfora del presente: su geometría, lo aséptico, el anonimato. Continuo. Paso páginas y me detengo una vez más en las fotos, en ciertos rasgos de la maqueta del periódico, en los rostros y en los gestos, en las pequeñas fotos tipo carnet de los columnistas. Todo es extraño porque no es necesario un proceso de desautomatización. El día comienza a declinar, es la luz de las últimas horas, cierro la revista que acompaña al diario y pienso en cómo explicaba un reportaje la sexualidad de David Bowie, entre el plan de marketing y la caricia áspera de la incontinencia, la doblez, las barreras traspasadas y las nuevas opciones: la monogamia con Imán. Así se postulan las posibilidades que el día trajo. Un día libre, un día de vagabundeo y pescado en los puertos salvajes: escolleras, playas y un mar infinito: al otro lado está América, me dice mi padre y es verdad.
+ "Luego, la noche toda quitándome, como telarañas, loros y enredaderas de la cabeza. ¡Qué fiebre verde y roja, verde y azul, verde y amarilla, verde!… Y amanezco envenenado". Juan Ramón Jiménez, Diario de un poeta recién casado CCXXVI.
+ Ilustración: en Portugal, a la orilla del Miño: [la luz intensa, el aroma del café, una posible geometría].
sábado, 20 de septiembre de 2014
La experiencia de lo cotidiano (III)
+ El calor, la humedad, el final del verano. Los días se han acortado, la luz es tangencial, el viento llega del mar con el anuncio del otoño, del invierno. Me detengo y pienso en cómo se dispersan las bibliotecas a la muerte de su propietario. Cómo los libros se esparcen: substracciones, regalos, ventas al peso. La conexión que se estable con el final del verano se sumerge en agua helada. Las bibliotecas y su metafórica existencia. Ver los libros atesorados a lo largo de una vida es una metáfora. En realidad se podría prescindir de la mayoría de ellos, pero hay en el coleccionista una necesidad de afirmar su existencia, dotarla de ornamentos elegantes y solidos, la elevación de la biografía. Lo sabemos: otorga seguridad y da sentido a lo que no lo tiene: la vida. La colección es una territorio seguro e impenetrable, nunca se debe olvidar, no hay lugar para la duda. Mientras camino, los perfiles de la costa parecen eternos, el tiempo se comprime entre paréntesis: el inicio y el fin.
+ La lectura se demora. Sobre Nietzsche en el libro de Rüdiger Safranski: Nietzsche, biografía de su pensamiento. De alguna manera lo sabía, pero leerlo me ha confirmado ciertas ideas, se han ordenado en un sentido nuevo, pero un tanto inestable. En resumen, el alejamiento de Nietzsche de Wagner comenzó cuando se dio cuenta de que había una suerte de marketing en todo lo que rodeaba a Bayreuth. Que todo el proyecto wagneriano no era posible sin el concurso de los burgueses, que él despreciaba por entender que veían en el arte entretenimiento y poco más, nada más. El entretenimiento. ¿Es posible lo artístico en el sentido que Nietzsche quería sin el ese punto comercial, tan incluido en el núcleo de toda obra con repercusión en su actualidad? Resulta complejo aunar una cosa y la otra, por no decir imposible si lo que se busca es esa trascendencia a la vida cotidiana: plana y poco ligera. El poder del rapto, la desintegración en el monstruo, el olvidado salvaje que nos habita. El ensimismarse en el aspecto religioso y litúrgico puede resultar paralizante para el artista, pero quizá no haya nada que merezca la pena sin esa visión del poseso. La visión es lo que diferencia lo auténtico de lo fingido, podríamos pensar, lo que se aleja de lo netamente comercial. Los niveles los establece el creador mediante sus elecciones. No hay nada más allá de esa visión, tal vez, en un sentido profundo de la vida y su aspecto creativo y ciego. Pero no importa, ahora no importa, el día se hace transparente y esas disquisiciones se diluyen ante la fuerza que ofrece el paisaje, su aleatoria combinatoria. Una existencia artística es una aspiración cargada de soberbia, pero es ahí donde se puede alcanzar una cierta inmortalidad: la inmortalidad del minuto, del segundo.
+ No realices ningún acto al azar, ni de otra manera que de acuerdo con un principio que perfecciones el arte. [Meditaciones, Marco Aurelio]
+ Los coches se desplazan rápidos por la autovía, su trayectoria es un relámpago en la mañana. Un corte en la silenciosa estabilidad. Contrasta con el aplicado esfuerzo de las garzas, con el vuelo de los patos hacia el otro margen de la ría, el temblor de gaviota que se zambulle en el agua oscura y fría. Las mujeres se dirigen a su trabajo. Un trabajo duro. Las mariscadoras son siluetas en la bajamar, esforzadas y silenciosas. Los coches parecen ajenos a todo ello. Yo camino y mi visión es el testigo de una realidad satisfactoria, donde todo está terminado. Hay algo japonés en ello, de láminas vistas en exposiones, en catálogos, en el silencio de la habitación poco antes de dormir. El estatismo propio de una tabla flamenca, por otro lado. Entre el costumbrismo y una pintura caligráfica, se eleva la mañana. No hay necesidad de óleos ni fotografías, recapacito. La imagen es en sí misma la finalidad: los veloces coches, el trabajo esforzado, los pájaros, la nubosidad, los arenales, los perfiles y las aristas del paisaje. A lo lejos, los pueblos desarrollan su actividad: en armonía con la estaciones y sus ritmos. Ha comenzado el curso escolar, los veraneantes se han ido, la rutina recupera su patria hurtada. El tono de la mañana no es opaco, pero los conductores no lo pueden percibir, sus afanes imposibilitan la visión.
+ O curas hominum! O quantum / est in rebus inane! [Filología y vida, Luis Alberto de Cuenca, una cita que, más o menos, se podría traducir por: qué inútiles resultan las preocupaciones de lo hombres].
+ Todas las mañanas, antes de coger el coche para ir a trabajar, me concedo diez minutos para la lectura. Como una medicina, el día comienza más acorde con lo fundamental que con lo accesorio. Es bueno recordarlo. Desde hace dos semanas, leo, fragmentariamente, a Kenko Yoshida. Lo poético es una ámbito abierto, pero que requiere esfuerzo e intensidad. K. Yoshida es una gran ayuda. Por ejemplo: "Habrá cosas que son indispensables para la vida diaria, pero, fuera de ellas, es mejor no poseer nada". Anteriormente, daba un consejo a todo aquel que desee ser rico: "no pienses nunca que vas a morir, nunca". En el viaje de ida, en el viaje de regreso, pienso en las dos sentencia y trato de establecer un puente entre ellas. Ese vacío que se prentende salvar no se describe con palabras, en ese vacío la luz para los afanes diarios resplandece. Luego, los afanes se ahogan, se difuminan. Cae la noche.
+ Imagen: cableado y efectos de guitarra, es lo cotidiano en su durmiente espera.
sábado, 13 de septiembre de 2014
Lo teatral
+ Las barreras de la intimidad. Llegan en los periódicos del día artículos sobre como la barrera que protege la intimidad se está derrumbando. Literariamente, se podría apostillar. Se postulan libros que ni son novela, ni son memoria, gruesos tomos que ofrecen detalles que no tratan de aportar nada más allá de su existencia. La literatura es eso: letra muerta que revive en la mirada del lector. Una estética de lo recibido lo dejó al descubierto y ahora, en pleno estallido de lo electrónico, todo se ha convertido en una posibilidad de realidad. La intimidad es una posesión nuclear, las capas exteriores pueden desecharse. La narración se establece en una suerte de no-esctructura [que es, sin duda, otra manera de ordenar]. Todos tenemos historias ejemplares en nuestro ámbito: familiar, laboral, sentimental. Esas historias contienen ejemplos y moralejas, pero sin estructura no son nada. Humo. La forma es la que le da a la obra de arte su estatuto, no lo excepcional, ni lo paradójico, ni lo fantástico. Así, cuando se oye: mi vida da para una novela, sabemos que eso no es cierto, porque lo importante es su textura y su armazón, la efectividad de la prosa, el engarce de las secuencias o la hilazón de las oraciones. Sentencias del amanecer, después de una larga noche de lectura y café. Lejos se oyen los silbidos del tren o el claxon de un coche sin destino, los noctámbulos se entretienen y la lectura es un pájaro que agoniza en una cuneta. La intimidad está más próxima a esta hora, a este momento posterior a lectura que a una exposición de las grandezas y las miserias del entorno.
+ Una habitación propia, Virginia Woolf. Esa necesidad de una habitación propia y de una renta, modesta pero suficiente para permitirnos algunas frivolidades: la escritura. La independencia y el aislamiento. El invierno llegará a las calles de Londres, todo habrá sido viento, un recuerdo, un sueño transido de verdad. La lectura de la semana pasada ha germinado. Se conecta con lo íntimo y con lo plural, con la invitación al viaje y la espera por éste. Libros que llegan y libros que se van. Bath, como punta de la posibilidad literaria, Londres como la evidencia que ofrece el ensayo de V.W. Para releer.
+ Mercadillo. Paseo por un mercadillo y descubro una vida oculta, un latido acompasado, pleno de verdad. No se trata de lo obvio. Está relacionado con el día, con la estación, la luz de final del verano. La disposición de los puestos en la plaza, el grito de una vendedora, el paseo de los ancianos, la alegría de las jóvenes, los colores y la aleatoria razón del intercambio: el trueque sustituido por la moneda, pero el trueque bajo los billetes y la calderilla. Allí está el trueque. Algo permanece. Lonas extendidas en el suelo donde se juntan zapatos y zapatillas, camiseta de rock duro, gabardinas y mallas, azules y verdes, azul eléctrico, una churrería y una camión jamones y barras de lomo embuchado. La actividad desvela historias no escritas. El día es cálido, hay una suavidad en el aire que parece extenderse a los rostros, a las manos, a la textura de las telas: las expuestas para la venta y a las que se lucen. El negro del paño, el denin roto, las blusas y su vapor de tormenta próxima. Algunos hombres fuman en la terraza de un bar y beben sangría, sobre la mesa de acero hay aceitunas y golosinas. Se ríen y aprueban con su cabeza. Dientes de oro, anillos de oro, cadenas de oro. Fuman con glotonería, intensamente. Su risa es sonora como el ronroneo del tráfico: sorda y contundente. Como subrayaba en Virginia Wolf hay algo que hace que el movimiento humano se asimila a la idea de una fábrica.
+ [1] Camina a saltos, como un pájaro. Botines de tacón, pantalón perfectamente planchado y una camisa color hueso translucida como un folio o una fina lámina de madera. Es muy bajo. Fuma un cigarrillo negro y mira a un lado y a otro con marcial desinterés. Una digna calva, cierta aristocracia de barrio en sus pasos y en sus miradas. En el atuendo se refleja lo meticuloso y lo electivo. Camina por el mercadillo y saluda a unos y a otros. Un gitano lo llama por su nombre, el asiente con un gesto, como un saludo entre iguales poco antes entrar en batalla. Se pierde en el corazón del mercadillo.
