sábado, 10 de abril de 2021

Mil quinientos años

Porto-2016

+ En el ordenador veo un vídeo de un chalet abandonado. Se trata de una propiedad que perteneció a un hombre que ascendió fulgurantemente y cayó con estrépito (tanto en su ascenso como en su caída, las circunstancias fueron oscuras, propias de la crónica negra y con una importancia que se revela en el tránsito empresarial y político de los inicios del siglo XXI). El hombre falleció a los 54 años hace relativamente poco tiempo. Sin entrar en la caracterización del personaje, resulta de interés fijarse en la disposición del chalet abandonado, en la piscina invadida por el liquen y las hojas en putrefacción, en otras partes de la propiedad, que ha sido tomada por la maleza y por  los grafittis. La más que palpable ruina del chalet atesora en sí una enseñanza. Un ejemplo, a la manera medieval. Una vanitas, tal vez.  La cámara avanza hasta lo que un día fue un enorme salón abierto sobre la ría y la vista es hermosa pero ahora todo es humo, o menos que humo. Nada permanece, aunque cabe pensar qué ha sido de aquel presente, de este que nos pertenece, al que pertenecemos. Pasará a ocupar ese lugar en la nada y en la nada es donde se resuelve la cuestión, que valga el ejemplo para lo que ahora valoramos.

+ Se mece la tarde en La Quinta de Mahler, en su adagietto.

+ Con respecto a lo anterior y sin la confianza necesaria para saber si hay una relación con ello y lo que voy a exponer, regreso a una idea muy vieja que anidó en mí hace mil quinientos años, al menos mil quinientos años. Se trata de la íntima correspondencia entre el verano, las vacaciones y el amor, el amor de verano, el amor en el inicio de la juventud, la primera juventud. Todo ello deviene de que he visto Cuento de verano  de Eric Rohmer y se ha materializado esa vieja idea, o, más bien, ha regresado como particular manera de entender el presente, como un locus propicio para explicar nuestra época y la trayectoria de mi tiempo y educación sentimental. Aunque la película tenga ya veinticinco años de antigüedad, para mí posee una capacidad de explicación impagable. ¿Soy yo o es una manera de entender el mundo y las relaciones personales? ¿El amor, la amistad y la forma de ganarse la vida? ¿La idea de la vida sometida a los dictados de la narración cinematográfica, la fotografía de la misma, la concatenación de diálogos, el atuendo y la elección de adminículos destinados a erigir nuestra idea de distinción? Ay, la distinción en los sentimientos y en nuestro ropa, en nuestros gustos literarios y en una posición política y social. ¿Todo humo?

+ La relación entre los dos primeros párrafos gira en torno a la melancolía que se produce tras la clausura de las vacaciones de verano, como si de una edad perdida se tratase. En el primer caso, la ruina en la que se convierte la ostentosa casa de la playa tiene una calidad de emblema, de ejemplo medieval, como dije, una vanitas; en el segundo caso, la relación es íntima, se trata de la construcción de la persona que soy, determinada por un ensueño romántico propio de los años ochenta del siglo pasado, donde se dan cita letras de canciones, novelas y la necesidad de un proyecto vital imbricado en esa misión que es lo distinguido. Ambos apuntes me indican cómo se construyó y articuló nuestra propia educación sentimental. Así, suenan canciones y vemos películas. Jóvenes demasiado impresionables, venenosamente inclinados a la influencia pedagógica de pedantes emisoras de radio, soberbios relatos de lo correcto e incorrecto. ¿Desclasados?

+ “… la distanciation est la condition de la compréhension.” Paul Ricœur.

+ Finalizado El lazarillo. ¿Qué poso queda, qué distancia establezco con el texto, como si la distancia fuese posible? Se niega la comprensión o establezco yo un límite entre mi entender de hoy con lo que había entendido en tiempos pasados, escolares, académicos o en conversaciones sobre lo que es un relato, una historia, un discurso. El agrio dibujo de la naturaleza humana se resume en la ambición, la avaricia y la lujuria. Los pecados capitales son más una suma de rasgos que un catálogo de culpas a redimir. Sumo y sigo. Pero tampoco es posible, ni necesario, resumir la condición humana en la relación de los pecados, veniales o capitales.

+ Mi pecado venial, la indolencia, la acedía, a la que, en breve, me entregaré con apasionada indiferencia.

+ Para mí, Cuento de verano no terminó en el momento en que terminé de ver la película, ese momento cuando Gaspard se aleja en un barco con dirección a La Rochelle. Todavía la historia palpitó durante días, como si yo retornase a un pasado paralelo a la película, algo que me pertenece y que no me había percatado de su existencia hasta ver la película la otra tarde. No considero que se pueda denominar un rasgo de identidad porque en ella no creo, sino que, al contrario, es una disolución de la persona en un grupo, como si me incluyese en ciertos presupuestos que comparto con los personajes, una congregación de snobs. Por ello, me parece magistral la manera cómo se cierra la película sobre sí misma, ya que se constituye en una narración perfecta al establecer el verano como un cronotopo indiscutible y moralizante. Este cierre perfecto es algo más que simbólico, ya que otorga significado a la aparente irrelevancia de los hechos. Se inicia la cinta con la llegada de Gaspard a Saint Lunaire y Garpard y finaliza cuando Garpard se va de Saint Lunaire en el barco que lo conduce a La Rochelle para buscar el multipistas, al tiempo que rompe toda posibilidad amorosa [al menos, aparentemente]. Todo queda ahí, en el paréntesis que abre la llegada y cierra  la partida del joven. Poco sabemos más allá de lo que contienen esas jornadas de verano. Sin embargo, en este fragmento de vida se dan cita algunas verdades sobre el amor, la juventud y la delgada línea entre el amor y la amistad, entre la amistad y el amor; sobre ambas realidades impera la pulsión de la juventud como expresión de un tiempo, la sentimentalidad como concreción de una ideología, sin duda, burguesa en sus diferentes niveles, burguesía a la que pertenece o aspira Gaspard y las muchachas, aunque, quizá, todavía no lo sepan. Queda tras la estela de los leves acontecimientos una sensación de verdad y lejanía, la juventud que nos quedó atrás y se articuló mediante una premisas similares a las que condicionan al protagonista. La música, el arte, la conversación, el paisaje, la aventura veraniega que terminará con el regreso a las obligaciones, el verano como tiempo en suspenso, la alegría y la melancolía, el amor y su imposibilidad, el amor como espejo para el joven, un amor que se mantiene durante ese fragmento de vida. Veo los paisajes y me reconozco en ellos, veo a las protagonistas y siento la  posibilidad de sus enamoramientos, veo a Gaspard y creo reconocerlo, aunque, todavía, no estoy seguro. Una vez estuve allí, pero se ha desdibujado. Ya, pero, me digo poco antes de entregarme al hermoso vicio de la pereza, de todo esto han pasado ya mil quinientos años.

+ Otro cuento de Rohmer: Cuento de otoño. Hay una proximidad estética, paisajística y moral; sería algo cercano a un habitus deseado, no alcanzado, que se materializa en una burguesía ilustrada, lectora, amante de la música, socialdemocrata, un tanto snob, un tanto arrogante. Yo no estoy ahí, pero comparto demasiadas cosas con ellos.

+ Imagen: Oporto, quizá en 2016 o en 2017; foto que se seleccionan y no dejan de ser un recorte del pasado, un recorte sobre los recuerdos.

sábado, 3 de abril de 2021

Fuerza y ambición

Duplicado

+ Dice que le faltó la fuerza y la ambición. Lo escuché en la radio y me quedé pensativo; mientras, conducía. La fuerza se puede equiparar a la capacidad, algo sobre lo que últimamente dudo. Como si carecer de las capacidades necesarias fuese algo que se elige, como si se tratase de una suerte de buen gusto comparable a escoger la corbata adecuada para la ocasión adecuada. En el mismo plano puedo situar la ambición o la voluntad de ser, de erigirse en el que se ha soñado ser. Estas dos caras del mismo objeto se me presentan con reiterada frecuencia. La fuerza y la ambición se reflejan en las carreras de éxito, pero estos rasgos no son muy diferentes a la belleza o al oído musical. Has nacido con ello, pero no hay mérito en ello. ¿El mérito? ¿La falta de fuerza y la falta de ambición? Nunca han estado ahí por mucho que el protagonista se haya empeñado en que estaba en su mano cambiar esos condicionantes del destino. Quizá fuese más fácil pasar de medir 1,68 a medir 1,85.

+ Recupero a Blanquerna. ¿En la estela de Tristán e Iseo? En un cierto sentido, sí.

+ Me adormezco mientras imagino castillos, puertos y destinos propicios para un caballero y su séquito. La imaginación es un bálsamo para el sueño. Me concentro y puedo ver aquellos paisajes que un día contemplé. Todo queda atrás, se ciñe a su propia caducidad y veo que nada se puede hacer contra ello. La fuerza y la ambición se manifiestan una vez más, como una cantinela de la que es imposible huir, con la que nos encontramos a la manera de un balance o dolor de los pecados. Vana tarea, mientras me adormezco y triunfa el caballero sobre los dragones del arrepentimiento.

+ No he tocado Blanquerna, queda postergado pero no en el olvido pues tarea es terminarlo y que sume en esa nómina que se va construyendo con una suerte de series de lectura. Sin embargo, y en esta serie, se incluye El conde Lucanor. Tramo a tramo, investigo en el didactismo, su enfoque y proyección en su tiempo y su vigencia. Los consejos, la sabiduría, el obrar, la función del ejemplo y su circunstancia se me aparecen en la sala de espera; leo en papel mientras otros consultan sus teléfonos y eso es extraño, hoy es extraño y propio de otros tiempos. La sala de espera, Don Juan Manuel, la construcción de mis espacios y tiempos de lectura. Me alejo de mis obligaciones con esta lectura, pero esta lectura me sana. La salud que aporta el ejemplo, el vasallo retirado que precisa consejo y el contraste con su contradictoria biografía. Me centro en el ansia de salvación, el poder, la gloria y me lanzo hacia la pregunta de la semana: ¿fuerza y ambición? En el libro ambos polos se manifiestan a cada tramo, porque sin ellos la pregunta del conde a su criado Patronio carece de sentido. Su propósito no es ingenuo y los debates planteados son debates de poder y dominación. En ese ámbito político se debe leer porque esa es su literalidad, lo que no impide otras lecturas. Lecturas que se manifiestan en el presente personal y delimitado. Dejo constancia de lo que leí en la sala de espera mientras a mi padre lo atendía la fisioterapeuta en la segunda sesión semanal de rehabilitación.

+ El pop como ideología ve su declinar. Esta atardecer de la vida resta fuerza y ambición a lo que un día fue emblema estético y hoy se diluye en el nihilismo pandémico. ¿Se recuperará aquella joie de vivre?

