sábado, 10 de octubre de 2015
Vapor
+ Las noches de los viernes acentúan una magia subterránea, aunque esto no tiene, necesariamente, un sentido positivo. Esa magia consiste en su raíz en que se ven descubiertos fantasmas, del pasado y del presente, fantasmas que profetizan un futuro indeseable. En otras palabras, el cruzarse con un conocido visiblemente deteriorado no deja de causar inquietud. Le vemos un poco más delgado, pero con un extraño sobrepeso que se localiza en su vientre, que parece caer, como un peso muerto: una balón redonde y, tal vez, negro. No se ha afeitado, pero tampoco se puede decir que tenga barba. Sus ojos están alucinados, camina con pasos pequeños y hay algo hierático en su expresión que no se concreta, que no se identifica, que resulta desagradable a la observación. Le conozco más de lo que deseo. Sus palabras fueron algo incomprensible en un primer momento, como un reguero de acertijos y dobles sentidos, luego llegó un punto sin retorno en que vi que todo aquello era una pantalla tras la cual no había nada, sólo un simulacro de ingenio y oportunidad. Ahora está gravemente enfermo, enfermo de sí mismo y su alcoholismo y su tendencia a la cocaína. Y, regreso al comienzo, es una magia lo que se aloja en su deambular, en la levitación sobre el pavimento de piedra, algún truco que desconocemos y no tenemos intención de indagar en él. Son fragmentos del pasado que emergen sin una cualidad moral clara: no hay una enseñanza, salvo la descomposición de la persona: gradual y exacta. ¿Cómo estará la próxima vez que le crucemos, cuál será su mácula? ¿Y la mía, y la tuya?
+ Sin un lugar determinado a dónde ir [No particular place to go, Chuck Berry]. El otro día llegó la música de Chuck desde algún lugar profundo del reproductor de Mp3 que tengo en el coche, que funciona continuamente cuando conduzco. No recuerdo qué canción emergió, sí recuerdo la primera hora de la mañana, su luz y una vana tristeza sin motivo: Chuck Berry consiguió que me animase. Cómo se lo agradezco, de la misma manera que hay poemas que consiguen que se afine la mirada sobre el día o se oscurezca el brillo deslumbrante, obsceno y barato de la soberbia estúpida. Por eso, hoy domingo, cuando han comenzado las lluvias su trabajo, su zapa que se desliza por la piel áspera del asfalto y engasta en plomo viejo las farolas y los metales sin apresto. Total, suena la canción y me embelesa ese robar el beso a la novia, ese conducir con alegría sin un destino determinado, la luna dorada, ella le dice que conduzca despacio y el viaje es un fin en sí mismo. Kokomo, Indiana, es el destino; tal vez. Ay, quién pudiera escribir un soneto que diese con esta intensidad; mientras tanto: No particular place to go.
+ Por la noche, antes de dormir, El cuaderno de vacaciones, de Luis Alberto de Cuenca. Ay, qué mundos. No sé si participo en ellos, pero sé que disfruto, que su lectura reconforta sin ser empalagosa, hiriente, entrometida. Qué clásico, qué moderno, qué equilibrio. Aquí vive la lírica y su perfil claro, la línea clara tan amada [por Luis Alberto y por mí]. Tintín me ayudará, una vez más, a conciliar el sueño.
+ Preparación. Primero se reduce la ingesta: sólo arroz blanco, carnes blancas y ausencia de lácteos. Un juego de blancos. Luego, el último día, se llega al ayuno, salvo un poco de caldo transparente y agua. La comida se aleja y su carencia ilumina partes de la realidad que no estaban ocultas pero sí enmascaradas. Así, un paseo por las calles nos muestra cómo la gente se comunica con sus teléfonos 'inteligentes', cómo comen, beben y charlan. Hay una distancia que desautomatiza lo ordinario y lo lanza a una red de perplejidades. No importa, el curso de la vida es poco o nada reflexivo, como el que pedalea: si piensa se cae. Pero el hambre es un estilete. Permanece la visión, cuando ya la performance está en lo diario y su concreción artística es residual y museística: todo es puesta en escena, escenario y sin un lugar determinado a donde acudir, toda visión se fundamenta en lo diario, me digo. La violenta atracción que produce lo cotidiano se refleja en el espejo del hambre.
+ ¿Es el mismo cuadro que yo veo que el que tú ves, el que ve el que no le interesa la pintura o la desprecia o el que se ha pasado años en su compañía mediante visitas, contemplaciones y lecturas? ¿Qué hay por encima de ella? No lo sé, pero ese algo está mucho más allá de las intenciones del autor y al mismo tiempo es inaprensible, como lo demuestra la historia de la crítica en materia de arte o literatura, cada época y sus variaciones, ese diálogo, al menos, una interpretación, cuando no innumerables. Así me asomo al estimulo del centro de salud, donde me harán la prueba. Tantos rostros, tantos afanes. Observo. Es un entretenimiento portatil, auténticamente portatil. Atuendo, maquillaje, relojes, zapatos, uñas pintadas, gafas, batas, ropa interior que emerge en una transparencia, bastones, disposición, gesto, postura o posición, escorzo o decúbito, luz perpendicular, luz mortecina, ascensores y ojos clavados en el techo de celofán, la mujer que camina despacio, la mujer joven que se resguarda en una esquina y solloza, el hombre que sonríe levente tras salir de la consulta, llaves, taquillas, camisones hospitalarios, camillas, visitadores médicos, mujeres con maletín y tableta electrónica, teléfonos 'inteligentes', cielos de neón, cielos fluorescentes, armonía y belleza, vida y transición. El cuadro no necesita ser pintado, en cada visión hay un gran fresco: en este caso renacentista: según mi criterio y gusto, con un surtido de claves e insinuaciones. Luego, algo fauvista, después el desorden de una secuencia televisiva atrapada en un cuarto oscuro en el vientre del museo. Cuánto se contiene en quince minutos, que realidad tan inabarcable. El reloj se detiene, por un momento, aunque sólo sea una fantasmagórica apariencia.
+ Escribía para los pocos, hoy plural y arborescente: puebla bibliotecas. Comenzamos con su lectura, desde el respeto, pero sin miedo. Ahí estamos, aquí estamos.
+ Littera gesta docet; quid credas alegoría. Moralis quid agas; quo tendas, anagogia. Lo literal te enseña los hechos, lo alegórico lo que hay que creer; el sentido moral lo que has de hacer, la anagogia [= paso de lo literal a una esfera superior: topos uranus: lugar celestial] a dónde has de tender.
+ En Italia hay un rapero que titula uno de sus discos: Anagogia. Lo plural, lo múltiple, lo inasible.
+ Hoy viernes se presenta el otoño con el aspecto independiente de un gato aventurero, pero con necesidad de cariño y caricias. La tarde establece un cálido filo de compras, terrazas y madres e hijos en el comienzo del fin de semana. Se presiente, una vez más, la lluvia y esto no deja de invitar al disfrute, a tomar el valor del momento y olvidar su precio: es precario. Cada enseñanza se incrusta en la edad alcanzada, como la carrera hacia la nada.
+ Imagen: el fantasma que se hace carne en la imagen de Eduardino, esa etiqueta. Qué miedo transmite ese payaso, que invita a beber y casi es una advertencia. Qué ebriedades, qué vapor.
sábado, 3 de octubre de 2015
La entrada del otoño
+ La niebla toma la ría. Entre los pinos se desliza sinuosa y en silencio. Caminamos por el paseo de tablones, bajo los pinos, una pulverizada lluvia nos humedece la ropa y el pelo y casi no es lluvia, sino una concreción de la niebla. Resulta extraño. Hablamos y nos cruzamos con otras parejas. Allí abajo la playa es una estática metáfora de lo permanente: por encima de la fragilidad de lo humano: la obra caduca. Nada permanece, ni siquiera esa playa que parece dormir a la espera de otro verano. Aquella vieja frase tan manida: llegará un día en que el sol se apague. Con todo y después de todo, no alcanzamos a ver la isla. Siento no tener la cámara de fotos, y de alguna manera hay una enseñanza en ello, un emblema de tiempo y voluntad. Más tarde habré de oír en la radio que esta niebla se debe a un fenómeno relacionado con el viento del sur y la temperatura del agua y del aire, ese contraste que hace que se eleve la cortina opaca, que todo lo inunda. La belleza que contiene colabora con el momento, es un establecerse la complicidad del paseo y la inercia de los besos y los abrazos: vemos niños, padres, abuelos, coches que avanzan, árboles, bicicletas y jóvenes que se ríen, todo tiene un aire de irrealidad irrecuperable: nada lo puede contener, ni las fotos, ni las descripciones y pienso que su presencia es más musical que plástica, pero esto no se traduce en nada, salvo en la certeza de la fugacidad del momento. Avanza el día y comienza la noche, en su seno un gatito intenta dormir, así se presenta, hoy, el paso del tiempo: un leve maullido.
+ Otra vez de una balda recojo el libro de Nuno Ferreira Portugal de perto. Lo abro y leo unas frases suelta. Llega el sueño sin avisar y el libro me cae de las manos. Pero, antes, pienso en los viajes en coche que he hecho por Portugal, en las carreteras secundarias, en los pueblos y las cafeterías, los cafés, los bares. Es otro mundo, sin duda alguna. Al final, es una reflexión sobre un algo que nos une a un paisaje y a una idea de un país. Es la nostalgia de un tiempo indefinido, de un ámbito donde habita una suerte de magia o enamoramiento. La primera vez que estuve en Portugal me llamó mucho la atención un puente de hierro, creo que era en Viana do Castelo. Volví a pasar por allí muchas veces, eso creo, y una latente colección de imágenes estalla y me trasladaba al final de la infancia. Un valor acumulativo. El libro duerme en un estante, pero lo recupero, una y otra vez, sin prisa por terminarlo, pero es un libro muy breve y en cualquier momento llegará a su final. La relación con Portugal viene de muy lejos, así que he llegado a pensar que es anterior a mi nacimiento, como si existiese la posibilidad de una suerte de reencarnación: sin mucho convencimiento, no está mal concederse ese paréntesis que supone una fingida fe en la reencarnación.
