sábado, 7 de julio de 2018
El tiempo de la oportunidad
+ Llega el viernes. Se ha terminado la semana laboral. recibo la hoja donde se refleja mi nómina. La guardo en el bolsillo trasero sin abrirla: conozco las cifras que me corresponden, no hay sorpresas. Regreso a casa. El tráfico es denso y se hace pesado avanzar. A veces me parece que hablo demasiado del tráfico. El tráfico es como el tiempo metereológico: conversaciones de ascensor. El mes de junio se ha terminado. Hojas que se caen del calendario, hojas que no han de volver. No deseo sufrir esa melancolía de lo evidente. Como, duermo la siesta y arreglo la cocina. Una densa capa de pesadez inunda mi cabeza: leo y no sé qué leo. Es el espesor de la tarde, que anuncia tormenta. No es tristeza, es neutralidad. Oigo hablar de hijos, de proyectos, automóviles o números. El debe y el haber. Me relatan unos problemas con hacienda y no sé qué decir salvo un contundente: yo de eso no sé nada. Y es cierto: todo, casi todo lo desconozco. Una cosa sí sé: mejor es no tener problemas con Hacienda. Los problemas nos alejan de la única verdad: el tiempo es limitado, el tiempo del reloj, el tiempo del calendario. ¿Y el tiempo de la oportunidad? Escribir se resuelve en un hábito doloroso que nos ayuda a comprender los huecos que en lo diario aparecen, las sombras junto al camino, el vacío, el silencio. No es una terapia, es un dibujo torpe de lo no dicho a lo largo del día. Viernes, final de junio.
+ «The pursuit of beauty in much more dangerous nonsense than the pursuit of truth or goodness, because it affords a stronger temptation to the ego.» N. Frye in Anatomy of Criticism, Four Essays.
+ Poderosamente nos llama la atención aquello que no podemos reconstruir, que no alcanzamos a entender, una belleza latente donde un posible significado no termina de emerger. La escultura en el museo arqueológico, la pintura medieval ante la que nos clavamos con nuestra visión de turista, el contraste entre la hipervelocidad y el sereno equilibrio simétrico de un parque que descubrimos por casualidad en una ciudad extraña y muy grande: un remanso de paz con niños y perros calmados, sin estridencia, arropados por el murmullo del agua que corre. Esas ciudades que se construyen en la imaginación, en las que nos plantamos un día y, por sorpresa, coinciden que lo elaborado en la fantasía. Así vi yo Nápoles, así pienso yo ahora Nápoles. Por extensión, también, Pompeya. Más allá, los jardines de Capo di Monti. Palmeras, césped y una cortina de sólidos árboles.
+ Retomo la lectura de Berlin Alexanderplatz. Ahí están esas materias muy próximas a lo que yo entiendo como una visión o un punto de vista, mejor: mi punto de vista. Un punto de vista no deja de ser una selección de elementos en bruto, pero la selección es el estilo. La selección aporta una estructura, una línea, un ámbito de reconocimiento. Yo sé que lo que yo veo en la novela está muy condicionado por una educación sentimental que tiene su base en la fascinación por la ciudades y una cierta imposibilidad por alcanzar esa meta. ¿Una meta? Suena una limpia guitarra en Venecia Radio Clásica. El día está nublado y la novela reposa en el anaquel. Habré de darle vida con mi lectura, pero esta tarde, no en esta hora. Quizá en la última hora del día.
+ Moderno viene a ser el resultado de unir modus y -ernus (= hodiemus: hoy). El modo, la moda de hoy. Así, todo se extingue en el momento de la modernidad, pues el hecho de ser moderno y estar ya en el pretérito es una sola cosa. El imposible de la modernidad
+ No es posible ser por siempre joven, leo en una introducción a un poema de J. Keats [«Ode on a Grecian Urn»], una introducción que comienza con la sentencia: «It’s hard to be human». Es fácil buscar en la red información sobre el poema , imágenes, datos. Referencias que hunden al lector en el océano de las suposiciones. ¿Se debe leer el poema desnudo o precisa apoyos que ilustren sentidos a un no leído lector? Responder a esta pregunta es partir en dos la inocencia. ¿Es la belleza el tema? ¿Qué belleza, de qué belleza nos habla el poema? ¿Me está vedado este sentido, su significado, ya que no soy un hombre del XIX inglés? Se abren estos abismos y sé que para la mayoría de las personas no tienen ninguna importancia, para mí sí. Se trata de enfrentarse a ese tiempo que nos muestra la urna, la vasija griega. Eso percibí en Pompeya y ahora lo recuerdo. Aquella sensación es la misma que la del poema, con la salvedad de que yo no alcanzo a trasladarlo a una forma. Pero la perplejidad ante la incontestable presencia del tiempo en las ruinas creo que es la misma. Una melancolía resignada. La edad, la lectura, una semilla antigua.
+ Debo ir a Correos a recoger un paquete, un libro que una librería de Madrid me envía. Es algo que sucede con cierta frecuencia. La costumbre que he adquirido se resuelve en la ausencia de entretenimientos en la espera, salvo el estudio neutro de las figuras que también esperan en el amplio hall de la oficina de Correos. Señoras que no pierden la coquetería, chicas que disimuladamente rezan un post-hippie rosario, hombre panzones y aburridos. Madres: una chica muy joven con dos hijos, negra y muy delgada, con un bolso caro, con un teléfono caro, pintada con discreción, un rojo cereza que la favorece mucho; una mujer en sus treinta o cuarenta, seria, disciplinada, que reprende a su nervioso hijo con un gesto severo; la joven madre de un bebe perfecto. Observo y no añado nada, salvo las posibilidad fotográfica que no se realizará. Es un martes cualquiera de un verano que no termina de cuajar, los que esperamos tenemos un punto de aburrimiento abúlico, lastrado, pétreo. Veo que mi pesadez tras la profunda siesta no resulta privativa. Ya con el libro, camino por la calle, hablo y mi teléfono es el teléfono de un anciano, porque yo lo soy cuando quiero serlo. Veo otras caras que me ofrecen caridad en asequibles porciones de domiciliación bancaria, vendedores de cualquier cosa que, trajeados, se desplazan por la densidad del día, un tanto pasmados, un tanto ansiosos, por momentos, en una síncopa eléctrica. Correos es un dédalo de posibles retratos que nunca se ejecutan. Me sorprendo con los pasatiempos que invento y que deshecho al instante. Soy un aficionado con poco interés.
+ Imagen: entrada, escaleras, introducción, imposiblidad de recuperar el instante, el momento y la oportunidad, su tiempo y su olvido.
sábado, 30 de junio de 2018
La insignificancia
+ Regreso a casa y veo junto a los contenedores de basura una reproducción de La maja desnuda de Goya. Tiene pegados algunos plásticos y cinta de embalar, así mismo hay unos agujeros producidos por un punzón o un bolígrafo. El contraste tiene su interés. Subo a casa, tomo mi pequeña cámara, bajo y disparo. Son las diez, la noche es cálida y se oyen los gritos que el mundial de futbol provoca. Regreso a casa y dejo la cámara en su casilla [como un hueco propio en el archivo]. Me olvido de ella y de la fotografía. Así es como disparo últimamente. Nada busco, pero hay una intención en todo disparo, en ese momento preciso. El azar bendice las imágenes. El contraste entre esa belleza portentosa y la basura nos habla de nuestro tiempo de tanta velocidad y tanto desgaste. La basura como archivo, el archivo como testimonio, el rechazo a la biblioteca porque ésta ordena y determina la lectura, algo que no deseamos. Cuando disparo, yo también ordeno. El cuerpo de la mujer y los verdes contenedores de basura, el amarillo del reciclaje de plástico. Ladra un perro con desgana. El verano pronostica aventuras. El curso se ha terminado y la imagen de la maja desnuda parece ser el resto de un proyecto de algun estudiante de Bella Artes: abandonado en la playa de la basura. Ahora recapacito : la posibilidad de descontextualizar el grupo y llevarlo a una inmaculada sala blanca de museo y otorgarle el nuevo contexto: blanco, simétrico, ortogonal, aséptico. En el centro de la sala, con su propio discurso, con su propio público dispuesto a empaparse de la propuesta. Mi tiempo es tu tiempo, mientras leo, mientras escribo. La basura, el detritus.
+ Descargo las fotos en el ordenador y veo que las fotos que disparé no merecen la pena. La intención está por debajo de lo obtenido. Algo que sucede con una frecuencia no deseada. Finalmente, una de las característica del buen fotógrafo, si la expresión tiene sentido, es la conexión perfecta entre lo pensado y lo capturado. No es mi caso.En alguna ocasión lo consigo, muchas otras no. En este caso las esperanzas eran muchas y los resultados muy pobres.
+ Me llega el libro de Paco Gómez. Veo sus fotos y sé que me llevará tiempo verlas. El formato del libro no se corresponde con el formato de las propias fotos, de la ampliación, pero también intuyo que algo permanece y eso es lo que me interesa. La semilla germinará en la ilusión de ver sus fotos, algo que quizá nunca se dé, pero que se mantiene como un horizonte.
+ Muere una persona joven [cuarenta y ocho años]. No la conocía, ni siquiera sé su nombre. Sin embargo esa noticia invade el camino que va desde mi casa a la oficina de correos. No puedo dejar de tener presente la fragilidad de la vida mientras me cruzo con las personas que por la calle caminan: jóvenes, niños, ancianos, mujeres de mediana edad, hombres que parecen mayores de lo que en realidad son, viejos que parecen más jóvenes de lo que aparentan (…) Todos tendemos hacia lo mismo, hacia nuestra humanidad, nuestro centro: el humus, la tierra que habrá de nutrirse de los cuerpos de lo muertos, la tierra a la que debemos regresar. El ciclo de la vida. Presiento que el materialismo es una base, pero no agota los significados, a pesar de estar comprimidos en nuestra realidad, en lo que somos: tiempo, simplemente tiempo. Materia y energía, gobernadas por el tiempo.
+ Son las seis de la mañana y vuelvo a ver el libro de Paco Gómez. Ay, la fotografía: cómo atrapa el tiempo, lo fija y muestra la certeza, la única certeza. El blanco y negro perfecto es el emblema del día, su afán.
+ «Así que, no os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán. Basta a cada día su propio mal». Mateo 6, 34.
+ Un minuto, tomar aire y sumergirse. El extraño placer de sentirse extraño: así recuerdo la experiencia de bucear. Pertenece al sueño de esta noche, pero no cuajó ya que la resolución se centró en aspectos administrativos: quién decía que quien trata con vacas, sueña con vacas, cuando al opio se refería, ¿Thomas de Quincey, cuando al opio se refería? Puedo asegurarlo: la vida administrativa, el papeleo, la burocracia son una otra vida necesaria, sobre la que nuestra vida se sustenta. Bucear también resulta ser una documentación, el mundo que nos expulsa porque la respiración resulta imposible. Papeleo, vacas, buceo. Palabras en torbellino mientras el día se depierta.
+ Un bodegón: cestas, pan y cuchillo. Me parece un buen augurio. No creo que en los augurios, pero los observo con interés y descreimiento.
