sábado, 26 de enero de 2019
Lo suave, el viento, la madera
+ Una idea sobre la nostalgia, el gusto por lo antiguo, lo anticuado, lo pasado de moda que vuelve a estar de moda por, precisamente, el hermetismo que el pasado ofrece, ese misterio de ser otros: el disfraz. El disfraz, un aliento de nuestra época.
+ [Tarde del viernes, mientras espero para solucionar un trámite, una consulta legal]. Me ha llegado el mensaje y la reunión se retrasa quince minutos. No es mucho. Había ido a la biblioteca a buscar los Kentukis [la novela de Samanta Schweblin]. Sin saber qué hacer durante esa breve (!) espera, entré en la Facultad de Bellas Artes. Había dos chicos y una chica: ella les planteaba si era lo mismo autorizar que conceder. Paseé por los desoladores pasillos vacíos de la facultad. La encontré especialmente carente de personalidad. El orden administrativo de los tablones, los objetos arrumbados contra las cristaleras, el patio descuidado donde hierbajos crecían indolentes, con despreocupación, un olor a humedad, el cielo no ayudaba mucho: gris plomizo, la panza de un topo, el envés de una pelusa. Fui silencioso, como un gato. Desaparecí con la certeza de la caducidad, un desapego a aquello que me pareció un soplo de aire fresco para la negra provincia [que decía Miguel Sánchez-Ostiz sobre Flaubert: La negra provincia de Flaubert]. Volví a la calle, no sin antes echar un vistazo a las orlas de la entrada y certificar que había pasado mucho tiempo, los que fueron jóvenes se acercaban a la cincuentena, me pregunté por sus vidas y me di cuenta de que eran irrelevantes, seguro que una planicie de hijos, hipotecas, divorcios los había alcanzando mortalmente: esas muertes en vida. Allí seguía la negra provincia, con su pesada digestión.
+ [Mañana del sábado, lluvia intensa y viento moderado, en una farmacia]. Hay una calidez estratificada, el primer estrato es la entrada, da paso al recibidor y él último lo ocupa el mostrador, donde las dependientas o farmacéuticas hablan sobre los problemas de la publicidad en internet. Todo deriva, mientras espero por un extraño preparado, un tinte, hacia un viaje a Tenerife. No me apetece escuchar esos detalles, pero ella lo desgrana sin pasión, para pasar el rato, el aburrimiento de la mañana lluviosa del sábado, tan lluviosa. El aburrimiento es una gran condena.
+ No me gusta interpretar los sueños, prefiero tomarlo en una cierta literalidad conectada con lo cotidiano. Sueño con un poeta muerto y mantenemos una conversación sobre el hecho literario, cosa que no tiene mucha importancia. El diálogo resulta ser conmigo mismo, con lo que espero y lo que me preocupa. Me resulta reconfortante porque hablamos de oír la radio francesa mientras se desayuna, las bibliotecas, la adquisición de libros, bases para establecer una escritura satisfactoria [para el que escribe], la evaluación de lo leído y el olvido. El olvido como resultado de toda trayectoria humana, la incapacidad de superar la barrera de la muerte. Y en eso hay que estar, me dice el poeta y se aleja por una colina y regresa con un ramo de bastones, palos que son coronados por empuñaduras de diamantes: qué contraste; aparece un periodista y lo entrevista: resulta torpe e inculto, con un nivel bajísimo y el poeta responde con admirable educación, preciso y lineal. Me propone ir con él a Zamora y le digo que es imposible; desciendo hacia una estación de autobuses y me percato de estoy en Salamanca. La siguiente imagen consiste en un debate sobre la función pública. Me despierto.
+ El poeta era Claudio Rodríguez, que regresaba más allá de la muerte. Recupero dos libros y los dejo sobre la cama: Hacia el canto y La otra palabra [escritos en prosa]. Una antología de poemas y una colección de textos ensayísticos.
+ En La otra palabra encuentro una mención a Leopardi. Sin saber por qué, escribo en el buscador fotográfico el nombre de Leopardi y me percato que en Nápoles no visitamos su tumba. ¿Es un motivo para regresar a Nápoles? Sí, es un motivo, pero no el único.
+ Copio las descripciones del trigrama inferior del I Ching de una tirada de monedas que hice hace un tiempo: lo suave, el viento, la madera. Todo indica la constancia, la lentitud, ese crecer de las semilla hasta ser árbol; lo que del árbol se contiene en la semilla. Así conduje durante estos días, por la carretera orlada de bosques: con fluida suavidad acunado por el viento. Es la guía emblemática de estos días. La investigación navega a buen ritmo, eso constituye la esencia de la vida ordinaria, su reflejo en los sueños: agradables y reparadores.
+ He aparcado los Kentukis porque me he puesto con Serotonina.
+ Los sueños se desvanecen, leemos lo que hemos escrito sobre ellos y nos reconocemos perfectamente, pero ya somos otros. Es un resplandor, un brillo que tiene una cualidad que lo inclina hacia su desaparición, un breve reinado. Así, las peripecias vitales se difuminan en la distancia y sólo queda una niebla, una apariencia de realidad donde se confunde el recuerdo con la reconstrucción, la falseada reconstrucción. ¿Todo es interpretar? La sentencia sobrevuela la escritura, la lectura, la opinión. Y si vamos un poco más allá, dónde están aquellos que no hemos vuelto a ver, después de tantos años. La nostalgia no es una enfermedad, es una condición de algunos individuos. Claudio Rodríguez es ahora un fantasma que fuma a las orillas del Duero, una foto en blanco y negro, el recuerdo del sabor del vino o de la ginebra. Los años 50 del siglo pasado, esa situación, ese tiempo aquel espacio; el momento del sueño que no regresa, que pierde su fuerza. Ahora, en este momento, cierro el ordenador y me dispongo a dormir, otra noche más, una noche menos.
+ Imagen: El grito de Munch en muñeco inflable. Es un recuerdo de una casa agradable, de una estancia agradable, y, al mismo tiempo, una segunda distorsión de la realidad: primero el cuadro, segundo el elemento kitsch. En el muñeco se refleja algo de la semana, de su opacidad y ciertas incomodidades que se desavanecen.
sábado, 19 de enero de 2019
Política (-s)
+ En el coche, camino al trabajo, intentamos definir qué es la política en relación con las crónicas que establecen el periodismo y la historia, como si hubiese un hilo común entre las tres disciplinas, que parece bifurcarse o formar, quizá, un triángulo. La vocación de comentarista se manifiesta en nuestras palabras con cierta vehemencia contenida, pero hay un hueco que no se puede salvar: nuestra condición laboral. Esto determina nuestras opiniones, o yo así lo quiero [algo común a todas las personas ya que nadie opina fuera de su yo, de su propio contexto y de sus intereses individuales o de grupo]. Una pausa. La estrategia, la táctica y la verdad; no son solo palabras. Pero hay operarios [antes llamados obreros] que votan a la derecha o a la extrema derecha y profesionales liberales que votan a los comunistas. ¿Votan en contra sus intereses? La psicología es algo que debe ser tenido en el análisis del voto, y yo no sé, pues mi ignorancia es vasta, si se tiene en cuenta. Bien, regreso a nuestro viaje diario, los desplazamientos de los commuters, nuestras opiniones son opiniones y en esta tautología se esconde que en las opiniones hay un río subterráneo que condiciona su objetivo, que marcha y dirige la flecha hacia la diana. ¿Ingresos, estética, psicología? ¿Qué determina la posición política? ¿Periodismo, política e historia? Sí, tres brazos del mismo candelabro. La jornada laboral comienza y por ahí se desagua la conversación. El trabajo y los ingresos ponen a cada cual en su sitio.
+ He comprado Serotonina, pero sigo leyendo Sumisión. Houellebecq, sin duda. Según avanzo más me reafirmo. La capacidad de Houellebecq para retratar nuestro tiempo es asombrosa, por un lado está el detalle pop y por otro la sensación de nausea que invade nuestra superabundancia, esa incapacidad para digerir nuestro bienestar al tiempo que aflora la depresión ante la fragilidad y la vacua sucesión de los días. Sobre todo esto se puede escribir, pero la realidad no se ve modificada y el escritor lo sabe, y avanza con maestría por el mundo que propone, que dibuja con su mejor herramienta: la narración. En el balance final no pesa lo sociológico, lo político o lo económico, sino lo artístico: la indefinible literatura. Así, la narración encaja en una suma de tradiciones, mientras supera a la televisión o al cine porque hay una solución indiscutible: el desastre. El discurso es tan contundente que no hay otra posibilidad de expresión.
+ Con el ejemplar que pertenece a la Biblioteca Pública, Sumisión, me impuesto un trabajo: borrar todos los subrayados a lápiz que emborronan la narración. Me parece que contribuyo a que este mundo sea un mundo mejor.
+ Hoy miércoles he terminado de eliminar los subrayados en el ejemplar de Sumisión de la Biblioteca pública. Hoy el mundo es un lugar un poco mejor.
+ Retomo una cierta lectura de Iser donde se nos dice que la ficción nos comunica algo sobre la realidad; esta comunicación nunca ha de ser explícita, nunca será un manual de instrucciones porque así perdería toda su funcionalidad [que no es, ni mucho menos, su razón de ser]. La máscara es parte del mensaje y en el caso de Sumisión va mucho más allá de la peripecia del relato para alcanzar una cierta idea de la política, sus meandros, afluentes y desembocaduras.
+ [Interiores holandeses donde se bebe vino blanco, calvados o armagnac]. Llego a un cuadro desde la peripecia que supone encontrar la diferencia entre el cognac, el armagnac y el brandy. Sólo me interesan los textos que de ello hablan, no las sensaciones que producen los licores. No me interesa la ebriedad, me interesa las vías y la constitución de la ebriedad. Pero, finalmente, a donde accedo a es a un interior holandés de Pieter de Hooch; durante un rato me fijo con atención en el detalle de los elementos que forman el cuadro, que la pantalla me ofrece, como si me situase ante una escena definitiva y no ante el reflejo de un hecho cotidiano, una escena costumbrista sin mayor implicación. La luz, el mapa en el fondo, la actitud alegre de los hombres, la mujer de espaldas, la otra mujer; el hombre del lateral izquierda tiene dos pipas en sus manos; la mujer ofrece la copa a este hombre [en otro lugar leo que se dispone a beber]; [hago un zoom profundo], la otra mujer sonríe, parece sonreír como si adivinase o conociese ya el desenlace que se aproxima. Podría seguir detallando los elementos del cuadro y llegar a una conclusión o no llegar a ningún sitio, pero lo que me interesa es el proceso de ebriedad, que el cuadro parece manifestarse en el rostro de los hombres y es lo que produce el gesto de la mujer del fondo, la sátira contenida, la sátira que toda ebriedad conlleva. ¿Sátiro o sátira? ¿El filo de lo sexual se refleja en la sonrisa de la mujer del fondo?
