sábado, 3 de septiembre de 2016

Propocionalmente





+ Escucho en Radio Nacional, (R1) a Emilio Gutiérrez Cava. Me gusta como habla sobre su profesión y sobre los trenes. Estimo la interpretación  como un oficio y las circunstancias de este oficio en la boca de un trabajador reflejan una verdad que no admite duda; así, me gusta oírle como me gusta oír a los carpinteros o a los que para ganarse el sustento se ocupan de los jardines, de un huerto o de la limpieza de las playas, y hablan de las labores diarias sin darse mucha importancia, o, mejor, ninguna. Por ejemplo. Hay algo en quién vive el oficio desde el núcleo de su esencia, sin poner, ni quitar; que lleva al elogio de la rutina, los cimientos de las tareas y de los logros. Dice, más tarde, que la crítica en sus inicios no lo estimo demasiado, una porque tenía un aspecto blando y otra por apellidarse Gutiérrez. Una, dos tonterías muy notorias, pero la biografía las desdice sin aspavientos.

+ Los trenes. Yo viví mi época de trenes, en la infancia. Viajes que duraban todo un día, a pesar de que la distancia no llega a los doscientos kilómetros. Trenes correo, enlaces y correspondencia, estaciones de tren con olor a gasoil y a café con leche, pan y leche tibia; por contra, tabacazo y vino mañanero en las manos de los que poblaban los cafés. Recuerdo los billetes, amarillos y azules, pequeños, impresos en un cartón duro y barato. Aquellos trenes con pasillos e infinitas posibilidades narrativas. ¿Dónde anidaron aquellas novelas que nunca nadie escribió y, tal vez, nunca escribirá?

+Nemo dat quod non habet. Nadie da, lo que no tiene.

+ No he dejado de pensar en una película que nunca vi, pero de la que conozco el conflicto con precisión. Se trata de Los Visitantes, con Jean Reno y Chistian Clavier. En primer lugar, no tengo intención de verla, ninguna, y no quiero averiguar si me gustaría o no me gustaría. Pero eso carece de importancia, es algo que va más allá del entretenimiento, aunque, también, sea entreteniento. Lo que me interesa es el punto de vista: dos hombres vienen de la Edad Media mediante un viaje en el tiempo y se plantan en nuestra era. Me interesa la perplejidad. Yo pienso en ello cuando estoy solo y trato de asumir esa condición de extrañamiento, con la idea de maravillarme con todo lo que me rodea, desde el bolígrafo Bic hasta los camiones articulados. Cada elemento del presente merece una glosa, me digo y veo mi anticuado teléfono móvil y me dijo que sí, que también es un prodigio, así: el ordenador, las balizas en la carretera, la iluminación de las gasolineras a las nueve cuarenta y cinco, cuanto todavía la noche no ha cubierto totalmente el paisaje. A renglón seguido, recuerdo imprecisamente una cita de Nabokov en la que reclama las maravillas del presente, y hace hincapié en la llegada del hombre a la luna. Yo hago lo mismo mientras conduzco, cuando corro y no dejo de fijarme en los futuristas atuendos que llevamos los que corremos: azules, naranjas, verdes, amarillos, esas zapatillas multicolores y con reflectancia, las gafas de sol o los auriculares. Finalmente, lo que suma es el asombro y él me descanso cuando me aburro, es decir: nunca.

+ Un poco más sobre la anterior: me dejo sorprender por el coche que me adelanta cuando compruebo que en el asiento trasero un niño ve una película de Winnie The Pooh, veo al osito tras las ventanillas, veo el colorido de la película de dibujos animados en la oscuridad de la noche, en el interior del coche. Con una llama multicolor el coche se aleja y yo quedo a solas con la Pastoral de Beethoven, acogido por las lechosas luces de las farolas. Beethoven, conducción y luces. Todo tan moderno, tan intemporal. Muere el día.

+ Encuentro unos sueltos de un libro de autoayuda. Me detengo y leo con atención para comprobar que todo lo relatado estaba ya en las Meditaciones de Marco Aurelio. Veo un vídeo de un profesor de filosofía en una universidad mexicana y afirma que Zaratustra no deja de ser un libro de autoayuda, le escucho y termino por darle la razón. Ahora me paro y pienso en el concepto y en la necesidad de no tener miedo, de dejar a un lado lo terrible. ¿Es la meta de la vida la felicidad? Probablemente, pero sin pensar mucho en ella, sin marcarse metas, más bien como el que cabalga la ola con lo único que es realmente: lo presente. Amanece, corro, leo, como, trabajo y regreso a la cama. No hay otro proyecto, la lectura es la centralidad pero podría prescindir de ella, eso quiero pensar. 


+ Imagen: la pantalla como vehículo de comunicación distorsionada por el disparo fotográfico; una trompe de oeil, el reflejo del reflejo, la reflexión sobre lo reflexionado, las transiciones futuristas hacia lo abstracto.

sábado, 27 de agosto de 2016

Madrid a mediados de agosto (y 2)




+ Caminábamos despreocupadamente por la calle de Sagasta en Madrid y C. llamó mi atención sobre un kiosco. Era tal la cantidad de libros que allí se acumulaban que semejaba imposible acceder a su interior, pero, al fondo, una figura agazapada escudriñaba un tomo o lo que parecía un tomo. El día era luminoso y en el interior de aquel angosto local la luz era polvorienta y escasa, salvo el rayo quebrado que baja de una lámpara de aspecto inmemorial. ¿Qué historia se escondía en esa cueva de libros y oscuridad? Estudié los libros que tenía a la venta en las jambas de entrada: unas biografías que se regalaban con un periódico diez o quince años atrás, algunos descoloridos tebeos, también manuales de acupuntura, novelas del oeste, novelas románticas [en ese sentido pastoso y cursi con que se quiere denominar a las folletinescas historias de amor]. Y entre todos ellos un libro de crítica literaria y un texto de introducción a las matemáticas superiores. El revoltijo era considerable, ese torbellino de libros respondía a una desorganizada acumulación de detalles y motivos que traspasaban nuestro momento histórico para posarse en el cantil del presente y asomarse al vértigo del pasado o del futuro, lo que no deja de ser lo mismo: la nada. Ay, náufragos del mundo digital. Y, otra semana, repito: ni tengo whatsapp, ni me he tatuado, así siento una extraña solidaridad con el hombre que en el fondo del kiosco se entretiene con un libro, con todos los libros posibles.

+ Hice una foto del motivo anterior, pero no refleja la realidad del desorden [¿desorden o particular ordenación?, los puntos de vista son los que hacen que lo real varíe, así: tacho lo anterior en la libreta, pero dejo constancia de ello]. La fotografía es muy limitada, puede documentar, pero le resulta imposible capturar el alma, en contra de lo que ciertas culturas presumen. ¿Es un absoluto lo anterior? No, hay fotos que traspasan sus limitaciones, pero eso sucede cuando abandonan la literalidad del instante, cuando se sitúan en el vértice que lo posible establece con lo imposible. Aquí no se dio.

+ «Uno de mis críticos menos perspicaces observó recientemente que parecía reescribir mi propio mito central en cada libro que elaboraba. Desde luego así lo hago, y nunca leería o confiaría en un escritor que no lo hiciera también». De la introducción a El camino crítico, ensayo sobre el contexto social de la crítica literaria, de N. Frye.

+ Una palabra: preternatural: [adjetivo] que se halla fuera del ser y estado natural de algo. Copia y pega del Diccionario de la Real Academia. En un proceso de acotación de la realidad hay palabras que van mostrando las balizas que nos ayudaran a determinar esos lugares donde establecer un campamento, por unos días, por unas horas. Así avanza el viaje y después nos olvidamos de los momentos que allí estuvimos, así es el viaje. Hoy preternatural, ¿mañana? Y el adjetivo no deja de remitirse a poderes especiales, poderes en poder de los vampiros, los ángeles o los zombis. Toda insinuación es inclusiva.

+ Escucho al rapero Bishop Nehru, que nació en 1996, al tiempo comienzo la lectura de mi ración diaria de historia de los Siglos de Oro. Lo reconozco, tengo una acusada tendencia a lo paradójico. He pensado que se trata de una tendencia de mi tiempo que se refleja con perfección en la prensa diaria, en los suplementos dominicales o en la revolución de internet, también en la radio o en la tv. Lo paradójico, esa noticia que salta cuando el hombre muerde al perro o una perra amamanta gatitos. Así es como yo construyo estos mundos efímeros y marginales, en los márgenes de la rutina, la amada rutina. Cierro el ordenador y regreso a Elliott.

+ ¿1996? ¿Fue ayer, antes de ayer? Quién sabe, he dejado las estacas de los años para otra vida.

+ En Noviembre volveré a Madrid. Como si durmiese, como el lecho de un río que se contempla desde un puente.

+ Imagen: los elementos que de los edificios no se ven; como una posibilidad geométrica, un cuadro no pintado, una calderilla de las imágenes pero con la pregunta que late sin llamar la atención, pero que está ahí, sin solemnidades ni pretensiones.

sábado, 20 de agosto de 2016

Madrid a mediados de agosto (1)




+ La playa, el libro de poesía de todos los años [una antología de versos de Luis Alberto de Cuenca], el fulgor de los cuerpos jóvenes, la limpieza de las edades maduras y el lustre de los viejos que disfrutan de la energía del agua salada y el sol. Hay un rito en este acudir anualmente a la playa, en la manera de conducir hasta allí, en la música y en las conversaciones con mi padre. Ayer C. y yo regresamos de Madrid y el colofón a unos tranquilos y fructíferos días de vacación y cultura no podía ser otro que la playa y sus beneficios. Cuando llegue el invierno este recuerdo será el medicamento con la tristeza de la lluvia y el frío.

+ Tampoco la lluvia y el frío traerán tristeza.

+ Madrid tiene infinitas posibilidades. Lo hemos comprobado, una vez más.

+ El calor, en ningún momento, ha sido un problema, más bien todo lo contrario. Según la tarde declinaba, una brisa cálida y muy agradable nos vestía de sensualidad. Momentos para estudiar cómo los edificios son el decorado ajustado a la obra teatral que cada día interpretamos. El teatro y la vida, qué momentos. Caminar sin rumbo, cerveza en terrazas impares, exposiciones y tiendas ocultas, librerías o tiendas de ropa, té o quincalla. Todavía palpita el tiempo anterior en las calles que dejamos atrás, tiempos que vivimos o tiempos que nos contaron, tiempos que trenzan el relato y nos despistan, nos engañan y hacen que sonriamos: el tiempo se ha detenido.

