sábado, 18 de marzo de 2017

Madrid (marzo 2017) [1]




+ Aterrizo y la ciudad me espera impaciente [esto me gusta creer a mí]. Me aguardan ocupaciones y afanes que se extienden a lo largo de un año y en quince minutos conocerán su resultado. El viaje ha sido tranquilo.

+ [Avión]. Me siento en el lugar que me corresponde, lo ordeno todo, pero algo se me ha olvidado. Me levanto, me siento de nuevo y noto que algo se rompe. El reproductor de Mp3 se ha roto, le ha saltado la tapa y ahora muestra su intrincado interior. Veo una semejanza con una cabeza a la que se le hubiese quitado la parte superior del cráneo, esas figuras didácticas para comprender la anatomía del cuerpo humano. Esto no interesa demasiado, lo que me llama la atención es el hiato entre el exterior y el interior. Un exterior mínimo, un interior laberíntico: impenetrable. ¿Una traducción poética? He arreglado con mucha pericia el cacharro y sé que he aprendido algo que ahora debe sedimentarse, un proceso que me ayudará a concretar una otra idea del interior y del exterior. Queda abierto.

+ Por la calle oigo a alguien que su novia es coaching en una empresa de big data. ¿En qué consiste su trabajo?, le pregunta el interlocutor, y el chico, muy joven, muy anillado, muy tatuado, responde que hace juegos para animarlos y que aumente la productividad. Me alejo no sin antes escuchar un dubitativo y escéptico “ajá”. Madrid se ve inundado por la luz del sol de marzo, hay viento y la gente se engalana para la esperanza del verano (es decir: se quita ropa), pero todavía no es verano, ni siquiera es primavera. Palabras que vuelan de boca en boca que remiten a una realidad más allá del tiempo y del espacio. La esperanza de una agradable vida con la persona amada. Aquí reside todo, no hay mucho más.

+ Veo pasar por la Gran Vía al cantante que ha modificado su imagen recientemente. Del pop cínico a un estilo de coñac, espesas alfombras y pesados muebles. Barbour, náuticos, pantalón de lona, camisa de rayas; barba, gomina y pipa en arabesco. Tengo su canción en el Mp3. A L. no le gustó y lo entiendo, en ese sentido que a ella no le gustó a mí tampoco me gusta, pero yo me he rendido a un desarrollo guitarrístico ascendente, rápido y bien rimado. Ninguna de las otras canciones del disco me gustan,  el disco no me parece gran cosa: prescindible. Continuo mi paseo y creo haber comprendido el sentido de la canción, que no es más que un formalismo que no cuaja. Es el vacío que impone la necesidad de producir, la demanda del mercado.

+ Mientras recuerdo el día que pasé en Madrid, con sus obligaciones y sus ornamentales entretenimientos, abro el paquete que llega desde Toledo. Viene entre otros, el libro de Santiago Auserón, El ritmo perdido, recojo una cita: «Quizá uno no acaba de entender las cosas hasta el día en que a nadie - o pocos más- interesan». Aquí queda, y continúo con la meditación sobre la ciudad y un futuro que se abre ante mí.

+ Lewis Baltz en la Fundación Mapfre. Es un día tranquilo y se agradece la poca afluencia a la exposición. Sólo somos tres personas, no nos molestamos. Las fotos me confirman mis expectativas: hay una conexión entre el fotógrafo y una idea que yo tengo de hacer fotos, que va más allá de las propias fotos y se convierte en una proyección integradora de la realidad, de un segmento de la realidad que yo deseo significativo y nuclear. Lo que no interesa, en definitiva. Cunetas, acumulaciones caóticas (qué rédito tiene la figura retórica), construcciones sin identidad, sin intención de poseer una personalidad o un estilo, automóviles recortados contra fondos neutros, almacenes, persianas, ventanas que sólo son un rectángulo. También, sus fotos en color. Pero para no abundar en la recolección de los motivos, lo dejamos en esa forma de seleccionar los elementos que ofrece lo cotidiano, toda la carga de las intenciones. Se eleva sin remisión lo posible, confundo lo mío con lo suyo sin solución. Fuera hace un día soleado y el capítulo arte del breve viaje a Madrid ha quedado cumplido. Poco, breve y bueno.

+ [El el metro]. Se sientan ante mí una pareja que están en sus treinta [ay, cómo me gusta este calco del inglés]. Ambos se entretenienen con sus pantallas. Ella tiene la cara plagada con unas manchas rosadas que se concentran en la nariz, el entorno de la boca y en las mejillas. Es rubia y vaporosa, una princesa renacentista con bolso de Purificación García, reloj Marc Jacobs y mokasines Todds; ay, ni es guapa ni es fea. Comienza un proceso que la transforma. Una crema que extiende por toda su cara con cuidado, el negro de humo que deposita en sus pestañas, un azul ligero en los párpados. Espera. Al cabo, deposita sobre el su mano una pasta color carne que ha de extender por su rostro con una brocha. Desaparecen totalmente las manchas. Sobre su regazo tiene una bolsa de tela de donde saca y retorna las herramientas, los botes y los tubos. Ahora es otra, su rostro ha ganado seguridad. Llega el momento de abandonar el vagón, besa a su novio y se dicen que se verán a la noche. Creo entender el germen de un poema, lo valoro y me abandono a la música de Santiago Auserón, sin poder olvidar el tema de la persona, el personaje y su máscara [¿cuántos somos a lo largo del día?].

+ Cuando se solapan las tres imágenes surge el espíritu del día, un dios menor y esquivo. Los árboles, su floración y una sombra (de un árbol, un otro árbol). El mesaje debe permanecer en lo criptico. Su éxito  se refleja en la sucesión de posibilidades. Son las condiciones de posibilidad, del proyecto que nace, que nace en Madrid. Creo que estas condiciones viven en los árboles que puede encontrar de camino a la Uned, al Edificio de Humanidades. [Jarvis Cocker: yeah, the trees, those useless trees produce the air that i am breathing. yeah, the trees, those useless trees; they never said that you were leaving].

sábado, 11 de marzo de 2017

Un dios llamado Oscuridad




+ ¿Nos referimos a la Fortuna y a su caracterización, a sus detalles y diferencias? El gobierno del mundo por parte de la Fortuna es una explicación medieval de la realidad, en relación con la voluntad divina y con una posible corrección mediante la virtud. Interesa una Fortuna que se declara caprichosa y sin posibilidad de cambio, ni de enmienda sobre sus designios. Sobre lo divino y lo humano, sus decisiones son inapelables. A uno le tocan 5 millones en la Lotería Primitiva y es su desgracia; otro se emparienta con aquella ‘la mujer de sus sueños’ y comienzan a sufrir los dos; el más alejado entra por la puerta grande de esa soberbia colocación laboral, y aquí localizamos su muerte en vida. Tentar a la Fortuna supone exponerse a su maldición y sus caprichos, como bien sabían los griegos, ya que el peor de sus castigos es la consecución de los deseos. Así se puede invocar el inicio del siglo XXI, las razones del capricho de la ‘varia diosa’.

+ He visto caer la nieve. Lenta, esponjosa, llena de una apariencia mortecina. Cubría prados y árboles, una niebla densa desdibujaba el paisaje, la música de piano en la radio reflejaba bien el contenido del pronóstico del tiempo. Ningún pájaro volaba, no había más sonido que la radio del coche y el run-run acompasado del motor. Siempre vigilante, siempre atento. La niebla es hipnótica en un sentido estricto. La nieve es fría y hermosa, la conjunción nos lleva a pensar en un sueño del que nunca se despierta: palacios de hielo, praderas de nieve, carreteras sin fin. El camión pasó y me devolvió a la vida. Un rugido de bestia insaciable. Acordes superpuestos, zumbidos y acoples de amplificador. Ay, el ruido bajo la nieve. Blanca diosa de la mañana, levántame cuando me caiga.

+ «Yo soy muy sensual. El día que me falle la sensualidad, tomar una copa, sentir el buen tiempo, meterme en una piscina, o en el mar, ver a alguien que está muy bien físicamente… El día que todo eso me falle, la vida será un sitio inhóspito». Dice Gil de Biedma en una entrevista que leo un sábado por la mañana, que apunto ahora aquí. ¿De qué da fe? Una celebración necesaria de la vida, una prontitud de frivolidad y sustancia que nos arrebata, el disfrutar excelso del estar vivos. Los cuerpos, la comida, el paisaje, un poema, un cuadro, la poca necesidad de hablar [en ocasiones], un paseo, la lejanía del horizonte, el trabajo bien hecho, está página sin dimensiones. Esto y mucho más, que se atesora en el interior y nos permite sobrellevar la planicie de lo diario, de la realidad circundante. [Según leí el diario del autor estas afirmaciones suyas en la entrevista han sufrido una metamorfosis: no es la misma sensualidad la suya que la mía, pero prefiero conservar lo escrito y no enmendarlo].

+ La nieve me otorga una imagen que guardo como oro en paño. Qué hermosa expresión la de «oro en paño», qué colores contradictorios: el blanco puro y el amarillo del oro. [Minutos después, caigo en la cuanta de que el blanco y el oro son los colores del Vaticano; desde luego que los tiros no iban por ahí].

