sábado, 8 de agosto de 2020

Cartas a mi espectro

Caen
+ El último párrafo de la entrada anterior fue una mención a Leopardi encontrada en un libro de William Marx, Vie du lettre: hacer de la escritura de cartas el fin de una vida es un síntoma de locura. Dejaba una posible reflexión para un día posterior. El día posterior es este, cuando releo la cita y la sitúo en una cuadrícula de apetencias y deserciones. Las cartas han muerto, o son ya una arqueología. Nadie se dedica a la practica epistolar como la conocimos, con el rito de la caligrafía, la dirección, el sobre y el sello, la espera a la respuesta. Recuerdo, ahora, aquel placer del que hablaba Baudelaire que consistía en recibir una carta y posponer su apertura, como el estoico que retrasa en el punto álgido de la sed el vaso de agua para acrecentar el placer de beber. La locura de la que habla Leopardi yo la vi reflejada en diferentes biografías que ante mí se ofrecieron. La carta como dedicación vital absurda admite intercambios: la lectura, el deporte, el estudio, cuando estas actividades no tienen un correlato económico y se convierten en el único propósito de una vida. El dinero ayuda a entender muchas cosas, como piedra de toque para situación extrañas. He visto corredores profesionales, con dedicación plena, que no percibían remuneración alguna, salvo la recompensa sentimental que les aportaba su esforzada tarea. También, y en la misma línea, chicas que coleccionaban carreras universitarias pero sin iniciar nunca la vida laboral; estériles notas altísimas que son más un calvario que una satisfacción. ¿La lectura? Un vicio disfrazado de virtud que puede tener nefastas consecuencias porque la lectura es un fármaco: unas veces remedio, otras veneno. Yo sé bien de lo que hablo y con ello me identifico. Generalmente, creo, se persigue acopiar piezas de un soñado capital simbólico, que tal vez carezca de traducción, pero al mismo tiempo este crecimiento es dolor, porque se sabe de una inútil y alocada persecución que no conduce a ningún lugar. Finalmente, la materia de las novelas abunda en lo cotidiano y es más inquietante en el día a día que en el papel. El que lo probó lo sabe.

+ Continuan mis lecturas en torno al nacionalismo español, que es invisible en tantas y tantas ocasiones. Tratar de establecer una distancia no es fácil o, tal vez, resulte imposible, aunque no en mi caso. La balanza se compensa con la lectura sobre las guerras yugoeslavas, con los acuerdos y desacuerdos, con el tramo que va desde aquel tiempo de los años noventa hasta hoy, con todo lo que separa Yugoslavia de España, y, también, con las concomitancias. Eso trato de buscar, me digo, pero no lo encuentro. Lo sé: debería construirlo yo, construir un artefacto que me permitiese explicar las dudas que me asaltan, porque esas dudas no se relacionan tanto con el presente y el pasado como con las líneas de fuerza de las tendencia que nos lanzan hacia el futuro. ¿El estado-nación o las grandes corporaciones globales son las que ganarán la partida, nuestra filiación pasará de ser nacional a ser cibernética y ubicua, el documento de identidad como cuenta bancaria, cuenta de correo o perfil en las redes sociales? ¿Somos, ya, una IP? Yo sigo en el siglo XIX y en la definición de lo nacional mediante la constitución del sujeto colectivo que tan grato le resultaba al Romanticismo. La unión entre el rechazo a la razón como explicación última de las verdades más profundas del ser humano, la resurrección de la Edad Media [una construcción esquemática que se completa con la imaginación adecuada al momento y a los propósitos de los poetas, dramaturgo, novelistas y políticos], el relato nacional como fundación de la identidad a la que se debe sumar el ciudadano [qué papel tan importante asume la educación en su disfraz neutral y justo, pero que se desvanece según uno indaga, según uno avanza]. Las lecturas configuran un punto de vista variable, aunque, es cierto, tienda a una estabilidad cierta, no en un punto, sino en una zona de luz entre sombras, sombras que dejan atisbar las figuras sin distinguir los perfiles. Esta tarea es ardua, complicada y extenuante [tampoco hay para tanto, no se debe ser quejica, me digo en cuanto completo la frase], pero que aporta satisfacción y me ayuda a dar pasos en el camino de la investigación. Ese es el trabajo, el día a día, la construcción en la que me ocupo sin más orden que el yo me impongo [y creo que es estricto en su fundamento y en sus objetivos]. Vale.

+ Lunes en compañía de Mozart. He descubierto una emisora en línea que pone sin pausas música del W.A.M. No hay publicidad, no hay introducción, sólo música. Me acompaña y consigue que me centre en la tareas diarias que me he impuesto; también la pongo para dormir y el sueño resulta extrañamente profundo y reparador, por lo tanto me pregunto si el genio austriaco tiene poderes medicinales. La respuesta es irrelevante porque en el caso lo que cuenta es la creencia y el resultado de la misma, lo que se podría etiquetar como placebo. Es común admitir en lo diario amuletos y pequeños dioses protectores, dioses lares, así: creo que es una incorporación a divinidades menores que me ayudan a esquivar la melancolía y la tristeza que me asalta en tantas ocasiones, que soy capaz de atenuar pero no eliminar definitivamente. Me he habituado. La línea oscilante de la melodía me otorga una guía para acometer el día en sentido correcto: el trabajo y la ausencia de pensamiento más allá de los precisos para elevar el edificio que me propuesto construir con mis propias fuerzas. La investigación en marcha, la vida en curso.

+ «… la condición posmoderna no puede ser sino poshistórica y posmetafísica, aviso de una imagen del acabamiento.» Alfredo Saldaña.

+ No hay aventuras ni riesgos, al menos en apariencia. La vida se desarrolla en la celda y las obligaciones laborales. Una vida, en apariencia, plana, rutinaria, sin relieve. En apariencia, como acabo de decir. La vida interior es rica y variada, recoleta, lo íntimo se impone al tránsito diario y condiciona mi relación la actualidad, con el periodismo, con la espuma de los días devorada por la violencia de la marea de la historia. Una voluntad ciega, Schopenhauer, que se lanza hacia el futuro sin planes ni cálculos, me da la medida de las cosas, no la información que llega a mi orden y a mi poco interesante vida [y me pregunto yo qué importancia tiene la opinión de los otros cuando los objetivos se van alcanzado, cuando estos son móviles y permeables, cuando su espesor es el espesor deseado, en su confirmación o abatimiento].

+ Mi relato se ha fosilizado y el discurso resulta espeso, lo sé. Este es el tono de mi aislamiento: lectura, escritura y música. Densidad. Distancia y silencio. ¿Aislamiento, reclusión, voluntad?

+ La pandemia ha modificado mis hábitos, resulta ser una adaptación que funciona bien. El deporte, la lectura y el estudio son bloques que se desplazan en la cuadrícula diaria: tareas que se deben ejecutar con independencia del horario, pero siempre con una cierta rutina. La rutina nos salva, en la pandemia, en su ausencia. Qué bien lo sabían los monjes cuando distribuían con tanta inteligencia el día, con sus hitos bien marcados mediante la oración, que separaba el ocio del trabajo, la lectura del estudio. En ello estoy, en ello pienso.

+ Imagen: la noche, el azul intenso, la ventana iluminada, sugerencia que tiene a lo romántico como visión de lo cotidiano, una esfurmada tendencia.

sábado, 1 de agosto de 2020

Ensamblajes [Tower Block Spree River in Berlin Friedrichshain]

Spree River

Spree River

Spree River


+ «… si nous savons que nous sommes les détecteurs de l’etre, nous savons aussi que nous n’en sommes pas les producteurs.» J.P. Sartre en Qu’est-ce que la littérature?

+ Una publicidad perdida en una perdida página electrónica me devuelve un edificio entrevisto en Berlín. Ya conocía el edificio en cuestión antes de viajar a Berlín, pero no sabía que se ubicaba en Berlín. Tiempo atrás me había llamado la atención por su aspecto estereotipado, verlo en Berlín fue un descubrimiento porque era incapaz de imaginar dónde estaba situado, lo que no deja de ser una característica del propio edificio: un no-lugar, ya que nada indica en él su filiación. Es un edificio peculiar pero, al mismo tiempo, carente de carácter, así que su imagen se adapta a diversas posibilidades y usos, pero en todas en las que lo he visto se ve enmarcado en un entorno financiero-económico. ¿Qué importancia tiene este pequeño detalle inserto en un fragmento minúsculo de la vida cotidiana? ¿Es una baliza en lo diario, en la confusión entre la representación y la vida cotidiana? Los elementos de la ciudad son variables en sus significados, apuntan verdades y construyen mentiras, se muestran como decorados operísticos o son contextos para el pensamiento y la reflexión, pero nunca en un sentido único ni determinado por quien los ideó y planificó. Al final, la ciudad es una obra colectiva que tiende al anonimato y a la abstracción. Las luchas de egos son una espuma que se disuelve en la marea del tiempo. Para los que nos hemos postulado en la observación poca sorpresa nos causan las batallas, las victorias y las derrotas, el final insatisfactorio de una guerra. Alcaldes, arquitectos o sociólogos tienen el mismo valor que los tenderos, albañiles o mendigos. Todos son intercambiables como son intercambiables los actores que interpretan, con mayor o menor maestría, su papel en la función. Lo que permanece es el papel teatral, el texto, pero nunca el actor en sí mismo, sin restar la necesaria destreza a los oficios, que irremediablemente se emboscan en los personajes. El edificio que me ocupa, ajeno a este uso publicitario, podría recuperar un halo de fantasía con el acento del arte narrativo o la bendición de la cámara fotográfica, de unos hábiles e hiperrealistas pinceles motivados por una niebla melancólica, pero, mientras, tal que actor, permanece a la espera de un rol más relevante que la simple ilustración de una posible venta, un probable negocio, quizá esa nueva vida no sea posible porque su materia es lo financiero sin huecos para la lírica o el Romanticismo, en su sentido más proximo a aquella realidad histórica.

+ Sí, en este momento, sí creo que hay lugar para lírica, para una romántica existencia.

+ Busqué en mi archivo y terminé por encontrar la imagen del edificio en cuestión [nunca dudé que la foto aparecería]. Cuando disparé, como dije, ya conocía del uso publicitario porque mi entidad bancaria en línea utilizaba su imagen para promocionar una hipoteca, dizque muy ventajosa. Lo recordé y emprendí la búsqueda, recordé el momento del disparo, recordé como recordé la publicidad hipotecaria, recordé que estábamos junto a unos restos del Muro de Berlín a la orilla del río Spree. Esta serie de eslabones se unían con una idea que yo había construido antes de viajar a Berlín. Hoy apareció su perfil, su geometría, su presencia un tanto vacua, un tanto ucrónica, un tanto versátil en su verosimilitud publicitaria y vacía. Dejaré la foto y su entorno en esta entrada de hoy para que quede constancia de cómo se hilan ciertas observaciones, su peso y la brisa que despliegan en lo diario, en lo cotidiano, en la rutina. Impersonal, high tech, elitista.

