sábado, 24 de febrero de 2018
El dios del segundo
+ Quizá se trate de una imagen producida por un ordenador, me digo. Dudo, durante un momento dudo y una sensación de ebriedad me invade. Es inhóspita y cambiante. Algo similar sucede tras una larga sesión de lectura: todo cobra una dimensión excesiva: el extrañamiento de la realidad asusta, ese subrayado. En este momento contemplo otra vez ese rostro y vuelvo a dudar: no es humana esta mujer y su codificada belleza responde a lo que de nuestro deseo se espera, pero no cumple el objetivo: demasiada perfección nos aproxima al terror. ¿Debemos acostumbrarnos al enfrentamiento entre lo creado electrónicamente y lo natural, la verdad que nos ha sido dada, que no es otra que la imperfección? Discuto las palabras verdad e imperfección.
+ [Sin intención]. A veces oigo conversaciones por la calle, fragmentos yuxtapuestos, y me da la impresión de que participan de un largo texto deshilvanado, imposible de concretarse. Palabras, frases, interjecciones. Ese texto poetiza la transición entre mi casa y la biblioteca, entre mi casa y el trabajo, entre mi casa y paseos o excursiones de fin de semana por los bares y los cafés. Escucho el rumor de la ciudad y sólo las palabras tienen peso, sigo sin buscar un sentido, pero lo hay: es una respiración de un animal sin nombre, un animal que, débilmente, percibo. Una mujer habla de un curriculum falsificado, un hombre de la inexactitud de su reloj, un aviso, una reprimenda leve, noticias y encubrimientos, la ineptitud del político local o la soberbia del alcalde, campos sin trabajar, los cultivos olvidados, cenas o la firma de una escritura, un proceso terminal o los caprichos de un conserje en la última oficina bancaria digna de tal etiqueta. Nada casa con nada y vuela un idea, que se desvanece entre la multitud. No la atrapo. Es jueves y la radio arroja música y afirmaciones contundentes, se recorta el parte metereológico y los Estados Unidos son hoy el protagonistas: el presidente tuvo relaciones con una actriz porno, eso se afirma, quizá sin pruebas, y uno de sus empleados pagó una importante cantidad de dinero para que ella se mantuviese en silencio: sin pruebas, sin elementos de juicio y con una espesa verosimilitud. El silencio, la verdad y la mentira. Son las siete y media y el día comienza y yo, en mi coche, camino del trabajo, pensaré en ese hilo inasible que se produce ya, que nunca duerme. El parloteo de la ciudad, las verdades y las mentiras que la radio arroja. Ruido que entorpece el sueño.
+ [Dos personajes de mi infancia]: Clovis Dardentor Y Tartarín de Tarascón. Los dos viajeros, los dos franceses, los dos excéntricos. Ellos colaboraron en un imaginario que todavía permanece: el viaje y la excentricidad. Cuántas veces ambas cosas se han transformado en un vaporoso esnobismo, con sus flecos de arrogancia y presunción. El tiempo ha limado sus aristas y queda una tendencia a la nota discordante, la apreciación ingeniosa y el acento amargo sobre el vacío que todo conlleva. Así la postura estética que sufrimos nos retrata, para nuestro gusto y disgusto. La confesión en este punto se produce cuando oigo en la radio hablar de viajes y el que relata los suyos me recuerda a mí mismo. Pero yo he renunciado a esa postura, me digo, pero sé que no es verdad, nunca podré apartarme de esto, nunca totalmente. Esas cuestiones nos remiten a una modulación de nuestros vicios. Así, siempre quisimos ser alguien y ese alguien se ha ido replegando secuencialmente hasta formar un personaje interior que no se muestra con la facilidad que antes se mostraba. Ay, los dos viajeros con sus poderosas presencia me acompañan, pero ahora guardan silencio y yo les permito emerger a veces, sin demasiado estruendo, con la sordina de la prudencia.
+ Otra vez sueño con ciudades: paseos junto al mar, cafeterías y grandes vías de comunicación. ¿La Francia Atlántica?
+ Ha salido el sol y he vuelto a correr. El agua colmaba el río. La represa permanecía oculta por el ímpetu de la corriente: una sedosa onda que deja ver los fragmentos de hormigón. Belleza contenida. La senda, los árboles, el todavía invierno, los ya vertiginosos brotes de los árboles, el atuendo tan colorido de los corredores, yo me visto de negro, el molesto ciclista: mejor permanecer en la ignorancia, el sonido de la corriente, música. La música resulta imprescindible. Me canso, llevo una semana sin correr. Tenía planificado obviar la lluvia y salir a correr, pero no lo hice. ¿Me causa desazón? Pienso detenidamente en las bibliografías que manejo y un abismo se abre ante mí: qué poco tiempo tengo. Los limites vitales establecen un contexto y un vértigo, también una nausea. Mejor dejarlo a un lado, como la presencia de los ciclistas. La indiferencia que aporta la edad no es un regalo, es un don. Y eso me recuerda al poema de Claudio Rodríguez: «Siempre la claridad viene del cielo; / es un don: no se halla entre las cosas / sino muy por encima, y las ocupa / haciendo de ello vida y labor propias.» Es el «Don de la ebriedad». Volvería mi pequeño Rimbaud, pero desisto, no son horas, no tengo edad. Corro y noto la fatiga, ya estoy de vuelta, en los dos últimos kilómetros. Me cruzo con una compañera de trabajo y sonreímos, nos saludamos por nuestros nombres; cada uno en su dirección, direcciones contrarias. Me saluda un policía nacional que siempre me saluda, se aleja en un sentido, digamos, perpendicular. Casi he llegado y el cielo es azul, muy azul, pero una brisa suave me otorga un minuto de divinidad. Soy un dios. El dios del segundo.
+ El tiempo y el espacio. Tengo una extraña sensación cuando visito centros de veraneo en invierno. El recogimiento de esas arquitecturas desmontables: kioscos, veladores, carpas o toldos. El vacío de las calles, la rutina del invierno tan opuesta a la rutina del verano. Silencio, un sordo vagar, las motos lejanas, la playa entre el gris y la ceniza, el apagado gris. Todo son atenuaciones y ese clima se inyecta en el ánimo. Una cerveza helada, sin alcohol, música de actualidad en una grandísima pantalla que nadie mira, conversaciones sobre resultados escolares, alguno fuma despistado, otro atiene afanado a su teléfono (¿todavía se debe llamar teléfono a lo que es ya un espacio?), mientras: el camarero en su indolencia ve como algún coche se desliza por el paseo con una exactitud metafórica. Un libro y la mano amada. Tomamos el coche y nos perdemos en el perfil de la costa. El vacío persiste y emerge una melancolía agradable, sin culpa, sin prisa, sin penitencia. Sin convencimiento, disparo sobre el paisaje o sobre la arquitectura: las vacaciones que tendrán que llegar, el verano que hará multitudes donde hoy solo hay vacío. Disparo, otra vez, contra el mar encrespado, sobre la maquinaria que eleva un espigón, contra el paseo de tablas y postes que deben ser reparados, cuando la temporada comience: faltan meses y, mientras, se mantiene este clima de irrealidad. En la senda hermenéutica me digo: no hay hechos, sólo interpretaciones.
+ Imagen: tres imágenes que se yuxtaponen para dar una idea del día anterior al fin de año, en la navidades del 2017. Queda en suspenso esa irrealidad navideña en el ámbito dormido del centro vacacional y de los no menos durmientes atractivos turísticos. El dios del segundo nos iluminó y nosotros obramos en consecuencia. [Las tres imágenes y la de la entrada anterior se deben incluir en una serie, que, a su vez, la componen otras imágenes dormidas en ese limbo electrónico: ¿cuajará?]
sábado, 17 de febrero de 2018
De la sombra a luz, de la luz a las sombras
+ Se corta el flujo eléctrico y las tinieblas se adueñan de la casa. Enciendo un flexo que funciona con pilas y tiene bombillas led, su luz es tenue y macilenta, de un romanticismo empastado en el óleo y las veladuras. Sigo con mi lectura gracias al divino flexo y lo único que se escucha es el tic-tac del reloj, que también funciona con pilas, que preside el cuarto: para saber cuánto hemos gastado y cuánto hemos malgastado. Aristoteles, su Retórica. Leo y subrayo. Dejo el libro, abro la puerta principal y salgo al pasillo para saber qué pasa, bajo hasta la portería y escucho las explicaciones con atención pero sin mucho interés. Soy un fingidor. Tengo mis dudas, no creo que se soluciones el problema fácilmente y me equivoco, en menos de quince minutos el flujo eléctrico se ha repuesto. Y en esto, que había decidido disfrutar de la ausencia de electricidad. Con el regreso del flujo vuelve la maquinaria del ruido, que comienza su movimiento sin pausa: electrodomésticos, televisores, un taladro. Son casi la diez de la noche y el taladro es todo un emblema del progreso y sus incomodas aristas.
+ «Ven, muerte, tan escondida» Comendador Juan Escrivá en el Cancionero General de Hernando del Castillo.
+ La copistería agrupa a personas diversas. Una mujer que copia escrituras notariales en su impermeable bueno y viejo; un señor que copia los planos de su casa: tiene problemas de dicción y al empleado le cuesta comprende sus instrucciones; otro hombre le entrega a la empleada un papel cebolla con una fachada dibujada a lápiz e indica que se lo reduzcan al veinte por ciento: ¿al veinte por ciento o lo que quito un veinte por ciento? oh, sí, le quietas un veinte por ciento, por favor; jóvenes universitarias con los temas y la prisa: ahí está el carnaval: pelo rojo y largo, medias de seda y zapatones ambiguos, gafas de pasta y la línea del ojo entre el oro y la violeta elegancia de las noches sin fin. Veo a las persona y muestran un espectáculo sin variación, por esa misma insistencia se hace apetecible, es su ritmo, el ritmo de los días y las impresiones. Doy mi memoria electrónica y me imprimen lo que yo deseo que me impriman, encuadernan bajo mis ordenes y, después, me cobran 11, 20 euros. Me alejo con mis papeles y paseo por la ciudad. Observo el interior de los establecimientos y trazo un paralelismo con la copistería. Esas intersecciones entre las vidas, ni se observan, ni se estudian, pero yo sí: un espía sin función ni fundamento. Recordaré los rostros y los enlazaré con otra ubicaciones, sin propósito, salvo la pintura de los cotidiano. Este año el carnaval cae en febrero, febrerillo loco, tiene días veintiocho.
