sábado, 1 de septiembre de 2018
… al viento de las yeguas concebido
+ Cómo se ha construido nuestro gusto, nuestro estilo particular y definitorio. ¿Es una totalidad o pertenecemos a una totalidad? ¿Vestir, leer, comer? ¿Es un contexto social o se ancla en nuestra persona exclusivamente? El equilibrio entre ambos platillos de una imaginaria balanza puede dar una respuesta inexacta, pero sí verdadera. La verdad de nuestro instinto ha trenzado un catálogo de sumas y restas, comuniones y excomuniones. Ver el muro de libros en mi estudio habla mucho de mí, más de lo que me gustaría, pero, al mismo tiempo, esta selección se incluye en programas que se pueden identificar con mayor o menor dificultad. No soy yo, es aquello que me hizo. Mediante su orden puedo restaurar sendas transitadas, el evolucionar de mi conocimiento y el decaer de mi edad, el alejamiento y la cercanía, la distancia y el tiempo que difumina a ciertas personas, a inciertos espectros. Me reflejo en el espejo y en los libros que atesoro, lo sé y lo asumo. Un vicio, una hipertrofia del gusto. Del gusto literario, finalmente. La filosofía, la poesía, las novelas. Hace no mucho declaré que deseaba leer cierta novela y que no lo haré porque que hay obligaciones que me lo impiden. Hoy resuenan las tres páginas leídas y ese recuerdo es una otra obra literaria: la recepción del texto. ¿Es un arte leer y es el gusto su herramienta más afinada? En ese gozne está mi gusto: los no lugares, el detalle, lo coches, los aviones, los aeropuertos, los museos de arte contemporáneo, el supermercado en el extranjero, el supermercado de mi barrio, sus neones, sus estanterías, los productos, la desconexión romper con los automatismos, el espacio y tiempo que internet nos ofrece, mi identidad electrónica, este blog, aquellos que lo leen, los que no lo leen, mi relación con la escritura: el lápiz, la pluma, el rotulador, el papel y la pantalla. La raíz de todo estilo reside en una afirmación de la identidad, incluso en la negación de determinadas identidades que nos resultan cargantes y, simultáneamente, nos constituyen: para nuestro disgusto. ¿Se define mi identidad mediante negaciones?, me digo y doy un largo trago al amargo y frío café. Sin duda. pero me gustaría que estas restas me llevasen a un grado cero de la personalidad: no es posible.
+ DARINEL: «¿Has, di, señor, hallado / al viento de las yeguas concebido?» La gloria de Niquea, Conde de Villamediana.
+ ¿De qué viento habla el Conde?
+ [Epígonos] Leer biografías, ver fotos, escrutar declaraciones. La tarde del sábado es un tiempo muerto, la posibilidad y sus condiciones. No me interesa, me dice y yo asiento. Vemos sus fotos y son correctas, nada más que correctas. No es decir mucho y es decir todo. No me emocionan y me pregunto si su función artística es despertar emociones. Ay, las emociones. He viajado y sé que hay magistrales fotos que nunca se dispararon: las prefiero, hoy las prefiero. En ellas descanso por su abierta posibilidad que nace ya muerta. Lo vi en bicicleta y era vulgar. Un rostro apretado y sin expresión, o con una sonrisa esbozada e inquieta, nerviosa tal vez. La transición entre lo vivo y lo muerto es lo que interesa y no esas sus fotos epigonales.
+ Vivencia original y vivencia de la formación cultural. ¿De dónde sacamos la distinción? Nota en Verdad y método de Gadamer. Las lecturas configuran nuestra visión de la realidad. En un tirabuzón se une la cita y la manera de ver que tenemos: condiciona lo leído, se convierte en vida y anula la vida misma. Pero la vida cotidiana está ahí, con su presencia fuerte y desafiante. Me rindo a los colores intensos de los neones de las gasolineras en el final del día. Vivencia de lo inmediato por el tamiz de mis lecturas, mis cuadros escogidos, los rincones urbanos selectos.
+ A día de hoy condensar lo artístico de la obra de arte a su lugar en el museo me parece una banalidad prescindible. Cierto es que para mí la afirmación ha tenido un rendimiento más que aceptable, pero ahora ya no veo el contexto como garante de una cualidad, de una esencia. Sé que cuando me haga falta recurriré a la máxima porque ella zanja muchas discusiones: una insoslayable tautología. La oportunidad dibuja el esqueleto del discurso: fuera del museo no existe, dentro, por lo tanto, tampoco.
+ ¿No es en lo epigonal donde podemos comenzar a percibir las distinciones que establece el original con respecto a lo anterior, ya que el epígono realza y exagera, deforma por amplificación lo esencial que hay en lo primero? [Tras asistir a la exposición de los trabajos artísticos de estudiantes de Bellas Artes que optan a una becas].
+ Releo lo escrito y me parece innecesariamente espeso. Resulta ser producto de un estado de cosas: la lectura intensa de un libro, la lectura continuada y tenaz de un libro. Programé la lectura de Verdad y método durante varias semanas. Me enfrenté al libro y salí mejor parado de lo que esperaba. Hubo inconvenientes externos al proyecto, pero supe salvarlos y centrarme en el objetivo: la lectura de pe a pa en muy poco tiempo: cinco días. Me produce satisfacción haberlo hecho, me reconcilia con mi inteligencia, pero tampoco dejo de desconfiar de ella. El libro precisa trabajo y preparación, el desafío tiene un rendimiento que rebasa el consejo, la enseñanza o el aprendizaje. Hoy la obra de arte es otra cosa, la realidad también. La manifestación de lo dado varía porque la percepción ha variado: es mucho más afilada. Yo sé que este efecto, como una droga, tiene una duración limitada, ¿pero qué cosa el tiempo no limita? Ese viento que las yeguas han concebido, el que hoy nos transporta a un mundo imposible de reconstruir.
+ Otro fragmento de Gadamer: «Una obra de arte es un mundo completo que se basta a sí mismo»
+ Tengo una grabación que reproduce el sonido del oleaje. La pongo en modo continuo. Anula el ruido. No soporto en ruido, no soporto el ruido que yo no he elegido. Una manía que me configura. Etc.
+ Imagen: Afrodite appoggiata, Nápoles.
sábado, 25 de agosto de 2018
Desvanecerse, agosto
+ Me siento muy próximo a ciertos puntos de vista sobre el momento actual, sobre el presente. Me gustan las estaciones de servicio, los aeropuertos, las autopistas. Esos lugares que son propios de este contexto donde nos desarrollamos. La voluntad de espacio y un amor por la perfección de la maqueta, todo lo acogedores que los no lugares pueden llegar a ser. Por contraste, me gusta ver como envejecen las ciudades, los edificios, las estancias. Me gusta saber de la huella que el tiempo imprime en sus superficies. La puerta que atesora el paso de las manos por ella, el pasamanos, el coche que pierde su color por el efecto del sol y la lluvia. Son huellas que equiparan a los humanos con cualquier objeto. Envejecer tiene su lírica. En ella descansamos, tras el embate de la ansiedad. La ansiedad no es otra cosa que miedo. Imbuido en este escenario me siento tranquilo porque la contemplación es distancia y la distancia atenúa cualquier dolor. Como si Marco Aurelio me susurrase al oído: recuerda que eres mortal. Esa es la medida de mi tiempo, de todo el desarrollo del tiempo: la finitud.
+ Me dijo que era doctora, pero doctora en ciencias físicas. Yo comenzaba a sentir un extraño placer: la recuperación del desmayo. Me fije en sus piernas y como se distribuían por ella las marcas de la psoriasis; entonces me dijo que mi desmayo se debía al stress. No hice mucho caso, pero asentí. Ella encendió un cigarrillo y fumó con placer. Llegó una ambulancia pero no me podía trasladar porque sólo se dedicaba al transporte de enfermos a los hospitales. Yo estaba bien. No era la primera vez que me ocurría. Ella era alta y estaba cerca de los sesenta años. Una mujer de carácter, como se suele decir. El pelo blanco y esa ropa de una cadena deportiva. Ropa económica. No pude dejar de hacer un inventario de los objetos de la situación: mi cuerpo tendido, mis gafas rotas, el cigarrillo humeante, la verja de la casa, el perfil de la ambulancia, el aparato que pusieron en mi dedo para medir el nivel de oxígeno. Cerré los ojos y pensé que ya había muerto: no me desagradó la idea. Una brisa leve aliviaba el calor del medio día. El calor me afecta, me afecta mucho. No me gusta el verano, soy un enamorado del otoño. Ella me explicó con directriz profesoral y universitaria que hay que hacer huecos, romper con las situaciones de stress, respirar y no dejarse llevar por la obligaciones que no podemos cumplir. Asentí, pero ella en alguna medida era responsable de lo que me había pasado: me sentí acosado y por educación aguanté una reprimenda que no me correspondía. No importa. Asentí y sólo pensaba en dormir una larga siesta. Llegó la ambulacia y pasaron cinco horas hasta que pude regresara mi casa, comer algo, beber agua y dormir, largamente dormir. Ella era doctora en física, ¿por qué me dijo tal cosa en tal momento? Recordé una teoría que dice que todos los enunciados son la respuesta a una pregunta no formulada, en la declaración está implícita la cuestión. ¿Qué pensó ella que le preguntaba?
+ Observo la casa y recuerdo que antes tenía una palmera, ahora no ya no está. Alguien se refirió a ella como la casa de la palmera: ya no tiene sentido, pero algo que queda. La ausencia de la palmera es otro índice. La casa tiene unas proporciones correctas y del muro desciende la hiedra, es agradable contemplarla. La casa está colgada sobre una terraza, el cierre es un muro blanco, la casa es blanca, el tejado es de pizarra negra, se mantiene limpia sobre el mar. La ría está en calma y la casa se refleja en el agua. En agosto los días comienzan a menguar y esa penumbra de la última hora de la tarde favorece el perfil de la casa. Me da la impresión que no sé nada de nada. Puedo escribir, puedo hablar, puedo permanecer en silencio, diálogos, descripciones, jucios. ¿Leer es una habilidad? ¿Qué supone una lectura de una situación y su traslación a un texto? ¿Se trata de una lectura privilegiada? Me gusta pensar que hay un rédito, un punto más alto, pero quizá me equivoque no se trate de otra cosa que una justificación de mi posición. Y de mi posición se trata. Analizo los volúmenes de la casa y no sé nada de arquitectura. Sin memoria.
+ «El juego no se agota en la conciencia del jugador, y en esta medida es algo más que un comportamiento subjetivo» H-G Gadamer en Verdad y método.
+ He adoptado la plantilla del juego para leer comportamientos. Oscila la valoración entre las respuestas morales que se plantean cuando no se gana, en el establecer una reglas y su respeto o falta de respeto. Sobre ello gobierna ese interés fundamental en llenar el tiempo, un impulso que nace en el interior del principio rector (en el sentido que le otorga Marco Aurelio). Lo repito otra vez: se trabaja con la seriedad que los niños juegan. La frase la utilizo ante ciertos comportamientos, bien mezquinos, bien ejemplares, porque creo que esa seriedad hace que todo avance, se estanque o retroceda. Es una idea que precisa ser madurada, pero en ello estoy.
