sábado, 24 de noviembre de 2018

Madrid, otoño 2018 (1)




+ Estoy en el aeropuerto y observo. Siempre observo. La música de Bach en el reproductor de Mp3, la botellita de agua, los otros pasajeros. Sentado, observo. Por un lado está el cómico célebre y sus excelentes extensiones electrónicas (teléfono, reloj y tableta con teclado), los integrantes de la selección nacional de taekwondo (tan jóvenes), y, finalmente, el hombre enfadado. El hombre enfadado tiene su pelo delineado con gomina y peine firme, traje, corbata verde y zapatos brillantes; sus gestos son contundentes y seguros, sin nervios, pero con energía: nadie le rebate y le dicen que por favor, señor, no se enfade, esto último se cuela entre el desarrollo de las Variaciones Goldberg. Yo no me quito la música y entiendo que es algo que tiene que ver con los equipajes. Su traje y sus zapatos son una unidad, su rostro tiene un enfado fosilizado. El hombre enfadado refleja muy bien la sentencia: usted no sabe con quién está hablando. Airado entra en el avión, coloca su equipaje y se sienta. No sé, ¿merece la pena? El enfado es una condena que se debe evitar, aislar. El hombre enfadado representa una clase que me incomoda; a la azafata de tierra le hace escuchar sus razones y al entrar en el avión protesta, otra vez; quizá tenga razón, pero su agria tempestad lo invalida.

+ [En el avión]. La azafata es amable. Me indica el asiento. Es joven, muy joven. A través de ella veo el pasado, que siempre es el mismo. La sucesión de las edades nunca aporta novedad, tal vez algún matiz, pero poco más. En ella puedo adivinar la mujer madura que será y en la mujer madura anticipo la anciana, y en la anciana veo a la niña que fue. Un nexo de unión. Junto a mí se sientan una pareja muy muy joven, ella le dice a él: llevo la piedra que me dio mi madre, porque me cuida. El tiempo del desplazamiento y el tiempo de espera siempre es un tiempo de observación. Yo soy un observador, soy un espectador, nunca un interprete; en silencio y en la semioscuridad. Oigo conversaciones sincopadas, veo rostros y gestos, intuyo enfados y presiento el amor. No participo.

+ Todo lo que observo está condicionado por una intuición sobre el mal, una capa que permanece debajo de la realidad, cubierta por otra capa. El mal existe. No puedo dejar de pensar en Sandhausen. Todo resulta muy quebradizo, muy frágil. Esa idea de fragilidad no me abandona. Como un zumbido. Me canso y sé que el regreso de los fantasmas del pasado no es un episodio pasajero, soy yo mismo. El que está aquí y ahora, el que debe convivir con el que fui. El mal existe, me digo otra vez y estudio la felicidad sencilla de las personas en el metro: enamorados, niños, estudiantes. Personas mayores que parecen satisfechas consigo mismas. Y lo vuelvo a pensar: qué frágil resulta la vida, basta con un instante de violencia. Rechazo la visión y me quedo en paz. He llegado a la estación de Atocha, por fin. Camino hasta las consignas y hay una considerable cola: algo no funciona en el escáner. Busco acomodo en una cafetería. Una cerveza sin alcohol y unos fingers de pollo (no es pollo, sino una pasta recubierta de rebozado: resulta una golosina sabrosa). Leo, subrayo, anoto. Los libros me acompañan. Observo, otra vez observo la rutina, la agradable rutina de los viajeros y sus costumbres: la cerveza, la tapa, la conversación, risas y sorpresas. Una familia compuesta por los padres y las hijas, hijas que ya son mayores, que han rebasado los cincuenta. Tres jóvenes con sus rutilantes teléfonos. La señora con su copa de vino blanco y unas croquetas. El ronroneo de la estación me tranquiliza. Este año he tenido un crisis de estrés, la superé y ahora me cuido más. Hablaré de ello y no seré escuchado. Momentos transparentes en donde ya no doy demasiada importancia a mis experiencias. Me retrato en mis silencios, he aprendido a callar y a no darme demasiada importancia. No sé si es una virtud o un defecto. Pasa media hora, tal vez tres cuartos de hora. Me levanto y regreso a la zona de las consignas; ahora es posible dejar la maleta. Así lo hago. Salgo al exterior y asciendo por la calle Atocha casi hasta su final; deshago el camino y estoy otra vez en la estación. Ha pasado otra media hora, tal vez un cuarto de hora. Me dirijo a las llegadas y espero. Veo llegar a K. y nos damos un abrazo. Un año más hemos conseguido quedar en Madrid, para charlar, para pasear, para estar en silencio en un parque; una vez rebasados los cincuenta años, somos mayores, lo sé y no me preocupa: estoy en calma y soy feliz, una felicidad sin importancia, en la zona de sombra que es mi puesto de observación.

+ Leo fragmentos de la Eneida durante las esperas. Me llama la atención cómo nos conecta la lectura con el pasado, cómo se oyen las voces que llegan hasta el presente. Una iluminación, una palabra, el gesto de sostener el libro. Se refleja aquel momento y éste, pero el libro es otro porque yo le doy el sentido que más me conviene. Qué ajena parece la estación de tren a todo lo que el libro ofrece; trato de establecer un puente y no soy capaz. La gente camina, la gente está atareada, la gente. Yo veo ese fluir de la manera humana y no tengo una explicación, a pesar de haber leído sobre tema, de las conversaciones, de la evidencia manifiesta: el trabajo, las tareas, la ocupación. La lectura es una urna de cristal, puedo aislarme y leer en medio del ruido, la música estridente o el tráfago diario de la gran ciudad. Aquí estoy yo, en mi torre de marfil, tan impenetrable como barata. Qué aprendizaje saber combatir el aburrimiento.

+ Podría entretenerme sólo con el recuerdo de libros que me resultaron especialmente gratos. Rememorarlos, reconstruirlos, valorarlos en la distancia. Mi vacuna contra el aburrimiento.

+ [En Madrid]. No podía dejar a un lado la muestra sobre Auschwitz, que se visitar en las salas de exposiciones del Canal. Vi el cartel que anuncia la exposición, pregunté y la respuesta fue afirmativa: vamos a verla, no será agradable, pero es necesario. Así fue. Era un martes cualquiera de noviembre, subimos al metro y llegamos a Plaza de Castilla, ese desolado paisaje urbano de edificios feos y escultura feas, un lugar sin personalidad donde se alza como un emblema en depósito agua, elevado sobre sus pilares es un recuerdo de otro tiempo, de otro mundo, pero que no ha desaparecido porque está ahí. Observé el tráfico, observé a los peatones a la espera del verde del semáforo y , como me sucede últimamente, vi a las personas y no dejé de reflexionar sobre lo frágil que resulta la vida, la de los otros, la mía en particular. La vida, algo que cuidar y proteger, algo que valorar por encima de las circunstancias. Llovía. Una lluvia fina transformaba ese nudo en una foto en blanco y negro añeja, un nudo no tiene belleza y eso era bueno para el momento: la belleza nubla y rebaja ciertas emociones. No era deseable. El depósito elevado era una baliza. Caminamos hasta la entrada de la sala de exposiciones. Allí estaba la vagoneta que transportó en torno a 150 0 200 personas al campo de concentración, algo que nos pareció imposible, en el interior de las salar estaba la explicación. El absurdo y el horror son hermanos gemelos. Los horrores de la vagoneta son un presentimiento que ha de cobrar vida en el interior, el absurdo preside cualquier intuición. En fin, muchas cosas se pueden decir, recordar, narrar, pero sobre ellas me llamó especialmente un juego de mesa que se titulaba: cazar al judío [Juden Raus]; no era un producto de la propaganda nazi; al contrario, se vendía en los grandes almacenes con una leyenda:  «juego para toda la familia extraordinariamente divertido y muy actual». Se trataba de expulsar a los judíos de la ciudad: allí estaba otra prueba que la intolerancia no nació de la nada, no nació por generación espontánea. Se pueden dar razones económicas, añadir la humillación que devino del Tratado de Versalles, sumar otras posibilidades, pero el antisemitismo estaba allí, antes que los nazis llegasen, ellos tomaron ese odio y lo llevaron hasta sus propósitos, con las conclusiones que todos conocemos, que todos creemos conocer (esa maldad se extiende has el día de hoy). No puede uno menos que entristecerse: esos que se podían considerar buenas personas jugaban con sus hijos en sus honrados hogares; no lo desarrollaron los nazis, insisto, sino una exitosa compañía de juegos de mesa: Günther and Co. ¿Dónde habita la intolerancia, el odio, la maldad? ¿Está en los exaltados que gritan en las calles o se oculta en los honrados hogares, esa mayoría que permite que asciendan los exaltados y alcancen sus propósitos? Debemos pensar sobre nuestro papel en la sociedad porque finalmente todos tenemos responsabilidad, podemos jugar a cazar al judío, hacer chistes sobre gitanos, homosexuales o mujeres, también, podemos mirar para otro lado; pero el sufrimiento se hace solido con cada gesto, con nuestra complicidad, cada vez que miramos hacia otro lado.

+ La casualidad me llevó a la exposición de Max Beckmann, a donde no tenía pensado ir.  Todos los vectores se concentran en un solo punto y nos damos cuenta más por intuición que por otras razones de cómo estamos dirigidos hacia una idea.  La idea es el dolor, el sufrimiento, la crueldad gratuita. En la pintura Beckmann encontré la emoción que buscaba, las ganas de vivir, el contraste entre lo sublime y lo brutal; las salas oscuras, la intensidad de la pintura, el silencio o el rumor leve de los visitantes me retrotraía a los horrores de la época de entreguerras, pero con una posible felicidad, que se anulaba, pero que latía bajo las pinceladas gruesas y oscuras. No me gustaría describir los cuadros, ni caer en una crítica impresionista dirigida a los sentimientos y las buenas intenciones, porque prefiero la vida, con sus escollos, con sus oasis. El dolor, el placer y el amor. La abundancia y la generosidad. Ahí, en esa naturaleza contradictoria, reside lo humano y lo humano se reflejó en la pintura de Beckmann, lo más próximo a mi manera de entender la vida.

