+ Hoy por la mañana comencé a hacer mi ejercicio diario de bicicleta estática, puse, como siempre la radio francesa, pero no me satisfacía la crónica del momento. Me levanté y cambié. Llegué así a un podcast que me ofreció una serie de reflexiones sobre las Lettres persanes, de Montesquieu. Tuve tiempo para reflexionar sobre el libro, que no he leído por el momento [¿es imposible leer todo, absolutamente todo?], y lo que el libro contiene, la propuesta y el sistema de estructuras que el libro desarrolla. Todo esto me transportó, sin saber cómo ni por qué, a un momento de recuerdo de viajes, de ciudades, y más, en concreto, del olvido de todos los momentos vividos, la felicidad del viaje en compañía de la persona amada. Mientras yo estaba en esto, C. continuaba con su tratamiento: la llevé al hospital y debía de esperar unas horas para recogerla; en el paréntesis, la bicicleta y las Cartas persas. Así comenzó todo.
+ Capas de realidad y sobre ellas, la coronación del estilo. Poco importa el estilo si no responde coherentemente a una totalidad. El estilo por estilo poco menos es que humo. Vi trenes en estaciones que no recuerdo el nombre, pero sí recuerdo la pátina verdosa de un vagón abandonado, comido por la humedad y el óxido. Un poema que leí, un poema que olvido, pero se mantiene la vibración ilusoria de la lectura. La realidad no es otra cosa que una invitación, un tablero que no admite fáciles modificaciones, cuando no imposibles. El estilo está bien, pero hay más, mucho más. La coherencia que se impone.
+ “Nunca he comprendido muy bien todos esos valores éticos con derechos y deberes. Yo soy un cínico. Así es más fácil. Al menos para mí es más fácil” (Trilogía sucia de la Habana, Juan Pedro Gutiérrez, p. 23 en Anagrama-Compactos).
+ La reflexión sobre la biografía desemboca en una reflexión sobre la escritura del yo. Cuando escribo lo que acabo de escribir pienso en la lectura que acabo de acometer: Pedro Juan Gutiérrez, Trilogía sucia de la Habana. Me interesa la personalidad que percibo, un punto de vista cínico y melancólico. Me interesa la vida de la gente sin importancia, de donde es complicado extraer enseñanzas y consejas, salvo una idea de cómo y por qué sobrevivir; mientras sufro un enamoramiento [literario] de esa Habana Centro. Los territorios literarios no son sí mismo, lo son por aquellos que han escrito sobre ellos; y si tenemos la suficiente habilidad lectora, cualquier territorio puede transformarse en literatura, basta una mirada, una mirada que hurtamos a un escritor, cuando ya solo es humo. El humo del cigarro que no fumo. A un lado está este libro de Anna Caballé, que tan indiferente me deja, que tanto me cuesta terminar pero que insisto en él porque, quién sabe, siempre hay una posibilidad de encontrar algo útil a mi investigación.
+ No me gusta decir: mi investigación. No soporto la pedantería. Hay cosas que las manifiesto en el silencio de la escritura, quizá porque no tiene mucha transcendencia, salvo este ejercicio gimnástico de la publicación semanal que arrojo a la nada, sin ninguna esperanza, sin ningún miedo.
+ [Ciudades, viajes, olvido]: “Por pasos sin esperanza / me lleva siempre el deseo”, reza el mote que luego glosará el Conde de Villamediana. Entre las ciudades que visitó y habitó, en mi opinión y en mi lírica personal, destaca Nápoles. A Nápoles viajamos C. y yo. Allí traté de encontrar su espíritu, pero un fantasma de poemas y cuadros me devolvió a escenas olvidadas. Tal vez era eso, el olvido y la construcción de una nueva lírica. Esa receta infalible para la felicidad, el olvido. Consejos, citas y grandes dosis de literatura sapiencial me llevan a este punto donde los viajes (o el turismo) tienen sentido por la altura de las ciudades, su altura lírica, el olvido de los poemas que nunca supe de memoria pero que vibraban en algún lugar, a la espera de que los recogiesen de sus tumbas de papel y cartón. No sé, la esperanza y el deseo deben asesinarse, de noche y en silencio, durante el viaje, en la ciudad de los ladrones, bajo la bendición del olvido de los viejos.
+ Me llega la imagen de un hombre de extraño atuendo. Es un político francés que ha estado una temporada en la cárcel. Busco fotos suyas en la red. Qué cambio, es otra persona. Su aspecto físico se ha tornado de la corbata a una extraña mezcla de vacación o turista extraído de una álbum de Tintin [de hecho, en un momento, me recuerda un poco a Hergé]. Tal vez sí, tal vez no. ¿Cómo se ve moldeado nuestro aspecto en función de las circunstancias, cuando dimitimos de una posición, cuando el terno y la corbata son ya un arbitrario ornamento debido a la nuestra identidad? Es un caso para estudiar, pero no lo estudiaré, simplemente, dejo constancia y me retiro. Tampoco me interesa demasiado, salvo por lo paradójico. [Nota complementaria: se trata de un escándalo político en Francia y en una de las páginas a las que estoy suscrito se quejan del tratamiento que la noticia recibe en los medios de comunicación franceses, por tratarse de un delincuente de cuello blanco, se afirma que la calidad de la prensa francesa es nula; quizá tenga más importancia de la que en un primer momento le di, pero queda ahí, sólo dejo constancia].
+ No cumplí mi propósito de hilar entre pedantería y bibliotecas personales. Lo dejé a un lado y no terminé el párrafo. ¿Resulta imperdonable o se trata de un pecado venial? ¿Un error o un despiste, una falta o una carencia? Sin duda, la apertura de la propuesta se desvanece al contacto con la ausencia de respuesta, en eso estoy ahora mismo. Escribiré más adelante [espero no traicionar esta afirmación].
+ Imagen: boquetes y transparencias.
sábado, 13 de agosto de 2022
Ciudades, viajes, olvido
sábado, 6 de agosto de 2022
Nunca neutral y siempre peligrosa
+ En la entrada anterior hacía mención al pedante. He reflexionado sobre ello, sobre sus rasgos y maneras, su estilo y su definición. Como tantas cosas o como casi todo, el pedante depende del punto de vista. El observador debe confrontar su visión del mundo y su estar en el mismo con las afirmaciones, generalmente categóricas, del pedante. El pedante tiene opinión y juicio para todo, donde el reina más por su engolada voz y su planta que por la fuerza de los argumentos. El pedante hace valer una posición de superioridad, sin la cual él no sería ese personaje absurdo y contundente. Pero no importa, me gustaría llevar el hilo hasta la calidad de las bibliotecas personales y la pedantería que reina en ellas, o la humildad.
+ El título de la entrada es un verso del Conde de Villamediana que pertenece a su Faetón. Pertenece a una serie donde se caracteriza a la “Diosa varia” o, lo que es lo mismo, a la Fortuna. He observado las acciones de la Fortuna en los últimos meses. La incertidumbre ante la resolución de la plaza a la que me he presentado [y he conseguido], la enfermedad de C., los vaivenes en lo diario y en lo excepcional. Todo ello parece gobernado por la Fortuna, pero yo así no lo creo. Me interesa más la hilazón que se hace para conseguir explicar lo inexplicable y atribuir a esta diosa voluble razones que carecen de razón. No hay un plan, no hay una urdimbre que conforme un tejido [la vida, la historia]. Lo espontáneo es el país donde habitamos; lo que no se programa configura el destino, si tal cosa existe, aunque sí hay una almendra en la personalidad, en el carácter [otra vez regreso a lo mismo]. Pero el verso me gusta, lo repito y subrayo los dos adjetivos: [nunca] neutral y peligrosa. Así la veo hoy, día de Santiago Apóstol, festivo, sin lluvia, sin calor, con ligeras y pictórica nubes en el horizonte.
+ ¿Qué es más adecuado: rastrear o investigar? La pregunta la hago mientras leo y mientras recuerdo haber empleado yo rastrear en lugar de investigar. Rastrear se relaciona con rastro y tiene un punto que se aproxima a la caza, cuando en la caza siempre hay una violencia implícita y explícita. ¿Rastrear? “El perro rastreó hasta la extenuación” / “Rastreé en los archivos del Palacio Ducal hasta la extenuación.” Pienso en los ejemplos y veo al investigador como un perro de caza, veo los legajos como conejos o ciervos danzantes, que se escabullen en las corrientes intransitivas de anaqueles y pasillos infinitos. La eternidad es una biblioteca, dijo alguien; yo prefiero ver el tablero del mundo como un archivo que ordenar, un orden que lo impone ese rastrear/investigar. Siempre peligrosa, siempre parcial, se presenta esta investigación.
+ Quizá mejor que decir que estamos en un proceso de cambio sería emplear la palabra metamorfosis. Un paso de un estado a otro mediante un cambio inimaginable. No sé. Borro lo que acabo de escribir y pienso un poco más en torno al urbanismo, la revolución industrial y el cambio climático, pienso sobre el optimismo y el pesimismo, la relevancia del ser humano y su reinado sobre la naturaleza, la idea de que la naturaleza en su totalidad está al servicio del hombre. La idea de metamorfosis me ha llegado desde el blog de José Fariña cuando en la última entrada vuelve a citar a Ulrich Beck y su libro La metamorfosis del mundo. Son lecturas que no haré, pues el tiempo es limitado, que me debo conformar con las noticias que de ello da J. F., pero que, al mismo tiempo, me marcan en los indicios a los que trato de atender el discurrir diario. La metamorfosis está presente, un latido que toma fuerza, que se refleja en ciertas tendencias. Las tendencias se hacen materia y en ello estoy, bajo el prima del lector, bajo el prisma del observador.
+ He vuelto a dibujar. Después de una buena noticia, como celebración de la misma, compré un cuaderno de dibujo. Es un bonito cuaderno de bolsillo. Tapas negras, papel de calidad y un grosor adecuado. Siempre llevo conmigo un portaminas. El procedimiento es sencillo. Dibujo con nervio algo que veo, cuatro o cinco trazos, otras veces con mayor detalle, pero siempre en un intento de acentuar los defectos que mi percepción tiene, pero, siempre, con trazo seguro y nervioso. Luego, con calma, los coloreo. Es un proceso que se podría parecer al de la oración, pero el rasgo que tiene en común con ella es el impulso y la conexión con otra realidad [interior, ficticia, sedante]. Es un camino hacia la ataraxia. Uno más. He vuelto a dibujar, pero sin más pretensiones que un play without role.
