sábado, 25 de enero de 2020
Superposición de zumbidos
+ Los asuntos se complican y debemos buscar una solución, una solución rápida. No existen soluciones rápidas. pero no sé si son buenas o malas las prisas [en principio: malas]. En este caso la celeridad se impone. El ogro se retuerce en su gruta en compañía de la hembra que se ha dado, herida y dolida. La niña tiene miedo, aunque es fuerte. El cuento tradicional marca la senda y la misión impone ciertas estrategia. Es un zumbido que me acompaña durante todo el sábado.
+ Se impone la calma. La niña tiene miedo. Caminamos por la ciudad bajo su sombra amplia y definida. Hablamos y sé que hay una salida, pero se debe esperar. El zumbido impone su dictadura. Persistente, molesta, insoslayable. El chocolate es una medicina, quien diga lo contrario miente.
+ El primer zumbido se impuso con la muerte de mi madre. Ahora ha emergido, a consecuencia de las malas artes del ogro. El ogro tiene más capacidad de la que pensamos en el inicio del proceso. ¿Ignorancia o astucia? ¿Una combinación de los dos que le ha permitido navegar a lo largo de los años? Creo que hay un texto de Thomas Bernhard que lo podría explicar. Busco en la estantería el tomo Relatos autobiográficos ( El origen, El sótano, El aliento, Un niño). ¿Encontraré una explicación o una nueva pregunta, nuevas preguntas?
+ La niña y su gatita. En el prado verde la gatita se entretiene con el tormento de los ratones y la niña barniza una silla. Hace frío, el cielo está limpio, música casi inaudible en una gran radio. Apartar a la niña del influjo del ogro es una obligación. Tomo la espada y camino hasta su casa, antes de planificar, juntos, un golpe mortal al ogro. No resulta fácil porque lo hemos infravalorado, pero a nosotros nos acompaña la gracia de la justicia, tan extraña y tan esquiva. ¿La justicia? Aquel adagio, aquella maldición: tengas pleitos y los ganes. Como un gran reloj parado, dos veces al día da la hora exacta, mientras tanto se debe esperar. Con mi espada en la mano, veo a la gatita darle un golpe al ratón, lo envía contra un árbol, el ratón yace en el prado, la gatita lo estudia y el ratón abre un ojo, se levanta y corre, la gatita lo pierde. La gatita está enfadada, se estira y se va a dormir al invernadero. Así es la justicia, necesaria y esquiva, con tendencia al error, lenta y pesada, pero necesaria. Un zumbido que amplia sus dominios.
+ Ahí descansa el libro de T. Bernhard. Una idea: el robo es el espíritu del comercio. Hermes / Mercurio es el dios del comercio, del engaño y de los mentirosos. Jesucristo se vio obligado a expulsar a los mercaderes del templo. Hermes también es protector de los sueños. Estudio a Hermes, lo busco en el diccionario de mitología de P. Grimal. Leo y sigo con la idea de engaño, la esencia del comercio, bendecida por Hermes. El robo y las tretas que conducen al lucro. Emprendimiento, margen, reinversión. Abro el libro de T. Bernhard y no encuentro lo que busco, principalmente porque no tengo muchas ganas de búsquedas. Paso sin ganas las páginas. ¿Desánimo o cansancio, una suma de ambos estados de ánimo? La noche llega e intento dormir mientras escucho la grabación de un programa radiofónico matutino. La política, como el comercio, es para los osados. ¿Miedo, diques legales, un principio moral o ético? Indagaré en ello cuando el ogro deje de respirar.
+ Hay que conocer los venenos y los tóxicos para poder evitarlos.También a los ogros hay que reconocerlos.
+ El nihilismo es, también, un veneno, que dosificado tiene un efecto protector, pero su exceso lleva sin remedio a la intoxicación, a la parálisis. Resulta difícil esquivar el nihilismo en estos días. Otro zumbido. La sala de fisioterapia contribuye a un estado de desesperanza. Por teléfono le cuento a K. que me parece un lugar idóneo para ubicar una obra de teatro. La jerarquía: médicos, fisioterapeutas, enfermeros y enfermeras, mujeres de la limpieza. Los pacientes, sus historias, sus voces, sus silencios. La maquinaria, los grandes espejos, las camillas, las sillas de acero y las camillas de madera. Hielo en mi codo. Leo a T. Bernhard, Helada. Llega la hora de marchar. Recojo mi cazadora y conecto el teléfono: llamadas perdidas, las respondo. C. me pone al tanto de lo último, que es su miedo transformado en asco. Pienso en el asco y yo también siento una nausea. La pareja de ogros son peligrosos y más astutos de lo que yo había pensado. Soy un ingenuo. La escritura es una válvula de escape. El nihilismo es un sombra que me recubre, una niebla tenebrosa. El día se termina y sobre los edificios palpita una esquirla de cielo azul. Hay una belleza extraña. Hace frío. Camino y pienso en mi lesión, pienso en ogro, en el bicho, en sus razones y en su astucia. Todavía hay mucho que aprender sobre los hombres, pero interés hay poco. El asco me invade en el regreso a casa.
+ Duermo y el sueño es un bálsamo.
+ Al día siguiente, cuando hablo con el abogado, recupero una cierta calma. Marco su número y contemplo el paisaje mientras espero una respuesta al otro lado. Hace frío, el cielo está despejado, no pasan coches. Mi trabajo en suspenso por unos mintutos, mientras consulto al abogado. Los abogados y su papel social. La desolación de la montaña. Al otro lado, el abogado me explica que el ogro se aviene a cumplir el trato, que se han comenzado los trámites y el papeleo sigue su curso. Asiento, escucho y hago tres o cuatro preguntas, introduzco un matiz y una duda. Cuelgo y estoy perplejo: ¿soy yo quién le ha otorgado a los ogros la astucia y la amenaza; quién ha sido sino yo? Es muy posible que el olvido sea un remedio infalible. Recuerdo a Marco Aurelio y su recomendación: no es el problema lo que debe preocuparnos sino nuestra posición ante él, que es lo único que podemos modificar con verdadera autonomía. El viento azota mi cara, la hierba rala se agita, pasa una furgoneta y me pita, me saluda, devuelvo el saludo, creo saber de quién se trata, pero no estoy seguro; luego me encuentro con el conocido en un bar de carretera y me invita al café. Algo ha quedado en suspenso; fino polvo de olvido, tal vez. Olvido, alimento de dioses.
+ Imagen: intermientente camino hacia la abstracción .
sábado, 18 de enero de 2020
Presente amplio
+ [Malamente, Rosalía]. Sábado, tras las siesta, pongo el reproductor en línea. Trabajo, bebo café y trabajo otra vez. Correcciones y reconstrucciones, otra redacción menos beligerante. Mis ocupaciones vespertinas no son un entretenimiento. La música me inspira y me traslada hasta mundos que nunca había visitado, pero solo es una pausa. Me digo: no es un mundo, es un universo. Son reiteraciones, tantas veces lo repito. Es otro mundo y es el mío, Rosalía marca un antes y un después.
+ No recuerdo a quién le oí que si la arquitectura era un mundo, la literatura, un universo. Pensé sobre la afirmación y no alcancé a recordar quién lo dijo. ¿Una lectura, viva voz, una entrevista periodística? He visto importantes edificios que no despiertan mi interés, otros que me han hecho pensar y sentir cómo geométricamente definían la función y el espíritu de esa misma función (pienso en A cada de música de Rem Koolhaas). Los libros son un universo, pero ¿todos los libros o la literatura, nuestra particular selección? La extensión/restricción del gusto se afina con la edad, nuevos rechazos y nuevas adhesiones. ¿Universo o mundo? ¿Tiene importancia, cuando la traducción a lo cotidiano es el objetivo, la ampliación de las posibilidades de lo diario?
+ Que grandeza poder renunciar al coche. Es una tendencia, el rechazo del coche y sus esclavitudes. Cuando éramos niños escuchamos como un tío nuestro asociaba el coche a la libertad, y yo no estaba de acuerdo, pero me callaba. Su voz impostada describía todas las cosas que te permitía y pensaba que tampoco era tan necesario. Hoy estoy seguro y si tengo coche es por una circunstancia ajena a mi voluntad, es decir: se ha invertido la sentencia y el coche es una esclavitud. Eso le escucho al arquitecto Alberto Campo Baeza, que dice, hiperbólicamente, que se deberían cerrar las fábricas de coches, pero también clama contra las casas grandes y la acumulación de posesiones. Hace falta poco. Tiene razón. Es punto de alejamiento de lo prescindible otorga una aristocracia de espíritu poco común. Lo pienso.
+ Veo algunas construcciones de Campo Baeza. Limpias y aéreas, pero no me parecen sobrias. La casa del infinito no deja de ser un emblema. Hermosa y singular, la casa, pero no pierde ese rasgo de emblemática y todo emblema es comunicación. La comunicación siempre es intencional, porque sin intención no hay comunicación.
+ El ogro todavía respira, pero pronto agonizará. No habrá celebración cuando expire, ni alegría por su final, pero la paz regresará triunfante. El ogro se dice sensible, que llora cuando ve una película de enamorados, y no es mentira: llora. Lo vemos en la lejanía y sabemos que es muy mala persona, que sus lágrimas son un índice de su idiotismo. Qué horror esa combinación de estupidez y violencia. Qué ha conseguido a cambio de sus maldades. Qué pero que la maldad y la estupidez en combinación.
+ Un viento frío y extraño. Raro, como raro es el cielo donde se dibujan arabescos. Son la nubes. Me detengo, hablo por teléfono y pienso en la vocación, pienso en cómo nuestra personalidad nos lleva al estado que hemos alcanzado. C. lo pasa mal, pero se va a restablecer, saldrá con éxito de esta enfermedad moral. La toxicidad del ogro no dejará secuelas. ¿Quién ha ganado? ¿cabe este planteamiento: ganadores y perdedores? Creo que se trata más de una solución quirúrgica: una amputación. Mejor, una poda. La rama volverá a crecer y el ogro se hundirá en el olvido, en una charca de negra y espesa irrelevancia.
