sábado, 16 de abril de 2016
Idea de Portugal
+ Ideas sobre Portugal. De una manera casual llego a una declaraciones de Miguel Esteves Cardoso. El escritor, periodista, profesor (…) afirma que hay una confusión muy extendida que consiste en creer que la vida es lo que bien sale en el periódico o en la televisión, y no es así. Parece obvio, pero en muchas ocasiones lo obvio está emboscado en el ritmo de la rutina. La vida cotidiana es magnífica, inabarcable y misteriosa, llena de más laberintos que cualquier saga trenzada a lo largo de miles y miles de páginas. La familia, los amigos, los compañeros de trabajo. Cómo se establece el relato de los días y las noches, el suceder de las preocupaciones y su solución. Hay un camino en las profundidades de ese océano que es la vida y los medios de comunicación no son ni siquiera una etapa; decía MEC que esa vida es la vida de las redacciones periodísticas, su espacio o ni siquiera eso: un vago reflejo de lo que allí sucede. Paro el vídeo y me dedico a escuchar durante un momento la música de Handel, una flauta aletea en la soledad de la habitación donde mis libros conforman una ensanchada parte de mi mundo, pero eso: sólo un fragmento de lo ilimitado. Ya no pienso; respiro y busco reminiscencias en el café recién hecho.
+ De una cosa a otra. Tomo el catálogo de la exposición en la BNE sobre Pessoa en España. Manejo el libro y no lo abro. Me gusta el color azul que adorna la portada, las letras blancas que se recortan en ella, el retrato de línea clara de Almada Negreiros. El objeto es hermoso y sencillo. Me hubiera gustado ver la exposición, pero nunca tuve noticia de ella y de haber tenido noticia es muy probable que no pudiera haber asistido. El pequeño y manejable tomo me da una idea que se ve construida por el conocimiento de las salas y por una noción de vitrina y disposición. ¿Es suficiente? No lo sé, pero al menos sí que aporta un rédito de lirismo. La posición más avanzada en esta tarde, que se dignifica con esa tan buscada aristocracia lectora.
+ La ciudad como motor, motivo lírico y literario. Paseos, bares, peatones y automóviles muy rápidos en avenidas extremadamente iluminadas. Pero Lisboa era otra cosa bien distinta, no tan hermética, no tan moderna. Ese aroma atlántico traía restos de un naufragio inmemorial y nocturno. El río y las calles, las casas que ascienden por la colinas y esas palabras tamizadas de silencio. Librerías que se resisten a se capturadas por el vendaval de la historia y la electrónica: todavía hay gente que se resiste a leer en dispositivos y sólo admite el libro como médium. Hay mucha superstición en ello, pero es que la literatura es una suma de supersticiones y certezas sin base, o con una base arenosa y cambiante. Esa es su riqueza y su esclavitud. Ahora, mientras escribo y suena algo de música barroca, con el café frío en la taza, siento esa nostalgia de días que trajeron el color de verano y la brisa del Atlántico, una ciudad como un barco a a la deriva, azotada por vientos y galernas eternas, que se desviste en el verano y se transforma en una niebla impenetrable, como telas que vuelan sin continuidad ni destino. El motor se detiene y sólo queda la música.
+ Imagen: algunos jóvenes bailan en un extraño local ubicado en el centro de Lisboa. El tiempo se deposita sobre la foto sin voluntad alguna, ver la foto es pensar en aquella noche. ¿Qué permanece, qué se desvanece?
sábado, 9 de abril de 2016
Skateholders
+ La palabra que encabeza la entrada no tiene traducción al español, a no ser que se acepte un circunloquio. Un skateholder es todo aquél que tiene una relación con una empresa. Es un grupo variopinto y extenso, quizá difícil de determinar con precisión. ¿A cuantas personas concierne el hacer de una empresa o negocio? Pero esto es un apunte y adonde quería ir es a ese punto que se traslada a lo personal. ¿Podemos analizar nuestro día a día en esos términos de clientes, empleados, accionistas, suministradores, etc? Desde luego que no, pues sería empobrecer lo maravilloso de la vida cotidiana, pero al mismo tiempo se puede tomar como una herramientas más. Reconocer todos aquellos que se ven implicados en nuestras acciones, bien positiva, bien negativamente, es un ejercicio que nos lleva al examen de conciencia. Pero, es esto lo que se debe evitar y quedarse sólo con la parte del examen y dejar a un lado la conciencia. Neutro y sin balance.
+ El conferenciante tiene una edad indeterminada, es extremadamente delgado y su pelo es largo y espeso, también luce una barba rala. Su atuendo se compone de un pantalón muy ajustado, unas botas de motorista, camisa negra y chaqueta muy amplia y una corbata, igualmente, negra. Sin duda, tiene estilo, un estilo muy cultivado y un mínimo atisbo de presunción: contenida porque denotaría una inelegancia no deseable. Su dominio retórico nos transmite una seguridad y una dirección que es muy correcta, muy acertada. Pero, cuanto más le oigo, en el ordenador, más me parece que hay que poner una barrera: la sospecha. ¿Por convincente está en posesión de una certeza o todo es una expansión de su aspecto tan teatral y tan cuidado, de su voz y su dicción, sus gestos y las imágenes que utiliza para su disertación? Si uno busca su curriculum en la red encuentra que posee títulos y oficios, trabajos y ocupaciones suficientes para esgrimir un argumento de autoridad irrebatible, en la medida que puede resultar irrebatible en una discusión, pero que no metermina de convencer. Una sopa de gelatina separa su voz, que se apaga en la desconexión del ordenador, de mi reflexión sobre los efectos de nuestras acciones. Mientras todo se diluye observo a algunos que escuchan su conferencia. Vendedores, sin duda. Y pienso en la metáfora del navegante y su infausta impronta en el repertorio clásico: la codicia.
+ «… a mis años las novedades importan menos que la verdad», Borges en el prólogo a su Poesía completa.
+ El conferenciante no les llama imágenes a las imágenes, las llama slides. Es una constante en su discurso: la preferencia por el anglicismo y por la palabra inglesa, pronunciada con perfección del que ha vivido años en Estados Unidos. Un rasgo que se suma y aporta credibilidad, pero que le hunde más en la sospecha. Pronto, muy pronto todo lo que termina por decir será antiguo. Lo sabe y no tiene importancia en el discurrir de su discurso.
+ Veo fotos de T. F. Marinetti y trato de enlazarlo con las predicciones del conferenciante: predicciones o análisis de realidad, de una realidad. Finalmente, me parece que el toque irónico del Futurismo aportaba la necesaria distancia que pone cada cosa en su sitio. ¿Quién será el que alce la bandera: épater le bourgeois? Los oráculos que predican la buena nueva de la conexión total 7/24/365 no. Ese es otro negociado.
+ [Un libro en la biblioteca, un proyecto espontáneo mientras espero por otro libro]. La anécdota: en la primera página hay un post-it que detalla un viaje desde Pontevedra a Bergen y de Bergen a Pontevedra, luego Celanova y un regreso a Pontevedra. Pensar en los tiempos de lectura, las interrupciones y los abandonos, camas, sillas, asientos. Trenes, aviones o barcos. El espacio siempre es el mismo: el que el libro traza. Me gusta el pos-it y ahí quedará, ¿añadiré otro? El libro en cuestión es La muerte del padre, de Karl ove Knausgård. Me ha parecido una buena señal la nota que viene con el libro, como una compañía desconocida, un amigo (o amiga) que se pierde en un virtual mar de lectores que conforman la biblioteca pública. El libro descansa sobre la impresora a la espera de comenzar con el un proyecto: que consiste en leer veinte minutos o media hora diariamente, antes de ir al trabajo. He de sustituir el tiempo que dedico a escuchar las primeras noticas de la mañana por este libro. Hacía ya tiempo que me llamaba la atención, bajé un adelanto al libro electrónico: lo leí, pero quedó ahí. Ahora se abre un mundo que intuyo y, al tiempo, desconfío de esa intuición. El libro ha de conformar su propio ámbito y a él debe circunscribirse, sin transvasar su veneno a otros compartimentos, que yo deseo estancos: la poesía hispanoamericana de vanguardia. Por el momento prefiero olvidar las referencias que tengo del autor y de la novela y no acudir a ninguna fuente que cree un contexto; bastante tengo con la presencia de la primera página de la novela, que resuena como un zumbido, que subraya la idea que me llevó hasta el proyecto espontáneo de enfrentarme con una novela, después de tanto tiempo.
+ Consejos sobre la escritura: hablo con E. y me pregunta por qué lo que escribe le parece malo y decepcionante. No es fácil hablar de eso, porque a mí me sucede lo mismo y ha sido siempre una carencia paralizante que me llevó a abandonar redacciones extensas, durante largos y dolorosos periodos me condujo a sufrir por textos que consideraba insuficientes, desestructurados y prescindibles, tras haber trabajado mucho en ellos con ilusión y disciplina. Pero, lo sé, la clave ese esa: la misma que para cualquier empresa humana: la disciplina. La voluntad. Esa lucha se mantiene, pero aprendo a vivir con esa parte de mi persona que rechaza todo atisbo de perdón y sólo desea una perfección que es imposible. Nuestras imperfecciones nos configuran más que nuestros éxitos. Y debemos perdonarnos, ser indulgentes con nosotros, con el niño que fuimos y que se esconde en estos y otros pliegues. E. vuelve a preguntar y ella sabe que yo tengo conocimiento y competencia; me escucha con atención y le digo que sólo hay una receta: escribir con disciplina. No es diferente a lo que necesita el actor, el músico o cualquiera que quiera acometer una tarea con un mínimo de seriedad. La disciplina, la voluntad y el perdón por no ser perfectos. Somos, cómo no, imperfectos y eso nos hace ser lo que somos: para bien y para mal.
