

+ Al igual que la Luna, todos sabemos que a una cara visible le corresponde una cara oculta, invisible; caras que resultan ser indisociables.
+ Los días previos a un viaje siempre tienen algo de descubrimiento, ya que la percepción pierde automatismos y gana en una renovada ingenuidad. Sabemos que en la noche, mientras conducimos, nos encaminamos al aeropuerto y una tintura de ciencia ficción impregna nuestra alegría, algo que tratamos de subrayar, promover, lanzar al vacío que la música otorga. Los aeropuertos intimidan: los controles, el vidrio y el acero, el hormigón desnudo, los refulgentes espacios de venta [cristal de colores, luz potente, aroma de mil perfumes no deseados]. El avión en sí y la ciudad a donde llegamos y su realidad que adivinamos, que creemos ver, pero nos equivocamos y nada resulta ser como se esperaba. Los comentarios que se suceden tienen un valor especial: unen y hacen que el amor fructifique en un sentido opuesto al meramente sexual, un valor superior y secreto, compartidos y difícil de transformar en mercancía [¿difícil?, me digo y responde al instante: imposible]. Pero cuando uno viaja solo y con un motivo distinto al turismo es otra cosa, algo muy distinto: donde la soledad se encarna como ruptura del automatismo.
+ Viajar cada vez me interesa menos, ya que prefiero el turismo. En el viaje me mantuve durante largo tiempo y ahora veo que era un error. Leo Plataforma de M. Houellebecq y mi visión cambia. El libro lo había leído hace tiempo y no había reparado en los detalles sobre la profesión de la pareja del protagonista. Lo sé, quizá el tema, si de esto se puede todavía hablar, es el turismo, el turismo sexual; pero a mí, en el momento de la lectura, me interesaban otras razones de la novela [he aquí la grandeza de la novela: que la lectura no es una vía única, sino que es polimorfa, inasable y creciente o decreciente, en función del momento lector]. Pero, a lo que iba, y sin más digresiones, el turismo no es un anatema. Deberíamos dejarnos llevar por sus propuestas y tratar de comprender nuestro momento desde ese punto de vista. Los platos regionales, los monumentos, las baratijas y los souvenirs, los folletos, los mapas con puntos de interés señalados en rojo y con tipografía apropiada para la rapidez, los vuelos baratos, los paquetes turísticos, la senda de la multitud. Aunque todo sea dicho, lo que propongo, y no puede ser de otra manera, es irónico, porque sólo desde la ironía se pueden atrapar fragmentos de realidad que de otra manera resultaría imposible.
+ [El origen de las ciudades]: alguien me dice que las ciudades están hechas para que la gente trabaje y a mayor actividad económica mayores dimensiones urbanas. Parece una afirmación sobre la que no cabe discusión. Yo callo, porque la afirmación no me convence del todo, pero tampoco me siento capaz de argumentar en contra en ese preciso instante. Resulta que sin actividad económica la ciudad no es posible, pero reducir la ciudad a un espacio donde trabajar y vivir elimina otras posibilidades y, por lo tanto, se asemeja a mostrar la biografía desde el punto de vista de la alimentación, digestión y expulsión de heces [son datos incontestables, pero no pasan de ahí]. La vida se sostiene sobre la economía de la misma manera que la biografía lo hace sobre la nutrición, la respiración y la circulación sanguínea, pero, aun siendo muy importantes, dan cuenta de una realidad que las supera. La ciudad es reunión, principalmente me digo y lo propósitos son muchísimos. Una agrupación de intereses que entran en colisión y deben buscar un óptimo punto de equilibrio. Un teatro, los bares, los paseos, las tiendas, los centros comerciales, los cines, una plaza, una calle, la calle principal, los callejones, el alcalde y el delincuente, las celebraciones y los entierros, el rastro de las batallas y el olvido de las biografías que pueblan los callejeros, predicadores y asesinos, poetas y funámbulos, pescaderías, anticuarios, restaurantes, abogados o ebanistas y la nómina de lugares, personas y oficios tiende al infinito; aunque tampoco daría cuenta de su realidad, en el caso poder completarla. Por no extenderme, la cuestión radica en el punto de vista y creo que es el momento de recordar a Thomas de Quincey en Las confesiones de un comedor de opio inglés donde afirma que la calidad del sueño que otorga el opio está dentro de la persona y así lo ejemplifica con el tratante de ganada, donde en unos posibles sueños opiáceos sólo podría tratar de vacas. Ahí está el gozne de la afirmación, detrás de cualquier afirmación están nuestras experiencias y, para mí, lo que es más importante, las lecturas o la ausencia de lecturas. Ya que la importancia de la lectura no es patente para los que no le dan importancia; para aquellos que la lectura resulta primordial y constituye más un vicio que una obligación, un vicio más que una virtud: nada se sustrae de la actividad lectora, como un zumbido ahí permanece. La ciudad está condicionada por su presencia o por su ausencia.
+ Tres libros para el viaje y estancia en Madrid: 1) J. le Carré, El Espía que surgió del frío; 2) Villamediana, Obras, ed. de Juan Manuel Rozas; 3) Jan Mukařovský, Escritos de Estética y Semiótica del Arte.
+ Mukařovský no viajará a Madrid, su lugar lo ocupa Foucault, Arqueología del saber. [Qué tema: los libros que se llevan de viaje y nunca se llegan a leer: ¿por qué insistimos en es costumbre, en esta manía?].
+ Asisto a una sesión de vídeo sobre libros de Fernando Castro Flórez y compruebo que él, en su casa, como yo, trabaja en camiseta y en pijama. ¿Es esto un nuevo modelo de posdmodernidad o, quizá, de posthumanismo? [Esta entrada de esa guisa la he escrito: camiseta negra y pantalón del pijama a cuadros que C. me regaló en alguno de mis cumpleaños: J’adore].
+ La charla sobre libros trata del asunto del archivo, un tema que me interesa especialmente. En concreto, me interesa la posibilidad de escribir una pequeña intrahistoria mediante los papeles desordenados de una oficina, reconstruir con esas astillas del naufragio la vida de los que habitaron aquellas dependencias, que rellenaron instancias a la que pusieron sellos y dejaron esas húmedas carpetas en un sótano, donde las historias que podrían documentar duermen inertes, a la espera que alguien las devuelva a la vida. Así, planos, croquis, fotografías, notas, informes, denuncias, folletos, publicidades varias, prontuarios (…) Allí duermen, en el olvido. [Creo que debo volver a este apunte, a ese archivo del que hablo donde se acumulan materiales de diverso tipo, y que compone una historia que nunca se escribirá: el material sin un texto, simplemente, no existe, ni lo que en él se refleja: ya se ha disuelto en el tiempo].
+ Imagen: Valença do Minho un lunes, un lunes cualquiera. Me asombran las calles vacías, la total ausencia de ruidos, las vallas del parking levantadas. Como si un fantasma hubiese desalojado la vida; sólo los restaurantes permanecen abiertos.

+ Hay mucho tiempo para pensar, me dijo y yo no respondí, sólo esbocé una sonrisa de aprobación. Había aparcado su coche y hablamos de su nueva situación: nunca es tarde, es un asunto sencillo: debo ponerme bien y encontrarme a mí misma, saber quién soy. La circunstancia lo es todo, añadió y yo asentí. La mañana presentía la lejana primavera: un aire limpio, lavado, el brillo del sol en los edificios más altos y la alegría de los caminantes: ociosos y jubilados, febrero se había inaugurado y los flecos de la Navidad desaparecían, aunque todavía restaban luces ornamentales, una banda roja que volaba y una guirnalda verde en el mismo viento. Parecía contenta, ilusionada; con todo, noté como el tiempo había pasado, como su juventud se diluía en una madurez segura y fértil. Sonrió y nos dimos dos besos; yo me sentí mayor. Se alejó y me quedé, durante treinta segundos, absorto, mientras caminaba hacia su coche, su deportivo negro. No sabría decir si ella acertaba o se equivocaba, su decisión no me parecía totalmente errónea, pero tampoco se ajustaba a lo que yo podría esperar, en pocas palabras: me desconcertaba. Ahí está la cuestión, terminé por decirme, nunca conoces a alguien totalmente y realizar vaticinios es una apuesta por la equivocación. Me dije: no tengo opinión, mi juicio está suspenso, de ahora en adelante me cuidaré de mis intuiciones. Mis dudas se dirigían hacia mi juicio y mi juicio preguntaba por el porqué de mi desconfianza: es imposible acertar: tantas veces te has equivocado. No tenía importancia, se trataba de otra cosa, la única obligación posible: la alegría, la tranquilidad, el mudo susurro del paso de los días. La mañana fluía y yo había comprendido algo, un algo que todavía no se concretaba.
+ Todo es cambio, reiteré mientras conducía: importan más el cambio en los procesos que el proceso en sí. Podría ejemplificarlo con mi variable impresión sobre la realidad, como me influyen las lecturas, el ir y venir de explicaciones, comentarios, interpretaciones; que se decantan y dejan un poso de duda o de asombro ante la inmensidad de lo real, tan inasible. Por ejemplo, me llama poderosamente la distancia: tomo el coche y me sitúo a doscientos kilómetros; tomo el avión y nos hemos alejado mil quinientos kilómetros de nuestra casa. Parece obvio, pero reflexionar sobre cómo se han derribado las distancia me lleva a centrarme en el momento en que vivimos: quien realmente derribó la distancia y la temporalidad fue internet. Libros del siglo xvii en copia fotográfica con posibilidad de búsqueda, compra de billetes de avión, la bolsa en tiempo real, vídeos, comunicaciones, hervor político y social, la crónica del corazón o el pronóstico del tiempo; todo ha mutado. Lo dejo, me centro en la conducción y en la música. La música permanece inalterable en interior hermético de mi coche, inalterable por un momento, pero este fragmento tienda hacia la eternidad; me veo zen y me recojo, apago la música y sólo conduzco. Sólo conduzco.
+ Voy a caminar sobre las doce y media de la mañana del domingo. Bajo una cuesta y veo que el hombre que camina delante de mí se para a hablar con una mujer. Según me acerco ella le sonríe y él se aleja. La miro, su echarpe se ha enganchado en una zarza, se libra y me mira, con intensidad: unos ojos azules profundos. Es joven. No ha ido a dormir, todavía. Debe de tener poco más de treinta años, su aspecto induce a la piedad: no sé quién es, pero hay un rastro de dolor en su gesto; el alcohol vibra en sus ojos, en su boca, en la dificultad de su caminar, en su bolso abierto, en sus zapatos sucios de barro. Todo esto lo he visto hace años y permanece. La luz destruye al vampiro; por un momento la imagino en el cenit de la noche, el maquillaje y el atuendo, el efecto que transmite su figura, su juventud en el ropaje de la oscuridad; pero ahora es de día y el día acentúa los efectos del exceso y la tránsito por la ebriedad habla de y muerte, algo que contrasta con todos los que vamos a caminar, a hacer deporte: como si nosotros fuésemos eterno y ella mortal. No, no es así. Hay algo moral en su presencia, que nos habla del pecado y de la depravación; centrarse en el reproche es equivocarse. Dormirá y volverá a su vida, el paréntesis nocturno no transforma a nadie, pero le causa una herida, las heridas no son necesariamente mortales, pero erosionan un algo por nombrar. La piedad se transforma en indiferencia y me digo que le doy demasiadas vueltas a las cosas, cosas que no me incuben, cosas propias. Las cosas, así, en su generalidad, admiten tantas visión que sólo nos podemos aproximar a su verdad mediante la multiplicidad de sus facetas, para llegar a saber, finalmente, que esa verdad no existe. [En resumen, la mujer con el echarpe enganchado a la zarza era más una posibilidad fotográfica que ninguna otra cosa].