+ Cuando más seguro me siento en una situación, más dudo de su persistencia porque sé que todo se disgrega en un instante, porque todo está condenado a disgregarse. No hay salida. Mis dudas se ciernen sobre la fluidez de mi vida en los últimos años: todo discurre con la prevista armonía, como la marea baja sucede a la marea alta y la marea alta sucede a la marea baja. Sé que sólo es apariencia, porque subterráneamente el cambio va operando su labor. Me remito a la cita bíblica de Mateo: cada día tiene su afán y en él hay que centrarse, al tiempo que nada se debe esperar del día que ha de suceder al presente, cada día traerá «su propio mal».
+ Dos fotos: la maja contra los contenedores de basura, el rojo y la semilla, una naturaleza muerta. Cada momento traduce un estado, cada disparo una ambición. Pobres ambiciones, ligeras sorpresas.
sábado, 23 de junio de 2018
El fragmento y la totalidad
+ No tengo muchas esperanzas de terminar Berlin Alexanderplatz. La afirmación no es una pose, no es una boutade. Hay un momento en que la ficción nos abruma. A mí me abruma el conocimiento que ofrece. Un mundo que se despliega, la lucha contra su áspera realidad.
+ Veo en una página en línea el proyecto sobre la recuperación de un barrio que denominan la Isla de Campanha, Oporto. Todo se traduce en elegantes dibujos, limpios blancos surcados por no menos elegantes grises, líneas puras, colores planos. Contrasta el dibujo con la realidad que muestran las fotografías: improvisación, materiales de desecho, pinturas absurdas, grafitis desmadejados y guiados por un profundo e irreflexivo horror vacui, huecos asimétricos, cubiertas sin orden ni sentido que tan pronto se resuelven con plásticos como están ausentes, hormigón sin pulir, grava, hierbas y malas hierbas que crecen en los cantiles. Pienso detenidamente en cómo durante los últimos años la ciudad se ha transformando y ha surgido un algo muy europeo, ordenado y homologable. ¿El futuro, el presente, Europa, tal vez Europa o este nuestro tiempo de hipervelocidad? Si esto puede resultar deseable [o no], se debe tener presente que un otro algo se pierde en el tránsito del desecho a la perfección internacional que todo lo equipara y todo lo diluye. Recuerdo otro Oporto y siento nostalgia, pero no sé si la nostalgia es por la ciudad misma o por lo que fue mi juventud; en cualquier caso no podemos de dejar de constatar la impermanencia de la realidad, de las obras humanas, su legado y su recuerdo, constatar el gasto, la destrucción, la ruina. El tiempo, esa trituradora, o mi querencia por el detritus.
+ El crítico de arte, al que suelo tener en cuenta, dice que Van Gogh no es un pintor aceptable y que está sobrevalorado. No entro en la cuestión, el juicio queda en suspendo. Van Gogh. Pienso en las sillas, en la habitación o en las botas del campesino que como metáfora o herramienta discursiva utilizó Heidegger. El gusto por el objeto y el uso del objeto me atrae, los objetos transidos por el paso del tiempo me atraen y creo que V. G. logra crear con su representación un esquema de dimensiones manejables. ¿Valdría una comparación con el diccionario? Un imposible diccionario como dispositivo para la reflexión: dónde se ordenan los elementos que se constituyen perfil de lo diario, el transcurso del tiempo: cómo las botas del campesino se degradan con el uso y el trabajo. Y también Los girasoles son tiempo, son encarnación del tiempo y su propia descomposición. Dice el crítico que es un pintor regresivo y no hace que la pintura avance, no me parece un apunte de importancia ya que yo no creo en el progreso del arte sino en una simultánea coexistencia que varía desde la mirada del espectador tanto pasivo como analítico, y así vive, y así muere. Nada caduca ni existen sustituciones absolutas, las obras emergen y se sumergen en ese piélago que es la historia. Pero el crítico resulta inflexible con el pintor holandés, y lo comprendo: yo entiendo que su rigidez, su severidad es parte del atuendo: las filias y, sobre todo, las fobias inciden de manera especial en el personaje que se muestra al mundo. Apago el ordenador.
+ Yo pienso en Los girasoles y encuentro una hermosa belleza fúnebre que se enzarza en esos amarillos de tan buen resultado, tan apetecible, que con tanta facilidad se transforman en kitsch, pero eso no me parece un demérito, sino al contrario: toda una capacidad.
+ Debo redactar un breve documento y estoy bloqueado. El bloqueo se extiende por la totalidad del día, lo condiciona. La escritura implica un particular sufrimiento, la lucha del escritor contra la persona que lo sustenta no resulta muy comprensible. Me enfrento a mi exigencia y a mis incapacidades varias. Bajo la textura del trabajo dejo que suene indefinidamente Bach, no sé si me ayuda, pero me calma que no es ya poca ayuda. Ahora, seis y veinticinco de la mañana, antes de ir al trabajo, un línea tenue y electrónica marca una melodía que me inquieta. Me digo: estás demasiado sensible. Seis y media, apago.
+ Hoy vuelvo al texto y lo veo de otra forma. ¿Me gusta? Eso nunca, me digo con incierta sátira, pero sí hay un punto de satisfacción, leve y agradable como la templada atmósfera de la habitación donde escribo. Voces que llegan de la calle, un claxon que se repite, pitidos, golpes en una obra. El murmullo de la tarde me agrada y complementa la redacción, como si existiese un ritmo subterráneo y fértil. Todo es cuestión de actitud, de creerse dentro del papel, disposición no para ocupar un lugar sino para crearlo. Estos ámbitos se relacionan en la intimidad de la escritura: ese debate contra la nada que nos habita.
+ Sin propósito, la lectura de Berlin Alexanderplatz continúa. Sigo sin ver que llegue a terminar la novela, pero semeja haberse convertido en una tarea.
+ Llevo dos días sin tocar Berlin Alexanderplatz.
+ Imagen: fragmento de Lisboa.
sábado, 16 de junio de 2018
¿Comunicación o conocimiento?
+ Llueve. En junio llueve copiosamente. La lluvia no me desagrada, tiene elegancia y otorga una idea limpia que se acerca a la poesía, si ello es posible. Cuando digo lo que digo, no pienso en la poesía como un núcleo formal y un ropaje elocutivo, al contrario: para mí, en este momento, es una unidad. La lluvia contiene ritmo y mensaje, un sentido válido para cualquiera porque cualquiera lo puede adaptar a lo que necesita. A los gatos la lluvia no les gusta, se suben a una altura y contemplan ese monocorde fluir: charcos, goteras, impactos en el agua que se expanden en círculos concéntricos. Yo me pongo en su lugar y la razón les doy: mejor es correr bajo el sol, tirarse a dormir en un tibio invernadero, revolcarse en la fresca tierra negra. Pero mi otro yo admite las incomodidades de la lluvia en función de ese estar en la vida con la mirada puesta en su final: la tristeza de la lluvia nos otorga perspectiva y en ella descanso, a pesar de ser ya junio, ya muy próximos a su ecuador: el inicio del verano.
+ La melancolía. La melancolía es negra como su nombre indica. La escritura se resuelve en un medicamento. Siempre se ha sabido: dejar en el papel lo que por la cabeza fluye es conjurar ese malestar, alejarse de lo dicho, de lo pensado y pasar de ser el que escribe a ser el que lee. Nada como la distancia. Oigo a un filósofo-sociólogo-crítico de arte hablar en francés sobre cómo las imágenes migran como las personas migran. Un apunte. El grabado de Durero que retrata a la melancolía me intriga, ahora, tras un domingo largo e infructuoso. «Potencia, no poder», dice a su interlocutor el filósofo, ahora, según el rótulo, historiador del arte: Georges Didi-Huberman. Vuelvo sobre el grabado y dejo que repose, lo veo en la pantalla y albergo una duda, pero no cuaja y apago el ordenador. Hoy leí una sentencia y la olvidé. Hoy, domingo, no ha sido un día productivo, en ningún aspecto y eso hace que regrese una decepción larvada y misteriosa, paralizante. El coche se desliza entre la lluvia y la música es un organismo vivo, que me envuelve y me muestra que hay otra vida tras la vida: ser humus que haga que las violetas y los champiñones fructifiquen. Eso es Marco Aurelio, me digo y avanzo entre la peligrosa granizada. Domingo negro, la bilis negra.
+ La melancolía representa el atardecer, el otoño, la edad madura. Será esa pétrea indiferencia que tanto se asemeja al malestar del mal carácter, al enfado, a la ira contenida, que late antes de la tormenta: acompasada, rítmica, aleatoria.
+ Ahora veo en línea el retrato de un político con el que coincidí en una frutería de Madrid. Recuerdo con que sumisión el frutero se dirigía a él mientras le entregaba una barra de pan. Me hubiera gustado tener el talento del arte de la pintura para atrapar aquellos instantes. Fuera hacía sol y la luz se colaba con violencia en el interior de la añeja frutería. Me fijé sobre todo en la calidad de las telas, en el violeta hermosa de los zapatos de ante: ante violeta, qué gran ejemplo de dandismo, en el brillo dorado de aquellas gafas que guarnecían los azules ojos: como canicas muy trabajadas en el juego, con una pátina de niebla de tanto entrechocar. El frutero hizo una reverencia y yo me desvanecí, como la aparición que soy. Madrid era luz y una sucesión de edificios color crema, donde volaban anaranjados toldos, en donde la calle todavía respiraba tabaco y cerveza helada. Como la desautimatización del hachís, había asistido a un humilde episodio costumbrista, a la intrahistoria de la historia de España. Me resultó muy irónico, con un punto de gracia, con un punto de tristeza, porque el insigne político era un anciano a las que aquellas galas no le correspondían, porque era el atuendo propio de un joven y él ya había dejado de ser joven décadas atrás. El frutero me atendió con desgana y me tendió una manzana cualquiera. Comí la manzana y entendí la poesía que toda manzana atesora en sí misma, poesía, filosofía e historia. Pasión por la manzanas.
+ C. Tangana, Avida Dollars: «El arte de los negocios es el paso que sigue al arte». Y así.
+ Por la mañana, en uno de los flash que emite R5-TodoNoticias, salta el nombre de Paco Gómez, el fotógrafo. Incide la locutora en el carácter amateur de su fotografía, no por su calidad sino por la ausencia de una dedicación profesional, porque Paco Gómez trabajaba como administrador de una sastrería y su ocio eran las fotos: ese documento sobre el levantamiento y elevación de la ciudad: Madrid, el brutalismo: Las Torres Blancas, lo poético que habita en lo urbano: el núcleo o principio rector de su obra. Me quedo, finalmente, con la oposición entre trabajo y ocio, cuando, en este caso y en el mío, lo segundo es mucho más importante que lo primero. Pero también reflexiono sobre el contraste que se establece entre la cita anterior de C. Tangana y la obra del fotógrafo navarro afincado en Madrid. La remuneración es necesaria para mantener una vida digna, pero la limusina de C. Tangana es punto menos que accesoria: innecesaria y perjudicial. Para mí el trabajo es todo un tema, uno de esos que regresan y desaparecen cada cierto tiempo. Hoy, mientras conducía, pensaba en ello y la tristeza me embargaba. La melancolía anuncia el verano y me siento más próximo al segundo que al primero, al fotógrafo que al cantante, pero tampoco me reconforta.
+ Un 9,00 sí que reconforta, aunque no me pertenezca. ¿Realmente no me pertenece? Un poco, un poquito sí.
