+ [In media res]: El comienzo se establece en el momento de salir de la reunión y subir la cuesta que me lleva al intercambiador de Moncloa, donde no entraré. Bajé Princesa y me entretuve en la Plaza de España y me di cuenta de que no tengo ambición. Así podrían comenzar la novela que no escribiré por eso mismo, por falta de ambición. Lo que sigue, pues, no es otra cosa que un texto autobiográfico; y, qué otra cosa cabe aquí, si esto es un diario. ¿O no?
+ Mientras hago mi ejercicio diario en mi bicicleta de spinning reflexiono sobre lo que escucho en la radio pública francesa. Esta meditación sólo se da los sábados, pues el resto de la semana utilizo música, una música bailable. se podría decir; estas elecciones las dejo a un lado, pues no es de esto de lo que deseo hablar. Bien. Hoy he estado escuchando un podcast sobre Georges Perec. Sabía que era judío pero no sabía la importancia que tiene ello en su obra. Aunque los suponía, lo plástico, también, tiene un peso considerable. Una vez asumidos los dos condicionantes, regreso a un nivel superior: qué determina la posición del lector ante una obra, porque el lector ante la obra nunca se presenta en blanco. Ya la materialidad del libro condiciona, pero, todavía antes, cómo se llega a este libro no a aquel es otro de los interrogantes que establecen marcos anteriores a la primera página que leeré. [En realidad y un sentido extraño, no deja de ser la reflexión anterior un aviso previo al largo día que pasé en Madrid el lunes siguiente].
+ A raíz de una lectura me llega una cita del historiador suizo J. Burckhardt, La cultura del renacimiento, Barcelona, Iberia, 1979, p. 102, donde para cimentar el concepto de destierro, se recurre en relación “al desarrollo de la individualidad [...] [que] debe considerarse que el destierro, o aniquila al hombre, o contribuye en grado máximo a su formación” En realidad, como todo: lo que no mata engorda, lo que no mata te hará más fuerte. Resistir, esa es la cuestión, no dejar que nos doble el desánimo. El destierro, tan físico como espiritual, es una constante a lo largo de la vida. Se suma a ello la imposibilidad de detectar ciertos movimientos que nos conducen a su implantación. ¿Estoy desterrado? Quizá lo estuve, quizá ya no lo esté.
+ Cuidado con ciertos libros, que en lugar de leerlos tú ellos ellos te leen a ti. Agazapados, te esperan.
+ [Madrid]: El avión despega a las siete menos veinte de la mañana. Voy con tiempo y me salto la salida que conduce al aeropuerto. No tengo más remedio que acelerar y buscar una salida que me devuelva al camino perdido. La encuentro. La barrera no se abre. Llamo por el interfono y nadie responde. No me pongo nervioso y me enfado. Sale un peajista y soluciona el problema, creo que estaba durmiendo y los golpes que le di a la caja de la barrera lo despertaron. Atravieso la oscuridad, luces, pueblos, una carretera ancha con vías de servicio, debo deshacer el camino. Los minutos corren. Lo consigo y estoy entrando en el aeropuerto. Las luces son espectrales, no hay tráfico, me deslizo por la rampa y estaciono el coche. Paso el control y soy el último en subir al avión. No lo he perdido.
+[Madrid 1]: Dentro del avión, en mi plaza, ya, comienzo a leer lo de Zamora-Bonilla, En busca del yo. He esperado por esta la lectura durante meses y cuando súbitamente decidí ir a Madrid me pareció indicada para el viaje relámpago. Abro el libro y compruebo, no sin agrado, que resultado de mi interés. Se hace esperar el capítulo sobre el libre albedrío, tema de mi interés donde los haya. Cierro el libro y pienso en las cabezas pensantes que me acompañan durante el viaje; al tiempo, rechazo el solipsismo. He de asistir a una conferencia de Clara Sánchez, la novelista. La mente invocada por la autora se unirá a lo leído en el avión, pero eso tiene, más bien, poca importancia. Lo importante es la sensación de extrañamiento que me embargó cuando me desvié de mi camino. Ay, “en el medio del camino de la vida…” Pensé en el éxito y el el fracaso mientras observaba, sin prestar atención, el ordenador de mi compañero de viaje. Las personas que viajaban conmigo, en su mayoría, lo hacían por motivos de trabajo: resultaba obvio.
+ [La novela de la vida]: Pensé en que me hubiera gustado tener algo que contar, algo que llenase una novela, pero no ha sido así. Pensé que resultaba decepcionante, pero me di cuenta que es solo un punto de vista. La inspiración me viene de una manera extraña, dijo la mujer, como si tuviese un horario de oficina, un algo que hacer, un algo que resolver, como si gestionase asuntos. Y surge la chispa. La chispa provoca el incendio. “La literatura como provocación”, asunto formalistas y alejados de mi momento, soy otro, me dije. Lejano y extraño, desde el asunto de mi extravío camino del aeropuerto me embarga ese sentimiento de extrañamiento que todo lo decolora. Me gusta el gris que se extiende. Solo es un punto de vista. Y entonces le pidieron que firmase sus libros y no me gustó, solo era una mujer que se adentraba en la senectud y no tenía mucho que contar. Yo todo lo que dijo ya lo sabía y podía estar de acuerdo. La estudié. La mujer habló de documentación y de que ella no la necesitaba. La soledad, me dije, la soledad nos trabaja y la soledad es un reflejo. Yo estaba solo en el viaje relámpago.
+ [Madrid 2]: Llegué a Madrid y crucé la ciudad en metro. Siempre resulta agradable estudiar al paisanaje. La ropa, los teléfonos, los zapatos, peinados, gestos y las expresiones, atenuadas por las mascarillas y el influjo de los teléfonos. En ello pensé mientras consultaba en el mío unos libros en línea, una páginas de Santa Teresa. La Santa de Ávila en mi teléfono. Ay, las pantallas y los textos. Pero es el teléfono un foco de distracción asombroso y a ello me sumo. Así, arribamos a la estación de Moncloa, salí a la calle y me adentré en el camino que me lleva hacia La Ciudad Universitaria, no sin antes comprar una deliciosa caracola de mantequilla y canela. Un poco cara, pero muy buena. Siempre voy a esa panadería, me gusta establecer costumbres como nexo de unión con la ciudad. Luego llegó la tristeza.
+[Madrid 3]: La tristeza es un sentimiento que me asalta a veces. No son depresiones pero el mundo carece de color, en un instante. Decidí pasear por Madrid y, tras un largo paseo, me dirigí al aeropuerto, con la intención de leer un rato. No lo conseguí y regresé a la observación. La novela de la vida estaba servida, con independencia de si tomaba forma de texto, o no.
+ Imagen: Foto en el regreso, una piscina entrevista.
sábado, 29 de octubre de 2022
El viaje relámpago
sábado, 22 de octubre de 2022
Las contradicciones
+ Un repaso por las figuras retóricas me lleva al término oxímoron. Creo que es una palabra que tiene una cierta actualidad y se emplea con delectación. Resultaría digno de estudio la manera en que algunas palabras y conceptos se cuelan en el lenguaje periodístico, en las columnas, y cómo estas palabras terminan por deslizarse hasta el lenguaje de la calle, se erosionan y, al final, se unen a sabe dios qué para constituir una caja vacía en la que cabe casi cualquier cosa. La contradicción que el oxímoron implica se podría traducir en lo inefable, pero yo pienso es en el ámbito político en su mayor extensión, desde el político profesional al hombre de la calle. Y se trata, cómo no, de resaltar la falta de coherencia del adversario, de su discurso o de su comportamiento. Como una flecha, vuela la palabra y se eleva desde la tribuna, desde el micrófono. Como si la incoherencia del hablante restase verdad a un enunciado. No es un cálculo de predicados, es retórica y la retórica ni es buena ni mala, solo es una herramienta. Sigue el discurso y la persuasión es la meta, bien para motivar al votante, bien para desmotivar al contrario. Observo y tomo nota de una palabra que resuena después de escucharla hoy dos veces en la radio.
+ Lunes, un extenso artículo sobre la serotonina. Conclusión: resultan erróneos los presupuestos hasta ahora empleados en la depresión, pues no hay una relación entre los niveles de serotonina y la enfermedad. Bien, el articulista se refiere a estudios científicos que ponen en duda esta verdad admitida. Se hila el artículo hasta llegar a la conclusión de que la causa de las depresiones, de muchas depresiones, no es otra que la precariedad del proletariado, de aquellos que lo único que poseen es la fuerza de su trabajo. El paro y la amenaza del paro, la perspectiva que ofrece el sistema de pensiones, la inestabilidad laboral, la vivienda, la ausencia de vínculos afectivos o la soledad de los ancianos, la ciudad en sí y por sí, el vacío y lo cotidiano. El largo muestrario de los dolores que sufre el proletario se traduce en una pesadumbre mineral, engastada en lo diario. Sí, la vida es dolorosa. El dolor y la vida van de la mano y, por contraste, cierta alegría llega en algunos momentos, pero todo tiende hacia lo que tiende, hacia la muerte. Esta igualación es un bálsamo para los que no tienen preocupaciones, pero cuando estas son más fuertes que la indolencia y el aburrimiento, la muerte tiene más de liberación que de esclavitud. ¿Y la serotonina? Lo he olvidado.
