sábado, 28 de mayo de 2016

Libreta de notas




+  La mala pintura. Todo lo que se puede acumular, todo lo que se ha encontrado en la calle y carece de valor. Es un regreso al detritus. Quizá el momento se caracteriza por esa tendencia, lo que está en el margen se transforma en valor. En muchas ocasiones he pensado en toda esa pintura despreciada, pintura de fin de semana, pintura de mueblería, pintura de ocasión. El valor artístico es nulo, pero eso no la invalida. El contexto eleva una posibilidad. Visitar exposiciones que no salen en las páginas de los periódicos.

+ Encuentro un ticket de entrada del Reina Sofia. Es pequeño y lo utilizo como marca páginas. Tiene la reproducción de un cuadro de Juan Gris que desconozco, y seguro que he pasado delante de él unas cuantas veces: lo que indica la poca atención que le presto a la pintura: en ocasiones. El cuadro representa una botella de Anís del Mono quebrada y se titula La bouteille d’anis. ¿Por qué en francés? No es momento para averiguarlo. Y me digo ¿será uno de esos Juan Gris que fueron embargados a Mario Conde? Mientras me lo pregunto intento trazar un paralelismo imposible entre las vidas de ambos y más bien aparece un punto de unión, cuando los cuadros del primero se convierten en un valor que asegura su rentabilidad, al tiempo que da un prestigio que gusta mucho al pedante. Un prestigio social que nada tiene que ver con la obra del pintor, pero que lo hace tan atractivo, otra vez, al pedante

+ Más tarde contrasto la información y este cuadro no es el cuadro que se le embargó a Mario Conde. No fue el de la botella de anís, sino el de la guitarra y el periódico. En cualquier caso, da igual. Juan Gris no tuvo éxito en vida, como otros tantos pintores. Hay reflexiones que tratan de establecer con el fracaso artístico un camino de perfección: el genio no reconocido; pero yo lo quiero ver desde otro punto de vista: lo importante es el trabajo, no el rol que se desarrolla. Pero, eso sí lo creo, es complejo crear desde la felicidad, sólo el dolor aporta luz en la tiniebla y eso es lo que nos atrae, como pedantes genaralizados que somos.

+ El embarque para Cyterea, de Watteau. Un cuadro, otro cuadro que palpita en la pantalla. Son referencias culturales que se acopian según la tarde transcurre y me pregunto por el sentido de todo este saber acumulado que no se dirige hacia otro lugar que a una fósil nostalgia. La nostalgia es el anhelo por regresar, por regresar a la patria. Pero, ¿de qué patria hablo cuando hablo de patria y ésta se cifra en motivos culturales, tan herméticos, tan crípticos? Todo se resuelve en una pantalla protectora y transparente. Cyterea es la isla a la que Venus llegó tras su nacimiento. Hay un poema que celebra el significado del embarque: entregarse al amor. Pero el poeta, Guillermo Carnero, nos hace ver que cuando Watteau pinta este cuadro es un anciano y lo pinta desde la distancia, cuando él ya no puede participar en el juego, el juego del amor. Busco el poema y no lo encuentro, porque la búsqueda sólo me devuelve los cuadros. ¿Una decepción? Necesito leer todo, absolutamente todo. Al final y lo consiguo y mi sospecha es, ya, certeza: el tránsito hacia la vejez se describe en el poema no sin dolor, no sin disntancia, cuyo final establece un contexto que ilumina ese mundo sin luz al que todos se derigen, salvo la inmortal Venus: “Y no guardo rencor / sino un deseo inhábil que no colman / las acrobacias de la voluntad, / y cierta ingratitud no muy profunda”.

+ Hay, esta semana, un esfuerzo cultural que tiene sus consecuencias: la melancolía, el mal de lo negro que se posa sobre la cama donde dormimos y termina por empaparlo todo. La lectura de cierta poesía conduce a una modificación del prisma con el que se escruta la realidad, todo cambia repentinamente y el resultado es confuso y, por lo tanto, tiende hacia la interpretación, a la obligación de determinar un sentido. La realidad está, siempre, abierta a la lectura, y el lector, oh, también es un personaje, un acuerdo entre el que lee y el que escribe: una otra ficción más, posible y verosímil. Y esto nos muestra como estamos restringidos a un tiempo y a un espacio, nuestros latidos y la frontera de nuestro cuerpo:  ni otro tiempo, ni otro espacio hay.

+ El buen gusto. Sobre la expresión cae una losa; uno debe distanciarse de lo que implica porque parece llevar consigo la reprimenda de una maestra, el castigo contra la pared, con los brazos en cruz, y ya no es momento para ello. La lectura nos lleva por senderos de mal gusto y con ellos obtenemos una sonrisa, casi siempre, a veces: sólo rechazo; pero del buen gusto siempre hay que huir, como de la alta comedia, como de esos productos pseudoculturales que sólo miran a un inocente entretenimiento, que resulta, al final, no ser inocente.


+ Imagen: una escalera en un alto edificio en Madrid. El anonimato del que dispara y el poco interés que tiene el objeto. Disparar, objeto, Madrid. Podría ser cualquier otro lugar, pero sólo es posible esta escalera, este edificio, este sujeto que dispara y cuelga la foto en su diario en red. Muere el día y se abren los aposentos de la noche.

sábado, 21 de mayo de 2016

Viaje, en primavera, a la ciudad de Oporto



+ Como si fuesen los prolegómenos para componer un poema, leo las notas que he tomado a lo largo de la mañana. De alguna manera estoy satisfecho, he logrado una visión total: dentro de mis posibilidades. Es una manera de decir que tengo la nómina de autores cubierta y siento una tranquiilizadora satisfacción. Es la tarea que se completa. Mañana iremos a Oporto / Porto, una vez más. Las ciudades se construyen y mueren con nosotros, somos aquello que nos ofrecen: comunicación, conocimiento y sentimentalidad. Se agrupan en torno a unos recuerdos, unas evaporadas certezas, y la única certeza posible: la muerte.

+ Y pienso en las carreteras, en la necesidad de hablar de las carreteras. El trabajo que nos procuran, esa substancia, el núcleo de los días, las mañanas asombradas por la fuerza, la dureza de la tierra y el fuego de la lluvia en los días fríos. La carretera es una línea que se ensancha sin pensamiento; hay pájaros que mueren contra su tránsito de camiones y autobuses. Hay un promontorio, un pedestal desde el que se contempla su geometría y en ese ejercicio la nada es la única posibilidad de este no-lugar. Por eso permanece abierta la interpretación, el sentido de toda lectura. Camino al borde de las cunetas, observo las zanjas y las pequeñas obras de fábrica, ríos de plata y olvido, ríos sin nombre, aliento de prados y huertas. Y pienso en las carreteras poco antes de dormir, sin miedo, sin esperanza.

+ La ciudad de Oporto aguarda, tras la noche, tras el viaje. Allí, con esas delicias de las natas y el café pleno de aromas hurtados al trópico. Como si allí se contuviese Brasil o la cremosidad que se embute en los milhojas, un poco de azúcar y el cielo despejado. Limpias páginas de un cuaderno recién comprado. Qué agradable tarea conducir por la autopista hasta la ciudad de Oporto, orillarse en la circulación y entrar por la playa, esa Foz tan nuestra en los días de invierno, cuando las olas estremecen el corazón de los enamorados: así los vimos, agarrados y con el temblor de la cámara de vídeo en las yemas de los dedos. El café, las natas y los besos. Asciende en el horizonte una columna de humo, el viento de la mañana fría y el recuerdo de las sábanas que nos acojen. La ciudad de Oporto espera en el final de la primavera.

+ Una posibilidad, una intuición. Compré, cuando ya casi regresábamos, el libro de Miguel Esteves Cardoso A causa das coisas. Es un libro que agrupa artículos periodísticos de los años ochenta. Lo portugués es para mí un tema vital, sobre el que giro a lo largo de los años. Hay unos cuantos temas más, pero lo portugués ocupa un lugar especial que se mantiene a lo largo del tiempo, décadas que se alojan en lo íntimo de la memoria, la amistad y el amor. Así, en un territorio se han fundado muchas alianzas y, lógicamente, no es ya un telón de fondo simplemente. ¿Qué espero del libro? Aproximaciones más precisas, un anhelo de exactitud, que no llegará, pero que tiene el poder de la fuerza que revela lo interior y nuestra inclinación a derivas sustanciales. Comencé y hay un artículo que cifra en la moqueta lo característico de una época y la rendición ante lo dado; por otro lado, habla de cómo se infiltran en el vocabulario las palabras en inglés: esto marca una tendencia que con el tiempo se ha agudizado. Bien, dicho lo dicho, creo no haberme equivocado: tampoco era difícil porque yo al columnista lo leo, a veces, en Público, en diario lisboeta donde colabora. Cierro el libro y regreso a la tarea de la poesía de los años cincuenta y sesenta en España.

+ [Un sueño]. Tras el viaje a la ciudad de Oporto, el sueño me abrazó con suavidad. Pronta y dulce, como la mano de una niña con menos de un año, su sonrisa y la limpidez de sus ojos, un poco de timidez y un saludo, una despedida; así fue la llegada al sueño. No recuerdo casi nada, salvo el final. Un puente apenas transitado que conduce a una otra orilla donde hay un pueblo que asciende sobre una ladera. Una mujer me dice que toda esa península pertenece a una aristócrata noruega, asiente y un hombre desciende en un carro de madera que es casi una bicicleta, que es casi una silla de ruedas, pero no se concreta en ninguna de las dos cosas. Poco importa, pero sí cuenta ese paisaje elevado sobre el mar: como un fiordo. Son obsesiones paisajísticas que me acompañaron semanas atrás: bosques hasta la propia orilla del mar, elevadas cumbres, islas cubiertas de nieve, animales sin identificar, hombres que cortan leña y la aplican, el invierno absoluto; entre ello la narración de la intimidad: abandoné el segundo libro de Karl Ove Knausgård por aburrimiento, después de interesarme tanto el primero. La ciudad de Oporto era un recuerdo, con su luz de primavera, en los parques y las fachadas. Muebles, madres, hijas, acordeones, libros, librerías, hoteles y restaurantes. Muere el día.


+ No es convenientes escribir sobre lo que se sueña.

+ Es muy recomendable tener una libreta y un bolígrafo en la mesilla de noche por si uno se despierta en mitad de la noche, víctima de un sueño sorprendente. Es muy benificioso anotarlo. 