+ La RAI en la primera hora otorga un aliento de viaje auténtico, no turismo, sino el desplazamiento laboral: lo que yo considero como el auténtico viaje que penetra en un fragmento de realidad de un país, una ciudad, un barrio. La música que suena en la RAI tiene la función de motivar al que al trabajo debe ir. Música de baile. El aliento del viaje auténtico reside ahí: incorporarse a rutinas ajenas. Me pregunto qué pensarán esas miríadas de cruceristas que desembarcan en el puerto de Nápoles. ¿Escuchan los cruceristas la RAI, antes de desembarcar? El desplazamiento es uno de los temas de nuestro siglo, me digo pero prefiero la música. Guitarras tan funk, telones de voces tamizadas por el sintetizador, metales y tambores. El día comienza. Madrugar, conducir, esperar. Regresar, leer y escribir.
+ Me hubiera gustado comprar Trilogía de la guerra de Agustín Fernández Mayo. Me gustaría dedicarle estas pequeñas vacaciones que hoy comienzo, leer con calma y disfrutar del texto, de su textura e invocaciones. No puede ser. Me espera Gadamer. Un compromiso. El sábado pasado entré en la librería y busqué el tomo. Abrí al azar y me gustó. Ya sabía que me gustaría. Leí las tres primeras páginas y pensé en comprarlo y dejar a un lado Verdad y método. Me entristece teatralmente ese punto de aislamiento. El asilo del texto que compongo. Un refugio. Una madriguera. Sé que leeré la novela de AFM, pero ahora debe descansar en algún anaquel a la espera que mi lectura dé vida al texto. En el texto sigo. Yo soy yo y mi abstracción.
+ Imagen: aeropuerto.
sábado, 18 de agosto de 2018
Irresponsable belleza
+ El título de la entrada proviene de un verso de un poema de Vicente Aleixandre, que se incluye en La destrucción o el amor (1935). Elijo el fragmento o sintagma porque la irracionalidad que propone también me pertenece, la posibilidad de múltiples interpretaciones que no llegarán a ningún lugar. Hay en esta nuestra época, que todavía es la V.A. ¿todavía? «… irresponsable belleza que a sí misma se ignora»
+ Días después de escribir lo anterior sufro un episodio de ansiedad. Una crisis de ansiedad. La crisis siempre es una ruptura, una frontera que establece un antes y un después. Ahora me recupero y siento una extraña calma, en ella descanso como ese mar imposible: sin viento, totalmente plano, un cielo sin nubes. He cerrado los ojos porque me molestaba la intensa luz del fluorescente y noto como pegan en mi pecho los terminales para hacerme un electrocardiograma. La calma es un narcótico. Los zumbidos de los aparatos médicos me adormecen, se escuchan voces pero son lejanas y confusas. Todo tiene su medida, me digo y desciendo hacia los palacios de la memoria: están vacíos. Consigo una quietud especial, nada me altera. Oigo la voz de la doctora, habla con el enfermero: son cuestiones rutinarias. Me gusta la rutina. Recuerdo la velocidad, el impulso, el sudor frío, una necesidad absoluta de sueño. Atravieso la estancia de mi memoria y apago el recuerdo. No quiero recordar. Nada recuerdo. He leído en los últimos días dos o tres introducciones a ciencias de dudosa exactitud. ¿Para qué se necesita una ciencia que no puede realizar vaticinios, que nada explica, que sólo puede sembrar dudas? Dejo las preguntas. Vuelvo al vacío. Hay una belleza irresponsable en todo el centro de salud, no planificada. Nada que ver con los versos de V.A., pero en ese irracionalismo encuentro la medida que hoy preciso.
+ Estoy sano, me lo dice la doctora y me recomienda cortar una situación cuando comienza a tornarse en intolerable. Investigaré sobre mis límites, sobre mis debilidades, mis carencias. No soy fuerte o mi fuerza está en otro orden de cosas. Qué grande cuando decía: sé quién soy.
+ Dos vídeos en un canal francés en línea. Vídeos especialmente nostálgicos, la nostalgia, esa enseña de nuestra época. El primer vídeo trata sobre predicciones para el año 2000 realizadas en los años setenta por jóvenes entre 15 y 25 años, el segundo versa sobre el ocio de los jóvenes que viven en los banlieue (traducido: las afueras o los suburbios). Los jóvenes de los suburbios dan vueltas y vueltas a las urbanizaciones en sus motocicletas, los primeros hacen predicciones varias sobre el siglo XXI, predicciones que tienden al error: la abolición de la guerra, viajes a Nueva York desde París en una hora, la disolución de la individualidad y así. Son jóvenes, jóvenes de hace más de cuarenta años. Flippers, cine, café, motos, paseos, aburrimiento. El aburrimiento, me detengo en la palabra por esta elegancia que se le atribuye al francés y que quizá tenga: ennui. Me gustan sus estilos en el vestir, me gusta el blanco y negro cinematográfico [grano e indefinición], las voces, la cadencia oxítona del francés. Pienso en mi juventud y es tan lejana como es ésta que contemplo, aunque entre ambas medien veinte años: el tiempo todo lo iguala; y creo que tampoco son diferentes en extremo: el disfrutar e integrarse en un grupo, que el tiempo va diluyendo hasta convertir en extraños a los que un día fueron casi hermanos. Una medida que restablece la cara de una realidad oscura que nos hace ser lo que somos. Garajes que se transforman en salas de baile, centros comerciales plenos de luz y cristal, cuero, gafas de sol, peinados elevadísimos. Ahí estaba la juventud, en el estatismo del celuloide: obra viva, obra muerta. Apago el ordenador y me sumerjo en el sueño: pastoso, cálido, agradable.
+ ¿Qué clase de enseñanza se puede extraer de la construcción de instrumentos musicales? La madera, el metal, las cuerdas. Su ensamblaje y el portentoso resultado final. Todo trabajo que se orienta hacia un objetivo. Los instrumentos musicales tienen un aliento mágico. Luciferinos violines, transparentes arpas, infinitas guitarras. He visto desde el exterior talleres de construcción de guitarras, documentales sobre la construcción de las mismas: el polvo del taller, la contundencia de la maquinaria, el ronroneo de sierras, la lija, la mano, la atención, compases metálicos y compases de madera, lápices, brochas y pinceles, barnices y taraceas (…) Luego vemos la guitarra terminada y hay un misterio: su sonido, ese pozo que Gerardo Diego nombraba. Trato de recomponer el proceso, aislar los elementos, los colores, las formas. Pero el todo se impone y se desvanece tanto la forma como el artesano, para quedar solo el instrumento al servicio del interprete. El interprete al servicio de la música. La música en su gloriosa majestad impera con soberanía universal.
+ «La guitarra es un pozo / con viento en vez de agua», Gerardo Diego.
+ Un paseo por Vigo. Verano y gente, la masa en expansión. Las calles son otras y la geometría de la masa se refleja en el estado de ánimo. El coche es una máquina potente y peligrosa. Coches potentes que ascienden las cuestas a gran velocidad, rugen sus motores. Hablamos y entiendo que las relaciones humanas no se explican con facilidad, cada afirmación tiene su negación sin alcanzar un punto medio. No hay acuerdo. Me gusta el color que el cielo ha tomado, me digo. Tiendo a la descripción y al estatismo, mi acelerador está flojo y la velocidad me traiciona. Me desvanecí y entiendo mi mecanismo: en buena medida sé quién soy. Vigo me gusta. Vamos a un restaurante y definitivamente está cerrado: una decepción. Que todo tienda a la desaparición es hecho con el que vivir, el que da la media justa del sentido de la vida. El mar llega hasta nosotros mediante olores y recuerdos. Paseamos, cenamos en un abarrotado bar: empanadillas, calamares y tortillas, cerveza y agua. Regresamos con calma bordeando la ría. Luces exactas. El puente, su perfil en la noche, farolas y cables. La lírica invade el coche al tiempo que asciende Bach, sin reflejos no se puede entender nada: la obra refleja su momento y la lectura de la obra refleja el contexto de lectura, bueno son digresiones con poco interés, ninguno si no es para mí. Caminamos por Pontevedra y hay muchísima gente, también. Unos helados, unas palabras, cariño. Los helados son almas que alimentan nuestra alma: yogurt, chocolate, vainilla, frutas, nata, turrón (…), todo lo que habita en la infancia. Mi sobrina me dice: te has cortado el pelo y me recuerdas a la abuela (mi pelo resucita a mi madre, mi corte de pelo). Una tarde de sábado que cristaliza. Estoy recuperado de mi ataque de estrés y ansiedad. Bendita hora.
+ Imagen: fragmento de la fachada de un pub [cerrado definitivamente]. En Vigo, 2018.
sábado, 11 de agosto de 2018
La tiranía del tiempo
+ Il tempo è tiranno [6:22 en la RAI].
+ Llegan los primeros golpes de la ola de calor. Me refugio en el estudio. Libros, libretas, el ordenador, bolígrafos, rotuladores, lápices. El sabor del café, el sonido lejano de un televisor, el latir del reloj de pared que traduce la tiranía del tiempo a su efectiva realidad. Espero el otoño. Espero los paseos al borde del río, el olor de las hogueras, la transparencia de los días del final de septiembre. No me gusta el verano y he renunciado a ir a la playa. Soy raro, me digo y el calor desciende por la paredes del edificio. Me reflejo en mis afirmaciones, me embosco en el silencio. Aquélla pintada decía raras somos todas, en un alarde lésbico. También yo estoy ahí. El calor me aleja de la serenidad porque me pone de mal humor. Me enamoro del aire acondicionado y mi garganta se resiente; enfermizamente, encuentro un incierto placer en el leve dolor que se posa en los pulmones: una tenue tela transparente. Hace años que un pequeño Baudelaire habita en mi interior, en estos días lo invoco y me pronostica que llegará el otoño sin alegría, sin tristezas, que la noche me acogerá con elegante melancolía, que despreciaré todos los venenos porque sé cuales son los resortes y porque conozco los subterráneos donde dormitan a la espera de ser invocados. Pero ahora hace calor, son las nueve de la noche y hace calor y no me gusta. Un vídeo sobre Berlin, una página que no termino de leer, me detengo y pienso el la jornada de mañana. Es un error, circunscribirse al presente más breve es un error. Ampliamos el presente hasta el final de nuestras posibilidades. El reloj no se detiene.
+ Hablar del tiempo es hablar de la nada. Un recurso para el que nada tiene que decir. Tanto del paso del tiempo como del tiempo metereológico, que yo creo que de alguna manera se dan la mano: al menos en la banalidad de la conversación. Una excusa para comenzar, continuar, no detenerse y tratar de trazar el perfil de una perorata. Así comienzo, así continuo. ¿Llueve, hace calor, niebla o una día soleado? ¿La noche el día, su sucesión, su reflejo? Hay que completar las casillas y lograr una nueva entrada. Un trabajo leve, pero con su permanencia. A lo largo de la semana escribo y el sábado emerge el resultado, me enfrento a esa contabilidad y es una otra manera de constatar la finitud: vuelvo al paso del tiempo, sin disgusto, sin tristeza, sin alegría, sin esperanza. Sin darme la vuela para ver el camino recorrido.
+ Abro el pequeño libro de Nan Goldin. Me gusta su formato, pero lo que realmente tiene importancia son las fotos que atesora. Me identifico con Nan. Con la narración que subyace en la yuxtaposición de disparos. Dudo de lo adecuado de la palabra yuxtaposición y me inclino por una velada coordinación. Un hilar en el viento, tal vez. En el viento de la biografía. Nuestra biografía. Lo sé: nieblas azules en los días pasados, rostros sorprendidos, alegría y tristeza, el rechazo de la felicidad por vulgar, ek nadador en la medianoche: azul y negro y blanco, ceniza elevada a la categoría de oro vibrante, el maquillaje, la purpurina, la amplitud del sexo, el valor de los cuerpos, el respeto que merecen. Golpes, heridas, cicatrices. El tatuaje y el pendiente, la peluquería y esa ropa que hemos escogido y ya no está de moda, que persiste en la foto. Nan transmite la elevación que la vida se puede permitir, ese traspasar la realidad dada y ofrecer otra perspectiva, un esfuerzo por mostrar las noches y los días, su cansancio y la fuerza necesaria para no sucumbir.