+ En un lugar de la red encuentro fotos de los suelos de Velintonia, la casa que fue de Vicente Aleixandre. Baldosa hidráulica, teselas granas y azules, baldosas de fino arabesco. Un banco de madera sin color ya, ese blanco desvaído por la acción del sol y el olvido. La casa continúa en su abandono, sin que a las instituciones les interese demasiado. Una vez fui hasta allí y entendí algo sobre Madrid que se ha sedimentado, sobre las personas y los espacios. Nunca olvido que todo espacio requiere una lectura móvil, una lectura variable. El chalet había sido embebido por las infraestructuras colectoras de la ciudad y por las modernas construcciones tan disímiles. Con todo, era una calle tranquila. Recordé que el poeta no salía mucho de casa y eso me hizo pensar en esos enclaustramientos voluntarios. Me identifiqué con la casa y con el poeta, con un tiempo más difícil que este mío. Soy yo, me dije, soy yo cuando elijo mis referencias. K. y yo regresamos al centro de Madrid y hablamos sobre V.A. y sobre lo vano de todo lo humano, siempre devorado por el tiempo, ese tirano. Cierro la página que encontré en la red y otro comienza, vibra aquel recuerdo, vibra mi sistema electivo.
+ El nombre del ogro es el bicho. El nombre del bicho es el ogro.
+ Imagen: esos desvaídos colores en las puertas de los garajes, un síntoma.
sábado, 11 de enero de 2020
Obstáculos
+ [Regreso al trabajo]: Un jueves muy atareado. Un jueves donde me encuentro con diversas situaciones que dan lugar a conversaciones que generan asuntos para resolver. Las palabras, los hechos, la realidad del reglamento. La oposición entre lo que semeja lógico y el enfrentamiento con la dura e impenetrable arista del artículo de la ley. No discuto, aunque esté en mi oficio la dialéctica, donde yo tiendo siempre hacia el consenso. El silencio es un arma potente, m¡me digo, destructora. Enfilo la carretera y me siento un poco más incluido en lo diario, en esa sucesión de acciones y distensiones. Soy yo. Mi fuerza se refugia en sí misma.
+ «Un voile de cedres semblait s´être répandu sur les esprits», Michel Houellebecq en La carte et le territoire.
+ La música me acompaña en la conducción. Marca los ritmos y establece distancia con el presente. Recuerdo que hay una tipo de música que me lleva a la Meseta y a Madrid, a pueblos de Castilla donde he estado y se mantiene un aliento lejano y antiguo. Son composiciones para guitarra y orquesta, una ilustración de mis recuerdos. Por ejemplo, Andrés Segovia y la Fantasía para un gentil hombre, del maestro Rodrigo. Calles acuchilladas por el sol, azulejos y ladrillo, la vista de los paramos, el calor de la leña en un bar de carretera, olor de hoguera y sabor de vino. El deslizarse de los coches por las carreteras, una conversación que regresa del pasado e ilumina una advertencia, una apreciación sobre el paso del tiempo (siempre el paso del tiempo). Ahora suena la orquesta, calla la orquesta y aparece la guitarra. Esa dignidad, su grandeza. Subrayados en lo diario y la renuncia a la vida de la fama. Cambio a una versión de John Williams y me detengo en la Españoleta y Fanfarria de la Caballería de Nápoles. Me intriga como me lleva la música al pensamiento y cómo éste se disuelve en su misma propuesta. Dejo en suspenso todo lo que me llega del pasado y me centro ¡sólo! en la música.
+ ¿Está Nápoles contenido en la Fanfarria de la Caballería de Nápoles?
+ Han terminado las Navidades. Se van y un ciclo se cierra, comienza otro: los límites son el inicio del año y el regreso al trabajo. Durante las Navidades he planificado un viaje a Madrid para febrero, . Todo es un sucederse sin interrupciones, la materia de la vida, el color de los días varía lentamente: del otoño al invierno y del inverno a la primavera. Una sucesión fijada que nos sorprende cuando no hay lugar para la sorpresa. Apago el ordenador, me levanto y me dirijo al trabajo. Los ciclos y su ritmo son uno de los rasgos a tener en cuenta en lo diario, en la configuración de lo cotidiano (ese infinito marco de realidades y sorpresas, curiosas sorpresas). No dejemos que la rutina triture la fuerza de lo cotidiano. Pero se aproxima una tormente.
+ Otra visión musical del mundo, dicen en la radio a cuento del músico kurdo que mezcla música electrónica y música tradicional. La música ilumina la mañana. Omar Souleyman.
+ Ocupaciones diversas que consisten en arreglar los asuntos de los demás, colaborar en su resolución. Son tareas pesadas pero que, paradójicamente, resultan agradables. El hacer por la persona amada tiene recompensas insospechadas. En el otro lado del espejo está la maldad y la estupidez, la mezquindad y la miseria humana. El tonto se cubre de maldad y es de temer porque nunca busca su beneficio, sino una extraña simbiosis con su prescindible ego. Una lucha entre la armonía y el ruido. No habla, rebuzna, pero sus rebuznos resultan ser dañinos, hirientes, percutores. El poder en manos de un tonto es muy peligroso y si además es mala persona las consecuencias resultan imprevisibles. De eso se trata la tormenta que se aproxima, de la unión entre la estulticia y la maldad y cómo amenaza a C. Una maldad gratuita y sin beneficio contra la que luchar. Pero C. es fuerte y el ogro se disolverá en su bilis. Espero que pronto salgamos de la tormenta y veamos la luz, sin volver la vista atrás, esas son las complejas gestiones que debo llevarse a cabo, y con gusto lo hago.
+ Es tarde, muy tarde y no soy capaz de dormir, todavía estoy rumiando la idea que me asalta: maldad y estulticia. El reloj marca el compás y fuera llueve levemente. Cuerpos en la sombra, como iluminaciones o quebrantos de inmensas fortunas. Imágenes que se superponen, que se solapan contra el fondo, el oscuro fondo. Poemas que no recuerdo y vendrían al caso. La semana se ha fragmentado.
+ La vieja frase que el abogado no conocía: más vale un mal arreglo que un buen pleito.
+ Imagen: una vez más, la ruptura con la representación y la propuesta abstracta.
sábado, 4 de enero de 2020
Portugal, una jornada en Braga y algo más
+ El día 28 de diciembre de 2019 C. y yo decidimos pasar el día en Braga, Portugal. Cuántas veces hemos ido, cuántas veces volveremos. Fue un viaje agradable, arropados por una casi inaudible sucesión de canciones de los Rolling, con la luz potente de un día soleado de invierno. Valles y montañas, aldeas diseminadas en el paisaje, columnas de humo que ascendían y forman extraños velos sobre los árboles y las montañas: la quema de la broza. Ascendíamos la pendiente y bajábamos la rampa, casi no había tráfico y la velocidad era adecuada. La conversación y la expectativa de un día tranquilo, con algún café excelente y alguna pasta que lo acompañase.
+ Disfrutamos, tanto a la ida como a la vuelta, de las galletas que nos regaló E. por Navidad. Pensamos en ella, nos mantuvimos en silencio, como un sortilegio. Todo le irá bien, colegimos. Las galletas se terminaron y la Navidad pareció clausurada.
+ [Importante nota al margen del propósito de la entrada / Vanessa Springora, Consentement]. Último día del año. Disfruto en la primera hora de la mañana del placer de navegar por la red: las noticias, comentarios, imágenes, vídeos, poemas o intranscendentes anécdotas que nada me aportan. Es entonces cuando llego a un punto de no retorno. Me centro en la historia y en la novela de Vanessa Springora, Consentement, Consentimiento en español. Consentimiento es un título que viene a significar todo lo contrario de lo que expresa: en realidad, se trata de la falta de consentimiento en la relación entre una chica de 14 años y un consagrado escritor de 50. Esto tiene un nombre. Pero he de comenzar por el principio. La chica es la autora de la novela, que se encuadra dentro que desde hace años se denomina autoficción y el autor es el aclamado Gabriel Matzneff. Me dedico a investigar sobre Gabriel Matzneff. Toda su obra se basa en la pedofilia, algo que le dice, en un Apostrophes en el año 1990, directamente Denise Bombardier, escritora canadiense. No salgo de mi asombro. No hay recato, Gabriel Matzneff no sólo es un pedófilo confeso sino que ha relizado proselitismo de su abyecta condición. Veo vídeos, leo y releo noticas y no salgo de mi asombro. Mi asombro pasa por encontrar una razón que sé que parte del ineludible componente de inmoralidad que acompañaba a la literatura, a la novela o a la poesía. Separar autor y obra es otorga una patente de corso, aunque sea una condición necesaria para cualquier análisis de una obra literaria. Lo más grave es la connivencia generalizada con el escritor en función de la calidad de sus textos, que no se puede negar, pero que la razón de ellos está ahí. Deberé seguir investigando, pues el hecho literario va más allá del mero disfrute de la obra porque tiene implicaciones morales que traspasan la realidad diaria, al menos en mi caso. La cuestión es la separación de autor, voz y obra, la anteriormente nombrada amoralidad, laxitud moral a la hora de la lectura. Me preocupa y creo que terminaré por acercarme a las obras tanto del monstruo como de la víctima. Un proyecto más en la travesía.
+ Lo anterior me lleva, v. gr., al Marqués de Sade. El hilo se extiende dolorosamente.
+ La relación con Portugal viene de lejos. Tanto es así que el primer viaje que hice como adulto a Portugal tiene algo fundacional, como una novela de aprendizaje, un viaje donde recibí lo que se puede denominar, en un sentido muy francés, una iluminación. Literatura y ciudades. Recuerdo aquel Oporto y sé que ha desaparecido, ante todo ha desaparecido una atmósfera que me ha guiado durante años, como un faro. Grandes y decadentes cafés con ancianos que fumaban hipnotizados, prostitutas lejanas y aburridas, camareros taciturnos, hombres apresurados. Una niebla espesa, la niebla del tiempo ha borrado aquellas estampas, que admitían el adjetivo fotográfico con una gran presteza. Ahora Oporto es una ciudad que se dirige con paso firme hacia lo europeo, con esa equiparación de restaurantes, tiendas y paisanaje. Eso es bueno, porque Europa contiene un proyecto interesante en sí mismo, pero se ha perdido la foto, la estampa, la estampa que ha condicionado durante años, hasta llegar sin variaciones al presente. Cierto es que más allá de los viajes permanece una suerte de cartografía literaria que se impone: Pessoa en su totalidad, Miguel Torga en sus diarios, aquella novela de Saramago: O ano da morte de Ricardo Reis. Me detengo en cómo la biografía se va construyendo con elementos diversos que bordean tanto la improvisación como el desarrollo de un plan previo, que no termina por ser más que algo que desvanece cuando, llegado el momento, es ajeno a nuestra conveniencia. Como la música de Bach, Portugal me acompaña como un emblema que me permite sonreír cuando no hay ganas y tener una esperanza de regreso cuando llevo tiempo si ir hasta el otro lado de ¿la frontera?
