sábado, 28 de noviembre de 2020

¿Hormigas?

Bicicleta

+ Por fin termino el documental que había comenzado a ver la semana pasada, se trata de Mi vida entre las hormigas, donde el protagonista es el cantante de Los Ilegales Jorge Martínez. No sé si me ha aportado algo, salvo una amarga sensación biográfica en relación con las drogas, el alcohol y las malas compañías. Algo lejano y nada memorable, sumido en el olvido pero con su garra afilada de presencia en ciertas acciones y actitudes. Vi reflejos del pasado en las declaraciones del cantante y de sus compañeros de escenario, en su manera de juzgar la realidad y de constituir un esquema moral, en la atribulada sensación de violencia y escapismo, ese medianía de una clase burguesa de provincias donde sus hijos están hartos de incorporarse el nicho laboral que se ha previsto para ellos y eligen ser ese Rimbaud portátil: un tanto atribulado, un tanto violento, con su inteligencia sumergida en alcohol y la ambición abotargada por el estilo, sumidos en la niebla triste de las tardes de domingo y las calles principales desiertas y melancólicas. Todo es pasado y ya no pesa, se olvida. Lo que se dice no me afecta, aunque me cause una cierta tristeza, casi agradable, casi imperceptible. Cuánto olvido es necesario para alcanzar la tranquilidad.

+ Viernes, viernes luminoso. Comienzo, como todos los días, con mi carrera de tres kilómetros, una ducha y el café recién hecho: aromático, negro, muy negro, vigoroso, energético, amargo, caliente, vehemente. Antes de la carrera, desayuné y repasé las novedades que me ofrece Twitter. Comienza el día y siento, me digo al cerrar el teléfono, el siglo XXI en la piel, con intensidad, la intensidad propia de una persona que, a conciencia, pertenece al segundo tercio del siglo XX. Suena en el reproductor en línea una extensa selección piezas para piano de Maurice Ravel. La música es música en línea, luce el sol y tengo mis dudas sobre algunas certezas extendidas. Acabo de ver en un twit un vídeo de un parlamentario que ensalza las bondades del comunismo y afirma que todo aquel que equipara comunismo y nazismo es porque es un fascista. No sé, me parece un pobre argumento aunque retóricamente su materialización resulta efectiva; se ve claramente que domina la escena, más que los hechos importa el envoltorio de la elocutio, vibra su convicción y la firmeza de su voz, los ejemplos que contraponen al buen comunistas con el malvado fascista son enternecedores, y en el olvido quedan crímenes sobre los que no cabe discusión. Me parece sospechoso, el comunismo me parece sospechoso, y también me lo parece la extrema derecha, los terroristas;  siniestros hombres que creen que el asesinato es una vía válida para alcanzar el paraíso. Esto no implica que abrace el liberalismo, ni el fascismo, ni la extrema derecha ni la moderada; sin embargo, esa idea de conmigo o contra mí flota en este discurso como también flota en la parte contraria. A lo que me lleva esta reflexión matutina es a mi alejamiento de la clase política, de sus artes, de estas y aquellas batallas dialécticas bajo las cuales, ajenos, estamos los ciudadanos; es algo que me lleva a saberme en al margen, en la duda, en la crítica. Suena Ravel y ahí me quedo durante un momento, un sobro de café y sé que debo regresar a mi investigación. La mañana luminosa de este viernes de noviembre es un regalo, sin duda, un magnífico regalo.

+ Hay una serie de temas que están la recámara. Van desde el carácter epigonal de la narrativa y el ensayo en la actualidad hasta la razón de la ciencia en el imaginario popular, con una sociología solapada que impide discernir lo que es opinión fundada de explicaciones para el momento que se guían por el ego y la oportunidad. Pero los temas quedan ahí, en la recámara, a la espera de un tiempo mejor, a que yo termine de ordenar mi biblioteca en su nueva ubicación. Qué trabajo, qué enseñanza este enfrentarse al que fui en el pasado y al que soy en este momento; qué variable resulta la persona, que inestables los gustos, pero qué guías definen una trayectoria. Como leía en tiempo no tan lejano en un libro de un filósofo del que ahora no recuerdo el nombre, el comienzo de una vida no se puede narrar hasta que la persona ha fallecido porque sin el relato cerrado la explicación no es posible. Así estoy, entre temas posibles y las tareas de este mi canon personal que se resume en el orden y escrutinio de mi biblioteca, con el expurgo necesario.

+ El filósofo es José Luis Pardo y el libro La regla del juego. Sobre la dificultad de aprender filosofía. Vale.

+ Temas en la recámara para las próximas semanas; al menos es lo que espero.

+ Imagen: en mi indagación sobre los emblemas me encuentro con la posiblidad de la bicicleta, como relación entre lo uno y la identidad. Vale.

sábado, 21 de noviembre de 2020

¿Identidad, estilo y distinción?

Pompei

+ Parados en su sobrante de carretera, conversamos sobre diversas cuestiones, fundamentalmente sobre la evolución de la pandemia y la incertidumbre que se ha instalado en la realidad, de cómo esta la modifica y devuelve a la realidad, o al menos su percepción, a una nuclear verdad: el cambio y la falta de permanencia. Las nubes se habían retirado y elevé la vista a las alturas. Pude ver con claridad el dibujo de las estrellas en el cielo. Se lo hice saber y me dijo que la ausencia de contaminación lumínica era lo que permitía esa privilegiada visión, me señaló un monte cercano y me narró las caminatas que hacían con su padre cuando eran de niños para ir allí a ver las Perseidas. Nos despedimos y no pude dejar de meditar. En realidad lo minúsculo del virus se enlaza con las magnitudes siderales de las estrellas, realidades que nos atañen y que no podemos abarcar, bien por extensa, bien minúsculo. Bajé hacia los pueblos y la luz de las farolas sobre la carretera me devolvía a otra realidad, la realidad laboral que estaba a punto de finalizar. Ay, esos enlaces entre lo uno y lo otro y que devienen en lo mismo, en su reflejo. Soñé con perros y con lobos, soñé con mujeres que ofrecían pastelitos y un licor transparente, que podría ser ginebra o anís, soñé otras cosas que no recuerdo, aunque eran partes de realidades sin mayor entidad que mi descanso y mi olvido.

+  [Mañanas en la biblioteca]. No necesito madrugar mucho, pero me levanto a las siete de la mañana. Desayuno con calma y luego un leo un poco, preparo las bibliografías, los bolígrafos y las libretas, meto todo en mi mochila y espero un poco, hasta que son las ocho y media; entonces, me encamino a la biblioteca pública, que abre a las nueve de la mañana. Es un trabajo rutinario que consiste en pedir libros, buscar las referencias y fotografiar con la tablet las páginas donde se encuentran las referencia a nuestro autor. No hay ningún secreto, esta parte de la investigación que se centra en una labor mecánica tiene una suerte de lección sobre los desarrollos del proceso, que se extiende a los ámbitos que parecerían ajenos a su dominio. Las tareas rutinarias son cimientos de las tareas que semejan más elevadas. Estas tareas humildes son un asidero contra el desánimo, su reiteración nos libera de reflexiones amplias y profundas; lo veo yo como la oración, que se hermana con el ejercicio físico diario. Así, entré en la biblioteca y me dispuse a realizar lo que anteriormente había programado. Cumplí con lo previsto y sentí un cansancio honrado y sencillo, que me remite a mi relación con la rutina, con su ponderación sobre la aventura. Soy otro, me digo mientras avanzo por la calle con 145 capturas fotográficas de otras tantas páginas que se contienen en el dispositivo electrónico. Soy otro, pero soy el mismo.

+ Los desencuentros conmigo son oscilantes, intermitentes, variados. Creo conocerme y no es verdad porque me sorprende todavía mi incapacidad para afrontar nuevas realidades, pero no resulta ser una incapacidad paralizante ni definitiva, sino que se trata de un ligero malestar relacionado con mi querencia a la estabilidad, por otra parte, imposible por definición de lo que la vida en sí es. Sí he aprendido a aceptar el malestar a sabiendas de que será algo pasajero; este aprendizaje se basa en experiencias anteriores, que, aunque disímiles, guardan entre sí el parecido del cambio abrupto y la apertura a nueva situación, no peor, pero sí muy diferente. He dejado atrás un decorado y estoy inmerso en otro, la circunstancia no es baladí, al contrario: determina de una manera irremediable la vida cotidiana. La vida cotidiana, me digo tras escribir cada una de las letras en el teclado del ordenador, la vida cotidiana como única patria posible que prefiere a la persona o al individuo a la identidad. Los desencuentros son constantes pero pasajeros y su desvanecimiento es mi victoria, pero precisan cierta lucha, calma y paciencia. En ello estamos.

+ Dejo a un lado la identidad y me centro en los retratos de las personas. La identidad me parece en exceso un algo burocrático y gris, prefiero los retratos bien sean al óleo o en un potente estallido de colores en la portada de un dominical o una página web. Los ojos, la nariz y la boca, las orejas, las cejas y el pelo, ese intento de traducir ciertas armonías o su ausencia en razones para elaborar biografías imaginarias e imposibles. Queda el retrato, incluso el propio, que se enfrenta a la identidad y deja tras de sí el rastro del imaginar vidas, trabajos y milagros. Veo mi foto en un antiguo carnet y me pregunto si los desencuentros constantes conmigo se ven ahí reflejado y colijo que no, que no hay tal relación, pero me gustaría percibirla porque verla no dejaría de ser una cura. La cura, el cuidado, el olvido.

+ Abro un canal de la televisión en línea después de encender la pantalla y sin mucho convencimiento busco documentales sobre asuntos y temas musicales. Encuentro dos que, en principio, parecen de mi agrado. El primero es sobre un irredento fan de Morrissey y el otro sobre Los Ilegales, el grupo asturiano. El primero pertenece a ese tipo de asuntos que comprendo perfectamente pero que no puedo aceptar y, sí, me producen cierto rechazo. Es decir, no acepto la rendición a otra persona aunque respete muchísimo su talento y su obra, porque solo veo una persona y no estoy dispuesto a rendirle pleitesía [lo que se iguala, en el caso del fan de Morrissey, con haber asistido a elevado número de conciertos del cantantes en primera fila; me digo: ya ves, qué triunfo]. Nunca atesoraría objetos y recuerdos de un artista hasta convertirse esta actividad en un motor de mi vida [memoria, viajes, discos, fetiches, ropa, peinado…]. Lo dejo porque no me interesan esas afirmaciones declarativas; me gustan mucho las canciones de los Smiths, me gustan, también, las canciones de Morrissey [aunque  un poco menos], pero en ningún caso me interesa su figura por sí misma sino una proyección de una idea que cuajó en la adolescencia y se prolonga en la edad madura pero que tiene relación con la literatura y lo que por ella entiendo y no con esa idea de personalidad. Lo dejo ahí porque no me interesan demasiado las posibilidades que ofrece. En el documental sobre Los Ilegales hay algo que me llama la atención poderosamente y me parece una flecha en el centro de la diana. Se trata de una afirmación de Mariscal Romero. Dice M. R. que todos aquellos grupos punk de finales de los setenta y principios de los ochenta estaban integrados por malos estudiantes que pertenecían a las clases medias y altas, jóvenes que encontraron en la música una razón de ser; entre ellos, cómo no, también, Jorge Martínez. Trato de unir ambas razones y extraer una conclusión, como dos premisas que me llevasen a una punto sin retorno, restituir una posibilidad en el hiato que he trenzado casi sin darme cuenta. Creo que la solución a la ecuación radica en la identidad. Cómo la identidad dirige vidas y haciendas hacia un malditismo próximo al movimiento romántico, que perdura en la manera de entender la vida desde la pedagogía que ofrece la música popular [tan influyente ayer como hoy, desde donde se esparcen consignas vitales y eslóganes propicios para lleva la existencia con estilo]. Cierro la sesión y me entrego al sueño con esa sensación de protesta y burguesía, falsas revoluciones y el estilo y la distinción como motores del prontuario vital de toda una generación, la mía en concreto. Todo se desvanece en el océano de la noche, en océano del profundo sueño y sé que no estoy equivocado.