+ La función moralizadora de los ejemplos flota en el aire, donde los días se cruzan con el paisaje. No se trata de reflexionar sobre lo leído, sino de hacerlo parte de un interior oscilante que se construye y destruye a diario, en una constante mudanza. Siento esa intensa tensión entre lo vivido, lo no vivido y lo por vivir, se trata, tal vez, de una oscilación entre el deseo y la realidad, su culminación y el aprendizaje que la edad otorga. La función moral de El Conde Lucanor se ciñe al gobierno y al poder, al papel del aristócrata medieval castellano, así lo recoge y con este contexto lo leo y lo someto al criterio interior. El paisaje me muestra que hubo otros tiempos y otros habitantes, que somos poco menos que una pluma sostenida por el viento como lo fueron aquellos que ahora rememoro. Esto último, quizá, sea la enseñanza que extraigo mientras espero en la sala que antecede a la consulta de rehabilitación; también esta sala esta sumergida en ese río que es la historia, el desvanecimiento de sus protagonistas y su rastro discursivo, lo único que queda. ¿Y la vida de la fama? ¿La estela de la fuerza y la ambición?

+ Mientras escribo, suena la 5ª de Mahler.

+ En la recámara de lectura: La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades

+ Imagen: un duplicado siempre pierde algo, el original se impone y la pérdida determina la condición del primer objeto: aquí está la relación entre un viaje y su plasmación en la foto, en los residuos de lo diario, lo cotidiano, la calderilla de la vida, que, quizá, sea el único rédito posible.

sábado, 27 de marzo de 2021

Conjuros

 

Rombos en Madrid

 + Los protocolos son uno de los rasgos propios de nuestra época. Lo veo cuando asisto a un curso mixto (mixto significa que una parte es presencial y la otra en línea) sobre prevención de accidentes en el ámbito laboral. Mi primera toma de contacto me muestra que todo ha sido previsto y no hay lugar para la improvisación. Una persona dice que los vídeos son siempre los mismos; a lo que se podría añadir que también el profesor, los alumnos, la observaciones de estos últimos son las mismas. Hay una tendencia innegable a la reiteración especular que se manifiesta en gestos, atuendos o maneras de expresarse. Todo se repite uniformemente, como un programa dado. Es un rasgo definitivo y definitorio, la igualación, la reiteración de los movimientos y los espacios. El manual, la explicación, el examen. Todo segrega una identidad neutra, a la que tendemos tanto en las opiniones como en los dictámenes. Como si se tratase de módulos dentro de un sistema modular donde lo intercambiable solo es posible mediante la equiparación. No sé si me produce melancolía o indiferencia la realidad apreciada, pero lo constato como si se tratase de un conjuro.

+ Un poema de Valle-Inclán en Claves líricas, “Clave III - La rosa hiperbólica”. “- Soñé laureles, no los espero, / y tengo el alma libre de hiel. / ¡No envidio nada, si no es dinero! / ¡Ya no me llama ningún laurel!” Hay un cierto cinismo que me recuerda otros momentos de la vida, pero ahora ya no sirve. Se ha desmoronado aquella seguridad y ha dado paso a esa certeza de la renuncia. No me gusta la conexión entre esta lírica y un acento biográfico. El descanso es el olvido, la disolución y la frontera entre el yo y los yoes posibles, aquellos que, quizá, nunca emergerán, salvo en los sueños o en las pesadillas.

+ ¿Tienen los paseos en coche efectos terapéuticos? En mi caso, sin duda. ¿Hay un placer más grande que conducir bajo el mano agradable de Bach, de una otra selecta electrónica, de canciones bien rimadas, bien engastadas en la historia y en el tiempo? Cuando el día decae en el final del otoño, con las luces dibujando senderos rojos en el frente, conforme avanzamos, se siente un filoso acercamiento

+ Cabe preguntarse por el porqué uno hace fotos, cómo las hace y cuándo. Responder las tres cuestiones entraña una proposición de análisis, la analítica del yo, algo que cuestionar y algo que describir. El porqué se ciñe a mi educación sentimental y afectiva, a la admiración que sentía cuando era niño por las fotos y los fotógrafos que había en mi familia, que no eran otros que mis tíos; la amistad con K. fue reveladora y me inspiró con las viejas cámaras de su abuelo, también con la primera EOS que vi, en un viaje a a Portugal, a Oporto; luego, cuando hice el servicio militar, aprendí algunos tecnicismos, pocos, que me han servido hasta hoy. ¿Por qué? Por un cierto erotismo de la imagen, por una idea de transformación de lo cotidiano; ese plasmar vértices y aristas, momentos y los romos e inconsistentes detalles de lo diario. El cómo que está respondido en la frase anterior: la vertiente que se esconde en lo cotidiano. ¿El cuándo? Variable, pero persistente en los viajes. En los viajes busco los desplazamientos y el zócalo sobre lo que se eleva lo que considero cotidiano, en un sentido más narrativo que documental. Las tres cuestiones tratan de indagar en el sentido que podrían las imágenes que aquí voy insertando, pero este sentido no es un bloque monolítico y estable, sino que resulta ser informe e inestable, como la vida en sí misma. Finalmente, hago fotos porque es una actividad placentera y de ahí deriva todo.

+ Conduzco. Salgo de Pontevedra sin rumbo pero, finalmente, me dirijo a Vigo. Pienso en aparcar, pero desisto y cruzo el Puente de Rande y encaro el corredor del Morrazo. El día es claro y la radio me informa sobre virus, estrategias de lucha contra la pandemia y el cambio climático. Los otros coches son tan similares entre sí. La radio es Radio Cinco, todo noticias. Cuando salí de Pontevedra conecté el equipo de música al teléfono para escuchar algo en francés, lo dejé y tomé una de las emisoras francesas de rap. Para pensar la conducción es un catalizador, eso creo. En soledad, mientras asoma la primavera, observo, sin dejar de prestar atención al volante, la ría y pienso en mi situación actual, en el cambio y cómo este es la razón que explica el desarrollo vital y social, también histórico. El cambio. Primavera, verano, otoño, invierno. Las estaciones, la noche que sucede al día, la edad madura a la juventud, la vejez a la edad madura. Conduzco y me centro en una música de bandoneón. Es algo de Astor Piazzolla; me devuelve una sugerencia de cosmopolita fantasía, unas ideas recibidas tiempo atrás, quizá en la infancia o en la adolescencia. Resulta agradable. Sin conocer el porqué, que quizá no lo haya, me he traje El sueño de Polífilo de Colonna; dormita en el asiento del copiloto durante todo el viaje. Ya no es la ría de Vigo, es la ría de Pontevedra. Me deslizo por la carretera con calma, sin prisa, relajado y centrado en la conducción y las noticias que ofrece la radio. De regreso a casa, paro en el hipermercado y hago unas compras. Cojo el coche, otra vez, y noto que ha habido un proceso de limpieza operado por la conducción y los reportajes sobre virus y cambio climático, la música y el paisaje, la primavera y el cielo despejado. El sábado se desvanece y otra semana palpita en el calendario.

+ ¿De dónde sale la ilustración de la semana anterior, me pregunto con fingida ingenuidad? ¿Era un lienzo, una instalación o un algo que estaba en la calle, parte de un grafiti, de una publicidad o de la decoración de una tienda? No lo recuerdo, y digo mi verdad. Sé que fue en Oporto hace ya unos años, pero poco más. La cámara es un extraño artilugio que da sorpresas, incluso, desde el pasado. ¿Tiene vida propia la cámara? La cámara, y por extensión las fotografías, son carne pretérita, todo en ella se toma la dirección del entomólogo que fija con un alfiler a la mariposa contra el corcho. Tal vez se trata de una arqueología, un fino instrumento que nos permite atrapar lo que el tiempo nos hurta. De una manera no consciente se fosiliza el instante, se hace materia lo que solo es humo, dispersión, una desvanecida realidad que se ha evaporado hace nada. La nada y la foto se unen en esa calidad de asombro ante lo perdido y que aletea en la imagen que se nos ofrece. Ahí está, como una baliza, la imagen de la semana anterior, todas las imágenes que ilustran esta humilde bitácora, que soy yo, que es mi reflejo, el que fui y el que seré, porque el presente es obra del pasado y diana del futuro.

+ Qué terrible maldición: te concedió la inmortalidad, pero no la juventud eterna, para, finalmente, transformarte en una cigarra condenada a vivir por siempre. Ay, de los deseos cumplidos.

+ Imagen: durante un paseo, hacia lo que se desdibuja, lo que se embosca.

sábado, 20 de marzo de 2021

Relaciones de buena vecindad

 

Recorte

 + Avanza, capítulo a capítulo, la lectura de Tristán e Iseo. Encuentro un placer remoto en su lectura, en la evocación de momentos que había olvidado. Por ejemplo, hace años, en casa de mi abuela, mientras leía en verano a Valle Inclán, la Sonata de primavera, percibía una cierta calidad del texto, una armonía entre las imágenes y la prosa, algo que desconocía. Ahora mismo no sabría acertar a decir si esto fue positivo o negativo. Lo recuerdo y Tristán e Iseo arrojan una luz sobre el pasado que ilumina recovecos desconocidos, insospechados. Veo en ello que continúa una representación del pasado que tiene mucho que ver con el balance de lo vivido y no me gusta. Prefiero un presente diáfano y sin exámenes de conciencia, pero sé que eso no es posible en este momento, por el momento.

+ La marea extiende los restos del naufragio a lo largo de la playa. Los veo y no sé qué decir. Ya no me pertenecen y lo que fue ahora no es, salvo en el recuerdo, pero ya poca cosa vale, aunque su significado y peso sean grandes. Los paisajes que me ofrece Tristán e Iseo me trasladan a Normandía, donde un día estuvimos y ahora se ha ha convertido en un lugar de fantasía que no es posible más allá de los sueños. Toda esta conjunción junto la lluvia me entristecen, pero no es la agradable tristeza del spleen, sino una bruma pesada contra la que luchar. El viaje diluido ya no marca horizontes y la lluvia y los recuerdo, el peso de las aventuras de los dos amantes me muestran un sentido que pertenece a una vida que no he vivido, que no es la mía sino una alteración perceptiva. No hay nada más que lo que ante ti tienes. Leo, escucho y pienso, quizá piense demasiado y sé que eso no es bueno. La operación de restauración es compleja y me deja un tanto traspuesto, la lluvia no ayuda mucho y el naufragio todavía está presente.

+ He insertado dos veces una foto, se ha duplicado porque ilustra dos entradas. Se trata de la portería de fútbol en un descampado en Ávila. Es significativo que entre miles de fotos haya unas determinadas fotos por las que muestre un especial interés. Lo apunto y dejo la elección en su lugar.

