sábado, 16 de mayo de 2020
Encierro (9)
+ El encierro comienza a ser menos encierro. Es la novena semana de esta situación y hay algo que se desvanece. Un algo que no se aprecia y esa falta de concreción es la llegada de la vida cotidiana [que es sobre lo que versará, en algún sentido, esta entrada en mi bitácora, en mi diario: ¿ha sido de otra manera alguna vez?].
+ El ordenador ha recuperado la totalidad de la pantalla. Yo había dado por perdido este fragmento rectangular de cuatro centímetros de ancho, había adaptado el procesador de texto a esta nueva disposición, pero ahora dispongo de la pantalla en su totalidad. No me causó perturbación cuando se averió y tampoco me causa alegría el súbito y espontáneo arreglo. Es más, pregunté por el precio de una posible reparación, que me pareció excesivo,
+ Días atrás pude comprobar que el motor de mi coche de trabajo no sufrió daño alguno a pesar de mi confusión con el combustible. Ambos errores o tropiezos, y su solución súbita y fuera de mi alcance, se unen en su alcance: soy yo y un reflejo, la suerte que siempre me acompaña y consigue que mi torpeza no tenga grandes consecuencias. ¿Creo en la suerte? No, pero hay gente que tiene suerte y gente que no tiene suerte, y considero que yo soy de los que tienen suerte. El ordenador y el coche del trabajo me indican la presencia de la Fortuna.
+ El ángel de la vergüenza. ¿Hay, realmente, un ángel de la vergüenza? El regreso del pasado nos acecha tras cada esquina, como un paseante nocturno que oye voces tras él, pasos lentos y pesados, luego: el silencio y el espesor de la noche. Nunca pasa nada. La vergüenza, ese alimento del insomnio, determina vidas y apaga milagros. No encuentro al guardián de nuestras certezas hoy que lo llamo desde el descanso de la lectura, de la hermenéutica de la vida. La vida como extensión de un pensamiento, ese instante que nos dio luz. No hay misterio en ese silencio solo roto por el tic-tac del reloj que preside mis lecturas, ante el ángel de la vergüenza.
+ «Lo que ya ha sido constituye el nexo con lo que será», Ranke.
+ Podría haber buscado el pequeño tomo Sobre los ángeles de Alberti, pero no lo hice y leí otro poema: Venus en ascensor. Indagar en el pasado aquello que fue lo ultimísimo y hoy es tan solo antiguo se convierte en una extraña tarea en la tarde del domingo, cuando el confinamiento o encierro se termina, o eso parece. El maniquí y su silueta, el paso de un piso a otro, con sus pinceladas y enfoques, una poesía que no se ahoga en la dispersión de la lectura, el lector que se difumina, el poeta que se desvanece. Queda el libro, el texto se reproduce como se interpreta la partitura, el tic-tac es el metrónomo de la muerte. La muerte, otra vez la muerte. Leo que dijo en algún momento que hay metáforas que se repiten en todas las culturas: el sueño como imagen de la muerte o el río como representación del fluir de la vida. ¿Qué podemos concluir? ¿Existen unos universales que magnifican una idea constante sobre vivir y morir? Ay, qué silencios me atenazan en esta conversación que mantengo con mi yo más pedante y soberbio [lo sé, necesito escucharlo con atención, pero es muy pesado].
+ En un piso inferior una niña se queja, llora y vuelve a llorar. Está con sus abuelos y eso no deja de ser una ruptura de las normas del confinamiento [¿todavía estamos confinados?]. Grita, eleva la voz y se crispa. Esta aburrida y yo me pregunto dónde están sus padres: en el trabajo, en otras ocupaciones de urgencia incuestionables, sumidos en la solución de problemas sin nombre. El sueño dibuja su cartografía difusa, pongo el sonido de las olas en el reproductor de la tablet y comienzo a conciliar mi transición desde la vigilia. Esa imagen de la muerte, esa posibilidad de otra vida. Duplicadas incertidumbres, el peso de lo vital en lo cotidiano.
+ ¿Cuánto tiempo empleé en estudiar lo cotidiano, en investigar los movimientos imperceptibles de lo común, sus maneras y gestos? Todo esto se ha desvanecido porque ya nadie se recuerda el everyday life. Porque lo normal ya no está. Se habla de que caminamos hacia una nueva normalidad y me planteo esta etiqueta como el remedo de una mala película apocalíptica. Nada cambiará, dijo en una entrevista Michel Houellebecq. Lo recuerdo y veo que un director de periódico ha copiado la declaración en su literalidad, pero no cita al autor. Incluso recoge la apostilla final: nada cambiará, todo será peor. El artículo habla de algo que es un tema recurrente en el escritor francés. La decadencia de Europa es un tránsito hacia un parque temático, hacia la industria del turismo que hunde sus pilares en el paisaje, la arquitectura y la gastronomía. Uno de los polos de mi estudio sobre lo cotidiano se ha basado en esta premisa sobre el hundimiento de Europa [industria, agricultura, sociedad]. Así trataba yo de observar en nuestros viajes a Francia aquello que previamente había leído en H. Mi conclusión se acercaba mucho a la de H., y no me reconfortaba, aunque tampoco me causaba un especial estupor, algo que se debe en lo fundamental a mi condición de observador impasible. ¿Impasible? No sé a qué viene todo esto, si a mí me interesa lo cotidiano y lo cotidiano tardará mucho en regresar porque a la población se le ha entregado esa peligrosa herramientas que se llama desautomatización, eso que otorga bien el aburrimiento, bien la angustia. Y en eso estamos, en el final que es un nuevo principio [la niña se enfada otra vez, la niña se enfada mucho, la niña grita mucho, muchísimo; en consonancia están mis cascos de aislamiento: protecciones individuales para la salud auditiva de los trabajadores aeroportuarios].
+ Imagen: mi último vuelo hacia Madrid.
sábado, 9 de mayo de 2020
Encierro (8)
+ Según se atisba una posibilidad de recuperar la libertad de movimiento se me planteo la posibilidad de la libertad interior. Cómo una persona se puede sobreponer al cautiverio con el recurso de su interioridad. Si lanzamos la vista hacia atrás y recuperamos una bibliografía de cautiverios provechosos, tanto literarios como sanitarios.
+ Repaso digital de viejos tomos: todo es tránsito. Los veo: algunos tienen rastros de sus propietarios: dibujos, notas, subrayados; estampaciones que han perdido el color; el amarillento tono del papel que tan bien se percibe en la copia digital. Es otra marca, una baliza que nos indica la constitución de la realidad: espacio y tiempo, el tiempo que devora la forma del espacio, de la materia. Insistir en ello no es una opción. Cierro el ordenador y siento la nostalgia propia de mi edad, una reflexión sobre el tiempo pasado. He encontrado un fármaco: recuerdo el torso de Rilke y en este torso se puede extraer la lección: con esto cuentas, el resto ya lo has perdido, «debes cambiar». Esa obligación de cambio resuena en toda la extensión del día y ella regreso en no pocas ocasiones. La
+ Dice Sophie Calle en Le Monde: mi vida es un material de trabajo [artístico]. Sin duda. Finalmente, si escribo, sea sobre lo que sea, siempre escribo sobre mí. Con el tiempo he dado con ciertas claves de mi estilo. Hay cosas que me gustan y cosas que me disgustan, pero me resulta imposible cambiar. Se trata de una serie de ocultamientos y circunloquios, una suerte de falta compromiso que se agazapa en intrincados arabescos. De las almas de los tibios está empedrado el camino del infierno. Me reconozco en ello. Esta confesión al plasmarse en la pantalla del ordenador me devuelve una suerte medicina, como resulta ser el torso que utiliza Rilke para mostrarnos una característica esencial del paso del tiempo. Lo fragmentario se impone sobre una idea de conjunto y la biografía nunca puede ir más allá de una interpretación. Se tarda mucho en aprender esto, yo al menos he tardado mucho. Pero ese estilo mío que tanto amo y tanto me solivianta soy yo. Mi vida es un material de trabajo, lo suscribo.
+ Esa manía mía por el tiempo, por la finitud, la muerte. Son claves que me acercan a un poética que podríamos denominar romántica o decadente. Al mismo tiempo, es un rasgo propio de mi época, porque si soy lo que soy es porque vivo en este presente. Un presente amplio que arranca a principios de los años ochenta del siglo pasado y todavía me condiciona. El tiempo, cuándo me acecha me hago cargo de mi propia mismidad. Yo no descubro nada, pero sé leer.
+ ¿Este tono confesional está relacionado con el confinamiento o se de trata de un ansia de perfección o redención? Debo ganar en seguridad, me digo, y al momento me pregunto cuál es el objetivo de esa seguridad. Nos dejamos llevar en demasiadas ocasiones por los marcos mentales impuestos, que organizan nuestra vida e ilusiones. Me preparo para el estudio y sé que es un acierto, una elección que se enraíza en mis creencias y certezas [no muchas, pero sí solidas, fruto de años de reflexión, interrogaciones y selecciones]. El tono confesional se funda en un sentido de la disciplina que me lleva a observar tareas, horarios y compromisos. ¿La debilidad o la duda? Sí, ahí están pero no dejan de ser compensaciones, contrapesos. Me resisto a centrar todo el esfuerzo en la redención, porque lo entiendo más como un fármaco que como penitencia. Fármaco en su doble sentido griego: remedio y alucinógeno. Cada momento, su sentido.
+ Vuelvo a Erik Satie, regreso a Normandía. Veo, otra vez, un pequeño reportaje sobre David Hockey. D. H. tiene una casa en Normandía y la pandemia lo cogió allí mientras trabajaba sobre flores y plantas. La foto principal lo toma en su esplendor, entregado al trabajo. Pienso en sus cuadros vistos cara a cara. La conexión es importante. La conexión con el paisaje normando y con el pintor. Erik Satie se desliza en el estudio, llega Honfleur y cierto aroma de mar y viento. Sinestesias que imprimen al día un acento lírico, donde se expande nuestra mismidad. Brilla el sol y en las Gymnopédies es refleja lo vivo y lo muerto, lo que todavía no ha llegado, el presente amplio.
+ Llego a Ravel, Pavana por una infanta difunta. En la línea del apartado anterior, la recreación de una paisaje y sus sugerencias: novelas, cuentos, poemas, piezas literarias que nunca se escribirán. Descanso en esa promesa incumplida, una promesa solo me concierne a mí.
+ Imagen: L'oiseau mort.
sábado, 2 de mayo de 2020
Encierro (7)
+ [Atolondramiento]: una confusión pone en peligro el coche del trabajo. Me siento culpable, pero esta alocada manera de ser es parte de mí como también lo es una apacible calma, una calma donde más yo me siento yo. El yo y sus precipicios, colinas, mesetas y desfiladeros. Investigaciones tardías, reencuentros, moderación.