+ [2] Camina con decisión. Parece joven, aunque no se podría determinar la edad. Su piel es extremadamente oscura y mate, los músculos se dibujan con perfección. El pelo muy corto. Lleva bermudas y una camiseta. Es imposible no reparar en la camiseta: bandas horizontales marrón oscuro y marrón claro. Tanto en la espalda como en el frente, ha recortado tres círculos en cada banda: seis en total. Hay una clara relación entre la inspiración y el hecho en sí, en la conjunción de los elementos del atuendo y el resultado final. Cada prenda asilada no es mucho más que un durmiente, en conjunto y en combinación reviven y crean un personaje. No importa la calidad de los elementos, su armonía, cuenta el personaje.
+ [3] Camina sin prisa, pero con determinación. Delgada. Una vez más, la suma de los elementos es superior a la totalidad. Por separado, las prendas carecen de interés. La elección es adecuada al momento. Chaqueta de punto azul cielo, camiseta blanca, minifalda rosa y calcetines blancos, unas zapatillas en el mismo azul que la chaqueta. En la falda hay bordado un número: 1980. Podría ser su fecha de nacimiento. Un collar de cuentas de cristal, el pelo lacio, un rubio imposible. Los hombres se vuelven. Ella parece saberlo, pero no le da importancia. Se esparcen las esporas de su carnalidad. Así, pasa a formar parte de una reparto de personajes, ese es su papel: sin texto, sin luces, sin más teatro que el ámbito de la calle, los establecimientos comerciales y los escenarios de las plazas. La equiparación entre la vida cotidiana y lo escénico no es importante, es imprescindible. Ella le da un acento a la mañana de erótica y fiesta, absoluta juventud. Una templado alejamiento que la hace dueña de las miradas, que las considera calderilla necesaria. Los hombres que beben sangría en la terraza sonríen, pero ella es ajena mientras se adentra en el pasillo que se forma entre los puestos. Tiene algo de pez volador, que salta entre las olas y se zambulle en lo interior, en lo profundo, en lo dado.
+ Cualquiera de los tres apuntes podría se el punto de partida de un relato o de una colección de moda. Son intercambiales en su contemplación. Este supuesto se puede rebatir sin dificultad, pero eso es una derivación no deseada. No se trata de eso. Importa la calidad de la mañana y su estructura oculta, la grandeza de lo cotidiano, de la vida corriente.
+ [Ilustración: en Brick Lane. Un mercadillo, un maniquí, la mañana y la erótica de los paseos sin destino]
+ Una habitación propia, Virginia Woolf. Esa necesidad de una habitación propia y de una renta, modesta pero suficiente para permitirnos algunas frivolidades: la escritura. La independencia y el aislamiento. El invierno llegará a las calles de Londres, todo habrá sido viento, un recuerdo, un sueño transido de verdad. La lectura de la semana pasada ha germinado. Se conecta con lo íntimo y con lo plural, con la invitación al viaje y la espera por éste. Libros que llegan y libros que se van. Bath, como punta de la posibilidad literaria, Londres como la evidencia que ofrece el ensayo de V.W. Para releer.
+ Mercadillo. Paseo por un mercadillo y descubro una vida oculta, un latido acompasado, pleno de verdad. No se trata de lo obvio. Está relacionado con el día, con la estación, la luz de final del verano. La disposición de los puestos en la plaza, el grito de una vendedora, el paseo de los ancianos, la alegría de las jóvenes, los colores y la aleatoria razón del intercambio: el trueque sustituido por la moneda, pero el trueque bajo los billetes y la calderilla. Allí está el trueque. Algo permanece. Lonas extendidas en el suelo donde se juntan zapatos y zapatillas, camiseta de rock duro, gabardinas y mallas, azules y verdes, azul eléctrico, una churrería y una camión jamones y barras de lomo embuchado. La actividad desvela historias no escritas. El día es cálido, hay una suavidad en el aire que parece extenderse a los rostros, a las manos, a la textura de las telas: las expuestas para la venta y a las que se lucen. El negro del paño, el denin roto, las blusas y su vapor de tormenta próxima. Algunos hombres fuman en la terraza de un bar y beben sangría, sobre la mesa de acero hay aceitunas y golosinas. Se ríen y aprueban con su cabeza. Dientes de oro, anillos de oro, cadenas de oro. Fuman con glotonería, intensamente. Su risa es sonora como el ronroneo del tráfico: sorda y contundente. Como subrayaba en Virginia Wolf hay algo que hace que el movimiento humano se asimila a la idea de una fábrica.
+ [1] Camina a saltos, como un pájaro. Botines de tacón, pantalón perfectamente planchado y una camisa color hueso translucida como un folio o una fina lámina de madera. Es muy bajo. Fuma un cigarrillo negro y mira a un lado y a otro con marcial desinterés. Una digna calva, cierta aristocracia de barrio en sus pasos y en sus miradas. En el atuendo se refleja lo meticuloso y lo electivo. Camina por el mercadillo y saluda a unos y a otros. Un gitano lo llama por su nombre, el asiente con un gesto, como un saludo entre iguales poco antes entrar en batalla. Se pierde en el corazón del mercadillo.
+ [2] Camina con decisión. Parece joven, aunque no se podría determinar la edad. Su piel es extremadamente oscura y mate, los músculos se dibujan con perfección. El pelo muy corto. Lleva bermudas y una camiseta. Es imposible no reparar en la camiseta: bandas horizontales marrón oscuro y marrón claro. Tanto en la espalda como en el frente, ha recortado tres círculos en cada banda: seis en total. Hay una clara relación entre la inspiración y el hecho en sí, en la conjunción de los elementos del atuendo y el resultado final. Cada prenda asilada no es mucho más que un durmiente, en conjunto y en combinación reviven y crean un personaje. No importa la calidad de los elementos, su armonía, cuenta el personaje.
+ [3] Camina sin prisa, pero con determinación. Delgada. Una vez más, la suma de los elementos es superior a la totalidad. Por separado, las prendas carecen de interés. La elección es adecuada al momento. Chaqueta de punto azul cielo, camiseta blanca, minifalda rosa y calcetines blancos, unas zapatillas en el mismo azul que la chaqueta. En la falda hay bordado un número: 1980. Podría ser su fecha de nacimiento. Un collar de cuentas de cristal, el pelo lacio, un rubio imposible. Los hombres se vuelven. Ella parece saberlo, pero no le da importancia. Se esparcen las esporas de su carnalidad. Así, pasa a formar parte de una reparto de personajes, ese es su papel: sin texto, sin luces, sin más teatro que el ámbito de la calle, los establecimientos comerciales y los escenarios de las plazas. La equiparación entre la vida cotidiana y lo escénico no es importante, es imprescindible. Ella le da un acento a la mañana de erótica y fiesta, absoluta juventud. Una templado alejamiento que la hace dueña de las miradas, que las considera calderilla necesaria. Los hombres que beben sangría en la terraza sonríen, pero ella es ajena mientras se adentra en el pasillo que se forma entre los puestos. Tiene algo de pez volador, que salta entre las olas y se zambulle en lo interior, en lo profundo, en lo dado.
+ Cualquiera de los tres apuntes podría se el punto de partida de un relato o de una colección de moda. Son intercambiales en su contemplación. Este supuesto se puede rebatir sin dificultad, pero eso es una derivación no deseada. No se trata de eso. Importa la calidad de la mañana y su estructura oculta, la grandeza de lo cotidiano, de la vida corriente.
+ [Ilustración: en Brick Lane. Un mercadillo, un maniquí, la mañana y la erótica de los paseos sin destino]
sábado, 6 de septiembre de 2014
Malgré lui
+ [Malgré lui = a pesar suyo].
+ Los ricos y los pobres tienen en común su interés por las supersticiones. [Hanif Kureish Something to tell you].
+ Supersticiones. Amuletos y emblemas. Como amuleto dos cuervos. alguien podría pensar en dos tatuajes, pero se equivoca. Es algo recóndito y especial, no explícito. Tengo en una puerta del coche las marcas del ala de un cuervo. Semeja una mujer tendida, en la playa, levante incorporada. Quizá se trate de un alfabeto nunca cuajado. Allí se hace mineral la intuición del día, más allá de las palabras.
+ Hay en muchas ocasiones una urgente necesidad de medir el tiempo con precisión. No siempre es necesario y, desde luego, resulta un placer poder establecer comparaciones y escalas diferentes que nos alejen de la evidencia de las obligaciones. Por ejemplo: compartimentos de dos horas, picos cada 17 minutos, escalas aleatorias. No importa. Quizá lo más sutil sea eliminar cualquier compartimentación y dejarse llevar por los ritmos que la luz impone. Vaya, hoy es sábado.
+ Desde mi mesa de trabajo puedo ver un espeso bosque de altos eucaliptos: lo atraviesa una carretera estrehca, una carretera que conduce a una fábrica de conservas en la orilla del mar. En la lejanía, las camionetas, los camiones con remolque, los coches son un poco más maqueta y un poco menos objetos tangibles. La representación se equipara con lo real, con la realidad de la mañana. He comprobado que esa sensación de maqueta sólo es visible desde esa mesa de trabajo, no desde otras, no desde otros lugares próximos. No tiene explicación, y si existe no la precisa. Una observación demasiado intensa de una escena conduce a confusiones, ebriedades: tal vez: la representación y lo representado se confunden. Es un instante cuando se produce esa transmutación. Durante el regreso a casa pienso en ello hasta llegar a un punto en el cual no hay solución. El pensamiento no aclara nada, es mejor la sensación en sí misma y sus posibles derivaciones.
+ Se deja invitar por los jóvenes músicos, sin mucho interés. Se deja invitar y hay algo literario en ello, más en el personaje que ha construido sin proyecto que en la idea que de sí mismo tiene. El humo es un aliado poco fiable: tabaco, hachís y cerveza helada. No se trata de traiciones. El muchacho se adentra en el turbión del bar con el billete en la mano, él espera en el quicio, pero termina por volver con su esposa. La terraza está pletórica, ellos, el matrimonio, bajo el soportal son un poco más viejos, más melancólicos, hundidos en su amor sin remisión. La noche tiene sus violines y sus alambradas, muros y cristales de colores. Ya nadie corrige a nadie, por suerte.
+ A pesar suyo, le pagó la copa de coñac. No era una obligación, pero sentía una despedida en el gesto: "si quieres toma otra más". Había una venganza o un ajuste de cuentas en el sonido de las monedas contra el mostrador de mármol veteado. La ciudad duerme y él ultima sus libaciones sin mucha gloria, con vicio escolar o provinciano. La provincia duerme y el vino secreto y barato se destila en las charlas de las dos de la mañana.
