sábado, 24 de octubre de 2020

Cambios

 

+ Es sabido: el cambio es el rasgo esencial de la vida, de la existencia, lo que hace que la naturaleza avance en su amplitud. Nada permanece, todo muta. Así lo leí y así lo memoricé. No me haré un tatuaje porque no creo en los amuletos, porque la suerte es más un trabajo constante y silencioso que una circunstancia que se imponga por obra del azar. Bien el budismo, bien Marco Aurelio, en sus Meditaciones, me lo habían comunicado. En un principio me costó asumir esta gran verdad ya que yo tiendo a una rutinaria disciplina y todo lo que haga que esta varíe me desconcierta e incomoda. Sin embargo, no hay otra. Quien hoy es joven mañana será un anciano, el árbol que vemos en su enormidad fue una semilla y un día se apagará el sol. Esta última verdad la escuché en un corrillo hace años donde yo asistía como oyente: durante muchos días repetí la frase sin dejar de reflexionar sobre la misma, una reflexión sobre la finitud que rodea cualquier acto o cualquier obra humana, sobre la idea de cambio que implica. Para resumir, y en virtud de lo dicho anteriormente, un tanto deslavazado, un tanto apresurado, improvisado tal vez, tiene su razón de ser porque yo he entrado en otra fase. C. y yo inauguramos una etapa nueva en nuestras vidas; una nueva etapa de convivencia. Pero este cambio, como todos los cambios, contiene sensaciones encontradas que se deben compensar: a partes iguales: incertidumbre y alegría, pero sé que resulta necesario tratar de establecer un equilibrio que permita trabajar, amar y vivir en armonía. Sé que lo conseguiremos porque creemos el uno en el otro.

+ Sé que mi prosa ganará.

+ Ahora escribo desde mi despachito con el fondo de una música electrónica que se desliza desde una emisora francesa. Una música reiterativa que se ve arropada por una narración en inglés y  en francés sobre tres días en la vida de Georges Perec. Pronto iremos a dar un paseo C. y yo. Hablaremos, tomaremos cerveza helada, regresaremos a nuestra casa y dormiremos para comenzar la semana con determinación y entusiasmo. Un ejercicio trufado de maravillas, tentativas de discurso, innovaciones en el texto, la programación de las visitas a las bibliotecas. Otro mundo, el mismo mundo. Cambio y continuidad, un hilo que uno el pasado con el presente y todo toma sentido mediante una trayectoria coherente. La coherencia y sus hijuelas. Sin cansancio, sin descanso, la prosa mejora porque la persona se perfecciona. Vale.

+ Veo las imágenes de otra manera, con otro sentido. La percepción se determina por la ampliación de mis relaciones con internet. Este ensancharse se traduce en aspectos de la realidad que se iluminan, que surgen de sombras que ni siquiera sospechaba, que condicionaba el peso de la edad. La investigación continua, la investigación continúa.

+ Imagen: la foto la tiré en algún lugar de Normandía, ahora la uso en un perfil que he abierto en una red social. Se une el pasado, el presente y el futuro; se diluye la persona y emerge la personalidad contra lo idéntico. Solo son juegos de espejos. Juegos de espejos, un título o un emblema.

sábado, 17 de octubre de 2020

Portugal

+ C. yo nos fuimos a pasar un largo fin de semana a la frontera de Portugal con España, en la desembocadura del río Miño, o mejor: no Rio Minho. Nos quedamos a dormir en un agradable hotel al pie de la murallas de Caminha, y así se llamaba el hotelito, como no podía ser de otra manera: Hotel Muralha. Muchas cosas pasaron y no pasó nada. Pequeños acentos en lo diario, pinceladas en los días de asueto. Tuvimos un accidente automovilístico, del que yo fui el único responsable, que se cerró, digamos, bien. Los actores del accidente nos enmarcamos en un contexto europeo, sin duda, y eso me causó una inusitada satisfacción. Amabilidad, mesura, precisión en el papeleo, los croquis, las fotos. No me encontré mal pero comprendí que no estaba del todo bien: algo por dentro me comía. Pensé que no era para tanto, pero resultaba imposible no pensar en el asunto constantemente. La infamia, la cobardía, la debilidad.

+ Noticias de la desocupación. Estar en el paro es asunto serio, doloroso y afilado. El trabajo no lo es todo, pero el dinero es más que necesario, muy importante y su evaporación nos muestra un paisaje inquietante: nada asusta más que aquello que toma cuerpo mediante su ausencia, que en su naturaleza paradójica ilumina en detalle el miedo que imprime. La calle, los bares, las vacaciones, el cine, los parques, las estaciones de tren. La presencia  del dinero es constante y una amenaza porque requiere del que no lo tiene su atención, le imposibilita la entrada a un mundo apetecible patrocinado por la publicidad y el deseo, pero, lo que es peor, por la necesidad. Todo se desvanece, todo lo que era sólido ahora resulta ser un líquido que pierde calidad. Todo se pudre. Así desaparecen los asideros en los que se anclaba la identidad, la maldita identidad. Una negativa, otro rechazo, una puerta cerrada más. El trabajo, un bien, una maldición. Se necesita la fuerza de un titán para no caer en el desánimo. La lección recibida es dura y se podría resumir en que el peso la apariencia tiene en nuestras vidas y la fragilidad de las mismas, los ornamentos se difuminan y los rasgos del estilo son solo un recuerdo extraño, una vida que no se sabe si se vivió o se soñó. Esta es la lección, lo fútil y lo efímero no conforman el núcleo de la vida. Bajo las cifras los dramas se repiten, en las noticias se hacen opacas sus realidades, y la opacidad se equipara con la invisibilidad. El oxímoron da la clave. No llega con la oración para volver a la luz.

+ Una situación complicada no es una coartada para el deshonor.

+ Una conferencia en línea sobre P. Ricoeur se dice que hay un mundo que no tiene porque coincidir con nuestros deseos. Me ratifico en lo dicho, la determinación no anula nuestros deseos: los subraya y los acentúa, pero no los hace tangibles, solo el esfuerzo nos puede llevar a su consecución, o no. Nada está dado.

+ Desde donde ahora escribo, mi nueva casa, se oyen los pájaros y todavía no es de día. Ayer comenzó otra etapa, que se atisba llena de ilusión y posibilidades. Todo es cambio y se debe celebrar, hoy se debe celebrar.

+ El título de la entrada responde a que la concebí en Caminha, entre el sueño y el despertar.

+ Imagen: la extraña plasticidad de algunos azulejos a la luz de las farolas, bajo el manto de las sobras. Caminha, enfrente de la estación de tren.

sábado, 10 de octubre de 2020

Oscilaciones

Rouen

+ Disfruto la llegada del otoño. Las primeras manifestaciones son casi imperceptibles pero actúan sobre el paisaje con contundencia. Detengo el coche en un arcén y estudio como se dispersan las hojas que duermen en el asfalto, las agita un viento suave que anuncia un próximo temporal del que han hablado en las noticas; luego veo las nubes sobrevolar las montañas, el dibujo de las cumbre se difumina; llega la noche y la perfección de las siluetas me subyuga, también la oscilación de las luces en el horizonte. Hace tiempo que lo decidí: mi estación preferida del año es el otoño. Esta elección se relaciona con mi carácter, con una tendencia a una lírica fundamental, poesía y paisajes, así hemos viajado en otoño: en la busca de otros escenarios que siempre se unen a lo poético. El otoño se impone sobre el verano.

+ Conducir en silencio, con el ruido del motor, centrado en la conducción. Conducir en silencio se ha convertido en una suerte de meditación que he encontrado casi por casualidad, cuando la radio del coche del trabajo se estropeó. Ahora recupero ese estado de vez en cuando. No sé por qué, pero me parece estar sumergido en una narración cinematográfica de mediados de los noventa; todo el ámbito de la carretera se resuelve en un celuloide y sus colores saturados. Ay, cómo engañar a la rutina para que ésta no hiera con su filosa verdad.

+ Hay dos o tres escritores que sigo y espero que publiquen relativamente pronto. El juego de la espera aporta reflexiones que se influye en la lectura presente. Todo hecho lector se ve condicionado por múltiples vectores, la espera es uno entre muchos. Uno de ellos es, sin duda, Michel Houellebecq. He vuelto a leer poemas suyos, algún fragmento de alguna novela, entrevistas y artículos en revistas que he comprado en internet. Su visión del mundo me resulta más que próxima particularmente inspiradora: una mezcla de presente y sociología, el tacto de la técnica y la permanencia del amor y su carnalidad, las soledades que compartimos los hombres y el silencio de la palabra, la incomunicación, tal vez. Por eso espero, para darle un sentido o un orden a lo que vivimos desde marzo: la pandemia, que parece arrancada de una de sus novelas. Me gustaría ver publicados, también, algunos poemas nuevos de Luis Alberto de Cuenca, poemas de la senectud, con ese tamiz que otorgan lo tebeos, los paisajes, el amor y los temas constantes de su poesía, tan bien atrapados en la lógica del endecasílabo, en los bien medios versos. Para terminar, sumo a los anteriores, las narraciones de Agustín Fernández-Mallo. También espero un libro, un aliento que me devuelva una lírica del siglo XXI en el marco de una narración. He tomado de la estantería su novela Limbo y leo la primera página. Leo el primer párrafo, cierro el libro y lo vuelvo a abrir, al azar. “Los días siguientes se sucedieron entra la minuciosas grabación del resto de los temas y la ingesta compulsiva de tarrinas de helado de té verde, que, una vez vacía, íbamos dejando sobre mesas, sintetizadores o en el propio suelo”. Devuelvo el libro a su lugar. He pensado en ello, en la lecturas que me interesan, en el cuerpo narrativo que compone un autor y sobre la persistencia del mismo. Si comparo las novelas con los cuadros o con las fotos veo que hay un mayor protagonismo individual tanto en los pintores como en los fotógrafos. Creo entender que esto se podría deber a que la participación del receptor en el caso del arte literario es mucho mayor y por lo tanto su papel pugna con el del escritor. Yo no espero cuadros o fotos, yo espero novelas o poemas que me ayuden a construir mi visión del mundo; otros esto mismo lo buscarán en la música o en la pintura o en la fotografía. Me da la impresión que responde esta querencia a una jerarquía establecida mediante renuncias y propias incapacidades, que me configura tanto como espectador, observador como persona en el magma del inicio del siglo XXI. Y la pandemia extiende su sombra, que debilita y transforma la historia anterior pues toda narración parte siempre desde un punto de vista. Así, aguardo yo el punto de vista que me podrán dar los relatos futuros.