+ He traído a la estantería Berlín Alexanderplatz de Döblin. Otra cosa es que lea la novela. Ahora la sumerjo en esta poza de títulos e intenciones, deseos todavía no alcanzados. Así es la lectura: lo leído, lo no leído y lo que se pretende. Por ahora me quedo con la portada: Escena de calle en Berlín, Kirchner.
+ Berlín resulta ser un objetivo que construir. La novela anterior puede ser una pieza en la composición [o no].
+ Imagen: no es la primera vez que disparo esta fotografía, no será la última. ¿Preguntas sobre ello? Ninguna.
sábado, 9 de junio de 2018
La indumentaria y su reverso
+ El disfraz. Camiseta de rayas, cazadora negra, pantalones pitillo, fuertes botas en la frontera con que se considera correcto e incorrecto. La cabeza rapada y una poblada barba. Los ojos pequeños y azules y un hablar seguro sobre fotografía y la ciudad. Se ha programado con delicadeza cada inflexión. Observar el momento y captar lo que de retratística hay en ello. La fotografía es selección, la selección revela un interior que nos resulta totalmente indiferente: sólo pesa el resultado final, lo que el marco contiene. Se abandona al sujeto, al creador porque dios ha muerto. El marco es el contexto: si esta en el museo es arte, aunque la otra posibilidad no niega su substancia. Seguro de gustar, aquilatado en su esmerada dicción, las rendijas del curriculum: años en el paro y de precariedad que se disimulan muy bien para aquél que desconoce cómo funciona el negociado, la institución y las largas noches de hermético whisky y cocaína eléctrica. El disfraz resulta ser una herramienta necesaria, la composición del personaje pasa por todos esos detalles, incluso por los medidos descuidos. Realza la figura, afina la voz, estructura el gesto. La palabra se desvanece en la niebla electrónica, emerge una silueta con poca definición y es ahí donde la victoria se produce: el lado oscuro: una posición de postura y honorario. El nihilismo da sus frutos: la silla, el despacho y el retrato del director de museo.
+ El párrafo anterior es una suma de elementos que no responden a una persona, sino a un personaje, al que hemos entrevisto a lo largo de los años. Se centra en un tipo, pero podría ser extensible a una totalidad. Regresa la idea de que todo es juego, y la vida adulta es una prolongación de la infancia ya que todo continúa en juego, la faceta lúdica que impulsa la vida. Advierto la seriedad con juegan los niños y no deja de ser un reflejo de la entrega de ciertos adultos. En la otra cara, en la cara oscuro, vibra la abulia. Es un vibración casi imperceptible, como la respiración de un animal que duerme. Ahí esta la diferencia: el entusiasmo es pasión por el juego, por la tarea: principio, medio y desenlace. Es que, obvio resulta, eso es la vida: nacimiento, crecimiento y muerte; niño, adulto, anciano. Ahora me contemplaré en el espejo y deberé preguntarme: ¿a qué juegas? ¿es tolerable este juego de escribir aquí, un juego sin consecuencias ni premios? Yo soy este que escribe mientras escribe luego, luego me desvanezco.
+ [Sábado]. Después de desvanecerme (sic), un poco más tarde, recupero mi apariencia y mi carne mortal. Una sopa de calabacín y una empanada de bacalao es más que suficiente para comer, y mientras como escuchó música sin intención [un ruido que vibra sin aportar nada salvo la eliminación del silencio o el zumbido de los electrodomésticos], a continuación recojo la cocina y, finalmente, me entrego al inmenso placer de la siesta. Un sueño profundo, adornado por imágenes urbanas de ciudades compuestas por ciudades visitadas o imaginadas [mis recurrentes ciudades oníricas]. Una vez que he despertado, cojo el coche, pongo música y voy a recoger a C. Nos dirigimos a Oporto a escuchar la 6a. de Bruckner. Comentamos que todo concierto es un rito muy codificado: entradas y salidas, el atuendo, los aplausos, los silencios, (…), y que nos gusta participar de ese rito: el aplauso como reconocimiento, en su momento, en su punto, en su exacta duración. Aparcamos y nos entregamos a la lujuria o a la gula, quizá a la gula, de saborear el delicioso café portugués y unas no menos deliciosas natas [no empleo aquí el adjetivo exquisito/a porque el significado que en Portugal tiene y no se corresponde con el momento, pues viene a ser algo así como: extraño, extravagante, raro, incluso yermo, aunque, según leo en otra de las entradas, también se recubre la posibilidad de lo sublime, pero, dicho lo dicho, prefiero no emplear el adjetivo citado y permanecer en lo delicioso que no es un mal punto de partida]. Dejamos la cafetería y ascendemos por los pasillos de acero y neón blanco, biseles y filosos cantos, brillantes pasamos de inox. Nos instalamos en nuestras butacas. La sala de a Casa da Música es acogedora y un tanto futurista, como todo el edificio. Butacas cómodas y un escenario muy luminoso. Butacas de terciopelo plateado, reposabrazos transparentes, suelo de acero [también de acero el suelo y otros detalles]; sobre la madera de las paredes se reproduce muy aumentado y pixelado el veteado de la propia madera, se reproduce en un cálido pan de oro. Longino hablaba de lo sublime y la primera nota que aportaba era que lo sublime es un don natural y no un algo adquirido, pienso en ello y en como la música refleja muy bien esa afirmación. Es un don. Envidio ese don por la carencia que de él tengo. Siempre ha sido pesaroso carecer de talento musical y, por esto, con humildad, me rindo ante su magnificencia. Me desprendo de las divagaciones por innecesarias. Una mujer joven hace escalas y somos el único público que hay en la sala, pronto retumba un ajuste de percusión y la calidad de los instrumentos es evidente: esa madera antigua, el brillo del latón de los vientos, la contundencia de un contrabajo o un timbal, la campanas tubulares o el arpa dormida. Hace calor y bajan el cortinón negro, ligero, arácnido. Lo sé, aquí comulgamos C. y yo: disfrutar de algunos placeres un tanto snobs, pero siempre sencillos y alejados de fáciles y engañosas ebriedades. Comenzó a sonar la partitura de Friedrich Cerha, con la que no contábamos. El discurrir del concierto fue fluido y certero, pero la hora y media resultó ser un suspiro. El tiempo es un bien muy preciado, pero tan escurridizo, cada vez más escurridizo. Regresamos y sentíamos que habíamos acertado. Jazz que sonaba muy bajo, palabras, la geometría de la pista y el declinar del día. El día muere, avanzamos y nos sabemos afortunados. Tampoco es pedir tanto porque nada pedimos.
+ «Algunos poetas parecen ignorar a la décima musa: la que aconseja no escribir», Ángel Crespo.
+ La cita es un recurso fácil y necesario, a veces difícil porque no deja de ser otra cosa que un argumento de autoridad y esto puede llegar a mostrar aumentadas las carencias del citador.
+ Sin haberlo planificado, ha surgido una costumbre: el uso de los billetes de tren, metro, autobús, o las entradas a museos o espectáculos como marca páginas. Podría decir que me traen recuerdos, pero esto sería faltar a la verdad. Realmente, no hay intención, salvo que me gustan esas pequeñas esquirlas de la realidad, un algo que para mí es extraño pero para muchos es la vida cotidiana. Uno se da cuenta de la costumbre y se ve raro, se pregunta si será la edad o si siempre ha sido así: coleccionista de baratijas y papelitos, excéntrico o un poco maniático. La suma de los elementos es superior a la totalidad, termino por otorgarme mientras el compás monótono del reloj me inspira un aliento de sueño y descanso. El día se termina, el miércoles se termina y no ha de volver, sólo quedan esas esquirlas de la realidad, que no es poco, que no es mucho.
+ Imagen: balones de fútbol, balones de plástico. El impacto se da por contraste: lo gris contra lo naranja. La selección se constituye en motivo, el recorte, el fragmento, el día que se refleja en lo que la cámara captura: la calderilla diaria que nos hace humanos, mortales, divinos.
sábado, 2 de junio de 2018
Bibelots
+ Regreso al centro médico a recoger los resultados de las radiografías y el calor, la humedad y el pesado aire todo lo impregnan. Un hombre le explica la corrupción política a una madre y a una hija. La madre habla, la hija calla. Detalla los gastos de un diputado y se ve que su información es buena. Vuelvo a ver el mismo paisaje urbano que la semana pasada vi. Lo estudio pero no alcanzo a encontrar nada nuevo. No estoy preocupado. El discurso del hombre avanza y llega al punto de que nada tiene arreglo, porque todo lo dicho es lo nuclear del hombre: la ambición. No intervengo. Hoy he traído un libro y es un grato refugio, un refugio útil y portátil. El hombre me mira y yo no respondo, ni asiento ni disiento con gesto alguno. He venido al médico y me ha roto la tarde. Hoy es ya un día perdido. Lo asumo. Pienso en el hombre que en su modesto automóvil carga los violonchelos. Tres o cuatro horas después, ya metidos en la noche lo vuelvo a ver en el museo provincial: mis sospechas se confirman: es profesor de música. El conservatario está pegado al centro de salud. Llegan hasta allí el sonido de algunos instrumentos de viento, es un ensayo. Observo la geometría del conservatorio y pienso que hoy he visto al arquitecto de ese edificio: parece tener una grave e irreversible enfermedad, tal vez cáncer: esa extrema delgadez. La pantalla indica que es mi turno. Entro y hablamos el médico y yo. No tengo nada, salvo las molestias de una mala postura. Me imprime las radiografías de mi columna y de mis caderas y añade que están es un estado envidiable, la osamenta de una persona de treinta años. Me dice que no corra, que es malo, yo asiento. Me despido y bajo la cuesta. Llueve, aprieto el libro y la impresión de las radiografías contra el pecho, el paraguas es molesto, pero no quiero que el libro se moje. El viernes se debate entre la tormenta y la abulia que producen las variaciones de presión atmosférica. La tarea está completa.
+ Tras unos días termina de cuajar la idea de un nuevo viaje. Durante unos meses nos aproximaremos en paralelo a esa geometría que nos lleva de un punto a otro. Leer, ver fotos y mapas, reservar entradas para conciertos [de música clásica, sin duda alguna], planificar, pensar y repensar, olvidar, reflexionar sobre nuestro papel en el mundo actual [esas casillas donde nos integramos, al igual que miles, que millones]. Es toda una tarea característica de nuestro tiempo: el desplazamiento por placer. Lo dicho. Todos queremos ser viajeros, pero no pasamos de ser otra cosa que turistas. Turistas en busca del parque temático, al que no deseamos llamarle así porque degrada nuestra intención, que debe revestirse de lo 'especial'. No dejamos de vivir en este parque temático que la televisión, las conversaciones o internet no deja de bendecir. Berlín, dos sílabas que flotan en la primera hora del lunes, antes de ir al trabajo. Berlín en octubre, repito antes de cerrar el ordenador y disponerme para ir al trabajo.