+ Hay otras fotos, son los aledaños del edificio. Se percibe con nitidez que se trata de un barrio que ha emprendido el tránsito de un punto a otro en el esquema de la ciudad, en su traza, en ese solaparse las secuencias arquitectónicas. Se transforma la ciudad desde lo que fue ayer hasta lo que quiere ser mañana [¿quién ejerce esa voluntad?, ¿los políticos, los arquitectos, los financieros?]. Se trata de ese movimiento que se ha venido a denominar gentrificación, palabra importada del inglés y que se podría traducir por aburguesamiento, aunque esta última no recoge algunos de los matices de la primera. La operación consiste en transformar un barrio humilde en un lugar acogedor y moderno [en el sentido etimológico que la etiqueta tiene: lo del día, lo más actual si cabe: modus (+) -ermus: el modo del día de hoy]. Algo muy siglo XXI, esa conjunción de tecnología, impostada bohemia [mobiliario, atuendo y costumbres] y dinero. Los aledaños del edificio dan testimonio de ese trabajo intestinal del ciudad, de la digestión, el crecimiento y la transformación. Pienso en ello porque lo mismo vimos en Londres o en Madrid, los barrios fabriles se convierten en apetecibles emplazamientos para la burguesía, barrios populares que son tomados por diseñadores y jóvenes profesionales, los márgenes de la ciudad en metamorfosis, de donde los antiguos moradores son expulsados mediante un alza de los precios, una expulsión que contiene un mensaje que debe ser leído con cuidado e interpretado con exactitud: la ciudad refleja el tiempo en el que vivimos: espejo del triunfo del capital, que interpreta en su beneficio toda realidad dada, aunque le resulte ajena o contraria: la digiere.

+ El buscador de imágenes en línea cuando introduzco el sintagma high tech arroja edificios más o menos ligados a una suerte de ciencia ficción construida en acero, hormigón y cristal. Escenario y escenas posibles. Películas y actores. Hay una acumulación de sugerencias que se mueren sin haber nacido.

+ [Lecturas]. No deja de ser esta entrada un excurso en relación a la tarea emprendida sobre las guerras de Yugoslavia. Se suma, ahora, a las lecturas extracurriculares Trilogía de la noches. La noche. El alba. El día de Elie Wiesel. Pero su reflejo quedará pendiente para las próximas semanas. Ya no puedo leer a Nietzsche, ahora no puedo; se ha detenido por la contundencia del efecto del libro de Elie Wiesel. Observo cómo se trenzan las tareas y las lecturas conforman una unidad, en ella cabe Nietzsche, pero hoy no es momento. También N. puede estar sometido a una inversión de valores: la voluntad de poder se debilita. Reposan los libros en sus estantes.

+ Regreso al edificio a la orilla del Spree. Me he dado cuenta de que siempre se muestra fuera de su ambiente, recortado contra el cielo, sin poder ver su base, la conexión con el suelo, con alguna otra parte de la ciudad [y qué bien lo recuerdo: con vistas al río, en un barrio en plena transformación, con la compañía de los restos del Muro de Berlín y la Sede de Mercedes Benz, con su enorme estrella rotatoria que tanto nos llamó la atención (…)]. Vuelvo sobre su desafío a la simetría y su inserción en lo que se espera de una vivienda de lujo acorde con los tiempos, con este siglo XXI que avanza sin descanso. El edificio posee algo de emblema que sintetiza las ansias de ciertos grupos sociales. El edificio conforma un rasgo de identidad que traspasa fronteras, por lo que se puede considerar, simultáneamente, un emblema de la globalización [he hecho búsquedas de imágenes y aparece en los más diversos e insospechados países: de la India a Italia, de Italia a Japón, de Japón a Rusia]. Finalmente, no deja de ser una baliza en la ciudad que resulta aliento de deseos y esperanzas. Por esto, representa tan bien el espíritu de la globalización: es intercambiable y siempre transmite el mismo mensaje: seguridad, capacidad constructiva y éxito ante desafíos estructurales, todo lo que necesitas tener asegurado cuando contratas una hipoteca [por ejemplo]. Su calidad de pieza clave se refleja en su encaje múltiple

+ Por último, y fuera del tema, una mención a Leopardi encontrada en un libro de William Marx, Vie du lettre: hacer de la escritura de cartas el fin de una vida es un síntoma de locura. Para reflexionar. Quede para otro día. 

+ Imagen: una vista del edificio, dos fotos de los aledaños. Tres ilustraciones del asunto del día que se desvanece.

sábado, 25 de julio de 2020

Nostalgia del invierno

Tarde

Hojas

Noche

+ El viernes a última hora de la tarde, cuando un velo anaranjado recubre el paisaje y el calor no cesa, es entonces, en este momento, cuando disparo mi pequeño teléfono móvil sobre la ría, que más que ría se diría lago. Ese engaño que la fotografía me permite revela una ausencia en el recorte sobre lo real, en su inmensa amplitud falta la realidad y nunca podrá estar contenida en el disparo porque ella no se deja atrapara, la cámara esa capacidad no la tiene. ¿Las palabras? Las palabras y su orden o desorden, sí. Y ahí está la miseria  de la fotografía y, también, su grandeza. No es tiempo de detenerse con evaporadas reflexiones y continúo con mi trabajo, con las inspecciones y las fotografías que dan idea del estado de algunas obras, las pequeñas obras de fábrica. El trabajo y las fotografías que forman parte de él establecen un ámbito para clasificar y como toda taxonomía desvela profundas y dormidas características: la unidad, en ensamblaje, la distancia, la ruptura, la desigualdad […]. El calor aprieta y necesito beber agua, el agua aporta un grado de verdad que no se puede soslayar. Fotos, acotaciones de lo real que lo deforman en función de nuestros intereses. Envío la foto de la ría a tres personas y a un grupo, vuelan con rapidez y me puedo preguntar por las impresiones que la foto ha despertar o por la indiferencia, cualquiera de las dos, la presencia o la ausencia, tienen su propio significado, que, evanescentemente, a mí se me escapa ya, porque ya la foto no es mía sino de la más absoluta nada. La vibrante red de redes.

+ Las vidas leídas (bien en libros, en revistas o en periódicos, bien en la red) parecen funcionar a modo de ejemplos, como guías para tener una idea moral de la vida en toda la variedad inasible de momentos y oportunidades. Hoy pongo en el reproductor en línea, una vez más, Gaspar de la nuit, Ondine, lo interpreta Ivo Pogorelich. Busco al interprete en la red y ésta me arroja que estuvo casado con su profesora de piano durante dieciséis años, una mujer notablemente mayor que él, cierro la página. La posibilidad del amor más allá de las barreras que impone la edad u otras condiciones se transmite en forma de cuento fantástico en una página a la que llego mediante una foto del matrimonio. Hay una verdad incuestionable que no se alcanza a entender mediante los resortes de la reproducción porque el amor se eleva sobre esta magestuosamente, con la autoridad que concede lo construido sobre la roca. La esposa murió y el pianista se sumió en el silencio, acosado, él también, cómo no, por enfermedades dolorosas y persistentes. No hay moraleja, solo la imagen del triunfo del amor contra lo arbitrario biológico. Este es el emblema para este lunes: el pianista y su profesora, el amor y el envejecimiento y la muerte.

+ Franz Schubert Quinteto de cuerda en Do Mayor D. 956. Mientras conduzco suena la obra mencionada, me fijo con particular atención en el equilibrio entre los dos violonchelos, en su amplitud y lirismo. Las palabras no pueden recoger lo que transmiten los encajes entre los cinco instrumentos: los violines, los chelos y la viola. El paisaje se ve engrandecido y retorna otro mundo, un país sin determinaciones, una ensoñación más propia de un dilectante que de un trabajador en el filo de su jornada laboral. Son compatibles la obligación, el desplazamiento y un aliento poético en esta hora extraña de la tarde, la última hora de la tarde, que ya casi es noche. Se ensambla la perfección armónica con el recorte que los eucaliptos trazan sobre el cielo, un cielo que oscila entre el naranja desvaído y un azul lechoso por momentos, profundo al tiempo. Lo fugaz se manifiesta en el desarrollo del tema principal, pero yo me fijo en mi tarea: conducir. La música permite ilusiones que están vedadas a otras manifestaciones artísticas mucho más literales, mucho más tangibles. Es en esa abstracción donde me detengo y la música cesa. La jornada ha terminado, ha terminado satisfactoriamente. Schubert se desvanece en el oscuro horizonte. Muere el día.

+ Al hilo de lo anterior, Viaje de invierno. La fuerza de la voz humana es más sugestiva, más intensa, llega al fondo de la percepción una mirada a la posibilidad de una narración, pero desprovista de todo aquello que no es poesía. La poesía como ese reino que instaura tras el romanticismo, la lírica y el dominio y reinado del yo. Las variantes se corresponden con los matices que ofrecen las facetas del día, sus afanes. En ellos descanso y en ellos me elevo. Dejo de escribir para que la música y la palabra se fundan en esta mañana calurosa de julio. Nostalgia del invierno.

+ «La “verdad poética” no necesariamente debe ser referencial. La verdad y la mentira son categorías pertenecientes al ámbito del conocimiento científico, no al de la literatura», cita que resume una cierta idea de Luzán en su Poética, tomado de un artículo de José Checa Beltrán.

+ No puedo leer y escuchar el Viaje de invierno al mismo tiempo, la concentración para las dos actividades es muy exigente y no tengo yo esa capacidad de disgregación. La obligación ahora mismo es la lectura, postergo el Viaje de invierno. El día y sus afanes, el día y las tareas a las que nos obligamos es lo que da sentido a la rutinaria sucesión de los días, a la fluida corriente de hechos y trabajos alcanzados. El día sigue su curso.

+ He comenzado otra vez Justicia para Serbia después de leer las última páginas por segunda vez. Hay algo que me intriga e incomoda, pero que resulta atrayente. El libro tiene un tono al que me siento cercano, pero la duda que plantea es especular: yo también dudo de la tesis del libro, sobre todo cuando me enteré de que P. H. visitó a Milošević en la cárcel. La perplejidad anega la lectura, el resultado se debe esperar y entre una cosa y la otra tomo notas, leves notas, pero condicionadas por lecturas académicas sobre el tema, un tema que quizá no interese tanto, o no interesa una posible y aproximada verdad, un texto que hable de la incoherencia del relato periodístico y la contrapartida en la literatura y en la historia. Son razones que fructifican en el caluroso día de julio y que conducen hacia el desasosiego vespertino: luces marcadas de los pilotos de los coches y motos, el recorte de las montañas contra el cielo que se dirige hacia la profundad oscura de la noche, las parejas que salen a pasear, la quietud de la isla en un lateral de la ría, los cuervos, la intensa luz de un proyector sobre la glorieta, páginas de instrucciones y olvidos meditados. Por un inexplicable sortilegio, desde el Festival de Granada, desde Radio Clásica, en directo, suena el Viaje de invierno, ¿hay una conjunción, una conexión tal vez? Regreso a Justicia para Serbia, mientras la música me traslada a un paisaje nevado e infinito. Me gustaría tener un interlocutor interesado en este mi tema del día [que enraíza años atrás, quizás desde el origen: la proclamación de La guerra de los diez días], pero no lo encuentro, lo busco pero no lo encuentro y sé que ese es el camino hacia la escritura, lo sé y lo rechazo [salvo por estas escuetas notas sin demasiado interés, salvo para mi particular adiestramiento].