+ El radio-operador jubilado luce un sinfín de cadenas de oro sobre su peludo pecho. Barba muy arreglada, gafas de graduación pero oscuras, manos blancas y afiladas con anillos y manicura. Llora y lo miro con aburrimiento. Oro y lágrimas de cocodrilo. Tiene algo lírico su atuendo, sus joyas, su liturgia demodé. No escribiré ningún poema sobre su sombría declamación, parece decir una voz interior. Voces que se impostan, disfraces que no se venden. Me alejo y su interpretación termina sin estilo ni consecución.
+ Los museos duermen mientras yo escribo, aunque no tengo la total seguridad ni de su sueño ni de mi escritura. Son posibilidades, más que certezas. Quizá, finalmente, se trata de un cuento gótico con terroríficas escenas que se dan mientras nosotros los creemos en las paz de las cerraduras, las luces apagadas, lo pilotos de emergencias. Y cabe la posibilidad de que no sea así. Dejo de escribir, pienso en enormes salas vacías y termino por escuchar [en línea] una entrevista con un escultor, profesor, conferenciante, escritor, comisario, coleccionista (…) Me interesa, me interesa mucho su punto de vista y el ámbito de su trabajo. Se produce el hiato: en un momento dice que tributo y tribu están relacionados etimológicamente: tributar es hacer tribu. No lo creo, intuitivamente no lo creo. Hago mi pequeña indagación en el Drae y veo que esto es falso. ¿Tiene importancia? Ninguna, me digo, en primer lugar, con despreocupada frivolidad. Al contrario, quizá una subversión de los orígenes permite hacer equilibrios y llegar a unos resultados deseados para cimentar el discurso, ¿se permite la mentira como licencia poética? Tal vez sí o tal vez no. Me detengo y cambio de parecer: no creo en la explicación etimológica porque el valor de la palabra lo da su uso en cada momento del presente, en una imposible pero útil sincronía, no es su historia la clave absoluta, aunque puede orientar. Y si se usa interesadamente, este uso debe responder a un desarrollo atestiguado. La verdad de los hechos o todo es interpretación ¿Responde ese retorcer a la poca importancia que la filología tiene? Por último, llego a una vía intermedia y dejo que termine la entrevista y olvido la afrenta: ¿es una afrenta? Comienza otro debate. Y así se desarrolla el inicio un domingo cualquiera de agosto: calor, tareas y silencio.
+ Imagen: exposición de la obra de Esther Ferrer en el Palacio de Velázquez (Madrid, 2017-2018).
sábado, 4 de agosto de 2018
Mercuriana
+ Todo es tránsito. Veo planos de carreteras y percibo una evolución. Lo que se establece, cómo se modifica lo establecido, las casas que se elevan, otras pasan a ser ruinas, las expropiaciones definen términos y líneas, líneas imaginarias, cómo se va de una función a otra y se mantiene la estructura, pero también ésta se puede ver modificada y con esa afección el paisaje cambia levemente. Una carretera es un organismo vivo, me digo, sus células son los que la habitan, los que la mantienen, conservan, cuidan, los que transitan por su geometría de vena oscura, los que sólo por ella pasarán una sola vez. Ese río de coches, ruido, humo, camiones, autobuses, furgonetas y furgones, autocaravanas, estelas, hitos, bicicletas, andarines, motos, (…) Pero la carretera habla de lo inestable que todo resulta, de cómo se hace cierta la frase de que un día el sol se habrá de apagar. Conduzco y dejo de pensar, dejo a un lado la sabiduría de las frases hechas, y una leve noticia musical es más certera que el conjunto de mis divagaciones, mi lucha contra la reiteración de los días, un aburrimiento substancial que indica cuál es la fórmula para completar la narración.
+ ¿Iremos a visitar la tumba de Hegel en Berlin? Octubre está próximo y hay preguntas que comienzan a tener sentido. ¿Compraré en Berlin la Fenomenología del espíritu? En la misma línea que la pregunta anterior. Cada cual elige sus propios ornamentos con los paralelismos que la oportunidad le otorgue. Se traza un plan y no se cumple, porque todo resulta ser contingente. Lo digo y la otra persona me dice que los planes quinquenales de la Unión Soviética funcionaban a las mil maravillas; no respondo. ¿Cómo se une ese silencio con la posibilidad de visitar la tumba de Hegel? La respuesta es una apertura, la posibilidad se materializa en el emblema que supone Mercurio.
+ Mercuriana era el título de una canción de Radio Futura que resuena en mi cabeza, que me trae el tiempo del servicio militar allá en las islas, fosilizadas como el territorio de una imposible fantasía: el recuerdo transforma la vida en narración. Mercuriana. sonaba sin parar, trazaba un frontera entre la edad que poseía y el tiempo que por delante de mí comenzaba a abrirse, pero resaltaba aquel paréntesis que las islas y el ejercito constituían. Bucear, mar transparente, rocas, perfiles de sierra, casas al borde del mar, los peces recién pescados, el pez atravesado por el arpón, la luna, el mar arropado por la noche, cuerpos desnudos en un lago salado, su unión, tejados rotos, caminos de ceniza, humo, whisky y sombras. Las armas, una oficina, los relojes, las noches, las guardias, los perfiles de los soldados en la garitas, historias y silencios. Palabras que regresan de aquel mundo al que nadie puede regresar, pero que todavía palpita.
+ Sábados en la provincia. El verano, las terrazas y la pereza propia de no hacer nada, ese placer. Una brisa tibia llega del Atlántico, los paseantes se han puesto chaqueta, algunos fuman y otros atienden su teléfono, los arboles no son sombras, un político observa a la gente: lo veo y es una parte del paisaje urbano. Tipos, señales, alegorías. No hay nada que descubrir. Como un plano general de una mala película, donde las personas miran a la cámara y se ríen, rompiendo así la magia de la ficción: el truco es perceptible. Este sábado me corté el pelo y soy otro. Esa otredad se manifiesta en mi porte. Me siento más joven, lo cuál no es poco engaño. La provincia es generosa en humillaciones. Sé todo sobre los que me cruzo. Me miden y los mido. El sábado resulta agradable, pero la urna donde estudio tiene a la perfección. No quiero juzgar, no lo hago y alguien pasa ante mí con un ridículo atuendo: el mal anida en mí, es el miserable veneno de los paseos sabatinos, dominicales. Durante el fin de semana unos se lucen, otros se esconden bajo el disfraz; a ninguno de estos grupos pertenezco, pero me siento más próximo al segundo. Perros carísimos, humo estéril, perfumes imposibles, «labios como espadas», el color del mercurio, la plata ennegrecida, las lenguas de humedad en las fachadas, el recuerdo del sol, nubes que en la noche cabalgan sin rumbo, mujeres transparentes, hombres luctuosos, heroína en la limosna, alcohol en la afirmación rotunda del empresario. Luces y sombras. Lo sé todo y nada recuerdo, que equivale a un fructífero vacío. Mi ciudad es la lectura, y esto no es triste.
+ La necesaria reclusión, el silencio, la distancia.
+ El voluntario apartamiento de la playa me da una extraña seguridad. No deseo analizar sus razones, pero ahí está: como un emblema. No se la castidad, tampoco el erotismo, ni siquiera una contenida lujuria. Las tardes son silenciosas, con una distancia enriquecedora, pero a veces dudo y me da la impresión de que tiendo hacia una enfermedad que infecta el ambiente de mi cuarto de estudio. La separación de lo cotidiano y el establecimiento de otras rutinas, sobre el suelo de lo diario. Volcado en la lectura me encuentro con un otro yo que comienzo a conocer. Nos estudiamos, pero no llegamos, por el momento, a ninguna conclusión. Desdoblarse es un doloroso trabajo.
+ Como pintor de domingo me entretengo en seleccionar y recortar las fotos que disparé hace meses. No es un ejercicio de rememoración, sino que se resuelve en una tarea constructiva. El pasado es moldeable, acepto como post-moderno que soy. Me sé negado, pero trabajo en esa horquilla del disparo y su recuperación en la pantalla del ordenador. No soy un simpático profesional. Me entretengo y eso es mucho.
+ No produzco objetos de museo. Gestos tampoco vendo. Y ambas renuncias a mi voluntad escapan.
+ En línea: Hans Ulrich Gumbrecht. La textualidad como forma de saber está cuestionada. El historicismo y la temporalidad. ¿Cómo influye la tecnología electrónica en estos, como él los llama, cronotopos (pero no en el extricto sentido de Bajtin)? El presente amplio frente al historicismo, la tensión en lo cotidiano del cuerpo y el espíritu, la relación con el mundo transformada por obra de las tecnologías electrónicas. Los fenómenos estéticos. El plan de la conferencia de H.U.G. en la tarde del domingo. Hoy no llueve.
+ Imagen: un bar [cerrado] en la Costa Nova, en Aveiro. Era invierno y todo estaba en calma, casi no había gente a pesar de aproximarse las navidades y ser aquél un período vacacional. No dejo de buscar una identidad en ese letargo, ese núcleo silente del invierno y sus aristas. ¿Estoy yo ahí?
sábado, 28 de julio de 2018
Lo necesario, lo bello y lo superfluo
+ Revuelvo viejos papeles y entre ellos emerge un recorte de periódico. Oporto. Una guía de viaje, una exigua guía de viaje. Son fotos, recomendaciones y un breve texto. Se habla de Miguel Torga (cosa que me sorprende y me agrada), de las características de la ciudad (desde tópicos gastados), de la laboriosa vida de los portuenses (sin venir a cuento), y se concluye con que Oporto nunca podrá estar de moda: el tiempo se ha encargado anular esta última afirmación. El recorte tiene más de veinte años, de treinta años y las referencia que ofrece eran en su momento unos reclamos turísticos manidos. Tenía yo ya un conocimiento de la ciudad que resultaba ser más intuición que aproximación a una posible verdad, pero una intuición en la dirección correcta. Todavía se mantiene ese instinto. La mirada del viajero que hace fotos siempre es errónea, me digo, pero admite en su interior una chispa de aproximación, el acierto por la vía de la casualidad, la nota exacta en el piano porque una piedra cae sobre la tecla precisa. Finalmente, lo que resta es la nostalgia de un tiempo de tabaco, vino y conversaciones, la apertura de los sueños y el reflejo del adolescente en la trama urbana de esas ciudades que desconocía. Todo es cambio y el artículo es ya un otro artículo, de la misma manera que el que lo lee es otro: éste que escribe y muta en cada segundo.