+ Virtute duce comite fortuna [La Virtud como guía, la Fortuna como compañera]. Lo he encontrado en un libro de retórica del siglo XVI [1579]. El lema todavía es válido, y continuará siendo válido mientras haya vida humana sobre la tierra. El trabajo y el buen conducirse es una receta para el éxito, pero sin la ayuda de la Fortuna el éxito se pervierte. No es muy racional creer en la Fortuna, pero su compañía se presiente en muchas ocasiones. Yo me siento acompañado por la Fortuna, y mi guía la Virtud. Resta por definir tanto Fortuna como Virtud, pero es esta una tarea que no emprenderé hoy, tampoco mañana.
+ La clave mitológica me ayuda a comprender fenómenos de masas. Las estrellas de rock, los actores, los periodistas célebres. Todos ellos forman parte de un amplio Olimpo. Vicios, virtudes y el gobierno de la varia Fortuna. Sus comportamientos se imitan, se amplifican o se diluyen en el tráfago diario, pero todos ellos conforman una narración sin fin, sin principio. In media res se desarrollan sus vidas que carecen de paralelo en la vida ordinaria. Me gusta observar y he alcanzado esa posición del observador, su diametral oposición al movimiento, el estatismo permite a la clave mitológica manifestarse. Observar.
+ Concierto en línea de Paul Weller en California. Veo el entorno y me confirma la tendencia a un territorio. No pocas veces soñé con un viaje o una larga estancia en California. Eucaliptos, sol y un rock añejo, reconcentrado en viejas Gibson, negras y pulidas por el uso, amplificadores de válvulas tan precisos como suaves, hermosamente humanos. P. W. evoluciona y cambia de guitarras, es el dueño del circo. Todo concierto tiene algo de circo. En ello me dejo ir y transito como el que no ha visto nada, pero lo sabe todo [el poeta es un fingidor]. ¿Iremos C. y yo a California? ¿Cuándo? No es un proyecto, no es un deseo, sólo una desiderata que, como la botella lanzada al mar, no nos compromete.
+ Atolondrado: que procede sin reflexión [Drae].
+ Repaso las entradas en este cuaderno y me doy cuenta de que las imágenes aquí albergadas están en un nivel superior a los textos. Ello me lleve a pensar que existe algún tipo de error en mi vocación, en mis vocaciones; al rato me corrijo y veo que no se trata ya de vocaciones. Esa estampa de destino escrito y sin posibilidad de apertura quedó ya atrás. Recuerdo el torso de Rilke y en el descanso. Cuántas cosas he perdido, qué permanece. Qué material es este con el que debo trabajar. Las fotos son rápidas aproximaciones a un mundo interior conectado con el reflejo en la realidad cotidiana, en los viajes, en la unión entre deseo y posibilidad. Los viajes, que ahora son la lejanía inalcanzable, han supuesto una barrera entre ciertas edades. Y es ahora cuando lo veo, mediante el catalizador que suponen las fotos. Las fotos reflejan mejor ese paso del tiempo, el clamor de las edades, la fósil verdad del pasado que ahora interpreto desde este cuaderno sin soporte material. Las fotos son un yo más auténtico que el yo de los textos, más desconocido para mí, más versátil y certero.+
+ Por casualidad me llega una memoria de profesores del año 1916, en Logroño. Se destacan las cátedras conseguidas, con sus felicitaciones y el destacado del esfuerzo y el tesón, la calidad de las clases impartidas y el premio al trabajo bien hecho. Son nombre que ya no dicen nada, salvo su reflejo en la lápida del cementerio. Vidas que el tiempo ha diluido con su implacable y constante engranaje. Siempre presente Marco Aurelio, en el tiempo de pandemia esta realidad es mucho más palpable o sólida, pero se debe huir de la lección moral y aprovechar en nuestro beneficio la enseñanza que se desprende de esta incuestionable verdad: no olvides que eres mortal.
+ En la senda del atolondramiento, casi estropeo la pantalla del ordenador. He de fijarme en este rasgo a fin de realizar una poda. Las podas son tan necesarias como el alimento. Cuestión de disciplina. La disciplina: no es un medio, es el fin. Pero yo soy el que soy, un punto del que me puedo apartar pero nunca huir.
+ Imagen: la elección por el color, el verde. Un verde muy especial. El fotografo retrata al fotografo. Burdeos .
sábado, 25 de abril de 2020
Encierro (6)
+ Combinaciones extrañas a las uno debe acostumbrarse, necesaria y paulatinamente. Se unen el teletrabajo y mi investigación, sé que es necesario establecer compartimentos estancos y en ello estoy. Es esta otra tarea, una tarea fundamental: la organización, la agenda. La bendita agenda.
+ Un antiguo concierto de Paul Weller, en el Albert Hall. Es el año 2000. Me fijo en lo emblemática que resulta su Gibson SG. Qué diseño. Las formas entre lo orgánico y la voluta arquitectónica, un vuelo sinuoso pleno de tecnología y tradición. Esbelta y dúctil, con sus pastillas de doble bobinado que tanta fuerza otorgan: como un grito que se dulcifica, de lo agudo a lo grave, una textura arenosa y fugaz, que luego se mantiene en el aire, como por ensalmo. Cambia la SG por una Telecaster azul muy antigua y trabajada. Me detengo y pienso en lo vetustas que resultan la guitarras eléctricas, hijas de una crisis y asesinadas por otra crisis. Lejanas tecnologías pero tanta presecia como la presencia de un violín o un piano. Paul Weller se ocupa un estado superior, bajo mi punto de vista. Observo su digitación, su voz, su actitud en el escenario. Intento no rebasar esa línea que separa lo colectivo de lo individual, pero no lo logro porque recuerdo con precisión la primera vez que oí hablar de él, en concreto de The Jam. Qué lejano es 1986. Ahora, mientras termina el concierto, recompongo aquellos días y, al momento, los olvido. P. W. todavía es actualidad, al menos para mí.
+ Cabe la posibilidad que la foto de la entrada anterior la hubiese utilizado en el pasado. Una visión rápida de la foto explica algunas cosas que me inclinan a elegirla. Los colores, el motivo, la composición. Pero no es el autor el más indicado para hablar de la obra de ¿arte?
+ [Un pequeño accidente]. Me corto superficialmente el dedo corazón con la puerta de la galería. Un dolor que percute antes de la unión de la piel y la uña, justo donde termina la articulación. Mi torpeza, mi atolondramiento proverbial. Me estudio en el dolor, en esta tarde de sábado, en la reclusión. ¿He aprendido algo tras el accidente? Sí, tengo una tendencia hacia la irreflexión que algún disgusto me ha costado. A lo largo de los años he mejorado, pero la tendencia sigue ahí, como revela el pequeño accidente. ¿El carácter es el destino?
+ El accidente ha sido muy poca cosa, pero pudo ser realmente grave. Pude haberme roto el dedo, con todas las consecuencias que ello tendría. Me siento agradecido a mi daimón, quizá a mi ángel de la guarda. Tener presentes figuras mitológicas ayuda a sobrellevar situaciones como esta porque a lo que carece de sentido le aporta un aliento poético, en su explicación, en su interpretación. ¿Quiero ver en esto una señal? Es una posición ambivalente. Por una parte es un aviso, por otra un regalo [todos mis dedos funcionan perfectamente, realizo mis tareas diarias sin trabas].
+ Por fin he encontrado el libro de García Montero Completamente viernes. Cuando lo busqué y no apareció, entre un rimero, allí estaba Ángel González. Los dos libros permanecen juntos, a la espera de una lectura, algún poema, varios poemas. Una iluminación en lo diario.
+ La tarde traerá desplazamientos e inspecciones. Fulgores de poesía que no cuajó, el temprano descrédito de opiniones recogidas a lo largo de la mañana. No leeré más durante un buen rato, luego, llegada la noche, emprenderé el último tramo del día: la lectura como despedida de la vigilia. La disciplina y la fortaleza, la convicción de que todo es efímero, la rutina, la consecución de un objetivo. El cautiverio o el confinamiento, la libertad es interior. Me digo que es hora de recoger y emprender el camino hacia el trabajo. Una tarea que completar, una más. Otra más.
+ Continúan los libros de poesía a la espera, ellos aguardan por mí y yo me pierdo por derivaciones inconfesables, cotilleos o escenas intrascendentes, baratijas que brillan sin peso. Los veo y los coloco en un lugar preferente, pero eso no es leer, eso es otra cara del mismo problema. ¿Fetichismo y acumulación?
+ Por fin he leído algunos poemas y, así lo constato, me han resultado gratos porque me han devuelto el olvidado aliento de la vida cotidiana, esa olvidada y fundamental realidad. Lo dado no tiene interés hasta que se diluye. Poemas sobre el trabajo, los autobuses, los jóvenes y sus afanes, el amor, la distancia de la amada, viajes desde una punta al centro de la Península. Libros que nos abren nuestra propia mismidad, compartimentos que permanecían cerrados por la costumbre. Ay, la necesidad de la ilusión, la sorpresa, la alucinación en lo diario. Eso me devuelven los pocos poemas que he leído: Completamente viernes, Luis García Montero.
+ Tanto la colección de poemas de Ángel González como la de Luis García Montero han regresado a sus nichos en la cuajada estantería. Hasta la próxima ocasción, después de cumplir con su tarea de dioses del momento. El dios del segundo que me arropa. Sobrepasado este instante, queda su latido.
+ Imagen: estaciones de tren olvidadas en su cierre definitivo, ya no hay taquillas ni taquilleros. La muerte de los pueblos, el polvo viejo y dorado, el silencio, el abandono.
sábado, 18 de abril de 2020
Encierro (5)
+ Hay olores que han conseguido que regresen escenarios del pasado. Volveremos siempre a la magdalena. Olor a desinfectante mezclado con jabón de olor, que nos trae un fragmento de la infancia que no se recordaba. Sí, su nombre es sinestesia, pero preferiría no tenerlo presente y dejar la textura de la magdalena como única razón. El café en la primera hora, la brisa que asciende de la calle cuando abro la ventana, la agitación del vinagre en las ensalada. Creo que esta capacidad para rememorar se ha acrecentado durante la última semana. Se dibuja el porvenir y lo rechazo, intento no hacer previsiones y, al tiempo, seleccionar los recuerdos para dejar solo aquellos que tienen ese aliento poético que me alimenta.