+ Me gustó mucho el hotel-restaurante donde comimos. Agradecí especialmente el silencio y la luz suave. Desde la ventana podíamos ver como las personas caminaban, pero estábamos protegidos del ruido y el tumulto, que tampoco era tanto. La luz definida iluminaba con exactitud las sillas, las mesas y las sombrillas de la terraza del propio hotel-restaurante. C. me informó que no era un mobiliario barato, que había buen gusto en la elección y una coordinada disposición entre el exterior y el interior. Me dejé en el silencio propio del que trata de apreciar los contornos de lo cotidiano. Como si tratase de atrapar endecasílabos en nuestra conversación, pero sobre ello se alzaba el placer de la mano amada, las palabras sosegadas y el alejamiento de las diatribas del trabajo de C., que tantos trastornos nos causa a los dos. Pero había un tiempo en suspenso, que se cristalizó en el estatismo europeo del la sala donde disfrutábamos de la pescada y del bacalhau. Fuimos felices, como otras veces, sin grandes despliegues, gastos absurdos o excesos que solo traen consigo melancolía y tristeza. Braga nos iluminó en su cotidiana verdad.
+ Visitamos el Museu da Imagem. Una colección de retratos, donde pude reconocer a escritores y periodistas portugueses. Entre ellos, Borges, que aunque no es portugués, sino argentino, su apellido es indudablemente luso. Subimos las escaleras porque el ascensor no estaba en funcionamiento. Vimos con calma la exposición, sin hablar casi, con alguna observación sobre los retratados: C. me hizo ver que había tres fotos, colocadas una tras otra, en las que los retratados se tocaban las gafas, ¿tenía un significado? Deberíamos pensar en que solo hay intención comunicativa cuando está es patente por parte del emisor, pero el hecho ahí estaba. Buena excusa para hablar sobre las fotos, las personas y sus rostros, lo agradable que resultan los pequeños museos sin apenas visitantes. Reparamos en la intensa humedad y lo intrincado de la arquitectura interior, que sin embargo contribuían a trasmitir una idea muy adecuada a la muestra de fotos. Salimos y la realidad exterior contrastaba con lo visto hacía solo un momento. Los contrastes afirman lo plural de la vida, de lo cotidiano.
+ Compré A Filologia e o Presente, una colección de corros electrónicos entre H. U. Gumbrecht e Isabel Capeloa Gil. Poco más de cincuenta páginas, es decir, en el límite de lo que la Unesco considera un libro (49 páginas como mínimo, porque de lo contario es un folleto).
+ El regreso me produjo una agradable somnolencia. C. conducía y yo me dejaba llevar por la música y por el paisaje, por el ruido adormecedor del motor. Nada que decir, salvo sentir la marcha, el regreso. Pero una vez llegados a Valença, decidimos rehacer el camino por la costa y acercarnos a Caminha. Paseamos vimos tienda y compré prensa portuguesa, que leeré a lo largo de unas semanas, también compré una botella de Tawny, con las letras pintadas sobre el negro cristal en blanco. Qué hermosa son las botellas, transparencias como venenos. Caminamos y el día llegaba a su fin, disparé una foto y decimos regresar a casa. El día había terminado como empezó: con alegría, esa transmisión de la razón de vivir.
+ Al editar la entrada me doy cuenta de que la palabra comprar aparece en muchas ocasiones, pero son adquisiciones de bienes espirituales. ¿Se pueden adquirir los bienes espirituales?
+ Imagen: fotos que tomé en este día, un reflejo que quiere ser del tiempo que no regresa. Librería, museo y puesta de sol en Caminha, en las última horas del día.
sábado, 28 de diciembre de 2019
Décalage
+ Un rasgo a destacar de este tiempo histórico es la velocidad, la hipervelocidad. La ausencia de pausas y la atolondrada sucesión de acontecimientos, declaraciones y evaluaciones, que pronto se ven sustituidas por otras no menos deletéreas y superficiales. Todo sucede muy rápido, demasiado rápido. Como un torbellino, las comunicaciones nos ofrecen una palpitante idea de cualquier problema pero sólo durará un instante, lo que dura un clic. Aparece un pequeño cuadro que a penas se desvanece otro ocupa su lugar. Soluciones sencillas para problemas muy complicados, problemas que ni siquiera alcanzamos a entender o a hacer un mapa de su totalidad. Son los tiempos del meme y del zasca, me digo, los tiempos de la acción rápida basada en aquello que deseamos escuchar. Se ganan elecciones, se ganan referendums. Acabo de ver la película Brexit, The Uncivil War, y creo que he comprendido algo, muy poco, muy poquito, pero algo solido: la velocidad y la disolución de lo íntimo rompen un orden para implantar otro orden, un orden que desconozco pero que terminará por solificarse. Herramientas políticas, la retransmisión en directo de cualquier acto y su propia modificación sin mayor objetivo que el poder. ¿Fake news, bulo o mentira? ¿Qué palabra se prefiere? Todo estaba ya en Maquiavelo, pero ahora através del turbo de la electrónica nos llega sin interrupciones. Seguiré en ello.
+ Hace tiempo compré uno de los tomos de las obras completas de Camilo José Cela. El tomo que corresponde a dos libros de viajes. Hoy lo abrí, después de haber leído algunas páginas sobre Historia de España en los años noventa del siglo XX. Los años noventa del siglo XX. Cela en aquellos momentos todavía vivía. Recuerdo que coincidí en una ocasión con él en un grupo de personas. Yo tendría poco más de veinte años. Permanecí en silencio y observé, atentamente observé. Poderosamente me llamó la atención su afabilidad, muy educado hasta que apareció una cámara de televisión. Fue una transformación asombrosa. Su semblante cambió y su voz se engoló hasta límites caricaturescos. Comprendí algo importante: yo en esa vía no tenía nada que hacer. No soy un publicista, ni un propagandista. Ahora lo recuerdo, tantos años atrás, pero abro el libro y se me cae de las manos. Una prosa bien medida, con ritmo, con la exactitud de la palabra que ha sido escogida con esmero, pero no deja de ser una palabra vacía, hueca, y de esta oquedad llega una de sus más importantes cualidades: la resonancia y la música, su música percutiva. Cierro el libro y me dispongo a salir. Es sábado, la Navidad está ahí y hoy me siento con una plenitud que se relaciona con mi regreso al gimnasio: el deporte tiene beneficiosos efectos, pero si pudiera darle a un botón o tomar una pastilla no iría a hacer ejercicio, pero ese, ese es otro tema. Cela duerme en un estante.
+ He recuperado Tinker, Tailor, Solider, Spy. Quizá esta noche tenga una cita con Sir Alec Guinness. Finalmente le dejo los discos a E., espero poder hablar con ella sobre el tema del espionaje, la ramificaciones que tiene en la política y en la narración.
+ Décalage se podría traducir del francés como desfase, desajuste, diferencia o desplazamiento. Prefiero la palabra francesa para titular la entrada por no traicionar un snobismo que me agrada, que se une, v. gr., a esa resistencia a abandonar mi viejo teléfono portátil, sin conexión a internet. Me retrato en estas acciones, pero con plena consciencia. ¿Siempre con consciencia plena?
+ En el gimnasio las nuevas máquinas se conectan a internet. He estado viendo la entrevista a Foucault en la Universidad de Lovaina. Me sorprendo pero pronto me centro en la entrevista. Foucault vuelve a hablar de los indicios difusos, que están más allá de los temas de moda.
+ He tratado de conectar la cinta de correr a internet una vez más y no ha sido posible, me centro en mi reproductor de Mp3 y veo que es suficiente. Hay algo de oración en el ejercicio físico y la música seleccionada contribuye a esta expansión, a la identificación del yo con un incierto vacío. Y así llego a la conclusión de que una de las razones del ejercicio inmoderado es anular la multiplicidad del yo. Algo que se puede denominar ansiedad se ve reducida, anulada. La unión del deporte con otros géneros adictivos no se puede soslayar. La ludopatía, el alcoholismo, la adicción al trabajo (…)
+ Un día me cansé y no volví a ningún concierto de rock. No estaba dispuesto a participar en las liturgias y rituales propios de tales acontecimientos. Me alejé y no he vuelto. Ahora, poco a poco, me alejo de la propia música, del roquerío. Hacia donde me conduce es a un replanteamiento de mis propias certezas, es decir, de mi mismidad. Desvestirse de la propia personalidad, un rechazo manifiesto de las posibilidades del yo. Se une esto a lo anterior, no por paralelo, sino por complementario.
+ He vuelto a ver el programa sobre reformas y construcciones que se emite en la BBC y que está disponible en línea. Trato de ver los edificios que aparecen en el programa como una lectura, más que como espacios donde habitar. Me gustaría llegar a lo biográfico, aquello que se refleja en las elecciones y no deja de ser un indicio difuso, que precisa concreción. No lo consigo. He de articular una autobiografía que me sirva para conjurar el mal del tiempo, su paso y esa certeza que tiende hacia la contabilidad y el balance. Me preparo para dormir y creo que una casa es más que un reflejo, pero tampoco tiene mucha importancia.
+ Imagen: Madrid en noviembre, gente que dispara fotos cuando el sol se va a poner. Recuerdo la agradable temperatura, un cielo de un rosa pastel imposible, una cierta alegría en las personas que paseaban por el parque del Oeste. No me queda otra cosa que esta foto, salvo el recuerdo de la templada atmósfera y la certeza de la pérdida
sábado, 21 de diciembre de 2019
Días de transición (y 6)
+ He regresado al gimnasio y vi lo que ya había visto tiempo atrás: gente que no abandona sus teléfonos móviles, las conversaciones contundentes y rápidas, tatuajes, el convencimiento de que la tarea bien hecha nos salvará, ansias de amor, la amistad, música, tecnología, el atuendo y la figura, un largo etcétera de rasgos que no se concretan, que despliegan verdades y mentiras. Ante la pantalla podría intentar describir a las personas y sus gestos, pero lo dejo a un lado. La melancolía del final del otoño que veo por la gran cristalera. Ese espacio que protege: el espesor de la sala, sus colores, la disposición de las máquinas para hacer ejercicio. Lo sé, me disperso, en el gimnasio también me disperso. Es mi condición.