+ Imagen: son dos imágenes que parecen solaparse: el disparo y el zoom sobre el mismo motivo. El motivo es la vida cotidiana, sus rutinas, la reiteración de lo esperado; aquello que se rompió en el período de entreguerras en Alemania, que tantas otras veces se rompió o se rompe: en este momento de la lectura. Qué cuidados necesita este equilibrio. [Me fijo en el hombre y la mujer que hablan en la la cocina: parecen tranquilos, es la primera hora de un día de semana, el cielo tiene una pureza velazqueña; Madrid o cualquier otro lugar, pero es Madrid]

sábado, 17 de noviembre de 2018

+ Límite (-s)




+ Mañana del domingo lluviosa. El gris tras la ventana, la música de Camille Saëns Saint [Sinfonía nº 3 en Do menor, Op. 78 (órgano)], el café humeante. Hay libros y periódicos sobre la mesa, pero prefiero la música: el Do menor adapta la circunstancia meteorológica al estado de ánimo. No hay cansancio, no hay aburrimiento, tampoco entusiasmo. Desde hace días se ha instalado una agradable calma que se ve reflejada en las conversaciones y en las esperas; un paréntesis, una cancelación de las prisas y las obligaciones. Dejo la música y regreso a un libro sobre la historia de Alemania: me sumerjo en las relaciones de poder en los siglos xiv y xv para luego descargar en el ordenador una imagen de mediana resolución del castillo de Wartburg en Turingia. Cierro los ojos y pienso en el castillo. Allí tradujo Lutero la Biblia al alemán. Veo, en otra fotografía, el cuarto de trabajo y creo entender aquel trabajo: la traducción o el estudio son sólo posibles en espacios con orden y un equilibrio que mantenga el hilo tenso del texto, la traducción, la lectura. Yo también preparo mi lugar de trabajo. Vuelvo a pensar. La traducción en el silencio del castillo: su disposición, la altura sobre el valle (¿más de 400 m.?), los perfiles sobre la cumbre. La música se desliza por el ensueño de los castillos y los bosques; sé que es escapismo, pero hoy es domingo y la traza de la mañana me adormece, me dejo en la virtualidad de los signos oníricos.

+ Tras su viaje oigo su voz cansada pero satisfecha. No puedo dejar de preguntarme por cierta sustancia de los viajes. ¿Aprendemos, rompemos automatismos, tan sólo es un paréntesis? No sé si hoy es posible el viaje o es esta la verdadera época del viaje, donde hay ya una representación absoluta del territorio: los mapas electrónicos y las innumerables referencias a los lugares. En cualquier caso, prefiero el recogimiento y la lectura, pero, al mismo tiempo, no estoy seguro de que sea una buena elección. Al otro lado del teléfono me habla de su cansancio tras días de largos paseos, de la experiencia y la conversación con otras personas, del ir y del regreso a las obligaciones del estudio. Todo ello conforma una metáfora, la metáfora tiene fuerza suficiente para iniciar una explicación. En este punto lo dejamos porque está realmente cansada y, aunque a mí me gustaría continuar, no es conveniente forzar la conversación, que tendrá su momento, tal vez dentro de un semana. Ella cuelga y yo me quedo pensando en qué manera la ilusión por el viaje se va transformando con la edad, pero se puede extender el cambio a casi cualquier ámbito vital. Pensé en aviones y en trenes, pensé en otros países y en bosques entrevistos desde el tren, pensé en lo que me contaron y en lo que yo no vi. Recordé a chicas que recorrían Europa en el Interrail, veían ciudades y conocían a otras personas; yo no participaba de aquellos viajes y me hacían notar una carencia: muchos años después vi las ciudades y fui consciente que nunca podría ver aquello que ellas habían visto porque yo ya no tenía veinte años, mi mirada se había contaminado de cinismo. El cinismo ha sido una nota paralizante, pero inevitable; ahora me desprendo de su nociva influencia, la verdad no es una elección.

+ Comienza la semana: coche, música en el coche o silencio. He optado en alguna ocasión por el silencio para observar el tráfico, así: todavía de noche, un tráfico denso, el palpable espesor de lo diario. Las obligaciones. Este continuo ir y venir nos configura, el contexto es otra tarea. ¿Sólo por dinero? No estoy tan seguro. He llegado a la conclusión que en una considerable cantidad de trabajo se articula en relación al juego. Una seriedad y concentración que no se abandonan nunca. Trataré de pensar en las consecuencias, pero, más tarde, mientras el coche se desliza fluidamente por la carretera hacia el límite de la provincia, creo que no es cuestión de consecuencias, ni de premios ni castigos, sino una lucha contra el aburrimiento: este temido espectro que muestra la verdad de la condición humana, su materia: el tiempo. Llueve, llueve, llueve y se abren claros. El bosque me fascina y no puedo detenerme. Vuelvo a la idea que tengo del trabajo, el trabajo como el incremento de la ganancia, pero no sólo material, sino ese espíritu de transcendencia, de falsa impresión de que el tiempo se detiene. Un cuervo vuela y el tablero del juego es inabarcable; continua el trayecto, se detiene el tiempo.

+ W.  Bennett: «La enseñanza de la literatura es la enseñanza de valores».

+ Frases que nos ayudan a comprender la realidad, pero quizá la compresión no resulte completa, ni siquiera bien orientada. Leemos y copiamos las frases que nos dan la razón, esta es la guía de la cita. V. gr.: la cita anterior se podría invertir con facilidad: «La enseñanza de la literatura no es la enseñanza de valores». Percibo el cambio, la inversión y podría extenderla a la totalidad. Voy un paso más allá y entiendo que esa es mi configuración: la certeza en lo incierto y en la paradoja. Al mismo tiempo, necesito de frases para ordenar el mundo, como oraciones que no se dirigen a ninguna divinidad. Oraciones para ateos. Refranes, paremias, consejas. ¿Límites de la experiencia, el retrato o el retratista? Vuelvo a leer las dos citas, lo uno y lo contrario y me quedo con lo segundo, en este momento, pero sé de mi inconstancia y mi variabilidad, por lo tanto debería haber una síntesis. La síntesis es el abandono a las Variaciones Goldberg, que suenan en el fondo de la sala. Sin entrometerse, sin molestar, la línea de la melodía traza el reflejo la circunstancia móvil, esa dinámica que Bach establece y me alimenta, en la primera y en la última hora del día.


+ Imagen: un recorte de un campo, poca cosa, una búsqueda de un incierto pictorialismo, quizá desgana, quizá nuestro spleen.

sábado, 10 de noviembre de 2018

Silent film




+ [1 de noviembre, difuntos]. Vamos al cementerio. El cementerio no es un cementerio con encanto, pero eso no le resta lírica: las tumbas contienen poesía porque el tema la poesía es este y no otro. Recuerdo hablar con una chica de 17 años y me decía que toda la poesía se reducía a esa constatación de la muerte, eso había sacado en claro de las clases de literatura española, de los comentarios de texto y otros ejercicios escolares. Tenía razón, tiene razón. Se mantiene en el cementerio esa atmósfera. Poco tiempo estamos, el suficiente para dejar una rosas en la tumba de mi madre y esperar mientras mi padre reza, un balbuceo silencioso. Salimos y cogemos el coche, tomamos un café y comentamos noticias del día; ahora mi padre sonríe. El dios del instante nos bendice. No somos dichosos, tampoco infelices, una estática calma inunda el día de difuntos.

+ [2 de noviembre, día de vacaciones]. Estudio, leo, anoto. Son casi las diez de la mañana, me siento enclaustrado en una nave espacial [me gusta pensar], en una cámara estanca a donde llega amortiguado el sonido del tráfico, algún claxon, el murmullo de lejanas radios: noticias, pianos, lenvantisca música de baile. Regreso a la lectura, me adentro en la mitad del siglo xix, presiento el silencio, admito mis carencias, me vacío: la lectura es un otro yo, en ese yo pongo mis sospechas. Acierto porque retraso el juicio.

+ Días atrás, mientras tomaba un café, vi a un hombre temblar. El camarero le sirvió una larga copa de coñac, el hombre la tomó con dificultad y la apuró hasta las heces. Su rostro era tristeza y cansancio, un bigote quemado por el tabaco, la piel acartonada, los ojos: vidrio y lejanía, cubiertos de una niebla como una gasa sucia bajo la cual un azul verdoso se licuaba sin agitarse. Nos miramos y mi mirada era severa, injustamente severa, él lo percibió y bajo sus ojos con vergüenza. Me sentí mal. Era un bar cercano al puerto: maderas quemadas por mil cocinas de caldos y carnes inmortales, luz amarillas y un continúo sonido de tragaperras y conversaciones enfundadas en vino agrio y sentencias sin fundamento. No me gustaba el bar, no me gustaba el dueño [tan entrometido, tan charlatán], no me gustaba la clientela, pero finalmente no pude menos que sentir piedad por aquel hombre: la esclavitud era su emblema, pero también el mío y la solidaridad brotó. Salió. Acabé mi café y salí a coger el coche. Estaba sentado en un banco, fumando, como un conejo asustado. Ya no temblaba porque el veneno hacía su trabajo.

+ Organizo la jornada para que en la última hora del día poder leer narrativa: novelas o cuentos. He llegado a la conclusión que sin el aliento artístico la lectura se queda en nada. Al mismo tiempo, no puedo dejar de pensar en aquellos que consideran el abandono de las novelas y los cuentos como un síntoma de madurez. Podría ser, pero prefiero rechazar esas coordenadas. Insisto en mi sistema de canonización, qué mejor que tener unas lecturas sistemáticas: no leo libros, indago en temáticas que he establecido previamente, la sal de la narración resulta indispensable. Hay cuestiones sobre las que no acepto discusión, tampoco las muestro y así permanecen en el secreto de lo diario, sin interrupciones.

+ El hombre que tiembla merece un retrato, más fotográfico que pictórico, más cuentista que novelístico. El hombre permanece definido en mi memoria, continúa temblando. Silent film.

