sábado, 30 de julio de 2016

Cine




+ Volvería a ver con gusto dos películas. El espíritu de la colmena y El Sur, ambas de Victor Erice. Son unas películas buenísimas, pero mi interés va otro camino. Es un interés más sentimental que cinematográfico, que se liga al recuerdo y a las imágenes indelebles que se fijan por comunión, por cercanía, por semejanza, en la reflexión sobre la infancia. Las protagonistas de las películas, Ana Torrent e Itziar Bollaín, tienen mi edad, mi misma edad, y recuerdo ver las peliculas años más tarde de que se estrenasen y decirme “yo era niño cuando ellas eran niñas” y están ahí, en la ficción. Así, el cine traspasa su funcionalidad y se convierte en un testimonio enriquecedor que enraíza en la biografía propia. Como si ellas estuviesen en mi clase cuando yo tenía ocho años, y en alguna medida resulta una verdad escogida. En la medida que establece la construcción de un pasado, la elaboración de un relato biográfico, que responde más al deseo que a la verdad contable de los hechos. Ver El Sur me traslada a paisajes de mi infancia por una invocación. No es nostalgia, es la vida en sí. A veces creo que se trata de algo muy próximo a la oración. Así se acumulan las dudas fértiles.

+ Me gustaría realizar una investigación sobre el poder, a la manera aquella que se decía en Sobre héroes y tumbas ‘soy un investigador del mal’. He tenido la oportunidad de ver cómo se encarna el deseo de mandar, como la estrategia y la ausencia de unas normas elementales revelan el núcleo de la persona o, en expresión de Marco Aurelio, el principio rector. Aunque no llegue a investigar, la investigación es más pictórica que literaria. Una escena, una mujer, con la mirada entre la insolencia y el miedo, un miedo sordo y mudo, que se debate entre la vibración y el estallido. Crispación, tranquilidad, sombras, pájaros negros que vuelan sobre un edificio de plata, el ruido de los coches, el fiero viento de la mañana, que todavía no es cálido. No hay opción, el retrato debe entrar en las habitaciones del hiperrealismo, una definitiva pincelada que apunte unos ojos inteligentes pero dubitativos.

+ Hablo del cine como si hablase de una ciudad visitada hace muchos años. No voy al cine, no veo películas. No sabría explicar a qué es debido. Alguna vez, de visita en Madrid, acudo y me sorprende gratamente, me siento maravillado por el espectáculo, pero no vuelvo al cine, hasta el año siguiente. No lo entiendo y no busco una respuesta a la interrogante. La sala vacía, la oscuridad, la luz en la pantalla, los rostros, los autos, las ciudades, las casas, las habitaciones y los gestos. Todo ello tiene un momento hipnótico que reconozco y aprecio. Sin embargo no voy al cine. Acabo de recordar dos películas, y sólo es el recuerdo, sin más, ni siquiera deseo volver a verlas, me llega con esa certidumbre, con el aliento que llega de aquellos días en que las vi por primera vez. Hay días en que no me entiendo, otros días no quiero entenderme. Sic.

+ “… la sombra de diciembre sobre el río.” Juan Lamillar, Diciembre en la ciudad.

+ ¿Todavía mantienes tu filiación romántica, podrás escapar algún día de ella? En julio estas preguntas carecen de sentido, en invierno iluminarán el tránsito por las avenidas desiertas de la capital. A la espera de noviembre, a la espera de diciembre, pues ambos meses serán propicios para viajes propicios. Madrid, Londres. Está firmado.

+ Fuente perenal. La fuente perenal es aquélla que mana por siempre, sin interrupción, nunca se seca, siempre ofrece agua. Sólo quería dejar constancia de una definición que puede tener mucho de alegoría y/o metáfora. ¿Qué es hoy en día lo que nunca se seca, que siempre ofrece agua, con toda esa carga de simbolismo que el agua tiene? Las imágenes resultan herramientas sutiles y variables, como el agua misma. Salgo a correr y la definición se diluye en la verdad de la mañana, en la brisa suave y fresca, en la corriente de río y su undosa superficie, en los otros corredores y paseantes, en los perros y los pájaros que se dejan observar: gaviotas, urracas y gorriones. El vuelo es otro símbolo. Correr pone las cosas en su sitio y si el esfuerzo aumenta, se logra, así, una cota de desconexión muy apreciada [por mí]. Esta es hoy la fuente perenal, ¿mañana? La tarea: no aproximarse al futuro, no anclarse en el pasado. Vuelvo a la música y es la única verdad que se admite, en este único e irrepetible momento.


+ Imagen: como si la cúpula se convirtiese en una invitación, como la sugencia con la que se inicia una película (?); sobreimpresiones: los títulos de crédito, tal vez.

sábado, 23 de julio de 2016

Como el que oye el agua correr




 + Oigo a un poeta decir una tontería mayúscula. Algo así como que al que tiene talento literario no le conviene la formación, y si la tiene, cuanto menor sea ésta, mejor para su obra. Podría desmentir tal afirmación con ejemplos y contraejemplos, pero es una tarea inútil. No creo que él mantuviese durante mucho tiempo la sentencia. La conclusión es: no se deben mantener conversaciones con espectros. Y espectros son todos aquellos que hablan en la radio o aparecen en la televisión. Pensamos debido a esa inmediatez de la palabra hablada que podemos responderle y, obviamente, no es posible, pero nos empeñamos y en silencio mantenemos este diálogo imposible y estéril. Creo que el alarde descrito se contrapone a la lectura, donde el diálogo sí es posible, aunque no se trate de un diálogo en su literalidad. La cuestión se resume en la distancia que marca la letra impresa. Somos en la lectura más reflexivos y nos hacemos cargo del contexto en el que nos manejamos. La distancia lo es todo. Si hubiera visto escrita la opinión anterior, me hubiera sonreído y lo daría por un apunte irónico [aunque no fuese así, pero, como siempre, el sentido de la lectura se adapta a nuestros propósitos, intereses y filias y fobias]. La radio está bien, es mejor, con mucha diferencia, que la televisión, pero me impide esa necesaria distancia. Debo aprender, porque el problema no es de la radio, sino mío. La ironía es la clave. Pensaré en ello.

+ Vuelvo a la cuestión anterior otra vez: es mejor para un narrador carecer de estudios superiores, son un lastre para una carrera literaria. Esta era la tontería que el poeta que tanto aprecio, como poeta, profirió sin viento en la solapa, un viernes por la tarde, en un programa cultural de la radio pública. Se desmonta fácilmente: Leopoldo Alas Clarín, Iris Murdoch, Tolkien, C.S. Lewis (...) Estos cuatro nombre me vinieron a la cabeza mientras corría el domingo por la mañana con el viento de frente, con la compañía de la música de banda inglesa de entreguerras: música de baile sin duda: Jack Hylton. Se podría decir que una formación universitaria no garantiza la creación de una obra literaria de interés, lo cual es cierto, pero, así también es verdad, lo contrario no garantiza nada de nada. Es este un asunto menor, lo que realmente tiene importancia es la duda ante las afirmaciones categóricas que intuimos que los datos desmotan sin piedad. La duda se instaló en mi manera de oír y leer tiempo atrás. Hoy celebro ese momento bajo el abrigo de la maravillosa música de Jakc Hylton.

+ Si en lugar de analizar la narrativa, lo hiciésemos con la poesía: la lista se multiplicaría. Abandono esta diatriba sin interlocutor y me dejo llevar por la música barroca y el café helado. Prefiero que mantenga en la memoria la música de Jack Hylton, juguetona y erótica. Dancing, cocktails and smoke. Pistas de baile, alegría deseada, vestidos vaporosos, uniformes militares o entallados ternos, tabacazo y whisky helado sin hielo, lágrimas de cristal y besos furtivos en la inmediaciones de la estación del metro. Ay, el West End. Jack Hylton es ideal para correr. Me callo y escucho.

+ One Two, Button Your Shoe:

One, two,
Button your shoe,
Put on your coat and hat;
I play a game like that
While I'm waiting for you.

Three, four,
Open the door,
Hurry for heaven's sake;
I count each step you take
While I'm waiting for you.

Five, six,
My heart does tricks
As I picture all your charms.
Seven, eight,
You're at the gate
And you walk into my arms!

Nine, ten,
Kiss me again,
Tell me you get a thrill,
Just as I hope you will
While I'm waiting for you.


+ Parece que lo inestable e inseguro es algo propio de este tiempo y nada más alejado de la realidad: no es propio de este tiempo, es propio de la vida misma, desde el momento en que surgió. El cambio es el motor, el cambio caracteriza la vida como ninguna otra particularidad. Hay cambios muy grandes y definitivos y otros cambios menores, pero con un alcance no sospechado. Siempre se instala una tendencia a considerar el presente como el peor de los mundos posibles, cuando la realidad se impone en sentido contrario: vivimos en el mejor mundo de los posibles porque no hay otro y al decir esto el presente se extingue para dar paso a un nuevo presente (así hasta la nausea). Dicho esto, el adjetivo “mejor” se caería por la imposibilidad de comparar. Y, para no dar más vueltas, lo escrito anteriormente tiene que ver con el ruido que los comentaristas originan en diversos medios de comunicación. Es un ruido que molesta y condiciona. Terrorismo, paro, devaluaciones, inflación, deflación, recesión, crisis, inestabilidad (…) Sin negar la verdad de estas realidades, la voz de los comentaristas me parece prescindible, mucho más cuando un día opinan de un asunto económico y otro día se van hacia lo ingenieril, lo militar, o lo filológico. No hay porque tener miedo. El cambio es la única seguridad a la que aferrarse, como explicación y ante cada nueva pregunta hay que poner por delante la palabra mágica: cambio.

+ Jack Hylton me acompaña en el ejercicio diario. Hago todos los días el mismo recorrido y he abandonado, definitivamente, el reloj en casa. Prefiero correr sin condiciones. Jack Hylton marca el ritmo y el ritmo es alegre y me ilusiona. Un suspiro es ahora la carrera, un regalo que la orquesta me da sin pedir nada a cambio, sin establecer registros. Música, sólo música.