+ Imagen: elijo esta imagen de Pompeya porque es la que tengo en mi perfil de la mensajería instantánea, mi identidad; me gusta percibir ese toque de neutralidad, el punto de estilo y distinción.

sábado, 14 de noviembre de 2020

Sumas y restas

IKEA

+ Una vez más, llega el viernes. La sucesión de los días no tiene nada de especial, es la rutina, lo que se espera y no ofrece variación, pero mi curiosidad todavía se ve sorprendida. Quizá se trate de esto mismo. Centrarse en pequeños detalles que ofrecen posibilidades inusitadas; la sensación de avance, el deshacerse el proyecto y convertirse en realidad, la pasmosa imposibilidad de detener el tiempo. El viernes es el día deseado por el trabajador [si el fin de semana es para él feriado, porque de lo contrario se retrasaría al sábado, que, aunque similar, no resulta equiparable] para emprender su viaje al ocio, a la distancia, a la ficción del tiempo libre. Con la pandemia esto ha cambiado: ya no se trata de establecer un límite, sino de aguantar, dejar a un lado las horas y aprender a no esperar nada.

+ C y yo, ayer, vimos un documental en línea sobre el campo de concentración que visitamos en octubre de 2018, en las proximidades de Berlín. Sachsenhausen. Volver a ver otras vez aquellas edificaciones, la explanada, la entrada al propio campo, nos devolvió a la inquietud que supuso en el encuentro con esa conocida y despiadada brutalidad. Desde aquel momento, desde la visita a Sachsenhausen, el campo de concentración me sirve de piedra de toque cuando una situación me parece complicada. Nada resiste la comparación, reconozco. Recuerdo Sachsenhausen. Recuerdo un extraño silencio, recuerdo las vigas de hormigón sobre las que se ataba el alambre de espino, los árboles, el perfil de las torres de vigilancia, la quietud del serenidad del paisaje, el sonido del viento; sobre todo ello reinaba una presencia que percibíamos, la longitud de las dimensiones, ese saber de la vida y de la muerte, de la línea que separa al ser humano del monstruo; recordé, entonces, a la vista del documental, en una sala de exposiciones anexa al campo, las fotos de algunos de los guardianes, que eran casi adolescentes, con sus caras aniñadas resucitaban en el relato de la audio-guía que mostraba sus arrebatos de ira y la violencia acerada e imbécil que los dominaba. Antes de dormir me dediqué a pensar en ello, en una visita, en Madrid, con K., a una exposición sobre Auschwitz, pensé y regresó la frase en la entrada de los campos de concentración y exterminio: el trabajo os hará libres. No hace tanto y poco a poco se olvida, pero basta asomarnos a las noticias, al incremento de acciones antisemitas, al odio infundado sobre otras personas para hacernos cargo de que la estupidez y la brutalidad. Lo repito mientras me digo que descreo de lo colectivo y trato solamente de ver personas y no razas, credos u orígenes, religiones o ideas con o sin fundamento. Nada nos hace libres, salvo la libertad sin adjetivos, una libertad que se asienta sobre lo humano en el sentido condicional de la muerte, que da y quita sentido a todo lo vivido: ahí reside la libertad, en el respeto por cada persona, en su calidad de persona, sin adjetivos que la clasifiquen.

+ [Expurgo]. Todavía no empezado con la selección, el donoso y grande escrutinio de mis libros. El examen de la biblioteca nos lleva a un examen de nuestra realidad lectora y de nuestra biografía lectora, que por extensión es nuestra identidad en una vertiente no menor. ¿Cuánto libros he atesorado? ¿Mil, mil quinientos, dos mil? No tengo intención de hacer un recuento, pero sí una purga. La purga no se refiere exclusivamente a los volúmenes, sino que alcanza el corazón de la identidad, como si pudiese esta decantarse, diluirse, aclararse. Decido dejar a un lado las posesiones y establecer una distancia con todo aquello material que me condiciona, en la esperanza de mejorar, de alcanzar un otro estado más limpio y menos dependiente.

+ Etimología: barriga deriva de barrica, que no deja de ser un galicismo. Lo recojo de una nota de la Real Academia en Twitter. Tiene su gracia la evidente semejanza de las dos realidades. La metáfora como creadora de palabras, las palabras como creadoras de metáforas, entre ambos polos: la realidad cambiante, sin permanencia, dúctil e incontestable aunque sometida a contradictorios comentarios.

+ [Expurgo]. En lugar de empezar por los libros he comenzado por los objetos, fotos, cartas, aparatos electrónicos y un largo etcétera de diversos cachivaches acumulados durante décadas. La sensación es extraña porque los objetos se conectan con la persona y parecen ofrecer un retrato de aquél que fuimos que se relaciona con este que somos. No es necesariamente verdadero porque esa función de la identidad se define en cada momento y cada momento aporta y hurta razones. En este caso, es un distanciamiento. Decido expurgar sin contemplaciones. Postales de Lisboa, mapas de Berlín, guías de Normandía, libretas de notas que no deseo volver a ver, el ingenuo detalle de unas vacaciones reflejado en una suerte de diario, las tribulaciones de un escritor en ciernes que nunca llegó a alcanzar la publicación [qué tema para otra entrada], auriculares, púas para la guitarra, cables de amplificador y otro largo etcétera. Y así se van llenando las bolsas de basura que, luego, transportamos hasta un contenedor cercano. ¿Un antes y un después? Sé que es algo que debería haber hecho hace años, porque la limpieza es salud para el alma, ese desnudarse, ese desposeerse de objetos que creemos importantes y no lo son. Se libra una batalla con el pasado, un pasado que no existe, que nunca existió. Los lazos que me unen a aquel que fui son débiles y cada día que pasa la dispersión de las imágenes es más acusada, como el barco que se aleja de la costa y al pasajero, llegado un momento, le resulta imposible discernir qué son casas y qué son montañas porque el paisaje se transforma en una línea que se desvanece sin remedio. Carne de mercadillo, de rastro, de mercado de las pulgas, resulta ser toda esta acumulación; prefiero que vaya a la basura que verlo en el puesto del chamarilero, aunque llegado el momento, todo dará igual. Lo próximo serán los libros; capítulo aparte.

+  [Expurgo]. Me deshago de una colección de callejeros, planos y mapas atesorada durante más de treinta años. Queda en la huerta bajo la lluvia. El agua de la lluvia se comerá el papel mediante la putrefacción. Me interesa esa metáfora que esconde el proceso: el agua de la lluvia pudre los mapas que se coleccionaron a lo largo de treinta años, y nada cambia: allí siguen, las calles, las ciudades y la geografía. La representación sólo posee sentido cuando tiene utilidad, luego se convierte en una arqueología o en un fetiche, o ambas cosas a un tiempo. El agua de la lluvia y la tierra vegetal actúan conjuntamente como un hechizo.

+ Imagen: el almacén de muebles como habitat del deseo, el deseo como guía del pasado y del porvenir, imagen de sí mismo, relato vertebrador de la vida cotidiana; sin embargo, eligo la neutralidad del blanco y una composición geometríca con la esperanza de romper un sortilegio que me inclina hacia la acumulación, una tendencia que inagurar: el adelgazamiento. Un especio neutro y versatil.

sábado, 7 de noviembre de 2020

Expurgos

 

 

+ Es viernes, un viernes luminoso de finales de octubre. Lo dije alguna vez, el otoño es mi estación preferida. Lo repito mientras observo el paisaje y pienso que fuera de este recinto acotado está la pandemia, la ignoro y escribo, leo y estudio. La música barroca que me acompaña hace que recuerde en el retiro de Michel de Montaigne. La lectura es otra distancia respecto de la realidad porque inaugura una realidad personal y dúctil [en un primer momento;, ya que toda lectura tiene un algo de veneno, plena de  efectos imprevisibles y sorprendentes]. Tengo ante mí el calendario con las tareas pendientes y las tareas cumplidas, lo miro sin mucho convencimiento. La luminosidad del día aclara el tránsito del tiempo hacia la nada y termina por disolverlo en los suaves colores del otoño. Estoy más cerca de la naturaleza y eso se refleja en mi ánimo: una mayor quietud y reposo, una tranquilidad serena y profunda, reflexiva. Es viernes y comienzo unas cortas vacaciones, que no son otra cosa que un cambio de actividad; su verdadera razón: la acción con antídoto, la lectura como lenitivo, el equilibro como meta imposible pero deseable.

+ Rescato en Pierre Bourdieu unas ideas sobre el campo del arte restringido. Se relacionan estos rasgos con una cierta distinción, un cierto empate entre gusto y elitismo, una aristocracia excluyente y exclusiva. Normas, repertorios, preguntas y respuestas elaboradas con el propósito de clasificar al interlocutor y, más tarde, situarlo en un mapa de lo in y lo out. ¿Pertenecemos a ese club o sólo fue un deseo no cumplido que habla más de nosotros de lo que sospechamos? La necesidad de alcanzar un punto de individualidad que nos diferenciase de la masa se convirtió en un objetivo vital. Lo puedo estudiar en mi propia persona y en otros que he conocido, que he tratado o que tenido cierta intimidad. Pasado el tiempo, esos asomos de la tardía adolescencia se han desvanecido y permanece el esqueleto que los sostenía. La desnudez que ahora se nos ofrece es demasiado verdadera como para poder soslayarla. ¿Tan importante es la circunstancia? Recordaba un maltratado violinista en una entrevista radiofónica la segunda pare de la cita de Ortega: yo soy yo y mi circunstancia; la segunda parte: …y si no la salvo a ella no me salvo yo. Bien. Pero la cualidad de la circunstancia es su empecinada tendencia al cambio a la impermanencia. ¿Eran esos atisbos elitistas de nuestra prolongada adolescencia circunstancias o eran esencias de la persona? Sé que han desaparecido y con ella un dolor extraño y banal, pero profundo e hiriente, una percusión que se cifra en los éxitos ajenos y los fracasos propios, cuando ni siquiera había tales fracasos. Ay, el arte restringido, esa tendencia a la referencias y a las posturas, a un dandismo provinciano de alcohol y lumpem, de galería de arte y periódico de provincias regido por directores más en el ámbito de la zarzuela que en el de la actualidad. Ahora todo es narración, un relato que me entretengo en comentar aquí y allí, pero que no tiene la importancia que sospechaba que tenía. La circunstancia ha variado y con ello mi persona gana, otros han perdido, otros, también, han ganado; pero ya no clasifico, solo observo, solo estudio.

