sábado, 2 de septiembre de 2023

Los asuntos, el embobamiento y sus efectos


 + Me reservo el nombre del poeta, muy apreciado y laureado. ¿Por qué me lo reservo? No doy su nombre porque acepto mi equivocación, de partida, incluso. Ello se puede traducir en que el juicio sobre la literatura es pantanoso e inestable. El asunto es que, una vez más, le doy una oportunidad y abro su antología. Inicio la lectura con los versos de juventud, avanzo y llego a las última creaciones. Reconozco una capacidad y un acabado impecable, pero, a mí, los poemas nada me dicen. Cierro el libro y regreso a otros, que tampoco voy a citar. Veo un reflejo de vida que antes no encontré. ¿Llega con nombrar el amor para sentir su fuerza, la potencia transformadora que se imprime sobre lo vital? ¿Es suficiente nombrar? Creo que no. Hay un poso que se relaciona con incapacidades, dudas y deudas morales que debe ser acometido y esta tarea no deja de ser una conexión entre la sensibilidad del autor y la sensibilidad del lector. Yo estoy en el bando del receptor y en su soberanía me erijo como rey y mendigo.

+ La presencia o la ausencia de una figura en un repertorio [en un corpus] puede indicar muchos asuntos, asuntos que están por esclarecer. Cuando algo de importancia se oculta, se convierte en un rasgo que define y autoriza una investigación sobre ese emboscamiento. Me remito a mis vacaciones y a los asuntos que me he propuesto a cometer. Presencias y ausencias, poco más, ese es el límite. 


+ Tomo de un estante Historia de un abrigo de Soledad Puértolas. Ayer C. y yo estuvimos hablando del libro y de la autora. El libro lo compré por una cantidad ridícula en una tienda de empeños, no creo que llegase a los dos euros. Tiene su lírica esta compra, porque, como el abrigo, el libro vive por sí. Su biografía de librerías, estanterías y tiendas de empeño, anhelos, tiempo de ocio, tiempo de reflexión. Ay, los objetos, cuánto dicen de nosotros en su silencio y en su presencia. Dejo el libro sobre el sofá donde leo, junto a dos tomos de poesía, de los que hablé antes, sin nombrar a los autores. La vida del lector es una vida muy silenciosa y solitaria, este acomodo retrata los días desde un prisma distinto, gobernado por la etérea dimensión de lo imaginado. Hoy leeré algunas páginas y, tal vez, me sienta atrapado por el planteamiento, que recuerdo a la perfección: ese dibujo tan preciso y lírico de lo cotidiano, tal vez: comience y no sea capaz de dejar el libro a un lado. El trabajo del lector no es un trabajo y eso lo redime de tantas cosas que hemos olvidado, un olvido por conveniencia.


+ Un ligero dolor de cabeza, que termina por remediar medio gramo de paracetamol, me hace sentir mi cuerpo como una realidad objetiva, el dolor se convierte en un catalizador de lo cotidiano. Una vez superado este dolor, permanece una sorda sensación de decaimiento. La recapitulación del día resulta exigua. He leído dos capítulos del libro de S.  Puértolas y me dejo llevar por la sensación de irrealidad que transmite dentro del desarrollo de las rutinas. El ritmo lo es todo, me digo y cierro el libro. En la parte posterior aparecen los dos precios: el de la casa del libro: 15,00 €, el de la tienda de empeños: 3,50€ [había pensado que el segundo precio era inferior y he comprado que estaba equivocado]. Vuelvo sobre la idea que los objetos tienen vida propia, no resulta del todo orgánica su vida pero se aproxima. Los lectores de este libro no se terminan con mi propia lectura, sino que hay un vector que lanza hacia el futuro la novela. No se trata de adivinar, sino de las certezas que ofrecen los indicios difusos. Reflexiono un poco más, en silencio. Con los mismos datos se pueden establecer discursos diferentes y no ser, necesariamente, ninguno de ellos, erróneo ni tampoco opuestos. Así, lo que yo aventuro vale, pero también su contrario. Me gusta el libro, concluyo tras el excurso, me gusta su estructura y el tono, el ritmo. Lo sé, es un don y el don se refleja en el libro mismo. Me pregunto si hubo una planificación y sé que esto es indiferente, porque en el sistema emisora-receptor cuenta el efecto, este momento: mi lectura, y el efecto funciona. Otras vendrán y se sedimentará todas esas ideas en una suerte de espíritu de época y el libro ya solo es eso: pasado, historia de la literatura, materia de estudio, pero también un artefacto dispuesto a funcionar mediante una lectura que se traduce en mirada. 


+ Estoy de vacaciones, toda la semana, termino por colegir. 


+ “Poëta non vulgaris venae”, apunta Nicolás Antonio sobre el Conde de Villamediana en su Bibliotheca hispana nova (1672). Un poeta en una vena no vulgar. Pienso en lo que abarcan los términos vulgar y  no vulgar. Se contrapone lo popular al buen gusto con el objetivo de establecer un sistema selectivo, un artefacto de distanciamiento. Lo vulgar se desprende de lo conveniente y se aparta hacia lugares alejados. Pero desde que se produce una democratización educativa y lectora esta sentencia carece de sentido. Quizá su sentido se ciña al momento, en tanto en cuanto contexto, pero sin ir más allá. Sin embargo, la distancia no ha desaparecido, se ha transformado. Hay otras forma culturales de alejar al vulgo, de mantenerlo a raya. Y esta es la razón de una cierta estilización de formas más o menos efectista y fría. Fría, una forma fría. Solo forma, solo efecto. Me alejo y dejo los libros, acaricio a la gata y todo se ilumina. 


+ Con agrado he leído algunas páginas más del libro de Soledad Puértolas.


+ Me tumbo en el sofá para continuar con la lectura y es imposible. Logro avanzar unas cuantas páginas, pero no es suficiente. El ruido impide que me concentre. Es un ruido constante, percutivo, asolador. Me afecta físicamente y no me gusta el efecto que causa, me pone nervioso. De vez en cuando pasa un coche y el amortiguado y sordo ritmo del motor me consuela. No sé, si tuviera talento escribiría un poema. Los mimbres están ahí.


+ La vida de los famosos es extraña. Todas sus vidas tienen algo de ejemplar, aunque en el relato esto no haya sido buscado. Sus bodas, los decorados de su felicidad, la atmósfera de sus desgracias, todo ello se suma y muestra un mundo donde la moraleja es la salsa que hierve y tonifica los rostros, los vehículos y el avance de la historia. La pantalla del teléfono arroja noticias, rostros y sonidos confusos, todo ello es extraño. Basta quebrar un poco los automatismos para ver como el sentido viene dado por la narración misma, por ese encajar piezas y recursos, con la apariencia de lo fluido, como si no hubiese un narrador. Y me pregunto: ¿quién establece la estructura del relato de la vida de los famosos?


+ Vacaciones en la última semana de agosto para recluirse a leer y en la fallida escritura. Espero, antes de que termine la semana, poner remedio a esto último.


+ Me he enganchado sin remedio a la novela de Soledad Puértolas. Poco a poco, he ido cayendo en la novela, sin remedio, como en una suerte de ebriedad. Es la segunda vez que la leo, recuerdo algunas cosas, pero consigo dejar que una suerte de intriga subterránea de la narración se imponga. Aprendo cosas. Cosas sobre mí, sobre las las cosas que me interesan, sobre lo que he olvidado, sobre lo que me ha traído hasta aquí. Por ejemplo hay ciertas maneras de percibir la realidad que me subyugan, apreciaciones que vienen de lejanos anhelos y que yo he sentido en su momento: la humedad que se destila en una ciudad extraña y que la configura, las conversaciones con otros hombres, observar a la gente como camina por calle, su atuendo y sus afanes, el amor, la amistad, una conversación en un bar madrileño a media tarde, en octubre, un teléfono móvil o un ordenador portátil, las esperas en los aeropuertos, la soledad en una estación de tren, la soledad del avión cuando uno se aproxima al destino y se sabe solo. Solo. Al tiempo, reconozco que toda esta forma de ver no deja de ser una forma de ver burguesa, netamente burguesa. Es la narración de alguien que pertenece a una clase social media alta. Y eso no es malo, tampoco bueno; es la realidad de la escritora y desde donde ella observa la vida. Su mundo. Un poco el mío, un mundo un tanto desgastado, una melancolía que recuerda citas de Pessoa, que recuerda poemas leídos en la adolescencia y que mantienen su fuerza. Así, uno la Historia de un abrigo con la lectura de Pierre Bourdieu. Pero, qué bien lo sé, restringir la lectura de una novela a la sociología es asesinarla un poco. Hoy no vulneraré este principio, mañana: no lo sé. 


+ Lo sé, tengo suerte, he tenido suerte de llegar hasta aquí.


+ Leí algunas críticas espontáneas sobre la novela recién terminada y estaba de acuerdo con sus juicios, aunque no me pareciesen relevantes. Nada de lo expresado tenía importancia, obvias apreciaciones sin más peso que la tendencia a determinar la fórmula de planteamiento, nudo y desenlace como posibilidad única. Y está bien, pero lo literario va mucho más allá. Sí, se puede acertar y que el acierto no tenga interés alguno. Recuerdo leer una novela muy construida que al terminarla me quedé como estaba, impasible; se podía decir que no había aprendido nada, pero no sería justo, porque sí aprendí cosas pero no me conmovió en absoluto. Las obras de arte tienen  en sus imperfecciones recónditos valores que conectan mágicamente con el receptor, el lector, el espectador. En el caso de la Historia de un abrigo, la levedad de la prosa, la acumulación de historias, la falta de relieve de los personajes [o de nosotros mismos y de ahí cierta identificación] o la trampa [si trampa se le puede llamar, pues no hay trampa en literatura porque la literatura es en sí misma una emboscada y ese pacto lo gobierna absolutamente todo] de mostrar cuentos mediante un ensartarlos en la historia que no se termina por resolverse, todo ellos, y muchos otros, resultan rasgos que en lugar de restar suman. La novela es una novela coral y, por lo tanto, su mecanismo remite a ese multiplicidad de voces que retrata la vida con una precisión inestable pero efectiva. Dejo esta batalla sin campo de batalla y me dedico a mis labores, más aburridas, menos tolerables.