+ Son las siete y media de la tarde: estoy saturado. Suena el teléfono, me levanto, lo descuelgo. Es E. Hablamos sobre los quehaceres del día, las obligaciones y el necesario descanso. La lectura, un sonado juicio que ninguno de los dos seguimos, pues el interés queda preterido, el paso de los días y su ritmo. Terminamos la conversación y regreso al trabajo: la lectura, las notas, los apuntes. Construir un mundo de la nada es imposible, pero a veces parece que así es mi trabajo. Las diez de la noche, el sueño me vence y no soy capaz de leer más que una pocas líneas de la novela que descansa en mi mesilla de noche. Cierro el libro, apago la luz y caigo en el sueño como el que se sumerge en bañera con agua tibia. El sueño me alcanza. Escenas superpuestas con una estructura que va desde lo cotidiano a viejas secuencias de la infancia: ahora trato de coserlas sin éxito, ya que el sueño más que reflejar, limpia y esa limpieza no admite discusión. Son las siete y veintinueve y es hora de volver al trabajo, mi trabajo alimenticio que desarrollo durante la mañana. Cierro el ordenador con la sospecha sobre la organización del día, como un ritmo se impone por encima de nuestra voluntad, de nuestros deseos. Es jueves y no puedo retomar el discurso del día anterior, pero ahora estoy a otra cosa: el tráfico, el trayecto de los commuters, la fibra vibrante de las primeras horas del día.
+ [Jueves; extensión] El paso siguiente es la entrada en el centro de trabajo. La circunstancia y el desarrollo del rito: unas conversaciones, el ordenador, un vaso de agua. Todo parece medido y no lo está, todo semeja dado y por todo hay que luchar, todo debe ser defendido. Preparo café. Me siento en el ordenador y comienzo a realizar las primeras tareas, las previsiones del día anterior. Agradezco la semejanza de los días y la rutina me gusta, es confortable y rechazo esa boba idea que nos invita a abandonar nuestra zona de confort. No estoy dispuesto a alejarme de aquello que garantiza mi tranquilidad por agradar a los predicadores del emprendimiento; me gusta centrarme en mi trabajo, desarrollarlo con prontitud y diligencia, pero a las cuatro de la tarde me gusta mucho más cerrar ese capítulo y pasar al otro: la investigación. Este sistema de compartimentos estancos lo he construido con mucho esfuerzo y no estoy dispuesto a abandonarlo. Todo esto viene a cuento a rechazar las consignas que se nos lanzan a diario sobre cómo debe ser nuestro comportamiento; en este caso ese salmo: abandona tu zona de confort. No quiero, no me apetece, podría pero no quiero. ¿Una rebelión? No importa la etiqueta, no soy un mártir ni los mártires me gustan.
+ No veo la televisión pero la televisión ronronea en la sala, algo más que un zumbido, poco menos que la ráfaga de viento que agita en la lejanía algún árbol al borde de la ría. Una tendencia al zen se dibuja en el aire, pero no la atrapo. Una vez más, la tendencia zen que anida en lo diario.
+ Hoy sé de alguien que ha perdido súbitamente su trabajo. Tiene hijos, tiene una mujer, pero ha perdido el trabajo. Un pequeño drama que a nadie le importa. Así son las cosas. Una decisión en Holanda desemboca en una serie de despidos en la Rías Bajas: 200 despidos. La noticia aparece brevemente en el parte diario pero se desvanece con rapidez. La empresa ha sido escrupulosa con el procedimiento. Es su mujer quien me lo cuenta y no deja de invocar a que no es un final, sino una oportunidad. He oído esas consignas que se deslizan desde no se sabe muy desde dónde, qué aspectos infectan de la realidad, zonas que deberían permanecer limpias y se ven mancilladas por la simpleza del vulgar adagio. Ese tipo de cosas que invitan a pensar que todo es posible con esfuerzo, que la voluntad y el trabajo todo lo pueden; algo que se enlaza con esa desagradable consigna que invita a abandonar la zona de confort. En este caso, en el del despido, acepto que puede ser una oportunidad, aunque sé que de poder elegir, ellos hubieran preferido continuar con el trabajo perdido.
+ Imagen: en Berlín tomo una imagen con mucho cuidado, ya en el disparo se busca la geometría y la distancia con la ciudad misma, como si ese muro, esa hierba pudiese estar en cualquier otro lugar, porque el objetivo no es otro que el no-lugar como sortilegio e ilustración de las novelas que se nos aparecen a diario, esas novelas propuestas que nunca terminan por plasmarse, por resolverse, por, en definitiva, escribirse.

+ [Derivadas]. Detengo el coche en una gasolinera y entro en la cafetería. Me gusta la cafetería de la gasolinera porque resulta ser una conjunción de no-lugar y de centro de reunión de trabajadores y paisanaje: el chatarrero y su hija [que trabaja con él en la chatarrería], los empleados de la carpintería de aluminio [uno de ellos se ha casado con la camarera], repartidores de pan o vendedores de pescado, jubilados que resultan ser ávidos lectores de periódicos y revistas del corazón, y camioneros, vendedores de cupones de la Once, parlanchines semi-profesionales, simples desocupados o borrachines de ocasión. La cafetería es un enjambre de múltiples conversiones en donde la opinión se cruza con el chiste o el enfado breve y portátil, fingido. Así, entro, cojo un periódico, y me dirijo a la barra. Cuando la camarera me mira, yo le digo que sí, sonríe y me pone el café americano y un vaso de agua, nada de pastas, ni mini magdalenas, ni mini croissants. Paro allí cada cierto tiempo, evitando hacerme habitual, tal vez dos semanas, tal vez un mes; con la camarera, que es guapa y segura de sí misma, intercambio frases amables, pero nunca hemos conversado: ni siquiera un comentario sobre la lluvia o el sol de verano; yo, como he dicho antes, cojo un periódico de la balda y me enfrasco en una lectura superficial: titulares, entradillas o tres o cuatro frases entresacadas de una noticia. Hay unas tendencias que se afirman: la degradación salarial, la problemática de las pensiones, el aumento de los precios, y por otro lado los nacionalismos, el auge de la extrema derecha y el liberalismo rampante. Una vez superadas las páginas de nacional e internacional, me centro en las páginas locales: desgajo asuntos de obras, presupuestos y fiestas culturales que no dejan de ser proclamas políticas para construir una identidad [ay, las identidades, cuando es momento de perderlas]. Y entre el mar de cifras y nombres emerge la historia de un amputado que duerme desde hace cuatro días en la calle, bajo un soportal. Observo su rostro y lo reconozco. La historia se puede resumir en que no le alcanzan los casi quinientos euros para alquilar un piso, lo acaban de expulsar de un piso compartido porque la propietaria dice que con la silla le raya las puertas, no puede optar a las pensiones que los servicios sociales del ayuntamiento tiene contratadas porque las escaleras le impiden el acceso. Vuelvo a estudiar la fotografía: tiene el pelo cano, gafas y un rostro tempranamente envejecido, ¿dolor? Sé quién es, lo recuerdo hace años por las calles de la zona vieja borracho y faltón; incluso en una ocasión a K. y a mí nos increpó, pero todo quedó en nada después de sus insultos absurdos, finalmente se declaró fascista [yo creo que desconocía el significado preciso del adjetivo y lo único que podía atrapar era la violencia implícita]; luego, despareció calle abajo. La historia es triste; yo sé que tiene familia, unos padres, unos hermanos; da la impresión de que lo que se narra en la noticia está incompleto, falta el reverso de la moneda, lo que intencionadamente se oculta y resulta ser la clave de la historia. Me digo que todos sus problemas vienen, probablemente, dados por su carácter, repito ante el café mediado, su falta de entendimiento de su propia circunstancia, una cierta soberbia y un punto difuso que va desde la indisposición hasta el dolor, un dolor profundo y sin remedio que se ve agudizado por su incapacidad para comprender las reglas que gobierna su propio mundo, nuestro mundo: la institución y el dinero. Hay un punto conmovedor que se acentúa cuando llego a casa y veo la noticia en la edición digital del periódico, que remite a una página de una red social: hay una piedad compartida, que se matiza con una acusación que niega todo lo vertido en la noticia, en el relato periodístico. Es un borracho y un sinvergüenza, dice una mujer en un comentario. Cierro el ordenador y apago la luz para dormir una siesta de media hora, pero no soy capaz: la visión aletea y vuelvo a pensar en lo ya pensado y oriento mi juicio a la siempre presente máxima: el carácter es el destino, porque veo en todo lo leído en el periódico un abocarse al precipicio que no conoce freno. ¿Está escrito su destino?
+ La primera hora del día. Hoy llueve y la música no resulta propicia. Vuelvo a leer el punto anterior y veo que me ha dañado: no hay nada gratuito. Es curioso como una noticia sin importancia en la página de local de un periódico de provincias nos lleva a plantearnos asuntos sobre el destino, el carácter, la banalidad de todas las empresas humanas. Aunque sé que no es propio de mí, no puedo evitar su contaminación, la visión que ofrece la noticia. Me voy a la cama y pienso en los soportales húmedos, en la lluvia, en el frío. No es cierto que todo el mundo tenga una cama. Recuerdo haber leído no hace demasiado, en otro periódico, en una página de opinión, que una gran parte de la gente que duerme en la calle no desea volver a una vida convencional; no sé si eso se respalda con datos, pero parece razonable, aunque la afirmación no parezca conveniente. En la afirmación se contiene, también, la misma sentencia: el carácter es el destino, y en la permanencia en esa rebeldía hay un punto aristocrático, nos guste o no nos guste. Pero, regreso al mismo punto: el determinismo y no me agrada.
+ Una tristeza sorda se ha instalado desde la lectura de la noticia, como si me obligase a un examen de conciencia. Con esta guía vuelvo a leer un cuento que escribí hace tres años, un ejercicio de estilo para ilustrar los huecos que se producen en el texto y que pueden llegar a ser más importantes que el texto mismo. Me pareció un texto malo, malísimo. Me quedé abatido durante dos o tres días. Me recupero y vuelvo a mantener una calma necesaria para mi investigación. Las piezas que componen mi yo se enfrentan entre sí, pero siempre alcanzan una paz, un equilibrio, un equilibrio precario que debo cuidar.
+ La tristeza se aplaca según fluye la semana, según fluyen el trabajo y la investigación. El trabajo es una vacuna contra la angustia, el aburrimiento es el alimento del dolor; la investigación confirma el camino correcto.
+ Imagen: Insectos.

