sábado, 17 de julio de 2021

Velocidad

Fragmento

+ “Al final todos fracasamos”, escucho a Juan Marsé en el programa Documentos de RNE. El programa me interesa mucho, lo sigo hasta el final y queda, cómo no, un regusto amargo. Su vida es una vida especial pero en los rasgos principales se equipara con todas. Ese punto de unión me devuelve la otra cara de la moneda, la voluntad de un estilo, la consecución de una prosa fruto de una intuitiva inteligencia. Rescato algún libro suyo y leo párrafos al azar. Percibo la música y la afinada perfección estructural, quizá sea suficiente y no creo que deba adentrarme en razones sociológicas que expliquen el éxito de sus libros, la traducción de los mismo a la gran pantalla y el alcance de los premios más prestigios del país. En fin, quedan los libros y, de alguna manera, las biografías se deben dejar a un lado si lo que se quiere es llegar a eso que podría ser un núcleo, como si se fuese posible apartar diferentes capas que componen el hecho literario y escoger lo que nos viene bien en cada momento. Me quedo con la frase, con esa constatación del fracaso, porque así es: todos hemos de morir, lo que cierra toda biografía al tiempo que le da sentido, una explicación a todo el recorrido y a toda la trayectoria vital del escritor y del ciudadano común. Nosotros.

+ Recuerdo haber olvidado, intencionadamente, un libro de poemas en un aeropuerto. Me molestó su lectura, quizá el tono grandilocuente, la vacuidad y lo prescindible de su escritura. Los poemas aludían, cómo no, a la caducidad y al paso del tiempo. La estela que trazó sobre un viaje que hice, hace más de veinte años, a Andalucía contaminó el regreso, con el sabor del tabaco y un whisky todavía palpitante en el paladar. Recuerdo la portada, me he olvidado del título (no es cierto). El otro día, en el camino de regreso, en la radio surgió la voz del poeta y sus declaraciones me parecieron ingenuas pero no vanidosas, como yo presumí en un principio. Hablaba de sus años escolares, de las lecturas y de su afición al futbol. Resumí la entrevista mentalmente y, cuanto terminé, me dije que debería volver al libro que abandoné en el aeropuerto. Bien sé yo que no lo haré porque la tasación de las lecturas a día de hoy es otra y ese elemento no entra en este mi canon. Pero me pareció bien, me gustó esa reconciliación con un autor que quizá no se merecía aquel desprecio. ¿Soy otro? Nunca soy el mismo y, por lo tanto, lo leído varía como varía la persona. Hoy trataré de no verme reflejado en ningún espejo.

+ No conseguí evitar mi reflejo. Allí estaba yo y no era yo. Es mejor no pensar mucho, decía un compañero de trabajo, y, al tiempo, otro apostillaba: mejor no pensar nada. No pienso nada. Abro el teléfono y le doy al enlace. No pienso nada. Lo intento. Mi rostro en el espejo es la certeza de la vida. Veo mis libro y carezco de palabras para emboscarme.

+ Escribe una referencia en el buscador y casi instantáneamente tiene el documento. Parece un milagro y no lo es. La técnica pone en nuestras manos lo que antes era un trabajo arduo y con unos desplazamientos implícitos. No sé si me desagrada, no sé si estoy conforme, pero sí perplejo porque no encuentro una rendija para automatizar estas rutinas y eso equivale a una cierta dosis de ansiedad, pues la textura de la vida es en estas situaciones cuando se revela. El aburrimiento, la angustia, la percepción del paso del tiempo forman una triada que eleva la descripción y la constituye como explicativa realidad. Desisto y no busco más. Al tiempo, recuerdo ver, hace un momento, un artículo sobre el origen de un insigne escritor y estuve tentado a abrirlo y leer, pero no lo hice. ¿Estoy desmotivado? No, estoy perplejo ante el avance turbo acelerado de la técnica y la poca explicación que encuentro para ello, salvo la constatación de lo absurdo de la vida, su falta de sentido, esa textura que me arroja el vértigo de la híper-velocidad. Aquí cierro este paréntesis.

+ También el dolor o principalmente el dolor nos da la medida de nuestra persona.

+ Imagen: fragmento de un mundo desaparecido, mi pasado, tu pasado.

sábado, 10 de julio de 2021

Mundo extraño

 

OIA

OIA

OIA

+ Con ánimo y entusiasmo trabajo en la Fábula mitológica de Faetón del Conde de Villamediana. El relato del mito de Faetón se acopla a la biografía del autor con una esperada simbiosis. El Conde ascendió y terminó por caer, como sucede con el hijo de Apolo. ”Oponte a la invasión de tu destino”, le dice Apolo a Faetón, algo que no es posible. Se une, así, este verso a aquella máxima rescatada de Heráclito de Éfeso: “el carácter es el destino”. Escribo y no puedo dejar de interrogarme sobre mi condición, sobre qué mito debería elegir para mí, como emblema, como el Conde parece haber elegido a Faetón, pero también a Ícaro. No encuentro respuesta, no quiero encontrar una solución.  

+ A destacar: la rima Fortuna / Luna.

+ Regreso al programa de lectura: Paradiso y la poesía de Ángel González, Francisco Brines y Joan Margarit. Es sábado, llueve y hace calor, el ambiente está templado.

+ Ayer, C. y yo, fuimos a recorrer la costa entre A Garda y Baiona. En primer lugar, merendamos unas croquetas y un revuelto en A Garda, al tiempo que bebíamos cerveza helada. Magnífico. No hacía calor, no había viento, no había alborotos. La tarde poseía una calma basada en un cierto estatismo. No era temprano y decidimos regresar por la línea de costa antes mencionada, esa hermosa carretera con las montañas a un lado y al otro lado el océano. Fue cuando decidí acercarnos al Monasterio de Oia. Ya casi eran las diez de la noche. Había una fiesta en las inmediaciones y la gente bebía y charlaba, se reían y parecían felices. Pensé en los días del confinamiento y en que a mí no me afectaron tanto como le afectaron a otros. Se reían, ¿felices? La alegría contrastaba con la hierática permanencia de la mole de piedra, que se enfrentaba al océano en un imposible combate. La razón de ser de los monasterios y cenobios, el océano, el silencio roto por la olas y el ruido del motor. Mundo extraño.

+ “Todo se hunde a sus pies: ideología, patria, familia, fortuna, prestigio, es decir, honra. Todos los sueños juveniles se concentran en un destierro monótono y silencioso - a él, todo ruido, ornato y soberbia - junto al río Henares.” En la introducción de Obras del Conde de Villamediana, por Juan Manuel Rozas.

+ La imagen de Villamediana es la imagen del fracaso del que todo lo tuvo, y un todo, sin duda, gobernado por la soberbia. Nada escapa al barroco triunfo de la finitud y su obra nave este mar de desengaño y exceso. El desengaño es uno de sus más característicos emblemas, gobierna su poesía desde el inicio hasta el final, tal que un río subterráneo, un filón donde asoma su imagen desdibujada. Leo un soneto y pienso en instante en que culmina su composición, el tiempo que ha pasado desde entonces, la jerarquía que se ha impuesto, la brevedad de esta y recuerdo un programa sobre edades geológicas que ayer escuché en RNE. La poesía y las edades geológicas atemperan la perspectiva del diario, porque, así, lo cotidiano y la rutina quedan disueltas en ese terminarse que es la vida. Triunfa el Barroco, entre formas vegetales esculpidas en dura piedra y el incansable tic-tac del reloj; se muestras la vida en su plenitud veraniega.

+ Muere el día. Un vaso de café colmado, el teléfono, bolígrafos y rotuladores, libretas, un altavoz inalámbrico, folios, cuatro pinzas, libros, libros, una memoria externa, libros, una moneda húngara, fichas cubiertas, fichas vacías, fichas limpias, notas adhesivas, cables, un reloj, diccionarios, manuales, novelas y ensayos, el calendario, fotos, extensiones, libros. Muerte el día y los objetos dejan constancia de nuestro paso y tránsito por su dimensión. El tiempo y el espacio se confunden mientras caigo en el sueño, al que acuden historias que no recordaré. Despierto tranquilo y veo la hora en el teléfono. No es hora de levantarse y todavía podré dormir un poco más. Caído en ese hueco que es el sueño. Me transporto a otras edades que ya no me interesan. La edad no es una cárcel, la persona sí. Amanece, me levanto, hago ejercicio y la reiteración del día es un espejo donde disolverse. Regreso a la rutina.

+ Imagen: tres momentos, el mismo día.

sábado, 3 de julio de 2021

Un instante de decadencia

 

Simetría

+ Un instante de decadencia, el ánimo se transforma en niebla, este desvanecimiento contrasta con la luminosidad del día. Analizo los motivos y esta estrategia no funciona. Un refugio, tal vez. Una pausa, quizá. El ritmo que marca el segundero del reloj guía la escritura, lo que ahora escribo. Las razones se desvanecen y algo tiene que ver con la generalizada inconsistencia, con la certeza del cambio. Nada permanece, me digo y veo el vaso con café medio vacío, medio lleno; no sé. Un poema, tal vez. Son esquirlas de lo cotidiano contra las que luchar, pero, a veces, causa una fatiga que paraliza toda acción. ¿Toda acción? No, de ninguna manera.

+ Hace calor, estamos, ya, de pleno, en el verano. Leo, escribo, regreso a la lectura y me detengo. Es un círculo que comienza por la mañana y termina hacia la hora de comer. Hoy es viernes y no trabajo. He aprovechado la tarde para indagar en dos o tres materias que me preocupan. La lectura me conecta con algo intemporal, que me redime, que me consuela. En ello estoy ahora mismo. C. y yo daremos un paseo dentro de un momento. Para mañana hemos planificado algún tipo de excursión, sin muchos detalles, sin muchas previsiones. Lo sé, se logra un equilibrio y hay que descansar en él, todo lo que se puede porque su desmoronarse es una realidad sin cuestión. ¿Hay hechos incontestables? El derrumbe y la ruina son consustanciales al paso del tiempo y el cambio es la única naturaleza fundamental que hoy puedo reconocer. Pero estos instantes, que simulan eternidad como un trampantojo en una medianera simula un paisaje, me subyugan, me seducen hasta llegar a un punto de erotismo. La erótica del dios del instante. Se traduce, pues, en una alto en el camino.

+ Altibajos en el movimiento, el cambio no es una explicación, es la pregunta en sí misma.

+ ¿Postmodernos?