+ Imagen: la parte trasera de la instalación, la mujer que busca la fotografía y ella se convierte en motivo para otro objetivo, que no es el suyo. Los puntos desenfocados arrojan luz sobre los motivos ocultos, o eso me gustaría (?)

sábado, 16 de julio de 2016

Tardes de julio



+ Leo con atención uno de los artículos del libro de Miguel Esteves Cardoso que compré hace unos meses en Oporto, en un centro comercial que hay junto a Ikea. El artículo se titula «Bom», es decir bueno. Finalmente, se trata de establecer un criterio clasificatorio válido para ordenar obras de creación, periodísticas, políticas (…) En resumen se debe otorgar un punto al autor si es buena persona, un cero si es mala; dos puntos si las intenciones son buenas, cero si son malas; por último, tres puntos si su elaboración es buena y un cero, consecuentemente, si es mala. Tras establecer el criterio analiza los resultados de las posibles combinaciones. He aplicado este sistema a dos o tres circunstancias de las últimas semanas y me ha parecido una herramienta útil. Se juzga al sujeto, sus intenciones y la realización de éstas. No creo que el resultado arroje una guía moral, pero sí otorga una cartografía útil y pretendidamente objetiva, con todo lo que importa este adjetivo. De seis a cero puntos. Ay, los sistemas de clasificación nos ayudan a comprender el mundo al tiempo que le roban el alma. Bendita ignorancia.

+ Cierro el libro que termino de citar y me dispongo a leer una páginas de la autobiografía de Pete Townshend. Por el placer del idioma, esa deriva que tenía Tom Ripley. Eso me lleva a rememorar viajes nunca realizados: en tren, por el centro de Europa, el Norte de Italia, el Sur de Alemania, trenes sin personalidad, con el encanto anticuado de la decoración de los años setenta: moquetas, dorados, luces pálidas y ambarinas. Oír idiomas que comprendemos dentro unos límites pero que no nos resultan totalmente ajenos es uno de los grandes placeres que el dinero no puede comprar. Estas son las posesiones que me interesan: tocar un instrumento, aprender un idioma, nadar, v. gr. El dinero es necesario, pero no lo consigue todo. Planificar viajes es una apuesta sin objetivo; es mejor dejar que fluya lo circunstancial y aleatorio,

+ «Cuando Hernán Cortés llegó a las fronteras del mundo azteca, uno de sus primerísimos pasos fue crear un municipio y hacer que sus hombre lo eligieran alcalde (…) Cuando dos ingleses se encuentran en una frontera salvaje, forman un club; los españoles fundan una ciudad» Felipe Fernández-Armesto en Historia de España, ed. Raymond Carr.

+ Si he recuperado la cita anterior, que será utilizada para otro propósito, se debe a una comida a la que asistí el otro día; una comida en la que durante el café se propuso un juego que consistía en elegir una persona relevante, célebre o famosa con la que ir a cenar. No pude contestar porque por mucho que lo intentaba no conseguía encontrar a nadie que me interesase hasta ese punto, ni nadie famoso ni nadie desconocido. Hoy, como tantas veces y con mucho esfuerzo, fui a correr y no dejé de pensar en ello. Mientras me seguía un perro muy simpático di con la solución: Felipe Fernández-Armesto, sin duda. Iría con él a cenar a un anticuado restaurante de Mayfair, con riguroso traje, con discreta corbata y dispuesto a escuchar y a preguntar. Las fantasías constituyen un buen pasatiempo para las sobremesas, al mismo tiempo, hay fantasías que prolongan su influjo tras los trabajos y los días.

+ Para comprender la verdad última del idioma propio es inexcusable indagar en alguno ajeno, cuanto más alejado mejor. Con ahínco. Esta afirmación oída muchos años atrás a un doctorando en filología hispánica ha marcado muchas de las derivas que en los idiomas he empleado mi tiempo: como si ahí hubiese una respuesta a unas cuestiones por plantear. El contraste semántico es una piedra de toque, me decía; y más detalladamente descriptiva es la respuesta cuando nos circunscribimos al ámbito de la fraseología, como si la intuición de una fraseología comparada pudiese dar el tono de una nación, de sus habitantes, de un espíritu nacional, de un espíritu del tiempo. Todo está muy bien, pero hoy cogemos un avión, nos plantamos en cualquier capital europea y lo que refleja la distinción son los pomos de las puertas, las cerraduras en sí, los carteles indicativos [baño de hombre / baño de mujeres], los enchufes o el envase de la pasta de dientes (...) Nunca se sabe dónde se percibirán las diferencias, pero estos haces súbitos son, ciertamente, inesperados y certeros. Entras en un pub y esperas ser atendido, que alguien te pregunte, te levantas y te diriges a la barra y nadie te pregunta, porque eres tú el que tiene que iniciar la conversación. No lo sabes y te enfadas por haber sido ignorado y la realidad es bien distinta, ya que eres tú quién no ha sabido actuar en este escenario. La gramática en el libro es como el código de circulación en la autoescuela; la vida o la carretera tienen ese algo inabarcable que las hace superiores y merecedoras de todo el interés posible; bueno, la vida, sin duda, contiene la carretera: uno entre sus incontables ecosistemas, pero ese es otro tema.

+ Imagen: algún lugar de Lisboa donde florece la abstracción.

sábado, 9 de julio de 2016

Escrito desde el pasado




+ Madurez/inmadurez. Leo con atención un artículo de Luis Antonio de Villena sobre Truman Capote. Se describe su figura, su prosa, el impacto de su biografía; más adelante Luis Antonio rememora un momento en que Colette le dice al escritor norteamericano que comparten algo: nunca llegarán a ser maduros. No puedo dejar de pensar en la afirmación. Desde que leí esta sentencia trato de encontrar los indicios que me aporten un sentido  a mi destino. No creo en el destino pero sí en ciertas determinaciones; una vez más me remito a Heráclito: el carácter es el destino. La presión social sobre la biografía hace que me plantee si a lo largo de estos mis cincuenta años he madurado y la respuesta, afirmo sin dudar, es no. ¿Madurar?, madurar maduran las peras, le oí en una ocasión a un afamado filósofo, y la frase despertó la risa del auditorio, pero la frase a mí me causó una impresión que perdura. Si a esto le uno mi constante desinterés por los asuntos que a otros entretienen y apasionan, me convierto en una persona en los márgenes. Ahora, una vez escrito, no sé si esto es un vicio, un defecto o una virtud. Quizá ninguna de las tres cosas, pero sí es un estado permanente que ha condicionado el flujo de los días. La expatriación de la edad, del avanzar de los años. Son elementos que se suman: mis lecturas, la ausencia de hijos, la rutina diaria (...) La configuración de la persona responde a una pulsión que es difícil concretar, salvo, repito, su carácter, y ni siquiera pretendo aproximarme a una síntesis, pero, después de leer el artículo de Luis Antonio de Villena, veo cómo el eje madurez / inmadurez describe con perfección a las personas, y yo me remito al segundo grupo. No es un vocación.

+ La poesía tiene respuestas a interrogantes no planteados. La voz de los muertos, las preguntas de los locos.

+ Veo las fotos de la campaña electoral una vez que ésta ha pasado. Son las seis y cinco del día de las votaciones. He cumplido con mi deseo de votar. Poco espero, pues carezco de la necesaria ilusión para tener anhelos o esperanzas. Sólo he votado, sin miedo y sin esperanza. Veo las fotos de la pasada campaña electoral y me detengo en una de un mitin al aire libre, pero en lugar de fijarme en los candidatos, en la felicidad de la gente que asiste, en los niños y los perros, estudio el paisaje urbano, el cielo limpio del inicio del verano, ese aire del atardecer en Madrid y pienso que esa calidad humeante, polvorienta de verano es equivalente a la que se dio, en algún momento, tras una batalla. Con esa idea sin anclaje, abro un tomo de Julio Martínez Mesanza. Por la lujuria de la lectura, busco uno de los señaladores que me llevarán a un poema escogido: “Preferencias”. Copio: “Si acaso, los hangares en desuso,/ las estaciones fuera de servicio,/ el laberinto en las fundiciones,/ el brumoso extrarradio, un descampado (…)”. Lo que recoge el poema es lo que me inspira la foto del mitin. Esos sedimentos otorgan el alma al instante de la historia, que no asegura nada, ni conocimiento, ni melancolía, ni inspiración. Una deformidad que me aleja de las preferencias habituales. La ruina, la fábrica abandonada, la estación de metro, el cartel rasgado que hace años que caducó. En definitiva, una suerte de detritus que resuelve más que los análisis, las valoraciones, los estudios y los ensayos. Cierro la ventana en el ordenador y las imágenes y sus protagonistas se alejan a su mundo inconcreto. Qué vapor en la tarde de junio, cuando ya se aproximan los resultados. Leo que, según los últimos datos, la participación es inferior respecto a las elecciones anteriores, las elecciones de diciembre. Sin miedo, sin esperanza.

+ Una pizca de frivolidad. Conduzco y como tantas veces tengo la radio conectada. Unas veces escucho las emisoras convencionales y otras me dejo llevar por la cadencia de Radio Clásica. Una tarde de la semana pasada escuché una entrevista con un cantautor. Se quejaba de que la etiqueta cantautor resultase peyorativa, que los chicos del 15M lo rechazaron cuando allí fue. Luego protestó por la frivolidad de los años ochenta, ya que esos artistas eran deudores de una lucha izquierdista que no terminaban de reconocer, pero de la que eran deudores y nada de lo que hicieron hubiera sido posible sin esos sacrficios. No lo dudo. Clamaba contra la frivolidad con dureza. La frivolidad repetí la palabra mientras el tráfico discurría plácidamente: motos, bicicletas, camiones, coches, todos en una aparente armonía. Yo no soy serio, yo tengo una parte importante de mí que es muy frívola, me dije y acudí al recuerdo de pequeños objetos que me acompañan en lo diario. Muñecos de plástico, narices de payaso o gatos dorados (...) Son elementos intencionadamente ligeros, evaporados, prescindibles. Qué le voy a hacer. Me gustan ciertos ornamentos porque aportan a la vida un grado de ironía muy necesaria para luchar contra los embates de la tristeza y el cansancio. Cuántas veces me ha repuesto observar durante unos minutos el muñeco de plástico que representa a Herman Munster, su sonrisa amplia, su maletín metálico, esa actitud de dirigirse al trabajo con total normalidad pese a su indiscutible condición de monstruo. Ay, los monstruos, su ternura y su violenta presencia. Ay, las matrioskas, la plateada maqueta de una Vespa, la caja vacía de galletas de la fortuna [Fortune Cookies], postales de tiendas francesas de complementos [carísimos]. Cómo se casa todo esto con mis ideas sobre la sociedad, la política y lo diario, lo aceptable y lo inaceptable. El enlace se establece mediante un pensamiento que sostienen la sospecha y la duda. Contra la desconfianza tiene que existir un elemento que equilibre los pesos. La tristeza no es buena consejera y lo frívolo aporta ese grano de sal que permite sonreír y saltarse la circunspecta realidad diaria, que nos aboca a la respuesta final: la muerte. Lo frívolo es una herramienta, un conjuro, una apuesta por la sonrisa / la risa. Astro Boy me mira y yo lo miro. Gracias por tu apoyo, le digo y él continúa con su tarea.