+ Bajo archivos que reproducen fotográficamente libros del siglo xviii, me llama la atención como se van solapando ex libris hasta llegar al sello definitivo de la biblioteca, con sus códigos de barras [ya anticuados] y [los actuales, por un momento] códigos QR. Esa historia que se esconde tras las marcas de propiedad [el ex libris y sus arabescos variados] no tiene una correspondencia con nuestro mundo, con nuestra época, donde ya ha desaparecido esa singularidad de la biblioteca burguesa, como elemento dentro del hogar burgués que se debe mostrar como signo, como símbolo, como emblema. Como decoración, también. Ahora, el libro se constituye en algo mucho más sentimental y lo que se muestra en las casas son muros multicolores que apuntan a la sensibilidad del propietario, o a la labor de acumulación de años de estudio universitario. ¿Existen todavía los ex libris? Supongo que sí, pero más como una arqueología que como elemento vivo, supongo yo que han de pertenecer a personas que tienen gustos un tanto anticuados: fumar en pipa, coleccionar sellos, llevar un proyecto tal que hacer fotos de los autobuses que ven en las ciudades que visitan [esto último no es una invención mía, en una ocasión oí la historia de un señor que hacía estas cosas: disparaba, imprimía y distribuía las fotos de los autobuses en álbumes de considerables dimensiones]. Bien, el ex libris forma parte del pasado, debemos admitirlo ya; pero su estela en el archivo permanece y eso me hace pensar en todo lo que hoy es muy moderno mañana no lo será, porque en la misma palabra moderno está su condena: moderno no deja de ser el modo de lo de hoy [modiernus = reciente]. En fin, el domingo se acaba y yo termino de escribir esta breve nota sobre los libros y las señales que indican la propiedad de los mismos, sobre su perenne declive y el color de los lomos: antes oscuros y pardos, ahora multicolores y optimistas. Así somos, creo ver y cierro el procesador de textos.
+ Palabra de la semana: colmatar. Tal vez, la acumulación de sedimentos, tal vez cuando un terreno pierde su porosidad. No estoy muy seguro; y creo que es más productivo no buscar en el diccionario y jugar con las posibles definiciones [finalmente iré al diccionario o a un libro técnico] por el simple placer de la palabra, del concepto y su amplitud. La semana se recubre con la posibilidad conceptual: la perdida de porosidad y, por lo tanto, la elasticidad.
+ Y dice Whinnom: «la literatura es claramente una patología, un producto como el foie-gras, el almizcle o las perlas». Poco antes W. había comparado la mitología con lo que podemos leer en las revistas del corazón, cine o política. Debería desarrollar ambas ideas y ver cómo las puedo encuadrar en mi contexto y en mis visiones, en mis lecturas, pero no es momento [aunque no lo descarto en el futuro]. Me parecen dos apreciaciones muy acertadas, acertadas en extremo y en un sentido con el que coincido. En el corazón del estudio de la literatura y el lenguaje, en el universo pop que nos define, que especialmente me define.
+ Entiendo, según alcanzo el final de Sumisión, que la cuestión islámica no es absolutamente relevante, teniendo una importancia central, más bien se constituye como un elemento de un paradigma; es decir, resulta intercambiable. El tema, aunque sea obvio, resulta ser la política y la posibilidad, lo contingente. Podemos llegar a ver extrañas y peligrosas acciones o alianzas, traiciones, lealtades súbitas o cesiones inexplicables con tal de alcanzar el poder o mantenerlo. El tema es cómo esta acomodación del poder va modelando la sociedad, las instituciones, los individuos; no es el credo musulmán, que también, sino cualquier credo en función de los intereses personales: católicos, nacionalistas, comunistas, socialistas, liberales (...) La vertebración de la política. Lo sé; pero tampoco es el tema de la novela porque como todo obra de arte de altura su núcleo, su principio rector resulta ser la fusión entre fondo y forma [si es que fuesen disociables, pero es muy cierto que cuando la forma es demasiado evidente, algo no funciona].
+ Imagen: foto en Madrid, La Taranta; por la tendencia, mi tendencia a la abstracción: el seductor rojo.
sábado, 12 de enero de 2019
Conversaciones
+ Lo anterior lo comento por teléfono con C. Se ríe y dice que no tiene un recuerdo especial ni claro de Niort. Yo tampoco. Hurgo en las fotos que esos días disparé y encuentro con la foto de un graffiti que he me había gustado, especialmente. Hila hilando, me doy cuenta de que estaba en Niort. No quiere decir mucho, no quiere nada. Como la frase de M. H. Recuerdo que pensé en comprar en Lafallete una cazadora, no me decidí, fuera llovía, compré un tubo para llevar con seguridad un cartel que me regalaron en Angoulême. Y así. Pero los habitantes de Niort se han enfadado mucho. El nacionalismo no conoce fronteras ni dimensiones. No me identifico con el territorio, más allá de las necesidades administrativas: prefiero la palabra estado a la palabra nación.
+ [Lo que escuchamos en los aviones sin desearlo no es comunicación, pero contiene un pellizco de cata sociológica]. Regresaba de Madrid en Iberia [compañía con la que casi nunca viajo, sin razón aparente] y delante de mí se sentó una pareja, a su lado se debía sentar una mujer pero finalmente intercambió el asiento con un hombre de unos treinta años [una edad que compartía con la pareja]: los tres se conocía. Hicieron una pequeña fiesta, con apretones de manos y besos. Me parecieron correctamente agradables, lozanos, sanos, limpios de vicios y con sus vidas bien enfocadas, dirigidas a un objetivo preciso y adecuado. Eso me pareció. Comenzó su charla. Los tres eran ingenieros de automoción y con mucho viaje en sus curricula. La pareja volvía de Nueva York y hablaban de la Moderna Babilonia con soltura y encanto, los parques y las calles que habían transitado en numerosas ocasiones, paisanajes y tipologías urbanas para mí totalmente extrañas, enumeraciones extrañísimas, los taxis o los sencillos restaurantes de moda: comida exótica, cerveza excelente y música para imaginar otras vidas que no son la nuestra, un breve intervalo. El hombre les explicó sus peripecias con equipajes, con visados, agentes de aduanas. Viajaba con una cierta frecuencia a Detroit. Sé que en otro tiempo me hubieras impresionado estos viajes, en ese momento, de regreso de unos días en Madrid, entre la amistad y las obligaciones académicas, me parecían unos personajes intercambiables, un tanto tristes y con un ocio previsible y aburrido. Entonces comenzaron a hablar de robótica, entonces comenzaron a parecerme menos simpáticos. Ella hablaba de las posibilidades de reducción de personal en una fábrica y él asentía, el tercero dijo que ahora trabaja en homologaciones pero le gustaría volver a la programación de autómatas. Pero no ganarías lo mismo, dijo ella; el tercero se rio y dijo que tenía razón. Aterrizamos, los vi alejarse y parecían buenas personas; son buenas personas que hacen bien su trabajo. Salí del estacionamiento subterráneo, recorrí la autopista [tuve que utilizar un peaje sin peajista], salí del garaje y volví a casa. No hablé con nadie, nadie me dijo nada, no había nadie en todo el recorrido. Pensé en aquellos tres, en Nueva York y en la robótica. Abrí un libro de poemas, pero no conseguí leer nada.
+ Abandono el libro de W.G. Sebald Austerlitz, debo devolverlo en la Biblioteca Pública porque tengo que coger otros, que entran dentro de la obligaciones [ay, mis obligaciones]. Me da pena dejarlo, pero sé que regresaré: más un propósito que una certeza [tanto que leer y tan poco tiempo].
+ Hablamos sobre la polémica que ha levantado un reputado cocinero a raíz de su comentario sobre la llegada de la extrema derecha a Andalucía, a España [¿no estaba antes aquí?]. ¿Debió o no debió tomar esta posición, públicamente, o debió proteger su negocio?, me pregunta. En realidad el debate trata de si uno debe remitirse a su campo de acción y apartarse de todo aquello que resulte ajeno a su profesión, máxime si esto le perjudica, dijo. Cuando opinar es una obligación, cuando el silencio nos hace cómplices, añadió. Pensé que no tenía importancia, pero las redes sociales hacían su digestión. Una pena, le dije, y ella dijo que sí, que era una pena.
+ [Como dije antes, cogí en la biblioteca Sumisión de M. Houellebecq]. Comienzo el libro y según avanzo me voy encontrando con desagradables subrayados. Los subrayados que no son los propios resultan tremendamente molestos. Además, no comprendo por qué subrayar en un libro que debemos devolver, que no nos pertenece. Soy reacio a subrayar, pero esto no es cierto [quiero establecer una tendencia al no subrayado, pero todavía lo hago; se trata de sustituir el subrayado por un sistema de notas, un folleto donde se acumulen las citas bien identificadas: número de página, número de párrafo]. En fin, copio un subrayado y me pregunto quién pudo resaltar en la novela de H. «En ausencia de una verdadera adhesión emocional», que luego continua con la explicación del ateo que se ve obligado a escribir sobre «las aventuras espirituales de Durtal»; las cuestiones espirituales que aparecen en las novelas de Huysmans, del que el protagonista es una autoridad menor universitaria. Podría aventurar a que la persona que subrayó le gustó el sintagma, un sintagma prescindible si se mira bien el desarrollo y finalización del párrafo. Verdadera - adhesión - emocional. Repito la sucesión de palabras con intencionado engolamiento y quiero pensar que el autor del subrayado memoriza este esquema, que luego lo suelta y lo convierte en una subespecie de muletilla, tan propia como idiota [que viene a ser la misma cosa: lo propio y lo idiota]; dudo mucho que esta retahíla tenga alguna conexión con una posibilidad de realidad, pero me gusta pensar que es así. Finalmente, he comparado unos subrayados con otros y llego a la conclusión de que se trata de un lector sentimental, que atesora conocimientos sobre las relaciones en los libros, una especie de recolección de herramientas para desentrañar los arcanos del ¿amor? Vuelvo al libro, lo cierro, tomo la goma de borrar, abro el libro y elimino el subrayado. Creo haber hecho algo bueno por la Literatura, con esta L. mayúscula que enfatiza mi buena acción. Nadie volverá a tropezar en esta piedra.
+ El resultado de la extrema derecha en Andalucía es una tendencia. Prefiero obviar los sondeos, porque la tendencia es clara. No me gusta nada. Se anuncian malos tiempos.
+ Imagen: El grafitti de Niort. Queda la elegancia del motivo que contrasta con los cubos de basura, las señales y los desconchones. Siempre en la paradoja habita la respuesta: la crisis.
sábado, 5 de enero de 2019
Nunca volveré a Londres
+ Bad Gyal, Más raro. Un vídeo que se localiza en Londres, con mayor precisión: en el Norte de Londres [puedo ver una parada de autobús y encuentro el barrio en el mapa en línea]. Londres y sus infinitas caras. Nunca volveré a Londres, me dijo alguien y no terminé de entender la sentencia porque, lo sé, desconozco la clave para llegar a un significado oculto, al menos eso se pretende cuando tal cosa se expresa. No indagué, no pregunté. Los significados y los sentidos.
+ Hoy es el último día del año, leo y escribo. He visto algunos vídeos en la red sobre las bondades del liberalismo [del anarco-capitalismo, mejor: un por más allá], leí sobre los peligros de la tecnología, me asomé a la venta y vi a la gente pasar ajetreada. Pienso en sus vidas y en el gobierno de sus personas. Las personalidades y sus fosas insondables. Cada persona tiene su novela, una narración, un desarrollo particular. Pienso en mis ideas sobre el determinismo, que no terminan de cuajar. Hablamos C. y yo sobre ello el otro día en una cafetería al borde del mar [música electrónica, luz mediada, parejas jóvenes con hijos]. Recordé, una vez más, la cita de Heráclito de Éfeso: Heráclito el oscuro, el carácter es el destino. La cita me ayuda a explicar muchas cosas. No sé, ¿no es posible el cambio? No lo creo, hay una posibilidad de mejora, pero el principio rector se mantiene. Sobre ese principio rector se construye la biografía. No discutía, se trataba de exponer las dudas que me asaltan, porque creo que todos tenemos derecho a rectificar y que aquél que fuimos hace diez años no debe condicionar el somos hoy [esto tiene relación con el arrepentimiento y la conciencia; el dolor que a lo largo de los años percute sin descanso, cuando todo parece ya olvidado]. C. me escuchó atentamente y sentenció con sabiduría que siempre hay una posibilidad de salvación, siempre podemos ante un dilema ético tomar la decisión adecuada o la inadecuada, algo que nos aleja radicalmente de los animales. Hoy es el último día del año y veo que estoy conforme.