+ [Sábado]. A las cuatro y media nos dirigimos a Portugal C. y yo. El día era limpio y con las canciones de los Beatles encontramos un ajuste perfecto entre nosotros, el paisaje y la conducción [mi siempre lenta y segura conducción]. Junto al Miño el coche se deslizaba con gracia, con su elegante estela negra, su forma anticuada y la contundencia de un coche no muy caro pero sí muy fiable y económico [qué cariño le tengo a Caballo Loco, que así lo hemos bautiza, o si se prefiere: Crazzy Horse, como el sioux, como la banda de Neil Young, como un bar entrevisto en Madrid o en Zamora, quién sabe]. Sobrepasamos Vilanova da Cerveira y nos encaminamos hacia Caminha. Allí recorrimos las calles, vimos escaparates, bebimos ese mágico café portugués sin dejar de saborear unas mediocres torradas [les falta ser más torradas y les sobraba mantequilla, pero en fin, no todo puede ser perfecto y una leve imperfección contribuye a la perfección: en mi idea particular de paradoja]. Cayó la noche, con suavidad, sin estridencia; las luces en la otra orilla cobraron presencia y el cielo continuaba despejado, un frío casi agradable desde el océano nos remitía vidas olvidadas de naufragios, por ensalmo. Los escaparates y sus botellas vino, ropa de rebajas, semillas o aguacates. Recorrimos las calles y finalmente C. compró un pantalón y unas preciosas Gazelle. Me llamó la atención la profesionalidad del vendedor, la capacidad para leer en los clientes sus necesidades y para adivinar aquello que los clientes iban a comprar, lo que ignoraban que comprarían, su emblema parecía ser dad a cada uno lo que precisa; sobrepasados los cincuenta, con un aspecto entre lo juvenil y lo asentado, muy del momento, algo que se manifiesta especialmente en sus gafas de pasta mate, grandes y cuadradas, como dos televisores de espalda ventruda, aquellos televisores del siglo xx. Salimos y deshicimos el camino, cruzamos el río y nos paramos en Tui, para comer algo. Las calles eran más un escenario que cualquier otra cosa: piedras húmedas, el perfil de la catedral y su vocación de fortaleza, ventanas cerradas, la luz escasa y amarillenta. Entramos en un bar y pedimos algo de queso y ahumados; no era la primera vez que estábamos allí, pero había decaído y todo era un poco desolador, desde los platos hasta el pan, que no llegaban a la corrección precisa. Allí estaba el no muy famoso cantante de los ochenta; con un aspecto envidiable para sus sesenta y un años, una red de relaciones culturales que se desvanecían y sus opiniones trilladas; recordé que no cantaba bien, pero es un gran mérito mantenerse casi cuarenta años en la escena. La jornada declinaba y ya no había otra cosa que hacer que regresar. Podría hacer un balance de la tarde del sábado, pero lo dicho es una contabilidad es más que suficiente. Hablamos, guardamos silencio y nos reímos, una suma de placeres sencillos y baratos. En el aurea mediocritas descansamos, en su justo punto medio.
+ Colecciones de insectos [disecados y vivos], colecciones de botellas de vino [que debido a su edad no se pueden beber], colecciones de guitarras o violines [sin cuerdas], colecciones de sellos y/o monedas, colecciones de estilográficas [tinta seca, tinta verde, tinta muerta], colecciones posavasos, colecciones de relojes [que ya no funcionan], colecciones de guías de viaje, colecciones de camisetas, colecciones de bolsos, colecciones de pintura antigua, colecciones de figuritas, colecciones de zapatos [usados o sin uso], colecciones de zapatillas de deporte [en vitrina, en caja o con celofán], colecciones de cucharillas, colecciones de mecheros [sin gas], colecciones coches en miniatura [todos verdes, todos descapotables], colecciones de cromos [desparejados], colecciones de (…) ¿colecciones de libros, tal vez una biblioteca; la biblioteca o el archivo; el orden o la acumulación arbitraria, caótica, vulnerable?
+ La novela es la epopeya de un mundo sin dioses, decía Lukács, el teórico marxista. A mí me parece que Lukács lo expresa con una cierta pena, con la nostalgia de lo perdido. Qué somos sin los relatos, qué nos dará seguridad, qué nos orienta; y, claro, la novela, muy al contrario, en lugar de responder ni siquiera plantea preguntas, simplemente muestra y somos nosotros los que estamos obligados a reconstruir la propuesta: así se diluye el autor y el lector se constituye en un artista.
+ El arte de leer, afirmo.
+ Los abismos siempre son aterradores, para luchar contra su presencia hay una posibilidad: armarse con el reflejo que la novela moderna ofrece [¿la novela moderna?]. Me detengo ahora que he terminado Serotonina. La ausencia de certezas configura el presente y conforme nos sumergimos en lo digital la apariencia se impone sobre lo posible y lo tangible, lo necesario sucumbe ante la líquida pantalla, la redes sociales, las compras inmediatas a cientos de kilométros, el descrédito de la opinión, la mentira que se esparce como semilla al viento. El pensamiento se desvanece cuando prendo el televisor y surje un enjambre de consignas: soluciones fáciles para problemas difíciles, problemas que han sido mal formulados. Ahí está la novela, que no trata de héroes sino de lectores que se constituyen en dioses ínfimos: el encierro silencioso y solitario, el núcleo de su verdad siempre en revisión: cada novela un mundo, cada propuesta una extensión.
+ Con todo, Lukács tenía razón: ya no se trata de dioses. Se trata de nosotros y el libro, nada más.
+ E. me las trae impresos los papeles que de internet he bajado: los clasifico, leo, estudio, anoto y subrayo. Es un gran trabajo que hace E. por mí. No puedo perder tiempo y los textos que descargo precisan estar impresos: no me puedo alejar del bolígrafo, del subrayador, del lápiz, la nota rápida, la iluminación que el flexo otorga. ¿Es una cuestión personal o una lírica intersubjetiva? Podría amplificar la pregunta para no llegar a ningún punto razonable, pero hacer preguntas es una estrategia, como recubrir de oro la madera [a esto se llama estofar] y en lugar de ver ya madera se puede ver una voluta de oro: la magia del pan de oro [el sintagma es un hallazgo], y la madera esta ahí.
+ Las anotaciones describen un arco vital: desde el presente el pasado cobra sentido; como si aquello que pasó anunciase una distancia o una unión. Portugal, las compras, las impresiones, la ilusión de la llegada de E. Los dioses son propicios.
+ Imagen: andén y pasajeros a la espera; cada vida, una novela.

+ Una idea sobre la nostalgia, el gusto por lo antiguo, lo anticuado, lo pasado de moda que vuelve a estar de moda por, precisamente, el hermetismo que el pasado ofrece, ese misterio de ser otros: el disfraz. El disfraz, un aliento de nuestra época.
+ [Tarde del viernes, mientras espero para solucionar un trámite, una consulta legal]. Me ha llegado el mensaje y la reunión se retrasa quince minutos. No es mucho. Había ido a la biblioteca a buscar los Kentukis [la novela de Samanta Schweblin]. Sin saber qué hacer durante esa breve (!) espera, entré en la Facultad de Bellas Artes. Había dos chicos y una chica: ella les planteaba si era lo mismo autorizar que conceder. Paseé por los desoladores pasillos vacíos de la facultad. La encontré especialmente carente de personalidad. El orden administrativo de los tablones, los objetos arrumbados contra las cristaleras, el patio descuidado donde hierbajos crecían indolentes, con despreocupación, un olor a humedad, el cielo no ayudaba mucho: gris plomizo, la panza de un topo, el envés de una pelusa. Fui silencioso, como un gato. Desaparecí con la certeza de la caducidad, un desapego a aquello que me pareció un soplo de aire fresco para la negra provincia [que decía Miguel Sánchez-Ostiz sobre Flaubert: La negra provincia de Flaubert]. Volví a la calle, no sin antes echar un vistazo a las orlas de la entrada y certificar que había pasado mucho tiempo, los que fueron jóvenes se acercaban a la cincuentena, me pregunté por sus vidas y me di cuenta de que eran irrelevantes, seguro que una planicie de hijos, hipotecas, divorcios los había alcanzando mortalmente: esas muertes en vida. Allí seguía la negra provincia, con su pesada digestión.
+ [Mañana del sábado, lluvia intensa y viento moderado, en una farmacia]. Hay una calidez estratificada, el primer estrato es la entrada, da paso al recibidor y él último lo ocupa el mostrador, donde las dependientas o farmacéuticas hablan sobre los problemas de la publicidad en internet. Todo deriva, mientras espero por un extraño preparado, un tinte, hacia un viaje a Tenerife. No me apetece escuchar esos detalles, pero ella lo desgrana sin pasión, para pasar el rato, el aburrimiento de la mañana lluviosa del sábado, tan lluviosa. El aburrimiento es una gran condena.
+ No me gusta interpretar los sueños, prefiero tomarlo en una cierta literalidad conectada con lo cotidiano. Sueño con un poeta muerto y mantenemos una conversación sobre el hecho literario, cosa que no tiene mucha importancia. El diálogo resulta ser conmigo mismo, con lo que espero y lo que me preocupa. Me resulta reconfortante porque hablamos de oír la radio francesa mientras se desayuna, las bibliotecas, la adquisición de libros, bases para establecer una escritura satisfactoria [para el que escribe], la evaluación de lo leído y el olvido. El olvido como resultado de toda trayectoria humana, la incapacidad de superar la barrera de la muerte. Y en eso hay que estar, me dice el poeta y se aleja por una colina y regresa con un ramo de bastones, palos que son coronados por empuñaduras de diamantes: qué contraste; aparece un periodista y lo entrevista: resulta torpe e inculto, con un nivel bajísimo y el poeta responde con admirable educación, preciso y lineal. Me propone ir con él a Zamora y le digo que es imposible; desciendo hacia una estación de autobuses y me percato de estoy en Salamanca. La siguiente imagen consiste en un debate sobre la función pública. Me despierto.
+ El poeta era Claudio Rodríguez, que regresaba más allá de la muerte. Recupero dos libros y los dejo sobre la cama: Hacia el canto y La otra palabra [escritos en prosa]. Una antología de poemas y una colección de textos ensayísticos.
+ En La otra palabra encuentro una mención a Leopardi. Sin saber por qué, escribo en el buscador fotográfico el nombre de Leopardi y me percato que en Nápoles no visitamos su tumba. ¿Es un motivo para regresar a Nápoles? Sí, es un motivo, pero no el único.
+ Copio las descripciones del trigrama inferior del I Ching de una tirada de monedas que hice hace un tiempo: lo suave, el viento, la madera. Todo indica la constancia, la lentitud, ese crecer de las semilla hasta ser árbol; lo que del árbol se contiene en la semilla. Así conduje durante estos días, por la carretera orlada de bosques: con fluida suavidad acunado por el viento. Es la guía emblemática de estos días. La investigación navega a buen ritmo, eso constituye la esencia de la vida ordinaria, su reflejo en los sueños: agradables y reparadores.
+ He aparcado los Kentukis porque me he puesto con Serotonina.
+ Los sueños se desvanecen, leemos lo que hemos escrito sobre ellos y nos reconocemos perfectamente, pero ya somos otros. Es un resplandor, un brillo que tiene una cualidad que lo inclina hacia su desaparición, un breve reinado. Así, las peripecias vitales se difuminan en la distancia y sólo queda una niebla, una apariencia de realidad donde se confunde el recuerdo con la reconstrucción, la falseada reconstrucción. ¿Todo es interpretar? La sentencia sobrevuela la escritura, la lectura, la opinión. Y si vamos un poco más allá, dónde están aquellos que no hemos vuelto a ver, después de tantos años. La nostalgia no es una enfermedad, es una condición de algunos individuos. Claudio Rodríguez es ahora un fantasma que fuma a las orillas del Duero, una foto en blanco y negro, el recuerdo del sabor del vino o de la ginebra. Los años 50 del siglo pasado, esa situación, ese tiempo aquel espacio; el momento del sueño que no regresa, que pierde su fuerza. Ahora, en este momento, cierro el ordenador y me dispongo a dormir, otra noche más, una noche menos.
