+ No dejo de pensar en los días que C. y yo estuvimos en Noia, Fisterra y Corcubión. Pienso, concretamente, en la playa de Carnota y en los recortes de la costa. Mi pensamiento se dirige a un mundo medieval producto de tópicos y películas en tecnicolor, una idea corregida mediante lecturas y posiciones más o menos relativistas. El tiempo y el contexto. Quiénes eran aquellos hombres de los que nada sabemos y allí vivieron. El cansancio adormece mi espíritu y caído en el sueño mientras trato de deslindar lo que sé y lo que supongo sobre aquella costa. Nada sé, nada olvido.
+ Me llegan noticias de célebres historias de padres e hijos. El deseo de agradar al padre y la imposibilidad de conseguirlo. Padres e hijos, padres e hijas. Violencia, fracaso, la arista cortante y biográfica que nos conmueve y nos asusta. No es una iluminación, es el abismo que bosqueja una vida, algo que se adivina pero que queda muy lejos. Así, mientras cruzaba el puente, lo vi pasar. Solo y sin alegría, envejecido y solo. ¿Padres sin hijos? La paradoja no es casual y se refleja en su perfil. Medité sobre nuestro tiempo y el vacío se asomó en la tarde despejada y calurosa de diciembre. Extraño mundo, me dije y continué mi camino en el coche del trabajo.
+ Alguien me indica que la imagen de la entrada anterior la utilizo, aquí, por segunda vez. Es posible y, al tiempo, marca una tendencia. Podría definirme por imágenes y estas ser una guía para comprender el porqué y el cómo ciertas características, sobre todo urbanas, me atraen. Sé que es algo que tiene que ver con el derrumbe y los márgenes, la atracción por aquello que se aparta de lo planificado y supone un hiato en la continuidad, la necesaria continuidad. Queda constancia.
+ Apunto: Palacios de la memoria. No es un título, sino una técnica para la memoria. Esos lugares donde se van colocando los elementos que deben recordarse. Me gusta como título y la correspondencia con el posible contenido no tendría que venir necesariamente por la vía de una lírica post romántica o pseudo romántica, muy al contrario: la vena surge de la necesidad de alcanzar un trabajo mediante la formación y el esfuerzo, como el diario de un opositor que tiene una vida paralela poco antes de dormir, con interlocutores, trovadores, juglares y damas, torneos y extensas bibliotecas donde los monjes copian, escriben y estudian. Se elevan estos palacios y estos monasterios, los castillos, bajo la égida de las lecturas que los inspiraros. Pero, esto, solo es un título y un viento de inspiración y olvido. Queda constancia, también.
+ Comienza la primera semana del año. Los trabajos y los días, me digo y emprendo el camino hacia ese núcleo de vital importancia en la constitución de la rutina. Ahora escucho el correr del reloj de pared que preside mi ámbito de estudio y presiento su vaticinio, lo ignoro y doy un largo trago a este café aguado y oscuro. Los bolígrafos y los rotuladores, elementos de esta cocina sin fuego ni humos. El vaso azul oscuro, que, según reza en su fondo, se fabricó en Rusia, me observa como si se tratase de un Dios Lar, el que protege a los habitantes de la casa desde su recóndita humildad. Prosigue el estudio, continua el camino, no me detengo, pero observo. Siempre observo, constante y presente verdad.
+ Un posible tema de estudio: la necesidad de agradar a los padres, en concreto: al padre. Quizá no se trate de un tema de estudio sino el inicio de una novela, una novela a la que se agregan materiales con ese núcleo temático que es el agradar al padre. K. me comenta por teléfono una biografía que está leyendo y el motor del texto no es otro que esta imposibilidad de agradar al padre, es también una de la claves para entender a una cazadora de niñas enviada la asquerosa misión por su amigo, el monstruo, he visto este reflejo en mi rostro y en otro muchos rostros. Tras esta escueta exposición, me detengo porque se me plantea la duda de si esto es una explicación o una justificación. Ahora que no creo en la culpa ni en el mérito, qué me queda, ¿la explicación o la justificación? Sigo creyendo que los pecados de los padres o de los hijos son pecados de los padres o de los hijos, nunca heredables, nunca ni del padre ni del hijo, sino de su propietario.
+ Imagen: paseos, sin foco, sin indicios, sin pruebas.
sábado, 8 de enero de 2022
Paréntesis (12)
sábado, 1 de enero de 2022
Paréntesis (11)
+ Escucho como interpreta un joven pianista una partitura de Chopin. Es un niño cuando realiza la interpretación, pero el piano superpone una substancia que está más allá de la edad y del tiempo. Quizá se trate de una suspensión temporal, una apuesta contra la finitud. Así, recuerdo aquella receta en la que se recomendaba enfocar todo análisis poético hacia la muerte, pues es este el único tema que la poesía tiene y del que derivan todos los subtemas, los posibles subtemas. El piano traza una línea en esta mañana de Navidad, en el día de Noche Buena. Como mi formación me inclina a considerar todo lo humano como convencional, salvo lo netamente biológico, me entretengo con una suerte de mágica inversión y acudo a motivaciones insertas en la biografía y la experiencia. Conjuros para abordar el final de otro año. Vence Chopin.
+ El piano vence y yo cumplo, un día más, con la tarea que me he impuesto. También es una victoria.
+ Asisto a los resultados de un accidente mortal [la víctima falleció horas después del impacto del coche contra el camión]. Esos plásticos negros esparcidos por el asfalto, grandes y pequeños, oblongos y puntiagudos, brillantes y opacos. Esos plásticos negros son una constante en todos los accidentes, dispersión y desorden. Vi al hombre y parecía dormir, con un hilo de sangre en la sien derecha, con las manos entrelazadas, lo vi sabía que moriría pronto, era cuestión de horas. No llovía, pero había llovido mucho, los árboles se agitaban y la pista de frenado se cubría de hojas secas, el propósito del invierno. Son solo detalles de un momento, de cuando un hombre agoniza y se elevan pájaros negros en el cielo gris. Todos los equipos regresan a sus bases, el herido al hospital, el viento a su hogar se dirige. Yo sigo allí, detenido ante el vacío que inunda la totalidad. Un hombre muere, sale el suceso en un breve del periódico, me acodo y leo un poema en el teléfono, pronto terminará el año.
+ Sin propósitos para el nuevo año, abierto a las posibilidades que me ofrezca el devenir. Los árboles se agitan, caen las hojas, el trabajo del inverno es tan metafórico que asusta. Ya lo dije y lo repito. Este cuaderno me aleja de mi otro yo, me aproxima a un ámbito filtrado. Susurra la noche.
+ Se desvanecen las certezas musicales de la juventud. Un tránsito que me lleva a otro reinos, entrevisto en la noche, adivinados en viajes por Normandía, lecturas al calor de la noche lluviosa donde un poderoso caballero dispone su muerte como la liturgia que resulta ser el traspaso de su poder a su hijo. Veo aquello, observo y estudio el pasado y no ilumina esta indagación el presente, mucho menos el futuro. Ay, emisoras de radio que habéis muerto sin descendencia, ahogadas en el auto-tune y en el vacuo tintineo de algunas melodías insustanciales. Es ley, todo debe morir, ¿pero tan perentoriamente, tan sin dignidad?
+ Me acompaña el piano mientras conduzco. He conectado mi teléfono al equipo de música del coche del trabajo. Escogí una emisora en línea donde sólo ponen música de piano, nadie habla, las piezas se suceden sin presentaciones. Pongo el volumen muy bajo, de tal manera que el sonido del motor compite contra las techas y las cuerdas del piano pero sin llegar a imponerse. Veo con otros ojos, me digo. La exacta posibilidad de un mapa, la descripción del territorio, la carretera, que es narración y es narrativa. Vidas, cruces, muerte y vida, árboles, pájaros y gatos, las nubes, el brillo acharolado del asfalto, una poética astilla de luz, vibración y espanto porque la muerte siempre está ahí. Le doy la razón aunque no la tiene pero lo prefiero a tener que mantener mi postura. Ese claustro: el coche, el piano y el paisaje.
+ Ay, cuando la lluvia es un estado de ánimo.
+ Primer día del año, otro día más.
+ Imagen: Oporto, hace años, en otro momento, quizá el mismo tiempo que hoy nos ocupa [sin lluvia].
sábado, 25 de diciembre de 2021
Paréntesis (10)
+ Guías para experimentos. Leo con interés un breve vocabulario que sirve para elaborar experimentos sencillos. Muchas veces he pensado que todo vocabulario pretende contener en sí el mundo, un mundo. No lo dudo, ahora mismo, no lo dudo ya que, en realidad, más que definir lo que hace es establecer un mundo o un universo limitado por las definiciones. Estos límites son perfectos y en su perfección encierra la perfección de su realidad. En el ámbito perfecto del laboratorio todo es previsible y no hay lugar para las sacudidas de la incertidumbre. Pero, ay, la vida es otra cosa. La vida no se deja contener en la definición y, ni siquiera así, la vida admite mayores extensiones, definiciones, contenedores estancos.
+ Casi al mismo tiempo que la lectura anterior, me dejo ir por noticas sobre restaurantes caros y precisos. El dinero y la colaboración entre la élite y la exclusión parecen conjurarse para tratar de evitar la certidumbre del tiempo, su implacable labor, la diaria socavación de las certezas. Quizá una tendencia a la eternidad mediante lo exclusivo e inexplicablemente exquisito (palabra que en portugués no es otra cosa que absurdo). Esa arrogancia o soberbia me asombran, me admiran y creo que son dignas de observación y estudio, por contener en ellas trazas o indicios del miedo, de la imposibilidad de vencer nuestra condición mortal. Pero, así, es, queda el intento de traspasar la certeza de la muerte. Tratar de establecer, también aquí, un ámbito seguro, en donde se pueden repetir los ritos como si se conjurase su propio devenir: un desafío a la muerte. El simulacro da su fruto y funciona, durante un instante funciona, pero cae la noche y las ilusiones se disuelven en la oscura, profunda y hermética verdad.
