sábado, 9 de julio de 2016

Escrito desde el pasado




+ Madurez/inmadurez. Leo con atención un artículo de Luis Antonio de Villena sobre Truman Capote. Se describe su figura, su prosa, el impacto de su biografía; más adelante Luis Antonio rememora un momento en que Colette le dice al escritor norteamericano que comparten algo: nunca llegarán a ser maduros. No puedo dejar de pensar en la afirmación. Desde que leí esta sentencia trato de encontrar los indicios que me aporten un sentido  a mi destino. No creo en el destino pero sí en ciertas determinaciones; una vez más me remito a Heráclito: el carácter es el destino. La presión social sobre la biografía hace que me plantee si a lo largo de estos mis cincuenta años he madurado y la respuesta, afirmo sin dudar, es no. ¿Madurar?, madurar maduran las peras, le oí en una ocasión a un afamado filósofo, y la frase despertó la risa del auditorio, pero la frase a mí me causó una impresión que perdura. Si a esto le uno mi constante desinterés por los asuntos que a otros entretienen y apasionan, me convierto en una persona en los márgenes. Ahora, una vez escrito, no sé si esto es un vicio, un defecto o una virtud. Quizá ninguna de las tres cosas, pero sí es un estado permanente que ha condicionado el flujo de los días. La expatriación de la edad, del avanzar de los años. Son elementos que se suman: mis lecturas, la ausencia de hijos, la rutina diaria (...) La configuración de la persona responde a una pulsión que es difícil concretar, salvo, repito, su carácter, y ni siquiera pretendo aproximarme a una síntesis, pero, después de leer el artículo de Luis Antonio de Villena, veo cómo el eje madurez / inmadurez describe con perfección a las personas, y yo me remito al segundo grupo. No es un vocación.

+ La poesía tiene respuestas a interrogantes no planteados. La voz de los muertos, las preguntas de los locos.

+ Veo las fotos de la campaña electoral una vez que ésta ha pasado. Son las seis y cinco del día de las votaciones. He cumplido con mi deseo de votar. Poco espero, pues carezco de la necesaria ilusión para tener anhelos o esperanzas. Sólo he votado, sin miedo y sin esperanza. Veo las fotos de la pasada campaña electoral y me detengo en una de un mitin al aire libre, pero en lugar de fijarme en los candidatos, en la felicidad de la gente que asiste, en los niños y los perros, estudio el paisaje urbano, el cielo limpio del inicio del verano, ese aire del atardecer en Madrid y pienso que esa calidad humeante, polvorienta de verano es equivalente a la que se dio, en algún momento, tras una batalla. Con esa idea sin anclaje, abro un tomo de Julio Martínez Mesanza. Por la lujuria de la lectura, busco uno de los señaladores que me llevarán a un poema escogido: “Preferencias”. Copio: “Si acaso, los hangares en desuso,/ las estaciones fuera de servicio,/ el laberinto en las fundiciones,/ el brumoso extrarradio, un descampado (…)”. Lo que recoge el poema es lo que me inspira la foto del mitin. Esos sedimentos otorgan el alma al instante de la historia, que no asegura nada, ni conocimiento, ni melancolía, ni inspiración. Una deformidad que me aleja de las preferencias habituales. La ruina, la fábrica abandonada, la estación de metro, el cartel rasgado que hace años que caducó. En definitiva, una suerte de detritus que resuelve más que los análisis, las valoraciones, los estudios y los ensayos. Cierro la ventana en el ordenador y las imágenes y sus protagonistas se alejan a su mundo inconcreto. Qué vapor en la tarde de junio, cuando ya se aproximan los resultados. Leo que, según los últimos datos, la participación es inferior respecto a las elecciones anteriores, las elecciones de diciembre. Sin miedo, sin esperanza.

+ Una pizca de frivolidad. Conduzco y como tantas veces tengo la radio conectada. Unas veces escucho las emisoras convencionales y otras me dejo llevar por la cadencia de Radio Clásica. Una tarde de la semana pasada escuché una entrevista con un cantautor. Se quejaba de que la etiqueta cantautor resultase peyorativa, que los chicos del 15M lo rechazaron cuando allí fue. Luego protestó por la frivolidad de los años ochenta, ya que esos artistas eran deudores de una lucha izquierdista que no terminaban de reconocer, pero de la que eran deudores y nada de lo que hicieron hubiera sido posible sin esos sacrficios. No lo dudo. Clamaba contra la frivolidad con dureza. La frivolidad repetí la palabra mientras el tráfico discurría plácidamente: motos, bicicletas, camiones, coches, todos en una aparente armonía. Yo no soy serio, yo tengo una parte importante de mí que es muy frívola, me dije y acudí al recuerdo de pequeños objetos que me acompañan en lo diario. Muñecos de plástico, narices de payaso o gatos dorados (...) Son elementos intencionadamente ligeros, evaporados, prescindibles. Qué le voy a hacer. Me gustan ciertos ornamentos porque aportan a la vida un grado de ironía muy necesaria para luchar contra los embates de la tristeza y el cansancio. Cuántas veces me ha repuesto observar durante unos minutos el muñeco de plástico que representa a Herman Munster, su sonrisa amplia, su maletín metálico, esa actitud de dirigirse al trabajo con total normalidad pese a su indiscutible condición de monstruo. Ay, los monstruos, su ternura y su violenta presencia. Ay, las matrioskas, la plateada maqueta de una Vespa, la caja vacía de galletas de la fortuna [Fortune Cookies], postales de tiendas francesas de complementos [carísimos]. Cómo se casa todo esto con mis ideas sobre la sociedad, la política y lo diario, lo aceptable y lo inaceptable. El enlace se establece mediante un pensamiento que sostienen la sospecha y la duda. Contra la desconfianza tiene que existir un elemento que equilibre los pesos. La tristeza no es buena consejera y lo frívolo aporta ese grano de sal que permite sonreír y saltarse la circunspecta realidad diaria, que nos aboca a la respuesta final: la muerte. Lo frívolo es una herramienta, un conjuro, una apuesta por la sonrisa / la risa. Astro Boy me mira y yo lo miro. Gracias por tu apoyo, le digo y él continúa con su tarea.

+ En latín se distinguen tres tipos de beso: osculum, beso de respeto; basia, de cariño; y lascius son los besos de placer . "Basia coniugibus, sed et oscula dantur amicis,/ suauia lasciuis miscentur grata labellis”. La realidad se construye lingüísticamente, por mucho que algunos se opongan a esta evidencia. Tres tipos de besos frente a un único beso, el nuestro. ¿Es equiparable?


+ Para otro momento: diferencia entre datum y factum. La precisión del lenguaje no es una cortesía, es una obligación.

+ Imagen: el pantógrafo tiene algo de constructivismo ruso, un constructivismo adelgazado hasta la mínima expresión, un aliento abstracto donde se conserva una edad. Sólo son evocaciones que contrastan con las ráfagas de fotos que vemos hacer a otros turistas. Nuestro turismo es una cacería de elementos pictoricos sin mayor objetivo que el disparo de la propia foto, la vibración del momento y el disparo. Nada más. Eso y este contenedor, este muestrario.

sábado, 2 de julio de 2016

The very back row



+ Sábado por la mañana, quizá son las ocho menos veinte. Escucho a los Who, veo el tomo de la biografía de Pete Townsend en un estante, me preparo para ir a cortar el pelo, como se dice en una canción de los Who: cut my hair. Mientras escribo pienso en cómo hay razones que nos llevan a una cierta poesía y, al tiempo, otras nos alejan de esa misma poesía. Hay una oscilación: unos días sí, otros no, el resto: en el centro, sin substancia. Me refiero a Luis Alberto de Cuenca. No sé por qué tomé el Cuaderno de vacaciones, lo comencé a leer y no pude estar en mayor desacuerdo. ¿La vejez? Como casi siempre, el significado de las palabras es variable e inaprensible en la entomológica encuadernación del diccionario. El que ayer era viejo hoy todavía es joven, algo que funciona simétricamente. Vivir como si nunca uno fuese a morir, y, antes de dormir, pensar en que el sueño es una imagen fiel de la muerte, me decía alguien al pie de una montaña que debíamos coronar. ¿Lo entendía? El tiempo cargó de significado la afirmación. Resucitar a la mañana siguiente y emprender el día con ilusión, con la alegría fortuita y sin más cimiento que el tiempo y su disciplina, comprender esta disciplina otorga el control sobre sus efectos, aunque no elimine las devastaciones. De Luis Alberto me gustan su elegancia, lo cercano del Madrid que traza: paisaje, figuras y circunstancia, la fuerza del amor y la grandeza de la sensualidad, esa defensa de la filología, cuándo ya no es que se obvie sino que se odia (?) por inútil. También, cómo no, el grado cero de la frivolidad. La poesía se desvanece para resucitar en la voz que se agita y se rebela contra esa sentencia: sólo el dinero nos alienta. Estos equilibrios y balances construyen la biblioteca imaginaria, inmaterial y móvil, la biblioteca que nos acompaña en la soledad en las salas de los aeropuertos, en el trayecto al trabajo, en el ascensor o en la escalera mecáncia. Los acuerdos y los desacuerdos. La proximidad y la lejanía. Volveré a la playa, volveré a llevar sus poemas a la playa, un lugar excelente para leer a Luis Alberto de Cuenca, aunque, qué gran verdad, haya cosas que no me gustan, pero qué poesía sería sin se pudiese hablar con ella, disentir, enemistarse y lograr una reconcialición, pero, finalmente, a quién le interesan los tibios.