+ La triada que encabeza esta entrada responde a una concepción de la génesis del arte, de cómo es la evolución de su razón de ser. Según la serie que plantea Winckelmann, estaríamos en el tercer estadio. Aunque el autor pertenezca al siglo xviii y su serie no alcance nuestros días, yo lo tomo y lo utilizo en mi provecho. Sobre todo la última fase: lo superfluo. Creo ver ahí un nexo con las visitas a los museos, la lectura o los paseos por la ciudades que se transitan sin mucha esperanza de tener un conocimiento profundo. Esta articulación de los intereses es superflua, ya que sin ella se puede vivir. Lo digo con cierta frecuencia desde hace un temporada: leer está sobrevalorado. Descanso en la afirmación y me dejo mecer por lo superfluo, en oposición a lo necesario, pero no a lo bello. La belleza inútil, esa estampa que recogemos de la calle y nuestro bric-a-brac la colocamos en el corcho que preside nuestro estudio: billetes de metro, calendarios caducados, gomas de borrar con forma de guitarra eléctrica, escudos de coches que han sido encontrados en la cunetas [el accidente y sus restos, el memento mori], una foto estropeada que un día encontré en la calle [quizá una atractiva muchacha que se ha quedado anclada en ese tiempo roto, que ya no es ella, salvo la constatación del paso del tiempo], fotos, postales, etiquetas, tarjetas de visita, un chiste antitaurino, notas a mano, recortes de periódico (…) Ese imprescindible acumulación de fragmentos de lo diario da cuenta de mi forma de habitar el mundo, de una manera intencionada se acumulan en ese corcho. ¿Arte? En ese mar nadamos, en ese mar nos sumergimos: lo necesario, lo bello y lo superfluo.
+ La palabra: crestomatía. Me enamoro de las palabras que el corrector informático no reconoce.
+ Recuerdo días de playa ahora que a la playa no voy. Las últimas veces llevaba yo un libro de poesía y leía con empeño, me gustaba el condicionante de los cuerpos, el rumor del mar y la calidez del sol. Un velo, una frontera, la realidad dada en contraste con la construcción de una imagen, lograda o no lograda, que se elevaba sobre esa vibración que resulta ser una playa en verano. Así lo hice hasta que leí a uno que en los periódicos escribe decir que él leía a Luis Alberto de Cuenca en la playa. Entonces entendía algo sobre mis posiciones, mis gustos y esa manera de elegir y rechazar. Cómo despreciamos lo que nos arroja nuestro reflejo. Hoy soy ajeno a la playa, no por aquel paralelismo sino por un aislamiento impuesto mediante la lectura y la espera. Recuerdo la playa con ternura. La sal, la arena, las barcas y los veleros que se alejan y se pierden en el horizonte. Latas de refresco tan brillantes, el color eléctrico de algunas sombrillas, el juego con el mar que los niños todavía creen posible. Veo que todo está condicionado por el tiempo que surcamos y según me adentro en las profundidades de la edad madura más alejado me siento de ese fragmento de vida, tan vital = me digo en redundante sobreimpresión hacia el final de la tarde. Todo es una cuestión de gustos, me agrada repetir en una frívola disposición de herramientas para triunfar en la batalla contra la abulia diaria. La playa cumplía esa función ayer, hoy es una niebla pálida de lo que fui. Ya no soy aquél, tampoco seré éste que escribe hoy.
+ Sonidos inesperados. La electrónica transformó nuestro sentido musical, nada fue lo mismo después del nacimiento del sintetizados. Leo la Obra abierta de Umberto Eco y se habla de Henri Pousseur Scambi (es decir, Cambios). Busco la obra y la escucho. Me interesa como me interesan lo sonidos reiterados del oleaje, me interesa esa posibilidad de lo aleatorio y esa obra por construir. Dejo que suene durante unos minutos y no veo diferencia entre el ruido blanco y este fluir. No tengo una opinión clara. No quiero sumarme a los que aquí sólo verían una acumulación de ruidos, pero al mismo tiempo reconozco el ruido, pero un ruido con unos valores estéticos y sensoriales que me ayuda a modificar el sentido de ciertas apreciaciones. Escribo y trato de tener clara la diferencia entre señal y sentido, la música de Pousser agita la calurosa tarde, enfatiza el ir y venir del segundero del reloj que guía las jornadas. En suspendo dejo la idea que tengo de música, salvo la necesaria apertura que la conforma.
+ Un poco más tarde, mientras el reloj sigue su curso: el insoslayable metrónomo que preside el cuarto, continuo con la lectura de Obra abierta. U.Eco pasa a describir una suerte de obras plásticas en movimiento de Bruno Munari, donde se componen cuadros mediante láminas coloreadas que difieren por la acción de lentes que el espectador puede manipular. A la vez que leo la descripción trato de unirlo a las cosas que ayer en una cena con amigos escuché. Conversaciones sobre la irrupción de los teléfonos inteligentes en la vida y su paradójica realidad: entre lo útil y lo diabólico. Lo que antes era inocencia ahora es inocencia perversa, me digo. Me gusta la obra del Calder: ese inestable equilibrio, la música seriada, una idea de futuro que se desprende de aquellas manifestaciones artísticas que hoy parecen tan alejadas de este presente de la ultra-velocidad y el espanto y sus simulacros. Estoy más próximo a los colores que se forman mediante la suma de láminas de acetato y la operación de las lentes que de la pantalla que todo lo puede y todo lo advierte. ¿Soy mayor? Sí, algo de ello hay, pero sobre ello está la cuestión de los puntos de vista variable, aleatorios, intencionados, irónicos o cínicos, con el gobierno de la adictiva lectura. Así, no puedo dejar de ver el presente de una manera arqueológica, literaria, técnica o experimental, arquitectónica o culinaria, sumida en los recodos de lo cotidiano, un presente enfrentado a lo que otros leyeron antes y la constitución de un otro punto de vista: posible, negado, afirmado, ignorado. La identidad atraviesa el haz de luces que de las pequeñas pantallas surge con mágica verosimilitud. Yo trabajo para deshacerme de toda identidad y las pantallas son identidad. La lectura me vacía y en ello descanso. Prefiero el instante lúdico e irónico del diseñador-artista italiano, como si ahí estuviese una posibilidad no explorada. Quizá lo suyo tenga una mayor permanencia, al menos en mi imaginario, en mis construcciones perceptivas. Eco, Pousser, Munari, los tres han reinado en esta tarde del 25 de julio de 2018, yo soy el espectador impasible del desfile.
+ Las novelas de formación cuajan en el desarrollo diario de las ilusiones, las certezas y las decepciones. Una forma de ver: todo es novela, todo es novela de formación. Se estructura la narración de vidas en el cristal de las conversaciones. Sigo con interés esa manera de contar: como novela que es, ese poso moral, la alegoría y el dato sin interés pero que confirma lo anterior, que se vierte sin intención y así taladra todo lo contado. Las cenas y sus extensiones depositan propuestas y sugerencias que, narrativamente, no se llevan a cabo. Yo no escribo novelas.
+ Imagen: encuentros con la abstracción que se resuelven en un disparo, me fijo en la recurrencia de las imágenes que atesoro y creo ver ahí un mensaje. No hay un mensaje, soy yo: la bandera de un apátrida y su cinismo.
sábado, 21 de julio de 2018
Ilusivos zafiros en el viento
+ Me fijo en la foto de una entrada anterior: una botas, tomadas en picado desde la altura: y se comprueba que los lunares de las botas se reproducen con exactitud en las mallas. Una continuación de la propuesta. Las botas tienen el tacón muy fino, hubo un día que conocía el nombre de ese tacón, pero, como tantas veces ya, su nombre se me ha olvidado: eso me inquieta, necesito conocer el nombre de las cosas [como ya he dicho en alguna ocasión]. Cuando voy, temprano, al trabajo veo a una chica que usa esos mismos tacones, fuma con ansia y el humo que tras de sí queda es una promesa de virtuales enamoramientos. Me detengo y observo el instante. Observar y tomar notas es dejar de vivir. Ese momento de suspensión da paso a la música y a la reiteración en lo diario. Me fijo en la foto, otra vez. Sobre el pavimento de hormigón pulido, muy machacado, se produce un hiato: la fina estampa de la las botas y las mallas se enfrenta a la brutalidad de ese hormigón con cicatrices de golpes y martillazos (quiero pensar porque me conviene en la versión compositiva de la foto, en su versión adaptada para este diario). Otras veces no me paro tanto, pero, me digo, en ese detalle se alojan todas las alturas de aquel día de arte contemporáneo y alejamiento, desengaño y desvelada certeza, también se aloja en sus simas: la decepción, el encuentro ante el espejo, el olvido de los espejismos, el regreso de intuiciones erróneas: yo ya soy otro, no hay ninguna forma de evitar el cambio. Me abandono sobre la cama poco antes de comenzar la siesta y me digo: hay que fracasar para fracasar con más estilo: el snobismo se trata de crear un estilo y una imagen cínica y pomposa, pero ni siquiera en eso creo ya, hasta aquí debe llegar la paradoja y la ironía.
+ Una definición: método es el tratado sobre el camino. Una etimología aplicada, evanescente, dominical. Odómetro: instrumento para medir distancias: el camino; meta: consecución de un objetivo.
+ Abro el libro de Paco Gómez y sus fotos retratan muros. Yo disparo sobre los muros, también, pero con mayor chapuza y menor calidad. Disparo con la cámara para atrapar irregulares informalismos, estelas de cuadros que no han llegado a ser, pero que podrían estar ahí: el museo. ¿Se trata de demostrar que hay una pintura cotidiana que se podría colgar en ese museo imaginario, impoluto, irónico? El contexto es mi meta, el tema es contextualizar y descontextualizar. Carne de laboratorio, espíritu nebuloso.
+ Una amplificada tendencia a reiterar manías, indagaciones y estrategias.
+ Otro sueño urbano: ciudad castellana sin concreción, torres medievales y colas de mendigos a la puerta de un cotolengo, fotos y modernos que fuman y beben cerveza entre risas, hombres altos con voz profunda, el tren que espera, el día que nace. No tiene un sentido oculto: sólo es un sueño, la expulsión del detritus. No insistiré.
+ Veo un vídeo didáctido sobre los Triumphi de Francesco Petrarca. Tomo el ejemplar que L. me trajo de Bolonia. Leo el Triunfo de la Muerte y pienso, mientras me dejo llevar por el viento de viento de la tarde, ¿podría cada persona tener asociada una muerte particular y personificada con apariencia humana, una personificacíon que va con nosotros allí a donde vamos, una ángel de la guarda en negativo? Qué tontería me digo y dejo en suspenso esta pregunta, pero comienzo a notar una presencia en mi entorno. Quizá un diálogo abierto con esta supuesta personificación nos ayudaría a sobrellevar los contratiempos de lo diario, restarle valor a lo que carece de importancia, evitar los pronombres y enfrentarse a los sustantivos desnudos y certeros. La reconstrucción de lo cotidiano pasa por establecer estrategias: los miedos, la inseguridad, la planificación del futuro; las aves que vuelan sin preocupaciones nos rebasan, la muerte nos podría devolver esa indiferencia creadora.
+ Horas después llego a esa ascensión que supone el orden de los triunfos: el amor, la castidad, la muerte, la fama, el tiempo, la divinidad. En su ámbito, en su contexto tiene sentido. Nosotros estamos obligados a hacer nuestra lectura desde nosotros, pero no debemos dejar a un lado esos sentidos perdidos. Recuperar el sentido es parte inexcusable de la lectura. Ésta es la tarea del lector, me digo en la infiltración de otras lecturas: veneno y medicamento a un tiempo. En silencio, en aislamiento. Tarea ardua y estéril. El el principio el amor, en el final la divinidad. ¿Hoy dónde estamos? Por dilucidar.
+ «ilusivos zafiros en el viento» Conde de Villamedina v. 80 de la Fábula de Apolo y Dafne.