+ Imagen: El grito de Munch en muñeco inflable. Es un recuerdo de una casa agradable, de una estancia agradable, y, al mismo tiempo, una segunda distorsión de la realidad: primero el cuadro, segundo el elemento kitsch. En el muñeco se refleja algo de la semana, de su opacidad y ciertas incomodidades que se desavanecen.

+ En el coche, camino al trabajo, intentamos definir qué es la política en relación con las crónicas que establecen el periodismo y la historia, como si hubiese un hilo común entre las tres disciplinas, que parece bifurcarse o formar, quizá, un triángulo. La vocación de comentarista se manifiesta en nuestras palabras con cierta vehemencia contenida, pero hay un hueco que no se puede salvar: nuestra condición laboral. Esto determina nuestras opiniones, o yo así lo quiero [algo común a todas las personas ya que nadie opina fuera de su yo, de su propio contexto y de sus intereses individuales o de grupo]. Una pausa. La estrategia, la táctica y la verdad; no son solo palabras. Pero hay operarios [antes llamados obreros] que votan a la derecha o a la extrema derecha y profesionales liberales que votan a los comunistas. ¿Votan en contra sus intereses? La psicología es algo que debe ser tenido en el análisis del voto, y yo no sé, pues mi ignorancia es vasta, si se tiene en cuenta. Bien, regreso a nuestro viaje diario, los desplazamientos de los commuters, nuestras opiniones son opiniones y en esta tautología se esconde que en las opiniones hay un río subterráneo que condiciona su objetivo, que marcha y dirige la flecha hacia la diana. ¿Ingresos, estética, psicología? ¿Qué determina la posición política? ¿Periodismo, política e historia? Sí, tres brazos del mismo candelabro. La jornada laboral comienza y por ahí se desagua la conversación. El trabajo y los ingresos ponen a cada cual en su sitio.
+ He comprado Serotonina, pero sigo leyendo Sumisión. Houellebecq, sin duda. Según avanzo más me reafirmo. La capacidad de Houellebecq para retratar nuestro tiempo es asombrosa, por un lado está el detalle pop y por otro la sensación de nausea que invade nuestra superabundancia, esa incapacidad para digerir nuestro bienestar al tiempo que aflora la depresión ante la fragilidad y la vacua sucesión de los días. Sobre todo esto se puede escribir, pero la realidad no se ve modificada y el escritor lo sabe, y avanza con maestría por el mundo que propone, que dibuja con su mejor herramienta: la narración. En el balance final no pesa lo sociológico, lo político o lo económico, sino lo artístico: la indefinible literatura. Así, la narración encaja en una suma de tradiciones, mientras supera a la televisión o al cine porque hay una solución indiscutible: el desastre. El discurso es tan contundente que no hay otra posibilidad de expresión.
+ Con el ejemplar que pertenece a la Biblioteca Pública, Sumisión, me impuesto un trabajo: borrar todos los subrayados a lápiz que emborronan la narración. Me parece que contribuyo a que este mundo sea un mundo mejor.
+ Hoy miércoles he terminado de eliminar los subrayados en el ejemplar de Sumisión de la Biblioteca pública. Hoy el mundo es un lugar un poco mejor.
+ Retomo una cierta lectura de Iser donde se nos dice que la ficción nos comunica algo sobre la realidad; esta comunicación nunca ha de ser explícita, nunca será un manual de instrucciones porque así perdería toda su funcionalidad [que no es, ni mucho menos, su razón de ser]. La máscara es parte del mensaje y en el caso de Sumisión va mucho más allá de la peripecia del relato para alcanzar una cierta idea de la política, sus meandros, afluentes y desembocaduras.
+ [Interiores holandeses donde se bebe vino blanco, calvados o armagnac]. Llego a un cuadro desde la peripecia que supone encontrar la diferencia entre el cognac, el armagnac y el brandy. Sólo me interesan los textos que de ello hablan, no las sensaciones que producen los licores. No me interesa la ebriedad, me interesa las vías y la constitución de la ebriedad. Pero, finalmente, a donde accedo a es a un interior holandés de Pieter de Hooch; durante un rato me fijo con atención en el detalle de los elementos que forman el cuadro, que la pantalla me ofrece, como si me situase ante una escena definitiva y no ante el reflejo de un hecho cotidiano, una escena costumbrista sin mayor implicación. La luz, el mapa en el fondo, la actitud alegre de los hombres, la mujer de espaldas, la otra mujer; el hombre del lateral izquierda tiene dos pipas en sus manos; la mujer ofrece la copa a este hombre [en otro lugar leo que se dispone a beber]; [hago un zoom profundo], la otra mujer sonríe, parece sonreír como si adivinase o conociese ya el desenlace que se aproxima. Podría seguir detallando los elementos del cuadro y llegar a una conclusión o no llegar a ningún sitio, pero lo que me interesa es el proceso de ebriedad, que el cuadro parece manifestarse en el rostro de los hombres y es lo que produce el gesto de la mujer del fondo, la sátira contenida, la sátira que toda ebriedad conlleva. ¿Sátiro o sátira? ¿El filo de lo sexual se refleja en la sonrisa de la mujer del fondo?
+ Bajo archivos que reproducen fotográficamente libros del siglo xviii, me llama la atención como se van solapando ex libris hasta llegar al sello definitivo de la biblioteca, con sus códigos de barras [ya anticuados] y [los actuales, por un momento] códigos QR. Esa historia que se esconde tras las marcas de propiedad [el ex libris y sus arabescos variados] no tiene una correspondencia con nuestro mundo, con nuestra época, donde ya ha desaparecido esa singularidad de la biblioteca burguesa, como elemento dentro del hogar burgués que se debe mostrar como signo, como símbolo, como emblema. Como decoración, también. Ahora, el libro se constituye en algo mucho más sentimental y lo que se muestra en las casas son muros multicolores que apuntan a la sensibilidad del propietario, o a la labor de acumulación de años de estudio universitario. ¿Existen todavía los ex libris? Supongo que sí, pero más como una arqueología que como elemento vivo, supongo yo que han de pertenecer a personas que tienen gustos un tanto anticuados: fumar en pipa, coleccionar sellos, llevar un proyecto tal que hacer fotos de los autobuses que ven en las ciudades que visitan [esto último no es una invención mía, en una ocasión oí la historia de un señor que hacía estas cosas: disparaba, imprimía y distribuía las fotos de los autobuses en álbumes de considerables dimensiones]. Bien, el ex libris forma parte del pasado, debemos admitirlo ya; pero su estela en el archivo permanece y eso me hace pensar en todo lo que hoy es muy moderno mañana no lo será, porque en la misma palabra moderno está su condena: moderno no deja de ser el modo de lo de hoy [modiernus = reciente]. En fin, el domingo se acaba y yo termino de escribir esta breve nota sobre los libros y las señales que indican la propiedad de los mismos, sobre su perenne declive y el color de los lomos: antes oscuros y pardos, ahora multicolores y optimistas. Así somos, creo ver y cierro el procesador de textos.
+ Palabra de la semana: colmatar. Tal vez, la acumulación de sedimentos, tal vez cuando un terreno pierde su porosidad. No estoy muy seguro; y creo que es más productivo no buscar en el diccionario y jugar con las posibles definiciones [finalmente iré al diccionario o a un libro técnico] por el simple placer de la palabra, del concepto y su amplitud. La semana se recubre con la posibilidad conceptual: la perdida de porosidad y, por lo tanto, la elasticidad.
+ Y dice Whinnom: «la literatura es claramente una patología, un producto como el foie-gras, el almizcle o las perlas». Poco antes W. había comparado la mitología con lo que podemos leer en las revistas del corazón, cine o política. Debería desarrollar ambas ideas y ver cómo las puedo encuadrar en mi contexto y en mis visiones, en mis lecturas, pero no es momento [aunque no lo descarto en el futuro]. Me parecen dos apreciaciones muy acertadas, acertadas en extremo y en un sentido con el que coincido. En el corazón del estudio de la literatura y el lenguaje, en el universo pop que nos define, que especialmente me define.
+ Entiendo, según alcanzo el final de Sumisión, que la cuestión islámica no es absolutamente relevante, teniendo una importancia central, más bien se constituye como un elemento de un paradigma; es decir, resulta intercambiable. El tema, aunque sea obvio, resulta ser la política y la posibilidad, lo contingente. Podemos llegar a ver extrañas y peligrosas acciones o alianzas, traiciones, lealtades súbitas o cesiones inexplicables con tal de alcanzar el poder o mantenerlo. El tema es cómo esta acomodación del poder va modelando la sociedad, las instituciones, los individuos; no es el credo musulmán, que también, sino cualquier credo en función de los intereses personales: católicos, nacionalistas, comunistas, socialistas, liberales (...) La vertebración de la política. Lo sé; pero tampoco es el tema de la novela porque como todo obra de arte de altura su núcleo, su principio rector resulta ser la fusión entre fondo y forma [si es que fuesen disociables, pero es muy cierto que cuando la forma es demasiado evidente, algo no funciona].
+ Imagen: foto en Madrid, La Taranta; por la tendencia, mi tendencia a la abstracción: el seductor rojo.

+ En Serotonina, la última novela de Michel Houellebecq: Niort es la ciudad más fea de Francia. C. y yo estuvimos en Niort y puedo decir que eso no es necesariamente verdad. Pero mi opinión no tiene demasiado peso. M.H. está en promoción, Serotonina. Me debato en si leer la novela o no leerla. Por el momento he cogido en la biblioteca Sumisión.
+ Lo anterior lo comento por teléfono con C. Se ríe y dice que no tiene un recuerdo especial ni claro de Niort. Yo tampoco. Hurgo en las fotos que esos días disparé y encuentro con la foto de un graffiti que he me había gustado, especialmente. Hila hilando, me doy cuenta de que estaba en Niort. No quiere decir mucho, no quiere nada. Como la frase de M. H. Recuerdo que pensé en comprar en Lafallete una cazadora, no me decidí, fuera llovía, compré un tubo para llevar con seguridad un cartel que me regalaron en Angoulême. Y así. Pero los habitantes de Niort se han enfadado mucho. El nacionalismo no conoce fronteras ni dimensiones. No me identifico con el territorio, más allá de las necesidades administrativas: prefiero la palabra estado a la palabra nación.