+ Una fría sensación de hastío se instala en las primeras horas del día. Una desazón que se condensa en el lento avanzar de los coches hacia el trabajo, hacia el colegio, la ocupaciones y el olvido de lo fundamental: la muerte. Las luces de los pilotos son rojas, las luces del peaje de la autopista dibujan algo que semeja ciencia ficción: las veo desde la carretera y trazan un perfil elegante. Un brillo absurdo desciende de las farolas, la rutina y una niebla que se disipa. Aparece una luna enorme y teatral, imposible. El escario de todas la mañanas y la música de un Bach renovado. Es el momento del aquí y ahora, que se olvida tan fácilmente y con funestas consecuencias.
+ Alegría: en el modo aleatorio del reproductor de música salta la elegante caligrafía guitarrística de Chuck Berry, su voz y su estilo. Qué certeramente evocador.
+ Se aproximan las lluvias. En el aire se agita una certeza, vibra su anuncio. Decido aprovechar la tarde del viernes, en que luce el sol. Me voy a un parque para leer y escuchar unas grabaciones de María Callas, fragmentos de óperas. Estoy sentado en un banco corrido frente a la puerta de un instituto de enseñanza secundaria. Leo con atención, pero a veces levanto la vista y trato de estudiar a los adolescentes, su energía, su fuerza, la vitalidad indiferente a lo tangible. El libro me ayuda a centrarme en el momento, pues trata de los últimos años, del embate del neoliberalismo, de su asunción y la complejidad de su estructura. Los adolescentes parecen felices y no sé si son ajenos a toda la problemática del momento, es imposible saber qué piensa otra persona. Una mujer se sienta a mí lado, nos miramos y sonreímos, sin saber por qué, al menos yo. Continuo la lectura, con despreocupación. La mujer se levanta y corre hacia un chico, ella es mucho más joven que yo, coge un papel que le ofrece el chico y niega con la cabeza, pero acaricia con amor la cabeza del que es con total seguridad su hijo. Llega un viento con noticias de su amiga la lluvia, como decía la canción de Pete Doherty. El gesto recompone la percepción de la tarde, lo fragmentario cobra sentido o estructura. Cierro el libro y me dirijo a un café pastelería. Pido un café largo y me siento. La lectura es más dificultosa, ya que una pareja, a mi lado, habla en voz alta. Toda su conversación gira en torno a planes y a maneras de organizar el equipaje. Él está nervioso, ella habla muy rápido, No quiero oírles, pero hablan muy alto y sus voces se cuelan con claridad en la música de mi reproductor, mi viejo reproductor. Me detengo un momento y me digo que parecen seguir la moda, pero no lo logran, hay algo que les falta y otro tanto que les falla. Dan la impresión de sentirse especiales, yo sé que no lo soy y eso me reconforta. Cierro, otra vez, el libro, pago y emprendo mi camino hacia mi casa. No sé cómo, pero he conseguido conjuntar la proximidad y certeza de la lluvia.
+ Imagen: lector de periódico en el jardín de un museo. Mañana calurosa y húmeda. Cerveza sin alcohol y tranquilidad, esos momento ajenos a las prisas, las ocupaciones y la responsabilidad/esclavitud del reloj.
sábado, 26 de septiembre de 2015
Estalagem
+ Tea for two, me digo y recuerdo que Shostakóvich realizó una versión orquestal en una hora, en un vagón de tren: es cierto, pero si no fuese así, la anécdota contendría en sí toda la intuición en esa hora de la mañana. Lo he escuchado en el El mundo de la fonografía, que escucho mientras leo y leo y leo. Oh, este encierro voluntario, este hermetismo, este claustro hermético.
+ [Lisboa_B]. Días atrás, entre papeles y publicidades y tickets, encontré una postal promocional de unas colecciones de ropa fémina que se responden al adjetivo inglés Tiled, obviamente: en clara referencia a los azulejos, que una (im)posible traducción sería azulejados o no: azulejeados, tal vez. El caso es que me encontré con otra posible candidata a un poema no escrito: lo veo como un muestrario de poemas que se sustentan en la fascinación de poetas sin existencia. En esta ocasión sería la actriz lisboeta: Sandra Celas. La foto de la postal nos la presenta apoyada contra una pared recubierta de azulejos y la blusa que viste reproduce la geometría de esos azulejos. Hay algo en la mirada o en el estar que sobrepasa el propio rostro: hermoso y portugués. Luego, busco en la red y no es lo mismo: es otra mujer, muy diferente a la que me imaginado. Por esta razón el posible poeta varía, debe ser otro, más mundano, más conectado con las aguas tibias de las fiestas nocturnas dominadas por el control y el autocontrol. La idea primera, la entonación que arroja la postal es algo que viene del pasado y no tiene mayor conexión con el presente que el vapor de un sueño y su música olvidada. Aunque permanezca la letra, no es suficiente. Quién escribirá ese poema. Nadie, pues es un ejercicio de lo inútil, en ello estamos.
+ "As arvores, no seu alinhamento pelas avenidas, eram independente de tudo isto." Pessoa Livro do desassossego.
+ Sobre el Pessoa y Livro do desassossego: la multiplicidad y lo fragmentario se han instalado en una suerte de léxico de urgencia, una suerte de caja de herramientas. Esta semana será lo fragmentario el tema que gobierne el día a día y los momentos previos al sueño. Los treinta mil fragmentos de baúl de Pessoa llegan a mi curso diario. Veo autores que son una novela en sí mismos, la unión de la biografía y la obra se hacen una unidad consistente y pasan a ser relato. Narración arborescente según se penetra en ellos: "la bibliografía". Me sucede con Foucault, me sucedió con Pessoa y ahora éste último se hace presencia una vez más, presencia diaria. Es un conjuro. Recupero cada día un libro y leo las observaciones que tomé en la primera página y remiten al propio libro: página e idea. Veo el que fui y veo el que soy, comparo y reparto papeles en ese teatro vital: la propia novela de la vida. Aquella Lisboa que fue y esta Lisboa que es: la amistad y el amor. Sobre ambas transita Pessoa, sin mucha intención, distante y ocupado en sus quehaceres, obviando mi presencia. Pero le he visto, una vez más, en este septiembre hermoso de 2015.
+ A la espera de que llegue un repertorio bibliográfico, que no llega, que se retrasa muchísimo. Llamo al librero y me explica por qué se retrasa el pedido, doy por buena la explicación. A renglón seguido, me dice que recuerda perfectamente cuando compró el libro, que se lo compró a la hija del dueño anterior, que éste era un notable bibliotecario de la Biblioteca Nacional de España, una autoridad en bibliografías. No recuerdo el nombre, pero es una materia para una investigación que no emprenderé. Como tantas veces, hay una novela: todo libro la tiene una vez que se compra y comienza a circular, pues no son nuestros, son un préstamo. Toda biblioteca está destinada a ser revendida. Aunque, si nos detenemos un poco, se puede extender a toda posesión: una vajilla, una casa, una joya [v.gr.]. Ahí queda y sigo a la espera, ahora con el deseo incrementado.
+ Imagen: harinera, la geometría seca en una tarde de otoño. Castilla. Una suerte de enfrentamiento entre el cielo y la utilidad. Lo veo y disparo, encuentro la foto y la cuelgo aquí. Sin consecuencias.
sábado, 19 de septiembre de 2015
Lisboa_2015
Tatuajes, cerveza helada,
humedad. Una manifestación de taxis en contra de Uber, una manifestación que avanza
sonora y contundente por las calles del Barrio Alto: se enfrentan dos taxistas
a gritos: uno no quiere sumarse a la protesta y el otro le ofrece diez euros
para que pare: si es por dinero, toma, agita el billete en el aire y llega un
policía motorizado que los increpa ante una posible bulla: “vai embora, vai
embora“. Hay algo profético en ello y la
luz es especial, nunca antes vista, atlántica y metálica: una reverberación
azulada. Les oímos gritar otra vez, pero ya no entendemos lo que dicen y proseguimos
nuestro camino sin rumbo. La bulla parece quedar en nada y continua la
procesión de taxis negros y verdes, que colapsa el centro de la ciudad, que da
un tono extraño a nuestros pasos de turistas sin ganas de ser turistas.
Hablamos sobre ello y, finalmente, en un requiebro, llegamos a la misma
conclusión: Uber es capitalismo parasitario: eso lo leí yo en un artículo-entrevista
sobre Rafael Rojas, el profesor-ingeniero-mejicano que ejerce en Alemania.
(También dice Rafael Rojas que considera los smart phones innecesarios y redundantes, él
tiene un teléfono en el trabajo y otro en casa, y cuando no está allí el que lo
desee o lo necesite puede enviarle un correo electrónico; lo demás es marketing
o embrutecimiento). Esas cosas que tiene el conversar durante los paseos sin
rumbo en una ciudad querida y extraña, por descubrir: cómo se llega de la
lírica de Lisboa a los asunto del turbo-capitalismo.
Comemos en un bar muy pequeño,
imposiblemente pequeño. Bocadillos de atún con queso y cerveza sin alcohol. La
dueña ronda los treinta años y tiene unos hermosos ojos azules: insondables. Su
pelo es muy negro y habla lentamente, con oscilaciones, con sonrisas y elevaciones
cadenciosas de su tono de voz. Habla de sopas rusas y de postres caseros, es su
lenta parsimonia: me parece rusa, pero no lo aseguraría: no sería la primera
vez que confundo el ruso con el portugués: cuando me fijo un poco, sólo un
poco, me doy cuenta de que no entiendo nada, que es ruso y no portugués, ese
rumor que me llega.
El día es un don de encuentros y
casualidades, de retratos espontáneos y gratuitos. Una tienda de ropa, una
fábrica abandonada, el conservatorio de
danza clásica, un bar en la azotea de un garaje, el paisaje que se compone de
tejados y “o mar da paja”. El cielo es un azul engastado en cúpulas de iglesias
y bastiones de los bares de moda, terrazas para los últimos hipsters y litronas
para los primeros pijos. Algo canalla, algo melancólico en el declinar de la
tarde, cuando vuelvo a pensar en la mujer de los ojos azules, en su pequeño y
ordenado bar, en su ruego: escribid algo en las redes sociales, lleva poco
tiempo abierto este bar-restaurante, tan pequeño, algo, un comentario en las
redes sociales: pero yo no tengo de eso, no me alcanza, soy antiguo, tan
antiguo que cuando el metro que se detiene en una estación, en ese nombre de
estación de metro reconozco una parte de mi pasado y está tan desligada de este
presente que me siento parte de una novela, la novela de mi vida.
Mi pasado, mi biografía. Sin
mirar hacia atrás, sin perder el tiempo con el futuro. Pero siempre hay unos
cimientos, una base, un pedestal o un plinto. No sé, sin proyecto también se
llega. Ese es mi legado para los hijos que nunca tuve: etcétera.
