sábado, 7 de marzo de 2020
Diferencia y desplazamiento
+ Volví a encontrar otros ejemplos en Germinal sobre “el gran silencio”. Toda una imagen. El silencio extiende sus dominios sobre la novela en los momentos cumbre. Lo he tomado para mí. Antes de dormir pienso en aeropuertos vacíos y silenciosos, en su arquitectura, sus espacios y en el vacío. Una imagen zen, para la reflexión. No hay nadie en el bosque, una música que suena sin espectadores, el cuadro en la oscuridad del museo cerrado. Quizá ni siquiera existen. Allí me lleva ese gran silencio. La novela llega a su fin y tengo una idea de totalidad que me perturba. Llegar a esa conexión un propósito del escritor me hace viajar al pasado, al tiempo de los folletines. Me pregunto que si es esa sensación de totalidad parecida a la que tienen los que ven series hoy en día, los que las ven de un tirón. Más allá de esa reflexión sobre su recepción, admiro la mezcla entre crónica y novela, esa natural ambigüedad del novelista, que se aproxima a un científico social. ¿El sociólogo y el economista ocupan hoy en día el espacio del novelista decimonónico desde las tribunas que les ofrecen los medios de comunicación? Sé que esta lectura esta restringida a la arqueología, pero eso no es un problema, al contrario: es una virtud. Me otorga un prisma para observar el presente.
+ Los días se desvanecen y se desplaza el sentimiento provocado por los ogros. Ahora son una difusa estampa que se disuelve en el líquido olvido. Lo vi ayer, desde mi coche. Un relámpago que rápidamente desaparece. Lo observé durante un breve instante. Valoré su atuendo, sus gestos, el rostro entrevisto. Nada. La sensación de disolución estableció un límite. Los límites son tan necesarios.
+ [Entrevistas - Diálogos entre profesores de filosofía y escritoras brillantes]. Determinar la razón de la escritura y la lectura resulta ser un índice que revela razones subterráneas de nuestro momento histórico. Como leer una suerte de conciencia paralela y determinante. ¿Tiene sentido el prestigio que otorga la publicación de un libro en una editorial emblemática? ¿Se puede vivir de la literatura y la actividad de la escritura es equiparable a cualquier otra actividad retribuida? ¿Los buenos sentimientos impiden la literatura y la literatura es un campo de batalla anárquico que se ordena como los posos se decantan en lo vinos añejos? Son tres preguntas que me hice mientras escuchaba con atención la entrevista que Ernesto Castro le hacía a Cristina Morales. Se desvanecieron las preguntas en la gran verdad: la muerte del escritor, R. Barthes. Como colofón, es pero que me llegue el aviso de la biblioteca: el libro de C.M. está a su disposición, Lectura fácil.
+ Me parece necesario leer Lectura fácil. Ay, mis urgencias, mis paradojas, un margen elegido que se construye a diario. Sigo viendo vídeos en red. Pierdo el tiempo (?) y me dejo llevar. ¿Qué es lo que me interesa? ¿Soy yo o la investigación sobre cómo se trama una vocación y un modo de vivir? ¿Vivir sin dinero, trabajar sin cotizar? ¿El margen? ¿Conspiraciones? Al final, me interesa el espíritu del tiempo, ese espesor de los días y las noches. La novela y su pervivencia en el siglo xxi, pero también mi rechazo a las ‘series’. De hecho, una vez terminada Germinal me di cuenta de que resultaba una narración muy antigua, demasiado cerrada en sí misma, una estructura contraria a lo que hoy podemos llegar a entender como desarrollo de una historia. Todo tan bien trenzado. Una disolución. Quizá es lo que busque en la lectura de Lectura fácil. No sé, todavía debo esperar a que quede libre en la biblioteca pública, mientras me conformo con la labor de lima de mi textos, ese texto que estoy obligado a presentar antes del ¡viernes!
+ Mis incapacidades.
+ Confusiones, errores, falta de atención. Me reflejo en todo ese muestrario de defectos que arrastro desde hace años. Los veo y me veo. ¿Soy yo? Sin duda, pero también se establece una distancia. Necesaria distancia. Leo y olvido lo leído. Mi falta de memoria, pero soy capaz de hablar fluidamente en francés, como si en otra vida hubiese sido el francés mi lengua materna. ¿Existe la reencarnación? ¿Era yo un francés disléxico? ¿Por qué hay número que se me atraviesan? ¿La construcción de un personaje es equiparable a la constitución de una profesión? Las lagunas me constituyen, los ríos que terminan por no desembocar en ningún lugar. Simplemente, aquí escribo, aquí me diluyo.
+ Esa necesidad de encontrar una pregunta, esa necesidad es la que guía las indagaciones nocturnas en el ordenador conectado: entrevistas, vídeos, juicios. Para no llegar a ningún lugar, salvo al inescrutable punto de partida.
+ Un trabajo terminado. Un algo que se cierra, un paso. Otra cosa, otra tarea. Se suceden los días y los días se llenan con obligaciones, algunas impuestas otras que hemos abrazado. ¿Es esta la espuma de los días o son los días mismos? Cabalgo la ola, me dejo un momento y el paisaje es otro. Soy yo el que se desvanece, la tareas a penas me retratan. Estoy ahí, en la ola y en el paisaje, en la lluvia y en la niebla.
+ Imagen: hice la foto en Madrid, en un portal. Es un sistema de timbres eléctricos en desuso. Lo observo, centro mi objetivo y disparo. Ahora me pregunto por la razón que me llevó a elegir el motivo y por qué ahora lo inserto en esta entrada. ¿Es algo que tiene que ver conmigo, con mis incapacidades y mis victorias? Que emblemáticamente permanezca la foto lo dice todo.
sábado, 29 de febrero de 2020
Bifurcación
+ Estuve tres días en Madrid. Quizá no fueron tres días sino dos días y medio. Con todo, me pareció que pasó un mes. Un largo mes de comunicaciones y charlas. La intensidad del trabajo y la relación con la ciudad ensancharon la percepción temporal. Llegué un miércoles y me fui un viernes a las ocho de la tarde. En primer lugar tuve que cruzar la provincia bajo el manto espeso de la niebla; la autopista resultaba confusa, sus límites, la banda de balizas, los pilotos de los otros coches. Entré en el aeropuerto y comenzaba a despertarse, todavía no eran las seis de la mañana. Rostros dormidos, café cargado, libros, portátiles, tabletas y teléfonos. Es un estallido que nos comunica el tiempo en el que vivimos: los atuendos y los adminículos, los peinados, la actitud ante el viaje, esa indiferencia, música en los oídos, el aislamiento, la barrera de los años. Todo esto lo reconozco sin dificulta y lo comparo con tiempos pasados. Las épocas se suceden y el movimiento es imperceptible, aunque uno se detiene y alcanza a ver todo lo vivido. Es ese el estallido, la chispa que marca el antes y el después. No somos nada, me digo con un cierto punto de cinismo. Ya no soy joven y lo asumo con cierta alegría. Comienza el día.
+ Mediante una referencia a Christopher Isherwood llego a David Hockney. Se trata de la pareja de Ch. I., Don Bachardy. Don Bachardy es un pintor, mejor: un retratista. Veo algunos cuadros y me interesan mucho, debería indagar en su obra.
+ [Tres notas en la libreta que siempre viaja conmigo]. Profesoras que hablan de los problemas en el trabajo, principalmente sobre la indisciplina y las derivadas de las nuevas tecnologías. Una conversación en inglés que mantienen dos personas en torno a los treinta años, se percibe con claridad que ninguno de los dos es hablante nativo. Gentes que ríen. Las notas no tienden a la escritura, sino que se lanzan hacia lo pictórico. Son cuadros que nunca se ejecutarán. He valorado colores, encuadres, gestos. El boceto de algo que resulta peculiar y unido al momento, al presente. La historia precisa ilustraciones de este tipo, donde se den los rasgos que nos hacen particularmente contemporáneos. La aparición de la cerveza y el risotto me separo de la ensoñación. Guardé la libreta y entre en el confortable mundo de la gastronomía, no muy elevada, no muy baja. Placeres accesibles y no demasiado caros. Madrid se extendía hasta los límites de mi compresión, no continué más allá.
+ [Una casa en la playa o el esbozo de un cuento con tintes sociológicos y provincianos]. Mi padre y yo, como todos los años, vamos a la frontera portuguesa a comer la lámprea. Es un rito, algo, entre muchas cosas, que nos une. Hablamos de cuando él por primera vez la comió, cómo los camineros las guardaban en el agua limpia de alguna tajeas, hablamos de los que ya no están. He pensado en varias ocasiones que tiene algo de comunión bajo la especie del muy extraño pescado. Su carne, su boca dentada en espiral, los cartílagos. Caminábamos por la calles de la Fortaleza, ese recinto amurallado dedicado a la venta de toallas y restaurantes (en uno de ellos comimos la muy deseada lámprea), y fue entonces cuando vimos descender la cuesta a la pareja: ella hecha un remolino y él, alto y grave, con una gravedad vacía y prescindible, pero muy acorde con la posición que cree ocupar. Los conocemos y nos ignoraron con manifiesta mala educación, que ellos confunden con un estilo superior que les otorga una dudosa pertenencia a la pequeña burguesía de la provincia, esa que se hace espuma en los bailes del casino y cree codearse con la trufa importante de la política nacional. Cuando pasamos a la altura de ella, la oímos referirse a la vendedoras de toallas con tonta presunción: son para la casa de la playa, son para la casa de la playa, repitió. Mi padre y yo, con disimulo, nos reímos. Para la casa de la playa, ese emblema de la buena sociedad provinciana. Se lo conté a C. y los dos nos reímos con ganas. Ella es una boba, él es otro bobo, lo dice porque no se puede encontrar otro adjetivo. Otro adjetivo no hay, pero el adjetivo tiende al sustantivo: los bobos de la casa de la playa.
+ Los dos bobos son vecinos, alguna vez en el ascensor se quejó de que tenía unos contratiempos tremendo con la mudanza a la casa de la playa. La casa de la playa pertenece a la familia de su marido y ella es una ¿acoplada? Se siente una señora de la alta sociedad, pero no llega. Poco importan. Sólo es un apunte para una narración que no llegará a nacer. La tristeza de la provincia, su ruina y su indefinición.
+ Madrid queda lejos y de Madrid hablamos mi padre y yo mientras comíamos. Se veía un tramo del rio Miño desde la mesa que ocupábamos. Tanto para él como para mí Madrid es un territorio mitológico. Un lugar al que regresar. Se fusionan Galdós, Baroja o Umbral en su geometría. Lo valoramos desde el punto de vista de la literatura, pero también desde la amistad. Ahora yo me he ligado a Madrid mediante mi investigación, que fue la causa del viaje. Escucho a mi padre, pruebo con los labios la cerveza sin alcohol helada, siento el triunfo del instante y le recuerdo el episodio recién vivido, el de los dos bobos. Sonreímos y él dice que son manías de la provincia, asiento y lanzo mis ojos al otro lado de la frontera, a España.