+ El corrector no admite tarrinas pero tampoco terrinas. Los correctores marcan un rumbo que no siempre se debe seguir

+ Decía una canción de Radio Futura: a un amigo desconocido aún. En esas monedas de oro que brillan en mi mano me mantengo [por seguir en la estela de aquellas canciones del grupo madrileño].

+ «Más de uno. como yo sin duda, escribe para perder el rostro. No me pregunten quién soy, ni me pidan que permanezca invariable: es una moral de estado civil la que rige nuestra documentación. Que nos dejen en paz cuando se trate de escribir.» M. Foucault en La arqueología del saber.

+ [¿La política?] C. y yo volvíamos de Vigo después de una agradable tarde de domingo, que culmina con una cena sencilla y satisfactoria. La carretera, la música, la conversación están en esa línea de bondad que nos abraza a los dos. Hay paz en todo lo que nos rodea y comenzamos a hablar de unos conocidos y de sus hijos, de su extraña y extravagante radicalización revolucionaria. Nuestra conversación se centra en la afirmación de la hija sobre la necesidad de la lucha armada para conseguir unos fines políticos que ella estima justos. La afirmación es sorprendente, pero, en realidad, causa desasosiego y pena. Ir al núcleo de sus razones es alcanzar una suerte de cala social en la que se descubre como la ausencia de diques conduce a la brutalidad. Son una familia que por sus ingresos y su nivel de formación pertenecen a la clase media, que se han crecido al calor del adosado y las vacaciones en el extranjero, universidad, idiomas y música moderna, cierto snobismo de casino provinciano donde entraría esa querencia revolucionaria y leninista, como un acento más en un proyecto de identidad. Ay, la identidad. Ni C. ni yo podemos transigir con la brutalidad del asesinato, con la frivolidad de la violencia, pero ni siquiera creemos que sean capaces de llegar al término que proponen, pero lo que nosotros creamos tiene poca importancia ya que todo lo expresado es susceptible de convertirse en acción. En una ocasión C. me dijo que la hija tenía una gran colección de zapatos, que se muestra muy coqueta, como si la rodease una nube de pequeños corazones rosas. ¿Es compatible una cosa con la otra? Sin duda, eso mismo lo vimos en los campos de concentración: leer poesía, deleitarse con inocentes lieds, extasiarse ante la mirada del pasado o la risa de una niña, pero al tiempo cometer ignominiosos crímenes bajo la égida de un programa burocrático muy documental y muy brutal. Guardamos silencio y descubrimos que la maldad y la estupidez se pueden equiparar en una inocente frivolidad de asamblea y poder que se traduce en bobas e impetuosas manifestaciones de identidad, ese manto que nos va rodeando y con el que debemos tener una precaución extrema.

+ Imagen: una vez más recojo de la calle abstracciones que traslado a este ¿espacio? [la foto se tomó en Normandía,en Rouen].

sábado, 3 de octubre de 2020

Los inadaptados

Cine

+ Escucho la canción de Juan Perro, Santiago Auserón, Los inadaptados. La canción recrea la película homónima (The Misfits, traducida al español como Vidas rebeldes). La unión entre historia, letra y música es particularmente acertada. Sobre la espiral que la música crea se eleva ese sentimiento de fracaso que arropa toda la película. Beber a media mañana, el desencanto, el fracaso, el amor y sus meandros, la imposibilidad de la alegría o presencia de una alegría breve y quebradiza. Los actores condensan en su interpretación un sentimiento próximo al desastre. El símbolo de los caballos cimarrones, que son capturados para elaborar comida para perros, resulta importante: el caballo y su imagen de nobleza, fuerza y belleza, el caballo destinado a comida para perros. Todos los actores se reflejan en esa cacería a lazo de los caballos cimarrones. Marilyn llora al saber cuál será su destino, Clark Cable los libera, con la correspondiente pérdida de dinero que supone. Santiago Auserón captura en la canción la esencia de la película. “A media mañana, entrando en el bar /  Celebran con risas al dios del azar / Se beben el día, dorado licor / La vida como un resplandor”. El pozo del alcohol, la confianza en la suerte, la decepción cuando ésta, como suele ser habitual, no cumple sus promesas [promesas que quizá nunca haya pronunciado]. Me resulta complicado no identificarme con lo que la película y la canción contienen, un cansancio de vivir que no se traduce en otra razón que la propia voluntad que me lleva a luchar contra ese mismo cansancio [tal vez esta sea la diferencia, me digo y en ello confío, mucho más que en la suerte, pues por diversas vías sé cuál es el carácter de la Fortuna, su veleidad, la poca confianza que me ofrece la “varia diosa”]. La canción termina y termina el ejercicio diario, queda suspendido en el aire un sentido no oculto, accesible, traducible en la realidad diaria.

+ En relación con lo anterior, me pregunto por ese amargor del fracaso y sus conexiones con las biografías. Sé que el éxito no conoce medida, es decir: a veces pensamos que la persona que ha alcanzado unos objetivos, unos objetivos elevados, complejos y problemático, logra una suerte de felicidad o de ataraxia, siempre preferible a un embobamiento neutro. Pero no. No es así. La vida en sí misma es decepcionante, pero, al tiempo que hay que tenerlo presente, se debe invertir este rasgo y mostrar una risa desafiante a la razón, a la dialéctica de obligaciones, merecimientos y castigos. No hay otra cosa que presente y una actitud hacia ese mismo presente. ¿El triunfo? Recuerdo como medicamento el elogio de aldea y el menosprecio de corte. No hay premios, no hay castigos.

+ La pandemia se ha instalado como un huésped indeseado e indeseable y tiene algo de metafórico, un rasgo que influye en la gente de manera inesperada, no predecible, pero constante. Somos unos flâneurs impenitentes, con elementos propios de la literatura, en su versión más lírica, evaporada, romántica o tardíamente romántica. Así, paseamos el sábado a las diez de la noche por las calles de esta villa y las calles están desiertas, los bares comienzan a cerrar y un inexpresable sentimiento de tristeza se desliza por la piedras y  recubre la vegetación. Rostros embozados, pasos cansinos, alguna risa, algún cigarrillo hurtado a la normativa. En medio de un gran silencio una bicicleta baja por una cuesta, suena lejana una música casi inaudible, dos chicas se besan en un callejón. El silencio y la soledad se han instalado. En esta pequeña villa no dejan de crecer los casos y tiene algo como de tuberculosis, de clorótica transformación. Me encuentro a mí mismo en el reflejo de un escaparate y me veo un poco Baudelaire, incluso con ese gesto de enfado tan característico. Yo no soy Baudelaire pero me gusta sentir ese aliento de la literatura que se extiende a las horas dormidas de esta villa, de sus rincones y de sus egregios espectros. Me digo a mí mismo: una Venecia pétrea pero pronto me corrijo y pienso que es mejor mantener la esencia de los lugares y huir de las comparaciones que intentan elevar el primer término de la comparación y lo único que hacen es degradarlo. La pandemia, me digo y veo a alguien que embozado camina, la pandemia tiene algo esencial y ficticio, el sentido de todo ello será vertido en prescindibles ensayos que no leeré. Mi deseo es buscar un poema que destile sus verdades, sus mentiras y el resultado de la ficción que ha inaugurado. El autor no ha muerto, por el momento.

+ No soy un inadaptado, pero a veces me gusta ponerme este disfraz y, como todo disfraz, con la luz del día se disuelve. El carnaval que no se para, saberlo es una ventaja. Son viejos restos de un pasado donde la estética pesaba demasiado, algo que era necesariamente malo. El estilo, la elegancia, un cierto dandismo conducen a posturas intransigentes y absurdas. El inadaptado encaja bien en este esquema de filias y fobias, rechazos y comuniones. Zapatos, música, conversaciones. Qué importante papel juegan los libros en estos intercambios. No se trata de los inadaptados de la canción de Auserón, es una pose. Un juego de maniquíes y bebedores de licor transparente, ácido, irónico. No merece la pena, hoy lo sé, pero también sé que forma parte de mí, a pesar del rechazo de este momento [desde donde hoy juzgo el pasado, el peso del pasado, el olvido y, al tiempo, me siento más inclinado a ser benévolo conmigo mismo, con el que fui, con el que no volveré a ser].

+ En el curso de la investigación me voy encontrando con nombres de autores que termino por buscar datos suyos en la red. Los resultados que arrojan estos nombres hoy casi vacíos de contenido, sin referentes que los identifiquen, corresponden a personas brillantes en su momento: escritores, doctores en letras o leyes, miembros de academias, historiadores, jurisconsultos, editores, magistrados […] En su momento ocupaban un lugar relevante en el mundo académico, político o cultural; personas con sus visicitudes, esperanzas, logros, alegrías y decepciones. Todo ese cúmulo de rasgos se disuelven en la marea de la historia, en el imparable impulso del tiempo, ciego y carente de finalidad. Válido para los notables como para la el pueblo llano, para los hombres, las mujeres, los niños y los viejos. Veo sus rostros, su expresión grave en la orla que les da ese prestigio que parece apuntar a la posteridad, leo sobre su nacimiento, su formación, su profesión y su muerte, ese arco entre la llegada al mundo y su partida. Hay un punto de vista en el perspectiva del investigador que conduce a la melancolía, no puede el investigador ser solamente un observador porque el que investiga navega sobre ese mismo mar, ese mar que terminará por engullirlo para depositarlo en ese fondo de olvido e igualación. Sólo hay presente, y el pasado es una lejanía , inescrutable es el futuro. ¿Tan difícil es centrase en el presente, lo único que realmente poseemos?

+ Se pregunta una analista política en Radio Inter:  ¿Somos ciudadanos o espectadores? La pregunta viene como conclusión al debate de los dos candidatos a la presidencia de Estados Unidos. ¿Se puede añadir: ciudadanos, espectadores o consumidores?

+ El fin de semana se acerca y mi tía M. se ha contagiado. La pandemia nos acecha mientras incide en la realidad. Todo lo pasado adquiere otro aspecto bajo la percepción a la que obligan las medidas sanitarias. Su contagio no fue un accidente sino una negligencia de la persona que  trabaja en su casa. Yo creo que, ante todo, lo que subraya la pandemia es nuestra fragilidad, lo inconsistente que resulta el individuo. La enfermedad y sus extensiones morales. No deseo pensar mucho en ello, pero no es posible esquivar el aliento de la intranquilidad; sin embargo, me sobrepongo y me encomiendo al dios del momento, sin olvidar todas las precauciones necesarias. Suena la radio, oigo la campana extractora que trabaja en la cocina, un rumor de televisión llega amortiguado; es miércoles, no mucho más, salvo el palpitar de la vida cotidiana, con sus valles, mesetas y cumbres, discretas, pero siempre palpitantes.