+ [Lo que escuchamos en los aviones sin desearlo no es comunicación, pero contiene un pellizco de cata sociológica]. Regresaba de Madrid en Iberia [compañía con la que casi nunca viajo, sin razón aparente] y delante de mí se sentó una pareja, a su lado se debía sentar una mujer pero finalmente intercambió el asiento con un hombre de unos treinta años [una edad que compartía con la pareja]: los tres se conocía. Hicieron una pequeña fiesta, con apretones de manos y besos. Me parecieron correctamente agradables, lozanos, sanos, limpios de vicios y con sus vidas bien enfocadas, dirigidas a un objetivo preciso y adecuado. Eso me pareció. Comenzó su charla. Los tres eran ingenieros de automoción y con mucho viaje en sus curricula. La pareja volvía de Nueva York y hablaban de la Moderna Babilonia con soltura y encanto, los parques y las calles que habían transitado en numerosas ocasiones, paisanajes y tipologías urbanas para mí totalmente extrañas, enumeraciones extrañísimas, los taxis o los sencillos restaurantes de moda: comida exótica, cerveza excelente y música para imaginar otras vidas que no son la nuestra, un breve intervalo. El hombre les explicó sus peripecias con equipajes, con visados, agentes de aduanas. Viajaba con una cierta frecuencia a Detroit. Sé que en otro tiempo me hubieras impresionado estos viajes, en ese momento, de regreso de unos días en Madrid, entre la amistad y las obligaciones académicas, me parecían unos personajes intercambiables, un tanto tristes y con un ocio previsible y aburrido. Entonces comenzaron a hablar de robótica, entonces comenzaron a parecerme menos simpáticos. Ella hablaba de las posibilidades de reducción de personal en una fábrica y él asentía, el tercero dijo que ahora trabaja en homologaciones pero le gustaría volver a la programación de autómatas. Pero no ganarías lo mismo, dijo ella; el tercero se rio y dijo que tenía razón. Aterrizamos, los vi alejarse y parecían buenas personas; son buenas personas que hacen bien su trabajo. Salí del estacionamiento subterráneo, recorrí la autopista [tuve que utilizar un peaje sin peajista], salí del garaje y volví a casa. No hablé con nadie, nadie me dijo nada, no había nadie en todo el recorrido. Pensé en aquellos tres, en Nueva York y en la robótica. Abrí un libro de poemas, pero no conseguí leer nada.
+ Abandono el libro de W.G. Sebald Austerlitz, debo devolverlo en la Biblioteca Pública porque tengo que coger otros, que entran dentro de la obligaciones [ay, mis obligaciones]. Me da pena dejarlo, pero sé que regresaré: más un propósito que una certeza [tanto que leer y tan poco tiempo].
+ Hablamos sobre la polémica que ha levantado un reputado cocinero a raíz de su comentario sobre la llegada de la extrema derecha a Andalucía, a España [¿no estaba antes aquí?]. ¿Debió o no debió tomar esta posición, públicamente, o debió proteger su negocio?, me pregunta. En realidad el debate trata de si uno debe remitirse a su campo de acción y apartarse de todo aquello que resulte ajeno a su profesión, máxime si esto le perjudica, dijo. Cuando opinar es una obligación, cuando el silencio nos hace cómplices, añadió. Pensé que no tenía importancia, pero las redes sociales hacían su digestión. Una pena, le dije, y ella dijo que sí, que era una pena.
+ [Como dije antes, cogí en la biblioteca Sumisión de M. Houellebecq]. Comienzo el libro y según avanzo me voy encontrando con desagradables subrayados. Los subrayados que no son los propios resultan tremendamente molestos. Además, no comprendo por qué subrayar en un libro que debemos devolver, que no nos pertenece. Soy reacio a subrayar, pero esto no es cierto [quiero establecer una tendencia al no subrayado, pero todavía lo hago; se trata de sustituir el subrayado por un sistema de notas, un folleto donde se acumulen las citas bien identificadas: número de página, número de párrafo]. En fin, copio un subrayado y me pregunto quién pudo resaltar en la novela de H. «En ausencia de una verdadera adhesión emocional», que luego continua con la explicación del ateo que se ve obligado a escribir sobre «las aventuras espirituales de Durtal»; las cuestiones espirituales que aparecen en las novelas de Huysmans, del que el protagonista es una autoridad menor universitaria. Podría aventurar a que la persona que subrayó le gustó el sintagma, un sintagma prescindible si se mira bien el desarrollo y finalización del párrafo. Verdadera - adhesión - emocional. Repito la sucesión de palabras con intencionado engolamiento y quiero pensar que el autor del subrayado memoriza este esquema, que luego lo suelta y lo convierte en una subespecie de muletilla, tan propia como idiota [que viene a ser la misma cosa: lo propio y lo idiota]; dudo mucho que esta retahíla tenga alguna conexión con una posibilidad de realidad, pero me gusta pensar que es así. Finalmente, he comparado unos subrayados con otros y llego a la conclusión de que se trata de un lector sentimental, que atesora conocimientos sobre las relaciones en los libros, una especie de recolección de herramientas para desentrañar los arcanos del ¿amor? Vuelvo al libro, lo cierro, tomo la goma de borrar, abro el libro y elimino el subrayado. Creo haber hecho algo bueno por la Literatura, con esta L. mayúscula que enfatiza mi buena acción. Nadie volverá a tropezar en esta piedra.
+ El resultado de la extrema derecha en Andalucía es una tendencia. Prefiero obviar los sondeos, porque la tendencia es clara. No me gusta nada. Se anuncian malos tiempos.
+ Imagen: El grafitti de Niort. Queda la elegancia del motivo que contrasta con los cubos de basura, las señales y los desconchones. Siempre en la paradoja habita la respuesta: la crisis.


+ Bad Gyal, Más raro. Un vídeo que se localiza en Londres, con mayor precisión: en el Norte de Londres [puedo ver una parada de autobús y encuentro el barrio en el mapa en línea]. Londres y sus infinitas caras. Nunca volveré a Londres, me dijo alguien y no terminé de entender la sentencia porque, lo sé, desconozco la clave para llegar a un significado oculto, al menos eso se pretende cuando tal cosa se expresa. No indagué, no pregunté. Los significados y los sentidos.
+ Hoy es el último día del año, leo y escribo. He visto algunos vídeos en la red sobre las bondades del liberalismo [del anarco-capitalismo, mejor: un por más allá], leí sobre los peligros de la tecnología, me asomé a la venta y vi a la gente pasar ajetreada. Pienso en sus vidas y en el gobierno de sus personas. Las personalidades y sus fosas insondables. Cada persona tiene su novela, una narración, un desarrollo particular. Pienso en mis ideas sobre el determinismo, que no terminan de cuajar. Hablamos C. y yo sobre ello el otro día en una cafetería al borde del mar [música electrónica, luz mediada, parejas jóvenes con hijos]. Recordé, una vez más, la cita de Heráclito de Éfeso: Heráclito el oscuro, el carácter es el destino. La cita me ayuda a explicar muchas cosas. No sé, ¿no es posible el cambio? No lo creo, hay una posibilidad de mejora, pero el principio rector se mantiene. Sobre ese principio rector se construye la biografía. No discutía, se trataba de exponer las dudas que me asaltan, porque creo que todos tenemos derecho a rectificar y que aquél que fuimos hace diez años no debe condicionar el somos hoy [esto tiene relación con el arrepentimiento y la conciencia; el dolor que a lo largo de los años percute sin descanso, cuando todo parece ya olvidado]. C. me escuchó atentamente y sentenció con sabiduría que siempre hay una posibilidad de salvación, siempre podemos ante un dilema ético tomar la decisión adecuada o la inadecuada, algo que nos aleja radicalmente de los animales. Hoy es el último día del año y veo que estoy conforme.
+ La personalidad del catedrático anarco-capitalista se opone a la personalidad del poeta. Si son así, es porque no hay otra posibilidad. Biología, contexto, tendencias. Bien cierto es que los factores ambientales contribuyen en la configuración, pero esto también determina. ¿Es posible una conversión artística, una inversión de sus valores: del turbo capitalismo a la bohemia; y al contrario: del verso al asiento contable? Ambas posibilidades han coexistido en algunos hombres, sin llegar a ser contradictorias; porque las posibilidades son muchas, muchísimas. Me quedo con el poeta que con el catedrático que viaja en Bentley con chofer y predica las bondades de eliminar el estado mientras trabaja en una universidad pública.
+ Me he hecho un marcapáginas con el recorte de la publicidad de una tienda vintage de Madrid, situada en la calle Atocha. En el recorte se ve a un chico con la barba cerrada, una camisa floreada y la actitud previa a la asistencia a la galería de arte o a la noche eterna; también se ve a una chica: camiseta de baloncesto que deja ver su costado libre de sujetador, el dibujo del inicio de su pecho izquierdo, su cara es seria y sus labios son de un rouge intenso y retador, la melena abundante, espesa, pelirroja. Me gusta llegar a ese libro [El acto de leer, Iser], entre otras razones, razones de mayor peso, por ver a los dos jóvenes, porque los dos jóvenes me recuerdan Madrid en una dirección, una entre muchas. Aprendo en cada viaje lo que olvidé en el anterior, así se crea un poso. A este poso acuden las dos figuras, como elementos de una narración. Los he visto en plazas, en museos, en nocturnidades varias. En el amor, en la distancia, en el olvido. Me gusta pensar en ellos, en la ciudad y sus ramificaciones, las conexiones que establece el paisaje urbano con los habitantes y los viajeros. Cierro el libro y duermen los dos jóvenes su sueño de papel, es el último día del año y ello conlleva un deslizarse hacia la nostalgia, la nostalgia de lo no vivido.
+ Por momentos leo Hotel, os batidores, de Inês Brasão. La crónica de los hoteles tiene su lírica, sin duda. Me gusta el ejemplo lisboeta, la idea de haber vivido en el escenario estas peripecias e ignorar la trastienda. Yo trabajé en un hotel y sé de que se habla: eso creo pero no estoy totalmente seguro. Me parece adecuado, interesante, un análisis muy del tiempo en el que vivimos: el mundo de las posibilidades infinitas, la información inabarcable, la reunión de oferta y demanda en una misma mano. Los entresijos tras los bastidores me ayudan a alejarme del esfuerzo que supone la lectura pautada, las tareas bajo programación, ese tachar con rotulador rojo lo que se cumple, en negro lo que no se ha culminado. Un pequeño libro, entre el ensayo y la narración, disfruto de la prosa y del idioma. ¿Disfrutar? ¿Esto es la lectura? Aquí me detengo y admito la función, que me lleva a ampliar el conocimiento sobre mí mismo, un conocimiento impermanente, que desagua en el olvido. Somos olvido, pero los hoteles tienen el mineral remedio: la no identidad, que tiene a la permanencia.
+ Me pregunto por la identidad y regreso a Pierre Bourdieu y elijo esa elevación sobre lo real que resulta ser la constitución del campo literario, la elaboración de un panorama social, más allá del arte, pero dentro el arte. El arte. Leer es un arte, termino por afirmar en mi ecléctica estética de la recepción.
+ [Repaso por encima los temas que tratamos en nuestra conversaciones en inglés E. y yo]. Los temas de los ejercicios de conversación son una cartografía del mundo, de un universo particular que no tiene porque tener una correspondencia necesaria con una cierta realidad, a pesar de aproximarse con cierta exactitud a esa misma realidad, a una realidad tangible en su momento, únicamente en su momento: conectada a un tiempo y a un espacio concreto y no intercambiable. La realidad como tal es problemática dada su multipicidad y acercase a ella sólo es posible mediante esquema variables. Eso son los temas sobre los que conversamos [en inglés] E. y yo. Admiro su fluidez y precisión, me ayuda y encuentro un extraño placer en la conversación [a través de la pantalla]. La realidad propuesta es un simulacro que tiene su gracia, me interesa la distancia entre el simulacro y lo posible: donde se eleva el estudio y la improvisación.