+ Después de una prolongada siesta, me despierto sumido en una boba confusión, que no termina de desvanecerse. Se mezclan los asuntos del día con propósitos no alcanzados, pero una niebla espesa hace que no sea capaz de incorporarme, y así permanezco sobre la cama durante unos minutos. Minutos donde se desarrolla una reflexión sobre la casa donde habito, el calor en esta época del año, los itinerarios que reproduzco diariamente y una posibilidad entre mil millones de acertar con un boleto de lotería. La suma de elementos es absurda, se mezclan los perros asustados que cruzan la carretera y los bolígrafos estropeados, se mezcla con la oscuridad de la primera hora del día, desleída, a la que se unen cables inservibles, flores de neón y papel y libros acumulados que nunca se leerán. En este estado de postración necesito un impulso, una voz autoritaria que me levante de mi indolencia. Me levanto, me sirvo un largo café y toda la bobería anterior se aleja. Comienzo a leer y ahora escribo, este es el rumbo y olvidar las quejumbrosas. El café es un divino brebaje: templado, oscuro, amargo.
+ Alguien me dice que en los bares se sabe que si a un jugar se le aconsejaa que no meta más dinero en la tragaperras, nunca volverá. Has perdido un cliente.
+ Cada día que llega nos trae una contradicción, una al menos, cuando no otra más. En ella descanso. En la contradicción y en la paradoja. Las horas transparentes de la tarde, calidad vegetal. La brisa, la textura de una piel joven, el surco del tatuajes sobre esa misma piel. Un rotulador rojo, el dibujo del neumático, la líneas rectas que componen los edificios. Ese poso, el sedimento, la estratificación de lo vivido, todo lo que quiere explicar nuestras contradicciones que se resumen en: hoy estoy vivo y mañana habré muerto. Qué cosa extraña es vivir, me digo y retorno a los libros, ese sucedáneo de la vida.
+ Imagen: Arco 2018. El negocio del arte y su teatralidad, evaporada y efectiva. Ahora, con la distancia, la foto se constituye como emblema de unas jornadas, el colofón de un desengaño. Soy otro y la foto lo muestra: yo tengo el sentido, pero ese sentido no se ha fosilizado, cambiará como yo cambiaré. Los colores intensos resultan engañosos, la tendida muchacha es mi vieja ilusión: snob y deliscuescente. ¿Quién es ella? ¿Quién soy yo? Otra mujer la observa y yo disparo. Yo soy una aparición, en aquella hora, en el instante del disparo. Los colores engañan.
sábado, 14 de julio de 2018
La distancia
+ La catarsis como eje principal de la tragedia. Compasión y temor, estos son los elementos que componen la tragedia: nos identificamos con el héroe trágico (generosidad), pero, al mismo tiempo, tenemos miedo a tener que soportar la terrible carga que él sufre (egoísmo). Como un medicamento, la tragedia nos ayuda a ver la vida desde otro punto de vista, más sereno, menos sumido en las posibilidades y sus engañosas bifurcaciones, en el punto justo de cocción. Huir del destino no es posible y, como decía Heráclito de Éfeso, El Oscuro, y yo repito tantas veces, demasiadas veces, con una cierta tendencia a una insistente pesadez, «el carácter es el destino». Las certezas que se desmoronan son escombros válidos como material para unos nuevos cimientos, que, quizá, haya que demoler de la misma manera. Leo a Marco Aurelio en la primera hora de la mañana, regalo sus Meditaciones a quién las necesita y merece, tengo presente una máxima, una sola hoy: «Entiende aunque te desespere que los hombres cometerán los mismos errores». Y tenía Marco Aurelio un esclavo que le susurraba: «recuerda que sólo eres un hombre». 6:29, el día comienza, otro afán con sus bendiciones y sus males, pasto del viento, polvo que será esparcido por el olvido.
+ Con la misma seriedad que los niños juegan, los hombres trabajan. Observo la dedicación al trabajo y la entrega a la tarea, hay algo misterioso en ello. Ese misterio es lo que mueve el mundo, pero no deja de ser un sin sentido, pienso mientras veo como un encargado de obra se afana en comprobar si ha quedado bien la tongada. Tareas sin un objetivo digno de ese nombre, salvo evitar el aburrimiento. Como el gato que bebe una gran cantidad de agua porque nota que no orina y en la ingesta puede estar el remedio [le dice su instinto], así veo trabajar a los hombres: evitar hacerse cargo de lo absurdo de la existencia, como si en este gozne estuviese el sortilegio que pueda vencer a la muerte. La jornada ordena la vida y no hay nada más angustioso que las certezas del ocioso o del aburrido. Trato de sumergirme en esos afanes pero no soy capaz, únicamente alcanzo a fingir el mismo entusiasmo con verosímil pericia. Mi farmakón, remedio y veneno, a partes iguales, es la lectura, que no consigue evitar que yo me sumerja en lo cotidiano, en la conciencia de la fragilidad. Muere el día.
+ Fue Lucrecio quien escribió sobre el origen de las cosas, en su extenso poema De rerum natura. En el inicio del domingo leo en un periódico digital las apreciaciones de un antiguo político sobre el poema, sobre la realidad de la historia como determinación o como posibilidad abierta. El poema afirma de la materialidad única y final de todo lo que existe, y se trata de consolar a los hombres de esa certeza, del sinsentido de la vida. El hombre está solo: sin dioses, sin alma, sin trascendencia. El cuerpo tras la muerte se disuelve en la nada y la conciencia anterior ni siquiera humo es. El cambio caracteriza la existencia, en él nos reflejamos y al cambio estamos sometidos: para lo bueno y para lo malo. Las ideas anteriores, mal casadas por mi impericia, me rondan desde hace días. Como un zumbido mientras trabajo, mientras leo, mientras conduzco. Parece un gato que reclama su comida, la golosina que lo hace tan feliz. La muerte como medida, la muerte como explicación de toda la lírica. Pero es domingo, hace sol y oigo a mi padre trabajar en la cocina, con la seriedad del niño que juega. Invoco al dios del instante y me dejo mecer por lo que no permanece.
+ ¿Qué importancia tiene conocer el nombre de una grúa, esos pórticos que todas las semanas veo en el puerto de Marín? Esa pasión por dar con el nombre exacto de las cosas, al modo juanramoniano, desliza en mí una manía por la coloración de la realidad. Como si lo real fuese monocromo y la etiqueta le otorgase el color que le corresponde: si somos capaces de establecer una taxonomía, comprenderemos mejor la totalidad, parece desprenderse de esta manía léxica. La grúa es una grúa Post-Panamax, es decir: que puede descargar buques más anchos que el ancho del canal de Panamá. ¿Qué saldo arroja la palabra, cuándo la utilizaremos, qué desvela tras el arcano de su nombre? La poesía es palabra (tautología donde la haya), y yo pienso en su cambio, en su constancia, en el intento de iluminar las sombras que el sentido ofrece, que el significado oculta. El nombre Post-Panamax se posa en una parte de la rutina diaria como la chincheta roja en mapa. La cartografía perfecta sería en el 1:1, quizá la única fiable, aquí reposa mi esperanza: por eso llego hasta el preciso nombre de la grúa. La tarea no se detiene, todo está abierto.
+ Continuo con la lectura de Berlin-Alexanderplatz. Me gusta pensar en todo aquello que me resulta próximo, en cómo mi gusto se ha construido en torno a elementos que esta novela contiene. Como en Ulises, el punto de vista me resulta tan cercano como sorprendente: me reconozco en un cierto mirar, observar la realidad, trazar recorridos que para mí son válidos. Una combinación de vulgaridad, jerga, ingenio, chistes, corporeidad, sexo, tristeza, explosiones de risa, el trabajo y el embrutecimiento laboral, la tarea física, las conversaciones que no aportan índices de comprensión, la comprensión de la muerte en el diálogo con un anciano entre las montañas, en su vieja casa que se derrumbará cuando el muera, para lo que no falta mucho (…) Podría seguir, pero eso ya sería entrar en la ficción y no es ese mi deseo, sino solamente dejar constancia del recorrido que Berlín me propuso, que trato de alcanzar.
+ Releo lo anterior y no puedo dejar de pensar en una suerte de bric-à-brac. Mejor en una suerte de bricolaje, porque el bricolaje es parte de nuestra totalidad, ya que somos una suma de piezas que no terminan de encajar bien, pero sí hacen conjunto por estar unidas, nada más, por coincidir en el momento y en el espacio y colaborar en la función última del objeto, sea ésta la que sea. Me veo yo en esta realidad yuxtapuesta donde se dan cita anuncios televisivos, poemas ultraístas, novelas baratas, epopeyas clásicas, conversaciones de parada de autobús, neones, museos de arte contemporáneo o vídeos de cantantes sincopados, acordes, tambores, el siglo de oro o la guitarras eléctricas, cajas de ritmo, oleaje en formato Mp3 para atenuar el ruido y permitir la lectura o el sueño, el limón con agua templada y el salvado de avena del desayuno, la radio italiana, el resplandor de los primeros rayos de sol en verano mientras tomo el camino de la labora diaria, la radio clásica, las noticas, el relato del fin de semana que algún compañero hace en los inicios del día (…) Y así continuaría en el relato del mi everyday life, pero seguir sería entrar en la narración, y no es el deseo que guía estos apuntes. Regreso al Berlín que Döblin me ofrece. Punto.
+ Imagen: la abstracción del disparo fortuito.
sábado, 7 de julio de 2018
El tiempo de la oportunidad
+ Llega el viernes. Se ha terminado la semana laboral. recibo la hoja donde se refleja mi nómina. La guardo en el bolsillo trasero sin abrirla: conozco las cifras que me corresponden, no hay sorpresas. Regreso a casa. El tráfico es denso y se hace pesado avanzar. A veces me parece que hablo demasiado del tráfico. El tráfico es como el tiempo metereológico: conversaciones de ascensor. El mes de junio se ha terminado. Hojas que se caen del calendario, hojas que no han de volver. No deseo sufrir esa melancolía de lo evidente. Como, duermo la siesta y arreglo la cocina. Una densa capa de pesadez inunda mi cabeza: leo y no sé qué leo. Es el espesor de la tarde, que anuncia tormenta. No es tristeza, es neutralidad. Oigo hablar de hijos, de proyectos, automóviles o números. El debe y el haber. Me relatan unos problemas con hacienda y no sé qué decir salvo un contundente: yo de eso no sé nada. Y es cierto: todo, casi todo lo desconozco. Una cosa sí sé: mejor es no tener problemas con Hacienda. Los problemas nos alejan de la única verdad: el tiempo es limitado, el tiempo del reloj, el tiempo del calendario. ¿Y el tiempo de la oportunidad? Escribir se resuelve en un hábito doloroso que nos ayuda a comprender los huecos que en lo diario aparecen, las sombras junto al camino, el vacío, el silencio. No es una terapia, es un dibujo torpe de lo no dicho a lo largo del día. Viernes, final de junio.
+ «The pursuit of beauty in much more dangerous nonsense than the pursuit of truth or goodness, because it affords a stronger temptation to the ego.» N. Frye in Anatomy of Criticism, Four Essays.