+ “El embobamiento y sus efectos” me remite a estos días de vacaciones y a lo mal que me sienta un cambio operado en mi medicación. Me mareo. Hay una falta de concentración que me recuerda ebriedades olvidadas. Tiene algo en común, que son el embobamiento pero, también, una percepción acusada de los detalles. Creo que toda la entrada está gobernada por esta circunstancia, este embobamiento y sus efectos.


+ Imagen: conexiones.


sábado, 26 de agosto de 2023

Capitales y balances, las mismas vueltas

                    

+ Leo en Bourdieu algo sobre la capacidad de detectar la legitimidad de una obra literaria o artística. No dejan de ser rasgos que caracterizan la posición de un persona o su falta de posición. A veces, ver claramente, es doloroso. No es mi caso porque yo he alcanzado un punto de observador que me permite cierto cinismo, del que dimito cuando dejo mi soledad [de observador]. Leo mucho y no recuerdo nada, sé donde inscribir cada libro y conozco el porqué de la inscripción. He estudiado para realizar con cierta soltura esta tarea. Lo legítimo produce situaciones cómicas, como cuando el subordinado asigna al ingeniero un gusto especial para detectar lo bello, lo sublime o lo que merece la etiqueta de buen gusto. No es otra cosa que el servil homenaje del que se asombra de una capacidad que no posee y no es capaz de imaginar. Yo lo estudio en detalle y no llego al análisis, pues solo me interesa la descripción, la taxonomía, el censo escrupuloso de los gestos y las sorpresas. Ay, lo legítimo y lo ilegítimo, hoy me subyuga lo segundo porque encuentro en aquello que pertenece al kitsch para adivinar nuevas posibilidades, para conocer el poder de transformación que lleva del desprecio al aprecio [tantas veces lo he visto ya] y me reconforto en esa belleza portátil de lo degradado que nos conmueve por su propia cursilería. Nadie es más que nadie, menos en los gustos, sentencio en esta hora avanzada de la tarde del domingo en agosto.

+ Supero etapas. Un libro y otro libro. Atrapo alguna idea y siento las narraciones como íntimas balizas en un discurrir vital más relacionado con lo rutinario que con una excepción excelsa. Escribir, tal vez sea otra etapa en lo diario. Desempates y encuentros, conversaciones, cuerpos, manos y artilugios. El mapa de lo diario. La rutina. Pero lo reservo para mí, pues busco el silencio y la soledad. La lectura no es otra cosa. La comunicación se produce, pero llegados a una edad mi opción es un recorte en el pasado, algo que no alcanzo a concretar, pero que palpita. Lo sé. Me hago viejo y todo se va adelgazando, deviene hacia una transparencia inquietante. El sentido se embosca.

+ Oigo en el coche la tercera de Brahms. Qué dulce se me hace la conexión entre música y carretera. Disfruto, por un momento, de una suerte de aislamiento y calidad del presente: la frase de la sinfonía, la fluidez del coche, el mapa electrónico en el salpicadero. Tres factores son suficientes y en ellos me centro. No he pensado en otra cosa que en conducir correctamente: respetar las indicaciones que marca la señalización es conducir bien. Brahms me inspira pero la inspiración pronto la olvido. El olvido refleja una manera de estar, un deseo y un anhelo. Lo escribo ahora porque dejé una nota en el correo electrónico, una nota o un recordatorio. No sé, quizá no sea adecuado escribir directamente en el ordenador y sería preferible hacerlo a mano y copiarlo después, pero mi costumbre es esta y escribir es costumbre, ante todo. No quiero contraponer mi sistema a ningún otro, pero no deseo que se me imponga nada. La tercera de Brahms vibra en el recuerdo, recuperado gracias a la nota electrónica.

+ A vueltas con el capital económico, social, cultural o simbólico. Al final se trata de que deseo comprender para explicarme y saber de qué me hablan cuando de buen gusto me hablan. El buen gusto, un tema que casi sin desearlo se ha abierto. Al final, se trata de una posición elitista que esgrime sus preferencias como un enredo de exclusión. La respuesta no la tengo, la herramienta es el reconocimiento de lo arbitrario. Aunque, dicho sea de paso, arbitrario no es equivalente a inmotivado. Las motivaciones me parecen claras: marcar límites y afirmar una identidad. El dinero sin reflejo no sirve, el reflejo es la cultura y el buen gusto, cosa de la que el nuevo rico está desprovistos y nos permite decir: “qué paleto”, ahí queda el centro del día.

+ Sigo con las  vueltas de Tel Quel. Las mismas vueltas que los capitales de Bourdieu. Poco a poco, resulta un recorrido interesante por un mundo que ya es arqueología. No hay archivos sino archiveros, no hay bibliotecas sino libros; esta es la diferencia.

+ Imagen: Muchos días paso por delante de esta fachada, en lo diario se descubren acentos ajenos a lo que se espera, lo esperado tiene una fecha y su caducidad da lugar a nuevas relaciones. Relaciono la ventana con el tránsito de los días, sus afanes y el descanso. Disparo un lunes.

sábado, 19 de agosto de 2023

Sumas y restas, lo banal


+ El verano no termina. El verano parece que nunca terminará. Se expande. Sin embargo, lo sé, la expansión es limitada y su resultado siempre termina por llegar, por muy molestos y persistentes que nos parezcan los efectos del sol, el calor y el ruido, la luz excesiva y cegadora. Leo algo sobre ciencia-ficción y me convence, se enlaza con esa debilidad que me inyecta el verano. Me quedo con la nota de que la ciencia-ficción no habla del futuro sino del presente. Este presente donde más que edificios intuyo volúmenes y el calor tamiza el sentido de las cosas, las debilita. Las lecturas se pueden abordar de muchas maneras, me quedo con esa lectura oblicua, fuera del sentido que se le quiso imprimir, bien por el autor, bien por el editor, bien por su particular marketing. Todo lo que me rodea es ciencia-ficción, porque yo así lo deseo y lo establezco, en función de una idea de control sobre la percepción. Delimito las líneas maestras de mi mirada. Peor, el verano se termina y mi inversión de valores parece no funcionar. No me salva ni la ciencia ficción. El calor, los volúmenes, la lectura, el cansancio y la decepción. Una suma que tiende al cero absoluto.

+ No sé por qué sigo el desarrollo de la investigación de un asesinato en el paraíso. Quizá porque en el sentido anterior, el de la lectura oblicua, el desarrollo narrativo de la noticia describe más a la sociedad donde creció el presunto asesino que los hechos que constituyen el caso. La biografía del muchacho emerge secuencialmente y el perfil que ofrece nos hace dudar de la posibilidad del mal. Tras la buena apariencia y la práctica sacerdotal de esta nueva, siempre presente, religión, la cocina, unge al acusado de una capa de irrealidad. Nada malo puede venir del surfero hacedor de hamburguesas celestiales y su elaboración de carnes casi crudas, con el punto sublimado. La terraza desde donde retransmitía para YouTube es fascinante. Su pelo rubio, su musculación, el ardor que despierta la posibilidad de un erotismo adentrado en el siglo XXI. Lo exótico tiene visos de irrealidad y la pretensión de dibujar un discurso sobre el bien y el mal fracasa, porque lo único que vamos a encontrar en la cenagosa realidad de lo banal. Todo es banal. La cocina, el pelo, la pose, las copas, la musculación, su atuendo y sus abalorios. No cabe ni el bien ni el mal, sino una blanda e inconsistente huida hacia adelante, sin pretensiones. Solo gestos, solo apariencia. El dinero para la fiesta restablece un orden, pero es efímero, todo tiende al desvanecimiento de lo relativo: lo banal.

+ Sigo con las cuentas y hay algo que se traduce en las operaciones: la acumulación de capital siempre está guiada por Hermes. Hermes, el mensajero de los dioses, el patrón del comercio y de los ladrones. Ya los griegos habían previsto esto que yo veo y estudio al tiempo que trenzo las cuentas. Metros cuadrados, metros lineales, porcentajes y reflejos. Las cuentas no salen.

+ Duermo plácidamente y los sueños se conectan con realidades lejanas, pero no desagradables. No recuerdo casi nada, salvo a los protagonistas. Mi yo central pesa poco, los otros personajes son amables y transparentes. Eso queda. Me levanto temprano, desayuno y me dirijo a pie al trabajo. Escucho música y pienso en lo soñado y no me acuerdo. Los dioses regalan olvido, maldicen con una precisa memoria, te destruyen con tus propios deseos. Los dioses no son otra cosa que la sabiduría aquilatada que nos vale para pronosticar el futuro, para estudiar trayectorias y entender lo que pasa y lo que pasará. Duermo como un lirón.

+ Los animales simbolizan con sus características deseos y carencias. Me veo representado por el caballo: determinación, nobleza y voluntad. ¿Los defectos? No es este momento de defectos.