Otro largo etcétera de tipos y
costumbres: la porcelana y el café, las pulseras y la mendicidad, deformidades
y aristocráticas letanías que ya no me interesan: soy, en verdad, otro, aunque
el mismo: un heterónimo de mi mismidad. Soy otro y soy mejor, lo sé y eso me
satisface, me otorga una paz invisible pero solida, que se aclimata a Lisboa. Lisboa
todavía es “un otro lugar”: un más allá dentro de la península, dentro de la
geografía sentimental de mi adolescencia: tan lejana, tan extraña como
hipnótica, rutinaria e incomprensible. A
pesar de todos los procesos de homogeneización, Lisboa continúa siendo “un otro
lugar”, me digo con satisfacción.
Pero, dónde está aquel mundo del
año del noventa y siete. Hoy, entre la selva de tatuajes y teléfonos
inteligentes, hay un algo que perdura
más allá del paso del tiempo. Casi veinte años después, vibra la misma cuerda,
en la misma longitud de onda. Se trata de esa melancolía que inspiran sus
calles y su luz lavada y cegadora. Todo ha cambiado para ser lo mismo, como
decía el aristócrata de la película de Visconti. Las figuras de las sardinas y
la presencia constante de Pessoa, emblema de la ciudad tan desconcertante como
fragmentaria. Y vuelvo al poeta, en este año quince: llama la atención que un
hombre que vivió en la frontera de la miseria a lo largo de su edad adulta hoy
sea una industria turística, un emblema indiscutible. So omnipresencia no se
corresponde con mi idea del personaje, que considero más ajustada que todo el
ritual en su entorno.
En fin, estas paradojas un tanto cervantinas
nos agradan, las hacemos nuestras sin darnos cuenta, como mención a un proyecto
inacabado: ese triunfo tras la muerte que ya de nada vale. Y, así, llegados a
los Jerónimos se comprueba que ahora está allí su tumba, que hay una
universidad con su nombre, que el perfil de su rostro es motivo para
envoltorios de chocolates o cervecerías o pastillas de jabón [carísimo]. El
rostro del poeta que vagó por estas calles entre la magia y el vapor alcohólico:
el alcoholismo: sumido en una marea de resonancias de ciencias ocultas y
poesía, de glorias pasadas y una extraña vanguardia integrada en exclusiva por
el mismo. Esas aristocracias de cartón piedra y humo y viento. El sombrero, el
paso nervioso, su bigote, sus gafas, la corbata. Todavía camina con paso
decidido por las calles, quiero pensar cuando estoy ante su incomprensible
tumba.
Lo dicho, los tatuajes son un
misterio y Pessoa es otro misterio, lo que no quiere decir que sean
equiparables. Su tumba es un monolito incrustado en una hornacina. Estamos ante
ella, lo comentamos y hacemos una foto: con dificultad, pues el público es
numerosísimo. Estudio el monolito con
dificultad, pues no dejan de pasar turistas uniformados [bermudas, sandalias,
camiseta y gorra], turistas que no cesan de fotografiar esa totalidad del
claustro: el autorretrato que ahora se llama selfie, que remite al egoísmo, la
cámara excesiva en manos del aficionado, la pequeña cámara para instantáneas y
la fugacidad del propio teléfono. Así contemplo la estela y me digo que
extraño; yo también soy otro, otro que finge ser el mismo: como el poeta: un
fingidor. Hago mi foto de ese recuerdo funerario. Bien: flota en la pantalla
del ordenador. Cristal líquido, amor nocturno, puentes rojos que vuelan sobre
el estuario. Año 1966.
Libros y libros que tratan de
explicar la crisis, el liberalismo o los recortes que se han sucedido en las
diversas naciones del proyecto europeo. Recetas y responsos, lamentos que
dictan sentencia, aciertos y pronósticos. Libros que duermen en las estanterías
y en los mostradores junto a biografías de urgencia de políticos lusos,
estadistas europeos y nuevos políticos del otro lado de la ‘raya’: Monedero o
Pablo Iglesias tienen su particular altar en la librería Bertrand, que ya no me
parece lo que me pareció hace casi veinte años. Los veo y los ojeo y no me sorprendo, termino
por comprar una edición del Livro do Desassossego. Son treinta euros, una cantidad respetable. Me
interesa profundamente el escritor, me interesaba Pessoa antes de saber quién
fue Pessoa. Tal vez por que sé que hay un algo fragmentario e intangible que
comparto con el libro y con el autor, que tiene para mí un interés mayor que
aquello que se ajusta a la realidad más actual: la realidad como construcción
se ve reflejada en una pintada sorpresiva: no tienes que encontrarte ni
buscarte, debes construirte. Lo recuerdo mientras caminamos por las calles, sin
rumbo. Y en ese orden de cosas entra el libro de Pessoa: la falta de un
proyecto determinado, pero que poco a poco toma cuerpo casi por arte de magia,
por un conjuro.
En un aparte, más tarde, en
Oporto, leo le libro y percibo claramente como al tiempo que he cambiado hay un
algo que se mantiene más allá del tránsito de las edades: la indecisión y la
fortaleza, como la sombra y la luz (así rezaba la canción de RF [=Radio Futura],
que ahora hago mía).
Allá quedan las pensiones agrias
del noventa y siete, el licor, la ebriedad, el calor denso del alcohol fuerte:
A Gingihna y el Bernardino, la ginebra o el whisky malo y resultón. ¿Somos los
mismos, este que viaja en un cofre de erudición falsa y cámara de fotos, sin
tomar notas, sin opinar, abstemio y observante, y aquél que se deslizaba por
las calles, solitario, bajo una luz tangencial e hiriente, que fuma sin
descanso y con desesperado nerviosismo, que leía y tomaba notas y no esperaba,
en el claustro de la ebriedad, sin cuestiones que planear ni resolver?
En las mesas de los centros comerciales se
pueden ver grupos de hombres que discuten con pasión sobra la esencia de lo
portugués, las próximas elecciones y la crisis. La crisis es el catalizador de
todo pensamiento, me digo y desconfío de lo inmediato de esa conclusión. Lo
hacen con pasión e histrionismo, ante la nada de sus mesas vacías. Se alteran,
vociferan y caen en un silencio pasmoso y cargado de soberbia. No consumen nada
y unos periódicos gratuitos permanecen cerrados a su vera: los estrujan, a
veces. En otras mesas, algunos dormitan o escrutan al público que circula por
los pasillos del centro comercial, que vomitan la multitud en esa plaza
artificial, más allá: un grupo analiza resultados futbolísticos y los anota en
grandes libretas escolares, una tarea que semeja estéril y al tiempo exigente. Parecen
ilusionados, pero hay una falla en ellos, en el grupo, en cada individuo que lo
compone. Es como si llegase el sonido de una caja de música para colorear el
archipiélago de lo cotidiano. Hay algo fundamental en el centro comercial, en
sus tiendas cerradas y en el tránsito de lo turistas. Es la rutina y el latido
de un pueblo que se resiste a naufragar en el Atlántico, una vez más.
No es posible soslayar la meditación sobre
lo fragmentario que me lega Pessoa. Días más tarde, ya lejos de Portugal, releo
unos papeles pendientes y me encuentro con otra suma de elementos: textos de W.
Benjamin en los que subraya su incapacidad para lograr encajar sus textos en el
ámbito universitario. Llegado un momento, quizá esta mañana, en la radio
entrevistan a un director de cine joven: no tan joven: 40 años, algo más viejo
tal vez. Le oigo hablar y semeja que en su biografía hay una misión, un asunto
más religioso que artístico, donde pone más liturgia que trabajo. Su película
es una película de acción. Ha estado de viaje en Estados Unidos y le fascinó
encontrarse en una terraza a Al Pacino, lo relata detalladamente: no fue capaz
de dirigirse a él: es lo que gana, creo yo. Una cosa lleva a la otra y todo
termina por tejerse sin mi ayuda: es uno que triunfa entre mil, pero el acento
se pone en el primero y los restantes caen en el olvido o en la inexistencia.
Me interesa más la historia del que no es entrevistado, del que no llega al
puerto de la dirección, que todas sus esperanzas nunca llegan a plasmarse.
¿Fragmentariamente? Apuntes, notas, entradas en un diario. Lisboa es un hito en
mi biografía, una ciudad mágica, secreta, interna. Ahora, en la lejanía, la
añoro como un adolescente en invierno añora a su novia de verano.
+ Un triunvirato: el viaje, el verano y el turismo. El viajero, el veraneante y el turista. Cada cual en su nivel, con una suerte de programa que le llevará a encarnar un papel, como en una obra de teatro. El viajero es imposible, el veraneante muda con frecuencia de piel y es muy difícil captar su espíritu [ya que no tiene otro que el momento fugaz de la estación de las playas y los anocheceres alcohólicos y deterministas], el turista, finalmente, sólo obtiene desprecio: la masa no es del agrado de los snobs que constituyen el grupo de viajeros o veraneantes. ¿Dónde encuadrarnos, o, mejor, dónde nos encuadran: viajeros, veraneantes, turistas? De un tiempo a esta parte cada vez estoy convencido de que la mayoría somos turistas de nuestra propia vida, y ni quiera por decisión propia, sino por inercia. ¿Todavía hay margen para una estancia ajena a esta clasificación?
+ Imagene(s): 1. Desde el arco de A Praça do Comércio; 2. Un azulejo que resume una visión de la vida, un estado de vida; 3. Un un entorno fabril reconvertido en centro comercial, un tanto in, un tanto out; 4. Un restaurante: ¿Primeiro Andar? 5. A Praça do Comércio, también desde el arco. Etc.
sábado, 12 de septiembre de 2015
Noche oscura del alma
+ Hoy pensé en alguien que en este momento escribiese un poema para Amy Poehler. Sobre sus ojos, sobre su voz, sobre su presencia, sus pechos, la sonrisa, las manos o un gesto velado que incite a la lujuria. Un enamorado en la longitud de la pantalla del ordenador, en el esquema breve de lo mediático. Una singular obra: un soneto, tal vez, una décima, quizá, o una colección de silvas. El juego de estrofas le daría al objeto una altura insuperable, pero ¿dónde está ese poeta? No sé, la actriz encarna nuestro tiempo, me digo y no creo en la afirmación, sólo me interesa la posibilidad de un poema. Flota esta incerteza en el ambiente y en ella me descanso. Ve las fotos de Amy y encuentro un atractivo ambivalente y moderno, en el punto de su edad próximo a la cincuentena. Vuelvo a verla y me recuerda a una profesora de inglés que tuve hace ya unos años: su sonrisa, la voz, la mirada, una suerte de estructura de curvas y ademanes. La rememoración no es gratuita: vuelve aquel momento y creo ver en ese retorno la esencia de ese poema posible y no escrito y muy nocturno: la muerte es el tema, siempre es el tema. En las últimas semanas lo he repetido cínicamente: cuando comentes un poema, aunque sea tras el decorado, afirma siempre, explícita o implícitamente, que la muerte es el tema. En Amy Poehler encuentro esa certeza de la muerte, pero también la encontraría en cualquier otro rostro. Lo sé. Pero es ella, hoy es ella.