+ Compramos una lámprea viva. 30 euros. Saltaba sobre el hormigón pulido del vivero. Un kilo y medio. La metieron en una malla y luego en una bolsa de plástico. Regresábamos en mi humilde coche y la lámprea se agitaba en el maletero. Mi padre estaba contento, yo también, habíamos cumplido, un año más, con el rito. El día declinaba.
+ El ogro ha sucumbido, ya solo es una sombra del pasado. La resolución del relato. La niña y su gatita duermen tranquilas.
+ Imagen: primera hora de la mañana, Madrid, Moncloa.
sábado, 22 de febrero de 2020
En medio de un gran silencio
+ Noticias de accidentes de tráfico con resultado de muerte, divorcios y despidos, mientras yo continúo en gimnasio con la lectura de Germinal. Como una burbuja, y la vida sigue su curso. Las muertes, los nacimientos, los olvidos. Todo tiempo tiende a su propia combustión.
+ Santiago. Quedamos con E. para ir al CGAC. La visita, como en otras ocasiones resultó estéril, fallida. Nada de lo que había allí nos interesaba, la exposición que esperábamos ver se había terminado y las fotografías con las que nos encontramos nos decepcionaron especialmente. El CGAG ha perdido el oremus. No le veo mucho sentido a su programación, sobre todo porque se percibe con demasiada claridad una ausencia de proyecto. Me dio pena. Es una deriva que se manifiesta en otros ámbitos culturales, pero, en línea que yo mantengo, mi lugar está en mi estudio y en la lectura, esa concha gruesa donde me repliego. Hay un punto de indiferencia. Sin embargo, la visita sí mereció la pena porque estaba E. y tanto C. como yo disfrutamos muchísimo de su compañía, de sus palabras y de su risa, de la certeza de sus ilusiones. Hablamos, tomamos café y vimos como las sombras se apoderaban de la ciudad del Apóstol. Yo les expliqué lo extraña y terrorífica que me resultan sus calles, esa humedad, esa oscura certeza que la transforma en un escenario de cine expresionista alemán. Les dije que muchas veces me lleva por sorpresa la conciencia de lo remoto que es un nuestra pequeña región, lo lejos que de todo está. Tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Llovía y las sombras eran algo más que el rasgo de la noche, pero los tres estábamos alegres, esa alegría que no se puede comprar.
+ De regreso, mientras yo conducía, C. y yo volvimos a hablar de los ogros y de su madriguera. Hace dos semanas que C. no tiene que ver al ogro. Ha sido un triunfo que se demoró demasiado. Ahora es un recuerdo, un mal recuerdo. No todo está cerrado, pero los dos sabemos que no volverá al martirio diario de enfrentarse a su maldad, a sus mezquinas palabras, a su intolerable presencia. C. ha actuado correctamente y eso es lo que vale, para mí, para ella, para E.
+ Lo moral, lo ético y lo legal. No pretendo iniciar un debate sobre la colisión entre ética y legalidad, pero sí me gustaría manifestar la posición del ogro cuando decía que él solo deseaba lo legal. Afirmaba sin llegar a conocer con exactitud el alcance de sus palabras, pero con la contundencia del ignorante que ha triunfado en la vida. Ay, el triunfo y sus engaños. Se trata de un uso interesado de las palabras que imponen un marco discursivo, un marco que se debe huir como se huye de la peste. El ogro y la peste es un todo un emblema: su maldad, su ignorancia, la crueldad con débil y la sumisión ante el fuerte. Me gustaría que se convirtiese en humo y camino de ello va su presencia. No existe ya para nosotros, pero todavía palpitan esas palabras: yo solo quiero lo legal, cuando la propia legalidad se la ha fumado durante años, pero lo formal de la justicia establece su realidad judicial que no coincide necesariamente con la realidad cotidiana. Es más, la contradice.
+ A estas horas la niña y su gatita duermen tranquilas, los ogros se revuelven en su madriguera ante el embate de un enorme cangrejo. Otro emblema. ¿El lema? Toda mala acción tiene su vuelta en su propio espesor.
+ El título de la entrada responde a la reiterada aparición de la expresión en la novela de Zola, Germinal. Me llama la atención y así lo anoto. Al mismo tiempo, recuerdo como comenzaba El vientre de Paris, también de Zola. En medio de un gran silencio. El silencio como emblema, el silencio como marca del momento, la incertidumbre que un silencio inmenso provoca. En medio de un gran silencio me preparo para mi viaje a Madrid, donde tantas aventuras me esperan (esas aventuras tranquilas que yo emprendo).
+ Imagen: el silencio, lo vegetal, la espera, el viaje.
sábado, 15 de febrero de 2020
Escenarios
+ He conseguido establecer un sistema para cenar que me resulta satisfactorio. Se trata de una ensalada cuyos ingredientes son varios tipos de lechuga y brotes diversos, atún, aguacate, pan tostado que rompo sobre los vegetales y, por último, salsa para ensalada César. Debo adelgazar, de eso se trata. Recuerdo que los asiáticos dicen que el que está gordo es porque quiere. No sé, tal vez no sea del todo cierto, pero yo creo que en mi caso sí se cumple. Este particular diario debe reflejar mis preocupaciones, porque no deja de ser una preocupación ética, algo que rebasa el propio terreno de la salud corporal para entrar en la salud del yo. Escribo esto que escribo y pienso en mi regreso del gimnasio. Son incorpóreas anotaciones en el papel pautado de lo diario, esa colección de mapas y contabilidades, libros y asientos, traiciones, derrotas y victorias. Hoy he cumplido con lo que me había propuesto, el principal objetivo.
+ Soñé que estaban vivas personas que han muerto recientemente. Soñé que el padre de K. todavía estaba vivo y se alegraba de verme, me abrazaba y sonreía. Al momento desperté confuso. Fue una siesta demasiado larga, el día anterior apenas había dormido y necesitaba recuperarme del cansancio. Preocupaciones que me asaltan y discusiones absurdas e innecesarias, que nos hacen daño, a C. y a mí. Lo dejo a un lado. Pienso en el tiempo que ha pasado desde que vi por primera vez al padre de K. Todo se ha desvanecido. Recuerdo con precisión a la hermana de K. y a su padre en coche, un coche grande, azul metalizado, familiar. Tanto tiempo atrás, pero por sorpresa regresa al mundo de los sueños, donde se dan cita la oscuridad del principio rector. «El mundo es parte luz y parte sombra / y yo soy parte fuerza y parte indecisión», cantaba Radio Futura en Mercuriana.
+ Mecuriana: recuerdo la primera vez que oí la canción, recuerdo el estribillo y recuerdo la frase de la guitarra, tan sencilla, tan certera. Resumía bien una idea que tenía yo en aquel momento, que mantengo: la unión entre fuerza e indecisión, entre luz y sombra. Yo estaba en la Isla del Hierro. El mar, las negras rocas, la infinita línea del horizonte. Recuerdo aquellos momentos con una gran precisión. El paisaje, las conversaciones, el mar y sus cambios de estado. Recuerdo una gran tormenta y recuerdo pensar en esta canción. Estas estrategias de recomposición del pasado me aportan una calma que tiene su base en lo vano que resulta todo, en cómo el prisma de la muerte desvela una carencia fundamental, que, paradójicamente, resulta liberadora. Soy el mismo y soy otro, persevera un cierto principio rector, pero se ha afinado y hoy es un instrumento preciso, que tiende, más bien, a la precisión. Suena la canción y con la guitarra repito el riff. Regresa así el año 1990, el año que nunca volverá.
+ Palabras que busco en el diccionario: beneficio, lucro, avaricia. Debo adecuar mi camino y para ello es necesario limpiar de maleza sus márgenes. Las palabras, cuando se indaga sobre ellas, tienen el poder que tiene el mapa, que sin llegar a ser la realidad son un buen punto de partida. Necesito explicarme algunas cosas sobre el ogro, el proceso y los abogados. Los tratos y el decaer de las exigencias. Sé que es tóxico conversar sobre todo el entramado que compone el proceso, es un gran aprendizaje. En ello descanso. La triada (beneficio, lucro avaricia) me acercan a una explicación general que debe ser compensada por una idea de generosa bondad, que también existe en el ser humano. Me asomo a la posibilidad y me parece inmensa, es cuando recuerdo a Foucault que dice que el hombre como construcción se ha terminado, que llega a su final. Una muerte del hombre. Pero yo debo encontrar ese equilibrio entre lo mezquino y lo generoso. Gestores, empresarios y abogados, su presencia debe ser contrastada con otras realidades.
+ La realidad y su contraste. Un refugio: mi investigación. Hoy me han llegado las confirmaciones de la ponencia y de mi artículo sobre Faetón. El camino se hace caminando, nuestros pasos abren la senda y en este caso siempre es un terreno hollado, pero que nuestras huellas transforman en algo nuevo, extrañamente nuevo. A mí se me hace raro, lejano y no obra de mi trabajo. Este es un punto del que parto en la lectura: el que escribe pierde el poder sobre escritura en el momento que lo entrega al juicio de los otros. Por eso la investigación es un refugio, ya que aquí sólo estoy yo, en el silencio de la lectura y la escritura, actos que no precisan demasiado espacio pero son, al mismo tiempo, realmente expansivos. Me siento a caballo entre la satisfacción y la constatación de que todavía me falta mucho, con el convencimiento de que allí no llegaré nunca. Esta es la realidad de contraste que se opone a la realidad cotidiana, a la verdad judicial o las construcciones administrativas contra las que me enfrento a diario. Debo afilar la herramienta y ajustar su uso.
+ El modisto vive en un hotel. Vi por casualidad en la televisión una entrevista con un modisto. Mi padre y yo hablábamos y como telón de fondo estaba la televisión. Salió el modisto y enseñó el lugar donde vive. Un hotel en el centro de Madrid. ¿Un principio paradójico? Siempre hay que indagar en los detalles que orlan la biografía, ahí se esconden extrañas razones que se proyectan sobre la totalidad de la vida. Yo tengo mis particulares y cultivadas extravagancias, con el fin de alimentar mi propio margen, el apartarse del carril dado, sin llegar a la exhibición pública. Al final, la soledad dibuja círculo en torno a nosotros contra el que debemos luchar. El modisto parece triste, condenado por su personaje, alzado, elevado a los altares de las pantallas. Lo compadezco, de alguna manera lo compadezco. La televisión es un horror de entradas y salidas, amores, muertes y traiciones. Me rindo y mi padre cambia de canal. Aparecen unos animales que son como perros pero no son perros, en una playa. Observo a mi padre y creo que el no necesita paradojas, tiene una libertad, otra altura. Muere el día.