+ Imagen: un ángel que custodia la entrada a una urbanización, en Madrid. Una escultura, una estela, un hito en el paseo de los desocupados paseantes sin destino. ¿Un símbolo? La elección no está condicionada.
sábado, 2 de abril de 2016
Retales
+ Habitaciones de hotel: su decoración y las historias que duermen en ellas. Un lugar donde esperar la muerte, donde tratar de encontrar sentido a lo que no lo tiene. Recuerdo historias en las que una anciana se veía abandonada en un hotel en las proximidades de una estación de tren; la mujer lloraba y los empleados le decía que no había otra solución que llamar a los asuntos sociales del ayuntamiento. Era una metáfora del momento, de aquellos primeros años del siglo xxi. Hace poco pasé delante de aquel hotel: había sido remodelado, la fachada era otra y el nombre era otro. Esos cambios nos hacen envejecer, pero tras aquella piel renovada supongo que continua palpitando la historia, que como un desarrollo fantasmal se repite sin solución. Porque la verdad de la historia se circunscribe en la órbita de la ingratitud y, se quiera o no, es algo intemporal. Pero el hotel y la historia a la que yo lo ato quedó atrás: el paseo continuó y las conversaciones dieron lugar a una otra luz distinta.
+ Hoy, en una larga y sincopada conversación, llegamos a un punto de acuerdo: la vida deseable, una propuesta: en el campo, con el cultivo de un huerto, la lectura y la música clásica, pero, una vez al mes, al menos, una visita a una gran ciudad. Madrid, Londres o Lisboa. Ese contraste da una medida y trastoca las expectativas, desarma los automatismos. Pero, al mismo tiempo, se podía llegar a ver que la vida se simplifica sin esfuerzo y en ese desplazamiento de las necesidades se encuentra la solución a muchos debates. Terminamos el café y continuamos con nuestro trabajo
+ La carretera tiene ese aspecto metafórico que la aproxima el río, en un sentido de ilustrar acciones que desarrollan su cuerpo vital en el ámbito de lo lineal. Y qué es la vida sino un algo que puede ser reducido a un esquema lineal. Pero no tiene demasiada importancia, porque lo importante era la conversación en sí misma.
+ Manuales y requerimientos. Las listas y su contrapunto. El ganador y el perdedor son etiquetas variables que se diluyen el agua transparente: ¿la muerte? Es el tema y hacia el tiende toda obra humana. Mientras escribo suena una reproducción continua de adelantos en vídeo de películas americanas. Voces, música y ruidos. A veces comprendo una línea de diálogo, pero la mayor parte del texto desaparece en un fondo inestable: hay algo inspirador en ellos. Un piano suena con mucho ritmo, pero una voz lo rompe, rápidamente da paso a un ruido de ambulancia. El sentido es una construcción, los manuales parecen tener soluciones, pero estás se arman en el discurrir de los momentos, en la sucesión de las horas. La noche cae y llega el sueño.
+ Koan: el hombre mira al espejo y el espejo mira al hombre. ¿Interpretación? Buscarla es un error, obviarla: la repetición del mismo error. ¿El punto medio? No es preciso determinarlo.
+ Burditt Road, Miles End. La canción de Pulp nos remite a un barrio de Londres y a la condición de los squatters, La canción suena y más que su contenido o el sentido que nos ofrece, su textura es la trama de una rememoración porque retorna un tiempo de post adolescencia, de pseudo marginalidad. Se hacía patente la idea de la película y del libro: Trainspoiting; o su recuerdo, los momentos y la música, tan importante. Finalmente la larga sentencia: elige la vida, elige un trabajo, elige un hogar (…) y así. Total, una capa de nihilismo.
+ Imagen: aleatorio, significativo y prescindible. Como una calderilla, el local lóbrego es una concreción de muchas ideas sobre lo que se puede desmontar y volver a montar, pero con otro sentido. Todo está abierto.
sábado, 26 de marzo de 2016
Lectura (-s)
+ De alguna manera, las malas noticias vienen de Madrid. La enfermedad es implacable y cuando se nombra parece tener un espíritu propio, parece ser una persona que nos visita con una noticia: negra y desalentadora. No es así, no tiene concreción y su personificarse es un reflejo de nuestro interior. En fin, cuelgo el teléfono, termino de tomar el café y salgo a la calle para hacer dos o tres recados. No puedo dejar de observar los rostros y preguntarme qué misterios y dolores se esconden tras la expresión cotidiana; la enfermedad todo lo modifica, ese metamorfosis comienza en la mirada. Caminamos sin fijarnos demasiado en lo que nos rodea, pero hay tantos detalles intangibles que la suposición arrastra un vértigo profundo, el abismo, el hueco que se abre en lo cotidiano. Los mendigos ya no son humanos, pienso cuando observo la indiferencia con la que pasan a su lado los viandantes. Pero la enfermedad me acompaña con un latido simultáneo y me hace solidario con el sufrimiento, aunque sé que para mendigar y resistir es necesario crear una creciente capa de cinismo, quién resistiría si no. Pero estoy en otra cosa. La recuerdo en la juventud, en una ocasión la llevamos al aeropuerto su hermano y yo. Tomamos cerveza en la cafetería y pagó ella. Era joven y ganaba mucho dinero. Alta, delgada y rubia. Tenía algo nórdico y frágil. Luego nos fuimos a Vigo y hablamos de ella, de otras chicas, de los estudios y del éxito profesional, de la literatura y de la escritura como mal necesario, un veneno que corría por nuestras venas. Paseos por Madrid, estaciones de metro, calles sin fin. Todo va quedando atrás. Nada permanece, todo cambia. Vuelvo a concentrarme en los rostros, en el caminar de los otros peatones. Ella está otra vez enferma, herida, con una sentencia tal vez. La temporalidad es la única patria. Lo diario continua y rebelarse contra su curso es inútil. Me dejo atrapar por mi tiempo, por ese segundo que no ha de volver.
+ Vi un caballo suelto en el monte, se adentraba por un sendero y luego relinchaba con tristeza. Se perdió, más tarde, en la entrada de un bosque, pasó a ser una mancha borrosa: el marrón oscuro, el blanco y el negro de sus crines. Un caballo pequeño con unos hermosos ojos grandes y muy negros, como una piedra preciosa, como una piedra negra y brillante pulida por la corriente, espejada por una fina capa de agua limpia. El caballo bajo la lluvia, el recorte de su silueta en el horizonte, una señal y un símbolo. Creo recordar que el horóscopo chino me asigna el caballo como animal, con todas sus virtudes y sus defectos. Así, mi identidad era ese caballo que se adentra en el bosque y es ya un borrón de colores apagados. Ese era el afán del día, qué poca cosa.
+ Se reserva un libro para el viaje como una parte más del equipaje, con la sospecha de que no se ha de leer. Es una vieja costumbre. Se compra el libro y se guarda para cuando el viaje comience, con la ilusión de adentrarse en su propuesta. Un libro que se disfrutará, tal vez, en las asépticas salas de los aeropuertos, en los aviones, en el metro. O no. Habitaciones de hotel, cafeterías sin personalidad, bares o autobuses sin nombre ni destino. Como un talismán, como un cheque para el futuro. En este caso, es un libro sobre la escritura, sobre su razón de ser, sobre su necesidad y sobre el silencio que la recubre, paradójicamente. Un tema que va y viene, que se hace materia y se desliza sin solución hacia zonas oscuras; una vida es transparente y un tanto sutil, pero porque se ha elegido así, lejana del poder, lejana de la influencia. Una ventana. El avión despega y la lectura se ve vencida por el sueño, el sueño fruto del madrugón, pero el hecho de tener el libro en las manos establece una conexión cierta y solida. Una vez más: signo y símbolo.
+ Monstruos. Libros que nos hablaron de criaturas monstruosas y que terminamos por identificarnos con su devenir, con su biografía de miedo y ansiedad. Dónde está la redención. La criatura camina en ese halo de blanco y negro y confunde a la niña con las flores que ella arrojaba al río, termina por arrojar a la niña al río: esa disfunción, esa falta de entendimiento de la realidad es lo monstruoso: lo que se aparta de la norma. El vampiro no duerme, necesita esa sangre vivificante y confunde la vida con la muerte, la muerte que se precipita es su razón de vida; anida la paradoja: otra vez. Camina sin ritmo pero su mirada es mortal, su abrazo es muerte, pero la muerte es otra vida sin brillo, sin ilusión ni amor; es la soledad su emblema y en él encuentra la razón de su dolor: una condena. Esa comunión con el monstruo nos lleva a establecer cuáles son los objetivos, dónde está la tarea, ese reunir los talentos, los afanes y las derrotas. Mi querido monstruo vela mis sueños y yo me dejo llevar, sumergirme en ese sueño como la muerte, como un lago donde se hunde mi perfil en "los placeres y los días".
+ Recibo la noticia de la muerte del padre de una persona muy querida. Hay un velo que oscurece la ciudad y desluce esa alegría del comienzo de vacaciones de Semana Santa. Previamente, hubo una suma de señales que parecían indicar que este momento se aproximaba. La intuición vence a la regla, aunque he tomado la costumbre de desconfiar de mis intuiciones, de ponerlas en cuarentena. Una vez más, no me equivoqué.
+ Como las esculturas de Claes Oldenburg que representan objetos cotidianos: bien en su versión fuera de escala, aumentadísima; o en la versión blanda, descompuesta. Son ilustraciones válidas para acompañar la sensación de temporalidad, su variable percepción: nada es lo que parece, nada permanece.
+ Toda traducción es un fracaso. Toda traducción es un triunfo. ¿El punto intermedio? El silencio.
+ Un mendigo recorre el metro y pide una ayuda que nadie le da; replica con un solemne y sepulcral gracias por la generosidad, que "ha sido ninguna". Establecer una funcionalidad no deja de tener un rastro de mal gusto: el mendigo nos recuerda quienes somos, así: con su pantalón empapado en orines, su cara congestionada, sus manos callosas: sarmientos pálidos que atraviesan las nieblas del asco y la vergüenza. La ciudad siempre es un barco a la deriva. Madrid contiene incontables historias, pero en alguna ocasión se resuelven en una imagen, en una frase: la generosidad que ha sido ninguna. Esa invocación a la responsabilidad moral es una técnica efectiva para vender, para mendigar. La utilizan los políticos y las tías a las que visitamos por educación y tratan de captar bien nuestro voto, bien nuestra voluntad en un asunto que no nos atañe. El viaje en el metro continua sin más incidentes. Caras, gestos, vestuario. La variedad es muy grande, pero se coagula en la equiparación de todos los cuerpos: la muerte: el gran tema.
+ [Consejo para un comentario de texto sobre un poema]: todo poema tiene por tema la muerte, por lo tanto se trata de hacer patente esta verdad, una vez explícito: crear otra cláusula e ir de una a la otra con una argumentación: se cierra el círculo. Así es la vida, I think so.