+ Al fin y al cabo, la vejez y la intensa presencia de la muerte responde a un espíritu barroco, tan español, con tanta constancia presente en todos los ámbitos vitales. Una poesía certera nos lo transmite. Como sucede con el romanticismo, cabe la posibilidad de no limitar lo barroco al ámbito de una época histórica. Puede rebasar este dominio y lanzarse a uno mucho más amplio, que traspasa los límites de lo artístico y se mezcla con lo ordinario, con la vida cotidiana, más allá de su siglo, más allá de las bibliotecas. Veo esta razón en los poemas de Luis Alberto de Cuenca que he antes nombré y, así, retomo una cita que nos entrega, que procede de Hijos de la ira, de Dámaso Alonso: “Ahora que he sentido los primeros manotazos del súbito orangután pardo de mi vejez …” Sobre ella medito, la abandono y regreso a un poema anterior: “Dulce Carmilla”: “Son dos chicas muy jóvenes (aunque una / tenga doscientos años más que la otra). / Se quieren. Se codician. El terror / siempre ha sido una excusa inmejorable / para mostrarnos ciertas situaciones / que la moral tradicional no acepta / más que dentro de la literatura”. El árbol que cae, la sensación de la mano sobre la mano, la espalda, los senos acariciados por otros senos (…) Cómo contraponer la vejez y su orangután al amor entre dos adolescentes, el amor tierno de la mujer vampiro y su amada, Laura. Laura y Carmilla, otra vez. Cómo conjurar el fantasma de la edad. ¿La alegría?

+ “Si no se puede medir, no es ciencia”. ¿Lord Kelvin?

+  Sigo indagando sobre los años noventa. ¿Qué puedo ver ahí? Lo que fui. Con ese mar insondable: los presidentes de gobierno, los asuntos del poder, jueces, fiscales y magnates de la prensa, escritores, peridodistas y traidores, curas, vecinos, muertos, vivos y resucitados, reyes, príncesas y concubinas (...) Cuando leo me llegan imágenes de telediarios y conversaciones sobre aquellos asuntos y otros no nombrados, paralelos. Recortes de prensa que amarillean en un carpeta olvidada. El tiempo todo lo difumina. ¿Es esa borrosa imagen que nos queda el único rédito que se obtiene, cuántas voluntades han sucumbido, cuántas veleidades son humo, ceniza imposible de la soberbia? Y escribo y sé que lo que escribo es el menosprecio de corte y
elogio de aldea, aquí en mi cámara: los libros, la música, los dibujos y las notas. Es una humilde imagen o es la única posibilidad. Sin ambición no se avanza, pero la ambición es lo que precipita a los hombres al abismo. Faetón o Ícaro son emblemas de la vanidad: el amor propio desmesurado, la inconsciencia, la ceguera que produce el reflejo en el espejo. El abismo es un dilema que se plantea en el día a día. El abismo dibuja el discurrir de todas las biografías. El abismo. Desprenderse de la coraza que hemos trenzado durante largos años, sin fe, sin esperanza, sin miedo.

+ Vaya, alguno hay que no entiende cómo ha perdido el favor del electorado. ¿Continúa cegado por su reflejo en el espejo o, tal vez, como Narciso, está a punto de caer en el agua, a punto de ahogarse?

+ Imagen: nubes.

sábado, 25 de junio de 2016

Various



+ El Conde de Villamediana comienza a cobrar cuerpo, su cuerpo de letra y su espacio de papel o pantalla. Debo encontrar un tema en su biografía que establezca una conexión con su poética, con su Faetón, con sus fábulas mitológicas. La intuición muestra una dirección: el carácter es el destino. Hay rasgos que inducen a buscar este paralelismo entre Faetón y la vida del Conde, pero semeja una explicación simple en exceso. ¿Es esto un impedimento? De ninguna manera, sin embargo he aprendido a establecer diques de contención a una suerte de corriente de pensamiento, ese yo interno parlanchín al que hay que acallar con frecuencia: en el estudio, en la reflexión y en la fiesta? En fin, a otra cosa. La caída de Faetón tiene un punto de unión con la vida del Conde: la deslavazada biografía y la caída del hijo de Apolo, su mala cabeza y su ambición sin cimientos. Por eso es necesario investigar la biografía, con lo complejo que esto me resulta, y, quizá, más que complejo yo diría paralizante. Escribir resuelve carencias al ponerlas al descubierto. Mi manera de escribir es muy dubitativa, a veces soy incapaz de opinar por miedo al error. He pensado en ello y creo saber dónde reside esta incapacidad. El Conde me guía en esta investigación sobre su vida y sobre mi incapacidad. Unir ambos temas es importante. Finalmente, después de espigar y centrarse en la cara oculta de la Luna permanecerá oculta, pero la motivación biográfica del poeta resplandecerá [mi propósito].

+ [Un poco más] Para comenzar he cogido en la biblioteca un libro de Néstor Luján, al que no sé si calificar de viejo libro o libro viejo. Decidnos, ¿quién mató al Conde? He leído el prólogo y contiene en sí una novela. Así soy yo, tendente a la novelaría y a la fabulación. Habla de cómo se gestó el libro. Habla de sus rutinas como escritor. Habla de cómo empleó una vacaciones en un tal Hotel Boix de Martinet de Cerdenya, cerca del río Segre. Utilizo en el buscador la opción de búsqueda de imágenes y me encuentro con una colección de paisajes de montaña, tan queridos por mí. Hoteles con tejados aptos para soportar la nieve, montañas en diente de sierra, coníferas, estrechas carreteras, ríos caudalosos y estrechos, lagos de montaña, pueblos encaramados en cumbres, nieve y niebla. Bien, pero el autor dice que comenzó a escribir en verano, “viendo como cómo los pescadores se afanan con la esquiva y la jaspeada trucha del Segre”. Y, añade, en lugar de entregarse, según su costumbre, a la lectura se sumergió en la redacción del libro que manejo. La redacción ocupó los días que van del 16 de agosto al 22 de septiembre de 1986. Todos estos datos me parecen suficientes para trenzar un guión cinematográfico donde se diesen en dos planos la estancia vacacional de Néstor Luján y la vida azarosa del Conde. Sin paralelismo, pleno de yuxtaposiciones. Ay, cómo me gustaría tener no ya el talento sino la capacidad de establecer tal guión. Etc.

+ Vi el libro cuando lo subieron del depósito y estaban sin cortar lo pliegos, es decir: un libro intonso. Debí esperar, porque sin rasgar las hojas no se permite el préstamo. El libro tiene más de cuarenta y cinco años y nunca se había solicitado. Soy el primero que leerá este ejemplar. Pienso en la palabra intonso y veo que es una realidad extremadamente lejana. Salvo en las librerías de viejo, resulta imposible encontrar un libro en estas condiciones. Ay, esos tomos de la editorial Gredos. No puede menos que sentir una punzada de sentimentalismo al tenerlo entre las manos, para equilibrar la afección sentimental cogí un libro de ensayos de Zadie Smith [que terminé por abandonar sin ningún tipo de arrepentimiento]. La visita a la biblioteca se debía a un libro sobre el Conde de Villamediana, donde se sopesa su homosexualidad, que se nombra mediante: el proceso nefando. Nefando lo subraya el corrector como subraya intonso y es, a la vez, otra palabra que ya nadie utiliza. Nefando viene a ser algo de lo que no se puede hablar sin repugnancia u horror. Uff, qué fatigas produce el paso del tiempo, cómo se refleja éste en las palabras, palabras que representan modos y edades, palabras que pierden su transparencia y se tornan en extrañas maneras de nombrar realidades que, en ocasiones, ya no existen, aunque para nosotros todavía sigan vivas. Nos morimos un poco en la muerte de las palabras. En fin, abro el libro y me enfrento a ese viaje que todo libro supone. Cuando me enfrento a su prosa, cuando estudio muy por encima la portada: sin ilustración ni fotografías, unas sobrias letras azules, rojas y unos finos filetes con esos mismos colores, me veo lanzado hacia el pasado. Se trata de un estudio de Luis Rosales sobre el Conde, su vida y sobre la misteriosa muerte que sufrió en las inmediaciones de la Plaza Mayor, en Madrid. Qué mundo tan lejano, me digo: tanto el del Conde como el de Luis Rosales, y no puedo menos que preguntarme el porqué de este interés por la figura del aristócrata calavera, qué razones me conducen a este autor . Llego a la conclusión de que es posible que no exista mucha distancia entre estas razones y las que nos llevaron a amigos o a la persona amada. La casualidad, ¿la casualidad para quién la trabaja? La cuestión que me ocupa ocurrió de la siguiente manera: primero debí escoger un tema para relacionar Siglo de Oro con la mitología o con la Biblia. Primeramente me incliné por Las Soledades de Góngora, pero quien me dirigía me dijo que era un tema demasiado trillado, que era preferible que indagase en autores de la escuela gongorina. Después de sopesar unas cuantas posibilidades me incliné por el Conde, más en concreto por su Faetón; como una suerte de fábula moral donde se recogerían causas y efectos de su vida: la hybris, la soberbia y la temeridad. En eso estoy: la hybris, la soberbia y la temeridad; cómo desarmarlo, cómo recomponerlo. Esa es la tarea.

+ Lectura de los sonetos del Conde comienza a mediados de junio, 2016.

+ En el día del Brexit recuerdo una visita a una vivienda en el Crescent de Bath. Nunca he sido particularmente entusiasta de las visitas turísticas. Tienen algo entre previsible, ornamental y falto de gusto. En este caso había notables diferencias. Hacía años que pensaba yo en Bath, debido a un curso de urbanismo que asistí allá en los inicios del milenio. Una de las tareas que se nos imponía el profesor consistía en dibujar plantas de ciudades, primero a lápiz que luego se pasaban a tinta y después se coloreaban. Un ejercicio agradable y tranquilizador. Cuando por primera vez oí hablar de la secuencia de Bath no dejé de preguntarme por las sensaciones que podría despertar el paseo por la ciudad balneario. Muchas veces pensé en ello y así nos plantamos allí, un día nublado y con no muchos turistas. No fuimos a los baños romanos, pero nos resultó imposible no entrar en aquella vivienda-museo que representaba el modo de vida de la Inglaterra georgiana. Me gustó que todos los que atendían a los visitantes eran ancianos, muy pulcros y amables, con un inglés relativamente accesible sin perder su color local [mmm qué expresión: color locas, qué descriptiva y certera]. Estaba prohibido hacer fotos en toda la casa, algo que se agradece, salvo con una excepción: desde un salón se podía fotografiar el Crescent, a través de la ventana. Así lo hice. Me pareció que era un gesto que encerraba una magia muy útilo para conjurar las heridas que el paso del tiempo produce. La invitación de aquella mujer rubia y alta me abría las puertas a un mundo finitio pero presente y auténtico. Hoy lo recuerdo, cuando el Reino Unido ha abandonado la Unión Europea y pienso que hay razones que florecen más allá del pesado e implacable tránsito de la Historia.