+ En el inicio de La arboleda pérdida de Rafael Alberti se hace una contraposición entre dos belenes. El primero es el que realiza un empleado de la familia, con mucho esmero y dedicación, sin admitir intromisiones. El segundo es obra de un tío del poeta, del que dice que era un belén "arisco y helador", algo que sorprende cuando se trata de algo tan inocente, infantil y hermoso. Pero es posible, las combinaciones se lanzan al infinito continuamente. En esta prosa tan rica y fluida, plagada de admirables hallazgos que cruzan con disimulo el curso del relato, la función de los belenes parece ser la de poner un acento en la oposición que hay entre lo popular y lo construido con intención de imitar lo primero, pero sin conseguir ese propósito: un belén todo de arcilla, "un planeta petrificado": la metáfora del derrumbe de una casa, de una familia. Abandono el libro por un momento y escribo esto que lees.. Mientras la idea aletea y se aleja, regresa nuestra infancia, pues resulta difícil no pensar en los belenes que se compusieron en aquellos años de niños, cuando nuestros padres nos llevaban a los montes próximos a la ciudad en busca de musgo y piedras, líquenes y arena, ramas y hojas con las que simular ese mundo tan fantástico como imposible pero con una razón auténtica y verosímil: el avance de los Reyes Magos, la espera de la llegada del Niño Jesús, el caminar diario de los pastores hacia el portal. La lectura de las experiencias de Rafael Alberti trae consigo recuerdos de infancia: como se ha dicho hace un momento, de una infancia feliz que nuestra madre se encargó de cuidar y preservar con la ayuda necesaria de nuestro padre. Qué satisfacción produce ver el panorama tras el tiempo, como el trabajo bien hecho de un artesano, la perfección de un botijo o de un cedazo, ese imponderable que no alcanza lo fabril, por muy exacto que éste sea. Ahí vive. Todavía, nuestra madre, los belenes, los niños que fuimos y que respiran en nuestro interior, aunque con frecuencia no queramos oír sus pasos: de nuevo, en este mes de septiembre.
+ Pájaro-cabra: un mote que no fui capaz de descifrar, tampoco quién lo citó lo logró. Qué regocijo en la mañana. Cuánto espacio para imaginar el relato del apelativo. ¿Una cabra voladora, un pájaro de cuidado que no está muy bien de la cabeza o una simbiosis emblemática entre el que vuela y la que cornea? A saber, pero la cita queda ahí.
+ Un hasta pronto [Foucault]: Copio una cita de (F.) del libro de Miguel Morey Lectura de Foucault: "En cuanto al problema de la ficción, es para mí un problema muy importante, me doy cuenta de que no he escrito más que ficciones. No quiero decir, sin embargo, que esté fuera de la verdad. Me parece que existe la posibilidad de hacer funcionar la ficción en la verdad; de inducir efectos de verdad con un discurso de ficción, y hacer de tal suerte que el discurso de verdad, 'fabrique' algo que no existe todavía; es decir, 'ficciones'. Se 'ficciona' historia a partir de una realidad política que la hace verdadera, se 'ficciona' una política que no existe todavía a partir de una realidad histórica" [Les rapports de pouvoir passent à l'intérieur des corps, entrevista con L.Finas 1977].
+ Recuerdo cuando disparé la foto. Hace ya casi un año, en Guadalajara, en busca de un acento abstracto: un banco en un paseo que se convierte en algo o futurista o constructivista. No sé. Hoy hubo un momento en que la abstracción fue requerida, aquí queda constancia de ello.
sábado, 5 de septiembre de 2015
Lectura rápida
+ A veces necesito con urgencia un libro para leer de un tirón, una novela que comenzar y terminar en un mismo día o en dos, no más de tres días, nunca cuatro días. Obviamente: la brevedad es una cualidad cuando la condensación es un logro y no una muestra de incapacidad. Sin dispersiones. Una tarde es una fracción deseable, por qué no: sería, sin duda, la opción perfecta. Un libro como una droga, un libro que vaya más allá de sí mismo, que su efecto dure unas horas: como el hachís, como un whisky venenoso, levemente venenoso. Confío en ello, ya que es una manera de atrapar una totalidad que me redime de lo fragmentario cotidiano. Una posibilidad de agregarle al ritmo de los días un aliento de fantasía o irrealidad: establecer los límites de lo vivido, elevar el punto de vista, el punto de fuga.
+ Así, llegó de repente una intuición. Leía con placer el Cuaderno de verano, de Luis Alberto de Cuenca, cuando un poema me llevó hasta el libro elegido. La sorpresa anima la alegría de la lectura: Carmilla. Carmilla y Laura, detalla el poema, que no es gratuito y va más allá de lo leído, para traspasar percepciones y certezas. A renglón seguido, lo compré en formato digital por menos de dos euros y esa inmediatez era otra satisfacción: la unión de la novela gótica con la prontitud del siglo XXI. Comencé una noche de viernes y el sábado, tras la siesta, lo había terminado. No podía ser mejor y nunca menos ejemplar. Una historia de vampiros, sobre el amor y la muerte, el vuelo de un amor prohibido: el amor entre mujeres. Esa nota ilumina las posibilidades de la metáfora, aunque uno, en muchas ocasiones, prefiera la lectura literal, porque en ella se contiene lo netamente literario y esquiva escolios indeseables. Sin dilaciones, la fuerza del amor, la necesidad de la posesión del cuerpo de la amada, el filo acerado de la muerte y la consumación sexual siempre en suspenso.
+ La narración está muy bien ordenada y ello contribuye a incrementar los efectos sorpresivos sobre el lector. Finalmente: la certeza de que lo imposible adorna las pasiones. El argumento es sencillo: Laura y su padre presencian el accidente de un carruaje, como consecuencia de ello aparece en sus vidas Carmilla, hermosa, ambigua, extraña. Carmilla está enmorada de Laura, pero no es algo explícito, aunque fácilmente se supone, como una melodía que trae el viento, que apenas se adivina. Carmilla precisa de sangre humana para vivir, porque Carmilla es un vampiro. Finalmente, Carmilla se ve abatida debido a una fuerte necesidad de justicia poética que cierra con perfección el círculo que se comienza a dibujar en el inicio del libro. No es posible evitar que la voz, la confesión de Laura nos aproxime a una duplicidad, a la ambivalencia de Carmilla: el amor y la muerte. Algo tan presente en la pasión. Evidentemente, en esa diana hay una metáfora, pero también lo literal forma parte del relato y es muy importante: lo estructura y da idea del terror como manto y ocultación una verdad subterránea y simultánea. El amor como proyecto y/o como condena. Bajo la violencia y el terror se oculta el amor de una adolescente por otra adolescente, que una veces parece correspondido y otras no. ¿Así es la vida? Con sus mil facetas, cada segundo es inaprensible: sólo el orden que lo escrito propone sirve y guía. La moraleja de esta rápida lectura es la presencia de la nada, lo fugaz y violento que el amor, el deseo y el sexo contienen. Todo es evaporación, niebla confusa en la alta montaña de los sentimientos y el sexo. Se agolpan viejos recuerdos de amigos y amigas que el tiempo ha borrado: sus nombres, sus rostros; nada es permanente, pero la literatura nos deja a una Carmina y a una Laura que se aman en el ámbito de los siglos y la seguridad de los libros en las estanterías.
+ ¿La irregularidad frente a la simetría? Un dato: libros que llegan del pasado, en su momento ignorados: hoy centro de una investigación sobre aquel pasado. No merece la pena una indagación profunda y en exceso seria: llegados al reino de la risa. Otro fauno ha sido entrevisto esta mañana en los bosque que frecuento, en su borde, en su frontera. Él es la encarnación del miedo pánico: su sonido, el ulular del viento, la cuerda que vibra en soledad, el árbol que cae y nadie conoce el sonido que produce en su caída. Irregularidades, vértices, lejanía.
+ Imagen: en algún lugar de Londres, donde podría habitar Carmilla. ¿Por que asociar esta ciudad con ella? Llega un momento, siempre llega un momento en que se necesita una investigación, ¿es el caso?
sábado, 29 de agosto de 2015
Insomnio
+ Llega un sonido de música. Es un sonido confuso e intermitente, pero destaca una voz, una voz que no se puede confundir. En un instante es posible ya reconocer a Bambino. Cómo lo recuerdo, cómo recuerdo aquél póster en un pub en una callejuela de Salamanca. Qué unión, qué hallazgo. La música crece y aparece un coche de los que no necesitan carnet. Es una llama amarilla débil y sinuosa, lo conduce un hombre de sesenta o setenta años, quizá cincuenta: esas edades imposibles, sin determinación, aleatorias. Lleva una gorra verde de productos agrícolas, sus patillas son de un considerable tamaño y su camisa de cuadros aporta algo de far-west o de culminación canadiense: o la caza del oso o el leñador en el tajo: tan fotográfico. Reconozco la canción de Bambino: Payaso. Desaparece el cochecito, con su conductor, con su música y queda un perfume del pasado, del viaje realizado y sus meandros, sus afluentes. "Payaso con careta de alegría" resuena y la vida rueda displicente.
+ Alguien pone en cuestión los comentarios sobre una novela, no sin violencia. La caducidad es el acento. Otra vez, el triunfo de la indiferencia.
