sábado, 8 de octubre de 2016
Arte final
+ ¿Qué es más importante: el hecho o el conjunto, la época o el sistema? Son preguntas que me hago a lo largo del día, y desconozco la respuesta. Quizá atacado por una enfermedad que me enfrenta a particulares maneras de expresarme, me detengo en detalles que carecen de importancia: el mal uso de una preposición, un verbo mal conjugado, una falta de ortografía (…) Ahora bien, lo trascendental es lo que circula por debajo: la idea de fuerza. Pero, ¿y su expresión, se puede perdonar? El estilo lo es todo, mucho más, incluso.
+ Qué gran tontería hablar de hecho histórico, una porque no lo es y dos porque, de serlo, resulta irrelevante. No hay manera de sacudirse esa prosa imprecisa y dispersa que se esparce como las esporas de las setas. Es así como las ideas echan raíz y se instalan para ¿siempre? Hora de cerrar el ordenador. Es un hecho histórico, como todo lo humano, por minúsculo que sea, es histórico, político, social, económico (…), pero lo que tiene relevancia es la trayectoria que marca una tendencia, ese leer los datos para aventurar una posibilidad y el dato aislado no es más que un sinsentido, pues ha perdido aquello que le da carta de validez. Ay, cierro, ya, el ordenador.
+ Se inflama el día, arde el día.
+ El ‘arte final’ es el material preparado para enviar a la imprenta. Todo se ha cerrado y ya sólo queda por culminar el proceso de impresión, que es otro proceso distinto al creativo. Parece, en principio, que como metáfora podría dar su rendimiento, elevar comparaciones y establecer nexos con particularidades políticas, sociales y culturales, y sobre ellas: lo económico. Sin embargo, prefiero no utilizar la expresión. ¿Por qué? Intuiciones que se erigen en certezas o se desmoronan.
+ [Otra metáfora: la maqueta y su exactitud]. Primeras horas del día: como una maqueta, perfecta y fría. Los edificios, sus líneas rectas y afiladas; el tren que surca el paisaje, sobre la vía, luces, definición y parsimonia, aparente parsimonia; las farolas y el sendero que marcan. La luz otoñal posee una calidad apropiada para la fotografía [sin cámara]. El paisaje urbano estructura la idea de finitud, la única posibilidad: el presente. Y se desvanece según el sol sale. Pienso en Faetón y el carro solar. Todo intento vano está destinado a transformase en melancolía. Ese humor negro. Esta enfermedad contrasta con la calidad del aire y la definición de todo lo que veo. Comienzo a correr y el frío de la mañana me entrega una sentencia: cumpliré con la tarea diaria que yo me he impuesto. La maqueta otorga una medida, trataré de no olvidarlo.
+ [Ego]. A distancia asistió a la muestra de la cuestión ‘por qué soy artista’. La cuestión es retórica, redundante y aburrida. Muchas veces he pensado que todo lo que se ‘hace’ responde a esa pregunta, aunque se enmascare, con mayor o menor simpleza. Quién inviste al sujeto como artista sino él mismo. Luego está todo el componente sociológico que le lleva a ocupar [o no] un lugar en el conjunto social, pero ese es otro tema. Quizá lo desvele la identidad del sujeto mediante su cuestión no tenga más interés que otro cuestionamiento, pero hay algo nuclear en ello. Así se puede ver a Velázquez en su cuadro más famoso, se puede ver a Hockney en sus retratos o cuestiones de Vanguardia 2.0 que inciden en lo mismo. Finalmente, no cabe otra que comparar lo plástico con lo literario, aunque con menos insistencia: porque toda la cuestión antes tratada no deja de ser literaria: el sentido autobiográfico y la vida como ficción y la ficción como vida.
+ Corto y dejo que suene Karftwerk.
+ ¿2D ó 3D?
+ Imagen. Londres, 2014. La foto es un testimonio de una idea literaria de la ciudad. Incide en su transparencia, en lo cambiante, en una ensoñación romántica
sábado, 1 de octubre de 2016
Sinestesia
+ Leo sobre Historia, con mayúscula. Me interesa el texto histórico en sí, cómo se compone mediante el uso de datos y cómo estos apoyan una argumentación. Su planificación y construcción son los temas de esta semana; es decir, en busca de definiciones y certezas, que nunca se alcanzan. Necesito reflexionar sobre ello y modular una respuesta a la pregunta que me he formulado. Las dudas me acompañan y las utilizo para restringir la monotonía o el desamparo, la reiteración laboral. Así, conduzco y reflexiono sobre las lecturas realizadas, tomo notas y las recupero mientras camino por los ultrailuminados pasillos del supermercado, me detengo en la carrera, hago los estiramientos y, así, una cita flota entre el cansancio y la tarea recién cumplida. Sé que no voy a encontrar una respuesta que me satisfaga, pero ésta es la manera de conseguir nuevas preguntas. La clave está en plantear bien las preguntas y yo debo afinar el instrumento, me digo y regreso a casa con el cansancio honrado del trabajo o la carrera junto al río. Caras de la misma moneda, me gusta creer.
+ Bach resuena en mi lugar de trabajo. No puedo continuar leyendo, se impone la música. La soledad del violonchelo tiene algo físico que me conmueve. Habla el locutor y da paso a otra obra de Bach, pero, ahora, para un laúd. Me resulta imposible, sin saber por qué, no pensar en desplazamientos en autobús por el sur de Inglaterra. Como cuando llegamos a Bath. Y Bath era una promesa, una ambigua realidad que tiene un pié en el sueño y otro en la verdad de lo recordado. Vuelvo a ver el Crescent. Allí compré, no sin fetichismo, un hermoso tomo de Jane Austin para regalar. Qué hermosa tapa azul con motivos dorados, una azul casi transparente, como el color del cielo en algunas tardes luminosas de otoño. La música tiene esa capacidad inigualable que supera a las palabras, a las imágenes, a los sabores. En un flash pienso, otra vez, en la Historia, y tengo una intuición que se desvanece sin llegar a nacer. Me abandono a la música y pienso, con sensual insistencia, en aquél día. Bath.
+ Escucho el inicio del Concierto de Aranjuez, en una transcripción para arpa realizada por el propio Maestro Rodrigo. Y a lo que voy, un colchón de violines me indica dónde están paisajes visitados en otro tiempo. Permanecen en la memoria y esta rememoración se une al párrafo anterior. A qué se debe esta constante sinestesia, es cosa del inicio del otoño. Algo así pensé el otro día al ser sorprendido por olores que me transmitieron la imagen de personas y situaciones; cuando renové la tarjeta del aparcamiento, creí ver en ello una parte de Madrid, anclada en el pasado. ¿Será la edad? No puedo menos que sonreír y cerrar el ordenador y dejarme en estos colchones de violines que mecen el arpa, que yo casi confundo con una guitarra; pero, sí, es una arpa: avenidas en la noche, el dibujo de las farolas, algún peatón, las luces en los edificios, bares y cafeterías, parques, jardines, árboles que dibujan en la noche formas irregulares, más barrocas que clásicas, más atrevidas y eróticas que geométricas. Cierro y el arpa es otro mundo posible, eso anuncia.
+ Leo en el JotDown electrónico una entrevista a Rosa Olivares y recojo las siguientes afirmaciones: «Ahora todo el mundo se hace una paja con El Bosco, que ha estado toda la vida expuesto en el Museo del Prado pero nadie iba a verlo. Cuando se hizo la gran exposición de Velázquez, había unas colas enormes, y solo habían traído dos cuadros que no estaban en el Museo del Prado.» No puedo estar más de acuerdo. En agosto, cuando visitamos El Prado, intencionadamente evitamos la exposición de El Bosco. Yo todo eso lo vi en su momento, y lo volveré a ver: cuando toque. Cuando sea una hora temprana o al medio día, cuando no haya gente y pueda detenerme en un detalle durante unos minutos, o simplemente volar sobre los cuadros sin fijarme en nada más que en una única pincelada mientras trato de conectar ese instante del pasado con el presente. Hay que huir de la masificación, de todo aquello que, por una razón u otra, aparece en la tv. No sé si es elitismo o tontería, pero me da igual: a mí me funciona.
+ Vuelvo a lo mismo: me interesa atrapar el hilo que va desde el pasado hasta el presente y encontrar una guía común a esas expresiones personales. ¿Son las mismas? Ya no sé qué es pintar bien y si tiene o no tiene importancia el resultado final. He llegado a este punto desde el detritus, un detritus que me aporta una visión de la sociedad muy productiva: todo lo que se tira a las cunetas, que con la lluvia, el humo de los escapes de los coches y la tierra, toda esa totalidad adquiere una nueva vida, una naturaleza entre lo orgánico y lo plástico sin dejar de mostrar un fragmente de la biografía de los que poseyeron el objeto, una parte de un algo, una basura que tiras desde el coche. Hmm: cajetillas de tabaco, libretas, bolígrafos, preservativos usados / sin usar, juguetes, cajas de tampones o cajas de dildos, herramientas inservibles, bolsas, bolsas de colores, glaucas, bolsa grandes o pequeñas que se descuartizan al contacto con la desbrozadora y vuelan como una nieve espuria. Pero yo sigo en lo mío: encontrar ese hilo que une lo que veo y disfruto con lo que otros vieron y disfrutaron en un pasado remoto.
+ El agua del río alcaza un nivel muy alto. No deja de ser algo extraño, sutil y, en cierta medida, poético. Se trata del reflejo de las márgenes, el reflejo de los puentes y el reflejo de esa avanzar de los paseantes, corredores y ciclistas. No me detengo demasiado y creo que es mejor disfrutar sin pensar, sin analíticas dispersas. La suspensión del juico, ἐποχή, es la clave de los beneficios de ir a correr. Como un emblema, una vez más, utilizo ἐποχή. No creo que sea un uso adecuado, pero soy un firme creyente (?) en las inversiones. Suspendemos el juicio, son las siete y media de la mañana y nos encaminamos al trabajo.