+ Imagen: cúpula de la Biblioteca Central de la Uned, en Madrid. Cuando entré allí era consciente de que tomaría una foto y esa foto habría de servir para el blog. La constación es ésta, no oculto que me produce una cierta satisfacción pensar en el camino recorrido: disparar, guardar, recuperar y publicar. Se puede decir que, casi, es un proceso orgánico. Allí, en esta biblioteca, permanecí durante dos horas consultando libros, tomando notas y observando a los otros lectores. Ver y ser visto. La foto, en su abstracción, contiene el momendo, ya que mediante ella soy capaz de recuperar sensaciones e intuiciones. Vale.

sábado, 18 de junio de 2016

Viajes cotidianos, variaciones, personas especiales




+ Los desplazamientos cotidianos tienen su protocolo y, cómo no, sus excepciones. Caras de la misma moneda que componen el mosaico de la vida común, ordinaria.

+ “… la esperanza de convertirse en personas especiales”.  Extraigo la cita de las páginas de cultura de El Mundo. La cita pertenece a un artículo de Luis Alemany sobre la última novela de VIrginie Despentes. La novela se centra en un personaje que ha envejecido y le que queda lejos aquella vida luminosa de los años noventa. Pronto tendrá cincuenta años. La cita que he copiado nos remite a aquellos jóvenes que escuchaban Radio 3 y, al mismo tiempo, se entregaban al ruidismo de Sonic Youth. Lo recuerdo perfectamente, yo era uno de ellos. El color perfecto de la cerveza, la voluta exacta del humo del Chester, discos, guitarras, salones desordenados y torres de libros de filosofía, crítica literaria, historia del arte, y novelas, muchas novelas, exposiciones de arte contemporáneo, liturgias y ebriedades variadas y exquisitas, y, sobre todo ello, gobernando el ambiente, un excelente acopio de pedantería. Vidas que se remiten a aquel momento, que hoy resulta lejano y antiguado. Sí, es cierto, todo envejece muy rápido y lo que ayer estaba dentro de un catálogo de buenas maneras y elegantes tics encaminados a eso: “convertirse en personas especiales” y, añado a renglón seguido, ser amados, hoy se ve como viejas veleidades perdidas en el fondo de los baúles, veleidades apolilladas y prescindibles. Ay, la soledad, la tristeza y el deseo. Atisbos de extravagancia, cinismo y culturalismo de ocasión: suplementos culturales, revistas de moda y mucho acopio de pop y cine, que eran emblemas de las carencias afectivas, las inseguridades y el reflejo de un mundo plano y provinciano. Todo, como acabo de escribir, se puede traducir en pedantería, sin duda, pero hay, también, verdad y una pérdida que habla de lo literario, de lo que fuimos y no volveremos a ser, que condiciona todo el tiempo que nos queda por vivir. Sin duda, hijos de Nirvana y la vida ejemplar de Kurt Cobain. Un camino de santidad, con su Fender y sus épicas depresiones. Allá queda, siempre, en alguna medida, y algo permanece: somos lo que fuimos.

+ Después de lo anterior: simultáneamente, estoy leyendo un grueso tomo sobre los entramados, políticos, financieros y periodísticos de la década de los noventa. Me detengo y me doy cuenta de que han pasado veinte años. No que es ignorase esta cuenta, sino que no la asumía como propia, de alguna manera me parecía que esos tiempos tenían una presencia que, valga la redundancia, era un presente continuo. Y no. Todo eso es material para el historiador, como lo anterior es material para el novelista. Finalmente, asisto al sedimento del tiempo que se fosiliza en la escritura, paso previo a la lectura, única actualización posible del pasado. El futuro no nos gusta. Somos lo que fuimos.

+ Una vez más, regreso a Heráclito, el oscuro. El carácter es el destino. La nobleza o la mentira, la pedantería o la humildad, el vicio o la virtud. Tantas y tantas posibilidades, tantas y tantas mezclas. La suplantación es otro rasgo del carácter.

+ He vuelto a las lecturas políticas. Se resuelve en un interés por lo diario que está contagiado por la actualidad periodística. Reconozco que el interés por el economista se ha desplazado hacia el politólogo, una la palabra que hasta hace bien poco resultaba extraña. Es, en ocasiones, necesario dejarse llevar por la corriente, flotar sin preocupaciones y disfrutar del baño. Pero, no hay más remedio, en un momento dado se debe volver a la obligación, pisar la orilla, secarse, vestirse y conducir hasta el hogar, con la idea del descanso con vistas al trabajo del día siguiente. Allá queda ese mecerse sin preocupación sobre la superficie del mar, dejarse llevar por las lecturas de la actualidad. Las opiniones, los comentarios, los argumentos. Pasará esta moda y estos libros que consulto hoy ocuparan el lugar que ahora ocupan otros libros que tuvieron su momento, su fama, su gloria. ¿Y la filología? No es, precisamente, un saber de masas. Demasiado abstracto y prescindible, podría decirse y se dice. ¿A quién le interesan hoy las humanidades, es esta etapa posthumanista? Yo, sin embargo, me entrego con gusto a la elaboración de un algo sobre el Conde de Villamediana. Un tema muy importante y nuclear en mi travesía de indagación y aprendizaje. No creo en la sentencia que dice que las tareas inútiles producen melancolía. Las etiquetas útil o inútil quedan fuera de esta órbita, por decisión propia y mayestática.


+ Imagen: botellas que permanecen alineadas, ¿alguien las ha colocado así por alguna razón, hay una intención artística? Bien, también el arte se hace al ver, y no necesariamente recluido en la veneración museística. Disparar es seleccionar, seleccionar es crear.Disparo, una y otra vez; una vez están las fotos en el ordenador, una vez más, selecciono.

sábado, 11 de junio de 2016

El tiempo presente





+ [Semi-política]. Palabras capturadas en el discurrir de una reunión: protocolos, tareas, significados, protección, orientación, herramientas básicas, plataforma, siglas, solicitudes, activación, informes, acceso, etc. No sé si acumular palabras de esta caótica manera da una idea de lo que tras ellas se esconde. La nada, el discurso vacío, la gratuidad. En un momento quien dirigía la reunión dijo que su plan de oferta de empleo no estaba siendo visitado por el número de personas deseado. Dijo, entonces, que, en realidad, a la gente no le interesa trabajar. Protesté, visiblemente molesto. Rectificó y añadió que tal vez se trataba de una falta de coordinación entre la oferta y la demanda. Luego la observé, presté atención a su jovialidad y a su optimismo. Una mujer habló y dijo que el programa de empleo era muy bueno, que a los amigos de su hijo los tenía al tanto de todo lo que salía en la plataforma, salvo a su hijo, que está licenciado en clásicas: “no se qué voy a hacer con él”, dijo con una sonrisa muy triste. Un hombre me miró y negó con la cabeza, yo hice otro tanto de lo mismo. ¿Dónde estaba la lírica? Vi la libreta de notas donde previamente había escrito todas las palabras antes mencionadas y me dije que había perdido la tarde en una reunión inútil, que no volvería. Conducía de regreso a casa, junto al río, con la música de Elvis Presley bien alta y en la ciudad se apuntaba un hermoso atardecer, sobre los puentes, sobre los edificios. No era una cuestión de ignorancia, sino de falta de empatía. Días más tarde salieron las cifras de empleo en los últimos meses y, sin saber mucho, no pude menos que pensar que eran trucos estadísticos, artimañas del marketing político, que ocultaban una dura realidad: el paro, los bajos salarios y la inseguridad. Mientras la mujer, aquella mujer pensaba que el que no trabaja es porque no quiere, ella con su hermoso y bien estructurado plan de búsqueda de empleo. Y así, un lunes, día de San Fernando.

+ La vida de Pete Townsend contada por el mismo. No he ido, por el momento, más allá de sus primeros años. El fresco de la vida en el suburbio londinense es muy evocador. Pienso en esas casas entrevistas, entrevistas desde el tren y desde el autobús, en las páginas que se han leído sobre los años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial. La misma ciudad y sus laberintos componen una imagen sugerente y sin perfiles claros, una idea que se eleva en cada mirada y muta sin interrupción. Londres es un modelo para comprender, válido para definir el mundo en su totalidad o para olvidarlo para siempre. Acabo de dejar la autobiografía del guitarrista de los Who y regreso al libro de Zadie Smith. ¿Otro Londres? Lo importante reside en el reconocimiento de la variedad de razas y modos de vida, que en lugar de ser una anomalía es la explicación propicia de la ciudad. Pasear por las calles que se alejan de lo turístico ilumina una idea solida: esta variedad no es un episodio, es una una característica fundamental del final del siglo XX y algo nuclear en el inicio del XXI. Continuamos con la investigación, por eso un libro de ejercicios de gramática inglesa sobre la impresora, a la espera, ¿esta tarde de sábado?

+ Una distinción encontrada un miércoles del 2016: los superiores son autoridad, los iguales tienen autoridad. Las pequeñas astillas de los campos semánticos tienen la llave a otros mundos. Esta es una: ser/tener. ¿Rendimiento? No es momento para la contabilidad.

