sábado, 27 de junio de 2020

Series y reiteraciones

Wall

+  El viaje no termina con el regreso, sino que se extiende en el tiempo, se embosca y, un día, renace. Su renacimiento viene dado por la nostalgia o la chispa que enciende una canción. Hoy, mientras corría, como todos los días, una canción de David Bowie me devolvió un Berlín en el que estuve pero no vi, no llegue a ver en ese sentido que evoca la canción de D.B. Se trata de arquitecturas insertas en un urbanismo de amplia avenidas donde los edificios de viviendas, tan solo cuatro pisos, se disponen simétricamente, las calzadas separadas por las vías del tram, y una perspectiva que no deja de invitar a la melancolía, a las patrias perdidas antes de alcanzarlas. Sonido electrónico, reiterativo, monótono, un palacio en los pliegues de la memoria, un palacio en ruinas deudor de ese espíritu de raíz romántica que nos invade, en el recuerdo, en la arqueología de lo propio. Así, repito, el viaje no termina con el regreso.

+ ¿Volveremos a Berlín?

+ El invierno de Vivaldi. La foto de Nietzsche de un artículo pendiente. Las dos y veinte de la mañana. Entrevista en línea, palabras, sentencias, un modo de vida, otro modo de vida. El desacuerdo. Plegarias atendidas. Vivaldi ha sufrido un desgaste inmerecido. Sigo con Bach. Instrumentos de época. ¿Qué es un poema? Avanza hacia el silencio, me dice. Hoy me cuentan una historia, me conmueve, pero la vida sigue. Su vida, sus padres muertos con diferencia de cinco meses. La vida sigue. La casa debe mantenerse en pie, lo primordial es el arreglo del tejado. Las dos y veinticinco. Vivaldi llega desde otra parte de la noche, un tiempo en suspenso. Persiste la idea de superficie y distancia, de separación entre lo humano y la delgada capa de realidad que me acoge. Delgado y delicado tienen el mismo origen, pienso en ello. La tarde fue luminosa, pero nada queda de ella. Un escritor de 55 años ha muerto hoy. Los violines. El reloj. El teléfono. Comidas familiares, palabras, regalos, risas, postre, vino, champán. El sábado como meta semanal, pero así la vida se va y no regresa. La chacona  de Bach. Un violín solo, en el interregno que no deja de ser el ordenador. El tiempo, el ordenador lo eleva. Casi las tres. Mañana es sábado.

+ Entre el viernes y el sábado dormí poco, los sueños fueron profundos y, en el despertar, se dibujó una línea de lucidez que me impedía leer. Leer. Debería darme un descanso, cesar en este vicio sin apariencia de vicio, aunque yo sepa de su verdadera naturaleza. Elegir entre la vida y el recogimiento, la alegría vital del sol y la cueva recogida y silenciosa, oscura y húmeda. Ay, el conjunto de oscuridades donde se dan las posibilidades de un paisaje sin fronteras ni propietarios. La semana discurrió en armonía y con fluido entretenimiento, ese tránsito donde no se repara en el discurrir de las horas, los minutos, los segundos. La certeza de que somos, sustancialmente, tiempo. No me entristece, no me alegra, lo doy por hecho como doy por hecho la calidad del aire que respiro [las enfermedades ponen de manifiesto la consecución de nuestro organismo, subraya el órgano o la función afectada, así el fluyo temporal no deja de ser salud en su más exacta definición]. Hoy iré a la biblioteca, a buscar el libro de Cristina Morales, tanto tiempo esperado, luego en el olvido y elevado por un correo electrónico y una llamada desde la Biblioteca Pública. Sigo con mi adicción, la necesidad de poseer lo que no admite propietarios, pero en lo paradójico me sitúo y me defino. Vale.

+ Una mentira torpe, la voz suficiente, la cara hinchada y rojiza. Viste de negro, su descuidado cabello está mojado, las manos son grandes y amoratadas. Me dice que vive en el edificio de enfrente y tiene tres hijos. Baja la mirada. Me pide dinero y yo no tengo dinero en este momento [llegado a un punto, todo lo pago con tarjeta]. Le digo que lo siento y cierro la puerta. La mentira flota, pero no es una mentira, se trata de una estrategia, un detalle para la ternura, para que aflore la compasión. Los bancos también lo hacen con sus publicidades sobre lo fuertes que nos hará pandemia, lo unidos que vamos a estar o cómo saldremos todos juntos de esto. Lo del banco me parece peor, porque lo del banco sí que es mentira. Me tiro en el diván, leo y no me concentro. No puedo dejar de pensar en ella, pero el zumbido que provoca se desvanece paulatinamente. Regreso y debo escribir. Escribir. Queda constancia del momento, del instante en la mañana de domingo. Ella no es culpable, yo no soy culpable, tampoco la brutalidad del vino barato es culpable.

+ La indagación en Nietzsche resalta la contradicción de mis acercamientos. Posturas que me resultan realmente desagradables, pero se matizan en posteriores reflexiones, la imposibilidad de una comprensión total. Me centro en la prosa y dejo a un lado las detestables conexiones que no deseo establecer. No me siento culpable, ya nunca me siento culpable (?), al contrario: intento integrar lo contradictorio en el esquema diario. Lo repito: no me parece una virtud la coherencia, el cambio es la señal. La señal no de la cruz sino de la permanencia dentro del cambio. Así, regreso a la paradoja. La permanencia del cambio. Cierro el ordenado y vuelvo al libro de Fernando Savater,  Idea de Nietzsche. E la nave va.

+ Nietzsche y Nápoles. Nápoles. Siempre regreso a Nápoles cuando lo deseo: cae la noche y ahí está el Decumano Mayor. ¿Volveremos a Nápoles, volveremos al San Carlo? ¿Volveremos? Las preguntas se cierran en su propio espesor, el tiempo.

+ «Es significativo que el acortamiento de los plazos postales no sólo no haya conducido a una intensificación de esta forma de comunicación, sino que por el contrario haya favorecido la decadencia del arte de escribir cartas.», Gadamer en Verdad y método. ¿Qué decir, pues, de nuestro presente, donde la carta postal ha desparecido casi en su totalidad? ¿La ha suplantado el correo electrónico, el microblogging o la mensajería instantánea? A saber, sólo el tiempo nos dará perspectiva que explique este presente, cuando ya sea pasado, un explicación con su particular y necesaria caducidad.

+ En la radio un pianista destaca la influencia sobre él ha tenido la idea de piano que pertenece a Grigori Sokolov. Se ilumina entonces el concierto al que asistimos suyo, en el San Carlo en Nápoles. Hay felices coincidencias que parecen dotar de sentido el flujo diario, un duende que atrapa en nuestro nombre la corriente continua y subterránea de una magia recién creada. Hemos alcanzado ese punto donde el rememorar los recuerdos se carga de sentido porque el sentido se lo hemos otorgado nosotros, con una sólida coherencia.

+ [Resurge el final del concierto de G. S en su apoteosis romántica, tan física, tan espiritual, tan contradictoria y acertada, tanto trabajo, después de tres horas no se inmunta y le cuesta saludar al enfervorecido publico napolitano].

+ Imagen: la textura de la pared tiene algo pictórico, una pintura netamente contextualizada en los años cincuenta del siglo XX, otra rememoración de un tiempo que ni nos pertenece ni nos perteneció, pero hacemos nuestro en el propio disparo.

sábado, 20 de junio de 2020

Retorno (-s)

3ventanas


+  «… la repugnante brusquedad del veneno europeo, el alcohol», Nietzsche en  La gaya ciencia.

+ La imagen que se ha consolidado es la de una extensa superficie espejada sobre la que se eleva una construcción de humo, el espejo es la naturaleza, el humo las construcciones humanas. Las construcciones humanas van desde las pirámides hasta el derecho, la diplomacia o la música sinfónica, la literatura o el amor. Solo se trata de resaltar la caducidad y la inconsistencia de la materia humana. Lo humano remite al humus, a la tierra, a su mortalidad, la tierra que ha de acoger, finalmente, toda creación humana. Es esta una herencia de los días del confinamiento. Ahora no soy capaz de cerrar esta sima, de volver a unir los territorios que conforman lo cotidiano, la vida ordinaria. ¿Es una tarea a lograr o, por el contrario, es  preferible dejar este hiato en permanente presencia? Lo sé, todo se disolverá en el curso de los días, los meses, los años, el curso del olvido.

+ ¿Naturaleza? ¿En el mismo plano: la mariposa que se confunde y entra en la galería, el giro de los astros, su evolución en el espacio, la composición y la textura de la piedra, la reproducción o la manifiesta superioridad del amor? ¿Un todo continuo o una cuadrícula impuesta?

+ Los diarios desplazamientos en automóvil representan, como lo hace un reloj de arena, el transcurrir del tiempo. A la misma hora, emprendo el camino hacia mi centro de trabajo. Hay algo que se repite y otro algo que es novedad. Siempre se ve orlado por la música que en modo aleatorio surge del Mp3 conectado al equipo de música del vehículo. En lo repetido se aprecian personas que, en paralelo, se dirigen o regresan de sus labores, la apertura de los concesionarios de coches, los bares y sus terrazas, la panadería o el vendedor de boletos de la Once, tan infatigable en su interminable jornada. Lo observo y me siento más observador que nunca, dentro de esa burbuja que es mi coche. En todo ello veo un distanciamiento, una distancia que es material y temporal, mi vida se cierra sobre sí misma y las obligaciones laborales me lanzan contra lo cotidiano. Me reconozco en la observación y la distancia y no soy quién para decir si es bueno o malo, ni siquiera si es adecuado medirlo en estos términos, porque hay un resto de determinismo que me impide valorar, mientras veo, anoto y olvido. El paisaje y su reflejo en el lienzo, eso me interesa como me interesa la anécdota que se ha transcrito, que es texto y se ha desprendido del que la escribió. Una invención, un tema, el paso del tiempo.

+ La melancolía se posa en las ramas del árbol, ese pájaro negro y esquivo. Insistente me muestra la calidad de la tarde y su correlación: la inexorable realidad: el camino que no se ha de volver a pisar. No importan sus sentencia, contra ellas se debe luchar mediante el silencio, sin permitir que sus deseos colmen la paz solar que se ha inaugurado. Ahí descansa, la distancia.

+ Archivos, carpetas, documentos. Textos que flotan en el ciberespacio, letras evaporadas, el consenso para lo válido y lo inválido. Me resulta vertiginoso, no pienso demasiado. Uso de la informática como uso del grifo del agua corriente, sin preguntarme por las canalizaciones, solo me interesa el agua, solo me interesa el texto. ¿Una boutade? La extensión de la paradoja.