+ Llega un momento que, tras haber leído unos cuántos versos y unas cuántas opiniones y juicios del poeta, uno cae por la pendiente de buscar acontecimientos y fotografías personales. Reconstruir una vida es peligroso, pues siempre se está en el filo de confundir motivos vitales con esas tenues verdades estéticas que algunas obras de arte atesoran pero que no pueden ser traducidas a otro lenguaje, que no admiten reflejos viales. Sólo son posibles en lo propio. En ese filo se debaten los vídeos que veo sobre Gil de Biedma, del que leí ayer unos diez o doce poemas, una lectura que se alargó hasta más allá de la una de la madrugada, más allá de lo deseable. Ahora, en un intermedio que me concede el Siglo de Oro, regreso a su figura y hay muchas cosas que no comprendo, que no puedo estilizar en una línea biográfica, pero que sé que todo ello va en detrimento de la propia lectura, de la propia poesía, pero debo continuar esa investigación mínima. Cierro los vídeos y vuelvo sobre Góngora, sobre la fábula de Píramo y Tisbe: su poesía, la ausencia biográfica. Hay momentos en los que sólo cabe un formalismo lector; éste es uno de ello y de ello dejo constancia. Queda abierto.

+ No puedo evitar un aire de melancolía que viene dado por una circunstancia que soy incapaz de controlar. Se suman lecturas venenosas, un tiempo inestable y el espejo de la edad. Desafíos, batallas perdidas y algunas humillaciones perdidas en el tiempo. Pero me deshago de este fardo y escucho con atención el rumor de la primavera, que comienza a despuntar en los brotes de los árboles. Cojo el ligero tomo de Marco Aurelio y recuerdo que todo malestar es siempre interno, y la tarea es localizarlo y anularlo. Lo intento y lo consigo.

+ Ahora, un poco más tarde de haberme duchado, dejo a un lado el libro de Gil de Biedma, su diario. No sé, creo que no continuaré, aunque no lo puedo asegurar. Hay algo en el personaje que no me gusta, que me pone nervioso, que detesto. Una estridencia molesta. El sábado devolveré estos libros a la biblioteca pública y dejaré Las personas del verbo, su poesía, en el lugar del estante que le corresponde. Al mismo tiempo, mientras escribo lo que escribo, me parece que todo este su mundo es algo antiguo y gastado, desligado de los poemas, que su contemplación perjudica con enojo la lectura. Curiosamente, insisto, creo que no arrojan luz sobre la poesía sino que, al contrario, enturbian una suerte de limpidez, como si un barro sedimentado en el fondo aflorase para pervertir el agua clara.


+ Termino por dar con la clave de mi malestar, y la raíz está en los Diarios de Gil de Biedma.

+  Lo recuerdo. Fue en los diarios de Andrés Trapiello donde tuve la primera noticia de la estancia de Gil de Biedma en Filipinas y su trato sexual con niños, vaya: la pederastia del gran poeta. Lo había olvidado, pero cada vez que volvía sobre sus poemas algo desagradable parecía respirar en su profundidad. Sí, es eso, una miseria profunda. Cuando llegué a la lectura del episodio en su diario no podía creer lo que leía, la frivolidad destilada, una abrumadora verdad que provenía de su propia y no culpable confesión. No había arrepentimiento, sólo frivolidad. Se derrumbó la grandeza de su poesía en un instante. No sé si estoy obligado a separar una cosa de la otra, pero no quiero hacerlo, no creo que se pueda hacer, ni se deba tan siquiera.

+ Y algo que extraigo de El Confidencial, escrito por Alberto Olmos: «Los aficionados a la diarística emparentarán enseguida ese gusto por los chicos de Gil de Biedma, y su consiguiente relato en páginas privadas, con relatos similares que figuran en el conocido Diario de André Gide, autor de cabecera de nuestro poeta. ¿Qué hacer con esas páginas, con esa delincuencia? ¿Callarla, evitarla, enterrarla? Entre el apetito de castración de quienes sacarían a un autor de los libros de texto por haber mantenido relaciones sexuales con menores, y la connivencia amical de otros que se limitan a hacer la vista gorda, solo queda apelar a la literatura como juez imparcial de una obra concreta. Esto es: ¿hay verdad y belleza y testimonio en ese libro?»

+ Lo anterior me lleva a una frase que suelo repetir: nos gusta el arte, pero no nos gustan los artistas. Hace años se la oí a una persona brillante en lo suyo, la Historia del Arte. Conservo esta enseñanza con cariño. Y ahora la recupero mientras dejo esta poesía de Gil de Biedma en cuarentena.


+ Imagen: hojas secas, el otoño, la ampliación de una verdad que se oculta pero termina por emerger.

sábado, 4 de marzo de 2017

Genius loci




+ El genio protector del lugar se nos aparece cuando nos disponemos a verlo, a escucharlo, para lo que no sirve la función ordinaria de los ojos y los oídos. Se manifiesta de diversas maneras, pero siempre con nuestra colaboración. Allí, presente e inmutable, en su materia permanente y en su tiempo estático. Una serpiente que guarda el lugar es la imagen, pero su realidad va más allá.

+ [Tres puntos en un posible mapa, para un (im)posible proyecto]. Borde(s) de encuentro; condición(es) de posibilidad; superficie(s) de equilibrio. Son puntos que sugieren pero que no determinan. Se alejan cuando se hace materia el proyecto, su función es de esbozo más que de trazo. (?)

+ Súbitamente me asaltó una imagen de la infancia. Yo tendría menos de diez años y una chica, mayor que yo, ¿tres años, cinco años?, se bañaba a mi lado, en el mar. Nadaba muy cerca y yo la observaba. Me sonrió. Recuerdo las tiras verdes de su bañador, que sostenían sus leves pechos. A eso se reduce el recuerdo. Ni siquiera sé porqué recordé hoy la imagen, mientras conducía pacientemente. Me asaltó, con una contenida erótica que ya estaba presente en su origen. No quiero averiguar nada, sólo deseo que aquel mundo se sumerja lentamente en aquel mar que no volverá.

+ Doy fe de la [inexistente] estética de los furgones blindados, donde todo es funcional y no se percibe ningún ornamento. Peso, seguridad, firmeza. Amarillo y negro contra el verde de los árboles, contra el cielo limpio del inicio de la primavera. Avanza en su hierático rumbo, lleno de billetes y monedas, tripulado por hombres armados y con chalecos antibalas. Un acento cinematográfico. Gafas de sol y expresión seria, muy seria. Lo veo pasar por aquella carretera orlada de coníferas, y lo estudio en su reluctancia. Parece de otro mundo, el furgón blindado. En efecto, es de otro mundo.

+ Detritus en latín viene a ser algo así como molienda, lo que queda tras la descomposición de un sólido. Polvo, viento, nada. Su rendimiento tiende a la expansión. Un edificio, un automóvil, una profesión. Todo aquello que se desvanece para convertirse en polvo, que pierde su cohesión y se transforma en un algo que carece, todavía, de nombre; que quizá nunca alcance un nombre. El polvo en las cunetas, aquel elemento que se olvida y el sol y la lluvia transforman en partículas indeterminadas, lo biológico que se hace tierra negra y fructífera. Abono, líquidos, arena o tierra. Su imagen dispersa nos indica que hay un margen que tiende a la irrelevancia. Materia muerta que un día fue vida, esa aparente contradicción. Este es nuestro mundo, estos somos nosotros. Si no lo somos todavía, lo seremos.

+ Góngora, endecasílabo final de un famoso soneto: «… en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada». Así queda, el detritus.

+ Voy a correr y pienso, otra vez, en la geometría de los furgones blindados, donde todo es función, donde no cabe el ornamento, ni el gesto de identidad que atesoran el resto de los vehículos. No les hace falta. ¿En qué emblema se contienen? ¿La función como totalidad?


+ Imagen: la acumulación es el comienzo, la tierra negra se forma y se conforma para dar vida.

sábado, 25 de febrero de 2017

Soledades




+ Se aproxima la primavera, los días crecen y se disfruta del sol, cuando la  lluvia lo permite. No, es contante, pero la percepción es esa. He conducido sin prisas entre bosques y aldeas, he visto a los gatos saltar desde un tejado a otro, las ninfas ocultas me han susurrado secretos que nunca revelaré. Hay un viento eterno que me permite sobrellevar en tránsito de las estaciones, la constatación ineludible del paso del tiempo. Son juegos, perfeccionados con los años, con tanta rentabilidad.

+ Asisto a un breve pase de diapositivas de los cuadros del padre de Alma Mahler, Emil Jakob Schindler. Paisajes, bocetos, apuntes. Me llama la atención una marina que está en un museo de Moldavia. No trato de entender nada, al contrario: es una recuperación de otros momentos vividos y lejanos, de días de la adolescencia y las playas, tan lejanos como extraños. Esto me lleva a pensar en quiénes somos, en la coherencia biográfica, la cohesión de los hechos que se produce más por decantación o sedimentación que por la respuesta a un plan previo. Me interesa la sedimentación y en el cuadro se refleja una trayectoria que no ha terminado, pero que se dirige sin brújula a un no se sabe dónde. No creo que todo el mundo actúe de la misma manera, pero la condición del carácter es lo que imprime el impulso a la trayectoria, o se lo resta, lo desvía o hace que se hunda la nave y duerma en el fondo de ese océano sin nombre. Suena la número dos de Mahler. Buscaré una no-explicación en la mitología, por construir un muro de hielo y diamante.