+ Imagen (-es): son imágenes complementarias: la arquitectura como pretensión, el círculo como verdad; se solapan y ofrecen, mediante el encabalgamiento, un sentido nuevo.
sábado, 24 de septiembre de 2016
Aristas y vértices
+ Aunque la mayor parte de las veces conducir me resulte indiferente: lo hago y poco más, hay ocasiones en que me gusta. Pongo un ejemplo. Por razones de trabajo me vi obligado a conducir de noche, entre la niebla mientras una lluvia fina impedía la visión. Las luces de las farolas centelleaban como amebas, como luciérnagas desvaídas. Sintonicé la emisora de música clásica y me dejé llevar por un aliento de ciencia ficción: la música exacta, la iluminación verde de los controles del coche, mi propio atuendo. Elementos que podrían conformar un escenario de película. Mi placer residía en la capacidad para recolectar partes substanciales de una dirección de arte para esa película nunca filmada. También, por momentos, sentía una inquietud debida a la poca visibilidad y un peligro cierto. Y a lo que iba: buscar la inversión de las situaciones aporta fuerza y reduce la desidia. ¿Es un trabajo? Sí, es un trabajo que, como todos los trabajos, requiere esfuerzo, pero, como siempre, el esfuerzo mismo encuentra su recompensa, la tarea bien hecha. Por último, era algo de Strauss lo que sonaba y esa perfección mitigaba todas las aristas y vértices de esa hora. La una y media de la madrugada.
+ Hay amplios catálogos de mal educados e irrespetuosos. No puedo dejar de observar su comportamiento. Un viernes vamos a unas termas de estilo japonés, claramente se dice que es obligatorio guardar silencio: ¿cuántos no guardan silencio?; otro día, en el gimnasio, hay un hombre mayor que clama contra los políticos de la derecha y de la izquierda, sin piedad, se puede ver un cartel que dice que está prohibido afeitarse en recinto de la piscina: él se afeita y protesta; el sábado voy a correr y una vez más hay corredores y caminantes que transitan por el carril-bici. Y así. Tantas cosas. Resulta molesto, pero lo mejor es guardar silencio ya que manifestarse conduce a otra situación desagradable. Yo no soy el policía de nadie. Me llama mucho la atención que personas que actúan al margen de las normas de convivencia, más tarde son inflexibles con la corrupción de los políticos y uno deja de preguntarse: si no son capaces de guardar silencio, respetar el cartel que impide afeitarse, no ir por el carril-bici o, en el caso de los ciclistas, abstenerse de circular por la acera, ¿cómo manejarían un presupuesto si en su manos cayese uno? No sé, es fácil juzgar a los otros y ser muy benévolo con uno mismo. Creo que resulta necesario pensar mucho antes de hablar, como parece ser que hacen los indios de la Amazonia, que creen firmemente en la palabra y por ese compromiso que implica, pesan y miden las suyas. El valor de la palabra está en función del uso y abuso que de ella se haga. ¿Respetar las normas? Sí, creo que es necesario, pero, antes, por favor, un poco de silencio, un largo silencio, si es posible.
+ ¿Es el acero el marido de la acera?
+ «A job for the boys», leo en un resaltado de una columna de un diario portugués. Me gusta la expresión porque comprime una manera de conducirse en política: los favores, las deudas y el pago de las deudas. En inglés suena mejor. Toda una categoría, todo un estilo. Una manera de otorgar beneficios laborales para aquellos que han sido fieles, pero que no están capacitados para desempeñar esa tarea. Vuelvo a la expresión y me parece que es una guía, útil, para conducirse en la actualidad del momento.
+ Periódicos en otro idioma [que no es el mío]. A finales de agosto, fuimos a Caminha, tomamos café, bebimos cerveza y pedimos unas torradas. Bajo el calor de las últimas horas de la tarde, poco a poco, la conversación derivó hacia la relación sentimental que nos une a Portugal y la conclusión se aproximaba a una ausencia de explicación: como si se tratase de un ciego enamoramiento que oscila entre el amor cortés y un amor romántico: de paisajes, medievalismo y ensoñaciones. Aunque, todo sea dicho, me atrae mucho el Portugal moderno, sus jóvenes, su música, las nuevas tramas de las ciudades, los transportes públicos futuristas o las exposiciones de arte contemporáneo, con su leve aire local. Pero, llegado un momento, me levanté de mi silla en la terraza y compré el diario Publico [Publico-pt]. Hoy lo veo, pasado el tiempo, y esa fosilización de la noticia es una invitación al regreso. ¿Cuándo? En breve.
+ Encuentro, por casualidad, una mención a una guitarra Les Paul que Pete Townsend rompió y que ahora se exhibe en el Victoria & Albert. Estudio la fotografía y encuentro en ella una cierta sedimentación de lo ‘moderno’, de todos aquellos años que supusieron una ruptura con el pasado y el afianzamiento de la juventud como una clase social. La guitarra es hermosa y su descuartizamiento le aporta un plus de irracionalidad que contrasta con la perfección y exactitud de cualquier guitarra Gibson. En ella se resume el triunfo de una revolución. El color dorado, la arquitectura de sus micrófonos, las sensuales curvas de su cuerpo. Y por otro lado, las modificaciones que el guitarrista de The Who operó en ella, para, finalmente, darle mayor potencia al sonido. Pero está rota por el mástil y tras él asoma un hierro que es el alma de ese mismo mástil, con esa función de tensarlo y destensarlo. Ahora ya no es una guitarra sino un objeto artístico condicionado por el uso que un día P.T. le otorgó, esa transformación, esa metamorfosis. Y así se cumple aquello de que arte es todo lo está dentro de un museo. Cierto es, pero, también, hay mucho más, muchísimo más. Por ejemplo, su apunte a vuela pluma.
+ Imagen: un día en Oporto. La palabra time es una condensación de toda una temporada, el desarrollo de una intuición. La fotografía certifica la potencia de time, ya que haber pasado de la pared a la substancia de una pantalla sólo es un posibilidad, una entre mil.
sábado, 17 de septiembre de 2016
Con pasos que otros huyen le he buscado
+ Vuelvo a ver los folletos que recogí en algunos museos y exposiciones en Madrid, en el mes de Agosto. No hay melancolía en esta recensión. Al contrario. Los momentos se reconstruyen y se extraen enseñanzas dispares, con una utilidad sinuosa. Recuerdo libros en vitrinas blindadas, que en esa protección parecen adquirir, mediante el distanciamiento, una calidad poética de difícil descripción. Sin saber porqué, en un latigazo casi eléctrico, la metempsicosis me asalta y me hace regresar a un viaje en tren desde Londres a Brighton. No importa, no es momento para hablar de ese trayecto, pero la rememoración está ahí, en este instante. Continúo. Los libros en sus urnas remiten a un tiempo que no ha de volver, pero que no permanece estático. La historia se escribe y se reescribe, no es una figura de cera inamovible y sin vida, nuestro pasado tampoco. Por eso, los folletos están vivos gracias a las asociaciones que establecen. En ello estamos y nos surge una duda sobre un autor, los dejamos donde estaban y nos sumergimos en otras lecturas. Ay, las tardes del domingo, tan propicias para el paseo en la provincia.
+ Somos una provincia de nosotros mismos, así es nuestra multiplicidad. Y quiero pensar en un lugar apartado, con profundas rías, rías con islas donde habitan pescadores que viven su vida sencilla y tranquila, bosques, montañas elevadas en la lejanía, lluvias apacibles y aldeas ordenadas, blancas, generosas. Esa región donde penetrar no es fácil y se requiere una contraseña compleja, la admisión transforma al admitido. El domingo es un día propicio para la ensoñación y el paseo.
+ Tengo entre otros libros pendientes uno que trata sobre la biblioteca del Greco. Corresponde a una exposición que se hizo en El Prado hace dos años. El tiempo parece no transcurrir sobre estos libros. La biblioteca del Greco me parece un libro elegante, una edición que reconforta debido al color y a la tipografía, a la distribución de los blancos. Es un placer ver las páginas, pasarlas sin leer nada de nada y quedarse en la estructura formal de la composición. Hay placeres recónditos que rivalizan con lujos prescindibles y perecederos. Pero no hay batalla, sólo una agradable conversación con aquellos que ya no pueden hablar: los muertos.
+ Esto es la lectura: una amistad con quién ya no te puede responder, que la interlocución se resume en un silencio que avanza sobre las líneas y compone un significado nuevo. Una vez más, escribo e insisto en que el pasado muda constantemente. Pensar que el pasado permanece inmóvil resulta ser un error que conduce a múltiples equivocaciones, como si se tratase de una camada de ratones que corretean sin rumbo, aparentemente. Pero no importa eso ahora. Vuelvo a abrir el libro de la exposición sobre la biblioteca del Greco y me hago cargo de cómo una vida se resume en un inventario tras la muerte, un inventario para distribuir una herencia [hoy ha adquirido otra funcionalidad, tan cara al investigador: ese registro que es ahora un documento que permite y ayuda a argumentar]. ¿Son los objetos que nos rodean parte de nosotros, algo que nos descirbe muy bien, que nos describen con una precisión insospechada? Ahora veo la reproducción del pórtico del libro de Vasari Vida de los más excelentes pintores, escultores y arquitectos, editado en Florencia; en la ficha se reseñan sus propietarios, entre ellos el Greco. Y qué decir. Los libros, de ninguna manera, nos pertenecen. Una vez que hayamos muerto se esparcirán en una explosión que los dirigirá a las tiendas de segunda mano, a los rastros o a la librería de lance; alguien tomará este libro del que hablo, considerará que es un pequeño tesoro, pagará por él y, ya en su casa, disfrutará como yo disfruto, a sabiendas, o no, de que un proceso semejante al descrito va a suceder, tarde o temprano. En ello veo una grandeza que une a los lectores de un tiempo por venir y de un tiempo que nunca volverá.
+ [Endecasílabo final de un soneto escrito por Quevedo]: «Con pasos que otros huyen le he buscado». Me subyuga el misterio que transmite este recorte. Queda una vibración de misterio y amor, porque habla del error de los que aman, mientras avisa que no sigan los amantes los caminos que él siguió. A pesar de que hay una codificación innegable, producto de los ecos petrarquistas, prefiero pensar que bajo este esquema la necesidad de expresar un sentimiento auténtico prevalece, se eleva y alcanza la superficie del océano poético. Repito y recuerdo: «Con pasos que otros huyen le he buscado».