+ [Villamediana]: “Este es, pues, nuestro héroe: bello culto y galán, delicado y grosero, verídico y mendaz, espiritual y descreído, generoso, liberal y tahúr, mesurado e histérico, agudo y ciego, arrogante y pueril, ensimismado y ostentoso, discreto, afable, calumniador y sin respeto alguno.” (Rosales, 1969: 171 y 172)
+ Leo con atención, otra vez, la descripción que de Villamediana hace Luis Rosales. La contradicción es el rasgo relevante, sin duda, la aguja que determina su norte, la esfera que todo contiene. En esta extraña vida que debo reconstruir se da el blanco junto al negro, la virtud unida al pecado y, al tiempo, me pregunto si es correcto emplear la palabra reconstruir. ¿Reconstruir? No es la palabra más adecuada, termino por decidir, porque toda biografía resulta una creación que parte de ciertos materiales con mayor o menor ligazón con una realidad contrastable. Así, la biografía es un trabajo donde se aúnan dos relatos, el visible, el del biografiado, y el subterráneo, el del biógrafo. Según esto último, ¿qué me liga a mí al autor? Sin duda, se trata de la contradicción. La contradicción, en mayor o menor medida, se presenta en ámbitos muy distintos de mi vida, ámbitos que se oponen y se complementan. Conduzco, escucho música clásica, reflexiono sobre el determinismo y el indeterminismo, acepto lo uno y rechazo lo contrario y a la vuelta vuelo hacia la oposición, pienso blanco y digo negro, guardo silencio y me veo en el espejo, me reconozco y sé que soy aquel que no fui y todo se resuelve en contradicciones sucesivas. El perfil preciso del carácter nos da una idea del futuro, algo que con los años se aprende. Pero no resuelvo, por el momento.
+ Poco más en esta semana lluviosa, con los preparativos de un viaje relámpago a Madrid y la ilusión de otro que nos llevará, a C. y a mí, hasta una casa rural, un viaje sin muchos preparativos, salvo las cuestiones de intendencia. Todo queda abierto.
+ Imagen: 2011, un peaje en la autopista. Poco más, nada menos. La carretera como posibilidad.
sábado, 15 de octubre de 2022
Puesta en escena
+ Reflexiono, por un momento, sobre aquella sentencia que dice que un hombre de cincuenta años ya lo ha visto todo. Estoy por asegurar que se puede atribuir a Marco Aurelio, pero no es ahora momento de comprobarlo. La sentencia recoge una verdad incontestable: las experiencias terminan por solaparse, crean capas espesas y estas capas impiden el correcto funcionamiento de la ilusión. La ilusión de la compra, del viaje, del amor. Todo ello sucumbe ante la implacable pesadez de la rutina. Lo rutinario termina por hacerse lo esencial, la rutina como refugio o madriguera, la rutina ensalzada y triunfante, la escaramuza que tiene el confort. Así, quien llega a esta edad, los cincuenta, está sumergido en una estabilidad que impide cualquier asombro o sorpresa. Hay otra cara, la del que ha aprendido de lo visto y sabe cómo se comportaran los que rodean, los que llegan y los que se van. Estas experiencias resumen una suerte de sabiduría que se puede resumir en una palabra: anticipación. Navegar entre estas dos aguas debe tender hacia un equilibrio, entre la sabiduría y el aburrimiento.
+ Una cantante reconoce sus problemas con el alcohol y las drogas. Lo leo y no sé a qué responde, si a la promoción de un libro, a un relanzamiento de su carrera o a una cura de sus s dolencias. En cualquier caso, se refleja una enfermedad, la punzada constante del desarreglo y el desequilibrio. Sus canciones no las recuerdo, su rostro, tampoco, pero queda ese rastro de dolor, que resulta compatible con la ausencia, con la reiteración de tantas y tantas cosas que siempre quedan en el tintero.
+ Desde que he retomado el gusto por el dibujo me encuentro con preguntas que tienden hacia el interior, mi interior. El estudio de la realidad para su traslado al papel, con mayor o menor fortuna, establece en la mirada una nueva dimensión. Se valora el encuadre y la perspectiva, pero eso se prolonga mucho más allá del momento mismo del dibujo en sí, del proceso de coloreado posterior. Cada momento del día puede ser invadido por una explosión: un valorar lo que se ve destinado a establecer el posible dibujo, que no se hará. La meditación sobre lo que se ve me conduce a dudar de mi propia visión, de la conexión entre mano y mente. Así, me aporta un espacio de desconexión interesante: puedo estar sin hacer nada, sumido en la quietud, porque no me aburro, porque, en realidad, llego a establecer encuadres, puntos de fuga, colores, destacados colores o grisallas que se centran en las luces y las sombras. Tal vez de eso se trata, de no aburrirse.
+ Potencio la imagen que opone la fuente al pozo. Los excrementos en la fuente son expulsado por la acción del agua que no para de correr, el pozo por los excrementos se ve contaminado. La imagen no es mía sino de Marco Aurelio, pero quizá ni siquiera de él; con todo importante y necesaria, útil y bella. En el rechazo de la negligencia descanso.
+ Muere el miércoles, el miércoles festivo. Un sopor extraño me ha invado y tras una pesada siesta siento el tacto del cansancio. Lo pesado, lo espeso, lo oscuro. Demasiada información, demasiados cambios de tiempo, exceso de temperatura en esta época del año. Calor grueso y mullido en el avanzado inicio del otoño que intenta herir la voluntad, pero no lo consigue.
+ Veo su foto en blanco y negro y tiene veinticuatro años. Sus ojos atesoran ya la fiereza del presente, de este anciano de casi ochenta años, pero vaticinan todo lo que llegó a ser. Hay un desarrollo en la personalidad que estaba en la semilla que engendró el óvulo. Ahí está, desafiante e impasible, sabedor de gustar y con la perspectiva del triunfo. El triunfo es algo extraño e inestable, tanto depende del juicio de los otros como se diluye en el juicio personal, o a la inversa. También, al acecho, está el fracaso. No entiende de fracasos, esa palabra no le sirve y la desecha. Una vez apartada, como un mal augurio, la palabra nunca deja de palpitar. Si se diluye el éxito y el mérito, también es posible elevarse desde el fracaso, con desprecio. el desprecio de su gran arrogancia. En esos ojos desafiantes se da el rostro bifronte, se perfila el hombre que será en el futuro. Pero esto yo lo puedo decir porque conozco el desenlace, de no ser así, todo sería aventurar y tender hacia el error. ¿Sirve la falsilla para otros análisis, para alguna predicción? No.
+ Imagen: el blanco como eje del tríptico, debo pensar si hay un nexo entre texto e imágenes.
sábado, 8 de octubre de 2022
Binario / no-binario
+ En primer lugar, debo aclarar el título de la entrada. La entrada, en sí, responde a un tuit que surgió, como todos los tuits, por ensalmo. La razón del trino no es otra que el comentario a un libro: Comment parler des livres que l’on a pas lus? [¿Cómo hablar de libros que no se han leído?]. Inevitablemente, me llamó la atención el tuit/trino porque yo leí el libro, al menos algunas páginas. Lo dejé, recuerdo, porque me pareció que no conducía a ningún lugar y no estaba yo para aguantar ciertas diatribas de un cinismo de no mucha altura. ¿Hablar de libros que nunca se han leído, quién no lo ha hecho, al menos una vez en su vida? Ay, doy por sentado que todo el mundo lee y no es así, pero la lectura no es algo que se dé de una manera tangible, sino que es un proceso que está implícito en múltiples tareas diarias y, por lo tanto, se trata más de hablar desde el desconocimiento y la suposición que desde la lectura efectiva [de los libros, de los hechos, las noticias, las opiniones, las personas y un etcétera que se alarga peligrosamente]. Total, y terminado el excursus, la autora del tuit habla de una precisión que se realiza en el libro y que le parece interesante (a mí también). Que la lectura de un libro no es binaria, no se trata de un sí o un no, sino de algo que se amplia a un espacio más amplio y difuso. “Lire, avoir lu, ça n’est pas binaire” Cuánto se recuerda del libro leído y durante cuanto tiempo, qué sucede después, que es lo que se sedimenta y lo que se pierde para siempre. Adentrándonos en este territorio, resulta ser complejo establecer si la lectura se ha hecho o no.
+ El autor es Pierre Bayard y el libro podría calificarse como una broma [blague]. Busco rimas en lugares no esperados y el resultado se transmite al resto del territorio, la broma tiene un punto necesario pero, al mismo tiempo, necesita sus límites. Total, en resumen, se trata de establecer como rasgo un lector lo no-binario, que se traduce en la imposibilidad de afirmar que un libro se ha leído o no se ha leído.
+ [Nota que escribí hace algún tiempo, 2017: cinco años atrás]: Todo un ejercicio de elaboración de paradojas, o una única paradoja que no conduce a ningún lugar. Bueno, es que yo creo que si no se ha leído un libro no se puede hablar de él y, mucho menos, como es el caso, un profesor universitario que dedica a la materia, emitir un juicio de relevancia pública y académica. Una falta de honestidad, una tomadura de pelo, vaya. ¿Por qué dos estrellas y no una, que es lo que en realidad merece? Porque el libro tiene partes aprovechables y no deja de tener gracia la cara que tiene este señor: me interesa el personaje-escritor como una parte-índice de la sociedad débil en la que vivimos. Más que una referencia es una baliza que indica lo que se espera del alumno en una facultad de letras, si es todavía se puede asumir este pesado marchamo.
+ Lo escrito en 2017 hoy no lo volvería a escribir; básicamente, porque ya no soy el mismo, pero tampoco lo corrijo con lo que hoy pienso. Así quedan las huellas sobre la arena, que, finalmente, serán devoradas por las olas.
+ Qué actual resulta lo binario y lo no-binario, conceptos y palabras muy de época. Por eso me atrae su uso, más por la pincelada que por el trazo.
+ Y presiento que el demonio del sentido todo lo sobrevuela, mientras esparce sospechas sobre lo leído y sobre lo que se recuerda. Así, mientras reviso poemas que es preciso interiorizar de cara a una saturación que dé paso a la escritura biográfica, veo cómo puedo discutir conmigo mismo, establecer puntos de vista contradictorios que conducen a un equilibrio entre el recuerdo y la certeza, entre la duda y la aseveración. No deja esto de ser un solipsismo que invita a marginar lo que no concuerda con esa saturación buscada, deseada.
