sábado, 27 de octubre de 2018

Fragmento de Berlín







+ Llegamos a Berlín de noche y de noche nos fuimos de Berlín. Aviones, trenes, estacionamientos, metros en superficie, metros bajo tierra, la luz difusa y nocturna que embosca la geometría de la ciudad,  la geometría se pliega. Los trenes nocturnos poseen una lírica particular. Berlín eran trenes nocturnos y pasajeros con su botella de cerveza (1/2 litro): ese hipnotismo nervioso. El cine expresionista entrevisto en la adolescencia. Entonces pensé en los Lieds de R. Strauss cantados por Elisabeth Schwarzkopf: me gusta la profundidad que aparece en ciertas consonantes, me trasladan a valles profundos y bosques infinitos, los pilotos rojos de los coches que comienzan a dibujarse en el declinar de la tarde y en el inicio de la noche, coches que surcan perfectísimas carreteras orladas de coníferas, montañas que apuntan más allá de lo que la vista alcanza.

+ El tren atravesaba la noche velozmente, luces lejanas, silbidos, árboles, tejados, la lechosa claridad de una estación donde el tren no se detenía. Nos mirábamos y sonreíamos, ya que el viaje es una parte de la construcción del amor, del amor y sus proyecciones, territorios y tiempos.

+ [Nuestra casa en Berlín] M.B. nos esperaba: camisa vaquera, pantalón vaquero, y unas chancletas que acogían sus muy cuidados y hermosos pies: uñas rosa pálido, como porcelana, tal vez. La mezcla de acentos que emergía en su correcto inglés transformaba la estancia en música alzada. Era el portugués de Brasil el que triunfaba sobre las otras lenguas. Luego esbozaba con gracia frases en español o en italiano, en una indistinta continuidad. La casa se asomaba a un parque, los árboles comenzaban a perder sus hojas, la imposición del otoño; esa melancolía agradable, nos dijo. Lejos de la paradoja, los árboles siempre tienen una humilde dignidad que me reconforta. Silencio. Como el frotarse los élitros, el sonido de los electrodomésticos recubría la música proveniente de un pequeño altavoz. Una capa de intensidad. Me fijo en estas cosas y las recuerdo con precisión, me planteo las posibles relaciones entre ellas y edifico un mundo: soy improvisación y dispersión, no siempre. Mi tendencia al barroco y a la fantasía, de niño era así y en ello me reconozco: ahora lo veo veo con claridad, antes no. Nos despedimos de M.B. y nos fuimos a la cama tomados por el cansancio. Caí en un sueño profundo: el discurrir del relato se estructuraba en torno a actividades cotidianas, sus derivaciones y la posibilidad de un ascenso. No tenía esperanza de que fuese un presagio, pero me hizo gracia. El día llegó y la previsión era cielo despejado: erraba. Las nubes volaban suaves, tranquilas, marmóreas en el cielo de Berlín, pero oscuras, profundas, románticas. Así entiendo yo la expansión del romanticismo: un paisaje que alcanza nuestro presente, tan deudores somos de su presencia. Un anuncio de lluvia en cada voluta, en cada circunvolución.

+ No puedo construir un relato ordenado sobre Berlín. La emoción y la indiferencia. La lluvia, el cielo gris, las calles.

+ [La botella de cerveza, medio litro de cerveza]. En muchas ocasiones lo que nos da el tono de una ciudad son detalles y no las indiscutibles landmarks. Así, nosotros, cuando viajamos en el el S-Bahn no podíamos dejar de fijarnos en los viajeros que bebían cerveza de sus botellas de medio litro: metódicos, impasibles, concentrados en el trago lento y substancioso. Miradas al frente, perdidas en el traqueteo del tren, en la nada, sin deseo. Una atenuada sensación de finitud: en cada trago parece desvanecerse la anomia, me digo una vez más. Las botellas de medio litro, un recuerdo nítido. ¿Hay una referencia en ese hábito, tan extendido? Pensé: ahí hay una nota disonante en disciplina extraña y necesaria, una nota que se opone a la perfección de la ciudad. Una regulación explícita que se salta, pues son evidentes los letreros donde se está prohibido beber alcohol en los trenes, pero los bebedores de cerveza son tenaces y yo los observo porque sé lo que supone la ebriedad, la anulación manifiesta que contiene, por leve que sea esta ebriedad: se bebe para sentir ese despojarse, por una cierta desinhibición o por un recogimiento que nos aleja de nuestra mismidad, de la circunstancia, del tiempo que nos comprime. La ciudad es luz y geometría pero un fantasma se desliza siniestro entre nosotros, en el vagón, en las botellas, un genio habita en el vacío y la única respuesta que entrega es el olvido. El olvido flota en los trenes nocturnos, de regreso al hogar desde los rutinarios trabajos, el olvido flota translucido y yo lo he visto.

+ [¿Cabe la posibilidad de que beber cerveza directamente de la botella sea una excepción a la norma que impide beber alcohol en los trenes?, me pregunto hoy, cuando corrijo el texto].

+ Me preguntan por los días en Berlín y no tengo respuesta, porque hablar de decepción es necesariamente injusto y mostrar entusiasmo es la otra cara de la misma mentira. Por un lado sé que hay un punto siniestro dentro de mi visión, que alcanza a Berlín, a Alemania, que encaja con un algo construido desde la infancia: recuerdo la primera vez que vi el rostro de Hitler, lo recuerdo muy bien. Recuerdo preguntarle a mi padre quién era aquél hombre, y recuerdo que me explicó algo, no demasiado, y aunque me resulta imposible reconstruir aquellas palabras, sí me puedo volver a ver la portada de la revista, los ojos fríos y penetrantes. Una semilla germinó: un presentimiento sobre la maldad: la unión de aquel rostro y lo que mi padre me dijo sobre la Segunda Guerra Mundial, el Holocausto y el dolor. Pienso, ahora, en la maldad, en una violencia cruel y reiterada; me percute, me hago cargo de una paradójica naturaleza, que se resiste a ser atrapada, pero lanza un zarpazo inesperado y frío, certero. Sí. Cuando vi la primera placa en el pavimento en memoria de los que llevaron de su domicilio al campo de concentración o de exterminio me asaltó esa misma perturbación que cuando vi el rostro de Hitler y escuché lo que mi padre me explicó: han pasado más de cuarenta años.

+ Ahora íbamos en un ultramoderno tren hacia Sachsenhausen, el campo de concentración: 37 kilómetros lo separan de Berlín. Me pregunté, entonces, por el núcleo de lo humano y me vi incapaz de dibujar un trazo limpio que fuese de un punto a otro: era imposible, permanecí en silencio y observé los bosques que orlan las vías del tren. A C. y a mí nos llamó la atención la ausencia de relieve, no había ni siquiera una colina (es un detalle sin importancia pero yo pensaba en aquellos que iban hacia el campo de concentración sin saber a dónde iban, qué les esperaba; pero ellos veían el mismo paisaje de bosques inmensos, apeaderos, algún almacén). Las estaciones se suceden y el tren no para, el vagón está vacío, salvo nosotros y una anciana de gafas doradas, espeso pelo blanco y un bastón negro, brillante, esbelto. La agitación que me perturba se manifiesta en toda su magnitud: la misma que sufrí aquella mañana en casa de mi abuela, cuando someramente mi padre me explicó algo sobre aquél hombre, unas palabras flotaban sobre la portada de la revista y yo estudiaba su mirada, nada más: el mal. Llegamos a la estación de Oranienburg y había una multitud en la parada de autobús, me recordó a las colas que vimos en Lisboa para tomar un tranvía [en qué medida el turismo es intercambiable, sin importar lo que se visita: la pastelería donde se venden os pastéis de Belem o el campo de concentración; sentí pena: yo estaba allí y yo era parte de eso mismo].

+ El autobús 804 iba atestado de gente, con sus cámaras, su ropa de trecking, las mochilas, y los teléfonos no cesaban de consultarse: fotos, vídeos, canciones, respuestas […]. Oía con claridad las risas brillantes de unas chicas francesas: su lozana presencia, el palpitar de su alegría, la verdad incontestable de su juventud. El contraste era doloroso: veía casas, árboles, urbanizaciones; hombres que trabajaban en un huerto, mujeres con una bolsa de la compra, un operario que repara una avería en un poste telefónico. La vida sigue en una sucesión de tareas, gestos y obligaciones que son incapaces de acallar el pasado. Una áspera presencia inmaterial me asaltaba, un déjà vu, una sensación hipnótica que comenzó con el aterrizaje en Berlín. Una vibración agitó un algo sin nombre que habita en el aire.

+ El campo de concentración me conmovió: una punzada. El espesor del pasado se trasladaba al presente, y esa transición constataba certezas sobre el hombre que no se pueden obviar: la crueldad extrema. Los objetos de los prisioneros, la palabra asesinato, la juventud de los asesinos y sus prácticas (…): la acumulación de pruebas que atestiguan los crímenes,  pero, entonces, me inquietó con mayor intensidad el bosque, los árboles, su elegante perfil: testigos mudos, silenciosos, con el silencio eterno de la muerte. Ese silencio.

+ [Arquitecturas del mal]: funcionalismo, los azulejos de las cocinas, la enfermería, la contundencia de las formas, la geometría y la exactitud de la disposición en triángulo que el campo tiene; el color verde de los muros, la biblioteca del comandante, la visión del campo que se tiene desde la ventana en la que se situaba una potente ametralladora. Recordé a Foucault, recordé que las arquitectura son un texto que se debe leer como el texto que es. Recordé colegios, cuarteles, hospitales. Las arquitecturas disciplinarias por donde yo había transitado. Recuerdo bajar por las escaleras, recuerdo su pasamanos, recuerdo el brillo de los barnices. Recuerdo la biblioteca del comandante del campo y recuerdo el sillón donde leía. El silencio. La arquitectura traza un texto que como todo texto reclama interpretación y sentido, pero tanto la interpretación como el sentido parte de nosotros, más allá del texto. Recuerdo ver en un panel la foto de uno de los crueles vigilantes del campo: apenas tenía diecinueve años.

+ En una ocasión alguien me dijo: «Cómo mi abuelo iba a recorrer España matando rojos si tenía sólo 19 años», nada dije y pensé: «Precisamente por eso, porque tenía 19 años».

+ No se debe hablar mucho de la visita. La evidencia se reflejaba en las personas: unos lloraban y otros permanecíamos en silencio y turbados. El relato del horror que trenzaba la audioguía, el plomizo cielo y, otra vez, los arboles que arropan las torres de vigilancia, que se asoman tras el muro, en torno a la terrorífica vivienda del comandante. Silencio, paz, horror. Salíamos del sueño pesado, de la certeza de una pesadilla, pero un terror era más punzante por su conexión con la realidad y lo banal: no desapareció con la vigilia.

+ Tomamos otra vez el 804. El silencio, los cuerpos, el zumbido. Los árboles, las casas, la estación que aparece otra vez ante nosotros. Descendemos y el guía de una excursión se despide, alguien le dice algo en español: esas preguntas sobre el mal y pienso que bastaría la instauración de una impugnidad para que surgiese otra vez. El cielo ofrecía su plomo sucio, había charcos en la explanada de jabre pisado, el zumbido se rompe cuando se oye la llegada del tren. Regresamos a Berlín.