+ Sin saber casi porqué llego a una serie de curricula de profesores universitarios. En alguno se detalla ampliamente aspectos de su vida: dirección, teléfono, estado civil, hijos (…) Son mimbres para un relato. Ahí veo la grandeza de la literatura, de los cuentos, de la novela: como eje para comprender este tiempo o como una aproximación a esa comprensión. Veo en el mapa en línea donde se encuentra la urbanización y alcanzo una idea de lo que podría ser una vida de clase media, una burguesía ilustrada, que comprende la precariedad y vota de una manera similar a la que voto yo. Que se amplíe esta clase es algo necesario. Profesionales liberales, altos funcionarios, profesores. Sueldos elevados e ideas de izquierda. Una comprensión sobre los problemas reales: pensiones, precariedad, vivienda. Vuelvo a ver la urbanización y se me aparece un relato, con sus aristas y láminas de felicidad e infelicidad. Pequeños jardines, garaje, un trastero donde el parter familias tiene su despacho: paredes tapizadas de libros interesante, donde me gustaría indagar, una cómoda butaca destinada a la lectura, una mesa, un ordenador, bolígrafos, olor a café y láminas y fotos que dan testimonio de los viajes, música barroca, algún recuerdo familiar, la foto de los padres, la foto de los hermanos, libretas y archivadores (…) He compuesto un escenario, me falta un conflicto, que debería relacionarse con una reflexión sobre este momento, sus problemas y la imposibilidad de soluciones fáciles. Divago, los segundo y los minutos se deslizan entre mis dedos, mientras escribo, pero qué hacer si es mi condición, la que me ha traído hasta aquí, para lo bueno y lo malo. Dejo de escribir, y ese personaje sin concreción dormirá en este no-espacio: el ordenador y la falta de correspondencia entre el contenido y el volumen, el espesor y sus adelgazamientos.
+ Esta entrada es la número 300. La primera entrada del blog es de marzo de 2014. Más de cinco años de cita semanal. ¿Es un mérito? Ninguno, porque su realidad se aproxima más a una medicación o a la oración. El blog es un medicamento necesario y, como tal, soy estricto con su dosificación y frecuencia. La necesidad de ser, la necesidad de la escritura como tarea y respiración. También hay un punto de disolución en las palabras, un dejar de ser para adquirir un otro yo, el que escribe y desaparece cuando la tarea está terminada. Pienso en las cosas que he contado, lo descrito y lo reflejado. Pienso también en las fotos y el certificado que emiten: momentos fosilizados, la pequeña muerte de lo ya vivido. Viajes, rutinas y lecturas. Etiquetas. Se avanza, cada semana se avanza, pero no hay un destino ya que la infinitud de la tarea hace que ésta se dirija hacia el fracaso. Ahí regreso porque de ahí he venido. ¿El fracaso o fragmentos de mis múltiples snobismos? La pantalla me acoge y me conecta con lo desconocido, ese yo que se oculta una vez que pongo el punto final. Nunca releo, pero observo la factura de la página: la distribución del texto y los títulos, las etiquetas, las fotos. Cada sábado, cada semana, una tarea que se ramifica y alcanza, tal vez, lo cotidiano. La vida ordinaria.
+ Primera hora, suena London Calling, el madero de la adolescencia que arroja la marea. Debería comparar la percepción que tenía con 18 y la que tengo hoy, una fusión de horizontes de expectativas. Pero no deseo otra cosa que una hoja blanca donde se contenga la posibilidad de la escritura.
+ Acabo un libro y comienzo otro. Los libros se acumulan. Montañas, montañas de libros. Libros que nunca leeré pero que ahí permanecen. Una enfermedad. Los observo. Más que montañas son maquetas de edificio, alturas que se elevan sobre el suelo, calles que los circundan, plazas y jardines. No quiero contar cuántos libros hay, quizá no sean tantos como puedo suponer. Las bibliotecas personales, hace no demasiado tiempo, eran escasas y poco nutridas, privilegio que ha terminado por extenderse. Y con su democratización, también se extendió la enfermedad de poseer libros. La posesión de libros tiene algo misterioso y cercano más próximo al vicio que a la virtud. Ese vicio nos lleva a comprar libros repetidos, libros que hemos tomado de la biblioteca, libros que, lo sabemos, nunca vamos a leer. Me detengo y observo estos muros que he construido a lo largo del tiempo, veo lasa torres, su estructura fruto de la casualidad, el imposible desorden, la traza que describen con su aleatoria posición. Cuántas maneras hay de dejar huella, el reflejo del paso por la vida. Lo dicho, acumulo, acumulo y no sé dónde terminaré.
+ Ha comenzado la recuperación. Hoy miércoles acudí a la cita de la rehabilitación, a la fisioterapia. Amablemente me atendieron. Cómo agradezco los espacios y las personas que transmiten una cierta paz. Eran cerca de las cuatro y media de la tarde, todavía no llovía, pero sí se presentía su presencia torrencial. Entré. Me recibió una mujer que era más joven que yo. Sus ojos transparente, azules, las manos afiladas manejaban con destreza un Bic. Me fijé en la gruesa alianza, me fijé en la manicura y en la pulsera. Firmé un papel que certifica mi presencia. Comenzó a trabajar sobre mi codo, fue agradable pero también doloroso. Me asombró como mi brazo volvía a recuperar su movilidad. Más ejercicios y para finalizar una sesión en una máquina de campos magnéticos: 30 minutos. Junto a la máquina había una pila de revistas y libros. Tomé un libro. Era un libro de los años sesenta, en concreto del año 1966, año de mi nacimiento. Estaba dedicado por el autor a las trabajadoras de la sala de espera de Telefónica. Trataba sobre la figura de Kennedy, el autor era profesor en la Universidad Complutense, profesor de sociología. Estudié su foto, leí la biografía y volví a ver la foto: en un recuadro rectangular aparecía un hombre con periódicos bajo el brazo, un grueso abrigo, corbata, la contundencia de su figura recortada contra una nada urbana y cotidiana. Leí algunos fragmentos, en uno de ellos se decía que Kennedy y su equipo eran hombres de su tiempo y que habían utilizado todos los medios de comunicación de masas a su alcance para lograr sus objetivos, algo licito mientras no se traspasen los límites legales y éticos. Dejé el libro en su sitio y quedó esa sensación temporal, la verdad de todas las obras humanas, que terminarán, sin duda, en el vacío. Terminó la sesión de magnetismo, me despedí y regresé a la calle. Llovía intensamente y el mundo continuaba con su desarrollo hacia esa misma nada.
+ Hoy, viernes, regreso al trabajo. En primer lugar deberé de ver todo lo que ha sucedido en mi ausencia, lo que supone revisar el correo electrónico, los informes emitidos, los informes pendientes, llamadas y mensajes. Continuaré con la travesía de lo diario. El coche, los paisaje que no visito desde hace un mes y medio, la música clásica. El fin de la jornada laboral y el comienzo del fin de semana. El día se hará solo, el regreso es un mensaje para la biografía, la caducidad de lo humano.
+ Sala de recuperación: música, zumbidos y conversaciones. Me centro en el murmullo delicuescente, la suma de ruidos e interferencias. Una agradable reverberación, la temperatura es cálida y resulta un clima agradable, personas agradables. Fuera llueve con intensidad. El tiempo se ha detenido.
+ Imagen: 3 imágenes. Las tres se relacionan con Berlín: un buzón en Berlín, una hamaca tirada en la calle, también en Berlín, casas próximas al parking low cost del aeporpuerto Sa Carneiro. Una suma de imágenes yuxtapuestas.
sábado, 14 de diciembre de 2019
Días de transición (5)
+ Fotos y cuadros de Charles Pollock, el hermano de Jackson. Es un suplemento de Le Monde, una agradable compañía en la tarde de un viernes sin etiquetar [he perdido una cierta noción del tiempo, pues los días se han equiparado entre sí]. Veo las fotos y estudio los dibujos, busco su nombre en la red y me devuelve un autorretrato que tiene un aire renacentista o que se asemeja a otros vistos de Otto Dix. Hay un hilo que no se interrumpe entre una percepción y el recuerdo de exposiciones visitadas hace ya algunos años. Me interesan los rostros, su variable expresión, lo que comunica y lo que ocultan, soy partidario de su lectura atenta. Todo es susceptible de ser leído, todo tiende a convertirse en texto: descripción, análisis, valoración, conclusiones. Sumo la idea que adquirí en Hockney, esa idea que valora lo cotidiano como un venero de inusitadas sensaciones y posibilidades. El mundo se abre como abrimos los libros. En su extensión me someto a la disciplina solitaria de la lectura. Dejo la revista y me entrego a los preámbulos de la siesta. Apagaré la luz, escucharé Europe1 y me adormeceré. Un camino ya recorrido, pero todavía agradable.
+ El sueño es la imagen de la muerte, en ello pienso mientras se acerca la hora de que C. llegue para recogerme e ir hasta Panxón. Acabo de despertarme. Recojo Estética de la crueldad, de Fernando Castro Flórez. Algunas cosas sobre Kosuth: «La única pretensión del arte es el arte mismo. El arte es la definición del arte». ¿Es necesario tener un guía en el museo? ¿He trasladado esa visión a la vida ordinaria, la cotidiana? ¿Por qué y cómo me afecta la elegida presencia del arte [contemporáneo]? Un incremento, una nota de estilo, la senda del snob. Confesarse ante el espejo, como día Jorge Martínez, Ilegales, «Hay un tipo dentro del espejo / que me mira con cara de conejo. / Oye tú, tú que me miras: / ¿es que quieres servirme de comida?» El tipo con cara de conejo es uno mismo ante la infinitud de la reproducción en el azogue. El sueño me ha dejado traspuesto, esa sensación se traslada a la lectura y, ahora a la escritura. La muerte y el sueño se igualan en el aislamiento que tiene tanto el cadáver como el durmiente. He resucitado y el libro me acompaña en el regreso a la vida.
+ Domenico Scarlatti - Sonatas, Ivo Pogorelić.
+ Capas de color que se superponen, el espesor de la tarde, un incendio en la memoria, la mirada ausente de un gato que se queda dormido. Por error / casualidad llego a un vídeo de la BBC sobre reformas y construcción de casas. La suma de los momentos, la tranquilidad después de la tarea completa, los libros por leer, los libro que no recuerdo haber leído. Sigo con el documental y descuido la tarea (?) de mi escritura. En realidad lo que menos me importa es la construcción de la casa en sí, lo que me resulta particularmente interesante es la voluntad de construir, compartida por los dos arquitectos, la propietaria y los albañiles. El particular aspecto del trabajo resulta digno de observación cuando se percibe esa seriedad en la tarea, la misma seriedad que emplean los niños en sus juegos. Creo ver ahí un núcleo vital, que proyecta la vida diaria hacia ese falsa eternidad que nos permite vivir, la sensación de eternidad. La eternidad como meta, la eternidad como tranquilizante.
+ En el resultado se mezcla la concreción de lo proyectado con, por ejemplo, el rastro de la vida (los juguetes desperdigados en montañas y aleatorias acumulaciones), elementos que rompen la simetría (muebles heredados y cuadros ¿sin gusto?), las herramientas del trabajo diario (pantallas de ordenador, escalímetros o diccionarios de sinónimos). La vida diaria otorga un extraño conocimiento que es difícil describir, pero que palpita. Sinuosa e inesperada, en ella descanso.