+ Escucho a Paul Weller con un acompañamiento mínimo. Hay identificaciones que nos vienen dadas por nuestro carácter, otras por la personalidad que deseamos construir. La conjunción de ambas nos lleva a momentos intensos de difícil traslación. ¿Traducción? No, un fluir ambiguo y sutil.
+ Imagen: interior del edificio de la Tabacalera en Madrid, en Lavapiés. La falta de foco resume un estado de ánimo: la sospecha, el desconcierto y la apertura a las ideas: por contra: la voluntad, la ambición y el atractivo físico al que se suma una magnética personalidad. Muere del día.
sábado, 19 de marzo de 2016
Simulación (b)
+ [Fotos y textos]. Un folleto electrónico de una universidad privada en algún país de la Unión Europea; otro folleto de otra universidad privada en otro país de la Unión Europea; y un tercero y un cuarto y un quinto. Los formatos comparten ciertas características, pero, al final, difieren ligeramente: equiparables, tal vez . En todos ellos hay una línea en las fotografías que los ilustran que establece algo más que un estilo. La alegría, el desenfado, una apertura en los espacios y una camaradería multirracial y una disparidad que no permite distinguir los profesores de los alumnos, salvo por evidentes diferencias de edad. Es un mundo atractivo y líquido, que se opone a una idea de rigidez que los estudios superiores suelen connotar y denotar. La foto parece, en un primer momento, más importante que el texto o la maqueta del folleto, que están mucho más próximos a esa idea de universidad como liderazgo, experiencia, trabajo en compañías internacionales, entornos y excelencia. No es necesariamente un hiato entre fondo y forma, entre mensaje e intención. No hay un sentido alegórico. Estudiar los rostros, los cuerpos y los espacios como si se tratase de un comentario de una instalación en el sentido clásico del formato escolar arroja un retrato del mundo que habitamos muy exacto: lo lúdico es el destino. El destino es la trayectoria divertida que la vida nos da y nos ofrece con gallardo optimismo, hasta en esos momentos tan serios de la elección del futuro, la elección de la carrera. El texto y la maqueta nos dan el contexto. Fotos para los hijos, texto para los padres. El mensaje es que se puede combinar el desenfado con la exigencia más severa: aquí nadie tira su dinero, pues todo está destinado al triunfo, a obtener una muy substanciosa plusvalía vital. El folleto es perfecto y su producto también, sin duda. El producto no deja de ser la vida excelente de los elegidos. Una frontera invisible.
+ La postmodernidad es ante todo cuestionamiento. Nuestra época es una época sin certezas, sin anclajes, difusa tal vez. Dios murió en el siglo XIX, y ahora ajemos al desarrollo histórico debemos ocupar su lugar, pero ni siquiera creemos en nosotros: porque estamos muertos y como los protagonistas de alguna película no lo sabemos. Es una duda constante, una incerteza que sólo se combate levantando presas y represas que contengan el aburrimiento. La soledad es muy mala de aguantar. Yo que pasó mucho tiempo solo aprendo a estar con mi mismidad, a luchar contra ella, anularla, a rebajar ese tono que el yo quiere imponer. El silencio es la medida, el silencio es el remedio. Un vacío necesario. Vuelvo a ver las alegres poses que el folleto ofrece. Me detengo en la escuela de arquitectura y trato de darle un sentido al relato que se pretende escenificar. Ya está reseñado un poco más arriba; pero algo brota espontáneamente: quizá no sean estudiantes y se trate de modelos, totalmente ajenos a la enseñanza universitaria privada, a esa clase social que pueble estas aulas y desconectados de esa suerte de valores que sustentan todo el entramado. Pensar que son modelos me sitúa en el centro de este mirar postmoderno: duda, anulación del yo y la simulación. La simulación como moneda, la simulación como lingua franca
+ La simulación, el disfraz, la farsa o la vida como obra teatral. El telón se levanta cada mañana y saltamos hacia el escenario. Cuánto tiempo nos ha llevado preparar el papel que hoy representamos: desde el vientre materno hasta el último suspiro: esa es la tarea: encomendarse a una buena interpretación de ese yo que nos posee. Una buena representación se sustenta en el vértice entre la seguridad en uno mismo y la asunción de que lo imperfecto es la piedra angular de toda personalidad. Se vierten las sensaciones en ese cambiante personaje que somos. El dibujo del gesto se da en función de los que nos acompañan, nos evitan o le producimos una abúlica indiferencia. El día comienza, la función se inicia, el telón se levanta según el despertador suena.
+ Le saludé y no me saludó. Bajó la cabeza y continuó silbando. No le di importancia porque me propuse no darle importancia. Una longitud variable es el límite. Ni siquiera le molestó mi indiferencia: ahí es donde estaba la lección: el vacío como posibilidad nuclear.
+ Al borde de la carretera veo tres motoristas, por las matriculas de sus motos me doy cuenta de que son británicos. Les observo como se observa la pintura en el museo, vaya: con solemnidad. Esa reverencia no es percibida, pero me permite componer una escena que se evapora sin remedio. Arrancan y se alejan por la carretera: tres motos, la niebla que recubre el paisaje y oculta las copas de los eucaliptos, el brillo del asfalto: entre el charol y la piel del reptil. No hay colores, salvo el brillante color amarillo de sus chalecos, que en la parte posterior llevan escrita una sentencia: Be Polite, Be Brit. El día es un misterio y sus imágenes son guías para descifrar lo indescifrable; su relato, otra codificación.
+ Suena Babies de Pulp. Harvis es elegancia para la clase trabajadora. El estilo es posible en cualquier circunstancia. En ello estamos, aunque nuestra estatura no alcance el metro noventa y cinco: no se puede tener todo.
+ Imagen: una turista perdida en el metro de Lisboa. La imagen es un emblema, o eso me gustaría: ¿cuál es acertijo, quién lo desvelará?, ¿y la sentencia? La sentencia: canciones de Pulp en el Mp3, el mundo y la juventud sonora que pastorea en las ciudades en una equiparación de tatuajes, teléfonos y reiteraciones.
sábado, 12 de marzo de 2016
Detritus (II)
+ Pienso en hoteles, recepcionistas y clientes. En cómo el recepcionista termina siempre por adquirir la destreza de ver a una persona y adivinar extraños pliegues. Esa manera se desarrolla lentamente y termina por ser pétrea y duradera. Así, el recepcionista puede sopesar el destino con una habilidad extraña. Le oigo en la radio y cuenta como leía, como entregaba llaves. Finalmente, explica con fluida sencillez de que manera se fraguo esa intuición: ver el dinero en la mano del que va a pagar, la forma de devolver la llave, las propinas y la manera de contar el dinero. Ahí está todo: en el dinero. Cuando su voz se apaga entra la música de los Beatles y el tránsito es una cortina que se ve agitada por el venenoso aire de la mañana: frío, sol intermitente y una lluvia fina y molesta. Yo sé que no es cierto, pero me ha gustado el relato del recepcionista porque yo también viví en ese reverso de la vida.
+ ¿Cuándo está realmente terminada una tarea? ¿Cuándo alcanza su final? Parece que la respuesta es obvia, pero en muchas ocasiones no resulta fácil responder, determinar ese momento con precisión, cuando el círculo se cierra. Esto se debe a que no hay una frontera clara entre el antes y el después. Esa regla incierta que sustenta el aprendizaje de idiomas, el enamoramiento, la consolidación de una amistad o el fundamento del lugar que uno debe ocupar en el ámbito laboral. El cierre es la medida y la media es la regla, no olvidarlo y permanecer en silencio a la espera, sin mirar atrás.
+ Oficinas. Edificios de oficinas y su anónima realidad. Tras las puertas se esconden vidas y afanes, pero, no cabe duda, parecen celdas y esconden trabajo y negocios. El triunfo, el trabajo, las preocupaciones, el aburrimiento, el desasosiego, el pacto y la gloria o el hundimiento, la traición o la entrega. Semejan espacios propicios para la fotografía documental en blanco y negro: puertas, pasillos, ascensores de luz palpitante, carteles y flores de tela y cartón. Si esa fuese el objetivo, buscaría, tal vez, una figura que se mantuviese a contraluz para ilustrar lo diario de ese trabajador independiente que se esfuerza en su despacho, que lucha contra la marea de las obligaciones y se arropa con música de radio fórmula. Todo es narración, fragmentos que esperan a ser recogidos para que se les inspire vida mediante la ordenación. El orden certifica su realidad: las fotos, los relatos o este humilde apunte. Los trabajadores, en esta hora temprana, duermen y yo escribo. Hay un paralelismo que explica como encajan las vidas, piezas de una maquinaria: los que hacen y los que miran. La unión de los extremos es una sentencia lanzada hacia el futuro más lejano.
+ Hay maneras de constituir una ficción que terminan por alcanzar e infectar la realidad cotidiana, la vida ordinaria. Es esa manera de constituir una realidad literaria que supera lo que todos los días pasa en las calles o en los bares. Se carga de sentido ese contorno, se reflejan matices insospechados que serán los que terminen por dar una estructura al desorden imperante. En un cuento de Borges se hace explícito como su conocimiento de Palermo es una ficción en sí mismo, como se ha compuesto de charlas y bibliotecas y, según el cuento avanza, me doy cuenta de que es algo que a todos nos sucede. Nadie escapa de la construcción de un personaje, con mayor o menor intención. Revestirlo de cualidades que afronten la superficie plana de lo diario es la tarea. No hay un revés, una vuelta. Tras la verja no hay nada, todo se ha reducido a la biblioteca, al ámbito de los libros. Un espacio que se eleva desde la página elegida y transforma lo que vemos. Un mundo redivivo, que se traslada de la imaginación a la calle.