+ Veo un vídeo en línea de Agustín Fernández Mallo. Habla sobre una compra que hace una librería. Libros, discos [Portishead], un documental sobre Ian Curtis. Un libro me llama la atención: Mapping The Word. Esto me lleva a recuperar un libro, de similar formato, que se titula Mapping London. El vídeo se termina y yo regreso al reposo de los libros de fotografía, tan alejados de la sala de exposición, del museo; y me pregunto por la diferencia entre la sala y esta contemplación desde el enclaustramiento. No insisto y dejo que repose la idea de la foto inserta en el libro, la colección de fotos en un tomo. ¿Son tan distintas? ¿Procesos de canonización disímiles, paralelos o convergentes? La fotografía es una de las expresiones humanas más potentes a las que nos podemos asomar, incluso ahora con la proliferación inflaccionista que arrojan los teléfonos y sus modalidades. El vídeo queda en reposo: la librería, la silueta del escritor, rimeros de libros. Hay una nota de ciencia ficción que había advertido anteriormente en la visita a las grandes librerías de las grandes ciudades, más centro comercial que librería, pero sin dejar de ser librería. Los muros simétricos en que se constituyen las estanterías dan cuenta de otra realidad: el mosaico multicolor que pintan los lomos de los libros bajo esa enfermiza iluminación [tan propia del centro comercial]. Ya es tarde. ¿Mapear, tal ver mapear o, mejor, mapping?
+ [Mapping London]. He abierto el grueso volumen y he dejado que mis ojos vagasen por los planos de la ciudad de Londres. Qué extraños son los mapas, me digo en consonancia do F-M, cuánto encierran en sí más allá de su propia y necesaria funcionalidad. Pienso en las veces en que C. y yo vagamos por las calles de Londres, plazas y parques, cafés, tiendas o, remotas y desiertas salas, de exposiciones, ignorantes de todas las capas que se superponen mientras nuestro deambular discurre. Tras los portales, árboles o designaciones se esconden mundos que siempre nos resultarán ajenos. Extrañas nomenclaturas, extrañas numeraciones. En una ocasión, C. y yo, nos perdimos y estuvimos dando vueltas en círculo o elípticamente por algo que se denominaba los Cliffle(-s). No sé, no recuerdo bien. Por un momento pensé que se refería a Acántilados Rojos, algo que me parecía muy poético, pero no era así pues era Red Cliffle y no Red Cliff, o, tal vez, resultaban equiparables. No lo sé, no he investigado. Recuerdo que todavía no existían los mapas electrónicos y nos servíamos de una gruesa guía de bolsillo (!). Caminábamos y aparecía el mismo tramo de calle. Era misterioso aquel extravío. Finalmente, recuperamos la senda y salimos de aquel laberinto camino de Earls Court. Ahora veo estos mapas dispuestos cronológica y temáticamente. Es todo un repertorio que exige un estudio o una reflexión, pero no tengo intención de realizar nada más allá de ver en sí mismo, sin pretensiones. Dejo que una incierta abulia los recubra y termino por abandonar la contemplación de los detalles. El tiempo se adelgaza por momentos y parece muy escaso. Llevamos casi un mes de encierro y apenas es un suspiro. Todo se hace relativo con una intensa facilidad. Es hora de recoger y dormir. Mañana será otro día, uno más. Duermen los mapas de Londres como duermo yo, como duerme la gatita en su felicidad de siestas en el invernadero y comidas apetecibles al medio día y al declinar la tarde. ¿A dónde se ha ido aquel Londres nuestro?
+ «Se había hecho fácil hacer buena poesía, y por eso era tanto más difícil convertirse en buen poeta», [en] Verdad y método H-G Gadamer.
+ Escucho a Bach, István Várdai: 6 suites para cello. La reproducción en línea son casi dos horas y media. Me sirve de cronometro. Sé cuando termine la música es momento de un cambio de tarea. Me dejo llevar y consigo una paz solida, que tiene un reflejo en mi estado de ánimo. Encuentro en la música lo que no hay en ningún otro lugar ni tiempo. Este recogimiento, la debilidad de lo material y la soberanía de lo sutil. Una contradicción paradójica y agradable. Soy yo y el movimiento que se intuye en el deslizarse de los dedos sobre diapasón del cello. Sé que es difícil transmitir esta sensación, en un salto que se aproxima a la sinestesia me imagino en una playa hacia las once de la mañana, con poca gente, me baño y siento esa fuerza del agua salada, la oposición que mi cuerpo intenta contra la olas, el sonido de las gaviotas y el reflejo del sol sobre la pulida lámina de agua: inabarcable. El verano que no será, pero que vive tanto en la música de Bach como en el recuerdo, porque así yo lo decreto. He terminado la jornada de estudio. Otro día que no volverá.
+ Imagen: recorte de Londres; tal vez en el 2014, tal vez un año más tarde.
sábado, 11 de abril de 2020
Encierro (4)
+ El número cuatro tiene une especial protagonismo en este encierro y no se trata de que yo le atribuya propiedades especiales o una razón que explique los avatares, alegría y tristezas de este momento. He organizado mis ejercicios en series superpuestas de cuatro movimientos, leo en grupos de cuatro y cuatro son las comidas que realizo a lo largo del día. Esta es la cuarta semana y en ella celebro algunos logros, pequeños logros que me han dado una satisfacción bien fundada. Resulta agradable ver que el camino que se trazo está bien trazado, que responden los objetivo a lo que diariamente se cumple. Reflexiono, me detengo y en papel, con cuidado, dibujo el número cuatro y me digo: qué gran suerte tener el privilegio de mi modesta investigación. Más importa el camino que la meta, que no deja de ser la cuarta versión de una cita del Quijote.
+ La lectura de Foucault es más que una manera de llenar el tiempo, es el tiempo en sí. Soy un impenitente lector de Foucault y nunca llegaré a la totalidad de su obra, pero esta característica me viste de una aristocracia callada y particular. Pienso en la afirmación: la obra de Foucault es una caja de herramienta, como todo libro [quizá fue el propio F. el que la pronunció, refiriéndose a cualquier libro, a cualquier lectura, ¿cualquiera?]. Dejo esta redacción y regreso a su Lectura de Kant. Una introducción.
+ Libros de fotos: para ver sin prisa. Estudio las fotos y dejo que el tiempo pase. Una taza de té. El vapor asciende, la voluta, el fresco tacto de la hoja, la hoja verde, un sabor que aglutina el recuerdo. ¿La magdalena? Fotos que hacen que piense en viajes. Las fotos me intrigan, esa capacidad para doblegar la realidad. Prefiero el color al blanco y negro, lo espontáneo a lo calculado, lo cotidiano a lo excepcional. Libros de fotos que me acompañan de la misma manera que uno encuentra a un viejo conocido y toma un café rápido y cordial. Lo súbito frente a la larga pausa en la que nos han sumergido.
+ Christian Louboutin: documentales en línea. Sobre el trabajo, el éxito y el buen gusto que se basa en la imaginación, el humor y la calidad. Creo que este acercamiento al mundo de la moda se puede considerar un género documental. En otro tiempo vi documentales sobre Alexander Mcqueen, La Maison de Coco Chanel, Karl Lagerfeld. Me maravilla la destreza de los diseñadores, su capacidad de expresión mediante el dibujo, el paso del boceto a la realización plena del objeto final. La genialidad y la visión se unen para ofrecer atuendo carísimos pero perceptiblemente misteriosos y netamente estéticos. El misterio del atuendo, su prolongación, la constitución de la personalidad mediante el aspecto físico. En este sentido recojo una idea de Ch. L. donde expresa su convicción de que el zapato sostiene ese andamiaje que resulta ser la elegancia, que estiliza la figura y la dota de coherencia en el movimiento. Lo sé, es frívolo, pero la frivolidad en estos momentos no es una compañera impertinente, consciente de su naturaleza sabe retirarse en el momento oportuno, pero yo acepto y agradezco su salvífica presencia. Cierro el documental, apago el ordenador y caigo el sueño profundo y reparador.
+ Hay una suerte de elementos que se adhieren al personaje televisivo: el tertuliano. Ropa, peinado y gestos. En la trasera, pero siempre a punto de emerger, estudios, trayectoria y ambiciones. La alianza de estas dos caracterizaciones nos permite una primera clasificación. Veo un fragmento de un programa y trato de suspender mis ideas sobre la prensa. Los veo en la distancia, los observo, dejo de escuchar lo que dicen y me centro en sus gestos y en su atuendo. Toda la expresión pasa por insertarse en el contexto que se da en el estudio: luces, colores, formas. La seriedad frente a lo ligero. ¿Es conveniente crear un personaje o todos somos más personaje que persona? La elección no es libre y se somete a lo dictado por el nicho que ocupas, parece decirme un voz tras de mí. Lo sé, yo soy de darle vuelas a la cosas: «Aquí, dándole vueltas a unas redondillas», respondía a la pregunta de mi directora: «¿Qué tal estás, F.?». También abandono la reflexión, que se ve sustituida por el sueño que la siesta ofrece.
+ Llega el miércoles. Los días son todos iguales, y eso me gusta. Mi relación con el tiempo está determinada por depuradas rutinas, rutinas que establezco con mucha facilidad. La rutina de este diario se mantiene durante seis años. Me levanto temprano, muy temprano. Desayuno, estudio y hago ejercicio. Otro poco de estudio, como, duermo la siesta. Más estudio y el día termina. Entre todo este mas de tareas surgen islas de esparcimiento. Acudo a la red en busca de expansión. Recuerdo una idea e indago en ella. Digamos: un autor teatral judío del siglo XVII que se refugió en Amberes y terminó condenado por la inquisición en Sevilla. A raíz de la anterior, me entero que Spinoza tenía en su biblioteca algunos volúmenes de poesía española aurisecular. Góngora, por ejemplo. La rutina sin adornos no merece la pena. La amplitud de la lectura parece tender al infinito y, así lo creo, no me equivoco.
+ Jueves Santo y Viernes Santo. Qué diferente esta Semana Santa, que similar a otros momentos. Todo tiende a desvanecerse en el olvido.
+ Imagen: del último viaje a Madrid. Una vieja escalera, un viejo ascensor.
sábado, 4 de abril de 2020
Encierro (3)
+ Hemos superado otra semana, otra prueba. Otra prueba más. ¿Hay poco que contar? La vida íntima del estudio es muy amplia, pero hermética. La comunicación que se puede establecer no deja de pasar por la escritura. Una escritura técnica, precisa, depurada. El relato es un relato lejano y espaciado. La distancia lo define ya desde el primer momento: la persona que habla, bien una no-persona, bien una indefinida primera persona del plural. Este punto de partida está también en el propio trabajo de investigación. La distancia, esa herramienta.
+ ¿Contar? ¿Numerar, relatar, la consideración, confiar? He colocado entre interrogaciones algunas de las acepciones del verbo 'contar' que ofrece la RAE. 'Contar', del latín compuntare.
+ Una conocida cita de Kant: «La naturaleza, en lugar de ser algo dado, es un producto de la conciencia».