+ En latín se distinguen tres tipos de beso: osculum, beso de respeto; basia, de cariño; y lascius son los besos de placer . "Basia coniugibus, sed et oscula dantur amicis,/ suauia lasciuis miscentur grata labellis”. La realidad se construye lingüísticamente, por mucho que algunos se opongan a esta evidencia. Tres tipos de besos frente a un único beso, el nuestro. ¿Es equiparable?


+ Para otro momento: diferencia entre datum y factum. La precisión del lenguaje no es una cortesía, es una obligación.

+ Imagen: el pantógrafo tiene algo de constructivismo ruso, un constructivismo adelgazado hasta la mínima expresión, un aliento abstracto donde se conserva una edad. Sólo son evocaciones que contrastan con las ráfagas de fotos que vemos hacer a otros turistas. Nuestro turismo es una cacería de elementos pictoricos sin mayor objetivo que el disparo de la propia foto, la vibración del momento y el disparo. Nada más. Eso y este contenedor, este muestrario.

sábado, 2 de julio de 2016

The very back row



+ Sábado por la mañana, quizá son las ocho menos veinte. Escucho a los Who, veo el tomo de la biografía de Pete Townsend en un estante, me preparo para ir a cortar el pelo, como se dice en una canción de los Who: cut my hair. Mientras escribo pienso en cómo hay razones que nos llevan a una cierta poesía y, al tiempo, otras nos alejan de esa misma poesía. Hay una oscilación: unos días sí, otros no, el resto: en el centro, sin substancia. Me refiero a Luis Alberto de Cuenca. No sé por qué tomé el Cuaderno de vacaciones, lo comencé a leer y no pude estar en mayor desacuerdo. ¿La vejez? Como casi siempre, el significado de las palabras es variable e inaprensible en la entomológica encuadernación del diccionario. El que ayer era viejo hoy todavía es joven, algo que funciona simétricamente. Vivir como si nunca uno fuese a morir, y, antes de dormir, pensar en que el sueño es una imagen fiel de la muerte, me decía alguien al pie de una montaña que debíamos coronar. ¿Lo entendía? El tiempo cargó de significado la afirmación. Resucitar a la mañana siguiente y emprender el día con ilusión, con la alegría fortuita y sin más cimiento que el tiempo y su disciplina, comprender esta disciplina otorga el control sobre sus efectos, aunque no elimine las devastaciones. De Luis Alberto me gustan su elegancia, lo cercano del Madrid que traza: paisaje, figuras y circunstancia, la fuerza del amor y la grandeza de la sensualidad, esa defensa de la filología, cuándo ya no es que se obvie sino que se odia (?) por inútil. También, cómo no, el grado cero de la frivolidad. La poesía se desvanece para resucitar en la voz que se agita y se rebela contra esa sentencia: sólo el dinero nos alienta. Estos equilibrios y balances construyen la biblioteca imaginaria, inmaterial y móvil, la biblioteca que nos acompaña en la soledad en las salas de los aeropuertos, en el trayecto al trabajo, en el ascensor o en la escalera mecáncia. Los acuerdos y los desacuerdos. La proximidad y la lejanía. Volveré a la playa, volveré a llevar sus poemas a la playa, un lugar excelente para leer a Luis Alberto de Cuenca, aunque, qué gran verdad, haya cosas que no me gustan, pero qué poesía sería sin se pudiese hablar con ella, disentir, enemistarse y lograr una reconcialición, pero, finalmente, a quién le interesan los tibios.

+ Al fin y al cabo, la vejez y la intensa presencia de la muerte responde a un espíritu barroco, tan español, con tanta constancia presente en todos los ámbitos vitales. Una poesía certera nos lo transmite. Como sucede con el romanticismo, cabe la posibilidad de no limitar lo barroco al ámbito de una época histórica. Puede rebasar este dominio y lanzarse a uno mucho más amplio, que traspasa los límites de lo artístico y se mezcla con lo ordinario, con la vida cotidiana, más allá de su siglo, más allá de las bibliotecas. Veo esta razón en los poemas de Luis Alberto de Cuenca que he antes nombré y, así, retomo una cita que nos entrega, que procede de Hijos de la ira, de Dámaso Alonso: “Ahora que he sentido los primeros manotazos del súbito orangután pardo de mi vejez …” Sobre ella medito, la abandono y regreso a un poema anterior: “Dulce Carmilla”: “Son dos chicas muy jóvenes (aunque una / tenga doscientos años más que la otra). / Se quieren. Se codician. El terror / siempre ha sido una excusa inmejorable / para mostrarnos ciertas situaciones / que la moral tradicional no acepta / más que dentro de la literatura”. El árbol que cae, la sensación de la mano sobre la mano, la espalda, los senos acariciados por otros senos (…) Cómo contraponer la vejez y su orangután al amor entre dos adolescentes, el amor tierno de la mujer vampiro y su amada, Laura. Laura y Carmilla, otra vez. Cómo conjurar el fantasma de la edad. ¿La alegría?

+ “Si no se puede medir, no es ciencia”. ¿Lord Kelvin?

+  Sigo indagando sobre los años noventa. ¿Qué puedo ver ahí? Lo que fui. Con ese mar insondable: los presidentes de gobierno, los asuntos del poder, jueces, fiscales y magnates de la prensa, escritores, peridodistas y traidores, curas, vecinos, muertos, vivos y resucitados, reyes, príncesas y concubinas (...) Cuando leo me llegan imágenes de telediarios y conversaciones sobre aquellos asuntos y otros no nombrados, paralelos. Recortes de prensa que amarillean en un carpeta olvidada. El tiempo todo lo difumina. ¿Es esa borrosa imagen que nos queda el único rédito que se obtiene, cuántas voluntades han sucumbido, cuántas veleidades son humo, ceniza imposible de la soberbia? Y escribo y sé que lo que escribo es el menosprecio de corte y
elogio de aldea, aquí en mi cámara: los libros, la música, los dibujos y las notas. Es una humilde imagen o es la única posibilidad. Sin ambición no se avanza, pero la ambición es lo que precipita a los hombres al abismo. Faetón o Ícaro son emblemas de la vanidad: el amor propio desmesurado, la inconsciencia, la ceguera que produce el reflejo en el espejo. El abismo es un dilema que se plantea en el día a día. El abismo dibuja el discurrir de todas las biografías. El abismo. Desprenderse de la coraza que hemos trenzado durante largos años, sin fe, sin esperanza, sin miedo.

+ Vaya, alguno hay que no entiende cómo ha perdido el favor del electorado. ¿Continúa cegado por su reflejo en el espejo o, tal vez, como Narciso, está a punto de caer en el agua, a punto de ahogarse?

+ Imagen: nubes.

sábado, 25 de junio de 2016

Various



+ El Conde de Villamediana comienza a cobrar cuerpo, su cuerpo de letra y su espacio de papel o pantalla. Debo encontrar un tema en su biografía que establezca una conexión con su poética, con su Faetón, con sus fábulas mitológicas. La intuición muestra una dirección: el carácter es el destino. Hay rasgos que inducen a buscar este paralelismo entre Faetón y la vida del Conde, pero semeja una explicación simple en exceso. ¿Es esto un impedimento? De ninguna manera, sin embargo he aprendido a establecer diques de contención a una suerte de corriente de pensamiento, ese yo interno parlanchín al que hay que acallar con frecuencia: en el estudio, en la reflexión y en la fiesta? En fin, a otra cosa. La caída de Faetón tiene un punto de unión con la vida del Conde: la deslavazada biografía y la caída del hijo de Apolo, su mala cabeza y su ambición sin cimientos. Por eso es necesario investigar la biografía, con lo complejo que esto me resulta, y, quizá, más que complejo yo diría paralizante. Escribir resuelve carencias al ponerlas al descubierto. Mi manera de escribir es muy dubitativa, a veces soy incapaz de opinar por miedo al error. He pensado en ello y creo saber dónde reside esta incapacidad. El Conde me guía en esta investigación sobre su vida y sobre mi incapacidad. Unir ambos temas es importante. Finalmente, después de espigar y centrarse en la cara oculta de la Luna permanecerá oculta, pero la motivación biográfica del poeta resplandecerá [mi propósito].

+ [Un poco más] Para comenzar he cogido en la biblioteca un libro de Néstor Luján, al que no sé si calificar de viejo libro o libro viejo. Decidnos, ¿quién mató al Conde? He leído el prólogo y contiene en sí una novela. Así soy yo, tendente a la novelaría y a la fabulación. Habla de cómo se gestó el libro. Habla de sus rutinas como escritor. Habla de cómo empleó una vacaciones en un tal Hotel Boix de Martinet de Cerdenya, cerca del río Segre. Utilizo en el buscador la opción de búsqueda de imágenes y me encuentro con una colección de paisajes de montaña, tan queridos por mí. Hoteles con tejados aptos para soportar la nieve, montañas en diente de sierra, coníferas, estrechas carreteras, ríos caudalosos y estrechos, lagos de montaña, pueblos encaramados en cumbres, nieve y niebla. Bien, pero el autor dice que comenzó a escribir en verano, “viendo como cómo los pescadores se afanan con la esquiva y la jaspeada trucha del Segre”. Y, añade, en lugar de entregarse, según su costumbre, a la lectura se sumergió en la redacción del libro que manejo. La redacción ocupó los días que van del 16 de agosto al 22 de septiembre de 1986. Todos estos datos me parecen suficientes para trenzar un guión cinematográfico donde se diesen en dos planos la estancia vacacional de Néstor Luján y la vida azarosa del Conde. Sin paralelismo, pleno de yuxtaposiciones. Ay, cómo me gustaría tener no ya el talento sino la capacidad de establecer tal guión. Etc.