+ La belleza de los objetos cotidianos se ve incrementada por su uso. El uso les aporta vida y personalidad, nuestras manos inciden sobre ellos, la huella, el tránsito de lo nuevo a lo gastado se hace virtud. Vemos esa silla donde nos sentamos desde hace años y en ella reconocemos nuestro gesto, el hueco que nuestro cuerpo opera sobre su tapicería. Si encontramos en un rastrillo las pertenencias [siempre de un muerto] semeja que adivinamos algo de su vida [nos equivocamos]: la boquilla de la pipa mordida, la inclinación del plumín de la estilográfica, el rayarse un reloj en su esfera. Prístinas en su embalaje, el tiempo las personaliza las cosas en un vago reflejo del poseedor, de sus poseedores. Así siempre me llaman la atención las guitarras envejecidas en talleres guitarreros, con el fin para que tuviesen una vida. Una vida falsa, una vida construida por manos expertas que saben de cómo envejece una guitarra que va pasando de mano en mano. Golpes, quemaduras de cigarrillos, la incidencia de la púa sobre las maderas y los plásticos de la guitarra eléctrica, el roce de un cinturón sobre su parte trasera: a lo largo de los años. Pero eso no es lo que me interesa porque esa ilusión no aporta nada más que una máscara verosímil y prescindible. Vuelvo al rastrillo y después observo mis pertenencias y trato de establecer el camino que allí las conducirá. Ay, no es pequeña enseñanza: el uso, la muerte y la venta de los pequeños objetos cotidianos de los muertos, de los que es casi imposible descubrir su biografía, el sentido de las huellas en su objetos, los roces y los desconchones que allí habitan. Vuelvo a la lectura si el ensordecedor ruido de los tambores carnavalescos lo permite.
+ La biblioteca de Petrarca tenía entorno a doscientos ejemplares, todos ellos, como resulta lógico, manuscritos. Y finaliza así el primer soneto del Canzoniere: «che quanto piace al mondo è breve sogno.» Qué se desprende de la oposición de ambas afirmaciones. La brevedad es la cualidad que recubre todo lo humano, la cantidad no importa, importa la calidad. Doscientos libros son muchísimos libros si en ellos se abriga lo que precisamos, si hemos escogido bien. ¿Qué precisamos, un sueño, el sueño sobre nuestra trascendencia, sobre el desaparecer en lo diario? Petrarca ya no es y hoy volvemos sobre su poesía. Vemos la forma y es la forma la que cobra sentido, pero ¿dónde está el que vivió, el que trabajo en su obra hasta lograr esa cerrada perfección? No es una cuestión de preguntas, el tránsito comenzó hace mucho. Pero el sueño es breve, la vida es breve.
+ En la tarde del domingo, cuando ya el día comienza a declinar, paseamos frente a la plaza de abastos, cerrada, dormida, fría o ausente. Caminamos y vemos una montaña de lo que parece basura y lo es. Son los restos que han quedado del mercadillo que se celebra todas las mañanas de domingo en esa calle próxima al mercado. Cajas, zapatos usados, lámparas rotos, libros absurdos, revistas muy viejas y en buen estado, libretas, tenedores de alpaca, y otras piezas que, estoy seguro, antes habían sido rescatadas de los contenedores de basura. Así es como se hacen los mercadillos, basura que vuelve a la basura, objetos de muertos que los compran muertos para regresar otra vez. Es un ciclo como lo es el ciclo del agua. Hay un plato que llama mi atención y tentado estoy a rescatarlo, pero desisto porque sería romper una suerte de sortilegio. Nos alejamos y comentamos la capacidad que la vida ordinaria tiene para establecer metáforas, límites a nuestra ingenuidad. Los mercadillos siempre dan grandes lecciones, incluso en su ausencia.
+ Un día festivo, entre semana. Música sacra, café y viejos textos sobre vieja retórica. Luego, un soneto y un insoslayable deseo de dormir. Hay una pereza con gran carga erótica. Fotos de gatos, tatuajes, cigarrillos electrónicos, la mensajería automática, fotos de mujeres risueñas, papeles por revisar, más sonetos que esperan nuestro juicio ( y qué poco vale éste), herramientas unipersonales, el sonido del edificio es un sonido orgánico: digestiones, respiración, viejas articulaciones que rechinan, alguien tose y ese tosido refleja la edad de los habitantes: así por ensalmo. El tic-tac del rojo que preside el estudio me acuna, yo me dejo llevar y me adormezco: una siesta de quince minutos que reblandece la voluntad: cuánto me cuesta retomar la lectura. Sólo deseo ver cómo la lluvia esmalta el asfalto, cómo caminan los pocos que a la calle salen. Es un festivo sin mucho sentido, pero mañana es jueves y se dibuja el fin de semana: ámbitos de expansión y familiar despensa: libros, chocolatinas y música. Cierro el miércoles con una sonrisa, como las mujeres que la red me arrojó: mujer + sonrisa.
+ Imagen: objetos sin importancia, un detritus de lo cotidiano, se eleva sobre el día a día y contiene una metáfora: todo se desgasta; quizá un día fue vanguardía, hoy sólo es una baliza en el camino de dos turistas que aprovechan la tarde anterior al día de fin de año. La niebla otorgó su pátina de romántica expresión: del 2017 al 2018.
sábado, 10 de febrero de 2018
Un pensamiento circadiano que no termina de cuajar
+ Mientras conduzco, continuo reflexionando sobre la posibilidad de un carácter narrativo que configurase la carretera. Una posible configuración que se subordina a mis intereses. La arquitectura y el paisaje conforman un contexto, las casas contienen historias que ignoramos, que nunca llegaremos a conocer, pero que están abiertas a una sugestiva suposición. Las vemos mientras pasamos y somos conscientes de que nada sabemos. Recuerdo, ahora, aquello de que la calle es para desplazarse y la plaza para estar, en la carretera las dos circunstancia se dan, me planteo sin demasiada convicción. Al borde un hombre vende cestos, otro fresas, aquél naranjas; camiones, casas de comida, bares con café fuerte y humeante, rutilantes botellas de coñac o whisky, vasos rayados por insensibles lavavajillas. La hermosura del vaso, su limpia sencillez, colmado de agua, vacío, con una línea de vino en su fondo. No recuerdo poemas sobre las carreteras, pero mi memoria no es muy buena, y su fuerza ya es ruina sin posibilidad de reposición. ¿Habré leído alguno y no lo recuerdo? Se mezcla con la reflexión la música que llega desde la radio. Siempre música. Música clásica, música electrónica, música española o francesa. Evito las tertulias políticas porque enturbian el placer de la conducción: conduzco lentamente, con atención a todos los elementos de la señalización, la mirada fija en el horizonte de la marcha. Paro y pido un café aguado al que no añado azúcar. Leo los titulares del periódico, pero termino por fijarme sólo en las fotos, como en un ejercicio de desautomatización: elevadas cotas de lo cotidiano, pendientes de ser rescatadas de esa invisibilidad automática. ¿Es narración o es poesía la carretera? Sigo mi camino y sé que el camino añade y la meta es el final. Todavía conduzco.
+ Los libros en la estantería son un muro multicolor. Los veo y me pregunto si hay una lectura estética en la composición que se ha logrado. Pienso: tres estanterías: los libros con una edad tienen lomos oscuros y solemnes, dignos o catedralicios; los más recientes, son de colores vivos, colores próximos a nuestra realidad de publicidad, cartel de neón o televisores, pantallas y papelería varía. Azul-eléctrico, verde-marujita, rojo-pasión, fucsia-chicle. El contenido se desbarata. Pienso en la vista a una librería en Francia y que allí los libros, sus lomos, nunca sobrepasaban un delicado tono vainilla, tan neutro, tan necesario. Y así, en la mañana del sábado, en un alto en el camino [nel mezzo del cammin di nostra vita] me dedico a establecer para mi uso particular que los libros no deberían tener colorido, ni imágenes de gran calidad en su portada, ni tipografías atractivas, porque todo eso es otra cosa. Me rindo y regreso. No hay quién me entienda, mucho menos a esta hora. Las reglas que pretendo constituir son internas e inestables.
+ «a veces pierde el hablar / lo que el callar ha ganado» en La Galatea Cervantes.
+ Tomo del estante un libro de la Universidad de Alicante sobre la novela española durante la postguerra. Paso las hojas y sé que no busco nada. Se desliza una nota que me dejaron en una mesa de trabajo que ya no es mía. Leo la carta y veo que han pasado casi diez años. Finaliza con un: tu amigo Pablo y una rubrica nerviosa. El tiempo se ha detenido ahí. La nota me remite a un otro momento, a historias y personas con las que ahora no me relaciono porque la distancia obliga al olvido, sumerge toda aquella intimidad en una profundidad oscura de la que nunca se sale. Más que pena, se trata de perplejidad, me digo. La aparición de un papel nos trae un mundo, pero no lo podemos reconstruir, salvo en la imperfecta memoria, en sus intrincados pasadizos, como un laberinto. Todo es humo. Me veo barroco en mi recordar y en la lección que de todo ello extraigo. Con todo, años después volví a aquella oficina y los muebles eran otros, las personas eran otras y los asuntos habían cambiado. Los reconocía y me reconocían, pero habían envejecido y sus nuevos atuendos conservaban un aliento de una modalidad singular: lo que en la persona persiste. Hablamos, tomamos café y nos despedimos. Lo que permanece no siempre es fácil detectarlo, pero yo lo conseguí y eso me alegra. Dejé la nota donde estaba, con la esperanza de olvidar y en un otro momento verla emerger de su urna: el libro.
