sábado, 28 de junio de 2014

La experiencia de lo cotidiano (II)



+ Sinuosas presencias, destacadas y ambiguas invitaciones. Son retratos entrevistos en las últimas horas de la mañana en cualquier museo de cualquier ciudad. Mientras, indiferentes, se pasean y nosotros interrumpimos lo diario que hay en sus discurrir. Carece de importancia. Regresan de sus fiesta y no importa. Hay una estampa de calidad superior, una lámina que muestra lo diario: ese asomarse a lo que no se cuestiona, lo que fluye sin riesgo de interrupción. El viaje retrata  las rutinas ajenas: vistas desde el exterior todas son paradójicas. El café, el tránsito de viajeros, coches, taxis, dependientes, floristerías que abren en esa primera hora de la mañana del viajero, acero y brillo obediente que luce el policía, caballos de arcilla o porcelana en un escaparate, listas de bebidas, vino, azúcar, refrescos, el metro o la espera en un paso de peatones. Luces en el exterior de la habitación del hotel. Rememorar es construir. Los puentes entre el presente y el pasado son una invitación al plan y a evitar lo automático. El teatro o el cine hacen singular el sábado, lo transforman en una ventana abierta, es el salto hacia lo no definitivo. Café claro, casi traslucido, en el momento anterior a la función y el viaje está ahí para llevarnos durante unos días lejos de lo dado. ¿Turistas o viajeros?, es mejor evitar la cuestión y adentrarse en los preparativos: visitar alguna web, trazar una agenda en un folio en blanco: números azules, marcar con aspas verdes y aspas rojas. La promesa de otras realidades es una apuesta sin riesgo. El viento y la tarde es dorada, el avión despega y toda la ciencia que contiene se desvanece en el intersticio entre dos cuerpos, el amor se refleja en en ese intervalo. Sin demora se debe cuidar cada día y no separar abruptamente la noche de la vigilia, confiar en el sueño como se confía en los números de una cuenta bancaria, como un ateo que se afana en el conocimiento teológico.

+ Unos días para La miel salvaje, de Miguel Ángel Velasco. Ya el título anuncia una celebración. Hace unos días que llegó el libro, muy breve, oscuro y elegante en su tipografía. Como el ámbar, como el tierno regazo de la madre, muy joven: pálida y esperanzada. Su pecho tiembla, hay ceniza de los incendios en suspensión, el aire es alboroto y triunfo.

+ "Son muchos los que siembran los árboles tras los que se emboscará su enemigo" Ángel Crespo [Aforismos].

+ Un poco por casualidad, guardo un recorte de periódico [en realidad es una página entera, extraña como extraño es el hecho de a día de hoy guardar fragmentos de un periódico]. La guardo para leerla con calma, para releerla en cualquier momento: después de la siesta, antes del último momento del días, el que precede al sueño. No sé. La traducción y su imposibilidad. A diario, hay un enfrentamiento entre el discurso y su interpretación, con esa duda continua de se nos ha entendido correctamente. Me llama la atención que hoy traiga el periódico un extenso artículo sobre las disquisiciones entre el ser y el estar español. Esa complejidad no se deja comprimir, presionar, de ahí su imposible traslación. Traducir es trasladar, pero la mudanza obra en lo mudado mediante insospechadas y sorpresivas calas.

+ [Apunte entreverado en la lectura de Las palabras y las cosas]. Se detuvo y percibió en su totalidad lo arbitrario del orden alfabético. ¿Por qué? La realidad se abrió como una flor de té en una tetera de cristal. Había facetas de una misma realidad que se solapaban y de las que era complicado dar cuenta, podría hablar de imposibilidad si no le desagradase lo que tras lo imposible aguarda. Allí, en ese momento, simultáneamente, los instrumentos utilizados carecían de sentido, y no tenía otros nuevos. En esa desolación hizo que abandonase su cómoda condición de turista, sin embargo, todavía no adquiría una nueva personalidad. La ciudad era punto menos que infinita y él un observador atónito, pero ya no extemporáneo, fuera de su verdad se transformaba con el paso de los minutos. Todavía resiste el análisis y no hay en ello descreimiento, falsedad o impostura.

+ Lo residual: la poesía, la lectura, el silencio. ¿En este orden? No es necesario establecer ni cantidades ni calidades, pero la triada, como podrían, tal vez, mostrarse otras, es significativa.  a) Poesía: tardes de verano en un espacio preservado, un libro escogido entre los clásicos o entre los ultimisimos poetas, el tacto sedoso del café frío, la amarga constatación de la muerte, como contrapeso: Bach; se extienden paisajes urbanos, rostros, la finitud de toda empresa humana: otra consolación. b) Lectura: partiendo de lo anterior, se eleva una abstracción en ese ámbito, en el claustro de la lectura, donde reina la vigilia, al tiempo que se trenza el sueño: donde estamos solos, auténticamente solos. c) Silencio: Bach nos aísla de todo ese tumulto de la calle, el ronroneo del ordenador y las posibilidades psico-sociales que admite y rechazamos; son polos de la misma brújula: el silencio y Bach [Misa en Si bemol]. Escombreras, escoriales, la tinta azul de la pluma, el papel, la grafía, edición y puntillismo, atracción y verdad [construida, modificada, explicada]. Tiempos de charlatanes, televisiones y redes sociales. ¿Tanto ha cambiado todo? La cáscara no es el huevo. Ex ovo.

sábado, 21 de junio de 2014

La experiencia de lo contidiano (I)



 

+ "Un caserón desconocido y oscuro (sólo había luz en el comedor) significa más para un niño que un país ignorado para un viajero". Borges, El informe de Brodie: El encuentro.


+  Fernando Pessoa: Ortónimo e Heterónimos, Porto Editora. Apenas es un volumen, porque es más folleto que libro. Un dibujo transparente, en un papel transparente, algo caligráfico y escolar. Destinado al ámbito del bachillerato, es una guía de lectura adecuada, precisa y ajustadas a su propósito. Compré el libro en Aveiro, la Venecia Portuguesa, como anuncian algunos folletos turísticos. Yo creo que esto último es inexacto en todo punto: la única semejanza con Venecia son unos canales, pero su encanto es otro y es esto lo que debe ser subrayado. Recuerdo una excursión en coche hasta Figuera da Foz, en particular el regreso por una carretera entre las playas y los pinares. Algo de todo aquello ha quedado posado en el libro [me doy cuenta cuando lo abro y la sucinta biografía de Pessoa despliega en sí el asombro de una vida que es más novela o página de la literatura universal que vida en sí y sin otro aderezo: siempre sucede lo mismo]. Una manera intencionada condiciona la lectura. Parecíamos perdidos en aquella carretera, pero un viejo mapa nos ayudó a encontrar el camino de regreso. Era el efecto del paisaje y del idioma, si uno se deja contaminar encuentra vías de penetración: nadie conoce esa magia del paisaje, que en un momento se transforma en realidad, una realidad construida y elegida. Nuestro hotel era el hotel Venecia y sus habitaciones y pasillos tenían esa impronta. Puedo volver a ver el libro sobre Pessoa en la mesilla de noche, la incandescencia de la lámpara y los ovos moles. Un dulzor antiguo, la prosa y el verso, la escueta biografía de Pessoa: breve pero suficiente [ay la literatura]. Hoy la vuelvo a repasar. La oscilación entre el verso y la bebida, las cartas comerciales, el amor y la incertidumbre, el inglés y el portugués, hoy gloria nacional, anteayer un errante naufrago de tabernas y versos, teosofías y adivinaciones, los espíritus y la comunicación con el más allá. El poeta es un fingidor, puedo recordar, quizá lo recuerde en demasiadas ocasiones, conexiones con el interior del principio rector del poeta: la ficción que enmascara la vida: la vida como teatro y como representación. Volver al libro y establecer las pautas significativas de un modo escolar es muy reconfortante: en estas tardes calurosas del final de la primavera, mientras  suena Shostakovich: una  arqueología necesaria, los cimientos de la persona que hoy transforma el escenario en posibilidad. Así, vuelvo a Pessoa, sin mayor intención que otro personaje en el que vivir: bastará con colocarse ese sombrero de funeral comprado en Camden Town y continuar con la redacción de esta entrada: mis fingidos heterónimos.

