sábado, 13 de febrero de 2021

Nec metu, nec spe

Oporto 2016

+ Encuentro una vía de penetración en la escritura. Se trata de buscar ejemplos con los que contrastar las dudas. Magnificar el tema y saber que la estructura lo es todo. Partir de una idea general que se abre como se abren la raíces y las ramas. Conocer la composición sistemática de una otra redacción entrega una moneda que viaja de mano en mano y permite adquirir la técnica y la pericia necesaria para adentrarse en el viaje de seiscientas páginas por elevar desde la idea hasta su final. Escribir tal vez solo sea eso, me digo y sé que necesito pequeños engaños para continuar con la vida diaria, ese anhelo de trabajo cerrado, terminado, satisfactorio. Son estrategias para salvarse de lo cotidiano y sus trampas, trucos que hemos encontrado en el camino, curas y cuidados que nos procuramos sin esperanza pero sin miedo. Como el viejo adagio latino que tantas veces nos hemos repetido: sin miedo y sin esperanza.

+ En la radio escucho a un periodista local. Presto atención mientras pedaleo. Qué gran compañía la radio. Desgrana sus ideas y todo es estilo, sin fondo, porque no sabe de qué habla. El tema es complejo, la estructura de la Unión Europea. Yo sé que ni siquiera tiene el bachillerato y se permite opiniones un tanto categórica, un tanto arriesgadas. Qué puede hacer. Le dan dinero por decir esto, que no es más que unas pinceladas extraídas de lo que se puede encontrar cualquiera en cualquier periódico del día. Los fondos de rescate serán supervisados por altos funcionarios lo que obliga al gobierno […], ha preparado la lección, pero no hay conocimiento alguno tras sus palabras, salvo una técnica de simulación que cada poco se quiebra sin remedio. Con todo, mantiene cierto aplomo, una cierta constancia en su declamación, lo que le otorga credibilidad. La autoridad que otorga la radio pública autonómica es patente, su voz parece la voz de un sabio. ¿Un sabio? No, un actor que está en proceso de mejorar su oficio, pero la acción es otra. Poco importa.

+ Indago en manuales que invitan a establecer un ordenado sistema. El sistema lo es todo, quizá sí, quizá no. Me divido en dos, el que dice que sí al sistema y el que dice que no al sistema. Yo no tengo sistema pero es un anhelo. Me reflejo con precisión en esta dicotomía. Pienso en el poder y cómo puede llegar a desvanecerse, en el dinero y en los escrúpulos. Pienso en la sistemáticas espontáneas que permiten que se articule una carrera política y su término. Su término es el banquillo y la condena, pero todavía se revuelve el hombre, deudor de su propio poder. Los manuales que manejo no me dan respuestas y sé que eso es precisamente el núcleo de la investigación: establecer yo el objeto de estudio. Pero ahora pienso en otras cosas. La ambición, el poder, la prevaricación. La triada se resuelve en una sentencia contra la que cabe recurso pero que en sí es un oprobio. Ordenado y sistemático, ese mi yo no soportaría esa situación. Mis nervios no son de acero, al contrario: una cuerda de tripa de gato que no está bien afinada. Otros días me sublevo contra estas deficiencias y erijo una estatua a mi paciencia.

+ Quizá no es la primera vez que utilizo la sentencia latina para titular una entrada, pero prefiero la sentencia al tatuaje. A veces pienso que en algún momento veré la sentencia latina tatuada en algún cuerpo. No es una  apuesta contra el destino sino que es el destino mismo y sus irregulares meandros. No es cuestión de frases sino de aquello que se contiene más allá del sonido de las palabras, de su exacta correspondencia con su referencia, más allá de lo literal. Ese fondo sobre el que se agitan las verdades que hemos construido a lo largo de la biografía. Descansa sobre el mármol el cadáver próximo a la autopsia y, evidentemente, ya no hay vida si no muerte y lo que arroja la operación de análisis no es vida sino la constatación de la muerte; así la sentencia y el tatuaje. Se cierra el día y llega la noche, el sueño. El sueño en la imagen de muerte.

+ Sin buscarlo, ante mí van tomando posición imágenes de rostros. Imágenes que emergen en la pantalla del teléfono. Son recortes que yo amplio y observo. Lienzos y óleos, instantáneas, fotos de estudio, fotos de carnet, fotos digitales, viejas albúminas que no hacen otra cosa que dar cuenta de tiempos que son poco más que una polvorienta arqueología. Un corpus por definir, que debería definir. Por el momento, solo observo y dejo el estudio para momentos posteriores como si de un talismán se tratase. Hay distancia y hay abismo, pero me opongo a su victoria y me entrego a la contemplación de los rostros no para buscar similitudes sino para construir un discurso sobre la pandemia y la soledad. Tentativas, tal vez, tentativas.

+ En modo reproducción continua la música para viajar en autobús me acompaña durante toda la mañana. Me gusta y me disgusta, a partes iguales. Establece un escenario. Me sobrepongo y no quiero describir, pero termino por hacerlo. Otros tiempos, viajes en autobús por la geografía gallega, viajes a Madrid, viajes desde el aeropuerto a casa. La partida y el regreso. Nadie viaja hoy, la pandemia ha anulado los viajes y la nostalgia de los mismos es la nostalgia de la rutina interrumpida, aquel placer que se nos ha hurtado. La pantalla no sustituye la emoción del regreso.

+ Yo no soy yo, ya no soy yo. ¿Alguna vez lo fui? ¿Por qué debo perseguir una identidad perdida, por qué, tal vez, tener una identidad? Lo desleído se impone sobre lo solido, que ha dimitido ya de su realidad. ¿Quién soy?, me pregunto en la espesa noche cuajada de oscuridad y lluvia.

+ Imagen: Oporto - 2016. Hay algo intemporal que se refleja en la foto y se extiende hasta este momento que vivimos. La foto ilustra un estado de ánimo, o eso me gustaría creer.

sábado, 6 de febrero de 2021

Ordenado y asistemático

Madrid - 2019

+ Y dice la viuda de Sánchez Ferlosio que el escritor era ordenado y asistemático.

+ Música reiterativa que invita a pensar en un viaje en autobús, con un destino no muy interesante, un lugar que es más no-lugar que destino. Pienso en carreteras que surcan Portugal, espacios amplios, ciudades sin nombre al borde del mar, nombres que no recuerdo. Una disputa entre realistas y nominalistas en la que pensar mientras el paisaje se abre ante nuestros ojos. Decido encender el teléfono y consultar, sin ganas, lo que me ofrece Twitter; noticias, fotos, declaraciones, frases, citas, emblemas, escritores y críticos; cierro el teléfono y regreso a la escritura. ¿La escritura es un remedio o un veneno? He pensado mucho en ello.  La música me devuelve la ilusión del viaje. Aeropuertos, estacionamientos subterráneos, un metro, la línea azul, el autobús 20, calles, senderos, urbanizaciones, Madrid, el reflejo de mi rostro en el cristal del vagón que me conduce a Cruz del Sur. La música electrónica, calma y oscilante, reconstruye un pasado. ¿Qué queda de los viajes? ¿Conocimiento, recuerdos, vagos recuerdos, nada? Veo fotos y me pregunto cómo se ordenan las mismas. ¿Orden sin sistema?

+ Acumulación. Qué inspiradora parece la etiqueta lógica difusa o lógica borrosa. Cuándo la acumulación de granos de trigo se constituye en un montón, y cuándo rebasa esa realidad para pasar a ser otra; cuándo una persona es alta, cuándo baja. Los temas son muchos y el tiempo poco. Averiguo lo suficiente para seguir un poco más allá pero no me encariño con la cuestión. Ahora, en este preciso momento que abandono el ordenador, leo algo sobre Roland Barthes y la nouvelle critique. El autobús avanza y sus pasajeros se dejan morir un poco en el paisaje, la música reconstruye todas las posibilidades que han sido desechadas. Palabras, notas, aciertos y errores. La lógica borrosa.

+ Ayer C. y yo vimos un documental sobre un ambicioso cocinero, todo nervio, todo carácter. Hoy por la mañana lo comentamos. Estamos seguros que algunos de sus ayudantes tiene el mismo talento y la misma capacidad para la cocina que él, pero les falta ese nervio, ese carácter. En algún momento del documental, la madre habla de su exitoso hijo y nos revela que su carácter competitivo era ya patente en la más tierna infancia. El carácter es el destino, me repito sin descanso. Enfrento la libertad a la fuerza y contundencia de ese carácter, como si diluyese cualquier mérito o cualquier culpa. Quizá no se trate ni de méritos ni de culpas. Sigo en la senda del estudio de los ejemplos biográficos que ratifican mi indagación, la investigación espontánea y sin otro fin que explicarme a mí mismo ante mí mismo. ¿Una suerte de descarga de responsabilidad o un subrayado de mis virtudes? Vuelvo a rechazar el mérito y la culpa, me digo que debería regresar a la lectura de Nietzsche, pero no lo hago.

+ La idea de ordenado y asistemático es compleja porque todo orden es en sí un sistema. O se trata de establecer relaciones entre elementos y descartar aquello que no encaja en el plan, mientras que en el caso de Ferlosio todo tiene cabida. Llegará todos sus documentos a la Biblioteca Nacional y allí los especialistas procederán a una sistemática clasificación. Esta clasificación imprimirá una lectura, otra lectura. A partir de ese momento en que el autor abandona su obra, esta ya no pertenece al autor; por otro lado, el conjunto de documentos serán propiedad del crítico genético: otra creación en la misma senda pero con diversas posibilidades destinadas a establecer diferentes sentidos. En el tiempo que va de un punto a otro se coagula la creación, el inestable sentido de la creación.

+ [La radio]: La radio me acompaña en muchos momentos del día. Me acompaña cuando hago deporte, cuando conduzco, poco antes de dormir, ya que, como si me acurrucase, es una melodía agradable y sincera. Cierto es que escojo con cuidado los programas, evito todo aquello que implique crispación y prefiero los temas que se ven tratados por especialistas y el entrevistador es un inteligente curioso, alguien que sorprende con sus preguntas y ayuda a arrojar luz sobre espacios oscuros o de difícil penetración. Se trata, en definitiva, de conseguir herramientas que colaboren en llevar el día con la mejor disposición posible, para evitar el pájaro negro de la tristeza. Aquí, la radio juega un papel importante porque consigue que me distraiga, establezca posiciones y sonría. Por otro lado, la televisión no la soporto, podría decir que no la soporto de una manera casi física. La televisión, otro tema, un tema para otro momento. Ahora que quedo con la alabanza de la radio, con sus virtudes y el enamoramiento que, diariamente, se produce entre nosotros.

+ Certifico las oscilaciones de mi estado de ánimo. ¿Colabora en ello la pandemia o es un rasgo inherente a mi persona? Supongo que hay una combinación de los dos elementos, pero eso no resulta un consuelo y, con la misma, ni siquiera se trate de encontrar consuelos o bálsamos, sino de aceptar una realidad. Me dan miedo las escaladas porque después viene el descenso, y, siempre, cualquier persona que haya ido a la montaña a caminar o a escalar lo sabe, es más costoso el descenso que el ascenso. Hoy asciendo. ¿Ordenado y asistemático?