+ Vi el libro cuando lo subieron del depósito y estaban sin cortar lo pliegos, es decir: un libro intonso. Debí esperar, porque sin rasgar las hojas no se permite el préstamo. El libro tiene más de cuarenta y cinco años y nunca se había solicitado. Soy el primero que leerá este ejemplar. Pienso en la palabra intonso y veo que es una realidad extremadamente lejana. Salvo en las librerías de viejo, resulta imposible encontrar un libro en estas condiciones. Ay, esos tomos de la editorial Gredos. No puede menos que sentir una punzada de sentimentalismo al tenerlo entre las manos, para equilibrar la afección sentimental cogí un libro de ensayos de Zadie Smith [que terminé por abandonar sin ningún tipo de arrepentimiento]. La visita a la biblioteca se debía a un libro sobre el Conde de Villamediana, donde se sopesa su homosexualidad, que se nombra mediante: el proceso nefando. Nefando lo subraya el corrector como subraya intonso y es, a la vez, otra palabra que ya nadie utiliza. Nefando viene a ser algo de lo que no se puede hablar sin repugnancia u horror. Uff, qué fatigas produce el paso del tiempo, cómo se refleja éste en las palabras, palabras que representan modos y edades, palabras que pierden su transparencia y se tornan en extrañas maneras de nombrar realidades que, en ocasiones, ya no existen, aunque para nosotros todavía sigan vivas. Nos morimos un poco en la muerte de las palabras. En fin, abro el libro y me enfrento a ese viaje que todo libro supone. Cuando me enfrento a su prosa, cuando estudio muy por encima la portada: sin ilustración ni fotografías, unas sobrias letras azules, rojas y unos finos filetes con esos mismos colores, me veo lanzado hacia el pasado. Se trata de un estudio de Luis Rosales sobre el Conde, su vida y sobre la misteriosa muerte que sufrió en las inmediaciones de la Plaza Mayor, en Madrid. Qué mundo tan lejano, me digo: tanto el del Conde como el de Luis Rosales, y no puedo menos que preguntarme el porqué de este interés por la figura del aristócrata calavera, qué razones me conducen a este autor . Llego a la conclusión de que es posible que no exista mucha distancia entre estas razones y las que nos llevaron a amigos o a la persona amada. La casualidad, ¿la casualidad para quién la trabaja? La cuestión que me ocupa ocurrió de la siguiente manera: primero debí escoger un tema para relacionar Siglo de Oro con la mitología o con la Biblia. Primeramente me incliné por Las Soledades de Góngora, pero quien me dirigía me dijo que era un tema demasiado trillado, que era preferible que indagase en autores de la escuela gongorina. Después de sopesar unas cuantas posibilidades me incliné por el Conde, más en concreto por su Faetón; como una suerte de fábula moral donde se recogerían causas y efectos de su vida: la hybris, la soberbia y la temeridad. En eso estoy: la hybris, la soberbia y la temeridad; cómo desarmarlo, cómo recomponerlo. Esa es la tarea.

+ Lectura de los sonetos del Conde comienza a mediados de junio, 2016.

+ En el día del Brexit recuerdo una visita a una vivienda en el Crescent de Bath. Nunca he sido particularmente entusiasta de las visitas turísticas. Tienen algo entre previsible, ornamental y falto de gusto. En este caso había notables diferencias. Hacía años que pensaba yo en Bath, debido a un curso de urbanismo que asistí allá en los inicios del milenio. Una de las tareas que se nos imponía el profesor consistía en dibujar plantas de ciudades, primero a lápiz que luego se pasaban a tinta y después se coloreaban. Un ejercicio agradable y tranquilizador. Cuando por primera vez oí hablar de la secuencia de Bath no dejé de preguntarme por las sensaciones que podría despertar el paseo por la ciudad balneario. Muchas veces pensé en ello y así nos plantamos allí, un día nublado y con no muchos turistas. No fuimos a los baños romanos, pero nos resultó imposible no entrar en aquella vivienda-museo que representaba el modo de vida de la Inglaterra georgiana. Me gustó que todos los que atendían a los visitantes eran ancianos, muy pulcros y amables, con un inglés relativamente accesible sin perder su color local [mmm qué expresión: color locas, qué descriptiva y certera]. Estaba prohibido hacer fotos en toda la casa, algo que se agradece, salvo con una excepción: desde un salón se podía fotografiar el Crescent, a través de la ventana. Así lo hice. Me pareció que era un gesto que encerraba una magia muy útilo para conjurar las heridas que el paso del tiempo produce. La invitación de aquella mujer rubia y alta me abría las puertas a un mundo finitio pero presente y auténtico. Hoy lo recuerdo, cuando el Reino Unido ha abandonado la Unión Europea y pienso que hay razones que florecen más allá del pesado e implacable tránsito de la Historia.


+ Imagen: cúpula de la Biblioteca Central de la Uned, en Madrid. Cuando entré allí era consciente de que tomaría una foto y esa foto habría de servir para el blog. La constación es ésta, no oculto que me produce una cierta satisfacción pensar en el camino recorrido: disparar, guardar, recuperar y publicar. Se puede decir que, casi, es un proceso orgánico. Allí, en esta biblioteca, permanecí durante dos horas consultando libros, tomando notas y observando a los otros lectores. Ver y ser visto. La foto, en su abstracción, contiene el momendo, ya que mediante ella soy capaz de recuperar sensaciones e intuiciones. Vale.

sábado, 18 de junio de 2016

Viajes cotidianos, variaciones, personas especiales




+ Los desplazamientos cotidianos tienen su protocolo y, cómo no, sus excepciones. Caras de la misma moneda que componen el mosaico de la vida común, ordinaria.

+ “… la esperanza de convertirse en personas especiales”.  Extraigo la cita de las páginas de cultura de El Mundo. La cita pertenece a un artículo de Luis Alemany sobre la última novela de VIrginie Despentes. La novela se centra en un personaje que ha envejecido y le que queda lejos aquella vida luminosa de los años noventa. Pronto tendrá cincuenta años. La cita que he copiado nos remite a aquellos jóvenes que escuchaban Radio 3 y, al mismo tiempo, se entregaban al ruidismo de Sonic Youth. Lo recuerdo perfectamente, yo era uno de ellos. El color perfecto de la cerveza, la voluta exacta del humo del Chester, discos, guitarras, salones desordenados y torres de libros de filosofía, crítica literaria, historia del arte, y novelas, muchas novelas, exposiciones de arte contemporáneo, liturgias y ebriedades variadas y exquisitas, y, sobre todo ello, gobernando el ambiente, un excelente acopio de pedantería. Vidas que se remiten a aquel momento, que hoy resulta lejano y antiguado. Sí, es cierto, todo envejece muy rápido y lo que ayer estaba dentro de un catálogo de buenas maneras y elegantes tics encaminados a eso: “convertirse en personas especiales” y, añado a renglón seguido, ser amados, hoy se ve como viejas veleidades perdidas en el fondo de los baúles, veleidades apolilladas y prescindibles. Ay, la soledad, la tristeza y el deseo. Atisbos de extravagancia, cinismo y culturalismo de ocasión: suplementos culturales, revistas de moda y mucho acopio de pop y cine, que eran emblemas de las carencias afectivas, las inseguridades y el reflejo de un mundo plano y provinciano. Todo, como acabo de escribir, se puede traducir en pedantería, sin duda, pero hay, también, verdad y una pérdida que habla de lo literario, de lo que fuimos y no volveremos a ser, que condiciona todo el tiempo que nos queda por vivir. Sin duda, hijos de Nirvana y la vida ejemplar de Kurt Cobain. Un camino de santidad, con su Fender y sus épicas depresiones. Allá queda, siempre, en alguna medida, y algo permanece: somos lo que fuimos.

+ Después de lo anterior: simultáneamente, estoy leyendo un grueso tomo sobre los entramados, políticos, financieros y periodísticos de la década de los noventa. Me detengo y me doy cuenta de que han pasado veinte años. No que es ignorase esta cuenta, sino que no la asumía como propia, de alguna manera me parecía que esos tiempos tenían una presencia que, valga la redundancia, era un presente continuo. Y no. Todo eso es material para el historiador, como lo anterior es material para el novelista. Finalmente, asisto al sedimento del tiempo que se fosiliza en la escritura, paso previo a la lectura, única actualización posible del pasado. El futuro no nos gusta. Somos lo que fuimos.

+ Una vez más, regreso a Heráclito, el oscuro. El carácter es el destino. La nobleza o la mentira, la pedantería o la humildad, el vicio o la virtud. Tantas y tantas posibilidades, tantas y tantas mezclas. La suplantación es otro rasgo del carácter.

+ He vuelto a las lecturas políticas. Se resuelve en un interés por lo diario que está contagiado por la actualidad periodística. Reconozco que el interés por el economista se ha desplazado hacia el politólogo, una la palabra que hasta hace bien poco resultaba extraña. Es, en ocasiones, necesario dejarse llevar por la corriente, flotar sin preocupaciones y disfrutar del baño. Pero, no hay más remedio, en un momento dado se debe volver a la obligación, pisar la orilla, secarse, vestirse y conducir hasta el hogar, con la idea del descanso con vistas al trabajo del día siguiente. Allá queda ese mecerse sin preocupación sobre la superficie del mar, dejarse llevar por las lecturas de la actualidad. Las opiniones, los comentarios, los argumentos. Pasará esta moda y estos libros que consulto hoy ocuparan el lugar que ahora ocupan otros libros que tuvieron su momento, su fama, su gloria. ¿Y la filología? No es, precisamente, un saber de masas. Demasiado abstracto y prescindible, podría decirse y se dice. ¿A quién le interesan hoy las humanidades, es esta etapa posthumanista? Yo, sin embargo, me entrego con gusto a la elaboración de un algo sobre el Conde de Villamediana. Un tema muy importante y nuclear en mi travesía de indagación y aprendizaje. No creo en la sentencia que dice que las tareas inútiles producen melancolía. Las etiquetas útil o inútil quedan fuera de esta órbita, por decisión propia y mayestática.


