sábado, 27 de julio de 2019
Continuidad
+ Estudio, trato de estudiar. Suena la 5ª de Mahler. No puedo continuar con la lectura, debo esperar a que termine la música, en concreto: el adagietto. Termina y escribo esto que lees [si es que estás ahí]. He llegado a la conclusión de que debería estar prohibido utilizar ciertas piezas para ilustrar campañas publicitarias, películas o noticias, cortinillas de promoción televisiva. Es un pecado, sin duda, un pecado mortal. He visto cómo se destrozaba Vivaldi, Bach o Beethoven, pero también a los Beatles, por poner cuatro ejemplos que se suman a Mahler. Aunque La muerte en Venecia sea una película memorable, el adagietto debería permanecer libre de toda interferencia. Me paro y creo que este subrayado se debe a una tendencia que se está acentuando: mi tendencia a recogerme sobre mí mismo, a construir manías y descartes. ¿Soledad o elección con una argumentación solida? ¿Tiene importancia? Me recuerdo conduciendo y selecciono aquellos pensamientos que me atacaron: como el río revuelto que trae con la corriente los restos de las tormentas, la marea que arroja a la playa los restos del naufragio. Lo sé, debo volver a la lectura y debo abandonar estos excursus que a ningún punto se dirigen, sin embargo las divagaciones son parte constituyente de mi sustancia, a mi pesar. ¿A mi pesar?
+ Me desdigo de lo anterior: Kubrick supo elegir músicas más que adecuadas a las secuencias de sus películas. Desdecirse: me constituye; también. En ello descanso, en asumir lo que soy: cuando me gusta, cuando me disgusta.
+ Las marea sube, la marea baja. Conozco bien sus movimientos. Me dejo llevar, lo siento y creo entender un mecanismo que se relaciona con el pasar de los días, con la llegada de las estaciones, con la caída de los años. Pero este mecanismo, cómo no, tiene que ver con el estado de ánimo, mi estado de ánimo. Unos días arriba y otros abajo, pero siempre con las tareas realizadas, con pulcritud, en la fecha prevista, en la exacta disposición. Cumplir con la obligación es un medicamento, el farmakón: remedio y véneno, tal vez. La prontitud inexcusable. Así, un día, la rutina se ve rota por razones ajenas las previstas, me molesta y me agrada al mismo tiempo. Necesito un paréntesis, me alejo de la tarea y la siento de otra manera. En otro sentido. En este sentido, un sábado, fuimos a un entierro de una mujer de noventa y cinco años. Mi tía, mi tía política, la cuñada de mi padre. La tristeza provenía más del certificado de la crueldad del tiempo que de la muerte en sí misma: había cumplido su ciclo años atrás, y ya no era desde que se sumión en la demencia, en el olvido cruel, la desmoria y el desvanecimiento de su vida, la consciencia de su vida. Me dije: ya no soy joven, lo sé, o quizás nunca lo fui. Volví a ver paisajes que formaban parte de mi infancia, con su regalo mitológico de lobos, culebras y ceniza [globos de ceniza, según el Conde de Villamediana], y el paisaje en sí no han cambiado mucho, salvo las casas que se desmoronan: es sencillo: una grieta en la cubierta, entre las lajas de pizarra, el agua comienza a hacer su trabajo; sin una reparación a tiempo, la cubierta se derrumba y el viento, el agua y el sol destruyen la madera, todo se reduce a polvo, quedan los muros, y los muros semejan la osamenta de grandes animales que fueron y nunca volverán a ser, extintos ya son una curiosidad de museo, una curiosidad fotográfica. Las piedras lavadas de los muros, la maleza, a lo lejos las esquilas de la vacas, algunos árboles por talar, carreteras que no se terminan nunca, ensanches de caminos carentes de función. El mundo se ha detenido y la naturaleza recupera sus dominios: los caminos se ciegan. Es otro mundo muy distinto el de hoy. Me siento otra vez, con desagrado, un observador, el que escruta el espectáculo de la vida sin participar en ella, pero tampoco ve otra posibilidad. La reflexión sobre los años y la desaparición no me inquieta, tampoco resuelve nada asumir esta condición con estoicismo doméstico, las malas horas vendrán sin que nadie las llame, sin que nadie lo pueda remediar, sólo restará saber situarse ante ellas, aceptarlas y, al tiempo, buscarle una utilidad que no es consuelo: son una vara de medir que disuelve los carísimos coches, las soberbias residencias de verano, la calidad del oro que brilla por efecto de hiriente luz del medio día. El oro resulta tan vacuo que ni siquiera se puede comer, me dijo alguien del que no recuerdo su nombre pero sí su rostro: surcado por las arrugas, los ojos acusos, los labios exhaustos. El entierro fue sencillo y rápido. Quedó en el aire vibrando el final de un mundo, lo sé, mi padre también lo percibió: es mundo que agoniza y él es el último testigo, el último superviviente. Todo será borrado, todo, y nosotros también seremos borrados.
+ Un hombre se despidió de mi padre: «…y si nos vemos por aquí, nos veremos en la otra vida, que será más feliz que ésta». Lo dijo con el mismo convencimiento que antes nos había explicado, cuanto estaba al frente de la comunidad de montes, cómo se arregló el campo de la fiesta, cómo se compraron altavoces para la iglesia, que es otro adorno para Dios, dijo, y afirmó que ya el monte comunal casi no daba nada, tampoco las tierras arrendadas a un ganadero de Madrid. Me resultaba tan extraña aquella fe, aquel confiar en volverse a ver en el más allá como el que habla de verse en Bilbao o en las fiestas del patrón. Esa fuerza ya no es habitual, es la rutina de la erosión: un mundo que perece, como perecerá el mundo de los teléfonos y sus arcanos y oráculos.
+ [Tres listas]: Tengo tres listas abiertas, que voy completando sin solución de continuidad: autores / haces, indicios difusos y condiciones de posibilidad / arquitecturas. Son tres contenedores en donde voy depositando aquello que encuentro referido a sus etiquetas. Los autores que, por una u otra razón, me interesan. Los asuntos que conciernen al presente y al futuro inmediato, desde una punto de vista político, social y económico. Las arquitecturas que responden a una idea de vivienda individual y autosuficiente, mínima y enfocada hacia la lectura; como si se tratase de la celda de un monje. Ahora reparo en ellas, pues sus títulos coronan las tres libretas electrónicas que tengo abiertas en este mismo programa, este programa donde ahora escribo esta entrada. La triada, junto al blog, conforma un proyecto de taller o laboratorio, que me sirve en mi indagación en la realidad cotidiana, en lo que me afecta y me preocupa. Es una útil herramienta, y es una herramienta muy sencilla.
+ La indagación en lo propio exige determinar, en primer lugar, qué es lo propio. Lo propio es variable, en mi caso. Propio son las arquitecturas individuales para estudiosos, celdas monacales insertas en el siglo XX con proyección en el siglo XXI. Propio es el intento por concretar un dominio de estudio y explorarlo sin tener muy claras las dimensiones y su topografía. Propio son las seis de la mañana y la radio-escucha de Europe 1 en línea. Propio. Me disuelvo en la posibilidades de los cotidiano, en su extensa e inasible realidad, una transición suave que resulta complejo segmentar, establecer una taxonomía, llegar a una conclusión. Es el cambio fluido de lo diario donde se insertan todas las propiedades que componen los intereses y los rechazos. Así, son las seis de la mañana y hoy termina la semana laboral, mañana estudio, pasado estudio, luego llegará el sábado y tendremos media jornada de estudio. A base de insistir, el objeto toma forma. Ese es el aprendizaje de lo propio: permanecer en lo elegido, sin desfallecer, sin desánimo o con la necesaria flexibilidad para vivir en con su presencia sin permitir que nos gane la partida.
+ Thomas Bernhard: escribir para ser como él, para alcanzar su status, pero en realidad él escribe así porque el es así, primero es la persona y luego la escritura, nunca en el sentido contrario. Este descuido trae consigo nefastas consecuencias. Acabo de ver un vídeo donde él regresa a su casa en su elegante Mercedes, le espera un periodistas y lo atiende con incierta displicencia. No sé alemán, pero comprendo muy bien qué pasa, cómo T. B. es la figura que es, la figura que permite la literatura que escribe. En esa línea, para hacer hay que ser, nunca en sentido contrario.
+ Imagen: abstracción geométrica capturada en el Serralves. ¿Por qué esta tendencia a la abstracción, fotos que quieren eleminar la posibilidad de un referente?
sábado, 20 de julio de 2019
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+ Paseo por la playa. Un furgón grande con la música alta, sinuosa, rimada: ¿Bad Gayl, Open The Door? Una pareja; beisbolera, tatuajes, anillos, un atardecer acrílico, todos los edificios del fondo, los árboles, la música se detiene y recomienza. Es el siglo XXI, la muerte de las guitarras eléctricas [tampoco hay porque exagerar]. Un poema al borde del mar. Un castillo de arena: reyes que en la mano tienen una llama. El ritmo fantástico del mar, indolente e indiferente: qué son los humanos, ni siquiera se pregunta. Lo sé, soy un observador y cada día que pasa más profundizo en mi condición, me agrada y me aporta un extraño placer. El paseo por la playa cumplimenta los meandros de la semana, pero no va hacia ningún lugar: hablar, un helado, el salitre y la brisa. Volvemos a pasar junto a la furgoneta, sigue el trap. Los observo: son tan fotográficos, es su momento, su tiempo, el tiempo de acción. Contemplar la puesta de sol, el día se ha terminado y hay que conducir para regresar a casa. Lo visto palpita como el sueño palpita tras el despertar.
+ [Un jueves libre, un jueves festivo]. Lejos de las obligaciones laborales, he estado casi todo el día en casa. Hace calor y el verano es un hecho. Acabo de ducharme y pronto saldré a pasear con C. y E. Está bien. Durante el día, a ratos, escribí en mi la libreta de notas electrónica de mi proyecto, tomé café [¿en exceso?] y leí, a ratos también, algunas páginas de Gemma Bovery. Dejo la reflexión sobre su lectura para otro momento y me planteo la idea de Normandía. Veo que la tendencia a Normandía es muy literaria, como lo fue nuestro viaje a Nápoles. La unión de viaje [o si se prefiere turismo, que el término no me desagrada y creo que compone una configuración de nuestro particular momento histórico] y literatura logra un equilibrio adecuado, al que se une el paisaje, la gastronomía y los idiomas.
+ Todo se desmorona mientras los gatos permanecen ajenos. Ésta es la única actitud aceptable. Eso dijo y yo la escuché, sin asentir ni disentir. Entendía que deseaba mostrar un aliento poético, una inspiración más grande lo posible o lo probable [no sé] y se calló. Pensé en cómo ciertas personas se constituyen en escritores y este proceso es el proceso que va de larva a otro insecto: la necesidad de agradar a quien puede dar el necesario dinero. Nada dije, por no violentar aquella vocación. La transparencia no es un virtud. Yo soy un observador, simplemente, terminé por decir. Ella volvió a hablar de gatos, de Juan Ramón Jiménez y de una vacaciones en el Sur de Portugal cuando era niña. Su voz de desvanecía y yo debía regresar al estudio, ya sólo escuchaba la música que me aísla del mundo, la música de un órgano un tanto mecánico y ventoso. La tarde es la tarde del sol y el calor: me desagrada. Nada puedo hacer. Nos desvanecemos ante la indiferencia gatuna.