+ Toda realidad está construida, resulta ser el producto de la acción humana, individual y general. Así, mientras esta idea vuela sobre mi habitación, donde estoy encerrado, llega la noticia de la muerte de una mujer relativamente joven, es decir: con una edad próxima a los cincuenta años. La juventud, llegado un momento, es un punto de vista, una construcción interesada. No hay nada dado, salvo la muerte. La extinción es incontestable y definitiva. Es mi hermano quien me da la noticia y me dice que ha sido un fallo cardíaco no relacionado con el corona virus. El trabajo de la pandemia carece de voluntad, carece de finalidad, pero necesitamos otorgarle características humanas a su discurrir.
+ Pequeños problemas informáticos que hacen que pierda un tiempo precioso. ¿El tiempo se pierde, pero a dónde va ese tiempo perdido? ¿Lo recobra la magdalena o cualquier otro artefacto propicio para el rescate? El otro día comencé a escuchar a un ensayista en la radio. Hablaba sobre el tiempo, pero me quedé dormido y el sueño fue plácido. Solo puedo recordar el inicio de su intervención. Comenzaba con el análisis de la curiosa expresión que sucede a la pregunta ¿qué haces? Estoy matando el tiempo, responde alguien. El tiempo. El tiempo, en principio y en apariencia, no tiene entidad y nos podemos inclinar por pensar que es un facultad humana que configura la percepción o es un concepto sin reflejo en la realidad física, salvo para hacer cálculos [que no es poca cosa]. ¿Un constructo? Mi ignorancia en materia científica y filosófica es amplia, pero, en cualquier caso, nosotros no matamos el tiempo sino que es el tiempo el que nos mata a nosotros, pues nuestra sustancia no es otra que tiempo y ese su constante y cruel fluir que termina, siempre, por derrotarnos. A dónde han ido nuestros viajes, los viejos amigos, el sentido de aquella ilusión que ni siquiera recordamos. Ay, el encierro acentúa esta tendencia a la melancolía que parecía dormida. Escojo la nostalgia y rechazo la melancolía, pero, finalmente, me centro en este momento que no ha de volver. El problema de la instalación está resuelto y todo parece más claro y sencillo, más nítido.
+ En busca del tiempo perdido. Qué gran título, mejor: A la recherche du temps perdu.
+ Descanso en las instrucciones que me he dado para llevar a buen término el encierro: lectura y ejercicio, descanso y estudio, vídeo conferencias y conversaciones telefónicas. Este mismo diario, como compromiso semanal. Otro puerto al que llegar cada sábado, con puntualidad: 7:30 de la mañana.
+ C. me habla de Ca. Está triste porque no ve a su hija, preocupado por su trabajo y por la salud de R., su mujer. La contemplación del desastre nos acerca a la esencia de la vida, nos da el tono absurdo de la vida. La angustia y el aburrimiento son finos bisturíes que realizan la autopsia de lo vivido, de la vana carrera hacia la nada. Entiendo que todo es susceptible de sufrir una inversión, creo con firmeza que constatar esta única verdad nos puede conducir a la celebración de la vida, pero, también sé, no es fácil ofrecer al que sufre consuelos propios de la celda de estudio, de la contemplación lejana del dolor de los hombres y mujeres. Pienso en Ca., en su trabajo precario, en su hija, en su mujer, en su casa, en su biografía y los reflejos que tiene en lo diario. Concluyo que es una buena persona; sin embargo, ser buena persona no te libra del dolor, es más: lo acrecienta. Hoy es domingo, todavía faltan, como poco, dos semanas de encierro. Dejo ese pensamiento y regreso a mi indagación en la hermenéutica. ¿Frivolidad? ¿Solo dos semanas?
+ He construido un castillo durante los últimos quince o diecisiete años; ahora me protege, pero nada existe indestructible. Confío en su resistencia, al tiempo que sé de sus debilidades. ¿Frivolidad?
+ ¿Frivolidad? Lo frívolo estaba hasta hace un momento aquí, con nosotros. Hoy se ha desvanecido, aunque no totalmente. Las comidas elegantes, los comedores lustrosos, el brillo de los licores caros. El veneno del lujo y el juego, la apuesta y la risa. ¿La risa se puede equipar a la frivolidad cuando realmente es una herramienta para luchar contra ella? Reviso papeles, leo, escribo. Cambio un programa en el ordenador, hago ejercicio, me reconcentro, respondo correos y leo correos. Un hilo que se mantiene. Dejo las frases inacabadas, las remato y se mantienen sin pulir, sin ese necesario cepillado [qué hermoso símil el la carpintería y la ebanistería]. Frivolidad me digo y veo que debo usarla en mi beneficio y en beneficio de los míos.
+ He iniciado una temporada de ópera en mi claustro, mi enclaustramiento. Primera, Falstaff, de Verdi; segunda, La Traviata, también de Verdi; tercera, Tosca, Puccini. La sucesión de la música, la escena, el vestuairo y la interpretación me alejan de mí mismo. La disolución del yo en este fluir se agradece. El arte se impone a la vida, siempre.
+ Pensé en dar cuenta de mis lecturas y se ha desvanecido el propósito. ¿Regresará?
+ Imagen: pienso en un posible escenario y, en sí, la foto que cuelgo tiene un principio de esbozo para este mismo escenario. Lo irrelevante de su arquitectura es una pista para crear una alegoría. La foto la tomé un día de difuntos, ¿tiene un significado o se lo atribuyo yo en mi particular beneficio?
sábado, 28 de marzo de 2020
Encierro (2)
+ El ejercicio físico es una medicina. Me he marcado en la lista de tareas tres cuartos de hora diarios de carrera, estiramientos y flexiones. Comienzo a correr y no consulto la hora hasta que han sonado cuatro canciones, repito la operación y, más o menos, llego al tiempo estipulado. Una ducha y la resonancia de las canciones y el recuerdo de la energía empleada. Se abre un paréntesis. Quizá demasiado estrecho, pero efectivo. Suena el reloj en el silencio de la habitación y veo que me agrada su caminar. Leeré, estudiaré y, luego, no haré nada, mientras espero al sueño. Otro día que se desvanece sin dejar apenas nada. La vida.
+ El camino de la lectura es sinuoso. A pesar de tener un plan previo trazado se van abriendo posibilidades nuevas. Las estudio en detalle y me resisto a seguirla: qué peligro la dispersión. Regreso a la tarea y me doy cuenta de que el propósito de culminarla es una entelequia, necesitaría la eternidad para poder atisbar su consecución. Es decir, la clave reside en la selección y segmentación. Trabajo en ello.
+ Hay momentos para informarse y momentos para dejar a un lado la información. Le repito a mi hermano la frase: no hay hechos, hay interpretaciones. Lejano me resulta el periodismo y sus sacerdotes, obispos y cardenales. Pero están ahí, me dice una voz tras de mí. No lo niego, pero la cápsula me permite ciertas licencias.
+ Hoy, día 24 de marzo, mientras realizaba el ejercicio diario regresó la imagen de Berlín. Pensé en las amplias avenidas de la parte Este de la ciudad, en el trayecto que hicimos en tren para visitar Sachsenhausen, el campo de concentración: planicies y leves o vaporosos árboles; pensé en las personas que bebían cerveza en el metro, de regreso a sus casas, aquellas botellas de medio litro. Los rostros y la contención en los gestos. Ahora he cogido de la estantería el libro Los años de Berlín sobre la pintura de George Grosz. Esta tarde lo veré con detenimiento, trataré de recuperar una idea sobre el cabaret y los años previos al ascenso del nazismo, a la guerra, la barbarie, los campos de concentración (un recuerdo que permanece y emerge en los momentos más inesperados). Lo sé. Son puntos de conexión con un mundo que se intuye y se hace propio. Es en ese maremagnum donde me defino. (También en el ejercicio físico).
+ La frase, el lema que nos acompaña en el encierro: «No hay hechos, hay interpretaciones», Nietzsche.
+ En el televisor, durante un momento, escucho un análisis de las curvas del crecimiento de la pandemia. No puedo hacer nada, si pudiese lo haría. La impotencia se resuelve en el trabajo que me permite mantener alto el ánimo. ¿Cuándo comenzó todo esto? No lo sé, es algo difuso. Yo lo intuí cuando a mediados de febrero estuve en Madrid. Alguien se rió de mí por tomarme la temperatura a diario, hoy no creo que se ríese. Puedo ver el material que hierve, que luego habrá de reposar, de ahí se habrá de extraer lo que la historia muestra, la historia de las causas y de los efectos. No es momento de emitir juicios, es preciso postergarlos.
+ La disposición de los días y sus tareas es fundamental. Pero ya lo era anteriormente al encierro. Esta disciplina no deja de ser una prolongación de la anterior. Se confirman mis sospechas sobre la vida sana: estudio, deporte y ocio. El trabajo es muy importante, el estudio es en sí mismo un trabajo.
+ El periodista tiene una foto de Baudelaire en el salón de su casa. Me parece paradójico. ¿Baudelaire?
+ A esta hora temprana la música electrónica flota en un extraño plasma. Cierro el archivo musical y regreso al silencio. Regreso a la lectura, al leve sonido del segundero del reloj que preside la estancia. He establecido una serie de márgenes en lo diario, límites que se fundan en las rutinas y en la disciplina: estudio, ejercicio, estudio, comida, siesta, estudio, información, lectura. Entremedias, conversaciones telefónicas y vídeo-conferencias. Se sostiene la rutina, esa bendición tan denostada [recuerdo conversaciones en las que se despreciaba su naturaleza por aburrida y vulgar, enfangada en lo cotidiano, ese infinito ámbito que hoy esta no roto pero sí en un durmiente estado de postración]. La música electrónica define un momento, una pausa, una baliza en el día a día. Pronto pasará todo, entonces será el dominio de la historia, las posibles explicaciones, la constitución del objeto académico.
+ Imagen: yuxtaposición (Berlín) .
sábado, 21 de marzo de 2020
Encierro (1)
+ Sábado día 14 de marzo del 2020. Comienza el encierro voluntario debido al coronavirus. ¿Voluntario? No todo está claro, pero nos aproximamos a nuestra nueva situación con cautela. Libros, café y música. No necesito más, yo estoy preparado para el encierro porque es una situación que no me resulta desagradable. Mi pequeña cápsula me devuelve una existencia muelle.
+ Daré cuenta de mi lista de libros para el encierro.
+ Espero no equivocarme y estar preparado para el encierro. Anoto la primera semana y me acuerdo cuando también anoté titutulé las entradas 'Días de transición'. No hace tanto y es ya tan lejano, ese tiempo que estuve postrado por mi lesión en el codo del brazo izquierdo, la rotura del radio. Seis semanas. ¿Qué queda de aquello salvo un difuso recuerdo? Pesa el presente y todo lo que no sea presente poco importa, salvo para darle sentido, explicarlo, comentarlo. No es poco el sentido, la explicación o el comentario. Reflejo y reverberación. Otro comentario, otra conversación telefónica.