+ [Expurgo]. Las mudanzas son limpieza y orden y uno se da cuenta de cuán pesados y poco manejables resultan ser los libros; manifiesta forma de fetichismo, encumbrado en un engañosa utilidad: hay en atesorar libros, y ,como sucede con cualquier colección posible, el cachorro se convierte en monstruo. Así, los volúmenes se apilan, forman torres imposibles, muros imposibles, visten una casa, aparentan estabilizar la tendencia a la caducidad, se transforman en balizas con las que orientarse en el tráfago de la vida y nada de esto se cumple. Sin embargo, llega un momento, ese momento del desplazamiento de la biblioteca, en que los colores de los lomos y el formato de sus tapas resultan amenazantes, complejos, un traslado que, como una obra de ingeniería, requiere de cálculo y planificación. Después de reflexionar sobre el asunto, he llegado a la conclusión de la necesidad de realizar una donación de una gran cantidad de libros a una biblioteca rural. Quizá allí sean leídos, la mayoría de ellos yo nunca los volveré a abrir. Este adelgazamiento es un adelgazamiento espiritual, una necesidad o un ejercicio ascético que nos dirige hacia una nueva vida: ordenada, serena y estable. Los tres adjetivos anteriores conjugan con un proyecto donde no caben los estilemas anteriores, todo ha cambiado aunque parezca ser lo de siempre. Ay, estilema: conjunto de los rasgos característicos de un autor. Empleamos el término cuando dejamos de creer en el monolito que le da cobijo, se desmorona su peana, se desvanece su aura para dar paso a otra realidad, a una profunda realidad más próxima a cierta idea temprana que resurge y se impone. ¿Somos otro? Nadie se baña dos veces en el mismo río, repito tras la última frase, como una oración que invita a la contemplación, ese estado, esa condición. Los libros no me condicionaran como objetos que son, otra cosa muy distinta es su estela, que permanece y se transforma, me transforma.

+ Mientras la abogada nos da cumplida cuenta de un asunto urbanístico de nuestro particular interés, yo no dejo de fijarme en los tatuajes diseminados por sus muñecas y antebrazos [discretos, pero elocuentes]. No puedo dejar de pensar en el tatuaje como amuleto, conjuro o fetiche, no puedo de dejar de pensar en lo ajeno que me resulta y la relación que tienen con este nuestro presente y con la amplitud y extensión que han tomado, más próximos a la cosmética que al lumpen entrevisto en nuestra infancia y adolescencia. Que la abogada lleve tatuajes [frases, pájaros, peces…] resulta un punto más allá de lo representativo y paradigmático; se trata de una tendencia que ya es característica de este nuestro tiempo, un rasgo de nuestra época. El tatuaje ahora es variedad que oscila entre lo profundamente significativo y lo meramente frívolo. Yo no tengo tatuajes y muy probablemente no los tendré, pero no por una razón específica, sino por los usos y costumbres de mi infancia y mi adolescencia, por la educación recibida y por un cierto envaramiento [el mismo que me impide usar chandal o bermudas, por poner dos ejemplos de atuendos prohibidos]; sin embargo, también que hay algo que no comprendo, algo que tiene que, por un lado, ver con mi edad y, por otro lado, con una posición estética que trata de alejarse de todo aquello que implique multitud, moda o costumbre fosilizada. Vuelo a pensar en la abogada y su atildado aspecto, en su fular Burberrys y en su tatuaje en el empeine embutido en un zapato de ante negro y tacón bajo, en como ya no soy el que fui y no soy el que seré, pero permanecen ciertos rasgos más propios del dandy o del snob que del mero estudioso de la realidad, sumido en la observación, sumido en el estudio. Ese soy yo.

+ [Las razones de los expurgos continuaran en nuevas entradas].

+ Imagen: Las puertas constituyen una de mis obsesiones fotográficas; por geometría, variedad y rasgos comunes. Las puertas hablan y solo hay que saber escucharlas, pero yo no tengo más propósito que reflejar lo que fue una mañana en Honfleur; cuando paseabamos encontramos la casa de Erik Satie, después esta puerta. Vale.

sábado, 31 de octubre de 2020

Emblemas y presencias

 

+ La pequeña figura de Tintin tiene un minúsculo golpe sobre la ceja izquierda. Le asoma lo que parece un corte pero no es un corte sino una rozadura fruto de la mudanza. La observo y me quedó durante un momento pasmado con la cara de susto del intrépido reportero, en ese gesto de salir a la calle mientras se coloca su gabardina porque un asunto importantísimo lo requiere, bajo la égida de la preocupación y el deber. La figura la compré en la Isla de Ré con la idea de hacer un regalo; sin embargo, finalmente, decidí quedarme yo con ella porque se había convertido en un fetiche portátil, ingenuo y amable. ¿Me protege contra algún mal?, me pregunto ahora que suena Mozart en la radio veneciana en línea que solo pone música y no realizan ni comentarios ni introducciones, ni siquiera presentan la música [si el oyente desea tener información sobre la pieza en curso debe acudir a la web o la aplicación para recabar título y autor]. Por una parte conozco la respuesta y por otra prefiero mantener a mi lado las posibilidades que ofrece la ausencia de explicaciones [una niebla que se preña de la magia de la ignorancia, ese territorio donde lo desconocido es un mar de sugerencias que no terminan de cuajar]. En un debate interno sobre qué es lo que nos protege del dolor me inclino por afirmarme en la capacidad que los ejercicios voluntariosos nos otorgan, como una extraña y potente droga que doblegase la incapacidad mediante la disciplina y el adiestramiento. La figura de Tintin entra dentro de este orden de cosas, no como un amuleto sino como recordatorio; es decir, como emblema. En este sentido, todas estas figuras que he acumulado a lo largo de muchos años me remiten a mi lucha contra el desánimo, siempre tan presente. Así, entre otras figuras, destacan los guerreros japoneses con una lanza que luchan contra dragones, mi Hermann Monster tan sonriente con su maletín camino de su trabajo, los dos tigres en actitud de caminar hacia su cumplido destino. Estos tres ejemplares me muestran la senda del buen humor, de un cierto optimismo con acentos escépticos. Por eso, ahora mismo, Tintin está donde está y yo doy cuenta de su presencia

+ He comenzado a programar las visitas a las bibliotecas para recabar información sobre el trabajo en que me he embarcado. Lo reconozco, es una osadía, pero sin arrojo nunca se alcanza nada. ¿Alcanzar? Pararse en un palabra y repetirla unas cuantas veces hasta que solo sea sonido y se convierta este en un algo extraño. Alcanzar. Podría, ahora, buscarla en el diccionario, pero prefiero la intuición a la exactitud de la definición precisa y acotada. Alcanzar me arroja al trabajo que emprenderé pronto y que tanto me va suponer [esfuerzo, dinero, desánimo]. He buscado los libros, están localizadas las referencias y ahora deberé visitar las bibliotecas, acomodarme y comenzar a recabar los datos en manuales, colecciones y antologías; anotaré los datos y fotografiaré con la tablet las páginas donde aparecen, las guardaré y regresaré a mi despachito. Luego sucederá otra tarea, el orden y su inserción en el desarrollo del discurso, ese largo discurso al que debo llevar mi investigación. Dentro de ese proceso de alcance es un paso más entre muchos, tan necesario como los que he dado, como los que daré. Y, ahora, para mí, alcance no deja de ser el vértice de una pirámide que estoy construyendo. Work in Progress.

+ Surgen otras ocupaciones y hay tareas que no se pueden posponer, que, al tiempo, interfieren o interrumpen la programación que se había establecido para las visitas a las bibliotecas. Es lo que las mudanzas tienen, los cambios, sus derivaciones. La obligación de liberar espacio, despejar aquel lugar donde habíamos vivido y que ahora ya no es nuestro, la razón que nos obliga a llevarnos nuestros objetos y, bien sabido es, los libros son objetos. Unos objetos que cuando se suman forman un conjunto voluminoso y pesado, difícil de manejar; molesto, incluso. Tengo que centrarme, lo sé, y tratar de expurgar el mayor número posible de volúmenes. Su destino, una biblioteca pública. Dejar constancia aquí de esta tarea tiene más que ver con mi concepción de la acumulación que con una anotación de lo diario. Todo se enlaza y forma una unidad, aunque no lo deseemos. Ocupaciones que nos alejan de la idea de la muerte, de la finitud a la que nos encaminamos, pero, simultáneamente, los cambios subrayan esa misma irrelevante naturaleza de las obras humanas. Todo nace, todo muerte. El mosaico que había construido con mis libros, ese muro, se ha derrumbado y ahora, con los fragmentos, toca construir otro; así hasta el final. Esa es la línea que prima en estos días.

+ Hay una canción que por la única razón que la tengo en mi reproductor de MP3 es porque a L. no le gusta. Desconozco la razón, pero resulta interesante indagar en las causas de este desacuerdo. La música está bien, la voz no me desagrada, pero creo que se trata de la letra y su tono tan arrogante y enfermizo; esto último es lo que a L. le desagrada: pienso. La escucho y noto como se dibuja ante mí, mientras corro, un panorama de adhesiones y renuncias, de traición y estilo desafiante y con una innegable tendencia a la exclusión. ¿Se trata de eso? El día está nublado y vuelve a sonar la canción. Pienso en L. y en sus ocupaciones, en la lejanía que impone la pandemia, en las distancias que no son tales aunque realizen su trabajo de zapa. ¿Por qué tener presente a una persona mediante una canción que le desagrada? Yo en ello veo mi gusto por lo paradójico, ese rasgo de mi carácter.