+ Imagen: en la línea de la fotografía de la entrada de la semana pasada, un Madrid lejano porque el 2019 ya está muy lejano: los condicionantes de la pandemia.

sábado, 30 de enero de 2021

La noche, la lluvia y la niebla

Madrid - 2019

+ Hay un algo literario que se ha desvanecido y creo necesitar su presencia. ¿Debo buscarla o construirla? ¿Es necesario un tiempo, dejar que reposen los acontecimiento y desde un principio levante el edificio? No tengo una respuesta clara, me digo mientras indago en mi estado de ánimo, que va de la esperanza a la postración. Es irónico, me digo cuanto trato de poner distancia y, así, veo mi reflejo en un espejo imaginario donde se da cuenta de todos los rasgos heredados, mis incapacidades y mis virtudes. ¿Hay una compensación, un equilibrio, una posibilidad? Hablo de ese algo literario porque ahí reside mi identidad, el centro de mi principio rector, en lo que he creído a lo largo de los años, pero en esta altura todo parece evaporarse y ese evaporarse me produce una tristeza que no me incapacita pero sí me deja imposibilitado para la alegría. La alegría, como tema para un poema, como recapitulación del día, es esa la alegría que quiero recuperar y que denomino un algo literario.

+ Las dos últimas fotografía que ilustran las dos últimas entradas de este espacio son fotos de fragmentos de árboles, en concreto: las ramas y las raíces, no el árbol en su totalidad, ni el tronco. Someteríamos la elección a un escrutinio si pensásemos que ello tiene sentido, creo que se trata de una conjunción casual pero dominada por lo que yo entiendo por hacer fotos. Así analizo mis disparos fotográficos. En muchas ocasiones, me interesa el detalle y lo, en principio, irrelevante. Esa irrelevante baja fidelidad [lo-fi], ruido o distorsión, se relaciona con lo cotidiano, lo que la rutina sedimenta. El sedimento se manifiesta en los alcorques, en el telefonillo de un portal, junto al contenedor de basuras, en el neón de una cadena de comida rápida, sobre los alféizares de un palacio esa mugre, el espejo que se abandona en la calle, contra una pared, y refleja los edificios y el paso de los peatones; podría continuar con el censo pero no alcanzaría a esbozar la realidad de mi disparo, que no es otra que mi tendencia a lo minúsculo y lo espontáneo, a lo efímero y lo cotidiano. Al mismo tiempo, me doy cuenta de que todas las fotos que cuelgo, o una gran mayoría, son fotos que se obtuvieron en viajes. Esto último también condiciona su sentido. Su sentido tiene los rasgos de búsqueda, indagación en las ciudades visitadas, los paisajes que hemos contemplado. En definitiva, no deja de ser una construcción que tiene un vínculo con la realidad de los lugares pero no es su realidad. Siento que he divagado y que debería reflexionar sobre lo dicho, pero esto es poco más que un diario o un cuaderno de apuntes, un taller donde ensayo ideas y razones para descubrir lo que se puede descubrir y se trata, en definitiva, de ejercicios de estilo o un adiestramiento para mantener la destreza con el instrumento en forma; las fotos que cuelgo, al igual que los textos, entran este orden de cosas.

+ He comprado las obras completas de Santa Teresa en formato digital. La consulta se puede realizar en varios dispositivos: el ordenador, la tablet, el libro electrónico o el teléfono. Así, a veces, abro los textos en mi teléfono en lugares insospechados. Leo un párrafo o un poema. Me sorprendo y pienso en la Santa de Ávila cuando escribía, en la imposibilidad de predecir que aquello que de su pluma salía un día tendría existencia en la pantalla de un teléfono. ¿Qué mundo era aquel, qué mundo es este, y esta lectura refleja un mundo o lo crea, establece, tal vez, una realidad? Las preguntas tienen la respuesta que le queramos dar siempre que contengan una cierta coherencia, y, al tiempo, una conexión con nuestra propia vida, con ese proyecto lector que supera los formatos y establece una reflexión sobre oír la voz de los muertos. Un murmullo que nos llega de lejanas regiones que el tiempo ha barrido y, como esas estrellas apagadas hace millones de años, la luz que arrojan es la luz de un mundo que ya no existe y que nosotros revivimos. La lectura tiene estas cosas, que uno se para y el detenerse en trazar una frontera entre lo que se muestra y lo que se oculta. Cierro el teléfono y estoy en medio de la nada, en un carretera pérdida y la lluvia se estampa contra el coche suena la radio y observo las luces de algunas casas y de algunas farolas. ¿Quién soy?, me digo en la consciencia de lo inestable que es la respuesta, pues tampoco depende de los soportes ni de los formatos sino de un estado de ánimo y sus oscilaciones. Podré buscar la respuesta en Santa Teresa.

+ Indago en varias novelas y trato de establecer paralelismos entre los que desarrollan el discurso, desde ese punto privilegiado y difuso que ocupa el narrador. En un momento lo dejo a un lado y pienso en ese hombrecillo que nos susurra mientras intentamos dormir o en un interludio en la actividad diaria. Ese hombrecillo gris y mortecino nos hurta algo de nuestra alegría. Ocupa, también, un lugar privilegiado y me pregunto cómo podría librarme de él, como evitar su repiqueteo, la insistente monserga del arrepentimiento y el terror al futuro. Me digo que reconocerlo ya es mucho y si aplico los mecanismo de análisis de la novela para enfrentarme a él, ya tengo una parte de la batalla ganada. No se trata de otra cosa que poner en cuestión al narrador y, por ende, a sus estrategias. Ay, qué gran narrador es el hombrecillo gris, pero el afilado estilete del crítico puede más que sus embates, que sus pinchazos durante las oscura soledad nocturna.

+ Como en un extraño film, la noche es espesa y la lluvia, que más lluvia es niebla envuelve el vehículo de mi trabajo, condiciona mi percepción de la realidad y de lo cotidiano. Regresa el malestar y en él me sumerjo, contra él lucho. El rumor de la radio acompaña el trayecto. Son opiniones en torno a la pandemia, opiniones de gente que sobre el asunto tiene más conocimientos que yo pero que, a todas luces, resultan insuficientes y se ven resueltos en técnicas discursivas que pueden tener o no tener un anclaje en la realidad. La duda me asalta y me fijo en la dicción, las pausas y la sintaxis de los que opinan. Me interesa su expresión mucho más que el contenido de sus intervenciones. Se define un estilo general, un estilo que termina por empañar la percepción de lo diario. Es jueves y los pueblos están vacíos debido a las restricciones; me siento mejor y tomo el camino de regreso.

+ Imagen: Madrid, 2019; hay en esta foto un algo pictórico que me interesa, también creo que refleja un cierto estado de ánimo: oscilante, pétreo, reconcentrado, un estado de ánimo contra el que luchar.

sábado, 23 de enero de 2021

Una vez más, el dios del instante

hojasmadrid

+ Como si se tratase de una continuación de la entrada anterior mi hermano me comunica la muerte de un conocido. Tenía un año menos que yo aunque yo pensé que tenía mi edad. Esas diferencias que el paso del tiempo, según se avanza hacia la senectud, diluye. Murió súbitamente, antes de acostarse, cerca de su cama, sin poder llegar hasta ella. Me quedé con el esbozo que la imaginación ofrece y pronto lo rechacé. Al día siguiente llamé a un primo mío y le pregunté por el caso, me dijo que el fin de semana anterior le habían dado una brutal paliza y que se podría deber a ello, por eso le hicieron la autopsia y hay una investigación abierta. Recordé a aquel muchacho con problemas con las drogas, serios problemas con la heroína, le volví a ver cuando éramos niños y él ya jugaba con sus peligrosos juguetes. Mi primo me dijo que el agresor era una persona brutal y dada a la bebida, que había tenido altercados similares. Sentí una pena serena y pensé en su madre, que siempre decía: qué se será de él cuando yo falte. La incertidumbre es una constante en nuestras vidas por más que la rutina parezca ocultarla. Se murió sin llegar a su cama y nadie esperaba tal desenlace: nadie es demasiado viejo para vivir un día más ni demasiado joven para morir mañana. Lo asumo y lo incorporo a este diario como una continuación de la entrada anterior porque en la misma línea va.

+ Lo anterior se relaciona con esa oscilación entre el placer y la tristeza, como si pudiese llegar a un equilibrio; en ello espero: el punto de apoyo de lo diario, lo semanal, el mes que termina y el mes que comienza, así se van los días y la vida, pero con esa esperanza de sereno equilibrio.

+ La pandemia crea un contexto, un contexto inesperado e inquietante. Nadie contaba con su aparición y súbitamente lo condicionó todo. De una especial manera, su reino es el reino de la incertidumbre. La incertidumbre es un rasgo nuclear de la vida y, con frecuencia, se olvida, que  permanece oculto, pero su realce es inquietante, sobre todo, como es el caso, cuando se desconoce la duración del estado mismo. Resulta curioso observar o estudiar desde el discurso los pronósticos de los expertos y los políticos, el reflejo que los periodistas arrojan día tras día, en un combate contra el tiempo y la programación y los destaques. Hay algo que se escapa y que se circunscribe al hiato que existe entre lo contado y lo construido en torno a la narración y el suceso. Nos lleva esto a pensar, cuando alcanzamos cierto punto de dolor, que no es posible desligar la narración de los hechos, que ya no son percibidos en función de la voz del narrador sino desde las dolorosas aristas de la realidad incontestable. Un narrador inmenso y sin rostro, esa relación entre la opinión y los hechos, la incertidumbre y sus efectos terminarán por quebrar su voz.

+ Conduzco mientras cae la noche y las luces de las casas me transportan a un estado de calma y silencio. Cruzo un pueblo y sus bares están cerrados, nadie camina por la calles, el rumor de la radio es la voz de otro mundo. ¿Quiénes habitaron estos pueblos, todavía se recuerdan sus nombres, cuánto tardará en desaparece la memoria de los que hoy vivimos? Qué fugaz resulta toda empresa humana, me digo mientras me adentro en un tramo de carretera que transita entre bosques, oscuros y húmedos bosques; no hace frío pero la lluvia amenaza. Pienso en el pasado y es culpa, pienso en el futuro y es miedo; me río desde el presente porque voy aprendiendo a centrarme en lo que ocurre, con la ayuda del dios de instante. Conduzco y trato de no pensar mientras otros coches me deslumbran.

+ Mi padre se ha roto el brazo izquierdo. Todavía no lo he visto. Hay una distancia que se traduce en desaliento, un desaliento que lo impregna todo. Resulta complejo escapar de lo dado, de dureza de la realidad en su modo menos maleable, más inflexible, que no ceja en su rígida presencia. Me enfrento al dolor de mi padre mientras me siento en el desaliento extenso de un día lluvioso que recubre el paisaje, que interpela con su repiquetear un silencio necesario. Creo que soy egoísta e inmaduro, con una notable falta de entereza. Otros problemas que acechan crecen. La debilidad se equipara al desaliento. Invoco al dios del instante y no aparece, busco libros que no encuentro y que me podrían sanar, pero dudo sobre todos los tratamientos. Todo pasará, lo sé, pero el aquí y ahora es este. ¿Solo es la pandemia, tan solo la pandemia?