+ El no-lugar es el espacio que nos pertenece, así lo veo ahora mismo [lo que no impide un cambio brusco de rumbo: la paradoja]. Por su incapacidad para hacerse concreto nos retrata con una precisión singular y exacta. Autopistas, establecimientos de comida rápida, pasillos de aeropuertos, gasolineras, cafeterías de hospital, piscinas públicas, estaciones de autobús, esferas o estuches vacíos de guitarras eléctricas. La poética del desastido, en la sala de espera: rostros vacíos que escrutan las brillantes pantallas de sus teléfonos. El día llega con lluvia y todo la ciudad es un escenario para los prólogos del deseo, que no se consumará. Llueve.

+ [Zenit / Nadir].

+ La conversación debe, necesariamente, estar gobernada por un genio que aparece cuando los dos interlocutores hacen presencia y se reconocen como iguales, pero mantienen sus diferencias, cuando se prestan a los juegos de turnos, pausas y silencios. Un genio del momento, para el momento. Nos tutela un dios menor, que impera sobre los encuentros y sus meandros. Intentamos observarlo, sin embargo es esquivo y se difumina. El coche avanza sin dificultad, con una fluidez que resulta equívoca: ¿es un coche o es una balsa? ¿un cofre, tal vez? Aquí comienza la conversación, éste es su punto de partida.


+ Imagen: la superposición de planos. El cielo, la medianera, el muro de ladrillo. Sobre su geometría gobierna una idea de detritus. Algo repetido, algo que definine y delimita. Los bordes de la realidad contienen en sí claves insospechadas, buscarlas es la tarea de hoy [¿y para mañana, qué?]

sábado, 18 de febrero de 2017

De nobis ipsis silemus




+ La traducción del título que encabeza la entrada viene a ser algo así como «callemos sobre nosotros mismos». Mantener silencio sobre nuestra persona, sobre nuestras opiniones, sobre lo que deseamos añadir a lo que no necesita aditivos. La consigna se recoge de un libro de Miguel Morey sobre Foucault, y viene de Bacon. Dejemos que el texto hable sin pervertirlo con nuestros juicios y opiniones, tan prescindibles. Así, con esta intención, he cogido las Letrillas de Góngora en la biblioteca. Leer, y nada más, palpar la música del idioma, su propia piel, la consistencia de los enlaces, como mucho determinar el verbo principal y sus complementos, quizá el sujeto. Leer, sólo leer. Nada más allá. Pienso en un periodista (especialista provinciano en diversos ámbitos artísticos) que leo a veces, que escribe todos los fines de semana en el periódico local. Hay un placer morboso en esta lectura porque él pone de relieve el valor de sus sentimientos en la percha de cualquier novela, poema, cuadro o música, con unos repetidos clichés espaciales, paisajísticos o ético-morales. Sé que tiene su reputación y a ese mundo no me pliego. Sonrío y le doy un largo trago a la amarga y fría cerveza. Y yo me digo que no hay nada más bello que esa hoja en blanco que nadie va a manchar. Pero no me acostumbro y comienzo a hablar, a escribir y digo estas cosas que tan poco valor tienen. Ay, callemos sobre nosotros mismos, por favor.

+ Me resulta particularmente enojosa la expresión: si x no existiese, habría que inventarlo. En el mismo orden, detesto: hay que reinventarse. Abandona tu zona de confort. Y así todo. He dimitido de mis propias manías para que otros venga a imponerme su visión. Otro cosmos necesario: el silencio.

+ Hay una erótica en los objetos de escritorio a la que no me puedo substraer. Portaminas, notas adhesivas, gomas de borrar, baratos bolígrafos de tinta verde, libretas de diferentes tamaños, la tinta azul de la pluma, lápices de colores, iluminadores fluorescentes (…) ¿Me aportan seguridad o sólo es un reflejo de un cierto confort que tanto aprecio, en el escenario de mi estudio mientras leo con un jazz suave y monótono? Todo un territorio, me digo, una nación, un país donde los límites no se han establecido, por el momento. Fuera llueve, hace sol o el viento sopla con fuerza, yo leo, tomo notas, escucho la música y vuelvo a Góngora: elogio de aldea, menosprecio de corte.

+ «¿Dónde podría yuxtaponerse no ser en el no-lugar del lenguaje?» (Foucault, en Las palabras y las cosas)

+ Suena en mi reproductor Carmen, lo que imposibilita cualquier lectura. No hay concentración salvo la que la música requiere. Coros, ascensos, descensos. Música que atraviesa el aire espeso de la tarde del sábado y ofrece una carta de batalla. Contra los baches de lo diario, contra la planicie en que se resuelve, siempre, la actualidad. Aquí hemos llegado por nuestra falta de ambición.

+ El domingo, temprano, veo Vidas rebeldes, o mejor: Los inadaptados, la traducción literal del título en inglés. Amanece lentamente y el blanco y negro lo inunda todo. No sé qué palabra emplear, pero me impresionan los caballos, me remito a los personajes y a la yuxtaposición de los diálogos que me llevan a pensar en un imposible sistema de turnos. Es de día ya, cuando termina la película y regreso a la sugerencia que me arrastró hasta aquí. Se cierra un círculo. Dejo que suene la canción de Auserón: Los inadaptados. Suena y el día es otro, hacía tiempo que no sentía esa nostalgia de lo no vivido, pero es domingo, no llueve y me espera una larga sesión de lectura. [No quiero escribir más sobre la sensación de extrañamiento que me ha producido la película, vuelvo al inicio: callemos sobre nosotros mismos].

+ [Misfits, es la palabra en inglés, en español: los inadaptados].


+ Imagen: la mirada del animal disecado decatanda por el filtro fotográfico. Se transmite una lejanía que no se atrapará, el huir en el campo que el cazador alcanza, que el taxidermista dibuja y que el que empuña la cámara trata de devolver a la vida [sin lograrlo]. Queda el tono de la tarde otoñal, poco más, salvo la constancia de la muerte, que encabeza el sentido de la foto: nadie ni nada le devolverá la vida al ciervo. Y, mientras cierro el párrafo, recuerdo aquella corza entrevista en su intimidad, el húmedo y suculento fondo del bosque, allí a donde nadie llega, donde habita la erótica recóndita del animal ajeno, desconfiado de nuestra mismidad; esa perturbación.

sábado, 11 de febrero de 2017

El color del ámbar




+ Al cabo del tiempo, me vuelvo a encontrar con la poesía de Jaime Gil de Biedma. Las personas del verbo. Leo los poemas en la cama, en la ultimísima hora del sábado. El tiempo ha pasado y hemos transitado sin pena ni gloria el paraíso y el infierno. En la lectura de estos poemas hay algo que tiene que ver con la revisión y el examen del pasado. El pasado es una resaca, una playa donde se ven arrojados los restos de todos los naufragios.  El pasado siempre es naufragio, porque sabemos bien a donde conduce su acumulación. La nada, ahí está. Los poemas flotan en una solución plasmática, se dejan querer pero contienen la violencia del fracaso y la victoria de la muerte sobre nuestra totalidad. Cuánto amamos esta poesía, cuánta identificación. Eramos unos adolescentes que prolongaban el fin de la infancia más allá de los treinta años, la poesía de Gil de Biedma era una buena bandera, un adecuado emblema. Hoy reposa el libro en la mesilla de noche y yo soy otro, el mismo, pero otro. Soy mi propio exilio, con debates y sin certezas.

+ En qué nos debemos fijar, ¿en los hechos o en las ideas declaradas? La pregunta se puede utilizar en diversos ámbitos de la vida, pero yo la oí formulada para que se aplicase sobre los partidos políticos. Yo, en estos días, dejé que cayese la cuestión sobre el comportamiento de algunas personas y las declaraciones que realizan sobre esas sus conductas. El resultado era el esperado: contradictorio. Pero, más tarde, podemos ser nosotros mismos los que suframos esta cuestión. Tampoco se sostiene, entré en las mismas contradicciones, vi mis declaraciones grandilocuentes y vacías y mis actos guiados por mi interés, lo aleatorio y la debilidad. He de pensar detenidamente en todo ello.

+ He rescatado a Brígida de su sueño, de su ataúd de diablesa vampírica. Brígida es mi guitarra española. Ensayo acordes y trato de ‘sacar’ una canción, cantar un poco y sentir ese recóndito placer que es la música. En la modestia del dilectante que carece totalmente de cualidades, que reside, en contra de su voluntad, en la amusía.

+ [Música]. Un jazz casi inaudible, donde se mezcla lo brasileño y una aire de los años setenta. Flautas, guitarras con cuerdas de nailon, lejanas percusiones. Incluso un piano. Se evocan arquitecturas, licores, vestidos verdes pastel, conversaciones sobre literatura medieval o matermáticas superiores, economía, filología o el cultivo de jardines en el Norte de Inglaterra. Todo sucede en un vanguardista chalet en Los Ángeles. Es un escenario que se eleva sobre el discurrir por una sinuosa carretera. La sucesión de imágenes se nutre de una sobrevenida necesidad de sentir el tacto vital y cinematográfico de esta música y sus posibles escenarios. La vida es así. Sorpresas y elevaciones donde no se espera más que mesetas. La posibilidad se abre porque uno está dispuesto a ello. Cada momento se convierte en un regalo, lo valoramos como se debe valorar. El regalo es este minuto. Hoy la insinuación de sofisticadas fiestas, champagne en pequeñas dosis, su música, los vestidos, el brillo de los instrumentos, la vista de una bahía y la canción que flota en el tiempo. ¿Soy yo? Sin duda, por un momento, en una ensoñación.