+ Una apacible acedía me invade. Un sueño pesado, el frío de la calle y el calor de la casa, libros, libros y libros sin leer, una luz dorada como el ámbar. El café humea, lápices, papel y fotos viejas. Todo decorado tiene un alma sin sospecha, con profunda verdad, líneas quebradas y fronteras: el público, la sala, la oscuridad. La acedía no se resume en teatro, pero una solución es el teatro. El teatro de esta tarde de febrero, el que soy y el que no seré. No ser es también una manera de ser, pienso en la cama mientras un taladro en alguna casa atenaza la tranquilidad de estas horas. Voces que llegas a través de las paredes, el llanto sordo de un perro, la risa inquieta de una niña. Libros de poemas, guías, diccionarios o libretas de notas. Escalar esa montaña del olvido y volver al valle, sin recuerdos. Hay un ejercicio que tiende al vacío. Escucho hablar a otras personas, conversaciones entrecortadas que adquieren su sentido por yuxtaposición: ese solaparse es la voz de la ciudad. Ahora comprendo todo, dice alguien, te lo digo yo, que su hijo abandonó los estudios y ahora trabaja en supermercado, añade otro, no es momento, dice, anoche y no llegará a Madrid, sentencia. Aquí y ahora, todo el sonido recordado, las voces y sus cristalizaciones, son un humo hurtado al capital fantasma de las apariciones. Ubi sunt.
+ La cámara de fotos tiene la posibilidad de dar un acabado de maqueta a aquello a lo que se dispara. Disparo sobre una parada de autobús, en unos jardines, en Madrid. Hay un propósito: la maqueta como sistema estético y social, la representación que engulle a lo representado. Yo estoy ahí, pero detrás de la cámara: esto me retrata a mí, todas esas elecciones: punto de vista, encuadre, efecto maqueta. Soy esto, pero mucho más, pero esto también, no lo olvides.
sábado, 3 de febrero de 2018
Itinerario
+ Ha caído en mis manos una antología poética La ciudad, de Karmelo Iribarren. Leo los poemas y los poemas se asemejan más a una instantánea que cualquier otra cosa. Pero los poemas sólo deben tener semejanza consigo mismo, con otro poema, con una suerte de tradición que asumen o rechazan, me digo como si lo que yo digo tuviese alguna importancia. La tarde del domingo se inserta en la lectura, su espesor, la ópera antigua que llega a mis oídos, que mi padre escucha en el reproductor de Dvd’s. A veces todo resulta tan sumamente antiguo, pero tan bello. Hay trazas de mi vida en los poemas de Karmelo, una conexión que como un flash surge en los aviones o en una gran superfice cuando se hace la compra para el mes, en el desplazamiento al trabajo o en un concurrido bar el sábado por la tarde. La provincia da cita a mendigos y notarios en la misma taberna, yo los veo y hay algo que comienzo a comprender. SIgo con la antología. La antología tiene unidad, un sentido común entre los poemas se impone y esto me produce un placer que hacía tiempo que no disfrutaba. La ciudad es el territorio poético de K.I., pero también es el mío. Hablaba yo de eso ayer, en una cena y L. decía que ella también lo veía así, y C. dudaba. Calles, autopistas, bares, farolas o paradas de autobús, edificios de cristal y sombra, letreros luminiscente como luciérnagas en las noches de invierno: un verde muerto. Y pienso, ahora, en una tarde que ya casi era noche en que salíamos de Oporto: el perfil de los edificios, el rumor del puerto y del mar, la metáfora de la carretera. La noche y la autopistas junto a la música que brotaba del Mp3 conectado al equipo musical del coche lograban establecer un mundo nuevo. Era Bach. La música sacra fuera de contexto acompaña mucho y le da dignidad a movimientos muy repetidos, rutinarios. La conducción no tiene parangón, pero la música la acerca a una actividad intelectual. Dudo y regreso al libro. Todo diario tiene mucho de deseo y es lucha contra el implacable olvido.
+ Así se termina el día: «por no hacer mudanza en su costumbre.» Garcilaso, último verso del conocidísimo soneto que comienza así: «En tanto que… »
+ Lluvia, la calefacción, el aroma del café recién hecho. Conversamos en la cocina del centro de trabajo sobre la alimentación y las posibilidades de los próximos viajes. Una conversación breve. No se trata del contexto y se refiere en mayor medida a un repertorio de conceptos que pueden ser comunes. Una líneas de fuerza. La música clásica, la alimentación saludable, el deporte, el cómo afrontar ciertas dolencias, la relación con la personas, el arte como disturbio, el arte como compañía, la lectura o el calor de los amigos y de la familia. El contexto se limita al café: color, olor y sabor. Yo no le añado azúcar, ella dice que lo intentará. Rechazamos el azúcar, las malas maneras y el trasnochar sin sentido. Ella fumó y yo fumé mucho, de eso hace ya tiempo y ninguno de los dos persistimos en el vicio. Estamos de acuerdo en que el fumar tiene muchos atractivos: el humo y el gesto, principalmente, pero hay algo que gobierna sobre todo ello: nuestra capacidad de decir no, de oponer la salud a ese placer tan gestual y contrario a la naturaleza. El humo. Se acaba el tiempo y regresamos a nuestras ocupaciones laborales. Queda en el aire un balbuceo de las conversaciones no desarrolladas. Estas palabras no dichas también tienen su incidencia. Lo que no se dice puede llegar a ser tan fundamental como lo dicho, me digo mientras me alejo a tomar el coche para salir a la carretera: esa narración.
+ Encontrado el sábado por la mañana, después de correr sin mucho esfuerzo y sin demasiadas ganas: «La rire est l’expression de l’idée de supériorité, no plus de l’homme, mais de l’homme sur la nature.» Baudelaire.
+ Se derrumban las columnas de libros y se llevan por delante el teléfono móvil, al caer éste se desarma y desaparece su batería. No aparece. La busco y no aparece. Desarmo la habitación y la batería no aparece. Un extraño enfado me invade, después de unos minutos el enfado se diluye pero me queda una desagradable sensación: no es bueno enfadarse así, no es bueno enfadarse con las cosas. Al día siguiente, los libros vuelven a caer y con ello aparece la batería. ¿Hay un enseñanza en todo ello, una moraleja, pues algo de resolución de un koan semeja? Comienza la semana.
+ ¿La carretera es una narración? La carretera tiene un componente narrativo que no se puede dejar a un lado. Casas a su vera, negocios, colegios, accidentes, averías, los guardias, las señales que indican el ritmo de la conducción y sus pausa. Todo ello es un texto, me digo y me encamino a lo diario, tras la conversación y el café. Me gusta ver como se sustenta la rutina, como el hecho repetido aporta una belleza recóndita y perfeccionable. Así discurre.
+ Imagen: el reflejo constituye el motivo, se repiten los rectángulos y hay una distorsión que aspira a explicar en síntesis todo lo visto en el museo, como una desviación de la ruta, como el detino errado, sin intención. [¿Un marco, una ventana con su cortinón, una pantalla?].
sábado, 27 de enero de 2018
Objet trouvé
+ [Objet trouvé: la ciudad es un amplio territorio donde resulta propicio encontrar objetos que, sin dificultad a una mirada deseosa, transforman lo cotidiano en arte, aunque sea en un ámbito recóndito, secreto, imposible. La cámara de fotos resulta de gran ayuda, pues mejor que arrancar de su habitat a la pieza resulta más conveniente fosilizarla en el disparo digital. Las colecciono en carpetas insustituibles, las veo, las selecciono y alguna vez rescato alguna que otra para ilustrar estas mis entradas semanales. Creo suponer que hoy hablo de ello, desde los límites, desde los márgenes].
+ Recuerdo cómo en Londres veíamos pasar a personas embebidas o hipnotizadas por la ciudad. Familias, enamorados, amigos. Adolescentes, ancianos o niños. Todos ellos hacían brillar un fuego especial en sus ojos y en sus gestos. Las palabras no alcanzan a recoger aquella mística, tampoco las fotografías. Quizá sólo era una ilusión, el reflejo de nuestra propia imagen. Se proyecta una película y vemos cosas que nadie ve porque la película carece de destinatario, cada espectador traza una conexión con su interior. Londres proponía, pero la lectura de la ciudad era particularmente propia, sin generalidades ni espacios compartidos. Toda paradoja ilustra una realidad compleja que sólo se puede ver descrita en esas oposiciones. La paradoja es algo que le gusta al periodismo: el elefante enano o la pulga gigantesca. Londres tenía jardines paradójicos y mayestáticas ironías [la ironía siempre conlleva soberbia]. Londres se reflejaba en el río y ya era noche, luces y senderos, paseantes, ciclistas y los últimos autobuses: rojos como el color de la ciudad. Veíamos pasar a los dependientes, a los oficinistas, el humo azulado de los taxis tan negros. El metro, la aglomeración, las líneas que conducen a las estaciones que, a su vez, conducen a los lejanos suburbios. Creo que la palabra es commuter, el que viaja diariamente al trabajo, pero el viaje parece ser otra cosa que dirigirse al trabajo. Ese es el contraste: el trabajador y el turista. ¿Somos viajeros o somos turista? No planteábamos la pregunta y seguíamos observando el quieto éxtasis de los que llegaban por primera vez y podían comprobar que no se habían equivocado: toda aquella totalidad era Londres y ellos estaban allí, sin saber muy bien si era tal ciudad o un escenario. Y ¿ellos?, ¿actores o espectadores? Oh, el turismo como espectáculo. No soy Baudelaire, pero lo imito, con irónico pasear lo imito.
+ Mientras el espectáculo se extiende ante nosotros, sabemos que Londres es implacable y su color es el rojo. El color rojo se equipara a la sangre, ahí está su centralidad.
+ Las nubes de estorninos nos conmueven. Más allá de la intención creemos recibir un mensaje y nos equivocamos. Los estorninos evolucionan al unísono y representan para nosotros el ballet y el trazo, la insinuación y el engaño, un engaño sin intención. Sus motivos son muy distintos a lo que nosotros queremos ver, pero están ahí: cada uno entenderá lo que quiera, pero la figura, la forma de esa nube orgánica y versátil gana desde la distancia del observador. Todo está abierto y vuelvo a ver el vídeo que grabamos aquella tarde, y la tarde regresa como un soneto malamente recordado, y regresamos a por el tomo donde duerme y lo volvemos a leer. ¿La lectura, el recuerdo, el olvido?
+ Regresan mis sueños urbanos. No intentaré indagar en la mancia que se dedica a indagar el significado de los sueños, prefiero que permanezcan cerrados y sólo se pueda ver su cáscara. Sueño, con cierto ritmo, cadencia y regularidad, con ciudades. Estos sueños son meramente contemplativos: puentes, túneles, paisajes, jardines, paisanaje (…) Tienen nombre: Bilbao, Barcelona, Madrid (…) pero no se corresponden con la realidad tangible de las verdaderas urbes. ¿O sí?