+ Imagen: botellas que permanecen alineadas, ¿alguien las ha colocado así por alguna razón, hay una intención artística? Bien, también el arte se hace al ver, y no necesariamente recluido en la veneración museística. Disparar es seleccionar, seleccionar es crear.Disparo, una y otra vez; una vez están las fotos en el ordenador, una vez más, selecciono.

sábado, 11 de junio de 2016

El tiempo presente





+ [Semi-política]. Palabras capturadas en el discurrir de una reunión: protocolos, tareas, significados, protección, orientación, herramientas básicas, plataforma, siglas, solicitudes, activación, informes, acceso, etc. No sé si acumular palabras de esta caótica manera da una idea de lo que tras ellas se esconde. La nada, el discurso vacío, la gratuidad. En un momento quien dirigía la reunión dijo que su plan de oferta de empleo no estaba siendo visitado por el número de personas deseado. Dijo, entonces, que, en realidad, a la gente no le interesa trabajar. Protesté, visiblemente molesto. Rectificó y añadió que tal vez se trataba de una falta de coordinación entre la oferta y la demanda. Luego la observé, presté atención a su jovialidad y a su optimismo. Una mujer habló y dijo que el programa de empleo era muy bueno, que a los amigos de su hijo los tenía al tanto de todo lo que salía en la plataforma, salvo a su hijo, que está licenciado en clásicas: “no se qué voy a hacer con él”, dijo con una sonrisa muy triste. Un hombre me miró y negó con la cabeza, yo hice otro tanto de lo mismo. ¿Dónde estaba la lírica? Vi la libreta de notas donde previamente había escrito todas las palabras antes mencionadas y me dije que había perdido la tarde en una reunión inútil, que no volvería. Conducía de regreso a casa, junto al río, con la música de Elvis Presley bien alta y en la ciudad se apuntaba un hermoso atardecer, sobre los puentes, sobre los edificios. No era una cuestión de ignorancia, sino de falta de empatía. Días más tarde salieron las cifras de empleo en los últimos meses y, sin saber mucho, no pude menos que pensar que eran trucos estadísticos, artimañas del marketing político, que ocultaban una dura realidad: el paro, los bajos salarios y la inseguridad. Mientras la mujer, aquella mujer pensaba que el que no trabaja es porque no quiere, ella con su hermoso y bien estructurado plan de búsqueda de empleo. Y así, un lunes, día de San Fernando.

+ La vida de Pete Townsend contada por el mismo. No he ido, por el momento, más allá de sus primeros años. El fresco de la vida en el suburbio londinense es muy evocador. Pienso en esas casas entrevistas, entrevistas desde el tren y desde el autobús, en las páginas que se han leído sobre los años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial. La misma ciudad y sus laberintos componen una imagen sugerente y sin perfiles claros, una idea que se eleva en cada mirada y muta sin interrupción. Londres es un modelo para comprender, válido para definir el mundo en su totalidad o para olvidarlo para siempre. Acabo de dejar la autobiografía del guitarrista de los Who y regreso al libro de Zadie Smith. ¿Otro Londres? Lo importante reside en el reconocimiento de la variedad de razas y modos de vida, que en lugar de ser una anomalía es la explicación propicia de la ciudad. Pasear por las calles que se alejan de lo turístico ilumina una idea solida: esta variedad no es un episodio, es una una característica fundamental del final del siglo XX y algo nuclear en el inicio del XXI. Continuamos con la investigación, por eso un libro de ejercicios de gramática inglesa sobre la impresora, a la espera, ¿esta tarde de sábado?

+ Una distinción encontrada un miércoles del 2016: los superiores son autoridad, los iguales tienen autoridad. Las pequeñas astillas de los campos semánticos tienen la llave a otros mundos. Esta es una: ser/tener. ¿Rendimiento? No es momento para la contabilidad.

+ [Lo banal de la modernidad (recogido en una reseña literaria que pretendía ser irónica y terminó por ser analítica sin llegar a encontrar una salida adecuada)]. Sumar mejor que restar, se enciende el motor y el viaje comienza: salir del garaje, desplazarse por la calle de todos los días bajo la lluvia, una glorieta, otra glorieta, sobrepasamos la estación de tren, la de autobuses y descendemos por la calle nueva camino de la carretera nacional, pero nos desviamos hacia la autopista. Suena muy dulce Radio Clásica, parece Bach, pero no podría asegurarlo; qué descubrimiento la música clásica, ya no me interesa otra cosa. Los coches son furiosos artefactos lanzados hacia el futuro, tan hermosos como cargados de peligro: derrapes, caídas indeseadas por taludes, colisiones frontales (…). Al volante es necesario concentrarse y estar muy atento. Me canso de la música clásica y paso al reproductor de Mp3: un suave y antiguo Reggae compone una muelle alegoría sobre lo que permanece: nada permanece, todo es cambio, mutación. Pienso en Brixton y es sólo eso, un recuerdo. Pienso en tautologías, comida coreana, guitarras barrocas y puestos de yuca, mango o aguacates gigantes. No es momento para despistarse, llueve y la conducción es algo serio. El puente tiene algo de animal antediluviano, de batea eléctrica, bestia hermosa y lejana, su esqueleto es virtud y elegancia desnuda. Como todas las estructuras promete más de lo que aporta, pero ahí está indiferente, pues la sugerencia no entra en sus funciones. Niebla espesa, un túnel, otro túnel y las luces antiniebla. La música, el amor, los coches. ¿Ataraxia? Conducir no es una virtud, de la misma manera que no se puede decir de nadie que abre muy bien las puertas [¿o sí?]. Lo paradójico es el emblema, la banalidad la leyenda.

+ “Pero en la mano tenía una llave fría y, alrededor, unas vidas más extrañas que cualquier ficción, más curiosas que la ficción, más crueles que la ficción y con unas consecuencias que la ficción nunca puede tener”. (Zadie Smith, Dientes blancos). La ficción aporta una capacidad de análisis de la que carecen otras modalidades de expresión escrita. La ficción propone un mundo sin interpretaciones, el lector establece los planos de realidad y los modifica en el proceso de actualización que su labor desarrolla. Determinar el sentido y la verdad del texto ilumina lo narrado, lo acota mediante el contexto del propio lector. Pero la vida misma supera esta capacidad. Porque la ficción no deja de ser un pálido reflejo de la vida. Basta salir a la calle con los ojos limpios y con un punto de desautomatización para comprobar qué extraño es todo, qué complejo, qué inabarcable. El vértigo del vidente. Los niños que juegan, las mujeres que hablan, el guardia que sigue con la mirada a una adolescente; los luminosos de los comercios, los supermercados, los coches, las motos; farolas, papeleras, adoquines, verjas. Toda esa totalidad no se revela contra el que mira sino que lo invita a dejarse llevar por su fluida apariencia: sin pedir nada a cambio. Somos actores y espectadores, simultáneamente. La vida cotidiana encierra en sí más misterios que cualquier novela de misterio que duerma en la balda de nuestra escueta biblioteca. Ver y ser visto, hablar y ser motivo de comentario, la glosa y la discusión, el avanzar hacia la interpretación imposible. No hay un sentido, ya que los sentidos son innumerables y cambiantes, cada sentido se ve reemplazado y asume su derrota, pero no se rinde, sufre una metamorfosis: lenta, humilde y definitiva. Etc.

+ Tres imágenes que se tomaron durante una tarde lluviosa de mayo. No hay más intención que saber que la lluvia estaba allí y conformaba un contexto y un escenario. La lluvia tiene hermosos reflejos, aquí hay dos reflejos y un árbol urbano y triste, que habla mucho de los que bajo su vertical caminan. Yo, uno más.

sábado, 4 de junio de 2016

Ut pintura poiesis



+ [Indagación]. La realidad es más un proceso que un objeto terminado, basta observar cómo las construcciones se cargan de significados al tiempo que el avanzar de la degradación se hace con ellas, contra el que la conservación lucha sin termino. Esa tensión entre ruina y conservación es un ejemplo de vida, de la vida en sí: no hay otra cosa. Hay en ello una tarea estéril, ya que, como dice el tópico, llegará un día que hasta el sol deje de iluminar.

+ Llego a una antología poética y encuentro una cita de Rimbaud que afirma que hay que ser absolutamente modernos. Yo moderno lo puedo conmutar y, así, hallar un haz de significados nuevos. La obligación de ser modernos ya caducó. La modernidad murió hace años y  todavía no se han percatado. La modernidad es un baúl cerrado, que al abrirlo expide olor a naftalina y el polvo de los trajes de los muertos. Hoy el brillo de las pantallas ha ahogado todas las vanguardias. Ya no hay nada más allá y poco a poco se muere esa rebeldía, el estallido de una forma que se resiste a ser capturada. La estructura de los días no deja demasiado espacio a la poesía, sólo hay una contabilidad exacta de lo útil, necesario y lucrativo, pero ante la muerte el beneficio no es tal, sólo arrepentimiento de las horas perdidas [lo digo como si mi costumbre fuese morir todas las semanas: y así es].

+ Suena Oasis, el grupo musical inglés. “How many special people change / How many lives are living strange”. Uno se para y observa a los que caminan a su lado y entiende que todas las vidas son extrañas, pero cuando penetra en ellas no encuentra menos sorpresa y paradoja. Todo está por descubrir y la capacidad de sorpresa anuncia una nueva vida entre los mortales. Como un largo poema que da detalle de lo efímero, la temporalidad asoma en cada rostro. Estudio en la proximidad la piel de una chica de 16 años y es un misterio esa perfección, que el tiempo se encargará de destronar. Así las montañas envejecen y se puede pronosticar que el sol un día se apagará. Mientras escucho Champagne Supernova. Cogeremos el coche para cruzar la provincia, otra vez, camino de Orense, en la ladera de una montaña, al abrigo de un bosque, con enfatizadas notas de aguardiente y pólvora. Ya es hora de marchar, cierro.

+ [Lectura]. En la biblioteca me han hecho caso y han comprado el libro de Lucía Berlin Manual para mujeres de la limpieza. Fui a buscarlo y comencé a leerlo el último día de vacaciones, en pijama, un miércoles. Quizá lo que nos termina por seducir de un libro es el hallazgo de una voz próxima, con la que conversar. Hay intuiciones que se concretan en lecturas y éste es el caso, tras ello: la conversación con un interlocutor que nunca responderá. Casi como un arte o un arte menor y sin esfuerzos, ni reconicimientos. Todo bien. Primero leí el relato que le da título al volumen, después uno sobre urgencias hospitalarias y ahora estoy con otro que reconstruye una reunión familiar y otros avatares que prefiero no desvelar. La persistencia de un tono desbaratado, que camina hacia una tristeza con chispazos de un humor ácido y exacto,  consigue que me identifique con la narradora. Siento cercanía y ternura por la mujer que cuenta, por esa dirección confesional y biográfica, musical y sincopada. La viñeta, el fragmento, el cuadro. Todo la suma de posibilidades que da lo no terminado, ese ámbito de la narración corta donde no hay un final explícito y esa apertura es una clave que desvela todo un mundo, el mundo pop donde habitamos. El pop es el rococó del presente. Y hay mucho pop en toda la narración. Somos parte de ese pop y por eso nos llega el libro. Lo asumo.