+ En Memorias de Adriano de Margarite Yourcenar: “Como todo el mundo, sólo tengo a mi servicio tres medios, para evaluar la existencia humana: el estudio de mí mismo, que es el más difícil y peligroso, pero también el más fecundo de los métodos; la observación de los hombres, que logran casi siempre ocultarnos sus secretos o hacernos creer que los tienen; y los libros, con los errores particulares de perspectiva que nacen entre sus líneas.”Resalto la idea de que los hombres casi siempre nos hacer creer que tienen secretos porque me parece que eso rompe las complejas explicaciones a conductas que no terminamos de entender y que se resuelven, simplemente, en acciones guiadas por la estupidez; con todo, la evaluación de la existencia humana tiene un punto necesario y útil, pero ineficaz y prescindible.
+ ¿Son las citas un trasunto de las plegarias y de las homilías dominicales? ¿Tanto hay de teológico en lo literario, en ese gusto observado por la lectura?
+ [Necesario excursus] No es infrecuente que me interese por las noticas sobre accidentes de tráfico, materia en la que tengo experiencia y algún conocimiento. En muchas ocasiones veo que el propósito de la noticia está más próximo al espectáculo que a la pedagogía, tan necesaria esta última. Un coche cae a un río, mujer que viaja en el asiento del copiloto se ahoga, el conductor sale “por su propio pie”, se podría resumir la crónica. El conductor no tiene carnet, tiene 24 años, está detenido en la comandancia de la Guardia Civil. El relato periodístico es, por su propia naturaleza y por necesidad, fragmentario y condensado en exceso. Lo que resta es materia literaria, allí donde la crónica no puede llegar porque son vestigios de un humus lírico y mortal, la celada o la emboscadura donde habita el dolor de haber causado una muerte, que se acentúa con que esa muerte ha sido por ahogamiento. Quién ha visto morir a una persona entre los hierros de un coche sabe a qué me refiero, más allá de la crónica en prensa, en radio o en televisión, los nuevos canales quedan fuera de la acumulación retórica [hoy].
+ Imagen: el tríptico: una trama de acero, los coches, su fulgor, todo ello encaja en el hoy fugaz, cuando el accidente de tráfico sólo es recuerdo.
sábado, 1 de octubre de 2022
Sin rendición, sin victoria
+ Me pierdo en la contemplación de retratos fotográficos. Están todos ellos disparados por el mismo fotógrafo. No se trata de gustos, sino de inquietud. Me trasladan a una parcela donde se desvanece lo humano, donde lo humano no suma, resta, ha desaparecido y los rostros son un perfil de su propia finitud. La materia plástica de un evanescente vivir. Grandes ciudades, pero el fondo es negro y emergen los colores de la piel, el pelo y los ojos. Inconcebibles ciudades, pero los modelos sonríen en una suerte de ausencia, más una mueca que una sincera expresión de alegría, leve alegría. No hay otra opción, la muerte los une en un solo latido, en un solo ritmo. Las fotos están más allá de su propia expresión y me comunican la hora de mi muerte, no consigo recordar ese susurro. Sólo es zumbido, sordo, aminorado, constante.
+ He vuelto a leer el poema de Miguel Ángel Velasco “La tregua” (Miel salvaje, 2003: 15 y 16) Me reflejo en ese momento de la compra de la heroína, recuerdo adquisiciones similares, el trato con aquella suerte de zombies. Yo era un zombi. Soy un reflejo y un recuerdo. Y pensar en una auténtica poesía, en el trazo seguro y firme que una voz hace sobre lo real, sobre su intransferible realidad. Vi aquellas luces de la calle principal con ese grano negro de tregua y el poema dice: “Te miran unos ojos / al pasar, y no saben / que en tu puño apretado va una tregua / de sombra con la vida” (16)
+ Soy puntilloso con la forma, y es una cala, una falta, una luna negra que habita en mi espacio. ¿Qué es aquello que me falta y no puedo nombrar?
+ Una cosa lleva a la otra y termino viendo fotos de actrices y modelos, fotos que aparecen en la agencias de Londres. Todo me parece muy viejo y eso solo es una percepción, mi percepción, el cristal que todo lo deforma.
+ No aguanto bien el ruido. La música que no me gusta me molesta en exceso, reconozco esta cala y la admito sin arrepentimiento. No se trata de sinceridad sino de rechazo. El rechazo a una perturbación que percute sobre mi concentración: quiero pensar y no puedo. Quiero pensar en aquello que me aguarda, lo que deberé hacer, una suerte de repaso de una agenda que habita en mi memoria. Lo que resta, lo que se alcanza, nada se debe eludir. Pienso en esa doble faceta: lo deontológico y lo teleológico, ese equilibrio que no alcanzo. He rescatado unos relatos autobiográficos de Thomas Bernhard. Emprendo la lectura y llegan bases de bombo y bajo, una música que detesto. Me desconcentra, no soy capaz de fijar mi pensamiento en lo que yo deseo, una suerte de ritmo interno. No deseo otra cosa que el silencio espeso de las últimas horas de la mañana del sábado de septiembre, los últimos días de septiembre. Se trata de una competición deportiva que lanza sus proclamas con una violencia y una energía precisa, destinada a levantar los ánimos e inspirar alegría. Yo prefiero una inerte apatía, que apoye la concentración precisa para la lectura.
+ Por casualidad, mientras buscaba otro libro, me encontré con Las cosas de Georges Perec. Se trata de una vieja edición, quizá la primera en castellano, una edición de 1967. El libro en su materialidad en descubrimiento, ya que tiene el sabor de época que se relaciona muy bien con el contenido; dudo que una edición actual tuviese el mismo tacto, la misma relación con lo que se detalla en la novela y que tan próximo, en este presente, me resulta. El gusto por el confort y su reflejo social y sociológico me interesa hasta el punto de transformar la visión del día, ese punto de ebullición que algunas novelas consiguen en una primera lectura que ya nunca se ha de repetir. Casi un narcótico. Junto a lo de Thomas Bernhard lo de Perec ultima una suerte de explicación de hechos que se han sucedido en los dos últimos años, cuya órbita no es otra que el capital simbólico del trabajo, el capital cultural de la posición en la sociedad y los emblemas de la misma. He leído con precisión estos indicios, que me han llevado a determinar las explicaciones a comportamientos que a otros se le escapaban. Algo espontáneo, que ambas novelas me confirman. La novela es necesariamente un poliedro, entre sus caras esta el uso que se le puede otorgar a la hora de explicar, de indagar en las personas y sus modos. Es el caso de la suma de estas lecturas. La casualidad se conjura en mi beneficio. Vale.
+ Poco tiempo me ha llevado terminar Las cosas de Georges Perec. Ha estado bien la lectura, una suerte de paréntesis, una acotación entre dos tareas. Me ha gustado mucho una suerte de destreza estructural y la acusada capacidad para capturar el detalle sociológico, unas apreciaciones que dan cuenta del espíritu de una época, los años sesenta, el inicio de los treinta gloriosos. La vida y sus complementos, los accesorios necesarios para el confort y la sutileza de sus aristas, que rasgan lo sentimental y la amistad. La felicidad que ofrece el presente venturoso y el futuro prometedor, el sueño de bienestar y la promesa de la burguesía modesta pero con aspiraciones. Lo pequeño burgués y lo literario, el cine y la música, la decoración y la gastronomía, el amor y las afiladas puntas que se ofrecen en la discusión ante una suerte de ruina, no miseria pero sí decepción. En tres partes bien diferenciadas se articula la breve y primera novela de G.P.; así, tiene una construcción musical: el largo preludio en París, la más corta transición en Argel y el epílogo de camino a Burdeos, tan certero, en el inicio una cita de Malcolm Lowry y una cita final de Marx. El puente entre ambas citas es la novela, como la resolución de una ecuación: de los incalculables beneficios de la civilización en aras de la felicidad hasta llegar a ese “es preciso que la búsqueda de la verdad sea también verdadera” (144) Así, entre dos mundos se define el fin de semana: este recién terminado (Perec) y el que espera a continuar en la tarde domingo (Bernhard)
+ Vimos a S. en silla de ruedas. Tiene esclerosis múltiple y todo apunta a un proceso que paulatinamente la postrará en una cama, hasta llegar al punto de no poder respirar, a no ser con la ayuda de una máquina. La recordé en otro tiempo, cuando ella tenía poco más de veinticuatro años. Fue hace mucho. Su rostro, dolorido pero con una chispa de alegría en los ojos, conserva algo de aquello: el perfil del óvalo de la cara, sus ojos negros y grandes, la boca y unas palabras agradables, su voz. No se pueden reclamar explicaciones porque a nadie hay a quién reclamárselas, punto y seguido. Por la tarde en Vigo, vi a una vieja conocida que saludé y no me reconoció, yo tampoco me di a conocer y ella se alejó. ¿Fantasmas del pasado? Quizá sea este un momento de saturación lectora.
+ “La elaboración biográfica con fines informativos desde las embajadas venecianas alcanzó los máximos resultados.” (Del Olmo Ibáñez, Teoría de la Biografía, 2015: 46) Qué propuestas se abren con esta cita, me digo mientras leo, mientras copio la cita en una suerte de cuaderno digital que sobre la materia biográfica he abierto. Me imagino a una joven novelista que a la que la cita le sugiere el arranque necesario de un relato sobre ese mundo veneciano anterior a la ilustración, tal vez, anclado en una época entre la Edad Media y el Renacimiento. Cierto. Pero me interesa, sobre todo, el momento, el escenario, el perfil de la escritora en su escritorio, con la última luz de los días finales de septiembre. Más un lienzo que un relato, el influjo de David Hockney y la posibilidad de un gran lienzo en un perdido museo en Londres. Sólo es un ensueño propio de la edad.
+ Imagen: gravitan los recuerdos en la tarde de otoño, su materia no es otra que la sucesión de tres fotografías, un viaje a Ponferrada, una parada en el camino, la estela del paisaje, el tiempo que ha transcurrido y que no se hace piedra, que no se fosiliza.
sábado, 24 de septiembre de 2022
Esperas
+ He regresado a El amante de Margarite Duras. Sin duda, me atrae la novela en un sentido no imprevisto, algo que tiene que ver con una suerte de búsqueda de una voz que me sorprenda y con la que identificarme, al menos por un momento, durante un día, tal vez, una semana.