+ Resultó reconfortante el recorrido que C. y yo hicimos el sábado. El tacto de lo que ya no volverá; presencias y ausencias, el mapa que elaboramos al azar mientras el coche se desliza por carreteras secundarias. Así, llegamos a Oseira, aparcamos y sin saber qué hacíamos nos dirigimos a la entrada del monasterio. Pronto comenzará una visita guiada, nos dijeron y, sin pensarlo mucho, nos apuntamos. Yo había estado allí cuando era niño y tenía ciertos recuerdos, imágenes nítidas y ensoñaciones vagas, construidas el discurrir de los años. Se presentó nuestro guía y entramos en el primer claustro de los tres que tiene el monasterio. Las palabras del guía, un monje de mediana edad, eran amables y fluidas, con una delicada dicción y un fraseo ordenado fruto de la experiencia y una paciente serenidad. Así, en el silencio del claustro, bajo la mirada indiferentes de las torres, con la caricia del agua de las fuentes, tratamos de ver más allá de nuestros ojos con la ayuda de sus palabras, imaginar otras vidas y afanes, y creímos alcanzar algún tipo de conocimiento, pero no deja de ser un esbozo de una improbable posibilidad. La relación con el pasado es compleja, me digo mientras veo este poso de los siglos; se observa desde el presente pero entiendo que falta una visión, una iluminación que nos acerque a lo aquellos hombres entendieron; cómo se ha construido nuestra realidad depende de lo que antes fue y ahora no es sino relato. Preguntarse por aquellas vidas es preguntarse por las nuestras porque el destino de las unas y las otras se dirige a la igualdad. La construcción del hilo conductor en donde trato de ordenar intuiciones, indicios y premoniciones es una tarea que tiende a lo inestable. Me repito la palabra, ahora, ante el teclado del ordenador: inestable. Leo sobre la economía del monacato en Galicia, sobre la constitución de los monasterios, sobre el siglo XVIII y el siglo XIX y los cambios producidos en ambas centurias, las transiciones que se han producido desde ese momento hasta nuestro presente, el Antiguo Régimen y la Modernidad. Leo y me disuelvo en la mañana de domingo, con un cierto sopor, con un viento frío que se levanta y parece anunciar lluvia.

+ Releo el párrafo anterior y me da la impresión de que queda una sensación de falta de solidez. Trasformado el presente en texto, solo es una aproximación a la agradable sensación de ruptura con la rutina, con lo dado, con el cansancio y la esperanza; se agradece la mano amada, la música y la conexión con el pasado, con ese intento de comprenderlo.

+ Imagen: en otro tiempo, en otro lugar, la puerta hacia el olvido.

sábado, 26 de junio de 2021

Sic transit gloria mundi

escaleras

+ Recuerdo a personas [o personajes] de insignes apellidos que florecieron en mi lejana adolescencia. Un porte mayestático y una cierta indolencia, una elegancia de colegios carísimos y de excursiones a Londres para adquirir un vestuario insospechado en aquellas épocas tan lejanas, tan próximas. Viajes en barco por el canal, como ellos decían, de la isla al continente. Los observé de cerca y en aquel momento ignoraba que todo su esplendor de aquella insigne familia provenía de su íntima relación con el franquismo, de un hilo directo con el dictador. Recuerdo a uno de ellos que, en una tarde de primavera, me mostró El Anticristo de Nietzsche. Me dijo que eso escandalizaba terriblemente a sus padres, mucho más que cualquier panfleto comunista, la hoz y el martillo o la simple foto de Marx que adornaba la cabecera de su cama, en lugar del crucifijo que siempre había estado allí. Tomé en libro de la biblioteca y no hablé con nadie sobre aquella conversación. Fue revelador, pero no en el sentido que me había comunicado el rebelde lector de El anticristo, sino en una profunda conexión con una prosa brillante, deslumbradora, imposible. Sé que era una posesión, un tesoro preciado que me lanzaba hacia el futuro deseos y voluntades por alcanzar, un algo que todavía poseo. Poseo una extraña capacidad para penetrar en la calidad de la prosa, en los enlaces que permite la sintaxis [un algo que se eleva sobre los idiomas, lastrado en las profundas simas de la estructura profunda]. Me fascinó y continué con su lectura. Continué, a lo largo de los años, con Nietzsche. Continué en acuerdo y en desacuerdo, frente a la belleza y la brutalidad, contra Nietzsche y a mi favor; cuando me conviene lo tomo, cuando me conviene lo rechazo y lo aparto. Una vez apreciada esa inversión de los valores, recuerdo a aquellas personas y pienso en su decadencia, en sus grandezas y en sus miserias, en cómo el tiempo los ha borrado, en que hoy solo parece quedar aquel reflejo de Nietzsche. Un reflejo que no es poco, un reflejo que mantiene hoy su fulgor. Sic transit gloria mundi.

+ Por recomendación leo el libro de E. H. Carr Qué es la historia. Dejo otras cuestiones al margen y trato de establecer una idea sobre qué es la historia en relación con el momento presente. Separo el ámbito personal de la actualidad política, económica y cultural; también delimito mi faceta académica, sus lecturas y la escritura, relaciones y silencios [mi particular silencio en torno a mi investigación]. La pregunta tiene especial incidencia sobre la última faceta que he acotado, pero es ante la primera, mi ámbito personal, donde el desarrollo es más amplio y percutor. ¿Me plantifico con una idea meramente mitológica o teológica (donde el camino es hacia la perfección) o me entrego a una suerte de cinismo amargo y certero (nada tiene sentido), tan próximo a un nihilismo que me ha acompañado desde meses atrás? ¿Existe la posibilidad de un camino intermedio? ¿Tiene sentido, en definitiva, plantear estas preguntas en el hilo y el fluido circuito de lo diario? Veo el presente político desde la incertidumbre que me produce las nuevas derechas, cuando me digo que llamarlas fascismo es un error que no deja de llevar hacia la equivocación. Pienso en el salario mínimo interprofesional, en las pensiones y su cálculo, en el elevado nivel de paro, en el alza de los precios. Pienso en las posibles soluciones a los problemas y me da impresión de que todo se articula en un devenir sin proyecto, un actuar espontáneo fruto de las necesidades de la mercadotecnia política (he apuntado en una lista de temas en mi libreta electrónica la palabra spin doctor porque creo que se cristaliza en ella una de las razones de lo que pasa en este preciso momento, en cómo se dibuja la política y sus afanes; nunca tan diferentes). No quiero centrarme en los asuntos políticos, económicos o laborales, pero tampoco en la íntima realidad de lo diario, en sus valles y montañas; lo que me interesa es el clima, esa necesidad de comprender a la que me invita la lectura de Qué es la historia. Y escribo la palabra comprender y entiendo que se trata más de una aspiración que de una meta, una disposición que un rasgo de mi identidad. Vuelvo sobre el párrafo anterior y recuerdo aquella familia enriquecida al calor del franquismo y la explicación sobrevuela y comprendo que en la adolescencia tenía una explicación de la que hoy carezco y el relato que me cuento es otro, y el que en el futuro tejeré otro distinto, pero ni tan siquiera los hechos permanecen porque estos son fruto de las visiones que vamos obteniendo, del presente que habitamos. Ha sido una buena recomendación, una lectura que se extiende pero que, al mismo tiempo, tiene sus raíces en el pasado, en preguntas y lecturas anteriores. La persona se forma así, su criterio, sus convicciones y sus desacuerdos.

+ Las portadas de los libros dicen mucho de quién los compra, retratan sus sentimientos y una idea sobre uno mismo y, también, dan cuenta del presente y de la sociedad en la que vivimos. Yo observo las portadas en los escaparates y me doy cuenta de que todas y cada una de ellas tienen una ilustración atractiva. Una foto, un cuadro, un dibujo. Es cierto, no es extraño que los libros técnicos, los libros de texto y otros tomos carezcan de este rasgo material, la ilustración en la portada, pero, para qué engañarnos, son un caso extraño y que ponen de relieve que la razón por la que se adquieren no es el humilde y digno entretenimiento, pues hay una obligación implícita en su compra. Dicho esto, se debe añadir que no siempre los libros han tenido una portada, o al menos no siempre ha sido tan vistosa como ahora lo es (esto se puede relacionar con las cuestiones técnicas de la impresión como con el mercado del libro y su expansión, razones que dejamos a parte). Si observa una biblioteca con una cierta antigüedad, nos damos cuentas de que su color es pardo, marrón, con algún destello dorado, pero, en definitiva, su aspecto resulta sobrio y solemne; por el contrario, los libros que ocupan nuestras estanterías son coloridos y el muro que forman es alegre y variopinto en formatos, brillos y gamas cromáticas. Todo esto me lleva al párrafo anterior, a cómo podemos ver y clasificar los momentos de nuestras vidas: en este caso mediante los libros que hemos ido adquiriendo a lo largo de  los años y cómo en ellos se ven reflejados los testimonios de otros tiempos donde fuimos otros y donde seguimos siendo los mismos.

+  La historia, la academia, la intimidad de lo cotidiano; las visiones posibles y la construcción de la visión. En ello estamos, deslindando el territorio. ¿Nuestro territorio, territorio?

+ Imagen: escaleras.

sábado, 19 de junio de 2021

Fiat lux

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+ Las lecturas se acumulan. Tengo muchísimos libros pendientes y muy poco tiempo; me digo en paralelo con aquel adagio latino que el trabajo es amplio y la vida breve, muy breve [ars longa vita brevis]. La vida es breve y esa sensación se une con la inmensidad de lo escrito, con esta relación entre los vivos y los muertos. Una filia. No descanso, no me rindo. Ahora estoy entre dos mares, la filosofía y la historia, entre los fundamentos de la una y de la otra. Necesito saber, necesito conocer el lugar donde se instalan los cimientos. Escribo una memoria sobre mi actividad investigadora del año en curso y no dejo de sorprenderme. ¿Soy yo o ya es otro? Nada permanece y la lectura me espera, me esperan libros que no tendré tiempo para leer. ¿Tantos son?, me pregunto en un ingenuo ejercicio de indagación. Ay, ese muro que componen los libros leídos y los libros por leer. Un reflejo pálido de nuestro interior, deseos no cumplidos, proyectos desechados, pero ahí estoy: en ese reflejo.

+ El título de la entrada se traduce como “sea la luz.” Dios pronuncia la frase y es la luz la que yo deseo hoy. En forma de poema,  tal vez en materia pictórica, en los devaneos que el día y los momentos que me ofrecen. Poco a poco, alcanzo una serena contemplación. Regreso a la lectura.