+ Busco un libro de T.S. Eliot y no aparece. No resulta infrecuente este fracaso. ¿Una derrota? La búsqueda me lleva a afrontar un escrutinio; la biblioteca refleja tiempos, querencias y desacuerdos. Uno se retrata en estas elecciones que son la compra de libros. Como sucede con los folletos, se rememoran tiempos y lugares, amigos, conocidos y libreros. Ciudades que ya sólo son viento en la memoria, niebla o lluvia fina en el comienzo del día; bajo las celdas de un convento de monjas, cuando ellas comienzan a rezar e inauguran el nuevo día. Llueve ahora en Santiago y a nadie le importa.
+ Imagen: la flor no se puede ni se debe fotografiar; así, parece una blasfemia, un pecado en la mente de los iconoclastas. No es posible resistirse, y cuando el resultado se muestra: la decepción es una enseñanza que perdura, que debe perdurar.
sábado, 10 de septiembre de 2016
Antifashion Pack
+ Continuo viendo vídeos de moda. La duración es variable, oscila entre unos pocos minutos y otros que rebasan la hora. Hoy, en concreto, veo uno que trata de un desfile de Jeremy Scott, el diseñador norteamericano. Hay muchas cosas que me llaman la atención, pero sobre ellas una en especial: la ropa mantiene la actualidad, pero los teléfonos, las cámaras de fotos, los ordenadores y la páginas web son viejísimas, y sólo han pasado seis años de aquél desfile. Algo nos lleva a pensar que los artilugios electrónicos tienen una vida muy corta y poco interesante una vez que su momento pasa; por el contrario, la ropa posee alma, vive y muere y resucita [así regresan los años ochenta o los noventa], los devices ni siquiera se expresan, no toman de su propietario su vivir, como sucede con la ropa. Pienso en cómo unos zapatos acaban por pertenecer a la huella del dueño, como los pliegues de un pantalón son el dibujo de unas piernas, o un bolso que atesora en sí las historias de su propietaria, alegrías y penas en ese desgastarse elegante, de la misma manera sucede con los rostros: qué bellos envejecer he encontrado en el camino. Finalmente, sé que todo en su absoluta existencia es un memento mori, el retrato de una vanidad, la vanidad del vivir y creer que el instante es eternidad. Por cierto, en algún lugar leo cómo vanidad y vacío se equiparan. Apago el televisor, apago el AppleTv, apago mi teléfono. Se cierra el tiempo de los devices y se abre el tiempo del sueño.
+ Alguien dice: la gente interesante habla de ideas, la gente mediocre de cosas, la gente vulgar habla de vino. No puedo dejar de reír por la extraña descripción que se produce, extraña y certera.
+ Veo crecer las montañas de libros a mi alrededor como si se tratase de una favela que asciende por la ladera de una montaña. Sin orden, multicolor, propositiva. Así es mi manera de leer; aunque hay una parte sistemática, programada y exacta, tiene su contra en un desorden fértil. Antes de dormir estudio los títulos y veo que esperan muchos por mi atención, esto me lleva a establecer una tregua. No compraré más libros. ¿No? Como dicen todos los adictos, yo controlo.
+ Mientras corro escucho la canción de Prefab Sprout Music Is A Princess. En resumen, una voz dice que la música es una princesa y él un chico vestido de harapos, Oliver Twist: resume. Sin embargo, desde que escuchó su voz por primera vez se entregó a sus banderas, esas que él enarbola. La música. El arte llama a muchos y a muchos digiere, porque el talento es escaso y dentro de esa minoría hay muchos que lo malgastan en artificios, en empresas sin corazón o sin estilo, en sus propios pozos de dolor y auencia. Hay algo en la creación doloroso y difícil de comprender para aquél que nunca se atrevido a escribir un poema, componer una canción o empuñar un lápiz para dibujar un rostro amado, sin ir más lejos. Corro y veo como el día comienza, como se desplazan los patos sobre el agua, las canoas y las piraguas, como otros también corren o pasean; y la música está ahí, con algo tan complicado de explicar y, a la vez, tan intenso. La música nos acerca a una parte desconocida de nosotros mismos, mediante un entramado de sugerencias y sinestesias desde donde emergen episodios vívidos, rostros, aromas, lejanías, ropas, eróticas muchachas que nunca existieron, hombres hermosos y/o andróginos. Sí, somos muchachos harapientos que gozan con las limosnas musicales, mientras otros son devorados por sus tentativos ofrecimientos: ay, muchos son los llamados, pocos los elegidos, y, nosotros, somos espectadores impasibles, mientras corremos.
+ Los disparatados viajes en los noventa que nos llevaron hasta Lisboa en una carambola de licor barato, libros y conversaciones. Así se ha quedado fosilizada aquella Lisboa en una canción de los Smiths. A renglón seguido, regreso al tratamiento de la mitología en el barroco español. ¿Son complementarios estos mundos o se solapan? Sin duda, yo soy esto y mucho más, pero todavía está por descubrir: cada día tiene su afán, cada afán es una propuesta para el triunfo, ya el triunfo es la indiferencia; y así.
+ Imagen(es): ante los jardines, ante un estanque, las formas nos llevan a la abstracción y todo lo que se abstrae se aleja de lo natural, aunque éste sea el punto de partida; lejano suena jazz en alguna emisora, casi imperceptible, como el color verde, como la forma de una hoja, como el giro súbito de un insecto.
sábado, 3 de septiembre de 2016
Propocionalmente
+ Escucho en Radio Nacional, (R1) a Emilio Gutiérrez Cava. Me gusta como habla sobre su profesión y sobre los trenes. Estimo la interpretación como un oficio y las circunstancias de este oficio en la boca de un trabajador reflejan una verdad que no admite duda; así, me gusta oírle como me gusta oír a los carpinteros o a los que para ganarse el sustento se ocupan de los jardines, de un huerto o de la limpieza de las playas, y hablan de las labores diarias sin darse mucha importancia, o, mejor, ninguna. Por ejemplo. Hay algo en quién vive el oficio desde el núcleo de su esencia, sin poner, ni quitar; que lleva al elogio de la rutina, los cimientos de las tareas y de los logros. Dice, más tarde, que la crítica en sus inicios no lo estimo demasiado, una porque tenía un aspecto blando y otra por apellidarse Gutiérrez. Una, dos tonterías muy notorias, pero la biografía las desdice sin aspavientos.
+ Los trenes. Yo viví mi época de trenes, en la infancia. Viajes que duraban todo un día, a pesar de que la distancia no llega a los doscientos kilómetros. Trenes correo, enlaces y correspondencia, estaciones de tren con olor a gasoil y a café con leche, pan y leche tibia; por contra, tabacazo y vino mañanero en las manos de los que poblaban los cafés. Recuerdo los billetes, amarillos y azules, pequeños, impresos en un cartón duro y barato. Aquellos trenes con pasillos e infinitas posibilidades narrativas. ¿Dónde anidaron aquellas novelas que nunca nadie escribió y, tal vez, nunca escribirá?
+Nemo dat quod non habet. Nadie da, lo que no tiene.
+ No he dejado de pensar en una película que nunca vi, pero de la que conozco el conflicto con precisión. Se trata de Los Visitantes, con Jean Reno y Chistian Clavier. En primer lugar, no tengo intención de verla, ninguna, y no quiero averiguar si me gustaría o no me gustaría. Pero eso carece de importancia, es algo que va más allá del entretenimiento, aunque, también, sea entreteniento. Lo que me interesa es el punto de vista: dos hombres vienen de la Edad Media mediante un viaje en el tiempo y se plantan en nuestra era. Me interesa la perplejidad. Yo pienso en ello cuando estoy solo y trato de asumir esa condición de extrañamiento, con la idea de maravillarme con todo lo que me rodea, desde el bolígrafo Bic hasta los camiones articulados. Cada elemento del presente merece una glosa, me digo y veo mi anticuado teléfono móvil y me dijo que sí, que también es un prodigio, así: el ordenador, las balizas en la carretera, la iluminación de las gasolineras a las nueve cuarenta y cinco, cuanto todavía la noche no ha cubierto totalmente el paisaje. A renglón seguido, recuerdo imprecisamente una cita de Nabokov en la que reclama las maravillas del presente, y hace hincapié en la llegada del hombre a la luna. Yo hago lo mismo mientras conduzco, cuando corro y no dejo de fijarme en los futuristas atuendos que llevamos los que corremos: azules, naranjas, verdes, amarillos, esas zapatillas multicolores y con reflectancia, las gafas de sol o los auriculares. Finalmente, lo que suma es el asombro y él me descanso cuando me aburro, es decir: nunca.
+ Un poco más sobre la anterior: me dejo sorprender por el coche que me adelanta cuando compruebo que en el asiento trasero un niño ve una película de Winnie The Pooh, veo al osito tras las ventanillas, veo el colorido de la película de dibujos animados en la oscuridad de la noche, en el interior del coche. Con una llama multicolor el coche se aleja y yo quedo a solas con la Pastoral de Beethoven, acogido por las lechosas luces de las farolas. Beethoven, conducción y luces. Todo tan moderno, tan intemporal. Muere el día.
+ Encuentro unos sueltos de un libro de autoayuda. Me detengo y leo con atención para comprobar que todo lo relatado estaba ya en las Meditaciones de Marco Aurelio. Veo un vídeo de un profesor de filosofía en una universidad mexicana y afirma que Zaratustra no deja de ser un libro de autoayuda, le escucho y termino por darle la razón. Ahora me paro y pienso en el concepto y en la necesidad de no tener miedo, de dejar a un lado lo terrible. ¿Es la meta de la vida la felicidad? Probablemente, pero sin pensar mucho en ella, sin marcarse metas, más bien como el que cabalga la ola con lo único que es realmente: lo presente. Amanece, corro, leo, como, trabajo y regreso a la cama. No hay otro proyecto, la lectura es la centralidad pero podría prescindir de ella, eso quiero pensar.