+ Llega en mi ayuda el dios del instante. Soy ciclotímico.

+ Imagen: hojas sobre una acera, las raíces que levantan el pavimento, un día de otoño en Madrid que no volverá pero que permanece en su calidad de imagen digital, al fin. Vale.

sábado, 16 de enero de 2021

Placeres y tristezas

madrid-tree

+ Una de mis rutinas fundamentales consiste en el ejercicio, que desarrollo en una bicicleta de spinning durante una hora. Como telón de fondo escucho los podcasts de Documentos, un grato programa de Radio Nacional. Hoy, ya metidos de lleno en el 2021, he escuchado un programa dedicado a José Hierro. Ha resultado extraño reencontrarme con su poesía, con la fuerza de su persona, con la capacidad que intuí hace ya muchos años. Cómo se impone el ritmo, esa calidad de la prosa, su fuerza y su verdad. He recuperado tres tomos de su poesía que estaban en la balda que a la poesía dedico. También he tomado de otra balda un libro de Francisco Umbral, Diario de un snob. Son partes de mi pasado, que tengo un tanto olvidado, que he de recuperar ahora que el año e inicia. No se trata de hacer un balance sino de saber quién fui para intuir quién soy o quién puedo llegar a ser. Recetas con su consustancial tendencia al error. He creído aprender y no lo he logrado, pero como dice en el programa José Hierro: a la rosa para alcanzar su belleza le viene bien la bosta de la vaca, toda experiencia contribuye al tapiz de la vida. Me abandonaré, en un instante, a lectura de algunos poemas, bajo la égida de Bach.

+ Dejé en su lugar los libros que había tomado. Los dejé con un cierto poso de melancolía, pues no reconocía a aquel que leyó esos versos, en otro tiempo, un tiempo lejano y no sé si sombrío. No me apetece indagar en que fui, el pasado no es un error, pero su permanencia, en ocasiones, estanca al presente. Me centro en el día de hoy, frío y despejado, agradable en la simetría con una infancia que casi no recuerdo y por lo que no es otra cosa que reconstrucción. La leve huella que deja este diario electrónico en mi tiempo, este personal e intransferible, es para mí muy importante. Por eso la lectura fallida de los poemas de José Hierro debe quedar constatada. Soy otro y este otro yo debe buscar el punto de ebullición de los poemas, pero hoy no, mañana tampoco será día de esta y otras otras indagaciones.

+ Ayer, durante la tarde, vi la segunda parte de Trainspotting. Ante todo, me trasladó veinte años o veinticinco años atrás. Allí estaba todo un mundo que ya no es otra cosa que arqueología, segmentos que reconstruir con cuidado y tendencia al error, aleatorios fragmentos de un imaginario personal y colectivo que se ha disgregado a lo largo del tiempo y del espacio. No me pareció mal del todo la película, sobre todo en ese aspecto que engarza el 2016 con la primera parte, 1996. Los personajes siguen en lo mismo, algo que se debe valorar: los cambios de personalidad son complejos o imposibles. Esa caída en el vacío, tal vez, esa tendencia a la autodestrucción. Sin embargo, debo destacar un aspecto que me parece crucial y retrata nuestro tiempo [quizá, mejor, el tiempo pre-pandémico]: la ciudad de Edimburgo parecía transformada por los vuelos baratos y los alojamientos ofrecidos por particulares a particulares mediante plataformas en línea. Algo que se ve en las localizaciones y en la fotografía, el ambiente urbano también. Pero podríamos ir más allá y este reflejo se percibiría en ciudades en las que hemos estado en los últimos años. Ha habido una equiparación entre los destinos turísticos que ha transformado la percepción que de las ciudades se tiene. La antesala es el aeropuerto y su carácter de no-lugar, a continuación los medios de transporte hacia el centro [tranvías modernísimos, metros, autobuses ecológicos], luego el alojamiento [amueblado con los elementos propios de Ikea]. Luego está la ciudad, su carácter propio se me subrayado por la presencia de multitudes de turistas. El turismo, su manera de ordenar la realidad y su influencia sobre la economía. Son rasgos que se materializan en nuestro día a día, que ahora están detenidos por la pandemia, como si hibernasen, a la espera de tiempos mejores, cuando el invierno de la enfermedad desaparezca y dé paso a la primavera del consumo, que nos ha de salvar a todos. Luego está toda la peripecia de los personajes, los márgenes de la ciudad y el escaso lugar que hay para sus esperanzas, todo ello revestido del paso del tiempo, de hombre que fueron adolescentes pero que no han alcanzado la madurez a pesar de haber llegado a los cincuenta. Lo entiendo bien, lo podría explicar mejor.

+ La experiencia de ver películas deprimentes es deprimente. Y me refiero a la película anterior y al placer que produce la tristeza que se busca. En ella se descansa de una manera morbosa, y cuando digo morbosa me refiero a la definición que da el diccionario de la Real Academia: enfermo; que provoca reacciones mentales moralmente insanas o que es resultado de ellas. Vamos, una tendencia a recrearse en lo desagradable y lo hiriente. Veo la película y sé que de por sí la heroína o caballo es desagradable, cuánto más cuanto inyectable. Trato de contrastar el viaje en el siglo XXI y ese aspecto desagradable y sucio de la película y el contraste se salda con un balance negativo. Reviso los presupuesto y me aparto, debo olvidar estos vicios si con la investigación quiero continuar. Firmo la propuesta y cierro el pasaje de los placeres deprimentes.

+ ¿Cómo conjurar la tristeza? Ejercicio, estudio y distancia. La risa, el sueño y la disciplina.

+ ¿Se debe desconfiar de la recuperación, del regreso a un estado de ánimo productivo? ¿El camino es no alterarse cuando estamos por debajo ni exaltarse cuando estamos por encima? ¿Podré recordar quién dijo que el excremento que abona el rosal es el mismo que hace que surja la belleza de la rosa? Aunque provisionales, las interrogaciones son límites necesarios.

+ Imagen: arboles en invierno, una tendencia a la abstracción.

sábado, 9 de enero de 2021

Presentimientos fallidos

A-Porriño-Mos

+ “… con cuántos ingratos fuiste benévolo”, copio esta coletilla de las Meditaciones de Marco Aurelio.

+ Quizá precise pocos libros, quizá no precise ninguno, salvo su recuerdo, su palpitante recuerdo. O ni siquiera esto.

+ Me pregunto por la acumulación de fotos del mini-break en Caminha. Creo que tiene que ver con la alegría y con la posibilidad de la indiferencia, la indiferencia ante los males que se nos presentan, que debemos conjurar hasta que no sean tales males sino molestias que sabremos soportar con estoica parsimonia. Veo las fotos y los días regresan. La capacidad de rememoración es una cualidad que las fotos comparten con la música, los sabores y los perfumes. Recuerdo el olor a mar, la claridad del sol, a los pescadores en la orilla de la playa. Recuerdo la habitación del hotel, la plaza atestada de turistas de fin de semana [turista de fin de semana como C. y yo], la noche y las luce de las calles de Caminha a las once de la noche. Recuerdo la desembocadura del Miño, la playa de Moledo, la mañana en Viana do Castelo. El recuerdo es un sedimento. Ahora las cosas son tan distintas, bajo el claustro que impone la pandemia veo cosas que no podía sospechar que vería. Asuntos pendientes y asuntos resueltos, el miedo contra el que trato de luchar y, con esfuerzo, consigo doblegar. Con la pandemia ha regresado mi viejo debate entre libre albedrío y determinismo, la diferencia entre documento y monumento, qué intrínsecamente transcendental y qué es necesariamente inmanente. Dejo los debates a un lado, por un momento. Regreso, otra vez, a las fotos y trato de seleccionar alguna, con la finalidad de que componga una serie con las que anteriormente he colgado en este espacio.  No respondo a la pregunta que inicia el párrafo, dejo su resolución en la resolución espontánea que me dará, tal vez, el sueño; en ello confío, más por dejadez que por certeza.

+ Suena, hoy último día del año, Nowehere Man de los Beatles. Surge de Flip, la radio francesa. Qué apropiado. Escucho y trato de asimilar su letra: “He's a real nowhere man / Sitting in his nowhere land / Making all his nowhere plans for nobody / Doesn't have a point of view / Knows not where he's going to / Isn't he a bit like you and me?”

+ El último día del año parece un día propicio para realizar un balance, para dar cuenta de lo positivo y de lo negativo del año que muere. Sin embargo, prefiero que los exámenes se realicen a diario, cada noche poco antes de dormir. Dicho lo dicho, acabo de terminar el calendario de los seis próximos meses [tengo dos calendarios: el primero da cuenta de los días, el segundo desarrolla las tareas diarias]. Los calendarios son el espacio donde examino las tareas proyectadas, su cumplimiento y su incumplimiento; establezco niveles de flexibilidad y rigidez, que me resultan muy útiles; tomo nota de las tareas llevadas a cabo, los compromisos y el peso. Los calendarios me dan seguridad, pero sé que podría ignorarlos. El último día de año se carga de rituales, esquivarlos o no tomárselos demasiado en serio es otra tarea.

+ En el reproductor suena un concierto de Paul Weller. Recurrentes presencias. Aleteo del pasado y cimientos para el presente. Amuletos y emblemas en los que se cree o se confía con una suerte de distancia o prevención. ¿Querría ser yo Paul Weller? Como los sueños que transforman la percepción del día, me siento lejano a esa idea de otra identidad porque he aprendido a aceptar el yo que me toca en cada momento, al menos a trazar esa línea. Guitarras, pianos, profundos órganos que reconstruyen una época que tal vez nunca existió, o si existió fue en el pacto de mi personal imaginario con la realidad dada. ¿Escapismo o un efectivo fármaco? ¿Ambas realidades? El año comienza a avanzar y la música y el ámbito de P. W. me parece lo más adecuado a mis propósitos: permanecer en el combate diario contra el miedo y la melancolía. Soy yo el que decide sobre mí, tengo yo ese poder y no lo puedo delegar. La música fluye.  