+ Cuentos de los bosques de Viena. El título del vals me lleva a un escenario propicio para la narración: el bosque. Suena la música y se encienden las posibilidades que sugiere el tres por cuatro: como si los viese bailar en un claro del bosque, pero percibo cierto dolor, algo que se ancla en mi tendencia a la tristeza. La música fluye sin obstáculos y pienso en la alegría y la otra cara de la moneda. Finalmente, escucho el Lied interpretado por Elisabeth Schwarzkopf: los arroyos, las montañas, los violines, el amor, el baile, la juventud.

+ Bosques: me intrigan los bosques. La profundidad y la oscura materia que esconden. Me pregunto por el silencio o por el zumbido: el viento mueve los árboles y las hojas entrechocan, fluye una corriente de agua y grazna el cuervo. Los cuervos son animales sagrados, le digo y a mi hermano mientras pienso en los cuervos que he visto tantas veces en las cercanías de la ría. La luz desciende matizada, como cuerdas tensas, la luz llega hasta la tierra oscura y grasa. Inspiro y el frío de la mañana me reconforta: no me disgusta el frío. El vaho sale mi boca y en el aliento se dibuja mi alma y el calor es otra transformación. Mi cuerpo en el bosque es mínimo: unas pisadas, alguna rama rota, un chasquido imperceptible. Vuela el cuervo y se dirige hacia el otro lado de la montaña. Los Cuentos de los bosques de Viena regresan a mi memoria, la música del vals, sus meandros y sus cotas. El territorio se refleja en el mapa, pero el mapa sólo es un herramienta para fines muy determinados, no se llega a capturar la intensa verdad que yo tampoco alcanzo a entrever. Mi madre murió hace ocho años. El bosque me anuncia la proximidad del aniversario. Yo soy el que la palabra pone en los perfiles del bosque. El coche avanza y yo guardo silencio.

+ Como ejercicio de estilo me propongo esmerar mi caligrafía, pero desisto. Luego veo una noticia en un periódico electrónico local que habla de la Livraria Lello.  Una presentación de libros, tal vez, y con nostalgia recuerdo haber ido allí cuando allí no iba nadie, recuerdo haber bebido allí oporto barato y aspirar el polvo fino de los libros que no se vendía. Hoy es un atracción turística. Hay un cierto desgaste a pesar de que la librería luce como nunca. Nos gusta lo particularmente recóndito y oscuro, la soledad de los barcos naufragados, que es lo que era en aquellos día Lello. Ay, los ejercicios de caligrafía.

+ Imagen: después de pasear por una playa, en Portugal, aparece la construcción que fotografío y ahora cuelgo. Como si existiese un nexo entre el momento y el diseño espontáneo, el hilo de la creatividad, el rechazo al espíritu de la pesadez: un explosión de alegría sin fundamento, alocada y efímera. Al tiempo, algo de sepulcro veo en la fachada, pero esto en lugar de no ser un mérito instaura una posibilidad. Muere del día.

sábado, 3 de noviembre de 2018

Post festum




+ [La cámara de Nefertiti].  No había mucha gente en el museo. Caminábamos por las salas sin demasiado interés, más concentrados en las contradictorias sensaciones que Berlín nos ofrecía que en las piezas de arte asirio, por ejemplo. Muros azules, momias, jeroglíficos. Quizá fijarse en detalles sin importancia nos otorgaba una alegría evaporada, sin mucha consistencia, pero no era el momento. Las salas se sucedían y, como en otras ocasiones, yo observaba lo que los ventanales ofrecen. El cielo, un tejado, el perfil de una estatua: allí vuela un pájaro negro. Al fin, llegamos a la cámara de Nefertiti y fui consciente de cómo la banalidad nos traspasa: ante los milenios no somos nada, ante un segundo tampoco. Sé que el aspecto de Nefertiti es producto de restauraciones, restauraciones logradas, pero restauraciones; ya no se contempla el tiempo que en ella se posa sino la lectura experta del restaurador: aunque su propósito sea que su trabajo no se note, el trabajo está ahí. Pero había una posibilidad de enamoramiento que se conecta con la ciudad. Con todo, podría ser una mujer de hoy día y eso me turbaba: se sostiene la permanencia de los rostros y los gestos: ese realismo que la figura tiene y nos traspasa: la misma materia que sostiene nuestra forma. Desde la sala contigua la gente hacía fotos tratando de atrapar esa magia inasible. Allí con diferentes artilugios fotográficos los visitantes disparaban; yo también disparé, pero no sobre la pieza, sino sobre los cazadores. Mi tendencia hacia lo paradójico. En la tienda del museo compré una reproducción que terminé por enmarcar con un marco barato: ahora está en ese muro que construyo. Nefertiti arropa mi sueño, me gusta pensar en la última hora del día.

+ Escucho la RAI y leo una reseña del último libro de Samanta Schweblin. Uso el ordenador, uso la tableta. Ha comenzado el frío, el día es claro, me espera la tarea diaria. Todas las acumulaciones son caóticas, acumular se enfrenta al orden. El aparente orden espontáneo de las acumulaciones debe ser estudiado con atención: lo hago, pero la ubicación de los libros se plasma en los agrupamientos temáticos. Creo entender esto, pero me equivoco. La RAI detalla problemas sobre educación y Samanta S. nos habla de unos peluches con cámara incluida ante los que exhibirse, un extraño al otro lado controla la cámara y el movimiento del peluche, la cámara está tras uno de los ojos de cristal. Samanta S. vive en Berlín, Samanta es argentina. Pienso que Berlín es un buen lugar para alguien que escribe. El frío matiza la geometría de los edificios, son precisos sus perfiles a esta hora. Escribo desde el desorden, han cambiado la hora, es domingo, fiestas en el olvido, el tedio.

+ Compro un libro de Samanta Schweblin. La narración, la novela ocupa la centralidad del canon, obviarlo se traduce en apartarse del momento que nos toca vivir. Para estar en el mundo no se puede dejar de leer novelas, cuentos, crónica frívolas: incluso. Ahí una verdad que se resiste a ser conquistada.

+ Escucho a la escritora en el mar del insomnio, las cinco y media: habla de su visión. Visión, qué palabra. ¿Visión es prima hermana de iluminación?

+ Post festum, pestum et post coitum, tedium.

 
+ «Finalmente, una perspectiva consoladora: con ayuda de la edad, la obligación de la fiesta diminuye, la inclinación a la soledad aumenta; se impone la vida real.» M. Houellebecq.

+ Una tarde agradable en una agradable casa en una agradable compañía. Todo resulta fluido y armonioso. La vista desde el jardín o desde la terraza superior nos sorprende, el panorama de la ría se extiende ante nuestro asombro: de un golpe comprendo cierta idea de geografía política o económica, pero percibo que no tiene importancia: importa la belleza de la ría, el tacto pictórico que tiene la vista, la disposición de las edificaciones. La tarde transcurre amable y cálida. Cenamos y charlamos entre risas y anécdotas graciosas, una conversación entretenida. Su nombre es alegría, un regalo. Pero, como me sucede desde que visité Sachsenhausen, el campo de concentración, no puedo evitar percatarme la fragilidad de la vida. No me entristecí, pero sí guardé silencio, no dejaba de preguntarme por cómo sucedió el Holocausto, sin olvidar otros holocaustos [al tiempo estoy leyendo El holocausto español, de Paul Preston]. Se pude indagar en las causas, pero la respuesta definitiva no la encontraremos, porque no es la historia donde se encuentran las razones del mal, mejor sería indagar en la biología, en la psicología, en la psiquiatría. Bueno, regresamos y la noche era cerrada. Hablamos sobre la conveniencia de las visitas, de saber dar por terminado el encuentro, la buena educación, respetar las distancias y los tiempos. Llovía débilmente y no dejaba de pensar en esa certeza: el mal está ahí, entre nosotros, camuflado en lo cotidiano, en aquél que nos atiende en la gasolinera, el profesor de matemáticas  o en el que toca la flauta en la banda local; hombres no muy distintos a nosotros apoyaron explícitamente o con su silencio la extensión de la crueldad. Era sábado y estábamos en paz: ahí descanso.

+ La vida cotidiana previa a la Segunda Guerra Mundial (SGM). Fotos de Roman Vishniacs el lunes a primera hora, antes de irme al trabajo. Las veo y me llevan a otras que vi sobre los días previos al estallido de la Guerra Civil Española (GCE). La SGM y la GCE en sus días previos se equiparan: la gente sigue con su vida, ajena al estallido de la guerra. En ello pienso. Lo cotidiano se rompe sin explicación y aparece la dispersión, el desorden, el dolor. El frío y el miedo. Las fotos en blanco y negro son muy expresiva y esa expresividad transforma la escena, la dota de un aliento artístico: cuántas son las caras de la realidad y qué poca cuenta las fotos dan de la riqueza que se atesora en un segundo de vida, la fracción de segundo que atrapa. Veo, otra vez, las fotos en la pantalla y me parecen muy plásticas, pero sé que la vida es otra cosas y no un trasunto artístico. Queda la memoria, pero el frío y el miedo se han fosilizado. Prefiero el testimonio escrito, hoy prefiero el testimonio escrito a cualquier otro registro del pasado.

+ Imagen: la cocina el domingo por la mañana.No he tocado nada, no hay composición, salvo el encuadre que realizo con la cámara [que no es poca composición]. Me gusta la disposición espontánea de los elementos, la luz, una coloración desvaída. Julio, domingo, primera hora; como si flotasen los restos del sueño en la atmósfera: tal vez.

sábado, 27 de octubre de 2018

Fragmento de Berlín







+ Llegamos a Berlín de noche y de noche nos fuimos de Berlín. Aviones, trenes, estacionamientos, metros en superficie, metros bajo tierra, la luz difusa y nocturna que embosca la geometría de la ciudad,  la geometría se pliega. Los trenes nocturnos poseen una lírica particular. Berlín eran trenes nocturnos y pasajeros con su botella de cerveza (1/2 litro): ese hipnotismo nervioso. El cine expresionista entrevisto en la adolescencia. Entonces pensé en los Lieds de R. Strauss cantados por Elisabeth Schwarzkopf: me gusta la profundidad que aparece en ciertas consonantes, me trasladan a valles profundos y bosques infinitos, los pilotos rojos de los coches que comienzan a dibujarse en el declinar de la tarde y en el inicio de la noche, coches que surcan perfectísimas carreteras orladas de coníferas, montañas que apuntan más allá de lo que la vista alcanza.