+ Imagen: la proyección de una película en una sala de exposiciones pierde su carácter cinematográfico y se transforma en una otra cosa. El contexto da una medida, mientras hurta otra; quizá por esta razón dejo a un lado cualquier fotograma de la película que inspira el núcleo de la entrada, para que ésta se pervierta en la menor medida [¿el texto la pervierte?].

sábado, 26 de septiembre de 2020

Le lectorat

Wall

+ La traducción aproximada de lectorat podría ser el conjunto de los lectores de un autor, de una obra o de un género. ¿Lectores? ¿simplemente lectores? Tal vez. Pero la palabra en francés parece contener algo que en español se escapa. Tal vez, me digo con ciertas dudas, pero lo que sucede, finalmente, es que la palabra lectorat me gusta, me gusta en sí y me gusta para titular entrada. Así obro. El cuerpo de lectores exige clasificaciones sobre su naturaleza, la estabulación de los gustos y las preferencias, aunque no todo es gusto porque el libro también es una herramienta de trabajo y es otro negociado. Yo lo remito todo a la narración y a lírica, ahí es donde se dirige mi mirada cuando empleo la etiqueta. Vale.

+ Como una cosa lleva a la otra, se han sumado varias canciones de Jarvis y en la tenue y lluviosa tarde del sábado surge como una aparición. ¿Un espectro? Ballenas, el sonido de un violín, cajas de ritmo. Poder y fuerza, algo que se ha agazapado tras la borrascosa tarde: la melancolía. Dormí profundamente durante la siesta y el sabor del café resultó reconfortante. Siento que la frivolidad me hace daño, a veces, en otras ocasiones me ha salvado, como el ejemplo del cuchillo: ¿Por qué es el mismo el giro del brazo cuando siembra que cuando siega, el de amor que el del asesinato? Son los versos de Claudio Rodríguez en el poema “Gestos” ¿Debería escuchar otras cosas más serias, leer libros más comprometidos, tal vez, sentir cierta cercanía a mis conciudadanos? Soy un misántropo: no me interesan las relaciones sociales o soy muy selectivo. No creo que sea un defecto. No ha quedado otra salida: afinar la persona y alejarse de los tóxicos amaneceres. Escucho la canción: Lost in the night of the living room  / Adrift in the world of interiors / It's serious. Paisajes nevados, paisajes industriales, paisajes en las soberanas telas de los museos olvidados. Libros sobre la mesilla que son demasiado gruesos para lo que contienen: qué libro es ese que se puede resumir en una única frase. Me desentiendo de todo aquello que me pareció sólido y no lo era. Música de club en la tranquila tarde de septiembre, un sábado más, un sábado como tantos otros sábados. Me gusta mi rostro en el espejo, me ha costado mucho llegar hasta aquí, pero el esfuerzo se ve recompensado con esta constatación: he acertado con mi plan y lo he cumplido punto por punto. It's serious.

+ La lectura de los poemas de Borges resulta irregular porque no está sometida a ningún sistema. Pero esto responde a un ritmo de lectura, a una deslavazada intención de crear un espacio de autonomía respecto a las encorsetadas tareas de la investigación. Un territorio, quizá, libre, con influencias subterráneas y evaporadas, que existen pero que no deseo percibir.

+ Muere Juliette Greco. Ahora recuperan una entrevista en Radio Inter. Habla de la libertad y de un Paris que ya no existe, salvo en la memoria, en los libros, en la lírica estancia del recuerdo. Habla de Sartre y de Camus, de otros escritores, de la música americana, del placer de la música. Su música suena e invade la estancia a esta hora de la mañana, son las nueve y cuarto y llevo adelantada mi tarea diaria. El acordeón, tan parisino, Saint-Germain-des-Prés, bares, cafés, pequeñas copas de licor, hermosos colores, palabras y personas que no volverán pero que habitan en el recuerdo, como una invitación a la magnética realidad de la vida: las historias, el relato de una existencia como salvación. Toda una imagen, la posibilidad del viaje, la restauración de la literatura y el espacio de libertad [que poco me hace falta, un libro y silencio]. El existencialismo y una bella voz, me digo con la nostalgia de lo no vivido. Toda una arqueología. Dice J. G.  en la entrevista que ahora lo único que escucha es música clásica, la comprendo y me identifico y creo que es algo que se debe a la edad, tanto en su caso como en el mío: una purificación del gusto. Ha muerto con 93 años, casi un siglo, una larga vida. Quede la necrológica.

+ Hay algo que no recuerdo, algo que deseaba anotar aquí y se ha desvanecido. Se ha desvanecido porque no escribí el apunte necesario en el momento preciso. Cómo se desvanece una idea, con qué facilidad. En el infructuoso proceso de recuperación apareció el recuerdo de Londres y su urbanismo. Viajes que hicimos diez años atrás. Compras, restaurantes, librerías. Quedan las fotos y la estela que dibujan. Busco el disco duro externo y comienzo a indagar. Me dan una idea de mi gusto por lo irrelevante, lo marginal, aquello en lo que nadie se fijaría: fragmentos minúsculos de la realidad. Qué tendencia al olvido, a la melancolía. Mi carácter, mi destino. Las fotos conforman un diario de viaje, lo reconstruyo y regreso a mis tareas libre de tóxicos y penitencias, sin culpa, sin arrepentimiento.

+ Imagen: Muro, Londres, 2010.

sábado, 19 de septiembre de 2020

Lo que queda atrás

Pompei

+ Los trabajos se adaptan a la variaciones que me vienen impuestas. La flexibilidad no es virtud, es obligación. Un obligación que se relaciona con la supervivencia. Lo rígido termina por romper y la ruptura siempre es traumática. Los días traen cambios y el horario de mis tareas se debe amoldar a estas nuevas delimitaciones. En realidad, así, el tiempo se anula, en esa movilidad de los asuntos a los que nos hemos entregado sin mayor recompensa que la satisfacción del deber cumplido. Estrategias para soportar la vida y su espesor, su contundencia, la falta de sentido, porque el sentido es un otro trabajo al que someterse. Qué atareado me veo y con que facilidad adapto mis ocupaciones a los vaivenes de lo diario.

+ Espesor: dimensión más pequeña de un cuerpo de tres dimensiones (DRAE).

+ Leo una entrevista con una actriz. Se suman sus vanas afirmaciones a una espiritualidad frívola y adelgazada, pero con una consistencia que atraviesa la entrevista y la dota de una especial alegría, una alegría que se confunde con una posición ante el mundo. La toma de posición, qué cosa tan importante. Me llaman la atención y me interesan, a partes iguales, estas manifestaciones declarativas de su identidad y la reflexión sobre su propia persona: una idea frente al envejecimiento, la depresión como enfermedad del siglo, la crisis de la pareja, el mejor momento de mi vida, la maternidad, el yoga o la meditación. Su sonrisa es un espejo, el alma una realidad incontestable. Pienso que es un poco boba y hay cosas que no se deben airar, pero su profesión le viene dada, es el medio en el que ha nacido y nada pudo detener su carrera. Se llama promoción y conseguir que se muerda el anzuelo es fundamental, de ahí estas afirmaciones alocadas, ingenuas o, en una palabra, tontas. Ese es el personaje al que se debe, que no tiene porque coincidir necesariamente con la persona ordinaria que ella es. Al momento, ante una pregunta, dice no creer en la determinación, todos somos responsables de nuestra vida y está en nuestra voluntad el modificarla, hundirla o elevarla. Lo dudo, me digo mientras veo su gusto alegre, de una alegría bovina y rancia. Ha pasado el tiempo y un rescoldo de su ingenuidad permanece, pero, ahora, esa ingenuidad se ha trasformado en tontería, porque ha perdido el brillo de la juventud y ya no la redime, pero, vuelvo a lo mismo, es un personaje el que habla, no una persona. Un hilo que se aleja en el horizonte.

+ A posteriori me doy cuenta de que la mujer que vi ayer paseando sola por las calles era una periodista y escritora de cierto renombre, que llegó a este rincón para pronunciar una conferencia . Tenía algo especial, un aura que, yo creo, estaba determinada por su marmórea soledad y el extravío en la pequeña capital de provincias. Caminaba con un aire de pasmo, en la concentración tan especial que da el paseo nocturno en medio de la pandemia por una ciudad que nunca antes se ha hollado. Su aire tenía algo decimonónico o, al menos, demodé. Vestía de negro existencialista y el pelo incendiado de tintes rojos, que le daba aspecto de heroína romántica, algo muy ajeno a su persona, sin duda, pero yo no hablo de la persona sino de una imagen que vi en las calles y, ahora, que conozco una incierta verdad, me debela con absoluta contundencia. La observé en la distancia y me pregunté por su vida, tal es la tarea del que observa, pero me decidí por descabalgar las aventuradas suposiciones porque no se adivinaba nada. Ahora que sé quién era aquella mujer me puedo hacer cargo de lo frágil que es la persona que escribe, lo volátil que resulta en la distancia, cuando las palabras han perdido fuerza o los que escuchan no le dan esa autoridad. Se transforma, una vez más, mi percepción y me resisto a perder idea que han otorgado frutos y trabajos.

+ El lunes comienza bien. Luego, leo algunas cosas sobre la verdad, la mentira y la política, sobre las capas que superponen sobre los hechos, tan difíciles de delimitar, mucho más en la distancia y en la suma de apariencias que tejen las imágenes y los sonidos de los programas de televisión o lo que por internet nos llega [cómo llama mi interés el relato de una pieza con el fondo acuciante de una música en exceso dramática, esas declaraciones de ultratumba que se muestran más lúgubres si cabe mediante una vibración casi eléctrica que no deja de causar nerviosismo, angustia, intranquilidad]. Un retórica encaminada a la imposición de una verdad más que a una desnuda comunicación [¿es posible y deseable el grado cero, la neutralidad informativa?] Reflexionar sobre nuestro papel como espectadores nunca está de más, tomar conciencia de nuestra posición resulta una obligación con la posibilidad de adquirir un lugar propio. Primeramente, la televisión no es información sino espectáculo y entretenimiento, dos actividades que, per se,  ni son malas ni son buenas, pero que se deben etiquetar adecuadamente. Nunca son inocentes los formatos, la  publicidad inserta entre declaración y declaración crea contexto y nos determina, la dialéctica de los invitados, la contundencia de los presentadores nos penetra con invisible e intensa persuasión. El lunes es un comienzo pero también una estación de llegada y en ella las noticias se disuelven en la cadencia del piano que me susurra desde la tablet, no me olvido de las noticias, no me olvido de los puntos de vista, tampoco de mis carencias, pero hay que regresar a las obligaciones.