+ Imagen: la pantalla como vehículo de comunicación distorsionada por el disparo fotográfico; una trompe de oeil, el reflejo del reflejo, la reflexión sobre lo reflexionado, las transiciones futuristas hacia lo abstracto.
sábado, 27 de agosto de 2016
Madrid a mediados de agosto (y 2)
+ Caminábamos despreocupadamente por la calle de Sagasta en Madrid y C. llamó mi atención sobre un kiosco. Era tal la cantidad de libros que allí se acumulaban que semejaba imposible acceder a su interior, pero, al fondo, una figura agazapada escudriñaba un tomo o lo que parecía un tomo. El día era luminoso y en el interior de aquel angosto local la luz era polvorienta y escasa, salvo el rayo quebrado que baja de una lámpara de aspecto inmemorial. ¿Qué historia se escondía en esa cueva de libros y oscuridad? Estudié los libros que tenía a la venta en las jambas de entrada: unas biografías que se regalaban con un periódico diez o quince años atrás, algunos descoloridos tebeos, también manuales de acupuntura, novelas del oeste, novelas románticas [en ese sentido pastoso y cursi con que se quiere denominar a las folletinescas historias de amor]. Y entre todos ellos un libro de crítica literaria y un texto de introducción a las matemáticas superiores. El revoltijo era considerable, ese torbellino de libros respondía a una desorganizada acumulación de detalles y motivos que traspasaban nuestro momento histórico para posarse en el cantil del presente y asomarse al vértigo del pasado o del futuro, lo que no deja de ser lo mismo: la nada. Ay, náufragos del mundo digital. Y, otra semana, repito: ni tengo whatsapp, ni me he tatuado, así siento una extraña solidaridad con el hombre que en el fondo del kiosco se entretiene con un libro, con todos los libros posibles.
+ Hice una foto del motivo anterior, pero no refleja la realidad del desorden [¿desorden o particular ordenación?, los puntos de vista son los que hacen que lo real varíe, así: tacho lo anterior en la libreta, pero dejo constancia de ello]. La fotografía es muy limitada, puede documentar, pero le resulta imposible capturar el alma, en contra de lo que ciertas culturas presumen. ¿Es un absoluto lo anterior? No, hay fotos que traspasan sus limitaciones, pero eso sucede cuando abandonan la literalidad del instante, cuando se sitúan en el vértice que lo posible establece con lo imposible. Aquí no se dio.
+ «Uno de mis críticos menos perspicaces observó recientemente que parecía reescribir mi propio mito central en cada libro que elaboraba. Desde luego así lo hago, y nunca leería o confiaría en un escritor que no lo hiciera también». De la introducción a El camino crítico, ensayo sobre el contexto social de la crítica literaria, de N. Frye.
+ Una palabra: preternatural: [adjetivo] que se halla fuera del ser y estado natural de algo. Copia y pega del Diccionario de la Real Academia. En un proceso de acotación de la realidad hay palabras que van mostrando las balizas que nos ayudaran a determinar esos lugares donde establecer un campamento, por unos días, por unas horas. Así avanza el viaje y después nos olvidamos de los momentos que allí estuvimos, así es el viaje. Hoy preternatural, ¿mañana? Y el adjetivo no deja de remitirse a poderes especiales, poderes en poder de los vampiros, los ángeles o los zombis. Toda insinuación es inclusiva.
+ Escucho al rapero Bishop Nehru, que nació en 1996, al tiempo comienzo la lectura de mi ración diaria de historia de los Siglos de Oro. Lo reconozco, tengo una acusada tendencia a lo paradójico. He pensado que se trata de una tendencia de mi tiempo que se refleja con perfección en la prensa diaria, en los suplementos dominicales o en la revolución de internet, también en la radio o en la tv. Lo paradójico, esa noticia que salta cuando el hombre muerde al perro o una perra amamanta gatitos. Así es como yo construyo estos mundos efímeros y marginales, en los márgenes de la rutina, la amada rutina. Cierro el ordenador y regreso a Elliott.
+ ¿1996? ¿Fue ayer, antes de ayer? Quién sabe, he dejado las estacas de los años para otra vida.
+ En Noviembre volveré a Madrid. Como si durmiese, como el lecho de un río que se contempla desde un puente.
+ Imagen: los elementos que de los edificios no se ven; como una posibilidad geométrica, un cuadro no pintado, una calderilla de las imágenes pero con la pregunta que late sin llamar la atención, pero que está ahí, sin solemnidades ni pretensiones.
sábado, 20 de agosto de 2016
Madrid a mediados de agosto (1)
+ La playa, el libro de poesía de todos los años [una antología de versos de Luis Alberto de Cuenca], el fulgor de los cuerpos jóvenes, la limpieza de las edades maduras y el lustre de los viejos que disfrutan de la energía del agua salada y el sol. Hay un rito en este acudir anualmente a la playa, en la manera de conducir hasta allí, en la música y en las conversaciones con mi padre. Ayer C. y yo regresamos de Madrid y el colofón a unos tranquilos y fructíferos días de vacación y cultura no podía ser otro que la playa y sus beneficios. Cuando llegue el invierno este recuerdo será el medicamento con la tristeza de la lluvia y el frío.
+ Tampoco la lluvia y el frío traerán tristeza.
+ Madrid tiene infinitas posibilidades. Lo hemos comprobado, una vez más.
+ El calor, en ningún momento, ha sido un problema, más bien todo lo contrario. Según la tarde declinaba, una brisa cálida y muy agradable nos vestía de sensualidad. Momentos para estudiar cómo los edificios son el decorado ajustado a la obra teatral que cada día interpretamos. El teatro y la vida, qué momentos. Caminar sin rumbo, cerveza en terrazas impares, exposiciones y tiendas ocultas, librerías o tiendas de ropa, té o quincalla. Todavía palpita el tiempo anterior en las calles que dejamos atrás, tiempos que vivimos o tiempos que nos contaron, tiempos que trenzan el relato y nos despistan, nos engañan y hacen que sonriamos: el tiempo se ha detenido.
+ El paso del tiempo es el tema, siempre es el tema. Visitamos la exposición de Hiroshi Sugimoto y encontramos allí la constatación de intuiciones por concretar, vanas nieblas en la mañana de la vida. La simulación articula el sentido de la fotos y traslada esta simulación a la totalidad de la existencia mediante los dioramas, las figuras de cera, los horizontes y los cines vacíos. El disparo en sí de la cámara es una herramienta que pone al descubierto zonas vitales que se enmascaran en artificios; una vez desdeñado, del artificio surge una verdad que ni se impone ni se puede esquivar. Es la técnica la que establece un marco idóneo para la reflexión. Como apunté, hay cuatro series: los dioramas, en donde las escenas naturales adquieren verdad mediante la composición, el blanco y negro y el gran formato; los cines, en los que la larga exposición sobre la pantalla arroja una lechosa certeza que nos aproxima a la muerte; los retratos de figuras de cera oscilan entre lo real y su transposición, una nueva realidad, tan discutible / indiscutible como aquélla de la que parte; y, por último, los horizontes marinos. Estos últimos me trasladaron a un mundo visitado y olvidado, porque recordé una travesía en barco entre islas del archipiélago canario, porque recordé los últimos días de mi madre, porque me sentí muy unido a C. La posesión de una biografía marcada por un sentido poético nos aproxima a una esencia indeleble: no es una cuestión de cantidad, ni calidad, es la manera de estar, de ver y de entender o la capacidad para disfrutar en una mañana de agosto, con la persona amada, del triunfo del arte sobre la muerte. ¿Triunfo? Ya que de esto trato, eso es lo que veo en los horizontes. Me gusta recordar que H. S. no utiliza ni cámaras digitales, ni herramientas de retoque digital; en ello veo un proyecto y una misión simbólica. Yo no tengo whatsapp, ni tatuajes, ni me he anillado, tampoco me interesa la televisión, pero, simultáneamente, no creo que estas carencias, por decirlo de alguna manera, me protejan de peligros o de situaciones incomodas, ni siquiera es una cuestión de estilo o se trate de un código de buenas prácticas, es que no tengo ninguna de estas necesidades, si necesidades son. Necesidades, pocas. Y cierro el ordenador y me dejo llevar por la imagen de una de las esposas de Enrique VIII, una estatua de cera con más vida que difuntos que caminan por la calle.
+ ¿Por qué se han quedado en el tintero las fotos de Hiroshi Sugimoto realizadas sin cámara, fotos de fenómenos eléctricos sobre la superficie de un negativo? Con todo, la foto que he elegido para ilustrar esta entrada nos remite a esa poética abstracta. Los olvidos caracterizan al olvidadizo.
+ La única compra que hice fue un libro sobre la biblioteca del Greco. Compré el libro en la librería del Museo del Prado. Casi no lo he abierto porque deseo reservarlo para el invierno, cuando el viaje sea un grano de nostalgia y el libro permita reconstruir los paseos sin demasiados propósitos por las salas. Sólo por ver pintura, sólo por estar allí.
+ Como complemento al a exposición de Hiroshi Sugimoto, visitamos el Museo Arqueológico Nacional. El recorrido museístico muestra algo sobre el hombre que resulta indiscutible: su negativa a aceptar su temporalidad y la lucha contra esta finitud. ¿Es esto lo que determina el progreso, el conocimiento, lo poético de cada acción poética?
+ Escritores que se desvanecen, al tiempo que se ven sumergidos en el polvo del tiempo. Fotos, botellas, cuadros, togas, birretes, manuscritos, fotos, retratos al óleo, plumas, medallas, diplomas, borradores, oropel y dignidades. Todo se lo come el paso del tiempo; bien, todo no, todavía subsisten jirones, pero la digestión continúa. Y la frase tópica: hasta un día el sol dejará de lucir.