+ El tren atravesaba la noche velozmente, luces lejanas, silbidos, árboles, tejados, la lechosa claridad de una estación donde el tren no se detenía. Nos mirábamos y sonreíamos, ya que el viaje es una parte de la construcción del amor, del amor y sus proyecciones, territorios y tiempos.

+ [Nuestra casa en Berlín] M.B. nos esperaba: camisa vaquera, pantalón vaquero, y unas chancletas que acogían sus muy cuidados y hermosos pies: uñas rosa pálido, como porcelana, tal vez. La mezcla de acentos que emergía en su correcto inglés transformaba la estancia en música alzada. Era el portugués de Brasil el que triunfaba sobre las otras lenguas. Luego esbozaba con gracia frases en español o en italiano, en una indistinta continuidad. La casa se asomaba a un parque, los árboles comenzaban a perder sus hojas, la imposición del otoño; esa melancolía agradable, nos dijo. Lejos de la paradoja, los árboles siempre tienen una humilde dignidad que me reconforta. Silencio. Como el frotarse los élitros, el sonido de los electrodomésticos recubría la música proveniente de un pequeño altavoz. Una capa de intensidad. Me fijo en estas cosas y las recuerdo con precisión, me planteo las posibles relaciones entre ellas y edifico un mundo: soy improvisación y dispersión, no siempre. Mi tendencia al barroco y a la fantasía, de niño era así y en ello me reconozco: ahora lo veo veo con claridad, antes no. Nos despedimos de M.B. y nos fuimos a la cama tomados por el cansancio. Caí en un sueño profundo: el discurrir del relato se estructuraba en torno a actividades cotidianas, sus derivaciones y la posibilidad de un ascenso. No tenía esperanza de que fuese un presagio, pero me hizo gracia. El día llegó y la previsión era cielo despejado: erraba. Las nubes volaban suaves, tranquilas, marmóreas en el cielo de Berlín, pero oscuras, profundas, románticas. Así entiendo yo la expansión del romanticismo: un paisaje que alcanza nuestro presente, tan deudores somos de su presencia. Un anuncio de lluvia en cada voluta, en cada circunvolución.

+ No puedo construir un relato ordenado sobre Berlín. La emoción y la indiferencia. La lluvia, el cielo gris, las calles.

+ [La botella de cerveza, medio litro de cerveza]. En muchas ocasiones lo que nos da el tono de una ciudad son detalles y no las indiscutibles landmarks. Así, nosotros, cuando viajamos en el el S-Bahn no podíamos dejar de fijarnos en los viajeros que bebían cerveza de sus botellas de medio litro: metódicos, impasibles, concentrados en el trago lento y substancioso. Miradas al frente, perdidas en el traqueteo del tren, en la nada, sin deseo. Una atenuada sensación de finitud: en cada trago parece desvanecerse la anomia, me digo una vez más. Las botellas de medio litro, un recuerdo nítido. ¿Hay una referencia en ese hábito, tan extendido? Pensé: ahí hay una nota disonante en disciplina extraña y necesaria, una nota que se opone a la perfección de la ciudad. Una regulación explícita que se salta, pues son evidentes los letreros donde se está prohibido beber alcohol en los trenes, pero los bebedores de cerveza son tenaces y yo los observo porque sé lo que supone la ebriedad, la anulación manifiesta que contiene, por leve que sea esta ebriedad: se bebe para sentir ese despojarse, por una cierta desinhibición o por un recogimiento que nos aleja de nuestra mismidad, de la circunstancia, del tiempo que nos comprime. La ciudad es luz y geometría pero un fantasma se desliza siniestro entre nosotros, en el vagón, en las botellas, un genio habita en el vacío y la única respuesta que entrega es el olvido. El olvido flota en los trenes nocturnos, de regreso al hogar desde los rutinarios trabajos, el olvido flota translucido y yo lo he visto.

+ [¿Cabe la posibilidad de que beber cerveza directamente de la botella sea una excepción a la norma que impide beber alcohol en los trenes?, me pregunto hoy, cuando corrijo el texto].

+ Me preguntan por los días en Berlín y no tengo respuesta, porque hablar de decepción es necesariamente injusto y mostrar entusiasmo es la otra cara de la misma mentira. Por un lado sé que hay un punto siniestro dentro de mi visión, que alcanza a Berlín, a Alemania, que encaja con un algo construido desde la infancia: recuerdo la primera vez que vi el rostro de Hitler, lo recuerdo muy bien. Recuerdo preguntarle a mi padre quién era aquél hombre, y recuerdo que me explicó algo, no demasiado, y aunque me resulta imposible reconstruir aquellas palabras, sí me puedo volver a ver la portada de la revista, los ojos fríos y penetrantes. Una semilla germinó: un presentimiento sobre la maldad: la unión de aquel rostro y lo que mi padre me dijo sobre la Segunda Guerra Mundial, el Holocausto y el dolor. Pienso, ahora, en la maldad, en una violencia cruel y reiterada; me percute, me hago cargo de una paradójica naturaleza, que se resiste a ser atrapada, pero lanza un zarpazo inesperado y frío, certero. Sí. Cuando vi la primera placa en el pavimento en memoria de los que llevaron de su domicilio al campo de concentración o de exterminio me asaltó esa misma perturbación que cuando vi el rostro de Hitler y escuché lo que mi padre me explicó: han pasado más de cuarenta años.

+ Ahora íbamos en un ultramoderno tren hacia Sachsenhausen, el campo de concentración: 37 kilómetros lo separan de Berlín. Me pregunté, entonces, por el núcleo de lo humano y me vi incapaz de dibujar un trazo limpio que fuese de un punto a otro: era imposible, permanecí en silencio y observé los bosques que orlan las vías del tren. A C. y a mí nos llamó la atención la ausencia de relieve, no había ni siquiera una colina (es un detalle sin importancia pero yo pensaba en aquellos que iban hacia el campo de concentración sin saber a dónde iban, qué les esperaba; pero ellos veían el mismo paisaje de bosques inmensos, apeaderos, algún almacén). Las estaciones se suceden y el tren no para, el vagón está vacío, salvo nosotros y una anciana de gafas doradas, espeso pelo blanco y un bastón negro, brillante, esbelto. La agitación que me perturba se manifiesta en toda su magnitud: la misma que sufrí aquella mañana en casa de mi abuela, cuando someramente mi padre me explicó algo sobre aquél hombre, unas palabras flotaban sobre la portada de la revista y yo estudiaba su mirada, nada más: el mal. Llegamos a la estación de Oranienburg y había una multitud en la parada de autobús, me recordó a las colas que vimos en Lisboa para tomar un tranvía [en qué medida el turismo es intercambiable, sin importar lo que se visita: la pastelería donde se venden os pastéis de Belem o el campo de concentración; sentí pena: yo estaba allí y yo era parte de eso mismo].

+ El autobús 804 iba atestado de gente, con sus cámaras, su ropa de trecking, las mochilas, y los teléfonos no cesaban de consultarse: fotos, vídeos, canciones, respuestas […]. Oía con claridad las risas brillantes de unas chicas francesas: su lozana presencia, el palpitar de su alegría, la verdad incontestable de su juventud. El contraste era doloroso: veía casas, árboles, urbanizaciones; hombres que trabajaban en un huerto, mujeres con una bolsa de la compra, un operario que repara una avería en un poste telefónico. La vida sigue en una sucesión de tareas, gestos y obligaciones que son incapaces de acallar el pasado. Una áspera presencia inmaterial me asaltaba, un déjà vu, una sensación hipnótica que comenzó con el aterrizaje en Berlín. Una vibración agitó un algo sin nombre que habita en el aire.

+ El campo de concentración me conmovió: una punzada. El espesor del pasado se trasladaba al presente, y esa transición constataba certezas sobre el hombre que no se pueden obviar: la crueldad extrema. Los objetos de los prisioneros, la palabra asesinato, la juventud de los asesinos y sus prácticas (…): la acumulación de pruebas que atestiguan los crímenes,  pero, entonces, me inquietó con mayor intensidad el bosque, los árboles, su elegante perfil: testigos mudos, silenciosos, con el silencio eterno de la muerte. Ese silencio.

+ [Arquitecturas del mal]: funcionalismo, los azulejos de las cocinas, la enfermería, la contundencia de las formas, la geometría y la exactitud de la disposición en triángulo que el campo tiene; el color verde de los muros, la biblioteca del comandante, la visión del campo que se tiene desde la ventana en la que se situaba una potente ametralladora. Recordé a Foucault, recordé que las arquitectura son un texto que se debe leer como el texto que es. Recordé colegios, cuarteles, hospitales. Las arquitecturas disciplinarias por donde yo había transitado. Recuerdo bajar por las escaleras, recuerdo su pasamanos, recuerdo el brillo de los barnices. Recuerdo la biblioteca del comandante del campo y recuerdo el sillón donde leía. El silencio. La arquitectura traza un texto que como todo texto reclama interpretación y sentido, pero tanto la interpretación como el sentido parte de nosotros, más allá del texto. Recuerdo ver en un panel la foto de uno de los crueles vigilantes del campo: apenas tenía diecinueve años.

+ En una ocasión alguien me dijo: «Cómo mi abuelo iba a recorrer España matando rojos si tenía sólo 19 años», nada dije y pensé: «Precisamente por eso, porque tenía 19 años».