+ Imagen: después de la necesaria copia de seguridad, reviso fotos antiguas. Encuentro esta foto. Es una toma desde un aparcamiento en el margen de una autovía. Tiene en sí misma la foto todo un tiempo de tareas y horarios, la muerte cercana de mi madre y los cambios laborales que parecieron un trastorno y se transformaron en una provechosa oportunidad. Cuánta melancolía atesora la foto, cuando malos presagios no cumplidos.

sábado, 2 de enero de 2021

Retratos

Moledo - Caminha
 
Moledo - Caminha

Moledo - Caminha

 

+ Emergen del pasado amistades olvidadas, quizá fantasmas, hombres y mujeres que se han transformado en personajes de una muy nuestra novela y no atisbamos a saber si realmente existieron o se han convertido en partes de un relato narrado para nuestra persona, en este preciso y singular presente. Ay, esa equiparación entre personas y personajes. Ayer, mientras C. no llegaba de su trabajo, vi un documental sobre el humorista Eugenio. Recordé muchas situaciones y personas. Me dio pena y entendí algo sobre la caída en el abismo, sobre la soledad, sobre cómo se constituye y destruye una trayectoria vital. Creí entenderlo, pero esta certeza duró muy poco. Soy persona más de dudas que de certezas. Me interesan los atuendos, las maneras y los rostros en su aspecto más inclinado al retrato, bien al óleo, bien capturados en la emulsión fotográfica o el muy actual pixel. Me interesan los retratos porque es desde ahí desde donde emergieron las amistades que duermen en el olvido. Como si un resorte activase el mecanismo que transforma el recuerdo en narración me encontré con los años en que Eugenio estaba en su apogeo. Bajo la égida de aquel mundo, pensé en aquellos que conocí en los últimos años de la primera enseñanza. Han desaparecido y no recuerdo sus nombres, estoy totalmente seguro que si los encontrase no los reconocería, ha caído la niebla del olvido sobre ellos, pero también sobre mí. Soy otro, soy el mismo. Repito la frase mientras el sueño me acoge y me otorga nuevas razones para indagar en el pasado. Supongo que tiene que ver con la época del año, la Navidad y su carácter contable, el arqueo del año, de los años. Lo dejo a un lado porque esa posibilidad está en mi mano, de mi depende.

+ Sin duda el relato de la vida de Eugenio ha condicionado mi descanso. La materia de los sueños posee poderes insospechados. Citas de acontecimientos, paisajes urbanos, desplazamientos en metro o en avión, hombres y mujeres entrevistos, fotos viejas, explanadas, muros, calendarios de 1978 o 1986, el envés de una carta, su interpretación, la quiromancia, cafés a media tarde en cafeterías trasnochadas, un libro comprado en una librería de lance que hoy asoma entre otros volúmenes, paseos por Madrid en noviembre, aquellos que ya no volverán. Eugenio y su vida de crápula, el humo del cigarrillo, el whisky, su gesto o la ausencia de gesto, esa imperturbable expresión, la voz gutural y todo un mundo que ya no existe, salvo en la pantalla, en la cadena cibernética.

+ Lo recuerdo con precisión, en mi adolescencia imitaba muy bien a Eugenio.

+ Noche Buena y Navidad. Transito por la fecha como la luz que cae sobre el río y se sumerge en su profundidad, nada aporta, salvo esa iluminación breve y gratuita. Hago regalos y me comporto según lo esperado. No tengo ningún problema en apartar la vista de los desaires, en la línea de Marco Aurelio fomento la magnanimidad. ¿Soy magnánimo? Encuentro una definición que me satisface: “Que tiene noble temperamento y grandeza de espíritu y se comporta con generosidad”. Ambas característica se acercan bastante a mi comportamiento, al punto hacia donde deseo que tienda mi hacer, decidir y decir. Sé olvidar, perdono y le resto importancia a los desaires. La virtud se afirma con la práctica. Vale.

+ Olvido el documental sobre Eugenio, leo unos papeles volanderos, consulto el teléfono. El día comienza y el día es una aventura en sí mismo. Dice el Dalai Lama que la mejor meditación es dormir; no puedo estar más de acuerdo. Hoy, miércoles, he dormido casi nueve horas. Qué paz, qué fortaleza. Luego llega el café y su sugerente esencia de sabor y lucidez. Los días pasan y el año termina, parece necesario hacer balance y lo evitaré. Hay días para los balances y hay días para la niebla del olvido. Hoy prefiero esa niebla densa que se posa sobre mis tareas, sobre los aciertos y los errores del pasado. Se termina el año, repito en el susurro de cierta música electrónica que tenía guardada en el ordenador, en este ordenador en el que escribo. Ya lo sabemos, todo es caducidad, pero en el instante somos eternos. Ahí descanso.

+ Imagen: camino empedrado, de regreso de aquel paseo a mediados de octubre; Moledo - Caminha.

sábado, 26 de diciembre de 2020

Como el océano

 

Caminha

Caminha

Caminha

+ En la última entrega, con el título El malestar, colgué como ilustración una foto de unas casas en Caminha, donde me gustaría resaltar las dos puertas y el aspecto contrapuesto de ambas fachadas. Son casas humildes en los márgenes del pueblo. Con todo, creo que merece ser explicado esta unión entre título e imagen, porque no es obvia ni admite ningún tipo de conexión que esclarezca la razón, en principio absurda, de este matrimonio. Cuando disparé la foto, yo no estaba bien: por un lado unos problemas con mi teléfono y con la compañía que dispensa el servicio y la sensación de fin que invadía aquellos días, determinada por el mal humor y una sensación amarga que lo impregnaba todo. Lo sentía por C., ya que esa tristeza y malhumor que en ocasiones me embarga me lleva cerrarme y establecer silencios incómodos y sin una aparente razón. La foto la disparé en un paseo por una parte del pueblo por la que nunca antes habíamos ido a pesar de visitarlo en numerosas ocasiones y no ser este muy grande. Se traba de uno esos lugares a los que nadie va. La foto se podría describir como la oposición entre la fachada caleada y ajada y la fachada recubierta con un extraño pero hermoso azulejo (bien verde, bien azul) y enlucidos sus marcos. Dos realidades opuestas, una luminosa y otra cansada, tal como yo estaba en aquel momento, pero ambas sumidas en ese límite del pueblo, ya con la proximidad del campo y con el paisaje de la desembocadura del río Miño. Hoy todo lo veo de otra manera, pero persiste ese malestar, persiste porque no deja de ser una parte de mi persona a la que no puedo renunciar y con la que debo vivir, atenuada, tal vez, vibrante en ocasiones, vacía o llena, plena de palabras que se deslizan y parecen no comunicar nada, salvo el abismo de la finitud. ¿Es tal el abismo o es solo un punto de vista? Me gustaría que la foto diese cuenta de la doblez que sentí, de ese decir: estaba amargado y no veía salida cuando la salida solo de mí dependía. En ese sentido no puede menos que recordar palabras de Marco Aurelio que me indican cómo y dónde debía buscar el origen de mis tribulaciones. En mi interior. Releo lo escrito y me hago cargo de que la foto adquiere otro sentido y es un sentido que me gusta más, pero ese sentido se ha dado porque han pasado dos meses y su verdad es otra, muy distinta, más próxima al proyecto que nos embarga a C. y a mí. ¿Triunfo? No se trata de eso, solo son dos puertas de dos humildes casas, la una caleada, la otra revestida de azulejo verde o azul (quién sabe, quién lo puede afirmar).

+ Esos dos días que pasamos en Caminha dimos un largo paseo por la playa de Moledo. Caminamos por la arena, descalzos, con un viento agradable que nos acariciaba el rostro, con el horizonte nítido del océano, entre conversaciones, con preguntas sin respuesta y respuestas que llevaban tiempo pendientes de su emergencia, pero, paradójicamente, se sumergían una vez más, pues resultaban inconsistentes y sin la suficiencia precisa. Vimos a algunos pescadores que se permanecían en su espera paciente, como si siempre hubieran estado allí, algo estatuario, algo poético. Tal vez. Un aliento de felicidad y dulzura, una suerte de pausa, una pausa necesaria. Hablamos de mis problemas pero no le encontrábamos solución porque, como suele suceder, el problema es interno y no  circunstancial. Lo sé, Ortega dice otra cosa pero yo no la admito, la circunstancia es inferior, está en un nivel inferior del que no se puede depender porque ello es imposible. Así, esta lectura es la misma lectura del párrafo anterior. Me reflejo en ambas y dejo escrito cómo los cráteres del momento condicionan el presente y el futuro y contra esto es contra lo que hay que revelarse. ¿Tan nefastos son los libros de autoayuda?

+ Observo que últimamente escribo mucho sobre mi estado de ánimo. ¿Qué queda al margen? ¿El estado de ánimo es un reflejo de la realidad o construye la propia realidad? ¿Qué es la realidad? ¡Qué pregunta! La realidad como configuración personal, recurro a Marco Aurelio como el que recurre a un fármaco porque sabe que allí encontrará alivio a su dolor o a su malestar. Como decía aquel poeta, leo mucho y no recuerdo nada; a lo que yo añadiría que el poso de las Meditaciones permanece, en concreto, hoy concretamente, una cita donde se da luz a una idea: deja el saber erudito y vuelve hacia el saber que contiene en fármaco, el que te habrá de ayudar en el tránsito, el que de ayudará a alcanzar la tan deseada tranquilidad. ¿Por qué escribo tanto sobre mi estado de ánimo, apesadumbrado y doliente? Porque me revelo en su contra, porque no acepto la postración y deseo recuperar la alegría. Poco a poco regresa la alegría, se dibuja en el horizonte diario y en ella espero. Sumo materiales que me han de socorrer y los ordeno sobre esa imaginaria mesa de trabajo, duermo, comienzo el día y las rutinas me van regalando una disciplina necesaria. Vale.

+ Leo la introducción de un libro de un profesor donde da cuenta de un reencuentro con los compañeros, supongo, del bachillerato. Parece ser que le da reparo decir que estudió filosofía, y las razones son conocidas y giran sobre el eje de lo práctico y lo inútil. Poco importa. Nos dice que en la mesa había “científicas, psicólogos, médicos e incluso artistas de diferentes ideologías políticas, sensibilidades sociales y creencias religiosas”. Detengo la lectura y me planteo que la ausencia de oficios y ocupaciones laborales menores parece restarle valor a las afirmaciones. Siempre se ven excluidos los albañiles, los mecánicos, los fontaneros […] de cualquier debate intelectual. Sí, es cierto; no tienen la formación necesaria para poder debatir, pero eso no le resta cojera al debate mismo porque hay un sentido común que se impone tanto sobre la erudición como sobre la pericia que otorga el peritaje, a no ser que todo lo cifremos en la caligrafía retórica. Me gusta recordar a los filósofos que reclamaban el regreso al lenguaje ordinario para evitar problemas que sólo son problemas creados por el mismo lenguaje al retorcerse sobre sí mismo. La filosofía, que no es solo “una manera de ganarme la vida”, nos dice el autor; pero la manera de ganarse la vida nos condiciona sin remedio y en ello me sitúo. Si no se tiene contacto con otras realidades fuera de la nuestra (sociocultural, económica, familiar) se puede decir que estamos un tanto ciegos. Pienso en posibles cenas con compañeros de bachillerato: primero, no asistiría, segundo no sé si el contraste con mi realidad tendría un saldo positivo o negativo, o si existe la posibilidad de realizar contabilidades o arqueos. A estas alturas, me siento un tanto perplejo y un tanto alejado de tantos y tantos debates que termino por desistir de la posibilidad de réplica. Dejo el libro en suspenso.

+ Rescato de algún lugar Infierno de Strindberg. ¿Debería leerlo?