+ «Todo conocimiento no se elabora en función de una urgencia práctica, como parecía afirmar la epistemología clásica, sino porque otros conocimientos le dieron la posibilidad del aparecer.» Gundez. Copio la cita en la línea de Foucault, cinta que ofrece Miguel Morey. La constitución del objeto se traduce en una operación creativa, así voy dando forma a una suerte de ideas que se conectan con intuiciones e indicios. Supongo que se debe en gran parte a que este es el momento adecuado, tras la experiencia y la acumulación de lecturas. Me acompaña desde hace mucho tiempo Foucault, me ha servido para dibujar un patrón, para indagar, dibujar una cartografía válida, con sus actualizaciones y correcciones. La «urgencia práctica» tiene mucho que ver con la situación de pandemia actual, con la poca utilidad que tiene la lectura, donde lo que para el cuerpo social ha servido es el conocimiento positivo. Pero, con todo, no hará esto que desistamos de nuestra particular aristocracia. No son venenos, tampoco remedios, es la vida en sí, el placer de la observación, la satisfacción del acierto. Arquitecturas, ingenierías, medicina y fármacos, la presión cierta del derecho, el bisturí de la psicología, nada de ello se opone a sí mismo. La burbuja nos ofrece una constitución sólida e inherente. Se descubre mientras se lee, mientras se escribe. Vale.

+ Imagen: tres ventanas, en el Museo ABC, Madrid.

sábado, 13 de junio de 2020

Adelgazamiento (-s)

Elvis


+ Se adelgaza un segmento de la realidad, el que se constituye como tiempo, digamos con una incierta incorrección, social. Restrinjo mi contacto con los otros o, mejor dicho, lo reduzco a un pequeño círculo. La relación con la prevención que requiere el virus determina este movimiento, pero, simultáneamente, era una tendencia que germinó hace tiempo. No soy capaz de saber si es positivo o negativo; sin embargo, no es el alejamiento o distancia una erupción espontánea. Al contrario, proviene de una larga reflexión y de un ejercitarse, el alcanzar una posición que protege lo nuclear del desarrollo diario. No sé, supongo que son cuestiones que se relación con la edad, con la tendencia que la edad impone, esa tendencia a la soledad que el envejecimiento trae consigo. Me refugio en la lectura como otros lo hacen en el alcohol.

+ Me parece que lo expresado en el párrafo anterior peca de solemnidad, de pedantería, de verbosidad innecesaria, aunque es así como me encuentro hoy viernes, quizá también sea así como soy yo.

+ Y en este viernes suena la Novena de Beethoven dirigida por Barenboim. Una especular tendencia me lleva a plantear paisajes donde solo hay oscuridad. Como si la perfección musical que nos ofrece Beethoven de la mano de Barenboim contrastase con la actualidad política y social. Entre los bulos y las mentiras discurre la actualidad, no es fácil discernir, pero si elevamos la mirada y en lugar de fijarnos en lo que se reduce a la circunstancia y lo caduco observamos lo que se eleva y determina lo sustantivo podemos ver que el problema es más que nada sistemático. ¿No hay solución? El perfeccionamiento se produce en un largo tiempo, imperceptible casi,  lentamente se producen los cambios y nunca son definitivos, las capas superpuestas que sostienen la vida están condicionado por la inestabilidad consustancial a su naturaleza.

+ La música se disuelve en el rumor de la mañana: gritos de niños, la percusión de una máquina perforadora, un timbre lejano. Espero al cartero, pero una comunicación en el correo electrónico me dice que no llegará hasta el lunes. Lecturas que deberán esperar. La acumulación de libros no difiere mucho de una adicción, principalmente en el absurdo que conlleva. ¿El lector, cuántos libros compra que nunca leerá? ¿Quién responde, quién pregunta? ¿Yo?

+ [La posverdad]. La palabra posverdad se incrusta en lo diario. El otro día un periodista decía que hablar de ‘nueva normalidad’ es un oxímoron. No estoy de acuerdo, porque las etiquetas condicionan, y quizá en esto que ha sido denominado ‘nueva normalidad’ esté el comienzo del siglo XXI, como el siglo XX comenzó con la I Guerra Mundial. Para emitir juicios en un ámbito tan amplio se necesita reposo y distancia. La ‘nueva normalidad’ es una etiqueta inquietante que ha de engordar a costa de los sucesos, su peso y su valoración [según las verdades lógicas, ontológicas y judiciales]. La palabra posverdad nos puede servir de indicio, aunque solo sea temporalmente.

+ Conforme me sumerjo en el contexto del Renacimiento español adquiero una idea sobre el momento actual bien diferente a lo que los diarios me ofrecen, pero la idea no termina de cuajar debido a la dificultad de su expresión [otro trabajo pendiente, una carencia mía para sumar en una larga cuenta]. La clave consiste en tratar de establecer la mirada y el prejuicio renacentista enfocado a nuestro presente, en lugar de juzgar el Renacimiento con mirada de nuestro siglo, juzgaría nuestro siglo desde ese punto de vista que nunca podrá otear nuestra realidad. Una inversión más en un sistema de engranajes que trato de ensamblar. Se podría traducir, si esto fuese necesario, en que el juego de las lecturas tiende a la pluralidad, a la adaptación, a los momentos y los deseos. Mi deseo es observar lo actual desde diversos prismas, y este solo sería uno más, entre los que voy construyendo o ensamblando los engranajes. En definitiva, el rédito que me puede ofrecer el Renacimiento es establecer una distancia necesaria. Qué tiempo aquel, qué España aquella, me digo. El contraste con la que hoy habitamos en muy grande, grandísimo. Las personas morían muy jóvenes, se pasaba hambre, hambre y necesidad, frío, dolores innecesarios, como nos recordaba Foucault: la mayoría de las personas sabían que serían torturadas en algún momento de su vida, la vida de los niños era propiedad de sus padres, las mujeres no contaban nada. Pero también había luces, destellos que ha conservado la literatura, una vida cotidiana rica y vibrante. Nuestro mundo visto desde esta perspectiva causa una mayor perplejidad que la que pueda causar cualquier film de ciencia ficción. Los coches, nuestros teléfonos, la alimentación, el atuendo, el desplazamiento […], pero sobre todo ello deberíamos valorar especialmente  las maneras, el amor y la amistad, los derechos, la individualidad, el peso del individuo en la masa, la tecnología sanitaria que esquiva la muerte y el dolor. Ahora que ha terminado el confinamiento y hemos escuchado tantas cosas sobre lo insoportable que resultaba, me digo que tampoco era para tanto [mientras, claro está, no hubiese problemas económicos, problemas que persisten y persistirán], que la queja era gratuita, que todo se ha desvanecido y se recuerda como se recuerda un sueño. Suena Tomás Luis de Victoria y pienso en los cuatro años de reclusión de Fr. Luis de León en Valladolid, ¿qué podemos entender bajo esa luz de la prisión, cómo podemos explicar el confinamiento? Regreso, una vez más, a la lectura, encuentro sugerencias pero no veo otra debilidad que la que me rodea. Nada va a cambiar, como bien apuntó en un primer momento Michel Houellebecq, todo será un poco peor.

+ Imagen: el busto en la tienda de antiguedades, ahora: dizque vintage. Como la hierática estatua del pasado que es, nos habla de todos los tiempos superados y su permanencia desde la mirada del presente. Lo recuerto y, quizá, él me recuerde; nos miramos fijamente y nos reconocimos.

sábado, 6 de junio de 2020

Ars longa, vita brevis

Burdeos


+ Al hilo con la declarada deuda con la obra de Paul B. Preciado en la entrada de la semana anterior, constato la acumulación de libros y el escaso tiempo del que dispongo. Pero eso es una obviedad que me lleve a plantearme un problema más auténtico: ¿no es, acaso, la lectura un suerte de fuga o un escondite, un sustituto o un sucedáneo de la vida verdadera (qué adjetivo)? La vida nunca deja de ser una construcción, consciente o inconsciente, programada o espontánea, y en ella se posibilita mediante la certeza y la determinación. La vida es breve, muy breve, y la tarea [porque la tarea es arte y el arte es tarea, sea cual sea su manifestación], esto ni es triste, ni invita a la felicidad, simplemente manifiesta nuestra naturaleza

+ Más o menos, con dos días de retraso, yo nací cien años después que Erik Satie. ¿Explica algo este dato? El asunto no creo que se trate de explicaciones, sino de una elección de balizas en la lírica de lo diario. En lugar de comportamientos agonístas, he buscado un punto de acuerdo, que me caracteriza. En este sentido, Erik Satie juega un papel ligado a ensoñaciones infantiles, que se resuelven en proyectos de viajes, vidas fantásticas o novelas nunca escritas que hunden sus raíces en Julio Verne, Oscar Wilde o en un tardío y decadente Marqués de Bradomín, en su Sonata de otoño. Creo que estas elecciones y en este ámbito entra E.S, la coincidencia de su nacimiento con la fecha del mío es una baliza más, una señal que indica lo que yo quiero que indique. Finalmente, recuerdo la calle de Honfleur, el paseo, las gallinas decorativas que compró C. para ella y para su prima. Algo quedó palpitando, que se resuelve en la música que ahora adorna mi estudio. Gymnopédies.

+ Alguien se pregunta: «¿quién es digno de tener una vida?». En su literalidad induce a un debate, en la realidad de la boutade nos remite a la posibilidad de una biografía. La biografía como construcción narrativa es un género que nos caracteriza particularmente, al biógrafo, al biografiado y al lector de la biografía. Nunca deja de ser la biografía una suerte de esqueje de las vidas de santos, con sus particulares configuraciones: la mala vida, la conversión, los milagros, el ascenso a los cielos.

+ No soporto las versiones jazz de la obra de Bach, me ponen especialmente nervioso: ¿vergüenza ajena? No creo que sea el término adecuado, pero sí está en esa línea.

+ Constructores de violines que nos revelan sus secretos, pero ¿cuáles son sus secretos, cuál es su secreto? El pensamiento vuela en sus palabras con liberada prontitud. Su reflejo en lo diario es extraño. Certezas y habilidades. La destreza en la expresión se materializa siempre que la temática se domina, cuando no resulta ser  así algo se transparenta, esa incapacidad para trenzar el fluir discursivo. No puedo dejar de comparar las palabras del luthier con lo que ayer oía en la radio sobre economía, crisis y empleo. El dominio sobre lo expresado y el vacío de la improvisación. El secreto es la unión entre vida y trabajo, la tarea y su resultado. Indudablemente, esto es posible porque todo ello se desarrolla en un claustro extremadamente impenetrable: la música culta, la construcción de sus instrumentos, la relación entre el constructor y el músico, que este último ignora también los arcanos del constructor. Pero, con todo, resulta tangible, pues su conversación y sus palabras resaltan un trabajo que resiste nuestra mirada.  En el otro extremo, la predicción y la mancia, hábilmente expuesta, pero discutible y lejana.