+ Imagen: rectas que interseccionan y, así, rompen una posible identificación.
sábado, 8 de febrero de 2020
Emanaciones
+ Me encuentro con ellos a las siete de la tarde. Ella me reconoce y comenzamos a hablar, él se había adelantado con la perra, lo llamo, se acerca y sonríe. Ella me cuenta cómo sus problemas de espalda están minando su persona, su integridad. Sigue de baja laboral y no sabe cuándo volverá a dar clase. Su espalda está enferma, pero también su pie izquierdo. Tiene dolor el rostro, me fijo en sus manos y están contraídas, agarrotadas. Él me habla de disciplina y se refiere al deporte y a la lectura, yo le digo que eso es posible porque goza de buena salud, cimiento de cualquier actividad. Nos despedimos. Los veo alejarse con la perra, que salta contenta. Continua la lluvia, esa intensa humedad, el gris profundo que ya es noche cerrada.
+ Desconozco los límites, pero los percibo en su indefinido perfil.
+ Fuimos a Baiona, fuimos a A Garda. El mar encrescapado parecía una suma de suaves telas, espuma agradable y móvil. Como la belleza peligrosa del tigre, el mar manifestaba una hermosa imagen [desde el coche], pero su fuerza brutal estaba allí, su inmensidad, la ciega voluntad de su esencia. Se trataba de establecer un límite entre el tiempo de los ogros y una nueva edad, luminosa y prometedora. El cielo era gris y la carretera brillaba como la piel de un reptil negro, la intensidad de la gama de verdes orlaba el paisaje y se veía apagada por cortinas de lluvia. El escenario era adecuado para la situación, nuestra situación. Cansados, nerviosos, regresando de la tierra de los ogros, de su dominio y ambición, con dirección a ese nuevo espacio: el reino de C.
+ Pescado, cerveza, la soledad del restaurante en invierno. C. estaba contenta, pero prefería, por precaución, no alegrarse demasiado, yo estoy de acuerdo con ella. Hacíamos recuento de las mezquindades del ogro, sus faltas de respeto, el machismo, su estupidez. Recordamos que el primo de C. nos dijo que era muy astuto o un necio. El discurrir de los acontecimientos nos dio la respuesta. C. tiene ahora una belleza que emana de su bondad sin dobleces, pero también posee una fuerza que la hacen actuar con determinación cuando resulta preciso. Somos más fuertes, juntos somos más fuertes, mucho más fuertes.
+ Llegan los libros. En el buzón hay una nota de correos, como y voy a recoger el libro. El libro tiene una lírica intensa, lo esperado, las promesas. Quizá sólo lea unas pocas páginas, pero queda su constancia, el acero en la memoria. La estantería es un depósito donde se atesoran los colores y los formatos, se constituye así un extraño cuadro, un muro con inesperadas implicaciones. Esa selección soy yo y yo soy los libros que habitan en este espacio, los veo y siento su presencia, sin leerlos, sin intuir sus títulos. Hoy llega otro libro y yo soy el mismo, abro el paquete y se lo doy a mi padre. Será él quien lo lea, a veces hay un ejercicio generoso en la compra de los libros para los demás, pero el punto de egoísmo no te termina por desaparecer: todos los libros que compro son para mí, incluso los que regalo, también los que no leo.
+ Elie Wiessel, Trilogía de la noche. Las razones de la estupidez y la maldad me interesan especialmente.
+ La carretera resultaba amable, su geometría y su lírica. Esas historias que se atesoran en los recovecos, en su espesor, las personas y los animales, lo árboles y las casas. Me detengo y durante un momento trato de atesorar el presente, pero éste se abre y no consigo alcanzar su densa profundidad, sé que nunca lo conseguiré. A lo lejos una nuble flota, pasa un pájaro y la claridad resulta hiriente. Hay un regalo, pero no quiero que se desvele. Furtivamente conduzco y establezco un límite entre el tiempo del trabajo y el tiempo de la contemplación. Leer, ya lo he dicho, es más que un escapismo, pero nunca pierde esta característica. Mi debate se levanta y continúo con el trabajo, recojo esas derivaciones sin sabe si llevan o no llevan a algún lugar. Es martes y su reflejo en el calendario no tiene mucha importancia, como la escritura automática, no hay ningún plan previo. Apago la música y sólo el ruido del motor me acompaña. + He vuelto a darle uso al libro electrónico. Cuando voy al gimnasio lo colocó sobre la pantalla de la cinta y me entrego a la lectura. En este momento, Germinal. He pensado que tampoco hay tanta diferencia con los usuarios que ven las series en las pantallas de sus teléfonos móviles; al fin y al cabo, el sistema narrativo de las series no es muy diferente a lo que ofrecían los folletines. Los folletines alimentaban el ocio de diversas clases sociales, con las series sucede lo mismo. La diferencia fundamental es que los folletines son ya arqueología, que no está al alcance de una gran mayoría, pues la lectura, en contra de la pasividad de lo audiovisual, es necesariamente actividad. Esta arqueología tiene su interés para establecer puntos de vista o una posibilidad de alejamiento de la realidad dada, hay centro mi reflexión poco antes de regresar a Germinal.
+ La visita al gimnasio me acerca más a la misantropía y al nihilismo, dos polos de los que debo alejarme. No son sanos, pero la lectura de Germinal me hace desconfiar de lo humano, la sospecha sobre el lucro. En el gimnasio observo los tatuajes, los anillados y el atuendo deportivo, los movimientos y los cortejos amorosos. Todo se repite desde tiempo atrás, todo esto ya ha sido visto por los siglos, pero la manifestación en el presente alcanza el relato de una figura totémica, a la que me remito en busca de un relato que me satisfaga, al menos durante el final de la jornada.
+ Creo en la necesidad de estar sano, una creencia adquirida a lo largo de los últimos veinte años. Desprenderse de la lesiva convicción de un malditismo provinciano me hizo daño, pero salí de allí victorioso. Me alejé sin olvidar que los tóxicos y los venenos también forma de mí, que ni los unos ni los otros regresarán, aunque su conocimiento me ayude a dibujar lo circundante. Voy al gimnasio, me alimento convenientemente y guardo unas costumbres horarias estrictas, las horas de sueño y las horas de las comidas. El gimnasio se integra en este fluir, el fluir soy yo, mi yo se disuelve en el cansancio, la cama me acoge y siento esa gran verdad donde sueño y muerte se aproximan; esa es la imagen de la muerte que construyo.
+ Imagen: C. y yo compartimos la foto que encabeza esta entrada, en ella en su teléfono, yo en este diario electrónico. Se trata del Museo de Bellas Artes de Rouen. Algo muy nuestro se manifiesta en esta foto, un protolenguaje compartido y ajeno a la pluralidad, nuestro particular idolecto. [Normandía, donde fuimos tan felices]
sábado, 1 de febrero de 2020
Condiciones del devenir
+ Viernes: lectura. Hoy he conducido mucho. Siento un presión en mi brazo izquierdo, un dolor leve que casi produce placer. Ya no tengo que ir a rehabilitación y la tarde será para entregarme al estudio. La lectura, paradójicamente, no es un escapismo. Mi mundo se diluye con facilidad y la lectura consigue darle una estructura, un aspecto esquemático pero solemne y solido. Me observo en el espejo y añado al paso del tiempo la lentitud sobre mi mirada: soy otro y lo sé con certeza. La lectura me da un primigenio punto de anclaje, una realidad inalterable que se agradece: la lectura como esencia de mi identidad. Le lectura tiende hacia lo móvil. No es algo dado porque lo que aporta, precisamente, es duda e inestabilidad. Sana incertidumbre. Me detengo y pienso en la sala de fisioterapia a la que ya no asisto. Su mobiliario, sus ventanas, el color de las paredes. Los fisioterapeutas y sus uniformes blancos, los zuecos y la nota de color en los calcetines con figuras simpáticas e infantiles. Ya no estoy allí, pero la presencia y los olores que se aglutinan en ese espacio parecen acompañarme como acompañan los restos de un sueño y su contradictorio devenir. Leo. Cierro el breve libro que trata sobre el presente de la Filología, (una conversación entre H. U. Gumbrecht e Isabel Capeola Gil). Reflexiono sobre el fin del texto o su transformación en multimedia, en ese repliegue que lo lleva a constituirse en un arcano que precisará interpretación, adaptación o traducción a imágenes (por ejemplo). Es mi mundo y me desentiendo de él. Un mundo que lo construimos en sobre una condición de posibilidad. Ahí descanso, en las condiciones y en los indicios.
+ Abrí la puerta y dejé pasar a los guardias. Entré tras ellos en el ascensor. Los estudié: eran jóvenes, tenían una barba raba y eran reservados y melancólicos. Nada dije. Marqué mi piso y ellos marcaron el sexto. Me dije para mí que debía de tratarse del borrachín del edificio, que desde que murió su madre no ha hecho otra cosa que insistir en su indignidad, en su parloteo sincopado y brutal, estúpido e innecesario. Olor a pan recién sacado del horno, tal vez, o a colonia dulce de bebé, picante, tal vez. Al día siguiente, en este sábado luminoso, nada se supo. Ni siquiera pregunté. Dejé que se diluyese la posible anécdota. No hay piedad. Los guardias realizaban su labor con cansina reiteración, dotados de una indiferencia más próxima a la pereza que a la observacia del deber. Los guardias eran relámpagos en sus azules metálicos, en sus pistolas negras y retadoras, el brillo de las esposas. Viajaban en un ascensor y parecían dormidos. Yo pensé en el borrachín y su miseria. Qué lejos queda ya la Navidad, no es momento para un cuento sobre los guardias, el borrachín y el nacimiento del niño-dios. Pudo ser adecuado. Mis propósitos eran otros, muy distintos, muy lejanos.
+ Debo ir con mi padre a urgencias. Tiene fiebre y mucosidad. El médico le dará un jarabe, unas pastillas, un expectorante. La experiencia de acudir en el inicio del día a urgencias es un acto revelador. La hora del regreso del noctámbulo, su camino, la luminosa transición de la ebriedad al sueño. Los veré en un momento, a uno, a dos, una mujer, el reflejo de sus deseos inescrutables. Yo ya no estoy ahí pero sé bien de qué se trata. Una religión, una fe en la posibilidad de engañar al tiempo. No es posible. Una doctora atiende a mí padre y nos derivan a un hospital para poder realizar una placas de tórax. No ha terminado de amanecer y avanzamos por las oscuras calles bajo la bendición de la música de Bach. Hablamos sobre medicina, las novelas del XIX y las enfermedades. En concreto, cito Germinal y las enfermedades de los mineros, algo no tan lejano. Entramos en ese mundo del hospital, que es un otro mundo, un mundo con sus colores, límites y jerarquías. Hemos aprendido a movernos en este ambiente y saber qué se puede y que no se puede esperar. Las doctoras son agradables y nos explican con precisión la estado del enfermo. Intuyo que no es grave, que se trata de solventar dudas. Lo doy por bueno. Poco a poco todo se tranquiliza. Llega mi hermano, después C., a mi padre le dan el alta. Regresamos en mi coche y charlamos, otra vez, sobre la sanidad, cómo ha progresado, la extensión del bienestar, volvemos a hablar de Germinal. El zumbido no pierde presencia: el bicho tiene su espesor. Ha terminado la mañana del domingo.