+ Termino dos libros. ¿Realmente se terminan los libros, tiene fin en sí misma la lectura o es una manera de decir que hemos llegado a la última página y ante ella se abre otra realidad libresca que forma parte de la primera? A veces alcanzo el convencimiento de que hay un único libro, un extenso texto que construimos, demolemos y reconstruimos con cada tomo que nos llega a las manos. Una larga travesía que su final está unido al final de nuestra vida. En este sentido creo que no es posible terminar una lectura porque se integra en un texto más amplio, un texto al que se subordina toda lectura y que nunca será fijado en su amplia inmensidad. Aproximaciones, cartografías, catálogos, bibliografías, tesis y antítesis, síntesis, elecciones y rechazos que establecen el intento pero únicamente esbozan ese texto. Es el texto de nuestra vida lectora que se conecta con nuestra vida interior, social o biológica; la propia existencia. Los dos libros han ido a ocupar sus respectivos anaqueles [físicos y mentales], pero eso no se traduce en que hayan muerto, sino que comienzan una existencia sonámbula que admite ciertos despertares [la cita, por ejemplo], una existencia que alimenta las lecturas posteriores. Volveré sobre ambos tomos, lo sé, mientras: duermen y su sueño es mi sueño.

+ Después de mucho tiempo escuchó aquella canción sobre Sheffield que escribió Jarvis Cocker. Son esos saltos sorpresivos que ofrece el reproductor de Mp3 conectado al equipo de música del coche. La canción comienza con el recitado de los barrios de la ciudad, luego la voz de Candida lee un fragmento de un relato, la música crece desde la nada. Mientras escuchaba la canción, yo rebasaba la cementera que hay en el atajo que tomo todos los días para regresar del trabajo a casa. Allí dibujada contra la noche, con sus grandes reflectores que proyectan una violenta luz contra la explanada donde se distribuyen las cubas de cemento; tras la cementera, los pinos. La noche era profunda, sin luna, con las luces de las casas dibujadas con precisión. Los altos eucaliptos, la cercana geometría de la autopista, la pista asfaltada: estrecha, serpenteante, orlada de viñas y huertas. La electrónica de la canción aportaba un acento cinematográfico a la travesía. Las luces que llegaban de la autopista era toda una invitación a pensar en localizaciones cinematográficas. It’s a marvellous sound. Pensé en el bloque de viviendas cuando Candida tenía 11 años. Pensé en edificios entrevistos desde el tren en Inglaterra. Pensé en los viajes que hicimos, pensé en todo lo que queda atrás y en lo que permanece.

+ Imagen: esa melancolía de lo vivido: el viaje, Pompei.

sábado, 12 de septiembre de 2020

Septiembre

 

Ape

+ Por casualidad me llegó un artículo sobre los Cementerios de elefantes en Bolivia, en la Paz; es un relato de Enrique Vaquerizo Domínguez publicado en la revista digital FronteraD. Comienza el artículo por narrar los avatares de una película del mismo título. Hay, en primer lugar, que aclarar qué es un cementerio de elefantes. Se trata de una habitación destinada a morir, a morir por una masiva y brutal ingesta de alcohol; se paga por ello una cantidad acordada y se espera la muerte con la compañía de los instrumentos del proceso: un balde lleno de un infame alcohol, una taza metálica para tomar el brebaje, una lata para hacer las necesidades y un colchón, también, para el intenso frío de la Paz, periódicos. La puerta se cierra por fuera y el bebedor comienza su implacable viaje hacia la muerte, como si se tratase de una expiación de sus pecados, para lavar las manchas que ha producido su periplo vital. Una anulación, una idiotización llevada a su expresión máxima, algo, que simultáneamente, se contiene en cualquier borrachera: el olvido y una suspensión de la persona. Leí con atención el artículo. Bien escrito, bien pensado. Las razones que arrastran al alcohólico hacia esta muerte escogida se ciñen a la desesperanza, al hundimiento, la depresión, la soledad. La soledad. No es posible reconstruir la escena, no es posible ponerse en el lugar de ese otro a punto de ser engullido por la nada, de la nada de la que se parte a la nada absoluta. Hay una enseñanza que se debe atesorar: no se debe juzgar porque los motivos que llevan a una persona los desconocemos, porque nuestra posición como jueces es una posición de privilegio y los privilegios son reversibles. También, la tristeza esparce su reino en nuestro entorno y no la vemos, no la podemos ver, no la queremos ver.

+ Lo anterior me ha llevado a indagar en la geografía urbana de las ciudades de Bolivia. He trazado un itinerario en la red que se compone de vídeos, fotos y dispersas lecturas. Esta mañana, recupero de un estante dos pequeños manuales sobre dialectología del español de América. Me gustaría tener la capacidad de hacerme una idea de un algo que no alcanzo a definir. Otro desvío del camino principal.

+ Continuo con la lectura de La fábrica de fronteras, de Francisco Veiga. Debo orientarme hacia el final y dejar que el libro repose y, luego, regresar a él tras un tiempo prudencial. El libro me da claves para entender razones políticas del presente, próximas y tangibles. El libro aporta una idea sobre la separación de la inmediatez del periodismo y sus intereses y la distancia necesaria que la historia establece. Es un tema importante para mí: cómo se muestra la realidad y cómo se construyen verdades, cómo las admitimos y cómo las rechazamos sin cuestionar su origen o su solidez. Sobre estas cuestiones sobrevuela el fantasma del nacionalismo, lo observo en la cercanía y veo como triunfa aquí: se hace deseable y sexy. El discurso persuasivo funciona, una de sus armar más eficaces es aparentar inocencia e incapacidad, algo parecido se decía del diablo: su estrategia, hacer creer que no existe; mientras, opera con soltura.

+ Otros modos, otros mundos se plantan  ante mí cuando navego por los vídeos musicales que me ofrece la plataforma en línea. Veo vídeos de Rozalén, escucho sus canciones y pulso el botón de “me gusta”. Pienso en tiendas de ropa vintage que vi en Madrid, en chicas de la mano, en Chueca, en el atardecer en las Vistillas mientras dos chicos se besaban y el sol estaba más allá del oro y de la plata. Yo, como siempre, estoy en el punto del observador, es mi condición, me guste o no me guste. Ni siquiera sé qué tienen que ver las canciones que oigo con aquella tarde en que me di cuenta de que todo había cambiado o que, tal vez, nunca nada se había detenido en su camino hacia el infinito, el pozo insondable del tiempo. El cambio es la naturaleza de la vida, los vídeos y el gusto musical lo hacen patente. No es un algo discursivo, es el motor de la vida. Otro vídeo, una conexión. Las conexión se arman casi por ensalmo. Es un resorte que me pertenece y lo encuentro satisfactoriamente preciso, se acerca a la intuición pero su base o su suelo va más allá de los indicios. Los muy útiles indicios difusos. Los modos cambian pero hay razones que permanecen. En este mar de sugerencias que es la pantalla del ordenador me pierdo con agrado y sin melancolía. Descubro las canciones de Rozalén y reconstruyo  las percepciones que me llegaron aquella tarde en Madrid.

+ Septiembre, la luz perfecta del preludio del otoño: me siento lírico cuando llegan las nueves de la noche y aparece ese instánte en que ni hay día ni hay noche y se dibujan en el otro lado de la ría las luces de las casas y los caminos, con tanta precisión. Sólo en septiembre.

+ Remite mi estado de postración. Aunque no totalmente, la debilidad ha desaparecido, el retorno a la vida ordinaria es un hecho. Hoy lunes estudié, hice ejercicio y solucioné un pequeño asunto administrativo; a la tarde acudiré al trabajo. Poco a poco regreso a ser el que fui, pero este que he sido no desaparece, quizá se embosque, quizá se enmascare, un disfraz o un gesto de invisibilidad, pero regresará. Lo sé. La postración otorga un punto de vista alternativo que rebaja las expectativas y arroja luz y una extraña verdad, una verdad que se intenta soslayar, pero que no es posible obviar: siempre nos rebasará. Esta funesta constatación la dejo a un lado y recuerdo la tarde que nos regaló el domingo. C. y yo fuimos a Portugal. Paseamos, hablamos en una terraza y regresamos mientras la noche caía. El anaranjado horizonte de principios de septiembre, la sorprendente melodía de Herbie Hancock en  Cantaloupe Island que sonaba con precisión en una emisora portuguesa, que terminó por unirse o fundirse a Respect Aretha Franklin. La música cerraba con sabiduría la agradable tarde. No es una descripción, es la constatación la alegría. Hablamos de tantas cosas, pero los dos permanecíamos unidos, en el decaer el día, con el horizonte despejado. Me había olvidado de la postración, de mi postración. Con qué remedios, con qué fármacos nos sorprende la vida.

+ Imagen: ¿nuestro reflejo?

sábado, 5 de septiembre de 2020

Rester vivant / To stay alive

Normandía

Normandía

Normandía

+ Las peregrinaciones a los lugares de los escritores que nos gustan o que nos interesan, sea por la razón que sea, tienen un aliento de vida especial porque dotar a la vida de ciertos ritos acompasa y atenúa su filosa crueldad. En resumen, se trata de construir una vida, de dotarla de una estructura de la que carece y la visita a los lugares de los escritores es una opción más entre muchas [y aquí podemos poner la entrega al comunismo como entretenimiento satisfactorio o la colección de bellos automóviles a escala, el rosario vespertino o la franca entrega a la patria, el carísimo reloj o la bella blusa estampada que tan cara ha costado y tanto la favorece]. Pero hay algo especial, algo que devuelve una parte de lo que la lectura nos ha otorgado. En ello me fijo y recuerdo cuando visitamos Ry como compensación tanto a Mme. Bovary como a G. Flaubert. Allí, ante la tumba de Veronique Delphine Delamare, de soltera Couturier, y de su marido Eugene Delamare, comprendimos algunos asuntos no sobre la novela de Flaubert sino sobre nosotros mismos y nuestra relación, lo que hasta allí nos había arrastrado y lo que nos mantendrá unidos. Dejando esto a un lado, nos hizo gracia como todo el pueblo estaba orientado a la figura de la novela, hasta el punto de haber puesto bajo el nombre de Veronique Delphine el rótulo de Madame Bovary. Quisimos visitar el museo de autómatas que da cuenta de la novela en una larga serie de cuadros animados, pero no fue posible porque, según rezaba un impreso: habían tenido que cerrar porque acometer las obras necesarias para permitir la accesibilidad, también había una queja hacia la intransigencia de las autoridades, su cerrazón burocrática y la gran pérdida que resultaba del cierre de la exposición. Paseamos por el pueblo y entramos en una casa de comidas. Resultó agradable. Compré dos viejas postales descoloridas, una de ellas la enmarqué: la iglesia de Ry, la otra no sé donde está [una vista aérea del pueblo sin interés: reiterativa, neutralmente intercambiable, más vieja que antigua]. Nos alejamos del pueblo camino de Beauvais y hablamos sobre la novela, que a ambos nos había subyugado, tanto en la primera lectura como en las posteriores. No habíamos visitado la Croisset de Flaubert, pero esto era algo que dejábamos para el futuro, como si nos obligase a regresar. Regresar, quizá esto sea la nostalgia, en su sentido menos laxo: el regreso a la patria: ¿Madame Bovary? El nostos.