+ He comprado una edición de La arboleda pérdida de Alberti. Es un libro de segunda mano que tiene escrito en su primera página el nombre de Arturo y una A grande y rodeada de hojas y filigranas, una A roja y esbelta. No sé, hay algo que me gusta en la inicial y no deseo investigar las razones de esta preferencia. No importa mucho, la verdad, es un detalle que no conduce a ningún lugar, una digresión sin espesor. Finalmente, abrí el libro en una de esas partes donde aparecen las fotografías. En una de ellas se puede ver un grupo de personas tras un banquete. De inmediato reconozco a Alberti, a Lorca, a Buñuel y a Alberto Sánchez. Como una cosa lleva a la otra sin remedio, me digo que hay algo que anuncia el brillo que estas figuras poseen, en contra de las que las rodean: que se diluyen el algo que se podría llamar, sin propiedad, masa. ¿Es tangible esta afirmación? Hay rostros que llevan inscrito un aliento divino, el fuego creativo o la elevación sobre los que los rodean, me digo sin dudar, pues hay algo que la experiencia aporta. Lo hemos comprobado en alguna ocasión: como hay personas que se distinguen por el carisma. ¿Carisma? La palabra nos remite a lo religioso, pues dice el DRAE que es un "Don gratuito que Dios concede a algunas personas en beneficio de la comunidad". Es un don, en definitiva, como lo es la poesía o el amor. Es el don lo que yo percibo en esta foto, lo que cualquiera podría ver sin conocer a los protagonistas. Ocasiones hay en las que lo carismático está muy por encima de la obra, pues se diría que se conecta este don con la belleza y el atractivo, el don o el carisma es una erótica indiscutible. No se pierde, no se regala, está ahí sin haber sido llamado, sin esperar nada. La belleza o algo que por encima de ella está: el carisma.
+ Trompicar [Drae]: 2ª: Promover a alguien, sin el debido orden, al oficio que a otro pertenecía.
+ Insomnio: de la cama al televisor y del televisor a la cama. ¿Qué se saca en limpio? La ruleta eterna que promete maravillosos y suculentos premios; una reportera nos explica mediante su propia, profesional y circunstancial experiencia qué supone cruzar la frontera entre Turquia y Hungría, cuáles son las circunstancia: vitalmente: la ocasión de un vívido reportaje; flamenco y más flamenco; un gaucho evoluciona sobre un tablado de largas y sonoras tablas que son un instrumento musical más: la percusión y su verdad sin discusión; algo de Colombia que no entendemos muy bien: hay un dolor constante que impide la concentración. Sin sueño. Libros, deportes, música, experiencia. Miro hacia el ventanal y todo es un contraluz en la penumbra provocado por la acción de las farolas de la calle: las varas que sostienen las orquídeas son mástiles en la oscuridad: como barcos que transportasen vampiros, no hay otra cosa que un negro desleído, los muebles son amenazas, hace calor y el tic tac de dos relojes se superpone en extraño ritmo: qué música esconden los relojes: lo intento nombrar, pero no es posible: el dolor continúa ahí: incapacitante y regular: un reloj más. No llega el sueño: la cama es incomoda y la ausencia del descanso es toda una lección. Finalmente, conseguí dormir tres cuartos de hora, sonó el despertador y en ello hay otra enseñanza. Un reto, el día comienza, ahora mismo.
+ La jornada laboral bajo el influjo del insomnio es otra enseñanza, en su diferencia está su altura, en su altura la posibilidad de otra visión. El insomnio trasmuta o trompica todo lo dado y lo ofrece como una vana realidad, otra, una posibilidad que no es y es. Frases que no dicen nada, sin referentes se avanza así. Un postigo, un umbral.
+ Imagen: Silvano, Siglo I d.C., Museo Arqueológico Nacional, España. En la penumbra: la pequeña estatua habla sin palabras. Un espíritu tutelar de los bosques y los campos. Un emblema semanal, una estampa de bolsillo. Uvas, espigas de trigo, leche, carne, vino, miel, cerdos. Ofrendas paganas que extraen incertezas de las certezas, la magia del minuto: el insomnio es una excavación arqueológica.
sábado, 22 de agosto de 2015
La niebla
+ [La importancia de lo fallido o la tarea y el fracaso]. A punto de coronar la cumbre, decido dar vuelta: la niebla comienza a rodearme y siento una punzante desilusión que anida en lo más interno de mis convicciones: las socava, las trocea, convierte en polvo el mármol y en astillas el acero que un día trazó la estructura de unas ideas de fuerza. La niebla me impide ver más allá de un metro y medio y las piedras comienzan a humedecerse: esas lajas de piedra pizarrosa que me escrutan. Minúscula y fortísima vegetación de alta montaña. La prudencia es la primera ley: quizá la única ley, la niebla es como una droga: alguien me dice. Te atonta y si comienzas a caminar, lo harás en círculos, sin una dirección. Mi corazón late con rapidez, me duele el pecho y noto esa humedad en el rostro y en las manos. Un frío delicado, una sutil y delgada capa de realidad. Es otra realidad, tan extraña a lo común: a mi vida ordinaria. ¿Hay algún indicio en el rostro? Pienso en mi rostro y no termino de encontrar una correspondencia con lo que veo en el espejo cada mañana y una cierta idea que tengo, que me acompaña, es uno de los efectos que produce la niebla: más allá de la tristeza.
+ Un pensamiento más: (ti)niebla. Descomponer palabras es un arte de filólogo en vacaciones que no tiene más (des)tino que un chiste fácil para encauzar el vértigo y la certeza de la muerte. Aquí sería un buen lugar para adentrarse en las simas y los miedos: conjurarlos, pero hay que avanzar hacia la base de la montaña, volver a atisbar el glaciar de circo, volver al mundo de los vivos. No, tampoco es para tanto. Hace frío, pero es soportable y el peso de la mochila no llega a los cinco kilos. Se avanza como los automóviles se deslizan por autopista en un atasco postvacacional, con aparente facilidad, con exasperante lentitud, sin tener en cuenta lo que se acumula en su diseño del automóvil, en sus funciones, en su historia, todo eso humano que ningún hombre en su individualidad puede contener. No, sin pensamientos: un grado cero, por favor.
+ El desánimo es una herramienta ocasional, mejor: un contraste. Esa tristeza que aporta la niebla, ese extraño descenso hacia un núcleo desconocido, que reside en la mismidad de lo propio. ¿Es tiempo de hacer un balance?
+ Como vampiros que flotan en la noche, las citas vagan en el insomnio: poetas, filósofos, novelistas. Estos fragmentos contribuyen a la construcción de un relato que aspira a la conciliación del sueño. En paralelo, historias sobre corrupción política y administrativa, fortunas que se han levantado al amparo de lo público al tiempo que se desprecia y se degrada su importancia. Este cruce de voces aporta una extraña tranquilidad, cerca de las cumbres, pero con el sonido de una verbena lejana: música electrónica y risas jóvenes: el deseo y su consecución. Ideas que se resisten a sumergirse en el lago del sueño. Salvaremos este obstáculo.
+ El otro día le vi, mientras nosotros paseábamos con desgana por la feria: tarde de domingo. Allí estaba, en la feria, tras una de la barracas: ese era su trabajo: una consumación que no hería ni a la lógica ni al destino. La vida se compone de estas simetrías, me dije mientras nos alejábamos. En fin: las ferias siempre llaman mi atención porque se me aparecen como un cofre que atesora peculiares historias, entre la canallesca y el romanticismo errático del circo: como rendirse a todo lo fotográfico que hay en ellas. Ese estatismo me produce una extraña vibración: no puedo dejar de observar a las personas que atienden las casetas: generalmente parecen agotados y al borde del colapso, una congestión general y una ausencia de ilusión que espantan: poco sonríen y los que lo hacen esbozan una mueca cansina. Qué importa, allí le vi, tras el mostrador de una tómbola en la que se rifan esos peces dorados sumergidos en esa pecera de plástico barato, con su comida y una red. El lugar natural para su persona, me dije y estudie por breve tiempo su cara como de madera y tristeza. Ordenaba las peceras para formar una pirámide. Qué viejo estaba, como se habían desleído sus tatuajes: corazones rojos y esquemas de grupos de rock duro. Recuerdo que una vez compró un mono y ese fue su mayor atributo: paso a ser Luis el del Mono y hasta ahora. Paseaba con el mono por las calles como un emblema de lo singular de su persona. Sristocracia de lo cutre. Trabajó en un circo, sirvió en la legión y, una vez, tuvo una novia. La cocaína y el hachís eran sus particulares pasatiempos cuando no trabajaba en el puerto descargando pescado congelado. Hacía tantos años que no le veía, y estaba tan envejecido: no pude menos que verme reflejado en su decadencia, en ese nerviosismo ordenancista con las peceras y con los tatuajes, bajo esa tintura de los fluorescentes. Pero no me reconoció, ni yo quise saludarlo a él. Sólo era una aparición de las navidades del pasado. Todas esas historias que son la misma: la soledad. ¿Se llamaba Luis, Luis el de Mono? Sí, al menos lo del mono está dentro del campo de la verdad. Ay, qué palabra: la verdad.
+ Imagen: refugio de montaña: como un emblema, como un escapulario.
sábado, 15 de agosto de 2015
Sendas
+ Ascenso a la montaña. La preparación del viaje es una figura literaria por nombrar. Planificar la ascensión, una lista de alimentos y bebidas, la ropa, los bastones. La topografía, las pendientes, la distribución del tiempo de ascenso. No es una ruta difícil, apenas son veinticinco kilómetros: un paseo, pero el hecho de fijar la fecha en el calendario y penetrar en la espera del momento aporta alegría e ilusión. Pensar en divisar el paisaje desde la altura y aspirar el viento fresco de la montaña, traspasar el ámbito de lo diario para adentrarse en un territorio mágico y plagado de insinuaciones.
+ Como un sueño, sin posibilidad de despertar, tal vez.
+ Otro día, cualquier día. La montaña palpita en mi interior. Vemos en la pantalla del ordenador caminos, sendas y carreteras. Los planes son claros. Ascender hasta la cumbre más alta de Galicia. Una vez allí, descender. Es una consideración intempestiva, pero es este el humor que me abraza en la tarea diaria de levantarse de cama y luchar con el movimiento del reloj: ese artefacto maldito e inevitable.