+ La muy conocida cita de Nietzsche: «no hay hechos, hay interpretaciones»; y llama Nietzsche a Lessing, el más honesto de los hombre teóricos, al que le importa más la búsqueda de la verdad que esta misma. En eso estoy, en la virtualidad de mi pasado, su rememoración, su relato. La negación y la inversión de los términos. Mañana lloverá.
+ He comenzado con mi programa de ejercicio físico. El lunes fui al gimnasio e hice bicicleta y cinta durante media hora; tomé un baño de vapor y me quedé cinco minutos en la sauna. Como consecuencia, el sueño fue profundo y medicinal. Soñé y no recuerdo nada. El martes es una posibilidad, una astilla que pronto comenzará a quemarse. No saltemos la norma del presente, evitemos el pensamiento circular, solucionemos los embates de los problemas y alcancemos una serenidad, al menos una tendencia a este estado. Todo queda en blanco, suena un jazz extraño y parisino, limpio y extremadamente urbano, la descripción de la ciudad. Vale.
+ Los estados de ánimo establecen un combate contra el tiempo metereológico. Llueve. La lluvia es un mar abismal y fúnebre, un aliento triste, la nota que decae, que nos hunde en su certeza. El gris plomizo que inaugura el día, la opacidad, el solaparse de la vegetación y las edificaciones, la pasta oscura en que se transforma la totalidad del paisaje. Buenos propósitos, el intento de sobreponerse, un burro atado sobre el que llueve sin misericordia, y al que todo le da igual. Observo al burro durante un momento y veo cómo las gotas caen de su panza al prado, su serenidad es una lección. Las mañanas lluviosas. La ría está agotada y no alcanzo a ver el puente en la lejanía. Sé de enfermedades y muertes, de enfrentamientos fraternales, olvidos, venganzas, injurias, lamentos, mezquinas existencias, amputaciones o carencias morales, pero no alcanzo su expresión, sólo este gris que me atenaza.
+ Un nervioso respirar tras la carrera. Su tatuaje y el sacrosanto teléfono. Un latido, el reflejo en el espejo, se mira y se gusta. Cuesta tanto alcanzar esta figura, esta dimensión. El esfuerzo se dibuja en el espejo y se gusta. Consulta el teléfono y sonríe. Acaba de cumplir cuarenta.
+ Yo no he puesto las condiciones, pero ahí están, al acecho. Me resiento, es doloroso el contacto con algunos hombres, su presencia. Las condiciones y su relevo, la construcción, el habitar, la demolición. No es un fragmento de vida, tampoco una cuestión relevante. Aparece el esbozo de una traición. No es capaz de tocarme, pero tampoco me hace daño. Es el cambio, la vida que deviene en vida. Las condiciones son indiferentes.
+ Imagen: la diana y las hojas del final del otoño, en comunión; el látigo de lo diario.
sábado, 25 de enero de 2020
Superposición de zumbidos
+ Los asuntos se complican y debemos buscar una solución, una solución rápida. No existen soluciones rápidas. pero no sé si son buenas o malas las prisas [en principio: malas]. En este caso la celeridad se impone. El ogro se retuerce en su gruta en compañía de la hembra que se ha dado, herida y dolida. La niña tiene miedo, aunque es fuerte. El cuento tradicional marca la senda y la misión impone ciertas estrategia. Es un zumbido que me acompaña durante todo el sábado.
+ Se impone la calma. La niña tiene miedo. Caminamos por la ciudad bajo su sombra amplia y definida. Hablamos y sé que hay una salida, pero se debe esperar. El zumbido impone su dictadura. Persistente, molesta, insoslayable. El chocolate es una medicina, quien diga lo contrario miente.
+ El primer zumbido se impuso con la muerte de mi madre. Ahora ha emergido, a consecuencia de las malas artes del ogro. El ogro tiene más capacidad de la que pensamos en el inicio del proceso. ¿Ignorancia o astucia? ¿Una combinación de los dos que le ha permitido navegar a lo largo de los años? Creo que hay un texto de Thomas Bernhard que lo podría explicar. Busco en la estantería el tomo Relatos autobiográficos ( El origen, El sótano, El aliento, Un niño). ¿Encontraré una explicación o una nueva pregunta, nuevas preguntas?
+ La niña y su gatita. En el prado verde la gatita se entretiene con el tormento de los ratones y la niña barniza una silla. Hace frío, el cielo está limpio, música casi inaudible en una gran radio. Apartar a la niña del influjo del ogro es una obligación. Tomo la espada y camino hasta su casa, antes de planificar, juntos, un golpe mortal al ogro. No resulta fácil porque lo hemos infravalorado, pero a nosotros nos acompaña la gracia de la justicia, tan extraña y tan esquiva. ¿La justicia? Aquel adagio, aquella maldición: tengas pleitos y los ganes. Como un gran reloj parado, dos veces al día da la hora exacta, mientras tanto se debe esperar. Con mi espada en la mano, veo a la gatita darle un golpe al ratón, lo envía contra un árbol, el ratón yace en el prado, la gatita lo estudia y el ratón abre un ojo, se levanta y corre, la gatita lo pierde. La gatita está enfadada, se estira y se va a dormir al invernadero. Así es la justicia, necesaria y esquiva, con tendencia al error, lenta y pesada, pero necesaria. Un zumbido que amplia sus dominios.
+ Ahí descansa el libro de T. Bernhard. Una idea: el robo es el espíritu del comercio. Hermes / Mercurio es el dios del comercio, del engaño y de los mentirosos. Jesucristo se vio obligado a expulsar a los mercaderes del templo. Hermes también es protector de los sueños. Estudio a Hermes, lo busco en el diccionario de mitología de P. Grimal. Leo y sigo con la idea de engaño, la esencia del comercio, bendecida por Hermes. El robo y las tretas que conducen al lucro. Emprendimiento, margen, reinversión. Abro el libro de T. Bernhard y no encuentro lo que busco, principalmente porque no tengo muchas ganas de búsquedas. Paso sin ganas las páginas. ¿Desánimo o cansancio, una suma de ambos estados de ánimo? La noche llega e intento dormir mientras escucho la grabación de un programa radiofónico matutino. La política, como el comercio, es para los osados. ¿Miedo, diques legales, un principio moral o ético? Indagaré en ello cuando el ogro deje de respirar.
+ Hay que conocer los venenos y los tóxicos para poder evitarlos.También a los ogros hay que reconocerlos.
+ El nihilismo es, también, un veneno, que dosificado tiene un efecto protector, pero su exceso lleva sin remedio a la intoxicación, a la parálisis. Resulta difícil esquivar el nihilismo en estos días. Otro zumbido. La sala de fisioterapia contribuye a un estado de desesperanza. Por teléfono le cuento a K. que me parece un lugar idóneo para ubicar una obra de teatro. La jerarquía: médicos, fisioterapeutas, enfermeros y enfermeras, mujeres de la limpieza. Los pacientes, sus historias, sus voces, sus silencios. La maquinaria, los grandes espejos, las camillas, las sillas de acero y las camillas de madera. Hielo en mi codo. Leo a T. Bernhard, Helada. Llega la hora de marchar. Recojo mi cazadora y conecto el teléfono: llamadas perdidas, las respondo. C. me pone al tanto de lo último, que es su miedo transformado en asco. Pienso en el asco y yo también siento una nausea. La pareja de ogros son peligrosos y más astutos de lo que yo había pensado. Soy un ingenuo. La escritura es una válvula de escape. El nihilismo es un sombra que me recubre, una niebla tenebrosa. El día se termina y sobre los edificios palpita una esquirla de cielo azul. Hay una belleza extraña. Hace frío. Camino y pienso en mi lesión, pienso en ogro, en el bicho, en sus razones y en su astucia. Todavía hay mucho que aprender sobre los hombres, pero interés hay poco. El asco me invade en el regreso a casa.
+ Duermo y el sueño es un bálsamo.
+ Al día siguiente, cuando hablo con el abogado, recupero una cierta calma. Marco su número y contemplo el paisaje mientras espero una respuesta al otro lado. Hace frío, el cielo está despejado, no pasan coches. Mi trabajo en suspenso por unos mintutos, mientras consulto al abogado. Los abogados y su papel social. La desolación de la montaña. Al otro lado, el abogado me explica que el ogro se aviene a cumplir el trato, que se han comenzado los trámites y el papeleo sigue su curso. Asiento, escucho y hago tres o cuatro preguntas, introduzco un matiz y una duda. Cuelgo y estoy perplejo: ¿soy yo quién le ha otorgado a los ogros la astucia y la amenaza; quién ha sido sino yo? Es muy posible que el olvido sea un remedio infalible. Recuerdo a Marco Aurelio y su recomendación: no es el problema lo que debe preocuparnos sino nuestra posición ante él, que es lo único que podemos modificar con verdadera autonomía. El viento azota mi cara, la hierba rala se agita, pasa una furgoneta y me pita, me saluda, devuelvo el saludo, creo saber de quién se trata, pero no estoy seguro; luego me encuentro con el conocido en un bar de carretera y me invita al café. Algo ha quedado en suspenso; fino polvo de olvido, tal vez. Olvido, alimento de dioses.
+ Imagen: intermientente camino hacia la abstracción .
sábado, 18 de enero de 2020
Presente amplio
+ [Malamente, Rosalía]. Sábado, tras las siesta, pongo el reproductor en línea. Trabajo, bebo café y trabajo otra vez. Correcciones y reconstrucciones, otra redacción menos beligerante. Mis ocupaciones vespertinas no son un entretenimiento. La música me inspira y me traslada hasta mundos que nunca había visitado, pero solo es una pausa. Me digo: no es un mundo, es un universo. Son reiteraciones, tantas veces lo repito. Es otro mundo y es el mío, Rosalía marca un antes y un después.