+ No he leído El sueño de Escipión. ¿Por qué no lo he leído? ¿Debería leerlo? ¿Se trata de una cuenta pendiente? ¿Cuántos libros no llegaré a leer y resultan fundamentales en el programa que me he marcado? No utilizaré ningún adagio para reflejar la realidad que se impone: es imposible llegar a un mínima fracción de lo que se ha escrito, a una minúscula fracción, despreciable. Por ello la selección es tan importante, ese establecer una canon personal [y, tal vez, portátil]. Ese programa o canon siempre está presente, incluso cuando me alejo de él y me establezco o bien en sus márgenes o lejos de ellos. Así, en mi cuaderno, anoto El sueño de Escipión tras leer su resumen en línea. Una anotación que se pierde en el océano de las libretas de notas, insondable, irresoluble.
+ Encuentro una edición del libro: 56 páginas, 21 euros. El comentario la pondera y termina con un “elegantemente sobria”.
+ Imagen: 28, solo un número, sin necesidad de un significado, sin adelantar una predicción, solo por la belleza de sus formas, por el azul y por la piedra. Nada más, nada menos.
sábado, 18 de diciembre de 2021
Paréntesis (9)
+ No era el silencio sino un murmullo casi imperceptible pero constante y profundo. Era el océano. Desde allí, en lo alto, sobre la punta donde se alza el faro, veíamos los barcos maniobrar en la bocana de la ría, barcos de dimensiones considerables que parecían juguetes dirigidos mediante control remoto, también, insignificantes barcos de pesca que se debatían en el juego de las suaves olas, con su ritmo de arte menor. Octosílabos, tal vez, serían las estrofas más adecuadas. El rumor penetraba en el interior de nuestros cuerpos y transmitía una paz nunca antes percibida, deshacía la corriente del tiempo y establecía conexiones con una eternidad imposible. No había otro sonido que ese rumor del océano. Se realizó una operación mecánica en uno de los barcos y llegó amplificado el rugir del motor, que semejaba la respiración de un animal, una respiración que se ahogaba en el tenue rumor del océano.Ese sonido, entre la poesía, la música y la sabiduría. La sabiduría del silencio. Miré al horizonte y cerré los ojos, todo estaba allí y permanecería mucho tiempo después de nuestras muertes, de las muertes de nuestros coetáneos y los que nos sucedan.
+ Me olvidé de llevar un libro para el viaje, para esas extrañas horas antes de dormir en cama extraña, esos libros que rara vez abro. Así, una vez que llegamos a Noia y comenzamos el paseo, le dije a C. que había localizado una librería en el teléfono. Una pequeña librería. Vi una estantería en la que se encontraban varios tomos de la colección de bolsillo de Alianza Editorial. Pasé sobre los lomos con mi vista, escrutando títulos y autores. Había varios de mi agrado, otros que resultan ser cuentas pendientes y, muchos, muchísimos, que sé que nunca leeré. ¿Por qué me decidí por Guillermo el Mariscal? Fundamentalmente por la temática, pero me decidió, finalmente, el autor, Georges Duby. Estaban en ese sentido de saldar cuentas y encontrar la vía en la que penetré hace tiempo. La Edad Media, la Caballería y la permanencia del hombre como tal, a pesar de las diferencias, a pesar del paso del tiempo. No me equivoqué, aunque sí me produjo desazón todo el rito de la muerte del Mariscal, el rito y el tránsito de un hombre hacia sus hijos. Leí en silencio y contrasté lo leído con el silencio filoso en el fin del mundo. Allá abajo los barcos resultan irrelevantes, en mi interior la sensación de finitud me otorga paz, me salva del miedo. Por un momento, solo por un momento.
+ Visita al CGAC y parece que hay un hilo conductor entre los días anteriores y la exposición. No es cosa para pensar, ni para aventurar hipótesis. Como coda del viaje cumple su función. Lo anoto.
+ El cuaderno en donde se preparan los pequeños poemas es, también, una suma de poemas. Esto creo entender cuando leo algo sobre la antigua poesía japonesa. Es un esbozo, un breve interludio, el viento fresco de la mañana o un suspiro en el corazón del teléfono. Lo anoto.
+ De los viajes queda un rumor que se prolonga durante días o semanas, que tras meses despierta singularmente. Quizá se trate de que quede para siempre, cuando ese siempre tenga no sea una dirección difusa.
+ Imagen: tres imágenes del museo sin mayor intención que capturar un cierto vacío que se aloja en los blancos de los lienzos de pared, esquinas y otros rincones.
sábado, 11 de diciembre de 2021
Paréntesis (8)
+ Los días de diciembre se reparten entre el estudio y el trabajo, pero quedará un hueco para el viaje, un viaje a lo cercano, pero no por ello conocido. Se trata de ir a Noia y alrededores, para terminar el sábado en Santiago de Compostela. El equilibrio está en la ruptura de la rutina, hay descanso.
+ Se aproxima el invierno. El frío avanza mientras el gris ya recubre la totalidad del paisaje. Sin matices, el sutil difuminarse de los perfiles avanza en un día plomizo, pesado, intenso. Suena el latido del reloj de pared, no hay sombras que se proyecten, el flexo es una coordenada del deseo, el deseo dormido. Todo duerme en esta hora del medio día, todo es fulgor apagado. Siento el invierno en mi cuerpo, en la punta de los dedos mientras escribo y el frío me hace sentir la vida en esta aguda vertiente. Agua fría, viento, los árboles insospechados de los atardecer que son noche cerrada y sin estrellas ni luna. Busco otro poema y el que encuentro no habla de otra cosa que no sea la muerte y su hermano, el tiempo. Bolígrafos, lapiceros, rotuladores, resma de papel, libros en el olvido. Todo habrá de pasar y este tiempo de preparación se sola con aquel otro, el del olvido.
+ La lluvia es intensa y oculta el paisaje. Otro día, el invierno, el final del otoño. Una poética y un olvido.
+ Quizá se trate del estudio de vidas ejemplares, de caídas y de remontadas. La vida como narración y ese espectáculo que guía el entusiasmo. El que se sabe elegido por los dioses parece ignorar su indiferencia ante los hombres. Se levanta y vuelve a caer. Sin embargo, la fortuna parece que le sonríe una vez más. Breve espejismo. No hay debate. Se desluce y envejece pero mantiene la arrogancia y se escucha su voz, el timbre y el golpe. Fuerte es su oración y breve su eco.
+ Imagen: fotos anteriores a la pandemia, las veo y pienso si en ellas se puede contener una profecía y, al momento dudo. Mi yo del pasado le envía un mensaje al yo del presente, barajo y me abandono en el sonido de la lluvia contra el pavimento.
sábado, 4 de diciembre de 2021
Paréntesis (7)
+ Tras toda una mañana y parte de la tarde dedicado al estudio de estos temas que no me interesan demasiado pero que el fruto posible tanto me motiva, me entrego, breve y con intensidad, a lectura de algunos poemas escogidos. León Felipe, otra vez. Hay en la música un consuelo sosegado que me invita a la lejanía y a la posesión de la calma, ahí están sus poemas y, en ellos, el núcleo de su música. Lo que aprendo lo olvido y queda ese poso, la certeza de que el minuto y la eternidad conforman una única sentencia: el olvido. El olvido me subyuga y me salva, en lo paradójico y en lo transitorio. Abro el libro y, mientras, escucho el tic-tac del reloj de pared. Ya no es mi mundo, me digo y sonrío porque sé que no es verdad. Estoy vivo.
+ Un grueso tomo me ofrece poemas que se distribuyen a lo largo de la historia de la literatura española, casi hasta llegar al presente. Leo, salteados, dos sonetos y dos poemas sin estructura canónica. Me llega la noticia de que no sé nada, que todo lo he olvidado. En ello descanso y trato de digerir la intuición de que la política es algo más que el gobierno de la ciudad. Los cuatro poemas me alejan del tiempo presente. La pandemia, la crisis, el ascenso de la intolerancia. Todo y más, me digo, todo es lejano en este momento. Aquí sigo y el frío asciende desde el sueño y en las manos hace su trabajo.
+ Me gusta el frío.
+ Titularía, de no estar entre paréntesis, la entrada: lejanía.
+ El día se apaga y una espesa cortina de lluvia lo cubre todo, absolutamente todo. Ese vacío que se instala tiene un rasgo común con otros momentos de la biografía. Lo presiento porque es un indicio de la tristeza. Esa pena, tan larvada, tan leve. Puedo luchar contra su percusión y lo hago, pero la lluvia y su espesor persisten. No soy yo, me digo, es el clima. Cae la noche y pienso en viejos castillos, abadías, ruinas. Es un catálogo de lugares comunes, es el Romanticismo, porque somos hijos del Romanticismo y no podemos escapar de su influjo. Yo me dejo llevar y sonrío.
+ Y dice el hombre que está en la mesa de al lado, con visible ironía y manifiesto estruendo: “… y mi hermano es tan malo como mi padre y tan holgazán que salió a mi madre.” Las mujeres que están con él lo miran con indiferencia y asienten, sin convencimiento. Los tres fuman, los tres beben café con leche. Una idea pictórica, un aliento narrativo. La tarde declina tras las grúas de los astilleros, de los muelles de reparación. Olor a mar y a pescado fresco, líneas que se pierden en el horizonte, nubes deshilachadas, restos del día sobre el asfalto, hubo mercadillo y quedan algunos restos en la plaza. El hombre pide otro café y se ríe con hueca sonoridad. Me voy y me alejo. La música es divina, la música me aísla.