+ Creo recordar su rostro, cuando camina con sus hijas por la calle, por cualquier calle: es un buen padre. Ese es su aspecto y sé que acierto cuando hago esta afirmación. Por otro lado, cada semana escribe una 'sábana' en el periódico local sobre arte, literatura y aledaños. Es lo que se puede denominar una persona sensible, que no se equipara necesariamente con una persona con buen gusto, aunque lo intente, aunque imposte ese personaje. Al tiempo, su tarea me parece un trabajo de titanes, ímprobo, fundamentalmente: rellenar esa página aburrida página le cuesta mucho esfuerzo, eso se transmite y es su aplicación y voluntad la que la lleva puerto: pero no a buen puerto: in my opinion, of course, porque eso no es posible: no está a su alcance: creo a mí también se me escapa y eso hace que identifique con él, con su impotencia. Me siento conmovido por su trabajo, sin duda. Una tarea compleja que yo no sería capaz de emprender: escribir tiene algo doloroso y eso, cuando la incapacidad es manifiesta, se trasluce con mucha precisión: cómo se recortan esos perfiles de la imposibilidad y qué laceraciones producen sus aristas: lo sé. Finalmente, camina por la calle y es antiguo, me digo, como lo es el papel, la literatura, como lo soy yo mismo. Somos de otro siglo, pues todo parece terminarse tras los treinta años [aunque no sea cierto] y la proximidad a la senectud es obvia [o no tanto, pues todo es cuestión de un punto de vista: elegido: todo depende de nuestras líneas de fuga]. Glosas y paráfrasis, asombrados enunciados, ponderaciones insólitas y un poco vergonzantes, pero hay que escribir cada semana: esa es la condena, agradable condena, tal vez. Qué traspasadas tardes: en la edad madura, cuando la poesía ha caducado. Yo le veo caminar por la calle y creo no equivocarme: es un buen padre y un día sus hijas harán una recolección de sus escritos y sentirán un extraño orgullo, porque tendrán un tesoro: el trabajo de su padre encuadernado en pastas duras. Ese perdurar me inquieta, yo que prefiero que el viento se lleve el polvo absurdo de lo realizado por mí: no tengo mucho aprecio por mis textos y eso conduce a su extinción en el momento de su nacimiento, tampoco tengo hijos que hagan esa tarea de juntar y encuadernar: afortunadamente. Volver a los grandes textos y dudar de la autoría, de la posibilidad de un autor es una frágil guía de lectura, pero no conozco otra: y es tremendamente inflexible y cruel. Qué decir a esta figura de la ciudad, a esta silueta que destaca entre la masa por su trabajo público y literario, un tanto afortunado, otro tanto desafortunado. El tránsito de los días y las noches desdibujan todo lo sólido que se ha atesorado en su interior: ¿todavía subsiste la capacidad de dudar? No tengo otra herramienta, pienso con frecuencia. La duda.
+ Qué recorte de la realidad arrojarán las próximas semanas. Desde Peña Trevinca a Lisboa, con la rutinaria estación intermedia de los trabajos diarios: la mañana y la tarde, separadas por el filo de una personalidad apuntada: neutra, en un imposible grado cero. Poemas que se han escrito solos y flotan en el avanzar nocturno, cuando el día ni siquiera ha nacido. Oh, hora asombrada de borrachos y esclavos, los hombres y las mujeres honrados duermen, mientras, tú, vigilas la ciudad. Sin estridencias.
+ El poder no es un objeto, es una estrategia. Repensado a Foucault esta mañana, cuando débilmente comenzaba a llover.
+ Imagen: en un museo: los que fotografían fuera de foco. ¿Cuál es el enlace con las aristas de lo real? Por determinar, para decir el que se aleja de la imagen: pero no es así.
sábado, 8 de agosto de 2015
[Re]-construcción
+ Volviendo a Dámaso Alonso: me gusta el tono que transite un texto suyo que he encontrado por casualidad en su libro Poesía Española. Habla Dámaso Alonso de Cambridge y de Góngora. Se trata del perfil de la ciudad universitaria, de las praderas de césped, los edificios y un sabor inagotable por el saber y el buen gusto. El buen gusto poético: es un proyecto de vida, una fuente de placeres y de dudas, de esfuerzos cuya recompensa no es monetaria, pero que su valor es mucho más elevado que una pensión vitalicia (!). Siempre con nosotros: la hipérbole. El hecho de transitar Las Soledades de Góngora es una apuesta extraña, pienso mientras abandono el libro de D.A. Todo esto es un viaje que se encamina a la escritura de unas veinte o veinticinco páginas, una detenida lectura, en otro nivel: bajo la norma, en el corsé de las interpretaciones anteriores y con la certeza que es complejo o imposible decir algo nuevo. Pero el intento es suficiente, desentrañar un poema largo, bucear en él, sumergirse y tratar de (re)construir una lectura adecuada a nuestro momento. Ahora, hoy domingo, comienza la aventura y el patronazgo de Dámaso Alonso es una buena señal, un recuerdo suyo de Cambridge podría ilustrar el frontispicio: "nos impedían jugar al tenis en domingo".
+ Distort time.
+ Las maneras posibles de presentar la información determinan esta misma información. Ningún esquema es inocente, mucho menos neutro. Uno accede al documento y no tiene la certeza de llegar a sus últimas intenciones, quizá porque ni siquiera el redactor tenía esa conciencia. Pero ahí está el mensaje: laberintos que distorsionan su "verdad". La reflexión sobre la verdad es importante cada vez que se acomete la tarea de desvelar esa pluralidad de significados: aunque sea una breve nota interna: ahí reside el resorte que da vida a todo esa sistemática. Lo hemos visto en muchas ocasiones: faltas de concordancia, imposibilidad de expresión, incomprensión de períodos completos, formulismos vacíos y sin relato. Lo funcional no es inocente, tampoco.
+ Desautomatización: pronunciar una palabra continuamente hasta que pierda su significado y sólo sea un sonido. Poesía.
+ Hoy los pájaros, durante la mañana, me han acompañado. He visto reptiles y hormigas, libélulas muertas en el borde de una piedra: dos o tres. Una familia de cuervos que se alejaba hacia el fondo de un valle. La mañana comenzó con una sutil niebla que terminó por disiparse. No había tráfico, la carretera desierta es una paisaje de ciencia ficción. Detenerse ante la realidad y comprobar que es muy extraña: inabarcable, incomprensible. Todo es 'raro', basta un momento de lucidez para advertir que la vida es una cosa anómala, inusual. Por qué. No hay nada que indique un camino y, sin embargo, ahí está: en cada inspiración / expiración, en el moviendo nervioso de los insectos, en la espera de una araña en su tela, en el vuelo de las palomas. De un taller mecánico llega el sonido de unos golpes contundentes, cruza un camión con productos químicos altamente contaminantes, una pala excavadora remueve la tierra del camino de entrada a una cantera abandonada. Siento una unidad de todo ello, como si se tratase de una tabla flamenca: el motivo: la mañana de un viernes de agosto.
+ Qué inquietud ante la cantera abandonada. Ese costurón en el paisaje. Si uno se acerca puede observar el lago que se ha formado en el fondo de la cantera. En la otra orilla: un acopio de tierras y escorias. Altas paredes verticales de piedra desnuda. Hay un camión abandonado: la oxidación lo va reduciendo a una materia ocre y singular, muy plástica. El punto fotográfico que se contiene aquí es lo de menos, lo importante es la metáfora que alberga y la literalidad que la sostiene. La destrucción de la naturaleza, la prostitución del paisaje en beneficio del progreso. Y ante el costurón no cabe otra pregunta: ¿merecía la pena? Todo por el crecimiento sin barreras.
+ Imagen: el recorte de unas ramas. El cielo y su color, una agradable tarde en el Sur de Inglaterra, a mediados de octubre del año pasado. Como el sabor del té, como las pastas y la nata, conversaciones a media voz, el viento y las manos, los labios, la presencia del tiempo en los gestos y su suspensión momentánea. Una poesía portatil.
sábado, 1 de agosto de 2015
La ebriedad de lo real
+ Leo en estos días, a saltos, Cuaderno de vacaciones, de Luis Alberto de Cuenta. No es necesario decir que me gusta de una manera especial que se conecta con mi imaginario. Hay un hilo que conduce a la edad, al paso del tiempo, a la muerte: tal vez. La muerte es el tema de la poesía, me dicen y yo asiento, con su látigo: el tiempo. Esta temática acompaña el comienzo del día y el recogimiento de la jornada: una hélice, un contorno que se cierra sobre sí mismo como un lazo. Pero la elegancia y una alegría de vivir, la consecución de motivos para justificar el amanecer y la llegada de la noche hacen que todo adquiera sentido: el sentido del momento, el gobierno del dios del momento. Los cómics, la mitología escandinava, el cine negro y el rocánrol de los ochenta, en Madrid. Madrid, ese escenario: bien sentimental, bien novelesco. Qué bien entiendo ciertos paisajes y ciertos personajes. Amigos que nunca conoceré y que disfruto, tanto, de su compañía. Cierro Cuaderno de vacaciones y el sueño me acoge en su ámbito.
+ Veo a mi querido Herman Monster y, una vez más, me transmite una tranquilizante alegría. Cada día, en cada momento: exageradamente, certeramente. No es irónico: esta figura de plástico contiene en su materia ideas que afinan mi intuición y mi entender. La vida es teatro, parece que me dice con su maletín de hierro y su sonrisa franca, la disposición del hogar es un escenario, el bar o la plaza pública, el centro de trabajo o el calabozo. El veneno del sexo y el antídoto del amor, las muestras de entrega y la canción que se recuerda sin dificultad: mientras silba y sólo yo lo oigo: esa canción: Mercuriana [Radio Futura]. Así tomo esta cita: "… el mundo es parte luz y parte sombra / y yo soy parte fuerza y parte indecisión". Veo que la letra me definie, en cierto sentido. Pasan los días y se repite la plegaria: cuando llegue la noche que el sueño resguarde nuestro cuerpo sin más precio que un gramo de oscuridad y silencio. Y así, Herman me condecerá un buen dormir: con su apreciable/apreciada sonrisa.
+ Continúa la persecución de un tema. No es fácil. Hay evaporados surtidores: canciones, rizomas, estepas, pliegues, texturas o playas infinitas. La acumulación es el fundamento de una marea erótica: llega el silencio y se diluye el significado. Lo sacralizado palpita sobre la solida piedra de lo pagano, dice alguien en algún lugar y no lo contradigo: por pereza.
+ Cuadernos de dibujo, libretas de notas, hojas y folios que vuelan y se pierden. Notas, croquis, listas. En el centro, una impresión pasajera: el apunte del día.
+ Borrachos de realidad: el perfil de los amaneceres: la línea que forman los edificios, la música, los que regresan a casa, los que van al trabajo, luces, destellos, colecciones, agrupamientos, taxonomías. Toda promesa se escribe sobre hielo. Hand in glove, The Smiths. Es el momento de la canción y se celebra. Baudelaire guía el camino del noctámbulo, pero él no lo sabe: sus zapatillas cansadas, el vaquero tan rozado, la camiseta azul ceniza con letras negra: ilegibles, su pelo al viento y el cigarrillo irreverente. Es el amanecer que se imagina en la lejanía. Una mirada profunda y sostenida.