+ Acierta quien guarda silencio.

+ Imagen: patios que viven en el olvido, un día presente y, para siempre, pasado.


sábado, 12 de agosto de 2023

Sumas y restas



+ Y hablo de las instrucciones para conseguir textos efectivos que logren el propósito de seducir o persuadir al lector. Hablo de retóricas y manuales de redacción. Si comparo los prólogos del pasado, del siglo de las luces, con los prólogos del presente, ya en el siglo XXI, me encuentro con una constante. Los prólogos de estas obras que se proponen establecer las pautas de la buena escritura no dejan de invocar al buen gusto. De una manera u otra, el buen gusto es un asunto de clase social. Las élites marcan las líneas maestras de lo que está bien y lo que está mal, hasta que se cansan y sustituyen un algo por otro algo. Lo tengo presente, cada vez más presente porque lo importante es observar el espectáculo de la vida cotidiana en toda su grandeza y este un punto de vista muy interesante: lo arbitrario del buen gusto y la influencia que las clases superiores realizan. Aquí pondría el acento en la capacidad de invertir los valores y, así, no tomarse demasiado en serio el poder de las modas, la publicidad o los medios.


+ El teléfono es un animal de compañía, aunque adecuado, en ocasiones, demasiado exigente.


+ He terminado dos libros en la semana anterior.  Tras la lectura he notado que algo me falta y no sé si son las novelas en sí o es una carencia que se ha acentuado en mí. Vuelvo a Los años salvajes de la teoría de Manuel Asensi y veo mi reflejo en los telquelistas y, tal vez, haya un influjo imparables sobre la obra en su formalismo más absoluto que me ha envenenado sin yo saberlo. Pienso y me dejo llevar por la pesadez del verano, que se ha instalado sin remedio.


+ Añoro el otoño, añoro el invierno. 


+ Sobre viajes a la Meseta hablamos en el breve trayecto, apenas diez kilómetros, entre nuestro centro de trabajo y su casa. Lo he aprendido con el tiempo, mejor es encontrar nexos que alimentar divergencias. La Meseta posee magia en sus espacios. Me veo otra vez en Tierra de Campos y el coche es como un barquito que surca un mar calmado. Buen tiempo, sin mucho calor, una niebla lejana que no llegaba a difuminar el paisaje. La música. La vibración de la teoría. El tiempo malgastado y el aprovechamiento de los instantes, un ahorro que no es tal. Lo dejo en su casa y deshago el camino. Pienso en lo mismo, mis viajes en coche por la Meseta.


+ Atesoro libros y los contemplo en su magnitud material. Las portadas, el grosor del lomo, la disposición de las páginas, la numeración o la tipografía, las tintas, el paratexto y el nombre del autor, las cursivas y las negritas, doscientas páginas o setecientas páginas, poesía o prosa, el vértice del volumen. El objeto es fascinante. Resisten los libros sin saber que el paso del tiempo para ellos no cuenta, no resta, suma.


+ Hago cuentas y no salen los números. Debato sobre ello y sé que es perro viejo el que me pone los acentos. No tiene razón, pero yo no tengo la fuerza necesaria. Necesitaría un apoyo que no tengo. Números. Esto y aquello. La resta, la suma, la multiplicación, la división. Los metros cuadrados y los euros. Todo un mundo que se apoya en el mismo fulcro: el espectáculo de la vida. No hay mucho más y volvemos a multiplicar y los euros no se manifiestan.


+ Imagen: un recuadro o un apilamiento de caballetes.

sábado, 5 de agosto de 2023

Sin indicaciones (6)

+ Seguí reflexionando sobre la persona que me mostró simbólicamente como aplicaría el derecho penal, en función de los delitos ejercería una práctica más que disciplinaria simbólica. Hizo tres referencias y en las tres referencias había amputaciones rituales. Pensé en ello demasiado, mientras hacía mi ejercicio diario en mi bicicleta estática. Sé que tras esas afirmaciones algo se esconde. No es gratis hablar de hierros candentes que se introducen por los orificios, amputación secuencial de dedos hasta que la mano se convierta en una pinza como la de un cangrejo, sustituciones de órganos por tubos que permitan la evacuación de la orina. Para cada delito parecía tener una pena física y deformante adecuada. La deformación como reparación. Lo curioso del asunto es que su exposición se desarrollo en un breve tiempo. Pensé en ello mientras hacía ejercicio e intuí ciertas calas en su biografía, asunto que no me interesa nada, pero, también, me di cuenta de que ese mostrar la maquinaria represiva que vive en su imaginación es un cuadro digno de ser tenido en cuenta ya que todos tenemos demonios ocultos y reprimidos. Sin embargo, ese día el hombre me mostró su delirio para que yo asintiese y solo encontró el displicente silencio que me he impuesto.


+ Hospitales, garajes, clínicas veterinarias. Hay un algo pictórico en todo ello, que se trasluce en una suerte de ultramodernidad. Mis dibujos dan cuenta de ello, pero solo me sirven a mí. Poca cosa no es. Líneas rectas, ángulos y luces brillantes, el fluorescente es emblemático. Luego los colores serán gamas de grises que en un punto se verán iluminados por un amarillo fuerte para representar un punto de luz. Es mi estado de ánimo, un plácido sosiego. El sosiego del observador.


+ Empiezo con Manuel Asensi, Lacan para multitudes o por qué no se puede vivir sin Lacan. El interés que tengo proviene de la charla del autor a la que asistí en Ávila. Así reconstruyo los momentos del pasado, mediante libros, sin fotos, sin apuntes o notas. Leo y no encuentro lo que buscaba, pero es parte del juego. El error y la enmienda. No sé si el error se puede materializar en este texto, pero se mantiene. Pienso en los días que pasé en Ávila, en las charlas, en las noches y el horizonte limpio, en como llegaron el viernes las nubes y llovió ligeramente. Los tres ejes que propone Lacan se me antojan complejos, atrapados en una prosa barroca y enrevesada, que necesita del desciframiento y de la reescritura. Leo el libro de M. A. y no soy capaz de llegar a penetrar en su dominio. El dominio del deseo, me digo, tal vez, el deseo en sí. Pero el tiempo se eleva otra vez. Tomé apuntes en la charla y no los he vuelto a ver. Lo haré tras la lectura del libro, en un afán de pedagogía: una forma de apuntalar lo oído y entender un poco más. Sí que tengo presente la idea de que quién escribe tiene una suerte de disfunción que se aplaca mediante la escritura misma, un impulso que no puede detener. La reconstrucción de momentos del pasado, de incidir en esa línea que hemos horadado sobre el papel, los dibujos, el colorearlos, este diario en línea en sí. Una suma que tiende hacia insospechadas cantidades, donde importa más la constatación que su número. Dejo esta escritura y regreso al libro. 


+ He regresado a los tratos y transacciones comerciales. La distancia resulta necesaria. Hay algo transitivo que nos lleva a contemporizar, un juego en que para ganar ambos los dos debemos perder. No sé si me da bien o mal, pero no me gusta. Yo sé cuando me engañan y, mismo tiempo, sé cuando debo callar. Es un equilibrio y yo no me juego nada, salvo el orgullo de no ser engañado. Creo que lo sabe: no me engaña, pero a mí en el negocio no me va nada y no tengo ganas de enfrentamientos innecesarios. Con todo, jugaré al gato y al ratón por divertirme un poco, por medir mis fuerzas dialécticas, muy superiores a lo esperado. Regreso.


+ Poco más. Sigue el desarrollo del texto y me detengo aquí. Hoy no escribiré más, esta semana: tampoco.


+ Imagen: quedaba la niebla, pero no llegó a llover, el disparo y su transformación mediante el retoque fotográfico [algo que no se debe perpetrar, pero hasta el mejor escribano deja su borrón]. El muro soporta el peso del error, el deliberado error.

sábado, 29 de julio de 2023

Sin indicaciones (5)

                     

+ La entrada anterior de este blog la terminé el día antes de ser publicada, algo que nunca hago, pues la composición se realiza a lo largo de semana y el jueves, como muy tarde, ya está programada. La pequeña variación en nada afecto a la calidad (buena o mala) del producto (o eso pienso yo, que tiene el valor que tiene). No tuve especiales ocupaciones durante la semana, pero se me escapó y esto se refleja más en mi reflexión sobre los días y sus trabajos y el tamiz de los placeres, bien por presencia, bien por ausencia. Quizá se tratase de falta de ganas, de motivación, de una abulia que me invade últimamente. Tal vez no, simple dejadez. No son sorpresas ni siquiera intentos de mantener una pose, es el reflejo de lo diario pues algo de confesión tienen estos fragmentarios apuntes. Alguna vez coincidí con personas que se podrían denominar sabias, al menos en este terreno de la filología, e intuí esta niebla en sus ojos: el cansancio. Bien cierto es que se trataba de personas que. Habían sobrepasado los setenta años y se aproximaban a los ochenta (¿es posible la sabiduría antes de esta provecta edad?). No quiero decir que yo me equipare con ellos, pero sí veo esa lucha entre la desorientación ante el sinsentido de la vida y la ilusionante necesidad de saber. Saber como llave para acceder una realidad superior y hermética. ¿Hay una llave para el hermetismo? No soy yo un sabio ni nunca lo seré, aunque sé leer los indicios y acierto con frecuencia debido a mi prudencia a la hora de hacer vaticinios. Inicio esta entrada cuanto la anterior acabo de publicar, solo por una cuestión de simetría. La simetría da sentido y resta incertidumbre, aunque solo sea un señuelo, aunque nada más que un truco para continuar.