+ La espera se ha instalado en mi vida. Espero y, afortunadamente, esta espera es un aprendizaje, una suerte oración de ateo. Un adelgazamiento. No sobra lo que falta. Poco, nada, casi. Espero resultados y espero contestaciones a correos electrónicos. No llegan. La espera en sí es una sombra que me acompaña a lo largo del día.
+ Acudo a un funeral, es la madre de P. Ha muerto tras meses de enfermedad, que se resume en la lenta evolución de un tumor, lenta e insistente. La persona se desmorona y todos esperan que desaparezca, que desaparezca en las montañas de su propia ruina, como si se adentrase en un bosque. Me siento al final de la iglesia y reconozco una suerte de perfección en el ritual, algo que nunca había percibido antes con tanta nitidez. La arquitectura, las imágenes, la música, el rito, los ropajes, el cántico, las palabras, la incidencia del olor a iglesia, aunque ya no haya cera, la altura de las bóvedas. Siento una lejanía que me hace dudar. Veo como comulgan y pienso en cuando yo comulgaba y no recuerdo si eran mis creencias o las de los otros, que como obligación se proyectaban en mí, deformando y condicionando mis expectativas. Me doy cuenta de que ya no soy joven y por eso hago este balance, sereno y distante. Escucho con atención la homilía y es una extraña peroración sobre la grandeza de Dios, pero veo como su poder resalta entre todas las otras cualidades. Soy un cero a la izquierda y no me causa pesar, un timbre a lo lejos. Termina el oficio y salgo a la calle. Hablo durante un rato por teléfono con K. Intercambiamos impresiones y estamos de acuerdo en lo frágil que resulta la vida, que nada se puede dar por hecho. Terminamos de hablar y saco mi coche del aparcamiento y transito por la autovía arropado por canciones del pasado. El pasado soy yo, parece susurrar el reproductor de MP3: tienes razón, pero también eres el futuro, pero, sobre todo, si eres es porque yo así lo decido, se ríe. Ha sido un corte en la rutina. Pienso en la muerte, pienso en la mujer que acaba de ser incinerada y pienso en sus hijos. La otra orilla se dibuja con precisión y sé que he olvidado algo mientras asistía a misa, intencionadamente me olvido del que fui, porque no me interesa, porque tal vez yo nunca fui aquel. Espero, sigo en la espera, me digo sin rencor. Soy yo el que habla.
+ Busca resumir en una sola frase su postura, pero no lo consigue. Se ha enamorado, dice alguien y esa parece la mejor explicación. A mí no me basta porque deseo escarbar más en su personalidad, en el centro de su principio rector. Lo tengo, he dibujado su perfil y se ajusta bien a la persona, a sus actos y a sus reacciones. No importa, guardo silencio y reservo para mí el diagnóstico, el certero diagnóstico. Si no me equivoco es porque sé esperar y no precipitarme. Llegado el momento, tendré una opinión.
+ La construcción de párrafos es un arte, la capacidad de apreciar su grandeza otro bien distinto. Es bien conocido este tópico: hay un arte de hacer violines y hay un arte de tocar violines. Ahí estamos.
+ Otro día que termina, otro día que requiere un balance. Me despierto temprano, conduzco cuando todavía no ha amanecido, llego a mi trabajo, mi alimenticio trabajo, ordeno la tarea del día, contesto correos y mensajes de telefonía, consulto en el ordenador las altas que se me comunican en la plataforma, todavía es de noche, palpita en mi paladar el impulso que el café me aporta en la primera hora de la mañana, avanza la jornada y comienzo mi actividad, después de haberla programado con precisión, en un descanso llamo a E. y hablamos, es agradable hablar con E., siempre es agradable hablar con E., conduzco, regreso a casa, como, duermo la siesta, hago mi ejercicio diario [esa hora de bicicleta estática], mientras escucho música, sin saber qué es, sin interés ni por lo título ni por lo interpretes, termino, me entrego a la investigación, termino y escribo esto que escribo. Iremos C. y yo a dar un paseo, hablaremos y veremos la vida desde los balcones de los bares, esos miradores desde donde se contemplan a los turistas, a los estudiantes recién llegados a esta apartada provincia, a los que nunca tienen nada que hacer: acerados noctívagos. Dormiré y no recordaré lo soñado, ahí es cuando rozo la perfección. Así, me olvido que todavía espero.
+ Imagen: momentos superpuestos de una trayectoria errante, queda la huella gráfica que se diluye en el olvido eléctrico: el disparo todo lo emascara.
sábado, 17 de septiembre de 2022
Prolepsis
+ [Le bateau ivre]: “Comme je descendais des Fleuves impassibles, / Je ne me sentis plus guidé par les haleurs : / Des Peaux-Rouges criards les avaient pris pour cibles / Les ayant cloués nus aux poteaux de couleurs.”
+ Inicio del curso, me digo y veo como los niños van al colegio. El declinar de las tardes se produce cada vez más pronto, llega la vendimia y los colores tienden al ocre, los pájaros se resguardan y la naturaleza tiene una ceguera más pronunciada. Escucho conversaciones sobre la posibilidad de admitir desacuerdos con las opiniones de los padres, conversaciones en restaurantes que ensayan con delicados peces y estructurados títulos para los platos. Nada nuevo, todo ha sido visto ya, ninguna novedad en el decurso de las edades, en ese declinar de las tardes, cada vez más temprano, siempre previsible. El barco ebrio sigue su curso y nuestro mirar es el viento que lo impulsa, la corriente río abajo que lo guía. Suena el misterioso tict-tac del reloj en esta mañana de sábado, el segundo sábado de septiembre. No es la libertad, es el golpe certero de la vida contra la impasibilidad de la naturaleza (?)
+ He leído El amante de Margarite Duras ayer sábado. La lectura resultó un ejercicio extraño que afectó a mi estado de ánimo. Nunca antes había leído nada e M.D. y me sorprendió, aunque ya contaba con ello, ese particular tono confesional, ese punto de vista sobre su propio yo. Encaja el libro en la senda de la biografía y la autobiografía, del yo y sus derivadas. Uno de los temas que subrayo, seguro que no con mucha novedad, es la importancia de la escritura, el núcleo de toda la experiencia que se desarrolla a lo largo del libro, hasta el punto de que el amante en sí me parece una percha y las pocas referencias a la escritura son lo fundamental, unido a la asfixiante presencia de la familia, Quizá esta triada (el amante, la familia y la escritura) establezcan ese perturbador mundo, unido al paisaje y al paisanaje, los ríos, las ciénagas, el sol, los colores y el despertar al mundo, tan particular, tan personal. Queda el libro en la estantería, con algunas anotaciones, leve y complejo, con aperturas extrañas, con una invitación a otras lecturas, pero me siento incapaz: la escritura y la familia. Un abismo.
+ Prolepsis: [DRAE]: 1. f. Fil. En la doctrina de los epicúreos y los estoicos, conocimiento anticipado de algo. / 4. f. Ret. Pasaje de una obra literaria que anticipa una escena posterior rompiendo la secuencia cronológica.
+ Y califica la vida del Conde como “un vivo oxímoron”, una atinada y condensada apreciación. Reflexiono y someto a mi criterio la afirmación, llego a un punto donde la admito pero no me parece suficiente. Debo cimentar mi criterio, establecer una justificación, alzarme contra lo que me hunde. El trabajo hace que me olvide de las lagunas y las tormentas, tempestuosas noches.
+ Pienso un poco en la vida de Margarite Duras, en la necesidad de transformarla en literatura, en arte, en un objeto y en un artefacto, pienso en el autor como “índice”, pero no quiero continuar, solo quiero dormir, domir profundamente.
+ Ha llovido y el calor se instaló desde la primera hora. El lunes tiene un aire renovado, según el verano se aleja. Ahora es de noche, pienso en escritores que acaban de morir, en reinas difuntas. La muerte como equiparación, pero sobre ella el olvido. Obtengo el rédito equívoco de las últimas muertes. ¿Son ejemplares o siempre es la misma muerte, salvo la propia? Hace tiempo que la tarea de la poesía, la lectura de ciertos poetas, se detuvo y no sabría decir muy bien el porqué, salvo la pereza, la rutina contagiosa que me hace ir sobre los puntos de la agenda pero nunca sobre lo que debería improvisar. Veo los tomos en la estantería y me producen cierta melancolía, no puedo dejar se relacionarlo con el inicio del otoño, “[el] conocimiento anticipado” me digo y copio de lo copiado del DRAE un poco más arriba. Así se despide el lunes.
+ ¿Envejecer es despojarse de las capas que se han acumulado en función de las expectativas de los otros o, por el contrario, llegar a un punto de ser uno mismo el que siempre ha tendido a ser, vaya, una solidificación del yo? No podría responder de manera tajante a la pregunta, pero me atrae la primera posibilidad porque todo aquello que sea un adelgazamiento del yo me resulta un punto más que deseable. Una forma de enfrentarse por las mañanas, en soledad, cuando el día todavía no ha abierto y uno no se ha aseado, sin peinarse aun, es pensar en qué pensaría el adolescente que fuimos de ese que tenemos ante nosotros. Me estudio y no respondo, pero sé que no le desagradaría a aquel que fui y eso me hace sentir bien, como si hubiese culminado el proceso de un proyecto que nunca fue explícito. Me veo y sé quién soy, que no es poca cosa porque eso se traduce en que sé lo que quiero y como alcanzarlo. CIerto es que ese querer es querer poca cosa, quizá solo la tranquilidad, el sueño reparador, una mano amada, unas pocas líneas rectas que he conseguido que reflejen la proporción de una fachada, otra entrada en este diario y así. Pocas y humildes cosas, que ni siquiera está aseguradas. Ese es tesoro, el oculto tesoro de la bendita rutina.
+ En adelanto de lo que habrá de llegar, tomo la antología de Margarit y leo “Cálculo de estructuras” Es lo que tiene el final del día, que, quizá, no recuerde cuando llegue la mañana, ese punto de ebullición que tienen las seis y veinte del nuevo día.