+ Casi para finalizar, copio una cita de Joan Margarit. Se trata de un fragmento que encuentro en la edición Arquitecturas de la memoria a cargo de José Luis Morante en Cátedra. Me parece significativo: “Con el paso del tiempo se van fijando imágenes, esencias en el sentido platónico, que nos ayudan a reconocernos como algo más que una sucesión de instantes sin demasiado sentido. Esta especie de orden que la conciencia nos impone hace que, por ejemplo, alguien piense: yo soy una persona de los años sesenta. Seguramente quiere decir que la década de los sesenta fue la de su juventud. Personas y lugares se van fijando de una manera determinada y, si no surge ninguna cuestión perentoria que exija un esfuerzo de cambio, es así como aparecen de manera natural en nuestro recuerdo.” (38)
+ Creo que nadie pertenece a una década, sino que todo el transcurso se reduce al presente. Esa cuestión inasible, volátil, fugaz, vaporosa. Bajo un enjambre de sensaciones, el triunfo desmerece ante el olvido, pero es el olvido la raíz de todo cambio. Ahí es donde está el núcleo del presente, me digo. La Fortuna, nunca neutra, siempre peligrosa.
+ Imagen: otro tríptico, que, también, funciona por oposición.
sábado, 30 de julio de 2022
Módulos de saturación
+ [No estoy seguro, yo no lo afirmaría; al menos así]. “«Una vida sin examen no es una vida digna de ser vivida» leemos en Gorgias y esta es la razón de ser de la auto/biografía, la clave de bóveda de una vida verdaderamente humana.” (Anna Caballé, El saber biográfico, p. 95)
+ ¿Qué desprende del párrafo anterior y que a mí, especialmente, no me gusta? No me gusta ese examen de conciencia. Me suena mal tanto examen como conciencia, esa transmisión de la inquietud, la saturación de las responsabilidades, el indeseable peso del pasado, las pretéritas culpas que nos atenazan en el presente. Y, por otro lado, que separa lo que merece ser vivido de lo que no lo merece. ¿La vida, acaso, no tiene un aspecto que resulta totalmente residual, el dolor y el sufrimiento, la vida que no es vida? Ay, los moralistas de última hora siempre piden la pedrada de Nietzsche: “el arrepentimiento es como un perro mordiendo una piedra: no sirve para nada.”
+ “… la marque de l’écrivant n’est plus que la singularité de son absence” (Foucault en “Qu’est-ce qu’un auteur?”).
+ ¿Hasta qué punto la vida no es una vanidad y la biografía el reflejo cotilla de esa irrelevancia? Basta acercarse a lecturas que rompen con el mármol de la fama y la posteridad, así, al contacto con estos destructores de la arrogancia y la soberbia, el contacto con el ser que todo lo diluye, me asomo a la cita que aúna el examen y la dignidad de la vida que merece la pena ser vivida. No acepto este marco, simplemente, ni la dignidad pero tampoco el examen. No acepto los pasos previos a la confesión, ni los movimientos posteriores. No me confieso, guardo silencio y me detengo en la lectura como afirmación de lo posible, pero soy quien establece el ámbito y el marco.
+ No es un deseo, es una carta de batalla.
+ Abro una historia de la literatura latina, a la que tengo un aprecio no menor, porque estoy buscando algunas noticias sobre Suetonio y su Historia de los doce césares. La abro y me encuentro con el billete de tren que nos franqueó el viaje de Nápoles a Pompeya. Es inmediato el recuerdo del trayecto, de la música de los gitanos rumanos que interpretaban con gracia y cierta maestría Tu Vou Fà L’Americano mientras el convoy se desplazaba por pueblos de nombres sugerentes y espontánea arquitectura y urbanismo, la línea de costa, el Vesubio que aparecía y desparecía, el mar y los rostros de los otros turistas. El libro me devuelve un recuerdo muy agradable, aquellos días, aquella mañana en Pompeya que nunca olvidaré. Solo ha bastado un billete de tren en un libro que he necesitado, es el pago que el pasado me hace hoy, es el rédito de los viajes, esta humilde alegría en la mañana del domingo.
+ Me enteró por una revista digital que sigo que Guy Debord tradujo al francés las coplas de Jorge Manrique. Esto me lleve a la lectura de las coplas, pausada, sin distancia, en la mañana luminosa del domingo, con la compañía del tic-tac del reloj de pared y el vaso colmado de café negro y aguado. La lectura me devuelve a tiempos escolares donde los versos eran un anuncio inquietante, que colisionaba con la altura de la vida en los albores de la adolescencia. Los versos germinaron para hacer crecer esta vegetación estoica que siempre ha circunscrito mi trayectoria. Reflejos del pasado en el presente, esa huidiza realidad que yo intento atrapar mediante este diario, este blog. Las entradas se suceden pero siempre es la misma entrada, la misma razón de ser. El estoicismo y cierta ataraxia me ayudan a comprender como los pliegues de la vida son transitorios, que todo es humo, que nada permanece. Así, ayer, hablamos, C., mi padre y yo, sobre la vida de Jesucristo y como se reconstruye esta con los evangelios. Sentí ese aliento que me da la reflexión sobre las biografías y su imposibilidad ontológica. Jesucristo permanece en la memoria, pero, también, el sol, un día, se apagará.
+ En el Índice de libros prohibidos figura Madame Bovary.
+ Y por azar abro un catálogo de ARCO. Se trata del catálogo de 2018. Paso las páginas con cierta desgana, la desgana del que ya ha visto todo o eso cree él. Las imágenes y la maquetación distribuyen ideas contemporáneas que tienden a construir un mundo exclusivo y hermético. Yo no he penetrado ahí, sin embargo, lo he observado con cierta proximidad, a través de ventanas que se abren brevemente. Todo está contenido ahí, lo arbitrario del juicio humano, en cuanto a moral pero también respecto a la estética. Me siento y vuelvo a abrir el grueso volumen y recuerdo cómo estuve allí, recuerdo rostros y gestos, recuerdo mi aburrimiento y la sensación de feria, cómo no, que me transmitió aquella acumulación de objetos artísticos. Era otro mundo y yo ya era otro, no pertenecía a aquello porque nunca fui parte de ello. Se reproducen los escenarios como la fruición del paso de los días, pero siempre es el mismo escenario. Lo sé.
+ La muestra gana lirismo cuando la vuelvo a ver, impresa, en papel, el recuerdo de la muestra no es agradable, no entro en otras valoraciones.
+ Como colofón de los últimos días de julio recurro al prólogo de The Penguin Classic Book, donde se dice que para leer los libros contenidos en este libro de libros (en torno a 1.200), con una lectura de cincuenta páginas cada día de la semana, serían necesarios para culminar la tarea 27 años. 27 años para leer 1.200 libros. Los libros que contiene este precioso libro son clásicos fundamentales: se puede discutir la pertinencia de la etiqueta en algún caso, pero resulta en un porcentaje no menor la presencia de verdaderos monumentos literarios que, al menos, se debe conocer su existencia. Dicho lo dicho, creo que resulta necesario tener presente este dato cuando nos enfrentemos a manifestaciones gimnásticas de poder lector., entre la estulticia y la arrogancia, la pedantería y la estupidez. Leer mucho no es una tarea sencilla, leer más de cinco mil libro a lo largo de una vida es una tarea, prácticamente imposible, incluso para los lectores profesionales. Agitemos este dato cuando nos encontremos ante el pedante que nos muestra con orgullo su biblioteca.
+ Imagen: fotos antiguas, antiguas fotos, que se dispararon con una cámara desechable. ¿Qué queda de alquel tiempo, 2010, 2011? Su constancia, el rumor de un tiempo, de un espacio, tal vez Madrid, tal vez no.
sábado, 23 de julio de 2022
Esbozos de autobiografía
+ Vuelvo a ver las fotos de salas de espera de hospitales que he colgado últimamente. Las veo y creo reconocer un algo distinto, como si llegase a ser capaz de hacer una lectura de los espacios más allá de lo obvio. Su desnuda geometría, ese mobiliario robusto, la palidez de los colores, la ausencia de ornamentación o una ornamentación muy codificada e irrelevante. Con todo, recuerdo una sala donde C. esperaba por una prueba. Era de color cereza y en la pantalla se debatían alegremente animales en un río, en un lago tal vez. Como una almendra asilada de la totalidad plana del hospital. La lectura de los espacios abre posibilidades impensables porque cada lectura personal no es necesariamente intercambiable, aunque se repita. ¿Qué pude leer? Un aliento poético, con la salvedad de la postración del enfermo, que es otra poética, más desnuda, más verdadera, más próxima. Llegué a casa y abrí uno de los libros en curso, Arquitecturas de la memoria de Joan Margarit.
+ C. se encuentra con una mujer. Hablan y yo escucho. Tiene un extraño sobrepeso la extraña mujer. Se ha recogido el pelo y sus rasgos de pájaro se acentúan. Hay en ella esa primitiva voluntad de mando, un orgullo del puesto alcanzado, la irrealidad de la vida, esa ficción. Y dice, agitando un libro: “aquí está el sentido de la enfermedad.” Yo en silencio me digo que, como en casi todo, no hay un sentido, ya que si la vida carece de sentido, o significado, mucho menos le corresponde a la enfermedad, a la muerte, algo similar. No digo nada. Ella no es una persona iletrada, es “alguien”, tiene tablas y posee una aristocracia de la clase media, de chalet adosado y plaza de profesora de enseñanza media, pero vibra esa irrealidad de lo banal. Soy niebla, solo niebla.