+ [La utilidad de las novelas] ¿Puedo hacerte una pregunta? Sí, por supuesto. ¿Sirve para algo leer novelas? Sin duda alguna, a mí la lectura de Madame Bovary me sirvió para tener un horrible y paralizante miedo a contraer deudas, hasta ahora me ha resultado de gran utilidad tener presente el desagraciado final de Emma, que sobre todo se debe a la acción de las deudas, el peso del dinero contra la persona. No supe que decir, hablaba en serio o era ironía; con todo, el poso de verdad permanece: la muerte a la que Emma se precipita se debe a las deudas contraídas, de no haber deudas, Emma no se hubiese suicidado.
+ Debo hacer dos recados en el centro de la ciudad. Camino con una cierta prisa, quiero regresar pronto al estudio. Las calles están llenas de gentes y son las once y media de la mañana. Después de recorrer algunas tiendas de ropa me doy por vencido. Subo una calle, bajo otra y me estoy en una plaza: no conozco su nombre. Me paro. Ya son las doce menos cuarto, no me gusta perder el tiempo o, mejor, el tiempo si lo pierdo es con una cierta planificación [aunque parezca paradójico me gusta que lo cotidiano encaje en la cuadrícula que previamente he programado, en fin: manías sin consistencia]. Cuando guardé mi vetusto teléfono en el bolsillo los vi. Caminaban rápido. Ella tenía un aspecto extraño: el pelo rizo, ya totalmente blanco y alborotado, muy alborotado, gafas de sol grandes. Él estaba muy delgado y se había dejado barba, una barba espesa, el pelo muy corto. Observé, desde la distancia, su caminar acelerado y los vi desaparecer. Sentí que el tiempo había pasado, sentí que el tiempo es un tirano implacable. Eran personas de una cierta edad, como yo, los sentí como extraños cuando tiempo atrás eran mis amigos: cuánto tiempo hacía que no los veía. Un día le llamé por teléfono y no me devolvió la llamada. C. lo atribuyó a un cambio de terminal, a la pérdida de mi número y a la costumbre, muy extendida, de no devolver las llamadas a números desconocidos. No sé. C. tiene razón, pero aquel día se desvaneció algo, como si se culminase un proceso. Así, los vi por la calle y me parecieron extraños, una pareja de señores que caminan por las calles de una provincia sin mucha importancia. ¿Y yo? Yo me sentí mal porque el paso del tiempo sólo aporta dolor, un dolor sordo, un zumbido que nos habla de nuestra caducidad, de lo banal que resulta toda empresa humana, de la muerte y su triunfo. Lo dejé a un lado, terminé mis recados y regresé al estudio: el siglo XVII, un lugar del que nunca debí de salir, al menos este sábado.
+ La tarde de este mismo sábado fue tormentosa, en su literalidad: calor, lo eléctrico del aire, el ambiente y su espesor, lluvia pesada: gotas gruesas contra el asfalto y el hormigón. Salimos a las siete con rumbo a Vigo, como hacemos tantos sábados. Qué gustos, me digo, tan poco sofisticados: tiendas, librerías y algo de comer, también cerveza 0/0. La realidad de nuestros descansos: charlar, comentar prendas y leer fragmentos de libros que no vamos a comprar. En una de estas conversaciones le conté a C. el no-encuentro que había tenido por la mañana. Ella es más sensata que yo y dijo que hay un proceso en que los amigos se convierten en conocidos y los conocidos en extraños. Sí, es la propia falta de permanencia que todo tiene. ¿Son las mismas personas que vimos que aquéllas con las que conversábamos en el pasado? No, de ninguna manera. Nadie lee dos veces el mismo libro, porque, fundamentalmente, uno no es el mismo: ese imposible. Seguimos con nuestro periplo y fuimos a pasear a la playa, cuando ya casi no hay nadie, cuando cae la noche. Por el damero de baldosas del paseo se deslizaban patinadores, corrían alegres perros y algunos adolescentes se besaban con verdadera pasión, entrecruzando sus cuerpos como sólo se puede hacer a esa edad. Se acercaba la hora de regresar y nos dijimos que sí, que el día había sido provechoso, a pesar de todo: el aburrimiento, la tarea y los desencuentros con aquél que fui en el pasado.
+ He terminado de leer Gemma Bovery. Finalmente, el cómic me ha parecido un brillante ejercicio. ¿Es malo que una narración sea un ejercicio, que no vaya un poco más allá con una intención más nuclearmente artística? No lo creo, porque desconfío de las intenciones que buscan la esencia sin más. La evaluación es variable: lo que fue un chiste hoy es un ejemplo a seguir. En esta línea, nada permanece, todo es cambio. El cambio es la característica principal de la vida, de lo biológico y de lo social. Partir de Madame Bovary resulta todo un desafío y Posy Simmons lo salva con mucha habilidad, con una sugerencia que es más que una narración, que puede se entender como una lectura de la novela de Flaubert. La historia en apariencia hace que las coincidencias ocupen un papel destacado: los nombres del matrimonio, el aburrimiento de la esposa, los amantes, las deudas, la muerte de Gemma [que rompe la equiparación con la novela de Flaubert. Pero el protagonismo, en mi opinión, es la posibilidad misma de utilizar el material, su recreación o reciclaje. COn todo, entre todos los elementos novedosos, me llama la atención la presencia del panadero, el que lee el diario de Gemma, el que lleva el hilo de la narración; ese desplazamiento de la voz que cuenta: ahí difiere de Madame Bovary, pues el relato de Emma viene a través del frío y exacto narrador constituido en el estilo indirecto libre; en Gemma Bovery estamos ante una primera persona que lee, con inigualable deslealtad, el diario de la protagonista. Un punto más a su favor, la lectura ha sido una práctica de la lengua inglesa, con las entreveradas frases en francés, y, al mismo tiempo, una reflexión sobre la narración, sobre Madame Bovary, sobre el hecho mismo de leer. Ahora descansa en una balda, junto a olvidados manuales de guitarra. ¿Lo recuperaré? Esa pregunta flota en el aire y se desvanece según las obligaciones imponen su rutina.
+ Gemma Bovery invita a continuar otros álbumes de P. Simmons. No sé. No hay mucho tiempo.
+ Imagen: el punto de vista abstrae lo real, lo que por real podemos entender: en un determinado momento.
sábado, 13 de julio de 2019
En el inicio del verano
+ Días nublados de verano, arropados por la música de Pulp. Conduzco por la una carretera que orla la ría, C. permanece en silencio y nada parece perturbar nuestra tarde del sábado: recogidos en el habitáculo que resulta ser el coche. Como un acento de ciencia-ficción, posibilidades que quedaron ahogadas en los años setenta, lo acrílico y lo pop. Un pop interesadamente elaborado: una construcción para el momento. Hay ciertos matices que me interesan especialmente: novelas de Fernández Mallo, pintura como la D. Hockney, paisajes urbanos en la última hora día, poco antes de entrar la noche: luces diseminadas, azules muy intensos que tienden al negro profundo, los semáforos y la pintura reflectante por acción de las microesferas. Maneras de afrontar los momentos, se moldean en función de nuestros intereses. Una lírica sostenida que nos ayuda a olvidar nuestra condición de mortales, la tendencia a novelizar todo. Personas y personajes, ambientes, contextos, inicio, medio y final: reverberaciones y sustratos de lo leído.
+ Acabo de copiar los títulos de unos poemas que comienzan con la partícula condicional “sí”, para tratar de revelar su carácter argumentativo, su naturaleza retórica. Una tarea mecánica que consigue que me fije en una cierta textura de las palabras. Una palabra según se repite termina por desvanecerse, eso lo sabe todo el mundo, pero lo muy evidente no tiene porque ser falso. En ese fluido llegar que todo lo difumina descanso. La tarde del domingo es más lectura y más música, otra larga evidencia.
+ Por cierto: les valeurs des annonces son le pouvoir el l'argent. Reflexiones tengo sobre este particular. La ligazón de ambas palabras, de sus referentes y de los posibles equívocos que suscitan. Llegado a una edad, a veces, no puedo dejar de evaluar las dos circunstancias con prevención. Lo evidente no siempre es lo necesario, he visto el dinero como un obstáculo y el poder como una limitación, pero su atractivo nunca decae: hay que protegerse contra su influjo. Yo no tengo ni una cosa ni la otra. Lo sé, vivo en mi papel de observador del mundo. Así estaba yo tasando indumentarias, gestos y caminares, y recordaba, también, la entrada anterior y la frase de Fanny Ardant sobre la seducción, sobre lo que a ella la seducía: la voz y el encanto. Se trasluce el encanto en la voz y eso no se compra con dinero ni tiene una poderosa traducción de dominios y estrategias. El encanto, como el buen gusto precisa una sociología que desmonte la construcción, que establezca unos diques, que tienden siempre a lo mismo: el buen gusto es una imposición de la élites, o al menos así lo entendido yo. ¿El encanto? Oigo la hermosa voz de F. A. y pienso en la playas de Normandía, las calles de París, los viajes en coche, la música de Katy Perry [v. gr.: «Eat with your hands, fine / I'm on the menu» en Bon appétit] mientras rebasamos Nior [la ciudad más fea de Francia según el protagonista de una novela de Houellebecq], el queso y el foie, el champagne y el steak tartar, iglesias, plazas, centros comerciales, viñedos y rosales (…) Bueno, creo que eso me da una idea de charm que hoy me sirve.
+ Hoy vi dos gatitos. Paré el coche, bajé la ventanilla y los llamé. Miraron hacia mí y maullaron. Bajé del coche y se escaparon. Di la vuelta y volvieron a maullar. Me reí y ellos me miraban. Lo poético estaba cifrado en el azul del cielo, las nubes sin densidad y un aire suave. Etérea, la última hora de la mañana. Los llamé una vez más y se alejaron a saltos por un camino, sin volver la vista, sin maullar. Tenían algo de haikú, otro poco de aristocracia gatuna, la aristocracia de los gatos de campo, que no conocen más ley que la del sueño y el hambre, porque quizá no exista otra ley. Arranqué, sonó un piano intenso en la emisora de música clásica, se detuvo y la locutora habló un poco sobre la tortuosa vida de Mozart, como si el sufrimiento fuese un precio a pagar por tan inabarcable don. Un lunes de julio que ya nunca volverá.
+ Vi un perro abandonado: asustado. Un perro con algo de Basset Hound, pero mestizo al final. Tenía mucho miedo, lo llamé, escapó y se perdió en el bosque. Sé que, finalmente, lo atropellará un coche. Se ve que era un perro acostumbrado a comodidades, el pobre. Quizá tenía hambre. Quizá no lo han abandonado y se ha perdido. Me dio pena, pero yo no puedo hacer nada. Vi como se alejaba por el sendero, como ascendía por el camino y despareció. La pena se distribuye por el paisaje y se ve acogida por la plasmación de la música. Ese plasmarse de la melancolía. Una baliza en el camino hacia la nada, la inefable nada.
+ Un pato se había colado en la autovía. Lo asusté con un escobón y regresó a su mundo, de donde no había haber salido. Hay acciones que compensan la imposibilidad de actuar. El pato por el perro. La vida se compone de extraños equilibrios que nunca alcanzaremos a explicar. Continúa la fluida música de Teleman. No tengo, en este momento, una opinión y es un estado perfecto. Teleman delimita los recortes que los árboles efectúan en el cielo: una sierra irregular y primitiva. No mucho más, la inefable nada: repito.
+ Alguien decía: todo lo que se ve acompañado por el adjetivo “familiar” se transforma en desagradable: comida familiar, viaje familiar, reunión familiar (…) Los peligros más graves nos acechan en lo cotidiano, siempre.