+ Escucho, en línea en el coche del trabajo gracias a la conexión bluetooth entre el teléfono y el aparato de música, una conferencia del Collège de France que pronuncia William Marx, la conferencia es sobre bibliotecas y su orden, los posibles órdenes. De entre lo mucho expuesto, me quedo con la idea de la caracterización de la biblioteca mediante la relación de vecindad, de la buena vecindad entre los libros. ¿Dónde se sitúa tal libro, junto a qué otros libros? Pienso, entonces, en una posible sintaxis de la biblioteca, donde cada ejemplar sería un sintagma y las relaciones sintagmáticas esas proximidades y aquellos alejamientos. Estudio cómo he dispuesto mis libros y entiendo que la reflexión sobre su colocación da pie a una idea sobre mi manera de entender lo leído y lo que queda por leer, lo que venero y lo que he olvidado, la reunión de material y su dispersión. Los libros hablan muchísimo de nosotros, incluso cuando en una casa no hay ninguno o lo que hay no merecen la pena. Relación de buena vecindad, apunto.

+ [Viaje a Vigo]. Debo comprar un regalo y me dirijo a Vigo. Conecto la radio, pero resulta imposible sintonizar adecuadamente Radio Cinco; desisto y pongo Radio Clásica, aunque la dejo rápidamente, pues van a entrevistar a dos jóvenes estudiantes en Viene, dos brillantes mujeres, sin duda, pero no me interesa; abandono la Radio Clásica y me paso al CD de Kurt Weill. Un aliento de cabaret tiñe la atmósfera de la nublada tarde de sábado. Viajo solo. La conducción es agradable. Cruzo el puente y me doy cuenta de que hace meses que no lo cruzaba. No hay ninguna sensación, salvo la que me transmite la música de K. W., que no es, precisamente, de una baja intensidad, aunque sea esta recóndita y subterránea, privada y acogedora. Aparco y siento esa punzada del futuro [ese desfase entre el presente de la juventud y el presente actual que sienten los viejos; no soy cínico, sin embargo, no me queda otra opción]. Salgo a la calle y noto que mi cuerpo responde muy bien, estoy en una envidiable forma física: delgado, ágil, fuerte; la hora diaria de bicicleta estática me rescata de los abismos del sobrepeso: bien. Entro en El Corte Inglés, me dirijo al Club del Gourmet y hago mi compra: dos botella de aceite de extremada calidad, premiado y biológico. Todos estos movimientos y acciones que realizo me traslada a la prosa y a la poesía de Houellebecq, sin llegar un punto estético sino a un centro existencial y angustioso: los rostros tras las mascarillas, los dependientes, los clientes, las personas que me cruzo en la sección de perfumes, la salida a la calle, esa horrible galería que han instalado en la Gran Vía […]  Me siento huraño y hosco, cínico y viejo. No digo nada y trato de centrarme en el regreso al parking. No lo hago, porque el último momento decido ir a la Casa del Libro. Curioseo y todo está ya sabido, no tengo ilusión, aunque por un momento estoy tentado a comprar una novela o un ensayo. No compro nada y observo a una madre con su hija, ambas han seleccionado libros que sostienen contra su pecho, libros que luego pagarán, que leerán, que aportaran ilusión o desidia, quién sabe. Como un poema que tiene su eje en lo cotidiano, salgo de la librería sin nada y me dirijo al parking. No pienso, solo camino. Me doy cuenta de que tengo tantos libros que carezco de tiempo para leerlos todos. No es posible. O si hay una posibilidad estaría esta subordinada al abandono de mi trabajo remunerado y entregarme a jornadas lectoras de ocho o nueve horas diarias: absurdo. Debo repostar combustible y me apetece una Coca-Cola. Salvo de la ciudad y paro en la primera gasolinera que encuentro. Me atienden con amabilidad, me ofrecen una aplicación para el teléfono que me dará descuentos, tomo el folleto y asiento. Salgo y emprendo el regreso. La conducción es agradable. ¿Un viaje? No ha pasado nada especial, salvo la calma y la distancia que he percibido, me caracteriza los momentos pandémicos y me digo que tal vez de eso se trate: conducir plácidamente, ponerse la mascarilla, comprar, repostar, ver libros, ver gente, no pensar, pensar, recordar, olvidar y volver a coger el coche. La nada se presenta y yo la saludo. Hoy he terminado Tristán e Iseo.

+ Mientras, en este tiempo extraño, me obligo a escribir, que es el trabajo más importante de la investigación. Extraña vida la mía.

+ “Conozco la vida, estoy acostumbrado. Confesar que uno ha perdido el coche es casi excluirse del cuerpo social; decididamente, aleguemos un robo.” Ampliación del campo de batalla, Michel Houellebecq. Sin haberlo previsto, comienzo la relectura de la novela de M. H. Recuerdo que en sí el título me había llamado mucho la atención; en francés, mucho más: Extension du domaine de la lutte.  Hoy, en la librería, la vi por 6 € en francés y pensé en comprarla, pero me dije que no. No sé, ¿me estoy volviendo tacaño? [eso me lo dijo alguien en el Ministerio: “con la edad te vuelves tacaño”, podría ser, pero no tiene mucha importancia; lo que sí es cierto es que soy reticente a comprar libros, hace meses que no compro ninguno y esto es algo que se ha instalado para quedarse, creo ahora mismo, en este preciso momento]. He leído ya veinticinco páginas y sé que voy a continuar. Lo sé, me entrego a ese mundo porque hay algo mío en él, porque tiene un extraño poder narcótico que tanta falta me hace en este momento. Vuelvo a copiar la cita: “Conozco la vida […]”

+ Mientras continúo con la lectura de Ampliación del campo de batalla el día comienza. De repente, súbitamente, recuerdo una anécdota que había contado un tío mío en una comida. Se trataba de una presentadora de televisión del informativo regional. Su marido era un artista bohemio, hijo descarriado de la burguesía compostelana. El artista sin más profesión que su arte invendible le dio por hacer un mural o un fresco en el salón de la casa que ella había adquirido. Ella volvió del trabajo muy tarde, se metió en cama y no fue hasta mañana siguiente cuando vio el mural. Aquel día se terminó el matrimonio. Yo cuando lo oí no creo que llegase a los doce años. Me quedó la anécdota grabada y ahora la recuerdo mientras leo a Houellebecq y es como si la novela de M. H. arrojase luz sobre aquel cuento moral. Porque se trata de un cuento moral donde la cabeza muerde la cola. La burguesía arroja las excrecencias de la burguesía fuera de sus dominios. Mi tío, en aquel momento, lo comentaba como una extravagancia incomprensible para él, un empleado de banca que creía en cierto orden, ornato e higiene. Yo lo tomé por otro lado, como un signo de distinción. Hoy sé que la suma de las dos posiciones acerca el hecho a un punto de no retorno, allí donde se puede comenzar a comprender una época. La Compostela de finales de los años setenta del siglo pasado. Qué antiguo resulta hoy todo aquello.

+ Terminé Ampliación del campo de batalla.

+ Imagen: un recorte, una pared, un algo que se queda en el aire y no se llega a atrapar.

sábado, 13 de marzo de 2021

Las paradojas (?)

Blur
 

+ Hablo con K. sobre La posibilidad de una isla, de Houellebecq. Hablamos sobre el presente, sobre la pandemia y las maneras de comunicarse que tiene la política actual. Le damos vueltas a la identidad y las convicciones políticas que se ven guiadas por el lugar que se ocupa por clase, pero también al adverso de esta realidad: el voto que va en contra de los propios intereses. Veo el reflejo en nuestra conversación de que el triunfo va unido al carácter y es el carácter el que determina la trayectoria [cuántas y cuántas veces habré repetido esto]. Poco recuerdo de la novela de Houellebecq, pero hay un aire que palpita, que condiciona la conversación. Es una idea de realidad que me fascina, que tiene que ver con un hiperrealismo plasmado, quizá, en la maqueta. La maqueta como medida de todo. ¿Una maqueta uno-uno? La trinchera de lo diario, el amor, la fe, el escrutinio de las noticias, el velo de un fantasma llamado actualidad. Se confundo lo actual con lo histórico, y lo histórico se desdibuja.

+ En la línea de lo anterior, observo con atención y distancia cómo se construyen las biografías. Esto solo es un intento de comprensión que sé, de partida, que será fallido, pero, al mismo tiempo, me dará guías para tratar de establecer unos puntos donde apoyar mi visión, la idea que de las cosas tengo. Las biografías. Me detengo demasiado tiempo en ello y no es bueno, me digo pero tienen un rédito, una proposición de espiral que podría arrojar luz sobre el momento presente y sus derivadas. La necesidad de una explicación, una necesidad que es consciente de que no es posible tal explicación. La idea de triunfo va unida a una serie de rasgos del carácter que permanecen bajo la superficie pero que resultan determinantes. Yo no los posee, los que me tienen aprecio tampoco. Una manera de ser, una manera de obrar. Presentadores de televisión, directivos, ilustres profesores universitarios, empresarios, abogados, cocineros y actores, directores de cine o directores de museo. Las biografías que nos ofrecen en la televisión, en la prensa, en la radio, son biografías de personas que han triunfado. Así, vemos documentales sobre destacados chefs, sobre su trayectoria, pero yo echo de menos una historia sobre el que lo intentó y sólo gestó ruina. No es posible, el espectáculo va por otros caminos. Sí, es cierto, también hay lugar para la crónica del fracaso, pero no se trata de una crónica, sino de un moralista show, la perpetua necesidad de historias con moraleja. En esa ambivalencia se mueve el discurso: eres el protagonista de tu historia y, cómo no, el responsable de su desarrollo. ¿Las biografías encuadernadas? Necesitamos respuestas a preguntas que no nos atrevemos a plantear mientras el debate presente se ajusta a esa medida que ofrece la paradoja. La paradoja, la biografía y la moraleja.

+ Daniel Cassany en su imprescindible libro La cocina de la escritura plantea cuatro cuestiones: “¿Me gusta escribir? ¿Por qué escribo? ¿Qué siento cuando escribo? ¿Qué pienso sobre escribir?” No voy a dar respuesta a ninguna de estas preguntas, pero sí pensaré en ellas mientras trato de centrarme en la tarea que mañana emprendo: la escritura de un fragmento del total hacia donde debe derivar la investigación. Qué sufrimiento, qué forma de crecer, cada escalón que se avanza causa dolor y satisfacción, secuencialmente y a partes iguales. Y sí, a modo de fallida respuesta, sin entusiasmo resulta imposible la escritura.