sábado, 14 de junio de 2014

Abstracciones



+ Un viejo tomo: una antología  de Juan Ramón Jiménez. Allí está, en la portada, el retrato de un JRJ. Joven, altivo, escultórico. En un juego de reflejos y simetrías se desdobla en el negativo de la imagen, ésta es la portada: el haz y el envés. Recuerdo ver el libro cuando era era niño. Me intrigaba, era un misterio: a quién pertenecía la mirada, por qué aquél desdoblamiento, cuál era su importancia: había una evidencia. Todavía permanece el misterio. Hasta qué punto puede condicionar una portada el núcleo de la lectura. Una frívola consecuencia del apartamiento de lo diario, del utilitarismo, de la lucha del momento, poco más. Mientras me dirigía a otras tareas, sentí la punzada de la incompatibilidad de la poesía con la prisa, con lo dado, lo que asumimos subordinadamente. ¿Es, así, incompatible o hay una transmisión de instrucciones, indicios más sólidos que el plano análisis de los medios de comunicación? En este momento el libro asume su posición espacial. Es un hiato. Sólo somos este tiempo en el que vivimos, este instante. El tomo ocupa un lugar junto a otros libros que componen la lectura diaria. Meandros y afluentes, pero el río continua su curso, sin voluntad, sin determinación, sin pausa. ¿El mismo río, cambiante, fluctuante, imosible? Mineral, automático, neutro. La actualidad siempre merece una ruptura, una elevación, pero se debe volver a ella, sin extravíos. Invocar al dios del instante es vencer al tiempo. Ese es el conjuro.

+  ¿Una construcción espontánea, un estímulo, un asidero? Los libros son extraños como también es extraña su agrupación. Así, el muro de los libros es color. Los ladrillos, el muro, la tipografía, su disposición, su orden, las categorías, las jerarquías. Azules, verdes, rojos. Intensos, desvaídos, plásticos. Rosa pastel,  azul bebé, amarillo canario. Según la cámara fotográfica desenfoca el motivo, el muro se vuelve pintura y exactitud: la abstracción.

+ Por otro lado, y carece [aparentemente] de relación con todo lo anterior, hace un momento tomé unas tijeras. Debía recortar de una tableta de pastillas, esas láminas con ampollas plásticas que contienen cápsulas [naranjas en este caso] y tan preciosistas son: elementos incontestables y posibles de una obra de arte en el museo de arte contemporáneo: así las veo. Me di cuenta que tomo y manejo las tijeras como lo hacía mi madre. La recuerdo en esta tarea de una manera clara. El muro de libros y las tijeras se unen en una aproximación, en la constitución de un inventario de pertenencias lejos de lo material. Esos trazados o mapas domésticos se incorporan sin dificultad al discurrir de lo diario. Ahí palpita nuestro núcleo  verdadero o auténtico. Everyday life, me digo sin ningún cuidado, tenue y pasajero, indicios, conjeturas sin fundamento y sin consecuencias.

+En muchas ocasiones, en demasiadas ocasiones creo que lo único que merece la pena es leer. Posiblemente esté equivocado, pero tantas y tantas veces resulta tan útil, tan placentero. Tener esa idea: un lugar personal, preservado, con música escogida y en semipenumbra. Una luz adecuada y un castillo de libros, libros que ir tomando en secuencias: comenzar por el primero y terminar por el último, luego volver al primero y así: indefinidamente. Los días se transforman. Estáticos placeres, herméticos y prístinos. Total, he terminado un libro y comienzo otro: Las palabras y las cosas, Foucault. El primer encuentro nos lleva a las Meninas de Velázquez. Una detallada descripción, entre la percepción y el hecho constatado. Se eleva un edificio en torno al cuadro, que es propicio para este tipo de digresiones. Inabarcable y, al tiempo, irreductible. Pintura, sólo pintura, transciende la abstracción que estructura cualquier imagen. Mientras leo recuerdo con dificultad conversaciones en torno al cuadro. Eran tiempos para el desprecio y la suficiencia: Veláquez está superado, dijo con el vaso ancho y pesado de whisky y veneno. Era muy tarde y la atmósfera se dibujaba en humo y sudor, letanías y bellezas locales en la hora de las demoliciones. Un día le vi y no era el mismo, había cambiado, el bigote lo hacía diferente, lo relacionaba con un mundo helado  e intransitivo. Supuse que otro tanto se podría decir de mí, aunque no me importó mucho. El punto inestable: nunca es el mismo río, sin embargo, como proponía Sloterdijk, qué sucede con la orilla. Sentí la punzada del tiempo y la eternidad del cuadro, en ese preciso momento. ¿Es el cuadro la orilla, a donde regresa el nadador que nos muestra Heráclito? No lo sé. Todo se difumina sin demora, regreso a la lectura ausente y hermético.

sábado, 7 de junio de 2014

Bosques (II)


+ [1] Romanticismo_Escenas de un bosque_Schumann: Mientras conduzco, en la radio la locutora presenta el tema del día. Los bosques. Creo que lo primero en sonar fue La entrada en el bosque [Shumann].  Una conexión, un pronostico, un acierto. Adentrarse en el bosque, presagiar el rumor de la espesura, los caminos trazados, como la magia recóndita que otros rechazan, como otros rechazan el romanticismo en sí, tal que los venenos que antes defendieron y disfrutaron, que ahora denostan con violencia. Hay poemas como señales, que transmiten instrucciones precisas para llegar al abismo.

+ [2] Tejos. Entre las copas de los tejos la montaña se alzaba, de vez en vez, vigilante. La cumbre y su gris acerado de carbón o de muerte. Riscos, desniveles, cortes asimétricos.  Allí se preserva un principio rector por desvelar, por trazar, planos paralelos en el ámbito del presente: un indicio que conduce a la multiplicidad. Para investigar.

+ Aparece entre papeles un recorte de periódico del año 1996. Las tres sobrinas bisnietas de James Joyce celebran el Bloom's Day. Son hijas del presente, quizá. De aquel presente. El presente del año 1996. El maquillaje, el atuendo, la sonrisa. Cazadora vaquera, un fular deshilachado, unos pendientes de falsos diamantes. La que posa en el centro luce un atuendo victoriano: camafeo, una camisa de cuello volátil, un chaqueta que semeja terciopelo, terciopelo negro. La última, parece ajena. Allí está. Hay una vibración en sus rostros. Jóvenes y lucidas. Sonrientes, con un punto antiguo en su presente. ¿Dónde están hoy, pasado el tiempo, casi veinte años después? Ay, cuántas veces las vi en otras ciudades. En las calles, en los parques, en los gimnasios, en las piscinas públicas.  Es turbio el comienzo del olvido. Pronto llegará otro Bloom's Day, sin esperarlo, por sorpresa: nos lo anunciará un periódico, mientras un café milagroso hace que penetremos en la vigilia. Así de destituyen los reyes y las fechas. Conmemorar que el tiempo nos otorga un gesto temprano, que se desarrolla durante toda la vida, como un intercambio de monedas, la filatelia del día: coleccionistas de mariposas e insectos. Lúgubres joyas en la solapa para este día incierto.