+ [Lo banal de la modernidad (recogido en una reseña literaria que pretendía ser irónica y terminó por ser analítica sin llegar a encontrar una salida adecuada)]. Sumar mejor que restar, se enciende el motor y el viaje comienza: salir del garaje, desplazarse por la calle de todos los días bajo la lluvia, una glorieta, otra glorieta, sobrepasamos la estación de tren, la de autobuses y descendemos por la calle nueva camino de la carretera nacional, pero nos desviamos hacia la autopista. Suena muy dulce Radio Clásica, parece Bach, pero no podría asegurarlo; qué descubrimiento la música clásica, ya no me interesa otra cosa. Los coches son furiosos artefactos lanzados hacia el futuro, tan hermosos como cargados de peligro: derrapes, caídas indeseadas por taludes, colisiones frontales (…). Al volante es necesario concentrarse y estar muy atento. Me canso de la música clásica y paso al reproductor de Mp3: un suave y antiguo Reggae compone una muelle alegoría sobre lo que permanece: nada permanece, todo es cambio, mutación. Pienso en Brixton y es sólo eso, un recuerdo. Pienso en tautologías, comida coreana, guitarras barrocas y puestos de yuca, mango o aguacates gigantes. No es momento para despistarse, llueve y la conducción es algo serio. El puente tiene algo de animal antediluviano, de batea eléctrica, bestia hermosa y lejana, su esqueleto es virtud y elegancia desnuda. Como todas las estructuras promete más de lo que aporta, pero ahí está indiferente, pues la sugerencia no entra en sus funciones. Niebla espesa, un túnel, otro túnel y las luces antiniebla. La música, el amor, los coches. ¿Ataraxia? Conducir no es una virtud, de la misma manera que no se puede decir de nadie que abre muy bien las puertas [¿o sí?]. Lo paradójico es el emblema, la banalidad la leyenda.

+ “Pero en la mano tenía una llave fría y, alrededor, unas vidas más extrañas que cualquier ficción, más curiosas que la ficción, más crueles que la ficción y con unas consecuencias que la ficción nunca puede tener”. (Zadie Smith, Dientes blancos). La ficción aporta una capacidad de análisis de la que carecen otras modalidades de expresión escrita. La ficción propone un mundo sin interpretaciones, el lector establece los planos de realidad y los modifica en el proceso de actualización que su labor desarrolla. Determinar el sentido y la verdad del texto ilumina lo narrado, lo acota mediante el contexto del propio lector. Pero la vida misma supera esta capacidad. Porque la ficción no deja de ser un pálido reflejo de la vida. Basta salir a la calle con los ojos limpios y con un punto de desautomatización para comprobar qué extraño es todo, qué complejo, qué inabarcable. El vértigo del vidente. Los niños que juegan, las mujeres que hablan, el guardia que sigue con la mirada a una adolescente; los luminosos de los comercios, los supermercados, los coches, las motos; farolas, papeleras, adoquines, verjas. Toda esa totalidad no se revela contra el que mira sino que lo invita a dejarse llevar por su fluida apariencia: sin pedir nada a cambio. Somos actores y espectadores, simultáneamente. La vida cotidiana encierra en sí más misterios que cualquier novela de misterio que duerma en la balda de nuestra escueta biblioteca. Ver y ser visto, hablar y ser motivo de comentario, la glosa y la discusión, el avanzar hacia la interpretación imposible. No hay un sentido, ya que los sentidos son innumerables y cambiantes, cada sentido se ve reemplazado y asume su derrota, pero no se rinde, sufre una metamorfosis: lenta, humilde y definitiva. Etc.

+ Tres imágenes que se tomaron durante una tarde lluviosa de mayo. No hay más intención que saber que la lluvia estaba allí y conformaba un contexto y un escenario. La lluvia tiene hermosos reflejos, aquí hay dos reflejos y un árbol urbano y triste, que habla mucho de los que bajo su vertical caminan. Yo, uno más.

sábado, 4 de junio de 2016

Ut pintura poiesis



+ [Indagación]. La realidad es más un proceso que un objeto terminado, basta observar cómo las construcciones se cargan de significados al tiempo que el avanzar de la degradación se hace con ellas, contra el que la conservación lucha sin termino. Esa tensión entre ruina y conservación es un ejemplo de vida, de la vida en sí: no hay otra cosa. Hay en ello una tarea estéril, ya que, como dice el tópico, llegará un día que hasta el sol deje de iluminar.

+ Llego a una antología poética y encuentro una cita de Rimbaud que afirma que hay que ser absolutamente modernos. Yo moderno lo puedo conmutar y, así, hallar un haz de significados nuevos. La obligación de ser modernos ya caducó. La modernidad murió hace años y  todavía no se han percatado. La modernidad es un baúl cerrado, que al abrirlo expide olor a naftalina y el polvo de los trajes de los muertos. Hoy el brillo de las pantallas ha ahogado todas las vanguardias. Ya no hay nada más allá y poco a poco se muere esa rebeldía, el estallido de una forma que se resiste a ser capturada. La estructura de los días no deja demasiado espacio a la poesía, sólo hay una contabilidad exacta de lo útil, necesario y lucrativo, pero ante la muerte el beneficio no es tal, sólo arrepentimiento de las horas perdidas [lo digo como si mi costumbre fuese morir todas las semanas: y así es].

+ Suena Oasis, el grupo musical inglés. “How many special people change / How many lives are living strange”. Uno se para y observa a los que caminan a su lado y entiende que todas las vidas son extrañas, pero cuando penetra en ellas no encuentra menos sorpresa y paradoja. Todo está por descubrir y la capacidad de sorpresa anuncia una nueva vida entre los mortales. Como un largo poema que da detalle de lo efímero, la temporalidad asoma en cada rostro. Estudio en la proximidad la piel de una chica de 16 años y es un misterio esa perfección, que el tiempo se encargará de destronar. Así las montañas envejecen y se puede pronosticar que el sol un día se apagará. Mientras escucho Champagne Supernova. Cogeremos el coche para cruzar la provincia, otra vez, camino de Orense, en la ladera de una montaña, al abrigo de un bosque, con enfatizadas notas de aguardiente y pólvora. Ya es hora de marchar, cierro.

+ [Lectura]. En la biblioteca me han hecho caso y han comprado el libro de Lucía Berlin Manual para mujeres de la limpieza. Fui a buscarlo y comencé a leerlo el último día de vacaciones, en pijama, un miércoles. Quizá lo que nos termina por seducir de un libro es el hallazgo de una voz próxima, con la que conversar. Hay intuiciones que se concretan en lecturas y éste es el caso, tras ello: la conversación con un interlocutor que nunca responderá. Casi como un arte o un arte menor y sin esfuerzos, ni reconicimientos. Todo bien. Primero leí el relato que le da título al volumen, después uno sobre urgencias hospitalarias y ahora estoy con otro que reconstruye una reunión familiar y otros avatares que prefiero no desvelar. La persistencia de un tono desbaratado, que camina hacia una tristeza con chispazos de un humor ácido y exacto,  consigue que me identifique con la narradora. Siento cercanía y ternura por la mujer que cuenta, por esa dirección confesional y biográfica, musical y sincopada. La viñeta, el fragmento, el cuadro. Todo la suma de posibilidades que da lo no terminado, ese ámbito de la narración corta donde no hay un final explícito y esa apertura es una clave que desvela todo un mundo, el mundo pop donde habitamos. El pop es el rococó del presente. Y hay mucho pop en toda la narración. Somos parte de ese pop y por eso nos llega el libro. Lo asumo.

+ Momentos después de terminar de escribir el párrafo anterior, me dejo llevar por lo que encuentro sobre Lucía Berlin en la red. Fotos, notas y artículos. Veo y su foto y leo alguna que otra cosa para llegar a la conclusión de que la vida del artista, de la escritora en este caso, tiene muchos puntos de unión con las vidas de los santos. Sobre todas estas coincidencias sobresale una: la ejemplaridad. Su ejemplo nos llena de esperanza y convicción, llega de otro mundo, aquél mundo que le permitió ser y estar, pero que se ha desvanecido. En él triunfaba, en el gobernaba. ¿Seguro? Deslumbrados por el poder de la palabra impresa nos olvidamos que la correspondencia entre arte y vida no es necesariamente simétrica. Finalmente, el artista transforma la vida y ese transformar es lo artístico, no la vida en sí. Veo, otra vez, la foto de LB y entiendo algo en su belleza, en los penetrantes ojos azules, en el estilo con el que fuma, en la senda que entendemos de alcohol y dolor. Cierro las páginas y regreso a los relatos, si es posible, con una intención de velar todo lo visto sobre ella, todo lo leído sobre ella. Pienso en el carisma, en lo carismático que algunas personas tienen, ese magnetismo, abandono el libro y salgo a la calle. Mañana regreso al trabajo y, aunque no resulta doloroso, sí es un hiato. Contención, calma y sobriedad.

+ Otro libro, que no guarda ninguna relación con el anterior. Leo la solapa y me encuentro con la última frase del paratexto: “Algunos de estos libros han sido traducidos a varias lenguas”. Una vez vi al autor del libro. Era un hombre célebre, vi como un conocido se abrazaba él y él estaba perplejo. Era, pues, un hombre acostumbrado a abrazarse a otros hombres, que quizá ni siquiera conociese o que los conociese vagamente. Un gran bigote, encorvado y una prosa imposible, impenetrable, excesivamente abstracta, a pesar de decir que era del gusto platónico de hablar con palabras de uso común. Supongo que ya nadie le recuerda. Dejo el libro en su lugar y sé que dentro de un tiempo lo volveré a abrir y sentiré esa melancólica sensación: las obras, poco a poco, se hunden en una densa masa oscura, el olvido. Dudo mucho que alguien lea ya estos libros, con él éxito que tuvieron en su momento. Ahora es hora de dormir y, poco antes de caer en el sueño, me digo ¿quién lee ahora esos libros, en español, y en esas "varias lenguas". Ay, el sueño es la imagen de la muerte.

+ Salí a la calle e hice dos compras. Un boleto de lotería y los sonetos completos de Shakespeare. Los sonetos se unen a un ejemplar del Quijote que me compre a principios de año, ambos por un euro. ¿Es así cómo se conmemoran los centenarios? Prefiero el premio de la lotería a los quinientos años de gloria (sic). Etc.


+ Imagen. El camino que conduce al bosque: ese disparo fortuito que contiene un misterio que me resulta imposible aclarar. No deseo resolver ningún acertijo, no quiero encontrar claves, no me gustaría establecer un catálogo de signos. Pero ahí está el misterio, el sentido incompleto que un disparo regala, sin intención.

sábado, 28 de mayo de 2016

Libreta de notas




+  La mala pintura. Todo lo que se puede acumular, todo lo que se ha encontrado en la calle y carece de valor. Es un regreso al detritus. Quizá el momento se caracteriza por esa tendencia, lo que está en el margen se transforma en valor. En muchas ocasiones he pensado en toda esa pintura despreciada, pintura de fin de semana, pintura de mueblería, pintura de ocasión. El valor artístico es nulo, pero eso no la invalida. El contexto eleva una posibilidad. Visitar exposiciones que no salen en las páginas de los periódicos.