+ Una vez más: el detritus. Es continua la reflexión y la presencia del detritus. El detritus contiene una explicación de lo nuestro: la lectura, nuestra escritura, el paseo o el trabajo. El deseo, la pasión y el olvido. Son piezas deslavazadas que reclaman una unión: el bricolaje. Pero el detritus es estático y no desea junturas, sino olvido y desafección. Quizá ni eso, sólo olvido e indiferencia. Así, como si de una sentencia budista se tratase, la basura de las cunetas calla, pero transmite lo que nuestra civilización no se atreve a representar. ¿Es un símbolo? En una ocasión encontré una bolsa de terciopelo comida por la lluvia y el polvo, que contenía relojes, esferas de relojes y cajas y correas de relojes; pensé que eso era una señal, como si el destino se pudiese contener en esa bolsa, pero no fuese posible desentrañar el significado porque sólo era significante. Como un gruñido, como el grito de dolor o la mueca de fastidio. ¿Era el producto de un robo o la huida de un recuerdo desagradable? Sin embargo, llegué a la conclusión de que sólo era olvido y silencio. A nadie le podía importar aquello, como el detritus: esa es su calidad que a nadie le interesa. Bolsas de patatas que el sol ha desvirtuado, los colores evaporados que quedan sobre las latas de cerveza o de refresco, la botella de whisky arrojada desde el coche, el incendio de preservativos o sujetadores olvidados, vidrio y plástico, papel y telas ennegrecidas. Una tonelada de deshechos que se empeña en relatar los viajes de los que un día consideraron que aquello era basura y sólo merecía ser arrojada por la ventanilla del coche. Nada refleja mejor la ciudadanía que sus basuras, pero, mejor todavía: el lugar donde se arrojan sin pensar, sin remordimiento, sin dolor.
+ Imagen; pavimento. La geometría, el azul, la pata de la silla componen una abstracción, pero esa abstracción permanece más allá de la insinuación.
sábado, 5 de marzo de 2016
... como uma pedra no fundo do mar
+ El título de la entrada está tomado del inicio de un capítulo de Portugal de preto, de Nuno Ferreira. El escritor se refiere a que durmió tan profundamente como una piedra olvidada en el fondo del mar. La imagen me parece gratificante. El sueño se compone de imágenes y de desconexión, fundamentalmente de desconexión. Y nadie puede olvidar lo que el clásico decía: el sueño es la imagen de la muerte. Ese aislamiento necesario que sucede entre un día y otro es uno de los grandes tesoros que poseemos y que más dolor nos puede causar si nos lo arrebatan. Nadie puede vivir sin el descanso que aporta el dormir, el sueño en sus distintas manifestaciones. Como una piedra en el fondo del mar continuo con la lectura de ese viaje a Portugal, un libro comprado hace unos meses en Lisboa y que ahora se rescata sin mayor intención que completar el inicio de esta mañana de domingo; ay, el domingo y sus anuncios. La semana comienza pronto.
+ En la radio, en un programa que se recupera de un pasado no tan lejano, tratan de definir qué es música. Desde el orden del sonido a los elementos sin un orden aparente que ofrece la naturaleza: las olas, los pájaros, el viento. Alguien dicen que el ruido de las excavadoras también es música. Las definiciones canónicas tratan de establecer sus coordenadas en función de la organización y una cierta calidad agradable que hace que vibre la sensibilidad. La plasticidad de las apreciaciones se encauzan hacia una dispersión de lo posible, y así se dispersa su concreción. El silencio es música, el tañido de las campanas que se eleva sobre el canto del gallo, abejas. Versiones de lo mismo: vibración. ¿Arte? Resulta imposible alcanzar una definición satisfactoria, y ahí reside su fuerza.
+ Por su capacidad de adelgazarse, la música es el arte más perfecto, el que ocupa la cúspide de una posible jerarquía.
+ El viento agita los árboles con violencia. Llueve. Me asomo al puente y me paro a estudiar el río, sus meandros, la corriente, la inestable superficie que el agua dibuja sin intención. La metáfora del río es permanente, comparar la vida con ese fluir parece necesario en esta mañana. La plomiza nubosidad, esa niebla que desciende apaga el ánimo, pero hay un algo que vence. Una indeterminación solapada con la voluntad. Llega el arrepentimiento y golpea insistentemente pero ese algo lucha y vence esta batalla, pero la guerra continua. El río fluye y la superficie de acero y carbón representa lo inestable y la fuerza del agua, la calidad de la vida y sus afluentes. La música de la naturaleza establece sus coordenadas, sus límites, sus dominios.
+ Aparecen fotos del catedrático y eminente analista en una página de la web que salta por arte de magia. Es muy interesante ver su casa, escrutar las fotos, los libros, el despacho, el enorme patio del inmenso ático. Su atuendo, sus gafas, sus gestos. Ay, todo inclinado hacia la muerte me digo y recuerdo a Marco Aurelio. La vanidad empaña la presencia de la muerte [durante un segundo]. Puedo ver todos esos diplomas, los reconocimiento y las medallas esparcidas en la lona del chamarilero; quizá de los diplomas se aprovechen los marcos, de las medallas el metal. Señala las distinciones y sentenciosamente culmina con un "literalmente, pon literalmente lo que digo, que se sepa". Una oscura niebla ensordece la pantalla del ordenador y el personaje se hunde en una espesa masa de olvido y transición. La nada. Pronto llegará el sueño.
+ Imagen: como si la mesa y la silla tuviesen vida y por qué plantear una duda en lugar de permitir ese fluir que las insinuaciones ofrecen. Oporto, septiembre del 2015.
sábado, 27 de febrero de 2016
Las aproximaciones del día
+ En la reflexión sobre la ciudad se debate en asuntos menores, detalles trenzados con los mimbres de lo pequeño, lo insignificante, lo no visible [en un primer golpe de vista]. La gente que camina, su ropa y sus zapatos; los escaparates; aquello que ha sido tirado al suelo: envoltorios, colillas, papeles; la luz, los reflejos, las sombras; la línea de sombra que proyecta un edificio sobre el pavimento. Por ejemplo: en lo que nadie repara porque no merece la pena. La composición de esa idea traspasa los límites de lo que está dado. Se podría hablar de detritus cotidiano: bolsas de plástico, logotipos sin mucho valor, el marketing espontáneo de los vendedores, los mercados callejeros o los cafés sin un proyecto previo, fruto de lo que ha llegado, esa acumulación de decoraciones y ornamentos. La cerveza es un filtro, una minúscula inspiración. Allí está todo.
+ Alguien, célebre, escribe sobre la ciudad de Porto. Se percibe con claridad que es un texto de compromiso, hurtado al reposo, requerido por la prisa, donde gobierna la escritura un desconocimiento palpable. Sin embargo, sabemos que existe una ciudad que se esconde tras tópicos y piezas trabajadas durante años: esos resortes que el escritor maneja, que se conocen bien y que aportan poco. Un truco del que se conoce su armazón resulta tedioso y ya no es truco sino ortopedia. Cafés que se han visitado y no se corresponden con la percepción de ese que escribe, calles que son otras calles y no esas, el paisanaje que difiere con indiferencia. Es muy complejo abarcar en una página la totalidad de un viaje, de una aproximación, por eso siempre es preferible entregarse a esa pequeña calderilla a la que nadie presta atención. Ahora, yo, pasearía por la Rua de Santa Caterina, luego bajaría hasta a Avenida dos Aliados y me iría hacia Boa Vista, sin prisa, quizá algún café antes de llegar a Miguel Bombarda o así. Pero yo ya he estado muchas veces, lo visto todo y no he visto nada, lo sé todo y todo ignoro, y esa es mi consciencia plena. Calles, museos, bares, ebriedad y olvido, sobriedad y presencia. El amor, la amistad, las laberínticas y herméticas posibilidades que hemos rechazado. Sin embargo, la parquetematizacion de cualquier visón afecta a aquellos que rechazan ese molde: imposible escapar.
+ El parque temático nos acecha ya en el mismo momento de entrar en el aeropuerto: esa es la taquilla, la puerta de acceso.
+ Trato de ver la ciudad, hoy, como la vio Borges. Parece un regreso a una estética y es un regreso en sí, sin duta. Nunca han abandonado esta forma de ver, simplemente se ha replegado. Emerge de un libro comprado hace más de un año. El primer poema ya es una declaración: contra lo dado: "en el lugar de mi ceniza".
+ Volando, traduzco un fragmento de Michael Sheringham: "… la indeterminación es la llave para la libertad creativa".
+ Peregrinos que transitan en sus ultramodernos atuendos por los senderos que les conducen a Compostela. Sus gafas espejadas, sus impermeables flúor intenso, las zapatillas con cámara de aire o con gel amortiguador. Caminan satisfechos y disparan sus fotos digitales sin prestar atención al paisaje. Bastones telescópicos, brújulas virtuales, la localización automática o el teléfono asistido por satélite. Yo estoy al margen, yo soy una figura en el paisaje que se puede equipar al perro que ladra o al gato que caza, indiferente. Su misión es importante y el compromiso tan íntimo que se hace llama transparente, sólida lámina de diamante rasgado: el surrealismo es la contraseña, la vida vista en el detalle es lo paradójico. Romper con lo automático es desvirtuar el aburrimiento, lo cotidiano parece revestido, entonces, de brillo y valor. Sin precio es mejor. Continua, en el siglo XXI, el peregrino su caminar hacia su entraña de soberbia y finitud.
+ Leo a Borges, una vez más, en esta tarde sin lluvia, pero con el anuncio de tormentas y chaparrones; todo se puede leer en la nubes en las nubes. La poesía es una posibilidad hermética.
+ Imagen: el cielo de Madrid hace unos meses, la fotografía parece retocada, pero no ha sido retocada, es el color que en ese momento, un día de noviembre de 2015, adquirió el cielo de Madrid. Extraño y posible, las combinaciones con un punto menos que infinitas, o quizá ni eso.
sábado, 20 de febrero de 2016
Flecos
+ [La realidad y la ficción son caras de un mismo plano. Lo afirmo. Que por capilaridad se conecta la una con la otra y crean confusión, lo sostengo]. Se observa, en la primera hora de la mañana como los coches se dirigen hacia el puente y la música que suena en el nuestro transforma la rutina del desplazamiento en una postal multicolor con tintes futurista. Es una manera de construir una herramienta contra la reiteración y la abulia. Por eso tengo una preferencia indiscutible: las listas aleatorias, o la totalidad de la música en el reproductor. Diez mil canciones pueden con todo, o eso creen.
+ La acumulación de objetos (libros, cacharros, figuritas, por ejemplo) llevan a componer un paisaje de desorden y un autorretrato muy fiel. Demasiadas cosas se oponen a la finitud que lo gobierna todo. No es bueno tener muchas posesiones, decía algún monje budista, que en otro tiempo entretenía tardes de verano y lluviosas noches invernales. Una cabaña es suficiente, el alimento escaso y las posesiones mínimas, ni siquiera esa esponja para el baño. Es llegar a una casa y comenzar un análisis de los libros, los bibelots, lo cojines y la disposición de la prensa diaria [si hay]. Todo un retrato de sus habitantes. Pero por qué no comenzar por lo propio y particular.