+ En la última hora del domingo vuelvo a leer el poema de Miguel Ángel Velasco La tregua. Mentalmente, mido los versos, cosa que no es conveniente, me digo al momento. Los leo, una vez más y el dibujo que transmite me resulta muy cercano. La heroína, esa droga, esa muerte en vida [creo que el poema lo pone de manifiesto con acierto, pero sin la dulce y empalagosa moral del instante: irreflexiva y mezquina]. Se han visto tantos y tantos mordidos por ese veneno. Las astillas humanas, esas heridas que nunca cicatrizan. Las ciudades no son capaces de explicar su presencia, y siempre han estado ahí. Viento fantasmal en la hora pútrida. Pero, en realidad, me interesa el final del poemas, sus últimos versos:

" (…)
Te alejas afanoso,
tu porción de letargo en el bolsillo,
y sales a la arteria donde bulle,
en la noche del sábado, la multitud festiva.
Te miran unos ojos
al pasar, y no saben
que en tu puño apretado va una tregua
de sombra con la vida."

Es el dibujo que presiente una gran verdad: el contraste del individuo con la masa, su incrustada soledad ante la fiesta del sábado. No hay otro consuelo, para ese yo poético: la posibilidad de una tregua, la que precede a la derrota, a la hecatombe. No sé. He visto ese reflejo en muchos ojos. El otro día alguien se dio la vuelta y me preguntó por mi hermano, cómo le iba la carrera. Todo pasó hace veinte, veinticinco, treinta años. La debilidad, el reloj o el calendario se habían parado. Ceniciento, adelgazado, saltarín. Pensé en el poema. No sé, en esta hora  del domingo a penas puedo leer, a penas puedo escribir. [Cerraré los ojos y pensaré en el murmullo que acoge el bosque en esta hora, pero el latido de estas imágenes acompañará mi entrada en los aposentos del sueño, los aposentos de la noche].

+ [3] Asimilación_presente_silencio: Un día, en invierno, súbitamente, me llamó la atención aquél bosque pequeño y recoleto. La disposición de los árboles, su perfil, quizá.  En la lejanía se agitaba el líquido resplandor de la luz incandescente contra la pizarra. Casi había amanecido, el invierno hunde el paisaje en pantanos y simas. Allí duerme el dios del momento. Las historias oídas días atrás eran una confluencias de deseos y ambiciones. Los bosques inspiran una arqueología de evocaciones, recuerdos que se alzan en un cruce luminoso. Pero llovía. Un zorro se asomó entre la maleza y volvió a la espesura. Era su pelo un rojo apagado, una luz de oro o paja, que se fundía en el verde casi negro. Esas horas y sus colores, sus sonidos, su impericia.

+ Tres pájaros se debaten en torno a un árbol muerto. ¿Tienen el instrumento del lenguaje? Semeja que sí. Ramas plateadas, el tronco roto por su base, un árbol recostado contra la hierba. Un mirlo y dos urracas. ¿Charlan o debaten, discuten o se entrevistan? El viento es suave y desde aquí se puede ver la ría, la bocana de la ría. Espejo humano: los pájaros. Coches y camiones, una motocicleta adelanta indebidamente: el mono negro con detalles en azul metálico no es un ornamento, el brillo acerado del depósito rojo, las reverberaciones, el ruido del motor, su estatura y el filtro de luces que las nubes arrojan en esta hora: afiladas sombras, humo traslucido, la arista exacta del casco. La moto se aleja. El árbol es escultura, volumen y tiempo. Bastaría con llevarlo al contexto de la sala de exposiciones. Allí en su desnudez, recortado contra los blanco lienzos de pared. Vaciarlo, quizá, en bronce, aunque eso ya lo hemos visto [Oh, London]. Esquirlas de otra vida. El árbol contiene inviernos y muertes, pero no lo sabe, pero allí construye un deseo. Los pájaros han desaparecido y un todo terreno blanco aparca en el área de descanso. Baja un hombre y prepara una pipa, se mueve nervioso. Amplios pasos e intensas bocanadas: columnas de humo sucio. Se baja, después, una mujer y enciende un cigarrillo. No hablan entre ellos, pero fuman nerviosos, miran en direcciones opuestas. No es conveniente suponer cualquier vida y los modos que la sostienen, los embates que la derrumban. El humo es una compañía fiel, agradable, desinteresada. Él se esconde tras un árbol para orinar, ella permanece con la vista fija en la nada, impasible. Su rostro es un rostro de virgen románica: recta nariz, ojos grandes, pelo lacio, pulcramente ordenado. Pronto serán las doce y hay una tarea que realizar. Suben al coche y se alejan. Un todo terreno blanco, muy nuevo, con su misterio o con su novela, con su vacío. Las urracas, una vez más, sobrevuelan el área de descanso. ¿Caligrafía, un ejercicio de caligrafía?

sábado, 31 de mayo de 2014

Recorridos.


+ Bukowski, una vida en imágenes. Compré este libro de fotos hace tiempo, mucho tiempo. Esas eternidades incrustadas en la biografía, nuestra lápida azul. Lo recuerdo, fue en un centro comercial, mientras fuera llovía torrencialmente, mientras esperaba, mientras me decidía si ir en una dirección o en otra. Allí estaba, en una pila de libros en oferta, junto a otros, bajo una indeseable luz de neones y fluorescentes. ¿Dos euros, un euro? Ni siquiera sé si el euro estaba en circulación en aquel momento. Total, lo recupero, lo re-des-cubro, lo re-inserto y se manifiesta como vocación y desarrollo. La voluntad de estilo es común a los hombres, en general, pero hay sentencias que atestiguan una capacidad de imponerse sobre lo dado. B. traza su vida con dificultad, mediante ornamentos indexado, tal vez, mediante esbozos de una biografía que ha de ser simétrica con la vida, con lo contado, con una idea de realidad. Las fotos muestran un vago rastro de verdades y ocultamientos. ¿Es equiparable la colección de fotos que muestra con la certeza de su vida? Esa duda siempre me asalta: veo fotos extendidas en un puesto de un rastro, en un álbum que duerme en el expositor de una testamentaría, en la vitrina de un fotógrafo, y la cuestión se agita en mi interior. ¿Qué queda de la persona, de su rostro, qué pensaba en el momento del disparo, tal vez: nada? Reviso el libro y me paro en los detalles, en la decoración de los apartamentos que el escritor transita, en sus cigarrillos, las botellas que empuña con gallardía, los peinados de las mujeres que aparecen con él en estas fotos, la arquitectura. Decorados e interiores. En el comienzo del libro, bajo la foto del padre, una nota explica que éste deseaba ser ingeniero y se quedó en lechero, esto le provocó un larvado resentimiento, que fue alimentando con alcohol y violencia. Los trabajos, el ocio, la confianza en la escritura como una vía válida para hacerse, para construir la realidad se oponen a la figura del padre, tal vez. Las fotos de los bares que B. frecuentaba en el entorno de Hollywood. Impersonales arquitecturas, impersonales geografías. El alcohol es un demonio hechizado de comprensión y violencia, suave y duradero, afilado y extenso, traicionero y sexual, atractivo, certero, displicente. Eso yo lo veo en la fotos, pero no porque esté en ellas, sino porque está en mi interior, en un durmiente ritual.

+ Londres tiende al infinito. Lo percibo en la lejanía, sin miedo a equivocarme. No me reclama una ficción, ni un verso, tampoco un apunte. Los teatros son su savia fresca y peligrosa. Pienso en el rumor del metro, en las calles y sus luces, escaparates y agonías cercanas. Es la hora punta. Veo la calles, mercados, el café que bebemos con rito y sin venenos. ¿Lo recuerdas? ¿Aquellas tazas grandes o grandísimas y el pan recién horneado, las galletas de jengibre, el trazo caligráfico de la trama urbana, que nos resulta indiferente, como debe ser? Brixton. Sólo es un dato, poco más. Lo presiento en esta habitación, en la exactitud de sus superficies. Las fotos son más generosas que las palabras, pero menos certeras. ¿Es necesario hacer comparaciones?, me preguntas y yo no respondo. Hoy estoy cansando y un poco enfermo: enfriamientos que se traducen una fiebre leve, quizá agradable. La medicina me da sueño. Leer es un bálsamo, pero hace que me deslice por la ladera del durmiente. Londres ha estado siempre ahí, lo sabes, sé que lo sabes y lo admites con gracia. Escenario de nuestro amor. ¿Cuántas veces hemos estado allí antes de llegar? ¿Es comparable la presencia de lo real, de lo tangible  a la experiencia de la lectura? La lectura, sin duda, es superior. Quizá no estés de acuerdo, pero yo estoy dispuesto a no tener razón y a mantener, sumultáneamente, esta postura. ¿Recuerdas cómo re-corrimos Londres a las tres de la mañana en un autobús de línea, camino del aeropuerto? Luces, perfiles, edificios, el río, la imantación de las noches eternas, el rumor ronco de los etílicos enamoramientos. Era ciencia ficción enclaustrada en el envés. La ciudad a la que ningún turista llega. Cápsulas de futuro y emoción.