+ Imagen: las sombras de los árboles sobre el río, el fluir y la inconsistencia de la sombra. Burdeos.

sábado, 30 de mayo de 2020

Algunos restos por recoger


Berín-Río

+ Son habituales en estos días las reflexiones sobre la pandemia y el encierro. Yo he escogido ya una opinión que me parece definitiva, y que creo que el tiempo habrá de confirmar. Se trata de lo que dijo Michel Houellebecq hace unas semanas. “Todo seguirá igual, pero un poco peor”. En la misma línea, ayer, mientras conducía, pude escuchar a Saváter opinar sobre lo que dijo sobre Slavoj Žižek, que se puede resumir en que es un bobo como filósofo y un genio como publicista. Estoy de acuerdo. Finalmente, Saváter se aproximaba a la idea de Houellebecq: nada cambiará ni llevará a la reflexión a aquellos que ni reflexionaban ni tenían interés en algún tipo de pensamiento crítico antes de la pandemia. Los vectores continuan cruzándose en mi camino. Me enviaron un libro de infausto título y desagradable portada: Sopa de Wuhan, repasé los artículos por el aire. En primer lugar el de Slavoj Žižek, que abandoné muy pronto, pues ese paso a un amable comunismo no me parece ni verosímil ni probable ni, tampoco, deseable; quizá, me dije, se trate de una confusión entre el deseo y la realidad o una apresurada versión de un discurso mantenido a lo largo del tiempo o parte de su estrategia teatral, tan rentable y productiva. Llegué al final de libro y me detuve en el artículo de Paul B.  Preciado [el / la filósofo /a - filósofx]. Todavía tengo el pdf abierto y continuaré con la lectura. Las conexiones con Foucault siempre me interesan y la obra de P. B. P. es una tarea pendiente [me lo recuerdo sin mucha esperanza, tanto que leer, tan poco tiempo], una desiderata abierta [por ejemplo, Un apartamento en Urano]. Me interesó su punto de vista, en especial el subrayado sobre el tránsito de una cultura escrita a una oralidad electrónica. Yo había percibido esta metamorfosis pero no había concretado su espesor, que ahora mismo me parece de una densidad superior a la que yo había estimado. ¿Podemos hablar del regreso de una retórica de la actio? No me cabe la menor duda cuando veo a los predicadores de la alt-right lanzar sus proclamas tanto en Twitter como en YouTube, que son canales que frecuento. Me parece que la apreciación de P.B. P. es más que certera, llega al corazón de un cambio en la comunicación y en la pedagogía que no se puede negar a poco que uno se fije en el discurrir de las calles: el teléfono como extensión de la persona, un apéndice informativo y deformativo. Pero no se puede afirmar que se trata de una consecuencia de la pandemia, sino algo que estaba ya ahí y que, como mucho, esta crisis acelerará. En resumidas cuentas, todo seguirá como siempre, pero un poco peor. No lo duden.

+ Copio un fragmento de la Oda XII de Fr. Luis de León: «Dichoso el que se mide, / Felipe, y de la vida el gozo bueno / a sí solo lo pide, / y mira como ajeno / aquello que no está dentro en su seno.»

+ Paul B. Preciado se manifestó públicamente contra el título Sopa de Wuhan y contra la foto se utiliza en la portada. A mí tampoco me gusta ni lo uno ni lo otro, no me gusta porque destila un simplificador racismo, próximo al que usaba aquel político que manifestaba mientras hacía abdominales que
«los anticuerpos españoles derrotarán al maldito virus chino». No dejan estas posiciones, bien por el interés de mercadotecnia, bien por el interés propagandístico, de esparcir una suerte de superstición que consiste en personificar al virus, en darle apariencia de vertebrado con intenciones, deseos y estrategias, cuando lo único a lo que asistimos es a esa voluntad ciega de la naturaleza, tan voluntariosa como resulta ser la ley de gravedad universal.  La lluvia cae en función de la física, no de proyectos, porque los proyectos son privativos del ser humano. Vaya, por un lado racismo, por otro reducción a lo manejable desde la óptica de lo descriptible en simplificadores términos infantiles; seguiremos con la indagación.

+ Durante la Semana Santa, cuando permanecíamos confinados y solo funcionaban los servicios más esenciales, me dediqué a ver algunas óperas. Recuerdo con nostalgia aquel momento, aquellas noches donde entré en un mundo que, aunque no ajeno en su totalidad, me resultaba extraño. Regresé a Rouen, a la Ópera de Rouen, cuando C. y yo fuimos a ver El barbero de Sevilla. El punto de vista que otorga la ópera es muy útil en discurrir de los días si sometemos nuestra visión a ese ornamento en el decorado, en la trama y en la interpretación que allí percibimos. Lo operístico no deja de ser una manera de entender el mundo y, ahora, cuando ya no es comunicación si no arqueología, nos otorga visiones teatrales que reflejan muchas de las personalidades que nos vamos encontrando según nuestra propia trama argumental se desarrollas. Somos, sin duda, teatro y teatralización, en su caso extremo: la totalidad operística. Algún día volveremos, sin duda, en algún momento C. y yo volveremos a un gran auditorio para presenciar el milagro de la ópera: ¿el San Carlo en Nápoles? Todo un deseo por cumplir, un deseo que se fraguó en aquellas visiones nocturnas de La Traviata, Tosca de Puccini o el Falstaff de Verdi.

+ C. y yo paseamos. C. me recuerda cuando los dos fuimos al concierto de Juan Perro, en el inicio del año 2017 en Redondela. Me recuerda como Santiago Auserón habló de las letrillas de Góngora y cómo dijo que estas habían influido en la elaboración del disco que presentaba. He aquí una conexión, quien pude apreciar estas razones a mi lado va. Son puntos de apoyo del amor, puntos donde se hace cuerpo la afinidad, razones que surgen espontáneamente en el decurso de un paseo, un tranquilo paseo. Seguimos hablando y la tarde llegaba a su fin, quedó allí en suspenso la idea de las canciones, su semilla, el fruto que germina en cada abrazo, beso, en las manos, en los ojos.

+ Las genealogías surgen tras el ejercicio de la sospecha. Copio una cita de Nietzsche en una tarjeta que coloco entre los libros de lectura pendiente, tan próximos a mi lugar de descanso: «(160). No amamos ya bastante nuestro conocimiento tan pronto como lo comunicamos», en Mas allá del bien y del mal. La sospecha me aleja de opiniones que solo me aportan una toxicidad paralizante, no me desprendo de ella, poco a poco, sin perder el ritmo, me recojo en el conocimiento que trato de trabar. Todo aquello que me perturbe lo aparto con cuidado y sin violencia. La genealogía es el tema, no tanto el problema como su la historia de su problematización. En la senda de Foucault, en la senda de Nietzsche.

+ En una lectura de Foucault no se puede dejar a un lado que su padre era un eminente médico, tampoco sus enfrentamientos (que le llevó a desprenderse de su primer nombre y adoptar el segundo, Michel, elegido por su madre), mucho menos se debe obviar su filiación burguesa (recordemos el Jaguar en Uppsala, la casa familiar en Poitiers). Esto solo es un apunte, pero un apunte necesario. La familia de Flaubert era una familia de importantes médicos de Rouen, así pensemos en el papel de los médicos en Mme. Bovary. Ese sentido me interesa mucho, otra posible indagación, que quizá nunca mayor cumplimiento que la idea impresionista. Ay, la impresiones, las fallidas primeras impresiones.

+ Imagen: el emblema de un restaurante junto a un río del que ya no recuerdo su nombre. El detalle que conforma la rememoración de un recuerdo, los restos que nos hemos traido de la singladura.

sábado, 23 de mayo de 2020

Encierro (y 10)

Covid-19

+ La serie sobre el encierro se termina con una imagen retocada en extremo: el retoque se equipara con la distorsión. Vale.

sábado, 16 de mayo de 2020

Encierro (9)


Último vuelo hacia Madrid


+  El encierro comienza a ser menos encierro. Es la novena semana de esta situación y hay algo que se desvanece. Un algo que no se aprecia y esa falta de concreción es la llegada de la vida cotidiana [que es sobre lo que versará, en algún sentido, esta entrada en mi bitácora, en mi diario: ¿ha sido de otra manera alguna vez?].

+ El ordenador ha recuperado la totalidad de la pantalla. Yo había dado por perdido este fragmento rectangular de cuatro centímetros de ancho, había adaptado el procesador de texto a esta nueva disposición, pero ahora dispongo de la pantalla en su totalidad. No me causó perturbación cuando se averió y tampoco me causa alegría el súbito y espontáneo arreglo. Es más, pregunté por el precio de una posible reparación, que me pareció excesivo,

+ Días atrás pude comprobar que el motor de mi coche de trabajo no sufrió daño alguno a pesar de mi confusión con el combustible. Ambos errores o tropiezos, y su solución súbita y fuera de mi alcance, se unen en su alcance: soy yo y un reflejo, la suerte que siempre me acompaña y consigue que mi torpeza no tenga grandes consecuencias. ¿Creo en la suerte? No, pero hay gente que tiene suerte y gente que no tiene suerte, y considero que yo soy de los que tienen suerte. El ordenador y el coche del trabajo me indican la presencia de la Fortuna.

+ El ángel de la vergüenza. ¿Hay, realmente, un ángel de la vergüenza? El regreso del pasado nos acecha tras cada esquina, como un paseante nocturno que oye voces tras él, pasos lentos y pesados, luego: el silencio y el espesor de la noche. Nunca pasa nada. La vergüenza, ese alimento del insomnio, determina vidas y apaga milagros. No encuentro al guardián de nuestras certezas hoy que lo llamo desde el descanso de la lectura, de la hermenéutica de la vida. La vida como extensión de un pensamiento, ese instante que nos dio luz. No hay misterio en ese silencio solo roto por el tic-tac del reloj que preside mis lecturas, ante el ángel de la vergüenza.

+ «Lo que ya ha sido constituye el nexo con lo que será», Ranke.

+ Podría haber buscado el pequeño tomo Sobre los ángeles de Alberti, pero no lo hice y leí otro poema: Venus en ascensor. Indagar en el pasado aquello que fue lo ultimísimo y hoy es tan solo antiguo se convierte en una extraña tarea en la tarde del domingo, cuando el confinamiento o encierro se termina, o eso parece. El maniquí y su silueta, el paso de un piso a otro, con sus pinceladas y enfoques, una poesía que no se ahoga en la dispersión de la lectura, el lector que se difumina, el poeta que se desvanece. Queda el libro, el texto se reproduce como se interpreta la partitura, el tic-tac es el metrónomo de la muerte. La muerte, otra vez la muerte. Leo que dijo en algún momento que hay metáforas que se repiten en todas las culturas: el sueño como imagen de la muerte o el río como representación del fluir de la vida. ¿Qué podemos concluir? ¿Existen unos universales que magnifican una idea constante sobre vivir y morir? Ay, qué silencios me atenazan en esta conversación que mantengo con mi yo más pedante y soberbio [lo sé, necesito escucharlo con atención, pero es muy pesado].