+ The The - Giant: la letra de esta canción abre y cierra la novela de José Ángel Mañas Historias del Kronen. Mientras suena, en otra pantalla leo la letra y veo que se trata de un ajustado resumen / invitación a la propia novela. Dejo a un lado la canción, que no me disgusta. El recuerdo de la canción y de la novela llegaron porque en esta calurosa mañana de domingo abrí viejas entradas de este blog. 19 de noviembre de 2019. Recuerdo esos días. Yo estaba postrado porque me había roto la cabeza del radio del brazo izquierdo. La postración siempre cambia el ritmo de los placeres y los días [esto adjetivo así en memoria de un Umbral que ya no recuerdo con precisión]. Leí la novela y regresé a un tiempo y una amistades que el viento de los años han terminado por enterrar bajo sus arenas, arenas de un desierto que se ha desvanecido. La novela, la canción, el tiempo. Poco más. Pero, por lo que se ve, sigo en la senda autobiográfica. Lo apuntalo: esta tarde seguiré con el libro de Pozuelo Yvancos.
+ El autor, Mañas, tiene hoy más de cincuenta años. Qué cosa, qué novedad. Los años traducen la juventud en vejez, pero queda, tras ellos, un acento que matiza la edad adulta. ¿Qué queda del adolescente que fuimos?
+ Hay cuestiones latentes que se agitan en el aire. Se trata de las relaciones entre policías, políticos y periodistas. La manipulación de la opinión pública para impedir determinadas opciones. He visto cuestiones parecidas en ámbitos menores, pero con intereses económicos de cierta importancia. Dejo los detalles de una cosa y la otra a un lado, pero me reafirmo en la idea de que una de las características del ser humano, entre muchas, es, sin duda, la consecución del poder y su mantenimiento, por los medios que resulten necesarios, el lucro y la moneda, la obligación y la imposibilidad de llevar a cabo la propia voluntad. He pensado muchas veces que es la personalidad la que va colocando a cada uno en su lugar y no es un mérito ocupar cierto puesto sino un ardid del destino plasmado en esa misma personalidad [siento repetirlo una vez más: “El carácter es el destino”]. Uno, que tiene pocas ansias de poder, o ninguna, debido a esa naturaleza de observador con la que ha nacido, se encoge de hombros, pero esto no impide observar los meandros y las planicies, las cumbres y los valles del comportamiento, estrategias y tácticas para lograr lo deseado: el poder. El poder: que los demás hagan lo que yo quiero o que no hagan lo que ellos desean. Todo parece grave y es grave, pero el devenir histórico resulta inescrutable, aunque, como decía el gran historiador Julián Casanova, la historia no se repite, rima. En desentrañar la rima, bien asonante, bien consonante, estoy.
+ El regreso a la rutina es un regalo que ofrecen las vacaciones, me dice. Yo entiendo, en su caso, la posición que ha adoptado. Lo admiro, en cierto sentido. Por otra parte, han sido tiempos complicados y con laberintos difíciles de superar. Todo llega. Ha pasado las vacaciones en el sur de Francia y vuelve renovado: ha practicado el idioma, ha bebido vino en plazas amplias y ocres, la lectura y la escritura, una suerte de enamoramiento y el recuerdo de sus hijos. Todo ello es un regalo, me dice, pero yo veo sus ojos y la tristeza asoma. Lo recuerdo en otros tiempos y su rostro era afilado, entre lo literario y lo político se debatía en lo diario, tenía una fuerza decisiva. Sin adjetivos, tal vez, emprendió su particular lucha. Hoy las cartas son otras, tocará barajar, me digo sin esperanza. Se ha despedido y yo le sigo con la mirada. Quizá encuentre su paz en su rutina. Bendita rutina.
+ “Que no te confunda la reflexión sobre la vida entera,. No andas cavilando en cuáles y cuántas cosas penosas es de creer que te han de pasar, sino que a la vista de cada una de las presentes pregúntate a ti mismo qué parte de la tarea es intolerable e insufrible. Sentirás vergüenza de confesártelo. Luego, acuérdate de que ni el futuro ni el pasado te pesan, sino el presente siempre. Éste se minimiza si sólo lo delimitas a él y refutas el pensamiento, si no es capaz de hacerle frente por sí solo.” (Marco Aurelio, Meditaciones [AE, trad. Bartolomé Segura Ramos]: 114, 36].
+ Tras copiar la cita de Marco Aurelio regreso al escritorio con el alivio de saberme en el presente, un presente amplio, pero limitado al afán del día, no más allá [o esa es la pretensión, en intento]. Se limita al trabajo, el ejercicio físico y el estudio. Los momentos de asueto, la compañía de C. y conversaciones entre ambos que se rigen por el respeto y la atención, también la curiosidad de aquellos que comparten la pasión por la lectura, entre otras muchas cosas. ¿Es esto la felicidad? No lo sé, no me importa, no he de investigar sobre este particular.
+ Imagen: del pasado llegan estas fotos que se ven determinadas por el disparo automático y con una clara tendencia a la abstración; una vez más, la yuxtaposición reclama un sentido o un significaco. Podremos elegir, sin dudar.
sábado, 16 de julio de 2022
Emblemas y silencios
+ Como el emblema que es, Faetón permanece en la cabecera de mis pensamientos. El desafío que supone su aventura es ejemplar, pero, y es lo más importante, explicativo. Lo tóxico y lo humano, la ambición y el deseo inconcluso, la petición cumplida que se transforma en maldición. Leo noticias sobre celebridades y no puedo dejar de acudir a lo que Faetón nos muestra. Ahora recuerdo su apuesta, el vuelo y su fracaso. El fracaso es una idea que, siempre es así, anida en el interior y tiene más relación con el poder que le otorgamos que con su propia naturaleza. Dinero, amor, poder. Triadas que amplifican el vuelo del Hijo del Sol. Faetón, a diario, se muestra en lo próximo y en lo distante.
+ Escribir la biografía del Conde de Villamadiana me obliga a reflexionar sobre mi propia vida, lo que no se aleja demasiado de la idea de establecer una autobiografía. ¿Una explicación de la sucesión de personas que he sido y establecer la idea de un hilo conductor de esa misma sucesión, es esa la tarea? Pensar tanto en uno y no prescindir de los cuidados necesarios para no desfallecer. Hoy me siento triste, me digo y me observo, me estudio y me alejo de mi mismidad, pero solo es un vano intento. No consigo otra cosa que debilitar la negra presencia de la melancolía, porque pensar en el aburrimiento es dejar de estar aburrido, pensar en la tristeza es acotar el sentimiento y transformarlo en un objeto de estudio. ¿Es desde ahí desde donde escribo?
+ “Que todo es opinión”, resuena tras la lectura que realizo al azar cuando abro las Meditaciones, que acabo de encontrar. Es una casualidad, pero no lo parece porque semejan las palabras necesarias para este momento. La cita que hace Marco Aurelio del comediógrafo Menandro termina por completarse con el siguiente comentario: “Clara también es la utilidad de lo que se dice, si uno acepta su alcance en la medida que es verdad.” Por otra parte, alguien en algún sitio decía que tanto Marco Aurelio como Epícteto tenían una obras portentosas, pero que no estaba seguro que fueran muy beneficiosas para su contemporáneos. No sé, ayer vi a un cura agitar una bandera de España con el corazón de Jesús en su centro; este tiempo es extraño y Marco Aurelio me aporta razones para evitar la tristeza que me produce ese sujeto, la bandera y todo lo que representa. Hoy vuelvo a ello, “que todo es opinión”
+ No distingo entre tiempos oscuros, peligrosos o malos tiempos. Hay una reiteración en los sucesos, en aquello que resulta desagradable, pero que se constituye en característica del momento. ¿Hubo un tiempo mejor o peor que el actual? Embebido en lecturas sobre vidas ajenas, en la indagación de las razones para escribir sobre ellas, me dejo llevar por un estoico sentimiento de transitoriedad, fugaz y libre tiempo que no tiene miramiento porque no es otra cosa que una abstracción. Esa abstracción llamada tiempo solo es un nombre, fórmulas matemáticas, estructuras laborales o el gesto del amor que se desmaya ante la vejez. He leído sobre todo que hay de arbitrario en las instituciones políticas, en los títulos y cargos, en lo teológico que se hace patente en las opiniones de los tertulianos y, al tiempo, no se niega, sino que subraya esta cualidad de creencia. Tiempos oscuros, dice alguien en el ronroneo del televisor, alguien sin mucha entidad, pero con presencia y voz engolada, otros le dan el parabien y se entrelazan en zalameras sentencias, pesadas y prescindibles. Guerras ha habido siempre, desamores, pobreza o asesinatos, y mientras esto ocurría, otro eran felices. Me siento alejado, una vez más: un observador. Qué desagradable puede llegar a ser esta cualidad de observador, pero, hasta aquí llego, me sobrepongo a ella con esa herramienta tan útil que es la ironía.
+ Ironía, que no sarcasmo.
+ [Emblemas y silencios]: Faetón se ha constituido en un emblema y guardo silencio ante opiniones que me resultan molestas. El silencio solo se ve interrumpido por una misa de Bach que he elegido y suena en el altavoz desde la conexión inalámbrica del ordenador. Emblema también es lo físico de mi ejemplar de las Meditaciones y de las Metamorfosis. Los textos, pero también las ilustraciones, la portada, el formato y la calidad del papel. Emblemas son mis guitarras, el coche, el reloj barato, el bolígrafo barato y todos los libro que atesoro. Pero, ahí está la clave, siempre prestos a perderlos y no sentir su pérdida. Así, tengo elegido elegidos algunos libros para cuando ya solo quede la lectura y si debo depurar la elección, me quedo con El Quijote, una relectura pendiente. Sin duda.