+ London Girl [ilustración]. Por seguir con lo anterior. Ella subía hacia Liverpool Street y nosotros descendíamos después de haber pasado la mañana en Brick Lane. La vimos, como un relámpago, un relámpago que contenía aquella ciudad. En fin, ya se sabe cómo es esto: esa lírica. ¿Recuerdas que te dije: Espronceda escribió un poema titulado La entrada del invierno en Londres, que transmite una extraña sensación de frío, muy sinestésica, que ahora la percibo? Pues este es el momento, su momento, pues el título me gusta, el poema está pendiente de volver a ser leído, así descansa en el tomo carmín que está con los otros libros, en la mesilla de noche.


+ Todo ha cambiado, todo está cambiando. Nada volverá a ser lo mismo, como siempre ha sucedido, por otro lado.

+ ¿Quién era aquel hombre que había reunido una monstruosa colección de llaves, que se distribuían por las paredes de su casa de dos plantas: pasillos, salones, estancias? ¿Lo recuerdas? No, pero sí a su mujer, recuerdo cuando me contaron que en su agonía lloraba porque la muerte no llegaba, que se la veía aproximarse, pero se iba, como la marea rota y turbia, un ángel negro y peregrino. Lo podía ver. Ay, las llaves sin cerradura.

sábado, 24 de mayo de 2014

Tránsitos


+ Contemplación de la muerte y de sus derivadas. Esta semana pasada, pude ver un camión despeñado. Allí estaba, en el fondo de la ladera de un terraplén. La figura del vehículo hundido en la tierra negra y húmeda era dolorosa: las ruedas, la estructura, la cabina aplastada, la mercancía esparcida: entre ramas y árboles agonizantes. Varias toneladas de fruta, entre la maleza y las piedras. El conductor había muerto, en un instante. La curva estaba bien señalizada y había una pertinente recomendación para reducir la velocidad. La velocidad. Los camioneros están muy presionados, plazos estrictos y salarios bajos. Es difícil no sentir compasión. 52 años. Al mismo tiempo, no dejaban de llegar coches para recoger los restos del naufragio. Con bolsas, a la carrera, un tanto azorados. El patetismo se establecía en los contrastes: la muerte, los despojos, los beneficiarios. La empresa propietaria del camión debió apostar dos vigilantes para impedir que los recolectores de chatarra se llevasen el metal, los contenedores de plástico y cualquier cosa susceptible de ser vendida. Así pasó la mañana del martes, el día muestra el detalle y la noche establece identidades. Esto último emergió sin solución. ¿Cuándo lo había leído, cuándo toma el valor que le corresponde?

+ El Sur, Borges, en Ficciones. Diciembre queda lejos, pero aquellos días en Madrid reverberan su presencia. La lectura del cuento de Borges inicia una recuperación de aquellos días. Parques en las primeras horas de la mañana, veredas transformadas por la helada, palpitantes focos, globos de luz amarilla que albergan la estatura de los parques. Sobre el pedestal, la estatua ecuestre se hace aliada de la lírica de la mañana, transformada en el testimonio de una historia que  desconocemos, pero que allí está. Allí, a lo lejos, se suponen los campos. Falta una hora para la cita. Hay tiempo, un momento para registrar el instante que ahora se reproduce aquí. También El Sur es otro registro. Una constatación. Qué particular sustancia atesora una lectura. Hoy leemos una frase, la frase con que finaliza el cuento. Una vez más, la última frase: "Dahlmann empuña con firmeza el cuchillo, que acaso no sabrá manejar, y sale a la llanura". Y todo se ha transformado. La metamorfosis, acusada o ligera, ha obrado en nosotros. Ya no somos aquél que hundió sus ojos en el relato, que se embelesó con la estructura, con el final, con su articulación. Un día adolescente en su dormitorio, otro un hombre en un vagón de metro. Con el artificio se eleva su persona, otra persona. Este otro contiene al anterior, o no, pero se desvanece mientras lee. La disolución es necesaria, el día muere. Son inagotables las posibilidades, no hay otra receta.

+ Recogido al vuelo: Lucien Goldmann: "La literatura no es expresión de la realidad, sino parte de la misma".  La sucesión de los días, la textura que la edad otorga, la muerte como medida, los ejercicios que conducen a la afinación de una destreza, la destreza. La realidad se transforma y se multiplica. El punto de vista es cambiante, perecedero. Cuáles son los procesos de ensamblaje, el diagrama de construcción, su materialidad. La realidad se construye socialmente [Berger y Luckmann], mientras el camión yace en el fondo del talud. La realidad es lingüística, las palabras son las que permiten encarnaciones y decesos. Discursos y transformaciones, influencias, silencios. Cuando camino solo existen los pasos, es necesario el concurso del paisaje para llegar a ese punto donde lo fluido reina sobre el estatismo. Alguien pregunta sobre la función de la literatura, lo pregunta porque desea una respuesta clara y satisfactoria. No tiene finalidad, le responden con acierto, pero no es suficiente. El utilitarismo se desploma ante la certeza de la muerte.

+ He comenzado a leer La mirada sin dueño, una antología poética de Miguel Ángel Velasco. No me pregunto por qué se elige un libro, por qué se posa en la mesilla de noche éste y no otro. No me planteo los porqués, ya que sé que no hay respuesta. En general, no hay respuesta. En particular, tampoco. En muchas ocasiones, me digo, el rostro del poeta, del pintor o del músico, es una guía hacia su obra. ¿Un acierto? Hay aciertos y hay errores, pero la intuición se convierte, con los años, en un instrumento insutituible, incomparable, tardío y fungible. Ante de domir: el poema a las lombardas, esa col, me parece grandioso, propicio para terminar el día, [v.gr.: "… raso añil como seda violenta…"]. El dibujo de lo cotidiano restablece una cierta confianza, un cierto crédito perdido. La poesía tiene esa inigualable capacidad de cambiar el rumbo, súbitamente. Como si en la lombarda se ocultase una joya de mármol y sobrerealidad, su manipulación y su candor. Mientras, el camión ha sido rescatado, llegan noticias: en tres semanas estará circulando, otra vez, con sus cargamentos, con sus prisas, con las urgencias y los desvelos. Otro conductor, otras vidas, otros afanes. Entre tanto, la lectura ordena lo que será desordenado cuando llegue el día. Y así se cierran los aposentos de la noche. Los trabajos y los días. Su reiteración.


+ Somnium imago mortis.

sábado, 17 de mayo de 2014

Apariciones, espectros, fantasmas.