+ Tener cosas extrañas es de hombres poco cultos. Es mejor no poseer cosas desconcertantes. [Kenko Yoshida].
sábado, 30 de agosto de 2014
Edades
+ A primeras horas de la mañana los cuervos vuelan sobre un canal de la ría. Se posan en una escollera y graznan mecánicamente. El día se eleva más allá de la isla, sin voluntad. La isla se asemeja a un monstruo durmiente, un animal anterior al diluvio, con una carga mitológica, con su misterio y su literatura. Una garza transita por los esteros, nadie se puede aproximar si no se quiere que levante el vuelo. Al tiempo, no me resulta complicado pensar en épocas pretéritas: un algo medieval y conectado con la lírica de los trovadores. Un viajero. Su llegada desde la meseta es el tema de un poema que no se ha de escribir [¿o tal vez sí?]. Es un instante de ensimismamiento. Finalmente, la técnica de romper el hábito de la percepción regala y estructura posibilidades. El caballo, el hombre, la ría, los bosques, los pueblos, puentes y torres, amores y lejanías, animales, árboles, mitos, decisiones, rituales, hogueras, la misión. En un amanecer parecido a éste se dieron cita los dos cuervos y la garza, otros cuervos, otra garza, en la arena húmeda, la arena que ha descubierto la bajamar. Hay en el cielo nubes que se podrían leer como se leen las líneas de la mano: la misma certeza de imprecisión, pero con el aliento de un mundo reconstruido: en un instante, con una presencia poética. Así vi en el bosque a la cierva perderse en la espesura. Los animales transmiten el latido del paisaje. Hoy han sido los cuervos, que han dibujado con las puntas de sus alas una mujer, en la arena. A mí me pareció una mujer, tal vez sea una guitarra o un barco sin rumbo, a la deriva.
+ Desde hace unos días, un poco al azar, un poco premeditadamente, leo sin orden fragmentos de Ocurrencias de un ocioso, de Kenko Yoshida. Un día, como un conjuro, la cita giró en torno a cómo el tránsito de la primavera al verano no es abrupto, pues en toda primavera hay algo de verano y en todo verano hay algo de otoño. Los ciclos de las estaciones tienen un innegable paralelismo con las edades de la vida, salvo que la duración de las estaciones está bien delimitada, aunque las fronteras, en muchas ocasiones, semejen imprecisas. Las edades son convencionales, arbitrarias. No todos los que tienen cincuenta años tienen cincuenta años, ni todos los que tienen veinticinco tienen veinticinco. Hemos visto a hombres de veinticuatro años que tienen cincuenta y cuatro. Mujeres de treinta que toda su vida han sido sexagenarias. Anochece, es hora de dormir.
+ El jazz gitano, una guitarra como una veloz motocicleta, el violín tiene algo de avión, las baquetas soportan todo el peso de una sugerencia. Campos, casas, vino, el modo francés, una cierta alegría de vivir, unos años veinte de cigarrillo, bigote y ternos en azul plata. La música, ya se ha dicho, tiene poderes medicinales. Un veneno.
+ Venenos a disposición del caminante. Me ha dicho, mientras señala la mata, que se pueden hacer infusiones, que no provocan la muerte, pero aproximan su presencia al poco de ser ingeridas. Otros me han hablado de pequeños hongos que transforman la visión [interior]. No probaré de nada de eso. Tengo otras recetas. El grado cero. Hay en nuestro interior un hombre con el que conversamos, un homúnculo. Le he prohibido hablar: su silencio es mi ebriedad. Un trabajo diario: el aquí y el ahora, sin pensamiento. El vacío que ofrece el mar cuando la marea baja es substancialmente metafórico. Una paradoja sobre la que reflexionar, sin prisa. La noche es transparencia y aleación de esperanza y victoria. Nada nos indica su fin, tampoco su principio. Las paradojas y la ironía nos ayudan a sobrellevar la carga de mortalidad que nos ha de acompañar por siempre.
+ La silueta de un avión nos habla de un futuro próximo. Un recordatorio, un amuleto. Vuela sobre nosotros y no nos hacemos preguntas. Lo literario es una certeza. Londres espera nuestra llegada, sin duda.
sábado, 23 de agosto de 2014
Laminación
+ Entrevista a una bailarina: en mi casa, en mi infancia nunca hubo televisión, la consideraban perniciosa. Habla de cómo la música inundaba el día a día, cómo sentía la fuerza y la presencia de las canciones. Leonard Cohen, es la cita, luego música clásica. En otro momento, alguien califica el televisor de chatarra. Un ruido sordo, continuo. Un filósofo, en otro siglo, afirmaba que tenía un televisor en blanco y negro, averiado, en el centro del salón. Nunca se encendía. Aunque se tratase de una mera pose, ya valdría.
+ Foucault: "(…) es la defensa de la disensión y del derecho a la diferencia, con un rechazo enérgico de la confusión (común) entre lo normal y lo moral". Entrada sobre Foucault en el Diccionario de Filosofía Ferrater-Mora. La confusión interesada entre normalidad y adecuación debe ser rastreada, constantemente.
+ Capas de maquillaje que se superponen para enmascarar el rostro. El rostro se construye cada día frente al espejo. Sus párpados, sus labios, sus mejillas. Luego el pelo. Se equipara ese inicio con el camerino. Ahora él: se afeita, se peina después de aplicarse gomina o fijador, se coloca sus gafas [813 €], la camisa, los calcetines negros, los mocasines, el terno oscuro. El reloj [2950 €]. Desayunan. Las niñas están con sus abuelos, pero su espíritu permanece en el hogar. Su olor, sus cosas, la ropa en la cesta de la plancha. Salen a la calle y se besan. El escenario es la ciudad, la escena: la oficina de banca. Si se observan durante el fin de semana en los bares que suelen frecuentar, en las terrazas que les gustan, no se percibe variación, tal vez un cambio de indumentaria, pero la coherencia de los personajes, su solidez se impone a la circunstancia. Gin-tonic y cigarrillos rubios, palabras espesadas y planes de pensiones, de los que hablan con una portentosa autoridad. Anoche en la provincia. La normalidad duerme tranquilamente.
+ Llegan voces que hablan de paneles o de láminas magnéticas, de abandonos, de traiciones, adulterios y decepciones, obras que se harán inminentemente y pisos que son una ganga. El sol es hoy una potencia del alma. Lo veo crecer y me impide fotografiar: en la hora del trabajo. Leo y llegan voces, entrecortadas, sólo queda de ellas alguna palabra, pero lo definitivo es su música, que se impone sobre el decir. Es importante esa conjunción que el rumor del mar rompe. Baja la marea y las algas son materia de discusión, las fanecas [esos peces que nos acechan], un niño que llora y otro que ríe, la ternura de las adolescentes, las reverberaciones de la cerveza helada, el sutil tacto de la columna del cigarrillo de la chica rubia, tan elegante en su silencio y contemplación. No es un día cualquiera, es un lunes y la semana comienza en aras de seda y cobre, con aleteos cinematográficos y un lenguaje nuevo, que se ha renovado y permanece: estático y eterno. Siempre ha sido así, ¿verdad?
+ Las cosas que van quedando en el arcén de la carretera son extrañas, no por sí mismas, sino por su descontextualización. A veces, parecen trenzar una historia, parecen las pistas para llegar al núcleo de una verdad pétrea, fósil, eterna. Pero no, no es posible articular nada más allá de lo obvio. Varios bolígrafos sin tinta, tornillería varia, el desguace de unas gafas de sol, un sujetador de rayas azules y blancas, una estampa, un mazo de tarjetas de visita, mecheros inútiles, ortopedia y cajas de Cd's, Cd's, una foto de Ute Lemper, un zapato [¿quién ha perdido un zapato, un sujetador?], botellas de perfumes caros, una olla, libretas y recibos, una lámpara, una cartera vacía, relojes en un calcetín: relojes dorados, herrumbrosos, relojes sin esfera, relojes sin agujas, relojes de los que sólo queda la caja y la correa, relojes dentro de un calcetín (…) Y así. ¿Hay una posible morfología? Creo haber dicho que no, pero esto no lleva a ningún lado, pues toda colección es susceptible de ser ordenada y clasificada, como sabemos, posteriormente, todo orden otorga una enseñanza. Hoy las nubes decoloraron el paisaje, había algo de blanco y negro o débil coloración de albúmina: cobre suave [una vez más]. Los objetos reclaman atención, pero el silencio los entierra un poco más en el olvido.
+ [Ilustración: en algún lugar de Oporto, próximo a Miguel Bombarda]
sábado, 16 de agosto de 2014
La inteligencia y la memoria, para una mitología
+ Hugin y Munin. Los cuervos de Odin: la inteligencia y la memoria. Rescato sus nombres de un poema de Luis Alberto de Cuenca y recuerdo haber visto contigo a L. A. de C. contigo, en Madrid. Le vimos mientras sacaba dinero de un cajero y escuchamos decir a la adolescente que le acompañaba: "Luis Alberto, tranquilo, que yo vigilo". Nos reimos. Para mí fue un gran momento. Nos dirigíamos a un restaurante japonés no muy caro, el otoño comenzaba, pero era un día luminoso, fresco, azulado, tan madrileño. Años después le vi pasar con un conferenciante por una calle de esta provincia. Nunca dije nada. Por ejemplo, no le dije, no le grité: Luis Alberto: Nec metu, nec spe. No importa mucho. El otro día, tarde de sábado, librerías y skaters, compré un tomo con su poesía completa, hasta el 2005. Una tarde de comprar libros, muchos libros, de bebidas multicolores y deliciosa Coca-Cola Light. Nos reímos y estuvimos serios cuando contemplamos la posibilidad de una elección mitológica. Ahora, en calma, mientras leo, a mí me gustaría ser Odin, pero no por otra cosa que por tener los dos cuervos que van por el mundo y al final del día traen noticias. Para saberlo todo, para olvidarlo a continuación y quedarme sólo con el poso de la comparación, una sabiduría articulada en el estallido del instante: sin darle importancia, como un avispero sin avispas. Sin embargo, los cuervos, de alguna manera, llegan cada noche a mí, me hablan de posibles e imposibles amores, de desengaños y de esperanza, me hablan de todo aquello que nos queda por hacer. La inteligencia y la memoria perviven en los gestos y su vuelo es exacto y constante.
+ " (…) se nos quedan los ojos allá arriba,/ en esa línea de las cresterías/ talladas a diamante" Antonio Colinas. Peña Trevinca, en el recuerdo: agosto.
+ La tarde, en las desdibujadas línea del horizonte, es una promesa. La playa se pliega sobre sí misma: una imagen, la verdad reciente. Los cuerpos son misteriosos y bellos, con independencia de la edad, la altura, el peso o el volumen. Hay verdades que se generan en su conjunción, pero es mejor que ésta quede en suspenso, sin llegar a ser definida, en el campo erótico de la sugerencia. Es el dios del momento quién nos seduce, a pesar de ocultarse en el su último baño, sumergido: bucea hacia los bancos de algas, entre piedras y náufragos. Nada busca, nada ambiciona.