+ En un piso inferior una niña se queja, llora y vuelve a llorar. Está con sus abuelos y eso no deja de ser una ruptura de las normas del confinamiento [¿todavía estamos confinados?]. Grita, eleva la voz y se crispa. Esta aburrida y yo me pregunto dónde están sus padres: en el trabajo, en otras ocupaciones de urgencia incuestionables, sumidos en la solución de problemas sin nombre. El sueño dibuja su cartografía difusa, pongo el sonido de las olas en el reproductor de la tablet y comienzo a conciliar mi transición desde la vigilia. Esa imagen de la muerte, esa posibilidad de otra vida. Duplicadas incertidumbres, el peso de lo vital en lo cotidiano.

+ ¿Cuánto tiempo empleé en estudiar lo cotidiano, en investigar los movimientos imperceptibles de lo común, sus maneras y gestos? Todo esto se ha desvanecido porque ya nadie se recuerda el everyday life. Porque lo normal ya no está. Se habla de que caminamos hacia una nueva normalidad y me planteo esta etiqueta como el remedo de una mala película apocalíptica. Nada cambiará, dijo en una entrevista Michel Houellebecq. Lo recuerdo y veo que un director de periódico ha copiado la declaración en su literalidad, pero no cita al autor. Incluso recoge la apostilla final: nada cambiará, todo será peor. El artículo habla de algo que es un tema recurrente en el escritor francés. La decadencia de Europa es un tránsito hacia un parque temático, hacia la industria del turismo que hunde sus pilares en el paisaje, la arquitectura y la gastronomía. Uno de los polos de mi estudio sobre lo cotidiano se ha basado en esta premisa sobre el hundimiento de Europa [industria, agricultura, sociedad]. Así trataba yo de observar en nuestros viajes a Francia aquello que previamente había leído en H. Mi conclusión se acercaba mucho a la de H., y no me reconfortaba, aunque tampoco me causaba un especial estupor, algo que se debe en lo fundamental a mi condición de observador impasible. ¿Impasible? No sé a qué viene todo esto, si a mí me interesa lo cotidiano y lo cotidiano tardará mucho en regresar porque a la población se le ha entregado esa peligrosa herramientas que se llama desautomatización, eso que otorga bien el aburrimiento, bien la angustia. Y en eso estamos, en el final que es un nuevo principio [la niña se enfada otra vez, la niña se enfada mucho, la niña grita mucho, muchísimo; en consonancia están mis cascos de aislamiento: protecciones individuales para la salud auditiva de los trabajadores aeroportuarios].

+ Imagen: mi último vuelo hacia Madrid.

sábado, 9 de mayo de 2020

Encierro (8)

L'oiseau mort_Honfleur


+  Según se atisba una posibilidad de recuperar la libertad de movimiento se me planteo la posibilidad de la libertad interior. Cómo una persona se puede sobreponer al cautiverio con el recurso de su interioridad. Si lanzamos la vista hacia atrás y recuperamos una bibliografía de cautiverios provechosos, tanto literarios como sanitarios.

+ Repaso digital de viejos tomos: todo es tránsito. Los veo: algunos tienen rastros de sus propietarios: dibujos, notas, subrayados; estampaciones que han perdido el color; el amarillento tono del papel que tan bien se percibe en la copia digital. Es otra marca, una baliza que nos indica la constitución de la realidad: espacio y tiempo, el tiempo que devora la forma del espacio, de la materia. Insistir en ello no es una opción. Cierro el ordenador y siento la nostalgia propia de mi edad, una reflexión sobre el tiempo pasado. He encontrado un fármaco: recuerdo el torso de Rilke y en este torso se puede extraer la lección: con esto cuentas, el resto ya lo has perdido, «debes cambiar». Esa obligación de cambio resuena en toda la extensión del día y ella regreso en no pocas ocasiones. La

+ Dice Sophie Calle en Le Monde: mi vida es un material de trabajo [artístico]. Sin duda. Finalmente, si escribo, sea sobre lo que sea, siempre escribo sobre mí. Con el tiempo he dado con ciertas claves de mi estilo. Hay cosas que me gustan  y cosas que me disgustan, pero me resulta imposible cambiar. Se trata de una serie de ocultamientos y circunloquios, una suerte de falta compromiso que se agazapa en intrincados arabescos. De las almas de los tibios está empedrado el camino del infierno. Me reconozco en ello. Esta confesión al plasmarse en la pantalla del ordenador me devuelve una suerte medicina, como resulta ser el torso que utiliza Rilke para mostrarnos una característica esencial del paso del tiempo. Lo fragmentario se impone sobre una idea de conjunto y la biografía nunca puede ir más allá de una interpretación. Se tarda mucho en aprender esto, yo al menos he tardado mucho. Pero ese estilo mío que tanto amo y tanto me solivianta soy yo. Mi vida es un material de trabajo, lo suscribo.

+ Esa manía mía por el tiempo, por la finitud, la muerte. Son claves que me acercan a un poética que podríamos denominar romántica o decadente. Al mismo tiempo, es un rasgo propio de mi época, porque si soy lo que soy es porque vivo en este presente. Un presente amplio que arranca a principios de los años ochenta del siglo pasado y todavía me condiciona. El tiempo, cuándo me acecha me hago cargo de mi propia mismidad. Yo no descubro nada, pero sé leer.

+ ¿Este tono confesional está relacionado con el confinamiento o se de trata de un ansia de perfección o redención? Debo ganar en seguridad, me digo, y al momento me pregunto cuál es el objetivo de esa seguridad. Nos dejamos llevar en demasiadas ocasiones por los marcos mentales impuestos, que organizan nuestra vida e ilusiones. Me preparo para el estudio y sé que es un acierto, una elección que se enraíza en mis creencias y certezas [no muchas, pero sí solidas, fruto de años de reflexión, interrogaciones y selecciones]. El tono confesional se funda en un sentido de la disciplina que me lleva a observar tareas, horarios y compromisos. ¿La debilidad o la duda? Sí, ahí están pero no dejan de ser compensaciones, contrapesos. Me resisto a centrar todo el esfuerzo en la redención, porque lo entiendo más como un fármaco que como penitencia. Fármaco en su doble sentido griego: remedio y alucinógeno. Cada momento, su sentido.

+ Vuelvo a Erik Satie, regreso a Normandía. Veo, otra vez, un pequeño reportaje sobre David Hockey. D. H. tiene una casa en Normandía y la pandemia lo cogió allí mientras trabajaba sobre flores y plantas. La foto principal lo toma en su esplendor, entregado al trabajo. Pienso en sus cuadros vistos cara a cara. La conexión es importante. La conexión con el paisaje normando y con el pintor.  Erik Satie se desliza en el estudio, llega Honfleur y cierto aroma de mar y viento. Sinestesias que imprimen al día un acento lírico, donde se expande nuestra mismidad. Brilla el sol y en las Gymnopédies es refleja lo vivo y lo muerto, lo que todavía no ha llegado, el presente amplio.

+ Llego a Ravel, Pavana por una infanta difunta. En la línea del apartado anterior, la recreación de una paisaje y sus sugerencias: novelas, cuentos, poemas, piezas literarias que nunca se escribirán. Descanso en esa promesa incumplida, una promesa solo me concierne a mí.

+ Imagen: L'oiseau mort.

sábado, 2 de mayo de 2020

Encierro (7)


Bordeaux


+  [Atolondramiento]: una confusión pone en peligro el coche del trabajo. Me siento culpable, pero esta alocada manera de ser es parte de mí como también lo es una apacible calma, una calma donde más yo me siento yo. El yo y sus precipicios, colinas, mesetas y desfiladeros. Investigaciones tardías, reencuentros, moderación.

+ Virtute duce comite fortuna [La Virtud como guía, la Fortuna como compañera]. Lo he encontrado en un libro de retórica del siglo XVI [1579]. El lema todavía es válido, y continuará siendo válido mientras haya vida humana sobre la tierra. El trabajo y el buen conducirse es una receta para el éxito, pero sin la ayuda de la Fortuna el éxito se pervierte. No es muy racional creer en la Fortuna, pero su compañía se presiente en muchas ocasiones. Yo me siento acompañado por la Fortuna, y mi guía la Virtud. Resta por definir tanto Fortuna como Virtud, pero es esta una tarea que no emprenderé hoy, tampoco mañana.

+ La clave mitológica me ayuda a comprender fenómenos de masas. Las estrellas de rock, los actores, los periodistas célebres. Todos ellos forman parte de un amplio Olimpo. Vicios, virtudes y el gobierno de la varia Fortuna.  Sus comportamientos se imitan, se amplifican o se diluyen en el tráfago diario, pero todos ellos conforman una narración sin fin, sin principio. In media res se desarrollan sus vidas que carecen de paralelo en la vida ordinaria. Me gusta observar y he alcanzado esa posición del observador, su diametral oposición al movimiento, el estatismo permite a la clave mitológica manifestarse. Observar.

+ Concierto en línea de Paul Weller en California. Veo el entorno y me confirma la tendencia a un territorio. No pocas veces soñé con un viaje o una larga estancia en California. Eucaliptos, sol y un rock añejo, reconcentrado en viejas Gibson, negras y pulidas por el uso, amplificadores de válvulas tan precisos como suaves, hermosamente humanos. P. W. evoluciona y cambia de guitarras, es el dueño del circo. Todo concierto tiene algo de circo. En ello me dejo ir y transito como el que no ha visto nada, pero lo sabe todo [el poeta es un fingidor]. ¿Iremos C. y yo a California? ¿Cuándo? No es un proyecto, no es un deseo, sólo una desiderata que, como la botella lanzada al mar, no nos compromete.

+ Atolondrado: que procede sin reflexión [Drae].