+ Laberintos que atravieso en las primeras horas del día y que me conducen a Guillaume Dustan, el escritor francés fallecido en 2005. Veo vídeos y leo artículos, un fragmento de una novela suya me llega enmarcado por un aire de misterio: la identidad del escritor es una construcción singular, una construcción que, yo como lector, erijo durante un instante y luego contemplo como se desmorona. Creo estar condicionado por lo brillante que resulta la biografía del escritor [no en vano era magistrado de lo administrativo y a la vez un provocador novelista, la novela sí mismo: la autoficción], pero también por lo extremo de la apuesta de su obra: su yo que reta a su posición social. ¿Condicionado o fascinado? Esto exige una investigación sobre mis gustos, sobre mi posición ante la literatura, ante la vida misma y las valoraciones que trazo, hago y deshago. Las distinciones y sus fronteras. Porque la literatura no es otra cosa que identidad, identidad del que escribe y del que lee. Creo que es tiempo de hacer recuento, de extrañas contabilidades que oscilan entre el balance positivo y el balance negativo. Tiempos de turbulencias que se apaciguan y tormentas que se rebelan en mi contra, que logro dominar y que olvido mientras las horas pasan entre el estudio y el trabajo, el deporte y la conversación. Un horizonte blanco y previsible. ¿Es esa la vida deseada, la tranquilidad? ¿Hubiera sido posible la vida de Guillaume Dustan de otra manera? Solo queda lo que se ha escrito, pero la lectura se transformará hasta que el que escribió no lo pueda reconocer. Es esta la labor del lector. En ello estamos, en esta indagación.

+ Voy con mi padre a su tratamiento de rehabilitación. Antes, a sabiendas de que tendría que esperar, tomo  Tristán e Iseo de una estantería. Comienzo a leer y la fascinación por el texto es muy distinta a la fascinación anterior, pero yo soy el mismo. ¿Seguro que soy el mismo? Ay, nadie se baña dos veces en el mismo río. Suena Bach y esa solución de continuidad es la respuesta a una pregunta fósil. No quiero despertar viejas pesadillas. Prefiero un sueño reparador y alejado de poses y malditos arcanos. Tristán e Iseo me devuelve el placer de la lectura, tan olvidado este placer, tan constitutivo de una suerte de verdad, tan variable, tan insegura. El placer, ¿dónde está el placer?

+ Sigo adelante con Tristán e Iseo. La versión, la prosa que reconstruye un posible texto, entre tantos. Esta reconstrucción nos la ofrece Alicia Yllera, una prosa  fluida y agradable, con un léxico preciso y sorprendente. La reconstrucción de la novela trae consigo la reflexión sobre el hecho mismo de narrar, que tal vez hoy yo sea capaz de describir un marco para una idea sobre la misma. La expresión del yo, la manifestación de ese torrente interno que desborda el ámbito de la persona y se diluye en un mar casi infinito de sujetos que hablan, escriben sobre sí mismos. Este país por explorar no tiene más consistencia que aquello que forma lo posible, sobre lo que se pude hablar y con ello alumbrar el fenómeno de la literatura. El país del yo. Yo mismo cuando esto tecleo, cuando lo releo, cuando lo olvido me inserto, por un breve tiempo, en ese espacio.

+ Imagen: Blur.

sábado, 6 de marzo de 2021

Una breve nota

MiguelBombarda
 

+ Tomo de la estantería la Poesía  de Houellebecq y busco un poema que se titula “Les lampes”, que termina con un “une vie assez inquiétante”. Releo, en francés, el pequeño poema en prosa sobre las hileras de luces del TGV y presiento esa animalidad de los transportes, su aspecto orgánico en donde la biología tan bien se presta a la metáfora. Recuerdo viajes y desplazamientos, recuerdo pasajeros y paisajes, la disolución del tiempo en la cápsula que supone el trayecto: la imposibilidad de otra razón que el desplazamiento mismo. Cobra ahora, en esta situación de inmovilidad, un especial aspecto esa vida bastante inquietante que en el pasado se daba por hecha y ahora resulta imposible, paralizante. Como me ha sucedido en otras ocasiones, me resulta muy complicado hacerme con las dimensiones que componen un trayecto, ya que me parecen inabarcables, tan extensas y ahora son solo un recuerdo. Así, actúa un todo como la equiparación que ofrece el mapa y el territorio [por seguir con Houellebecq].

+ “… el lugar común de la ideología autorial es la fobia a lo común…” en Los papeles del autor/a, de Fontdevila y Torras. La soberbia y la supremacía sobre lo común, esa búsqueda de un lugar donde elevarse.

+ Imagen: Un azulejo en Miguel Bombarda, Oporto. Hace tiempo, ayer mismo.

sábado, 27 de febrero de 2021

Medicamentos, lazos y límites

MAdrid_Weller
 

+ Como  medicina veo una película de Jacques Tati, Las vacaciones del señor Hulot.

+ De la estantería tomo un libro de Juan José Millás, La soledad era esto. Se trata del premio Nadal de 1990. Recuerdo a una chica que me habló muy mal del libro y recuerdo, también, cómo me había gustado y el porqué de ese placer que me había aportado. Una lectura fácil y conectada con una idea de Madrid que había germinado. Leo unas páginas en un intento de recuperar el placer de la lectura, pero no lo consigo aunque debo reconocer que tiene un aire que todavía me atrae. No sé qué me pasa, me digo. Intento leer y no soy capaz, salvo los mandatos de la investigación, que van por otros caminos. ¿Soy yo o es otro el que ocupa mi lugar? Dejo el libro en su lugar y pienso en cómo el tiempo ha pasado por él y por mí. No soy el mismo que lo compró en una librería que ya no existe. Todo termina por desaparecer, pero el instante es este y en ese sentido es eterno. La novela comienza con la muerte de la madre la protagonista, que se está depilando y cuando la noticia le llega, la tarea le queda a medias. Lo vuelvo a leer y creo que está bien contado y que aquella chica no tenía razón. Tampoco creía yo que tenía razón en su momento. Ahora mi instinto desconfía de las opiniones lejanas, hundidas en el transcurso del tiempo. Y era una buena novela, tal vez, pero ella tenía una cierta autoridad en aquel grupo y desmontaba con su mirada de chica guapa mis argumentos. ¿Dónde está ella ahora? ¿En las imágenes que me devuelve la novela, su portada, en la levedad de su recuerdo? Qué poco importa, salvo por llenar un tiempo en esta tarde de febrero, cuando cae la noche y tengo en reproducción continua un oratorio de Bach. Observo la portada y le doy la vuelta al libro. La ilustración de la portada es un fragmento de un cuadro de Georgia O’Keeffe; no es que me guste mucho la obra de la pintora, pero creo que como ilustración del libro funciona: un atisbo de equilibrio entre los delicados rosa pastel y una idea de muerte, que se transmite mediante el gris de la ciudad que se adivina. Ella no lo entendió, yo acabo de comprenderlo, pero ya nada importa.

+ Durante sesenta años fue Bruno, desde el 13 de febrero de 2019 es Beatriz. Una hoja en el viento, el viento que me arroja el teléfono. Ya soy otro, me digo y si a los sesenta años hay capacidad para el cambio, cómo no la va a haber antes. Mientras hay vida hay esperanza, se dice y la esperanza nunca vista como virtud se torna en una posibilidad, más que en una espera.

+ Extraño entretenimiento pandémico este de ver programas de gastronomía, extrañas maneras de vivir la de los cocineros y la de sus comensales. Extrañas por lejanas, por incomprensibles para mí que mi economía no me permite interesarme por su naturaleza. Supongo que las delicias que se ofrecen requieren un aprendizaje que está ligado a un habitus que me resulta más que ajeno. Es una invitación a la reflexión, sobre la naturaleza de la vida y sus placeres, el sentido que estamos obligados a darle para que se difumine y no nos moleste. Así, la cocina es una suerte de tendencia a lo eterno, a la infinitud, un regalo del dios del instante. Yo lo veo como un exorcismo, y me refiero a ese comprender, comentar o asentir. Mientras, otros deberes de la subsistencia nos arrojan la verdad de la vida y no es otra, que como decía aquel filosofo que hoy esta un tanto abandonado por nuestro yo lector, que la reproducción. Pero dejemos que germine el olvido, al ignorancia del pasado, sus consecuencias, la previsión del futuro y disfrutemos de la sonrisa que provoca la buena vida, la buena mesa, los grandes vinos. Alta cocina, reuniones, cigarros, champagne, todo un elenco de posibilidades para conjurar la mortalidad. Mientras, lo vemos en la pantalla como si se tratase de un otro documental sobre la vida de lejanas tribus. Por ejemplo.

+ ¿Solo contemplación, nada más que contemplación?

+ Y llegan, inesperadamente, algunos poemas de Sophia de Mello. Noches azules, el puro aire de la noche y yo escruto las fotos de la autora, las fotos que me regala la búsqueda electrónica. Dormí profundamente pero no pasé una buena noche. Las seis de la mañana es una hora certeza, cuando me despierto y no deseo otra cosa que volver al sueño y no lo consigo. Se agolpan recuerdos que no deseo recuperar, es un repiqueteo incesante contra el que lucho, trato de que la corriente fluya, que se establezca una barrera, tal vez. Son posiciones encontradas. Vuelvo a la poetisa. Pienso en Oporto, pienso en Lisboa, carreteras secundarias en Portugal, un desvío. Leo un poema y siento que el idioma me penetra. Canciones. Los poemas se desvanecen en el interludio entre una pausa y otra pausa, son palabras que se agolpan. No tiene sentido, me digo y todo parece lo que no es. ¿Soy yo o es otro, quién debe esperar?

+ Copio el poema que leía, el que me llevó a escribir el párrafo anterior: “Pudesse eu não ter laços nem limites / Ó vida de mil faces transbordantes / Para poder responder aos teus convites / Suspensos na surpresa dos instantes.”

+ Lazos y límites. ¿Se trata de esto, de las ataduras y las limitaciones, algo que siempre ha estado ahí y no lo he reconocido? ¿Es solo materia poética que admite una disociación de la vida misma cuando todo tiende a la unidad? ¿El tiempo como única medida posible? Leo las reflexiones sobre el poema que ofrece Paulo Borges en un coloquio en línea al que he sido invitado. La posibilidad de otras formas de ser, tal vez. Ahora no llueve y las nubes se disipan en las alturas del cielo, aparece un color intenso, de un azul insospechado. ¿Soy yo el que ve o es el que me hace? En cualquier caso, las tardes crecen día a día y esto hace que un aliento y una esperanza aniden con una promesa de alegría. Alegría, que palabra tan deseada.