+ La tarde del sábado resulta plácida. Ahora escribo y el único sonido que me llega, salvo un zumbido casi imperceptible, es el tic-tac del reloj de pared. Veo mis libros y trato de trazar un patrón en los colores de sus lomos, en su agrupamiento. No hay sentido alguno en ello, pero sé que, si lo deseo, lo encontraré. Ahí aquí un principio de ordenación. El naranja se alía con el ocre y el malva y esto es un síntoma. Así, en esta línea, leí hoy por la mañana lo de la muerte del autor de Barthes, luego seguí con Foucault. He creído entender que la disolución del autor está ligada a su muerte física. No sé es así o yo quiero que sea así. El autor muere y comienza un proceso de fosilización porque ya no tiene control sobre su obra. Es algo que se extiende a otras manifestaciones humanas. Una vez muerto, comienza la leyenda y esta es susceptible del olvido y de la adecuación a los intereses de los lectores, espectadores o familiares. Los muertos se transforman en personajes de una narración sin principio ni fin y es ahí donde yo leo los artículos de B. y de F. Nada más. Así, esta mañana extraje esta pequeña piedra.


+ El viaje que hicimos a principios de mes se desvanece en el recuerdo. Su prestancia se transforma en algo diferente, un acento lírico y sosegado. Cuando pienso en la paisaje, en las carreteras, en los pueblos que cruzamos, pienso en esos momentos de tranquilidad, en las conversaciones y en la música que sonaba en el coche mientras se deslizaba sobre el asfalto.  Entiendo que se trata de atesorar recuerdos y no tratar de entender, me resulta complicado pero a veces lo consigo. Hoy recordé la Tierra de Campos. Hoy dormí profundamente. Hoy es día de Santiago. Mientras regresaba a casa y el viaje volvía en forma de rumor me dio la impresión de que todo estaba en orden, sin necesidad de pautas todo ha terminado por ocupar su lugar. Está bien. Vale.


+ Conversaciones en cafeterías. Barrabasadas sin ton ni son. Todo lo puede decir porque tiene dinero más que necesario y porque él sabe qué es lo que la sociedad necesita: un hombre como él. Su seguridad, el lanzamiento de una personalidad, un reflejo y la recompensa por su gallardía. Yo guardo silencio y mi silencio es molesto. No quiero juzgar, no lo hago, solo describo y la descripción es suficiente. Pienso en el significante y el significado, en concreto: un significante amplio que va desde el caro I-Phone, el polo, el arreglo capilar, el reloj y una larga serie de adminículos que no es preciso detallar. Es simple, es sencillo.


+  Valoraciones de los resultados electorales y cambios de bandera. Tal vez, solo se trata de identificar adecuadamente tus intereses y obrar en consecuencia, conforme a las opciones disponibles. No es blanco, no es negro, pero tampoco gris. La insatisfacción está garantizada. Dejo a un lado los resultados de las últimas elecciones y pienso que nadie se ve libre de algún tipo de tara, más o menos visibles. Pienso en la ayudante de la veterinaria y en sus tic, en su obsesión por el orden que tan claramente se manifiesta. Hacemos valoraciones que no dejan de poner al descubierto ciertas simas y montañas que nos conforman. No he de investigar sobre ello. Me declaro incompetente mientras indago en la persona que está al otro lado del espejo.


+ Imagen: En los paseos diarios se manifiestan ciertas imágenes que provienen de un selección si no interesada, sí confesional. Las medianeras contienen una plasticidad que habla de las amenazas y la desnudez, en este momento se me aparecen así. [Otra razón no expresada sería la hierba y el contraste entre el gris y el verde, con la superioridad de la grisalla azulada que se manifiesta en el cielo nublado de julio, de finales de julio].


sábado, 22 de julio de 2023

Sin indicaciones (4)

+ Regreso a la rutina. La rutina es una bendición. Otros no piensan lo mismo, pero yo no me opongo, me dejo llevar por la corriente, la ola me conduce a la playa, a la orilla. La orilla es el sueño. Levantarse, desayunar, trabajar, la comida y la siesta, la lectura, escribir y dormir. Movimientos que se repiten y ofrecen tranquilidad. Esta reivindicación de un punto de mediocridad, esta aurea mediocritas donde encontramos un ámbito de sosiego y reposo que nos permite una lectura en profundidad, lejos del ruido, las opiniones espontáneas, la trastienda de todos los comentarios y hablillas. Esa tendencia a la soledad, la soledad elegida. 


+ Las encontramos en una terraza. Dos viejas conocidas. El tiempo hace su trabajo, lento y seguro, a veces con una indeseada celeridad que produce rechazo. Hay tanta maneras y estilos para envejecer, no siempre a elección pero sí, en muchas ocasiones, fruto de las elecciones. Hablamos y la conversación resulta fluida, pero hay un desplazamiento que me hace ponerme en guardia. Gestos, miradas, asombros inmotivados. Las miro y recuerdo otro tiempo. Termino con un largo: así es la provincia y está bien. Les hace gracia y yo no me sorprendo de mi cínico sentido del humor. No soy así, lo finjo, en este momento s un fingimiento y en otro una coraza, también una simultanea rendición de cuentas con el pasado. No estudio lo suyo pero lo intuyo: una de ella, resulta muy evidente, está deprimida. C., muy por encima, le cuenta lo de su enfermedad y comienza a llorar, no me parece oportuno y no digo nada, la observo y tiene los ojos un tanto perdidos. Luego, su amiga nos dice que esta no sale casa, que se siente bien y se complace en esa guarida, una madriguera caliente y blanda, me digo yo. Las recuerdo en otro tiempo, las recuerdo vagamente. Sé sus nombres, conozco sus apellidos, las he visto en fiestas y en días de lluvia y han cambiado para seguir siendo las mismas. Rostros que viajan en lo cotidiano para ser rutina solida y olvido.


+ [Metraje encontrado - Found footage]: La denominación se refiere a los directores de cine, también vale para algunas novelas, aunque con otra etiqueta, que fingen encontrar una película, generalmente de terror o falsos documentales. Todo un género. Me parece a mí que tiene un rendimiento alegórico y metafórico muy apto para la política . Se relaciona con los bulos, con la catarata de mentiras y falsedades a las que no nos debemos acostumbrar con el objeto de ofrecer una cierta resistencia, algo que no resulta fácil. La simulación de una realidad constituye otra realidad, tan perceptible como la primera. Este juego de espejos y trampantojos nos lleva a pensar en cómo leer el presente, pero sin llegar a automatizar la percepción. El metraje encontrado y la política responden a realidades simuladas, desvelar el truco es protegerse contra su influencia. 


+ Hablo de dinero y tengo que hacer cuentas que son el reflejo de una medición. Es un trabajo y no lo dejo de hacer sin distancia. Busco consejos sobre la manera adecuada de negociar y nada de lo que encuentro me satisface ni me sirve. En el día a día, en el trabajo, la relación con las personas tiene un momento en que lo que se habla gira en torno al dinero, aunque este no se nombre. No es un asunto menor, aunque subterráneo. No es de buen gusto. Se oculta su presencia. Pienso en si en otros lugares se conducen de la misma manera, pero no tengo yo más experiencia que la que tengo. Algo muy español, esta discreción en cuanto al dinero y los sueldos, me digo en un momento de ensimismamiento. Seré flexible o rígido, hacia donde debo llevar los asunto. El consenso no me interesa, pero tampoco el enfrentamiento. Lo resolveré.


+ Sin discusión resuelvo. Contemporizo y me salgo con la mía. No tiene mérito porque no tengo responsabilidad en el negocio, solo soy un figurante y mis mediciones son transparentes, líquidas, evaporadas, tal vez.


+ Citas sobre saber y olvidos. No las copio. Me siento y espero. Veo pasar la vida y evito las indicaciones. Ya no son horas.


+ Imagen: después de cinco años vuelvo al mismo lugar y desde otro punto de vista disparo sobre el mismo motivo. Nada es lo mismo, todo permanece. En la propia contradicción se manifiesta la paradoja, en la paradoja me reflejo yo. Queda la segunda foto, que se solapa sobre la primera. [En Ávila]

sábado, 15 de julio de 2023

Ver la vida pasar


+ Han pasado los días de viaje. Todos queremos ser viajeros y nadie quiere ser turista. En ello me detengo. Observo en Segovia a los grupos de japoneses. Uno de estos grupos lo volveré a ver, con manifiesto cansancio, en la tarde del mismo día, en Ávila. Una vez me contaron que en tres días se puede ver una parte muy importante del patrimonio español en un radio de doscientos kilómetros en torno a Madrid, un pretendido tour en el que se incluiría el Museo Del Prado. Yo, en alguna ocasión, he participado de festines similares y he terminado con una terrible borrachera que, cómo no, derivó en una espectacular reseca. No es el síndrome de Stendhal, no hay lírica, sino malestar, profundo malestar somático. Supongo que a estos japoneses les pasará algo similar. Sin embargo, no lo descarto, quizá aquí resida el placer. Quién sabe. La digestión de tanta historia, arquitectura y arte se vuelve contra uno, creo yo. Y, aunque no soy yo quién para dar consejos, quizá sea mejor elegir dos o tres cosas [una vista de Segovia y otra de Ávila, un breve paseo por Toledo y cinco cuadros significativos en el Prado] y, luego, sentarse en una terraza a ver cómo evolucionan los españoles en todo su esplendor. Desde atalaya privilegiada, la terraza, todo se tiñe de una suave melancolía, donde se abrazan por contraste los modos y costumbres de lo propio con lo visitado para resolverse en una nueva diatriba. Un alimento para la duda, la nutritiva duda. Pero, claro, esto es literatura, ¿no?, y la literatura no es un valor en alza (de ahí su importancia). Me detengo y dejo de dar consejos que nadie me ha pedido. El apunte es válido y lo aplico a mi persona. Con calma han pasado los días de viaje, que han resultado muy provechosos y, pienso ahora, que su grandeza reside en una programada improvisación, esas leves líneas que funcionan a modo de carril, que nos protegen de pérdida indeseada del precioso tiempo y nos dejan la libertad necesaria para sentarnos en el banco de un parque cualquiera para no hacer nada, salvo ver la vida pasar.