+ Repaso las entradas en este cuaderno y me doy cuenta de que las imágenes aquí albergadas están en un nivel superior a los textos. Ello me lleve a pensar que existe algún tipo de error en mi vocación, en mis vocaciones; al rato me corrijo y veo que no se trata ya de vocaciones. Esa estampa de destino escrito y sin posibilidad de apertura quedó ya atrás. Recuerdo el torso de Rilke y en el descanso. Cuántas cosas he perdido, qué permanece. Qué material es este con el que debo trabajar. Las fotos son rápidas aproximaciones a un mundo interior conectado con el reflejo en la realidad cotidiana, en los viajes, en la unión entre deseo y posibilidad. Los viajes, que ahora son la lejanía inalcanzable, han supuesto una barrera entre ciertas edades. Y es ahora cuando lo veo, mediante el catalizador que suponen las fotos. Las fotos reflejan mejor ese paso del tiempo, el clamor de las edades, la fósil verdad del pasado que ahora interpreto desde este cuaderno sin soporte material. Las fotos son un yo más auténtico que el yo de los textos, más desconocido para mí, más versátil y certero.+

+ Por casualidad me llega una memoria de profesores del año 1916, en Logroño. Se destacan las cátedras conseguidas, con sus felicitaciones y el destacado del esfuerzo y el tesón, la calidad de las clases impartidas y el premio al trabajo bien hecho. Son nombre que ya no dicen nada, salvo su reflejo en la lápida del cementerio. Vidas que el tiempo ha diluido con su implacable y constante engranaje. Siempre presente Marco Aurelio, en el tiempo de pandemia esta realidad es mucho más palpable o sólida, pero se debe huir de la lección moral y aprovechar en nuestro beneficio la enseñanza que se desprende de esta incuestionable verdad: no olvides que eres mortal.

+ En la senda del atolondramiento, casi estropeo la pantalla del ordenador. He de fijarme en este rasgo a fin de realizar una poda. Las podas son tan necesarias como el alimento. Cuestión de disciplina. La disciplina: no es un medio, es el fin. Pero yo soy el que soy, un punto del que me puedo apartar pero nunca huir.

+ Imagen: la elección por el color, el verde. Un verde muy especial. El fotografo retrata al fotografo. Burdeos .

sábado, 25 de abril de 2020

Encierro (6)


A Gudiña


+  Combinaciones extrañas a las uno debe acostumbrarse, necesaria y paulatinamente. Se unen el teletrabajo y mi investigación, sé que es necesario establecer compartimentos estancos y en ello estoy. Es esta otra tarea, una tarea fundamental: la organización, la agenda. La bendita agenda.

+ Un antiguo concierto de Paul Weller, en el Albert Hall. Es el año 2000. Me fijo en lo emblemática que resulta su Gibson SG. Qué diseño. Las formas entre lo orgánico y la voluta arquitectónica, un vuelo sinuoso pleno de tecnología y tradición. Esbelta y dúctil, con sus pastillas de doble bobinado que tanta fuerza otorgan: como un grito que se dulcifica, de lo agudo a lo grave, una textura arenosa y fugaz, que luego se mantiene en el aire, como por ensalmo. Cambia la SG por una Telecaster azul muy antigua y trabajada. Me detengo y pienso en lo vetustas que resultan la guitarras eléctricas, hijas de una crisis y asesinadas por otra crisis. Lejanas tecnologías pero tanta presecia  como la presencia de un violín o un piano. Paul Weller se ocupa un estado superior, bajo mi punto de vista. Observo su digitación, su voz, su actitud en el escenario. Intento no rebasar esa línea que separa lo colectivo de lo individual, pero no lo logro porque recuerdo con precisión la primera vez que oí hablar de él, en concreto de The Jam. Qué lejano es 1986. Ahora, mientras termina el concierto, recompongo aquellos días y, al momento, los olvido. P. W. todavía es actualidad, al menos para mí.

+ Cabe la posibilidad que la foto de la entrada anterior la hubiese utilizado en el pasado. Una visión rápida de la foto explica algunas cosas que me inclinan a elegirla. Los colores, el motivo, la composición. Pero no es el autor el más indicado para hablar de la obra de ¿arte?

+ [Un pequeño accidente]. Me corto superficialmente el dedo corazón con la puerta de la galería. Un dolor que percute antes de la unión de la piel y la uña, justo donde termina la articulación. Mi torpeza, mi atolondramiento proverbial. Me estudio en el dolor, en esta tarde de sábado, en la reclusión. ¿He aprendido algo tras el accidente? Sí, tengo una tendencia hacia la irreflexión que algún disgusto me ha costado. A lo largo de los años he mejorado, pero la tendencia sigue ahí, como revela el pequeño accidente. ¿El carácter es el destino?

+ El accidente ha sido muy poca cosa, pero pudo ser realmente grave. Pude haberme roto el dedo, con todas las consecuencias que ello tendría. Me siento agradecido a mi daimón, quizá a mi ángel de la guarda. Tener presentes figuras mitológicas ayuda a sobrellevar situaciones como esta porque a lo que carece de sentido le aporta un aliento poético, en su explicación, en su interpretación. ¿Quiero ver en esto una señal? Es una posición ambivalente. Por una parte es un aviso, por otra un regalo [todos mis dedos funcionan perfectamente, realizo mis tareas diarias sin trabas].

+ Por fin he encontrado el libro de García Montero Completamente viernes. Cuando lo busqué y no apareció, entre un rimero, allí estaba Ángel González. Los dos libros permanecen juntos, a la espera de una lectura, algún poema, varios poemas. Una iluminación en lo diario.

+ La tarde traerá desplazamientos e inspecciones. Fulgores de poesía que no cuajó, el temprano descrédito de opiniones recogidas a lo largo de la mañana. No leeré más durante un buen rato, luego, llegada la noche, emprenderé el último tramo del día: la lectura como despedida de la vigilia. La disciplina y la fortaleza, la convicción de que todo es efímero, la rutina, la consecución de un objetivo. El cautiverio o el confinamiento, la libertad es interior. Me digo que es hora de recoger y emprender el camino hacia el trabajo. Una tarea que completar, una más. Otra más.

+ Continúan los libros de poesía a la espera, ellos aguardan por mí y yo me pierdo por derivaciones inconfesables, cotilleos o escenas intrascendentes, baratijas que brillan sin peso. Los veo y los coloco en un lugar preferente, pero eso no es leer, eso es otra cara del mismo problema. ¿Fetichismo y acumulación?

+ Por fin he leído algunos poemas y, así lo constato, me han resultado gratos porque me han devuelto el olvidado aliento de la vida cotidiana, esa olvidada y fundamental realidad. Lo dado no tiene interés hasta que se diluye. Poemas sobre el trabajo, los autobuses, los jóvenes y sus afanes, el amor, la distancia de la amada, viajes desde una punta al centro de la Península. Libros que nos abren nuestra propia mismidad, compartimentos que permanecían cerrados por la costumbre. Ay, la necesidad de la ilusión, la sorpresa, la alucinación en lo diario. Eso me devuelven los pocos poemas que he leído: Completamente viernes, Luis García Montero.

+ Tanto la colección de poemas de Ángel González como la de Luis García Montero han regresado a sus nichos en la cuajada estantería. Hasta la próxima ocasción, después de cumplir con su tarea de dioses del momento. El dios del segundo que me arropa. Sobrepasado este instante, queda su latido.


+ Imagen: estaciones de tren olvidadas en su cierre definitivo, ya no hay taquillas ni taquilleros. La muerte de los pueblos, el polvo viejo y dorado, el silencio, el abandono.

sábado, 18 de abril de 2020

Encierro (5)

London Copy

+ Hay olores que han conseguido que regresen escenarios del pasado. Volveremos siempre a la magdalena. Olor a desinfectante mezclado con jabón de olor, que nos trae un fragmento de la infancia que no se recordaba. Sí, su nombre es sinestesia, pero preferiría no tenerlo presente y dejar la textura de la magdalena como única razón. El café en la primera hora, la brisa que asciende de la calle cuando abro la ventana, la agitación del vinagre en las ensalada. Creo que esta capacidad para rememorar se ha acrecentado durante la última semana. Se dibuja el porvenir y lo rechazo, intento no hacer previsiones y, al tiempo, seleccionar los recuerdos para dejar solo aquellos que tienen ese aliento poético que me alimenta.

+ Veo un vídeo en línea de Agustín Fernández Mallo. Habla sobre una compra que hace una librería. Libros, discos [Portishead], un documental sobre Ian Curtis. Un libro me llama la atención: Mapping The Word. Esto me lleva a recuperar un libro, de similar formato, que se titula Mapping London. El vídeo se termina y yo regreso al reposo de los libros de fotografía, tan alejados de la sala de exposición, del museo; y me pregunto por la diferencia entre la sala y esta contemplación desde el enclaustramiento. No insisto y dejo que repose la idea de la foto inserta en el libro, la colección de fotos en un tomo. ¿Son tan distintas? ¿Procesos de canonización disímiles, paralelos o convergentes? La fotografía es una de las expresiones humanas más potentes a las que nos podemos asomar, incluso ahora con la proliferación inflaccionista que arrojan los teléfonos y sus modalidades. El vídeo queda en reposo: la librería, la silueta del escritor, rimeros de libros. Hay una nota de ciencia ficción que había advertido anteriormente en la visita a las grandes librerías de las grandes ciudades, más centro comercial que librería, pero sin dejar de ser librería. Los muros simétricos en que se constituyen las estanterías dan cuenta de otra realidad: el mosaico multicolor que pintan los lomos de los libros bajo esa enfermiza iluminación [tan propia del centro comercial]. Ya es tarde. ¿Mapear, tal ver mapear o, mejor, mapping?

+ [Mapping London]. He abierto el grueso volumen y he dejado que mis ojos vagasen por los planos de la ciudad de Londres. Qué extraños son los mapas, me digo en consonancia do F-M, cuánto encierran en sí más allá de su propia y necesaria funcionalidad. Pienso en las veces en que C. y yo vagamos por las calles de Londres, plazas y parques, cafés, tiendas o, remotas y desiertas salas, de exposiciones, ignorantes de todas las capas que se superponen mientras nuestro deambular discurre. Tras los portales, árboles o designaciones se esconden mundos que siempre nos resultarán ajenos. Extrañas nomenclaturas, extrañas numeraciones. En una ocasión, C. y yo, nos perdimos y estuvimos dando vueltas en círculo o elípticamente por algo que se denominaba los Cliffle(-s). No sé, no recuerdo bien. Por un momento pensé que se refería a Acántilados Rojos, algo que me parecía muy poético, pero no era así pues era Red Cliffle y no Red Cliff, o, tal vez, resultaban equiparables. No lo sé, no he investigado. Recuerdo que todavía no existían los mapas electrónicos y nos servíamos de una gruesa guía de bolsillo (!). Caminábamos y aparecía el mismo tramo de calle. Era misterioso aquel extravío. Finalmente, recuperamos la senda y salimos de aquel laberinto camino de Earls Court. Ahora veo estos mapas dispuestos cronológica y temáticamente. Es todo un repertorio que exige un estudio o una reflexión, pero no tengo intención de realizar nada más allá de ver en sí mismo, sin pretensiones. Dejo que una incierta abulia los recubra y termino por abandonar la contemplación de los detalles. El tiempo se adelgaza por momentos y parece muy escaso. Llevamos casi un mes de encierro y apenas es un suspiro. Todo se hace relativo con una intensa facilidad. Es hora de recoger y dormir. Mañana será otro día, uno más. Duermen los mapas de Londres como duermo yo, como duerme la gatita en su felicidad de siestas en el invernadero y comidas apetecibles al medio día y al declinar la tarde. ¿A dónde se ha ido aquel Londres nuestro?