+ Imagen: notas en una biblioteca: qué calidad de madera, qué inspiradora. Era ya tarde, debía marcharme, pero antes hice una foto. Esta foto.

sábado, 14 de mayo de 2016

Tiempo sin reposo: bricolaje




+ Veo los dibujos que Xavier Villaurrutia hizo para la edición de la Dama de corazones. Todo está en la magnífica edición de la Obra poética de X. V. de Rosa García Gutiérrez. Los dibujos aportan a los textos una conexión con la interioridad del poeta, esa zona de sombra entre la pintura y la poesía, donde las limitaciones expresivas se transforman en la constancia de irregularidades y posibilidades para llegar al núcleo de toda poesía: la expresión de una realidad que transciende el texto, pero que es fundamentalmente texto. La mañana es fría para le época del año, hay una música de fondo que creo que es de Mozart, pero no lo voy a averiguar, sólo me interesa ese volumen bajo que diluye sonidos que llegan de la calle. Pienso, un poco después, en lo que supones el surrealismo y la vertiente que le transmite la vida cotidiana: un venero inagotable de perplejidades y paradojas. Dejo esto y regreso a la lectura de esta ejemplar edición.

+ Del poeta Karmelo Iribarren copio una frase que  encontré por casualidad en alguna página en alguna hora del día, sin más propósito que percatarme de una envidiable puntería: “Recuerdo que durante mi segunda lectura de La montaña Mágica, hará cosa de una década, cada cuatro o cinco páginas no podía evitar preguntarme qué hacía yo allí arriba otra vez”.

+ Otra vez suena Brian Eno, un disco completo. El vapor de la mañana es certeza, la certeza se difumina y hay un aliento de fiesta próxima. Brian Eno suspende en el aire certezas.

+ Zadie Smith. Poco a poco entro en el universo de Dientes blancos. Leo y abandono el libro y siento esa melancolía más propia de un niño que de un hombre de mi edad: deseo abandonar la obligación y entregarme a la deseable transición del ocio, la lectura como entretenimiento perfecto. Me gusta tanto esa habilidad para crear mundos posibles, mundos por los que hemos transitado tangencialmente: Londres. No me resulta ajeno, el reconocimiento es uno de los grandes placeres que la lectura regala.

+ Leo unos cuentos que escribí hace tiempo, mucho tiempo. ¿Diez años, doce años? Me resultan extraños, incomprensibles, muy mal trazados. No me reconozco y, sin embargo, yo fui quién los escribió. ¿Fui yo o fue otro? ¿Un otro yo? El tiempo nos transforma, nos trabaja hasta deformarnos. O perfeccionarnos. Los cambios no han sido para peor, al contrario: me siento mejor que aquél que fui y quizá lo que reflejan esos cuentos son aquellos demonios que conseguí conjurar [no sin ayuda]. En una primera lectura no me gustaron, más tarde me di cuenta de que hay motivos de alegría insospechados y todo puede devenir en una inversión: si hay algo que te parece malo, siempre puedes darle la vuelta y aprovechar en tu favor su cualidades [= siempre hay algo que se puede rescatar, reutilizar, un bricolaje de desechos]. Como decía aquél: lo que no mata te hace fuerte o, en versión castiza, lo que no mata engorda. En eso estamos, los leeré otra vez y pensaré si retocarlos, dejarlos tal como están o, quizá, olvidarlos. En cualquier caso, el presente es mejor que el pasado. ¿Soy más fuerte? Sí, pero no importa; quizá la frase de Nietzsche esté equivocada, pero, en cualquier caso, es mejor utilizarla en beneficio propio. Un día sin trabajar, un día sin comer. More or less.


+ Imagen: un bar donde se pondían comprar discos, que en los sotanos vendían guitarras eléctricas y bajos eléctricos de segunda mano; esos súbitos descubrimientos que meses después se recuerdan en una conversación, en una terraza, mientras no comienza a llover. Así queda la constancia del verano.

sábado, 7 de mayo de 2016

Zonas de sombra




+ Cambio de opinión. En la sobremesa hablan y hablan, se enfadan y beben lentamente, con rabia, se podría decir. Sus ideas fundamentan todo un mundo. Los sábados se someten al mismo enfrentamiento. Los veo y no puedo determinar dónde está su principio rector, ése que gobierna sus impulsos. Yo no encuentro placer en esas largas discusiones, que en realidad son inmotivadas y lo único que les da sentido es el enfrentamiento en sí mismo, no hay más motivo que ver quién gana, y nunca gana nadie. Al final se despiden con un poco de malhumor, pero con la certeza de que no pasa nada, que hay unas normas que impiden que la sangre llegue al río. Les observo, una vez más, y no les comprendo. Yo no soy así, no me apasiono, no me gusta el futbol y no veo la televisión. Mi tiempo libre tiende a la lectura, al recogimiento, más a escuchar que a hablar y aunque no siempre estoy de acuerdo, procuro no intervenir demasiado; no tengo interés en ganar, ni me molesta perder. Ahora, que es un poco tarde en esta noche de transición del sábado al domingo, el silencio toma la habitación y sólo se oye el rumor sordo de los altavoces sin música. Un constante zumbido que me adormece, que me traslada a la lírica de los aviones y  los transportes públicos, en días de semana. Cierro el ordenador.

+ Las casualidades me llevaron a entrar en aquel bar de tapas y griterío. Sólo iba al baño; la urgencia. Hace tiempo, de alguna manera, rompí la relación con viejo amigo debido a que se había empeñado en cortejar a una subdirectora de sucursal bancaria. Yo entendía que era una traición y se lo hice saber, finalmente no quedó más opción que el alejamiento. Quería que yo fuese su confidente y no habría habido ningún problema si él no tuviese pareja. Me hablaba de su risa, de la lozanía de su piel, de la inteligencia de las manos de aquella mujer. Ayer la vi, entre todo ese tumulto gritón, con su marido y otro matrimonio. Me pareció vulgar, un gesto tonto y esquivo, una risa escandalosa. Hay cosas que no entiendo y prefiero que continúen así; no entender es un escudo contra otras agresiones.

+ Realmente, me sentó mal ver los cuadros de Georges de la Tour. No tenía ganas, me encontraba mal allí, en El Prado. No era la primera vez que sufría esta sensación, pero allí estábamos, como si fuese una novedad, ese malestar repentino que nos envuelve y no sabemos cómo reaccionar; por ejemplo: un bajón de tensión, el estallido de una borrachera indeseada, el mareo en el coche o en el barco. Era algo físico que tenía que ver con los cuadros, con la aglomeración y con un olor indefinido, que no tendría porque ser desagradable, pero lo era. Nunca hay un solo motivo, una conjunción se eleva en contra de nosotros y nos vemos obligados a luchar. Sé que una sobredosis de cuadros es letal, que produce una melancolía que comienza por excavar la confianza en el poder de la pintura: se torna superficial y prescindible. Pero con Georges de la Tour era algo personal y eso no me gustaba. ¿Se trataba de esos rostros que emergen pasmados del fondo de la oscuridad o la propia oscuridad de la sala, o lo que había leído anteriormente del afamado columnista? Se sumaba todo y nada restaba. Allí estábamos los dos y con ganas de salir y caminar, ansiosos por recibir aire limpio, la caricia de los árboles en marzo. No me dio igual ver los cuadros de Georges de la Tour, sus cuadros, aquel día, me hicieron daño, pero eso, sin duda, debido a que la pintura tiene vida y como el gato que acaricias y se deja, en un momento, se revuelve y te araña o te muerde; los felinos son así.


+ Imagen: sumergirse en una instalación, hacer una foto, guardarla en el ordenador y recuperarla [hoy]. No hay un lamento en lo simbólico, no es una metáfora, lo literal se impone: luz es azul dentro cuarto y la luz que llega de la sala es blanca. El efecto se difumina al contacto con la ciudad, durante el paseo. Otros hubieran pensado en una invitación a la muerte. Yo no.

sábado, 30 de abril de 2016

Los detalles




+ Hay una lujuria cierta en la acumulación de detalles de la vida cotidiana. Por esta razón me gustan determinadas novelas, películas o cuadros. Ni busco lo excelente, ni lo ejemplar, me vale el apunte rápido, la foto justa que desvela esa marca de refresco y cómo ésta se relaciona con su entorno y, mientras, lo contiene. Pantalones vaqueros, zapatillas, aparatos de música, ordenadores, chocolatinas, cigarrillos, cerveza o vino, agua con gas, agua sin gas, una vista de una ciudad muy conocida, el turismo y los aviones, los aeropuertos, el metro y los taxis negros en la noche oscura del alma. Hay tránsitos que son más llevaderos si a ellos se suma una construida frivolidad, inocente y despojada de toda soberbia. Un ejercicio que nos aproxima a los camaleones: coleccionamos sobres de azúcar, tarjetas de hotel, bolígrafos, billetes de autobús, monedas, postales, púas para guitarra o bajo eléctrico, fotos antiguas que nos han costado menos de dos libras [esos mercadillos en los límites de Londres, que han pasado de moda y no lo saben], los jaboncillos que se dejan todas las mañanas en la habitación del hotel, servilletas donde anotamos asuntos sin importancia y que el único propósito que tienen es ser apunte, nota, vuelo inútil y gratificante. El detalle lo es todo. Como un maniático hiperrealista compito con la foto y el vídeo y no consigo nada, pero, lo dicho, el propósito es hacer, trazar, proyectar y dejarse llevar por la marea de los días y las noches.

+ La lectura continuada de poesía durante días me ha producido una discreta y certera ebriedad: limpia, transparente, substancial. John Dowland. La música es una discreta acompañante y poco antes de ir al gimnasio para hacer pesas siento la certeza de la muerte, que ha venido de la lectura y se cristaliza en todo aquello que veo. Esto nos hace dignos, si no olvidamos la condición mortal que nos arropa.

+ Copio un verso de Roger Wolfe: “Pero mi trabajo es constatar lo obvio”. Aquí se queda y yo me centro en los detalles que pronto florecerán ante mí. La conducción hacia Vigo, para resolver unos asuntos administrativos. Un viaje a A Garda para comer pescado en la explanada: hoy, un viernes cualquiera de abril, cuando no hay turistas, cuando sólo furtivos amantes y adúlteros se regalan las excelencias del mar y el vino translucido y fuman, luego, en el espigón. El regreso a Vigo para gestionar una compra, o dos. Quizá alguna librería y de regreso el puente y la ría y la esperanza de que el tiempo se mantenga seco y la lluvia se demore. Se van los días de vacaciones, pero en ellos hemos encontrado lo que buscábamos: nada en especial, salvo leer, hacer ejercicio y dormir plácidamente. Sic.