+ Momentos después de terminar de escribir el párrafo anterior, me dejo llevar por lo que encuentro sobre Lucía Berlin en la red. Fotos, notas y artículos. Veo y su foto y leo alguna que otra cosa para llegar a la conclusión de que la vida del artista, de la escritora en este caso, tiene muchos puntos de unión con las vidas de los santos. Sobre todas estas coincidencias sobresale una: la ejemplaridad. Su ejemplo nos llena de esperanza y convicción, llega de otro mundo, aquél mundo que le permitió ser y estar, pero que se ha desvanecido. En él triunfaba, en el gobernaba. ¿Seguro? Deslumbrados por el poder de la palabra impresa nos olvidamos que la correspondencia entre arte y vida no es necesariamente simétrica. Finalmente, el artista transforma la vida y ese transformar es lo artístico, no la vida en sí. Veo, otra vez, la foto de LB y entiendo algo en su belleza, en los penetrantes ojos azules, en el estilo con el que fuma, en la senda que entendemos de alcohol y dolor. Cierro las páginas y regreso a los relatos, si es posible, con una intención de velar todo lo visto sobre ella, todo lo leído sobre ella. Pienso en el carisma, en lo carismático que algunas personas tienen, ese magnetismo, abandono el libro y salgo a la calle. Mañana regreso al trabajo y, aunque no resulta doloroso, sí es un hiato. Contención, calma y sobriedad.

+ Otro libro, que no guarda ninguna relación con el anterior. Leo la solapa y me encuentro con la última frase del paratexto: “Algunos de estos libros han sido traducidos a varias lenguas”. Una vez vi al autor del libro. Era un hombre célebre, vi como un conocido se abrazaba él y él estaba perplejo. Era, pues, un hombre acostumbrado a abrazarse a otros hombres, que quizá ni siquiera conociese o que los conociese vagamente. Un gran bigote, encorvado y una prosa imposible, impenetrable, excesivamente abstracta, a pesar de decir que era del gusto platónico de hablar con palabras de uso común. Supongo que ya nadie le recuerda. Dejo el libro en su lugar y sé que dentro de un tiempo lo volveré a abrir y sentiré esa melancólica sensación: las obras, poco a poco, se hunden en una densa masa oscura, el olvido. Dudo mucho que alguien lea ya estos libros, con él éxito que tuvieron en su momento. Ahora es hora de dormir y, poco antes de caer en el sueño, me digo ¿quién lee ahora esos libros, en español, y en esas "varias lenguas". Ay, el sueño es la imagen de la muerte.

+ Salí a la calle e hice dos compras. Un boleto de lotería y los sonetos completos de Shakespeare. Los sonetos se unen a un ejemplar del Quijote que me compre a principios de año, ambos por un euro. ¿Es así cómo se conmemoran los centenarios? Prefiero el premio de la lotería a los quinientos años de gloria (sic). Etc.


+ Imagen. El camino que conduce al bosque: ese disparo fortuito que contiene un misterio que me resulta imposible aclarar. No deseo resolver ningún acertijo, no quiero encontrar claves, no me gustaría establecer un catálogo de signos. Pero ahí está el misterio, el sentido incompleto que un disparo regala, sin intención.

sábado, 28 de mayo de 2016

Libreta de notas




+  La mala pintura. Todo lo que se puede acumular, todo lo que se ha encontrado en la calle y carece de valor. Es un regreso al detritus. Quizá el momento se caracteriza por esa tendencia, lo que está en el margen se transforma en valor. En muchas ocasiones he pensado en toda esa pintura despreciada, pintura de fin de semana, pintura de mueblería, pintura de ocasión. El valor artístico es nulo, pero eso no la invalida. El contexto eleva una posibilidad. Visitar exposiciones que no salen en las páginas de los periódicos.

+ Encuentro un ticket de entrada del Reina Sofia. Es pequeño y lo utilizo como marca páginas. Tiene la reproducción de un cuadro de Juan Gris que desconozco, y seguro que he pasado delante de él unas cuantas veces: lo que indica la poca atención que le presto a la pintura: en ocasiones. El cuadro representa una botella de Anís del Mono quebrada y se titula La bouteille d’anis. ¿Por qué en francés? No es momento para averiguarlo. Y me digo ¿será uno de esos Juan Gris que fueron embargados a Mario Conde? Mientras me lo pregunto intento trazar un paralelismo imposible entre las vidas de ambos y más bien aparece un punto de unión, cuando los cuadros del primero se convierten en un valor que asegura su rentabilidad, al tiempo que da un prestigio que gusta mucho al pedante. Un prestigio social que nada tiene que ver con la obra del pintor, pero que lo hace tan atractivo, otra vez, al pedante

+ Más tarde contrasto la información y este cuadro no es el cuadro que se le embargó a Mario Conde. No fue el de la botella de anís, sino el de la guitarra y el periódico. En cualquier caso, da igual. Juan Gris no tuvo éxito en vida, como otros tantos pintores. Hay reflexiones que tratan de establecer con el fracaso artístico un camino de perfección: el genio no reconocido; pero yo lo quiero ver desde otro punto de vista: lo importante es el trabajo, no el rol que se desarrolla. Pero, eso sí lo creo, es complejo crear desde la felicidad, sólo el dolor aporta luz en la tiniebla y eso es lo que nos atrae, como pedantes genaralizados que somos.

+ El embarque para Cyterea, de Watteau. Un cuadro, otro cuadro que palpita en la pantalla. Son referencias culturales que se acopian según la tarde transcurre y me pregunto por el sentido de todo este saber acumulado que no se dirige hacia otro lugar que a una fósil nostalgia. La nostalgia es el anhelo por regresar, por regresar a la patria. Pero, ¿de qué patria hablo cuando hablo de patria y ésta se cifra en motivos culturales, tan herméticos, tan crípticos? Todo se resuelve en una pantalla protectora y transparente. Cyterea es la isla a la que Venus llegó tras su nacimiento. Hay un poema que celebra el significado del embarque: entregarse al amor. Pero el poeta, Guillermo Carnero, nos hace ver que cuando Watteau pinta este cuadro es un anciano y lo pinta desde la distancia, cuando él ya no puede participar en el juego, el juego del amor. Busco el poema y no lo encuentro, porque la búsqueda sólo me devuelve los cuadros. ¿Una decepción? Necesito leer todo, absolutamente todo. Al final y lo consiguo y mi sospecha es, ya, certeza: el tránsito hacia la vejez se describe en el poema no sin dolor, no sin disntancia, cuyo final establece un contexto que ilumina ese mundo sin luz al que todos se derigen, salvo la inmortal Venus: “Y no guardo rencor / sino un deseo inhábil que no colman / las acrobacias de la voluntad, / y cierta ingratitud no muy profunda”.

+ Hay, esta semana, un esfuerzo cultural que tiene sus consecuencias: la melancolía, el mal de lo negro que se posa sobre la cama donde dormimos y termina por empaparlo todo. La lectura de cierta poesía conduce a una modificación del prisma con el que se escruta la realidad, todo cambia repentinamente y el resultado es confuso y, por lo tanto, tiende hacia la interpretación, a la obligación de determinar un sentido. La realidad está, siempre, abierta a la lectura, y el lector, oh, también es un personaje, un acuerdo entre el que lee y el que escribe: una otra ficción más, posible y verosímil. Y esto nos muestra como estamos restringidos a un tiempo y a un espacio, nuestros latidos y la frontera de nuestro cuerpo:  ni otro tiempo, ni otro espacio hay.

+ El buen gusto. Sobre la expresión cae una losa; uno debe distanciarse de lo que implica porque parece llevar consigo la reprimenda de una maestra, el castigo contra la pared, con los brazos en cruz, y ya no es momento para ello. La lectura nos lleva por senderos de mal gusto y con ellos obtenemos una sonrisa, casi siempre, a veces: sólo rechazo; pero del buen gusto siempre hay que huir, como de la alta comedia, como de esos productos pseudoculturales que sólo miran a un inocente entretenimiento, que resulta, al final, no ser inocente.


+ Imagen: una escalera en un alto edificio en Madrid. El anonimato del que dispara y el poco interés que tiene el objeto. Disparar, objeto, Madrid. Podría ser cualquier otro lugar, pero sólo es posible esta escalera, este edificio, este sujeto que dispara y cuelga la foto en su diario en red. Muere el día y se abren los aposentos de la noche.

sábado, 21 de mayo de 2016

Viaje, en primavera, a la ciudad de Oporto



+ Como si fuesen los prolegómenos para componer un poema, leo las notas que he tomado a lo largo de la mañana. De alguna manera estoy satisfecho, he logrado una visión total: dentro de mis posibilidades. Es una manera de decir que tengo la nómina de autores cubierta y siento una tranquiilizadora satisfacción. Es la tarea que se completa. Mañana iremos a Oporto / Porto, una vez más. Las ciudades se construyen y mueren con nosotros, somos aquello que nos ofrecen: comunicación, conocimiento y sentimentalidad. Se agrupan en torno a unos recuerdos, unas evaporadas certezas, y la única certeza posible: la muerte.

+ Y pienso en las carreteras, en la necesidad de hablar de las carreteras. El trabajo que nos procuran, esa substancia, el núcleo de los días, las mañanas asombradas por la fuerza, la dureza de la tierra y el fuego de la lluvia en los días fríos. La carretera es una línea que se ensancha sin pensamiento; hay pájaros que mueren contra su tránsito de camiones y autobuses. Hay un promontorio, un pedestal desde el que se contempla su geometría y en ese ejercicio la nada es la única posibilidad de este no-lugar. Por eso permanece abierta la interpretación, el sentido de toda lectura. Camino al borde de las cunetas, observo las zanjas y las pequeñas obras de fábrica, ríos de plata y olvido, ríos sin nombre, aliento de prados y huertas. Y pienso en las carreteras poco antes de dormir, sin miedo, sin esperanza.