+ No recuerdo a quién le oí que si la arquitectura era un mundo, la literatura, un universo. Pensé sobre la afirmación y no alcancé a recordar quién lo dijo. ¿Una lectura, viva voz, una entrevista periodística? He visto importantes edificios que no despiertan mi interés, otros que me han hecho pensar y sentir cómo geométricamente definían la función y el espíritu de esa misma función (pienso en A cada de música de Rem Koolhaas). Los libros son un universo, pero ¿todos los libros o la literatura, nuestra particular selección? La extensión/restricción del gusto se afina con la edad, nuevos rechazos y nuevas adhesiones. ¿Universo o mundo? ¿Tiene importancia, cuando la traducción a lo cotidiano es el objetivo, la ampliación de las posibilidades de lo diario?
+ Que grandeza poder renunciar al coche. Es una tendencia, el rechazo del coche y sus esclavitudes. Cuando éramos niños escuchamos como un tío nuestro asociaba el coche a la libertad, y yo no estaba de acuerdo, pero me callaba. Su voz impostada describía todas las cosas que te permitía y pensaba que tampoco era tan necesario. Hoy estoy seguro y si tengo coche es por una circunstancia ajena a mi voluntad, es decir: se ha invertido la sentencia y el coche es una esclavitud. Eso le escucho al arquitecto Alberto Campo Baeza, que dice, hiperbólicamente, que se deberían cerrar las fábricas de coches, pero también clama contra las casas grandes y la acumulación de posesiones. Hace falta poco. Tiene razón. Es punto de alejamiento de lo prescindible otorga una aristocracia de espíritu poco común. Lo pienso.
+ Veo algunas construcciones de Campo Baeza. Limpias y aéreas, pero no me parecen sobrias. La casa del infinito no deja de ser un emblema. Hermosa y singular, la casa, pero no pierde ese rasgo de emblemática y todo emblema es comunicación. La comunicación siempre es intencional, porque sin intención no hay comunicación.
+ El ogro todavía respira, pero pronto agonizará. No habrá celebración cuando expire, ni alegría por su final, pero la paz regresará triunfante. El ogro se dice sensible, que llora cuando ve una película de enamorados, y no es mentira: llora. Lo vemos en la lejanía y sabemos que es muy mala persona, que sus lágrimas son un índice de su idiotismo. Qué horror esa combinación de estupidez y violencia. Qué ha conseguido a cambio de sus maldades. Qué pero que la maldad y la estupidez en combinación.
+ Un viento frío y extraño. Raro, como raro es el cielo donde se dibujan arabescos. Son la nubes. Me detengo, hablo por teléfono y pienso en la vocación, pienso en cómo nuestra personalidad nos lleva al estado que hemos alcanzado. C. lo pasa mal, pero se va a restablecer, saldrá con éxito de esta enfermedad moral. La toxicidad del ogro no dejará secuelas. ¿Quién ha ganado? ¿cabe este planteamiento: ganadores y perdedores? Creo que se trata más de una solución quirúrgica: una amputación. Mejor, una poda. La rama volverá a crecer y el ogro se hundirá en el olvido, en una charca de negra y espesa irrelevancia.
+ En un lugar de la red encuentro fotos de los suelos de Velintonia, la casa que fue de Vicente Aleixandre. Baldosa hidráulica, teselas granas y azules, baldosas de fino arabesco. Un banco de madera sin color ya, ese blanco desvaído por la acción del sol y el olvido. La casa continúa en su abandono, sin que a las instituciones les interese demasiado. Una vez fui hasta allí y entendí algo sobre Madrid que se ha sedimentado, sobre las personas y los espacios. Nunca olvido que todo espacio requiere una lectura móvil, una lectura variable. El chalet había sido embebido por las infraestructuras colectoras de la ciudad y por las modernas construcciones tan disímiles. Con todo, era una calle tranquila. Recordé que el poeta no salía mucho de casa y eso me hizo pensar en esos enclaustramientos voluntarios. Me identifiqué con la casa y con el poeta, con un tiempo más difícil que este mío. Soy yo, me dije, soy yo cuando elijo mis referencias. K. y yo regresamos al centro de Madrid y hablamos sobre V.A. y sobre lo vano de todo lo humano, siempre devorado por el tiempo, ese tirano. Cierro la página que encontré en la red y otro comienza, vibra aquel recuerdo, vibra mi sistema electivo.
+ El nombre del ogro es el bicho. El nombre del bicho es el ogro.
+ Imagen: esos desvaídos colores en las puertas de los garajes, un síntoma.
sábado, 11 de enero de 2020
Obstáculos
+ [Regreso al trabajo]: Un jueves muy atareado. Un jueves donde me encuentro con diversas situaciones que dan lugar a conversaciones que generan asuntos para resolver. Las palabras, los hechos, la realidad del reglamento. La oposición entre lo que semeja lógico y el enfrentamiento con la dura e impenetrable arista del artículo de la ley. No discuto, aunque esté en mi oficio la dialéctica, donde yo tiendo siempre hacia el consenso. El silencio es un arma potente, m¡me digo, destructora. Enfilo la carretera y me siento un poco más incluido en lo diario, en esa sucesión de acciones y distensiones. Soy yo. Mi fuerza se refugia en sí misma.
+ «Un voile de cedres semblait s´être répandu sur les esprits», Michel Houellebecq en La carte et le territoire.
+ La música me acompaña en la conducción. Marca los ritmos y establece distancia con el presente. Recuerdo que hay una tipo de música que me lleva a la Meseta y a Madrid, a pueblos de Castilla donde he estado y se mantiene un aliento lejano y antiguo. Son composiciones para guitarra y orquesta, una ilustración de mis recuerdos. Por ejemplo, Andrés Segovia y la Fantasía para un gentil hombre, del maestro Rodrigo. Calles acuchilladas por el sol, azulejos y ladrillo, la vista de los paramos, el calor de la leña en un bar de carretera, olor de hoguera y sabor de vino. El deslizarse de los coches por las carreteras, una conversación que regresa del pasado e ilumina una advertencia, una apreciación sobre el paso del tiempo (siempre el paso del tiempo). Ahora suena la orquesta, calla la orquesta y aparece la guitarra. Esa dignidad, su grandeza. Subrayados en lo diario y la renuncia a la vida de la fama. Cambio a una versión de John Williams y me detengo en la Españoleta y Fanfarria de la Caballería de Nápoles. Me intriga como me lleva la música al pensamiento y cómo éste se disuelve en su misma propuesta. Dejo en suspenso todo lo que me llega del pasado y me centro ¡sólo! en la música.
+ ¿Está Nápoles contenido en la Fanfarria de la Caballería de Nápoles?
+ Han terminado las Navidades. Se van y un ciclo se cierra, comienza otro: los límites son el inicio del año y el regreso al trabajo. Durante las Navidades he planificado un viaje a Madrid para febrero, . Todo es un sucederse sin interrupciones, la materia de la vida, el color de los días varía lentamente: del otoño al invierno y del inverno a la primavera. Una sucesión fijada que nos sorprende cuando no hay lugar para la sorpresa. Apago el ordenador, me levanto y me dirijo al trabajo. Los ciclos y su ritmo son uno de los rasgos a tener en cuenta en lo diario, en la configuración de lo cotidiano (ese infinito marco de realidades y sorpresas, curiosas sorpresas). No dejemos que la rutina triture la fuerza de lo cotidiano. Pero se aproxima una tormente.
+ Otra visión musical del mundo, dicen en la radio a cuento del músico kurdo que mezcla música electrónica y música tradicional. La música ilumina la mañana. Omar Souleyman.
+ Ocupaciones diversas que consisten en arreglar los asuntos de los demás, colaborar en su resolución. Son tareas pesadas pero que, paradójicamente, resultan agradables. El hacer por la persona amada tiene recompensas insospechadas. En el otro lado del espejo está la maldad y la estupidez, la mezquindad y la miseria humana. El tonto se cubre de maldad y es de temer porque nunca busca su beneficio, sino una extraña simbiosis con su prescindible ego. Una lucha entre la armonía y el ruido. No habla, rebuzna, pero sus rebuznos resultan ser dañinos, hirientes, percutores. El poder en manos de un tonto es muy peligroso y si además es mala persona las consecuencias resultan imprevisibles. De eso se trata la tormenta que se aproxima, de la unión entre la estulticia y la maldad y cómo amenaza a C. Una maldad gratuita y sin beneficio contra la que luchar. Pero C. es fuerte y el ogro se disolverá en su bilis. Espero que pronto salgamos de la tormenta y veamos la luz, sin volver la vista atrás, esas son las complejas gestiones que debo llevarse a cabo, y con gusto lo hago.
+ Es tarde, muy tarde y no soy capaz de dormir, todavía estoy rumiando la idea que me asalta: maldad y estulticia. El reloj marca el compás y fuera llueve levemente. Cuerpos en la sombra, como iluminaciones o quebrantos de inmensas fortunas. Imágenes que se superponen, que se solapan contra el fondo, el oscuro fondo. Poemas que no recuerdo y vendrían al caso. La semana se ha fragmentado.
+ La vieja frase que el abogado no conocía: más vale un mal arreglo que un buen pleito.
+ Imagen: una vez más, la ruptura con la representación y la propuesta abstracta.
sábado, 4 de enero de 2020
Portugal, una jornada en Braga y algo más
+ El día 28 de diciembre de 2019 C. y yo decidimos pasar el día en Braga, Portugal. Cuántas veces hemos ido, cuántas veces volveremos. Fue un viaje agradable, arropados por una casi inaudible sucesión de canciones de los Rolling, con la luz potente de un día soleado de invierno. Valles y montañas, aldeas diseminadas en el paisaje, columnas de humo que ascendían y forman extraños velos sobre los árboles y las montañas: la quema de la broza. Ascendíamos la pendiente y bajábamos la rampa, casi no había tráfico y la velocidad era adecuada. La conversación y la expectativa de un día tranquilo, con algún café excelente y alguna pasta que lo acompañase.
+ Disfrutamos, tanto a la ida como a la vuelta, de las galletas que nos regaló E. por Navidad. Pensamos en ella, nos mantuvimos en silencio, como un sortilegio. Todo le irá bien, colegimos. Las galletas se terminaron y la Navidad pareció clausurada.