+ El paso del tiempo es el tema, siempre es el tema. Visitamos la exposición de Hiroshi Sugimoto y encontramos allí la constatación de intuiciones por concretar, vanas nieblas en la mañana de la vida. La simulación articula el sentido de la fotos y traslada esta simulación a la totalidad de la existencia mediante los dioramas, las figuras de cera, los horizontes y los cines vacíos. El disparo en sí de la cámara es una herramienta que pone al descubierto zonas vitales que se enmascaran en artificios; una vez desdeñado, del artificio surge una verdad que ni se impone ni se puede esquivar. Es la técnica la que establece un marco idóneo para la reflexión. Como apunté, hay cuatro series: los dioramas, en donde las escenas naturales adquieren verdad mediante la composición, el blanco y negro y el gran formato; los cines, en los que la larga exposición sobre la pantalla arroja una lechosa certeza que nos aproxima a la muerte; los retratos de figuras de cera oscilan entre lo real y su transposición, una nueva realidad, tan discutible / indiscutible como aquélla de la que parte; y, por último, los horizontes marinos. Estos últimos me trasladaron a un mundo visitado y olvidado, porque recordé una travesía en barco entre islas del archipiélago canario, porque recordé los últimos días de mi madre, porque me sentí muy unido a C. La posesión de una biografía marcada por un sentido poético nos aproxima a una esencia indeleble: no es una cuestión de cantidad, ni calidad, es la manera de estar, de ver y de entender o la capacidad para disfrutar en una mañana de agosto, con la persona amada, del triunfo del arte sobre la muerte. ¿Triunfo? Ya que de esto trato, eso es lo que veo en los horizontes. Me gusta recordar que H. S. no utiliza ni cámaras digitales, ni herramientas de retoque digital; en ello veo un proyecto y una misión simbólica. Yo no tengo whatsapp, ni tatuajes, ni me he anillado, tampoco me interesa la televisión, pero, simultáneamente, no creo que estas carencias, por decirlo de alguna manera, me protejan de peligros o de situaciones incomodas, ni siquiera es una cuestión de estilo o se trate de un código de buenas prácticas, es que no tengo ninguna de estas necesidades, si necesidades son. Necesidades, pocas. Y cierro el ordenador y me dejo llevar por la imagen de una de las esposas de Enrique VIII, una estatua de cera con más vida que difuntos que caminan por la calle.

+ ¿Por qué se han quedado en el tintero las fotos de
Hiroshi Sugimoto realizadas sin cámara, fotos de fenómenos eléctricos sobre la superficie de un negativo? Con todo, la foto que he elegido para ilustrar esta entrada nos remite a esa poética abstracta. Los olvidos caracterizan al olvidadizo.

+ La única compra que hice fue un libro sobre la biblioteca del Greco. Compré el libro en la librería del Museo del Prado. Casi no lo he abierto porque deseo reservarlo para el invierno, cuando el viaje sea un grano de nostalgia y el libro permita reconstruir los paseos sin demasiados propósitos por las salas. Sólo por ver pintura, sólo por estar allí.

+ Como complemento al a exposición de Hiroshi Sugimoto, visitamos el Museo Arqueológico Nacional. El recorrido museístico muestra algo sobre el hombre que resulta indiscutible: su negativa a aceptar su temporalidad y la lucha contra esta finitud. ¿Es esto lo que determina el progreso, el conocimiento, lo poético de cada acción poética?

+ Escritores que se desvanecen, al tiempo que se ven sumergidos en el polvo del tiempo. Fotos, botellas, cuadros, togas, birretes, manuscritos, fotos, retratos al óleo, plumas, medallas, diplomas, borradores, oropel y dignidades. Todo se lo come el paso del tiempo; bien, todo no, todavía subsisten jirones, pero la digestión continúa. Y la frase tópica: hasta un día el sol dejará de lucir.

+ Imagen: una foto de una foto de Hiroshi Sugimoto.

sábado, 13 de agosto de 2016

Las ninfas y los incendios




+ Hijas de los ríos y enemigas de las diosas. Ninfas que huyen entre los árboles del bosque. Son simulaciones, son ideas que surgen cuando uno conduce y establece una ruta que ha sido previamente marcada. Las ninfas parecen habitar el bosque que se extiende en los márgenes de la carretera. Ciervos, cuervos, conejos. Siempre tienen un disfraz a mano para poder camuflarse y no ser descubiertas, así son las ninfas: invisibles en su emboscarse. Música callada, latidos humanos, el tambor de la noche. La música de un profundo piano marca la conducción, son los ritmos agradables de las últimas horas de un lunes, cuando ya la noche comienza a extender su manto. Se percibe, sobre los montes, el dibujo de las constelaciones. Todo se ha detenido y las luces de los pueblos en las faldas de las montañas son una promesa de tranquilidad. Cada luz una vida, una familia, una reunión. El vino, la fruta, el sensual comienzo de una aventura, el amor y la paz. Agosto sitúa su domino en los límites del mundo. Apago la radio y disfruto del sordo sonido del motor.

+ Para un inminente viaje a Madrid he recuperado de la estantería High Fidelity. Me trae tantos y tantos recuerdos. Fue uno de los primeros libros que, con mucho esfuerzo, puede leer en inglés. Lo leí a trompicones y con constancia, como un trabajo; es cierto que lo había leído con anterioridad en español, lo que era mucho más que una ayuda, pero supuso, a pesar de la muleta, una coronación en mi biografía de lector. Dentro mi prescindible cursus honorum, el libro explica muchas cosas que me atañen y que atañen a algunos los que mantuve relaciones intensas y que hoy han desaparecido. Lo resumiría en la pedantería musical como tipología de una incapacidad para crecer, un empeño en mantenerse en una perenne excursión de fin de curso, tras el bachillerato. Ahora lo veo y sonrío, sé a qué se refiere el autor cuando muestra las listas. Top five most memorable ________, y aquí, en el hueco, pueden ir tantas y tantas cosas, o ninguna. Con lo último me quedo: la nada.

+ [Incendio 1]. Monstruosas columnas de humo se elevan sobre los montes. Son espesas y grises, si uno se fija forman imágenes que desconciertan y asustan sin necesidad de alcanzar una forma humana o animal. El fuego es un misterioso reflejo, ese punto inasible que nos resistimos a explicar por la ciencia y que preferimos ir hacia la ebullición mítica, cuando todavía no existía un método. En un momento veo, a lo lejos, el dibujo de las llamas entre los árboles. Una vez estuve en el medio de un incendio y no he podido olvidar el crepitar que no dejaba de ser una voz, una voz que susurra e hipnotiza. Pero el fuego se aproxima a las viviendas y el llanto de una chica resume la totalidad del desastre, ahí se condensa la tragedia que supone. Luego, el silencio. Conduzco y la música me ayuda a centrarme y no divagar. Todo es silencio, humo y vibración. El puente de Rande se ve oculto tras una pesada columna de humo, no cesan los incendios. ¿Qué hacer?

+ [Incendio 2]. Ha pasado un día entre este apunte y el anterior. El incendio nombrado no se ha terminado, por contra: hay dos o tres más. Al anochecer, desde la otra orilla de la ría se ve como las columnas de humo se elevan iluminadas en su base por el fuego. Hay algo bello y maléfico en su geometría y en sus colores. Es una substancia diabólica, luciferina, atravesada por el engaño y su consistencia: la destrucción. Las casas, los recuerdos que atesoran, los créditos contraídos para poder elevarlas, historias y olvidos, ese aliento fundamental de los árboles, los bosques y los animales que los habitan. Se dice que son incendios intencionados, y esto da que pensar. La estupidez y la maldad pueden ir juntas de la mano y concretarse en acciones con consecuencias funestas e irreparables. Espero que se detenga ya esta peste, pero no soy optimista. ¿Qué escribiré mañana?

+ [Incendio 3]. Vi como el fuego rodeaba las casas, a los aviones sobrevolar los tejados y descargar su carga de agua, las brigadas contra incendios. Vi a las personas desesperadas. Y el fuego ascendía en un baile infernal. Cayó la noche y volví a ver las espesas columnas con sus bases de fuego opaco. No hay nada que transmita la desazón que produce el espectáculo, un espectáculo que nos aproxima al fin, a la destrucción. Huele el aire a esa destrucción y la noche se torna inquietud y presentimiento, me gustaría tener una oración para el momento, ni siquiera sé si existe, pero sí el silencio se impone aunque no explica.

+ ¿Se han detenido los incendios? La casa huele a humo y me pican los ojos. Mis ojos son muy sensibles y se irritan rápidamente, ya sea la lejía, la cebolla o el humo. Ese dolor se une al que sentí, moralmente, cuando vi, el martes, como el fuego comenzaba a rodear las casas cerca del río. Ahora parece que todo se ha detenido y, ayer, cuando anochecía, podía ver las laderas calcinadas y la tierra humeante. Ay, las ninfas, los animales, los árboles. El bosque, como metáfora, como promesa.

+ Comencé las semana con el pensamiento extraviado en ninfas, fuentes y bosques, la semana impuso esa destrucción del incendio. Las ninfas han muerto abrasadas, pero sobre las cenizas volverán a florecer. Es una pasión que no se agota con el fuego, y esa es la victoria. Nec metu, nec spe, otra vez. 


+ Imagen: el trabajo de la corrosión sobre el hierro, esa marca informalista que ofrece paisajes llenos de evocaciones: el ocre y el amarillo. Es un marco adecuado que podría tener otra lectura, la que aquí requiere se resume en una sola palabra: envejecimiento.

sábado, 6 de agosto de 2016

La señorita R&R, los sueños y el estío




+ La señorita Rock And Roll aparece en una canción de Amaral que habla de los amigos. La canción me gusta. Amaral me gusta. Me gusta la expresión en sí: la señorita Rock And Roll; hay una parte del pasado que se identifica con lo que la canción inspira. Noches oscuras en locales oscuros, oscuras bandas de rock, bebidas transparentes y venosas, drogas caras e inicuas. El mal y el bien, la belleza y lo feo, mujeres, hombres, animales de compañía y animales salvajes con nombre de reptil y aspecto angelical. Tal era el engaño de aquellas señoritas y sus novios, las guitarras afiladas y los amplificadores potentes y contumaces . Era una rebeldía de fin de semana, provinciana y barata, un carnaval adolescente ampliado hasta la nausea. Pero oigo la canción de Amaral y, sin arrepentimiento, me río con ganas. No es momento para arrepentirse. Toda la biografía se dirige a un punto que pretendemos ignorar. Son mis amigos dice Eva Amaral y la comprendo, ahora que el tiempo ha pasado y muchos de ellos se han difuminado y otros han venido. No hay casilla vacías, no hay casillas ocupadas, sólo es una sensación de niebla y transición. Esa es la diana.