+ Cualquier día, en las primeras horas. Un paseo a la orilla del río. Veo como bajan del albergue mendigos y heroinómanos. Observo, sin fijarme mucho, en sus ropas, en el paso lento, en la constancia del humo de sus cigarrillos. A alguno de ellos conozco. Son el testigo de la devastación de la heroína. Contrasta su perfil con la rotunda belleza de la mañana, con el aire tibio, se contraponen a la ropa deportiva de las adolescentes y las mujeres maduras: llenas de salud y determinación. La belleza es la salud. Esta equiparación es ahora más rotunda. El río es una metáfora bien conocida, ellos son otra manera que la realidad nos ofrece para entender las derivaciones que esconde lo múltiple y lo tangible. Serios, concisos, asombrados. La mañana es una silueta de deportistas donde ellos son un contrapunto indeseable pero auténtico. Más adelante, arropado por la música del Mp3, creo entender cómo el ciclo de la vida se muestra sin darse importancia. Tres avispas devoran el cadáver de una lagartija: el arco de sus costillas recuerda a las espinas de un pez, su piel todavía conserva una belleza de verdes y pequeñas motas amarillas, asoma la carne amoratada. Hago una foto, luego la estudio y termino por borrarla: hay algo que me desagrada profundamente. Son las avispas, sin duda, me enferman porque te enferman, me digo recordando los peligros que atesoran. Uno lo uno a lo otro, me detengo y pienso en el humo denso de los cigarrillos, en la dedicación a un vicio, en la transparencia de la mañana y en la imposibilidad de regresar de la muerte. Nada de esto tiene derecho a emerger, la tarea está en centrarse en la música y restringir el flujo del pensamiento: hasta que se extinga. Shostakovich eleva el paisaje a obra de arte y da paso a un punto cero. Volveré, los pliegues son tramas de lo extenso.
+ [Imagen: La fotografía es un vehículo para la abstracción].
sábado, 9 de agosto de 2014
Hoy
+ Un accidente, otro más. La costumbre anula la sorpresa, donde antes estaba la norma ahora toma su posición el letargo [y se equipara a la frecuencia, a la serie, pero no esto no es otra cosa que una bifurcación interesada].
+ Un apunte necesariamente rápido, necesariamente breve: Londres, Sinagoga de Brick Lane, Princelet St.: Rodindsky's Room, Rachel Lichtenstein & Iain Sinclair. Fantasmas, la persecución de fantasmas, pistas, un despertar, una historia, su reconstrucción. Tanteos. Ensayos, errores, rectificaciones. Algo tan propio de la ciudad. El método establece un sistema y éste nos revela capas subterráneas. Bucear en ellas es acceder a otra faceta de la percepción. La suma de las curiosidades termina por perfilar nuestra visión. Toda visión es construida, la elaboración consciente y dirigida se constituye en arte. El arte portátil. El arte que se eleva sobre todos, sin duda, es la poesía, así lo entendía Hegel, y en ello reside una razón: poetizar es sobre todo asombrarnos e indagar en este asombro, luchar contra lo que llega, contra las ideas recibidas. Londres aguarda nuestra visita, pero deberá esperar hasta octubre [oh, ciudad orgullosa y cruel]. En la espera, la lectura, las fotos y las sugerencias que nacen de conversaciones y recuerdos: volver al lugar que nos sorprendió la dicha: la poética del viaje, cuando los turistas se ven relegados y emerge su sombra, la que los ha de transformar, la que los ha de constituir en viajeros. E la nave va.
+Apago la luz y pongo la radio. Suena algo de Kurt Weill: la música acoge el sueño. Pienso en uno que rechazaba el sueño y me preguntó que habrá sido de él. Dormir es para los tipejos, decía citando una película de cine negro, que yo no recuerdo. Niebla que se desvanece, sueño que rescata los paisajes del pasado: urgencias y límites. Ayer, de camino hacia algún sitio donde cenar, nos encontramos con un alcohólico confeso. Contaminado de su propia locura, sus ojos atravesaban el pavimento, se elevaban y se clavaban en los míos. Sostenía yo la mirada y su mirada arrojaba vacío y deserciones. La barba grisácea, el pelo encrespado, la voz cuarteada. Tabaco, humedad, whisky. Se alejaba y había algo de opereta en su caminar, en su monólogo sobre la independencia Escocesa y Mick Jagger, en su ansiedad casi religiosa por el alcohol y su espiritualidad. Una vez alguien me dijo: ahí va Don Alcohol. Así, él es un exempla medievalista, la enfermedad anida en él desde el principio de los tiempos y su caracter perezoso la ha fortalecido: con veinticinco años eran unas elegantes extravagancias, hoy, con cincuenta, resulta una lastimosa estampa de la provincia: la percusión de la rutina y el drama doméstico. Allí va, y en la oscuridad, con Kurt Weill, lo vuelvo a ver en su opereta de borrachín de provincias. Me dejo morir en el sueño, una vez más: somnium imago mortis.
sábado, 2 de agosto de 2014
Inferum
+ Tienen los días de verano una excitante cualidad, que tanto invita al sueño como a la lujuria. Hoy llueve con una monótona insistencia, tal vez se trate de un prestidigitador que nos devuelve a la verdad de las estaciones: siempre está el invierno al acecho, como la alimaña en el bosque, como el ladrón en la oscuridad. No se debe olvidar. Así, se desprecia el tabaco: sólo por considerar su momento fuera del ciclo: la vida es acostumbrarse a eliminar dependencias. La cualidad: la renovación, el estallido, el resorte biológico que apunta a la reproducción. Lo perpetuo e inmóvil.
+ La cama como territorio: dormir, amar, leer. ¿Escribir?, tal vez, con el aparataje adecuado. El mes de agosto se anuncia como una prolongación de un algo innecesario. También la cama es propicia para la muerte: [y alguien] añade: y tanto. El sueño y la muerte se equiparan: somnium imago mortis. Quizá no sea tan descabellada la ambición de no permitir a las palabras alzarse más allá de lo necesario. La cama como instrumento del amor y de la muerte, el verano es la estación recurrente, la otra cara de la moneda alienta una elegancia extrema: el invierno. La cita del día, recogida de regreso a casa, una conversación oída por descuido, sin intención: "No saben lo que es, pero afirman lo que no es". No es preciso entender nada más, el día queda dibujado en el gesto que acompañó la frase: el giro de una sentencia siempre llega con un acompasado movimiento de manos. El verano entrega monedas, joyas y desperdicios, los restos del naufragio que llegan a la playa y se entierran en la arena.
+ La primera persona, el problema del yo. La disolución, la niebla, lo transparente y lo opaco. Egoísmo y lujuria. El tabaco era una compañía agradable, perfecta en los momentos de espera, una cortina de irrealidad y cine, pero un día me cansé. Yo ya era otro yo, que difería terriblemente del anterior. Como había sucedido en otras ocasiones cambié: la serpiente muda su piel anualmente, el ser humano cada tres o cuatro años. Así, el reflejo del rostro en el espejo es un oleaje, un escenario cambiante y sutil. Una mañana no me reconocí mientras me afeitaba, pero aprendí a convivir con aquel extraño, este extraño. Las aguas del Sena contienen mi memoria, la de un París que nunca llego a ser, la nostalgia de lo no vivido. Poemas, notas, caligrafía. No lo recuerdo, me he acostumbrado, con esfuerzo, a olvidar: permanentemente.
+ Era allí donde residía su persona: el teléfono carísimo, el bolso imposible y verde, la pluma excepcional de laca china negra-naranja y oro de 18 kilates y, simultáneamente, inapropiada para el momento y el lugar: demasiada acumulación de costosas baratijas. La primera persona nos engaña con sus estrategias, exige cuidados y atenciones que no se merece. Descendía un nivel cada vez que pronunciaban una palabra: no era guapa, no tenía estilo, pero sí poseía objetos caros que impresionaban muy poco, tal era su fallido cometido: triste, esencialmente triste. Camina bajo la lluvia, con dificultad, en la esfera de sus imposibles tacones negros.
+ La elegante manía de llevar libros a la playa y una vez allí: depositarlos sobre la toalla y olvidarlos, hasta la hora del regreso. Por ejemplo, durante esta semana viajó conmigo Los paraísos artificiales, nunca lo abrí. La vibración del verano supera cualquier lectura, la lógica de los cuerpos rebasa a la literatura misma: ahí se esconde un particular secreto, el secreto de la vida: niños, adolescentes, jóvenes, la edad madura, la vejez. Cada edad tiene una explicación que va más allá de las palabras y el pensamiento y se resume en la huella del tiempo sobre los cuerpos. El libro descansa y las palabras duermen un sueño ligero pero constante. Los cuerpos no mienten, allí se recoge la biografía de lo humano.
+ Inferum: neutro: lo que está debajo. [ Ilustración: las aguas del Sena, mes de octubre, bajo algún puente, quizá bajo algún puente].
sábado, 26 de julio de 2014
París
+ Algunas canciones de Pete Doherty en la memoria, mientras la marea baja. Bañistas, canoas, la niebla. Entrevistas, declaraciones, ruedas de prensa. El tacto del alcohol, el perfume del hachís, tal vez. Todo se condensa en la mirada que traspasa el paisaje, que lo transforma y le da sentido. Hoy. El artista aparece llegado de otro siglo y se hace presente, es la encarnación del dios del momento, del gesto y del instante. Es un poeta maldito y vocacional. El desorden y la heroína son una punzada de poesía y soledad, la muerte en vida y su soslayar el tumulto, la pasión por lo diario, el trabajo y las obligaciones. Ayer, en la playa, bajo el sol: un poema de Miguel Ángel Velasco: el ala muerta, los huesos que compusieron su articulación, el arpa sorda sobre la arena [sobre la arena, tal vez], qué son sus huesecillos: un arpa hiriente y muda. Conciertos completos de P.D.: Manchester. The Trench, Le Blouson Noire, Les Jeans, Le Cigarette. El rock más literario: el hiriente filo de una deserción, el robo, la traición a las propias reglas. Les gusta el arte, no les gustan los artistas: su textura es veneno y perdición. Un obstaculo. Las guitarras, el atuendo, el rock es teatralización y vida sublimada: un rito, un exorcismo, una misa pagana. Es la posición sin posición. No hay impostura. Hoy no hay impostura.
+ Calles de Paris. Transitar una vez más la ciudad sin un destino claro. Las estaciones de metro. Por ejemplo: Sevres-Babylone. Nadie habla por teléfono, el aire es ligero y está perfumado de suaves drogas, inaprensibles, benévolas, ficticias. Sin consecuencias. El segmento superior del vagón tiene clavada una pegatina: un rostro en su delineada silueta: es una mujer, su pelo tiene la misma forma que un ala de cuervo. Queso, vino y tabaco turco. Los ásperos senderos de los jardines, columpios y estetas de última hora, la noche ha terminado y el amanecer es oro y Calvados. El día, la primera hora de la mañana. Le vi pasar y le reconocí sin dificultad. Alto, el cuero de su chaqueta, el sombrero tan ancho, anillos y tatuajes. No me vio, no me reconocería. Yo soy transparente, humo, tierra de mil desiertos, niebla de informes y detalles de dossiers que nadie va a leer. Suenan teléfonos en los despachos, nadie responde, tampoco yo respondo. Suspensión de juicio.