+ La personalidad del catedrático anarco-capitalista se opone a la personalidad del poeta. Si son así, es porque no hay otra posibilidad. Biología, contexto, tendencias. Bien cierto es que los factores ambientales contribuyen en la configuración, pero esto también determina. ¿Es posible una conversión artística, una inversión de sus valores: del turbo capitalismo a la bohemia; y al contrario: del verso al asiento contable? Ambas posibilidades han coexistido en algunos hombres, sin llegar a ser contradictorias; porque las posibilidades son muchas, muchísimas. Me quedo con el poeta que con el catedrático que viaja en Bentley con chofer y predica las bondades de eliminar el estado mientras trabaja en una universidad pública.
+ Me he hecho un marcapáginas con el recorte de la publicidad de una tienda vintage de Madrid, situada en la calle Atocha. En el recorte se ve a un chico con la barba cerrada, una camisa floreada y la actitud previa a la asistencia a la galería de arte o a la noche eterna; también se ve a una chica: camiseta de baloncesto que deja ver su costado libre de sujetador, el dibujo del inicio de su pecho izquierdo, su cara es seria y sus labios son de un rouge intenso y retador, la melena abundante, espesa, pelirroja. Me gusta llegar a ese libro [El acto de leer, Iser], entre otras razones, razones de mayor peso, por ver a los dos jóvenes, porque los dos jóvenes me recuerdan Madrid en una dirección, una entre muchas. Aprendo en cada viaje lo que olvidé en el anterior, así se crea un poso. A este poso acuden las dos figuras, como elementos de una narración. Los he visto en plazas, en museos, en nocturnidades varias. En el amor, en la distancia, en el olvido. Me gusta pensar en ellos, en la ciudad y sus ramificaciones, las conexiones que establece el paisaje urbano con los habitantes y los viajeros. Cierro el libro y duermen los dos jóvenes su sueño de papel, es el último día del año y ello conlleva un deslizarse hacia la nostalgia, la nostalgia de lo no vivido.
+ Por momentos leo Hotel, os batidores, de Inês Brasão. La crónica de los hoteles tiene su lírica, sin duda. Me gusta el ejemplo lisboeta, la idea de haber vivido en el escenario estas peripecias e ignorar la trastienda. Yo trabajé en un hotel y sé de que se habla: eso creo pero no estoy totalmente seguro. Me parece adecuado, interesante, un análisis muy del tiempo en el que vivimos: el mundo de las posibilidades infinitas, la información inabarcable, la reunión de oferta y demanda en una misma mano. Los entresijos tras los bastidores me ayudan a alejarme del esfuerzo que supone la lectura pautada, las tareas bajo programación, ese tachar con rotulador rojo lo que se cumple, en negro lo que no se ha culminado. Un pequeño libro, entre el ensayo y la narración, disfruto de la prosa y del idioma. ¿Disfrutar? ¿Esto es la lectura? Aquí me detengo y admito la función, que me lleva a ampliar el conocimiento sobre mí mismo, un conocimiento impermanente, que desagua en el olvido. Somos olvido, pero los hoteles tienen el mineral remedio: la no identidad, que tiene a la permanencia.
+ Me pregunto por la identidad y regreso a Pierre Bourdieu y elijo esa elevación sobre lo real que resulta ser la constitución del campo literario, la elaboración de un panorama social, más allá del arte, pero dentro el arte. El arte. Leer es un arte, termino por afirmar en mi ecléctica estética de la recepción.
+ [Repaso por encima los temas que tratamos en nuestra conversaciones en inglés E. y yo]. Los temas de los ejercicios de conversación son una cartografía del mundo, de un universo particular que no tiene porque tener una correspondencia necesaria con una cierta realidad, a pesar de aproximarse con cierta exactitud a esa misma realidad, a una realidad tangible en su momento, únicamente en su momento: conectada a un tiempo y a un espacio concreto y no intercambiable. La realidad como tal es problemática dada su multipicidad y acercase a ella sólo es posible mediante esquema variables. Eso son los temas sobre los que conversamos [en inglés] E. y yo. Admiro su fluidez y precisión, me ayuda y encuentro un extraño placer en la conversación [a través de la pantalla]. La realidad propuesta es un simulacro que tiene su gracia, me interesa la distancia entre el simulacro y lo posible: donde se eleva el estudio y la improvisación.
+ [Una posible explicación del título de la entrada]. Londres siempre fue para mí un destino entre la magia y la identidad. Una parte de la construcción de mi persona: el idioma, su literatura, la música. Ante todo la música, sobre todo la música. Esa forma de entender la vida que arranca en los años sesenta y alcanza el presente: The Beatles, The Jam, The Smiths. Cito los tres grupos como puntas de lanza de tres tendencia que he observado en mi biografía. Cada uno estos grupos se alinea con un tiempo, un tiempo que no ha de regresar pero que compone el presente. ¿No volveré a Londres? No volveré a Londres, sólo es una frase que se ramifica y se destruye a sí misma, un ejercicio de estilo, una posibilidad por construir: el texto que arraca desde la paradoja. Descanso ahí.
+ Imágenes: a) [foto sobre/contra] Muro, Londres, 8/12/2018 - b) [captura de] Pantalla, Pierre Bourdieu, ¿1999 / 2019?
sábado, 29 de diciembre de 2018
El Spleen y la lectura en exceso
+ No puedo evitar entrar en una casa y realizar un inventario de los libros que puedo llegar a ver. Los libros no dejan de ser una seña de identidad, bien explícita, bien solapada en la decoración [no lo olvidemos nunca: el libro decora mucho, muchísimo], porque decorar, al igual que el atuendo, son procesos de comunicación. La ausencia o la presencia de libros resultan ser indicios negativos, positivos, pero nunca neutros. Me interesa el conjunto que los libros componen, insisto: nada es gratuito. ¿Un vicio? Sí, un vicio, una fea costumbre.
+ «La chair est triste, hélas ! et j’ai lu tous les livres». S. Mallarmé.
+ La cita anterior, según la mañana discurre, emerge de una antología de textos sobre el canon literario. Ahora la (re)toma H. Bloom; un poco después une dos sentencias: Auden: reseñar malos libros es malo para el carácter; y Óscar Wilde: el arte es totalmente inútil y la mala poesía es sincera [podría extenderme sobre como la sinceridad es un valor negativo, en contra de una creencia muy extendida, pero no lo haré, hoy no lo haré]. Estoy convencido que, como dice H.B., se deberían colocar estas sentencias a la entrada de las facultades de letras. Al mismo tiempo, ante la presencia constante de la muerte, cualquier actividad humana es una tarea llamada al fracaso, ya que la muerte hunde en el abismo cualquier acción, tarea, cualquier proyecto. La muerte iguala a los hombres, pero también iguala las categorías de útil e inútil. Vuelvo a pensar en los libros y las casas, los habitantes y la decoración. ¿Es la biblioteca parte de la decoración? Sin duda alguna, y ahí se ve un rayo de luz: tan inútil no es la lectura.
+ Según avanzo con Harold Bloom no puedo dejar de recordar a un ingeniero que despreciaba todas las bases de datos que no fuesen dBase. Había aprendido dBase con mucho esfuerzo y en aquel momento está en franco retroceso porque los desarrolladores tenían otras demandas. Su tiempo había pasado. Pero a él sostenía que las nuevas bases de datos eran poco fiables, aunque lo que se escondía es que las juzgaba muy fáciles de programar en comparación a su pretérito esfuerzo. Y tenía razón, pero sólo en un sentido, porque hurtaba a su juicio el cómo se veía sobrepasado por la sucesión de las generaciones, así se equipara Homero las generaciones de los hombres con la generación de las hojas en un árbol, la suya decaía y era evidente su resistencia a verlo.
+ «A mí, hijo de un sastre, se me ha concedido un tiempo ilimitado para leer y meditar sobre mis lecturas», dice H. Bloom y lo ancla en su condición de profesor de Yale. Está bien, pero el tiempo no es ilimitado, muy al contrario: su condición de mortal acota su tiempo para la lectura, como acota cualquier actividad humana [de gran o de nula utilidad, atestiguada o por atestiguar]. Prefiero mi posición de lector a la suya; mi yo escindido entre dos mundos: los afanes diarios del trabajo y el mundo aislado de la lectura. ¿Se comunican? En un sentido subterráneo sí, su manifestación la percibo en cada una de mis secciones: la mañana y la tarde.
+ Mi debate resulta de un enfrentamiento entre la pasividad de la lectura contra una imposible actividad. Soy un observador, lo he dicho en varias ocasiones y me pregunto si lo he elegido yo, es la resultante de mi carácter o he tenido otras opciones. Yo sé que el debate surge del asalto de una incierta responsabilidad social. El lector es un ser reconcentrado y distante, etéreo y sin conexiones: allí encerrado, con el abrigo del silencio, en la habitación, sin distracción, ausente del ruido. Me da la impresión que me asomo a la escotilla de una nave que sobrevuela la realidad, por un momento dejo la lectura y veo lo que allí sucede. Podría ser, pero no es así: mi vida está escindida entre el trabajo diario y la celda de lectura. En ambas actividades [si es que a la lectura actividad se la puede llamar] trato de entregarme con entusiasmo, con la voluntad de construir, unificar y encontrar puntos de unión con los otros. Creo se logra, que hay una tendencia que afirma la necesidad de llegar a acuerdos y consensos, la lectura guía esa travesía, el destino: la escritura, más allá de esta bitacora.
+ Siento esa agradable melancolía cuando nos abandona el otoño. Una densa niebla dificulta la conducción y suena como por ensalmo Sueños de invierno, de Tchaikovsky. Es un regalo, me digo. Me dejo ir, consigo no pensar en nada, el coche y yo somos una unidad. La música me permite una conducción muy atenta. El desplazamiento entre bosque de hoja caduca tiene un misterioso aliento metafórico, sin querer incidir en el simbolismo de la estaciones me dejo atrapar por su verdad incontestable: todo es cíclico, al otoño le sucede el invierto y con el lleva la muerte, pero la resurrección de la naturaleza es otro momento del ciclo que habrá de llegar con la primavera. Tchaikovsky lo hace explícito sin necesidad de palabras, con un aliento que va más allá de lo temporal y de lo espacial, como una nave en suspenso en la inmensidad del cosmos.
+ Dice W. Iser en How to do Theory que las ciencias físicas hacen predicciones y las humanidades cartografían. Me quedo con la distinción. Trazar mapas resulta ser una tarea apasionante y laboriosa; en ella me centro, adquiero herramientas y trato de comprender los relieves, valles y cumbres que dibujo, los ríos, bosques o prados. La tarea diaria en la que me reflejo es ese dibujo minucioso.