+ Poderosamente nos llama la atención aquello que no podemos reconstruir, que no alcanzamos a entender, una belleza latente donde un posible significado no termina de emerger. La escultura en el museo arqueológico, la pintura medieval ante la que nos clavamos con nuestra visión de turista, el contraste entre la hipervelocidad y el sereno equilibrio simétrico de un parque que descubrimos por casualidad en una ciudad extraña y muy grande: un remanso de paz con niños y perros calmados, sin estridencia, arropados por el murmullo del agua que corre. Esas ciudades que se construyen en la imaginación, en las que nos plantamos un día y, por sorpresa, coinciden que lo elaborado en la fantasía. Así vi yo Nápoles, así pienso yo ahora Nápoles. Por extensión, también, Pompeya. Más allá, los jardines de Capo di Monti. Palmeras, césped y una cortina de sólidos árboles.
+ Retomo la lectura de Berlin Alexanderplatz. Ahí están esas materias muy próximas a lo que yo entiendo como una visión o un punto de vista, mejor: mi punto de vista. Un punto de vista no deja de ser una selección de elementos en bruto, pero la selección es el estilo. La selección aporta una estructura, una línea, un ámbito de reconocimiento. Yo sé que lo que yo veo en la novela está muy condicionado por una educación sentimental que tiene su base en la fascinación por la ciudades y una cierta imposibilidad por alcanzar esa meta. ¿Una meta? Suena una limpia guitarra en Venecia Radio Clásica. El día está nublado y la novela reposa en el anaquel. Habré de darle vida con mi lectura, pero esta tarde, no en esta hora. Quizá en la última hora del día.
+ Moderno viene a ser el resultado de unir modus y -ernus (= hodiemus: hoy). El modo, la moda de hoy. Así, todo se extingue en el momento de la modernidad, pues el hecho de ser moderno y estar ya en el pretérito es una sola cosa. El imposible de la modernidad
+ No es posible ser por siempre joven, leo en una introducción a un poema de J. Keats [«Ode on a Grecian Urn»], una introducción que comienza con la sentencia: «It’s hard to be human». Es fácil buscar en la red información sobre el poema , imágenes, datos. Referencias que hunden al lector en el océano de las suposiciones. ¿Se debe leer el poema desnudo o precisa apoyos que ilustren sentidos a un no leído lector? Responder a esta pregunta es partir en dos la inocencia. ¿Es la belleza el tema? ¿Qué belleza, de qué belleza nos habla el poema? ¿Me está vedado este sentido, su significado, ya que no soy un hombre del XIX inglés? Se abren estos abismos y sé que para la mayoría de las personas no tienen ninguna importancia, para mí sí. Se trata de enfrentarse a ese tiempo que nos muestra la urna, la vasija griega. Eso percibí en Pompeya y ahora lo recuerdo. Aquella sensación es la misma que la del poema, con la salvedad de que yo no alcanzo a trasladarlo a una forma. Pero la perplejidad ante la incontestable presencia del tiempo en las ruinas creo que es la misma. Una melancolía resignada. La edad, la lectura, una semilla antigua.
+ Debo ir a Correos a recoger un paquete, un libro que una librería de Madrid me envía. Es algo que sucede con cierta frecuencia. La costumbre que he adquirido se resuelve en la ausencia de entretenimientos en la espera, salvo el estudio neutro de las figuras que también esperan en el amplio hall de la oficina de Correos. Señoras que no pierden la coquetería, chicas que disimuladamente rezan un post-hippie rosario, hombre panzones y aburridos. Madres: una chica muy joven con dos hijos, negra y muy delgada, con un bolso caro, con un teléfono caro, pintada con discreción, un rojo cereza que la favorece mucho; una mujer en sus treinta o cuarenta, seria, disciplinada, que reprende a su nervioso hijo con un gesto severo; la joven madre de un bebe perfecto. Observo y no añado nada, salvo las posibilidad fotográfica que no se realizará. Es un martes cualquiera de un verano que no termina de cuajar, los que esperamos tenemos un punto de aburrimiento abúlico, lastrado, pétreo. Veo que mi pesadez tras la profunda siesta no resulta privativa. Ya con el libro, camino por la calle, hablo y mi teléfono es el teléfono de un anciano, porque yo lo soy cuando quiero serlo. Veo otras caras que me ofrecen caridad en asequibles porciones de domiciliación bancaria, vendedores de cualquier cosa que, trajeados, se desplazan por la densidad del día, un tanto pasmados, un tanto ansiosos, por momentos, en una síncopa eléctrica. Correos es un dédalo de posibles retratos que nunca se ejecutan. Me sorprendo con los pasatiempos que invento y que deshecho al instante. Soy un aficionado con poco interés.
+ Imagen: entrada, escaleras, introducción, imposiblidad de recuperar el instante, el momento y la oportunidad, su tiempo y su olvido.
sábado, 30 de junio de 2018
La insignificancia
+ Regreso a casa y veo junto a los contenedores de basura una reproducción de La maja desnuda de Goya. Tiene pegados algunos plásticos y cinta de embalar, así mismo hay unos agujeros producidos por un punzón o un bolígrafo. El contraste tiene su interés. Subo a casa, tomo mi pequeña cámara, bajo y disparo. Son las diez, la noche es cálida y se oyen los gritos que el mundial de futbol provoca. Regreso a casa y dejo la cámara en su casilla [como un hueco propio en el archivo]. Me olvido de ella y de la fotografía. Así es como disparo últimamente. Nada busco, pero hay una intención en todo disparo, en ese momento preciso. El azar bendice las imágenes. El contraste entre esa belleza portentosa y la basura nos habla de nuestro tiempo de tanta velocidad y tanto desgaste. La basura como archivo, el archivo como testimonio, el rechazo a la biblioteca porque ésta ordena y determina la lectura, algo que no deseamos. Cuando disparo, yo también ordeno. El cuerpo de la mujer y los verdes contenedores de basura, el amarillo del reciclaje de plástico. Ladra un perro con desgana. El verano pronostica aventuras. El curso se ha terminado y la imagen de la maja desnuda parece ser el resto de un proyecto de algun estudiante de Bella Artes: abandonado en la playa de la basura. Ahora recapacito : la posibilidad de descontextualizar el grupo y llevarlo a una inmaculada sala blanca de museo y otorgarle el nuevo contexto: blanco, simétrico, ortogonal, aséptico. En el centro de la sala, con su propio discurso, con su propio público dispuesto a empaparse de la propuesta. Mi tiempo es tu tiempo, mientras leo, mientras escribo. La basura, el detritus.
+ Descargo las fotos en el ordenador y veo que las fotos que disparé no merecen la pena. La intención está por debajo de lo obtenido. Algo que sucede con una frecuencia no deseada. Finalmente, una de las característica del buen fotógrafo, si la expresión tiene sentido, es la conexión perfecta entre lo pensado y lo capturado. No es mi caso.En alguna ocasión lo consigo, muchas otras no. En este caso las esperanzas eran muchas y los resultados muy pobres.
+ Me llega el libro de Paco Gómez. Veo sus fotos y sé que me llevará tiempo verlas. El formato del libro no se corresponde con el formato de las propias fotos, de la ampliación, pero también intuyo que algo permanece y eso es lo que me interesa. La semilla germinará en la ilusión de ver sus fotos, algo que quizá nunca se dé, pero que se mantiene como un horizonte.
+ Muere una persona joven [cuarenta y ocho años]. No la conocía, ni siquiera sé su nombre. Sin embargo esa noticia invade el camino que va desde mi casa a la oficina de correos. No puedo dejar de tener presente la fragilidad de la vida mientras me cruzo con las personas que por la calle caminan: jóvenes, niños, ancianos, mujeres de mediana edad, hombres que parecen mayores de lo que en realidad son, viejos que parecen más jóvenes de lo que aparentan (…) Todos tendemos hacia lo mismo, hacia nuestra humanidad, nuestro centro: el humus, la tierra que habrá de nutrirse de los cuerpos de lo muertos, la tierra a la que debemos regresar. El ciclo de la vida. Presiento que el materialismo es una base, pero no agota los significados, a pesar de estar comprimidos en nuestra realidad, en lo que somos: tiempo, simplemente tiempo. Materia y energía, gobernadas por el tiempo.
+ Son las seis de la mañana y vuelvo a ver el libro de Paco Gómez. Ay, la fotografía: cómo atrapa el tiempo, lo fija y muestra la certeza, la única certeza. El blanco y negro perfecto es el emblema del día, su afán.
+ «Así que, no os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán. Basta a cada día su propio mal». Mateo 6, 34.
+ Un minuto, tomar aire y sumergirse. El extraño placer de sentirse extraño: así recuerdo la experiencia de bucear. Pertenece al sueño de esta noche, pero no cuajó ya que la resolución se centró en aspectos administrativos: quién decía que quien trata con vacas, sueña con vacas, cuando al opio se refería, ¿Thomas de Quincey, cuando al opio se refería? Puedo asegurarlo: la vida administrativa, el papeleo, la burocracia son una otra vida necesaria, sobre la que nuestra vida se sustenta. Bucear también resulta ser una documentación, el mundo que nos expulsa porque la respiración resulta imposible. Papeleo, vacas, buceo. Palabras en torbellino mientras el día se depierta.
+ Un bodegón: cestas, pan y cuchillo. Me parece un buen augurio. No creo que en los augurios, pero los observo con interés y descreimiento.
+ Cuando más seguro me siento en una situación, más dudo de su persistencia porque sé que todo se disgrega en un instante, porque todo está condenado a disgregarse. No hay salida. Mis dudas se ciernen sobre la fluidez de mi vida en los últimos años: todo discurre con la prevista armonía, como la marea baja sucede a la marea alta y la marea alta sucede a la marea baja. Sé que sólo es apariencia, porque subterráneamente el cambio va operando su labor. Me remito a la cita bíblica de Mateo: cada día tiene su afán y en él hay que centrarse, al tiempo que nada se debe esperar del día que ha de suceder al presente, cada día traerá «su propio mal».
+ Dos fotos: la maja contra los contenedores de basura, el rojo y la semilla, una naturaleza muerta. Cada momento traduce un estado, cada disparo una ambición. Pobres ambiciones, ligeras sorpresas.
sábado, 23 de junio de 2018
El fragmento y la totalidad
+ No tengo muchas esperanzas de terminar Berlin Alexanderplatz. La afirmación no es una pose, no es una boutade. Hay un momento en que la ficción nos abruma. A mí me abruma el conocimiento que ofrece. Un mundo que se despliega, la lucha contra su áspera realidad.
+ Veo en una página en línea el proyecto sobre la recuperación de un barrio que denominan la Isla de Campanha, Oporto. Todo se traduce en elegantes dibujos, limpios blancos surcados por no menos elegantes grises, líneas puras, colores planos. Contrasta el dibujo con la realidad que muestran las fotografías: improvisación, materiales de desecho, pinturas absurdas, grafitis desmadejados y guiados por un profundo e irreflexivo horror vacui, huecos asimétricos, cubiertas sin orden ni sentido que tan pronto se resuelven con plásticos como están ausentes, hormigón sin pulir, grava, hierbas y malas hierbas que crecen en los cantiles. Pienso detenidamente en cómo durante los últimos años la ciudad se ha transformando y ha surgido un algo muy europeo, ordenado y homologable. ¿El futuro, el presente, Europa, tal vez Europa o este nuestro tiempo de hipervelocidad? Si esto puede resultar deseable [o no], se debe tener presente que un otro algo se pierde en el tránsito del desecho a la perfección internacional que todo lo equipara y todo lo diluye. Recuerdo otro Oporto y siento nostalgia, pero no sé si la nostalgia es por la ciudad misma o por lo que fue mi juventud; en cualquier caso no podemos de dejar de constatar la impermanencia de la realidad, de las obras humanas, su legado y su recuerdo, constatar el gasto, la destrucción, la ruina. El tiempo, esa trituradora, o mi querencia por el detritus.