+ Tal vez Rimbaud. Son los hermosos tomos que permanecen apilados en una repisa en la habitación de la música los que le dan sentido a esta hora. Las guitarras son barcos durmientes, o mujeres atrapadas en su madera y en el acero o en el nailon de sus cuerdas. Paris se desvanece según el día se hace patente. Quién fue aquél que despreció su pasado de romanticismo y heroína, de libertino y lector marginal, que ahora recibe en un bufete en el centro de la negra provincia: maderas rebarnizadas, secretarias y un polvoriento olor a orines y al vino de los muertos. Apoyado en la barra del bar explica la diferencia entre la adicción y la dependencia. Nadie le escucha.
+ El rescate de la guitarra, una guitarra española llamada: [Brigitte].
sábado, 19 de julio de 2014
Intervalos
+ Las caravanas, el camping, el verano. Sin saber por qué, llega un hilo de literatura, la sugestión que produce pensar en territorios inestables, la posibilidad de una historia que se bifurca o se contrae [levemente, alguien apostilla], que se extienda más allá del ámbito de la narración y abarca la visión de lo total. Tal vez: Buenos días tristeza. El verano entonces era eterno. El verano de la infancia. El verano es un territorio libre que se desvanece. El verano contiene un canto de libertad sin espera, que se traiciona a sí mismo en otoño: el regreso a las tareas. La indolencia prueba sus trucos de adivinación y ocultamiento, la precisión de sus diagnósticos. Pero no, sobre todo reina el silencio y la suspensión del juicio. En esta hora hay un posibilidad, acotada en el presente. Un zumbido de motor, insectos que se transparentan contra las cortinas, el sabor de los licores helados. Se recorta el recuerdo y salvamos lo deseable. Playas, piscinas, pasillos infinitos en hoteles infinitos. Colores planos, líneas austeras, texturas frías. El contexto y sus jerarquías.
+ Todo se detiene y con ello la sugerencia: sólo es una fracción del día: la cinta para correr, música en el reproductor de Mp3 [modo aleatorio] y la pantalla que hay enfrente de la propia cinta. Un programa de televisión: Casas de verano. Se trata de transformar una suerte de cabañas o casas prefabricadas en hogares ideales. El resultado es plano y reiterativo. No lo comprendo bien. Antes de la operación hay vida, luego un decorado de gran almacén: blancos y azules náuticos, cojines y lámparas a juego, un timón aquí, una linterna marítima allá. Antes, sobre las paredes se acumulaban, en un desorden sin estudio ni composición, recuerdos y baratijas, cuadros y adminículos, bajo un sofá los juguetes de los niños, escondites, laberintos, trampantojos. No sé, escojo la vida y su reflejo en el arte narrativo al orden frío y estático de la decoradora. Supongo que pasados dos o tres años, la cabaña adquirirá la pátina en la que se traduce el paso del tiempo, las edades, las alegría y las decepciones. Supongo y es mucho suponer. Continuo con mi ejercicio, arropado por la música. Me detengo y comienzo a no pensar, a evitar la visión de la pantalla, de los torrentes de representación y docilidad. El cero es el objetivo.
+ Dudad, dudad de las narraciones sobre vuestra biografía, también del comienzo de vuestro relato. Sois todo lo que otros fueron, también lo que no llegaron a ser.
+ Instrumental topográfico. Encuentro el manual de un teodolito entre papeles y recibos. Es cierto, puedo establecer fechas y espacios: lo recuperé del cubo de la basura, en un oficina en la que trabaje hace no mucho tiempo. Su formato me llamó la atención, mientras yacía en el fondo negro del cubo. Ahora lo veo y me resulta interesante en un sentido descriptivo. Esto me indica un cierta dirección estética que establece dimensiones, una capacidad para descubrir ese algo permanente que ciertas cosas albergan en su composición, en su formato o en la estructuración de su contenido. Sin más: el manual es hermoso y la palabra manual se ajusta perfectamente a su naturaleza. El artificio, ese acento artístico que, sin intención, ha cristalizado. La función rebasa su carencia de aura, pero ésta se establece cuando se ve recuperada del cubo de la basura. La ignorancia se convierte en un aliado. Pero el manual no es ni siquiera un libro, es un folleto, unas instrucciones básicas: tapas de cartulina verde tal que una tela especial, un verde entre lo militar y lo ducal, una tela veneciana, un vínculo entre el sentimiento y la certeza, el papel es un papel para resistir lo climatológico. La plasticidad inherente de lo exacto, sin ornamentos. Su tipografía es austera y contundente. Fotos de precisión extremada, en las que la disposición no admite la ambigüedad. Hay en el tacto del papel una transmisión limpia del contenido. Todo en su justo punto, los pesos compensados, la articulación y el equilibrio. Está en ella contenido otro tiempo, un tiempo de geometría y campo, de libretas donde apuntar medidas angulares y esbozar croquis. La geometría: triángulos, vértices, alturas, depresiones, vaguadas, crestas. La línea recta, la curva de nivel, la segmentación de la geología. Parcelas, linderos, caminos, el conocimiento que habrá de ser recuperado en el gabinete. Cotas y grados, orientaciones y brújulas. Hay una totalidad hermosa en el enunciado: trabajo de campo y gabinete. Es un buen momento para pensar, una vez más, en las reglas que determinan el ensamblaje de las partes.
sábado, 12 de julio de 2014
Sinestesia
+ Durante los últimos días he estado leyendo La lluvia amarilla, de Julio Llamazares. Irremediablemente han resurgido escenas y paisajes,un tiempo cercano pero con sedimentaciones y antecedentes anteriores a mi nacimiento, al de mis padres, quizá. Paseos, demoras, absortas horas en la lejanía de la montaña. Fue el verano pasado, visitamos pueblos abandonados, pueblos fantasmas, pueblos derribados por el viento y la lluvia, el abandono y la fina y afilada sensación de haber presenciado esto mismo: en otras circunstancias, con otros motivos. Agitados bajo sus restos, crece la maleza, se robustecen pequeños árboles, aletean los cuervos, reptiles ansiosos que traspasan lo que una vez fueron muros. La lectura, como es sabido, tiene un extraño poder evocador. Pienso, mientes leo, en la tierra de mi padre, en las cosas que a él le he oído contar sobre su infancia, cuando en el pueblo había más de trescientos vecinos y hoy apenas quedan tres viejos. La melancolía y el desamparo de la agricultura. Las autovías conducen a metrópolis incesantes, sus aristas se hacen materia en los comedores sociales, la pobreza en la ciudad es más pobreza. Es la sugerencia que se articula en mi biografía, deudora de la de mis padres. Hay conexiones subterráneas que establecen vínculos con realidades insospechadas, juicios motivados por una palabra dicha bajo un castaño en un día de agosto, cuando todavía había rebaños y pastores, cuando las fiestas eran celebración y no silencio y ausencias, cuando los niños jugaban y las mujeres reían y los viejos distribuían el tiempo destilado. Pasear por esas ruinas es pasear por la historia cuarteada de muchos de los que nadie recordará su nombre, sus fantasmas habitan en aquello que construyeron y hoy sólo es viento y humo, madera quemada, húmeda, podrida, entre la piedra y la pizarra. El paisaje permanece impasible, moralmente neutro, aquí reside una respuesta, una de tantas.
+ Son los poemas que transmiten un impulso, un bello cuerpo de látigos y descargas. Allí están. El latido auténtico. ¿Son necesidades, necesitamos las descargas de irrealidad que contrastan con el momento y su plana superficie? Luis Alberto de Cuenca: " (…) los nombres propios que me amaron/ ya no están en este mundo". La decisión de citar se instala en lo reiterativo del día a día, la ruptura del hábito simula libertad: sólo es un instante. El pequeño tomo de Marco Aurelio, Las meditaciones, se abren cada mañana, se cierran cada anochecer. La última hora del día es un rumor de olas y una pequeña cabaña. Hormigón, cristal y viento.
+ Hay un número 7 que tiene bigote, no éste que arroja el ordenador, sino el que yo escribo. Lo veo y es un siete con bigote, indudablemente. Repito el giro de la mano y vuelve a salir de su escondite. ¿Asombrarse con lo mínimo, la propia caligrafía, ese milagro de esfuerzos y desvelos de aquellos maestros, de mi madre en la cocina? En el siete tengo a mi madre, aquí y ahora. Ella también le ponía bigote al siete.
+ Hace tres días un camión perdió parte de su carga. Vísceras de pescado se esparcieron por la carretera. Insoportable olor, particular visión de su textura: gris, acuosa, tibia. ¿A dónde se dirigía con ese cargamento el camión? Inversiones, mercados y mercaderes. Todo se unía en una danza estúpida, bajo el limpio cielo de julio y el vuelo de los cuervos para los que se aproximaba un festín. Los pájaros no son meros resortes, pero se amejan mucho [su vuelo circular, terco y determinado]. No era tiempo de pensar, era tiempo de trabajo, el trabajo físico y duradero. Auténticamente humano.
sábado, 5 de julio de 2014
Velocidad
+ This charming man. The Smiths. Es un estallido que se expande, certeza en sus evocaciones, exacta en su melancolía, La letra, la música. Flota el deseo y la ambición. Un bucle que me remite a la adolescencia, que se eleva hoy en la oficina mientras alguien teclea en su ordenador. Sus escenarios son cambiantes, y sigue allí. Paisajes, nocturnos de alcohol y coches, humo y bailes a los que no fuimos invitados. El estilo y la imitación. Tan lejano como entrañable, cómo se transforma la persona: ¿has traicionado a aquel adolescente que fuiste?, cuántas veces me he hecho esta pregunta y mi respuesta, secuencias transversales, es un arrogante no. A veces utilizo esta herramienta de medida y los resultados son terroríficos. El tiempo es erosión y olvido, tenerlo presente es un moneda reluciente, oro y vino, amor y fe, escuelas y maestros, ya no están y yo les recuerdo mientras en aquella oficina suena la canción, ¿fuera de su contexto? el contexto se transforma y se impone. El contexto no es uno, ni es estable. Vuelvo a leer la letra, escucho la canción y decido que más que un himno es una compañía necesaria. Viajes coche que no cesan. El día termina, y los cuervos vuelan sobre su territorio, grazna y saltan, aquel hombre encantador y su coche encantador transitan por todas las carreteras que se nos ofrecen.