+ Imagen: las tres imágenes, solapadas, dan cuenta de un agradable día en Moledo, hacia mediados de octubre; ¿qué queda de aquello, un misterio que no desea ser desvelado? ¿A qué respondían aquellas cabañas desmanteladas, cabañas de pescadores, un resto del verano, un espacio para el juego? Las tres imágenes retienen la alegría del día que se opone al amargor de la circunstancia, circunstancia que ha desaparecido: soy otro, soy el mismo: como el océano. Volveremos a Caminha.

sábado, 19 de diciembre de 2020

El malestar

 

Caminha

+ ¿Debemos someter nuestro malestar a estudio, hasta que se diluya en función del desgaste que efectúa sobre él  el cansancio reflexivo? Alguien me dijo hace ya tiempo que una buena manera de combatir en el aburrimiento es analizarlo minuciosamente, describirlo y situar su origen con precisión. Lo he practicado en ocasiones [esperas, aeropuertos, trayectos indefinidos con un destino claro pero con un recorrido difuso] y siempre me ha dado un buen resultado. ¿Es aplicable esta fórmula al malestar? Creo que sí. Todo aquello que sea restar importancia a las contrariedades que se nos presentan es una senda correcta. Reconozco el origen pero no sé si realmente se trata de un nacimiento en un punto determinado o un desarrollo que se entreteje con determinadas mitologías personales que oscilan entre el elitismo y la figura snob del dilectante provinciano. Tal vez, medio entre mi yo del ayer y mi yo de hoy; al tiempo, trato de restarme importancia. El malestar no responde a causas materiales, porque estas están cubiertas en su totalidad, sino a un punto estético y fútil. Me rio cuando describo ciertos comportamientos del pasado, tan paralizantes, tan ridículos. ¿Se han desvanecido? El malestar habita en diversas regiones del pasado que lanzan su tentáculos hacia el presente, ¿se deben amputar esos brazos? El triunfo, el deseo, el fracaso, la abulia; vértices de un mismo rectángulo que nos atrapa. Analizo el malestar y se disuelve, lo describo y se evapora, su origen incierto pasa a resultarme indiferente. ¿He encontrado el remedio? Lo ignoro mientras ni siquiera sé de qué hablaba hasta hace un momento.

+ Cumplí con mis propósitos durante mi mini-break y se aproxima otro mini-break para el que tengo, más que menos, los mismos planes. Postergadas, debido a la pandemia, las visitas a las bibliotecas cercanas, me sumerjo en la disposición analítica que me ocupa. La lectura y la recolección de datos. Datos, valoraciones y conclusiones. Triadas que se reproducen sin cesar, como la constatación de una infinitud de posibilidades que debo acotar. Resulta entretenido, pero nada más. Aunque, bien pensado, qué más se puede pedir. Que el tiempo se deshilache, que se transforme en olvido, es un regalo sin parangón.

+ Mi tendencia a la dispersión acentúa la huella del malestar. El malestar se reproduce en estos saltos y en la indeterminación de muchas decisiones. Lo pienso mientras oigo en RNE-5, Documentos, un programa sobre Pedro Casariego Córdoba, el poeta. Los detalles de su vida me llevan a una comparación que difiere en muchos aspectos pero que posee rasgos en común, (en mi persona, sin duda, mucho menos acusados). Por ejemplo, la tendencia a la contemplación y el rechazo al envejecimiento, la tendencia a la extravagancia y al silencio, al fingimiento, propio de los poetas (Pessoa). Pero mi dispersión es definitoria, cosa que no encuentro en el poeta y no se muestra en la biografía radiofónica. Si algo supiese sobre la mente humana, afirmaría que tenía una severa e incurable depresión, pero no lo haré y quedaré solo en la piel del relato, en su perfil tan nítidamente romántico, el malditismo y la vida en el margen que tan atractiva y venenosa resulta. Dinero, cultura, heridas. Chalets en las afueras, nutridas bibliotecas, pinturas y muebles nórdicos en las partes altas, donde los chicos se encierran a leer. Cómo todo tiende a la narración, cómo somos producto de esta y cómo nos moldea a lo largo de nuestra vida, que parece no tener otro objeto que completar esa imagen, el hilo que recorre nuestro desarrollo y fin. Me centro y dejo mi dispersión a un lado, si esto fuese posible. Vale.

+ [La caída del arte contemporáneo]. Hemos visto C. y yo algunos reportajes sobre la última feria de arte contemporáneo ARCO. Yo he ido allí en dos ocasiones y lo que se transmitía en los documentales se aproximaba bastante a la sensación de desidia que me embargó cuando fui por última vez. El rey desnudo se mostraba ante mí. Hubo un tiempo en que todo esto era algo en lo que creía y, al contacto con el espíritu crítico, se desmoronó, no en su totalidad, pero sí cayó una gran parte del edificio. He visitado museos, salas de exposiciones, facultades de Bellas Artes, he leído mucho, he charlado sobre el tema en demasía, me he convencido de que había un sentido y he descubierto el mercado y, más tarde, de regreso, se me apareció cierta mística que me devolvía un sentido curativo del arte [algo tan lejano a día de hoy]. Repasar este proceso de descreimiento me da pistas para lograr perfilar los límites y la silueta del malestar. El malestar es producto, en mi caso así lo veo, de confusiones entre el deseo, la realidad y una cierta ensoñación; un desfase entre las expectativas y los logros; en concreto, la necesidad de comprender y alcanzar un cierto peritaje en arte, el peritaje en el significado absoluto. Hoy me resisto a dejar que estas creencias naufraguen, aunque sé que soy otro, con los mismos cimientos, pero con otra visión. Se recogen todos los cascotes y construimos una chabola que esperamos que nos abrigará del frío del nihilismo. ¿Es simbólico este naufragio?

+ En relación con lo anterior, el presentador entrevista a una joven. Ella explica su obra mediante un críptico discurso y el entrevistador le dice que no la entiende, que le diga cómo resulta la conexión entre el objeto y el discurso. Ella es guapa, sofisticada, muy en su momento. Se gusta, sin duda se gusta. Observo la obra y no me dice nada, mucho menos cuando la artista habla de recorridos y evoluciones aleatorias de la materia que constituye la obra, donde ella solo aporta la estructura; y la característica propia de la espuma que solidifica, el resto. El entrevistador sonríe con cinismo, un leve cinismo que me resulta más comprensible que la explicación de la creadora. En la línea de lo anterior, creo que el malestar se conecta con este fingimiento, con la impostura del arte, tan necesaria para el negocio, que tanto me desagradó en su momento, por desafiante, por vacua. ¿Continuaremos con el naufragio de las creencias?

+ ¿Conjuros contra el malestar? La voluntad. La voluntad mide y ordena la realidad, la única herramienta válida para salvar los desajustes que a diario se presentan. La disciplina como remedio al hastío, tan propio del tiempo de pandemia, tan propio de la edad madura, un hastío al que no cabe contra él sino la lucha mediante las tareas y las pequeñas metas. Así, mi programa se basa en el ejercicio diario, el estudio y los momentos de asueto, las conversaciones y la música. Este orden no es inamovible, pero sí posee una estabilidad cierta. En esa estabilidad descanso y me oriento. Finalmente, otro conjuro, contra los efectos del malestar es la posibilidad de ser transformado en relato […], pero no deseo escribir relatos biográficos con capas espesas de ficción y fantasía, prefiero el ámbito de esta bitácora que no es bitácora sino diario, pero con ella tiene en común la singladura, la partida y la llegada. La voluntad, la disciplina y el olvido. Luces en la noche, balizas contra el insomnio.

+ ¿Realmente abjuro del tono confesional cuando no veo otra cosa que confesión o se trata, simplemente, de una constante tendencia a la paradoja?

+ Imagen: puertas en Caminha.

sábado, 12 de diciembre de 2020

Regreso a lo indeterminado

Buda

 

+ Comienza un breve período de vacaciones. Será un tiempo dedicado al estudio y a la lectura. Los paréntesis en la labor diaria son necesarios para lograr un equilibrio y una estabilidad que conduzca a la tranquilidad. La tranquilidad como objetivo vital. Piedra, hierba, severas e impasibles nubes. Me detengo mientras escribo y pienso en la palabra tranquilidad una vez más, en la ausencia de perturbaciones, y caigo en la cuenta de que cualquier estado está sometido a la posibilidad de ser interrumpido por lo inesperado, pero, ahora, dejamos a un lado su necesaria verdad. Lo inesperado es parte sustancial de la vida, la ruptura de los planes y los proyectos. He proyectado estudiar y leer, pero eso solo es una pretensión de la que se podrá dar cuenta una vez que forme parte del pasado y se termine su serie, la planificación, los proyectos. Me hago demasiadas preguntas sobre el futuro y eso no deja de ser un problema, otra vez me hago cargo de ello mientras releo el primer enunciado que se refiere a este mini-break en el que ya estoy inmerso. Me digo que es un estado de melancolía que me asalta y contra el que lucho, yo sé que es temporal [o eso quiero creer] y me recuerdo cuando bajo la lluvia corro, y pienso en que se terminará el frío y la lluvia y pronto estaré bajo el agua caliente de la ducha [pero en el momento corro y me mojo]. No sé a dónde me conducen estos planteamientos, y, al tiempo, me doy cuenta de que no tiene sentido la formulación, tan solo es un intento de cura, la posibilidad de recuperar lo que nunca se ha tenido, una suerte de engaño y aflicción que se desvanece.

+ Que todo se desvanece es un hecho, lo indeterminado se impone porque es allí a donde regresamos, repito en la línea de Anaximandro de Mileto y me dejo en el descanso de la tarde de diciembre: fría, afilada, aburrida.

+ El ir y venir del estado de ánimo resulta esclarecedor, arroja explicaciones que, quizá, no resultan agradables. Primero, quién se esconde tras los altibajos;¿soy yo?, me pregunto ante el espejo y no puedo contestar otra cosa que sí, que sin duda soy yo, pero durante un tiempo limitado soy ese y luego se desvanecerá, aunque algo permanezca. ¿Qué se mantiene en los tránsitos, después de los cambios? Supongo que Marco Aurelio tiene la respuesta y esta es que lo que se mantiene es un principio rector. Segundo, es el pasado que se enfrenta al presente, que combate la estabilidad del hoy con los demonios del ayer. Como una pesadilla, el que fui hiere al que soy; me enfrento a ello y me levanto no sin dolor.

+ Reviso viejos papeles y me encuentro con un cuento que escribí hace, al menos, quince o veinte años, quizá más. Me asomo al relato con cierta prevención y según avanza esta se desvanece. Está bien estructurado, tiene un tono fluido y constante, hay una moraleja difusa y variable. Lo termino y me gusta. Ahora me pregunto la razón por la qué dejé a un lado una posible carrera literaria, en la que confiaba, que deseaba en aquel momento. Ahora lo sé, tanto he aprendido. Tras el arte está el arte del negocio y esto yo ni lo dominaba ni me apetecía dominarlo. Se conecta este punto con el párrafo anterior. Es mi principio rector, su naturaleza que tiende a la soledad y al aislamiento.