+ Yo no leo libros sino que integro libros en temas, me digo a mí mismo en esta calurosa mañana de julio. Hay una serie de temas que me interesan, preocupan y asaltan. Hay un territorio vasto: la ficción, donde se incluye la novela, pero también el teatro, el cine, las series […], donde, sin duda y por derecho propio, reina la novela. Tras ello, o previamente [algo que depende del momento y la circunstancia], se encuentra la poesía. Ambas realidades tienen en torno a sí un entramado crítico y académico importante, extenso. Dicho esto, la política en un sentido amplio, la lectura como actividad, el determinismo como explicación del comportamiento y del cursus honorum [o deshonorum], la geografía, la sociología, y un largo etcétera que componen un haz de intereses temático. Y, aquí es a donde quiero llegar, pues ha aparecido un nuevo tema: la biografía y la autobiografía. Percibo claramente como se constituye, como una suerte de flechas me conducen a su centro, al tiempo que este se hace materia de investigación gobernada por el espíritu de la curiosidad. He de tener tiempo, mucho tiempo, para reflexionar sobre las vidas contadas, por las confesiones, por el relato que se establece en un diario, una libro de memorias o el simple contar su vida las personas en el tránsito ordinario de la vida.
+ ¿Qué es sino escritura autobiográfica este blog?
+ ¿Toda escritura en primera persona es necesariamente autobiográfica?
+ En Anna Caballé El saber biográfico me encuentro con una cita de Gramsci que dice en los países especialmente hipócritas la literatura autobiográfica no abunda o si la hay se da en una forma estrechamente estilizada [hago yo una paráfrasis más o menos ajusta al texto del libro]. Luego, ya con una cierta distancia, en una apreciación que yo veo próxima: “estilizada.” Cuánto hay de verdad en ello, los estilistas son traidores a su propia realidad, y yo me veo ahí y ahí es donde reflexiono sobre lo que llevo escrito. ¿Una estilización? Ay, supongo que es una suma de carencias y miedo lo que nos arroja en los brazos de un estilo, de la búsqueda de un estilo. Carencias y miedo, me repito y lo afirmo, un binomio que se podría traducir en hipocresía.
+ Imagen: cruce de calles, los cables, el cielo, la diluida estela de un avión.
sábado, 9 de julio de 2022
Inquietud
+ Me gustaría reflexionar sobre los consejos que se reciben a diario, especialmente cuando uno está en una situación complicada, límite o se enfrenta a un dilema de elección difícil. Si se analizan en detalle estas recomendaciones se termina por llegar a la conclusión de que son muchos los que hablan por escucharse a sí mismos, sin que la intención de sus palabras esté encauzada a consolar al afligido, al enfermo o al dubitativo. Resuena campanuda la voz, que se adorna con experiencias propias y ajenas, invenciones y chismes. Y nos callamos resignados o guardamos un silencio lóbrego condicionado por la educación, las buenas maneras. Más tarde, ya en soledad, nos damos cuenta del daño que nos han hecho esas supuestas buenas intenciones. ¿Quién les ha pedido consejo? Ay, el silencio, esa oculta y necesaria virtud.
+ El trabajo contra la frustración es un ejercicio que requiere constancia para transformar un hoyo en un juego de espejos, un juego de indiferencia y distancia, un juego de malabarismos que permitan recuperar una cierta calma. Busco las Meditaciones de Marco Aurelio y no las encuentro, las busco y en la búsqueda comienzo a recordar algunos fragmentos. La búsqueda resulta infructuosa, pero hay en ella, en el proceso mismo y en su fracaso, algo de fármaco. Ya lo sabemos, fármaco tiene una doble vertiente: remedio y veneno. El veneno, ahora, queda a un lado, permanece el remedio. Es el caos mi estado habitual, aunque a lo largo de extensos períodos no lo parezca, ¿es bueno es malo?, quizá no entre dentro de esas coordenadas.
+ Los meandros que me conducen a ciertas curiosidades se configuran mediante búsquedas aleatorias, azar e intuición. No se producen por una búsqueda específica, sino que es un brotar espontáneo y ligero, sin sustancia pero con proyección a reflexiones sobre lo cotidiano que me ayudan a plantear nuevas preguntas, ese camino sin final. En una de estas excursiones [es decir, salirse del curso para hacer una suerte de contemplación] me encuentro con el uncanny valley, o lo que, traducido, viene a ser el valle inquietante. Se trata, según leo, de que cuando mayor es la apariencia humana de un robot, la reacción se aproxima hasta la que tendría un humano con otro humano, esto tiene un límite, que no es otro que el reconocimiento de lo artificial, lo no-humano, una sensación que da paso a la repugnancia. Sucede esto también con los maniquíes, los cadáveres embalsamados o los muñecos de cera. ¿A dónde me lleva el valle inquietante? No deja de ser una pregunta, también, inquietante. Una pregunta que cuestiona lo construido frente a lo dado. El valle inquietante se dirige a la voluntad divina que reside en todo acto creativo y su fracaso, que se puede disimular pero no impedir. Seguiré pensado en ello hasta que se diluye en el tráfago diario, donde todo muerte en función de la superposición de capas y matices.
+ Así mismo, se produce un valle inquietante cuando se observa una prótesis.
+ ¿Toda narración en primera persona es, necesariamente, autobiográfica? En los debates sobre el autor encuentro un aliento personal. Este reflejo me lleva, en ocasiones, a plantear la vida sobre una plantilla narrativa. La narración y el relato estructuran el día a día, bajo la égida de una supuesta correlación de hecho, pero más centrado en las imágenes que en el desarrollo de la historia. ¿La historia, la primera persona, el relato de los hechos? Las preguntas ampliamente se abren sin respuesta.
+ ¿La literatura sapiencial que destila el necio? ¿Una épica del fracaso cotidiano? ¿Un significado que no desea ser desvelado? El necio me mira y me doy cuenta de que es un espejo, tras él la estulticia desaparece, cuando me reconozco.
+ Me adentro en De la autobiografía. Teoría y estilos de José María Pozuelo Yvancos. Sé que es un tema importante para mí, perseguido e intuido desde hace tiempo, una suerte de construcción espontánea que ahora tiene una concreción que oscila entre lo académico [el Conde de Villamediana, su estela y sus derivadas] y entre lo personal [la necesidad de una definición, de explicación de mi propio yo, ese anhelo frutado de antemano porque la variación es tal que todo se inclina hacia la evaporación, en cada instante soy un otro yo]. En esa estela de Rimbaud me muevo, creo entender. En esa ambigua posición. Lo que escribo y lo que pienso, lo que sueño y lo que reconstruyo, me veo en el espejo y digo: soy yo. Me doy la vuelta y me asalta la incertidumbre y creo hay un placer malsano en esa aparición del dolor. ¿El dolor? La autobiografía no deja de ser un vano intento por perdurar y trato de explicarme en esta transitiva afirmación, porque ¿deseo perdurar o solo alcanzar un grado de tranquilidad suficiente? Vuela la nube y con ella un endecasílabo que no acabo de concretar, muere el domingo y soy yo el que lee, el que escribe, el que olvida.
+ Antes de que C. entre en la sala que le van a aplicar el tratamiento, leo unas páginas sobre la autobiografía de Roland Barthes. Entiendo bien a que se refiere Pozuelo Yvancos en el texto que enjuicia la obra y la vida de R.B., su plasmación en el texto mismo. Esto me lleva a valorar mi tendencia hacia la lectura de la obra de R.B., que, de alguna manera, una suerte de fallido paralelismo, tiene que ver con una transposición de R.B. al relato que construyo yo [=vida]. Se puede resumir en un fracaso parcial y fragmentario, un equilibrio que explica con precisión decisiones, deserciones y triunfos en el decurso de los trabajos y los días. Ese afán, esa meta que no llega a la concreción, pero que permanece como un motor inmóvil. C. queda en la sala y yo, desde la soledad de este instante, escribo este fragmente. El fragmento, la autonomía y la yuxtaposición son las herramientas, la explicación incompleta del mutable yo la finalidad.
+ Imagen: imágenes que tienen muchos años sobre sí mismas, ¿diez años son muchos años, doce años son muchos años? Testigos mudos de otro tiempo.
sábado, 2 de julio de 2022
Provincias y regiones interiores
+ [Turismo] El turismo tiene mala prensa. Nadie quiere ser turista y todos quieren ser viajeros [algo así rezaba una canción pop, puede que se tratase de una canción de Jarvis Cocker, tal vez sí, tal vez no]. El turismo es uno de los rasgos característicos de nuestro tiempo, de nuestra identidad como individuos y como grupo (-s), un tiempo y un espacio donde se diluyen los dilemas de los idiomas, las indumentarias regionales o los gestos y maneras de nuestro ámbito cotidiano. He puesto el acento en la disolución, a la manera de que existen no lugares [inmensas salas de aeropuerto, estaciones de servicio o impersonales vestíbulos de hotel], así también existen personas que ven difuminada su personalidad por el contacto con esta materia turística que todo lo transforma en parque temático, esa suma de circunstancias que son más escenario que vida. Yo no renuncio al turismo, prefiero observar su naturaleza y sumergirme en sus contradicciones, pero, también, en su grandezas [que las tiene, poderosas y extravagantes, algo muy de agradecer]. ¿Me declaro turista cuando me desplazo o, simplemente, soy un observador que gana terreno y advierte las posibilidades que se abren, pero de las que no participara? El impulso permanece.
+ [El viaje, el viaje imposible] No se trata de un viaje al uso, o quizá sí. No me refiero a los usuales desplazamientos que implica cualquier viaje, cualquier destino turístico o cultural. La duda de si es un viaje o no lo es viene dada porque el viaje tiene un rasgo de cambio que mantiene, y ahí voy, el viaje interior. El viernes pasado me llevé un disgusto y sentí derrumbarse una parte de mí, con cierto dolor, con cierta desesperanza. Era un viaje, sin duda. Un viaje a un abismo porque yo lo veía como un abismo. Somos nosotros los que establecemos el marco donde se desarrolla el viaje, porque el viaje es, principalmente, desplazamiento y aprendizaje. Me dejé ir y esa noche no dormí acosado por el miedo y los nervios, por una incertidumbre insana y palpitante. Poco a poco, he conseguido sosegarme, pero no sé si estoy de regreso.