+ Ha muerto Jose Luis Pérez de Arteaga, el gran crítico musical. He abierto su libro sobre G. Mahler y he comenzado la lectura. Setí pena. La misma pena que cuando murió Amy Winehouse. Conducía por solitarias carreteras y llegó la noticia. Recuerdo su voz y su magisterio, recuerdo que desprendía un saber que traspasaba las ondas. La silueta de los bosques son un aviso; apagué la radio y dejé que se oyesen los pájaros, el viento, la corriente inquieta de un arroyo. Esto no llegó al minuto, suficiente. Regreso a Mahler.

+ Imagen: en la parte de atrás de la ciudad. Es Oporto. No es un barrio marginal, tampoco está muy alejado del centro. Tras la Avenida de Boa Vista se esconde este retazo que conecta con algo tan de mi gusto como es el contraste paradójico entre lo muy moderno y lo que se resiste a morir y aporta ese grano de autenticidad. No hablo de tradiciones, ni de elementos a conservar, pero el día que se urbanice este fragmento, la cohesión entre la ciudad y yo cambiará de registros y será un poco menos mi pasado. El pasado lo contiene  la foto: árboles, casas baratas, muros repintados de pintadas. Allí duerme otra intuición que no termina de concretarse, que no deseo concretar.

sábado, 4 de febrero de 2017

Carbunclos




+ El carbunclo es una piedra preciosa. El carbunclo no es otra cosa que el rubí. También es una enfermedad contagiosa, lo que muchas veces se ha llamado ántrax. La doble naturaleza de la palabra se une en el color rojo y el color rojo es el elegido para los últimos días de enero y los primeros de febrero, como empresa o enseña. El rubí y la enfermedad, el contagio y el lujo del rojo intenso de la piedra preciosa. Comienzan a crecer los días y hay en ello una alegría contenida, que apacigua la lluvia, una lluvia que persiste y atempera el fulgor del rojo. El rojo continúa vibrando, incluso cuando duerme.

+ Inicio el domingo con la música seriada de Philip Glass. Me sugiere un viaje en coche por paisajes desiertos, donde en el fondo se alza un raquítico árbol. Un cielo pleno, azules polarizados, viento suave, una cálida sensación de comienzo. Una nota sostenida, una voz, un instrumento que no llego a identificar, quizá sea un teclado, la síntesis de una flauta. La electrónica transforma la visión y cierro los ojos y vuelvo a esa carretera que no conduce a ningún lugar. La sensación de no pertenencia se acrecienta. Estamos despojados de la posibilidad de llegar a saber lo que realmente los otros piensan de nosotros, el fluir de la música y el imaginario automóvil inciden en esta certeza. Son cosas que se piensan cuando se viaja solo, cuando se conduce solo. Conducir es un placer, sentencia que precisa matices. Conducir es un verbo transitivo, yo soy el sujeto y el coche el agente, el complemento directo. La precisión no es necesaria, pero se funden extrañas razones, quién lleva a quién. Debo centrarme en el coche: es un Mini oscuro, con techo  solar que me ha costado 17.900 euros, tiene un potente equipo musical [donde suena Philip Glass], es potente, es brillante, es muy moderno, ultramoderno. El domingo es propicio para los ensueños seriales, minimalistas, centrados en un arte no realizado, que nunca se realizará. 1970, es el año de la composición.

+ 1970 invita al ensueño de un verano intenso con tardías notas hippies. La India, extensos prados recién segados, estudiantes de vacaciones que hacen auto-stop y tienen relucientes mochilas granates y verdes. Me fijo en sus misteriosos estuches de guitarra. Se ensambla todo en la mañana y el resultado es un hermoso y provincial bric-a-brac inmaterial. Ahí me reflejo, sin problemáticas.

+ La tempestad asoma su rostro, el viento y la lluvia, el frío y el gris profundo. No hay excusas, formamos parte de la meteorología: se refleja en lo diario y afecta a nuestro estado de ánimo. No hay excusas, tomo el libro de Marco Aurelio y después de leer se produce una ordenación. Cada elemento ocupa su lugar sin discusiones, el día comienza. El viernes tiene magia.

+ [Sobre un Mini que deseaba y no compré]. Lo vi durante días en la gran cristalera del vendedor de coches de segunda mano. Lo admiraba, sinceramente, lo admiraba. Así he visto cuadros, con esa misma entrega, pero con la conciencia de que en el momento en que me alejase de la sala, del museo, el cuadro penetraría en otra dimensión. La memoria, la memoria que selecciona momentos y los hace emerger sin coste alguno. Sé que con una postal, una foto, una imagen en un libro es suficiente. Ni siquiera eso. Con los coches me sucede algo similar. Los veo y los aprecio, pero no los deseo. Vi algún Aston Martin realmente hermoso, una belleza violenta como el caballo que corre desbocado sobre los prados mojados, bajo la lluvia intensa; me enamoró un Ferrari negro diamante que se dibujaba en el cristal acerado del expositor en Kensington; o un Bentley tenía algo luferino en su perfección negra o plateada, levemente invisible. Tres coches, tres olvidos. De uno de ellos incluso hice una foto. Hoy volví a pasar por delante del establecimiento del vendedor de coches de segunda mano y el Mini ya no estaba allí. Ahora se abre la posibilidad de jugar con la adivinación: quién es el propietario, qué le gusta exactamente del coche que ha adquirido, lo aprecia en la medida que yo lo aprecio. No. Para mí sólo es un objeto ornamental que me atrae pero, al tiempo, decido no necesitarlo. El día me bendice y yo lo agradezco con humilde nostalgia.

+ «Los edificios que fundé en el viento / él se los llevó, como él los sostenía» Juan de Tassis y Peralta, Conde de Villamediana, [en un soneto].


+ Comienza en la BBC-3 [Música Clásica] la primera sinfonía de Tchaikovsky. Abandono la escritura, la lectura y dejo que nada interrumpa la música. Es invierno y la intimidad del hogar define los límites.

+ [Imagen]: un Rolls en uno de esos callejones [Mews] de Londres: antes eran cuadras de caballos, hoy son carísimas viviendas. El coche está a tono con el cinematográfico escenario, nada desentona. Qué delicado, qué lujurioso este coche blanco tan pasado de moda. En eso estamos: vemos, disparamos y desaparecemos. Como por ensalmo. [Intencionadamente, le he añadido un filtro sepia y otro azul para que la foto tenga ese apecto anticuado: en ello me reflejo].

sábado, 28 de enero de 2017

Elección



 

+ Desde hace dos semanas no dejo de escuchar Los inadaptados de Juan Perro, Santiago Auserón. Me entristece, pero disfruto con esta tristeza. Ya se sabe, esos vicios que germinan en la adolescencia. Pero ahora soy otro. La risa, el día limpio, el brillo del amor. Mi lado mejor (ay, que ha salido una rima interna, pero no cuenta). La película, el concierto, la guitarra afilada y limpia. He aprendido tantas cosas y muchas otras que he olvidado. Así soy yo ahora. Y Radio Futura todavía emerge, de vez en vez, el perfil de los jóvenes que vieron a R.F. en Compostela, en el estrépito de la adolescencia.

+ No sé. Nunca sé. Pienso en calles de Madrid, en paseos por barrios a los que nunca nadie va, salvo para dormir [cosa que si se rasca un poco se ve que es falso y la vida es otra cosa, pero hay que indagar, sin remedio]. Recuerdo con mucha precisión piscinas cerradas, con el agua a media altura y plagadas de hojas secas, recuerdo el perfil de las torres, recuerdo autobuses muy veloces. Más allá de la M-30. Es poético el recuerdo porque el recuerdo es también el recuerdo de la amistad, su presencia en la lejanía del tiempo y de la distancia. Hablamos y caminamos, alguna cerveza. Palomas oscuras, niños, sus madres todavía muy jóvenes y joviales, el deseo latente, belleza y lujuria. El transparente humo de las hogueras a las que nunca se llega. La comunicación es la meta, la clave para penetrar en el mundo mágico de lo posible en la contemplación.

+ Escucho a los pájaros, durante un breve momento. Sólo es silencio.

+ No puedo resistirme a copiar los primeros versos de la Soledad segunda de Góngora. Los copio y pienso en que realmente estos versos dibujan el nacimiento de la Ría de Vigo. Cada vez que estoy cerca de las salinas del Ulló pienso:

Éntrase el mar por un arroyo breve

que a recibillo con sediento paso
de su roca natal se precipita,
y mucha sal no sólo en poco vaso,
mas en su rüina bebe,
y a su fin (cristalina mariposa
—no alada, sino undosa—)
en el farol de Tetis solicita.

+ Me llegan datos sobre A Day in The Life, de los Beatles. Finalmente, veo que la canción es sobre esto: lo cotidiano. Lo que aparece en las páginas de sucesos, el desayuno, los autobuses, un cigarrillo, un sueño, un acorde sostenido que se pierde en la tensión de la aguja contra el microsurco. Suena otra vez, es domingo y se rebela, una vez más, con una superioridad que rebasa a cualquier himno porque su designio es lo ordinario, aquello a lo que no se le presta atención. La música tiene esa magia de la que carece cualquier otro medio de expresión, consiste esta magia en el poder abstracto de la evocación que queda  a disposición. Esa recepción crea arte, el arte no se circunscribe al reducto del museo o la sala de conciertos, la biblioteca o a la voz del conferencia en el aula casi vacía, hay un espacio superior que se llena de lo intangible. Suena otra vez el himno a lo cotidiano y asentimos, con la bandera que hace batalla por el día a día.