+ La peste, Camus. A ratos, sin mucha voluntad, una lectura débil, sin compás. Leo a ratos y no avanzo. Verdad y método, Gadamer. Un trabajo en sí mismo. La palabras y las cosas, Foucault. Otro trabajo, que también se equipara al estudio. Fortunata y Jacinta, duerme mientras no se restablezca la normalidad y pueda regresar al gimnasio.
+ Sospechas sin confirmación. Evito los noticiarios, dosifico la información. Un alejamiento de la realidad, una modificación de la realidad. Un algo espiritual y literario. El encierro es un espejo. ¿Qué vemos en el espejo, qué podemos esperar del reflejo que nos arroja? ¿Un nombre, una fecha, un recuerdo?
+ Necesito establecer protocolos, listas y tareas a completar. Una manía. ¿El orden? Cierto orden con posibilidades de expansión. En este momento resultan de gran utilidad. Son estrategias para lograr un objetivo, pero ahora toman otro cariz. Se trata de medicamentos para rehuir la distancia, para alcanzar una paz que permita continuar con el día a día. Rechazo la mala fama que tiene la rutina. La rutina establece un orden y el orden, como una estructura no visible, hace que lo solido se imponga a lo líquido. ¿Será esta la próxima transformación? ¿La concreción de lo líquido, su solidificación? Poco a poco, se irá mostrando. El proceso está larvado y nacerá, sin duda, mientras me centro en la rutina como el que se sume en la oración, sin pensar, sin esperar nada a cambio.
+ El severo encierro comenzó el lunes, ya no se puede elegir. Fui al trabajo y al cabo de una hora regresé a casa. Debo leer un fragmento de Marco Aurelio, me dije. Una máxima, nada más. Leí la máxima y cerré el libro. Puse algo de Daniel Darc. Nací yo también mayo, espero que mayo sea un renacimiento, ahí pongo mi mirada: en este horizonte. Los libros, la escritura, la transparencia de C. en la distancia. Aunque sutiles, las relaciones personales apuntalan lo diario, en la distancia y materiales en la vídeo conferencia. El encierro es materia de apunte, qué no es materia de apunte.
+ Imagen: de camino a mi destino me encuentro con los árboles recién podados, han dejado esas pequeñas bolas que penden de las ramas, supervivientes de la poda. Entiendo un acento escultórico, el recorte contra el cielo rompe el contexto [esa técnica]. Madrid, todavía en invierno, febrero.
sábado, 14 de marzo de 2020
Artefacto
+ Comienzo la lectura de Fortunata y Jacinta. Resultará inevitable la comparación con Zola. Se tratan de mis lecturas en el gimnasio, mientras quemo calorías en la cita continua (como un hámster). Una cápsula. Construir cápsulas y establecer fronteras. ¿La lectura es una frontera?
+ Se ha instalado una extraña desconfianza hacia las artes plásticas tras la visita al Museo del Prado. Hace pocas semanas que me asalta la idea de la incapacidad de comunicación de las imágenes, la tendencia a la persuasión tan acusada que muestran. Recuerdo la afirmación sobre los textos griegos y las esculturas griegas, mientras los primeros sin conocimiento son impenetrables, las segundas tienen una conexión con el espectador, que a falta de la profundidad del objeto y sus derivaciones sí se pueden captar ciertos rasgos que están en la obra. Recuerdo la afirmación pero no el autor. Las posibilidades expresivas y comunicativas de ambas disciplinas artísticas ocupan ciertos paréntesis de lo diario, aunque la etiqueta “disciplina artística” me parece insuficiente.
+ ¿Son modos de comunicar, la escritura, la pintura? Recuerdo cuadros, en especial recuerdo a David Hockney. Uno, según cumpleaños, constituye un canon móvil de escritores, pintores y músicos. Esta triada es la que me ayuda, me cuestiona o sobre la que discuto. Se han asentado como se asienta el poso. La decantación y la sedimentación parecen arrojar explicaciones [variables] sobre el vasto universo que hemos elegido como objeto para contemplar, para estudiar, sobre el que escribir. Es más, quizá existan momentos en los que la comunicación sea algo secundario, prescindible, redundante. Y, así, llego a la lectura de los espacios que propone Foucault. Cuadriculados, recordados, abigarradamente coloridos. Espacios comunes, de paso, privados, íntimos. Un mundo, pero tengo presente los interiores de Hockney porque es una instrucción de lectura, la lectura de los espacios.
+ En la primera hora de la mañana mientras Europe1 desgrana noticias sobre el Coronavirus. Mi juicio está en suspenso.
+ Regreso a la idea del primitivismo anarquista, tal vez ni siquiera sea un término correcto. Me parece que el diagnóstico es correcto: la tubo modernidad tecnológica y la vida en el planeta son incompatibles. Dicho esto, ¿quién está dispuesto a renunciar a sus comodidades o a encaminarse a la extinción de la especie? Veo la foto de Thoreau y me digo que no. Yo no quiero vivir en el bosque porque el bosque es un lugar inhóspito. Me gusta contemplarlo como el que ve al tigre en la jaula. Sin proyecto avanza la historia, después se corrigen los desmanes.
+ Comentar el mundo / evitar la descontextualizacion. [Dos máximas que me aporta Eduardo Momeñe; una vía de investigación]. Es un binomio adecuado para visitar exposiciones, más allá del dualismo: bueno / malo.
+ Daniel Darc - C'est moi le printemps. Vuelvo a escuchar la canción, en esta primera hora de la mañana del lunes. Me gustan esas dunas que se ven en el vídeo, el coche, el ambiente. La línea del horizonte. Un ritmo sencillo y una melodía que tiende a lo ingenuo, un contraste con la melancolía de la letra, su profundidad. El sencillo discurrir de la melodía trae consigo pronombres no utilizados, colores y escenas. Ahora estoy dispuesto a comenzar el día, tras el el sueño reparador, la tranquilidad del momento, en la expectativa sanitaria que tiene una traducción en crisis económica y social. Una cita de D.D., de su canción: «Un ange déçu, ange de néon Un ange de plus, ange de néon».
+ El tema es el coronavirus, presente desde la primera hora hasta el final del día. La crisis económica y social habla de nuestra época. Hay un punto de terror medieval en el relato que establecen los medios de comunicación. No hay un análisis adecuado, salvo el que realizan los expertos. La crisis es la retransmisión en directo de un espectáculo con grandes posibilidades, extensión de lo imprevisto, amplificación de lo paradójico. No es posible una opinión mesurada, la suspensión del juicio es precisa. Carecemos de datos fiables y todo está por escribir. Lo leeremos, pero por el momento se debe esperar.
+ Abro y cierro un paréntesis. Gadamer, por ejemplo. La lectura en la última hora del día, la sensación de penetrar con mayor profundidad en su Verdad y método. ¿Solo es una sensación? Ahora se iluminan las sombras y veo aquello en que no había reparado en un primer momento. Todo cobra sentido y mi intuición se aproxima bastante a lo que había previsto o adivinado. Indicios difusos que se concretan. He aprendido algo, que se muestra y tiene que ver con la lectura misma: el momento condiciona el sentido. El sentido, esa razón del lector, que completa las razones del escritor (ya difuminado en su imagen deletérea).
+ Una partitura o la equiparación de la lectura y la interpretación musical. «Je vais marcher au hasard sur la pluie» (Daniel Darc)
+ Imagen: se opone el teléfono en la tienda al cuadro (de Dalí) en el museo (MNCARS), la yuxtaposición arroja posibilidades de sentido que no se han previsto, pero eso ya no es asunto del que inserta las fotos, queda el que ha disparado transformado en uno más que ve las fotos, sin mayor autoridad.
sábado, 7 de marzo de 2020
Diferencia y desplazamiento
+ Volví a encontrar otros ejemplos en Germinal sobre “el gran silencio”. Toda una imagen. El silencio extiende sus dominios sobre la novela en los momentos cumbre. Lo he tomado para mí. Antes de dormir pienso en aeropuertos vacíos y silenciosos, en su arquitectura, sus espacios y en el vacío. Una imagen zen, para la reflexión. No hay nadie en el bosque, una música que suena sin espectadores, el cuadro en la oscuridad del museo cerrado. Quizá ni siquiera existen. Allí me lleva ese gran silencio. La novela llega a su fin y tengo una idea de totalidad que me perturba. Llegar a esa conexión un propósito del escritor me hace viajar al pasado, al tiempo de los folletines. Me pregunto que si es esa sensación de totalidad parecida a la que tienen los que ven series hoy en día, los que las ven de un tirón. Más allá de esa reflexión sobre su recepción, admiro la mezcla entre crónica y novela, esa natural ambigüedad del novelista, que se aproxima a un científico social. ¿El sociólogo y el economista ocupan hoy en día el espacio del novelista decimonónico desde las tribunas que les ofrecen los medios de comunicación? Sé que esta lectura esta restringida a la arqueología, pero eso no es un problema, al contrario: es una virtud. Me otorga un prisma para observar el presente.
+ Los días se desvanecen y se desplaza el sentimiento provocado por los ogros. Ahora son una difusa estampa que se disuelve en el líquido olvido. Lo vi ayer, desde mi coche. Un relámpago que rápidamente desaparece. Lo observé durante un breve instante. Valoré su atuendo, sus gestos, el rostro entrevisto. Nada. La sensación de disolución estableció un límite. Los límites son tan necesarios.
+ [Entrevistas - Diálogos entre profesores de filosofía y escritoras brillantes]. Determinar la razón de la escritura y la lectura resulta ser un índice que revela razones subterráneas de nuestro momento histórico. Como leer una suerte de conciencia paralela y determinante. ¿Tiene sentido el prestigio que otorga la publicación de un libro en una editorial emblemática? ¿Se puede vivir de la literatura y la actividad de la escritura es equiparable a cualquier otra actividad retribuida? ¿Los buenos sentimientos impiden la literatura y la literatura es un campo de batalla anárquico que se ordena como los posos se decantan en lo vinos añejos? Son tres preguntas que me hice mientras escuchaba con atención la entrevista que Ernesto Castro le hacía a Cristina Morales. Se desvanecieron las preguntas en la gran verdad: la muerte del escritor, R. Barthes. Como colofón, es pero que me llegue el aviso de la biblioteca: el libro de C.M. está a su disposición, Lectura fácil.
+ Me parece necesario leer Lectura fácil. Ay, mis urgencias, mis paradojas, un margen elegido que se construye a diario. Sigo viendo vídeos en red. Pierdo el tiempo (?) y me dejo llevar. ¿Qué es lo que me interesa? ¿Soy yo o la investigación sobre cómo se trama una vocación y un modo de vivir? ¿Vivir sin dinero, trabajar sin cotizar? ¿El margen? ¿Conspiraciones? Al final, me interesa el espíritu del tiempo, ese espesor de los días y las noches. La novela y su pervivencia en el siglo xxi, pero también mi rechazo a las ‘series’. De hecho, una vez terminada Germinal me di cuenta de que resultaba una narración muy antigua, demasiado cerrada en sí misma, una estructura contraria a lo que hoy podemos llegar a entender como desarrollo de una historia. Todo tan bien trenzado. Una disolución. Quizá es lo que busque en la lectura de Lectura fácil. No sé, todavía debo esperar a que quede libre en la biblioteca pública, mientras me conformo con la labor de lima de mi textos, ese texto que estoy obligado a presentar antes del ¡viernes!