+ La página web de Michel Houellebecq se ha abandonado desde hace años, ¿diez años? Como el barco varado en la playa, ya es parte del paisaje y la herrumbre en los costados se constituye en un lienzo informalista. Continuo. Se ve al escritor en una foto, todavía joven, en blanco y negro; el fondo de color gris (¿quizá azul?) me agrada. Leo el título de algunas entradas: un coloquio en Montreal de 2009, un CD a la venta, la venganza de la madre del Michel [es el titular de una noticia que se enlaza aquí, que resulta ser un enlace erróneo, dirige a una noticia que nada tiene que ver con M.H.]. Si llegué allí fue porque pronto veremos en las librerías [físicas o electrónicas] un nuevo libro de M.H, busqué su nombre y apareció su página web [un elemento en transición, que se desvanece en el éter electrónico]. Espero el libro; lo compraré. Sé que la historia es la misma de siempre y, al tiempo, entiendo su éxito: es esa textura que imprime sobre la realidad, ese realce de la vida actual, la importancia de la vida cotidiana y la conexión que esta filigrana engarza con la desolada visión del autor, muy acertada, muy en el presente momento del siglo XXI. Me cuesta asumir la realidad: tecnológica y social, la interacción entre ambas; pero me esfuerzo en abarcar su densidad y sus pliegues, una tarea en la que M.H. no deja de ser un adecuado guía, un guía entre otras muchos, muchísimos. Fuera no queda el placer de la ficción, el placer de la novela. M. H. es un gran narrador, en una línea muy francesa que no deja de constatar hechos sociales al modo de un científico, pero con la necesaria condensación artística, frente a la exactitud. Contraste: condensación y exactitud [apunto la diferencia, otra vez]. Comparo el presente con el pasado y diez años son una eternidad o el vuelo de una abeja entre una y otra flor. El tiempo, ese tirano sin ápice de compasión; también sobre M.H.
+ Imagen: una silueta, su rostro tan sorprendido como ficticio; una sublimación, pero con su particular verdad: intercambiable y portátil. El plano contiene al actor, la acción es la labor de un aparecer. Ahora me resulta muy actual: la silueta, el río, las lonas tras el río, los último rayos de sol y el recuerdo de aquella tarde, ese continuar un paseo sin rumbo [placer sublime]. Para finalizar: me agrada el punto de cabaret que la silueta transmite, ahí me dejo en mi descanso mientras el día se apaga.
sábado, 22 de diciembre de 2018
La soledad en el viaje
+ Me llama la atención cómo tras nuestros viajes hay una estela que se extiende de una manera que semeja indefinida, aunque siempre, siempre termine por morir. Es un hecho palpable en la elección de las fotos que aquí subo. Las veo y su extensión es la extensión de la idea que guió el disparo. Reflexiono sobre mis disparos fotográficos y sobre cómo hay gestos que nos definen, fotos o escrituras. Fotos en este caso, escrituras en este mismo caso. Escrituras del yo, pues otra no es posible. Llegados a un momento, si volvemos la vista hacia atrás, podemos percibir líneas de fuerza que nos retratan: la indolencia, el temor al fracaso, la alegría, la amabilidad, cierta intuición, cierta inocencia. Se suman los elementos y creemos reconocernos, pero nos equivocamos. Ya no somos aquellos que fijaron su vista en motivo, lo seleccionaron, lo recortaron con la ayuda del visor y dispararon [¿disparar?, repito el verbo unas cuantas veces hasta que pierde su apresto, sí: disparo y no otra cosa, pero es un disparo sin víctimas, me hay una fuerte relación con quién esté para que el resultado sea uno o sea otro, ¿y si estoy solo? La soledad del viajero. Otro tema, un tema más por explorar.
+ [La soledad del viajero]. Pienso en las personas que viajan solas, que están obligados, contra su voluntad, a guardar silencio durante largos períodos. El viaje sin conversación, el viaje sin compañía, tal vez, sea el único que así se pueda denominar viaje. Una investigación. La sugerencia me llegó desde el libro de W.G Sebald Austerlitz. El protagonista, Austerlitz [como la estación parisina, como la batalla, y si él es el protagonista, y no resulta serlo el propio y misterioso narrador] acostumbra a viajar solo, y sus viajes tienen el objetivo de realizar croquis y fotografías de elementos arquitectónicos. A. agradece la conversación tras largos días de silencio, o arropado exclusivamente por conversaciones meramente funcionales: pedir comida, agradecer, solicitar un billete de tren. Las conversaciones a las que se refiere el narrador son aquellas que nos enriquecen, en donde intercambiamos nuestra visión del mundo, contrastamos lo nuestro con lo del otro, sin enfrentamientos, sin alardes. Me interesa ese vacío: en el desplazamiento, en la contemplación. Lo estudio en la lejanía porque no me puedo hacer cargo y de alguna manera se eleva un deseo sobre el plano de lo cotidiano.
+ «… el autor entra en su propia muerte, comienza la escritura», R. Barthes La muerte del autor.
+ Escucho una canción de Paul Weller. Sencillos ataques con guitarra eléctrica y voz apagada. My Whole World Is Falling Down. Una canción de amor, una canción que a mí me habla de nuestros desplazamientos por el Sur de Inglaterra; es es el poder evocador de la música, una música que me hace comprender el porqué de P.W. en mi biografía, tan transparente como adelgazada. Se desgaja el sonido y la calle está tranquila, ha cesado la lluvia y la Navidad se aproxima, he leído tonterías en los periódicos, he trabajo bien, sé de los peligros políticos que acechan, de los disturbios larvados, pero mi mundo no se está derrumbando. Mi mundo tiene una coherencia con la que siempre soñé, no puedo puedo pedir más; aquí está mi victoria. Sacaré de su hermoso estuche a mi hermosa Telecaster, imitaré a Paul y la semana comenzará. [My Whole World Is Falling Down es una versión, no lo olvidemos, no es propiamente una canción de Paul; la versión original no me gusta, pero en la versión de Paul Weller se refleja el tránsito a ese mundo soñado, ese mundo en Sur de Inglaterra, con sus sugerencia y negaciones]. Este ha sido un apunte que sobrevuela nervioso el inicio de la semana, ahora remata y siento que un hilo traspasa los días: la coherencia. Cumplo objetivos.
+ En la línea de lo anterior: Cucurrucucú Paloma, en la versión de Caetano Veloso. La versión sí, la original no. En fin, podría decir que soy yo y mi circunstancia, pero no lo haré, mis gustos me definen en la medida que son elecciones, que procuro que no resulten casuales, pero sé que es una tarea imposible: el determinismo planea sobre la opinión como los pájaros planean sobre el animal muerto.
+ Iremos a Burdeos.
+ Hay un deseo que comienza a crecer: hacer un viaje a Normandía. Veo mapas, leo sobre el territorio, escucho una radio local de Rouen, la ciudad de Flaubert. Eso me lleva a recordar lecturas lejanas a las que quizá esté obligado a regresar.
+ Imagen: caminamos por Madrid y en la acera encontramos una tortuga, esta tortuga es una sopresa agradable, lo comentamos y disparo. ¿La tortuga es una señal? No lo creo, es un guiño, poco más; esas conexiones que se establecen con los lugares mediantes los detalles casi imperceptibles. Pienso que funcionamos con bloques de conocimientos que resultan intercambiables, al rato cambio de opinión y todo resulta más libre, menos inmanente, ni encastrado, ni condicionado. La tortuga guía mi camino durante esta semana: constancia, pasos lentos, distancia. Acierto.
sábado, 15 de diciembre de 2018
Planos paralelos
+ Hay un momento en que comienza a elevarse sobre el plano de lo real. Lo sé, lo sé porque la experiencia me guía. Es un momento que se relaciona con un estado de lectura, de acumulación de lecturas. La suma es inferior al conjunto de las partes. Como si la lectura actuase como un narcótico, una invitación al sueño, entonces se produce una visión. Luego, quizá mientras conduzco, surge otra vez, arropada por la música y me lleva a sus posibilidades. Crece, lo sé. La ebriedad de la lectura. Nace un tema.
+ He cogido en la biblioteca pública dos libros, son libros que me parecen significativos en relación con el apunte anterior. El primero es el Austerlitz de W.G. Sebald; el otro es Alemania de Mme. de Stäel. [Ambos títulos comienzan por la letra A, pero esto no significa nada mientras yo no disponga lo contrario, lo veré]. Me resultó muy interesante la descripción que S. se hace del Palacio de Justicia de Bruselas, no tanto por su monstruosidad inherente sino por el acento que S. pone sobre la escala y el individuo; todo lo que se aleja de una cabaña es monstruoso. Absurdo, me digo ahora, ahora que esa palabra parece recubrir ciertas partes de la realidad. He pensado en esa idea que contrapone lo manejable y lo incomprensible, lo que no resulta posible asumir. Así extiendo la idea al territorio, a la nación, las carreteras, la red del ferrocarril, las instituciones, el poder de lo invisible: la coerción penal, v. gr. Dejo el libro de S. y tomo el libro de Mme. de Stäel. Un prólogo deplorable, una edición que, formalmente, ha envejecido muy mal. Pienso en destierro de M. de S a causa de la publicación de su Alemania. Valoro la idea de una larga conversación con la mujer que escribió el libro, un sueño imposible. Ahora, dentro de un momento, C. y yo iremos a Oporto y esto debe reflejarse en el ir y ver a la ciudad do Douro. No he comenzado con Alemania.
+ Regresamos de Oporto. Estoy muy cansado, un cansancio que se debe a la conducción. Mi automóvil es humilde, pero tiene una contundencia inapelable, pero con todo estoy derrotado. Me fatiga conducir. Con todo, cuando llegamos, después de una entrevista entre lo profesional y lo mundano (viajes, comida, modos y usos de la vida moderna), la cena en un restaurante hindú, un paseo sin rumbo por la pequeña capital de provincia, me sentí pletórico por un momento, un relámpago cargado de sensibilidad literaria y sociológica que me permitía comprender cierta deriva europea hacia la ultraderecha. Sólo era una iluminación, debida al cansancio, que terminó por vencerme. Una iluminación certera, los políticos están desconectados de la realidad cotidiana y la economía termina por llevar a una sociedad al precipicio (son líneas generales que habría que desarrollar, pero no es este el lugar; al mismo tiempo, son razones que se han repetido, pero yo lo vi en ese momento con claridad: a través de los gilets jaunes).Llegué a casa y no pude leer, como deseaba. Caí en un sueño pesado. No recuerdo el desarrollo de la narración del sueño, pero me levante embobado, con la ebriedad propia del mucho dormir. Regresé la idea sobre el auge de la ultraderecha, el nacionalismo exacerbado, la irreflexión, el aumento de los precios y el estancamiento de los salarios, la desconexión de la política con la realidad; sin duda, me dije, me repetí, las derivas autoritarias provienen de desajustes económicos, luego llega la destrucción y la reconstrucción que estimula la economía, pero primero, y eso siempre ha sido así, llega la destrucción. Desayuné y en la radio presté atención a la evolución de los gilet jaunes, los chalecos amarillos. Volví a mis tareas diarias, que me parecieron por un lado reveladoras, pero con un toque de alejamiento de la realidad (no equiparable al alejamiento que los políticos tienen). No puede ser de otra manera. Trabajé y trabajé bien.
+ No estoy seguro, pero creo que una vez vi actuar a Ute Lemper. No lo sé, quizá hace muchos años en Santiago de Compostela. Hay espacios en mi memoria que se sumergen y no soy capaz de realizar una adecuada cartografía, salvo una pequeña aproximación a los perfiles y a las siluetas. No pensaré en ello.