+ La tristeza como tema, lo casual y arbitrario como vehículo que hace que surja este tema. ¿Nos acecha el tema y su vehículo, nos ha cercado? La transitoria naturaleza de la pandemia define el momento, podríamos luchar contra el tiempo pero el tiempo es realidad que constriñe: debe pasar y esto no hay manera de adelgazarlo. Las entradas, últimamente, se elevan por casualidad, sugerencias que abren un espacio y un tiempo para la escritura, como si se tratase de una oración, un rezo que nos sitúa en la línea del ejercicio diario, esa rutina que sana y mantiene el ánimo. La tristeza y lo arbitrario, quizá dos frente de combate, una lucha en la que la voluntad es el arma que otorga la diferencia.

+ Imagen: un bar en Malasaña, el sol acuchilla su fachada, el sol de otoño: hacía frío, lo recuerdo perfectamente.

sábado, 20 de febrero de 2021

Epitafio

Ávila

+ Por casualidad, por azar, me llegan noticias de viejos almacenes de instrumentos musicales en Pontevedra y en otras ciudades de Galicia. El detalle de la publicidad y de los propietarios rescata del pasado una realidad que se ha sumergido para siempre, salvo en el ámbito de la letra impresa, que no es muerte pero sí una otra vida. Esta marea del tiempo, esta incesante marcha del tiempo me condiciona y trato de admitir su realidad sin llegar a comprenderla en su totalidad, quizá porque esto no sea posible, quizá porque no está a mi alcance. Nombres, afanes, logros y derrotas, todo ello sepultado por el olvido y, aunque el olvido no hubiese triunfado, en puridad, lo único que aparece es la nada, salvo, como he dicho, por el relato de ese tiempo perdido. La existencia siempre tiende a la nada y resulta necesario conjurar esta verdad para alcanzar la bendición del dios del instante. Guitarras, pianos y violines. ¿Dónde están hoy estas mercancías, los músicos y los vendedores? La noticia de su existencia, simultáneamente, ilumina el presente, la posibilidad de entender cómo se han desarrollado las ciudades y cómo esto se transmite hasta nuestro presente. Ahí se erige una posibilidad: el disfrute del presente y su naturaleza de sillar de la historia, conforme se sedimenta. En fin, se trata de una tesis doctoral muy interesante, que he de ojear con todo el detalle que mis obligaciones me permitan; su título es A guitarra na Galiza y su autora Isabel Rei Samartim.

+ En poco tiempo visité el hospital dos veces. En ambas ocasiones, mi interés se centró en la lectura de los espacios, tan condicionados por la pandemia. Estacionamientos, soportales, el hall de entrada, salas de espera, consultas. El mobiliario y el atuendo, un tiempo en suspenso, la idea de no-lugar, la idea de aproximación al vacío. El color blanco establece una límite y suspende la posibilidad de la suciedad, de la basura tal vez. La higiene llevada al máximo por el efecto de la pandemia. Hay un arte oculto en todas las disposiciones que se dan en el hospital. Luz dura y perpendicular, luz afilada, luz que transforma los cuerpos en conjuntos escultóricos. Las mascarillas le añaden a la escena un acento de irrealidad que nos invade desde hace tiempo, un acento al que, poco a poco, nos vamos acostumbrando, o eso nos gustaría creer.

+ “Incapaz de un proyecto autobiográfico”. Resuelvo en esta cita ciertas preocupaciones por la imagen sobre la que reflexiono desde hace días, semanas, quizá meses. Es el proyecto de una biografía lo que me entretiene durante demasiado tiempo, un intento de dilucidar como los intentos de forjar un destino se convierten en movimientos estéticos que tienen a solidificar un relato público que se hace patente en la creación de un personaje. Yo lo he intentado y no lo he conseguido y de aquí provienen ciertos problemas que debo resolver; cuanto antes, mejor. De una manera espontánea he llegado a un punto de no retorno porque ya soy el que soy, un alguien o una algo que no se corresponde con una idea que me formé hace demasiado tiempo. ¿Mejor, peor? ¿En otro sentido? Se mantienen ciertas líneas de fuerza pero otras han desaparecido y ello me produce dolor o desasosiego. Lucho contra una idea de identidad, con una venenosa rendición de cuentas ante el narrador que parece escribir la vida, como un notario gris y mortecino que va subrayando los errores y las deserciones. Me arrastra este narrador a una desagradable sensación de identidad fallida, un camino que no resulta beneficioso, demasiado centrado en lo  que está mal, en lo que resta, nunca en lo que suma. Lo dejo a un lado y me centro en la lectura, como si aquí pudiese atrapar una astilla de luz.

+ Leído lo anterior, no puedo menos que sonreír: demasiado teatro, demasiada impostura, demasiada lejanía y articulación adolescente. Pero está bien escribir así, dejar que mane una corriente interior que nos desgasta. La erosión propia del cambio, el cambio como herramienta de conocimiento y revelación.

+ ¿Vale como epitafio: “Incapaz de un proyecto autobiográfico”?

+ Escuchamos en la radio consejos contra la tristeza, una tristeza propia de la pandemia. Quizá en otro momento tendrían su interés, ahora mismo solo aportan previsibles consignas que resultan tan aburridas como tediosas. ¿Qué decirle al que ha perdido su trabajo, al que se le ha muerto el padre o su pareja, al que le constriñen las restricciones y no encuentra consuelo en los males que se vivieron en otras épocas? ¿Mensajes de optimismo y una relación de los muertos, la posiblidad, la luz al final del túnel? Todo suman, nada resta; aprendizaje y optimismo. La noche es oscura y la lluvia es otra tiniebla. Suspira el motor del coche y la radio nos adormence.

+ Imagen: un campo de futbol en Ávila. Lo encuentro en un paseo y me transmite una plasticidad que creo que se conserva en la fotografía. La fotografía la disparé con la intención de que el encuadre se constriñese a una cierta regla que no olvido nunca, entiendo que lo logré, pero ahora es una otra arqueología. Ahí queda, vale.

sábado, 13 de febrero de 2021

Nec metu, nec spe

Oporto 2016

+ Encuentro una vía de penetración en la escritura. Se trata de buscar ejemplos con los que contrastar las dudas. Magnificar el tema y saber que la estructura lo es todo. Partir de una idea general que se abre como se abren la raíces y las ramas. Conocer la composición sistemática de una otra redacción entrega una moneda que viaja de mano en mano y permite adquirir la técnica y la pericia necesaria para adentrarse en el viaje de seiscientas páginas por elevar desde la idea hasta su final. Escribir tal vez solo sea eso, me digo y sé que necesito pequeños engaños para continuar con la vida diaria, ese anhelo de trabajo cerrado, terminado, satisfactorio. Son estrategias para salvarse de lo cotidiano y sus trampas, trucos que hemos encontrado en el camino, curas y cuidados que nos procuramos sin esperanza pero sin miedo. Como el viejo adagio latino que tantas veces nos hemos repetido: sin miedo y sin esperanza.

+ En la radio escucho a un periodista local. Presto atención mientras pedaleo. Qué gran compañía la radio. Desgrana sus ideas y todo es estilo, sin fondo, porque no sabe de qué habla. El tema es complejo, la estructura de la Unión Europea. Yo sé que ni siquiera tiene el bachillerato y se permite opiniones un tanto categórica, un tanto arriesgadas. Qué puede hacer. Le dan dinero por decir esto, que no es más que unas pinceladas extraídas de lo que se puede encontrar cualquiera en cualquier periódico del día. Los fondos de rescate serán supervisados por altos funcionarios lo que obliga al gobierno […], ha preparado la lección, pero no hay conocimiento alguno tras sus palabras, salvo una técnica de simulación que cada poco se quiebra sin remedio. Con todo, mantiene cierto aplomo, una cierta constancia en su declamación, lo que le otorga credibilidad. La autoridad que otorga la radio pública autonómica es patente, su voz parece la voz de un sabio. ¿Un sabio? No, un actor que está en proceso de mejorar su oficio, pero la acción es otra. Poco importa.

+ Indago en manuales que invitan a establecer un ordenado sistema. El sistema lo es todo, quizá sí, quizá no. Me divido en dos, el que dice que sí al sistema y el que dice que no al sistema. Yo no tengo sistema pero es un anhelo. Me reflejo con precisión en esta dicotomía. Pienso en el poder y cómo puede llegar a desvanecerse, en el dinero y en los escrúpulos. Pienso en la sistemáticas espontáneas que permiten que se articule una carrera política y su término. Su término es el banquillo y la condena, pero todavía se revuelve el hombre, deudor de su propio poder. Los manuales que manejo no me dan respuestas y sé que eso es precisamente el núcleo de la investigación: establecer yo el objeto de estudio. Pero ahora pienso en otras cosas. La ambición, el poder, la prevaricación. La triada se resuelve en una sentencia contra la que cabe recurso pero que en sí es un oprobio. Ordenado y sistemático, ese mi yo no soportaría esa situación. Mis nervios no son de acero, al contrario: una cuerda de tripa de gato que no está bien afinada. Otros días me sublevo contra estas deficiencias y erijo una estatua a mi paciencia.

+ Quizá no es la primera vez que utilizo la sentencia latina para titular una entrada, pero prefiero la sentencia al tatuaje. A veces pienso que en algún momento veré la sentencia latina tatuada en algún cuerpo. No es una  apuesta contra el destino sino que es el destino mismo y sus irregulares meandros. No es cuestión de frases sino de aquello que se contiene más allá del sonido de las palabras, de su exacta correspondencia con su referencia, más allá de lo literal. Ese fondo sobre el que se agitan las verdades que hemos construido a lo largo de la biografía. Descansa sobre el mármol el cadáver próximo a la autopsia y, evidentemente, ya no hay vida si no muerte y lo que arroja la operación de análisis no es vida sino la constatación de la muerte; así la sentencia y el tatuaje. Se cierra el día y llega la noche, el sueño. El sueño en la imagen de muerte.

+ Sin buscarlo, ante mí van tomando posición imágenes de rostros. Imágenes que emergen en la pantalla del teléfono. Son recortes que yo amplio y observo. Lienzos y óleos, instantáneas, fotos de estudio, fotos de carnet, fotos digitales, viejas albúminas que no hacen otra cosa que dar cuenta de tiempos que son poco más que una polvorienta arqueología. Un corpus por definir, que debería definir. Por el momento, solo observo y dejo el estudio para momentos posteriores como si de un talismán se tratase. Hay distancia y hay abismo, pero me opongo a su victoria y me entrego a la contemplación de los rostros no para buscar similitudes sino para construir un discurso sobre la pandemia y la soledad. Tentativas, tal vez, tentativas.

+ En modo reproducción continua la música para viajar en autobús me acompaña durante toda la mañana. Me gusta y me disgusta, a partes iguales. Establece un escenario. Me sobrepongo y no quiero describir, pero termino por hacerlo. Otros tiempos, viajes en autobús por la geografía gallega, viajes a Madrid, viajes desde el aeropuerto a casa. La partida y el regreso. Nadie viaja hoy, la pandemia ha anulado los viajes y la nostalgia de los mismos es la nostalgia de la rutina interrumpida, aquel placer que se nos ha hurtado. La pantalla no sustituye la emoción del regreso.