+ Imagen: hace dos años, Uned - Edificio de Humanidades. Una senda, un rastro que define el paréntesis: para quién lo sabe.
sábado, 27 de noviembre de 2021
Paréntesis (6)
+ Me gusta mucho aquella cita que extraje de una canción de Radio Futura: “a un amigo, desconocido aún”. Todavía me gusta y la enlazo con aquella otra suerte de sentencia incrustada en una pieza, autoría, también, de Auserón: “soy fuerza e indecisión”. Gobernaron ambas frases un momento, un lejano momento de vida. Ahora no son rescoldos ni arqueología, sino vida en sí misma. Soy un amigo desconocido, soy fuerza e indecisión. La brújula que preside mi escritorio no es de bronce sino de viento y divinidad, la que yo coloco en la peana.
+ Los afanes. Son tres personas que las une el interés por un terreno urbanizable. El constructor, el promotor y el abogado de este último. Los tres se debaten entre expectativas y razones, entre la posibilidad y los deseos, entre el horizonte y el presente. ¿Es solo dinero o también se trata de una suerte de juego, de apuesta por la capacidad de concitar elementos que lleguen a buen puerto, ganar, ganar la partida?
+ Los sueños se prestan con facilidad a la interpretación, aunque esta tienda hacia el error. Sin embargo, me prefiero tomar esta íntima narración como un indicio de la situación que en la vigilia se agazapa, se esconde tras las cotidianas afección y emboscaduras. Sé que todo ello está muy estudiado, criticado y valorado, pero me gusta dejar constancia de como la narración de un sueño describe nuestros temores diarios y como no deja de ser este un proceso de secreción de materia tóxica, de elementos que sobran. La salud, tal vez, ese reflejo de los hábitos, la lotería genética y la casualidad.
+ Duermen, todavía duermen unas mis lecturas. Lecturas que tengo pendientes y no me permito volver a ellas. Es ese examen, esa prueba que se aproxima. La lectura en ausencia es otra lectura, un presentimiento y una certeza, indicios que han de cuajar en algo inesperado. Escribo aquí y no hay obligación más exigente que la que uno se ha impuesto. Falta poco, me digo y veo como duermen en sus baldas aquellos poetas, sus poemas, los tomos, las antologías. Se vislumbra un horizonte de posibilidades.
+ Iremos a Noia.
+ Considero que los títulos “paréntesis” responden a una suspensión de toda actividad libresca (o casi). Mientras no realice el examen así titularé. Qué formas y maneras de contar, se multiplican y dividen según necesidad.
+ Imagen: el movimiento de la cámara actualiza es estado de ánimo, la clave está en la selección.
sábado, 20 de noviembre de 2021
400
+ Es esta entrada la número 400. Desde el año 2014 publico cada semana una entrada y así se llega a la número 400. Casi ocho años. Una vida, un suspiro. Un número solo es un número y no quiero darle más importancia que dar cuenta de ello. Constato la marcha del blog, su presencia y ese reflejo de la voluntad y la determinación, sin mayor recompensa que la publicación. Nada a cambio.
+ En ocasiones me pregunto si he aprendido a ser agradecido., Me pregunto, incluso, si soy una persona agradecia. El agradecimiento es el cimiento de la persona, uno de los cimientos que aprecio en una persona, y su reverso o contrario me lleva hacia la sospecha. Reconocer que te estiman, se preocupan por ti o te hacen la vida fácil no siempre es fácil de ver, porque el egoísmo y el egotismo crecen sin necesidad de cuidado. Hacerse esta pregunta es establecer un buen rumbo. Hoy me pregunto por ello y concluyo que estoy en la buena senda.
+ ¿Son propósitos o necesidades? Cada semana me asomo al ordenador para dejar constancia de que estoy aquí.
+ Llevar un diario, pues esta plataforma no es otra cosa, es trazar un personaje o, al menos, perfilarlo. ¿Soy yo el que escribe o es una impostura actoral? ¿Me ayuda a conocerme o se proyecta una sombra que me suplanta? En cualquier caso, aquí estoy y aquí permanezco.
+ Lecturas que certifican una cierta idea de determinismo, que diluye la idea de mérito académico, incluso del esfuerzo, porque no deja de ser otra cualidad o don. No deja esta certeza de relacionarse con mi biografía, mis éxitos y fracasos. Es un camino peligroso, sin embargo no puedo soslayar esa atenuación de la culpa; pues, si mérito no hay, culpa tampoco. Es un camino peligroso, sin duda.
+ ¿Nacimiento o educación, herencia o ambiente?
+ El número cuatrocientos es un número como cualquier otro. La diferencia la establece el talismán de la redondez. Lo redondo se impone a lo afilado o anguloso. Pero somos formas redondeadas y ángulos afilados.
+ El color de otoño me seduce y me atemoriza. Recorro con el coche del trabajo las carreteras y se dibujan los perfiles de los árboles que conforman los bosques, sobre ellos, hacia las seis de la tarde, el día comienza a declinar, se transforma este límpido cielo azul de noviembre en una casada de rojos sanguíneos, líquidos e intensos. No hago fotografías porque el espectáculo no las admite, ya que degradarían su profunda verdad. Sin cuestionar mi persona, me diluyo en el tiempo detenido. Un instante no es la eternidad, pero mediante ciertos resortes se puede prolongar su magia. Todo ello es cierto, sin embargo, la capacidad metafórica del otoño me asusta y me entristece. Busco el equilibrio y creo encontrarlo, caído en el sueño y duermo profundamente. Es martes, ya.
+ Llega el final de día y doy por terminada esta entrada número 400. Ahí queda, para el viento, para el olvido.
+ Imagen: en Madrid, en Malasaña, unas imágenes que contienen esa tendencia a la desaparición, a esa lucha contra una tristeza larvada. Seguiremos tras el número 400.
sábado, 13 de noviembre de 2021
Paréntesis (5)
+ Recorro las etapas de un paseo por Madrid mediante las fotos que hice en su momento. Reconstruyo el trayecto y no recuerdo las conversaciones con K., salvo algún detalle frente a un cuadro que volvíamos a ver después de muchos años. ¿Había cambiado el cuadro? Los cuadros nunca cambian, son las miradas las que modifican su significado. Esperaba mucho de todas aquellas imágenes y se convirtieron en balizas de un paseo, nada más. ¿Nada más? Su función inesperada vale más que aquellas esperanzas.
+ En mi oído izquierdo resuena algo parecido a la respiración ahogada de un animal herido. No sé de que se trata. La noche pasada me despertó y pensé que era un demonio. Si inclino la cabeza en el sentido contrario, desaparece. Ese sonido forma parte de mí y desconozco su naturaleza. ¿Solo desconozco el significado de este aullido apagado, sordo, inconstante?
+ Tres días de viaje o de turismo. Lugo y Ourense. Otra forma de regresar a la infancia, aquellas máquinas de tren, aquellos vagones, aquellas estaciones. Como si todo se hubiese detenido. La bruma y la carretera. La ciudad de Lugo que casi no recordaba. Monforte de Lemos, la presencia barruntada de Góngora. La mano de C. y su conversación, los alientos de la felicidad. Vimos prados hermosamente verdes, cielos grises, la transparencia de las última horas de la tarde, el color de los castaños y de los robles, escuchamos música y comentamos vidas y haciendas, sin pararnos demasiado. El ámbar de la cerveza sin alcohol, el sabor intenso de la carne de buey, pasteles y helados, la capa brillante de azúcar quemado. Los días pasan, pero queda algo, algo que se resiste a doblegarse.
+ Libros que duermen en los estantes, a la espera que el paréntesis termine. Terminará y nada será igual, pero sí muy similar a lo anterior.
+ Imagen: el desorden y la irrelevancia fotográfica, exposición de un tiempo y un espacio que no se han de mencionar.
sábado, 6 de noviembre de 2021
Paréntesis (4)
+ Continuo en el ámbito, en la esfera de León Felipe y en este tránsito recuerdo cuando compré el libro. Este recuerdo me lleva a establecer una distancia entre el que fui y el que soy, lo que se ha diluido y lo que permanece. Medir esa distancia es una manera de establecer el lector que soy [hoy, no mañana]. Recuerdo que comencé la lectura y no me gustó, dejé el libro a un lado y un día alguien me habló de la musicalidad de los versos, volví a ello y no conseguí entender porque, precisamente, pretendía entender algo que solo había que interpretar [casi de una manera musical]. En estos días del otoño de 2021, en la cola de la pandemia (?), ha llegado ese momento. Leo y recito internamente, con una voz que se sabe deudora del que compró el libro, el que lo apartó, pero, también, el que no se conformó con su incapacidad. Hoy recuerdo con cariño al adolescente que fui. Qué buenas son las reconciliaciones.
+ Llega ese momento del cambio de hora. Acabo de retrasar el reloj del estudio y ahora puedo ver como las agujas avanzan hacia las ocho de la mañana. Llueve, débilmente llueve, pero el tic-tac se impone sobre todos los sonidos. He visto a la gata y la he acariciado, me ha mordido con cuidado, un mordisquito de buenos días, me digo a sabiendas de que no es así. Tengo libros ante mí, libro que dudo que vuelva a ellos y esto establece un puente entre las horas, la gata y este silencio apenas quebrado. El tiempo y sus estragos. Llueve y continuar sería escribir un poema, algo que no haré.
+ Leo, un poco al azar, las entradas que he escrito en el pasado y no me reconozco. Veo una serie de carencias que me recuerdan un poco a ese momento en que oímos nuestra voz grabada, nuestra propia voz: qué desagradable. La reconocemos, pero con matices absurdos y sin brillo, carente de toda prestancia o valor. ¿Soy yo? ¿Soy yo ante el espejo? Y, sí, eres tú, ante ese espejo que devuelve un fragmento de lo que fuiste y de lo que ahora te hace ser el que eres. No me dejo impresionar, lo olvido y escribo este párrafo. Soy yo.