+ Encuentro un ticket de entrada del Reina Sofia. Es pequeño y lo utilizo como marca páginas. Tiene la reproducción de un cuadro de Juan Gris que desconozco, y seguro que he pasado delante de él unas cuantas veces: lo que indica la poca atención que le presto a la pintura: en ocasiones. El cuadro representa una botella de Anís del Mono quebrada y se titula La bouteille d’anis. ¿Por qué en francés? No es momento para averiguarlo. Y me digo ¿será uno de esos Juan Gris que fueron embargados a Mario Conde? Mientras me lo pregunto intento trazar un paralelismo imposible entre las vidas de ambos y más bien aparece un punto de unión, cuando los cuadros del primero se convierten en un valor que asegura su rentabilidad, al tiempo que da un prestigio que gusta mucho al pedante. Un prestigio social que nada tiene que ver con la obra del pintor, pero que lo hace tan atractivo, otra vez, al pedante

+ Más tarde contrasto la información y este cuadro no es el cuadro que se le embargó a Mario Conde. No fue el de la botella de anís, sino el de la guitarra y el periódico. En cualquier caso, da igual. Juan Gris no tuvo éxito en vida, como otros tantos pintores. Hay reflexiones que tratan de establecer con el fracaso artístico un camino de perfección: el genio no reconocido; pero yo lo quiero ver desde otro punto de vista: lo importante es el trabajo, no el rol que se desarrolla. Pero, eso sí lo creo, es complejo crear desde la felicidad, sólo el dolor aporta luz en la tiniebla y eso es lo que nos atrae, como pedantes genaralizados que somos.

+ El embarque para Cyterea, de Watteau. Un cuadro, otro cuadro que palpita en la pantalla. Son referencias culturales que se acopian según la tarde transcurre y me pregunto por el sentido de todo este saber acumulado que no se dirige hacia otro lugar que a una fósil nostalgia. La nostalgia es el anhelo por regresar, por regresar a la patria. Pero, ¿de qué patria hablo cuando hablo de patria y ésta se cifra en motivos culturales, tan herméticos, tan crípticos? Todo se resuelve en una pantalla protectora y transparente. Cyterea es la isla a la que Venus llegó tras su nacimiento. Hay un poema que celebra el significado del embarque: entregarse al amor. Pero el poeta, Guillermo Carnero, nos hace ver que cuando Watteau pinta este cuadro es un anciano y lo pinta desde la distancia, cuando él ya no puede participar en el juego, el juego del amor. Busco el poema y no lo encuentro, porque la búsqueda sólo me devuelve los cuadros. ¿Una decepción? Necesito leer todo, absolutamente todo. Al final y lo consiguo y mi sospecha es, ya, certeza: el tránsito hacia la vejez se describe en el poema no sin dolor, no sin disntancia, cuyo final establece un contexto que ilumina ese mundo sin luz al que todos se derigen, salvo la inmortal Venus: “Y no guardo rencor / sino un deseo inhábil que no colman / las acrobacias de la voluntad, / y cierta ingratitud no muy profunda”.

+ Hay, esta semana, un esfuerzo cultural que tiene sus consecuencias: la melancolía, el mal de lo negro que se posa sobre la cama donde dormimos y termina por empaparlo todo. La lectura de cierta poesía conduce a una modificación del prisma con el que se escruta la realidad, todo cambia repentinamente y el resultado es confuso y, por lo tanto, tiende hacia la interpretación, a la obligación de determinar un sentido. La realidad está, siempre, abierta a la lectura, y el lector, oh, también es un personaje, un acuerdo entre el que lee y el que escribe: una otra ficción más, posible y verosímil. Y esto nos muestra como estamos restringidos a un tiempo y a un espacio, nuestros latidos y la frontera de nuestro cuerpo:  ni otro tiempo, ni otro espacio hay.

+ El buen gusto. Sobre la expresión cae una losa; uno debe distanciarse de lo que implica porque parece llevar consigo la reprimenda de una maestra, el castigo contra la pared, con los brazos en cruz, y ya no es momento para ello. La lectura nos lleva por senderos de mal gusto y con ellos obtenemos una sonrisa, casi siempre, a veces: sólo rechazo; pero del buen gusto siempre hay que huir, como de la alta comedia, como de esos productos pseudoculturales que sólo miran a un inocente entretenimiento, que resulta, al final, no ser inocente.


+ Imagen: una escalera en un alto edificio en Madrid. El anonimato del que dispara y el poco interés que tiene el objeto. Disparar, objeto, Madrid. Podría ser cualquier otro lugar, pero sólo es posible esta escalera, este edificio, este sujeto que dispara y cuelga la foto en su diario en red. Muere el día y se abren los aposentos de la noche.

sábado, 21 de mayo de 2016

Viaje, en primavera, a la ciudad de Oporto



+ Como si fuesen los prolegómenos para componer un poema, leo las notas que he tomado a lo largo de la mañana. De alguna manera estoy satisfecho, he logrado una visión total: dentro de mis posibilidades. Es una manera de decir que tengo la nómina de autores cubierta y siento una tranquiilizadora satisfacción. Es la tarea que se completa. Mañana iremos a Oporto / Porto, una vez más. Las ciudades se construyen y mueren con nosotros, somos aquello que nos ofrecen: comunicación, conocimiento y sentimentalidad. Se agrupan en torno a unos recuerdos, unas evaporadas certezas, y la única certeza posible: la muerte.

+ Y pienso en las carreteras, en la necesidad de hablar de las carreteras. El trabajo que nos procuran, esa substancia, el núcleo de los días, las mañanas asombradas por la fuerza, la dureza de la tierra y el fuego de la lluvia en los días fríos. La carretera es una línea que se ensancha sin pensamiento; hay pájaros que mueren contra su tránsito de camiones y autobuses. Hay un promontorio, un pedestal desde el que se contempla su geometría y en ese ejercicio la nada es la única posibilidad de este no-lugar. Por eso permanece abierta la interpretación, el sentido de toda lectura. Camino al borde de las cunetas, observo las zanjas y las pequeñas obras de fábrica, ríos de plata y olvido, ríos sin nombre, aliento de prados y huertas. Y pienso en las carreteras poco antes de dormir, sin miedo, sin esperanza.

+ La ciudad de Oporto aguarda, tras la noche, tras el viaje. Allí, con esas delicias de las natas y el café pleno de aromas hurtados al trópico. Como si allí se contuviese Brasil o la cremosidad que se embute en los milhojas, un poco de azúcar y el cielo despejado. Limpias páginas de un cuaderno recién comprado. Qué agradable tarea conducir por la autopista hasta la ciudad de Oporto, orillarse en la circulación y entrar por la playa, esa Foz tan nuestra en los días de invierno, cuando las olas estremecen el corazón de los enamorados: así los vimos, agarrados y con el temblor de la cámara de vídeo en las yemas de los dedos. El café, las natas y los besos. Asciende en el horizonte una columna de humo, el viento de la mañana fría y el recuerdo de las sábanas que nos acojen. La ciudad de Oporto espera en el final de la primavera.

+ Una posibilidad, una intuición. Compré, cuando ya casi regresábamos, el libro de Miguel Esteves Cardoso A causa das coisas. Es un libro que agrupa artículos periodísticos de los años ochenta. Lo portugués es para mí un tema vital, sobre el que giro a lo largo de los años. Hay unos cuantos temas más, pero lo portugués ocupa un lugar especial que se mantiene a lo largo del tiempo, décadas que se alojan en lo íntimo de la memoria, la amistad y el amor. Así, en un territorio se han fundado muchas alianzas y, lógicamente, no es ya un telón de fondo simplemente. ¿Qué espero del libro? Aproximaciones más precisas, un anhelo de exactitud, que no llegará, pero que tiene el poder de la fuerza que revela lo interior y nuestra inclinación a derivas sustanciales. Comencé y hay un artículo que cifra en la moqueta lo característico de una época y la rendición ante lo dado; por otro lado, habla de cómo se infiltran en el vocabulario las palabras en inglés: esto marca una tendencia que con el tiempo se ha agudizado. Bien, dicho lo dicho, creo no haberme equivocado: tampoco era difícil porque yo al columnista lo leo, a veces, en Público, en diario lisboeta donde colabora. Cierro el libro y regreso a la tarea de la poesía de los años cincuenta y sesenta en España.

+ [Un sueño]. Tras el viaje a la ciudad de Oporto, el sueño me abrazó con suavidad. Pronta y dulce, como la mano de una niña con menos de un año, su sonrisa y la limpidez de sus ojos, un poco de timidez y un saludo, una despedida; así fue la llegada al sueño. No recuerdo casi nada, salvo el final. Un puente apenas transitado que conduce a una otra orilla donde hay un pueblo que asciende sobre una ladera. Una mujer me dice que toda esa península pertenece a una aristócrata noruega, asiente y un hombre desciende en un carro de madera que es casi una bicicleta, que es casi una silla de ruedas, pero no se concreta en ninguna de las dos cosas. Poco importa, pero sí cuenta ese paisaje elevado sobre el mar: como un fiordo. Son obsesiones paisajísticas que me acompañaron semanas atrás: bosques hasta la propia orilla del mar, elevadas cumbres, islas cubiertas de nieve, animales sin identificar, hombres que cortan leña y la aplican, el invierno absoluto; entre ello la narración de la intimidad: abandoné el segundo libro de Karl Ove Knausgård por aburrimiento, después de interesarme tanto el primero. La ciudad de Oporto era un recuerdo, con su luz de primavera, en los parques y las fachadas. Muebles, madres, hijas, acordeones, libros, librerías, hoteles y restaurantes. Muere el día.


+ No es convenientes escribir sobre lo que se sueña.

+ Es muy recomendable tener una libreta y un bolígrafo en la mesilla de noche por si uno se despierta en mitad de la noche, víctima de un sueño sorprendente. Es muy benificioso anotarlo. 