+ ¿El tema no es otro que el nacionalismo, en todas sus particulares variantes?

+ Espero con ansia el disco que he encargado a Inglaterra. Viaje de invierno. Tardará unas semanas y la espera tiene algo de erótico, en la ilusión de escuchar cada una de sus partes en los desplazamientos diarios, en las excursiones con C. hacia tres o cuatro puntos de la provincia. Son pequeños placeres, baratos y excelsos.

+ Imagen: como muchas otras veces, la esperanza puesta en la yuxtaposición: la tarde, las hojas de yedra en el inicio del invierno y la noche, la noche en la ciudad, de la que queda constancia mediante el esbozo incierto de las luces de los coches, semáforos y publicidad retroiluminada, conjuntos de selección aleatoria.

sábado, 18 de julio de 2020

El Yo-Observador

Sombra


+ Empiezo a leer Justicia para Serbia. Me gusta el tono narrativo, la parsimonia, el detalle y la conexión con lo cotidiano. No he percibido por el momento nada que me perturbe, pero está tras de mí esa idea que el libro contiene, que pertenece a las noticas previas sobre él. En ello trabajo, yo soy un objeto de observación en el camino hacia el núcleo de la polémica. Lo sé, los Balcanes, sus guerras, la fragmentación de Yugoslavia se ha convertido en un tema, un interés que venía desde muchos años atrás: quizá desde los años noventa, cuando yo percibía el horror mediante el tamiz de la prensa, las televisiones y las fotos. Siempre estuvo en un segundo plano y hace unos días, como ya dije en una entrada anterior, emergieron las sospechas desde un pasado remoto, para mi desarrollo biográfico, muy remoto. Le lectura del libro de P. Handke me inquieta, como si esperase una justificación de la atrocidad. La polémica sobre el genocidio late tras cada página superada, pero debo juzgar por mí mismo, aunque ello lleva alcanzar un estado móvil y ausente, donde solo la lectura puede suplir a la experiencia.

+ Tanteo la lectura de Territorio Comanche de Pérez Reverte. Se trata de tener una idea más allá de lo superficial y tocar lo que ha sido un éxito de ventas es penetrar en la idea general, en la configuración de un contexto que nos atañe como generación pero también como ciudadanos y como hombres. Rechazar lo popular por popular es tan erróneo como tomarlo por válido.

+ Porque el tema en su cumbre no es otro que el nacionalismo. ¿La cuestión europea? Europa también, Europa y su papel, Europa y su misión

+ ¿Tienen importancia las anécdotas frente al discurso de la historia, el discurso que hemos elegido como central en el desarrollo de una investigación, siempre dispuestos a desplazarlo si la necesidad lo exige? La anécdota da color y resulta verosímil, convincente, pero se revela como una trampa para el entendimiento o la construcción del entendimiento. La fuerza del yo lo viví se opone la debilidad del yo lo leí. ¿Qué escogemos, dónde situamos nuestro interés? Con la certeza de la imposibilidad de acierto incuestionable, dejamos las dos posiciones a un lado y continuamos con la lectura pausada y distanciada de todo aquello que entendemos que puede contribuir a la construcción de un teatro móvil. Un contexto y el cuestionamiento del contexto. En este ámbito se incluye el libro de Pérez Reverte, la anécdota como piedra de toque, pero, también, es necesaria su contribución a un estado de cosas. La cuestión permanece y sobre ella se eleva la maldad del ser humano guiada por la codicia, reflejo de la voluntad de reproducción. Ay, ¿podría dejar esto a un lado, el dolor que me causa? No, no puedo, pero confío en que el tránsito por esta senda me hará más viejo, menos crédulo, más centrado en el perfil que adopto desde la lejanía. Quiero recuperar mi posición de observador, la altura del vigía, la necesidad del que olvida que es humano.

+ Estoy leyendo, como ya dije, La fábrica de fronteras. Es sábado, la temperaturas son altas y me encuentro con una cierta nostalgia propia de estos días pandémicos. La nostalgia es el deseo de regresar a la patria, el nostos, pero en mi caso, desconozco dónde está esa mi patria, incluso dudo si ha existido alguna vez. ¿Es el deseo de regresar a una situación anterior, una realidad que no se vea comprometida por el contagio? No lo sé, me he asentado en esta rutina que se ordena en el trabajo por la tarde, en el desenlace vespertino de las tareas programadas, en la llegada a la cama con cansancio, un levantarse relativamente madrugador, la lectura, el estudio, el ejercicio. Toda la salud pasa por la rutina constato, pero una leve enfermedad del alma me acecha. Leve porque sé que la superaré sin mayores consecuencias que un incremento del escepticismo propio del observador, pero con un dolor punzante carente de sentido. La lectura de la Fábrica de fronteras se une a una lista pendiente, que traza una temática sobre las guerras en la ya extinta Yugoslavia, las guerras de los años noventa, pero el asunto rebasa el propio libro y los adyacentes. Recuerdo ahora, mientras escribo en el ordenador y de fondo suena un archivo continuo con oleaje, la visita al campo de concentración de Sachsenhausen, hace casi dos años; en esta línea se sitúan estas lecturas, un todo que se alimenta de intuiciones y tanteos, que, yo creo, se dirigen por un camino correcto, hacia la determinación del mal. El mal, qué palabra, pero con una correlación que no se puede omitir. El ansia y la codicia, el odio y la crueldad, la vulgaridad y la estupidez. Todo ello se une y nos arroja a un abismo insondable. La lectura es poca cosa si se compara con la urgencia de lo real, de la multiplicidad de lo real, pero otra cosa no tenemos, otras experiencias no alcanzamos. A veces la lectura se me asemeja a la oración. En ello estoy. Vale.

+ Mirroirs de Ravel, en la mañana del lunes. Comienza a subir la temperatura. Tras las elecciones siento ese asombro ante las declaraciones de los políticos y ante las opiniones de los periodistas. Me siento más cómodo en la distancia que la historia otorga. No veo sentido a las explicaciones, salvo que medie la separación de los hechos que el paso del tiempo da. Me envían un análisis del porqué de los éxitos y los fracasos, lo dejo a un lado. Sigue el desarrollo de los espejos. Otra vez, me quedo en el lado de los observadores y no sé si he participado del proceso o no. Sigo con la investigación, continúo con las lecturas al margen, dejo que la mañana consolide mi tendencia a la inacción. ¿Soy culpable? ¿Se trata de la culpa y la inocencia, o es, más bien, un problema de insatisfacción congénita?

+ ¿He encontrado una traducción para flamboyant? ¿Bombastíco? Encontramos la palabra C. y yo el sábado pasado en Caminha, en una valla publicitaria. Le di vueltas y al llegar a casa la busqué en el diccionario español [tantas coincidencias insospechadas hay]. [Drae] Bombástico= adj. Dicho del lenguaje: Hinchado, campanudo o grandilocuente, sobre todo cuando la ocasión no lo justifica. No se corresponde con exactitud, porque yo creo que ese matiz peyorativo en inglés no lo hay, tampoco en francés, porque su campo semántica se inclina hacia lo llamativo, colorista, extravagante; sin embargo, veo un punto de conexión entre lo uno y lo otro. En portugués sí aparece la acepción extravagante, que se remite al estilo ampuloso del médico suizo Bombast von Hohenheim, es decir: Paracelso; a ello se suma: pomposo, estilo oscuro, estruendoso [en el Diccionario da Língua Portuguesa, Porto, Porto editoria, 1998, 8ª ed.].

+ Acabo de terminar mis ejercicios físicos diarios. El deporte es una medicina, sin duda. Tras la ducha, después de dos llamadas telefónicas de trabajo, con la comida en la mesa a punto, veo la vida de otra manera. Necesito las rutinas, necesito el ejercicio. Tengo presente a Fr. Luis de León en la cárcel vallisoletana, sus lecturas y sus apuntes; un espejo en el que mirarse. No hay lugar para la queja.

+ Ayer quería leer antes de dormir, pero resultó imposible, el sueño me venció. Pesadamente caí, un pozo profundo que conducía a una claridad límpida, de prados y arroyos, fuentes y pájaros cantores. El Renacimiento, la flor esmaltada, la trama de los trabajos y los días. El sueño es un resumen de lo vivido, una digestión que se resuelve en el expulsar lo tóxico. Soñé con el Ogro en dos ocasiones pero su rostro había desaparecido, una cabeza donde los rasgos ya no estaban: un difuminado tan pictórico como inquietante. Salí de aquella trampa y regresé al locus amoenus y la conjunción de la música y el paisaje iluminaron el descanso. Hoy es miércoles y el tema de la guerra y el nacionalismo está enfrente de mí, en la estantería, deberá esperar al fin de semana, poco falta.

+ Imagen: la sombra, son mis manos, es mi pequeña cámara, pero ya no soy yo .

sábado, 11 de julio de 2020

La Cara Oculta

Lo cotidiano quedradizo


+ Bresson-Kertész, el ejercicio se retoma por la vía de la inversión. ¿Qué nos disgusta de ambos fotógrafos?

+ No he escrito nada sobre el binomio B-K, pero permanece presente a lo largo del día. Reflexiono mientras conduzco. Trato de lleva a cabo eso que se denomina disparar sin cámara, tan engañoso [pues hacer fotos está mucho más alejado de la falsa impresión que otorga ver algo y creer que plasmarlo es tan sólo un disparo, pues lo falso radica en la ausencia esa intuición o puntería certera, un instante que marca la diferencia]. En eso estoy cuando me desplazo hacia el tajo, no es un pensamiento que se establezca de una manera constante, pero sí con un cierto ritmo intermitente. Ritmo, la clave de lo diario, que se pude llamar también rutina. Lo cotidiano y la rutina y el rescate del instante preciso: ahí está la grandeza de las fotos. Mi reflexión llega a ese punto de apartar lo estético y dejarse llevar por lo taxonómico: qué importan los criterios de belleza si lo que nos interesa es clasificar las fotos de los aficionados, ver en ella el reflejo de una época en su propio y triunfal momento. El binomio B-K es ya arqueología y seguir esa senda en adentrarse en el pastiche; independientemente de la influencia que hayan podido tener, hoy están en la sala del museo con la etiqueta siglo xx, y nosotros ya estamos en el xxi, donde las imágenes son plenamente digitales contra esas imágenes donde la química es perceptible y condicionante. Los puntos de unión y de separación entre ambos fotógrafos se manifiestan en un plano temporal que es historia de la fotografía. Me gusta ese mundo perdido y sin existencia fuera del libro, el enmarcado o el museo. En ello me centro, lo que hoy vemos como actual habrá de sumarse en esos compartimentos, como la rejilla donde se van depositando los minerales, las plantas o la mariposas; un hueco perfecto en la exposición que muestra el discurrir temporal. Hoy las fotos de B-K son imposibles, a no ser que se hagan por contraposición o inversión del momento presente.