+ Esta semana comencé la lectura de Gemma Bovery [que no Emma Bovary]: un cómic comprado en una librería cibernética del Reino Unido. La historia de una londinense que se muda a Normandía con su marido, un divorciado algo mayor que ella y con ciertos parecidos con Charles Bovary [de hecho se llama: Charlie]. Todo sea dicho, si compré el cómic fue por el viaje a Normandía que se aproxima [hablamos de finales de septiembre principios de octubre]. Del cómic me gusta el planteamiento y los dibujos, la estructura de la narración y lo sugerido, ese mundo donde contrasta la vida en Londres y la vida en la campiña normanda. Bien, llevo unas pocas páginas, pero son suficientes para abrir reflexiones sobre ciudades entrevistas, viajes y modos de vida tan ajenos al nuestro. La infinitud de posibilidades en lo humano cuaja con celeridad en esta narración, una narración que dosifico para no terminar demasiado pronto [una señal del interés que despierta en mí la historia de G. B.].
+ Imagen: la foto tiene un algo que tiende a la maqueta, la representación modélica e inalterable. Me gusta la sensanción de irrealidad, la distancia que marca en el tiempo, balizas vitales. No hay un regreso posible, son sólo objetos que nos definen: cuando los compramos, conducimos o fotografiamos. Disparé la foto en Berlín y sabía que su destino era estar en el blog, una forma sistemática de actuar, el orden y el método, que no es otra cosa que el cumplimiento del programa: se cierra el círculo virtuoso
sábado, 6 de julio de 2019
La voix et le charm
+ Una tarde: Portugal: La Guardia, Bayona. La carretera, la conducción, la música. La suma no está completa: hablamos sobre muchos asuntos y nos encontramos bien, el uno con el otro. Nos entendemos, ya, sin palabras, y el silencio que la música adorna es una comunicación resultado de muchos años. ¿La felicidad? Me constaría encontrar una palabra lo suficientemente amplia, no es fácil: se trata, como ya he dicho, de una suma, pero también de restas. En ello descanso. Es un medicamento para encauzar la semana y sus meandros.
+ Escucho una entrevista con Fanny Ardant, ella dice que no la seducen les valeurs des annonces, sino la voix et le charm. Pienso en esos valores que se anuncian: el poder y el dinero o la conjunción de ambos. Al mismo tiempo, copio las palabras en francés porque creo que la traducción las cercena. La voz de Fanny Ardant llega a la tarde no como una medicina sino como una voz, en su punto inefable, en el que progresivamente cada día creo más porque hay reside lo literario, si se desea concretar, algo se rompe, como el forense que práctica la necesaria autopsia: explica la vida pero no es la vida. Fanny Ardant ilumina el lunes, la voz de Fanny Ardant.
+ Desde hace unos meses no dejo de pensar en ciertos momentos de mi infancia, momentos que se relacionan con la televisión que veíamos en aquellos días: la única que había. Por ejemplo, Rosa León y sus canciones, los vídeos que las ilustraban, el baile y los atuendos. Orquestaciones, una voz limpia, el cristal de la propia televisión en blanco y negro. Había algo en lo castellano que me fascinaba y que todavía me fascina. Creo que se ha concretado con el paso de los años en una seducción del paisaje, la voz y el estilo; una suerte de un Madrid que intuía en aquel totum revolutum infantil. En este sentido, el sentido de un Madrid soñado, un Madrid construido con fragmentos de la memoria, el sábado pasado, en el programa Documentos de Radio Nacional de España, escuché un documental radiofónico sobre Sánchez Ferlosio y volví a intuir lo intuido, a ver lo visto, a construir lo construido. ¿Hay un puente entre los textos del escritor y las canciones de R. L.; por ejemplo: El reino del revés y Alfanhuí? Es mi historia, pero es la historia que yo construyo y certifico desde este mi presente, que se conecta con aquél pasado pero no es aquel pasado. Ferlosio ha muerto y queda una humareda en horizonte, sus libros, la prosa y la gramática, la sintaxis tal vez, la tendencia a la hipotaxis inmensa, inabarcable (esas subordinaciones de más de una página: la dificultad de seguirlas aunque sí exista una posibilidad). Recuerdo El Jarama, recuerdo leerle durante un verano mientras trataba de explicarme la prosa, pero sumergido en su música, en el acierto léxico, en la fuerza de la prosa; queda la idea de un territorio. Son mis rarezas, me digo y sonrío en la tarde del sábado, poco antes de ir C. y yo a Portugal, a La Guardia, a Bayona. Mientras conducimos y la música nos arropa. Sé de mi infancia lo que hoy construyo con los recuerdos, pero, finalmente, no es mi patria, sino un paisaje, una música, unas palabras. La prosa del tiempo. El encantamiento de la voz: la voix et le charm.
+ Luego pienso en los avatares vitales de Sánchez Ferlosio. La muerte de su hija, sus rarezas, esa fatigada existencia. Recuerdo haberlo visto en una ocasión: yo iba en autobús desde Arturo Soria hacia Atocha y lo vi subir a un taxi. Vestido de negro, la corbata negra, el traje negro, la camisa blanca, el rostro entre el águila y el lobo, algo de cazador o de pastor, el pelo alborotado, grueso, pesado, asustado, tal vez. Fue una exhalación. El autobús arrancó y él no había conseguido subir al taxi. El autobús se alejó y yo continué mirando aquel taxi y lo que era una un punto, una esquirla en el fondo de la calle. Conmigo viajaba la niebla y el miedo, un tambor sin eco, la certeza de la muerte y ningún temor a su presencia. Recordé este flash unas cuantas veces y ahora lo hago, tras escuchar el documental radiofónico. ¿Fue un sueño? No, pero pudo haberlo sido, ya que tenía todas sus características y razones. Hoy, pasado el tiempo, no hay diferencia entre una cosa y la otra: entre el sueño y la vigilia.
+ Decía alguien que, al morir de Sida su hija, Sánchez Ferlosio dormía bajo la cama arropado por un saco de esparto. No sé, hay cosas que no deberían ser contadas por mucho que ilustren una biografía y sus rarezas. Qué bien, me digo, lejos de todo ese barullo de literatura, emblemas y curiosidades.
+ Voz y encanto, tal vez se puede encontrar en la compra mensual en el supermercado. Salimos del supermercado y asiento. Pienso: qué número es el yo del súper, qué número ocupa el yo que lee a Ferlosio, el yo que se preocupa por su salud. No me reconozco en el espejo después de leer a Villamediana, luego me entretengo con otros poemas y tampoco me encuentro. El súper me devuelve la humanidad necesaria: qué pernicioso es el encierro libresco.
+ La visita al médico resultó satisfactoria porque me tranquilizó. Se resolvieron mis dudas y, al parecer, no estoy tan mal como yo pensaba. Un ligero aire de hipocondría, un acento de romántica tendencia a la enfermedad, entre el teatro y la pulsión. Poco tuve que esperar para ser atendido, pero me proporcionó un espacio y un tiempo en suspenso: había una atmósfera cálida que contrastaba con el acero y el cristal, tan ultramodernos, tan ciencia ficción. Los espacios precisan su lectura, recordé mientras esperaba mi turno. Luz cortada contra el pavimento gris, grandes ventanales, techos de aluminio, puertas de acero, cristal verdoso, cristal glauco, cristal lechoso. La mujer que se sentaba a mi lado estaba nerviosa: muy delgada, seca, pelo muy rubio, no paraba de consultar su teléfono y de organizar unos papeles que traía en un sobre, lo hacía mecánicamente. Miré por el ventanal los tejados de la ciudad, las terrazas, antenas y cúpulas. El cielo azul se matizaba con algunas nubes algodonosas, es verano y no lo parece. La necesidad de buscar un punto de fuga, me dije y salió el médico: atendió a la mujer, que sólo le tenía que mostrar un papel para que su baja fuese efectiva. Su voz era quebradiza, voz de fumadora, nerviosa, como un hilo casi invisible. El médico la tranquilizó y al final una sonrisa hizo que ella se relajase. Entendí que la sonrisa elevaba su capacidad. Entré, hablamos y me dijo que debía repetir el análisis de sangre. No estoy enfermo, me dije, pero me di cuenta que la afirmación es tan inestable como la placidez de la tarde: unas débiles gotas comenzaron a caer sobre la acera, la grisácea acera, su damero y el olvido.
+ Imagen: fragmento arquitectónico de algún museso: el regreso a las 2D, desde las 3D.
sábado, 29 de junio de 2019
Los mundos posibles
+ Hay libros a los que no he regresado, pero están en la estantería para recordarme su presencia. Su presencia es una idea de narración, la concreta realidad de los elementos que sostienen a ésta. Se abren abanicos de posibilidades, que, de vez en cuando, tengo presentes en lo diario. No dan explicaciones sino que invitan a ver la realidad su amplitud desde mundos posibles. Los mundos posibles. Eso es algo que la literatura atesora: el cambio de punto de vista. De una manera consciente, consigo ver desde ese condicionante.
+ ¿Para quién escribo? ¿Quién me lee? Respondo: para nadie escribo y nadie me lee. Esta declaración manifiesta un punto de escapismo y otro punto de crueldad, de frívola crueldad. Escribir sin lectores es un hecho extraño que se asemeja a las paradojas zen: dar una palmada con una sola mano o si emite sonido o no emite sonido el árbol que cae en el bosque sin nadie que escuche. Por un lado, mi escritura tiene un doble sentido: la terapia y el ejercicio; una escritura como medicamento y una escritura como gimnasia para el futuro. Escribir deshace entuertos, rehabilita caminos y libera de la presión de lo diario. Es un ámbito, un espacio donde el agrimensor y el propietario son el mismo, pero se niegan, porque en el momento de poner el punto final ya no le pertenecen y, al mismo tiempo, desconocen lo escrito: su razón y su sentido.
+ Preguntas ornamentadas con la letra cursiva, como si la letra cursiva les otorgase un estado superior, una distancia respecto a la redonda. Advertencias mayúsculas, la señal que indica la pedantería propia del que se erige en voz. [¿Qué puedo que decir?] En realidad, siempre me he achacado el defecto, la cala del nada tener que decir, pero, sin embargo, el latir de una necesidad ineludible de hablar y escribir se plasma en el discurrir de mi vida. Mi vida: es en sí ya una pedante arrogancia. Dejo la pantalla y regreso al libro, ese.
+ Berkeley: los objetos de sentido sólo son / sólo están cuando son percibidos.
+ El arco entre un momento de lectura y otro momento de lectura habla tanto de nosotros mismos que produce vértigo. Continúo con la lectura de Madame Bovary y más que la novela veo mi reflejo, como el paso del tiempo me ha trabajado, modelado, estratificado. Estratos, sí, esa es la palabra. La textura de las opiniones, su erosión, el desaparecer propio de lo dicho
+ La música que me acompaña: La consagración de la primavera.