+ [Importante nota al margen del propósito de la entrada / Vanessa Springora, Consentement]. Último día del año. Disfruto en la primera hora de la mañana del placer de navegar por la red: las noticias, comentarios, imágenes, vídeos, poemas o intranscendentes anécdotas que nada me aportan. Es entonces cuando llego a un punto de no retorno. Me centro en la historia y en la novela de Vanessa Springora, Consentement, Consentimiento en español. Consentimiento es un título que viene a significar todo lo contrario de lo que expresa: en realidad, se trata de la falta de consentimiento en la relación entre una chica de 14 años y un consagrado escritor de 50. Esto tiene un nombre. Pero he de comenzar por el principio. La chica es la autora de la novela, que se encuadra dentro que desde hace años se denomina autoficción y el autor es el aclamado Gabriel Matzneff. Me dedico a investigar sobre Gabriel Matzneff. Toda su obra se basa en la pedofilia, algo que le dice, en un Apostrophes en el año 1990, directamente Denise Bombardier, escritora canadiense. No salgo de mi asombro. No hay recato, Gabriel Matzneff no sólo es un pedófilo confeso sino que ha relizado proselitismo de su abyecta condición. Veo vídeos, leo y releo noticas y no salgo de mi asombro. Mi asombro pasa por encontrar una razón que sé que parte del ineludible componente de inmoralidad que acompañaba a la literatura, a la novela o a la poesía. Separar autor y obra es otorga una patente de corso, aunque sea una condición necesaria para cualquier análisis de una obra literaria. Lo más grave es la connivencia generalizada con el escritor en función de la calidad de sus textos, que no se puede negar, pero que la razón de ellos está ahí. Deberé seguir investigando, pues el hecho literario va más allá del mero disfrute de la obra porque tiene implicaciones morales que traspasan la realidad diaria, al menos en mi caso. La cuestión es la separación de autor, voz y obra, la anteriormente nombrada amoralidad, laxitud moral a la hora de la lectura. Me preocupa y creo que terminaré por acercarme a las obras tanto del monstruo como de la víctima. Un proyecto más en la travesía.
+ Lo anterior me lleva, v. gr., al Marqués de Sade. El hilo se extiende dolorosamente.
+ La relación con Portugal viene de lejos. Tanto es así que el primer viaje que hice como adulto a Portugal tiene algo fundacional, como una novela de aprendizaje, un viaje donde recibí lo que se puede denominar, en un sentido muy francés, una iluminación. Literatura y ciudades. Recuerdo aquel Oporto y sé que ha desaparecido, ante todo ha desaparecido una atmósfera que me ha guiado durante años, como un faro. Grandes y decadentes cafés con ancianos que fumaban hipnotizados, prostitutas lejanas y aburridas, camareros taciturnos, hombres apresurados. Una niebla espesa, la niebla del tiempo ha borrado aquellas estampas, que admitían el adjetivo fotográfico con una gran presteza. Ahora Oporto es una ciudad que se dirige con paso firme hacia lo europeo, con esa equiparación de restaurantes, tiendas y paisanaje. Eso es bueno, porque Europa contiene un proyecto interesante en sí mismo, pero se ha perdido la foto, la estampa, la estampa que ha condicionado durante años, hasta llegar sin variaciones al presente. Cierto es que más allá de los viajes permanece una suerte de cartografía literaria que se impone: Pessoa en su totalidad, Miguel Torga en sus diarios, aquella novela de Saramago: O ano da morte de Ricardo Reis. Me detengo en cómo la biografía se va construyendo con elementos diversos que bordean tanto la improvisación como el desarrollo de un plan previo, que no termina por ser más que algo que desvanece cuando, llegado el momento, es ajeno a nuestra conveniencia. Como la música de Bach, Portugal me acompaña como un emblema que me permite sonreír cuando no hay ganas y tener una esperanza de regreso cuando llevo tiempo si ir hasta el otro lado de ¿la frontera?
+ Me gustó mucho el hotel-restaurante donde comimos. Agradecí especialmente el silencio y la luz suave. Desde la ventana podíamos ver como las personas caminaban, pero estábamos protegidos del ruido y el tumulto, que tampoco era tanto. La luz definida iluminaba con exactitud las sillas, las mesas y las sombrillas de la terraza del propio hotel-restaurante. C. me informó que no era un mobiliario barato, que había buen gusto en la elección y una coordinada disposición entre el exterior y el interior. Me dejé en el silencio propio del que trata de apreciar los contornos de lo cotidiano. Como si tratase de atrapar endecasílabos en nuestra conversación, pero sobre ello se alzaba el placer de la mano amada, las palabras sosegadas y el alejamiento de las diatribas del trabajo de C., que tantos trastornos nos causa a los dos. Pero había un tiempo en suspenso, que se cristalizó en el estatismo europeo del la sala donde disfrutábamos de la pescada y del bacalhau. Fuimos felices, como otras veces, sin grandes despliegues, gastos absurdos o excesos que solo traen consigo melancolía y tristeza. Braga nos iluminó en su cotidiana verdad.
+ Visitamos el Museu da Imagem. Una colección de retratos, donde pude reconocer a escritores y periodistas portugueses. Entre ellos, Borges, que aunque no es portugués, sino argentino, su apellido es indudablemente luso. Subimos las escaleras porque el ascensor no estaba en funcionamiento. Vimos con calma la exposición, sin hablar casi, con alguna observación sobre los retratados: C. me hizo ver que había tres fotos, colocadas una tras otra, en las que los retratados se tocaban las gafas, ¿tenía un significado? Deberíamos pensar en que solo hay intención comunicativa cuando está es patente por parte del emisor, pero el hecho ahí estaba. Buena excusa para hablar sobre las fotos, las personas y sus rostros, lo agradable que resultan los pequeños museos sin apenas visitantes. Reparamos en la intensa humedad y lo intrincado de la arquitectura interior, que sin embargo contribuían a trasmitir una idea muy adecuada a la muestra de fotos. Salimos y la realidad exterior contrastaba con lo visto hacía solo un momento. Los contrastes afirman lo plural de la vida, de lo cotidiano.
+ Compré A Filologia e o Presente, una colección de corros electrónicos entre H. U. Gumbrecht e Isabel Capeloa Gil. Poco más de cincuenta páginas, es decir, en el límite de lo que la Unesco considera un libro (49 páginas como mínimo, porque de lo contario es un folleto).
+ El regreso me produjo una agradable somnolencia. C. conducía y yo me dejaba llevar por la música y por el paisaje, por el ruido adormecedor del motor. Nada que decir, salvo sentir la marcha, el regreso. Pero una vez llegados a Valença, decidimos rehacer el camino por la costa y acercarnos a Caminha. Paseamos vimos tienda y compré prensa portuguesa, que leeré a lo largo de unas semanas, también compré una botella de Tawny, con las letras pintadas sobre el negro cristal en blanco. Qué hermosa son las botellas, transparencias como venenos. Caminamos y el día llegaba a su fin, disparé una foto y decimos regresar a casa. El día había terminado como empezó: con alegría, esa transmisión de la razón de vivir.
+ Al editar la entrada me doy cuenta de que la palabra comprar aparece en muchas ocasiones, pero son adquisiciones de bienes espirituales. ¿Se pueden adquirir los bienes espirituales?
+ Imagen: fotos que tomé en este día, un reflejo que quiere ser del tiempo que no regresa. Librería, museo y puesta de sol en Caminha, en las última horas del día.
sábado, 28 de diciembre de 2019
Décalage
+ Un rasgo a destacar de este tiempo histórico es la velocidad, la hipervelocidad. La ausencia de pausas y la atolondrada sucesión de acontecimientos, declaraciones y evaluaciones, que pronto se ven sustituidas por otras no menos deletéreas y superficiales. Todo sucede muy rápido, demasiado rápido. Como un torbellino, las comunicaciones nos ofrecen una palpitante idea de cualquier problema pero sólo durará un instante, lo que dura un clic. Aparece un pequeño cuadro que a penas se desvanece otro ocupa su lugar. Soluciones sencillas para problemas muy complicados, problemas que ni siquiera alcanzamos a entender o a hacer un mapa de su totalidad. Son los tiempos del meme y del zasca, me digo, los tiempos de la acción rápida basada en aquello que deseamos escuchar. Se ganan elecciones, se ganan referendums. Acabo de ver la película Brexit, The Uncivil War, y creo que he comprendido algo, muy poco, muy poquito, pero algo solido: la velocidad y la disolución de lo íntimo rompen un orden para implantar otro orden, un orden que desconozco pero que terminará por solificarse. Herramientas políticas, la retransmisión en directo de cualquier acto y su propia modificación sin mayor objetivo que el poder. ¿Fake news, bulo o mentira? ¿Qué palabra se prefiere? Todo estaba ya en Maquiavelo, pero ahora através del turbo de la electrónica nos llega sin interrupciones. Seguiré en ello.
+ Hace tiempo compré uno de los tomos de las obras completas de Camilo José Cela. El tomo que corresponde a dos libros de viajes. Hoy lo abrí, después de haber leído algunas páginas sobre Historia de España en los años noventa del siglo XX. Los años noventa del siglo XX. Cela en aquellos momentos todavía vivía. Recuerdo que coincidí en una ocasión con él en un grupo de personas. Yo tendría poco más de veinte años. Permanecí en silencio y observé, atentamente observé. Poderosamente me llamó la atención su afabilidad, muy educado hasta que apareció una cámara de televisión. Fue una transformación asombrosa. Su semblante cambió y su voz se engoló hasta límites caricaturescos. Comprendí algo importante: yo en esa vía no tenía nada que hacer. No soy un publicista, ni un propagandista. Ahora lo recuerdo, tantos años atrás, pero abro el libro y se me cae de las manos. Una prosa bien medida, con ritmo, con la exactitud de la palabra que ha sido escogida con esmero, pero no deja de ser una palabra vacía, hueca, y de esta oquedad llega una de sus más importantes cualidades: la resonancia y la música, su música percutiva. Cierro el libro y me dispongo a salir. Es sábado, la Navidad está ahí y hoy me siento con una plenitud que se relaciona con mi regreso al gimnasio: el deporte tiene beneficiosos efectos, pero si pudiera darle a un botón o tomar una pastilla no iría a hacer ejercicio, pero ese, ese es otro tema. Cela duerme en un estante.
+ He recuperado Tinker, Tailor, Solider, Spy. Quizá esta noche tenga una cita con Sir Alec Guinness. Finalmente le dejo los discos a E., espero poder hablar con ella sobre el tema del espionaje, la ramificaciones que tiene en la política y en la narración.
+ Décalage se podría traducir del francés como desfase, desajuste, diferencia o desplazamiento. Prefiero la palabra francesa para titular la entrada por no traicionar un snobismo que me agrada, que se une, v. gr., a esa resistencia a abandonar mi viejo teléfono portátil, sin conexión a internet. Me retrato en estas acciones, pero con plena consciencia. ¿Siempre con consciencia plena?
+ En el gimnasio las nuevas máquinas se conectan a internet. He estado viendo la entrevista a Foucault en la Universidad de Lovaina. Me sorprendo pero pronto me centro en la entrevista. Foucault vuelve a hablar de los indicios difusos, que están más allá de los temas de moda.