+ Imagen: una foto de una foto de Hiroshi Sugimoto.
sábado, 13 de agosto de 2016
Las ninfas y los incendios
+ Hijas de los ríos y enemigas de las diosas. Ninfas que huyen entre los árboles del bosque. Son simulaciones, son ideas que surgen cuando uno conduce y establece una ruta que ha sido previamente marcada. Las ninfas parecen habitar el bosque que se extiende en los márgenes de la carretera. Ciervos, cuervos, conejos. Siempre tienen un disfraz a mano para poder camuflarse y no ser descubiertas, así son las ninfas: invisibles en su emboscarse. Música callada, latidos humanos, el tambor de la noche. La música de un profundo piano marca la conducción, son los ritmos agradables de las últimas horas de un lunes, cuando ya la noche comienza a extender su manto. Se percibe, sobre los montes, el dibujo de las constelaciones. Todo se ha detenido y las luces de los pueblos en las faldas de las montañas son una promesa de tranquilidad. Cada luz una vida, una familia, una reunión. El vino, la fruta, el sensual comienzo de una aventura, el amor y la paz. Agosto sitúa su domino en los límites del mundo. Apago la radio y disfruto del sordo sonido del motor.
+ Para un inminente viaje a Madrid he recuperado de la estantería High Fidelity. Me trae tantos y tantos recuerdos. Fue uno de los primeros libros que, con mucho esfuerzo, puede leer en inglés. Lo leí a trompicones y con constancia, como un trabajo; es cierto que lo había leído con anterioridad en español, lo que era mucho más que una ayuda, pero supuso, a pesar de la muleta, una coronación en mi biografía de lector. Dentro mi prescindible cursus honorum, el libro explica muchas cosas que me atañen y que atañen a algunos los que mantuve relaciones intensas y que hoy han desaparecido. Lo resumiría en la pedantería musical como tipología de una incapacidad para crecer, un empeño en mantenerse en una perenne excursión de fin de curso, tras el bachillerato. Ahora lo veo y sonrío, sé a qué se refiere el autor cuando muestra las listas. Top five most memorable ________, y aquí, en el hueco, pueden ir tantas y tantas cosas, o ninguna. Con lo último me quedo: la nada.
+ [Incendio 1]. Monstruosas columnas de humo se elevan sobre los montes. Son espesas y grises, si uno se fija forman imágenes que desconciertan y asustan sin necesidad de alcanzar una forma humana o animal. El fuego es un misterioso reflejo, ese punto inasible que nos resistimos a explicar por la ciencia y que preferimos ir hacia la ebullición mítica, cuando todavía no existía un método. En un momento veo, a lo lejos, el dibujo de las llamas entre los árboles. Una vez estuve en el medio de un incendio y no he podido olvidar el crepitar que no dejaba de ser una voz, una voz que susurra e hipnotiza. Pero el fuego se aproxima a las viviendas y el llanto de una chica resume la totalidad del desastre, ahí se condensa la tragedia que supone. Luego, el silencio. Conduzco y la música me ayuda a centrarme y no divagar. Todo es silencio, humo y vibración. El puente de Rande se ve oculto tras una pesada columna de humo, no cesan los incendios. ¿Qué hacer?
+ [Incendio 2]. Ha pasado un día entre este apunte y el anterior. El incendio nombrado no se ha terminado, por contra: hay dos o tres más. Al anochecer, desde la otra orilla de la ría se ve como las columnas de humo se elevan iluminadas en su base por el fuego. Hay algo bello y maléfico en su geometría y en sus colores. Es una substancia diabólica, luciferina, atravesada por el engaño y su consistencia: la destrucción. Las casas, los recuerdos que atesoran, los créditos contraídos para poder elevarlas, historias y olvidos, ese aliento fundamental de los árboles, los bosques y los animales que los habitan. Se dice que son incendios intencionados, y esto da que pensar. La estupidez y la maldad pueden ir juntas de la mano y concretarse en acciones con consecuencias funestas e irreparables. Espero que se detenga ya esta peste, pero no soy optimista. ¿Qué escribiré mañana?
+ [Incendio 3]. Vi como el fuego rodeaba las casas, a los aviones sobrevolar los tejados y descargar su carga de agua, las brigadas contra incendios. Vi a las personas desesperadas. Y el fuego ascendía en un baile infernal. Cayó la noche y volví a ver las espesas columnas con sus bases de fuego opaco. No hay nada que transmita la desazón que produce el espectáculo, un espectáculo que nos aproxima al fin, a la destrucción. Huele el aire a esa destrucción y la noche se torna inquietud y presentimiento, me gustaría tener una oración para el momento, ni siquiera sé si existe, pero sí el silencio se impone aunque no explica.
+ ¿Se han detenido los incendios? La casa huele a humo y me pican los ojos. Mis ojos son muy sensibles y se irritan rápidamente, ya sea la lejía, la cebolla o el humo. Ese dolor se une al que sentí, moralmente, cuando vi, el martes, como el fuego comenzaba a rodear las casas cerca del río. Ahora parece que todo se ha detenido y, ayer, cuando anochecía, podía ver las laderas calcinadas y la tierra humeante. Ay, las ninfas, los animales, los árboles. El bosque, como metáfora, como promesa.
+ Comencé las semana con el pensamiento extraviado en ninfas, fuentes y bosques, la semana impuso esa destrucción del incendio. Las ninfas han muerto abrasadas, pero sobre las cenizas volverán a florecer. Es una pasión que no se agota con el fuego, y esa es la victoria. Nec metu, nec spe, otra vez.
+ Imagen: el trabajo de la corrosión sobre el hierro, esa marca informalista que ofrece paisajes llenos de evocaciones: el ocre y el amarillo. Es un marco adecuado que podría tener otra lectura, la que aquí requiere se resume en una sola palabra: envejecimiento.
sábado, 6 de agosto de 2016
La señorita R&R, los sueños y el estío
+ La señorita Rock And Roll aparece en una canción de Amaral que habla de los amigos. La canción me gusta. Amaral me gusta. Me gusta la expresión en sí: la señorita Rock And Roll; hay una parte del pasado que se identifica con lo que la canción inspira. Noches oscuras en locales oscuros, oscuras bandas de rock, bebidas transparentes y venosas, drogas caras e inicuas. El mal y el bien, la belleza y lo feo, mujeres, hombres, animales de compañía y animales salvajes con nombre de reptil y aspecto angelical. Tal era el engaño de aquellas señoritas y sus novios, las guitarras afiladas y los amplificadores potentes y contumaces . Era una rebeldía de fin de semana, provinciana y barata, un carnaval adolescente ampliado hasta la nausea. Pero oigo la canción de Amaral y, sin arrepentimiento, me río con ganas. No es momento para arrepentirse. Toda la biografía se dirige a un punto que pretendemos ignorar. Son mis amigos dice Eva Amaral y la comprendo, ahora que el tiempo ha pasado y muchos de ellos se han difuminado y otros han venido. No hay casilla vacías, no hay casillas ocupadas, sólo es una sensación de niebla y transición. Esa es la diana.
+ Los libros se acumulan y el tiempo escasea. Hay dos o tres programas en marcha, que avanzan lentamente, pero con seguridad. Es como afiliarse a una dieta de poca comida y mucho ejercicio, los resultados son sólidos, pero es necesario conocer que la meta está lejana. La lectura es una virtud, y como tal costumbre reiterada y admitida se hace parte de la vida, pero es necesario estar dispuesto a abandonarla, a renunciar a sus beneficios. Quedará el recuerdo y todo será tiniebla, casi ni siquiera eso. Los libros son una invitación y su estatismo es engañoso, cambian como nosotros cambiamos y lo leído hoy se vuelve disímil, porque sabemos que no seremos los mismos mañana. Esas son las tinieblas: la inconsistencia de lo leído, el contraste con lo que entendimos y lo que entendemos.
+ La indagación sobre el barroco se transforma en una indagación sobre el estilo. ¿Somos barrocos, románticos o vanguardistas? ¿Una mezcla de todo a un tiempo? Veo las fotos que voy colgando [aquí] y me apunto a lo último; si releo no sé si sumarme a lo primero o a lo segundo. Si voy a correr, todo queda en suspenso y ésta resulta ser la mejor alternativa. El vacío; un día sin trabajo, un día sin comer.
+ No me desprendo de la imagen que Blas de Otero otorga en el último endecasílabo del soneto «Hombre»: «¡Ángel con grandes alas de cadenas!». Se posa en un sueño que no tiene lugar, pero que veo cuando corro bajo la lluvia y suena la música ensordecida por el zumbido de unos potentes amplificadores: acoples que son silbidos, silbidos que son anuncios. Llueve y corro sin pensar, salvo en la imagen del ángel que intenta elevarse, pero esas cadenas como cadenas de buques lo lastran, pienso en iglesias visitadas en la noche, sus altas y modernísimas vidrieras de 1965, su geometría que se alza limpia y extemporánea, inmensa en la noche, como su cripta, como ese retablo realizado con restos de un desguace en Bilbao. Se puede permitir un poco de espiritualidad en este momento de prisas y teléfonos supuestamente inteligentes, en el mundo del tatuaje, el anillado y el amor urgente y electrónico. El ángel no eleva el vuelo y yo pienso en aquella iglesia o basílica, en aquella tarde-noche de lluvia, en Madrid, en un bar y las gentes que lo poblaban en la sórdida noche de una Semana Santa que no terminaba de comenzar. El ángel no emprende el vuelo y tiene un extraña proximidad con lo soñado, aunque no haya sido así, ya que sólo es lectura y memoria. ¿Otra manera de vigilia, otra forma de sueño?