+ La posibilidad del viaje de placer o de formación era una actividad reservada hasta no hace demasiado tiempo a las clases altas. Los vuelos baratos y las viviendas en asequible alquiler mediante plataformas en línea han extendido esta práctica de ocio y felicidad a una gran parte de la población: en los países desarrollados. ¿Cómo definir su substancia, su centralidad, el genio viajero que gobierna la ilusión y no se apresta a ser definido? ¿Es esa suerte de coleccionismo, esas cacerías de fetiches, el atesorar fotos que nunca serán vistas, bibelots, otros armazones sentimentales? Cuando el viaje estaba reservado a unos pocos era nuclear la elegancia excluyente que el dinero siempre otorga, un dinero con tradición y brillo, el otro ingrediente resultaba ser la experiencia y el crecimiento interior. Pero yo veo una cierta debilidad en ello, porque en ningún momento dejaba de ser turismo y no viaje: es decir desplazamientos y estancias, en principio, sin riesgo. Los viajes son otra cosa, los viajes son lo que son lo que son porque el viajero se ve obligado a emprender el trayecto y no pretende otra cosa que regresar. Hay, sobre todo, una obligación. Cazar ballenas, recorrer un país para vender sartenes, enrolarse en una leva por hambre y descubrir la guerra y su envés: lo mejor del ser humano, pero también su brutalidad. Mientras pensamos en Berlin también pensamos en aquellos que por obligación allí tuvieron que ir. Muere el día.
+ Recupero una vieja libreta de notas. Releo lo escrito y reconozco el paso del tiempo, cómo los intereses decaen, cómo lo leído se olvida sin remedio. Notas para recordar, notas para fijar en la memoria balizas de un mar que nunca se volverá a surcar. Toda tempestad sufrida en la travesía se diluye en el inevitable retorno al olvido: el sueño, ese momento en que podemos percibir una imagen de la muerte. En primer lugar aparece una nota, en inglés, sobre la manera de comportarse para llevar el día a día: recetas para que triunfo. Y traduzco: cuidadoso, entusiasta, idealista, organizado, diplomático, responsable, con grandes dotes de comunicador que tiene una especial conexión con las personas. Lo releo y sé que la nota en sí es irónica, fue la ironía la que me llevó a copiar la cita, pero no recuerdo que me impulsó a guardar tal repertorio de cualidades. Ahora tiene otro sentido que enraíza con la melancolía. Porque quien me regaló la libreta desapareció de mi vida y le tenía aprecio: era la novia de mi hermano pequeño y un día se dejaron, entiendo que ha pasado a otra dimensión, que no es la muerte pero que con la muerte tiene ciertas semejanzas: también yo estoy en una muerte paralela a la suya y eso me entristece porque el tiempo se escapa sin remedio. Sin orden termino hoy = como tantas veces.
+ Imagen: ahora que recupero una foto tomada en Arco 2018 para la entrada me da la impresión que las características apuntadas en el último párrafo se ajustan muy bien a la persona que aparece en la foto; y repito: cuidadoso, entusiasta, idealista, organizado, diplomático, responsable, con grandes dotes de comunicador que tiene una especial conexión con las personas. No se refería a él, pero encaja en su persona. Sin ironía.
sábado, 26 de mayo de 2018
Irrelevante
+ Paseamos por una playa de aires californianos y todo resulta perfecto. Hay un equilibro que podría llegar a ser inquietante, fantasmal, muy cinematográfico. Comienza la puesta de sol y los paseantes se paran para disparar sus teléfonos. Pareciese que se han coordinado. Pienso que no se trata de fotografía, sino de la constatación de una presencia, de la calidad de espectador del espectáculo: el sol se hunde misteriosamente en el mar y un ensangrentado festival rojo tiñe el mar. No disparamos ninguna foto. Lo tenue de la noche comienza a invadir el paseo y se perfilan sombras e insinuantes siluetas. La perfección del momento perdura. Hay una semejanza con lo que el escenario cinematográfico deseado nos ofrece: sonrisas, paso calmo, la carrera sosegada, un perro, otra foto, unos se besan con una primera pasión dentro de un viejo coche, en el ordenado aparcamiento hay amor y paz. Trato de extraer una conclusión y no soy capaz, un vapor que inunda la tarde resulta ser ebriedad contenida y sin substancia. La primavera ofrece uno de sus engañosos regalos. La vida y el dolor se debaten bajo la capa de amable serenidad. El balance deberá esperar, el día se ha coagulado.
+ Centro médico a las cinco y media de la tarde: calor, geometría y cansancio. Grises paredes, cristal, cemento y un calor pegajoso. La edad regala calma. No tengo prisa. No he traído nada para leer, no tengo un teléfono que escrutar, ni radio, ni ningún otro artilugio. Me centro en contemplar los edificios que se ven desde las ventanas, observo a los otros pacientes, veo como en la pantalla se dan buenos consejos: hacer ejercicio, una dieta saludable, buenos modales en cualquier circunstancia. Voy de un espacio a otro: del taller mecánico a la consulta del médico. El punto de unión es la necesidad de reparar lo gastado, lo estropeado. Mi coche y yo unidos en una dimensión, en una necesidad de cuidados. La chica del percing en el labio me pregunta si hace falta número y le digo que sí, le indico dónde: muy educadamente me da las gracias. Me llaman y expongo mi caso. Sé que es cosa de la edad y el médico asiente. El cuerpo se gasta como se gastan los rodamientos del coche. Todo tiende a su fin, pero como cada día tiene su afán, éste resulta ser la solución de tareas pendientes: rebaja del seguro del coche, cambio de aceite del coche y visita al médico. Todo ha sido resuelto satisfactoriamente: una pequeña alegría el ver cómo las aguas corren por su natural cauce, sin detenerse, sin desbordarse.
+ Imágenes que se solapan. Ha comenzado a hacer calor, algo que crece y cuaja. La coagulación, el rojo desvaído, la herida que ya no es tal. Brillos, cristales, acero afilado. Palabras. He leído algunos fragmentos de un libro que tomé en la biblioteca del estante de las novedades. Me gustó su materialidad. Lo abro y me encuentro con el relato de cómo la madre del autor muere. Conexiones en el punto más alto de la primavera. Recuerdo aquella habitación tan blanca donde cada sonido se multiplicaba hasta extinguirse, los muebles, el rostro de mi madre (la última vez que la vi). El resultado de todo el proceso era el esperado y allí estaba la muerte, que no era nada, un segundo o ni eso, ni siquiera una fracción de segundo. ¿Hay alguna señal en el hecho de coger el libro, tomarlo en préstamo y abrirlo, esta tarde, a esta hora, en esa página? Algo late más allá del sonido armónico del reloj que guía mis horas, que las cuartea. Las guitarras duermen en sus hermosos estuches, negros como ataúdes de vampiro. La tarde es hermosa, limpia, exacta, transparente. Yo no soy el mismo, nadie es el mismo diez años después. Me asomo a la ventana y veo la calle vacía, pienso en todas esas personas que ahora están en la playa, ajenos al paso del tiempo, pienso en los vecinos que ayer se iban a su casa de veraneo ‘Pili, ¿qué buscas en el bolso? / Nada, me he dejado el teléfono en casa’, él salió del ascensor y ella subió (a buscar su teléfono), ahora que es sábado estarán en una terraza: la dorada cerveza, el cigarrillo rubio, la solida marcha de los estudios de sus hijos, el tiempo de la hipervelocidad, el coche, la jubilación. Yo me siento en la cama y escribo esto que escribo, que se parece mucho a la vida, pero no es la vida. Sólo imágenes que se solapan.
+ Media tarde del sábado: vídeos de Paul Weller. Un poco de ordenado ruido para culminar el día. Pensé que hoy rendiría mejor y no ha sido así. Noto que una falta de estructura ha gobernado la jornada, me desagrada y debo solucionarlo. Paul empuña su SG y ahí veo yo un punto de apoyo: la energía, la distorsión, la voz de la clase obrera. Yo estoy ahí, desde hace mucho tiempo, antes de saber de su existencia.
+ Después de la lectura de un breve fragmento, no puedo dejar de pensar en la estrategias del sueño, de cómo alcanzar el sueño. El narrador cuenta como siento un niño, a pesar de su claustrofobia, descendió a una cueva, un lugar prohibido. Mientras reposa en la cama a la espera de que la vigilia se desvanezca se imagina que ha quedado allí atrapado, bajo la tierra, y su existencia no es otra cosa que la construcción de una vida. Su vida. Yo también tengo instrumentos similares. En mi caso imagino paisajes nevados, extensos, escarpados o infinitos. La niebla me reconforta, mientras estoy en el templado lecho que mi cama es. Supongo que todos empleamos algún tipo de narración para dormir, como si en la narración misma se contuviese un hipnótico remedio. Al mismo tiempo, me doy cuenta que nunca he hablado de esto con nadie. Me pregunto si es mejor no hablar de estas cosas, si es algo tan íntimo como lo meramente fisiológico o sexual. Atraviesan las preguntas la tarde del domingo y sé que es indolencia y falta de método. Me dispongo para el paseo, el paseo dominical en la provincia.
+ El fragmento al que en el bloque anterior me refería pertenece al libro de David Monteagudo Hoy he dejado la fábrica. Un libro que tomé de la balda de novedades en la biblioteca pública. Ha resultado ser un feliz descubrimiento. También es de D.M el fragmento de la madre muerta.
+ Canciones sin cuerpo, son trises pero esto no las hace mejores. La voz quebradiza no termina de alcanzar lo que pretende. No me gusta, pero me explica cosas que antes no comprendía. Sobre la noche, sobre la cocaína, otras drogas, sobre cierta aristocracia cutre y ramplona, pero con su lírica, su charm antiguo y falso. La enseñanza es que el tiempo no perdona a nadie, y aquéllos que se anclaron en la infancia o en una adolescencia prolongada sucumben dolorosamente.
+ El ordenador dormirá, pero su latencia me acompañará mientras duermo.
+ Imagen: alguna cafetería y su evanescente irrelevancia.
sábado, 19 de mayo de 2018
Restos
+ Pongo la emisora en línea Alouette (alondra). Pongo esta generalista emisora francesa porque me recuerda los días cuando viajábamos por Poitou-Charentes en un Twingo alquilado: pequeño, reluciente, amable. Esta era la música que sonaba. Ahora que escucho la emisora recompongo aquel viaje. El tránsito por la autopista de los pájaros, con ese poético nombre que casi es un título para un poemario, porque sé que no es infrecuente que los pájaros se estrellen contra los camiones y los autobuses, por lo tanto se podría poner de relieve la relación entre la autopista y la muerte (con tantas y tantas ramificaciones). El que por trabajo ha caminado por los arcenes y las cunetas sabe de estas muertes anónimas. La autopista de los pájaros, Alouette, el Twingo, todo permanece inalterable en un lugar que yo custodio.
+ El mendigo que habitaba en la calle donde yo vivo ha desaparecido. También han desaparecido sus pertenencias: atados de bolsas de plástico, un mugriento saco de dormir y alguna que otra cosa, de la que ignoro su filiación. Mantenía una actitud arrogante, con una incierta aristocracia: el tabaco, la suciedad mineral, el café y la ausencia de bebidas alcohólicas. De un tiempo a esta parte comenzó a desmejorarse, terminó por replegarse en sí mismo y permanecer tirado en un portal como un ovillo. Antes la gente se paraba con él y hablaba, ya nadie se paraba con él. Como si hubiese algo similar a la oración o un memento mori: todos estamos condenados a la misma pena, con independencia de nuestra actividad, trabajo o estatus. Despareció y quedó un vació que nadie llenará, pero ese vacío tiene una corta presencia, pronto nos olvidaremos salvo que salte en una conversación, entonces su resurrección no será gloriosa sino una constatación del paso del tiempo, su ciego caminar, abrupto y certero.