+ Como provocación: Mi patria es Madame Bovary.

+ Pronto se cumplirá un año del viaje a Normandía. También en Normandía se desarrollaba Serotonine, algo tendrá que ver en todo aquello.

+ Una vez terminando un poemario de Luis Alberto de Cuenca comienzo con la Poesía completa de Borges. No sé si se trata de un desafío o un necesario ejercicio, una gimnasia para fortalecer diariamente la facción lírica de lo cotidiano. Tal vez una cierta dosis de irracionalidad, una escapada de la articulada selección de tareas y deberes, lecturas y obligaciones laborales. O, quizá, una cala en la soledad escogida, mimada por los resortes de lo predecible. Abro el libro el domingo por la mañana, poco antes de comer y leo el prólogo a Luna de enfrente y me descubro a mí mismo ante la sorpresa de la poesía en lo urbano, en esos límites del campo y la ciudad. ¿Podría hacer una foto para ilustrar esta idea que acaba de nacer tras leer un verso, tal vez un poema completo? No lo sé. Es hora de comer y tras la comida vendrá una siesta profunda, arropada por la música de Mozart. Lo sé, soy un eterno dilectante.

+ El miércoles se ha instalado una sensación de mareo que me impide ir a trabajar. Me quedo en casa. Hay una irrealidad que se corresponde con el estado de salud. Me llama mi doctora y ve que los recientes análisis de sangre y orina no arrojan una explicación. Quizá se trate de la pérdida de peso y una alimentación demasiado estricta. ¿Soy un exagerado, un maniático? Llega el cartero y trae un libro de Lezama Lima, que contiene dos breves textos: Sierpe de Don Luis de Góngora y Las imágenes posibles. Abro el paquete y estropeo la portada del libro. Lo reparo como puedo: cinta adhesiva. Comienzo la lectura y lo que del libro me interesa lo encuentro pronto. Lo dejo y regreso a mi postración, la cama me arropa mientras suena un arreglo para orquesta de Carmen de Bizet. Qué extraño escuchar una Carmen instrumental. Como en una estampa de la ebriedad me siento flotar, pero no resulta agradable. Ayer me llegó Paradiso. Qué extraño muro estoy construyendo. Una flauta aletea y puedo identificar el momento exacto que se da ese coro de niños en la opera antes citada. El día me parece que ha quedado vacío, pero, lo sé, no volverá, el tiempo no se acumula y la postración es un uso como otro cualquiera, que no nos libra de la delicuescente catarata.

+ «Poco he modificado este libro. Ahora ya no es mío.» J.L. Borges en en el prólogo a Luna de enfrente (1925).

+ El título de la entrada se corresponde con la exposición que realizó Michel Houellebecq en el Palais de Tokio en Paris en 2016: Rester vivant / To stay alive. Abro el catálogo de la exposición y me detengo en las fotos, principalmente en las fotos que componen el cuerpo central. Paso por encima del texto y encuentro que las fotos dan cuenta de una parcela importante de nuestro mundo. Mi mundo. Ahora, en estado de postración, el juicio se ha visto ampliado. La distancia entre la cama, la música clásica y la realidad cotidiana me hacen recordar que la pandemia me pareció un escenario houllebequiano y este catálogo me lo confirma. Lo tengo abierto, en este preciso momento, por una página donde aparece una foto de un parque infantil y unas edificaciones blancas, con tejas de un ocre suave, con formas arquitectónicas muy españolas, muy sureñas, pero adaptadas a los años noventa del siglo pasado; la sensación de desolación y turismo se unen para comunicar algo indecible y nuclear: la levedad de nuestras vidas, lo líquido o lo gaseoso frente a la solidez de la vida de nuestros padres. Yo ya soy mayor, me digo mientras veo las fotos y la vida de las personas de treinta años se rige por otros patrones; pero el tiempo es el mismo, el tiempo se comparte, el instrumento de medida y la ordenación de los espacios son otros y esto importa poco. Sin embargo, la imagen de la salida de una aparcamiento en Francia, de lo que parece un área de descanso en una autopista, me dice que la lejanía con los jóvenes tampoco es tan grande. Altos pinos en primera plano, el bosque en el fondo, señales de tráfico, el asfalto y ese césped sucio y triste de las autopistas. Quién no siente desolación en este no-lugar, sin identidad pero tan cercano a cualquier viaje en coche por Europa, por España. La falta de identidad es un rasgo común que traspasa los límites de la edad. Me parece que es una foto lograda, y el interés parece radicar más en la geometría y la composición que en la temática en sí: el no-lugar [que no resulta, en ningún caso, despreciable]. Sigo pasando las páginas: un grafiti bajo el que figura el título: Tourisme #002; una playa en la que arena se transformado en nieve por el implacable sol de Andalucía: en la gran extensión coronada por un edificio de apartamentos se pueden observa figuras que caminan, pequeños puntos en la lejanía que son personas a las que no podemos identificar como personas, salvo por su silueta […] Tras pasar unas cuantas páginas, no muchas, me encuentro con la foto de la bajera de un autobús que contiene la imagen de una publicidad de un parque de animales marino; una saludable joven rubia embutida en un traje de neopreno extiende sus saludables brazos y tras ella salta una foca, sobre ambas se puede leer: bus gratis; en la página contigua me encuentro con un fragmento de La carte et le territoire. Es entonces cuando entiendo el éxito de la novelas de M.H. y la conexión con las fotos que escruto con curiosidad. Se trata de unas inteligentes y bien dispuestas observaciones sobre el mundo actual. La fotos no dejan de ser un subrayado del texto. Y cuando digo lo anterior pienso en las reflexiones que el narrador de La carte et le territoire hace sobre los folletos de las cámaras de fotos, los manuales de instrucciones de los automóviles Mercedes o sobre la conveniencia de adquirir productos coreanos: Kia, Hyundai, LG o Samsung. O la proposición de cambiar los programas de disparo: fuegos artificiales, playa, bebé 1 y bebe 2, por otros que sean: entierro, día de lluvia, viejo 1 y viejo 2. Dejo el catálogo en su lugar y me tiendo, escucho una canción de Paul Weller y trato de hacer un balance de los último días y no consigo centrarme, pero sé que no me he equivocado. Movin on, se titula la canción. Es decir, seguimos vivos, pero postrados.

+ Imagen (-es): Normandía.

sábado, 29 de agosto de 2020

Medio y extremo

lo-irrelevante
 

+ Necesito información sobre un tomo de un autor dramático del siglo XIX y acudo a la Biblioteca Digital de Castilla y León. En la portada de la página electrónica me encuentro con la foto de un [o una] joven. Al primer golpe de vista no reconozco a la persona. No puedo evitarlo, acabo por pinchar el enlace. Se trata de Carmen Martín Gaite, una jovencísima Martín Gaite [quizá no tanto, porque ha rebasado la treintena, pero su aspecto es juvenil, casi adolescente]. Con el pelo muy corto, en actitud pensativa y en el fondo el conocido y, probablemente, apócrifo retrato de Miguel de Cervantes. En una nota se aclara que la foto sirvió para ilustrar una entrevista del Abc cuando a la escritora le otorgaron el Premio Nadal. He dejado la foto en el visor, por lo tanto cada vez que voy a ver un Pdf aparece y expande su presencia. Es una invitación a regresar al pasado, a la lectura de Entre visillos, una novela que me interesó especialmente cuando yo era un adolescente que devoraba novelas e indagaba en un posible vocación que no ha dejado de transformase hasta llegar a lo que hoy es mi investigación. El camino recorrido se percibe en la foto, porque más allá del retrato hay una actitud hacia los libros y la escritura. Ella forma parte de mis mayores, se incluye en una senda de explicaciones y estructuras que me ayudan a entender el pasado [esa constante y móvil construcción, equiparable en su impermanencia biográfica con la Historia (en mayúsculas)]. La capital de la provincia, el aburrimiento y la mediocridad. Un reflejo, me pregunto hoy ante la fotografía, cuando C.M.G. ya vivía en Madrid. Mucho tiempo ha pasado y la foto clava la sensación de finitud y tarea incompleta que me lleva a recabar datos sobre mi biografía, que pronto abandono porque lo que busco es común a cualquier desarrollo vital. Termino por decirme que debería volver a leer Entre visillos, pero no lo haré: Ars longa vita brevis.

+ Si veo tan sumamente joven a C.M.G. en su treintena es porque yo ya no soy joven y todo aquello que tras de mí está resulta ser juventud.

+ ¿Qué el lo que busco cuando indago en la condición autorial, de qué se trata sino desvelar una parte de mi persona? Hasta aquí he llegado por casualidad, pero no, no es una casualidad: es el resultado de toda la biografía de un yo paralelo que se impone y sucumbe alternativamente. Soy ese yo-no-autor, una vía que rechacé hace ya mucho tiempo después de empeñarme en ella. Cuando veo el retrato de Carmen Martín Gaite llego a rozar el entendimiento de razones que me llevaron a desistir de una carrera literaria, no de una manera consciente, pero sí con su presencia. La academia ha resultado ser un cómodo refugio porque solo es un entretenimiento donde no me veo obligado a luchar por una posición, por una colocación, por un empleo. Terminando con el asunto: se trata de un rasgo más de mi condición de observador, que rechaza todo aquello que implique comunidad o, de ser aceptada ésta, que sea de una manera atenuada. La debilidad es la marca, el pensamiento errante que no quiere manifestarse por temor a la confrontación. Ahí está esta marca, el reflejo de lo efímero en la sombra proyectada sobre los días, tangentes e intersecciones.