+ La radio del coche del trabajo se estropea y debo transitar las carreteras con la única compañía del rumor del motor. En un primer momento resulta desagradable, dada mi costumbre de escuchar Radio Clásica, pero conforme se asienta la circunstancia hay algo que crece: el silencio y mi respiración. Se une lo uno a lo otro y forma un arco que va desde el paisaje hasta la reflexión sobre los últimos tiempos, el tiempo del Ogro. Lo he dibujado con precisión mientras las montañas permanecen serenamente lejanas, las nubes se elevan y un ave rapiña se confunde con el vuelo de las hojas de algún roble. Su rostro hinchado, su voz marcadamente estentórea, el atuendo cuidado y pasado de moda, que revierte en una concepción de la vida muy desagradable: el macho que se afirma contra las mujeres, contra la totalidad de las mujeres, pues él a pesar de los pesares es superior y no puede tolerar indisciplinas. Hoy es una sombra en el pasado, un monstruo que se hunde en el cieno, pero ha causado mucho daño y todavía vibra su maldad en los sueños de C. Su disolución en la niebla del olvido nos hará mejores, lo sé pero todavía hay que esperar. El viernes me arreglaron la radio y regresó la música: largas sesiones de música española, entre la zarzuela y el piano. Sin noticias del Ogro.

+ Lo que nos disgusta de B-K no son sus fotos, que nos agradan, sino la estela: enmarcados cursis, portadas de libros, imágenes para campañas publicitarias. Algo similar sucede con la música, con qué violencia han destrozado a Vivaldi las campañas publicitarias, dónde han roto su unidad para utilizar espuriamente el fragmento adecuado a la clip. B-K son inmortales porque están muertos, porque se han fosilizado y transmiten una idea se sensibilidad y anestesia propia de los tiempos de la hipervelocidad y el tubocapitalismo, donde la finalidad del comercio filtra lo que en otro tiempo fue vida y celebración de la vida, bien con serenidad, bien con recogimiento. Todo muere; el tiempo, el gran tirano.

+ «Los acontecimientos más grandes - no son nuestras horas más estruendosas, sino las más silenciosas», Nietzsche, Así habló Zaratustra, «De los grandes acontecimientos»

+ El rumor de la guerra. Es otro tema que se abre o que lleva abierto desde hace tiempo. NO sé mucho sobre las guerras de la antigua Yugoslavia en los años noventa, poca cosa. Casi sin saber por qué se ha convertido en un tema necesario, pero tiene un arranque, sin duda tiene un arranque. Hace unos días, mientras conducía, en la radio entrevistaban a Gervasio Sánchez. Detuve el coche y comencé a escucharlo con atención. Lo sé, ese interés estaba dormido y se despertó sobresaltado. El relato resulta estremecedor, recordé lo lejana que me parecían aquellas guerras, las preocupaciones laborales nuestras del momento, la resaca de la Barcelona Olímpica, éramos un país en la modernidad. Hoy ya no estoy tan seguro. Sé que los acontecimientos históricos es mejor verlos bajo el prisma del historiador, pasado el tiempo, cuando ya a nadie le interesan y esa ganancia que se obtiene tiene un cambio ventajoso sobre el espesor indefinido del presente. La construcción de relatos tiene sus reglas y uno se debe adiestrar para descubrir quién las infringe. En eso estoy. Hoy, sin mucha gana, he cogido en la biblioteca, después de devolver el libro de Cristina Morales, Lectura fácil, Justicia para Serbia de P. Handke. También espero La fábrica de las fronteras: Guerras de Secesión yugoslavas de Francisco Veiga Rodríguez. Se construye, se trabaja, se desmonta y nunca se llega a tener una idea en su perfección, sino esbozos que nos ayudan a dudar, que es lo que permanece: la duda.

+ Así, el ejercicio se ha detenido Bresson-Kertész, pero queda en el aire una foto de Bresson que realizó durante los tumultos del mayo del 68. Una paisaje, unos árboles colocados con maestría en el encuadre, el blanco y negro, la majestad de los mismos árboles, ajenos a los vaivenes de la historias, al ir y venir de los humanos afanes. ¿Daba cuenta de la revolución aquel disponerse aquellos árboles? Ahora estoy en otro mundo, en otro espacio de crueldad y odio, de nacionalismo y barbarie. Los árboles permanecen en su jerarquía, en su dignidad, yo sigo el camino del esbozo y la improvisación, pero llego a la meta, intento llegar a la meta. Hoy cierro el ordenador con la inquietante certeza del guerra y la barbarie, el genocidio, el sombrío relato de los hechos y su doble, que habita entre nosotros: el mal.

+ Un inicio, simplemente: un incipit.

+ Imagen: un recorte de una foto, se marca el pixel, se matizan las figuras, que no se identifican, que no es posible identificar: ¿son dos mujeres o es una mujer y un maniquí, son dos maniquís? En resumen: todo está a punto de quebrarse, pero no se quiebra y permaneceen  una estática serenidad que solo es posible en el ámbito de lo fotográfico.

sábado, 4 de julio de 2020

Estilo frío


Estilo frío = aquel que carece de expresiones que interesen al lector, como que nace de la esterilidad del autor. (Prontuario de retórica y poética, extractado de los mejores autores nacionales y extranjeros por un antiguo profesor de estos ramos, 1839).

+ Ejercicio de estilo = Redacción: ¿en qué se parecen y se diferencian las fotos de Bresson y Kertész?

+ Un nuevo tema, la novela Lectura fácil de Cristina Morales. Y cita la autora a García-Calvo: «Y dejar de hablar de la Realidad con mayúscula y pasar a hablar de la realidad en minúscula.» Luego yo atrapo una cita de su novela: «la ideología de la retórica, la del dominio a través del discurso.» Una suma de indicios se concentra en el vértice de la mañana, cuando recibo una llamada que termina por desconcentrarme y como un martillo se repite la cita: retórica-discurso-dominio-discurso. Los cuatro puntos cardinales del día, y entre ellos disputa la batalle dialéctica. No hay margen para la negociación, pero la negociación, en un segundo plano, condiciona el diálogo. Yo no voy a ceder, pero escucho pacientemente y termino con un no rotundo, sin posibilidad de respuesta. No me gusta, pero la contundente negativa es necesaria, no hay margen. El espesor del discurso de la novela de C.M. y la conversación gira sobre sí misma para regresar al punto de partida.

+ Hay un deseo patente de estar en un mundo nuevo post-pandémico, pero esto resulta tan discutible como lejano. La pandemia no ha pasado ni nos dejará nunca. Se ha convertido en un motivo periodístico, hasta que decrezca o se diluya totalmente su interés. Conozco bien su articulación: un punto fijo, la búsqueda de referentes y la obsesión, la reiteración y el aburrimiento. Son los asuntos que encauza el periodismo y se reproducen en la calle, parecen responder a un deseo y crean una realidad, al menos una tendencia que no termina de cuajar y se desvanece. Todo ello lo veremos al cabo de cinco años y con cierta distancia quizá podamos evaluar qué ha pasado, a qué ha dado lugar la nueva situación, si es que hay tal nueva situación. Los pronósticos por su propia naturaleza tienen al error, los diagnósticos sobre el presente desde el presente siguen el mismo camino.

+ Puntos de conexión: el ejercicio de estilo Bresson-Kertész. [Notas] 1. Ambos son hombres blancos que hacen fotos en blanco y negro. 2. Ambos fundan una estética que llega hasta nuestros días y tiene gran predicamento en ese género que es el suplemento dominical. Podríamos seguir contando obvias regularidades en ambos fotógrafos, la suma de todas nos daría algo muy próximo a lo tópico, lo que podemos esperar y no nos molesta. Creo, sin duda, que a día de hoy las fotos en blanco y negro son una manera de falsear la realidad. Desde este presupuesto veo las fotos, tan estilizadas como alejadas de la idea de siglo que tengo ahora mismo (por el influjo de novelas de lectura en curso como por visitas a lugares de la red que me muestran un camino que quizá no se llegue a culminar).

+ «…la diferencia entre un culebrón de sobremesa y Madame Bovary está en el genio de Flaubert, en cómo nos cuenta esa historia». Silvia Querini, editora. Ya lo sabíamos pero la cita hoy nos lo ha recordado, la diferencia es Flaubert. SIn duda. ¿El autor, su sombra, su maestría o la conjunción de un haz de necesidades narrativas?

+ Llegó la nitidez extrema: el coche del trabajo se queda sin radio, el silencio sumado al rumor o zumbido del motor resalta la calidad aérea de la ruta. Pienso en la palabra cliente y luego la busco en diccionario: proviene de cliens, -entis = vasallo. Los Ogros se han transformado en El Tío Miserias y la Tía Vinagre, por ensalmo. Los personajes sufren una metamorfosis pero el principio rector se mantiene. Los Ogros se han descompuesto, Los Ogros son parte del pasado, una vez saldada su deuda. Lo nítido se impone sobre la niebla. Muere el día, nace la noche.

+ Imagen: la imagen se relaciona con el punto donde hablo muy por encima del ejercicio de estilo Bresson-Kertész. Lo mío es el color, con un teléfono móvil y el motivo un garaje, en tanto que no-lugar. Busqué intencionadamente una composición armoniosa y un reflejo en el espejo curvado que no retratase al fotógrafo (es decir, a mí mismo en mi mismidad fotográfica). El resultado a la vista está: desentenderme de las fotos como portadoras de belleza y dejarme llevar a la foto como registro biográfico muy tenue [todos los días voy al garaje y en él me veo retratado, el reflejo en su particular geometría, en sus colores y en la sugerente acumulación de suciedades que trazan el tránsito diario]. ¿Dónde está el punto de conexión? También yo caigo en este individualismo vanidoso que es el disparo, una sola persona ve y ofrece, pero, también, el camino es el mismo: el desvanecimiento, la disolución. En pocas palabras: estilo frío.

sábado, 27 de junio de 2020

Series y reiteraciones

Wall

+  El viaje no termina con el regreso, sino que se extiende en el tiempo, se embosca y, un día, renace. Su renacimiento viene dado por la nostalgia o la chispa que enciende una canción. Hoy, mientras corría, como todos los días, una canción de David Bowie me devolvió un Berlín en el que estuve pero no vi, no llegue a ver en ese sentido que evoca la canción de D.B. Se trata de arquitecturas insertas en un urbanismo de amplia avenidas donde los edificios de viviendas, tan solo cuatro pisos, se disponen simétricamente, las calzadas separadas por las vías del tram, y una perspectiva que no deja de invitar a la melancolía, a las patrias perdidas antes de alcanzarlas. Sonido electrónico, reiterativo, monótono, un palacio en los pliegues de la memoria, un palacio en ruinas deudor de ese espíritu de raíz romántica que nos invade, en el recuerdo, en la arqueología de lo propio. Así, repito, el viaje no termina con el regreso.