+ Ahora que el recuerdo comienza a sedimentarse veo la ciudad desde otros ángulos, al calor de una otra poética en la que colabora una foto de Nan Goldin, fuera de la crueldad entrevista: paisajes que emergen en los sueños y no nos anuncian nada, salvo la contemplación a la que nos remitimos. Berlín ahora es un escenario propicio para narraciones, como las que se contienen en la foto de Nan.  Busqué el pequeño libro de fotos de Nan Godin. Lo abrí y llegué hasta la mujer que se mete en el baño, una foto tomada en Berlin: «Käthe en la bañera, Berlin, Alemania, 1984». Espejos, un monocromo escenario, el cuerpo desnudo como realidad inconstable, la honestidad evidente, la evidencia de lo finito. Un acento sobre aquellos días llegó del pasado con esta foto, la certeza del mal, pero también una certeza de su contrario: la generosidad, el silencio, la posibilidad del amor. Así quiero recordar Berlín, mediante esta foto, sin olvidar mis tribulaciones.

+ Nos despedimos de M.B. y de su familia. Aquella última media hora antes de tomar el S-Bahn hacia el aeropuerto me aproximaron a la ciudad, a la belleza de aquella última hora de la tarde que se reflejaba en los rostos que viajaban con nosotros en en S-Bahn. Alguien irguió la botella de medio litro y bebió. Yo comencé a despertar. La noche caía implacable.


+ [Hubo muchas otras cosas: comidas agradables, el hermoso concierto de la Filarmónica de Berlín (Sibelius y Grieg), paseos, fotos, risas, cervezas, atractivas mujeres y atractivos hombres, esbeltas bicicletas, parques, niños felices, Nefertiti, algún cuadro, alguna foto, unas postales, una carta, besos, abrazos (...), pero yo dormía, dormía desde que llegué a Berlín y en ese estado me desplacé y sentí el peso de la ciudad, un gran peso que no he conseguido liberar. En el Museo del Cine Alemán vi una foto de Cesare, el sonámbulo de Das Cabinet des Dr. Caligari, vi a Cesare y en él me vi reflejado: ¿era yo también un durmiente, todavía lo soy?].

+ Imágenes: el S-Banh llega a la estación: llueve, los árboles, la nostalgia de la adolescencia decrece y el presente se ensancha. Un portal en Belín Este, la noche nos arropa y la avenida es muy amplia: las sombras, el silencio, el perfil de la masa de árboles. El número 3 es mágico: enumeraciones de tres elementos. Un fragmento de alguna arquitectura mínima: la evocación, la geometría, lo que se puede abstraer en el disparo de la cámara. Las placas en el suelo que recuerdan a los que se llevaron y nunca volvieron: es también nuestro presente, podemos vernos reflejados en un pasado que no hemos vivido, donde palpita el infierno; un sonido sordo y constante, un zumbido que tres semanas después persiste, las dos placas constatan la tentación siempre presente: la maldad [no se puede obviar].  Por último, coloco en el atril que utilizo para el estudio el pequeño libro de Nan Goldin, busco la foto de Käthe en Berlín y disparo: queda reflejado el reencuentro. ¿Volveremos a Berlín?

sábado, 20 de octubre de 2018

El regreso




+ Bosques entrevistos desde el coche. Los veo en invierno, en otoño, en verano, en primavera. Los veo, los observo, los estudio. No es mi trabajo, pero mi trabajo diario me lleva por sus orillas, desde la carretera los veo mientras me desplazo a mis diarios objetivos laborales. Así, he adquirido la capacidad de leer en sus líneas de fuerza: el liquen asciende por los troncos en el final del invierno: tan visible, esa simbiosis, veo los caminos perfilados por los intersticios que se forman entre los árboles, las rocas, el fin del bosque y el comienzo de la montaña desnuda, donde asoman piedras, lacerados páramos, casas salpicadas y en la cumbre un repetidor de televisión: antena y caseta cercada. Observo desde lejos la caseta: la arquitectura requiere otra lectura, la arquitectura es un texto y me pregunto por el texto que conforma la caseta y la antena. ¿El bosque es un texto? Hay una radiación que imposibilita lo absolutamente natural porque ya no es tampoco una realidad a imitar [me digo y dudo, como siempre dudo]. La música atesora preguntas por explorar, esa abstracción me transporta a indicios difusos, que no desean la concreción y en ellos me detengo. Me dejo llevar y me centro en la conducción porque esa es la tarea.

+ Soy incapaz de descifrar el rostro que asoma en el ordenador. Es un retrato de Goethe. Estudio su mirada. Lo dejo y pienso en el pequeño tomo que compré en Capodimonti. Goethe en italiano. Nápoles. No me he esforzado mucho en la tarea de llegar a la traducción del rostro del escritor alemán, ni siquiera tengo ganas de aventurarme, así son estos días de otoño, este otoño cálido, de agradables brisas y provechosas lecturas. Sólo escribir, sólo leer, y observar cómo la calle tiene vida propia. Pero el rostro sigue ahí: la severidad, la autoriadad, el respeto; tal vez. Sé que me falta algo, que nunca llegaré a tener la clave que ilumina la verdad del retrato, pero verlo me retrotrae a tiempos ya lejanos donde el retrato me interesaba muchísimo. ¿Todavía me interesa? Oigo murmullos que ascienden desde la calle y me parece que habito en una torre. Las 17:34. Hombres que trabajan, niños que corren, el día es amplio y su dimensión me abruma: ¿duran todos los días lo mismo? Conocemos la respuesta: no, pero la pregunta es pertinente. Goethe me deslumbra, por su figura, por la veneración profesada. Ay, en otro momento comenzaré con el retrato de Hegel. Otro día, otra semana.

+ Recupero el libro de fotografías de Charles Bukowski y el libro de letras de Jarvis Cocker. Los coloco juntos, en un primer momento. No sé si constituyen una unidad, pero interesa pensar en la posibilidad. Las extrañas alianzas llevan a descubrir una parte de nosotros, quizá no se trate tanto de descubrir y sí de construir. En cualquier caso, el libro de Bukowski es para descomprimir cierto nerviosismo previo al viaje, el libro de Jarvis es para el viaje mismo. En realidad el enlace está en el viaje, pero la verdad del enlace está en ese mi deliberado fetichismo. El estilo, la posibilidad de la paradoja, la escritura, la lectura, una inclinación hacia lo libresco y a la constitución de percepciones a partir de la actividad lectora. (Voces que llegan desde otros pisos me recuerdan que soy mortal, y cuánto bien me hacen). Veo el equipaje a medio terminar y yo me reflejo en su materialidad, aquí utilizo la herramienta marxista del reflejo: toda obra de arte refleja la sociedad donde se ha producido [Georg Lukács], así mi equipaje refleja mi mismidad [etc]. Los libros y los lectores concretan una alianza duradera, pero efímera, yo soy en ellos, pero ellos son porque yo soy. Bukowski y Jarvis, hoy.

+ Recupero el libro Historia poética de Nueva York en la España Contemporánea, de Julio Neira.

+ La lectura se detendrá por unos días. Es bueno dejar la rutina a un lado, para volver con más ganas. Mientras tanto, debo reflexionar en cómo Nueva York se ha constituido en un tema, del que no sé el recorrido que tendrá. ¿Leeré poemas, tendré noticias más o menos curiosas, fotos, vídeos? Todo está al alcance de mi mano, incluso visitar la ciudad. La lectura no descansará totalmente porque llevo una introducción a la teoría literaria y el libro de Jarvis del que antes hablé. «Nulla dies sine linea».

+ Devuelvo el libro sobre la poesía española en Nueva York al estante, no es el momento, pero llegará. Los libros establecen su momento, por encima de nuestros deseos. Creo que es ahí  donde el autor se diluye.

+ Se muere la diva operística y con muy mal gusto publican una antigua entrevista donde ella sale muy mal parada. Hay cosas que se deberían penar. La mañana comienza con ese recuerdo y no deseo que sea un desagradable acento, al contrario: para reflexionar sobre la fugacidad y la imposibilidad de enfrentarse a la certeza inapelable.  Más tarde escuché la voz de la diva, que inundó el coche, que tiñó la mañana. Sólo escucho música clásica, a no ser que los locutores hablen demasiado: entonces busco alguna emisora pop, donde sepa que no hablan, que como mucho presentan las canciones. Ay, la muerte y la maledicencia.

+ [Nota: durante el viaje y la estancia en Berlín nada leí del libro de Jarvis. Podría haber tenido la intuición, pero confié, una vez más, en mi capacidad para leer en los viajes, una capacidad nula]

+ Imagen: deliberadamente la foto ha sido maltratada, hasta perder el foco, los colores, el sentido. ¿Ha perdido su sentido o adquirido otro, un reflejo de la intención del momento? La lectura se abre como esas flores de té japonesas: inunda la transparente tetera. [Me parecen tan actuales las dos mujeres, operando con las pequeñas pantallas de sus teléfonos inteligentes, sus ropajes negros, el escenario que Arco2018 supone: y un etcétera de ítems]

sábado, 13 de octubre de 2018

Wahlheimat


La Rochelle


+ A última del día leo, leo cosas que no conciernen a la obligación diaria. Ayer en esas lecturas encontré dos veces *más bueno. En un filosofo y en un novelista. Ninguno de los dos es un mediocre, tampoco un ignorante.  Eso confirma que la forma mejor va muriendo. Es raro, cada vez es más raro que oír que se emplee. Las palabras tienen vida, en el sentido que nacen, crecen, se reproducen y mueren, con la particularidad que tienen la posibilidad de resucitar. Yo no tengo labor de fiscal, simplemente observo. Soy un observador, del lenguaje y de la vida.

+ En lugar de superstición, prefiero ritual [repito].

+ Ese oficio del observador invade mi actividad, la totalidad de mi actividad. Como el agua que anega un prado, cada vez hay menos zonas abierta al aire de la mañana. Me siento y veo la vida pasar, lo dejo y regreso a la lectura. Mi actividad me lleva al apartamiento. No me planteo cuestiones morales. La biografía no puede ser dilucidada por el que la construye, la sufre. Mi calidad de observador me hace ocupar un lugar neutro, este lugar tiene su concreción en la última hora del día cuando toca, con la luz apagada, hacer un examen de lo que ha ocurrido, el sueño me alcanza y todo se desvanece. Ese diálogo con un otro yo me hace saber donde está la juntura entre la vida y el sueño, la vigilia y el sonámbulo. No soy un sonámbulo, pero la vigilia me produce rechazo: la actividad frenética, la ambición y la codicia, la seguridad, la risa de la fiesta, la marcha de marea humana, los político y los votantes. Me corrijo y alcanzo llega una extraña paz. El prado está totalmente inundado y el agua refleja el sol, la caricia del aire templado es agradable, sé que tengo suerte y lo celebro porque sé darme cuenta de ello, la suerte existe, aunque positivamente no se aceptable esta concreción. En fin, la radio atruena y hay que acudir al trabajo: ese deseable u odiado bucle.