+ Llueve, llueve con una persistente intensidad, el viento se oye y, luego, en la lejanía, un gallo canta, entre el sonido del agua que cae de las bajantes del tejado. Sonidos en la oscuridad que llenan el sueño de una extraña certeza, el paso del tiempo y su unión con el tiempo metereológico. Estoy dormido y casi despierto, el recuerdo del sueño es un baño en un lago: el agua cálida y el paisaje boscoso en el fondo: elegantes y perfectas coníferas. Lo sé, no es un paisaje es una sensación: la agradable sensación de las sábanas contra mi cuerpo. La lluvia es un estado que nos invade y contamina de tristeza, contra ella lucho y lo consigo con una voluntad dura y afilada, el campo está yermo y el invierno se adivina en estos días del mediado otoño.

+ Imagen: un Buda joven que se tapa las orejas, para no oír, un Buda joven que permanecía en un extremo del escaparate de una tienda de antigüedades. Creo ver que su cara transmite dolor o crispación, pero no lo podría asegurar, y me gusta relacionarlo con el malestar que produce el tiempo nublado, la lluvia y la grisalla que se ha instalado, por alcanzar cierta unidad.

sábado, 5 de diciembre de 2020

La cartografía desechada

Boat
 

+ Cuando hice la mudanza y comencé a ordenar mis pertenencias [ropa, libros y admíniculos] decidí que una colección de mapas y planos, atesorada a lo largo de más de treinta años, debía ser desechada. Así lo hice y me arrepentí; por lo tanto intenté recuperarla, pero cuando llegué a ella me di cuenta de que no había sido una decisión errónea sino, al contrario, se trataba de una depuración. No indagué más en ello y alcancé lo que podríamos denominar un estado de paz, pero que no se corresponde totalmente con la ataraxia que me embarga ahora mismo. Me refiero a la circunstancia que nos envuelve, a la posibilidad de prescindir de ella y entregarse a una disolución de la identidad, a llegar a un cierto grado cero de la persona. Paralelamente, estoy con el escrutinio de los libros que he reunido a lo largo de los años, de las décadas, en los que me veo reflejado con nitidez. Veo ahí otra cartografía y me doy cuenta de que la que antes cité era un deslavazado conjunto de planos de metro, folletos turísticos y viejas guías de viaje sin interés alguno, papeles en los que confiaba sin mucho fundamento; si enfrento los libros a los mapas, sucesión de acumulaciones finalmente, percibo borrosamente ciertos rasgos de mi persona, pero, como el camino no todo es un emboscarse de la identidad, reconozco mi evolucionar en los libros. Esos libros, aquellos libros, todo el tiempo que acumulan en sí mismos, las lecturas posibles e imposibles, libros en los que he estudiado y me he entretenido, los contraste que me otorgan, las estrategias y las derrotas, el triunfo de la lectura sobre la escritura y mi rostro. El rostro que reconozco en el espejo y que se corresponde con el que realiza el escrutinio, camino de una otra biblioteca, tan diferente a la anterior aunque los mimbres sean los mismos. Los planos y la guías se pudren en un prado, son pasto de la humedad y cobijo de los caracoles, son humo que se disuelve en el aire límpido de noviembre, este noviembre que se termina.

+ La semana pasada, mencioné, en algún momento, el carácter epigonal que se manifiesta en diversas novelas y ensayos que se van publicando día tras día, semana tras semana, mes tras mes, o pasando los años. Temas muy actuales, temas que describen o que conforman una suerte de visión de la realidad. Ay, la realidad y sus multiformes manifestaciones. No es un mérito este descubrimiento, no tengo un antena bien afinada o enfocada al núcleo de la actualidad, sino que se trata de una evidencia. Las curvas y sus oscilaciones eran previsibles, la acumulación de títulos es un hecho, su emerger y sumergirse habla más del momento que los propios libros. Para que nazca algo nuevo debe prodigarse en extenso toda una colección de autores y obras marcadas por un mismo patrón, en línea con la misma guía o carril. Temas que percibo como persistentes: el abandono del campo, los feminismos, la autoficción, urbanismo, razones políticas, la pandemia o el desdoro de la música moderna. ¿Qué nacerá, quién escribirá la crónica de este presente? Debo continuar con la labor de explorador de fin de semana, que tanto se centra en su trabajo, en su investigación, como en el escrutinio de la actualidad, en esa parcela que es la publicación de libros, esa saturación, es hipérbole editorial.

+ No dejo de estar condicionado por la ordenación de mis libros, por el expurgo que supone este orden nuevo, pero anclado en el anterior [algo hay que permanece en todo cambio]. Se trata de un descubrimiento, de una revelación que me afecta y transforma la realidad, o su percepción [que en cierto sentido no deja de ser lo mismo]. En paralelo, no dejo de hacer recuento de los años y de las calas biográficas. Como una penitencia, me asomo al pasado y rechazo ese carácter penitencial. ¿Se trata de culpas y absoluciones? Creo que no, pero una cosa es el deseo y otra su concreción en, por ejemplo, un estado de ánimo adecuado. Las mañanas son limpias y el ejercicio a primera hora del día me devuelve la alegría del trabajo bien hecho. No tengo miedo, pero me veo en el espejo y soy yo, siempre he sido yo, aunque la variación sea grande. Bach suena en el ordenador y creo haber recuperado su presencia, como si se tratase de un dios lar. Cumpliré con mi tarea.

+ Se acerca un período vacacional. Tendré que hacer recuento de las tareas de la investigación con el propósito de encauzar el desarrollo necesario de la misma. Continua Bach en el reproductor en línea, se entrecruza con la labor necesaria y pendiente. Algo creo entender de mi propia disciplina, de su reflejo en el estado de ánimo. Desechada la melancolía toca luchar contra ella y esa programación de las tareas no deja de ser un antídoto más en las reservas que atesoro contra la tristeza. Veo el calendario y me lanzo a su consecución. ¿Una manía? Tal vez, pero me resulta útil, muy útil.

+ La cartografía desechada comienza su descomposición. La metáfora está por todas partes, solo queda otorgarle cuerpo y substancia. Una labor acompasada con el discurrir del tiempo, el tiempo como única realidad, como materia de la vida. Hay descansa la idea de la cartografía desechada. Me remito a mis renuncias y en ellas descanso. Esa descomposición de los rasgos biográficos.

+ Imagen: desde el muelle de Viana do Castelo disparo sobre un velero que se aleja entre la niebla. Lo recuerdo ahora. Esa misma tarde volamos hacia Berlin. ¿Su sentido metafórico? Pensaré mañana, mientras corro, en ello. La carrera le dará el tono, su ligazón con otras realidades.

sábado, 28 de noviembre de 2020

¿Hormigas?

Bicicleta

+ Por fin termino el documental que había comenzado a ver la semana pasada, se trata de Mi vida entre las hormigas, donde el protagonista es el cantante de Los Ilegales Jorge Martínez. No sé si me ha aportado algo, salvo una amarga sensación biográfica en relación con las drogas, el alcohol y las malas compañías. Algo lejano y nada memorable, sumido en el olvido pero con su garra afilada de presencia en ciertas acciones y actitudes. Vi reflejos del pasado en las declaraciones del cantante y de sus compañeros de escenario, en su manera de juzgar la realidad y de constituir un esquema moral, en la atribulada sensación de violencia y escapismo, ese medianía de una clase burguesa de provincias donde sus hijos están hartos de incorporarse el nicho laboral que se ha previsto para ellos y eligen ser ese Rimbaud portátil: un tanto atribulado, un tanto violento, con su inteligencia sumergida en alcohol y la ambición abotargada por el estilo, sumidos en la niebla triste de las tardes de domingo y las calles principales desiertas y melancólicas. Todo es pasado y ya no pesa, se olvida. Lo que se dice no me afecta, aunque me cause una cierta tristeza, casi agradable, casi imperceptible. Cuánto olvido es necesario para alcanzar la tranquilidad.

+ Viernes, viernes luminoso. Comienzo, como todos los días, con mi carrera de tres kilómetros, una ducha y el café recién hecho: aromático, negro, muy negro, vigoroso, energético, amargo, caliente, vehemente. Antes de la carrera, desayuné y repasé las novedades que me ofrece Twitter. Comienza el día y siento, me digo al cerrar el teléfono, el siglo XXI en la piel, con intensidad, la intensidad propia de una persona que, a conciencia, pertenece al segundo tercio del siglo XX. Suena en el reproductor en línea una extensa selección piezas para piano de Maurice Ravel. La música es música en línea, luce el sol y tengo mis dudas sobre algunas certezas extendidas. Acabo de ver en un twit un vídeo de un parlamentario que ensalza las bondades del comunismo y afirma que todo aquel que equipara comunismo y nazismo es porque es un fascista. No sé, me parece un pobre argumento aunque retóricamente su materialización resulta efectiva; se ve claramente que domina la escena, más que los hechos importa el envoltorio de la elocutio, vibra su convicción y la firmeza de su voz, los ejemplos que contraponen al buen comunistas con el malvado fascista son enternecedores, y en el olvido quedan crímenes sobre los que no cabe discusión. Me parece sospechoso, el comunismo me parece sospechoso, y también me lo parece la extrema derecha, los terroristas;  siniestros hombres que creen que el asesinato es una vía válida para alcanzar el paraíso. Esto no implica que abrace el liberalismo, ni el fascismo, ni la extrema derecha ni la moderada; sin embargo, esa idea de conmigo o contra mí flota en este discurso como también flota en la parte contraria. A lo que me lleva esta reflexión matutina es a mi alejamiento de la clase política, de sus artes, de estas y aquellas batallas dialécticas bajo las cuales, ajenos, estamos los ciudadanos; es algo que me lleva a saberme en al margen, en la duda, en la crítica. Suena Ravel y ahí me quedo durante un momento, un sobro de café y sé que debo regresar a mi investigación. La mañana luminosa de este viernes de noviembre es un regalo, sin duda, un magnífico regalo.

+ Hay una serie de temas que están la recámara. Van desde el carácter epigonal de la narrativa y el ensayo en la actualidad hasta la razón de la ciencia en el imaginario popular, con una sociología solapada que impide discernir lo que es opinión fundada de explicaciones para el momento que se guían por el ego y la oportunidad. Pero los temas quedan ahí, en la recámara, a la espera de un tiempo mejor, a que yo termine de ordenar mi biblioteca en su nueva ubicación. Qué trabajo, qué enseñanza este enfrentarse al que fui en el pasado y al que soy en este momento; qué variable resulta la persona, que inestables los gustos, pero qué guías definen una trayectoria. Como leía en tiempo no tan lejano en un libro de un filósofo del que ahora no recuerdo el nombre, el comienzo de una vida no se puede narrar hasta que la persona ha fallecido porque sin el relato cerrado la explicación no es posible. Así estoy, entre temas posibles y las tareas de este mi canon personal que se resume en el orden y escrutinio de mi biblioteca, con el expurgo necesario.

+ El filósofo es José Luis Pardo y el libro La regla del juego. Sobre la dificultad de aprender filosofía. Vale.