+ Los errantes vagabundos que veo en las carreteras nacionales, de capital de provincia en capital de provincia, se presienten con un bagaje sentimental, un paisaje y una geografía de difícil concreción literaria porque parecen rebasar la capacidad de expresión para centrarse en el vivir, simplemente en la íntima constitución de la vida como obra de arte. Pero no es así, al menos en su totalidad, ya que la literatura es, ante todo, expresión y, por lo tanto, es una cuestión de capacidad y no de vivencias. La expresión de un estado de ánimo que condiciona la percepción y se ve retratado con arte. Ay, esa palabra: arte. Pero también se puede renunciar a esta senda y dejarse en el silencio [¿soy yo el que habla?]Pienso en los vagabundos y hoy soy uno de ellos, errante por provincias y regiones interiores.
+ [Coincide esta entrada con el final de los flecos de aquello que denominé en el título: paréntesis, ¿es una señal?, el caso que unido a ello llega una indeseada ansiedad y sabemos que, siempre, la ansiedad es sinónimo de miedo].
+ Emprendo la lectura de Le pari biographie de Françoise Dosse. Ay, la biografía, siempre escrita desde lo autobiográfico, siempre el borde de la Historia, en el límite de la ficción. En fin, una tarea más, un horizonte que condicionará la percepción durante un fulgurante instante.
+ Imagen: sala de espera, junio de 2022 [ni óleo, ni lienzo].
sábado, 25 de junio de 2022
El dios de la oportunidad
+ Comienzo a leer un libro sobre novelas y artistas plásticos. Comienzo y ya en el inicio no puedo estar menos de acuerdo. Leo dos o tres páginas y el desacuerdo continua. No es un autor menor el que lo escribe, pero su campo es el de la historia del arte, no el de la teoría de la literatura. No lo dejo y continuo. Se sitúa a mediados del siglo XVIII el inicio del auge de la novela como vehículo de expresión destinado a las masas, pero, creo, al tiempo que se hace esta declaración, se ignora que la población que podía leer era muy escasa, debida a las altas tasas de analfabetismo. Concluyo, que es algo que no se ha reflexionado adecuadamente, que el libro es fruto del mucho escribir y del poco reposar los textos. En un aparte, una larga nomina de novelistas que circunscriben sus obras al ámbito de los pintores se desliza un error de bulto: es un tema, pero el núcleo de la novela suele ser otro más profundo, que se traslada del tópico a la constitución misma, es decir, a la estructura. Pero, estas consideraciones mías, se diluyen en un prosa bien construida y me digo que no tienen mucha importancia, que, a renglón seguido, se declara el moralismo inherente a la novela, como obra que tiene en sí, siempre, una enseñanza. La peripecia parece responder a
+ La doble faceta de Flaubert: el lirismo y la exactitud de los planes, siempre llevados a cabo. El lirismo y la disciplina. Esta exigencia ha estado presente en muchos de mis proyectos a lo largo del tiempo. Una luz me ilumina y sé que F. ha resultado ser una influencia más que notable. Así, leí sus novelas, los estudios sobre ellas y algunos fragmentos de su correspondencia. Cuando vi el Sena en Rouen todo ello me vino a la cabeza y su punto álgido fue cuando cruzamos en coche, C. y yo, el Puente Flaubert, todo un símbolo de mis conquistas, el olvido de las derrotas.
+ El avance de la semana me hace percibir lo deletéreo que resulta el paso del tiempo. Comienza la semana un lunes y aparece el viernes por arte de magia, no nos hemos dado cuenta de qué pasó, qué transiciones han obrado hasta quebrar la vida de esa semana. Lo comento y es el mismo comentario de siempre, abundamos en esa evidencia, esa tautología. Pero, qué decir, cómo no asombrarse cuando lo que existe es un hiato entre el imaginario construido con la argamasa de las ficciones que tienden hacia lo eterno, como si esa fuera la única medicina que nos salvase del veneno del tiempo. No pasa un día sin que piense en ello, como si un dios del hogar fuese. Mi pensamiento se une a lo que recuerdo de Marco Aurelio, que no deja de ser una tenue niebla de la memoria de la que resta un poso de certeza: lo poco que es la vida, tanto la del mendigo como la del Papa de Roma. Mientras, cabalga la crisis, el combustible de la intolerancia. Puedo ver la violencia asoma sus garras; mientras, la semana termina.
+ Buscamos un sito donde cenar y lo encontramos. Resulta satisfactorio, como resultó satisfactoria la cantina de la estación de tren donde C. y yo tomamos agua y cerveza. Un pequeño mundo que se amplia a cada momento, esos momentos de intimidad. A lo lejos, las nubes elevaban un telón de gris y pesada presencia, un recordatorio de todo lo que se funde en el tiempo. El dios de la oportunidad nos bendijo y, así, acertamos en cierta alegría, una alegría muy superior a la felicidad, por encima del optimismo, por encima del pesimismo. La bendición del dios de la oportunidad. Kairós [el tiempo de la oportunidad]: la oportunidad y la conveniencia en el instante preciso: aquí y ahora.
+ Alguien plantea si los avances laborales y sociales son debidos al consenso o al conflicto y sus resoluciones. Me centro y debato. No quiero saldar la cuenta con una respuesta rápida y banal. Siempre he creído en los equilibrios, pero las circunstancias de la crisis me inclinan a ver la segunda opción como la única salida, pero, simultáneamente, sin consenso no se llega a un punto aceptable, deseable.
+ Me ha sucedido en más de una ocasión. Resulta sencillo. Le cedo el paso a una o a varias personas y continuan su camino sin apartar la vista, sin agradecer el gesto. También con el coche me ha pasado. No tiene importancia porque el gesto no está dirigido a una persona en particular, sino que se extiende al todo social, sin esperar nada a cambio. Y de eso se trata, de hacer cosas sin esperar nada a cambio y, al tiempo, estar prevenido contra la mala educación. Así, con el tiempo, he desarrollado una muy útil indiferencia que obtiene traslado a otras circunstancias y escenarios. Nada me inmuta, salvo lo que yo decido que me afecto. Tan selectivo soy, me digo y las nubes cabalgan en su inmutable armonía.
+ Imagen: un tríptico que, mientras camino por el bosque, toma forma por yuxtaposición, son las caras de un poliedro que se hace forma según yo disparo estas fotos que ahora se opone pero que, también, se complementan.
sábado, 18 de junio de 2022
Las múltiples caras de lo banal
+ ¿Por qué lo banal, por qué lo vulgar, por qué ese gusto por el kistch? ¿Porque hemos dimitido de acartonadas elegancias y del buen gusto? No hay respuesta sino un punto de vista que hace posible la descripción de las preguntas.
+ Bovarismos: mientras hago el ejercicio diario, como viene siendo habitual en los últimos días, pongo un programa grabado de la radio pública francesa. Así, he transitado por la obra de Foucault, Bourdieu y Flaubert. Divulgación. Es en este último donde estoy ahora mismo, estoy con Flaubert. Ha sido enriquecedor escuchar el programa, con los datos y las opiniones me hago una composición que se conecta con mi propia biografía, con las ansias novelísticas de otro tiempo, con los desmanes noveleros olvidados en noches que ya olvidé. Entre muchas razones dadas, vuelvo a recoger aquella de los libros tienen un punto de toxicidad, idea que expresan algunos personajes de la novela. El deseo de que la realidad se aproxime a la realidad libresca no deja de ser una enfermedad. Quizá, también, el Quijote participa de este extraña verdad: el veneno de la lectura. Y, ahí es a donde quiero llegar, yo he sufrido este envenenamiento del que, lo sé, nunca me curé. Hay una atenuación, pero nunca me recuperaré en su totalidad porque es una enfermedad que nació conmigo y conmigo morirá. Lo sé: Mme. Bovary c’est moi. Punto y seguido.
+ Continuo mi excursión turística por el mundo de Flaubert. Descubro pliegues que intuía pero que no había concretado en su momento. Hoy me acerco, una vez más, a la toxicidad de la literatura, de cómo F. dirige su vida, no sé si con un proyecto o espontáneamente, hacia el ejercicio de la escritura. La escritura que siempre llega con el parto de la lectura, la escritura, pues, es la hija de la lectura. Me identifico con F. y repaso mi biografía y compruebo que la inclinación libresca ha estado ahí, sin interrupciones. Nunca he dejado de leer y la lectura, en ocasiones, ha actuado como un veneno, en ocasiones ha ejercido su poder curativo. Veneno y remedio, la toxicidad en la dosis adecuada cura. Ay, volví a Normandía mientras pedaleaba en la bicicleta estática, la oposición entre el pueblo, la capital de provincias y ese Paris al que Emma nunca llegará. Emma Bovary, la figura que nos ha legado Flaubert, que se ramifica sin desmayo, que abarca tantas interpretaciones, la oposición al romanticismo y la victoria del mismo sobre sí mismo. La excursión continua y yo me recojo a mi estudio, a mi investigación, sin dejar de tener presente a Flaubert [el de los podcasts de la radio pública francesa, entro los innumerables F. que hay].
+ La estela de Flaubert arranca en mi recién terminada adolescencia. Creo recordar el simbiótico iluminar que supusieron Mme. Bovary y La Educación sentimental. Ambas constituyeron una forma de entender la realidad que se prolonga hasta el presente y se relaciona, sin duda, con la afilada mirada de un anatomista o de un forense. Todo se puede ver desnudo de lírica, aunque cause un cierto dolor, aunque tenga el coste de arrojarse en los brazos del nihilismo. La descripción de lo vulgar con elevada precisión es una conquista interior, ver lo sublime en lo vulgar es un triunfo sobre la mediocridad que imponen los pequeños burgueses [tan bien retratados por F. y que siempre he observado con insistente curiosidad]. Relojes caros, restaurantes de buen tono, prendas de marca con la marca bien visible, coches impresionantes, un sumatorio de cuentas y propiedades y, luego, su exposición en la comida familiar. Ahí tenéis todo ese elenco de medallas y trofeos. El fin de semana en el balneario, la excursión por Florencia plagada de aburridas estatuas y pesadísimos cuadros, “cuánto cuadro, qué fatiga”, el collar de perlas, la pulsera de oro, la trituradora de papel y el ordenador a juego con la vajilla, todo en granate, digo yo. Eso me dio Flaubert, pero también muchas otras cosas. ¿Recuerdas como Homais recibe la Legión de Honor mientras la hija de Emma termina trabajando en una embrutecedora fábrica textil? Qué lección. Continuo en la estela de Flaubert.