+ [Imagen]: disparo contra las gastadas puertas de un abandonado taller mecánico. No serían estas puertas extrañas a la blanca pared de un museo porque ellas atesoran algo muy de nuestro tiempo: lo que se desvanece, la arena que cae de la mano sobre la playa, el olvido y el sosiego de los materiales sin importancia. Arte es todo aquello que cuelga en las paredes de los museos, incluso lo que no cuelga también. Este es el caso, el aleatorio caso.

sábado, 21 de enero de 2017

Quién lo probó lo sabe



+ [El original y la copia]. Mientras conduzco escucho una crónica que trata sobre cómo en China se establece un sistema estético que valora positivamente la falsificación. El entrevistado habla del filosofo coreano Byung-Chul Han, que estudio en Alemania, que vive en Alemania, que da clases en Alemania. El entrevistado hablaba del último libro del filósofo: Shanzhai. El arte de la falsificaicón y la deconstrucción en China . Hace no demasiado leí durante el viaje anual a Londres el libro de Byung-Chul Han titulado La Sociedad del cansancio. Noté yo en este libro que faltaba algo, ¿un punto de indagación, una profundidad o un espesor necesario y ausente? Con todo, el libro me interesó y lo leí con agrado. Sé que leeré Shanzhai, pero todavía no. La cuestión que se trataba en la radio era la de la falsificación, la copia y el original. El periodista ponderaba la posición de lo falsificado con razones peregrinas y decía que él se apuntaba a esta moda de la replicación de lo insustancial. El reloj no de detiene, me digo. No me convenció y veía en su discurso un punto de esnobismo rancio, ese gusto por lo inusual que tantas veces se confunde con el ingenio. Nunca tan lejos. El reloj no se detiene. Pienso en cómo distinguir lo falso de lo auténtico y no sé si es fácil o difícil, yo veo lo auténtico y lo falso no entra en mis planteamientos. Una cuestión de coordenadas y orientación. Hay una alegoría en el relato que hace el periodista, pero no por lo que cuenta sino por el personaje que desarrolla. El personaje es él mismo, un periodista ilustrado pero sin fondo, sin profundidad, quien protagoniza la fábula moral es su atrevimiento de píldora y alegría. Lee, expone y confunde lo leído. Se ufana como un pavo y lanza su mensaje a través de las ondas. Yo cambio y pongo música. Suenan Los indaptados de Juan Perro.

+ «Y después se iba de peregrinaje, en autobús, me parece. Por lo menos entendía que los horarios expresaban una serie de relaciones mutables, cuasiastrológicas, el ir y venir de cuerpos férreos…» [De Mi idea de diversión de Will Self].

+ Tchaikovsky: 1868. Opus 13. «Sueños de invierno». Domingo. Las primeras frases de la sinfonía evocan tiempos pasados y llenan la habitación de misterio, relatos profundos. «País de desolación, país de nieblas», es el título del primer movimiento, nos recuerda el locutor: hay sabiduría en la textura de su voz; discute si la partitura es totalmente abstracta o no. No indago, me dejo llevar por la música y la sugerencia espacial a la que llego. Montañas, niebla, el frío helado en el hocico húmedo del lobo, y se esparce la niebla sobre las desnudas piedras, sobre la hierba transparente, la mañana, el latido, la elevación sinuosa del vuelo de unos cuervos. Me reconcilio con el mundo de la radio. Nunca me había enfadado, pero el momento de disgusto parece desvanecerse.

+ «My childhood is streets upon streets upon streets. Streets to define you and streets to confine you, with no sing of motorway, freeway or highway.» (Auto)Biografía, Morrissey.

+ [Tarde domingo]. A las ocho iremos a ver el concierto de Juan Perro, de Santiago Auserón. La vía de la música es un conocimiento duradero, sólido e intuitivo, sin necesidad de adiestramiento. Pienso y reflexiono. Cuando fui a buscar las entradas a Redondela me vi atrapado en un atasco. Tenía la música en el coche muy alta, rasgando el ronronear del atasco. Me disgusté en un primer momento, pero decidí que no era justo enfadarse y sólo podía entregarme a la música y llegar a lo bueno y a lo verdadero de la situación. Canciones de otro tiempo, de un mundo lejano que no regresará. Yo era joven y descubría las posibilidades de otras líricas muy diferentes a las recibidas, viajes y retratos, amigos desconocidos, tinieblas y transparencias, la brújula y su duplicado, una nueva brújula, que era brillante y alocada. Guitarras con una sola cuerda dormidas en el desván de aquella casa abandonada. Y recuerdo las casas abandonadas que cuando éramos niños recorríamos con ilusión, y recuerdo un sótano donde dormía una muñeca rota, recuerdo su cara de plástico reluciente, el brillo acerado de sus ojos de cristal, un cristal cuarteado. El atasco dio mucho de sí, pero comenzó a fluir el tráfico y pensé en las metáforas náuticas. Mi coche es una nave y yo soy su piloto. Ahora que llega el domingo haremos el mismo camino y será un soplo, un instante de guitarra acústica y voz, una voz no desconocida, llegará la noche y dormiré a la espera de otro lunes y la rueda comienza a girar, si que alguna vez se detuvo.

+ Regreso del concierto [de Juan Pedro]. Algo que no se puede expresar con palabras (…), mejor: que no se debe expresar con palabras. Flotaba en el coche, de regreso, ese imponderable. Supongo que tiene que ver con una capacidad asombrosa en el escenario, una voz prodigiosa y su guitarra mágica. La magia es una cualidad que parece detener el tiempo, y así es. El tiempo en el coche se hace denso, un viaje corto, pero la noche difumina los perfiles de los pueblos, la silueta de los árboles, veo la pequeña isla y recuerdo las Soledades de Góngora, cuando trabajé en la lectura de este largo y complejo poema, cuando estudié sus laberintos y no llegué a ningún sitio, salvo a aquél del que partí. No es poca cosa. Santiago Auserón citó a Góngora, al Marqués de Santillana, al músico ciego Salinas a Fray Luis de León, y habló de Cuba, canto y elevó el pequeño auditorio, con ese asombroso dominio de la escena. La filología palpitaba y eso hizo que me reconciliase con un trabajo diario que me lleva por las sendas del Conde de Villamediana, donde me pierdo y me reencuentro.

+ Volvamos a Lope: «Quién lo probó lo sabe». Lope habla del amor y establece un soneto definición, yo, ahora y siempre, utilizo o robo la frase para prolongar mi visión de las cosas, con ese mal punto de sátira. Y, en suspenso, la afirmación vuela más allá de las montañas en esta primera hora de la mañana: fría, limpia, eterna en su finitud. [Ay, cómo gusto yo de la paradoja y la cerveza helada].


+ Imagen: idea de detritus. Un emblema de la actualidad, por lo tanto: un emblema caduco. Todo lo que está fuera del foco nos concierne, quiero creer mientras elijo la foto. Un combustible, una promesa, el deseo y su envés. Mi idea de detritus se nutre de lo que se le ofrece, sin más destino que su aparición y su efimera existencia. Allí estaba la zapatilla: nueva, impar, olvidada. El relieve del día que muere. El día y su contario. La noche no espera, nunca espera. Una vez más, Auserón [Juan Perro]: «A morir amores / Que en un día marchitan / Las flores».

sábado, 14 de enero de 2017

El destino, una vez más




+ Leo y vuelvo a leer. Una referencia me lleva a Viv Nicholson, una mujer británica que ganó una quiniela en los años sesenta. Hoy serían más de tres millones de libras [es mucho, pero tampoco tanto]. Ella y su marido acuñaron un lema para tal ocasión: «Spend, spend, spend». Su vida se tornó caótica, su marido murió en una accidente automovilístico y ella se vio envuelta en númerosos problemas con los bancos y el fisco. Viv se encumbró como icono para Morrissey. Ese conglomerado simbólico tan suyo. La clase obrera, los suburbios, el dinero. El dinero, todo un tema en sí. Veo sus fotos y la alegría del premio y vuelvo a desconfiar de la lotería. No me gusta lo que rodea a la lotería. Morrissey hace hincapié en como los tabloides la abrasaron, esto resulta responder a una lógica implacable: siempre hay algo moral en la caída, alguien dispuesto a establecer una contabilidad inmisericorde. El que cae es por su propia responsabilidad y a nada ni a nadie se le puede transmitir esa responsabilidad. La culpa y la vergüenza, otra vez. Veo sus fotos y entiendo que su vida y su desgracia se convirtieron en su profesión. Pobres de aquellos que ya nunca se pondrán desprender del personaje que se ha creado para ellos. O bien ellos, o bien las circunstancias.

+ Y, al hilo de lo anterior, cuántos pueden decir que no viven en la piel de un personaje. ¿Cuántas veces nuestro yo, a lo largo del día, sufre una mutación que lo arroja hacia una caricatura? Quizá sin metamorfosis la vida no sería posible, no sería soportable.

+ El carácter es el destino, me digo una vez más: ¿cien veces, mil veces, cien mil veces?