+ Metonimia. La necesidad de nombrar, el hecho cierto de las palabras y sus consecuencias. Laberintos, jardines geométricos, planos, archivos, calles y desvíos, atajos y escaleras, descensos y orden, simetría, pliegues. Fría piedra nocturna. El amor y el deseo. La tensión en las primeras horas de la mañana. No son todavía las seis de la mañana y arranco el coche. La música no es un sustituto, en sí misma ofrece las pistas necesarias para comenzar el día adecuadamente. Una abstracción contundente y la estructura del poema sinfónico establecen las bases que han de sostener el edificio: lo cotidiano como única respuesta al desasosiego y a la certeza de la muerte. Cada momento tiende a convertirse en un compartimento estanco, ahí reside la solución. Es ahí donde la eternidad transita, donde muestra la vía. Nombres en el olvido, una canción que un día evocó el amor y la distancia. La noche ya no es el final del día, ni un paréntesis en la rotación terrestre. La noche cercena el pulso de las negras aves que anuncian otro final.
[DRAE: metonimia f. Ret. Tropo que consiste en designar algo con el nombre de otra cosa tomando el efecto por la causa o viceversa, el autor por sus obras, el signo por la cosa significada, etc.; p. ej., las canas por la vejez; leer a Virgilio, por leer las obras de Virgilio; el laurel por la gloria, etc.]
+ "Todo es extraño en Praga o, si usted prefiere, nada es extraño. Cualquier cosa puede ocurrir. En Londres, en algún atardecer, he sentido lo mismo". Borges El informe de Brodie, Guayaquil. Yo también percibí esa inquietante sensación, tenue y vibrante, como el vuelo de una avispa, el viento entre las hojas, un bosque remoto, el silencio en las clínicas, el rumor de los aparatos eléctricos en la soledad de las salas de espera, la pálida iluminación de los tubos fluorescentes. Una vez más. Lentamente cae la noche y siento el tránsito de los vampiros sobre las copas de los árboles; vidrieras, ladrillos rojos, luces amarillas, mujeres que observan la calle desde sus ventanas, coches negros que cruzan velozmente la calle. Una vez más. He visto a los vampiros traicionados por miradas adolescentes, he visto el vapor de su aliento cristalizado en las calles menos transitadas, callejones donde el miedo es más teatro que acción. Hoy se confunden con la tramoya del escenario urbano. Lo celebramos una vez más.
sábado, 28 de junio de 2014
La experiencia de lo cotidiano (II)
+ Sinuosas presencias, destacadas y ambiguas invitaciones. Son retratos entrevistos en las últimas horas de la mañana en cualquier museo de cualquier ciudad. Mientras, indiferentes, se pasean y nosotros interrumpimos lo diario que hay en sus discurrir. Carece de importancia. Regresan de sus fiesta y no importa. Hay una estampa de calidad superior, una lámina que muestra lo diario: ese asomarse a lo que no se cuestiona, lo que fluye sin riesgo de interrupción. El viaje retrata las rutinas ajenas: vistas desde el exterior todas son paradójicas. El café, el tránsito de viajeros, coches, taxis, dependientes, floristerías que abren en esa primera hora de la mañana del viajero, acero y brillo obediente que luce el policía, caballos de arcilla o porcelana en un escaparate, listas de bebidas, vino, azúcar, refrescos, el metro o la espera en un paso de peatones. Luces en el exterior de la habitación del hotel. Rememorar es construir. Los puentes entre el presente y el pasado son una invitación al plan y a evitar lo automático. El teatro o el cine hacen singular el sábado, lo transforman en una ventana abierta, es el salto hacia lo no definitivo. Café claro, casi traslucido, en el momento anterior a la función y el viaje está ahí para llevarnos durante unos días lejos de lo dado. ¿Turistas o viajeros?, es mejor evitar la cuestión y adentrarse en los preparativos: visitar alguna web, trazar una agenda en un folio en blanco: números azules, marcar con aspas verdes y aspas rojas. La promesa de otras realidades es una apuesta sin riesgo. El viento y la tarde es dorada, el avión despega y toda la ciencia que contiene se desvanece en el intersticio entre dos cuerpos, el amor se refleja en en ese intervalo. Sin demora se debe cuidar cada día y no separar abruptamente la noche de la vigilia, confiar en el sueño como se confía en los números de una cuenta bancaria, como un ateo que se afana en el conocimiento teológico.
+ Unos días para La miel salvaje, de Miguel Ángel Velasco. Ya el título anuncia una celebración. Hace unos días que llegó el libro, muy breve, oscuro y elegante en su tipografía. Como el ámbar, como el tierno regazo de la madre, muy joven: pálida y esperanzada. Su pecho tiembla, hay ceniza de los incendios en suspensión, el aire es alboroto y triunfo.
+ "Son muchos los que siembran los árboles tras los que se emboscará su enemigo" Ángel Crespo [Aforismos].
+ Un poco por casualidad, guardo un recorte de periódico [en realidad es una página entera, extraña como extraño es el hecho de a día de hoy guardar fragmentos de un periódico]. La guardo para leerla con calma, para releerla en cualquier momento: después de la siesta, antes del último momento del días, el que precede al sueño. No sé. La traducción y su imposibilidad. A diario, hay un enfrentamiento entre el discurso y su interpretación, con esa duda continua de se nos ha entendido correctamente. Me llama la atención que hoy traiga el periódico un extenso artículo sobre las disquisiciones entre el ser y el estar español. Esa complejidad no se deja comprimir, presionar, de ahí su imposible traslación. Traducir es trasladar, pero la mudanza obra en lo mudado mediante insospechadas y sorpresivas calas.
+ [Apunte entreverado en la lectura de Las palabras y las cosas]. Se detuvo y percibió en su totalidad lo arbitrario del orden alfabético. ¿Por qué? La realidad se abrió como una flor de té en una tetera de cristal. Había facetas de una misma realidad que se solapaban y de las que era complicado dar cuenta, podría hablar de imposibilidad si no le desagradase lo que tras lo imposible aguarda. Allí, en ese momento, simultáneamente, los instrumentos utilizados carecían de sentido, y no tenía otros nuevos. En esa desolación hizo que abandonase su cómoda condición de turista, sin embargo, todavía no adquiría una nueva personalidad. La ciudad era punto menos que infinita y él un observador atónito, pero ya no extemporáneo, fuera de su verdad se transformaba con el paso de los minutos. Todavía resiste el análisis y no hay en ello descreimiento, falsedad o impostura.
+ Lo residual: la poesía, la lectura, el silencio. ¿En este orden? No es necesario establecer ni cantidades ni calidades, pero la triada, como podrían, tal vez, mostrarse otras, es significativa. a) Poesía: tardes de verano en un espacio preservado, un libro escogido entre los clásicos o entre los ultimisimos poetas, el tacto sedoso del café frío, la amarga constatación de la muerte, como contrapeso: Bach; se extienden paisajes urbanos, rostros, la finitud de toda empresa humana: otra consolación. b) Lectura: partiendo de lo anterior, se eleva una abstracción en ese ámbito, en el claustro de la lectura, donde reina la vigilia, al tiempo que se trenza el sueño: donde estamos solos, auténticamente solos. c) Silencio: Bach nos aísla de todo ese tumulto de la calle, el ronroneo del ordenador y las posibilidades psico-sociales que admite y rechazamos; son polos de la misma brújula: el silencio y Bach [Misa en Si bemol]. Escombreras, escoriales, la tinta azul de la pluma, el papel, la grafía, edición y puntillismo, atracción y verdad [construida, modificada, explicada]. Tiempos de charlatanes, televisiones y redes sociales. ¿Tanto ha cambiado todo? La cáscara no es el huevo. Ex ovo.
sábado, 21 de junio de 2014
La experiencia de lo contidiano (I)
+ "Un caserón desconocido y oscuro (sólo había luz en el comedor) significa más para un niño que un país ignorado para un viajero". Borges, El informe de Brodie: El encuentro.
+ Fernando Pessoa: Ortónimo e Heterónimos, Porto Editora. Apenas es un volumen, porque es más folleto que libro. Un dibujo transparente, en un papel transparente, algo caligráfico y escolar. Destinado al ámbito del bachillerato, es una guía de lectura adecuada, precisa y ajustadas a su propósito. Compré el libro en Aveiro, la Venecia Portuguesa, como anuncian algunos folletos turísticos. Yo creo que esto último es inexacto en todo punto: la única semejanza con Venecia son unos canales, pero su encanto es otro y es esto lo que debe ser subrayado. Recuerdo una excursión en coche hasta Figuera da Foz, en particular el regreso por una carretera entre las playas y los pinares. Algo de todo aquello ha quedado posado en el libro [me doy cuenta cuando lo abro y la sucinta biografía de Pessoa despliega en sí el asombro de una vida que es más novela o página de la literatura universal que vida en sí y sin otro aderezo: siempre sucede lo mismo]. Una manera intencionada condiciona la lectura. Parecíamos perdidos en aquella carretera, pero un viejo mapa nos ayudó a encontrar el camino de regreso. Era el efecto del paisaje y del idioma, si uno se deja contaminar encuentra vías de penetración: nadie conoce esa magia del paisaje, que en un momento se transforma en realidad, una realidad construida y elegida. Nuestro hotel era el hotel Venecia y sus habitaciones y pasillos tenían esa impronta. Puedo volver a ver el libro sobre Pessoa en la mesilla de noche, la incandescencia de la lámpara y los ovos moles. Un dulzor antiguo, la prosa y el verso, la escueta biografía de Pessoa: breve pero suficiente [ay la literatura]. Hoy la vuelvo a repasar. La oscilación entre el verso y la bebida, las cartas comerciales, el amor y la incertidumbre, el inglés y el portugués, hoy gloria nacional, anteayer un errante naufrago de tabernas y versos, teosofías y adivinaciones, los espíritus y la comunicación con el más allá. El poeta es un fingidor, puedo recordar, quizá lo recuerde en demasiadas ocasiones, conexiones con el interior del principio rector del poeta: la ficción que enmascara la vida: la vida como teatro y como representación. Volver al libro y establecer las pautas significativas de un modo escolar es muy reconfortante: en estas tardes calurosas del final de la primavera, mientras suena Shostakovich: una arqueología necesaria, los cimientos de la persona que hoy transforma el escenario en posibilidad. Así, vuelvo a Pessoa, sin mayor intención que otro personaje en el que vivir: bastará con colocarse ese sombrero de funeral comprado en Camden Town y continuar con la redacción de esta entrada: mis fingidos heterónimos.
sábado, 14 de junio de 2014
Abstracciones
+ Un viejo tomo: una antología de Juan Ramón Jiménez. Allí está, en la portada, el retrato de un JRJ. Joven, altivo, escultórico. En un juego de reflejos y simetrías se desdobla en el negativo de la imagen, ésta es la portada: el haz y el envés. Recuerdo ver el libro cuando era era niño. Me intrigaba, era un misterio: a quién pertenecía la mirada, por qué aquél desdoblamiento, cuál era su importancia: había una evidencia. Todavía permanece el misterio. Hasta qué punto puede condicionar una portada el núcleo de la lectura. Una frívola consecuencia del apartamiento de lo diario, del utilitarismo, de la lucha del momento, poco más. Mientras me dirigía a otras tareas, sentí la punzada de la incompatibilidad de la poesía con la prisa, con lo dado, lo que asumimos subordinadamente. ¿Es, así, incompatible o hay una transmisión de instrucciones, indicios más sólidos que el plano análisis de los medios de comunicación? En este momento el libro asume su posición espacial. Es un hiato. Sólo somos este tiempo en el que vivimos, este instante. El tomo ocupa un lugar junto a otros libros que componen la lectura diaria. Meandros y afluentes, pero el río continua su curso, sin voluntad, sin determinación, sin pausa. ¿El mismo río, cambiante, fluctuante, imosible? Mineral, automático, neutro. La actualidad siempre merece una ruptura, una elevación, pero se debe volver a ella, sin extravíos. Invocar al dios del instante es vencer al tiempo. Ese es el conjuro.