+ «Siempre estoy a la altura del azar; para ser dueño de mí tengo que estar desprevenido», Nietzsche en  Ecce Homo, cita del libro de Fernando Saváter: Idea de Nietzsche.

+ Aparece en la primera hora de la mañana, esa mi primera hora, el nombre de Pascal Quignard. Lo escucho en Radio Inter, con atención. Emprendo una búsqueda sobre su obra. Una cita emerge y me da una guía para el día, para la semana, para el mes: «Quizá deteste a todos los que aman su lengua, su apellido, su nombre, su nacionalidad, su religión, su estatus, su pensamiento». ¿Hasta donde alcanza la cita, y, quizá, no viene de tiempo atrás, de un mundo anterior a mi nacimiento? Apunto un libro que trata sobre una posible comunidad de solitarios. Habla, ahora mismo, en la radio, en directo, sobre sus manuscritos, los borradores, pequeños dibujos. Hay, sin duda, una conexión. En la cesta de la librería en línea he depositado un libro. Ay, esta adicción a la lectura, esta compulsión de la compra de libros. La fuerza de la persona, la identidad que me perturba y rechazo. Múltiples razones, pequeñas certezas que se desmoronan cuando la marea sube. Cierro la página.

+ La lectura: ese vicio con apariencia de virtud.

+ Finalmente hago el pedido del libro de Quignard, la edición francesa: of course.

+ Imagen: lo-irrelevante. El gris motiva el disparo, la suma de elementos no es mayor que el conjunto: ese color, ese no-color, la sombra, la luz diurna que acuchilla la acera. Una otra abstracción más en el censo.

sábado, 22 de agosto de 2020

Extravío y liturgia

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+ Recuerdo perfectamente el día cuando perdí la fantasía. El día que dejé de ser niño y la inocencia se disolvió. Jugaba con mis hermanos sobre una carroza de laca negra y de repente me di cuenta que no había caballos y la carroza no era tal sino una vieja máquina de coser Singer. Lo vuelvo a sentir con detalle y me asusta esa capacidad de reconstrucción. No tengo memoria para muchas cosas pero hay balizas en la vida que regresan con una urgencia y precisión que me inquieta. Aquella no fue la última pérdida, ahí es donde la inquietud se agita, vibra, respira. A lo largo del tiempo la inocencia se desvanece conforme uno cumple años, pero no es una sola la inocencia sino que son múltiples y envejecer y crecer en sabiduría no es otra cosa que el acopio de dudas e incertezas. Veo los telediarios, consulto la red, leo periódico. Toda esta suma de noticias me fatiga, su necesidad de novedad traiciona cualquier atisbo de rigor. La vieja máxima: no es noticia que un perro muerda a un hombre sino que el hombre muerda al perro. Esto nos lleva a clasificar al periodismo con la industria del espectáculo. Nada descubro, pero me gustaría incidir en cómo se van cayendo los velos y podemos ver tras su desaparición como todas aquellas verdades en las que un día creímos no son otra cosa que construcciones más o menos interesadas. La fantasía se disolvió en el océano de las edades, nunca regresó la carroza de laca negra.

+ Sobre la nostalgia de los discos de vinilos, sobre los Cd’s también. Un artículo en un periódico en línea invoca la colección de discos de los padres, con el acopio de la colección de un tío. Es la necesidad de emblemas que hagan solida una identidad. No tengo una posición clara al respecto, pero he llegado a una serie de conclusiones y entre ellas destaca que todo aquel que posea una biblioteca cierto interés debería donarla a una biblioteca, si carece de interés: entregársela al trapero para que recicle el papel, lo que se denomina hacer un expurgo. La nostalgia y los vinilos, cuántas veces he asistido a esa estéril conversación que tanto recuerda a la filatelia y a la numismática, a los mercadillos de domingo en las plazas recoletas, a los anticuarios y a los catálogos que dan el precio de venta, pero que el incierto precio de compra se enmascara. Sentí yo la nostalgia de otros tiempos y otras conversaciones cuando leí sobre la nostalgia del vinilo y su liturgia, pero me la sacudí pronto y, así, alcancé un estado de separación que me resultó beneficioso para mi delicada salud moral. Cómo debo cuidarme de todas esas afirmaciones, de todas esas constituciones de autor que veo en los periódicos y televisiones [ay, cómo me cuido de esos venenos, pero, a veces, agazapados, me atacan]. Dejé el artículo y esa misma tarde vi al articulista con su hijo, paseaban y había algo enternecedor, como si algo hubiese llegado a un equilibrio difícil de alcanzas, pero resultaba engañoso: solo era apariencia, la apariencia de orden y simetría que nos ofrece la vida cotidiana, solo era un hombre con  su pequeño hijo, el asunto de los vinilos se había desvanecido y yo también me diluía, con intención y presencia.

+ «La Historia muestra que todo lo que se ha pensado será pensado aún por un pensamiento que todavía no ha salido a la luz.» Foucault en el último tramo de Las palabras y las cosas. Después de tantísimo tiempo estoy llegando al final de la segunda y sistemática lectura de Las palabras y las cosas. Independientemente del contenido del libro, permanece la compañía que me ha hecho en aeropuertos, salas de espera o en este gabinete que me he dado. Lo que extraigo de la lectura es la característica y el afán de obra nunca terminada que constituye cualquier labor humana, máxime en el ámbito de las humanidades. Me siento interpelado y no respondo, por el momento. Quedará el libro en su balda durante una prudencial cuarentena, luego volveré sobre las notas y trataré de extraer una conclusión ajustada al momento, un pensamiento que todavía no ha salido a la luz.

+ Algunas incomodidades derivadas de la gestión de los problemas que ocasionan las tuberías de la vivienda me desconcentran. Son cuestiones menores que tienen una importante relevancia, que se deben solucionar en previsión del futuro, pero que trastornan el plan del día. Me paro. Pienso en el particular y me doy cuenta de que soy una maniático que no admite variaciones en su rutina porque suponen un hiato desagradable, dañino, ensordecedor. Medito y creo que debería solucionar esta cala, este defecto. ¿Es un defecto? Todo lo que no se traduzca en una plácida e invisible indiferencia es un defecto, si no se tiende hacia la ausencia de deseos y temores hay error. Lo invisible me atrae, lo imperceptible me subyuga.

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Con especial intensidad recuerdo antes de la siesta un terror infantil. Se trata de una película donde se ofrecían los preparativos previos a una tormenta tropical. Acopio de provisiones y agua, sellado y claveteado de ventanas, conversaciones sobre la fuerza del viento y de la lluvia, la implacable y mortífera lluvia. Se oía rugir el viento, se agitaban las palmeras y las puertas batían con estrépito. La película era en blanco y negro, lo que a mi entender hacía que ese extraño terror se incrementase. Ya en la cama, se reproducía esa impotencia del hombre contra los elementos, la imagen de los personajes encerrados en un hotel con cantina, la edificación convertida en una burbuja contra la que se estrellaba la naturaleza. Sobre ello reflexionaba en mi cama, sobre la dimensión de las montañas, las grandes olas y las tormentas tropicales, qué pequeño me parecía el ser humano ante lo descomunal de la palpable realidad natural. Esta idea me ha acompañado muchas veces, todavía tengo presente lo minúsculo de nuestra existencia, la fragilidad del microcosmos donde nos desenvolvemos. Ahora el terror viene de un ser invisible, el virus; como si en lo macro y en lo micro las tormentas se equiparasen. Así quedan las cosas: anotadas y fugaces, pero con la presencia que todos los sueños le dejan al insomne, al hipnotizado, al sonámbulo. Yo completo esa triada, mis miedos infantiles, mi espejo a media noche

+ Imagen: ese desprenderse de los azulejos que dejan capas del pasado al descubierto parece una buena metáfora de los propios procesos biográficos, pero también de la Historia misma. La abstracción le añade una personal tendencia, el arte está donde queremos que esté porque es nuestra mirada la que hace y deshace, un juez portátil.

sábado, 15 de agosto de 2020

Música y fotos cuando el año ya va mediado

 

2020-ponte

 + [Música]. Domingo por la mañana, la lectura ocupa mi tiempo y se ve arropada por Mozart. Recuerdo que en el coche cambié a Stravinsky por Ute Lemper, La consagración de la primavera me impedía conducir adecuadamente, es decir: me hurtaba la concentración necesaria. Corro con un variedad de canciones que se oponen a la música que acabo de citar. ¿Se oponen en realidad? ¿Cómo se ha constituido este catálogo móvil y cuál es el reflejo que arroja? ¿Hay un tramo por recorrer entre ambos polos? La respuesta a estas cuestiones es difícil porque no dejan de ser un análisis de toda una trayectoria, de lo que ha quedado fosilizado en mi gusto y que deviene en una querencia hacia la música clásica, que se podría traducir en un especial aprecio por el trabajo, el trabajo académico [sin duda gobernado por mis propios intereses, porque esta es la nave en la que me embarcado]. Mi personalidad se forja en relación con la música desde temprana edad, con el agravante que yo estoy incapacitado para ella, para su ejecución, pero no para su recepción. Cuánto sufrimiento me ha producido esta falta de talento, aunque hoy lo comprenda y me ayude a explicar ciertas calas en la biografía, al fin en su asunción con la ayuda, entre otros, de Marco Aurelio. La música es la expresión de un deseo que no se alcanzará nunca, saberlo me une a una legión de desposeídos; sin embargo, me elevo sobre esta carencia y regreso a la lectura, donde yo soy yo, el que elige: Mozart, verbi gratia.

+ Fotos de Stravinsky: indago en su rostro, en su gesto, en las poses. La configuración del autor es tan interesante como su propia música, porque su rostro es adecuado para el retrato, porque transmite razones que se atisban en su música. Lo dije hace un momento, debí guardar el disco de La consagración de la primavera: una elección entre la seguridad y el placer. Hoy, en contra del ayer, elijo la seguridad. Vuelvo a las fotos de Stravinsky. Me llama la atención la muy conocida de Irvin Penn, uno de esos retratos en esquina, marca del fotógrafo estadounidense. La escucha que se ve materializada en la mano que forma una concha contra la oreja, el atildado atuendo, el brillo acerado de los zapatos, el gesto serio, reconcentrado, severo. ¿Se une la imagen del autor a su música? Sí, así lo deseo yo y en función de esta foto planeo volver a escuchar La consagración de la primavera. Todo lo dicho se resume en esa última sentencia, el proyecto de oír con una condicionante elegido: la foto del autor. En otras palabras, se debe aprovechar la posibilidad de erigir nuestros propios prejuicios para modular la recepción. Ahí estamos, allí vamos mientras el domingo se desliza calle abajo.