+ En ocasiones cruza las plazas de soslayo, introspectivo, con tres o cuatro libros en la mano. Intenta venderlos sin éxito, es imposible como la luz en la noche, como la noche en el día. Alguien le da una limosna, unas cantarinas monedas que agradece sin convencimiento. Sabe que no son limosnas lo que necesita, pero no importa. Según los días pasan, según las semanas caen, se le ve mucho más delgado, transparente quizá . Se transforma en perfil y línea de trazo inseguro. Una enfermedad, tal vez, desasistido, invernal, volcánico en su interior, hielo en el exterior. Hay algo aristocrático en su rostro, pero se desvanece. ¿Dónde vive? ¿Cuáles son sus afanes, tiene sentido está palabra en su vocabulario? Camina como un pájaro que saltase sobre las piedras en la orilla del río, con determinación y sin pensamiento. Su voz está quebrada. Los libros se ordenan entre sus manos: un tomo de Sábato, libros infantiles ilustrados, tal vez La Isla del Tesoro o Los hijos de capitán Grant, Ivanhoe, Guillermo Tell, una antología poética de la generación del 14, del 50 o del 27. No sé. Recuerdo esos libros, recuerdo otros libros, también la infancia imprecisa y sus aristas. ¿Son los mismos libros? ¿Son los libros de su infancia, los libros de nuestra infancia? Los libros no son un buen valor, indudablemente, y él lo sabe. Su precio es, finalmente, el precio de su peso, el precio del papel en el trapero. Por kilos, por toneladas. El valor es otro, pero no se traduce en monedas. Todo lector ha construido un muro multicolor a lo largo de los años, pienso y pienso en mí. ¿Qué relación hay entre el aliento sentimental que implica el muro y el caminar de este hombre? El hombre es el tercer fantasma del día, la tercera aparición.

+ Los desenterrados se sientan en las terrazas, consumen refrescos, cerveza y vino honrado. Los violines eléctricos los emocionan grandemente. Ssu hijos son bicicletas, respiración y olvido. Es la normalidad en una tarde de viernes, en la provincia.

+ Como recorrer olvidadas oficinas en plena oscuridad, arropados por la noche, como ladrones. Vestigios de otro tiempo, signos históricos, intrahistóricos. Los perfiles de los objetos son amenazantes, dientes de sierra. El fantasma del que un día allí desarrolló su trabajo, el trabajo que dio de comer a sus hijos, el trabajo que le causó preocupaciones y le trajo alguna alegría. En esta hora, el fantasma se eleva sobre los archivadores, las cajas de proyectos, los expedientes y todas las mesas, durmientes y estáticas. Adminículos. Avanzamos. Los ruidos son sutiles y penetrantes. No somos ladrones, tampoco asesinos. Desde fuera llegan las luces de los coches, que acuchillan esta extraña orografía de planos y puntiagudos bolígrafos, en sus tarros. Porcelanas y gomas de borrar, cinta correctora y cartulinas, la palpitante máquina del café. Todo es humo, vapor humano. Por fin, alcanzamos el objetivo. No son horas, pero era necesario. Allí escondido estaba aquel paquete, papel de estraza y cuerda de cañamo. Era voluminoso y no tenía otro lugar donde ocultarlo. Por la puerta trasera salimos como delincuentes. Pero los fantasmas, que un día fueron oficinistas, conocen nuestra condición, que nuestra inocencia es mármol o acero pulido. Ellos darán testimonio de nuestra inocencia.

+ Un apunte rápido, necesariamente, para ser desarrollado en otro momento:
Londres, Sinagoga de Brick Lane,Princelet St.: Rodindsky's Room, Rachel Lichtenstein & Iain Sinclair. Fantasmas, la persecución de fantasmas, pistas, un despertar, una historia, su reconstrucción. Tanteos. Ensayos, errores, rectificaciones.

+ Los viajes transforman al viajero. Es consustancial al movimiento. El viaje, hoy, carece de referente. Las vaguedades se instalan en el vocabulario esencial de lo diario y allí establecen su dominio. Es muy complicado determinar qué es viaje y qué no es viaje. Nadie quiere ser turista, nadie. Parece apropiado establecer un censo de fantasmas que aceleren el sentido del propio viaje. Los habitantes de las ciudades son extraños actores en un decorado extraño, solamente a los ojos de viajero. Todos somos normales, en tanto en cuanto no se nos conoce. En el tránsito de lo desconocido a lo desconocido, del anonimato a la intimidad, surge la extrañeza, el desapego, la unión con el otro en sus rarezas. En esas transmormaciones nuestro espectro se va elevando desde la irrealidad.


+ Hay un momento en que los detalles toman cuerpo y se pierde lo automático que hay en la percepción: la visión se hace acuosa, se afina más tarde y, finalmente, el mundo resplandece en la lírica de los detalles. Renovado. Estos momentos se deben conservar. Automóviles, geometría, portales, confusiones, estrategias, dudas, palabras, chapas, cordones, ruedas, termómetros, agradecimientos. La realidad y el infinito son una unidad. Se descubre el sustantivo, el núcleo, sus conexiones. En un instante, en un estallido, primario y fundamental. ¿Es otra iluminación? Será difícil ser estricto, literal, históricamente romántico.

+ En Figueira da Foz vi un Mercedes negro como el charol, con asientos rojos como la sangre cuajada. El viento era turbio y una muchacha caminaba con desgana. Comenzó a llover débilmente, pero hacía calor. Quizá, otra onírica o fantasmagórica iluminación aleteaba el aire: mariposa de plomo. Música popular, restaurantes japoneses, chinos, ornamentos dorados, calles estrechas, camiones pintados en verde y en naranja, azulejos, adoquines, la arena, la bandera nacional repetida mil veces y una más, una ciudad vieja y una ciudad nueva, acero, cables, postes, cristal, hormigón. Alguien se casa, es por amor. Ventanas como espejos, los labios azules del mar, oscuros barcos en la línea del horizonte y láminas de espuma. Espuma, nada más.

sábado, 10 de mayo de 2014

Derivaciones


+ Tardes de domingo. La música en modo aleatorio, la lectura, el remanso de las horas muertas, café y lápices, papel, blocs. Atraviesa la tarde un extraviado pensamiento sobre lo finito. Venecia es un plus, una necesidad poética, un enigma del comercio y una exacerbada pasión por los escenarios. Hay ciudades interiores que crecen sin descanso, anteriores al nacimiento, que germinan y se reproducen, sin explicación ni glosa. El domingo es un día intermedio, una porción de olvido, de vacío. Los bares están cerrando y todavía resuenan en la calle las voces de aquellos que no desean regresar a sus casas. Eso lo conocemos bien, pero ya no interesa. Hay razones que se deslucen muy rápidamente. Es una hora propicia para encauzar el final del libro: La marca de agua, de Joseph Brodsky. Venecia, una vez más. Las camas siempre tienen un algo de góndola. Su asimetría, la deriva, el pacto con el luto. Las góndolas se pintan de negro debido a la peste. El tramo final ha sido reservado para un momento como este. ¿Un instante? La vida arde en su totalidad para alcanzar estas doméstica glorias: herméticas y definitivas.

+ La benevolencia con la falta de puntualidad es un síntoma de senectud, sin discusión posible. Los pilotos rojos de los coches se difuminan, se desvanecen misteriosamente mientras la espero en el cruce que conduce al río. Anochece y una neblina transparente va creciendo, es un esfumado, la pérdida de los límites enaltecen el horrible perfil de los edificios: ahora son un acantilado, una muralla gris, las chozas de una estirpe de gigantes. Hay faltas de ortografía como un crímen nefando, un asesinato, tal vez. Los globos de luz se transforman sin dificultad en senderos luminosos de un país, de una ciudad con la poesía orgánica de sus calles, el trazo de lo espontáneo.

+ Muy de mañana, en el coche, cuando todavía la noche no se ha retirado, allí, suena la música que abre los inicios del día. Como un barco que avanza en la oscuridad, se apartan simétricamente los campos que se orillan en la carretera. La música cesa y el locutor nos habla de voces grabadas, de directores, de interpretes, de compositores. Una cosa lleva a la otra y afirma que hubo un registro de la voz de García Lorca, añade que su pérdida es lamentable. Mientras, casi maquinalmente, mi coche, negro y con veintitrés rascazos en su vientre, dos golpes sonoros en su costado, avanza en las últimas horas de la noche, me parece, anormalmente, que yo no conduzco y dudo, profundamente dudo. Es mejor no oír su voz, preservar la superficie de su imagen, sin voz, sin carnalidad, en el centro del mito. Ay, un día atrás a alguien le escuché decir que no era Juan Ramón Jimenez quien escribía, sino Zenobia. Me enfadé, quizá sin razón. Era tarde ya y las luces muertas de las aulas trenzaban otro funeral, no recuerdo por quién, ni deseo recordarlo.