+ Mis incapacidades.
+ Confusiones, errores, falta de atención. Me reflejo en todo ese muestrario de defectos que arrastro desde hace años. Los veo y me veo. ¿Soy yo? Sin duda, pero también se establece una distancia. Necesaria distancia. Leo y olvido lo leído. Mi falta de memoria, pero soy capaz de hablar fluidamente en francés, como si en otra vida hubiese sido el francés mi lengua materna. ¿Existe la reencarnación? ¿Era yo un francés disléxico? ¿Por qué hay número que se me atraviesan? ¿La construcción de un personaje es equiparable a la constitución de una profesión? Las lagunas me constituyen, los ríos que terminan por no desembocar en ningún lugar. Simplemente, aquí escribo, aquí me diluyo.
+ Esa necesidad de encontrar una pregunta, esa necesidad es la que guía las indagaciones nocturnas en el ordenador conectado: entrevistas, vídeos, juicios. Para no llegar a ningún lugar, salvo al inescrutable punto de partida.
+ Un trabajo terminado. Un algo que se cierra, un paso. Otra cosa, otra tarea. Se suceden los días y los días se llenan con obligaciones, algunas impuestas otras que hemos abrazado. ¿Es esta la espuma de los días o son los días mismos? Cabalgo la ola, me dejo un momento y el paisaje es otro. Soy yo el que se desvanece, la tareas a penas me retratan. Estoy ahí, en la ola y en el paisaje, en la lluvia y en la niebla.
+ Imagen: hice la foto en Madrid, en un portal. Es un sistema de timbres eléctricos en desuso. Lo observo, centro mi objetivo y disparo. Ahora me pregunto por la razón que me llevó a elegir el motivo y por qué ahora lo inserto en esta entrada. ¿Es algo que tiene que ver conmigo, con mis incapacidades y mis victorias? Que emblemáticamente permanezca la foto lo dice todo.
sábado, 29 de febrero de 2020
Bifurcación
+ Estuve tres días en Madrid. Quizá no fueron tres días sino dos días y medio. Con todo, me pareció que pasó un mes. Un largo mes de comunicaciones y charlas. La intensidad del trabajo y la relación con la ciudad ensancharon la percepción temporal. Llegué un miércoles y me fui un viernes a las ocho de la tarde. En primer lugar tuve que cruzar la provincia bajo el manto espeso de la niebla; la autopista resultaba confusa, sus límites, la banda de balizas, los pilotos de los otros coches. Entré en el aeropuerto y comenzaba a despertarse, todavía no eran las seis de la mañana. Rostros dormidos, café cargado, libros, portátiles, tabletas y teléfonos. Es un estallido que nos comunica el tiempo en el que vivimos: los atuendos y los adminículos, los peinados, la actitud ante el viaje, esa indiferencia, música en los oídos, el aislamiento, la barrera de los años. Todo esto lo reconozco sin dificulta y lo comparo con tiempos pasados. Las épocas se suceden y el movimiento es imperceptible, aunque uno se detiene y alcanza a ver todo lo vivido. Es ese el estallido, la chispa que marca el antes y el después. No somos nada, me digo con un cierto punto de cinismo. Ya no soy joven y lo asumo con cierta alegría. Comienza el día.
+ Mediante una referencia a Christopher Isherwood llego a David Hockney. Se trata de la pareja de Ch. I., Don Bachardy. Don Bachardy es un pintor, mejor: un retratista. Veo algunos cuadros y me interesan mucho, debería indagar en su obra.
+ [Tres notas en la libreta que siempre viaja conmigo]. Profesoras que hablan de los problemas en el trabajo, principalmente sobre la indisciplina y las derivadas de las nuevas tecnologías. Una conversación en inglés que mantienen dos personas en torno a los treinta años, se percibe con claridad que ninguno de los dos es hablante nativo. Gentes que ríen. Las notas no tienden a la escritura, sino que se lanzan hacia lo pictórico. Son cuadros que nunca se ejecutarán. He valorado colores, encuadres, gestos. El boceto de algo que resulta peculiar y unido al momento, al presente. La historia precisa ilustraciones de este tipo, donde se den los rasgos que nos hacen particularmente contemporáneos. La aparición de la cerveza y el risotto me separo de la ensoñación. Guardé la libreta y entre en el confortable mundo de la gastronomía, no muy elevada, no muy baja. Placeres accesibles y no demasiado caros. Madrid se extendía hasta los límites de mi compresión, no continué más allá.
+ [Una casa en la playa o el esbozo de un cuento con tintes sociológicos y provincianos]. Mi padre y yo, como todos los años, vamos a la frontera portuguesa a comer la lámprea. Es un rito, algo, entre muchas cosas, que nos une. Hablamos de cuando él por primera vez la comió, cómo los camineros las guardaban en el agua limpia de alguna tajeas, hablamos de los que ya no están. He pensado en varias ocasiones que tiene algo de comunión bajo la especie del muy extraño pescado. Su carne, su boca dentada en espiral, los cartílagos. Caminábamos por la calles de la Fortaleza, ese recinto amurallado dedicado a la venta de toallas y restaurantes (en uno de ellos comimos la muy deseada lámprea), y fue entonces cuando vimos descender la cuesta a la pareja: ella hecha un remolino y él, alto y grave, con una gravedad vacía y prescindible, pero muy acorde con la posición que cree ocupar. Los conocemos y nos ignoraron con manifiesta mala educación, que ellos confunden con un estilo superior que les otorga una dudosa pertenencia a la pequeña burguesía de la provincia, esa que se hace espuma en los bailes del casino y cree codearse con la trufa importante de la política nacional. Cuando pasamos a la altura de ella, la oímos referirse a la vendedoras de toallas con tonta presunción: son para la casa de la playa, son para la casa de la playa, repitió. Mi padre y yo, con disimulo, nos reímos. Para la casa de la playa, ese emblema de la buena sociedad provinciana. Se lo conté a C. y los dos nos reímos con ganas. Ella es una boba, él es otro bobo, lo dice porque no se puede encontrar otro adjetivo. Otro adjetivo no hay, pero el adjetivo tiende al sustantivo: los bobos de la casa de la playa.
+ Los dos bobos son vecinos, alguna vez en el ascensor se quejó de que tenía unos contratiempos tremendo con la mudanza a la casa de la playa. La casa de la playa pertenece a la familia de su marido y ella es una ¿acoplada? Se siente una señora de la alta sociedad, pero no llega. Poco importan. Sólo es un apunte para una narración que no llegará a nacer. La tristeza de la provincia, su ruina y su indefinición.
+ Madrid queda lejos y de Madrid hablamos mi padre y yo mientras comíamos. Se veía un tramo del rio Miño desde la mesa que ocupábamos. Tanto para él como para mí Madrid es un territorio mitológico. Un lugar al que regresar. Se fusionan Galdós, Baroja o Umbral en su geometría. Lo valoramos desde el punto de vista de la literatura, pero también desde la amistad. Ahora yo me he ligado a Madrid mediante mi investigación, que fue la causa del viaje. Escucho a mi padre, pruebo con los labios la cerveza sin alcohol helada, siento el triunfo del instante y le recuerdo el episodio recién vivido, el de los dos bobos. Sonreímos y él dice que son manías de la provincia, asiento y lanzo mis ojos al otro lado de la frontera, a España.
+ Compramos una lámprea viva. 30 euros. Saltaba sobre el hormigón pulido del vivero. Un kilo y medio. La metieron en una malla y luego en una bolsa de plástico. Regresábamos en mi humilde coche y la lámprea se agitaba en el maletero. Mi padre estaba contento, yo también, habíamos cumplido, un año más, con el rito. El día declinaba.
+ El ogro ha sucumbido, ya solo es una sombra del pasado. La resolución del relato. La niña y su gatita duermen tranquilas.
+ Imagen: primera hora de la mañana, Madrid, Moncloa.
sábado, 22 de febrero de 2020
En medio de un gran silencio
+ Noticias de accidentes de tráfico con resultado de muerte, divorcios y despidos, mientras yo continúo en gimnasio con la lectura de Germinal. Como una burbuja, y la vida sigue su curso. Las muertes, los nacimientos, los olvidos. Todo tiempo tiende a su propia combustión.
+ Santiago. Quedamos con E. para ir al CGAC. La visita, como en otras ocasiones resultó estéril, fallida. Nada de lo que había allí nos interesaba, la exposición que esperábamos ver se había terminado y las fotografías con las que nos encontramos nos decepcionaron especialmente. El CGAG ha perdido el oremus. No le veo mucho sentido a su programación, sobre todo porque se percibe con demasiada claridad una ausencia de proyecto. Me dio pena. Es una deriva que se manifiesta en otros ámbitos culturales, pero, en línea que yo mantengo, mi lugar está en mi estudio y en la lectura, esa concha gruesa donde me repliego. Hay un punto de indiferencia. Sin embargo, la visita sí mereció la pena porque estaba E. y tanto C. como yo disfrutamos muchísimo de su compañía, de sus palabras y de su risa, de la certeza de sus ilusiones. Hablamos, tomamos café y vimos como las sombras se apoderaban de la ciudad del Apóstol. Yo les expliqué lo extraña y terrorífica que me resultan sus calles, esa humedad, esa oscura certeza que la transforma en un escenario de cine expresionista alemán. Les dije que muchas veces me lleva por sorpresa la conciencia de lo remoto que es un nuestra pequeña región, lo lejos que de todo está. Tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Llovía y las sombras eran algo más que el rasgo de la noche, pero los tres estábamos alegres, esa alegría que no se puede comprar.
+ De regreso, mientras yo conducía, C. y yo volvimos a hablar de los ogros y de su madriguera. Hace dos semanas que C. no tiene que ver al ogro. Ha sido un triunfo que se demoró demasiado. Ahora es un recuerdo, un mal recuerdo. No todo está cerrado, pero los dos sabemos que no volverá al martirio diario de enfrentarse a su maldad, a sus mezquinas palabras, a su intolerable presencia. C. ha actuado correctamente y eso es lo que vale, para mí, para ella, para E.