+ Una casualidad me llevó a una película de Bergman. Comencé a verla sin voz y rebobiné (metafóricamente) y volví al principio. Se titula Como en un espejo [Såsom i en spegel]. El mar en blanco y negro me estremece. Los barcos, los rostros acuchillados por el filo de las sombras, puertas, ventanas y mesas. Hay algo tan esencial en la fotografía que en lugar de subrayar el tema, lo supera, se eleva sobre él y muestra esa duda existencial de una manera más dolorosa, más certera. Finalmente, cuando llegué al final, una sensación de pérdida de tiempo me embargó. Había pasado una hora y media  y no escribí lo que debía escribir. Contemplar las escenas me produjo un goce estético, sin duda, pero no me aportó nada, no me entristeció, no me transmitió alegría, pero tampoco pena. Apago el ordenador, son las once menos diez y mañana debo madrugar: antes de dormir pensaré en la protagonista, Karin, y en su enfermedad: la esquizofrenia. Sólo la palabra queda sostenida por el recuerdo de su rostro: Harriet Andersson.


+ Imagen: final del verano en Lisboa, comienza a declinar el día y todo se ha detenido. La precisión es saberse humano: cae la noche.

sábado, 23 de abril de 2016

Mentalidad literaria



+ Recuerdo haber leído biografías de músicos de jazz que murieron jóvenes. Vidas ejemplares, en definitiva. Eran los años de mi adolescencia, que se caracterizaban por una constante sensación de deslumbramiento. La religión se veía sustituida por otra religión, una religión de novelas, jazz y pintura. Estaba la otra cara de la misma moneda, que se oponía, pero que formaba parte de la unidad: un incierto mundo de rock, tabaco y cervezas. Todo giraba en torno a una mentalidad literaria, que se conserva. Una manera de ver y de elaborar los relatos del día a día. Como el hilo que estructura un sueño agradable que se recuerda con precisión y agrado. Ha sido esta mentalidad la que ha guiado mis intuiciones respecto a las situaciones y a las personas que las ordenan, como si fuese necesaria una coherencia formal en las acciones y sus motivaciones. Las explicaciones a mi alcance son las explicaciones que podría utilizar en un comentario de texto sobre un fragmento de una novela; nunca se debe olvidar que éste está inscrito en una totalidad que le aporta sentido y verdad. Así, la veo tomar decisiones y creo que son inmotivadas y tratar de ver cuál es la razón de sus arbitrariedades me lleva a presentir algún tipo de fallo en la construcción de su yo. ¿Un yo débil e inseguro, resguardado en el poder recién adquirido? En el ejercicio natatorio hay que saber que la línea de flotación es fundamental para adquirir velocidad, cuanto más fuera esté uno del agua, más rápido avanza. Reflexiono sobre esta observación y sobre lo gratuito de decisiones que he visto en las últimas semanas y no tengo otra opción que buscar un sentido en la comparación o en la metáfora del nadador que conoce su arte: deslizarse sin ofrecer resistencia a la corriente, tratar de obtener la mínima superficie de rozamiento, adaptarse al medio extraño que es el agua; finalmente: si algo hay parecido a volar, esto es la natación.

+ Continúo con mi plan de lectura. Me levanto a la misma hora, hago mis tareas y, en lugar de escuchar la radio y ojear las noticias, tal como hacia antes de emprender este humilde proyecto, leo algunas páginas, no muchas, de la novela de Karl Ove Knausgård: La muerte del padre. Escribo, luego, alguna nota en una libreta de publicidad de un laboratorio farmacéutico con un pilot de tinta verde; por la tarde, bien las paso a limpio, bien las deshecho. La presencia de la lectura es una extraña sensación que no desaparece durante un buen rato. Cuando comencé me pareció que esa ebriedad ligera y limpia sería algo momentáneo, que en la segunda o tercera jornada ya no se aparecería, y me equivoqué. Al contrario, se mantiene constante: ni aumenta ni decrece. Su estabilidad se debe, así lo creo, a un equilibrio entre el cuerpo y el espíritu. Cuando salgo de casa hacia el garaje noto esa pulsión en mi sistema circulatorio: puedo sentir como la sangre fluye y esto me produce algo entre la satisfacción y un bienestar dulce y reposado. Creo que a la lectura se suma a la regularidad del correr y el ejercicio con pesas de las últimas semanas. Bien. Conduzco bajo el efecto aleatorio de la lectura y el ejercicio y hay algo que es muy similar al cine que se ve subrayado por la música del Mp3: encuentro que los escenarios de mi desplazamiento son adecuadas localizaciones para posibles secuencias de películas que nunca se rodarán Pero el aleteo de la novela continua ahí, como una palpitación, giro el botón y subo la música; queda poco para llegar al centro de trabajo. Ahí sigue; me despido de la música y de la marea literaria, hasta la salida. ¿Cuál será el próximo libro, ya que no sería extraño que la anécdota se transforme en costumbre?

+ La magia de un billete de metro que se usa como marca páginas. Su cara blanca y escrita, su cara rosada y atravesada por la marrón cinta magnética. Guarda la memoria de los viajes por el subsuelo de la ciudad, atesora las conversaciones que se dieron mientras los dos íbamos de aquí para allá, la esperanza, la alegría y la nostalgia cuando, finalmente, nos permite el humilde billete llegar a aeropuerto. Ahora ya es su otra vida: el marca páginas en la Poesía completa de Borges.

+ Por error escribo en el buscador versos de quinceañeras. No lo corrijo y veo lo que me ofrece. Pero en lugar de buscar textos, busco las imágenes. Qué se puede aprender de esta hallazgo o, digo ahora, hay algo que aprender. Desde luego, siempre hay una enseñanza, pero la labor del que lee, escucha o ve es estructurar y articular esa conseja que flota, que quiere se materia y no fantasma. Y el consejo moral es lo primero, pero compite con el sentimiento tierno y sincero del amor, la ternura y la fidelidad, el colorido rosa, la letra cursiva, el color del mar y el verde esmeralda. Como manos blancas y afiladas que se lanzan sobre un teclado de piano. La adolescencia es siempre cultural.


+ Imagen: edificio en Madrid; su recorte es constructivista y el perfil habla de todos los que han vivido ahí, los que han muerto, los que vendrán. Pero su palabra es silencio y nos lleva al mismo lugar: la repetición. Así es lo orgánico.

sábado, 16 de abril de 2016

Idea de Portugal




+ Ideas sobre Portugal. De una manera casual llego a una declaraciones de Miguel Esteves Cardoso. El escritor, periodista, profesor (…) afirma que hay una confusión muy extendida que consiste en creer que la vida es lo que bien sale en el periódico o en la televisión, y no es así. Parece obvio, pero en muchas ocasiones lo obvio está emboscado en el ritmo de la rutina. La vida cotidiana es magnífica, inabarcable y misteriosa, llena de más laberintos que cualquier saga trenzada a lo largo de miles y miles de páginas. La familia, los amigos, los compañeros de trabajo. Cómo se establece el relato de los días y las noches, el suceder de las preocupaciones y su solución. Hay un camino en las profundidades de ese océano que es la vida y los medios de comunicación no son ni siquiera una etapa; decía MEC que esa vida es la vida de las redacciones periodísticas, su espacio o ni siquiera eso: un vago reflejo de lo que allí sucede. Paro el vídeo y me dedico a escuchar durante un momento la música de Handel, una flauta aletea en la soledad de la habitación donde mis libros conforman una ensanchada parte de mi mundo, pero eso: sólo un fragmento de lo ilimitado. Ya no pienso; respiro y busco reminiscencias en el café recién hecho.

+ De una cosa a otra. Tomo el catálogo de la exposición en la BNE sobre Pessoa en España. Manejo el libro y no lo abro. Me gusta el color azul que adorna la portada, las letras blancas que se recortan en ella, el retrato de línea clara de Almada Negreiros. El objeto es hermoso y sencillo. Me hubiera gustado ver la exposición, pero nunca tuve noticia de ella y de haber tenido noticia es muy probable que no pudiera haber asistido. El pequeño y manejable tomo me da una idea que se ve construida por el conocimiento de las salas y por una noción de vitrina y disposición. ¿Es suficiente? No lo sé, pero al menos sí que aporta un rédito de lirismo. La posición más avanzada en esta tarde, que se dignifica con esa tan buscada aristocracia lectora.

+ La ciudad como motor, motivo lírico y literario. Paseos, bares, peatones y automóviles muy rápidos en avenidas extremadamente iluminadas. Pero Lisboa era otra cosa bien distinta, no tan hermética, no tan moderna. Ese aroma atlántico traía restos de un naufragio inmemorial y nocturno. El río y las calles, las casas que ascienden por la colinas y esas palabras tamizadas de silencio. Librerías que se resisten a se capturadas por el vendaval de la historia y la electrónica: todavía hay gente que se resiste a leer en dispositivos y sólo admite el libro como médium. Hay mucha superstición en ello, pero es que la literatura es una suma de supersticiones y certezas sin base, o con una base arenosa y cambiante. Esa es su riqueza y su esclavitud. Ahora, mientras escribo y suena algo de música barroca, con el café frío en la taza, siento esa nostalgia de días que trajeron el color de verano y la brisa del Atlántico, una ciudad como un barco a a la deriva, azotada por vientos y galernas eternas, que se desviste en el verano y se transforma en una niebla impenetrable, como telas que vuelan sin continuidad ni destino. El motor se detiene y sólo queda la música.

+ Imagen: algunos jóvenes bailan en un extraño local ubicado en el centro de Lisboa. El tiempo se deposita sobre la foto sin voluntad alguna, ver la foto es pensar en aquella noche. ¿Qué permanece, qué se desvanece?

sábado, 9 de abril de 2016

Skateholders



 

+ La palabra que encabeza la entrada no tiene traducción al español, a no ser que se acepte un circunloquio. Un skateholder es todo aquél que tiene una relación con una empresa. Es un grupo variopinto y extenso, quizá difícil de determinar con precisión. ¿A cuantas personas concierne el hacer de una empresa o negocio? Pero esto es un apunte y adonde quería ir es a ese punto que se traslada a lo personal. ¿Podemos analizar nuestro día a día en esos términos de clientes, empleados, accionistas, suministradores, etc? Desde luego que no, pues sería empobrecer lo maravilloso de la vida cotidiana, pero al mismo tiempo se puede tomar como una herramientas más. Reconocer todos aquellos que se ven implicados en nuestras acciones, bien positiva, bien negativamente, es un ejercicio que nos lleva al examen de conciencia. Pero, es esto lo que se debe evitar y quedarse sólo con la parte del examen y dejar a un lado la conciencia. Neutro y sin balance.