+ Un cualquier rostro ordenado por el paso del tiempo. Primero se la ve como adolescente en una foto en blanco y negro; después aparece ya con una cierta edad, en tras la treintena: ha ganado peso, pero su mirada es segura y alegre; los cuarenta, los cincuenta donde ya ese ha teñido el cabello de rojo. Ese color que hace que sus ojos verdes resalten. No esconde las arrugas, no se maquilla, no duda: sonríe. Cierro la página y regreso a otras obligación en la infusión del tiempo y su certeza. Vuelvo a la primera imagen y recompongo esa realidad con la realidad del día de hoy, nada ha cambiado, nada es lo mismo.
+ Se planifican viajes. Los aviones y los aeropuertos, la mecánica que hemos aprendido y ya la damos por hecha, un automatismo interior. Hemos adquirido esa indiferencia no fingida, que se tamiza en la música que del Mp3 nace. ¿Es elegancia? Libros que no se leen, libretas donde no se escribe, revistas en el regazo para ver las fotos y entresacar titulares. Nada nos interesa y nos gustaría dormir, pero no lo logramos. El avión es nuestro emblema, a disgusto es nuestro emblema. El desplazamiento, la ruptura de la distancia, el horizonte difuminado. Se planifican viajes en la profundidad de la provincia, viajes que nos lanzan a ciudades mágicas, misteriosas, más inmersas en el sueño que en la vigilia, ya que esa es la calidad metafórica del viaje: nace, se desarrolla y muere. Ahora sabemos que iremos en noviembre a Madrid, pero esto no es un viaje, esto es una visita, una reunión anual, lo que implica que la ciudad es otra ciudad: no la del turista, no la del viajero. La reunión con los amigos traza otro mapa, otras calles y otro destino. Así se envejece.
+ Cogeré el coche para ir a trabajar y volverán a sonar la canciones napolitanas interpretadas por Pavarotti. La melancolía en el inicio del martes.
+ Me llega al correo-e una foto del mendigo de que antes hablé. El mendigo está en un hospital y ya no es él. Se ha transformado o, mejor, se ha vaciado. Su persona puede estar allí, pero él ya no. Sin la barba, sin la rasta, sin su sucia beisbolera, ni los mugrientos pantalones, ni las mil bolsas con mil ingenios ficticios, ni las medio terminadas colillas o los posos de los cafés con leche: cafeína, magdalenas y azúcar. Es un hombre de madera, pero ya no es él. Me pregunto si volverá a lo mismo y no soy capaz de responder. Se bifurca el camino de la respuesta: volverá o no volverá, será él o será otro, conservará su nombre pero, según decida, se unirá al significado anterior o a un nuevo significado. En cualquier caso, los vecinos del barrio encontrarán una bonita explicación con sentido metafórico, ejemplar y fabulístico . Hoy de madera, mañana de papel: carne de artículo de costumbres, historias que se multiplican en la boca de los vecinos de mi barrio.
+ La foto del mendigo ha saltado a la prensa escrita. El pronóstico se cumple: artículo de costumbres. Vigilar la creación de un personaje no deja de ser toda una lección de cálculo y medida. En ello seguimos, en la observación detenida, taxonómica y diferenciada.
+ Imagen: la proyección de la luz solar sobre una pared blanca. La foto se ha pasado por dos o tres filtros para conseguir un aspecto pictórico, la idea estaba ahí cuando disparé.
sábado, 12 de mayo de 2018
Ramificaciones
+ No recuerdo cuando colgué de esta pared la primera imagen. No quiero recordarlo porque eso le otorga una indefinida prestancia que me agrada. Prefiero desconocer el número y descansar en la idea de su permanencia en la memoria: cuando la tristeza te asalte, piensa en Nápoles [ahora pienso en esa postal que pensaba enviar y no envié, que me guardé para mí].
+ ¿De dónde ha surgido la vaporosa sensación (del momento) que tiene el lector sobre su participación en un fenómeno colectivo: ese lector tan afín a la librería coqueta, a la charla sobre libros, al té matcha o al mate, al cigarrillo electrónico o a la radio en internet? ¿De la publicidad, del marketing, de los suplementos literarios, internet mismo, la televisión, la escuela, la academia…? ¿Recepción estética o estrategia de mercado? Así paso ante las coquetas librerías donde no entro y trato de comprender algo a lo que nombre no doy, me detengo y veo mi reflejo en un escaparate y sé que no soy yo el que cuenta, pero eso no me importa nada. Ya son muchas las personas que me han retirado el saludo. Camino hacia la biblioteca, como cada quince días, siempre en sábado.
+ Mientras me enfrento a algunos textos, textos que me rebasan y me exigen un esfuerzo que casi se torna en físico, una idea recurrente me asalta. Como esa melodía que nos atrapa y se repite en nuestra cabeza y nos resulta imposible expulsar. Ahí se instala, con desagrado y percusión, un timbre y un pulso marcado. Leo y llega esa insufrible intrusa: las personas que te retiran el saludo y no sabes bien porqué, pero que, al tiempo, suscitan sospechas y un desagradable malestar (esa canción reiterada: imposible que se detenga). El otro día le vi desde lejos con sus hijos y él me vio, pasamos muy cerca y me evitó, evitó saludarme con un rostro entre la contención y el mal disimulo. Es muy poca cosa y corre mucho: la rapidez es un emblema de vida moderna por donde se canaliza la frustración y las enfermedades de nuestro tiempo. La velocidad es una identidad, la competición es su zenit. La vida es correr, correr como un conejo y prepararse para la próxima prueba. Un conejo con un carísimo reloj que envía una ingente cantidad de datos a un ordenador, se analizan los datos y lo arrojado es vida, el preciado sentido de la vida. Marcas, peso, gesto angustiado. No sé si me concierne su desprecio, pero no deseo averiguarlo. Sólo quiero expulsar esa canción y centrarme en el libro: Anatomy ofr Cricism, N. Frye. Lo propio sería escribir un soneto, me digo, pero tiempo no hay, sólo debo centrarme en la lectura. [Este punto tiene carácter medicinal: apartar la idea que me impide continuar].
+ [Un poco más sobre lo anterior]. Las llamadas sin contestar que no son devueltas. Nada más, el resto es silencio [decía…].
+ Sobre mi identidad: la pared donde cuelgo los escogidos momentos enmarcados, que son imágenes, que son muchos más. Algunas son recuerdos, otras elecciones y hay imágenes que llegaron por casualidad y no sabría clasificarlas, pero tampoco lo deseo. Sé que hay una taxonomía, pero evitar todo inventario lleva a centrarse en lo que mi persona deja ahí: el tiempo del viaje, el tiempo de la metáfora: el viaje como imagen del transito vital: partir, vivir, regresar: morir.
+ Tuve el privilegio de poder estudiar cómo funcionaba todo aquel equipo que asfalta carreteras. Desde el ingeniero hasta el que con la pala arreglaba los flecos de la tongada recién extendida. Mi observación se centró no tanto en la técnica como en el entusiasmo, porque el entusiasmo me interesa mucho, porque creo el entusiasmo es lo que es lo que mueve el mundo. El entusiasmo con sus mil vestidos, con el millón de vestidos. Veo una relación entre la ilusión y el juego. No son cosas disímiles, al contrario: se unen en un punto: el entretenimiento y el ahuyentar la muerte. Conjuros, rituales, organización. La ropa, los gestos, las maneras. Una experiencia construida durante décadas. Los hijos que esperan en casa, la mujer, la comida, la cama, la humedad del día que amanece, el frío y el viento. El pavimentado se produjo durante la noche y todo se cubrió de irrealidad. Luego llegaron los pintores y aquello volvió a ser una carretera. Luces densas, focos, pilotos rojos y pitidos de aviso. La maquinaria tiene su propia respiración. Hice fotos, escuché conversaciones, saboree el chocolate barato que compré por la tarde en el supermercado. La idea final, el poso se centró en el juego, en la seriedad con que los niños practican el juego, no tan diferente al trabajo de los adultos. Sin juego, sin sus reglas, espacios y tiempos, la vida no podría darse.
+ Aquella cita de La Rochefoucauld: «La hipocresía es el homenaje que el vicio rinde a la virtud.» En una nota se dice que la cita probablemente no pertenezca a LR. Finalmente, esto no tiene importancia. Cuando salta una cita en la radio o en la tv, no puedo menos que poner en cuarentena tal atribución. La palabra tiene unos de sus pilares en la posibilidad de ocultar, retorcer, enmascarar (…), la mentira: todo aquello que no se corresponde con lo sabido y con lo visto, y deliberadamente se perturba. Pero, por volver al inicio, la cita tiene su verdad con independencia de la atribución.
+ La taxonomía de las imágenes que cuelgan en las paredes de este cuarto. Una tarea por emprender. ¿Se funda ahí una explicación de la identidad? A un lado lo dejo, mientras: las noticias desgranan lo que el día será en las redacciones, a mí me espera otra realidad. Las imágenes tienen mucho de emblema y representación. Las imágenes dormirán y yo desarrollaré en lo diario la combustión de la biografía. Debo coger el coche e irme al trabajo.
+ Tratar de entenderse uno a sí mismo es tarea inagotable, que nunca llega a puerto, que nunca abandona el cambiante escenario del tiempo. El tiempo y el mar tienen en común la imprevisión y su inestable materia. Comprimidos en una realidad mensurable, lo cuantitativo poco vale, porque la elevación o el descenso se ven condicionados por resortes internos, vaivenes, elementos móviles y ocultos. Las mareas, los trabajos y los días, el reloj de arena, las playas y los acantilados, la fina espuma de los temporales, la espuma fina de los días. Todo un arco que contempla el discurrir de lo vivido y lo por vivir. Me inclino hacia los libros de Renacimiento y rescato el tan querido tomo de Julio Martínez Mesanza: Soy en mayo. Por en mayo estamos, por yo fui por primera vez en mayo. Sic. No busco ya entenderme y eso me ha otorgado una renovada libertad y alegría. Ahí estamos.
+ Imagen: ¿cuál es la palabra para este pequeño objeto, el que aguanta la contraventana, que la fija, que impide que el viento la bata? No lo sé. El caballito de mar es poético en su minúscula realidad, con su función y su verdad humilde.
sábado, 5 de mayo de 2018
… por do el dolor la guía
+ [El título de la entrada es un fragmento del soneto xxxii de Garcilaso]
+ Algún crítico afirmaba que escribía con la televisión encendida, con programas banales que le marcaban un ritmo adecuado a sus texto. No dudo de la eficacia del método, pero yo soy incapaz de escribir con la televisión [aunque sí con la radio]. La televisión me desagrada y creo que el problema es mío, particularmente mío. Es un problema que se extiende a no poco ámbitos, durante no pocos años. Mis selectivos rechazos son la resultante de años de ensimismamientos, de elegantes posturas sin elegancia, atravesados acordes de elitismo sin élite. Ahora se muestran su función y su resultado:un vacío ontológico. Y me comparo: el de hoy y el de ayer. El disgusto se extiende y no alcanzo a encajar el sistema de deserciones que he provocado. La tv chorrea sus músicas y diálogos, escribo esto bajo su influjo lejano, que atraviesa puertas y paredes. La declaración clarifica la voluntad: la enmienda y su retorno.