+ Aquel día que yo llevaba un antología de poemas de Vicente Aleixandre y un hombre me paró. Tenía un elegante aspecto descuidado, entre deportivo y cazador recién llegado del campo: ganadero o agricultor tras la jornada de camino al hogar, con el pelo revuelto pero bien cortado, con ropa vieja pero muy limpia, de su mano iba una niña, tras él un niño. Me pidió perdón y me dijo que había reconocido ese libro. Me preguntó si me gustaba el poeta, sonreí y le dije que sí. Me dijo que él había estado en Velintonia, que él era muy joven, quizá un niño, pero le había llegado tan a su interior los versos de V. A. que, después de averiguar la dirección del domicilio del poeta, se armó de valor y se plantó allí. Me dijo que lo recibió con calidez, que le regaló un libro y se despidió de él con una amabilidad proverbial. Pasado el tiempo yo acudí a la calle donde está el chalet. Me pareció descuidado y me pregunté ¿por qué no lo compra el Estado y establece un museo? Seguimos el camino y Madrid era una dirección razonable, el escenario perfecto para disparar una fotografías y tomar cerveza al calor de la conversación: sobre el poeta, sobre nosotros, sobre el paso del tiempo. El paso del tiempo siempre es el tema, finalmente: la temporalidad es nuestra esencia insobornable. Hoy veo que se ha publicado le poesía completa de Vicente Aleixandre. Yo tengo la anterior edición. La recupero y la dejo con los otros libros para retomarla al regreso del trabajo. Sin haber abierto el grueso toma, Vicente Aleixandre me acompañará durante la jornada. La iluminación es un trabajo, una constancia, una disciplina muy exigente.
+ Imagen: abstracción, Aveiro, Costa Nova.
sábado, 20 de enero de 2018
Un permanente interpretar en sentido contrario
+ Acudimos al centro de salud. Son casi las doce de la noche. Bajamos del coche de mi hermano: un prodigio de la técnica: silencio, pantallas y una agradable temperatura que no proviene del motor sino de una sutil climatización. En el vestíbulo le expongo a médico la problemática de mi padre, asiente y nos dice que esperemos en una sala contigua. Metal mate, cristal opaco, suelos blancos y pulidos. El cristal me devuelve mi imagen enmarcada en un halo de futurista irrealidad: mis gafas, el plumas, la bufanda deshilachada (que termino por desanudar y dejar que se muestre la vieja camisa vaquera: esa yuxtaposición de estilos). Nos llaman y entramos en la no menos futurista consulta. No puedo dejar de recordar consultorios que visitaba en mi infancia, ambulatorios donde los catedralicios muebles escalaban las paredes hasta los techos de yeso y pálido estuco. Es otro mundo y me resisto a entrar en una automática percepción, me gusta ver lo que separa aquello de esto. Sí, es el futuro. Los coches, los edificios, las carreteras, el atuendo de las personas. Ese todo que nos indica que el paso del tiempo en imparable, que la historia es un fluir constante. Me fijo en los ojos del médico y son de una azul metálico que intimida, supongo que ser muy moreno también influye. Ay, los condicionantes. Mi padre se desnuda y veo que tiene unas motas color escarlata en el pecho, yo también las tengo, tienen un aspecto metálico como si se tratase de una pluma estilográfica muy cara, un color logrado e inhabitual. Lo metálico es la constante, se une el cristal y el blanco puro culmina la triada. No puedo dejar de leer el edificio, los atuendos y el aparataje que se disemina por la mesa: iluminadores, bolígrafos de gel, pantallas, teléfonos fijos y portátiles (…). Llega una doctora y da el visto bueno. Mi padre se viste, la doctora receta los medicamentos y da unos escuetos consejos. Abandonamos el centro de salud y vamos a buscar las medicinas. Aparcamos y por la portezuela de acero inox me atiende una chica muy joven. Veo el interior de la farmacia y como ella evoluciona en su interior. Con maestría, sus gestos se inclinan hacia el ballet dormido en las ciudades insomnes. Me despido y ella se despide amablemente, a pesar de la fría barrera de acero y cristal. Ya en casa me digo: este el futuro y así lo veo porque he envejecido. Agradezco el punto de vista, la ruptura con lo dado, con la percepción indolente. Es nuestra ciencia ficción.
+ Si vivimos tanto es por una razón tecnológica que va desde la calefacción hasta los alimentos, sin olvidar la medicina y sus ramificaciones.
+ «… Davant la mort, / les coses que es coneixen esdevenen / símbols de les que són desconegudes.» (Ante la muerte, / las cosas conocidas se convierten en símbolos / de aquello que nos es desconocido) Arquitecturas de la memoria Joan Margarit.
+ Indirectamente localizo unos marquesinas que fueron diseñadas por el arquitecto Félix Candela. F.C. nació en España, pero desarrolló su carrera en Méjico. Las veo y las estudio en la fotografía que me han enviado; junto a la fotografía hay un croquis a mano alzada donde se refleja su cimentación y las dimensiones de la cubierta: el croquis es ágil y tiene un estilo elegante: tinta verde y trazo fino y seguro. La marquesina se compone de dos paraguas cuadrados invertidos, se sostienen los paraguas por unas columnas ligeras y esbeltas, la pintura blanca que recubre el hormigón está destrozada y asoman elementos de la estructura. Tiene su belleza, una belleza quebrada por la publicidad que ha recubierto su parte superior. Pero la marquesina del pasado y el neón del presente consiguen formar una totalidad que me roba veinte minutos, pues no puedo dejar de estudiar las fotos: un estudio que no tiene ningún fin, salvo la constatación de cómo se superponen capas para crear un espesor, el espesor que dificulta la lectura o propone otra lectura. Elegimos y parece que esa visión es ya estática, pero no. Otro día desmontarán la publicidad y montarán otra, habrá variado, el paisaje será otro y la posible fotografía invitará a una otra reflexión. Capas y capas superpuestas que carecen de deseo, pero que invitan al deseo, a la erótica de las edades superadas, las edades por llegar.
+ Sábado por la mañana sin mucho que hacer, sin ganas de hacer nada. Entro en la tienda de segunda mano y me dirijo, como siempre, a la sección de libros usados. Estantes tapizados de un multicolor revoltijo, con su belleza producto del azar, sin orden, salvo por el tamaño: también es una manera de ordenar, me digo sin dudar. Hay una fila marrón que indica que la encuadernación es de piel, o algo muy similar. Se ve ya por el lomo que son libros con sus años, un diseño anterior a los años sesenta. Un diseño que desapareció hace tiempo como nunca más se volvieron a construir casas con techos altos, habitaciones estrechas y mal ventiladas, grandes recibidores con pesados muebles de castaño o nogal. En este orden de cosas. Tomo uno de los libros, que en su lomo ya no se lee lo que en dorado estuvo escrito allí un día. Es una colección de los años cincuenta de Plaza y Janés. Compruebo en internet (esa infinita librería e infinita biblioteca, tan borgiana ella) que los libros son de 1956 y 1957, que el precio que tienen en la tienda de segunda mano es muy bajo. En la tienda 2,00 €, en la web ninguno por menos de 15,00 €. Cuántas reflexiones se abren ante este escaparate de libros y precios. Sin embargo, me llama poderosamente la atención, al abrir uno de los tomos, que yo no conozco a ninguno de los autores, salvo a Heinrich Böll, pero tampoco conozco ninguno de los títulos que allí se incluyen. Qué vanitas, qué memento mori. Nunca sabemos de dónde nos llegará la lección que ilumina nuestro literario y escrutador camino. Nunca llegaremos a saber ni una mínima parte del asunto, salvo esa certeza de la imposibilidad de atrapar su nuclear verdad. Importa el camino, me repito mientras salgo a la fría lluvia de la calle.
+ Primera hora de la mañana del domingo, quizá las seis y media. Hago café y pongo la radio. En la radio suena el Bob Dylan de su etapa católica. No me desagrada su voz ni su su guitarra, pero al mismo tiempo me doy cuenta de que es algo viejísimo, no antiguo, sino viejísimo. Pienso en la gente que ahora mismo tiene veinte o veinticinco años y en un imposible ejercicio de ruptura con lo automático de mi percepción trato de ponerme en esa edad, en su momento tan siglo xxi. No, no les gusta. Y lo entiendo. Las guitarras eléctricas van camino de ser un instrumento histórico y aquello que fue extremadamente rompedor hoy es arqueología en la mañana de domingo. Ay, pero estas electrónicas del momento también se verán revestidas de esos ropajes del tiempo, del polvoriento viento de la historia, del craquelado en los barnices. Todo se asimila, todo es tradición, el poso se sedimenta y arroja el marco textual, la configuración de las visiones, se suma, pero la suma se realiza desde la desaparición, desde la muerte. Apago la radio, termino el café y regreso a la lectura: ese mi ámbito.
+ Imagen: en el Serralves, diciembre 2017; algo se aparta, algo nos une. En poco tiempo vuelvo a fotografiar una silla, ¿las series se construyen ellas solas o participamos de una manera no consciente? [La silla es un diseño de Alvaro SIza].
sábado, 13 de enero de 2018
Lo transversal y sus transiciones
+ Hay ciertos patrones en mis disparos fotográficos. Uno de ellos es el que se caracteriza por la querencia hacia las manchas en las paredes. Los restos de pegamento, las trazas de carteles, la humedad negruzca que traza rostros o paisajes, desconchones, la salitre que avanza (…) ¿Debería de intentar de encontrar un significado? Sí. Hay un significado que se emparenta con mi adolescencia, cuando veía cuadros informalistas y no buscaba nada, salvo el placer de la mancha, del contemplar el trabajo del tiempo sobre los materiales. En eso sigo.