+ El mundo digital plantea problemas que tendrán su recorrido, sus meandros y una desembocadura. Es decir, como toda obra humana llegará a su fin, pero, en este momento, parece ser algo todavía sólido, pues nosotros asistimos a su nacimiento, asistimos al inicio de su desarrollo y ahora su permanencia es incuestionable [aunque, por definición, así no es, pues hacia la desaparición todo tiende]. Se podrán hacer vaticinios sobre su evolución, pero, generalmente, las predicciones tienen un sesgo que las inclina hacia el error. Observo el fenómeno, escucho debates, estudio a las personas que me rodean y su relación con el mundo digital. En concreto, más concretamente, habló con un hombre que se acerca a los setenta años y que se queja de que está excluido de ese mundo, que no comprende y que no le interesa, pero que cada vez le resulta más necesario. Desaparecen las oficinas bancarias, las mercancías llegan al domicilio como por ensalmo, nos comunicamos sin barreras. Hay un mundo, un otro mundo o simplemente es un trampantojo que nos engaña y lo substancial permanece inalterable en el mismo lugar donde siempre ha estado. El hombre no responde, no puede responder; yo, tampoco.

+ Intento establecer un marco de comprensión. Hay personas sobre las que tengo un conocimiento limitado pero suficiente como para establecer su trayectoria. Me refiero a personas que han triunfado según ciertos estándares que contemplan la posesión de un buena casa, un buen coche y una perfecta familia. Mientras escribo recuerdo una canción de los Kinks, Plactic man. Hay trayectorias que parecen tan buenas que semejan responder a un cuidadoso proyecto. El proyecto que comienza en la infancia, se consolida en la adolescencia y culmina en el inicio de la edad madura. Todo ello se relaciona, a mi modo de entender, con una personalidad, una familia y la oportunidad. Pero, así mismo, pienso que hay pliegues insospechados. Consigo atisbar el cómo y los porqués de una razón de vida, que, finalmente, se disuelve en el mar de la incerteza. Ese es el marco, ningún otro puede cabe. Lo incierto.

+ Respecto al párrafo anterior,  la canción mencionada, una cita: “But no one knows he really is a plastic man .“

+ Todavía, la luz no se llegó. ¿Mientras, qué? Camino en la oscuridad pero con la firme convicción de que soy yo el que responde. No es poco.

+ En E. H. Carr: “… una teoría cíclica: la típica ideología de una sociedad en decadencia.” Y, en nota a pie de página, se remite a Marco Aurelio: “cómo todo lo que ahora pasa ocurrió ya en pasado y volverá a acontecer el futuro.” ¿Vivimos un momento de decadencia, lo que sucede ahora sucedió ya en el pasado? No responderé por el momento, aunque tiendo a pronunciar una afirmación con matices. Pensaré en ello.

+ Parmenides en el ordenador. Leer, contrastar y regresar a la lectura. Fragmentos del libro de García Morente Lecciones preliminares de filosofía. Cuatro poemas que se desgranan sin dificultad. Hace calor, un calor intenso y pesado. Prefiero el otoño al verano y estoy en el otoño de mi vida y todavía debo comprender los cambios, las novedades, el que ahora soy. El sabor del café y una prosa sin verbos, sincopada y abstracta, sin ataduras. El arte como tabla de salvación, algunas personas que conocí y no recuerdo su nombre, conversaciones difuminadas que regresan del pasado. ¿El verbo principal? Parmenides es un misterio, los misterios tienden a la oscuridad, la oscuridad se hace piedra. No hay ciclos o todo son ciclos, en cualquier caso la dualidad trae tras de sí una manifiesta incapacidad para la expresión ordenada. Otro vaso de café, su opacidad y el aire levemente verdoso de un poema. ¿Cómo es el aire verde de un poema desgajado de una vieja antología? Las amplios corredores blancos del hospital, las habitaciones de la muerte, pienso un poco y ya no está. Luz en el blanco corredor del hospital. Fiat lux.

+ Imagen: tres imágenes solapadas, tres imágenes con mi tendencia a lo abstracto, a la geometría. Vale.

sábado, 12 de junio de 2021

Los personajes y las personas

Braga-a-brasileira

 + Continúo con la lectura de las antologías de Brines y Margarit. Lenta lectura, con el paso por cada palabra, con el peso de la música. Leo en catalán con dificultad, pero lo intento, luego paso a la página contigua y leo el poema en castellano. Leo a Brines y recupero esa perenne sensación de caducidad, que ya estaba antes de Brines, que estará después de Brines. Hay una reconciliación con un yo profundo y sereno, que se había escondido y no lo encontraba. La poesía forma parte de mi principio rector, así debo actuar, ese cúmulo de impulsos que me llevan a valorar el instante como única posibilidad de lo eterno. Paradojas que se entretienen una calurosa tarde de mayo, mientras la gata está adormecida y el único atisbo de ritmo es el tic-tac del reloj de pared que maraca los segundos en el estudio. Los libros me acompañan y transforman las derrotas en viejos lienzos, óleos denegridos que restaurar para ser depositados en el almacén del museo, a la espera de un momento adecuado que permita exponerlos al público [esa multitud que soy yo]. Ay, el Conde de Villamediana, allí donde esté, como mascarón de una nave que surca lo lírico y lo satírico, el mito y la comedia, el amor y la venganza, el autor y su personaje.

+ Todos somos personajes de nosotros mismos, en esa senda del teatro de la vida.

+ Los sonetos de Villamediana. El amor como tema, el tema como factor de la poesía que desliga de la comunicación y se transforma en una suerte de hilo hacia abstracción. Leo los poemas de Francisco Brines y los enlazo con los sonetos de Villamediana. El salto quizá no sea posible pero yo programo las lecturas (en ciertos momentos) bajo la égida aleatoria del clima y la temperatura del momento. Mi estado de ánimo. Como si pudiese ensanchar el tiempo y el territorio. Mayo termina y nos encaminamos a supera la mitad del año, tomo el libro y abro una página, el soneto dice en su último terceto: “derrita el sol las atrevidas alas, / que no podrá quitar el pensamiento / la gloria, con caer, de haber subido.” Faetón es algo más que un símbolo o el reflejo de una vida, porque se trata de una transformación, un camino abierto hacia la nada desde el alto horizonte de una posición privilegiada, ese algo que tiende a la ceniza y el olvido. Y ahora, mientras los gatos duermen bajo el sol, abro la antología de Brines y me da una medida válida para la extensión del lunes que comienza: “Tengo que hablar. Con quién, / si no salen tampoco sonidos de mi boca.” El amor, el tiempo, la finitud. La edad madura acentúa todas las  posiciones respecto a los temas fundamentales de la poesía, como si el cumplir años no fuese otra cosa que llegar a una afinación perfecta de sentidos poéticos ocultos e implícitos en este nuevo pensamiento, en esta visión general del mundo y del tiempo. Se unen los dos poetas en la imagen indiferente que avanza, la primara en su declinar, que pronto dará paso al verano; esa capacidad metafórica de las estaciones. Me dejo llevar y el calor resulta agradable, nada me perturba en este momento.

+ Darle forma y robarle el alma, componer y sustraerle lo espontáneo e ingenuo. Qué lejanas me parecen hoy las películas de Rohmer y todavía algo de ellas flota en el ambiente, porque el verano asoma en el calendario y ese tiempo de las vacaciones, las playas y el amor se dibujan con nítida presencia. La forma y el alma, esa materia que construye la virtualidad de los días, ese trasvase de lo cotidiano a las artes narrativas. El cine y su capacidad para construir relatos que se lanzan a la melancolía y a la nostalgia, tan especial en Rohmer. Veo los pantallazos de sus películas soy yo en ellos, esa nostalgia de lo que nunca existió.

+ Antes de dormir, leo unos poemas de Antonio Colinas. Caigo en un sueño profundo. Los poemas no son inicios del sueño, quedan atrás. Es el cansancio el que augura un descenso a un mundo lejano y carente de relato: no recuerdo nada de lo soñado y eso es una bendición. Me levanto, hago ejercicio y escribo, mejor: traslado datos al archivo del texto en construcción. Las tareas repetitivas tienen algo de fármaco. Apago el ordenador y tomo uno de las antologías que me acompañan (Margarit y Brines). Es un tiempo para la poesía y sus evocaciones, para la construcción de un mundo, algo a lo que asirse. La edad nos alcanza, pero la muerte nos derrota. Esa sensación del tiempo que se plasma en el final de la primavera me produce una extraña calma mientras en el noticiario anuncian tormentas. Me siento y leo. El tiempo parece detenerse. Ese descanso pausado de los límites del mundo, mi mundo [inestable, cambiante, caduco].

+ En palabras de Ángel González [Introducción a Poemas, edición del autor en Cátedra]: “… la emoción ante la palabra bien dicha, el gusto por la belleza y la precisión del lenguaje.” La precisión del lenguaje, qué medida tan exacta nos procura, pensar en ello sin dejar a un lado nuestras capacidades y destrezas. Una triada que funciona, que sirve de emblema para comenzar otra jornada laboral, para leer y para olvidar lo leído, en un ejercicio que nos acerca al sueño reparador. No es posible olvidar lo leído o evitar el poso que nos aporta.

+ No dejo de pensar en una suerte de capas de realidad que me veo obligado a tener en cuenta. Cuestiones de trabajo, finalmente. Hablo con personas y percibo un discurso subterráneo al que no tengo acceso, pero que puedo intuir e, incluso, reconstruir. Sé que no me están contando todo, sé que me ocultan razones y tratan de que yo crea algo cuando es lo contrario lo que harán. No tiene sentido porque mi poder es tan sumamente limitado que ni si quiera posee un cuerpo y capacidad de acción. Sin embargo, algunos me quieren engañar. Lejos de causarme malestar o enfado, los trato con educación y, hasta cierto punto, con una amable y comprensiva distancia. No se trata de mí, se trata de la institución y la institución es tan abstracta como ciega, su voluntad ciega contra la que terminan por estrellarse. No será porque no se haya advertido, me digo y les remito al instructor del expediente. Al tiempo, no puedo dejar de establecer un contraste entre esta mi subordinada ocupación laboral y mis ocios librescos y académicos, donde soy yo en el sentido de lector y estudiante. Agradezco ese mantenerme al margen, este vivir en compartimentos estancos, que me permite ser actos y espectador, objeto de estudio y estudioso. La poesía se manifiesta hasta el lo diario que nos ofrece la burocracia y el procedimiento administrativo, en sus diferentes fases y momentos.