+ ¿Siempre se regresa al yo?
+ Regreso a Marco Aurelio.
+ Imagen: 7630
sábado, 30 de octubre de 2021
Paréntesis (3)
+ Vuelvo a ver las imágenes de la entrada anterior y me fijo en el detalle del ojo derecho de la mujer en el baño, la que yo amplio, la que disparé ante el cuadro. Me fijo y veo tristeza y pregunto si esto es una opinión o un hecho cierto e indiscutible. En cualquier caso, es tristeza lo que me llega y no soy capaz de discernir si se trata de un motivo o es mi estado de ánimo. Mi variable estado de ánimo. Días que se van y esa estela del cansancio. La construcción de una identidad me fatiga y, al mismo tiempo, me veo abocado a ello, desde siempre y con la contundencia de lo que se sabe imposible de alcanzar. Estudio por la mañana asuntos que no me interesan mucho, pero que me puede procurar un trabajo similar al que realizo pero en otro ámbito, quizá mejor, quizá no. Quedo en suspenso y vuelvo a ver el cuadro en su amplitud, donde ya no distingo esa tristeza sino una alegría banal y propia de los años sesenta del siglo pasado, un contraste con otras realidades, un acento que conserva validez y todavía caracteriza ese fluir humano en las eras de los medias y las frivolidades. ¿Soy yo? Sí, eres tú, me responde la mujer en el baño.
+ Me debato entre la opinión, el conocimiento y un aliento lírico. No sé dónde estoy, pero me inclino por lo último y no me gusta mucho. La especialidad se transforma y muestra un vacío. Esa vacío es la lírica y sus impresiones. ¿Toda poesía actual es lírica, cabrían otros modos o es ya imposible? Veo los poemarios pendientes y domina un yo territorial, aunque esta nación sea lo cotidiano ahí está. Lo observo y me observo y encuentro un punto de unión. Soy de otro tiempo y de otro lugar, mundo que quizá no hayan existido nunca y me conduzcan a una extraña nostalgia, la nostalgia de lo no vivido. La opinión, el conocimiento y el aliento lírico, tres vectores de mi presente, que no alcanzan la solución, pero tampoco la intentan. Soy yo, no ellos.
+ Separa un libro, lo deja para cuando llegue el momento del viaje, que será dentro de unos meses. Lleva repitiendo este rito desde hace años. Es una elección cuidadosa, nunca improvisada. Con el tiempo ha decidido que los libros de poesía y las novelas queden descartadas ya desde un primer momento. Se ha vuelto maniático, lo percibe, pero, en realidad, no ha sido una transformación sino que los acentos se han intensificado. Por fin, se decide. Un libro sobre la historia de Francia, para tratar de solventar algunos huecos. Es fácil. Se se sentará en su asiento en el vagón de tren y comenzará a leer con la ayuda del diccionario electrónico que se ha descargado en el teléfono. Es fácil. De vez en cuando le da por observa la portada del libro, pero sin llegar a abrirlo. Napoleón señala un punto en un mapa desplegado, su severa expresión contiene todo un propósito, el destino de una personalidad, la razón de un carácter. Qué pretende adquirir con su lectura, más allá del entretenimiento, del pausado discurrir de las horas que habrá de pasar en el tren. No hay un propósito porque la lectura debe conducir a la conversación, se dice, y, ahora, no habla con nadie, con nadie hablará de las dudas que lo asaltarán cuando penetre en la sucesión de acontecimientos que se producen en el siglo XIX y que tanto le intrigan. ¿Qué sentido tiene leer, salvo ese llenar el tiempo detenido del viaje en tren? No tiene sentido, termina por decirse, pero ¿hay algo que tenga sentido? ¿algo más allá de la muerte? Así, se condensa el tráfago de la semana, los sinsabores y pequeñas angustias, la debilidad de lo visible, la certeza de la finitud, pero su necesidad, también. Deja, por fin, el libro en un hueco de la estantería y bebe un poco de café. Ahí estoy yo, se dice, cierra los ojos y el sábado llega a su fin.
+ Sin dudar, he sumado a la colección de poetas en marcha de lectura sistemática a León Felipe. Una cuestión biográfica o una deuda pendiente, una laguna en mi lánguida cultura o una estancia moral que debe ser habitada. No importa, ahí está la Antología rota. [¿Se suma al equipaje libresco que el hombre prepara para esa tarea pendiente, ese viaje por hacer en el inicio del próximo año?]
+ Los pequeños placeres: chocolate negro y café caliente, cargado y sin azúcar. Leves recuerdos de playas y acantilados, la sal y el verano, un cierto viento que se carga con las sugerencias de la lectura anterior: León Felipe.
+ El malestar regresa pero bajo una faz distinta, el rostro conmovido y vergonzoso del que se ve derrotado. Ahora soy otro, me digo y sé que no es verdad, simplemente recupero fuerzas. Las fuerzas se encuentran en el amor, el trabajo, la poesía y el agradecimiento. El agradecimiento a quien merece esa gracia. Lo sé, soy magnánimo y eso me hace ser quien soy. Un rasgo que constituye mi principio rector. Ahí me centro, esto celebro.
+ Imagen: un fragmento del cuadro de Roy Lichtenstein, una continuidad en la ilustración, un seguidismo en la idea.
sábado, 23 de octubre de 2021
Paréntesis (2)
+ El desengaño es la constatación de una verdad incomoda que nos pone ante la realidad de nuestra vida y experiencia, al tiempo que corrige nuestras erróneas percepciones. El desengaño resulta ser el núcleo barroco, donde se produce una revelación transformadora y paralizante. Tal vez toda la poesía trate el tema, pero nunca con tal intensidad como sucede en el ámbito Barroco; en especial, toda la lírica española. Recuerdo lecturas y me atrinchero en sus posibilidades, el abanico de conocimiento que se abre. Un edificio, una ruina, el rastro del pasado, la vida que no volverá, el ver a los jóvenes en su amplia capacidad de disfrute, su energía, el paso del tiempo y su implacable verdad, voluntariosa ceguera. La naturaleza se eleva entre la tranquilidad del otoño. Ese volcán que no cesa nos recuerda la insignificancia que resultamos ser. ¿El desengaño? El emblema del día, el emblema del otoño de la vida.
+ Veo cuadros que vi hace tiempo, mucho tiempo. Los vuelvo a ver en el reproductor de imágenes del ordenador. Un puente hacia el pasado, un retorno a los viajes y las excursiones a museos. Amplio las imágenes y estudio a otros visitantes. Me recreo en esta distancia y en sus posibilidades. Antenas que se desplegaron y hoy ofrecen los frutos de aquellas indagaciones.
+ Como por ensalmo fui consciente de su soledad. Aquel continuo frecuentar el bar y el tacto nervioso sobre el móvil delataban su falta de compañía, salvo esa compañía que proporcionan los bares [que nunca es poca cosa]. Yo lo conozco desde niño y lo he visto envejecer. Así, cuando dijo que era de poco llorar y ni siquiera había llorado cuando murió su madre, me hice cargo de su situación. La cerveza, el tabaco, el teléfono, mañas para tratar de esquivar el dolor, tal vez. Comprendí algo, un punto inefable que solo la poesía podría transmitir. Un gran poeta de lo cotidiano, de las pequeñas cosas, del feble humo de los días y las noches. El trabajo, la conversación y el enfrentarse en soledad a la cama de la humilde pensión, olores de pensión, cuerpos y durmientes embalsamados. No recuerdo su nombre, pero ahí sigue: ante su móvil y su cerveza, a la espera de una palabra tan cotidiana como valiosa, una palabra que no llegará.
+ Imagen: Contrapongo tres imágenes. La primera es una vista nocturna de Madrid, las dos siguientes corresponden a una visita al Museo Thyssen, ante la vista de un cuadro de Roy Lichtenstein. La importancia de la serie radica en la evocación del días pasados, del tiempo que se diluyó y que crea recuerdos y ausencia. La permanencia no es una elección.
sábado, 16 de octubre de 2021
Paréntesis (1)
+ En la primera hora de la mañana del viernes leo una crítica que cuestiona o pone entre paréntesis la palabra realismo. Un cajón de sastre que resulta cómodo y tiende hacia lo irrelevante, hacia la pereza que produce establecer conceptualmente el marco o el contexto de una obra de arte, bien plástica, bien literaria, narrativa o estática. La razón es clara. Se saltan muchas etapas, se desdeñan razones y se establece una frontera que facilita la clasificación. Pero, bien sabido es, las fronteras son tan inestables como permeables y la complejidad de una posible lectura no se resuelve en la etiqueta que se asigna. Sigo con mis tareas pero sé que, a lo largo del día, volveré sobre le tema, al tiempo que añoro mi investigación, pero estamos en otro momento.
+ He visto una persona duplicada. Extraña situación. No es la primera vez que veo a esta persona duplicada. ¿Qué lectura debo establecer?
+ La música de Astor Piazolla llega intensa y nerviosa. La identifico con la ciudad moderna, con el ritmo del metro y las prisas de las calles, las cafeterías en hora punta, el olor a café y a croissant, calles y edificios, plazas y arrabales. Llega y se va. Indago en su biografía y se eleva la decisión, la audacia y la contradictoria y problemática existencia, común a todos los hombre y mujeres. La música permanece y, así, una idea que pervive. La noche se cierra y yo cierro mi teléfono, esta biblioteca de Babel. Argentina en la memoria, como un deseo no alcanzado que se ancla en la adolescencia. Recuerdo a Borges, a Sábato, a Cortazar, los recuerdo y desearía volver a ellos [en especial al Sábato de Sobre héroes y tumbas], pero no es posible. Tareas que me ocupan y me retienen. Astor se desvanece en horizonte y la noche se ha cerrado tras diluirse los último hilos dorados del día entre las montañas. Es viernes a la noche. Se cierra el arco.