+ En ocasiones, no puedo dejar de formular la pregunta ¿si el director de orquesta es la culminación de una pirámide, dónde están todos aquellos que no han llegado, que pusieron toda su ilusión y voluntad y éstas no fueron suficientes? Y me gusta pensar más en los que no llegaron que en el que en este momento dirige la orquesta y recibe los aplausos. La novela de la vida, me digo, es lo que me interesa. Así, los procesos selectivos tienen por por principio necesario la exclusión, donde vemos a uno hay miles que lo intentaron y fracasaron. El fracaso es ante todo una medida que nos da una idea de la organización social, de los capitales que se acumulan y los capitales que se dilapidan. Pero lo expuesto no se refiere exclusivamente al director de orquesta, pues se puede extender a cualquier ámbito: ¿por qué aquél y no yo soy consiguió la plaza de bedel en el ayuntamiento, por ejemplo? Veo esa presencia y prefiero pensar en la ausencia que disgregó a los que no están en el puesto deseado, la colocación deseada. Una vez oí una expresión: una colocación soberbia; ahora pienso en una no-colocación infamante. Sé que tras lo expresado se esconde una tendencia a lo grisáceo que configura mi carácter, pero debo dejar constancia, pues aunque sé que no es conveniente definirse no dejo de hacerlo siempre que se me presenta ocasión [aquí].
+ [Proyecto para un poema que no se escribirá]. Hubo un tiempo en que pensaba que yo era el único que leía poesía en la playa. Gracias a internet sé que hay más gente que lo hace. He dejado de ir a la playa. [¿Un haiku?].
+ Entre las muchas posibilidades temáticas que ofrece Madame Bovary hoy me quedo con la disolución del narrador. Hoy he leído unas cuantas páginas y lo dejo porque necesito dormir ya que mañana [lunes feriado] debo leer otras cosas, elementos necesarios para mi investigación. Dejo la novela en este punto que Emma se dirige hacia la muerte, con la confianza de que sólo será un sueño, dormirse suave, pero el veneno ha comenzado a trabajar. Y en esta muerte veo con claridad la disolución del narrador, la suprema voz en tercera persona que se deshilacha tras el estilo indirecto libre, donde no sabemos nunca quién cuenta, quién nos habla y desde dónde y porqué. Esto se opone a la introducción de P. Bourdieu a su libro Las reglas del arte, ya que por importante que sea el análisis sociológico de la literatura hay razones que quedan fuera: como hoy decía Sábato: razones hay del corazón que la razón de la cabeza no comprende. Hay queda una idea de literatura: técnica e inefable [palabra que P. B. rechaza en pos de la ciencia estricta].
+ Debo reconocer que he crecido como lector y también reconozco que esta madurez me satisface, ahora percibo las sutilezas técnicas con gran deleite y orgullo, presiento la estructura y creo que me aproximo al compositor que asiste al estreno de una sinfonía: un lector privilegiado. ¿Se puede estar orgulloso de alcanzar esta afinación en una una actividad tan vana como peligrosa? El orgullo es lo menos importante, lo que cuenta es el trabajo, el camino que he recorrido hasta llegar aquí. No me planteo ya una necesidad de realizar un análisis sobre mí como lector ni como ciudadano, pero termino por hacerlo y eso no me gusta, aunque ya con cierta distancia: me recuerdo como se recuerda a un personaje de novela, como recordaba antes a Madame Bovary.
+ Leo, trabajo y estudio. Y quizá sea la misma actividad, si me paro un momento a pensar.
+ Imagen: las puertas tienen su lírica, capturarla no es sencillo, pero el intento merece la pena.
sábado, 22 de junio de 2019
Desnivel
+ [Un corte de energía eléctrica, sin luz; notas que paso a limpio después de unos cuantos años]: «Sobre un desmonte se eleva el triángulo de una fachada, donde dormita el tejado. Hay una luz hiriente en la oscura y esponjosa noche. Llueve sin ritmo. Coches que bajan la cuesta, prudentes, lentos y brillantes como el charol del que se juega lo que ya no tiene. Libros, chocolate y café. En otro tiempo tendía un pequeño tesoro de cigarrillos, hoy es sólo un recuerdo con el mismo valor que tiene un sueño entrevisto.»
+ No recuerdo cuándo escribí esta nota, que carece de fecha. Me vale para balizar la entrada presente. Hay algo que permanece y según escribo aquí parece que yo lo entendiese, pero sólo es un espejismo, un fenómeno que no se concreta aunque palpite sin cesar. Es un reflejo de mi vida, la escritura. ¿Confesión, terapia, ejercicio; o la suma de los tres momentos? Escribo y me detengo.
+ Hay algo que percibo: es un coche nuevo, muy nuevo, y va a una velocidad excesivamente moderada (¿es posible esta adjetivación, este oxímoron?). Observo. Me doy cuenta de que el conductor deja a un lado cierta prevención y decide que es el momento de comenzar a elevar la velocidad. El conductor comienza a descubrir las posibilidades del motor y de todas la palancas que lo gestionan (tanto mecánicas como informáticas). Lo sé, el conductor nunca volverá a tener esa sensación con este coche, ya que, en realidad, lo que se ha iniciado es un proceso de automatización. Es decir, el coche ha comenzado a envejecer. ¿Hasta dónde se puede extender la apreciación? ¿Una lectura, una persona, una ciudad? La esencia del viaje es reproducir la sensación lo nunca hecho, como el coche: la posibilidad de la potencia. Hoy es lunes, 6:28, es hora de recoger (= apagar el ordenador) y lanzarse a la carretera para comenzar la jornada laboral. Pensaré en lo escrito.
+ Mantengo en la bandeja del gestor de correo electrónico un correo que me envié yo a mí mismo. El único contenido es su título: Jean Dézert. Yo no sabía de su existencia, pero en un paseo por la rive gauche del Garona había unos versos de él. Los leí y luego busqué y busqué. Creo que habla mucho de mi tendencia a lo extraño, a lo marginal, a lo paradójico. Jean de la Ville de Mirmot nación 1886 y murió en 1914, en la Primera Guerra Mundial. Poco más quiero anotar aquí. Lo mantengo como se atesoran fetiches, amuletos o santos patronos. Me gusta saber que está ahí, en un pliegue del correo electrónico.
+ [Revisión médica anual]. Como todos los años acudo a un centro sanitario para que me hagan un chequeo [antes se llamaba así, ahora no; creo que la palabra chequeo es algo del siglo pasado, ahora se emplea, creo yo, reconocimiento médico: ay las denominaciones y su descripción de la cambiante realidad]. Como siempre, me identifico y cubro un formulario en el que doy consentimiento para que me envíen los resultados por correo electrónico. Me siento, pero pronto me llama la doctora. Es más joven que yo, mucho más joven que yo, muy menuda, agradable y emplea con profusión los diminutivos. Miro al techo mientras me coloca los parches adhesivos para el electrocardiograma: los datos se vuelcan directamente en una tableta: la electrónica todo lo impregna. Salgo de la consulta y espero para que me extraigan sangre. Los que se sientan en la sala de espera operan con sus teléfonos; los observo de una manera general y no encuentro nada nuevo: esa concentración extraña que nunca sabemos si se debe a un asunto de importancia o a una simple combinación de noticias íntimas, de confesiones sexuales o sólo es un juego que produce una intensa adicción [así se publicitan las apps: la adicción, pues engancha, como algo positivo]. En realidad, ya lo he dicho, no tiene mucha importancia, pues siempre ha sido así. Estudio la disposición de la sala, la longitud del pasillo, las anodinas vistas que ofrecen las ventanas. Me paro a pensar en Madame Bovary poder precisar la razón. No me gusta la protagonista, y eso contrasta con la anterior lectura: muy influenciada por Vargas Llosa. ¿He cambiado? Sin duda. He cambiado mucho y Madame Bovary no deja de ser un dato entre muchos. Me dejo ir y regreso a la inerte sensación de no lugar que reina en la clínica. Entro. Me toman la tensión, que la tengo un poco alta; comprueban mi audición, la vista y me preguntan por mi peso y mis hábitos alimenticios. Todo se apunta. Pienso en gráficas y en resultados que se pueden llevar a cuadros, diagramas, lecturas discursivas: la explicación de mis males. La noche pasada tuve una extraña pesadilla, me digo. Lo relaciono con la ingesta de sardinas en lata, quizá no tenga relación, pero es el único cambio que he hecho en mi alimentación. No puedo recordar el detalle de la peripecia, sin embargo la sensación permanece. Salgo a la calle y hace frío, hace frío para la época del año. Me encuentro con un conocido que me pregunta que hago a esas horas en la calle, por qué no estoy en mi trabajo. Le cuento lo del reconocimiento y asiente, le dio que tengo un poco alta la tensión. Cosas de la edad. Cierto es, pero no aporta nada el comentario. Todo está bien, todo está en orden. Desayuno en una panadería/cafetería: zumo de naranja, café largo y croissant. Leo el periódico con calma. Pago y me dirijo al parking donde guardo mi coche. Regreso al trabajo y pienso en todo el periplo del reconocimiento hay un rédito de irrealidad, todo lo visto es humo, pero, al momento, me doy cuenta que esto se extiende a cualquier acto de lo diario. De ahí el verbo esfumarse. Como el viento, como globos de ceniza, como el atardecer de cada día del año. No recuerdo nada ya.
+ Imagen: nubes, como imagen o emblema de un posible acuerdo.
sábado, 15 de junio de 2019
Fortuna mutabile
+ Por definición la Fortuna es mudable, cambio: en definitiva. Se percibe muy bien su naturaleza en la imagen que nos transmiten ciertas miniaturas medievales: la rueda de la Fortuna gira y hoy está arriba el rey y mañana se ve convertido en mendigo. Este girar no conoce descanso, pues se conecta con esa indiscutible sustancia de la vida: el cambio: reitero. Por otro lado, la Fortuna no solo hace que se precipiten reyes al abismo de la pobreza, también castiga a los soberbios con la consecución de sus deseos. Parece como si hubiese un juego de justicia poética en la culminación en este tránsito. El que deseó el dinero lo obtuvo, pero no para substraerse de su condición de esclavo, sino para ahondar más en ella; ansió la fama y la fama fue funesta; allí vio el amor y el amor era una ciénaga. Nada de lo que nos parece deseable es necesariamente bueno. Veo al artista que alcanza un puesto destacado, sobre ese zócalo de mármol desde donde muchos le pueden ver: es de una coherencia que asusta: el pelo libre y amplio, la mirada profunda y misteriosa, manos hermosas de pianista sin piano, sonrisa y barba pirata o romántica. La belleza también es arte, arte en las maneras y arte en los silencios y en las incomodas decepciones. Pero yo sé más que otros, me digo. En sus ojos se transparenta el haber alcanzado sin mérito esa altura. ¿Tiene importancia? Quién lo sabe. Ni siquiera estoy muy seguro de lo que escribo, pero me parece verosímil y sabemos que, en tantas ocasiones, lo verosímil rebasa a lo verdadero: sin ir más lejos, en el campo artístico.
+ Como una nube que ensombrece el paisaje, se cubre el día, el domingo: un atisbo de luz en un libro, pero no dura mucho. La tristeza. Hoy ha dejado de llover y el sol luce entre entre la nubes, no me preocupa: trato de leer y no me concentro. Me preocupa que los ruidos me perturben de esta manera. ¿Qué significado tiene buscar el silencio? Ayer escuché algo que me dejo pensativo: la buscada de sentido en la literatura o en el arte es algo relativamente reciente, que comienza en la Reforma y coagula en la Romanticismo. Es una buena vía: no pensar en que necesariamente debe haber un sentido. Tal vez busca un vacío medicinal, una cámara que no aísle de explicaciones y comentarios. Leo a Pierre Bourdieu y me acerco al final de Las reglas del arte (Génesis y estructura del campo literario); sé que una vez terminado el libro volveré a leerlo. Esto me anima y hace que la tristeza se disipe, pero también me lleve a pensar en mi doble condición: la del trabajador y la del dilectante, la del aficionado que en el silencio de su estudio se dedica a indagar en conocimientos herméticos que a ningún lugar conducen: y por lugar entiendo la acción. Todo se diluye en mi actividad de observar, de juzgar sin emitir un juicio, la anticipación de los desastres que no son comunicados, a pesar de mi tendencia al acierto. Me entristece mi falta de acción, me pregunto a la vez que me alejo más de lo práctico, lo social, lo paterno. La vocación de morir sin descendencia tiene un precio, pero no es un precio muy elevado en comparación con el abismo que he evitado.