+ En tiempo y dentro del presupuesto, es ésta la condensación del programa sobre la reforma y construcción de viviendas.
+ Otros mundos, la escritura: proyecto, construcción y presupuesto.
+ Y uno llega a un hombre que compra mobiliario y objetos decorativos para los súper ricos del Reino Unido. Me gusta oír hablar en inglés, este inglés de la clase alta, tan particular. La pasión por comprar, dice sin disimulo y añade que no es de buena educación hablar dinero, de precios. En un comentario sobre el vídeo alguien dice que mejor sería explicar cómo se han conseguido esas descomunales cantidades de dinero. Pero la belleza está ahí: una lámpara de láminas de un material transparente, leve y amarillo, donde se esconden luminarias que simulan diente de león, pero, nos explica, el diente de león se trae de Rusia, se deshace y se pega uno a uno sobre la luminaria. Son 15.000 £. Aquí planteamos la diatriba: cuántas personas no llegan a esa cantidad en un año, y, a renglón seguido, ¿no es demagogia, pues de ese exquisito bibelot mucha gente vive, tiene un trabajo (etc)? Qué paradójico, qué responder. Un poco más adelante leo una entrevista con Piketty donde habla de una supresión de los impuestos indirectos por injustos y una herencia universal de 120000 euros cuando el ciudadano cumpla 25 años. Comparo lo uno con lo otro en un ejercicio de suspensión del juicio; al tiempo, certifico mi interés por el amplio campo de la vida cotidiana. Llueve, ese ritmo guía mi pensamiento.
+ He terminado el artículo y se lo envío a mi directora. La espera, el resultado de la evaluación. El necesario ejercicio de someterse al criterio de los que tienen un mayor conocimiento y experiencia que uno. Llueve, intensamente, llueve.
+ Cuadros que reflejan la vida dentro de una maqueta. Esa inquietante perfección de los maniquíes, el hiato que producen las estatuas de cera mediante sus dudosos parecidos, la transición entre la vida y la muerte, la descomposición del gesto y la pérdida de luz que afecta a la piel y a los ojos. Veo otra vez los cuadros, pasan en una serie descompuesta, observo la reiteración de las figuras, su repetición. Admito la razón artística, pero mi lectura es otra: alejada del interés por la decoración, centrada en las posibilidades descriptivas de los salones donde se colgarían estos lienzos. La construcción de un escenario es el primera paso para la divagación. Todavía no ha amanecido, cierro el navegador y dejo a su suerte estos cuadros que me han interesado por su perfecta técnica, por la desdibujada presencia de las personas, por la repetición de los motivos, lo decorativo de la mueblería; pero deben desaparecer en el errático ir y venir de las realidades que surgen por azar desde lo aleatorio de la red. ¿Soy yo el que busca o es el contenido el que me busca a mí?
+ Imagen: desde las alturas del Monte Saint-Michel. Como peregrinos: así recorren los esteros. Un descomponer la figura sintomático.
sábado, 7 de diciembre de 2019
Días de transición (4)
+ Comienza la cuarta semana de postración. Es un tiempo de escritura y reflexión. Sobre la lectura, el tiempo que no ha de volver y los matices que la edad otorga. El dolor ha remitido gracias a la medicación, pero hay un malestar que tiene relación con la pérdida de referencias, de como los días de la semana se han equiparado en una igualdad debida a la ausencia de límites. Los límites muchas ocasiones otorgan capacidad creativa. El tiempo comprimido, el tiempo en la cuadrícula del calendario y las obligaciones otorga tranquilidad. Así, en este momento, recuerdo aquello de Heidegger sobre la aprensión de la sustancia de la existencia, en manos de los ociosos, aburridos o angustiados. Esa triada ofrece un enfrentamiento con la verdad del tiempo, ese ser en el tiempo al que nos debemos. La postración me acerca a ese punto de vista, la lectura y la escritura me alejan de la misma angustia. Las obligaciones nos salvarán, por ejemplo esta misma escritura.
+ Sábado, comienzo a tomar notas en el ordenador. Para aislarme he puesto a Eric Satie en el reproductor de vídeo en línea. No puedo deja pensar Honfleur, los días de Normandía. Amenaza lluvia. Son las nueve y cuarto de la mañana. Las nubes, el final del otoño, recuerdos de personas que ya no están, personas que no volverán, personas que se han convertido en extraños. Nuevos amigos que se interesan por nuestra salud. La postración da para mucho, sobre todo para una dulce melancolía. Eric Satie describe un tiempo que no fue nuestro, pero hoy lo asumimos. Escribir, tal vez escribir.
+ Debo abandonar a Eric Satie. Sólo puedo trabajar con Bach. ¿Son manías o es mi ecosistema? La construcción de un ámbito aunque nos defina va más allá, llega a condicionar el futuro. El futuro no existe, pero la presencia de Bach es tan poderosa como llena de inspiración. Continua esa escalada que me ofrece Bach, como si pudiera volver a ver las montañas a las que ascendí, el enfrentamiento a una escala muy superior, incluso a la dimensión de la gran ciudad. Pero aquí se condensa y se plasma ese impulso que la música otorga.
+ Postrado, escribo en la cama. He construido un aparataje con cojines, libros y atriles para partituras que me permiten escribir sin dolor. Curioso este dolor físico que me ataca en la escritura, muy lejos de un dolor romántico donde el yo se enfrenta a sí mismo para llegar a lo más profundo de su esencia, a la verdad nuclear que ha de irradiarse en torno a la creación. El dolor concreto tiene un aspecto adecuado para la interpretación. Pero no quiero interpretar, sino lograr un avance en la tarea, quiero llegar a la meta y olvidar esta tarea para comenzar con otra, y así. Se desvanece la noche.
+ De un lugar a otro, llego a The Soft Parade. Paso a un mix de los propios Doors. La música de los Doors tiene un gran poder evocador, bajo su envolvente sonido, el ritmo exacto, marcado por el órgano en conjunción con la batería y el bajo, otorga un colchón que me traslada a paisajes a los que nunca he llegado. Lo sé, he soñado con tierras de California y tiene sentido porque ahora se recuperan. Me detengo y espero un poco más. Me fascina ese órgano, su profundidad, la autonomía, la organización sobre el conjunto; marca rutas y transforma ese mundo propuesto en una posibilidad. Soñé con California y nunca estuve allí, pero su presencia era tan fuerte que me constó regresar al mundo de los vivos. Ahora se muestra en su extraña realidad aquel sueño: ¿Break On Through (To The Other Side)? Quizá vi alguna de aquellas guitarras en una exposición en Londres, tal vez no.
+ Dice Aristóteles que la madurez física se alcanza a los treinta y cinco años y la madurez intelectual, cuando falta uno para los cincuenta. Aquí estoy.
+ Hoy he ido a la revisión semanal. Llego un cuarto de hora antes de la cita, con el libro que siempre llevo: Normas para el parque humano, he comenzado la segunda lectura de este breve tomo. La doctora me recibe y me dice que evoluciono bien pero que debo tener paciencia, todavía debemos esperar. Me ha dado cita para el fisio. Salgo a la calle. No he leído casi nada de Normas… Sin embargo, camino y guardo esa idea de que la lectura ha caducado como actividad para establecer la necesaria inhibición del animal humano. Veo a las personas caminar pendientes de sus teléfonos y sé que estoy fuera de ese mundo, no en la totalidad, pero sí en una buena parte. A veces dudo si es malo estar fuera, pero no me gusta, no me apetece tener un smart-phone. Ni siquiera es una postura snob, que también. ¿Es bueno o malo? No es momento de juicios morales, tengo cincuenta y tres años.
+ Imagen: 14, todo lo que cabe en este número; por ejemplo: piso 14.
sábado, 30 de noviembre de 2019
Días de transición (3)
+ Espero en la biblioteca a que regrese el encargado del depósito, supongo que habrá ido a tomar un café. Cojo de una estantería de los comics uno al azar. Lo elijo porque me gusta la portada y lo que presiento no se corresponde a lo que encuentro, me agrada más de lo esperado. Se titula La joven Frances, de Hartley Lin. Tras leerlo regreso al mostrador y mis libros ya están listos. Ha sido una agradable espera, una conformidad flexible con las circunstancias sobrevenidas. Salgo a la calle y me encuentro con que la lectura del comic me ha dejado una extraña sensación de irrealidad, de ficción inserta en la vida cotidiana. Hay un tema muy interesante en esta novela gráfica: el trabajo como única razón vital. Lo afirma un personaje (un enorme abogado que dirige el bufete donde trabaja la protagonista). He pensado mucho en ello, en la articulación vital que nos ofrece el trabajo. Hay una cita de Voltaire que me llama la atención: «Nuestro trabajo nos preserva de tres grandes males: el aburrimiento, el vicio y la necesidad». Camino por las calles, está a punto de llover, chispea y reflexiono sobre la frase, sobre mi postración, sobre otros trabajo que he emprendido. He conseguido un equilibrio que nunca había esperado.
+ Compra por 0,50 € = Historias del Kronen, Jose Ángel Mañas. Tienda de segunda mano, el jueves, de regreso de la biblioteca: Le escribo un correo-e a K.: «Hoy, en el Cash Converters, me compré por 0,50 € las Historias del Kronen. He comenzado a leer la novela hace un momento. La primera impresión es que ha envejecido mal, muy mal, pero, según avanzo, esta idea se desvanece hasta el punto de considerar que se trata de un libro de cierta importancia. Estructuralmente está muy bien trenzado, los diálogos son fluidos y eficaces , y es una novela entretenida. Es cierto que el tiempo ha pasado sobre ella, como pasa el tiempo sobre toda obra humana y así lo actual se transforma en un documento muy válido para reconstruir o explicar el pasado. Pero, teniendo en cuenta esa faceta de documento para una sociología recreativa, la novela merece la pena . En fin, qué lejano todo: teléfonos fijos, las pesetas, los talegos (palabra que ya nadie usa), la constante presencia del tabaco en las barras de los bares, la televisión, lo que salía en el telediario (las olimpiadas del 92, la Expo 92, el Xacobeo, atentados de Eta, Pujol en el acmé de su carrera...), el concejal Matanzo, la heroína en Malasaña o en Chueca, etc. Cosas que se podrían trasladar a otros lugares, por ejemplo: el vino barato, la permisividad con la conducción ebria, la presencia de la heroína. Era un tiempo que fue nuestro también y una leve nostalgia me invade, que inmediatamente rechazo: este presente del 2019 también es mío. En resumidas cuentas, creo que es una buena novela y la primera impresión que remite a lo polvoriento no tiene razón de ser, pero explica cosas sobre mí y sobre la distancia que se ha operado durante este amplio lapso de tiempo. Merece la pena una relectura. A día de hoy Mañas ha sacado una continuación del Kronen, donde Carlos, el protagonista, cercano a la cincuentena, tiene un cáncer terminal. Productor cinematográfico, politoxicomano y en la misma línea moral que en la novela de partida. Durante años Mañas se resistió a la continuación de las Historias del Kronen, todo indica que detrás de esto hay una necesidad económica: los 28.000 € del Premio Ateneo de Sevilla. Pero esto no quiere decir que sea una mala novela, para saberlo sólo hay un camino: leerla». Nihilismo.