+ ¿Volveremos a Berlín?

+ El invierno de Vivaldi. La foto de Nietzsche de un artículo pendiente. Las dos y veinte de la mañana. Entrevista en línea, palabras, sentencias, un modo de vida, otro modo de vida. El desacuerdo. Plegarias atendidas. Vivaldi ha sufrido un desgaste inmerecido. Sigo con Bach. Instrumentos de época. ¿Qué es un poema? Avanza hacia el silencio, me dice. Hoy me cuentan una historia, me conmueve, pero la vida sigue. Su vida, sus padres muertos con diferencia de cinco meses. La vida sigue. La casa debe mantenerse en pie, lo primordial es el arreglo del tejado. Las dos y veinticinco. Vivaldi llega desde otra parte de la noche, un tiempo en suspenso. Persiste la idea de superficie y distancia, de separación entre lo humano y la delgada capa de realidad que me acoge. Delgado y delicado tienen el mismo origen, pienso en ello. La tarde fue luminosa, pero nada queda de ella. Un escritor de 55 años ha muerto hoy. Los violines. El reloj. El teléfono. Comidas familiares, palabras, regalos, risas, postre, vino, champán. El sábado como meta semanal, pero así la vida se va y no regresa. La chacona  de Bach. Un violín solo, en el interregno que no deja de ser el ordenador. El tiempo, el ordenador lo eleva. Casi las tres. Mañana es sábado.

+ Entre el viernes y el sábado dormí poco, los sueños fueron profundos y, en el despertar, se dibujó una línea de lucidez que me impedía leer. Leer. Debería darme un descanso, cesar en este vicio sin apariencia de vicio, aunque yo sepa de su verdadera naturaleza. Elegir entre la vida y el recogimiento, la alegría vital del sol y la cueva recogida y silenciosa, oscura y húmeda. Ay, el conjunto de oscuridades donde se dan las posibilidades de un paisaje sin fronteras ni propietarios. La semana discurrió en armonía y con fluido entretenimiento, ese tránsito donde no se repara en el discurrir de las horas, los minutos, los segundos. La certeza de que somos, sustancialmente, tiempo. No me entristece, no me alegra, lo doy por hecho como doy por hecho la calidad del aire que respiro [las enfermedades ponen de manifiesto la consecución de nuestro organismo, subraya el órgano o la función afectada, así el fluyo temporal no deja de ser salud en su más exacta definición]. Hoy iré a la biblioteca, a buscar el libro de Cristina Morales, tanto tiempo esperado, luego en el olvido y elevado por un correo electrónico y una llamada desde la Biblioteca Pública. Sigo con mi adicción, la necesidad de poseer lo que no admite propietarios, pero en lo paradójico me sitúo y me defino. Vale.

+ Una mentira torpe, la voz suficiente, la cara hinchada y rojiza. Viste de negro, su descuidado cabello está mojado, las manos son grandes y amoratadas. Me dice que vive en el edificio de enfrente y tiene tres hijos. Baja la mirada. Me pide dinero y yo no tengo dinero en este momento [llegado a un punto, todo lo pago con tarjeta]. Le digo que lo siento y cierro la puerta. La mentira flota, pero no es una mentira, se trata de una estrategia, un detalle para la ternura, para que aflore la compasión. Los bancos también lo hacen con sus publicidades sobre lo fuertes que nos hará pandemia, lo unidos que vamos a estar o cómo saldremos todos juntos de esto. Lo del banco me parece peor, porque lo del banco sí que es mentira. Me tiro en el diván, leo y no me concentro. No puedo dejar de pensar en ella, pero el zumbido que provoca se desvanece paulatinamente. Regreso y debo escribir. Escribir. Queda constancia del momento, del instante en la mañana de domingo. Ella no es culpable, yo no soy culpable, tampoco la brutalidad del vino barato es culpable.

+ La indagación en Nietzsche resalta la contradicción de mis acercamientos. Posturas que me resultan realmente desagradables, pero se matizan en posteriores reflexiones, la imposibilidad de una comprensión total. Me centro en la prosa y dejo a un lado las detestables conexiones que no deseo establecer. No me siento culpable, ya nunca me siento culpable (?), al contrario: intento integrar lo contradictorio en el esquema diario. Lo repito: no me parece una virtud la coherencia, el cambio es la señal. La señal no de la cruz sino de la permanencia dentro del cambio. Así, regreso a la paradoja. La permanencia del cambio. Cierro el ordenado y vuelvo al libro de Fernando Savater,  Idea de Nietzsche. E la nave va.

+ Nietzsche y Nápoles. Nápoles. Siempre regreso a Nápoles cuando lo deseo: cae la noche y ahí está el Decumano Mayor. ¿Volveremos a Nápoles, volveremos al San Carlo? ¿Volveremos? Las preguntas se cierran en su propio espesor, el tiempo.

+ «Es significativo que el acortamiento de los plazos postales no sólo no haya conducido a una intensificación de esta forma de comunicación, sino que por el contrario haya favorecido la decadencia del arte de escribir cartas.», Gadamer en Verdad y método. ¿Qué decir, pues, de nuestro presente, donde la carta postal ha desparecido casi en su totalidad? ¿La ha suplantado el correo electrónico, el microblogging o la mensajería instantánea? A saber, sólo el tiempo nos dará perspectiva que explique este presente, cuando ya sea pasado, un explicación con su particular y necesaria caducidad.

+ En la radio un pianista destaca la influencia sobre él ha tenido la idea de piano que pertenece a Grigori Sokolov. Se ilumina entonces el concierto al que asistimos suyo, en el San Carlo en Nápoles. Hay felices coincidencias que parecen dotar de sentido el flujo diario, un duende que atrapa en nuestro nombre la corriente continua y subterránea de una magia recién creada. Hemos alcanzado ese punto donde el rememorar los recuerdos se carga de sentido porque el sentido se lo hemos otorgado nosotros, con una sólida coherencia.

+ [Resurge el final del concierto de G. S en su apoteosis romántica, tan física, tan espiritual, tan contradictoria y acertada, tanto trabajo, después de tres horas no se inmunta y le cuesta saludar al enfervorecido publico napolitano].

+ Imagen: la textura de la pared tiene algo pictórico, una pintura netamente contextualizada en los años cincuenta del siglo XX, otra rememoración de un tiempo que ni nos pertenece ni nos perteneció, pero hacemos nuestro en el propio disparo.

sábado, 20 de junio de 2020

Retorno (-s)

3ventanas


+  «… la repugnante brusquedad del veneno europeo, el alcohol», Nietzsche en  La gaya ciencia.

+ La imagen que se ha consolidado es la de una extensa superficie espejada sobre la que se eleva una construcción de humo, el espejo es la naturaleza, el humo las construcciones humanas. Las construcciones humanas van desde las pirámides hasta el derecho, la diplomacia o la música sinfónica, la literatura o el amor. Solo se trata de resaltar la caducidad y la inconsistencia de la materia humana. Lo humano remite al humus, a la tierra, a su mortalidad, la tierra que ha de acoger, finalmente, toda creación humana. Es esta una herencia de los días del confinamiento. Ahora no soy capaz de cerrar esta sima, de volver a unir los territorios que conforman lo cotidiano, la vida ordinaria. ¿Es una tarea a lograr o, por el contrario, es  preferible dejar este hiato en permanente presencia? Lo sé, todo se disolverá en el curso de los días, los meses, los años, el curso del olvido.

+ ¿Naturaleza? ¿En el mismo plano: la mariposa que se confunde y entra en la galería, el giro de los astros, su evolución en el espacio, la composición y la textura de la piedra, la reproducción o la manifiesta superioridad del amor? ¿Un todo continuo o una cuadrícula impuesta?

+ Los diarios desplazamientos en automóvil representan, como lo hace un reloj de arena, el transcurrir del tiempo. A la misma hora, emprendo el camino hacia mi centro de trabajo. Hay algo que se repite y otro algo que es novedad. Siempre se ve orlado por la música que en modo aleatorio surge del Mp3 conectado al equipo de música del vehículo. En lo repetido se aprecian personas que, en paralelo, se dirigen o regresan de sus labores, la apertura de los concesionarios de coches, los bares y sus terrazas, la panadería o el vendedor de boletos de la Once, tan infatigable en su interminable jornada. Lo observo y me siento más observador que nunca, dentro de esa burbuja que es mi coche. En todo ello veo un distanciamiento, una distancia que es material y temporal, mi vida se cierra sobre sí misma y las obligaciones laborales me lanzan contra lo cotidiano. Me reconozco en la observación y la distancia y no soy quién para decir si es bueno o malo, ni siquiera si es adecuado medirlo en estos términos, porque hay un resto de determinismo que me impide valorar, mientras veo, anoto y olvido. El paisaje y su reflejo en el lienzo, eso me interesa como me interesa la anécdota que se ha transcrito, que es texto y se ha desprendido del que la escribió. Una invención, un tema, el paso del tiempo.

+ La melancolía se posa en las ramas del árbol, ese pájaro negro y esquivo. Insistente me muestra la calidad de la tarde y su correlación: la inexorable realidad: el camino que no se ha de volver a pisar. No importan sus sentencia, contra ellas se debe luchar mediante el silencio, sin permitir que sus deseos colmen la paz solar que se ha inaugurado. Ahí descansa, la distancia.

+ Archivos, carpetas, documentos. Textos que flotan en el ciberespacio, letras evaporadas, el consenso para lo válido y lo inválido. Me resulta vertiginoso, no pienso demasiado. Uso de la informática como uso del grifo del agua corriente, sin preguntarme por las canalizaciones, solo me interesa el agua, solo me interesa el texto. ¿Una boutade? La extensión de la paradoja.

+ «Todo conocimiento no se elabora en función de una urgencia práctica, como parecía afirmar la epistemología clásica, sino porque otros conocimientos le dieron la posibilidad del aparecer.» Gundez. Copio la cita en la línea de Foucault, cinta que ofrece Miguel Morey. La constitución del objeto se traduce en una operación creativa, así voy dando forma a una suerte de ideas que se conectan con intuiciones e indicios. Supongo que se debe en gran parte a que este es el momento adecuado, tras la experiencia y la acumulación de lecturas. Me acompaña desde hace mucho tiempo Foucault, me ha servido para dibujar un patrón, para indagar, dibujar una cartografía válida, con sus actualizaciones y correcciones. La «urgencia práctica» tiene mucho que ver con la situación de pandemia actual, con la poca utilidad que tiene la lectura, donde lo que para el cuerpo social ha servido es el conocimiento positivo. Pero, con todo, no hará esto que desistamos de nuestra particular aristocracia. No son venenos, tampoco remedios, es la vida en sí, el placer de la observación, la satisfacción del acierto. Arquitecturas, ingenierías, medicina y fármacos, la presión cierta del derecho, el bisturí de la psicología, nada de ello se opone a sí mismo. La burbuja nos ofrece una constitución sólida e inherente. Se descubre mientras se lee, mientras se escribe. Vale.