+ «… all great art is about art». Una visita al Serralves. Un paseo sin objetivo, salvo dejarse llevar por lo que el museo ofrece. Poco pedimos. La sacralización del objeto nos enamora, pues todo lo que allí hay arte es y nosotros lo aceptamos sin discutir: son las reglas del juego y nosotros queremos jugar ese juego. Vimos en otro tiempo antiguos lienzos en polvorientas mansiones, pero ahora estamos ante las bandas de fieltro de Robert Morris y alcanzamos a descifrar una diferencia entre aquel polvo sostenido y este polvo elevado. Su composición no se aleja demasiado del objeto encontrado, podría ser material de deshecho, pero es una obra de arte porque ese reconocimiento tiene. Nos plantamos ante ella y guardamos silencio. Un silencio que se aproxima, deliberada y cínicamente, a la complexión religiosa de otros tiempos, alejados de este constante descreimiento postmoderno. Llegan niños a los que todo eso les da igual y encuentro que es el mismo barullo que había cuando en misa los ruidos de la calle penetraban porque la puerta se abría intermitentemente. Los niños y su ruido subrayan el carácter arbitrario que el museo alberga, pero, nosotros, deseamos paladear esa verdad convencional y resistente. La institución está por encima del individuo, siempre. Pero somos individuos y nos vamos a la cafetería a tomar café y unas deliciosas natas. Creo con firmeza que el edificio está por encima de todo lo que contiene porque no tiene vocación artística, sino que se pliega a su función. La arquitectura sin función no es nada, el arte con función nada vale. Fuera llovizna levemente. En la mente permanece la escultura de Morris y su textura industrial y antigua (¡qué lejanos son los años sesenta del siglo xx). Ay, todo aquello que fue novedad y hoy lucha contra su propia muerte. Me parece bien que los niños griten y pongan los puntos sobre las íes. Todos luchamos contra nuestra propia muerte y esto es un error.
+ «C’est avec les bons sentiments qu’on fait la mauvaise littérature». Vocabulaire esthétique (1946) de Roger Callois, recogido en Jauss Experiencia estética y (…)
+ El invierno se ha instalado. Los perfiles de los árboles se difuminan, la grisalla transforma el paisaje. El paisaje invita al alma a regresar a una estela romántica. El romanticismo vive en nuestro siglo xxi, constituye uno de sus nervios, una línea de fuerza. Un vicio. En la política, en el amor, en la costumbres. El invierno acentúa esa literalidad, el temblor de los que se saben imbuidos en el constructo sentimental. Está bien. Lo conocemos y cuando resulta conveniente subimos su volumen, cuando no: resulta casi inaudible. Atruena en el coche un compositor ruso atormentado por su homosexualidad, según dice la locutora. Tchaikovsky. La música viste la grisalla de intensidad. Ahora el invierno es un espejo, un espejo negro: nuestro rostro se dibuja en la opacidad de las seis y media de la tarde. Madrugamos para creer, creer para madrugar.
+ Otro día, también en el coche, suenan las oberturas del Cascanueces de Tchaikovsky. La interpretación no agrada del todo al locutor. Cuestiona a Pierre Boulez por no poner el nervio preciso, la impresión de pulso ágil. Y yo no llego a esos matices, pero sí disfruto de la evocación que supone esta música, esta música en concreto. Los juguetes, la navidad, la ilusión. Espacios y acciones codificadas que aportan un placer culpable (ese préstamo del inglés que tanto rendimiento aporta). Las tres notas se funden en la agradable melancolía que se eleva por la acción de la intensa lectura de los últimos días. Es invierno y la Navidad pronto finalizará. Desde el coche el paisaje es mucho más abierto: invocaciones de dioses que no han sido alumbrados, fundaciones de ciudades fallidas, negocios y ocupaciones que nunca alcanzado el estatuto de la realidad. Impresiones de un mundo que no existió, salvo como posibilidad. La música acentúa la intemporal permanencia de la infancia, ahora, aquí, mientras se desvanece.
+ Imagen: una ventana, un contexto.
sábado, 6 de enero de 2018
Tierra, humo, polvo, sombra, nada
+ Llegan libros desde el pasado, desde un tiempo en que allí fueron síntoma de vanguardia: sus portadas, su formato, la tipografía o las tintas atrevidas. Hoy son arqueología, guías que me sirven a mí para recomponer un tiempo no tan lejano, pero sí imposible. Mediante su forma se me devuelve la factura del tiempo aquél. Los años setenta del siglo xx. Esa transición entre los vuelos antiguos y el despertar de una nación: la España que se descubre a sí misma en Europa, que parece invitarla a esa celebración del progreso. Porque de eso se trata: un optimismo que hoy no brilla, que hoy se agazapa. Todo ha pasado y los protagonistas no están, se han difuminado como todo se difumina. Con feliz idea suena en la radio algo de Falla y en ello reconozco una suerte de modernidad en los años veinte del siglo veinte, el azul de las aceradas carrocerías de los automóviles del momento frente a la creación sólida de Falla. El sombrero de tres picos, su inicio. En el sonido está el sentido y para alcanzar ese sentido que un texto tiene precisa su lectura en voz alta, no sé a dónde me lleva la afirmación, pero siento que estoy en la dirección adecuada. Mientras en la calle la gente se desplaza hacia el centro, hace frío y la Navidad siempre es la misma. No hay variaciones. Castañuelas, timbales, vientos de metal. Esa corriente que establecen las maderas, sinuosa en su entreverarse con las cuerdas. Son las señales que la historia nos muestra, los paisajes, las gentes, una novela no escrita, un poema no cantado todavía. Palpita toda nuestra esperanza allí y se eleva la melodía y sabemos que el libro que descansa entre nuestras manos ofrece toda una lección de vida: sobre la corriente del tiempo triunfa la voluntad que el trabajo bien hecho establece. Somos lo que se desvanece.
+ «… y las untuosas aceras de espejo…» Juan Ramón Jiménez en Madrid posible e imposible «2. Tormenta de agosto (tranvía sin corriente)».
+ Hay imágenes que en su hacerse carnalidad representan con tanta presencia una ciudad que nada a su verdad es equiparable. Lo veo en la cita anterior. Cómo siento ese Madrid, cómo se desgasta el olvido, qué sea materia tangible. El salto que se establece entre las palabras aporta más que cualquier otra razón, tal vez sólo superado por el poder inequívoco de los perfumes y sus evocaciones insinuadoras: sinestesias. Exactitud en estos últimos días del año, que su merma es nuestra merma. Veo Madrid si cierro los ojos y hay algo se ha hecho mío con el paso de los años, en la distancia, en una onírica transición de parques, fachadas, calles y avenidas, los árboles desnudos, las salas vacías en los museos, las aulas grandes y desiertas, la luz del invierno en los patios de los ministerios. Ese mundo que yo he supuesto y esa suposición que le ha dado entidad, entidad que habrá de morir conmigo: así tantas y tantas cosas.
+ La lectura sigue y me encuentro en JRJ el sustantivo “mogollón”. Cuántas veces oído, cuántas veces pronunciado. Un nexo de uso y mención atraviesa mi estancia, mi estancia de lectura y silencio: ha cesado la música de Falla.
+ Hago que suene la Suite Española de Albéniz, interpretada por Alicia de Larrocha. Esas cosas que tiene internet y tanto nos satisfacen.
+ «… en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.» Así termina el famoso soneto de Góngora. Recuerdo una lectura del poema: la tarde declina, decae cierta furia o impulso, el aula recolecta el aroma de los cuerpos, su cansancio y su victoria, la profesora lee dos veces el poema y comienza a hablar del paso del tiempo y de cómo la forma recoge una idea recurrente, cómo la forma eleva el tópico que invita a aprovechar el tiempo, pues la luz de la juventud se apaga, la vejez asoma y, tras ella, la muerte. Colligo virgo rosas, es el tópico que nos remite a Ausonio. El tópico tantas veces repetido, tantas veces llevado a la vida mediante una forma que reclama un alma. Leo el poema en la tarde del último día del año, tras una siesta de sueño profundísimo, con el sabor del café que aleta en mi boca. Recompongo una idea de la poesía de Góngora y establezco los beneficios que la dificultad de la lectura aporta. Uno se enfrenta al soneto ya con una edad, pero hay un misterio que no se resiste a ser atrapado: las figuras, la disposición, esos paralelismo tan vívidos y necesarios, la traducción del pensamiento a belleza, la belleza como medida de la dispersión: se desvanece, la belleza se desvanece. Ayer regresábamos a casa y no podía menos que admirar ese cutis marmóreo de los adolescentes: levemente pálido, destellos rosáceos, granados sus labios, la sedosa opacidad de los pómulos bajo las sombras de la noche. Oh, cómo la ebriedad del tiempo ha de arrasar este reino. Mientras, las noches se hacen eternas.
+ Las autopistas y los esmaltados campos que la orlan se visten de futuro por mediación de la música que pongo. Pero me canso y regreso al Fado. Mariza, la cantante portuguesa anega la cápsula que el coche es. No me gustan los colchones de violines, pero estos desaparecen y sólo queda la guitarra portuguesa y su voz. La tristeza es un estado del alma, pero, también, es una pose estética de la que participo. No más allá del clima y del paisaje, pero bien imbuida de ellos. Parece que todo lo comprendo y todo lo he vivido ya y no es así, pero el sostenido encanto de la cantante de mozambiqueña me hace creer en unas experiencias que no tengo. El coche, esa cápsula, se desliza en su velocidad y yo lo manejo, eso creo, el viento en el exterior agita los árboles, llueve y la música es la única verdad posible en esta hora de la tarde, tan lánguida la tarde.
+ Imagen: una imagen borrosa de un monitor en una exposición de Esther Ferrer. Me interesa esa dilución de la imagen, ese progresivo desprendimiento. La observo y la incluyo.
sábado, 30 de diciembre de 2017
El nexo y las citas
+ Durante los días de la Navidad la gente se reúne: compañeros de trabajo, viejos amigos, familiares. Los ves en los bares, las alegres compañías que afirman que el vino es un alimento: sonríen. Ese vino peleón, a granel, con la humildad de la cosecha reciente, que hierve en la mano y él le da dos sorbos ausentes. Está feliz y yo lo celebro en el silencio de mi conversación. Ahora escribo y en la lejanía suena una guitarra renacentista: serena, templada, en la sabiduría de lo bien cuajado. Un día lo reconocí y hoy no lo recuerdo. Sus hijos, su mujer, su hogar, el automóvil, la gran colocación en la administración pública. Para mí es un retrato a la manera de las tablas flamencas, el perfil de un funcionario satisfecho con la vida alcanzada. Todo casa con perfección en la reuniones navideñas. Atuendo, maneras y posición. La Navidad tiene mucho de balance, de un cuadrar las cuentas y llegar a la suma cero, pero, también, a lo patente de lo transitorio. Nos vamos y no me despido de él, en su ocupación resuelve el viento con un giro de la mano que indica que es un hombre cargado de razón, la razón del procedimiento y el pensar sensato: un poco de lectura, un algo de futbol, lo otro de la paradoja, la independencia de aquella región de España no es soportable, los toros son un arte que tanta poesía y pintura reflejan, los bailes en el casino no se deben obviar, y la provincia, y el chaquetón, y la calvicie. Caspa en los hombros, caspa en el corazón. Todo, ay, un retrato de la provincia, en la tabla flamenca: minucioso el óleo sobre tabla.