+ [León]: Todo fue caminar y detenerse, retomar el paseo y preguntarse por los motivos que la ciudad eleva, por los razones de los ciudadanos para levantarse cada mañana y trabajar, ese ciclo indesmallable. Agua, café, algo de conversación, el color de la piedra, las líneas y los perfiles del horizonte, pájaros y gatos. Hablamos y recordamos otros tiempos, otros viajes, recordamos como un año atrás, cuando comenzó el tratamiento para la enfermedad de C, las laberínticas transiciones no agotaron las fuerzas, sin desfallecer avanzamos en aquella noche de pasillos blancos, máquinas dosificadas del carísimo líquido naranja, analíticas y medicina nuclear. La medicina nuclear y la estricta postración que exige para que funcionen sus elementos de diagnóstico. Ha pasado el tiempo y estamos aquí, ha pasado un año y en la catedral de León, ante sus vidrieras, pienso en ese intangible que es estimar a todos los que antes vieron la luz y la piedra desde aquí, desde donde ahora estamos los dos, un tanto abortos, un tanto escépticos. No hay solución de continuidad. Hace calor y siento la urgencia de descansar, pero no es cansancio sino la sed de otro tiempo, un tiempo que no ha de volver. Me hago cargo de mi edad. Guardo silencio y me reconcentro, es un defecto que yo tengo, algo que no me gusta: subir, bajar, no alcanzar la estabilidad, y saber que nadie está libre de las simas de lo cotidiano, mi humor es cambiante, el cierre es austeridad y ausencia de la generosa comprensión del otro. Solo es un momento, pero es. Demasiado examen de conciencia, me digo y alzo la vista y trato de entender el programa propagandístico de la catedral: no lo conseguiré, pero abandono la expresión interior de los pecados y sus penitencias. Cuánto daño me ha hecho la técnica de la confesión. He aprendido a vivir con todo ello. Guardo silencio y no es agradable. Paseamos junto a los restos de la muralla y la mano es el dibujo del amor, la leve mano de C.


+ [Palencia]: Dibujo una silla, una botella y un vaso. Son dibujos característicos en mis libretas, un rasgo o un índice. Deliberadamente asimétricos, contienen una idea sobre el dibujo en sí mismo más próximo a una práctica que a un resultado, más el trabajo en sí que el producto del mismo. Comimos en un restaurante un tanto pasado de moda pero muy limpio. El color verde de las paredes me recordó tiempos pasados y me detuve en ello mientras guardaba la libreta roja. En realidad hay demasiadas cosas que me recuerdan el pasado, mi tiempo se orienta hacia el pasado, se hunde en recuerdos que se desdibujan en una niebla, pero que siempre terminan por concretarse. Así, me hizo recordar tiempos de la infancia y viajes larguísimos en tren, estaciones ocres y paisajes secos y duros, como si viese a mi padre mucho más joven de lo que yo ahora soy, a mi madre, a mis hermanos que son niños. Ese verde no es otra cosa que una guía. Los colores, la historia, la narración de la infancia. Todo se acumula y nada se pervierte, lo conservo con cariño y no lo comento. Guardo silencio. Estoy callado en exceso y no es bueno. Trato de corregirme. Comemos y nos encaminamos a Valladolid. La música establece seguridad y confianza. El coche se desplaza con soltura, responde bien. No necesito ir rápido, la velocidad no me interesa. El color verde que vi en las paredes del restaurante es ese que llaman verde inglés, creo. No sé. Queda atrás y, como sucede con los sueños, lo recordado se difuminó. El navegador me indica el camino al parking del hotel, pero yo me confundo varias veces y realizamos varios círculos, que se terminan por resolver. Valladolid. 


+ [Un banco cualquiera en el Campo Grande, Valladolid]: Nos sentamos porque estábamos cansados. Nos sentamos en el banco porque nos gusta sentarnos en los bancos y ver a la gente pasar. En silencio. A veces, consulto el teléfono, otras veces: no. El tiempo pasa y yo dibujo, sin mucha intención, en la liberta roja. Trato de memorizar los colores para que, en el futuro, cuando llegue a casa y toqué colorear, ser lo mas fiel posible a lo observado. Es un propósito fallido de partida, pero el objeto no es acertar, no se trata de constatar fielmente lo que vi, sino dejar testimonio de un algo que observé y que brotaba de la voluntaria y voluntariosa torpeza de mi mano derecha. Hablamos de la familia y de los amigos, fuimos generosos con sus errores y maldades y, también, agradecimos cierta cortesía, poco más. Las conversaciones fueron breves. Hablamos de Valladolid, de las esculturas que vimos antes de comer, de Vicente Escudero y su arte. Conversaciones reflexivas, pausadas, atenuadas por el rumor de la leve brisa entre los árboles. Pensé en los árboles. Pensé en cómo se adquiere, en medio del caluroso julio de Castilla, al fresco abrigo de los árboles en el Campo Grande, la condición de intimidad con la otra persona, ese trabajo. Todo es trabajo, esfuerzo, orden y estructura. Ay, la estructura y lo arquitectónico de la vida, de la novela de la vida. Pasó una mujer muy joven con un perro y un niño, se detuvieron ante nosotros y ella nos sonrió. No sé. Si das alegría, recibes alegría, también: a la inversa. El cielo era claro y en el teléfono se anunciaban tormentas que nunca llegaron. Seis días estuve en Castilla y no llovió, todos los días el teléfono vaticinó lluvias.


+ Dejé a C. en la Estación de Segovia, Guiomar. Salí de la estación solo y puse la música muy alta, dejé que el navegador me guiase hacia Ávila. El coche se deslizaba con una asombrosa fluidez. Quise a mi viejo Skoda como se quiere a un viejo amigo. A pesar de los gastos causado en los últimos meses, quise a mi viejo Skoda. Le agradecía que estuviese allí conmigo. El aire acondicionado me produjo placer. Me distancié de lo que llevaba días pensando y logré un aislamiento ambiguo e impuro, pues no resultaba todo lo terapéutico que yo hubiera podido desear: al contrario. Cambié en la radió en línea la emisora pop por la de música clásica. Qué revelación. Un piano, sobre el que no quise indagar, esmaltaba el paisaje de geométrica vanguardia. Recordé personas que se han alejado, de las que yo me he alejado. Recordé las cosas que de ellos aprendí y me di cuenta de que había olvidado sus voces, pero no sus rostros. Regresé a ese vacío que me ofrecía la música, el paisaje y el aire acondicionado. Una cámara hermética. ¿Dónde estaba C.? Estaría, a esa hora, en Madrid para hacer el transbordo y volver sobre los pasos, ya sin parar en Segovia, para regresar a Galicia [qué trayecto tan absurdo]. Mientras, yo me deslizaba por las pendientes con asombrosa facilidad. Mi conducción estaba en el justo punto, dentro de las normas que la vía precisaba, que la señalización horizontal y vertical imponen con sabio criterio. En el reloj vi que eran ya las cuatro y cuarto, lo que se traducía que C. ya lleva un corto trecho del viaje de regreso (Madrid - Pontevedra). Yo me dirigía a tareas que me he impuesto (pensé en ello y abandoné pronto esas ideas). Calculé gastos e ingresos, el balance desde principio de año y me pareció que tenía que, en los próximos meses, contener los gastos. Ahí quedó este breve examen de conciencia. Ay, la conciencia. “Estos días azules y este sol de la infancia…” Repetí el nombre de la estación de Segovia y me dije qué extraña es la vida de las palabras. 


+ [Un paseo nocturno por Ávila, intramuros]: También mi vida es extraña y extraña es toda vida que llegas a conocer con algún grado de penetración e intimidad. Ávila se dibujaba en perfiles y sombras. Investigaba los escaparates de las tiendas de alimentación, me demoraba ante la luz de una ventana (allí, en lo alto), saboreaba el silencio y la soledad. Paseaba absorto en el recuerdo de Fortunata y Jacinta. Esto me devolví un tiempo que nunca fue el mío, pero podía intuir. Aquellas casas, aquellos palacios, el descenso de la vida en sus últimos tramos. La verdad oculta tras las piedras, sentencias que no alcanzarán concreción. Escuché a unos adolescentes hablar en árabe, tal vez árabe. Eran fuertes y vestían galácticamente. Me senté a una distancia prudencial y sus voces tenía algo de hipnótico: el idioma, su contundencia gutural, los gestos y la desafiante certeza de los que todavía son eternos. El horizonte de montañas azules y nubes espesas que el inicio de la noche comienza a difuminar. Todavía no era de noche y amenazaba una tormenta que no llegó a cuajar. Cayó la noche, bebí agua (se había calentado y ofrecía una blanda y sensual sensación de fluido, como un cuerpo que se recuerda por extraña sinestesia: su dibujo, su silueta), terminé la botella y la tiré a la papelera. Traspasé la muralla por la puerta del Mercado Grande y continué mi paseo. Toda la vida se ahorma en un trazo: solo es un deseo. Me senté, intenté dibujar y no lo conseguí. Hay que saber cuándo es el momento y cuándo uno debe detenerse. Así, otro espacio estanco, un aislamiento, un silencio y una acotación [ya no eres joven y compórtate, aunque no te guste, conforme a tu edad].