+ No se debe hablar mucho de la visita. La evidencia se reflejaba en las personas: unos lloraban y otros permanecíamos en silencio y turbados. El relato del horror que trenzaba la audioguía, el plomizo cielo y, otra vez, los arboles que arropan las torres de vigilancia, que se asoman tras el muro, en torno a la terrorífica vivienda del comandante. Silencio, paz, horror. Salíamos del sueño pesado, de la certeza de una pesadilla, pero un terror era más punzante por su conexión con la realidad y lo banal: no desapareció con la vigilia.

+ Tomamos otra vez el 804. El silencio, los cuerpos, el zumbido. Los árboles, las casas, la estación que aparece otra vez ante nosotros. Descendemos y el guía de una excursión se despide, alguien le dice algo en español: esas preguntas sobre el mal y pienso que bastaría la instauración de una impugnidad para que surgiese otra vez. El cielo ofrecía su plomo sucio, había charcos en la explanada de jabre pisado, el zumbido se rompe cuando se oye la llegada del tren. Regresamos a Berlín.

+ Ahora que el recuerdo comienza a sedimentarse veo la ciudad desde otros ángulos, al calor de una otra poética en la que colabora una foto de Nan Goldin, fuera de la crueldad entrevista: paisajes que emergen en los sueños y no nos anuncian nada, salvo la contemplación a la que nos remitimos. Berlín ahora es un escenario propicio para narraciones, como las que se contienen en la foto de Nan.  Busqué el pequeño libro de fotos de Nan Godin. Lo abrí y llegué hasta la mujer que se mete en el baño, una foto tomada en Berlin: «Käthe en la bañera, Berlin, Alemania, 1984». Espejos, un monocromo escenario, el cuerpo desnudo como realidad inconstable, la honestidad evidente, la evidencia de lo finito. Un acento sobre aquellos días llegó del pasado con esta foto, la certeza del mal, pero también una certeza de su contrario: la generosidad, el silencio, la posibilidad del amor. Así quiero recordar Berlín, mediante esta foto, sin olvidar mis tribulaciones.

+ Nos despedimos de M.B. y de su familia. Aquella última media hora antes de tomar el S-Bahn hacia el aeropuerto me aproximaron a la ciudad, a la belleza de aquella última hora de la tarde que se reflejaba en los rostos que viajaban con nosotros en en S-Bahn. Alguien irguió la botella de medio litro y bebió. Yo comencé a despertar. La noche caía implacable.


+ [Hubo muchas otras cosas: comidas agradables, el hermoso concierto de la Filarmónica de Berlín (Sibelius y Grieg), paseos, fotos, risas, cervezas, atractivas mujeres y atractivos hombres, esbeltas bicicletas, parques, niños felices, Nefertiti, algún cuadro, alguna foto, unas postales, una carta, besos, abrazos (...), pero yo dormía, dormía desde que llegué a Berlín y en ese estado me desplacé y sentí el peso de la ciudad, un gran peso que no he conseguido liberar. En el Museo del Cine Alemán vi una foto de Cesare, el sonámbulo de Das Cabinet des Dr. Caligari, vi a Cesare y en él me vi reflejado: ¿era yo también un durmiente, todavía lo soy?].

+ Imágenes: el S-Banh llega a la estación: llueve, los árboles, la nostalgia de la adolescencia decrece y el presente se ensancha. Un portal en Belín Este, la noche nos arropa y la avenida es muy amplia: las sombras, el silencio, el perfil de la masa de árboles. El número 3 es mágico: enumeraciones de tres elementos. Un fragmento de alguna arquitectura mínima: la evocación, la geometría, lo que se puede abstraer en el disparo de la cámara. Las placas en el suelo que recuerdan a los que se llevaron y nunca volvieron: es también nuestro presente, podemos vernos reflejados en un pasado que no hemos vivido, donde palpita el infierno; un sonido sordo y constante, un zumbido que tres semanas después persiste, las dos placas constatan la tentación siempre presente: la maldad [no se puede obviar].  Por último, coloco en el atril que utilizo para el estudio el pequeño libro de Nan Goldin, busco la foto de Käthe en Berlín y disparo: queda reflejado el reencuentro. ¿Volveremos a Berlín?

sábado, 20 de octubre de 2018

El regreso




+ Bosques entrevistos desde el coche. Los veo en invierno, en otoño, en verano, en primavera. Los veo, los observo, los estudio. No es mi trabajo, pero mi trabajo diario me lleva por sus orillas, desde la carretera los veo mientras me desplazo a mis diarios objetivos laborales. Así, he adquirido la capacidad de leer en sus líneas de fuerza: el liquen asciende por los troncos en el final del invierno: tan visible, esa simbiosis, veo los caminos perfilados por los intersticios que se forman entre los árboles, las rocas, el fin del bosque y el comienzo de la montaña desnuda, donde asoman piedras, lacerados páramos, casas salpicadas y en la cumbre un repetidor de televisión: antena y caseta cercada. Observo desde lejos la caseta: la arquitectura requiere otra lectura, la arquitectura es un texto y me pregunto por el texto que conforma la caseta y la antena. ¿El bosque es un texto? Hay una radiación que imposibilita lo absolutamente natural porque ya no es tampoco una realidad a imitar [me digo y dudo, como siempre dudo]. La música atesora preguntas por explorar, esa abstracción me transporta a indicios difusos, que no desean la concreción y en ellos me detengo. Me dejo llevar y me centro en la conducción porque esa es la tarea.

+ Soy incapaz de descifrar el rostro que asoma en el ordenador. Es un retrato de Goethe. Estudio su mirada. Lo dejo y pienso en el pequeño tomo que compré en Capodimonti. Goethe en italiano. Nápoles. No me he esforzado mucho en la tarea de llegar a la traducción del rostro del escritor alemán, ni siquiera tengo ganas de aventurarme, así son estos días de otoño, este otoño cálido, de agradables brisas y provechosas lecturas. Sólo escribir, sólo leer, y observar cómo la calle tiene vida propia. Pero el rostro sigue ahí: la severidad, la autoriadad, el respeto; tal vez. Sé que me falta algo, que nunca llegaré a tener la clave que ilumina la verdad del retrato, pero verlo me retrotrae a tiempos ya lejanos donde el retrato me interesaba muchísimo. ¿Todavía me interesa? Oigo murmullos que ascienden desde la calle y me parece que habito en una torre. Las 17:34. Hombres que trabajan, niños que corren, el día es amplio y su dimensión me abruma: ¿duran todos los días lo mismo? Conocemos la respuesta: no, pero la pregunta es pertinente. Goethe me deslumbra, por su figura, por la veneración profesada. Ay, en otro momento comenzaré con el retrato de Hegel. Otro día, otra semana.

+ Recupero el libro de fotografías de Charles Bukowski y el libro de letras de Jarvis Cocker. Los coloco juntos, en un primer momento. No sé si constituyen una unidad, pero interesa pensar en la posibilidad. Las extrañas alianzas llevan a descubrir una parte de nosotros, quizá no se trate tanto de descubrir y sí de construir. En cualquier caso, el libro de Bukowski es para descomprimir cierto nerviosismo previo al viaje, el libro de Jarvis es para el viaje mismo. En realidad el enlace está en el viaje, pero la verdad del enlace está en ese mi deliberado fetichismo. El estilo, la posibilidad de la paradoja, la escritura, la lectura, una inclinación hacia lo libresco y a la constitución de percepciones a partir de la actividad lectora. (Voces que llegan desde otros pisos me recuerdan que soy mortal, y cuánto bien me hacen). Veo el equipaje a medio terminar y yo me reflejo en su materialidad, aquí utilizo la herramienta marxista del reflejo: toda obra de arte refleja la sociedad donde se ha producido [Georg Lukács], así mi equipaje refleja mi mismidad [etc]. Los libros y los lectores concretan una alianza duradera, pero efímera, yo soy en ellos, pero ellos son porque yo soy. Bukowski y Jarvis, hoy.

+ Recupero el libro Historia poética de Nueva York en la España Contemporánea, de Julio Neira.

+ La lectura se detendrá por unos días. Es bueno dejar la rutina a un lado, para volver con más ganas. Mientras tanto, debo reflexionar en cómo Nueva York se ha constituido en un tema, del que no sé el recorrido que tendrá. ¿Leeré poemas, tendré noticias más o menos curiosas, fotos, vídeos? Todo está al alcance de mi mano, incluso visitar la ciudad. La lectura no descansará totalmente porque llevo una introducción a la teoría literaria y el libro de Jarvis del que antes hablé. «Nulla dies sine linea».

+ Devuelvo el libro sobre la poesía española en Nueva York al estante, no es el momento, pero llegará. Los libros establecen su momento, por encima de nuestros deseos. Creo que es ahí  donde el autor se diluye.

+ Se muere la diva operística y con muy mal gusto publican una antigua entrevista donde ella sale muy mal parada. Hay cosas que se deberían penar. La mañana comienza con ese recuerdo y no deseo que sea un desagradable acento, al contrario: para reflexionar sobre la fugacidad y la imposibilidad de enfrentarse a la certeza inapelable.  Más tarde escuché la voz de la diva, que inundó el coche, que tiñó la mañana. Sólo escucho música clásica, a no ser que los locutores hablen demasiado: entonces busco alguna emisora pop, donde sepa que no hablan, que como mucho presentan las canciones. Ay, la muerte y la maledicencia.

+ [Nota: durante el viaje y la estancia en Berlín nada leí del libro de Jarvis. Podría haber tenido la intuición, pero confié, una vez más, en mi capacidad para leer en los viajes, una capacidad nula]

+ Imagen: deliberadamente la foto ha sido maltratada, hasta perder el foco, los colores, el sentido. ¿Ha perdido su sentido o adquirido otro, un reflejo de la intención del momento? La lectura se abre como esas flores de té japonesas: inunda la transparente tetera. [Me parecen tan actuales las dos mujeres, operando con las pequeñas pantallas de sus teléfonos inteligentes, sus ropajes negros, el escenario que Arco2018 supone: y un etcétera de ítems]

sábado, 13 de octubre de 2018

Wahlheimat


La Rochelle


+ A última del día leo, leo cosas que no conciernen a la obligación diaria. Ayer en esas lecturas encontré dos veces *más bueno. En un filosofo y en un novelista. Ninguno de los dos es un mediocre, tampoco un ignorante.  Eso confirma que la forma mejor va muriendo. Es raro, cada vez es más raro que oír que se emplee. Las palabras tienen vida, en el sentido que nacen, crecen, se reproducen y mueren, con la particularidad que tienen la posibilidad de resucitar. Yo no tengo labor de fiscal, simplemente observo. Soy un observador, del lenguaje y de la vida.