+ Jueves en la ciudad de Braga. Paseos y escaparates. Nos detenemos ante un escaparate donde hay exposición de relojes de segunda mano [¿no sería mejor decir de segunda muñeca, pues todos son de pulsera?].  Uno me gusta especialmente. Se trata de un Omega que tiene los días de la semana en portugués, cuesta casi seiscientos euros. Si me sobrase el dinero lo compraría, o no. Realmente lo que me gusta es conocer de su existencia, verlo durante unos minutos, volver a pasar por delante de la relojería y estudiarlo sin propósito alguno, una vez más. Nada, ningún deseo sobre él. Lo veo como me gusta ver los coches deportivos: sin intención . Sé que hay una relación entre mi carácter y la ausencia de deseos. Una configuración que tiende a la contemplación en lugar de la posesión, quizá porque, en último término, esto no es posible la posesión, ya que la sentencia a muerte se escribe el mismo día del nacimiento, de la fecundación del óvulo. Basta, así, con  recorrer un mercadillo de pulgas, pasear por un rastro y ver cómo ese caudal de objetos se han extraído de las casas de los recién fallecidos: plumas, pipas, relojes, cajas de plata, bolígrafos, ceniceros (…) En ello permanezco mientras conduzco prudentemente mi humilde automóvil: negro, escaso de potencia, cargado con más de diez mil canciones en su Mp3. Música alta y el paisaje que se desvanece en la limpia tarde de invierno.

+ En la ventana que había sobre la esfera del Omega para ver la fecha se podía leer SEX-5, se refiere a sexta feira y no a otra cosa, es decir: el viernes cinco; pero ¿por qué no tomarlo en inglés, en su traducción al español: sexo número cinco? [Tonterías en esta hora de la tarde, entre papeles que debo repasar y una redacción académica que ser me resiste. Esa es la textura de la ocurrencia].

+ El viernes por la tarde es el mejor momento de la semana, me dicen cuando salimos del trabajo y yo lo doy por bueno, aunque sé que todos los momentos pueden ser propicios o funestos, finalmente: de qué depende sino de lo que va llegando, de lo que ponemos en ello y de nuestras elecciones. Sí, un gran momento, pero importancia.


+ Imagen: la abstracción arquitectónica se ve atrapada en el disparo fortuito. Muevo la cámara con violencia y disparo tres veces, ahora eligo la primera de las fotos por una vaga idea de simetría. Veo la foto y me gusta, atrapa una idea que palpita desde hace tiempo: la exactitud no es enemiga de lo casual, lo contrario lleva a la equivocación.

sábado, 7 de enero de 2017

Canciones olvidadas




+ Estos días he vuelto a escuchar algunas canciones que había olvidado. Canciones que tuvieron su importancia [para mí] y se desvanecieron, se transformaron en polvo dorado que se terminó por esparcir sobre los campos [de mi olvido]. La música es muy importante. En un instante regreso a la adolescencia y a una rabia mineralizada. El instinto, el amor, la frustración. Paseos cerca de las vías del tren, guitarras desafinadas, temores impuestos. No sé si trataba del miedo o de la vergüenza, o de ambas cosas al mismo tiempo. Las guitarras aceradas, las cervezas de media noche, cigarrillos hurtados a la paga semanal. Tanto tiempo ha pasado que resulta indiferente, como personajes de una novela sin interés, personajes mal trazados, muñecos de cera. Caía la noche y bebían whisky barato en la playa, eran los últimos días de otoño y creían que eran personas interesantes, con conversaciones llenas de brillo e ingenio, despectivos y altivos. La elegancia se confundía con la mala educación. Fumar y beber y ver cómo el tiempo pasaba. Una historia de hachís y vino, de novelas de bolsillo y poemas renacentistas que se encaramaban en los brazos de las muchachas. Hablar guiados por el humo de la droga blanda, su presión sobre la memoria a corto plazo y las risas nerviosas, el hambre de sexo urgente y la derrota en los amaneceres. El parking, el accidente automovilístico y las primeras traiciones. La adolescencia moría con la llegada de las nóminas, pero su inconsistencia permaneció más allá de lo deseable. Canciones olvidadas, los cimientos de la vejez.

+ Ayer, después de recoger un libro en Correos, me encontré con él. Hacía dos años que no manteníamos una conversación. Le agradó que le dijese si quería tomar un café. No cuentan ya las desavenencias, los enfados. Fue una charla breve y agradable, que versó sobre enfermedades, alejamientos y el trabajo. El trabajo. Qué cosa tan importante es tener un trabajo, una ocupación y una rutina. Me contó como un antiguo conocido había caído en un pozo de inactividad, algo que él suponía y yo corroboraba [aunque sólo de una manera intuitiva]. Había sido mucho y acaba de llegar a nada. Pasea en bicicleta por la orilla del río, fuma, bebe y ya no lee. Se nota en sus ojos, en su delgadez extrema, en la cenicienta piel. Viaja a Compostela en tren y cree que todavía es un hombre ocupado. Bueno, yo estoy convencido que ya no, ya no cree en nada. Nos hemos olvidado de su nombre y nos referimos a él por su apellido. Todo es tránsito, todo pasa, nada permanece, pero la inactividad se empeña en lo contrario. Las consecuencias son funestas. De alguna manera, me daba igual como igual me dan las peripecias de los personajes de una mala novela, que es en lo que terminamos todos por convertirnos.

+ Avanzo en la consecución de una idea general de la novela de Soledad Puértolas Historia de un abrigo. Me costó tres euros cincuenta en una tienda de empeños, su precio era de quince, el ticket está ahí para recordarlo [la traslación a pesetas: 2.496]. Allí estaba. Recuerdo con gratitud a la autora, recuerdo haber asentido y disentido, recuerdo novelas que me hicieron ver las vida de otra manera. Narrativamente tan certera. El bandido doblemente armado. Ay, cuánto tiempo ya. Cogí el libro y me gustó la foto, una foto de Cartier-Berson. Sí, cierto es que estoy en contra de las fotos muy buenas en las portadas de los libros porque sin duda inducen a engaño y a errores no deseados, pero, vaya, la foto está en consonancia con el contenido y, según leo, da una idea ajustada de lo que el libro encierra en sí.


+ He terminado la novela de S.P. y me ha producido una satisfación, una agradable sensación que permanecía varada en el olvido. Ay, las novelas. ¿Desconfío de aquéllos que las desprecian por considerarlas un pecado venial de juventud? Ay, yo creo que son pecados mortales de necesidad, y en ello me recredo. La vida se refleja en esa fluidez como en ningún otro espacio.

+ El año llega a su fin y escucho a Led Zeppelin. Total. Vimos, en Londres, un traje de John Lennon, una guitarra rota de Pete Townsend, visitamos un hospital y nos enseñaron máquinas carísimas que se calientan mucho y crean, dentro de los límites blanquísimos del laboratorio, un micro clima tropical, vimos cuadros sin prisa, vimos instalaciones con demasiada prisa, allí estaba el Sky Line de Londres, al alcance de la mano, de la vista: tan fuera de lugar, ¿es menos Londres este Londres?, bebimos té y comimos deliciosas pizzas, muy picantes, ricas en especias y vegetales imposibles, agua pura y fría, cerveza opaca. John Lennon era muy poquita cosa, eso me pareció al ver su traje blanco, el de la portada de Abbey Road. ¿Realmente medía 1,79? Debía de estar muy delgado, me digo. Desayunábamos bien, comíamos y cenábamos poco. Comida japonesa, algún sandwich, bananas y manzanas. No llovió, no hizo frío. Escucho a Led Zeppelin, Kashmir (Cachemir), y Londres no es mucho más que un hachís no fumado y una copa de champán olvidado sobre el alféizar, una fiesta de fin de año a la que no hemos sido invitados. Sin ebriedad, suena este hipnótico riff, circular como una voluta. Se termina el año y poco significa eso, salvo el evidente paso del tiempo, pero es algo propio de lo diario, un algo que tiene más que ver con la vida cotidiana, nuestro misterioso everyday life.

+ Soñé con un jabalí que me obedecía, un jabalí sumamente dócil. Se relaciona, según encuentro en un sitio cualquiera de la red de redes, con la perseverancia y la capacidad de adaptación. Lo tomo para mí. ¿Un emblema? ¿Su lema? ¿Nec metu, nec spe?

+ Afino una de mis guitarras. Una afinación celta. Hago un poco de ruido, apago el amplificador y la guitarra regresa a su ataúd. Una veleidad, el día muere y todo ha merecido la pena. Todo.


+ Imagen: un cuervo sobre los árboles del cementerio de O.B. [sólo escribo las inciales porque todos los cementerios son el mismo cementerio, I think so].

sábado, 31 de diciembre de 2016

Bordes de encuentro




+ Alguien habla en la televisión sobre los incendios, los incendios que yo presencié este verano pasado. Recuerdo gente llorando, el humo, los coches de las brigadas y sus potentes luces que se internaban en la penumbra de la noche. Yo iba de un lugar a otro en cumplimiento de mis obligaciones y el penetrante olor de los pinos calcinados era un anuncio del infierno. Ahora, aquí, sentado frente al ordenador mientras el televisor ofrece una deshilachada crónica, escucho y trato  de no discutir con el aparato: ese objeto de pantalla plana y brillantes colores, con su trasera negra y misteriosa, tan misteriosa como cuando el televisor está apagado y ese negro profundo refleja nuestro salón, nuestros rostros pasmados ante su incerteza. Bien. Habla el político y esgrime tristes gráficos, cifras y palabras cargadas de razón. Yo recuerdo la impotencia y el miedo. El fuego tiene vida y ahora duerme. Despertará cuando llegue el verano y las explicaciones serán las mismas, es un oficio el de político de datos y junturas, gestos y estadísticas, mentiras y verdades, medias verdades. Vuelvo a aquella reflexión del periodista portugués: lo que se cuenta en los periódicos tiene muchas veces muy poco que ver con la vida y más con lo que en la redacciones se cuenta, con los intereses personales: filias, fobias y servidumbres. Continua la entrevista y yo busco fotos de incendios forestales: no puedo dejar de escuchar el sonido del fuego, el crujir de los troncos, el resplandor de las llamas. La televisión continua con su letanía. ¿La enseñanza dónde está, el agrado dónde está? ¿Enseñar deleitando?