+ He tratado de conectar la cinta de correr a internet una vez más y no ha sido posible, me centro en mi reproductor de Mp3 y veo que es suficiente. Hay algo de oración en el ejercicio físico y la música seleccionada contribuye a esta expansión, a la identificación del yo con un incierto vacío. Y así llego a la conclusión de que una de las razones del ejercicio inmoderado es anular la multiplicidad del yo. Algo que se puede denominar ansiedad se ve reducida, anulada. La unión del deporte con otros géneros adictivos no se puede soslayar. La ludopatía, el alcoholismo, la adicción al trabajo (…)
+ Un día me cansé y no volví a ningún concierto de rock. No estaba dispuesto a participar en las liturgias y rituales propios de tales acontecimientos. Me alejé y no he vuelto. Ahora, poco a poco, me alejo de la propia música, del roquerío. Hacia donde me conduce es a un replanteamiento de mis propias certezas, es decir, de mi mismidad. Desvestirse de la propia personalidad, un rechazo manifiesto de las posibilidades del yo. Se une esto a lo anterior, no por paralelo, sino por complementario.
+ He vuelto a ver el programa sobre reformas y construcciones que se emite en la BBC y que está disponible en línea. Trato de ver los edificios que aparecen en el programa como una lectura, más que como espacios donde habitar. Me gustaría llegar a lo biográfico, aquello que se refleja en las elecciones y no deja de ser un indicio difuso, que precisa concreción. No lo consigo. He de articular una autobiografía que me sirva para conjurar el mal del tiempo, su paso y esa certeza que tiende hacia la contabilidad y el balance. Me preparo para dormir y creo que una casa es más que un reflejo, pero tampoco tiene mucha importancia.
+ Imagen: Madrid en noviembre, gente que dispara fotos cuando el sol se va a poner. Recuerdo la agradable temperatura, un cielo de un rosa pastel imposible, una cierta alegría en las personas que paseaban por el parque del Oeste. No me queda otra cosa que esta foto, salvo el recuerdo de la templada atmósfera y la certeza de la pérdida
sábado, 21 de diciembre de 2019
Días de transición (y 6)
+ He regresado al gimnasio y vi lo que ya había visto tiempo atrás: gente que no abandona sus teléfonos móviles, las conversaciones contundentes y rápidas, tatuajes, el convencimiento de que la tarea bien hecha nos salvará, ansias de amor, la amistad, música, tecnología, el atuendo y la figura, un largo etcétera de rasgos que no se concretan, que despliegan verdades y mentiras. Ante la pantalla podría intentar describir a las personas y sus gestos, pero lo dejo a un lado. La melancolía del final del otoño que veo por la gran cristalera. Ese espacio que protege: el espesor de la sala, sus colores, la disposición de las máquinas para hacer ejercicio. Lo sé, me disperso, en el gimnasio también me disperso. Es mi condición.
+ Sin saber casi porqué llego a una serie de curricula de profesores universitarios. En alguno se detalla ampliamente aspectos de su vida: dirección, teléfono, estado civil, hijos (…) Son mimbres para un relato. Ahí veo la grandeza de la literatura, de los cuentos, de la novela: como eje para comprender este tiempo o como una aproximación a esa comprensión. Veo en el mapa en línea donde se encuentra la urbanización y alcanzo una idea de lo que podría ser una vida de clase media, una burguesía ilustrada, que comprende la precariedad y vota de una manera similar a la que voto yo. Que se amplíe esta clase es algo necesario. Profesionales liberales, altos funcionarios, profesores. Sueldos elevados e ideas de izquierda. Una comprensión sobre los problemas reales: pensiones, precariedad, vivienda. Vuelvo a ver la urbanización y se me aparece un relato, con sus aristas y láminas de felicidad e infelicidad. Pequeños jardines, garaje, un trastero donde el parter familias tiene su despacho: paredes tapizadas de libros interesante, donde me gustaría indagar, una cómoda butaca destinada a la lectura, una mesa, un ordenador, bolígrafos, olor a café y láminas y fotos que dan testimonio de los viajes, música barroca, algún recuerdo familiar, la foto de los padres, la foto de los hermanos, libretas y archivadores (…) He compuesto un escenario, me falta un conflicto, que debería relacionarse con una reflexión sobre este momento, sus problemas y la imposibilidad de soluciones fáciles. Divago, los segundo y los minutos se deslizan entre mis dedos, mientras escribo, pero qué hacer si es mi condición, la que me ha traído hasta aquí, para lo bueno y lo malo. Dejo de escribir, y ese personaje sin concreción dormirá en este no-espacio: el ordenador y la falta de correspondencia entre el contenido y el volumen, el espesor y sus adelgazamientos.
+ Esta entrada es la número 300. La primera entrada del blog es de marzo de 2014. Más de cinco años de cita semanal. ¿Es un mérito? Ninguno, porque su realidad se aproxima más a una medicación o a la oración. El blog es un medicamento necesario y, como tal, soy estricto con su dosificación y frecuencia. La necesidad de ser, la necesidad de la escritura como tarea y respiración. También hay un punto de disolución en las palabras, un dejar de ser para adquirir un otro yo, el que escribe y desaparece cuando la tarea está terminada. Pienso en las cosas que he contado, lo descrito y lo reflejado. Pienso también en las fotos y el certificado que emiten: momentos fosilizados, la pequeña muerte de lo ya vivido. Viajes, rutinas y lecturas. Etiquetas. Se avanza, cada semana se avanza, pero no hay un destino ya que la infinitud de la tarea hace que ésta se dirija hacia el fracaso. Ahí regreso porque de ahí he venido. ¿El fracaso o fragmentos de mis múltiples snobismos? La pantalla me acoge y me conecta con lo desconocido, ese yo que se oculta una vez que pongo el punto final. Nunca releo, pero observo la factura de la página: la distribución del texto y los títulos, las etiquetas, las fotos. Cada sábado, cada semana, una tarea que se ramifica y alcanza, tal vez, lo cotidiano. La vida ordinaria.
+ Primera hora, suena London Calling, el madero de la adolescencia que arroja la marea. Debería comparar la percepción que tenía con 18 y la que tengo hoy, una fusión de horizontes de expectativas. Pero no deseo otra cosa que una hoja blanca donde se contenga la posibilidad de la escritura.
+ Acabo un libro y comienzo otro. Los libros se acumulan. Montañas, montañas de libros. Libros que nunca leeré pero que ahí permanecen. Una enfermedad. Los observo. Más que montañas son maquetas de edificio, alturas que se elevan sobre el suelo, calles que los circundan, plazas y jardines. No quiero contar cuántos libros hay, quizá no sean tantos como puedo suponer. Las bibliotecas personales, hace no demasiado tiempo, eran escasas y poco nutridas, privilegio que ha terminado por extenderse. Y con su democratización, también se extendió la enfermedad de poseer libros. La posesión de libros tiene algo misterioso y cercano más próximo al vicio que a la virtud. Ese vicio nos lleva a comprar libros repetidos, libros que hemos tomado de la biblioteca, libros que, lo sabemos, nunca vamos a leer. Me detengo y observo estos muros que he construido a lo largo del tiempo, veo lasa torres, su estructura fruto de la casualidad, el imposible desorden, la traza que describen con su aleatoria posición. Cuántas maneras hay de dejar huella, el reflejo del paso por la vida. Lo dicho, acumulo, acumulo y no sé dónde terminaré.
+ Ha comenzado la recuperación. Hoy miércoles acudí a la cita de la rehabilitación, a la fisioterapia. Amablemente me atendieron. Cómo agradezco los espacios y las personas que transmiten una cierta paz. Eran cerca de las cuatro y media de la tarde, todavía no llovía, pero sí se presentía su presencia torrencial. Entré. Me recibió una mujer que era más joven que yo. Sus ojos transparente, azules, las manos afiladas manejaban con destreza un Bic. Me fijé en la gruesa alianza, me fijé en la manicura y en la pulsera. Firmé un papel que certifica mi presencia. Comenzó a trabajar sobre mi codo, fue agradable pero también doloroso. Me asombró como mi brazo volvía a recuperar su movilidad. Más ejercicios y para finalizar una sesión en una máquina de campos magnéticos: 30 minutos. Junto a la máquina había una pila de revistas y libros. Tomé un libro. Era un libro de los años sesenta, en concreto del año 1966, año de mi nacimiento. Estaba dedicado por el autor a las trabajadoras de la sala de espera de Telefónica. Trataba sobre la figura de Kennedy, el autor era profesor en la Universidad Complutense, profesor de sociología. Estudié su foto, leí la biografía y volví a ver la foto: en un recuadro rectangular aparecía un hombre con periódicos bajo el brazo, un grueso abrigo, corbata, la contundencia de su figura recortada contra una nada urbana y cotidiana. Leí algunos fragmentos, en uno de ellos se decía que Kennedy y su equipo eran hombres de su tiempo y que habían utilizado todos los medios de comunicación de masas a su alcance para lograr sus objetivos, algo licito mientras no se traspasen los límites legales y éticos. Dejé el libro en su sitio y quedó esa sensación temporal, la verdad de todas las obras humanas, que terminarán, sin duda, en el vacío. Terminó la sesión de magnetismo, me despedí y regresé a la calle. Llovía intensamente y el mundo continuaba con su desarrollo hacia esa misma nada.
+ Hoy, viernes, regreso al trabajo. En primer lugar deberé de ver todo lo que ha sucedido en mi ausencia, lo que supone revisar el correo electrónico, los informes emitidos, los informes pendientes, llamadas y mensajes. Continuaré con la travesía de lo diario. El coche, los paisaje que no visito desde hace un mes y medio, la música clásica. El fin de la jornada laboral y el comienzo del fin de semana. El día se hará solo, el regreso es un mensaje para la biografía, la caducidad de lo humano.
+ Sala de recuperación: música, zumbidos y conversaciones. Me centro en el murmullo delicuescente, la suma de ruidos e interferencias. Una agradable reverberación, la temperatura es cálida y resulta un clima agradable, personas agradables. Fuera llueve con intensidad. El tiempo se ha detenido.
+ Imagen: 3 imágenes. Las tres se relacionan con Berlín: un buzón en Berlín, una hamaca tirada en la calle, también en Berlín, casas próximas al parking low cost del aeporpuerto Sa Carneiro. Una suma de imágenes yuxtapuestas.
sábado, 14 de diciembre de 2019
Días de transición (5)
+ Fotos y cuadros de Charles Pollock, el hermano de Jackson. Es un suplemento de Le Monde, una agradable compañía en la tarde de un viernes sin etiquetar [he perdido una cierta noción del tiempo, pues los días se han equiparado entre sí]. Veo las fotos y estudio los dibujos, busco su nombre en la red y me devuelve un autorretrato que tiene un aire renacentista o que se asemeja a otros vistos de Otto Dix. Hay un hilo que no se interrumpe entre una percepción y el recuerdo de exposiciones visitadas hace ya algunos años. Me interesan los rostros, su variable expresión, lo que comunica y lo que ocultan, soy partidario de su lectura atenta. Todo es susceptible de ser leído, todo tiende a convertirse en texto: descripción, análisis, valoración, conclusiones. Sumo la idea que adquirí en Hockney, esa idea que valora lo cotidiano como un venero de inusitadas sensaciones y posibilidades. El mundo se abre como abrimos los libros. En su extensión me someto a la disciplina solitaria de la lectura. Dejo la revista y me entrego a los preámbulos de la siesta. Apagaré la luz, escucharé Europe1 y me adormeceré. Un camino ya recorrido, pero todavía agradable.