+ Nihilismo: suena The The - Giant. La letra de la canción abre y cierra Historias del Kronen. Es sábado, son las siete menos veinte, falta poco para que llegue C., falta poco para que termine la lectura de la novela. Siguo convaleciente, me duele la muñeca, ahora me duele la muñeca y me cuesta saber qué día de la semana es. Los cambios de estado explican mucho sobre nuestro principio rector, dejo que él gobierne.
+ «Este negro untar las manos / endereza lo muy tuerto» González de Eslava, Coloquios espirituales y sacramentales, qué actual resulta la cita para nuestros tiempos, que en su desnudo esqueleto son los mismos tiempos de siempre: la venalidad, la ambición, el soborno, pero sin olvidar que hay otra cara de la moneda, en la que confiamos: el trabajo honrado, el buen fondo de los hombres y mujeres humildes, el amor de los buenos hijos por sus padres, los buenos padres, la esbelta mujer de la tienda de decoración que sonríe cuando ofrece envolver el burlete en papel de regalo: “a todos nos gusta abrir regalos” (…) y así. Con esto último me quedo, pero de lo primero no me olvido.
+ Regreso de la entrevista semanal con la doctora que atiende mi lesión. En un rellano dos heroinómanos hablan, puedo llegar a escuchar que coinciden en algo: la mejor muerte es la que te llega por noche, y el otro responde que él desea lo mismo. Su aspecto cadavérico ilumina la lluviosa mañana, como la declaración contradictoria del acusado, aunque ellos no son culpables de nada, su mirada alucinada es el resumen de un mundo que se desmorona. El arte del momento me ha reglado este memento mori. No puedo dejar a un lado la reflexión sobre mi lesión, no puedo dejar de enlazar lo uno con lo otro, no puedo dejar de vivir mientras me contamino con lo diario, con su concreta e insoslayable certidumbre.
+ «Deseando una cosa parece un mundo / luego que se consigue / tan solo es humo. / Tan solo es humo, mare, tan solo es humo, / deseando una cosa parece un mundo.»
+ Imagen: pasadizo en Lisboa, alegóricco .
sábado, 23 de noviembre de 2019
Días de transición (2)
+ Hablamos sobre Madrid, de las vistas que ofrece la terraza del Edificio España [donde recientemente he estado], también de lo hermosos que resultan los días despejados de otoño en los parques madrileños, el perfil de los árboles y la tonalidad de las hojas esparcidas por los senderos. L. estaba inquieta, su examen se aproxima y, aunque no sea una condena, se percibe un salto en el tiempo, una distancia que la aisla. Fronteras que se equiparan con muros. Lo entiendo. C., L. y yo tomamos un café y en pocos minutos intercambiamos noticias y anécdotas. Viajes, coches y posibilidades. Un reflejo, la transición hacia el futuro, la edad que se posa en nuestros cuerpos, en nuestros rostros. Escribo y sé que es un hablar silencioso, una conversación con amigos que nunca conoceré. Mientras C. regresaba a la habitación donde su madre se recupera, L. se desdibuja en la masa.
+ Me gusta el negro. Un coche, la noche, unos zapatos. No llevo reloj, mi teléfono es un desastre y está anticuado, es muy viejo. Mi teléfono es negro. Todo ello representa un estudiado snobismo, es mi partido: la individualidad. Pero voy a votar y creo en lo común, me resisto a aceptar las grandes razones de los que sólo buscan su propio interés, se trata de confiar en un deber no escrito y en un contrato con el imperativo categórico. Me gusta el negro y escucho la radio francesa un jueves cualquiera, mi postración y la dificultad para escribir. La tinta azul de la pluma, la pluma que duerme en su estuche negro. La pluma es negra. Un conjunto de razones que restringen el comportamiento. Sin ambigüedad.
+ Le han otorgado el premio Premio Cervantes a Joan Margarit. Recupero de una columna de libros el volumen de Cátedra que se titula Arquitecturas de la memoria. Es una antología y entre todos los poemas busco uno que se titula «Paisarge a prop de l’aeropor - Paisaje cerca del aeropuerto», pertenece el poema al libro Estació de França - Estación de Francia. Vuelo a leerlo y confirmo mi intuición, aquélla mi primera intuición. Compré este libro en la librería Pasaje, en la calle Génova, en Madrid. Fue hace dos o tres años. Recuerdo el momento, recuerdo la sonrisa de la dependienta. La librera era joven y poseía un entusiasmo limpio, una alegría vital que se extendía desde sus afiladas manos hasta su liso pelo negro y sus ojos profundos. Pagué y sonrió mientras me deseaba una buena tarde. Salimos a la calle y ya era noche y caminamos sin rumbo hacia una cafetería que ya no existe, vestigios de los años setenta que se van difuminando, desvaneciendo. Dejé el libro junto a la taza de café negro. Lo observe, observé el rostro de J.M. en la portada, con casco, entre las torres de la Sagrada Familia, entre andamios. Me gustaba la noche desde la atalaya de la cafetería, suave y blanda, con destellos de falsa épica, opacidad en los rostros, equiparados en su inquietante reiteración, el libro era emblema y la conversación era la síntesis de la amistada . Abrí el libro mientras K. iba al baño. Leí un poema y supe que, una vez, más había acertado. Entendí algo sobre el paisaje, la memoria y el amor, sedimentos que trascienden el hecho físico del libro, que se entrelazan con lo biográfico y lo histórico, para ofrecer esas señales que no podemos encontrar en otros ámbitos. Una faceta de la poesía, esa sabiduría de lo inefable [que se debe preservar de los análisis académicos]. Meses más tarde, Joan Margarit dijo en una entrevista en El Mundo que votaría a favor de la independencia el 1 de octubre, aquél simulacro de referéndum. Me molestó y ya no me molesta, porque hoy lo valoro en un sentido muy diferente al que lo valoré en su momento: la ironía es una herramienta de corte fino y exacto. Tantas cosas han sucedido: nacimientos, muertes, retornos y partidas. Los poemas están aquí, por encima de posiciones políticas, pero, al mismo tiempo, por encima de mis posiciones políticas: el lector tiene esa capacidad para despojarse de casi todo. Abro el libro y regresa aquella tarde en Madrid y los esbozos, el dibujo de las calles, los árboles y los adolescentes que se dirigían a sus ocupaciones, regresa el libro, la librería, aquella sensación de plenitud. Los poemas viven a pesar de los autores, los poemas viven en ese ecosistema que son los anónimos lectores, que debido a su propia finitud dan sentido a lo escrito. La irrelevancia es un regalo. Así es la literatura, un océano de ambigüedad, porque es la ambigüedad moral permite separar con precisión al autor y a la obra. No juzgo, me dejo en esa razón que nunca se alcanza a nombrar.
+ Sigo con interés los discursos políticos. Con interés y distancia. Puedo ver a través de las palabras, pero no creo que sea un don sino es que los velos se han caído. La edad.
+ La nostalgia [= el nostos, el regreso, particularmente en la Odisea, pero también por extensión en la Ilíada] me lleva a consultar el tiempo que hace en Caen. Llueve, hace frío. Recuerdo sus calles, recuerdo un bar, un parque. Todo lo que habita en la memoria ha de morir, pero puede resucitar. He soñado con Normandía. Desde que C. y yo viajamos a Normandía, es un territorio unido a la infancia, siempre estuvo ahí: Le Mont Saint-Michel, las playas del Desembarco, el paisaje (carreras secundarias, los chateaux, el ganado en los prados infinitos). Ahora descanso en su recuerdo, mientras postrado escribo.
+ He perdido el tiempo con los vídeos que me ofrece el reproductor en línea. De un un punto a otro, he llegado a un viejo programa de la TVG donde se presentan diversas casas, que si tienen un punto en común: el precio que yo les supongo elevado, muy elevado. El catálogo es variado, pero, al final, me afirmo que el único sentido del programa es la constatación de una biografía, el certificado de un triunfo que se plasma en la magnificencia del hogar. Casas de gusto pésimo, donde se han invertido grandes cantidades de dinero, casas agradables, casas neutras. Arquitectos solemnes que no terminan de articular un discurso coherente, salvo por las alabanzas a los materiales y al funcionalismo, para rematar en la unión entre arte y función. Arquitectos discretos, reflexivos y tristes. Propietarios orgullosos de su espacio y de la acumulación de objetos: una casa muy vivida. No comparto ese espíritu de nuestro tiempo, la razón y la exhibición del triunfo y el dinero, pero, lo que es más importante, la suma de emblemas, de temas vitales: la biblioteca, las esculturas, la colección de figuritas, el burgués piano, cuadros, muebles heredados o construidos a medida, vestidores y acumulación de zapatos y bolsos muy caros (“siempre voy a los clásicos, porque son una inversión” y la propietaria nos enseña tres o cuatro bolsos que ninguno baja de 2.000 €, y repite la palabra “inversión”). Apago el ordenador y regreso, por un momento, a Houellebecq y creo que uno de sus grandes hallazgos es capturar esa clase media alta de nuestros tiempos, un nihilismo rampante.
+ [ITV]: Mi hermano E. conduce porque yo no puedo: mi lesión, mi postración. Mi modesto automóvil debe pasar su revisión anual. Para limpiar el tubo de escape de carbonilla, antes de acudir a la estación de la ITV, ascendemos por una carretera de montaña. Marchas cortas y acelerador a fondo. El coche expulsa una espesa nube negra. El trabajo está hecho. Continuamos la ascensión y vemos las montañas arropadas por la niebla, por esa fina niebla que trae lluvia, humedad y frío. Me duele el brazo y siento un mareo conocido, un malestar que he sufrido en otras ocasiones. Paramos y me quito el plumas. El frío hace que me encuentre mejor. Llegamos a la estación de la ITV, seguimos los trámites necesarios y esperamos. Pasamos al corredor donde examinan el coche. Mi hermano baja y sube un operario, le digo que el coche es mío pero que no puedo conducir porque me he roto la cabeza del radio. Lo comentamos y me desea suerte. Resulta un momento agradable. Veo confirmada mi sospecha: ahora la gente es más educada, lo que yo entiendo por un comportamiento europeo. Me satisface ese punto de comprensión mutua. Sigue el proceso y el coche pasa la prueba. Llueve intensamente.