+ Por casualidad he visto en mi teléfono la duración de todas las llamadas, desde que tengo el teléfono:he hablado con el más de 488 horas, horas que superan veinte días continuados de conversación, sin interrupción. Poner sobre el dato un acento aporta una astilla de inquietud, pero es mucho tiempo. ¿Una etiqueta? Dónde está todo lo hablado, me digo y cierro el contador del cacharro. Nuestra vida se somete a variadas contabilidades, por un acierto o por un error se eleva nuestra configuración y casi no lo contamos.

+ Una visita a una enferma, un entierro y una medición. Ese fue el periplo del penúltimo viernes de septiembre. El hospital se eleva sobre una montaña, desde allí la ciudad aparece como un animal tendido al orilla de la ría de Pontevedra; acero, colores pastel, pasillo iluminados tenuemente; la enferma se ha recuperado y regresa a su casa, al borde de la ría de Vigo: está contenta y habla con distancia de la cicatriz que le ha quedado en el vientre; su alegría hace que me sienta bien. El funeral previo al entierro: un pequeña iglesia, el campo de la fiesta, los coches apiñados, conversaciones sobre el pasado lejano, la traza de una autovía, el atuendo, las costumbres olvidadas, cenas y nombres que se comienzan a olvidar: Jallejo, o Páxaro-Cabra, Manolo o do Monte. El sonido de su voz hunde su huella en mi memoria. La medición es un éxito, no hacen falta ni quince minutos y el resultado satifactorio: 297,00 m2.

+ Lectura de Foucault en las última horas de la tarde, poco antes de salir a pasear. Es domingo y la fuga de Bach llega desde el salón. Hace calor, es domingo, las novelas tienen un componente de conocimiento que nunca se debe despreciar. Sumo las tres afirmaciones y me retrotraen épocas pasadas no tan felices. La yuxtaposición y la distancia entre enunciados es algo propio de la ebriedad. La ebriedad ha sido desterrada y leo a Foucault. ¿Es otra ebriedad ésta que se hace carne en la lectura? No.

+ A veces escribo palabras en Google y le doy a la pestaña para buscar imágenes. Retrotraer, proposición, enunciado. Las imágenes que recupera el buscador tienen un punto de definición que debe ser observado.

+ Busco aleta en el catálogo de imágenes. No me satisface. Duermo. Sueño que camino descalzo; cuando me despierto busco el significado del sueño y se me devuelve tras la búsqueda la razón: inseguridad, soledad, miedo; no estoy de acuerdo. La acumulación de detritus entorpece el comienzo del día, una limpieza superficial lo soluciona.

+ Pienso el entierro. Las series que se deslizan por el tiempo, como una generaciones narran los avatares de las generaciones anteriores, pero llegará un día en que nadie esté para narrar lo que ahora sucede. Es un mundo que desaparece. Yo sólo soy un observador, pero en la mirada pongo todo lo que sé, que no es mucho, pero me gusta pensar que tiene la posibilidad de flexibilizar la descripción, la anécdota, la peripecia. Es flexible mi intención, en su plasticidad reside su fuerza.

+ Wahlheimat (al.): patria adoptiva.

+ Imagen: una licorería en algún lugar de Francia cuando la noche ya es cerrada y disparo por una luz que me conmueve, por el color del oro, por la venenosa y engañosa transparencia de los licores.

sábado, 6 de octubre de 2018

Las supersticiones y los rituales


La Rochelle

 + Leo a últimas horas una novela. Creo que la novela tiene una capacidad de agrupamiento que resulta ajena a cualquier otro texto. Cada texto tiene su textura. Al final del día, después de una intensa tarde de lectura, estudio y notas, encuentro en la novela un aproximación a un cierto sentido de mi actividad, tal que me recordase quién soy. No es algo que se pueda llevar al laboratorio y extraer consecuencias válidas para una generalidad de lectores, porque es algo íntimo y responde a una construcción. Así, un día leo: la novela ocupa la centralidad del canon, y esto se opone a una afirmación absurda: yo ya no leo novelas, y respondo con falsa ingenuidad: ¿por qué? No hay respuesta. Las dos puntas de la horquilla constituyen una brújula para indagar en el asunto de la lectura, ese tema. No hay solución y me abandono a la lectura sin esperar demasiado, salvo ese bálsamo de última hora, esa conjunción que hace que me deslice hacia el sueño, el reparador sueño. ¿Una superstición? No me gusta la palabra, pero sí hay ciertas concomitancias.

+ En lugar de superstición prefiero ritual.Corrijo.


+ [Ansiedad]. Los altos directivos del hipermercado veraneaban cerca del centro comercial. Cuando se aburrían iban allí a realizar inspecciones sorpresa. Disfrutaban con la expectación que generaban y con el nerviosismo que flotaba en la plantilla, desde el director [un hombre obeso, calvo y mal humorado] hasta los limpiadores [intercambiables en el anonimato de sus uniformes: pantalón azul, chaqueta y camisa amarilla y gorra otra vez azul].  Eran dos hombres de mediana edad, altos, bronceados y con un aspecto jovial y robótico. Su atuendo veraniego respondía a un código donde también se encuadraban tanto trajes, corbatas y zapatos. Gafas de sol,  deportivas, colores intensos, ácidos, ropa que revelaba un precio elevado, una frontera entre ellos y los uniformes, esa mezcla entre lo provisional del verano y su autoridad indiscutible. Eran el resultado de una evolución en las clases dirigentes, lo sabían. No eran originales, pero sí perversos. Paseaban con interés entre los lineales y se hacían confidencias. Reían, se mostraban curiosos y displicentes,  se marchaban en el potente BMW X6 y tras ellos quedaba una estela de inseguridad. [Así podría comenzar, pero no será el caso].

+ Sábado noche, en un bar de tapas. Ruido, olor a fritanga, olor a vino, olor a humedad. Es un lugar no muy cómodo, pero la comida resulta aceptable. Los camareros son amables, la dueña también. El ambiente es bueno, salvo por los comensales que están detrás de mí. Son dos parejas que parecen no llegar a los treinta: sólo ellos hablan, ellas se ríen satisfechas: con estruendo. Parecen mandos intermedios de una fábrica de algo, donde se dan cita hojas excel, pedidos, notas de desplazamiento, el departamento financiero, becarios y peripecias, reprimendas, organización y desarrollo de proyectos (…) Relaciones laborales que van más allá del trabajo y se extiende al fin de semana. Sólo hablan de trabajo y lo hacen con mucha pasión. La vehemencia imprime volumen y celeridad. Me fijo otra vez en que las mujeres no intervengan pero sí asientan con sus risas nerviosas, con estruendo y sin disimulo, cada vez más desinhibidas. No me interesa su conversación, pero no queda más remedio que escucharlos. Flota insistentemente la palabra proyecto y el sintagma desarrollo de proyectos. No puedo verlos, pues yo estoy de espaldas y la curiosidad me mata. Es una cuestión taxonómica. Uno se levanta y lo veo: unos vaqueros sucios, una camiseta azul que le marca los michelines, camina como John Wayne: se escora hacia la derecha. Regresa y veo un rostro ovino, la mirada vidriosa que ha cristalizado el vino, un braceo arrítmico. Se sienta y dice: ya está. Las dos mujeres se ríen. Trato de volver a nuestra conversación, pero la de los vecinos me lo impide. No quiero escuchar más el resumen de sus últimas semanas en la factoría, ese subrayado que realizan sobre los términos recién adquiridos. Y dice: «le llamé la atención: no me vuelvas a presentar un documento ileíble». Algo se desmorona. Salimos y no puedo dejar de estudiar el atuendo del segundo: su camisa blanca con ribetes azules en el cuello y en los puños, el colgante celta que lleva al cuello [con la cinta de cuero muy ceñida], su peinado, el gesto desmayado, el moreno extremo, la colección de anillos, el reloj tan pesado. No saco conclusiones, me queda el ruido, la molestia y la certeza de que en España gritamos mucho y mejor sería no haber escuchado esa conversación. Su circunstancia, me guste o no, ha interferido en la agradable conversacione que se desarrollaba en nuestra mesa, la agradable conversación en voz baja.

+ [Antes de Berlin]. Pronto estaremos en Berlin, me dije, y no puedo dejar de pensar en algunas películas que vi hace tiempo. Un hombre con sombrero, gabardina y paraguas, que camina con indolencia. Espías, traficantes, estraperlistas. Un muro que parte la ciudad. El blanco y negro que se hacía materia en los pesados televisores de la post-adolecencia. El aparto para reproducir cintas de vídeo, el vapor de la tarde, aquella habitación de humo, whisky y pedanterías. La cocaína no había aparecido, pero se presagiaba. Hachís, libros, cine. Se asomaba la habitación a una de las calles principales de la ciudad. La cinta corría y en la calle la vida era vida, no un reflejo, no un simulacro. Pero yo sentía Berlin como un destino necesario porque se mezclaban escritores, músicos y pintores. Una apuesta por el arte y por lo sublime del arte. Hoy veo todo aquello como un refugio, una manera de camuflar ciertas incapacidades sociales, laborales y políticas.  Demasiada esencia de mediocre aristocracia de la provincia. ¿Era Berlín el trasunto de un ensueño de drogas y alcohol, tabaco y deseo? ¿La literatura como religión, como destrucción? Los recuerdos son elaboraciones inconscientes y este construir se hace solido en el tiempo en que escribo. La escritura alza aquél Berlin, que no se corresponde con este que visitaremos; un punto intermedio es necesario: otra vez la escritura, una vez más el olvido.

+ [Después de Berlin]. Me dijo: crème caramel, es decir: flan, pero suena mejor en francés, como todo (?). El televisor dejó de funcionar, aquel gato negro nunca volvió, sus libros componían una errática biblioteca y la lectura era su única actividad. [Fragmentos del sueño que me asaltó en el avión].

+ Imagen: la bola de espejo que floja en una improvisada discoteca exterior, el verano se había terminado.

sábado, 29 de septiembre de 2018

Los placeres




+ La música cambia mi estado del ánimo, lo amplifica o lo disminuye. Esas variaciones son agradables o desagradables, pero en cualquier caso no tienen la calidad del tibio. Como un ser golpeado, el órgano eclesiástico suena atenuado por la puerta cerrada, un ser que se debate entre la violencia, la respuesta o la huida. La música modifica el paisaje y el paisaje soy yo. Ahora.