+ Imagen: once de la mañana, el café vacío, la pequeña ciudad, un incierto sabor de tiempo detenido, de ficción y estática relación entre la fotografía y el deseo de eternidad (ese juego de espejos que no me confunde ni me asusta).

sábado, 5 de junio de 2021

La espuma de los días

Pontevedra_Mayo_2021

Pontevedra_Mayo_2021

+ Biografías de hombres que han triunfado y que, años más tarde, se han desplomado en la cúspide de su carrera. Son ejemplos, ejemplos que no consuelan ni marcan una senda, pero que ilustran el tránsito al que nos vemos obligados en el día a día. ¿Aprendemos algo cuando nos asomamos a sus trayectorias? Tomar decisiones y verse condicionadas por ellas; arremeter inútilmente contra el pasado; atisbar la luz y desdecirse. Alguien ejemplifica con la vida y la obra del Conde de Villamediana y yo no me sorprendo. El Conde tiene en su biografía motivos suficientes para verse constituido en relato novelesco, carne de película, donde la persona queda difuminada y aparece, en su lugar, el personaje. He pensado en ello, he pensado mucho. Cuántos conocidos se han transformado en personajes. Personas que conocimos y hoy solo son el reflejo de un tiempo que no ha de volver y se ha consituido en relato, en novela o cuento que nos narramos en horas bajas, en la melancólica relación con nuestra historia, nuestra personal historia. Como una colección de recuerdos que se atesoran para revivir los momentos felices y esa felicidad que no regresa, que no surge ni resurge, sino que da paso a una reflexión sobre la brevedad de la vida y su sinrazón. En una niebla nihilista los ejemplos se debaten estos días en que la primavera está en su zenit. El triunfo y la caída, veleros en el mar de los ejemplos, ejemplos que ya no me interesan.

+ He repasado la vida de un hombre célebre con el material que internet me ofrece. Trazo su vida desde el nacimiento a este momento en que se aproxima el final. Veo sus fotos, estudio sus apariciones en medios de comunicación, leo sus artículos y los resúmenes de sus libros. Creo haberme hecho una idea que se ajusta a su persona y a su personaje. Lo logrado no se trata de otra cosa que un esquema intercambiable: lo que para él vale, para todos vale, porque hay  un centro que define la persona, al personaje y a la personalidad. Vuelve, con la marea, la cita que tan presente tengo yo: el carácter es el destino. Lo veo en su lozanía y en su seguridad y creo entender desde donde irradia esa fuerza de martillo neumático. Llega de algo que se cuajó antes de su nacimiento, algo que toma de sus padres y se resuelve en la conjunción de ambos. No es ni mérito ni aristocracia, sino la alineación de los genes y otras razones que todavía no se comprenden pero que se resuelven en una trayectoria vital. Quizá sea este el campo donde la literatura no responderá pero sí que planteará preguntas fundamentales. La pregunta ya no es si se nace o se hace, la pregunta es: ¿quién te guía?

+ Alguien dice que este hombre fue un golfo. Sin duda.

+ [Viernes]. Ha comenzado a hacer calor, la primavera apunta al verano y medio años se consume ya, pronto rebasaremos la mitad del mismo. Hoy hemos bajado C. y yo para tomar unas colas no muy buenas y un poco de queso. La ciudad parecía ser la misma de antes de la pandemia, salvo por las mascarillas. Creo haber saludado a dos o tres personas. De regreso, en la radio, daban los números de un sorteo ordinario de la lotería; cambié la emisora, cambié a la emisora de música clásica. Un leve turbión de suaves violines inundó esa estancia que es el coche, como una prolongación de la vivienda: el confort, la intimidad, lo propio. Le hablé del ángel caído que me ha atraído mi atención durante esta última semana. Llegamos a ese punto de acuerdo que yo había previsto. Ese punto de acuerdo es que la inteligencia, una gran inteligencia, no se tiene porque traducir necesariamente en maldad, aunque este sea el caso. Esa maldad tiene una raíz paralela a la inteligencia, pero podría ser un rasgo del carácter más fuerte que la misma capacidad y voluntad. No es fácil describir la sensación que me produce, salvo ese rechazo profundo hacia esa persona, a la que vi en una ocasión y, debo reconocerlo, me fascinó en su gran papel de seductor soberbio, arrogante y altivo (mientras escribo estos adjetivos me da la impresión que los tres se funden una sola palabra: el nombre del personaje). Vidas de novelas, novelas no escritas, la escritura del presente y del pasado mediante los actores que elegimos según nuestra más particular necesidad, para explicarnos ese punto de fricción donde se produce el encuentro: dónde está lo común con él. La música cesó y llegamos a casa. Se disipó la tribulación, comimos, dormí la siesta y regresé al estudio con la intención de hojear un periódico y una revista portuguesas y tres semanarios franceses (como si me abriese a otras realidades, que no dejan de ser otras planificadas construcciones). Lo hice y volví a pensar en él, en su familia, en sus propiedades, en el relato imposible que eleva y afirma. Solo es un hombre, finalmente, a pesar de sus logros, defectos y fracturas. Un hombre, no un demonio, porque lo mortal lo condiciona y toda su obra no se puede contemplar desde otro punto de vista que desde lo efímero.

+ La espuma de los días se traduce en que he consultado algunos libros de historia contemporánea y no hay mención a este hombre en ninguno de los libros; mientras que personas que en principio podrían parecer menos relevantes sí ocupan un espacio. Esto me lleva a plantearme qué es lo qué define un época histórica, o, mejor, qué es aquello que ayuda a entenderla. Desde luego, hay unos hechos relevantes que no pueden ser obviados, pero también nos encontramos un rastro de intrahistoria que se debate en la espuma de los días. Los ecos de sociedad, las revistas del corazón, la publicidad, el chisme, el cotilleo en cualquier lugar y a cualquier hora, ese intercambio de información. Todo ello forma, de alguna manera, parte la realidad y aquí es donde el personaje se puede situar, lugares menores para un ser tan mayúsculo. Él que lo fue todo ahora ha perdido la credibilidad y sus palabras que podrían ser certeras espadas de fuego ahora son chatarra, pues carecen de la solidez propia de la verdad [qué palabra, pero qué fundamental en todas sus vertientes constructivas].

+ Para finalizar, ahora me acompañan dos libros de poemas, dos antologías. Arquitecturas de la memoria de Margarit y Entre dos nadas de Brines. Los dos poetas han muerto recientemente y ambas obras apuntan a la muerte, a la temporalidad como rasgo unánime de l vida [qué gran poesía no apunta en esta dirección]. Los voy a leer con calma, de principio a fin, con la atención que precisas y sin plazos ni límites. Voy a intentar establecer una frontera entre la espuma de los días y lo necesario, los elementos de nos otorga la realidad para llegar a su núcleo, aunque este sea variable, aunque nuestra lectura sea errónea, aunque solo sea un fármaco para conjurar nuestra derrota anunciada cuando nacemos, la muerte. Sea.

+ Imagen: dos fotos entre las que media un segundo; nocturnos regresos al casa.

sábado, 29 de mayo de 2021

Levedad / Pesadez

 

Nocturno

 + Un día de esta semana entré en una fábrica acompañado de uno de sus directivos. Era un hombre educado pero distante. Una distancia extraña y correcta. Su corrección era una barrera, pero no me importaba demasiado, es más: prefería que el encuentro discurriese en estos términos. Intercambiamos la información precisa y nos despedimos sin muchas ceremonias pero dentro del marco de la educación y la cordialidad. Mientras atravesaba los caminos de la fábrica me daba cuenta de su aspecto siniestro, que se veía acentuado por los penetrantes olores de azufre y cocciones, pero también por el aspecto de los hierros, las paredes de hormigón y una hierba sucia y negruzca que crecía en zonas más o menos amplias. La impresión resultaba desoladora. Aquellas máquinas con aspecto de animal cruel, los operarios igualados en sus uniformes, las aristas de las edificaciones, el recorte de las chimeneas contra el cielo azul, tan limpio. Volví a cruzar los controles y pensé en la poesía que se podría atesorar en aquel espacio, el reflejo de la modernidad, el trasvase de la revolución industrial y la contaminación. El ser humano no se puede estar quieto, no puede permanecer inactivo porque esa es el único conjuro contra la certeza de la muerte. Esa es la poesía que vi, el reflejo de la caducidad; todo al servicio de ese memento mori.

+ El viernes comienza con una agradable conversación sobre como se ha de estructurar un texto, desde donde partir y la manera adecuada de esquematizar los contenidos. Nunca está de más escuchar al que sabe más que uno, mucho más. Se iluminan zonas que permanecían ocultas bajo el velo oscuro de nuestra inexperiencia. Saber desde dónde se parte y a dónde se quiere llegar es primordial. No hay otra vía, sino la certeza de los principios y los finales porque la estructura lo es todo, su coherencia da la medida del texto. Datos objetivos, valoraciones personales, el contraste con lo dicho y lo escrito, el mundo por alcanzar, el placer de la escritura.

+ Tarde de sábado con C. en Vigo, en Bouzas. Una primera cerveza en una terraza, una conversación sobre cómo han cambiado las cosas en el último año, cómo reconducir las situaciones hasta un punto deseable. La tarde es limpia, estamos sentados en una terraza y se respira una felicidad verdadera, provista de lo auténtico que aporta lo sencillo, esos placeres de cerveza y conversación. Luce el sol  y los niños juegan despreocupados. La pandemia sigue ahí, pero, en algún momento, se olvida y se retorna a ese tiempo pasado que no volverá (pues ningún tiempo pasado regresa). Los problemas laborales asoman en la conversación y sé que la complejidad del mundo presente no atenúa ninguno de los dolores particulares de cada persona que los sufre; si leo el periódico o escucho la radio, percibo, no siempre, una confusión entre los datos y la verdad de los hechos, porque, no siempre, la acumulación y análisis de datos reflejan lo real, el pálpito de lo diario. Incido sobre la necesidad de valorar lo cotidiano, la fluidez de las relaciones y el espacio que nunca nos llega a pertenecer. Terminamos las cervezas y continuamos el paseo. Otros bares, otras personas, una indeterminada inocencia sobrevuela el ambiente. La inocencia de que quien le han robado las ilusiones y comienza a recuperarlas. ¿Un espejismo?

+ Llego a una idea sobre la edades geológicas, sobre el tiempo geológico. No es poco inquietante comparar nuestro desarrollo vital con el tiempo de los estratos, las placas tectónicas o el tiempo de los procesos que constituyen las montañas, los ríos y los valles. Esta comparación tiende a un cierto nihilismo, a ver toda construcción y pretensión humana como la expresión vana de un anhelo imposible. Es conveniente apartarse pronto de tal certero veneno porque su verdad mina la ilusión, aunque aporta un punto de vista que todo lo relativiza. En la senda de Marco Aurelio, tal vez. Paso la página y me centro en lo diario, en el fulgor de la vida ordinaria.