+ ¿Una construcción espontánea, un estímulo, un asidero? Los libros son extraños como también es extraña su agrupación. Así, el muro de los libros es color. Los ladrillos, el muro, la tipografía, su disposición, su orden, las categorías, las jerarquías. Azules, verdes, rojos. Intensos, desvaídos, plásticos. Rosa pastel, azul bebé, amarillo canario. Según la cámara fotográfica desenfoca el motivo, el muro se vuelve pintura y exactitud: la abstracción.
+ Por otro lado, y carece [aparentemente] de relación con todo lo anterior, hace un momento tomé unas tijeras. Debía recortar de una tableta de pastillas, esas láminas con ampollas plásticas que contienen cápsulas [naranjas en este caso] y tan preciosistas son: elementos incontestables y posibles de una obra de arte en el museo de arte contemporáneo: así las veo. Me di cuenta que tomo y manejo las tijeras como lo hacía mi madre. La recuerdo en esta tarea de una manera clara. El muro de libros y las tijeras se unen en una aproximación, en la constitución de un inventario de pertenencias lejos de lo material. Esos trazados o mapas domésticos se incorporan sin dificultad al discurrir de lo diario. Ahí palpita nuestro núcleo verdadero o auténtico. Everyday life, me digo sin ningún cuidado, tenue y pasajero, indicios, conjeturas sin fundamento y sin consecuencias.
+En muchas ocasiones, en demasiadas ocasiones creo que lo único que merece la pena es leer. Posiblemente esté equivocado, pero tantas y tantas veces resulta tan útil, tan placentero. Tener esa idea: un lugar personal, preservado, con música escogida y en semipenumbra. Una luz adecuada y un castillo de libros, libros que ir tomando en secuencias: comenzar por el primero y terminar por el último, luego volver al primero y así: indefinidamente. Los días se transforman. Estáticos placeres, herméticos y prístinos. Total, he terminado un libro y comienzo otro: Las palabras y las cosas, Foucault. El primer encuentro nos lleva a las Meninas de Velázquez. Una detallada descripción, entre la percepción y el hecho constatado. Se eleva un edificio en torno al cuadro, que es propicio para este tipo de digresiones. Inabarcable y, al tiempo, irreductible. Pintura, sólo pintura, transciende la abstracción que estructura cualquier imagen. Mientras leo recuerdo con dificultad conversaciones en torno al cuadro. Eran tiempos para el desprecio y la suficiencia: Veláquez está superado, dijo con el vaso ancho y pesado de whisky y veneno. Era muy tarde y la atmósfera se dibujaba en humo y sudor, letanías y bellezas locales en la hora de las demoliciones. Un día le vi y no era el mismo, había cambiado, el bigote lo hacía diferente, lo relacionaba con un mundo helado e intransitivo. Supuse que otro tanto se podría decir de mí, aunque no me importó mucho. El punto inestable: nunca es el mismo río, sin embargo, como proponía Sloterdijk, qué sucede con la orilla. Sentí la punzada del tiempo y la eternidad del cuadro, en ese preciso momento. ¿Es el cuadro la orilla, a donde regresa el nadador que nos muestra Heráclito? No lo sé. Todo se difumina sin demora, regreso a la lectura ausente y hermético.
sábado, 7 de junio de 2014
Bosques (II)
+ [1] Romanticismo_Escenas de un bosque_Schumann: Mientras conduzco, en la radio la locutora presenta el tema del día. Los bosques. Creo que lo primero en sonar fue La entrada en el bosque [Shumann]. Una conexión, un pronostico, un acierto. Adentrarse en el bosque, presagiar el rumor de la espesura, los caminos trazados, como la magia recóndita que otros rechazan, como otros rechazan el romanticismo en sí, tal que los venenos que antes defendieron y disfrutaron, que ahora denostan con violencia. Hay poemas como señales, que transmiten instrucciones precisas para llegar al abismo.
+ [2] Tejos. Entre las copas de los tejos la montaña se alzaba, de vez en vez, vigilante. La cumbre y su gris acerado de carbón o de muerte. Riscos, desniveles, cortes asimétricos. Allí se preserva un principio rector por desvelar, por trazar, planos paralelos en el ámbito del presente: un indicio que conduce a la multiplicidad. Para investigar.
+ Aparece entre papeles un recorte de periódico del año 1996. Las tres sobrinas bisnietas de James Joyce celebran el Bloom's Day. Son hijas del presente, quizá. De aquel presente. El presente del año 1996. El maquillaje, el atuendo, la sonrisa. Cazadora vaquera, un fular deshilachado, unos pendientes de falsos diamantes. La que posa en el centro luce un atuendo victoriano: camafeo, una camisa de cuello volátil, un chaqueta que semeja terciopelo, terciopelo negro. La última, parece ajena. Allí está. Hay una vibración en sus rostros. Jóvenes y lucidas. Sonrientes, con un punto antiguo en su presente. ¿Dónde están hoy, pasado el tiempo, casi veinte años después? Ay, cuántas veces las vi en otras ciudades. En las calles, en los parques, en los gimnasios, en las piscinas públicas. Es turbio el comienzo del olvido. Pronto llegará otro Bloom's Day, sin esperarlo, por sorpresa: nos lo anunciará un periódico, mientras un café milagroso hace que penetremos en la vigilia. Así de destituyen los reyes y las fechas. Conmemorar que el tiempo nos otorga un gesto temprano, que se desarrolla durante toda la vida, como un intercambio de monedas, la filatelia del día: coleccionistas de mariposas e insectos. Lúgubres joyas en la solapa para este día incierto.
+ En la última hora del domingo vuelvo a leer el poema de Miguel Ángel Velasco La tregua. Mentalmente, mido los versos, cosa que no es conveniente, me digo al momento. Los leo, una vez más y el dibujo que transmite me resulta muy cercano. La heroína, esa droga, esa muerte en vida [creo que el poema lo pone de manifiesto con acierto, pero sin la dulce y empalagosa moral del instante: irreflexiva y mezquina]. Se han visto tantos y tantos mordidos por ese veneno. Las astillas humanas, esas heridas que nunca cicatrizan. Las ciudades no son capaces de explicar su presencia, y siempre han estado ahí. Viento fantasmal en la hora pútrida. Pero, en realidad, me interesa el final del poemas, sus últimos versos:
" (…)
Te alejas afanoso,
tu porción de letargo en el bolsillo,
y sales a la arteria donde bulle,
en la noche del sábado, la multitud festiva.
Te miran unos ojos
al pasar, y no saben
que en tu puño apretado va una tregua
de sombra con la vida."
Es el dibujo que presiente una gran verdad: el contraste del individuo con la masa, su incrustada soledad ante la fiesta del sábado. No hay otro consuelo, para ese yo poético: la posibilidad de una tregua, la que precede a la derrota, a la hecatombe. No sé. He visto ese reflejo en muchos ojos. El otro día alguien se dio la vuelta y me preguntó por mi hermano, cómo le iba la carrera. Todo pasó hace veinte, veinticinco, treinta años. La debilidad, el reloj o el calendario se habían parado. Ceniciento, adelgazado, saltarín. Pensé en el poema. No sé, en esta hora del domingo a penas puedo leer, a penas puedo escribir. [Cerraré los ojos y pensaré en el murmullo que acoge el bosque en esta hora, pero el latido de estas imágenes acompañará mi entrada en los aposentos del sueño, los aposentos de la noche].
+ [3] Asimilación_presente_silencio: Un día, en invierno, súbitamente, me llamó la atención aquél bosque pequeño y recoleto. La disposición de los árboles, su perfil, quizá. En la lejanía se agitaba el líquido resplandor de la luz incandescente contra la pizarra. Casi había amanecido, el invierno hunde el paisaje en pantanos y simas. Allí duerme el dios del momento. Las historias oídas días atrás eran una confluencias de deseos y ambiciones. Los bosques inspiran una arqueología de evocaciones, recuerdos que se alzan en un cruce luminoso. Pero llovía. Un zorro se asomó entre la maleza y volvió a la espesura. Era su pelo un rojo apagado, una luz de oro o paja, que se fundía en el verde casi negro. Esas horas y sus colores, sus sonidos, su impericia.
+ Tres pájaros se debaten en torno a un árbol muerto. ¿Tienen el instrumento del lenguaje? Semeja que sí. Ramas plateadas, el tronco roto por su base, un árbol recostado contra la hierba. Un mirlo y dos urracas. ¿Charlan o debaten, discuten o se entrevistan? El viento es suave y desde aquí se puede ver la ría, la bocana de la ría. Espejo humano: los pájaros. Coches y camiones, una motocicleta adelanta indebidamente: el mono negro con detalles en azul metálico no es un ornamento, el brillo acerado del depósito rojo, las reverberaciones, el ruido del motor, su estatura y el filtro de luces que las nubes arrojan en esta hora: afiladas sombras, humo traslucido, la arista exacta del casco. La moto se aleja. El árbol es escultura, volumen y tiempo. Bastaría con llevarlo al contexto de la sala de exposiciones. Allí en su desnudez, recortado contra los blanco lienzos de pared. Vaciarlo, quizá, en bronce, aunque eso ya lo hemos visto [Oh, London]. Esquirlas de otra vida. El árbol contiene inviernos y muertes, pero no lo sabe, pero allí construye un deseo. Los pájaros han desaparecido y un todo terreno blanco aparca en el área de descanso. Baja un hombre y prepara una pipa, se mueve nervioso. Amplios pasos e intensas bocanadas: columnas de humo sucio. Se baja, después, una mujer y enciende un cigarrillo. No hablan entre ellos, pero fuman nerviosos, miran en direcciones opuestas. No es conveniente suponer cualquier vida y los modos que la sostienen, los embates que la derrumban. El humo es una compañía fiel, agradable, desinteresada. Él se esconde tras un árbol para orinar, ella permanece con la vista fija en la nada, impasible. Su rostro es un rostro de virgen románica: recta nariz, ojos grandes, pelo lacio, pulcramente ordenado. Pronto serán las doce y hay una tarea que realizar. Suben al coche y se alejan. Un todo terreno blanco, muy nuevo, con su misterio o con su novela, con su vacío. Las urracas, una vez más, sobrevuelan el área de descanso. ¿Caligrafía, un ejercicio de caligrafía?
sábado, 31 de mayo de 2014
Recorridos.