+ Imagen: Honfleur - nostalgie.
sábado, 16 de noviembre de 2019
Días de transición (1)
+ Un vídeo sobre Las Torres Blancas. Ya es tarde, casi media noche, llego al vídeo por casualidad. Me gusta, en principio, su montaje, la factura de la imagen, los encuadres. Lo que realmente me llama la atención y me agrada es la persona de Carlos Hurtado, el arquitecto, el primer habitante de las Torres Blancas. C.H. conduce a un grupo de estudiantes de arquitectura por el edificio, por sus entresijos. La precisión de los comentarios son reflejo de otra época, un mundo que se desvanece y al que yo, de alguna manera, todavía pertenezco. Una manera de estar, la búsqueda de un consenso, la educación y el buen gusto. Al mismo tiempo, estudio la casa en sus elementos más humildes: la grifería, las manijas de las puertas, las ventanas, azulejos y baldosines, celosías. Son elementos que he visto repetidos en otras casas y que van desapareciendo, que pertenecen al decorado de mi infancia. Pero el edificio está ahí, en su contundencia, su trasnochada ciencia ficción, con todas las posibilidades cinematográficas o pictóricas, una parte emblemática de la ciudad. Los emblemas nunca son espontáneos. El edificio tuvo desde un principio voluntad singular, por parte del arquitecto, pero también por parte del constructor, ya que éste último buscaba significarse. Sáenz de Oiza y Huarte. Estaba proyectada una segunda torre que nunca llegó a construirse, por lo tanto su nombre no tiene demasiado sentido, ya que es una única torre. Hoy su aspecto tiene un algo de vestigio postindustrial, de nave varada, de fábrica de la que ya nadie recuerda su función.
+ [2D]. Comencé a ver vídeos sobre el trabajo diario de arquitectos (dibujo, planos, elección de materiales, maquetas, pero, sobre todo, su discurso) y tuve que apagar el reproductor. Como decía aquella mujer sabia: «nos interesa el arte, pero no los artistas». Hace tiempo que he tomado esa senda, en la línea de R. Barthes: la muerte del autor. El arquitecto no me interesa, la arquitectura sí, pero en otro sentido diferente al esperado, al propio interés del arquitecto. ¿Decorado, trampantojo, proyección? Escenario, composición de posibilidades. Sobre todo escenario, la posibilidad de devolver el volumen a su inicio: las dos dimensiones del papel, el trazo del lápiz, o a la pantalla (dos dimensiones también). La fotografía, finalmente, es lo que engrandece la arquitectura.
+ ¿He perdido mi existencia, disuelta en mi divagar diario, mientras la lesión me postra? Una vez más, observo en la distancia.
+ Mi lesión de codo evoluciona bien, pero todavía no puedo realizar todos los movimientos que corresponden a la articulación, con la consiguiente incomodidad y limitación. La distancia que establece la lesión tiene un algo de enseñanza. Es sabido que perder una facultad es comenzar a apreciarla. Lo veo claramente ahora que he recuperado la capacidad para escribir mediante el teclado del ordenador. Y ahora sé que hay una corriente entre mi cerebro, mis manos y la pantalla. Es ahí donde coagula el texto, donde se darán las correcciones y la posterior finalización, el último párrafo, tal vez. Observar el proceso desde el automatismo perdido otorga una perspectiva privilegiada. ¿Me conozco mejor o he descubierto partes ignotas? En este sentido, el tiempo me ha colocado en lo que cada vez en más mi lugar, una depuración, un decantado fluir de razones y deserciones, de abandonos y solidaridad, se replantean las preguntas y ya son otras. La lesión me ha servido a manera de cartografía para rehacer el itinerario, ¿para llegar al mismo punto? Es algo que está por determinar.
+ Concretamente, hay una suma de factores que afectan a lo diario de una manera no deseada, pero el conflicto es algo esencialmente humano: digitalización, el precariado, nacionalismos, el e-comercio, la subida de los alquileres o las viviendas turísticas (tan relacionado lo uno con lo otro), el parque temático como razón de vida y explicación vital. El día termina.
+ Me encuentro con un conocido, es médico. Me habla de sus hijos, estudios y trabajo, me habla de los problemas que hay en su profesión. Lo escucho atentamente. Nada sé de la medicina. Son campos ajenos y lejanos, donde la ficción construye más que la realidad. Para mí la medicina es un índice en Mme. Bovary, por ejemplo, que aunque útil en algunos sentidos, no opera como guía. Sin embargo, si me ciño a las lecturas de Foucault todo cambia. He tratado de trasladar lo que me decía a la arquitectura donde se da lo expuesto, los conflictos. No puedo menos que relacionarlo con los espacios y las relaciones personales. Esta forma de aplicar plantillas sobre la realidad da sus frutos y, con mayor frecuencia, la aplico en situaciones diversas y no excepcionales. ¿He aprendido a pensar?, me pregunto ante la música que desgrana la emisora de música clásica.
+ Hoy es día de votación. Iré a votar sin convencimiento.
+ Ya tenemos resultados electorales. El resultado no me gusta y he votado desde la desilusión, lo que restringe la posibilidad de la esperanza [mejor así, pues la esperanza no es una virtud, sino un problema que termina por manifestarse en el futuro]. Ayer a la noche E. y yo estuvimos hablando, ambos llegamos a un punto común, que la historia es una sucesión de crisis [como casi siempre, no es una la única explicación posible, pero sí resulta ilustrativa en este momento, válida para tratar de explicar como fluye lo diario que nos supera]. Hemos de esperar con el convencimiento que los pronósticos nunca se corresponden con la consecución de los hechos. Aquí lo dejo, en suspenso, ya que mi opinión carece de elementos para el juicio para formarse adecuadamente, a la espera de la evolución de los pactos y sus consecuencias. Los pronósticos tienen, como toda predicción, al error. Pero la desilusión es el tono.
+ Trato de seguir con mis tareas, pero me cuesta. He perdido la concentración, el impulso, mi actitud. Hay un trabajo diario de recuperación, de aceptar la nueva situación. Me veo en el espejo, por la mañana. Me estudio y trato de encontrar esa chispa vital. Pero no me detengo y rechazo la postración. Cada día es un batalla, pero no me rindo.
+ Imagen: en el MNCARS disparo sobre una obra para crear otra obra (?). La fotografía transforma las 3D (la obra y el espacio expositivo) en 2D (la extensión de la pantalla del ordenador: aséptica); se trata de ejemplificar (?). De un punto a otro punto, sin interrupción. [Carl André, Magnesium Copper Plain, 1969 - 1970].
sábado, 9 de noviembre de 2019
Recuento
+ Los delineantes son parte del pasado, tal como se conocieron hasta finales del siglo XX. Por lo tanto, sus dibujos se convierten hoy en materia propicia para una arqueología, pero también adquieren un aliento artístico. Dibujos que todavía conservan el aire del presente, las construcciones que se sirvieron de esta herramienta pertenecen a la actualidad; sin embargo el dibujo en sí mismo, cuando se contempla, se ha transformado en un objeto muy antiguo, hasta el punto que, en ocasiones, reclama ser resaltado, y ello se obtiene mediante el enmarcado. Como siempre, es el tiempo el que otorga el aura que modifica objetos de uso cotidiano para pasar a ser objetos extraordinarios. He tenido la oportunidad de , estudiar tal vez, colecciones de planos de carreteras que arrancan en la mitad del siglo XIX y llegan hasta el final del siglo XX. Apuntes, notas, copias de amoníaco, cuentas sobre el papel de calco, plantillas, láminas de tramas para destacar la característica de un terreno y una larga lista de documentación gráfica que permitió tanto la construcción como la gestión de las vías. Hoy son documentos que posibilitan en su virtualidad la reconstrucción del pasado, de una de las múltiples caras del pasado. Hoy son, ante todo, archivo. Pero, volviendo a los delineantes y su desaparición en el torbellino digital, el pasado no regresa salvo en la historia o en la ficción, narraciones que encuentran ese punto en común que resulta ser el lector. Una realidad absoluta, sin discusión. Los delineantes han perdido su sentido y con ellos han desaparecido sus enseres: plumillas, tiralíneas, compases, el cartabón y la escuadra, lápices y gomas (…), puedo ver este utillaje y lo entiendo como parte de la citada arqueología, un melancólico catálogo de abandonos. Hoy es domingo, he regresado de Madrid y la semana se inicia con lluvia, una lluvia intensa y constante, algo propio de la estación, algo propio de estas tierras.
+ [Días de Madrid]. Días de largos paseos, café y dulces. Llovió poco y hacía una temperatura agradable. Los parques exhibían los colores del otoño, las gradaciones del verde hacia al amarillo. Cielos plomizos y oscuras tabernas donde comer frutos secos o aceitunas muy grandes, rellenas de cebolla. Hablamos mucho K. y yo. Sobre el pasado, el pasado como marca indeleble que nos lleva a constatar la fugacidad de nuestras vidas, lo vano de toda empresa humana y la necesidad de creencia, ya cuajen en la misa diaria como en la ecología. ¿Quién decía que “el ser humano no es trascendente pero precisa creer en la trascendencia”? Este tema se ha repetido mucho en los últimos tiempos y es algo propio de la edad que hemos alcanzado, la conversación política que hemos mantenido se enzarza en esta verdad: el tiempo todo lo borra. El momento parece muy difícil, pero si ve en la longitud, en el nicho que terminará por ocupar como narración, no es nada, una espuma más. Eso hablamos mientras veíamos desde la altura del Edificio España los límites de Madrid, su topografía y perfil.
+ La última semana se iniciaba con una referencia al aeropuerto de Barajas. Hoy domingo ya he regresado. El aeropuerto queda atrás. El sábado me levanté a las siete y media, K. y yo desayunamos juntos, cogí el metro y realicé las operaciones necesarias para cruzar los controles. Compré una botella de agua y una revista (L’Expresso). Leí un poco, pero, finalmente, me fijé en las personas, hombres y mujeres, en sus cuerpos, en sus gestos y en su manera de caminar o de pararse. La variedad en el atuendo me fascina y a todo ello le aplico una visión pictórica, como posibles sujetos de imposible lienzos, ya que nunca serán ejecutados. En este sentido me reconozco en David Hockney y su pintura. Un ejercicio de estilo, sin duda.