+ Mi persona se refleja en los dibujos de mi cuaderno rojo. Rápidos y nerviosos trazos sobre lo cotidiano, los objetos, nunca las personas, sin intención de perfeccionar la técnica porque más que una práctica es una terapia. Más tarde, una vez en casa, coloreo lo que antes dibujé sin arte ni parte. Coloreo y todo se para, la conexión entre la mano y el papel precisa un mediador: el lápiz de color [para lo torpe que soy, qué exigente soy con las herramientas: la manía es mi identidad, pero lo disimulo]. 


+ “Elle prenait déjà les courses suivantes de la main gauche et tapait sans regarder de la main droite.” La place, Annie Ernaux.


+ La cita anterior es la última frase de la breve ¿novela? de A.E. He pensado mucho en este final y entiendo lo literario que hay aquí, en ese punto de conocimiento que no resulta transmisible salvo por el desarrollo narrativo magistralmente ofrecido. El secreto está en la cantidad y la administración de la misma. Sé que voy a releer el libro. En breve, quizá en breve. La próxima lectura tiene que ser, necesariamente, la traducción al español. Tarea pendiente, pues. Apunto en la agenda electrónica en que se han constituido las lista que me ofrece mi sesión en la Biblioteca Pública de Pontevedra.


+ ¿La traducción del libro de A.E. es lectura o re-lectura?


+ Llego a la biblioteca y finalmente decido no coger el libro de A.E., quizá por no romper cierta magia que quedó en suspenso tras su lectura. Quizá cambie de opinión.


+ En sueños me llega un título: El papel tumbado. Lo escribí en un post-it porque sé que, de no haberlo hecho, nunca lo hubiera recordado. Intento darle sentido pero no soy capaz. Se lo comenté a C. y me dijo que no le gustaba. No sé, creo que no se trata de gustar o no gustar. ¿Podría conmutar ’tumbado’? Tampoco tengo una opinión sobre ello, prefiero mantener el adjetivo, alejarme de cierta idea del buen o mal gusto, establecer mi razón en el desarrollo de una ráfaga de onírico absurdo, incluso: áspero y punzante sueño. ¿Podría eliminar, así, ‘papel’, y como resultado: El tumbado? Sigo sin saber y esta ausencia es precisamente donde se muestra su inquietante realidad, porque cuando el sueño apunté en el papel amarillo [ese post-it] renuncié deliberadamente a dejar constancia de su contexto: por lo tanto, difuminadas las condiciones para su explicación, queda solo una huella que podría llevar a reconstruir aquello que nunca existió. De esto sí que estoy seguro, no irá más allá su vida de esta anotación en esta suerte de diario.


+ Por encima he leído algo sobre los hermanos Machado. Algo, también, sobre Guiomar y Leonor. Sobre Leonor Izquierdo un poco más. No entiendo el porqué se me aparece un hilo que me lleva a Fortunata y Jacinta. ¿Una tarea más que apuntar y resolver? No.


+ Imagen: tapia, pájaro, cielo.



sábado, 8 de julio de 2023

Los logros, el olvido y el folletín.

 


+ La deformidad es todo aquello que se aparta de la norma. Deformar, sin embargo, se reduce a alterar la forma. Pienso tras ver a dos personas que su dentadura se ha movido, por decirlo de alguna manera, y su rostro ha variado considerablemente. No resulta monstruoso, pero sí inquietante ya que parecen otros. Esa leve variación resulta algo similar a un verse suplantado. Es ese momento en que percibimos el cambio pero no somos capaces de acostumbrarnos. La voz es la misma, los gestos, la mirada, pero hay algo que se desplaza y nos ofrece la sensación de extrañeza. Estoy seguro que es algo perceptible, que no podemos ocultar: me refiero a nuestro asombro. Como una corriente eléctrica, una leve corriente eléctrica, un calambre a penas perceptible pero insistente.


+ Bebo café y vuelvo sobre ello.


+ Castilla y León, como destino de nuestro viaje. León, Palencia, Valladolid, Segovia y, yo ya solo, Ávila. En una semana estaré en las cuatro capitales de provincia. Sé que llevaré Fortuna y Jacinta conmigo, que le daré un gran impulso a novela [o no]. Quizá compré algún libro y quizá continue mi indagación sobre el Jesucristo histórico. Es un sumar en el desplazarse diario por los afanes, esas ficciones que posibilitan la vida. Ay, la vida. Un viaje es más viaje en los preparativos que en su realización. La poesía que contiene, la poesía que se recuerda y se enlaza con las ciudades y los paisajes, el rumor de los recuerdos de las conversaciones en el pasado. (Cuando hablo de poesía hablo de lírica, de un sentimiento y no de una técnica).


+ He perdido el interés, me digo y dejo el café a un lado. No me interesa escribir, hasta aquí hemos llegado, me digo y sé que no es verdad. Me siento cansado y no tengo ganas de escribir desde un tiempo a esta parte. No sé a qué se debe. Pueden ser las esperas, el tránsito entre lo viejo y lo nuevo, la aclimatación a una realidad que ahora es tan agradable que escribir ya no tiene sentido [siempre la escritura ha sido una terapia, tal vez, y ahora esa necesidad se ha disipado]. Tampoco tengo ganas de hacer ejercicio. Sin embargo, ahí sigo: escribo y hago ejercicio. Hay una suerte de hastío que tiene que ver con la prolongación de la tarea, con la monotonía, aunque yo en estas seriaciones encuentre una extraña erótica. No soy el mismo y no he variado nada, pero la prosa no fluye y siento las reiteraciones como un señuelo, las impresiones de los días como obligaciones necesarias para verter aquí.


+ Abro el periódico y leo sobre los logros de conocidos de los que hacía tiempo que no tenía noticias. Observo las fotos y estudio sus caras de satisfacción. Son indicios del paso del tiempo y de lo banal que resultan los afanes humanos. He adquirido esa perspectiva que regala el estudio de la prehistoria, la profundidad de los origines del hombre. Es volver a los clásicos, el regreso de pensadores que no hacían otra cosa que mostrar lo fútil que las empresas son. Pero ahí están, ocupan la página y su rostro es fuerza y determinación, mientras yo, del otro lado, soy duda y pereza. La pereza que otorga el verano e intoxica mi descanso: las pesadillas, los logros y el olvido.


+ Es sábado y el sol luce con majestuosa indiferencia. He hecho ejercicio y me dispongo a preparar el equipaje. Tendré, a lo largo del día, que realizar una programación. Sé que todo gira sobre la rutina y la disposición de los placeres sobre el podio del esfuerzo. Tengo que hacerlo. No es una meta. No será un logro. Es un fármaco, en sentido doble: medicina y veneno. Demasiadas palabras para la poca sustancia.


+ Esta tendencia hacia una literatura sapiencial, aunque la sabiduría tenga un peso limitado, me hace pensar en una falta de estructura. Un edificio más por acumulación que por proyecto. Es un rasgo de mi persona, que tiene reflejo en todos los ámbitos de mi vida. Por otra parte, esta la necesidad confesional amortiguada por un pudor heredado y que su explicación requeriría la habilidad de un novelista inmerso y ducho en procesos folletinescos. Ay, solo mediante una trama bien construida para capturar al lector podría explicar todas estas cosas que me llevan a escribir cada semana, sin llegar a contar aquello que considero secreto. Los secretos son un potente motor narrativo. 


+ El folletín como medida de una vida, reducido a él: todo se entiende, todo se explica.


+ Imagen: piezas de un mismo muro, separadas componen una posibilidad de abstracción: la historia de los que escogieron las piezas.


sábado, 1 de julio de 2023

Por un sendero lateral


 + El verano ha entrado con fuerza. El calor intenso se transforma una niebla en mi cabeza que se disipa con el ejercicio a primera hora y con una ducha templada. Me veo renovado. No he podido dormir adecuadamente y regresaba el recuerdo de lo último que había leído en Fortuna y Jacinta. Valorar ciertos libros es reconocerse como un lector capaz, con su punto artístico, con una cierta vena de sabiduría, pensaba yo mientras admiraba la arquitectura de la novela. Un mundo que se eleva en el silencio de la lectura silenciosa, a esas horas previas al sueño. 

+ Por un sendero lateral se encaminó hacia el viejo deposito de fuel. Una frase contiene posibilidades insospechadas, enunciar una posibilidad es segmentar un universo en, al menos, dos partes: la elección de un camino niega la posibilidad del que se desecha. Automáticamente escribo la frase y la tomo como título de la entrada. Por un momento pienso en como continuar lo que he escrito en versal y me digo que hay un escenario y unos actores posibles, una radiación narrativa, un núcleo que se establece entre los vasos comunicantes, lo leído y lo escrito. Pero no. No hay nada, salvo un deseo insatisfecho, una espera, una oración para un dios que no existe más allá de una suerte de esperanza, que más que esperanza es un amuleto. Palabras que se lleva el viento.