+ A la tarde, lectura sobre la historia de Alemania y aledaños; también sobre los polisistemas. Pienso en los indicios difusos, preciso: pienso en los disturbios que se están produciendo en Francia, en este momento.
+ Recuerdo el detritus, uno de mis temas. Las cunetas, las papeleras, las olvidadas cajas que duermen en el desván. Con el acopio de los restos se podría reconstruir una civilización. El detritus como elemento temático, como desarrollo, como finalidad. Hay un libro que se ha publicado sobre el tema, recientemente. Teoría general de la basura, de A. Fernández-Mallo. No lo he leído, no sé si lo leeré. Creo que son temáticas muy distintas, yo no hablo sino de lo tangible, lo que he visto en las cunetas [principalmente]. Lo mío no tiene un reflejo artístico, sino que se compone del olvido y la realidad de los objetos: monedas, relojes rotos, sujetadores, un solitario zapato, estampas, bolígrafos sin tinta, libretas petrificadas, latas de refresco, suciedad indiferenciada (…) ¿Recoger los elementos, fotografiar la temática, hacer un relato con esos mimbres? ¿Guardar silencio y reflexionar? Hay materia poética en el abandono de la cunetas, me digo y atiendo a la evolución de los últimos días del año.
+ [Las invitaciones de investigación que ofrece internet]. Las más disparadas indagaciones son posibles y pueden llegar a buen fin. En ello descanso en el inicio del día y en France Inter hablan sobre un libro que ha escrito un cantante. Éxito, devastación y canciones. No podía ser de otra manera. La radio francesa es otro regalo de la red de redes [sintagma curioso, doblemente proposicional, un uno que se encapsula en un otro]. Artes musicales, artes visuales, el arte literario: la materia literaria. Un breve relato sobe Elvis. Una magia cotidiana en la que ya nadie repara, se ha convertido internet en lo dado, lo dado es invisible aunque todo el día esté a junto a nosotros. El presente nos bendice, abro páginas y busco, encuentro y cierro el ordenador. El silencio atempera la vorágine.
+ Imagen: fragmento y totalidad: un panel abandonado en los aledaños de la calle Fuencarral, en Madrid, este último otoño; un día soleado, una jornada de júbilo. El tiempo pasa, las fotos permanecen [o eso nos gusta creer]. Cuelgo esta entrada y barajo el tema dle panel: el amor [sin extensiones, sin coda, sin amor].
sábado, 8 de diciembre de 2018
Madrid, otoño 2018 (y 3)
+ [Unos días días antes del tercer viaja a Madrid de este año, el segundo en otoño, leo unas palabras de Mme. de Stäel sobre el entusiasmo, que se resumen en la idea que sólo el entusiasmo nos hará soportable la condición humana. Vuelvo a leer lo leído y me cercioro de su procedencia; asiento y me reconozco en estas palabras: encariñarse con una tarea y cuidarla diariamente, dirigir nuestros esfuerzos a su consecución, trabajar con disciplina y método, todo esto y una pizca de talento, otorgan una serena y no comunicable felicidad. Faltan cinco días para volver a Madrid, pienso en la ciudad y en su planta, el lugar a dónde iremos a comer, las posibilidades de un largo paseo. Faltan cinco días para volver a Madrid, y el entusiasmo gravita sobre el mundo abierto que es un día en Madrid, 12 horas en Madrid.]
+ [Tres días antes del vuelo]. C. y yo regresamos de Vigo por la carretera, evitamos la autopista sin una razón clara. Hablamos de una antigua conocida mía que ha triunfado en el campo de las humanidades, pero se ha decantado, finalmente, por la política. Inteligencia, voluntad y ambición. Es entonces cuando yo me proclamo determinista. ¿Determinista? Sí; un determinismo débil que oscila entre lo genético y lo ambiental, sin precisar qué tiene más peso porque cada caso y cada ejemplar difieren en gran medida del anterior y del siguiente. La cuestión es, verbi gratia, la inteligencia y la belleza. Ambas, la inteligencia y la belleza, son dones, no hay mérito en su posesión, luego están la capacidades para su desarrollo, pero en esto el ambiente, el contexto también tienen un peso decisivo. Con todo, ¿qué libertad de elección le queda al individuo? ¿Es la voluntad otro don, como lo son la inteligencia y la belleza? ¿Y la capacidad de entusiasmo con la tarea, también es otro don? Sé que responder afirmativamente a las preguntas planteadas implica una descarga de responsabilidades del individuo; la parte negativa también se descargada: ausencia de belleza, de inteligencia, de voluntad, ¿y el asesino? Guardé silencio, sonó un paisaje de un disco de pizarra y el mundo era un nocturno deslizarse por el carril lento, nos adelantó en un suspiro un potente automóvil.
+ [Dos días antes del vuelo]. En lo anterior hay un poso totalitario, xenófobo, una extensión eugenésica. Mi idea de la determinación genética es débil, pero es. El talento para la música se me ha negado: carezco de ritmo, soy incapaz de distinguir las notas, no puedo medir las duraciones; lo he intentado y no he desistido, pero soy incapaz de llegar a lo mínimo exigible. Supongo que hay un momento en que lo que falta se ve compensado por otras virtudes y al mismo tiempo creo con firmeza que en un última instancia ante una decisión moral podemos decir sí o decir no, y aquí es donde somos auténticamente humanos. No dejo de pensar en la atrocidades del Holocausto [también en muchísimas otras] y me da la impresión que si algo así se produce no es debido a la herencia genética, sino a la estupidez, a no pararse y pensar, a no decir no cuando es necesario,
+ [El día anterior]. Transitamos dos bares hasta las diez de la noche. Hablamos y nos reímos. La posibilidad de un solo día en Madrid era prometedora. Una excentricidad propiciada por los vuelos baratos. Un descubrimiento, las alternativas y las difusas expectativas. La ausencia de planes, el trenzado de una narración: llegar, pasear, comprar lotería, comer las deliciosas croquetas de Casa Julio en la Calle de la Madera y regresar. No había nada más programado. Lo hablamos y nos gustó, porque son estos los proyectos que hacen sólido el deseo, el amor, una relación: la actuación en común sobre una realidad compartida.
+ [La luz]. Salimos del avión por un finger (realmente curioso si traducimos la palabra: salimos del avión por un dedo, que, la verdad, aspecto de dedo tiene ese pasillo elevado, transparente, rectilíneo y articulado), caminamos por el aeropuerto, entramos en el metro y viajamos hasta Tribunal. Salimos a la calle y, tras ese tránsito artificial de aeropuerto y metro, vimos la luz excelsa de un Madrid divino. Se contenía en la región del aire toda una hermosa propuesta de felicidad. ¿La felicidad limitada a un día?; no era momento de hablar de límites, sino de intensidad y de presente sostenido: la abolición de la temporalidad. Caminamos, como nos habíamos propuesto, sin rumbo. Así llegamos a la Gran Vía. Así decidimos desayunar en un Museo del Jamón. La mañana limpia, las barritas con tomate, el café puro. A nuestro lado, unos operarios y porteros de fincas hacían lo propio; hemos elegido bien, me dije y saboreé el café. Debíamos comprar lotería: una locura de 280 euros de lotería: encargos. Tras realizar el encargo, todo fue luego un largo pasear y ver gente, escaparates, calles, bicicletas, algún libro, algún jersey, doradores de metal o filatélicos, puestos de navidad que nos recordaron a Nápoles y sus belenes, volver a pasear, niños que saludan, que entran gloriosos e ilusionados en los museos, los villancicos, la levedad de un reflejo, las piedras iluminadas que son más que el mármol, la mano amada, el intenso fulgor de la ilusión. Hablamos, guardamos silencio, reímos.
+ Imagen: la última imagen del día. Poco antes de volver al subsuelo. El metro, el aeropuerto, el avión. Pronto, en dos meses regresaré.
sábado, 1 de diciembre de 2018
Madrid, otoño 2018 (2)
+ Estaba sentado a mi lado. Una eminencia, la literatura medieval española. No puede evitar el espiar su letra, y me gustó aquel trazo seguro, con picos, un trazo profundo. Me gusta la letra con un carácter firme y denso, que marca el papel como un punzón. No sé nada de lo que puede poner de manifiesto la caligrafía de una persona y me importa poco, me centro en cuestiones de trazo y desarrollo. Utilizaba pluma y la manejaba con seguridad. Sé que ha pasado de los setenta, porque su condición académica es la emérito; pero la letra tiene maneras muy actuales. Desvío la vista de su cuaderno y me centro en la ponencia. Por un momento mi cabeza viaja a las tardes escolares de ejercicios de caligrafía; ese mundo se contiene en lo que hoy escribo manualmente, al igual que se contiene en la letra del medievalista toda su biografía, o sólo un reflejo, un reflejo sin traducción, porque no hay una traducción posible, sólo hay trazo y la imposibilidad de leer lo escribo.
+ Los aeropuertos son un no-lugar por excelencia. Su arquitectura, los uniformes, los alimentos y bebidas (tan caros). La sobredimensionada escala muestra el tamaño variable de las mujeres y los hombres. No somos nada, me dijo alguien en una cola de embarque, sonreí y sonrió con un leve cinismo. Entramos en el aeropuerto y pasamos a ser una extraña mercancía que conoce bien los pasos que debe seguir. Esto pensaba yo allí, sentado en el metro, que era una estabulación más. Lo antinatural de las formas de vida en la vida moderna reconstruyen una maldición. No identifico adecuadamente la querella, pero me resulta vagamente familiar. Es el leguaje y todo lo que permite, la elaboración de planes, de estrategias, negocios, ganancias y pérdidas. El aeropuerto describe con gran precisión nuestra época y recuerdo a una conferenciante que postulaba la necesidad de leer los espacios, pero el aeropuerto o, en su caso, el metro parecen hojas vacías, absolutamente condicionadas y deudoras únicas de la función. ¿No es algo común a toda la arquitectura, la función? La música me dio otra pisa: abandónate en la fuga de Bach y no dejes que tu cabeza tome el control, no pienses. Observé, otra vez, a los jóvenes, a los enamorados, a los viejos; supe del hombre y de la mujer, de sus generaciones y sus afanes, lo supe todo y lo olvidé en un instante. El tren se detuvo en Moncloa y yo bajé, salí a la superficie y caminé hacia el campus universitario. Frío, viento y hojas que vuelan, como un preludio barroco a mi estancia en Madrid. Así lo veo, así lo quiero (lejos del aeropuerto: el no-lugar).