+ De viris illustribus. La necesidad de explicar la vida a partir de un momento del camino se hace dolorosa pero necesaria, la etiqueta “sobre los hombres ilustres” tiende a diluir su influyo y mostrar que todo se equipara. Sigo en la mima senda, en la senda que marcó hace ya tiempo el deseo de minimizar y someter el prestigio y el mérito a una manejable escala, en equiparar a todos los hombres. ¿Lo he conseguido? Sin atributos me veo y esto es un deseo más que una realidad. [Se extiende la reflexión en el ámbito actoral que precede a toda narración, pero no es impostura sin el reflejo inexacto en el espejo]. Ha muerto un hombre ilustre y las loas resultan cargantes, de tan estereotipadas, forzadas, amaneradas. No he leído nada de lo que él escribió y, en un futuro más o menos próximo, tampoco lo haré, pero me quedó con el personaje y el horizonte de expectativas que eleva, que condiciona al lector. Ese soy yo en disolución, el que duda y el que niega, el que se resiste a ver lo que todos ven, el que se excluye y el que se embosca en la tranquilidad de su estudio, bajo la égida de los gatos nocturnos, como ellos desconfío y me quedo dormido con los ojos abiertos, muy abiertos.
+ ¿La relación entre el discurso funerario y la biografía, el epitafio y la autobiografía?
+ Imagen: un tríptico con raíces londinenses; Londres, ese universo tan lejano. Pienso en Holland Park y subo las fotos. Muere el día.
sábado, 10 de septiembre de 2022
Mis dioses lares, los eones
+ [La mala educación] Hay comportamientos que no soporto, comportamientos que rompen un orden casi natural, que al menos tienden a establecer unas rutinas que se confunden con una suerte de orden natural derivado de la costumbre. Sé que soy un maniático y tengo rasgos que me inclinan hacia ciertos trastornos compulsivos, pero sin llegar a la patología, sin embargo, tengo por seguro que mi comportamiento con los demás es el que deseo que tengan conmigo [y salvo los imperativos categóricos sobre los que reflexiono, entre el fin y la regla en sí misma, sin decantarme por ninguna de las opciones: así de dubitativo soy]. Con todo, entiendo que aquello que rompe la convivencia es reprobable, porque me inclino por el silencio y la serenidad. Poco más. Así actué hace más de una semana al indicarle a alguien que debía cerrar la puerta que había abierto y que, antes, estaba cerrada. Me molestaba la puerta abierta. Se lo pedí y me dijo que sí, que podía pero que no le daba la gana de hacerlo. ¿Qué hacer? Nada, no se puede hacer nada salvo conjurar el mal trago y pasar a otra cosa. Yo mismo cerré la puerta después de decirle que tenía una educación exquisita. ¿La ironía es una distancia? Me molestó grandemente el impulso violento que se despertó en mí: deseé agredir a aquel sujeto; obviamente: no lo hice, pero la pulsión continuó vibrando durante un período demasiado largo. Caminos C. y yo, lo comentamos y le expuse mi malestar. Comprendió mi desazón y ahogamos en el malestar en helado, dos bolas: una de fresa y la otra de tutti-frutti. La mala educación, cuando nos ataca, se debe eliminar con ironía, indiferencia y pequeños regalos para nuestra sublime persona [ese yo que triunfa sobre los otros, tan prescindibles como ajenos a una suerte de estabilidad deseada, deseable].
+ ¿En qué se diferencia la explicación de la comprensión, el ámbito de las ciencias naturales y el ámbito de las humanidades? Una senda se abre, ninguna se cierra. He leído un tweet sobre el tema, una pregunta que se deja en el aire y no se resuelve. Basta, sin embargo, ir al buscador e indagar en la dicotomía. ¿Se resuelve? Nunca nada se resuelve satisfactoriamente, salvo si es explicado, pero queda, en el aire, la comprensión. En eso estoy, ahora.
+ Soy fuerza y soy duda, en ello busco un equilibrio.
+ Como tenía previsto, mientras a C. le realizaban una prueba en el Hospital Universitario de Santiago de Compostela, me dediqué a leer con atención del libro de Pozuelo De la autobiografía. Es un texto que manejo últimamente, durante los últimos meses, un texto me abre paisjaes que estaban ocultos. Me fijo, en concreto, en algunos aspectos sobre la crisis de la identidad y como las memorias pasan de ser documentos a convertirse en procesos de búsqueda de la identidad misma. Más que su reflejo, el objeto en sí. La identidad. La identidad me parece un problema fundamental sobre el que reflexionar y sobre el que atraer otros haces temáticos. La escritura es una cuestión de identidad, pero, al tiempo, me digo, qué no es una cuestión de identidad. ¿No lo son, también, los signos externos, el atuendo, la pertenencia a una clase social, la exclusión de ella, […]? Y, sigo con la lectura y se ofrece una posible explicación en una cita de Gusdorf [“creación narrativa de la imagen de identidad”]: “… el hombre que recuerda su pasado hace tiempo que ha dejado de ser el que era en ese pasado.” Anoté la cita en una hoja de papel y ahora la transcribo porque me parece certera, adecuada para estos días, para esta época donde veo transformación e impermanencia.
+ Sin embargo, queda el pacto con el lector, ya que bajo cualquier libro de memorias se agazapa esa conexión con la realidad que la etiqueta marca sin posibilidad de confusión. Hay un salto entre la ficción y la autobiografía porque el lector toma la última con un no incierto anclaje en la realidad, en algún tipo de realidad, una realidad que quizá no existió en ningún otro lugar que en el acto de la escritura. Ay, la escritura como constitución de la persona, la lectura como elevación de esa misma persona a personaje. El viento parece propicio.
+ El viento es propicio y pronto comenzará a llover. El verano ha terminado y en las montañas se perfilas las nubes, heraldo de una nueva estación. El otoño nos corona de lirismo y nostalgia, así, somos románticos en su estricto sentido, el más profundo, el menos elusivo.
+ “Quién te da el pan te da el afán”, leo y asiento. El trabajo y sus obligaciones, las obligaciones y sus servidumbres. Converso en ocasiones sobre el tema y termino por llegar siempre al mismo punto, donde el debate se centra entre la alimentación y la identidad. El trabajo como identidad, una realización o construcción de la persona o del personaje. Era, tal vez, aquello de la acumulación de capital simbólico. Mi trabajo no es precisamente un refuerzo o una construcción de la identidad, mi trabajo alimenticio tiene un punto de anomia o se establece en un grado cero. Ese grado cero me interesa para elaborar este trabajo que hago ahora, también el de la investigación y, sobre todos ellos, el de la lectura. Ay, trabajo en recóndita madriguera, para mí, sin intención de trascendencia, sometido a mi altura y a mis estrecheces, sin más propósito que el trabajo mismo, el que hace que la temporalidad se someta al dios del instante. Esa tarea imposible. Los eones me protegen de la vanidad.
+ Son los eones, esa medida de las edades geológicas, mis dioses lares, pues ante ellos todo, absolutamente todo, se desvanece, se minimiza, se descompone en fragmentos inapreciables. Cuánto le debo yo a los eones.
+ En la senda, como siempre. Pero, claro, mi tiempo no se rige por los eones, sino por otras edades y en ellas me sumerjo, sobre ellas construyo mi castillo de lectura y olvido, dos polos que orientan lo diario, esa colmena de circunstancias y adjetivos.
+ Imagen: la puerta en la desnuda pared, una cuestión y una propuesta.
sábado, 3 de septiembre de 2022
Desde el presente
+ Una palabra que encuentro y desconozco: nefelibata. Nefelibata: según la definición de la RAE tiene origen griego y, en su literalidad, viene a ser la persona que camina por las nubes; por lo tanto, la definición gira en torno a esta circunstancia tan gráfica: el adjetivo se refiere a una persona soñadora, que no se apercibe de la realidad. Qué extensión tiene, si yo fuera o fuese columnista me daría para un artículo o columna; como no paso de emboscado prosista en la sombra, me conformo con dejar constancia de la palabra.
+ ¿De dónde sale la palabra que antes apunté, tiene importancia?
+ Indago en vidas ajenas mediante las herramientas que me proporciona internet: fotos, biografías, declaraciones, vídeos, artículos y resúmenes de libros. Me intereso en una escritora y siento una súbita cercanía. Me llama la atención su último libro. Habla de un tiempo que fue el mío y que ella vio como niña y yo en el tránsito de la adolescencia a una edad madura. El tiempo de la heroína y la muerte, aquellos zombies que se desvanecieron. Indago en las fotos y en los textos de la autora mientras me doy cuenta de que cada vez me siento más inclinado a leer el libro, una suerte de conexión con el presente, con mi otra lengua y con una atmósfera que trato de aquilatar para sentir cierto suelo, la solidez imposible de este tiempo presente.
+ El martes llega a su fin. He pasado una mala noche y dormí poco. Queda la sensación de vacío que otorga el insomnio, quizá sea un regalo, quizá sea un castigo, pero la vigilia nocturna quebranta la percepción de lo diario. Reflexiono sobre el vano esfuerzo de llevar a cabo este diario, desde el presente. El presente, esa meta, la única meta posible.
+ Leo un extracto de la novela que cité antes y veo que este no es el momento, que ahora el tiempo requiera otras lecturas. Me preparo para la espera del jueves. Llevaré a El nacimiento de la tragedia de Nietzsche y De la autobiografía de Pozuelo. Ambos libros se unen en un punto de interés que rebasa el momento actual de mi vida y se proyecta hacia el futuro, como una suerte de proyecto de vida: la lectura y la escritura de la propia vida. En fin, qué otra cosa es este espacio que las dos cosas en una sin llegar a ninguna solución. Y de eso se trata.
+ La lista anterior ha variado, la afinaré. ¿La lectura y la escritura de la propia vida? Tal vez, vidas escritas, vidas leídas. Y así.
+ Ay, este escoger libros, este descartar libros. ¿Me retrata? Creo que no puedo decir otra cosa que sí. Ese un yo querido y deseado. Una oferta, una ofrenda.