+ C. y yo vamos en tren a Vigo. Hablamos y observamos al pasaje, sin medirlos, pero sin perder la atención sobre la variedad de los tatuajes. No es fácil su clasificación, pero en todos ellos domina lo identitario. Quizá el tatuaje no sea otra cosa que una manera de comunicar la esa extraña cosa de quiénes somos. Así, vemos elfos, dibujos geométricos, runas, rostros híper realistas, pájaros o flores, serpientes que se abrazan a dos rosas entrelazadas, y así todo. Es un rasgo de nuestro tiempo, sin duda. Quizá se trate de un reducto para sentirse alguien, para singularizarse, para alcanzar una identidad propia, sin más propiedades compartidas. Luego, no hay más remedio, pienso mientras el paisaje se desliza ante nuestros ojos, los tatuajes se degradan y se convierten en un borrón, en una mancha oscura sobre la piel, una enfermedad dérmica sin mayores consecuencias que la extrañeza estética. ¿Hay una enseñanza en ello? Siempre hay una enseñanza que se puede aceptar o rechazar, y en este caso me remito a la erosión de los años, a cómo se desgastan las creencias y se materializa el escepticismo, al menos, en mi caso así ha sucedido, pero sin tatuajes, sino con ideas que hoy han caducado y no se han visto reemplazadas por otras. Sigue el viaje y los tatuados son la nueva normalidad, no aquella que nos prometieron, sino la que ya estaba. 


+ No en pocas ocasiones he esbozado aquí trazos de una narración, que finalmente queda en nada. No me preocupa esta carencia cognitiva, esta incapacidad para tomar la tarea y continuarla, vaya: el desarrollo de un esquema y el mantenimiento del pulso de una intriga. El ámbito de la novela se me negado y es un deseo, un anhelo no colmado. Se aprende de lo que se alcanza, nos otorga un perfil que define lo nuestro de manera implacable. Lo acepto como nunca antes lo había aceptado, en ello descanso.


+ Una cierta limpieza en las tareas diarias es salud. La organización del tiempo y las tareas, eso es. Me siento ligero y acometo las obligaciones con alegría y sin convencimiento.


+ Leo sobre la vida de Jesucristo [La invención de Jesús de Nazaret. Historia, ficción, historiografía, de Fernando Bermejo Rubio] y recuerdo la afirmación que en un café escuché el otro día a un ingeniero. Mantenía desde una brillante posición que la economía no era una ciencia, luego lo explicaba. Esta afirmación la comparo con la exposición metodológica que en el libro se realiza y entendiendo ese humilde acercamiento a un tema tan complejo mediante los indicios a sabiendas que lo que se ofrecerá será una propuesta y no una conclusión. Cuando el brillante ingeniero pronunció su sentencia alguien le replicó que la medicina tampoco alcanza resultado definitivos y asintió y dijo que la medicina no era una ciencia, sino una práctica. Nadie dijo nada, la ingeniería también resultaba ser una práctica, pero el mes de junio ofrecía extrañas reverberaciones sobre al asfalto, los aspersores trazaban cortinas transparente y un pájaro desafía al tráfico. El recorte de los árboles, algunos jóvenes despreocupados, una moto muy bonita y lustrosa que cruzó la avenida, nada más. Ay, la ciencia, el brillo y la juventud. Sigo en la misma línea, el descenso de la identidad.


+ Imagen: el disparo errado.

sábado, 24 de junio de 2023

Fatiga

 



+ K. y yo hablamos sobre política y sobre la pasión de la escritura. También, sobre el hastío que la escritura misma puede producir cuando se transforma en una profesión. Tal vez suceda con cualquier profesión. Todo llega a hartar y mantener el entusiasmo es muy difícil, solo al alcance de unos pocos. La ilusión por el trabajo es uno de los pilares de la felicidad. Pero hay un reverso, frente al profesional se sitúa  la práctica de un arte que es entretenimiento. Se da cuando al trabajo alimenticio sucede un ocio productivo enfocado a la creación, aunque esta no tenga relevancia.  Recordé viejos tiempos y cómo en esos momentos todo parecía tener sentido, como el que recolecta piezas de un puzzle con la intención de completarlo. Sin embargo, todo discurrió por otros derroteros. Creo que, en cierto sentido, fue mejor y, si no es así, otra opción no hay. Trabajo alimenticio y ocio creativo, esa es mi receta. Tendré que hablarlo con K., quizá esté de acuerdo


+ Un compañero de trabajo y yo hemos hecho un pequeño viaje que nos ocupó casi toda la mañana. Hablamos de asuntos laborales, políticos y sociales. Las relaciones sociales. Había acuerdo y nos preguntábamos si el pasado podría regresar en forma de pesadilla. El pasado no regresará, aunque el futuro sea otra pesadilla. Peor todavía puede ser que el pasado, pero siempre distinto.


+ En toda novela debe tener en sí un gran peso el contexto, que podría ser histórico o social, sociológico. En este sentido, enfoco mis lecturas. Hoy Galdós, mañana Clarín. Senderos que marcan unas posibilidades ciertas. Aterrizo en este ecosistema que yo mismo he creado. Lentamente llego hasta su núcleo y el camino nunca se termina. Hoy es miércoles y el tiempo se orienta hacia un breve viaje que emprenderemos en nada, en unas semanas. Pienso, otra vez, en la novela como vehículo de conocimiento y sé que el conocimiento que aporta nunca tiene una utilidad inmediata, como tampoco lo tiene el viaje. Viajes y novelas, he aprendido a prepararme para ambas realidades: mapas, lecturas y propósitos. He alcanzado ese punto de extraña sabiduría, doméstica y portátil. Soy yo y en ello me reconozco.


+ Se termina la tarde del miércoles, apago el ordenador y me dispongo a ir a caminar con C. La cuestión siempre es la misma: establecer ordenadas rutinas que le den sentido al día. Levantarse, trabajar, comer, dormir una breve siesta, ejercicio, estudio, paseo y sueño, pero antes el 1 % (en el libro electrónico) de la lectura de Fortunata y Jacinta. Se cierran los días con una perfección nunca antes soñada. En relación al primer segmento de esta entrada, no sé si está aquí la felicidad, pero sí hay un estático estado de tranquilidad que se me permite una despreocupada fluidez, muy próxima a lo ideal. Lo ideal no es un reflejo, ni un estado, sino un inestable caminar. Se entiende cuando se ha transitado, no mientras se transita.


+ El adelgazamiento de estos textos se debe a una cierta fatiga. La fatiga como llave para entender el momento.


+ Imagen: yuxtaposición, otra vez, yuxtaposición. Sin foco.

sábado, 17 de junio de 2023

Sin indicaciones (3)


+ Las indicaciones son necesarias, pero, en ocasiones, nocivas. Doblegar una voluntad depende, también, de una actitud del que desea. El deseo y la voluntad. Las aristas cortan, lo romo se agradece. Prefiero no mantener un punto extremo y dejarme llevar por una suave corriente de determinación, con un objetivo claro pero sin entrar en los límites de la violencia verbal, gestual. Nada más, es domingo y el sol luce, tras una semana de lluvias y calor, esa humedad penetrante que se infiltra en el sueño.


+ Aprecio la colección de imágenes que he acopiado aquí, quizá debería establecer un hilo, escribir sobre ello y volcarlo en una entrada. Tal vez. Pero no lo haré.


+ Encuentro breves notas sobre novelas que no he de leer. Me interesa ese reflejo de la lectura de otros, pero que no abre ninguna otra puerta que esa crónica. La crónica en sí. Quizá es porque tengo la convicción de que esa lectura me decepcionará y no tengo mucho tiempo, aunque pierdo mucho tiempo. No busco una voz. Ni una visión. Son relámpagos que me ofrece el suplemento literario antes de dormir la siesta. Quién será el hombre que tenga todo el tiempo necesario para leer todo lo que se ha escrito. Son notas que no están bien escritas y son pedantes. La buena escritura es la que comunica con fluidez, luego está el estilo. El estilo es secundario. Hay que oír esa voz interna, como si uno fuese otro. Leo y me gustaría tener indicaciones, pero no las hay. Continuo con Fortunata y Jacinta, que me habla, también, de otros lectores y otras expectativas. Otros ámbitos de lectura condicionados, ya que nunca ha sido de otra forma, por el mercado, en una equiparación con el gusto. El estilo es secundario y yo busco un grado cero.


+ Una breve nota para una idea sobre un guión que nunca se escribirá [al menos: yo no lo escribiré]: distonía focal: un músico (guitarrista clásico) se ve obligado a tomar un descanso, por un tiempo indeterminado, para guardar reposo y así tratar de curar su enfermedad (distonía focal) / Llega a Galicia, a la costa gallega, a Ortigueira / No va a tocar en todo ese tiempo, ese es su propósito, pero también espera, de alguna manera, alejarse de la música / Graba sus pensamientos en teléfono móvil mediante un sistema de carpetas que un momento dado le explica a alguien, pero sin entrar en demasiados detalles, la razón: no se deben utilizar ni las los dedos ni las manos / Nadie sabe a qué se dedica: ¿nadie?


+ Ahí queda en el tintero porque tan importante es la idea como su desarrollo, su gestión y la ambición para llevarla a cabo. Cualquiera de los tres puntos me falla.


+ El dilema de comer o no comer carne. Indagar en la posibilidad de no comer carne me interna poco. ¿Reducir el consumo de carne? La ambivalencia del postulado me deja indiferente. Hay animales que son para comer y otros no, pero si dejamos que se impregne esta distinción de sus rasgos morales perdemos un cierto punto de vista. No estoy en el debate, me alejo y dejo constancia de algo que leí de refilón en algún lugar perdido de la red.