+ Aquella mañana de noviembre, entramos en la exposición de Beckmann, Figuras del exilio, en el Museo Thyssen-Bornemisza. Entramos en la exposición de Beckmann por casualidad, sin haber programado la visita. Habíamos decidido ir al museo en el último momento y no sabíamos de la exposición temporal del pintor alemán de entreguerras; mi única intención era visitar la colección, pues hacía más de diez años que no la veía: no entraba en el Thyssen por causa de esa ensortijada madeja de manías que me asaltan y me paralizan, pero que son constituyentes indiscutibles de mi auténtica mismidad: hace tiempo que aprendí a vivir con ese lastre, y puedo decir que los lastres con la edad se aligeran: esto y no otra cosa es aprender, termino por alcanzar. Después de la breve reflexión sobre lo que me constituye, recordé una idea acera de la comunicación: lo que no está destinado a nosotros no es comunicación: fragmentos de conversaciones en el transporte público, en la mesa contigua a la nuestra en el restaurante, en la habitación de al lado en el hotel; yo no soy el destinatario de esos cuadros, me dije, pero dudé, dudé inmediatamente.¿Por qué no soy yo el destinatario de los cuadros, el destinatario del discurso que se trenza con la secuencia que el comisario planificó? El hilo temático de la exposición se podría resumir en cómo el pintor se convierte en un exiliado, cómo se transforma un pintor y profesor en un hombre que debe huir, escapar, esconderse. La brutalidad y el absurdo. Este proceso que sufre Beckmann se puede ampliar a otros muchos hombres y mujeres, aquí mediante los cuadros asistimos a la transición de un mundo de fiestas, promesas y felicidad a un siniestro y sombrío infierno de intolerancia. En los gruesos trazos negros, en los rostros, en el problema de la identidad que plantea el cambio de estatuto, se contienen las razones y las sinrazones de un mundo en cambio, que no mejora, sino que empeora, que empuja al destierro o la expulsión de lo que antes era agradable, cómodo, ligero. Es el exilio o el horror, el horror que todavía está por ser nombrado, pero existe, se debate, amenaza. No pude dejar de pensar en lo que el día anterior vi en la exposición sobre Auschwitz en las Salas del Canal, en el exterminio de judíos, gitanos, homosexuales (…), en el terror indiscriminado, en la violencia lujuriosa, lasciva, pornográfica. Se reflejan en los cuadros los nervios, el miedo, la inseguridad, y la comunicación se establece con los interlocutores que somos, sin posibilidad de responder, estamos contenidos en el estado de ánimo del pintor cuando vemos sus obras, en la sucesión de imágenes. Me fijo en un autorretrato y creo que es a mí, personalmente, a quien mira inquisitivamente. Pero su mirada se dirige a los que hoy habitamos el mundo, ahora a mí, luego al otro, y más allí, incluso a los que no quieren escuchar ese grito en la oscuridad. Uno el óleo sobre lienzo a la visión histórica que poseo, pero también al presente, a lo que oímos en la radio o en la televisión, lo que leemos en papel, en la pantalla: contra los emigrantes, contra el pobre, contra el desamparo. No hay papeles para millones de africanos, dice el joven líder conservador. Ver estos cuadros es abrir preguntas sobre nuestro presente, porque los cuadros de Beckmann transmiten un grito desde el pasado que se hace actual en estos últimos días de noviembre, cuando oigo decir otra vez: No hay papeles para todos. Creo que la comunicación tiene infinitos canales, que ni siquiera los emisores somos conscientes de que estamos utilizando. Debemos ajustar las antenas y prestarle atención a lo que por el momento sólo son zumbidos.
+ Descargo la lista de reproducción musical de la muestra de Beckmann. La música de cabaret asciende y entonces recuerdo con nostalgia Berlín. Un Berlín que yo no vi, que ni siquiera sé si existe. Ahora, mi idea se lanza hacia un Berlín de entreguerras, cabarets, cerveza y el amor. Una construcción más cinematográfica que literaria o histórica. Las narraciones hacen que la historia tome carta de verdad, el cine las viste de una lujuriosa lírica: el ángulo correcto y la verdad incontestable. La historia es una árida narración, el cine tiene esa inmediatez peligrosa. Las canciones nos ponen a nuestro alcance el sentimiento y la sensualidad. La sensualidad que hemos visto en fotos y no hemos reconocido en la ciudad que visitamos a principios de octubre. Creo que es una carencia mía, no he visto el Berlín que debía ver por una extraña ceguera. Pero la lectura y los cuadros suplen mis incapacidades, eso me gusta pensar aunque no me vacune contra un posible error. Nunca es la perfección lo que busco, no sé qué es la perfección y no quiero indagar en razones y posibilidades. Escucho Raus mit den Männern aus dem Reichstag [Fuera los hombres del Reichstag], digamos: una proclama feminista del período de entreguerras que interpreta Ute Lemper en este momento preciso. Dejo de escribir y vuelvo a la lista de reproducción.
+ Misteriosament feliç de Marc Parrot. Una canción sobre la felicidad. Me reconforta.
+ Alguien escribe en un periódico que la realidad es una construcción, ya lo sabíamos, desde hace mucho tiempo: 1987. Más tarde leo en unos papeles que decía Pedro de Medina: los elementos se dividen en dos categoría: los leves (aire y fuego) y los graves (agua y tierras); los primeros tienen tendencia a ascender, los segundo a hundirse. ¿Podemos unir ambas concepciones una sola guía? Sí, estoy seguro; todo hecho discursivo nace de su propia potencia: la unión y los puentes entre conceptos.
+ Imagen: Museo Thyssen-Bornemisza, última hora de la mañana. El cuadro de Hooper concita interés, se toman notas, se estudia con detenimiento, yo observo a los que observan, yo estudio a los que estudian. Salvo una persona, aquí está la asimetría de las fotos, su gran triunfo. Finalmente, es una buena hora, la paz llega desde otra región y en el cuadro se da la limpia posibilidad de una conversación. En ella descanso, tras la constatación de Auschwitz; una vez más.
sábado, 24 de noviembre de 2018
Madrid, otoño 2018 (1)
+ Estoy en el aeropuerto y observo. Siempre observo. La música de Bach en el reproductor de Mp3, la botellita de agua, los otros pasajeros. Sentado, observo. Por un lado está el cómico célebre y sus excelentes extensiones electrónicas (teléfono, reloj y tableta con teclado), los integrantes de la selección nacional de taekwondo (tan jóvenes), y, finalmente, el hombre enfadado. El hombre enfadado tiene su pelo delineado con gomina y peine firme, traje, corbata verde y zapatos brillantes; sus gestos son contundentes y seguros, sin nervios, pero con energía: nadie le rebate y le dicen que por favor, señor, no se enfade, esto último se cuela entre el desarrollo de las Variaciones Goldberg. Yo no me quito la música y entiendo que es algo que tiene que ver con los equipajes. Su traje y sus zapatos son una unidad, su rostro tiene un enfado fosilizado. El hombre enfadado refleja muy bien la sentencia: usted no sabe con quién está hablando. Airado entra en el avión, coloca su equipaje y se sienta. No sé, ¿merece la pena? El enfado es una condena que se debe evitar, aislar. El hombre enfadado representa una clase que me incomoda; a la azafata de tierra le hace escuchar sus razones y al entrar en el avión protesta, otra vez; quizá tenga razón, pero su agria tempestad lo invalida.
+ [En el avión]. La azafata es amable. Me indica el asiento. Es joven, muy joven. A través de ella veo el pasado, que siempre es el mismo. La sucesión de las edades nunca aporta novedad, tal vez algún matiz, pero poco más. En ella puedo adivinar la mujer madura que será y en la mujer madura anticipo la anciana, y en la anciana veo a la niña que fue. Un nexo de unión. Junto a mí se sientan una pareja muy muy joven, ella le dice a él: llevo la piedra que me dio mi madre, porque me cuida. El tiempo del desplazamiento y el tiempo de espera siempre es un tiempo de observación. Yo soy un observador, soy un espectador, nunca un interprete; en silencio y en la semioscuridad. Oigo conversaciones sincopadas, veo rostros y gestos, intuyo enfados y presiento el amor. No participo.
+ Todo lo que observo está condicionado por una intuición sobre el mal, una capa que permanece debajo de la realidad, cubierta por otra capa. El mal existe. No puedo dejar de pensar en Sandhausen. Todo resulta muy quebradizo, muy frágil. Esa idea de fragilidad no me abandona. Como un zumbido. Me canso y sé que el regreso de los fantasmas del pasado no es un episodio pasajero, soy yo mismo. El que está aquí y ahora, el que debe convivir con el que fui. El mal existe, me digo otra vez y estudio la felicidad sencilla de las personas en el metro: enamorados, niños, estudiantes. Personas mayores que parecen satisfechas consigo mismas. Y lo vuelvo a pensar: qué frágil resulta la vida, basta con un instante de violencia. Rechazo la visión y me quedo en paz. He llegado a la estación de Atocha, por fin. Camino hasta las consignas y hay una considerable cola: algo no funciona en el escáner. Busco acomodo en una cafetería. Una cerveza sin alcohol y unos fingers de pollo (no es pollo, sino una pasta recubierta de rebozado: resulta una golosina sabrosa). Leo, subrayo, anoto. Los libros me acompañan. Observo, otra vez observo la rutina, la agradable rutina de los viajeros y sus costumbres: la cerveza, la tapa, la conversación, risas y sorpresas. Una familia compuesta por los padres y las hijas, hijas que ya son mayores, que han rebasado los cincuenta. Tres jóvenes con sus rutilantes teléfonos. La señora con su copa de vino blanco y unas croquetas. El ronroneo de la estación me tranquiliza. Este año he tenido un crisis de estrés, la superé y ahora me cuido más. Hablaré de ello y no seré escuchado. Momentos transparentes en donde ya no doy demasiada importancia a mis experiencias. Me retrato en mis silencios, he aprendido a callar y a no darme demasiada importancia. No sé si es una virtud o un defecto. Pasa media hora, tal vez tres cuartos de hora. Me levanto y regreso a la zona de las consignas; ahora es posible dejar la maleta. Así lo hago. Salgo al exterior y asciendo por la calle Atocha casi hasta su final; deshago el camino y estoy otra vez en la estación. Ha pasado otra media hora, tal vez un cuarto de hora. Me dirijo a las llegadas y espero. Veo llegar a K. y nos damos un abrazo. Un año más hemos conseguido quedar en Madrid, para charlar, para pasear, para estar en silencio en un parque; una vez rebasados los cincuenta años, somos mayores, lo sé y no me preocupa: estoy en calma y soy feliz, una felicidad sin importancia, en la zona de sombra que es mi puesto de observación.
+ Leo fragmentos de la Eneida durante las esperas. Me llama la atención cómo nos conecta la lectura con el pasado, cómo se oyen las voces que llegan hasta el presente. Una iluminación, una palabra, el gesto de sostener el libro. Se refleja aquel momento y éste, pero el libro es otro porque yo le doy el sentido que más me conviene. Qué ajena parece la estación de tren a todo lo que el libro ofrece; trato de establecer un puente y no soy capaz. La gente camina, la gente está atareada, la gente. Yo veo ese fluir de la manera humana y no tengo una explicación, a pesar de haber leído sobre tema, de las conversaciones, de la evidencia manifiesta: el trabajo, las tareas, la ocupación. La lectura es una urna de cristal, puedo aislarme y leer en medio del ruido, la música estridente o el tráfago diario de la gran ciudad. Aquí estoy yo, en mi torre de marfil, tan impenetrable como barata. Qué aprendizaje saber combatir el aburrimiento.
+ Podría entretenerme sólo con el recuerdo de libros que me resultaron especialmente gratos. Rememorarlos, reconstruirlos, valorarlos en la distancia. Mi vacuna contra el aburrimiento.