+ «Se había hecho fácil hacer buena poesía, y por eso era tanto más difícil convertirse en buen poeta», [en] Verdad y método H-G Gadamer.

+ Escucho a Bach, István Várdai: 6 suites para cello. La reproducción en línea son casi dos horas y media. Me sirve de cronometro. Sé cuando termine la música es momento de un cambio de tarea. Me dejo llevar y consigo una paz solida, que tiene un reflejo en mi estado de ánimo. Encuentro en la música lo que no hay en ningún otro lugar ni tiempo. Este recogimiento, la debilidad de lo material y la soberanía de lo sutil. Una contradicción paradójica y agradable. Soy yo y el movimiento que se intuye en el deslizarse de los dedos sobre diapasón del cello. Sé que es difícil transmitir esta sensación, en un salto que se aproxima a la sinestesia me imagino en una playa hacia las once de la mañana, con poca gente, me baño y siento esa fuerza del agua salada, la oposición que mi cuerpo intenta contra la olas, el sonido de las gaviotas y el reflejo del sol sobre la pulida lámina de agua: inabarcable. El verano que no será, pero que vive tanto en la música de Bach como en el recuerdo, porque así yo lo decreto. He terminado la jornada de estudio. Otro día que no volverá.

+ Imagen: recorte de Londres; tal vez en el 2014, tal vez un año más tarde.

sábado, 11 de abril de 2020

Encierro (4)


Madrid-Argüelles

+ El número cuatro tiene une especial protagonismo en este encierro y no se trata de que yo le atribuya propiedades especiales o una razón que explique los avatares, alegría y tristezas de este momento. He organizado mis ejercicios en series superpuestas de cuatro movimientos, leo en grupos de cuatro y cuatro son las comidas que realizo a lo largo del día. Esta es la cuarta semana y en ella celebro algunos logros, pequeños logros que me han dado una satisfacción bien fundada. Resulta agradable ver que el camino que se trazo está bien trazado, que responden los objetivo a lo que diariamente se cumple. Reflexiono, me detengo y en papel, con cuidado, dibujo el número cuatro y me digo: qué gran suerte tener el privilegio de mi modesta investigación. Más importa el camino que la meta, que no deja de ser la cuarta versión de una cita del Quijote.

+ La lectura de Foucault es más que una manera de llenar el tiempo, es el tiempo en sí. Soy un impenitente lector de Foucault y nunca llegaré a la totalidad de su obra, pero esta característica me viste de una aristocracia callada y particular. Pienso en la afirmación: la obra de Foucault es una caja de herramienta, como todo libro [quizá fue el propio F. el que la pronunció, refiriéndose a cualquier libro, a cualquier lectura, ¿cualquiera?]. Dejo esta redacción y regreso a su Lectura de Kant. Una introducción.

+ Libros de fotos: para ver sin prisa. Estudio las fotos y dejo que el tiempo pase. Una taza de té. El vapor asciende, la voluta, el fresco tacto de la hoja, la hoja verde, un sabor que aglutina el recuerdo. ¿La magdalena? Fotos que hacen que piense en viajes. Las fotos me intrigan, esa capacidad para doblegar la realidad. Prefiero el color al blanco y negro, lo espontáneo a lo calculado, lo cotidiano a lo excepcional. Libros de fotos que me acompañan de la misma manera que uno encuentra a un viejo conocido y toma un café rápido y cordial. Lo súbito frente a la larga pausa en la que nos han sumergido.

+ Christian Louboutin: documentales en línea. Sobre el trabajo, el éxito y el buen gusto que se basa en la imaginación, el humor y la calidad. Creo que este acercamiento al mundo de la moda se puede considerar un género documental. En otro tiempo vi documentales sobre Alexander Mcqueen, La Maison de Coco Chanel,  Karl Lagerfeld. Me maravilla la destreza de los diseñadores, su capacidad de expresión mediante el dibujo, el paso del boceto a la realización plena del objeto final. La genialidad y la visión se unen para ofrecer atuendo carísimos pero perceptiblemente misteriosos y netamente estéticos. El misterio del atuendo, su prolongación, la constitución de la personalidad mediante el aspecto físico. En este sentido recojo una idea de Ch. L. donde expresa su convicción de que el zapato sostiene ese andamiaje que resulta ser la elegancia, que estiliza la figura y la dota de coherencia en el movimiento. Lo sé, es frívolo, pero la frivolidad en estos momentos no es una compañera impertinente, consciente de su naturaleza sabe retirarse en el momento oportuno, pero yo acepto y agradezco su salvífica presencia. Cierro el documental, apago el ordenador y caigo el sueño profundo y reparador.

+ Hay una suerte de elementos que se adhieren al personaje televisivo: el tertuliano. Ropa, peinado y gestos. En la trasera, pero siempre a punto de emerger, estudios, trayectoria y ambiciones. La alianza de estas dos caracterizaciones nos permite una primera clasificación. Veo un fragmento de un programa y trato de suspender mis ideas sobre la prensa. Los veo en la distancia, los observo, dejo de escuchar lo que dicen y me centro en sus gestos y en su atuendo. Toda la expresión pasa por insertarse en el contexto que se da en el estudio: luces, colores, formas. La seriedad frente a lo ligero. ¿Es conveniente crear un personaje o todos somos más personaje que persona? La elección no es libre y se somete a lo dictado por el nicho que ocupas, parece decirme un voz tras de mí. Lo sé, yo soy de darle vuelas a la cosas: «Aquí, dándole vueltas a unas redondillas», respondía a la pregunta de mi directora: «¿Qué tal estás, F.?». También abandono la reflexión, que se ve sustituida por el sueño que la siesta ofrece.

+ Llega el miércoles. Los días son todos iguales, y eso me gusta. Mi relación con el tiempo está determinada por depuradas rutinas, rutinas que establezco con mucha facilidad. La rutina de este diario se mantiene durante seis años. Me levanto temprano, muy temprano. Desayuno, estudio y hago ejercicio. Otro poco de estudio, como, duermo la siesta. Más estudio y el día termina. Entre todo este mas de tareas surgen islas de esparcimiento. Acudo a la red en busca de expansión. Recuerdo una idea e indago en ella. Digamos: un autor teatral judío del siglo XVII que se refugió en Amberes y terminó condenado por la inquisición en Sevilla. A raíz de la anterior, me entero que Spinoza tenía en su biblioteca algunos volúmenes de poesía española aurisecular. Góngora, por ejemplo. La rutina sin adornos no merece la pena. La amplitud de la lectura parece tender al infinito y, así lo creo, no me equivoco.

+ Jueves Santo y Viernes Santo. Qué diferente esta Semana Santa, que similar a otros momentos. Todo tiende a desvanecerse en el olvido.

+ Imagen: del último viaje a Madrid. Una vieja escalera, un viejo ascensor.

sábado, 4 de abril de 2020

Encierro (3)


arzúa-000-2015

+ Hemos superado otra semana, otra prueba. Otra prueba más. ¿Hay poco que contar? La vida íntima del estudio es muy amplia, pero hermética. La comunicación que se puede establecer no deja de pasar por la escritura. Una escritura técnica, precisa, depurada. El relato es un relato lejano y espaciado. La distancia lo define ya desde el primer momento: la persona que habla, bien una no-persona, bien una indefinida primera persona del plural. Este punto de partida está también en el propio trabajo de investigación. La distancia, esa herramienta.

+ ¿Contar? ¿Numerar, relatar, la consideración, confiar? He colocado entre interrogaciones algunas de las acepciones del verbo 'contar' que ofrece la RAE. 'Contar', del latín compuntare.

+ Una conocida cita de Kant: «La naturaleza, en lugar de ser algo dado, es un producto de la conciencia».

+ Toda realidad está construida, resulta ser el producto de la acción humana, individual y general. Así, mientras esta idea vuela sobre mi habitación, donde estoy encerrado, llega la noticia de la muerte de una mujer relativamente joven, es decir: con una edad próxima a los cincuenta años. La juventud, llegado un momento, es un punto de vista, una construcción interesada. No hay nada dado, salvo la muerte. La extinción es incontestable y definitiva. Es mi hermano quien me da la noticia y me dice que ha sido un fallo cardíaco no relacionado con el corona virus. El trabajo de la pandemia carece de voluntad, carece de finalidad, pero necesitamos otorgarle características humanas a su discurrir.

+ Pequeños problemas informáticos que hacen que pierda un tiempo precioso. ¿El tiempo se pierde, pero a dónde va ese tiempo perdido? ¿Lo recobra la magdalena o cualquier otro artefacto propicio para el rescate? El otro día comencé a escuchar a un ensayista en la radio. Hablaba sobre el tiempo, pero me quedé dormido y el sueño fue plácido. Solo puedo recordar el inicio de su intervención. Comenzaba con el análisis de la curiosa expresión que sucede a la pregunta ¿qué haces? Estoy matando el tiempo, responde alguien. El tiempo. El tiempo, en principio y en apariencia, no tiene entidad y nos podemos inclinar por pensar que es un facultad humana que configura la percepción o es un concepto sin reflejo en la realidad física, salvo para hacer cálculos [que no es poca cosa]. ¿Un constructo? Mi ignorancia en materia científica y filosófica es amplia, pero, en cualquier caso, nosotros no matamos el tiempo sino que es el tiempo el que nos mata a nosotros, pues nuestra sustancia no es otra que tiempo y ese su constante y cruel fluir que termina, siempre, por derrotarnos. A dónde han ido nuestros viajes, los viejos amigos, el sentido de aquella ilusión que ni siquiera recordamos. Ay, el encierro acentúa esta tendencia a la melancolía que parecía dormida. Escojo la nostalgia y rechazo la melancolía, pero, finalmente, me centro en este momento que no ha de volver. El problema de la instalación está resuelto y todo parece más claro y sencillo, más nítido.

+ En busca del tiempo perdido. Qué gran título, mejor:  A la recherche du temps perdu.

+ Descanso en las instrucciones que me he dado para llevar a buen término el encierro: lectura y ejercicio, descanso y estudio, vídeo conferencias y conversaciones telefónicas. Este mismo diario, como compromiso semanal. Otro puerto al que llegar cada sábado, con puntualidad: 7:30 de la mañana.