+ Yo no soy yo, ya no soy yo. ¿Alguna vez lo fui? ¿Por qué debo perseguir una identidad perdida, por qué, tal vez, tener una identidad? Lo desleído se impone sobre lo solido, que ha dimitido ya de su realidad. ¿Quién soy?, me pregunto en la espesa noche cuajada de oscuridad y lluvia.

+ Imagen: Oporto - 2016. Hay algo intemporal que se refleja en la foto y se extiende hasta este momento que vivimos. La foto ilustra un estado de ánimo, o eso me gustaría creer.

sábado, 6 de febrero de 2021

Ordenado y asistemático

Madrid - 2019

+ Y dice la viuda de Sánchez Ferlosio que el escritor era ordenado y asistemático.

+ Música reiterativa que invita a pensar en un viaje en autobús, con un destino no muy interesante, un lugar que es más no-lugar que destino. Pienso en carreteras que surcan Portugal, espacios amplios, ciudades sin nombre al borde del mar, nombres que no recuerdo. Una disputa entre realistas y nominalistas en la que pensar mientras el paisaje se abre ante nuestros ojos. Decido encender el teléfono y consultar, sin ganas, lo que me ofrece Twitter; noticias, fotos, declaraciones, frases, citas, emblemas, escritores y críticos; cierro el teléfono y regreso a la escritura. ¿La escritura es un remedio o un veneno? He pensado mucho en ello.  La música me devuelve la ilusión del viaje. Aeropuertos, estacionamientos subterráneos, un metro, la línea azul, el autobús 20, calles, senderos, urbanizaciones, Madrid, el reflejo de mi rostro en el cristal del vagón que me conduce a Cruz del Sur. La música electrónica, calma y oscilante, reconstruye un pasado. ¿Qué queda de los viajes? ¿Conocimiento, recuerdos, vagos recuerdos, nada? Veo fotos y me pregunto cómo se ordenan las mismas. ¿Orden sin sistema?

+ Acumulación. Qué inspiradora parece la etiqueta lógica difusa o lógica borrosa. Cuándo la acumulación de granos de trigo se constituye en un montón, y cuándo rebasa esa realidad para pasar a ser otra; cuándo una persona es alta, cuándo baja. Los temas son muchos y el tiempo poco. Averiguo lo suficiente para seguir un poco más allá pero no me encariño con la cuestión. Ahora, en este preciso momento que abandono el ordenador, leo algo sobre Roland Barthes y la nouvelle critique. El autobús avanza y sus pasajeros se dejan morir un poco en el paisaje, la música reconstruye todas las posibilidades que han sido desechadas. Palabras, notas, aciertos y errores. La lógica borrosa.

+ Ayer C. y yo vimos un documental sobre un ambicioso cocinero, todo nervio, todo carácter. Hoy por la mañana lo comentamos. Estamos seguros que algunos de sus ayudantes tiene el mismo talento y la misma capacidad para la cocina que él, pero les falta ese nervio, ese carácter. En algún momento del documental, la madre habla de su exitoso hijo y nos revela que su carácter competitivo era ya patente en la más tierna infancia. El carácter es el destino, me repito sin descanso. Enfrento la libertad a la fuerza y contundencia de ese carácter, como si diluyese cualquier mérito o cualquier culpa. Quizá no se trate ni de méritos ni de culpas. Sigo en la senda del estudio de los ejemplos biográficos que ratifican mi indagación, la investigación espontánea y sin otro fin que explicarme a mí mismo ante mí mismo. ¿Una suerte de descarga de responsabilidad o un subrayado de mis virtudes? Vuelvo a rechazar el mérito y la culpa, me digo que debería regresar a la lectura de Nietzsche, pero no lo hago.

+ La idea de ordenado y asistemático es compleja porque todo orden es en sí un sistema. O se trata de establecer relaciones entre elementos y descartar aquello que no encaja en el plan, mientras que en el caso de Ferlosio todo tiene cabida. Llegará todos sus documentos a la Biblioteca Nacional y allí los especialistas procederán a una sistemática clasificación. Esta clasificación imprimirá una lectura, otra lectura. A partir de ese momento en que el autor abandona su obra, esta ya no pertenece al autor; por otro lado, el conjunto de documentos serán propiedad del crítico genético: otra creación en la misma senda pero con diversas posibilidades destinadas a establecer diferentes sentidos. En el tiempo que va de un punto a otro se coagula la creación, el inestable sentido de la creación.

+ [La radio]: La radio me acompaña en muchos momentos del día. Me acompaña cuando hago deporte, cuando conduzco, poco antes de dormir, ya que, como si me acurrucase, es una melodía agradable y sincera. Cierto es que escojo con cuidado los programas, evito todo aquello que implique crispación y prefiero los temas que se ven tratados por especialistas y el entrevistador es un inteligente curioso, alguien que sorprende con sus preguntas y ayuda a arrojar luz sobre espacios oscuros o de difícil penetración. Se trata, en definitiva, de conseguir herramientas que colaboren en llevar el día con la mejor disposición posible, para evitar el pájaro negro de la tristeza. Aquí, la radio juega un papel importante porque consigue que me distraiga, establezca posiciones y sonría. Por otro lado, la televisión no la soporto, podría decir que no la soporto de una manera casi física. La televisión, otro tema, un tema para otro momento. Ahora que quedo con la alabanza de la radio, con sus virtudes y el enamoramiento que, diariamente, se produce entre nosotros.

+ Certifico las oscilaciones de mi estado de ánimo. ¿Colabora en ello la pandemia o es un rasgo inherente a mi persona? Supongo que hay una combinación de los dos elementos, pero eso no resulta un consuelo y, con la misma, ni siquiera se trate de encontrar consuelos o bálsamos, sino de aceptar una realidad. Me dan miedo las escaladas porque después viene el descenso, y, siempre, cualquier persona que haya ido a la montaña a caminar o a escalar lo sabe, es más costoso el descenso que el ascenso. Hoy asciendo. ¿Ordenado y asistemático?

+ Imagen: en la línea de la fotografía de la entrada de la semana pasada, un Madrid lejano porque el 2019 ya está muy lejano: los condicionantes de la pandemia.

sábado, 30 de enero de 2021

La noche, la lluvia y la niebla

Madrid - 2019

+ Hay un algo literario que se ha desvanecido y creo necesitar su presencia. ¿Debo buscarla o construirla? ¿Es necesario un tiempo, dejar que reposen los acontecimiento y desde un principio levante el edificio? No tengo una respuesta clara, me digo mientras indago en mi estado de ánimo, que va de la esperanza a la postración. Es irónico, me digo cuanto trato de poner distancia y, así, veo mi reflejo en un espejo imaginario donde se da cuenta de todos los rasgos heredados, mis incapacidades y mis virtudes. ¿Hay una compensación, un equilibrio, una posibilidad? Hablo de ese algo literario porque ahí reside mi identidad, el centro de mi principio rector, en lo que he creído a lo largo de los años, pero en esta altura todo parece evaporarse y ese evaporarse me produce una tristeza que no me incapacita pero sí me deja imposibilitado para la alegría. La alegría, como tema para un poema, como recapitulación del día, es esa la alegría que quiero recuperar y que denomino un algo literario.

+ Las dos últimas fotografía que ilustran las dos últimas entradas de este espacio son fotos de fragmentos de árboles, en concreto: las ramas y las raíces, no el árbol en su totalidad, ni el tronco. Someteríamos la elección a un escrutinio si pensásemos que ello tiene sentido, creo que se trata de una conjunción casual pero dominada por lo que yo entiendo por hacer fotos. Así analizo mis disparos fotográficos. En muchas ocasiones, me interesa el detalle y lo, en principio, irrelevante. Esa irrelevante baja fidelidad [lo-fi], ruido o distorsión, se relaciona con lo cotidiano, lo que la rutina sedimenta. El sedimento se manifiesta en los alcorques, en el telefonillo de un portal, junto al contenedor de basuras, en el neón de una cadena de comida rápida, sobre los alféizares de un palacio esa mugre, el espejo que se abandona en la calle, contra una pared, y refleja los edificios y el paso de los peatones; podría continuar con el censo pero no alcanzaría a esbozar la realidad de mi disparo, que no es otra que mi tendencia a lo minúsculo y lo espontáneo, a lo efímero y lo cotidiano. Al mismo tiempo, me doy cuenta de que todas las fotos que cuelgo, o una gran mayoría, son fotos que se obtuvieron en viajes. Esto último también condiciona su sentido. Su sentido tiene los rasgos de búsqueda, indagación en las ciudades visitadas, los paisajes que hemos contemplado. En definitiva, no deja de ser una construcción que tiene un vínculo con la realidad de los lugares pero no es su realidad. Siento que he divagado y que debería reflexionar sobre lo dicho, pero esto es poco más que un diario o un cuaderno de apuntes, un taller donde ensayo ideas y razones para descubrir lo que se puede descubrir y se trata, en definitiva, de ejercicios de estilo o un adiestramiento para mantener la destreza con el instrumento en forma; las fotos que cuelgo, al igual que los textos, entran este orden de cosas.

+ He comprado las obras completas de Santa Teresa en formato digital. La consulta se puede realizar en varios dispositivos: el ordenador, la tablet, el libro electrónico o el teléfono. Así, a veces, abro los textos en mi teléfono en lugares insospechados. Leo un párrafo o un poema. Me sorprendo y pienso en la Santa de Ávila cuando escribía, en la imposibilidad de predecir que aquello que de su pluma salía un día tendría existencia en la pantalla de un teléfono. ¿Qué mundo era aquel, qué mundo es este, y esta lectura refleja un mundo o lo crea, establece, tal vez, una realidad? Las preguntas tienen la respuesta que le queramos dar siempre que contengan una cierta coherencia, y, al tiempo, una conexión con nuestra propia vida, con ese proyecto lector que supera los formatos y establece una reflexión sobre oír la voz de los muertos. Un murmullo que nos llega de lejanas regiones que el tiempo ha barrido y, como esas estrellas apagadas hace millones de años, la luz que arrojan es la luz de un mundo que ya no existe y que nosotros revivimos. La lectura tiene estas cosas, que uno se para y el detenerse en trazar una frontera entre lo que se muestra y lo que se oculta. Cierro el teléfono y estoy en medio de la nada, en un carretera pérdida y la lluvia se estampa contra el coche suena la radio y observo las luces de algunas casas y de algunas farolas. ¿Quién soy?, me digo en la consciencia de lo inestable que es la respuesta, pues tampoco depende de los soportes ni de los formatos sino de un estado de ánimo y sus oscilaciones. Podré buscar la respuesta en Santa Teresa.