+ Imagen: tres ventanas, en el Museo ABC, Madrid.

sábado, 13 de junio de 2020

Adelgazamiento (-s)

Elvis


+ Se adelgaza un segmento de la realidad, el que se constituye como tiempo, digamos con una incierta incorrección, social. Restrinjo mi contacto con los otros o, mejor dicho, lo reduzco a un pequeño círculo. La relación con la prevención que requiere el virus determina este movimiento, pero, simultáneamente, era una tendencia que germinó hace tiempo. No soy capaz de saber si es positivo o negativo; sin embargo, no es el alejamiento o distancia una erupción espontánea. Al contrario, proviene de una larga reflexión y de un ejercitarse, el alcanzar una posición que protege lo nuclear del desarrollo diario. No sé, supongo que son cuestiones que se relación con la edad, con la tendencia que la edad impone, esa tendencia a la soledad que el envejecimiento trae consigo. Me refugio en la lectura como otros lo hacen en el alcohol.

+ Me parece que lo expresado en el párrafo anterior peca de solemnidad, de pedantería, de verbosidad innecesaria, aunque es así como me encuentro hoy viernes, quizá también sea así como soy yo.

+ Y en este viernes suena la Novena de Beethoven dirigida por Barenboim. Una especular tendencia me lleva a plantear paisajes donde solo hay oscuridad. Como si la perfección musical que nos ofrece Beethoven de la mano de Barenboim contrastase con la actualidad política y social. Entre los bulos y las mentiras discurre la actualidad, no es fácil discernir, pero si elevamos la mirada y en lugar de fijarnos en lo que se reduce a la circunstancia y lo caduco observamos lo que se eleva y determina lo sustantivo podemos ver que el problema es más que nada sistemático. ¿No hay solución? El perfeccionamiento se produce en un largo tiempo, imperceptible casi,  lentamente se producen los cambios y nunca son definitivos, las capas superpuestas que sostienen la vida están condicionado por la inestabilidad consustancial a su naturaleza.

+ La música se disuelve en el rumor de la mañana: gritos de niños, la percusión de una máquina perforadora, un timbre lejano. Espero al cartero, pero una comunicación en el correo electrónico me dice que no llegará hasta el lunes. Lecturas que deberán esperar. La acumulación de libros no difiere mucho de una adicción, principalmente en el absurdo que conlleva. ¿El lector, cuántos libros compra que nunca leerá? ¿Quién responde, quién pregunta? ¿Yo?

+ [La posverdad]. La palabra posverdad se incrusta en lo diario. El otro día un periodista decía que hablar de ‘nueva normalidad’ es un oxímoron. No estoy de acuerdo, porque las etiquetas condicionan, y quizá en esto que ha sido denominado ‘nueva normalidad’ esté el comienzo del siglo XXI, como el siglo XX comenzó con la I Guerra Mundial. Para emitir juicios en un ámbito tan amplio se necesita reposo y distancia. La ‘nueva normalidad’ es una etiqueta inquietante que ha de engordar a costa de los sucesos, su peso y su valoración [según las verdades lógicas, ontológicas y judiciales]. La palabra posverdad nos puede servir de indicio, aunque solo sea temporalmente.

+ Conforme me sumerjo en el contexto del Renacimiento español adquiero una idea sobre el momento actual bien diferente a lo que los diarios me ofrecen, pero la idea no termina de cuajar debido a la dificultad de su expresión [otro trabajo pendiente, una carencia mía para sumar en una larga cuenta]. La clave consiste en tratar de establecer la mirada y el prejuicio renacentista enfocado a nuestro presente, en lugar de juzgar el Renacimiento con mirada de nuestro siglo, juzgaría nuestro siglo desde ese punto de vista que nunca podrá otear nuestra realidad. Una inversión más en un sistema de engranajes que trato de ensamblar. Se podría traducir, si esto fuese necesario, en que el juego de las lecturas tiende a la pluralidad, a la adaptación, a los momentos y los deseos. Mi deseo es observar lo actual desde diversos prismas, y este solo sería uno más, entre los que voy construyendo o ensamblando los engranajes. En definitiva, el rédito que me puede ofrecer el Renacimiento es establecer una distancia necesaria. Qué tiempo aquel, qué España aquella, me digo. El contraste con la que hoy habitamos en muy grande, grandísimo. Las personas morían muy jóvenes, se pasaba hambre, hambre y necesidad, frío, dolores innecesarios, como nos recordaba Foucault: la mayoría de las personas sabían que serían torturadas en algún momento de su vida, la vida de los niños era propiedad de sus padres, las mujeres no contaban nada. Pero también había luces, destellos que ha conservado la literatura, una vida cotidiana rica y vibrante. Nuestro mundo visto desde esta perspectiva causa una mayor perplejidad que la que pueda causar cualquier film de ciencia ficción. Los coches, nuestros teléfonos, la alimentación, el atuendo, el desplazamiento […], pero sobre todo ello deberíamos valorar especialmente  las maneras, el amor y la amistad, los derechos, la individualidad, el peso del individuo en la masa, la tecnología sanitaria que esquiva la muerte y el dolor. Ahora que ha terminado el confinamiento y hemos escuchado tantas cosas sobre lo insoportable que resultaba, me digo que tampoco era para tanto [mientras, claro está, no hubiese problemas económicos, problemas que persisten y persistirán], que la queja era gratuita, que todo se ha desvanecido y se recuerda como se recuerda un sueño. Suena Tomás Luis de Victoria y pienso en los cuatro años de reclusión de Fr. Luis de León en Valladolid, ¿qué podemos entender bajo esa luz de la prisión, cómo podemos explicar el confinamiento? Regreso, una vez más, a la lectura, encuentro sugerencias pero no veo otra debilidad que la que me rodea. Nada va a cambiar, como bien apuntó en un primer momento Michel Houellebecq, todo será un poco peor.

+ Imagen: el busto en la tienda de antiguedades, ahora: dizque vintage. Como la hierática estatua del pasado que es, nos habla de todos los tiempos superados y su permanencia desde la mirada del presente. Lo recuerto y, quizá, él me recuerde; nos miramos fijamente y nos reconocimos.

sábado, 6 de junio de 2020

Ars longa, vita brevis

Burdeos


+ Al hilo con la declarada deuda con la obra de Paul B. Preciado en la entrada de la semana anterior, constato la acumulación de libros y el escaso tiempo del que dispongo. Pero eso es una obviedad que me lleve a plantearme un problema más auténtico: ¿no es, acaso, la lectura un suerte de fuga o un escondite, un sustituto o un sucedáneo de la vida verdadera (qué adjetivo)? La vida nunca deja de ser una construcción, consciente o inconsciente, programada o espontánea, y en ella se posibilita mediante la certeza y la determinación. La vida es breve, muy breve, y la tarea [porque la tarea es arte y el arte es tarea, sea cual sea su manifestación], esto ni es triste, ni invita a la felicidad, simplemente manifiesta nuestra naturaleza

+ Más o menos, con dos días de retraso, yo nací cien años después que Erik Satie. ¿Explica algo este dato? El asunto no creo que se trate de explicaciones, sino de una elección de balizas en la lírica de lo diario. En lugar de comportamientos agonístas, he buscado un punto de acuerdo, que me caracteriza. En este sentido, Erik Satie juega un papel ligado a ensoñaciones infantiles, que se resuelven en proyectos de viajes, vidas fantásticas o novelas nunca escritas que hunden sus raíces en Julio Verne, Oscar Wilde o en un tardío y decadente Marqués de Bradomín, en su Sonata de otoño. Creo que estas elecciones y en este ámbito entra E.S, la coincidencia de su nacimiento con la fecha del mío es una baliza más, una señal que indica lo que yo quiero que indique. Finalmente, recuerdo la calle de Honfleur, el paseo, las gallinas decorativas que compró C. para ella y para su prima. Algo quedó palpitando, que se resuelve en la música que ahora adorna mi estudio. Gymnopédies.

+ Alguien se pregunta: «¿quién es digno de tener una vida?». En su literalidad induce a un debate, en la realidad de la boutade nos remite a la posibilidad de una biografía. La biografía como construcción narrativa es un género que nos caracteriza particularmente, al biógrafo, al biografiado y al lector de la biografía. Nunca deja de ser la biografía una suerte de esqueje de las vidas de santos, con sus particulares configuraciones: la mala vida, la conversión, los milagros, el ascenso a los cielos.

+ No soporto las versiones jazz de la obra de Bach, me ponen especialmente nervioso: ¿vergüenza ajena? No creo que sea el término adecuado, pero sí está en esa línea.

+ Constructores de violines que nos revelan sus secretos, pero ¿cuáles son sus secretos, cuál es su secreto? El pensamiento vuela en sus palabras con liberada prontitud. Su reflejo en lo diario es extraño. Certezas y habilidades. La destreza en la expresión se materializa siempre que la temática se domina, cuando no resulta ser  así algo se transparenta, esa incapacidad para trenzar el fluir discursivo. No puedo dejar de comparar las palabras del luthier con lo que ayer oía en la radio sobre economía, crisis y empleo. El dominio sobre lo expresado y el vacío de la improvisación. El secreto es la unión entre vida y trabajo, la tarea y su resultado. Indudablemente, esto es posible porque todo ello se desarrolla en un claustro extremadamente impenetrable: la música culta, la construcción de sus instrumentos, la relación entre el constructor y el músico, que este último ignora también los arcanos del constructor. Pero, con todo, resulta tangible, pues su conversación y sus palabras resaltan un trabajo que resiste nuestra mirada.  En el otro extremo, la predicción y la mancia, hábilmente expuesta, pero discutible y lejana.