+ Dentro de mis preferencias se encuentra la búsqueda [aleatoria] y compra [no compulsiva] de introducciones y prontuarios. Con los años me he dado cuenta de que anida en mí la creencia que para toda labor tiene que existir un libro que guíe ésta, aunque no sea de una manera explícita, pero que le dé confianza al que se debe enfrentarse a una labor o un nuevo trabajo. Bueno, qué son si no las carreras universitaria o las titulaciones de formación profesional. Pero yo no pienso tanto en eso como en la posibilidad de una respuestas en forma de libro para cualquier eventualidad; tampoco son los libros de autoayuda. La restricción gravita en torno a cuestiones cotidianas y realmente funcionales, sin atisbos psicológicos. Hoy por hoy dudo de esta posibilidad, pero un rescoldo sí ha quedado. En esta línea, mi última adquisición ha sido un Foucault en 90 minutos.  Biografía y pensamiento, algo para mí cotidiano y funcional. Lo leo con interés después de haber trabajado durante toda una larga jornada de domingo. La lectura resulta ágil, bien estructurada y se dirige con acierto a su objetivo, pero al autor Foucault no le cae muy bien y se nota demasiado. Esto me lleva a un tebeo que me compré sobre le mismo autor. Recuerdo que lo compré en Londres. Tal vez en la tienda de la British Tate o en una librería en las proximidades de Hackney. Lo tomo de la estantería donde descansa con otro libros de y sobre Foucault. Estas agrupaciones hablan mucho de mí de mi manera de indagar en una materia o en un autor. Mi tendencia es a acopiar una amplio repertorio de ayudas, de manuales, prontuarios, diccionarios o resúmenes. Al final, sí, tengo una idea de conjunto, pero hoy no me interesa tanto ese atisbo de totalidad como los hechos cotidianos de la vida de F., del París en que vivió o los lugares donde dio clase. La materia que constituye a las personas se compone de elementos diversos, pero yo creo que el peso de lo cotidiano termina por ser determinante: así acudimos a la casa paterna de F. en Poitiers, así atisbé ciertas relaciones que hoy cobran sentido en la lectura del resumen. Si sólo es válido el resumen por esa rememoración, aunque incida mucho en lo anecdótico y valore poco la obra del autor, bien pagados están los breves 7 €.

+ En aquel viaje a Londres me compré dos libros: cómo escribir sobre Arte y cómo escribir sobre Arte contemporáneo. Finalmente, la objetualidad de los dos libros me ha subyugado, más que su contenido [que no es malo]. El objeto tiene propiedades ocultas que debemos desvelar, desarmarlo es apostar por nuestra autopsia.

+ He leído mucho y no me acuerdo de nada. ¿Quién profirió esta afirmación con lanza de punta de oro?

+ Al autor del librito sobre Foucault Foucault no le gusta. Es algo presente a lo largo del libro. Ayer trabajaba en un artículo sobre el Faetón de Villamediana y sensación era la misma, el autor pone en cuestión que la poesía de Góngora sobre el CdeV. sea real, auténticamente laudatoria. Trato de encontrar una conexión entre ambas manifestaciones y me cuesta trabajo. ¿Por qué nos llega a desagradar un autor hasta el punto de dedicarle el esfuerzo de la escritura? No creo que en los atajos, pero hay una nota que se manifiesta cuando se detesta una obra un autor; el ataque a una parte de nosotros que estimamos, que cristaliza, tal vez, en ese autor, pero, por lo tanto, no es el autor, sino el autor como emblema. La explicación no aporta mucho y es enrevesada, pero hoy me vale, mañana no lo sé. Según se sedimenta, varía. La variación aporta posibilidades, las posibilidades arrojan luz o sumergen el asunto en las tinieblas la cuestión. Las tinieblas tienen su poder, el poder de limitar la inocencia y la pronto respuesta. Bueno, yo creo que ambos libros me ayudan a situar las dos figuras, figuras controvertidas, seductoras y próximas a unas ideas que germinaron hace más de quince años y no paran de crecer, de ser podadas, de admirarlas y sorprendernos ante ellas. El círculo no se cierra, se amplia.

+ Protecciones, barreras, un refugio. Alguien decía que hace más daño el veneno que sale por la boca de los hombres que los golpes. Me cuenta su periplo y asiento. Pienso en los últimos años, en el recuerdo que tengo de aquellos días. La duplicidad, una vida aquí y otra allí. Es difícil establecer compartimentos estancos. La vida tiene una suerte de conexiones que no se aclaran fácilmente. Indagar en ellas no siempre es posible. Las heridas se mantienen abiertas, lo sé. No hay balance que hacer por la batalla continúa su curso. Yo puedo escuchar y tratar de mostrar que el tiempo cura, pero el presente es afilado, su punta afilada se clava en la carne. Nos despedimos y dejo el teléfono sobre la mesa. Queda cierta calma, pero sé que el latido del dolor es penetrante, que yo estoy aquí y leo y eso es sólo observación y no me produce un extraño placer. El aislamiento. Repito, el dolor palpita.

+ Deseo de ser robótico. Una presencia.

+ Imagen: un disparo sobre una valla, aquí me reflejo y me explico.

sábado, 22 de septiembre de 2018

Soy otoño


Poitiers


+ «¿Obligado yo, de qué? / Quejoso de tantas cosas, / que pierdo en las más dudosas / lugar, el mundo y la fe.» Conde de Villamediana.

+ Varios vídeos sobre el último libro de Frédéric Beigbeder, Une vie sans fin. Escucho al escritor y a los entrevistadores, pero más que en el fondo de sus palabras me fijo en las apariencias, los peinados y el atuendo. La luz del plató. Resulta interesante la caracterización de este nuestro momento, este presente en que vivimos: Facebook, el selfie, el aqua-bike. Sirva la triada como una propuesta para una ampliación de posibilidades de la tele-realidad en la que estamos sumergidos. Veganismo y bicicleta, agua mineral y oración.  No deseamos envejecer, me sumo a ello pero sé que perderé. El resultado de la visión es la muerte, inevitable y los juegos que se realizan para conjurarla son bienvenidos. Y para finalizar todo termina con una canción de Daniel Darc. Daniel Darc murió en el 2013.

+ Todas esas buenas intenciones: ingenuas, fútiles, evaporadas. Suena la canción de D.D.: nací en mayo y yo soy la primavera. Yo también nací en mayo, como D.D., pero no soy la primavera, soy el otoño.

+ Finalmente me he comprado la novela de Agustín Fernandez Mallo Trilogía de la guerra. ¿Debo leer este libro? No estimo que se trate de obligaciones, sino de establecer una conexión con un mundo que me resulta próximo, donde disfruto de una cierta plasticidad y orden estético. Duerme en la estantería con otros libros del autor, a la espera de que le llegue su momento. Sé que hay algo supersticioso en esto de comprar un libro que no se leerá inmediatamente, pero las elecciones ayudan a replantear lo cotidiano y lo cotidiano tiene una dimensión inabarcable.

+ Dentro de las posibilidades que ofrecen los puntos de vista y sus variaciones, en estos días, hay una que me parece especialmente productiva e inspiradora. Olvidarse de todo lo que sabemos sobre cómo funcionan los objetos de la vida cotidiana: coches, vitrocerámicas, ordenadores, teléfonos, ascensores, televisores, relojes (…) y, como consecuencia, ver estos objetos impelidos por una magia ignota. Lo practico y me siento reconfortado. Hoy la vida es un prodigio de magia y misterio. La vida se transforma un vértigo agradable. Todas las estrategias son útiles para contrarrestar la única verdad: la extinción. Así he comenzado a releer [muy lentamente] El mapa y el territorio de M. Houellebecq. La primera afirmación de este párrafo se conecta con la lectura del libro, porque el libro me regala un punto de vista de la realidad que gira en torno a una nueva y más atractiva visión. Hay algo pop, algo low-fidelity, otra parte de la lírica de la vida cotidiana y el resto lo pone mi cada vez más acentuado afrencesamiento. Le terroir, par example. Esto tiene una clara relación con el redescubrimiento de la variedad de lectores y de lectura. La lectura es un fin en sí mismo, pero simultáneamente: un medio. Hoy es un medio para sobrellevar la muerte que nos cerca: los anuncios de la muerte que aparece en lo diario. Cada semana un funeral, cada mes un diagnóstico. Who's next?

+ Hace unos años vi una Stratocaster de Hendrix y era igual que todas, no necesité sabe cómo sonaba, con verla fue suficiente. Una gran lección.

+ Entre el deseo y el equilibrio. Una conversación. El deseo es un veneno, el equilibrio no es un proyecto: llega y hace, transforma y se remansa. No admite explicación, no se aclara con definiciones ni con fórmulas. El calor y un nido de avispas se ha instalado en el tejado del centro de trabajo. ¿Hay relación entre una cosa y la otra? Lo incontrolable, la contingencia vital que nos define. Rotuladores, lápices, bolígrafos rojos. La oficina es una estancia rectangular y aséptica. Ha cerrado las ventanas y si nos callamos el único sonido que se puede percibir es el zumbido de un ventilador. Hace calor, un calor que nos cerca y al que no nos acostumbramos. El deseo y el equilibrio, no soy deseo, soy equilibrio, quiero pensar, pero no estoy totalmente seguro. Agua y aceite. Renuncio al deseo y al equilibrio, sólo me interesa este segundo, pero no quiero buscarlo. El fuego de la llama, la madera que arde es fugaz, la llama no es eterna. Se despliega la mañana en un folio en blanco, no hay mucho más.

+ Paul McCartney bendice una guitarra con solo tocar un acorde en ella. Me interesa esa capacidad de elevar el objeto a fetiche carísimo. ¿Dónde se esconde esa energía, de dónde nace? Quizá el mercado y la mano invisible tengan la respuesta.

+ Definitivamente, abandonada Berlin Alexanderplatz, sin embargo: la lectura de El mapa y el territorio resulta fluida y próxima. Me gustan esos excursos sociológicos, la incidencia en la realidad, en las posibles realidades. Todo se narra con una maestra disposición. El escritor se utiliza y establece varios niveles de autoría. Las novelas seducen desde su interno principio, no es una substancia, sino una forma. Siempre una forma que contiene una necesaria y esperada substancia. Las revelaciones llegan de una en una, las vemos llegar y las deseamos. A última hora leo dos o tres páginas de la novela ya leída. Gran prueba es la relectura de una novela, es caso de El mapa y el territorio es paradigmático.

+ Inesperado viaje en coche a través de la noche. Los motivos no importan, cuenta la sensación. Música antigua y la amplia noche como escenario. Radio Clásica ofrece un programa de música antigua y la autopista es infinita en sus luces rojas, reflectores, captafaros, farolas, estaciones de servicio (…) Luces precisas en la profundidad de la noche. Creo entender una mensaje que se esconde en el contraste entre la certeza de la noche opuesta al día, la tecnología que permite la velocidad y esa pureza que se esconde en las misas medievales. El locutor habla de un poema de Guillermo de Aquitania. Farai un vers de dreit nien, algo así como: Haré un poema de la pura nada. Hay un ejercicio de reflexión donde se disuelve mi yo y da paso a una estabilidad, un flotar en la acuosa sensación de poesía, música y velocidad. Yo nunca corro, pero noventa kilómetros por hora me parece una gran velocidad si la comparamos con casi cualquier ente natural. Lleva en la memoria la barriga caliente de la gata, la urbanización, el sabor de la cerveza y las aceitunas aliñadas. La noche me acoge y yo entiendo ese mensaje que me transmite, que no nombro.