+ Regreso al ámbito de la biografía y de la autobiografía. Mañana estaré en Santiago con C., que debe hacerse pruebas. Mientras, yo, leeré, intensamente, leeré. He escogido tres libros y quizá meta en la mochila otro más [¿Llevaré El nacimiento de la tragedia?]. Y continúon: en los últimos tiempos lo he repetido varias veces: la lectura no es un espacio, pero es mi ámbito, el ámbito que me permite acomodarme a los espacios. Mañana, el Hospital Universitario de Santiago, Medicina Nuclear, salas de espera, pasillos y cafeterías de hospital. Sobre el espacio, la lectura triunfa y yo me sumerjo en su reino, mi reino, nuestro reino. Sin patria y sin bandera.
+ Imagen: foto de una playa en invierno, en el invierno pasado [una declaración de intenciones, la batalla que no daremos, la ilusión de otra posibilidad lírica].
sábado, 27 de agosto de 2022
Las batallas [librescas] del final del verano
+ Tomo dos libros de algún estante, los abro y comienzo por el principio y al cabo de unas pocas páginas cierro ambos. Son libros que no me interesan y que, en otro tiempo, me interesaron mucho. La edad es un tamiz y los dos libros, en su momento, no eran tan interesantes ni ahora son prescindibles. Pero no continuo su lectura durante un rato, porque la lectura, hoy, es un placer y un aprendizaje. ¿Un aprendizaje? Esa incapacidad para retenerme no se puede achacar a estos libros sino a la persona que hoy soy, en contraste con la que fui hace unos años. Corroborar esta realidad me hace sentir el paso del tiempo como una áspera verdad, inapelable. Nadie se baña dos veces en el mismo río, tampoco, nunca, lee el mismo libro. Por eso, hay libros, y también, ciudades, a las que es mejor no regresar, a no ser que busquemos ese momento, esa áspera verdad. Somos cambio, somos inconsistencia, somos ese arbitrario sujeto que no permanece.
+ Ciudades a las que no volveremos, lecturas que no regresarán, los veranos perdidos y el aquel invierno en el olvido.
+ Mientras sigo una corriente que me lleva a la tragedia griega, asisto a asuntos de la débil actualidad de agosto. Leves anécdotas que no han de llegar al inicio de curso y que retratan este tiempo histórico, una historia en minúsculas que sirve para caracterizar fragmentos de los social. Charlatanes mayúsculos que se abren en el mundo de internet, sin contención, con ausencia de la vergüenza más elemental, ávidos del lujo, ayunos de sí mismos, porque ya no son otra cosa que una caricatura más o menos lograda, son un personaje que devora a la persona. ¿En dónde está la raíz? En el nacimiento que llega con una personalidad impuesta y rampante, algo que ha tenido tiempo a desarrollar hasta el momento actual. No es otra cosa que determinismo, la determinación que, cómo no, impone e carácter, la personalidad. Lo he estudiado mediante lecturas deslabazadas que conducen a un punto: “el carácter es el destino”, repito una vez más a sabiendas de que todo es discutible pero que hay razones que se han asentado en transcurso de los años y han ganado su solida materia a fuerza de observación, errores y aciertos. No tiene importancia, pronto habrá muerto el verano y las noticias propias de agosto se marcharán por el desagüe, como siempre ha sucedido. Ahora, en este momento glorioso de la tarde, con el sol en lo alto, con el brillo de la música de los insectos lejanos, me siento a leer, con el convencimiento de que este placer se opone a esas personalidades, pero de eso se trata: lo que me lleva aquí no es otra cosa que mi mismidad, la que me inclina a investigar esas funciones del personaje televisivo y a mi recogerme en mi ámbito íntimo [=la lectura]. La línea es la tragedia griega, el teléfono sigue con su proceso de carga, los titulares se diluyen en las estrofas de un poema que tiene más de dos mil año y todavía se presta a interpretaciones, confusas, unas veces, contradictorias, otras.
+ Intento trasladar la idea esquemática que conlleva la tragedia a una suerte de observación que realizo en lo diario. Este esquema tiende a perfilar retratos de los que conmigo van, de mí mismo, también. Como líneas limpias que descubren una personalidad determinada por su carácter, así sus acciones se podrían ver despojadas de innecesarios ornamentos y quedarse solo con su inicio, desarrollo y resultado. Quizá se trate de observar una trayectoria y otorgarle un adjetivo que condense una norma ética, que describa la costumbre que se transforma en ley de esa persona. ¿Necesito plantillas para conducirme? No, pero una cierta idea de estructura y orden que me subyuga. Ahí estoy, en ese punto donde de la literatura solo se puede decir que fundamentalmente es estructura. La estructura y la trayectoria, me digo y cierro este punto.
+ Regreso a los problemas y prolegómenos de la biografía, la biografía que yo debo escribir. La fundamentación teórica me resulta complicada, quizá porque desisto, porque no confío en la tarea, más allá de la narración y de una suerte de ficción anclada en datos que se pueden contrastar con mayor o menor fortuna. Sobre todo cuanto tropiezo con la piedra-palabra científico. Me resulta complicado unir este estatuto a lo biográfico, porque me parece más próxima la biografía al arte narrativo que a la indagación científica.
+ En la línea de lo anterior, no en vano he retomado lecturas lingüísticas, en concreto: la lingüística funcional y la lingüística categorial. Así, como confiar en lo especulativo cuando se embosca con vergüenza de su desnudez.
+ La corriente de la biografía me lleva a la duda, a un extremado alejamiento de la persona, de sus logros y virtudes, pero también aparto la idea del fracaso y la culpa. Me debato en entre la posibilidad y la determinación, y vence, siempre vence, la última, pero creo en la primera. Y si creo en la posibilidad es porque esa es mi determinación: creer en mis posibilidades y luchar por ellas. El debate es estéril y me siento ante el ordenador a dejar constancia de su presencia, de las horas que ocupa, de las lecturas y de los olvidos. Vale.
+ Imagen: las seductoras insinuaciones e indicios de una tarde de otoño [2010].
sábado, 20 de agosto de 2022
La bendición de la rutina
+ El verano se desdibuja según corren los días. Amanece y la niebla está ahí, como un recuerdo de un mundo que no tiene mayor existencia, como una prolongación del sueño. Avanzo hacia mi trabajo en un estado de hipnosis: he dormido bien pero no me parece suficiente, es temprano, muy temprano, la música clásica de la radio me traslada a ensueños y fantasías, nada sé sobre el compositor que ahora suena y hago mis cábalas, me desplazo con fluida prontitud, con diligente conducción [no hay conducción ni rápida ni lenta, sólo hay conducción prudente, la que está acorde con la normativa]. Me planteo escenarios para el día que comienza, recuerdo frases entrecortadas de algún diálogo intuido en una de las terrazas que transitamos, olvido rencores y pullas, no queda nada. Tuerzo y me adentro en la carretera que me ha de conducir a la nave. Otra vez giro y ahí está la puerta abierta. Comienza el día ahora mismo, hasta ahora solo ha sido lo opuesto a la vigilia, pero tampoco, absolutamente, sueño. Profundos mis pasos se encaminan con seguridad hacia la tarea. La tarea bien hecha, ese descanso necesario.
+ Duermo muy bien; qué índice, pues, de la correcta ejecución de la rutina. Bendita rutina.
+ Ciudadanía como condición legal o ciudadanía como identidad. La identidad, ese tema, ese condicionante. He hablado, por teléfono, con E. sobre el asunto y la relación que existe entre ciertos comportamientos y la identidad. La identidad como forma de estar, como afirmación de una personalidad o como rasgo de la presunción de la misma. También, los tatuajes en su condición de índices de identidad. Al tiempo, en algún otro lugar, leo que lo social determina a la persona hasta el punto que cuestiones como la vergüenza o el arrepentimiento existen en función y con relación a la colectividad. Reflexiono sin mucho convencimiento sobre la identidad: la música, la nación, los tatuajes, el atuendo, las opiniones y los gustos, la regularidad de las amistades, la ausencia de cortapisas, la bandera, el escudo, el futbol o los platos regionales […] Haces que convergen en el individuo para darle sentido, para elevarlo sobre la condición mortal. Todo aquello que nos conduce al olvido está bien, me digo y me retraigo: ¿mi identidad? ¿un hombre sin atributos?
+ Desde tiempos inmemoriales le he tenido miedo, verdadero pánico, a la pobreza. Establezco un título a raíz de la audición de un programa sobre la infancia de los escritores, en este caso de Margarite Duras; el título es: La tristeza, la vergüenza y la pobreza. He pensado mucho en la triada. La pobreza siempre me ha preocupado y conseguí hacer un exorcismo cuando me di cuenta de que las desgracias son una cuestión interior y sobreponerse a ellas, un asunto de técnica y fortaleza. Creo haber superado ese miedo cerval, pero mientras escucho el programa sobre la infancia de M. D. me doy cuenta de que la pobreza es objetiva e inamovible y que no hay ningún tipo de lirismo en ella, sino una cruenta lucha con la verdad literaria, la única que termina por permanecer, me digo y sé que es una afirmación propia y no intercambiable. ¿Vidas ejemplares? Tal vez.
+ O problema da casa portuguesa, de Fernando Távora. La referencia me llega por el periódico portugués “Público”. En las páginas de cultura hay una interesante crónica sobre los 15 libros que de alguna manera han marcado la vida profesional e íntima de Álvaro Siza. Con interés leo la crónica y todos los libros reseñados me interesan y me llama la atención que casi la mitad de ellos sean libros de poesía, pero, sin conocer el porqué, me fijo en el que abre este párrafo. La casa portuguesa, en sí, resulta muy evocativo, al tiempo que poético. El problema de la casa portuguesa, por momentos me parece el título de una novela, en el ámbito de Eça de Queiroz, me digo no sin la nostalgia de los viajes de juventud, esa patria a la que nunca regresaremos, una vez que hemos abdicado de todas las patrias e identidades posibles [un deseo más que un hecho]; al instante cambio y me remito a libros de poesía de arquitectos o matemáticos, siento la música de los números y cierro, sin dolor, mis divagaciones. He visto algunas páginas en internet y me quedo con el inicio del libro:”O País constrói. O País constrói muito. O País constrói cada vez mais. Levantam-se casas, fábricas, escolas -nas cidades, nas vilas, nas aldeias. Mas fica-se cheio de dor ao verificar que essa enorme actividade construtiva tem resultado falseada na sua expressão arquitectónica.” Esa sensación me embarga alguna que otra vez, y cuando esto digo pienso en el viaje que hicimos C. y yo por la costa gallega. El problema es que la arquitectura una vez construida permanece un tiempo que rebasa la vida de las personas, de sucesivas generaciones, pienso yo, pero que el arreglo que se precisa resulta punto menos que imposible. El inicio me basta, quizá indague, quizá no. Hay algo que siento que se derrumba conforme la ciudad crece y es otra, ajena a mi memoria, ajena a un tiempo que no se resiste a sucumbir pero decae, paulatinamente decae. En ese fiel estoy y no sé hacia dónde se inclina la balanza.