+ Ondas do mar de Vigo. La nunca llega a ser violenta, pero tiene sus peligros. Nada está dado.
+ La casa estaba sumida en la oscuridad, del exterior llegaban los reflejos de la ciudad, las luces crispadas de la autopista, los neone violentos. Dejé que aquella oscuridad melancólica y persistiese. Llovía débilmente y un rumor de electrodomésticos y tráfico traían el sentido último de la ciudad. Libros, retratos de familia, títulos universitarios en sus antiguos marcos. Orlas, el vademécum, ceniceros sin uso, botellines de cerveza vacíos, la lejanía y el horizonte que la ciudad ofrecía a los pisos más altos. Todo era nostalgia y ejercicio de olvido. La insistencia en los recuerdos es un vicio como otro cualquiera.
`+ [Escenario expresionista en una noche extremadamente lluviosa]. Sobre un desmonte de eleva el triángulo que forma la coronación de una fachada, el único que se puede ver desde la carretera; hay una hiriente luz en la oscura y esponjosa noche. Llueve sin ritmo. Coches que bajan la cuesta, prudentes, lentos y brillantes como el charol del que se juega lo que ya no tiene. Libros, chocolate y café. En otro tiempo tendría un pequeño tesoro de cigarrillos, papel de fumar y hachís; hoy sólo es un recuerdo con el mismo valor de un sueño entrevisto: ninguno.
+ Imagen: cómo la niebla toma el bosque.
sábado, 13 de febrero de 2016
Detritus (I)
+ Entereza. Aguantar. Al mal tiempo, buena cara. Todo es opinión. Hay cúmulos de sentencias que nos ayudan a llevar con 'entereza' la carga de lo diario, sin saber que es lo diario, sin saber que en la realidad se esconde un mundo fascinante. Más allá, de la fantasía, la realidad ofrece tantas caras que son inabarcables.
+ Ha llegado la lluvia. Lluvia y niebla. Poco a poco se desvanece el paisaje, un difuminado sistema de bateas y barcos está próximo a desaparecer definitivamente. Como un chispazo, me viene a la memoria La muerte en Venecia: la película. La niebla es engañosa, pervierte la percepción. Los coches sólo son luces rojas que se alejan, luces amarillas que se aproximan. No hay colores, no hay formas. La muerte en Venecia pertenece a un momento significativo, hoy es un recuerdo complejo, muy difíicil reconstruirlo.
+ Lo recordado siempre es una elaboración creativa e interesada, conforme a unos objetivos discursivos. La retórica, la estrategia, la táctica. "Seamos pragmáticos", parecen recitar los cuervos que se alejan hacia los altos eucaliptos.
+ Parecen recitar los cuervos el Salmo 127.2 : "De nada sirve trabajar de sol a sol /y comer un pan ganado con dolor/ cuando Dios lo da a sus amigos mientras duermen"
+ El puente se transforma, la lluvia y la niebla: le otorgan otra vida. Los barcos emprenden su camino al centro de la ría. Llueve con fuerza. Observas esas hojas esparcidas por el asfalto, su textura es una posibilidad. Sedimentos, arterias, venas calcificadas. Las observas y no hay nada que añadir.
+ Hoy no dormiré y no es una promesa, ni un divertimento.
+ Imagen: madera bajo la lluvia.
sábado, 6 de febrero de 2016
Nuevas profesiones
+ La mañana se revela en estanques, esteros y pozas. A lo lejos, bajo las nubes, se eleva el dibujo de las montañas. Son las primeras horas de luz del día, pero es un día nuboso, cálido, sin lluvia. El verde se ha apagado y asoma como una negruzca pincelada, profunda: negra el borde, verde en su centro. El puente es el trazo nervioso entre la niebla, tirantes y líneas rectas que se desvanecen. Camina un perro por el arcén, las cunetas atesoran piedras y arenas plateadas, cae una columna de agua con fuerza. Hay música más allá de la ría. Y una vez más, pienso en la soledad, en la música que arropa el sueño. Los coches son autómatas, los conductores estelas de sueño y sombra, como si una mano invisible los impulsase en esa carrera hacia los trabajos y los jornales. Es insoslayable: toda esta actividad se torna absurda si se para uno a pensar, como el que van en bicicleta y piensa en el equilibrio: se cae al suelo.
+ Dos cuervos solitarios cruzan sobrevuelan los altos eucaliptos. Pienso en Odin y regreso a mi tarea. Pienso en todos los poemas que una y otra vez leí durante los últimos meses. Alguien, en una emisora de radio, reclama una voz solida de cultura y estudio, pues es la única posibilidad para la duda. No tengo dudas, tampoco respuestas ni certezas, hay un momento de conciencia en suspenso, la tranquilidad: sólo la tarea diaria, a cada momento lo suyo, sin prestar atención al anterior o al posterior. El día se desvanece sin pesadumbres. Otro comienza.
+ El tajo es la duda y la duda es el tajo, apunto en un papel que más tarde pierdo, pero ya no olvidaré la frase: carece de sentido, su interpretación se abre y se cierra como una flor venenosa.
+ [Visiones desde noche tardía sin sueños, ni pesadillas: un poema (im)posible para una cam-girl muy joven]. La cam-girl se queja de la soledad y los mirones le susurran que es hermosa, que es muy dulce y su voz destila inteligencia. Ella tiene una mirada triste y es más triste cuando empuña el dildo multicolor, de cristal o de acero: quién sabe. Los mirones susurran sus tontas consolaciones: sólo buscan ese espacio sexual entre el alivio y la prisa. Ella gana unas monedas, unos billetes y alguien piensa en ella, alguno que la amó en secreto y sin esperanza. La cam-girl es hermosa y muy joven, pero tiene conciencia de la textura vital que la maldice, que la hunde en una tristeza motivada y visible. Los mirones no tienen sensibilidad, sólo desean ver sus pequeños pechos, sentir su calor en el frío del cristal de la pantalla. Hoy sus sueños le hablaran de cuervos y tres elementos fundamentales: el ritmo, la transformación y el amor. Todavía una chispa de alegría la espera al despertarse. Sonidos que vuelan, cuervos que advierten del peligro: no te duermas porque ahí está acechando el engaño.
+ En el Casón del Buen Retiro reza una sentencia: Todo lo que no es tradición es plagio. No lo sabía y continuo perplejo: cuántas veces pasé por allí y nunca se me ocurrió leer lo que en el frontispicio está escrito. ¿Qué aporta, qué actualiza? Una certeza lejana que nos lleva a poemas sobre la guerra y la tristeza del mes de abril: el mes más triste. Pero basta ya de acertijos. Madrid es una esperanza de alegría en el horizonte. Pintura, paseos y el amor.
+ La coloración de la ría oscila entre un azul ultra titanio y el reflejo hiriente del mediodía, una luz deslumbrante que se estrella contra el agua, con un leve matiz verde. Los cuervos retoman el camino de regreso, todavía queda una hora y media de jornada laboral. La circunferencia se cierra.
+ Imagen: libros sobre pintura, libros de grandes dimensiones y portadas coloristas; libros que son objetos y su función está en otro lugar que no es la lectura, sino la contemplación o el ornamento. Como siempre, las posiblidades están extrañamente abiertas, para sorpresa de los creadores del momento. [Sic].
sábado, 30 de enero de 2016
Elevación
+ Fotos de boda, reportajes de boda. Mientras las veo en la red, escucho a Chuck Berry. Ese todo nupcial me resulta codificado en exceso, incluso lo que intenta ser innovador, y la música de Ch. B. acentúa esa particular manera: manos que se agarran desmayadas, flores que simbolizan la pureza (?), oferentes esposas, devotos maridos. Los sacerdotes, los padres de los novios, niños e invitados. La felicidad es una explosión programada y controlada. Champagne, vino, licores dulzones. La vida fluye sin detenerse, pero queda esa constancia: las fotos son el veneno.
+ La iniciales de Chuck Berry se corresponden con las de Charles Baudelaire. Ch.B. = Ch.B. ¿Hay un mensaje oculto, una pirueta alegórica?
+ "… la buena voluntad de hoy no garantiza la buena voluntad de mañana". Recogido en ¿Qué es política? de Hannah Ardendt.
+ La tradición oculta de los marca páginas: como un tesoro se juntan sus cuerpos de papel en la intimidad de su nicho de madera. Nunca tuve la intención de hacer una colección, y no es tal, pues carece totalmente de un sistema, de una clasificación, de un orden. Podría alcanzar este orden, pero no se trata de eso, sino de la constancia de la lectura y las librerías que ya no existen. ¿Son un fetiche, en su sentido más literal? Sí, un amuleto, el horóscopo del día que nunca llegará. Hay matices innecesarios, pero son todo un mundo sin descubrir, que palpita en silencio en su reducto de madera y viento.
+ A modo de confesión, tres cosas que me interesan mucho, y no necesariamente por ese orden: las guitarras, los árboles y la tipografía. Veo los libros que he atesorado sobre las materias y tienen una especial forma de escribir una biografía. Un dibujo exacto de lo que fui y de lo que soy. Otra confesión: para mí la contemplación de los libros que se albergan en una casa son, redundantemente, un libro abierto: títulos, manera de gastarse, encuadernaciones, ediciones (…). Cuánto habla esto de la persona, sin ella desearlo. Manías clasificatorias. Listas, clasificaciones y cruces rojas. Lo intransitable y lo necesario, la razón oculta en las compras. Implícito va ese mensaje. Libros, discos, cuadros o láminas. Y, más tarde, pensaré en las posibilidades paisajistas de los dormitorios de los que me cruzo en el día a día: esa mórbida imaginación. Muere el día.
+ Otro interés: la caligrafía victoriana. Para ejercitarse a diario con el convencimiento de que nunca se alcanzará un competencia mínima, pero lo importante es la tarea, la disciplina, el horizonte de lograr una línea recta sin titubeos. Poco más.