+ Me defino en ese debate entre lo liviano y lo pesado; intento definirme en ese debate planteado por Italo Calvino. “Mi labor ha consistido las más de las veces en sustraer peso; he tratado de quitar peso a las figuras humanas, a los cuerpos celestes, a las ciudades; he tratado, sobre todo, de quitar peso a la estructura del relato y al lenguaje.”, dice Calvino al inicio o en el prólogo de la conferencia sobre el tema que titula la entrada de hoy. Trato de capturar en la cita un motivo para emprender otro relato posible de los últimos meses y veo que esa suerte de adelgazamiento es clave para continuar con múltiples acciones que he emprendido años atrás. Veo en la pesadez las obligaciones heredadas, en las imposiciones del deber y la lógica de un esfuerzo sin recompensa, en ese violento: “si quieres, puedes”. No, no siempre se puede por mucho que nos empeñemos en la empresa. Lo liviano me puede salvar, me digo mientras en silencio conduzco y estudio el paisaje como resultado de la actividad geológica; dejo ese veneno a un lado y trato de centrarme, otra vez, en la magia de lo ordinario, de lo cotidiano.

+ Alejo el temor que inyectan las edades geológicas, tan parejo a aquel miedo infantil al espacio infinito y al tiempo eterno. La ausencia de límites atenaza la razón, pero en el irracionalismo descansa una parte poética de nuestro ser: lo busco y no lo encuentro, pues en lo fugitivo se desvela la transformación diaria.

+ En la radio oigo un programa (Documentos Radio Nacional de España) sobre Carlos Edmundo de Ory y pienso en una idea sobre la libertad creativa y un proyecto de vida que no es otra cosa que la construcción de un personaje en torno a una obra, bendecido por el talento y la oportunidad. La escucha se produce mientras conduzco y observo las blancas y grises nubes contra el cielo de mayo, los poemas y lo que él denomina aerolitos se funden en un desvanecimiento imposible. Una nostalgia de unos paisajes inexistentes, fundados en el fulgor del sueño de las cuatro de la mañana, en el trepidante tren nocturno. El poeta desaparece y surge la idea sobre las biografías y su manera de trenzarse mediante un plan premeditado o espontáneo. En cualquier caso, con una tendencia al ejemplo y la conseja; incluso la vida menos significativa.

+ Imagen: la noche en su espesor, difuminado y movimiento.

sábado, 22 de mayo de 2021

Lo espectacular difuso

 

A Brasileira

+ Después de muchos meses, regresamos a Portugal. Regresamos a Caminha, donde habíamos estado en octubre. Meses en los que han sucedido muchas cosas y no ha sucedido nada. La paradoja está o reside en el estado ánimo, en cómo este se va atemperando y se regenera en un intento de simular serenidad. La serenidad. El café, la torradas, las natas. Placeres humildes, pero intensos. Comprar prensa, hacer un regalo, disfrutar de la conversación con la dependienta sobre la pandemia y la economía, en un intento de ser optimistas. No llueve. No hay mucha gente en las terrazas (esplanadas, como se dice en portugués). Hay un aire triste y el cielo permanece despejado. Han sido unos meses de aislamiento y todo parece no haber cambiado, pero los cambios imperceptibles resultan profundos, como si restaurasen un orden intenso y decisivo. Todo cambia, nada permanece. Pago la prensa en la tabacaria. Dejamos Caminha y nos dirigimos a Vilanova da Cerveira, donde tomamos otro café con natas. Lírica y nostalgia. Nada cambia, todo permanece. La paradoja sobrevuela el paisaje.

+ Como una colección, así lo vio. Algo necesariamente incompleto porque si se culminase la colección carecería la misma de un sentido, el sentido de enfrentarse a la tarea de investigación búsqueda. La colección establece una cartografía total y móvil del mundo, o el mundo se pliega a sus necesidades. ¿Una biblioteca es una colección, una colección imposible; una pinacoteca o una discoteca? Bien, todo ello se suma a una carta donde se da validez a la identidad, la colección aporta rasgos a la persona, la eleva, hace que se distinga por una posesión que contiene conocimiento, un conocimiento, tal vez, hermético. Como una colección, repitió para subrayar ese carácter hermético de su conocimiento sobre la materia. Habla de carreteras, pero podría ser una conversación sobre vinos, arqueología o mecánica. Poco importa, salvo la distancia.

+ “Une œuvre ne reflète pas seulement son temps, mais elle ouvre un monde qu’elle porte en elle-même.” Paul Ricoeur.

+ Un mundo en sí mismo, que se propone y se actualiza en la lectura. A esto aspiramos, pero no se plasma ni se mantiene, se insinúa y asciende por momentos, pero no deja de ser un fantasma que nos desconcierta. El mundo que propone la novela es un mundo que transita entre lo cotidiano y lo excepcional, ese interregno se define el estado tras una intensa tarde de lecturas y afirmaciones sin respuesta. Ahí está, El amante bilingüe de Juan Marsé. Otro mundo, otro tiempo, el mismo mundo, el mismo tiempo. ¿Soy yo el mismo lector?

+ “… el espectáculo de los automóviles exige una circulación perfecta que destruya las viejas ciudades, mientras que el espectáculo de la propia ciudad necesita barrios-museo.” Guy Debrord.

+ Tomo el título de la entrada de G. Debord.

+ “Lo que veo está determinado, al menos parcialmente, por lo que deseo ver”, una cita que recojo al vuelo, copio y no olvido.

+ Tengo en el ordenador una libreta electrónica donde voy apuntando rasgos que me parece que definen esta época. Anoto cuestiones sobre arquitectura, empleo, alimentación, política o literatura. Hay otras áreas, hay otros intereses; pero en definitiva, se trata de perfilar una situación y una posición el mundo. La posición del observador y sus límites. Siento que la consciencia del límite es lo que me puede dar una perspectiva, un punto de apoyo sobre el que edificar el entendimiento. Toda época es cambiante y tienda a la inestabilidad. Hoy he apuntado que se han cumplido diez años del 15M. Recuerdo aquellos días y no me parecen tan lejanos, pero no soy capaz de reconstruir con claridad el discurso del momento, solo es una reconstrucción provocada por el latir de los compases que arroja la radio, mientras hago ejercicio. Recuerdo ver en el escaparate de una librería que ya no existe el libro de Stepháne Hessel ¡Indignaos!, recuerdo unas asambleas que se celebraban frente al ayuntamiento, recuerdo una acampada en un parque céntrico, pero poco más. Luego, tres años más tarde, llegó Podemos, hace poco Pablo Iglesias se retiró de la política y, posteriormente, se cortó la coleta. Todo ha pasado y me pregunto qué lugar ocupa en la historia el movimiento, el partido político, su líder. Nadie es capaz de determinar como se leerá en el futuro el 15M porque se leerá desde un presente que es imposible adivinar; sin embargo, la posibilidad de una novela podría atrapar aquello que sucedió y de lo que hoy se cumplen diez años.

+ Ahí continua el miedo, la incertidumbre, la tormenta que amenaza en el horizonte. La pandemia no es una metáfora, ni un relato construido para la ocasión. La pandemia es la escala, lo que nos da una referencia para compararnos. Desde lo imperceptible, esa minúscula porción de la realidad (el virus), llega un ataque que rompe lo cotidiano y nos pone en el abismo, pero aparece una solución mediante la ciencia: la vacuna, que no responde ni a la casualidad ni a la magia. La ciencia nos saca del problema y nos explica el fenómeno, pero esto no se puede equiparar a una comprensión de la dinámica que comienza y se circunscribe a lo social. Son mimbres para un cesto, pero el cesto no se articula por sí solo, hay que vestirlo de estructura y estilo. El miedo a la pérdida del empleo y con ello a la disolución de la identidad, la incertidumbre por los que dependen de uno, la realidad terca del dinero, las deudas y los embargos o desahucios. El que da una receta desde la frialdad de los altos estamentos e instituciones parece no pensar en personas sino en elementos de un sistema, pero, cabe la posibilidad, de que sí piense en personas y su intención sea buena, pero esto tampoco garantiza ningún acierto. Las ciencias de naturaleza en comparación con las ciencias sociales tienen ventajas

+ Imagen: café en A Brasileira de Braga.

sábado, 15 de mayo de 2021

Crisis

Caminha
 

+ Entre todos los indicios que nos llegan a diario destacan aquellos que nos conducen a la confirmación de nuestras certezas. Los buscamos, los encontramos y los reconocemos. Necesitamos ver que tenemos razón y para ello nada mejor que salir a la caza de verdades y confirmaciones, los indicios que nos llevan hacia ellas son algo más que una cartografía, se trata de nuestra identidad. Leo en línea sobre elecciones, dimisiones, victorias, fracasos, ilusiones y engaños, puedo ver en cada una de las balizas que se elevan sobre los senderos la mano firme de la convicción y la determinación. No tengo yo esa confianza y mi tendencia hacia la sospecha dificulta que encuentre verdaderos asideros en esta materia ofertada, esa mercancía de verdad. La mercancía y la construcción de la verdad, o a la inversa: la construcción y elaboración de esa verdad que será vendida o se convertirá en moneda. La confirmación de las certezas es uno de los temas del presente, que hace que se pierdan y se ganen elecciones en el mismo sentido que un producto obtiene éxito o fracasa. Su medio natural, el teléfono móvil, que ya es más que un teléfono para haberse convertido en una extensión o prótesis del cuerpo humano. Hay que estar atentos a estos indicios difusos.

+ “… donde coincidían la historia sagrada, la doméstica y las coordenadas de la imagen proyectada a un ondulante destino.” [En Paradiso].

+ Que melancolía me produce ver a los jóvenes en las películas de Rohmer, tal es el reflejo que percibo. Así, todo ha quedado atrás.

+ (4) “El espectáculo no es un conjunto de imágenes sino una relación social entre las personas mediatizada por las imágenes”, Guy Debord, La sociedad del espectáculo.

+ Asustarnos ante los malos presagios que se asoman en el horizonte no parece muy conveniente. El miedo tiene gradaciones que se deben observar escrupulosamente. Ni temerosos, ni confiados. Los tiempos que se aproximan no serán buenos y los políticos no desatienden la estrategia comunicativa en lugar de hablar con claridad. ¿Qué política? La política es, en buena medida, comunicación. El miedo si no es paralizante, ayuda. Debemos temer la crisis que se aproxima, de la que tenemos indicios sólidos en cada una de las comunicaciones que gobierno realiza. La cuestión se circunscribe en torno a la pobreza y la necesidad, que aletea sobre la población. Subida de impuestos, reducción de beneficios fiscales, descenso del consumo. El espectáculo, el parque temático, el relato y su flexibilidad limitada. Ya lo decía Borges, como a todos los hombres, le tocaron tiempos difíciles en los que vivir.

+ No le puedes gustar a todos.