+ Indago en varias novelas y trato de establecer paralelismos entre los que desarrollan el discurso, desde ese punto privilegiado y difuso que ocupa el narrador. En un momento lo dejo a un lado y pienso en ese hombrecillo que nos susurra mientras intentamos dormir o en un interludio en la actividad diaria. Ese hombrecillo gris y mortecino nos hurta algo de nuestra alegría. Ocupa, también, un lugar privilegiado y me pregunto cómo podría librarme de él, como evitar su repiqueteo, la insistente monserga del arrepentimiento y el terror al futuro. Me digo que reconocerlo ya es mucho y si aplico los mecanismo de análisis de la novela para enfrentarme a él, ya tengo una parte de la batalla ganada. No se trata de otra cosa que poner en cuestión al narrador y, por ende, a sus estrategias. Ay, qué gran narrador es el hombrecillo gris, pero el afilado estilete del crítico puede más que sus embates, que sus pinchazos durante las oscura soledad nocturna.

+ Como en un extraño film, la noche es espesa y la lluvia, que más lluvia es niebla envuelve el vehículo de mi trabajo, condiciona mi percepción de la realidad y de lo cotidiano. Regresa el malestar y en él me sumerjo, contra él lucho. El rumor de la radio acompaña el trayecto. Son opiniones en torno a la pandemia, opiniones de gente que sobre el asunto tiene más conocimientos que yo pero que, a todas luces, resultan insuficientes y se ven resueltos en técnicas discursivas que pueden tener o no tener un anclaje en la realidad. La duda me asalta y me fijo en la dicción, las pausas y la sintaxis de los que opinan. Me interesa su expresión mucho más que el contenido de sus intervenciones. Se define un estilo general, un estilo que termina por empañar la percepción de lo diario. Es jueves y los pueblos están vacíos debido a las restricciones; me siento mejor y tomo el camino de regreso.

+ Imagen: Madrid, 2019; hay en esta foto un algo pictórico que me interesa, también creo que refleja un cierto estado de ánimo: oscilante, pétreo, reconcentrado, un estado de ánimo contra el que luchar.

sábado, 23 de enero de 2021

Una vez más, el dios del instante

hojasmadrid

+ Como si se tratase de una continuación de la entrada anterior mi hermano me comunica la muerte de un conocido. Tenía un año menos que yo aunque yo pensé que tenía mi edad. Esas diferencias que el paso del tiempo, según se avanza hacia la senectud, diluye. Murió súbitamente, antes de acostarse, cerca de su cama, sin poder llegar hasta ella. Me quedé con el esbozo que la imaginación ofrece y pronto lo rechacé. Al día siguiente llamé a un primo mío y le pregunté por el caso, me dijo que el fin de semana anterior le habían dado una brutal paliza y que se podría deber a ello, por eso le hicieron la autopsia y hay una investigación abierta. Recordé a aquel muchacho con problemas con las drogas, serios problemas con la heroína, le volví a ver cuando éramos niños y él ya jugaba con sus peligrosos juguetes. Mi primo me dijo que el agresor era una persona brutal y dada a la bebida, que había tenido altercados similares. Sentí una pena serena y pensé en su madre, que siempre decía: qué se será de él cuando yo falte. La incertidumbre es una constante en nuestras vidas por más que la rutina parezca ocultarla. Se murió sin llegar a su cama y nadie esperaba tal desenlace: nadie es demasiado viejo para vivir un día más ni demasiado joven para morir mañana. Lo asumo y lo incorporo a este diario como una continuación de la entrada anterior porque en la misma línea va.

+ Lo anterior se relaciona con esa oscilación entre el placer y la tristeza, como si pudiese llegar a un equilibrio; en ello espero: el punto de apoyo de lo diario, lo semanal, el mes que termina y el mes que comienza, así se van los días y la vida, pero con esa esperanza de sereno equilibrio.

+ La pandemia crea un contexto, un contexto inesperado e inquietante. Nadie contaba con su aparición y súbitamente lo condicionó todo. De una especial manera, su reino es el reino de la incertidumbre. La incertidumbre es un rasgo nuclear de la vida y, con frecuencia, se olvida, que  permanece oculto, pero su realce es inquietante, sobre todo, como es el caso, cuando se desconoce la duración del estado mismo. Resulta curioso observar o estudiar desde el discurso los pronósticos de los expertos y los políticos, el reflejo que los periodistas arrojan día tras día, en un combate contra el tiempo y la programación y los destaques. Hay algo que se escapa y que se circunscribe al hiato que existe entre lo contado y lo construido en torno a la narración y el suceso. Nos lleva esto a pensar, cuando alcanzamos cierto punto de dolor, que no es posible desligar la narración de los hechos, que ya no son percibidos en función de la voz del narrador sino desde las dolorosas aristas de la realidad incontestable. Un narrador inmenso y sin rostro, esa relación entre la opinión y los hechos, la incertidumbre y sus efectos terminarán por quebrar su voz.

+ Conduzco mientras cae la noche y las luces de las casas me transportan a un estado de calma y silencio. Cruzo un pueblo y sus bares están cerrados, nadie camina por la calles, el rumor de la radio es la voz de otro mundo. ¿Quiénes habitaron estos pueblos, todavía se recuerdan sus nombres, cuánto tardará en desaparece la memoria de los que hoy vivimos? Qué fugaz resulta toda empresa humana, me digo mientras me adentro en un tramo de carretera que transita entre bosques, oscuros y húmedos bosques; no hace frío pero la lluvia amenaza. Pienso en el pasado y es culpa, pienso en el futuro y es miedo; me río desde el presente porque voy aprendiendo a centrarme en lo que ocurre, con la ayuda del dios de instante. Conduzco y trato de no pensar mientras otros coches me deslumbran.

+ Mi padre se ha roto el brazo izquierdo. Todavía no lo he visto. Hay una distancia que se traduce en desaliento, un desaliento que lo impregna todo. Resulta complejo escapar de lo dado, de dureza de la realidad en su modo menos maleable, más inflexible, que no ceja en su rígida presencia. Me enfrento al dolor de mi padre mientras me siento en el desaliento extenso de un día lluvioso que recubre el paisaje, que interpela con su repiquetear un silencio necesario. Creo que soy egoísta e inmaduro, con una notable falta de entereza. Otros problemas que acechan crecen. La debilidad se equipara al desaliento. Invoco al dios del instante y no aparece, busco libros que no encuentro y que me podrían sanar, pero dudo sobre todos los tratamientos. Todo pasará, lo sé, pero el aquí y ahora es este. ¿Solo es la pandemia, tan solo la pandemia?

+ Llega en mi ayuda el dios del instante. Soy ciclotímico.

+ Imagen: hojas sobre una acera, las raíces que levantan el pavimento, un día de otoño en Madrid que no volverá pero que permanece en su calidad de imagen digital, al fin. Vale.

sábado, 16 de enero de 2021

Placeres y tristezas

madrid-tree

+ Una de mis rutinas fundamentales consiste en el ejercicio, que desarrollo en una bicicleta de spinning durante una hora. Como telón de fondo escucho los podcasts de Documentos, un grato programa de Radio Nacional. Hoy, ya metidos de lleno en el 2021, he escuchado un programa dedicado a José Hierro. Ha resultado extraño reencontrarme con su poesía, con la fuerza de su persona, con la capacidad que intuí hace ya muchos años. Cómo se impone el ritmo, esa calidad de la prosa, su fuerza y su verdad. He recuperado tres tomos de su poesía que estaban en la balda que a la poesía dedico. También he tomado de otra balda un libro de Francisco Umbral, Diario de un snob. Son partes de mi pasado, que tengo un tanto olvidado, que he de recuperar ahora que el año e inicia. No se trata de hacer un balance sino de saber quién fui para intuir quién soy o quién puedo llegar a ser. Recetas con su consustancial tendencia al error. He creído aprender y no lo he logrado, pero como dice en el programa José Hierro: a la rosa para alcanzar su belleza le viene bien la bosta de la vaca, toda experiencia contribuye al tapiz de la vida. Me abandonaré, en un instante, a lectura de algunos poemas, bajo la égida de Bach.

+ Dejé en su lugar los libros que había tomado. Los dejé con un cierto poso de melancolía, pues no reconocía a aquel que leyó esos versos, en otro tiempo, un tiempo lejano y no sé si sombrío. No me apetece indagar en que fui, el pasado no es un error, pero su permanencia, en ocasiones, estanca al presente. Me centro en el día de hoy, frío y despejado, agradable en la simetría con una infancia que casi no recuerdo y por lo que no es otra cosa que reconstrucción. La leve huella que deja este diario electrónico en mi tiempo, este personal e intransferible, es para mí muy importante. Por eso la lectura fallida de los poemas de José Hierro debe quedar constatada. Soy otro y este otro yo debe buscar el punto de ebullición de los poemas, pero hoy no, mañana tampoco será día de esta y otras otras indagaciones.

+ Ayer, durante la tarde, vi la segunda parte de Trainspotting. Ante todo, me trasladó veinte años o veinticinco años atrás. Allí estaba todo un mundo que ya no es otra cosa que arqueología, segmentos que reconstruir con cuidado y tendencia al error, aleatorios fragmentos de un imaginario personal y colectivo que se ha disgregado a lo largo del tiempo y del espacio. No me pareció mal del todo la película, sobre todo en ese aspecto que engarza el 2016 con la primera parte, 1996. Los personajes siguen en lo mismo, algo que se debe valorar: los cambios de personalidad son complejos o imposibles. Esa caída en el vacío, tal vez, esa tendencia a la autodestrucción. Sin embargo, debo destacar un aspecto que me parece crucial y retrata nuestro tiempo [quizá, mejor, el tiempo pre-pandémico]: la ciudad de Edimburgo parecía transformada por los vuelos baratos y los alojamientos ofrecidos por particulares a particulares mediante plataformas en línea. Algo que se ve en las localizaciones y en la fotografía, el ambiente urbano también. Pero podríamos ir más allá y este reflejo se percibiría en ciudades en las que hemos estado en los últimos años. Ha habido una equiparación entre los destinos turísticos que ha transformado la percepción que de las ciudades se tiene. La antesala es el aeropuerto y su carácter de no-lugar, a continuación los medios de transporte hacia el centro [tranvías modernísimos, metros, autobuses ecológicos], luego el alojamiento [amueblado con los elementos propios de Ikea]. Luego está la ciudad, su carácter propio se me subrayado por la presencia de multitudes de turistas. El turismo, su manera de ordenar la realidad y su influencia sobre la economía. Son rasgos que se materializan en nuestro día a día, que ahora están detenidos por la pandemia, como si hibernasen, a la espera de tiempos mejores, cuando el invierno de la enfermedad desaparezca y dé paso a la primavera del consumo, que nos ha de salvar a todos. Luego está toda la peripecia de los personajes, los márgenes de la ciudad y el escaso lugar que hay para sus esperanzas, todo ello revestido del paso del tiempo, de hombre que fueron adolescentes pero que no han alcanzado la madurez a pesar de haber llegado a los cincuenta. Lo entiendo bien, lo podría explicar mejor.