+ Bach sirve de consuelo en el inicio de la tarde del domingo. Creo en su música porque su música es un fármaco: alivia el alma, construye puentes entre la desazón y su remedio, establece una pausa e invita al no pensamiento, a detenerse en esa abstracción tan comunicativa que resulta ser su música, su música: frágil, orgánica, plena de vida. Dejo que el silencio de la palabra respalde la ascensión.
+ Veo un documental sobre una película española, El cosmonauta. En principio el documental no me interesaba demasiado, pero dejé que avanzase y surgió súbitamente un chispazo. La historia narrada en el documental supera la historia de la película. La película, que está disponible en red, que no veré, parece no ser digna de mención: mal contada, pedante, de la que se salvan las imágenes, imágenes que no restan, pero que tampoco rescatan la deriva: la falta de la solidez narrativa. Recoge lo que las críticas dicen, con el valor que eso pueda tener. En fin, una proyecto fallido; poco más. Y la historia misma está en el proyecto que no llega, que se alarga, donde chocan egos y se multiplica el cansancio y la falta de capacidad. La empresa supera a los tres componentes de la productora: dos chicos y una chica, que comienzan su aventura con poco más de veinte años, todavía en la universidad, que finalizan en la mitad de la treintena. Las entrevistas, las secuencias, las declaraciones, todo apunta a ese mal ambiente, ese límite de la violencia. La verdad, hay momento desagradables, muy desagradables porque se adivina con facilidad lo que se esconde tras las manifestaciones. Sobre todos los que intervienen destaca director: entiendo cómo la empresa lo rebasa y cómo no termina de comprenderlo, debido a una idea sobre sí mismo muy por encima de la verdad de los hechos, de su incapacidad para dar una salida al proyecto. Con todo, la película se estrena en el cine Callao, en Madrid, una sala muy importante. Tras el estreno, el directo comete la torpeza de abroncar con muy malos modos a una persona que envió un currículum, lo pública en Facebook y el mundo se les echa encima. Eso termina por romper lo poco que permanecía unido. La guinda es el embargo de la película por no gestionar bien el papeleo de una subvención del Ministerio de Cultura; la película termina por no poder se exhibida. Un desastre. ¿A quién puedo ver? ¿A Faetón, al Carro del Sol, veo cómo Faetón cae y sus hermanas en álamos se transforman? Fortuna mutabile.
+ El gris toma la tarde, el cielo es gris y se ensombrecen los paseantes. Se anuncia una masa de aire polar. Todavía no es verano y primavera no parece. Se dibuja el objeto de hablar sobre el tiempo: no hablar de nada, o hablar de la nada. Nada menos original que hablar del tiempo metereológico, pero el clima es la paleta de colores, lo que da y quita razones al estado de ánimo. Me interesa en este momento cómo se transforma la calle y esa grisalla tiene un aire de apunte tan artístico como efímero. Sólo es una impresión producto de la lectura, que la lectura se resuelve en una suerte de narcótico. Me quedo en blanco y la calle es hervidero debido a la hora: las seis y media de la tarde, luego el alboroto comienza a decaer. Observar como observaba Baudelaire: la mirada de la modernidad, la poetización de la ciudad, el breve apunto y la elevación de lo cotidiano a sujeto estético. El gris de la tarde es un gris muy artístico, me digo mientras cierro la ventana y regreso a la tarea. La tarea es un otro territorio, un espacio sin dimensión, un algo paradójico y extraño, como yo soy extraño. Silencio.
+ [Epígrafe: Los vanos y poderosos, por defuera resplandecientes, y dentro pálidos y tristes]: «(…) ¿Qué tienes, si te tienen tus cuidados / ¿Qué puedes, si no puedes conocerte / ¿Qué mandas, si obedeces a tus pecados?» Copio el primer terceto de Quevedo, que queda muy bien definido en el epígrafe, que resulta ser de González de Salas. Me parece adecuado para estos días: la negociación de un nuevo gobierno y los gobiernos regionales y los ayuntamientos, una vibración que percibo en el ambiente, respuestas que atrapo en la redes dígito-sociales. Finalmente, el tema es la caducidad y cómo ésta condiciona toda acción humana, pero también la inacción. Descanso en su estela, comienza el día: hoy es miércoles.
+ De la estantería rescato tres libros de poesía: García Montero, Luis Alberto de Cuenca y Miguel Ángel Velasco. Me puedo imponer una tarea: ver la conexión de los tres poetas desde la elección de mi interés, tal vez no tan espontánea como quiero mostrar. En esta línea, ayer no abrí Madame Bovary, de cada libro leí dos o tres poemas y entonces entendí el porqué de mi interés. Se trata de lo cotidiano. Lo cotidiano como eje que ordena una cierta estética, una cierta ética. Lo cotidiano se refleja en cuestiones como la conducción, las calles plenas de gente un domingo y la heroínal el caballo en el bolsillos del poeta, del yo poético, los vuelos de vestidos y otros venenos. Desde hace tiempo construyo estas imágenes, pero desde un tiempo atrás, ¿siete años?, he comenzado a trazar una estructural, una idea vertebral que me acompaña en el día, lo ilumina como una hada con poderes ilimitados, como una droga sin consecuencias indeseables. Otro día comienza: el jueves, con la idea recibida ayer: la de lo que palpita ante nuestros ojos.
+ Imagen: busto de Pierre Michel Duplessy, ¿Quién fue el retratado? Sé que fue arquitecto y que erigió en Burdeos la iglesia de Notre Dame, nada más. Pero nada más quiero saber. El busto es otro emblema: el disparo casual, donde influye el inflamado fondo carmesí más que el retrato en sí: un bulto, que tiene, sin duda, su interés. ¿Por qué? Me parece un reflejo de la disolución de la memoria en el océano del tiempo, el olvido: el gobierno absoluto de la Fortuna. Fotos aleatorias en un mundo aleatorio, el siglo XXI .
sábado, 8 de junio de 2019
Transiit classificando
+ [Despedidas]. No sólo la muerte es la muerte. La vida cotidiana es plena de despedidas, tan definitivas como la muerte, pues la ruptura o segregación de elementos que componen lo cotidiano establecen fronteras que nunca más se abrirán. Inicio, medio y final, estas tres fases estructuran en silencio la vida. Todo lo que tiene un inicio tiene un final. La vida se desvanece en cada inhalación, pero no somos conscientes hasta que alguien se despide y sabemos que no volverá por nuestro centro de trabajo. Esa luz que se apaga definitivamente es más que una imagen de la muerte.
+ Somnium imago mortis.
+ Estudiamos a los que triunfan y seguimos sus trayectorias como si allí existiese una explicación: orígenes familiares, estudios, trayectoria laboral. Indagamos sin plantearnos que el azar es una razón determinante en el triunfo y en cuanto tomamos esa línea podemos llegar a un cierto cuestionamiento del propio triunfo, algo que resulta inconveniente porque necesario es mantener un punto de indiferencia y alejamiento; así es la postura del observador. ¿Por qué aquél y no este otro ocupa ese lugar en la redacción periodística, cuál es el secreto de la fulgurante carrera del arquitecto, la dedicada entrega del público al extravagante chef? Si se acude a las entrevistas que nos ofrece la prensa diaria y dominical, tanto escritas, radiofónicas o televisadas, se puede comprobar como ese triunfo se termina por cifrar en el trabajo, el trabajo sobre cualquier otra razón, el trabajo duro y bien hecho. Y sin negar esta evidencia, hay que saber que junto al trabajo también suma la suerte, lo que antes se conocía como Fortuna, esa diosa variable, caprichosa, ciega. Yo, en mi calidad de observador, admito ciertas salvedades, pero ese influjo de la diosa varia se extiende por todas las capas de la sociedad, estratos, disposiciones jerárquicas. Me alejo y dejo la reflexión porque la lectura reclama mi momento y, poco antes de continuar, me hago cargo de que mi posición, tan buena, tan poco esperada, responde a esos mismos resortes: lo sé, he triunfado porque tengo suerte, en este recóndito triunfo de amor, trabajo y academia, ¿qué más pedir? Silencio para la lectura, sólo silencio.
+ En mi particular cueva / madriguera: leo, observo y escribo. La radio desgrana algo de Bach, me detengo y sé que nunca llegaré hasta el centro de la música. La humanidad del compositor rebasa la composición misma.
+ Recuperación de un poema, que tiene casi diez años.
[
30.11.10
Date
Calendas
En un buen lugar para morir: una colonia de vacaciones en invierno.
Palmeras agitadas por el vendaval, labios
e infantes, la lluvia entre la hojarasca, los bañistas,
el retrato de Elvis en un escaparate, el sabor
del whisky y la cerveza, el café de la primera hora
del día, atracciones cerradas, son los coches
de choque, caballos de celofán, las gafas,
negro sobre negro, cadenas, oro
y funámbulos, insomnes y la muerte es un instante.
La respiración se debilita. Tintura oscura sobre la almohada,
desciende la mano. La última inspiración.
Invisible mano que ilumina el paisaje
cuando cada mañana surco
los senderos del valle
y se hace altura el humo espeso y humilde
y la violetas amanecen en otra edad:
ésta que hoy poseo.
1941/1966.
Cada instante se ha fosilizado en esta hora,
la sencilla estructura de los abrazos,
no se puede imitar. Las guitarras duermen,
sonámbulas, como herramientas sin engaste.
Elevada canción, el herraje cierto del estuche negro.
También, así, la última derrota, el último noctámbulo
que busca su cama: acero y agua en la mano abierta.
]
+ Transiit classificando [En Roland Barthes, L’anciane rhétorique (aide-mémoier); un epitafio para Quintiliano: con el que, en cierto sentido, me identifico).
+ He cambiado el horario y ahora me levanto a las 5:50. Es otro mundo, la realidad cambiante de las mañanas. Se transforma la visión. Un día todo tendrá otro sentido y casi no nos daremos cuenta. Todo se traduce a tránsito, a impermanencia. Pero, a pesar del paso del tiempo y el cambio, intento que algo permanezca: el principio rector. Ayer, en la última hora, leí una página de las Meditaciones de Marco Aurelio. Antes, otro poco de la segunda lectura de La televisión de Pierre Bourdieu. Esa realidad de la que hablo al inicio del párrafo encuentra un sentido en ambos textos, los comparo y trato de que confluyan en un punto; llega el sueño, descanso, suena el despertador y comienza la jornada. ¿Soy la misma persona que ayer?