+ ¿Resulta conveniente relatar un sueño?, ¿no es, acaso, una falta de estilo, un recurso fácil y en desuso, casi una falta de respeto hacia nuestro interlocutor, hacia nuestros lectores? Carecen de importancia estas salvedades porque esta redacción es un impulso que proviene de una necesidad primitiva y sustancial. Me acabo de despertar y antes de entrar definitivamente en la vigilia relato mi sueño.: “C. y yo nos dirigimos en coche hacia un lugar indeterminado, nos detenemos porque la lluvia ha cubierto totalmente la carretera, no llueve agua, es una película de aceite; tras nosotros se detiene un Land Rover, alguien nos invita a entrar en una casa; entramos y allí una extensa familia nos recibe, se muestran amables aunque haya algo robótico en su comportamiento, dentro de su especial afinidad algo desafina, su elegancia natural no es tan natural, estamos con ellos y hablamos, son cariñosos y guapos, dormimos allí y finalmente, cuando voy a relatar lo que ahora relato mediante la escritura en el procesador de textos [este mismo procesador de textos], me encuentro con que el ordenador está totalmente cubierto por cera: está inservible, es la cera que ha caído de unos candelabros que componen una escena barroca.” Nada más. La importancia de lo que soñé está en las estancias, en los muebles, en un balcón que se asoma al mar. Qué estáticos son el matrimonio y sus hijas, tan guapas e interesantes, pero tan robóticas. Pero el relato del sueño no vale nada, la descripción de este sueño cargado de elementos decorativos no vale nade: piedras que se iluminaban, bañeras excavadas en la piedra donde aletean peces rojos y azules, tocadiscos y aparatos de radioafionado, muebles, alacenas, vajillas y candelabros, gatos, y el padre, que añora sus días de capitán de barco y sentado ante el mar no suspira, sino que permanece en silencio y medita, parece meditar (?). El relato es pobre y no transmite nada de esto que ahora se desvanece en los abismos de mi memoria, ese lugar desde donde emergió el sueño, este sueño tan decorativo [y robótico]. Y respondo a las primeras preguntas: es conveniente, pero nunca se conseguirá reflejar lo soñado y, en un primer momento, el soñador reconoce ese mundo que acaba de abandonar, luego ya no, luego es un mundo perdido, del que un ha sido expulsado para siempre. Los sueños terminan por resultarnos ajenos como imposible es su relato. Regreso a la cama, sin esperanza.
+ El verano se me hace largo. Y, como culminación, este año todavía no he ido a la playa. Extraño la playa y ese sosiego infantil que me aporta. El verano se me hace largo. Corro, leo, trabajo; la suma de estas partes componen una totalidad con un orden rígido e invariable, le podemos sumar el sueño, le podemos restar los desplazamientos y las interrupciones que mi dispersión en internet me alejan de mi obligación, esas obligación que me he impuesto: la lectura como una vía de conocimiento, la relectura sistemática. El verano me distrae y añoro el otoño, como una forma elegante, los paseos y los colores, el aroma de la leña que arde, el color del vino rojo oscuro, los primeros fríos, el reflejo en el río de los árboles desnudos. Se derrama la poesía en lo cotidiano, imperceptible y constante. Dejamos el sufrimiento para cuando de verdad sea sufrimiento. El verano se me hace largo y trato de disfrutar de esta demora.
+ Imagen: un archivador en una librería de Lisboa. Supongo que seguirá en el mismo lugar, y ahí ha de permanecer hasta que el mundo se extinga. Dar cuenta de su presencia es una suerte de oración, una misiva al futuro que, como siempre, terminará por ser pasado.
sábado, 30 de julio de 2016
Cine
+ Volvería a ver con gusto dos películas. El espíritu de la colmena y El Sur, ambas de Victor Erice. Son unas películas buenísimas, pero mi interés va otro camino. Es un interés más sentimental que cinematográfico, que se liga al recuerdo y a las imágenes indelebles que se fijan por comunión, por cercanía, por semejanza, en la reflexión sobre la infancia. Las protagonistas de las películas, Ana Torrent e Itziar Bollaín, tienen mi edad, mi misma edad, y recuerdo ver las peliculas años más tarde de que se estrenasen y decirme “yo era niño cuando ellas eran niñas” y están ahí, en la ficción. Así, el cine traspasa su funcionalidad y se convierte en un testimonio enriquecedor que enraíza en la biografía propia. Como si ellas estuviesen en mi clase cuando yo tenía ocho años, y en alguna medida resulta una verdad escogida. En la medida que establece la construcción de un pasado, la elaboración de un relato biográfico, que responde más al deseo que a la verdad contable de los hechos. Ver El Sur me traslada a paisajes de mi infancia por una invocación. No es nostalgia, es la vida en sí. A veces creo que se trata de algo muy próximo a la oración. Así se acumulan las dudas fértiles.
+ Me gustaría realizar una investigación sobre el poder, a la manera aquella que se decía en Sobre héroes y tumbas ‘soy un investigador del mal’. He tenido la oportunidad de ver cómo se encarna el deseo de mandar, como la estrategia y la ausencia de unas normas elementales revelan el núcleo de la persona o, en expresión de Marco Aurelio, el principio rector. Aunque no llegue a investigar, la investigación es más pictórica que literaria. Una escena, una mujer, con la mirada entre la insolencia y el miedo, un miedo sordo y mudo, que se debate entre la vibración y el estallido. Crispación, tranquilidad, sombras, pájaros negros que vuelan sobre un edificio de plata, el ruido de los coches, el fiero viento de la mañana, que todavía no es cálido. No hay opción, el retrato debe entrar en las habitaciones del hiperrealismo, una definitiva pincelada que apunte unos ojos inteligentes pero dubitativos.
+ Hablo del cine como si hablase de una ciudad visitada hace muchos años. No voy al cine, no veo películas. No sabría explicar a qué es debido. Alguna vez, de visita en Madrid, acudo y me sorprende gratamente, me siento maravillado por el espectáculo, pero no vuelvo al cine, hasta el año siguiente. No lo entiendo y no busco una respuesta a la interrogante. La sala vacía, la oscuridad, la luz en la pantalla, los rostros, los autos, las ciudades, las casas, las habitaciones y los gestos. Todo ello tiene un momento hipnótico que reconozco y aprecio. Sin embargo no voy al cine. Acabo de recordar dos películas, y sólo es el recuerdo, sin más, ni siquiera deseo volver a verlas, me llega con esa certidumbre, con el aliento que llega de aquellos días en que las vi por primera vez. Hay días en que no me entiendo, otros días no quiero entenderme. Sic.
+ “… la sombra de diciembre sobre el río.” Juan Lamillar, Diciembre en la ciudad.
+ ¿Todavía mantienes tu filiación romántica, podrás escapar algún día de ella? En julio estas preguntas carecen de sentido, en invierno iluminarán el tránsito por las avenidas desiertas de la capital. A la espera de noviembre, a la espera de diciembre, pues ambos meses serán propicios para viajes propicios. Madrid, Londres. Está firmado.
+ Fuente perenal. La fuente perenal es aquélla que mana por siempre, sin interrupción, nunca se seca, siempre ofrece agua. Sólo quería dejar constancia de una definición que puede tener mucho de alegoría y/o metáfora. ¿Qué es hoy en día lo que nunca se seca, que siempre ofrece agua, con toda esa carga de simbolismo que el agua tiene? Las imágenes resultan herramientas sutiles y variables, como el agua misma. Salgo a correr y la definición se diluye en la verdad de la mañana, en la brisa suave y fresca, en la corriente de río y su undosa superficie, en los otros corredores y paseantes, en los perros y los pájaros que se dejan observar: gaviotas, urracas y gorriones. El vuelo es otro símbolo. Correr pone las cosas en su sitio y si el esfuerzo aumenta, se logra, así, una cota de desconexión muy apreciada [por mí]. Esta es hoy la fuente perenal, ¿mañana? La tarea: no aproximarse al futuro, no anclarse en el pasado. Vuelvo a la música y es la única verdad que se admite, en este único e irrepetible momento.
+ Imagen: como si la cúpula se convirtiese en una invitación, como la sugencia con la que se inicia una película (?); sobreimpresiones: los títulos de crédito, tal vez.
sábado, 23 de julio de 2016
Como el que oye el agua correr
+ Oigo a un poeta decir una tontería mayúscula. Algo así como que al que tiene talento literario no le conviene la formación, y si la tiene, cuanto menor sea ésta, mejor para su obra. Podría desmentir tal afirmación con ejemplos y contraejemplos, pero es una tarea inútil. No creo que él mantuviese durante mucho tiempo la sentencia. La conclusión es: no se deben mantener conversaciones con espectros. Y espectros son todos aquellos que hablan en la radio o aparecen en la televisión. Pensamos debido a esa inmediatez de la palabra hablada que podemos responderle y, obviamente, no es posible, pero nos empeñamos y en silencio mantenemos este diálogo imposible y estéril. Creo que el alarde descrito se contrapone a la lectura, donde el diálogo sí es posible, aunque no se trate de un diálogo en su literalidad. La cuestión se resume en la distancia que marca la letra impresa. Somos en la lectura más reflexivos y nos hacemos cargo del contexto en el que nos manejamos. La distancia lo es todo. Si hubiera visto escrita la opinión anterior, me hubiera sonreído y lo daría por un apunte irónico [aunque no fuese así, pero, como siempre, el sentido de la lectura se adapta a nuestros propósitos, intereses y filias y fobias]. La radio está bien, es mejor, con mucha diferencia, que la televisión, pero me impide esa necesaria distancia. Debo aprender, porque el problema no es de la radio, sino mío. La ironía es la clave. Pensaré en ello.
+ Vuelvo a la cuestión anterior otra vez: es mejor para un narrador carecer de estudios superiores, son un lastre para una carrera literaria. Esta era la tontería que el poeta que tanto aprecio, como poeta, profirió sin viento en la solapa, un viernes por la tarde, en un programa cultural de la radio pública. Se desmonta fácilmente: Leopoldo Alas Clarín, Iris Murdoch, Tolkien, C.S. Lewis (...) Estos cuatro nombre me vinieron a la cabeza mientras corría el domingo por la mañana con el viento de frente, con la compañía de la música de banda inglesa de entreguerras: música de baile sin duda: Jack Hylton. Se podría decir que una formación universitaria no garantiza la creación de una obra literaria de interés, lo cual es cierto, pero, así también es verdad, lo contrario no garantiza nada de nada. Es este un asunto menor, lo que realmente tiene importancia es la duda ante las afirmaciones categóricas que intuimos que los datos desmotan sin piedad. La duda se instaló en mi manera de oír y leer tiempo atrás. Hoy celebro ese momento bajo el abrigo de la maravillosa música de Jakc Hylton.
+ Si en lugar de analizar la narrativa, lo hiciésemos con la poesía: la lista se multiplicaría. Abandono esta diatriba sin interlocutor y me dejo llevar por la música barroca y el café helado. Prefiero que mantenga en la memoria la música de Jack Hylton, juguetona y erótica. Dancing, cocktails and smoke. Pistas de baile, alegría deseada, vestidos vaporosos, uniformes militares o entallados ternos, tabacazo y whisky helado sin hielo, lágrimas de cristal y besos furtivos en la inmediaciones de la estación del metro. Ay, el West End. Jack Hylton es ideal para correr. Me callo y escucho.