+ Imagen: notas en una biblioteca: qué calidad de madera, qué inspiradora. Era ya tarde, debía marcharme, pero antes hice una foto. Esta foto.

sábado, 14 de mayo de 2016

Tiempo sin reposo: bricolaje




+ Veo los dibujos que Xavier Villaurrutia hizo para la edición de la Dama de corazones. Todo está en la magnífica edición de la Obra poética de X. V. de Rosa García Gutiérrez. Los dibujos aportan a los textos una conexión con la interioridad del poeta, esa zona de sombra entre la pintura y la poesía, donde las limitaciones expresivas se transforman en la constancia de irregularidades y posibilidades para llegar al núcleo de toda poesía: la expresión de una realidad que transciende el texto, pero que es fundamentalmente texto. La mañana es fría para le época del año, hay una música de fondo que creo que es de Mozart, pero no lo voy a averiguar, sólo me interesa ese volumen bajo que diluye sonidos que llegan de la calle. Pienso, un poco después, en lo que supones el surrealismo y la vertiente que le transmite la vida cotidiana: un venero inagotable de perplejidades y paradojas. Dejo esto y regreso a la lectura de esta ejemplar edición.

+ Del poeta Karmelo Iribarren copio una frase que  encontré por casualidad en alguna página en alguna hora del día, sin más propósito que percatarme de una envidiable puntería: “Recuerdo que durante mi segunda lectura de La montaña Mágica, hará cosa de una década, cada cuatro o cinco páginas no podía evitar preguntarme qué hacía yo allí arriba otra vez”.

+ Otra vez suena Brian Eno, un disco completo. El vapor de la mañana es certeza, la certeza se difumina y hay un aliento de fiesta próxima. Brian Eno suspende en el aire certezas.

+ Zadie Smith. Poco a poco entro en el universo de Dientes blancos. Leo y abandono el libro y siento esa melancolía más propia de un niño que de un hombre de mi edad: deseo abandonar la obligación y entregarme a la deseable transición del ocio, la lectura como entretenimiento perfecto. Me gusta tanto esa habilidad para crear mundos posibles, mundos por los que hemos transitado tangencialmente: Londres. No me resulta ajeno, el reconocimiento es uno de los grandes placeres que la lectura regala.

+ Leo unos cuentos que escribí hace tiempo, mucho tiempo. ¿Diez años, doce años? Me resultan extraños, incomprensibles, muy mal trazados. No me reconozco y, sin embargo, yo fui quién los escribió. ¿Fui yo o fue otro? ¿Un otro yo? El tiempo nos transforma, nos trabaja hasta deformarnos. O perfeccionarnos. Los cambios no han sido para peor, al contrario: me siento mejor que aquél que fui y quizá lo que reflejan esos cuentos son aquellos demonios que conseguí conjurar [no sin ayuda]. En una primera lectura no me gustaron, más tarde me di cuenta de que hay motivos de alegría insospechados y todo puede devenir en una inversión: si hay algo que te parece malo, siempre puedes darle la vuelta y aprovechar en tu favor su cualidades [= siempre hay algo que se puede rescatar, reutilizar, un bricolaje de desechos]. Como decía aquél: lo que no mata te hace fuerte o, en versión castiza, lo que no mata engorda. En eso estamos, los leeré otra vez y pensaré si retocarlos, dejarlos tal como están o, quizá, olvidarlos. En cualquier caso, el presente es mejor que el pasado. ¿Soy más fuerte? Sí, pero no importa; quizá la frase de Nietzsche esté equivocada, pero, en cualquier caso, es mejor utilizarla en beneficio propio. Un día sin trabajar, un día sin comer. More or less.


+ Imagen: un bar donde se pondían comprar discos, que en los sotanos vendían guitarras eléctricas y bajos eléctricos de segunda mano; esos súbitos descubrimientos que meses después se recuerdan en una conversación, en una terraza, mientras no comienza a llover. Así queda la constancia del verano.

sábado, 7 de mayo de 2016

Zonas de sombra




+ Cambio de opinión. En la sobremesa hablan y hablan, se enfadan y beben lentamente, con rabia, se podría decir. Sus ideas fundamentan todo un mundo. Los sábados se someten al mismo enfrentamiento. Los veo y no puedo determinar dónde está su principio rector, ése que gobierna sus impulsos. Yo no encuentro placer en esas largas discusiones, que en realidad son inmotivadas y lo único que les da sentido es el enfrentamiento en sí mismo, no hay más motivo que ver quién gana, y nunca gana nadie. Al final se despiden con un poco de malhumor, pero con la certeza de que no pasa nada, que hay unas normas que impiden que la sangre llegue al río. Les observo, una vez más, y no les comprendo. Yo no soy así, no me apasiono, no me gusta el futbol y no veo la televisión. Mi tiempo libre tiende a la lectura, al recogimiento, más a escuchar que a hablar y aunque no siempre estoy de acuerdo, procuro no intervenir demasiado; no tengo interés en ganar, ni me molesta perder. Ahora, que es un poco tarde en esta noche de transición del sábado al domingo, el silencio toma la habitación y sólo se oye el rumor sordo de los altavoces sin música. Un constante zumbido que me adormece, que me traslada a la lírica de los aviones y  los transportes públicos, en días de semana. Cierro el ordenador.

+ Las casualidades me llevaron a entrar en aquel bar de tapas y griterío. Sólo iba al baño; la urgencia. Hace tiempo, de alguna manera, rompí la relación con viejo amigo debido a que se había empeñado en cortejar a una subdirectora de sucursal bancaria. Yo entendía que era una traición y se lo hice saber, finalmente no quedó más opción que el alejamiento. Quería que yo fuese su confidente y no habría habido ningún problema si él no tuviese pareja. Me hablaba de su risa, de la lozanía de su piel, de la inteligencia de las manos de aquella mujer. Ayer la vi, entre todo ese tumulto gritón, con su marido y otro matrimonio. Me pareció vulgar, un gesto tonto y esquivo, una risa escandalosa. Hay cosas que no entiendo y prefiero que continúen así; no entender es un escudo contra otras agresiones.

+ Realmente, me sentó mal ver los cuadros de Georges de la Tour. No tenía ganas, me encontraba mal allí, en El Prado. No era la primera vez que sufría esta sensación, pero allí estábamos, como si fuese una novedad, ese malestar repentino que nos envuelve y no sabemos cómo reaccionar; por ejemplo: un bajón de tensión, el estallido de una borrachera indeseada, el mareo en el coche o en el barco. Era algo físico que tenía que ver con los cuadros, con la aglomeración y con un olor indefinido, que no tendría porque ser desagradable, pero lo era. Nunca hay un solo motivo, una conjunción se eleva en contra de nosotros y nos vemos obligados a luchar. Sé que una sobredosis de cuadros es letal, que produce una melancolía que comienza por excavar la confianza en el poder de la pintura: se torna superficial y prescindible. Pero con Georges de la Tour era algo personal y eso no me gustaba. ¿Se trataba de esos rostros que emergen pasmados del fondo de la oscuridad o la propia oscuridad de la sala, o lo que había leído anteriormente del afamado columnista? Se sumaba todo y nada restaba. Allí estábamos los dos y con ganas de salir y caminar, ansiosos por recibir aire limpio, la caricia de los árboles en marzo. No me dio igual ver los cuadros de Georges de la Tour, sus cuadros, aquel día, me hicieron daño, pero eso, sin duda, debido a que la pintura tiene vida y como el gato que acaricias y se deja, en un momento, se revuelve y te araña o te muerde; los felinos son así.


+ Imagen: sumergirse en una instalación, hacer una foto, guardarla en el ordenador y recuperarla [hoy]. No hay un lamento en lo simbólico, no es una metáfora, lo literal se impone: luz es azul dentro cuarto y la luz que llega de la sala es blanca. El efecto se difumina al contacto con la ciudad, durante el paseo. Otros hubieran pensado en una invitación a la muerte. Yo no.

sábado, 30 de abril de 2016

Los detalles




+ Hay una lujuria cierta en la acumulación de detalles de la vida cotidiana. Por esta razón me gustan determinadas novelas, películas o cuadros. Ni busco lo excelente, ni lo ejemplar, me vale el apunte rápido, la foto justa que desvela esa marca de refresco y cómo ésta se relaciona con su entorno y, mientras, lo contiene. Pantalones vaqueros, zapatillas, aparatos de música, ordenadores, chocolatinas, cigarrillos, cerveza o vino, agua con gas, agua sin gas, una vista de una ciudad muy conocida, el turismo y los aviones, los aeropuertos, el metro y los taxis negros en la noche oscura del alma. Hay tránsitos que son más llevaderos si a ellos se suma una construida frivolidad, inocente y despojada de toda soberbia. Un ejercicio que nos aproxima a los camaleones: coleccionamos sobres de azúcar, tarjetas de hotel, bolígrafos, billetes de autobús, monedas, postales, púas para guitarra o bajo eléctrico, fotos antiguas que nos han costado menos de dos libras [esos mercadillos en los límites de Londres, que han pasado de moda y no lo saben], los jaboncillos que se dejan todas las mañanas en la habitación del hotel, servilletas donde anotamos asuntos sin importancia y que el único propósito que tienen es ser apunte, nota, vuelo inútil y gratificante. El detalle lo es todo. Como un maniático hiperrealista compito con la foto y el vídeo y no consigo nada, pero, lo dicho, el propósito es hacer, trazar, proyectar y dejarse llevar por la marea de los días y las noches.

+ La lectura continuada de poesía durante días me ha producido una discreta y certera ebriedad: limpia, transparente, substancial. John Dowland. La música es una discreta acompañante y poco antes de ir al gimnasio para hacer pesas siento la certeza de la muerte, que ha venido de la lectura y se cristaliza en todo aquello que veo. Esto nos hace dignos, si no olvidamos la condición mortal que nos arropa.