+ Imagen: una foto de la figura de Tintin a la que se refiere la primera parte de esta entrada.

sábado, 24 de octubre de 2020

Cambios

 

+ Es sabido: el cambio es el rasgo esencial de la vida, de la existencia, lo que hace que la naturaleza avance en su amplitud. Nada permanece, todo muta. Así lo leí y así lo memoricé. No me haré un tatuaje porque no creo en los amuletos, porque la suerte es más un trabajo constante y silencioso que una circunstancia que se imponga por obra del azar. Bien el budismo, bien Marco Aurelio, en sus Meditaciones, me lo habían comunicado. En un principio me costó asumir esta gran verdad ya que yo tiendo a una rutinaria disciplina y todo lo que haga que esta varíe me desconcierta e incomoda. Sin embargo, no hay otra. Quien hoy es joven mañana será un anciano, el árbol que vemos en su enormidad fue una semilla y un día se apagará el sol. Esta última verdad la escuché en un corrillo hace años donde yo asistía como oyente: durante muchos días repetí la frase sin dejar de reflexionar sobre la misma, una reflexión sobre la finitud que rodea cualquier acto o cualquier obra humana, sobre la idea de cambio que implica. Para resumir, y en virtud de lo dicho anteriormente, un tanto deslavazado, un tanto apresurado, improvisado tal vez, tiene su razón de ser porque yo he entrado en otra fase. C. y yo inauguramos una etapa nueva en nuestras vidas; una nueva etapa de convivencia. Pero este cambio, como todos los cambios, contiene sensaciones encontradas que se deben compensar: a partes iguales: incertidumbre y alegría, pero sé que resulta necesario tratar de establecer un equilibrio que permita trabajar, amar y vivir en armonía. Sé que lo conseguiremos porque creemos el uno en el otro.

+ Sé que mi prosa ganará.

+ Ahora escribo desde mi despachito con el fondo de una música electrónica que se desliza desde una emisora francesa. Una música reiterativa que se ve arropada por una narración en inglés y  en francés sobre tres días en la vida de Georges Perec. Pronto iremos a dar un paseo C. y yo. Hablaremos, tomaremos cerveza helada, regresaremos a nuestra casa y dormiremos para comenzar la semana con determinación y entusiasmo. Un ejercicio trufado de maravillas, tentativas de discurso, innovaciones en el texto, la programación de las visitas a las bibliotecas. Otro mundo, el mismo mundo. Cambio y continuidad, un hilo que uno el pasado con el presente y todo toma sentido mediante una trayectoria coherente. La coherencia y sus hijuelas. Sin cansancio, sin descanso, la prosa mejora porque la persona se perfecciona. Vale.

+ Veo las imágenes de otra manera, con otro sentido. La percepción se determina por la ampliación de mis relaciones con internet. Este ensancharse se traduce en aspectos de la realidad que se iluminan, que surgen de sombras que ni siquiera sospechaba, que condicionaba el peso de la edad. La investigación continua, la investigación continúa.

+ Imagen: la foto la tiré en algún lugar de Normandía, ahora la uso en un perfil que he abierto en una red social. Se une el pasado, el presente y el futuro; se diluye la persona y emerge la personalidad contra lo idéntico. Solo son juegos de espejos. Juegos de espejos, un título o un emblema.

sábado, 17 de octubre de 2020

Portugal

+ C. yo nos fuimos a pasar un largo fin de semana a la frontera de Portugal con España, en la desembocadura del río Miño, o mejor: no Rio Minho. Nos quedamos a dormir en un agradable hotel al pie de la murallas de Caminha, y así se llamaba el hotelito, como no podía ser de otra manera: Hotel Muralha. Muchas cosas pasaron y no pasó nada. Pequeños acentos en lo diario, pinceladas en los días de asueto. Tuvimos un accidente automovilístico, del que yo fui el único responsable, que se cerró, digamos, bien. Los actores del accidente nos enmarcamos en un contexto europeo, sin duda, y eso me causó una inusitada satisfacción. Amabilidad, mesura, precisión en el papeleo, los croquis, las fotos. No me encontré mal pero comprendí que no estaba del todo bien: algo por dentro me comía. Pensé que no era para tanto, pero resultaba imposible no pensar en el asunto constantemente. La infamia, la cobardía, la debilidad.

+ Noticias de la desocupación. Estar en el paro es asunto serio, doloroso y afilado. El trabajo no lo es todo, pero el dinero es más que necesario, muy importante y su evaporación nos muestra un paisaje inquietante: nada asusta más que aquello que toma cuerpo mediante su ausencia, que en su naturaleza paradójica ilumina en detalle el miedo que imprime. La calle, los bares, las vacaciones, el cine, los parques, las estaciones de tren. La presencia  del dinero es constante y una amenaza porque requiere del que no lo tiene su atención, le imposibilita la entrada a un mundo apetecible patrocinado por la publicidad y el deseo, pero, lo que es peor, por la necesidad. Todo se desvanece, todo lo que era sólido ahora resulta ser un líquido que pierde calidad. Todo se pudre. Así desaparecen los asideros en los que se anclaba la identidad, la maldita identidad. Una negativa, otro rechazo, una puerta cerrada más. El trabajo, un bien, una maldición. Se necesita la fuerza de un titán para no caer en el desánimo. La lección recibida es dura y se podría resumir en que el peso la apariencia tiene en nuestras vidas y la fragilidad de las mismas, los ornamentos se difuminan y los rasgos del estilo son solo un recuerdo extraño, una vida que no se sabe si se vivió o se soñó. Esta es la lección, lo fútil y lo efímero no conforman el núcleo de la vida. Bajo las cifras los dramas se repiten, en las noticias se hacen opacas sus realidades, y la opacidad se equipara con la invisibilidad. El oxímoron da la clave. No llega con la oración para volver a la luz.

+ Una situación complicada no es una coartada para el deshonor.

+ Una conferencia en línea sobre P. Ricoeur se dice que hay un mundo que no tiene porque coincidir con nuestros deseos. Me ratifico en lo dicho, la determinación no anula nuestros deseos: los subraya y los acentúa, pero no los hace tangibles, solo el esfuerzo nos puede llevar a su consecución, o no. Nada está dado.

+ Desde donde ahora escribo, mi nueva casa, se oyen los pájaros y todavía no es de día. Ayer comenzó otra etapa, que se atisba llena de ilusión y posibilidades. Todo es cambio y se debe celebrar, hoy se debe celebrar.

+ El título de la entrada responde a que la concebí en Caminha, entre el sueño y el despertar.

+ Imagen: la extraña plasticidad de algunos azulejos a la luz de las farolas, bajo el manto de las sobras. Caminha, enfrente de la estación de tren.

sábado, 10 de octubre de 2020

Oscilaciones

Rouen

+ Disfruto la llegada del otoño. Las primeras manifestaciones son casi imperceptibles pero actúan sobre el paisaje con contundencia. Detengo el coche en un arcén y estudio como se dispersan las hojas que duermen en el asfalto, las agita un viento suave que anuncia un próximo temporal del que han hablado en las noticas; luego veo las nubes sobrevolar las montañas, el dibujo de las cumbre se difumina; llega la noche y la perfección de las siluetas me subyuga, también la oscilación de las luces en el horizonte. Hace tiempo que lo decidí: mi estación preferida del año es el otoño. Esta elección se relaciona con mi carácter, con una tendencia a una lírica fundamental, poesía y paisajes, así hemos viajado en otoño: en la busca de otros escenarios que siempre se unen a lo poético. El otoño se impone sobre el verano.

+ Conducir en silencio, con el ruido del motor, centrado en la conducción. Conducir en silencio se ha convertido en una suerte de meditación que he encontrado casi por casualidad, cuando la radio del coche del trabajo se estropeó. Ahora recupero ese estado de vez en cuando. No sé por qué, pero me parece estar sumergido en una narración cinematográfica de mediados de los noventa; todo el ámbito de la carretera se resuelve en un celuloide y sus colores saturados. Ay, cómo engañar a la rutina para que ésta no hiera con su filosa verdad.

+ Hay dos o tres escritores que sigo y espero que publiquen relativamente pronto. El juego de la espera aporta reflexiones que se influye en la lectura presente. Todo hecho lector se ve condicionado por múltiples vectores, la espera es uno entre muchos. Uno de ellos es, sin duda, Michel Houellebecq. He vuelto a leer poemas suyos, algún fragmento de alguna novela, entrevistas y artículos en revistas que he comprado en internet. Su visión del mundo me resulta más que próxima particularmente inspiradora: una mezcla de presente y sociología, el tacto de la técnica y la permanencia del amor y su carnalidad, las soledades que compartimos los hombres y el silencio de la palabra, la incomunicación, tal vez. Por eso espero, para darle un sentido o un orden a lo que vivimos desde marzo: la pandemia, que parece arrancada de una de sus novelas. Me gustaría ver publicados, también, algunos poemas nuevos de Luis Alberto de Cuenca, poemas de la senectud, con ese tamiz que otorgan lo tebeos, los paisajes, el amor y los temas constantes de su poesía, tan bien atrapados en la lógica del endecasílabo, en los bien medios versos. Para terminar, sumo a los anteriores, las narraciones de Agustín Fernández-Mallo. También espero un libro, un aliento que me devuelva una lírica del siglo XXI en el marco de una narración. He tomado de la estantería su novela Limbo y leo la primera página. Leo el primer párrafo, cierro el libro y lo vuelvo a abrir, al azar. “Los días siguientes se sucedieron entra la minuciosas grabación del resto de los temas y la ingesta compulsiva de tarrinas de helado de té verde, que, una vez vacía, íbamos dejando sobre mesas, sintetizadores o en el propio suelo”. Devuelvo el libro a su lugar. He pensado en ello, en la lecturas que me interesan, en el cuerpo narrativo que compone un autor y sobre la persistencia del mismo. Si comparo las novelas con los cuadros o con las fotos veo que hay un mayor protagonismo individual tanto en los pintores como en los fotógrafos. Creo entender que esto se podría deber a que la participación del receptor en el caso del arte literario es mucho mayor y por lo tanto su papel pugna con el del escritor. Yo no espero cuadros o fotos, yo espero novelas o poemas que me ayuden a construir mi visión del mundo; otros esto mismo lo buscarán en la música o en la pintura o en la fotografía. Me da la impresión que responde esta querencia a una jerarquía establecida mediante renuncias y propias incapacidades, que me configura tanto como espectador, observador como persona en el magma del inicio del siglo XXI. Y la pandemia extiende su sombra, que debilita y transforma la historia anterior pues toda narración parte siempre desde un punto de vista. Así, aguardo yo el punto de vista que me podrán dar los relatos futuros.

+ El corrector no admite tarrinas pero tampoco terrinas. Los correctores marcan un rumbo que no siempre se debe seguir

+ Decía una canción de Radio Futura: a un amigo desconocido aún. En esas monedas de oro que brillan en mi mano me mantengo [por seguir en la estela de aquellas canciones del grupo madrileño].

+ «Más de uno. como yo sin duda, escribe para perder el rostro. No me pregunten quién soy, ni me pidan que permanezca invariable: es una moral de estado civil la que rige nuestra documentación. Que nos dejen en paz cuando se trate de escribir.» M. Foucault en La arqueología del saber.