+ Foto: la lluvia, el pavimento, la captura de una abstracción.
sábado, 23 de enero de 2016
Diletantes
+ Hemos visitado museos y galerías de arte sin un propósito claro. Por pasear, por ver gente y, tal vez, cuadros. Esa manera de ver pasar la vida: sin intervenir en ella, con una elegancia trasnochada y superflua. Grandes cuadros, prescindibles cuadros, herméticas exposiciones, aleatorias muestras. El arte es una vía de entretenimiento y observación indispensable para el flâneur. Allí se da una concentración de intereses y posturas que no se aprecia en otro lugar. El estudiante con su bloc de notas, la mujer que hace de su pasatiempo la razón del vivir, el ligón con la víctima, el hombre sabio, la niña aburrida y el colegio como rebaño del hastío y la prisa. Sentarse en una bancada y ver pasar a la gente es un placer sin par. Se abre un mundo insospechado y, al tiempo, ver el cuadro. Así he repasado obras de libro de texto: Velázquez, Turner, Van Gogh. Pero muchos, muchísimos más sin esa importancia. El análisis del contexto aporta una visión enloquecida de lo que realmente importa. Para eso están estas catas pseudo sociológicas: entretenimiento y diletantismo.
+ Lo anterior aplicado al concierto de música clásica. Así mismo, el concierto de jazz. Una lista demasiado larga y pretenciosa. Qué importa. Es muy similar a poner nota a los libros, a los discos, a las películas. Me gusta/no me gusta. Pero el vicio de las listas no admite discusión y en eso estamos. Un día se muere una estrella del pop y es mucho más interesante la hagiografía espontánea que la biografía. Contemplar y estudiar a los otros sin consecuencias. Hay, en efecto, una contradicción notable, pero es complejo esquivarla. Hoy no llueve, quién nos ha bendecido con esta tregua.
+ La realidad es muy rica. Imposible atraparla. Como el gato que, inmóvil durante horas, espera a su presa: ratón o pajarito, le da alcance, juega con él y lo olvida. La realidad cotidiana, el día a día, lo vulgar y lo rutinario tienen el poder de la sorpresa. Sólo hay que evitar las visiones automáticas. Elevarse sobre el escenario y dejar de ser uno más, para contemplar: como espectador. Lejos ya de lo dado, aparece la sorpresa, la poesía y lo magnífico. No hay realidades superiores a otras, ni inferiores: que se lo digan a los muertos. Tan extremadamente sinuosa, fértil e incomprensible.
+ La gata que pasea tranquila, la transparencia del día de enero, una brisa fría, pero no heladora. El sabor del café, la pastas escocesas con exceso de mantequilla, un requiem que nadie consigue identificar. El tiempo se ha detenido. La gata con sus patitas blancas acaricia la yerba, salta un pequeño ratón y lo caza al vuelo. La muerte se hace materia en sus garras. Esa transformación que va de la ternura de su cara mimosa a la fiera que esconde, la gran cazadora de los prados y las huertas muestra sus dientes filosos. Somos ambiguos, caras ocultas, serpientes y jilgueros, reptiles y ángeles.
+ En algún sitio se puede leer una entrevista con Michael Cain donde el actor británico dice que en su juventud bebía una botella de vodka a diario, y añade que le recomienda a un actor joven que no haga caso de los consejos que le darán los actores viejos: siempre le sentenciarán que lo deje, que es una profesión podrida. Una botella diaria de vodka y una profesión podrida. Hay algo en la yuxtaposición que me gusta, me gusta mucho y parece explicar ciertos momentos de mi vida: cosas que he hecho, cosas que he visto. Excusas para beber, el sufrimiento como el vaso de licor, "color de ginebra mala", como si difiriese ese color del color de la ginebra de calidad. Un sabor medicinal y profundo. El vodka helado, vasos helados, zumo de naranja. Suave y certero, como un caramelo. Pero Michael Cain abandonó la bebida y ya no da consejos, quizá nunca los dio. Se cierran los aposentos de la noche.
+ Imagen: atareados y anónimos, se pueden ver en los centros comerciales a última hora de la tarde; gesticulan sin alzar la voz, anotan y se miran sin esperar nada. Ha caído la noche, una vez más: recogen sus cosas y desaparecen. Cierran el centro comercial. [Algún lugar en Oporto].
sábado, 16 de enero de 2016
Para los raros
+ Hoy, en el trabajo, alguien me dijo que se había muerto David Bowie. Llovía, llovía con intensidad. Recordé unas palabras de Jarvis Cocker: "D.B. fue un paraguas para todos aquellos que se siente diferentes". Lo raro, lo extraño, lo que habita en los márgenes y más allá. Pienso en la palabra normalidad y recuerdo cómo la he oído pronunciar muchas veces, cómo me he sentido herido por ella. ¿Soy normal? No, respondo mientras la lluvia continua cayendo, el viento se estrella contra la cristalera y un cuervo se posa en un charco. Esa falta de uniformidad siempre ha sido un deseo, en Bowie se encarnó con una libertad extraña que se reflejaba en su ambición, en su calidad circense, el disfraz, el teatro, la comedia. De tanto interpretar uno pierde su humanidad. La coca lleva a la una comunión: la conexión con la divinidad del cuarto de hora. Recordé a algunos que encuerados lo imitaron allá a finales de los setenta aquí, en la provincia, una mezcla de dandismo y heroína: ya han muerto todos. Aquella aristocracia de crápulas de buena familia son hoy materia de novela nostálgica, pero Bowie es verdad.
+ David Bowie en su último vídeo transmite con exactitud la certeza de la muerte, su inminencia y la dolorosa inquietud que produce. Cuando se ve con detenimiento el vídeo se percibe que terminó su carrera y su vida brillantemente. Ese paraguas para los raros se abre, lo que a todos nos atañe: la propia vida, esa sombra a la que nos precipitamos con cada latido, con cada inspiración, al amanecer, al anochecer. Y suena un extraño coro ruso, mientras escribo, cuerdas que descienden hacia el caos de la lluvia y la resurrección de la maleza, cortada ayer, hoy se eleva sobre su límite.
+ Un lugar preferido: el Royal Crescent de Bath. En el desconocimiento de razones, el Crescent se une a la figura de David Bowie
+ Estos días, durante esta semana, camino del trabajo en el coche ha sonado David Bowie, sin descanso. Extraño viaje al universo del de Brixton. La noche, la lluvia y la profundidad de un saxo, alguna vez, no siempre. Pienso en él y en toda esa moralidad que desvela el juicio sobre sus vicios y sus consecuencias. Cada vez oigo sonar los tambores de lo moral con mayor frecuencia, y me pregunto si será la edad, el transito necesario. La cocaína, el sexo inseguro, la bisexualidad, las salidas y las entradas, lo cambiante y lo permanente. Tomo una curva, un desvío y la jornada laboral comienza. El paréntesis se abre, se cierra. El regreso se viste de la música de Bowie, una vez más: recuerdo el catalogo de la exposición del 2013 sobre D.B en el Victoria&Albert, comprado en el V&A por 5 libras: era el mejor de los catálogos de sala, que estaban allí en un montón, ese reciclaje que ofrece los fondos de la librería del museo. Recuerdo llevarlo a la cama, y estar durante media hora embobado por las fotos, por el vestuario, por la promesa que encierra. Faltaba una semana para que D.B. muriese.
+ Esparcidos en las estanterías del escaparate de la tienda de empeños se disponen relojes, plumas, cámaras de fotos, anillos y pulseras. Muchas otras cosas, cosas que no necesito: vajillas, calibradores, jarrones con dibujos de Dalí. El brillo del oro se distingue entre plomizos grises y austeros negros, profundas ilusiones y reflejos apagados. La tienda de empeños me muestra una serie de razones y se unen con la música que desaparece. Ya no suena en mi coche Bowie. Ha dado paso al silencio. Debo buscar una selección, creo que comenzaré por Debussy.
+ Imagen: abstracción. El blanco es el luto, el suelo de madera: la certeza de la vida embalsamada.
sábado, 9 de enero de 2016
El sueño y la vigilia
+ Me miré en el espejo y me pareció ver el rostro de Roland Barthes. ¿Se debe a mi corte de pelo, a cómo me he colocado la bufanda, a largas lecturas arropadas por un aliento parisino? No es preciso averiguarlo, el placer del reconocimiento reside en la sorpresa. Y el espejo devuelve una razón onírica. Los sueños se deben interpretar sin demasiadas pretensiones, como un juego, como el que lee el horóscopo y no cree en él. La líneas de la mano ofrecen mensajes móviles, en lo que la permanencia no es posible: si se sabe esto, la tranquilidad evapora la ansiosa velocidad del momento. Conferencias de poetas del 27, caligrafía victoriana, subrayadores, portaminas y artículos impresos por leer y anotar. Me miro en el espejo y me pregunto por el grado cero de la escritura. ¿Mi rostro se adapta a las lecturas que voy desgajando en lo diario? Transiciones y pausas. Apago la luz y duermo.
+ El sonido del mar, la madera de un barco que cruje, las gaviotas y sus chillidos. Sé de alguien que podía establecer la distancia a la costa por el chillido de las gaviotas. Pero no se trata de eso. Es una banda sonora continua que he descargado en mi ordenador, propicia para el sueño; la acompaña la imagen de un velero de época en un desolador océano gris claro. Suena y me adormezco con la imagen solitaria del barco. En el sueño el barco continua su singladura hacia ningún lugar. Así, el descanso, la noche, el sueño se ve como una travesía sin destino.
+ Suena un vals. Viena. Qué cine, me digo y sostengo el lápiz. Pero no es Viena, es Jean Sibelius, el Vals caballeresco, opus 46. Así, que todo retorna a un paisaje nevado e infinito. Los problemas de Sibelius con el tabaco y el alcohol, su longevidad, la sinfonía como arquitectura diamantina. Tres por cuatro, no todo es alegre, astillas de melancolía asoman en la invitación al baile. Paso la página. Cierro el libro y dejo el lápiz en el tarro que le corresponde. El sueño, otra vez, me acoge victorioso y maternal.
+ Oporto bajo la lluvia, la intensa lluvia. Qué difícil es conducir por la Autovía, qué incertidumbre, qué inseguridad ofrecen los adelantamientos. La parada en el área de servicio viene servida con la granizada intensa. El pavimento se ha cubierto de un manto blanco y resbaladizo. El café reconforta, rescata el placer de las entrañas del desplazamiento. Llueve y hay tantas cuestiones sin respuesta. El día libre, la lejanía del trabajo, una suspensión momentánea de las obligaciones. El café es un veneno suave: el nervio se tensa y la conducción se retoma con seguridad. La música adorna la conducción. Como un pasadizo, como los edificios de los sueños, el toque de irrealidad acrecienta la sensación de peligro y vacación. Se rebela el cielo oscuro contra la obra humana, parece que tuviese una conciencia que lucha contra la infamia constructiva. Un dibujo en el cielo, es un cuervo al que la lluvia no le importa.