+ Copio un verso de Roger Wolfe: “Pero mi trabajo es constatar lo obvio”. Aquí se queda y yo me centro en los detalles que pronto florecerán ante mí. La conducción hacia Vigo, para resolver unos asuntos administrativos. Un viaje a A Garda para comer pescado en la explanada: hoy, un viernes cualquiera de abril, cuando no hay turistas, cuando sólo furtivos amantes y adúlteros se regalan las excelencias del mar y el vino translucido y fuman, luego, en el espigón. El regreso a Vigo para gestionar una compra, o dos. Quizá alguna librería y de regreso el puente y la ría y la esperanza de que el tiempo se mantenga seco y la lluvia se demore. Se van los días de vacaciones, pero en ellos hemos encontrado lo que buscábamos: nada en especial, salvo leer, hacer ejercicio y dormir plácidamente. Sic.

+ Una casualidad me llevó a una película de Bergman. Comencé a verla sin voz y rebobiné (metafóricamente) y volví al principio. Se titula Como en un espejo [Såsom i en spegel]. El mar en blanco y negro me estremece. Los barcos, los rostros acuchillados por el filo de las sombras, puertas, ventanas y mesas. Hay algo tan esencial en la fotografía que en lugar de subrayar el tema, lo supera, se eleva sobre él y muestra esa duda existencial de una manera más dolorosa, más certera. Finalmente, cuando llegué al final, una sensación de pérdida de tiempo me embargó. Había pasado una hora y media  y no escribí lo que debía escribir. Contemplar las escenas me produjo un goce estético, sin duda, pero no me aportó nada, no me entristeció, no me transmitió alegría, pero tampoco pena. Apago el ordenador, son las once menos diez y mañana debo madrugar: antes de dormir pensaré en la protagonista, Karin, y en su enfermedad: la esquizofrenia. Sólo la palabra queda sostenida por el recuerdo de su rostro: Harriet Andersson.


+ Imagen: final del verano en Lisboa, comienza a declinar el día y todo se ha detenido. La precisión es saberse humano: cae la noche.

sábado, 23 de abril de 2016

Mentalidad literaria



+ Recuerdo haber leído biografías de músicos de jazz que murieron jóvenes. Vidas ejemplares, en definitiva. Eran los años de mi adolescencia, que se caracterizaban por una constante sensación de deslumbramiento. La religión se veía sustituida por otra religión, una religión de novelas, jazz y pintura. Estaba la otra cara de la misma moneda, que se oponía, pero que formaba parte de la unidad: un incierto mundo de rock, tabaco y cervezas. Todo giraba en torno a una mentalidad literaria, que se conserva. Una manera de ver y de elaborar los relatos del día a día. Como el hilo que estructura un sueño agradable que se recuerda con precisión y agrado. Ha sido esta mentalidad la que ha guiado mis intuiciones respecto a las situaciones y a las personas que las ordenan, como si fuese necesaria una coherencia formal en las acciones y sus motivaciones. Las explicaciones a mi alcance son las explicaciones que podría utilizar en un comentario de texto sobre un fragmento de una novela; nunca se debe olvidar que éste está inscrito en una totalidad que le aporta sentido y verdad. Así, la veo tomar decisiones y creo que son inmotivadas y tratar de ver cuál es la razón de sus arbitrariedades me lleva a presentir algún tipo de fallo en la construcción de su yo. ¿Un yo débil e inseguro, resguardado en el poder recién adquirido? En el ejercicio natatorio hay que saber que la línea de flotación es fundamental para adquirir velocidad, cuanto más fuera esté uno del agua, más rápido avanza. Reflexiono sobre esta observación y sobre lo gratuito de decisiones que he visto en las últimas semanas y no tengo otra opción que buscar un sentido en la comparación o en la metáfora del nadador que conoce su arte: deslizarse sin ofrecer resistencia a la corriente, tratar de obtener la mínima superficie de rozamiento, adaptarse al medio extraño que es el agua; finalmente: si algo hay parecido a volar, esto es la natación.

+ Continúo con mi plan de lectura. Me levanto a la misma hora, hago mis tareas y, en lugar de escuchar la radio y ojear las noticias, tal como hacia antes de emprender este humilde proyecto, leo algunas páginas, no muchas, de la novela de Karl Ove Knausgård: La muerte del padre. Escribo, luego, alguna nota en una libreta de publicidad de un laboratorio farmacéutico con un pilot de tinta verde; por la tarde, bien las paso a limpio, bien las deshecho. La presencia de la lectura es una extraña sensación que no desaparece durante un buen rato. Cuando comencé me pareció que esa ebriedad ligera y limpia sería algo momentáneo, que en la segunda o tercera jornada ya no se aparecería, y me equivoqué. Al contrario, se mantiene constante: ni aumenta ni decrece. Su estabilidad se debe, así lo creo, a un equilibrio entre el cuerpo y el espíritu. Cuando salgo de casa hacia el garaje noto esa pulsión en mi sistema circulatorio: puedo sentir como la sangre fluye y esto me produce algo entre la satisfacción y un bienestar dulce y reposado. Creo que a la lectura se suma a la regularidad del correr y el ejercicio con pesas de las últimas semanas. Bien. Conduzco bajo el efecto aleatorio de la lectura y el ejercicio y hay algo que es muy similar al cine que se ve subrayado por la música del Mp3: encuentro que los escenarios de mi desplazamiento son adecuadas localizaciones para posibles secuencias de películas que nunca se rodarán Pero el aleteo de la novela continua ahí, como una palpitación, giro el botón y subo la música; queda poco para llegar al centro de trabajo. Ahí sigue; me despido de la música y de la marea literaria, hasta la salida. ¿Cuál será el próximo libro, ya que no sería extraño que la anécdota se transforme en costumbre?

+ La magia de un billete de metro que se usa como marca páginas. Su cara blanca y escrita, su cara rosada y atravesada por la marrón cinta magnética. Guarda la memoria de los viajes por el subsuelo de la ciudad, atesora las conversaciones que se dieron mientras los dos íbamos de aquí para allá, la esperanza, la alegría y la nostalgia cuando, finalmente, nos permite el humilde billete llegar a aeropuerto. Ahora ya es su otra vida: el marca páginas en la Poesía completa de Borges.

+ Por error escribo en el buscador versos de quinceañeras. No lo corrijo y veo lo que me ofrece. Pero en lugar de buscar textos, busco las imágenes. Qué se puede aprender de esta hallazgo o, digo ahora, hay algo que aprender. Desde luego, siempre hay una enseñanza, pero la labor del que lee, escucha o ve es estructurar y articular esa conseja que flota, que quiere se materia y no fantasma. Y el consejo moral es lo primero, pero compite con el sentimiento tierno y sincero del amor, la ternura y la fidelidad, el colorido rosa, la letra cursiva, el color del mar y el verde esmeralda. Como manos blancas y afiladas que se lanzan sobre un teclado de piano. La adolescencia es siempre cultural.


+ Imagen: edificio en Madrid; su recorte es constructivista y el perfil habla de todos los que han vivido ahí, los que han muerto, los que vendrán. Pero su palabra es silencio y nos lleva al mismo lugar: la repetición. Así es lo orgánico.

sábado, 16 de abril de 2016

Idea de Portugal




+ Ideas sobre Portugal. De una manera casual llego a una declaraciones de Miguel Esteves Cardoso. El escritor, periodista, profesor (…) afirma que hay una confusión muy extendida que consiste en creer que la vida es lo que bien sale en el periódico o en la televisión, y no es así. Parece obvio, pero en muchas ocasiones lo obvio está emboscado en el ritmo de la rutina. La vida cotidiana es magnífica, inabarcable y misteriosa, llena de más laberintos que cualquier saga trenzada a lo largo de miles y miles de páginas. La familia, los amigos, los compañeros de trabajo. Cómo se establece el relato de los días y las noches, el suceder de las preocupaciones y su solución. Hay un camino en las profundidades de ese océano que es la vida y los medios de comunicación no son ni siquiera una etapa; decía MEC que esa vida es la vida de las redacciones periodísticas, su espacio o ni siquiera eso: un vago reflejo de lo que allí sucede. Paro el vídeo y me dedico a escuchar durante un momento la música de Handel, una flauta aletea en la soledad de la habitación donde mis libros conforman una ensanchada parte de mi mundo, pero eso: sólo un fragmento de lo ilimitado. Ya no pienso; respiro y busco reminiscencias en el café recién hecho.

+ De una cosa a otra. Tomo el catálogo de la exposición en la BNE sobre Pessoa en España. Manejo el libro y no lo abro. Me gusta el color azul que adorna la portada, las letras blancas que se recortan en ella, el retrato de línea clara de Almada Negreiros. El objeto es hermoso y sencillo. Me hubiera gustado ver la exposición, pero nunca tuve noticia de ella y de haber tenido noticia es muy probable que no pudiera haber asistido. El pequeño y manejable tomo me da una idea que se ve construida por el conocimiento de las salas y por una noción de vitrina y disposición. ¿Es suficiente? No lo sé, pero al menos sí que aporta un rédito de lirismo. La posición más avanzada en esta tarde, que se dignifica con esa tan buscada aristocracia lectora.

+ La ciudad como motor, motivo lírico y literario. Paseos, bares, peatones y automóviles muy rápidos en avenidas extremadamente iluminadas. Pero Lisboa era otra cosa bien distinta, no tan hermética, no tan moderna. Ese aroma atlántico traía restos de un naufragio inmemorial y nocturno. El río y las calles, las casas que ascienden por la colinas y esas palabras tamizadas de silencio. Librerías que se resisten a se capturadas por el vendaval de la historia y la electrónica: todavía hay gente que se resiste a leer en dispositivos y sólo admite el libro como médium. Hay mucha superstición en ello, pero es que la literatura es una suma de supersticiones y certezas sin base, o con una base arenosa y cambiante. Esa es su riqueza y su esclavitud. Ahora, mientras escribo y suena algo de música barroca, con el café frío en la taza, siento esa nostalgia de días que trajeron el color de verano y la brisa del Atlántico, una ciudad como un barco a a la deriva, azotada por vientos y galernas eternas, que se desviste en el verano y se transforma en una niebla impenetrable, como telas que vuelan sin continuidad ni destino. El motor se detiene y sólo queda la música.