+ [Una posible explicación del título de la entrada]. Londres siempre fue para mí un destino entre la magia y la identidad. Una parte de la construcción de mi persona: el idioma, su literatura, la música. Ante todo la música, sobre todo la música. Esa forma de entender la vida que arranca en los años sesenta y alcanza el presente: The Beatles, The Jam, The Smiths. Cito los tres grupos como puntas de lanza de tres tendencia que he observado en mi biografía. Cada uno estos grupos se alinea con un tiempo, un tiempo que no ha de regresar pero que compone el presente. ¿No volveré a Londres? No volveré a Londres, sólo es una frase que se ramifica y se destruye a sí misma, un ejercicio de estilo, una posibilidad por construir: el texto que arraca desde la paradoja. Descanso ahí.
+ Imágenes: a) [foto sobre/contra] Muro, Londres, 8/12/2018 - b) [captura de] Pantalla, Pierre Bourdieu, ¿1999 / 2019?

+ No puedo evitar entrar en una casa y realizar un inventario de los libros que puedo llegar a ver. Los libros no dejan de ser una seña de identidad, bien explícita, bien solapada en la decoración [no lo olvidemos nunca: el libro decora mucho, muchísimo], porque decorar, al igual que el atuendo, son procesos de comunicación. La ausencia o la presencia de libros resultan ser indicios negativos, positivos, pero nunca neutros. Me interesa el conjunto que los libros componen, insisto: nada es gratuito. ¿Un vicio? Sí, un vicio, una fea costumbre.
+ «La chair est triste, hélas ! et j’ai lu tous les livres». S. Mallarmé.
+ La cita anterior, según la mañana discurre, emerge de una antología de textos sobre el canon literario. Ahora la (re)toma H. Bloom; un poco después une dos sentencias: Auden: reseñar malos libros es malo para el carácter; y Óscar Wilde: el arte es totalmente inútil y la mala poesía es sincera [podría extenderme sobre como la sinceridad es un valor negativo, en contra de una creencia muy extendida, pero no lo haré, hoy no lo haré]. Estoy convencido que, como dice H.B., se deberían colocar estas sentencias a la entrada de las facultades de letras. Al mismo tiempo, ante la presencia constante de la muerte, cualquier actividad humana es una tarea llamada al fracaso, ya que la muerte hunde en el abismo cualquier acción, tarea, cualquier proyecto. La muerte iguala a los hombres, pero también iguala las categorías de útil e inútil. Vuelvo a pensar en los libros y las casas, los habitantes y la decoración. ¿Es la biblioteca parte de la decoración? Sin duda alguna, y ahí se ve un rayo de luz: tan inútil no es la lectura.
+ Según avanzo con Harold Bloom no puedo dejar de recordar a un ingeniero que despreciaba todas las bases de datos que no fuesen dBase. Había aprendido dBase con mucho esfuerzo y en aquel momento está en franco retroceso porque los desarrolladores tenían otras demandas. Su tiempo había pasado. Pero a él sostenía que las nuevas bases de datos eran poco fiables, aunque lo que se escondía es que las juzgaba muy fáciles de programar en comparación a su pretérito esfuerzo. Y tenía razón, pero sólo en un sentido, porque hurtaba a su juicio el cómo se veía sobrepasado por la sucesión de las generaciones, así se equipara Homero las generaciones de los hombres con la generación de las hojas en un árbol, la suya decaía y era evidente su resistencia a verlo.
+ «A mí, hijo de un sastre, se me ha concedido un tiempo ilimitado para leer y meditar sobre mis lecturas», dice H. Bloom y lo ancla en su condición de profesor de Yale. Está bien, pero el tiempo no es ilimitado, muy al contrario: su condición de mortal acota su tiempo para la lectura, como acota cualquier actividad humana [de gran o de nula utilidad, atestiguada o por atestiguar]. Prefiero mi posición de lector a la suya; mi yo escindido entre dos mundos: los afanes diarios del trabajo y el mundo aislado de la lectura. ¿Se comunican? En un sentido subterráneo sí, su manifestación la percibo en cada una de mis secciones: la mañana y la tarde.
+ Mi debate resulta de un enfrentamiento entre la pasividad de la lectura contra una imposible actividad. Soy un observador, lo he dicho en varias ocasiones y me pregunto si lo he elegido yo, es la resultante de mi carácter o he tenido otras opciones. Yo sé que el debate surge del asalto de una incierta responsabilidad social. El lector es un ser reconcentrado y distante, etéreo y sin conexiones: allí encerrado, con el abrigo del silencio, en la habitación, sin distracción, ausente del ruido. Me da la impresión que me asomo a la escotilla de una nave que sobrevuela la realidad, por un momento dejo la lectura y veo lo que allí sucede. Podría ser, pero no es así: mi vida está escindida entre el trabajo diario y la celda de lectura. En ambas actividades [si es que a la lectura actividad se la puede llamar] trato de entregarme con entusiasmo, con la voluntad de construir, unificar y encontrar puntos de unión con los otros. Creo se logra, que hay una tendencia que afirma la necesidad de llegar a acuerdos y consensos, la lectura guía esa travesía, el destino: la escritura, más allá de esta bitacora.
+ Siento esa agradable melancolía cuando nos abandona el otoño. Una densa niebla dificulta la conducción y suena como por ensalmo Sueños de invierno, de Tchaikovsky. Es un regalo, me digo. Me dejo ir, consigo no pensar en nada, el coche y yo somos una unidad. La música me permite una conducción muy atenta. El desplazamiento entre bosque de hoja caduca tiene un misterioso aliento metafórico, sin querer incidir en el simbolismo de la estaciones me dejo atrapar por su verdad incontestable: todo es cíclico, al otoño le sucede el invierto y con el lleva la muerte, pero la resurrección de la naturaleza es otro momento del ciclo que habrá de llegar con la primavera. Tchaikovsky lo hace explícito sin necesidad de palabras, con un aliento que va más allá de lo temporal y de lo espacial, como una nave en suspenso en la inmensidad del cosmos.
+ Dice W. Iser en How to do Theory que las ciencias físicas hacen predicciones y las humanidades cartografían. Me quedo con la distinción. Trazar mapas resulta ser una tarea apasionante y laboriosa; en ella me centro, adquiero herramientas y trato de comprender los relieves, valles y cumbres que dibujo, los ríos, bosques o prados. La tarea diaria en la que me reflejo es ese dibujo minucioso.
+ La página web de Michel Houellebecq se ha abandonado desde hace años, ¿diez años? Como el barco varado en la playa, ya es parte del paisaje y la herrumbre en los costados se constituye en un lienzo informalista. Continuo. Se ve al escritor en una foto, todavía joven, en blanco y negro; el fondo de color gris (¿quizá azul?) me agrada. Leo el título de algunas entradas: un coloquio en Montreal de 2009, un CD a la venta, la venganza de la madre del Michel [es el titular de una noticia que se enlaza aquí, que resulta ser un enlace erróneo, dirige a una noticia que nada tiene que ver con M.H.]. Si llegué allí fue porque pronto veremos en las librerías [físicas o electrónicas] un nuevo libro de M.H, busqué su nombre y apareció su página web [un elemento en transición, que se desvanece en el éter electrónico]. Espero el libro; lo compraré. Sé que la historia es la misma de siempre y, al tiempo, entiendo su éxito: es esa textura que imprime sobre la realidad, ese realce de la vida actual, la importancia de la vida cotidiana y la conexión que esta filigrana engarza con la desolada visión del autor, muy acertada, muy en el presente momento del siglo XXI. Me cuesta asumir la realidad: tecnológica y social, la interacción entre ambas; pero me esfuerzo en abarcar su densidad y sus pliegues, una tarea en la que M.H. no deja de ser un adecuado guía, un guía entre otras muchos, muchísimos. Fuera no queda el placer de la ficción, el placer de la novela. M. H. es un gran narrador, en una línea muy francesa que no deja de constatar hechos sociales al modo de un científico, pero con la necesaria condensación artística, frente a la exactitud. Contraste: condensación y exactitud [apunto la diferencia, otra vez]. Comparo el presente con el pasado y diez años son una eternidad o el vuelo de una abeja entre una y otra flor. El tiempo, ese tirano sin ápice de compasión; también sobre M.H.
+ Imagen: una silueta, su rostro tan sorprendido como ficticio; una sublimación, pero con su particular verdad: intercambiable y portátil. El plano contiene al actor, la acción es la labor de un aparecer. Ahora me resulta muy actual: la silueta, el río, las lonas tras el río, los último rayos de sol y el recuerdo de aquella tarde, ese continuar un paseo sin rumbo [placer sublime]. Para finalizar: me agrada el punto de cabaret que la silueta transmite, ahí me dejo en mi descanso mientras el día se apaga.

+ Me llama la atención cómo tras nuestros viajes hay una estela que se extiende de una manera que semeja indefinida, aunque siempre, siempre termine por morir. Es un hecho palpable en la elección de las fotos que aquí subo. Las veo y su extensión es la extensión de la idea que guió el disparo. Reflexiono sobre mis disparos fotográficos y sobre cómo hay gestos que nos definen, fotos o escrituras. Fotos en este caso, escrituras en este mismo caso. Escrituras del yo, pues otra no es posible. Llegados a un momento, si volvemos la vista hacia atrás, podemos percibir líneas de fuerza que nos retratan: la indolencia, el temor al fracaso, la alegría, la amabilidad, cierta intuición, cierta inocencia. Se suman los elementos y creemos reconocernos, pero nos equivocamos. Ya no somos aquellos que fijaron su vista en motivo, lo seleccionaron, lo recortaron con la ayuda del visor y dispararon [¿disparar?, repito el verbo unas cuantas veces hasta que pierde su apresto, sí: disparo y no otra cosa, pero es un disparo sin víctimas, me hay una fuerte relación con quién esté para que el resultado sea uno o sea otro, ¿y si estoy solo? La soledad del viajero. Otro tema, un tema más por explorar.
+ [La soledad del viajero]. Pienso en las personas que viajan solas, que están obligados, contra su voluntad, a guardar silencio durante largos períodos. El viaje sin conversación, el viaje sin compañía, tal vez, sea el único que así se pueda denominar viaje. Una investigación. La sugerencia me llegó desde el libro de W.G Sebald Austerlitz. El protagonista, Austerlitz [como la estación parisina, como la batalla, y si él es el protagonista, y no resulta serlo el propio y misterioso narrador] acostumbra a viajar solo, y sus viajes tienen el objetivo de realizar croquis y fotografías de elementos arquitectónicos. A. agradece la conversación tras largos días de silencio, o arropado exclusivamente por conversaciones meramente funcionales: pedir comida, agradecer, solicitar un billete de tren. Las conversaciones a las que se refiere el narrador son aquellas que nos enriquecen, en donde intercambiamos nuestra visión del mundo, contrastamos lo nuestro con lo del otro, sin enfrentamientos, sin alardes. Me interesa ese vacío: en el desplazamiento, en la contemplación. Lo estudio en la lejanía porque no me puedo hacer cargo y de alguna manera se eleva un deseo sobre el plano de lo cotidiano.
+ «… el autor entra en su propia muerte, comienza la escritura», R. Barthes La muerte del autor.