+ Imagen(es): Tres texturas. La huella del invierno sobre los jardines del Serralves, Oporto. La tierra, las ramas, el agua sobre el mármol. Su figuración, el preciso debate entre la renovación, la muerte y la vida, horas de luz incierta. El peso ingrávido de una mano amada: su estructura y composición. Hay un inicio, un propósito para el año que comienza en las tres imágenes.
sábado, 2 de enero de 2016
Música aleatoria
+ Alguna vez he hablado de este libro. Es un tomo curioso, con un tamaño muy cómodo, un libro que me costó, creo recordar, un euro. Un precio que invita a comprar lo que sea y este libro está muy por encima: una extraña brújula que de vez en vez emerge para ubicar un mundo trenzado de alcohol, grafomanía y soledad. Total, es una biografía en imágenes de C. Bukowski. Abro el libro y comienzo a pasar la páginas, sin prisa, sin un objetivo, con una lujuriosa delectación. Fotos de sus antepasados en Alemania, sus padres en una California traspasada por el color desvaído del sepia fotográfico que la técnica y el tiempo aportan sin intención y que subliman esas vistas, esos rostros. Coches y casas, playas infinitas. El atuendo podría servir como inspiración a modistos de vanguardia, me digo sin convencimiento y suena Sibelius. La música ensalza el momento. Me imagino a mí mismo como protagonista de un cuadro, un interior muy enfocado al horror vacui: con este libro en la mano, recostado, con la pila de libros que me esperan. Esta demora tendría como marco una pintura de principios del siglo veinte: una vieja técnica renacentista sobre tabla, un dibujo escrupuloso y colores que tienden a lo oscuro sin olvidar una incierta veladura. Paso página. Un cementerio, un certificado de defunción. La vida se traduce en muy poca cosa. Bukowski apuesta en las carreras de caballos y le retratan: qué afán. El licor y las mujeres, sus oficios y el oficio de escribir. La escritura o la vida. La vida no es otra cosa que interpretar y explicar o transmitir esa explicación. Así, encargo un libro de Hannah Arendt: Política. Mi interés se amplia. Unas vacaciones en un resort: El escenario y las poses, el vínculo entre el hombre que trabaja en su libro [siempre el mismo, como cualquier escritor] y el hombre que disfruta del ocio, con la lata de cerveza en la mano, como un arma; sonríe, fuma, se mira desnudo ante un espejo y saluda. La vida, así, es poca cosa o lo es todo. Finalmente, en las últimas páginas, de da cuenta de las portadas de sus libros. Ese mosaico nos lleva al final: dibujos de R. Crumb que retrata a Bukowski en su casa de San Pedro. Es el primer día del año y la música se desliza y se impone sobre el traqueteo de la lluvia, dejo el libro de Bukowski y sueño con una próxima y fugaz visita a Porto. Las promesas no son humo, son necesidad y hay cumplirlas: conduciré sin prisa y con una selección de música aleatoria, buenas canciones.
+ Música de Luis de Freitas Branco. Consulto en la web y me entero de que descubrió en la Biblioteca Municipal de Évora la ópera de Calderón de la Barca: Celos aun del aire matan (1660). Las Metamorfosis, como tantas otras veces son inagotable fuente de inspiración. Cierro la página.
+ La voluntad conforma todo proyecto, lo impulsa, lo establece o lo desmorona. ¿Es hoy posible un elogio de la pereza? No, es el pecado prohibido, peor que cualquier otro, quizá el único que ha sobrevivido, pues otros, ahora, son virtud: el egoísmo, la avaricia, la soberbia. La presencia de la voluntad es constante en los medios de comunicación, en las entrevistas con creadores o políticos o periodistas. La voluntad es una razón moral y quién no admite su reinado está pecando gravemente contra todos sus congéneres. Se ha decantado por el filtro del turbo capitalismo y en lugar de ser un instrumento, se ha convertido en un intocable emblema: la religiosa creencia en el progreso y la velocidad rotula el dibujo de un esforzado cocinero de éxito. Ese es el emblema que me imagino yo. Oigo al cocinero de mucho éxito relatar cómo es su vida y cómo invoca a la libertad y la sumisión total a un proyecto que él llama sueño. Hay una gran cantidad de confusiones en su parlamento: las declaraciones de intenciones forman parte de un sistema de certezas que están más próximas a unas técnicas de venta que a lo íntimo de su persona: los sueños. El maratón, la cocina, el trabajo, una suerte de vanguardia sin nombre. Está en lo cierto, sin duda, y la aclamación que lo sustenta revela las directrices de un tiempo, su tiempo: banalidad, precisión, dinero. Algo hay decadente en todo ello, que se hace material en este momento de aventuras sin riesgo, de viajes embutidos en la agenda, del parque temático y la profilaxis. Es un modelo, es un ejemplo. La vida ejemplar se impone: elige: hoy ya es tarde para comenzar.
+ Al final del día me resulta imposible no hacer una comparación entre Bukowski y el cocinero. Trato de establecer una posición. Las posibilidades entre un extremo y otro son muchas, y quizá ni siquiera se trate de extremos: la obsesión: el trabajo,el éxito, el alcohol, la grafomanía. Etc. Aquí descansa la idea: toda invocación a la voluntad es moral, una norma obligatoria e inexcusable. Pero el proyecto absorbente se desea sobre el horizonte de la pereza: la pereza como garantía de la paz y la conservación del planeta. Etc.
+ Título: Ett ensamt skidspår [trad. Una pista de esquí solitaria], Jean Sibelius. Copio el título del melodrama, me parece suficiente. Una breve y melancólica pieza. La imagen es suficiente. Jean Sibelius en Radio Nacional de España, Radio Clásica, Grandes ciclos dirigido por Eva Sandoval, qué regalo. Se ha terminado el ciclo Sibelius.
+ Imagen: la suma desordenada de elementos provoca una sensación de malestar, pero se puede revertir. Siempre es preciso invertir los valores, cuando nos viene bien. Lo estético es una imposición moral, me pregunto y subo la foto: mientras suena Ett ensamt skidspår. No llueve, por el momento.
sábado, 26 de diciembre de 2015
Coleccionismo
+ El regalo del día consiste en el aroma que desprende el café recién hecho a las seis de la mañana de un sábado de diciembre. El café resulta una droga liviana, que aporta una alegría extraña y que se va introduciendo por capilaridad en el tracto de la lectura y la escritura. Son ritos, una conjura contra lo diario. Sin normas, pero con un pacto entre la alegría y la verdad que se transforma y se construye en cada despertar. Hay una clara influencia de lo leído en las últimas semanas, con intensidad: Sobre los ángeles. La forma establece el dominio de la totalidad. La música nos traslada a la Edad Media y no admitimos una oscuridad absoluta, eso es ignorar la sustancia de los tiempos: no hay absolutos. Todavía palpita la noche y esa música trae consigo paisajes, animales y figuras que se han visto en cuadros, que se han elevado sobre crónicas, romances y poemas. El café es una conexión exacta con algo que no queremos terminar de definir por miedo a que se rompa.
+ No hace demasiado pasamos junto a unos aerogeneradores. Su imponen figura en la cercanía explica nuestro momento y nos acerca a las fábulas del momento, que son un hervidero bajo lo cotidiano. Como los jardines botánicos arropados por acero inoxidable mate, como las estaciones de metro, como lo hipertecnológico en el centro de la naturaleza. Hemos llegado a la ciencia ficción y ya todo es ascender. Veo el aerogenerador y me sobrepasa. Son esos ejercicios de desautomatización. A su lado las ovejas pastan indiferentes, con ese aire medieval, de tabla flamenca o de pintura al huevo alemana. Retratos posibles, con estos elementos al fondo: los descomunales molinos, las ovejas, mi soledad en el campo.
+ [El que no llega]. Y pienso en Cambridge Circus, durante un día lluvioso, en octubre. Poco antes de llegar habíamos visitado Denmark Street, para ver guitarras eléctricas y acústicas y bajos eléctricos. Caminamos con indiferencia bajo la lluvia, sin dar importancia a nada de lo que nos rodeaba, con un aire cosmopolita y banal. Las salidas de los teatros y restaurantes iluminados levemente, una delicuescente cascada de faroles dorados. Llueve y Londres es un escenario en sí mismo y eso contribuye con nuestra actitud: el fingimiento. Esa sensación peliculera y fatal, un sueño atravesado por insinuaciones y paraguas sospechosos. Espías y dobles agentes, triples agentes. Creo encontrar en ese momento una razón poética: el inicio de un soneto para agentes secretos, cenas caras y escasas, copas de vino en las estaciones de tren del norte de la ciudad. Un viaje rápido a Oxford: la autopista, los campos, caballos, un viejo avión de época: los años veinte del siglo veinte. Ahora, mientras escribo, llueve intensamente y leo algo sobre Kim Philby, sobre Guy Burguess. Suenan canciones de soul, tamizadas por la intensidad del café que hierve en la cocina. Llueve y los golpes de las gotas contra el cristal son un ritmo ajustado al momento, sincopas que hablan del confort y los placeres minúsculos: la lectura, el café, la música. No mucho más: regreso a los espías y recuerdo como Londres me fascina. Tinker Tailor Soldier Spy. Alec Guinness. Quizá por eso en uno de los estantes reposa una matriuska, de color naranja, pero nadie conoce el significado de la matriuska: ahora lo desvelo con intencionada novelería. Etc.
+ "Se puede hacer un poema épico de la lucha que sostienen los leucocitos en el ramaje aprisionado de las venas." Federico García Lorca, 1932
+ Imagen: Londres a media tarde, en el momento en que un sueño se despierta y se emprende el camino al salón de té: té tibio y tartas de chocolate. El vuelo del espía comienza, pronto el ámbito de la cama acogerá la cosecha del día.
sábado, 19 de diciembre de 2015
Lámina de diamante, alma de diamante
+ La semana comienza con una supuesta localización en un ría gallega de la Segunda Soledad de Góngora. Resulta muy interesante conducir sin prisas junto a la ría de Vigo con esta idea en la cabeza. Se hace materia el poema y los tránsitos de las últimas semanas, de los últimos meses. Islas, piscatores, nudosas texturas, el verde profundísimo, los esteros. Ese color ocre, el viento suave de la tarde de los últimos días del otoño. Allá a lo lejos se detiene el tiempo, pero no es un asunto nuestro, ya. Sólo somos lectores, en contra tenemos el tiempo. Pero son las imágenes que se incrustan en el imaginario personal las que han de perdurar: desde ese cristal se ve la ría, su extensión, la geometría de bateas y el Puente de Rande, como resto de un tiempo que ya fue nuestro y poco a poco se olvida.