+ El crítico de arte, al que suelo tener en cuenta, dice que Van Gogh no es un pintor aceptable y que está sobrevalorado. No entro en la cuestión, el juicio queda en suspendo. Van Gogh. Pienso en las sillas, en la habitación o en las botas del campesino que como metáfora o herramienta discursiva utilizó Heidegger. El gusto por el objeto y el uso del objeto me atrae, los objetos transidos por el paso del tiempo me atraen y creo que V. G. logra crear con su representación un esquema de dimensiones manejables. ¿Valdría una comparación con el diccionario? Un imposible diccionario como dispositivo para la reflexión: dónde se ordenan los elementos que se constituyen perfil de lo diario, el transcurso del tiempo: cómo las botas del campesino se degradan con el uso y el trabajo. Y también Los girasoles son tiempo, son encarnación del tiempo y su propia descomposición. Dice el crítico que es un pintor regresivo y no hace que la pintura avance, no me parece un apunte de importancia ya que yo no creo en el progreso del arte sino en una simultánea coexistencia que varía desde la mirada del espectador tanto pasivo como analítico, y así vive, y así muere. Nada caduca ni existen sustituciones absolutas, las obras emergen y se sumergen en ese piélago que es la historia. Pero el crítico resulta inflexible con el pintor holandés, y lo comprendo: yo entiendo que su rigidez, su severidad es parte del atuendo: las filias y, sobre todo, las fobias inciden de manera especial en el personaje que se muestra al mundo. Apago el ordenador.
+ Yo pienso en Los girasoles y encuentro una hermosa belleza fúnebre que se enzarza en esos amarillos de tan buen resultado, tan apetecible, que con tanta facilidad se transforman en kitsch, pero eso no me parece un demérito, sino al contrario: toda una capacidad.
+ Debo redactar un breve documento y estoy bloqueado. El bloqueo se extiende por la totalidad del día, lo condiciona. La escritura implica un particular sufrimiento, la lucha del escritor contra la persona que lo sustenta no resulta muy comprensible. Me enfrento a mi exigencia y a mis incapacidades varias. Bajo la textura del trabajo dejo que suene indefinidamente Bach, no sé si me ayuda, pero me calma que no es ya poca ayuda. Ahora, seis y veinticinco de la mañana, antes de ir al trabajo, un línea tenue y electrónica marca una melodía que me inquieta. Me digo: estás demasiado sensible. Seis y media, apago.
+ Hoy vuelvo al texto y lo veo de otra forma. ¿Me gusta? Eso nunca, me digo con incierta sátira, pero sí hay un punto de satisfacción, leve y agradable como la templada atmósfera de la habitación donde escribo. Voces que llegan de la calle, un claxon que se repite, pitidos, golpes en una obra. El murmullo de la tarde me agrada y complementa la redacción, como si existiese un ritmo subterráneo y fértil. Todo es cuestión de actitud, de creerse dentro del papel, disposición no para ocupar un lugar sino para crearlo. Estos ámbitos se relacionan en la intimidad de la escritura: ese debate contra la nada que nos habita.
+ Sin propósito, la lectura de Berlin Alexanderplatz continúa. Sigo sin ver que llegue a terminar la novela, pero semeja haberse convertido en una tarea.
+ Llevo dos días sin tocar Berlin Alexanderplatz.
+ Imagen: fragmento de Lisboa.
sábado, 16 de junio de 2018
¿Comunicación o conocimiento?
+ Llueve. En junio llueve copiosamente. La lluvia no me desagrada, tiene elegancia y otorga una idea limpia que se acerca a la poesía, si ello es posible. Cuando digo lo que digo, no pienso en la poesía como un núcleo formal y un ropaje elocutivo, al contrario: para mí, en este momento, es una unidad. La lluvia contiene ritmo y mensaje, un sentido válido para cualquiera porque cualquiera lo puede adaptar a lo que necesita. A los gatos la lluvia no les gusta, se suben a una altura y contemplan ese monocorde fluir: charcos, goteras, impactos en el agua que se expanden en círculos concéntricos. Yo me pongo en su lugar y la razón les doy: mejor es correr bajo el sol, tirarse a dormir en un tibio invernadero, revolcarse en la fresca tierra negra. Pero mi otro yo admite las incomodidades de la lluvia en función de ese estar en la vida con la mirada puesta en su final: la tristeza de la lluvia nos otorga perspectiva y en ella descanso, a pesar de ser ya junio, ya muy próximos a su ecuador: el inicio del verano.
+ La melancolía. La melancolía es negra como su nombre indica. La escritura se resuelve en un medicamento. Siempre se ha sabido: dejar en el papel lo que por la cabeza fluye es conjurar ese malestar, alejarse de lo dicho, de lo pensado y pasar de ser el que escribe a ser el que lee. Nada como la distancia. Oigo a un filósofo-sociólogo-crítico de arte hablar en francés sobre cómo las imágenes migran como las personas migran. Un apunte. El grabado de Durero que retrata a la melancolía me intriga, ahora, tras un domingo largo e infructuoso. «Potencia, no poder», dice a su interlocutor el filósofo, ahora, según el rótulo, historiador del arte: Georges Didi-Huberman. Vuelvo sobre el grabado y dejo que repose, lo veo en la pantalla y albergo una duda, pero no cuaja y apago el ordenador. Hoy leí una sentencia y la olvidé. Hoy, domingo, no ha sido un día productivo, en ningún aspecto y eso hace que regrese una decepción larvada y misteriosa, paralizante. El coche se desliza entre la lluvia y la música es un organismo vivo, que me envuelve y me muestra que hay otra vida tras la vida: ser humus que haga que las violetas y los champiñones fructifiquen. Eso es Marco Aurelio, me digo y avanzo entre la peligrosa granizada. Domingo negro, la bilis negra.
+ La melancolía representa el atardecer, el otoño, la edad madura. Será esa pétrea indiferencia que tanto se asemeja al malestar del mal carácter, al enfado, a la ira contenida, que late antes de la tormenta: acompasada, rítmica, aleatoria.
+ Ahora veo en línea el retrato de un político con el que coincidí en una frutería de Madrid. Recuerdo con que sumisión el frutero se dirigía a él mientras le entregaba una barra de pan. Me hubiera gustado tener el talento del arte de la pintura para atrapar aquellos instantes. Fuera hacía sol y la luz se colaba con violencia en el interior de la añeja frutería. Me fijé sobre todo en la calidad de las telas, en el violeta hermosa de los zapatos de ante: ante violeta, qué gran ejemplo de dandismo, en el brillo dorado de aquellas gafas que guarnecían los azules ojos: como canicas muy trabajadas en el juego, con una pátina de niebla de tanto entrechocar. El frutero hizo una reverencia y yo me desvanecí, como la aparición que soy. Madrid era luz y una sucesión de edificios color crema, donde volaban anaranjados toldos, en donde la calle todavía respiraba tabaco y cerveza helada. Como la desautimatización del hachís, había asistido a un humilde episodio costumbrista, a la intrahistoria de la historia de España. Me resultó muy irónico, con un punto de gracia, con un punto de tristeza, porque el insigne político era un anciano a las que aquellas galas no le correspondían, porque era el atuendo propio de un joven y él ya había dejado de ser joven décadas atrás. El frutero me atendió con desgana y me tendió una manzana cualquiera. Comí la manzana y entendí la poesía que toda manzana atesora en sí misma, poesía, filosofía e historia. Pasión por la manzanas.
+ C. Tangana, Avida Dollars: «El arte de los negocios es el paso que sigue al arte». Y así.
+ Por la mañana, en uno de los flash que emite R5-TodoNoticias, salta el nombre de Paco Gómez, el fotógrafo. Incide la locutora en el carácter amateur de su fotografía, no por su calidad sino por la ausencia de una dedicación profesional, porque Paco Gómez trabajaba como administrador de una sastrería y su ocio eran las fotos: ese documento sobre el levantamiento y elevación de la ciudad: Madrid, el brutalismo: Las Torres Blancas, lo poético que habita en lo urbano: el núcleo o principio rector de su obra. Me quedo, finalmente, con la oposición entre trabajo y ocio, cuando, en este caso y en el mío, lo segundo es mucho más importante que lo primero. Pero también reflexiono sobre el contraste que se establece entre la cita anterior de C. Tangana y la obra del fotógrafo navarro afincado en Madrid. La remuneración es necesaria para mantener una vida digna, pero la limusina de C. Tangana es punto menos que accesoria: innecesaria y perjudicial. Para mí el trabajo es todo un tema, uno de esos que regresan y desaparecen cada cierto tiempo. Hoy, mientras conducía, pensaba en ello y la tristeza me embargaba. La melancolía anuncia el verano y me siento más próximo al segundo que al primero, al fotógrafo que al cantante, pero tampoco me reconforta.
+ Un 9,00 sí que reconforta, aunque no me pertenezca. ¿Realmente no me pertenece? Un poco, un poquito sí.
+ He traído a la estantería Berlín Alexanderplatz de Döblin. Otra cosa es que lea la novela. Ahora la sumerjo en esta poza de títulos e intenciones, deseos todavía no alcanzados. Así es la lectura: lo leído, lo no leído y lo que se pretende. Por ahora me quedo con la portada: Escena de calle en Berlín, Kirchner.
+ Berlín resulta ser un objetivo que construir. La novela anterior puede ser una pieza en la composición [o no].
+ Imagen: no es la primera vez que disparo esta fotografía, no será la última. ¿Preguntas sobre ello? Ninguna.
sábado, 9 de junio de 2018
La indumentaria y su reverso
+ El disfraz. Camiseta de rayas, cazadora negra, pantalones pitillo, fuertes botas en la frontera con que se considera correcto e incorrecto. La cabeza rapada y una poblada barba. Los ojos pequeños y azules y un hablar seguro sobre fotografía y la ciudad. Se ha programado con delicadeza cada inflexión. Observar el momento y captar lo que de retratística hay en ello. La fotografía es selección, la selección revela un interior que nos resulta totalmente indiferente: sólo pesa el resultado final, lo que el marco contiene. Se abandona al sujeto, al creador porque dios ha muerto. El marco es el contexto: si esta en el museo es arte, aunque la otra posibilidad no niega su substancia. Seguro de gustar, aquilatado en su esmerada dicción, las rendijas del curriculum: años en el paro y de precariedad que se disimulan muy bien para aquél que desconoce cómo funciona el negociado, la institución y las largas noches de hermético whisky y cocaína eléctrica. El disfraz resulta ser una herramienta necesaria, la composición del personaje pasa por todos esos detalles, incluso por los medidos descuidos. Realza la figura, afina la voz, estructura el gesto. La palabra se desvanece en la niebla electrónica, emerge una silueta con poca definición y es ahí donde la victoria se produce: el lado oscuro: una posición de postura y honorario. El nihilismo da sus frutos: la silla, el despacho y el retrato del director de museo.
+ El párrafo anterior es una suma de elementos que no responden a una persona, sino a un personaje, al que hemos entrevisto a lo largo de los años. Se centra en un tipo, pero podría ser extensible a una totalidad. Regresa la idea de que todo es juego, y la vida adulta es una prolongación de la infancia ya que todo continúa en juego, la faceta lúdica que impulsa la vida. Advierto la seriedad con juegan los niños y no deja de ser un reflejo de la entrega de ciertos adultos. En la otra cara, en la cara oscuro, vibra la abulia. Es un vibración casi imperceptible, como la respiración de un animal que duerme. Ahí esta la diferencia: el entusiasmo es pasión por el juego, por la tarea: principio, medio y desenlace. Es que, obvio resulta, eso es la vida: nacimiento, crecimiento y muerte; niño, adulto, anciano. Ahora me contemplaré en el espejo y deberé preguntarme: ¿a qué juegas? ¿es tolerable este juego de escribir aquí, un juego sin consecuencias ni premios? Yo soy este que escribe mientras escribe luego, luego me desvanezco.