+ Temas en la recámara para las próximas semanas; al menos es lo que espero.

+ Imagen: en mi indagación sobre los emblemas me encuentro con la posiblidad de la bicicleta, como relación entre lo uno y la identidad. Vale.

sábado, 21 de noviembre de 2020

¿Identidad, estilo y distinción?

Pompei

+ Parados en su sobrante de carretera, conversamos sobre diversas cuestiones, fundamentalmente sobre la evolución de la pandemia y la incertidumbre que se ha instalado en la realidad, de cómo esta la modifica y devuelve a la realidad, o al menos su percepción, a una nuclear verdad: el cambio y la falta de permanencia. Las nubes se habían retirado y elevé la vista a las alturas. Pude ver con claridad el dibujo de las estrellas en el cielo. Se lo hice saber y me dijo que la ausencia de contaminación lumínica era lo que permitía esa privilegiada visión, me señaló un monte cercano y me narró las caminatas que hacían con su padre cuando eran de niños para ir allí a ver las Perseidas. Nos despedimos y no pude dejar de meditar. En realidad lo minúsculo del virus se enlaza con las magnitudes siderales de las estrellas, realidades que nos atañen y que no podemos abarcar, bien por extensa, bien minúsculo. Bajé hacia los pueblos y la luz de las farolas sobre la carretera me devolvía a otra realidad, la realidad laboral que estaba a punto de finalizar. Ay, esos enlaces entre lo uno y lo otro y que devienen en lo mismo, en su reflejo. Soñé con perros y con lobos, soñé con mujeres que ofrecían pastelitos y un licor transparente, que podría ser ginebra o anís, soñé otras cosas que no recuerdo, aunque eran partes de realidades sin mayor entidad que mi descanso y mi olvido.

+  [Mañanas en la biblioteca]. No necesito madrugar mucho, pero me levanto a las siete de la mañana. Desayuno con calma y luego un leo un poco, preparo las bibliografías, los bolígrafos y las libretas, meto todo en mi mochila y espero un poco, hasta que son las ocho y media; entonces, me encamino a la biblioteca pública, que abre a las nueve de la mañana. Es un trabajo rutinario que consiste en pedir libros, buscar las referencias y fotografiar con la tablet las páginas donde se encuentran las referencia a nuestro autor. No hay ningún secreto, esta parte de la investigación que se centra en una labor mecánica tiene una suerte de lección sobre los desarrollos del proceso, que se extiende a los ámbitos que parecerían ajenos a su dominio. Las tareas rutinarias son cimientos de las tareas que semejan más elevadas. Estas tareas humildes son un asidero contra el desánimo, su reiteración nos libera de reflexiones amplias y profundas; lo veo yo como la oración, que se hermana con el ejercicio físico diario. Así, entré en la biblioteca y me dispuse a realizar lo que anteriormente había programado. Cumplí con lo previsto y sentí un cansancio honrado y sencillo, que me remite a mi relación con la rutina, con su ponderación sobre la aventura. Soy otro, me digo mientras avanzo por la calle con 145 capturas fotográficas de otras tantas páginas que se contienen en el dispositivo electrónico. Soy otro, pero soy el mismo.

+ Los desencuentros conmigo son oscilantes, intermitentes, variados. Creo conocerme y no es verdad porque me sorprende todavía mi incapacidad para afrontar nuevas realidades, pero no resulta ser una incapacidad paralizante ni definitiva, sino que se trata de un ligero malestar relacionado con mi querencia a la estabilidad, por otra parte, imposible por definición de lo que la vida en sí es. Sí he aprendido a aceptar el malestar a sabiendas de que será algo pasajero; este aprendizaje se basa en experiencias anteriores, que, aunque disímiles, guardan entre sí el parecido del cambio abrupto y la apertura a nueva situación, no peor, pero sí muy diferente. He dejado atrás un decorado y estoy inmerso en otro, la circunstancia no es baladí, al contrario: determina de una manera irremediable la vida cotidiana. La vida cotidiana, me digo tras escribir cada una de las letras en el teclado del ordenador, la vida cotidiana como única patria posible que prefiere a la persona o al individuo a la identidad. Los desencuentros son constantes pero pasajeros y su desvanecimiento es mi victoria, pero precisan cierta lucha, calma y paciencia. En ello estamos.

+ Dejo a un lado la identidad y me centro en los retratos de las personas. La identidad me parece en exceso un algo burocrático y gris, prefiero los retratos bien sean al óleo o en un potente estallido de colores en la portada de un dominical o una página web. Los ojos, la nariz y la boca, las orejas, las cejas y el pelo, ese intento de traducir ciertas armonías o su ausencia en razones para elaborar biografías imaginarias e imposibles. Queda el retrato, incluso el propio, que se enfrenta a la identidad y deja tras de sí el rastro del imaginar vidas, trabajos y milagros. Veo mi foto en un antiguo carnet y me pregunto si los desencuentros constantes conmigo se ven ahí reflejado y colijo que no, que no hay tal relación, pero me gustaría percibirla porque verla no dejaría de ser una cura. La cura, el cuidado, el olvido.

+ Abro un canal de la televisión en línea después de encender la pantalla y sin mucho convencimiento busco documentales sobre asuntos y temas musicales. Encuentro dos que, en principio, parecen de mi agrado. El primero es sobre un irredento fan de Morrissey y el otro sobre Los Ilegales, el grupo asturiano. El primero pertenece a ese tipo de asuntos que comprendo perfectamente pero que no puedo aceptar y, sí, me producen cierto rechazo. Es decir, no acepto la rendición a otra persona aunque respete muchísimo su talento y su obra, porque solo veo una persona y no estoy dispuesto a rendirle pleitesía [lo que se iguala, en el caso del fan de Morrissey, con haber asistido a elevado número de conciertos del cantantes en primera fila; me digo: ya ves, qué triunfo]. Nunca atesoraría objetos y recuerdos de un artista hasta convertirse esta actividad en un motor de mi vida [memoria, viajes, discos, fetiches, ropa, peinado…]. Lo dejo porque no me interesan esas afirmaciones declarativas; me gustan mucho las canciones de los Smiths, me gustan, también, las canciones de Morrissey [aunque  un poco menos], pero en ningún caso me interesa su figura por sí misma sino una proyección de una idea que cuajó en la adolescencia y se prolonga en la edad madura pero que tiene relación con la literatura y lo que por ella entiendo y no con esa idea de personalidad. Lo dejo ahí porque no me interesan demasiado las posibilidades que ofrece. En el documental sobre Los Ilegales hay algo que me llama la atención poderosamente y me parece una flecha en el centro de la diana. Se trata de una afirmación de Mariscal Romero. Dice M. R. que todos aquellos grupos punk de finales de los setenta y principios de los ochenta estaban integrados por malos estudiantes que pertenecían a las clases medias y altas, jóvenes que encontraron en la música una razón de ser; entre ellos, cómo no, también, Jorge Martínez. Trato de unir ambas razones y extraer una conclusión, como dos premisas que me llevasen a una punto sin retorno, restituir una posibilidad en el hiato que he trenzado casi sin darme cuenta. Creo que la solución a la ecuación radica en la identidad. Cómo la identidad dirige vidas y haciendas hacia un malditismo próximo al movimiento romántico, que perdura en la manera de entender la vida desde la pedagogía que ofrece la música popular [tan influyente ayer como hoy, desde donde se esparcen consignas vitales y eslóganes propicios para lleva la existencia con estilo]. Cierro la sesión y me entrego al sueño con esa sensación de protesta y burguesía, falsas revoluciones y el estilo y la distinción como motores del prontuario vital de toda una generación, la mía en concreto. Todo se desvanece en el océano de la noche, en océano del profundo sueño y sé que no estoy equivocado.

+ Imagen: elijo esta imagen de Pompeya porque es la que tengo en mi perfil de la mensajería instantánea, mi identidad; me gusta percibir ese toque de neutralidad, el punto de estilo y distinción.

sábado, 14 de noviembre de 2020

Sumas y restas

IKEA

+ Una vez más, llega el viernes. La sucesión de los días no tiene nada de especial, es la rutina, lo que se espera y no ofrece variación, pero mi curiosidad todavía se ve sorprendida. Quizá se trate de esto mismo. Centrarse en pequeños detalles que ofrecen posibilidades inusitadas; la sensación de avance, el deshacerse el proyecto y convertirse en realidad, la pasmosa imposibilidad de detener el tiempo. El viernes es el día deseado por el trabajador [si el fin de semana es para él feriado, porque de lo contrario se retrasaría al sábado, que, aunque similar, no resulta equiparable] para emprender su viaje al ocio, a la distancia, a la ficción del tiempo libre. Con la pandemia esto ha cambiado: ya no se trata de establecer un límite, sino de aguantar, dejar a un lado las horas y aprender a no esperar nada.

+ C y yo, ayer, vimos un documental en línea sobre el campo de concentración que visitamos en octubre de 2018, en las proximidades de Berlín. Sachsenhausen. Volver a ver otras vez aquellas edificaciones, la explanada, la entrada al propio campo, nos devolvió a la inquietud que supuso en el encuentro con esa conocida y despiadada brutalidad. Desde aquel momento, desde la visita a Sachsenhausen, el campo de concentración me sirve de piedra de toque cuando una situación me parece complicada. Nada resiste la comparación, reconozco. Recuerdo Sachsenhausen. Recuerdo un extraño silencio, recuerdo las vigas de hormigón sobre las que se ataba el alambre de espino, los árboles, el perfil de las torres de vigilancia, la quietud del serenidad del paisaje, el sonido del viento; sobre todo ello reinaba una presencia que percibíamos, la longitud de las dimensiones, ese saber de la vida y de la muerte, de la línea que separa al ser humano del monstruo; recordé, entonces, a la vista del documental, en una sala de exposiciones anexa al campo, las fotos de algunos de los guardianes, que eran casi adolescentes, con sus caras aniñadas resucitaban en el relato de la audio-guía que mostraba sus arrebatos de ira y la violencia acerada e imbécil que los dominaba. Antes de dormir me dediqué a pensar en ello, en una visita, en Madrid, con K., a una exposición sobre Auschwitz, pensé y regresó la frase en la entrada de los campos de concentración y exterminio: el trabajo os hará libres. No hace tanto y poco a poco se olvida, pero basta asomarnos a las noticias, al incremento de acciones antisemitas, al odio infundado sobre otras personas para hacernos cargo de que la estupidez y la brutalidad. Lo repito mientras me digo que descreo de lo colectivo y trato solamente de ver personas y no razas, credos u orígenes, religiones o ideas con o sin fundamento. Nada nos hace libres, salvo la libertad sin adjetivos, una libertad que se asienta sobre lo humano en el sentido condicional de la muerte, que da y quita sentido a todo lo vivido: ahí reside la libertad, en el respeto por cada persona, en su calidad de persona, sin adjetivos que la clasifiquen.