+ Imagen: algunos jóvenes bailan en un extraño local ubicado en el centro de Lisboa. El tiempo se deposita sobre la foto sin voluntad alguna, ver la foto es pensar en aquella noche. ¿Qué permanece, qué se desvanece?

sábado, 9 de abril de 2016

Skateholders



 

+ La palabra que encabeza la entrada no tiene traducción al español, a no ser que se acepte un circunloquio. Un skateholder es todo aquél que tiene una relación con una empresa. Es un grupo variopinto y extenso, quizá difícil de determinar con precisión. ¿A cuantas personas concierne el hacer de una empresa o negocio? Pero esto es un apunte y adonde quería ir es a ese punto que se traslada a lo personal. ¿Podemos analizar nuestro día a día en esos términos de clientes, empleados, accionistas, suministradores, etc? Desde luego que no, pues sería empobrecer lo maravilloso de la vida cotidiana, pero al mismo tiempo se puede tomar como una herramientas más. Reconocer todos aquellos que se ven implicados en nuestras acciones, bien positiva, bien negativamente, es un ejercicio que nos lleva al examen de conciencia. Pero, es esto lo que se debe evitar y quedarse sólo con la parte del examen y dejar a un lado la conciencia. Neutro y sin balance.

+ El conferenciante tiene una edad indeterminada, es extremadamente delgado y su pelo es largo y espeso, también luce una barba rala. Su atuendo se compone de un pantalón muy ajustado, unas botas de motorista, camisa negra y chaqueta muy amplia y una corbata, igualmente, negra. Sin duda, tiene estilo, un estilo muy cultivado y un mínimo atisbo de presunción: contenida porque denotaría una inelegancia no deseable. Su dominio retórico nos transmite una seguridad y una dirección que es muy correcta, muy acertada. Pero, cuanto más le oigo, en el ordenador, más me parece que hay que poner una barrera: la sospecha. ¿Por convincente está en posesión de una certeza o todo es una expansión de su aspecto tan teatral y tan cuidado, de su voz y su dicción, sus gestos y las imágenes que utiliza para su disertación? Si uno busca su curriculum en la red encuentra que posee títulos y oficios, trabajos y ocupaciones suficientes para esgrimir un argumento de autoridad irrebatible, en la medida que puede resultar irrebatible en una discusión, pero que no metermina de convencer. Una sopa de gelatina separa su voz, que se apaga en la desconexión del ordenador, de mi reflexión sobre los efectos de nuestras acciones. Mientras todo se diluye observo a algunos que escuchan su conferencia. Vendedores, sin duda. Y pienso en la metáfora del navegante y su infausta impronta en el repertorio clásico: la codicia.

+ «… a mis años las novedades importan menos que la verdad», Borges en el prólogo a su Poesía completa.

+ El conferenciante no les llama imágenes a las imágenes, las llama slides. Es una constante en su discurso: la preferencia por el anglicismo y por la palabra inglesa, pronunciada con perfección del que ha vivido años en Estados Unidos. Un rasgo que se suma y aporta credibilidad, pero que le hunde más en la sospecha. Pronto, muy pronto todo lo que termina por decir será antiguo. Lo sabe y no tiene importancia en el discurrir de su discurso.

+ Veo fotos de T. F. Marinetti y trato de enlazarlo con las predicciones del conferenciante: predicciones o análisis de realidad, de una realidad. Finalmente, me parece que el toque irónico del Futurismo aportaba la necesaria distancia que pone cada cosa en su sitio. ¿Quién será el que alce la bandera: épater le bourgeois? Los oráculos que predican la buena nueva de la conexión total 7/24/365 no. Ese es otro negociado.

+ [Un libro en la biblioteca, un proyecto espontáneo mientras espero por otro libro]. La anécdota: en la primera página hay un post-it que detalla un viaje desde Pontevedra a Bergen y de Bergen a Pontevedra, luego Celanova y un regreso a Pontevedra. Pensar en los tiempos de lectura, las interrupciones y los abandonos, camas, sillas, asientos. Trenes, aviones o barcos. El espacio siempre es el mismo: el que el libro traza. Me gusta el pos-it y ahí quedará, ¿añadiré otro? El libro en cuestión es La muerte del padre, de Karl ove Knausgård. Me ha parecido una buena señal la nota que viene con el libro, como una compañía desconocida, un amigo (o amiga) que se pierde en un virtual mar de lectores que conforman la biblioteca pública. El libro descansa sobre la impresora a la espera de comenzar con el un proyecto: que consiste en leer veinte minutos o media hora diariamente, antes de ir al trabajo. He de sustituir el tiempo que dedico a escuchar las primeras noticas de la mañana por este libro. Hacía ya tiempo que me llamaba la atención, bajé un adelanto al libro electrónico: lo leí, pero quedó ahí. Ahora se abre un mundo que intuyo y, al tiempo, desconfío de esa intuición. El libro ha de conformar su propio ámbito y a él debe circunscribirse, sin transvasar su veneno a otros compartimentos, que yo deseo estancos: la poesía hispanoamericana de vanguardia. Por el momento prefiero olvidar las referencias que tengo del autor y de la novela y no acudir a ninguna fuente que cree un contexto; bastante tengo con la presencia de la primera página de la novela, que resuena como un zumbido, que subraya la idea que me llevó hasta el proyecto espontáneo de enfrentarme con una novela, después de tanto tiempo.

+ Consejos sobre la escritura: hablo con E. y me pregunta por qué lo que escribe le parece malo y decepcionante. No es fácil hablar de eso, porque a mí me sucede lo mismo y ha sido siempre una carencia paralizante que me llevó a abandonar redacciones extensas, durante largos y dolorosos periodos me condujo a sufrir por textos que consideraba insuficientes, desestructurados y prescindibles, tras haber trabajado mucho en ellos con ilusión y disciplina. Pero, lo sé, la clave ese esa: la misma que para cualquier empresa humana: la disciplina. La voluntad. Esa lucha se mantiene, pero aprendo a vivir con esa parte de mi persona que rechaza todo atisbo de perdón y sólo desea una perfección que es imposible. Nuestras imperfecciones nos configuran más que nuestros éxitos. Y debemos perdonarnos, ser indulgentes con nosotros, con el niño que fuimos y que se esconde en estos y otros pliegues. E. vuelve a preguntar y ella sabe que yo tengo conocimiento y competencia; me escucha con atención y le digo que sólo hay una receta: escribir con disciplina. No es diferente a lo que necesita el actor, el músico o cualquiera que quiera acometer una tarea con un mínimo de seriedad. La disciplina, la voluntad y el perdón por no ser perfectos. Somos, cómo no, imperfectos y eso nos hace ser lo que somos: para bien y para mal.

+ Imagen: un ángel que custodia la entrada a una urbanización, en Madrid. Una escultura, una estela, un hito en el paseo de los desocupados paseantes sin destino. ¿Un símbolo? La elección no está condicionada.

sábado, 2 de abril de 2016

Retales




+ Habitaciones de hotel: su decoración y las historias que duermen en ellas. Un lugar donde esperar la muerte, donde tratar de encontrar sentido a lo que no lo tiene. Recuerdo historias en las que una anciana se veía abandonada en un hotel en las proximidades de una estación de tren; la mujer lloraba y los empleados le decía que no había otra solución que llamar a los asuntos sociales del ayuntamiento. Era una metáfora del momento, de aquellos primeros años del siglo xxi. Hace poco pasé delante de aquel hotel: había sido remodelado, la fachada era otra y el nombre era otro. Esos cambios nos hacen envejecer, pero tras aquella piel renovada supongo  que continua palpitando la historia, que como un desarrollo fantasmal se repite sin solución. Porque la verdad de la historia se circunscribe en la órbita de la ingratitud y, se quiera o no, es algo intemporal. Pero el hotel y la historia a la que yo lo ato quedó atrás: el paseo continuó y las conversaciones dieron lugar a una otra luz distinta.

+ Hoy, en una larga y sincopada conversación, llegamos a un punto de acuerdo: la vida deseable, una propuesta: en el campo, con el cultivo de un huerto, la lectura y la música clásica, pero, una vez al mes, al menos, una visita a una gran ciudad. Madrid, Londres o Lisboa. Ese contraste da una medida y trastoca las expectativas, desarma los automatismos. Pero, al mismo tiempo, se podía llegar a ver que la vida se simplifica sin esfuerzo y en ese desplazamiento de las necesidades se encuentra la solución a muchos debates. Terminamos el café y continuamos con nuestro trabajo

+ La carretera tiene ese aspecto metafórico que la aproxima el río, en un sentido de ilustrar acciones que desarrollan su cuerpo vital en el ámbito de lo lineal. Y qué es la vida sino un algo que puede ser reducido a un esquema lineal. Pero no tiene demasiada importancia, porque lo importante era la conversación en sí misma.

+ Manuales y requerimientos. Las listas y su contrapunto. El ganador y el perdedor son etiquetas variables que se diluyen el agua transparente: ¿la muerte? Es el tema y hacia el tiende toda obra humana. Mientras escribo suena una reproducción continua de adelantos en vídeo de películas americanas. Voces, música y ruidos. A veces comprendo una línea de diálogo, pero la mayor parte del texto desaparece en un fondo inestable: hay algo inspirador en ellos. Un piano suena con mucho ritmo, pero una voz lo rompe, rápidamente da paso a un ruido de ambulancia. El sentido es una construcción, los manuales parecen tener soluciones, pero estás se arman en el discurrir de los momentos, en la sucesión de las horas. La noche cae y llega el sueño.

+ Koan: el hombre mira al espejo y el espejo mira al hombre. ¿Interpretación? Buscarla es un error, obviarla: la repetición del mismo error. ¿El punto medio? No es preciso determinarlo.

+ Burditt Road, Miles End. La canción de Pulp nos remite a un barrio de Londres y a la condición de los squatters, La canción suena y más que su contenido o el sentido que nos ofrece, su textura es la trama de una rememoración porque retorna un tiempo de post adolescencia, de pseudo marginalidad. Se hacía patente la idea de la película y del libro: Trainspoiting; o su recuerdo, los momentos y la música, tan importante. Finalmente la larga sentencia: elige la vida, elige un trabajo, elige un hogar (…) y así. Total, una capa de nihilismo.


+ Imagen: aleatorio, significativo y prescindible. Como una calderilla, el local lóbrego es una concreción de muchas ideas sobre lo que se puede desmontar y volver a montar, pero con otro sentido. Todo está abierto.