+ «… vive con soledad entre la gente / y a solas en sabrosa compañía» Conde de Villamedina, soneto amoroso de la edición de la poesía completa de 1635.
+ «L’enfant voit tout en nouveauté, il est toujours ivre» Baudelaire, recogido en una cita de Experiencia estética y hermenéutica literaria, Hans Robert Jauss.
+ «¿Qué sería del arte en tanto que escritura de la historia, si se desembarazase del recuerdo del sufrimiento acumulado?» Teoría estética, T. Adorno.
+ Las tres citas anteriores provienen de las lecturas del momento. Forman un nexo que tiene que ver con la necesidad de una identidad individual, desmarcada de fantasmagóricas quimeras nacionalistas que invaden molestamente la actualidad informativa, como un veneno se han esparcido y ya no soporto su presencia, ese es el desagrado o asco que aportan. Los he visto por la calle, los he escuchado con paciencia, los he sufrido en la proximidad. Silencio su voz y los mantengo lejos. Vuelvo a ver la pintura de D. Hockney y es ahí donde podría permanecer durante una temporada, en esa ilusión de personalidad, porque me traslada a una identidad débil y móvil. Yo no soy nada, a ningún lugar pertenezco, salvo a la tierra misma, a mi humanidad (pues humanidad y humus se hermanan en la etimología: somos humanos porque hemos de regresar a la tierra, una tierra que enmudece y que no habla ninguna lengua, pues es el silencio su más exacta realidad; esto soy y no el pueblo, soy muerte).
+ Tomo el libro que cogí en la biblioteca: Ensayos críticos de R. Barthes. Cojo la goma de borrar y elimino los subrayados a lápiz que alguien hizo en el libro, hace tiempo, probablemente. Una medida higiénica. ¿Quién es nadie para maltratar el libro de la biblioteca? Condicionar la lectura de los otros debería estar penado. Cada subrayado hiere la libertad del lector, su autonomía. Si se quiere subrayar, se debe pagar el libro. Sí, creo que es delictivo el subrayar o maltratar los libros de las bibliotecas.
+ El aroma del café a las seis y media de la mañana no es un regalo, es la vida en sí misma. Cómo se ha depurado la técnica hasta llegar aquí, su manera de inundar la casa en muy superior a cualquier cachivache de la última hora. Los granos, la molienda, el agua que hierve, ese polvo fino y compacto, el vapor que se desprende, la oscura realidad de su líquido existir. Aquí hay más verdad que en todos los periódicos del día. Abro la tableta, la cierro, dejo que una emisora musical generalista francesa me acompañe. El pan, el café, mis pastillas. Todos los ritos se resumen en el comienzo del día, busco una frase y desisto. Venenos, libaciones, adelantamientos, rebasar una gasolinera, todo se abre como una flor que a la noche se habrá de cerrar. La música viene desde la Alondra, que en francés (…) El sentido se impone, es viernes, un león me espera en cada esquina, me saludará y yo corresponderé: es la vida en su amplitud. No hay cita en esta ocasión, sino el aroma del café a las seis y media de la mañana.
+ Imagen: la patinadora en los desniveles y rampas de A Casa da Música, Oporto. Hay una correlación entra la perfección de sus movimientos y la belleza de la mañana, el café y la conversación. Diciembre no es un mes inferior.
sábado, 23 de diciembre de 2017
Desbordamientos [Spillover]
+ [Identidad]: busco que la idea de mí mismo se vea nutrida de los viajes que hacemos al otra lado del Miño. Los viajes a Oporto, por ejemplo. Como si se pudiese prolongar una manera de ser y de estar. La construcción de la persona transita por las afinidades electivas: un ámbito en constante construcción, un contexto que se eleva sobre lo dado. No es fácil, pero tiene una elegancia expositiva que contrasta con aquello que deseamos mantener a un lado. ¿Por qué no sumarse a un estilo más europeo donde tengan cabida nuestras ansias e intenciones, tamizadas por los años de lecturas, de deserciones y asunciones? El desbordamiento [spillover] nominalista que encabeza la entrada es el resultado del último viaje a Oporto, de la lectura de un libro de divulgación sobre la UE escrito por Eugénia da Conceiçao (O futuro da União Europeia) y de las conversaciones a bordo de nuestro Škoda (aka: Crazy Horse) sobre los viajes que hemos realizado y como lo europeo nos ha cambiado en las últimas décadas. Mientras esperaba para que me cortasen el pelo, en el libro de E. de C. encontré una idea que volaba desde tiempo atrás: una posible identidad transnacional. Debo indagar, pues todavía su estado es sumamente pobre, pero encuentro cierta identificación con la posibilidad de sentir la Península Ibérica como un cúmulo de posibilidades con una expansión al resto de Europa. Lecturas, periódicos, viajes, conversaciones, la intención de una comunidad de lectores que se unen en un invisible hilo representado por librerías, bibliotecas y cafés.
+ Retratos fuera de foco: son escritores, lingüistas, poetas, gacetilleros, periodistas, ensayistas, arcanos redactores de ministerios lúgubres en el vapor de los siglos, ya en el olvido. Los veo y no me hago preguntas. Se adivinan sus rostros, pero son solamente una insinuación y no permiten una segura identificación. A fuera llueve y pienso en Oviedo y en Gijón, más en Gijón que en Oviedo. El mar, un café, el Elogio del Horizonte, bicicletas, balandros que agita el viento, aburridos surfistas en el corazón de sus habitaciones: vídeos, guitarras y electricidad. El sentido de la tarde es su falta de sentido en la acumulación de libros sobre la cama, libros que se deben leer con atención y lápiz afilado, un portaminas tal vez. La lluvia repiquetea contra el cristal y le hace competencia al implacable reloj de pared que he colocado para saber siempre cuánto me queda. ¿Cuánto me queda? A continuación el imponderable dibuja la sonrisa del gato que desaparece, la sonrisa que flota. Los retratos fuera de foto tienen debajo el hombre y el oficio. Reconstruyo esas biografías y pienso en que Gijón me gusta, pero ahora no estoy allí. Conducir en Portugal es arriesgado, pero me gusta el país. Volveré a Oporto, volveré por esa autovía y saludaremos al paisaje y a las áreas de servicio: café aguado, natas y un vaso de agua. Tantas veces, tantas otras veces.
+ [De Barthes a Saenredam]: voy a la biblioteca hacia las once de la mañana. Llueve levemente y en el camino me entretengo, como tantas otras veces, en observar a las personas que por la calle caminan. Hay una luz cenicienta que me interesa, pero el interés vuela y el momento se abre a otras posibilidades. Son los elementos de lo que podemos considerar presente y que para mí es futuro, una ciencia-ficción en lo diario. Esto remarca mi edad. Esa sorpresa ante las pantallas planas, los teléfonos, el atuendo, las maneras, la extensión del tatuaje como emblema de una identidad, los anillos por el cuerpo, el cigarrillo electrónico, las posibilidades de la cartelería, la presencia invisible de internet (…) Incido en ello y me predispongo: condiciono mi visión para que subraye todo aquello que cuando yo fui joven lo hubiera visto como algo excepcional, un imposible viaje al futuro, la máxima expresión tecnológica, también la máxima expresión de los modos y maneras de la sociedad. Así camino. Ya sin música, apartados los cascos y el Mp3. El ruido de la calle penetra como la banda sonora del film que no se rueda. Me digo que spillover es derramamiento. En diferentes disciplinas alude a una saturación del sistema, a un colapso. Creo recordar que es en la biología donde mayor éxito ha tenido la palabra. Las palabras tienen flexión y amplitud, capacidad de ir de un extremo a otro sin perder su dimensión. Ahora la tomo y me sirve de óptica para caminar. El camino a la biblioteca: ¿es todavía posible escribir, tiene sentido? ¿cuántos libros habremos de leer? ¿es ya una cifra encerrada en un determinismo claustrofóbico o es una sentencia que tiende a la agorafobia? ¿en cualquier caso, una patología? La lectura persiste en ese punto de oposición que resulta ser la necesidad de consumir tiempo en su desarrollo, mucho tiempo, un tiempo y un silencio que paraliza y aparta de los demás. Los lectores tenemos un acento huidizo y reconcentrado, como se hubiese decidido permanecer recluidos porque la única posibilidad que ofrece la lectura es esta misma reclusión, tan exigente es la actividad. Camino y me adentro en la biblioteca. Ha cambiado mucho en los últimos años y es el viento tecnológico el que la ha impregnado de aceros y cristales, ascensor muy blanco y espejeado. Me veo en el espejo y soy un tipo curioso: la lectura me ha hecho así, como las marcas de un vicio. Llego hasta el mostrador y entrego dos libros y pido otros dos. A los lectores de periódicos y revistas los ha relegado hace un año al piso inferior. Ahora la sala de lectura está vacía. Curioseo en las recomendaciones de los bibliotecarios, en un enorme panel sobre Miguel Hernández, curioseo en la sección de historia y escruto los rostros de aquéllos que en los puestos gratuitos de internet ven películas, se ríen con los cascos puestos o redactan algo en un procesador de textos de licencia libre. Me entregan los Ensayos críticos de Roland Barthes y salgo después de dar las gracias. Abro, al salir a la calle, el libro y el primer ensayo trata sobre Saenredam, me digo que buscaré imágenes cuando llegue a casa. Así lo he hecho y al ver los cuadros sentí la necesidad de escribir esta nota, en este sentido: cómo hay elementos que se producen en un tiempo pero son intemporales: R.B. lo dice: «Saenredam es, poco más o menos, un pintor del absurdo, llevó a cabo un estado privativo del sujeto, más insidioso que las dislocaciones de la pintura moderna (…) Pintar con amor superficies insignificantes y no pintar más que eso es ya una estética muy moderna del silencio.»