+ Imagen: las sombras de los árboles sobre el río, el fluir y la inconsistencia de la sombra. Burdeos.

sábado, 30 de mayo de 2020

Algunos restos por recoger


Berín-Río

+ Son habituales en estos días las reflexiones sobre la pandemia y el encierro. Yo he escogido ya una opinión que me parece definitiva, y que creo que el tiempo habrá de confirmar. Se trata de lo que dijo Michel Houellebecq hace unas semanas. “Todo seguirá igual, pero un poco peor”. En la misma línea, ayer, mientras conducía, pude escuchar a Saváter opinar sobre lo que dijo sobre Slavoj Žižek, que se puede resumir en que es un bobo como filósofo y un genio como publicista. Estoy de acuerdo. Finalmente, Saváter se aproximaba a la idea de Houellebecq: nada cambiará ni llevará a la reflexión a aquellos que ni reflexionaban ni tenían interés en algún tipo de pensamiento crítico antes de la pandemia. Los vectores continuan cruzándose en mi camino. Me enviaron un libro de infausto título y desagradable portada: Sopa de Wuhan, repasé los artículos por el aire. En primer lugar el de Slavoj Žižek, que abandoné muy pronto, pues ese paso a un amable comunismo no me parece ni verosímil ni probable ni, tampoco, deseable; quizá, me dije, se trate de una confusión entre el deseo y la realidad o una apresurada versión de un discurso mantenido a lo largo del tiempo o parte de su estrategia teatral, tan rentable y productiva. Llegué al final de libro y me detuve en el artículo de Paul B.  Preciado [el / la filósofo /a - filósofx]. Todavía tengo el pdf abierto y continuaré con la lectura. Las conexiones con Foucault siempre me interesan y la obra de P. B. P. es una tarea pendiente [me lo recuerdo sin mucha esperanza, tanto que leer, tan poco tiempo], una desiderata abierta [por ejemplo, Un apartamento en Urano]. Me interesó su punto de vista, en especial el subrayado sobre el tránsito de una cultura escrita a una oralidad electrónica. Yo había percibido esta metamorfosis pero no había concretado su espesor, que ahora mismo me parece de una densidad superior a la que yo había estimado. ¿Podemos hablar del regreso de una retórica de la actio? No me cabe la menor duda cuando veo a los predicadores de la alt-right lanzar sus proclamas tanto en Twitter como en YouTube, que son canales que frecuento. Me parece que la apreciación de P.B. P. es más que certera, llega al corazón de un cambio en la comunicación y en la pedagogía que no se puede negar a poco que uno se fije en el discurrir de las calles: el teléfono como extensión de la persona, un apéndice informativo y deformativo. Pero no se puede afirmar que se trata de una consecuencia de la pandemia, sino algo que estaba ya ahí y que, como mucho, esta crisis acelerará. En resumidas cuentas, todo seguirá como siempre, pero un poco peor. No lo duden.

+ Copio un fragmento de la Oda XII de Fr. Luis de León: «Dichoso el que se mide, / Felipe, y de la vida el gozo bueno / a sí solo lo pide, / y mira como ajeno / aquello que no está dentro en su seno.»

+ Paul B. Preciado se manifestó públicamente contra el título Sopa de Wuhan y contra la foto se utiliza en la portada. A mí tampoco me gusta ni lo uno ni lo otro, no me gusta porque destila un simplificador racismo, próximo al que usaba aquel político que manifestaba mientras hacía abdominales que
«los anticuerpos españoles derrotarán al maldito virus chino». No dejan estas posiciones, bien por el interés de mercadotecnia, bien por el interés propagandístico, de esparcir una suerte de superstición que consiste en personificar al virus, en darle apariencia de vertebrado con intenciones, deseos y estrategias, cuando lo único a lo que asistimos es a esa voluntad ciega de la naturaleza, tan voluntariosa como resulta ser la ley de gravedad universal.  La lluvia cae en función de la física, no de proyectos, porque los proyectos son privativos del ser humano. Vaya, por un lado racismo, por otro reducción a lo manejable desde la óptica de lo descriptible en simplificadores términos infantiles; seguiremos con la indagación.

+ Durante la Semana Santa, cuando permanecíamos confinados y solo funcionaban los servicios más esenciales, me dediqué a ver algunas óperas. Recuerdo con nostalgia aquel momento, aquellas noches donde entré en un mundo que, aunque no ajeno en su totalidad, me resultaba extraño. Regresé a Rouen, a la Ópera de Rouen, cuando C. y yo fuimos a ver El barbero de Sevilla. El punto de vista que otorga la ópera es muy útil en discurrir de los días si sometemos nuestra visión a ese ornamento en el decorado, en la trama y en la interpretación que allí percibimos. Lo operístico no deja de ser una manera de entender el mundo y, ahora, cuando ya no es comunicación si no arqueología, nos otorga visiones teatrales que reflejan muchas de las personalidades que nos vamos encontrando según nuestra propia trama argumental se desarrollas. Somos, sin duda, teatro y teatralización, en su caso extremo: la totalidad operística. Algún día volveremos, sin duda, en algún momento C. y yo volveremos a un gran auditorio para presenciar el milagro de la ópera: ¿el San Carlo en Nápoles? Todo un deseo por cumplir, un deseo que se fraguó en aquellas visiones nocturnas de La Traviata, Tosca de Puccini o el Falstaff de Verdi.

+ C. y yo paseamos. C. me recuerda cuando los dos fuimos al concierto de Juan Perro, en el inicio del año 2017 en Redondela. Me recuerda como Santiago Auserón habló de las letrillas de Góngora y cómo dijo que estas habían influido en la elaboración del disco que presentaba. He aquí una conexión, quien pude apreciar estas razones a mi lado va. Son puntos de apoyo del amor, puntos donde se hace cuerpo la afinidad, razones que surgen espontáneamente en el decurso de un paseo, un tranquilo paseo. Seguimos hablando y la tarde llegaba a su fin, quedó allí en suspenso la idea de las canciones, su semilla, el fruto que germina en cada abrazo, beso, en las manos, en los ojos.

+ Las genealogías surgen tras el ejercicio de la sospecha. Copio una cita de Nietzsche en una tarjeta que coloco entre los libros de lectura pendiente, tan próximos a mi lugar de descanso: «(160). No amamos ya bastante nuestro conocimiento tan pronto como lo comunicamos», en Mas allá del bien y del mal. La sospecha me aleja de opiniones que solo me aportan una toxicidad paralizante, no me desprendo de ella, poco a poco, sin perder el ritmo, me recojo en el conocimiento que trato de trabar. Todo aquello que me perturbe lo aparto con cuidado y sin violencia. La genealogía es el tema, no tanto el problema como su la historia de su problematización. En la senda de Foucault, en la senda de Nietzsche.

+ En una lectura de Foucault no se puede dejar a un lado que su padre era un eminente médico, tampoco sus enfrentamientos (que le llevó a desprenderse de su primer nombre y adoptar el segundo, Michel, elegido por su madre), mucho menos se debe obviar su filiación burguesa (recordemos el Jaguar en Uppsala, la casa familiar en Poitiers). Esto solo es un apunte, pero un apunte necesario. La familia de Flaubert era una familia de importantes médicos de Rouen, así pensemos en el papel de los médicos en Mme. Bovary. Ese sentido me interesa mucho, otra posible indagación, que quizá nunca mayor cumplimiento que la idea impresionista. Ay, la impresiones, las fallidas primeras impresiones.

+ Imagen: el emblema de un restaurante junto a un río del que ya no recuerdo su nombre. El detalle que conforma la rememoración de un recuerdo, los restos que nos hemos traido de la singladura.

sábado, 23 de mayo de 2020

Encierro (y 10)

Covid-19

+ La serie sobre el encierro se termina con una imagen retocada en extremo: el retoque se equipara con la distorsión. Vale.

sábado, 16 de mayo de 2020

Encierro (9)


Último vuelo hacia Madrid


+  El encierro comienza a ser menos encierro. Es la novena semana de esta situación y hay algo que se desvanece. Un algo que no se aprecia y esa falta de concreción es la llegada de la vida cotidiana [que es sobre lo que versará, en algún sentido, esta entrada en mi bitácora, en mi diario: ¿ha sido de otra manera alguna vez?].

+ El ordenador ha recuperado la totalidad de la pantalla. Yo había dado por perdido este fragmento rectangular de cuatro centímetros de ancho, había adaptado el procesador de texto a esta nueva disposición, pero ahora dispongo de la pantalla en su totalidad. No me causó perturbación cuando se averió y tampoco me causa alegría el súbito y espontáneo arreglo. Es más, pregunté por el precio de una posible reparación, que me pareció excesivo,

+ Días atrás pude comprobar que el motor de mi coche de trabajo no sufrió daño alguno a pesar de mi confusión con el combustible. Ambos errores o tropiezos, y su solución súbita y fuera de mi alcance, se unen en su alcance: soy yo y un reflejo, la suerte que siempre me acompaña y consigue que mi torpeza no tenga grandes consecuencias. ¿Creo en la suerte? No, pero hay gente que tiene suerte y gente que no tiene suerte, y considero que yo soy de los que tienen suerte. El ordenador y el coche del trabajo me indican la presencia de la Fortuna.

+ El ángel de la vergüenza. ¿Hay, realmente, un ángel de la vergüenza? El regreso del pasado nos acecha tras cada esquina, como un paseante nocturno que oye voces tras él, pasos lentos y pesados, luego: el silencio y el espesor de la noche. Nunca pasa nada. La vergüenza, ese alimento del insomnio, determina vidas y apaga milagros. No encuentro al guardián de nuestras certezas hoy que lo llamo desde el descanso de la lectura, de la hermenéutica de la vida. La vida como extensión de un pensamiento, ese instante que nos dio luz. No hay misterio en ese silencio solo roto por el tic-tac del reloj que preside mis lecturas, ante el ángel de la vergüenza.

+ «Lo que ya ha sido constituye el nexo con lo que será», Ranke.

+ Podría haber buscado el pequeño tomo Sobre los ángeles de Alberti, pero no lo hice y leí otro poema: Venus en ascensor. Indagar en el pasado aquello que fue lo ultimísimo y hoy es tan solo antiguo se convierte en una extraña tarea en la tarde del domingo, cuando el confinamiento o encierro se termina, o eso parece. El maniquí y su silueta, el paso de un piso a otro, con sus pinceladas y enfoques, una poesía que no se ahoga en la dispersión de la lectura, el lector que se difumina, el poeta que se desvanece. Queda el libro, el texto se reproduce como se interpreta la partitura, el tic-tac es el metrónomo de la muerte. La muerte, otra vez la muerte. Leo que dijo en algún momento que hay metáforas que se repiten en todas las culturas: el sueño como imagen de la muerte o el río como representación del fluir de la vida. ¿Qué podemos concluir? ¿Existen unos universales que magnifican una idea constante sobre vivir y morir? Ay, qué silencios me atenazan en esta conversación que mantengo con mi yo más pedante y soberbio [lo sé, necesito escucharlo con atención, pero es muy pesado].

+ En un piso inferior una niña se queja, llora y vuelve a llorar. Está con sus abuelos y eso no deja de ser una ruptura de las normas del confinamiento [¿todavía estamos confinados?]. Grita, eleva la voz y se crispa. Esta aburrida y yo me pregunto dónde están sus padres: en el trabajo, en otras ocupaciones de urgencia incuestionables, sumidos en la solución de problemas sin nombre. El sueño dibuja su cartografía difusa, pongo el sonido de las olas en el reproductor de la tablet y comienzo a conciliar mi transición desde la vigilia. Esa imagen de la muerte, esa posibilidad de otra vida. Duplicadas incertidumbres, el peso de lo vital en lo cotidiano.