+ One Two, Button Your Shoe:
One, two,
Button your shoe,
Put on your coat and hat;
I play a game like that
While I'm waiting for you.
Three, four,
Open the door,
Hurry for heaven's sake;
I count each step you take
While I'm waiting for you.
Five, six,
My heart does tricks
As I picture all your charms.
Seven, eight,
You're at the gate
And you walk into my arms!
Nine, ten,
Kiss me again,
Tell me you get a thrill,
Just as I hope you will
While I'm waiting for you.
+ Parece que lo inestable e inseguro es algo propio de este tiempo y nada más alejado de la realidad: no es propio de este tiempo, es propio de la vida misma, desde el momento en que surgió. El cambio es el motor, el cambio caracteriza la vida como ninguna otra particularidad. Hay cambios muy grandes y definitivos y otros cambios menores, pero con un alcance no sospechado. Siempre se instala una tendencia a considerar el presente como el peor de los mundos posibles, cuando la realidad se impone en sentido contrario: vivimos en el mejor mundo de los posibles porque no hay otro y al decir esto el presente se extingue para dar paso a un nuevo presente (así hasta la nausea). Dicho esto, el adjetivo “mejor” se caería por la imposibilidad de comparar. Y, para no dar más vueltas, lo escrito anteriormente tiene que ver con el ruido que los comentaristas originan en diversos medios de comunicación. Es un ruido que molesta y condiciona. Terrorismo, paro, devaluaciones, inflación, deflación, recesión, crisis, inestabilidad (…) Sin negar la verdad de estas realidades, la voz de los comentaristas me parece prescindible, mucho más cuando un día opinan de un asunto económico y otro día se van hacia lo ingenieril, lo militar, o lo filológico. No hay porque tener miedo. El cambio es la única seguridad a la que aferrarse, como explicación y ante cada nueva pregunta hay que poner por delante la palabra mágica: cambio.
+ Jack Hylton me acompaña en el ejercicio diario. Hago todos los días el mismo recorrido y he abandonado, definitivamente, el reloj en casa. Prefiero correr sin condiciones. Jack Hylton marca el ritmo y el ritmo es alegre y me ilusiona. Un suspiro es ahora la carrera, un regalo que la orquesta me da sin pedir nada a cambio, sin establecer registros. Música, sólo música.
+ Imagen: la parte trasera de la instalación, la mujer que busca la fotografía y ella se convierte en motivo para otro objetivo, que no es el suyo. Los puntos desenfocados arrojan luz sobre los motivos ocultos, o eso me gustaría (?)
sábado, 16 de julio de 2016
Tardes de julio
+ Leo con atención uno de los artículos del libro de Miguel Esteves Cardoso que compré hace unos meses en Oporto, en un centro comercial que hay junto a Ikea. El artículo se titula «Bom», es decir bueno. Finalmente, se trata de establecer un criterio clasificatorio válido para ordenar obras de creación, periodísticas, políticas (…) En resumen se debe otorgar un punto al autor si es buena persona, un cero si es mala; dos puntos si las intenciones son buenas, cero si son malas; por último, tres puntos si su elaboración es buena y un cero, consecuentemente, si es mala. Tras establecer el criterio analiza los resultados de las posibles combinaciones. He aplicado este sistema a dos o tres circunstancias de las últimas semanas y me ha parecido una herramienta útil. Se juzga al sujeto, sus intenciones y la realización de éstas. No creo que el resultado arroje una guía moral, pero sí otorga una cartografía útil y pretendidamente objetiva, con todo lo que importa este adjetivo. De seis a cero puntos. Ay, los sistemas de clasificación nos ayudan a comprender el mundo al tiempo que le roban el alma. Bendita ignorancia.
+ Cierro el libro que termino de citar y me dispongo a leer una páginas de la autobiografía de Pete Townshend. Por el placer del idioma, esa deriva que tenía Tom Ripley. Eso me lleva a rememorar viajes nunca realizados: en tren, por el centro de Europa, el Norte de Italia, el Sur de Alemania, trenes sin personalidad, con el encanto anticuado de la decoración de los años setenta: moquetas, dorados, luces pálidas y ambarinas. Oír idiomas que comprendemos dentro unos límites pero que no nos resultan totalmente ajenos es uno de los grandes placeres que el dinero no puede comprar. Estas son las posesiones que me interesan: tocar un instrumento, aprender un idioma, nadar, v. gr. El dinero es necesario, pero no lo consigue todo. Planificar viajes es una apuesta sin objetivo; es mejor dejar que fluya lo circunstancial y aleatorio,
+ «Cuando Hernán Cortés llegó a las fronteras del mundo azteca, uno de sus primerísimos pasos fue crear un municipio y hacer que sus hombre lo eligieran alcalde (…) Cuando dos ingleses se encuentran en una frontera salvaje, forman un club; los españoles fundan una ciudad» Felipe Fernández-Armesto en Historia de España, ed. Raymond Carr.
+ Si he recuperado la cita anterior, que será utilizada para otro propósito, se debe a una comida a la que asistí el otro día; una comida en la que durante el café se propuso un juego que consistía en elegir una persona relevante, célebre o famosa con la que ir a cenar. No pude contestar porque por mucho que lo intentaba no conseguía encontrar a nadie que me interesase hasta ese punto, ni nadie famoso ni nadie desconocido. Hoy, como tantas veces y con mucho esfuerzo, fui a correr y no dejé de pensar en ello. Mientras me seguía un perro muy simpático di con la solución: Felipe Fernández-Armesto, sin duda. Iría con él a cenar a un anticuado restaurante de Mayfair, con riguroso traje, con discreta corbata y dispuesto a escuchar y a preguntar. Las fantasías constituyen un buen pasatiempo para las sobremesas, al mismo tiempo, hay fantasías que prolongan su influjo tras los trabajos y los días.
+ Para comprender la verdad última del idioma propio es inexcusable indagar en alguno ajeno, cuanto más alejado mejor. Con ahínco. Esta afirmación oída muchos años atrás a un doctorando en filología hispánica ha marcado muchas de las derivas que en los idiomas he empleado mi tiempo: como si ahí hubiese una respuesta a unas cuestiones por plantear. El contraste semántico es una piedra de toque, me decía; y más detalladamente descriptiva es la respuesta cuando nos circunscribimos al ámbito de la fraseología, como si la intuición de una fraseología comparada pudiese dar el tono de una nación, de sus habitantes, de un espíritu nacional, de un espíritu del tiempo. Todo está muy bien, pero hoy cogemos un avión, nos plantamos en cualquier capital europea y lo que refleja la distinción son los pomos de las puertas, las cerraduras en sí, los carteles indicativos [baño de hombre / baño de mujeres], los enchufes o el envase de la pasta de dientes (...) Nunca se sabe dónde se percibirán las diferencias, pero estos haces súbitos son, ciertamente, inesperados y certeros. Entras en un pub y esperas ser atendido, que alguien te pregunte, te levantas y te diriges a la barra y nadie te pregunta, porque eres tú el que tiene que iniciar la conversación. No lo sabes y te enfadas por haber sido ignorado y la realidad es bien distinta, ya que eres tú quién no ha sabido actuar en este escenario. La gramática en el libro es como el código de circulación en la autoescuela; la vida o la carretera tienen ese algo inabarcable que las hace superiores y merecedoras de todo el interés posible; bueno, la vida, sin duda, contiene la carretera: uno entre sus incontables ecosistemas, pero ese es otro tema.
+ Imagen: algún lugar de Lisboa donde florece la abstracción.
sábado, 9 de julio de 2016
Escrito desde el pasado
+ Madurez/inmadurez. Leo con atención un artículo de Luis Antonio de Villena sobre Truman Capote. Se describe su figura, su prosa, el impacto de su biografía; más adelante Luis Antonio rememora un momento en que Colette le dice al escritor norteamericano que comparten algo: nunca llegarán a ser maduros. No puedo dejar de pensar en la afirmación. Desde que leí esta sentencia trato de encontrar los indicios que me aporten un sentido a mi destino. No creo en el destino pero sí en ciertas determinaciones; una vez más me remito a Heráclito: el carácter es el destino. La presión social sobre la biografía hace que me plantee si a lo largo de estos mis cincuenta años he madurado y la respuesta, afirmo sin dudar, es no. ¿Madurar?, madurar maduran las peras, le oí en una ocasión a un afamado filósofo, y la frase despertó la risa del auditorio, pero la frase a mí me causó una impresión que perdura. Si a esto le uno mi constante desinterés por los asuntos que a otros entretienen y apasionan, me convierto en una persona en los márgenes. Ahora, una vez escrito, no sé si esto es un vicio, un defecto o una virtud. Quizá ninguna de las tres cosas, pero sí es un estado permanente que ha condicionado el flujo de los días. La expatriación de la edad, del avanzar de los años. Son elementos que se suman: mis lecturas, la ausencia de hijos, la rutina diaria (...) La configuración de la persona responde a una pulsión que es difícil concretar, salvo, repito, su carácter, y ni siquiera pretendo aproximarme a una síntesis, pero, después de leer el artículo de Luis Antonio de Villena, veo cómo el eje madurez / inmadurez describe con perfección a las personas, y yo me remito al segundo grupo. No es un vocación.
+ La poesía tiene respuestas a interrogantes no planteados. La voz de los muertos, las preguntas de los locos.