+ Escucho una canción de Paul Weller. Sencillos ataques con guitarra eléctrica y voz apagada. My Whole World Is Falling Down. Una canción de amor, una canción que a mí me habla de nuestros desplazamientos por el Sur de Inglaterra; es es el poder evocador de la música, una música que me hace comprender el porqué de P.W. en mi biografía, tan transparente como adelgazada. Se desgaja el sonido y la calle está tranquila, ha cesado la lluvia y la Navidad se aproxima, he leído tonterías en los periódicos, he trabajo bien, sé de los peligros políticos que acechan, de los disturbios larvados, pero mi mundo no se está derrumbando. Mi mundo tiene una coherencia con la que siempre soñé, no puedo puedo pedir más; aquí está mi victoria. Sacaré de su hermoso estuche a mi hermosa Telecaster, imitaré a Paul y la semana comenzará. [My Whole World Is Falling Down es una versión, no lo olvidemos, no es propiamente una canción de Paul; la versión original no me gusta, pero en la versión de Paul Weller se refleja el tránsito a ese mundo soñado, ese mundo en Sur de Inglaterra, con sus sugerencia y negaciones]. Este ha sido un apunte que sobrevuela nervioso el inicio de la semana, ahora remata y siento que un hilo traspasa los días: la coherencia. Cumplo objetivos.
+ En la línea de lo anterior: Cucurrucucú Paloma, en la versión de Caetano Veloso. La versión sí, la original no. En fin, podría decir que soy yo y mi circunstancia, pero no lo haré, mis gustos me definen en la medida que son elecciones, que procuro que no resulten casuales, pero sé que es una tarea imposible: el determinismo planea sobre la opinión como los pájaros planean sobre el animal muerto.
+ Iremos a Burdeos.
+ Hay un deseo que comienza a crecer: hacer un viaje a Normandía. Veo mapas, leo sobre el territorio, escucho una radio local de Rouen, la ciudad de Flaubert. Eso me lleva a recordar lecturas lejanas a las que quizá esté obligado a regresar.
+ Imagen: caminamos por Madrid y en la acera encontramos una tortuga, esta tortuga es una sopresa agradable, lo comentamos y disparo. ¿La tortuga es una señal? No lo creo, es un guiño, poco más; esas conexiones que se establecen con los lugares mediantes los detalles casi imperceptibles. Pienso que funcionamos con bloques de conocimientos que resultan intercambiables, al rato cambio de opinión y todo resulta más libre, menos inmanente, ni encastrado, ni condicionado. La tortuga guía mi camino durante esta semana: constancia, pasos lentos, distancia. Acierto.


+ Hay un momento en que comienza a elevarse sobre el plano de lo real. Lo sé, lo sé porque la experiencia me guía. Es un momento que se relaciona con un estado de lectura, de acumulación de lecturas. La suma es inferior al conjunto de las partes. Como si la lectura actuase como un narcótico, una invitación al sueño, entonces se produce una visión. Luego, quizá mientras conduzco, surge otra vez, arropada por la música y me lleva a sus posibilidades. Crece, lo sé. La ebriedad de la lectura. Nace un tema.
+ He cogido en la biblioteca pública dos libros, son libros que me parecen significativos en relación con el apunte anterior. El primero es el Austerlitz de W.G. Sebald; el otro es Alemania de Mme. de Stäel. [Ambos títulos comienzan por la letra A, pero esto no significa nada mientras yo no disponga lo contrario, lo veré]. Me resultó muy interesante la descripción que S. se hace del Palacio de Justicia de Bruselas, no tanto por su monstruosidad inherente sino por el acento que S. pone sobre la escala y el individuo; todo lo que se aleja de una cabaña es monstruoso. Absurdo, me digo ahora, ahora que esa palabra parece recubrir ciertas partes de la realidad. He pensado en esa idea que contrapone lo manejable y lo incomprensible, lo que no resulta posible asumir. Así extiendo la idea al territorio, a la nación, las carreteras, la red del ferrocarril, las instituciones, el poder de lo invisible: la coerción penal, v. gr. Dejo el libro de S. y tomo el libro de Mme. de Stäel. Un prólogo deplorable, una edición que, formalmente, ha envejecido muy mal. Pienso en destierro de M. de S a causa de la publicación de su Alemania. Valoro la idea de una larga conversación con la mujer que escribió el libro, un sueño imposible. Ahora, dentro de un momento, C. y yo iremos a Oporto y esto debe reflejarse en el ir y ver a la ciudad do Douro. No he comenzado con Alemania.
+ Regresamos de Oporto. Estoy muy cansado, un cansancio que se debe a la conducción. Mi automóvil es humilde, pero tiene una contundencia inapelable, pero con todo estoy derrotado. Me fatiga conducir. Con todo, cuando llegamos, después de una entrevista entre lo profesional y lo mundano (viajes, comida, modos y usos de la vida moderna), la cena en un restaurante hindú, un paseo sin rumbo por la pequeña capital de provincia, me sentí pletórico por un momento, un relámpago cargado de sensibilidad literaria y sociológica que me permitía comprender cierta deriva europea hacia la ultraderecha. Sólo era una iluminación, debida al cansancio, que terminó por vencerme. Una iluminación certera, los políticos están desconectados de la realidad cotidiana y la economía termina por llevar a una sociedad al precipicio (son líneas generales que habría que desarrollar, pero no es este el lugar; al mismo tiempo, son razones que se han repetido, pero yo lo vi en ese momento con claridad: a través de los gilets jaunes).Llegué a casa y no pude leer, como deseaba. Caí en un sueño pesado. No recuerdo el desarrollo de la narración del sueño, pero me levante embobado, con la ebriedad propia del mucho dormir. Regresé la idea sobre el auge de la ultraderecha, el nacionalismo exacerbado, la irreflexión, el aumento de los precios y el estancamiento de los salarios, la desconexión de la política con la realidad; sin duda, me dije, me repetí, las derivas autoritarias provienen de desajustes económicos, luego llega la destrucción y la reconstrucción que estimula la economía, pero primero, y eso siempre ha sido así, llega la destrucción. Desayuné y en la radio presté atención a la evolución de los gilet jaunes, los chalecos amarillos. Volví a mis tareas diarias, que me parecieron por un lado reveladoras, pero con un toque de alejamiento de la realidad (no equiparable al alejamiento que los políticos tienen). No puede ser de otra manera. Trabajé y trabajé bien.
+ No estoy seguro, pero creo que una vez vi actuar a Ute Lemper. No lo sé, quizá hace muchos años en Santiago de Compostela. Hay espacios en mi memoria que se sumergen y no soy capaz de realizar una adecuada cartografía, salvo una pequeña aproximación a los perfiles y a las siluetas. No pensaré en ello.
+ A la tarde, lectura sobre la historia de Alemania y aledaños; también sobre los polisistemas. Pienso en los indicios difusos, preciso: pienso en los disturbios que se están produciendo en Francia, en este momento.
+ Recuerdo el detritus, uno de mis temas. Las cunetas, las papeleras, las olvidadas cajas que duermen en el desván. Con el acopio de los restos se podría reconstruir una civilización. El detritus como elemento temático, como desarrollo, como finalidad. Hay un libro que se ha publicado sobre el tema, recientemente. Teoría general de la basura, de A. Fernández-Mallo. No lo he leído, no sé si lo leeré. Creo que son temáticas muy distintas, yo no hablo sino de lo tangible, lo que he visto en las cunetas [principalmente]. Lo mío no tiene un reflejo artístico, sino que se compone del olvido y la realidad de los objetos: monedas, relojes rotos, sujetadores, un solitario zapato, estampas, bolígrafos sin tinta, libretas petrificadas, latas de refresco, suciedad indiferenciada (…) ¿Recoger los elementos, fotografiar la temática, hacer un relato con esos mimbres? ¿Guardar silencio y reflexionar? Hay materia poética en el abandono de la cunetas, me digo y atiendo a la evolución de los últimos días del año.
+ [Las invitaciones de investigación que ofrece internet]. Las más disparadas indagaciones son posibles y pueden llegar a buen fin. En ello descanso en el inicio del día y en France Inter hablan sobre un libro que ha escrito un cantante. Éxito, devastación y canciones. No podía ser de otra manera. La radio francesa es otro regalo de la red de redes [sintagma curioso, doblemente proposicional, un uno que se encapsula en un otro]. Artes musicales, artes visuales, el arte literario: la materia literaria. Un breve relato sobe Elvis. Una magia cotidiana en la que ya nadie repara, se ha convertido internet en lo dado, lo dado es invisible aunque todo el día esté a junto a nosotros. El presente nos bendice, abro páginas y busco, encuentro y cierro el ordenador. El silencio atempera la vorágine.
+ Imagen: fragmento y totalidad: un panel abandonado en los aledaños de la calle Fuencarral, en Madrid, este último otoño; un día soleado, una jornada de júbilo. El tiempo pasa, las fotos permanecen [o eso nos gusta creer]. Cuelgo esta entrada y barajo el tema dle panel: el amor [sin extensiones, sin coda, sin amor].

+ [Unos días días antes del tercer viaja a Madrid de este año, el segundo en otoño, leo unas palabras de Mme. de Stäel sobre el entusiasmo, que se resumen en la idea que sólo el entusiasmo nos hará soportable la condición humana. Vuelvo a leer lo leído y me cercioro de su procedencia; asiento y me reconozco en estas palabras: encariñarse con una tarea y cuidarla diariamente, dirigir nuestros esfuerzos a su consecución, trabajar con disciplina y método, todo esto y una pizca de talento, otorgan una serena y no comunicable felicidad. Faltan cinco días para volver a Madrid, pienso en la ciudad y en su planta, el lugar a dónde iremos a comer, las posibilidades de un largo paseo. Faltan cinco días para volver a Madrid, y el entusiasmo gravita sobre el mundo abierto que es un día en Madrid, 12 horas en Madrid.]
+ [Tres días antes del vuelo]. C. y yo regresamos de Vigo por la carretera, evitamos la autopista sin una razón clara. Hablamos de una antigua conocida mía que ha triunfado en el campo de las humanidades, pero se ha decantado, finalmente, por la política. Inteligencia, voluntad y ambición. Es entonces cuando yo me proclamo determinista. ¿Determinista? Sí; un determinismo débil que oscila entre lo genético y lo ambiental, sin precisar qué tiene más peso porque cada caso y cada ejemplar difieren en gran medida del anterior y del siguiente. La cuestión es, verbi gratia, la inteligencia y la belleza. Ambas, la inteligencia y la belleza, son dones, no hay mérito en su posesión, luego están la capacidades para su desarrollo, pero en esto el ambiente, el contexto también tienen un peso decisivo. Con todo, ¿qué libertad de elección le queda al individuo? ¿Es la voluntad otro don, como lo son la inteligencia y la belleza? ¿Y la capacidad de entusiasmo con la tarea, también es otro don? Sé que responder afirmativamente a las preguntas planteadas implica una descarga de responsabilidades del individuo; la parte negativa también se descargada: ausencia de belleza, de inteligencia, de voluntad, ¿y el asesino? Guardé silencio, sonó un paisaje de un disco de pizarra y el mundo era un nocturno deslizarse por el carril lento, nos adelantó en un suspiro un potente automóvil.