+ El conferenciante tiene una edad indeterminada, es extremadamente delgado y su pelo es largo y espeso, también luce una barba rala. Su atuendo se compone de un pantalón muy ajustado, unas botas de motorista, camisa negra y chaqueta muy amplia y una corbata, igualmente, negra. Sin duda, tiene estilo, un estilo muy cultivado y un mínimo atisbo de presunción: contenida porque denotaría una inelegancia no deseable. Su dominio retórico nos transmite una seguridad y una dirección que es muy correcta, muy acertada. Pero, cuanto más le oigo, en el ordenador, más me parece que hay que poner una barrera: la sospecha. ¿Por convincente está en posesión de una certeza o todo es una expansión de su aspecto tan teatral y tan cuidado, de su voz y su dicción, sus gestos y las imágenes que utiliza para su disertación? Si uno busca su curriculum en la red encuentra que posee títulos y oficios, trabajos y ocupaciones suficientes para esgrimir un argumento de autoridad irrebatible, en la medida que puede resultar irrebatible en una discusión, pero que no metermina de convencer. Una sopa de gelatina separa su voz, que se apaga en la desconexión del ordenador, de mi reflexión sobre los efectos de nuestras acciones. Mientras todo se diluye observo a algunos que escuchan su conferencia. Vendedores, sin duda. Y pienso en la metáfora del navegante y su infausta impronta en el repertorio clásico: la codicia.

+ «… a mis años las novedades importan menos que la verdad», Borges en el prólogo a su Poesía completa.

+ El conferenciante no les llama imágenes a las imágenes, las llama slides. Es una constante en su discurso: la preferencia por el anglicismo y por la palabra inglesa, pronunciada con perfección del que ha vivido años en Estados Unidos. Un rasgo que se suma y aporta credibilidad, pero que le hunde más en la sospecha. Pronto, muy pronto todo lo que termina por decir será antiguo. Lo sabe y no tiene importancia en el discurrir de su discurso.

+ Veo fotos de T. F. Marinetti y trato de enlazarlo con las predicciones del conferenciante: predicciones o análisis de realidad, de una realidad. Finalmente, me parece que el toque irónico del Futurismo aportaba la necesaria distancia que pone cada cosa en su sitio. ¿Quién será el que alce la bandera: épater le bourgeois? Los oráculos que predican la buena nueva de la conexión total 7/24/365 no. Ese es otro negociado.

+ [Un libro en la biblioteca, un proyecto espontáneo mientras espero por otro libro]. La anécdota: en la primera página hay un post-it que detalla un viaje desde Pontevedra a Bergen y de Bergen a Pontevedra, luego Celanova y un regreso a Pontevedra. Pensar en los tiempos de lectura, las interrupciones y los abandonos, camas, sillas, asientos. Trenes, aviones o barcos. El espacio siempre es el mismo: el que el libro traza. Me gusta el pos-it y ahí quedará, ¿añadiré otro? El libro en cuestión es La muerte del padre, de Karl ove Knausgård. Me ha parecido una buena señal la nota que viene con el libro, como una compañía desconocida, un amigo (o amiga) que se pierde en un virtual mar de lectores que conforman la biblioteca pública. El libro descansa sobre la impresora a la espera de comenzar con el un proyecto: que consiste en leer veinte minutos o media hora diariamente, antes de ir al trabajo. He de sustituir el tiempo que dedico a escuchar las primeras noticas de la mañana por este libro. Hacía ya tiempo que me llamaba la atención, bajé un adelanto al libro electrónico: lo leí, pero quedó ahí. Ahora se abre un mundo que intuyo y, al tiempo, desconfío de esa intuición. El libro ha de conformar su propio ámbito y a él debe circunscribirse, sin transvasar su veneno a otros compartimentos, que yo deseo estancos: la poesía hispanoamericana de vanguardia. Por el momento prefiero olvidar las referencias que tengo del autor y de la novela y no acudir a ninguna fuente que cree un contexto; bastante tengo con la presencia de la primera página de la novela, que resuena como un zumbido, que subraya la idea que me llevó hasta el proyecto espontáneo de enfrentarme con una novela, después de tanto tiempo.

+ Consejos sobre la escritura: hablo con E. y me pregunta por qué lo que escribe le parece malo y decepcionante. No es fácil hablar de eso, porque a mí me sucede lo mismo y ha sido siempre una carencia paralizante que me llevó a abandonar redacciones extensas, durante largos y dolorosos periodos me condujo a sufrir por textos que consideraba insuficientes, desestructurados y prescindibles, tras haber trabajado mucho en ellos con ilusión y disciplina. Pero, lo sé, la clave ese esa: la misma que para cualquier empresa humana: la disciplina. La voluntad. Esa lucha se mantiene, pero aprendo a vivir con esa parte de mi persona que rechaza todo atisbo de perdón y sólo desea una perfección que es imposible. Nuestras imperfecciones nos configuran más que nuestros éxitos. Y debemos perdonarnos, ser indulgentes con nosotros, con el niño que fuimos y que se esconde en estos y otros pliegues. E. vuelve a preguntar y ella sabe que yo tengo conocimiento y competencia; me escucha con atención y le digo que sólo hay una receta: escribir con disciplina. No es diferente a lo que necesita el actor, el músico o cualquiera que quiera acometer una tarea con un mínimo de seriedad. La disciplina, la voluntad y el perdón por no ser perfectos. Somos, cómo no, imperfectos y eso nos hace ser lo que somos: para bien y para mal.

+ Imagen: un ángel que custodia la entrada a una urbanización, en Madrid. Una escultura, una estela, un hito en el paseo de los desocupados paseantes sin destino. ¿Un símbolo? La elección no está condicionada.

sábado, 2 de abril de 2016

Retales




+ Habitaciones de hotel: su decoración y las historias que duermen en ellas. Un lugar donde esperar la muerte, donde tratar de encontrar sentido a lo que no lo tiene. Recuerdo historias en las que una anciana se veía abandonada en un hotel en las proximidades de una estación de tren; la mujer lloraba y los empleados le decía que no había otra solución que llamar a los asuntos sociales del ayuntamiento. Era una metáfora del momento, de aquellos primeros años del siglo xxi. Hace poco pasé delante de aquel hotel: había sido remodelado, la fachada era otra y el nombre era otro. Esos cambios nos hacen envejecer, pero tras aquella piel renovada supongo  que continua palpitando la historia, que como un desarrollo fantasmal se repite sin solución. Porque la verdad de la historia se circunscribe en la órbita de la ingratitud y, se quiera o no, es algo intemporal. Pero el hotel y la historia a la que yo lo ato quedó atrás: el paseo continuó y las conversaciones dieron lugar a una otra luz distinta.

+ Hoy, en una larga y sincopada conversación, llegamos a un punto de acuerdo: la vida deseable, una propuesta: en el campo, con el cultivo de un huerto, la lectura y la música clásica, pero, una vez al mes, al menos, una visita a una gran ciudad. Madrid, Londres o Lisboa. Ese contraste da una medida y trastoca las expectativas, desarma los automatismos. Pero, al mismo tiempo, se podía llegar a ver que la vida se simplifica sin esfuerzo y en ese desplazamiento de las necesidades se encuentra la solución a muchos debates. Terminamos el café y continuamos con nuestro trabajo

+ La carretera tiene ese aspecto metafórico que la aproxima el río, en un sentido de ilustrar acciones que desarrollan su cuerpo vital en el ámbito de lo lineal. Y qué es la vida sino un algo que puede ser reducido a un esquema lineal. Pero no tiene demasiada importancia, porque lo importante era la conversación en sí misma.

+ Manuales y requerimientos. Las listas y su contrapunto. El ganador y el perdedor son etiquetas variables que se diluyen el agua transparente: ¿la muerte? Es el tema y hacia el tiende toda obra humana. Mientras escribo suena una reproducción continua de adelantos en vídeo de películas americanas. Voces, música y ruidos. A veces comprendo una línea de diálogo, pero la mayor parte del texto desaparece en un fondo inestable: hay algo inspirador en ellos. Un piano suena con mucho ritmo, pero una voz lo rompe, rápidamente da paso a un ruido de ambulancia. El sentido es una construcción, los manuales parecen tener soluciones, pero estás se arman en el discurrir de los momentos, en la sucesión de las horas. La noche cae y llega el sueño.

+ Koan: el hombre mira al espejo y el espejo mira al hombre. ¿Interpretación? Buscarla es un error, obviarla: la repetición del mismo error. ¿El punto medio? No es preciso determinarlo.

+ Burditt Road, Miles End. La canción de Pulp nos remite a un barrio de Londres y a la condición de los squatters, La canción suena y más que su contenido o el sentido que nos ofrece, su textura es la trama de una rememoración porque retorna un tiempo de post adolescencia, de pseudo marginalidad. Se hacía patente la idea de la película y del libro: Trainspoiting; o su recuerdo, los momentos y la música, tan importante. Finalmente la larga sentencia: elige la vida, elige un trabajo, elige un hogar (…) y así. Total, una capa de nihilismo.