+ [¿La política?] C. y yo volvíamos de Vigo después de una agradable tarde de domingo, que culmina con una cena sencilla y satisfactoria. La carretera, la música, la conversación están en esa línea de bondad que nos abraza a los dos. Hay paz en todo lo que nos rodea y comenzamos a hablar de unos conocidos y de sus hijos, de su extraña y extravagante radicalización revolucionaria. Nuestra conversación se centra en la afirmación de la hija sobre la necesidad de la lucha armada para conseguir unos fines políticos que ella estima justos. La afirmación es sorprendente, pero, en realidad, causa desasosiego y pena. Ir al núcleo de sus razones es alcanzar una suerte de cala social en la que se descubre como la ausencia de diques conduce a la brutalidad. Son una familia que por sus ingresos y su nivel de formación pertenecen a la clase media, que se han crecido al calor del adosado y las vacaciones en el extranjero, universidad, idiomas y música moderna, cierto snobismo de casino provinciano donde entraría esa querencia revolucionaria y leninista, como un acento más en un proyecto de identidad. Ay, la identidad. Ni C. ni yo podemos transigir con la brutalidad del asesinato, con la frivolidad de la violencia, pero ni siquiera creemos que sean capaces de llegar al término que proponen, pero lo que nosotros creamos tiene poca importancia ya que todo lo expresado es susceptible de convertirse en acción. En una ocasión C. me dijo que la hija tenía una gran colección de zapatos, que se muestra muy coqueta, como si la rodease una nube de pequeños corazones rosas. ¿Es compatible una cosa con la otra? Sin duda, eso mismo lo vimos en los campos de concentración: leer poesía, deleitarse con inocentes lieds, extasiarse ante la mirada del pasado o la risa de una niña, pero al tiempo cometer ignominiosos crímenes bajo la égida de un programa burocrático muy documental y muy brutal. Guardamos silencio y descubrimos que la maldad y la estupidez se pueden equiparar en una inocente frivolidad de asamblea y poder que se traduce en bobas e impetuosas manifestaciones de identidad, ese manto que nos va rodeando y con el que debemos tener una precaución extrema.

+ Imagen: una vez más recojo de la calle abstracciones que traslado a este ¿espacio? [la foto se tomó en Normandía,en Rouen].

sábado, 3 de octubre de 2020

Los inadaptados

Cine

+ Escucho la canción de Juan Perro, Santiago Auserón, Los inadaptados. La canción recrea la película homónima (The Misfits, traducida al español como Vidas rebeldes). La unión entre historia, letra y música es particularmente acertada. Sobre la espiral que la música crea se eleva ese sentimiento de fracaso que arropa toda la película. Beber a media mañana, el desencanto, el fracaso, el amor y sus meandros, la imposibilidad de la alegría o presencia de una alegría breve y quebradiza. Los actores condensan en su interpretación un sentimiento próximo al desastre. El símbolo de los caballos cimarrones, que son capturados para elaborar comida para perros, resulta importante: el caballo y su imagen de nobleza, fuerza y belleza, el caballo destinado a comida para perros. Todos los actores se reflejan en esa cacería a lazo de los caballos cimarrones. Marilyn llora al saber cuál será su destino, Clark Cable los libera, con la correspondiente pérdida de dinero que supone. Santiago Auserón captura en la canción la esencia de la película. “A media mañana, entrando en el bar /  Celebran con risas al dios del azar / Se beben el día, dorado licor / La vida como un resplandor”. El pozo del alcohol, la confianza en la suerte, la decepción cuando ésta, como suele ser habitual, no cumple sus promesas [promesas que quizá nunca haya pronunciado]. Me resulta complicado no identificarme con lo que la película y la canción contienen, un cansancio de vivir que no se traduce en otra razón que la propia voluntad que me lleva a luchar contra ese mismo cansancio [tal vez esta sea la diferencia, me digo y en ello confío, mucho más que en la suerte, pues por diversas vías sé cuál es el carácter de la Fortuna, su veleidad, la poca confianza que me ofrece la “varia diosa”]. La canción termina y termina el ejercicio diario, queda suspendido en el aire un sentido no oculto, accesible, traducible en la realidad diaria.

+ En relación con lo anterior, me pregunto por ese amargor del fracaso y sus conexiones con las biografías. Sé que el éxito no conoce medida, es decir: a veces pensamos que la persona que ha alcanzado unos objetivos, unos objetivos elevados, complejos y problemático, logra una suerte de felicidad o de ataraxia, siempre preferible a un embobamiento neutro. Pero no. No es así. La vida en sí misma es decepcionante, pero, al tiempo que hay que tenerlo presente, se debe invertir este rasgo y mostrar una risa desafiante a la razón, a la dialéctica de obligaciones, merecimientos y castigos. No hay otra cosa que presente y una actitud hacia ese mismo presente. ¿El triunfo? Recuerdo como medicamento el elogio de aldea y el menosprecio de corte. No hay premios, no hay castigos.

+ La pandemia se ha instalado como un huésped indeseado e indeseable y tiene algo de metafórico, un rasgo que influye en la gente de manera inesperada, no predecible, pero constante. Somos unos flâneurs impenitentes, con elementos propios de la literatura, en su versión más lírica, evaporada, romántica o tardíamente romántica. Así, paseamos el sábado a las diez de la noche por las calles de esta villa y las calles están desiertas, los bares comienzan a cerrar y un inexpresable sentimiento de tristeza se desliza por la piedras y  recubre la vegetación. Rostros embozados, pasos cansinos, alguna risa, algún cigarrillo hurtado a la normativa. En medio de un gran silencio una bicicleta baja por una cuesta, suena lejana una música casi inaudible, dos chicas se besan en un callejón. El silencio y la soledad se han instalado. En esta pequeña villa no dejan de crecer los casos y tiene algo como de tuberculosis, de clorótica transformación. Me encuentro a mí mismo en el reflejo de un escaparate y me veo un poco Baudelaire, incluso con ese gesto de enfado tan característico. Yo no soy Baudelaire pero me gusta sentir ese aliento de la literatura que se extiende a las horas dormidas de esta villa, de sus rincones y de sus egregios espectros. Me digo a mí mismo: una Venecia pétrea pero pronto me corrijo y pienso que es mejor mantener la esencia de los lugares y huir de las comparaciones que intentan elevar el primer término de la comparación y lo único que hacen es degradarlo. La pandemia, me digo y veo a alguien que embozado camina, la pandemia tiene algo esencial y ficticio, el sentido de todo ello será vertido en prescindibles ensayos que no leeré. Mi deseo es buscar un poema que destile sus verdades, sus mentiras y el resultado de la ficción que ha inaugurado. El autor no ha muerto, por el momento.

+ No soy un inadaptado, pero a veces me gusta ponerme este disfraz y, como todo disfraz, con la luz del día se disuelve. El carnaval que no se para, saberlo es una ventaja. Son viejos restos de un pasado donde la estética pesaba demasiado, algo que era necesariamente malo. El estilo, la elegancia, un cierto dandismo conducen a posturas intransigentes y absurdas. El inadaptado encaja bien en este esquema de filias y fobias, rechazos y comuniones. Zapatos, música, conversaciones. Qué importante papel juegan los libros en estos intercambios. No se trata de los inadaptados de la canción de Auserón, es una pose. Un juego de maniquíes y bebedores de licor transparente, ácido, irónico. No merece la pena, hoy lo sé, pero también sé que forma parte de mí, a pesar del rechazo de este momento [desde donde hoy juzgo el pasado, el peso del pasado, el olvido y, al tiempo, me siento más inclinado a ser benévolo conmigo mismo, con el que fui, con el que no volveré a ser].

+ En el curso de la investigación me voy encontrando con nombres de autores que termino por buscar datos suyos en la red. Los resultados que arrojan estos nombres hoy casi vacíos de contenido, sin referentes que los identifiquen, corresponden a personas brillantes en su momento: escritores, doctores en letras o leyes, miembros de academias, historiadores, jurisconsultos, editores, magistrados […] En su momento ocupaban un lugar relevante en el mundo académico, político o cultural; personas con sus visicitudes, esperanzas, logros, alegrías y decepciones. Todo ese cúmulo de rasgos se disuelven en la marea de la historia, en el imparable impulso del tiempo, ciego y carente de finalidad. Válido para los notables como para la el pueblo llano, para los hombres, las mujeres, los niños y los viejos. Veo sus rostros, su expresión grave en la orla que les da ese prestigio que parece apuntar a la posteridad, leo sobre su nacimiento, su formación, su profesión y su muerte, ese arco entre la llegada al mundo y su partida. Hay un punto de vista en el perspectiva del investigador que conduce a la melancolía, no puede el investigador ser solamente un observador porque el que investiga navega sobre ese mismo mar, ese mar que terminará por engullirlo para depositarlo en ese fondo de olvido e igualación. Sólo hay presente, y el pasado es una lejanía , inescrutable es el futuro. ¿Tan difícil es centrase en el presente, lo único que realmente poseemos?

+ Se pregunta una analista política en Radio Inter:  ¿Somos ciudadanos o espectadores? La pregunta viene como conclusión al debate de los dos candidatos a la presidencia de Estados Unidos. ¿Se puede añadir: ciudadanos, espectadores o consumidores?

+ El fin de semana se acerca y mi tía M. se ha contagiado. La pandemia nos acecha mientras incide en la realidad. Todo lo pasado adquiere otro aspecto bajo la percepción a la que obligan las medidas sanitarias. Su contagio no fue un accidente sino una negligencia de la persona que  trabaja en su casa. Yo creo que, ante todo, lo que subraya la pandemia es nuestra fragilidad, lo inconsistente que resulta el individuo. La enfermedad y sus extensiones morales. No deseo pensar mucho en ello, pero no es posible esquivar el aliento de la intranquilidad; sin embargo, me sobrepongo y me encomiendo al dios del momento, sin olvidar todas las precauciones necesarias. Suena la radio, oigo la campana extractora que trabaja en la cocina, un rumor de televisión llega amortiguado; es miércoles, no mucho más, salvo el palpitar de la vida cotidiana, con sus valles, mesetas y cumbres, discretas, pero siempre palpitantes.