+ Regresamos, una vez más, a la liturgia del restaurante y el fin de semana, sustitutos de viajes no realizados, pendientes de la solución de diversas circunstancias y ocupaciones. El trabajo diario se debe ver compensado por dosis de ilusión, que establece una suerte de equilibrios entre la obligación, el esfuerzo y una pizca de hedonismo. La estructura lo es todo, como se sabe desde tiempos inmemoriales. Tanto en la ingeniería como en la trabazón de la obra de arte, incluso en aquella que abjuran del orden. Pero romper ese orden es tender hacia la maestría, hacia lo genial. Recuerdo bien aquel relato sobre la construcción de un palacio japonés (o quizá chino, porque, en realidad, no recuerdo tan bien como quisiera) que alcanza la prístina perfección, cuando se lo muestran al emperador este reclama un martillo y rompe con él el basamento de una columna y exclama: ahora, sí, ahora es merecedor de mi persona. ¿Es el martillo o el basamento roto una equiparación con el restaurante? Ni una cosa ni la otra, sino el gesto mismo. La ruptura, el rechazo de una simétrica reiteración de lo diario. Y, así, en ello estamos. Tomaremos el coche hacia la siete, daremos un paseo por Baiona, iremos al restaurante escogido y registraremos esa ruptura de la rutina, esa elevación en lo diario, la cumbre de las sosegadas y alegres tarde y noches del sábado.
+ Fuimos al restaurante y encontramos lo que buscábamos. No podía ser de otra manera. Antes de llegar nos fijamos en como la luz otoñal perfilaba la silueta de los montes y las urbanizaciones, nos fijamos en el mar calmo y las líneas que las nubes trazaban, entre rojas y negra, próximas a la noche, con destellos azules. La cena no pudo ser mejor y regresamos satisfechos de haber celebrado la llegada del otoño, o cualquier otra cosa, porque el motivo era indiferente y la celebración cobraba valor en sí misma, sin necesidad de otras razones. Hablamos de ello y sentí lejanos los días de hospital de C., sentí lejanas esas desavenencias que no he provocado pero que me hirieron, sentí el peso de la vida disuelto en la alegría y la música que se desperezaba desde el teléfono hasta los altavoces. Era sábado y todo había salido bien, ¿por qué no habrá de continuar esta totalidad por esta fluida senda?
+ Imagen: una primera vista de exposiciones visitadas [algo que se completará en la siguiente entrada].
sábado, 9 de octubre de 2021
La complicación
+ Que la comida aporta felicidad no es ningún descubrimiento, pero atestiguarlo resulta ser un principio de alegría incuestionable. Ayer, viernes, C. y yo fuimos al italiano que solemos ir. Pedí pizza y el sabor intenso del Gorzonzola me devolvió el entusiasmo hurtado por los días de estudio, siesta, trabajo y sueño, en ese orden milimétrico y ordenancista. La culminación fue el tirsamisú. Me gustó ver como la gente disfrutaba con la celebración de cumpleaños y cenas de amigos. Quizá durante mucho tiempo he minusvalorado estas pequeñas delicias que se insertan en lo cotidiano y cotidiano son también. En la hora de recuperar la fuerza necesaria para el camino diario es esta una gran confirmación: la comida aporta felicidad. En ello estoy.
+ Escucho en la mañana del sábado asuntos turísticos sobre Dakota del Sur.
+ Espontáneamente digo: “… y no hablaba a humo de pajas.” En definitiva, la cervantina expresión se ajustaba a aquel preciso momento, a la conversación, a la persona que yo calificaba por su sensata seriedad. Resuenan ecos de nuestras lecturas y de otras influencias, como un eco que se expande más allá del momento y el lugar.
+ Pienso, durante un momento, en la necesidad que las personas tiene de adquirir elementos que completen y realcen su identidad. Un amplio arco que puede ir desde una bandera hasta la entrega al deporte [aficionado]. El arco que he propuesto no responde a ninguna sistemática y es algo que me viene a la cabeza después de observar a corredores y ciclistas por las calles de esta ciudad, que se entregarán mañana a competiciones de aficionados pero con una seriedad, quizá, superior a la propiedad de los profesionales.
+ “De una dama que, quitándose una sortija, se picó con un alfiler”, Góngora. Me llega un artículo de Luis Beltrán Almenara sobre este soneto. Lo leo, fragmentariamente, en el teléfono. Leo el soneto y leo el artículo mientras espero y, al tiempo, no dejo de pensar en las intenciones del texto en su momento de su creación y en estos ámbitos que alcanza mientras se expande. No hay una respuesta clara, como casi siempre. Leo y me admiro de la destreza y la complicación, y sé que esta naturaleza es su razón de ser. Algo que se mantiene. La complicación , esa necesidad de entender y la dificultad misma de llegar hasta ahí. El centro del poema podrá ser irónico o podrá tratar de establecer una nexo estático entre la tradición y su momento, la modificación del tópico petrarquista, pero se mantiene esa complicación a lo largo del tiempo. Desentrañar el poema no deja de ser también otro pasatiempo.
+ Imagen: mercería.
sábado, 2 de octubre de 2021
El mes en curso
+ ¿Cuántas veces he titulado una entrada con el nombre del mes en curso? ¿Un recurso fácil, tal vez? No tengo respuesta y no quiero averiguar la razón, aunque obtener el dato no sea demasiado complicado, pero su interpretación se dibuja como intrincada e innecesaria. Me inclinaré por una carencia de chispa para recoger la calderilla del día, ese rédito que se vierte aquí, con mayor o menor fortuna. Así, se disipa septiembre el séptimo mes en Roma, el noveno en nuestro mundo. Todos los momentos que se acumulan en este continente son el mismo mundo gobernado por mi interés en hacer de la escritura una baliza en lo diario, una tarea que me configura, una obligación impuesta y que se traduce, sin paradojas, en una libertad portátil e íntima. Ahora no tomo notas, ahora recuerdo y el recuerdo es un tamiz, un filtro que limpia y construye ese otro mundo. Bueno, septiembre llega a su fin y asoma octubre.
+ Un tweet sobre los reflejos en los cuadros holandeses del siglo XVII. Lo leo con interés y me pregunto por la razón de la herramienta. Siempre es lo mismo, el cuchillo sirva tanto para el trabajo como para el asesinato. “¿Por qué es el mismo el giro del brazo cuando siembra que cuando siega, el de amor que el de asesinato?”, Claudio Rodríguez.
+ Y mientras hago un seguimiento de bulos en red e identifico un cierto motor político en la podredumbre de las redes, que no es su totalidad, ni creo yo que sea su amplia mayoría, pero sí que el ruido se manifiesta con poderoso impacto.
+ Breves interrupciones que establecen un ritmo por desentrañar, su transcripción es materia de agenda. ¿Agendable?
+ Entre tareas, libre de presión o con una presión bajo control, no sé. Los días pasan y el otoño se estable mientras septiembre llega a su fin. Escucho un podcast sobre Alfonso X el Sabio, regresa una vez más esa certeza de las grandes laguna que mi conocimiento tiene, pero lo que extraigo de mayor valor es esa confirmación de una cierta querencia hacia la lectura y el conocimiento en determinadas personas. Creo estar ahí. No necesito confirmaciones. Se aproxima el fin de semana y también es un ritmo oculto. Turbulencias y yuxtaposiciones. Leo y contesto correos electrónicos. La actividad es el fármaco. Fármaco en griego tiene la doble vertiente de cura y veneno. ¿Depende de la dosis? No hago otra cosa que leer y escribir, me parece oír bajo el tic-tac del reloj que preside el estudio. El reloj, el calendario, el teléfono, todos ellos: vanitas.
+ Imagen: otros otoños y el mismo otoño, la geometría no vence al perfil de las nubes. [Mientras, yo esperaba que llegase un tren].
sábado, 25 de septiembre de 2021
Salve Lucru[m]
+ Recuerdo con precisión muchas cosas de nuestro viaje a Nápoles, de la visita a Pompeya, pero hay una que destaca hoy de una manera especial. Para comenzar por el principio debería volver a aquella mañana limpia cuando nos dirigimos a la Stazione Di Napoli Centrale en la Plaza Garibaldi. Compré los billetes y nos dirigimos al andén para esperar el tren que nos llevaría a Pompeya. No pude dejar de observar al resto de viajeros, integrados en su mayoría por turistas (como nosotros). No sentía yo nada irrelevante o inferior en el término turista, pues es una condición de nuestro tiempo que no es incompatible con cierto sentimiento de cosmopolitismo y eso, para qué engañarnos, me gusta. El tren partió y a buen ritmo cruzaba pueblos con resonancias hermosas, por ejemplo: Torre di Greco. Subió un conjunto de músicos rumanos y sonó aquella conocida canción de Renato Carosone Tu vuo fa l’americano [mientras escribo pongo la versión de R. C. en el reproductor de vídeo]. Mientras, corría el paisaje con la vigilancia del Vesubio y nosotros, C. y yo, saboreamos una delicada alegría adornada por la música y el idioma. Cayeron las monedas en el sombrero que pasó ante los felices viajeros. Así, llegamos a la estación de destino. Nadie nos pidió aquellos hermosos billetes, de cartón y con filetes dorados, billetes que todavía conservo y, ahora, han tornado su función, pues se han convertido en marca páginas. Caminamos y guardamos silencio y entramos en la ruinas, en las excavaciones. No pudimos menos que maravillarnos, en un sentido amplio y neutral, sin tratar de establecer una conexión con el pasado, sino con una relevante huella en el presente de todo aquello, de tal memento. Allí estaba la muerte y la vida, la característica principal del presente: su fugacidad. Se reflejaba en nuestros ojos el escenario y condicionaba nuestro silencio asombrado, solo interrumpido por otro visitantes (tal como nosotros a ellos también los interrumpíamos). Fue entonces cuando penetramos en aquella villa en la que su entrada, como recibimiento, habían incrustado teselas para escribir la frase: Salve Lucru[m]. Qué claves me otorgaba, sobre los afanes y los días, sobre un impulso del que carezco. Allí estaba todo y no había nada. La tarde comenzó a declinar y regresamos en el mismo tren, sin música y con el aliento de un poema de Leopardi y una misión cumplida. Esos momentos que le dan sentido a la vida, un sentido efímero y transparente cargado de promesas y desafíos.