+ Imagen: aleatorio, significativo y prescindible. Como una calderilla, el local lóbrego es una concreción de muchas ideas sobre lo que se puede desmontar y volver a montar, pero con otro sentido. Todo está abierto.

sábado, 26 de marzo de 2016

Lectura (-s)




+ De alguna manera, las malas noticias vienen de Madrid. La enfermedad es implacable y cuando se nombra parece tener un espíritu propio, parece ser una persona que nos visita con una noticia: negra y desalentadora. No es así, no tiene concreción y su personificarse es un reflejo de nuestro interior. En fin, cuelgo el teléfono, termino de tomar el café y salgo a la calle para hacer dos o tres recados. No puedo dejar de observar los rostros y preguntarme qué misterios y dolores se esconden tras la expresión cotidiana; la enfermedad todo lo modifica, ese metamorfosis comienza en la mirada. Caminamos sin fijarnos demasiado en lo que nos rodea, pero hay tantos detalles intangibles que la suposición arrastra un vértigo profundo, el abismo, el hueco que se abre en lo cotidiano. Los mendigos ya no son humanos, pienso cuando observo la indiferencia con la que pasan a su lado los viandantes. Pero la enfermedad me acompaña con un latido simultáneo y me hace solidario con el sufrimiento, aunque sé que para mendigar y resistir es necesario crear una creciente capa de cinismo, quién resistiría si no. Pero estoy en otra cosa. La recuerdo en la juventud, en una ocasión la llevamos al aeropuerto su hermano y yo. Tomamos cerveza en la cafetería y pagó ella. Era joven y ganaba mucho dinero. Alta, delgada y rubia. Tenía algo nórdico y frágil. Luego nos fuimos a Vigo y hablamos de ella, de otras chicas, de los estudios y del éxito profesional, de la literatura y de la escritura como mal necesario, un veneno que corría por nuestras venas. Paseos por Madrid, estaciones de metro, calles sin fin. Todo va quedando atrás. Nada permanece, todo cambia. Vuelvo a concentrarme en los rostros, en el caminar de los otros peatones. Ella está otra vez enferma, herida, con una sentencia tal vez. La temporalidad es la única patria. Lo diario continua y rebelarse contra su curso es inútil. Me dejo atrapar por mi tiempo, por ese segundo que no ha de volver.

+ Vi un caballo suelto en el monte, se adentraba por un sendero y luego relinchaba con tristeza. Se perdió, más tarde, en la entrada de un bosque, pasó a ser una mancha borrosa: el marrón oscuro, el blanco y el negro de sus crines. Un caballo pequeño con unos hermosos ojos grandes y muy negros, como una piedra preciosa, como una piedra negra y brillante pulida por la corriente, espejada por una fina capa de agua limpia. El caballo bajo la lluvia, el recorte de su silueta en el horizonte, una señal y un símbolo. Creo recordar que el horóscopo chino me asigna el caballo como animal, con todas sus virtudes y sus defectos. Así, mi identidad era ese caballo que se adentra en el bosque y es ya un borrón de colores apagados. Ese era el afán del día, qué poca cosa.

+ Se reserva un libro para el viaje como una parte más del equipaje, con la sospecha de que no se ha de leer. Es una vieja costumbre. Se compra el libro y se guarda para cuando el viaje comience, con la ilusión de adentrarse en su propuesta. Un libro que se disfrutará, tal vez, en las asépticas salas de los aeropuertos, en los aviones, en el metro. O no. Habitaciones de hotel, cafeterías sin personalidad, bares o autobuses sin nombre ni destino. Como un talismán, como un cheque para el futuro. En este caso, es un libro sobre la escritura, sobre su razón de ser, sobre su necesidad y sobre el silencio que la recubre, paradójicamente. Un tema que va y viene, que se hace materia y se desliza sin solución hacia zonas oscuras; una vida es transparente y un tanto sutil, pero porque se ha elegido así, lejana del poder, lejana de la influencia. Una ventana. El avión despega y la lectura se ve vencida por el sueño, el sueño fruto del madrugón, pero el hecho de tener el libro en las manos establece una conexión cierta y solida. Una vez más: signo y símbolo.

+ Monstruos. Libros que nos hablaron de criaturas monstruosas y que terminamos por identificarnos con su devenir, con su biografía de miedo y ansiedad. Dónde está la redención. La criatura camina en ese halo de blanco y negro y confunde a la niña con las flores que ella arrojaba al río, termina por arrojar a la niña al río: esa disfunción, esa falta de entendimiento de la realidad es lo monstruoso: lo que se aparta de la norma. El vampiro no duerme, necesita esa sangre vivificante y confunde la vida con la muerte, la muerte que se precipita es su razón de vida; anida la paradoja: otra vez. Camina sin ritmo pero su mirada es mortal, su abrazo es muerte, pero la muerte es otra vida sin brillo, sin ilusión ni amor; es la soledad su emblema y en él encuentra la razón de su dolor: una condena. Esa comunión con el monstruo nos lleva a establecer cuáles son los objetivos, dónde está la tarea, ese reunir los talentos, los afanes y las derrotas. Mi querido monstruo vela mis sueños y yo me dejo llevar, sumergirme en ese sueño como la muerte, como un lago donde se hunde mi perfil en "los placeres y los días".

+ Recibo la noticia de la muerte del padre de una persona muy querida. Hay un velo que oscurece la ciudad y desluce esa alegría del comienzo de vacaciones de Semana Santa. Previamente, hubo una suma de señales que parecían indicar que este momento se aproximaba. La intuición vence a la regla, aunque he tomado la costumbre de desconfiar de mis intuiciones, de ponerlas en cuarentena. Una vez más, no me equivoqué.

+ Como las esculturas de Claes Oldenburg que representan objetos cotidianos: bien en su versión fuera de escala, aumentadísima; o en la versión blanda, descompuesta. Son ilustraciones válidas para acompañar la sensación de temporalidad, su variable percepción: nada es lo que parece, nada permanece.


+ Toda traducción es un fracaso. Toda traducción es un triunfo. ¿El punto intermedio? El silencio.
 
+ Un mendigo recorre el metro y pide una ayuda que nadie le da; replica con un solemne y sepulcral gracias por la generosidad, que "ha sido ninguna". Establecer una funcionalidad no deja de tener un rastro de mal gusto: el mendigo nos recuerda quienes somos, así: con su pantalón empapado en orines, su cara congestionada, sus manos callosas: sarmientos pálidos que atraviesan las nieblas del asco y la vergüenza. La ciudad siempre es un barco a la deriva. Madrid contiene incontables historias, pero en alguna ocasión se resuelven en una imagen, en una frase: la generosidad que ha sido ninguna. Esa invocación a la responsabilidad moral es una técnica efectiva para vender, para mendigar. La utilizan los políticos y las tías a las que visitamos por educación y tratan de captar bien nuestro voto, bien nuestra voluntad en un asunto que no nos atañe. El viaje en el metro continua sin más incidentes. Caras, gestos, vestuario. La variedad es muy grande, pero se coagula en la equiparación de todos los cuerpos: la muerte: el gran tema.

+ [Consejo para un comentario de texto sobre un poema]: todo poema tiene por tema la muerte, por lo tanto se trata de hacer patente esta verdad, una vez explícito: crear otra cláusula e ir de una a la otra con una argumentación: se cierra el círculo. Así es la vida, I think so.

+ Escucho a Paul Weller con un acompañamiento mínimo. Hay identificaciones que nos vienen dadas por nuestro carácter, otras por la personalidad que deseamos construir. La conjunción de ambas nos lleva a momentos intensos de difícil traslación. ¿Traducción? No, un fluir ambiguo y sutil.


+ Imagen: interior del edificio de la Tabacalera en Madrid, en Lavapiés. La falta de foco resume un estado de ánimo: la sospecha, el desconcierto y la apertura a las ideas: por contra: la voluntad, la ambición y el atractivo físico al que se suma una magnética personalidad. Muere del día.

sábado, 19 de marzo de 2016

Simulación (b)



+ [Fotos y textos]. Un folleto electrónico de una universidad privada en algún país de la Unión Europea; otro folleto de otra universidad privada en otro país de la Unión Europea; y un tercero y un cuarto y un quinto. Los formatos comparten ciertas características, pero, al final, difieren ligeramente: equiparables, tal vez . En todos ellos hay una línea en las fotografías que los ilustran que establece algo más que un estilo. La alegría, el desenfado, una apertura en los espacios y una camaradería multirracial y una disparidad que no permite distinguir los profesores de los alumnos, salvo por evidentes diferencias de edad. Es un mundo atractivo y líquido, que se opone a una idea de rigidez que los estudios superiores suelen connotar y denotar. La foto parece, en un primer momento, más importante que el texto o la maqueta del folleto, que están mucho más próximos a esa idea de universidad como liderazgo, experiencia, trabajo en compañías internacionales, entornos y excelencia. No es necesariamente un hiato entre fondo y forma, entre mensaje e intención. No hay un sentido alegórico. Estudiar los rostros, los cuerpos y los espacios como si se tratase de un comentario de una instalación en el sentido clásico del formato escolar arroja un retrato del mundo que habitamos muy exacto: lo lúdico es el destino. El destino es la trayectoria divertida que la vida nos da y nos ofrece con gallardo optimismo, hasta en esos momentos tan serios de la elección del futuro, la elección de la carrera. El texto y la maqueta nos dan el contexto. Fotos para los hijos, texto para los padres. El mensaje es que se puede combinar el desenfado con la exigencia más severa: aquí nadie tira su dinero, pues todo está destinado al triunfo, a obtener una muy substanciosa plusvalía vital. El folleto es perfecto y su producto también, sin duda. El producto no deja de ser la vida excelente de los elegidos. Una frontera invisible.

+ La postmodernidad es ante todo cuestionamiento. Nuestra época es una época sin certezas, sin anclajes, difusa tal vez. Dios murió en el siglo XIX, y ahora ajemos   al desarrollo histórico debemos ocupar su lugar, pero ni siquiera creemos en nosotros: porque estamos muertos y como los protagonistas de alguna película no lo sabemos. Es una duda constante, una incerteza que sólo se combate levantando presas y represas que contengan el aburrimiento. La soledad es muy mala de aguantar. Yo que pasó mucho tiempo solo aprendo a estar con mi mismidad, a luchar contra ella, anularla, a rebajar ese tono que el yo quiere imponer. El silencio es la medida, el silencio es el remedio. Un vacío necesario. Vuelvo a ver las alegres poses que el folleto ofrece. Me detengo en la escuela de arquitectura y trato de darle un sentido al relato que se pretende escenificar. Ya está reseñado un poco más arriba; pero algo brota espontáneamente: quizá no sean estudiantes y se trate de modelos, totalmente ajenos a la enseñanza universitaria privada, a esa clase social que pueble estas aulas y desconectados de esa suerte de valores que sustentan todo el entramado. Pensar que son modelos me sitúa en el centro de este mirar postmoderno: duda, anulación del yo y la simulación. La simulación como moneda, la simulación como lingua franca

+ La simulación, el disfraz, la farsa o la vida como obra teatral. El telón se levanta cada mañana y saltamos hacia el escenario. Cuánto tiempo nos ha llevado preparar el papel que hoy representamos: desde el vientre materno hasta el último suspiro: esa es la tarea: encomendarse a una buena interpretación de ese yo que nos posee. Una buena representación se sustenta en el vértice entre la seguridad en uno mismo y la asunción de que lo imperfecto es la piedra angular de toda personalidad. Se vierten las sensaciones en ese cambiante personaje que somos. El dibujo del gesto se da en función de los que nos acompañan, nos evitan o le producimos una abúlica indiferencia. El día comienza, la función se inicia, el telón se levanta según el despertador suena.