+ La historia de un hombre que en una fiesta, mientras sonaba la orquesta, quemó un billete de quinientos euros. El vértigo era su consigna. Los días eran beber sin parar y aprovechar sin descuidos los beneficios de la cocaína. Cerraban burdeles y compraba las misas del patrón. Una noche comprobó que ya no tenía nada: abruptamente. Su empresa de construcción había desaparecido, el banco le embargaba todo lo embargable, su mujer le abandonó y los ¿amigos? habían desaparecido. El que quemó el billete vaga por los arcenes y por los caminos, bebe el vino barato y amargo, [*noventa céntimos], que encuentra en la tienda-bar del pueblo de sus padres: donde vive en la casa de la que se avergonzó un día. Y el cartón de vino le permite continuar con su vida opaca y no tirarse al río: su apego a la vida es paradójico. Tras la puerta está tirado sobre un colchón húmedo y desfondado. El próximo mes cumplirá cuarenta y nueve. Poco más: es una de las muchas historias que la semana ha desgranado, la moraleja no tiene importancia, sólo el hecho de haber escuchado el relato y que ahora quede aquí su constancia. Borracheras de realidad, esperanza de anulación.
+Imagen: contra la gran pantalla, donde se refleja una hiperrealista imagen generada por ordenador. El recorte es el principio de la taxonomía: se prolonga el inicio.
sábado, 25 de julio de 2015
Archivo(s)
+ La lluvia de la primera hora del día es transparente, una cortina sutil, pero si se eleva la mirada se transforma en una opaca resistencia, en una masa absoluta y continua: del gris pronfundo al negro impenetrable. La capa de niebla que envuelve los edificios, el calor palpitante, el bochorno. Todavía es noche cerrada y quienes caminan por las calles son más espectros que humanos. Hay una metáfora sin desvelar: lo espectral y lo humano.
+ El descrédito de la novela. Se puede observar desde hace tiempo, mucho tiempo. La novela es para adolescentes, para personas que todavía no han llegado a la verdad de la vida. ¿Existe la verdad de la vida? Pero lo volvemos a oír, en una terraza, en una noche calurosa, en el filo de las conversaciones, en la discusión perdida. No es importante, pero la novela está ahí: como articulación, un conector entre lo vivido y lo recordado, no hay otra cosa que relato. ¿Novela? Toda conversación se contiene en su estructura, carece de importancia. Dicen que les interesa el ensayo, pero da la impresión de que no leen, aunque no lo confiesen, no está bien visto: hay otras ocupaciones más urgentes y la lectura carece de importancia: estoy de acuerdo, pero guardo silencio. Hay tantas cosas inútiles a las que entrego todos mis esfuerzos.
+ Cómo los archivos tienen una organización que rebasa al archivero, reflexiono en la primera hora del día: el coche, como tantas veces, avanza suavemente en la oscuridad, sin tráfico, en la calidez de la música. Un disco que vibra en el fin de la noche: es una luna insospechada y ausente. Pero el archivo reclama su tiempo. Se muestra una disposición natural, como si su peso se fuese posando sin disciplina, sin aceptar ordenes: tal que una decantación milenaria. Recuerdo ser el señor de un extenso archivo al que no fui capaz de dar forma, que se rebeló y que todavía no alcanzo a comprender, que pienso en él y que me otorga una guía para establecer ciertos compartimentos en la "vida cotidiana". Tan semejante a las estrategias de algunos escritores de periódicos: tan visibles, tan evidentes que dejan de cumplir su función: durante un momento me detengo y me hago con la idea de que soy incapaz de llegar a ese núcleo pues estoy totalmente envenenado por la manía del análisis. El archivo me dejó esa marca. La marca invisible que cuestiona el orden y se somete a él.
+ Regreso a Ourense. La autovía, una vez más, se depliega en su geometría lineal y articulada, sin posibles errores. La autovía, finalmente, es un territorio sin identidad que define el momento en el que vivimos: obesidad, whatsapp y tatuajes: nada de ello tiene importancia, al menos eso semeja mientras conduzco. Las balizas, las señales, las marcas en el pavimento, no hay sujeto: la sintaxis del verbo sin actor, sólo son circunstancias invariables y un predicado extenso y evanescente. Su estatismo es engañoso. Su palabra es no-lugar, su emblema: la impersonalidad.
+ Imagen: una guitarra en el olvido, no está afinada y ahora es ornamento, ha perdido su función: una metáfora más: el archivo en cualquier lugar: la vida se transforma en documento y éste permite una otra comprensión de la vida. Y la nave va.
sábado, 18 de julio de 2015
No-lugar
+ [Regreso de Oporto por la A28_ duermo y percibo la velocidad como un ornamento]: Un día más, otro día, el mismo paisaje: añorado, amado, que se olvida: también. La potencia transitoria del verano arroja una luz tangencial: desvela aristas y líneas aceradas en el interior del coche, a pesar de ser totalmente negro. El negro es una señal, es lo idéntico, la pasión remota. La ciudad es otra y así se debe reconocer, al primer golpe de vista: ya. Se elevan los edificios como los guerreros del cansancio. Hay en la calle alegría y los mercadillos ofrecen una gran variedad de objetos inútiles, que tanta importancia tienen en el sostenimiento de la persona. Hablamos sobre el olvido/desprecio en el que ha caído la literatura. Ya a nadie le interesa, ni siquiera a aquellos que un día fue motor de su vida y hoy son aburridos funcionarios de su expansión: profesores de enseñanza secundaria en excedencia. En una librería me llama la atención un cuadernillo sobre poesía trovadoresca. Qué curioso, cómo ha pervivido hasta hoy esa visión. cómo en alguna medida es posible reconstruirla. Se acumulan los obstáculos, pero llega hasta nosotros para contar lo que siempre ha estado ahí: la vida, el amor y la muerte. Las triadas son propias de la antigüedad, el presente prefiere lo dual: conectado/desconectado. Se llega a ese punto en que todo es estilo y su unión en la costura es fundamental: de ahí emana el cansancio que produce el calor, el dolor de cabeza, la necesidad de cerrar los ojos en el coche: mientras C. conduce y yo me dejo llevar por la certeza de la velocidad.
+ Conciertos de Brandenburgo: el gran antidepresivo, más curativo que cualquier pastilla, al nivel de la carrera sin descanso: diez kilómetros en una hora. Diez kilómetros por hora, esa es la velocidad adecuada. Ni más ni menos. Bach lo atestigua. Cierro y paso a la Variaciones Goldberg: primero en el piano, luego en el clave. Así se van los días, entre la postración y la entrega, la lucha contra el malestar y el paseo dominical. Con testaruda obstinación avanzan los libros, entre lo árido y lo venturoso. ¿Sin meta? Sin meta.
+ El no-lugar como marco esencial de lo transitorio: la totalidad. El baño de la estación de servicio, el comedor de un restaurante en la autopista, la tienda de regalos en el aeropuerto, el metro, el autobús, el hall de un hotel que no se recuerda salvo por los detalles plásticos del mostrador de recepción. Otros escenarios posibles. El amor se desarrolla en un ámbito que carece de personalidad.
+ Malestar, una vez más. La aglomeración en el centro comercial es especialmente desagradable. Las personas se deslizan por un recorrido previo, por una senda marcada. Me produce un extraño mareo, una sensación de pérdida y desorientación, el tiempo y el espacio se ven distorsionados y un reflejo de ebriedad se posa en cada rostro. Es un torbellino. Lo comento y no soy el único: a otros les sucede en distintas medidas. No deseo analizarlo, sólo es una taxonomía. Colocarlo en su justo lugar: a evitar. Mientras queda atrás el centro comercial, la autopista parece peligrosa: adelantamientos, velocidad excesiva, un penoso atasco y un repentino síntoma: lo impersonal, la muerte del sujeto, el derribo de la identidad. No es malo, es impuesto.
+ "Sous le moi qui agit, il y a des petits moi qui contemplent", G. Deleuze.
+ (Un plan de trabajo [sobre Foucault y su obra]: el ámbito: la novela). La acumulación de libros en torno al autor llega a formar una unidad que tiene su valor, que alcanza precisión mediante un solaparse las lecturas de los unos y de los otros. Como una suerte de recepción, de suma de datos, visiones biográficas y obra en sí. ¿Es una novela? Creo haber llegado a un punto en que puedo afirmar su verdad cambiante y modificable. Sin un formato preciso, asequible, preestablecido, el hecho de pasar de un libro a otro da una idea de un cuerpo múltiple y multiforme, es lo inasible de la persona [de Foucault, en este caso], pero también una creación que el lector hace mediante superposiciones, planos paralelos y niveles, estratos y fugas. ¿Es posible trasladar esta combinatoria a cualquier persona, cualquier biografía? Es una tarea, pues la facilidad en el autor escogido es que hay una obra y unos libros sobre esa obra, una biografía e introducciones, breves apuntes y tesis doctorales. El material es netamente libresco, aunque se pueda ver algún vídeo en red, alguna entrevista o fotos y recortes de periódicos, entrevistas o debates. El caso contrario es escritura en sí, y ahí está el núcleo permanente de la narración. ¿Cómo llegar a una intersección entre ambas posibilidades? Continúa el plan de trabajo con F., mientras el envés espera su momento. ¿Llegará?
+ Imagen: el recorte, el anonimato, los zapatos que no se asocian a un rostro, el inicio de un paso. Acumulaciones, hace calor y se puede percibir un reflejo en todos los detalles que se encuentran en el mirar simple, sencillo, sin intención.
sábado, 11 de julio de 2015
Microniveles
+ En el camino encuentro un coche: nuevo, blanco, de bajo precio. En su asiento trasero y en el maletero, a la vista, ya que ha sido retirada la bandeja que guarnece el maletero, se ven libros de ajedrez, matemáticas y razones del Universo. Está aparcado en la cuneta como una invitación a las suposiciones. Está matriculado recientemente y el concesionario está en Cangas, como se puede leer en el faldón de la matrícula, lo que no quiere decir nada pues nada aporta. Análisis matemático, aperturas, caballos y torres, los dos primeros segundos del Universo. No son ni dos ni quince libros, a ojo de buen cubero podrían llegar a ser más de cien, más quizá. ¿Una mudanza o una biblioteca portátil? Todo conduce y apunta a un estudio de las monomanías, el coleccionista y la acumulación de objetos cargados de significado. ¿Cómo vaciar este tesoro de pesos y medidas?