+ La rueda de la fortuna no cesa de girar. Hoy estás arriba, mañana abajo, El símbolo medieval se renueva día a día y alcanza otra actualización. Hoy, ayer, mañana. A veces, sólo a veces, y no necesariamente, el esfuerzo y la voluntad pueden engañarla, pero una debilidad, una falta de observancia hace que se enfurezca y las consecuencias sean terribles. Ya lo sabíamos, lo sabemos. Las consolaciones.

sábado, 3 de mayo de 2014

Bosques (I)


+ La belleza de los árboles y la ausencia de gritos, bocinas, pitidos, televisores, maquinaria y velocidad. El silencio, los pájaros, el susurro del agua lejana, inaudible casi, el temblor del viento. Una sacudida recorre la espalda. El bosque bajo la lluvia, arropado por la niebla, en el espasmo de una calurosa tarde de agosto: un viento sutil y en armonía con una figura recortada por la cortante luz del sol del medio día. El bosque permanece impasible y preserva el misterio en su soledad, lejos de los hombres y sus maquinaciones. Haces que convergen en un punto, así se muestran las guías que conducen al objetivo: sobre todos los árboles destaca uno. Sólo uno. Se balancea con una ligera gracia, que semeja un artificio, que traslada de lo natural a la representación sus formas: acuarelas japonesas que delimitan el ritmo melancólico de los recuerdos. Y es ahora cuando sucede. Siempre regresan las exposiciones visitadas de esta manera: en la soledad de los bosques resucitan armadas con el fuego de lo exacto: Londres en octubre del 2013. Una exposición que muestra dibujos japoneses pornográficos del siglo XVIII y XIX. Papel de seda, xilografías, láminas. Cartulinas, telas, albumnes. ¿Tesoros o residuos culturalistas? ¿Reciclaje o inserción? No hay mucha gente en la sala. Nuestra miradas se entregan al estudio del detalle: las líneas, los colores, los formatos. Pero los órganos sexuales son tristes, nadie repara en ello, al tiempo que es imposible olvidar la famosa imagen del pulpo que copula con una mujer. El éxtasis, el pulpo recorre el sexo de ella y los tentáculos se entretienen en cada recodo de las articulaciones, en la topografía muscular, en sus colinas y valles, remansos y turbulencias. Resulta inexplicable: es el momento en el que el sol ejerce su poder narcótico, cuando ese fragmento de la exposición regresa. Vibra al compás de las hojas agitadas por el viento. En el momento, en la exposición las escenas no produjeron otra cosa que indiferencia, ahora llega una violenta humanización de aquellos cuerpos, de aquellas necesidades larvadas e incomprensibles para un occidental: tal era la codificación, la elaborada coreografía de las posiciones, el estatismo de los rostros. El tamiz de las hojas en la hora del mediodía traspasa el tiempo. No es magia, es la verdad de los recuerdos, su mentira, su indiferencia, su pulsión. El tiempo se ha detenido, nunca estuvo aquí.

+ Un domingo de madrugada. Obligación de una biografía ejemplar, con la coherencia de la novela bien trabada en su forma genérica y genética: planteamiento, nudo y desenlace. Sin experimentos, ni dobleces, ni transformaciones. El mero contar no llega, pero la vida se resiste a la cápsula y a la reducción de los términos y sus ramificaciones. Surcar los senderos que conducen al centro geométrico del bosque acentúa la sensación de inestabilidad de lo vivo, su destino sin reflejo, sin posibilidad de duplicación. La condena de lo único en la multiplicidad de formas y figuras.

+ Los teléfonos descansan sobre la cama, suena Bach, otra vez, en los altavoces del viejo equipo de música y la hora es propicia para la escritura. ¿El silencio en el bosque, como adivinar el trayecto de la cierva entre la maleza, recordarlo y ver en ello un emblema? Hay llaves que abren puertas a otra realidad, porque ésta se construye y se transforma más allá del poder, de la que los poderes desean imponernos: redundantemente. El emblema se compone de una imagen enigmática y "algún verso o lema que declara el concepto o moralidad que encierra", arroja el Drae. La cierva en el bosque es una imagen que precisa una aclaración. Su figura trasciende la maraña que el bosque despliega en aquel punto exacto, pues es un instante. Su figura desaparece después de volcar reminiscencias y otros versos. Preferir el recuerdo de la cierva al del ciervo no es casual, no es un capricho. Aunque, en cierta medida, la construcción del emblema precisa de elementos caprichosos y fundados en artificios que fusionan la autenticidad de su capacidad de cura con la propia imagen y su lema, no hay porque desconfiar de las paradojas que lo aleatorio regala sin contraindicaciones. Por eso cierva, que no ciervo. Lo femenino, el interior del bosque, su elevación, su desvanecimiento. La noche cae y Bach ha cesado, el silencio es transparente.

+ San Juan de la Cruz: Cántico espiritual:
    ¿Adónde te escondiste,
amado, y me dejaste con gemido?
Como el ciervo huiste,
habiéndome herido;
salí tras ti, clamando, y eras ido.

+ [Ilustración: Greenwich en el comienzo del otoño, hace unos años. No deja de ser un paisaje construido y, en consecuencia, en su momento, coloreé la foto con un verde irreal. Precisamente el color verde, un verde como extraído de un tintero y derramdo sobre el poliéster blanco, extremadamente blanco. No pasa de ser un artificio: el verde define lo vegetal, pero este verde está más próximo a la ciencia ficción que a lo netamente biológico, a los juegos y trucos, el afilado vértice de neón obra en las últimas horas de las noches eternas. en el perfil de los licores y en la inmovilidad de un enamoramiento. Un aparte: esta imagen es la imagen de fondo en mi ordenador, en mi portátil y mostrarla no deja de ser una confesión, otra narcisista confesión].

sábado, 26 de abril de 2014

Proceso(s) de lectura(s)


Lista, con un cierto orden:

a.1 Has de cambiar tu vida. Peter Sloterdijk.
a.2 Estética, ética y hermenéutica. Michel Foucault.
    a.2.1 Introducción , traducción y edición de Ángel Gabilondo: (intro) "La creación de modos de vida".
a.3 Apocalíticos e integrados. Umberto Eco.

b.1 Limbo. Agustín García-Mallo.

c.1. O bebedor nocturno. Herberto Helder.

+ Publicar la lista de los libros que descansan sobre la mesilla de noche, a los que se acude diariamente, tiene algo de exhibicionismo o confesión interesada, no poco de narcisismo. En una pseudo-confesión, que ni es sublime, ni es excepcional, pero que revela aspectos propicios para el encuentro, el paralelaje de caminos o la conjetura en las intenciones, muestra los aspectos que nos hablan del sujeto-lector.


+ ¿Es mi yo ese que se refleja en ese espejo? ¿Cuánto posibles yo(s) existen, tantos como lectores o es un único reflejo?

+ ¿Narcisismo? ¿Escribir es en sí un ejercicio de narcisismo? ¿Leer? ¿Contra esto se puede oponer el silencio? ¿Puede haber algo con mayor interés que el silencio, parece palpitar en la otra cara de la moneda? Las doctrinas del Zen han hablado de cómo el silencio constituye un vía de conocimiento más profunda y certera que la palabra: donde la sabiduría y la estupidez son una cosa, la elocuencia y el silencio lo mismo.


+ La paradoja siempre es atractiva, como contraargumento, como explicación de lo brillante y lo inusual en lo diario.

+ Una lista define con mayor precisión que declaraciones expresas. Ese punto latente, no desvelado, suministra intuiciones exactas. En definitiva, cabe preguntarse por las relaciones que entre los cinco libros se establecen. Nada más. Cada libro tiene un ritmo, una velocidad o su particular estatismo, pero todos comparten un tiempo, este tiempo, este aquí y ahora que pertenece a mi yo lector y que pierdo en el momento de escribir. El yo escritor es otro, que se compone de filtros, anfibologías, extractos, atajos, disfraces, máscaras. Los temas son constantes, cambia la expresión, se tamiza y reaparece desnuda.