+ Los edificios tienen ciertas semejanzas con la configuración de un pueblo, sus habitantes se asemejan a los vecinos de una aldea. Si lo digo esto es porque en nuestro edificio vive un borrachín y parece interpretar ese papel de borracho del pueblo: tan común, tan doloroso. Hace unos meses se murió su madre y fue triste: era una mujer muy delgada, desdentada, con una cola de caballo gris y lacia; siempre vestida de negro y con una voz nasal, pareciese que lloraba constantemente. Murió muy mayor ya, de una neumonía, murió repentinamente cuando casi tenía 88 años. Leí la esquela y recordé que yo la vi rogar al borrachín que dejara de beber de una vez, pero él continuaba, en otra ocasión le pedía que subiese a una ambulancia porque sangraba abundantemente por la nariz y era necesario que fuese a un centro de salud [eso decía el técnico de urgencias que esperaba pacientemente]: él se resistía y los del bar reían porque la escena era cómica aunque gracia no tenía ninguna. Ahora que ella murió, él parece desatado: liberado [aunque yo sólo veo una anulación para soportar el dolor]. Bebe, fuma, habla, habla mucho y nadie comprende lo que dice, algunos sonríen y otros le esquivan. A veces es invisible. Lo he visto desde la ventana: bajaba la cuesta con dificultad y saludó a alguien, que lo evitó; fue entonces cuando yo me dije: los edificios se asemejan a un pueblo (…) Una aldea de voces maldicientes, de hogares malditos, viejas enlutadas, jóvenes que, temprano, han perdido su juventud y ni siquiera se han dado cuenta; señoras sin corazón que todo lo cifran a su presuntuoso baile en sociedad: esas galas de la provincia donde las cortinas se reconvierten en trajes de noche. En este juego el borrachín cumple su función: hace que todos nos sintamos bien porque no somos como él, algo de lo que yo no estoy tan seguro. Lo veo de otra manera: en su huida todos nos parecemos a su caminar, a su finitud evidente. La señor que luce abrigo del pieles, rouge recamado, oro pulido en la esfera bancaria que ofrece su marido; el marido y su moreno de la moto, la playa y en viento en la terraza del casino; la hija que será madre, que formará un hogar, su soberbia colocación. Y así. Yo los veo, yo veo al borrachín y no sé quién me parece menos real, más atravesado por las ficciones cotidianas, esa falta de relevancia en la provincia. Sobreponerse a la tristeza, esa tarea diaria.
+ Imagen: Captura de pantalla de la película sobre M. Houellebecq: L'enlèvement de Michel Houellebecq (2014). La frase tiene su importancia: Basta hablar con quién ha vivido las cosas. Me quedo pensativo, y después de mucho dudar, elijo esta imagen arrancada de la pantalla donde se reproduce la película citada. ¿Hay transformación en mi disparo? Sí, porque he elegido el fotograma, el momento y, ahora, la recorto, la moldeo con el sencillo programa de edición y termino por cologarla aquí. La realidad en sus facetas es otra realidad, la que acogemos cuando hablamos con otras de personas de otras cosas: la vida en sí. Vale. [El uso del programa de retoque digital le otorga a la captura un aliento pictórico del que carecía en un primer momento: ahí reside la intención].
sábado, 1 de junio de 2019
Distancia (-s)
+ [El cuestionamiento de la identidad: una tarea]. La afirmación entre corchetes es un apunte una entrada anterior de este mismo blog: creo que el apunte debe extenderse, ampliarse, amplificarse ya que, al transcribirla, pienso en qué es poseer una identidad, pienso en si la identidad es estática o dinámica, lo que dirige la mirada hacia mi propia identidad y cómo ésta se ha generado, destruido y reconstruido, cómo ha girado, cómo se ha limitado o expandido, emboscado o impuesto. En definitiva: no, no es estable, y creo que esta su principal caracterísitica. En primer lugar, me digo: Nadie se baña dos veces en el mismo río y, a renglón seguido: El carácter es el destino: son dos afirmaciones de Heráclito de Éfeso, Heráclito El Oscuro. Ambas afirmaciones las tengo siempre muy presentes, y para el caso que me ocupa me parecen punto más que oportunas, pues lo puedo traducir en el que la identidad no es estable, pero, al mismo tiempo, hay un principio rector que gobierna su curso desde el inicio hasta el final, un principio rector al que no es posible contradecir pues se define y compone con la trayectoria y sus calas, simas y culminaciones, que solo se obtiene su fórmula cuando la vida ha terminado. Y me digo, arropado por los sonidos que desde la calle llegan, ¿quién soy? Veo, así, mi reflejo en mis inseguridades, en la intranquilidad, en el nerviosismo contenido, pero, también, su otra cara me conforma: voluntad, nobleza, fuerza; oscilo entre estos puntos y hay un algo que se va depurando y tiene más que ver con el mencionado principio rector [con un arranque en Marco Aurelio] que con una noción de identidad conectada con lo plural, lo colectivo social y lingüístico. La identidad me pone en prevención, siempre. La invocación a la nación, al pueblo, a la tradición. La reducción sociológica del individuo a elemento de una clase es válida, pero no lo explica todo. Quizá existan zonas de sombra que se resisten a ser capturadas, quizá es en esas zonas de sombra donde el yo que me interese habite: para lo bueno y para lo malo.
+ Sigo con la lectura de P. Bourdieu. Poner en cuestión nuestras certezas es otra tarea, que unas veces cuaja y otras no, pero siempre resulta ser estimulante para el trabajo diario, el trabajo del investigador en formación, que soy yo.
+ Dejo que suene en reproducción continua un archivo de sonido de unos cinco minutos. Son olas que mueren en una playa. Hoy es domingo y hace sol, yo estoy recluido en mi madriguera, rodeado de libros y entregado a la lectura. Todo el domingo se consagra a la lectura, hasta las ocho de la tarde, cuando C. y yo damos un paseo. El paseo descomprime la saturación adquirida con la lectura. Hablamos mientras bebemos una cerveza helada, el viento es suave y no hace frío. Observar la vida, comentarla sin mucha pasión, decidir entre patatas fritas o aceitunas. Se ve una cometa a lo lejos y parece un signo de ventura, un ciclista, los niños que gritan, fumadores que, en silencio, escrutan el paisaje. Las semanas se deslizan en un fluir inquietante, el tiempo es nuestra materia. Ahora, escucho ese oleaje enlatado, continuo la lectura y me pregunto qué sentido tiene esta construcción. No importa, cuando lleguen las ocho de la tarde se habrá desvanecido. Hoy es día de votación.
+ Voté muy temprano, el sobre azul y el sobre blanco. Ya está me dije, esta es mi contribución a la vida pública. Qué poca cosa. Bueno, también pago impuestos y en mi trabajo la impronta política siempre está presente: el talante, el diálogo, la escucha atenta. En este sentido, una vez me preguntaron si era muy severo en la aplicación de mis obligaciones y, espontáneamente, respondí: sólo trato de ser justo. ¿Es esa mi contribución, el trabajo bien hecho y la permanencia de lo conveniente sobre la conveniencia? Tengo mis limitaciones, pero creo cumplir con un incierto cometido que me he marcado. Voté y voté sin convencimiento, con desencanto, lejos de cualquier atisbo de identidad, voté por lo que parece conveniente y me alejé del colegio electoral: desencantado, sumido en la imposibilidad, en la evidente falta de acción en mi vida.
+ Insisto: soy un observador; no es una pesadilla, no es el paraíso de la satisfacción, es una distancia construida.
+ Mientras recorro la red en busca de la nada, me encuentro con un croquis autógrafo de Flaubert. Hay en uno de los márgenes una cuenta. Es una multiplicación y no está bien hecha: multiplica 365 por 16 y su resultado es 5800, cuando debe ser 5840. Compruebo otra vez la operación y el error es palmario. ¿Tiene algún tipo de significado? ¿es en sí el error un elemento paratextual? ¿cuáles son los referentes de las cantidades: 365 días y 16 horas diarias (de trabajo)? Las incógnitas que se plantean son inspiradoras. Veo la materia del artículo semanal en el suplemento del domingo. Irrelevante. Me gusta imaginar esas vidas que están obligadas a la entrega: cada semana un artículo con un cierto acento intemporal aunque con su anclaje en lo diario, ese equilibrio, ligero y profundo, lírico y contundente, político y costumbrista, y, sobre todo, la tendencia al monólogo televisivo: el chiste. He terminado, hace un momento, el libro de P. Bourdieu La televisión.
+ Durante unos días me alejé de Madame Bovary: ayer a la noche regresé, sólo leí un capítulo. Suficiente. El placer es el evidente fluir de la narración, de la prosa. En cuanto termine con la muy buena traducción de Germán Palacios en Cátedra, comenzaré con la novela en francés, porque creo que resulta un texto intraducible: así se trasluce sobre lo leído a cerca del trabajo de Flaubert: vocear la prosa, buscar su música, rectificar hasta encontrar la exactitud. La novela total, un punto sobre el que reflexionar con detenimiento.
+ Ayer noche, otro capítulo de M.B. Cuando Rodolfo aparece me doy cuenta de que los personajes son estereotipados, pero lejos de ser un defecto contribuye a esa totalidad literaria que el libro establece, esa voluntad de estilo realzada por la distancia del cínico narrador. Haber recuperado esta lectura ha sido punto más que un acierto. Ver el pasado a través de las ideas literarias que tuvimos en su momento y ver el presente mediante las nuevas ideas y las que se han mantenido resulta un privilegio que no se compra con dinero. Como si se apuntase una determinación: la narración inunda la totalidad, es un prisma móvil, que explica sin llegar a comprometer su naturaleza artística. Las explicaciones están en la orilla del lector, el autor expone y el texto muestra su independencia.
+ Pensar en las carencias personales y establecer una distancia se afirma como una tarea diaria. Demasiada observación, demasiada distancia.
+ «… ventura - y no razón- vence porfía, / sólo ventura no es merecimiento.», en el segundo cuarteto del poema 272 en Poesía del Conde de Villamediana, ed. de Rozas.
+ Imagen: a través de una oquedad en el escaparate, donde se muestra una zapatilla tan vintage, tan actual, vemos a una pareja que parece valorar la compra de una camisa o una cazadora, quizá otra prenda. ¿La distancia? El observador, el voyeur, el que anota sin tener contacto.
sábado, 25 de mayo de 2019
El yo elegido, el yo construido
+ Veo, en línea, varios documentales sobre la pintura de Luis Gordillo. La calidad resulta evidente, incluso en la pequeña pantalla del ordenador. Ahora recuerdo todos los cuadros suyo que vi a lo largo del tiempo. Recuerdo la exposición que C. y yo vimos en Santiago D.C., que le recomendamos a E. y no sabemos si ella fue a verla. Para mí resulta muy evidente la capacidad pictórica de Gordillo, entiendo sus evoluciones, entiendo una coherencia que va más allá de lo meramente discursivo y una pintura que no precisa palabras. Me reconfortan sus cuadros. Pienso en que cuando vuelva a Madrid iré al Reina Sofía a ver la sala que a él está dedicada. Necesito esas transfusiones: para integrarlas en lo diario, para ver por ver, para cambiar los puntos de vista, para sentir la superficie de los días, las tardes, las noches y el aroma del café en la primera hora, antes de ir al trabajo. Otro trabajo: levantar el ánimo, en ello colabora L.G.
+ Me pregunto: qué es lo que resulta adecuado en este momento, qué es lo que se debe pensar y manifestar. Cuestiones de gusto y cuestiones de distinción. Ahora la respuesta no deja de estar condicionada por todo lo leído y lo por leer en Pierre Bourdieu. Guardo silencio. Me oculto: es mi discreto personaje, que no tiene ningún tipo de relevancia: con deliberada intención, el disfraz de la nada es un refugio estratégico. Soy un observador, y como tal tomo nota y extiendo mi impresión sobre una cartografía no estática. Una carencia buscada, me digo, porque la elección nos define. Saber que es algo que se ha elegido no me redime, pero la redención no es una meta, en mi caso. No soporto la consigna: debes salir de tu zona de confort: ¿por qué no puedo permanecer donde he encontrado la comodidad, que tanto trabajo ha supuesto? Escucho a Luis Gordillo y disiento: dice que la pintura es para mostrar y no para compartirla con tu esposa. Yo soy partidario de los pequeñísimos círculos: así sucede con este blog, que me niego a publicitar por medios que resultarían absolutamente rentables. Pero no. Yo me ciño en mi investigación, la lectura y esta suerte de diario. Navego por la red y siento que no me pierdo nada. El ejercicio se cierra sobre sí mismo: no hay más fin que su culminación feliz.