+ El sueño es la imagen de la muerte, en ello pienso mientras se acerca la hora de que C. llegue para recogerme e ir hasta Panxón. Acabo de despertarme. Recojo Estética de la crueldad, de Fernando Castro Flórez. Algunas cosas sobre Kosuth: «La única pretensión del arte es el arte mismo. El arte es la definición del arte». ¿Es necesario tener un guía en el museo? ¿He trasladado esa visión a la vida ordinaria, la cotidiana? ¿Por qué y cómo me afecta la elegida presencia del arte [contemporáneo]? Un incremento, una nota de estilo, la senda del snob. Confesarse ante el espejo, como día Jorge Martínez, Ilegales, «Hay un tipo dentro del espejo / que me mira con cara de conejo. / Oye tú, tú que me miras: / ¿es que quieres servirme de comida?» El tipo con cara de conejo es uno mismo ante la infinitud de la reproducción en el azogue. El sueño me ha dejado traspuesto, esa sensación se traslada a la lectura y, ahora a la escritura. La muerte y el sueño se igualan en el aislamiento que tiene tanto el cadáver como el durmiente. He resucitado y el libro me acompaña en el regreso a la vida.
+ Domenico Scarlatti - Sonatas, Ivo Pogorelić.
+ Capas de color que se superponen, el espesor de la tarde, un incendio en la memoria, la mirada ausente de un gato que se queda dormido. Por error / casualidad llego a un vídeo de la BBC sobre reformas y construcción de casas. La suma de los momentos, la tranquilidad después de la tarea completa, los libros por leer, los libro que no recuerdo haber leído. Sigo con el documental y descuido la tarea (?) de mi escritura. En realidad lo que menos me importa es la construcción de la casa en sí, lo que me resulta particularmente interesante es la voluntad de construir, compartida por los dos arquitectos, la propietaria y los albañiles. El particular aspecto del trabajo resulta digno de observación cuando se percibe esa seriedad en la tarea, la misma seriedad que emplean los niños en sus juegos. Creo ver ahí un núcleo vital, que proyecta la vida diaria hacia ese falsa eternidad que nos permite vivir, la sensación de eternidad. La eternidad como meta, la eternidad como tranquilizante.
+ En el resultado se mezcla la concreción de lo proyectado con, por ejemplo, el rastro de la vida (los juguetes desperdigados en montañas y aleatorias acumulaciones), elementos que rompen la simetría (muebles heredados y cuadros ¿sin gusto?), las herramientas del trabajo diario (pantallas de ordenador, escalímetros o diccionarios de sinónimos). La vida diaria otorga un extraño conocimiento que es difícil describir, pero que palpita. Sinuosa e inesperada, en ella descanso.
+ En tiempo y dentro del presupuesto, es ésta la condensación del programa sobre la reforma y construcción de viviendas.
+ Otros mundos, la escritura: proyecto, construcción y presupuesto.
+ Y uno llega a un hombre que compra mobiliario y objetos decorativos para los súper ricos del Reino Unido. Me gusta oír hablar en inglés, este inglés de la clase alta, tan particular. La pasión por comprar, dice sin disimulo y añade que no es de buena educación hablar dinero, de precios. En un comentario sobre el vídeo alguien dice que mejor sería explicar cómo se han conseguido esas descomunales cantidades de dinero. Pero la belleza está ahí: una lámpara de láminas de un material transparente, leve y amarillo, donde se esconden luminarias que simulan diente de león, pero, nos explica, el diente de león se trae de Rusia, se deshace y se pega uno a uno sobre la luminaria. Son 15.000 £. Aquí planteamos la diatriba: cuántas personas no llegan a esa cantidad en un año, y, a renglón seguido, ¿no es demagogia, pues de ese exquisito bibelot mucha gente vive, tiene un trabajo (etc)? Qué paradójico, qué responder. Un poco más adelante leo una entrevista con Piketty donde habla de una supresión de los impuestos indirectos por injustos y una herencia universal de 120000 euros cuando el ciudadano cumpla 25 años. Comparo lo uno con lo otro en un ejercicio de suspensión del juicio; al tiempo, certifico mi interés por el amplio campo de la vida cotidiana. Llueve, ese ritmo guía mi pensamiento.
+ He terminado el artículo y se lo envío a mi directora. La espera, el resultado de la evaluación. El necesario ejercicio de someterse al criterio de los que tienen un mayor conocimiento y experiencia que uno. Llueve, intensamente, llueve.
+ Cuadros que reflejan la vida dentro de una maqueta. Esa inquietante perfección de los maniquíes, el hiato que producen las estatuas de cera mediante sus dudosos parecidos, la transición entre la vida y la muerte, la descomposición del gesto y la pérdida de luz que afecta a la piel y a los ojos. Veo otra vez los cuadros, pasan en una serie descompuesta, observo la reiteración de las figuras, su repetición. Admito la razón artística, pero mi lectura es otra: alejada del interés por la decoración, centrada en las posibilidades descriptivas de los salones donde se colgarían estos lienzos. La construcción de un escenario es el primera paso para la divagación. Todavía no ha amanecido, cierro el navegador y dejo a su suerte estos cuadros que me han interesado por su perfecta técnica, por la desdibujada presencia de las personas, por la repetición de los motivos, lo decorativo de la mueblería; pero deben desaparecer en el errático ir y venir de las realidades que surgen por azar desde lo aleatorio de la red. ¿Soy yo el que busca o es el contenido el que me busca a mí?
+ Imagen: desde las alturas del Monte Saint-Michel. Como peregrinos: así recorren los esteros. Un descomponer la figura sintomático.
sábado, 7 de diciembre de 2019
Días de transición (4)
+ Comienza la cuarta semana de postración. Es un tiempo de escritura y reflexión. Sobre la lectura, el tiempo que no ha de volver y los matices que la edad otorga. El dolor ha remitido gracias a la medicación, pero hay un malestar que tiene relación con la pérdida de referencias, de como los días de la semana se han equiparado en una igualdad debida a la ausencia de límites. Los límites muchas ocasiones otorgan capacidad creativa. El tiempo comprimido, el tiempo en la cuadrícula del calendario y las obligaciones otorga tranquilidad. Así, en este momento, recuerdo aquello de Heidegger sobre la aprensión de la sustancia de la existencia, en manos de los ociosos, aburridos o angustiados. Esa triada ofrece un enfrentamiento con la verdad del tiempo, ese ser en el tiempo al que nos debemos. La postración me acerca a ese punto de vista, la lectura y la escritura me alejan de la misma angustia. Las obligaciones nos salvarán, por ejemplo esta misma escritura.
+ Sábado, comienzo a tomar notas en el ordenador. Para aislarme he puesto a Eric Satie en el reproductor de vídeo en línea. No puedo deja pensar Honfleur, los días de Normandía. Amenaza lluvia. Son las nueve y cuarto de la mañana. Las nubes, el final del otoño, recuerdos de personas que ya no están, personas que no volverán, personas que se han convertido en extraños. Nuevos amigos que se interesan por nuestra salud. La postración da para mucho, sobre todo para una dulce melancolía. Eric Satie describe un tiempo que no fue nuestro, pero hoy lo asumimos. Escribir, tal vez escribir.
+ Debo abandonar a Eric Satie. Sólo puedo trabajar con Bach. ¿Son manías o es mi ecosistema? La construcción de un ámbito aunque nos defina va más allá, llega a condicionar el futuro. El futuro no existe, pero la presencia de Bach es tan poderosa como llena de inspiración. Continua esa escalada que me ofrece Bach, como si pudiera volver a ver las montañas a las que ascendí, el enfrentamiento a una escala muy superior, incluso a la dimensión de la gran ciudad. Pero aquí se condensa y se plasma ese impulso que la música otorga.
+ Postrado, escribo en la cama. He construido un aparataje con cojines, libros y atriles para partituras que me permiten escribir sin dolor. Curioso este dolor físico que me ataca en la escritura, muy lejos de un dolor romántico donde el yo se enfrenta a sí mismo para llegar a lo más profundo de su esencia, a la verdad nuclear que ha de irradiarse en torno a la creación. El dolor concreto tiene un aspecto adecuado para la interpretación. Pero no quiero interpretar, sino lograr un avance en la tarea, quiero llegar a la meta y olvidar esta tarea para comenzar con otra, y así. Se desvanece la noche.
+ De un lugar a otro, llego a The Soft Parade. Paso a un mix de los propios Doors. La música de los Doors tiene un gran poder evocador, bajo su envolvente sonido, el ritmo exacto, marcado por el órgano en conjunción con la batería y el bajo, otorga un colchón que me traslada a paisajes a los que nunca he llegado. Lo sé, he soñado con tierras de California y tiene sentido porque ahora se recuperan. Me detengo y espero un poco más. Me fascina ese órgano, su profundidad, la autonomía, la organización sobre el conjunto; marca rutas y transforma ese mundo propuesto en una posibilidad. Soñé con California y nunca estuve allí, pero su presencia era tan fuerte que me constó regresar al mundo de los vivos. Ahora se muestra en su extraña realidad aquel sueño: ¿Break On Through (To The Other Side)? Quizá vi alguna de aquellas guitarras en una exposición en Londres, tal vez no.
+ Dice Aristóteles que la madurez física se alcanza a los treinta y cinco años y la madurez intelectual, cuando falta uno para los cincuenta. Aquí estoy.
+ Hoy he ido a la revisión semanal. Llego un cuarto de hora antes de la cita, con el libro que siempre llevo: Normas para el parque humano, he comenzado la segunda lectura de este breve tomo. La doctora me recibe y me dice que evoluciono bien pero que debo tener paciencia, todavía debemos esperar. Me ha dado cita para el fisio. Salgo a la calle. No he leído casi nada de Normas… Sin embargo, camino y guardo esa idea de que la lectura ha caducado como actividad para establecer la necesaria inhibición del animal humano. Veo a las personas caminar pendientes de sus teléfonos y sé que estoy fuera de ese mundo, no en la totalidad, pero sí en una buena parte. A veces dudo si es malo estar fuera, pero no me gusta, no me apetece tener un smart-phone. Ni siquiera es una postura snob, que también. ¿Es bueno o malo? No es momento de juicios morales, tengo cincuenta y tres años.
+ Imagen: 14, todo lo que cabe en este número; por ejemplo: piso 14.
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