+ En lugar de superstición, prefiero ritual [repito].

+ Ese oficio del observador invade mi actividad, la totalidad de mi actividad. Como el agua que anega un prado, cada vez hay menos zonas abierta al aire de la mañana. Me siento y veo la vida pasar, lo dejo y regreso a la lectura. Mi actividad me lleva al apartamiento. No me planteo cuestiones morales. La biografía no puede ser dilucidada por el que la construye, la sufre. Mi calidad de observador me hace ocupar un lugar neutro, este lugar tiene su concreción en la última hora del día cuando toca, con la luz apagada, hacer un examen de lo que ha ocurrido, el sueño me alcanza y todo se desvanece. Ese diálogo con un otro yo me hace saber donde está la juntura entre la vida y el sueño, la vigilia y el sonámbulo. No soy un sonámbulo, pero la vigilia me produce rechazo: la actividad frenética, la ambición y la codicia, la seguridad, la risa de la fiesta, la marcha de marea humana, los político y los votantes. Me corrijo y alcanzo llega una extraña paz. El prado está totalmente inundado y el agua refleja el sol, la caricia del aire templado es agradable, sé que tengo suerte y lo celebro porque sé darme cuenta de ello, la suerte existe, aunque positivamente no se aceptable esta concreción. En fin, la radio atruena y hay que acudir al trabajo: ese deseable u odiado bucle.

+ Por casualidad he visto en mi teléfono la duración de todas las llamadas, desde que tengo el teléfono:he hablado con el más de 488 horas, horas que superan veinte días continuados de conversación, sin interrupción. Poner sobre el dato un acento aporta una astilla de inquietud, pero es mucho tiempo. ¿Una etiqueta? Dónde está todo lo hablado, me digo y cierro el contador del cacharro. Nuestra vida se somete a variadas contabilidades, por un acierto o por un error se eleva nuestra configuración y casi no lo contamos.

+ Una visita a una enferma, un entierro y una medición. Ese fue el periplo del penúltimo viernes de septiembre. El hospital se eleva sobre una montaña, desde allí la ciudad aparece como un animal tendido al orilla de la ría de Pontevedra; acero, colores pastel, pasillo iluminados tenuemente; la enferma se ha recuperado y regresa a su casa, al borde de la ría de Vigo: está contenta y habla con distancia de la cicatriz que le ha quedado en el vientre; su alegría hace que me sienta bien. El funeral previo al entierro: un pequeña iglesia, el campo de la fiesta, los coches apiñados, conversaciones sobre el pasado lejano, la traza de una autovía, el atuendo, las costumbres olvidadas, cenas y nombres que se comienzan a olvidar: Jallejo, o Páxaro-Cabra, Manolo o do Monte. El sonido de su voz hunde su huella en mi memoria. La medición es un éxito, no hacen falta ni quince minutos y el resultado satifactorio: 297,00 m2.

+ Lectura de Foucault en las última horas de la tarde, poco antes de salir a pasear. Es domingo y la fuga de Bach llega desde el salón. Hace calor, es domingo, las novelas tienen un componente de conocimiento que nunca se debe despreciar. Sumo las tres afirmaciones y me retrotraen épocas pasadas no tan felices. La yuxtaposición y la distancia entre enunciados es algo propio de la ebriedad. La ebriedad ha sido desterrada y leo a Foucault. ¿Es otra ebriedad ésta que se hace carne en la lectura? No.

+ A veces escribo palabras en Google y le doy a la pestaña para buscar imágenes. Retrotraer, proposición, enunciado. Las imágenes que recupera el buscador tienen un punto de definición que debe ser observado.

+ Busco aleta en el catálogo de imágenes. No me satisface. Duermo. Sueño que camino descalzo; cuando me despierto busco el significado del sueño y se me devuelve tras la búsqueda la razón: inseguridad, soledad, miedo; no estoy de acuerdo. La acumulación de detritus entorpece el comienzo del día, una limpieza superficial lo soluciona.

+ Pienso el entierro. Las series que se deslizan por el tiempo, como una generaciones narran los avatares de las generaciones anteriores, pero llegará un día en que nadie esté para narrar lo que ahora sucede. Es un mundo que desaparece. Yo sólo soy un observador, pero en la mirada pongo todo lo que sé, que no es mucho, pero me gusta pensar que tiene la posibilidad de flexibilizar la descripción, la anécdota, la peripecia. Es flexible mi intención, en su plasticidad reside su fuerza.

+ Wahlheimat (al.): patria adoptiva.

+ Imagen: una licorería en algún lugar de Francia cuando la noche ya es cerrada y disparo por una luz que me conmueve, por el color del oro, por la venenosa y engañosa transparencia de los licores.

sábado, 6 de octubre de 2018

Las supersticiones y los rituales


La Rochelle

 + Leo a últimas horas una novela. Creo que la novela tiene una capacidad de agrupamiento que resulta ajena a cualquier otro texto. Cada texto tiene su textura. Al final del día, después de una intensa tarde de lectura, estudio y notas, encuentro en la novela un aproximación a un cierto sentido de mi actividad, tal que me recordase quién soy. No es algo que se pueda llevar al laboratorio y extraer consecuencias válidas para una generalidad de lectores, porque es algo íntimo y responde a una construcción. Así, un día leo: la novela ocupa la centralidad del canon, y esto se opone a una afirmación absurda: yo ya no leo novelas, y respondo con falsa ingenuidad: ¿por qué? No hay respuesta. Las dos puntas de la horquilla constituyen una brújula para indagar en el asunto de la lectura, ese tema. No hay solución y me abandono a la lectura sin esperar demasiado, salvo ese bálsamo de última hora, esa conjunción que hace que me deslice hacia el sueño, el reparador sueño. ¿Una superstición? No me gusta la palabra, pero sí hay ciertas concomitancias.

+ En lugar de superstición prefiero ritual.Corrijo.


+ [Ansiedad]. Los altos directivos del hipermercado veraneaban cerca del centro comercial. Cuando se aburrían iban allí a realizar inspecciones sorpresa. Disfrutaban con la expectación que generaban y con el nerviosismo que flotaba en la plantilla, desde el director [un hombre obeso, calvo y mal humorado] hasta los limpiadores [intercambiables en el anonimato de sus uniformes: pantalón azul, chaqueta y camisa amarilla y gorra otra vez azul].  Eran dos hombres de mediana edad, altos, bronceados y con un aspecto jovial y robótico. Su atuendo veraniego respondía a un código donde también se encuadraban tanto trajes, corbatas y zapatos. Gafas de sol,  deportivas, colores intensos, ácidos, ropa que revelaba un precio elevado, una frontera entre ellos y los uniformes, esa mezcla entre lo provisional del verano y su autoridad indiscutible. Eran el resultado de una evolución en las clases dirigentes, lo sabían. No eran originales, pero sí perversos. Paseaban con interés entre los lineales y se hacían confidencias. Reían, se mostraban curiosos y displicentes,  se marchaban en el potente BMW X6 y tras ellos quedaba una estela de inseguridad. [Así podría comenzar, pero no será el caso].

+ Sábado noche, en un bar de tapas. Ruido, olor a fritanga, olor a vino, olor a humedad. Es un lugar no muy cómodo, pero la comida resulta aceptable. Los camareros son amables, la dueña también. El ambiente es bueno, salvo por los comensales que están detrás de mí. Son dos parejas que parecen no llegar a los treinta: sólo ellos hablan, ellas se ríen satisfechas: con estruendo. Parecen mandos intermedios de una fábrica de algo, donde se dan cita hojas excel, pedidos, notas de desplazamiento, el departamento financiero, becarios y peripecias, reprimendas, organización y desarrollo de proyectos (…) Relaciones laborales que van más allá del trabajo y se extiende al fin de semana. Sólo hablan de trabajo y lo hacen con mucha pasión. La vehemencia imprime volumen y celeridad. Me fijo otra vez en que las mujeres no intervengan pero sí asientan con sus risas nerviosas, con estruendo y sin disimulo, cada vez más desinhibidas. No me interesa su conversación, pero no queda más remedio que escucharlos. Flota insistentemente la palabra proyecto y el sintagma desarrollo de proyectos. No puedo verlos, pues yo estoy de espaldas y la curiosidad me mata. Es una cuestión taxonómica. Uno se levanta y lo veo: unos vaqueros sucios, una camiseta azul que le marca los michelines, camina como John Wayne: se escora hacia la derecha. Regresa y veo un rostro ovino, la mirada vidriosa que ha cristalizado el vino, un braceo arrítmico. Se sienta y dice: ya está. Las dos mujeres se ríen. Trato de volver a nuestra conversación, pero la de los vecinos me lo impide. No quiero escuchar más el resumen de sus últimas semanas en la factoría, ese subrayado que realizan sobre los términos recién adquiridos. Y dice: «le llamé la atención: no me vuelvas a presentar un documento ileíble». Algo se desmorona. Salimos y no puedo dejar de estudiar el atuendo del segundo: su camisa blanca con ribetes azules en el cuello y en los puños, el colgante celta que lleva al cuello [con la cinta de cuero muy ceñida], su peinado, el gesto desmayado, el moreno extremo, la colección de anillos, el reloj tan pesado. No saco conclusiones, me queda el ruido, la molestia y la certeza de que en España gritamos mucho y mejor sería no haber escuchado esa conversación. Su circunstancia, me guste o no, ha interferido en la agradable conversacione que se desarrollaba en nuestra mesa, la agradable conversación en voz baja.