+ [Sábado]. Después de desvanecerme (sic), un poco más tarde, recupero mi apariencia y mi carne mortal. Una sopa de calabacín y una empanada de bacalao es más que suficiente para comer, y mientras como escuchó música sin intención [un ruido que vibra sin aportar nada salvo la eliminación del silencio o el zumbido de los electrodomésticos], a continuación recojo la cocina y, finalmente, me entrego al inmenso placer de la siesta. Un sueño profundo, adornado por imágenes urbanas de ciudades compuestas por ciudades visitadas o imaginadas [mis recurrentes ciudades oníricas]. Una vez que he despertado, cojo el coche, pongo música y voy a recoger a C. Nos dirigimos a Oporto a escuchar la 6a. de Bruckner. Comentamos que todo concierto es un rito muy codificado: entradas y salidas, el atuendo, los aplausos, los silencios, (…), y que nos gusta participar de ese rito: el aplauso como reconocimiento, en su momento, en su punto, en su exacta duración. Aparcamos y nos entregamos a la lujuria o a la gula, quizá a la gula, de saborear el delicioso café portugués y unas no menos deliciosas natas [no empleo aquí el adjetivo exquisito/a porque el significado que en Portugal tiene y no se corresponde con el momento, pues viene a ser algo así como: extraño, extravagante, raro, incluso yermo, aunque, según leo en otra de las entradas, también se recubre la posibilidad de lo sublime, pero, dicho lo dicho, prefiero no emplear el adjetivo citado y permanecer en lo delicioso que no es un mal punto de partida]. Dejamos la cafetería y ascendemos por los pasillos de acero y neón blanco, biseles y filosos cantos, brillantes pasamos de inox. Nos instalamos en nuestras butacas. La sala de a Casa da Música es acogedora y un tanto futurista, como todo el edificio. Butacas cómodas y un escenario muy luminoso. Butacas de terciopelo plateado, reposabrazos transparentes, suelo de acero [también de acero el suelo y otros detalles]; sobre la madera de las paredes se reproduce muy aumentado y pixelado el veteado de la propia madera, se reproduce en un cálido pan de oro. Longino hablaba de lo sublime y la primera nota que aportaba era que lo sublime es un don natural y no un algo adquirido, pienso en ello y en como la música refleja muy bien esa afirmación. Es un don. Envidio ese don por la carencia que de él tengo. Siempre ha sido pesaroso carecer de talento musical y, por esto, con humildad, me rindo ante su magnificencia. Me desprendo de las divagaciones por innecesarias. Una mujer joven hace escalas y somos el único público que hay en la sala, pronto retumba un ajuste de percusión y la calidad de los instrumentos es evidente: esa madera antigua, el brillo del latón de los vientos, la contundencia de un contrabajo o un timbal, la campanas tubulares o el arpa dormida. Hace calor y bajan el cortinón negro, ligero, arácnido. Lo sé, aquí comulgamos C. y yo: disfrutar de algunos placeres un tanto snobs, pero siempre sencillos y alejados de fáciles y engañosas ebriedades. Comenzó a sonar la partitura de Friedrich Cerha, con la que no contábamos. El discurrir del concierto fue fluido y certero, pero la hora y media resultó ser un suspiro. El tiempo es un bien muy preciado, pero tan escurridizo, cada vez más escurridizo. Regresamos y sentíamos que habíamos acertado. Jazz que sonaba muy bajo, palabras, la geometría de la pista y el declinar del día. El día muere, avanzamos y nos sabemos afortunados. Tampoco es pedir tanto porque nada pedimos.
+ «Algunos poetas parecen ignorar a la décima musa: la que aconseja no escribir», Ángel Crespo.
+ La cita es un recurso fácil y necesario, a veces difícil porque no deja de ser otra cosa que un argumento de autoridad y esto puede llegar a mostrar aumentadas las carencias del citador.
+ Sin haberlo planificado, ha surgido una costumbre: el uso de los billetes de tren, metro, autobús, o las entradas a museos o espectáculos como marca páginas. Podría decir que me traen recuerdos, pero esto sería faltar a la verdad. Realmente, no hay intención, salvo que me gustan esas pequeñas esquirlas de la realidad, un algo que para mí es extraño pero para muchos es la vida cotidiana. Uno se da cuenta de la costumbre y se ve raro, se pregunta si será la edad o si siempre ha sido así: coleccionista de baratijas y papelitos, excéntrico o un poco maniático. La suma de los elementos es superior a la totalidad, termino por otorgarme mientras el compás monótono del reloj me inspira un aliento de sueño y descanso. El día se termina, el miércoles se termina y no ha de volver, sólo quedan esas esquirlas de la realidad, que no es poco, que no es mucho.
+ Imagen: balones de fútbol, balones de plástico. El impacto se da por contraste: lo gris contra lo naranja. La selección se constituye en motivo, el recorte, el fragmento, el día que se refleja en lo que la cámara captura: la calderilla diaria que nos hace humanos, mortales, divinos.
sábado, 2 de junio de 2018
Bibelots
+ Regreso al centro médico a recoger los resultados de las radiografías y el calor, la humedad y el pesado aire todo lo impregnan. Un hombre le explica la corrupción política a una madre y a una hija. La madre habla, la hija calla. Detalla los gastos de un diputado y se ve que su información es buena. Vuelvo a ver el mismo paisaje urbano que la semana pasada vi. Lo estudio pero no alcanzo a encontrar nada nuevo. No estoy preocupado. El discurso del hombre avanza y llega al punto de que nada tiene arreglo, porque todo lo dicho es lo nuclear del hombre: la ambición. No intervengo. Hoy he traído un libro y es un grato refugio, un refugio útil y portátil. El hombre me mira y yo no respondo, ni asiento ni disiento con gesto alguno. He venido al médico y me ha roto la tarde. Hoy es ya un día perdido. Lo asumo. Pienso en el hombre que en su modesto automóvil carga los violonchelos. Tres o cuatro horas después, ya metidos en la noche lo vuelvo a ver en el museo provincial: mis sospechas se confirman: es profesor de música. El conservatario está pegado al centro de salud. Llegan hasta allí el sonido de algunos instrumentos de viento, es un ensayo. Observo la geometría del conservatorio y pienso que hoy he visto al arquitecto de ese edificio: parece tener una grave e irreversible enfermedad, tal vez cáncer: esa extrema delgadez. La pantalla indica que es mi turno. Entro y hablamos el médico y yo. No tengo nada, salvo las molestias de una mala postura. Me imprime las radiografías de mi columna y de mis caderas y añade que están es un estado envidiable, la osamenta de una persona de treinta años. Me dice que no corra, que es malo, yo asiento. Me despido y bajo la cuesta. Llueve, aprieto el libro y la impresión de las radiografías contra el pecho, el paraguas es molesto, pero no quiero que el libro se moje. El viernes se debate entre la tormenta y la abulia que producen las variaciones de presión atmosférica. La tarea está completa.
+ Tras unos días termina de cuajar la idea de un nuevo viaje. Durante unos meses nos aproximaremos en paralelo a esa geometría que nos lleva de un punto a otro. Leer, ver fotos y mapas, reservar entradas para conciertos [de música clásica, sin duda alguna], planificar, pensar y repensar, olvidar, reflexionar sobre nuestro papel en el mundo actual [esas casillas donde nos integramos, al igual que miles, que millones]. Es toda una tarea característica de nuestro tiempo: el desplazamiento por placer. Lo dicho. Todos queremos ser viajeros, pero no pasamos de ser otra cosa que turistas. Turistas en busca del parque temático, al que no deseamos llamarle así porque degrada nuestra intención, que debe revestirse de lo 'especial'. No dejamos de vivir en este parque temático que la televisión, las conversaciones o internet no deja de bendecir. Berlín, dos sílabas que flotan en la primera hora del lunes, antes de ir al trabajo. Berlín en octubre, repito antes de cerrar el ordenador y disponerme para ir al trabajo.
+ La posibilidad del viaje de placer o de formación era una actividad reservada hasta no hace demasiado tiempo a las clases altas. Los vuelos baratos y las viviendas en asequible alquiler mediante plataformas en línea han extendido esta práctica de ocio y felicidad a una gran parte de la población: en los países desarrollados. ¿Cómo definir su substancia, su centralidad, el genio viajero que gobierna la ilusión y no se apresta a ser definido? ¿Es esa suerte de coleccionismo, esas cacerías de fetiches, el atesorar fotos que nunca serán vistas, bibelots, otros armazones sentimentales? Cuando el viaje estaba reservado a unos pocos era nuclear la elegancia excluyente que el dinero siempre otorga, un dinero con tradición y brillo, el otro ingrediente resultaba ser la experiencia y el crecimiento interior. Pero yo veo una cierta debilidad en ello, porque en ningún momento dejaba de ser turismo y no viaje: es decir desplazamientos y estancias, en principio, sin riesgo. Los viajes son otra cosa, los viajes son lo que son lo que son porque el viajero se ve obligado a emprender el trayecto y no pretende otra cosa que regresar. Hay, sobre todo, una obligación. Cazar ballenas, recorrer un país para vender sartenes, enrolarse en una leva por hambre y descubrir la guerra y su envés: lo mejor del ser humano, pero también su brutalidad. Mientras pensamos en Berlin también pensamos en aquellos que por obligación allí tuvieron que ir. Muere el día.
+ Recupero una vieja libreta de notas. Releo lo escrito y reconozco el paso del tiempo, cómo los intereses decaen, cómo lo leído se olvida sin remedio. Notas para recordar, notas para fijar en la memoria balizas de un mar que nunca se volverá a surcar. Toda tempestad sufrida en la travesía se diluye en el inevitable retorno al olvido: el sueño, ese momento en que podemos percibir una imagen de la muerte. En primer lugar aparece una nota, en inglés, sobre la manera de comportarse para llevar el día a día: recetas para que triunfo. Y traduzco: cuidadoso, entusiasta, idealista, organizado, diplomático, responsable, con grandes dotes de comunicador que tiene una especial conexión con las personas. Lo releo y sé que la nota en sí es irónica, fue la ironía la que me llevó a copiar la cita, pero no recuerdo que me impulsó a guardar tal repertorio de cualidades. Ahora tiene otro sentido que enraíza con la melancolía. Porque quien me regaló la libreta desapareció de mi vida y le tenía aprecio: era la novia de mi hermano pequeño y un día se dejaron, entiendo que ha pasado a otra dimensión, que no es la muerte pero que con la muerte tiene ciertas semejanzas: también yo estoy en una muerte paralela a la suya y eso me entristece porque el tiempo se escapa sin remedio. Sin orden termino hoy = como tantas veces.
+ Imagen: ahora que recupero una foto tomada en Arco 2018 para la entrada me da la impresión que las características apuntadas en el último párrafo se ajustan muy bien a la persona que aparece en la foto; y repito: cuidadoso, entusiasta, idealista, organizado, diplomático, responsable, con grandes dotes de comunicador que tiene una especial conexión con las personas. No se refería a él, pero encaja en su persona. Sin ironía.
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