+ Me desperté de un sueño no demasiado extraño pero sí pleno de desasosiego: aparcaba el coche y no conseguía recuperarlo, caminaba y me encontraba con personas que me daban inútiles indicaciones, mi coche ya no era negro, sino blanco. Poco más. Había una explicación. La tarde anterior traté de sacar dinero de un cajero, pero llegado el último momento, cuando apareció la excesiva comisión, decidí anular la operación. Llegamos a casa y en la tablet pude comprobar que me habían cargado en la cuenta tanto el importe como la comisión. Me enfadé y durante un rato permanecí enfadado. Llamé a mi banco y me dijeron que lo más probable es que me hicieran un reintegro. No me quedé muy convencido. Se lo dije a K. Poco a poco, ante el televisor, comenzamos a hablar de otras cosas y me entró el sueño, estaba rendido, habían sido muchas horas caminando, entre conversaciones y apreciaciones sobre el pasado o la sociología espontánea del momento. Antes de dormir me dije que no importaba, debía dormir y los problemas los solucionaría al día siguiente; con todo dejé a mano el teléfono de la compañía de cajeros automáticos y una anotación con el número de operación que aparecía en la consulta en la aplicación del banco. Dormí entre sueños espesos y lo único que recuerdo era la desaparición de mi coche. En esa niebla encendí mi tablet y comprobé que se había realizado el reintegro. Algo se cerraba y su nudo era el sueño, donde aparecían personas que nada solucionaban, retales de historias que no deseaba oír, un coche que no era mi coche, ya que era blanco y el mío es negro. Los sueños, más que premonitorio resultan ser depuraciones, bien de los miedos, bien de las ansias o esperanzas, bien de las variadas preocupaciones. Cerré la tablet y Madrid se desplegaba ante nosotros, K. y yo.
+ [Lesión]. El lunes, mientras realizaba una tarea rutinaria en mi trabajo, tropecé y me caí. A consecuencia de ello, tengo el brazo izquierdo inutilizado. No puedo escribir en el ordenador, por el momento. He descubierto el dictado: hablo y el ordenador escribe, transcribe. Al tiempo, tengo la pantalla encendida y hago que surjan entrevistas con escritores, paisajes y reportajes sobre recónditos lugares del planeta. Luego llegan los noticiarios, las tertulias políticas o los programas de entretenimiento, en su amplitud narrativa. Debería estar en el trabajo, pero aquí estoy: varado. La lectura me redime y me da un punto de apoyo. En un primer momento la melancolía me asaltó, pero me he sobrepuesto y la tarea es invertir el estado: las ventajas están ahí. Acabo de terminar dos libros y mañana espero regresar a la investigación. [Hoy miércoles, veo un avance].
+ Ha regresado la mecanografía, como un don. Todo un regalo. Cuánto se valora lo que uno acaba de perder. Escribo, ya, con las dos manos y esto tiene algo de divino. Me regocijo. Tecleo y olvido el dictado, pero no es un olvido definitivo sino un, espero, largo paréntesis. Prefiero la conexión en silencio con el ordenador que el dictado, porque toda escritura está perlada de manías. Tan necesarias las manías, tanta definición acumulan. Me contemplo en ellas y no me reconozco, se ha roto el automatismo. El día llega a su fin.
+ Imagen: La ventana que recorta Madrid, la Gran Vía desde el Edificio España. Un testimonio.
sábado, 2 de noviembre de 2019
El muestrario donde elegir
+ Madrid - Barajas. La crónica queda en suspenso. Preparación de un equipaje [libros]: deberé permanecer en el aeropuerto de Vigo unas horas, para ello llevaré conmigo Las palabras y las cosas [espero darle un impulso definitivo a esta lectura sistemática, tan importante es para mí, por el contenido pero también por una cuestión interior, como la primera ve que leí el libro y en el se manifestó algo que yo había presentido, la confirmación ahora se hace materia].
+ Recuerdo: una de las terrazas de la Modern Tate Gallery, asomados C. y yo a la geometría de Londres. Permanece esa traza, la calle que se pierde en un horizonte de casas bajas y los árboles diseminados, en el fondo un horizonte gris y vibrante, también recuerdo el marco que formaban algunos edificios de acero y cristal. Una poética del recuerdo que se lastra en la falta de autoría en lo arquitectónico y urbano. El anonimato.
+ Trabajo con dos listas: escritores y temas. La primera tiene pocas entradas, la segunda se extiende sin solución de continuidad. Ambas tratan de establecer motivos para asentir o disentir, para guardar silencio, para dar algo más que una respuesta escueta. Mapas conceptuales para determinar mi posición. Recuerdo una conversación sobre escritores y razones para le lectura, la conversación derivó hacia un cuestionario sobre gustos, filias y fobias. Apenas respondí con claridad porque creí que era lo oportuno, pero, sin embargo, quedé pensando durante días sobre la realidad de lo que me gusta y me disgusta, lo que me interesa y lo que me resulta indiferente. De esa reflexión nacieron las dos listas, sobre las que trabajo espaciadamente. Las reviso, las cuestiono, las amplio o las reduzco. Son asuntos como el turismo de masas, la precariedad laboral o el nacionalismo, por poner tres ejemplos de la segunda lista (la más extensa). Los escritores están muy medidos.
+ En la biblioteca cojo Los avispones de Peter Handke. También Cosmos, de Onfray.
+ He cogido Los avispones porque es un libro que leí hace veinte años. Quiero saber en qué he cambiado, y eso es algo que me aportará el libro. Estoy seguro. El libro permanece, pero el lector muta, un libro sin lectura no existe. En ello estoy, como un planteamiento, un desafío al que fui. A veces no me acuerdo, me digo y ahí está el ajado libro, sus tapas color crema y en el lomo unas letras de un verde apagado que resulta extrañamente elegantes. Es un libro que ha perdido sus guardas y ahora es otra cosa, como un diseño no previsto, que lo adorna el ordenancista tejuelo. Es el tiempo sobre el libro. Y el libro es el mismo, el mismo de hace veinte años, el mismo que cogí en la misma biblioteca. Pero ya no es el mismo, porque yo no soy el mismo, el lector no es el mismo.
+ En los últimos días me ha comenzado a interesar Michel Onfay y no tengo una idea clara sobre él. Su biografía me resulta próxima. Un sentido de obligación que nace del trabajo manual y se aleja de las aulas, de la lectura, de la meditación sobre la propia escritura. Hoy, al salir de la biblioteca, me tomé un café carísimo y muy bueno, pedí un agua y el agua era agua mineral. Lo disfruté y no me pareció mal pagar un cierto sobre precio. Esto tiene su importancia, pues mientras leí el prólogo de Cosmos me tomé con deleite el café y el agua, con una temperatura adecuada y una precisa salinidad, leve y graciosa. La conjunción del café y el prólogo resultó extrañamente agradable: la tarde del miércoles, la sensación de irrealidad en los rostros que veía a mi paso, las nubes bajas y el perfil de las iglesias y de las ruinas. En el prólogo M.O. habla de la muerte de su padre, de un viaje que hacen al Polo Norte y de una anécdota de cómo los perros de los inuit fueron masacrados por los norteamericanos en la Segunda Guerra Mundial para impedir que pudiesen regresar de la dispersión forzada a los que los sometieron, con el objeto de que no los molestasen en las acciones militares que en el Polo Norte desarrollaban. Leí el prólogo con interés y sentí una proximidad presentida. Pensé en Caen, pensé en los días en Normandía, pensé en cuando nuestro coche alquilado nos transportaba por aquellas hermosas carreteras secundarias. Ay, todo resulta redundante. En el café, unos clientes permanecían en silencio y otros hablaban, pero en contra da la costumbre, lo hacían en voz baja. Terminé el prólogo, pagué y me fui. La vibración permanecía y pensaba en la muerte de los seres queridos, como cada muerte es un peldaño más, un peldaño que se asciende en un conocimiento profundo e inesperado. De algún lugar ascendió el zumbido de la muerte de mi madre. La ciudad perdió todos los colores y los rostros se desvanecieron. Fantasmas que transitan a tu lado, me dije, soy tan misántropo [¿es totalmente cierto?]. Entonces me encontré con mi antigua compañera de trabajo. Yo caminaba y la vi, ella me vio y se acercó. Hablamos. Estaba contenta. Me dijo que su salud había mejorado mucho y así lo certifiqué: una alegría sincera emanaba de sus manos y de sus ojos, su voz tenía el tono adecuado y había desaparecido una crispación cristalizada, una crispación característica de otros momentos. Nos despedimos y me pregunté por qué me interesaba Michel Onfray. No tengo respuesta por el momento, prefiero que lentamente cuaje o se disipe. Entré en la tienda de empeños y me interesé en unos pedales de efectos para guitarra, estudié un amplificador Yamaha y leí los lomos de algunas novelas románticas de portadas color pastel y letras doradas. Es miércoles. Caía la noche. Pensé en Normandía, en C. y en su trabajo, pensé en E. y sus estudios, pensé en la oposición de L., en mis hermanos, en el equilibrio y en el vértigo. Es miércoles. Volvía casa con los dos libros y no había más que decir. Mi padre estaba allí con la televisión encendida. Hablamos un rato y yo sabía que esto era irrepetible, todo es susceptible de ser atesorado, salvo el tiempo, el tiránico tiempo.
+ «El estilo blanco y neutro de una época blanca y neutra», dice Michel Onfray en una entrevista televisiva sobre las novelas de Michel Houellebecq. Continuo con la lectura de La carte et le territoire.
+ Sí. No llevaré el libro de M.O., pero esto, lo sé, es definitivo, me alejo del texto, de su planteamiento. Esperaba más de lo que encuentro. [7:25 de la mañana, pronto iré al trabajo y la entrada en otro compartimento estanco me libera de presión, pero la presión regresará a la tarde: ¿es esa mi droga?, tan amplio es el muestrario donde elegir].
+ Pienso en las piedras que voy acumulando en la bandeja del coche, la que está junto al cambio de marchas. Pompeya, Berlín-Sachsenhausen, Omaha Beach. Piedras que traje de las largas caminatas con mi padre en las montañas de su infancia: la sierra de la Cabrera, Peña Trevinca, el Teleno al fondo. Todas esas piedras conforman una imagen poética que ayuda a conciliar el sueño, a invocar otros mundos, la conjura de la maldad. Me quedaré pronto dormido. El sueño se declara circular.
+ ¿Un título? Diario de un decapitado.
+ Imagen: disparé recientemente esta foto. Es un itinerario que se repite desde hace cinco años. Conozco el edificio, la vegetación, sé de la cuesta que desciendo y luego subo. La repetición de un trama urbana, la ciudad, sus límites. Volveré a disparar otra foto, por constatar una suerte de sistema, una hipótesis sobre mi obsesiones y despistes. Ahí queda.
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