+ Los libros se acumulan y el tiempo escasea. Hay dos o tres programas en marcha, que avanzan lentamente, pero con seguridad. Es como afiliarse a una dieta de poca comida y mucho ejercicio, los resultados son sólidos, pero es necesario conocer que la meta está lejana. La lectura es una virtud, y como tal costumbre reiterada y admitida se hace parte de la vida, pero es necesario estar dispuesto a abandonarla, a renunciar a sus beneficios. Quedará el recuerdo y todo será tiniebla, casi ni siquiera eso. Los libros son una invitación y su estatismo es engañoso, cambian como nosotros cambiamos y lo leído hoy se vuelve disímil, porque sabemos que no seremos los mismos mañana. Esas son las tinieblas: la inconsistencia de lo leído, el contraste con lo que entendimos y lo que entendemos.

+ La indagación sobre el barroco se transforma en una indagación sobre el estilo. ¿Somos barrocos, románticos o vanguardistas? ¿Una mezcla de todo a un tiempo? Veo las  fotos que voy colgando [aquí] y me apunto a lo último; si releo no sé si sumarme a lo primero o a lo segundo. Si voy a correr, todo queda en suspenso y ésta resulta ser la mejor alternativa. El vacío; un día sin trabajo, un día sin comer.

+ No me desprendo de la imagen que Blas de Otero otorga en el último endecasílabo del soneto «Hombre»: «¡Ángel con grandes alas de cadenas!». Se posa en un sueño que no tiene lugar, pero que veo cuando corro bajo la lluvia y suena la música ensordecida por el zumbido de unos potentes amplificadores: acoples que son silbidos, silbidos que son anuncios. Llueve y corro sin pensar, salvo en la imagen del ángel que intenta elevarse, pero esas cadenas como cadenas de buques lo lastran, pienso en iglesias visitadas en la noche, sus altas y modernísimas vidrieras de 1965, su geometría que se alza limpia y extemporánea, inmensa en la noche, como su cripta, como ese retablo realizado con restos de un desguace en Bilbao. Se puede permitir un poco de espiritualidad en este momento de prisas y teléfonos supuestamente inteligentes, en el mundo del tatuaje, el anillado y el amor urgente y electrónico. El ángel no eleva el vuelo y yo pienso en aquella iglesia o basílica, en aquella tarde-noche de lluvia, en Madrid, en un bar y las gentes que lo poblaban en la sórdida noche de una Semana Santa que no terminaba de comenzar. El ángel no emprende el vuelo y tiene un extraña proximidad con lo soñado, aunque no haya sido así, ya que sólo es lectura y memoria. ¿Otra manera de vigilia, otra forma de sueño?

+ ¿Resulta conveniente relatar un sueño?, ¿no es, acaso, una falta de estilo, un recurso fácil y en desuso, casi una falta de respeto hacia nuestro interlocutor, hacia nuestros lectores? Carecen de importancia estas salvedades porque esta redacción es un impulso que proviene de una necesidad primitiva y sustancial. Me acabo de despertar y antes de entrar definitivamente en la vigilia relato mi sueño.: “C. y yo nos dirigimos en coche hacia un lugar indeterminado, nos detenemos porque la lluvia ha cubierto totalmente la carretera, no llueve agua, es una película de aceite; tras nosotros se detiene un Land Rover, alguien nos invita a entrar en una casa; entramos y allí una extensa familia nos recibe, se muestran amables aunque haya algo robótico en su comportamiento, dentro de su especial afinidad algo desafina, su elegancia natural no es tan natural, estamos con ellos y hablamos, son cariñosos y guapos, dormimos allí y finalmente, cuando voy a relatar lo que ahora relato mediante la escritura en el procesador de textos [este mismo procesador de textos], me encuentro con que el ordenador está totalmente cubierto por cera: está inservible, es la cera que ha caído de unos candelabros que componen una escena barroca.” Nada más.  La importancia de lo que soñé está en las estancias, en los muebles, en un balcón que se asoma al mar. Qué estáticos son el matrimonio y sus hijas, tan guapas e interesantes, pero tan robóticas. Pero el relato del sueño no vale nada, la descripción de este sueño cargado de elementos decorativos no vale nade: piedras que se iluminaban, bañeras excavadas en la piedra donde aletean peces rojos y azules, tocadiscos y aparatos de radioafionado, muebles, alacenas, vajillas y candelabros, gatos, y el padre, que añora sus días de capitán de barco y sentado ante el mar no suspira, sino que permanece en silencio y medita, parece meditar (?). El relato es pobre y no transmite nada de esto que ahora se desvanece en los abismos de mi memoria, ese lugar desde donde emergió el sueño, este sueño tan decorativo [y robótico]. Y respondo a las primeras preguntas: es conveniente, pero nunca se conseguirá reflejar lo soñado y, en un primer momento, el soñador reconoce ese mundo que acaba de abandonar, luego ya no, luego es un mundo perdido, del que un ha sido expulsado para siempre. Los sueños terminan por resultarnos ajenos como imposible es su relato. Regreso a la cama, sin esperanza.

+ El verano se me hace largo. Y, como culminación, este año todavía no he ido a la playa. Extraño la playa y ese sosiego infantil que me aporta. El verano se me hace largo. Corro, leo, trabajo; la suma de estas partes componen una totalidad con un orden rígido e invariable, le podemos sumar el sueño, le podemos restar los desplazamientos y las interrupciones que mi dispersión en internet me alejan de mi obligación, esas obligación que me he impuesto: la lectura como una vía de conocimiento, la relectura sistemática. El verano me distrae y añoro el otoño, como una forma elegante, los paseos y los colores, el aroma de la leña que arde, el color del vino rojo oscuro, los primeros fríos, el reflejo en el río de los árboles desnudos. Se derrama la poesía en lo cotidiano, imperceptible y constante. Dejamos el sufrimiento para cuando de verdad sea sufrimiento. El verano se me hace largo y trato de disfrutar de esta demora.

+ Imagen: un archivador en una librería de Lisboa. Supongo que seguirá en el mismo lugar, y ahí ha de permanecer hasta que el mundo se extinga. Dar cuenta de su presencia es una suerte de oración, una misiva al futuro que, como siempre, terminará por ser pasado.

sábado, 30 de julio de 2016

Cine




+ Volvería a ver con gusto dos películas. El espíritu de la colmena y El Sur, ambas de Victor Erice. Son unas películas buenísimas, pero mi interés va otro camino. Es un interés más sentimental que cinematográfico, que se liga al recuerdo y a las imágenes indelebles que se fijan por comunión, por cercanía, por semejanza, en la reflexión sobre la infancia. Las protagonistas de las películas, Ana Torrent e Itziar Bollaín, tienen mi edad, mi misma edad, y recuerdo ver las peliculas años más tarde de que se estrenasen y decirme “yo era niño cuando ellas eran niñas” y están ahí, en la ficción. Así, el cine traspasa su funcionalidad y se convierte en un testimonio enriquecedor que enraíza en la biografía propia. Como si ellas estuviesen en mi clase cuando yo tenía ocho años, y en alguna medida resulta una verdad escogida. En la medida que establece la construcción de un pasado, la elaboración de un relato biográfico, que responde más al deseo que a la verdad contable de los hechos. Ver El Sur me traslada a paisajes de mi infancia por una invocación. No es nostalgia, es la vida en sí. A veces creo que se trata de algo muy próximo a la oración. Así se acumulan las dudas fértiles.

+ Me gustaría realizar una investigación sobre el poder, a la manera aquella que se decía en Sobre héroes y tumbas ‘soy un investigador del mal’. He tenido la oportunidad de ver cómo se encarna el deseo de mandar, como la estrategia y la ausencia de unas normas elementales revelan el núcleo de la persona o, en expresión de Marco Aurelio, el principio rector. Aunque no llegue a investigar, la investigación es más pictórica que literaria. Una escena, una mujer, con la mirada entre la insolencia y el miedo, un miedo sordo y mudo, que se debate entre la vibración y el estallido. Crispación, tranquilidad, sombras, pájaros negros que vuelan sobre un edificio de plata, el ruido de los coches, el fiero viento de la mañana, que todavía no es cálido. No hay opción, el retrato debe entrar en las habitaciones del hiperrealismo, una definitiva pincelada que apunte unos ojos inteligentes pero dubitativos.

+ Hablo del cine como si hablase de una ciudad visitada hace muchos años. No voy al cine, no veo películas. No sabría explicar a qué es debido. Alguna vez, de visita en Madrid, acudo y me sorprende gratamente, me siento maravillado por el espectáculo, pero no vuelvo al cine, hasta el año siguiente. No lo entiendo y no busco una respuesta a la interrogante. La sala vacía, la oscuridad, la luz en la pantalla, los rostros, los autos, las ciudades, las casas, las habitaciones y los gestos. Todo ello tiene un momento hipnótico que reconozco y aprecio. Sin embargo no voy al cine. Acabo de recordar dos películas, y sólo es el recuerdo, sin más, ni siquiera deseo volver a verlas, me llega con esa certidumbre, con el aliento que llega de aquellos días en que las vi por primera vez. Hay días en que no me entiendo, otros días no quiero entenderme. Sic.

+ “… la sombra de diciembre sobre el río.” Juan Lamillar, Diciembre en la ciudad.

+ ¿Todavía mantienes tu filiación romántica, podrás escapar algún día de ella? En julio estas preguntas carecen de sentido, en invierno iluminarán el tránsito por las avenidas desiertas de la capital. A la espera de noviembre, a la espera de diciembre, pues ambos meses serán propicios para viajes propicios. Madrid, Londres. Está firmado.