+ Rescato libros de las estanterías, libros que son espejo del pasado y hago la cuenta de todo el dinero que en ellos se gastó y sé que carece de importancia. Ay, la contabilidad como una de las bellas artes.
+ Me refiero al libro de David Leavitt titulado Baile en familia. Ya la portada me traslada al pasado, a un tiempo que no fue mejor, pero tampoco peor. Ese joven tirado en una cama, adormecido, ese dibujo de lápiz de color. Lo veo y me veo. Mis sueños y las porfías del destino [ese resultado de nuestro carácter, me digo una vez más]. Tiempos de ebriedad y citas literarias, “peces asirios” y tabaco negro en su distinción y distancia. Eran timbres y ausencias, portales y besos hurtados, la recién abandonada adolescencia. La nunca abandonada adolescencia. No había lucro ni perspectivas de su presencia en futuro próximo. Otro día, me dije mientras dejaba el libro de D. L. en su lugar, me pararé a pensar en aquellos que culminaron el proyecto económico con éxito, pero ahora, C. y yo, debemos coger el coche y recorrer la costa, tomar algún que otro café, charlar, regresar y dormir a la espera del comienzo de la semana. ¿Dónde está la plusvalía?
+ Sobre las plusvalía habría que escribir un tratado. Un tratado centrado en la lectura y su influencia en el destino de los lectores, ¿será esta la plusvalía a la que se refería en aquel lejano bar de en Toledo? A saber. Ahora no recuerdo otra cosa que esa palabra y el sabor agrio de un vino barato que caía chispeante desde una frasca sutil. La plusvalía estaba contenida en aquella conversación y en el olor a leña vieja y a mostrador refregado con lejía. Síntomas de envejecimiento son estos acrisolados recuerdos, minerales extraídos de las profundidades de una memoria que ya ni ese nombre admite, salvo por una conexión fósil con todo lo que fuimos y lo que hoy no somos.
+ Durante un instante perdí esta nota o entrada. Sentí una ligera melancolía, como si lo escrito tuviese más valor del que en realidad tiene, que no es poco, ni mucho, sino una extraña calidad que me sirve para orientarme en lo diario. Un algo que tampoco hubiera perdido definitivamente porque su reconstrucción hubiera sido una nueva cartografía para los mismos mares y costas.
+ Imagen: poco hay que decir, la villa en Popeya, aquel día, recuerdos de la felicidad que irradia hasta el día de hoy, hoy mismo.
sábado, 18 de septiembre de 2021
Septiembre
+ Las fotos de la entradas anteriores corresponden a un viaje que hice con mi padre años atrás al Lago de Sanabria. Subimos a la Laguna de Peces con la intención de llegar caminando hasta Peña Trevinca. Este era el motivo del viaje, que no llegamos a alcanzar, pues la niebla y una fina lluvia nos lo impidió cuando estábamos muy cerca de la cumbre. Mi padre quedó rezagado y yo continué, vi la cumbre y me pareció peligroso intentar el ascenso; entonces, deshice el camino y llegué hasta donde mi padre se había sentado a descansar. Regresamos con esfuerzo y con un cansancio extraño. Aquel día caminamos casi cincuenta kilómetros y no llegamos a la meta. La importancia del día estaba en el esfuerzo conjunto y en las conversaciones que se sucedieron y que no recuerdo, salvo su tono y ambiente. Hace tiempo ya, pero permanece presente su calidad y frescura. Guardo el tesoro del recuerdo.
+ La casualidad me lleva a leer un resumen sobre el acceso a la condición de alto funcionario en la China Imperial. Es decir, la consecución del mandarinato. El laborioso y costoso proceso de exámenes y pruebas crea una clase dirigente muy solida y hermética. La preparación de una prueba de acceso, de una oposición tiene un componente deportivo y una tendencia clara a lo elitista. La unión del mérito y la capacidad cuajan en una personalidad y en un ambiente social. Aquellos puntos que se iluminaban mediante los conceptos de capital social y capital simbólico toman cuerpo en la lectura de este breve resumen. De aquí llego a la idea de la cuestión de lo determinado y, en contraposición, de la libertad. ¿Hay una igualdad efectiva en el acceso a los deseados puestos de una administración, que requieren dinero, tiempo y familia? No puedo dejar de pensar en ello mientras me digo que todas las posiciones están regidas por líneas de fuerza que escapan a la voluntad del individuo, porque si por arriba hay una idea de mérito, por debajo una idea de culpa sobrevuela el destino, y ambas comparten condicionantes muy próximos: el nacimiento. Volver a plantearme las cuestiones del destino y su configuración me transporta a una cascada de preguntas que no terminan de cuajar en una respuesta satisfactoria o solidad, sino que dan paso a una suma de nuevas cuestiones. La circularidad de mis tribulaciones se une íntimamente con mi biografía y la necesidad que últimamente sufro. Deseo poner la mente en blanco, pero no alcanzo. Una vez más, me rescata la música y en ella se disuelven los mandarines, los brillantes opositores y los fracasos estrepitosos.
+ Duermen mis tareas poéticas. Un sueño profundo y sin alteraciones. Ellas me me esperan, yo las espero.
+ Bajo desde el limite de la provincia con Radio Clásica a un volumen bajo, casi inaudible. El colchón que forman los violines casi no se percibe y hay un contraste entre mis pensamientos y el intenso regusto romántico que te el paisaje atesora. Entre la luz y la sombra, con el rumor de la tormento, sin colores, un leve azul negruzco que dibuja el perfil de la nube, la luna en cuarto decreciente, un rayo que ilumina las copas de los árboles, así, me desplazo y mis pensamientos tienden hacia el reposo, al recuerdo de calles y tiendas, el frío del otoño y lo propicio del viaje para hacer recuento. Finalmente, todo se disuelve en el silencio. Apago la radio y el motor hace de telón de todo este particular sturm und drang. Es septiembre, mes predilecto.
+ Lo que oímos, lo que entendemos y lo que se nos quiso comunicar no tienen porque necesariamente coincidir. La distancia que hay entre los tres puntos es variable. Estas circunstancia hay quien se desenvuelve bien y sabe utilizar mediante los huecos producidos su herramienta más preciosa: el engaño. Un habilidad, sin duda. Una habilidad que no equipara la verdad con la mentira pero que sí aporta un aliento de verosimilitud. Ese trampantojo.
+ Imagen: la suma de líneas rectas que se ven rescatadas de un tiempo no tan lejano, ni tan extremos, una cierta calma, el horizonte y el paso de los días: un septiembre en el recuerdo fue el marco de la foto.
sábado, 11 de septiembre de 2021
El horizonte
+ Las calurosas tardes en el hospital arrojan la visión de una vida detenida, ausente de la realidad, un reloj parado que siempre marca la misma hora. La ausencia de decoración, la liviana estructura, el filo de los elementos de acero, las ventanas que nunca se abren, la atmósfera y los olores, penetrantes y llenos de enfermedad con la esperanza de la salud, también el remedio y la ilusión. Las habitaciones de hospital nos trasladan a dramas anteriores y a victorias recientes, a la lucha y la imposibilidad contra la que la voluntad se estrella. Novelas, crucigramas, televisores insomnes, literatura y artificio contra la realidad de la carne y la ausencia de espíritu. Se debate el esfuerzo y la desmayada asunción de una fiebre alta, unas décimas tal vez. Mientras, en esos mismos muros, habita el virus y su retórica que inunda los noticiarios, cada día un poco menos, cada día que pasa un poco más en el olvido. Escribo y sé que también pierdo algo en cada golpe de tecla, esa lírica que tiene el silencio, el acorde sostenido de los versos no leídos, la memoria húmeda de los días de fiesta y amaneceres rotos entre risas y copas de licor. Todo está aquí, todo se contiene en este instante.
+ Sigo con la preparación del examen y me extravío en temas tangentes. Es una descompresión admitida y necesaria. Mi interés es amplio y versátil, por todo me puedo interesar ya que considero que cualquier cosa pertenece a un ámbito más amplio donde yo habito, donde quiero habitar. Así se afianza la voluntad, pero también su premio.
+ Última hora de un martes cualquiera de un mes de septiembre más, uno más en el largo camino ya recorrido. El mes de septiembre, mi mes predilecto, una querencia dominada por esa luz tan especial, que baña de intensidad los perfiles y las siluetas con una capa de elegante presencia. No es poesía ni pintura, solo el recuerdo de viajes y conversaciones, un licor lejano y el atisbo de otro horizonte. Tal vez Normandía, tal vez Nápoles, la presencia del océano y su majestad.
+ La extensión de las entradas se ve reducida por el efecto de ese examen que debo preparar, que quiero culminar con éxito. Importa más la presencia que la cantidad.
+ Imagen: un puente en medio de la nada, un puente que merecería un estudio, un poema, una canción. Quizá, una canción.
sábado, 4 de septiembre de 2021
La hora indecisa
+ Se cumple en centenario del nacimiento de Fernando Fernán-Gómez. Rescato su libro de memorias El tiempo amarillo y no leo nada porque me entretengo en ver las fotos. Cada foto contiene una sugerencia que no llega a cuajar. La vida de una persona después de su muerte queda cerrada, y este final parece darle sentido. Conforme la fecha del fallecimiento más se aleja, más calidad de personaje adquiere el muerto. Una vez vi a Fernán-Gómez, cruzamos una mirada sin más. El sostenía un whisky en sus afiladas y pequeñas manos y aquellos ojos azules que parecía de una flexible goma me escrutaron. Yo, también, lo estudié. Ahora, ante el libro de memorias, me siento un poco antiguo, como mis recuerdos, como mis propios libros, esta biblioteca con aires de ordenado estudioso pero, también, de especial dilectante. A esto pertenecía la idea de Fernando Fernán-Gómez, que hoy o mañana cumpliría cien años.