+ Imagen: la proyección de una película en una sala de exposiciones pierde su carácter cinematográfico y se transforma en una otra cosa. El contexto da una medida, mientras hurta otra; quizá por esta razón dejo a un lado cualquier fotograma de la película que inspira el núcleo de la entrada, para que ésta se pervierta en la menor medida [¿el texto la pervierte?].

sábado, 26 de septiembre de 2020

Le lectorat

Wall

+ La traducción aproximada de lectorat podría ser el conjunto de los lectores de un autor, de una obra o de un género. ¿Lectores? ¿simplemente lectores? Tal vez. Pero la palabra en francés parece contener algo que en español se escapa. Tal vez, me digo con ciertas dudas, pero lo que sucede, finalmente, es que la palabra lectorat me gusta, me gusta en sí y me gusta para titular entrada. Así obro. El cuerpo de lectores exige clasificaciones sobre su naturaleza, la estabulación de los gustos y las preferencias, aunque no todo es gusto porque el libro también es una herramienta de trabajo y es otro negociado. Yo lo remito todo a la narración y a lírica, ahí es donde se dirige mi mirada cuando empleo la etiqueta. Vale.

+ Como una cosa lleva a la otra, se han sumado varias canciones de Jarvis y en la tenue y lluviosa tarde del sábado surge como una aparición. ¿Un espectro? Ballenas, el sonido de un violín, cajas de ritmo. Poder y fuerza, algo que se ha agazapado tras la borrascosa tarde: la melancolía. Dormí profundamente durante la siesta y el sabor del café resultó reconfortante. Siento que la frivolidad me hace daño, a veces, en otras ocasiones me ha salvado, como el ejemplo del cuchillo: ¿Por qué es el mismo el giro del brazo cuando siembra que cuando siega, el de amor que el del asesinato? Son los versos de Claudio Rodríguez en el poema “Gestos” ¿Debería escuchar otras cosas más serias, leer libros más comprometidos, tal vez, sentir cierta cercanía a mis conciudadanos? Soy un misántropo: no me interesan las relaciones sociales o soy muy selectivo. No creo que sea un defecto. No ha quedado otra salida: afinar la persona y alejarse de los tóxicos amaneceres. Escucho la canción: Lost in the night of the living room  / Adrift in the world of interiors / It's serious. Paisajes nevados, paisajes industriales, paisajes en las soberanas telas de los museos olvidados. Libros sobre la mesilla que son demasiado gruesos para lo que contienen: qué libro es ese que se puede resumir en una única frase. Me desentiendo de todo aquello que me pareció sólido y no lo era. Música de club en la tranquila tarde de septiembre, un sábado más, un sábado como tantos otros sábados. Me gusta mi rostro en el espejo, me ha costado mucho llegar hasta aquí, pero el esfuerzo se ve recompensado con esta constatación: he acertado con mi plan y lo he cumplido punto por punto. It's serious.

+ La lectura de los poemas de Borges resulta irregular porque no está sometida a ningún sistema. Pero esto responde a un ritmo de lectura, a una deslavazada intención de crear un espacio de autonomía respecto a las encorsetadas tareas de la investigación. Un territorio, quizá, libre, con influencias subterráneas y evaporadas, que existen pero que no deseo percibir.

+ Muere Juliette Greco. Ahora recuperan una entrevista en Radio Inter. Habla de la libertad y de un Paris que ya no existe, salvo en la memoria, en los libros, en la lírica estancia del recuerdo. Habla de Sartre y de Camus, de otros escritores, de la música americana, del placer de la música. Su música suena e invade la estancia a esta hora de la mañana, son las nueve y cuarto y llevo adelantada mi tarea diaria. El acordeón, tan parisino, Saint-Germain-des-Prés, bares, cafés, pequeñas copas de licor, hermosos colores, palabras y personas que no volverán pero que habitan en el recuerdo, como una invitación a la magnética realidad de la vida: las historias, el relato de una existencia como salvación. Toda una imagen, la posibilidad del viaje, la restauración de la literatura y el espacio de libertad [que poco me hace falta, un libro y silencio]. El existencialismo y una bella voz, me digo con la nostalgia de lo no vivido. Toda una arqueología. Dice J. G.  en la entrevista que ahora lo único que escucha es música clásica, la comprendo y me identifico y creo que es algo que se debe a la edad, tanto en su caso como en el mío: una purificación del gusto. Ha muerto con 93 años, casi un siglo, una larga vida. Quede la necrológica.

+ Hay algo que no recuerdo, algo que deseaba anotar aquí y se ha desvanecido. Se ha desvanecido porque no escribí el apunte necesario en el momento preciso. Cómo se desvanece una idea, con qué facilidad. En el infructuoso proceso de recuperación apareció el recuerdo de Londres y su urbanismo. Viajes que hicimos diez años atrás. Compras, restaurantes, librerías. Quedan las fotos y la estela que dibujan. Busco el disco duro externo y comienzo a indagar. Me dan una idea de mi gusto por lo irrelevante, lo marginal, aquello en lo que nadie se fijaría: fragmentos minúsculos de la realidad. Qué tendencia al olvido, a la melancolía. Mi carácter, mi destino. Las fotos conforman un diario de viaje, lo reconstruyo y regreso a mis tareas libre de tóxicos y penitencias, sin culpa, sin arrepentimiento.

+ Imagen: Muro, Londres, 2010.

sábado, 19 de septiembre de 2020

Lo que queda atrás

Pompei

+ Los trabajos se adaptan a la variaciones que me vienen impuestas. La flexibilidad no es virtud, es obligación. Un obligación que se relaciona con la supervivencia. Lo rígido termina por romper y la ruptura siempre es traumática. Los días traen cambios y el horario de mis tareas se debe amoldar a estas nuevas delimitaciones. En realidad, así, el tiempo se anula, en esa movilidad de los asuntos a los que nos hemos entregado sin mayor recompensa que la satisfacción del deber cumplido. Estrategias para soportar la vida y su espesor, su contundencia, la falta de sentido, porque el sentido es un otro trabajo al que someterse. Qué atareado me veo y con que facilidad adapto mis ocupaciones a los vaivenes de lo diario.

+ Espesor: dimensión más pequeña de un cuerpo de tres dimensiones (DRAE).

+ Leo una entrevista con una actriz. Se suman sus vanas afirmaciones a una espiritualidad frívola y adelgazada, pero con una consistencia que atraviesa la entrevista y la dota de una especial alegría, una alegría que se confunde con una posición ante el mundo. La toma de posición, qué cosa tan importante. Me llaman la atención y me interesan, a partes iguales, estas manifestaciones declarativas de su identidad y la reflexión sobre su propia persona: una idea frente al envejecimiento, la depresión como enfermedad del siglo, la crisis de la pareja, el mejor momento de mi vida, la maternidad, el yoga o la meditación. Su sonrisa es un espejo, el alma una realidad incontestable. Pienso que es un poco boba y hay cosas que no se deben airar, pero su profesión le viene dada, es el medio en el que ha nacido y nada pudo detener su carrera. Se llama promoción y conseguir que se muerda el anzuelo es fundamental, de ahí estas afirmaciones alocadas, ingenuas o, en una palabra, tontas. Ese es el personaje al que se debe, que no tiene porque coincidir necesariamente con la persona ordinaria que ella es. Al momento, ante una pregunta, dice no creer en la determinación, todos somos responsables de nuestra vida y está en nuestra voluntad el modificarla, hundirla o elevarla. Lo dudo, me digo mientras veo su gusto alegre, de una alegría bovina y rancia. Ha pasado el tiempo y un rescoldo de su ingenuidad permanece, pero, ahora, esa ingenuidad se ha trasformado en tontería, porque ha perdido el brillo de la juventud y ya no la redime, pero, vuelvo a lo mismo, es un personaje el que habla, no una persona. Un hilo que se aleja en el horizonte.

+ A posteriori me doy cuenta de que la mujer que vi ayer paseando sola por las calles era una periodista y escritora de cierto renombre, que llegó a este rincón para pronunciar una conferencia . Tenía algo especial, un aura que, yo creo, estaba determinada por su marmórea soledad y el extravío en la pequeña capital de provincias. Caminaba con un aire de pasmo, en la concentración tan especial que da el paseo nocturno en medio de la pandemia por una ciudad que nunca antes se ha hollado. Su aire tenía algo decimonónico o, al menos, demodé. Vestía de negro existencialista y el pelo incendiado de tintes rojos, que le daba aspecto de heroína romántica, algo muy ajeno a su persona, sin duda, pero yo no hablo de la persona sino de una imagen que vi en las calles y, ahora, que conozco una incierta verdad, me debela con absoluta contundencia. La observé en la distancia y me pregunté por su vida, tal es la tarea del que observa, pero me decidí por descabalgar las aventuradas suposiciones porque no se adivinaba nada. Ahora que sé quién era aquella mujer me puedo hacer cargo de lo frágil que es la persona que escribe, lo volátil que resulta en la distancia, cuando las palabras han perdido fuerza o los que escuchan no le dan esa autoridad. Se transforma, una vez más, mi percepción y me resisto a perder idea que han otorgado frutos y trabajos.

+ El lunes comienza bien. Luego, leo algunas cosas sobre la verdad, la mentira y la política, sobre las capas que superponen sobre los hechos, tan difíciles de delimitar, mucho más en la distancia y en la suma de apariencias que tejen las imágenes y los sonidos de los programas de televisión o lo que por internet nos llega [cómo llama mi interés el relato de una pieza con el fondo acuciante de una música en exceso dramática, esas declaraciones de ultratumba que se muestran más lúgubres si cabe mediante una vibración casi eléctrica que no deja de causar nerviosismo, angustia, intranquilidad]. Un retórica encaminada a la imposición de una verdad más que a una desnuda comunicación [¿es posible y deseable el grado cero, la neutralidad informativa?] Reflexionar sobre nuestro papel como espectadores nunca está de más, tomar conciencia de nuestra posición resulta una obligación con la posibilidad de adquirir un lugar propio. Primeramente, la televisión no es información sino espectáculo y entretenimiento, dos actividades que, per se,  ni son malas ni son buenas, pero que se deben etiquetar adecuadamente. Nunca son inocentes los formatos, la  publicidad inserta entre declaración y declaración crea contexto y nos determina, la dialéctica de los invitados, la contundencia de los presentadores nos penetra con invisible e intensa persuasión. El lunes es un comienzo pero también una estación de llegada y en ella las noticias se disuelven en la cadencia del piano que me susurra desde la tablet, no me olvido de las noticias, no me olvido de los puntos de vista, tampoco de mis carencias, pero hay que regresar a las obligaciones.

+ Termino dos libros. ¿Realmente se terminan los libros, tiene fin en sí misma la lectura o es una manera de decir que hemos llegado a la última página y ante ella se abre otra realidad libresca que forma parte de la primera? A veces alcanzo el convencimiento de que hay un único libro, un extenso texto que construimos, demolemos y reconstruimos con cada tomo que nos llega a las manos. Una larga travesía que su final está unido al final de nuestra vida. En este sentido creo que no es posible terminar una lectura porque se integra en un texto más amplio, un texto al que se subordina toda lectura y que nunca será fijado en su amplia inmensidad. Aproximaciones, cartografías, catálogos, bibliografías, tesis y antítesis, síntesis, elecciones y rechazos que establecen el intento pero únicamente esbozan ese texto. Es el texto de nuestra vida lectora que se conecta con nuestra vida interior, social o biológica; la propia existencia. Los dos libros han ido a ocupar sus respectivos anaqueles [físicos y mentales], pero eso no se traduce en que hayan muerto, sino que comienzan una existencia sonámbula que admite ciertos despertares [la cita, por ejemplo], una existencia que alimenta las lecturas posteriores. Volveré sobre ambos tomos, lo sé, mientras: duermen y su sueño es mi sueño.