+ En línea: veo algunas casas que proyectó Fernando Távora. Qué deseo incompleto el mío, dibujar, tal vez, la geometría, las proporciones, el juego de los rectángulos, el arte incompleto pero en constante perfección: la vida, tal vez, la vida. Así, me enamoro de La Casa en Ofir Cómo no. ¿Arte? ¿Tiene alguna importancia? Soy un lector, soy un espectador, no soy juez, ni parte. Tal vez, describir.
+ “No es un escritor, es un soldado luchando con una hidra [el olvido]”, creo haber escuchado esta mañana en un programa sobre G. Perec. No estoy seguro si es una conclusión que he sacado yo o realmente lo dijo el narrador, pero, en cualquier caso, doy por buena la sentencia y la tomo como emblema porque esa lucha contra el olvido está en el germen de cualquier escritura, aunque se trate de una vano anhelo. El olvido es una condena tan segura como es la de la muerte.
+ Imagen: verde sobre verde .
sábado, 13 de agosto de 2022
Ciudades, viajes, olvido
+ Hoy por la mañana comencé a hacer mi ejercicio diario de bicicleta estática, puse, como siempre la radio francesa, pero no me satisfacía la crónica del momento. Me levanté y cambié. Llegué así a un podcast que me ofreció una serie de reflexiones sobre las Lettres persanes, de Montesquieu. Tuve tiempo para reflexionar sobre el libro, que no he leído por el momento [¿es imposible leer todo, absolutamente todo?], y lo que el libro contiene, la propuesta y el sistema de estructuras que el libro desarrolla. Todo esto me transportó, sin saber cómo ni por qué, a un momento de recuerdo de viajes, de ciudades, y más, en concreto, del olvido de todos los momentos vividos, la felicidad del viaje en compañía de la persona amada. Mientras yo estaba en esto, C. continuaba con su tratamiento: la llevé al hospital y debía de esperar unas horas para recogerla; en el paréntesis, la bicicleta y las Cartas persas. Así comenzó todo.
+ Capas de realidad y sobre ellas, la coronación del estilo. Poco importa el estilo si no responde coherentemente a una totalidad. El estilo por estilo poco menos es que humo. Vi trenes en estaciones que no recuerdo el nombre, pero sí recuerdo la pátina verdosa de un vagón abandonado, comido por la humedad y el óxido. Un poema que leí, un poema que olvido, pero se mantiene la vibración ilusoria de la lectura. La realidad no es otra cosa que una invitación, un tablero que no admite fáciles modificaciones, cuando no imposibles. El estilo está bien, pero hay más, mucho más. La coherencia que se impone.
+ “Nunca he comprendido muy bien todos esos valores éticos con derechos y deberes. Yo soy un cínico. Así es más fácil. Al menos para mí es más fácil” (Trilogía sucia de la Habana, Juan Pedro Gutiérrez, p. 23 en Anagrama-Compactos).
+ La reflexión sobre la biografía desemboca en una reflexión sobre la escritura del yo. Cuando escribo lo que acabo de escribir pienso en la lectura que acabo de acometer: Pedro Juan Gutiérrez, Trilogía sucia de la Habana. Me interesa la personalidad que percibo, un punto de vista cínico y melancólico. Me interesa la vida de la gente sin importancia, de donde es complicado extraer enseñanzas y consejas, salvo una idea de cómo y por qué sobrevivir; mientras sufro un enamoramiento [literario] de esa Habana Centro. Los territorios literarios no son sí mismo, lo son por aquellos que han escrito sobre ellos; y si tenemos la suficiente habilidad lectora, cualquier territorio puede transformarse en literatura, basta una mirada, una mirada que hurtamos a un escritor, cuando ya solo es humo. El humo del cigarro que no fumo. A un lado está este libro de Anna Caballé, que tan indiferente me deja, que tanto me cuesta terminar pero que insisto en él porque, quién sabe, siempre hay una posibilidad de encontrar algo útil a mi investigación.
+ No me gusta decir: mi investigación. No soporto la pedantería. Hay cosas que las manifiesto en el silencio de la escritura, quizá porque no tiene mucha transcendencia, salvo este ejercicio gimnástico de la publicación semanal que arrojo a la nada, sin ninguna esperanza, sin ningún miedo.
+ [Ciudades, viajes, olvido]: “Por pasos sin esperanza / me lleva siempre el deseo”, reza el mote que luego glosará el Conde de Villamediana. Entre las ciudades que visitó y habitó, en mi opinión y en mi lírica personal, destaca Nápoles. A Nápoles viajamos C. y yo. Allí traté de encontrar su espíritu, pero un fantasma de poemas y cuadros me devolvió a escenas olvidadas. Tal vez era eso, el olvido y la construcción de una nueva lírica. Esa receta infalible para la felicidad, el olvido. Consejos, citas y grandes dosis de literatura sapiencial me llevan a este punto donde los viajes (o el turismo) tienen sentido por la altura de las ciudades, su altura lírica, el olvido de los poemas que nunca supe de memoria pero que vibraban en algún lugar, a la espera de que los recogiesen de sus tumbas de papel y cartón. No sé, la esperanza y el deseo deben asesinarse, de noche y en silencio, durante el viaje, en la ciudad de los ladrones, bajo la bendición del olvido de los viejos.
+ Me llega la imagen de un hombre de extraño atuendo. Es un político francés que ha estado una temporada en la cárcel. Busco fotos suyas en la red. Qué cambio, es otra persona. Su aspecto físico se ha tornado de la corbata a una extraña mezcla de vacación o turista extraído de una álbum de Tintin [de hecho, en un momento, me recuerda un poco a Hergé]. Tal vez sí, tal vez no. ¿Cómo se ve moldeado nuestro aspecto en función de las circunstancias, cuando dimitimos de una posición, cuando el terno y la corbata son ya un arbitrario ornamento debido a la nuestra identidad? Es un caso para estudiar, pero no lo estudiaré, simplemente, dejo constancia y me retiro. Tampoco me interesa demasiado, salvo por lo paradójico. [Nota complementaria: se trata de un escándalo político en Francia y en una de las páginas a las que estoy suscrito se quejan del tratamiento que la noticia recibe en los medios de comunicación franceses, por tratarse de un delincuente de cuello blanco, se afirma que la calidad de la prensa francesa es nula; quizá tenga más importancia de la que en un primer momento le di, pero queda ahí, sólo dejo constancia].
+ No cumplí mi propósito de hilar entre pedantería y bibliotecas personales. Lo dejé a un lado y no terminé el párrafo. ¿Resulta imperdonable o se trata de un pecado venial? ¿Un error o un despiste, una falta o una carencia? Sin duda, la apertura de la propuesta se desvanece al contacto con la ausencia de respuesta, en eso estoy ahora mismo. Escribiré más adelante [espero no traicionar esta afirmación].
+ Imagen: boquetes y transparencias.
sábado, 6 de agosto de 2022
Nunca neutral y siempre peligrosa
+ En la entrada anterior hacía mención al pedante. He reflexionado sobre ello, sobre sus rasgos y maneras, su estilo y su definición. Como tantas cosas o como casi todo, el pedante depende del punto de vista. El observador debe confrontar su visión del mundo y su estar en el mismo con las afirmaciones, generalmente categóricas, del pedante. El pedante tiene opinión y juicio para todo, donde el reina más por su engolada voz y su planta que por la fuerza de los argumentos. El pedante hace valer una posición de superioridad, sin la cual él no sería ese personaje absurdo y contundente. Pero no importa, me gustaría llevar el hilo hasta la calidad de las bibliotecas personales y la pedantería que reina en ellas, o la humildad.
+ El título de la entrada es un verso del Conde de Villamediana que pertenece a su Faetón. Pertenece a una serie donde se caracteriza a la “Diosa varia” o, lo que es lo mismo, a la Fortuna. He observado las acciones de la Fortuna en los últimos meses. La incertidumbre ante la resolución de la plaza a la que me he presentado [y he conseguido], la enfermedad de C., los vaivenes en lo diario y en lo excepcional. Todo ello parece gobernado por la Fortuna, pero yo así no lo creo. Me interesa más la hilazón que se hace para conseguir explicar lo inexplicable y atribuir a esta diosa voluble razones que carecen de razón. No hay un plan, no hay una urdimbre que conforme un tejido [la vida, la historia]. Lo espontáneo es el país donde habitamos; lo que no se programa configura el destino, si tal cosa existe, aunque sí hay una almendra en la personalidad, en el carácter [otra vez regreso a lo mismo]. Pero el verso me gusta, lo repito y subrayo los dos adjetivos: [nunca] neutral y peligrosa. Así la veo hoy, día de Santiago Apóstol, festivo, sin lluvia, sin calor, con ligeras y pictórica nubes en el horizonte.