+ Ayer, tras mucho tiempo, compré dos libros. Un tomo sobre la obra y la vida de David Hockney y, el segundo, La sociedad del espectáculo de Guy Debord. A partes iguales, condicionan mi estado de ánimo. D. H. me habla de algo que me resulta muy próximo y es la alegría de la vida como juego; G. D. hace que esa misma alegría se vea sumergida en la reflexión sobre la calidad especular del todo que nos rodea, el cuestionamiento de nuestra propia vida cotidiana. Hacía tiempo que no compraba libros porque he llegado a la conclusión de que se trata de un vicio y he encontrado algo morboso [en su verdadero sentido, “Que causa enfermedad, o concierne a ella.”] en la propia compra. Sin embargo, hay un rayo de luz en la propia compra: los dos libros se convierten en importantes ladrillos del edificio que construyo, demuelo y reconstruyo a diario. ¿Quién soy y qué lugar ocupo?, veo que son cuestiones secundarias porque adquiero ese papel de observador, tan frívolo como exacto. Buenos marcadores para los malos tiempos que se aproximan. Siempre, los malos tiempos.  

+ Me asomo al Enquiridion y se inicia el libro con la distinción entre las cosas que dependen de nosotros y las cosas que no dependen de nosotros. Es interesante, parece sencillo, y ni una cosa ni la otra. Tener criterio y serenidad para distinguir lo uno de lo otro es el fiel de la balanza. Uno esto a los libros comprados y me centro en lo que propone la pintura de D. H. Ahí está uno de mis modos de ver, de entender la realidad, mediante el juego de la percepción. Lo que me gusta y lo que me disgusta, eso es algo que puedo decidir. Me centro en la elaboración artística de mis decorados, ambientaciones, atmósferas. Contribuye la música, la pintura y la frivolidad. Mientras, la crisis avanza.

+ “Disimuladamente sobresaltado, saborea un jerez con galletas inglesas.” [En Paradiso].

+ Imagen: un segmento, el cielo y la casa con las ventanas tapiadas; el domingo como ilustración, la casa y su amplia metáfora.

sábado, 8 de mayo de 2021

Papier

 

Bordeaux - papier

+ Encuentro una foto de una maqueta de Redondela, donde se destacan o se subrayan los viaductos ferroviarios (frente al gris del territorio y los edificios, pequeñas elevaciones sobre terreno, se alzan en negro las estructuras de piedra y hierro que articulan los viaductos). Es una maqueta sobria y eficaz en su labor de comunicación de un espacio y un tiempo, quizá el tiempo presente donde las obras todavía perduran. Indago y la foto y la maqueta pertenecen al CEDEX (Centro de Estudios y Experimentación de Obras Públicas). Junto a la foto, se da noticia de la historia de los dos viaductos, que caracterizan la villa, hasta el punto de que hay quien se refiere a la población como la villa de los viaductos. Dicho lo dicho, escrito lo escrito; yo paso por allí con frecuencia y los viaductos se han convertido en una compañía diaria, sin amenazas, sin preguntas, los viaductos se integran y desparecen bajo el influjo de lo cotidiano. Bajo ellos discurre la carretera nacional, mi nexo de unión. Los he observado con detenimiento en los últimos años, he reparado en su estructura y en sus perfiles, en diferentes momentos (con lluvia, con niebla, en días soleados y en días grises), bajo diversos estados de ánimo, he hecho mediciones en su entorno y, a media voz, me repito que son compañeros en lo diario. A veces creo que hay una vida oculta en los elementos que nos acompañan en esta rutina que es la vida cotidiana. En este sentido, los viaductos contienen una leyenda que se remonta a mi infancia, una leyenda de muerte y maldición. Nunca averigüé si respondía a una posible verdad o era un invento propio de pre-adolescentes. Quién sabe. Alguien afirmaba que el ingeniero fue un antepasado suyo y que, al verse en la ruina a causa por el impago del proyecto, se arrojó al vacío desde la obra ya terminada. Me impresionó en su momento y, muchas veces, cuando paso por debajo de su geometría me acuerdo del relato, sin embargo nunca busqué internarme en investigaciones, en desvelar una posible explicación a aquella leyenda, por preservar la lírica de la infancia, de la entrada en la adolescencia. Con todo, cierto es que algo hay, pues se dice que fue un ingeniero italiano el que diseñó uno de los viaductos y la empresa que encargó el trabajo se negó a pagarlo, por lo que el ingeniero se arrojó al vacío desde esa misma obra, pero sobrevivió a la caída. Lo acabo de consultar en un blog, donde se da cuenta de aquel posible suicidio. Se llamaba Pedro Floriani, pero no hay fuentes documentales que lo avalen; el autor del blog titula la entrada como “Un fantasma llamado Pedro Floriani” . Lo recordaré cuando la próxima vez que pase por debajo de los viaductos, pero quiero que se preserve el relato que en el pasado me impresionó y que durante años, cada vez que cruzaba Redondela, venía a mi mente. Son balizas en lo diario que lo revisten de una lírica necesaria y necesitada.

+ ¿Las vidas olvidadas? ¿Qué vida no tiende al olvido, ya que hasta la vida que ha llegado a la cumbre de la fama está condenada a la disolución? ¿Se desvanecen las hazañas en el tráfago de los días, las semanas, los meses, los años, los siglos, los milenios? Nada resiste la percusión del tiempo, el imperio de la nada. Pero contra esto hay que alzarse por la acción del dios del instante, el que nos puede enseñar a construir nuestros propios marcos, en nuestro propio provecho, en contra de los embates vitales. Como un libro de autoayuda, sobrevuela la sombra de Marco Aurelio.

+ La primera vez que me sucedió fue con la Sonata de primavera de Valle-Inclán. Hace unas semanas que abrí Paradiso de Lezama Lima. El milagro se ha vuelto a producir, lo que no deja de ser una ilusión y un estallido de esperanza. Mientras hay un resquicio para una prosa deslumbrante, hay esperanza. Pero una esperanza en el futuro, sino una esperanza modesta, que tiene su objetivo en la próxima página, en el próximo párrafo que se leerá, en encontrar este placer intenso y asequible, que se logra mediante el ejercicio de años de lectura y una determinada personalidad. Lo constato y me alegro; no es pequeño tesoro.

+ Me subyugan los escenarios de las películas de Rohmer. Identifico un tiempo que levemente fue el mío y se refleja en las arquitecturas, en el mobiliario y en las costumbres. Esa niebla, ese ambiente. Nunca volverá o siempre estará ahí mediante rememoraciones diversas. A mi lado, espera Paradiso. Mientras, en otro ámbito, pero, en cierto sentido, en el mismo ámbito (asunto que supone un desarrollo externo) continuo con Rohmer, La mujer del aviador. ¿Se trata de la búsqueda de un fármaco en el dominio de la narración, una narración adelgazada, sutil, donde ambas propuestas de relato se cruzan? Este es el motivo que se baraja en el paréntesis antes abierto: el desarrollo externo de las posibilidades de una narración casi inexistentes (algo que forma parte de mi principio rector, defecto del que hago/haré virtud).

+ Demasiado lirismo, poca noticia, exceso de sentimiento, contemplación y debilidad. Se reconoce en el espejo y se sitúa un paso más atrás de sí mismo. Hay en todas sus explicaciones claves que la contradicen.

+ Imagen: papel.

sábado, 1 de mayo de 2021

Abstracción - 2016 (y ss.)

Abstracción - 2016

 + Quizá mi error parte de juzgar Pauline á la plage aisladamente y no en el conjunto de obra, de la serie que propone el director. Hago esta reflexión mientras comienzo a ver El rayo verde. El universo de Rohmer, para mí, se articula en aspectos ambientales que se relacionan con los diálogos y cierta estatuaria de los actores. Ese punto inmóvil donde se establecen las posibles tensiones entre los sentimientos y las obligaciones, el tiempo primero tras la adolescencia, donde todavía esta extiende sus dominios, una madurez inacabada, estados que me resultan próximos por mis propias carencias y ambiciones. Las ambiciones no cumplidas retratan sin ambages las aristas de una personalidad. Veo a Dephine hablar de la carne en El rayo verde y creo entender o contemplar ciertas simas del pasado. Lo sumo a otros momentos en que el director propone historias que pueden parecer banales o, definitiva, irrelevantemente cotidianas. Pero, yo así lo veo, es en lo cotidiano donde reside lo nuclear de la vida, ya que no hay situaciones excepcionales, a no ser en el ámbito de lo construido, el relato de lo construido. Dejo a un lado los meandros en los que me sumerjo y regreso a la corriente del río que me conduce al mar. Hay una explicación no requerida en la yuxtaposición de los relatos de Rohmer, esta explicación me aleja de demonios que no son tales, salvo en la quiebra recién sufrida, la que ha elevado un terror sin fundamento, porque quien permite este fundamento soy yo. Rohmer, en definitiva, es un fármaco.

+ Hasta quien cometió un asesinato y cumplió su condena tiene derecho al olvido.

+ [Otra palabra, la coherencia]. ¿La coherencia está sobrevalorada? Conduzco y en un programa de radio un profesor lanza está pregunta y yo no sé contestarla. La coherencia es imposible, resuelve el profesor y su explicación me parece satisfactoria. Nunca somos el mismo, y mucho menos cuando estamos en el abismo de la soledad, enfrentados al vacío que el yo nos ofrece. El yo es cambiante y depende más de los otros y de la circunstancia que de nosotros mismos. El yo tiene una función que se confunde con la nociva aristocracia de la arrogancia y el orgullo; pues, cuánto dolor se evitaría si no nos tomásemos tan en serio. ¿Es necesaria la coherencia? Quizá esté yo pensando en términos absolutos y, como en otras ocasiones, sea un asunto gradual, donde la dosis es el éxito. Y, hila que hila, se llega, en el debate, al punto donde la coherencia se une al secreto, pues el secreto es una de las bases sobre las que la coherencia se asienta: cuando menos sabemos de una persona más coherente se nos aparece. De todas maneras, aunque no sea una meta alcanzable sí me parece una tendencia que se debe impones, a pesar de las dificultades. Y me digo, qué espeso resulta todo en este lunes de abril, mientras comienza a llover. El paisaje no necesita precisiones, es y ya está, indiferente a nuestro juicio, como un gato que solo quiere comer y dormir, como el vuelo del cuervo que se interesa por un despojo.

+ Vuelvo a Paul Weller. Este regreso pertenece a un recorrido circular que se relaciona con el estado de ánimo y con las tendencias a la tristeza, a la alegría y la serenidad. Cuando elegí el emblema, ¿busca algo, algo concreto?, me pregunto. Las guitarras son el emblema, repito como solución. Paul Weller ha empuñado el instrumento con una inteligencia y una poesía que siempre he envidiado, pero en realidad no era la inteligencia ni la poesía lo que envidiaba sin la presencia y la persona. Ahora me identifico en el momento, con la permanencia de ciertas referencias. No soy yo cuando estoy en la soledad del estudio, es un reflejo de otro que fue y no alcanzo a distinguir. La música fluye y la disolución del olvido hace su tarea.