+ Otra foto de I. S. Se trata de la foto de Richard Avedon de Igor Stravinsky. La veo en detalle y me parece la configuración de otro autor distinto, más próximo a una estrella del cine o del rock. Esta visión puede cambiar de eje la posición del prisma desde donde escucho su música. Las desafiantes gafas de sol que se retiran para mostrar la mirada severa del autor, tan severa como en la foto la anterior, pero marcada, en las dos, por una decisión que se nos oculta, que no es posible descubrir. Escribo y suena Mozart y no deja de ser un hiato entre lo expresado y la música en sí. Quedará siempre ese rédito abstracto que la música comunica y que podemos traducir casi a voluntad, salvo por una guías que resultan insoslayables. ¿Mozart o Stravinsky? Las fotografías a su lado resultan evidentes y sin mayor liturgia que un deseo de atrapar el instante, algo reservado a un arte del movimiento: la música. Yo escribo y eso es un poco morir, la música me acompaña en la cabalgada, las fotos en la orilla intentan ilustrar lo que no admite ilustraciones.

+ Atrás quedó el manual de fotografía. Los conceptos que postulaba los he olvidado y sigo recuperando fotos del archivo con un criterio no explícito que conduce a esta colección que aumenta semanalmente. Prefiero ese vértigo irracional de traer al presente aquello sobre lo que disparé en el pasado y hoy toma otro sentido [sólo durante el momento de la elección, luego ya no me pertenece]. Los manuales son útiles para establecer una cuadrícula pero la vida no debe confundirse con la cuadrícula misma. Con ello no quiero negar su utilidad, pero sí afirmar sus limitaciones. Los límites son el propio fotógrafo y su configuración vital, que tal vez salga a relucir en el espasmo del disparo o no [caso en el que todo habrá sido un error], la selección es un arte o el arte se centra en ese seleccionar. Arte, qué palabra. Prefiero tomar las fotos que aquí cuelgo como ilustraciones que complementan el texto o fotos que se ven complementadas por el texto, sin mayor intención que cuajar la entrada semanal en su vertiente más auténtica: el diario, el paso de los días a través de las palabras y las imágenes. El manual de fotografía descansa a la espera de ser recuperado, algo que llegará, tarde lo que tarde.

+ Recupero Mitologías de Roland Barthes de algún lejano lugar de mi biblioteca. El espacio es muy importante y la disposición de los libros, las materias y su agruparse, me define, por lo tanto la idea de desorden no cabe en la colección de mis libros porque ese desorden es un otro orden posible. Es paradójico pero la esencia que determina mi biblioteca personal gira sobre el eje de la intuición y la disciplina académica, que un día necesitará una taxonomía y que mientras tanto permanece esta su colocación. Con todo, rescato un artículo incluido en el citado libro de R.B. sobre la vida en el Nautilus contrapuesta al barco ebrio de Rimbaud, ese ámbito de totalidad que es el submarino enfrentado a la inmensidad del océano y el deshabitado barco del iluminado poeta. Desde una gran ventanal el Capitán Nemo contempla el infinito abisal mientras le rodea esa abigarrada y burguesa colección de elementos que aportan seguridad, desde ahí partimos a la butaca, las zapatillas, la copa de coñac y la lectura, como epitomé de una biografía burguesa entregada al extraño placer de la lectura [censo donde yo me inscribo]. Qué notas grandiosas para elaborar el decorado de un relato, qué significativas, literarias o líricas.

+ Recuerdo una película en tecnicolor donde el Capitán Nemo interpretaba Tocata y fuga en Re menor de Bach. Un anzuelo que me lleva a la infancia, pero no regreso y la música suspendida flota en el ambiente, en el trazo del párrafo anterior.

+ Del libro sobre la mirada fotográfica he extraído una conseja: la importancia de hacerse con un archivo de fotos que reflejen nuestro gusto o que lo construyan [¿no cabe la posibilidad de se trate de lo mismo?]. Sin habérmelo propuesto, he acopiado ocho fotos en el escritorio del ordenador, que no deja de ser una pequeña y significativa colección. El censo es el siguiente: dos fotos de Stravinsky [de las que hablé un poco más arriba]; una del tenista Fred Perry; un paisaje de Madrid desde una azotea, claramente modificado mediante filtros que hacen que la escena tienda al amarillo intenso y africano;  una pequeña isla en el Danubio donde se ha montado una peculiar cabaña; dos fotografías de coches que yo mismo he disparado y que tienen relación con mi ámbito laboral, pero que no se traducen en identificaciones y ni en renuncias. Ahora pienso en el conjunto y en los sentidos posibles, veo que me manifiestan una cercanía a una idea de paisaje que me remite a lecturas y viajes, a desplazamientos y películas que ya no recuerdo, conversaciones perdidas el tiempo. La conseja habla más de la personalidad y sus tendencias que de la realidad fotográfica, o así yo lo interpreto porque las interpretaciones son siempre interesadas y mi interés hoy está en la definición de mis tendencias fotográficas [que se atestiguan en el desarrollo que alcanza a este diario, la imágenes que se van insertando semanalmente] y que tienen a una suerte de autobiografía interesada en detalles menores, vacío y descontextualizados. Una suerte de emboscadura, un alejamiento de la definición y de la identidad. Volveré al libro para comprobar que los consejos son consejos y se toman, se posan y terminan por olvidarse, aunque de ellos quede una niebla imperceptible pero condicionante.

+ Imagen: los colores, el contraste, el desenfoque que la cámara permite. Esas imágenes que me interesan y me definen, en ello indago, luego interpreto. Nada permanece.

sábado, 8 de agosto de 2020

Cartas a mi espectro

Caen
+ El último párrafo de la entrada anterior fue una mención a Leopardi encontrada en un libro de William Marx, Vie du lettre: hacer de la escritura de cartas el fin de una vida es un síntoma de locura. Dejaba una posible reflexión para un día posterior. El día posterior es este, cuando releo la cita y la sitúo en una cuadrícula de apetencias y deserciones. Las cartas han muerto, o son ya una arqueología. Nadie se dedica a la practica epistolar como la conocimos, con el rito de la caligrafía, la dirección, el sobre y el sello, la espera a la respuesta. Recuerdo, ahora, aquel placer del que hablaba Baudelaire que consistía en recibir una carta y posponer su apertura, como el estoico que retrasa en el punto álgido de la sed el vaso de agua para acrecentar el placer de beber. La locura de la que habla Leopardi yo la vi reflejada en diferentes biografías que ante mí se ofrecieron. La carta como dedicación vital absurda admite intercambios: la lectura, el deporte, el estudio, cuando estas actividades no tienen un correlato económico y se convierten en el único propósito de una vida. El dinero ayuda a entender muchas cosas, como piedra de toque para situación extrañas. He visto corredores profesionales, con dedicación plena, que no percibían remuneración alguna, salvo la recompensa sentimental que les aportaba su esforzada tarea. También, y en la misma línea, chicas que coleccionaban carreras universitarias pero sin iniciar nunca la vida laboral; estériles notas altísimas que son más un calvario que una satisfacción. ¿La lectura? Un vicio disfrazado de virtud que puede tener nefastas consecuencias porque la lectura es un fármaco: unas veces remedio, otras veneno. Yo sé bien de lo que hablo y con ello me identifico. Generalmente, creo, se persigue acopiar piezas de un soñado capital simbólico, que tal vez carezca de traducción, pero al mismo tiempo este crecimiento es dolor, porque se sabe de una inútil y alocada persecución que no conduce a ningún lugar. Finalmente, la materia de las novelas abunda en lo cotidiano y es más inquietante en el día a día que en el papel. El que lo probó lo sabe.

+ Continuan mis lecturas en torno al nacionalismo español, que es invisible en tantas y tantas ocasiones. Tratar de establecer una distancia no es fácil o, tal vez, resulte imposible, aunque no en mi caso. La balanza se compensa con la lectura sobre las guerras yugoeslavas, con los acuerdos y desacuerdos, con el tramo que va desde aquel tiempo de los años noventa hasta hoy, con todo lo que separa Yugoslavia de España, y, también, con las concomitancias. Eso trato de buscar, me digo, pero no lo encuentro. Lo sé: debería construirlo yo, construir un artefacto que me permitiese explicar las dudas que me asaltan, porque esas dudas no se relacionan tanto con el presente y el pasado como con las líneas de fuerza de las tendencia que nos lanzan hacia el futuro. ¿El estado-nación o las grandes corporaciones globales son las que ganarán la partida, nuestra filiación pasará de ser nacional a ser cibernética y ubicua, el documento de identidad como cuenta bancaria, cuenta de correo o perfil en las redes sociales? ¿Somos, ya, una IP? Yo sigo en el siglo XIX y en la definición de lo nacional mediante la constitución del sujeto colectivo que tan grato le resultaba al Romanticismo. La unión entre el rechazo a la razón como explicación última de las verdades más profundas del ser humano, la resurrección de la Edad Media [una construcción esquemática que se completa con la imaginación adecuada al momento y a los propósitos de los poetas, dramaturgo, novelistas y políticos], el relato nacional como fundación de la identidad a la que se debe sumar el ciudadano [qué papel tan importante asume la educación en su disfraz neutral y justo, pero que se desvanece según uno indaga, según uno avanza]. Las lecturas configuran un punto de vista variable, aunque, es cierto, tienda a una estabilidad cierta, no en un punto, sino en una zona de luz entre sombras, sombras que dejan atisbar las figuras sin distinguir los perfiles. Esta tarea es ardua, complicada y extenuante [tampoco hay para tanto, no se debe ser quejica, me digo en cuanto completo la frase], pero que aporta satisfacción y me ayuda a dar pasos en el camino de la investigación. Ese es el trabajo, el día a día, la construcción en la que me ocupo sin más orden que el yo me impongo [y creo que es estricto en su fundamento y en sus objetivos]. Vale.

+ Lunes en compañía de Mozart. He descubierto una emisora en línea que pone sin pausas música del W.A.M. No hay publicidad, no hay introducción, sólo música. Me acompaña y consigue que me centre en la tareas diarias que me he impuesto; también la pongo para dormir y el sueño resulta extrañamente profundo y reparador, por lo tanto me pregunto si el genio austriaco tiene poderes medicinales. La respuesta es irrelevante porque en el caso lo que cuenta es la creencia y el resultado de la misma, lo que se podría etiquetar como placebo. Es común admitir en lo diario amuletos y pequeños dioses protectores, dioses lares, así: creo que es una incorporación a divinidades menores que me ayudan a esquivar la melancolía y la tristeza que me asalta en tantas ocasiones, que soy capaz de atenuar pero no eliminar definitivamente. Me he habituado. La línea oscilante de la melodía me otorga una guía para acometer el día en sentido correcto: el trabajo y la ausencia de pensamiento más allá de los precisos para elevar el edificio que me propuesto construir con mis propias fuerzas. La investigación en marcha, la vida en curso.