+ ¿Qué es más adecuado: rastrear o investigar? La pregunta la hago mientras leo y mientras recuerdo haber empleado yo rastrear en lugar de investigar. Rastrear se relaciona con rastro y tiene un punto que se aproxima a la caza, cuando en la caza siempre hay una violencia implícita y explícita. ¿Rastrear? “El perro rastreó hasta la extenuación” / “Rastreé en los archivos del Palacio Ducal hasta la extenuación.” Pienso en los ejemplos y veo al investigador como un perro de caza, veo los legajos como conejos o ciervos danzantes, que se escabullen en las corrientes intransitivas de anaqueles y pasillos infinitos. La eternidad es una biblioteca, dijo alguien; yo prefiero ver el tablero del mundo como un archivo que ordenar, un orden que lo impone ese rastrear/investigar. Siempre peligrosa, siempre parcial, se presenta esta investigación.
+ Quizá mejor que decir que estamos en un proceso de cambio sería emplear la palabra metamorfosis. Un paso de un estado a otro mediante un cambio inimaginable. No sé. Borro lo que acabo de escribir y pienso un poco más en torno al urbanismo, la revolución industrial y el cambio climático, pienso sobre el optimismo y el pesimismo, la relevancia del ser humano y su reinado sobre la naturaleza, la idea de que la naturaleza en su totalidad está al servicio del hombre. La idea de metamorfosis me ha llegado desde el blog de José Fariña cuando en la última entrada vuelve a citar a Ulrich Beck y su libro La metamorfosis del mundo. Son lecturas que no haré, pues el tiempo es limitado, que me debo conformar con las noticias que de ello da J. F., pero que, al mismo tiempo, me marcan en los indicios a los que trato de atender el discurrir diario. La metamorfosis está presente, un latido que toma fuerza, que se refleja en ciertas tendencias. Las tendencias se hacen materia y en ello estoy, bajo el prima del lector, bajo el prisma del observador.
+ He vuelto a dibujar. Después de una buena noticia, como celebración de la misma, compré un cuaderno de dibujo. Es un bonito cuaderno de bolsillo. Tapas negras, papel de calidad y un grosor adecuado. Siempre llevo conmigo un portaminas. El procedimiento es sencillo. Dibujo con nervio algo que veo, cuatro o cinco trazos, otras veces con mayor detalle, pero siempre en un intento de acentuar los defectos que mi percepción tiene, pero, siempre, con trazo seguro y nervioso. Luego, con calma, los coloreo. Es un proceso que se podría parecer al de la oración, pero el rasgo que tiene en común con ella es el impulso y la conexión con otra realidad [interior, ficticia, sedante]. Es un camino hacia la ataraxia. Uno más. He vuelto a dibujar, pero sin más pretensiones que un play without role.
+ Casi para finalizar, copio una cita de Joan Margarit. Se trata de un fragmento que encuentro en la edición Arquitecturas de la memoria a cargo de José Luis Morante en Cátedra. Me parece significativo: “Con el paso del tiempo se van fijando imágenes, esencias en el sentido platónico, que nos ayudan a reconocernos como algo más que una sucesión de instantes sin demasiado sentido. Esta especie de orden que la conciencia nos impone hace que, por ejemplo, alguien piense: yo soy una persona de los años sesenta. Seguramente quiere decir que la década de los sesenta fue la de su juventud. Personas y lugares se van fijando de una manera determinada y, si no surge ninguna cuestión perentoria que exija un esfuerzo de cambio, es así como aparecen de manera natural en nuestro recuerdo.” (38)
+ Creo que nadie pertenece a una década, sino que todo el transcurso se reduce al presente. Esa cuestión inasible, volátil, fugaz, vaporosa. Bajo un enjambre de sensaciones, el triunfo desmerece ante el olvido, pero es el olvido la raíz de todo cambio. Ahí es donde está el núcleo del presente, me digo. La Fortuna, nunca neutra, siempre peligrosa.
+ Imagen: otro tríptico, que, también, funciona por oposición.
sábado, 30 de julio de 2022
Módulos de saturación
+ [No estoy seguro, yo no lo afirmaría; al menos así]. “«Una vida sin examen no es una vida digna de ser vivida» leemos en Gorgias y esta es la razón de ser de la auto/biografía, la clave de bóveda de una vida verdaderamente humana.” (Anna Caballé, El saber biográfico, p. 95)
+ ¿Qué desprende del párrafo anterior y que a mí, especialmente, no me gusta? No me gusta ese examen de conciencia. Me suena mal tanto examen como conciencia, esa transmisión de la inquietud, la saturación de las responsabilidades, el indeseable peso del pasado, las pretéritas culpas que nos atenazan en el presente. Y, por otro lado, que separa lo que merece ser vivido de lo que no lo merece. ¿La vida, acaso, no tiene un aspecto que resulta totalmente residual, el dolor y el sufrimiento, la vida que no es vida? Ay, los moralistas de última hora siempre piden la pedrada de Nietzsche: “el arrepentimiento es como un perro mordiendo una piedra: no sirve para nada.”
+ “… la marque de l’écrivant n’est plus que la singularité de son absence” (Foucault en “Qu’est-ce qu’un auteur?”).
+ ¿Hasta qué punto la vida no es una vanidad y la biografía el reflejo cotilla de esa irrelevancia? Basta acercarse a lecturas que rompen con el mármol de la fama y la posteridad, así, al contacto con estos destructores de la arrogancia y la soberbia, el contacto con el ser que todo lo diluye, me asomo a la cita que aúna el examen y la dignidad de la vida que merece la pena ser vivida. No acepto este marco, simplemente, ni la dignidad pero tampoco el examen. No acepto los pasos previos a la confesión, ni los movimientos posteriores. No me confieso, guardo silencio y me detengo en la lectura como afirmación de lo posible, pero soy quien establece el ámbito y el marco.
+ No es un deseo, es una carta de batalla.
+ Abro una historia de la literatura latina, a la que tengo un aprecio no menor, porque estoy buscando algunas noticias sobre Suetonio y su Historia de los doce césares. La abro y me encuentro con el billete de tren que nos franqueó el viaje de Nápoles a Pompeya. Es inmediato el recuerdo del trayecto, de la música de los gitanos rumanos que interpretaban con gracia y cierta maestría Tu Vou Fà L’Americano mientras el convoy se desplazaba por pueblos de nombres sugerentes y espontánea arquitectura y urbanismo, la línea de costa, el Vesubio que aparecía y desparecía, el mar y los rostros de los otros turistas. El libro me devuelve un recuerdo muy agradable, aquellos días, aquella mañana en Pompeya que nunca olvidaré. Solo ha bastado un billete de tren en un libro que he necesitado, es el pago que el pasado me hace hoy, es el rédito de los viajes, esta humilde alegría en la mañana del domingo.
+ Me enteró por una revista digital que sigo que Guy Debord tradujo al francés las coplas de Jorge Manrique. Esto me lleve a la lectura de las coplas, pausada, sin distancia, en la mañana luminosa del domingo, con la compañía del tic-tac del reloj de pared y el vaso colmado de café negro y aguado. La lectura me devuelve a tiempos escolares donde los versos eran un anuncio inquietante, que colisionaba con la altura de la vida en los albores de la adolescencia. Los versos germinaron para hacer crecer esta vegetación estoica que siempre ha circunscrito mi trayectoria. Reflejos del pasado en el presente, esa huidiza realidad que yo intento atrapar mediante este diario, este blog. Las entradas se suceden pero siempre es la misma entrada, la misma razón de ser. El estoicismo y cierta ataraxia me ayudan a comprender como los pliegues de la vida son transitorios, que todo es humo, que nada permanece. Así, ayer, hablamos, C., mi padre y yo, sobre la vida de Jesucristo y como se reconstruye esta con los evangelios. Sentí ese aliento que me da la reflexión sobre las biografías y su imposibilidad ontológica. Jesucristo permanece en la memoria, pero, también, el sol, un día, se apagará.
+ En el Índice de libros prohibidos figura Madame Bovary.
+ Y por azar abro un catálogo de ARCO. Se trata del catálogo de 2018. Paso las páginas con cierta desgana, la desgana del que ya ha visto todo o eso cree él. Las imágenes y la maquetación distribuyen ideas contemporáneas que tienden a construir un mundo exclusivo y hermético. Yo no he penetrado ahí, sin embargo, lo he observado con cierta proximidad, a través de ventanas que se abren brevemente. Todo está contenido ahí, lo arbitrario del juicio humano, en cuanto a moral pero también respecto a la estética. Me siento y vuelvo a abrir el grueso volumen y recuerdo cómo estuve allí, recuerdo rostros y gestos, recuerdo mi aburrimiento y la sensación de feria, cómo no, que me transmitió aquella acumulación de objetos artísticos. Era otro mundo y yo ya era otro, no pertenecía a aquello porque nunca fui parte de ello. Se reproducen los escenarios como la fruición del paso de los días, pero siempre es el mismo escenario. Lo sé.
+ La muestra gana lirismo cuando la vuelvo a ver, impresa, en papel, el recuerdo de la muestra no es agradable, no entro en otras valoraciones.
+ Como colofón de los últimos días de julio recurro al prólogo de The Penguin Classic Book, donde se dice que para leer los libros contenidos en este libro de libros (en torno a 1.200), con una lectura de cincuenta páginas cada día de la semana, serían necesarios para culminar la tarea 27 años. 27 años para leer 1.200 libros. Los libros que contiene este precioso libro son clásicos fundamentales: se puede discutir la pertinencia de la etiqueta en algún caso, pero resulta en un porcentaje no menor la presencia de verdaderos monumentos literarios que, al menos, se debe conocer su existencia. Dicho lo dicho, creo que resulta necesario tener presente este dato cuando nos enfrentemos a manifestaciones gimnásticas de poder lector., entre la estulticia y la arrogancia, la pedantería y la estupidez. Leer mucho no es una tarea sencilla, leer más de cinco mil libro a lo largo de una vida es una tarea, prácticamente imposible, incluso para los lectores profesionales. Agitemos este dato cuando nos encontremos ante el pedante que nos muestra con orgullo su biblioteca.
+ Imagen: fotos antiguas, antiguas fotos, que se dispararon con una cámara desechable. ¿Qué queda de alquel tiempo, 2010, 2011? Su constancia, el rumor de un tiempo, de un espacio, tal vez Madrid, tal vez no.