+ Fuente perenal. La fuente perenal es aquélla que mana por siempre, sin interrupción, nunca se seca, siempre ofrece agua. Sólo quería dejar constancia de una definición que puede tener mucho de alegoría y/o metáfora. ¿Qué es hoy en día lo que nunca se seca, que siempre ofrece agua, con toda esa carga de simbolismo que el agua tiene? Las imágenes resultan herramientas sutiles y variables, como el agua misma. Salgo a correr y la definición se diluye en la verdad de la mañana, en la brisa suave y fresca, en la corriente de río y su undosa superficie, en los otros corredores y paseantes, en los perros y los pájaros que se dejan observar: gaviotas, urracas y gorriones. El vuelo es otro símbolo. Correr pone las cosas en su sitio y si el esfuerzo aumenta, se logra, así, una cota de desconexión muy apreciada [por mí]. Esta es hoy la fuente perenal, ¿mañana? La tarea: no aproximarse al futuro, no anclarse en el pasado. Vuelvo a la música y es la única verdad que se admite, en este único e irrepetible momento.


+ Imagen: como si la cúpula se convirtiese en una invitación, como la sugencia con la que se inicia una película (?); sobreimpresiones: los títulos de crédito, tal vez.

sábado, 23 de julio de 2016

Como el que oye el agua correr




 + Oigo a un poeta decir una tontería mayúscula. Algo así como que al que tiene talento literario no le conviene la formación, y si la tiene, cuanto menor sea ésta, mejor para su obra. Podría desmentir tal afirmación con ejemplos y contraejemplos, pero es una tarea inútil. No creo que él mantuviese durante mucho tiempo la sentencia. La conclusión es: no se deben mantener conversaciones con espectros. Y espectros son todos aquellos que hablan en la radio o aparecen en la televisión. Pensamos debido a esa inmediatez de la palabra hablada que podemos responderle y, obviamente, no es posible, pero nos empeñamos y en silencio mantenemos este diálogo imposible y estéril. Creo que el alarde descrito se contrapone a la lectura, donde el diálogo sí es posible, aunque no se trate de un diálogo en su literalidad. La cuestión se resume en la distancia que marca la letra impresa. Somos en la lectura más reflexivos y nos hacemos cargo del contexto en el que nos manejamos. La distancia lo es todo. Si hubiera visto escrita la opinión anterior, me hubiera sonreído y lo daría por un apunte irónico [aunque no fuese así, pero, como siempre, el sentido de la lectura se adapta a nuestros propósitos, intereses y filias y fobias]. La radio está bien, es mejor, con mucha diferencia, que la televisión, pero me impide esa necesaria distancia. Debo aprender, porque el problema no es de la radio, sino mío. La ironía es la clave. Pensaré en ello.

+ Vuelvo a la cuestión anterior otra vez: es mejor para un narrador carecer de estudios superiores, son un lastre para una carrera literaria. Esta era la tontería que el poeta que tanto aprecio, como poeta, profirió sin viento en la solapa, un viernes por la tarde, en un programa cultural de la radio pública. Se desmonta fácilmente: Leopoldo Alas Clarín, Iris Murdoch, Tolkien, C.S. Lewis (...) Estos cuatro nombre me vinieron a la cabeza mientras corría el domingo por la mañana con el viento de frente, con la compañía de la música de banda inglesa de entreguerras: música de baile sin duda: Jack Hylton. Se podría decir que una formación universitaria no garantiza la creación de una obra literaria de interés, lo cual es cierto, pero, así también es verdad, lo contrario no garantiza nada de nada. Es este un asunto menor, lo que realmente tiene importancia es la duda ante las afirmaciones categóricas que intuimos que los datos desmotan sin piedad. La duda se instaló en mi manera de oír y leer tiempo atrás. Hoy celebro ese momento bajo el abrigo de la maravillosa música de Jakc Hylton.

+ Si en lugar de analizar la narrativa, lo hiciésemos con la poesía: la lista se multiplicaría. Abandono esta diatriba sin interlocutor y me dejo llevar por la música barroca y el café helado. Prefiero que mantenga en la memoria la música de Jack Hylton, juguetona y erótica. Dancing, cocktails and smoke. Pistas de baile, alegría deseada, vestidos vaporosos, uniformes militares o entallados ternos, tabacazo y whisky helado sin hielo, lágrimas de cristal y besos furtivos en la inmediaciones de la estación del metro. Ay, el West End. Jack Hylton es ideal para correr. Me callo y escucho.

+ One Two, Button Your Shoe:

One, two,
Button your shoe,
Put on your coat and hat;
I play a game like that
While I'm waiting for you.

Three, four,
Open the door,
Hurry for heaven's sake;
I count each step you take
While I'm waiting for you.

Five, six,
My heart does tricks
As I picture all your charms.
Seven, eight,
You're at the gate
And you walk into my arms!

Nine, ten,
Kiss me again,
Tell me you get a thrill,
Just as I hope you will
While I'm waiting for you.


+ Parece que lo inestable e inseguro es algo propio de este tiempo y nada más alejado de la realidad: no es propio de este tiempo, es propio de la vida misma, desde el momento en que surgió. El cambio es el motor, el cambio caracteriza la vida como ninguna otra particularidad. Hay cambios muy grandes y definitivos y otros cambios menores, pero con un alcance no sospechado. Siempre se instala una tendencia a considerar el presente como el peor de los mundos posibles, cuando la realidad se impone en sentido contrario: vivimos en el mejor mundo de los posibles porque no hay otro y al decir esto el presente se extingue para dar paso a un nuevo presente (así hasta la nausea). Dicho esto, el adjetivo “mejor” se caería por la imposibilidad de comparar. Y, para no dar más vueltas, lo escrito anteriormente tiene que ver con el ruido que los comentaristas originan en diversos medios de comunicación. Es un ruido que molesta y condiciona. Terrorismo, paro, devaluaciones, inflación, deflación, recesión, crisis, inestabilidad (…) Sin negar la verdad de estas realidades, la voz de los comentaristas me parece prescindible, mucho más cuando un día opinan de un asunto económico y otro día se van hacia lo ingenieril, lo militar, o lo filológico. No hay porque tener miedo. El cambio es la única seguridad a la que aferrarse, como explicación y ante cada nueva pregunta hay que poner por delante la palabra mágica: cambio.

+ Jack Hylton me acompaña en el ejercicio diario. Hago todos los días el mismo recorrido y he abandonado, definitivamente, el reloj en casa. Prefiero correr sin condiciones. Jack Hylton marca el ritmo y el ritmo es alegre y me ilusiona. Un suspiro es ahora la carrera, un regalo que la orquesta me da sin pedir nada a cambio, sin establecer registros. Música, sólo música.


+ Imagen: la parte trasera de la instalación, la mujer que busca la fotografía y ella se convierte en motivo para otro objetivo, que no es el suyo. Los puntos desenfocados arrojan luz sobre los motivos ocultos, o eso me gustaría (?)

sábado, 16 de julio de 2016

Tardes de julio



+ Leo con atención uno de los artículos del libro de Miguel Esteves Cardoso que compré hace unos meses en Oporto, en un centro comercial que hay junto a Ikea. El artículo se titula «Bom», es decir bueno. Finalmente, se trata de establecer un criterio clasificatorio válido para ordenar obras de creación, periodísticas, políticas (…) En resumen se debe otorgar un punto al autor si es buena persona, un cero si es mala; dos puntos si las intenciones son buenas, cero si son malas; por último, tres puntos si su elaboración es buena y un cero, consecuentemente, si es mala. Tras establecer el criterio analiza los resultados de las posibles combinaciones. He aplicado este sistema a dos o tres circunstancias de las últimas semanas y me ha parecido una herramienta útil. Se juzga al sujeto, sus intenciones y la realización de éstas. No creo que el resultado arroje una guía moral, pero sí otorga una cartografía útil y pretendidamente objetiva, con todo lo que importa este adjetivo. De seis a cero puntos. Ay, los sistemas de clasificación nos ayudan a comprender el mundo al tiempo que le roban el alma. Bendita ignorancia.

+ Cierro el libro que termino de citar y me dispongo a leer una páginas de la autobiografía de Pete Townshend. Por el placer del idioma, esa deriva que tenía Tom Ripley. Eso me lleva a rememorar viajes nunca realizados: en tren, por el centro de Europa, el Norte de Italia, el Sur de Alemania, trenes sin personalidad, con el encanto anticuado de la decoración de los años setenta: moquetas, dorados, luces pálidas y ambarinas. Oír idiomas que comprendemos dentro unos límites pero que no nos resultan totalmente ajenos es uno de los grandes placeres que el dinero no puede comprar. Estas son las posesiones que me interesan: tocar un instrumento, aprender un idioma, nadar, v. gr. El dinero es necesario, pero no lo consigue todo. Planificar viajes es una apuesta sin objetivo; es mejor dejar que fluya lo circunstancial y aleatorio,

+ «Cuando Hernán Cortés llegó a las fronteras del mundo azteca, uno de sus primerísimos pasos fue crear un municipio y hacer que sus hombre lo eligieran alcalde (…) Cuando dos ingleses se encuentran en una frontera salvaje, forman un club; los españoles fundan una ciudad» Felipe Fernández-Armesto en Historia de España, ed. Raymond Carr.

+ Si he recuperado la cita anterior, que será utilizada para otro propósito, se debe a una comida a la que asistí el otro día; una comida en la que durante el café se propuso un juego que consistía en elegir una persona relevante, célebre o famosa con la que ir a cenar. No pude contestar porque por mucho que lo intentaba no conseguía encontrar a nadie que me interesase hasta ese punto, ni nadie famoso ni nadie desconocido. Hoy, como tantas veces y con mucho esfuerzo, fui a correr y no dejé de pensar en ello. Mientras me seguía un perro muy simpático di con la solución: Felipe Fernández-Armesto, sin duda. Iría con él a cenar a un anticuado restaurante de Mayfair, con riguroso traje, con discreta corbata y dispuesto a escuchar y a preguntar. Las fantasías constituyen un buen pasatiempo para las sobremesas, al mismo tiempo, hay fantasías que prolongan su influjo tras los trabajos y los días.