+ [Antes de Berlin]. Pronto estaremos en Berlin, me dije, y no puedo dejar de pensar en algunas películas que vi hace tiempo. Un hombre con sombrero, gabardina y paraguas, que camina con indolencia. Espías, traficantes, estraperlistas. Un muro que parte la ciudad. El blanco y negro que se hacía materia en los pesados televisores de la post-adolecencia. El aparto para reproducir cintas de vídeo, el vapor de la tarde, aquella habitación de humo, whisky y pedanterías. La cocaína no había aparecido, pero se presagiaba. Hachís, libros, cine. Se asomaba la habitación a una de las calles principales de la ciudad. La cinta corría y en la calle la vida era vida, no un reflejo, no un simulacro. Pero yo sentía Berlin como un destino necesario porque se mezclaban escritores, músicos y pintores. Una apuesta por el arte y por lo sublime del arte. Hoy veo todo aquello como un refugio, una manera de camuflar ciertas incapacidades sociales, laborales y políticas.  Demasiada esencia de mediocre aristocracia de la provincia. ¿Era Berlín el trasunto de un ensueño de drogas y alcohol, tabaco y deseo? ¿La literatura como religión, como destrucción? Los recuerdos son elaboraciones inconscientes y este construir se hace solido en el tiempo en que escribo. La escritura alza aquél Berlin, que no se corresponde con este que visitaremos; un punto intermedio es necesario: otra vez la escritura, una vez más el olvido.

+ [Después de Berlin]. Me dijo: crème caramel, es decir: flan, pero suena mejor en francés, como todo (?). El televisor dejó de funcionar, aquel gato negro nunca volvió, sus libros componían una errática biblioteca y la lectura era su única actividad. [Fragmentos del sueño que me asaltó en el avión].

+ Imagen: la bola de espejo que floja en una improvisada discoteca exterior, el verano se había terminado.

sábado, 29 de septiembre de 2018

Los placeres




+ La música cambia mi estado del ánimo, lo amplifica o lo disminuye. Esas variaciones son agradables o desagradables, pero en cualquier caso no tienen la calidad del tibio. Como un ser golpeado, el órgano eclesiástico suena atenuado por la puerta cerrada, un ser que se debate entre la violencia, la respuesta o la huida. La música modifica el paisaje y el paisaje soy yo. Ahora.

+ Dentro de mis preferencias se encuentra la búsqueda [aleatoria] y compra [no compulsiva] de introducciones y prontuarios. Con los años me he dado cuenta de que anida en mí la creencia que para toda labor tiene que existir un libro que guíe ésta, aunque no sea de una manera explícita, pero que le dé confianza al que se debe enfrentarse a una labor o un nuevo trabajo. Bueno, qué son si no las carreras universitaria o las titulaciones de formación profesional. Pero yo no pienso tanto en eso como en la posibilidad de una respuestas en forma de libro para cualquier eventualidad; tampoco son los libros de autoayuda. La restricción gravita en torno a cuestiones cotidianas y realmente funcionales, sin atisbos psicológicos. Hoy por hoy dudo de esta posibilidad, pero un rescoldo sí ha quedado. En esta línea, mi última adquisición ha sido un Foucault en 90 minutos.  Biografía y pensamiento, algo para mí cotidiano y funcional. Lo leo con interés después de haber trabajado durante toda una larga jornada de domingo. La lectura resulta ágil, bien estructurada y se dirige con acierto a su objetivo, pero al autor Foucault no le cae muy bien y se nota demasiado. Esto me lleva a un tebeo que me compré sobre le mismo autor. Recuerdo que lo compré en Londres. Tal vez en la tienda de la British Tate o en una librería en las proximidades de Hackney. Lo tomo de la estantería donde descansa con otro libros de y sobre Foucault. Estas agrupaciones hablan mucho de mí de mi manera de indagar en una materia o en un autor. Mi tendencia es a acopiar una amplio repertorio de ayudas, de manuales, prontuarios, diccionarios o resúmenes. Al final, sí, tengo una idea de conjunto, pero hoy no me interesa tanto ese atisbo de totalidad como los hechos cotidianos de la vida de F., del París en que vivió o los lugares donde dio clase. La materia que constituye a las personas se compone de elementos diversos, pero yo creo que el peso de lo cotidiano termina por ser determinante: así acudimos a la casa paterna de F. en Poitiers, así atisbé ciertas relaciones que hoy cobran sentido en la lectura del resumen. Si sólo es válido el resumen por esa rememoración, aunque incida mucho en lo anecdótico y valore poco la obra del autor, bien pagados están los breves 7 €.

+ En aquel viaje a Londres me compré dos libros: cómo escribir sobre Arte y cómo escribir sobre Arte contemporáneo. Finalmente, la objetualidad de los dos libros me ha subyugado, más que su contenido [que no es malo]. El objeto tiene propiedades ocultas que debemos desvelar, desarmarlo es apostar por nuestra autopsia.

+ He leído mucho y no me acuerdo de nada. ¿Quién profirió esta afirmación con lanza de punta de oro?

+ Al autor del librito sobre Foucault Foucault no le gusta. Es algo presente a lo largo del libro. Ayer trabajaba en un artículo sobre el Faetón de Villamediana y sensación era la misma, el autor pone en cuestión que la poesía de Góngora sobre el CdeV. sea real, auténticamente laudatoria. Trato de encontrar una conexión entre ambas manifestaciones y me cuesta trabajo. ¿Por qué nos llega a desagradar un autor hasta el punto de dedicarle el esfuerzo de la escritura? No creo que en los atajos, pero hay una nota que se manifiesta cuando se detesta una obra un autor; el ataque a una parte de nosotros que estimamos, que cristaliza, tal vez, en ese autor, pero, por lo tanto, no es el autor, sino el autor como emblema. La explicación no aporta mucho y es enrevesada, pero hoy me vale, mañana no lo sé. Según se sedimenta, varía. La variación aporta posibilidades, las posibilidades arrojan luz o sumergen el asunto en las tinieblas la cuestión. Las tinieblas tienen su poder, el poder de limitar la inocencia y la pronto respuesta. Bueno, yo creo que ambos libros me ayudan a situar las dos figuras, figuras controvertidas, seductoras y próximas a unas ideas que germinaron hace más de quince años y no paran de crecer, de ser podadas, de admirarlas y sorprendernos ante ellas. El círculo no se cierra, se amplia.

+ Protecciones, barreras, un refugio. Alguien decía que hace más daño el veneno que sale por la boca de los hombres que los golpes. Me cuenta su periplo y asiento. Pienso en los últimos años, en el recuerdo que tengo de aquellos días. La duplicidad, una vida aquí y otra allí. Es difícil establecer compartimentos estancos. La vida tiene una suerte de conexiones que no se aclaran fácilmente. Indagar en ellas no siempre es posible. Las heridas se mantienen abiertas, lo sé. No hay balance que hacer por la batalla continúa su curso. Yo puedo escuchar y tratar de mostrar que el tiempo cura, pero el presente es afilado, su punta afilada se clava en la carne. Nos despedimos y dejo el teléfono sobre la mesa. Queda cierta calma, pero sé que el latido del dolor es penetrante, que yo estoy aquí y leo y eso es sólo observación y no me produce un extraño placer. El aislamiento. Repito, el dolor palpita.

+ Deseo de ser robótico. Una presencia.

+ Imagen: un disparo sobre una valla, aquí me reflejo y me explico.

sábado, 22 de septiembre de 2018

Soy otoño


Poitiers


+ «¿Obligado yo, de qué? / Quejoso de tantas cosas, / que pierdo en las más dudosas / lugar, el mundo y la fe.» Conde de Villamediana.

+ Varios vídeos sobre el último libro de Frédéric Beigbeder, Une vie sans fin. Escucho al escritor y a los entrevistadores, pero más que en el fondo de sus palabras me fijo en las apariencias, los peinados y el atuendo. La luz del plató. Resulta interesante la caracterización de este nuestro momento, este presente en que vivimos: Facebook, el selfie, el aqua-bike. Sirva la triada como una propuesta para una ampliación de posibilidades de la tele-realidad en la que estamos sumergidos. Veganismo y bicicleta, agua mineral y oración.  No deseamos envejecer, me sumo a ello pero sé que perderé. El resultado de la visión es la muerte, inevitable y los juegos que se realizan para conjurarla son bienvenidos. Y para finalizar todo termina con una canción de Daniel Darc. Daniel Darc murió en el 2013.

+ Todas esas buenas intenciones: ingenuas, fútiles, evaporadas. Suena la canción de D.D.: nací en mayo y yo soy la primavera. Yo también nací en mayo, como D.D., pero no soy la primavera, soy el otoño.

+ Finalmente me he comprado la novela de Agustín Fernandez Mallo Trilogía de la guerra. ¿Debo leer este libro? No estimo que se trate de obligaciones, sino de establecer una conexión con un mundo que me resulta próximo, donde disfruto de una cierta plasticidad y orden estético. Duerme en la estantería con otros libros del autor, a la espera de que le llegue su momento. Sé que hay algo supersticioso en esto de comprar un libro que no se leerá inmediatamente, pero las elecciones ayudan a replantear lo cotidiano y lo cotidiano tiene una dimensión inabarcable.

+ Dentro de las posibilidades que ofrecen los puntos de vista y sus variaciones, en estos días, hay una que me parece especialmente productiva e inspiradora. Olvidarse de todo lo que sabemos sobre cómo funcionan los objetos de la vida cotidiana: coches, vitrocerámicas, ordenadores, teléfonos, ascensores, televisores, relojes (…) y, como consecuencia, ver estos objetos impelidos por una magia ignota. Lo practico y me siento reconfortado. Hoy la vida es un prodigio de magia y misterio. La vida se transforma un vértigo agradable. Todas las estrategias son útiles para contrarrestar la única verdad: la extinción. Así he comenzado a releer [muy lentamente] El mapa y el territorio de M. Houellebecq. La primera afirmación de este párrafo se conecta con la lectura del libro, porque el libro me regala un punto de vista de la realidad que gira en torno a una nueva y más atractiva visión. Hay algo pop, algo low-fidelity, otra parte de la lírica de la vida cotidiana y el resto lo pone mi cada vez más acentuado afrencesamiento. Le terroir, par example. Esto tiene una clara relación con el redescubrimiento de la variedad de lectores y de lectura. La lectura es un fin en sí mismo, pero simultáneamente: un medio. Hoy es un medio para sobrellevar la muerte que nos cerca: los anuncios de la muerte que aparece en lo diario. Cada semana un funeral, cada mes un diagnóstico. Who's next?