+ Qué poca cosa son cien años, una vez muertos no son nada.
+ [Domingo por la tarde, hacia las cuatro, hacia las cinco]. Veo largamente el documental sobre la vida de Paco Umbral, sobre Francisco Umbral. Bien, pero no. Lo que yo vi en Umbral y me fascinó en su momento no aparece (como no puede de ser de otra forma, porque en caso contrario el documental lo debería haber realizado yo, cosa punto menos que imposible). No aparece aquel Madrid que tanto amé a lo lejos, aunque haya algo que se le parezca o se produce en una paralela transición. No encuentro el abrigo que yo compré, pero sí hablan de su abrigos cruzados y bufandas y frío. Con todo, me vale de guía para explicarme la muerte de alguien que yo fui y que nunca llegó a nacer. ¿Por qué no nació aquel que intenté? Por la misma razón que Francisco Pérez Martínez llegó a ser Paco Umbral. Regreso, así, al determinismo, que es lo que el documental me certifica. Se cierra la pantalla e iré a buscar alguno de sus libros, de tantos que hay en esta casa, los que estaban y los que yo he traído. Ay, dónde estarán aquel, Las ninfas
+ Cojo y abro por su primera página El Giocondo. Es esta la novela de Umbral elegida, más bien tomada al azar. De ahí, de su primera página, robo el título de la presente entrada.
+ [Aniversarios]. La muerte de Umbral, el nacimiento de Fernán-Gómez. Los aniversarios no son balizas, con certificados con acuse de recibo.
+ Noticias que por azar nos llegar y explican aspectos sombríos del pasado, luz sobre un rostro, imagen difuminada y en la lejanía. Se atraviesa el cristal pero en él nada permanece, así es la luz. Me habló K. de él y lo recordé cuando era joven, le volvía ver y pensé: siempre fue un parásito. Lo que con veinte años tiene gracia, cuando se rondan los sesenta, es penoso. Triste y mezquino, hundido en sus estrategias de supervivencia moral. Lo olvidé, olvidé su nombre pero emergió como el madero de un naufragio. Estupidez.
+ Alguna página más de El Giocondo y una conversación sobre Umbral con K. Más que sobre Umbral, sombre nosotros mismos y la pérdida de contexto, la literatura como ámbito de la persona/personaje y el pasado que se transforma en cofre para ciertos textos. Un cofre inexpugnable, un cofre hermético, imprescindible. La conversión resultó agradable, fluida y bien estructurada. Se agradece tanto esa proximidad.
+ Imagen: piedras, piedras que carecen de título, una tendencia.
sábado, 28 de agosto de 2021
Madrid, hoy, en la lejanía - Los últimos días de agosto
+ Como en tantas ocasiones, la radio me inspira. Escucho un programa sobre Galdós y su tiempo, la biografía del escritor y su obra. He leído algunas de sus novelas y creo que tengo una cuenta pendiente con él. Quizá la cuenta pendiente sea conmigo mismo, porque más que una cuenta es una laguna.
+ Regreso a esa tarea que resulta ser la lectura simultánea de tres libros de poesía. Desde que estoy embarcado en esta preparación para un examen que podrá ser o podrá no ser, he abandonado su compañía. Hoy, domingo, en el medio de cierto asueto vespertino, abro el volumen de Ángel González. No sé, quizá sea un certero adelanto; pienso cuando leo “Nota necrológica”, cobre la vida, “Su biografía / -es decir, su expediente- / se cerró un día de brumoso enero” Vuelve una idea de Madrid, de La Castellana, de Nuevos Ministerios, donde el poeta trabajó civilmente en el Ministerio de Obras Públicas (así se llamaba entonces el MITMA). Recuerdo paseos en ese entorno, recuerdo el interior del edificio, recuerdo algunas personas con las que tomé café o comí en aquella cafetería inmensa y desangelada. Lo presentí en los anchos pasillos orlados por las mesas de los uniformados conserjes. Leo el poema que se dedica a un probo funcionario, que más que una persona es toda una clase social de aquellos tristes años de la dictadura, y al leerlo regresa una parte de mí que ya es mineral, que se ha transformado en el fósil de los años noventa del siglo pasado. Ahora, en esta cabalgada o preparación para la plaza, ¿mi plaza?, todo ello adquiere un nuevo significado que el propio poema ilumina de manera extraña y certeza. Me digo, qué grande Ángel González, que maestría.
+ Dónde estaba yo en aquel Madrid, mientras bajaba yo por el Paseo de las Delicias hacia Legazpi. ¿Quién podría responderme?
+ Sé que en unos meses volveré a Madrid y quizá se cumpla esa costumbre de visitar la ciudad todos los años. Me lo dijo un primo mío en una ocasión: a Madrid hay que ir, al menos, una vez al año. No, yo no he tomado ese propósito, pero el rito se ha cumplido espontáneamente. Tiene para mí Madrid algo familiar pero al tiempo altivo y displicente, que me atrae con un poder que emana de mitologías infantiles y transfundidas por amigos y familiares. Oía yo de niño el nombre de la ciudad e imaginaba mundos que todavía palpitan, en las lecturas, en los cuadros, en las fotografías. Leía a Umbral y yo veía allí un París manchego y precioso, con difíciles contradicciones de abrigo de cachemir y morcilla de Burgos, vinache y sofá rojo abandonado en una calle cualquiera de Malasaña o Lavapiés. Algo absurdo y brillante, bendecido por el brazo perdido de Valle-Inclán. Una meta que se enraizaba con una Galicia mucho más mitológica que verdadera. Nunca seré otro que aquel que fui, aunque los matices enmascaren al adolescente que en la noche leía Las ninfas, aquella huída.
+ Y vuelvo a Francisco Brines. Hace un intenso calor que levanta polvo y arrasa la hierba que ha comenzado a crecer. Los frutos maduros se precipitan contra el suelo y la gata maúlla sin ganas: no tiene hambre, no tiene sed, tampoco quiere amor, tampoco quiere lágrimas. El tiempo se desliza y el estudio me aparta de los negros pensamientos. Como un ensalmo, como un conjuro. Leo poemas y la tarde languidece. Playas, carreteras y el océano infinito. Vibra la cuerda última de la guitarra, una nota que queda suspendida en el aire, esa tensión liberada. Memoria y abrazos, el café templado, papeles y bolígrafos, libros, apuntes, rotuladores rojos y rotuladores verdes, sin miedo, sin esperanza.
+ Radio Futura, como baliza de un Madrid que nunca conocí y que siempre tengo muy presente. Mientras recorremos la carretera que bordea la costa, C. y yo escuchamos a Radio Futura. Viejas canciones, “señales de otro mundo.” No me parecen tan antiguas las canciones y yo menos viejo (no soy viejo). La luz de las última de la tarde matiza los perfiles de Vigo, esa línea quebrada. Aquí y ahora, comienza todo, bajo el manto de esta música.
+ También escuché un poema de Gloria Fuertes, recitado por ella misma. Así, terminó el lunes.
+ Imagen: Madrid, Plaza de España, desde la última terraza del Hotel Riu.
sábado, 21 de agosto de 2021
Si escribiera un poema [...]
+ Observo al vendedor de coches. Lo observo con detenimiento. El pelo engominado, la camisa con rebordes en otro color ligeramente más claro, con pespuntes rojos, la colección de pulseras, colgantes y medallas que asoman en el cuello desnudo. Me pregunto si tendrá tatuajes. Lo observo. Su gran anillo y la voz profunda, la dicción lenta. Observo su letra infantil y su seguridad, una cierta arrogancia, una cierta incapacidad para las preposiciones. Mis deformaciones me llevan por una senda de indicios y dudas. No está de acuerdo con lo que le digo y eso le disgusta mucho. No es algo personal, pero se transforma en oposición en la que la identidad parece jugar un papel relevante. Termino, me despido y no me devuelve el saludo. Al día siguiente, su inmediato superior me llama y se pliega a todas mis indicaciones. No pienso mucho sobre el tema, queda en el aire la colección de pulseras y collares que me dieron la impresión de ser su característica más relevante. El vendedor de coches tenía materia para encarnar un retrato muy de nuestra época, esa atmósfera que se desprendía de su persona.
+ Escucho hablar en la radio sobre aquel escritor que tanto leí. ¿Cómo ha variado su imagen, cómo se ha desplazado? No soy el mismo y las razones de mi interés por él han variado, hoy son bien distintas, sino opuestas. Como el vendedor de coches, lo observo en la distancia, entre la tumba y el panteón, la biblioteca y el cuaderno de apuntes.
+ Soy un observador o soy un investigador; quizá, ambas posiciones son compatibles.
+ Durante un breve instante llegó hasta mí un aire londinense. Vi una foto de una chica que trabaja en un club musical, busqué datos sobre ella en la red y surgió un mundo recóndito y sin mayor existencia que el ámbito de lo imaginado. Pero lo importante era el recuerdo de las calles, de los mercados, de las plazas y las tiendas, esos mimbre que permiten imaginar vida que nunca llegaremos a atisbar. En ese orden, ella encarnaba el esquema necesario del emblema, como resultado de todo lo posible, lo que se transmite, la noción de belleza y la atracción que produce la juventud. Nada más lejos.