+ Ella dice que es a-social: me identifico por un momento, pero me doy cuenta que el adjetivo funciona de diferente manera en cada caso. Yo no soy a-social como ella es a-social. Hay zonas de sobra que el lenguaje no llega a recubrir, a iluminar. No son horas de hacer recuento.
+ [Una casa en Panxón]. A veces, generalmente un sábado y en invierno, otoño o primavera, nunca verano, decidimos ir a pasear a Paxón. Hay algo que nos gusta, que apreciamos: la forma de la ensenada y la vista de Baiona, la disposición del pueblo, y el paseo en sí, las casas bajas, ordenadas, diversas. Resulta agradable tomar una cerveza y unos calamares en alguna de las terrazas, abiertas o cerradas, según el estado del tiempo; ver cómo la gente pasea o las evoluciones de los perros, observar a los ciclistas y sus ocupaciones. Siempre, en primer lugar, damos un paseo hasta el final de la playa, allí nos entramos con una casa que a los dos nos gusta mucho. Es sencilla y se aparta de la tónica general. Nos gustan sus volúmenes y su apertura sobre el paisaje; tiene un estar discreto y contenido. El sábado estuvimos allí y volvimos a verla, C. se fijó con mayor detalle y me mostró el estado de dejadez: la cuarteada pintura de las maderas en las ventanas y paneles, el hundimiento de un paseo de piedra y baldosa, los aleros agrietados. ¿Qué razón había tras tal descuido? ¿Un embargo, una herencia complicada, una ruina, en definitiva? El chalet, como ya dije, tiene un estilo que contrasta con el resto de piezas, pero no es una evidencia: hay que tener una conexión con un algo que no deseo nombrar. Lo sé, todo lo que se puede decir sobre el gusto resulta estar condicionado por nuestra posición en el tablero de juego: el buen gusto es la decantación de una red de distinciones de una cierta clase privilegiada, y no deja de ser, al mismo tiempo, una red de exclusiones. No se puede negar, pero cuando nos encontramos con una casa como el chalet de Paxón entiendo que hay otros elementos que también suman en el juego y, al mismo tiempo, establecen características que van más allá de lo sociológico, de la cuadrícula sociológica. Ahora, mientras escribo, vuelvo a pensar en los volúmenes, en la apertura sobre la ensenada, el paseo. Días de verano que se emboscan tras esas paredes, historias que nunca conoceremos, la condición que tiene el inicio de la ruina: un ejemplo con la lírica propia de los días fríos de primavera, una leve lluvia.
+ Continúa la lectura de Madame Bovary. La lectura de M.B. se ve complementada por Everyday Life (Theories and Practices from Surrealism to the Present) de Michael Sherigham. ¿Por qué se complementan? La vida cotidiana es un territorio inabarcable, importante e interesante en un sentido tanto académico como recreativo. M.B. entra dentro de ese orden de cosas: el detalle, los modos, las costumbres [Falubert define M.B. como una novela de costumbres: un roman de mœurs]. Recuerdo una primera lectura de M.B. y recuerdo como todo aquel mundo que se elevaba ante mí resultaba a la par fascinante e iluminador, iluminador porque se podía trasladar a la supuesta planicie de lo diario la fluida sucesión de las escenas, los cuadros; y también resultaba ser un modelo de escritura que siempre he tenido muy presente: la estructura. Y la estructura es a lo que resiste lo cotidiano, a dar una idea arquitectónica de su naturaleza. Tal vez se trate de que básicamente lo cotidiano es un cruce de fuerzas dinámicas, que en su virtualidad no resulta posible nombrarlas. Imposible y peligrosa, la vida cotidiana.
+ Tengo la ventana abierta: la música de un piano que no identifico se mezcla con los sonidos de la calle: tráfico tranquilo, un golpear sobre metal, voces de mujeres, de niños, un ladrido. La vida en su cocción. No es bueno pensar demasiado, preguntarse por los resortes que consiguen que el día a día avance. Presiento la lluvia. Me asomo a la ventana y veo las nubes, en la calle un hombre con paraguas; consulto el tiempo en el ordenador y me dice que no lloverá, que mañana suben las temperaturas. Lo sé: hablo de nada, nada concreto, pero estoy sumido en una extraña actividad que se ciñe a la lectura y a la contemplación. Observo y anoto, pero no participo; a veces me preocupa, otras me resulta indiferente. La calle mantiene el ritmo y el piano termina por imponerse, me percato de que se trata de Chopin. Está bien. Un niño grita y su madre le riñe, un timbre, una música de trap que se desliza por las costuras del final del día, se impone, desaparece y el piano deshoja acordes: es la certificación del final del día. Cierro el ordenador.
+ Trato de ver un hilo de coherencia entre las anotaciones de esta entrada. Gordillo; mi inseguridad y, al mismo tiempo, esa voluntad que he construido a lo largo de los años; lo social, lo a-social; la casa que nos hace pensar ya no tanto en sus habitantes como en el destino de todas la obras humanas; Madame Bovary y la vida cotidiana. la vida cotidiana y el trabajo diario. Podría parecer desordenado y sin sentido, y en cierta forma así es, pero yo sé que el hilo que le da sentido engarza las cuentas de este collar soy yo: cada párrafo escrito es un punto más en mi indefinición: me reconozco en lo que escribo, soy el yo que he elegido y construyo.
+ [El cuestionamiento de la identidad: una tarea].
+ Imagen: como tantas veces, en busca de lo abstracto como acento de lo cotidiano: escaparate de una peluquería en Madrid, en el inicio de la calle Princesa.
sábado, 18 de mayo de 2019
Los flecos de la niebla
+ Un viernes fui al dentista, el sábado siguiente a la peluquería. Esperas, sillones y lectura: la lectura de La orgía perpetua me entretiene mientras espero. El ambiente cobra densidad, un espesor inesperado que tiene que ver con la fuerza de la vida cotidiana. Tiendo a la improvisación, lo sé. El contraste del orden que impone la novela de G. Flaubert subraya la indefinición y amplitud de lo cotidiano. Observo los elementos de la escena en el dentista y en la peluquería: instrumental, atuendo, mobiliario. El fin último es el cuidado de los cuerpos, su perfección, una simulación de perfección. El peluquero y sus ayudantes se mueven con determinación, pero, al mismo tiempo, serenos. La música que suena no me gusta, pero el ronroneo de los secadores y otros instrumentos otorga ese punto de ruido blanco que arropa la lectura. Me centro y avanzo en el libro. Cómo me interesa, cómo eleva las razones la prosa de Vargas Llosa. ¿Es un arte la crítica? Lo pensaré, aunque la dirección está marcada: sí, es un arte, al menos en este caso. Me detengo para recomponer la lectura y para comparar lo leído con los capítulos que he devorado de la propia Madame Bovary. La disposición del libro es el tema, uno de los temas; esa perfección arquitectónica, donde los pesos están repartidos con una maestría que no recordaba [los recuerdos de la novela se deslizaban a experiencias personales de la época, pero no al libro en sí]. Es mi turno. Poco tiempo le lleva al peluquero hacer su trabajo. Termina, pago y salgo a la calle. Han pasado casi dos horas. La calle se ve iluminada con una cierta violencia, hace calor y ya son las once, casi las once. Me acompaña esa idea de orden estructural.
+ Se impone una necesidad de orden o, mejor, de estructura. Los libros ayudan, pero es el silencio el que cimenta. Ideas que flotan: lo diario, la novela como vía de conocimiento, mi investigación. He alcanzado un equilibrio y debo ordenar mis ideas para alcanzar un sentido [un sentido que ya tiene, lo sé, pero debe cuajar, alcanzar ese estado sólido y permanente]. Comienza la semana: una reiteración circular. Lo cotidiano es algo más que la repetición, hay una idea de orden y de estructura que necesita ser desvelada. Continuo con la lectura, esa suplantación de la vida, un veneno, una droga. Vana y peligrosa.
+ Estoy cansado, aburrido (?) y busco vídeos en el reproductor en línea. Hoy, en el coche, escuché la canción de R.E.M. Un hombre en la Luna. y ahora veo algunos vídeos de Andy Kaufman, que no acabo de entender, vídeos que he terminado por buscar a raíz de la canción, de su letra: tampoco la entiendo y esto me agrada: suspender el entendimiento y aceptar inciertos límites. El salto es grande, pero intuyo cierto punto paradójico, lejano, arrítmico. Vuelvo a escuchar la canción y me pregunto en qué creemos, qué cosas queremos creer, qué mentiras deseamos que nos cuenten. Otro vídeo más. Son las diez de la noche y estoy cansado, el sueño no me vence. Andy Kaufman tiene algo, lo sé, pero no soy capaz de concretarlo y creo que ahí puede estar su gracia. Repito la palabra gracia y le busco una correspondencia, pero tampoco la encuentro. Creo que es el cansancio, las posibilidades que se plantean y no se resuelven. He leído noticias que no me interesaban, busqué en las redes sociales ideas que no encontré y el día termina casi como comenzó: en la oscuridad, en el ámbito del sueño vacío. Dejo la dispersa colección de imágenes: soñé con castillos y luchas sangrientas, soñé con laberintos, soñé con ciudades normandas que no existen. Todo ello me causó desasosiego, me desperté cuarenta minutos antes de que la alarma del reloj sonase, y ya no concilié el sueño. Me pasa factura, lo sé: nerviosismo y falta de seguridad. Ahora se termina el lunes y antes de apagar el ordenador veo otro vídeo, otro vídeo protagonizado por Andy Kaufman: asiste a un concurso donde una rubia muy guapa (o eso es lo que se quiere mostrar) debe escoger un hombre entre tres solteros; Andy es paradójico y absurdo, irregular en su atuendo y sus gestos subrayan la ausencia que el personaje sufre: está fuera de lugar y esa es su condición, esa frontera entre lo que produce risa e inquietud. No entiende porqué no es él el escogido: yo tampoco. Hay un reflejo que me molesta: la realidad de las cosas prescindibles, las imágenes en el espejo no se digieren fácilmente. Me digo que es hora ya, hora de dormir. Apago el ordenador, apago la luz, como un gatito que se va a la cama sin mayor preocupación que cerrar sus párpados, como una mariposa agotada por el vuelo prolongado a lo largo del día.
+ Antes de dormir, una dosis de Madame Bovary.
+ Según avanza la lectura de M. B. me reafirmo en mi idea de que el tema es la novela en sí, la perfección estructural. El reparto de pesos y contrapesos, el equilibrio y la simetría. La trama resulta necesaria, pero no es lo nuclear. El narrador busca una suerte de demostración narrativa, que se tiñe de un fino cinismo: razones cuasi científicas que llevan a entender que cada paso en el desarrollo es necesario y no podría ser de otra manera. Hoy, en Jauss, leo algo sobre Fanny de Feydeau (la novela que en el momento alcanzó un gran éxito de público) y M. B.; la primera nadie la recuerda, la segunda cambió la idea de novela y, sobre todo, se continúa leyendo, se actualiza en este preciso momento: un hilo de lecturas que constituye una razón de ser, una idea, la idea de la estructura, el movimiento y la música del idioma. En ello descanso, en esta hora del día. El cínico narrador que despliega su arte de la medida, que se acerca más al compositor de sinfonías que a cualquier otro creador. Una simulación de la vida cotidiana que supera la propia vida, la anécdota que se ve engrandecida. Esta noche, otra dosis más.