+ Después de terminar de escribir el fragmento anterior abrí el libro de Houellebecq en curso, Sérotonine. Habla H. de la sala de pasos perdidos de la Estación de Saint-Lazare. Habla de la banalidad del centro comercial. Una vez terminados los dos o tres párrafos no pude de dejar de relacionarlos sobre lo dicho/escrito sobre el pequeño burgués que presume de sus momentos de solaz, tan bien merecidos, tan bien procurados por su trabajo tenaz, terco y enriquecedor [un sentido espiritual, moral y económico]. Todo ese juntarse las piezas parece hacerse por ensalmo y arroja un conjunto de indiscutible valor, un documento sociológico. Y es ahí donde encuentro el punto de unión entre lo dicho y lo leído en H.: la banalidad. Lo banal como bandera, como declaración de principios. Los centros comerciales y los balnearios de buen tono parecen coincidir en esa calidad del no-lugar, equiparaciones banales y prescindibles. Yo sé que esto que digo tiene un punto de soberbia, pero, llegados a un punto, qué nos queda sino es la soberbia.
+ Yo soy el que da cuenta de lo vulgar, me digo no sin vanidad.
+ Imagen: la foto de los bañistas en el final de la primavera la tomo y la edito con mi teléfono móvil. La cámara es instrumento, y como tal es un medio, que no un fin. Cuenta el resultado final y mi intención se ve reflejada en la imagen: la querencia por una suerte de acento pictórico pasado de moda. Poco más que eso, un experimento que acierta. Para llevarlo a un tapiz con gran saturación de colores. Mientras, en el reproductor suena Bach. Resulta irónico.
sábado, 11 de junio de 2022
Playas de Normandía
+ Los sueños me interesan más por cómo pueden explicar el pasado que por las posibilidades de adelantar el futuro, de vaticinar actos o de iluminar extrañas y laberínticas relaciones entre personas, hechos y lugares. Por esta razón me parece que describir un sueño a la manera en que fríamente se analiza una oración desde la sintaxis arroja luz sobre el pasado. En primer lugar, creo que la unión entre lo vivido y lo soñado se da sin solución de continuidad. El sueño, de alguna manera, no deja de ser una limpieza, una excreción, y no necesita ser interpretado, sino reciclado, llevado a un punto de recogida para su tratamiento. Para mí este punto de recogida sería el texto, este texto, por ejemplo. Aquí y en ningún otro lugar toma fuerza, consistencia la idea de la narración como expiación. Ay, y después de todo esto, me remito a mi sueño de pintores de retratos que ganan mucho dinero, entre el burgués y el bohemio, hacia la búsqueda de un estilo perfecto. Un anhelo. Residencia repartida entre Madrid, Paris y Tánger, aspecto descuidado y elegante, pelo ni largo ni corto, piel bronceada y espacioso chalet de una planta con estudio, en algún paraje de Toledo donde el campo tiende al infinito. No sé, me remito a un deseo o la construcción de un personaje que vi en algún dominical en alguna sala de espera de la consulta de un dentista o en el salón de una peluquería. Y luego este personaje, el del sueño, realiza una extraña pregunta: ¿quién es la esposa de tu trabajo? No respondí. Pero el sujeto era el anhelo de esa vida bohemia y burguesa antes citada, a partes iguales; el verbo, la pintura y la residencia extravagante y cara; los complementos y la circunstancia se repartían entre los notables retratados, la lectura en las salas de espera y la actuación retardada de mi trabajo que se resiente. ¿Quién es la esposa de tu trabajo? La pregunta está por responder y la respuesta no deja de ser un límite. El límite y la razón de ser alguien parecen unirse.
+ ¿Cómo se relaciona con el pasado la pregunta que plantea el sueño ? ¿El trabajo como núcleo de la identidad o como un atributo importante que no llega a definir? ¿Definir se entiende como una labor de acotación, de establecer límites? En resumen, la unión entre trabajo e identidad no se puede obviar. El trabajo hace a la persona y determina su manera de actuar, su personalidad, sus afectos y rechazos. ¿Somos nuestro trabajo? Un asunto para discutir. Y, en realidad, todas estas cuestiones, con sus dudas y certezas, son una reflexión que mantengo desde hace tiempo, a lo que debería sumar esa clasificación que supone el salario, la traducción que tiene en un estándar de vida. El sueño trata de atrapar esa categorización que establece el trabajo, el salario y su traducción simbólica.
+ Playas de Normandía donde fuimos felices, extraños en un mundo nuevo, lejanos y persistentes ladridos de perros tristes, alegría de vino y queso, alegría de licores y olvido, playas de Normandía donde fuimos felices, cementerios de Normandía donde fuimos eternos.
+ [Tiempo de espera]. Por un momento, creo que lo propio de este momento es la espera y nombro este fragmento como Tiempo de espera. La enfermedad de C., el aguardar por la solución de mi plaza, los tiempos de la investigación, la concordia y un reencuentro que no llega y que ya no deseo. No es así, no es este un tiempo de espera sino que todo tiempo es un tiempo de espera. Lo anoto porque tengo, ahora mismo, la necesidad de anotarlo, mientras percibo la punzada de la espera, mientras rechazo esa misma punzada que pone al descubierto un doloroso rasgo del tiempo y de su inexorable paso, de su labor de erosión y olvido. El tiempo de espera es más que una unidad de medida, es el núcleo mismo de lo vivido y lo por vivir.
+ [Apunte fuera de tiempo] Tengo una breve charla con un hombre que, considero yo al primer golpe de vista, resulta muy atildado, en exceso incluso. Una suerte de pulcritud ceñida al tiempo presente: camisa blanca, vaqueros y zapatillas rojas NB que no desentonan. Pero sobre su atuendo triunfa un collar de cuero, creo que es cuero, un hilo de cuero negro sobre el que danzan unas medallitas de plata, entre ellas: la mano de Fátima. Entiendo que son amuletos y que el hombre es supersticioso. Está suavemente bronceado, le han cortado el pelo cortado con primor y parece que ir al gimnasio, pues bajo la camisa se dibujan sus músculos con precisión. Se gusta, es evidente. Al tiempo, su expresión es contundente y se sabe capitán de algún barco que yo desconozco pero que tiene una indiscutible importancia. Vuelvo sobre lo mismo, ante todo, destacan sus amuletos y creo que ahí se resume su persona, la confianza del personaje, su solidez, su apostura. Le miré a los ojos y él esquivó mi mirada. Algo había que yo no alcanzo a comprender, algo sin importancia pero que, estimo, merece ser reseñado porque en ese evitar mi mirada se resume algo de su persona que se conecta con un núcleo vibrante que del todo lo puede, o que cree que todo lo puede.
+ Imagen: el no-lugar como estado de ánimo.
sábado, 4 de junio de 2022
En el no-lugar del lenguaje
+ Algo en la radio sobre Lou Reed y David Bowie. Algo sobre Elton John. Mientras, hago mi ejercicio en la bicicleta estática, escucho la música y las palabras que la acompañan. Música que ya es música antigua, me digo, pero para mí tan actual porque, quizá, llegué tarde a ella, pero llegué y se convirtió en una suerte de amuleto [qué necesarios son los amuletos a pesar del saber que no son otra cosa que un engaño, benigno engaño]. Suena, en otro momento, Neil Young; en cierta manera, le tengo devoción, un emblema [sus canciones, la guitarra, el tiempo]. Escruto el reloj y todavía falta más de media hora para terminar, concluyo que estos ejercicios para mantener el peso están próximos a la oración. ¿La oración? ¿Cuánto hace que no rezas, has rezado alguna vez? Preguntas que están en suspenso. Hoy es viernes y hace mucho calor, como un certero poema soy yo el que se refleja en el espejo, la sombra que se proyecta sobre la arena. Amuletos, emblemas y oraciones, una triada para enfrentarse el tráfago diario.
+ Un semblanza de la vida de Michel Foucault en la radio francesa, en línea, resulta suficiente para evocar viejos demonios, demonios vencidos y que espero que no regresen nunca [no regresarán, lo sé y esta es mi fuerza]. Mientras realizo mi ejercicio diario escucho por segunda vez el programa y recuerdo un viaje de regreso de Compostela, con la égida de la biografía de Foucault. Recuerdo cómo leía la vida de Foucault escrita por Didier Eribon como si fuera un devocionario, la vida de un santo o algo similar, a sabiendas de que ese rescoldo moral era, precisamente, del que huía. Así comenzó una aventura que se extiende hasta el día de hoy. Aquel viaje tuvo un algo de iniciación a un secreto nunca desvelado, siempre oculto. Hubo cosas que intuí y otras que creí entender, flecos y puertas abiertas que fueron franqueadas con el tiempo, que dieron paso a corredores que todavía no he transitado o a los que he regresado con otros ojos. Me gusta en especial una expresión de uno de los intervinientes: erudición y barroquismo [ en realidad lo que dice y es un tanto intraducible es: érudit et flamboyant]. Es la prosa difícil la que me atrapó en otro tiempo, la que hoy rememoro. Rememoro el viaje en tren entre Santiago y Pontevedra y la sensación de vacío que se veía aliviada por la biografía de F. El tiempo ha pasado, tal vez casi veinte años, pero la vibración todavía resuena y este resonar es el que abre las puertas a la curiosidad, al deseo de desentrañar secretos que plantean preguntas sin respuesta.
+ Dar cuenta del título de la entrada es pervertir la misma entrada, como aquello de que él se nombra filosofo permanecerá inhabilitado para el oficio [extensible a cualquiera afecto artístico, que no técnico, donde toda profesión/oficio tiene unos límites y unos núcleos claros e indubitables]. Me acerco a es no-lugar que resulta ser el lenguaje porque creo entender lo que Foucault quiere proponer, la invitación que hace y que yo tomo con cierto egoísmo, no un egoísmo pernicioso sino saludable y vital. Sin duda, esa oposición radica en el rechazo a las explicaciones y a la búsqueda de un sentido, porque se trata, más que de buscar un sentido, de construir un sentido. Ahí está la cuenta que ofrezco ahora mismo: construyo en lugar de buscar, construyo porque solo lo construido puede ser demolido. La demolición avanza y yo descanso en ella, lo que desde siempre he hecho.