+ Hace unos años vi una Stratocaster de Hendrix y era igual que todas, no necesité sabe cómo sonaba, con verla fue suficiente. Una gran lección.

+ Entre el deseo y el equilibrio. Una conversación. El deseo es un veneno, el equilibrio no es un proyecto: llega y hace, transforma y se remansa. No admite explicación, no se aclara con definiciones ni con fórmulas. El calor y un nido de avispas se ha instalado en el tejado del centro de trabajo. ¿Hay relación entre una cosa y la otra? Lo incontrolable, la contingencia vital que nos define. Rotuladores, lápices, bolígrafos rojos. La oficina es una estancia rectangular y aséptica. Ha cerrado las ventanas y si nos callamos el único sonido que se puede percibir es el zumbido de un ventilador. Hace calor, un calor que nos cerca y al que no nos acostumbramos. El deseo y el equilibrio, no soy deseo, soy equilibrio, quiero pensar, pero no estoy totalmente seguro. Agua y aceite. Renuncio al deseo y al equilibrio, sólo me interesa este segundo, pero no quiero buscarlo. El fuego de la llama, la madera que arde es fugaz, la llama no es eterna. Se despliega la mañana en un folio en blanco, no hay mucho más.

+ Paul McCartney bendice una guitarra con solo tocar un acorde en ella. Me interesa esa capacidad de elevar el objeto a fetiche carísimo. ¿Dónde se esconde esa energía, de dónde nace? Quizá el mercado y la mano invisible tengan la respuesta.

+ Definitivamente, abandonada Berlin Alexanderplatz, sin embargo: la lectura de El mapa y el territorio resulta fluida y próxima. Me gustan esos excursos sociológicos, la incidencia en la realidad, en las posibles realidades. Todo se narra con una maestra disposición. El escritor se utiliza y establece varios niveles de autoría. Las novelas seducen desde su interno principio, no es una substancia, sino una forma. Siempre una forma que contiene una necesaria y esperada substancia. Las revelaciones llegan de una en una, las vemos llegar y las deseamos. A última hora leo dos o tres páginas de la novela ya leída. Gran prueba es la relectura de una novela, es caso de El mapa y el territorio es paradigmático.

+ Inesperado viaje en coche a través de la noche. Los motivos no importan, cuenta la sensación. Música antigua y la amplia noche como escenario. Radio Clásica ofrece un programa de música antigua y la autopista es infinita en sus luces rojas, reflectores, captafaros, farolas, estaciones de servicio (…) Luces precisas en la profundidad de la noche. Creo entender una mensaje que se esconde en el contraste entre la certeza de la noche opuesta al día, la tecnología que permite la velocidad y esa pureza que se esconde en las misas medievales. El locutor habla de un poema de Guillermo de Aquitania. Farai un vers de dreit nien, algo así como: Haré un poema de la pura nada. Hay un ejercicio de reflexión donde se disuelve mi yo y da paso a una estabilidad, un flotar en la acuosa sensación de poesía, música y velocidad. Yo nunca corro, pero noventa kilómetros por hora me parece una gran velocidad si la comparamos con casi cualquier ente natural. Lleva en la memoria la barriga caliente de la gata, la urbanización, el sabor de la cerveza y las aceitunas aliñadas. La noche me acoge y yo entiendo ese mensaje que me transmite, que no nombro.

+ Hay versiones sobre los versos anteriores, pero no me interesan. Hoy me interesan. Me centro en el recuerdo de la noche, la música y el espejismo de la tecnología. Me centro en lo que Guillermo de Aquitania me comunicó sin él haberlo deseado. Sic.

+ Imagen: la fantasmagórica realidad del estacionamiento, espacios desposeídos de identidad. Me cuesta saber dónde disparé la foto, nunca lo sabría si la anterior y la posterior foto no indicasen la secuencia de los disparos. Francia, en algún momento de nuestras vidas. La identidad no es una meta.

sábado, 15 de septiembre de 2018

Fotografías


Vigo 2018


+ Fotos antiguas. Vemos fotos antiguas y parecen ajenas a nosotros. Incluso fotos que nos han hecho a nosotros. Fotos en blanco y negro, en desvanecido color. El tiempo también pinta sobre los cuadros, alguien decía: no le falta razón. De la misma manera, las voces que se grabaron en los primeros tiempos de los registros sonoros poseen una calidad extraña, fantasmal. Pero no podemos dejar de pensar que esos medios de preservar la imagen o la voz, en su momento, fueron la vanguardia, la punta de lanza. Algo que se debe tener presente ante cualquier novedad. Con todo, existen tecnologías que no han sido rebasadas. La letra escrita, sin duda, es una de ellas. Y veo correr las letras en la pantalla, que yo acciono desde el teclado y no deja de parecerme algo maravilloso, casi mágico. Eso mismo le pasó al que tenía en su mano una estilográfica y no tenía ya que mojar la pluma en el tintero, o el que por primera vez tecleaba en la máquina de escribir. No es eso lo importante, lo importante es escribir y leer, asunto que necesita de muy poco para elevar su impresionante potencial. Así llega el final del día: fotos antiguas, el zumbido de grabaciones de otro tiempo, de otra dimensión, y un reflexionar adormecido que anuncia el sueño, esa otra vida que apenas necesita soporte.

+ Esas fotos que tratan de transmitirnos un efecto pictórico. Quizá lo logren, quizá sea una interesante perfección o exactitud, pero en ellas reside algo inquietante. Falta la pincelada, esa suma que compone la imagen. La foto siempre es demasiado exacta. Uno se acerca y no termina por ver la estructura que late tras la imagen. La pincelada siempre emerge. Soy partidario de la pintura, soy partidario la fotografía, pero ambas por separado: tampoco me gusta esa pintura que sigue a la fotografía, aunque sea de un modo irónico. ¿Soy un antiguo o, quizá, demasiado moderno?

+ Cámaras de fotos que ya no tienen función, pues han sido desplazadas por la electrónica. Desposeídas de utilidad, reposan en la polvorienta tienda de objetos de segunda mano, ese rastrillo estable. Cuánta nostalgia se acumula sobre su superficie, todavía perfecta, brillante, ultra-moderna. No. Ya no tienen un lugar en el mundo de los vivos, aunque haya gente que se empeña en hacer fotos con película, revelar y positivar. Es un mundo que se sumerge en la ciénaga impenetrable del pasado. Las veo ahí, en las vitrinas: como insectos en el museo de historia natural. Ya no dispararán y si lo hacen es por un tiempo muy limitado. El fósil también habla de nosotros, es más: nos habla a nosotros, de igual a igual. Su idioma es la descomposición y la naturaleza mineral de su tiempo, nuestro tiempo.

+ Fotos de carnet que se guardan en un sobre. Un sobre que aparece súbitamente. Desde niño hasta adolescente, la serie pone orden en una evolución del rostro. Las facciones son variedades, la variación de un esquema: la madre y el padre, su mezclarse y apartarse. Unos ojos, la boca, la expresión que se debate tras la piel, la calavera que ahí habita. Las fotos de carnet tienen algo biográfico que se resiste a ser atrapado porque estas fotos tienen su punto de ausencia y anonimato, de parte de una lista demasiado larga. En la radio hablan de los problemas de subir fotos a la red de redes y nadie dice nada de las fotos de carnet. Las fotos de carnet parecen ser irrelevantes, pero no lo son: su mensaje se oculta tras su estela cotidiana. Algo más que un dato en la identidad.

+ Un grueso libro que recoge tomas de contacto de una conocida agencia fotográfica. El capitalismo todo lo digiere, anuncia alegóricamente. Lo válido, lo invalido y lo irrelevante. El libro tiene un considerable peso. Lo veo y hay algo en él constructivo: es un ladrillo, un bloque, la piedra de la sillería. Lo abro y es hermoso su blanco y negro. Es hermosa la cubierta negra y las etiquetas amarillas, que imitan aquellas cajas de papel fotográfico. Es nostalgia, el zumo del pasado, la acabada sensación de finitud. Es un regalo que ha quedado olvidado en esta casa: ahí descansa. Allí duerme, en una mesa, al sol que le va restando fuerza a la etiqueta amarilla. Ahí hay una razón, un sentido, el peso de nuestro tiempo  y sus derivadas. La verdad de todas las épocas. La fotografía entendida así ha muerto, pero sus restos son mercancía y una verdad incuestionable. El fetichismo de la mercancía, tal vez, la cerrada finitud y demolición de cualquier obra humana. Dejo el libro en su lugar y escribo, tan cerca de la esfumada calidad del tiempo como aquello que las fotos recogen.

+ Fotografía 3D. Hace muchos años, en Madrid, en la Escuela de Ingenieros Técnicos de Obras Públicas asistí a lo que, hoy entiendo, como una función de magia. Descendimos a un sótano y apagaron las luces. Se proyecto sobre una superficie plana una luz verdosa. Sobre la superficie nada se veía. Nos dejaron unas gafas y con las gafas, que nos fuimos pasando, se podía ver Madrid en relieve [mejor en relieve que en tres dimensiones]. Resultaba extraño. La representación de un mundo congelado, bajo el hielo las palpitaciones de sus habitantes. Me tocó y estuve cerca de un minuto escrutando aquel prodigio. Viví aquella experiencia, pero muchas veces se me antoja un sueño. En el recuerdo la realidad es variable, invesímil o falsa, nosotros tenemos una capacidad de elección muy amplia.

+ Imagen: abstracciones pictorias que lo cotidiano nos ofrece en forma de vendajes plásticos sobre elementos de la ciudad. La fotografía tiene ese rendimiento.