+ Podría analizar la palabra olvido, equiparar el olvido con un fármaco, recordar aquello de que la felicidad está relacionada con tener mala memoria, podría tratar de retratar momentos y situaciones donde el olvido fue un regalo y el velo que ofreció una suerte de magia para propiciar el encuentro con el dios del instante. Podría llegar hasta este momento que el golpe de la realidad ofrece con precisión la perspectiva exacta de la vida, esa visión deletérea que se disuelve al contacto con el aire. Podría, pero no lo haré. Hoy no.

+  "Pour bien cuisiner, il faut de bons ingrédients, un palais, du cœur et des amis." Pierre Perret.

+ Oigo la canción de Los Enemigos Siete Mil Canciones. ¿El futuro? El futuro se ha desvanecido porque el futuro se igualaba a la esperanza. ¿La pandemia? No, todo se disolvió mucho antes. Una gran canción, sin duda.

+ Hoy es sábado. A las nueve y cuarto de la mañana, escucho en la radio pública el programa que semanalmente ofrece la Biblioteca Nacional de España. Habla un conservador de papel sobre la enfermedad del ácido que afecta a los libros posteriores al siglo XIX, en torno a su mitad. Se trata de que la elaboración del papel con celulosa arbórea lleva consigo la destrucción del mismo, porque hay una degradación de las moléculas que terminará por convertir este papel en un polvo amarillento (un proceso que se puede apreciar en el mismo amarillear de las páginas de los libros que atesoramos). Por lo tanto, todos estos libros que componen nuestras bibliotecas están condenados a una pronta extinción (por otra parte, ¿qué hay que no esté condenado a su desaparición?, ¿hay algo que se resista a la caducidad?). Tomo nota, mentalmente tomo nota. Hacia las doce y media de la mañana, dentro de mi investigación, abro Paradiso y comienzo su lectura, que, en principio, debía ser superficial, lo que se traduce en la visita a las páginas donde se cita a Villamediana, que no son más de dos o tres dentro de una larga novela. Sin embargo, desde tiempo atrás, siempre me he atraído por el título de la novela, la figura de Lezama Lima, por Cuba en sí misma. Son razones que me llevan a creer en la intuición, el olfato libresco y el buen gusto, mi buen gusto ¿se relaciona con la distinción o con una capacidad estética?

+vNo puedo dejar de maravillarme y unir Paradiso a  la afirmación del conservador de la BN. ¿En qué punto toda caducidad se une a la belleza, a su inasible verdad, ese rasgo de difícil o imposible concreción? La obra de Lezama Lima es una portentosa maquinaria que trastoca el filo de lo diario. No resulta fácil que esta ampulosa visión no se traslade a la vida cotidiana, ordinaria. El papel y su muerte, Lezama Lima, el sábado como artilugio para la lectura. Compases de la misma canción. Todavía no llueve.

+ Domingo: llueve intermitentemente, la tormenta ensombrece el paisaje, llueve y hay un ritmo soterrado en la lluvia. Domingo. Los gatos están tristes, llueve y la lluvia no les gusta.

+ Imagen: abstracción, 2016.

sábado, 24 de abril de 2021

Revisión

Soutelo de Montes
 

+ [Al enemigo, ni agua]. La frase o título con que se inicia este párrafo se relaciona  con el programa político que escucho en la radio cada mañana mientras hago mi ejercicio de bicicleta estática durante una hora. El enemigo es el rival político, aunque siempre flota esa máxima de que los del otro partido son oponentes pero los enemigos están dentro de tu propio partido. Yo sé que se me escapan muchas cosas y, quizá, para comprender con amplitud el desarrollo de estos discursos a los que asisto cada mañana debería tener más información y un conocimiento más preciso de los actores, pero, también, tengo otra mirada. Mi punto de vista inalterable es el del receptor, ese al que se dirige el que lanza el discurso. En este punto asisto a la entrevista a una portavoz parlamentaria y sus contradicciones son manifiestas y muy bien subsanadas con el recorte que sabe operar en su discurso. Se trata de una retórica adaptada a los medios y a lo digital, donde la comunicación es la esencia de la acción política. Lo uno y lo contrario y el ataque al rival se produce sin fisuras ni alternancias. El enemigo dialéctico aprovechará todos los recodos que le ofrezca la ocasión, el enemigo asesinará al oponente si la ocasión lo permite. Sigo con mi observación, esta "investigación del mal".

+ En Sábato está el resultado.

+ Cruzo la autovía, lo veo en la distancia y sé lo que ha pasado. Es un accidente mortal, no hay duda. Aminoro la marcha y me fijo en el dispositivo que se ha montado. En el asfalto, en el carril derecho, está la moto tirada, desposeída de su naturaleza, como si se tratase de una bestia herida de muerte. En el otro lado de la barrera, en la calzada derecha, se distribuyen los sanitarios, los guardia civiles y los empleados de la funeraria. Un guardia civil hace fotos; no alcanzo a ver el objeto de sus disparos pero supongo que se tratará del cadáver. Más tarde, en un diario digital, leo la noticia y veo la fotografía de la moto. Queda el lugar para la reflexión, para el emblema de la caducidad, el espacio vacío que deja el fallecido y del que nada sabemos y, también, así, desconocemos si llegaremos a tener noticias de su circunstancia. La vida sigue, el dispositivo se desmonta y a la moto le espera otro destino alejado del que hasta hace poco fue su propietario. La vida no se detiene y todas las operaciones parecen estar bajo un sistema de protocolos que impiden la improvisación, pero eso solo es un marco, una plantilla  sobre algo que no se deja ordenar, aunque, a veces, dé la impresión de que sí. Ayer fuer viernes y vi a la muerte pasar evaporada entre los que hacían su trabajo, los que documentaban su presencia. Comienza el fin de semana: luminoso, volátil, breve.

+ Creía que la moto herida era una gran moto, pero no es así. Posee la apariencia de una moto importante, pero no hay tal cosa. ¿Qué traducción tiene esto en la trayectoria de este cuaderno? Ninguna, salvo la constatación de los pliegues que se dan en la observación de un hecho, como yo termino derivando por ramas que se alejan del tema principal y como estas resuelven un conflicto con mi impronta en el juicio. Este irse por las ramas es característica de mi manera de entender; mejor o peor, pero es la mía. La moto resume mi idea del accidente, sus rasgos y las característica que le otorgan al motorista. La autovía continua en el mismo lugar, los motoristas la surcan con indiferencia y, ahora, puedo oír como otra moto atruena contra la atmósfera su rasgado rugido.

+ Decía Gómez de la Serna que los plátanos eran las patatas fritas de la fruta o que las violetas son las ojeras del jardín. En la radio lo escuché esta mañana, mientras hacía ejercicio. Pensé y pensé y nada dije. Más tarde, durante un paseo, en France Culture, un periodista y un profesor universitario conversaban sobre Flaubert y su espíritu burgués, aunque el profesor matizó que Flaubert era un rentista (nunca trabajó) y su religión era la perfección literaria o la literatura en sí misma, como posibilidad de perfección absoluta (algo, que sin duda, logra en Madame Bovary). Luego me encontré con una librería de lance y no entré, estudié durante unos minutos los libros que había en el escaparate y poco más. La literatura flotaba en su desorden natural, en dificultad que ofrece para ser atrapada en una definición. No hay definición porque pertenece íntimamente a la vida, en sus múltiples manifestaciones: el amor, la amistad, el odio, la política, la sociología, la esperanza, la muerte […] El día es claro y la tarea amplia; hoy toca hacer un descanso, un extraño y no merecido descanso.

+ Leo sobre la historia de la lengua francesa. Es una vieja espina que me llevó a adquirir un librito para estudiantes de bachillerato donde se describía muy bien su nacimiento y evolución, cómo se fijo, qué supone la institucionalización de cualquier lengua. El libro que tengo en las manos es muchísimo más denso y específico, y la espina sigue ahí clavada, ya que es algo que se relaciona más con el carácter y sus meandros que con el conocimiento. Ahora lo sé, antes no. Hoy leer sobre el tema es un placer, en el pasado era una manera de constatar ciertas debilidades, la apariencia contra el solido grupo de saberes y certezas que se hunden en humillante barro en que se resuelve la falta de amor propio.

+ Acabo de ver Pauline á la plage y no. No me ha gustado, en contra de la últimas películas de Rohmer que había visto. Sin embargo, sí ha funcionado como un catalizador porque me ha hecho recordar tiempos pasado, en ese simulacro para darle una explicación al presente. Recordé a un profesor de guión cinematográfico, recordé una amistad de aquel tiempo que se diluyó en un Londres que desconozco, recordé tiempos que parecía felices y no lo eran, o ni siquiera se trataba de la felicidad. Era, tal vez, un cierto confort que me arropaba y hoy prescindo de él por convicción. Poco importa la película, poco importa el pasado; nada permanece y solo el presente es palpable. Reconstruyo experiencias y visiones para no llegar a ningún punto, la película me ha hecho ver que lo que un día me gustó hoy me deja indiferente, esto debería saberlo, sin embargo, cuántas formas hay de llegar al conocimiento que se muestran inesperada y súbitamente.

+ Imagen: una tienda de muebles, una tarde plomiza.

sábado, 17 de abril de 2021

Hic et nunc

NOtas MNCARS

+ Al fin descubro quién es el arquitecto de unos edificios en Madrid que siempre, desde la primera vez que los vi, llamaron poderosamente mi atención. Están situados los edificios en la calle San Bernardo y tienen esa conjunción entre hormigón y vegetación que tanto me gusta. Brutalismo y vegetación. El arquitecto es Fernando Higueras. Leo su biografía, las anécdotas sobre su persona, leo sobre su obra. Desata mi curiosidad lo que él denominó rascainfierno. El rascainfierno no es otra cosa que la casa que para sí construyó y que consiste en unos huecos en el terreno que se recubren de espesas losas de hormigón, donde la luz penetra desde las alturas. Veo las fotos chez lui y no puedo menos que quedar muy gratamente impresionado, con el deseo de visitar esos espacios (algo que es posible una vez al año, en la semana de la arquitectura que se celebra en Madrid). Ahora allí hay una fundación dedicada a la figura del arquitecto. Lo sé, este es un tema no resuelto: mi relación con la arquitectura, mi gusto por el espacio y sus proporciones, la luz y las sombras, mis prescindibles dudas si en un sentido hegeliano es arte o no es arte la arquitectura. En fin, las viviendas de las que hablaba al inicio forman parte de una cierta educación sentimental, forman parte de largos paseos orlados de interesantes conversaciones; por ello siento una querencia natural a su volumen y al espacio que ocupan en la glorieta de Ruiz Jiménez. Y hay algo más que también ha llamado mi atención: se trata de viviendas militares. Cuando de esto último me entero, me pregunto la relación que puede haber entre estas viviendas y las que hay en Pontevedra, en General Rubín, que son obra del arquitecto Bar Boo. Entre ambas se establece un puente que va de mi infancia a una tardía juventud, donde se dan ensueños de vidas posibles que tienen más de la novela de la vida que de proyectos vitales. La narración se obliga a sí misma en los espacios, la ordenación de los espacios si no es arte, tampoco importa mucho para el relato de esa novela de la vida.