+ Hay versiones sobre los versos anteriores, pero no me interesan. Hoy me interesan. Me centro en el recuerdo de la noche, la música y el espejismo de la tecnología. Me centro en lo que Guillermo de Aquitania me comunicó sin él haberlo deseado. Sic.

+ Imagen: la fantasmagórica realidad del estacionamiento, espacios desposeídos de identidad. Me cuesta saber dónde disparé la foto, nunca lo sabría si la anterior y la posterior foto no indicasen la secuencia de los disparos. Francia, en algún momento de nuestras vidas. La identidad no es una meta.

sábado, 15 de septiembre de 2018

Fotografías


Vigo 2018


+ Fotos antiguas. Vemos fotos antiguas y parecen ajenas a nosotros. Incluso fotos que nos han hecho a nosotros. Fotos en blanco y negro, en desvanecido color. El tiempo también pinta sobre los cuadros, alguien decía: no le falta razón. De la misma manera, las voces que se grabaron en los primeros tiempos de los registros sonoros poseen una calidad extraña, fantasmal. Pero no podemos dejar de pensar que esos medios de preservar la imagen o la voz, en su momento, fueron la vanguardia, la punta de lanza. Algo que se debe tener presente ante cualquier novedad. Con todo, existen tecnologías que no han sido rebasadas. La letra escrita, sin duda, es una de ellas. Y veo correr las letras en la pantalla, que yo acciono desde el teclado y no deja de parecerme algo maravilloso, casi mágico. Eso mismo le pasó al que tenía en su mano una estilográfica y no tenía ya que mojar la pluma en el tintero, o el que por primera vez tecleaba en la máquina de escribir. No es eso lo importante, lo importante es escribir y leer, asunto que necesita de muy poco para elevar su impresionante potencial. Así llega el final del día: fotos antiguas, el zumbido de grabaciones de otro tiempo, de otra dimensión, y un reflexionar adormecido que anuncia el sueño, esa otra vida que apenas necesita soporte.

+ Esas fotos que tratan de transmitirnos un efecto pictórico. Quizá lo logren, quizá sea una interesante perfección o exactitud, pero en ellas reside algo inquietante. Falta la pincelada, esa suma que compone la imagen. La foto siempre es demasiado exacta. Uno se acerca y no termina por ver la estructura que late tras la imagen. La pincelada siempre emerge. Soy partidario de la pintura, soy partidario la fotografía, pero ambas por separado: tampoco me gusta esa pintura que sigue a la fotografía, aunque sea de un modo irónico. ¿Soy un antiguo o, quizá, demasiado moderno?

+ Cámaras de fotos que ya no tienen función, pues han sido desplazadas por la electrónica. Desposeídas de utilidad, reposan en la polvorienta tienda de objetos de segunda mano, ese rastrillo estable. Cuánta nostalgia se acumula sobre su superficie, todavía perfecta, brillante, ultra-moderna. No. Ya no tienen un lugar en el mundo de los vivos, aunque haya gente que se empeña en hacer fotos con película, revelar y positivar. Es un mundo que se sumerge en la ciénaga impenetrable del pasado. Las veo ahí, en las vitrinas: como insectos en el museo de historia natural. Ya no dispararán y si lo hacen es por un tiempo muy limitado. El fósil también habla de nosotros, es más: nos habla a nosotros, de igual a igual. Su idioma es la descomposición y la naturaleza mineral de su tiempo, nuestro tiempo.

+ Fotos de carnet que se guardan en un sobre. Un sobre que aparece súbitamente. Desde niño hasta adolescente, la serie pone orden en una evolución del rostro. Las facciones son variedades, la variación de un esquema: la madre y el padre, su mezclarse y apartarse. Unos ojos, la boca, la expresión que se debate tras la piel, la calavera que ahí habita. Las fotos de carnet tienen algo biográfico que se resiste a ser atrapado porque estas fotos tienen su punto de ausencia y anonimato, de parte de una lista demasiado larga. En la radio hablan de los problemas de subir fotos a la red de redes y nadie dice nada de las fotos de carnet. Las fotos de carnet parecen ser irrelevantes, pero no lo son: su mensaje se oculta tras su estela cotidiana. Algo más que un dato en la identidad.

+ Un grueso libro que recoge tomas de contacto de una conocida agencia fotográfica. El capitalismo todo lo digiere, anuncia alegóricamente. Lo válido, lo invalido y lo irrelevante. El libro tiene un considerable peso. Lo veo y hay algo en él constructivo: es un ladrillo, un bloque, la piedra de la sillería. Lo abro y es hermoso su blanco y negro. Es hermosa la cubierta negra y las etiquetas amarillas, que imitan aquellas cajas de papel fotográfico. Es nostalgia, el zumo del pasado, la acabada sensación de finitud. Es un regalo que ha quedado olvidado en esta casa: ahí descansa. Allí duerme, en una mesa, al sol que le va restando fuerza a la etiqueta amarilla. Ahí hay una razón, un sentido, el peso de nuestro tiempo  y sus derivadas. La verdad de todas las épocas. La fotografía entendida así ha muerto, pero sus restos son mercancía y una verdad incuestionable. El fetichismo de la mercancía, tal vez, la cerrada finitud y demolición de cualquier obra humana. Dejo el libro en su lugar y escribo, tan cerca de la esfumada calidad del tiempo como aquello que las fotos recogen.

+ Fotografía 3D. Hace muchos años, en Madrid, en la Escuela de Ingenieros Técnicos de Obras Públicas asistí a lo que, hoy entiendo, como una función de magia. Descendimos a un sótano y apagaron las luces. Se proyecto sobre una superficie plana una luz verdosa. Sobre la superficie nada se veía. Nos dejaron unas gafas y con las gafas, que nos fuimos pasando, se podía ver Madrid en relieve [mejor en relieve que en tres dimensiones]. Resultaba extraño. La representación de un mundo congelado, bajo el hielo las palpitaciones de sus habitantes. Me tocó y estuve cerca de un minuto escrutando aquel prodigio. Viví aquella experiencia, pero muchas veces se me antoja un sueño. En el recuerdo la realidad es variable, invesímil o falsa, nosotros tenemos una capacidad de elección muy amplia.

+ Imagen: abstracciones pictorias que lo cotidiano nos ofrece en forma de vendajes plásticos sobre elementos de la ciudad. La fotografía tiene ese rendimiento.

sábado, 8 de septiembre de 2018

No es una línea recta


Madrid - El Retiro

Madrid - El Retiro


+ Alguna vez sucede. Rara vez. Me asalta el recuerdo del olor de la trementina y con él regresa una casona en el casco antiguo de esta ciudad. Un salón reconvertido en estudio, en taller, en un aula para las clases de pintura al óleo. El profesor colocaba un bodegón y se debía copiar, corregía los trazo primeros, las pinceladas contra el lienzo. Recuerdo el bodegón. Recuerdo la estancia, la cristalera, las casas que desde allí se veían. Tejados y galerías, flores olvidadas en macetas rotas y desiguales. Una estampa post-romántica de la ciudad, una postal olvidada. Leo algo sobre la recepción de la poesía barroca y regresa ese olor, el olor de la trementina. Ahora se desvaneció, pero queda la nota de su presencia. ¿Donde está la verdad, en el pasado, en el recuerdo, en esta nota?

+ Tienda en línea: se venden fotos sobre la industria textil alemana de principios del siglo xx. Me gusta observar las fotos de las fábricas. Hay ese punto de irrealidad que tiene la fotografía retocada, se puede ver casi el trazo de un fino pincel, el que dibuja una nube estilizada, que se aproxima al arabesco. Me produce nostalgia. Esa convención es ya un rasgo histórico, que revela una época, una manera de entender la representación. Nos vemos inscritos en ello porque también lo que hoy resulta convencional adquirirá su marchamo de característico, de epocal. Nuestra época son todas las épocas, me digo porque el presente se ha ampliado y con el acceso inmediato que tenemos a la información y las imágenes estamos continuamente en un magma o limbo de acumulaciones y riesgos. El riesgo que el vértigo contiene. El mismo vértigo que alcanza la visualización de catálogos de oficinas en los años 70 del pasado siglo, los folletos de juguetes de mi infancia, los juguetes mismos que son hoy mera arqueología o pieza de museo, máquinas de escribir o los mismos ordenadores que ayer resultaban una fantasía hecha plástico, circuitos y pantallas. Estamos en el mismo barco y el barco se aleja hacia el horizonte que nunca alcanza.

+ Intento trabajar, pero en un bar próximo dos niños pelean y gritan. Se insultan. Sus voces llegan entrecortadas y rebotan contra el hilo de lectura. Ser rompe el hilo de lectura. Insultos, palabrotas, gemidos. El padre también grita, yo creo que es el padre: no lo sé, no tiene interés. Hace calor. Cierro la ventana y el ruido parece amortiguado, aunque sigue ahí, pero sordo, un zumbido tal vez. La necesidad de silencio y tranquilidad formaliza ciertas lecturas. En ella la concentración es imperio, el dominio de una conversación interna. Diluirse en ella es crecer, pero sin agotarse. El tiempo no se detiene. Las voces continúan elevándose, la calle es suya, un coche ruge, una moto ruge, el resplandor celeste decae. Trabajo y las dificultades suponen un otro avance. Como una ebriedad en la sombra, invisible y sólida.

+ Suenan los Beach Boys. Es casi hora de marchar al trabajo. El trabajo como fuente de posibilidades cercenadas. Me quedaría en casa, enfrascado en la lectura. Y esto es así porque el trabajo de leer no es un trabajo. El trabajo está determinado por la obligación. La gran obligación de tener dinero, a la que todos nos vemos obligados a plegarnos. ¿Todos? Ahora debería relatar historias ejemplares de mendigos y cartujos, pero no es hora para ello. Sigo la música de los B.B. y me lleva a un tiempo que no se concreta, pero que tiene una lírica solitaria, reverberante, parisina y no playera. Parisina porque cuando llegué a París por primera vez escuché a los B.B., o eso me gusta creer. Todo lo dejo porque es hora, la hora de la realidad laboral.

+ Releo fragmentos de lo escrito y veo que tengo una tendencia, quizá acusada, a la nostalgia. La nostalgia es el deseo de volver al hogar, el nostos. De esto trata la Odisea. ¿Dónde está el hogar? ¿En el ser o en el estar? En la radio suena música de baile muy soft. ¿Mi hogar? Resulta ser algo variable y hoy está en ese París intuido, en la trementina, en las posibilidades no cumplidas de veranos que no regresarán, como nada regresa. La nostalgia es una afección suave y serena, en mi caso. La activo y desactivo a voluntad. Queda así, desactivada.

+ Funeral: tras el funeral me reúno con unos señores de avanzada edad, entre los que se encuentra mi padre, y hablamos. Yo escucho. Uno dice: trabajamos mucho, pero también lo pasamos muy bien. El trabajo en los últimos meses se ha convertido para mí en todo un tema, un motivo en el que indagar, en el que yo debo establecer un sentido para mi uso, para mi comprensión de lo real en su totalidad, en una posible integración. Me resultó enternecedor aquellos recuerdos, que desembocaban en un risa auténtica y sincera. Los funerales siempre adquieren tintes de sabiduría, una sabiduría que tiende al zen de la vida cotidiana, al suspenderse el tiempo, al detenerse y fundirse con el dios del segundo.