+ «… la condición posmoderna no puede ser sino poshistórica y posmetafísica, aviso de una imagen del acabamiento.» Alfredo Saldaña.

+ No hay aventuras ni riesgos, al menos en apariencia. La vida se desarrolla en la celda y las obligaciones laborales. Una vida, en apariencia, plana, rutinaria, sin relieve. En apariencia, como acabo de decir. La vida interior es rica y variada, recoleta, lo íntimo se impone al tránsito diario y condiciona mi relación la actualidad, con el periodismo, con la espuma de los días devorada por la violencia de la marea de la historia. Una voluntad ciega, Schopenhauer, que se lanza hacia el futuro sin planes ni cálculos, me da la medida de las cosas, no la información que llega a mi orden y a mi poco interesante vida [y me pregunto yo qué importancia tiene la opinión de los otros cuando los objetivos se van alcanzado, cuando estos son móviles y permeables, cuando su espesor es el espesor deseado, en su confirmación o abatimiento].

+ Mi relato se ha fosilizado y el discurso resulta espeso, lo sé. Este es el tono de mi aislamiento: lectura, escritura y música. Densidad. Distancia y silencio. ¿Aislamiento, reclusión, voluntad?

+ La pandemia ha modificado mis hábitos, resulta ser una adaptación que funciona bien. El deporte, la lectura y el estudio son bloques que se desplazan en la cuadrícula diaria: tareas que se deben ejecutar con independencia del horario, pero siempre con una cierta rutina. La rutina nos salva, en la pandemia, en su ausencia. Qué bien lo sabían los monjes cuando distribuían con tanta inteligencia el día, con sus hitos bien marcados mediante la oración, que separaba el ocio del trabajo, la lectura del estudio. En ello estoy, en ello pienso.

+ Imagen: la noche, el azul intenso, la ventana iluminada, sugerencia que tiene a lo romántico como visión de lo cotidiano, una esfurmada tendencia.

sábado, 1 de agosto de 2020

Ensamblajes [Tower Block Spree River in Berlin Friedrichshain]

Spree River

Spree River

Spree River


+ «… si nous savons que nous sommes les détecteurs de l’etre, nous savons aussi que nous n’en sommes pas les producteurs.» J.P. Sartre en Qu’est-ce que la littérature?

+ Una publicidad perdida en una perdida página electrónica me devuelve un edificio entrevisto en Berlín. Ya conocía el edificio en cuestión antes de viajar a Berlín, pero no sabía que se ubicaba en Berlín. Tiempo atrás me había llamado la atención por su aspecto estereotipado, verlo en Berlín fue un descubrimiento porque era incapaz de imaginar dónde estaba situado, lo que no deja de ser una característica del propio edificio: un no-lugar, ya que nada indica en él su filiación. Es un edificio peculiar pero, al mismo tiempo, carente de carácter, así que su imagen se adapta a diversas posibilidades y usos, pero en todas en las que lo he visto se ve enmarcado en un entorno financiero-económico. ¿Qué importancia tiene este pequeño detalle inserto en un fragmento minúsculo de la vida cotidiana? ¿Es una baliza en lo diario, en la confusión entre la representación y la vida cotidiana? Los elementos de la ciudad son variables en sus significados, apuntan verdades y construyen mentiras, se muestran como decorados operísticos o son contextos para el pensamiento y la reflexión, pero nunca en un sentido único ni determinado por quien los ideó y planificó. Al final, la ciudad es una obra colectiva que tiende al anonimato y a la abstracción. Las luchas de egos son una espuma que se disuelve en la marea del tiempo. Para los que nos hemos postulado en la observación poca sorpresa nos causan las batallas, las victorias y las derrotas, el final insatisfactorio de una guerra. Alcaldes, arquitectos o sociólogos tienen el mismo valor que los tenderos, albañiles o mendigos. Todos son intercambiables como son intercambiables los actores que interpretan, con mayor o menor maestría, su papel en la función. Lo que permanece es el papel teatral, el texto, pero nunca el actor en sí mismo, sin restar la necesaria destreza a los oficios, que irremediablemente se emboscan en los personajes. El edificio que me ocupa, ajeno a este uso publicitario, podría recuperar un halo de fantasía con el acento del arte narrativo o la bendición de la cámara fotográfica, de unos hábiles e hiperrealistas pinceles motivados por una niebla melancólica, pero, mientras, tal que actor, permanece a la espera de un rol más relevante que la simple ilustración de una posible venta, un probable negocio, quizá esa nueva vida no sea posible porque su materia es lo financiero sin huecos para la lírica o el Romanticismo, en su sentido más proximo a aquella realidad histórica.

+ Sí, en este momento, sí creo que hay lugar para lírica, para una romántica existencia.

+ Busqué en mi archivo y terminé por encontrar la imagen del edificio en cuestión [nunca dudé que la foto aparecería]. Cuando disparé, como dije, ya conocía del uso publicitario porque mi entidad bancaria en línea utilizaba su imagen para promocionar una hipoteca, dizque muy ventajosa. Lo recordé y emprendí la búsqueda, recordé el momento del disparo, recordé como recordé la publicidad hipotecaria, recordé que estábamos junto a unos restos del Muro de Berlín a la orilla del río Spree. Esta serie de eslabones se unían con una idea que yo había construido antes de viajar a Berlín. Hoy apareció su perfil, su geometría, su presencia un tanto vacua, un tanto ucrónica, un tanto versátil en su verosimilitud publicitaria y vacía. Dejaré la foto y su entorno en esta entrada de hoy para que quede constancia de cómo se hilan ciertas observaciones, su peso y la brisa que despliegan en lo diario, en lo cotidiano, en la rutina. Impersonal, high tech, elitista.

+ Hay otras fotos, son los aledaños del edificio. Se percibe con nitidez que se trata de un barrio que ha emprendido el tránsito de un punto a otro en el esquema de la ciudad, en su traza, en ese solaparse las secuencias arquitectónicas. Se transforma la ciudad desde lo que fue ayer hasta lo que quiere ser mañana [¿quién ejerce esa voluntad?, ¿los políticos, los arquitectos, los financieros?]. Se trata de ese movimiento que se ha venido a denominar gentrificación, palabra importada del inglés y que se podría traducir por aburguesamiento, aunque esta última no recoge algunos de los matices de la primera. La operación consiste en transformar un barrio humilde en un lugar acogedor y moderno [en el sentido etimológico que la etiqueta tiene: lo del día, lo más actual si cabe: modus (+) -ermus: el modo del día de hoy]. Algo muy siglo XXI, esa conjunción de tecnología, impostada bohemia [mobiliario, atuendo y costumbres] y dinero. Los aledaños del edificio dan testimonio de ese trabajo intestinal del ciudad, de la digestión, el crecimiento y la transformación. Pienso en ello porque lo mismo vimos en Londres o en Madrid, los barrios fabriles se convierten en apetecibles emplazamientos para la burguesía, barrios populares que son tomados por diseñadores y jóvenes profesionales, los márgenes de la ciudad en metamorfosis, de donde los antiguos moradores son expulsados mediante un alza de los precios, una expulsión que contiene un mensaje que debe ser leído con cuidado e interpretado con exactitud: la ciudad refleja el tiempo en el que vivimos: espejo del triunfo del capital, que interpreta en su beneficio toda realidad dada, aunque le resulte ajena o contraria: la digiere.

+ El buscador de imágenes en línea cuando introduzco el sintagma high tech arroja edificios más o menos ligados a una suerte de ciencia ficción construida en acero, hormigón y cristal. Escenario y escenas posibles. Películas y actores. Hay una acumulación de sugerencias que se mueren sin haber nacido.

+ [Lecturas]. No deja de ser esta entrada un excurso en relación a la tarea emprendida sobre las guerras de Yugoslavia. Se suma, ahora, a las lecturas extracurriculares Trilogía de la noches. La noche. El alba. El día de Elie Wiesel. Pero su reflejo quedará pendiente para las próximas semanas. Ya no puedo leer a Nietzsche, ahora no puedo; se ha detenido por la contundencia del efecto del libro de Elie Wiesel. Observo cómo se trenzan las tareas y las lecturas conforman una unidad, en ella cabe Nietzsche, pero hoy no es momento. También N. puede estar sometido a una inversión de valores: la voluntad de poder se debilita. Reposan los libros en sus estantes.

+ Regreso al edificio a la orilla del Spree. Me he dado cuenta de que siempre se muestra fuera de su ambiente, recortado contra el cielo, sin poder ver su base, la conexión con el suelo, con alguna otra parte de la ciudad [y qué bien lo recuerdo: con vistas al río, en un barrio en plena transformación, con la compañía de los restos del Muro de Berlín y la Sede de Mercedes Benz, con su enorme estrella rotatoria que tanto nos llamó la atención (…)]. Vuelvo sobre su desafío a la simetría y su inserción en lo que se espera de una vivienda de lujo acorde con los tiempos, con este siglo XXI que avanza sin descanso. El edificio posee algo de emblema que sintetiza las ansias de ciertos grupos sociales. El edificio conforma un rasgo de identidad que traspasa fronteras, por lo que se puede considerar, simultáneamente, un emblema de la globalización [he hecho búsquedas de imágenes y aparece en los más diversos e insospechados países: de la India a Italia, de Italia a Japón, de Japón a Rusia]. Finalmente, no deja de ser una baliza en la ciudad que resulta aliento de deseos y esperanzas. Por esto, representa tan bien el espíritu de la globalización: es intercambiable y siempre transmite el mismo mensaje: seguridad, capacidad constructiva y éxito ante desafíos estructurales, todo lo que necesitas tener asegurado cuando contratas una hipoteca [por ejemplo]. Su calidad de pieza clave se refleja en su encaje múltiple

+ Por último, y fuera del tema, una mención a Leopardi encontrada en un libro de William Marx, Vie du lettre: hacer de la escritura de cartas el fin de una vida es un síntoma de locura. Para reflexionar. Quede para otro día. 

+ Imagen: una vista del edificio, dos fotos de los aledaños. Tres ilustraciones del asunto del día que se desvanece.