+ La ciudad de Oporto aguarda, tras la noche, tras el viaje. Allí, con esas delicias de las natas y el café pleno de aromas hurtados al trópico. Como si allí se contuviese Brasil o la cremosidad que se embute en los milhojas, un poco de azúcar y el cielo despejado. Limpias páginas de un cuaderno recién comprado. Qué agradable tarea conducir por la autopista hasta la ciudad de Oporto, orillarse en la circulación y entrar por la playa, esa Foz tan nuestra en los días de invierno, cuando las olas estremecen el corazón de los enamorados: así los vimos, agarrados y con el temblor de la cámara de vídeo en las yemas de los dedos. El café, las natas y los besos. Asciende en el horizonte una columna de humo, el viento de la mañana fría y el recuerdo de las sábanas que nos acojen. La ciudad de Oporto espera en el final de la primavera.

+ Una posibilidad, una intuición. Compré, cuando ya casi regresábamos, el libro de Miguel Esteves Cardoso A causa das coisas. Es un libro que agrupa artículos periodísticos de los años ochenta. Lo portugués es para mí un tema vital, sobre el que giro a lo largo de los años. Hay unos cuantos temas más, pero lo portugués ocupa un lugar especial que se mantiene a lo largo del tiempo, décadas que se alojan en lo íntimo de la memoria, la amistad y el amor. Así, en un territorio se han fundado muchas alianzas y, lógicamente, no es ya un telón de fondo simplemente. ¿Qué espero del libro? Aproximaciones más precisas, un anhelo de exactitud, que no llegará, pero que tiene el poder de la fuerza que revela lo interior y nuestra inclinación a derivas sustanciales. Comencé y hay un artículo que cifra en la moqueta lo característico de una época y la rendición ante lo dado; por otro lado, habla de cómo se infiltran en el vocabulario las palabras en inglés: esto marca una tendencia que con el tiempo se ha agudizado. Bien, dicho lo dicho, creo no haberme equivocado: tampoco era difícil porque yo al columnista lo leo, a veces, en Público, en diario lisboeta donde colabora. Cierro el libro y regreso a la tarea de la poesía de los años cincuenta y sesenta en España.

+ [Un sueño]. Tras el viaje a la ciudad de Oporto, el sueño me abrazó con suavidad. Pronta y dulce, como la mano de una niña con menos de un año, su sonrisa y la limpidez de sus ojos, un poco de timidez y un saludo, una despedida; así fue la llegada al sueño. No recuerdo casi nada, salvo el final. Un puente apenas transitado que conduce a una otra orilla donde hay un pueblo que asciende sobre una ladera. Una mujer me dice que toda esa península pertenece a una aristócrata noruega, asiente y un hombre desciende en un carro de madera que es casi una bicicleta, que es casi una silla de ruedas, pero no se concreta en ninguna de las dos cosas. Poco importa, pero sí cuenta ese paisaje elevado sobre el mar: como un fiordo. Son obsesiones paisajísticas que me acompañaron semanas atrás: bosques hasta la propia orilla del mar, elevadas cumbres, islas cubiertas de nieve, animales sin identificar, hombres que cortan leña y la aplican, el invierno absoluto; entre ello la narración de la intimidad: abandoné el segundo libro de Karl Ove Knausgård por aburrimiento, después de interesarme tanto el primero. La ciudad de Oporto era un recuerdo, con su luz de primavera, en los parques y las fachadas. Muebles, madres, hijas, acordeones, libros, librerías, hoteles y restaurantes. Muere el día.


+ No es convenientes escribir sobre lo que se sueña.

+ Es muy recomendable tener una libreta y un bolígrafo en la mesilla de noche por si uno se despierta en mitad de la noche, víctima de un sueño sorprendente. Es muy benificioso anotarlo. 

+ Imagen: notas en una biblioteca: qué calidad de madera, qué inspiradora. Era ya tarde, debía marcharme, pero antes hice una foto. Esta foto.

sábado, 14 de mayo de 2016

Tiempo sin reposo: bricolaje




+ Veo los dibujos que Xavier Villaurrutia hizo para la edición de la Dama de corazones. Todo está en la magnífica edición de la Obra poética de X. V. de Rosa García Gutiérrez. Los dibujos aportan a los textos una conexión con la interioridad del poeta, esa zona de sombra entre la pintura y la poesía, donde las limitaciones expresivas se transforman en la constancia de irregularidades y posibilidades para llegar al núcleo de toda poesía: la expresión de una realidad que transciende el texto, pero que es fundamentalmente texto. La mañana es fría para le época del año, hay una música de fondo que creo que es de Mozart, pero no lo voy a averiguar, sólo me interesa ese volumen bajo que diluye sonidos que llegan de la calle. Pienso, un poco después, en lo que supones el surrealismo y la vertiente que le transmite la vida cotidiana: un venero inagotable de perplejidades y paradojas. Dejo esto y regreso a la lectura de esta ejemplar edición.

+ Del poeta Karmelo Iribarren copio una frase que  encontré por casualidad en alguna página en alguna hora del día, sin más propósito que percatarme de una envidiable puntería: “Recuerdo que durante mi segunda lectura de La montaña Mágica, hará cosa de una década, cada cuatro o cinco páginas no podía evitar preguntarme qué hacía yo allí arriba otra vez”.

+ Otra vez suena Brian Eno, un disco completo. El vapor de la mañana es certeza, la certeza se difumina y hay un aliento de fiesta próxima. Brian Eno suspende en el aire certezas.

+ Zadie Smith. Poco a poco entro en el universo de Dientes blancos. Leo y abandono el libro y siento esa melancolía más propia de un niño que de un hombre de mi edad: deseo abandonar la obligación y entregarme a la deseable transición del ocio, la lectura como entretenimiento perfecto. Me gusta tanto esa habilidad para crear mundos posibles, mundos por los que hemos transitado tangencialmente: Londres. No me resulta ajeno, el reconocimiento es uno de los grandes placeres que la lectura regala.

+ Leo unos cuentos que escribí hace tiempo, mucho tiempo. ¿Diez años, doce años? Me resultan extraños, incomprensibles, muy mal trazados. No me reconozco y, sin embargo, yo fui quién los escribió. ¿Fui yo o fue otro? ¿Un otro yo? El tiempo nos transforma, nos trabaja hasta deformarnos. O perfeccionarnos. Los cambios no han sido para peor, al contrario: me siento mejor que aquél que fui y quizá lo que reflejan esos cuentos son aquellos demonios que conseguí conjurar [no sin ayuda]. En una primera lectura no me gustaron, más tarde me di cuenta de que hay motivos de alegría insospechados y todo puede devenir en una inversión: si hay algo que te parece malo, siempre puedes darle la vuelta y aprovechar en tu favor su cualidades [= siempre hay algo que se puede rescatar, reutilizar, un bricolaje de desechos]. Como decía aquél: lo que no mata te hace fuerte o, en versión castiza, lo que no mata engorda. En eso estamos, los leeré otra vez y pensaré si retocarlos, dejarlos tal como están o, quizá, olvidarlos. En cualquier caso, el presente es mejor que el pasado. ¿Soy más fuerte? Sí, pero no importa; quizá la frase de Nietzsche esté equivocada, pero, en cualquier caso, es mejor utilizarla en beneficio propio. Un día sin trabajar, un día sin comer. More or less.


+ Imagen: un bar donde se pondían comprar discos, que en los sotanos vendían guitarras eléctricas y bajos eléctricos de segunda mano; esos súbitos descubrimientos que meses después se recuerdan en una conversación, en una terraza, mientras no comienza a llover. Así queda la constancia del verano.

sábado, 7 de mayo de 2016

Zonas de sombra




+ Cambio de opinión. En la sobremesa hablan y hablan, se enfadan y beben lentamente, con rabia, se podría decir. Sus ideas fundamentan todo un mundo. Los sábados se someten al mismo enfrentamiento. Los veo y no puedo determinar dónde está su principio rector, ése que gobierna sus impulsos. Yo no encuentro placer en esas largas discusiones, que en realidad son inmotivadas y lo único que les da sentido es el enfrentamiento en sí mismo, no hay más motivo que ver quién gana, y nunca gana nadie. Al final se despiden con un poco de malhumor, pero con la certeza de que no pasa nada, que hay unas normas que impiden que la sangre llegue al río. Les observo, una vez más, y no les comprendo. Yo no soy así, no me apasiono, no me gusta el futbol y no veo la televisión. Mi tiempo libre tiende a la lectura, al recogimiento, más a escuchar que a hablar y aunque no siempre estoy de acuerdo, procuro no intervenir demasiado; no tengo interés en ganar, ni me molesta perder. Ahora, que es un poco tarde en esta noche de transición del sábado al domingo, el silencio toma la habitación y sólo se oye el rumor sordo de los altavoces sin música. Un constante zumbido que me adormece, que me traslada a la lírica de los aviones y  los transportes públicos, en días de semana. Cierro el ordenador.

+ Las casualidades me llevaron a entrar en aquel bar de tapas y griterío. Sólo iba al baño; la urgencia. Hace tiempo, de alguna manera, rompí la relación con viejo amigo debido a que se había empeñado en cortejar a una subdirectora de sucursal bancaria. Yo entendía que era una traición y se lo hice saber, finalmente no quedó más opción que el alejamiento. Quería que yo fuese su confidente y no habría habido ningún problema si él no tuviese pareja. Me hablaba de su risa, de la lozanía de su piel, de la inteligencia de las manos de aquella mujer. Ayer la vi, entre todo ese tumulto gritón, con su marido y otro matrimonio. Me pareció vulgar, un gesto tonto y esquivo, una risa escandalosa. Hay cosas que no entiendo y prefiero que continúen así; no entender es un escudo contra otras agresiones.