+ Imagen: dos tocones o el mismo tocón: una variación fotográfica, tal vez sí, tal vez no.

sábado, 1 de septiembre de 2018

… al viento de las yeguas concebido


Afrodite appoggiata


+ Cómo se ha construido nuestro gusto, nuestro estilo particular y definitorio. ¿Es una totalidad o pertenecemos a una totalidad? ¿Vestir, leer, comer? ¿Es un contexto social o se ancla en nuestra persona exclusivamente? El equilibrio entre ambos platillos de una imaginaria balanza puede dar una respuesta inexacta, pero sí verdadera. La verdad de nuestro instinto ha trenzado un catálogo de sumas y restas, comuniones y excomuniones. Ver el muro de libros en mi estudio habla mucho de mí, más de lo que me gustaría, pero, al mismo tiempo, esta selección se incluye en programas que se pueden identificar con mayor o menor dificultad. No soy yo, es aquello que me hizo. Mediante su orden puedo restaurar sendas transitadas, el evolucionar de mi conocimiento y el decaer de mi edad, el alejamiento y la cercanía, la distancia y el tiempo que difumina a ciertas personas, a inciertos espectros. Me reflejo en el espejo y en los libros que atesoro, lo sé y lo asumo. Un vicio, una hipertrofia del gusto. Del gusto literario, finalmente. La filosofía, la poesía, las novelas. Hace no mucho declaré que deseaba leer cierta novela y que no lo haré porque que hay obligaciones que me lo impiden. Hoy resuenan las tres páginas leídas y ese recuerdo es una otra obra literaria: la recepción del texto. ¿Es un arte leer y es el gusto su herramienta más afinada? En ese gozne está mi gusto: los no lugares, el detalle, lo coches, los aviones, los aeropuertos, los museos de arte contemporáneo, el supermercado en el extranjero, el supermercado de mi barrio, sus neones, sus estanterías, los productos, la desconexión romper con los automatismos, el espacio y tiempo que internet nos ofrece, mi identidad electrónica, este blog, aquellos que lo leen, los que no lo leen, mi relación con la escritura: el lápiz, la pluma, el rotulador, el papel y la pantalla. La raíz de todo estilo reside en una afirmación de la identidad, incluso en la negación de determinadas identidades que nos resultan cargantes y, simultáneamente, nos constituyen: para nuestro disgusto. ¿Se define mi identidad mediante negaciones?, me digo y doy un largo trago al amargo y frío café. Sin duda. pero me gustaría que estas restas me llevasen a un grado cero de la personalidad: no es posible.

+ DARINEL: «¿Has, di, señor, hallado / al viento de las yeguas concebido?» La gloria de Niquea, Conde de Villamediana.

+ ¿De qué viento habla el Conde?

+ [Epígonos] Leer biografías, ver fotos, escrutar declaraciones. La tarde del sábado es un tiempo muerto, la posibilidad y sus condiciones. No me interesa, me dice y yo asiento. Vemos sus fotos y son correctas, nada más que correctas. No es decir mucho y es decir todo. No me emocionan y me pregunto si su función artística es despertar emociones. Ay, las emociones. He viajado y sé que hay magistrales fotos que nunca se dispararon: las prefiero, hoy las prefiero. En ellas descanso por su abierta posibilidad que nace ya muerta. Lo vi en bicicleta y era vulgar. Un rostro apretado y sin expresión, o con una sonrisa esbozada e inquieta, nerviosa tal vez. La transición entre lo vivo y lo muerto es lo que interesa y no esas sus fotos epigonales.

+ Vivencia original y vivencia de la formación cultural. ¿De dónde sacamos la distinción? Nota en Verdad y método de Gadamer. Las lecturas configuran nuestra visión de la realidad. En un tirabuzón se une la cita y la manera de ver que tenemos: condiciona lo leído, se convierte en vida y anula la vida misma. Pero la vida cotidiana está ahí, con su presencia fuerte y desafiante. Me rindo a los colores intensos de los neones de las gasolineras en el final del día. Vivencia de lo inmediato por el tamiz de mis lecturas, mis cuadros escogidos, los rincones urbanos selectos.

+ A día de hoy condensar lo artístico de la obra de arte a su lugar en el museo me parece una banalidad prescindible. Cierto es que para mí la afirmación ha tenido un rendimiento más que aceptable, pero ahora ya no veo el contexto como garante de una cualidad, de una esencia. Sé que cuando me haga falta recurriré a la máxima porque ella zanja muchas discusiones: una insoslayable tautología. La oportunidad dibuja el esqueleto del discurso: fuera del museo no existe, dentro, por lo tanto, tampoco.

+ ¿No es en lo epigonal donde podemos comenzar a percibir las distinciones que establece el original con respecto a lo anterior, ya que el epígono realza y exagera, deforma por amplificación lo esencial que hay en lo primero? [Tras asistir a la exposición de los trabajos artísticos de estudiantes de Bellas Artes que optan a una becas].

+ Releo lo escrito y me parece innecesariamente espeso. Resulta ser producto de un estado de cosas: la lectura intensa de un libro, la lectura continuada y tenaz de un libro. Programé la lectura de Verdad y método durante varias semanas. Me enfrenté al libro y salí mejor parado de lo que esperaba. Hubo inconvenientes externos al proyecto, pero supe salvarlos y centrarme en el objetivo: la lectura de pe a pa en muy poco tiempo: cinco días. Me produce satisfacción haberlo hecho, me reconcilia con mi inteligencia, pero tampoco dejo de desconfiar de ella. El libro precisa trabajo y preparación, el desafío tiene un rendimiento que rebasa el consejo, la enseñanza o el aprendizaje. Hoy la obra de arte es otra cosa, la realidad también. La manifestación de lo dado varía porque la percepción ha variado: es mucho más afilada. Yo sé que este efecto, como una droga, tiene una duración limitada, ¿pero qué cosa el tiempo no limita? Ese viento que las yeguas han concebido, el que hoy nos transporta a un mundo imposible de reconstruir.

+ Otro fragmento de Gadamer: «Una obra de arte es un mundo completo que se basta a sí mismo»

+ Tengo una grabación que reproduce el sonido del oleaje. La pongo en modo continuo. Anula el ruido. No soporto en ruido, no soporto el ruido que yo no he elegido. Una manía que me configura. Etc.

+ Imagen: Afrodite appoggiata, Nápoles.

sábado, 25 de agosto de 2018

Desvanecerse, agosto


Napoli


+ Me siento muy próximo a ciertos puntos de vista sobre el momento actual, sobre el presente. Me gustan las estaciones de servicio, los aeropuertos, las autopistas. Esos lugares que son propios de este contexto donde nos desarrollamos. La voluntad de espacio y un amor por la perfección de la maqueta, todo lo acogedores que los no lugares pueden llegar a ser. Por contraste, me gusta ver como envejecen las ciudades, los edificios, las estancias. Me gusta saber de la huella que el tiempo imprime en sus superficies. La puerta que atesora el paso de las manos por ella, el pasamanos, el coche que pierde su color por el efecto del sol y la lluvia. Son huellas que equiparan a los humanos con cualquier objeto. Envejecer tiene su lírica. En ella descansamos, tras el embate de la ansiedad. La ansiedad no es otra cosa que miedo. Imbuido en este escenario me siento tranquilo porque la contemplación es distancia y la distancia atenúa cualquier dolor. Como si Marco Aurelio me susurrase al oído: recuerda que eres mortal. Esa es la medida de mi tiempo, de todo el desarrollo del tiempo: la finitud.

+ Me dijo que era doctora, pero doctora en ciencias físicas. Yo comenzaba a sentir un extraño placer: la recuperación del desmayo. Me fije en sus piernas y como se distribuían por ella las marcas de la psoriasis; entonces me dijo que mi desmayo se debía al stress. No hice mucho caso, pero asentí. Ella encendió un cigarrillo y fumó con placer. Llegó una ambulancia pero no me podía trasladar porque sólo se dedicaba al transporte de enfermos a los hospitales. Yo estaba bien. No era la primera vez que me ocurría. Ella era alta y estaba cerca de los sesenta años. Una mujer de carácter, como se suele decir. El pelo blanco y esa ropa de una cadena deportiva. Ropa económica. No pude dejar de hacer un inventario de los objetos de la situación: mi cuerpo tendido, mis gafas rotas, el cigarrillo humeante, la verja de la casa, el perfil de la ambulancia, el aparato que pusieron en mi dedo para medir el nivel de oxígeno. Cerré los ojos y pensé que ya había muerto: no me desagradó la idea. Una brisa leve aliviaba el calor del medio día. El calor me afecta, me afecta mucho. No me gusta el verano, soy un enamorado del otoño. Ella me explicó con directriz profesoral y universitaria que hay que hacer huecos, romper con las situaciones de stress, respirar y no dejarse llevar por la obligaciones que no podemos cumplir. Asentí, pero ella en alguna medida era responsable de lo que me había pasado: me sentí acosado y por educación aguanté una reprimenda que no me correspondía. No importa. Asentí y sólo pensaba en dormir una larga siesta. Llegó la ambulacia y pasaron cinco horas hasta que pude regresara  mi casa, comer algo, beber agua y dormir, largamente dormir. Ella era doctora en física, ¿por qué me dijo tal cosa en tal momento? Recordé una teoría que dice que todos los enunciados son la respuesta a una pregunta no formulada, en la declaración está implícita la cuestión. ¿Qué pensó ella que le preguntaba?

+ Observo la casa y recuerdo que antes tenía una palmera, ahora no ya no está. Alguien se refirió a ella como la casa de la palmera: ya no tiene sentido, pero algo que queda. La ausencia de la palmera es otro índice. La casa tiene unas proporciones correctas y del muro desciende la hiedra, es agradable contemplarla. La casa está colgada sobre una terraza, el cierre es un muro blanco, la casa es blanca, el tejado es de pizarra negra, se mantiene limpia sobre el mar. La ría está en calma y la casa se refleja en el agua. En agosto los días comienzan a menguar y esa penumbra de la última hora de la tarde favorece el perfil de la casa. Me da la impresión que no sé nada de nada. Puedo escribir, puedo hablar, puedo permanecer en silencio, diálogos, descripciones, jucios. ¿Leer es una habilidad? ¿Qué supone una lectura de una situación y su traslación a un texto? ¿Se trata de una lectura privilegiada? Me gusta pensar que hay un rédito, un punto más alto, pero quizá me equivoque no se trate de otra cosa que una justificación de mi posición. Y de mi posición se trata. Analizo los volúmenes de la casa y no sé nada de arquitectura. Sin memoria.

+ «El juego no se agota en la conciencia del jugador, y en esta medida es algo más que un comportamiento subjetivo» H-G Gadamer en Verdad y método.