+ Después de mucho tiempo escuchó aquella canción sobre Sheffield que escribió Jarvis Cocker. Son esos saltos sorpresivos que ofrece el reproductor de Mp3 conectado al equipo de música del coche. La canción comienza con el recitado de los barrios de la ciudad, luego la voz de Candida lee un fragmento de un relato, la música crece desde la nada. Mientras escuchaba la canción, yo rebasaba la cementera que hay en el atajo que tomo todos los días para regresar del trabajo a casa. Allí dibujada contra la noche, con sus grandes reflectores que proyectan una violenta luz contra la explanada donde se distribuyen las cubas de cemento; tras la cementera, los pinos. La noche era profunda, sin luna, con las luces de las casas dibujadas con precisión. Los altos eucaliptos, la cercana geometría de la autopista, la pista asfaltada: estrecha, serpenteante, orlada de viñas y huertas. La electrónica de la canción aportaba un acento cinematográfico a la travesía. Las luces que llegaban de la autopista era toda una invitación a pensar en localizaciones cinematográficas. It’s a marvellous sound. Pensé en el bloque de viviendas cuando Candida tenía 11 años. Pensé en edificios entrevistos desde el tren en Inglaterra. Pensé en los viajes que hicimos, pensé en todo lo que queda atrás y en lo que permanece.

+ Imagen: esa melancolía de lo vivido: el viaje, Pompei.

sábado, 12 de septiembre de 2020

Septiembre

 

Ape

+ Por casualidad me llegó un artículo sobre los Cementerios de elefantes en Bolivia, en la Paz; es un relato de Enrique Vaquerizo Domínguez publicado en la revista digital FronteraD. Comienza el artículo por narrar los avatares de una película del mismo título. Hay, en primer lugar, que aclarar qué es un cementerio de elefantes. Se trata de una habitación destinada a morir, a morir por una masiva y brutal ingesta de alcohol; se paga por ello una cantidad acordada y se espera la muerte con la compañía de los instrumentos del proceso: un balde lleno de un infame alcohol, una taza metálica para tomar el brebaje, una lata para hacer las necesidades y un colchón, también, para el intenso frío de la Paz, periódicos. La puerta se cierra por fuera y el bebedor comienza su implacable viaje hacia la muerte, como si se tratase de una expiación de sus pecados, para lavar las manchas que ha producido su periplo vital. Una anulación, una idiotización llevada a su expresión máxima, algo, que simultáneamente, se contiene en cualquier borrachera: el olvido y una suspensión de la persona. Leí con atención el artículo. Bien escrito, bien pensado. Las razones que arrastran al alcohólico hacia esta muerte escogida se ciñen a la desesperanza, al hundimiento, la depresión, la soledad. La soledad. No es posible reconstruir la escena, no es posible ponerse en el lugar de ese otro a punto de ser engullido por la nada, de la nada de la que se parte a la nada absoluta. Hay una enseñanza que se debe atesorar: no se debe juzgar porque los motivos que llevan a una persona los desconocemos, porque nuestra posición como jueces es una posición de privilegio y los privilegios son reversibles. También, la tristeza esparce su reino en nuestro entorno y no la vemos, no la podemos ver, no la queremos ver.

+ Lo anterior me ha llevado a indagar en la geografía urbana de las ciudades de Bolivia. He trazado un itinerario en la red que se compone de vídeos, fotos y dispersas lecturas. Esta mañana, recupero de un estante dos pequeños manuales sobre dialectología del español de América. Me gustaría tener la capacidad de hacerme una idea de un algo que no alcanzo a definir. Otro desvío del camino principal.

+ Continuo con la lectura de La fábrica de fronteras, de Francisco Veiga. Debo orientarme hacia el final y dejar que el libro repose y, luego, regresar a él tras un tiempo prudencial. El libro me da claves para entender razones políticas del presente, próximas y tangibles. El libro aporta una idea sobre la separación de la inmediatez del periodismo y sus intereses y la distancia necesaria que la historia establece. Es un tema importante para mí: cómo se muestra la realidad y cómo se construyen verdades, cómo las admitimos y cómo las rechazamos sin cuestionar su origen o su solidez. Sobre estas cuestiones sobrevuela el fantasma del nacionalismo, lo observo en la cercanía y veo como triunfa aquí: se hace deseable y sexy. El discurso persuasivo funciona, una de sus armar más eficaces es aparentar inocencia e incapacidad, algo parecido se decía del diablo: su estrategia, hacer creer que no existe; mientras, opera con soltura.

+ Otros modos, otros mundos se plantan  ante mí cuando navego por los vídeos musicales que me ofrece la plataforma en línea. Veo vídeos de Rozalén, escucho sus canciones y pulso el botón de “me gusta”. Pienso en tiendas de ropa vintage que vi en Madrid, en chicas de la mano, en Chueca, en el atardecer en las Vistillas mientras dos chicos se besaban y el sol estaba más allá del oro y de la plata. Yo, como siempre, estoy en el punto del observador, es mi condición, me guste o no me guste. Ni siquiera sé qué tienen que ver las canciones que oigo con aquella tarde en que me di cuenta de que todo había cambiado o que, tal vez, nunca nada se había detenido en su camino hacia el infinito, el pozo insondable del tiempo. El cambio es la naturaleza de la vida, los vídeos y el gusto musical lo hacen patente. No es un algo discursivo, es el motor de la vida. Otro vídeo, una conexión. Las conexión se arman casi por ensalmo. Es un resorte que me pertenece y lo encuentro satisfactoriamente preciso, se acerca a la intuición pero su base o su suelo va más allá de los indicios. Los muy útiles indicios difusos. Los modos cambian pero hay razones que permanecen. En este mar de sugerencias que es la pantalla del ordenador me pierdo con agrado y sin melancolía. Descubro las canciones de Rozalén y reconstruyo  las percepciones que me llegaron aquella tarde en Madrid.

+ Septiembre, la luz perfecta del preludio del otoño: me siento lírico cuando llegan las nueves de la noche y aparece ese instánte en que ni hay día ni hay noche y se dibujan en el otro lado de la ría las luces de las casas y los caminos, con tanta precisión. Sólo en septiembre.

+ Remite mi estado de postración. Aunque no totalmente, la debilidad ha desaparecido, el retorno a la vida ordinaria es un hecho. Hoy lunes estudié, hice ejercicio y solucioné un pequeño asunto administrativo; a la tarde acudiré al trabajo. Poco a poco regreso a ser el que fui, pero este que he sido no desaparece, quizá se embosque, quizá se enmascare, un disfraz o un gesto de invisibilidad, pero regresará. Lo sé. La postración otorga un punto de vista alternativo que rebaja las expectativas y arroja luz y una extraña verdad, una verdad que se intenta soslayar, pero que no es posible obviar: siempre nos rebasará. Esta funesta constatación la dejo a un lado y recuerdo la tarde que nos regaló el domingo. C. y yo fuimos a Portugal. Paseamos, hablamos en una terraza y regresamos mientras la noche caía. El anaranjado horizonte de principios de septiembre, la sorprendente melodía de Herbie Hancock en  Cantaloupe Island que sonaba con precisión en una emisora portuguesa, que terminó por unirse o fundirse a Respect Aretha Franklin. La música cerraba con sabiduría la agradable tarde. No es una descripción, es la constatación la alegría. Hablamos de tantas cosas, pero los dos permanecíamos unidos, en el decaer el día, con el horizonte despejado. Me había olvidado de la postración, de mi postración. Con qué remedios, con qué fármacos nos sorprende la vida.

+ Imagen: ¿nuestro reflejo?

sábado, 5 de septiembre de 2020

Rester vivant / To stay alive

Normandía

Normandía

Normandía

+ Las peregrinaciones a los lugares de los escritores que nos gustan o que nos interesan, sea por la razón que sea, tienen un aliento de vida especial porque dotar a la vida de ciertos ritos acompasa y atenúa su filosa crueldad. En resumen, se trata de construir una vida, de dotarla de una estructura de la que carece y la visita a los lugares de los escritores es una opción más entre muchas [y aquí podemos poner la entrega al comunismo como entretenimiento satisfactorio o la colección de bellos automóviles a escala, el rosario vespertino o la franca entrega a la patria, el carísimo reloj o la bella blusa estampada que tan cara ha costado y tanto la favorece]. Pero hay algo especial, algo que devuelve una parte de lo que la lectura nos ha otorgado. En ello me fijo y recuerdo cuando visitamos Ry como compensación tanto a Mme. Bovary como a G. Flaubert. Allí, ante la tumba de Veronique Delphine Delamare, de soltera Couturier, y de su marido Eugene Delamare, comprendimos algunos asuntos no sobre la novela de Flaubert sino sobre nosotros mismos y nuestra relación, lo que hasta allí nos había arrastrado y lo que nos mantendrá unidos. Dejando esto a un lado, nos hizo gracia como todo el pueblo estaba orientado a la figura de la novela, hasta el punto de haber puesto bajo el nombre de Veronique Delphine el rótulo de Madame Bovary. Quisimos visitar el museo de autómatas que da cuenta de la novela en una larga serie de cuadros animados, pero no fue posible porque, según rezaba un impreso: habían tenido que cerrar porque acometer las obras necesarias para permitir la accesibilidad, también había una queja hacia la intransigencia de las autoridades, su cerrazón burocrática y la gran pérdida que resultaba del cierre de la exposición. Paseamos por el pueblo y entramos en una casa de comidas. Resultó agradable. Compré dos viejas postales descoloridas, una de ellas la enmarqué: la iglesia de Ry, la otra no sé donde está [una vista aérea del pueblo sin interés: reiterativa, neutralmente intercambiable, más vieja que antigua]. Nos alejamos del pueblo camino de Beauvais y hablamos sobre la novela, que a ambos nos había subyugado, tanto en la primera lectura como en las posteriores. No habíamos visitado la Croisset de Flaubert, pero esto era algo que dejábamos para el futuro, como si nos obligase a regresar. Regresar, quizá esto sea la nostalgia, en su sentido menos laxo: el regreso a la patria: ¿Madame Bovary? El nostos.

+ Como provocación: Mi patria es Madame Bovary.

+ Pronto se cumplirá un año del viaje a Normandía. También en Normandía se desarrollaba Serotonine, algo tendrá que ver en todo aquello.