+ Convivir con fantasmas y resucitados. Tareas complementarias y herméticas, el trabajo, el estudio, la pasión, el olvido. Todo suma y nada resta, el sedimento se deja ver en el fondo del vaso: ahora el agua está clara. Los cuervos sobrevuelan en la primera hora la ría, graznan y se deslizan suaves en el aire, se posan, saltan y vuelven a graznar. Los cuervos son ligeros y astutos. Los veo, me ven. Su indiferencia transita la mañana, buscan comida y poco más, sin preocupación, sin planteamientos, sin valoraciones. No hay biografía, no hay historia. No los podrás capturar, con más listos que tú, alguien dijo no hace mucho a otro que quería atrapar uno para tenerlo. Sólo por tenerlo. Cierto: les puso trampas, pero de nada sirvieron. Conocí a un chófer que tenía un cuervo que hablaba, como un loro. No es algo extraño. No recuerdo el sabor de los licores, hoy me desagradan.
+ Entre los mandamiento del chófer de lujo el sexto dice: «hablarás idiomas y serás culto». La palabra cultura representa un haz de posibilidades que no se dejan atrapar. Como los rayos que surgen de los ojos de la amada en cierta poesía antigua. La cultura lo es todo, la cultura no es nada.
+ Demasiado inmerso en los Siglos de Oro. Cada plazo cumplido nos da cuenta de la realidad que a todos atañe. Se refleja aquí la caducidad de toda obra humana, de la persona. Ese sentimiento barroco.
+ Ver su reloj fue encontrar una clave de bóveda. Todo cobraba sentido. Un Omega Constellation. Lo siento, no puedo dejar de fijarme en los detalles porque ellos dan el tono, acercan sentidos, marca posiciones. Por una parte la presencia del dinero, por otra la ausencia de gusto.
+ Veo a los gatos agazapados, aburridos de la lluvia y el plomizo cielo. La lluvia cansa, pero dará paso al sol. Los ciclos se completan sin darnos cuenta, tal es el fluir del todo, que nunca se detiene, un otro algo donde nosotros estamos incluidos. La sensación de estabilidad resulta engañosa, esa estabilidad se ve traicionada por los años: los años nos hacen sabios porque comenzamos a entender el mecanismo que hace que todo funcione: el cambio. Los gatos son indiferentes al cambio porque para ellos sólo existe presente y una nebulosa de recuerdos más orientados a la supervivencia que a la melancolía. Los amigos que desaparecen, las tiendas y los bares que han cerrado, locales comerciales en abandono, edificios derrumbados que dan paso a otros edificios que nos sorprenden pero que terminarán por integrarse en la rutina. La lluvia parece más un estado o una condición que un fenómeno metereológico. He visto revistas mecanografiadas, con fotos malas, una pésima impresión en blanco y negro. Una revista del año 1995. Tan sólo veintitrés años. ¿Es mucho? Para mí nada, para el que tiene dieciocho: una eternidad, sobre todo porque a esa edad el tiempo carece del valor que para mí tiene. He aprendido a medir de otra manera, un aprendizaje de esfuerzo y dolor, que se traduce en mi edad y mis amistades perdidas. Como una depuración, todo cobra el valor de la transparencia y lo transitorio. Lo sé, lo repito, somos cambio, impermanencia, alejamiento y olvido. Poemas antiguos que ya nadie lee, pero que en su momento saltaban de lengua en legua como hoy lo hacen canciones y programas de televisión. Todo se verá sepultado.
+ En la primera hora del domingo leo con atención una crónica sobre cómo las rías gallegas se han ido hundiendo en los últimos milenios. Se nos muestra su geografía siete mil años atrás y cuatro mil años atrás. Bosques, valles, praderas, un paisaje muerto que permanece bajo las aguas. Podré ver la costa y pensar en todo lo que no volverá. Qué vidas se desarrollaban allí. ¿El amor, la maternidad, el fuego, la amistad o el odio, las comunicaciones o una poesía ignota (…)? La lluvia sólo trae melancolía, la noticia confirma la caducidad, leo y escucho música. La música parece detener el tiempo, pero sólo es un parecer, una ficción, en ella descanso como antes se descansaba en las drogas o en la ebriedad. Dejo el libro y me complazco en la cadencia que ofrece la partitura de la Sinfonía Nº 4 de Anton Bruckner. Sólo la música atenúa esa certeza que la crónica me arrojó en la primera hora de la mañana.
+ Bosques, valles, praderas. El derecho a divagar mientras se despereza la música, lenta y sublime. El romanticismo donde siempre he habitado, incluso cuando a él me oponía. He aprendido a dejarme mecer por la corriente y ahí reside mi fuerza: en no hacer oposición. El paisaje codificado como espejo.
+ Abro el periódico el día festivo y viene una entrevista con José Fariña Tojo, catedrático en la Escuela de Arquitectura de Madrid. Dice que el urbanita tiene una visión totalmente distinta del que vive en el campo. El primero ve belleza y el segundo oportunidades u obstáculos para la producción. Esto acota muy bien la bobalicona mirada que muchos tienen sobre la naturaleza, el complaciente discurso del que no admite responsabilidad sobre los hechos, mientras le resulta extremadamente sencillo opinar. Recuerdo en un bar a una empleada publica del servicio de atención hospitalaria a domicilio que atendía el susodicho servicio con un desvío a su teléfono móvil, que se llevaba de compras a lo largo de la mañana, que desconectaba o conectaba a su antojo. Una persona que, por razones que no vienen al caso, establecía los límites de su responsabilidad en función de sus caprichos. A lo que iba, decía ella que disfrutaba muchísimo del rural (remarcando con engolada voz la palabra), que relajaba y acrecentaba la empatía, que la desconexión del tráfago diario resultaba una medicina. Así, mientras fumaba y redondeaba su medio litro de cerveza. Una postal idílica en los días soleados, mientras el vino orla la conversación y todo brilla como nunca brilla para el que se ve en el trabajo diario, en las faenas del campo, bajo la dura sentencia de las estaciones. El cansancio honrado. La frivolidad tiene su momento, pero siempre debe estar teñida por el desengaño y la sospecha. Ninguno de estos dos acentos los contemplaban su cháchara deslavazada e insostenible. Seguirá con la falta de seriedad en su trabajo y con sus opiniones prescindibles, pero todavía será escuchada y reclamará atención y respeto por sus opiniones. Ahí veo yo la diana del catedrático, tan acertada.
+ Imagen: un memento mori que encontramos en un cruce de calles en La Rochelle. La acumulación enmarca la calavera: tubos, placas, cables, una fecha (1939). El resultado de la suma es superior al número de elementos que la componen. Puedo recomponer con exactitud el momento, poco después de haber entrado en una librería y haber adquirido un volumen de Foucault. Permanece el recuerdo, permanece una idea de la muerte que se une a lo metafórico del viaje.
sábado, 28 de abril de 2018
El museo sonámbulo
+ Esta tarde he pensado en determinados cuadros que tuve la suerte de ver: exposiciones, revistas, libros, catálogos. Los recuerdo con cariño porque me han iluminado no pocas veces, aunque no sea yo un iluminado. En fin, hay algo que me agrada y de lo que me encuentro realmente próximo; se trata, en definitiva, de reflejar escenas absolutamente contemporáneas mediante técnicas, composiciones, formatos, disposiciones, gestos (…) de otras épocas. Recuerdo, en este sentido, a Otto Dix y su retrato de Hugo Erfurth con perro. Lo vi hace ya muchos años y me sedujo la posibilidad de capturar el presente mediante recursos técnicos del pasado: la tabla y el temple de antiguos maestros alemanes. Ahora, que me doy un respiro, pienso en un (im)posible retrato de un skateboarder al que se le da forma desde los presupuestos renacentistas, de un renacimiento italiano. Tal vez, como aquellos pequeños formatos que se empleaban para enviar a la prometida de un matrimonio concertado, y así tener una idea del que sería su futuro marido. Medio cuerpo, con las ropas propias de su actividad, el peinado tal como lo veríamos hoy, un pendiente en la nariz, un mechón verde, un collar de gruesas cuentas de madera, tal vez un tatuaje tras la oreja: ¿una salamandra? Claro, debería tener símbolos ocultos, propicios para una interpretación. Sigo hilando mientras divago hasta llegar a la conclusión de que todo es juego, tanto el del pintor como el del retratado, el que observa y el que es observado. Yo sigo con eso y me levanto para buscar el grueso tomo que compré en la exposición de Otto Dix en la Fundación Juan March, en Madrid… 10 de febrero - 14 de mayo 2006. E la nave va.
+ Suite Bergamasque: Clair De Lune Debussy.
+ Afirmaba Gautier de Chântillon en el siglo xii: «soy el mejor poeta nuestro tiempo y cedo a los demás el desierto de la prosa» [En Curtius Literatura europea y Edad Media Latina, p. 681 «El orgullo del poeta»]. No hay mucho más que decir.
+ Ni el Conde de Villamediana ni Garcilaso salieron de mi equipaje, pero los llevé conmigo a Nápoles y así los dos regresaron a Nápoles. Supersticiones ancladas en el filo de la personalidad, que más que supersticiones son juegos estéticos, más irónicos que inocentes, menos cínicos que medicinales.
+ Me ha asaltado otro sueño arquitectónico. Me hubiera gustado que fuese Nápoles o Salamanca, quizás La Rochelle, pero no. Había algo siniestro. Algo que me ronda durante la última semana: la decepción conmigo mismo, y ahora se refleja en el escenario de una ciudad que podría ser Londres como podría ser Poitiers. Sé que es transitorio, como lo son ciertos dolores de cabeza, pero incide en mis rutinas, me debo oponer a su veneno y lo consigo, pero con esfuerzo, no con la celeridad deseada. Me veo en el espejo y sé quién soy. En el sueño era yo y mi desconocimiento de la ciudad me hizo aventurar que era un Londres gótico y oscuro, ese goticismo propio de la estética del comic y ciertas películas. En el sueño hablé con un poeta en las escaleras de entrada de una iglesia. El poeta me despreció al tiempo que me decía sin despedirse, sin mirarme a la cara: sé feliz, y ahí está el sentido de todo el sueño, el vacío y la falta de reconocimiento. Una bagatela. El análisis es una medicina. Recuerdo haber leído sobre el uso que la hermenéutica tiene sobre los sueños y así lo veo: no se trata de interpretar los sueños, sino de saber que los sueños son una excrecencia que ha surgido de la propia vida, que se deben extirpar y analizar: como el tumor que pueden llega a la sala de anatomía patalógica. Lo sé y aplico el escalpelo sobre los sedimentos petrificados, abandono y regreso al trabajo: con serenidad y tristeza. Una tristeza elegante y evaluativa. La tristeza se desvanece y el trabajo se impone: esta es mi victoria.