+ La vida cotidiana se ve trastornada por un suicidio [v. gr. Emma B.], la vida cotidiana es algo más que horarios que cumplir, comidas, trabajo y ocio. La vida cotidiana es un vasto territorio donde los pliegues no siempre son evidentes, pero ahí están; una respiración dificultosa tras la fluida repetición de los días, fantasmas y terrores nocturnos. Cuánto ignoramos. Sucede un hecho violento y se despiertan los demonios dormidos. Así, esta semana se tiró un hombre desde el Puente de Rande: dejo constancia.
+ Antes de dormir acudo al libro sobre la hermenéutica del sujeto que compré en Burdeos, es una recopilación de las clases que impartió en el Colegio de Francia Michel Foucault durante el curso 1981-82. El cuidado de sí y las tecnologías del yo. Por la mañana conduzco y hago un exhaustivo e implacable examen de conciencia. Decía Nietzsche que el remordimiento es como un perro mordiendo una piedra: no sirve para nada; no sé si la cita es apócrifa pero ahora me sirve. Me detengo un momento y la carretera tiene su novela, una extensa e inasible novela. Continúo. Los cuidados de sí, el yo como tema, la vida cotidiana. Hay un extraño placer masoquista en ajustar cuentas con el que fuimos; suena algo de Jean-Philippe Rameau, pero no consigue que me separe de los acentos del pasado. Me repito la frase de Nietzsche y sonrío. Por fin logro poner en blanco mi mente, sólo la música: un imitador de Jimmy Hendrix; me gusta y me aleja del pasado, me centra en presente. Llego a casa, como, duermo la siesta, limpio la cocina y leo sobre un político que tiene mi misma edad y siento una punzada que proviene del sueño, que, quizá, se trata de una pesadilla: ¿por qué no estoy yo ahí, me digo? ¿porque no he querido, añado, o porque no he podido? ¿me siento un poco Emma Bovary, termino? Por fin regreso a la vigilia y olvido esa desagradable rememoración de la pesadilla. Ya está. Enciendo el ordenador, busco en el reproductor de vídeo en línea y, ay, encuentro una lectura en viva voz de la novela que me ocupa, M.B., que dura más de seis horas, quizá ocho. Mi tendencia a lo raro. Recuerdo a Andy Kaufman y veo que la depresión es el mal de nuestro tiempo, pero llamar a nuestro mal insatisfacción resulta más preciso.
+ Grafitti lésbico: «Raras somos todas»
+ Las últimas horas de estudio: suena en Radio Venecia El Concierto de Aranjuez, interpretado por Narciso Yepes. Su inicio siempre me levanta el ánimo. Una ayuda. Siempre me lleva a pensar en Castilla, en viajes en autobús, viajes que hice yo solo en coche con la música débil en el pobre reproductor de CD’s, la amplitud del horizonte y un sosegado silencio o el murmullo de conversaciones, zumbidos o un motor lejano y amortiguado por certeros asilamientos. Ahora la guitarra penetra entre evocaciones y olvidos intencionados. Queda ahí la cita, el sonido de la guitarra arropado por la orquesta. Miércoles, ocho y diez de la tarde.
+ Imagen: elijo tres fotos que fueron tomadas en museos de arte contemporáneo [Mncars, Cacg, Serralves]. Me interesan las personas y este interés conecta con ese punto depresivo que ha gobernado la semana, aunque más que depresivo resulta ser un spleen, una desaconsejada forma de ver: pero las personas están ahí, con la ilusión de capturar algo que resulta imposible atrapar por su propia y evanescente naturaleza. Todo momento de lectura, audición o contemplación tienden a la caducidad: nunca te bañarás en el mismo río, nunca volverás a leer el mismo libro: la lectura de M.B. lo atestigua, las fotos que hoy traigo aquí también dan cuenta de esta caducidad. No me sorprendo, no me dejo arrastrar por el ennui. [Basta ya de extranjerismos (!); soy un snob].
sábado, 11 de mayo de 2019
Hacia «El país de Emma Bovary», notas para una propuesta
+ Después mucho tiempo vuelvo a saber de Pete Doherty. Una entrevista en el Chanel 4 News. Ha cumplido 40 años, le preguntan por sus amigos muertos a causa de las sobredosis y se emociona. Un retorno al pasado, un retorno a las ensoñaciones de los venenos y los licores. Hoy el día es limpio pero la semana que viene se anuncia con lluvias. Esa melancolía que se alimenta con canciones y poemas, cuadros y fotografías. Pete ya es mayor, su pelo ha encanecido y las arrugas entregan a su rostro una personalidad extraña y plena de malditismo; insiste en su atuendo: los sombreros de ala ancha, las corbatas, los pantalones tan años cincuenta del siglo pasado: amplios, rayas y tirantes. Insisite en su imagen del mundo, la ropa traduce un fraseo sincopado y hermético. En el reproductor en línea, debo poner los subtítulos, no soy capaz de entender sus declaraciones, pero no tiene importancia, prefiero su voz y casi no entender nada, salvo algún apunte, un acento, una insinuante interjección. La última canción: sus canciones son buenas en un sentido que pertenece a una desafiante y snob adolescencia, que yo entreví en nuestras fugaces visitas a Londres. High Gate, parques y callejones. Ropa de segunda mano, librerías y tiendas de guitarras de segunda mano: carísimas, hermosas, imposibles. Pete representa el triunfo de un estilo que ya no es otra cosa que recuerdo, pero esa consolidación pertenece a un estadio superior. Pete es el artista adolescente que nunca abandona su naufragado barco, a pesar del oculto encantamiento del dinero. La heroína y el crimen se leen en su rostro.
+ El País de Emma Bovary se conecta con la adolescencia o con una prolongación de adolescencia, donde se cita el descubrimiento de Flaubert y el deslumbramiento que me produjo Madame Bovary, el mundo que se elevaba ante mí: mi yo, mi yo-lector. Ahora que se aproxima nuestro viaje a Normandía cobra sentido su recuerdo, se hace necesaria una lectura desde la óptica del paso del tiempo, porque la lectura de Mme. Bovary es un examen de conciencia, la conciencia o la consciencia del lector que fui y que soy, del tránsito de un punto a otro.
+ En la entrada anterior las imágenes que ilustraban el texto las dispararé en Burdeos, pero casi no resulta posible reconocer la ciudad, si excluimos la figura ,que pertenece al grupo escultórico que se ubica en los Quinconces; a los pies de los caballos: la ignorancia, la mentira y el vicio. Yo retraté la mentira; con una máscara en la mano, la mentira encuentra su emblema. La mentira está presta a utilizar la máscara, a emboscarse, mientras huye, ya que es la República quien la expulsa, junto a sus dos hermanos. Pienso en la mentira y en Emma Bovary, en ese trasunto que resulta de la lectura de novelas y programar la vida como si una novela fuese. ¿Qué une a la mentira y al deseo de transformar la muelle existencia en el discurrir armonioso de una ficción perfecta en su desarrollo estructural? Con frecuencia sucede, la ficción infecta con su veneno la vida de algunas personas, que conduce a la confusión entre vida y literatura (¿se puede recordar aquí a Don Quijote, que se hermana en esta confusión con Emma?). La lectura, en demasiadas ocasiones, es un vicio disfrazado de virtud, que inocula deseos, ambiciones y una visión que no es admisible en la vida ordinaria, en lo cotidiano; y no por una ausencia de aventuras, sino por la falta de sentido y estructura que la vida tiene: ¿donde está el principio, el medio y el final de cualquier asunto humano, ya que siempre nos encontramos in media res? Veo las fotos anteriores y me digo que son la sugerencia de un relato, para una novela: la noche; el banco solitario, la papelera, el muro al que ataca el verdín, el árbol desnudo, el pavimento con trazos de vegetación salvaje y la farola: también su soledad; finalmente, la mentira o el emblema de la mentira: la máscara. Por fin, ya cuando se aproximan las ocho de la tarde de este sábado, concluyo que la decisión de ir a Normandía es una decisión totalmente literaria, y su incremento está condicionado por la literatura. C. y yo hemos hecho un pacto: los dos leeremos Madame Bovary antes del viaje, para que éste se vea totalmente condicionado por su lectura. Ay, cuántas e inagotables son las posibilidades de la lectura.
+ Después del último punto, me levanto y, sin saber muy bien el porqué, me dirijo a una estantería y comienzo a revolver, a apartar libros. Bajo cuatro pesados tomos, encuentro las Cartas a Louise Colet, de Flaubert en la antigua edición de Siruela. La tarde del sábado se llena de posibilidades. Cierro el ordenador y apago la luz; es hora de dar un paseo, alguna cerveza y darse a la observación de los ciudadanos y sus ocupaciones, sin transición.
+ [Un sueño, en el paso del domingo al lunes]: No sé con quién, pero hacemos una visita a un arquitecto que termina por enseñarme su trabajo. Me dice, y asiento, que le gustan las casa pequeñas. Hablamos de casas modulares, jardines y la importancia de los libros en la decoración. Cae estruendosamente un árbol y dos personas se hunden en una zona de arenas movedizas: yo las rescato. No buscaré una explicación, pero me sorprende cómo se solapan una escenas con otras, me sorprende la conversación sobre las pequeñas casas [que realmente me interesan, cómo me interesan las pequeñas casas y las viviendas modulares]. Comienza otra semana.
+ He recuperado La orgía perpetua de Vargas Llosa, su ensayo sobre Madame Bovary. La preparación de un viaje es algo más que comprar billetes de avión y alquilar habitaciones, mucho más que planificar los desplazamientos y consultar las tarifas de alquiler de los rent-a-car. Si no hay un acento literario, el viaje no merece la pena; como lector, sé que se debe construir, elevar, asentar los cimientos, unir deseos y propuestas sin mucha esperanza: el milagro se produce. En cada movimiento de lo diario planea el veneno de la literatura: actividad banal y peligrosa, como alguien dijo en algún momento en una radio que ya no recuerdo. Flaubert toma cuerpo, Flaubert es un destino inexcusable.
+ A veces las ciudades tan son sólo nombres, nombres que iluminan o ensombrecen un pié de foto, nombres que nos hacen soñar aunque no tengan una correspondencia clara con una cierta realidad, nombres de ciudades: París, Berlín, Londres, Roma, Nueva York (…) Y así. Como emblemas o invocaciones de un estilo y una misión estética, pero sin anclaje en lo posible. Buen material para postmodernos poemas, entrañables invocaciones del sueño en las noches tan frías de la provincia. No puedo dejar de pensar en el refugio de Flaubert en las afueras de Rouen. Una cápsula para la escritura. Un deseo. Las ciudades se difuminan en el horizonte que plantea la lectura, vemos sus nombres bajo la fotografía de la escritora en el hotel: Berlín. Evito hacer comparaciones.
+ Imagen: Los extraños e impersonales espacios de los aeropuertos, lo extraño en sí, el no lugar que se constituye en otredad opuesta a la idententidad: el viaje como suspensión de la persona. Sin atributos, esperamos el embarque.
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