+ Una vez terminando un poemario de Luis Alberto de Cuenca comienzo con la Poesía completa de Borges. No sé si se trata de un desafío o un necesario ejercicio, una gimnasia para fortalecer diariamente la facción lírica de lo cotidiano. Tal vez una cierta dosis de irracionalidad, una escapada de la articulada selección de tareas y deberes, lecturas y obligaciones laborales. O, quizá, una cala en la soledad escogida, mimada por los resortes de lo predecible. Abro el libro el domingo por la mañana, poco antes de comer y leo el prólogo a Luna de enfrente y me descubro a mí mismo ante la sorpresa de la poesía en lo urbano, en esos límites del campo y la ciudad. ¿Podría hacer una foto para ilustrar esta idea que acaba de nacer tras leer un verso, tal vez un poema completo? No lo sé. Es hora de comer y tras la comida vendrá una siesta profunda, arropada por la música de Mozart. Lo sé, soy un eterno dilectante.

+ El miércoles se ha instalado una sensación de mareo que me impide ir a trabajar. Me quedo en casa. Hay una irrealidad que se corresponde con el estado de salud. Me llama mi doctora y ve que los recientes análisis de sangre y orina no arrojan una explicación. Quizá se trate de la pérdida de peso y una alimentación demasiado estricta. ¿Soy un exagerado, un maniático? Llega el cartero y trae un libro de Lezama Lima, que contiene dos breves textos: Sierpe de Don Luis de Góngora y Las imágenes posibles. Abro el paquete y estropeo la portada del libro. Lo reparo como puedo: cinta adhesiva. Comienzo la lectura y lo que del libro me interesa lo encuentro pronto. Lo dejo y regreso a mi postración, la cama me arropa mientras suena un arreglo para orquesta de Carmen de Bizet. Qué extraño escuchar una Carmen instrumental. Como en una estampa de la ebriedad me siento flotar, pero no resulta agradable. Ayer me llegó Paradiso. Qué extraño muro estoy construyendo. Una flauta aletea y puedo identificar el momento exacto que se da ese coro de niños en la opera antes citada. El día me parece que ha quedado vacío, pero, lo sé, no volverá, el tiempo no se acumula y la postración es un uso como otro cualquiera, que no nos libra de la delicuescente catarata.

+ «Poco he modificado este libro. Ahora ya no es mío.» J.L. Borges en en el prólogo a Luna de enfrente (1925).

+ El título de la entrada se corresponde con la exposición que realizó Michel Houellebecq en el Palais de Tokio en Paris en 2016: Rester vivant / To stay alive. Abro el catálogo de la exposición y me detengo en las fotos, principalmente en las fotos que componen el cuerpo central. Paso por encima del texto y encuentro que las fotos dan cuenta de una parcela importante de nuestro mundo. Mi mundo. Ahora, en estado de postración, el juicio se ha visto ampliado. La distancia entre la cama, la música clásica y la realidad cotidiana me hacen recordar que la pandemia me pareció un escenario houllebequiano y este catálogo me lo confirma. Lo tengo abierto, en este preciso momento, por una página donde aparece una foto de un parque infantil y unas edificaciones blancas, con tejas de un ocre suave, con formas arquitectónicas muy españolas, muy sureñas, pero adaptadas a los años noventa del siglo pasado; la sensación de desolación y turismo se unen para comunicar algo indecible y nuclear: la levedad de nuestras vidas, lo líquido o lo gaseoso frente a la solidez de la vida de nuestros padres. Yo ya soy mayor, me digo mientras veo las fotos y la vida de las personas de treinta años se rige por otros patrones; pero el tiempo es el mismo, el tiempo se comparte, el instrumento de medida y la ordenación de los espacios son otros y esto importa poco. Sin embargo, la imagen de la salida de una aparcamiento en Francia, de lo que parece un área de descanso en una autopista, me dice que la lejanía con los jóvenes tampoco es tan grande. Altos pinos en primera plano, el bosque en el fondo, señales de tráfico, el asfalto y ese césped sucio y triste de las autopistas. Quién no siente desolación en este no-lugar, sin identidad pero tan cercano a cualquier viaje en coche por Europa, por España. La falta de identidad es un rasgo común que traspasa los límites de la edad. Me parece que es una foto lograda, y el interés parece radicar más en la geometría y la composición que en la temática en sí: el no-lugar [que no resulta, en ningún caso, despreciable]. Sigo pasando las páginas: un grafiti bajo el que figura el título: Tourisme #002; una playa en la que arena se transformado en nieve por el implacable sol de Andalucía: en la gran extensión coronada por un edificio de apartamentos se pueden observa figuras que caminan, pequeños puntos en la lejanía que son personas a las que no podemos identificar como personas, salvo por su silueta […] Tras pasar unas cuantas páginas, no muchas, me encuentro con la foto de la bajera de un autobús que contiene la imagen de una publicidad de un parque de animales marino; una saludable joven rubia embutida en un traje de neopreno extiende sus saludables brazos y tras ella salta una foca, sobre ambas se puede leer: bus gratis; en la página contigua me encuentro con un fragmento de La carte et le territoire. Es entonces cuando entiendo el éxito de la novelas de M.H. y la conexión con las fotos que escruto con curiosidad. Se trata de unas inteligentes y bien dispuestas observaciones sobre el mundo actual. La fotos no dejan de ser un subrayado del texto. Y cuando digo lo anterior pienso en las reflexiones que el narrador de La carte et le territoire hace sobre los folletos de las cámaras de fotos, los manuales de instrucciones de los automóviles Mercedes o sobre la conveniencia de adquirir productos coreanos: Kia, Hyundai, LG o Samsung. O la proposición de cambiar los programas de disparo: fuegos artificiales, playa, bebé 1 y bebe 2, por otros que sean: entierro, día de lluvia, viejo 1 y viejo 2. Dejo el catálogo en su lugar y me tiendo, escucho una canción de Paul Weller y trato de hacer un balance de los último días y no consigo centrarme, pero sé que no me he equivocado. Movin on, se titula la canción. Es decir, seguimos vivos, pero postrados.

+ Imagen (-es): Normandía.

sábado, 29 de agosto de 2020

Medio y extremo

lo-irrelevante
 

+ Necesito información sobre un tomo de un autor dramático del siglo XIX y acudo a la Biblioteca Digital de Castilla y León. En la portada de la página electrónica me encuentro con la foto de un [o una] joven. Al primer golpe de vista no reconozco a la persona. No puedo evitarlo, acabo por pinchar el enlace. Se trata de Carmen Martín Gaite, una jovencísima Martín Gaite [quizá no tanto, porque ha rebasado la treintena, pero su aspecto es juvenil, casi adolescente]. Con el pelo muy corto, en actitud pensativa y en el fondo el conocido y, probablemente, apócrifo retrato de Miguel de Cervantes. En una nota se aclara que la foto sirvió para ilustrar una entrevista del Abc cuando a la escritora le otorgaron el Premio Nadal. He dejado la foto en el visor, por lo tanto cada vez que voy a ver un Pdf aparece y expande su presencia. Es una invitación a regresar al pasado, a la lectura de Entre visillos, una novela que me interesó especialmente cuando yo era un adolescente que devoraba novelas e indagaba en un posible vocación que no ha dejado de transformase hasta llegar a lo que hoy es mi investigación. El camino recorrido se percibe en la foto, porque más allá del retrato hay una actitud hacia los libros y la escritura. Ella forma parte de mis mayores, se incluye en una senda de explicaciones y estructuras que me ayudan a entender el pasado [esa constante y móvil construcción, equiparable en su impermanencia biográfica con la Historia (en mayúsculas)]. La capital de la provincia, el aburrimiento y la mediocridad. Un reflejo, me pregunto hoy ante la fotografía, cuando C.M.G. ya vivía en Madrid. Mucho tiempo ha pasado y la foto clava la sensación de finitud y tarea incompleta que me lleva a recabar datos sobre mi biografía, que pronto abandono porque lo que busco es común a cualquier desarrollo vital. Termino por decirme que debería volver a leer Entre visillos, pero no lo haré: Ars longa vita brevis.

+ Si veo tan sumamente joven a C.M.G. en su treintena es porque yo ya no soy joven y todo aquello que tras de mí está resulta ser juventud.

+ ¿Qué el lo que busco cuando indago en la condición autorial, de qué se trata sino desvelar una parte de mi persona? Hasta aquí he llegado por casualidad, pero no, no es una casualidad: es el resultado de toda la biografía de un yo paralelo que se impone y sucumbe alternativamente. Soy ese yo-no-autor, una vía que rechacé hace ya mucho tiempo después de empeñarme en ella. Cuando veo el retrato de Carmen Martín Gaite llego a rozar el entendimiento de razones que me llevaron a desistir de una carrera literaria, no de una manera consciente, pero sí con su presencia. La academia ha resultado ser un cómodo refugio porque solo es un entretenimiento donde no me veo obligado a luchar por una posición, por una colocación, por un empleo. Terminando con el asunto: se trata de un rasgo más de mi condición de observador, que rechaza todo aquello que implique comunidad o, de ser aceptada ésta, que sea de una manera atenuada. La debilidad es la marca, el pensamiento errante que no quiere manifestarse por temor a la confrontación. Ahí está esta marca, el reflejo de lo efímero en la sombra proyectada sobre los días, tangentes e intersecciones.

+ «Siempre estoy a la altura del azar; para ser dueño de mí tengo que estar desprevenido», Nietzsche en  Ecce Homo, cita del libro de Fernando Saváter: Idea de Nietzsche.

+ Aparece en la primera hora de la mañana, esa mi primera hora, el nombre de Pascal Quignard. Lo escucho en Radio Inter, con atención. Emprendo una búsqueda sobre su obra. Una cita emerge y me da una guía para el día, para la semana, para el mes: «Quizá deteste a todos los que aman su lengua, su apellido, su nombre, su nacionalidad, su religión, su estatus, su pensamiento». ¿Hasta donde alcanza la cita, y, quizá, no viene de tiempo atrás, de un mundo anterior a mi nacimiento? Apunto un libro que trata sobre una posible comunidad de solitarios. Habla, ahora mismo, en la radio, en directo, sobre sus manuscritos, los borradores, pequeños dibujos. Hay, sin duda, una conexión. En la cesta de la librería en línea he depositado un libro. Ay, esta adicción a la lectura, esta compulsión de la compra de libros. La fuerza de la persona, la identidad que me perturba y rechazo. Múltiples razones, pequeñas certezas que se desmoronan cuando la marea sube. Cierro la página.

+ La lectura: ese vicio con apariencia de virtud.

+ Finalmente hago el pedido del libro de Quignard, la edición francesa: of course.

+ Imagen: lo-irrelevante. El gris motiva el disparo, la suma de elementos no es mayor que el conjunto: ese color, ese no-color, la sombra, la luz diurna que acuchilla la acera. Una otra abstracción más en el censo.