+ [Expurgo]. Todavía no empezado con la selección, el donoso y grande escrutinio de mis libros. El examen de la biblioteca nos lleva a un examen de nuestra realidad lectora y de nuestra biografía lectora, que por extensión es nuestra identidad en una vertiente no menor. ¿Cuánto libros he atesorado? ¿Mil, mil quinientos, dos mil? No tengo intención de hacer un recuento, pero sí una purga. La purga no se refiere exclusivamente a los volúmenes, sino que alcanza el corazón de la identidad, como si pudiese esta decantarse, diluirse, aclararse. Decido dejar a un lado las posesiones y establecer una distancia con todo aquello material que me condiciona, en la esperanza de mejorar, de alcanzar un otro estado más limpio y menos dependiente.

+ Etimología: barriga deriva de barrica, que no deja de ser un galicismo. Lo recojo de una nota de la Real Academia en Twitter. Tiene su gracia la evidente semejanza de las dos realidades. La metáfora como creadora de palabras, las palabras como creadoras de metáforas, entre ambos polos: la realidad cambiante, sin permanencia, dúctil e incontestable aunque sometida a contradictorios comentarios.

+ [Expurgo]. En lugar de empezar por los libros he comenzado por los objetos, fotos, cartas, aparatos electrónicos y un largo etcétera de diversos cachivaches acumulados durante décadas. La sensación es extraña porque los objetos se conectan con la persona y parecen ofrecer un retrato de aquél que fuimos que se relaciona con este que somos. No es necesariamente verdadero porque esa función de la identidad se define en cada momento y cada momento aporta y hurta razones. En este caso, es un distanciamiento. Decido expurgar sin contemplaciones. Postales de Lisboa, mapas de Berlín, guías de Normandía, libretas de notas que no deseo volver a ver, el ingenuo detalle de unas vacaciones reflejado en una suerte de diario, las tribulaciones de un escritor en ciernes que nunca llegó a alcanzar la publicación [qué tema para otra entrada], auriculares, púas para la guitarra, cables de amplificador y otro largo etcétera. Y así se van llenando las bolsas de basura que, luego, transportamos hasta un contenedor cercano. ¿Un antes y un después? Sé que es algo que debería haber hecho hace años, porque la limpieza es salud para el alma, ese desnudarse, ese desposeerse de objetos que creemos importantes y no lo son. Se libra una batalla con el pasado, un pasado que no existe, que nunca existió. Los lazos que me unen a aquel que fui son débiles y cada día que pasa la dispersión de las imágenes es más acusada, como el barco que se aleja de la costa y al pasajero, llegado un momento, le resulta imposible discernir qué son casas y qué son montañas porque el paisaje se transforma en una línea que se desvanece sin remedio. Carne de mercadillo, de rastro, de mercado de las pulgas, resulta ser toda esta acumulación; prefiero que vaya a la basura que verlo en el puesto del chamarilero, aunque llegado el momento, todo dará igual. Lo próximo serán los libros; capítulo aparte.

+  [Expurgo]. Me deshago de una colección de callejeros, planos y mapas atesorada durante más de treinta años. Queda en la huerta bajo la lluvia. El agua de la lluvia se comerá el papel mediante la putrefacción. Me interesa esa metáfora que esconde el proceso: el agua de la lluvia pudre los mapas que se coleccionaron a lo largo de treinta años, y nada cambia: allí siguen, las calles, las ciudades y la geografía. La representación sólo posee sentido cuando tiene utilidad, luego se convierte en una arqueología o en un fetiche, o ambas cosas a un tiempo. El agua de la lluvia y la tierra vegetal actúan conjuntamente como un hechizo.

+ Imagen: el almacén de muebles como habitat del deseo, el deseo como guía del pasado y del porvenir, imagen de sí mismo, relato vertebrador de la vida cotidiana; sin embargo, eligo la neutralidad del blanco y una composición geometríca con la esperanza de romper un sortilegio que me inclina hacia la acumulación, una tendencia que inagurar: el adelgazamiento. Un especio neutro y versatil.

sábado, 7 de noviembre de 2020

Expurgos

 

 

+ Es viernes, un viernes luminoso de finales de octubre. Lo dije alguna vez, el otoño es mi estación preferida. Lo repito mientras observo el paisaje y pienso que fuera de este recinto acotado está la pandemia, la ignoro y escribo, leo y estudio. La música barroca que me acompaña hace que recuerde en el retiro de Michel de Montaigne. La lectura es otra distancia respecto de la realidad porque inaugura una realidad personal y dúctil [en un primer momento;, ya que toda lectura tiene un algo de veneno, plena de  efectos imprevisibles y sorprendentes]. Tengo ante mí el calendario con las tareas pendientes y las tareas cumplidas, lo miro sin mucho convencimiento. La luminosidad del día aclara el tránsito del tiempo hacia la nada y termina por disolverlo en los suaves colores del otoño. Estoy más cerca de la naturaleza y eso se refleja en mi ánimo: una mayor quietud y reposo, una tranquilidad serena y profunda, reflexiva. Es viernes y comienzo unas cortas vacaciones, que no son otra cosa que un cambio de actividad; su verdadera razón: la acción con antídoto, la lectura como lenitivo, el equilibro como meta imposible pero deseable.

+ Rescato en Pierre Bourdieu unas ideas sobre el campo del arte restringido. Se relacionan estos rasgos con una cierta distinción, un cierto empate entre gusto y elitismo, una aristocracia excluyente y exclusiva. Normas, repertorios, preguntas y respuestas elaboradas con el propósito de clasificar al interlocutor y, más tarde, situarlo en un mapa de lo in y lo out. ¿Pertenecemos a ese club o sólo fue un deseo no cumplido que habla más de nosotros de lo que sospechamos? La necesidad de alcanzar un punto de individualidad que nos diferenciase de la masa se convirtió en un objetivo vital. Lo puedo estudiar en mi propia persona y en otros que he conocido, que he tratado o que tenido cierta intimidad. Pasado el tiempo, esos asomos de la tardía adolescencia se han desvanecido y permanece el esqueleto que los sostenía. La desnudez que ahora se nos ofrece es demasiado verdadera como para poder soslayarla. ¿Tan importante es la circunstancia? Recordaba un maltratado violinista en una entrevista radiofónica la segunda pare de la cita de Ortega: yo soy yo y mi circunstancia; la segunda parte: …y si no la salvo a ella no me salvo yo. Bien. Pero la cualidad de la circunstancia es su empecinada tendencia al cambio a la impermanencia. ¿Eran esos atisbos elitistas de nuestra prolongada adolescencia circunstancias o eran esencias de la persona? Sé que han desaparecido y con ella un dolor extraño y banal, pero profundo e hiriente, una percusión que se cifra en los éxitos ajenos y los fracasos propios, cuando ni siquiera había tales fracasos. Ay, el arte restringido, esa tendencia a la referencias y a las posturas, a un dandismo provinciano de alcohol y lumpem, de galería de arte y periódico de provincias regido por directores más en el ámbito de la zarzuela que en el de la actualidad. Ahora todo es narración, un relato que me entretengo en comentar aquí y allí, pero que no tiene la importancia que sospechaba que tenía. La circunstancia ha variado y con ello mi persona gana, otros han perdido, otros, también, han ganado; pero ya no clasifico, solo observo, solo estudio.

+ [Expurgo]. Las mudanzas son limpieza y orden y uno se da cuenta de cuán pesados y poco manejables resultan ser los libros; manifiesta forma de fetichismo, encumbrado en un engañosa utilidad: hay en atesorar libros, y ,como sucede con cualquier colección posible, el cachorro se convierte en monstruo. Así, los volúmenes se apilan, forman torres imposibles, muros imposibles, visten una casa, aparentan estabilizar la tendencia a la caducidad, se transforman en balizas con las que orientarse en el tráfago de la vida y nada de esto se cumple. Sin embargo, llega un momento, ese momento del desplazamiento de la biblioteca, en que los colores de los lomos y el formato de sus tapas resultan amenazantes, complejos, un traslado que, como una obra de ingeniería, requiere de cálculo y planificación. Después de reflexionar sobre el asunto, he llegado a la conclusión de la necesidad de realizar una donación de una gran cantidad de libros a una biblioteca rural. Quizá allí sean leídos, la mayoría de ellos yo nunca los volveré a abrir. Este adelgazamiento es un adelgazamiento espiritual, una necesidad o un ejercicio ascético que nos dirige hacia una nueva vida: ordenada, serena y estable. Los tres adjetivos anteriores conjugan con un proyecto donde no caben los estilemas anteriores, todo ha cambiado aunque parezca ser lo de siempre. Ay, estilema: conjunto de los rasgos característicos de un autor. Empleamos el término cuando dejamos de creer en el monolito que le da cobijo, se desmorona su peana, se desvanece su aura para dar paso a otra realidad, a una profunda realidad más próxima a cierta idea temprana que resurge y se impone. ¿Somos otro? Nadie se baña dos veces en el mismo río, repito tras la última frase, como una oración que invita a la contemplación, ese estado, esa condición. Los libros no me condicionaran como objetos que son, otra cosa muy distinta es su estela, que permanece y se transforma, me transforma.

+ Mientras la abogada nos da cumplida cuenta de un asunto urbanístico de nuestro particular interés, yo no dejo de fijarme en los tatuajes diseminados por sus muñecas y antebrazos [discretos, pero elocuentes]. No puedo dejar de pensar en el tatuaje como amuleto, conjuro o fetiche, no puedo de dejar de pensar en lo ajeno que me resulta y la relación que tienen con este nuestro presente y con la amplitud y extensión que han tomado, más próximos a la cosmética que al lumpen entrevisto en nuestra infancia y adolescencia. Que la abogada lleve tatuajes [frases, pájaros, peces…] resulta un punto más allá de lo representativo y paradigmático; se trata de una tendencia que ya es característica de este nuestro tiempo, un rasgo de nuestra época. El tatuaje ahora es variedad que oscila entre lo profundamente significativo y lo meramente frívolo. Yo no tengo tatuajes y muy probablemente no los tendré, pero no por una razón específica, sino por los usos y costumbres de mi infancia y mi adolescencia, por la educación recibida y por un cierto envaramiento [el mismo que me impide usar chandal o bermudas, por poner dos ejemplos de atuendos prohibidos]; sin embargo, también que hay algo que no comprendo, algo que tiene que, por un lado, ver con mi edad y, por otro lado, con una posición estética que trata de alejarse de todo aquello que implique multitud, moda o costumbre fosilizada. Vuelo a pensar en la abogada y su atildado aspecto, en su fular Burberrys y en su tatuaje en el empeine embutido en un zapato de ante negro y tacón bajo, en como ya no soy el que fui y no soy el que seré, pero permanecen ciertos rasgos más propios del dandy o del snob que del mero estudioso de la realidad, sumido en la observación, sumido en el estudio. Ese soy yo.

+ [Las razones de los expurgos continuaran en nuevas entradas].

+ Imagen: Las puertas constituyen una de mis obsesiones fotográficas; por geometría, variedad y rasgos comunes. Las puertas hablan y solo hay que saber escucharlas, pero yo no tengo más propósito que reflejar lo que fue una mañana en Honfleur; cuando paseabamos encontramos la casa de Erik Satie, después esta puerta. Vale.