+ Le saludé y no me saludó. Bajó la cabeza y continuó silbando. No le di importancia porque me propuse no darle importancia. Una longitud variable es el límite. Ni siquiera le molestó mi indiferencia: ahí es donde estaba la lección: el vacío como posibilidad nuclear.

+ Al borde de la carretera veo tres motoristas, por las matriculas de sus motos me doy cuenta de que son británicos. Les observo como se observa la pintura en el museo, vaya: con solemnidad. Esa reverencia no es percibida, pero me permite componer una escena que se evapora sin remedio. Arrancan y se alejan por la carretera: tres motos, la niebla que recubre el paisaje y oculta las copas de los eucaliptos, el brillo del asfalto: entre el charol y la piel del reptil. No hay colores, salvo el brillante color amarillo de sus chalecos, que en la parte posterior llevan escrita una sentencia: Be Polite, Be Brit. El día es un misterio y sus imágenes son guías para descifrar lo indescifrable; su relato, otra codificación.

+ Suena Babies de Pulp. Harvis es elegancia para la clase trabajadora. El estilo es posible en cualquier circunstancia. En ello estamos, aunque nuestra estatura no alcance el metro noventa y cinco: no se puede tener todo.

+ Imagen: una turista perdida en el metro de Lisboa. La imagen es un emblema, o eso me gustaría: ¿cuál es acertijo, quién lo desvelará?, ¿y la sentencia? La sentencia: canciones de Pulp en el Mp3, el mundo y la juventud sonora que pastorea en las ciudades en una equiparación de tatuajes, teléfonos y reiteraciones.

sábado, 12 de marzo de 2016

Detritus (II)




+ Pienso en hoteles, recepcionistas y clientes. En cómo el recepcionista termina siempre por adquirir la destreza de ver a una persona y adivinar extraños pliegues. Esa manera se desarrolla lentamente y termina por ser pétrea y duradera. Así, el recepcionista puede sopesar el destino con una habilidad extraña. Le oigo en la radio y cuenta como leía, como entregaba llaves. Finalmente, explica con fluida sencillez de que manera se fraguo esa intuición: ver el dinero en la mano del que va a pagar, la forma de devolver la llave, las propinas y la manera de contar el dinero. Ahí  está todo: en el dinero. Cuando su voz se apaga entra la música de los Beatles y el tránsito es una cortina que se ve agitada por el venenoso aire de la mañana: frío, sol intermitente y una lluvia fina y molesta. Yo sé que no es cierto, pero me ha gustado el relato del recepcionista porque yo también viví en ese reverso de la vida.

+ ¿Cuándo está realmente terminada una tarea? ¿Cuándo alcanza su final? Parece que la respuesta es obvia, pero en muchas ocasiones no resulta fácil responder, determinar ese momento con precisión, cuando el círculo se cierra. Esto se debe a que no hay una frontera clara entre el antes y el después. Esa regla incierta que sustenta el aprendizaje de idiomas, el enamoramiento, la consolidación de una amistad o el fundamento del lugar que uno debe ocupar en el ámbito laboral. El cierre es la medida y la media es la regla, no olvidarlo y permanecer en silencio a la espera, sin mirar atrás.

+ Oficinas. Edificios de oficinas y su anónima realidad. Tras las puertas se esconden vidas y afanes, pero, no cabe duda, parecen celdas y esconden trabajo y negocios. El triunfo, el trabajo, las preocupaciones, el aburrimiento, el desasosiego, el pacto y la gloria o el hundimiento, la traición o la entrega. Semejan espacios propicios para la fotografía documental en blanco y negro: puertas, pasillos, ascensores de luz palpitante, carteles y flores de tela y cartón. Si esa fuese el objetivo, buscaría, tal vez, una figura que se mantuviese a contraluz para ilustrar lo diario de ese trabajador independiente que se esfuerza en su despacho, que lucha contra la marea de las obligaciones  y se arropa con  música de radio fórmula. Todo es narración, fragmentos que esperan a ser recogidos para que se les inspire vida mediante la ordenación. El orden certifica su realidad: las fotos, los relatos o este humilde apunte. Los trabajadores, en esta hora temprana, duermen y yo escribo. Hay un paralelismo que explica como encajan las vidas, piezas de una maquinaria: los que hacen y los que miran. La unión de los extremos es una sentencia lanzada hacia el futuro más lejano.

+ Hay maneras de constituir una ficción que terminan por alcanzar e infectar la realidad cotidiana, la vida ordinaria. Es esa manera de constituir una realidad literaria que supera lo que todos los días pasa en las calles o en los bares. Se carga de sentido ese contorno, se reflejan matices insospechados que serán los que terminen por dar una estructura al desorden imperante. En un cuento de Borges se hace explícito como su conocimiento de Palermo es una ficción en sí mismo, como se ha compuesto de charlas y bibliotecas y, según el cuento avanza, me doy cuenta de que es algo que a todos nos sucede. Nadie escapa de la construcción de un personaje, con mayor o menor intención. Revestirlo de cualidades que afronten la superficie plana de lo diario es la tarea. No hay un revés, una vuelta. Tras la verja no hay nada, todo se ha reducido a la biblioteca, al ámbito de los libros. Un espacio que se eleva desde la página elegida y transforma lo que vemos. Un mundo redivivo, que se traslada de la imaginación a la calle.

+ Una vez más: el detritus. Es continua la reflexión y la presencia del detritus. El detritus contiene una explicación de lo nuestro: la lectura, nuestra escritura, el paseo o el trabajo. El deseo, la pasión y el olvido. Son piezas deslavazadas que reclaman una unión: el bricolaje. Pero el detritus es estático y no desea junturas, sino olvido y desafección. Quizá ni eso, sólo olvido e indiferencia. Así, como si de una sentencia budista se tratase, la basura de las cunetas calla, pero transmite lo que nuestra civilización no se atreve a representar. ¿Es un símbolo? En una ocasión encontré una bolsa de terciopelo comida por la lluvia y el polvo, que contenía relojes, esferas de relojes y cajas y correas de relojes; pensé que eso era una señal, como si el destino se pudiese contener en esa bolsa, pero no fuese posible desentrañar el significado porque sólo era significante. Como un gruñido, como el grito de dolor o la mueca de fastidio. ¿Era el producto de un robo o la huida de un recuerdo desagradable? Sin embargo, llegué a la conclusión de que sólo era olvido y silencio. A nadie le podía importar aquello, como el detritus: esa es su calidad que a nadie le interesa. Bolsas de patatas que el sol ha desvirtuado, los colores evaporados que quedan sobre las latas de cerveza o de refresco, la botella de whisky arrojada desde el coche, el incendio de preservativos o sujetadores olvidados, vidrio y plástico, papel y telas ennegrecidas. Una tonelada de deshechos que se empeña en relatar los viajes de los que un día consideraron que aquello era basura y sólo merecía ser arrojada por la ventanilla del coche. Nada refleja mejor la ciudadanía que sus basuras, pero, mejor todavía: el lugar donde se arrojan sin pensar, sin remordimiento, sin dolor.

+ Imagen; pavimento. La geometría, el azul, la pata de la silla componen una abstracción, pero esa abstracción permanece más allá de la insinuación.

sábado, 5 de marzo de 2016

... como uma pedra no fundo do mar



+ El título de la entrada está tomado del inicio de un capítulo de Portugal de preto, de Nuno Ferreira. El escritor se refiere a que durmió tan profundamente como una piedra olvidada en el fondo del mar. La imagen me parece gratificante. El sueño se compone de imágenes y de desconexión, fundamentalmente de desconexión. Y nadie puede olvidar lo que el clásico decía: el sueño es la imagen de la muerte. Ese aislamiento necesario que sucede entre un día y otro es uno de los grandes tesoros que poseemos y que más dolor nos puede causar si nos lo arrebatan. Nadie puede vivir sin el descanso que aporta el dormir, el sueño en sus distintas manifestaciones. Como una piedra en el fondo del mar continuo con la lectura de ese viaje a Portugal, un libro comprado hace unos meses en Lisboa y que ahora se rescata sin mayor intención que completar el inicio de esta mañana de domingo; ay, el domingo y sus anuncios. La semana comienza pronto.

+ En la radio, en un programa que se recupera de un pasado no tan lejano, tratan de definir qué es música. Desde el orden del sonido a los elementos sin un orden aparente que ofrece la naturaleza: las olas, los pájaros, el viento. Alguien dicen que el ruido de las excavadoras también es música. Las definiciones canónicas tratan de establecer sus coordenadas en función de la organización y una cierta calidad agradable que hace que vibre la sensibilidad. La plasticidad de las apreciaciones se encauzan hacia una dispersión de lo posible, y así se dispersa su concreción. El silencio es música, el tañido de las campanas que se eleva sobre el canto del gallo, abejas. Versiones de lo mismo: vibración. ¿Arte? Resulta imposible alcanzar una definición satisfactoria, y ahí reside su fuerza.

+ Por su capacidad de adelgazarse, la música es el arte más perfecto, el que ocupa la cúspide de una posible jerarquía.

+ El viento agita los árboles con violencia. Llueve. Me asomo al puente y me paro a estudiar el río, sus meandros, la corriente, la inestable superficie que el agua dibuja sin intención. La metáfora del río es permanente, comparar la vida con ese fluir parece necesario en esta mañana. La plomiza nubosidad, esa niebla que desciende apaga el ánimo, pero hay un algo que vence. Una indeterminación solapada con la voluntad. Llega el arrepentimiento y golpea insistentemente pero ese algo lucha y vence esta batalla, pero la guerra continua. El río fluye y la superficie de acero y carbón representa lo inestable y la fuerza del agua, la calidad de la vida y sus afluentes. La música de la naturaleza establece sus coordenadas, sus límites, sus dominios.