+ [En Madrid]. No podía dejar a un lado la muestra sobre Auschwitz, que se visitar en las salas de exposiciones del Canal. Vi el cartel que anuncia la exposición, pregunté y la respuesta fue afirmativa: vamos a verla, no será agradable, pero es necesario. Así fue. Era un martes cualquiera de noviembre, subimos al metro y llegamos a Plaza de Castilla, ese desolado paisaje urbano de edificios feos y escultura feas, un lugar sin personalidad donde se alza como un emblema en depósito agua, elevado sobre sus pilares es un recuerdo de otro tiempo, de otro mundo, pero que no ha desaparecido porque está ahí. Observé el tráfico, observé a los peatones a la espera del verde del semáforo y , como me sucede últimamente, vi a las personas y no dejé de reflexionar sobre lo frágil que resulta la vida, la de los otros, la mía en particular. La vida, algo que cuidar y proteger, algo que valorar por encima de las circunstancias. Llovía. Una lluvia fina transformaba ese nudo en una foto en blanco y negro añeja, un nudo no tiene belleza y eso era bueno para el momento: la belleza nubla y rebaja ciertas emociones. No era deseable. El depósito elevado era una baliza. Caminamos hasta la entrada de la sala de exposiciones. Allí estaba la vagoneta que transportó en torno a 150 0 200 personas al campo de concentración, algo que nos pareció imposible, en el interior de las salar estaba la explicación. El absurdo y el horror son hermanos gemelos. Los horrores de la vagoneta son un presentimiento que ha de cobrar vida en el interior, el absurdo preside cualquier intuición. En fin, muchas cosas se pueden decir, recordar, narrar, pero sobre ellas me llamó especialmente un juego de mesa que se titulaba: cazar al judío [Juden Raus]; no era un producto de la propaganda nazi; al contrario, se vendía en los grandes almacenes con una leyenda: «juego para toda la familia extraordinariamente divertido y muy actual». Se trataba de expulsar a los judíos de la ciudad: allí estaba otra prueba que la intolerancia no nació de la nada, no nació por generación espontánea. Se pueden dar razones económicas, añadir la humillación que devino del Tratado de Versalles, sumar otras posibilidades, pero el antisemitismo estaba allí, antes que los nazis llegasen, ellos tomaron ese odio y lo llevaron hasta sus propósitos, con las conclusiones que todos conocemos, que todos creemos conocer (esa maldad se extiende has el día de hoy). No puede uno menos que entristecerse: esos que se podían considerar buenas personas jugaban con sus hijos en sus honrados hogares; no lo desarrollaron los nazis, insisto, sino una exitosa compañía de juegos de mesa: Günther and Co. ¿Dónde habita la intolerancia, el odio, la maldad? ¿Está en los exaltados que gritan en las calles o se oculta en los honrados hogares, esa mayoría que permite que asciendan los exaltados y alcancen sus propósitos? Debemos pensar sobre nuestro papel en la sociedad porque finalmente todos tenemos responsabilidad, podemos jugar a cazar al judío, hacer chistes sobre gitanos, homosexuales o mujeres, también, podemos mirar para otro lado; pero el sufrimiento se hace solido con cada gesto, con nuestra complicidad, cada vez que miramos hacia otro lado.
+ La casualidad me llevó a la exposición de Max Beckmann, a donde no tenía pensado ir. Todos los vectores se concentran en un solo punto y nos damos cuenta más por intuición que por otras razones de cómo estamos dirigidos hacia una idea. La idea es el dolor, el sufrimiento, la crueldad gratuita. En la pintura Beckmann encontré la emoción que buscaba, las ganas de vivir, el contraste entre lo sublime y lo brutal; las salas oscuras, la intensidad de la pintura, el silencio o el rumor leve de los visitantes me retrotraía a los horrores de la época de entreguerras, pero con una posible felicidad, que se anulaba, pero que latía bajo las pinceladas gruesas y oscuras. No me gustaría describir los cuadros, ni caer en una crítica impresionista dirigida a los sentimientos y las buenas intenciones, porque prefiero la vida, con sus escollos, con sus oasis. El dolor, el placer y el amor. La abundancia y la generosidad. Ahí, en esa naturaleza contradictoria, reside lo humano y lo humano se reflejó en la pintura de Beckmann, lo más próximo a mi manera de entender la vida.
+ Imagen: son dos imágenes que parecen solaparse: el disparo y el zoom sobre el mismo motivo. El motivo es la vida cotidiana, sus rutinas, la reiteración de lo esperado; aquello que se rompió en el período de entreguerras en Alemania, que tantas otras veces se rompió o se rompe: en este momento de la lectura. Qué cuidados necesita este equilibrio. [Me fijo en el hombre y la mujer que hablan en la la cocina: parecen tranquilos, es la primera hora de un día de semana, el cielo tiene una pureza velazqueña; Madrid o cualquier otro lugar, pero es Madrid]
sábado, 17 de noviembre de 2018
+ Límite (-s)
+ Mañana del domingo lluviosa. El gris tras la ventana, la música de Camille Saëns Saint [Sinfonía nº 3 en Do menor, Op. 78 (órgano)], el café humeante. Hay libros y periódicos sobre la mesa, pero prefiero la música: el Do menor adapta la circunstancia meteorológica al estado de ánimo. No hay cansancio, no hay aburrimiento, tampoco entusiasmo. Desde hace días se ha instalado una agradable calma que se ve reflejada en las conversaciones y en las esperas; un paréntesis, una cancelación de las prisas y las obligaciones. Dejo la música y regreso a un libro sobre la historia de Alemania: me sumerjo en las relaciones de poder en los siglos xiv y xv para luego descargar en el ordenador una imagen de mediana resolución del castillo de Wartburg en Turingia. Cierro los ojos y pienso en el castillo. Allí tradujo Lutero la Biblia al alemán. Veo, en otra fotografía, el cuarto de trabajo y creo entender aquel trabajo: la traducción o el estudio son sólo posibles en espacios con orden y un equilibrio que mantenga el hilo tenso del texto, la traducción, la lectura. Yo también preparo mi lugar de trabajo. Vuelvo a pensar. La traducción en el silencio del castillo: su disposición, la altura sobre el valle (¿más de 400 m.?), los perfiles sobre la cumbre. La música se desliza por el ensueño de los castillos y los bosques; sé que es escapismo, pero hoy es domingo y la traza de la mañana me adormece, me dejo en la virtualidad de los signos oníricos.
+ Tras su viaje oigo su voz cansada pero satisfecha. No puedo dejar de preguntarme por cierta sustancia de los viajes. ¿Aprendemos, rompemos automatismos, tan sólo es un paréntesis? No sé si hoy es posible el viaje o es esta la verdadera época del viaje, donde hay ya una representación absoluta del territorio: los mapas electrónicos y las innumerables referencias a los lugares. En cualquier caso, prefiero el recogimiento y la lectura, pero, al mismo tiempo, no estoy seguro de que sea una buena elección. Al otro lado del teléfono me habla de su cansancio tras días de largos paseos, de la experiencia y la conversación con otras personas, del ir y del regreso a las obligaciones del estudio. Todo ello conforma una metáfora, la metáfora tiene fuerza suficiente para iniciar una explicación. En este punto lo dejamos porque está realmente cansada y, aunque a mí me gustaría continuar, no es conveniente forzar la conversación, que tendrá su momento, tal vez dentro de un semana. Ella cuelga y yo me quedo pensando en qué manera la ilusión por el viaje se va transformando con la edad, pero se puede extender el cambio a casi cualquier ámbito vital. Pensé en aviones y en trenes, pensé en otros países y en bosques entrevistos desde el tren, pensé en lo que me contaron y en lo que yo no vi. Recordé a chicas que recorrían Europa en el Interrail, veían ciudades y conocían a otras personas; yo no participaba de aquellos viajes y me hacían notar una carencia: muchos años después vi las ciudades y fui consciente que nunca podría ver aquello que ellas habían visto porque yo ya no tenía veinte años, mi mirada se había contaminado de cinismo. El cinismo ha sido una nota paralizante, pero inevitable; ahora me desprendo de su nociva influencia, la verdad no es una elección.
+ Comienza la semana: coche, música en el coche o silencio. He optado en alguna ocasión por el silencio para observar el tráfico, así: todavía de noche, un tráfico denso, el palpable espesor de lo diario. Las obligaciones. Este continuo ir y venir nos configura, el contexto es otra tarea. ¿Sólo por dinero? No estoy tan seguro. He llegado a la conclusión que en una considerable cantidad de trabajo se articula en relación al juego. Una seriedad y concentración que no se abandonan nunca. Trataré de pensar en las consecuencias, pero, más tarde, mientras el coche se desliza fluidamente por la carretera hacia el límite de la provincia, creo que no es cuestión de consecuencias, ni de premios ni castigos, sino una lucha contra el aburrimiento: este temido espectro que muestra la verdad de la condición humana, su materia: el tiempo. Llueve, llueve, llueve y se abren claros. El bosque me fascina y no puedo detenerme. Vuelvo a la idea que tengo del trabajo, el trabajo como el incremento de la ganancia, pero no sólo material, sino ese espíritu de transcendencia, de falsa impresión de que el tiempo se detiene. Un cuervo vuela y el tablero del juego es inabarcable; continua el trayecto, se detiene el tiempo.
+ W. Bennett: «La enseñanza de la literatura es la enseñanza de valores».
+ Frases que nos ayudan a comprender la realidad, pero quizá la compresión no resulte completa, ni siquiera bien orientada. Leemos y copiamos las frases que nos dan la razón, esta es la guía de la cita. V. gr.: la cita anterior se podría invertir con facilidad: «La enseñanza de la literatura no es la enseñanza de valores». Percibo el cambio, la inversión y podría extenderla a la totalidad. Voy un paso más allá y entiendo que esa es mi configuración: la certeza en lo incierto y en la paradoja. Al mismo tiempo, necesito de frases para ordenar el mundo, como oraciones que no se dirigen a ninguna divinidad. Oraciones para ateos. Refranes, paremias, consejas. ¿Límites de la experiencia, el retrato o el retratista? Vuelvo a leer las dos citas, lo uno y lo contrario y me quedo con lo segundo, en este momento, pero sé de mi inconstancia y mi variabilidad, por lo tanto debería haber una síntesis. La síntesis es el abandono a las Variaciones Goldberg, que suenan en el fondo de la sala. Sin entrometerse, sin molestar, la línea de la melodía traza el reflejo la circunstancia móvil, esa dinámica que Bach establece y me alimenta, en la primera y en la última hora del día.
+ Imagen: un recorte de un campo, poca cosa, una búsqueda de un incierto pictorialismo, quizá desgana, quizá nuestro spleen.
sábado, 10 de noviembre de 2018
Silent film
+ [1 de noviembre, difuntos]. Vamos al cementerio. El cementerio no es un cementerio con encanto, pero eso no le resta lírica: las tumbas contienen poesía porque el tema la poesía es este y no otro. Recuerdo hablar con una chica de 17 años y me decía que toda la poesía se reducía a esa constatación de la muerte, eso había sacado en claro de las clases de literatura española, de los comentarios de texto y otros ejercicios escolares. Tenía razón, tiene razón. Se mantiene en el cementerio esa atmósfera. Poco tiempo estamos, el suficiente para dejar una rosas en la tumba de mi madre y esperar mientras mi padre reza, un balbuceo silencioso. Salimos y cogemos el coche, tomamos un café y comentamos noticias del día; ahora mi padre sonríe. El dios del instante nos bendice. No somos dichosos, tampoco infelices, una estática calma inunda el día de difuntos.
+ [2 de noviembre, día de vacaciones]. Estudio, leo, anoto. Son casi las diez de la mañana, me siento enclaustrado en una nave espacial [me gusta pensar], en una cámara estanca a donde llega amortiguado el sonido del tráfico, algún claxon, el murmullo de lejanas radios: noticias, pianos, lenvantisca música de baile. Regreso a la lectura, me adentro en la mitad del siglo xix, presiento el silencio, admito mis carencias, me vacío: la lectura es un otro yo, en ese yo pongo mis sospechas. Acierto porque retraso el juicio.