+ [Sobre adolescentes]. Es una costumbre antigua. Cada vez que estamos en Londres no de dejo de hacer acopio de periódicos, revistas, folletos (...), luego: sólo me traigo el del día de la partida [o ni siquiera eso]. No hay ningún propósito en ello, ningún afán investigador, es algo netamente aleatorio. Así, hoy, víspera de Noche Buena, me entretengo mientras espero con un especial de The Guardian sobre aquéllos que en 2016 cumplieron 16 años. ¿Qué me aporta? Bien, en primer lugar siempre renuncié a dar consejos a los que tienen una edad inferior a la mía porque detesto profundamente que me los den a mí. Creo que las relaciones deben ser de igual a igual, y no es correcto hablar a los niños como si fuesen tontos o a los adolescente como a desnortados inconscientes. Dicho lo dicho, me llama la atención un artículo de Tim Dowling que afirma en sus consejos para educar a adolescente que la primera regla es recordar el adolescente que fuimos, y desde ese punto de múltiples sensaciones encauzar la comprensión que requieren. Y, así, en segundo lugar, recuerdo el adolescente que fui, sus inquietudes, sus fracasos y sus victorias. Ahora soy indulgente con él y sé que a él le gustaría tener tratos conmigo y a mí con él. Me parece un triunfo, una conquista que ha llevado más de cincuenta años lograr, pero ahí está.

+ [¿Qué tal fueron tus años de adolescencia?] Parece una buena pregunta, pero no lo es. Y no lo es porque el resultado puede ser aterrador.  Sí, quizá nos dé pistas sobre la persona interrogada. No importa, pero no parece una buena pregunta: a esta hora de la tarde. ¿Disfrutaste? Sí, mucho o muchísimo. Al mismo tiempo hay una estadística que afirma que nunca antes se encontraron tan mal las personas jóvenes: depresión, baja autoestima, auto agresiones, ansiedad, estrés (…), a reglón seguido la periodista [Caelainn Barr] afirma que tampoco nunca antes las personas estaban dispuestas o en condiciones de contar lo que les pasaba. Es un buen punto de partida. Frente a la ansiedad o el estrés, compartir lo propiamente nuestro se convierte en el principio de toda cura. La cura, restablecer la calma, enfrentarse a lo dado y a lo que se espera de nosotros. ¿Defraudarás al adolescentes que fuiste? Estas vidas problemáticas reflejan nuestro momento en un sentido que no admite discusión. Y, en fin, si antes no se narraban los estados de ánimo no quiere decir que no existiese una dolorosa incomodidad, sino que permanecía oculta. No se puede admitir esa perversa imposición de enfermedades y carencias, ya que se trata de otra cosa bien distinta, que no tiene que ver con ninguna terapia new age, que no tiene que ver con la farmacopea. La cura está en esa reconciliación con el adolescente que fuimos, pienso ahora, en este preciso momento en que la Navidad está su punto álgido y pronto comenzará decaer.

+ [Will Self]. Me da la impresión que el libro encargado del autor [entre corchetes] me va a gustar. Hay una consonancia que parte del rostro y llega a la gestualidad. Este es el caso, I think so.

+ Suena Debussy y todo está bien en este día, un fagot y un bajo continuo, música programática y una serie de sonidos que llegan de las otras viviendas: lavadoras, lloros de niños, un desacompasado piano. El reloj marca los segundos con indolencia. Regreso a la lectura y todo está bien, [repito para mí, una vez más].

+ «Making Christmas cards with the mentally ill», recogido de una conocida canción de los Smiths que tiene una lectura clara si se conocen las claves, pero si no es así, la cosa se complica. ¿Se trata del dinero, la fama y los tantos por ciento? Sí, la música independiente también trata del dinero y esto en los Smiths es una constante, en Morrissey en mayor medida. La canción termina con un certero: «Oh, give us your money!». Sin embargo, lo dejaremos en ese hacer felicitaciones de Navidad bajo el estupor de una enfermedad mental, ya que la imagen, la imagen es realmente buena y apropiada.


+ Imagen: hay un extraño placer en encontrar por casualidad los minúsculos detalles que revelan el núcleo sentimental de una ciudad. El vino, el amor, la cenefa antigua que se conserva entre escombros. ¿Somos nosotros o es la ciudad? No pronunciaré el nombre de la ciudad, pero sí recordaré el camino hacia el parque, los niños, los coches plateados y los coches negros, el filtro ambarino de la mañana, la calidez de una mano amada, la textura de las hojas secas recién caídas. La ciudad, ahora mismo, duerme, y yo soy quien la vela.


sábado, 24 de diciembre de 2016

Delectare et prodesse




+ El tópico horaciano de enseñar mediante el agrado titula esta entrada; el tópico funciona como un emblema, en el día de hoy: domingo. Enseñar deleitando, ha sido la traducción más habitual. 

+ Yo soy receptor y muy pocas veces emisor. Queda así.

+ La contemplación de una imagen del Doncel de Sigüenza trae consigo la idea de la lectura perpetua. Una constante, una dirección, un deseo alcanzado. Insisto en la lectura porque en ella encuentro un sentido, una razón que me lleva a comprender y a dudar. La enseñanza tiene que conllevar placer, decía Horacio y en esto estamos. Abro otro libro más y aparece un soneto de Boscán y el primer cuarteto que me da una orientación:

            El tiempo en toda cosa puede tanto,
            que aun la fama por él inmortal muere;
            no hay fuerza tal que el tiempo, si la hiere,
            no le ponga señal de algún quebranto.

+ Pero se desvanece su pulsión para dar paso a otro estadio. Se sucede la presencia del tiempo y sus engastes y derrotas por una implícita alegría de vivir que se puede ver en la manera de jugar de la gata sobre los tejados, su guerra contra los pájaros. Es una asesina y es dulce con su barriga suave, blanda y cálida, en las últimas horas del día, cuando el sueño hace de ella una blanca espuma en la oscuridad de la leñera. Duerme y sueña su paraíso de pájaros recién cazados, de árboles a los que ascender, de tejados y mármoles desgastados por el roce de las oraciones. Boscán atraviesa el tiempo y llega entre los maullidos y el ronroneo, son llamados paralelos y se unen en este tiempo.

+ Tarde de lectura y recurro a Pascal cuando dice que «toda desgracia de los hombres proviene de una sola cosa, que es no saber permanecer en reposo en una habitación.» La cita está tomada de un libro: El arte de la vida de Zigmunt Bauman. Me paro, escucho el discurrir de un piano, veo mis libros, pienso en lo que he escrito hace un momento y me da la impresión de que todo está bien. Hay algo de renuncia y otro poco de apropiación. Los dos extremos se unen en una dirección: la tranquilidad de ánimo, sin buscar la felicidad, el estatismo de la lectura se contrapone a placeres evaporados. Ayer vimos la cocaína volar por los bares, el humo del tabaco malo, los colores del whisky. La decoración de la noche se resume en la música electrónica y el verbo saltarín de las musas de las drogas elegantes y tan perniciosas para el corazón. Deseo, labios rojos, medias negras de seda. Su ropa interior, la precisión de un abrazo, la dejadez mortal del sexo, esa constatación de la finitud. Me detengo, otra vez, y dejo que la música del piano sea lo único posible a las siete y cuarto de la tarde de este martes tan próximo a la Navidad.

+ [En busca de las llaves que abran (...)]. Z. Bauman que postula como una de las claves de la modernidad la tensión entre libertad y seguridad, ambas codiciadas por las clases medias y es aquí donde el sociólogo cifra ese miedo que da fuerzas y dispara intenciones, pero también resulta paralizante. Reconozco esta tensión y la puedo representar con bastante precisión en comentarios y apreciaciones escuchadas con frecuencia. Hoy por hoy, todos nos consideramos clase media, lo que ha ido en detrimento de la clase trabajadora, que se ha licuado para terminar por dejar de existir, para no tener ya integrantes porque han desertado (al menos en su conciencia de clase, no en sus salarios, que dan una medida ajustada de pertenencia real a una casilla u otra). Pienso en los últimos días en Londres y en ese ejercito de camareros, personal de hotel, limpiadores, barrenderos, jardineros, carteros (…), y con ellos me identifico, a ellos me remito. Mientras, la tensión se agudiza con el atentado de Berlin: ¿seguridad o libertad? La clase media establece los miedos, siempre hay algo que perder, por contra las clases populares están más cercanas a la tierra, las clases altas son indiferentes porque los vaivenes nunca les afectan, al contrario: en la cuenta de resultados les benefician. En eso estamos: llaves que  abran puertas, pero ¿quién es el portero? Z. en este caso, sin duda.

+ [Al margen - Lo navideño y la Navidad]. Lo que, para mí, marca la diferencia entre un Belén y otro es que exista una palpable disparidad de escalas. Para mí, sin duda, algo fundamental. Esos cerditos que son más grandes que las casas que se sitúan sobre una montaña de corcho, el río de papel de aluminio donde nadan unos patos imposibles, la minúscula lavandera, el gigantesco pastor, una palmera junto a otra tres veces más grande. Y así. Hay un punto de unión infantil que conviene no olvidar. Hay una agradable enseñanza en ello que nos une a la sabiduría espontánea, gamberra y fértil de los niños. Una otra enseñanza, sin duda.