+ Una reflexión sobre la basura. Son objetos que un día tuvieron otra vida, pero ahora se amontonan en esquinas y rincones. Lugares a donde nadie mira. Casas abandonadas, cunetas, fosos. La vegetación silvestre engulle esos restos de todos los naufragios: hilos, envoltorios, llaves sin cerradura, cerraduras sin llave, la herrumbre y el gasto de las vidas, sin recompensa. La contemplación estremece, pero no es momento de detenerse. Caminar y olvidar. Quién tiene mala memoria alcanza un espejismo: la felicidad.
+ "… en el primer caso la serpiente es directamente el diablo, en el segundo es un simple vehículo del diablo…"
+ Contemplar las nubes, estudiarlas, tal vez, pastor de nubes. Es como una fuerza insondable, algo que crece tras las montañas, algo superior a ellas mismas y más antiguo. Ver esas gruesas nubes, inabarcables, trae consigo la insinuación de grandes cuadros, cuadros inteligentes y certeros. Algo más que un ornamento. Espero en una cuneta y las nubes se desplazan con rapidez, dibujan un atisbo de épica. La mitología y el recuento de versos y libros. Es tan sumamente literario. En campo abierto y los molinos de viento eléctricos diseminan el paisaje. No hay preguntas.
+ Las canciones de los Smiths no están anticuadas, pero no son ya de este tiempo. Hoy las cosas son bien distintas, se hace de noche y esas afiladas guitarras tienen un poder evocador, que me alejan de este momento. Y llueve, es una lluvia cadenciosa y rítmica. Cada anécdota es un triunfo sobre el pasado, se escuchan con atención, se ríen, ensayan y lo intentan otra vez. Son certezas que riman con la lluvia.
+ La muerte, en lo diario. Me lo cuentan, con pena. Se cayó y permaneció en el suelo durante más de veinticuatro horas, ensangrentada. ¿Cuántos años tenía? Sobrepasaba los noventa, pero no puedo determinar exactamente su edad. Vivía sola, en el interior de su madriguera, con poca luz y sin calefacción, casi no necesitaba comer, apenas dormía y su tiempo transcurría entre la ventana, la cama y una pocas compras que realizaba cada dos o tres días: un cartón de leche, pan y fruta: una manzana, un plátano, una naranja. Y la vida se iba en su sorda vibración: atenuada. Se cayó y permaneció más de un día tirada en el suelo, a nadie está dado reconstruir esa angustia. Cuando dos vecinos entraron en la casa tiritaba nerviosa. Sus piernas sin carne ensangrentadas hablaban sin palabras: la ves, un día fue una niña. La llevaron al hospital y allí murió, sus hijos no dijeron nada, la funeraria se encargó de todo. Como si no hubiese existido nunca. Una esbelta columna de humo asciende en el crematorio. Esos mundos que desaparecen con cada muerte, la vida común, el tránsito cotidiano. No volverá a la tienda, ni abrirá su buzón, tampoco estará para ver como comienza el año desde su ventana. Ni siquiera eso, las persianas están bajas.
+ Incansable, suena Sibelius.
+ Imagen: nubes.
sábado, 12 de diciembre de 2015
Escucha
+ La sensación placentera de una tarde noche de conversaciones, cerveza y pequeños y humildes manjares detiene el tiempo. Es un instante de luz y verdad. La verdad construida y necesaria, en nuestro propio interés. Son momentos cargados de poesía y oportunidad. El viento es suave y el otoño no es otoño, sino una prolongación del verano. Las calles transmiten alegría y deseo de vivir, no es la Navidad, hay algo diferente en esa noche de sábado. La palabra vibra en el ambiente, pero se resiste a ser capturada.
+ Una burbuja de poesía barroca y música de ese momento. Un laúd que suena, una tirada de octavas reales que se leen sin prisa. Y fuera llueve, suavemente llega el sonido del golpeteo sobre una tejadillo. No se detiene el tiempo, pero la sensación es esa
+ Historia de la fotografía. Abro el libro y dejo que fluya su vida en mis manos. Así llego a esos extraños paisajes en sepia. Pyramid, se titula uno: unas rocas en el Lago Pirámide de Nevada, en 1868; montañas de Uintah, en Utah, 1869. Me quedo un largo rato estudiando las fotos. El color y la presencia que ese estatismo me otorga en la tarde del miércoles festivo. La música de Bach abre un camino que hace que la irrealidad del momento se acreciente. Una burbuja, un puente entre una sensibilidad y la mía. Aquí estoy ante el grueso tomo que se abre en las páginas 198 y 199, ese aspecto de metal gastado en el uso en el taller o en el trabajo diario que añade brillo y restos de grasas y costurones: así se me asemeja. Pero no. El referente es otro. Días luminosos en paisajes que serían una plenitud de azules y verdes intensos, pero eso no se corresponde con la representación. Dudo que en la intención del fotógrafo estuviese la idea que hoy transmiten las fotos: un paisaje desolado y profundo, en el que la ausencia de figuras y animales nos hace participar de una inquietante realidad del tiempo: todo pasa y nada permanece. Ese agrio paisaje lunar es nuestro hábitat: la recuperación de la memoria, que se sumerge, otra vez, en la estantería. [Antes de regresar a la estantería, el tomo me regala la estampa de una japonesa que muestra sus pechos: colores desvaídos sobre el mismo sepia, la certeza de que ya no vive y en la foto es una adolescente, y no cabe otra respuesta: las fotos en su hieratismo son finitud]
+ Ejercicios diarios para no perder el punto de vista, la posición privilegiada: no olvides que eres mortal, subrayan.
+ Y escucho a Sibelius, al tiempo: hay una suerte de otoño teñido de días luminosos, nieblas en las primeras horas y estrellas en la últimas horas de la noche. Escucho a Sibelius y recuerdo su afirmación de cómo llegan las primeras nieves. Hace frío a primera hora y la niebla asciende desde los arroyos. Es una imagen fantasmal que de alguna manera ha de pervivir durante el resto del día: los luminosos y extraños días de diciembre. Una grulla sobrevuela la ría y pienso en que alguien dijo que las Soledades de Góngora se podrían localizar en las Rías Bajas. Estudio la bajamar y trato de establecer un paralelismo. No hace falta. Parece que la ascensión de Sibelius habla de la muerte, de la proximidad de la muerte. Se dibuja el vuelo de un cuervo, un gato traspasa un muro vegetal, las ovejas pastan medievalmente. El viernes está esmaltado de fuego y alegría. Profundos acordes de piano nos recuerdan quiénes somos, tal vez.
+ Imagen. Durante un paseo por Madrid, a última hora, el estudio de tatuajes. A través de un escaparate se ve la escena y tiene algo de interior holandés, de laboriosidad burguesa anclada en inicio de la modernidad. El camino continua y el trabajo no se detiene. Los días son hermosos en su sucesión acorde con sus ritmos.
sábado, 5 de diciembre de 2015
Banquetes
+ El gusto por lo paradójico se manifiesta con mucha frecuencia, más de lo deseable. Por ejemplo, en las conversaciones de sobremesa, en los previos a la comida. Hablar del perro que caza salmones, del candidato y su guitarra eléctrica, las capacidades ornamentales de aquél que ya no está, de sus hermosas y descarriadas hijas. El ejemplo, la sentencia, la conseja. Así, la conversación deriva hacia lo íntimo, donde la paradoja también tiene cabida. Ese salto entre lo que se espera y el deseo se hace carne mortal en esas apreciaciones que el vino y el licor impulsan. Observar su desarrollo, el ámbito de expresión y la consecución es un entretenimiento empalagoso. Llegado un momento, todo es sabido. Los chistes, las risas, los gestos. Se han visto en demasiadas ocasiones y no reflejan más que una arista iluminada: vidas que consisten en digestiones y trabajo, trabajo y sueño, el tránsito de los días y las noches. Émulo del tiempo, la mirada se disuelve. No volveré más, me digo y la tarde es transparente en su camino hacia la noche, hacia su oscuridad y su certeza.
+ El dialogo y el banquete van de la mano. La mesa bien puesta, los platos bien cocinados y el vino abren los sentidos e iluminan el ingenio. Pero también la maldad, la maldad que crece contra los ausentes. Al que llaman espantapájaros, el otro que es un borracho o jugador, que dilapida el pan de sus hijos, y el de las deudas y el del sexo rápido y el que vaguea y que el paga sin preguntar. Total, conforme avanza la comida se aprecia como los muros se derrumban. El que no bebe resulta inquietante, como todos los abstemios. En ausencia de alcohol, cuando los otros beben, se llega al centro de las personas, que hasta ellos desconocen: cuando la maledicencia los desnuda y les traiciona, sin percibirlo siquiera.
+ [1 Corintios 1:28, Biblia de Jerusalem]: "Lo plebeyo y despreciable del mundo ha escogido Dios; lo que no es, para reducir a la nada lo que es".
+ [Las vestimentas, el vestuario del héroe]. El cambio de aspecto contiene subterráneas razones, también la persistencia en un estilo alcanzado: años atrás, quizá en la adolescencia. Qué es lo que se puede esperar, qué es lo conveniente: agitaciones sinuosas y fluidas. Detalles en el atuendo, fosilizaciones de antiguos gestos, su renovación, el rubro y la sentencia que se materializa en lo diario. Ayer parecía aniñado, en el viento que desorienta, pero una ráfaga lo transforma todo: un hombre, con su madurez y su peso, delgado y afilado, sin sonrisa ya. Vierte el tiempo su sentencia y ésta es peligro y certeza.
+ Imagen. El autobús trata de salir de Bath, con destino Londres. Desde esa altura se ven las luces de las casas: se traspasa la intimidad: el salón, la habitación, el momento de la lectura, la charla, el televisor en soledad. Un semáforo detiene el autobús y se ofrece el hervidero de un restaurante, en un primer piso, a la altura de los asientos de los pasajeros. Qué realidades engastadas en el espacio que las comprime, disímiles y simultáneas. Así es el observador y el observado.
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