+ Bukowski, una vida en imágenes. Compré este libro de fotos hace tiempo, mucho tiempo. Esas eternidades incrustadas en la biografía, nuestra lápida azul. Lo recuerdo, fue en un centro comercial, mientras fuera llovía torrencialmente, mientras esperaba, mientras me decidía si ir en una dirección o en otra. Allí estaba, en una pila de libros en oferta, junto a otros, bajo una indeseable luz de neones y fluorescentes. ¿Dos euros, un euro? Ni siquiera sé si el euro estaba en circulación en aquel momento. Total, lo recupero, lo re-des-cubro, lo re-inserto y se manifiesta como vocación y desarrollo. La voluntad de estilo es común a los hombres, en general, pero hay sentencias que atestiguan una capacidad de imponerse sobre lo dado. B. traza su vida con dificultad, mediante ornamentos indexado, tal vez, mediante esbozos de una biografía que ha de ser simétrica con la vida, con lo contado, con una idea de realidad. Las fotos muestran un vago rastro de verdades y ocultamientos. ¿Es equiparable la colección de fotos que muestra con la certeza de su vida? Esa duda siempre me asalta: veo fotos extendidas en un puesto de un rastro, en un álbum que duerme en el expositor de una testamentaría, en la vitrina de un fotógrafo, y la cuestión se agita en mi interior. ¿Qué queda de la persona, de su rostro, qué pensaba en el momento del disparo, tal vez: nada? Reviso el libro y me paro en los detalles, en la decoración de los apartamentos que el escritor transita, en sus cigarrillos, las botellas que empuña con gallardía, los peinados de las mujeres que aparecen con él en estas fotos, la arquitectura. Decorados e interiores. En el comienzo del libro, bajo la foto del padre, una nota explica que éste deseaba ser ingeniero y se quedó en lechero, esto le provocó un larvado resentimiento, que fue alimentando con alcohol y violencia. Los trabajos, el ocio, la confianza en la escritura como una vía válida para hacerse, para construir la realidad se oponen a la figura del padre, tal vez. Las fotos de los bares que B. frecuentaba en el entorno de Hollywood. Impersonales arquitecturas, impersonales geografías. El alcohol es un demonio hechizado de comprensión y violencia, suave y duradero, afilado y extenso, traicionero y sexual, atractivo, certero, displicente. Eso yo lo veo en la fotos, pero no porque esté en ellas, sino porque está en mi interior, en un durmiente ritual.
+ Londres tiende al infinito. Lo percibo en la lejanía, sin miedo a equivocarme. No me reclama una ficción, ni un verso, tampoco un apunte. Los teatros son su savia fresca y peligrosa. Pienso en el rumor del metro, en las calles y sus luces, escaparates y agonías cercanas. Es la hora punta. Veo la calles, mercados, el café que bebemos con rito y sin venenos. ¿Lo recuerdas? ¿Aquellas tazas grandes o grandísimas y el pan recién horneado, las galletas de jengibre, el trazo caligráfico de la trama urbana, que nos resulta indiferente, como debe ser? Brixton. Sólo es un dato, poco más. Lo presiento en esta habitación, en la exactitud de sus superficies. Las fotos son más generosas que las palabras, pero menos certeras. ¿Es necesario hacer comparaciones?, me preguntas y yo no respondo. Hoy estoy cansando y un poco enfermo: enfriamientos que se traducen una fiebre leve, quizá agradable. La medicina me da sueño. Leer es un bálsamo, pero hace que me deslice por la ladera del durmiente. Londres ha estado siempre ahí, lo sabes, sé que lo sabes y lo admites con gracia. Escenario de nuestro amor. ¿Cuántas veces hemos estado allí antes de llegar? ¿Es comparable la presencia de lo real, de lo tangible a la experiencia de la lectura? La lectura, sin duda, es superior. Quizá no estés de acuerdo, pero yo estoy dispuesto a no tener razón y a mantener, sumultáneamente, esta postura. ¿Recuerdas cómo re-corrimos Londres a las tres de la mañana en un autobús de línea, camino del aeropuerto? Luces, perfiles, edificios, el río, la imantación de las noches eternas, el rumor ronco de los etílicos enamoramientos. Era ciencia ficción enclaustrada en el envés. La ciudad a la que ningún turista llega. Cápsulas de futuro y emoción.
+ London Girl [ilustración]. Por seguir con lo anterior. Ella subía hacia Liverpool Street y nosotros descendíamos después de haber pasado la mañana en Brick Lane. La vimos, como un relámpago, un relámpago que contenía aquella ciudad. En fin, ya se sabe cómo es esto: esa lírica. ¿Recuerdas que te dije: Espronceda escribió un poema titulado La entrada del invierno en Londres, que transmite una extraña sensación de frío, muy sinestésica, que ahora la percibo? Pues este es el momento, su momento, pues el título me gusta, el poema está pendiente de volver a ser leído, así descansa en el tomo carmín que está con los otros libros, en la mesilla de noche.
+ Todo ha cambiado, todo está cambiando. Nada volverá a ser lo mismo, como siempre ha sucedido, por otro lado.
+ ¿Quién era aquel hombre que había reunido una monstruosa colección de llaves, que se distribuían por las paredes de su casa de dos plantas: pasillos, salones, estancias? ¿Lo recuerdas? No, pero sí a su mujer, recuerdo cuando me contaron que en su agonía lloraba porque la muerte no llegaba, que se la veía aproximarse, pero se iba, como la marea rota y turbia, un ángel negro y peregrino. Lo podía ver. Ay, las llaves sin cerradura.
sábado, 24 de mayo de 2014
Tránsitos
+ Contemplación de la muerte y de sus derivadas. Esta semana pasada, pude ver un camión despeñado. Allí estaba, en el fondo de la ladera de un terraplén. La figura del vehículo hundido en la tierra negra y húmeda era dolorosa: las ruedas, la estructura, la cabina aplastada, la mercancía esparcida: entre ramas y árboles agonizantes. Varias toneladas de fruta, entre la maleza y las piedras. El conductor había muerto, en un instante. La curva estaba bien señalizada y había una pertinente recomendación para reducir la velocidad. La velocidad. Los camioneros están muy presionados, plazos estrictos y salarios bajos. Es difícil no sentir compasión. 52 años. Al mismo tiempo, no dejaban de llegar coches para recoger los restos del naufragio. Con bolsas, a la carrera, un tanto azorados. El patetismo se establecía en los contrastes: la muerte, los despojos, los beneficiarios. La empresa propietaria del camión debió apostar dos vigilantes para impedir que los recolectores de chatarra se llevasen el metal, los contenedores de plástico y cualquier cosa susceptible de ser vendida. Así pasó la mañana del martes, el día muestra el detalle y la noche establece identidades. Esto último emergió sin solución. ¿Cuándo lo había leído, cuándo toma el valor que le corresponde?
+ El Sur, Borges, en Ficciones. Diciembre queda lejos, pero aquellos días en Madrid reverberan su presencia. La lectura del cuento de Borges inicia una recuperación de aquellos días. Parques en las primeras horas de la mañana, veredas transformadas por la helada, palpitantes focos, globos de luz amarilla que albergan la estatura de los parques. Sobre el pedestal, la estatua ecuestre se hace aliada de la lírica de la mañana, transformada en el testimonio de una historia que desconocemos, pero que allí está. Allí, a lo lejos, se suponen los campos. Falta una hora para la cita. Hay tiempo, un momento para registrar el instante que ahora se reproduce aquí. También El Sur es otro registro. Una constatación. Qué particular sustancia atesora una lectura. Hoy leemos una frase, la frase con que finaliza el cuento. Una vez más, la última frase: "Dahlmann empuña con firmeza el cuchillo, que acaso no sabrá manejar, y sale a la llanura". Y todo se ha transformado. La metamorfosis, acusada o ligera, ha obrado en nosotros. Ya no somos aquél que hundió sus ojos en el relato, que se embelesó con la estructura, con el final, con su articulación. Un día adolescente en su dormitorio, otro un hombre en un vagón de metro. Con el artificio se eleva su persona, otra persona. Este otro contiene al anterior, o no, pero se desvanece mientras lee. La disolución es necesaria, el día muere. Son inagotables las posibilidades, no hay otra receta.
+ Recogido al vuelo: Lucien Goldmann: "La literatura no es expresión de la realidad, sino parte de la misma". La sucesión de los días, la textura que la edad otorga, la muerte como medida, los ejercicios que conducen a la afinación de una destreza, la destreza. La realidad se transforma y se multiplica. El punto de vista es cambiante, perecedero. Cuáles son los procesos de ensamblaje, el diagrama de construcción, su materialidad. La realidad se construye socialmente [Berger y Luckmann], mientras el camión yace en el fondo del talud. La realidad es lingüística, las palabras son las que permiten encarnaciones y decesos. Discursos y transformaciones, influencias, silencios. Cuando camino solo existen los pasos, es necesario el concurso del paisaje para llegar a ese punto donde lo fluido reina sobre el estatismo. Alguien pregunta sobre la función de la literatura, lo pregunta porque desea una respuesta clara y satisfactoria. No tiene finalidad, le responden con acierto, pero no es suficiente. El utilitarismo se desploma ante la certeza de la muerte.
+ He comenzado a leer La mirada sin dueño, una antología poética de Miguel Ángel Velasco. No me pregunto por qué se elige un libro, por qué se posa en la mesilla de noche éste y no otro. No me planteo los porqués, ya que sé que no hay respuesta. En general, no hay respuesta. En particular, tampoco. En muchas ocasiones, me digo, el rostro del poeta, del pintor o del músico, es una guía hacia su obra. ¿Un acierto? Hay aciertos y hay errores, pero la intuición se convierte, con los años, en un instrumento insutituible, incomparable, tardío y fungible. Ante de domir: el poema a las lombardas, esa col, me parece grandioso, propicio para terminar el día, [v.gr.: "… raso añil como seda violenta…"]. El dibujo de lo cotidiano restablece una cierta confianza, un cierto crédito perdido. La poesía tiene esa inigualable capacidad de cambiar el rumbo, súbitamente. Como si en la lombarda se ocultase una joya de mármol y sobrerealidad, su manipulación y su candor. Mientras, el camión ha sido rescatado, llegan noticias: en tres semanas estará circulando, otra vez, con sus cargamentos, con sus prisas, con las urgencias y los desvelos. Otro conductor, otras vidas, otros afanes. Entre tanto, la lectura ordena lo que será desordenado cuando llegue el día. Y así se cierran los aposentos de la noche. Los trabajos y los días. Su reiteración.
+ Somnium imago mortis.
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