+ Debo esperar hasta las cinco y media y de la estantería tomo Habla, memoria, de Nabokov. Leo veintitantas páginas y creo entender mi fascinación por esa prosa del detalle y la exactitud. Eran otro tiempos, pero los actuales conservan aquella semilla. No se trata de la escritura, sino de una forma de ver y me pregunto si se puede separar una cosa de la otra. Nabokov inicia su libro de memorias con la muestra de los dos abismos en los que está constreñida la vida de los hombres: antes del nacimiento, después de la muerte. Ambos abismos son igualmente insondables e incomprensibles, pero el primero parece tener una expresión menor. Esto sucede hasta que nos llega una foto de nuestros padres anterior a nuestro nacimiento. Todo estaba ahí, salvo nosotros. ¿Me acompañará la idea a lo largo de la semana, es, acaso, la semilla de otra idea?
+ Si escribiera un poema, encuentro el título.
+ Con cierta fluidez discurren los días, el olvido y la concreción de las tareas diarias celebran una alegría fugaz pero intensa. Sonidos aplacados, la música de los pájaros, el traqueteo de las teclas del ordenador, los subrayadores, los lápices, el bolígrafo de punta fina, el rotulador grueso, el sabor del café, la luz y las sombras, un perfil y otra sombra. Una suma y una resta. Los días se encuentran en ese terminarse que es la noche, ahí indago poco antes de dormir.
+ Imagen: la esquina que todo lo acoge.
sábado, 14 de agosto de 2021
Cambio y movimiento
+ Las conversaciones en las cafeterías se suceden sin mucho orden pero con una estructura subterránea que surge de su propia espontaneidad. De un tema a otro, sin mucho interés, salvo escucharse y decir, establecer preferencias y desencuentros con los gustos, se elevan pretensiones fútiles, volutas innecesarias o arabescos teñidos de viajes y lecturas nunca concluidas. Por alfileres se ven cogidas la razones y los argumentos, pero poco importa, solo cuenta el paso del tiempo, la infusión, el café o esa pequeña copa de licor que endulza las bocas sedientas de placeres minúsculos y cotidianos. La personalidad es así: afirmación, identidad y convicción. El silencio muestra una senda que conduce a la observación y el estudio. Personas que vienen, personas que se van, sus logros, sus preferencias, la distinción de un restaurante y la esclavitud de una relación imperfecta, desigual, asimétrica. Todo tiene ese aire dominado por la necesidad de cambio e impermanencia. Al final, la noche termina y todo ha sido un sueño regado de palabras y risas, imágenes y recuerdo, estallidos y silencios. Nadie ha regresado, hoy. Es lunes.
+ Mi actividad se ha visto modificada, el ritmo de los días es otro porque se ha impuesto otro orden en función de las nuevas obligaciones. La flexibilidad ante el cambio se muestra como una tarea y una meta, y, más que una destreza o habilidad, se trata de una disposición larvada, que emerge en el momento necesario. La determinación, tal vez.
+ En la radio oigo un podcast sobre Emilia Pardo Bazán. Se transita sobre las cuestiones del determinismo, en el que ella parecía no creer pero que sí lo reflejaba en sus novelas. La invitación está sobre la mesa. Se trata de ver si leo o no leo La cuestión palpitante. Creo que se trata de una tarea pendiente, que promete aportar claves en alguno de los temas que articulan una suerte de guía de viaje que voy construyendo. Ay, esos temas abiertos que se completan con lecturas y conversaciones, fotografías y esquemas, el croquis y su referente. Apunto el libro en una lista de “deseos” y creo haber participado en su naturaleza, de alguna manera, pero no es así. Nadie se baña dos veces en el mismo río, pero debe, al menos, bañarse una vez para adquirir su conocimiento.
+ Extraño estudio y preparación de un examen. Conocimiento que aunque no me resultan extraños sí son lejanos, huidizos, con una aplicación práctica que me lleva a situarme en un polo opuesto al acostumbrado. El cambio de rumbo indica que las posibilidades son casi ilimitadas, en ello descanso mientras me olvido de desaires y rencores (no míos, por supuesto)
+ El rencor es un vicio de tontos, porque no se obtiene nada a cambio, solo un sufrimiento que al objeto de ese odio no le afecta.
+ Imagen:Serralves, nunca tan lejos, nunca tan cerca.
sábado, 7 de agosto de 2021
En las tardes de agosto
+ Ayer viernes estuve a punto de morir en un accidente de tráfico. Fue un instante, un suspiro en un adelantamiento. Vi el coche negro venir hacia mi y, con pericia, lo esquivé. ¿La muerte? Un poco más adelante me detuve y continué escuchando el programa de radio en curso mientras el percance sucedió, el percance que no llegó a tener lugar. El programa trataba sobre la persistencia de los muros de la paz (peace walls) en Belfast. Descubrí que el conflicto todavía estaba allí, que las rencillas estaban enconadas y que el asunto de la identidad permanecía y continuaba separando las comunidades, católicos y protestantes. Yo estaba vivo y el asunto de Irlanda del Norte me interesaba, pero podía estar muerto y haberme desvanecido definitivamente. No sucedió y mi reflejo en el cristal del retrovisor me devolvió la estampa de un hombre cansado pero todavía con ilusiones y con la capacidad y la fuerza para luchar por algunas cosas que no se oponen a nadie, desafíos que unen un buen estado físico con el esfuerzo intelectual. Ay, el conflicto.
+ Ver la cara de la muerte no se traduce en algo tangible, al contrario, la muerte como tal no tiene existencia y uno percibe cuando está frente a ese momento, por llamarlo de alguna manera, la fragilidad de lenguaje y lo necesario que es nombrar todo. Esto último, nos distancia de los animales grandemente, igual que la conciencia de nuestra finitud. Ningún animal tiene conciencia de la muerte, mucho menos la palabra adecuada para el evento . Hay un antes y un después, cierto; todo cesar pero ¿nombrarlo? . Poco más puedo decir. Absolví culpas y me entregué al placer de una bifurcación que no tomé. Lo entendí así mientras cambiaba de emisora y comenzaba a arroparme una intensa melodía barroca. El Barroco estaba allí, en la filigrana vegetal, en la certeza de la caducidad de la vida, en la posibilidad de un otro camino que no se tomó. Ahora lo escribo y trato de establecer un punto de conexión entre lo diario y lo excepcional. Todo quedó en el regreso a lo cotidiano, la auténtica vida.
+ Mientras C. y yo tomábamos algo en una terraza, a nuestro lado una pareja joven se reían, se besaban y proferían gritos que anunciaban alegría. Ella me pareció expectante y él resultaba violento, en sus palabras y en sus gestos. Ella no tenía tatuajes visibles, él tenía los brazos cubiertos. Parecían tener en torno a los veinticinco años. Él no paraba de realizar declaraciones sobre su persona y sus gustos, sobre su personalidad y sus fundamentos vitales. No me gustaba escuchar aquellas razones pero resultaba imposible no hacerlo. No me gusta juzgar, pero el juicio es una esfera que se desliza por un plano inclinado. No lo dudé, se trataba de una persona violenta y ella, me pareció, sumisa. Una vez más me pregunté por cómo el carácter es invariable o sobre la posibilidad de mejorarlo. Se alejaron calle abajo, con un paso nervioso y la tensión invariable del comienzo de una relación. Es más que probable que no los volveré a ver nunca, pero esa sensación que me dejó la escena se apoderó de lo que de la tarde quedaba, en ese viejo compañero de viaje que es el determinismo o la posibilidad de un libero arbitrio. No sé, me inclino por lo primero.
+ Al hilo de lo anterior, he leído unos interesantísimos artículos del psiquiatra Pablo Malo sobre el mérito y el talento. El talento es como la belleza, la inteligencia como la estatura que se alcanza (aunque está, indudablemente, depende de la alimentación y otros, nos encontramos con hermanos que llevando un mismo sistema de vida uno es alto y el otro bajo, y de la misma manera: uno triunfa académicamente y el otro es un desastre). Mi interés se centra en esa tóxica y violenta frase: “si quieres puedes”, por lo tanto la situación que disfrutas o padeces depende sin duda de ti mismo. No estoy de acuerdo con que la voluntad cubra todas las carencias que tienes a causa de la lotería genética (no hablemos ya de la lotería social, que tan determinante resulta), pero esto tiene una implicación muy controvertida y aquí entra lo anterior. El chico que vimos en la terraza tenía un carácter violento, era palpable, pero ¿eso es consustancial a su persona, es algo adquirido y modificable? Si es lo primero la culpa se disuelve y la aparición del concepto de culpa me preocupa, me preocupa mucho. ¿Somos culpables de la posición vital que ocupamos, es meritorio alcanzar determinadas jerarquías? Si le preguntamos al que ha llegado a un puesto alto en la vida, sin duda, dirá que el mérito es del trabajo y de su recta diligencia. ¿Qué dice el fracasado: yo tengo la culpa de mi fracaso? La culpa, esa tenaza, el mérito, ese premio. Seguiré indagando porque es un tema fundamental, del que tengo algunas certezas, pero más que certezas son indicios.
+ […] “donde no hay fin seguro ni horror breve”, verso del segundo terceto del soneto del Conde de Villamediana dedicado al Conde de la Coruña con motivo de su asesinato.
+ El domingo por la tarde cayó una lluvia normanda. Espesa, gris, lírica. Un aliento que nos recordó días del pasado, de un viaje en 2019. Normandía. La lluvia desdibujaba la autopista y de los automóviles quedaba solamente el rastro de sus pilotos rojos, las luces ámbar también. Los recuerdos se enlazan sorpresivamente e iluminan el transito inasible del presente. Fue tomado el día como una celebración del agua, el café y las meriendas en las panaderías con cafetería. Un pequeño regalo, inesperado y agradable.
+ Imagen: alguien que espera o que indagaba en el horizonte del museo, no lo sé, nadie lo sabe, ni siquiera el protagonista de la foto. ¿Es él es el protagonista de la foto?




