+ La experiencia de ver películas deprimentes es deprimente. Y me refiero a la película anterior y al placer que produce la tristeza que se busca. En ella se descansa de una manera morbosa, y cuando digo morbosa me refiero a la definición que da el diccionario de la Real Academia: enfermo; que provoca reacciones mentales moralmente insanas o que es resultado de ellas. Vamos, una tendencia a recrearse en lo desagradable y lo hiriente. Veo la película y sé que de por sí la heroína o caballo es desagradable, cuánto más cuanto inyectable. Trato de contrastar el viaje en el siglo XXI y ese aspecto desagradable y sucio de la película y el contraste se salda con un balance negativo. Reviso los presupuesto y me aparto, debo olvidar estos vicios si con la investigación quiero continuar. Firmo la propuesta y cierro el pasaje de los placeres deprimentes.

+ ¿Cómo conjurar la tristeza? Ejercicio, estudio y distancia. La risa, el sueño y la disciplina.

+ ¿Se debe desconfiar de la recuperación, del regreso a un estado de ánimo productivo? ¿El camino es no alterarse cuando estamos por debajo ni exaltarse cuando estamos por encima? ¿Podré recordar quién dijo que el excremento que abona el rosal es el mismo que hace que surja la belleza de la rosa? Aunque provisionales, las interrogaciones son límites necesarios.

+ Imagen: arboles en invierno, una tendencia a la abstracción.

sábado, 9 de enero de 2021

Presentimientos fallidos

A-Porriño-Mos

+ “… con cuántos ingratos fuiste benévolo”, copio esta coletilla de las Meditaciones de Marco Aurelio.

+ Quizá precise pocos libros, quizá no precise ninguno, salvo su recuerdo, su palpitante recuerdo. O ni siquiera esto.

+ Me pregunto por la acumulación de fotos del mini-break en Caminha. Creo que tiene que ver con la alegría y con la posibilidad de la indiferencia, la indiferencia ante los males que se nos presentan, que debemos conjurar hasta que no sean tales males sino molestias que sabremos soportar con estoica parsimonia. Veo las fotos y los días regresan. La capacidad de rememoración es una cualidad que las fotos comparten con la música, los sabores y los perfumes. Recuerdo el olor a mar, la claridad del sol, a los pescadores en la orilla de la playa. Recuerdo la habitación del hotel, la plaza atestada de turistas de fin de semana [turista de fin de semana como C. y yo], la noche y las luce de las calles de Caminha a las once de la noche. Recuerdo la desembocadura del Miño, la playa de Moledo, la mañana en Viana do Castelo. El recuerdo es un sedimento. Ahora las cosas son tan distintas, bajo el claustro que impone la pandemia veo cosas que no podía sospechar que vería. Asuntos pendientes y asuntos resueltos, el miedo contra el que trato de luchar y, con esfuerzo, consigo doblegar. Con la pandemia ha regresado mi viejo debate entre libre albedrío y determinismo, la diferencia entre documento y monumento, qué intrínsecamente transcendental y qué es necesariamente inmanente. Dejo los debates a un lado, por un momento. Regreso, otra vez, a las fotos y trato de seleccionar alguna, con la finalidad de que componga una serie con las que anteriormente he colgado en este espacio.  No respondo a la pregunta que inicia el párrafo, dejo su resolución en la resolución espontánea que me dará, tal vez, el sueño; en ello confío, más por dejadez que por certeza.

+ Suena, hoy último día del año, Nowehere Man de los Beatles. Surge de Flip, la radio francesa. Qué apropiado. Escucho y trato de asimilar su letra: “He's a real nowhere man / Sitting in his nowhere land / Making all his nowhere plans for nobody / Doesn't have a point of view / Knows not where he's going to / Isn't he a bit like you and me?”

+ El último día del año parece un día propicio para realizar un balance, para dar cuenta de lo positivo y de lo negativo del año que muere. Sin embargo, prefiero que los exámenes se realicen a diario, cada noche poco antes de dormir. Dicho lo dicho, acabo de terminar el calendario de los seis próximos meses [tengo dos calendarios: el primero da cuenta de los días, el segundo desarrolla las tareas diarias]. Los calendarios son el espacio donde examino las tareas proyectadas, su cumplimiento y su incumplimiento; establezco niveles de flexibilidad y rigidez, que me resultan muy útiles; tomo nota de las tareas llevadas a cabo, los compromisos y el peso. Los calendarios me dan seguridad, pero sé que podría ignorarlos. El último día de año se carga de rituales, esquivarlos o no tomárselos demasiado en serio es otra tarea.

+ En el reproductor suena un concierto de Paul Weller. Recurrentes presencias. Aleteo del pasado y cimientos para el presente. Amuletos y emblemas en los que se cree o se confía con una suerte de distancia o prevención. ¿Querría ser yo Paul Weller? Como los sueños que transforman la percepción del día, me siento lejano a esa idea de otra identidad porque he aprendido a aceptar el yo que me toca en cada momento, al menos a trazar esa línea. Guitarras, pianos, profundos órganos que reconstruyen una época que tal vez nunca existió, o si existió fue en el pacto de mi personal imaginario con la realidad dada. ¿Escapismo o un efectivo fármaco? ¿Ambas realidades? El año comienza a avanzar y la música y el ámbito de P. W. me parece lo más adecuado a mis propósitos: permanecer en el combate diario contra el miedo y la melancolía. Soy yo el que decide sobre mí, tengo yo ese poder y no lo puedo delegar. La música fluye.  

+ Imagen: después de la necesaria copia de seguridad, reviso fotos antiguas. Encuentro esta foto. Es una toma desde un aparcamiento en el margen de una autovía. Tiene en sí misma la foto todo un tiempo de tareas y horarios, la muerte cercana de mi madre y los cambios laborales que parecieron un trastorno y se transformaron en una provechosa oportunidad. Cuánta melancolía atesora la foto, cuando malos presagios no cumplidos.

sábado, 2 de enero de 2021

Retratos

Moledo - Caminha
 
Moledo - Caminha

Moledo - Caminha

 

+ Emergen del pasado amistades olvidadas, quizá fantasmas, hombres y mujeres que se han transformado en personajes de una muy nuestra novela y no atisbamos a saber si realmente existieron o se han convertido en partes de un relato narrado para nuestra persona, en este preciso y singular presente. Ay, esa equiparación entre personas y personajes. Ayer, mientras C. no llegaba de su trabajo, vi un documental sobre el humorista Eugenio. Recordé muchas situaciones y personas. Me dio pena y entendí algo sobre la caída en el abismo, sobre la soledad, sobre cómo se constituye y destruye una trayectoria vital. Creí entenderlo, pero esta certeza duró muy poco. Soy persona más de dudas que de certezas. Me interesan los atuendos, las maneras y los rostros en su aspecto más inclinado al retrato, bien al óleo, bien capturados en la emulsión fotográfica o el muy actual pixel. Me interesan los retratos porque es desde ahí desde donde emergieron las amistades que duermen en el olvido. Como si un resorte activase el mecanismo que transforma el recuerdo en narración me encontré con los años en que Eugenio estaba en su apogeo. Bajo la égida de aquel mundo, pensé en aquellos que conocí en los últimos años de la primera enseñanza. Han desaparecido y no recuerdo sus nombres, estoy totalmente seguro que si los encontrase no los reconocería, ha caído la niebla del olvido sobre ellos, pero también sobre mí. Soy otro, soy el mismo. Repito la frase mientras el sueño me acoge y me otorga nuevas razones para indagar en el pasado. Supongo que tiene que ver con la época del año, la Navidad y su carácter contable, el arqueo del año, de los años. Lo dejo a un lado porque esa posibilidad está en mi mano, de mi depende.

+ Sin duda el relato de la vida de Eugenio ha condicionado mi descanso. La materia de los sueños posee poderes insospechados. Citas de acontecimientos, paisajes urbanos, desplazamientos en metro o en avión, hombres y mujeres entrevistos, fotos viejas, explanadas, muros, calendarios de 1978 o 1986, el envés de una carta, su interpretación, la quiromancia, cafés a media tarde en cafeterías trasnochadas, un libro comprado en una librería de lance que hoy asoma entre otros volúmenes, paseos por Madrid en noviembre, aquellos que ya no volverán. Eugenio y su vida de crápula, el humo del cigarrillo, el whisky, su gesto o la ausencia de gesto, esa imperturbable expresión, la voz gutural y todo un mundo que ya no existe, salvo en la pantalla, en la cadena cibernética.

+ Lo recuerdo con precisión, en mi adolescencia imitaba muy bien a Eugenio.

+ Noche Buena y Navidad. Transito por la fecha como la luz que cae sobre el río y se sumerge en su profundidad, nada aporta, salvo esa iluminación breve y gratuita. Hago regalos y me comporto según lo esperado. No tengo ningún problema en apartar la vista de los desaires, en la línea de Marco Aurelio fomento la magnanimidad. ¿Soy magnánimo? Encuentro una definición que me satisface: “Que tiene noble temperamento y grandeza de espíritu y se comporta con generosidad”. Ambas característica se acercan bastante a mi comportamiento, al punto hacia donde deseo que tienda mi hacer, decidir y decir. Sé olvidar, perdono y le resto importancia a los desaires. La virtud se afirma con la práctica. Vale.

+ Olvido el documental sobre Eugenio, leo unos papeles volanderos, consulto el teléfono. El día comienza y el día es una aventura en sí mismo. Dice el Dalai Lama que la mejor meditación es dormir; no puedo estar más de acuerdo. Hoy, miércoles, he dormido casi nueve horas. Qué paz, qué fortaleza. Luego llega el café y su sugerente esencia de sabor y lucidez. Los días pasan y el año termina, parece necesario hacer balance y lo evitaré. Hay días para los balances y hay días para la niebla del olvido. Hoy prefiero esa niebla densa que se posa sobre mis tareas, sobre los aciertos y los errores del pasado. Se termina el año, repito en el susurro de cierta música electrónica que tenía guardada en el ordenador, en este ordenador en el que escribo. Ya lo sabemos, todo es caducidad, pero en el instante somos eternos. Ahí descanso.

+ Imagen: camino empedrado, de regreso de aquel paseo a mediados de octubre; Moledo - Caminha.