+  Primera conexión: [a.1 + a.2]. tanto Sloterdijk como Foucault se ocupan de las tecnologías del yo. Su particular plasticidad, la materia que requiere una forma [y no al contrario] y cómo está se relaciona con el adiestramiento, con el entrenamiento. El interés que puede despertar la modulación del yo radica en el ámbito del propio día y en los meandros que el personaje que vamos adoptando según la hora y el papel asignado. Su inicio, sus ritos. Desde la alimentación al cumplimiento estricto de las obligaciones laborales, las destrezas que se deben ejercitar, el estudio o la lectura. Son patrones que se reconocen, que transforman los hábitos y le dan un sentido pletórico a la biografía. Aprender a pensar de otra manera, ciertamente, al tiempo que se vacía un posible yo de ornamentos innecesarios. La transformación es un juego peligroso. Siempre y cuando se observen un conjunto de reglas dadas, poseeremos una red de seguridad. ¿Un salto sin red, la acrobacia contra el peligro mortal o la seguridad cotidiana? La ebriedad, las iluminaciones, el juego mágico que los espejos producen es una suerte de confusiones y aserciones próximas a la locura. Por ejemplo: estilo: la forma y el fondo son indisolubles, pensar en cuál determina el conjunto en mayor grado es un error. No es un asunto de medidas, ni de relaciones, ni proporciones. El trabajo diario comienza ya en la primera hora y, sin dispersión, termina con el sueño. Lo ligero se impone. Para ello me parece muy adecuada una cita que se recoge en el libro de Sloterdijk. Es de Marco Aurelio, se extrae de las Meditaciones: "Piensa, finalmente, en retirarte hacia aquella pequeña región que eres tú mismo, y, sobre todo, no te disperses […]" La vida es, principalmente, estilo, esa pequeña región que uno debe gobernar con mano de hierro. Todo lo demás vendrá dado.
[De Sloterdijk me interesa su prosa, la textura de su prosa, el ritmo de las ideas, la obligación de discutirlas. Sin embargo, con Foucault la relación se ha convertido en sentimental y necesaria. El estilo y su traducción a la vida diaria, las explicaciones y las cuestiones que se precisan: el poder sirve para explicar los juegos de verdad que se camuflan en los discursos].

+ Apocalítpticos e integrados [a3]. Una lectura que avanza, que esclarece aspectos insospechados del tiempo del smart phone y la comunicación instántea, lo virtual y el amor digital. El sexo sin cuerpos. La cultura de masas es una plantilla adecuada para atrapar cierta idea de post-modernidad. Volveré sobre el libro, una y otra vez.

+  Salto [b1]: Limbo: durante meses he estado esperando el momento propicio para comenzar a leer esta novela. ¿Novela? Las etiquetas no siempre son todo lo descriptivas que se precisa, sin embargo esta denominación es válida. La postmodernidad ha diluido los géneros y la promiscuidad literaria aporta nuevas clasificaciones, variables e inestables. Limbo nos muestra la disgregación que impera en el presente que nos ha tocado vivir mediante una historia que va y viene ingeniosamente. La forma triunfa y el fondo es la misma forma. [Me interesa mucho un sub-tema planteado: el ruido, el sonido, el análisis y el procesamiento del ruido-sonido. Una vía que investigar, sin duda].

+ Un título suficiente. O bebedor nocturno: [c1]. La foto que ilustra la entrada es de la librería Bertrand, cadena de librerías portuguesas, donde compre el pequeño tomo. El título atrajo poderosamente mi atención, mucho más que su horrorosa  portada. Después, en la lectura, he comprobado que mis expectativas eran erradas. Mientras yo buscaba una iluminación nocturna teñida de ebriedades y malditidismos, resultó ser la recreación de diversos poemas. Versiones libres de salmos bíblicos, poemas egipcios, himnos órficos o poemas zen. Finalmente, se convierte en un interesante regalo que, en el reposo de la última horas del día, ofrece una catalizador. ¿Se trata de eso?

+ En paralelo: la nada o el vacío. Antiguamente "nada" no tenía el significado que hoy tiene. Nada "es un residuo de la expresión cosa nada, cosa nacida, cosa criada, cosa existente" [A. Bello, Gramática, Tomo I, p. 324, nota sobre 358].  Cuando se encuentra la historia de una palabra parece aclararse una verdad. ¿Debemos confiar en la metáfora explicativa de las etimologías o la explicación histórica de una palabra es una guía sutil, pero no necesariamente válida?

sábado, 19 de abril de 2014

Tensiones y resistencia


+ Sillas. La silla es sencilla. Asilada contra una pared, tiene fuerza y presencia. El cemento blanco la recorta y le ofrece el cobijo de su propia forma, sin interferencias. El objeto supera la función. Es una silla humilde y barata, sin interés. Por un momento se convierte en una nota disonante, en la escultura del momento. El dios del instante obra en su favor. Observarla y preguntarse por su historia es una pérdida de tiempo. Allí está a salvo. Lustrosa y olvidada. Sin función, ya.

+ Entro en unas oficinas y me recibe un ordenanza con una extraña cortesía. Parece desorientado, víctima de un narcótico o un licor viejo y peligroso, que le ha raptado durante unos segundos, los suficientes como para indicarme, para guiarme en la subordinación del espacio a las jerarquías burocráticas. Accedo a un hall, hay mucha gente y un desorden larvado. Carpetas, tomos, archivadores. La luz no es natural. El aire resulta espeso, caliente, ácido. La luz que desciende de los fluorescentes tiñe todos los rostros, los rostros adquieren un aspecto fantasmal. No hay espejos, la madera aporta cierta solemnidad y distancia, infunde un respeto reverencial: parece haber sido estudiado, aunque muy posiblemente se debe a una incierta costumbre, a programas larvados en la constitución de elementos: piezas y principios que indican cómo incrustar esas piezas, ensamblarlas, desmontarles, también. Es un edificio viejo, hay algo  adherido a los paneles de madera. Se trata de una pátina de irregular indiferencia, más próxima a la enfermedad moral que a una carencia estética. Tal vez la mala educación de la funcionaria, que no responde al saludo de buenos días, la densidad del ambiente, su coloración amarillenta y opaca, suma, eleva la sensación de desamparo. La brutalidad abstracta de la administración. No hay rostros. Es un vacío que oprime. Culminado el tramite con fortuna, la calle es un estallido de vida: mujeres que fuman en un jardín, adolescentes que se alejan hacia sus ocupaciones, sin prisa, hombres luctuosos transidos de indolencia, los bares próximos, las tiendas, los parques. Hay vidas que semejan cajas olvidadas, almacenadas en la oscuridad de los sótanos.

Viajes en coche: la música desvela los recónditos acentos del paisaje, la pastosidad de la niebla en la primera hora de la mañana. No hay, en mi opinión, otro lugar más apropiado para la música que el coche. Un volumen considerable, una conducción tranquila, una velocidad moderada. Bach hace que el tiempo se detenga y la carretera es una esquirla de ciencia ficción. Toda la humanidad ha trabajado para que esto sea posible: la música, su reproducción, el automóvil y su mecánica, la carretera y su geometría. Rebasar etapas vitales, estudiar y descansar, trabajar y ejercitarse. Hay una metáfora en todo ello que no debe ser desvelada, quizá sea el centro de la existencia. En ese instante: Partita Nº2, BWH 1004.

+ Foucault: " [el trabajo crítico del pensamiento sobre sí mismo] (…)¿No cosiste más bien, en vez de, en legitimar lo que ya se sabe, en comenzar a saber cómo y hasta dónde sería posible pensar de otra manera?"