+ Lo moral, lo ético y lo legal. No pretendo iniciar un debate sobre la colisión entre ética y legalidad, pero sí me gustaría manifestar la posición del ogro cuando decía que él solo deseaba lo legal. Afirmaba sin llegar a conocer con exactitud el alcance de sus palabras, pero con la contundencia del ignorante que ha triunfado en la vida. Ay, el triunfo y sus engaños. Se trata de un uso interesado de las palabras que imponen un marco discursivo, un marco que se debe huir como se huye de la peste. El ogro y la peste es un todo un emblema: su maldad, su ignorancia, la crueldad con débil y la sumisión ante el fuerte. Me gustaría que se convirtiese en humo y camino de ello va su presencia. No existe ya para nosotros, pero todavía palpitan esas palabras: yo solo quiero lo legal, cuando la propia legalidad se la ha fumado durante años, pero lo formal de la justicia establece su realidad judicial que no coincide necesariamente con la realidad cotidiana. Es más, la contradice.
+ A estas horas la niña y su gatita duermen tranquilas, los ogros se revuelven en su madriguera ante el embate de un enorme cangrejo. Otro emblema. ¿El lema? Toda mala acción tiene su vuelta en su propio espesor.
+ El título de la entrada responde a la reiterada aparición de la expresión en la novela de Zola, Germinal. Me llama la atención y así lo anoto. Al mismo tiempo, recuerdo como comenzaba El vientre de Paris, también de Zola. En medio de un gran silencio. El silencio como emblema, el silencio como marca del momento, la incertidumbre que un silencio inmenso provoca. En medio de un gran silencio me preparo para mi viaje a Madrid, donde tantas aventuras me esperan (esas aventuras tranquilas que yo emprendo).
+ Imagen: el silencio, lo vegetal, la espera, el viaje.
sábado, 15 de febrero de 2020
Escenarios
+ He conseguido establecer un sistema para cenar que me resulta satisfactorio. Se trata de una ensalada cuyos ingredientes son varios tipos de lechuga y brotes diversos, atún, aguacate, pan tostado que rompo sobre los vegetales y, por último, salsa para ensalada César. Debo adelgazar, de eso se trata. Recuerdo que los asiáticos dicen que el que está gordo es porque quiere. No sé, tal vez no sea del todo cierto, pero yo creo que en mi caso sí se cumple. Este particular diario debe reflejar mis preocupaciones, porque no deja de ser una preocupación ética, algo que rebasa el propio terreno de la salud corporal para entrar en la salud del yo. Escribo esto que escribo y pienso en mi regreso del gimnasio. Son incorpóreas anotaciones en el papel pautado de lo diario, esa colección de mapas y contabilidades, libros y asientos, traiciones, derrotas y victorias. Hoy he cumplido con lo que me había propuesto, el principal objetivo.
+ Soñé que estaban vivas personas que han muerto recientemente. Soñé que el padre de K. todavía estaba vivo y se alegraba de verme, me abrazaba y sonreía. Al momento desperté confuso. Fue una siesta demasiado larga, el día anterior apenas había dormido y necesitaba recuperarme del cansancio. Preocupaciones que me asaltan y discusiones absurdas e innecesarias, que nos hacen daño, a C. y a mí. Lo dejo a un lado. Pienso en el tiempo que ha pasado desde que vi por primera vez al padre de K. Todo se ha desvanecido. Recuerdo con precisión a la hermana de K. y a su padre en coche, un coche grande, azul metalizado, familiar. Tanto tiempo atrás, pero por sorpresa regresa al mundo de los sueños, donde se dan cita la oscuridad del principio rector. «El mundo es parte luz y parte sombra / y yo soy parte fuerza y parte indecisión», cantaba Radio Futura en Mercuriana.
+ Mecuriana: recuerdo la primera vez que oí la canción, recuerdo el estribillo y recuerdo la frase de la guitarra, tan sencilla, tan certera. Resumía bien una idea que tenía yo en aquel momento, que mantengo: la unión entre fuerza e indecisión, entre luz y sombra. Yo estaba en la Isla del Hierro. El mar, las negras rocas, la infinita línea del horizonte. Recuerdo aquellos momentos con una gran precisión. El paisaje, las conversaciones, el mar y sus cambios de estado. Recuerdo una gran tormenta y recuerdo pensar en esta canción. Estas estrategias de recomposición del pasado me aportan una calma que tiene su base en lo vano que resulta todo, en cómo el prisma de la muerte desvela una carencia fundamental, que, paradójicamente, resulta liberadora. Soy el mismo y soy otro, persevera un cierto principio rector, pero se ha afinado y hoy es un instrumento preciso, que tiende, más bien, a la precisión. Suena la canción y con la guitarra repito el riff. Regresa así el año 1990, el año que nunca volverá.
+ Palabras que busco en el diccionario: beneficio, lucro, avaricia. Debo adecuar mi camino y para ello es necesario limpiar de maleza sus márgenes. Las palabras, cuando se indaga sobre ellas, tienen el poder que tiene el mapa, que sin llegar a ser la realidad son un buen punto de partida. Necesito explicarme algunas cosas sobre el ogro, el proceso y los abogados. Los tratos y el decaer de las exigencias. Sé que es tóxico conversar sobre todo el entramado que compone el proceso, es un gran aprendizaje. En ello descanso. La triada (beneficio, lucro avaricia) me acercan a una explicación general que debe ser compensada por una idea de generosa bondad, que también existe en el ser humano. Me asomo a la posibilidad y me parece inmensa, es cuando recuerdo a Foucault que dice que el hombre como construcción se ha terminado, que llega a su final. Una muerte del hombre. Pero yo debo encontrar ese equilibrio entre lo mezquino y lo generoso. Gestores, empresarios y abogados, su presencia debe ser contrastada con otras realidades.
+ La realidad y su contraste. Un refugio: mi investigación. Hoy me han llegado las confirmaciones de la ponencia y de mi artículo sobre Faetón. El camino se hace caminando, nuestros pasos abren la senda y en este caso siempre es un terreno hollado, pero que nuestras huellas transforman en algo nuevo, extrañamente nuevo. A mí se me hace raro, lejano y no obra de mi trabajo. Este es un punto del que parto en la lectura: el que escribe pierde el poder sobre escritura en el momento que lo entrega al juicio de los otros. Por eso la investigación es un refugio, ya que aquí sólo estoy yo, en el silencio de la lectura y la escritura, actos que no precisan demasiado espacio pero son, al mismo tiempo, realmente expansivos. Me siento a caballo entre la satisfacción y la constatación de que todavía me falta mucho, con el convencimiento de que allí no llegaré nunca. Esta es la realidad de contraste que se opone a la realidad cotidiana, a la verdad judicial o las construcciones administrativas contra las que me enfrento a diario. Debo afilar la herramienta y ajustar su uso.
+ El modisto vive en un hotel. Vi por casualidad en la televisión una entrevista con un modisto. Mi padre y yo hablábamos y como telón de fondo estaba la televisión. Salió el modisto y enseñó el lugar donde vive. Un hotel en el centro de Madrid. ¿Un principio paradójico? Siempre hay que indagar en los detalles que orlan la biografía, ahí se esconden extrañas razones que se proyectan sobre la totalidad de la vida. Yo tengo mis particulares y cultivadas extravagancias, con el fin de alimentar mi propio margen, el apartarse del carril dado, sin llegar a la exhibición pública. Al final, la soledad dibuja círculo en torno a nosotros contra el que debemos luchar. El modisto parece triste, condenado por su personaje, alzado, elevado a los altares de las pantallas. Lo compadezco, de alguna manera lo compadezco. La televisión es un horror de entradas y salidas, amores, muertes y traiciones. Me rindo y mi padre cambia de canal. Aparecen unos animales que son como perros pero no son perros, en una playa. Observo a mi padre y creo que el no necesita paradojas, tiene una libertad, otra altura. Muere el día.
+ Imagen: rectas que interseccionan y, así, rompen una posible identificación.
sábado, 8 de febrero de 2020
Emanaciones
+ Me encuentro con ellos a las siete de la tarde. Ella me reconoce y comenzamos a hablar, él se había adelantado con la perra, lo llamo, se acerca y sonríe. Ella me cuenta cómo sus problemas de espalda están minando su persona, su integridad. Sigue de baja laboral y no sabe cuándo volverá a dar clase. Su espalda está enferma, pero también su pie izquierdo. Tiene dolor el rostro, me fijo en sus manos y están contraídas, agarrotadas. Él me habla de disciplina y se refiere al deporte y a la lectura, yo le digo que eso es posible porque goza de buena salud, cimiento de cualquier actividad. Nos despedimos. Los veo alejarse con la perra, que salta contenta. Continua la lluvia, esa intensa humedad, el gris profundo que ya es noche cerrada.
+ Desconozco los límites, pero los percibo en su indefinido perfil.
+ Fuimos a Baiona, fuimos a A Garda. El mar encrescapado parecía una suma de suaves telas, espuma agradable y móvil. Como la belleza peligrosa del tigre, el mar manifestaba una hermosa imagen [desde el coche], pero su fuerza brutal estaba allí, su inmensidad, la ciega voluntad de su esencia. Se trataba de establecer un límite entre el tiempo de los ogros y una nueva edad, luminosa y prometedora. El cielo era gris y la carretera brillaba como la piel de un reptil negro, la intensidad de la gama de verdes orlaba el paisaje y se veía apagada por cortinas de lluvia. El escenario era adecuado para la situación, nuestra situación. Cansados, nerviosos, regresando de la tierra de los ogros, de su dominio y ambición, con dirección a ese nuevo espacio: el reino de C.
+ Pescado, cerveza, la soledad del restaurante en invierno. C. estaba contenta, pero prefería, por precaución, no alegrarse demasiado, yo estoy de acuerdo con ella. Hacíamos recuento de las mezquindades del ogro, sus faltas de respeto, el machismo, su estupidez. Recordamos que el primo de C. nos dijo que era muy astuto o un necio. El discurrir de los acontecimientos nos dio la respuesta. C. tiene ahora una belleza que emana de su bondad sin dobleces, pero también posee una fuerza que la hacen actuar con determinación cuando resulta preciso. Somos más fuertes, juntos somos más fuertes, mucho más fuertes.
+ Llegan los libros. En el buzón hay una nota de correos, como y voy a recoger el libro. El libro tiene una lírica intensa, lo esperado, las promesas. Quizá sólo lea unas pocas páginas, pero queda su constancia, el acero en la memoria. La estantería es un depósito donde se atesoran los colores y los formatos, se constituye así un extraño cuadro, un muro con inesperadas implicaciones. Esa selección soy yo y yo soy los libros que habitan en este espacio, los veo y siento su presencia, sin leerlos, sin intuir sus títulos. Hoy llega otro libro y yo soy el mismo, abro el paquete y se lo doy a mi padre. Será él quien lo lea, a veces hay un ejercicio generoso en la compra de los libros para los demás, pero el punto de egoísmo no te termina por desaparecer: todos los libros que compro son para mí, incluso los que regalo, también los que no leo.
+ Elie Wiessel, Trilogía de la noche. Las razones de la estupidez y la maldad me interesan especialmente.