+ Para comprender la verdad última del idioma propio es inexcusable indagar en alguno ajeno, cuanto más alejado mejor. Con ahínco. Esta afirmación oída muchos años atrás a un doctorando en filología hispánica ha marcado muchas de las derivas que en los idiomas he empleado mi tiempo: como si ahí hubiese una respuesta a unas cuestiones por plantear. El contraste semántico es una piedra de toque, me decía; y más detalladamente descriptiva es la respuesta cuando nos circunscribimos al ámbito de la fraseología, como si la intuición de una fraseología comparada pudiese dar el tono de una nación, de sus habitantes, de un espíritu nacional, de un espíritu del tiempo. Todo está muy bien, pero hoy cogemos un avión, nos plantamos en cualquier capital europea y lo que refleja la distinción son los pomos de las puertas, las cerraduras en sí, los carteles indicativos [baño de hombre / baño de mujeres], los enchufes o el envase de la pasta de dientes (...) Nunca se sabe dónde se percibirán las diferencias, pero estos haces súbitos son, ciertamente, inesperados y certeros. Entras en un pub y esperas ser atendido, que alguien te pregunte, te levantas y te diriges a la barra y nadie te pregunta, porque eres tú el que tiene que iniciar la conversación. No lo sabes y te enfadas por haber sido ignorado y la realidad es bien distinta, ya que eres tú quién no ha sabido actuar en este escenario. La gramática en el libro es como el código de circulación en la autoescuela; la vida o la carretera tienen ese algo inabarcable que las hace superiores y merecedoras de todo el interés posible; bueno, la vida, sin duda, contiene la carretera: uno entre sus incontables ecosistemas, pero ese es otro tema.

+ Imagen: algún lugar de Lisboa donde florece la abstracción.

sábado, 9 de julio de 2016

Escrito desde el pasado




+ Madurez/inmadurez. Leo con atención un artículo de Luis Antonio de Villena sobre Truman Capote. Se describe su figura, su prosa, el impacto de su biografía; más adelante Luis Antonio rememora un momento en que Colette le dice al escritor norteamericano que comparten algo: nunca llegarán a ser maduros. No puedo dejar de pensar en la afirmación. Desde que leí esta sentencia trato de encontrar los indicios que me aporten un sentido  a mi destino. No creo en el destino pero sí en ciertas determinaciones; una vez más me remito a Heráclito: el carácter es el destino. La presión social sobre la biografía hace que me plantee si a lo largo de estos mis cincuenta años he madurado y la respuesta, afirmo sin dudar, es no. ¿Madurar?, madurar maduran las peras, le oí en una ocasión a un afamado filósofo, y la frase despertó la risa del auditorio, pero la frase a mí me causó una impresión que perdura. Si a esto le uno mi constante desinterés por los asuntos que a otros entretienen y apasionan, me convierto en una persona en los márgenes. Ahora, una vez escrito, no sé si esto es un vicio, un defecto o una virtud. Quizá ninguna de las tres cosas, pero sí es un estado permanente que ha condicionado el flujo de los días. La expatriación de la edad, del avanzar de los años. Son elementos que se suman: mis lecturas, la ausencia de hijos, la rutina diaria (...) La configuración de la persona responde a una pulsión que es difícil concretar, salvo, repito, su carácter, y ni siquiera pretendo aproximarme a una síntesis, pero, después de leer el artículo de Luis Antonio de Villena, veo cómo el eje madurez / inmadurez describe con perfección a las personas, y yo me remito al segundo grupo. No es un vocación.

+ La poesía tiene respuestas a interrogantes no planteados. La voz de los muertos, las preguntas de los locos.

+ Veo las fotos de la campaña electoral una vez que ésta ha pasado. Son las seis y cinco del día de las votaciones. He cumplido con mi deseo de votar. Poco espero, pues carezco de la necesaria ilusión para tener anhelos o esperanzas. Sólo he votado, sin miedo y sin esperanza. Veo las fotos de la pasada campaña electoral y me detengo en una de un mitin al aire libre, pero en lugar de fijarme en los candidatos, en la felicidad de la gente que asiste, en los niños y los perros, estudio el paisaje urbano, el cielo limpio del inicio del verano, ese aire del atardecer en Madrid y pienso que esa calidad humeante, polvorienta de verano es equivalente a la que se dio, en algún momento, tras una batalla. Con esa idea sin anclaje, abro un tomo de Julio Martínez Mesanza. Por la lujuria de la lectura, busco uno de los señaladores que me llevarán a un poema escogido: “Preferencias”. Copio: “Si acaso, los hangares en desuso,/ las estaciones fuera de servicio,/ el laberinto en las fundiciones,/ el brumoso extrarradio, un descampado (…)”. Lo que recoge el poema es lo que me inspira la foto del mitin. Esos sedimentos otorgan el alma al instante de la historia, que no asegura nada, ni conocimiento, ni melancolía, ni inspiración. Una deformidad que me aleja de las preferencias habituales. La ruina, la fábrica abandonada, la estación de metro, el cartel rasgado que hace años que caducó. En definitiva, una suerte de detritus que resuelve más que los análisis, las valoraciones, los estudios y los ensayos. Cierro la ventana en el ordenador y las imágenes y sus protagonistas se alejan a su mundo inconcreto. Qué vapor en la tarde de junio, cuando ya se aproximan los resultados. Leo que, según los últimos datos, la participación es inferior respecto a las elecciones anteriores, las elecciones de diciembre. Sin miedo, sin esperanza.

+ Una pizca de frivolidad. Conduzco y como tantas veces tengo la radio conectada. Unas veces escucho las emisoras convencionales y otras me dejo llevar por la cadencia de Radio Clásica. Una tarde de la semana pasada escuché una entrevista con un cantautor. Se quejaba de que la etiqueta cantautor resultase peyorativa, que los chicos del 15M lo rechazaron cuando allí fue. Luego protestó por la frivolidad de los años ochenta, ya que esos artistas eran deudores de una lucha izquierdista que no terminaban de reconocer, pero de la que eran deudores y nada de lo que hicieron hubiera sido posible sin esos sacrficios. No lo dudo. Clamaba contra la frivolidad con dureza. La frivolidad repetí la palabra mientras el tráfico discurría plácidamente: motos, bicicletas, camiones, coches, todos en una aparente armonía. Yo no soy serio, yo tengo una parte importante de mí que es muy frívola, me dije y acudí al recuerdo de pequeños objetos que me acompañan en lo diario. Muñecos de plástico, narices de payaso o gatos dorados (...) Son elementos intencionadamente ligeros, evaporados, prescindibles. Qué le voy a hacer. Me gustan ciertos ornamentos porque aportan a la vida un grado de ironía muy necesaria para luchar contra los embates de la tristeza y el cansancio. Cuántas veces me ha repuesto observar durante unos minutos el muñeco de plástico que representa a Herman Munster, su sonrisa amplia, su maletín metálico, esa actitud de dirigirse al trabajo con total normalidad pese a su indiscutible condición de monstruo. Ay, los monstruos, su ternura y su violenta presencia. Ay, las matrioskas, la plateada maqueta de una Vespa, la caja vacía de galletas de la fortuna [Fortune Cookies], postales de tiendas francesas de complementos [carísimos]. Cómo se casa todo esto con mis ideas sobre la sociedad, la política y lo diario, lo aceptable y lo inaceptable. El enlace se establece mediante un pensamiento que sostienen la sospecha y la duda. Contra la desconfianza tiene que existir un elemento que equilibre los pesos. La tristeza no es buena consejera y lo frívolo aporta ese grano de sal que permite sonreír y saltarse la circunspecta realidad diaria, que nos aboca a la respuesta final: la muerte. Lo frívolo es una herramienta, un conjuro, una apuesta por la sonrisa / la risa. Astro Boy me mira y yo lo miro. Gracias por tu apoyo, le digo y él continúa con su tarea.

+ En latín se distinguen tres tipos de beso: osculum, beso de respeto; basia, de cariño; y lascius son los besos de placer . "Basia coniugibus, sed et oscula dantur amicis,/ suauia lasciuis miscentur grata labellis”. La realidad se construye lingüísticamente, por mucho que algunos se opongan a esta evidencia. Tres tipos de besos frente a un único beso, el nuestro. ¿Es equiparable?


+ Para otro momento: diferencia entre datum y factum. La precisión del lenguaje no es una cortesía, es una obligación.

+ Imagen: el pantógrafo tiene algo de constructivismo ruso, un constructivismo adelgazado hasta la mínima expresión, un aliento abstracto donde se conserva una edad. Sólo son evocaciones que contrastan con las ráfagas de fotos que vemos hacer a otros turistas. Nuestro turismo es una cacería de elementos pictoricos sin mayor objetivo que el disparo de la propia foto, la vibración del momento y el disparo. Nada más. Eso y este contenedor, este muestrario.

sábado, 2 de julio de 2016

The very back row



+ Sábado por la mañana, quizá son las ocho menos veinte. Escucho a los Who, veo el tomo de la biografía de Pete Townsend en un estante, me preparo para ir a cortar el pelo, como se dice en una canción de los Who: cut my hair. Mientras escribo pienso en cómo hay razones que nos llevan a una cierta poesía y, al tiempo, otras nos alejan de esa misma poesía. Hay una oscilación: unos días sí, otros no, el resto: en el centro, sin substancia. Me refiero a Luis Alberto de Cuenca. No sé por qué tomé el Cuaderno de vacaciones, lo comencé a leer y no pude estar en mayor desacuerdo. ¿La vejez? Como casi siempre, el significado de las palabras es variable e inaprensible en la entomológica encuadernación del diccionario. El que ayer era viejo hoy todavía es joven, algo que funciona simétricamente. Vivir como si nunca uno fuese a morir, y, antes de dormir, pensar en que el sueño es una imagen fiel de la muerte, me decía alguien al pie de una montaña que debíamos coronar. ¿Lo entendía? El tiempo cargó de significado la afirmación. Resucitar a la mañana siguiente y emprender el día con ilusión, con la alegría fortuita y sin más cimiento que el tiempo y su disciplina, comprender esta disciplina otorga el control sobre sus efectos, aunque no elimine las devastaciones. De Luis Alberto me gustan su elegancia, lo cercano del Madrid que traza: paisaje, figuras y circunstancia, la fuerza del amor y la grandeza de la sensualidad, esa defensa de la filología, cuándo ya no es que se obvie sino que se odia (?) por inútil. También, cómo no, el grado cero de la frivolidad. La poesía se desvanece para resucitar en la voz que se agita y se rebela contra esa sentencia: sólo el dinero nos alienta. Estos equilibrios y balances construyen la biblioteca imaginaria, inmaterial y móvil, la biblioteca que nos acompaña en la soledad en las salas de los aeropuertos, en el trayecto al trabajo, en el ascensor o en la escalera mecáncia. Los acuerdos y los desacuerdos. La proximidad y la lejanía. Volveré a la playa, volveré a llevar sus poemas a la playa, un lugar excelente para leer a Luis Alberto de Cuenca, aunque, qué gran verdad, haya cosas que no me gustan, pero qué poesía sería sin se pudiese hablar con ella, disentir, enemistarse y lograr una reconcialición, pero, finalmente, a quién le interesan los tibios.