+ Hay cuestiones sobre el cuidado de uno mismo a las que se vuelve una y otra vez, como el que regresa a una casa de veraneo donde fue feliz. Técnicas que se han mostrado útiles y solidas. No son necesarias las constataciones, como la silla que permanece contra la pared, en el olvido de su función. Pero, con todo, continúa siendo silla. En ella reside lo permanente. Después del aprendizaje, la contemplación debe ser mínima.

sábado, 12 de abril de 2014

El original y la copia.




+ En algún lugar aparece una noticia sobre una ciudad erigida en el desierto. No han sido necesarios treinta años para su construcción. La ciudad se confunde con un decorado futurista. ¿O es en sí un decorado futurista? Difícil elección. La foto del arquitecto: tras él una maqueta donde se puede ver incrustrada en una trama ortogonal la torre Eiffel y otros edificios significativos de una Europa desconcertada y decadente. Las Vegas es su correlato, tal vez: Venecia es un parque temático. El aspecto del arquitecto es neutro , un atuendo pulcro y discreto, la mirada firme, severa, profética, bíblica. La misma maqueta será una maqueta en una relación 1:1,  se desprende de sus palabras. Círculos concéntricos. Lujosas tiendas e imposibles recepciones de hoteles, coches de dos millones de dólares, aviones afilados que se recortan contra las dunas. Un mar muy azul, tan azul. Todo es real, oscilante, fugaz. La publicidad sostiene el andamiaje de la revista y el punto absurdo se ve resaltado por la música que, delicuescente, llega de la radio. Ficciones.

+ El acceso es a través de un sendero estrecho. Los árboles tamizan la luz, el silencio apenas se ve rasgado por los cantos de los pájaros: lejanos y sincopados. En el fondo del valle está el bosque. No es fácil llegar, se necesita caminar durante varias horas y, una vez allí, hay que vadear un riachuelo y subir cuatro o cinco peñas. En el centro del bosque la luz apenas llega, es una atmósfera gris y sutil: la tierra, las piedras, algunos helechos, dispersos y transparentes [verdes en el olvido, verdes en el presente]. ¿Se puede reproducir el momento? Una cierva atraviesa el claro. Es una exhalación, suficiente para establecer una imagen más allá de la poesía, más real que lo visto en los teatros, en los cafés, en las plazas. Permanente, perenne, eterna. ¿Hay alguna posibilidad de capturar el momento?

+ Marco Aurelio, Meditaciones:  "… demasiado cabe en convertirse en un hombre divino y no ser conocido por nadie".

+ El contraste entre el original y la copia es obvio. Un instante de incertidumbre: la incertidumbre que se siente ante la figura de cera. Todo coincide, pero hay algo que falta. Basta con ver un animal muerto, ¿qué está ausente, dónde se ha ido ese algo? Lo paradójico es la medida.

+ La isla de los muertos. Sergei Rachmaninov. Música para la conducción. El deber de centrarse en la conducción. La obligación de estar en cada momento en ese momento, ni en el pasado, ni en el futuro. Se deslizan las notas por la geometría del automóvil, no es gratuita la sensación de plenitud. El paisaje es un misterio: no consiste en avanzar, en tratar de averiguar los significados ocultos en la disposición de los árboles, [no hay significados ocultos]. El coche se desliza por la carretera con flexible fluidez. En la desembocadura del río se encuentra La isla de los muertos. Los remos se sumergen en el agua acompasadamente. El día muere no es una metáfora. Ahí está el centro del universo. Carece de importancia.

+ [Ilustración: foto de unas pegatinas estampadas en una puerta, Spitalfields - Londres, octubre del 2013].

domingo, 6 de abril de 2014

Rostros. [Oporto, 1996-2014]



+ Calles húmedas. Escamas, brillos, ensayos de conversaciones y silencios. El acharolado asfalto tras la lluvia, trajes oscuros, el humo espeso de tabaco negro, una estela de ceniza y olvido. El vacío es una expresión necesaria, alguien susurraba mientras la ciudad se entretenía en el relato de su biografía más íntima: sin prisa, sin peso. La expresión de la mujer en el mercado contiene verdades: cada rostro oculta una herida.

+ ¿Es imposible encontrar un rostro duplicado? Resulta inquietante pensar en ello, ¿todos tenemos un doble? ¿Dónde? Algún día lo veremos llegar, quizá sea una estallido, un déjà-vu. La nostalgia de lo no vivido. Ahora, en algún lugar, en este mismo tiempo nuestro, se pregunta quién es el otro, dónde está el otro. Y el otro somos nosotros, nuestro yo de este momento.

+ Fotocopias: rostros fotocopiados hasta perder su aura. Se diluyen los rasgos. Ese ruido que introduce la reproducción perdura más allá del original. Una colección de piezas y un sistema principios para ensamblar estas piezas. Así funciona la totalidad: cada acto tiene consecuencias.

+ Oporto se ilumina débilmente cuando la noche cae. Niebla y vampiros. Las farolas arrojan en ocasiones un verde clorótico, en otras un naranja brillante resalta el latido de los últimos bares. Hay un recuerdo de vino y pastas de coco. Veladores. En la última hora. Cruzan hombres solitarios la calle y un eco de música y viento traslada la escena a otro tiempo. No es la nostalgia. El jazz es ahora una caligrafía. Pensaba en aquellos poetas que se leyeron en portugués mientras cristalizaba la ebriedad. No hay otro presente, pero el recuerdo atesora instantes y decisiones. No es un abrazo gratuito.

domingo, 30 de marzo de 2014

Madrid en diciembre: el presente




+ Madrid durante unos días. Un diciembre inusual, frío, transparente. Otros compromisos, otras ocupaciones. Es así como la corriente nos lleva y nos transforma. Sentir el viento de la meseta, el tránsito de los bares, las conversaciones sincopadas,  la lluvia y el frío de la primera hora de la mañana. Las siete menos cuarto de un lunes. Encontrarse con un impulso propicio para una nueva aventura: sin riesgos. El provecho de cada ocasión no lo determinan las predicciones, sino los imprevistos, lo fugaz, lo espontáneo. Nada se debe esperar, es la contemplación, esa ruptura con las agradables rutinas: escogidas y celebradas. 

+ Había visitado, el día anterior, el lugar de mi cita. Tenía insomnio. Debía madrugar

+ La casa estaba llena de recuerdos. No eran mis recuerdos, pero en las tangentes de círculos concéntricos me afectaban, me afectan. Y eso es suficiente. Fotos, láminas, libros. Sobre todo libros, ante todo libros, viejas ediciones de bolsillo, desarmadas, gastadas, dormidas en los anaqueles.

+ Caminé en la oscuridad hasta llegar a la sala. Encendí una lámpara alta, alcancé los tomos de los cuentos de Cortázar y de Borges. El tomo de Cortázar tenía un prólogo de Vargas-Llosa, que fue por donde comencé a leer. Lo leí sin detenerme. Debía madrugar, levantarme a las seis de la mañana, pero no podía dormir, o no podía dejar de leer. Apenas pasaban unos minutos de la una de la madrugada. Había una suerte de iluminación que conecta mi vida de veinte años atrás con el momento presente. No sé si las palabras son siempre suficientes para describir los estados de ánimo, si la música en su absoluta verdad abstracta logra atrapar el momento, si una imagen atesora en sí misma el filo de la navaja. No lo sé, pero carece de importancia. Casa tomada palpita todavía en el día a día, como si en el corazón de la vida ordinaria se incrustasen los fragmentos de lo leído o de las visitas a esas ciudades que se constituyen en patrias electas, precisas y eternas. Eternas en esa autenticidad del  aquí y ahora.

+ Ahora que el invierno ha remitido, Madrid, Cortázar se transforma en presencia y constancia. La voluntad literaria, que es algo más que libros y biografías, más que tomos construyen un muro de títulos, impresiones y sugerencias.  La literatura es un camino o es una estancia. Hay tiempo para averiguarlo: ahora.