+ La carretera resultaba amable, su geometría y su lírica. Esas historias que se atesoran en los recovecos, en su espesor, las personas y los animales, lo árboles y las casas. Me detengo y durante un momento trato de atesorar el presente, pero éste se abre y no consigo alcanzar su densa profundidad, sé que nunca lo conseguiré. A lo lejos una nuble flota, pasa un pájaro y la claridad resulta hiriente. Hay un regalo, pero no quiero que se desvele. Furtivamente conduzco y establezco un límite entre el tiempo del trabajo y el tiempo de la contemplación. Leer, ya lo he dicho, es más que un escapismo, pero nunca pierde esta característica. Mi debate se levanta y continúo con el trabajo, recojo esas derivaciones sin sabe si llevan o no llevan a algún lugar. Es martes y su reflejo en el calendario no tiene mucha importancia, como la escritura automática, no hay ningún plan previo. Apago la música y sólo el ruido del motor me acompaña. + He vuelto a darle uso al libro electrónico. Cuando voy al gimnasio lo colocó sobre la pantalla de la cinta y me entrego a la lectura. En este momento, Germinal. He pensado que tampoco hay tanta diferencia con los usuarios que ven las series en las pantallas de sus teléfonos móviles; al fin y al cabo, el sistema narrativo de las series no es muy diferente a lo que ofrecían los folletines. Los folletines alimentaban el ocio de diversas clases sociales, con las series sucede lo mismo. La diferencia fundamental es que los folletines son ya arqueología, que no está al alcance de una gran mayoría, pues la lectura, en contra de la pasividad de lo audiovisual, es necesariamente actividad. Esta arqueología tiene su interés para establecer puntos de vista o una posibilidad de alejamiento de la realidad dada, hay centro mi reflexión poco antes de regresar a Germinal.
+ La visita al gimnasio me acerca más a la misantropía y al nihilismo, dos polos de los que debo alejarme. No son sanos, pero la lectura de Germinal me hace desconfiar de lo humano, la sospecha sobre el lucro. En el gimnasio observo los tatuajes, los anillados y el atuendo deportivo, los movimientos y los cortejos amorosos. Todo se repite desde tiempo atrás, todo esto ya ha sido visto por los siglos, pero la manifestación en el presente alcanza el relato de una figura totémica, a la que me remito en busca de un relato que me satisfaga, al menos durante el final de la jornada.
+ Creo en la necesidad de estar sano, una creencia adquirida a lo largo de los últimos veinte años. Desprenderse de la lesiva convicción de un malditismo provinciano me hizo daño, pero salí de allí victorioso. Me alejé sin olvidar que los tóxicos y los venenos también forma de mí, que ni los unos ni los otros regresarán, aunque su conocimiento me ayude a dibujar lo circundante. Voy al gimnasio, me alimento convenientemente y guardo unas costumbres horarias estrictas, las horas de sueño y las horas de las comidas. El gimnasio se integra en este fluir, el fluir soy yo, mi yo se disuelve en el cansancio, la cama me acoge y siento esa gran verdad donde sueño y muerte se aproximan; esa es la imagen de la muerte que construyo.
+ Imagen: C. y yo compartimos la foto que encabeza esta entrada, en ella en su teléfono, yo en este diario electrónico. Se trata del Museo de Bellas Artes de Rouen. Algo muy nuestro se manifiesta en esta foto, un protolenguaje compartido y ajeno a la pluralidad, nuestro particular idolecto. [Normandía, donde fuimos tan felices]
sábado, 1 de febrero de 2020
Condiciones del devenir
+ Viernes: lectura. Hoy he conducido mucho. Siento un presión en mi brazo izquierdo, un dolor leve que casi produce placer. Ya no tengo que ir a rehabilitación y la tarde será para entregarme al estudio. La lectura, paradójicamente, no es un escapismo. Mi mundo se diluye con facilidad y la lectura consigue darle una estructura, un aspecto esquemático pero solemne y solido. Me observo en el espejo y añado al paso del tiempo la lentitud sobre mi mirada: soy otro y lo sé con certeza. La lectura me da un primigenio punto de anclaje, una realidad inalterable que se agradece: la lectura como esencia de mi identidad. Le lectura tiende hacia lo móvil. No es algo dado porque lo que aporta, precisamente, es duda e inestabilidad. Sana incertidumbre. Me detengo y pienso en la sala de fisioterapia a la que ya no asisto. Su mobiliario, sus ventanas, el color de las paredes. Los fisioterapeutas y sus uniformes blancos, los zuecos y la nota de color en los calcetines con figuras simpáticas e infantiles. Ya no estoy allí, pero la presencia y los olores que se aglutinan en ese espacio parecen acompañarme como acompañan los restos de un sueño y su contradictorio devenir. Leo. Cierro el breve libro que trata sobre el presente de la Filología, (una conversación entre H. U. Gumbrecht e Isabel Capeola Gil). Reflexiono sobre el fin del texto o su transformación en multimedia, en ese repliegue que lo lleva a constituirse en un arcano que precisará interpretación, adaptación o traducción a imágenes (por ejemplo). Es mi mundo y me desentiendo de él. Un mundo que lo construimos en sobre una condición de posibilidad. Ahí descanso, en las condiciones y en los indicios.
+ Abrí la puerta y dejé pasar a los guardias. Entré tras ellos en el ascensor. Los estudié: eran jóvenes, tenían una barba raba y eran reservados y melancólicos. Nada dije. Marqué mi piso y ellos marcaron el sexto. Me dije para mí que debía de tratarse del borrachín del edificio, que desde que murió su madre no ha hecho otra cosa que insistir en su indignidad, en su parloteo sincopado y brutal, estúpido e innecesario. Olor a pan recién sacado del horno, tal vez, o a colonia dulce de bebé, picante, tal vez. Al día siguiente, en este sábado luminoso, nada se supo. Ni siquiera pregunté. Dejé que se diluyese la posible anécdota. No hay piedad. Los guardias realizaban su labor con cansina reiteración, dotados de una indiferencia más próxima a la pereza que a la observacia del deber. Los guardias eran relámpagos en sus azules metálicos, en sus pistolas negras y retadoras, el brillo de las esposas. Viajaban en un ascensor y parecían dormidos. Yo pensé en el borrachín y su miseria. Qué lejos queda ya la Navidad, no es momento para un cuento sobre los guardias, el borrachín y el nacimiento del niño-dios. Pudo ser adecuado. Mis propósitos eran otros, muy distintos, muy lejanos.
+ Debo ir con mi padre a urgencias. Tiene fiebre y mucosidad. El médico le dará un jarabe, unas pastillas, un expectorante. La experiencia de acudir en el inicio del día a urgencias es un acto revelador. La hora del regreso del noctámbulo, su camino, la luminosa transición de la ebriedad al sueño. Los veré en un momento, a uno, a dos, una mujer, el reflejo de sus deseos inescrutables. Yo ya no estoy ahí pero sé bien de qué se trata. Una religión, una fe en la posibilidad de engañar al tiempo. No es posible. Una doctora atiende a mí padre y nos derivan a un hospital para poder realizar una placas de tórax. No ha terminado de amanecer y avanzamos por las oscuras calles bajo la bendición de la música de Bach. Hablamos sobre medicina, las novelas del XIX y las enfermedades. En concreto, cito Germinal y las enfermedades de los mineros, algo no tan lejano. Entramos en ese mundo del hospital, que es un otro mundo, un mundo con sus colores, límites y jerarquías. Hemos aprendido a movernos en este ambiente y saber qué se puede y que no se puede esperar. Las doctoras son agradables y nos explican con precisión la estado del enfermo. Intuyo que no es grave, que se trata de solventar dudas. Lo doy por bueno. Poco a poco todo se tranquiliza. Llega mi hermano, después C., a mi padre le dan el alta. Regresamos en mi coche y charlamos, otra vez, sobre la sanidad, cómo ha progresado, la extensión del bienestar, volvemos a hablar de Germinal. El zumbido no pierde presencia: el bicho tiene su espesor. Ha terminado la mañana del domingo.
+ La muy conocida cita de Nietzsche: «no hay hechos, hay interpretaciones»; y llama Nietzsche a Lessing, el más honesto de los hombre teóricos, al que le importa más la búsqueda de la verdad que esta misma. En eso estoy, en la virtualidad de mi pasado, su rememoración, su relato. La negación y la inversión de los términos. Mañana lloverá.
+ He comenzado con mi programa de ejercicio físico. El lunes fui al gimnasio e hice bicicleta y cinta durante media hora; tomé un baño de vapor y me quedé cinco minutos en la sauna. Como consecuencia, el sueño fue profundo y medicinal. Soñé y no recuerdo nada. El martes es una posibilidad, una astilla que pronto comenzará a quemarse. No saltemos la norma del presente, evitemos el pensamiento circular, solucionemos los embates de los problemas y alcancemos una serenidad, al menos una tendencia a este estado. Todo queda en blanco, suena un jazz extraño y parisino, limpio y extremadamente urbano, la descripción de la ciudad. Vale.
+ Los estados de ánimo establecen un combate contra el tiempo metereológico. Llueve. La lluvia es un mar abismal y fúnebre, un aliento triste, la nota que decae, que nos hunde en su certeza. El gris plomizo que inaugura el día, la opacidad, el solaparse de la vegetación y las edificaciones, la pasta oscura en que se transforma la totalidad del paisaje. Buenos propósitos, el intento de sobreponerse, un burro atado sobre el que llueve sin misericordia, y al que todo le da igual. Observo al burro durante un momento y veo cómo las gotas caen de su panza al prado, su serenidad es una lección. Las mañanas lluviosas. La ría está agotada y no alcanzo a ver el puente en la lejanía. Sé de enfermedades y muertes, de enfrentamientos fraternales, olvidos, venganzas, injurias, lamentos, mezquinas existencias, amputaciones o carencias morales, pero no alcanzo su expresión, sólo este gris que me atenaza.
+ Un nervioso respirar tras la carrera. Su tatuaje y el sacrosanto teléfono. Un latido, el reflejo en el espejo, se mira y se gusta. Cuesta tanto alcanzar esta figura, esta dimensión. El esfuerzo se dibuja en el espejo y se gusta. Consulta el teléfono y sonríe. Acaba de cumplir cuarenta.
+ Yo no he puesto las condiciones, pero ahí están, al acecho. Me resiento, es doloroso el contacto con algunos hombres, su presencia. Las condiciones y su relevo, la construcción, el habitar, la demolición. No es un fragmento de vida, tampoco una cuestión relevante. Aparece el esbozo de una traición. No es capaz de tocarme, pero tampoco me hace daño. Es el cambio, la vida que deviene en vida. Las condiciones son indiferentes.
+ Imagen: la diana y las hojas del final del otoño, en comunión; el látigo de lo diario.
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