+ Al fin y al cabo, la vejez y la intensa presencia de la muerte responde a un espíritu barroco, tan español, con tanta constancia presente en todos los ámbitos vitales. Una poesía certera nos lo transmite. Como sucede con el romanticismo, cabe la posibilidad de no limitar lo barroco al ámbito de una época histórica. Puede rebasar este dominio y lanzarse a uno mucho más amplio, que traspasa los límites de lo artístico y se mezcla con lo ordinario, con la vida cotidiana, más allá de su siglo, más allá de las bibliotecas. Veo esta razón en los poemas de Luis Alberto de Cuenca que he antes nombré y, así, retomo una cita que nos entrega, que procede de Hijos de la ira, de Dámaso Alonso: “Ahora que he sentido los primeros manotazos del súbito orangután pardo de mi vejez …” Sobre ella medito, la abandono y regreso a un poema anterior: “Dulce Carmilla”: “Son dos chicas muy jóvenes (aunque una / tenga doscientos años más que la otra). / Se quieren. Se codician. El terror / siempre ha sido una excusa inmejorable / para mostrarnos ciertas situaciones / que la moral tradicional no acepta / más que dentro de la literatura”. El árbol que cae, la sensación de la mano sobre la mano, la espalda, los senos acariciados por otros senos (…) Cómo contraponer la vejez y su orangután al amor entre dos adolescentes, el amor tierno de la mujer vampiro y su amada, Laura. Laura y Carmilla, otra vez. Cómo conjurar el fantasma de la edad. ¿La alegría?

+ “Si no se puede medir, no es ciencia”. ¿Lord Kelvin?

+  Sigo indagando sobre los años noventa. ¿Qué puedo ver ahí? Lo que fui. Con ese mar insondable: los presidentes de gobierno, los asuntos del poder, jueces, fiscales y magnates de la prensa, escritores, peridodistas y traidores, curas, vecinos, muertos, vivos y resucitados, reyes, príncesas y concubinas (...) Cuando leo me llegan imágenes de telediarios y conversaciones sobre aquellos asuntos y otros no nombrados, paralelos. Recortes de prensa que amarillean en un carpeta olvidada. El tiempo todo lo difumina. ¿Es esa borrosa imagen que nos queda el único rédito que se obtiene, cuántas voluntades han sucumbido, cuántas veleidades son humo, ceniza imposible de la soberbia? Y escribo y sé que lo que escribo es el menosprecio de corte y
elogio de aldea, aquí en mi cámara: los libros, la música, los dibujos y las notas. Es una humilde imagen o es la única posibilidad. Sin ambición no se avanza, pero la ambición es lo que precipita a los hombres al abismo. Faetón o Ícaro son emblemas de la vanidad: el amor propio desmesurado, la inconsciencia, la ceguera que produce el reflejo en el espejo. El abismo es un dilema que se plantea en el día a día. El abismo dibuja el discurrir de todas las biografías. El abismo. Desprenderse de la coraza que hemos trenzado durante largos años, sin fe, sin esperanza, sin miedo.

+ Vaya, alguno hay que no entiende cómo ha perdido el favor del electorado. ¿Continúa cegado por su reflejo en el espejo o, tal vez, como Narciso, está a punto de caer en el agua, a punto de ahogarse?

+ Imagen: nubes.

sábado, 25 de junio de 2016

Various



+ El Conde de Villamediana comienza a cobrar cuerpo, su cuerpo de letra y su espacio de papel o pantalla. Debo encontrar un tema en su biografía que establezca una conexión con su poética, con su Faetón, con sus fábulas mitológicas. La intuición muestra una dirección: el carácter es el destino. Hay rasgos que inducen a buscar este paralelismo entre Faetón y la vida del Conde, pero semeja una explicación simple en exceso. ¿Es esto un impedimento? De ninguna manera, sin embargo he aprendido a establecer diques de contención a una suerte de corriente de pensamiento, ese yo interno parlanchín al que hay que acallar con frecuencia: en el estudio, en la reflexión y en la fiesta? En fin, a otra cosa. La caída de Faetón tiene un punto de unión con la vida del Conde: la deslavazada biografía y la caída del hijo de Apolo, su mala cabeza y su ambición sin cimientos. Por eso es necesario investigar la biografía, con lo complejo que esto me resulta, y, quizá, más que complejo yo diría paralizante. Escribir resuelve carencias al ponerlas al descubierto. Mi manera de escribir es muy dubitativa, a veces soy incapaz de opinar por miedo al error. He pensado en ello y creo saber dónde reside esta incapacidad. El Conde me guía en esta investigación sobre su vida y sobre mi incapacidad. Unir ambos temas es importante. Finalmente, después de espigar y centrarse en la cara oculta de la Luna permanecerá oculta, pero la motivación biográfica del poeta resplandecerá [mi propósito].

+ [Un poco más] Para comenzar he cogido en la biblioteca un libro de Néstor Luján, al que no sé si calificar de viejo libro o libro viejo. Decidnos, ¿quién mató al Conde? He leído el prólogo y contiene en sí una novela. Así soy yo, tendente a la novelaría y a la fabulación. Habla de cómo se gestó el libro. Habla de sus rutinas como escritor. Habla de cómo empleó una vacaciones en un tal Hotel Boix de Martinet de Cerdenya, cerca del río Segre. Utilizo en el buscador la opción de búsqueda de imágenes y me encuentro con una colección de paisajes de montaña, tan queridos por mí. Hoteles con tejados aptos para soportar la nieve, montañas en diente de sierra, coníferas, estrechas carreteras, ríos caudalosos y estrechos, lagos de montaña, pueblos encaramados en cumbres, nieve y niebla. Bien, pero el autor dice que comenzó a escribir en verano, “viendo como cómo los pescadores se afanan con la esquiva y la jaspeada trucha del Segre”. Y, añade, en lugar de entregarse, según su costumbre, a la lectura se sumergió en la redacción del libro que manejo. La redacción ocupó los días que van del 16 de agosto al 22 de septiembre de 1986. Todos estos datos me parecen suficientes para trenzar un guión cinematográfico donde se diesen en dos planos la estancia vacacional de Néstor Luján y la vida azarosa del Conde. Sin paralelismo, pleno de yuxtaposiciones. Ay, cómo me gustaría tener no ya el talento sino la capacidad de establecer tal guión. Etc.

+ Vi el libro cuando lo subieron del depósito y estaban sin cortar lo pliegos, es decir: un libro intonso. Debí esperar, porque sin rasgar las hojas no se permite el préstamo. El libro tiene más de cuarenta y cinco años y nunca se había solicitado. Soy el primero que leerá este ejemplar. Pienso en la palabra intonso y veo que es una realidad extremadamente lejana. Salvo en las librerías de viejo, resulta imposible encontrar un libro en estas condiciones. Ay, esos tomos de la editorial Gredos. No puede menos que sentir una punzada de sentimentalismo al tenerlo entre las manos, para equilibrar la afección sentimental cogí un libro de ensayos de Zadie Smith [que terminé por abandonar sin ningún tipo de arrepentimiento]. La visita a la biblioteca se debía a un libro sobre el Conde de Villamediana, donde se sopesa su homosexualidad, que se nombra mediante: el proceso nefando. Nefando lo subraya el corrector como subraya intonso y es, a la vez, otra palabra que ya nadie utiliza. Nefando viene a ser algo de lo que no se puede hablar sin repugnancia u horror. Uff, qué fatigas produce el paso del tiempo, cómo se refleja éste en las palabras, palabras que representan modos y edades, palabras que pierden su transparencia y se tornan en extrañas maneras de nombrar realidades que, en ocasiones, ya no existen, aunque para nosotros todavía sigan vivas. Nos morimos un poco en la muerte de las palabras. En fin, abro el libro y me enfrento a ese viaje que todo libro supone. Cuando me enfrento a su prosa, cuando estudio muy por encima la portada: sin ilustración ni fotografías, unas sobrias letras azules, rojas y unos finos filetes con esos mismos colores, me veo lanzado hacia el pasado. Se trata de un estudio de Luis Rosales sobre el Conde, su vida y sobre la misteriosa muerte que sufrió en las inmediaciones de la Plaza Mayor, en Madrid. Qué mundo tan lejano, me digo: tanto el del Conde como el de Luis Rosales, y no puedo menos que preguntarme el porqué de este interés por la figura del aristócrata calavera, qué razones me conducen a este autor . Llego a la conclusión de que es posible que no exista mucha distancia entre estas razones y las que nos llevaron a amigos o a la persona amada. La casualidad, ¿la casualidad para quién la trabaja? La cuestión que me ocupa ocurrió de la siguiente manera: primero debí escoger un tema para relacionar Siglo de Oro con la mitología o con la Biblia. Primeramente me incliné por Las Soledades de Góngora, pero quien me dirigía me dijo que era un tema demasiado trillado, que era preferible que indagase en autores de la escuela gongorina. Después de sopesar unas cuantas posibilidades me incliné por el Conde, más en concreto por su Faetón; como una suerte de fábula moral donde se recogerían causas y efectos de su vida: la hybris, la soberbia y la temeridad. En eso estoy: la hybris, la soberbia y la temeridad; cómo desarmarlo, cómo recomponerlo. Esa es la tarea.

+ Lectura de los sonetos del Conde comienza a mediados de junio, 2016.