+ Realmente, me sentó mal ver los cuadros de Georges de la Tour. No tenía ganas, me encontraba mal allí, en El Prado. No era la primera vez que sufría esta sensación, pero allí estábamos, como si fuese una novedad, ese malestar repentino que nos envuelve y no sabemos cómo reaccionar; por ejemplo: un bajón de tensión, el estallido de una borrachera indeseada, el mareo en el coche o en el barco. Era algo físico que tenía que ver con los cuadros, con la aglomeración y con un olor indefinido, que no tendría porque ser desagradable, pero lo era. Nunca hay un solo motivo, una conjunción se eleva en contra de nosotros y nos vemos obligados a luchar. Sé que una sobredosis de cuadros es letal, que produce una melancolía que comienza por excavar la confianza en el poder de la pintura: se torna superficial y prescindible. Pero con Georges de la Tour era algo personal y eso no me gustaba. ¿Se trataba de esos rostros que emergen pasmados del fondo de la oscuridad o la propia oscuridad de la sala, o lo que había leído anteriormente del afamado columnista? Se sumaba todo y nada restaba. Allí estábamos los dos y con ganas de salir y caminar, ansiosos por recibir aire limpio, la caricia de los árboles en marzo. No me dio igual ver los cuadros de Georges de la Tour, sus cuadros, aquel día, me hicieron daño, pero eso, sin duda, debido a que la pintura tiene vida y como el gato que acaricias y se deja, en un momento, se revuelve y te araña o te muerde; los felinos son así.


+ Imagen: sumergirse en una instalación, hacer una foto, guardarla en el ordenador y recuperarla [hoy]. No hay un lamento en lo simbólico, no es una metáfora, lo literal se impone: luz es azul dentro cuarto y la luz que llega de la sala es blanca. El efecto se difumina al contacto con la ciudad, durante el paseo. Otros hubieran pensado en una invitación a la muerte. Yo no.

sábado, 30 de abril de 2016

Los detalles




+ Hay una lujuria cierta en la acumulación de detalles de la vida cotidiana. Por esta razón me gustan determinadas novelas, películas o cuadros. Ni busco lo excelente, ni lo ejemplar, me vale el apunte rápido, la foto justa que desvela esa marca de refresco y cómo ésta se relaciona con su entorno y, mientras, lo contiene. Pantalones vaqueros, zapatillas, aparatos de música, ordenadores, chocolatinas, cigarrillos, cerveza o vino, agua con gas, agua sin gas, una vista de una ciudad muy conocida, el turismo y los aviones, los aeropuertos, el metro y los taxis negros en la noche oscura del alma. Hay tránsitos que son más llevaderos si a ellos se suma una construida frivolidad, inocente y despojada de toda soberbia. Un ejercicio que nos aproxima a los camaleones: coleccionamos sobres de azúcar, tarjetas de hotel, bolígrafos, billetes de autobús, monedas, postales, púas para guitarra o bajo eléctrico, fotos antiguas que nos han costado menos de dos libras [esos mercadillos en los límites de Londres, que han pasado de moda y no lo saben], los jaboncillos que se dejan todas las mañanas en la habitación del hotel, servilletas donde anotamos asuntos sin importancia y que el único propósito que tienen es ser apunte, nota, vuelo inútil y gratificante. El detalle lo es todo. Como un maniático hiperrealista compito con la foto y el vídeo y no consigo nada, pero, lo dicho, el propósito es hacer, trazar, proyectar y dejarse llevar por la marea de los días y las noches.

+ La lectura continuada de poesía durante días me ha producido una discreta y certera ebriedad: limpia, transparente, substancial. John Dowland. La música es una discreta acompañante y poco antes de ir al gimnasio para hacer pesas siento la certeza de la muerte, que ha venido de la lectura y se cristaliza en todo aquello que veo. Esto nos hace dignos, si no olvidamos la condición mortal que nos arropa.

+ Copio un verso de Roger Wolfe: “Pero mi trabajo es constatar lo obvio”. Aquí se queda y yo me centro en los detalles que pronto florecerán ante mí. La conducción hacia Vigo, para resolver unos asuntos administrativos. Un viaje a A Garda para comer pescado en la explanada: hoy, un viernes cualquiera de abril, cuando no hay turistas, cuando sólo furtivos amantes y adúlteros se regalan las excelencias del mar y el vino translucido y fuman, luego, en el espigón. El regreso a Vigo para gestionar una compra, o dos. Quizá alguna librería y de regreso el puente y la ría y la esperanza de que el tiempo se mantenga seco y la lluvia se demore. Se van los días de vacaciones, pero en ellos hemos encontrado lo que buscábamos: nada en especial, salvo leer, hacer ejercicio y dormir plácidamente. Sic.

+ Una casualidad me llevó a una película de Bergman. Comencé a verla sin voz y rebobiné (metafóricamente) y volví al principio. Se titula Como en un espejo [Såsom i en spegel]. El mar en blanco y negro me estremece. Los barcos, los rostros acuchillados por el filo de las sombras, puertas, ventanas y mesas. Hay algo tan esencial en la fotografía que en lugar de subrayar el tema, lo supera, se eleva sobre él y muestra esa duda existencial de una manera más dolorosa, más certera. Finalmente, cuando llegué al final, una sensación de pérdida de tiempo me embargó. Había pasado una hora y media  y no escribí lo que debía escribir. Contemplar las escenas me produjo un goce estético, sin duda, pero no me aportó nada, no me entristeció, no me transmitió alegría, pero tampoco pena. Apago el ordenador, son las once menos diez y mañana debo madrugar: antes de dormir pensaré en la protagonista, Karin, y en su enfermedad: la esquizofrenia. Sólo la palabra queda sostenida por el recuerdo de su rostro: Harriet Andersson.


+ Imagen: final del verano en Lisboa, comienza a declinar el día y todo se ha detenido. La precisión es saberse humano: cae la noche.

sábado, 23 de abril de 2016

Mentalidad literaria



+ Recuerdo haber leído biografías de músicos de jazz que murieron jóvenes. Vidas ejemplares, en definitiva. Eran los años de mi adolescencia, que se caracterizaban por una constante sensación de deslumbramiento. La religión se veía sustituida por otra religión, una religión de novelas, jazz y pintura. Estaba la otra cara de la misma moneda, que se oponía, pero que formaba parte de la unidad: un incierto mundo de rock, tabaco y cervezas. Todo giraba en torno a una mentalidad literaria, que se conserva. Una manera de ver y de elaborar los relatos del día a día. Como el hilo que estructura un sueño agradable que se recuerda con precisión y agrado. Ha sido esta mentalidad la que ha guiado mis intuiciones respecto a las situaciones y a las personas que las ordenan, como si fuese necesaria una coherencia formal en las acciones y sus motivaciones. Las explicaciones a mi alcance son las explicaciones que podría utilizar en un comentario de texto sobre un fragmento de una novela; nunca se debe olvidar que éste está inscrito en una totalidad que le aporta sentido y verdad. Así, la veo tomar decisiones y creo que son inmotivadas y tratar de ver cuál es la razón de sus arbitrariedades me lleva a presentir algún tipo de fallo en la construcción de su yo. ¿Un yo débil e inseguro, resguardado en el poder recién adquirido? En el ejercicio natatorio hay que saber que la línea de flotación es fundamental para adquirir velocidad, cuanto más fuera esté uno del agua, más rápido avanza. Reflexiono sobre esta observación y sobre lo gratuito de decisiones que he visto en las últimas semanas y no tengo otra opción que buscar un sentido en la comparación o en la metáfora del nadador que conoce su arte: deslizarse sin ofrecer resistencia a la corriente, tratar de obtener la mínima superficie de rozamiento, adaptarse al medio extraño que es el agua; finalmente: si algo hay parecido a volar, esto es la natación.

+ Continúo con mi plan de lectura. Me levanto a la misma hora, hago mis tareas y, en lugar de escuchar la radio y ojear las noticias, tal como hacia antes de emprender este humilde proyecto, leo algunas páginas, no muchas, de la novela de Karl Ove Knausgård: La muerte del padre. Escribo, luego, alguna nota en una libreta de publicidad de un laboratorio farmacéutico con un pilot de tinta verde; por la tarde, bien las paso a limpio, bien las deshecho. La presencia de la lectura es una extraña sensación que no desaparece durante un buen rato. Cuando comencé me pareció que esa ebriedad ligera y limpia sería algo momentáneo, que en la segunda o tercera jornada ya no se aparecería, y me equivoqué. Al contrario, se mantiene constante: ni aumenta ni decrece. Su estabilidad se debe, así lo creo, a un equilibrio entre el cuerpo y el espíritu. Cuando salgo de casa hacia el garaje noto esa pulsión en mi sistema circulatorio: puedo sentir como la sangre fluye y esto me produce algo entre la satisfacción y un bienestar dulce y reposado. Creo que a la lectura se suma a la regularidad del correr y el ejercicio con pesas de las últimas semanas. Bien. Conduzco bajo el efecto aleatorio de la lectura y el ejercicio y hay algo que es muy similar al cine que se ve subrayado por la música del Mp3: encuentro que los escenarios de mi desplazamiento son adecuadas localizaciones para posibles secuencias de películas que nunca se rodarán Pero el aleteo de la novela continua ahí, como una palpitación, giro el botón y subo la música; queda poco para llegar al centro de trabajo. Ahí sigue; me despido de la música y de la marea literaria, hasta la salida. ¿Cuál será el próximo libro, ya que no sería extraño que la anécdota se transforme en costumbre?

+ La magia de un billete de metro que se usa como marca páginas. Su cara blanca y escrita, su cara rosada y atravesada por la marrón cinta magnética. Guarda la memoria de los viajes por el subsuelo de la ciudad, atesora las conversaciones que se dieron mientras los dos íbamos de aquí para allá, la esperanza, la alegría y la nostalgia cuando, finalmente, nos permite el humilde billete llegar a aeropuerto. Ahora ya es su otra vida: el marca páginas en la Poesía completa de Borges.

+ Por error escribo en el buscador versos de quinceañeras. No lo corrijo y veo lo que me ofrece. Pero en lugar de buscar textos, busco las imágenes. Qué se puede aprender de esta hallazgo o, digo ahora, hay algo que aprender. Desde luego, siempre hay una enseñanza, pero la labor del que lee, escucha o ve es estructurar y articular esa conseja que flota, que quiere se materia y no fantasma. Y el consejo moral es lo primero, pero compite con el sentimiento tierno y sincero del amor, la ternura y la fidelidad, el colorido rosa, la letra cursiva, el color del mar y el verde esmeralda. Como manos blancas y afiladas que se lanzan sobre un teclado de piano. La adolescencia es siempre cultural.


+ Imagen: edificio en Madrid; su recorte es constructivista y el perfil habla de todos los que han vivido ahí, los que han muerto, los que vendrán. Pero su palabra es silencio y nos lleva al mismo lugar: la repetición. Así es lo orgánico.