+ Me asomo a la ventana para ver cómo el viento muestra su fuerza. Tengo presente los bosques por donde pasee, qué sucede allí ahora. Como una sentencia budista me remito al silencio y la impermanencia, todo es cambio. Ya hace tiempo alguien me dijo que las tormentas limpian los bosques: los árboles más viejos se tronzan, las ramas más débiles caen rendidas, las hojas que todavía resisten tras el otoño desaparecen definitivamente. La organización de la naturaleza nunca deja de sorprenderme. Una voluntad ciega, decía Schopenhauer. Desde la ventana veo otras ventanas, salones, habitaciones, cocinas. Pantallas de ordenador, televisores o el tintineo de los números azules de un microondas. Toda la tecnología es un espejo. Nos refleja y nos retrata, fuera el viento es ajeno a todas las posibilidades que el futuro nos ha dado. Un paraguas roto, una bolsa que vuela furiosa, el hombre que se refugia bajo un alero. El hombre que se refugia bajo un alero parece haber perdido el rostro y con ello su identidad: vestido de oscuro, replegado sobre sí, un minúsculo bulto en la amplitud de la calle. Bajo la persiana y regreso a lectura, como si un otro espacio fuese posible.
+ En cualquier momento salta un título para una novela: Great Madrid. Lo sé: eso no vale nada, sólo es una etiqueta, una bonita etiqueta.
+ Imagen: frente de casas en Gijón [Xixón]. La geometría se impone al color y el color pliega cualquier duda. Llovía débilmente y el café resultó ser excelente: aquí se resume.
sábado, 16 de diciembre de 2017
[Acomplamiento]
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+ El camino de regreso a casa arroja una serie de imágenes que corroboran la afirmación antes citada. Voy un poco más lejos. ¿Qué es lo que a ella le horroriza del circo? Surgen insinuaciones de miedos infantiles, pesadillas, ese miedo a que alguien esté bajo la cama, un miedo que impide el movimiento. Esa impermanencia, el clown es un demonio. Su sonrisa siniestra, la mirada arqueada pero lineal, el pelo o el sombrero, la palidez y las manos enguantadas. Sonríe y nos mira con ojos no humanos. Suena la música de circo y vuela una esfera dorada sobre el dormitorio de la niña. ¿Trae de vuelta todo eso Fellini? Indagar en estos sentidos conjura las sospechas. Guardo silencio y cierro el ordenador.
+ Según escribo, las imágenes de payasos se superponen y me hago cargo de que el circo sí es importante en el trasunto de Fellini. Una captura de una búsqueda por imágenes con la etiquea Fellini+Circo corrobora la verdad de la unión. La lectura de una página en línea suma elementos y resta valor mis certezas. Pero nada de esto desentrañará el desagrado mostrado por ella, que yo no podré entender, que nunca comprenderé.
+ «El filólogo, por el contrario, deja que la obra actúe sobre él no sólo en correspondencia a la intención del poeta, tal como actúa sobre el público al que se dirige el poeta, sino que además contempla la obra literaria como objeto de conocimiento» H. Lausberg en Elementos de retórica literaria.
+ Tras la cita, recojo una captura de pantalla de la búsqueda por imágenes que hice de Fellini y el Circo. He leído, en la última hora del día, durante las últimas semanas, fragmentos del libro de Joan Fontcuberta La furia de la imágenes. En algún lugar, y de memoria hablo, se dice que ya no importa la mecánica del disparo, su artesanía o la elaboración de la imagen, sino que pesa su contextualización o el hecho de seleccionarla dentro de un proyecto o en virtud de un concepto. Hago mi prueba y recojo la captura de pantalla como una posibilidad que abre una vía de comprensión de la afirmación recibida.
+ Ne supra crepidam sutor iudicaret.
+ Imagen: una simulación, una apropiación, un nuevo ciclo.
sábado, 9 de diciembre de 2017
Sintagma (unión)
+ Leo a Gerardo Diego y entreveo una vocación, su construcción y el edificio que de ella se eleva. Me corrijo y tal vez no se trate de un edificio, sino de algo orgánico y necesario, con una estructura espontánea. La elevación se origina en el hecho mismo de la escritura y por esta razón la suma de los pasos dados resultan ser mayor que las dimensiones del camino. Son frontera y apertura, los pasos. Veo que hay una similitud entre el poeta joven y el piloto de motos joven: la temeridad. Algo que se pierde, que se transforma, que restituye la conservación de la vida, alargada ya en el verso encuadernado y la silla en la cátedra, la placa en la ciudad natal, la veneración del periodista deportivo. Pero sigo leyendo y me maravilla la sonoridad y certeza que tiene el español en manos del virtuoso Gerardo Diego. La actualidad, el ritmo, el verso bien medido y sorpresivo. Como la cierva entrevista en el bosque. El bosque, la bahía, la ciudad, Góngora o el el Conde de Villamediana. El privilegio de la lectura me devuelve mi primigenia aristocracia sin poder alguno ya.
+ Así como lo digo, en una cafetería tan elegante como pasada de moda vemos al periodista deportivo. Ya no es joven pero conserva vitalidad: es su bigote abundante, el pelo espeso, el modernísimo casco de la moto, el reloj carísimo y actual, la chaqueta entre cámel y amarilla, las botas de motero. Toma su café y su croissant con parsimonia, abre un periódico y pasa la hojas con indiferencia, pero sin desgana. La luz de la mañana acuchilla los blancos quebrados de la cafetería. Las atildadas camareras de piel brillante y morena parecen tener una confianza que no apea el usted con el periodista deportivo. Me paro durante un momento y recibo la impresión de que todo el decorado es idóneo para un retrato que ilustraría la entrevista en la revista dominical: ese género. Pero ya no es así, ya no es esto. La vida ha cambiado mucho desde que yo idolatraba esas revista, ese tiempo en que leía sus páginas y estudiaba sus fotos. La vida ha cambiado mucho. El periodista consulta el Iphone y todo semeja intercambiable. Quien tiene un teléfono tiene el mundo, lo que nos iguala porque rebaja o elimina las diferencias [aparentemenet]. Lo que decía Warhol: nadie puede beber una Coca-Cola mejor que otra. Eso lo sabe él y lo sé yo. Nos miramos y creemos reconocernos, pero es una ficción: yo sé quién es él, pero él no sabe quién soy yo. Fuera Madrid relata una certeza: nadie se baña dos veces en el mismo río.
+ Sin duda uno de los grandes placeres de la vida es sentarse en una cafetería cualquiera en Oporto, pedir un pingo o un abatanado, una torradas y sentir cómo el tiempo se desliza por las costuras de la conversación, tal que el agua que se escurre por un tejido: lino o seda, el agua que continua su camino. El café y el pan tostado retienen en sí la honradez del trabajo bien hecho, me digo. Oporto, una vez más. Oporto, siempre.
+ A vueltas sigo con el Libro complido en los judizios de las estrellas. Mi intuición me dice que el pasado existen luminarias que desentrañan nuestro presente. Sigo lo que Umberto Eco decía: tratar a los clásicos como contemporáneos y a los contemporáneos como clásicos. Este ejercicio de cambio de perspectivas es lo que busco con el libro citado, y todo viene desde que leí esa unión entre la agudeza y el ingenio con la necedad; asuntos que aunque no lo parezca, no son incompatibles.
+ Imagen: recortes. La intencionada fractura que del edificio hacen los disparos fotográficos trata de atrapar ese momento, el encuentro en Madrid, la continuidad y la serena entrega del sí verdadero. El edificio como una nave perdida en la ciudad, así reconstruimos la travesía.
sábado, 2 de diciembre de 2017
Sinestesia
+ La tarde se complica y tengo que quedarme en un taller durante una hora y media. Qué hacer. Sin intención previa, me entretengo en estudiar el espacio, la disposición de los objetos y el movimiento de los que allí trabajan. Los mecánicos, su atuendo, la grasa en sus manos. Las columnas blancas y azules, los techos altos, las escuadras que sostienen la cubierta. Unas gafas para leer o el destornillador neumático, las bombillas o el dedo que actúa con precisión sobre el tornillo, la palabra y la respuesta. No deja de ser un escenario y, al tiempo, una representación, me digo y estimo que el precio que me van a cobrar no es el adecuado. Un precio elevado, pero tengo prisa y no encontré otra opción. Prefiero no darle importancia. A renglón seguido, pienso en el uso de la cámara fotográfica como instrumento de documentación. En qué punto estoy yo: espectador o participante, ¿tal puedo elegir mi papel según mis intenciones? El juego abate el aburrimiento y devengo una resuelta realidad: la inflación de las fotografías tiene un punto de anulación.
+ Más tarde. Acudo a un hospital cercano y no puedo dejar de pensar en el espacio anterior. Una comparación sin método que me conduce a un ligero torbellino de paradojas. Ahora, se yuxtaponen los escenarios. Y digo escenario porque de eso se trata y no de otra cosa. La comparación es la misma que hago cuando estoy en el cine y me centro en cómo van desplazándose los personajes por los escenarios. Vivimos en el ámbito de un teatro doméstico y no tenemos esa certeza. Un pantalla que nos arroja paralelas historias a las que se nos ofrecen a diario. Pero el hospital es limpieza, luz hiriente y la palpable verdad de la muerte. Esas líquidas transparencias, el plástico, el azul, el verde o el blanco de las batas. Bandejas donde se atesora la alimentación del enfermo, el acero brillante, quirúrjico y carísimo. El quirófano, la luz, las perfección de las líneas. La limpieza y el dolor. Nos interrogamos en el dédalo de los pasillos, las camillas y las televisión que palpitan como analistas de la última hora. ¿El taller, el hospital? ¿Dónde estaremos en la próxima escena?
+ Sí, el precio del cambio de neumáticos ha resultado ser excesivo. No me altero, no volveré a este taller.