+ He adoptado la plantilla del juego para leer comportamientos. Oscila la valoración entre las respuestas morales que se plantean cuando no se gana, en el establecer una reglas y su respeto o falta de respeto. Sobre ello gobierna ese interés fundamental en llenar el tiempo, un impulso que nace en el interior del principio rector (en el sentido que le otorga Marco Aurelio). Lo repito otra vez: se trabaja con la seriedad que los niños juegan. La frase la utilizo ante ciertos comportamientos, bien mezquinos, bien ejemplares, porque creo que esa seriedad hace que todo avance, se estanque o retroceda. Es una idea que precisa ser madurada, pero en ello estoy.

+ La RAI en la primera hora otorga un aliento de viaje auténtico, no turismo, sino el desplazamiento laboral: lo que yo considero como el auténtico viaje que penetra en un fragmento de realidad de un país, una ciudad, un barrio. La música que suena en la RAI tiene la función de motivar al que al trabajo debe ir. Música de baile. El aliento del viaje auténtico reside ahí: incorporarse a rutinas ajenas. Me pregunto qué pensarán esas miríadas de cruceristas que desembarcan en el puerto de Nápoles. ¿Escuchan los cruceristas la RAI, antes de desembarcar? El desplazamiento es uno de los temas de nuestro siglo, me digo pero prefiero la música. Guitarras tan funk, telones de voces tamizadas por el sintetizador, metales y tambores. El día comienza. Madrugar, conducir, esperar. Regresar, leer y escribir.

+ Me hubiera gustado comprar Trilogía de la guerra de Agustín Fernández Mayo. Me gustaría dedicarle estas pequeñas vacaciones que hoy comienzo, leer con calma y disfrutar del texto, de su textura e invocaciones. No puede ser. Me espera Gadamer. Un compromiso. El sábado pasado entré en la librería y busqué el tomo. Abrí al azar y me gustó. Ya sabía que me gustaría. Leí las tres primeras páginas y pensé en comprarlo y dejar a un lado Verdad y método.  Me entristece teatralmente ese punto de aislamiento. El asilo del texto que compongo. Un refugio. Una madriguera. Sé que leeré la novela de AFM, pero ahora debe descansar en algún anaquel a la espera que mi lectura dé vida al texto. En el texto sigo. Yo soy yo y mi abstracción.


+ Imagen: aeropuerto.

sábado, 18 de agosto de 2018

Irresponsable belleza


Vigo 2018


+ El título de la entrada proviene de un verso de un poema de Vicente Aleixandre, que se incluye en La destrucción o el amor (1935). Elijo el fragmento o sintagma porque la irracionalidad que propone también me pertenece, la posibilidad de múltiples interpretaciones que no llegarán a ningún lugar. Hay en esta nuestra época, que todavía es la V.A. ¿todavía? «… irresponsable belleza que a sí misma se ignora»

+ Días después de escribir lo anterior sufro un episodio de ansiedad. Una crisis de ansiedad. La crisis siempre es una ruptura, una frontera que establece un antes y un después. Ahora me recupero y siento una extraña calma, en ella descanso como ese mar imposible: sin viento, totalmente plano, un cielo sin nubes. He cerrado los ojos porque me molestaba la intensa luz del fluorescente y noto como pegan en mi pecho los terminales para hacerme un electrocardiograma. La calma es un narcótico. Los zumbidos de los aparatos médicos me adormecen, se escuchan voces pero son lejanas y confusas. Todo tiene su medida, me digo y desciendo hacia los palacios de la memoria: están vacíos. Consigo una quietud especial, nada me altera. Oigo la voz de la doctora, habla con el enfermero: son cuestiones rutinarias. Me gusta la rutina. Recuerdo la velocidad, el impulso, el sudor frío, una necesidad absoluta de sueño. Atravieso la estancia de mi memoria y apago el recuerdo. No quiero recordar. Nada recuerdo. He leído en los últimos días dos o tres introducciones a ciencias de dudosa exactitud. ¿Para qué se necesita una ciencia que no puede realizar vaticinios, que nada explica, que sólo puede sembrar dudas? Dejo las preguntas. Vuelvo al vacío. Hay una belleza irresponsable en todo el centro de salud, no planificada. Nada que ver con los versos de V.A., pero en ese irracionalismo encuentro la medida que hoy preciso.

+ Estoy sano, me lo dice la doctora y me recomienda cortar una situación cuando comienza a tornarse en intolerable. Investigaré sobre mis límites, sobre mis debilidades, mis carencias. No soy fuerte o mi fuerza está en otro orden de cosas. Qué grande cuando decía: sé quién soy.

+ Dos vídeos en un canal francés en línea. Vídeos especialmente nostálgicos, la nostalgia, esa enseña de nuestra época. El primer vídeo trata sobre predicciones para el año 2000 realizadas en los años setenta por jóvenes entre 15 y 25 años, el segundo versa sobre el ocio de los jóvenes que viven en los banlieue (traducido: las afueras o los suburbios). Los jóvenes de los suburbios dan vueltas y vueltas a las urbanizaciones en sus motocicletas, los primeros hacen predicciones varias sobre el siglo XXI, predicciones que tienden al error: la abolición de la guerra, viajes a Nueva York desde París en una hora, la disolución de la individualidad y así. Son jóvenes, jóvenes de hace más de cuarenta años. Flippers, cine, café, motos, paseos, aburrimiento. El aburrimiento, me detengo en la palabra por esta elegancia que se le atribuye al francés y que quizá tenga: ennui. Me gustan sus estilos en el vestir, me gusta el blanco y negro cinematográfico [grano e indefinición], las voces, la cadencia oxítona del francés.  Pienso en mi juventud y es tan lejana como es ésta que contemplo, aunque entre ambas medien veinte años: el tiempo todo lo iguala; y creo que tampoco son diferentes en extremo: el disfrutar e integrarse en un grupo, que el tiempo va diluyendo hasta convertir en extraños a los que un día fueron casi hermanos. Una medida que restablece la cara de una realidad oscura que nos hace ser lo que somos. Garajes que se transforman en salas de baile, centros comerciales plenos de luz y cristal, cuero, gafas de sol, peinados elevadísimos. Ahí estaba la juventud, en el estatismo del celuloide: obra viva, obra muerta.  Apago el ordenador y me sumerjo en el sueño: pastoso, cálido, agradable.

+ ¿Qué clase de enseñanza se puede extraer de la construcción de instrumentos musicales? La madera, el metal, las cuerdas. Su ensamblaje y el portentoso resultado final. Todo trabajo que se orienta hacia un objetivo. Los instrumentos musicales tienen un aliento mágico. Luciferinos violines, transparentes arpas, infinitas guitarras. He visto desde el exterior talleres de construcción de guitarras, documentales sobre la construcción de las mismas: el polvo del taller, la contundencia de la maquinaria, el ronroneo de sierras, la lija, la mano, la atención, compases metálicos y compases de madera, lápices, brochas y pinceles, barnices y taraceas (…) Luego vemos la guitarra terminada y hay un misterio: su sonido, ese pozo que Gerardo Diego nombraba. Trato de recomponer el proceso, aislar los elementos, los colores, las formas. Pero el todo se impone y se desvanece tanto la forma como el artesano, para quedar solo el instrumento al servicio del interprete. El interprete al servicio de la música. La música en su gloriosa majestad impera con soberanía universal.

+ «La guitarra es un pozo / con viento en vez de agua», Gerardo Diego.

+ Un paseo por Vigo.  Verano y gente, la masa en expansión. Las calles son otras y la geometría de la masa se refleja en el estado de ánimo. El coche es una máquina potente y peligrosa. Coches potentes que ascienden las cuestas a gran velocidad, rugen sus motores. Hablamos y entiendo que las relaciones humanas no se explican con facilidad, cada afirmación tiene su negación sin alcanzar un punto medio. No hay acuerdo. Me gusta el color que el cielo ha tomado, me digo. Tiendo a la descripción y al estatismo, mi acelerador está flojo y la velocidad me traiciona. Me desvanecí y entiendo mi mecanismo: en buena medida sé quién soy. Vigo me gusta. Vamos a un restaurante y definitivamente está cerrado: una decepción. Que todo tienda a la desaparición es hecho con el que vivir, el que da la media justa del sentido de la vida. El mar llega hasta nosotros mediante olores y recuerdos. Paseamos, cenamos en un abarrotado bar: empanadillas, calamares y tortillas, cerveza y agua. Regresamos con calma bordeando la ría. Luces exactas. El puente, su perfil en la noche, farolas y cables. La lírica invade el coche al tiempo que asciende Bach, sin reflejos no se puede entender nada: la obra refleja su momento y la lectura de la obra refleja el contexto de lectura, bueno son digresiones con poco interés, ninguno si no es para mí. Caminamos por Pontevedra y hay muchísima gente, también. Unos helados, unas palabras, cariño. Los helados son almas que alimentan nuestra alma: yogurt, chocolate, vainilla, frutas, nata, turrón (…), todo lo que habita en la infancia. Mi sobrina me dice: te has cortado el pelo y me recuerdas a la abuela (mi pelo resucita a mi madre, mi corte de pelo). Una tarde de sábado que cristaliza. Estoy recuperado de mi ataque de estrés y ansiedad. Bendita hora.

+ Imagen: fragmento de la fachada de un pub [cerrado definitivamente]. En Vigo, 2018.

sábado, 11 de agosto de 2018

La tiranía del tiempo


Esther Ferrer en Madrid


+ Il tempo è tiranno [6:22 en la RAI].

+ Llegan los primeros golpes de la ola de calor. Me refugio en el estudio. Libros, libretas, el ordenador, bolígrafos, rotuladores, lápices. El sabor del café, el sonido lejano de un televisor, el latir del reloj de pared que traduce la tiranía del tiempo a su efectiva realidad. Espero el otoño. Espero los paseos al borde del río, el olor de las hogueras, la transparencia de los días del final de septiembre. No me gusta el verano y he renunciado a ir a la playa. Soy raro, me digo y el calor desciende por la paredes del edificio. Me reflejo en mis afirmaciones, me embosco en el silencio. Aquélla pintada decía raras somos todas, en un alarde lésbico. También yo estoy ahí. El calor me aleja de la serenidad porque me pone de mal humor. Me enamoro del aire acondicionado y mi garganta se resiente; enfermizamente, encuentro un incierto placer en el leve dolor que se posa en los pulmones: una tenue tela transparente. Hace años que un pequeño Baudelaire habita en mi interior, en estos días lo invoco y me pronostica que llegará el otoño sin alegría, sin tristezas, que la noche me acogerá con elegante melancolía, que despreciaré todos los venenos porque sé cuales son los resortes y porque conozco los subterráneos donde dormitan a la espera de ser invocados. Pero ahora hace calor, son las nueve de la noche y hace calor y no me gusta. Un vídeo sobre Berlin, una página que no termino de leer, me detengo y pienso el la jornada de mañana. Es un error, circunscribirse al presente más breve es un error. Ampliamos el presente hasta el final de nuestras posibilidades. El reloj no se detiene.