+ El café me posee; más que una debilidad, es un enamoramiento. No se trata de una droga, sino de una comunión necesaria que se produce a diario. Negro, templado, abundante. Es el sabor y es el efecto, ambos me trasladan a un mundo soñado. Esa leve tensión entre lo amargo y el nervio que despierta. Siento su color y su fuerza, atenaza la lectura y la espolea. Nunca neutro, siempre en nuestro bando. Hic et nunc.

+ El sustantivo autenticidad y el adjetivo auténtico me suscitan problemas sobre su empleo, su contexto de uso, la distribución posible de su posible significado. ¿Qué es lo auténtico?, me digo en la tarde lluviosa de abril, en la soledad de la lectura, con el telón de fondo de la Radio Clásica. Decido recurrir exclusivamente al Diccionario de la Real Academia Española. Allí encuentro varias posibilidades. La última acepción del DRAE remite a que lo auténtico es la copia autorizada de “alguna orden, carta, etc.”, la entrada previa habla de certificación; ambas parecen coincidir en lo mismo: la autenticidad se constituye mediante el vínculo más o menos institucional de las copias, a lo que podría añadir que si hay copias es porque hay un original, que resulta ser el auténtico. Ninguna de esas acepciones me satisface en este momento para mi propósito. Hay dos acepciones más que tampoco se ajustan a mi indagación. Es en la segunda acepción donde se haya el núcleo de mi impulso: “Consecuente consigo mismo, que se muestra tal y como es.” Y se ejemplifica con una contundente frase que resume muy bien la idea que yo tengo: “Es una persona muy auténtica.” Ahí está la solución a mi dilema. Cuántas y cuántas veces habré yo oído pronunciar aquello mismo de “es auténtico”, en referencia a un músico, escritor o personaje de la noche, una nueva amistad o a una estrella fulgurante en las aulas, con incierto destino y atractivo indudable. Auténtico es un calificativo que eleva al sujeto a un endiosamiento enraizado en la distinción. Es ahí donde llego porque es a donde yo intuía que quería llegar, a la distinción. Una vez más, la distinción. Criterios que establecían impermeables fronteras entre el buen y el mal gusto, lo adecuado y lo inadecuado, reglas que se adquirían en un equívoco ambiente snob de finales de los ochenta. Todo esto de la autenticidad está muy relacionado con una necesidad de poseer rasgos que conformen una personalidad y una cultura. La creación del personaje, sus modos y su atuendo. Creo entender que he acotado el significado que buscaba y veo que todo ese mundo se desvaneció y los restos del naufragio se hacen materia mediante esta vena auténtica, que ahora sólo es una arqueología; algo que ya nadie recuerda, que, quizá, nunca existió. La identidad rota que no se puede recomponer, el error no es transparente.

+ Recojo las velas en que su prolongación son una veleta, como de la trompa la prolongación es la trompeta. Pensamientos y reflexiones sobre la morfología del momento, que no un intento ni una ilusión sino entretenimiento pasajero sin consecuencias. Hic et nunc.

+ Imagen: notas en una biblioteca, tal vez.

sábado, 10 de abril de 2021

Mil quinientos años

Porto-2016

+ En el ordenador veo un vídeo de un chalet abandonado. Se trata de una propiedad que perteneció a un hombre que ascendió fulgurantemente y cayó con estrépito (tanto en su ascenso como en su caída, las circunstancias fueron oscuras, propias de la crónica negra y con una importancia que se revela en el tránsito empresarial y político de los inicios del siglo XXI). El hombre falleció a los 54 años hace relativamente poco tiempo. Sin entrar en la caracterización del personaje, resulta de interés fijarse en la disposición del chalet abandonado, en la piscina invadida por el liquen y las hojas en putrefacción, en otras partes de la propiedad, que ha sido tomada por la maleza y por  los grafittis. La más que palpable ruina del chalet atesora en sí una enseñanza. Un ejemplo, a la manera medieval. Una vanitas, tal vez.  La cámara avanza hasta lo que un día fue un enorme salón abierto sobre la ría y la vista es hermosa pero ahora todo es humo, o menos que humo. Nada permanece, aunque cabe pensar qué ha sido de aquel presente, de este que nos pertenece, al que pertenecemos. Pasará a ocupar ese lugar en la nada y en la nada es donde se resuelve la cuestión, que valga el ejemplo para lo que ahora valoramos.

+ Se mece la tarde en La Quinta de Mahler, en su adagietto.

+ Con respecto a lo anterior y sin la confianza necesaria para saber si hay una relación con ello y lo que voy a exponer, regreso a una idea muy vieja que anidó en mí hace mil quinientos años, al menos mil quinientos años. Se trata de la íntima correspondencia entre el verano, las vacaciones y el amor, el amor de verano, el amor en el inicio de la juventud, la primera juventud. Todo ello deviene de que he visto Cuento de verano  de Eric Rohmer y se ha materializado esa vieja idea, o, más bien, ha regresado como particular manera de entender el presente, como un locus propicio para explicar nuestra época y la trayectoria de mi tiempo y educación sentimental. Aunque la película tenga ya veinticinco años de antigüedad, para mí posee una capacidad de explicación impagable. ¿Soy yo o es una manera de entender el mundo y las relaciones personales? ¿El amor, la amistad y la forma de ganarse la vida? ¿La idea de la vida sometida a los dictados de la narración cinematográfica, la fotografía de la misma, la concatenación de diálogos, el atuendo y la elección de adminículos destinados a erigir nuestra idea de distinción? Ay, la distinción en los sentimientos y en nuestro ropa, en nuestros gustos literarios y en una posición política y social. ¿Todo humo?

+ La relación entre los dos primeros párrafos gira en torno a la melancolía que se produce tras la clausura de las vacaciones de verano, como si de una edad perdida se tratase. En el primer caso, la ruina en la que se convierte la ostentosa casa de la playa tiene una calidad de emblema, de ejemplo medieval, como dije, una vanitas; en el segundo caso, la relación es íntima, se trata de la construcción de la persona que soy, determinada por un ensueño romántico propio de los años ochenta del siglo pasado, donde se dan cita letras de canciones, novelas y la necesidad de un proyecto vital imbricado en esa misión que es lo distinguido. Ambos apuntes me indican cómo se construyó y articuló nuestra propia educación sentimental. Así, suenan canciones y vemos películas. Jóvenes demasiado impresionables, venenosamente inclinados a la influencia pedagógica de pedantes emisoras de radio, soberbios relatos de lo correcto e incorrecto. ¿Desclasados?

+ “… la distanciation est la condition de la compréhension.” Paul Ricœur.

+ Finalizado El lazarillo. ¿Qué poso queda, qué distancia establezco con el texto, como si la distancia fuese posible? Se niega la comprensión o establezco yo un límite entre mi entender de hoy con lo que había entendido en tiempos pasados, escolares, académicos o en conversaciones sobre lo que es un relato, una historia, un discurso. El agrio dibujo de la naturaleza humana se resume en la ambición, la avaricia y la lujuria. Los pecados capitales son más una suma de rasgos que un catálogo de culpas a redimir. Sumo y sigo. Pero tampoco es posible, ni necesario, resumir la condición humana en la relación de los pecados, veniales o capitales.

+ Mi pecado venial, la indolencia, la acedía, a la que, en breve, me entregaré con apasionada indiferencia.

+ Para mí, Cuento de verano no terminó en el momento en que terminé de ver la película, ese momento cuando Gaspard se aleja en un barco con dirección a La Rochelle. Todavía la historia palpitó durante días, como si yo retornase a un pasado paralelo a la película, algo que me pertenece y que no me había percatado de su existencia hasta ver la película la otra tarde. No considero que se pueda denominar un rasgo de identidad porque en ella no creo, sino que, al contrario, es una disolución de la persona en un grupo, como si me incluyese en ciertos presupuestos que comparto con los personajes, una congregación de snobs. Por ello, me parece magistral la manera cómo se cierra la película sobre sí misma, ya que se constituye en una narración perfecta al establecer el verano como un cronotopo indiscutible y moralizante. Este cierre perfecto es algo más que simbólico, ya que otorga significado a la aparente irrelevancia de los hechos. Se inicia la cinta con la llegada de Gaspard a Saint Lunaire y Garpard y finaliza cuando Garpard se va de Saint Lunaire en el barco que lo conduce a La Rochelle para buscar el multipistas, al tiempo que rompe toda posibilidad amorosa [al menos, aparentemente]. Todo queda ahí, en el paréntesis que abre la llegada y cierra  la partida del joven. Poco sabemos más allá de lo que contienen esas jornadas de verano. Sin embargo, en este fragmento de vida se dan cita algunas verdades sobre el amor, la juventud y la delgada línea entre el amor y la amistad, entre la amistad y el amor; sobre ambas realidades impera la pulsión de la juventud como expresión de un tiempo, la sentimentalidad como concreción de una ideología, sin duda, burguesa en sus diferentes niveles, burguesía a la que pertenece o aspira Gaspard y las muchachas, aunque, quizá, todavía no lo sepan. Queda tras la estela de los leves acontecimientos una sensación de verdad y lejanía, la juventud que nos quedó atrás y se articuló mediante una premisas similares a las que condicionan al protagonista. La música, el arte, la conversación, el paisaje, la aventura veraniega que terminará con el regreso a las obligaciones, el verano como tiempo en suspenso, la alegría y la melancolía, el amor y su imposibilidad, el amor como espejo para el joven, un amor que se mantiene durante ese fragmento de vida. Veo los paisajes y me reconozco en ellos, veo a las protagonistas y siento la  posibilidad de sus enamoramientos, veo a Gaspard y creo reconocerlo, aunque, todavía, no estoy seguro. Una vez estuve allí, pero se ha desdibujado. Ya, pero, me digo poco antes de entregarme al hermoso vicio de la pereza, de todo esto han pasado ya mil quinientos años.

+ Otro cuento de Rohmer: Cuento de otoño. Hay una proximidad estética, paisajística y moral; sería algo cercano a un habitus deseado, no alcanzado, que se materializa en una burguesía ilustrada, lectora, amante de la música, socialdemocrata, un tanto snob, un tanto arrogante. Yo no estoy ahí, pero comparto demasiadas cosas con ellos.

+ Imagen: Oporto, quizá en 2016 o en 2017; foto que se seleccionan y no dejan de ser un recorte del pasado, un recorte sobre los recuerdos.