+ Tomamos varias personas café hacia las nueve de la mañana. Las conversaciones se cruzan. Así pasamos de lo imposible de una ciencia económica, en sentido estricto, a una apreciación leve sobre cuestiones educativas: el ciber optimismo y el ciber pesimismo. Atraviesan fugaces ráfagas de opiniones sobre las elecciones próximas, pero son tan fugaces que no consigo recordar nada: no hay mucha voluntad de profundizar en todo lo demoscópico, por un lado, y en la doxografía por otro. El café está delicioso y los pequeños croissants se convierten en el complemento ideal. Alguien dice, acertadamente, que se debe recuperar el aburrimiento como cura existencial: esperar en una estación de tren y ver el paisaje, fijarse en la gente, sin música en los auriculares, sin teléfono. Es un proyecto. Se enlaza todo y hay un punto de perfección, quizá esto sea la felicidad, pero siempre en el recuerdo, nunca en instante.


+ Se va la semana en andas, todo se desvanece, permanentemente escucho y asiento, no hay otra. El aburrimiento es una medida perfecta. 


+ Imagen: de azules de tardes de verano de[l] pasado [de: preposición, y como preposición con su carácter de tornillería necesaria: el que no lo vea, no lo sabe]. 




sábado, 10 de junio de 2023

Sin indicaciones (2)


 + Sigo con mi indagación sobre Clarín. Comienzo a leer el libro de Ricardo Labra, El caso Clarín. Hay una senda, la sigo.

+ ¿El mal absoluto es el olvido? Sigo la conferencia de Enrique del Teso, me hago la pregunta al hilo de su afirmación. 


+  Leo una critica sobre libro reciente que aborda las piscinas como amplio tema de interés. Debo reconocer que es un tema que, en principio, resulta atractivo. Las piscinas ofrecen una doble dimensión, la arquitectónica y la sociológica, sin olvidar una cierta deriva literaria. Un espacio extraño que transmite modernidad y lujo, un cierto emblema de unas ciertas clases sociales. Me detengo y contemplo la imagen de las piscinas de Alvaro Siza en Matosinhos; hay algo pictórico e hipnótico en la imagen que corona el artículo. Todavía estoy en cama y el periódico es día anterior, por ello estoy embargado en los flecos del sueño y ello condiciona positivamente la lectura. Sin embargo, mi experiencia me dice que no se puede esperar mucho del libro. Esto último se debe a que ya he caído en otras ocasiones en trampas similares; bienintencionadas, pero trampas finalmente. Sé que lo que busco en tal libro no lo encontraré y lo que me ofrecerá será un tanto decepcionante. Mi papel de lector se ha afilado mucho y su filo es mi criterio, mi criterio termina por llegar a un punto donde me digo a mí mismo: pues escríbelo tú, si puedes. Esa tensión no se resuelve y queda en suspenso. Las piscinas son interesantes, la natación también, pero no me aportará nada. ¿Aportar? En este punto de la lectura, tras la lectura de la crítica, abandono el periódico y desayuno. Es domingo y hay una plomiza atmósfera que invita a la melancolía. Me sacudo la melancolía y busco el libro de Cheever, El nadador. También en el libro que no leeré se habla de esta novela, ya no recuerdo si leí El nadador. Y así.


+ No sé si se trata de la tormenta en ciernes o se debe a otro tipo de cansancio, pero he caído en una cierta abulia con su punto de erotismo atemperado. Lectura nocturna, divagaciones a media mañana, a primera hora algún periódico digital o el poema de una joven promesa de la lírica patria. Son trazos sobre el mapa de lo diario: no lo pervierten. Yo me repliego y ya casi es miércoles. Me gustaría entregarme a un poco a la lectura o la escritura, pero soy “un vate vago”, en este día de junio. Ha llovido un poco, gruesas y escasa gotas que se estrellaban contra el pavimento para formar redondeles irregulares, donde se podían adivinar formas de la misma manera que e hace con las nubes. Un poco de Champagne, algo de frivolidad, los días son sucesiones que se necesitan las unas a las otras, mientras: observo [sentarse en un banco y ver gente pasar, entrar en el detalle de su atuendo y su manera de moverse, sus aderezos y afeites, el dibujo de una sonrisa o un mal gesto, conversaciones que nos llegan al vuelo, el banco permanece y la impresión de ver la vida florecer, también]. 


+ Sigue la lectura de Fortunata y Jacinta. Poco más, esa es la lectura nocturna.


+ La brevedad de la entrada nada indica.


+ Imagen: como si se tratase de otro mundo: y así es, el pasado: toda foto es un otro mundo. 

sábado, 3 de junio de 2023

Imposible distancia


+ Continuo con mis indagaciones. Leo sobre los Neanderthal. Trato de hacerme cargo de nuestro puesto en el desarrollo histórico, hacerme cargo de la Historia misma. En otro lugar, leo que en cualquier momento llegará un nuevo virus que diezmará o aniquilará a la humanidad. Somos animales, no me cabe la menor duda, lo que nos lleva a estar condicionados por todos los elementos naturales. Quizá no sea el cambio climático o emergencia climática lo que ponga el punto final a la historia, sino los virus. Una oleada que exterminará al ser humano. Lo sé, la historia tendrá un punto final y el hombre terminará por desaparecer, nada es eterno, pero lo importante es adoptar en función de esta realidad un punto de vista. El punto de vista de la mortalidad, de la finitud. 


+ Abro un periódico en línea y un artículo se anuncia con el titular de que los hombres tienen cada vez menos amigos. Se abre la incógnita de qué hay tras la etiqueta “amigo.” En primer lugar se trata, según el artículo, de un declive de la institución y el concepto. Sé que leo con un exceso de precisión, que lo microscópico muestras razones que desbaratan el texto, pero, en esta ocasión, prefiero seguir con la lectura porque me parece que algún momento del artículo obtendré una revelación que me permitirá adivinar otros rasgos de este tiempo que comienzo a desconocer. Así dejo a un lado lo que podría significar “institución” y “concepto.” Vamos. Todo, vaya, gira en torno a las redes sociales y a la falta de tiempo. [Esto me recuerda, y esto es un excurso, que ayer una dependiente de El Corte Inglés, mientras nos empaquetaba para regalo una botella de Tokaji, nos dijo que el teléfono trae una reducción del espacio y que los jóvenes deben saber que tienen que convivir con los mayores y los mayores necesitan espacio, espacio frente a la unívoca pantalla]. Las redes sociales, que he probado y abandonado tras comprobar que me resultan prejudiciales, son una de las claves. ¿Es desde ahí, en esa toxicidad, donde se inicia la erosión de la amistad? ¿Será, también, responsable la pandemia, este mundo postpandémico que, en algún momento, se le llamó la nueva normalidad? ¿O, tal vez, se trate de que según los años pasan las personas se vuelven rígidas y este acantonamiento impide la amistad? No lo sé, no quiero aventurar nada, salvo continuar con la lectura de tan relevante artículo, pero me resulta imposible. De partida considero que es un texto insustancial y oportunista, un propósito oculto para agarrar a los lectores mediante la técnica de aunar una serie de modernos lugares comunes con citas de psicólogos y psicólogos: la falta de tiempo, la anomia de las redes sociales, la irrelevancia de persona, cuantificaciones de la temporalidad necesaria para hacer de un conocido un amigo. Todo ello bajo la nueva religión de la matemática: la estadística. La estadística palpita y mientras yo me pregunto por origen del ser humano, por la humanidad (de la que no dudo) del Neanderthal. Cierro, al fin, la página y me entrego a mi café y a la lectura de novelas, en su más auténtica y literaria verdad: aquella lectura de la que nada se aprende, de la que nada se saca, salvo la sabiduría de los amigos silenciosos (los libros) y el agradable tacto del entretenimiento recóndito, grácil y gratuito.


+ Los tantos por ciento adoptan un aire de talismán, de amuleto, de intrincada superstición.


+ Hoy domingo llueve y se anuncian fuertes lluvias durante toda la semana que mañana comienza. Leo el periódico en la cama, me levanto y estudio un poco, estructuro un texto que debo presentar, lo hago sin demasiadas ganas, pero lo hago, tomo el café templado y mágico, la música barroca inunda la habitación, la luz tenue del ordenador es inspiradora, me pregunto por los artículos leídos y encuentro un punto de distancia. La distancia. Imposible distancia. Hay algo que como un aburrimiento generalizado y una glotona necesidad de imágenes que se manifiesta en la profusión que, en cascada, deviene de las redes sociales. Me siento ajeno. Como decía el hombre que analizaba el discurso, soy un observador, no cabe otra. Un soneto es una suerte perfección, inmortal, tal vez, pero no va más allá del papel. Llueve y la música hace eterno el momento, me recuerda a la canción, “1979”, donde el aburrimiento trazaba el perímetro de la existencia y, esto, así, parecía que la vida era eterna, pero no lo era porque el reloj no se para, más allá de nuestros deseos y percepciones. Llueve y soy eterno.


+  "La luz desmayada", leo en un viejo libro de perceptiva. La luz desmayada esta tarde tiene su corto reinado y se resuelve en una lluvia fina que tamiza el espacio, lo empequeñece y el cielo ya no es la inmensidad. Las palabras se tiñen de nostalgia, un aliento y una revolución. Las elección llegará y pasarán, la historia comenzará a posarse, a establecer su reino de muertos y memoria. Hoy ya somos otros.


+ Imagen: la foto de una pompa de jabón, ligeramente tratada: queda, tras el proceso, una imagen falsa que parece lo que no es, pero de esto se trata, un trampantojo.