+ Aparecen fotos del catedrático y eminente analista en una página de la web que salta por arte de magia. Es muy interesante ver su casa, escrutar las fotos, los libros, el despacho, el enorme patio del inmenso ático. Su atuendo, sus gafas, sus gestos. Ay, todo inclinado hacia la muerte me digo y recuerdo a Marco Aurelio. La vanidad empaña la presencia de la muerte [durante un segundo]. Puedo ver todos esos diplomas, los reconocimiento y las medallas esparcidas en la lona del chamarilero; quizá de los diplomas se aprovechen los marcos, de las medallas el metal. Señala las distinciones  y sentenciosamente culmina con un "literalmente, pon literalmente lo que digo, que se sepa". Una oscura niebla ensordece la pantalla del ordenador y el personaje se hunde en una espesa masa de olvido y transición. La nada. Pronto llegará el sueño.


+ Imagen: como si la mesa y la silla tuviesen vida y por qué plantear una duda en lugar de permitir ese fluir que las insinuaciones ofrecen. Oporto, septiembre del 2015.

sábado, 27 de febrero de 2016

Las aproximaciones del día



+ En la reflexión sobre la ciudad se debate en asuntos menores, detalles trenzados con los mimbres de lo pequeño, lo insignificante, lo no visible [en un primer golpe de vista]. La gente que camina, su ropa y sus zapatos; los escaparates; aquello que ha sido tirado al suelo: envoltorios, colillas, papeles; la luz, los reflejos, las sombras; la línea de sombra que proyecta un edificio sobre el pavimento. Por ejemplo: en lo que nadie repara porque no merece la pena. La composición de esa idea traspasa los límites de lo que está dado. Se podría hablar de detritus cotidiano: bolsas de plástico, logotipos sin mucho valor, el marketing espontáneo de los vendedores, los mercados callejeros o los cafés sin un proyecto previo, fruto de lo que ha llegado, esa acumulación de decoraciones y ornamentos. La cerveza es un filtro, una minúscula inspiración. Allí está todo.

+ Alguien, célebre, escribe sobre la ciudad de Porto. Se percibe con claridad que es un texto de compromiso, hurtado al reposo, requerido por la prisa, donde gobierna la escritura  un desconocimiento palpable. Sin embargo, sabemos que existe una ciudad que se esconde tras tópicos y piezas trabajadas durante años: esos resortes que el escritor maneja, que se conocen bien y que aportan poco. Un truco del que se conoce su armazón resulta tedioso y ya no es truco sino ortopedia. Cafés que se han visitado y no se corresponden con la percepción de ese que escribe, calles que son otras calles y no esas, el paisanaje que difiere con indiferencia. Es muy complejo abarcar en una página la totalidad de un viaje, de una aproximación, por eso siempre es preferible entregarse a esa pequeña calderilla a la que nadie presta atención. Ahora, yo, pasearía por la Rua de Santa Caterina, luego bajaría hasta a Avenida dos Aliados y me iría hacia Boa Vista, sin prisa, quizá algún café antes de llegar a Miguel Bombarda o así. Pero yo ya he estado muchas veces, lo visto todo y no he visto nada, lo sé todo y todo ignoro, y esa es mi consciencia plena. Calles, museos, bares, ebriedad y olvido, sobriedad y presencia. El amor, la amistad, las laberínticas y herméticas posibilidades que hemos rechazado. Sin embargo, la parquetematizacion de cualquier visón afecta a aquellos que rechazan ese molde: imposible escapar.

+ El parque temático nos acecha ya en el mismo momento de entrar en el aeropuerto: esa es la taquilla, la puerta de acceso.

+ Trato de ver la ciudad, hoy, como la vio Borges. Parece un regreso a una estética y es un regreso en sí, sin duta. Nunca han abandonado esta forma de ver, simplemente se ha replegado. Emerge de un libro comprado hace más de un año. El primer poema ya es una declaración: contra lo dado: "en el lugar de mi ceniza".

+ Volando, traduzco un fragmento de Michael Sheringham: "… la indeterminación es la llave para la libertad creativa".

+ Peregrinos que transitan en sus ultramodernos atuendos por los senderos que les conducen a Compostela. Sus gafas espejadas, sus impermeables flúor intenso, las zapatillas con cámara de aire o con gel amortiguador. Caminan satisfechos y disparan sus fotos digitales sin prestar atención al paisaje. Bastones telescópicos, brújulas virtuales, la localización automática o el teléfono asistido por satélite. Yo estoy al margen, yo soy una figura en el paisaje que se puede equipar al perro que ladra o al gato que caza, indiferente. Su misión es importante y el compromiso tan íntimo que se hace llama transparente, sólida lámina de diamante rasgado: el surrealismo es la contraseña, la vida vista en el detalle es lo paradójico. Romper con lo automático es desvirtuar el aburrimiento, lo cotidiano parece revestido, entonces, de brillo y valor. Sin precio es mejor. Continua, en el siglo XXI, el peregrino su caminar hacia su entraña de soberbia y finitud.

+ Leo a Borges, una vez más, en esta tarde sin lluvia, pero con el anuncio de tormentas y chaparrones; todo se puede leer en la nubes en las nubes. La poesía es una posibilidad hermética.

+ Imagen: el cielo de Madrid hace unos meses, la fotografía parece retocada, pero no ha sido retocada, es el color que en ese momento, un día de noviembre de 2015, adquirió el cielo de Madrid. Extraño y posible, las combinaciones con un punto menos que infinitas, o quizá ni eso.

sábado, 20 de febrero de 2016

Flecos




+ [La realidad y la ficción son caras de un mismo plano. Lo afirmo. Que por capilaridad se conecta la una con la otra y crean confusión, lo sostengo]. Se observa, en la primera hora de la mañana como los coches se dirigen hacia el puente y la música que suena en el nuestro transforma la rutina del desplazamiento en una postal multicolor con tintes futurista. Es una manera de construir una herramienta contra la reiteración y la abulia. Por eso tengo una preferencia indiscutible: las listas aleatorias, o la totalidad de la música en el reproductor. Diez mil canciones pueden con todo, o eso creen.

+ La acumulación de objetos (libros, cacharros, figuritas, por ejemplo) llevan a componer un paisaje de desorden y un autorretrato muy fiel. Demasiadas cosas se oponen a la finitud que lo gobierna todo. No es bueno tener muchas posesiones, decía algún monje budista, que en otro tiempo entretenía tardes de verano y lluviosas noches invernales. Una cabaña es suficiente, el alimento escaso y las posesiones mínimas, ni siquiera esa esponja para el baño. Es llegar a una casa y comenzar un análisis de los libros, los bibelots, lo cojines y la disposición de la prensa diaria [si hay]. Todo un retrato de sus habitantes. Pero por qué no comenzar por lo propio y particular.

+ Ondas do mar de Vigo. La nunca llega a ser violenta, pero tiene sus peligros. Nada está dado.

+ La casa estaba sumida en la oscuridad, del exterior llegaban los reflejos de la ciudad, las luces crispadas de la autopista, los neone violentos. Dejé que aquella oscuridad melancólica y persistiese. Llovía débilmente y un rumor de electrodomésticos y tráfico traían el sentido último de la ciudad. Libros, retratos de familia, títulos universitarios en sus antiguos marcos. Orlas, el vademécum, ceniceros sin uso, botellines de cerveza vacíos, la lejanía y el horizonte que la ciudad ofrecía a los pisos más altos. Todo era nostalgia y ejercicio de olvido. La insistencia en los recuerdos es un vicio como otro cualquiera.

`+ [Escenario expresionista en una noche extremadamente lluviosa].  Sobre un desmonte de eleva el triángulo que forma la coronación de una fachada, el único que se puede ver desde la carretera; hay una hiriente luz en la oscura y esponjosa noche. Llueve sin ritmo. Coches que bajan la cuesta, prudentes, lentos y brillantes como el charol del que se juega lo que ya no tiene. Libros, chocolate y café.  En otro tiempo tendría un pequeño tesoro de cigarrillos, papel de fumar y hachís; hoy sólo es un recuerdo con el mismo valor de un sueño entrevisto: ninguno.

+ Imagen: cómo la niebla toma el bosque.

sábado, 13 de febrero de 2016

Detritus (I)




+ Entereza. Aguantar. Al mal tiempo, buena cara. Todo es opinión. Hay cúmulos de sentencias que nos ayudan a llevar con 'entereza' la carga de lo diario, sin saber que es lo diario,  sin saber que en la realidad se esconde un mundo fascinante. Más allá, de la fantasía, la realidad ofrece tantas caras que son inabarcables.

+ Ha llegado la lluvia. Lluvia y niebla. Poco a poco se desvanece el paisaje, un difuminado sistema de bateas y barcos está próximo a desaparecer definitivamente. Como un chispazo, me viene a la memoria La muerte en Venecia: la película. La niebla es engañosa, pervierte la percepción. Los coches sólo son luces rojas que se alejan, luces amarillas que se aproximan. No hay colores, no hay formas. La muerte en Venecia pertenece a un momento significativo, hoy es un recuerdo complejo, muy difíicil reconstruirlo.

+ Lo recordado siempre es una elaboración creativa e interesada, conforme a unos objetivos discursivos. La retórica, la estrategia, la táctica. "Seamos pragmáticos", parecen recitar los cuervos que se alejan hacia los altos eucaliptos.

+ Parecen recitar los cuervos el Salmo 127.2 : "De nada sirve trabajar de sol a sol /y comer un pan ganado con dolor/ cuando Dios lo da a sus amigos mientras duermen"

+ El puente se transforma, la lluvia y la niebla: le otorgan otra vida. Los barcos emprenden su camino al centro de la ría. Llueve con fuerza. Observas esas hojas esparcidas por el asfalto, su textura es una posibilidad. Sedimentos, arterias, venas calcificadas. Las observas y no hay nada que añadir.

+ Hoy no dormiré y no es una promesa, ni un divertimento.

+ Imagen: madera bajo la lluvia.

sábado, 6 de febrero de 2016

Nuevas profesiones




+ La mañana se revela en estanques, esteros y pozas. A lo lejos, bajo las nubes, se eleva el dibujo de las montañas. Son las primeras horas de luz del día, pero es un día nuboso, cálido, sin lluvia. El verde se ha apagado y asoma como una negruzca pincelada, profunda: negra el borde, verde en su centro. El puente es el trazo nervioso entre la niebla, tirantes y líneas rectas que se desvanecen. Camina un perro por el arcén, las cunetas atesoran piedras y arenas plateadas, cae una columna de agua con fuerza. Hay música más allá de la ría. Y una vez más, pienso en la soledad, en la música que arropa el sueño. Los coches son autómatas, los conductores estelas de sueño y sombra, como si una mano invisible los impulsase en esa carrera hacia los trabajos y los jornales. Es insoslayable: toda esta actividad se torna absurda si se para uno a pensar, como el que van en bicicleta y piensa en el equilibrio: se cae al suelo.