+ Veo las fotos de la campaña electoral una vez que ésta ha pasado. Son las seis y cinco del día de las votaciones. He cumplido con mi deseo de votar. Poco espero, pues carezco de la necesaria ilusión para tener anhelos o esperanzas. Sólo he votado, sin miedo y sin esperanza. Veo las fotos de la pasada campaña electoral y me detengo en una de un mitin al aire libre, pero en lugar de fijarme en los candidatos, en la felicidad de la gente que asiste, en los niños y los perros, estudio el paisaje urbano, el cielo limpio del inicio del verano, ese aire del atardecer en Madrid y pienso que esa calidad humeante, polvorienta de verano es equivalente a la que se dio, en algún momento, tras una batalla. Con esa idea sin anclaje, abro un tomo de Julio Martínez Mesanza. Por la lujuria de la lectura, busco uno de los señaladores que me llevarán a un poema escogido: “Preferencias”. Copio: “Si acaso, los hangares en desuso,/ las estaciones fuera de servicio,/ el laberinto en las fundiciones,/ el brumoso extrarradio, un descampado (…)”. Lo que recoge el poema es lo que me inspira la foto del mitin. Esos sedimentos otorgan el alma al instante de la historia, que no asegura nada, ni conocimiento, ni melancolía, ni inspiración. Una deformidad que me aleja de las preferencias habituales. La ruina, la fábrica abandonada, la estación de metro, el cartel rasgado que hace años que caducó. En definitiva, una suerte de detritus que resuelve más que los análisis, las valoraciones, los estudios y los ensayos. Cierro la ventana en el ordenador y las imágenes y sus protagonistas se alejan a su mundo inconcreto. Qué vapor en la tarde de junio, cuando ya se aproximan los resultados. Leo que, según los últimos datos, la participación es inferior respecto a las elecciones anteriores, las elecciones de diciembre. Sin miedo, sin esperanza.
+ Una pizca de frivolidad. Conduzco y como tantas veces tengo la radio conectada. Unas veces escucho las emisoras convencionales y otras me dejo llevar por la cadencia de Radio Clásica. Una tarde de la semana pasada escuché una entrevista con un cantautor. Se quejaba de que la etiqueta cantautor resultase peyorativa, que los chicos del 15M lo rechazaron cuando allí fue. Luego protestó por la frivolidad de los años ochenta, ya que esos artistas eran deudores de una lucha izquierdista que no terminaban de reconocer, pero de la que eran deudores y nada de lo que hicieron hubiera sido posible sin esos sacrficios. No lo dudo. Clamaba contra la frivolidad con dureza. La frivolidad repetí la palabra mientras el tráfico discurría plácidamente: motos, bicicletas, camiones, coches, todos en una aparente armonía. Yo no soy serio, yo tengo una parte importante de mí que es muy frívola, me dije y acudí al recuerdo de pequeños objetos que me acompañan en lo diario. Muñecos de plástico, narices de payaso o gatos dorados (...) Son elementos intencionadamente ligeros, evaporados, prescindibles. Qué le voy a hacer. Me gustan ciertos ornamentos porque aportan a la vida un grado de ironía muy necesaria para luchar contra los embates de la tristeza y el cansancio. Cuántas veces me ha repuesto observar durante unos minutos el muñeco de plástico que representa a Herman Munster, su sonrisa amplia, su maletín metálico, esa actitud de dirigirse al trabajo con total normalidad pese a su indiscutible condición de monstruo. Ay, los monstruos, su ternura y su violenta presencia. Ay, las matrioskas, la plateada maqueta de una Vespa, la caja vacía de galletas de la fortuna [Fortune Cookies], postales de tiendas francesas de complementos [carísimos]. Cómo se casa todo esto con mis ideas sobre la sociedad, la política y lo diario, lo aceptable y lo inaceptable. El enlace se establece mediante un pensamiento que sostienen la sospecha y la duda. Contra la desconfianza tiene que existir un elemento que equilibre los pesos. La tristeza no es buena consejera y lo frívolo aporta ese grano de sal que permite sonreír y saltarse la circunspecta realidad diaria, que nos aboca a la respuesta final: la muerte. Lo frívolo es una herramienta, un conjuro, una apuesta por la sonrisa / la risa. Astro Boy me mira y yo lo miro. Gracias por tu apoyo, le digo y él continúa con su tarea.
+ En latín se distinguen tres tipos de beso: osculum, beso de respeto; basia, de cariño; y lascius son los besos de placer . "Basia coniugibus, sed et oscula dantur amicis,/ suauia lasciuis miscentur grata labellis”. La realidad se construye lingüísticamente, por mucho que algunos se opongan a esta evidencia. Tres tipos de besos frente a un único beso, el nuestro. ¿Es equiparable?
+ Para otro momento: diferencia entre datum y factum. La precisión del lenguaje no es una cortesía, es una obligación.
+ Imagen: el pantógrafo tiene algo de constructivismo ruso, un constructivismo adelgazado hasta la mínima expresión, un aliento abstracto donde se conserva una edad. Sólo son evocaciones que contrastan con las ráfagas de fotos que vemos hacer a otros turistas. Nuestro turismo es una cacería de elementos pictoricos sin mayor objetivo que el disparo de la propia foto, la vibración del momento y el disparo. Nada más. Eso y este contenedor, este muestrario.
sábado, 2 de julio de 2016
The very back row
+ Sábado por la mañana, quizá son las ocho menos veinte. Escucho a los Who, veo el tomo de la biografía de Pete Townsend en un estante, me preparo para ir a cortar el pelo, como se dice en una canción de los Who: cut my hair. Mientras escribo pienso en cómo hay razones que nos llevan a una cierta poesía y, al tiempo, otras nos alejan de esa misma poesía. Hay una oscilación: unos días sí, otros no, el resto: en el centro, sin substancia. Me refiero a Luis Alberto de Cuenca. No sé por qué tomé el Cuaderno de vacaciones, lo comencé a leer y no pude estar en mayor desacuerdo. ¿La vejez? Como casi siempre, el significado de las palabras es variable e inaprensible en la entomológica encuadernación del diccionario. El que ayer era viejo hoy todavía es joven, algo que funciona simétricamente. Vivir como si nunca uno fuese a morir, y, antes de dormir, pensar en que el sueño es una imagen fiel de la muerte, me decía alguien al pie de una montaña que debíamos coronar. ¿Lo entendía? El tiempo cargó de significado la afirmación. Resucitar a la mañana siguiente y emprender el día con ilusión, con la alegría fortuita y sin más cimiento que el tiempo y su disciplina, comprender esta disciplina otorga el control sobre sus efectos, aunque no elimine las devastaciones. De Luis Alberto me gustan su elegancia, lo cercano del Madrid que traza: paisaje, figuras y circunstancia, la fuerza del amor y la grandeza de la sensualidad, esa defensa de la filología, cuándo ya no es que se obvie sino que se odia (?) por inútil. También, cómo no, el grado cero de la frivolidad. La poesía se desvanece para resucitar en la voz que se agita y se rebela contra esa sentencia: sólo el dinero nos alienta. Estos equilibrios y balances construyen la biblioteca imaginaria, inmaterial y móvil, la biblioteca que nos acompaña en la soledad en las salas de los aeropuertos, en el trayecto al trabajo, en el ascensor o en la escalera mecáncia. Los acuerdos y los desacuerdos. La proximidad y la lejanía. Volveré a la playa, volveré a llevar sus poemas a la playa, un lugar excelente para leer a Luis Alberto de Cuenca, aunque, qué gran verdad, haya cosas que no me gustan, pero qué poesía sería sin se pudiese hablar con ella, disentir, enemistarse y lograr una reconcialición, pero, finalmente, a quién le interesan los tibios.
+ Al fin y al cabo, la vejez y la intensa presencia de la muerte responde a un espíritu barroco, tan español, con tanta constancia presente en todos los ámbitos vitales. Una poesía certera nos lo transmite. Como sucede con el romanticismo, cabe la posibilidad de no limitar lo barroco al ámbito de una época histórica. Puede rebasar este dominio y lanzarse a uno mucho más amplio, que traspasa los límites de lo artístico y se mezcla con lo ordinario, con la vida cotidiana, más allá de su siglo, más allá de las bibliotecas. Veo esta razón en los poemas de Luis Alberto de Cuenca que he antes nombré y, así, retomo una cita que nos entrega, que procede de Hijos de la ira, de Dámaso Alonso: “Ahora que he sentido los primeros manotazos del súbito orangután pardo de mi vejez …” Sobre ella medito, la abandono y regreso a un poema anterior: “Dulce Carmilla”: “Son dos chicas muy jóvenes (aunque una / tenga doscientos años más que la otra). / Se quieren. Se codician. El terror / siempre ha sido una excusa inmejorable / para mostrarnos ciertas situaciones / que la moral tradicional no acepta / más que dentro de la literatura”. El árbol que cae, la sensación de la mano sobre la mano, la espalda, los senos acariciados por otros senos (…) Cómo contraponer la vejez y su orangután al amor entre dos adolescentes, el amor tierno de la mujer vampiro y su amada, Laura. Laura y Carmilla, otra vez. Cómo conjurar el fantasma de la edad. ¿La alegría?
+ “Si no se puede medir, no es ciencia”. ¿Lord Kelvin?
+ Sigo indagando sobre los años noventa. ¿Qué puedo ver ahí? Lo que fui. Con ese mar insondable: los presidentes de gobierno, los asuntos del poder, jueces, fiscales y magnates de la prensa, escritores, peridodistas y traidores, curas, vecinos, muertos, vivos y resucitados, reyes, príncesas y concubinas (...) Cuando leo me llegan imágenes de telediarios y conversaciones sobre aquellos asuntos y otros no nombrados, paralelos. Recortes de prensa que amarillean en un carpeta olvidada. El tiempo todo lo difumina. ¿Es esa borrosa imagen que nos queda el único rédito que se obtiene, cuántas voluntades han sucumbido, cuántas veleidades son humo, ceniza imposible de la soberbia? Y escribo y sé que lo que escribo es el menosprecio de corte y elogio de aldea, aquí en mi cámara: los libros, la música, los dibujos y las notas. Es una humilde imagen o es la única posibilidad. Sin ambición no se avanza, pero la ambición es lo que precipita a los hombres al abismo. Faetón o Ícaro son emblemas de la vanidad: el amor propio desmesurado, la inconsciencia, la ceguera que produce el reflejo en el espejo. El abismo es un dilema que se plantea en el día a día. El abismo dibuja el discurrir de todas las biografías. El abismo. Desprenderse de la coraza que hemos trenzado durante largos años, sin fe, sin esperanza, sin miedo.
+ Vaya, alguno hay que no entiende cómo ha perdido el favor del electorado. ¿Continúa cegado por su reflejo en el espejo o, tal vez, como Narciso, está a punto de caer en el agua, a punto de ahogarse?
+ Imagen: nubes.
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