+ En el día del Brexit recuerdo una visita a una vivienda en el Crescent de Bath. Nunca he sido particularmente entusiasta de las visitas turísticas. Tienen algo entre previsible, ornamental y falto de gusto. En este caso había notables diferencias. Hacía años que pensaba yo en Bath, debido a un curso de urbanismo que asistí allá en los inicios del milenio. Una de las tareas que se nos imponía el profesor consistía en dibujar plantas de ciudades, primero a lápiz que luego se pasaban a tinta y después se coloreaban. Un ejercicio agradable y tranquilizador. Cuando por primera vez oí hablar de la secuencia de Bath no dejé de preguntarme por las sensaciones que podría despertar el paseo por la ciudad balneario. Muchas veces pensé en ello y así nos plantamos allí, un día nublado y con no muchos turistas. No fuimos a los baños romanos, pero nos resultó imposible no entrar en aquella vivienda-museo que representaba el modo de vida de la Inglaterra georgiana. Me gustó que todos los que atendían a los visitantes eran ancianos, muy pulcros y amables, con un inglés relativamente accesible sin perder su color local [mmm qué expresión: color locas, qué descriptiva y certera]. Estaba prohibido hacer fotos en toda la casa, algo que se agradece, salvo con una excepción: desde un salón se podía fotografiar el Crescent, a través de la ventana. Así lo hice. Me pareció que era un gesto que encerraba una magia muy útilo para conjurar las heridas que el paso del tiempo produce. La invitación de aquella mujer rubia y alta me abría las puertas a un mundo finitio pero presente y auténtico. Hoy lo recuerdo, cuando el Reino Unido ha abandonado la Unión Europea y pienso que hay razones que florecen más allá del pesado e implacable tránsito de la Historia.


+ Imagen: cúpula de la Biblioteca Central de la Uned, en Madrid. Cuando entré allí era consciente de que tomaría una foto y esa foto habría de servir para el blog. La constación es ésta, no oculto que me produce una cierta satisfacción pensar en el camino recorrido: disparar, guardar, recuperar y publicar. Se puede decir que, casi, es un proceso orgánico. Allí, en esta biblioteca, permanecí durante dos horas consultando libros, tomando notas y observando a los otros lectores. Ver y ser visto. La foto, en su abstracción, contiene el momendo, ya que mediante ella soy capaz de recuperar sensaciones e intuiciones. Vale.

sábado, 18 de junio de 2016

Viajes cotidianos, variaciones, personas especiales




+ Los desplazamientos cotidianos tienen su protocolo y, cómo no, sus excepciones. Caras de la misma moneda que componen el mosaico de la vida común, ordinaria.

+ “… la esperanza de convertirse en personas especiales”.  Extraigo la cita de las páginas de cultura de El Mundo. La cita pertenece a un artículo de Luis Alemany sobre la última novela de VIrginie Despentes. La novela se centra en un personaje que ha envejecido y le que queda lejos aquella vida luminosa de los años noventa. Pronto tendrá cincuenta años. La cita que he copiado nos remite a aquellos jóvenes que escuchaban Radio 3 y, al mismo tiempo, se entregaban al ruidismo de Sonic Youth. Lo recuerdo perfectamente, yo era uno de ellos. El color perfecto de la cerveza, la voluta exacta del humo del Chester, discos, guitarras, salones desordenados y torres de libros de filosofía, crítica literaria, historia del arte, y novelas, muchas novelas, exposiciones de arte contemporáneo, liturgias y ebriedades variadas y exquisitas, y, sobre todo ello, gobernando el ambiente, un excelente acopio de pedantería. Vidas que se remiten a aquel momento, que hoy resulta lejano y antiguado. Sí, es cierto, todo envejece muy rápido y lo que ayer estaba dentro de un catálogo de buenas maneras y elegantes tics encaminados a eso: “convertirse en personas especiales” y, añado a renglón seguido, ser amados, hoy se ve como viejas veleidades perdidas en el fondo de los baúles, veleidades apolilladas y prescindibles. Ay, la soledad, la tristeza y el deseo. Atisbos de extravagancia, cinismo y culturalismo de ocasión: suplementos culturales, revistas de moda y mucho acopio de pop y cine, que eran emblemas de las carencias afectivas, las inseguridades y el reflejo de un mundo plano y provinciano. Todo, como acabo de escribir, se puede traducir en pedantería, sin duda, pero hay, también, verdad y una pérdida que habla de lo literario, de lo que fuimos y no volveremos a ser, que condiciona todo el tiempo que nos queda por vivir. Sin duda, hijos de Nirvana y la vida ejemplar de Kurt Cobain. Un camino de santidad, con su Fender y sus épicas depresiones. Allá queda, siempre, en alguna medida, y algo permanece: somos lo que fuimos.

+ Después de lo anterior: simultáneamente, estoy leyendo un grueso tomo sobre los entramados, políticos, financieros y periodísticos de la década de los noventa. Me detengo y me doy cuenta de que han pasado veinte años. No que es ignorase esta cuenta, sino que no la asumía como propia, de alguna manera me parecía que esos tiempos tenían una presencia que, valga la redundancia, era un presente continuo. Y no. Todo eso es material para el historiador, como lo anterior es material para el novelista. Finalmente, asisto al sedimento del tiempo que se fosiliza en la escritura, paso previo a la lectura, única actualización posible del pasado. El futuro no nos gusta. Somos lo que fuimos.

+ Una vez más, regreso a Heráclito, el oscuro. El carácter es el destino. La nobleza o la mentira, la pedantería o la humildad, el vicio o la virtud. Tantas y tantas posibilidades, tantas y tantas mezclas. La suplantación es otro rasgo del carácter.

+ He vuelto a las lecturas políticas. Se resuelve en un interés por lo diario que está contagiado por la actualidad periodística. Reconozco que el interés por el economista se ha desplazado hacia el politólogo, una la palabra que hasta hace bien poco resultaba extraña. Es, en ocasiones, necesario dejarse llevar por la corriente, flotar sin preocupaciones y disfrutar del baño. Pero, no hay más remedio, en un momento dado se debe volver a la obligación, pisar la orilla, secarse, vestirse y conducir hasta el hogar, con la idea del descanso con vistas al trabajo del día siguiente. Allá queda ese mecerse sin preocupación sobre la superficie del mar, dejarse llevar por las lecturas de la actualidad. Las opiniones, los comentarios, los argumentos. Pasará esta moda y estos libros que consulto hoy ocuparan el lugar que ahora ocupan otros libros que tuvieron su momento, su fama, su gloria. ¿Y la filología? No es, precisamente, un saber de masas. Demasiado abstracto y prescindible, podría decirse y se dice. ¿A quién le interesan hoy las humanidades, es esta etapa posthumanista? Yo, sin embargo, me entrego con gusto a la elaboración de un algo sobre el Conde de Villamediana. Un tema muy importante y nuclear en mi travesía de indagación y aprendizaje. No creo en la sentencia que dice que las tareas inútiles producen melancolía. Las etiquetas útil o inútil quedan fuera de esta órbita, por decisión propia y mayestática.


+ Imagen: botellas que permanecen alineadas, ¿alguien las ha colocado así por alguna razón, hay una intención artística? Bien, también el arte se hace al ver, y no necesariamente recluido en la veneración museística. Disparar es seleccionar, seleccionar es crear.Disparo, una y otra vez; una vez están las fotos en el ordenador, una vez más, selecciono.

sábado, 11 de junio de 2016

El tiempo presente





+ [Semi-política]. Palabras capturadas en el discurrir de una reunión: protocolos, tareas, significados, protección, orientación, herramientas básicas, plataforma, siglas, solicitudes, activación, informes, acceso, etc. No sé si acumular palabras de esta caótica manera da una idea de lo que tras ellas se esconde. La nada, el discurso vacío, la gratuidad. En un momento quien dirigía la reunión dijo que su plan de oferta de empleo no estaba siendo visitado por el número de personas deseado. Dijo, entonces, que, en realidad, a la gente no le interesa trabajar. Protesté, visiblemente molesto. Rectificó y añadió que tal vez se trataba de una falta de coordinación entre la oferta y la demanda. Luego la observé, presté atención a su jovialidad y a su optimismo. Una mujer habló y dijo que el programa de empleo era muy bueno, que a los amigos de su hijo los tenía al tanto de todo lo que salía en la plataforma, salvo a su hijo, que está licenciado en clásicas: “no se qué voy a hacer con él”, dijo con una sonrisa muy triste. Un hombre me miró y negó con la cabeza, yo hice otro tanto de lo mismo. ¿Dónde estaba la lírica? Vi la libreta de notas donde previamente había escrito todas las palabras antes mencionadas y me dije que había perdido la tarde en una reunión inútil, que no volvería. Conducía de regreso a casa, junto al río, con la música de Elvis Presley bien alta y en la ciudad se apuntaba un hermoso atardecer, sobre los puentes, sobre los edificios. No era una cuestión de ignorancia, sino de falta de empatía. Días más tarde salieron las cifras de empleo en los últimos meses y, sin saber mucho, no pude menos que pensar que eran trucos estadísticos, artimañas del marketing político, que ocultaban una dura realidad: el paro, los bajos salarios y la inseguridad. Mientras la mujer, aquella mujer pensaba que el que no trabaja es porque no quiere, ella con su hermoso y bien estructurado plan de búsqueda de empleo. Y así, un lunes, día de San Fernando.

+ La vida de Pete Townsend contada por el mismo. No he ido, por el momento, más allá de sus primeros años. El fresco de la vida en el suburbio londinense es muy evocador. Pienso en esas casas entrevistas, entrevistas desde el tren y desde el autobús, en las páginas que se han leído sobre los años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial. La misma ciudad y sus laberintos componen una imagen sugerente y sin perfiles claros, una idea que se eleva en cada mirada y muta sin interrupción. Londres es un modelo para comprender, válido para definir el mundo en su totalidad o para olvidarlo para siempre. Acabo de dejar la autobiografía del guitarrista de los Who y regreso al libro de Zadie Smith. ¿Otro Londres? Lo importante reside en el reconocimiento de la variedad de razas y modos de vida, que en lugar de ser una anomalía es la explicación propicia de la ciudad. Pasear por las calles que se alejan de lo turístico ilumina una idea solida: esta variedad no es un episodio, es una una característica fundamental del final del siglo XX y algo nuclear en el inicio del XXI. Continuamos con la investigación, por eso un libro de ejercicios de gramática inglesa sobre la impresora, a la espera, ¿esta tarde de sábado?

+ Una distinción encontrada un miércoles del 2016: los superiores son autoridad, los iguales tienen autoridad. Las pequeñas astillas de los campos semánticos tienen la llave a otros mundos. Esta es una: ser/tener. ¿Rendimiento? No es momento para la contabilidad.