+ ¿Por qué llevo un blog? La pregunta carece de respuesta o no estoy dispuesto a articularla. Podría decir, y lo digo, que se trata de una suerte de taller o de bicicleta estática, entre el ensayo para la actuación y el ejercicio que me permite seguir en forma. Escribir es una parte substancia de mi persona, sobre ella y con el gobierno de la nave está la lectura. Escribir y leer, caras de una misma moneda. Por eso escribo, porque leo, y leo para escribir. Nada más. Cierto es, nadie me ha pedido explicaciones, pero yo necesito, tantas veces, contestarme a mí mismo.
+ Cada vez me interesa emitir juicios sobre escritores sobrevalorados. He llegado a una edad en que ya no puedo perder el tiempo. Me aíslo en la lectura de mis clásicos.
+ Imagen: en el punto álgido de la primavera el árbol se ofrece como objeto único, como representación de todos los árboles. Disparé rápido y con precisión, el momento permitía ese rédito que otorga el saber que uno acierta. Disparé y acerté. Un emblema, una senda.
sábado, 28 de mayo de 2022
Un errabundo errar
+ Por una parte, la literatura de ficción o memorialística resulta moralmente neutra; respecto a otros tipos de expresión artística tiene una notable diferencia: la implicación del creador con la obra es muchísimo más importante e intensa. Paradójicamente, según se alejan en el tiempo y en el espacio el escritor y la obra, el primero pierde en beneficio de la segunda parte del binomio. Es ahí cuando yo entiendo que se produce la muerte del autor, en ese alejamiento, cuando lo moral se ha diluido porque no hay otra intención que el sentido que el lector le da y el sentido del escritor, aunque no ha desparecido, no deja de ser uno entre tantos.
+ La primacía de una interpretación no se ve condicionada por la intención del autor, a no ser que así lo desee el lector.
+ Al hilo de algo que escucho en la radio del coche: hay tres niveles: el turismo, el viaje y errabundo errar, con una gradación decreciente de intenciones: la mayor intencionalidad está en el turista, la menor el errabundo errar. Me sumo a los primeros, desearía estar en los terceros y el viaje no me interesa porque tiene un propósito utilitarista claro, muy claro y yo, ay, es algo de lo que huyo.
+ Después de leer Le Consentement, de V. S., no he podido de dejar de recordar los diarios de Gil de Biedma, donde, también, se relatan episodios de prostitución infantil en Filipinas. Yo no sé, el contexto da alternativas de lectura pero hay un algo que permanece a pesar de los cambios de época y mentalidades. Recuerdo haber leído con atención aquello diarios y quedar sorprendido con declaraciones posteriores que calificaban los hechos declarados como una suerte de cotilleo. No, el escritor escribe de su puño y letra que paga por tener sexo con un niño de doce o trece años. Durante mucho tiempo Las personas del verbo quedaron arrinconadas en un estante, a la espera de un mejor momento, porque tras la lectura no tuve otro remedio que apartar el libro de mis lecturas. Hoy lo he tomado, después de terminar el libro de V. S. Leía algunos poemas y me parecieron tan buenos como la primera vez que los leí, algo que vibraba y que tiene que ver con una capacidad expresiva que se condensa, una vasta cultura que no se muestra pero ahí está, una suerte de yo poético firme y poderoso. Continué durante un rato hasta que no pude continuar. Ha regresado a su rincón, hasta que pase otro tiempo, hasta que alcance una naturaleza documental que lo aleje de su verdad, o, vaya, que se construya otra.
+ Invoco, para le lectura Gil de Biedma, la muerte del autor, ese alejamiento y disolución de la persona que escribió los versos que hoy no puedo leer. Pero, ¿es realmente necesario volver a su poesía? He descreído de tantas cosas que otra no hace cuenta. Invoco la muerte del autor y no funciona.
+ Mientras C. está en su habitación de hospital, yo escribo. Todo lo que se disgrega es susceptible de volver a unirse. En ello estoy y la escritura es otro fármaco, en su doble vertiente de veneno y remedio.
+ Imagen: foto de una sala de espera y de visitas en la sexta planta. La geometría parece encerrar en sí explicaciones, pero no hay explicaciones. No hay nada, me resisto a encontrar signos o significados allí donde otros los ven. Se dibuja en las líneas rectas la verdad de la construcción, el peso de los años sobre el diseño, ese punto en que todo se funde en la historia menos, la de los detalles, la de los dioses del hogar. Solo es eso, un posible sentido: el paso del tiempo, común a todo comentario que se pueda hacer bien a una arquitectura, bien a un poema. El tema, siempre, el paso del tiempo y su correlato, que, hoy, queda en blanco.
sábado, 21 de mayo de 2022
Otros días
+ Estos días de primavera, bajo una lluvia leve y constante, un rumor poético se cierne sobre el paisaje, como si éste se abismase, que contuviese explicaciones que no deseamos, que no necesitamos. La necesidad de leer y escribir no dejan de ser vicios, y la inmensa certidumbre del paisaje me aleja de las dos actividades. Necesito fuerza, necesito concentración, me digo y contemplo las montañas, el azulado resplandor de las cumbre lejanas y pienso en todos los importantes lienzos que he visto, que he escrutado en busca de ese mismo azul. Es un día para la poesía y la incertidumbre.
+ La lectura de Le Consentemet me lleva una vez más por calles de Paris, por ese estado de ánimo que conllevan los paseos por las ciudades. Sin embargo, contrasta con la sórdida certeza de que la literatura es un arte moralmente neutro, donde se permiten comportamientos que en otros ámbitos son netamente censurables. Reconstruyo ese mundo de los ochenta donde G., así se le nombra en el libro, se dedicaba a perseguir ninfas y a verterlo, con un gran estilo, en sus libros. Declaraciones de pedófilo, las declaraciones de un ogro. Finalmente, regreso a ese continuo martilleo de lo determinado y lo indeterminado, el servo arbitrio y el libre albedrío. No sé, me resulta tan sumamente sórdido y continúo su lectura.
+ Días de hospital. Veo a un conocido. Ni siquiera nos saludamos. Sé que es el, a pesar de la mascarilla, porque su forma de vestir no ha cambiado nada en los últimos cuarenta años. El color dominante es el marrón, calza náuticos de color marrón y su corte de pelo es el mismo que hace, eso, cuarenta años. No ha perdido pelo, no le ha encanecido el cabello, continúa con su pelo con un aspecto entre grasiento y brillante, pero se podría decir que su aspecto es atildado, limpio, ordenado. No recuerdo mucho, salvo que tenía unas grandes cualidades para la música y que fuma mucho. No nos saludamos, no sé si me reconoció (yo creo que sí), le vi y me vio, le estudié desde lejos y no pensé en nada. El tiempo todo lo diluye.
+ Libros que esperan porque es este un tiempo en suspenso. La espera determina el día a día, todo lo recubre y todo alcanza. El cambio y el regreso, se define un momento por las presencias y las ausencias, los que vuelven y los que nunca han estado. No sé, solo palabras. Así, llevó el libro de Vanessa Springora y no leo nada, ni siquiera abro el libro, pero el libro está allí: en mi bolsillo, con la reflexión que conlleva, que no es otra que la debilidad moral de la literatura, un frágil juicio sobre el escritor que lo idealiza al tiempo que diluye culpas y sentencias. El escritor se difumina hasta desaparecer, esa idea de que “el escritor ha muerto”, como dijo R. Barthes (R. B., al parecer, suscribió el manifiesto a favor de la pedofilia que apareció en Le Monde auspiciado por el ogro, redactado por ese mismo ogro). ¿Equivocaciones, errores, el elitismo de la distinción del escritor? Se abre un vacío que no deberé llenar, porque ese vacío es la representación de posiciones soberbias e irregulares, la irregularidad.
+ La irregularidad es lo común a lo cotidiano, nada de simetrías ni líneas rectas, sin una posibilidad de perfección, en ese punto que todo se ha desarticulado. El viento que no cesa, la lluvia que no alcanza la calma. Una vibración, un sonido, lo indistinguible, el poema que no recuerdo, la sentencia que acude como un veneno, como un remedio.
+ Imagen: simetrías.
sábado, 14 de mayo de 2022
Lo singular
+ Leo algo de José Luis Pardo sobre el arte y los objetos de culto, sobre la relación del devenir histórico entre ambos. La idea de arte y creencias la llevo observando desde tiempo atrás, hasta el punto el punto de que pienso que no se restringe exclusivamente al ámbito del arte, sino que lleva mucho más allá e impregna la vida cotidiana. Sin ir más lejos, pienso en los tatuajes, que en inglés, traducción literal, se denominan arte corporal [body art]. Si sigo el camino de las suplantaciones llego hasta la certeza de que hay una necesidad de espiritualidad en hombre que no la puede evitar, una necesidad que se determinada por la certeza de la muerte. Esta muerte es la que nos acerca al arte como posible explicación o como consolación, pero también actúa en este plano el tatuaje: a la manera de los supersticiosos amuletos. Lo sé, es difícil vivir sin creer en algo, aunque este algo no implique transcendencia.
+ Me dijo que solo le gustaban dos tipos de tatuajes: los que se hacían los descendientes de los presos en los campos de concentración: el mismo numero con el que habían marcado a sus abuelos. Y, el segundo tipo de tatuajes, los que responden a un punto irónico; por ejemplo; los tatuajes de Mark Jacobs, esos EME’s o Bob Esponja. ¿Por qué? Porque ninguno de los dos responde a una superstición.
+ Y si reclamo una identidad temporal en lugar de una identidad espacial. Es decir, me gustaría volver a hablar como hablaba la nobleza o el pueblo en Siglo de Oro, reclamo una reconstrucción de la legua del XVII en beneficio de ese mi sentimiento. Quiero que mi identidad se ancle en el tiempo y no el espacio. Dijo todo esto en un tono irónico que desvela cierta inmodestia.