+ [Dos días antes del vuelo]. En lo anterior hay un poso totalitario, xenófobo, una extensión eugenésica. Mi idea de la determinación genética es débil, pero es. El talento para la música se me ha negado: carezco de ritmo, soy incapaz de distinguir las notas, no puedo medir las duraciones; lo he intentado y no he desistido, pero soy incapaz de llegar a lo mínimo exigible. Supongo que hay un momento en que lo que falta se ve compensado por otras virtudes y al mismo tiempo creo con firmeza que en un última instancia ante una decisión moral podemos decir sí o decir no, y aquí es donde somos auténticamente humanos. No dejo de pensar en la atrocidades del Holocausto [también en muchísimas otras] y me da la impresión que si algo así se produce no es debido a la herencia genética, sino a la estupidez, a no pararse y pensar, a no decir no cuando es necesario,
+ [El día anterior]. Transitamos dos bares hasta las diez de la noche. Hablamos y nos reímos. La posibilidad de un solo día en Madrid era prometedora. Una excentricidad propiciada por los vuelos baratos. Un descubrimiento, las alternativas y las difusas expectativas. La ausencia de planes, el trenzado de una narración: llegar, pasear, comprar lotería, comer las deliciosas croquetas de Casa Julio en la Calle de la Madera y regresar. No había nada más programado. Lo hablamos y nos gustó, porque son estos los proyectos que hacen sólido el deseo, el amor, una relación: la actuación en común sobre una realidad compartida.
+ [La luz]. Salimos del avión por un finger (realmente curioso si traducimos la palabra: salimos del avión por un dedo, que, la verdad, aspecto de dedo tiene ese pasillo elevado, transparente, rectilíneo y articulado), caminamos por el aeropuerto, entramos en el metro y viajamos hasta Tribunal. Salimos a la calle y, tras ese tránsito artificial de aeropuerto y metro, vimos la luz excelsa de un Madrid divino. Se contenía en la región del aire toda una hermosa propuesta de felicidad. ¿La felicidad limitada a un día?; no era momento de hablar de límites, sino de intensidad y de presente sostenido: la abolición de la temporalidad. Caminamos, como nos habíamos propuesto, sin rumbo. Así llegamos a la Gran Vía. Así decidimos desayunar en un Museo del Jamón. La mañana limpia, las barritas con tomate, el café puro. A nuestro lado, unos operarios y porteros de fincas hacían lo propio; hemos elegido bien, me dije y saboreé el café. Debíamos comprar lotería: una locura de 280 euros de lotería: encargos. Tras realizar el encargo, todo fue luego un largo pasear y ver gente, escaparates, calles, bicicletas, algún libro, algún jersey, doradores de metal o filatélicos, puestos de navidad que nos recordaron a Nápoles y sus belenes, volver a pasear, niños que saludan, que entran gloriosos e ilusionados en los museos, los villancicos, la levedad de un reflejo, las piedras iluminadas que son más que el mármol, la mano amada, el intenso fulgor de la ilusión. Hablamos, guardamos silencio, reímos.
+ Imagen: la última imagen del día. Poco antes de volver al subsuelo. El metro, el aeropuerto, el avión. Pronto, en dos meses regresaré.

+ Estaba sentado a mi lado. Una eminencia, la literatura medieval española. No puede evitar el espiar su letra, y me gustó aquel trazo seguro, con picos, un trazo profundo. Me gusta la letra con un carácter firme y denso, que marca el papel como un punzón. No sé nada de lo que puede poner de manifiesto la caligrafía de una persona y me importa poco, me centro en cuestiones de trazo y desarrollo. Utilizaba pluma y la manejaba con seguridad. Sé que ha pasado de los setenta, porque su condición académica es la emérito; pero la letra tiene maneras muy actuales. Desvío la vista de su cuaderno y me centro en la ponencia. Por un momento mi cabeza viaja a las tardes escolares de ejercicios de caligrafía; ese mundo se contiene en lo que hoy escribo manualmente, al igual que se contiene en la letra del medievalista toda su biografía, o sólo un reflejo, un reflejo sin traducción, porque no hay una traducción posible, sólo hay trazo y la imposibilidad de leer lo escribo.
+ Los aeropuertos son un no-lugar por excelencia. Su arquitectura, los uniformes, los alimentos y bebidas (tan caros). La sobredimensionada escala muestra el tamaño variable de las mujeres y los hombres. No somos nada, me dijo alguien en una cola de embarque, sonreí y sonrió con un leve cinismo. Entramos en el aeropuerto y pasamos a ser una extraña mercancía que conoce bien los pasos que debe seguir. Esto pensaba yo allí, sentado en el metro, que era una estabulación más. Lo antinatural de las formas de vida en la vida moderna reconstruyen una maldición. No identifico adecuadamente la querella, pero me resulta vagamente familiar. Es el leguaje y todo lo que permite, la elaboración de planes, de estrategias, negocios, ganancias y pérdidas. El aeropuerto describe con gran precisión nuestra época y recuerdo a una conferenciante que postulaba la necesidad de leer los espacios, pero el aeropuerto o, en su caso, el metro parecen hojas vacías, absolutamente condicionadas y deudoras únicas de la función. ¿No es algo común a toda la arquitectura, la función? La música me dio otra pisa: abandónate en la fuga de Bach y no dejes que tu cabeza tome el control, no pienses. Observé, otra vez, a los jóvenes, a los enamorados, a los viejos; supe del hombre y de la mujer, de sus generaciones y sus afanes, lo supe todo y lo olvidé en un instante. El tren se detuvo en Moncloa y yo bajé, salí a la superficie y caminé hacia el campus universitario. Frío, viento y hojas que vuelan, como un preludio barroco a mi estancia en Madrid. Así lo veo, así lo quiero (lejos del aeropuerto: el no-lugar).
+ Aquella mañana de noviembre, entramos en la exposición de Beckmann, Figuras del exilio, en el Museo Thyssen-Bornemisza. Entramos en la exposición de Beckmann por casualidad, sin haber programado la visita. Habíamos decidido ir al museo en el último momento y no sabíamos de la exposición temporal del pintor alemán de entreguerras; mi única intención era visitar la colección, pues hacía más de diez años que no la veía: no entraba en el Thyssen por causa de esa ensortijada madeja de manías que me asaltan y me paralizan, pero que son constituyentes indiscutibles de mi auténtica mismidad: hace tiempo que aprendí a vivir con ese lastre, y puedo decir que los lastres con la edad se aligeran: esto y no otra cosa es aprender, termino por alcanzar. Después de la breve reflexión sobre lo que me constituye, recordé una idea acera de la comunicación: lo que no está destinado a nosotros no es comunicación: fragmentos de conversaciones en el transporte público, en la mesa contigua a la nuestra en el restaurante, en la habitación de al lado en el hotel; yo no soy el destinatario de esos cuadros, me dije, pero dudé, dudé inmediatamente.¿Por qué no soy yo el destinatario de los cuadros, el destinatario del discurso que se trenza con la secuencia que el comisario planificó? El hilo temático de la exposición se podría resumir en cómo el pintor se convierte en un exiliado, cómo se transforma un pintor y profesor en un hombre que debe huir, escapar, esconderse. La brutalidad y el absurdo. Este proceso que sufre Beckmann se puede ampliar a otros muchos hombres y mujeres, aquí mediante los cuadros asistimos a la transición de un mundo de fiestas, promesas y felicidad a un siniestro y sombrío infierno de intolerancia. En los gruesos trazos negros, en los rostros, en el problema de la identidad que plantea el cambio de estatuto, se contienen las razones y las sinrazones de un mundo en cambio, que no mejora, sino que empeora, que empuja al destierro o la expulsión de lo que antes era agradable, cómodo, ligero. Es el exilio o el horror, el horror que todavía está por ser nombrado, pero existe, se debate, amenaza. No pude dejar de pensar en lo que el día anterior vi en la exposición sobre Auschwitz en las Salas del Canal, en el exterminio de judíos, gitanos, homosexuales (…), en el terror indiscriminado, en la violencia lujuriosa, lasciva, pornográfica. Se reflejan en los cuadros los nervios, el miedo, la inseguridad, y la comunicación se establece con los interlocutores que somos, sin posibilidad de responder, estamos contenidos en el estado de ánimo del pintor cuando vemos sus obras, en la sucesión de imágenes. Me fijo en un autorretrato y creo que es a mí, personalmente, a quien mira inquisitivamente. Pero su mirada se dirige a los que hoy habitamos el mundo, ahora a mí, luego al otro, y más allí, incluso a los que no quieren escuchar ese grito en la oscuridad. Uno el óleo sobre lienzo a la visión histórica que poseo, pero también al presente, a lo que oímos en la radio o en la televisión, lo que leemos en papel, en la pantalla: contra los emigrantes, contra el pobre, contra el desamparo. No hay papeles para millones de africanos, dice el joven líder conservador. Ver estos cuadros es abrir preguntas sobre nuestro presente, porque los cuadros de Beckmann transmiten un grito desde el pasado que se hace actual en estos últimos días de noviembre, cuando oigo decir otra vez: No hay papeles para todos. Creo que la comunicación tiene infinitos canales, que ni siquiera los emisores somos conscientes de que estamos utilizando. Debemos ajustar las antenas y prestarle atención a lo que por el momento sólo son zumbidos.
+ Descargo la lista de reproducción musical de la muestra de Beckmann. La música de cabaret asciende y entonces recuerdo con nostalgia Berlín. Un Berlín que yo no vi, que ni siquiera sé si existe. Ahora, mi idea se lanza hacia un Berlín de entreguerras, cabarets, cerveza y el amor. Una construcción más cinematográfica que literaria o histórica. Las narraciones hacen que la historia tome carta de verdad, el cine las viste de una lujuriosa lírica: el ángulo correcto y la verdad incontestable. La historia es una árida narración, el cine tiene esa inmediatez peligrosa. Las canciones nos ponen a nuestro alcance el sentimiento y la sensualidad. La sensualidad que hemos visto en fotos y no hemos reconocido en la ciudad que visitamos a principios de octubre. Creo que es una carencia mía, no he visto el Berlín que debía ver por una extraña ceguera. Pero la lectura y los cuadros suplen mis incapacidades, eso me gusta pensar aunque no me vacune contra un posible error. Nunca es la perfección lo que busco, no sé qué es la perfección y no quiero indagar en razones y posibilidades. Escucho Raus mit den Männern aus dem Reichstag [Fuera los hombres del Reichstag], digamos: una proclama feminista del período de entreguerras que interpreta Ute Lemper en este momento preciso. Dejo de escribir y vuelvo a la lista de reproducción.
+ Misteriosament feliç de Marc Parrot. Una canción sobre la felicidad. Me reconforta.
+ Alguien escribe en un periódico que la realidad es una construcción, ya lo sabíamos, desde hace mucho tiempo: 1987. Más tarde leo en unos papeles que decía Pedro de Medina: los elementos se dividen en dos categoría: los leves (aire y fuego) y los graves (agua y tierras); los primeros tienen tendencia a ascender, los segundo a hundirse. ¿Podemos unir ambas concepciones una sola guía? Sí, estoy seguro; todo hecho discursivo nace de su propia potencia: la unión y los puentes entre conceptos.
+ Imagen: Museo Thyssen-Bornemisza, última hora de la mañana. El cuadro de Hooper concita interés, se toman notas, se estudia con detenimiento, yo observo a los que observan, yo estudio a los que estudian. Salvo una persona, aquí está la asimetría de las fotos, su gran triunfo. Finalmente, es una buena hora, la paz llega desde otra región y en el cuadro se da la limpia posibilidad de una conversación. En ella descanso, tras la constatación de Auschwitz; una vez más.