+ Observo que, en las fotos que acopio en el disco duro del ordenador, se repiten retratos de vigilantes de sala en los museos (¿la casa de las musas?). Semeja un trabajo muy aburrido y paradójico: convivir con Turner, Velazquez, la escultura griega, la escultura romana o los mosaicos de Pompeya (…), el arte contemporáneo o la joyería victoriana, y reiteradamente observar, leer en la pantalla del teléfono, observar sin estudiar a los visitantes, estudiar con distraída indiferencia a los que los cuadros ven, volver sobre el teléfono o sobre el libro. Circunspectos, ataviados con uniformes más o menos felices, con caras de cansancio, consultan el reloj y todavía falta mucho. Los he visto y su retrato es el retrato de un trabajo, de un estar, de recibir dinero por esperar, por hacer presencia, porque los que llegan se sepan vigilados. Los veo y no dejo de sentir una extraña solidaridad: los trabajadores del museo sin cualificación académica: vigilantes, limpiadores y limpiadoras, camareros de cafetería, taquilleros y taquilleras, dependientes de la tienda, guardias jurados (…), más allá de las nobles profesiones, el sustento en un ámbito tan solemne nos sorprende porque nunca nos planteamos qué piensan ellos sobre su trabajo, sobre el museo mismo y sobre las obras que ahí habitan. ¿No hay lugar para la transparencia? ¿Nadie ha escrito sobre ellos, con todo lo que tienen que mostrar para una analítica del museo, de su función, de su orgánica constitución?
+ La casa de las musas es el museo. Yo soy mi museo, pero las salas hoy permanecen vacías, por una profunda limpieza y ornato, por expulsar las plagas propias de estas estancias. Las musas no están y su ausencia produce tristeza y silencio. El sistema de metáforas nos configura, me interesan esos «indicios difusos» de los que Foucault hablaba, la suma de las dos razones guía una viaje que he emprendido y no sé hasta dónde me llevará, si regresaré. Los viajes siempre son interiores Así pensé en todo ello cuando nos plantificamos frente a la casa natal del filósofo en Poitiers. Vuelvo a pensar en aquel tour en coche alquilado por infinitos campos, por la autopista de los pájaros, dentro del túnel que los árboles forman poco antes de llegar a Cognac. E insisto: los viajes son siempre interiores. Ese contraste entre lo vivido y lo esperado, lo planificado y sus meandros. Nadie nos explica el fondo de la cuestión, pero siempre palpita y le ponemos nombres que no aciertan. Me siento y leo, pienso en el vacío de las salas y que la limpieza es una necesidad que nunca termina de alcanzar un final. Me veo en el espejo y me reconozco: sé quién soy. Esto es suficiente. Cierro el ordenador.
+ ¿Quiénes en mi interior son los vigilantes de sala, los que limpian, los que las entradas venden, quiénes son los que cobran en la tienda del museo, hacen café o multiplican combinados, quiénes fotocopían, mecanografían o cambian el foco fundido?, ¿qué museo soy yo, quiénes habitan en mí?, ¿dónde están las piezas que componen la exposición permanente, dónde la temporal?
+ Imagen: es la constatación fuera de foco de una noche bajo el patrocinio del piano [en el San Carlo - Nápoles]. Primero fue mecanográfico, luego aceptable y, finalmente, sublime. Sólo este retazo puede darnos una idea lejana del vapor romántico que inundó el teatro. Un sueño adelgazado de realidad. También el desenfoque es otro vacío, el museo duerme, pero aquél piano, sin duda, ocupa una sala en el sonámbulo museo. (En virtud del amor).
sábado, 21 de abril de 2018
Incertidumbre (-s)
+ La lluvia, el frío, la grisalla que las primeras horas del día levantan contra aquél que emprende su diario camino al trabajo. La poesía se compone de múltiples elementos: el primero es un necesaria estructura, que aunque invisible está ahí para contener los elementos que integran y muestran el edificio final. Habitamos un tiempo y un espacio, su relato nos da la sensación de inmortalidad. Ahí se ahorma la elevación: somos desde el romanticismo lírica. En el amor, en las relaciones personales, en los gustos. Cómo se moldean los gustos, en función de esas elevaciones, como para darse un toque de rouge, una elegante distinción frente a los que desconocen. El día a día atrapa para sí la única verdad, en ella descansamos y tratamos de recomponer una idea medieval de la belleza y, al tiempo que rescatamos las lecturas, desistimos de nuevos consejos [ni siquiera a nosotros mismos]. Esa es la manera de vaciarse en la indagación hacia la belleza [qué palabra].
+ «La transmisión de los conocimientos se hacía de manera trivial, árida, mecánica y, por eso, justamente, efectiva». Curtius en Literatura europea y Edad Media Latina, p. 623; donde se refiere a cierta enseñanza de la gramática (con lo que contextualmente supone) en la tardía romanidad y en la primera Edad Media. El estudio no es divertido, el estudio resulta tedioso, nadie asegura a nadie que tras el esfuerzo estará la victoria y si alguien promete gloria: o es un necio o es un malvado, también podría ser ambas cosas: simultáneamente. El estudio no es democrático: no todos somos iguales. El virtuoso del violín o del piano ha transitado el dolor; el dolor no garantiza la grandeza: muchos son los llamados y pocos los elegidos. ¿Qué es la grandeza? La fuerza necesita a la fuerza, su suma atraviesa y traspasa el tiempo pero no lo detiene. Vuelvo sobre mis libros: sin miedo y sin esperanza.
+ Me interesan mucho mis sueños paisajísticos, urbanos y arquitectónicos, pero no por una posible interpretación, sino por la rememoración y la contemplación erótica de espacios propicios para el amor. He visto rías hermosas donde los árboles sumergían sus ramas como hermosos brazos sus ramas en las aguas ni saladas ni dulces; ciudades que nunca visitaré y en donde encontré el propicio espacio para una reflexión sobre el sentido de la lectura, sin llegar a conclusión alguna; estancias abiertas sobre regiones de verde intenso y cielos infinitos y azules que traspasan los ojos para posarse en el alma. No sé si esto se ha dado o yo lo he construido en el recuerdo, sin embargo hay momentos en que me acompañan y restituyen la paz y la confianza en la imaginación con escape sano. Oh, espacios que se han desposeído del tiempo, algo que no resulta posible en la vigilia, pero sí en el sueño o en su reconstrucción. Pero hoy es sábado y he madrugado para poder leer tres o cuatro cosas que ofrecen una innegable dificultad. Romper el sueño y abrir el día a las seis de la mañana donde se ilumina el entendimiento, bien lo sé. He leído, he escrito y ahora escribo (en el ordenador y no a mano). Resulta satisfactorio, pero despertar ha resultado ser abandonar un laberinto de calles donde la luz baja acuchillada entre los rectángulos que forma la trama urbana; qué melancolía de aquello que no se ha poseído, la nostalgia de una patria sin lugar en el mundo (de los despiertos): pensé que era Nápoles y tal vez fuese Nápoles. En Nápoles habito cuando sueño y soy aquél que no fui en el Siglo de Oro.
+ [Marco y elogio del kitsch] He encontrado una pequeña libreta que perteneció a mi madre. Era una libreta en donde ella pegaba las etiqueta que se adhieren a las piezas de fruta: manzanas, naranjas, melones (…) Es una colección interesante, porque al estar descontextualizadas, las etiquetas arrojan un arte imperceptible, que raramente el comprador repare en él. Una suerte de kitsch, algo que resulta próximo y efectivo. Podrían articularse unas hipótesis sobre las razones de su diseño, su función y su pervivencia, pero no es esto lo que me interesa. Me interesa ese rasgo de mi carácter que se refleja en esa pequeña colección: mi interés por el detalle de la vida cotidiana, la celebración de lo diario y la acumulación de objetos que se cargan de significado [tal vez por descubrir, tal vez no, porque carecen de él]. Las estanterías, las paredes, el corcho donde reposa el calendario y las tareas pendientes, son los lugares donde se van posando esos fragmentos de realidad, de realidades en el contexto del kitsch. Postales, muñequitos de plástico, dados, narices de payaso, dorados gatos japoneses, figuras de tigres, vaqueros verdes, piedras rosadas muy pulidas, muy brillantes (…) Todo eso habla de nosotros y no sabemos muy bien qué dice porque es un balbuceo, salvo ese gusto por el detalle cotidiano: nada hay. Como las piedras que voy depositando en un compartimento del coche: otro espacio: montañas coronadas, Cambridge, Pompeya (…) Todo gira sobre el mismo eje, dotar a la vida de la magia necesaria: la sorpresa y el regalo que los ofrece lo cotidiano. Hoy el regalo es haber encontrado la libreta en uno de los cajones de la cocina, mi madre ha regresado por un momento con esa acumulación tan nuestra. Horror vacui, sin duda.
+ Sólo desde lo cotidiano podremos pensarnos, oigo decir a alguien. ¿Merece la pena pensarse? Como las desnortadas conversaciones sobre economía, sobre la teología económica: términos sin referentes, círculos concéntricos sin concreción, la voz se alza y el vino fluye alegre y peligroso. Son esos venenos. La tarde languidece y suena una canción napolitana: me obsesiono. La guerra del norte contra el sur se condensa en lo económico y en su teología, dice otro en algún otro lugar y yo sigo a lo mío: la canción napolitana.
+ «Dijo Platón que el cuerpo es la prisión del alma o tal vez fue Pitágoras o fueron ambos quienes hicieron tal afirmación; pero el caso es que yo reivindico la plástica como un derecho, sin duda alguna, y tú estás gordo, muy gordo y deberías adelgazar inmediatamente, pero inmediatamente digo yo», sentenció blandiendo el dedo índice contra el cielo de potentes focos televisivos y los desvanecidos forillos. Una niebla desordenó mi entendimiento cuando escuché estas cuestiones en un debate sobre la cirugía plástica y las dietas de adelgazamiento: el argumento de autoridad es demoledor, siempre que se confíe en el nombre que sustenta el aserto.
+ [… y dice Umberto Eco]: «Y precisamente aquel año leo L’Esprit du temps de Edgar Morin, el cual dice que para poder analizar la cultura de masas hace falta disfrutar secretamente con ella, que no se puede hablar del juke box si te repugna tener que introducir en la máquina la monedita… ¿Por qué entonces no usar mi tebeos y mis novelas policíacas como objeto de trabajo?» [U.E. nota anterior a la «Introducción» en Apocalípticos e integrados].
+ Parcial, apasionada y política.
+ Imagen: otra foto de Nápoles. El hombre que observa como se le fotografía es un vigilante del Museo Arqueológico Nacional. En ningún caso tiene el aspecto que se puede esperar del vigilante de tan magnificente colección. Pero el contraste no es con el lujo, con el preciosismo, ni siquiera con la grandeza. Se trata de la perfección que hace pardoja con lo cotidiano del hombre y sus imperfecciones (las de todos nosotros), que su trabajo parece ser más que esperar a que llegue la hora de la salida, sin imposturas, sin uniformes diseñados en el abstracto universo del triunfante modisto/-a. Es un hombre corriente, y ahí reside la grandeza tanto del museo como de su figura; ahí es donde nos reflejamos cuando la tarde declina en Nápoles.
sábado, 14 de abril de 2018
Relaciones
+ Veo el retrato de Rimbaud de Forain y envidio esa síntesis que su técnica de acuarela ofrece. El negro, los ojos son un rasgo suficiente, la gama de grises. Leo y no recuerdo nada, alguien decía y en eso estoy. Pero debo recordar, reconstruir lo leído, recomponerlo y volver a olvidarlo. Mis ejercicios me abocan a una investigación sobre mi biografía, y no me agrada. Algo veo en ese retrato de R., algo próximo y no agradable. ¿La ebriedad? ¿La ebriedad de los venenos, la ebriedad de la poesía? Ay, ahí veo mi romanticismo, lo detecto y regreso al deseo de capturar trazos y sugerencias.