+ Dos cuervos solitarios cruzan sobrevuelan los altos eucaliptos. Pienso en Odin y regreso a mi tarea. Pienso en todos los poemas que una y otra vez leí durante los últimos meses. Alguien, en una emisora de radio, reclama una voz solida de cultura y estudio, pues es la única posibilidad para la duda. No tengo dudas, tampoco respuestas ni certezas, hay un momento de conciencia en suspenso, la tranquilidad: sólo la tarea diaria, a cada momento lo suyo, sin prestar atención al anterior o al posterior. El día se desvanece sin pesadumbres. Otro comienza.

+ El tajo es la duda y la duda es el tajo, apunto en un papel que más tarde pierdo, pero ya no olvidaré la frase: carece de sentido, su interpretación se abre y se cierra como una flor venenosa.

+ [Visiones desde noche tardía sin sueños, ni pesadillas: un poema (im)posible para una cam-girl muy joven]. La cam-girl se queja de la soledad y los mirones le susurran que es hermosa, que es muy dulce y su voz destila inteligencia. Ella tiene una mirada triste y es más triste cuando empuña el dildo multicolor, de cristal o de acero: quién sabe. Los mirones susurran sus tontas consolaciones: sólo buscan ese espacio sexual entre el alivio y la prisa. Ella gana unas monedas, unos billetes y alguien piensa en ella, alguno que la amó en secreto y sin esperanza. La cam-girl es hermosa y muy joven, pero tiene conciencia de la textura vital que la maldice, que la hunde en una tristeza motivada y visible. Los mirones no tienen sensibilidad, sólo desean ver sus pequeños pechos, sentir su calor en el frío del cristal de la pantalla. Hoy sus sueños le hablaran de cuervos y tres elementos fundamentales: el ritmo, la transformación y el amor. Todavía una chispa de alegría la espera al despertarse. Sonidos que vuelan, cuervos que advierten del peligro: no te duermas porque ahí está acechando el engaño.

+ En el Casón del Buen Retiro reza una sentencia: Todo lo que no es tradición es plagio. No lo sabía y continuo perplejo: cuántas veces pasé por allí y nunca se me ocurrió leer lo que en el frontispicio está escrito. ¿Qué aporta, qué actualiza? Una certeza lejana que nos lleva a poemas sobre la guerra y la tristeza del mes de abril: el mes más triste. Pero basta ya de acertijos. Madrid es una esperanza de alegría en el horizonte. Pintura, paseos y el amor.

+ La coloración de la ría oscila entre un azul ultra titanio y el reflejo hiriente del mediodía, una luz deslumbrante que se estrella contra el agua, con un leve matiz verde. Los cuervos retoman el camino de regreso, todavía queda una hora y media de jornada laboral. La circunferencia se cierra.


+ Imagen: libros sobre pintura, libros de grandes dimensiones y portadas coloristas; libros que son objetos y su función está en otro lugar que no es la lectura, sino la contemplación o el ornamento. Como siempre, las posiblidades están extrañamente abiertas, para sorpresa de los creadores del momento. [Sic].

sábado, 30 de enero de 2016

Elevación



+ Fotos de boda, reportajes de boda. Mientras las veo en la red, escucho a Chuck Berry. Ese todo nupcial me resulta codificado en exceso, incluso lo que intenta ser innovador, y la música de Ch. B.  acentúa esa particular manera: manos que se agarran desmayadas, flores que simbolizan la pureza (?), oferentes esposas, devotos maridos. Los sacerdotes, los padres de los novios, niños e invitados. La felicidad es una explosión programada y controlada. Champagne, vino, licores dulzones. La vida fluye sin detenerse, pero queda esa constancia: las fotos son el veneno.

+ La iniciales de Chuck Berry se corresponden con las de Charles Baudelaire. Ch.B. = Ch.B. ¿Hay un mensaje oculto, una pirueta alegórica?

+ "… la buena voluntad de hoy no garantiza la buena voluntad de mañana". Recogido en ¿Qué es política? de Hannah Ardendt.

+ La tradición oculta de los marca páginas: como un tesoro se juntan sus cuerpos de papel en la intimidad de su nicho de madera. Nunca tuve la intención de hacer una colección, y no es tal, pues carece totalmente de un sistema, de una clasificación, de un orden. Podría alcanzar este orden, pero no se trata de eso, sino de la constancia de la lectura y las librerías que ya no existen. ¿Son un fetiche, en su sentido más literal? Sí, un amuleto, el horóscopo del día que nunca llegará. Hay matices innecesarios, pero son todo un mundo sin descubrir, que palpita en silencio en su reducto de madera y viento.

+ A modo de confesión, tres cosas que me interesan mucho, y no necesariamente por ese orden: las guitarras, los árboles y la tipografía. Veo los libros que he atesorado sobre las materias y tienen una especial forma de escribir una biografía. Un dibujo exacto de lo que fui y de lo que soy. Otra confesión: para mí la contemplación de los libros que se albergan en una casa son, redundantemente, un libro abierto: títulos, manera de gastarse, encuadernaciones, ediciones (…). Cuánto habla esto de la persona, sin ella desearlo. Manías clasificatorias. Listas, clasificaciones y cruces rojas. Lo intransitable y lo necesario, la razón oculta en las compras. Implícito va ese mensaje. Libros, discos, cuadros o láminas. Y, más tarde, pensaré en las posibilidades paisajistas de los dormitorios de los que me cruzo en el día a día: esa mórbida imaginación. Muere el día.

+ Otro interés: la caligrafía victoriana. Para ejercitarse a diario con el convencimiento de que nunca se alcanzará un competencia mínima, pero lo importante es la tarea, la disciplina, el horizonte de lograr una línea recta sin titubeos. Poco más.


+ Foto: la lluvia, el pavimento, la captura de una abstracción.

sábado, 23 de enero de 2016

Diletantes



+  Hemos visitado museos y galerías de arte sin un propósito claro. Por pasear, por ver gente y, tal vez, cuadros. Esa manera de ver pasar la vida: sin intervenir en ella, con una elegancia trasnochada y superflua. Grandes cuadros, prescindibles cuadros, herméticas exposiciones, aleatorias muestras. El arte es una vía de entretenimiento y observación indispensable para el flâneur. Allí se da una concentración de intereses y posturas que no se aprecia en otro lugar. El estudiante con su bloc de notas, la mujer que hace de su pasatiempo la razón del vivir, el ligón con la víctima, el hombre sabio, la niña aburrida y el colegio como rebaño del hastío y la prisa. Sentarse en una bancada y ver pasar a la gente es un placer sin par. Se abre un mundo insospechado y, al tiempo, ver el cuadro. Así he repasado obras de libro de texto: Velázquez, Turner, Van Gogh. Pero muchos, muchísimos más sin esa importancia. El análisis del contexto aporta una visión enloquecida de lo que realmente importa. Para eso están estas catas pseudo sociológicas: entretenimiento y diletantismo.

+ Lo anterior aplicado al concierto de música clásica. Así mismo, el concierto de jazz. Una lista demasiado larga y pretenciosa. Qué importa. Es muy similar a poner nota a los libros, a los discos, a las películas. Me gusta/no me gusta. Pero el vicio de las listas no admite discusión y en eso estamos. Un día se muere una estrella del pop y es mucho más interesante la hagiografía espontánea que la biografía. Contemplar y estudiar a los otros sin consecuencias. Hay, en efecto, una contradicción notable, pero es complejo esquivarla. Hoy no llueve, quién nos ha bendecido con esta tregua.

+ La realidad es muy rica. Imposible atraparla. Como el gato que, inmóvil durante horas, espera a su presa: ratón o pajarito, le da alcance, juega con él y lo olvida. La realidad cotidiana, el día a día, lo vulgar y lo rutinario tienen el poder de la sorpresa. Sólo hay que evitar las visiones automáticas. Elevarse sobre el escenario y dejar de ser uno más, para contemplar: como espectador. Lejos ya de lo dado, aparece la sorpresa, la poesía y lo magnífico. No hay realidades superiores a otras, ni inferiores: que se lo digan a los muertos. Tan extremadamente sinuosa, fértil e incomprensible.

+ La gata que pasea tranquila, la transparencia del día de enero, una brisa fría, pero no heladora. El sabor del café, la pastas escocesas con exceso de mantequilla, un requiem que nadie consigue identificar. El tiempo se ha detenido. La gata con sus patitas blancas acaricia la yerba, salta un pequeño ratón  y lo caza al vuelo. La muerte se hace materia en sus garras. Esa transformación que va de la ternura de su cara mimosa a la fiera que esconde, la gran cazadora de los prados y las huertas muestra sus dientes filosos. Somos ambiguos, caras ocultas, serpientes y jilgueros, reptiles y ángeles.

+ En algún sitio se puede leer una entrevista con Michael Cain donde el actor británico dice que en su juventud bebía una botella de vodka a diario, y añade que le recomienda a un actor joven que no haga caso de los consejos que le darán los actores viejos: siempre le sentenciarán que lo deje, que es una profesión podrida. Una botella diaria de vodka y una  profesión podrida. Hay algo en la yuxtaposición que me gusta, me gusta mucho y parece explicar ciertos momentos de mi vida: cosas que he hecho, cosas que he visto. Excusas para beber, el sufrimiento como el vaso de licor, "color de ginebra mala", como si difiriese ese color del color de la ginebra de calidad. Un sabor medicinal y profundo. El vodka helado, vasos helados, zumo de naranja. Suave y certero, como un caramelo. Pero Michael Cain abandonó la bebida y ya no da consejos, quizá nunca los dio. Se cierran los aposentos de la noche.


+ Imagen: atareados y anónimos, se pueden ver en los centros comerciales a última hora de la tarde; gesticulan sin alzar la voz, anotan y se miran sin esperar nada. Ha caído la noche, una vez más: recogen sus cosas y desaparecen. Cierran el centro comercial. [Algún lugar en Oporto].