+ Días atrás, mientras tomaba un café, vi a un hombre temblar. El camarero le sirvió una larga copa de coñac, el hombre la tomó con dificultad y la apuró hasta las heces. Su rostro era tristeza y cansancio, un bigote quemado por el tabaco, la piel acartonada, los ojos: vidrio y lejanía, cubiertos de una niebla como una gasa sucia bajo la cual un azul verdoso se licuaba sin agitarse. Nos miramos y mi mirada era severa, injustamente severa, él lo percibió y bajo sus ojos con vergüenza. Me sentí mal. Era un bar cercano al puerto: maderas quemadas por mil cocinas de caldos y carnes inmortales, luz amarillas y un continúo sonido de tragaperras y conversaciones enfundadas en vino agrio y sentencias sin fundamento. No me gustaba el bar, no me gustaba el dueño [tan entrometido, tan charlatán], no me gustaba la clientela, pero finalmente no pude menos que sentir piedad por aquel hombre: la esclavitud era su emblema, pero también el mío y la solidaridad brotó. Salió. Acabé mi café y salí a coger el coche. Estaba sentado en un banco, fumando, como un conejo asustado. Ya no temblaba porque el veneno hacía su trabajo.
+ Organizo la jornada para que en la última hora del día poder leer narrativa: novelas o cuentos. He llegado a la conclusión que sin el aliento artístico la lectura se queda en nada. Al mismo tiempo, no puedo dejar de pensar en aquellos que consideran el abandono de las novelas y los cuentos como un síntoma de madurez. Podría ser, pero prefiero rechazar esas coordenadas. Insisto en mi sistema de canonización, qué mejor que tener unas lecturas sistemáticas: no leo libros, indago en temáticas que he establecido previamente, la sal de la narración resulta indispensable. Hay cuestiones sobre las que no acepto discusión, tampoco las muestro y así permanecen en el secreto de lo diario, sin interrupciones.
+ El hombre que tiembla merece un retrato, más fotográfico que pictórico, más cuentista que novelístico. El hombre permanece definido en mi memoria, continúa temblando. Silent film.
+ Cuentos de los bosques de Viena. El título del vals me lleva a un escenario propicio para la narración: el bosque. Suena la música y se encienden las posibilidades que sugiere el tres por cuatro: como si los viese bailar en un claro del bosque, pero percibo cierto dolor, algo que se ancla en mi tendencia a la tristeza. La música fluye sin obstáculos y pienso en la alegría y la otra cara de la moneda. Finalmente, escucho el Lied interpretado por Elisabeth Schwarzkopf: los arroyos, las montañas, los violines, el amor, el baile, la juventud.
+ Bosques: me intrigan los bosques. La profundidad y la oscura materia que esconden. Me pregunto por el silencio o por el zumbido: el viento mueve los árboles y las hojas entrechocan, fluye una corriente de agua y grazna el cuervo. Los cuervos son animales sagrados, le digo y a mi hermano mientras pienso en los cuervos que he visto tantas veces en las cercanías de la ría. La luz desciende matizada, como cuerdas tensas, la luz llega hasta la tierra oscura y grasa. Inspiro y el frío de la mañana me reconforta: no me disgusta el frío. El vaho sale mi boca y en el aliento se dibuja mi alma y el calor es otra transformación. Mi cuerpo en el bosque es mínimo: unas pisadas, alguna rama rota, un chasquido imperceptible. Vuela el cuervo y se dirige hacia el otro lado de la montaña. Los Cuentos de los bosques de Viena regresan a mi memoria, la música del vals, sus meandros y sus cotas. El territorio se refleja en el mapa, pero el mapa sólo es un herramienta para fines muy determinados, no se llega a capturar la intensa verdad que yo tampoco alcanzo a entrever. Mi madre murió hace ocho años. El bosque me anuncia la proximidad del aniversario. Yo soy el que la palabra pone en los perfiles del bosque. El coche avanza y yo guardo silencio.
+ Como ejercicio de estilo me propongo esmerar mi caligrafía, pero desisto. Luego veo una noticia en un periódico electrónico local que habla de la Livraria Lello. Una presentación de libros, tal vez, y con nostalgia recuerdo haber ido allí cuando allí no iba nadie, recuerdo haber bebido allí oporto barato y aspirar el polvo fino de los libros que no se vendía. Hoy es un atracción turística. Hay un cierto desgaste a pesar de que la librería luce como nunca. Nos gusta lo particularmente recóndito y oscuro, la soledad de los barcos naufragados, que es lo que era en aquellos día Lello. Ay, los ejercicios de caligrafía.
+ Imagen: después de pasear por una playa, en Portugal, aparece la construcción que fotografío y ahora cuelgo. Como si existiese un nexo entre el momento y el diseño espontáneo, el hilo de la creatividad, el rechazo al espíritu de la pesadez: un explosión de alegría sin fundamento, alocada y efímera. Al tiempo, algo de sepulcro veo en la fachada, pero esto en lugar de no ser un mérito instaura una posibilidad. Muere del día.
sábado, 3 de noviembre de 2018
Post festum
+ [La cámara de Nefertiti]. No había mucha gente en el museo. Caminábamos por las salas sin demasiado interés, más concentrados en las contradictorias sensaciones que Berlín nos ofrecía que en las piezas de arte asirio, por ejemplo. Muros azules, momias, jeroglíficos. Quizá fijarse en detalles sin importancia nos otorgaba una alegría evaporada, sin mucha consistencia, pero no era el momento. Las salas se sucedían y, como en otras ocasiones, yo observaba lo que los ventanales ofrecen. El cielo, un tejado, el perfil de una estatua: allí vuela un pájaro negro. Al fin, llegamos a la cámara de Nefertiti y fui consciente de cómo la banalidad nos traspasa: ante los milenios no somos nada, ante un segundo tampoco. Sé que el aspecto de Nefertiti es producto de restauraciones, restauraciones logradas, pero restauraciones; ya no se contempla el tiempo que en ella se posa sino la lectura experta del restaurador: aunque su propósito sea que su trabajo no se note, el trabajo está ahí. Pero había una posibilidad de enamoramiento que se conecta con la ciudad. Con todo, podría ser una mujer de hoy día y eso me turbaba: se sostiene la permanencia de los rostros y los gestos: ese realismo que la figura tiene y nos traspasa: la misma materia que sostiene nuestra forma. Desde la sala contigua la gente hacía fotos tratando de atrapar esa magia inasible. Allí con diferentes artilugios fotográficos los visitantes disparaban; yo también disparé, pero no sobre la pieza, sino sobre los cazadores. Mi tendencia hacia lo paradójico. En la tienda del museo compré una reproducción que terminé por enmarcar con un marco barato: ahora está en ese muro que construyo. Nefertiti arropa mi sueño, me gusta pensar en la última hora del día.
+ Escucho la RAI y leo una reseña del último libro de Samanta Schweblin. Uso el ordenador, uso la tableta. Ha comenzado el frío, el día es claro, me espera la tarea diaria. Todas las acumulaciones son caóticas, acumular se enfrenta al orden. El aparente orden espontáneo de las acumulaciones debe ser estudiado con atención: lo hago, pero la ubicación de los libros se plasma en los agrupamientos temáticos. Creo entender esto, pero me equivoco. La RAI detalla problemas sobre educación y Samanta S. nos habla de unos peluches con cámara incluida ante los que exhibirse, un extraño al otro lado controla la cámara y el movimiento del peluche, la cámara está tras uno de los ojos de cristal. Samanta S. vive en Berlín, Samanta es argentina. Pienso que Berlín es un buen lugar para alguien que escribe. El frío matiza la geometría de los edificios, son precisos sus perfiles a esta hora. Escribo desde el desorden, han cambiado la hora, es domingo, fiestas en el olvido, el tedio.
+ Compro un libro de Samanta Schweblin. La narración, la novela ocupa la centralidad del canon, obviarlo se traduce en apartarse del momento que nos toca vivir. Para estar en el mundo no se puede dejar de leer novelas, cuentos, crónica frívolas: incluso. Ahí una verdad que se resiste a ser conquistada.
+ Escucho a la escritora en el mar del insomnio, las cinco y media: habla de su visión. Visión, qué palabra. ¿Visión es prima hermana de iluminación?
+ Post festum, pestum et post coitum, tedium.
+ «Finalmente, una perspectiva consoladora: con ayuda de la edad, la obligación de la fiesta diminuye, la inclinación a la soledad aumenta; se impone la vida real.» M. Houellebecq.
+ Una tarde agradable en una agradable casa en una agradable compañía. Todo resulta fluido y armonioso. La vista desde el jardín o desde la terraza superior nos sorprende, el panorama de la ría se extiende ante nuestro asombro: de un golpe comprendo cierta idea de geografía política o económica, pero percibo que no tiene importancia: importa la belleza de la ría, el tacto pictórico que tiene la vista, la disposición de las edificaciones. La tarde transcurre amable y cálida. Cenamos y charlamos entre risas y anécdotas graciosas, una conversación entretenida. Su nombre es alegría, un regalo. Pero, como me sucede desde que visité Sachsenhausen, el campo de concentración, no puedo evitar percatarme la fragilidad de la vida. No me entristecí, pero sí guardé silencio, no dejaba de preguntarme por cómo sucedió el Holocausto, sin olvidar otros holocaustos [al tiempo estoy leyendo El holocausto español, de Paul Preston]. Se pude indagar en las causas, pero la respuesta definitiva no la encontraremos, porque no es la historia donde se encuentran las razones del mal, mejor sería indagar en la biología, en la psicología, en la psiquiatría. Bueno, regresamos y la noche era cerrada. Hablamos sobre la conveniencia de las visitas, de saber dar por terminado el encuentro, la buena educación, respetar las distancias y los tiempos. Llovía débilmente y no dejaba de pensar en esa certeza: el mal está ahí, entre nosotros, camuflado en lo cotidiano, en aquél que nos atiende en la gasolinera, el profesor de matemáticas o en el que toca la flauta en la banda local; hombres no muy distintos a nosotros apoyaron explícitamente o con su silencio la extensión de la crueldad. Era sábado y estábamos en paz: ahí descanso.
+ La vida cotidiana previa a la Segunda Guerra Mundial (SGM). Fotos de Roman Vishniacs el lunes a primera hora, antes de irme al trabajo. Las veo y me llevan a otras que vi sobre los días previos al estallido de la Guerra Civil Española (GCE). La SGM y la GCE en sus días previos se equiparan: la gente sigue con su vida, ajena al estallido de la guerra. En ello pienso. Lo cotidiano se rompe sin explicación y aparece la dispersión, el desorden, el dolor. El frío y el miedo. Las fotos en blanco y negro son muy expresiva y esa expresividad transforma la escena, la dota de un aliento artístico: cuántas son las caras de la realidad y qué poca cuenta las fotos dan de la riqueza que se atesora en un segundo de vida, la fracción de segundo que atrapa. Veo, otra vez, las fotos en la pantalla y me parecen muy plásticas, pero sé que la vida es otra cosas y no un trasunto artístico. Queda la memoria, pero el frío y el miedo se han fosilizado. Prefiero el testimonio escrito, hoy prefiero el testimonio escrito a cualquier otro registro del pasado.
+ Imagen: la cocina el domingo por la mañana.No he tocado nada, no hay composición, salvo el encuadre que realizo con la cámara [que no es poca composición]. Me gusta la disposición espontánea de los elementos, la luz, una coloración desvaída. Julio, domingo, primera hora; como si flotasen los restos del sueño en la atmósfera: tal vez.
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