+ [Lo banal de la modernidad (recogido en una reseña literaria que pretendía ser irónica y terminó por ser analítica sin llegar a encontrar una salida adecuada)]. Sumar mejor que restar, se enciende el motor y el viaje comienza: salir del garaje, desplazarse por la calle de todos los días bajo la lluvia, una glorieta, otra glorieta, sobrepasamos la estación de tren, la de autobuses y descendemos por la calle nueva camino de la carretera nacional, pero nos desviamos hacia la autopista. Suena muy dulce Radio Clásica, parece Bach, pero no podría asegurarlo; qué descubrimiento la música clásica, ya no me interesa otra cosa. Los coches son furiosos artefactos lanzados hacia el futuro, tan hermosos como cargados de peligro: derrapes, caídas indeseadas por taludes, colisiones frontales (…). Al volante es necesario concentrarse y estar muy atento. Me canso de la música clásica y paso al reproductor de Mp3: un suave y antiguo Reggae compone una muelle alegoría sobre lo que permanece: nada permanece, todo es cambio, mutación. Pienso en Brixton y es sólo eso, un recuerdo. Pienso en tautologías, comida coreana, guitarras barrocas y puestos de yuca, mango o aguacates gigantes. No es momento para despistarse, llueve y la conducción es algo serio. El puente tiene algo de animal antediluviano, de batea eléctrica, bestia hermosa y lejana, su esqueleto es virtud y elegancia desnuda. Como todas las estructuras promete más de lo que aporta, pero ahí está indiferente, pues la sugerencia no entra en sus funciones. Niebla espesa, un túnel, otro túnel y las luces antiniebla. La música, el amor, los coches. ¿Ataraxia? Conducir no es una virtud, de la misma manera que no se puede decir de nadie que abre muy bien las puertas [¿o sí?]. Lo paradójico es el emblema, la banalidad la leyenda.

+ “Pero en la mano tenía una llave fría y, alrededor, unas vidas más extrañas que cualquier ficción, más curiosas que la ficción, más crueles que la ficción y con unas consecuencias que la ficción nunca puede tener”. (Zadie Smith, Dientes blancos). La ficción aporta una capacidad de análisis de la que carecen otras modalidades de expresión escrita. La ficción propone un mundo sin interpretaciones, el lector establece los planos de realidad y los modifica en el proceso de actualización que su labor desarrolla. Determinar el sentido y la verdad del texto ilumina lo narrado, lo acota mediante el contexto del propio lector. Pero la vida misma supera esta capacidad. Porque la ficción no deja de ser un pálido reflejo de la vida. Basta salir a la calle con los ojos limpios y con un punto de desautomatización para comprobar qué extraño es todo, qué complejo, qué inabarcable. El vértigo del vidente. Los niños que juegan, las mujeres que hablan, el guardia que sigue con la mirada a una adolescente; los luminosos de los comercios, los supermercados, los coches, las motos; farolas, papeleras, adoquines, verjas. Toda esa totalidad no se revela contra el que mira sino que lo invita a dejarse llevar por su fluida apariencia: sin pedir nada a cambio. Somos actores y espectadores, simultáneamente. La vida cotidiana encierra en sí más misterios que cualquier novela de misterio que duerma en la balda de nuestra escueta biblioteca. Ver y ser visto, hablar y ser motivo de comentario, la glosa y la discusión, el avanzar hacia la interpretación imposible. No hay un sentido, ya que los sentidos son innumerables y cambiantes, cada sentido se ve reemplazado y asume su derrota, pero no se rinde, sufre una metamorfosis: lenta, humilde y definitiva. Etc.

+ Tres imágenes que se tomaron durante una tarde lluviosa de mayo. No hay más intención que saber que la lluvia estaba allí y conformaba un contexto y un escenario. La lluvia tiene hermosos reflejos, aquí hay dos reflejos y un árbol urbano y triste, que habla mucho de los que bajo su vertical caminan. Yo, uno más.

sábado, 4 de junio de 2016

Ut pintura poiesis



+ [Indagación]. La realidad es más un proceso que un objeto terminado, basta observar cómo las construcciones se cargan de significados al tiempo que el avanzar de la degradación se hace con ellas, contra el que la conservación lucha sin termino. Esa tensión entre ruina y conservación es un ejemplo de vida, de la vida en sí: no hay otra cosa. Hay en ello una tarea estéril, ya que, como dice el tópico, llegará un día que hasta el sol deje de iluminar.

+ Llego a una antología poética y encuentro una cita de Rimbaud que afirma que hay que ser absolutamente modernos. Yo moderno lo puedo conmutar y, así, hallar un haz de significados nuevos. La obligación de ser modernos ya caducó. La modernidad murió hace años y  todavía no se han percatado. La modernidad es un baúl cerrado, que al abrirlo expide olor a naftalina y el polvo de los trajes de los muertos. Hoy el brillo de las pantallas ha ahogado todas las vanguardias. Ya no hay nada más allá y poco a poco se muere esa rebeldía, el estallido de una forma que se resiste a ser capturada. La estructura de los días no deja demasiado espacio a la poesía, sólo hay una contabilidad exacta de lo útil, necesario y lucrativo, pero ante la muerte el beneficio no es tal, sólo arrepentimiento de las horas perdidas [lo digo como si mi costumbre fuese morir todas las semanas: y así es].

+ Suena Oasis, el grupo musical inglés. “How many special people change / How many lives are living strange”. Uno se para y observa a los que caminan a su lado y entiende que todas las vidas son extrañas, pero cuando penetra en ellas no encuentra menos sorpresa y paradoja. Todo está por descubrir y la capacidad de sorpresa anuncia una nueva vida entre los mortales. Como un largo poema que da detalle de lo efímero, la temporalidad asoma en cada rostro. Estudio en la proximidad la piel de una chica de 16 años y es un misterio esa perfección, que el tiempo se encargará de destronar. Así las montañas envejecen y se puede pronosticar que el sol un día se apagará. Mientras escucho Champagne Supernova. Cogeremos el coche para cruzar la provincia, otra vez, camino de Orense, en la ladera de una montaña, al abrigo de un bosque, con enfatizadas notas de aguardiente y pólvora. Ya es hora de marchar, cierro.

+ [Lectura]. En la biblioteca me han hecho caso y han comprado el libro de Lucía Berlin Manual para mujeres de la limpieza. Fui a buscarlo y comencé a leerlo el último día de vacaciones, en pijama, un miércoles. Quizá lo que nos termina por seducir de un libro es el hallazgo de una voz próxima, con la que conversar. Hay intuiciones que se concretan en lecturas y éste es el caso, tras ello: la conversación con un interlocutor que nunca responderá. Casi como un arte o un arte menor y sin esfuerzos, ni reconicimientos. Todo bien. Primero leí el relato que le da título al volumen, después uno sobre urgencias hospitalarias y ahora estoy con otro que reconstruye una reunión familiar y otros avatares que prefiero no desvelar. La persistencia de un tono desbaratado, que camina hacia una tristeza con chispazos de un humor ácido y exacto,  consigue que me identifique con la narradora. Siento cercanía y ternura por la mujer que cuenta, por esa dirección confesional y biográfica, musical y sincopada. La viñeta, el fragmento, el cuadro. Todo la suma de posibilidades que da lo no terminado, ese ámbito de la narración corta donde no hay un final explícito y esa apertura es una clave que desvela todo un mundo, el mundo pop donde habitamos. El pop es el rococó del presente. Y hay mucho pop en toda la narración. Somos parte de ese pop y por eso nos llega el libro. Lo asumo.

+ Momentos después de terminar de escribir el párrafo anterior, me dejo llevar por lo que encuentro sobre Lucía Berlin en la red. Fotos, notas y artículos. Veo y su foto y leo alguna que otra cosa para llegar a la conclusión de que la vida del artista, de la escritora en este caso, tiene muchos puntos de unión con las vidas de los santos. Sobre todas estas coincidencias sobresale una: la ejemplaridad. Su ejemplo nos llena de esperanza y convicción, llega de otro mundo, aquél mundo que le permitió ser y estar, pero que se ha desvanecido. En él triunfaba, en el gobernaba. ¿Seguro? Deslumbrados por el poder de la palabra impresa nos olvidamos que la correspondencia entre arte y vida no es necesariamente simétrica. Finalmente, el artista transforma la vida y ese transformar es lo artístico, no la vida en sí. Veo, otra vez, la foto de LB y entiendo algo en su belleza, en los penetrantes ojos azules, en el estilo con el que fuma, en la senda que entendemos de alcohol y dolor. Cierro las páginas y regreso a los relatos, si es posible, con una intención de velar todo lo visto sobre ella, todo lo leído sobre ella. Pienso en el carisma, en lo carismático que algunas personas tienen, ese magnetismo, abandono el libro y salgo a la calle. Mañana regreso al trabajo y, aunque no resulta doloroso, sí es un hiato. Contención, calma y sobriedad.

+ Otro libro, que no guarda ninguna relación con el anterior. Leo la solapa y me encuentro con la última frase del paratexto: “Algunos de estos libros han sido traducidos a varias lenguas”. Una vez vi al autor del libro. Era un hombre célebre, vi como un conocido se abrazaba él y él estaba perplejo. Era, pues, un hombre acostumbrado a abrazarse a otros hombres, que quizá ni siquiera conociese o que los conociese vagamente. Un gran bigote, encorvado y una prosa imposible, impenetrable, excesivamente abstracta, a pesar de decir que era del gusto platónico de hablar con palabras de uso común. Supongo que ya nadie le recuerda. Dejo el libro en su lugar y sé que dentro de un tiempo lo volveré a abrir y sentiré esa melancólica sensación: las obras, poco a poco, se hunden en una densa masa oscura, el olvido. Dudo mucho que alguien lea ya estos libros, con él éxito que tuvieron en su momento. Ahora es hora de dormir y, poco antes de caer en el sueño, me digo ¿quién lee ahora esos libros, en español, y en esas "varias lenguas". Ay, el sueño es la imagen de la muerte.

+ Salí a la calle e hice dos compras. Un boleto de lotería y los sonetos completos de Shakespeare. Los sonetos se unen a un ejemplar del Quijote que me compre a principios de año, ambos por un euro. ¿Es así cómo se conmemoran los centenarios? Prefiero el premio de la lotería a los quinientos años de gloria (sic). Etc.


+ Imagen. El camino que conduce al bosque: ese disparo fortuito que contiene un misterio que me resulta imposible aclarar. No deseo resolver ningún acertijo, no quiero encontrar claves, no me gustaría establecer un catálogo de signos. Pero ahí está el misterio, el sentido incompleto que un disparo regala, sin intención.