+ C. me habla de Ca. Está triste porque no ve a su hija, preocupado por su trabajo y por la salud de R., su mujer. La contemplación del desastre nos acerca a la esencia de la vida, nos da el tono absurdo de la vida. La angustia y el aburrimiento son finos bisturíes que realizan la autopsia de lo vivido, de la vana carrera hacia la nada. Entiendo que todo es susceptible de sufrir una inversión, creo con firmeza que constatar esta única verdad nos puede conducir a la celebración de la vida, pero, también sé, no es fácil ofrecer al que sufre consuelos propios de la celda de estudio, de la contemplación lejana del dolor de los hombres y mujeres. Pienso en Ca., en su trabajo precario, en su hija, en su mujer, en su casa, en su biografía y los reflejos que tiene en lo diario. Concluyo que es una buena persona; sin embargo, ser buena persona no te libra del dolor, es más: lo acrecienta. Hoy es domingo, todavía faltan, como poco, dos semanas de encierro. Dejo ese pensamiento y regreso a mi indagación en la hermenéutica. ¿Frivolidad? ¿Solo dos semanas?

+ He construido un castillo durante los últimos quince o diecisiete años; ahora me protege, pero nada existe indestructible. Confío en su resistencia, al tiempo que sé de sus debilidades. ¿Frivolidad?

+ ¿Frivolidad? Lo frívolo estaba hasta hace un momento aquí, con nosotros. Hoy se ha desvanecido, aunque no totalmente. Las comidas elegantes, los comedores lustrosos, el brillo de los licores caros. El veneno del lujo y el juego, la apuesta y la risa. ¿La risa se  puede equipar a la frivolidad cuando realmente es una herramienta para luchar contra ella? Reviso papeles, leo, escribo. Cambio un programa en el ordenador, hago ejercicio, me reconcentro, respondo correos y leo correos. Un hilo que se mantiene. Dejo las frases inacabadas, las remato y se mantienen sin pulir, sin ese necesario cepillado [qué hermoso símil el la carpintería y la ebanistería]. Frivolidad me digo y veo que debo usarla en mi beneficio y en beneficio de los míos.

+ He iniciado una temporada de ópera en mi claustro, mi enclaustramiento. Primera, Falstaff, de Verdi; segunda, La Traviata, también de Verdi; tercera, Tosca, Puccini. La sucesión de la música, la escena, el vestuairo y la interpretación me alejan de mí mismo. La disolución del yo en este fluir se agradece. El arte se impone a la vida, siempre.

+ Pensé en dar cuenta de mis lecturas y se ha desvanecido el propósito. ¿Regresará?

+ Imagen: pienso en un posible escenario y, en sí, la foto que cuelgo tiene un principio de esbozo para este mismo escenario. Lo irrelevante de su arquitectura es una pista para crear una alegoría. La foto la tomé un día de difuntos, ¿tiene un significado o se lo atribuyo yo en mi particular beneficio?

sábado, 28 de marzo de 2020

Encierro (2)


Berlin

+ El ejercicio físico es una medicina. Me he marcado en la lista de tareas tres cuartos de hora diarios de carrera, estiramientos y flexiones. Comienzo a correr y no consulto la hora hasta que han sonado cuatro canciones, repito la operación y, más o menos, llego al tiempo estipulado. Una ducha y la resonancia de las canciones y el recuerdo de la energía empleada. Se abre un paréntesis. Quizá demasiado estrecho, pero efectivo. Suena el reloj en el silencio de la habitación y veo que me agrada su caminar. Leeré, estudiaré y, luego, no haré nada, mientras espero al sueño. Otro día que se desvanece sin dejar apenas nada. La vida.

+ El camino de la lectura es sinuoso. A pesar de tener un plan previo trazado se van abriendo posibilidades nuevas. Las estudio en detalle y me resisto a seguirla: qué peligro la dispersión. Regreso a la tarea y me doy cuenta de que el propósito de culminarla es una entelequia, necesitaría la eternidad para poder atisbar su consecución. Es decir, la clave reside en la selección y segmentación. Trabajo en ello.

+ Hay momentos para informarse y momentos para dejar a un lado la información. Le repito a mi hermano la frase: no hay hechos, hay interpretaciones. Lejano me resulta el periodismo y sus sacerdotes, obispos y cardenales. Pero están ahí, me dice una voz tras de mí. No lo niego, pero la cápsula me permite ciertas licencias.

+ Hoy, día 24 de marzo, mientras realizaba el ejercicio diario regresó la imagen de Berlín. Pensé en las amplias avenidas de la parte Este de la ciudad, en el trayecto que hicimos en tren para visitar Sachsenhausen, el campo de concentración: planicies y leves o vaporosos árboles; pensé en las personas que bebían cerveza en el metro, de regreso a sus casas, aquellas botellas de medio litro. Los rostros y la contención en los gestos. Ahora he cogido de la estantería el libro Los años de Berlín sobre la pintura de George Grosz. Esta tarde lo veré con detenimiento, trataré de recuperar una idea sobre el cabaret y los años previos al ascenso del nazismo, a la guerra, la barbarie, los campos de concentración (un recuerdo que permanece y emerge en los momentos más inesperados). Lo sé. Son puntos de conexión con un mundo que se intuye y se hace propio. Es en ese maremagnum donde me defino. (También en el ejercicio físico).

+ La frase, el lema que nos acompaña en el encierro: «No hay hechos, hay interpretaciones», Nietzsche.

+ En el televisor, durante un momento, escucho un análisis de las curvas del crecimiento de la pandemia. No puedo hacer nada, si pudiese lo haría. La impotencia se resuelve en el trabajo que me permite mantener alto el ánimo. ¿Cuándo comenzó todo esto? No lo sé, es algo difuso. Yo lo intuí cuando a mediados de febrero estuve en Madrid. Alguien se rió de mí por tomarme la temperatura a diario, hoy no creo que se ríese. Puedo ver el material que hierve, que luego habrá de reposar, de ahí se habrá de extraer lo que la historia muestra, la historia de las causas y de los efectos. No es momento de emitir juicios, es preciso postergarlos.

+ La disposición de los días y sus tareas es fundamental. Pero ya lo era anteriormente al encierro. Esta disciplina no deja de ser una prolongación de la anterior. Se confirman mis sospechas sobre la vida sana: estudio, deporte y ocio. El trabajo es muy importante, el estudio es en sí mismo un trabajo.

+ El periodista tiene una foto de Baudelaire en el salón de su casa. Me parece paradójico. ¿Baudelaire?

+
A esta hora temprana la música electrónica flota en un extraño plasma. Cierro el archivo musical y regreso al silencio. Regreso a la lectura, al leve sonido del segundero del reloj que preside la estancia. He establecido una serie de márgenes en lo diario, límites que se fundan en las rutinas y en la disciplina: estudio, ejercicio, estudio, comida, siesta, estudio, información, lectura. Entremedias, conversaciones telefónicas y vídeo-conferencias. Se sostiene la rutina, esa bendición tan denostada [recuerdo conversaciones en las que se despreciaba su naturaleza por aburrida y vulgar, enfangada en lo cotidiano, ese infinito ámbito que hoy esta no roto pero sí en un durmiente estado de postración]. La música electrónica define un momento, una pausa, una baliza en el día a día. Pronto pasará todo, entonces será el dominio de la historia, las posibles explicaciones, la constitución del objeto académico.

+ Imagen: yuxtaposición (Berlín) .

sábado, 21 de marzo de 2020

Encierro (1)


Madrid-febrero

 + Sábado día 14 de marzo del 2020. Comienza el encierro voluntario debido al coronavirus. ¿Voluntario? No todo está claro, pero nos aproximamos a nuestra nueva situación con cautela. Libros, café y música. No necesito más, yo estoy preparado para el encierro porque es una situación que no me resulta desagradable. Mi pequeña cápsula me devuelve una existencia muelle.

+ Daré cuenta de mi lista de libros para el encierro.

+ Espero no equivocarme y estar preparado para el encierro. Anoto la primera semana y me acuerdo cuando también anoté titutulé las entradas 'Días de transición'. No hace tanto y es ya tan lejano, ese tiempo que estuve postrado por mi lesión en el codo del brazo izquierdo, la rotura del radio. Seis semanas. ¿Qué queda de aquello salvo un difuso recuerdo? Pesa el presente y todo lo que no sea presente poco importa, salvo para darle sentido, explicarlo, comentarlo. No es poco el sentido, la explicación o el comentario. Reflejo y reverberación. Otro comentario, otra conversación telefónica.

+ La peste, Camus.  A ratos, sin mucha voluntad, una lectura débil, sin compás. Leo a ratos y no avanzo. Verdad y método, Gadamer. Un trabajo en sí mismo. La palabras y las cosas, Foucault.  Otro trabajo, que también se equipara al estudio. Fortunata y Jacinta, duerme mientras no se restablezca la normalidad y pueda regresar al gimnasio.

+ Sospechas sin confirmación. Evito los noticiarios, dosifico la información. Un alejamiento de la realidad, una modificación de la realidad. Un algo espiritual y literario. El encierro es un espejo. ¿Qué vemos en el espejo, qué podemos esperar del reflejo que nos arroja? ¿Un nombre, una fecha, un recuerdo?

+ Necesito establecer protocolos, listas y tareas a completar. Una manía. ¿El orden? Cierto orden con posibilidades de expansión. En este momento resultan de gran utilidad. Son estrategias para lograr un objetivo, pero ahora toman otro cariz. Se trata de medicamentos para rehuir la distancia, para alcanzar una paz que permita continuar con el día a día. Rechazo la mala fama que tiene la rutina. La rutina establece un orden y el orden, como una estructura no visible, hace que lo solido se imponga a lo líquido. ¿Será esta la próxima transformación? ¿La concreción de lo líquido, su solidificación? Poco a poco, se irá mostrando. El proceso está larvado y nacerá, sin duda, mientras me centro en la rutina como el que se sume en la oración, sin pensar, sin esperar nada a cambio.

+ El severo encierro comenzó el lunes, ya no se puede elegir. Fui al trabajo y al cabo de una hora regresé a casa. Debo leer un fragmento de Marco Aurelio, me dije. Una máxima, nada más. Leí la máxima y cerré el libro. Puse algo de Daniel Darc. Nací yo también mayo, espero que mayo sea un renacimiento, ahí pongo mi mirada: en este horizonte. Los libros, la escritura, la transparencia de C. en la distancia. Aunque sutiles, las relaciones personales apuntalan lo diario, en la distancia y materiales en la vídeo conferencia. El encierro es materia de apunte, qué no es materia de apunte.

+ Imagen: de camino a mi destino me encuentro con los árboles recién podados, han dejado esas pequeñas bolas que penden de las ramas, supervivientes de la poda. Entiendo un acento escultórico, el recorte contra el cielo rompe el contexto [esa técnica]. Madrid, todavía en invierno, febrero.

sábado, 14 de marzo de 2020

Artefacto

marzo-1955

marzo-1953

+ Comienzo la lectura de Fortunata y Jacinta. Resultará inevitable la comparación con Zola. Se tratan de mis lecturas en el gimnasio, mientras quemo calorías en la cita continua (como un hámster). Una cápsula. Construir cápsulas y establecer fronteras. ¿La lectura es una frontera?