+ Imagen: el contrate entre la moto y el elefante [con la trompa hacia abajo, signo de no buena suerte] contiene una enseñanza que admite lecturas y sentidos diversos: convergentes y divergentes. Pero el momento del disparo pertenece a otra realidad: la agradable y extraña y cálida noche londinense en diciembre, las palabras y los gestos del momento, entrecordas músicas orientales. Ay, por un momento pensé que estábamos en la India, pero no, lo que nos anclaba al espacio-tiempo es lo que ahora nos transporta a Londres. La foto certifica esa posibilidad.


sábado, 17 de diciembre de 2016

I would prefer do not








+ El título que encabeza esta entrada corresponde a El escribiente Bartlerby, de Melville. Preferiría no hacerlo, dice cada vez que se le encomienda un trabajo y allí permanece, en una esquina del despacho.

+ [Distinciones que no conducen a ningún lugar, o tal vez sí]. Leo con paciencia un breve libro. El avión es un cofre de ruidos especiales, de sonidos amortiguados, rumores que se desvelan con el grito de los niños, los avisos y esa caterva de ventas, sorteos y promociones que ofrece la compañía de bajo coste. Finalmente, en el libro, encuentro un contraste que me interesa: lo arquitectónico de la sociedad disciplinaria se opone al dopaje en la sociedad de la responsabilidad. Hay algo sobre lo que he reflexionado con frecuencia: ¿somos responsables de nuestra biografía? Mejor planteado: ¿qué parte de nuestro éxito o fracaso se debe a nuestra voluntad, a nuestro trabajo y talento? ¿qué es debido a la posición de partida, bien por nacimiento, bien por suerte o casualidad? Se impone la tendencia neoliberal que intenta obviar tantos y tantos detalles minúsculos pero significativos en una biografía. Un golpe de azar violento, brusco, brutal nos puede arrojar a una mendicidad sin contemplaciones, pero la sociedad se constituye en un espacio en el que sólo cabe el optimismo y nombrar la desgracia no es oportuno: la muerte, la vejez, la pobreza. Al tiempo, una vez en casa, me dedico a investigar superficialmente sobre la vivienda en Londres, cómo los states se van demoliendo para dar paso a viviendas inalcanzables para el trabajador del común, el que no supera las veinte mil libras anuales, ¿quién se puede permitir un piso de cuatrocientas mil libras? Desde luego que para los antiguos habitantes de las viviendas sociales esta cantidad resulta imposible. No para ricos de otros países, que compran la vivienda como inversión, lo que se traduce en que en una gran mayoría permanecen vacías. Esta contradicción incide en el punto que inicia este párrafo: la coacción no viene ya desde la disciplina (como explicaba Foucault) sino desde la responsabilidad personal: si no te puedes permitir esta vivienda es por tu culpa, no puedes responsabilizar a nadie ni a nada de tu incapacidad. Ahora veo las fotos que disparé sobre la torre de la ampliación de la Tate Modern y son una confirmación. Según el tiempo pasa, Londres es menos Londres y su silueta responde más a una megalópolis de los Emiratos Árabes. Sé que este problema es emblemático, en él se encierra una explicación del momento en el que vivimos, hacia dónde tiende la historia: ese caballo descabezado que corre sin freno (claro, no tiene boca porque no tiene cabeza: dónde colocar el freno), que sin un plan avanza mediante el crecimiento ilimitado. Hacia el infinito, hacia el absurdo, hacia la nausea. Es la hora del turbocapitalismo, Londres: su mansión.

+ No creo que la sociedad disciplinaria esté clausurada. F. todavía es válido.

+ Los pisos de cuatrocientas mil libras no son los más caros. Hemos visto precios que consiguieron que nos doliesen los ojos. Un piso de un dormitorio, cuarenta y cinco metros cuadrados, en Kensington, un millón doscientas mil libras; tres dormitorios, cuatro millones de libras. Observé a los vendedores tras el cristal, observé sus mesas y el panel con las operaciones futuras y las cerradas, el mapa zonal. Fotografías de nuestro tiempo. Recordé cómo los tulipanes se convirtieron en materia de especulación y un bulbo valía lo que un barco con su cargamento. Luego caminamos y compramos unos insípidos y carísimos sandwiches, una botellita de agua y una banana. Nos sentamos en un parque y a nuestro lado estaban aquellos que vendían y alquilaban (v. gr.: 16.500 el alquiler semanal); allí estaban con su cansancio y la necesidad de encontrar el dopping adecuado para ser productivos, para merecer ese premio, para no precipitarse en el hoyo. Londres, a esa hora, era un lugar triste, a pesar de las luces, de la navidad y de todo optimismo generado con determinación.

+ Copio un poema de Karmelo C. Iribarren: «Madrid, metro, noche»

Gente
exhausta,
con la vista
clavada
en el suelo,

preguntándose
por la vida,
la de verdad...

porque no puede ser
que sea
solo eso...

+ El poema que he copiado recoge una impresión que flota cada vez que regreso de una ciudad muy grande. En realidad, aunque con cierta constancia, sólo voy a Londres o a Madrid. Bien, también a Oporto, pero no tiene Oporto estas dimensiones inhumanas, laberínticas y nerviosas. Trenes, metros, tráfico insomne. El ritmo del desplazamiento y los sombríos rostros que se debaten entre el sueño, el cansancio y la obligación. La obligación de estar vivos, la obligación de respirar, la obligación de reproducirse. Estos días en Londres asistimos a atascos y aglomeraciones, que contrastaban con lujuriosas representaciones navideñas: luces y ángeles más próximos a un anuncio de la muerte que a una invasión de felicidad. Rostros comprimidos que escrutan su teléfono para jugar con frutas electrónicas que se deslizan irónicas por la pantalla, mensajes en blanco y verde, fotos de los hijos, de la amada o los padres ya muertos. El teléfono es hogar y es ludopatía, el teléfono es el otro yo del que hablaba aquel poeta muy prematuro, menos francés que universal, tan francés, tan poco intercambiable como único. El poema de K.C.I. habla en su sencillez y exactitud de algo que percibo como el extraño que soy a las aglomeraciones urbanas, como provinciano perplejo y curioso. El infierno recubre la conurbación y pienso ¿quién ha erigido todo esto, dónde está esa masa humana innombrable que elevó los rascacielos, trazó las calles, delimitó los trayectos del metro? ¿fueron los arquitectos, los ingenieros, los albañiles, fue el obrero o fue la pluma que escrib los nombres y las cifras en una nómina de pagos,  fueron los que les dieron de comer, los que fabricaron los muebles, los que cuidaron y educaron a los niños? ¿quién nos amó en el silencio invisible del pasado con tal intensidad que nos entrega este teatro móvil, eléctrico y peligroso? Hay un enfrentamiento con el ser anónimo que hoy nombraremos: Leviatán, el que nunca duerme, el que siempre vigila. Regresaremos a Londres y todo estará como lo dejamos, a pesar de ser ya otra la ciudad.

+ He estado dos veces en París y sé que desconozco todo sobre la ciudad. La prueba está en que no he percibido, todavía, esa aspereza cruel de lo cotidiano, y, al tiempo, tampoco la grandeza de los que luchan desde el anonimato, los que constituyen la verdadera y auténtica sangre de las ciudades.

+ He comenzado la lectura de un libro de divulgación sobre las redes. Lo escribe un matemático y un periodista, Caldarelli y Cantanzaro. Italianos los dos. Este breve libro se titula: Redes: una breve introducción. Me parece interesante pensar en redes para describir lo cotidiano, en los límites o en las posibilidades que ofrecen. Leo: «los fenómenos políticos que tienen lugar en un país no son tanto el producto de una identidad nacional previa, como del modelo específico de la relaciones sociales dentro de ese país». Lo que nos lleva a situar el debate no tanto en identidades como en los intereses y las luchas por el poder. El poder es la capacidad de hacer e imponer, y, también, de negar o permitir el hacer de los otros. El poder articula la política por lo que la política es la lucha por el poder, en cualquier caso hay una simetría necesaria entre poder y política. Desde luego, todo resulta más complejo, pero la perplejidad ante las situaciones que nos parecen injustas necesita un buen punto de partida, un ángulo, un promontorio: la visión en red de las relaciones sociales me aporta un enfoque para la situación de la vivienda en Londres que estimo adecuado. Pienso en los paralelismos y coincidencias con lo que sucede en mi entorno: precarización del trabajo, el trabajador pobre, la imposibilidad de adquirir o alquilar una vivienda, elevados precios que llevan a situaciones que rozan lo indigno, el deseo inducido por la publicidad y el marketing, el cansancio, la desgana, la melancolía (…) No son anécdotas, es una tendencia que se impone. No tanto en cuanto identidad, sino como vida y relaciones. ¿La identidad se ha diluido? ¿Las redes describen este desvanecimiento? ¿Todo pasa por dibujar grafos que nos permitan entender el problema más allá del individuo? Cierro el ordenador y me dispongo a limpiar el baño y la cocina.

+ Las tareas del hogar son un ámbito propicio para la reflexión, en eso se parecen a salir a correr. Queda algo en suspenso que permite el alejamiento de lo libresco.


+ Imagen(es): tres fotos del último viaje a Londres, tres momentos, dos ideas que se mueven temporalmente entre el presente y el futuro, los tintes del pasado se anclan al autobús desenfocado que surca el Westminster Bridge