+ [Nápoles] Según pasa el tiempo y las impresiones se sedimentan emerge una idea de transición. Me interesa mucho cómo germina esta idea, como se expande y fertiliza los trabajos y los días. Cómo hemos pasado de ser unos a ser otros y continuar siendo los mismos [ay, qué amor por la paradoja]. De un punto a otro sin interrupciones, sin bruscos saltos, se eleva su mayestática presencia: Nápoles y una cierta idea de vida. Es decir, hemos estado en Nápoles y algo de la ciudad ha quedado en nosotros debido a que ya estaba en nosotros. Presencias mineralizadas e inconscientes. Pasamos de ser unos a ser otros, me pregunto a qué responde la afirmación, pero paulatinamente, sin rupturas, dejo la cuestión en suspenso. Veo una compleja comunión que está anclada en la construcción sentimental que he realizado a lo largo de los años, y la visión estética se unió a intuiciones que se remontan a la infancia. Respiraba bajo el manto de lo ordinario, las obligaciones y la rutina, y, a veces, pensaba en la Bahía de Nápoles y un enamoramiento súbito me embargaba. Total, que hemos asistido al despliegue de la rara belleza que la ciudad atesora, que se reservaba para nosotros, y entiendo que lo apreciamos porque, como dije antes, ya había algo nuestro en ese despliegue caótico y sensual. El cielo, la trama urbana, las edificaciones y su envejecimiento, una nota elitista, una nota popular, la comida, las tiendas como escenarios, los trenes, hombres y mujeres, motos y automóviles, cuestas, avenidas y el mar, la línea del mar y el Vesubio, los perros y sus dueños, el pesebre como arte, la calle como religión.
+ [Pompeya] Reviso las fotos del viaje a Nápoles y veo que aquello que fotografié lo había fotografiado anteriormente: temas y motivos. De entre ellas rescato una foto donde se refleja la base de una escultura vista en Pompeya: un centauro de Igor Mitoraj. En la base hay rostros vendados. Intenté descifrar su significado, pensé en anclarlo en una imposible antigüedad grecolatina, lo dije y me callé. Algo había que invitaba al silencio: la certeza de que Pompeya habla de la finitud de toda empresa humana, independientemente de consideraciones morales. La ruina es un emblema y los rostros vendados nos hablan de ceguera, una ceguera que permite al vendado distinguir siluetas, pero no detalles. Caminamos por las calles de la excavación y sentimos nuestros cuerpos como vaporosas plumas en la corriente violenta de la historia. Como Fabrizio del Dongo, ni quiera sabíamos dónde estábamos, ni a quién acabamos de ver. Se sedimentan las impresiones y somos transición, repito. Volvimos en tren y el perfil de la bahía invitaba a las melancólicas reflexiones sobre lo fugaz y la necesidad de aprovechar la vida y sus regalos, evitando el dolor, sin olvidar que siempre está al acecho. Nápoles fue un escenario más que propicio para el amor, el fruto de más de veinte años en compañía y comunión, la enseñanza de Pompeya fue otra. Caras del misma moneda: Nápoles y Pompeya, la vida y la muerte.
+ Los dos apuntes anteriores me trasladan a una cita de Goethe donde afirmaba que todo aquél que haya estado en Nápoles tiene la posibilidad de recordar la ciudad y curarse de la afección de la tristeza. No sé. Pienso en Nápoles y reconstruyo historias que nunca han sucedido. Ahora regreso a Dante, a los laberintos de su interpretación. Algo se me escapa y sé que en esa fuga está lo nuclear. Indagar es el pan nuestro de cada día, lo que no implica necesariamente aciertos y certezas. Quizá, incluso, todo lo contrario.
+ Mientras leo: las voces se deslizan hasta mi espacio de lectura. El espacio es mi límite, pero evito pensar en el volumen, en la cristalización del cuerpo. No. Hay otras posibilidades, pero están contenidas en este espacio y en este tiempo, lo que constituye el presente, la presencia. Volvemos a la idea de que no somos otra cosa que tiempo. Las voces que vienen de otras viviendas están vivas: risas, llamadas, advertencias, gritos solapados con amenazas [los niños en esta hora se ponen imposibles]. Esa vitalidad contrasta con la acumulación, de libros, libretas y papeles, bolígrafos, lápices y gomas de borrar. Mi mundo altera lo diario en el punto de cocción de lo ficticio, aunque verosímil. Mi reclusión voluntariamente me aparta de lo diario y regresar es un ejercicio, nunca penoso, nunca fácil.
+ La primera hora de la mañana. Todo se repite y la reiteración resulta agradable. Lo previsible, contra la propuesta que ofrece aventuras sin fin, tiñe lo diario de la necesaria tranquilidad que ayuda a enfrentarse a la lectura. La lectura gobierna el núcleo. El núcleo varía, pero mantiene ciertos rasgos: la permanencia de la lectura, una incierta alucinación, el ritmo y la disciplina. El día comienza y ayer me llegó un disco de canción napolitana. ¿Relaciones?
+ Imagen: una vez más, el sentido llega desde la yuxtaposión. Pompeya, un paseo por Combarro, una exposición en Londres. Tras las tres fotos, estamos nosotros dos: es ese el nexo. ¿Cómo desverlarlo, por qué desvelarlo?
sábado, 7 de abril de 2018
Sapientia et fortitudo
+ [El tópico que sirve de emblema a la entrada se podría corresponder con el posterior ‘las armas y las letras’, con ese conocido ejemplo que aparece en El Quijote. Pero cabe una otra lectura: la distinción entre la acción y el pensamiento; hoy, es ésta última horquilla la que me interesa]
+ Decía algún poeta que abril es el mes más cruel. Leí que con ello se refería a los caídos en los campos de amapolas de la I Guerra Mundial. Los ingleses llevan amapolas en la solapaba para recordar este hecho. Campos devastados. El poeta es T.S. Eliot y el poema The Wasted Land . Del estante recoge el libro y lo abre, se deja llevar por el ritmo y encuentra en su lectura el aliento de otro tiempo, ¿es el tema, es el sentimiento? Rechaza la última posibilidad y se queda con la constatación de lo inevitable. Morirás y la muerte habrá de otorgar en su putrefacción nueva vida. Tierra negra, lombrices, la raíz seca, la raíz carnosa. ¿Se trata de los caídos en la I GM o se trata de los muertos en su absoluta amplitud? Toma los Dublineses y busca «Los muertos». Ahí esta la clave, su clave vital, el hilo que mantiene unido el presente y el pasado. Su destacada tendencia a la tristeza, asumida ya como una parte inseparable de su principio rector. No puede ver otra cosa que caer la nieve en los yermos que rodean Dublin. El espejo retrata el paso del tiempo, las bolsas bajo los ojos, la arrugas, una niebla en los ojos. Dónde está la adolescente que se preguntaba por el sentido del poema, por el cuento de Joyce. ¿Sigues ahí, tras el velo de la vejez? Quiere pensar que sí y recuerda aquella sentencia medieval en la que se afirmaba que el adolescente debe tener algo de viejo y el viejo algo de adolescente. No juzgará, no tratará de comerciar con la sensata elocuencia, ni tampoco esparcirá consejos que nadie le ha pedido. Comienza abril, un mes cruel, muy cruel, como crueles todos los meses son.
+ En Nápoles compré un ejemplar, en italiano, of course, de I Canti. Volví a leer «El infinito» y volví a pensar en la vida de Leopardi. Volví a pensar en el último verso del poema: «e il naufragar m’è dolce in questo mare». Y no dejé de pensar en lo que había leído en Terry Eagleton sobre una posición burguesa ante las letras. Una triste paz me invadió mientras los músicos rumanos tocaban con pulso, pero sin un fraseo adecuado ese conocido Tu vuò fà l'americano de Renato Carosone. ¿Yo, también, soy un fingidor?
+ [La acción]: No puedo evitarlo: me siento culpable por llevar una vida contemplativa [¿debo poner aquí una marca que indique el tono irónico de la declaración?]. Mi vida contemplativa es una parte de mi vida; la mitad, exactamente. La otra parte ha sido paro, trabajo manual, trabajo de archivos y es, en este momento, un trabajo de inspección, totalmente ajeno a mi objeto de estudio. ¿Es esto acción? No lo sé, pero siempre he procurado mantener un esquema axiológico coherente, tanto en un ámbito, como en el otro ámbito. Y creo que esta disciplina de normas dadas cuenta más que una declaración de principios. Estas guías son los que me interesan y en las que persevero, que nunca alcanzaré en su perfección, pero se trata, como siempre, de un camino y no de una meta, aunque la meta siempre está presente. Regreso al principio: leo en el avión a Terry Eagleton y hace que me sienta mal, culpable, algo que no dura demasiado, pero que sí consigue que sienta una leve desazón larvada en lo profundo de la biografía. Los fantasmas siempre están dispuestos a emerger, a acudir a la más ligera de la llamadas. Regreso a casa y leo en el ordenador que acusan a T.E. de arribista y de tener tres o cuatro casas, vaya de ser un burgués al uso, que contrasta, al parecer, con su marxismo rampante. Más que verosímil porque sé de algunos marxistas-leninistas que en sus adosados, ante la pantalla de la tablet, planean substanciosas vacaciones por Europa o encargan frivolidades roqueras con un ánimo erudito entre la cultura popular y un incierto Mondo brutto. Pero, bien lo sé, no importa nada que T.E. sea consecuente o inconsecuente entre lo dicho y su vida, porque la verdad de sus palabras no depende de que la coherencia vital. Ni en su caso, ni en ninguno. El avión avanzaba y la lectura me hacía recordar que sin ocio no es posible la especulación, el estudio (ya que la palabra proviene de otra palabra griega que, muta mutandis, quiere decir ocio, también). En ese terreno estamos T.E., el que compra vinilos y yo, cada uno con sus contradicciones: esa es la pétrea realidad del hombre en su día a día: la paradoja. Está bien saberlo.
+ [Farsantes]: Leí sus escritos y escuché sus palabras, traté de comprenderlos y perdí el tiempo. Hoy lo recuerdo todo y sé que no había nada. Qué ingenuo era yo, qué ingenuos eran ellos. Han pasado los años y todo se recuerda como una borrachera continuada, como un sueño que se desarrolla a través de pasadizos laberínticos, en el subsuelo, en la noche que habita bajo las calles. Emblemas de la juventud que no ha de volver. Yo era una farsante más en el reparto de papeles de una odiosa y absurda compañía teatral, pero ahí estuvimos.
+ Imagen: una vieja foto del 2015. ¿Realmente resulta tan antigua, vieja, desgastada? Emerge y permanece una intención. Los carteles que en las ciudades encontramos transmiten mensajes indescifrables, nos conformamos con aquello que parecen insinuar, pero no insinúan nada: ponemos en lo que vemos nuestra conformación lejana, la configuración de nuestra persona. Portugal, finalmente.
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