+ Se ha instalado una extraña desconfianza hacia las artes plásticas tras la visita al Museo del Prado. Hace pocas semanas que me asalta la idea de la incapacidad de comunicación de las imágenes, la tendencia a la persuasión tan acusada que muestran. Recuerdo la afirmación sobre los textos griegos y las esculturas griegas, mientras los primeros sin conocimiento son impenetrables, las segundas tienen una conexión con el espectador, que a falta de la profundidad del objeto y sus derivaciones sí se pueden captar ciertos rasgos que están en la obra. Recuerdo la afirmación pero no el autor. Las posibilidades expresivas y comunicativas de ambas disciplinas artísticas ocupan ciertos paréntesis de lo diario, aunque la etiqueta “disciplina artística” me parece insuficiente.

+ ¿Son modos de comunicar, la escritura, la pintura? Recuerdo cuadros, en especial recuerdo a David Hockney. Uno, según cumpleaños, constituye un canon móvil de escritores, pintores y músicos. Esta triada es la que me ayuda, me cuestiona o sobre la que discuto. Se han asentado como se asienta el poso. La decantación y la sedimentación parecen arrojar explicaciones [variables] sobre el vasto universo que hemos elegido como objeto para contemplar, para estudiar, sobre el que escribir. Es más, quizá existan momentos en los que la comunicación sea algo secundario, prescindible, redundante. Y, así, llego a la lectura de los espacios que propone Foucault. Cuadriculados, recordados, abigarradamente coloridos. Espacios comunes, de paso, privados, íntimos. Un mundo, pero tengo presente los interiores de Hockney porque es  una instrucción de lectura, la lectura de los espacios.

+ En la primera hora de la mañana mientras Europe1 desgrana noticias sobre el Coronavirus. Mi juicio está en suspenso.

+ Regreso a la idea del primitivismo anarquista, tal vez ni siquiera sea un término correcto. Me parece que el diagnóstico es correcto: la tubo modernidad tecnológica y  la vida en el planeta son incompatibles. Dicho esto, ¿quién está dispuesto a renunciar a sus comodidades o a encaminarse a la extinción de la especie? Veo la foto de Thoreau y me digo que no. Yo no quiero vivir en  el bosque porque el bosque es un lugar inhóspito. Me gusta contemplarlo como el que ve al tigre en la jaula. Sin proyecto avanza la historia, después se corrigen los desmanes.

+ Comentar el mundo / evitar la descontextualizacion. [Dos máximas que me aporta Eduardo Momeñe; una vía de investigación]. Es un binomio adecuado para visitar exposiciones, más allá del dualismo: bueno / malo.

+ Daniel Darc - C'est moi le printemps. Vuelvo a escuchar la canción, en esta primera hora de la mañana del lunes. Me gustan esas dunas que se ven en el vídeo, el coche, el ambiente. La línea del horizonte. Un ritmo sencillo y una melodía que tiende a lo ingenuo, un contraste con la melancolía de la letra, su profundidad. El sencillo discurrir de la melodía trae consigo pronombres no utilizados, colores y escenas. Ahora estoy dispuesto a comenzar el día, tras el el sueño reparador, la tranquilidad del momento, en la expectativa sanitaria que tiene una traducción en crisis económica y social. Una cita de D.D., de su canción: «Un ange déçu, ange de néon Un ange de plus, ange de néon».

+ El tema es el coronavirus, presente desde la primera hora hasta el final del día. La crisis económica y social habla de nuestra época. Hay un punto de terror medieval en el relato que establecen los medios de comunicación. No hay un análisis adecuado, salvo el que realizan los expertos. La crisis es la retransmisión en directo de un espectáculo con grandes posibilidades, extensión de lo imprevisto, amplificación de lo paradójico. No es posible una opinión mesurada, la suspensión del juicio es precisa. Carecemos de datos fiables y todo está por escribir. Lo leeremos, pero por el momento se debe esperar.

+ Abro y cierro un paréntesis. Gadamer, por ejemplo. La lectura en la última hora del día, la sensación de penetrar con mayor profundidad en su Verdad y método. ¿Solo es una sensación? Ahora se iluminan las sombras y veo aquello en que no había reparado en un primer momento. Todo cobra sentido y mi intuición se aproxima bastante a lo que había previsto o adivinado. Indicios difusos que se concretan. He aprendido algo, que se muestra y tiene que ver con la lectura misma: el momento condiciona el sentido. El sentido, esa razón del lector, que completa las razones del escritor (ya difuminado en su imagen deletérea).

+ Una partitura o la equiparación de la lectura y la interpretación musical. «Je vais marcher au hasard sur la pluie» (Daniel Darc)

+ Imagen: se opone el teléfono en la tienda al cuadro (de Dalí) en el museo (MNCARS), la yuxtaposición arroja posibilidades de sentido que no se han previsto, pero eso ya no es asunto del que inserta las fotos, queda el que ha disparado transformado en uno más que ve las fotos, sin mayor autoridad.

sábado, 7 de marzo de 2020

Diferencia y desplazamiento


cuadro-eléctrico.j-sigloXX

 + Volví a encontrar otros ejemplos en Germinal sobre “el gran silencio”. Toda una imagen. El silencio extiende sus dominios sobre la novela en los momentos cumbre. Lo he tomado para mí. Antes de dormir pienso en aeropuertos vacíos y silenciosos, en su arquitectura, sus espacios y en el vacío. Una imagen zen, para la reflexión. No hay nadie en el bosque, una música que suena sin espectadores, el cuadro en la oscuridad del museo cerrado. Quizá ni siquiera existen. Allí me lleva ese gran silencio. La novela llega a su fin y tengo una idea de totalidad que me perturba. Llegar a esa conexión un propósito del escritor me hace viajar al pasado, al tiempo de los folletines. Me pregunto que si es esa sensación de totalidad parecida a la que tienen los que ven series hoy en día, los que las ven de un tirón. Más allá de esa reflexión sobre su recepción, admiro la mezcla entre crónica y novela, esa natural ambigüedad del novelista, que se aproxima a un científico social. ¿El sociólogo y el economista ocupan hoy en día el espacio del novelista decimonónico desde las tribunas que les ofrecen los medios de comunicación? Sé que esta lectura esta restringida a la arqueología, pero eso no es un problema, al contrario: es una virtud. Me otorga un prisma para observar el presente.

+ Los días se desvanecen y se desplaza el sentimiento provocado por los ogros. Ahora son una difusa estampa que se disuelve en el líquido olvido. Lo vi ayer, desde mi coche. Un relámpago que rápidamente desaparece. Lo observé durante un breve instante. Valoré su atuendo, sus gestos, el rostro entrevisto. Nada. La sensación de disolución estableció un límite. Los límites son tan necesarios.

+ [Entrevistas - Diálogos entre profesores de filosofía y escritoras brillantes]. Determinar la razón de la escritura y la lectura resulta ser un índice que revela razones subterráneas de nuestro momento histórico. Como leer una suerte de conciencia paralela y determinante. ¿Tiene sentido el prestigio que otorga la publicación de un libro en una editorial emblemática? ¿Se puede vivir de la literatura y la actividad de la escritura es equiparable a cualquier otra actividad retribuida? ¿Los buenos sentimientos impiden la literatura y la literatura es un campo de batalla anárquico que se ordena como los posos se decantan en lo vinos añejos? Son tres preguntas que me hice mientras escuchaba con atención la entrevista que Ernesto Castro le hacía a Cristina Morales. Se desvanecieron las preguntas en la gran verdad: la muerte del escritor, R. Barthes. Como colofón, es pero que me llegue el aviso de la biblioteca: el libro de C.M. está a su disposición, Lectura fácil.

+ Me parece necesario leer Lectura fácil.  Ay, mis urgencias, mis paradojas, un margen elegido que se construye a diario. Sigo viendo vídeos en red. Pierdo el tiempo (?) y me dejo llevar. ¿Qué es lo que me interesa? ¿Soy yo o la investigación sobre cómo se trama una vocación y un modo de vivir? ¿Vivir sin dinero, trabajar sin cotizar? ¿El margen? ¿Conspiraciones? Al final, me interesa el espíritu del tiempo, ese espesor de los días y las noches. La novela y su pervivencia en el siglo xxi, pero también mi rechazo a las ‘series’. De hecho, una vez terminada Germinal me di cuenta de que resultaba una narración muy antigua, demasiado cerrada en sí misma, una estructura contraria a lo que hoy podemos llegar a entender como desarrollo de una historia. Todo tan bien trenzado. Una disolución. Quizá es lo que busque en la lectura de Lectura fácil. No sé, todavía debo esperar a que quede libre en la biblioteca pública, mientras me conformo con la labor de lima de mi textos, ese texto que estoy obligado a presentar antes del ¡viernes!

+ Mis incapacidades.

+ Confusiones, errores, falta de atención. Me reflejo en todo ese muestrario de defectos que arrastro desde hace años. Los veo y me veo. ¿Soy yo? Sin duda, pero también se establece una distancia. Necesaria distancia. Leo y olvido lo leído. Mi falta de memoria, pero soy capaz de hablar fluidamente en francés, como si en otra vida hubiese sido el francés mi lengua materna. ¿Existe la reencarnación? ¿Era yo un francés disléxico? ¿Por qué hay número que se me atraviesan? ¿La construcción de un personaje es equiparable a la constitución de una profesión? Las lagunas me constituyen, los ríos que terminan por no desembocar en ningún lugar. Simplemente, aquí escribo, aquí me diluyo.

+ Esa necesidad de encontrar una pregunta, esa necesidad es la que guía las indagaciones nocturnas en el ordenador conectado: entrevistas, vídeos, juicios. Para no llegar a ningún lugar, salvo al inescrutable punto de partida.

+ Un trabajo terminado. Un algo que se cierra, un paso. Otra cosa, otra tarea. Se suceden los días y los días se llenan con obligaciones, algunas impuestas otras que hemos abrazado. ¿Es esta la espuma de los días o son los días mismos? Cabalgo la ola, me dejo un momento y el paisaje es otro. Soy yo el que se desvanece, la tareas a penas me retratan. Estoy ahí, en la ola y en el paisaje, en la lluvia y en la niebla.

+ Imagen: hice la foto en Madrid, en un portal. Es un sistema de timbres eléctricos en desuso. Lo observo, centro mi objetivo y disparo. Ahora me pregunto por la razón que me llevó a elegir el motivo y por qué ahora lo inserto en esta entrada. ¿Es algo que tiene que ver conmigo, con mis incapacidades y mis victorias? Que emblemáticamente permanezca la foto lo dice todo.