+ Leo un texto donde un profesor habla de la poesía de otro profesor. Poesía oculta, poesía inédita, poesía póstuma. Es un texto antiguo y los dos han muerto, el primero recientemente, el segundo hace décadas. Es imposible no tener presente alguna de las sentencias que Marco Aurelio dedica a la muerte, ese estado donde los que te admiran y los que admirarán han de morir como tú y así se borra cualquier rastro de tu memoria. Se extiende lo literario, conocimiento frágil, y se une esta a una cita vista en una librería en Viana do Castelo, que se podrías resumir en que las flores más bellas son las que se cortan cuando todavía se ignora la muerte. La cita, antes, habla sobre fragilidad del conocimiento poético y reflexiono sobre esa fragilidad de la poesía, ese conocimiento que tanto me ha condicionado. Todo ello sumaba y la tarde era agradable, hasta alcanzar ese punto, digamos, lírico. La compañía de C., el estallido primaveral de las terrazas, las flores orgullosas y festivas, la luz, el contraste entre los jóvenes y los viejos, cierta atenuación de viejas tristezas, la conducción agradable, los límites del mar, los límites del continente. Todo suma y en la suma se manifiesta la muerte, pero el tiempo, misteriosa y falsamente, se ha detenido. Es suficiente. Es un límite personal y no un instrumento para mostrar la disposición del paisaje, pero lo acogemos en el inventario del día porque sin su presencia nada es posible, como no hay luz sin sombra, ni sombra sin luz. ¿Aprendimos algo? Sí, la presencia del inefable y frágil conocimiento de lo poético son materia constituyente de nuestra sentimentalidad.
+ He comenzado a leer el libro de Vanessa Springora Le Consentement. A raíz del inicio de la lectura me descargué un podcast de la radio francesa sobre el libro. Lo escuché en el coche del trabajo, en un desplazamiento rutinario, y surgió la pregunta sobre el tema, como si se tratase de una cuestión escolar. ¿El tema? ¿Qué tema? ¿La pedofilia y la gloria literaria, el modo en que la fama diluye el delito? ¿El tema principal es este y no otro, pero también sus ramificaciones y la conformidad, por no decir otra cosa, social y cultural? El abuso que el adulto ejerce sobre la menor se resuelve en una extraordinaria posición de fuerza donde se obtiene el placer sexual unido al placer de la dominación. Los cuerpos jóvenes en manos de hombres maduros, con un algo de vampiro, con un mucho de ogro. Recuerdo la publicación del libro y de qué manera llamó mi atención, cómo indagué sobre los protagonistas del libro y cómo postergué su lectura a sabiendas de que llegaría su momento. Ahora que la polémica parece apagada comienzo su lectura. Pienso en esa fascinación de la adolescente por el escritor de éxito y prestigio mientras me debato entre los paisajes, arquitecturas y parques parisinos, entre conversaciones y escenas. La protagonista habla del divorcio de sus padres y de una muñeca a tamaño natural que encuentra en el armario del dormitorio de su padre mientras recuerda la manía por el orden que él tenía, como descubre que ha movido unos tomos. Pienso en todo lo que ignoro y todo aquello que mi imaginación no alcanza en relación con esas posibles vidas que se desarrollaban en los años ochenta, cuando yo también era adolescente. ¿Quién era yo en los años ochenta? Recuerdo esa misma fascinación por la literatura, conectada con la creación de una personalidad porque creía yo encontrar ahí una suerte de redención a ciertas carencias. Qué equivocado estaba, me digo hoy sin mucha convicción. Deseaba esa singularidad del escritor, una singularidad que como una sombra fantasmal me ha acompañado durante demasiados años. Ay, eso evoco yo en los inicios del libro de V. S. Seguiré leyendo, pero permanece esa percepción condicionada por mi propia biografía y ahí busco explicaciones que sé que no encontraré.
+ La lectura está condicionada, pero qué lectura no está condicionada. Mis incapacidades y mis virtudes están en comunión de extremas yuxtaposiciones.
+ Imagen: una pausa en el citado podcast, mientras conduzco, mientras bebo agua, mientras como una manzana disparo la cámara del teléfono.
sábado, 7 de mayo de 2022
El diagnóstico y la valoración
+ El diagnóstico se debate entre la posibilidad de un continuar pausado y sin sobresaltos y un final feliz, un paulatino apagarse. Desprecio el diagnóstico y me centro en la escritura, en su erótica: la pluma, el papel, la tinta. Poco más, pues no estoy firmando una sentencia de muerte ni el salvoconducto para huir de la guerra, el documento que abre las fronteras no está entre mis atribuciones. No tengo atribuciones.
+ Me resulta complicado no rescatar citas de la Crítica. En este caso, en un laberinto, cito a Sloterdijk que, a su vez, cita a Gottfried Benn. “Ser tonto y tener trabajo, he ahí la felicidad.” Sin duda me sumo a ese cinismo, no como escudo ni como emboscadura, sino como suma de indicios y balizas para conducirme en lo diario. Sé que se podría traducir en una insomne desconfianza pero se traduce, finalmente, en una placentera ironía, que evita el sarcasmo aunque siempre lo bordea. Ser tonto, no pensar, asentir, no disentir, acepta el poder y no rechazar la autoridad, vértebras de ceniza y viento, lejanía y poemas dignos de olvido, pero no. No soy tonto y ahí está el centro de la indiferencia. La inversión de Sloterdijk: “ ser inteligente y, sin embargo, realizar su trabajo, tal es la conciencia infeliz en la forma modernizada y enferma de la Ilustración.”
+ A veces, no sé si irónicamente, cuando veo un coche muy caro, muy nuevo, muy reluciente, no dejo de exclamar: ahí va un hombre de gran mérito. Nunca sé si me equivoco, pero acierto cuando ve en ello el reflejo de muchas miradas. Y ese es el diagnóstico. Soy un observador y como tal me acerco al hormiguero.
+ Descarté las valoraciones. Todo tenía sentido, sin embargo, no había necesidad de emitir un juicio. No se trata, me dije, de un simple me gusta o no me gusta. Aquella música atacaba mis nervios en su propia raíz. No importa, todo tenía sentido. Pensé en amplias casas de campo, aisladas, con sus muros caleados de un blanco intenso, patios interiores cuadrados, luminosos y frescos, tanto calor en invierno como frío en verano. Olvidé cosas que debería haber olvidado años atrás, ahora ocupaba el lugar que le correspondía, yo nada hice. Tal vez desistir, olvidar que hay una parte cuantitativa que determina el juicio, dejar a un lado, también, ese otro rasgo, pensar que no tiene importancia la calidad, la excelencia, el mérito. Olvidar el mérito, me digo y no sé qué pensar. La casa me daba tranquilidad, pensé en ella otra vez y caí en un profundo sueño.
+ “Fue entonces cuando comencé a interesarme por detalles irrelevantes en fotos de gran relevancia. Me refiero que en la pantalla del ordenador recortaba elementos en los que nadie se fijaría. V. gr.: foto de un político de primera fila, lo rodea una multitud de periodistas y reporteros gráficos, en la esquina superior izquierda un hombre asiste pasmado al espectáculo; recorto esa esquina superior izquierda, la amplio y observo al hombre: no conozco nada de él, nada sé, está ahí perplejo ante la historia, yo soy el que rescata eso. Otro ejemplo: la actriz que pasea y el paparazzo dispara, una grupo de mujeres observa la escena; yo recorto. El célebre filosofo en Salzburgo se detiene, junto a su novia, y apoya la bicicleta contra su cadera, un japonés mira a la cámara sin saber, con un desconocimiento absoluto sobre lo que tras la cámara se esconce; recorto. Una emboscadura más, me digo y regreso a mi tarea de perder el tiempo frente a la pantalla.”
+ Pienso en el sintagma: político de primera fila y en el fragmento anterior [recortado de parte ninguna]. Designar un ámbito supuestamente artístico me reduce a una suerte de mago o taumaturgo. ¿Soy un hechicero? No creo en nada, me digo y comienzo otro párrafo con esa nausea tan particular ante el nihilismo, mientras lo abrazo. El sintagma es la expresión de un deseo y el certificado de mi propio fracaso, si es que en términos de éxito y fracaso hablamos, ahora, cuando las etiquetas decaen. El político de primera fila también se da en el ámbito local, no necesariamente se debe circunscribir su acción a las altas esferas. El político de primera fila se ve reconocido en la calle, lo saludan con una velada vehemencia, él está satisfecho y hace. Ese hacer es lo que lo coloca en la primera fila. Yo observo y, algunas veces, participo en situaciones similares que me desagradan moderadamente. Se trata de una personalidad que se ve inclinada hacia el reconocimiento, con una alta opinión de sí mismo y de la misión que se ha sido encomendada. Pero, digo yo, cabe preguntarse quién le ha encomendado esa misión sino él mismo. Se trata de la unión entre carácter y destino, que yo puedo ver, que reitero. En ello me reconozco y no paro de utilizar como patrón de medida. Así, una vez más, el carácter es el destino.
+ El escritor come una manzana ante las cámaras y dice que él nunca bebe alcohol. Yo lo conocí ya como alcohólico irredento. ¿Se puede afirmar que mentía? Es esa la esclavitud del personaje, el que devora sin piedad a la persona. En la entrevista todavía era joven y yo no sabía de él, ahora todo es tan distinto. ¿Decepción? No, una certificación del mundo como teatro, la dramaturgia de lo cotidiano.
+ Otro fragmento de la misma nada: “Sin conocer el porqué, comencé a atesorar libros sobre Francia. Una geografía para Sci-Po, una historia de Francia, una historia de la literatura francesa. Regresé al estudio del francés y me sumergí en un extraño programa sin objetivo aunque sometido una disciplina estricta, donde, tras la jornada laboral, me sometía a lo que, de alguna manera, se puede denominar un tiempo de estudio amplio. Ahora, meses después, creo entenderlo.” Hasta aquí llego en mi ensayo, que enlaza con un párrafo anterior. ¿Novela? No, es como el pianista aficionado que ensaya una escala en el piano, que deriva en una melodía que promete pero que no cuaja.
+ Imagen: Vigo.