+ Hablar del tiempo es hablar de la nada. Un recurso para el que nada tiene que decir. Tanto del paso del tiempo como del tiempo metereológico, que yo creo que de alguna manera se dan la mano: al menos en la banalidad de la conversación. Una excusa para comenzar, continuar, no detenerse y tratar de trazar el perfil de una perorata. Así comienzo, así continuo. ¿Llueve, hace calor, niebla o una día soleado? ¿La noche el día, su sucesión, su reflejo? Hay que completar las casillas y lograr una nueva entrada. Un trabajo leve, pero con su permanencia. A lo largo de la semana escribo y el sábado emerge el resultado, me enfrento a esa contabilidad y es una otra manera de constatar la finitud: vuelvo al paso del tiempo, sin disgusto, sin tristeza, sin alegría, sin esperanza. Sin darme la vuela para ver el camino recorrido.

+ Abro el pequeño libro de Nan Goldin. Me gusta su formato, pero lo que realmente tiene importancia son las fotos que atesora. Me identifico con Nan. Con la narración que subyace en la yuxtaposición de disparos. Dudo de lo adecuado de la palabra yuxtaposición y me inclino por una velada coordinación. Un hilar en el viento, tal vez. En el viento de la biografía. Nuestra biografía. Lo sé: nieblas azules en los días pasados, rostros sorprendidos, alegría y tristeza, el rechazo de la felicidad por vulgar, ek nadador en la medianoche: azul y negro y blanco, ceniza elevada a la categoría de oro vibrante, el maquillaje, la purpurina, la amplitud del sexo, el valor de los cuerpos, el respeto que merecen. Golpes, heridas, cicatrices. El tatuaje y el pendiente, la peluquería y esa ropa que hemos escogido y ya no está de moda, que persiste en la foto. Nan transmite la elevación que la vida se puede permitir, ese traspasar la realidad dada y ofrecer otra perspectiva, un esfuerzo por mostrar las noches y los días, su cansancio y la fuerza necesaria para no sucumbir.

+ El radio-operador jubilado luce un sinfín de cadenas de oro sobre su peludo pecho. Barba muy arreglada, gafas de graduación pero oscuras, manos blancas y afiladas con anillos y manicura. Llora y lo miro con aburrimiento. Oro y lágrimas de cocodrilo. Tiene algo lírico su atuendo, sus joyas, su liturgia demodé. No escribiré ningún poema sobre su sombría declamación, parece decir una voz interior. Voces que se impostan, disfraces que no se venden. Me alejo y su interpretación termina sin estilo ni consecución.

+ Los museos duermen mientras yo escribo, aunque no tengo la total seguridad ni de su sueño ni de mi escritura. Son posibilidades, más que certezas. Quizá, finalmente, se trata de un cuento gótico con terroríficas escenas que se dan mientras nosotros los creemos en las paz de las cerraduras, las luces apagadas, lo pilotos de emergencias. Y cabe la posibilidad de que no sea así. Dejo de escribir, pienso en enormes salas vacías y termino por escuchar [en línea] una entrevista con un escultor, profesor, conferenciante, escritor, comisario, coleccionista (…) Me interesa, me interesa mucho su punto de vista y el ámbito de su trabajo. Se produce el hiato: en un momento dice que tributo y tribu están relacionados etimológicamente: tributar es hacer tribu. No lo creo, intuitivamente no lo creo. Hago mi pequeña indagación en el Drae y veo que esto es falso. ¿Tiene importancia? Ninguna, me digo, en primer lugar,  con despreocupada frivolidad. Al contrario, quizá una subversión de los orígenes permite hacer equilibrios y llegar a unos resultados deseados para cimentar el discurso, ¿se permite la mentira como licencia poética? Tal vez sí o tal vez no. Me detengo y cambio de parecer: no creo en la explicación etimológica porque el valor de la palabra lo da su uso en cada momento del  presente, en una imposible pero útil sincronía, no es su historia la clave absoluta, aunque puede orientar. Y si se usa interesadamente, este uso debe responder a un desarrollo atestiguado. La verdad de los hechos o todo es interpretación ¿Responde ese retorcer a la poca importancia que la filología tiene? Por último, llego a una vía intermedia y dejo que termine la entrevista y olvido la afrenta: ¿es una afrenta? Comienza otro debate. Y así se desarrolla el inicio un domingo cualquiera de agosto: calor, tareas y silencio.


+ Imagen: exposición de la obra de Esther Ferrer en el Palacio de Velázquez (Madrid, 2017-2018).

sábado, 4 de agosto de 2018

Mercuriana


Costa Nova Aveiro


+ Todo es tránsito. Veo planos de carreteras y percibo una evolución. Lo que se establece, cómo se modifica lo establecido, las casas que se elevan, otras pasan a ser ruinas, las expropiaciones definen términos y líneas, líneas imaginarias, cómo se va de una función a otra y se mantiene la estructura, pero también ésta se puede ver modificada y con esa afección el paisaje cambia levemente. Una carretera es un organismo vivo, me digo, sus células son los que la habitan, los que la mantienen, conservan, cuidan, los que transitan por su geometría de vena oscura, los que sólo por ella pasarán una sola vez. Ese río de coches, ruido, humo, camiones, autobuses, furgonetas y furgones, autocaravanas, estelas, hitos, bicicletas, andarines, motos, (…) Pero la carretera habla de lo inestable que todo resulta, de cómo se hace cierta la frase de que un día el sol se habrá de apagar. Conduzco y dejo de pensar, dejo a un lado la sabiduría de las frases hechas, y una leve noticia musical es más certera que el conjunto de mis divagaciones, mi lucha contra la reiteración de los días, un aburrimiento substancial que indica cuál es la fórmula para completar la narración.

+ ¿Iremos a visitar la tumba de Hegel en Berlin? Octubre está próximo y hay preguntas que comienzan a tener sentido. ¿Compraré en Berlin la Fenomenología del espíritu? En la misma línea que la pregunta anterior. Cada cual elige sus propios ornamentos con los paralelismos que la oportunidad le otorgue. Se traza un plan y no se cumple, porque todo resulta ser contingente. Lo digo y la otra persona me dice que los planes quinquenales de la Unión Soviética funcionaban a las mil maravillas; no respondo. ¿Cómo se une ese silencio con la posibilidad de visitar la tumba de Hegel? La respuesta es una apertura, la posibilidad se materializa en el emblema que supone Mercurio.

+ Mercuriana era el título de una canción de Radio Futura que resuena en mi cabeza, que me trae el tiempo del servicio militar allá en las islas, fosilizadas como el territorio de una imposible fantasía: el recuerdo transforma la vida en narración. Mercuriana. sonaba sin parar, trazaba un frontera entre la edad que poseía y el tiempo que por delante de mí comenzaba a abrirse, pero resaltaba aquel paréntesis que las islas y el ejercito constituían. Bucear, mar transparente, rocas, perfiles de sierra, casas al borde del mar, los peces recién pescados, el pez atravesado por el arpón, la luna, el mar arropado por la noche, cuerpos desnudos en un lago salado, su unión, tejados rotos, caminos de ceniza, humo, whisky y sombras. Las armas, una oficina, los relojes, las noches, las guardias, los perfiles de los soldados en la garitas, historias y silencios. Palabras que regresan de aquel mundo al que nadie puede regresar, pero que todavía palpita.

+ Sábados en la provincia. El verano, las terrazas y la pereza propia de no hacer nada, ese placer. Una brisa tibia llega del Atlántico, los paseantes se han puesto chaqueta, algunos fuman y otros atienden su teléfono, los arboles no son sombras, un político observa a la gente: lo veo y es una parte del paisaje urbano. Tipos, señales, alegorías. No hay nada que descubrir. Como un plano general de una mala película, donde las personas miran a la cámara y se ríen, rompiendo así la magia de la ficción: el truco es perceptible. Este sábado me corté el pelo y soy otro. Esa otredad se manifiesta en mi porte. Me siento más joven, lo cuál no es poco engaño. La provincia es generosa en humillaciones. Sé todo sobre los que me cruzo. Me miden y los mido. El sábado resulta agradable, pero la urna donde estudio tiene a la perfección. No quiero juzgar, no lo hago y alguien pasa ante mí con un ridículo atuendo: el mal anida en mí, es el miserable veneno de los paseos sabatinos, dominicales. Durante el fin de semana unos se lucen, otros se esconden bajo el disfraz; a ninguno de estos grupos pertenezco, pero me siento más próximo al segundo. Perros carísimos, humo estéril, perfumes imposibles, «labios como espadas», el color del mercurio, la plata ennegrecida, las lenguas de humedad en las fachadas, el recuerdo del sol, nubes que en la noche cabalgan sin rumbo, mujeres transparentes, hombres luctuosos, heroína en la limosna, alcohol en la afirmación rotunda del empresario. Luces y sombras. Lo sé todo y nada recuerdo, que equivale a un fructífero vacío. Mi ciudad es la lectura, y esto no es triste.

+ La necesaria reclusión, el silencio, la distancia.

+ El voluntario apartamiento de la playa me da una extraña seguridad. No deseo analizar sus razones, pero ahí está: como un emblema. No se la castidad, tampoco el erotismo, ni siquiera una contenida lujuria. Las tardes son silenciosas, con una distancia enriquecedora, pero a veces dudo y me da la impresión de que tiendo hacia una enfermedad que infecta el ambiente de mi cuarto de estudio. La separación de lo cotidiano y el establecimiento de otras rutinas, sobre el suelo de lo diario. Volcado en la lectura me encuentro con un otro yo que comienzo a conocer. Nos estudiamos, pero no llegamos, por el momento, a ninguna conclusión. Desdoblarse es un doloroso trabajo.

+ Como pintor de domingo me entretengo en seleccionar y recortar las fotos que disparé hace meses. No es un ejercicio de rememoración, sino que se resuelve en una tarea constructiva. El pasado es moldeable, acepto como post-moderno que soy. Me sé negado, pero trabajo en esa horquilla del disparo y su recuperación en la pantalla del ordenador. No soy un simpático profesional. Me entretengo y eso es mucho.

+ No produzco objetos de museo. Gestos tampoco vendo. Y ambas renuncias a mi voluntad escapan.

+ En línea: Hans Ulrich Gumbrecht. La textualidad como forma de saber está cuestionada. El historicismo y la temporalidad. ¿Cómo influye la tecnología electrónica en estos, como él los llama, cronotopos (pero no en el extricto sentido de Bajtin)? El presente amplio frente al historicismo, la tensión en lo cotidiano del cuerpo y el espíritu, la relación con el mundo transformada por obra de las tecnologías electrónicas. Los fenómenos estéticos. El plan de la conferencia de H.U.G. en la tarde del domingo. Hoy no llueve.

+ Imagen: un bar [cerrado] en la Costa Nova, en Aveiro. Era invierno y todo estaba en calma, casi no había gente a pesar de aproximarse las navidades y ser aquél un período vacacional. No dejo de buscar una identidad en ese letargo, ese núcleo silente del invierno y sus aristas. ¿Estoy yo ahí?