+ [2º Taller, jueves]. Las razones que no expondré me llevaron a cruzar la provincia para llegar a un gran taller dedicado a la reparación de camiones. Las dimensiones estrangulaban el recuerdo del taller que visité el martes. ¿Cuál es la diferencia si la función es la misma, cantidad o calidad? Creí ver algo escultórico en todo ello, por encima de la trama teatral. Un algo que tiene que ver con las proporciones y con la certeza de que el camión es una prolongación o prótesis de lo humano. En la cabina todo se adapta a las manos y a los pies, a la configuración del cuerpo, todo para lograr que la máquina o el monstruo se deslice por el asfalto con seguridad y tan veloz como las leyes de tráfico lo permitan. Una exactitud embebida en grasa y acero, eso se reflejaba en los ojos fieros de los mecánicos, en las chispas que saltaban desde la soldadura, firmes resortes que funcionaban acompasadamente con la electrónica. Otro espacio que se presta al análisis son las oficinas: su disposición, dimensiones, mobiliario, ordenadores e impresoras, cuadros y otros ornamentos, la acumulación de papeles, teléfonos y agendas. Cuando entro en esa oficina recuerdo la otra e intento encontrar un nexo de unión. Qué es lo aquello que tienen en común. El frío. La frialdad es la nota que une ambas oficinas. Baldosas, cristaleras como el hielo recién cortado, el tono amarillo de las paredes. Quiero obtener un resultado de la lectura de los espacio. Conduzco en solitario con música electrónica de fondo y me paro a pensar en esta mención: la lectura de los espacios. Seguiré en esta senda.
+ «Agudo con nesciedat», encontrado en Alfonso X en el Libro complido en los judizios de las estrellas. ¿A quién se lo aplicaremos, pues candidatos hay muchos? Por lo tanto, la necedad y la habilidad dialéctica no son necesariamente etiquetas opuestas. Al contrario, en la habilidad dialéctica hay una renuncia a la verdad ya que el objetivo de todo combatiente es vencer. No veo me veo yo en la lucha. Y no es por debilidad, pero si no lo crees, puedo admitir lo contrario. Renuncio con alegría.
+ Imagen: el recorte de la entrada de una tienda de alquiler de disfraces. Por un lado, la constructivista cristalera; por otro, la oferta que es ilusión y verdad, la verdad del teatro, la verdad del carnaval. Disparo y desaparezco.
sábado, 25 de noviembre de 2017
Suma(-s)
+ No puedo dejar de pensar en aquéllos que vi de regreso a sus casas. En el metro, a las seis de mañana, ángeles sin luz, sombras sin perfil. Sus rostros dulces atravesados por la ebriedad temblorosa, huérfanos por un instante, henchidos de olvido. Son las poéticas del amanecer, confusas y torpes. Palabras esbozadas, bostezos, humo gelatinoso, alcohol, el alcohol dulce y penetrante, perfume espeso y sin aliento. Ya nada más que la palabra exacta puede derrotar esta ficción. La luz, todos lo sabemos, destroza a los vampiros, jugamos a estar en consonancia con el desafiante relámpago de la verdad automática: la que el espejo arroja a las siete y cinco, antes de embozarse en el oleaje de la cama. Los padres ya no duermen, los libros de la facultad esperan sin esperanza, el bolígrafo es un estilete o no es nada. La indefinición se constituye en emblema y el sueño alcohólico comienza su travesía de sudor, pesadilla y, sin memoria, viaje neutro o transparente. Yo ya estoy en el avión y las nubes son tan reales como mis pensamientos para aquéllas que a mi lado viajaron en el metro.
+ Conversación en un café sobre las rutinas, la disciplina y el paso del tiempo. Son temas que nos arropan sin dejar entrever lo profundo de su dimensión. Simas que transitamos sin tener conciencia de su alcance, cómo nos condicionan. Hablamos y el café lo es todo.
+ Como un barco ebrio, el tranvía surca Lisboa. Lo veo pasar y siento una alegría incontestable. Luce el sol, los niños ríen y la cerveza es brillante y transparente, espumar los vientos parece susurrar y una brisa se levanta con acierto. No leo los poemarios que se premian, prefiero tomar un libro de una estantería y dejarme sorprender por los caminos que se abren. Vuelvo a lo mismo: sólo leo autores muertos (o eso intento). El tranvía está congelado en la fotografía que el turista ha disparado hace meses, el turista la recupera en la intimidad de su hogar y se hace cargo que ya no es turista, sino que está al otro lado del espejo. El turista es un otro (siempre somos un otro, secuencialmente). Es él el que ahora observa a los turistas que visitan su ciudad. Nada permanece y todo es cambio, es la lección que llega desde el pasado, la que se instala en el presente.
+ Ay, esos pueblos que se muere ¿a dónde se van las historias que allí tuvieron lugar? ¿no es su olvido, a caso, una otra muerte?
+ A veces leo a Joan Magarit, a veces la introducción de la antología, otras veces leo los poemas, una veces en catalán, otras en la traducción al español. Nunca son los mismos versos. Y, como muestra, rescato una cita: «Despintat i tancat, un vell club nàutic / mira el sol rovellat sorgint del mar.» [Despintado y cerrado, hay un viejo club náutico / mirando el herrumbroso sol que surge / despacio del mar].
+ Los lobos seguían y vigilaban a los vecinos por caminos paralelos, tras los campos de cebada. Estos vecinos entraban en el pueblo y los lobos se diluían en el paisaje. Recuerdo una tarde hace dos años, una cierva saltó para perderse luego en el espesor de la maleza. La maleza se ha comido las praderías, los caminos están cerrados, ya no hunden sus patas la vacas en los pantanosos barrizales de las fuentes. Una vez vi sus huellas en el barro y me gustó esa forma, la materia y la forma: barro y pezuña. Cada años dos casas se derrumban. Una vez hubo aquí trescientos vecinos, hoy son siete, y ninguno tiene menos de ochenta años. Qué fiero viento ha barrido estos pueblos.
+ Tras la cena, mientras regresábamos a nuestra casa, no podía de dejar de pensar en los que en el metro vi, pero también pensaba en los pueblos que se abandonan, que se hunden sus tejados, que sólo restan los muros espesos y grises de las casas. Fraguas, escuelas, cuadras y serrerías. Hoy se han igualado en su ruina. Mientras, las fiestas en la ciudad nunca terminan y a las seis de mañana pueblan el metropolitano de falsa alegría, sueño hipnótico y sonrisas de erotismo sin amor. ¿De dónde han huido estos que ahora se esconden en el embozo de sus anoraks?
+ Imagen: la elección es aleatoria, sin premeditación. [Madrid, Nov. 2017, En El Matadero]
sábado, 18 de noviembre de 2017
Significados, sentidos y olvido
+ En un momento, por asalto, comienzo una conversación sobre cómo influye el carácter en el discurrir de la biografía, en sus calas, en sus crestas. Cómo la soberbia conduce al desastre. Pero, ¿no habría que cuantificar antes el desastre, definirlo con precisión? El fracaso adquiere especial preponderancia en función de los objetivos, cuánto mayor es la ambición mayor es el pozo donde se hunde el desdichado. El desdichado, me digo, la dicha y su contrario. El triángulo funciona: hamartia, hybris y némesis. Faetón se eleva con el carro del sol y su osadía le destruye, Ícaro sigue su camino, los vemos fundirse en el agua, diluirse en el olvido, la muerte.
+ No lo sabía, el corazón de Chopin está conservado en coñac. En qué sentido debemos entender la noticia. ¿Debemos buscar un sentido? Todo tiene un sentido, nosotros se lo damos.
+ Automáticamente, el ordenador guarda las fotos y hace que emerjan para subrayar con la palabra ‘recuerdos’ momentos del pasado, fotos que tienen una fecha incrustada. Confusión que se mece en la arbitrariedad de la fecha. El 7 de noviembre del 2014 yo estaba en Santiago y al día siguiente partiría hacia Madrid, hoy, tres años después, me encuentro en una situación similar: mañana viajo a Madrid, conduciré de madrugada hasta el aeropuerto de Santiago y volveré a Madrid. Si el ordenador no me hubiese recordado la circunstancia del pasado, la del presente estaría aislada. Realmente hay un significado o éste surge espontáneamente cuando regresan a la superficie las fotos olvidadas. No lo sé, pero ahora tengo la sensación de lo vivido, esa muerte oculta que palpita entre nuestras diarias acciones y omisiones. Veo el equipaje y sé que siempre es el mismo equipaje, que no es una metáfora, que no hay elementos elididos, que es una realidad que le da forma mis sentidos y mi memoria. Podría dudar de todo menos de mi propio pensamiento, incluso de la configuración del triángulo, decía aquel filósofo. Yo no dudo de la certeza de mi equipaje, porque ese mi pensar: tal vez.
+ [IR] Extraño es escuchar la radio a las 4:30 de la madrugada. Historias que se mezclan con el humo del sueño recién extinto. Un guardia jurado, un cocinero, hablan de Mohamed Alí. Pronto cogeré el coche y me encaminaré hacia el aeropuerto. Acciones y protocolos. La perplejidad de la noche con la longitud en la lejanía de la ebriedad. Las noches hoy son transparentes y luminosas. [Atención, sobre el oxímoron que se refleja en la hora prima].
+ [INTERIOR] En Madrid: se desarrollará (?) en otra entrada. [Ramificaciones, tangentes, conversación y un posterior silencio (agradable)].
+ [VOLVER] Es el primer metropolitano. Su geometría del futuro que es este presente me seduce. Me siento y ellas suben. Se sientan a mi lado. Huelen a humo, alcohol y a sudor adolescente. Se preguntan cuál es la ruta más corta para regresar a sus casas. Pero la duda es si conviene más la corta o las más rápida. Mientras, yo sigo leyendo la introducción a la poesía de Joan Margarit. La vida pasa y yo, yo me desvanezco. De qué hablan que yo no entiendo su castellano o español. Son las seis y diez, voy a coger una avión que me devuelve a casa. ¿Y ellas? Su juventud, su ropa, su olor de niñas y alcohol: dulce, penetrante, venenoso. Ahora, viernes ya, los vampiros regresan a sus ataúdes.
+ Cuatro provechosos días en Madrid. Una certeza de otoño, comida japonesa y comida regional, cerveza, conversaciones, paseos, libros. No deja de ser una baliza en el transcurso del año. Ahora, en la tarde de domingo, sólo es recuerdo, pero una solida certeza atesora su sentido. La amistad en el tránsito de los años. Noviembre.
+ Imagen: un portal, en Madrid. Ese vacío, la melancolía y la respuesta a la pregunta no formulada. Paradojas que se diluyen en la fotografía que me remite a exposiciones visitadas, conversaciones y silencios.
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