+ ¿Cuánto tiempo empleé en estudiar lo cotidiano, en investigar los movimientos imperceptibles de lo común, sus maneras y gestos? Todo esto se ha desvanecido porque ya nadie se recuerda el everyday life. Porque lo normal ya no está. Se habla de que caminamos hacia una nueva normalidad y me planteo esta etiqueta como el remedo de una mala película apocalíptica. Nada cambiará, dijo en una entrevista Michel Houellebecq. Lo recuerdo y veo que un director de periódico ha copiado la declaración en su literalidad, pero no cita al autor. Incluso recoge la apostilla final: nada cambiará, todo será peor. El artículo habla de algo que es un tema recurrente en el escritor francés. La decadencia de Europa es un tránsito hacia un parque temático, hacia la industria del turismo que hunde sus pilares en el paisaje, la arquitectura y la gastronomía. Uno de los polos de mi estudio sobre lo cotidiano se ha basado en esta premisa sobre el hundimiento de Europa [industria, agricultura, sociedad]. Así trataba yo de observar en nuestros viajes a Francia aquello que previamente había leído en H. Mi conclusión se acercaba mucho a la de H., y no me reconfortaba, aunque tampoco me causaba un especial estupor, algo que se debe en lo fundamental a mi condición de observador impasible. ¿Impasible? No sé a qué viene todo esto, si a mí me interesa lo cotidiano y lo cotidiano tardará mucho en regresar porque a la población se le ha entregado esa peligrosa herramientas que se llama desautomatización, eso que otorga bien el aburrimiento, bien la angustia. Y en eso estamos, en el final que es un nuevo principio [la niña se enfada otra vez, la niña se enfada mucho, la niña grita mucho, muchísimo; en consonancia están mis cascos de aislamiento: protecciones individuales para la salud auditiva de los trabajadores aeroportuarios].

+ Imagen: mi último vuelo hacia Madrid.

sábado, 9 de mayo de 2020

Encierro (8)

L'oiseau mort_Honfleur


+  Según se atisba una posibilidad de recuperar la libertad de movimiento se me planteo la posibilidad de la libertad interior. Cómo una persona se puede sobreponer al cautiverio con el recurso de su interioridad. Si lanzamos la vista hacia atrás y recuperamos una bibliografía de cautiverios provechosos, tanto literarios como sanitarios.

+ Repaso digital de viejos tomos: todo es tránsito. Los veo: algunos tienen rastros de sus propietarios: dibujos, notas, subrayados; estampaciones que han perdido el color; el amarillento tono del papel que tan bien se percibe en la copia digital. Es otra marca, una baliza que nos indica la constitución de la realidad: espacio y tiempo, el tiempo que devora la forma del espacio, de la materia. Insistir en ello no es una opción. Cierro el ordenador y siento la nostalgia propia de mi edad, una reflexión sobre el tiempo pasado. He encontrado un fármaco: recuerdo el torso de Rilke y en este torso se puede extraer la lección: con esto cuentas, el resto ya lo has perdido, «debes cambiar». Esa obligación de cambio resuena en toda la extensión del día y ella regreso en no pocas ocasiones. La

+ Dice Sophie Calle en Le Monde: mi vida es un material de trabajo [artístico]. Sin duda. Finalmente, si escribo, sea sobre lo que sea, siempre escribo sobre mí. Con el tiempo he dado con ciertas claves de mi estilo. Hay cosas que me gustan  y cosas que me disgustan, pero me resulta imposible cambiar. Se trata de una serie de ocultamientos y circunloquios, una suerte de falta compromiso que se agazapa en intrincados arabescos. De las almas de los tibios está empedrado el camino del infierno. Me reconozco en ello. Esta confesión al plasmarse en la pantalla del ordenador me devuelve una suerte medicina, como resulta ser el torso que utiliza Rilke para mostrarnos una característica esencial del paso del tiempo. Lo fragmentario se impone sobre una idea de conjunto y la biografía nunca puede ir más allá de una interpretación. Se tarda mucho en aprender esto, yo al menos he tardado mucho. Pero ese estilo mío que tanto amo y tanto me solivianta soy yo. Mi vida es un material de trabajo, lo suscribo.

+ Esa manía mía por el tiempo, por la finitud, la muerte. Son claves que me acercan a un poética que podríamos denominar romántica o decadente. Al mismo tiempo, es un rasgo propio de mi época, porque si soy lo que soy es porque vivo en este presente. Un presente amplio que arranca a principios de los años ochenta del siglo pasado y todavía me condiciona. El tiempo, cuándo me acecha me hago cargo de mi propia mismidad. Yo no descubro nada, pero sé leer.

+ ¿Este tono confesional está relacionado con el confinamiento o se de trata de un ansia de perfección o redención? Debo ganar en seguridad, me digo, y al momento me pregunto cuál es el objetivo de esa seguridad. Nos dejamos llevar en demasiadas ocasiones por los marcos mentales impuestos, que organizan nuestra vida e ilusiones. Me preparo para el estudio y sé que es un acierto, una elección que se enraíza en mis creencias y certezas [no muchas, pero sí solidas, fruto de años de reflexión, interrogaciones y selecciones]. El tono confesional se funda en un sentido de la disciplina que me lleva a observar tareas, horarios y compromisos. ¿La debilidad o la duda? Sí, ahí están pero no dejan de ser compensaciones, contrapesos. Me resisto a centrar todo el esfuerzo en la redención, porque lo entiendo más como un fármaco que como penitencia. Fármaco en su doble sentido griego: remedio y alucinógeno. Cada momento, su sentido.

+ Vuelvo a Erik Satie, regreso a Normandía. Veo, otra vez, un pequeño reportaje sobre David Hockey. D. H. tiene una casa en Normandía y la pandemia lo cogió allí mientras trabajaba sobre flores y plantas. La foto principal lo toma en su esplendor, entregado al trabajo. Pienso en sus cuadros vistos cara a cara. La conexión es importante. La conexión con el paisaje normando y con el pintor.  Erik Satie se desliza en el estudio, llega Honfleur y cierto aroma de mar y viento. Sinestesias que imprimen al día un acento lírico, donde se expande nuestra mismidad. Brilla el sol y en las Gymnopédies es refleja lo vivo y lo muerto, lo que todavía no ha llegado, el presente amplio.

+ Llego a Ravel, Pavana por una infanta difunta. En la línea del apartado anterior, la recreación de una paisaje y sus sugerencias: novelas, cuentos, poemas, piezas literarias que nunca se escribirán. Descanso en esa promesa incumplida, una promesa solo me concierne a mí.

+ Imagen: L'oiseau mort.

sábado, 2 de mayo de 2020

Encierro (7)


Bordeaux


+  [Atolondramiento]: una confusión pone en peligro el coche del trabajo. Me siento culpable, pero esta alocada manera de ser es parte de mí como también lo es una apacible calma, una calma donde más yo me siento yo. El yo y sus precipicios, colinas, mesetas y desfiladeros. Investigaciones tardías, reencuentros, moderación.

+ Virtute duce comite fortuna [La Virtud como guía, la Fortuna como compañera]. Lo he encontrado en un libro de retórica del siglo XVI [1579]. El lema todavía es válido, y continuará siendo válido mientras haya vida humana sobre la tierra. El trabajo y el buen conducirse es una receta para el éxito, pero sin la ayuda de la Fortuna el éxito se pervierte. No es muy racional creer en la Fortuna, pero su compañía se presiente en muchas ocasiones. Yo me siento acompañado por la Fortuna, y mi guía la Virtud. Resta por definir tanto Fortuna como Virtud, pero es esta una tarea que no emprenderé hoy, tampoco mañana.

+ La clave mitológica me ayuda a comprender fenómenos de masas. Las estrellas de rock, los actores, los periodistas célebres. Todos ellos forman parte de un amplio Olimpo. Vicios, virtudes y el gobierno de la varia Fortuna.  Sus comportamientos se imitan, se amplifican o se diluyen en el tráfago diario, pero todos ellos conforman una narración sin fin, sin principio. In media res se desarrollan sus vidas que carecen de paralelo en la vida ordinaria. Me gusta observar y he alcanzado esa posición del observador, su diametral oposición al movimiento, el estatismo permite a la clave mitológica manifestarse. Observar.

+ Concierto en línea de Paul Weller en California. Veo el entorno y me confirma la tendencia a un territorio. No pocas veces soñé con un viaje o una larga estancia en California. Eucaliptos, sol y un rock añejo, reconcentrado en viejas Gibson, negras y pulidas por el uso, amplificadores de válvulas tan precisos como suaves, hermosamente humanos. P. W. evoluciona y cambia de guitarras, es el dueño del circo. Todo concierto tiene algo de circo. En ello me dejo ir y transito como el que no ha visto nada, pero lo sabe todo [el poeta es un fingidor]. ¿Iremos C. y yo a California? ¿Cuándo? No es un proyecto, no es un deseo, sólo una desiderata que, como la botella lanzada al mar, no nos compromete.

+ Atolondrado: que procede sin reflexión [Drae].

+ Repaso las entradas en este cuaderno y me doy cuenta de que las imágenes aquí albergadas están en un nivel superior a los textos. Ello me lleve a pensar que existe algún tipo de error en mi vocación, en mis vocaciones; al rato me corrijo y veo que no se trata ya de vocaciones. Esa estampa de destino escrito y sin posibilidad de apertura quedó ya atrás. Recuerdo el torso de Rilke y en el descanso. Cuántas cosas he perdido, qué permanece. Qué material es este con el que debo trabajar. Las fotos son rápidas aproximaciones a un mundo interior conectado con el reflejo en la realidad cotidiana, en los viajes, en la unión entre deseo y posibilidad. Los viajes, que ahora son la lejanía inalcanzable, han supuesto una barrera entre ciertas edades. Y es ahora cuando lo veo, mediante el catalizador que suponen las fotos. Las fotos reflejan mejor ese paso del tiempo, el clamor de las edades, la fósil verdad del pasado que ahora interpreto desde este cuaderno sin soporte material. Las fotos son un yo más auténtico que el yo de los textos, más desconocido para mí, más versátil y certero.+

+ Por casualidad me llega una memoria de profesores del año 1916, en Logroño. Se destacan las cátedras conseguidas, con sus felicitaciones y el destacado del esfuerzo y el tesón, la calidad de las clases impartidas y el premio al trabajo bien hecho. Son nombre que ya no dicen nada, salvo su reflejo en la lápida del cementerio. Vidas que el tiempo ha diluido con su implacable y constante engranaje. Siempre presente Marco Aurelio, en el tiempo de pandemia esta realidad es mucho más palpable o sólida, pero se debe huir de la lección moral y aprovechar en nuestro beneficio la enseñanza que se desprende de esta incuestionable verdad: no olvides que eres mortal.

+ En la senda del atolondramiento, casi estropeo la pantalla del ordenador. He de fijarme en este rasgo a fin de realizar una poda. Las podas son tan necesarias como el alimento. Cuestión de disciplina. La disciplina: no es un medio, es el fin. Pero yo soy el que soy, un punto del que me puedo apartar pero nunca huir.

+ Imagen: la elección por el color, el verde. Un verde muy especial. El fotografo retrata al fotografo. Burdeos .