+ [Encuentro]. Después de un largo distanciamiento lo veo acercarse con su bicicleta. No es difícil reconocerlo. Por el arcén se desliza con soltura, el casco brilla en una extraña incandescencia y el color bronce de los metales de su bicicleta es épico. Le llamo y se sorprende. En el primer momento no me reconoce, pero al cabo de unos minutos se relaja y sonríe. Bromeamos y celebramos algo así como el sol, el buen tiempo que nos arropa. Es su camino de vuelta, debe recoger su coche en el taller. Nos damos la mano y le veo alejarse cuesta abajo. La figura termina por convertirse en un punto sin definición. Algo se agita en el aire, algo que vibra con soltura y sin consentimiento, como una membrana invisible y rítmica. Pienso que todas las comparaciones son pragmáticas y que no merece la pena hacerlas: no aclaran nada. Lo literal es preferible: es reconfortante el encuentro porque zanja malentendidos y aristas. ¿Qué tiempo es este, hay un astro que determina encuentros y desencuentros, un demonio oculto en cada curva: tal vez? No insistir es la materia de la elegancia. ¿La elegancia en la exposición, tal vez?
+ Siento cierto rechazo instintivo por los libros que tienen en la portada una imagen de gran calidad, plástica y certera. Prefiero libros desnudos, con el título, el autor y un motivo humilde y significativo; por ejemplo: la espiga que figura en los libros de Arco Libros en su colección Lecturas. Tal vez, o esas limpias portadas de Gallimard, con el título y el autor, que la única frivolidad es la tinta roja. ¿Qué pensar de esas ediciones que se adornan con un foto en blanco y negro, tal que esa donde se besan dos amantes en París: la foto de Doisneau, o las que tejen un cuadro prerrafaelita, una lámina de ilustre calidad de un melancólico pintor ante la gran ciudad? Se evitan, así, los escaparates.
+ [Ellos]. Cada viernes, cada sábado, recorremos tres o cuatro bares y allí están ellos. Parecen dotados de una extraña ubicuidad, son la representación de un segmento de la ciudad que oscila entre el fingimiento y solapadas articulaciones de los estratos sociales: hay que dejar nuestra clase bien definida, que nadie penetre en nuestros círculos. Les veo y pienso en sus soberbias colocaciones: director de banco, jefe de administración en un ayuntamiento limítrofe y pequeño, profesor en la Escuela Naval de una asignatura sin interés, ingeniero en una oscura empresa de tendidos eléctricos. Casi llegan, casi son, pero hay algo que falta que es suplido por elevadas dosis de maneras y perfumes. Los ves saludarse y piensas que el mundo es de ellos, un mundo que interesa poco. Beben y fuman con afectación, sus marcas son evidentes: una clase superior que oscila entre el baile de sociedad, la provincia y el veraneo en la costa. Tienen pequeños yates, motos veloces, esposas maquilladas y teñidas a la moda de las rubias volátiles. Sus hijos, sus cervezas heladas, el rumor de sus opiniones sensatas y conservadoras. Allí están, con su testimonio de clase: desclasados, turbios en su limpieza, presumidos y anticuados. Son apellidos compuestos, apellidos con preposiciones y conjunciones, son apellidos que se remontan al envanecimiento de los comerciantes que enriquecieron en el XiX y se arruinaron en el XX. Abogados o tenderos, notarios o aprovisionadores de buques. Son los viejos y rebarnizados muebles que decoran la ciudad. Aunque su tiempo ha pasado, se empeñan en permanecer hasta altas horas entre las risas que transmiten el fútbol y la ginebra cara y transparente: "color de ginebra mala", decía Gil de Biedma, pues el color de la ginebra siempre es el mismo: buena o mala: transparente. Así se construye el presente. Pero no quiero ir a los mismos bares que van ellos, no quiero verles, no quiero oír como se ríen. No quiero ver los corros que forman sus mujeres, mientras ellos emiten contundentes y fundadas opiniones sobre la crisis del euro o la próxima temporada en 2-B, tal vez las veleidades de un nuevo partido político, o las prístinas virtudes de uno antiguo del agrado de su gusto. No son malos, no son buenos, no son listos, no son tontos. Son ellos.
+ [Ellas] A su coche se le ha pinchado una rueda en el borde de la autovía. Llega la noche, tras la tarde de playa y cerveza sin alcohol, y comienza a contar la peripecia. Sus uñas tienen un color rosa imposible, antinatural, tan plástico como efectivo: todavía tiene un aliento de juventud, que desea retener, y este color es una estrategia y un seguro. Si uno observa con detalle el tatuaje que hay en el envés de su muñeca izquierda adivina un nombre. Un nombre que tal vez no diga nada. Es el nombre de su ahijado, ella no tiene hijos. Su pelo vuela en ese espacio sin costuras que es la plaza, la terraza, el velador y las amigas. Una clara de limón, con burbujas eléctricas, y un cigarrillo esbelto y mortífero. No piensa en la vejez, salvo cuando regresa a su apartamento y la oscuridad de la habitación la aprisiona. Pero ahora ríe y explica como un operario de la carretera que caminaba por la cuneta la ayudó, y como esa ayuda no sirvió de nada. Es que las tuercas las apretaron con un instrumento neumático y ahora, a mano, es imposible. Le pareció un hombre feo y un poco amanerado, afectado, muy pendiente de encontrar las palabras adecuadas. No le gustaba aquella forma de expresarse. Una de sus amigas le preguntó por la playa. Al final llegó tarde y, casi, no merecía la pena. La vida es así, como una alegoría del tránsito vital. Se conformaron con una ronda más, a una le dolía la cabeza, la otra tenía que madrugar, y las demás estaban desganadas. Tenía necesidad de ver la noche y sus luces, de bailar, de recuperar la alegría que el pinchazo le había robado, pero no era posible. No era posible, se repitió para sí, y aquel día comenzó el camino hacia la vejez: ya no funcionaba el sortilegio de los colores y el licor. El pinchazo fue una señal y ahora, mientras abría el portal, lo comprendía todo. Todo. La senectud había comenzado mucho antes de la señal, aquello sólo era una baliza móvil.
+ [Imagen*] ¿El mar, una ola, la marea? El color verde encierra el pliegue que el mar ofrece: sobre sí mismo. La berza atesora trabajo y voluntad, riqueza y armonía. Un emblema. El mundo que se contiene en la cabeza de un alfiler. Muere el día.
sábado, 4 de julio de 2015
Sin intensidad
+ El calor llega como un gato, sin hacer ruido. Arrogante y felino, ya en la primera hora del día. Se instala y produce ese malestar tan conocido: pesadez, dolor de cabeza, pereza absoluta, pereza contra la que luchar. Sin descanso. Como una droga perfumada, el hachís antiguo y barnizado, se extiende por la casa y la lectura se hace difícil o imposible. No es personal, alguien dice en el televisor, y esa expresión cobra una fuerza que no le corresponde. Es un ruido, un rumor ascendente. Viento cálido en la última hora del día, el vapor de la electrónica, el humo frágil del deseo. Agua con limón y un viejo diario que nos lleva a un tiempo que fue nuestro y hoy no nos pertenece: adiós a la adolescencia, la eterna adolescencia: qué pronto envejece todo. Un momento para la actualidad y nos olvidamos del lunes, cómo entramos en el martes, en los ámbitos de la noche. Como una verso lejano y en el olvido, pero aquí está. Otros veranos que se fueron, como todo: todo es pasar.
+ Opiniones que hacen treinta años nos dejaban perplejos y pensativos, hoy parecen poco menos que tonterías huecas o juguetes de niños aburridos, malcriados, que han descubierto el alcohol y sus fascinantes engaños sin tener en cuenta que todo tiene consecuencias. Comienzo a ver un vídeo de una entrevista en los años ochenta del siglo pasado: el cantante se empeña en calificar de estúpidos a aquellos que van a sus conciertos [quizá tuviese razón], mientras el guitarrista, de hito en hito, da pequeños sorbos a un turbio licor, luego besa a una chica, con pasión impostada. ¿Quiénes eran, quiénes son, quiénes somos? La pregunta es una referencia al arqueo de las fascinaciones y los deslumbramientos, que la edad termina por limar, sin embargo: su música continua siendo la misma, con la misma fuerza: la simplicidad, la disonancia y el ruidismo. Absoluta y necesaria. La música siempre está por encima del interprete, que no deja de ser un medio. Como decía aquella estudiante: nos gusta el arte, pero no nos gustan los artistas.¿Es esto lo que queda: el ruido, la pasión en la nota que se sostiene, el trazo independiente de la mano? Sin duda, ese rumor que se confunde con el oleaje, con el viento de la tarde de verano.
+ Su aspecto es un símbolo de algo más allá de lo extraño, que sucumbe a su condición de extranjero. Aunque ya nada es extraño, él lo es. Una espesa barba blanca, una cazadora vaquera cubierta de escudos de diversos países, un casco blanco, unas botas gruesas y contundentes. Conduce una motocicleta muy vieja: un azul pastoso y apagado, metales ennegrecidos, plásticos agrietados. Una mochila pequeña, unas gafas como un antifaz, una sonrisa entre la burla y el desprecio: como un Falstaff motorizado. Lo sé, sólo es una idea pasajera. Arranca su moto y comienza la travesía, la lenta travesía. Es emblemático y lo sabe. Representa un mundo en proceso de fosilización, que ha muerto, que se transforma en piedra. Un mineral para conservar en la vitrina de nuestra colección.
+ Ahora suenan los Smiths y son el abrigo que recoge el latir de la mañana, de la mañana de este jueves que se agota: "Take me out tonight…"
+ ¿Qué importancia o significado tiene confundir mirar con ver, oír con escuchar? ¿Por qué estos matices se diluyen? El locutor le pregunta a un adolescente si 'aplicó' para la universidad. ¿Policías del idioma, observadores de su vida, cuál es el rol?
+ Imagen: La foto se tomó en Kew Gardens. En ella se contiene el momento, el día que ya no volverá. Lo agradable del paseo, la conversación y la preplejidad ante las personas y sus hechos menos palpables. Queda el recuerdo, como queda el diario en el cajón: a la espera de que sea descubierto. Quién lo escribió no sabe quién terminará por leerlo: sin destinatario.
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